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 SANTO TOMÁS DE AQUINO

EXPOSICIÓN DE LOS DOS MANDAMIENTOS DEL AMOR Y DE LOS DIEZ MANDAMIENTOS DE LA LEY

 

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DOS MANDAMIENTOS   Prólogo   El amor a Dios  El amor al prójimo

DIEZ MANDAMIENTOS DE LA LEY  Primero  Segundo  Tercero  Cuarto  Quinto  Sexto  Séptimo  Octavo  Noveno  Décimo

 

 

Prólogo

 §1 Tres cosas son necesarias al hombre en orden a su salvación: conocimiento de lo que ha de creer, conocimiento de lo que ha de desear y conocimiento de lo que ha de poner en práctica. El primero se adquiere en el símbolo, donde se enseña la doctrina de los artículos de la fe: el segundo, en la oración dominical; el tercero, en la ley.

 Comenzamos a tratar ahora de éste último; e inmediatamente nos sale al paso la existencia de cuatro leyes.

 a) La primera de ellas es la ley natural, que no es otra cosa que la luz del entendimiento infundida por Dios en nosotros, con la cual conocemos lo que tenemos que hacer y lo que hemos de evitar. Esta luz y esta ley fueron dadas al hombre por Dios al crearlo. Muchos, sin embargo, creen excusarse de su cumplimiento alegando ignorancia. Contra ellos dice el Profeta: "Hay muchos que dicen: ¿Quién nos muestra lo que es bueno?" (Ps 4,6), como si ignorasen lo que deben hacer; y él mismo a renglón seguido responde: "Grabada está, Señor, sobre nosotros la luz de tu rostro", esto es, la luz del entendimiento, que nos hace ver cómo hemos de comportarnos. Nadie, en efecto, ignora que lo que no querría que se le hiciese a él, no debe hacerlo a los demás, y otras cosas por el estilo. 

b) Después de haber sembrado Dios en el hombre al crearlo esta ley, la ley natural, sobresembró el diablo otra, la ley de la concupiscencia. Del modo que sigue. Mientras en el primer hombre su alma se mantuvo sujeta a Dios por la observancia de los preceptos divinos, la carne permaneció sumisa por completo al alma, a la razón. Pero en cuanto el demonio con su tentación apartó al hombre del cumplimiento de los mandatos de Dios, se rebeló contra la razón la carne. A consecuencia de esto, aunque uno por parte de su razón quiera el bien, la concupiscencia lo empuja a todo lo contrario. Es lo que dice el Apóstol: "Pero advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi mente" (Rom 7,23). Esta ley de la concupiscencia desbarata a menudo la ley natural y el orden de la razón. por eso agrega el Apóstol inmediatamente: "Y que me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros". 

c) Como la ley natural había quedado malparada con la ley de la concupiscencia, se hacía necesario encaminar al hombre de nuevo a la práctica de la virtud y apartarlo del vicio. Para ello fue precisa la ley de la Escritura. 

 Ahora bien, dos son los motivos que estimulan al hombre a practicar el bien y lo alejan del mal. 

El primero es el temor. La primera razón por la que comienza uno a evitar el pecado, es ante todo el pensamiento de las penas del infiernos y el juicio final. "Principio de sabiduría es el temor del Señor" (Eccli 1,16); "El temor del Señor ahuyenta el pecado" (Eccli 1,27). Es cierto que quien se abstiene de pecar únicamente por miedo, no es justo; pero por ahí empieza su justificación. 

 Esta es la manera de apartar el mal e inducir al bien propia de la ley de Moisés, cuyos transgresores eran condenados a muerte: "Si alguno quebranta la ley de Moisés, y se le prueba con dos o tres testigos, es condenado a muerte sin misericordia alguna" (Heb 10,28). 

d) Pero tal procedimiento, el del temor, resulta insuficiente; e insuficiente fue la ley promulgada por Moisés, que se apoyaba en él para atajar el mal; aunque impidiera la ejecución, no lograba contener las intenciones. Hay, sin embargo, otra manera de apartar del mal e inducir al bien: el camino del amor. Es el que sigue la ley de Cristo, esto es, la ley del Evangelio, que es ley de amor. 

Entre la ley del temor y la de amor existen tres diferencias. 

La primera es que la ley del temor convierte en esclavos a los que la siguen; la del amor, en cambio, los hace libres. Efectivamente, quien obra sólo por miedo, actúa como un esclavo; el que se guía por el amor, procede como hombre libre, como un hijo. Por eso dice el Apóstol: "Donde está el Espíritu del Señor, está la libertad" (2 Cor 3,17), porque éstos, en fuerza de su amor, actúan como hijos. 

La segunda diferencia estriba en que a los cumplidores de la ley antigua se les prometía una recompensa temporal: "Si queréis escucharme, comeréis los frutos de la tierra" (Is 1,19); en tanto que los observantes de la nueva ley conquistan bienes celestiales: "Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos" (Mt 19,17); "Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos" (Mt 3,2).

 La tercera diferencia reside en que la primera de estas dos leyes es pesada y agobiante: "¿Por qué tratáis de poner sobre nuestro cuello un yugo que ni nuestros padres ni nosotros pudimos llevar?" (Act 15,10) <1>; por el contrario, la ley de Cristo es ligera: "Mi yugo es llevadero, y ligera mi carga:: (Mt 11,30);p "No habéis recibido un espíritu de esclavitud para caer de nuevo en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos" (Rom 8,15).

 En resumen, nos encontramos con cuatro leyes: la primera es la ley natural, promulgada por Dios al tiempo de la creación; la segunda es la ley de la concupiscencia; la tercera, la ley escrita; la cuarta, la ley de amor y de gracia, esto es, la ley de Cristo.

 Pero es demasiado evidente que no todos pueden dedicarse a la ciencia. Por ello Cristo formuló su ley con pocas palabras, de forma que pudiese ser conocida por todos, y nadie se creyera eximido de su cumplimiento por ignorarla. Es ésta la ley del amor divino. "Palabra breve la que pronunciará el Señor sobre la tierra" (Rom 9,28).

 §2 Esta ley es norma por la que se han de regir todos los actos humanos. Una producción artística se considera buena y acertada cuando se ajusta a sus reglas peculiares. Del mismo modo, cualquier obra humana es recta y virtuosa cuando concuerda con la regla del amor divino, y no es buena ni recta o perfecta si se aparta de ella. Todos los actos humanos, para resultar buenos, deben atenerse a la regla del amor divino.

 §3 Esta ley, la del amor divino; produce en el hombre cuatro efectos que son muy de desear.

 1) Causa en el hombre la vida espiritual.

 Es cosa sabida que por la naturaleza misma del amor el objeto amado está presente en quien lo ama. Por tanto, el que ama a Dios, tiene a Dios en sí: "quien permanece en el amor, en Dios permanece, y Dios en él" (1 Jn 4,16).

 Y es también característico del amor ir transformando al amante en el amado. Por lo cual, si amamos lo vil y caduco, nos convertimos en viles e inseguros: "Se hicieron despreciables como las cosas que amaban" (Os 9,10). Pero si amamos a Dios, nos divinizamos, porque "el que se une al Señor, se hace un solo espíritu con El" (1 Cor 6,17).

 Ahora bien, como dice Agustín, "del mismo modo que el alma es la vida del cuerpo, Dios es la vida del alma". Cosa, por lo demás, bastante clara. Decimos que un cuerpo vive, cuando en virtud del alma ejecuta las operaciones propias de la vida, cuando actúa y se mueve; porque si se separa el alma, ni se mueve ni es capaz de hacer nada. Pues bien, al alma le ocurre algo parecido: obra virtuosamente y con perfección cuando la mueve el amor, por el cual Dios habita en ella; en cambio, sin el amor es incapaz de obrar: "Quien no ama, permanece en la muerte" (1 Jn 3,14).

 Conviene no olvidar que aunque uno posea todos los dones del Espíritu Santo, sin caridad no tiene vida <2>. Ni el don de lenguas, ni el don de la fe, ni otro alguno, dan la vida si falta el amor. Por más que a un cadáver se le vista de oro y piedras preciosas, cadáver sigue.

 Tal es el primer efecto del amor.

 2) El segundo consiste en el cumplimiento de los mandamientos divinos. Gregorio: "El amor de Dios nunca permanece ocioso; donde está, obra maravillas; si no las obra, es que no está". Por consiguiente, es señal manifiesta de amor la prontitud en la observancia de los mandamientos de Dios: un amante realiza maravillas y arrostra dificultades por la persona querida. "El que me ame guardará mi palabra" (Jn 14,23).

 Recordemos a este propósito que quien guarda el mandamiento y la ley del amor divino, cumple la ley entera. En efecto, los mandamientos de Dios son de dos clases. Unos mandan positivamente, y éstos los cumple la caridad, pues la plenitud de la ley, que estriba en los mandamientos, es el amor, con el cual los mandamientos son observados. Los otros prohíben, y también la caridad guarda éstos, porque, como dice el Apóstol, la caridad no hace el mal (1 Cor 13).

 3) El amor defiende de las adversidades. A quien lo tiene, nada adverso le puede resultar perjudicial, antes al contrario se le convierte en útil: "Todo contribuye al bien de los que aman a Dios" (Rom 8,28). Hasta los reveses y dificultades son llevaderos para el que ama, como observamos a diario en el terreno meramente humano.

 4) El amor conduce a la felicidad. Sólo a los que lo tienen se les promete la bienaventuranza eterna. Y sin él todo lo demás resulta insuficiente. "Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, Juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida" (2 Tim 4,8).

 Es de notar que la bienaventuranza se otorga en proporción a la caridad y no en proporción a cualquier otra virtud. Hubo muchos más austeros que los Apóstoles, y, sin embargo, éstos aventajarán en bienaventuranza a todos en razón de su superior caridad, pues ellos, como dice Pablo, poseyeron las primicias del Espíritu (Rom 8). El grado de bienaventuranza, por tanto, dependerá del grado de amor.

 Con lo dicho quedan expuestos los cuatro efectos del amor en nosotros.

 Pero aún produce algunos más que no hay que omitir.

 5) Uno de ellos es el perdón de los pecados. Ocurre ya en las relaciones humanas: si alguien ofende a otro y después lo ama profundamente, con ese afecto logra borrar la ofensa. Así también el que ama a Dios, alcanza de El perdón: "El amor cubre multitud de pecados" (1 Pet 4,8). Y está bien dicho "Cubre", porque Dios ya no los ve para poder castigarlos. Por lo demás, aunque aquí leamos que cubre "multitud", sin embargo Salomón precisa: "Todos los pecados los cubre el amor" (Prv 10,12). Todo lo cual se pone muy de manifiesto en el caso de Magdalena: "Se le perdonaron muchos pecados"; y añade la causa: "Porque amó mucho" (Lc 7,47).

 Pero es posible que alguien piense: Si basta el amor para borrar los pecados, no es necesario el arrepentimiento. Respondo: Quien no se arrepiente de verdad, no ama de veras; es evidente que cuanto más queremos a una persona, tanto más nos duele haberle ofendido.

 Es, pues, éste uno más de los efectos del amor.

 6) Otro es que ilumina el corazón. Como dice Job, "todos andamos envueltos en tinieblas:: (Iob 37,19); con frecuencia ignoramos lo que debemos hacer o desear. pero el amor nos enseña las cosas necesarias para la salvación. Por eso está escrito: "Su unción os instruye acerca de todas las cosas" (1 Jn 2,27). Y esto es así porque donde hay amor está el Espíritu Santo, que lo sabe todo y nos guía por el sendero recto, según se canta en el Salmo 142. Por esta razón leemos: "Los que teméis al Señor, amadle; y vuestros corazones quedarán iluminados" (Eccli 2,10), para conocer las cosas necesarias para la salvación, se entiende.

 7) El amor produce en el hombre la perfecta alegría. En efecto, sólo disfruta de veras el que vive en caridad. Quien anhela una cosa, no goza, ni sonríe, ni sosiega, hasta haberla conseguido. y en cuanto a los bienes temporales ocurre que se apetecen mientras no se poseen, pero una vez alcanzados engendran tedio y repulsa. No sucede así con los espirituales; el que ama a Dios, tiene a Dios consigo, y su espíritu amante y deseoso descansa en El: "Quien permanece en el amor, en Dios permanece, y Dios en él" (1 Jn 4,16).

 8) El amor proporciona la paz perfecta. Acontece también con los bienes temporales que muchas veces son deseados, pero una vez poseídos no queda satisfecho el espíritu de quien los anhelaba, sino que luego de conseguir una cosa ansía otra: "El corazón del impío es como mar agitada, que no puede estar en calma... No hay paz para los impíos, dice el Señor" (Is 57,20,21). Pero no ocurre esto con el amor a Dios. El que ama a Dios, alcanza la paz perfecta: "Gran paz para los que aman tu ley; no hay para ellos tropiezo" (Ps 118,165).

 Esto es así porque Dios solo basta para colmar nuestros deseos: "Más grande es Dios que nuestro corazón" (1 Jn 3,20). Por eso dice Agustín en el libro primero de las Confesiones: "Nos has hecho, Señor, para ti, y nuestro corazón está tranquilo hasta que descansa en ti". "El colma de bienes tus anhelos" (Ps 102,5).

 9) El amor reviste de gran dignidad al hombre. Las criaturas todas sirven a la majestad divina ‑ puesto que todas ellas han sido hechas por Dios ‑, como sirven al artesano las cosas que fabrica; pero el amor convierte al hombre de siervo en libre, en amigo. Y así, dijo el Señor a los Apóstoles: "A vosotros ya no os llamaré siervos... sino amigos" (Jn 15,15).

 Pero ¿es que no son siervos Pablo y los demás Apóstoles, los cuales en sus cartas se dan a sí mismos ese calificativo?

 Hay que tener en cuenta que existen dos clases de esclavitud. Una es por miedo, y resulta gravosa y sin mérito; pues quien se abstiene de pecar únicamente en razón del castigo, no adquiere méritos por este capítulo y permanece esclavo <3>. Otra es la esclavitud de amor; el que procede no por temor a la justicia sino por amor de Dios, no actúa como siervo sino como hombre libre, puesto que obra voluntariamente. por eso dice: "A vosotros ya no os llamaré siervos". ¿Por qué? Es el Apóstol quien da la contestación: "No habéis recibido un espíritu de esclavitud para caer de nuevo en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos" (Rom 8,15). En efecto, en el amor no hay temor, según leemos en 1 Jn 4, porque el temor mira al castigo; al contrario, el amor nos hace no sólo libres sino hijos, de modo que nos llamemos hijos de Dios y lo seamos, como se dice en 1 Jn 3.

 Un extraño se convierte en hijo adoptivo de alguien cuando adquiere derecho a su herencia. El amor adquiere derecho a la herencia de Dios, que es la vida eterna: "Este mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo" (Rom 8,16,17). "Mira cómo se los ha contado entre los hijos de Dios" (Sap 5,5).

 §5 Por todo lo que acabamos de decir, resulta evidente la gran utilidad del amor, de la caridad. Siendo, pues, tan útil, habrá que esforzarse denodadamente por adquirirla y conservarla.

 Pero hay que notar que nadie puede alcanzarla por sí mismo; es don de Dios únicamente; por ello Juan escribe: "No es que nosotros hayamos amado a Dios, sino que El nos amó a nosotros primero" (1 Jn 4,10); es decir, no nos ama El porque nosotros primero le hayamos amado, sino que nuestro amor a El es producido en nosotros por el amor que El nos tiene <4>.

 Conviene observar también que, aunque todos los dones proceden del Padre de las luces, éste de la caridad sobrepasa a todos los demás. Los otros se pueden poseer sin la caridad y sin el Espíritu Santo; pero si se posee la caridad, se tiene el Espíritu Santo forzosamente: "El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado" (Rom 5,5). El don de lenguas, el don de ciencia, el de profecía, se pueden tener sin el Espíritu Santo y sin la gracia.

 Sin embargo, aunque la caridad sea un don de Dios, se requieren de nuestra parte algunas disposiciones para poseerla.

 Concretamente dos cosas en particular son necesarias para alcanzar la caridad, y otras dos para acrecentarla una vez conseguida.

 A) Lo primero que hace falta para obtener la caridad es oír con atención la palabra de Dios. Ocurre ya de la misma a nivel humano; se despierta nuestro afecto hacia una persona cuando oímos relatar sus buenas acciones. Así también, escuchando la palabra de Dios nos inflamamos en su amor. "Encendida sobre manera es tu palabra, y tu siervo la amó" (Ps 118,140). "La palabra del Señor lo había inflamado" (Ps 104,19). Por este motivo aquellos dos discípulos, abrasados en amor divino, decían: "¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?" (Lc 24,32). Y en Act 10 leemos que, mientras predicaba Pedro, bajó el Espíritu Santo sobre los oyentes de la palabra de Dios. En los sermones sucede con frecuencia que llega un hombre a escucharlos endurecido, y la palabra predicada lo enciende en amor divino.

 Lo segundo que hace falta es ejercitarse continuamente en pensamientos buenos. "Se caldeó dentro mi corazón" (Ps 38,4). Si quieres, pues, alcanzar el amor a Dios, cultiva esos pensamientos. Sería como un alcornoque quien, considerando los beneficios que ha recibido, los peligros de que ha escapado, y la bienaventuranza que Dios le promete, no se inflamase en amor divino. por eso dice Agustín: "Duro de corazón es el hombre que, negándose a dispensar amor, rehúse hasta compensarlo". En general, del mismo modo que los malos pensamientos destruyen la caridad, los pensamientos buenos la alcanzan, nutren y conservan. por ello se nos manda: "Apartad de mi vista la maldad de vuestros pensamientos" (Is 1,16). "Los malos pensamientos alejan de Dios" (Sap 1,3).

 B) Dos cosas también, según hemos indicado, acrecientan la caridad una vez obtenida.

 La primera consiste en mantener separado el corazón de los bienes terrenos. En efecto, nuestro corazón no es capaz de darse íntegramente a amores diversos. Nadie puede amar a Dios y al mundo. Por consiguiente, cuanto más se aleja nuestro espíritu del amor de lo terreno, tanto más sólidamente se afianza en el amor de Dios. Y así, Agustín en su libro De diversis quaestionibus octoginta tribus escribe: "El veneno de la caridad es el afán de obtener y conservar bienes temporales; su auge reside en la mengua del ansia; la perfección de aquélla, en la ausencia de ésta; porque la raíz de todos los males es el ansia". Por tanto, trabaje en cercenar su ansia quien desee fomentar su caridad.

 Es el ansia un afán de alcanzar y poseer bienes temporales. El punto de arranque para hacerla decrecer es el temor de Dios, único que no puede ser temido sin amor. Y a este fin se establecieron las congregaciones religiosas; en ellas mismas o por su influjo el corazón del hombre es arrancado de lo mundano y corruptible, y elevado a lo divino; a esto se apuntaba cuando se dijo: "Brilló el sol, que antes envolvían las nubes:: (2 Mach 1,22). "El sol, es decir, el entendimiento humano, se halla entre nubes cuando está absorto en lo terreno; brilla cuando se libera y aleja del amor a las cosas de la tierra. Entonces resplandece, y el amor divino toma auge en El <5>

Contribuye en segundo lugar a acrecentar este amor el sufrir con gran paciencia la adversidad. Por experiencia sabemos que, cuando soportamos pruebas difíciles por alguien a quien queremos, no se derrumba el amor, sino que crece. "Aguas torrenciales (esto es, abundantes tribulaciones) no pudieron apagar el amor" (Cant 8,7). Y así los santos, que soportan por Dios contrariedades, se afianzan en su amor con ello; es como un artista, que se encariña más con la obra que más sudores le cuesta. Por consiguiente, los fieles, cuantas más aflicciones sobrelleven por Dios, tanto más se elevan en amor a El: "Se acrecentaron las aguas (es decir, las tribulaciones), y elevaron el arca" (Gen 7,17), esto es, la Iglesia, o el alma del justo.

 

 

§6 El amor a Dios

 Preguntado Cristo por los doctores de la ley antes de su Pasión sobre cuál era el primero y el principal mandamiento, contestó: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este es el principal y el primer mandamiento" (Mt 22,37). El es el más grande, el más noble y el más útil entre los mandamientos todos, como aparece sobradamente claro, pues en él se cumplen todos los demás.

 Para cumplir de manera perfecta este precepto del amor, se requieren cuatro cosas.

 La primera es repasar los beneficios divinos. Todo lo que tenemos ‑ el alma, el cuerpo, los bienes exteriores ‑ lo recibimos de Dios; por tanto, es natural que con todo ello le sirvamos, y que lo amemos con perfecto corazón. Muy ingrato sería quien, teniendo presentes los beneficios que una persona le ha hecho, no le correspondiera con afecto. Pensando en los de Dios exclamaba David: "Tuyo es todo; te hemos dado lo que habíamos recibido de tu mano" (1 Par 29,14). Y por eso en elogio de él se escribió: "Con todo su corazón alabó al Señor, y amó al Dios que lo hizo" (Eccli 47,10).

La segunda es considerar la grandeza de Dios. "Dios es más grande que nuestro corazón" (1 Jn 3,20); por consiguiente, aunque con todo el corazón y con todas las fuerzas le sirvamos, nunca será suficiente. "Alabad al señor cuanto podáis, que aún será El más excelso... Ensalzad al Señor cuanto podáis loándolo, que está por encima de toda alabanza" (Eccli 43,32‑33).

 La tercera es abandonar las cosas mundanas y terrenas. Pues quien pone algo al mismo nivel de Dios, injuria a Este grandemente: "¿Con quién habéis comparado a Dios" (Is 40,18). Y ponemos algo a su misma altura cuando amamos los bienes temporales y caducos juntamente con El. Pero esto además es imposible. Como dice Isaías: "La cama es estrecha, y uno de los dos se cae; manta pequeña no cubre a dos" (Is 28,20); donde al corazón del hombre se lo compara con una cama estrecha y una manta pequeña. Ya es estrecho el corazón humano para Dios solo; si además das en él entrada a otras cosas, arrojas a Dios. Por otro lado, igual que el marido en su esposa, el Señor no admite particionero en el alma; El mismo lo dice: "Yo soy tu Dios, un Dios celoso" (Ex 20,5). En una palabra, nada quiere que amemos tanto como a El o fuera de El.

 La cuarta es evitar por completo el pecado. Quien vive en pecado, no puede amar a Dios: "No podéis servir a Dios y al dinero" (Mt 6,24). Por tanto, si vives en pecado, no amas a Dios. Lo amaba aquel que dijo: "Recuerda que yo he andado en tu presencia con fidelidad y corazón perfecto" (Is 38,3). Elías, por otra parte, preguntaba: "¿Hasta cuándo vais a estar cojeando para ambos lados?" (3 Reg 18,21). Y es que, como el cojo se va inclinando un paso a la derecha y otro a la izquierda, así el pecador, tan pronto peca como trata de buscar a Dios. Pero el Señor dice: "Volveos a mí con todo vuestro corazón" (Ioel 2,12).

 Contra esta orden pecan dos clases de personas.

 Los que evitan un pecado, por ejemplo la lujuria, pero caen en otro, como la usura. Son condenados, porque quien "falta en un precepto, se hace reo de todos" (Iac 2,10).

 Los que confiesan unas faltas y otras las callan, o reparten sus pecados entre distintos confesores. No ganan méritos; al contrario, pecan con esa actitud, pues pretenden engañar a Dios e introducen una división en el sacramento.

 Tocante a los primeros dijo uno: "Es impiedad esperar de Dios un perdón a medias". Y por lo que hace a los segundos: "Vaciad ante El vuestros corazones" (Ps 61,9), porque en la confesión debe ser manifestado todo.

 Dicho queda con lo expuesto que el hombre tiene que hacer entrega de sí mismo a Dios. Vamos a considerar ahora cuáles de sus cosas en concreto ha de entregarle. Son cuatro: el corazón, el alma, la mente y las fuerzas. Por eso dice: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas" (Mc 12,30).

  Corazón aquí significa intención. Y es ésta de tanta eficacia que configura todas nuestras obras: cualquier obra buena, hecha con mala intención, se transforma en mala: "Si tu ojo está enfermo, todo tu cuerpo estará a oscuras" (Lc 11,34), es decir, si tu intención es perversa, el conjunto de tus buenas obras será tenebroso. por consiguiente, en todo lo que hagamos, hemos de poner nuestra intención en Dios: "Cuando comáis y bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios" (1 Cor 10,31).

 Pero la buena intención no basta; es necesaria además la voluntad recta, que aquí se designa con la palabra "alma". Ocurre con frecuencia que actúa uno con buena intención, pero sin provecho, por faltarle  esa recta voluntad; por ejemplo, si alguien roba para dar  de comer al pobre, falla la rectitud imprescindible de su voluntad, por más que la intención sea buena. En resumen, la intención buena no autoriza a realizar nada que sea malo: "(Algunos dicen): Hagamos el mal para que venga el bien. Estos tienen merecida su condenación" (Rom 3,8).

 Son buenas la intención y la voluntad cuando nuestra voluntad camina de acuerdo con la de Dios; es lo que a diario suplicamos: "Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo". "Hacer tu voluntad, Dios Mío, es lo que deseo" (Ps 39,9). Por eso dice: "con toda tu alma". Pues en la Escritura alma frecuentemente significa voluntad: "Si se aparta, no agradará a mi alma" (Heb 10,38), esto es, a mi voluntad.

 A veces la voluntad es recta, y buena la intención, pero en el pensamiento ronda el pecado. Y a Dios hay que darle todo el entendimiento: "Reduciendo a cautiverio todo entendimiento para que obedezca a Cristo" (2 Cor 10,5). Son muchos los que no pecan de obra, pero se enredan a menudo en pensamientos pecaminosos; contra ellos se dice: "Arrancad la maldad de vuestros pensamientos" (Is 1,16). Muchos otros, confiando en su propia sabiduría, rehúsan prestar asentimiento a las enseñanzas de la fe; éstos no entregan su mente a Dios; contra tal actitud leemos: "No te apoyes en tu prudencia" (Prv 3,5).

 Sin embargo, tampoco esto es ya todo. Hay que entregar a Dios todas las fuerzas: "Guardaré para ti mi fortaleza" (Ps 58,10). Algunos la emplean para el pecado", y en él hacen ostentación de su vigor; contra ellos se escribe: "Ay de los que aguantáis a la hora de beber vino, y os sentís hombres para coger una borrachera" (Is 5,22). Otros hacen alarde de su poder y fuerzas perjudicando al prójimo, cuando deberían ponerlos de manifiesto ayudándole: "Libra a los que son llevados a la muerte; liberta a los que son arrastrados a la ejecución" (Prv 24,11).

 Por consiguiente, para amar a Dios hay que entregarle nuestra intención, nuestra voluntad, nuestra mente y nuestras fuerzas.

 

 

§7 El amor al prójimo

 Preguntado Cristo sobre cuál es el principal mandamiento, a una sola pregunta dio dos respuestas. La primera fue: "Amarás al Señor tu Dios"; de ella ya hemos tratado. La segunda: "Y a tu prójimo como a ti mismo". Quien observa esto, cumple toda la ley. Lo indica el Apóstol: "Amar es cumplir la ley entera" (Rom 13,10).

 Cuatro cosas nos estimulan al amor del prójimo.

 En primer lugar, el amor a Dios, conforme está escrito: "El que dice que ama a Dios, pero odia a su hermano, es un embustero" (1 Jn 4,20). En efecto quien dice amar a alguien, pero odia a los hijos o miembros de éste, miente. Y todos los fieles somos hijos y miembros de Cristo: "Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro" (1 Cor 12,27). Por tanto, quien odia al prójimo, no ama a Dios.

 En segundo lugar, el mandato del Señor. Entre todos los preceptos que dio Cristo a sus discípulos al despedirse de ellos, puso un énfasis singular en éste, diciendo: "Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros como yo os he amado" (Jn 15,12). Nadie que odie a su prójimo, guarda los mandamientos de Dios. Esta es, pues, la señal del cumplimiento de la ley divina, el amor al prójimo: "La señal por la que conocerán que sois discípulos míos será que os améis unos a otros" (Jn 13,35). No dice el resucitar a los muertos, ni cualquier otra prueba evidente, sino ésta, "que os amáis unos a otros". San Juan lo entendió al pie da la letra, y así escribía: "Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida". ¿Por qué? "Porque amamos a los hermanos. Quien no ama, permanece en la muerte" (1 Jn 3,14).

 En tercer lugar, la identidad de naturaleza. Como dice el Eclesiástico, "todo viviente ama a su semejante" (13,19). Siendo, pues, todos los hombres semejantes en cuanto a la naturaleza, deben amarse entre sí. Por tanto, el odio al prójimo no va sólo contra la ley divina, sino también contra la ley natural.

 En cuarto lugar, nuestra propia utilidad. En efecto, todo lo de uno redunda en beneficio de los otros por el amor. Este es el que da cohesión a la Iglesia, y hace comunes todos los bienes. "Yo soy partícipe de todos los que te temen y guardan tus mandamientos" (Ps 118,63).

 "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". Segundo mandamiento de la ley, sobre el amor al prójimo. En qué medida debemos amarlo, ya está dicho; resta exponer ahora las cualidades que ha de tener ese amor, cualidades que vienen insinuadas con las palabras "como a ti mismo".

 §8 Esta expresión sintetiza cinco características que deben distinguir nuestro amor al prójimo.

 1) Ha de ser verdadero, como el que nos tenemos a nosotros mismos. Y será así si lo amamos por él, no por nosotros.

 Tengamos en cuenta a este respecto que existen tres tipos de amor, de los que dos no son verdadero amor y sólo el último lo es.

El primero se fija en lo útil: "Hay amigo que comparte tu mesa, y no persevera en el día de tu angustia" (Eccli 6,10). Esto no es amor auténtico, pues falla en desapareciendo la utilidad. Y es que no queríamos el bien para el prójimo, sino que en realidad, buscábamos el provecho para nosotros.

El segundo se prenda de lo que causa deleite. No es verdadero tampoco; en cuanto afloja el deleite, sucumbe el amor. Ocurre también aquí que no era el bien para el prójimo lo que fundamentalmente pretendíamos, sino que deseábamos su bien para nosotros.

Finalmente hay un tercer amor que se basa en la virtud. Sólo éste es amor de verdad. Entonces amamos al prójimo no por nuestro bien sino por su bien.

2) Nuestro amor al prójimo ha de ser ordenado, de forma que no lo queramos más que a Dios ni tanto como a Dios, sino exactamente como debemos querernos a nosotros mismos: "Puso en orden el amor en mí" (Cant 2,4). Cristo nos enseñó este orden cuando dijo: "El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí" (Mt 10,37). 

3) Ha de ser efectivo. A ti no solamente te amas, sino que con toda diligencia te procuras el bien y te evitas el mal. Lo propio tienes que hacer con el prójimo. "No amemos de palabra y con los labios, sino con obras de verdad" (1 Jn 3,18). Los peores son sin duda alguna los que de boca aman y con el corazón destrozan; de los cuales se dice: "Hablan de paz con el prójimo, pero llevan la maldad en el corazón" (Ps 27,3). Exhorta el Apóstol: "Amor sin fingimiento" (Rom 12,9). 

4) Debe ser constante, como es constante el que te tienes a ti. "El amigo ama en toda ocasión, y el hermano se pone a prueba en la angustia" (Prv 17,17): por tanto, lo mismo en la desgracia se pone a prueba de manera especial el afecto, según leemos en el último texto citado. 

Conviene observar en este punto que a mantener la amistad contribuyen dos cosas. Una es la paciencia, porque "el hombre iracundo promueve discordias" (Prv 26,21). La otra es la humildad, que pone el cimiento de la anterior: "Entre soberbios hay siempre contiendas" (Prv 13,10); pues quien tiene un elevado concepto de sí mismo y menosprecia al prójimo no puede soportar los fallos de éste. 

5) Nuestro amor ha de ser limpio y santo, de manera que no amemos al prójimo para pecar, ya que tampoco a ti debes amarte de esta forma puesto que perderías con ello a Dios. Y se nos ordena: "Permaneced en mi amor" (Jn 15,9), amor acerca del cual se dice: "Yo soy la madre del amor hermoso" (Eccli 24,24). 

   "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". Los fariseos y los judíos en general interpretaban mal este precepto, creyendo que Dios ordenaba querer a los amigos y odiar a los enemigos; en consecuencia sólo a los amigos consideraban prójimos. Cristo desautorizó intencionadamente tal interpretación cuando dijo: "Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen" (Mt 5,44). 

Nadie que odie a su hermano se halla en estado de salvación: "El que... detesta a su hermano, vive en las tinieblas" (1 Jn 2,9). Parece, sin embargo, que se podrían encontrar objeciones a esta doctrina. En efecto, los santos odiaron a algunos: "Con odio colmado los aborrezco" (Ps 138,22); "Si alguno... no odia a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío" (Lc 14,26). 

A esto hay que responder que el modo de actuar de Cristo debe ser siempre el modelo de nuestra conducta. Pues bien, Dios ama y odia. En todo hombre tenemos que distinguir dos realidades, la persona y el pecado; la persona debe ser amada, y el pecado aborrecido. Si uno quisiera que alguien fuese al infierno, odiaría a la persona; pero si deseara que se volviera bueno, aborrecería el pecado, que siempre debe detestarse. "Odias a todos los que practican la maldad" (Ps 5,7). "Amas a todos los seres, y ninguna de las cosas que hiciste, la odias" (Sap 11,25). Estos dos textos ponen en claro lo que Dios ama y odia: ama a la criatura, odia el pecado. 

En consonancia con lo que acabamos de decir, conviene tener presente que a veces el hombre puede causar daño sin cometer pecado con ello, a saber, cuando hace el daño de tal forma que lo que busca es un bien; también Dios procede así. En ocasiones una enfermedad hace entrar en el buen camino a quien era malvado cuando sano. Igualmente puede ocurrir, a propósito de otra desgracia cualquiera: "El vapuleo hará comprender" (Is 28,19). Algo por el estilo sucede cuando deseas la caída de un tirano que devasta la Iglesia, pues lo que quieres es el bien de la Iglesia con la desaparición del tirano; y así, leemos: "En todo sea Dios bendito, que entregó los impíos a la muerte" (2 Mach 1,17). 

Tal actitud no ha de limitarse a la voluntad, sino que debe reflejarse en las obras. No es pecado ahorcar con motivo a los malvados; son ministros de Dios los que lo hacen, según el Apóstol en Rom 13, y respetan el precepto del amor, pues la condena se impone unas veces como castigo, y otras por un bien mejor y más divino. En efecto, es más importante el bien de todo un pueblo que la vida de un solo hombre.

De otra parte hay que insistir en que no basta con no desear el mal, sino que es necesario desear el bien, o sea, la enmienda del prójimo y su eterna salvación. 

Hay dos formas de desear el bien a una persona: en general, en cuanto que es criatura de Dios, capaz de tener parte en la vida eterna; y en particular, en cuanto que es amigo o compañero. 

Del amor general nadie puede quedar excluido; todos deben orar por todos y echar una mano a quien se encuentre en extrema necesidad, sea quien sea. Pero no estás obligado a tener amistad con uno en particular, a no ser que te pida perdón; si lo hace se convertiría ya en amigo, y si entonces te cerraras a él lo odiarías. 

En el Evangelio leemos: "Si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial vuestros pecados; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco os perdonará vuestros pecados vuestro Padre" (Mt 6,14). Y en la Oración dominical se dice: "Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores" (Mt 6,9). 

"Amarás a tu prójimo como a ti mismo". Hemos dicho con anterioridad que si no perdonas a quien te pide perdón, pecas, y que la perfección está en adelantarte tú a traer al otro. Aunque esto último no es obligatorio, son muchas las razones que aconsejan hacerlo. 

La primera de ellas es conservar la propia categoría. Cada categoría tiene sus distintivos, y nadie debe perder los de la suya. Ahora bien, la categoría mayor para un hombre consiste en ser hijo de Dios, y el distintivo de ésta es amar a los enemigos: "Amad a vuestros enemigos..., para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos" (Mt 5,44‑45). En cambio, querer a un amigo no vale como señal de la filiación divina, porque eso lo hacen también los publicanos y los gentiles, según se dice en Mt 5. 

La segunda reside en lograr una victoria, cosa que todos naturalmente apetecen. Pues ocurrirá una de dos: o atraes al amor tú con tu bondad al que te ha ofendido, y entonces vences, o el otro te arrastra al odio, y sales derrotado: "No te dejes vencer por el mal; antes vence el mal con el bien" (Rom 12,21). 

La tercera consiste en obtener gran provecho, pues anticipándote tú, harás amigos: "Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer, si tiene sed, dale de beber; haciendo esto, amontonarás brasas sobre su cabeza" (Rom 12,20). Agustín: "No existe mayor incitación al amor que adelantarse a amar. Nadie hay tan duro que, si no está dispuesto a dispensar cariño, rehúse al menos corresponder", porque, como dice la Escritura, "nada es comparable con un amigo leal" (Eccli 6,15). "Cuando al Señor le agrada la marcha de un hombre, incluso a sus enemigos los pondrá en paz con él" (Prv 16,7).

La cuarta razón para que tomes tú la iniciativa se funda en que lograrás con ello que tus oraciones sean atendidas más fácilmente. Sobre aquellas palabras "Aunque se me pusieran delante Moisés y Samuel..." (Ier 15,1) comenta Gregorio que Dios nombra precisamente a éstos porque rogaron por sus enemigos. Lo hizo Cristo, diciendo: "Padre, perdónalos" (Lc 23,34). Y San Esteban reportó un gran beneficio a la Iglesia pidiendo por sus enemigos, puesto que obtuvo la conversión de Pablo.

La quinta es conseguir vernos libres de nuestros pecados, liberación que todos debemos desear ardientemente. Sucede a veces que pecamos y no intentamos volver a Dios, y es El quien nos atrae a Sí por medio de una enfermedad o de otra manera semejante: "Cercaré de espinos tu sendero" (Os 2,6). De este modo fue atraído San Pablo. "Ando errante como oveja descarriada; busca a tu siervo, Señor" (Ps 118,176). "Arrástrame en pos de ti" (Cant 1,3). Conseguiremos que tire Dios de nosotros, si nosotros, por nuestra parte, nos esforzamos por atraer a los enemigos, tomando la iniciativa a la hora de perdonarlos: "Con la misma medida con que midáis, seréis medidos" (Lc 6,38); "Perdonad y seréis perdonados" (Lc 6,37); "Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia" (Mt 5,7), y no hay misericordia mayor que otorgar el perdón a quien nos ha ofendido.

 

 

§9 Primer mandamiento de la Ley

 No tendrás dioses extraños frente a mí (Ex 20,3)

 Según hemos dicho, toda la ley de Cristo pende del amor. Este, a su vez, comprende dos preceptos: el del amor a Dios y el del amor al prójimo. De ambos hemos hablado ya. Cuando Dios entregó la ley de Moisés, la desarrolló en diez mandamientos escritos en dos tablas de piedra: tres de ellos, grabados en la primera tabla, tratan del amor a Dios; los siete restantes, contenidos en la segunda, se refieren al amor del prójimo. Así pues, toda la ley se basa en aquellos dos preceptos. 

No tendrás dioses extraños 

Este es el primer mandamiento, y se refiere al amor de Dios: "No tendrás dioses extraños". 

Para comprenderlo conviene notar que los antiguos lo incumplían de muchas maneras. 

Unos adoraban a los demonios: "Todos los dioses de los gentiles son demonios" (Ps 95,5). Y es éste el más grande y horrible de los pecados. 

También en nuestros días violan muchos tal mandamiento, todos los que se dedican a adivinaciones y sortilegios; pues esas prácticas, según dice Agustín, no pueden realizarse sin establecer algún tipo de pacto con el diablo. "No quiero que vosotros tengáis alianza con los demonios... No podéis participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios" (1 Cor 10,20‑21). 

Otros adoraban los cuerpos celestes, pensando que los astros eran dioses: "Al sol y a la luna los tuvieron por dioses que gobiernan el mundo" (Sap 13,2). Por esta razón Moisés prohibió a los judíos alzar la vista y adorar el sol, la luna y las estrellas: "(Tened mucho cuidado), no vaya a ser que levantando los ojos al cielo veas el sol y la luna y los astros del cielo, y dejándote seducir los adores, y des culto a los seres que creó el Señor tu Dios para servicio de todos los pueblos" (Dt 4,19). La misma prohibición se repite en Dt 5. 

Contra ella pecan los astrólogos, que aseguran que los espíritus están gobernados por los astros; siendo así que éstos han sido hechos para el hombre, cuyo único señor es Dios. 

Otros daban culto a los elementos inferiores: "Al fuego o al aire... los tuvieron por dioses" (Sap 13,2). Recaen en semejante error los que usan mal de los bienes de la tierra amándolos demasiado; puntualiza el Apóstol: "Ni avaro, que es una forma de idolatría" (Eph 5,5). 

Otros, igualmente descaminados, rendían culto a los hombres: a sus antepasados, a personas distintas, incluso a sí mismos. Este tipo de culto nació de tres maneras. 

Primera, por un afecto carnal: "Amargamente dolorido un padre por la muerte prematura de su hijo, manda hacer un retrato de él; y al que poco tiempo antes fallecía como hombre, comienza ahora a venerarlo como un dios, e inicia en su casa ritos y sacrificios" (Sap 14,15). 

Segunda, por adulación. A veces los hombres, no pudiendo honrar directamente a un personaje por vivir alejados, trataron de rendirle homenaje en ausencia; le alzaron una estatua, a la que reverenciaron: "Queriendo honrar a alguno, se ingeniaron para venerar como presente a quien no lo estaba" (Sap 14,17). Obran de forma parecida todos los que aman y veneran a los hombres más que a Dios: "El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí" (Mt 10,37). "No pongáis vuestra confianza en príncipes ni en hijos de hombre, que no pueden salvar" (Ps 145,2‑3). 

Tercera, por orgullo. algunos por este motivo se hicieron llamar a sí mismos dioses, como leemos de Nabucodonosor en Idt 3. "Se ha engreído tu corazón, y has dicho: Yo soy Dios" (Ez 28,2). Actúan también así los que hacen más caso de sus gustos que de los mandamientos de Dios. Realmente ésos se tratan a sí mismo como dioses, pues al secundar los apetitos de su carne dan culto a su propio cuerpo en vez de a Dios: "Su Dios es su vientre" (Philp 3,19). 

Por lo tanto, hay que guardarse bien de todas esas cosas que hemos ido señalando. 

§10 Frente a mí 

"No tendrás dioses extraños frente a mí". Según hemos dicho, el  primer mandamiento de la ley es éste que nos prohíbe adorar a otro que no sea el único Dios. Hay además cinco razones que aconsejan lo mismo. 

1) La primera se basa en la categoría de Dios; quien se la rebaja, lo injuria. Ocurre ya así entre los hombres; a cada categoría se le debe un respeto, y el que niega al rey la sumisión debida, es traidor. Esto es lo que hacen con Dios algunos: "Cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una representación en efigie del hombre corruptible"(Rom 1,23). Cosa que desagrada extraordinariamente a Dios: "No cederé mi gloria a otro, mi predicamento a una estatua" (Is 42,8). 

Y en este punto conviene tener presente que parte de la categoría de Dios reside en que los sabe todo. Dios quiere decir vidente; es ése uno de los atributos de la Divinidad: "Indicad lo que ha de ocurrir en el futuro, y sabremos que vosotros sois dioses" (Is 41,23). "Todo está desnudo y patente a sus ojos" (Heb 4,13). Pues bien, tratan de arrebatarle tal categoría los que practican la adivinación; contra ellos está escrito: "¿No es a su Dios a quien el pueblo consultará por los vivos y los muertos?" (Is 8,19). 

2) La segunda razón se apoya en la generosidad de Dios. Todo lo bueno que tenemos, lo hemos recibido de El. Y también esto forma parte de la categoría de Dios, el ser hacedor y dador de todos los bienes: "Cuando abres tu mano, todo se llena de bondad" (Ps 103,28). Es que Dios quiere decir también distribuidor, dador, porque colma de su bondad todas las cosas.

Por consiguiente, muy ingrato serías si reconocieras sus beneficios y te fabricaras otro dios, como se hicieron aquel ídolo los hijos de Israel que habían sido libertados de Egipto: "Correré tras mis amantes" (Os 2,5). Así actúa el que pone su esperanza en otro que no sea Dios, esto es, quien pide auxilio a alguien distinto de El. "Dichoso el hombre cuya esperanza es el nombre del Señor" (Ps 39,5). El Apóstol escribe: "Habiendo conocido a Dios... ¿cómo os volvéis de nuevo a elementos sin valor ni fuerza?... Andáis observando los días, los meses, las estaciones, los años" (Gal 4,9‑10). 

3) La tercera razón se funda en la fidelidad a nuestro compromiso. Hemos renunciado al dominio, y hemos prometido lealtad a sólo Dios; por tanto, no debemos faltar a nuestra palabra. "Si alguno quebranta la ley de Moisés y se le prueba con dos o tres testigos, es condenado a muerte sin misericordia alguna; ¿pues de cuántos mayores tormentos creéis que es digno el que pisotee al Hijo de Dios, y considere profana la sangre de la alianza que lo santificó, e injurie al Espíritu de la gracia? (Heb 10,28‑29). "Mientras viva su esposo, será llamada adúltera si anda con otro hombre" (Rom 7,3), y debe ser quemada. Por ello, ¡ay del pecador, que camina por dos sendas y cojea para ambos lados! 

4) La cuarta razón deriva de considerar lo agobiante que resulta el dominio del diablo: "Día y noche serviréis a dioses extraños, que no os concederán respiro" (Ier 16,13). No se conforma el demonio con un pecado, sino que se afianza más en él para empujar a otro: "El que comete pecado, esclavo es del pecado" (Jn 8,34). Por eso no es fácil librarse de tal situación: dice Gregorio: "Pecado que no se lava por la penitencia, arrastra sin tardar a otro con su peso". 

Lo contrario ocurre con el señorío divino; Los mandamientos de Dios no agobian; "Mi yugo es llevadero, y ligera mi carga" (Mt 11,30). Ya se considera bastante si uno hace por Dios lo que hizo por el pecado: "Del mismo modo que ofrecisteis vuestros miembros al servicio de la impureza y la perversidad para mal, así ahora ofreced vuestros miembros al servicio de la justicia para santificación" (Rom 6,19). En tanto que de los esclavos del demonio se dice: "Nos hemos cansado en el camino de la maldad y de la perdición, hemos andado por arduos senderos" (Sap 5,7); "En obrar mal pasaron fatigas" (Ier 9,5). 

5) La quinta razón es la enormidad de la recompensa. Ninguna ley promete premios tan grandes como los de la ley de Cristo. A los musulmanes se les aseguran ríos de leche y miel, a los judíos la tierra de promisión; a los cristianos la gloria de los ángeles: "Serán como ángeles de Dios en el cielo" (Mt 22,30). Considerando esto Pedro exclamó: "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna" (Jn 6,69).

 

 

§11 Segundo mandamiento

 No tomarás en vano el nombre del Señor tu Dios (Ex 20,7)

 Este es el segundo mandamiento de la ley. Del mismo modo que no hay más que un solo Dios a quien debemos adorar, así también uno sólo es al que debemos respetar con la mayor veneración. Y hemos de respetar en primer término su nombre. Por ello, "no tomarás en vano el nombre del Señor tu Dios".

 La palabra "vano" tiene tres significados distintos.

A) Unas veces quiere decir falso: "Cada cual ha hablado cosas vanas a su prójimo" (Ps 11,3). En este sentido tomas en vano el nombre de Dios cuando lo aduces en confirmación de una falsedad. "No améis juramento embustero" (Zach 8,17); "No vivirás, porque has mentido por el nombre del Señor" (Zach 13,3).

Quien así procede, injuria a Dios, y se perjudica a sí mismo y a todos los hombres.

Injuria a Dios. Jurar por Dios no es otra cosa que apelar al testimonio de El. Por consiguiente, cuando apoyas con juramento una afirmación que sabes falsa, lo haces por alguno de estos tres motivos. O porque piensas que Dios desconoce la verdad, y en ese caso atribuyes a Dios ignorancia, siendo así que la odia: "Perderás a todos los mentirosos" (Ps 5,7). O porque menosprecias su poder, como si no tuviera fuerzas para castigar tu osadía.

 Se perjudica a sí mismo; puesto que se emplaza ante el juicio de Dios. En efecto, jurar "Por Dios que es de esta manera" equivale a decir: "Dios me castigue si no es así".

 Perjudica a los demás hombres. No hay sociedad duradera si sus miembros no se dan crédito los unos a los otros. Y cuando surgen sospechas sobre la veracidad de alguno, se eliminan acudiendo al juramento: "El juramento es la garantía que pone fin a todo litigio" (Heb 6,16).

 De este modo, quien jura en falso, ultraja a Dios, es cruel consigo, y daña a los hombres.

 B) Otras veces vano significa inútil: "El Señor conoce los pensamientos de los hombres, lo vanos que son" (Ps 93,11). En este sentido se toma en vano el nombre de Dios cuando se hace uso de él para apoyar cualquier afirmación sin importancia.

 En la ley antigua se ordenaba no jurar en falso: "No tomarás en falso el nombre de tu Dios" (Dt 5,11). Pero Cristo mandó que no jurásemos sino en caso de necesidad; por eso leemos: "Sabéis que se mandó a los antiguos `No jurarás en falso'... Pues yo os digo que no juréis en absoluto" (Mt 5,33‑34). La razón de darnos tal precepto es que en ningún punto somos tan frágiles como en la lengua, pues a ésta, según se lee en Iac 3, nadie ha podido domarla, y por consiguiente podría uno caer en perjuicio sin ponderación. "A vosotros os basta decir sí o no" (Mt 5,37); "Yo os digo que no juréis en absoluto" (Mt 5,34). 

Con el juramento ocurre como con las medicinas, que no se toman siempre, sino en caso de necesidad sólo. Por tanto, "lo que pasa de ahí, viene del maligno" (Mt 5,37). "Que tu lengua no se habitúe a jurar, que esto hace caer muchas veces. No tengas continuamente en la boca el nombre de Dios, no abuses del de los santos, que no saldrás de ello limpio de falta" (Eccli 23,9‑10). 

C) En ocasiones vano es lo mismo que pecaminoso o injusto: "Hijos de hombre, ¿hasta cuándo seréis torpes de corazón? ¿por qué amáis la vanidad?" (Ps 4,3). En este sentido, quien jura hacer un pecado, toma en vano el nombre de Dios. De otra parte la justicia consiste en obrar el bien y evitar el mal. Según esto, si juras cometer un hurto o cosa semejante, vas contra justicia; tal juramento no debe ser cumplido, pero quien así jura, perjura. De esa manera se comportó Herodes en el caso de Juan, como leemos en Mc 6. Igualmente va contra justicia quien jura no hacer un bien, por ejemplo, no entrar en la Iglesia o en religión; tampoco hay que cumplir ese juramento, pero perjura el que lo pronuncia. 

En una palabra, no hay que jurar ni falsa ni inútil, ni injustamente; y así, está escrito: "Jurarás `¡Vive Dios!' con verdad, con juicio y con justicia" (Ier 4,2). 

Aún podemos agregar un cuarto significado, según el cual vano quiere decir estúpido: "Vanos son todos los hombres en los que no se da conocimiento de Dios" (Sap 13,1). En tal sentido, quien toma estúpidamente el nombre de Dios, por ejemplo los blasfemos, toma el nombre de Dios en vano. "El que blasfeme del nombre del Señor será muerto" (Lev 24,16). 

"No tomarás en vano el nombre del señor tu Dios". Con seis fines se puede pronunciar el nombre de Dios. 

Primero, para garantizar una aseveración, como ocurre en el juramento. De este modo confesamos que Dios es la fuente de la verdad. Y con ello ponemos de manifiesto nuestro respeto por Dios; por lo cual en la ley (Dt 6) se ordena que nadie jure más que por él. Desobedecen, pues, los que juran de manera distinta. "No jurarás en el nombre de dioses extraños" (Ex 23,13). 

Aunque a veces se jure por las criaturas, la realidad es que en todas esas ocasiones no se jura sino por Dios. Cuando juras por tu vida o por tu cabeza, no haces otra cosa que emplazarlas a un castigo que El puede imponerles; lo expresa bien el Apóstol: "Pongo a Dios por testigo contra mi vida..." (2 Cor 1,23). Cuando juras por el Evangelio, lo haces por Dios autor del Evangelio. Así pues,, quien jura por el Evangelio sin razón suficiente peca, como peca quien lo hace por Dios. 

 Segundo, se toma el nombre de Dios para santificar. Santifica el bautismo: "Habéis sido lavados, habéis sido santificados, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo:: (1 Cor 6,11). Pero el bautismo no tiene eficacia sino en virtud de la invocación de la Trinidad. "Tú, Señor, estás en medio de nosotros, y sobre nosotros ha sido invocado tu santo nombre" (Ier 14,9). 

Tercero, para expulsar al enemigo. De acuerdo con esto, antes de recibir el bautismo se renuncia al demonio. "Tan pronto como tu nombre es invocado sobre nosotros, aleja nuestra deshonra" (Is 4,1). Por consiguiente, si vuelves al pecado, se ha tomado en vano el nombre del Señor. 

Cuarto, se pronuncia este nombre para hacer profesión de él. Pablo: "¿Cómo invocarán a Aquel en quien no han creído?" (Rom 10,14); y en el versículo anterior: "Pues todo el que invoque el nombre del Señor, se salvará". 

La profesión se hace en primer lugar de palabra para dar a conocer la gloria de Dios: "Para gloria mía creé a todo el que invoca mi nombre:: (Is 43,7). Por tanto, si dices algo contra la gloria de Dios, tomas su nombre en vano.

En segundo lugar con las obras, cuando nuestras acciones ponen su gloria de manifiesto: "Que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo" (Mt 5,16). Lo contrario hacen aquellos a los que se refiere el Apóstol: "El nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por culpa vuestra" (Rom 2,24). 

Quinto, se toma el nombre de Dios para protección. "Torre inexpugnable el nombre del Señor; a ella se acoge el justo y resultará inaccesible" (Prv 18,10). "En mi nombre expulsarán los demonios" (Mc 16,17). "Bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre que pueda salvarnos" (Act 4,12). 

Sexto, para dar un último toque de perfección a las obras. "Todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de nuestro Señor Jesucristo" (Col 3,17). "Nuestro auxilio es el nombre del Señor" (Ps 123,8). Algunos empiezan ya imprudentemente, por ejemplo haciendo votos que no se cumplen, y de ese modo toman también el nombre de Dios en vano. "Si haces un voto a Dios, no tardes en cumplirlo" (Eccli 5,3). "Haced votos al Señor Dios vuestro, y cumplidlos, todos los que en torno a El tenéis ofrendas" (Ps 75,12). "Porque le desagradan las promesas infieles y hechas sin reflexión" (Eccli 5,3).

 

 

§12 Tercer mandamiento

 Acuérdate de santificar el día del sábado (Ex 20,8)

 Este es el tercer mandamiento de la ley, y con toda razón. En efecto, a Dios debemos reverenciarlo en primer lugar con el corazón, y por ello se nos ordena no adorar más que a un sólo Dios: "No tendrás dioses extraños frente a mí". En segundo lugar con los labios: "No tomarás en vano el nombre del Señor tu Dios". En tercer lugar con las obras, y a este fin se nos manda: "Acuérdate de santificar el día sábado". Porque quiso Dios que hubiera un día determinado en que los hombres se dedicasen a su servicio.

 Tal mandamiento se impuso por cinco motivos.

 a) Para combatir el error. Conocía el Espíritu Santo que, andando el tiempo, dirían algunos que el mundo había existido siempre: "En los últimos días vendrán con burlas hombres sarcásticos, guiados por sus propias pasiones, que dirán: `¿Dónde queda la promesa de su venida? Desde que murieron los padres todo permanece como al principio de las cosas'. Porque voluntariamente ignoran que un día hubo unos cielos y una tierra surgida del agua y en el agua asentada por la palabra de Dios" (2 Pet 3,3‑5). Pues bien, Dios quiso que fuera guardado un día en el recuerdo de que El creó todo en seis y al séptimo cesó de dar origen a nuevas criaturas. A este motivo alude el Señor de la ley cuando dice: "Acuérdate de santificar el día del sábado". 

Los judíos en memoria de aquella primera creación guardaban el sábado; ahora bien, Cristo con su venida dio lugar a una creación nueva. De la primera nació el hombre terreno, de la segunda el hombre celestial. "En Cristo Jesús nada cuentan ni la circuncisión ni la incircuncisión, sino la nueva criatura" (Gal 6,15). Esta criatura nueva nace de la gracia, que comenzó con la resurrección: "Como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Porque si hemos sido plantados juntamente con El a imagen de su muerte, lo seremos también a imagen de su resurrección" (Rom 6,4‑5). Y como la resurrección ocurrió en domingo, por eso guardamos ahora este día, del mismo modo que los judíos celebraban el sábado en recuerdo de la creación primera. 

b) Para instruir en el misterio del Redentor. La carne de Cristo no se pudrió en la sepultura: "Mi carne reposará en esperanza, porque... no permitirás que tu santo vea la corrupción" (Ps 15,9‑10). A tal fin quiso Dios que se guardase el sábado, para que, mientras los sacrificios prefiguraban la muerte de Cristo, el descanso del sábado fuera un anticipo del reposo de su carne. nosotros ya no conservamos esos sacrificios, porque al llegar la realidad y la verdad se acaban las prefiguraciones, como se desvanecen las sombras a la salida del sol; dedicamos, sin embargo, el sábado a la veneración de la Virgen gloriosa, que conservó en ese día la fe en la totalidad del misterio de Cristo mientras El estaba muerto. 

c) Para afianzar y preludiar la verdad de la promesa. Puesto que lo que se nos promete es un descanso. "En el día aquel, cuando Dios te conceda el descanso de tu trabajo, de tu agobio y de la dura servidumbre a que fuiste sometido" (Is 14,3); "Se sentará mi pueblo en hermosura de paz, en tiendas de confianza, en egregio reposo" (Is 32,18). 

De tres cosas descansaremos entonces: de los trabajos de la vida presente, del agobio de las tentaciones, y de la esclavitud del diablo. Cristo prometió este descanso a los que se acercan a El cuando dijo: "Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero, y ligera mi carga" (Mt 11,28‑30). Pero no conviene olvidar que el Señor trabajó seis días y descansó al séptimo, porque primero hay que cumplir la tarea con perfección. "He penado un poco, y he hallado para mí mucho descanso" (Eccli 51,35). Así es; la eternidad sobrepasa a todo el tiempo presente incomparablemente más que mil años a un solo día. 

d) Para caldear el amor. "Un cuerpo corruptible hace pesada el alma" (Sap 9,15); por eso el hombre siempre tira hacia abajo, hacia lo terreno, si no lucha por elevarse. Es, pues, imprescindible dedicar un tiempo fijo a este ejercicio. Algunos lo practican de manera continua: "Bendeciré al Señor en todo momento, su alabanza estará siempre en mi boca" (Ps 33,2); "Orad sin interrupción" (1 Thes 5,17); éstos siempre están en sábado. Otros lo hacen a determinadas horas: "Siete veces al día canto tu alabanza" (Ps 118,164). Finalmente los demás, para que no se alejasen de Dios por completo, fue preciso que tuvieran señalado algún día, no se les fuera a enfriar demasiado el amor a Dios: "Si llamas al sábado día delicioso... entonces te deleitarás en el Señor" (Is 58,13‑14); "Entonces en el Todopoderoso abundarás en delicias, y alzarás a Dios tu rostro" (Iob 22,26). 

Porque ese día no tiene como finalidad el juego, sino la alabanza y la súplica a Dios nuestro Señor. Por ello dice Agustín que es menos malo labrar en él que dedicarse a jugar. 

e) Para practicar la consideración con los que están bajo uno. Pues hay gente tan dura consigo y con los suyos que jamás detiene el trabajo, por el afán de lucro; y especialmente los judíos, que tan avaros son. "Guarda el día del sábado... Ningún trabajo harás en él, ni tú ni tu hijo ni tu hija, ni tu siervo ni tu sierva, ni tu buey ni tu asno ni ninguna de tus bestias..., para que descansen tu siervo y tu sierva, y tú también" (Dt 5,12‑14). 

Por las cinco razones que acabamos de explicar se dio este mandamiento. 

"Acuérdate de santificar el día sábado". Ya hemos dicho que, mientras los judíos celebran el sábado, los cristianos celebramos el domingo, y otras fiestas principales. Vamos a considerar en este momento de qué modo debemos observarlas. 

Hay que tener presente que no dice: "Guarda el sábado", sino "Acuérdate de santificar el día del sábado". 

Santo se toma en dos sentidos. Unas veces equivale a limpio: "Habéis sido lavados, habéis sido santificados" (1 Cor 6,11). En otras ocasiones se aplica a las cosas consagradas al culto de Dios, como un edificio, una fecha, una vestidura, un vaso sagrado. En ambos sentidos debemos santificar las fiestas, en el de la limpieza y en el de la dedicación al servicio divino. 

Por consiguiente, en este precepto se incluyen dos consideraciones: primera, de qué hemos de guardarnos en el día festivo; segunda, qué tenemos que hacer en él. 

§13 Hemos de guardarnos de tres cosas. 

a) En primer lugar, de trabajos corporales: "Santificarás el sábado, de forma que no hagas en él trabajo servil" (Ier 17,22); y en la ley se ordena: "Ningún trabajo servil realizarás en él" (Lev 23,25). El trabajo servil es el corporal, mientras que el liberal, como pensar y otros por el estilo, es ejercicio del alma, en el que nadie puede ejercer señorío sobre el hombre.

Con todo, se pueden llevar a cabo trabajos corporales en sábado por cuatro motivos. Primero, por una necesidad; así, el Señor exculpó a sus discípulos que habían arrancado espigas en sábado, conforme se narra en Mt 12. Segundo, por utilidad de la Iglesia; en el mismo capítulo leemos que los sacerdotes realizaban en sábado todas las tareas que el templo necesitaba ese día. Tercero, por utilidad del prójimo; el Señor curó en sábado a un hombre que tenía una mano imposibilitada, y con el ejemplo de la oveja dejó sin palabra a los judíos, que lo veían mal, según se relata en el pasaje del Evangelio que venimos citando. Cuarto, por mandato del superior; así, el señor ordenaba a los judíos circuncidar en sábado, como se indica en Jn 7. 

b) En segundo lugar, hemos de guardarnos del pecado: "Cuidad vuestras almas y no llevéis peso en día de sábado" (Ier 17,21). El peso, la carga del alma, es el pecado precisamente: "Como carga pesada pesaban sobre mí" (Ps 37,5). Además el pecado es trabajo servil, porque "el que comete pecado, esclavo es del pecado" (Jn 8,34). Por consiguiente, la prohibición "Ningún trabajo servil realizaréis en él" se puede entender referida al pecado, y va contra ella uno cuando peca en sábado, porque trabajando y pecando se ofende a Dios. "No soporto el sábado y las otras festividades". ¿Por qué? Porque "Vuestras asambleas son inicuas. Vuestros novilunios y solemnidades los detesta mi alma, se me han hecho antipáticos" (Is 1,13‑14). 

c) En tercer lugar, hemos de guardarnos de la desocupación: "La ociosidad enseña muchos vicios" (Eccli 33,29). Jerónimo <6>, Ad Rusticum: "Empléate constantemente en alguna obra buena, para que el demonio te encuentre ocupado". Por eso no es recomendable guardar más que las principales fiestas, si la abundancia de ellas va a tener ocioso al hombre. "El honor del rey ama el juicio", esto es, la discreción (Ps 98,4). Se cuenta en 1 Mach 2 que algunos judíos se habían escondido y fueron atacados por los enemigos; creyendo que en sábado no les era lícito defenderse, se dejaron vencer y matar. Lo mismo ocurre a muchos que pasan las fiestas ociosos: "Los adversarios la miraban, y se reían de sus sábados" (Lam 1,7). Más vale que actúen como resolvieron finalmente aquellos judíos: "A todo el que venga a atacarnos en día de sábado le haremos frente" (1 Mach 2,41). 

"Acuérdate de santificar el día del sábado". Según hemos dicho, el hombre debe santificar las fiestas, y comentábamos que santo significa dos cosas, lo limpio y lo consagrado a Dios. Ya se ha explicado de qué tenemos que guardarnos en días así. Falta exponer cuáles habrán de ser nuestras ocupaciones. Y son de tres clases. 

a) En primer lugar, debemos dedicarnos a hacer sacrificios. En Num 28 se lee que Dios mandó ofrecer un cordero por la mañana y otro por la tarde; los sábados, sin embargo, habían de ser dos cada vez. Quiere con ello recalcar que el sábado hemos de ofrecer a Dios un sacrificio de todo lo que tenemos. "Todo es tuyo; lo que habíamos recibido de tus manos, es lo que te hemos dado" (1 Par 29,14). 

 Debemos, pues, ofrecer gustosamente en sacrificio nuestra alma. Esto, mediante el dolor de los pecados: "Sacrificio para Dios es un espíritu quebrantado" (Ps 50,19), y mediante la acción de gracias por los beneficios: "Suba mi oración, Señor, como incienso en tu presencia" (Ps 140,2). Y es que las fiestas se han hecho para promover la alegría espiritual, y esa alegría la produce la oración; por lo cual en día festivo se han de multiplicar las plegarias. 

Debemos ofrecer en sacrificio nuestro cuerpo. Esto mediante el ayuno: "Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva para Dios, santa" (Rom 12,1); y mediante la alabanza: "El sacrificio de alabanza me honrará" (Ps 49,23); por lo que en día festivo se multiplican los cantos. 

Debes ofrecer en sacrificio tus cosas. Esto, mediante la limosna: "No os olvidéis de hacer el bien y de dar parte a los demás en lo vuestro; ésos son los sacrificios que agradan a Dios" (Heb 13,16). Y que la limosna sea doble que en día ordinario, porque es jornada de alegría para todos. "Mandad porciones a los que no tienen nada preparado, porque es el día consagrado al Señor" (Neh 8,10). 

b) En segundo lugar, debemos dedicarnos a conocer la palabra de Dios, como siguen haciendo los judíos: "Las palabras de los Profetas que se leen todos los sábados" (Act 13,27). Con mayor motivo los cristianos, cuya justicia tiene que ser más perfecta, han de acudir ese día a la predicación y a los cultos de la Iglesia: "El que es de Dios, escucha las palabras de Dios" (Jn 8,47); asimismo han de emplear el tiempo en conversaciones útiles: "No salga de vuestra boca palabra mala, sino la que sirva para edificar" (Eph 4,29). 

Ambas cosas son de gran provecho al alma del pecador, pues consiguen que sus sentimientos mejoren: "Mis palabras son como fuego ardiente, dice el Señor, y como martillo de picapedrero" (Ier 23,29). Lo contrario ocurre incluso a los perfectos, cuando no hablan o escuchan conversaciones útiles: "Malos coloquios corrompen buenas costumbres. Despertad, justos, y no pequéis" (1 Cor 15,33‑34). "En mi corazón guardé tus palabras" (Ps 118,11). Estas instruyen al ignorante: "Tu palabra es luz para mis pies" (Ps 118,105): y enardecen al tibio: "La palabra del señor lo había inflamado" (Ps 104,19). 

c) En tercer lugar, debemos dedicarnos a Dios. Esto es propio de los perfectos. "Entregaos a ver qué bueno es el Señor" (Ps 33,9). Es descanso del alma. Lo mismo que el cuerpo, también el alma fatigada anhela un reposo; y el sitio del alma es Dios: "Sé para mí un Dios protector y un sitio donde acogerme" (Ps 30,3). "Por tanto, quede un descanso sabático para el pueblo de Dios; pues quien entra en su descanso, también descansa de sus trabajos, como Dios de los suyos" (Heb 4,9‑10). "Entrando en mi casa, con ella encontraré reposo" (Sap 8,16). 

Pero antes de que pueda el alma llegar a este descanso, es necesario conseguir tres descansos previos. Primero, del desasosiego del pecado: "El corazón del impío es como mar agitada, que no puede estar en calma" (Is 57,20). Segundo, de las pasiones de la carne; porque la carne tiene apetencias contrarias al espíritu, y el espíritu contrarias a la carne, como leemos en Gal 5. Tercero, de las ocupaciones del mundo: "Marta, Marta, andas afanosa e inquieta por muchas cosas" (Lc 10,41). Apaciguada en estos tres aspectos, ya puede el alma reposar tranquilamente en Dios: "Si llamas al sábado día delicioso... entonces te deleitarás en el Señor" (Is 58,13‑14). 

Por ese motivo lo abandonaron todo, los santos; porque ésta es la perla de gran valor que impulsa a quien la encuentra a ocultarla, e ir lleno de alegría a vender todo lo que tiene, para hacerse con ella, conforme se dice en Mt 13. Este descanso es vida eterna y felicidad eterna. "Este es mi reposo para siempre, en él moraré, pues lo he escogido" (Ps 131,14). A él nos lleve Dios <7>.

 

 

§14 Cuarto mandamiento

 Honra a tu padre y a tu madre, para que tengas larga vida en la tierra que el Señor tu Dios te dará (Ex 10,12)

 La perfección del hombre consiste en el amor a Dios y al prójimo. Del amor a Dios tratan los tres mandamientos que fueron escritos en la primera tabla; al amor del prójimo se refieren los siete de la segunda. Ahora bien, según se dice en 1 Jn 3, no hemos de amar de palabra y con los labios, sino con obras y de verdad. Y quien ama de esa manera, tiene que hacer dos cosas; evitar el mal y practicar el bien. Por ello, entre los mandamientos, unos mandan obrar, el bien, otros prohíben ejecutar el mal.

 Conviene caer en la cuenta de que guardarnos de hacer mal, está a nuestro alcance; en cambio no podemos hacer bien a todo el mundo. Por eso dice San Agustín que tenemos que amar a todos, pero que no estamos obligados a hacer a todos el bien. Pero, entre todos los hombres hemos de hacer el bien a los que se hallan vinculados con nosotros, porque "si uno no cuida de los suyos, particularmente de los de su casa, es un infiel" (1 Tim 5,8). Y entre los parientes, los más allegados a nosotros son el padre y la madre; por eso dice Ambrosio <8>: "Debemos amar en primer lugar a Dios, en segundo lugar al padre y a la madre"; y es lo que ordena el mandamiento: "Honra a tu padre y a tu madre". 

En la misma idea insiste el Filósofo, diciendo que nunca podemos corresponder adecuadamente al gran beneficio recibido de ellos; por lo que un padre injuriado bien puede echar de casa a su hijo, pero no al revés. 

Tres son las cosas que dan a los hijos los padres. 

Primera, el ser. "Honra a tu padre, y no olvides los dolores de tu madre. Ten presente que, si no hubiera sido por ellos, no habrías nacido" (Eccli 7,29). 

Segunda, alimento y apoyo, necesarios para subsistir. Desnudo entra el hombre en este mundo, como se recuerda en Iob 1, pero sus padres lo sustentan. 

Tercera, formación. "Tuvimos a nuestros padres según la carne, que nos corregían" (Heb 12,9). "¿Tienes hijos? Edúcalos" (Eccli 7,25). 

En dos puntos han de formar los padres a sus hijos, y cuanto antes; porque "quien de joven creció en un camino, ni aun de viejo se apartará de él" (Prv 22,6), y "bueno es para el hombre soportar el yugo desde su juventud" (Lam 3,27). Esos dos puntos son los que enseñó Tobías a su hijo (Tob 4), el temor de Dios y la abstención de todo pecado. Esto contra los que se complacen en las fechorías de sus retoños. La Escritura sentencia: "Todos los hijos nacidos de malvados atestiguan la maldad de sus progenitores" (Sap 4,6). Y en este sentido leemos en Ex 20 que Dios castiga el pecado en los hijos. 

Así pues, los hijos reciben de sus padres el ser, alimento y formación. 

Como tenemos de ellos el ser, hemos de respetarlos más que a cualesquiera otros señores, de los que solamente recibimos cosas, excepción hecha de Dios, que nos ha dado el alma <9>. "Quien teme al Señor, honra a sus padres, y servirá como a señores a los que lo engendraron, con obras, palabras y con toda paciencia. Honra a tu padre (o a tu madre), para que venga sobre ti la bendición de Dios" (Eccli 3,8,10). 

Con ello además te estás honrando a ti mismo: "La gloria de un hombre proviene de la honra de su padre, y es baldón del hijo un padre sin honor" (Eccli 3,13). 

Porque nos proporcionan alimento en la niñez, debemos nosotros dárselo en su ancianidad. "Hijo, ampara la vejez de tu padre, y en su vida no le causes tristeza; aunque chochee, sé comprensivo, no lo desprecies en la plenitud de tus facultades... ¡Qué infame es quien abandona a su padre! y es maldito de Dios el que irrita a su madre" (Eccli 3,14‑15 y 18). 

Para vergüenza de los que no cumplen tal obligación, pone Casiodoro <10> en el libro segundo de sus Cartas el ejemplo siguiente: Cuando las cigüeñas viejas andan escasas de pluma por los años, y no son capaces de proveerse de comida, sus hijas les abrigan con sus propias alas el cuerpo y las alimentan, devolviendo así con filial cariño lo que de pequeñas recibieron de sus progenitores.

 Finalmente, puesto que nos instruyeron, debemos obedecerles. "Hijos, obedeced a vuestros padres en todo" (Col 3,20). Por supuesto, menos en lo que vaya contra Dios: Jerónimo, Ad Heliodorum: "Unicamente en esta hipótesis sería cruel complacer"; y el Evangelio: "Quien no pospone a su padre y a su madre..., no puede ser discípulo mío" (Lc 14,26). La razón de ello estriba en que Dios es más Padre aún: "¿No es El tu Padre, que te poseyó, te hizo y te creó?" (Dt 32.6). 

"Honra a tu padre y a tu madre". Entre todos los mandamientos sólo a éste se agrega: "Para que tengas larga vida en la tierra". El fin de tal adición es que no pensemos que no merecen premio los que honran a sus padres, por ser esto cosa natural. 

 Cinco, y apetecibles, se les prometen a quienes los honran. 

a) El primer premio es gracia en la vida presente y gloria en la futura, que es lo más que podemos desear: "Honra a tu padre, para que venga sobre ti la bendición de Dios, y su bendición perdura hasta el fin" (Eccli 3,9‑10). 

Lo contrario, aguarda a quienes los desprecian. Ya en la ley los maldice Dios, según leemos en Dt 27. Y el Evangelio asegura: "El que es injusto en lo menudo, también en lo importante es injusto" (Lc 16,10). Ahora bien, la vida natural es lo menudo en comparación con la vida de la gracia. Por consiguiente, si no eres capaz de reconocer el beneficio de aquélla, que de tus padres la recibiste, no mereces la vida de la gracia, que es más importante, ni por tanto la vida de la gloria, que tiene la importancia máxima. 

b) El segundo premio consiste en vida: "Para que tengas larga vida en la tierra". "Quien honra a su padre vivirá largos días" (Eccli 3,7). Conviene advertir que una vida es larga cuando se la ha llenado; no se mide por su duración sino por sus realizaciones, según el Filósofo. Y se la llena viviendo virtuosamente. Por ello el virtuoso y el santo es mucho lo que viven, aunque muera joven su cuerpo. Así, se dice: "Consumado en breve, llenó largos años, pues era su alma del agrado de Dios" (Sap 4,13‑14). El mejor comerciante es el que hace en un día lo que otro en un año. Además, la prolongación de la vida es a veces causa de muerte corporal y espiritual, como ocurrió a Judas. Queda, pues, explicado en qué sentido es premio la vida corporal. 

Lo contrario, esto es, la muerte, sobreviene a los que injurian a sus padres. Tenemos de ellos la vida, como reciben del rey un feudo sus soldados. De la misma manera que éstos pierden el feudo justamente, si cometen traición, así también merecen perder la vida aquéllos por la ofensa inferida a sus progenitores. "Cuervos del torrente saquen e hijos de águila devoren el ojo que se burla de su padre y desprecia el parto de su madre" (Prv 30,17); los hijos de águila designan aquí a los reyes y príncipes, los cuervos a sus alguaciles. Y si a veces se libran del castigo corporal, no escaparán de la muerte del espíritu. 

Por tal motivo, no deben los padres conceder mucha autonomía a sus hijos: "Mientras vivas y tengas aliento, no admitas imposiciones de nadie"; "A hijo y mujer, a hermano y amigo no les des poder sobre ti en vida tuya, no les entregues tu hacienda en vida tuya, no sea que te pene" (Eccli 33,21 y 20). 

c) El tercer premio consiste en tener, a su vez, hijos agradecidos y solícitos, cuando lo ordinario es que el padre atesore para sus hijos pero no al revés. "Quien honra a su padre, en sus hijos recibirá contento" (Eccli 3,6). "Con la medida con que midáis, se os medirá a vosotros" (Mt 7,2). 

d) El cuarto es disfrutar de una fama excelente: "La gloria de un hombre proviene de la honra de su padre" (Eccli 3,13). En cambio, "¡Qué infame es quien abandona a su padre!" (Eccli 3,18). 

e) El quinto es poseer riquezas: "La bendición de un padre consolida la casa de sus hijos; la maldición de una madre arranca los cimientos" (Eccli 3,11). 

"Honra a tu padre y a tu madre". No es la generación natural el único motivo por el que se puede llamar padre a una persona; existen otras razones diversas según las cuales algunos son llamados así, y a cada una de estas especies de paternidad se debe su correspondiente respeto. 

Son llamados padres los Apóstoles y otros santos a causa de la doctrina y el ejemplo de fe que nos han legado. Pablo: "Pues aunque tengáis diez mil pedagogos en Cristo no tenéis muchos padres; he sido yo quien os ha engendrado en Cristo Jesús por el Evangelio" (1 Cor 4,15). Por eso se dijo: "Alabemos a los varones ilustres, nuestros padres, en su generación" (Eccli 44,1); pero hemos de alabarlos no de palabra sino imitándolos. Esto ocurre cuando no se halla en nosotros lo contrario de lo que alabamos. "Acordaos de vuestros mentores...; teniendo a la vista el final de su vida, imitad su fe" (Heb 13,7). 

Son llamados padres los prelados; también se les debe respeto, porque son ministros de Dios: "El que a vosotros escucha, a mí me escucha; y el que os desprecia, a mí me desprecia" (Lc 10,16). Por consiguiente, hemos de honrarlos, obedeciéndoles: "Obedeced a vuestros mentores, y someteos a ellos" (Heb 13,17); y entregándoles los diezmos: "Honra al Señor con tus haberes, y da a los pobres las primicias de tus frutos" (Prv 3,9). 

Los reyes y príncipes: "Padre, aunque el profeta te hubiera ordenado una cosa difícil, hubieras debido hacerla sin duda" (4 Reg 5,13); son llamados padres porque deben mirar por el bien de su pueblo. También a éstos los honramos, con nuestra sumisión: "Sométanse todos a las altas potestades" (Rom 13,1). Y esto no sólo por miedo sino por amor, ni sólo por consideraciones humanas sino en conciencia. La razón de ello se funda en que, como dice el Apóstol en el mismo pasaje, toda autoridad proviene de Dios; por lo cual hay que dar a cada uno lo que le es debido: "A quien tributo, tributo; a quien impuestos, impuestos; a quien respeto, respeto; a quien honor, honor" (Rom 13,7). "Teme al Señor, hijo mío, y al rey" (Prv 24,21). 

Los bienhechores: "Sé compasivo con los huérfanos como un padre" (Eccli 4,10), y precisamente lo propio de un padre es hacer bien a sus hijos. Así pues, también a nuestros bienhechores hemos de corresponderles, haciéndoles el bien: "No olvides los favores de quien salió fiador tuyo" (Eccli 29,20). Porque a los desagradecidos les ocurrirá aquello de que "la esperanza del ingrato se deshará como escarcha en invierno" (Sap 16,29). 

Las personas de edad: "Pregunta a tu padre, y te lo contará; a tus ancianos, y te lo dirán" (Dt 32,7). "Ante las canas ponte de pie, y honra la persona del anciano" (Lev 19,32). "Entre grandes no oses hablar, y donde hay ancianos no hables mucho" (Eccli 32,13). "Escucha en silencio, y con tu respeto te ganarás la simpatía" (Eccli 32,9). 

En una palabra, todas estas personas que hemos ido enumerando deben ser reverenciadas, porque todas llevan de alguna manera la imagen del Padre que está en los cielos. Y de ellas se dice: "El que a vosotros desprecia, a mí me desprecia" (Lc 10,16).

 

§15 Quinto mandamiento

 No matarás (Ex 20,13)

 En la ley divina, se establece las reglas del amor a Dios y al prójimo, se ordena no sólo hacer el bien, sino alejarse del mal. Pero entre todos los males que se pueden ocasionar al prójimo, el más grande es matarlo; de ahí que se prohíba esto, cuando se dice: "No matarás". 

En relación con este precepto se han constatado tres errores. 

Algunos han sostenido que no es lícito matar ni siquiera animales. Es falso, pues no constituye pecado usar de lo que ha sido puesto bajo dominio del hombre. Además, la organización de la naturaleza estriba en que las plantas sirven de alimento a los animales, éstos unos a otros, y todo de alimento a los hombres. "Todo os lo doy, como os di las hortalizas y verduras" (Gen 9,3). El Filósofo, por su parte, dice en la Política que la caza es una especie de guerra justa. Y el Apóstol: "Comed de todo lo que se vende en la carnicería, sin plantearos problemas de conciencia" (1 Cor 10,25). Por consiguiente, "no matarás" hombres. 

Otros aseguraron que con este mandamiento el matar a un hombre quedaba prohibido de manera absoluta. Y afirman que son homicidas los jueces que, de conformidad con las leyes, pronuncian sentencia de muerte. Contra ellos dice Agustín que Dios no se quitó a Sí mismo, por tal precepto, el poder de matar; y así, leemos: "Yo doy la muerte y doy la vida" (Dt 32,29). Por lo tanto, pueden lícitamente matar quienes lo hacen por mandato de Dios, porque entonces es Dios el que lo hace; y toda ley es un mandato de Dios: "Por mí reinan los reyes, y los legisladores decretan lo justo" (Prv 8,15); "Si obras el mal, teme; que no en vano lleva espada, pues es ministro de Dios" (Rom 13,4). Y a Moisés se le ordena: "Los hechiceros no consentirán que vivas" (Ex 22,18). En una palabra, lo que es lícito a Dios, es lícito también a sus ministros cuando actúan por mandato de El. Y bien claro está que Dios no peca, siendo como es el autor de las leyes, cuando impone la muerte en castigo del pecado: "El salario del pecado es la muerte" (Rom 6,23). Por tanto, sus ministros tampoco. Por consiguiente, el sentido es: "No matarás" por cuenta propia. 

Otros, en fin, afirmaron que con esas palabras se prohibía matar a los demás, pero que suicidarse era lícito. Lo hizo Sansón (Idc 16). Catón, y aquellas vírgenes de las que cuenta Agustín en el libro I De Civit. Dei que se arrojaron al fuego. Pero Agustín mismo contesta en el pasaje citado: "Quien se mata a sí mismo, mata sin duda a un hombre". Por tanto, si está prohibido matar a un hombre sin mandato de Dios, igualmente lo está suicidarse, a no ser por una orden de esta clase o por inspiración del Espíritu Santo, como suele decirse en Sansón. Por consiguiente, "no matarás". 

De muy diversas maneras se puede matar a un hombre. 

Primera, con las propias manos: "Vuestras manos están llenas de sangre" (Is 1,15). Esto va no sólo contra la caridad, que ordena amar al prójimo como a uno mismo: "Ningún homicida tiene en sí vida eterna" (1 Jn 3,15); sino contra la naturaleza, porque "todo viviente ama a su semejante" (Eccli 13,19). De ahí la descripción del Exodo: "El que deliberadamente hiera de muerte a un hombre, muera a su vez" (21,12). Quien hace tal cosa es más feroz que los lobos, pues en el libro 4 De los Animales se dice que si a un lobo se el echa carne de lobo, no la come. 

Segunda, con las palabras. Esto, aconsejando a uno contra otro, provocando, acusando y denigrando. "Los dientes de los hombres son armas y flechas, y su lengua espada cortante" (Ps 56,5). 

Tercera, por complicidad. "Hijo mío, no andes con ellos..., porque sus pies corren hacia el mal, y se apresuran para derramar sangre" (Prv 1,15). 

Cuarta, cuando consentimos la muerte de alguien. "Son dignos de muerte no sólo los que lo hacen, sino también los que dan su consentimiento a quienes lo hacen" (Rom 1,32). Y en cierta medida consientes una muerte cuando puedes impedirla: "Libra a los que son arrastrados al suplicio" (Prv 24,11). Y cuando, teniendo posibilidad, desamparas a uno por negligencia o avaricia; Ambrosio: "Da de comer a quien se muere de hambre; si no le das, lo has matado". 

En este punto conviene advertir que unos matan solamente el cuerpo, y a ellos hemos venido aludiendo. Otros matan el alma, arrebatándole la vida de la gracia, arrastrándola a pecado mortal: "El (el diablo) fue homicida desde el principio" (Jn 8,44), porque empujó al pecado. Otros, finalmente, matan alma y cuerpo; esto ocurre en dos ocasiones: cuando se da muerte a una mujer embarazada, pues entonces al niño se le mata en cuerpo y alma <11>, y cuando alguien se suicida <12>

§16 "No matarás". Enseña Cristo en el Evangelio (Mt 5) que nuestra justicia debe ser mayor que la justicia de la ley, y por consiguiente que los mandamientos de la ley serán cumplidos por los cristianos con más perfección que la que practicaron los judíos en su observancia. El fundamento de esto reside en que mayor salario exige más trabajo: "Quien siembra poco, poco coge" (2 Cor 9,6). La recompensa prometida en la ley era temporal y terrena: "Si queréis escucharme, comeréis los bienes de la tierra" (Is 1,19); en cambio en nuestra ley se promete una recompensa eterna y celestial. Por tanto, la justicia, que consiste en la guarda de los mandamientos, debe ser en este caso mayor, puesto que se espera más alto salario. 

Entre otros mandamientos hizo Cristo mención de éste, diciendo: "Habéis oído que se dijo a los antiguos: no matarás. Pero yo os digo que todo el que se aíra con su hermano, será reo de juicio" (Mt 5,21‑22), esto es, del castigo que imponía la ley. En ella se ordena: "A quien mate a su prójimo con premeditación y alevosía, hasta de mi altar lo arrancarás, para que muera" (Ex 21,14). 

Tocante a la ira, de cinco cosas hay que guardarse. 

A) De encolerizarse en seguida: "Que todo hombre sea pronto para escuchar, tardo para hablar, y tardo para la ira" (Iac 1,19). Dos son los motivos de esto: 

a) El primero, que la ira es pecado, y es castigado por Dios. 

Cabe, sin embargo, preguntar si toda ira es contraria a la virtud. Sobre lo cual existe una doble opinión. Los estoicos <13> dijeron que ninguna pasión tiene entrada en el sabio; es más, pretendían que la verdadera virtud consiste en permanecer interiormente impasible. Los peripatéticos <14>, por su parte, afirmaban que en el sabio cabe la ira, si bien controlada: esta segunda opinión es la más exacta. 

Lo prueba un argumento de autoridad: en los Evangelios se atribuyen tales pasiones a Cristo, en quien residió la plenitud frontal de la sabiduría <15>

Lo prueba asimismo un argumento de razón: si todas las pasiones fueran incompatibles con la virtud, habría muchas potencias del alma que serían inútiles, más, que serían nocivas al hombre, al no poder ser actuadas convenientemente; el apetito irascible y el concupiscible habrían sido otorgados al hombre sin ningún sentido <16>

Por consiguiente, hay que decir que la ira unas veces es virtud y otras no lo es. Porque se puede hablar de ira con tres significaciones distintas. 

Primera significación: considerando ira la que se da únicamente en un juicio de la razón, sin alteración emocional alguna; no se trata en realidad de ira, sino de un juicio. En este sentido, cuando Dios castiga a los malos, se dice que está encolerizado: "Soportaré la ira del Señor, porque he pecado contra El" (Mich 7,9). 

Pero además se puede considerar ira la que es realmente una pasión; radica ésta en el apetito sensitivo. Y da lugar a las dos significaciones restantes. 

Segunda significación: se refiere a esa ira en cuanto que está regulada por la razón y se mantiene dentro de los límites que la razón señala: cuando uno se encoleriza cuando debe, en la medida que debe, por lo que debe encolerizarse, etc.; es entonces la ira un acto de virtud; se la puede llamar ira por celo. por eso dice el Filósofo que la mansedumbre no consiste en no encolerizarse en absoluto. Así pues, tal ira no es pecado. 

Tercera significación: es la ira que rehuye la normativa de la razón; ésta siempre es pecado, unas veces venial, otras mortal: depende de lo que mueva la ira, según sea venial o mortal a su vez. 

El pecado puede ser mortal por dos capítulos: o ya de por sí, o por las circunstancias. El homicidio parece serlo de por sí, puesto que va directamente contra un mandamiento de Dios. por lo cual es pecado mortal de por sí consentir en el movimiento interior que impulsa a cometer un homicidio, pues si la ejecución es pecado mortal, también lo será consentir en llevarla a cabo. Puede ocurrir, con todo, que un pecado sea mortal de por sí, y sin embargo el movimiento no sea pecado mortal por no existir consentimiento; por ejemplo, si se despierta un movimiento de la concupiscencia tendente a fornicar, y no se consiente en él, no hay pecado mortal.

 Algo parecido cabe decir de la ira. Es un movimiento que impulsa a vengarse de las injurias recibidas; en esto consiste la ira propiamente. Si ese movimiento de la pasión consigue arrastrar la razón, habrá pecado mortal; pero si la razón no es seducida hasta el punto de consentir, el pecado será venial. Por lo demás, si ese movimiento no es de por sí pecado mortal, tampoco habrá pecado mortal, incluso aunque se consienta. 

Por consiguiente, las palabras "El que se aíra con su hermano, será reo de juicio" deberán entenderse los movimientos tendentes a dañar, movimientos que constituyen pecado mortal si hay consentimiento. "Toda obra, buena o mala, la emplazará Dios a juicio por cualquier fallo" (Eccl 12,14). 

b) El segundo motivo de que no debamos encolerizarnos en seguida, está en que todo hombre ama la libertad y odia la esclavitud. Ahora bien, el iracundo no es dueño de sí mismo. "¿Quién puede resistir el empuje de un espíritu alborotado?" "Pesada es la piedra, y pesada la arena; pero la ira del necio es más pesada que entrambas" (Prv 27,4 y 3). 

B) En segundo lugar hay que guardarse de permanecer airado mucho tiempo: "Si os encolerizáis, no pequéis" (Ps 4,5); "Que no se ponga el sol sobre vuestra ira" (Eph 4,26). 

La razón de esto explica el señor en el Evangelio: "Con el que te pone pleito procura arreglarte en seguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al alguacil, y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último cuarto" (Mt 5,25). 

C) En tercer lugar hay que guardarse de que la ira pase al corazón, cosa que ocurre cuando se transforma en odio. La diferencia entre la ira y el odio reside en que la primera es repentina y el segundo es sostenido; por eso constituye pecado mortal. "Quien odia a su hermano es un homicida" (1 Jn 3,15), porque se asesina a sí mismo al despojarse de la caridad, y mata al otro. Agustín, en la Regla: "En cuanto a litigios, o no tengáis ninguno o resolvedlos lo antes posible, no vaya a ser que la ira llegue al odio, convierta la viga en paja, y a vuestras almas en homicidas". "Hombre iracundo suscita altercados" Prv 15,18). "Maldita su ira, por obstinada, y su cólera, por terca" (Gen 49,7). 

D) En cuarto lugar hay que guardarse de que la ira pase a palabras. "El necio en seguida da a entender su ira" (Prv 12,16). Lo puede hacer de dos maneras: injuriando y hablando con altanería. 

Tocante a lo primero dice el Señor: "Si uno llama renegado a su hermano, merece la condena del fuego, y si lo llama imbécil, tendrá que comparecer ante el sanedrín" (Mt 5,22). "Una respuesta suave desarma la ira, una palabra hiriente acrecienta el furor" (Prv 15,1). 

E) En quinto lugar hay que guardarse de que la ira pase a las obras. En toda actuación hemos de practicar dos virtudes, la justicia y la misericordia. Pues bien, la ira cierra el camino a las dos. "La ira del hombre no obra la justicia de Dios" (Iac 1,20), porque aunque quiera no puede. Por eso un filósofo contestó a alguien que le había ofendido: "Te sacudiría si no estuviera irritado". "Ni la ira ni la cólera desbocada sienten misericordia" (Prv 27,4). "En su cólera mataron hombres" (Gen 49,6).

 Por ello Cristo nos enseñó a guardarnos no sólo del homicidio sino también de la ira. Un buen médico no se conforma con curar las manifestaciones externas de la enfermedad, sino que ataca las causas, para evitar recaídas. Cristo, de manera semejante, quiere que arranquemos las raíces de los pecados, y en concreto la ira, que es la raíz del homicidio.

 

§17 Sexto mandamiento

 

No cometerás adulterio (Ex 20,14)

     Una vez prohibido el homicidio se pasa a prohibir el adulterio; con toda razón, porque marido y mujer son como un solo cuerpo: "Serán, dice el Señor, dos en una sola carne" (Gen 2,24). Por lo cual, después del ataque perpetrado contra la vida misma de uno, no hay injuria mayor que la inferida al cónyuge. 

El adulterio se prohíbe tanto al marido como a la esposa. 

A) Sin embargo, hablaremos primero al adulterio de ésta, pues da la impresión de que su pecado es más grande. 

Tres pecados graves comete la mujer adúltera; se insinúan en el texto que sigue: "Toda mujer que abandona a su marido..., primero, ha sido incrédula de la ley del Altísimo; segundo, ha dejado a su esposo; tercero, ha cometido adulterio y se ha procreado hijos de otro hombre" (Eccli 23,32‑33). 

En primer lugar, por tanto, peca de incredulidad, puesto que es incrédula a la ley: Dios, en efecto, ha prohibido el adulterio. Al propio tiempo obra contra el ordenamiento divino: "A los que Dios ha unido, no los separe el hombre" (Mt 19,6). Así mismo, contra las instituciones de la Iglesia, contra el sacramento; el matrimonio se celebra ante la Iglesia, y por ello se pone a Dios como testigo y garante de la futura fidelidad: "El Señor ha sido testigo entre ti y la esposa de tu juventud, a la que has desdeñado" (Mal 2,14). El pecado, pues, va contra la ley, contra las instituciones y contra el sacramento de Dios. 

En segundo lugar peca de traición, porque deja a su esposo. El Apóstol enseña: "La mujer no tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino el marido" (1 Cor 7,4), hasta tal punto que ni aun castidad puede observar sin el consentimiento de éste. Por lo que, si adúltera, comete traición al entregarse a otro, como el criado que se dedica a servicio distinto del de su señor. "Ha dejado al caudillo de su juventud, y se ha olvidado de la alianza de su Dios" (Prv 2,17). 

En tercer lugar peca de robo, pues procrea para sí hijos de un extraño; es esto el robo más grande, porque adjudica toda la herencia a hijos ajenos. 

Esta mujer habría de procurar que esos hijos entrasen en religión, u otra solución satisfactoria, de forma que no heredaran a su marido. 

En resumen, la esposa adúltera es sacrílega, traidora y ladrona.

B) Ahora bien, los maridos pecan no menos que las esposas, por más que en ocasiones ellos suelan ser más indulgentes consigo mismos. Se deduce de tres consideraciones. 

Primera, de la igualdad que existe entre ambos, pues "el marido no tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino la mujer" (1 Cor 7,4); por lo cual ninguno de los dos puede hacer nada referente al matrimonio, sin consentimiento del otro. Para poner esto de relieve, Dios formó a la mujer no de pie o de la cabeza, sino de una costilla. Por eso el matrimonio no logró su perfección más que en la ley de Cristo; un judío podía tener varias mujeres, pero la esposa no podía tener varios maridos; no existía igualdad. 

Segunda, de la fortaleza del varón, en tanto que la concupiscencia es pasión típica de la mujer: "Asimismo, los maridos tratadlas a ellas con conocimiento, tributando honor a vuestras mujeres como a vaso frágil" (1 Pet 3,7). Por lo que, si exiges a tu mujer lo que tú no estás dispuesto a cumplir, cometes infidelidad. 

Tercera, de la autoridad del varón, pues él es cabeza de la mujer. Por este motivo las mujeres no deben hablar en la Iglesia sino preguntar en casa a sus maridos, según leemos en 1 Cor 14. Es, pues, el varón maestro de la mujer, y por ello Dios dirigió al varón el precepto. Ahora bien, si no cumple con su deber, peca más un sacerdote que un laico, y un obispo más que un sacerdote, porque tienen oficio de enseñar a los otros. De manera semejante, si adultera el varón comete infidelidad al no cumplir con lo que es deber suyo. 

Con todo, tengan muy presente las esposas la advertencia de Cristo: "Haced y cumplid lo que os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen" (Mt 23,3). 

"No cometerás adulterio". Según hemos dicho, Dios lo prohibió tanto al varón como a la mujer. Conviene ahora recordar que algunos admitiendo que el adulterio es pecado, piensan en cambio que no constituye pecado mortal la mera fornicación. Contra ellos escribe el Apóstol: "A los fornicarios y a los adúlteros los juzgará Dios" (Heb 13,4); no os engañéis: ni los fornicarios..., ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales... poseerán el reino de Dios" (1 Cor 6,9‑10). Pero de este reino nadie queda excluido más que por pecado mortal. Luego la fornicación lo es. 

Tal vez insistas: No hay motivo para que lo sea, puesto que no anda por medio cuerpo de esposa como en el adulterio. Respondo que, si no hay cuerpo de esposa, sí hay cuerpo de Cristo, el que se os dio y se os consagró en el bautismo. Por consiguiente, si nadie debe inferir injuria a una esposa, mucho menos a Cristo. "¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ¿Y voy a coger yo los miembros de Cristo y hacerlos miembros de una prostituta? ¡De ningún modo!" (1 Cor 6,15). Es herético afirmar que la mera fornicación no constituye pecado mortal <17>

Resumiendo, en el mandamiento "No cometerás adulterio" queda prohibido no sólo éste, sino toda satisfacción carnal fuera del matrimonio. 

Ha habido otros, por el contrario, que han sostenido que la unión conyugal nunca está exenta de pecado. Es también herético <18>. Dice el Apóstol: "El matrimonio sea tenido por todos en gran estima, y el lecho conyugal sea inmaculado" (Heb 13,4). Tal unión unas veces no sólo está exenta de pecado, sino que comporta méritos de vida eterna para los que viven en caridad; otras, constituye pecado venial; en ocasiones, finalmente mortal. 

Cuando se realiza con la intención de tener hijos, es un acto de virtud. Cuando se lleva a cabo en respuesta a la petición del otro cónyuge, es incluso un acto de justicia. Cuando por simple goce carnal, es pecado venial, siempre que no sobrepase las fronteras del matrimonio <19>. Cuando sobrepasa éstas, es decir, cuando, de poder, se extendería a tercera persona, es pecado mortal.

 Por muchas razones se prohíben el adulterio y la fornicación. 

En primer término, porque matan el alma: "El adúltero, por empobrecimiento de su corazón perderá su alma" (Prv 6,32). Dice bien "Por empobrecimiento de su corazón", el cual tiene lugar cuando la carne se enseñorea del espíritu.

 En segundo lugar, priva de la vida: los que lo cometen, según la ley deben morir, conforme leemos en Lev 20 y Dt 22. Y si a veces no reciben castigo, peor para ellos, porque ese castigo,  sobrellevado pacientemente, contribuye al perdón del pecado; serán castigados en la vida futura. 

En tercer lugar, arruina la hacienda: del hijo pródigo se cuenta en Lc 15 que derrochó su fortuna viviendo perdidamente. "No entregues en medida alguna tu alma a prostitutas, para que no te pierdas a ti mismo y tu herencia" (Eccli 9,6). 

 En cuarto lugar, significa la deshonra para el hijo: "Los hijos de los adúlteros no llegarán a colmo, la descendencia de lecho culpable será exterminada; y si viven largos años, en nada serán tenidos, sin honor" (Sap 3,16‑17). "De otra manera vuestros hijos serían impuros, pero ahora son santos" (1 Cor 7,14). Tampoco alcanzan honores en la iglesia, si ésta llega a admitirlos como clérigos sin merma de su prestigio <20>

En quinto lugar, priva de la honra, particularmente a la mujer: "La mujer que se prostituye, será hollada como estiércol en el camino" (Eccli 9,10). Del varón se dice: "Bochorno y deshonra acumula, y su vergüenza no se borrará" (Prv 6,33). Puntualiza Gregorio que los pecados de la carne, siendo menos graves que los del espíritu, acarrean mayor infamia que éstos. La causa estriba en que aquéllos ponen al hombre al nivel de los animales: "El hombre, hallándose en situación de honor, no lo comprendió; se comparó con las bestias estúpidas, y se hizo semejante a ellas" (Ps 48,21).

 

 

§18 Séptimo mandamiento

 

No robarás (Ex 20,15)  

 El Señor prohibió en su ley de forma relevante la injuria hecha al prójimo. En primer lugar, la que se le hace en su misma persona: "No matarás". En segundo lugar, la que se le hace en el cónyuge: "No cometerás adulterio". En tercer lugar, aquí, la que se le hace en sus cosas: "No robarás". 

Con este mandamiento se prohíbe toda sustracción indebida. porque hay muchas maneras de robar. 

Primera, hurtando a escondidas: "Si supiera el dueño de casa cuándo iba a venir un ladrón..." (Mt 24,43). Tal conducta es reprensible, pues constituye una especie de traición: "Sobre el ratero cae la vergüenza" (Eccli 5,17). 

Segunda, arrebatando por la fuerza, que es mayor insolencia: "Apelaron a su poder para despojar a los huérfanos" (Iob 24,9). Entre éstos se cuentan los príncipes y reyes injustos: "Sus príncipes, en medio de ella, como rugientes leones; sus jueces, lobos de la tarde, nada dejaban para la mañana" (Soph 3,3). Obran así contra los designios de Dios, que quiere un régimen justo y dice: "Por mí reinan los reyes y decretan con justicia los legisladores" (Prv 8,15). Y llevan a cabo sus atropellos unas veces a modo de hurto, otras acudiendo a la violencia: "Tus príncipes, desleales, cómplices de ladrones: todos aman el soborno, van tras los obsequios" (Is 1,23); en ocasiones, finalmente, legislando y disponiendo  sólo con vistas al lucro: "¡Ay de los que establecen leyes inicuas" (Is 10,1). Dice Agustín que todo mal gobierno es un robo, por lo que exclama: "¿Qué son los reinos más que bandidaje?" 

Tercera, no pagando el sueldo: "No retendrás el salario de tu jornalero hasta el día siguiente" (Lev 19,13). Esto debe entenderse en el sentido de que hay que dar a cada uno lo que es suyo, sea al príncipe, al prelado o al clérigo, etc.: "Dad a todos lo que les es debido: a quien tributo, tributo; a quien impuestos, impuestos" (Rom 13,7). Porque estamos obligados a dar su salario a los reyes que tutelan nuestra paz. 

Cuarta, cometiendo fraude en las transacciones: "No tendrás en tu bolsa pesas diferentes" (Dt 25,13); "No cometáis injusticia alguna en los juicios, ni en las medidas de longitud, de peso o de capacidad. La balanza justa; las pesas exactas; justa la medida y exacto el sextario" (Lev 19,35‑36); "Dios reprueba el tener dos pesas; balanza falsa no es buena" (Prv 20,23). Va también esto contra los taberneros que echan agua al vino. Prohíbe asimismo la usura: "¿Quién habitará en tu tienda? ¿quién descansará en tu monte santo?... Quien no presta a usura su dinero? (Ps 14,1 y 5). Va contra los cambistas, que cometen muchas irregularidades, y contra los vendedores de telas y de otras cosas. 

Pero tal vez digas: ¿Por qué no puedo yo prestar dinero, como hago con un caballo o con una casa? <21>

Respondo: Hay pecado cuando una misma cosa se vende dos veces. Ahora bien, en asunto de casas se pueden considerar dos realidades: el edificio en sí y la utilización de éste; una cosa es la propiedad del edificio y otra distinta su utilización; por lo cual, puedo yo vender por separado su aprovechamiento sin vender la casa. Lo mismo ocurre con otros bienes por el estilo, Pero con aquellos que consistan meramente en su utilización, esto es, cuya utilización consista en gastarlos, no se puede hacer como con una casa. Pues bien, la utilización del dinero consiste en gastarlo, como la de los alimentos en consumirlos. Por tanto, si cobras por separado la utilización en estas cosas, vendes dos veces. 

Quinta, comprando cargos, sean temporales o espirituales. Sobre los primeros: "Vomitará las riquezas que devoró, de su estómago se las sacará Dios" (Iob 20,15). Todos los déspotas, que por la fuerza poseen reinos, provincias o feudos, son ladrones, y todos están obligados a devolver. Sobre los segundos: "Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido" (Jn 10,1). Por consiguiente, los simoníacos son ladrones <22>

"No robarás". Este mandamiento, según hemos dicho, prohíbe toda sustracción indebida. Muchas son las razones que han de impulsarnos a guardarnos del robo.

La primera es su gravedad. Este pecado se parece al de homicidio: "El pan del necesitado es la vida del pobre; quien lo roba es un hombre sanguinario;... El que derrama sangre y el que quita jornal al jornalero son hermanos" (Eccli 34,25 y 27). 

La segunda reside en su peculiar peligro. No hay pecado tan peligroso. Ningún pecado se perdona sin la correspondiente satisfacción y arrepentimiento. Pero de todos se arrepiente uno pronto: del homicidio, cuando cesa la ira; de la fornicación, cuando se calma el ardor de la concupiscencia, y parecidamente, de los otros. En cambio, tocante a robo, aunque llegue el momento en que uno se arrepienta, no le es tan fácil dar la necesaria satisfacción, mayormente cuando no basta devolver lo quitado, sino que hay que reparar el perjuicio ocasionado al dueño con el robo; y sobre ello, es indispensable hacer penitencia por la falta. Por eso: "¡Ay de quien amontona lo que no es suyo! ¡Hasta qué punto está amasando contra sí mismo denso lodo!" (Hab 2,6). Bien dice "denso lodo", pues no se sale de él fácilmente. 

 La tercera razón se basa en la inutilidad de las cosas robadas. No son de utilidad espiritual: "Tesoros impíos de nada aprovechan" (Prv 10,2). Las riquezas sirven al espíritu en la medida que posibilitan la limosna y el ofrecimiento de sacrificios: "El rescate del alma de un hombre con sus riquezas" (Prv 13,8); pero de las mal adquiridas dice: "Yo, el Señor, amo la justicia, y aborrezco la rapiña convertida en holocausto" (Is 61,8); "Quien ofrece un sacrificio a costa de los bienes de los pobres, como el que sacrifica a un hijo en la presencia de su padre" (Eccli 34,24). Tampoco son de utilidad material, por lo aprisa que se consumen: "¡Ay del que amontona avaricia en perjuicio de su casa... creyendo librarse con ello de la garra del mal!" (Hab 2,9); "Quien allega riquezas con usuras e intereses, para el generoso con los pobres las amontona" (Prv 28,8); "La hacienda del pecador se reserva para el justo" (Prv 13,22). 

La cuarta razón se funda en el daño que producen las cosas robadas. Este daño característico consiste en que hacen perder incluso los demás bienes, pues son como fuego entre pajas: "El fuego devorará las tiendas de los que se dejan sobornar gustosamente" (Iob 15,34). 

Nótese, además, que el ladrón no sólo pierde su propia alma, sino también la de sus hijos, porque éstos quedan obligados a restituir.

 

§19 Octavo mandamiento

 

No dirás falso testimonio contra tu prójimo (Ex 10,16)

 Después de prohibir la injuria de obra contra el prójimo, ordena el Señor que tampoco se le injurie de palabra; a ello se encamina el mandamiento presente: "No dirás falso testimonio contra tu prójimo". Su transgresión puede ocurrir en dos ocasiones distintas: en juicio y en la conversación ordinaria. 

En un juicio son tres las personas que pueden violar este mandamiento. 

La primera persona es la del que acusa falsamente: "No serás calumniador o difamador entre el pueblo" (Lev 19,16). Y observa que, así como nunca debes decir una cosa falsa, tampoco has de callar la verdad: "Si tu hermano peca contra ti, ve y repréndelo" (Mt 18,15). 

La segunda persona es la del testigo que miente: "El testigo falso no quedará impune" (Prv 19,5). En efecto, este mandamiento incluye todos los anteriores, pues quien atestigua mintiendo, unas veces se convierte en homicida, otras en ladrón, etc. Por lo cual ha de aplicársele el correspondiente castigo; "Cuando, tras una minuciosa investigación, comprueben que el testigo es falso y que ha mentido contra su hermano, harán con él lo que él pretendía hacer con su hermano... No tendrás con él misericordia, sino que le harás pagar alma (esto es, vida) por alma, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie" (Dt 19,18‑21). "Dardo y espada y aguda saeta, el hombre que dice falso testimonio contra su prójimo" (Prv 25,18). 

La tercera persona es la del juez que sentencia mal: "Cuando actúes de juez, no procedas injustamente. No tengas en consideración la condición del pobre, ni la presencia del poderoso te imponga. Juzga a tu prójimo con justicia" (Lev 19,15). 

En la conversación ordinaria pecan a veces contra este mandamiento cinco clases de individuos. 

1) Los detractores: "Los detractores, aborrecidos de Dios" (Rom 1,30). Les llama "aborrecidos de Dios", porque nada hay tan apreciado por el hombre como su buena fama: "Más vale buen hombre que perfumes costosos" (Eccli 7,2); "Más vale buen hombre que copiosas riquezas" (Prv 22,1). Y los detractores roban éste: "Quien difama en el anónimo no hace menos daño que la serpiente que muerde sin ruido" (Eccli 10,11). Por consiguiente, si no devuelven la fama, no pueden salvarse. 

2) Los que escuchan a los detractores con gusto: "Cerca tus oídos con espinos, no prestes atención a la lengua malvada, pon puertas a tu boca, y una llave a tus orejas" (Eccli 28,28). Nadie debe escuchar con agrado a esos hombres, antes bien ha de mostrarles un rostro disgustado y severo: "El viento del norte aleja las lluvias; la cara seria, las lenguas difamadoras" (Prv 25,23). 

3) Los chismosos, esto es, los que van repitiendo todo lo que oyen: "Seis cosas hay que odia el Señor, y una séptima que aborrece su alma: ...al que siembra discordias entre los hermanos"(Prv 6,16‑19); "Maldito el cuentero y el de lengua doble, pues desasosegó a muchos que vivían en paz" (Eccli 28,15), y todo lo que a continuación se dice allí mismo. 

4) Los aduladores: "Es alabado el pecador por los deseos de su alma, y el inicuo es encomiado" (Ps 10,3); "Pueblo mío, los que te llaman dichoso, te están engañado" (Is 3,12); "El justo me corregirá y me reprenderá con misericordia, pero el ungüento del pecador no ungirá mi cabeza" (Ps 140,5). 

5) Los murmuradores, vicio particularmente frecuente en los subordinados: "No murmuréis" (1 Cor 10,10); "Guardaos de la murmuración, que de nada aprovecha" (Sap 1,11). "Mediante la paciencia se logrará suavizar al príncipe, una lengua delicada quebrantará la dureza" (Prv 25,15). 

"No dirás falso testimonio contra tu prójimo". Con este mandamiento se prohíbe también toda mentira. "Propónte no echar mentira alguna, que habituarse a ella no es bueno" (Eccli 7,14). Por cuatro motivos. 

Primero, porque la mentira asemeja el hombre al diablo. El que miente, se convierte en hijo del demonio. Por su modo de hablar se distingue de qué nación y de qué zona es alguien, "pues tu acento te delata" (Mt 26,73). Y de los hombres, unos son de la casta del diablo, e hijos del diablo, e hijos del diablo se les llama: los que mienten. Porque el diablo es mentiroso y padre de la mentira, según leemos en Jn 8; él, en efecto, mintió: "En modo alguno moriréis" (Gen 3,4). Otros son hijos de Dios: los que dicen la verdad. Porque Dios es la verdad. 

Segundo, porque la mentira hace imposible la vida social. Los hombres viven en sociedad, y esto no sería posible si no se hablasen con verdad los unos a los otros. Exhorta el Apóstol: "Desechando la mentira, hablad con verdad cada cual con su prójimo, porque somos miembros los unos de los otros" (Eph 4,25). 

Tercero, porque la mentira acarrea la pérdida del buen nombre. Así es; al que suele mentir, ni cuando dice la verdad se le cree: "¿Qué podrá purificar un impuro? ¿qué verdad podrá decir un embustero?" (Eccli 34,4). 

Cuarto, porque significa la perdición para el alma. El mentiroso mata la suya: "Labios que mienten, dan muerte al alma" (Sap 1,11); "Perderás a todos los que hablan con mentira" (Ps 5,7). Es ésta, por tanto, pecado mortal. 

En realidad, la mentira unas veces constituye pecado mortal; otras, venial. 

Es mortal mentir en asuntos de fe, cosa que puede ocurrir a predicadores y maestros ilustres; y entre todas las clases de mentiras es ésta la más grave: "Habrá entre vosotros maestros mendaces, que introducirán sectas perniciosas" (2 Pet 2,1). Algunos lo hacen en ocasiones por aparentar sabiduría: "¿De quién os habéis burlado? ¿Contra quién habéis abierto la boca y sacado la lengua? ¿No sois vosotros hijos malvados, estirpe mendaz?" (Is 57,4). Otros mienten a veces en perjuicio del prójimo: "No os mintáis recíprocamente" (Col 3,9). En ambos casos la mentira es pecado mortal. 

Otros hay que mienten en beneficio propio. Por muchas razones. 

Por falsa humildad. Incluso en la confesión; sobre lo cual dice Agustín: "Del mismo modo que hay que guardarse de callar lo que uno ha hecho, así también de decir lo que no han hecho". "¿Es que tiene Dios necesidad de vuestras mentiras?" (Iob 13,7); "Hay quien se humilla malignamente, mientras su interior está lleno de falsía; y hay quien (el justo) se deprime en exceso por su mucha humildad" (Eccli 19,23‑24). 

Por falso pudor. Sucede cuando alguien, creyendo decir la verdad, asegura algo que es equivocado y luego, al caer en la cuenta de su error, se avergüenza de retractarse: "Jamás contradigas la palabra de la verdad, y desdícete de la mentira causada por tu ignorancia" (Eccli 4,30). 

Por utilidad. Intentando de ese modo alcanzar o rehuir algo: "Hicimos de la mentira nuestra esperanza, y la mentira nos protegió" (Is 28,15). "Quien se apoya en mentiras, se alimenta de aire" (Prv 10,4). 

Por favorecer a un tercero; para librarlo, por ejemplo, de la muerte, de un peligro o de cualquier otro daño. Incluso en tales casos se ha de evitar la mentira, como dice Agustín: "No tengas miramientos en contra de ti mismo, ni mientas en perjuicio de tu alma" (Eccli 4,26). 

Por bromear. También de este tipo de mentiras hay que guardarse, no vaya a ser que la fuerza de la costumbre arrastre a mentiras graves; "El encanto de lo intrascendente vale el bien" (Sap 4,12).

 

§20 Noveno mandamiento  <23> 

 

No codiciarás los bienes de tu prójimo (Ex 20,17)

 Entre la ley humana y la divina existe esta diferencia, que la humana contempla hechos y palabras, la divina no sólo esto, sin además pensamientos. La razón de ello es que la primera ha sido promulgada por hombres, que juzgan de lo que aparece al exterior, en tanto que la divina procede de Dios, el cual ve lo de fuera y lo de dentro: "Dios de mi corazón" (Ps 72,26); "El hombre mira las apariencias, pero Dios penetra el corazón" (1 Reg 16,7). 

Ya hemos hablado de los mandamientos que se refieren a los dichos y a los hechos; hablaremos ahora de los que tienen los pensamientos por objeto. En efecto, ante Dios la intención equivale a la puesta en práctica; de ahí que "no codiciarás", esto es, no solamente no quitarás de hecho, pero ni siquiera "codiciarás los bienes de tu prójimo". Por muchas razones. 

Primera, porque la codicia es infinita. Efectivamente, la codicia es algo que no tiene fin. Ahora bien, todo hombre sabio debe proponerse algún fin, es más, nadie ha de meterse en un camino que no lo tenga. "El avaro no se hartará de dinero" (Eccl 5,9). "¡Ay de los que agregáis casa a casa, y sumáis campo a campo!" (Is 5,8). Y el motivo de que la codicia nunca se sienta satisfecha, reside en que el corazón humano ha sido creado para albergar a Dios. Por eso dice Agustín en el libro primero de las Confesiones: "Nos has hecho, Señor, para ti, y nuestro corazón está intranquilo hasta que descansa en ti". Todo lo que sea inferior a Dios, es incapaz de llenarlo. "El colma de bienes tus deseos" (Ps 102,5) 

Segunda, porque la codicia roba la tranquilidad, que tan agradable resulta. Los ansiosos siempre andan preocupados por conseguir lo que no tienen y conservan lo que tienen. "La hartura del rico no le deja dormir" (Eccl 5,11). "Donde está tu tesoro, allí está tu corazón también" (Mt 6,21). Por eso, como dice Gregorio, comparó Cristo las riquezas con las espinas (Lc 8). 

Tercera, porque vuelve inútiles las riquezas. Inútiles para el dueño y para los demás: su único aprovechamiento consiste en guardarlas. "Las riquezas del hombre ansioso y avaro no tienen objeto" (Eccli 14,3). 

Cuarta, porque pervierte la ecuanimidad de la justicia: "No aceptes regalos, que ciegan incluso a los prudentes y trastornan las palabras de los justos" (Ex 23,8); "Quien ama el oro, no saldrá justificado" (Eccli 31,5). 

Quinta, porque mata la caridad. La caridad con el prójimo: según Agustín, cuanto mayor caridad tiene uno, tanto menos codicia; y viceversa; "No desprecies por el oro a tu hermano querido" (Eccli 7,20). La caridad con Dios: del mismo modo que ningún criado puede servir a dos amos, tampoco a Dios y al dinero, conforme se dice en Mt 6. 

Sexta, porque la codicia origina toda iniquidad. Según el Apóstol, es ella la raíz de todos los males (1 Tim 6). Por lo cual, si arraiga en el corazón, hace brotar el homicidio, el robo y todos los pecados. Explica Pablo: "Los que quieren enriquecerse caen en la tentación y en el lazo del diablo, y en muchos deseos inútiles y perjudiciales, que hunden a los hombres en la muerte y la perdición; porque la raíz de todos los males es la codicia" (1 Tim 6,9‑10). 

Conviene, por fin, observar que la codicia es pecado mortal cuando los bienes del prójimo se desean sin razón; y venial, cuando razonablemente.

 

§21 Décimo mandamiento

 

   No desearás la mujer de tu prójimo (Ex 20,17)

 Dice San Juan que "todo lo que hay en el mundo, es concupiscencia de la carne, codicia de los ojos y soberbia de la vida" (1 Jn 2,16). Así pues, todo lo apetecible viene a parar en una de esas tres cosas. pero dos de ellas quedan comprendidas en la prohibición del anterior mandamiento: "No codiciarás la casa de tu prójimo". En efecto, en una casa hay que considerar entre otras cosas, la altura, con la que se alude a la soberbia: "Gloria y riquezas en su casa" (Ps 11,3). Por consiguiente, desear la casa incluye también ambicionar puestos de relieve. Por todo lo cual, tras el mandamiento "No codiciarás la casa de tu prójimo", se establece el que ahora comentaremos, dirigido contra la concupiscencia de la carne: "No desearás la mujer de tu prójimo". 

Hay que notar que, ante todo, que después del pecado original, a causa de la corrupción ocasionada por él, nadie se ve libre de la concupiscencia, excepción hecha de Cristo y de la Virgen gloriosa. Y donde hay concupiscencia, hay pecado venial, o pecado mortal, cuando la concupiscencia domina. Puntualiza el Apóstol: "Que el pecado no reine en vuestro cuerpo mortal" (Rom 6,12); y no dice "No se halle", porque, como él mismo escribe, "yo sé que algo no bueno habita en mí, esto es, en mi carne" (Rom 7,18). 

Reina el pecado en la carne: 

1) Cuando la concupiscencia domina en el corazón mediante el consentimiento; y así, añade el Apóstol: "De modo que obedezcáis a las concupiscencias de la carne" (Rom 6,12). "El que mira a una mujer deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su corazón" (Mt 5,28). Porque ante Dios la intención equivale a la puesta en práctica. 

2) Cuando domina en las palabras por la manifestación de lo que se lleva dentro: "Pues de la abundancia del corazón habla la boca" (Mt 12,34). "Ninguna palabra mala salga de vuestros labios" (Eph 4,29). Por este motivo no está exenta de pecado la composición de canciones frívolas, y ello incluso en opinión de los filósofos, pues los autores de poemas eróticos eran desterrados. 

3) Cuando se exterioriza en las obras, poniendo el cuerpo al servicio de la concupiscencia: "Del mismo modo que ofrecisteis vuestros miembros al servicio de la perversidad para mal" (Rom 6,19). 

Estos son, pues, los diversos grados de la concupiscencia. 

Para evitar el pecado, mucho hay que esforzarse, porque tiene dentro las raíces, y el enemigo de casa es el más difícil de vencer.

 Se le vence, con todo, de cuatro maneras.

 Primera, huyendo de las ocasiones externas, como malas compañías y todo lo que induce ocasionalmente a pecar: "No te quedes mirando a las jóvenes, no vaya a ser que su belleza te haga tropezar... No andes fisgando por las calles de la ciudad, ni vagabundeando por sus plazas. Aparta tus ojos de mujer acicalada, y no te detengas a contemplar la hermosura ajena. Por la hermosura de una mujer se perdieron muchos, pues con ella la concupiscencia se inflama como fuego" (Eccli 9,5‑9); "¿Es que puede un hombre meter fuego en su regazo sin que se le prendan las ropas?" (Prv 6,27). Por este motivo se ordenó a Lot huir de toda la región en torno (Gen 19,17). 

Segunda, no dando entrada a pensamientos, que son ocasión para que la concupiscencia despierte. Esto se conseguirá mediante la mortificación de la carne: "Castigo mi cuerpo y lo someto a esclavitud" (1 Cor 9,27). 

Tercera, insistiendo en la oración, porque "si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas" (Ps 126,1); "Comprendí que no podría observar continencia más que si me lo concedía Dios" (Sap 8,21); "A este tipo de demonios sólo se le expulsa mediante la oración y el ayuno" (Mt 17,20). En efecto, si dos personas se estuvieran peleando y quisieras tú ayudar a una de ellas en contra de la otra, negarías tu apoyo a ésta segunda para dárselo a la primera. Entre la carne y el espíritu existe una guerra constante; si quieres que el espíritu venza, has de prestarle tu auxilio, lo cual se lleva a cabo por medio de la oración, en tanto que a la carne se lo retirarás, cosa que se consigue con el ayuno, pues el ayuno debilita la carne. 

Cuarta, ocupándose en tareas lícitas. "La ociosidad enseña muchos vicios" (Eccli 33,29). "Este fue el pecado de Sodoma, la soberbia, la hartura de pan, la abundancia y la ociosidad" (Ez 16,49). Jerónimo: "Empléate constantemente en alguna obra buena, para que el demonio te encuentre ocupado". Y entre todas las ocupaciones la mejor es el estudio de las Escrituras. Jerónimo, Ad Paulinum: "Aficiónate al estudio de las Escrituras y no amarás las tendencias de la carne". 

§22 Estas son las diez palabras de las que dice el Señor: "Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos" (Mt 19,17).

 Las raíces fundamentales de todos los mandamientos son dos, el amor a Dios y el amor al prójimo. 

Quien ama a Dios debe hacer tres cosas. Primera, no tener otros dioses; y sobre esto dice: "No tendrás dioses extraños". Segunda, honrarle; y sobre esto dice: "No tomarás en vano el nombre de tu Dios". Tercera, descansar con gusto en El; y sobre esto dice: "Acuérdate de santificar el día del sábado". 

Quien ama al prójimo debe: En primer lugar tributarle el honor que le corresponde; por eso dice: "Honra a tu padre". En segundo lugar abstenerse de hacerle daño; daño de obra en su misma persona, por lo cual dice: "No matarás"; en la persona íntimamente vinculada a él, por lo cual dice: "No cometerás adulterio"; y en sus bienes externos, por lo cual dice: "No robarás"; daño de palabra, por eso "No dirás falso testimonio"; daño de pensamiento, por lo que "No codiciarás los bienes de tu prójimo, ni desearás la mujer de tu prójimo".

 

 

 

 

<1> La Vulgata, en el versículo citado, dice textualmente: "¿Por qué tentáis a Dios poniendo sobre el cuello de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros pudimos llevar?"

 

 

<2> Aquí no se refiere Santo Tomás a los siete dones del Espíritu Santo, de los que trata ampliamente al comentar las peticiones del Padrenuestro, sino a los carismas, o gracias gratuitamente dadas para el provecho de los demás, que proceden también del Espíritu Santo, y que San Pablo enumera en el 1 Cor 12,8‑11. El Apóstol, en el lugar citado, refiere nueve carismas: el habla de sabiduría; el habla de ciencia; el don de fe (no la virtud); la gracia de curar enfermedades; el don de hacer milagros; el don de profecía; la discreción de espíritus; el don de lenguas; y el don de interpretación. (Otros elencos de carismas en Rom 12,6‑8 y Eph 4,11). 

Tales carismas no presuponen necesariamente la caridad, y por tanto, sin ella, de poco sirven a quien los recibe (Cfr. 1 Cor 13,1‑3), pues la virtud de la caridad implica la gracia. (En cambio, los siete dones del Espíritu Santo no se dan nunca en el alma sin la gracia.)

El Angélico volverá sobre el tema en el apartado IV de este comentario.

 

 

<3> Santo Tomás distingue (cfr. Summa Theologica II‑II, q. 19, a. 2) cuatro especies de temor: mundano (cuando, por el mal que teme, se aparta el hombre de Dios); servil (si se convierte a Dios por temor al castigo); filial (si se vuelve a Dios porque teme ofender al Padre); inicial (la mezcla de temor servil y filial). 

El temor mundano es siempre malo (son, por ejemplo, los respetos humanos); en cambio, el filial y el inicial son buenos. En el temor servil es preciso distinguir dos subespecies: el miedo al castigo que aparta el mal, pero sin que se deponga el amor al pecado (este temor es malo); y el miedo de castigo que aparta del pecado al tiempo que lo aborrece (es bueno, como declararon el Concilio de Trento en 1547 y Alejandro VII en 1667).

 

 

<4> El amor a Dios, o virtud de la caridad, es un hábito sobrenatural infundido por Dios en el alma, junto con la gracia, los dones del Espíritu Santo y las virtudes de la fe y de la esperanza. Se corrompe cuando se pierde la gracia; no así la fe y la esperanza, que pueden permanecer en el alma en pecado mortal, pero informe la primera, como definieron el Concilio Tridentino (1547) y Alejandro VIII (1690), e imperfecta la segunda, según enseña Santo Tomás.

 

 

<5> Esta defensa apasionada y justa del estado religioso (sólo había órdenes religiosas en el siglo XIII) no debe confundirnos sobre el genuino pensamiento de Fray Tomás. El Angélico sostiene (cfr. Summa Theologica II‑II, q. 184) que la perfección cristiana se funda en la caridad, que nos une a Dios; y que la perfección de la caridad ‑ siempre relativa mientras vivamos ‑ supone tener habitualmente (no actualmente) todo el corazón en Dios, sin pensar nada que sea contrario al divino amor. "Tal perfección de la caridad consiste principal y esencialmente en la observancia de los mandamientos..., "se puede ser perfecto sin estar en estado de perfección..." 

Las anteriores palabras de Santo Tomás tienen particular relieve si se piensa que fueron escritas en momentos de fortísimas persecuciones a su orden religiosa, lo que le llevaría a sopesar con sumo cuidado cada uno de los términos.

 

 

<6> San Jerónimo, Doctor y Padre de la Iglesia, nació en Estridón ca. 340, y murió en Belén, el 30 de septiembre del 420. El 373 se dirigió a Oriente y se dedicó al estudio de la sagrada Escritura, y desde el 386 se estableció definitivamente en Belén. Es el autor de la Vulgata, traducción latina de la Biblia. El Concilio de Trento, definió, en 1546, la autenticidad de la Vulgata, es decir, su inmunidad de todo error en materia de fe y moral.

 

 

<7> El precepto sabático del Antiguo Testamento recogía ‑ determinándolo en sus modalidades ‑ una prescripción del mismo derecho natural, como enseña el Catecismo de Trento (1566). El Nuevo Testamento hace caduco al Antiguo, pero no quitándole todo su valor, sino dejándolo como figura o sombra de la nueva economía divina, que cumple y perfecciona la antigua. En este sentido, algo del antiguo precepto subsiste en la Nueva Ley, aunque no sea un precepto idéntico; y por lo tanto, por la misma razón y en la misma medida que el sabático, el precepto dominical procede del derecho natural, interviniendo el derecho divino positivo en la determinación del tiempo y modo; y por ello escapa al poder de la autoridad eclesiástica en su principio, aunque no en su determinación práctica. 

El precepto de guardar las fiestas obliga sub gravi, como declaró Inocencio XI en 1679, y está recogido en el Código de Derecho Canónico (de 1917), cánones 1247 y 1248. Y es, además, una tradición que se remonta a los tiempos apostólicos, como lo prueban los numerosos textos que desde la Didaché (siglo II), pasando por numerosos concilios, hasta el Vaticano II, recuerdan tal precepto.

 

 

<8> San Ambrosio, Doctor y Padre de la Iglesia, nació probablemente en Tréveris hacia el 334 y murió en Milán, siendo obispo, el 4 de abril del 397.

 

 

 

<9> Pío XII recordaba en 1950, que la fe católica nos manda sostener que Dios crea inmediatamente cada alma.

 

 

 

<10> Casiodoro nació en Calabria ca. 490 y murió ca. 570. Amigo y discípulo de Boecio y servidor, como él, del rey ostrogodo Teodorico. Transmite a la Edad Media conceptos precedentes de la cultura antigua, y se esfuerza por armonizar tales conceptos con la Teología cristiana. Influyeron mucho sus obras retóricas y gramaticales.

 

 

<11> El niño que se encuentra todavía en el seno de su madre tiene ‑ al igual que todo hombre ‑ el pecado original, que se le transmite realmente por generación, como definió el Concilio Tridentino en 1546. Por tanto, en la presente economía, el bautismo es necesario a todos para salvarse, también a los niños sin uso de razón, como definió el XVI Concilio de Cartago en el 418 y precisó Pío XII en 1951. Los pequeños fallecidos en tal estado no pueden gozar de la visión beatífica (a tenor de lo que enseñó el II Concilio de Lyon, de 1274, y el Concilio Florentino, de 1439, e Inocencio III en 1201); aunque disfruten, como enseña la doctrina católica, de un estado de felicidad natural. Se llama limbo a tal situación de privación de la visión beatífica. 

De ahí la particular gravedad del aborto provocado, que merece la excomunión inmediata sobre todos los que toman parte en él, si efectivamente se produce.

 

 

<12> Cuando alguien se suicida o atenta suicidio, comete pecado mortal, y por ello mata también su alma. Si se sigue la muerte, a no ser que hubiere dado alguna señal de arrepentimiento, debe ser privado de su sepultura eclesiástica. Si no muere, el Derecho Canónico establece otras penas.

 

 

 

<13> El estoicismo es una escuela filosófica griega y grecorromana. Se distingue de un estoicismo antiguo fundado por Zenón de Citio hacia el año 336 antes de Cristo: un estoicismo medio, del siglo II antes de Cristo; y el estoicismo nuevo, del siglo I después de Cristo, que agrupa, entre otros, a Séneca y a Marco Aurelio.

 

 

 

<14> El término peripatéticos designa el conjunto de los discípulos y partidarios de Aristóteles.

 

 

 

<15> Pasión es la afección del apetito sensitivo, producida por la imaginación del bien o del mal, con transmutación corporal. Puede hallarse también en los animales. Pero en el hombre adquiere un carácter muy especial y tiene, o puede tener, un valor moral. 

En Cristo, perfecto Dios y perfecto hombre, hubo efectivamente pasiones, como nos relatan los Santos Evangelios en varios pasajes, que nos narran momentos de ira, deseo, gozo y tristeza del Señor. pero nunca se apoderaron de su alma; es decir, incoadas en el apetito sensitivo, no lo sobrepasaron nunca. Estuvieron exentas de todo desorden y subordinadas siempre a la razón, cosa que no ocurre con los demás hombres, que nacemos con el pecado original. Por ello en Cristo reciben un nombre técnico propio y exclusivo: propasiones.

 

 

<16> Se entiende por apetito una inclinación hacia algo. Hay en el hombre un apetito intelectual (la voluntad) y un apetito sensible (la sensualidad), que se subdivide en dos potencias: el concupiscible (inclinación por la que el alma tiende simplemente hacia lo conveniente en el orden sensible y rehuye lo nocivo); y el irascible (cuyo objeto es lo "arduo", porque tiende a superar lo adverso). Santo Tomás, con Aristóteles, distingue seis pasiones del concupuscible (amor‑odio, deseo‑fuga, gozo‑tristeza) y cinco del irascible (esperanza‑desesperación, audacia‑temor, ira).

 

 

<17> La fornicación es intrínsecamente mala, como declaró Inocencio XI en 1679, expresando el sentir de la Iglesia desde el primer momento. (Se entiende por fornicación, el comercio carnal entre un hombre y una mujer que ya no sea virgen, libres ambos de compromiso matrimonial o de cualquier otro tipo. De no darse las anteriores condiciones, ya no sería simple fornicación, sino adulterio, estupro, incesto o sacrilegio, según las condiciones de los sujetos a la acción lujuriosa, y, por tanto, de mayor gravedad). Véase también la doctrina del Concilio Viennense (1312).

 

 

<18> Se sobrentiende: "exenta de pecado mortal". Es muy probable que Santo Tomás recuerde la Profesión de fe que Inocencio III impuso a los valdenses en 1208, por la que debieron profesar que no debe ser rechazado el matrimonio, en el que el marido salva juntamente con su cónyuge, lo que no sería posible de cometerse en él pecado mortal. Además, no se alcanzaría el fin primario de tan santa institución, si la unión conyugal fuera mala. Véase, también, el magisterio del Concilio de Braga (561) y del IV Concilio de Letrán (1215).

 

 

<19> Esta doctrina fue posteriormente confirmada por Inocencio XI en 1679, en el sentido de que puede haber alguna culpa venial en el uso del matrimonio, pero sólo cuando el acto conyugal se realice exclusivamente por el puro placer sensual. Lo mismo ocurre en el comer, por ejemplo, cuando se come con excesiva voracidad.

 

 

<20> Entre las cualidades que debe reunir el candidato al episcopado para ser idóneo se requiere, por ejemplo, que haya nacido de legítimo matrimonio, sin que baste la legitimación.

 

 

 

<21> El razonamiento de Santo Tomás, que es sustancialmente correcto, presupone que el dinero sólo sirva como medio de cambio. Pero la moderna economía ha probado que no sólo es instrumento de trueque, sino también medio de creación de riqueza, es decir, que se comporta como un objeto, en el que también puede distinguirse el bien en sí mismo y su utilización. el Angélico repite sus ideas sobre la naturaleza del dinero en Summa Theologica II‑II, q. 78, a. 3.

 

 

<22> La simonía en la administración o recepción del orden sagrado u otros sacramentos es delito tan grave que lleva aneja la suspensión reservada a la Santa Sede.

 

 

<23> Santo Tomás invierte aquí el orden de los mandamientos. Su noveno mandamiento es el décimo de nuestros catecismos, y viceversa.