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Revelaciones de Jesús a la Beata Ana Catalina Emmerick
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I
Los ascendientes de María Santísima
Los antepasados de Santa Ana fueron Esenios. Estos piadosísimos hombres descendían de aquellos sacerdotes que en tiempos de Moisés y Aarón tenían el encargo de llevar el Arca de la Alianza, los cuales recibieron, en tiempos de Isaías y Jeremías, ciertas reglas de vida. Al principio no eran numerosos. Más tarde vivieron en Tierra Santa reunidos en una extensión como de millas de largo y de ancho, y sólo más tarde se acercaron a las regiones del Jordán. Vivían principalmente en el monte Horeb y en el Carmelo.
En los primeros tiempos, antes que Isaías los reuniese, vivían desparramados, entregados a la penitencia. Llevaban siempre los mismos vestidos y no los remendaban, no cambiándolos hasta que se les caían de puro viejos. Vivían en estado de matrimonio, pero con mucha pureza de costumbres. A veces, de común acuerdo, se separaban hombre y mujer, y vivían cierto tiempo entregados a la oración. Cuando comían estaban separados los hombres de las mujeres; comían primero aquéllos y cuando se alejaban los hombres, lo hacían las mujeres.
Ya desde entonces había, entre estos judíos, antepasados de Ana y de la Sagrada Familia. De ellos también derivan los llamados “hijos de profetas”. Vivían en el desierto y en los alrededores del monte Horeb. En Egipto también he visto a muchos de ellos. Por causa de las guerras estuvieron un tiempo alejados del monte Horeb; pero fueron nuevamente recogidos por sus jefes. Los Macabeos pertenecieron también a ellos. Eran grandes veneradores de Moisés: tenían un trozo de vestido de él, que éste había dado a Aarón y que les había llegado en posesión. Era para ellos cosa sagrada, y he visto que en cierta ocasión unos quince murieron en lucha por defender este sagrado tesoro.
Los jefes de los Esenios tenían conocimiento del misterio encerrado en el Arca de la Alianza. Los que permanecían célibes formaban una agrupación aparte, una orden espiritual, y eran probados largamente durante varios años antes de ser admitidos. Los jefes de la orden los recibían por mayor o menor tiempo, según la inspiración que recibían de lo alto. Los Esenios que vivían en matrimonio observaban mucho rigor entre ellos y sus mujeres e hijos, y guardaban la misma relación, con los verdaderos Esenios, que los Terciarios Franciscanos respecto a la Orden Franciscana. Solían consultar todos sus asuntos al anciano jefe del monte Horeb. Los Esenios célibes eran de una indescriptible pureza y piedad. Llevaban blancas y largas vestiduras, que conservaban perfectamente limpias. Se ocupaban de educar a los niños.
Para ser admitidos en la orden debían contar, por lo menos, catorce años de edad. Las personas de mucha piedad eran probadas por sólo un año; los demás por dos. Vivían en perfecta pureza y no ejercían el comercio; lo que necesitaban para el sustento lo obtenían cambiando sus productos agrícolas. Si un Esenio faltaba gravemente, era arrojado de la orden, y esta excomunión era seguida generalmente de castigo, como en el caso de Pedro con Ananías, es decir, moría. El jefe sabía por revelación divina quién había faltado gravemente. He visto que algunos debían sólo hacer penitencias: se ponían un saco muy tieso, con los brazos extendidos, que no podían doblar, y el interior lleno de puntas agudas.
Tenían sus cuevas en el monte Horeb. En una cueva mayor se había acomodado una sala de mimbre donde a las once reuníanse todos para la comida en común. Cada uno tenía delante un pequeño pan y un vaso. El jefe iba de uno a otro, bendiciendo los panes. Después de la refección cada uno volvía a su celda. En esa sala vi un pequeño altar, y sobre él panes bendecidos cubiertos, que luego se distribuían a los pobres. Poseían muchas palomas tan mansas que picoteaban en las manos. Comían de estas palomas, y supe que tenían algún culto religioso por medio de ellas, porque decían algo sobre las aves y las dejaban volar. De la misma manera he visto que decían algo sobre corderos, que luego dejaban vagar por el desierto.
Tres veces al año iban al templo de Jerusalén. Tenían sacerdotes entre ellos, que cuidaban de las vestiduras sagradas, a las cuales purificaban, hacían de nuevo y costeaban su hechura. Se ocupaban de agricultura, de ganadería y especialmente de cultivar huertas. El monte Horeb estaba lleno de jardines y árboles frutales, en medio de sus chozas y viviendas. Otros tejían con mimbres o paños, o bordaban y adornaban vestiduras sacerdotales. La seda no la usaban para sí: la llevaban atada al mercado y la cambiaban por productos. En Jerusalén tenían un barrio especial para ellos y aún en el templo un lugar reservado.
Los judíos comunes no congeniaban con ellos. Vi llevar al templo ofrendas como uvas de gran tamaño, que cargaban dos hombres, atravesadas en un palo. Llevaban corderos, que no eran sacrificados, sino que se dejaban correr libremente. No los he visto ofrecer sacrificio cruento. Antes de partir para el templo se preparaban con la oración, riguroso ayuno, disciplinas y otras penitencias. Quien se acercaba al templo con pecados no satisfechos penitencialmente temía ser castigado con muerte repentina, cosa que a veces sucedía. Si en el camino a Jerusalén encontraban a un enfermo o necesitado, no proseguían su camino hasta no haber ayudado al desvalido.
Los he visto juntar yerbas medicinales, preparar bebidas y curar enfermos con
estos medios: les imponían las manos o se tendían con los brazos extendidos
sobre los mismos enfermos. Los he visto sanar a veces a la distancia. Los
enfermos que no podían acudir, mandaban algún mensajero, en el cual hacían todo
lo que el enfermo verdadero necesitaba, y éste sanaba en el mismo instante.
En
tiempo de los abuelos de Ana era jefe de los Esenios el anciano Arcos. Este
hombre tenía visiones en la cueva de Elías, en el monte Horeb, referentes a la
venida del Mesías. Sabía de qué familia debía nacer el Mesías. Cuando Arcos
tenía que profetizar sobre los antepasados de Ana, veía que el tiempo se iba
acercando. Ignoraba, empero, que a veces se retardaba e interrumpía el orden por
el pecado, y por cuánto tiempo era la tardanza. Sin embargo, exhortaba a la
penitencia y al sacrificio. El abuelo de Ana era un Esenio que se llamaba
Estolano antes de su matrimonio. Por su mujer y por las posesiones de ésta, se
llamó después Garesha o Sarziri.
La abuela de Ana era de Mara, en el desierto, y se llamaba Moruni o Emorún, esto es, madre excelsa. Se unió con Estolano por consejo del profeta Arcos, que fue jefe de los Esenios por noventa años, y era un santo varón con quien siempre se aconsejaban antes de contraer matrimonio, para oír su palabra y acertar en la elección. Me extrañaba ver que estos santos hombres y profetas siempre profetizaban sobre descendencia de mujeres y que los antepasados de Ana y la misma Ana tenían siempre hijas mujeres. Parecía que fuera su intento religioso preparar recipientes puros, que debían dar hijos santos, como el Precursor, el Salvador, los apóstoles y los discípulos.
He visto que Emorún, antes de su casamiento, fue a consultar a Arcos. Tuvo que entrar en la sala de reunión, en el monte Horeb, en un lugar señalado y hablar, a través de una reja, con el jefe supremo, como se usa en el confesionario. Después se encaminó Arcos por muchos escalones a lo alto del monte Horeb, donde estaba la cueva de Elías. La entrada era pequeña y unas gradas llevaban hacia abajo. La cueva estaba limpia y aseada y la luz entraba en el interior por una abertura superior. He visto, contra la pared, un pequeño altar de piedra, y sobre él, la vara de Aarón y un cáliz brillante como hecho de piedra preciosa. En este cáliz estaba depositada una parte del sacramento o misterio del Arca de la Alianza. Los Esenios habían adquirido este tesoro en ocasión en que el Arca había caído en manos de los enemigos. La vara de Aarón estaba guardada en una vaina en forma de arbolito con hojas amarillas alrededor.
No podría decir si el arbolito era verdadero o sólo un trabajo artístico, como una raíz de Jessé. Cuando rezaba el superior de los Esenios, por causa de un casamiento, tomaba la vara de Aarón en sus manos. Si la unión se refería a la genealogía de María Virgen, la vara daba un brote y éste varias floraciones con la señal de la elección. Los antepasados de Ana fueron elegidos brotes de esta genealogía, y sus hijas lo fueron por medio de estas señales, las cuales daban otros brotes cuando estaban por contraer matrimonio. Este arbolito con sus retorcidas ramas, era como el árbol genealógico, como la raíz de Jessé, mediante el cual se podía conocer, según lo que hubiera crecido, la proximidad del nacimiento de María. Había allí otros pequeños arbustos en tarros, sobre el altar, los cuales tenían significación cuando reverdecían o se agostaban. En torno de las paredes habían espacios guardados por rejillas, donde se conservaban, envueltos en seda y lana, huesos de antiguos santos varones israelitas que habían vivido y muerto en el monte y en los alrededores.
También en las mismas cuevas de los Esenios vi semejantes huesos delante de los cuales rezaban, ponían flores o encendían lámparas. Arcos se revestía al modo de los sacerdotes del templo, cuando oraba en la cueva de Elías. Su vestidura se componía de ocho partes. Primero se ponía sobre el pecho un vestido que había llevado Moisés: una especie de escapulario, que tenía una abertura para el cuello y caía en igual largo sobre el pecho y las espaldas. Sobre esto se ponía un alba blanca de seda, ceñida con un cíngulo ancho y una estola cruzada sobre el pecho que le llegaba hasta las rodillas.
Luego se ponía una especie de casulla de seda blanca, que por detrás llegaba hasta el suelo, con dos campanillas en la parte inferior. Sobre el cuello llevaba una especie de corbata tiesa, cerrada por delante con botones. Su larga barba descansaba sobre esta corbata. Por último se ponía un pequeño manto brillante de seda blanca, que se cerraba por delante con tres garfios con piedras, sobre los cuales había letras o signos grabados. De ambos hombros colgaba una especie de piedras preciosas en número de seis, algunas también grabadas. En medio de la espalda había un escudo con signos y letras. En el manto se veían flecos, borlas y frutos. En el brazo llevaba un manípulo. La mitra era de seda blanca arrollada a modo de turbante y terminada en un adorno de seda que tenía en la frente una plancha de oro con piedras preciosas.
Arcos rezaba postrado o echado sobre el suelo delante del altar. Vi que tuvo una visión en la cual vio que salía de Emorún un rosal de tres ramas. En cada rama había una rosa y la rosa de la segunda rama estaba señalada con una letra. También vio a un ángel que escribía una letra en la pared. A raíz de esto declaró Arcos a Emorún que debía casarse con el sexto pretendiente que tendría una hija, con una señal, que sería un vaso de elección de la cercana promesa. Este sexto pretendiente era Estolano. No vivieron mucho tiempo en Mara, sino que pasaron a Efrén.
He visto también a sus hijas Emerencia e Ismeria consultar al anciano Arcos, el cual les aconsejó el casamiento porque eran ellas también vasos elegidos para la próxima promesa. La mayor, Emerencia, casóse con un Levita de nombre Afras y fue madre de Isabel , madre, a su vez, de Juan el Bautista.
Otra hija de Estolano se llamó Enué. Ismeria fue la segunda hija de Estolano y Emorún. Esta tuvo en su nacimiento la señal que dijo Arcos haber visto en la segunda rosa en su visión de Emorún. Ismeria casó con Eliud, de la tribu de Leví. Eran de condición noble y ricos de bienes. Lo he visto esto en la vasta economía de la casa. Tenían mucho ganado, pero todo parecía que lo destinaban para los pobres y no para sí mismos. Vivían en Séforis, a seis horas lejos de Nazaret, donde poseían una heredad. Tenían una posesión en el valle de Zabulón, adonde iban en los tiempos buenos del año y donde Eliud fijó su residencia después de la muerte de su mujer Ismeria. En el mismo valle se había establecido el padre de Joaquín con su familia. La piadosa educación que había tenido Estolano y Emorún pasó a su hija Ismeria y a Eliud.
La primera hija de Ismeria se llamó Sobe. Ésta se casó más tarde con Salomón, y fue la madre de María Salomé, que se casó con Zebedeo, padre de los apóstoles Santiago el Mayor y Juan. Como no llevase Sobe la señal dicha por Arcos se contristaron mucho los padres y fueron al monte Horeb, a ver al profeta, quien les impuso oración y sacrificio, y los consoló. Por espacio de dieciocho años no tuvieron hijos, hasta el nacimiento de Ana. Tuvieron entonces ambos una visión nocturna. Ismeria vio a un ángel que escribía una letra en la pared, junto a su lecho. Contó esto a su marido, que había visto lo mismo, y ambos vieron la letra al despertar. Era la letra M que Ana había traído al mundo al nacer, grabada en el bajo vientre. Los padres amaban a Ana de una manera particular.
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He visto a la niña Ana: no era hermosa en grado notable, pero sí más que otras niñas de su edad. No fue de ningún modo tan hermosa como lo fue María; pero era muy sencilla, inocente y piadosa. Así la he visto en todo tiempo, como joven, como madre, como anciana, de manera que cuando veo a una campesina realmente sencilla, pienso siempre: “Esta es como Ana”. Ana fue llevada a la edad de cinco años al templo, como más tarde María. Vivió doce años allí y a los diecisiete volvió a su casa. Entre tanto tuvo su madre una tercera hija, llamada Maraha, y Ana encontró a su vuelta a un hijo de su hermana mayor Sobe, llamado Eliud. |
Maraha
consiguió más tarde la posesión de la casa paterna, en Séforis, y fue madre de
los discípulos Arastaria y Cocharia. El joven Eliud fue más tarde marido segundo
de la viuda de Naíam, Maroni. Un año después enfermó Ismeria y murió. Desde el
lecho de dolor hizo venir a su presencia a todos los de la casa, los exhortó y
aconsejó y designó a Ana como ama de casa después de su muerte. Luego habló con
Ana y le dijo que debía casarse, pues era un vaso de elección y de promesa.
Un año y medio más tarde se casó Ana con Helí o Joaquín, también por un aviso profético del anciano Arcos. Hubiera debido casar con un levita de la tribu de Aarón, como las demás de su tribu; pero por la razón dicha fue unida con Joaquín, de la tribu de David, pues María debía ser de la tribu de David. Había tenido varios pretendientes y no conocía a Joaquín; pero lo prefirió a los demás por aviso de lo alto. Joaquín era pobre de bienes y era pariente de San José. Era pequeño de estatura y delgado, era hombre de buena índole y de atrayentes maneras. Tenía, como Ana, algo de inexplicable en sí.
Ambos eran perfectos israelitas y había en ellos algo que ellos mismos no conocían: un ansia y un anhelo del Mesías y una notable seriedad en su porte. Pocas veces los he visto reír, aunque no eran melancólicos ni tristes. Tenían un carácter sosegado y callado, siempre igual y aún en edad temprana llevaban la madurez de los ancianos.
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Fueron unidos en matrimonio en un pequeño lugar donde había una pequeña escuela.
Sólo un sacerdote asistió al acto. Los casamiento eran entonces muy sencillos;
los pretendientes se mostraban en general apocados; se hablaban y no pensaban en
otra cosa sino que así debía ser. Decía la novia "sí", y quedaban los padres
conformes; decía, en cambio, "no", teniendo sus razones, y también quedaban los
padres de acuerdo. Primeramente eran los padres quienes arreglaban el asunto; a esto seguíase la conversación en la sinagoga. Los sacerdotes rezaban en el lugar sagrado con los rollos de la ley y los parientes en el lugar acostumbrado. Los novios se hablaban en un lugar aparte sobre las condiciones y sus intenciones; luego se presentaban a los padres. Éstos hablaban con el sacerdote que salía a escucharlos, y a los pocos días se efectuaba el casamiento. |
Joaquín y Ana
vivían junto a Eliud, el padre de Ana. Reinaba en su casa la estricta vida y
costumbre de los Esenios. La casa estaba en Séforis, aunque un tanto apartada,
entre un grupo de casas, de las cuales era la más grande y notable. Allí
vivieron unos siete años. Los padres de Ana eran más bien ricos; tenían mucho
ganado, hermosos tapices, notable menaje y siervos y siervas. No he visto que
cultivasen campos, pero sí que llevaban el ganado al pastoreo.
Eran muy piadosos, reservados, caritativos, sencillos y rectos. A menudo partían
sus ganados en tres partes: daban una parte al templo, adonde lo llevaban ellos
mismos y que eran recibidos por los encargados del templo. La otra parte la
daban a los pobres o a los parientes necesitados, de los cuales he visto que
había algunos allí que los arreaban a sus casas. La tercera parte la guardaban
para sus necesidades. Vivían muy modestamente y daban con facilidad lo que se
les pedía. Por eso yo pensaba en mi niñez: "El dar produce riqueza; recibe el
doble de lo que da".
He visto que esta tercera parte siempre se aumentaba y que muy luego estaban de
nuevo con lo que habían regalado, y podían partir de nuevo su hacienda entre los
demás. Tenían muchos parientes que solían juntarse en las solemnidades del año.
No he visto en estas fiestas derroche ni exceso. Daban una parte de la comida a
los pobres. No he visto verdaderos banquetes entre ellos. Cuando se encontraban
juntos se sentaban en el suelo entre tapetes, en rueda, y hablaban mucho de Dios
con grandes esperanzas. A veces había entre los parientes gente no tan buena que
miraba mal estas conversaciones y cómo dirigían los ojos a lo alto y al cielo.
Sin embargo, con estos malos, ellos se mostraban buenos y les daban el doble. He
visto que estos mal criados exigían con tumulto y pretensiones lo que Joaquín y
Ana daban de buena voluntad. Si había pobres entre su familia les daban una
oveja o a veces varias.
En este lugar tuvo Ana su primera hija, que llamó también María. He visto a Ana
llena de alegría por el nacimiento de esta niña. Era una niña muy amable; la he
visto crecer robusta y fuerte, pero muy piadosa y mansa. Los padres la querían
mucho. Tenían, sin embargo, una inquietud que yo no entendía bien: les parecía
que ella no era la niña prometida (de la visión del profeta) que debían esperar
de su unión. Tenían pena y turbación como si hubiesen faltado en algo contra
Dios. Hicieron larga penitencia, vivieron separados uno de otro y aumentaron sus
obras de caridad. Así permanecieron en la casa de Eliud unos siete años, lo que
pude calcular en la edad de la primera niña, cuando terminaron de separarse de
sus padres y vivir en el retiro para empezar de nuevo su vida matrimonial y
aumentar su piedad para conseguir la bendición de Dios.
Tomaron esta resolución en casa de sus padres y Eliud les preparó las cosas
necesarias para el viaje. Los ganados eran divididos, separando los bueyes,
asnos y ovejas; estos animales me parecían más grandes que los de nuestro país.
Sobre los asnos y bueyes fueron cargados utensilios, recipientes y vestidos.
Estas gentes eran tan diestras en cargarlos, como los animales en recibir la
carga que les ponían. Nosotros no somos tan capaces de cargar mercaderías sobre
carros como eran diestros éstos en cargar sus animales. Tenían hermoso menaje:
todos sus utensilios eran mejores y más artísticos que los nuestros. Delicados
jarrones de formas elegantes, sobre los cuales había lindos grabados, eran
empaquetados, llenándolos con musgo y envueltos diestramente; luego eran
sujetados con una correa y colgados del lomo de los animales. Sobre las espaldas
de los animales colocaban toda clase de paquetes con vestimentas de multicolores
envoltorios, mantas y colchas bordadas de oro. Eliud les dio a los que partían
una bolsita con una masa pequeña y pesada, como si fuera un pedazo de metal
precioso.
Cuando todo estuvo en orden acudieron siervos y siervas a reforzar la comitiva y
arreaba los animales cargados delante de sí hacia la nueva vivienda, la cual se
encontraba a cinco o seis horas de camino. La casa estaba situada en una colina
entre el valle de Nazaret y el de Zabulón. Una avenida de terebintos bordeaba el
camino hasta el lugar. Delante de la casa había un patio cerrado cuyo suelo
estaba formado por una roca desnuda, rodeado por un muro de poca altura, hecho
de peña viva; detrás de este muro por encima de él había un seto vivo. En uno de
los costados del patio había habitaciones de poca monta para hospedar pasajeros
y guardar enseres. Había un cobertizo para encerrar el ganado y las demás
bestias de carga.
Todo estaba rodeado de jardines, y en medio de ellos, cerca de la casa, se
levantaba un gran árbol de una especie rara; sus ramas bajaban hasta la tierra,
echaban raíces y así brotaban nuevos árboles formando una tupida vegetación.
Cuando llegaron los viajeros a la vivienda encontraron todo arreglado y cada
cosa en su lugar, pues habían los padres enviado a algunos antes con el encargo
de preparar todo lo necesario. Los siervos y siervas habían desatado los
paquetes y colocado cada cosa en su lugar. Pronto quedó todo ordenado y habiendo
dejado instalados a sus hijos en la nueva casa, se despidieron de Ana y Joaquín,
con besos y bendiciones, y regresaron llevándose a la pequeña María, que debía
permanecer con los abuelos.
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En todas estas visitas y en otras ocasiones nunca los he visto comer con exceso
o despilfarro. Se colocaban en rueda, teniendo cada uno, sobre la alfombra, dos
platitos y dos recipientes. No hablaban generalmente en todo el tiempo sino de
las cosas de Dios y de sus esperanzas en el Mesías. La puerta de la gran casa
estaba en medio. Se entraba por ella a una especie de antesala, que corría por
todo lo ancho de la casa. A derecha e izquierda de la sala había pequeñas piezas
separadas por biombos de juncos entretejidos, que se podían quitar o poner a
voluntad. En la sala se hacían las comidas más solemnes, como se hizo cuando
María fue enviada al templo. Desde entonces comenzaron una vida completamente nueva. Queriendo sacrificar a Dios todo su pasado y haciendo como si por primera vez estuviesen reunidos, se empeñaron, desde ese instante, por medio de una vida agradable a Dios, en hacer descender sobre ellos la bendición, que era el único objeto de sus ardientes deseos. Los vi visitando sus rebaños y dividiéndolos en tres partes, siguiendo la costumbre de sus padres: una para el templo, otra para los pobres y la tercera para ellos mismos. Al templo enviaban la mejor parte; los pobres recibían un buen tercio, y la parte menos buena la reservaban para sí. |
Como la casa
era amplia, vivían y dormían en pequeñas habitaciones separadas, donde era
posible verlos a menudo en oración, cada uno por su lado, con gran devoción y
fervor. Los vi vivir así durante largo tiempo. Daban muchas limosnas y cada vez
que repartían sus bienes y sus rebaños, éstos se multiplicaban de nuevo
rápidamente. Vivían con modestia en medio de sacrificios y renunciamientos. Los
he visto vestir ropas de penitencia cuando rezaban y varias veces vi a Joaquín,
mientras visitaba sus rebaños en lugares apartados, orar a Dios en la pradera.
En esta vida penitente perseveraron diecinueve años después del nacimiento de su
primera hija María, anhelando ardientemente la bendición prometida y su tristeza
era cada día mayor.
Pude ver también a algunos hombres perversos acercarse a ellos y ofenderlos,
diciéndoles que debían ser muy malos para no poder tener hijos; que la niña
devuelta a los padres de Ana no era suya; que Ana era estéril y que aquella niña
era un engaño forjado por ella; que si así no fuera la tendrían a su lado y
otras muchas cosas más. Estas detracciones aumentaban el abatimiento de Joaquín
y de Ana.
Tenía ésta la firme convicción interior de que se acercaba el advenimiento del
Mesías y que ella pertenecía a la familia dentro de la cual debía encarnarse el
Redentor. Oraba pidiendo con ansia el cumplimiento de la promesa, y seguía
aspirando, como Joaquín, hacia una pureza de vida cada vez más perfecta. La
vergüenza de su esterilidad la afligía profundamente, no pudiendo mostrarse en
la sinagoga sin recibir ofensas. Joaquín, a pesar de ser pequeño y delgado, era
de constitución robusta. Ana tampoco era grande y su complexión, delicada: la
pena la consumía de tal manera que sus mejillas estaban descarnadas, aunque
bastante subidas de color. De tanto en tanto conducían sus rebaños al templo o
las casas de los pobres, para darles la parte que les correspondía en el
reparto, disminuyendo cada vez más la parte que solían reservarse para sí
mismos.
IV
La Santa e
Inmaculada Concepción de María
Cuando Joaquín, que se encontraba de nuevo entre su ganado, quiso ir de nuevo al
templo para ofrecer sacrificios, le envió Ana palomas y otras aves en canastos y
jaulas por medio de los siervos para que fuesen a llevárselas a la pradera.
Joaquín tomó dos asnos y los cargó con tres animalitos pequeños, blancos y muy
despiertos, de cuellos largos, corderos o cabritos, encerrados en cestas.
Llevaba él mismo una linterna sobre su cayado: era una luz en una calabaza
vacía. Subieron al templo, guardando sus asnos en una posada, que estaba cerca
del mercado. Llevaron sus ofrendas hasta los escalones más altos y pasaron por
las habitaciones de los servidores del templo. Allí se reunieron los siervos de
Joaquín después que les fueron tomadas las ofrendas.
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Entró Joaquín en la sala donde se hallaba la fuente llena de agua en la cual eran lavadas las víctimas; se dirigió por un largo corredor a otra sala a la izquierda del sitio donde estaba el altar de los perfumes, la mesa de los panes de la proposición y el candelabro de los cinco brazos. Se hallaban reunidas en aquel lugar varias personas que habían acudido para sacrificar. Joaquín tuvo que sufrir aquí una pena muy cruel. Vi a un sacerdote, de nombre Rubén, que despreció sus ofrendas, puesto que en lugar de colocarlas junto a las otras, en lugar aparente, detrás de las rejas, a la derecha de la sala, las puso completamente de lado. Ofendió públicamente al pobre Joaquín a causa de la esterilidad de su mujer y sin dejarlo acercarse, para mayor injuria, lo relegó a un rincón. |
Vi entonces a Joaquín lleno de tristeza abandonar el templo y, pasando por Betania, llegar a los alrededores de Maquero. Permaneció tan triste y avergonzado que, por algún tiempo, no dio aviso del sitio donde se encontraba. La aflicción de Ana fue extraordinaria cuando le refirieron lo que le había acontecido en el templo y al ver que no volvía.
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Cinco meses permaneció Joaquín oculto en el monte Hermón. He visto su oración y
sus angustias. Cuando iba donde estaban sus rebaños y veía a sus corderitos se
ponía muy triste y se echaba en tierra cubriéndose el rostro. Los siervos le
preguntaban por qué se mostraba tan afligido; pero él no les decía que estaba
siempre pensando en la causa de su pena: la esterilidad de su mujer. También
aquí dividía su ganado en tres partes: lo mejor lo enviaba al templo; la otra
parte la recibían los esenios, y el se quedaba con la más inferior. También Ana tuvo que sufrir mucho por la desvergüenza de una criada, que le reprochaba su esterilidad. Mucho tiempo la estuvo sufriendo hasta que la despachó de su casa. Había pedido ésta ir a una fiesta a la cual, según la rigidez de los esenios, no se podía acudir. Cuando Ana le negó el permiso ella le reprochó duramente esta negativa, diciendo que merecía ser estéril y verse abandonada de su marido por ser tan mala y tan dura. Entonces Ana despachó a la criada, y por medio de dos servidores la envió a la casa de sus padres, llenándola antes con regalos y dones, rogándoles la recibiesen de nuevo ya que no podía retenerla más consigo. |
Después de
esto se retiró a su habitación y lloró amargamente.
En la tarde del mismo día se cubrió la cabeza con un paño amplio, se envolvió
toda con él y fue a ponerse bajo un gran árbol, en el patio de la casa. Encendió
una lámpara y se entregó a la oración. Permaneció aquí mucho tiempo Ana clamando
a Dios y diciendo: "Si quieres, Señor, que yo quede estéril, haz que, al menos,
mi piadoso esposo vuelva a mi lado".
Entonces se le apareció un ángel. Venía de lo alto y se puso delante, diciéndole
que pusiera en paz su corazón porque el Señor había oído su oración; que debía a
la mañana siguiente ir con dos criadas a Jerusalén y que entrando en el templo,
bajo la puerta dorada del lado del valle de Josafat, encontraría a Joaquín.
Añadió que él estaba en camino a ese lugar, que su ofrenda sería bien recibida,
y que allí sería escuchada su oración. Le dijo que también ya había estado con
Joaquín, y mandóle que llevase palomas para el sacrificio, y anuncióle que el
nombre de la criatura que tendría, luego lo vería escrito.
Ana dio gracias a Dios y volvió a su casa contenta. Cuando después de mucho
rezar en su lecho, se quedó dormida, he visto aparecer sobre ella un resplandor
que la penetraba. La he visto avisada por una inspiración interior, despertar e
incorporarse en su lecho. En ese momento vi un rostro luminoso junto a ella, que
escribía con grandes letras hebreas a la derecha de su cama. He conocido el
contenido de la frase, palabra por palabra. Expresaba en resumen, que ella debía
concebir; que su fruto sería único, y que la fuente de esa concepción era la
bendición que había recibido Abraham. La he visto indecisa pensando como le
comunicaría esto a Joaquín; pero se consoló cuando el ángel le reveló la visión
de Joaquín.
Tuve entonces la explicación de la Inmaculada Concepción de María y supe que en
el Arca de la Alianza había estado oculto un sacramento de la Encarnación, de la
Inmaculada Concepción, un misterio de la Redención de la humanidad caída. He
visto a Ana leer con admiración y temor las letras de oro y rojas brillantes de
la escritura, y su gozo fue tan grande que pareció rejuvenecer cuando se levantó
para dirigirse a Jerusalén. He visto, en el momento en que el ángel se acercó a
ella, un resplandor bajo el corazón de Ana, y allí, un vaso iluminado. No puedo
explicarlo de otro modo sino diciendo: había allí como una cuna, un tabernáculo
cerrado que ahora se abría para recibir algo santísimo. No puedo expresar cómo
he visto esto maravillosamente. Lo vi como si fuera la cuna de toda la humanidad
renacida y redimida; lo vi como un vaso sagrado abierto, al cual se le quita el
velo. Reconocí esto con toda naturalidad. Este conocimiento era a la vez natural
y celestial. Ana tenía entonces, según creo, cuarenta y tres años.
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He visto también la aparición del ángel a Joaquín. El ángel le mandó llevar las ofrendas al templo y le prometió que sería escuchada su oración. A pesar de que le dijo que fuera después a la puerta dorada del templo, Joaquín sentíase temeroso de ir. Pero el ángel le dijo que los sacerdotes ya tenían aviso de su visita. Esto sucedía en tiempo de la fiesta de los tabernáculos. Joaquín había levantado su choza con ayuda de sus pastores. Al cuarto día de fiesta dirigióse a Jerusalén con numeroso ganado para el sacrificio, y se alojó en el templo. Ana, que también llegó el mismo día a Jerusalén, fue a hospedarse con la familia de Zacarías, en el mercado de los peces, y se encontró con Joaquín al finalizar las fiestas. |
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Cuando Joaquín llegó a la entrada del templo, le salieron al encuentro dos
sacerdotes, que habían recibido un aviso sobrenatural. Joaquín llevaba dos
corderos y tres cabritos. Su oferta fue recibida en el lugar acostumbrado: allí
mismo degolladas y quemadas las víctimas. Una parte de este sacrificio, sin
embargo, fue llevaba a la derecha de la antesala y allí consumida . En el centro
del lugar estaba el gran sillón desde donde se enseñaba. Mientras subía el humo
de la víctima, descendía un rayo de luz sobre el sacerdote y sobre Joaquín. Hubo
entonces un silencio general y gran admiración. Luego vi que dos sacerdotes
llevaron a Joaquín a través de las cámaras laterales, hasta el Sancta Sanctorum,
ante el altar del incienso. Aquí echó el sacerdote incienso, no en granos, como
era costumbre, sino una masa compacta sobre el altar (era una mezcla de
incienso, mirra, casia, nardo, azafrán, canela, sal fina y otros productos y
pertenecía al sacrificio diario), que se encendió. Joaquín quedó solo delante
del altar del incienso, porque los sacerdotes se alejaron.
Vi a Joaquín hincado de rodillas, con
los brazos levantados, mientras se consumía el incienso. Permaneció encerrado en
el templo toda la noche, rezando con gran devoción. Estaba en éxtasis cuando se
le acercó un rostro resplandeciente y le entregó un rollo que contenía letras
luminosas. Eran los tres nombres: Helia, Anna y Miryam (Diversas formas de
los nombres Joaquín, Ana y María). Junto a ellos veíase la figura del Arca de la
Alianza o un tabernáculo pequeño. Joaquín colocó este rollo escrito bajo sus
vestidos, junto al corazón.
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El ángel habló entonces: "Ana tendrá una Niña Inmaculada y de Ella saldrá la salud del mundo. No debe lamentar Ana su esterilidad, que no es para su deshonra sino para su gloria. Lo que tendrá Ana no será de él (Joaquín) si no que por medio de él, será un fruto de Dios y la culminación de la bendición dada a Abraham". Joaquín no podía comprender esto, y el ángel lo llevó detrás del cortinado que estaba separado lo bastante para poder permanecer allí. Vi que el ángel ponía delante de los ojos de Joaquín una bola brillante como un espejo: él debía soplar sobre ella y mirar. Yo pensé que el ángel le presentaba la bola, según costumbre de nuestro país donde, en los casamientos, se presenta al sacristán. Cuando Joaquín echó su aliento sobre la bola, aparecieron diversas figuras en ella, sin empañarse en lo más mínimo. Joaquín observaba. Entendí que el ángel le decía que de esa manera Ana daría a luz, por medio de él, sin ser empañada. El ángel tomó la bola y la levantó en alto, quedando suspendida. Dentro de ella pude ver, como por una abertura, una serie de cuadros conexos que se extendían desde la caída del hombre hasta su redención. Había allí todo un mundo, donde las cosas nacían unas de otras. Tuve conocimiento de todo, pero ya no puedo dar los detalles. |
En lo más alto hallábase la Santísima Trinidad; más abajo, a un lado, el
Paraíso, Adán y Eva, el pecado original, la promesa de la redención, todas las
figuras que la anunciaban de antemano, Noé, el diluvio, el Arca, la bendición de
Abraham, la transmisión de la bendición a su hijo Isaac, y de éste a Jacob;
luego, cuando le fue retirada a Jacob por el ángel con quien luchó; cómo pasó
José en el Egipto; cómo se mostró en él y en su mujer en un grado de más alta
dignidad; y cómo el don sagrado, donde reposaba la bendición, era sacado de
Egipto por Moisés con las reliquias de José y se transformaba en el Santo de los
Santos del Arca de la Alianza, la residencia de Dios vivo en medio de su pueblo. Vi el culto y la vida del pueblo de Dios en sus relaciones con este misterio,
las disposiciones y las combinaciones para el desarrollo de la raza santa, del
linaje de la Santísima Virgen, así como las figuras y los símbolos de María y
del Salvador en la historia y en los profetas. Vi esto en cuadros simbólicos
dentro de la esfera luminosa. Vi grandes ciudades, torres, palacios, tronos,
puertas, jardines, flores, todas estas imágenes maravillosamente unidas entre sí
por puentes de luz. Todo esto era embestido por fieras y otras temibles
apariciones. Estos cuadros mostraban como la raza de la Santísima Virgen, al
igual que todo lo santo, había sido conducida por la gracia de Dios, a través de
combates y asaltos.
Recuerdo haber visto, en esta serie de cuadros, un jardín rodeado por una densa
valla espinosa, a través de la cual se esforzaban por pasar, en vano, una
cantidad de serpientes y bestias repulsivas semejantes. Vi también una torre muy
firme, asaltada por todas partes por guerreros, que luego eran precipitados
desde lo alto de las murallas. Observé muchas imágenes análogas que se referían
a la historia de la Virgen en sus antepasados. Los pasajes y puentes que unían
el conjunto significaban la victoria obtenida sobre obstáculos e interrupciones
que se oponían a la obra de la salvación. Era como si una carne inmaculada, una
sangre purísima hubiesen sido puestas por Dios en medio de la humanidad, como en
un río de agua turbia, y debiesen, a través de muchas penas y esfuerzos, reunir
sus elementos dispersos, mientras el río trataba de atraerlas hacia sí y
empañarlas; pero al final, con la gracia de Dios, de los innumerables favores y
de la fiel cooperación de parte de los hombres, esto debía, después de
oscurecimientos y purificaciones, subsistir en un río que renovaba sus aguas sin
cesar, y elevarse fuera del río bajo la forma de la
Santísima Virgen, de la cual nació el Verbo, hecho carne, que habitó entre
nosotros.
Entre las imágenes que contemplé en la esfera luminosa había muchas que están
mencionadas en las letanías de la Virgen: las veo, las comparo, las comprendo y
las voy considerando con profunda veneración cuando recito las letanías. Más
tarde se desarrollaban en estos cuadros hasta el perfecto cumplimiento de la
obra de la divina Misericordia con la humanidad, caída en una división y en un
desgarramiento infinitos. Por el costado del globo luminoso opuesto al Paraíso,
llegaban los cuadros hasta la Jerusalén celestial , a los pies del trono de
Dios.
Cuando hube visto todo, desvaneciéndose el globo resplandeciente, que no era
sino la misma sucesión de cuadros que partiendo de un punto volvían todos a él
luego de haber formado un círculo de luz. Creo que fue una revelación hecha a
Joaquín por los ángeles, bajo la forma de una visión, de la cual tuve yo también
conocimiento. Cuando recibo una comunicación de esta clase se me aparece siempre
dentro de una esfera luminosa.
VI
Joaquín
recibe el misterio del Arca de la Alianza
Tomó el ángel, sin abrir la puerta del Arca, algo de dentro. Era el misterio del
Arca de la Alianza, el sacramento de la Encarnación, de la Inmaculada
Concepción, el cumplimiento y la culminación de la bendición de Abraham. He
visto como un cuerpo luminoso este misterio del Arca. El ángel ungió o bendijo
con la punta del pulgar y del índice la frente de Joaquín; luego pasó el cuerpo
luminoso bajo el vestido de Joaquín, desde donde, no sé decir cómo, penetró
dentro de él mismo. También le dio a beber algo de un vaso o cáliz brillante que
sostenía por debajo con sus dos dedos. Este cáliz tenía la forma del cáliz de la
Última Cena, pero sin pie, y Joaquín debió conservarlo para sí y llevarlo a su
casa. Entendí que el ángel le mandó a Joaquín que conservase el misterio, y
entendí, entonces, por qué Zacarías, padre del Bautista, quedó mudo después de
haber recibido la bendición y la promesa de tener hijo de Isabel, bendición y
promesa que venían del misterio del Arca de la Alianza. Sólo más tarde fue
echado en menos el misterio del Arca por los sacerdotes del templo. Desde
entonces se extraviaron del todo y se volvieron farisaicos.
El ángel sacó a Joaquín del Sancta Sanctorum y desapareció. Joaquín permaneció
tendido en el suelo rígido y sin conocimiento. Vi que luego llegaron los
sacerdotes y sacaron de allí reverentemente a Joaquín y lo sentaron en un
sillón, sobre unas gradas, que sólo usaban los sacerdotes. El sillón era cómodo
y forrado en el asiento, semejante a las sillas que usaba Magdalena en sus
tiempos de lujo. Los sacerdotes le echaron agua en la cara y le pusieron delante
de la nariz algo o le dieron alguna cosa para tomar; en una palabra, lo trataron
como a uno que se ha desmayado. Con todo, he visto que Joaquín quedó, después de
lo recibido por el ángel, todo luminoso, más joven y rozagante.
VII
Encuentro de
Joaquín y Ana
Joaquín fue
guiado por los sacerdotes hasta la puerta del pasillo subterráneo, que corría
debajo del templo y de la puerta derecha. Era éste un camino que se usaba en
algunos casos para limpieza, reconciliación o perdón. Los sacerdotes dejaron a
Joaquín en la puerta, delante de un corredor angosto al comienzo, que luego se
ensanchaba y bajaba insensiblemente. Había allí columnas forradas con hojas de
árboles y vides y brillaban los adornos de oro en las paredes iluminadas por una
luz que venía de lo alto.
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Joaquín había andado una tercera parte del camino, cuando vino a su encuentro
Ana, en el lugar del corredor, debajo de la puerta dorada donde había una
columna en forma de palmera con hojas caídas y frutos. Ana había sido conducida
por los sacerdotes a través de una entrada que había del otro lado del
subterráneo. Ella les había dado con su criada las palomas para el sacrificio,
en unos cestos que había abierto y presentado a los sacerdotes, conforme le
había mandado el ángel. Había sido conducida hasta allí en compañía de otras
mujeres, entre ellas, la profetisa Ana. |
He visto que cuando se abrazaban Joaquín y Ana, estaban en éxtasis. Estaban rodeados de numerosos ángeles que flotaban sobre ellos, sosteniendo una torre luminosa y recordando la torre de marfil, la torre de David y otros títulos de las letanías lauretanas. Desapareció la torre entre Joaquín y Ana: ambos estaban llenos de gloria y resplandor. Al mismo tiempo, el cielo se abrió sobre ellos y vi la alegría de los ángeles y de la Santísima Trinidad y la relación de todo esto con la Concepción de María Santísima.
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Cuando se
abrazaron, rodeados por el resplandor, entendí que era la Concepción de María en
ese instante, y que María fue concebida como hubiera sido la concepción de
todos sin el pecado original. Joaquín y Ana caminaban así, alabando a Dios,
hasta la salida. Llegaron a una arcada grande, como una capilla donde ardían
lámparas, y salieron afuera. Aquí fueron recibidos por los sacerdotes, que los
despidieron. |
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Una vez llegado a Nazaret, Joaquín dio un banquete de regocijo, sirvió a muchos
pobres y repartió grandes limosnas. Vi el júbilo y el fervor de los esposos y su
agradecimiento a Dios, pensando en su misericordia hacia ellos; observélos a
menudo orando juntos, con los ojos bañados en lágrimas.
Se me explicó en esta ocasión que los padres de la Santísima Virgen la
engendraron en una pureza perfecta, por el efecto de la obediencia. Si no
hubiera sido con el fin de obedecer a Dios, habrían guardado perpetua
continencia.
Comprendí, al mismo tiempo, cómo la pureza, la castidad, la reserva de los
padres y su lucha contra el vicio impuro tiene incalculable influencia sobre
la santidad de los hijos engendrados. En general, siempre vi en la
incontinencia y en el exceso, la raíz del desorden y del pecado.
Vi también que mucha gente se congratulaba con Joaquín por haber sido recibida
su ofrenda en el templo. Después de cuatro meses y medio, menos tres días, de
haber concebido Ana bajo la puerta dorada, vi que María era hecha tan hermosa
por voluntad de Dios. Vi cómo Dios mostraba a los ángeles la belleza de esa alma
y cómo ellos sintieron por ello inexplicable alegría. He visto también, en ese
momento, cómo María se movió sensiblemente por primera vez dentro del seno
materno. Ana se levantó al punto y se lo comunicó a Joaquín; luego salió a rezar
bajo aquel árbol debajo del cual le había sino anunciada la Concepción
Inmaculada.
VIII
El misterio
de la Inmaculada Concepción
Vi la tierra de Palestina reseca por falta de lluvia y a Elías subiendo con dos
servidores al monte Carmelo; al principio, a lo largo de la ladera; luego sobre
escalones, hasta una terraza, y después de nuevo sobre escalones en una planicie
con una colina que tenía una cueva hasta la cual llegó. Dejó a sus servidores
sobre la ladera de la planicie para que mirasen al mar de Galilea, que aparecía
casi seco, con honduras, pantanos y hoyos llenos de peces y animales muertos.
Elías se inclinó sobre sí hasta poner su cabeza sobre las rodillas, se cubrió y
clamó con fuerza a Dios. Por siete veces llamó a sus siervos, preguntándoles si
no veían alguna nube levantarse sobre el mar. Finalmente vi que en medio del mar
se levantaba una nubecilla blanca, de la cual salió otra nube negra, dentro de
la cual había una figura blanca; se agrandó y en lo alto se abrió ampliamente.
Mientras la nube se levantaba, vio Elías dentro de ella la figura de una Virgen
luminosa. Su cabeza estaba coronada de rayos, los brazos levantados en forma de
cruz, en una mano una corona de victoria y el largo vestido estaba como sujeto
bajo los pies. Parecía que flotaba y se extendía sobre la tierra de Palestina.
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Elías reconoció cuatro misterios de la Virgen Inmaculada que debía venir en la séptima época del mundo y de qué estirpe debía venir; vio también a un lado del mar un árbol pequeño y ancho, y al otro, uno muy grande, el cual echaba sus ramas superiores en el árbol pequeño. Observé que la nube se dividía. En ciertos lugares santificados, donde habitaban hombres justos que aspiraban a la salvación, dejaba la nube como blancos torbellinos de rocío, que tenían en los bordes todos los colores del arco iris, y vi concentrarse en ellos la bendición, como para formar una perla dentro de su concha. Fuéme explicado que era ésta una figura profética y que en los lugares bendecidos donde la nube había dejado caer los torbellinos hubo cooperación real en la manifestación de la Santísima Virgen . |
Vi enseguida un sueño profético, en el cual, durante la ascensión de la nube, conoció Elías muchos misterios relativos a la Santísima Virgen. Desgraciadamente, en medio de tantas cosas que me perturban y me distraen, he olvidado los detalles, como también otras muchas cosas. Supo Elías que María debía nacer en la séptima edad del mundo; por esto llamó siete veces a su servidor. Otra vez pude ver a Elías que ensanchaba la gruta sobre la cual había orado y establecer una organización más perfecta entre los hijos de los profetas. Algunos de ellos rezaban habitualmente en esta gruta para pedir la venida de la Santísima Virgen, honrándola desde antes de su nacimiento. Esta devoción se perpetuó sin interrupción, subsistió gracias a los esenios, cuando estaba ya sobre la tierra, y fue observada más tarde por algunos ermitaños, de los cuales salieron finalmente los religiosos del Carmelo.
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Elías, por medio de su oración, había dirigido las nubes de agua según internas inspiraciones: de otro modo se hubiera originado un torrente devastador en lugar de lluvia benéfica. Observé como las nubes enviaron primero el rocío; caían en blancas líneas, formaban torbellinos con los colores del arco iris en los bordes, y finalmente caían en gotas de lluvia. Reconocí en esto una relación con el maná del desierto, que por la mañana aparecía rojizo y denso cubriendo el suelo como una piel que se podía extender. Estos torbellinos corrían a lo largo del Jordán, y no caían en todas partes, sino en ciertos lugares, como en Salén, donde Juan debía más tarde bautizar. Pregunté qué significaban los bordes rojizos, y se me dio la explicación de la concha del mar, que tiene también estos multicolores bordes, que expuesta al sol absorbe los colores y purificada de colores se va formando en su centro la madreperla blanca y pura. |
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No puedo explicar mejor todo esto; pero se me dio a entender que ese rocío y esa
lluvia significaba mucho más de lo que podía ser considerándolo sólo un
refrescamiento de la tierra sedienta. Entendí que sin ese rocío la venida de
María se hubiese retardado cien años, mientras las descendencias que se nutren
de los frutos de la tierra, y se ennoblecen por el aplacamiento y la bendición
del suelo, realzasen de nuevo esas descendencias recibiendo la carne la
bendición de la pura propagación. La figura de la madreperla se refería a María
y a Jesús. Además de la aridez de la tierra por falta de lluvia, observé la
esterilidad de los hombres, y cómo los rayos del rocío caían de descendencia en
descendencia, hasta la substancia de María. No puedo decirlo mejor. A veces
presentábanse sobre los bordes multicolores una o varias perlas en forma de
rostro humano que parecía derramar un espíritu que volvía luego a brotar con los
demás.
He visto que por la gran misericordia de Dios se anunció a los paganos piadosos
de esa época que el Mesías debía nacer de una Virgen en Judea. Esto sucedió en
Caldea, donde había astrólogos, que tenían visiones de una figura en los astros
o en mitad del cielo; estos astrólogos profetizaban luego todo lo que veían.
También en Egipto he visto anuncios de la futura salud.
Le fue
mandado a Elías que reuniera a varias piadosas familias dispersas en el Norte,
Oriente y Mediodía y las llevase a Judea. Elías envió a tres discípulos de los
profetas, que reconoció aptos para dicho objeto, por una señal que le dio el
mismo Dios a Elías. Necesitaba gente muy segura, porque era una empresa ardua y
arriesgada. Uno de ellos fue al Norte, otro al Oriente y el tercero al Mediodía.
Este camino lo llevaba a Egipto por un camino peligroso para los israelitas. Lo
he visto en el mismo camino cuando huyó a Egipto la Sagrada Familia, y luego en
la ciudad de Heliópolis. En un valle había un gran templo, rodeado de muchos
edificios, y él llegó allí a tiempo que se prestaba adoración a un buey vivo. De
estos animales había varias figuras en el templo, junto a otros ídolos. Se
sacrificaban al ídolo niños que habían nacido deformes.
Como el profeta pasara por allí, lo detuvieron y lo llevaron delante de los
sacerdotes. Por suerte éstos eran, en general, muy curiosos de novedades: de
otro modo lo habrían matado. Le preguntaron de dónde era, y él les contestó
claramente que nacería una Virgen de la cual vendría la salud el mundo; que
entonces todos sus ídolos caerían por tierra deshechos. Se maravillaron de lo
que les decía, se conmovieron y lo dejaron marchar. Después se reunieron en
consejo e hicieron la figura de una Virgen, que pendieron en medio de su templo,
extendida en el aire como si planeara. La imagen tenía un peinado semejante al
de sus ídolos, de los cuales gran número habían sido puestos en fila. Tenía
busto de mujer y el resto era semejante al león .
La imagen de la Virgen que hicieron los egipcios llevaba en la cabeza un pequeño
vaso, bastante hondo, parecido al que usaban para medir las frutas; los brazos
hasta el codo estaban pegados a lo largo del cuerpo, separándose de él y
extendiéndose al alzarse. La imagen tenía algunas espigas de trigo en las manos;
tenía tres senos, uno mayor en el centro y otros pequeños más abajo a cada lado.
La parte inferior del cuerpo estaba envuelto en largo ropaje; de los pies,
pequeños y muy finos, colgaban algo así como borlas. De los dos hombros se
alzaban hermosas plumas en forma de rayos, que parecían alas y que eran como dos
peines estrechamente unidos entre sí. Tenía otras plumas cruzadas a lo ancho de
las caderas, replegadas hacia por la mitad del cuerpo. El vestido no tenía pliegues. Honraron a esta
imagen y le ofrecieron sacrificios, rogándole que no destruyera a su buey Apis
ni a las demás deidades. Por otra parte, perseveraron en todas las abominaciones
de su culto idólatra, empezando, sin embargo, desde ese momento a invocar a la
Virgen de la cual habían hecho la imagen, según creo, de acuerdo con diversas
indicaciones tomadas del relato del profeta y tratando de reproducir la figura
vista por Elías.
He visto cuadros de la historia de Tobías y del casamiento del joven Tobías, por
intermedio del ángel, y supe que había allí una figura de Santa Ana y de su
historia. El viejo Tobías representaba a la raza piadosa de los judíos que
esperaban al Mesías. El haberse puesto ciego significaba que no debía tener más
hijos y que debía entregarse más a la meditación y a la oración. Las molestias
que le ocasionaba su mujer con sus quejas significaban las formas vacías de los
fariseos y doctores de la ley. La paloma era una indicación de la primavera
cercana y de la salud venidera.
La ceguera indicaba la espera ansiosa de la redención y la ignorancia del lugar
de su advenimiento. El ángel dijo verdad al afirmar que era Azarías, hijo de
Ananías, pues estas palabras significaban más o menos: la ayuda de Dios que
viene de la nube de Dios. El ángel era la conducción de las descendencias y la
conservación y dirección de la bendición misteriosa, hasta su cumplimiento en la
Concepción Inmaculada de María. Las oraciones del viejo Tobías y de Sara,
llevadas ante el trono de Dios por los ángeles, por haber sido escuchadas,
significaban los clamores y deseos de los piadosos israelitas y de las hijas de
Sión, pidiendo la venida de la Redención, y también el clamor de Joaquín y de
Ana para conseguir la hija de la promesa.
La ceguera de Tobías y la murmuración de su mujer indicaban también el desprecio
que se hizo a Joaquín al rechazarle su sacrificio. Los siete pretendientes de
Sara muertos, significaban aquéllos antepasados de María y la salud, como
asimismo los pretendientes que Ana tuvo que rechazar antes de Joaquín. El
desprecio de la criada de Sara indicaba el desprecio de los paganos y de los
incrédulos judíos, ante la venida del Mesías, que llevaba a los buenos a rezar.
También expresaba el desprecio de la criada de Ana, que movió a ésta a rezar con
más fervor hasta que fue oída su petición. El pez que pretendía devorar a Tobías
significaba la larga esterilidad de Ana; el corte del hígado, la bilis y el
corazón del pez expresaban la mortificación y las buenas obras. El cabrito que
la mujer de Tobías había traído a casa en pago de su trabajo, era realmente
hurtado, que los hombres le dieron por bueno y pagado barato. Tobías conocía a
esta gente y lo sabía, y fue por esto reprochado. Tenía también la significación
de los desprecios que sufrían los buenos judíos y esenios de parte de los
fariseos y judíos formulistas y otras que no recuerdo. La hiel con la cual el
ciego Tobías recobró la vista indicaba la mortificación y la penitencia, por las
cuales los judíos elegidos llegaban al conocimiento de la salud y Redención.
Indicaba además la entrada de la luz en la oscuridad, por medio de la amarga
pasión de Jesucristo, desde su niñez.
X
Imágenes de
la Inmaculada Concepción
Vi salir de
la tierra una hermosa columna como el tallo de una flor. A semejanza del cáliz
de una flor o la cabeza de la amapola que surgen de un pedúnculo, así salía de
la columna una iglesia octogonal, resplandeciente, que permaneció firme sobre la
columna. Esta subía hasta el centro de la iglesia como un pequeño árbol, cuyas
ramas, divididas con regularidad, llevaban las figuras de la familia de la
Santísima Virgen, las cuales, en esta representación de la fiesta, eran objeto
de veneración particular. Estaban como sobre los estambres de una flor.
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Santa Ana estaba colocada entre Joaquín y otro, quizás su padre. Debajo del
pecho de Santa Ana vi una cavidad luminosa, como un cáliz y en ella la figura de
un niño resplandeciente que se desarrollaba y crecía. Sus manitas estaban
cruzadas sobre el pecho; de su cabecita inclinada partían infinidad de rayos que
se dirigían hacia una parte del mundo. Me parece que no era en todas
direcciones. Sobre otras ramas circundantes había varias figuras vueltas hacia
el centro en actitud respetuosa. En la iglesia vi un número infinito de santos en fila, rodeándola o formando coros, que se inclinaban, a rezar, hacia la Santa Madre. Se exteriorizaba el fervor más dulce y notábase una íntima unión en esta fiesta, que sólo podría compararse a la de un cantero de flores muy variadas, que agitadas por el aura suave girasen hacia el sol, como para ofrecer sus fragancias y sus colores al astro del cual recibían sus propios dones y su propia vida. Por encima de este cuadro simbólico de la festividad de la Inmaculada Concepción, se alzó el pequeño árbol luminoso con un nuevo vástago en la extremidad, y en esta segunda corona de ramas pude contemplar la celebración de una segunda etapa de la fiesta. |
Aquí María y José estaban hincados de rodillas y algo más abajo, delante de ellos, Santa Ana. Todos adoraban al Niño Jesús, sentado, con el globo del reino en la mano, en lo más alto del tallo, rodeado de un resplandor maravilloso. En torno de este cuadro veíanse a corta distancia varios coros: los de los Reyes Magos, de los pastores, de los apóstoles y discípulos, mientras otros santos formaban círculos algo más alejados del centro. Observé en las alturas algunas formas más difusas: los coros celestiales. Más alto aún, el brillo como de un medio sol penetraba atravesando la cúpula de la iglesia. Parecía indicar este segundo cuadro la proximidad de la fiesta de la Natividad que sigue a la Inmaculada Concepción. Cuando apareció el primer cuadro me pareció hallarme fuera de la iglesia, bajo la columna, en un país circundante; después me encontré dentro de ella.
Vi a la pequeña María creciendo en el espacio luminoso, debajo del corazón de
Santa Ana. Me sentía penetrada de la íntima convicción de la ausencia
absoluta de toda mancha original en la Concepción de María. Leí esto con
toda claridad como se lee un libro y lo comprendí entonces perfectamente. Me fue
dicho que en otros tiempos hubo en este lugar una iglesia levantada en memoria
de esta gracia inestimable otorgada por Dios; pero que fue entregada a la
destrucción a causa precisamente de las muchas disputas y escándalos que se
suscitaron a raíz de las controversias acerca de la Inmaculada Concepción de
María. Entendí también estas palabras: “En cada visión permanece un misterio
hasta que se haya realizado”. La Iglesia triunfante sigue celebrando allí mismo
la fiesta de la Inmaculada Concepción.
XI
Misterios de
la vida de María
A menudo oí a María contar a algunas mujeres de su confianza, Juana Chusa y
Susana de Jerusalén, diferentes misterios relativos a Nuestro Señor y a Ella
misma, que sabía por iluminación interior del cielo o por lo que le había
narrado Santa Ana. Le oí decir a Susana y a Marta que durante el tiempo que
llevaba a Jesús en su seno jamás había sentido el más pequeño sufrimiento, sino
un continuo regocijo y felicidad indecible.
Contaba que Joaquín y Ana se habían encontrado bajo la Puerta Dorada (del
Templo) en una hora también dorada; que en aquel sitio habían recibido la
plenitud de la Gracia divina, en virtud de la cual, Ella sola había recibido la
existencia en el seno de su madre por efecto de la santa obediencia y del puro
amor de Dios, sin mezcla de impureza alguna. Les hacía comprender también
que, sin el pecado original, la concepción de todos los hombres hubiera sido
igualmente pura.
Vi enseguida de nuevo todo lo relacionado con la gracia acordada a los padres de
María, desde la aparición del ángel hasta su encuentro bajo la Puerta Dorada.
Bajo ella he visto a Joaquín y a Ana rodeados de una multitud de ángeles que
resplandecían con luz celestial. También ellos eran luminosos y puros, casi como
espíritus. Hallábanse en el estado sobrenatural en que ninguna pareja humana
se hubo hallado antes.
Creo que era bajo la Puerta Dorada donde tenían lugar las pruebas y ceremonias
de la absolución para las mujeres acusadas de adulterio, así como otras
expiaciones. Debajo del templo había cinco pasajes subterráneos de esa clase y
existía además otro, bajo el lugar donde habitaban las vírgenes. Estos pasajes
servían para ciertas expiaciones. Ignoro si otras personas pasaron por este
camino antes que Joaquín y Ana; pero fue este un caso muy raro. No recuerdo si
lo usaban para los sacrificios que se ofrecían por las personas estériles; pero
sé que en esta circunstancia les fue ordenado a los sacerdotes disponer las
cosas en la forma sucedida.
XII
Víspera de la
Natividad de Nuestra Señora
¡Qué alegría tan grande hay en toda la naturaleza!... Oigo cantar a los
pajaritos, veo a los corderitos y cabritos saltar de alegría, y a las palomas
rondar en bandadas de un lado a otro con inusitado alborozo, allí donde estuvo
antes la casa de Ana. Ahora no existe nada: el lugar es todo desierto. Tuve una
visión de peregrinos de muy antiguos tiempos que, recogidos sus vestidos, con
turbantes en las cabezas y largos bastones de viaje, atravesaban esta comarca
para dirigirse al monte Carmelo. Ellos también notaron esta alegría
extraordinaria de la naturaleza. Cuando manifestaron su extrañeza y preguntaron
a las personas con las cuales se hospedaron, la razón de tal suceso, les
respondieron que tales contentos y manifestaciones de alegría se notan todas las
vísperas, desde el nacimiento de María y que allí había estado la casa de Ana.
Hablaron entonces de un varón santo, de tiempos antiguos, que había observado
esta renovación de la naturaleza, que fue la causa de que se celebrase entonces la
fiesta del nacimiento de María en la Iglesia Católica.
Doscientos cincuenta años después del tránsito de María al cielo vi a un piadoso
peregrino atravesar la Tierra Santa y visitar y anotar todos los lugares por
donde había estado Jesús en su peregrinación sobre la tierra, para venerarlos y
recordarlos. Este hombre gozó de una inspiración sobrenatural que le guiaba. En
algunos lugares se detenía varios días, probando especial dulzura y contento, y
recibía revelaciones mientras estaba en oración y meditación piadosas. Había
tenido siempre la impresión de que cerca del 8 de septiembre había una grande
alegría en la naturaleza en Tierra Santa y oía en ese tiempo armoniosos cantos
de pájaros.
Finalmente obtuvo, después de mucho pedir en oración, la revelación de que esa
era la fecha del nacimiento de María. Tuvo esta revelación en el camino al monte
Sinaí y el aviso de que allí había una capilla murada dedicada a María, en una
gruta del profeta Elías. Se le dijo que debía decir estas cosas a los solitarios
que habitaban en las faldas del monte Sinaí, adonde le he visto llegar. Donde
ahora están los monjes, había ya ermitaños que vivían aislados: el lugar era
entonces tan agreste del lado del valle, como ahora, necesitándose un aparato
para poder subir. Observé que, según sus indicaciones, se celebró allí la
festividad del nacimiento de María el 8 de septiembre del año y que luego pasó
esta fiesta a la Iglesia universal.
Vi también que los ermitaños, juntos con el peregrino, escudriñaron la gruta de
Elías buscando la capilla amurallada de María. No era cosa fácil encontrarla,
pues había muchas grutas de antiguos ermitaños y de los esenios, entre jardines
y huertas agrestes, donde aún crecían hermosas frutas. El vidente dijo que
trajeran a un judío, y la gruta de la cual el judío fuera arrojado afuera, sería
la señal de que ésa era la de Elías. Le fue dicho esto en una revelación.
Tuvo luego la visión de cómo buscaron a un viejo judío y lo llevaron a la gruta
del monte, y como éste era siempre arrojado afuera de una gruta, que tenía una
puerta angosta amurallada, a pesar de que él se esforzaba por entrar. Por este
prodigio reconocieron la gruta de Elías, dentro de la cual encontraron una
segunda cueva amurallada, que había sido la capilla donde el profeta había orado
a la futura Madre del Salvador.
Allí dentro hallaron huesos sagrados de profetas y de antiguos padres, como
también biombos tejidos y utensilios que habían servido antiguamente para el
servicio divino. El lugar donde estuvo la zarza se llama, según el lenguaje de
la región, “Sombra de Dios”, y es visitado por los peregrinos, que se descansan
antes. La capilla de Elías estaba hecha con hermosas piedras de colores y
floreadas. Hay en las cercanías una montaña de arena rojiza, en la falda de la
cual se cosechan hermosas frutas.
XIII
Oraciones
para la fiesta del Nacimiento de María
Vi muchas cosas relacionadas con
Santa Brígida y tuve conocimiento de
varias comunicaciones hechas a esta santa sobre la Concepción Inmaculada y la
Natividad de María. Recuerdo que la Virgen Santísima le dijo que cuando las
mujeres embarazadas santifican la víspera del día de su Nacimiento, ayunando y
recitando con devoción nueve veces el Ave María, en honor de los nueve meses que
Ella había pasado en el seno de su madre, y cuando renuevan con frecuencia este
ejercicio de piedad en el curso de su preñez y la víspera de su alumbramiento,
acercándose con piedad a los sacramentos, lleva Ella esas oraciones ante Dios y
les obtiene un parto feliz, aunque las condiciones se presenten difíciles.
En cuanto a mí, se me acercó la Virgen y me dijo, entre otras cosas, que quien
en el día de hoy, (festividad del Nacimiento de La Virgen) por la tarde, recite
con devoción nueve veces el Ave María en honor de su permanencia de nueve meses
en el seno de su madre (Santa Ana) y de su nacimiento, y continúe durante nueve
días este ejercicio de piedad, da a los ángeles cada día nueve flores destinadas
a formar un ramillete que Ella recibe en el cielo y presenta a la Santísima
Trinidad, con el fin de obtener una gracia para la persona que ha
dicho esas mismas oraciones.
Más tarde me sentí transportada a la altura, entre el cielo y la tierra. Debajo
estaba la tierra, oscura y esfumada. En el cielo, entre los coros de los ángeles
y santos, vi a la Santísima Virgen ante el trono de Dios. Pude ver construir
para Ella, con las oraciones y las devociones de los fieles del mundo dos
puertas o tronos de honor que crecían hasta formar iglesias, palacios y ciudades
enteras. Me admiró que estos edificios estuvieran hechos totalmente de plantas,
flores y guirnaldas, expresando, las diversas especies, la naturaleza y el
mérito de las oraciones, dichas por los individuos o por las comunidades. Vi que
para conducirlo hasta el cielo los ángeles y santos tomaban todo esto de entre
las manos de quienes decían tales oraciones.
XIV
Natividad de
La Virgen Santísima
Con varios
días de anticipación había anunciado Ana a Joaquín que se acercaba su
alumbramiento. Con este motivo envió ella mensajeros a Séforis, a su hermana
menor Marha; al valle de de Zabulón, a la viuda Enue, hermana de Isabel; y a
Betsaida, a su sobrina María Salomé, llamándolas a su lado. Vi a Joaquín, la
víspera del alumbramiento de Ana, que enviaba numerosos siervos a los prados
donde estaban sus rebaños, yendo él mismo al más cercano.
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|
Entre las nuevas criadas de Ana, sólo guardó en su casa a aquéllas cuyo servicio
era necesario. Vi a María Helí, la hija mayor de Ana, ocupándose en los
quehaceres domésticos. Tenía entonces unos diecinueve años, y habiéndose casado
con Cleofás, jefe de los pastores de Joaquín, era madre de una niñita llamada
María de Cleofás, de más o menos cuatro años en aquel momento. Joaquín oró,
eligió sus más hermosos corderos, cabritos y bueyes y los envió al templo como
sacrificio de acción de gracias. No volvió a casa hasta el anochecer. Entre las nuevas criadas de Ana, sólo guardó en su casa a aquéllas cuyo servicio era necesario. Vi a María Helí, la hija mayor de Ana, ocupándose en los quehaceres domésticos. Tenía entonces unos diecinueve años, y habiéndose casado con Cleofás, jefe de los pastores de Joaquín, era madre de una niñita llamada María de Cleofás, de más o menos cuatro años en aquel momento. Joaquín oró, eligió sus más hermosos corderos, cabritos y bueyes y los envió al templo como sacrificio de acción de gracias. No volvió a casa hasta el anochecer. |
Por la noche
vi llegar a casa de Ana a sus tres parientas. La visitaron en su habitación
situada detrás del hogar, y la besaron. Después de haberles anunciado la
proximidad de su alumbramiento, Ana, poniéndose de pie, entonó con ellas un
cántico concebido más o menos en estos términos: “Alabad a Dios, el Señor, que
ha tenido piedad de su pueblo, que ha cumplido la promesa hecha a Adán en el
paraíso, cuando le dijo que la simiente de la mujer aplastaría la cabeza de
la serpiente…”. No me es posible repetir todo con exactitud. Se encontraba
Ana en éxtasis, enumerando en su cántico todas las imágenes que figuraban a
María. Decía: “El germen dado por Dios a Abraham ha llegado a su madurez en mi
misma”. Hablaba luego de Isaac, prometido de Sara, y agregaba:
“El florecimiento
de la vara de Aarón se ha cumplido en mí”.
La he visto penetrada de luz en medio de su aposento, lleno de resplandores,
donde aparecía también, en lo alto, la escala de Jacob. Las mujeres, llenas de
asombro y de júbilo, estaban como arrobadas, y creo que vieron la aparición.
Después de la oración de bienvenida se sirvió a las mujeres una pequeña comida
de frutas y agua mezclada con bálsamo. Comieron y bebieron de pie, y fueron a
dormir algunas horas para reposar del viaje. Ana permaneció levantada, y oró.
Hacia la media noche, despertó a sus parientas para orar juntas, siguiéndola
éstas detrás de una cortina cerca del lecho. Ana abrió las puertas de una
alacena embutida en el muro, donde se hallaban varias reliquias dentro de una
caja. Vi luces encendidas a cada lado; pero no sé si eran lámparas. Al pie de
este pequeño altar había un escabel tapizado.
El relicario contenía algunos cabellos de Sara, a quien Ana profesaba
veneración; huesos de José, que Moisés había traído de Egipto; algo de Tobías,
quizás un trozo de vestido, y el pequeño vaso brillante en forma de pera donde
había bebido Abraham al recibir la bendición del ángel y que Joaquín había
recibido junto con la bendición. Ahora sé que esta bendición constaba de pan y
vino y era como un alimento sacramental. Ana se arrodilló delante de la alacena.
A cada lado de ella estaba una de las dos mujeres, y la tercera, detrás. Recitó
un cántico: creo que se trataba de la zarza ardiente de Moisés.
|
Vi entonces un resplandor celestial que llenó la habitación, y que, moviéndose, condensábase en torno de Ana. Las mujeres cayeron como desvanecidas con el rostro pegado al suelo. La luz en torno de Ana tomó la forma de zarza que ardía junto a Moisés, sobre el monte Horeb, y ya no me fue posible contemplarla. La llama se proyectaba hacia el interior: de pronto vi que Ana recibía en sus brazos a la pequeña María, luminosa, que envolvió en su manto, apretó contra su pecho y colocó sobre el escabel delante del relicario. Prosiguió luego sus oraciones. Oí entonces que la niña lloraba. Vi que Ana sacaba unos lienzos debajo del gran velo que la cubría y fajándola, dejaba la cabeza, el pecho y los brazos descubiertos. La aparición de la zarza ardiendo desapareció. |
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Levantáronse
entonces las mujeres y en medio de la mayor admiración recibieron en brazos a la
criatura recién nacida, derramando lágrimas de alegría. Entonaron todas juntas
un cántico de acción de gracias, y Ana alzó a la niña en el aire como para
ofrecerla. Vi entonces que la habitación se volvió a llenar de luces y oí a los
ángeles que cantaban Gloria y Aleluya. Pude escuchar todo lo que decían: supe
que, según lo anunciaban, veinte días más tarde la niña recibiría el nombre de
María. Entró Ana en su alcoba y se acostó.
Las mujeres
tomaron a la niña, la despojaron de la faja, la lavaron y, fajándola de nuevo,
la llevaron en seguida junto a su madre, cuyo lecho estaba dispuesto de tal
manera que se podía fijar contra él una pequeña canasta calada, donde tenía la
niña un sitio separado al lado de su madre. Las mujeres llamaron entonces a
Joaquín, el cual se acercó al lecho de Ana, y arrodillándose, derramó abundantes
lágrimas de alegría sobre la niña. La alzó en sus brazos y entonó un cántico de
alabanzas, como Zacarías en el nacimiento del Bautista. Habló en el cántico del
santo germen, que colocado por Dios en Abraham se había perpetuado en el pueblo
de Dios y en la Alianza, cuyo sello era la circuncisión y que con esta niña
llegaba a su más alto florecimiento. Oí decir en el cántico que aquellas
palabras del profeta: “Un vástago brotará de la raíz de Jessé”, cumplíase en
este momento perfectamente. Dijo también, con mucho fervor y humildad, que
después de esto moriría contento.
Noté que María Helí, la hija mayor de Ana, llegó bastante tarde para ver a la
niña. A pesar de ser madre ella misma, desde varios años atrás, no había
asistido al nacimiento de María quizás porque, según las leyes judías, una hija
no debía hallarse al lado de su madre en tales circunstancias. Al día siguiente
vi a los servidores, a las criadas y a mucha gente del país reunidos en torno de
la casa. Se les hacía entrar sucesivamente, y la niña María fue mostrada a todos
por las mujeres que la atendían. Otros vecinos acudían porque durante la noche
había aparecido una luz encima de la casa, y porque el alumbramiento de Ana,
después de tantos años de esterilidad, era considerado como una especial gracia
del cielo.
XV
La Natividad
de María en el Orbe
En el
instante en que la pequeña María se hallaba en los brazos de Santa Ana, la vi en
el cielo presentada ante la Santísima Trinidad y saludada con júbilo por todos
los coros celestiales. Entendí que le fueron manifestados de modo sobrenatural
todas sus alegrías, sus dolores y su futuro destino. María recibió el
conocimiento de los más profundos misterios, guardando, sin embargo, su
inocencia y candor de niña. Nosotros no podemos comprender la ciencia que le fue
dada, porque la nuestra tiene su origen en el árbol fatal del Paraíso terrenal.
Ella conoció todo esto como el niño conoce el seno de la madre donde debe buscar
su alimento.
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Cuando terminó la contemplación en la cual vi a la niña María en el cielo, instruida por la gracia divina, por primera vez pude verla llorar. Vi anunciado el nacimiento de María en el Limbo a los santos Patriarcas en el mismo momento penetrados de alegría inexplicable, porque se había cumplido la promesa hecha en el Paraíso. Supe también que hubo un progreso en el estado de gracia de los Patriarcas: su morada se hacía más clara, más amplia y adquirían mayor influencia sobre las cosas que acontecían en el mundo. Era como si todos sus trabajos, todas sus penitencias de su vida, todos sus combates, sus oraciones y sus ansias hubiesen llegado, por decirlo así, a su completa madurez produciendo frutos de paz y de gracia. |
Observé un gran movimiento de alegría en toda la naturaleza al nacimiento de
María; en los animales, y en el corazón de los hombres de bien; y oí armoniosos
cantos por doquiera. Los pecadores se sintieron como angustiados y
experimentaron pena y aflicción. Vi que en Nazaret y en las regiones de la
Tierra Prometida varios poseídos del demonio se agitaban en medio de
convulsiones violentas. Corrían de un lado a otro con grandes clamores; los
demonios bramaban por boca de ellos clamando: “¡Hay que salir!... ¡Hay que
salir!...”. He visto en Jerusalén al piadoso sacerdote Simeón, que habitaba
cerca del templo, en el momento del nacimiento de María, sobresaltado por los
clamores desaforados de locos y posesos, encerrados en un edificio contiguo a la
montaña del templo, sobre el cual tenía Simeón derechos de vigilancia.
Lo vi dirigirse a media noche a la plaza, delante de la casa de los posesos. Un
hombre que allí habitaba le preguntó la causa de aquellos gritos, que
interrumpían el sueño de todo el mundo. Uno de los posesos clamó con más fuerza
para que lo dejaran salir. Abrió Simeón la puerta y el poseso gritó,
precipitándose afuera, por boca de Satanás: “Hay que salir… Debemos salir… Ha
nacido una Virgen… ¡Son tantos los ángeles que nos atormentan sobre la tierra,
que debemos partir, pues ya no podemos poseer un sólo hombre más…!”. Vi a Simeón
orando con mucho fervor. El desgraciado poseso fue arrojado violentamente sobre
la plaza, de un lado a otro; y vi que el demonio salía por fin de su boca.
Quedé muy contenta de haber visto al anciano Simeón. Vi también a la profetisa
Ana y a Noemí, hermana de la madre de Lázaro, que habitaba en el templo y fue
más tarde la maestra de la niña María. Fueron despertadas y se enteraron, por
medio de visiones, de que había nacido una criatura de predilección. Se reunieron
y se comunicaron unas a otras las cosas que acababan de saber. Creo que ellas
conocían ya a Santa Ana.
XVI
Anuncio del
Nacimiento de María Virgen
En el país de los Reyes Magos mujeres videntes tuvieron visiones del nacimiento
de la Santísima Virgen. Ellas decían a los sacerdotes que había nacido una
Virgen, para saludar a la cual habían bajado muchos espíritus del cielo; que
otros espíritus malignos se lamentaban de ello. También los Reyes Magos, que
observaban los astros, vieron figuras y representaciones del acontecimiento. En
Egipto, la misma noche del nacimiento de María, fue arrojado del templo un ídolo
y echado a las aguas del mar. Otro ídolo cayó de su pedestal y se deshizo en
pedazos. Llegaron más tarde a casa de Ana varios parientes de Joaquín que
acudían desde el valle de Zabulón y algunos siervos que habían estado lejos. A
todos les fue mostrada la niña María.
XVII
La Niña
recibe el dulce Nombre de María
Hoy vi una
gran fiesta en casa de Ana. Los muebles habían sido cambiados de lugar y puestos
a un lado en las habitaciones del frente. Los tabiques de juncos, que formaban
habitaciones separadas, habían sido quitados para poder disponer una gran mesa.
En torno de la sala vi una mesa amplia, baja, llena de platos y fuentes para la
comida. En el centro se había levantado un altar
cubierto con un paño rojo y blanco, sobre el cual había una cunita también de
rojo y blanco y una colcha celeste. Al lado del altar había un atril cubierto,
con rollos de pergamino conteniendo oraciones. Delante del altar había cinco
sacerdotes de Nazaret con vestimentas de ceremonias. Joaquín estaba con ellos.
En el fondo, en torno del altar, había mujeres y hombres, parientes de Joaquín,
todos con trajes de fiesta.
Recuerdo a la hermana de Ana, Maraha de Séforis y a su hija mayor. Santa Ana
había dejado el lecho; pero no asistió a la ceremonia, quedándose en la
habitación, detrás del hogar. Enue, la hermana de Isabel, trajo a la pequeña
María, poniéndola en brazos de Joaquín. Los sacerdotes se colocaron delante del
altar, cerca de los rollos y recitaron en alta voz las oraciones. Joaquín
entregó a la niña al principal de ellos, el cual alzándola en el aire, mientras
rezaba, como para ofrecerla a Dios, la dejó luego en su cuna, sobre el altar.
Tomó después unas tijeras de forma particular, con las cuales cortó tres
pequeñas guedejas de cabello a ambos lados de la cabeza y la frente de la
criatura, quemándolas en el brasero. Tomó luego una caja que contenía aceite y
ungió los cinco sentidos de la niña, tocándole con el pulgar las orejas, los
ojos, la nariz, la boca y el hueco del estómago. Sobre el pecho de la criatura
colocó un pergamino donde estaba escrito el nombre de María. Luego se cantaron
salmos y se sirvió la comida, la cual no pude ver.
Varias semanas después del nacimiento de María, vi a Joaquín y a Ana que iban
con la Niña al templo para ofrecer un sacrificio. La presentaron al templo con
vivos sentimientos de piedad y agradeciendo a Dios de un modo parecido a lo que
más tarde hizo la Virgen Santísima cuando presentó al Niño Jesús y lo rescató
del templo, según las prescripciones de la ley. Al día siguiente entregaron su
ofrenda, prometiendo consagrar la niña a Dios en el templo dentro de algunos
años. Después volvieron a Jerusalén.
XVIII
Preparativos
para la presentación de María en el Templo
María era de tres años de edad y tres meses cuando hizo el voto de presentarse
en el templo entre las vírgenes que allí moraban. Era de complexión delicada,
cabellera clara un tanto rizada hacia abajo; tenía ya la estatura que hoy en
nuestro país tiene un niño de cinco a seis años. La hija de María Helí era mayor
en algunos años y más robusta. He visto en casa de Ana los preparativos de María
para ser conducida al templo. Era una fiesta muy grande. Estaban presentes cinco
sacerdotes de Nazaret, de Séforis y de otras regiones, entre ellos Zacarías y un
hijo del hermano del padre de Ana. Ensayaban una ceremonia con la niña María.
Era una especie de examen para ver si estaba madura para ser recibida en el
templo. Además de los sacerdotes estaban presentes la hermana de Ana de Séforis
y su hija, María Helí y su hijita y algunas pequeñas niñas y parientes. Los
vestidos, en parte cortados por los sacerdotes y arreglados por las mujeres, le
fueron puestos en esta ocasión a la niña en diversos momentos, mientras le
dirigían preguntas.
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Esta ceremonia tenía un aire de gravedad y de seriedad, aun cuando algunas preguntas estaban hechas por el anciano sacerdote con infantil sonrisa, las cuales eran contestadas siempre por la niña, con admiración de los sacerdotes y lágrimas de sus padres. Había para María tres clases de vestidos, que se pusieron en tres momentos. Esto tenía lugar en un gran espacio junto a la sala del comedor, que recibía la luz por una abertura cuadrangular abierta en el techo, a menudo cerrada con una cortina. En el suelo había un tapete rojo y en medio de la sala un altar cubierto de paño rojo y encima blanco transparente. Sobre el altar había una caja con rollos escritos y una cortina que tenía dibujada o bordada la imagen de Moisés, envuelto en su gran manto de oración y sosteniendo en sus brazos las tablas de la ley. |
He visto a Moisés siempre de anchas espaldas, cabeza alta, nariz grande y curva,
y en su gran frente dos elevaciones vueltas un tanto una hacia otra, todo lo
cual le daba un aspecto muy particular. Estas especies de cuernos los tuvo ya
Moisés desde niño, como dos verrugas. El color de su rostro oscuro de fuego y
los cabellos rubios. He visto a menudo semejante especie de cuernos en la frente
de antiguos profetas y ermitaños y a veces una sola de estas excrecencias en
medio de la frente.
Sobre el altar estaban los tres vestidos de María; había también paños y lienzos
obsequiados por los parientes para el arreglo de la niña. Frente al altar
veíase, sobre gradas, una especie de trono. Joaquín, Ana y los miembros de la
familia se encontraban reunidos. Las mujeres estaban detrás y las niñas al lado
de María. Los sacerdotes entraron con los pies descalzos. Había cinco, pero sólo tres de
ellos llevaban vestiduras sacerdotales e intervenían en la ceremonia.
Un sacerdote tomó del altar las diversas prendas de la vestimenta, explicó su
significado y presentólas a la hermana de Ana, Maraha de Séforis, la cual vistió
con ellas a la niña María. Le pusieron primero un vestidito amarillo y encima,
sobre el pecho, otra ropa bordada con cintas, que se ponía por el cuello y se
sujetaba al cuerpo. Después, un mantito oscuro con aberturas en los brazos; por
arriba colgaban algunos retazos de género. Este manto estaba abierto por arriba
y cerrado por debajo del pecho. Calzáronle sandalias oscuras con suelas
gruesas de color amarillo. Tenía los cabellos rubios peinados y una corona de
seda blanca con variadas plumas. Colocáronle sobre la cabeza un velo cuadrado de
color ceniza, que se podía recoger bajo los brazos para que éstos descansaran
como sobre dos nudos. Este velo parecía de penitencia o de oración.
Los sacerdotes le dirigieron toda
clase de preguntas relacionadas con la manera de vivir las jóvenes en el templo.
Le dijeron, entre otras cosas: “Tus padres, al consagrarte al templo, han hecho
voto de que no beberás vino ni vinagre, ni comerás uvas ni higos. ¿Qué quieres
agregar a este voto?... Piénsalo durante la comida”. A los judíos, especialmente
a las jóvenes judías, les gusta mucho el vinagre, y María también tenía gusto en
beberlo. Le hicieron otras preguntas y le pusieron un segundo género de vestido.
Constaba éste de uno azul celeste, con mantito blanco azulado, y un adorno sobre
el pecho y un velo transparente de seda blanca con pliegues detrás, como usan
las monjas. Sobre la cabeza la pusieron una corona de cera adornada con flores y
capullos de hojas verdes. Los sacerdotes le pusieron otro velo para la cara: por
arriba parecía una gorra, con tres broches a diversa distancia, de modo que se
podía levantar un tercio, una mitad o todo el velo sobre la cabeza Se le indicó
el uso del velo: cómo tenía que recogerlo para comer y bajarlo cuando fuese
preguntada.
Con este vestido presentóse María con los demás a la mesa: la colocaron entre
los dos sacerdotes y uno enfrente. Las mujeres con otros niños se sentaron en un
extremo de la mesa, separadas de los hombres. Durante la comida probaron los
sacerdotes a la niña María en el uso del velo. Hubo preguntas y respuestas.
También se le instruyó acerca de otras costumbres que debía observar. Le dijeron
que podía comer de todo por ahora dándole diversas comidas para tentarla. María
los dejó a todos maravillados con su forma de proceder y con las respuestas que
les daba. Tomó muy poco alimento y respondía con sabiduría infantil que admiraba
a todos. He visto durante todo el tiempo a los ángeles en torno a ella, que le
sugerían y guiaban en todos los casos.
Después de la comida fue llevada a la otra sala, delante del altar, donde le
quitaron los vestidos de la segunda clase para ponerle los de la tercera. La
hermana de Santa Ana y un sacerdote la revistieron de los nuevos vestidos de
fiesta. Era un vestido color violeta con adorno de paño bordado sobre el pecho.
Se ataba de costado con el paño de atrás, formaba rizos y terminaba en punta por
debajo. Pusiéronle un mantito violeta más amplio y más festivo, redondeado por
detrás, que parecía una casulla de misa. Tenía mangas anchas para los brazos y
cinco líneas de adornos de oro. La del medio estaba partida y se recogía y
cerraba con botones. El manto estaba también bordado en las extremidades. Luego
se le puso un velo grande: de una parte caía en blanco y de otra en blanco
violeta sobre los ojos. Sobre esto colocáronle una corona cerrada, con cinco
broches, que constaba de un círculo de oro, más ancho, con picos y botones. Esta corona estaba revestida de seda por fuera, con
rositas y cinco perlas de adorno; los cinco arcos terminales eran de seda y
tenían un botón. El escapulario del pecho estaba unido por detrás; por delante,
tenía cintas. El manto estaba sujeto por delante sobre el pecho.
Revestida en esta forma fue la niña María llevada sobre las gradas del altar. Las niñas rodeaban el altar de uno y otro lado. María dijo que no pensaba comer carne ni pescado ni tomar leche; que sólo tomaría una bebida hecha de agua y de médula de junco, que usaban los pobres y que pondría a veces en el agua un poco de zumo de terebinto. Esta bebida es como un aceite blanco, se expande, y es muy refrescante aunque no tan fina como el bálsamo. Prometió no gustar especias y no comer en frutas más que unas bayas amarillas que crecen como uvas. Conozco estas bayas: las comen los niños y la gente pobre. También dijo que quería descansar sobre el suelo y levantarse tres veces durante la noche para rezar. Las personas piadosas, Ana y Joaquín lloraban al oír estas cosas. El anciano Joaquín, abrazando a su hija, le decía: "¡Ah, hija! Esto es muy duro de observar. Si quieres vivir en tanta penitencia creo que no te podré ver más, a causa de mi avanzada edad". Era una escena muy conmovedora. Los sacerdotes le dijeron que se levantara sólo una vez, como las demás, y le hicieron otras propuestas para mitigar sus abstinencias. Le impusieron comer otros alimentos, como el pescado, en las grandes festividades.
Había en Jerusalén, en la parte baja de la ciudad, un gran mercado de pescados, que recibía el agua de la piscina de Bethseda. Un día qué faltó el agua, Herodes el Grande quiso construir allí un acueducto, vendiendo, para lograr dinero, vestiduras sacerdotales y vasos sagrados del templo. Por este motivo hubo un intento de sublevación, pues los esenios, encargados de la inspección de las vestiduras sacerdotales, acudieron a Jerusalén de todas partes del país y se opusieron firmemente. Recordé en este momento estas cosas.
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Por último dijeron los sacerdotes: "Muchas de las otras niñas que van al templo
sin pagar su manutención y sus vestidos, se comprometen, con el consentimiento
de sus padres, a lavar los vestidos de los sacerdotes manchados con la sangre de
las víctimas, y otros paños burdos, trabajo muy pesado que lastima las manos. Tú
no necesitas hacer esto, porque tus padres te costean tu manutención". María
respondió prontamente que quería hacer también eso, si era tenida por digna de
hacerlo. Joaquín se emocionó grandemente al oírla. Mientras se hacían estas
ceremonias vi que María, en varias ocasiones, había crecido de tal modo ante
ellos, que los superaba en altura. Era una señal de la gracia y de su sabiduría.
Los sacerdotes se mostraron serios, con grata admiración. |
Por último fue bendecida la niña María por el sacerdote. La he visto de pie
sobre el tronito resplandeciente. Dos sacerdotes estaban a su lado; otro,
delante. Los sacerdotes tenían rollos en las manos y rezaban preces sobre ella
con las manos extendidas. Tuve una admirable visión de María. Me parecía que por
la bendición se hacía transparente. Vi una gloria de indescriptible esplendor y
dentro de ella el misterio del Arca de la Alianza como si estuviese en un
brillante vaso de cristal, Luego vi el corazón de María que se abría en dos como
una puertecita del templete, y el misterio sacramental del Arca de la Alianza
penetró en su corazón. En torno de este misterio había formado un tabernáculo de
variadas y muy significativas piedras preciosas. Entró en el corazón, como el
Arca en el Santísimo, como el Ostensorio en el tabernáculo.
Vi a la niña María como transformada, flotando en el aire. Con la entrada del
sacramento en el corazón de María, que se cerró luego, lo que era figura pasó a
ser realidad y posesión, y vi que la niña estuvo desde entonces como penetrada
de una ardorosa concentración interior. Vi también, durante esta visión, que
Zacarías recibió una interna persuasión o una celestial revelación de que María
era el vaso elegido del misterio o sacramento. Había recibido él un rayo de luz
que yo vi salir de María.
Después de esto condujeron los sacerdotes a la niña adonde estaban sus padres.
Ana levantó a su hija en alto y estrechándola contra su pecho la besó con
interna dulzura y afecto, mezclada de veneración. Joaquín, muy conmovido, le dio
la mano, lleno de admiración y veneración. La hermana mayor de María Santísima,
María de Helí, abrazó a la niña con más vivacidad que Santa Ana, que era una
mujer muy reservada, moderada y muy medida en todos sus actos. La sobrinita,
María Cleofás, le echó los brazos al cuello, como hacen las criaturas. Después
los sacerdotes tomaron a la niña de nuevo, le quitaron los vestidos simbólicos y
le pusieron sus acostumbrados vestidos. Todavía los he visto de pie, tomando
algún líquido de un recipiente, y luego partir.
XIX
Partida al
Templo de Jerusalén
He visto a Joaquín, a Ana y a su hija mayor, María de Helí, ocupados toda la
noche preparando paquetes y utensilios. Ardía una lámpara con varias mechas. A
María Helí la veía con una luz ir de un lado a otro. Unos días antes Joaquín
había mandado a sus siervos que eligieran cinco de cada especie de los animales
de sacrificio, entre los mejores y los había despachado para el templo: formaban
estos animales una hermosa majada. Después tomó dos animales de carga y los fue
cargando con toda clase de paquetes: vestidos para la niña y regalos para el
templo.
Sobre el lomo
del animal acomodó un ancho asiento para que se pudiera sentar cómodamente. Los
objetos que se cargaron estaban acondicionados en bultos y atados, fáciles de
llevar. Vi cestas de diversas formas sujetas a los flancos del animal. En una de
ellas había pájaros del tamaño de las perdices; otros cestos, semejantes a
cuévanos de uvas, contenían frutas de toda clase. Cuando el asno estuvo cargado
completamente, tendieron encima una gran manta de la que colgaban gruesas
borlas. Todavía quedaban dos sacerdotes. Uno de ellos era muy anciano, que
llevaba un capuz terminado en punta sobre la frente y dos vestiduras, la de
más corta que la de abajo. Este sacerdote es el que se había ocupado el
día anterior en el examen de María, y le he visto dar otras instrucciones más a
la niña. Tenía una especie de estola colgante. El otro sacerdote era más joven.
María tenía en aquel momento algo más de tres años de edad: era bella y delicada
y estaba tan adelantada como un niño de cinco años de nuestro país. Sus cabellos
lisos, rizados en sus extremos, eran de un rubio dorado y más largos que los de
María Cleofás, de siete años, cuya rubia cabellera era corta y crespa. Casi
todas las personas mayores llevaban largas ropas de lana sin teñir.
Yo notaba la presencia de dos niños que no eran de este mundo: estaban allí en
una forma espiritual y figurativa, como profetas; no pertenecían a la familia y
no conversaban con nadie. Parecía que nadie notaba su presencia. Eran hermosos y
amables; tenían largos cabellos rubios y rizados. Mirando a uno y otro lado me
dirigieron la palabra. Llevaban libros, probablemente para su instrucción. La
pequeña María no poseía libro alguno a pesar de que sabía leer. Los libros no
eran como los nuestros, sino largas tiras de más o menos media vara de ancho,
enrolladas en un bastón, cuyas extremidades asomaban por cada lado. El más alto
de los dos niños se me acercó con uno de los rollos desplegados en la mano y
leyó algo, explicándomelo luego. Eran letras de oro, totalmente desconocidas
para mí, escritas al revés y cada una de ellas parecía representar una palabra
entera. La lengua me era completamente desconocida también y, sin embargo, la
entendía perfectamente. Lástima que haya olvidado la explicación. Tratábase de
un texto de Moisés sobre la zarza ardiente. Me declaró: "Como la zarza ardía y
no se quemaba, así arde el fuego del Espíritu Santo en la niña María, y en su
humildad es como si nada supiera de ello. Significa también la divinidad y
humanidad de Jesús y como el fuego de Dios se une con la niña María".
El descalzarse explicólo como que la ley se cumplía, la corteza caía y llegaba
ahora la sustancia. La pequeña bandera que traía la extremidad del bastoncito
significaba que María empezaba su camino, su misión para ser Madre del Redentor.
El otro niño jugaba con su rollo inocentemente, representando con esto el candor
infantil de María, sobre la cual reposaba una promesa muy grande, la cual, no
obstante tan alto destino, jugaba ahora como una criatura. Explicáronme aquellos
niños siete pasajes de sus rollos; pero a causa del estado en que me encuentro,
se me ha ido de la memoria. ¡Oh, Dios mío! Cuando se me aparece todo esto ¡qué
bello y profundo es y, al mismo tiempo, qué simple y claro!... Al rayar el alba
vi que se ponían en camino para Jerusalén. La pequeña María deseaba vivamente
llegar al templo y salió apresuradamente de la casa acercándose a la bestia de
carga. Los niños profetas me mostraron todavía algunos textos de sus rollos. Uno
de éstos decía que el templo era magnífico, pero que la niña María encerraba en
sí algo más admirable aún. Había dos bestias de carga. Uno de los asnos, el más
cargado, iba conducido por un servidor y debía ir siempre delante de los
viajeros.
El otro, que estaba delante de la casa, cargado con más bultos, tenía preparado
un asiento, y María fue colocada sobre él. Joaquín conducía el asno. Llevaba un
bastón largo con un grueso pomo redondo en la extremidad: parecía un cayado de
peregrino. Un poco más adelante iba Ana con la pequeña María Cleofás y una
criada que debía acompañarla en todo el camino. Al empezar el viaje se juntaron
con ellas unas mujeres y niñas: se trataba de parientas que en los diversos
cruces del camino se separaban de la comitiva para volverse a sus casas. Uno de
los sacerdotes acompañó a la comitiva durante algún tiempo.
He visto unas seis mujeres parientas, con sus hijos y algunos hombres. Llevaban
una linterna, y vi que la luz desaparecía totalmente ante aquella otra claridad
que derramaban las santas personas sobre el camino en su viaje nocturno, sin
que, al parecer, lo notaran los demás. Al principio me pareció que el sacerdote
iba detrás de la pequeña María con los niños profetas. Más tarde, cuando ella
bajó del asno para seguir a pie, yo estuve a su lado. Más de una vez oí a mis
jóvenes compañeros cantando el salmo "Eructavit cor meum" y el
"Deus deorum
Dominus locutus est". Supe por ellos que estos salmos serían cantados a doble
coro cuando la Niña fuera admitida en el templo. Lo escucharé cuando lleguen al
templo.
Al principio vi que el camino descendía en pendiente de una colina, para volver
a subir después. Siendo temprano, y habiendo buen tiempo, el cortejo se detuvo
cerca de un manantial del que nacía un arroyo. Había allí una pradera y los
caminantes descansaron sentándose junto a un cerco de plantas de bálsamo. Debajo
de estos frágiles arbustos solían poner vasos y recipientes de piedra para
recoger el bálsamo que iba cayendo gota a gota. Los viajeros bebieron bálsamo y
echaron un poco en el agua, llenando pequeños recipientes. Comieron bayas de
ciertas plantas que allí había, con panecillos que traían en las alforjas. En
ese momento desaparecieron los dos niños profetas. Uno de ellos era Elías; el
otro me pareció que era Moisés. La pequeña María los había visto; pero no habló
de ello con nadie.
Así sucede que a veces vemos en nuestra infancia a santos niños y en edad más
madura a santas jóvenes o muchachos, y callamos estas visiones sin comunicarlas
a los demás por ser tal momento un instante de gozo celestial y de recogimiento.
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Más tarde vi a los viajeros entrar en una casa aislada, en la que fueron bien recibidos y tomaron provisiones, pues los moradores parecían ser de la familia. En aquel sitio se despidieron de la niña Cleofás, que debía volver a su casa. Durante el día, vi el curso del camino que suele ser bastante penoso, pues hay muchas subidas y bajadas. En los valles hay a menudo neblina y rocío; con todo, veo algunos lugares mejor situados, donde brotan flores. Antes de llegar al sitio donde debían pasar la noche, hallaron un pequeño arroyo. Se hospedaron en una posada al pie de una montaña en la cual se veía una ciudad. Por desgracia, no recuerdo el nombre de esa ciudad, pues la he visto durante otros viajes de la Sagrada Familia, por lo cual confundo los nombres. Lo que puedo decir es que ellos siguieron el camino que tomó Jesús en el mes de septiembre, cuando tenía treinta años e iba de Nazaret a Betania y luego al bautismo de Juan y aun esto lo digo sin certidumbre completa. |
La Sagrada Familia hizo más tarde este camino en la época de la huida a Egipto.
La primera etapa fue Nazara, pequeño lugar entre Massaloth y otra ciudad ubicada
en la altura, más cercana a esta última. Veo por todas partes tantas
poblaciones, cuyos nombres oigo pronunciar, que luego confundo unos con otros.
La ciudad cubre la ladera de una montaña y se divide en varias partes, si es que
realmente todas forman una misma ciudad. Allí falta agua y tienen que hacerla
subir desde el llano con la ayuda de cuerdas. Veo allí torres antiguas en
ruinas. Sobre la cumbre de la montaña hay una torre que parece un observatorio
con un aparato de mampostería que tiene vigas y cuerdas como para hacer subir
algo desde la ciudad.
Hay una cantidad tan grande de estas cuerdas que el conjunto aparenta mástiles
de buques. Debe haber como una hora de camino desde abajo a la cumbre de la
montaña, desde donde se disfruta de una espléndida vista muy extensa. Los
caminantes entraron en una posada situada en la llanura. En una parte de la
ciudad había paganos, considerados como esclavos por los judíos, debiendo
someterse a rudos trabajos en el templo y en otras construcciones. Esta noche he
visto a la pequeña María llegando con sus padres a una ciudad situada a seis
leguas más o menos de Jerusalén en dirección noroeste. Esta ciudad, se llama Bet-Horon
y se encuentra al pie de una montaña.
Durante el viaje atravesaron un pequeño río que desemboca en el mar en los
alrededores de Jopé, donde enseñó San Pedro después de la venida del Espíritu
Santo. Cerca de Bet-Horon tuvieron lugar grandes batallas que he visto y
olvidado. Faltaban aun dos leguas para llegar a un punto del camino desde donde
se podía divisar a Jerusalén; he oído el nombre de este lugar, que ahora no
puedo precisarlo. Bet-Horon es una ciudad de Levitas de cierta importancia:
produce hermosas uvas y gran cantidad de frutas. La santa comitiva entró en la
casa de unos amigos, que estaba muy bien situada. Su dueño era maestro en una
escuela de Levitas y había allí algunos niños. Me admira ver allí a varias
parientas de Ana, con sus hijas pequeñas, que yo creía que habían regresado a
sus casas al principio del viaje: ahora advierto que llegaron antes, tomando
algún atajo, quizás para anunciar la llegada de la santa comitiva.
Los parientes de Nazaret, de Séforis y de Zabulón, que habían asistido al examen
de María, se hallaban allí con sus hijas: vi, por ejemplo, a la hermana mayor de
María con su hija María de Cleofás, y a la hermana de Ana venida de Séforis con
sus hijas. Con motivo de la llegada de la pequeña María hubo grandes fiestas.
María fue llevada en compañía de otras niñas a una gran sala, y puesta en un
asiento alto, a semejanza de un trono, dispuesto para ella. El maestro de
escuela y otras personas hicieron toda clase de preguntas a María y le pusieron
guirnaldas en la cabeza. Todos estaban asombrados por la sabiduría que
manifestaba en sus respuestas. Oí hablar en esta ocasión del juicio y prudencia
de otra niña que había pasado por allí poco antes, volviendo de la escuela del
templo a la casa de sus padres. Esta niña se llamaba Susana y más tarde figuró
entre las santas mujeres que seguían a Jesús. (En otra ocasión Ana Catalina dijo
que esta niña era parienta de María).
María ocupó su puesto vacante en el templo, pues había un número fijo de plazas
para estas jóvenes. Susana tenía quince años cuando dejó el templo, es decir,
cerca de once más que la niña María. También Santa Ana había sido educada allí a
la edad de cinco años. La pequeña María estaba llena de júbilo por hallarse tan
cerca del templo. He visto a Joaquín que la estrechaba entre sus brazos,
llorando y diciéndole: "Hija mía, ya no volveré a verte". Habían preparado
comida y mientras estaban en la mesa, vi a María ir de un lado a otro, apretarse
contra su madre, llena de gracia, o, deteniéndose detrás de ella, echarle los
bracitos al cuello.
Esta mañana muy temprano vi a los viajeros salir de Bet-Horon para dirigirse a
Jerusalén. Todos los parientes con sus criaturas se habían juntado a ellos y lo
mismo los dueños de la casa. Llevaban regalos para la niña, consistentes en
ropas y frutas. Me parece ver una fiesta en Jerusalén. Supe que María tenía en
ese momento tres años y tres meses. En su viaje no fueron a Ussen Sheera ni a
Gofna, a pesar de tener allí amistades; pasaron sólo por los alrededores. Vi que
el maestro de los Levitas con su familia los acompañó a Jerusalén. Cuanto más se
acercaban a la ciudad tanto más se mostraba María contenta y ansiosa. Solía
correr delante de sus padres.
Hoy al mediodía he visto llegar la comitiva que acompañaba a María al templo de Jerusalén. Jerusalén es una ciudad extraña. No hay que pensar que sea como una de nuestras ciudades, con tanta gente en las calles. Muchas calles bajas y altas corren alrededor de los muros de la ciudad y no tienen salida ni puertas. Las casas de las alturas, detrás de las murallas, están orientadas hacia el otro lado, pues se han edificado barrios distintos y se han formado nuevas crestas de colinas y los antiguos muros quedaron allí. Muchas veces se ven las calles de los valles sobreedificadas con sólidas bóvedas. Las casas tienen sus patios y piezas orientadas hacia el interior; hacia la calle sólo hay puertas y terrazas sobre los muros. Generalmente las casas son cerradas. Cuando la gente no va a las plazas o mercados o al templo está generalmente entretenida en el interior de sus casas.
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Hay silencio en las calles, fuera de los lugares de mercado o de ciertos palacios, donde se ve ir y venir a soldados y viajeros. En ciertos días en que están casi todos en el templo, las calles parecen como muertas. A causa de las calles solitarias, de los profundos valles y de la costumbre de permanecer las gentes en sus casas, es que Jesús podía ir y venir con sus discípulos sin ser molestado. Por lo general falta agua en la ciudad: frecuentemente se ven edificios altos adonde es llevada y torres hacia las cuales es bombeada el agua. En el templo se tiene mucho cuidado con el agua porque hay que purificar muchos vasos y lavar las ropas sacerdotales. Se ven grandes maquinarias y artefactos para bombear el agua a los lugares elevados. Hay muchos mercaderes y vendedores en la ciudad: están casi siempre en los mercados o en lugares abiertos, bajo tiendas de campaña. |
Veo, por ejemplo, no lejos de la Puerta de las Ovejas, a mucha gente que negocia
con alhajas, oro, objetos brillantes y piedras preciosas. Las casitas que
habitan son muy livianas, pero sólidas, de color pardo, como si estuviesen
cubiertas con pez o betún. Adentro hacen sus negocios; entre una tienda y otra
están extendidas lonas, debajo de las cuales muestran sus mercaderías. Hay, sin
embargo, otras partes de la ciudad donde hay mayor movimiento y se ven gentes
que van y vienen cerca de ciertos palacios.
Comparada Jerusalén con la Roma antigua, que he visto, esta ciudad era mucho más
bulliciosa en las calles; tenía aspecto más agradable y no era tan desigual ni
empinada. La montaña sobre la cual se halla el templo está rodeada, por el lado
en que la pendiente es más suave, de casas que forman varias calles detrás de
espesos muros. Estas casas están construidas sobre terrazas colocadas unas sobre
otras. Allí viven los sacerdotes y los servidores subalternos del templo, que
hacen trabajos más rudos, como la limpieza de los fosos, donde se echan los
desperdicios provenientes de los sacrificios de animales. Hay un costado norte,
creo, donde la montaña del templo es muy escarpada. En todo lo alto, alrededor
de la cumbre, se halla una zona
verde formada
por pequeños jardines pertenecientes a los sacerdotes.
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Aun en tiempos de Jesucristo se trabajaba siempre en alguna parte del templo. Este trabajo no cesaba nunca. En la montaña del templo había mucho mineral, que se fue sacando y empleando en la construcción del mismo edificio. Debajo del templo hay fosos y lugares donde funden el metal. No pude encontrar en este gran templo un lugar donde poder rezar a gusto. Todo el edificio es admirablemente macizo, alto y sólido. Los numerosos patios son estrechos y sombríos, llenos de andamios y de asientos. Cuando hay mucha gente causa miedo encontrarse apretado entre los espesos muros y las gruesas columnas. Tampoco me gustan los continuos sacrificios y la sangre derramada en abundancia, a pesar de que esto se hace con orden e increíble limpieza. Hacía mucho tiempo que no había visto con tanta claridad, como hoy, los edificios, los caminos y los pasajes. Pero son tantas las cosas que hay aquí que me es imposible describirlas con detalles. |
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Los viajeros
llegaron con la pequeña María, por el norte, a Jerusalén: con todo, no entraron
por ese lado, sino que dieron vuelta alrededor de la ciudad hasta el muro
oriental, siguiendo una parte del valle de Josafat. Dejando a la izquierda el
Monte de los Olivos y el camino de Betania, entraron en la ciudad por la Puerta
de las Ovejas, que conducía al mercado de las bestias. No lejos de esta puerta
hay un estanque donde se lava por primera vez a las ovejas destinadas al
sacrificio. No es ésta la piscina de Bethseda. La comitiva, después de haber
entrado en la ciudad, torció de nuevo a la derecha y entró en otra barriada
siguiendo un largo valle interno dominado de un lado por las altas murallas de
una zona más elevada de la ciudad, llegando a la parte occidental en los
alrededores del mercado de los peces, donde se halla la casa paterna de Zacarías
de Hebrón. Se encontraba allí un hombre de avanzada edad: creo que el hermano de
su padre. Zacarías solía volver a la casa después de haber cumplido su servicio
en el templo.
En esos días se encontraba en la ciudad y habiendo acabado su tiempo de
servicio, quería quedarse sólo unos días en Jerusalén para asistir a la, entrada
de María al templo. Al llegar la comitiva, Zacarías no se encontraba allí. En la
casa se hallaban presentes otros parientes de los contornos de Belén y de Hebrón,
entre ellos, dos hijas de la hermana de Isabel. Isabel tampoco se encontraba
allí en ese momento. Estas personas se habían adelantado para recibir a los
caminantes hasta un cuarto de legua por el camino del valle. Varias jóvenes los
acompañaban llevando guirnaldas y ramas de árboles.
Los caminantes fueron recibidos con demostraciones de contento y conducidos hasta la casa de Zacarías, donde se festejó la llegada. Se les ofreció refrescos y todos se prepararon para llevarlos a una posada contigua al templo, donde los forasteros se hospedan los días de fiesta. Los animales que Joaquín había destinado para el sacrificio habían sido conducidos ya desde los alrededores de la plaza del ganado a los establos situados cerca de esta casa. Zacarías acudió también para guiar a la comitiva desde la casa paterna hasta la posada. Pusieron a la pequeña María su segundo vestidito de ceremonias con el peplo celeste. Todos se pusieron en marcha formando una ordenada procesión. Zacarías iba adelante con Joaquín y Ana; luego la niña María rodeada de cuatro niñas vestidas de blanco, y las otras chicas con sus padres cerraban la marcha. Anduvieron por varias calles y pasaron delante del palacio de Herodes y de la casa donde más tarde habitó Pilatos. Se dirigieron hacia el ángulo Nordeste del templo, dejando atrás la fortaleza Antonia, edificio muy alto, situado al Noroeste. Subieron por unos escalones abiertos en una muralla alta. La pequeña María subió sola, con alegre prisa, sin permitir que nadie la ayudara. Todos la miraban con asombro.
La casa donde se alojaron era una posada para días de fiesta situada a corta
distancia del mercado del ganado. Había varias posadas de este género alrededor
del templo, y Zacarías había alquilado una. Era un gran edificio con cuatro
galerías en torno de un patio extenso. En las galerías se hallaban los
dormitorios, así como largas mesas muy bajas. Había una sala espaciosa y un
hogar para la cocina. El patio para los animales enviados por Zacarías estaba
muy cerca. A ambos lados del edificio habitaban los servidores del templo que se
ocupaban de los sacrificios. Al entrar los forasteros se les lavaron los pies,
como se hacía con los caminantes; los de los hombres fueron lavados por hombres;
y las mujeres hicieron este servicio con las mujeres. Entraron luego en una sala
en medio de la cual se hallaba suspendida una gran lámpara de varios brazos
sobre un depósito de bronce lleno de agua, donde se lavaron la cara y las manos.
Cuando hubieron quitado la carga al asno de Joaquín, un sirviente lo llevó a la
cuadra.
Joaquín había
dicho que sacrificaría y siguió a los servidores del templo hasta el sitio donde
se hallaban los animales, a los cuales examinaron. Joaquín y Ana se dirigieron
luego con María a la habitación de los sacerdotes, situada más arriba.
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Aquí la niña María, como elevada por el espíritu interior, subió ligerísimamente los escalones con un impulso extraordinario. Los dos sacerdotes que se hallaban en la casa los recibieron con grandes muestras de amistad: uno era anciano y el otro más joven. Los dos habían asistido al examen de la niña en Nazaret y esperaban su llegada. Después de haber conversado del viaje y de la próxima ceremonia de la presentación, hicieron llamar a una de las mujeres del Templo. Era ésta una viuda anciana que debía encargarse de velar por la niña. Habitaba en la vecindad con otras personas de su misma condición, haciendo toda clase de labores femeniles y educando a las niñas. Su habitación se encontraba más apartada del templo que las salas adyacentes, donde habían sido dispuestos, para las mujeres y las jóvenes consagradas al servicio del Templo, pequeños oratorios desde los cuales podían ver el santuario sin ser vistas por los demás. |
La matrona que acababa de llegar estaba tan bien envuelta en su ropaje que
apenas podía vérsele la cara. Los sacerdotes y los padres de María se la
presentaron, confiándola a sus cuidados. Ella estuvo dignamente afectuosa, sin
perder su gravedad. La niña María se mostró humilde y respetuosa. La instruyeron
en todo lo que se relacionaba con la niña y su entrada solemne en el templo.
Aquella mujer bajó con ellos a la posada, tomó el ajuar que pertenecía a la niña
y se lo llevó a fin de prepararlo todo en la habitación que le estaba destinada.
La gente que había acompañado a la comitiva desde la casa de Zacarías, regresó a
su domicilio, quedando en la posada solamente los parientes. Las mujeres se
instalaron allí y prepararon la fiesta que debía tener lugar al día siguiente.
Joaquín y algunos hombres condujeron las víctimas al Templo al despuntar el
nuevo día y los sacerdotes las revisaron nuevamente. Algunos animales fueron
desechados y llevados en seguida a la plaza del ganado. Los aceptados fueron
conducidos al patio donde habrían de ser inmolados. Vi allí muchas cosas que ya
no es posible decirlas en orden. Recuerdo que antes de inmolar, Joaquín colocaba
su mano sobre la cabeza de la víctima, debiendo recibir la sangre en un vaso y
también algunas partes del animal. Había varias columnas, mesas y vasos. Se
cortaba, se repartía y ordenaba todo. Se quitaba la espuma de la sangre y se
ponía aparte la grasa, el hígado, el bazo, salándose todo esto. Se limpiaban los
intestinos de los corderos, rellenándolos con algo y volviéndolos a poner dentro
del cuerpo, de modo que el animal parecía entero, y se ataban las patas en forma
de cruz.
Luego, una gran parte de la carne era llevada al patio donde las jóvenes del
Templo debían hacer algo con ella: quizás prepararla para alimento de los
sacerdotes o ellas mismas. Todo esto se hacía con un orden increíble. Los
sacerdotes y levitas iban y venían, siempre de dos en dos. Este trabajo
complicado y penoso se hacía fácilmente, como si se efectuase por sí solo. Los
trozos destinados al sacrificio quedaban impregnados en sal hasta el día
siguiente, en que debían ser ofrecidos sobre el altar.
Hubo hoy una gran fiesta en la posada, seguida de una comida solemne. Habría
unas cien personas, contados los niños. Estaban presentes unas veinticuatro
niñas de diversas edades, entre ellas Serapia, que fue llamada Verónica después
de la muerte de Jesús: era bastante crecida, como de unos diez o doce años. Se
tejieron coronas y guirnaldas de flores para María y sus compañeras, adornándose
también siete candelabros en forma de cetro sin pedestal. En cuanto a la llama
que brillaba en su extremidad no sé si estaba alimentada con aceite, cera u otra
materia. Durante la fiesta entraron y salieron numerosos sacerdotes y levitas.
Tomaron parte en el banquete, y al expresar su asombro por la gran cantidad de
víctimas ofrecidas para el sacrificio, Joaquín les dijo que, en recuerdo de la
afrenta recibida en el templo al ser rechazado su sacrificio, y a causa de la
misericordia de Dios que había escuchado su oración, había querido demostrar su
gratitud de acuerdo con sus medios. Hoy pude ver a la pequeña María paseando con
las otras jóvenes en torno de su casa. Otros detalles los he olvidado
completamente.
XXI
Presentación
de la Niña María en el Templo
Esta mañana fueron al Templo: Zacarías, Joaquín y otros hombres. Más tarde fue
llevada María por su madre en medio de un acompañamiento solemne. Ana y su hija
María Helí, con la pequeña María Cleofás, marchaban delante; iba luego la santa
niña María con su vestidito y su manto azul celeste, los brazos y el cuello
adornados con guirnaldas: llevaba en la mano un cirio ceñido de flores. A su
lado caminaban tres niñitas con cirios semejantes. Tenían vestidos blancos,
bordados de oro y peplos celestes, como María, y estaban rodeadas de guirnaldas
de flores; llevaban otras pequeñas guirnaldas alrededor del cuello y de los
brazos. Iban en seguida las otras jóvenes y niñas vestidas de fiesta, aunque no
uniformemente. Todas llevaban pequeños mantos. Cerraban el cortejo las demás
mujeres.
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Como no se podía ir en línea recta desde la posada al Templo, tuvieron que dar una vuelta pasando por varias calles. Todo el mundo se admiraba de ver el hermoso cortejo y en las puertas de varias casas rendían honores. En María se notaba algo de santo y de conmovedor. A la llegada de la comitiva he visto a varios servidores del Templo empeñados en abrir con grande esfuerzo una puerta muy alta y muy pesada, que brillaba como oro y que tenía grabadas varias figuras: cabezas, racimos de uvas y gavillas de trigo. Era la Puerta Dorada. La comitiva entró por esa puerta. Para llegar a ella era preciso subir cincuenta escalones; creo que había entre ellos algunos descansos. Quisieron llevar a María de la mano; pero ella no lo permitió: subió los escalones rápidamente, sin tropiezos, llena de alegre entusiasmo. Todos se hallaban profundamente conmovidos. |
Bajo la Puerta Dorada fue recibida María por Zacarías, Joaquín y algunos
sacerdotes que la llevaron hacia la derecha, bajo la amplia arcada de la puerta,
a las altas salas donde se había preparado una comida en honor de alguien. Aquí
se separaron las personas de la comitiva. La mayoría de las mujeres y de las
niñas se dirigieron al sitio del Templo que les estaba reservado para orar.
Joaquín y Zacarías fueron al lugar del sacrificio. Los sacerdotes hicieron
todavía algunas preguntas a María en una sala y cuando se hubieron retirado,
asombrados de la sabiduría de la niña, Ana vistió a su hija con el tercer traje
de fiesta, que era de color azul violáceo y le puso el manto, el velo y la
corona ya descritos por mí al relatar la ceremonia que tuvo lugar en la casa de
Ana.
Entre tanto
Joaquín había ido al sacrificio con los sacerdotes. Luego de recibir un poco de
fuego tomado de un lugar determinado, se colocó entre dos sacerdotes cerca del
altar. Estoy demasiada enferma y distraída para dar la explicación del
sacrificio en el orden necesario. Recuerdo lo siguiente: no se podía llegar al
altar más que por tres lados. Los trozos preparados para el holocausto no
estaban todos en el mismo lugar, sino puestos alrededor, en distintos sitios. En
los cuatro extremos del altar había cuatro columnas de metal, huecas, sobre las
cuales descansaban cosas que parecían caños de chimenea. Eran anchos embudos de
cobre terminados en tubos en forma de cuernos, de modo que el humo podía salir
pasando por sobre la cabeza de los sacerdotes que ofrecían el sacrificio.
Mientras se consumía sobre el altar la ofrenda de Joaquín, Ana fue con María y
las jóvenes que la acompañaban, al vestíbulo reservado a las mujeres. Este lugar
estaba separado del altar del sacrificio por un muro que terminaba en lo alto en
una reja. En medio de este muro había una puerta. El atrio de las mujeres, a
partir del muro de separación, iba subiendo de manera que por lo menos las que
se hallaban más alejadas podían ver hasta cierto punto el altar del sacrificio.
Cuando la puerta del muro estaba abierta, algunas mujeres podían ver el altar.
María y las
otras jóvenes se hallaban de pie, delante de Ana, y las demás parientas estaban
a poca distancia de la puerta. En sitio aparte había un grupo de niños del
Templo, vestidos de blanco, que tañían flautas y arpas. Después del sacrificio
se preparó bajo la puerta de separación un altar portátil cubierto, con algunos
escalones para subir. Zacarías y Joaquín fueron con un sacerdote desde el patio
hasta este altar, delante del cual estaba otro sacerdote y dos levitas con
rollos y todo lo necesario para escribir. Un poco atrás se hallaban las
doncellas que habían acompañado a María. María se arrodilló sobre los escalones;
Joaquín y Ana extendieron las manos sobre su cabeza. El sacerdote cortó un poco
de sus cabellos, quemándolos luego sobre un brasero. Los padres pronunciaron
algunas palabras, ofreciendo a su hija, y los levitas las escribieron.
Entretanto las niñas cantaban el salmo "Eructavit cor meum verbum bonum" y los
sacerdotes el salmo "Deus deorum Dominus locutus est" mientras los niños tocaban
sus instrumentos. Observé entonces que dos sacerdotes tomaron a María de la mano
y la llevaron por unos escalones hacia un lugar elevado del muro, que separaba
el vestíbulo del Santuario. Colocaron a la niña en una especie de nicho en el
centro de aquel muro, de manera que ella pudiera ver el sitio donde se hallaban,
puestos en fila, varios hombres que me parecieron consagrados al Templo. Dos
sacerdotes estaban a su lado; había otros dos en los escalones, recitando en
alta voz oraciones escritas en rollos.
Del otro lado del muro se hallaba de pie un anciano príncipe de los sacerdotes,
cerca del altar, en un sitio bastante elevado que permitía vérsele el busto. Yo
lo vi presentando el incienso, cuyo humo se esparció alrededor de María. Durante
esta ceremonia vi en torno de María un cuadro simbólico que pronto llenó el
Templo y lo oscureció. Vi una gloria luminosa debajo del corazón de María y
comprendí que ella encerraba la promesa de la sacrosanta bendición de Dios. Esta
gloria aparecía rodeada por el arca de Noé, de manera que la cabeza de María se
alzaba por encima y el arca tomaba a su vez la forma del Arca de la Alianza,
viendo luego a ésta corno encerrada en el Templo.
Luego vi que todas estas formas desaparecían mientras el cáliz de la santa Cena
se mostraba fuera de la gloria, delante del pecho de María, y más, ante la boca de la Virgen, aparecía un pan marcado con una cruz. A los lados
brillaban rayos de cuyas extremidades surgían figuras con símbolos místicos de
la Santísima Virgen, como todos los nombres de las Letanías que le dirige la
Iglesia. Subían, cruzándose desde sus hombros, dos ramas de olivo y de ciprés, o
de cedro y de ciprés, por encima de una hermosa palmera junto con un pequeño
ramo que vi aparecer detrás de ella. En los espacios de las ramas pude ver todos
los instrumentos de la pasión de Jesucristo. El Espíritu Santo, representado por
una figura alada que parecía más forma humana que paloma, se hallaba suspendido
sobre el cuadro, por encima del cual vi el cielo abierto, el centro de la
celestial Jerusalén, la ciudad de Dios, con todos sus palacios, jardines y
lugares de los futuros santos. Todo estaba lleno de ángeles, y la gloria, que
ahora rodeaba a la Virgen Santísima, lo estaba con cabezas de estos espíritus.
¡Ah, quién pudiera describir estas cosas con palabras humanas!...
Se veía todo bajo formas tan diversas y tan multiformes, derivando unas de las
otras en tan continuada transformación, que he olvidado la mayor parte de ellas.
Todo lo que se relaciona con la Santísima Virgen en la antigua y en la nueva
Alianza y hasta en la eternidad, se hallaba allí representado. Sólo puedo
comparar esta visión a otra menor que tuve hace poco, en la cual vi en toda su
magnificencia el significado del santo Rosario. Muchas personas, que se creen
sabias, comprenden esto menos que los pobres y humildes que lo recitan con
simplicidad, pues éstos acrecientan el esplendor con su obediencia, su piedad y
su sencilla confianza en la Iglesia, que recomienda esta oración. Cuando vi todo
esto, las bellezas y magnificencias del Templo, con los muros elegantemente
adornados, me parecían opacos y ennegrecidos detrás de la Virgen Santísima. El
Templo mismo parecía esfumarse y desaparecer: sólo María y la gloria que la
rodeaba lo llenaba todo.
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Mientras estas visiones pasaban delante de mis ojos, dejé de ver a la Virgen Santísima bajo forma de niña: me pareció entonces grande y como suspendida en el aire. Con todo veía también, a través de María, a los sacerdotes, al sacrificio del incienso y a todo lo demás de la ceremonia. Parecía que el sacerdote estaba detrás de ella, anunciando el porvenir e invitando al pueblo a agradecer y a orar a Dios, porque de esta niña habría de salir algo muy grandioso. Todos los que estaban en el Templo, aunque no veían lo que yo veía, estaban recogidos y profundamente conmovidos. Este cuadro se desvaneció gradualmente de la misma manera que lo había visto aparecer. Al fin sólo quedó la gloria bajo el corazón de María y la bendición de la promesa brillando en su interior. Luego desapareció también y sólo vi a la niña María adornada entre los sacerdotes. |
Los sacerdotes tomaron las guirnaldas que estaban alrededor de sus brazos y la
antorcha que llevaba en la mano, y se las dieron a las compañeras. Le pusieron
en la cabeza un velo pardo y la hicieron descender las gradas, llevándola a una
sala vecina, donde seis vírgenes del Templo, de mayor edad, salieron a su
encuentro arrojando flores ante ella. Detrás iban sus maestras, Noemí, hermana
de la madre de Lázaro, la profetisa Ana y otra mujer. Los sacerdotes recibieron
a la pequeña María, retirándose luego.
Los padres de la Niña, así como sus parientes más cercanos, se encontraban allí.
Una vez terminados los cantos sagrados, despidióse María de sus padres. Joaquín,
que estaba profundamente conmovido, tomó a María entre sus brazos y apretándola
contra su corazón, dijo en medio de las lágrimas: "Acuérdate de mi alma ante
Dios". María se dirigió luego con las maestras y varias otras jóvenes a las
habitaciones de las mujeres, al Norte del Templo. Estas habitaban salas abiertas
en los espesos muros del Templo y podían, a través de pasajes y escaleras, subir
a los pequeños oratorios colocados cerca del Santuario y del Santo de los
Santos. Los deudos de María volvieron a la sala contigua a la Puerta Dorada,
donde antes se habían detenido quedándose a comer en compañía de los sacerdotes.
Las mujeres comían en sala aparte.
He olvidado, entre otras muchas cosas, por qué la fiesta había sido tan
brillante y solemne. Sin embargo, sé que fue a consecuencia de una revelación de
la voluntad de Dios. Los padres de María eran personas de condición acomodada y
si vivían pobremente era por espíritu de mortificación y para poder dar más
limosnas a los pobres. Así es cómo Ana, no sé por cuánto tiempo, sólo comió
alimentos fríos. A pesar de esto trataban a la servidumbre con generosidad y la
dotaban. He visto a muchas personas orando en el Templo. Otras habían seguido a
la comitiva hasta la puerta misma.
Algunos de los presentes debieron tener cierto presentimiento de los destinos de
la Niña, pues recuerdo unas palabras que Santa Ana en un momento de entusiasmo
jubiloso dirigió a las mujeres, cuyo sentido era: "He aquí el Arca de la
Alianza, el vaso de la Promesa, que entra ahora en el Templo". Los padres de
María y demás parientes regresaron hoy a Bet-Horon.
He visto una fiesta en las habitaciones de las vírgenes del Templo. María pidió a las maestras y a cada doncella en particular si querían admitirla entre ellas, pues esta era la costumbre que se practicaba. Hubo una comida y una pequeña fiesta en la que algunas niñas tocaron instrumentos de música. Por la noche vi a Noemí, una de las maestras, que conducía a la niña María hasta la pequeña habitación que le estaba reservada y desde la cual podía ver el interior del Templo. Había en ella una mesa pequeña, un escabel y algunos estantes en los ángulos. Delante de esta habitación había lugar para la alcoba, el guardarropa y el aposento de Noemí. María habló a Noemí de su deseo de levantarse varias veces durante la noche, pero ésta no se lo permitió. Las mujeres del Templo llevaban largas y amplias vestiduras blancas, ceñidas con fajas y mangas muy anchas, que recogían para trabajar. Iban veladas.
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No recuerdo haber visto nunca a Herodes que haya hecho reconstruir de nuevo la totalidad del Templo. Sólo vi que durante su reinado se hicieron diversos cambios. Cuando María entró en el Templo, once años antes del nacimiento del Salvador, no se hacían trabajos propiamente dichos; pero, como siempre, se trabajaba en las construcciones exteriores: esto no dejó de hacerse nunca. He visto hoy la habitación de María en el Templo. En el costado Norte, frente al Santuario, se hallaban en la parte alta varias salas que comunicaban con las habitaciones de las mujeres. El dormitorio de María era uno de los más retirados, frente al Santo de los Santos. Desde el corredor, levantando una cortina, se pasaba a una sala anterior separada del dormitorio por un tabique de forma convexa o terminada en ángulo. En los ángulos de la derecha e izquierda estaban las divisiones para guardar la ropa y los objetos de uso; frente a la puerta abierta de este tabique, algunos escalones llevaban hasta una abertura, delante de la cual había un tapiz, pudiéndose ver desde allí el interior del Templo. A izquierda, contra el muro de la habitación, había una alfombra enrollada, que cuando estaba extendida formaba el lecho sobre el cual reposaba la niña María. En un nicho de la muralla estaba colocada una lámpara, cerca de la cual vi a la niña de pie, sobre un escabel, leyendo oraciones en un rollo de pergamino. Llevaba un vestido de listas blancas y azules, sembrado de flores amarillas. Había en la habitación una mesa baja y redonda. |
Vi entrar en la habitación a la profetisa Ana, que colocó sobre la mesa una
fuente con frutas del grosor de un haba y una anforita. María tenía una destreza
superior a su edad: desde entonces la vi trabajar en pequeños pedazos de tela
blanca para el servicio del Templo. Las paredes de su pieza estaban sobrepuestas
con piedras triangulares de varios colores. A menudo oía yo a la niña decir a
Ana: "¡Ah, pronto el Niño prometido nacerá! ¡Oh, si yo pudiera ver al Niño
Redentor!"... Ana le respondía; "Yo soy ya anciana y debí esperar mucho a ese
Niño. ¡Tú, en cambio, eres tan pequeña!"... María lloraba a menudo por el ansia
de ver al Niño Redentor.
Las niñas que se educaban en el Templo se ocupaban de bordar, adornar, lavar y
ordenar las vestiduras sacerdotales y limpiar los utensilios sagrados del
Templo. En sus habitaciones, desde donde podían ver el Templo, oraban y
meditaban. Estaban consagradas al Señor por medio de la entrega que hacían sus
padres en el Templo. Cuando llegaban a la edad conveniente, eran casadas, pues
había entre los israelitas piadosos la silenciosa esperanza de que, de una de
estas vírgenes consagradas al Señor debía nacer el Mesías. Cuan ciegos y duros
de corazón eran los fariseos y los sacerdotes del Templo se puede conocer por el
poco interés y desconocimiento que manifestaron con las santas personas con las
cuales trataron. Primeramente desecharon sin motivo el sacrificio de Joaquín.
Sólo después de algunos meses, por orden de Dios, fue aceptado el sacrificio de
Joaquín y de Ana. Joaquín llega a las cercanías del Santuario y se encuentra con
Ana, sin saberlo de antemano, conducidos por los pasajes debajo del Templo por
los mismos sacerdotes. Aquí se encuentran ambos esposos y María es concebida.
Otros sacerdotes los esperan en la salida del Templo. Todo esto sucedía por
orden e inspiración de Dios. He visto algunas veces que las estériles eran
llevadas allí por orden de Dios.
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María llega al Templo teniendo algo menos de cuatro años: en toda su presentación hay signos extraordinarios y desusados. La hermana de la madre de Lázaro viene a ser la maestra de María, la cual aparece en el Templo con tales señales no comunes que algunos sacerdotes ancianos escribían en grandes libros acerca de esta niña extraordinaria. Creo que estos escritos existen aún entre otros escritos, ocultos por ahora. Más tarde suceden otros prodigios, como el florecimiento de la vara en el casamiento con José. Luego la extraña historia de la venida de los tres Reyes Magos, de los pastores, por medio de la llamada de los ángeles. Después, en la presentación de Jesús en el Templo, el testimonio de Simeón y de Ana; y el hecho admirable de Jesús entre los doctores del Templo a los doce años. Todo este conjunto de cosas extraordinarias las despreciaron los fariseos y las desatendieron. Tenían las cabezas llenas de otras ideas y asuntos profanos y de gobierno. Porque la Santa Familia vivió en pobreza voluntaria fue relegada al olvido, como el común del pueblo. Los pocos iluminados, como Simeón, Ana y otros, tuvieron que callar y reservarse delante de ellos. |
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Cuando Jesús comenzó su vida pública y Juan dio testimonio de Él, lo
contradijeron con tanta obstinación en sus enseñanzas, que los hechos
extraordinarios de su juventud, si es que no los habían olvidado, no tenían
interés ninguno en darlos a conocer a los demás. El gobierno de Herodes y el
yugo de los romanos, bajo el cual cayeron, los enredó de tal manera en las
intrigas palaciegas y en los negocios humanos, que todo espíritu huyó de ellos.
Despreciaron el testimonio de Juan y olvidaron al decapitado. Despreciaron los
milagros y la predicación de Jesús. Tenían ideas erróneas sobre el Mesías y los
profetas: así pudieron maltratarlo tan bárbaramente, darle muerte y negar luego
su resurrección y las señales milagrosas sucedidas, como también el cumplimiento
de las profecías en la destrucción de Jerusalén. Pero si su ceguera fue grande
al no reconocer las señales de la venida del Mesías, mayor es su obstinación
después que obró milagros y escucharon su predicación. Si su obstinación no
fuese tan grandemente extraordinaria, ¿cómo podría esta ceguera continuar hasta
nuestros días?
Cuando voy por las calles de la presente Jerusalén para hacer el Via Crucis veo
a menudo, debajo de un ruinoso edificio, una gran arcada en parte derruida y en,
parte con agua que entró. El agua llega, al presente, hasta la tabla de la mesa,
del medio de la cual se levanta una columna, en torno de la que cuelgan cajas
llenas de rollos escritos. Debajo de la mesa hay también rollos dentro del agua.
Estos subterráneos deben ser sepulcros: se extienden hasta el monte Calvario.
Creo que es la casa que habitó Pilatos. Ese tesoro de escritos será a su tiempo
descubierto.
He visto a la Santísima Virgen en el Templo, unas veces en la habitación de las
mujeres con las demás niñas, otras veces en su pequeño dormitorio, creciendo en
medio del estudio, de la oración y del trabajo, mientras hilaba y tejía para el
servicio del Templo. María lavaba la ropa y limpiaba los vasos sagrados. Como
todos los santos, sólo comía para el propio sustento, sin probar jamás otros
alimentos que aquéllos a los que había prometido limitarse. Pude verla a menudo
entregada a la oración y a la meditación. Además de las oraciones vocales
prescritas en el Templo, la vida de María era una aspiración incesante hacia la
redención, una plegaria interior continua. Hacía todo esto con gran serenidad y
en secreto, levantándose de su lecho e invocando al Señor cuando todos dormían.
A veces la vi llorando, resplandeciente, durante la oración. María rezaba con el
rostro velado. También se cubría cuando hablaba con los sacerdotes o bajaba a
una habitación vecina para recibir su trabajo o entregar el que había terminado.
En tres lados del Templo estaban estas habitaciones, que parecían semejantes a
nuestras sacristías. Se guardaban en ellas los objetos que las mujeres
encargadas debían cuidar o confeccionar.
XXIII
El nacimiento
de Juan es anunciado a Zacarías
He visto a Zacarías
hablando con Isabel, confiándole la pena que le causaba tener que ir a cumplir
su servicio en el Templo de Jerusalén, debido al desprecio con que se le trataba
por la esterilidad de su matrimonio. Zacarías estaba de servicio dos veces por
año: No vivían en Hebrón mismo, sino a una legua de allí, en Juta. Entre Juta y
Hebrón subsistían muchos antiguos muros; quizás en otros tiempos aquellos dos
lugares habían estado unidos. Al otro lado de Hebrón se veían muchos edificios
diseminados, como restos de la antigua ciudad que fue en otros tiempos tan
grande como Jerusalén. Los sacerdotes que habitaban en Hebrón eran menos
elevados en dignidad que los que vivían en Juta. Zacarías era así como jefe de
estos últimos y gozaba, lo mismo que Isabel, del mayor respeto a causa de su
virtud y de la pureza de su linaje de Aarón, su antepasado.
He visto a Zacarías visitar, con varios sacerdotes del país, una pequeña
propiedad suya en las cercanías de Juta. Era un huerto con árboles frutales y
una casita. Zacarías oró allí con sus compañeros, dándoles luego instrucciones y
preparándolos para el servicio del Templo que les iba a tocar. También le oí
hablar de su aflicción y del presentimiento de algo que habría de sucederle.
Marchó Zacarías con aquellos sacerdotes a Jerusalén, donde esperó cuatro días
hasta que le llegó el turno de ofrecer sacrificio. Durante este tiempo oraba
continuamente en el Templo. Cuando le tocó presentar el incienso, lo vi entrar
en el Santuario, donde se hallaba el altar de los perfumes, delante de la
entrada del Santo de los Santos. Encima de él, el techo estaba abierto, de modo
que podía verse el cielo. El sacerdote no era visible desde el exterior. En el
momento de entrar, otro sacerdote le dijo algo, retirándose de inmediato.
Cuando Zacarías estuvo solo, vi que levantaba una cortina y entraba en un lugar
oscuro. Tomó algo que colocó sobre el altar, encendiendo el incienso. En aquel
momento pude ver, a la derecha del altar, una luz que bajaba hacia él y una
forma brillante que se acercaba. Asustado, arrebatado en éxtasis, le vi caer
hacia el altar. El ángel lo levantó, le habló durante largo tiempo, y Zacarías
respondía. Por encima de su cabeza el cielo estaba abierto y dos ángeles subían
y bajaban como por una escala. El cinturón de Zacarías estaba desprendido,
quedando sus ropas entreabiertas; vi que uno de los ángeles parecía retirar algo
de su cuerpo mientras el otro le colocaba en el flanco un objeto luminoso. Todo
esto se asemejaba a lo que había sucedido cuando Joaquín recibió la bendición
del ángel para la concepción de la Virgen Santísima.
Los sacerdotes tenían por costumbre salir del Santuario inmediatamente después
de haber encendido el incienso. Como Zacarías tardara mucho en salir, el pueblo,
que oraba afuera, esperando, empezó a inquietarse; pero Zacarías, al salir,
estaba mudo y vi que escribió algo sobre una tablilla. Cuando salió al vestíbulo
muchas personas se agruparon a su alrededor preguntándole la razón de su
tardanza; mas él no podía hablar, y haciendo signos con la mano, mostraba su
boca. La tablilla escrita, que mandó a Juta en seguida a casa de Isabel,
anunciaba que Dios le había hecho una promesa y al mismo tiempo le decía que
había perdido el uso de la palabra.
Al cabo del tiempo se volvió a su casa. También Isabel había recibido una
revelación, que ahora no recuerdo cómo. Zacarías era un hombre de estatura
elevada, grande y de porte majestuoso.
XXIV
Infancia y
juventud de San José
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José, cuyo padre se
llamaba Jacob, era el tercero entre seis hermanos. Sus padres habitaban un gran
edificio situado poco antes de llegar a Belén, que había sido en otro tiempo la
casa paterna de David, cuyo padre, Jessé, era el dueño. En la época de José casi
no quedaban más que los anchos muros de aquella antigua construcción. Creo que
conozco mejor esta casa que nuestra aldea de Flamske. Delante de la casa había
un patio anterior rodeado de galerías abiertas como al frente de las casas de la
Roma antigua. En sus galerías pude ver figuras semejantes a cabezas de antiguos
personajes. Hacia un lado del patio, había una fuente debajo de un pequeño
edificio de piedra, donde el agua salía de la boca de animales. La casa no tenía
ventanas en el piso bajo, pero sí aberturas redondas. He visto una puerta de entrada. Alrededor de la casa corría una amplia
galería, en cuyos rincones había cuatro torrecillas parecidas a gruesas columnas
terminadas cada una en una especie de cúpula, donde sobresalían pequeños
banderines. Por las aberturas de esas cupulitas, a las que se llegaba mediante
escaleras abiertas en las torrecillas, podía verse a lo lejos, sin ser visto.
Torrecillas, semejantes a éstas había en el palacio de David, en Jerusalén; fue
desde la cúpula de una de ellas desde donde pudo mirar a Bersabé mientras tomaba
el baño. |
En lo alto de la casa, la galería corría alrededor de un piso poco elevado, cuyo
techo plano soportaba una construcción terminada en otra torre pequeña, José y
sus hermanos habitaban en la parte alta con un viejo judío, su preceptor.
Dormían alrededor de una habitación colocada en el centro, que dominaba la
galería. Sus lechos consistían en colchas arrolladas contra el muro durante el
día, separadas entre sí por esteras movibles. Los he visto jugando en su
dormitorio.
También vi a los padres, los cuales se relacionaban poco con sus hijos. No me
parecieron ni buenos ni malos. José tendría ocho años más o menos. De natural
muy distinto a sus hermanos, era muy inteligente, y aprendía todo muy
fácilmente, a pesar de ser sencillo, apacible, piadoso y sin ambiciones. Sus
hermanos lo hacían víctima de toda clase de travesuras y a veces lo maltrataban.
Aquellos muchachos poseían pequeños jardines divididos en compartimentos: vi en
ellos muchas plantas y arbustos. He visto que a menudo iban los hermanos de José
a escondidas y le causaban destrozos en sus parcelas, haciéndole sufrir mucho.
Lo he visto con frecuencia bajo la galería del patio, de rodillas, rezando con
los brazos extendidos. Sucedía entonces que sus hermanos se deslizaban detrás de
él y le golpeaban. Estando de rodillas una vez uno de ellos le golpeó por
detrás, y como José parecía no advertirlo, volvió aquél a golpearlo con tal
insistencia, que el pobre José cayó hacia delante sobre las losas del suelo.
Comprendí por esto que José debía estar arrebatado en éxtasis durante la
oración. Cuando volvió en sí, no dio muestras de alterarse, ni pensó
en vengarse: buscó otro rincón aislado para continuar su plegaria.
Los padres no le mostraban tampoco mayor cariño. Hubieran deseado que empleara
su talento en conquistarse una posición en el mundo; pero José no aspiraba a
nada de esto. Los padres encontraban a José demasiado simple y rutinario; les
parecía mal que amara tanto la oración y el trabajo manual.
En otra época en que podría tener doce años lo vi a menudo huir de las molestias
de sus hermanos, yendo al otro lado de Belén, no muy lejos de lo que fue más
tarde la gruta del pesebre, y detenerse allí algún tiempo al lado de unas
piadosas mujeres pertenecientes a la comunidad de los esenios. Habitaban estas
mujeres cerca de una cantera abierta en la colina, encima de la cual se hallaba
Belén, en cuevas cavadas en la misma roca. Cultivaban pequeñas huertas contiguas
e instruían a otros niños de los esenios. Frecuentemente veía al pequeño José,
mientras recitaban oraciones escritas en un rollo a la luz de la lámpara
suspendida en la pared de la roca, buscar refugio cerca de ellas para librarse
de las persecuciones de sus hermanos. También lo vi detenerse en las grutas, una
de las cuales habría de ser más tarde el lugar de Nacimiento del Redentor.
Oraba solo allí o se ocupaba en fabricar pequeños objetos de madera. Un viejo
carpintero tenía su taller en la vecindad de los esenios. José iba allí a menudo
y aprendía poco a poco ese oficio, en el cual progresaba fácilmente por haber
estudiado algo de geometría y dibujo bajo su preceptor.
Finalmente las molestias de sus hermanos le hicieron imposible la convivencia en
la casa paterna. Un amigo que habitaba cerca de Belén, en una casa separada de
la de sus padres por un pequeño arroyo, le dio ropa con la cual pudo disfrazarse
y abandonar la casa paterna, por la noche, para ir a ganarse la vida en otra
parte con su oficio de carpintero. Tendría entonces de dieciocho a veinte años
de edad.
Primero lo vi trabajando en casa de un carpintero de Libona, donde puede decirse
que aprendió el oficio. La casa de su patrón estaba construida contra unos muros
que conducían hasta un castillo en ruinas, a todo lo largo de una cresta
montañosa. En aquella muralla habían hecho sus viviendas muchos pobres del
lugar. Allí he visto a José trabajando largos trozos de madera, encerrado entre
grandes muros, donde la luz penetraba por las aberturas superiores. Aquellos
trozos formaban marcos en los cuales debían entrar tabiques de zarzos.
Su patrón era un hombre pobre que no hacía sino trabajos rústicos, de poco
valor. José era piadoso, sencillo y bueno; todos lo querían. Lo he visto
siempre, con perfecta humildad, prestar toda clase de servicios a su patrón,
recoger las virutas, juntar trozos de madera y llevarlos sobre sus hombros. Más
tarde pasó una vez por estos lugares en compañía de liaría y creo que visitó con
ella su antiguo taller.
Mientras tanto sus padres creían que José hubiese sido robado por bandidos.
Luego vi que sus hermanos descubrieron donde se hallaba y le hicieron vivos
reproches, pues tenían mucha vergüenza de la baja condición en que se había
colocado. José quiso quedarse en esa condición, por humildad; pero dejó aquel
sitio y se fue a trabajar a Taanac, cerca de Megido, al borde de un pequeño río,
el Kisón, que desemboca en el mar. Este lugar no está lejos de Afeké, ciudad
natal del Apóstol Santo Tomás. Allí vivió en casa de un patrón bastante rico,
donde se hacían trabajos más delicados.
Después lo vi trabajando en Tiberíades para otro patrón, viviendo solo en una
casa al borde del lago. Tendría entonces unos treinta años. Sus padres habían
muerto en Belén, donde aún habitaban dos de sus hermanos. Los otros se habían
dispersado. La casa paterna ya no era propiedad de la familia, que quedó
totalmente arruinada.
José era muy piadoso y oraba por la pronta venida del Mesías. Estando un día
ocupado en arreglar un oratorio, cerca de su habitación, para poder rezar en
completa soledad, se le apareció un ángel, dándole orden de suspender el
trabajo: que así como en otro tiempo Dios había confiado al patriarca José la
administración de los graneros de Egipto, ahora el granero que encerraba la
cosecha de la Salvación habría de ser confiado a su guardia paternal. José, en
su humildad, no comprendió estas palabras y continuó rezando con mucho fervor
hasta que se le ordenó ir al Templo de Jerusalén para convertirse, en virtud de
una orden venida de lo Alto, en el esposo de la Virgen Santísima.
Antes de esto nunca lo he visto casado, pues vivía muy retraído y evitaba la
compañía de las mujeres.
XXV
Desposorio de
la Virgen María con San José
María vivía entre
tanto en el Templo con otras muchas jóvenes bajo la custodia de las piadosas
matronas, ocupadas en bordar, en tejer y en labores para las colgaduras del
Templo y las vestiduras sacerdotales. También limpiaban las vestiduras y otros
objetos destinados al culto divino.
Cuando llegaban a la mayoría de edad, se las casaba. Sus padres las habían
entregado totalmente a Dios y entre los israelitas más piadosos existía el
presentimiento que de uno de esos matrimonios se produciría el advenimiento del
Mesías.
Cuando María tenía catorce años y debía salir pronto del Templo para casarse,
junto con otras siete jóvenes, vi a Santa Ana visitarla en el Templo. Al
anunciar a María que debía abandonar el Templo para casarse, la vi profundamente
conmovida, declarando al sacerdote que no deseaba abandonar el Templo, pues se
había consagrado sólo a Dios y no tenía inclinación por el matrimonio. A todo
esto le fue respondido que debía aceptar algún esposo. La vi luego en su
oratorio, rezando a Dios con mucho fervor.
Recuerdo que, teniendo mucha sed, bajó con su pequeño cántaro para recoger agua
de una fuente o depósito, y que allí, sin aparición visible, escuchó una voz que
la consoló, haciéndole saber al mismo tiempo, que era necesario aceptar ese
casamiento. Aquello no era la Anunciación, que me fue dado ver más tarde en
Nazaret. Creí, sin embargo, haber visto esta vez, la aparición de un ángel. En
mi juventud confundí a veces este hecho con la Anunciación, creyendo que había
tenido lugar en el Templo.
Vi a un sacerdote muy anciano, que no podía caminar: debía ser el Sumo
Pontífice. Fue llevado por otros sacerdotes hasta el Santo de los Santos y
mientras encendía un sacrificio de incienso, leía las oraciones en un rollo de
pergamino colocado sobre una especie de atril. Hallándose arrebatado en éxtasis
tuvo una aparición y su dedo fue llevado sobre el pergamino al siguiente pasaje
de Isaías: "Un retoño saldrá de la raíz de Jessé y una flor ascenderá de esa
raíz". Cuando el anciano volvió en sí, leyó este pasaje y tuvo conocimiento de
algo al respecto.
Luego se enviaron mensajeros a todas las regiones del país convocando al Templo
a todos los hombres de la raza de David que no estaban casados. Cuando varios de
ellos se encontraron reunidos en el Templo, en traje de fiesta, les fue
presentada María. Entre ellos vi a un joven muy piadoso de Belén, que había
pedido a Dios, con gran fervor, el cumplimiento de la promesa: en su corazón vi
un gran deseo de ser elegido por esposo de María.
En cuanto a Ella, volvió a su celda y derramó muchas lágrimas, sin poder
imaginar siquiera que habría de permanecer siempre virgen.
Después de esto vi al Sumo Sacerdote, obedeciendo a un impulso interior,
presentar unas ramas a los asistentes, ordenando que cada uno de ellos la
marcara una con su nombre y la tuviera en la mano durante la oración y el
sacrificio. Cuando hubieron hecho esto, las ramas fueron tomadas nuevamente de
sus manos y colocadas en un altar delante del Santo de los Santos, siéndoles
anunciado que aquél de entre ellos cuya rama floreciere sería el designado por
el Señor para ser el esposo de María de Nazaret.
Mientras las ramas se hallaban delante del Santo de los Santos, siguió
celebrándose el sacrificio y continuó la oración. Durante este tiempo vi al
joven, cuyo nombre quizás recuerde, (y que la Tradición llama Agabus) invocar a
Dios en una sala del Templo, con los brazos extendidos, y derramar ardientes
lágrimas, cuando después del tiempo marcado, les fueron devueltas las ramas
anunciándoles que ninguno de ellos había sido designado por Dios para ser esposo
de aquella Virgen.
Volvieron los hombres a sus casas y el joven se retiró al monte Carmelo, junto
con los sacerdotes que vivían allí desde el tiempo de Elías, quedándose con
ellos y orando continuamente por el cumplimiento de la Promesa.
Luego vi a los sacerdotes del Templo buscando nuevamente en los registros de las
familias, si quedaba algún descendiente de la familia de David que no hubiese
sido llamado. Hallaron la indicación de seis hermanos que habitaban en Belén,
uno de los cuales era desconocido y andaba ausente desde hacía tiempo. Buscaron
el domicilio de José, descubriéndolo a poca distancia de Samaria, en un lugar
situado cerca de un riachuelo. Habitaba a la orilla del río y trabajaba bajo las
órdenes de un carpintero.
Obedeciendo a las órdenes del Sumo Sacerdote, acudió José a Jerusalén y se
presentó en el Templo. Mientras oraban y ofrecían sacrificio pusiéronle también
en las manos una vara, y en el momento en que él se disponía a dejarla sobre el
altar, delante del Santo de los Santos, brotó de la vara una flor blanca,
semejante a una azucena; y pude ver una aparición luminosa bajar sobre él: era
como si en ese momento José hubiese recibido al Espíritu Santo. Así se supo que
éste era el hombre designado por Dios para ser prometido de María Santísima, y
los sacerdotes lo presentaron a María, en presencia de su madre. María,
resignada a la voluntad de Dios, lo aceptó humildemente, sabiendo que Dios todo
lo podía, puesto que Él había recibido su voto de pertenecer sólo a Él.
|
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Las bodas de
María y José, que duraron de seis a siete días, fueron celebradas en Jerusalén
en una casa situada cerca de la montaña de Sión que se alquilaba a menudo para
ocasiones semejantes. Además de las maestras y compañeras de María de la escuela
del Templo, asistieron muchos parientes de Joaquín y de Ana, entre otros un
matrimonio de Gofna con dos hijas. Las bodas fueron solemnes y suntuosas, y se
ofrecieron e inmolaron muchos corderos como sacrificio en el Templo. He podido ver muy bien a María con su vestido nupcial. Llevaba una túnica muy amplia abierta por delante, con anchas mangas. Era de fondo azul, con grandes rosas rojas, blancas y amarillas, mezcladas de hojas verdes, al modo de las ricas casullas de los tiempos antiguos. El borde inferior estaba adornado con flecos y borlas. |
Encima del traje llevaba un manto celeste parecido a un gran paño. Además de
este manto, las mujeres judías solían llevar en ciertas ocasiones algo así como
un abrigo de duelo con mangas. El manto de María caíale sobre los hombros
volviendo hacia adelante por ambos lados y terminando en una cola.
Llevaba en la mano izquierda una pequeña corona de rosas blancas y rojas de
seda; en la derecha tenía, a modo de cetro, un hermoso candelero de oro sin pie,
con una pequeña bandeja sobrepuesta, en el que ardía algo que producía una llama
blanquecina. Ana había traído el vestido de boda, y María, en su humildad, no
quería ponérselo después de los esponsales.
Las jóvenes del Templo arreglaron el cabello de María, terminando el tocado en
muy breve tiempo. Sus cabellos fueron ajustados en torno a la cabeza, de la cual
colgaba un velo blanco que caía por debajo de los hombros. Sobre este velo le
fue puesta una corona.
La Virgen María es rubia
La cabellera de María era abundante, de color rubio de oro, cejas negras y altas, grandes ojos de párpados habitualmente entornados con largas pestañas negras, nariz de bella forma un poco alargada, boca noble y graciosa, y fino mentón. Su estatura era mediana.
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Vestida con su hermoso traje, era su andar lleno de gracia, de decencia y de gravedad. Vistióse luego para la boda con otro atavío menos adornado, del cual poseo un pequeño trozo que guardo entre mis reliquias. Las personas acomodadas mudaban tres o cuatro veces sus vestidos durante las bodas. Llevó este traje listado en Caná y en otras ocasiones solemnes. A veces volvía a ponerse su vestido de bodas cuando iba al Templo. En ese traje de gala, María me recordaba a ciertas mujeres ilustres de otras épocas, por ejemplo a Santa Elena y a Santa Cunegunda, aunque distinguiéndose de ellas por el manto con que se envolvían las mujeres judías, más parecido al de las damas romanas. Había en Sión, en la vecindad del Cenáculo, algunas mujeres que preparaban hermosas telas de todas clases, según pude ver a propósito de sus vestidos. |
José llevaba un traje largo, muy amplio, de color azul con mangas anchas y
sujetas al costado por cordones. En torno al cuello tenía una esclavina parda o
más bien una ancha estola, y en el pecho colgábanle dos tiras blancas. He visto
todos los pormenores de los esponsales de María y José: la comida de boda y las
demás solemnidades; pero he visto al mismo tiempo otras tantas cosas. Me
encuentro tan enferma, tan molesta de mil diversas formas, que no me atrevo a
decir más para no introducir confusión en estos relatos.
XXVI
El anillo
nupcial de María
He visto que el anillo nupcial de María no es de oro ni de plata ni de otro
metal. Tiene un color sombrío con reflejos cambiantes. No es tampoco un pequeño
círculo delgado, sino bastante grueso como un dedo de ancho. Lo vi todo liso,
aunque llevaba incrustados pequeños triángulos regulares en los cuales había
letras. Vi que estaba bien guardado bajo muchas cerraduras en una hermosa
iglesia. Hay personas piadosas que antes de celebrar sus bodas tocan esta
reliquia preciosa con sus alianzas matrimoniales. En estos últimos días he
sabido muchos detalles relativos a la historia del anillo nupcial de María; pero
no puedo relatarlo en el orden debido.
He visto una fiesta en una ciudad de Italia (Perusa) donde se conserva este
anillo. Estaba expuesto en una especie de viril, encima del tabernáculo. Había
allí un gran altar embellecido con adornos de plata. Mucha gente llevaba sus
anillos para hacerlos tocar en la custodia. Durante esta fiesta he visto
aparecer de ambos lados del altar del anillo, a María y a José con sus trajes de
bodas. Me pareció que José colocaba el anillo en el dedo de María. En aquel
momento vi el anillo todo luminoso, como en movimiento. A la izquierda y a la
derecha del altar, vi otros dos altares, los cuales probablemente no se hallaban
en la misma iglesia; pero me fueron mostrados allí en esta visión.
Sobre el altar de la derecha se hallaba una imagen del Ecce Homo, que un piadoso
magistrado romano, amigo de San Pedro, había recibido milagrosamente. Sobre el
altar de la izquierda estaba una de las mortajas de Nuestro Señor.
Terminadas las bodas, se volvió Ana a Nazaret, y María partió también en
compañía de varias vírgenes que habían dejado el Templo al mismo tiempo que
ella. No sé hasta dónde acompañaron a María: sólo recuerdo que el primer sitio
donde se detuvieron para pasar la noche fue la escuela de Levitas de Bet-Horon.
María hacía el viaje a pie. Después de las bodas, José había ido a Belén para
ordenar algunos asuntos de familia. Más tarde se trasladó a Nazaret.
He visto una fiesta en la casa de Santa Ana. Vi allí a seis huéspedes, sin
contar a los familiares de la casa, y a algunos niños reunidos con José y María
en torno de una mesa, sobre la cual había vasos. La Virgen tenía un manto con
flores rojas, azules y blancas, como se ve en las antiguas casullas. Llevaba un
velo transparente y por encima otro negro. Esta parecía una continuación de la
fiesta de bodas.
Mi guía me llevó a la casa de Santa Ana, que reconocí enseguida con todos sus
detalles. No encontré allí a José ni a María. Vi que Santa Ana se disponía a ir
a Nazaret, donde habitaba ahora la Sagrada Familia. Llevaba bajo el brazo un
envoltorio para María. Para ir a Nazaret tuvo que atravesar una llanura y luego
un bosquecillo, delante de una altura. Yo seguí el mismo camino. He visto a Ana
visitando a María y entregarle lo que había traído para ella, volviéndose luego
a su casa. María lloró mucho y acompañó a su santa madre un trozo de camino. Vi
a San José frente a la casa en un sitio algo apartado.
La casita de Nazaret, que Ana había preparado para María y José, pertenecía a
Santa Ana. Ella podía, desde su casa, llegar allí sin ser observada, por caminos
extraviados, en media hora de camino.
La casa de José no estaba muy lejos de la puerta de la ciudad y no era tan
grande como la de Santa Ana. Había en la vecindad un pozo cuadrangular al cual
se bajaba por algunas escaleras. Delante de la casa había un pequeño patio
cuadrado. Estaba sobre una colinita, no edificada ni cavada, sino que estaba
separada de la colina por la parte de atrás, y a la cual conducía un sendero
angosto abierto en la misma roca. En la parte posterior tenía una abertura por, en forma de ventana, que miraba a lo alto de la colina. Había bastante
oscuridad detrás de la casa. La parte posterior de la casita era triangular y
era más elevada que la anterior. La parte baja estaba cavada en la piedra; la
parte alta era de materiales livianos.
En la parte posterior estaba el dormitorio de María: allí tuvo lugar la
Anunciación del Ángel. Esta habitación tenía forma semicircular debido a los
tabiques de juncos entretejidos groseramente, que cubrían las paredes
posteriores en lugar de los biombos livianos que se usaban. Los tabiques que
cubrían las paredes tenían dibujos de varias formas y colores. El lecho de María
estaba en el lado derecho; detrás de un tabique entretejido. En la parte
izquierda estaba el armario y la pequeña mesa con el escabel: era éste el lugar
de oración de María.
La parte posterior de la casa estaba separada del resto por el hogar, que era
una pared en medio de la cual se levantaba una chimenea hasta el techo. Por la
abertura del techo salía la chimenea, terminada en un pequeño tejadito. Más
tarde he visto al final de esta chimenea dos pequeñas campanas colgadas.
A derecha e izquierda había dos puertas con tres escalones que iban a la alcoba
de María. En las paredes del hogar había varios huecos abiertos con el menaje y
otros objetos que aún veo en la casa de Loreto, Detrás de la chimenea había un
tirante de cedro, al cual estaba adherida la pared del hogar con la chimenea.
Desde este tirante, plantado verticalmente salía otro a través, a la mitad de la
pared posterior, donde estaban metidos otros, por ambos lados. El color de estos
maderos era azulado con adornos amarillos. A través de ellos se veía el techo,
revestido interiormente de hojas y de esteras; en los ángulos había adornos de
estrellas. La estrella del ángulo del medio era grande y parecía representar el
lucero de la mañana. Más tarde he visto allí más número de estrellas. Sobre el
tirante horizontal que salía de la chimenea e iba a la pared posterior por una
abertura exterior, colgaba la lámpara. Debajo de la chimenea se veía otro
tirante. El techo exterior no era en punta, sino plano, de modo que se podía
caminar sobre él, pues estaba resguardado por un parapeto en torno de esa
azotea.
Cuando la Virgen Santísima, después de la muerte de San José, dejó la casita de
Nazaret y fue a vivir en las cercanías de Cafarnaúm, se empezó a adornar la
casa, conservándola como un lugar sagrado de oración. María peregrinaba a menudo
desde Cafarnaúm hasta allá, para visitar el lugar de la Encarnación y entregarse
a la oración. Pedro y Juan, cuando iban a Palestina, solían visitar la casita
para consagrar en ella, pues se había instalado un altar en el lugar donde había
estado el hogar. El armarito que María había usado lo pusieron sobre la mesa del
altar como a manera de tabernáculo.
XXVIII
Traslado de
La santa casa de Nazaret a Loreto
He tenido a menudo la visión del traslado de la santa casa de Nazaret a Loreto.
Yo no lo podía creer, a pesar de haberlo visto repetidas veces en visión.
La he visto llevada por siete ángeles, que flotaban sobre el mar con ella. No
tenía suelo, pero había en lugar del suelo un cimiento de luz y de claridad. De
ambos lados tenía como asas. Tres ángeles la sostenían de un lado; otros tres
del otro, llevándola por los aires. Uno de los ángeles volaba delante arrojando
una gran estela de luz y de resplandor.
Recuerdo haber visto que se llevaba a Europa la parte posterior de la casa, con
el hogar y la chimenea, con el altar del Apóstol y con la pequeña ventana. Me
parece, cuando pienso en ello, que las demás partes de la casa estaban pegadas a
esta parte y que quedaron así, casi en estado de caerse por sí solas.
Veo en Loreto también la cruz que María usó en Éfeso: está hecha de varias
clases de madera. Más tarde la poseyeron los Apóstoles. Muchos prodigios se
obran por medio de esta cruz.
Las paredes de la santa casa de Loreto son totalmente las mismas de Nazaret. Los
tirantes que estaban debajo de la chimenea son los mismos. La imagen milagrosa
de María está ahora sobre el altar de los Apóstoles.