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OFICIO DE LECTURAS (VIGILIAS / MAITINES)

PARA EL TIEMPO ORDINARIO AÑO IMPAR

El cántico de alabanza que resuena eternamente en las moradas celestiales y que Jesucristo, sumo Sacerdote, introdujo en este destierro ha sido continuado fiel y constantemente por la Iglesia situando a Dios como centro de nuestra vida durante todas las horas del día -Liturgia de las horas- y todos los días del año -Lectio Divina-.

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SOLEMNIDADES DEL SEÑOR DURANTE EL TIEMPO ORDINARIO

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Semana 31
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Semana 33
Semana 34

 

Domingo después de Pentecostés

LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Solemnidad


PRIMERA LECTURA

De la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 2, 1-16

El gran misterio del designio de Dios

Hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado. Me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

Hablamos, entre los perfectos, una sabiduría que no es de este mundo, ni de los príncipes de este mundo, que que-dan desvanecidos, sino que enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria. Ninguno de los príncipes de este mundo la ha conocido; pues, si la hubiesen conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria. Sino, como está escrito: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman».

Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu. El Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios. ¿Quién conoce lo íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre, que está dentro de él? Pues, lo mismo, lo íntimo de Dios lo conoce sólo el Espíritu de Dios.

Y nosotros hemos recibido un Espíritu que no es del mundo; es el Espíritu que viene de Dios, para que tomemos conciencia de los dones que de Dios recibimos. Cuan-do explicamos verdades espirituales a hombres de espíritu, no las exponemos en el lenguaje que enseña el saber humano, sino en el que enseña el Espíritu.

A nivel humano, uno no capta lo que es propio del Espíritu de Dios, le parece una necedad; no es capaz de percibirlo, porque sólo se puede juzgar con el criterio del Espíritu. En cambio, el hombre de espíritu tiene un criterio para juzgarlo todo, mientras él no está sujeto al juicio de nadie. «¿Quién conoce la mente del Señor para poder instruirlo?» Pues bien, nosotros tenemos la mente de Cristo.


SEGUNDA LECTURA

San Gregorio de Nacianzo, Poemas teológicos (Sección 1: Poemas dogmáticos, 1, 1-4. 21-34; Sección 2: 1.2; 60-64. 75-84; Sección 3, 1-9; 42-45; 51: PG 37, 397-411)

La veneranda predicación de las tres luminarias

Cuando tomamos la resolución de dar a conocer a otros la divinidad —a la que los mismos seres celestiales no pueden adorar como se merece—, soy consciente de que es algo así como si nos embarcásemos en una diminuta chalupa dispuestos a surcar el mar inmenso, o como si nos dispusiéramos a conquistar los espacios aéreos tachonados de astros, provistos de unas minúsculas alas. Pero tú, Espíritu de Dios, estimula mi mente y mi lengua, trompeta sonora de la verdad, para que todos puedan gozar con el corazón inmerso en la plenitud de la divinidad.

Hay un solo Dios, sin principio, sin causa, no circunscrito por cosa alguna preexistente o futura; supratemporal, infinito, Padre excelente del Hijo Unigénito, bueno, grande, y que, siendo espíritu, no sufrió en el Hijo ninguno de los condicionamientos de la carne.

Otro Dios único, distinto en la persona, no en la divinidad, es la Palabra de Dios: él es la viva impronta del Padre, el Hijo único de quien no conoce principio, único del único, su igual, de forma que así como el Padre sigue siendo plenamente Padre, así el Hijo es el creador y gobernador del mundo, fuerza e inteligencia del Padre...

Cantaremos primero al Hijo, venerando la sangre que fue expiación de nuestros pecados... Efectivamente, sin perder nada de su divinidad, se inclinó como médico sobre mis pestilentes heridas. Era mortal, pero Dios. Del linaje de David, pero plasmador de Adán; revestido de carne, es verdad, pero ajeno a las obras de la carne. Tuvo madre, pero virgen: circunscrito, pero inmenso... Fue víctima, pero también pontífice; sacerdote, y, sin embargo, Dios. Ofrendó su sangre a Dios, pero purificó el mundo entero. La cruz lo ensalzó, pero los clavos crucificaron el pecado. Fue contado entre los muertos, pero resucitó de entre los muertos y resucitó a muchos muertos antes que él: en éstos residía la pobreza del hombre, en él la riqueza del espíritu. Pero tú no debes escandalizarte como si las realidades humanas fueran indignas de la divinidad; al contrario, en consideración a la divinidad, has de tener a máximo honor la condición terrena, que, por amor a ti, asumió el incorruptible Hijo de Dios.

Alma, ¿a qué esperas? Canta asimismo la gloria del Espíritu: no disocies en tu discurso lo que la naturaleza no ha dividido. Estremezcámonos ante la grandeza del Espíritu, igualmente Dios, por quien yo he conocido a Dios. El es evidentemente Dios y él me hace ser Dios ya aquí abajo: todopoderoso, autor de los diversos dones, inspirador de la himnodia del coro de los santos, dador de vida tanto a los seres celestes como a los terrestres, sentado en las alturas. Fuerza divina que procede del Padre, no está sujeto a poder alguno. No es Hijo —pues el Hijo santo del único Bien es sólo uno—, ni está al margen de la invisible divinidad, sino que disfruta de idéntico honor...

Trinidad increada, supranatural, buena, libre, igualmente digna de adoración, único Dios que gobierna el mundo con triple esplendor. Mediante el bautismo, y por obra de las tres divinas personas, me siento regenerado en el hombre nuevo, y, destruida la muerte, nazco a la luz vuelto a la vida... Y si Dios ha purificado todo mi ser, también yo debo adorarlo en la totalidad de su ser.

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS

 

Domingo después de Pentecostés
LA SANTÍSIMA TRINIDAD
Solemnidad

EVANGELIO


Ciclo A: Jn 3, 16-18

HOMILÍA

San Gregorio de Nisa, Carta 5 (PG 46, 1031)

En el santo Bautismo se nos imparte la gracia de la
inmortalidad por la
fe en el Padre y en el Hijo
y en el Espíritu Santo

Como quiera que gracias al don de la santísima Trinidad se hacen partícipes de una fuerza vivificante los que, a partir de la muerte, son reengendrados a la vida eterna y por la fe son hechos dignos de esta gracia, así también esta gracia es imperfecta si en el bautismo de salvación es omitido el nombre de una cualquiera de las personas de la santísima Trinidad. En efecto, el misterio del segundo nacimiento no adquiere su plenitud en el solo nombre del Padre y del Hijo, sin el Espíritu Santo; ni tiene el bautismo capacidad de otorgarnos la vida perfecta en el solo nombre del Padre y del Espíritu, si se silencia al Hijo; ni en el Padre y el Hijo, omitido el Espíritu, se consuma la gracia de nuestra resurrección. Por eso tenemos depositada toda nuestra esperanza y la confianza de la salvación de nuestras almas en tres personas, que conocemos con estos nombres: creemos en el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que es fuente de la vida; y en el Hijo unigénito del Padre, que es el autor de la vida, según afirma el Apóstol; y en el Espíritu Santo de Dios, del que dice el Señor: El Espíritu es quien da vida.

Y como quiera que a nosotros, redimidos de la muerte, se nos imparte en el bautismo —como acabamos de decir—la gracia de la inmortalidad por la fe en el Padre y en el Hijo y en el Espíritu Santo, basados en esta razón creemos no estar autorizados a admitir en la santísima Trinidad nada servil, nada creado, nada indigno de la majestad del Padre; toda vez que una sola es nuestra vida, vida que conseguimos por la fe en la santísima Trinidad, y que indudablemente fluye del Dios de todo lo creado, como de su fuente, que se difunde a través del Hijo y que se consuma en el Espíritu Santo.

Teniendo, pues, esto por cierto y por bien sentado, accedemos a recibir el bautismo tal como se nos ha ordenado; creemos tal como hemos sido bautizados; sentimos tal como creemos; de suerte que, sin discrepancia alguna, nuestro bautismo, nuestra fe y nuestro modo de sentir están radicados en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo.

Y todos cuantos, acomodándose a esta regla de verdad, confiesan tres personas y pía y religiosamente las reconocen en sus propiedades, y creen que existe una sola divinidad, una sola bondad, un solo principado, una sola potestad y un solo poder, ni abrogan la potencia de la monarquía, ni se dejan arrastrar a la confesión del politeísmo, ni confunden las personas, ni se forjan una Trinidad con elementos dispares y heterogéneos, sino que aceptan con simplicidad el dogma de fe, colocando toda la esperanza de su salvación en el Padre y en el Hijo y en el Espíritu Santo: todos estos comparten con nosotros una misma forma de pensar. Pedimos a Dios tener también nosotros parte con ellos en el Señor.


Ciclo B: Mt 28, 16-20

HOMILÍA

San Basilio Magno, Tratado [atribuido] sobre el bautismo (Lib 1, cap 1, 1-2: PG 51, 1514-1515)

Es necesario imponerse primero en la doctrina
del Señor y luego iniciarse en el bautismo

Nuestro Señor Jesucristo, Hijo unigénito del Dios vivo, cuando, después de haber resucitado de entre los muertos, hubo recibido la promesa de Dios Padre, que le decía por boca del profeta David: Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy; pídemelo: te daré en herencia las naciones, en posesión, los confines de la tierra, y hubo reclutado discípulos, lo primero que hace es revelarles con estas palabras el poder recibido del Padre: Se me ha dado todo poder en el cielo y en la' tierra. E inmediatamente después les confió una misión diciendo: Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.

Habiendo, pues, el Señor ordenado primero: Haced discípulos de todos los pueblos, y agregado después: Bautizándolos, etc., vosotros, omitiendo el primer mandato, nos habéis apremiado a que os demos razón del segundo; y nosotros, convencidos de actuar contra el precepto del Apóstol, si no os respondemos inmediatamente —puesto que él nos dice: Estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere—, os hemos transmitido la doctrina del bautismo según el evangelio del Señor, bautismo mucho más excelente que el de Juan. Pero lo hemos hecho de forma que sólo hemos recogido una pequeña parte del inmenso material que, sobre el bautismo, hallamos en las sagradas Escrituras.

Sin embargo, hemos creído necesario recurrir al orden mismo transmitido por el Señor, para que de esta suerte también vosotros, adoctrinados primeramente sobre el alcance y el significado de esta expresión: Haced discípulos y recibida después la doctrina sobre el gloriosísimo bautismo, lleguéis prósperamente a la perfección, aprendiendo a guardar todo lo que el Señor mandó a sus discípulos, como está escrito. Aquí, pues, le hemos oído decir: Haced discípulos, pero ahora es necesario hacer mención de lo que sobre este mandato se ha dicho en otros lugares; de esta forma, habiendo descubierto primero una sentencia grata a Dios, y observando luego el apto y necesario orden, no nos apartaremos de la inteligencia de este precepto, según nuestro propósito de agradar a Dios.

El Señor tiene por costumbre explicar claramente lo que en un primer momento se había enseñado como de pasada, acudiendo a argumentos aducidos en otro contexto. Un ejemplo: Amontonad tesoros en el cielo. Aquí se limita a una afirmación escueta; cómo haya que hacerlo concretamente, lo declara en otro lugar, cuando dice: Vended vuestros bienes, y dad limosna; haced talegas que no se echen a perder, un tesoro inagotable en el cielo.

Por tanto —y esto lo sabemos por el mismo Señor—, discípulo es aquel que se acerca al Señor con ánimo de seguirlo, esto es, para escuchar sus palabras, crea en él y le obedezca como a Señor, como a rey, como a médico, como a maestro de la verdad, por la esperanza de la vida eterna con tal que persevere en todo esto, como está escrito: Dijo Jesús a los judíos que habían creído en él: «Si os mantenéis en mi palabra seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad y la verdad os hará libres», entendiéndolo indudablemente de la libertad del alma, por la que se libera de la virulenta tiranía del diablo, al liberarse de la esclavitud del pecado.


Ciclo C: Jn 16, 12-15

HOMILÍA

San Hilario de Poitiers, Tratado sobre la Trinidad (Lib 12, 55-56: PL 10, 468-472)

Bendito sea Dios por los siglos de los siglos

Según mi criterio, no es suficiente afirmar, en la confesión de mi fe, que el Señor Jesucristo, mi Dios y tu Unigénito, no es una mera criatura; ni soporto que se emplee una tal expresión al referirse a tu santo Espíritu, que procede de ti y es enviado por medio de él. Yo siento una gran veneración por las cosas que a ti te conciernen. Sabiendo que sólo tú eres el Ingénito y que el Unigénito ha nacido de ti, no se me ocurrirá no obstante decir queel Espíritu Santo ha sido engendrado, ni jamás afirmaré que ha sido creado. Me temo que, de esta manera de hablar, que me es común con el resto de tus representantes, pudieran derivarse para ti hasta ciertas mal disimuladas injurias. Según el Apóstol, tu Espíritu Santo sondea y conoce tus profundidades y tu abogado en favor mío te dice cosas que yo jamás sería capaz de decir: ¿y yo, a la potencia de su naturaleza permanente que procede de ti a través de tu Unigénito, no sólo la llamaré, sino que además la infamaré llamándola «creada»? Nada, sino algo que te pertenezca, puede penetrar tu intimidad: ni el abismo de tu inmensa majestad puede ser mensurado por fuerza alguna que te sea ajena o extraña. Todo lo que está en ti es tuyo: ni puede serte ajeno lo que es capaz de sondearte.

Para mí es inenarrable el que te dice, en favor mío, palabras que yo no puedo expresar. Pues, así como en la generación de tu Unigénito, antes de todos los tiempos, queda en suspenso toda ambigüedad de expresión y toda dificultad de comprensión, y resta solamente que ha sido engendrado por ti, así también, aun cuando no llegue a percibir con los sentidos la procesión de tu Espíritu Santo de ti a través de él, lo percibo no obstante con la conciencia.

En efecto, en las cosas espirituales soy tardo de comprensión, como dice tu Unigénito: No te extrañes de que te haya dicho: «Tenéis que nacer de nuevo»; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu. Habiendo obtenido la fe de mi regeneración, no la entiendo; y poseo ya lo que ignoro. Renazco sin yo sentirlo, con sola la virtualidad de renacer. Al Espíritu no se le puede canalizar: habla cuando quiere, lo que quiere y donde quiere. Si, pues, desconozco el motivo de sus idas y venidas, aun siendo consciente de su presencia, ¿cómo podré colocar su naturaleza entre las cosas creadas y limitarla pretendiendo definir su origen? Todo se hizo por el Hijo, que en el principio estaba junto a ti, oh Dios, y la Palabra era Dios, como dice tu evangelista Juan. Y Pablo enumera todas las cosas creadas por medio de él: celestes y terrestres, visibles e invisibles. Y mientras recuerda que todo ha sido creado en Cristo y por Cristo, del Espíritu Santo juzgó suficiente con indicar que es tu Espíritu.

Abrigando, como abrigo, los mismos sentimientos en tales materias que estos santos varones expresamente elegidos por ti, de suerte que no me atreveré a afirmar de tu Unigénito nada que, según su criterio, supere el nivel de mi propia comprensión, excepto que ha nacido; de idéntico modo tampoco diré de tu Espíritu Santo nada que, según ellos, vaya más allá de las posibilidades de la inteligencia humana, excepto que es tu Espíritu. Ni quiero perderme en una inútil pugna de palabras, sino mantenerme más bien en la perenne profesión de una fe inquebrantable.

Conserva, te lo ruego, esta incontaminada norma de mi fe y, hasta mi postrer aliento, concede esta voz a mi conciencia, para que me mantenga siempre fiel a lo que he profesado en el Símbolo de mi nuevo nacimiento, cuando fui bautizado en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo: a saber, que pueda siempre adorarte a ti, Padre nuestro, junto con tu Hijo, y merezca a tu Espíritu Santo, que procede de ti a través de tu Unigénito. Porque para mí, mi Señor Jesucristo es idóneo testigo para creer, él que dijo: Padre, todo lo mío es tuyo y lo tuyo mío; él que permanece siempre Dios en ti, de ti y junto a ti. ¡Bendito él por los siglos de los siglos! Amén.

 

Jueves después de la Santísima Trinidad

EL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO
Solemnidad


PRIMERA LECTURA

Del libro del Exodo 24, 1-11

Vieron a Dios y comieron y bebieron

En aquellos días, el Señor dijo a Moisés:

«Sube a mí con Aarón, Nadab y Abihú y los setenta ancianos de Israel, y prosternaos a distancia. Después se acercará Moisés solo, no ellos; y el pueblo que no suba». «Moisés bajó y contó al pueblo todo lo que había dicho el Señor y todos sus mandatos; y el pueblo contestó a una:

«Haremos todo lo que dice el Señor».

Moisés puso por escrito todas las palabras del Señor.

Se levantó temprano y edificó un altar en la falda del monte, y doce estelas, por las doce tribus de Israel. Y mandó a algunos jóvenes israelitas ofrecer al Señor holocaustos y vacas, como sacrificio de comunión. Tomó la mitad de la sangre, y la puso en vasijas, y la otra mitad la derramó sobre el altar. Después, tomó el documento de la alianza y se lo leyó en alta voz al pueblo, el cual respondió:

«Haremos todo lo que manda el Señor y lo obedeceremos».

Tomó Moisés la sangre y roció al pueblo, diciendo: «Esta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros, sobre todos estos mandatos».

Subieron Moisés, Aarón, Nadab, Abihú y los setenta ancianos de Israel, y vieron al Dios de Israel: bajo los pies tenía una especie de pavimento, brillante como el mismo cielo. Dios no extendió la mano contra los notables de Israel, que pudieron contemplar a Dios, y después comieron y bebieron.


SEGUNDA LECTURA

San Cirilo de Alejandría, Homilía 10 (PG 77,1015-1018)

Se nos presentan dones divinos, está preparada la mística mesa

¿Puede haber algo más agradable y delicioso para hombres piadosos y deseosos de la verdadera vida, que gozar perpetuamente de Dios y encontrar reposo pensando en él? Porque si los que comen y beben hasta la saciedad y secundan sus fluctuantes caprichos tienen un cuerpo robusto y pletórico de vida, ¿cuánto más quienes se preocupan del alma y se nutren de las tranquilas aguas de la divina predicación, brillarán vestidos del tisú de oro y brocados, como atestigua el profeta?

Pues bien, cuando, de la palestra espiritual, llegamos al final de los misterios vivíficos, y el Señor ha puesto a nuestra disposición, como viático de inmortalidad, dones que superan toda ponderación, ¡ánimo! cuantos en este mundo suspiráis por las delicias de los arcanos, y, hechos partícipes de la vocación celestial, vestidos de una fe sincera como de un vestido nupcial, dirijámonos con presteza a la mística cena. Cristo nos recibe hoy en un banquete, Cristo nos sirve hoy; Cristo, el enamorado de los hombres, nos recrea.

Es tremendo lo que se dice, formidable lo que se realiza. Es inmolado aquel ternero cebado; es sacrificado el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. El Padre se alegra: el Hijo se ofrece espontáneamente al sacrificio, que hoy no ejecutan ya los enemigos de Dios, sino él mismo, para significar que, por la salvación de los hombres, él ha padecido voluntariamente el suplicio. ¿Quieres que te demuestre cómo en lo que acabo de decir se contiene el signo de una realidad concreta?

No te fijes en la brevedad de mis palabras o en nuestra insignificancia, sino en la voz y en la autoridad de quienes con anterioridad predicaron estas cosas. ¿Te das cuenta de la gran dignidad del pregonero? Fíjate ahora y considera la fuerza de cuanto él ha predicho. Dice: La Sabiduría se ha construido su casa plantando siete columnas; ha preparado el banquete, mezclado el vino y puesto la mesa. Estas cosas, carísimo, son símbolo de cuanto ahora se realiza. Las delicias de este banquete, espléndido por la magnificencia y variedad de sus manjares, son para ti. Está presente el autor mismo de tal magnificencia, se nos presentan dones divinos, está preparada la mística mesa, se ha mezclado el vino. Quien invita es el Rey de la gloria; el maestro de ceremonias es el Hijo de Dios; el Dios encarnado invita al Verbo: la Sabiduría subsistente de Dios Padre, que se construyó un templo no edificado por hombres, es la que distribuye su cuerpo como pan, y su sangre vivificante la escancia como vino. ¡Oh tremendo misterio!, ¡oh inefable designio del divino consejo!, ¡oh irrastreable bondad! El Creador se ofrece como alimento a la criatura, la misma vida se ofrece a los mortales como comida y bebida. Venid, comed mi cuerpo —nos exhorta—, y bebed el vino que he mezclado para vosotros. Yo mismo me he preparado como alimento, yo mismo me he mezclado para quienes lo deseen. Libremente me he encarnado, yo que soy la vida; voluntariamente quise ser partícipe de la carne y de la sangre, yo que soy el Verbo y la impronta hipostática del Padre, para salvaros. Gustad y ved qué bueno es el Señor.

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS

 

Jueves después de la Santísima Trinidad
EL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO
Solemnidad

EVANGELIO

Ciclo A: Jn 6, 51-59

HOMILÍA

San Agustín de Hipona, Sermón 272 (Edit Maurist t. 5, 1103-1104)

Cristo consagró en su mesa el misterio de la paz
y de nuestra unidad

Esto que veis sobre el altar de Dios es un pan y un cáliz: de ello dan testimonio vuestros mismos ojos; en cambio, vuestra fe os enseña a ver en el pan el cuerpo de Cristo, y en el cáliz la sangre de Cristo.

Os lo he dicho en breves palabras, y quizá a la fe le sea suficiente; pero la fe desea ser instruida. Podríais ahora replicarme: Nos has mandado que creamos, explícanoslo para que lo entendamos. Puede, en efecto, aflorar este pensamiento en la mente de cualquiera: Sabemos de quién tomó la carne nuestro Señor Jesucristo: de la Virgen María. De niño fue amamantado, alimentado, creció, llegó a la edad juvenil, fue muerto en el madero, fue bajado de la cruz, fue sepultado, resucitó al tercer día y, el día que quiso, subió al cielo llevándose allí su propio cuerpo; de allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos, allí está ahora sentado a la derecha del Padre: ¿cómo el pan puede ser su cuerpo? Y el cáliz, o lo que el cáliz contiene, ¿cómo puede ser su sangre?

Estas cosas, hermanos, se llaman sacramentos, porque una cosa es lo que se ve y otra lo que se sobreentiende. Lo que se ve tiene un aspecto corporal, lo que se sobreentiende posee un fruto espiritual. Si quieres comprender el cuerpo de Cristo, escucha al Apóstol dirigiéndose a los fieles: Vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros.

Por tanto, si vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros, sobre la mesa del Señor está colocado vuestro misterio: recibís vuestro misterio. A lo que sois respondéis: Amén, y al responder lo suscribís. En efecto, se te dice: El cuerpo de Cristo, y respondes: Amén. Sé miembro del cuerpo de Cristo y tu Amén será verdadero.

¿Y por qué, pues, en el pan? Para no aportar aquí nada de nuestra cosecha, escuchemos al mismo Apóstol, quien hablando de este sacramento dice: El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo. Comprended y alegraos: unidad, verdad, piedad, caridad. El pan es uno: ¿quién es este único pan? Siendo muchos, formamos un solo cuerpo. Tened en cuenta que el pan no se hace de un solo grano, sino de muchos. Sed lo que veis y recibid lo que sois. Esto es lo que dijo el Apóstol hablando del pan. Qué es lo que hemos de entender por el cáliz nos lo insinúa claramente, aunque sin decirlo. Así como para obtener la especie visible del pan ha habido que fusionar muchos granos en una sola realidad, para que se verifique lo que la Escritura santa dice de los fieles: Todos pensaban y sentían lo mismo, lo mismo sucede con el vino. Recordad, hermanos, cómo se elabora el vino. Son muchos los granos que componen el racimo, pero el zumo de los granos se confunde en una realidad.

Así también, Cristo, el Señor, nos selló a nosotros, quiso que le perteneciéramos, consagró en su mesa el misterio de la paz y de nuestra unidad. El que recibe el misterio de la unidad y no mantiene el vínculo de la paz, no recibe el misterio en favor suyo, sino como testimonio contra él.
 

Ciclo B: Mc 14, 12-16.22-26

HOMILÍA

San Juan Crisóstomo. Homilía 82 sobre el evangelio de san Mateo (1: PG 58, 737-739)

He deseado enormemente comer esta comida pascual

Durante la cena, cogió el pan y lo partió. ¿Por qué instituyó este misterio durante la Pascua? Para que deduzcas de todos sus actos que él fue el legislador del antiguo Testamento, y que todas las cosas que en él se contienen fueron esbozadas con vistas a la nueva alianza. Por eso, donde estaba la figura, Cristo entronizó la verdad. La tarde era el símbolo de la plenitud de los tiempos, e indicaba que las cosas estaban tocando ya su fin. Pronunció la bendición, enseñándonos cómo hemos de celebrar nosotros este misterio, mostrando que no va forzado a la pasión y preparándonos a nosotros para que todo cuanto suframos lo sepamos soportar con hacimiento de gracias, y sacando del sufrimiento un refuerzo de la esperanza.

Pues si ya el tipo o la figura fue capaz de liberar de una tan grande esclavitud, con más razón liberará la verdad a la redondez de la tierra y redundará en beneficio de nuestra raza. Por eso Cristo no instituyó antes este misterio, sino tan sólo en el momento en que estaban para cesar las prescripciones legales. Abolió la más importante de las solemnidades judaicas, convocando a los judíos en torno a otra mesa mucho más santa, y dijo: Tomad y comed: esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros.

Y ¿cómo no se turbaron al oír esto? Porque ya antes Cristo les había dicho muchas y grandes cosas de este misterio. Por eso ahora no se extiende en explicaciones, pues ya habían oído bastante sobre esta materia. En cambio, sí que les dice cuál es la causa de la pasión: el perdón de los pecados. Llama a su sangre «sangre de la nueva alianza», es decir, de la promesa y de la nueva ley. En efecto, esto es lo que ya antiguamente había prometido y lo confirma la nueva alianza. Y así como la antigua alianza ofreció ovejas y novillos, la nueva ofrece la sangre del Señor. Insinúa además en este pasaje que él tenía que morir: por eso hace alusión al testamento y menciona asimismo el antiguo: de ahí que tampoco faltase sangre en la inauguración de la primera alianza. Nuevamente declara la causa de su muerte: Que será derramada por muchos para el perdón de los pecados. Y añade: Haced esto en conmemoración mía.

¿No os dais cuenta cómo retrae y aparta a sus discípulos de los ritos judaicos? Que es como si dijera: Vosotros celebrabais aquella cena en conmemoración de los prodigios obrados en Egipto; celebrad la nueva cena en conmemoración mía. Aquella sangre fue derramada para salvar a los primogénitos; ésta, para el perdón de los pecados de todo el mundo. Esta es mi sangre —dice— que será derramada para el perdón de los pecados. Dijo esto, sin duda, tanto para demostrar que la pasión y la muerte son un misterio, como para, de esta forma, consolar nuevamente a sus discípulos.Y así como Moisés dijo: Es ley perpetua para vosotros, así dijo también él: En conmemoración mía, hasta que vuelva. Por eso afirma: He deseado enormemente comer esta comida pascual; es decir, he deseado haceros entrega de esta nueva realidad, daros una pascua con la cual os convertiré en hombres espirituales.

Y él mismo bebió también de él. Para evitar que al oír estas palabras replicasen: ¿Cómo? ¿Vamos a beber sangre y a comer carne?, y se escandalizaran —pues hablando en otra ocasión de este tema, muchos se escandalizaron de sus palabras—; pues bien, para que no tuvieran motivo de escándalo, él es el primero en dar ejemplo, induciéndolos a participar en estos misterios con ánimo tranquilo. Por esta razón, él mismo bebió su sangre.


Ciclo C: Lc 9, llb-17

HOMILÍA

San Juan Crisóstomo, Homilía 24, sobre la primera carta a los Corintios (4: PG 61, 204-205)

Acerquémonos a Cristo con fervor

Cristo nos dio su carne para saciarnos, invitándonos a una amistad cada vez más íntima. Acerquémonos, pues, a él con fervor y con una ardiente caridad, y no incurramos en castigo. Pues cuanto mayores fueren los beneficios recibidos, tanto más gravemente seremos castigados si nos hiciéramos indignos de tales beneficios.

Los magos adoraron también este cuerpo recostado en un pesebre. Y siendo hombres irreligiosos y paganos, abandonando casa y patria, recorrieron un largo camino, y al llegar, lo adoraron con gran temor y temblor. Imitemos al menos a estos extranjeros nosotros que somos ciudadanos del cielo. Ellos se acercaron efectivamente con gran temor a un pesebre y a una gruta, sin descubrir ninguna de las cosas que ahora te es dado contemplar: tú, en cambio, no lo ves en un pesebre, sino sobre un altar; no contemplas a una mujer que lo tiene en sus brazos, sino al sacerdote que está de pie en su presencia y al Espíritu, rebosante de riqueza, que se cierne sobre las ofrendas. No ves simplemente, como ellos, este mismo cuerpo, sino que conoces todo su poder y su economía de salvación, y nada ignoras de cuanto él ha hecho, pues al ser iniciado, se te enseñaron detalladamente todas estas cosas. Exhortémonos, pues, mutuamente con un santo temor, y demostrémosle una piedad mucho más profunda que la que exhibieron aquellos extranjeros para que, no acercándonos a él temeraria y desconsideradamente, no se nos tenga que caer la cara de vergüenza.

Digo esto no para que no nos acerquemos, sino para que no nos acerquemos temerariamente. Porque así como es peligroso acercarse temerariamente, así la no participación en estas místicas cenas significa el hambre y la muerte. Pues esta mesa es la fuerza de nuestra alma, la fuente de unidad de todos nuestros pensamientos, la causa de nuestra esperanza: es esperanza, salvación, luz, vida. Si con este bagaje saliéramos de aquel sacrificio, con confianza nos acercaríamos a sus atrios sagrados, como si fuéramos armados hasta los dientes con armadura de oro.

¿Hablo quizá de cosas futuras? Ya desde ahora este misterio te ha convertido la tierra en un cielo. Abre, pues, las puertas del cielo y mira; mejor dicho, abre las puertas no del cielo sino del cielo de los cielos, y entonces contemplarás lo que se ha dicho. Todo lo que de más precioso hay allí, te lo mostraré yo aquí yaciendo en la tierra. Pues así como lo más precioso que hay en el palacio real no son los muros ni los techos dorados, sino el rey sentado en el trono real, así también en el cielo lo más precioso es la persona del Rey.

Y la persona del Rey te es dado contemplarla ya ahora en la tierra. Pues no te presento a los ángeles, ni a los arcángeles, ni a los cielos, ni a los cielos de los cielos, sino al mismo Señor de todos ellos. ¿Te das cuenta cómo en la tierra contemplas lo que hay de más precioso? Y no solamente lo ves, sino que además lo tocas; y no sólo lo tocas, sino que también lo comes; y después de haberlo recibido, te vuelves a tu casa. Purifica, por tanto, tu alma, prepara tu menté a la recepción de estos misterios.

 

Viernes posterior al segundo domingo
después de Pentecostés

EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Solemnidad


PRIMERA LECTURA

De la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 28-39

El amor de Dios, manifestado en Cristo

Hermanos: Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien: a los que ha llamado conforme a su designio. A los que había escogido, Dios los predestinó a ser imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito de muchos hermanos. A los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó.

¿Cabe decir más? Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? ¿Dios, el que justifica? ¿Quién condenará? ¿Será acaso Cristo, que murió, más aún, resucitó y está a la derecha de Dios y que intercede por nosotros?

¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?: ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?, como dice la Escritura: «Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como ovejas de matanza». Pero en todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado.

Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro.


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Sermón 157, sobre las palabras del Apóstol (2-3: PL 38, 860-861)

Dios no perdonó a su propio Hijo

Hermanos, como hombres mansos y humildes, caminad por el camino recto, que nos indica el Señor. De él dice el salmo: Hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes. Ciertamente, en las dificultades de la presente vida, nadie puede conservar inalterable la paciencia, sin la cual es imposible salvaguardar la esperanza de la vida futura, si no es el hombre manso y humilde, que no opone resistencia a la voluntad de Dios, cuyo yugo es suave y cuya carga es ligera, aunque lo es solamente para los que creen en Dios, esperan en él y le aman.

Así pues, si sois mansos y humildes, no sólo amaréis sus consuelos, sino que soportaréis como buenos hijos incluso sus castigos; de este modo aguardaréis en la paciencia lo que esperáis sin ver. Vivid así, caminad así. Camináis efectivamente en Cristo, que dijo: Yo soy el camino. Cómo haya de caminarse en Cristo debéis aprenderlo no sólo de sus palabras, sino también de su ejemplo.

Y a este su propio Hijo el Padre no lo perdonó, sino que lo entregó por todos nosotros, no ciertamente contra su voluntad o ante su oposición, sino queriéndolo igualmente; porque una misma es la voluntad del Padre y del Hijo, dada la igualdad de la naturaleza divina. Siendo, pues, de condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; sino que, haciéndose singularmente obediente, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo. Pues él mismo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave olor. Así pues, el Padre no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, para que él se entregase a sí mismo por nosotros.

El, el excelso, por medio del cual se hizo todo, fue efectivamente entregado en su condición de esclavo a la vergüenza de la gente y al desprecio del pueblo, a los ultrajes, a los azotes, a la muerte de cruz: él nos enseñó con el ejemplo de su pasión de cuánta paciencia hemos de revestirnos para caminar en él; y con el ejemplo de su resurrección nos ha confirmado en lo que pacientemente hemos de esperar de él.

Cuando esperamos lo que no vemos, esperamos con perseverancia. Es cierto que esperamos lo que no vemos: pero somos el cuerpo de aquella Cabeza, en la que vemos ya realizadas nuestras actuales esperanzas. En efecto, de él se ha dicho que es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia, el primogénito, y así es el primero en todo. Y de nosotros está escrito: Vosotros sois el cuerpo de Cristo y cada uno es un miembro. Cuando esperamos lo que no vemos, esperamos con perseverancia, seguros; porque el que resucitó es nuestra cabeza y conserva firme nuestra esperanza.

Y como nuestra cabeza, antes de resucitar, fue flagelado, ha reforzado nuestra paciencia. Pues está escrito: El Señor reprende a los que ama y castiga a sus hijos preferidos. No desmayemos, por tanto, en el castigo, para llegar a las alegrías de la resurrección. Pues hasta tal punto es verdad que castiga a sus hijos preferidos, que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros.

Teniendo, pues, fija la mirada en aquel que, sin culpa de pecado, fue flagelado, que fue entregado por nuestros pecados y resucitó por nuestra justificación, no temamos ser rechazados cuando estamos bajo el peso del castigo; confiemos más bien en ser acogidos en base a la justificación.

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS

 

Viernes posterior al segundo domingo
después de Pentecostés
EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Solemnidad

EVANGELIO


Ciclo A: Mt 11, 25-30

HOMILÍA

San Buenaventura, El árbol de la vida (Opúsculo 3, 29-30.47: Opera omnia 8, 79)

En ti está la fuente viva

Y tú, hombre redimido, considera quién, cuál y cuán grande es este que está pendiente de la cruz por ti. Su muerte resucita a los muertos, su tránsito lo lloran los cielos y la tierra, y las mismas piedras, como movidas de compasión natural, se quebrantan. ¡Oh corazón humano, más duro eres que ellas, si con el recuerdo de tal víctima ni el temor te espanta, ni la compasión te mueve, ni la compunción te aflige, ni la piedad te ablanda!

Para que del costado de Cristo dormido en la cruz se formase la Iglesia y se cumpliese la Escritura que dice: Mirarán al que atravesaron, uno de los soldados lo hirió con una lanza y le abrió el costado. Y fue permisión de la divina providencia, a fin de que, brotando de la herida sangre y agua, se derramase el precio de nuestra salud, el cual, manando de la fuente arcana del corazón, diese a los sacramentos de la Iglesia la virtud de conferir la vida de la gracia, y fuese para los que viven en Cristo como una copa llenada en la fuente viva, que salta hasta la vida eterna.

Levántate, pues, alma amiga de Cristo, y sé la paloma que anida en la pared de una cueva; el gorrión que ha encontrado una casa y no deja de guardarla; sé la tórtola que esconde los polluelos de su casto amor en aquella abertura sacratísima. Aplica a ella tus labios para que bebas el agua de las fuentes del Salvador. Porque ésta es la fuente que mana en medio del paraíso y, dividida en cuatro ríos que se derraman en los corazones amantes, riega y fecunda toda la tierra.

Corre, con vivo deseo, a esta fuente de vida y de luz, quienquiera que seas, ¡oh alma amante de Dios!, y con toda la fuerza del corazón exclama:

«¡Oh hermosura inefable del Dios altísimo, resplandor purísimo de la eterna luz! ¡Vida que vivificas toda vida, luz que iluminas toda luz y conservas en perpetuo resplandor millares de luces, que desde la primera aurora fulguran ante el trono de tu divinidad!

¡Oh eterno e inaccesible, claro y dulce manantial de la fuente oculta a los ojos mortales, cuya profundidad es sin fondo, cuya altura es sin término, su anchura ilimitada y su pureza imperturbable! De ti procede el río que alegra la ciudad de Dios, para que, con voz de regocijo y gratitud, te cantemos himnos de alabanza, probando por experiencia que en ti está la fuente viva, y tu luz nos hace ver la luz».


Ciclo B: In 19, 31-37

HOMILÍA

San Agustín de Hipona, Sermón 213 (18: Edit Maurist 5, 942)

La lanza traspasó el costado de Cristo
y manó nuestro precio

Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso. Fíjate lo poco que cuesta pronunciar estas palabras y lo profundo que es su significado. Es Dios y es Padre: Dios por el poder, Padre por su bondad. ¡Qué felices somos los que en Dios hemos hallado a nuestro Padre! Creamos, pues, en él y prometámonos todo de su misericordia, porque es todopoderoso: por eso creemos en un solo Dios, Padre todopoderoso.

Que nadie diga: no me puede perdonar los pecados. ¿Cómo no va a poder el todopoderoso? Pero insistes: he pecado mucho. Y yo te replico: pero es todopoderoso. Y tú vuelves a la carga: He cometido tales pecados, que nunca podré ser liberado o purificado. Respondo: y sin embargo, él es todopoderoso.

En el Símbolo decimos también: en el perdón de los pecados. Si esto no se diese en la Iglesia, no habría ninguna esperanza. Si en la Iglesia no hubiera perdón de los pecados, no habría ninguna esperanza de vida futura y de eterna liberación. Damos gracias a Dios por haber otorgado a la Iglesia este don.

He aquí que pronto os acercaréis a la fuente santa, seréis purificados en el bautismo, quedaréis renovados por el saludable baño del segundo nacimiento; al salir de aquel baño, estaréis limpios de todo pecado.

Todo el pasado que os perseguía será allí cancelado. Vuestros pecados eran semejantes a los egipcios que salieron en persecución de los israelitas: los persiguieron, pero hasta el mar Rojo. ¿Qué significa hasta el mar Rojo? Hasta la fuente bautismal consagrada por la cruz y la sangre de Cristo. Pues lo que es rojo, enrojece. ¿No ves cómo enrojece la heredad de Cristo? Pregunta a los ojos de la fe. Si ves la cruz, fíjate también en la sangre; si ves lo que cuelga, fijate en lo que derramó. La lanza traspasó el costado de Cristo y manó nuestro precio. Por eso, el bautismo, es decir, el agua en que sois inmersos, va marcado con el signo de Cristo, y es como si atravesareis el mar Rojo. Vuestros pecados son vuestros enemigos: os siguen, pero hasta el mar.

Una vez que hayáis entrado, vosotros saldréis, pero ellos serán aniquilados: lo mismo que ocurrió con los israelitas: ellos caminaban a pie enjuto, mientras que a los egipcios los cubrió el agua. Y ¿qué dice la Escritura? Y ni uno solo se salvó. Sean muchos o pocos tus pecados, sean graves o leves: ni el más pequeño se salvó. Pero como quiera que nuestra victoria se sitúa en este mundo, en el que nadie puede vivir sin pecado, el perdón de los pecados no es exclusivo de la sola ablución bautismal, sino que está también vinculado a la oración dominical y cotidiana, que recibiréis a los ocho días. En ella encontraréis algoasí como vuestro bautismo de cada día, para que podáis dar gracias a Dios, que otorgó a su Iglesia este don.


Ciclo C: Lc 15, 3-7

HOMILÍA

San Ambrosio de Milán, Comentario sobre el salmo 118 (Sermón 22, 3.27-30: CSEL 62, 489-490.502-504; PL 15, 1512.1520-1521)

Ven, Señor, busca a tu oveja

En su evangelio, el mismo Señor Jesús aseguró que el pastor deja las noventa y nueve ovejas y va en busca de la descarriada. Es la oveja centésima de la que se dice que se había descarriado: que la misma perfección y plenitud del número te instruya y te informe. No sin razón se le da la preferencia sobre las demás, pues es más valioso un consciente retorno del mal que un casi total desconocimiento de los mismos vicios. Pues el haber enmendado el alma enfangada en el vicio, liberándola de las trabas de la concupiscencia, no solamente es indicio de una virtud consumada, sino que es, además, signo eficaz de la presencia de la divina gracia. Ahora bien, enmendar el futuro es incumbencia de la atención humana; condonar el pretérito es competencia del divino poder.

Una vez encontrada la oveja, el pastor la carga sobre sus hombros. Considera atentamente el misterio: la oveja cansada halla el reposo, pues la extenuada condición humana no puede recuperar las fuerzas sino en el sacramento de la pasión del Señor y de la sangre de Jesucristo, que lleva a hombros el principado; de hecho, en la cruz cargó con nuestras enfermedades, para aniquilar en ella los pecados de todos. Con razón se alegran los ángeles, porque el que antes erró, ya no yerra, se ha olvidado ya de su error.

Me extravié como oveja perdida: busca a tu siervo, que no olvida tus mandatos. Busca a tu siervo, pues la oveja descarriada ha de ser buscada por el pastor, para que no perezca. Ahora bien: el que se extravió puede volver al camino, puede ser reconducido al camino. Ven, pues,

Señor Jesús, busca a tu siervo, busca a tu oveja extenuada; ven, pastor, guía a José como a un rebaño. Se extravió una oveja tuya mientras tú te detenías, mientras discurrías por los montes. Deja tus noventa y nueve ovejas y ven en busca de la descarriada. Ven, pero no con la vara, sino con la caridad y la mansedumbre del Espíritu.

Búscame, pues yo te busco. Búscame, hállame, recíbeme, llévame. Puedes hallar al que tú buscas; te dignas recibir al que hubieres encontrado, y cargar sobre tus hombros al que hubieras acogido. No te es enojosa esta piadosa carga, no te es oneroso transportar la justicia. Ven, pues, Señor, pues si es verdad que me extravié, sin embargo no olvidé tus mandatos; tengo mi esperanza puesta en la medicina. Ven, Señor, pues eres el único capaz de reconducir la oveja extraviada; y a los que dejares, no les causarás tristeza, y a tu regreso ellos mismos mostrarán a los pecadores su alegría. Ven a traer la salvación a la tierra y alegría al cielo.

Ven, pues, y busca a tu oveja, no ya por mediación de tus siervos o por medio de mercenarios, sino personalmente. Recíbeme en la carne, que decayó en Adán. Recíbeme como hijo no de Sara, sino de María, para que sea una virgen incorrupta, pero virgen de toda mancha de pecado por la gracia. Llévame sobre la cruz, que es salvación para los extraviados: sólo en ella encuentran descanso los fatigados, sólo en ella tienen vida todos los que mueren.

 

SEMANA I DEL TIEMPO ORDINARIO

En lugar del domingo 1 del tiempo ordinario se celebra la fiesta del Bautismo del Señor.


LUNES


PRIMERA LECTURA

Comienza la carta del apóstol san Pablo a los

Romanos 1, 1-17

Saludo y acción de gracias

Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, escogido para anunciar el evangelio de Dios. Este evangelio, prometido ya por sus profetas en las Escrituras santas, se refiere a su Hijo, nacido, según lo humano, de la estirpe de David; constituido, según el Espíritu Santo, Hijo de Dios, con pleno poder por su resurrección de la muerte: Jesucristo nuestro Señor.

Por él hemos recibido este don y esta misión: hacer que todos los gentiles respondan a la fe, para gloria de su nombre. Entre ellos estáis también vosotros, llamados por Cristo Jesús.

A todos los de Roma, a quienes Dios ama y ha llamado a formar parte de los santos, os deseo la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre y del Señor Jesucristo.

Antes de nada doy gracias a mi Dios, por medio de Jesucristo, por todos vosotros, porque en el mundo entero se pondera vuestra fe. Bien sabe Dios, a quien doy culto con toda mi alma, proclamando el evangelio de su Hijo, que no se me cae vuestro nombre de la boca cada vez que rezo, y le pido a Dios que, si es su voluntad, alguna vez por fin consiga ir a visitaros como sea. Tengo muchas ganas de veros, para comunicaros algún don del Espíritu que os afiance, es decir, para animarnos mutuamente con la fe de unos y otros, la vuestra y la mía.

Por otra parte, quiero que sepáis, hermanos que muchas veces he tenido en proyecto haceros una visita, pero que hasta el presente siempre he encontrado obstáculos; esperaba recoger entre vosotros algún fruto, como entre los demás pueblos. Estoy en deuda con griegos y extranjeros, con instruidos e ignorantes; de ahí mi afán por exponeros el evangelio también a vosotros los de Roma.

Porque yo no me avergüenzo del evangelio: es la fuerza de la salvación de Dios para con todo el que cree, primero para el judío, pero también para el griego. Porque en él se revela la Justicia salvadora de Dios para los que creen, en virtud de su fe, como dice la Escritura: «El justo vivirá por su fe».

 

RESPONSORIO                    Rom 3, 24.25; 5,1
 
R./ Hemos sido justificados gratuitamente en virtud de la redención realizada por Jesucristo. * Dios lo ha predestinado para que sirviera como instrumento de expiación por medio de la fe, en su sangre.
V./ Justificados entonces por la fe, nosotros estamos en paz con Dios por medio de Nuestro Señor Jesucristo.
R./ Dios lo ha predestinado para que sirviera como instrumento de expiación por medio de la fe, en su sangre.
 


SEGUNDA LECTURA

Orígenes, Comentario sobre la carta a los Romanos (1, 7-9: PG 14, 852-855)

Esta fe que profesan los romanos es la misma
que se anuncia y crece en todo el mundo

Por él hemos recibido este don y esta misión: hacer que todos los gentiles respondan a la fe, para gloria de su nombre. Pablo dice haber recibido de Cristo este don y esta misión, en cuanto mediador entre Dios y los hombres. El don hemos de relacionarlo con la resistencia a las fatigas; la misión, a la autoridad de la predicación, porque el mismo Cristo es llamado apóstol, o sea, enviado del Padre, pues él se dice enviado a evangelizar a los pobres. Así pues, todo' lo que tiene. se lo transmite a sus discípulos. En sus labios –se ha dicho– se derrama la gracia.

Da también la gracia a sus apóstoles, trabajando con la cual puedan decir: He trabajado más que todos ellos: aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo. Y porque de él se ha dicho: Tenemos en Cristo al apóstol y sumo sacerdote de la fe que profesamos, quien confiere a sus discípulos la dignidad del apostolado, para que también ellos sean constituidos apóstoles de Dios.

Pues los paganos, que estaban excluidos de la ciudadanía de Israel y eran ajenos a las alianzas, no podían creer en el evangelio sino por la gracia conferida a los apóstoles. En virtud de esta gracia se dice que los paganos obedecían por la fe a la predicación de los apóstoles, y se nos recuerda que el pregón de la gracia apostólica que anunciaba el nombre de Cristo, alcanzó a toda la tierra, hasta el punto de llegar hasta Roma. A ellos, a los de Roma, les dice el Apóstol: Entre ellos estáis también vosotros, llamados por Cristo Jesús. Pablo se dice llamado a ser apóstol; los romanos también son llamados, pero no a ser apóstoles, sino a formar parte de los santos en respuesta a la fe.

Antes de nada doy gracias a mi Dios, por medio de Jesucristo, por todos vosotros, porque en el mundo entero se pondera vuestra fe. Lo mismo que escribiendo a otras comunidades Pablo dice que da gracias a Dios por todos, lo dice ahora escribiendo a los romanos. La primera palabra, es una palabra de acción de gracias. Ahora bien: dar gracias a Dios es lo mismo que ofrecerle un sacrificio de alabanza; por eso añade: por medio de Jesucristo, es decir, por medio del gran Pontífice. Conviene saber que todo el que desea ofrecer a Dios un sacrificio, debe hacerlo por mediación de un pontífice.

Pero veamos por qué el Apóstol da gracias a su Dios: Porque —dice— en el mundo entero se pondera vuestra fe. Puede entenderse de esta manera: esta fe que profesan los romanos es la misma que se predica no sólo en la tierra, sino también en el cielo. Pues Jesús reconcilió en su sangre, no sólo a los que hay en la tierra, sino también a los que hay en el cielo, y al nombre de Jesús se dobla toda rodilla en la tierra, en el cielo y en el abismo. Esto es predicar la fe en todo el mundo: por ella todo el universo se someterá a Dios.

 

RESPONSORIO                    Rom 15, 16;11, 13
 
R./ Me ha sido concedida por Dios la gracia de ser ministro de Jesucristo entre los paganos, ejerciendo el sagrado oficio del evangelio de Dios; * para qué los paganos se conviertan en oblación agradable, santificada por el Espíritu.
V./ Como apóstol de los gentiles, hago honor a mi ministerio.
R./ Para qué los paganos se conviertan en oblación agradable, santificada por el Espíritu.


 
ORACIÓN
 
Muéstrate propicio, Señor, a los deseos y plegarias de tu pueblo; danos luz para conocer tu voluntad y la fuerza necesaria para cumplirla. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



MARTES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 1, 18-32

Reprobación de la impiedad

Desde el cielo Dios revela su reprobación de toda impiedad e injusticia de los hombres que tienen la verdad prisionera de la injusticia.

Es decir, lo que puede conocerse de Dios lo tienen a la vista: Dios mismo se lo ha puesto delante. Desde la creación del mundo, sus perfecciones invisibles, su poder eterno y su divinidad, son visibles para toda la mente que penetra en sus obras. Realmente no tienen defensa, porque conociendo a Dios no le han dado la gloria y las gracias que Dios se merecía. Al contrario, su razonar acabó en vaciedades y su mente insensata se sumergió en tinieblas. Alardeando de sabios, resultaron unos necios que cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes del hombre mortal, de pájaros, cuadrúpedos y reptiles.

Por esta razón los ha entregado Dios a la bajeza de sus deseos, con la consiguiente degradación de sus propios cuerpos; por haber cambiado al Dios verdadero por uno falso, adorando y dando culto a la criatura en vez de al Creador. ¡Bendito él por siempre! Amén.

Por esta razón los entregó Dios a sus pasiones degradantes: sus mujeres cambiaron las relaciones naturales por otras innaturales, y los hombres lo mismo: dejando las relaciones naturales con la mujer, se consumieron de deseos unos por otros; cometen infamias con otros hombres, recibiendo en su persona el pago inevitable de su extravío.

Como además juzgaron inadmisible seguir reconociendo a Dios, los entregó Dios a la inadmisible mentalidad de romper toda regla de conducta, llenos como están de toda clase de injusticia, perversidad, codicia y maldad; plagados de envidias, homicidios, discordias, fraudes, depravación; son difamadores, hostiles a Dios, insolentes, arrogantes, fanfarrones, con inventiva para lo malo, rebeldes a sus padres, sin conciencia, sin palabra, sin entrañas, sin compasión.

Conocían bien el veredicto de Dios: que los que se portan así son reos de muerte, y sin embargo, no sólo hacen esas cosas, sino además aplauden a los que las hacen.

 

RESPONSORIO                    Rom 1,20; Sab 13,5.1
 
R./ Las perfecciones invisibles de Dios pueden ser contempladas con la inteligencia en las obras que Él ha realizado. * De hecho, por la grandeza y belleza de las criaturas, se reconoce por analogía al autor.
V./ Son estúpidos por naturaleza todos los hombres que viven en la ignorancia de Dios.
R./ De hecho, por la grandeza y belleza de las criaturas, se reconoce por analogía al autor.
 


SEGUNDA LECTURA

San Juan Crisóstomo, Homilía 3 sobre la carta a los Romanos (1: PG 60, 411-412)

El error es múltiple; la virtud, una

Desde el cielo Dios revela su reprobación de toda impiedad e injusticia de los hombres que tienen la verdad prisionera de la injusticia. Observa la prudencia de Pablo, cómo del tono persuasivo de la exhortación, pasa al más vehemente de la amenaza. Después de haber dicho que el evangelio es fuente de salvación y de vida, y que ha sido la potencia de Dios la que ha operado la salvación y la justicia, pasa seguidamente a las amenazas para infundir temor en los que no le hacen caso. Y comoquiera que son muchos los hombres que se dejan arrastrar a la virtud no tanto por la promesa del premio, cuanto por el temor al castigo, los atrae alternando exhortaciones y amenazas.

De hecho, Dios no sólo prometió el reino, sino que conminó con la gehena; y los profetas hablaban a los judíos alternando siempre premios y castigos. Por eso también Pablo varía el tono del discurso, pero no de cualquier manera, sino pasando de la suavidad a la severidad, demostrando que aquélla nacía de los designios de Dios, ésta, de la maldad e indiferencia de los hombres. Igualmente el profeta primero presenta el lado positivo cuando dice: Si sabéis obedecer, comeréis lo sabroso de la tierra; si rehusáis y os rebeláis, la espada os comerá. Idéntica pedagogía usa aquí Pablo: Vino Cristo —dice— trayéndonos el perdón, la justicia, la vida: y no de balde, sino al precio de la cruz. Y lo que mayormente suscita nuestra admiración no es sólo la munificencia de los dones, sino la acerbidad de lo que padeció. Si pues despreciarais estos dones, ellos mismos se convertirán en vuestra tristeza permanente.

Observa cómo eleva el tono diciendo: Desde el cielo Dios revela su reprobación. Esto se manifiesta con frecuencia en la vida presente: hambre, peste, guerras, pues o bien en privado o bien colectivamente todos reciben el castigo. ¿Qué de nuevo habrá entonces? Pues que el suplicio será mayor, que este suplicio será colectivo y no obedecerá a unas mismas causas: ahora tienen una finalidad pedagógica; entonces vindicativa. Esto lo da a entender Pablo cuando dice: Si el Señor nos corrige es para que no salgamos condenados con el mundo.

De momento hay muchos que piensan que nuestras calamidades no provienen de la ira de Dios, sino de la perfidia de los hombres; pero entonces se manifestará la justicia de Dios, cuando sentado el Juez en el tremendo solio, mande a unos al fuego, a otros a las tinieblas exteriores, a otros finalmente a suplicios de diverso género, eternos e intolerables.

¿Y por qué no dice abiertamente: El Hijo del hombre vendrá y con él innumerables ángeles, a pedir cuentas a cada uno, sino que dice: Revelará Dios su reprobación? Porque los oyentes eran neófitos aún. Por eso Pablo los instruye a partir de lo que en su fe era firme. Además, me parece que se dirige a los paganos. Por eso habla primero del modo que hemos visto, y luego pasa a hablar del juicio de Cristo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que tienen la verdad prisionera de la injusticia. Donde demuestra que son muchos los caminos que conducen a la impiedad, a la verdad sólo uno. Y en efecto el error es algo vario, multiforme y desconcertante; la verdad es una.

 

RESPONSORIO           Sab 13, 1; Rom 1, 21
 
R./ Son estúpidos por naturaleza todos los hombres que viven en la ignorancia de Dios, * y a través de los bienes visibles no reconocen a Aquel que es.
V./ Se engríen en sus razonamientos y se ofuscan en su mente obtusa.
R./ Y a través de los bienes visibles no reconocen a Aquel que es.
 
 
ORACIÓN
 
Muéstrate propicio, Señor, a los deseos y plegarias de tu pueblo; danos luz para conocer tu voluntad y la fuerza necesaria para cumplirla. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
 



MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 2, 1-16
El justo juicio de Dios

Tú, el que seas, que te eriges en juez, no tienes defensa; al dar sentencia contra el otro te condenas tú mismo, porque tú, el juez, te portas igual.

–Todos admitimos que Dios condena con derecho a los que obran mal, a los que obran de esa manera.

–Y tú, que juzgas a los que hacen eso, mientras tú haces lo mismo, ¿te figuras que vas a escapar de la sentencia de Dios? ¿O es que desprecias el tesoro de su bondad, tolerancia y paciencia, al no reconocer que esa bondad es para empujarte a la conversión?

Con la dureza de tu corazón impenitente te estás almacenando castigos para el día del castigo, cuando se revelará el justo juicio de Dios pagando a cada uno según sus obras. A los que han perseverado en hacer el bien, porque buscaban contemplar su gloria y superar la muerte, les dará vida eterna; a los porfiados que se rebelan contra la verdad y se rinden a la injusticia, les dará un castigo implacable.

Pena y angustia tocarán a todo malhechor, primero al judío, pero también al griego; gloria, honor y paz a todo el que practica el bien, en primer lugar al judío, pero también al griego: porque Dios no es parcial con nadie: los que pecaban sin estar bajo la ley perecerán sin que intervenga la ley; los que pecaban bajo la ley, por la ley serán juzgados. Porque no basta escuchar la ley para estar a bien con Dios, hay que practicar la ley para recibir su aprobación.

Me explico: cuando los paganos, que no tienen ley, hacen espontáneamente lo que ella manda, aunque la ley les falte, son ellos su propia ley; y muestran que llevan escrito dentro el contenido de la ley cuando la conciencia aporta su testimonio y dialogan sus pensamientos condenando o aprobando.

Así será el día en que Dios juzgue lo escondido en el hombre; y, según el evangelio que predico, lo hará por medio de Jesucristo.

 

RESPONSORIO                    Rom 2, 4.5; Sir 16, 15
 
R./ ¿Desprecia el tesoro de la bondad de Dios, su tolerancia y paciencia, al no reconocer que la bondad de Dios te lleva a la conversión? Con tu corazón duro e impenitente te estás acumulando cólera * para el día de la ira, en que se revelará el justo juicio de Dios.
V./ Él dará lugar a toda su generosidad; cada uno será tratado según sus obras.
R./ El día de la ira, en que se revelará el justo juicio de Dios.
 


SEGUNDA LECTURA

Orígenes, Comentario sobre la carta a los Romanos (Lib 2, 7: PG 14, 887-889)

Dios no es parcial con nadie

¿Cómo es que el Apóstol hace aquí a los paganos, inmediatamente después de los judíos, partícipes de la gloria del honor y de la paz? A mí me parece que, en este texto, establece una triple jerarquía. Primero se refiere a los que perseveran en hacer el bien, porque buscaban contemplar su gloria y superar la muerte; a éstos Dios les dará la vida eterna.

La perseverancia en hacer el bien es evidente en quienes afrontaron luchas y combates por la fe: claramente se alude aquí a los cristianos, entre los que los mártires abundan. Lo demuestra asimismo lo que el Señor dice a los apóstoles: En el mundo tendréis luchas; el mundo estará alegre, vosotros lloraréis. Y poco después añade: Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas. Es propio de los cristianos padecer tribulaciones en este mundo y llorar, pero suya es la vida eterna.

¿Y quieres saber que la vida eterna está reservada para sólo el que cree en Cristo? Escucha la voz del mismo Señor que lo declara expresamente en el evangelio: Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. Así pues, quien no reconozca al Padre, único Dios verdadero, y a su Hijo, Jesucristo, está excluido de la eternidad de la vida. Este mismo conocimiento y esta fe son reconocidos como vida eterna. Tenemos pues, aquí el primer grado jerárquico de los cristianos, a quienes por la perseverancia en hacer el bien, porque buscaban contemplar su gloria y superar la muerte, les dará la vida eterna indudablemente aquel que dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Y en Cristo, que es la vida eterna, está la plenitud de todos los bienes.

Una segunda categoría comprende a los que, porfiados, se rebelan contra la verdad y se rinden a la injusticia. A éstos les amenaza un castigo implacable, es decir, a todo malhechor, primero al judío, pero también al griego. A estos mismos, sin embargo –pero situados en una tercera categoría–, se les promete una retribución de bienes, cuando dice: Gloria, honor y paz a todo el que practica el bien, en primer lugar al judío, pero también al griego. Esto se refiere, a mi modo de ver, a los judíos y a los griegos que todavía no han abrazado la fe.

Ahora bien: si, a lo que parece, el Apóstol condena a los paganos porque, habiendo llegado al conocimiento de Dios mediante sus luces naturales, no le dieron la gloria que como Dios se merecía, ¿cómo no pensar que hubiera podido, mejor, debido, alabarlos, caso de que entre ellos hubiera quienes, conociendo a Dios, como a Dios le hubieran glorificado? Me parece fuera de toda duda que si alguien mereciera ser condenado por sus malas obras, éste mismo sería acreedor a una remuneración por sus buenas obras caso de que hubiera obrado el bien. Atiende a lo que dice el Apóstol: Todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo para recibir premio o castigo por lo que hayamos hecho mientras teníamos nuestro cuerpo. Que viene a ser lo que dice en este mismo texto: Porque Dios no es parcial con nadie.

 

RESPONSORIO                    Rom 14, 11; Zac 8, 22
 
R./ Como está escrito: ¡Por mi vida! dice el Señor, ante mí se doblará toda rodilla, * y toda lengua alabará a Dios.
V./ Vendrán pueblos numerosos, llegarán poderosas naciones buscando al Señor del universo en Jerusalén y queriendo aplacar al Señor.
R./ Y toda lengua alabará a Dios.
 
 
ORACIÓN
 
Muéstrate propicio, Señor, a los deseos y plegarias de tu pueblo; danos luz para conocer tu voluntad y la fuerza necesaria para cumplirla. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
 



JUEVES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 2, 17-29

La desobediencia de Israel

Supongamos ahora que tú te llamas judío, que te respaldas en la ley, te glorías de Dios, conoces su voluntad y, adoctrinado por la ley, aciertas con lo mejor; con eso estás convencido de ser guía de ciegos, luz de los que viven en tinieblas, educador de ignorantes, maestro de simples, por tener el saber y la verdad plasmados en la ley.

Bueno, y enseñando a otros, ¿no te enseñas nunca a ti mismo? Predicando no se robe, ¿robas tú? Teniendo horror a los ídolos, ¿te aprovechas de sus templos? Mientras te glorías de la ley, ¿afrentas a Dios violando la ley? Claro, «por vuestra culpa maldicen los paganos el nombre de Dios», como dice la Escritura.

La circuncisión sirve ciertamente para algo si practicas la ley, pero si la violas, tu circuncisión es como si no existiera. Esto supuesto, si un pagano no circunciso cumple las exigencias de la ley, ¿no se le considerará circunciso aunque no lo esté? Físicamente no estará circuncidado, pero si observa la ley te juzgará a ti, que con todo tu código escrito y tu circuncisión violas la ley. Porque ser judío no está en lo exterior, ni circuncisión es tampoco la exterior en el cuerpo; no, judío se es por dentro, y circuncisión es la interior, hecha por el Espíritu, no por fuerza de un código; lo es el que está bien conceptuado, no por los hombres, sino por Dios.

 

RESPONSORIO                    Rom 2,28.29
 
R./ La circuncisión no es la que se hace externamente, es decir, en la carne, en el espíritu y no en la letra; * recibe la alabanza, no de los hombres sino de Dios.
V./ No es judío, el que lo es externamente sino el que lo es en lo oculto.
R./ Recibe la alabanza, no de los hombres sino de Dios.
 


SEGUNDA LECTURA

San Ambrosio de Milán, Comentario sobre el salmo 36 (16: PL 14, 973-974)

Sé hombre sujeto a Cristo, súbdito de la sabiduría de Dios

Sé súbdito del Señor e invócale. No sólo se te aconseja que estés sujeto a Dios, sino que invoques al Señor y así puedas llevar a feliz término tu deseo de sujeción a Dios. Pues añade: Encomienda tu camino al Señor, confía en él. No sólo te conviene encomendar a Dios tu camino sino también confiar en él. La verdadera sumisión no es ni abyecta ni vil, sino gloriosa y sublime, pues está sujeto a Dios, quien hace la voluntad del Señor.

Además, ¿hay alguien que ignore que la sabiduría del espíritu es superior a la sabiduría de la carne? La sabiduría del espíritu está sujeta a la ley de Dios; la sabiduría de la carne no le está sometida. Sé, pues, súbdito, es decir, próximo a Cristo: así podrás cumplir la ley. Pues Cristo, cumplió la ley haciendo la voluntad del Padre. Por eso Cristo es el fin de la ley, como es la plenitud de la caridad: pues amando al Padre, centró todo su afecto en hacer su voluntad. Por eso escribió el Apóstol en elogio suyo: Y, cuando todo esté sometido, entonces también el Hijo se someterá a Dios, al que se lo había sometido todo. Y así Dios lo será todo para todos. Y Cristo mismo dice de sí: Sólo en Dios descansa mi alma, porque de él viene mi salvación.

Finalmente, estaba sujeto a sus padres, José y María, no por debilidad, sino por devoción filial. La máxima gloria de Cristo radica en insinuarse en el corazón de todos los hombres, apartándolos de la impiedad de la perfidia y de afición al paganismo, y sometérselos a sí.

Y cuando se lo hubiere sometido todo, entrare el conjunto de los pueblos y se salvare Israel, y en todo el orbe no hubiere más que un solo cuerpo en Cristo, entonces también él se someterá al Padre, ofreciéndole en don, como príncipe de todos los sacerdotes, su propio cuerpo sobre el altar celestial. La fe de todos será el sacrificio. Por tanto, esta sumisión és una sumisión de piedad filial, pues el Señor Jesús será sometido a Dios en el cuerpo. Y nosotros somos su cuerpo y miembros de su cuerpo. Sé, pues, un hombre sujeto a Cristo, esto es, súbdito de la sabiduría de Dios, súbdito del Verbo, súbdito de la justicia, súbdito de la virtud, pues todo esto es Cristo. Que todo hombre se someta a Dios. Pues no sólo a uno, sino a todos les aconseja que sometan su corazón, su alma, su carne, para que Dios lo sea todo en todos. Sujeto es, pues, quien está lleno de gracia, quien acepta el yugo de Cristo, quien animosa y decididamente observa los mandamientos del Señor.

 

RESPONSORIO                    Heb 13, 21; 2Mac 1, 4
 
R./ Dios os confirme en todo bien para que cumpláis su voluntad, * realizando en nosotros lo que es de su agrado por medio de Jesucristo.
V./ Que abra vuestro corazón a su Ley y a sus preceptos, y os conceda la paz.
R./ Realizando en nosotros lo que es de su agrado por medio de Jesucristo.
 
 
ORACIÓN
 
Muéstrate propicio, Señor, a los deseos y plegarias de tu pueblo; danos luz para conocer tu voluntad y la fuerza necesaria para cumplirla. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
 



VIERNES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 3, 1-20
Todos los hombres bajo el dominio del pecado

–Entonces, ¿en qué es superior el judío?, ¿de qué sirve la circuncisión?

—De mucho, bajo cualquier aspecto. Ante todo, porque a ellos se les confiaron los oráculos de Dios. ¿Qué importa que algunos hayan sido infieles? ¿Es que la infidelidad de éstos va a anular la fidelidad de Dios? De ninguna manera; hay que dar por descontado que Dios es leal y que los hombres por su parte son todos desleales, como dice la Escritura: «En la sentencia tendrás razón, en el juicio resultarás inocente».

—Pero entonces, si nuestra iniquidad hace resaltar la rectitud de Dios, ¿qué se deduce? ¿No es Dios inicuo al descargar la cólera? Hablo en términos humanos.

—¡De ninguna manera! En ese caso, ¿cómo podría Dios juzgar al mundo?

—Pero si, por causa de mi deslealtad, la lealtad de Dios redunda en gloria suya, ¿por qué encima se me condena a mí como pecador?

—Y ¿por qué no decir ya «hagamos el mal para que resulte el bien»? Esa calumnia nos levantan y algunos van diciendo que eso enseñamos; razón hay para condenarlos.

—En resumidas cuentas, ¿llevamos alguna ventaja?

—Todo considerado, ninguna, porque acabamos de probar que todos, judíos y paganos, están bajo el dominio del pecado; así lo dice la Escritura: «Ninguno es inocente, ni uno solo; no hay ningún sensato que busque a Dios. Todos se extravían igualmente obstinados, no hay uno que obre bien, ni uno solo. Su garganta es un sepulcro abierto, mientras halagan con la lengua con veneno de víboras en sus labios. Su boca está llena de maldiciones y fraudes, sus pies tienen prisa para derramar sangre; destrozos y ruinas jalonan sus caminos, no han descubierto el camino de la paz. El respeto a Dios no existe para ellos».

Como sabemos, siempre que la ley habla, se dirige a sus súbditos; con esto se les tapa la boca y el mundo entero queda convicto ante Dios. Porque «ningún hombre vivo es inocente frente a ti» aduciendo que ha observado la ley, pues la función de la ley es dar conciencia del pecado.

 

RESPONSORIO                    Sal 53, 3.4; Rom 3,23.10
 
R./ Dios observa desde el cielo a los hijos de Adán, para ver si hay alguno sensato que busque a Dios. * Todos se extravían igualmente obstinados; no hay uno que obre bien, ni uno solo.
V./ Ya que todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, como está escrito: No hay nadie justo, ni siquiera uno.
R./ Todos se extravían igualmente obstinados; no hay uno que obre bien, ni uno solo.

 

SEGUNDA LECTURA

San Ambrosio de Milán, Comentario sobre el salmo 43 (75-77: PL 14,1125-1126)

Esta carne que era sombra de muerte,
comenzó a resplandecer gracias al Señor

No podemos negar que la carne puede ser humillada de muchas maneras: circunstancias de lugar, de intensidad seductora, de la misma fragilidad que da paso a la culpa. Y aun cuando fue engañado por un adversario nada despreciable, la serpiente, gozaba no obstante de una gracia singular antes de caer en el pecado: Adán vivía en presencia de Dios, en el paraíso habitaba en plena lozanía, estaba iluminado por una gracia celestial, hablaba con Dios. ¿Has leído que fuera humillado antes de que los humillara su propia prevaricación? La herencia de este vicio ha pasado hasta nosotros, de modo que mientras vivimos en esta envoltura corporal, no queremos desterrarnos del cuerpo y vivir junto al Señor. Y obrando así, humillamos nuestra alma que pugna por elevarse hacia Dios. Pero este nuestro cuerpo corruptible grava el alma y predomina el apego a la morada terrestre, hasta el punto de que el alma consagrada a Dios se inclina una y otra vez a las cosas del siglo sin lograr vivir sumisa a Dios, pues la sabiduría de la carne no sabe de sumisión, sabiduría que condiciona toda nuestra afectividad.

Si esto decimos de nosotros, ¿qué diremos de la carne de nuestro Señor Jesucristo? El, es verdad, asumió toda la realidad de esta carne, por lo cual se rebajó hasta someterse a la muerte, y a una muerte de cruz. Presta atención y sopesa cada palabra. Observa que asumió voluntariamente esta nuestra condición humana, con las obligaciones inherentes a tu condición de esclavo, y hecho semejante a cualquier hombre; no semejante a la carne, sino semejante al hombre pecador, ya que todo hombre nace bajo el dominio del pecado. Y así pasó por uno de tantos. Por eso se escribió de él: Es hombre: ¿Quién lo entenderá? (Cf. Jr 17, 9).

Hombre según la carne; superhombre según su situación. Como hombre -dice— se humilló a sí mismo, pues Dios vino a liberar a los que habían caído en la abyección. Así que él mismo se humilló por nosotros.

Por tanto, su cuerpo no es un cuerpo de muerte. ¡Todo lo contrario! Es un cuerpo de vida. Y su carne no es sombra de muerte; al revés, era fulgor de la gloria. Ni en él hay lugar para la aflicción, ya que en su cuerpo reside la gracia de la consolación para todos. Escúchale si no cuando dice: Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón. El se humilló, para que tú fueras exaltado porque el que se humilla será enaltecido. Pero no todos los que son humillados serán enaltecidos, pues a muchos el crimen los humilla para la ruina. El Señor se humilló hasta someterse a la muerte, para ser enaltecido en el mismo umbral de la muerte.

Contempla la gracia de Cristo, reflexiona sobre sus beneficios. Después de la venida de Cristo, esta carne que era sombra de muerte, comenzó a resplandecer y a tener luz propia gracias al Señor. Por eso se ha dicho: La lámpara del cuerpo es el ojo.

 

RESPONSORIO                    Col 1,21-22; Rom 3,25
 
R./ Vosotros, en otro tiempo, estabais también alejados y erais enemigos por vuestros pensamientos y malas acciones; ahora en cambio, por la muerte que Cristo sufrió en su cuerpo de carne, habéis sido reconciliados * para ser admitidos a su presencia santos, sin mancha y sin reproche.
V./ Dios lo constituyó medio de propiciación mediante la fe en su sangre.
R./ Para ser admitidos a su presencia santos, sin mancha y sin reproche.


 
ORACIÓN
 
Muéstrate propicio, Señor, a los deseos y plegarias de tu pueblo; danos luz para conocer tu voluntad y la fuerza necesaria para cumplirla. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 3, 21-31

Justicia de Dios por la fe

Ahora, la justicia de Dios, atestiguada por la ley y los profetas, se ha manifestado independientemente de la ley. Por la fe en Jesucristo viene la justicia de Dios a todos los que creen, sin distinción alguna. Pues todos pecaron y todos están privados de la gloria de Dios, y son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención de Cristo Jesús, a quien Dios constituyó sacrificio de propiciación mediante la fe en su sangre.

Así quería Dios demostrar que no fue injusto si dejó impunes con su tolerancia los pecados del pasado, con esa demostración de su rectitud en nuestros días: resulta así que él es justo y que justifica al que alega la fe en Jesús.

Y ahora, ¿dónde queda el orgullo? Eliminado. ¿Por qué régimen?, ¿por el de las obras? No, al contrario, por el régimen de la fe. Sostenemos, pues, que el. hombre es justificado por la fe, sin las obras de la ley.

¿Acaso Dios lo es solamente de los judíos? ¿No lo es también de los demás pueblos? Evidentemente que también de los demás pueblos, dado que hay un solo Dios.

Pues él justificará a los circuncisos en virtud de la fe y a los no circuncisos también por la fe.

—Entonces, con la fe, ¿derogaremos la ley?

—Nada de eso; al revés, la ley la convalidamos.

 

RESPONSORIO                    Rom 3,24.25; 5,10
 
R./ Son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención realizada en Cristo Jesús. * Dios lo constituyó medio de propiciación mediante la fe en su sangre.
V./ Cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo.
R./ Dios lo constituyó medio de propiciación mediante la fe en su sangre.
 


SEGUNDA LECTURA

San Ambrosio de Milán, Comentario sobre el salmo 118 (Sermón 1, 14-15: PL 15, 1270)

Dios nos amonestó por medio de la ley, los profetas,
el evangelio y los apóstoles

Tú promulgas tus decretos, para que se observen exactamente; ojalá esté firme mi camino, para cumplir tus designios, entonces no sentiré vergüenza al mirar tus mandatos. No promulgas –dice– tus mandatos, para que se observen, sino para que se observen exactamente. ¿Cuándo los promulgó? En el paraíso ya le mandó a Adán que observase sus mandatos, pero quizá no añadió que los observase exactamente: por eso pecó, por eso cedió a la propuesta de su mujer, por eso fue engañado por la serpiente, pensando que si derogaba sólo en parte el mandato, el error no sería tan notable. Pero una vez desviado de la senda de los mandatos, abandonó totalmente el camino. Por eso Dios le despojó de todos los dones, dejándolo desnudo.

Por lo cual el Señor, al caer el que estaba en el paraíso, te amonestó después por medio de la ley, los profetas, el evangelio y los apóstoles, que observases exactamente los mandatos del Señor tu Dios. De toda palabra falsa –dice– que hayas pronunciado darás cuenta. No te engañes: no dejará de cumplirse hasta la última letra o tilde de un mandato. No te apartes del camino. Si andando por el camino no siempre estás a resguardo de ladrones, ¿qué ocurrirá si andas vagando fuera de la senda? Que tus pies estén firmes en el camino recto y, para que puedas conservar seguro la orientación, pídele al Señor que él mismo te indique sus senderos.

Yo esperaba con ansia al Señor: él se inclinó y escuchó mi grito; afianzó mis pies sobre roca y aseguró mis pasos. Pídele tú también que asegure los pasos de tu alma, para que puedas cumplir las consignas del Señor. No sentirás vergüenza al mirar sus mandatos. Antes te avergonzaste en Adán y Eva: quedaste desnudo, te cubriste con hojas, porque estabas avergonzado. Te ocultaste a la presencia de Dios, porque estabas corrido de vergüenza, hasta el punto de que Dios hubo de preguntarte: Adán, ¿dónde estás?

Al preguntarle a él, te está preguntando a ti, pues Adán significa «hombre». De modo que cabría decir: Hombre, ¿dónde estás? Temeroso por estar desnudo y lleno de confusión, no me atreví a comparecer en tu presencia. Así pues, para no sentir vergüenza, observemos los mandatos del Señor y observémoslos enteramente. Pues de nada sirve guardar un mandato, si se conculca otro.

 

RESPONSORIO                    Cf. Tob. 4,19;14,8 - Vulgata 4,20.21;14,10.11
 
R./ En toda circunstancia bendice al Señor y suplícale que sea tu guía en todos tus caminos * y en Él se fundamenten todos tus designios.
V./ Cuida de practicar lo que a Él le agrada, en la verdad y con todas tus fuerzas.
R./ Y en Él se fundamenten todos tus designios.
 
 
ORACIÓN
 
Muéstrate propicio, Señor, a los deseos y plegarias de tu pueblo; danos luz para conocer tu voluntad y la fuerza necesaria para cumplirla. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

 

DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 4, 1-25

Abrahán, justificado por la fe

Veamos el caso de Abrahán, antepasado de nuestra raza. ¿Aceptó Dios a Abrahán por sus obras? Si es así, tiene de qué estar orgulloso; pero de hecho, delante de Dios no tiene de qué. A ver, ¿qué dice la Escritura?: «Abrahán creyó al Señor y se le contó en su haber».

Pues bien, a uno que hace un trabajo, el jornal no se le cuenta como un favor, sino como algo debido; en cambio, a éste que no hace ningún trabajo, pero tiene fe en que Dios absuelve al culpable, esa fe se le cuenta en su haber.

También David llama dichoso al que Dios cuenta como inocente, prescindiendo de sus obras: «Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito».

Ahora bien: esta bienaventuranza ¿se refiere sólo al circunciso o también al no circunciso? Hemos quedado en que «la fe de Abrahán se le contó en su haber», pero ¿cuándo se le contó: antes o después de circuncidarse? Antes, no después, y la circuncisión se le dio como señal, como sello de la justificación obtenida por la fe antes de estar circuncidado; así es padre de todos los no circuncisos que creen, contándoseles también a ellos en su haber, y al mismo tiempo de todos los circuncisos que, además de estar circuncidados, siguen las huellas de la fe que tuvo nuestro padre Abrahán antes de circuncidarse.

No fue la observancia de la ley, sino la fe, la que obtuvo para Abrahán y su descendencia la promesa de heredar el mundo. Además, si el ser herederos dependiera de observar la ley, la fe quedaría sin contenido y la promesa anulada, porque la ley no trae más que reprobación; en cambio, donde no hay ley no hay violación posible.

Por eso, como todo depende de la fe, todo es gracia: así la promesa está asegurada para toda la descendencia, no solamente para la descendencia legal, sino también para la que nace de la fe de Abrahán, que es padre de todos nosotros. Así lo dice la Escritura: «Te hago padre de muchos pueblos».

Al encontrarse con Dios que da vida a los muertos y llama a la existencia lo que no existe, Abrahán creyó. Apoyado en la esperanza creyó, contra toda esperanza, que llegaría a ser padre de muchas naciones, según lo que se le había dicho: «Así será tu descendencia». No vaciló en la fe aun dándose cuenta de que su cuerpo estaba medio muerto –tenía unos cien años- y estéril el seno de Sara. Ante la promesa no fue incrédulo, sino que se hizo fuerte por la gloria dada a Dios al persuadirse de que Dios es capaz de hacer lo que promete, por lo cual se le contó en su haber. Y no sólo por él está escrito: «Sede contó», sino también por nosotros, a quienes se contará si creemos en el que resucitó de entre los muertos, nuestro Señor Jesús, que fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación.


SEGUNDA LECTURA

Orígenes, Comentario sobre la carta a los Romanos (Lib 7: PG 14, 981-985)

Abrahán creyó en lo que había de venir, nosotros creemos
en lo que ya ha venido

Abrahán creyó al Señor y se le contó en su haber. No escribió esto Moisés para que lo leyera Abrahán, que hacía tiempo estaba muerto, sino para que, de su lectura, sacáramos nosotros provecho para nuestra fe, en la convicción de que si creemos en Dios como él creyó, también a nosotros se nos contará en nuestro haber, a nosotros que creemos en el que resucitó de entre los muertos a nuestro Señor Jesucristo. Veamos por qué, al confrontar nuestra fecon la de Abrahán, saca Pablo a colación el tema de la resurrección.

¿Es que Abrahán creyó en el que resucitó a Jesucristo de entre los muertos, cuando Jesús todavía no había resucitado de entre los muertos? Quisiera ahora considerar qué es lo que pensaba Pablo al prometernos que así como al creyente Abrahán la fe se le contó en su haber, así también a nosotros se nos contará si creemos en el que resucitó de entre los muertos a nuestro Señor Jesús.

Cuando le fue ordenado sacrificar a su hijo único, Abrahán creyó que Dios era capaz de resucitarlo de entre los muertos; creyó asimismo que aquel asunto no concernía únicamente a Isaac, sino que la plena realización del misterio estaba reservada a su posteridad, es decir, a Jesús. Por eso, ofrecía gozoso a su único hijo, porque en este acto veía no la extinción de su posteridad, sino la reparación del mundo y la renovación de todo el género humano, que se llevó a cabo por la resurrección del Señor. Por eso dice de él el Señor: Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando en ver mi día: lo vio, y se llenó de alegría.

Consideradas así las cosas, se ve muy.oportuna la comparación entre la fe de Abrahán y la de quienes creen en aquel que resucitó al Señor Jesús; pues lo que él creyó que había de venir, eso es lo que nosotros creemos ya venido.


EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS


 


LUNES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 5, 1-11
La justificación del hombre por medio de Jesucristo

Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos: y nos gloriamos, apoyados en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios.

Más aún, hasta nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce constancia; la constancia, virtud probada; la virtud, esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado.

En efecto, cuando nosotros estábamos todavía sin fuerza, Cristo, en el tiempo fijado, murió por los impíos —difícilmente se encuentra uno que quiera morir por un justo; puede ser que se esté dispuesto a morir por un hombre bueno—, pero la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros. ¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvados del castigo!

En efecto, si cuando éramos todavía enemigos de Dios fuimos reconciliados con él por la muerte, con más razón, reconciliados ya, seremos salvos por su vida. Más aún, ponemos nuestro orgullo en Dios por nuestro Señor Jesucristo, por el que ahora hemos recibido la reconciliación.

 

RESPONSORIO                    Rom 5,8-9
 
R./ Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros.
V./ ¡Con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida!
R./ Siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros.
 


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Tratado 33 sobre el evangelio de san Juan (9: CCL 36, 305-306)

Emigremos por la caridad, habitemos allá arriba.
por la caridad

Como quiera que el Espíritu Santo es el donador de la caridad de que hablamos, oye al Apóstol que dice: El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado.

¿Por qué el Señor, sólo después de su resurrección, quiso darnos el Espíritu, de quien derivan a nosotros los mayores beneficios, ya que por él el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones? ¿Qué es lo que quiso darnos a entender? Que en la resurrección nuestra caridad ha de ser ardiente, que nos aparte del amor al mundo y corra apasionadamente hacia Dios. Aquí nacemos y morimos: no amemos esto. Emigremos por la caridad,habitemos allá arriba por la caridad. Por la misma caridad con que amamos a Dios.

Durante nuestra presente peregrinación, pensemos continuamente que nuestra permanencia en esta vida es transitoria, y así, con una vida santa, nos iremos preparando un puesto allí de donde nunca habremos de emigrar. Pues nuestro Señor Jesucristo, una vez resucitado, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él, según dice el Apóstol. Esto es lo que hemos de amar.

Si vivimos, si tenemos fe en el resucitado, él nos dará, no lo que aquí aman los hombres que no aman a Dios, o que aman tanto más, cuanto menos le aman. Pero veamos qué es lo que nos ha prometido: no riquezas temporales y terrenas ni honores o ejecutorias de poder en este mundo, pues ya veis que todo esto se da también a los hombres malos, para que no sea sobrevalorado por los buenos. Ni, por último, la misma salud corporal; y no es que no la dé, sino que, como veis, se la da también al ganado. Ni una larga vida. ¿Cómo llamar largo lo que un día se acaba? Ni como algo extraordinario, nos prometió a nosotros los creyentes, la longevidad o una decrépita ancianidad, a la que todos aspiran antes de llegar y de la que todos se lamentan una vez que han llegado. Ni la belleza corporal, que la enfermedad o la deseada ancianidad hacen desaparecer.

Querer ser hermoso, querer ser anciano: he aquí dos deseos imposible de armonizar. Si eres anciano, no serás hermoso, pues cuando llega la ancianidad, huye la hermosura. Ni pueden coexistir en una misma persona el vigor de la hermosura y los lamentos de la ancianidad. Así que no es esto lo que nos prometió el que dijo: El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí, que beba: de sus entrañas manarán torrentes de agua viva.

Prometió la vida eterna, donde no hemos de temer, donde no seremos perturbados, de donde no emigraremos, en donde no moriremos; donde ni se llorará al predecesor ni se esperará al sucesor. Y por ser de este orden las cosas que prometió a los que le amamos y a los que nos urge la caridad del Espíritu Santo, por eso no quiso darnos el Espíritu hasta ser glorificado. De este modo, en su propio cuerpo pudo mostrarnos la vida, que ahora no tenemos, pero que esperamos en la resurrección.

 

RESPONSORIO                    Rom 7,6; 5,5
 
R./ Ahora, en cambio, tras morir a aquella realidad en la que nos hallábamos prisioneros, hemos sido liberados de la ley, * de modo que podamos servir en la novedad del espíritu y no en la caducidad de la letra.
V./ El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado.
R./ De modo que podamos servir en la novedad del espíritu y no en la caducidad de la letra.


 
ORACIÓN
 
Dios todopoderoso, que gobiernas a un tiempo cielo y tierra, escucha paternalmente la oración de tu pueblo y haz que los días de nuestra vida se fundamenten en tu paz. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



MARTES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 5, 12-21

Si creció el pecado, más desbordante fue la gracia

Hermanos: Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron. Porque, aunque antes de la ley había pecado en el mundo, el pecado no se imputaba porque no había ley. A pesar de eso, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una transgresión como la de Adán, que era figura del que había de venir.

Sin embargo, no hay proporción entre el delito y el don: si por la transgresión de uno murieron todos, mucho más, la gracia otorgada por Dios, el don de la gracia que correspondía a un solo hombre, Jesucristo, sobró para la multitud. Y tampoco hay proporción entre la gracia que Dios concede y las consecuencias del pecado de uno: el proceso, a partir de un solo delito, acabó en sentencia condenatoria, mientras la gracia, a partir de una multitud de delitos, acaba en sentencia absolutoria.

Por el delito de un solo hombre comenzó el reinado de la muerte, por culpa de uno solo. Cuánto más ahora, por un solo hombre, Jesucristo, vivirán y reinarán todos los que han recibido un derroche de gracia y el don de la justificación. En resumen: si el delito de uno trajo la condena a todos, también la justicia de uno traerá la justificación y la vida. Si por la desobediencia de uno todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos se convertirán en justos.

La ley se introdujo para que creciera el delito, pero, si creció el pecado, más desbordante fue la gracia. Y así como reinó el pecado, causando la muerte, así también, por Jesucristo, nuestro Señor, remará la gracia, causando una justificación que conduce a la vida eterna.

 

RESPONSORIO                    Rom 5, 20.21.19
 
R./ Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia, * para que, lo mismo que reinó el pecado a través de la muerte, así también reinara la gracia por la justicia para la vida eterna.
V. Como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos serán constituidos justos.
R./ Para que, lo mismo que reinó el pecado a través de la muerte, así también reinara la gracia por la justicia para la vida eterna.
 


SEGUNDA LECTURA

San Ambrosio de Milán, Comentario sobre el salmo 61 (4-6: PL 14, 1224-1225)

Asumió Cristo la obediencia para inoculárnosla a nosotros

Cuando nuestro Señor Jesucristo se decidió a asumir nuestra carne para purificarla en sí mismo, ¿qué es lo que primero debió abolir sino el contagio del primer pecado? Y comoquiera que la culpa había penetrado por el camino de la desobediencia, al transgredir los mandatos divinos lo primero que había que restaurar es la obediencia, para destruir de este modo el foco del error. En ella residía, en efecto, la raíz del pecado. Por eso, como buen médico, debió proceder primeramente a amputar las raíces del mal para que los bordes de la herida pudieran percibir el saludable remedio de los medicamentos. De poco serviría curar el exterior de la herida, si en el interior campan los gérmenes del contagio; más aún, la herida empeora si se cierra en el exterior, mientras en el interior los virus desencadenan los ardores de la fiebre. Porque ¿de qué serviría el perdón del pecado, si el afecto permanece intacto? Sería como cerrar una herida sin haberla sanado.

Quiso desinfectar la herida, para sanar el afecto y no dejar alternativa alguna a la desobediencia. Asumió él la obediencia para inoculárnosla a nosotros. Esto es lo que convenía, pues ya que por la desobediencia de uno la gran mayoría se convirtió en pecadora, viceversa, por la obediencia de uno, muchos se convirtieran en justos.

De donde se deduce que yerran gravemente quienes afirman que Cristo asumió la realidad de la carne humana, pero no sus tendencias; y van contra el designio del mismo Señor Jesús, quienes intentan separar al hombre del hombre, puesto que no puede existir el hombre desposeído del afecto del hombre. Pues la carne que no es sujeto de pasiones, sería inmune tanto al premio como al castigo. Debió asumir y sanar lo que en el hombre es el hontanar de la culpa, a fin de destruir la fuente del error y cerrar aquellas puertas por las que irrumpe el delito.

¿Cómo podría yo hoy reconocer al hombre Cristo Jesús, cuya carne no veo, pero cuyas pasiones leo: cómo —repito— sabría que es hombre si no hubiera sentido hambre y sed, si no hubiera llorado, si no hubiera dicho: Me muero de tristeza? Precisamente a través de todas estas manifestaciones se nos revela el hombre, que por su obras divinas es considerado superhombre. Hasta tal punto, siendo Dios, quería que se le reconociese como hombre, que él mismo se llamó hombre cuando dijo: ¿por qué tratáis de matarme a mí un hombre que os ha hablado de la verdad? El es, pues, ambas cosas en una única e indivisible unidad, recognoscible por la distinción de las obras, no por la variedad de personas. Pues no es un ser el nacido del Padre y otro el nacido de María; sino que el que procedía del Padre, tomó carne de la Virgen: asumió el afecto de la madre, para tomar sobre sí nuestras dolencias.

Así que, como hombre estuvo sujeto a la enfermedad y al dolor; y nosotros lo hemos visto hombre en el sufrimiento: pero como vencedor de las enfermedades, no vencido por las enfermedades, sufría por nosotros, no por él; se sometió a la enfermedad no a causa de sus pecados, sino a causa de los nuestros, para curarnos con sus cicatrices. Asumió nuestros pecados, para cargarlos sobre sí y para expiarlos. Por eso le dará una multitud como parte y tendrá como despojo una muchedumbre.

El cargar con nuestros pecados es para su perdón; el expiarlos, para nuestra corrección. Asumió, pues, nuestra compasión, asumió nuestra sujeción. El someterse todas las cosas es prerrogativa de su poder, el estar sometido es propio de nuestra naturaleza.

 

RESPONSORIO                    1Pe 2,21; Mt 8,17
 
R./ Cristo padeció por vosotros * dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas.
V./ Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades».
R./ Dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas.
 
 

ORACIÓN
 
Dios todopoderoso, que gobiernas a un tiempo cielo y tierra, escucha paternalmente la oración de tu pueblo y haz que los días de nuestra vida se fundamenten en tu paz. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 6, 1-11

Estáis muertos al pecado, pero vivís para Dios en Cristo Jesús

Hermanos: ¿Qué sacamos de esto? ¡Persistamos en el pecado para que cunda la gracia!

¡De ningún modo! Nosotros que hemos muerto al pecado, ¿cómo vamos a vivir todavía sujetos a él?

Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Porque, si nuestra existencia está unida a él en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la suya.

Comprendamos que nuestra vieja condición ha sido crucificada con Cristo, quedando destruida nuestra personalidad de pecadores y nosotros, libres de la esclavitud al pecado; porque el que muere ha quedado absuelto del pecado.

Por tanto, si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. Porque su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre; y su vivir es un vivir para Dios. Lo mismo vosotros, consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.

 

RESPONSORIO                    Rom 6, 4; Gal 3, 27
 
R./ Por el bautismo fuimos sepultados con Cristo en la muerte, * para que, lo mismo que Él resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva.
V./ Cuantos habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo.
R./ Para que, lo mismo que Él resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva.
 


SEGUNDA LECTURA

Orígenes, Comentario sobre la carta a los Romanos (Lib 4, 7: PG 14, 985-986)

Si creemos que Cristo resucitó para nuestra justificación,
¿cómo podemos complacemos en la injusticia?

Pero indaguemos todavía cómo es que siendo muchas las prerrogativas de Cristo —de él se dice que es la sabiduría, la virtud, la justicia, la palabra, la verdad, la vida—, el Apóstol haga especialísima mención de la resurrección de Cristo como apoyo de nuestra fe. Pues en otro sitio dices el Apóstol que Dios nos ha resucitado con Cristo y nos ha sentado en el cielo con él.

Lo que quiere decirnos es esto: Si creéis que Cristo ha resucitado de entre los muertos, creed que también vosotros habéis resucitado juntamente con él; y si creéis que en el cielo está sentado a la derecha del Padre, creeos también vosotros mismos colocados no ya en la tierra, sino en los cielos; y si creéis que habéis muerto con Cristo, creed que viviréis juntamente con él; y si creéis que Cristo murió al pecado y vive para Dios, estad también vosotros muertos al pecado y vivid para Dios. Esto es lo que con autoridad apostólica atestigua diciendo: Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra; pues el que esto hace, con su misma conducta confiesa creer en el que resucitó a nuestro Señor Jesucristo de entre los muertos, y a éste sí que la fe se le cuenta en su haber.

Pues resulta imposible que quien retenga en sí aunque sea sólo una mínima dosis de injusticia, la justicia se le cuente en su haber, aun cuando crea en el que resucitó al Señor Jesús de entre los muertos. Pues la injusticia nada puede tener en común con la justicia, como tampoco la luz con las tinieblas, la vida con la muerte. Así pues, a los que creyendo en Cristo no se despojan del hombre viejo, con sus obras injustas, la fe no se les puede contar en su haber.

De igual modo podemos decir, que como al injusto no se le puede contar la justicia en su haber, lo mismo ocurre con el impío, mientras no se despoje de la inveterada costumbre del vicio y se revista del hombre nuevo, que se va renovando como imagen de su Creador, hasta llegar a conocerlo. Por eso, hablando del Señor Jesús, añade: Que fue entregado –dice– por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación. Con lo cual quiere darnos aentender que hemos de detestar y rechazar todo aquello por lo que Cristo fue entregado.

Y si estamos convencidos de que fue entregado por nuestros pecados, ¿cómo no considerar como enemigo y contrario todo pecado, teniendo en cuenta que fue el pecado el que entregó a Cristo a la muerte? Ya que si en lo sucesivo mantenemos cualquier tipo de comunión o amistad con el pecado, estaríamos diciendo que nos importa un bledo la muerte de Cristo, aliándonos y secundando lo que él combatió y venció.

Y si estoy convencido de esto, ¿cómo es que amo lo que a Cristo le llevó a la muerte? Si estoy convencido de que Cristo resucitó para la justificación, ¿cómo puedo complacerme en la injusticia? Así pues, Cristo justifica solamente a quienes, a ejemplo de su resurrección, inician una vida nueva y deponen los antiguos hábitos de la injusticia y de la iniquidad, que son los causantes de su muerte.

 

RESPONSORIO                    2Cor 5, 15; Rom 4, 25
 
R./ Cristo murió por todos, * para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos.
 
V./ Él fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación.
R./ Para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos.
 
 
ORACIÓN
 
Dios todopoderoso, que gobiernas a un tiempo cielo y tierra, escucha paternalmente la oración de tu pueblo y haz que los días de nuestra vida se fundamenten en tu paz. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



JUEVES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 6, 12-23

Instrumentos del bien al servicio de Dios

Hermanos: Que el pecado no siga dominando vuestro cuerpo mortal, ni seáis súbditos de los deseos del cuerpo. No pongáis vuestros miembros al servicio del pecado como instrumentos del mal; ofreceos a Dios como hombres que de la muerte han vuelto a la vida, y poned a su servicio vuestros miembros, como instrumentos del bien. Porque el pecado no os dominará: ya no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia.

Pues, ¿qué? ¿Pecaremos porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia? ¡De ningún modo! ¿No sabéis que al ofreceros a alguno como esclavos para obedecerle, os hacéis esclavos de aquel a quien obedecéis: bien del pecado, para la muerte, bien de la obediencia, para la justicia?

Pero gracias a Dios, vosotros, que erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquel modelo de doctrina al que fuisteis entregados y, liberados del pecado, os habéis hecho esclavos de la justicia.

Uso un lenguaje corriente, adaptándome a vuestra debilidad, propia de hombres; quiero decir esto: si antes cedisteis vuestro cuerpo como esclavo a la impureza y la maldad, para que se realizase el mal, ponedlo ahora al servicio de Dios libertador, para que os santifiquéis.

Cuando erais esclavos del pecado, no pertenecíais al Dios libertador. ¿Qué frutos dabais entonces? Los que ahora consideráis un fracaso, porque acaban en la muerte. Ahora, en cambio, emancipados del pecado y hechos esclavos de Dios, producís frutos que llevan a la santidad y acaban en vida eterna. Porque el pecado paga con muerte, mientras Dios regala vida eterna por medio de Cristo Jesús, Señor nuestro.

 

RESPONSORIO                    Rom 6, 22.16
 
R./ Liberados del pecado y hechos esclavos de Dios, * dais frutos para la santidad que conducen a la vida eterna.
V./ ¿No sabéis que, cuando os ofrecéis a alguien como esclavos para obedecerle, os hacéis esclavos de aquel a quien obedecéis: bien del pecado, para la muerte, bien de la obediencia, para la justicia?
R./ Dais frutos para la santidad que conducen a la vida eterna.
 


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Tratado 41 sobre el evangelio de san Juan (4-5: CCL 36, 360)

El medio que separa es el pecado, el mediador
que reconcilia es el Señor Jesús

De balde os vendieron, y sin pagar os rescataré. Es el Señor quien habla: él entregó el precio, no en dinero, sino su propia sangre, pues nosotros continuábamos siendo esclavos y menesterosos.

De este tipo de esclavitud sólo el Señor puede liberarnos. El que no la sufrió, nos libera de ella, pues es el único que nació sin pecado. Pues los niños que veis en brazos de sus madres, todavía no andan y ya están cautivos: heredaron de Adán lo que Cristo viene a desatar. También a ellos les llega, por el bautismo, esta gracia que el Señor promete. Del pecado únicamente puede liberar, el que nació sin pecado y se constituyó sacrificio por el pecado. Acabáis de escuchar al Apóstol: Actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por nuestro medio. En nombre de Cristo os pedimos, es decir, como si el mismo Cristo os lo pidiese. ¿Qué? Que os reconciliéis con Dios.

Si el Apóstol nos exhorta y nos pide que nos reconciliemos con Dios, es que éramos enemigos de Dios, pues nadie se reconcilia sino con los enemigos. Y nos había enemistado no la naturaleza, sino el pecado. El origen de nuestra enemistad con Dios es el mismo de nuestra esclavitud al pecado. Ningún ser libre es enemigo de Dios: para serlo tienen que ser esclavos, y esclavos seguirán siendo mientras no sean liberados por aquel del que, pecando, quisieron ser enemigos. Así pues, en nombre de Cristo –dice– os pedimos que os reconciliéis con Dios.

¿Y cómo podemos reconciliarnos si no se elimina lo que se interpone entre él y nosotros? Pues dice Dios por boca del profeta: No es tan duro de oído que no pueda oír; son vuestras culpas las que crean separación entre vosotros y vuestro Dios.

Por tanto, no es posible la reconciliación si no se retira lo que está en medio, y se pone lo que en medio debe estar. Pues hay un medio que separa, pero hay también un mediador que reconcilia: el medio que separa es el pecado, el mediador que reconcilia es nuestro Señor Jesucristo: Uno solo es el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús.

Pues bien: para derribar el muro de separación que es el pecado, vino aquel mediador que, siendo sacerdote, él mismo se hizo víctima. Y porque Cristo se hizo víctima por el pecado, ofreciéndose a sí mismo como holocausto en la cruz de su pasión, sigue diciendo el Apóstol: Después de haber dicho: En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios, como si dijéramos: ¿Cómo podríamos reconciliarnos?, responde: Al que no había pecado, es decir, al mismo Señor, Dios lo hizo expiar nuestros pecados, para que nosotros, unidos a él, recibamos la salvación de Dios. Al mismo –dice– Cristo Dios, que no había pecado. Vino en la carne, esto es, en una carne semejante a la del pecado, pero no en una carne pecadora, pues él no cometió ni sombra de pecado; y así se hizo verdadera víctima por el pecado, ya que él no cometió pecado alguno.

 

RESPONSORIO                    1Ped 2 ,22.24; Is 53 ,5
 
R./ Él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca; Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño,* para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia.
V./ Nuestro castigo saludable cayó sobre él,
sus cicatrices nos curaron.
R./ Para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia.


 
ORACIÓN
 
Dios todopoderoso, que gobiernas a un tiempo cielo y tierra, escucha paternalmente la oración de tu pueblo y haz que los días de nuestra vida se fundamenten en tu paz. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 


 


VIERNES

PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romamos 7, 1-13

No tuve conciencia del pecado sino por la ley

¿Acaso ignoráis, hermanos (y hablo a gente de leyes) que la ley obliga al individuo sólo mientras vive? Así, una mujer casada está legalmente vinculada al marido mientras él está vivo, pero si el marido muere, queda exenta de las leyes del matrimonio. Consecuencia: que si va con otro mientras vive el marido, se le declara adúltera, en cambio muerto el marido, está exenta de las leyes del matrimonio y si va con otro, no es adúltera.

Pues bueno, hermanos míos, en el cuerpo de Cristo os hicieron morir a la ley; así pudisteis ser de otro, del que resucitó de la muerte, y empezar a ser fecundos para Dios. Cuando estabais sujetos a los bajos instintos, las pasiones pecaminosas que atiza la ley activaban en nuestro cuerpo una fecundidad de muerte; ahora, en cambio, al morir a lo que nos tenía cogidos, quedamos exentos de la ley; así podemos servir en virtud de un espíritu nuevo, no de un código anticuado.

—Conclusión: que la ley es sinónimo de pecado.

—¡Ni mucho menos! Es verdad que si descubrí el pecado fue sólo por la ley. Yo realmente no sabía lo que era el deseo hasta que la ley no dijo: «No desearás», y entonces el pecado, tomando pie del mandamiento, provocó en mí toda clase de deseos. De hecho, en ausencia de ley, el pecado está muerto, mientras yo, antes, cuando no había ley estaba vivo. Pero al llegar el mandamiento, recobró vida el pecado y morí yo: me encontré con que el mismo mandamiento destinado a dar vida daba muerte, porque el pecado, tomando pie del mandamiento, me engañó y, con el mandamiento, me mató.

—Así que la ley es santa y el mandamiento es santo, justo y bueno. En todo caso, eso en sí bueno se convirtió en muerte para mí.

—No, tampoco, sino que el pecado aparece como pecado porque utiliza eso en sí bueno para provocarme la muerte; de ese modo, gracias al mandamiento, resalta hasta el extremo lo criminal del pecado.

 

RESPONSORIO                    Rom 7, 6; 5, 5
 
R./ Hemos sido liberados de la ley, * de modo que podamos servir en la novedad del espíritu y no en la caducidad de la letra.
V./ El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado.
R./ De modo que podamos servir en la novedad del espíritu y no en la caducidad de la letra.
 


SEGUNDA LECTURA

San Basilio Magno, Regla mayor (2, 2-4: PG 31, 914-915)

¿Cómo pagaremos al Señor todo el bien
que nos ha hecho?

¿Qué lenguaje será capaz de explicar adecuadamente los dones de Dios? Son tantos que no pueden contarse, y son tan grandes y de tal calidad que uno solo de ellos merece toda nuestra gratitud.

Pero hay uno al que por fuerza tenemos que referirnos, pues nadie que esté en su sano juicio dejará de hablar de él, aunque se trate en realidad del más inefable de los beneficios divinos; es el siguiente: Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, lo honró con el conocimiento de sí mismo, lo dotó de razón, por encima de los demás seres vivos, le otorgó poder gozar de la increíble belleza del paraíso y lo constituyó, finalmente, rey de toda la creación. Después, aunque el hombre cayó en el pecado, engañado por la serpiente, y, por el pecado, en la muerte y en las miserias que acompañan al pecado, a pesar de ello, Dios no lo abandonó; al contrario, le dio primero la ley, para que le sirviese de ayuda, lo puso bajo la custodia y vigilancia de los ángeles, le envió a los profetas, para que le echasen en cara sus pecados y le mostrasen el camino del bien, reprimió, mediante amenazas, sus tendencias al mal y estimuló con promesas su esfuerzo hacia el bien, manifestando en varias ocasiones por anticipado, con el ejemplo concreto de diversas personas, cuál sea el término reservado al bien y al mal. Y, aunque nosotros, después de todo esto, perseveramos en nuestra contumacia, no por ello se apartó de nosotros.

La bondad del Señor no nos dejó abandonados y, aunque nuestra insensatez nos llevó a despreciar sus honores, no se extinguió su amor por nosotros, a pesar de habernos mostrado rebeldes para con nuestro bienhechor; por el contrario, fuimos rescatados de la muerte y restituidos a la vida por el mismo nuestro Señor Jesucristo; y la manera como lo hizo es lo que más excita nuestra admiración. En efecto, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo.

Más aún, soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores, fue traspasado por nuestras rebeliones, sus cicatrices nos curaron; además, nos rescató de la maldición, haciéndose por nosotros un maldito, y sufrió la muerte más ignominiosa para llevarnos a una vida gloriosa. Y no se contentó con volver a dar vida a los que estaban muertos, sino que los hizo también partícipes de su divinidad y les preparó un descanso eterno y una felicidad que supera toda imaginación humana.

¿Cómo pagaremos, pues, al Señor todo el bien que nos ha hecho? Es tan bueno que la única paga que exige es que lo amemos por todo lo que nos ha dado. Y, cuando pienso en todo esto —voy a deciros lo que siento—, me horrorizo de pensar en el peligro de que alguna vez, por falta de consideración o por estar absorto en cosas vanas, me olvide del amor de Dios y sea para Cristo causa de vergüenza y oprobio.

 

RESPONSORIO                    Cf. Sal 102, 2.4; Gal 2, 20
 
R./ Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios. Él rescata tu vida de la fosa,
y * te colma de gracia y de ternura.
V./ El Hijo de Dios me amó y se entregó por mí.
R./ Te colma de gracia y de ternura.
 
 
ORACIÓN
 
Dios todopoderoso, que gobiernas a un tiempo cielo y tierra, escucha paternalmente la oración de tu pueblo y haz que los días de nuestra vida se fundamenten en tu paz. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 7, 14-25

Yo soy un hombre de carne y hueso
vendido como esclavo al pecado

La ley es espiritual, de acuerdo, pero yo soy un hombre de carne y hueso, vendido como esclavo al pecado. Lo que realizo no lo entiendo, pues lo que yo quiero, eso no lo ejecuto, y, en cambio, lo que detesto, eso lo hago. Ahora, si lo que hago es contra mi voluntad, estoy de acuerdo con la ley en que ella es excelente, pero entonces ya no soy yo el que realiza eso, es el pecado que habita en mí.

Sé muy bien que no es bueno eso que habita en mí, es decir, en mis bajos instintos; porque el querer lo bueno lo tengo a mano, pero el hacerlo, no. El bien que quiero no lo hago; el mal que no quiero hacer, eso es lo que hago. Entonces, si hago precisamente lo que no quiero, señal que no soy yo el que actúa, sino el pecado que llevo dentro.

Cuando quiero hacer lo bueno, me encuentro inevitablemente con lo malo en las manos. En mi interior me complazco en la ley de Dios, pero percibo en mi cuerpo un principio diferente que guerrea contra la ley que aprueba mi razón, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mi cuerpo. En una palabra: yo de por mí, por un lado, con mi razón, estoy sujeto a la ley de Dios; por otro, con mis bajos instintos, a la ley del pecado.

¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este ser mío, presa de la muerte? Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, y le doy gracias.

 

RESPONSORIO                    Gal 5, 18.22.25
 
R./ Si sois conducidos por el Espíritu, no estáis bajo la ley. * El fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz.
V./ Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu.
R./ El fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz.
 


SEGUNDA LECTURA

San Buenaventura, Breviloquio (Prólogo: Opera omnia 5, 201-202)

Del conocimiento de Jesucristo dimana la comprensión
de toda la sagrada Escritura

El origen de la sagrada Escritura no hay que buscarlo en la investigación humana, sino en la revelación divina, qué procede del Padre de los astros, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra, de quien, por su Hijo Jesucristo, se derrama sobre nosotros el Espíritu Santo, y, por el Espíritu Santo, que reparte y distribuye a cada uno sus dones como quiere, se nos da la fe, y por la fe habita Cristo en nuestros corazones. En esto consiste el conocimiento de Jesucristo, conocimiento que es la fuente de la que dimana la firmeza y la comprensión de toda la sagrada Escritura. Por esto, es imposible penetrar en el conocimiento de las Escrituras, si no se tiene previamente infundida en sí la fe en Cristo, la cual es como la luz, la puerta y el fundamento de toda la Escritura. En efecto, mientras vivimos en el destierro lejos del Señor, la fe es el fundamento estable, la luz directora y la puerta de entrada de toda iluminación sobrenatural; ella ha de ser la medida de la sabiduría que se nos da de lo alto, para que nadie quiera saber más de lo que conviene, sino que nos estimemos moderadamente, según la medida de la fe que Dios otorgó a cada uno.

La finalidad o fruto de la sagrada Escritura no es cosa de poca importancia, pues tiene como objeto la plenitud de la felicidad eterna. Porque la Escritura contiene palabras de vida eterna, puesto que se ha escrito no sólo para que creamos, sino también para que alcancemos la vida eterna, aquella vida en la cual veremos, amaremos y serán saciados todos nuestros deseos; y, una vez éstos saciados, entonces conoceremos verdaderamente lo que trasciende toda filosofía: el amor cristiano, y así llegaremos a la plenitud total de Cristo. En esta plenitud, de que nos habla el Apóstol, la sagrada Escritura se esfuerza por introducirnos. Esta es la finalidad, ésta es la intención que ha de guiarnos al estudiar, enseñar y escuchar la sagrada Escritura.

Y, para llegar directamente a este resultado, a través del recto camino de las Escrituras, hay que empezar por el principio, es decir, debemos acercarnos, sin otro bagaje que la fe, al Padre de los astros, doblando las rodillas de nuestro corazón, para que él, por su Hijo, en el Espíritu Santo, nos dé el verdadero conocimiento de Jesucristo y, con el conocimiento, el amor, para que así, conociéndolo y amándolo, fundamentados en la fe y arraigados en la caridad, podamos conocer lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo de la sagrada Escritura y, por este conocimiento, llegar al conocimiento pleno y al amor extático de la santísima Trinidad; a ello tienden los anhelos de los santos, en ello consiste la plenitud y la perfección de todo lo bueno y verdadero.

 

RESPONSORIO                    Lc 24, 27.25
 
R./ Comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, * Jesús les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.
V./ «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas!
R./ Jesús les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.


 
ORACIÓN
 
Dios todopoderoso, que gobiernas a un tiempo cielo y tierra, escucha paternalmente la oración de tu pueblo y haz que los días de nuestra vida se fundamenten en tu paz. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

 

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 8,1-17

No procedemos según la carne, sino según el Espíritu

Hermanos: Ahora no pesa condena alguna sobre los que están unidos a Cristo Jesús, pues, por la unión con Cristo Jesús, la ley del Espíritu de vida me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.

Lo que no pudo hacer la ley, por causa de la debilidad humana, lo ha hecho Dios: envió a su Hijo en una condición pecadora como la nuestra, haciéndolo víctima por el pecado, y en su carne mortal condenó el pecado. Así, la justicia que proponía la ley puede realizarse en nosotros, que ya no procedemos dirigidos por la carne, sino por el Espíritu.

Los que se dejan dirigir por la carne tienden a lo carnal; en cambio, los que se dejan dirigir por el Espíritu tienden a lo espiritual. Nuestra carne tiende a la muerte; el Espíritu, a la vida y a la paz. Porque la tendencia de la carne es rebelarse contra Dios; no sólo no se somete a la ley de Dios, ni siquiera lo puede. Los que viven sujetos a la carne no pueden agradar a Dios.

Pero vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al Espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Pues bien, si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el Espíritu vive por la justificación obtenida. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.

Así pues, hermanos, estamos en deuda, pero no con la carne para vivir carnalmente. Pues si vivís según la carne, vais a la muerte; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis.

Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios. Habéis recibido, no un Espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un Espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: «¡Abba!» (Padre). Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios; y, si somos hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, ya que sufrimos con él para ser también con él glorificados.

 

RESPONSORIO                    Rom 8,3.4; Is 43,12.11
 
R./ Dios: enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y en orden al pecado, condenó el pecado en la carne, * para que la justa V./ exigencia de la ley se cumpliera en nosotros.
Porque expuso su vida a la muerte; mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos, él tomó el pecado de muchos.
R./ Para que la justa exigencia de la ley se cumpliera en nosotros.
 


SEGUNDA LECTURA

San Juan Crisóstomo, Homilía 14 sobre la carta a los Romanos (3: PG 60, 527-528)

Somos, no simplemente herederos,
sino coherederos con Cristo

Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios. Habéis recibido, no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un Espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: «¡Abba!» (Padre).

Cuán maravilloso sea esto, lo saben muy bien los iniciados, a quienes se les hace decir por primera vez en la oración dominical. Y ¿por qué así?, me dirás. ¿Es que los antepasados no llamaban a Dios «Padre»? ¿No oyes decir a Moisés: ¿Olvidaste al Dios que te dio a luz? Es verdad, y podrían aducirse otros pasajes más; pero nunca les vemos llamar a Dios por este nombre ni invocarle como Padre.

En cambio, a todos nosotros, sacerdotes y fieles, príncipes y súbditos, se nos ordena orar de este modo y esta es la primera palabra que pronunciamos después de aquel maravilloso nacimiento, después del nuevo y estupendo rito de los neófitos. Además, aun cuando ellos en contadas ocasiones le hubieran invocado con este nombre, lo habrían hecho instintivamente, mientras que los que viven en la economía de la gracia, lo sienten Padre movidos por el Espíritu. Pues así como existe el espíritu de sabiduría por el que los ignorantes se convirtieron en sabios, como nos lo demuestra su doctrina, y el espíritu de fortaleza por el que hombres débiles resucitaron a muertos y arrojaron demonios, y el espíritu o don de curar, y el espíritu de profecía y el don de lenguas, así existe también el Espíritu de hijos adoptivos.

Y así como conocemos el espíritu de profecía cuando quien lo posee predice el futuro, diciendo no lo que él piensa, sino lo que la gracia le impulsa a decir, así reconocemos el espíritu de adopción filial cuando el que lo ha recibido, movido por el Espíritu Santo, llama a Dios Padre. Y para demostrar la autenticidad de lo que afirma, el Apóstol echa mano de la lengua hebrea: pues no dice solamente «Padre», sino «Abba, Padre», expresión con que los verdaderos hijos designan a su papá.

Por esta razón, después de haber señalado la diferencia derivada del proyecto de vida, de la gracia recibida y de la libertad, aduce otro testimonio de la excelencia de esta adopción. ¿Cuál? Ese Espíritu –dice– y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios; y, si somos hijos, también herederos. Herederos ¿de quién? Herederos de Dios. Por eso añade: Herederos de Dios. Y no sólo herederos, sino lo que es más admirable todavía: Coherederos con Cristo.

¿Ves cómo se esfuerza por acercarnos a Dios? Y como quiera que no todos los hijos son herederos, precisa que nosotros somos ambas cosas: hijos y herederos. Y como no todos los herederos heredan grandes riquezas, demuestra que incluso esto lo hemos obtenido quienes somos hijos de Dios. Más aún: como puede ocurrir que uno sea heredero de Dios, pero no precisamente coheredero del Unigénito, insiste en que nosotros hemos logrado también esto. Ahora bien: si ser hijo es de suyo una gracia inefable, piensa lo maravilloso que es ser heredero. Y si esto es ya extraordinario, mucho más lo es ser también coheredero.

Y luego de haber demostrado que no es sólo don de la gracia, sintonizando la fe con sus afirmaciones, añade: Ya que sufrimos con él para ser también con él glorificados. Si compartimos sus padecimientos, mucho más compartiremos sus premios. El que fue tan pródigo en dones con quienes todavía nada bueno habían hecho, cuando vea las fatigas y los padecimientos que hemos soportado, ¿cómo no va a colmarnos con mayor abundancia de bienes?

 

RESPONSORIO                    Rom 8, 16-17; Tt 3, 4.5.7
R./ El mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo; * de modo que, si sufrimos con él, seremos también glorificados con él.
V./ Dios nuestro Salvador y su amor al hombre, nos salvó por el baño del nuevo nacimiento, para que, justificados por su gracia, seamos, en esperanza, herederos de la vida eterna.
R./ De modo que, si sufrimos con él, seremos también glorificados con él.


 
ORACIÓN
 
Dios todopoderoso y eterno, ayúdanos a llevar una vida según tu voluntad, para que podamos dar en abundancia frutos de buenas obras en nombre de tu Hijo predilecto. Que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 


EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 8, 18-39

Nada puede apartarnos del amor de Dios
manifestado en Cristo Jesús

Hermanos: Sostengo que los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá. Porque la creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios; ella fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por uno que la sometió: pero fue con la esperanza de que la creación misma se vería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entraren la libertad gloriosa de los hijos de Dios.

Porque sabemos que hasta hoy la creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto. Y no sólo eso; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo. Porque en esperanza fuimos salvados. Y una esperanza que se ve ya no es esperanza. ¿Cómo seguirá esperando uno aquello que se ve? Cuando esperamos lo que no vemos, aguardamos con perseverancia.

Pero además el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables. Y el que escudriña los corazonessabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios.

Sabemos también que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien: a los que ha llamado conforme a su designio. A los que había escogido, Dios los predestinó a ser imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito de muchos hermanos. A los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó.

¿Cabe decir más? Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? ¿Dios, el que justifica? ¿Quién condenará? ¿Será acaso Cristo, que murió, más aún, resucitó y está a la derecha de Dios, y que intercede por nosotros?

¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?: ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?, como dice la Escritura: «Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de matanza».

Pero en todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro.

 

RESPONSORIO                    Rom 8, 26; Zac 12, 9.20
 
R./ El Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero * el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables.
V./ Aquel día, dice el Señor, derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de perdón y de oración.
R./ El Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables.
 


SEGUNDA LECTURA

San Juan Crisóstomo, Homilía 15 sobre la carta a los Romanos (2: PG 60, 542-543)

Lo que parecía molesto, es lo que ha salvado
a todo el mundo

A los que llamó, los justificó. Los justificó por el baño regenerador. A los que justificó, los glorificó. Los glorificó por la gracia, por la adopción. ¿Cabe decir más? Que es como si dijera: No me hables más de peligros ni de insidias tramadas por todos. Pues si es verdad que hay quienes' no tienen fe en los bienes futuros, no pueden negar sin embargo la evidencia de los bienes ya recibidos: por ejemplo, el amor que Dios te ha mostrado, la justificación, la gloria.

Y todo esto se te ha concedido en atención a lo que parecía molesto: y todo aquello que tú considerabas deshonroso: cruz, las torturas, las cadenas, fue lo que restableció el orden en todo el mundo. Y así como él se sirvió de su pasión, es decir de aquello que se presentaba como sufrimiento, para restablecer la libertad y la salvación de toda la naturaleza humana, así obra contigo: cuando sufres, se sirve de este sufrimiento para tu salvación y para tu gloria.

Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? ¿Quién no está contra nosotros?, se pregunta. Pues hemos de admitir que todo el mundo, dictadores, pueblos, parientes y conciudadanos están contra nosotros. Sin embargo, todos esos que están contra nosotros están tan lejos de hacernos mal que hasta son agentes involuntarios de nuestras victorias y de los beneficios mil que nos vienen, pues la sabiduría de Dios troca sus asechanzas en salvación y gloria para nosotros.

¿Ved cómo nadie está contra nosotros? Pues lo que más renombre dio a Job fue precisamente que el diablo en persona tomó las armas contra él: se valió contra él de sus amigos, de su esposa, de las llagas, de los criados, urdiendo contra él mil otras maquinaciones. Y no obstante no le sucedió ningún mal. Si bien todo esto, con ser una gran cosa, no es la mayor: lo realmente extraordinario es que todo esto se trocó en bien y en una ganancia. Como Dios estaba de su parte, todo lo que parecía conspirar contra él, cedía en favor suyo.

Les pasó lo mismo a los apóstoles: judíos, paganos, falsos hermanos, príncipes, pueblos, hambre, pobreza y otras muchas cosas se pusieron en contra suya. Pero nada pudo contra ellos. Y lo más maravilloso era que todo esto les hacía más espléndidos, ilustres y dignos de alabanza ante Dios y los hombres. Por eso dice: Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?

Y no contento con lo dicho, te pone en seguida ante la mayor prueba de amor de Dios para con nosotros, prueba sobre la que insiste una y otra vez: la muerte del Hijo. No sólo —dice— nos justificó, nos glorificó y nos predestinó a ser imagen suya, sino que no perdonó a su Hijo por ti. Por eso añadió: El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ¿Cómo podrá abandonarnos quien por nosotros no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros? Piensa en el gran peso de bondad que supone no perdonar asu propio Hijo, sino entregarlo y entregarlo por todos, por los hombres viles, ingratos, enemigos y blasfemos. ¿cómo no nos dará todo con él? Es como decir: si nos ha dado a su Hijo, y no sólo nos lo ha dado, sino que lo entregó a la muerte, ¿cómo puedes dudar de lo demás, si has recibido al Señor? ¿Cómo puedes abrigar dudas respecto a las posesiones, poseyendo al Señor?

 

RESPONSORIO                    Rom 8,36-37; Sal 43,18
 
R./ Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de matanza. * Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado.
V./ Todo esto nos viene encima, sin haberte olvidado.
R./ Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado.


 
ORACIÓN
 
Dios todopoderoso y eterno, ayúdanos a llevar una vida según tu voluntad, para que podamos dar en abundancia frutos de buenas obras en nombre de tu Hijo predilecto. Que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



MARTES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 9, 1-18

Dios tiene misericordia de quien quiere
y deja endurecerse a quien quiere

Hermanos: Como cristiano que soy, voy a ser sincero; mi conciencia, iluminada por el Espíritu Santo, me asegura que no miento. Siento una gran pena y un dolor incesante, pues por el bien de mis hermanos, los de mi raza y sangre, quisiera incluso ser un proscrito lejos de Cristo.

Ellos descienden de Israel, fueron adoptados como hijos, tienen la presencia de Dios, la alianza, la ley, el culto y las promesas. Suyos son los patriarcas, de quienes, según la carne, nació el Mesías, el que está por encima de todo: Dios bendito por los siglos. Amén.

No es que Dios haya faltado a su palabra, es que no todos los descendientes de Israel son pueblo de Israel, como no todos los descendientes de Abrahán son hijos de Abrahán; no, «por Isaac continuará tu apellido». Es decir, que no es la generación natural la que hace hijos de Dios, es lo engendrado en virtud de la promesa lo que cuenta como descendencia, pues aquel dicho contenía una promesa: «Volveré por este tiempo y Sara tendrá ya un hijo».

Pero hay más: Rebeca concibió dos gemelos de Isaac nuestro antepalado. Pues bien, para continuar el propósito de Dios de elegir no por las obras, sino porque él llama, antes de que nacieran y pudieran hacer nada bueno ni malo, -se dijo a Rebeca: «El mayor será siervo del menor», conforme a la otra Escraura: «Quise a Jacob más que a Esaú».

—¿Qué se concluye? ¿Que Dios es injusto?

—¡De ninguna manera! De hecho, él le dijo a Moisés: «Tendré misericordia de quien yo quiera y compasión de quien yo quiera». En consecuencia, la cosa no está en que uno quiera o se afane, sino en que Dios tenga misericordia, pues se dice al Faraón en la Escritura: «Con este solo fin te he suscitado, para mostrar en ti mi fuerza y que se extienda mi fama por toda la tierra». En conclusión: Dios tiene misericordia de quien quiere y deja endurecerse a quien quiere.

 

RESPONSORIO                    Rom 9, 4.8.6
 
R./ A los israelitas pertenecen el don de la filiación adoptiva, la gloria, las alianzas, el don de la ley, el culto y las promesas: * Los hijos de Dios no son los hijos de la carne, sino que los hijos de la promesa son los que se cuentan como descendencia.
V./ No todos los que proceden de Israel son Israel.
R./ Los hijos de Dios no son los hijos de la carne, sino que los hijos de la promesa son los que se cuentan como descendencia.
 


SEGUNDA LECTURA

San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el evangelio de san Juan (Lib 10: PG 74, 386-387)

Son peregrinos y extranjeros en la tierra
quienes viven una vida celestial

Está escrito en el libro de Moisés que Abrahán creyó en Dios y la fe se le contó en su haber y fue llamado amigo de Dios. ¿Cuál fue la razón de su fe y por qué fue llamado amigo de Dios? Se le dijo: Sal de tu tierra y de la casa de tu padre hacia la tierra que te mostraré. Y cuando le fue ordenado inmolar a su unigénito como figura de Cristo, le fue revelado el secreto designio de Dios. Justamente dijo el Salvador hablando de él a los judíos: Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando en ver mi día: lo vio, y se llenó de alegría.

Así pues, a causa de su obediencia y de su sacrificio, el hombre de Dios Abrahán fue llamado amigo de Dios y fue ceñido de la gloria de la justicia. Y no sólo eso, sino que honrado con el privilegio de hablar con Dios, le fueron revelados los planes de Dios que habrían de realizarse en la plenitud de los tiempos.

Y fue precisamente en la plenitud de los siglos cuando Cristo, la víctima santa y verdaderamente sagrada que quita el pecado del mundo, murió por nosotros. Pero hazme caso, por favor, y observa cómo las mismas cosas se realizan en plenitud también en aquellos que son sublimados a la amistad de nuestro Salvador Jesucristo. También ellos escucharon: Sal de tu tierra. Orden que cumplieron tan esforzadamente como puedes deducir de sus palabras: No tenemos aquí ciudad permanente, sino que andamos en busca de la futura, cuyo arquitecto y constructor iba a ser Dios. Pues son peregrinos y extranjeros en la tierra quienes viven una vida celestial y, unidos a Dios con los vínculos del afecto y del interés sobrenatural, abandonan la tierra trabajados por el deseo de la suprema mansión. Es la mansión que les muestra el Salvador cuando dice: Me voy a prepararos sitio; y cuando vuelva os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Escucharon que era necesario salir de la casa paterna.

¿Pero cómo podremos demostrarlo? Aduciré como testigo al mismo Cristo: El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí. No cabe duda de que la amistad de Dios es muy superior a la amistad terrena y a la más allegada parentela y, para los que le aman, el amor de Cristo es más fuerte que cualquier otro amor. Y al bienaventurado Abrahán le fue ordenado ofrecer su hijo como holocausto de suave olor, mientras que a éstos se les ordena que, ceñidos de la justicia y de la fe, se ofrezcan a sí mismos y no a otros. Os exhorto —dice— a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable. También se escribió de ellos: Los que son de Cristo Jesús han crucificado su carne con sus pasiones y deseos.

Además, también ellos comprendieron el misterio de Cristo. Pues saben que, a cambio de su amor a Cristo y como premio a sus trabajos se les galardonará con las prerrogativas del siglo futuro y con la gloria de la vida eterna. Y así, lo mismo que Abrahán, serán tenidos por justos y llamados amigos de Dios.

 

RESPONSORIO                    2Cor 5, 7-9; Heb 13, 14
 
R./ Caminamos en fe y no en visión. Pero estamos de buen ánimo y preferimos ser desterrados del cuerpo y vivir junto al Señor. * Por lo cual, en destierro o en patria, nos esforzamos en agradarle.
V./ Aquí no tenemos ciudad permanente, sino que andamos en busca de la futura.
R./ Por lo cual, en destierro o en patria, nos esforzamos en agradarle.


 
ORACIÓN
 
Dios todopoderoso y eterno, ayúdanos a llevar una vida según tu voluntad, para que podamos dar en abundancia frutos de buenas obras en nombre de tu Hijo predilecto. Que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 9, 19-33
La libre omnipotencia del Creador

Ahora me dirás tú: ¿Y por qué todavía se queja? ¿Quién puede resistir a su voluntad?

¡Vamos hombre! ¿Quién eres tú para contestarle a Dios? «¿Va a decirle la arcilla al que la modela»: por qué me has hecho así? ¿No tiene el alfarero derecho sobre la arcilla para hacer del mismo barro un objeto de valor y uno ordinario?

¿Y si Dios quisiera mostrar su reprobación y manifestar su potencia soportando con mucha paciencia a los que eran objeto de reprobación, ya pronto para destruirlos, y dar a conocer su inagotable esplendidez con los que eran objeto de misericordia, que él había preparado para su gloria?... que somos nosotros, llamados además por él no sólo de entre los judíos, sino también de entre los paganos. Eso es lo que dice en el libro de Oseas:

«Llamaré pueblo mío al que no es mi pueblo, a la no amada la llamaré amada mía; y en el mismo sitio donde les dijeron no sois mi pueblo, los llamarán hijos de Dios».

Isaías por su parte, clama a propósito de Israel:

«Aunque el número de los hijos de Israel fuese como 'la arena del mar, se salvará sólo el residuo, porque sin mengua y sin tardanza cumplirá el Señor su palabra en la tierra».

Pero también predijo Isaías:

«Si el Señor de los ejércitos no nos hubiera dejado una semilla, seríamos como Sodoma, nos pareceríamos a Gomorra».

¿Qué se concluye? Que los paganos, que no tenían por meta una justificación, consiguieron una justificación, la justificación por la fe. Israel, en cambio, que tenía por meta una ley justificadora, no llegó a la ley. ¿Qué pasó? Que, al no apoyarse en la fe, sino, como ellos sostienen, en las obras, tropezaron con el obstáculo de esa piedra que menciona la Escritura:

«Mirad, coloco en Sión una piedra de obstáculo, una roca para caerse, pero quien crea en ella no quedará defraudado».

 

RESPONSORIO                    Os 2, 25; Rom 9, 23.25
 
R./ Yo la sembraré para mí en el país, tendré compasión de “No compadecida”, * y al que no es pueblo mío lo llamaré pueblo mío y a la que no es amada la llamaré amada.
V./ Dios con el fin de dar a conocer la riqueza de su gloria en favor de los objetos de misericordia preparados para la gloria. Y estos tales somos nosotros, a los que ha llamado no solo de entre los judíos, sino también de entre los gentiles, 25 según afirma también en el profeta Oseas:
R./ Al que no es pueblo mío lo llamaré pueblo mío y a la que no es amada la llamaré amada.
 


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Comentario sobre la carta a los Gálatas (Lib 1, 27-28: CSEL 84, 92-94)

La única descendencia de Abrahán: Cristo y la Iglesia

La ley –dice el Apóstol– fue nuestro pedagogo hasta que llegara Cristo. He aquí sus palabras: Estábamos prisioneros, custodiados por la ley. Una vez que la fe ha llegado, ya no estamos sometidos al pedagogo. Con estas palabras reprende ahora a los que anulan la gracia de Cristo: como si no hubiera llegado todavía el que debía llamarnos a la libertad, pretenden permanecer aún bajo el pedagogo.

Lo que dice que todos son hijos de Dios por la fe, en cuanto que todos los que fueron bautizados en Cristo se revistieron de Cristo, tiene un objetivo bien concreto: evitar que los paganos desesperen de su salvación, pensando que no son hijos al no estar custodiados por el pedagogo: revestidos de Cristo por la fe, todos se convierten en hijos. No hijos por naturaleza, como el Hijo único, que, además, es la Sabiduría de Dios; ni por la prepotente y singular asunción que les capacitara para ser y actuar por naturaleza en persona de la Sabiduría, a la manera como el Mediador se identificó con la Sabiduría asumida sin intervención de mediador alguno. No, son hijos por participación de la sabiduría, en virtud y gracias a la fe del Mediador.

En esta fe no hay distinción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres, por cuanto todos los fieles son uno en Cristo Jesús. Y si esto hace la fe, por la que se vive justamente en esta vida, ¿cuánto más perfecta y copiosamente lo hará la misma visión, cuando veamos cara a cara?

Pues de momento y aun poseyendo, por la justificación de la fe, las primicias del Espíritu, que es vida, comoquiera que todavía el cuerpo está muerto por el pecado, esta diferenciación de nacionalidad, de condición social o de sexo está ciertamente superada por lá unidad de la fe, pero se mantiene en la existencia mortal. Y que en la peregrinación de la presente vida, hayan de mantenerse tales categorías, lo preceptúan los apóstoles —quienes además nos han legado normas salubérrimas para vivir en común manteniendo las diferencias de nacionalidad, judíos y griegos, de condición social, señores y esclavos, de sexo, hombres y mujeres, y otras diferencias que eventualmente puedan presentarse—, y antes que ellos, el mismo Señor, quien afirmó: Pagadle al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios

Porque todos —dice— sois uno en Cristo Jesús. Y añade: Y si sois, de modo que se subdistinga y se sobrentienda: sois uno en Cristo Jesús, y a continuación se deduzca: luego sois descendencia de Abrahán, de suerte que el sentido sea éste: Porque todos sois uno en Cristo Jesús, luego sois descendencia de Abrahán. Antes había dicho: No se dice: «y a los descendientes», en plural, sino en singular: «y a tu descendencia», que es Cristo. Aquí, pues, nos demuestra que Cristo es el único descendiente, no refiriéndose exclusivamente a él, único mediador, sino también a la Iglesia, su cuerpo, de la que él es cabeza. Y esto para que todos sean uno en Cristo y reciban, de acuerdo con la promesa, la herencia por la fe, a la que la promesa estaba supeditada; esto es: en espera de la llegada de la fe, el pueblo estaba como custodiado por el pedagogo hasta la fecha prefijada, en cuya fecha serían llamados a la libertad todos cuantos en el pueblo hansido llamados conforme al designio de Dios, es decir, los que en aquella era fueron reconocidos como trigo.

 

RESPONSORIO                    Gal 3, 26-27; 1 Cor 6, 15
 
R./ Todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. * Cuantos habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo.
V./ Y vuestros cuerpos son miembros de Cristo.
R./ Cuantos habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo.


 
ORACIÓN
 
Dios todopoderoso y eterno, ayúdanos a llevar una vida según tu voluntad, para que podamos dar en abundancia frutos de buenas obras en nombre de tu Hijo predilecto. Que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



JUEVES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 10, 1-21
Dios es el Señor de todos

Hermanos: Mi anhelo más profundo y lo que pido a Dios por ellos es que se salven. Que tienen fervor religioso lo declaro en su honor, pero mal entendido; pues, olvidándose de la justificación que Dios da y porfiando por mantenerla a su modo, no se sometieron a la justificación de Dios. Porque el fin de la ley es Cristo, y con eso se justifica a todo el que cree.

La justificación que viene por la ley la define Moisés en estos términos: «El que cumple estos preceptos, por ellos saldrá con vida»; en cambio, la justificación que viene por la fe se expresa así: «No te preguntes: ¿Quién subirá al cielo?» (es decir, con la idea de bajar a Cristo), ni tampoco: «¿Quién bajará al abismo?» (es decir, con la idea de sacar a Cristo de la muerte).

¿Qué dice entonces? Esto: «la palabra está cerca de ti: la tienes en los labios y en el corazón». Se refiere a la palabra de la fe que os anunciamos. Porque si tus labios profesan que Jesús es el Señor y tu corazón cree que Dios lo resucitó de entre los muertos, te salvarás. Por la fe del corazón llegamos a la justificación, y por la profesión de los labios, a la salvación.

Dice la Escritura: «Nadie que cree en él quedará defraudado». Porque no hay distinción entre judío y griego, ya que uno mismo es el Señor de todos, generoso con todos los que lo invocan. Pues «todo el que invoca el nombre del Señor se salvará».

Ahora bien: ¿Cómo van a invocarlo si no creen en él?, ¿cómo van a creer si no oyen hablar de él?, y ¿cómo van a oír sin alguien que proclame?, y ¿cómo van a proclamar si no los envían? Lo dice la Escritura: «¡Qué hermosos los pies de los que anuncian el evangelio!».

Pero no todos han prestado oídos al Evangelio; como dice Isaías: «Señor, ¿quién ha dado fe a nuestro mensaje?». Así, pues, la fe nace del mensaje, y el mensaje consiste en hablar de Cristo. Pero yo pregunto: ¿Es que no lo han oído? Todo lo contrario: «A toda la tierra alcanza su pregón, y hasta los límites del orbe, su lenguaje». Insisto: ¿Será que Israel no ha entendido? Para empezar, cito a Moisés: «Yo os daré envidia con un pueblo ilusorio, os irritaré con una nación fatua». E Isaías se atreve a más: «Me encontraron los que no me buscaban, me revelé a los que no preguntaban por mí».

En cambio, de Israel dice: «Tenía mis manos extendidas todo el día hacia un pueblo rebelde y provocador».

 

 RESPONSORIO                   Rom 10, 12-13; 15, 8-9
 
R./ Uno mismo es el Señor de todos, generoso con todos los que lo invocan, * pues todo el que invoque el nombre del Señor será salvo.
V./ Es decir, Cristo se hizo servidor de la circuncisión en atención a la fidelidad de Dios, para llevar a cumplimiento las promesas hechas a los patriarcas y, en cuanto a los gentiles, para que glorifiquen a Dios por su misericordia.
R./ Pues todo el que invoque el nombre del Señor será salvo.
 

 

SEGUNDA LECTURA

San Ambrosio de Milán, Carta 29 (6-9: PL 16, 1100-1101)

Predicamos a Cristo

¡Qué hermosos los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la Buena Noticia! ¿Quiénes son los que traen la Buena Noticia sino Pedro, sino Pablo, sino los apóstoles todos? ¿Y cuál es la Buena Noticia que nos traen, sino al Señor Jesús? El es nuestra paz, él es aquel sumo bien, pues es bueno y procede del bueno: de un árbol bueno se recogen frutos buenos. Bueno es finalmente el espíritu que de él recibe y que guía a los siervos de Dios por el recto camino.

¿Y quién, teniendo al Espíritu de Dios en sí, negará al bueno, cuando él mismo dice: ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno? Venga este bien a nuestra alma, a lo más íntimo de nuestra mente; este bien que Dios da generosamente a los que se lo piden. Este es nuestro tesoro, éste es nuestro camino, éste es nuestra sabiduría, nuestra justicia, nuestro pastor, y pastor bueno, él es nuestra vida. ¡Ya ves cuántos bienes en un solo bueno! Pues todos estos bienes nos predican los evangelistas.

El Señor Jesús es el sumo bien en persona, anunciado por los profetas, predicado por los ángeles, prometido por el Padre, evangelizado por los apóstoles. Vino a nosotros cual fruto maduro: y no sólo cual fruto maduro, sino como fruto que madura en los montes. Y para que no hubiera nada duro ni inmaduro en nuestros proyectos, nada violento ni áspero en nuestras acciones y en nuestras costumbres, él fue el primero que se presentó anunciándonos la Buena Noticia. Por eso dijo: Yo el que hablaba, aquí estoy. Esto es, yo que hablaba en los profetas, estoy presente en el cuerpo que asumí de la Virgen; estoy aquí yo que soy la imagen de Dios invisible e impronta de su sustancia, y estoy aquí también como hombre. Pero ¿quién me conoce? Vieron al hombre y le creyeron superhombre por sus obras.

Apresurémonos, pues, a él, en quien está el sumo bien: pues él es la bondad; él es la paciencia de Israel, que te llama a penitencia, a fin de que no seas convocado a juicio, sino que puedas recibir la remisión de los pecados. Haced —dice— penitencia. El es el sumo bien que de nadie necesita y abunda en todo. Y tal es su abundancia, que de su plenitud todos hemos recibido y en él fuimos colmados, como dice el evangelista.

 

RESPONSORIO                    1Jn 5, 20.11
 
R./ Sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado inteligencia para que conozcamos al Verdadero. Nosotros estamos en el Verdadero, en su Hijo Jesucristo. * Este es el Dios verdadero y la vida eterna.
V./ Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo.
R./ Este es el Dios verdadero y la vida eterna.


 
ORACIÓN
 
Dios todopoderoso y eterno, ayúdanos a llevar una vida según tu voluntad, para que podamos dar en abundancia frutos de buenas obras en nombre de tu Hijo predilecto. Que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



VIERNES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 11,1-12

Dios no ha desechado a su pueblo

Hermanos: Entonces me pregunto: ¿habrá Dios desechado a su pueblo? Ni hablar: también yo soy israelita, descendiente de Abrahán, de la tribu de Benjamín. «Dios no ha desechado a su pueblo», que él eligió.

Recordáis, sin duda, aquello que cuenta de Elías la Escritura, cómo interpelaba a Dios en contra de Israel: Señor, «han matado a tus profetas y derrocado tus altares; me he quedado yo sólo y atentan contra mi vida». Pero ¿qué le responde la voz de Dios?: «Me he reservado siete mil hombres que no han doblado la rodilla ante Baal».

Pues lo mismo ahora, en nuestros días, ha quedado un residuo, escogido por puro favor. Y si es por puro favor, ya no se basa en las obras, si no el favor dejaría de serlo. ¿Qué se sigue? Que Israel no consiguió lo que buscaba; los escogidos lo consiguieron, mientras los demás se han obcecado, como estaba escrito: «Dios les embotó el espíritu, les dio ojos para no ver y orejas para no oír hasta el día de hoy». Y David dice: «Que su mesa les sirva de trampa y de lazo, de tropiezo y de castigo; que sus ojos se nublen y no vean, haz que su espalda esté siempre encorvada».

Pregunto ahora: ¿Han caído para no levantarse? Por supuesto que no. Si por haber caído ellos la salvación ha pasado a los gentiles, es para dar envidia a Israel. Por otra parte, si su caída es riqueza para el mundo, es decir, si su devaluación es la riqueza de los gentiles, ¿qué será cuando alcancen su pleno valor?

 

RESPONSORIO                    Rom 11, 5.7.8; Jn 12, 41
 
R./ En la actualidad ha quedado en Israel un resto, elegido por gracia. Y si es por gracia, no lo es en virtud de las obras; de otro modo, no es ya gracia. Los demás se endurecieron, según está escrito: * Dios les dio un espíritu de embotamiento, ojos para no ver y oídos para no oír hasta el día de hoy.
V./ Esto dijo Isaías cuando vio la gloria de Cristo y habló de él.
R./ Dios les dio un espíritu de embotamiento, ojos para no ver y oídos para no oír hasta el día de hoy
 


SEGUNDA LECTURA

San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el libro del profeta Isaías (Lib 4, or 1: PG 70, 890-891)

Se nos llama cristianos o pueblo de Dios

Desde oriente traeré a tu estirpe, desde occidente te reuniré. Promete a la Sinagoga o a la Iglesia formada de páganos y judíos, reunir a todos desde oriente a occidente, es decir, de todos los climas y lugares geográficos.

Cuando habla de hijos e hijas que corren desde los cuatro puntos cardinales, alude al tiempo de la venida de Cristo, tiempo en que se dio a todos los habitantes de la tierra la gracia de la adopción por medio de la santificación en el Espíritu. Al decir: A todos los que llevan mi nombre, da a entender que la vocación no es privativa de una nación, sino común: la misma para todos. Pues se nos llama cristianos o pueblo de Dios. También Pedro, en la carta dirigida a los llamados por la fe, se expresa de estamanera: Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa. Antes erais «No pueblo», ahora sois «pueblo de Dios».

Hemos sido efectivamente renovados en Cristo por la santificación, recuperando el esplendor originario de la naturaleza, a saber, la imagen del que nos creó por él y en él: renunciando al pecado y a la inveterada corrupción, se nos enseña a reiniciar una vida nueva; nos despojamos del hombre viejo corrompido por las seducciones del error, y nos revestimos del hombre nuevo, renovado a imagen del que nos creó. Además, este renacimiento o, como suele decirse, esta nueva criatura, se ha efectuado en Cristo; por tanto la hemos recibido no de una estirpe corrupta, sino en virtud de la palabra del Dios que vive y permanece.

Así pues, este pueblo reunido de los cuatro puntos cardinales y llamado por mi nombre, no lo ha creado, plasmado y ejecutado otro que yo para mi gloria. Y el Hijo puede muy bien ser llamado gloria de Dios Padre, pues por él y en él es glorificado, según aquello: Yo te he glorificado sobre la tierra, idea que Cristo desarrolla ampliamente. Que los que en él creemos hemos sido plasmados por él lo sabemos con mayor certeza al sentirnos conformados a él y palpar, resplandeciente en nuestras almas, la belleza de la naturaleza divina.

Algo por el estilo dijo también el salmista: Quede esto escrito para la generación futura, y el pueblo que será creado alabará al Señor. Y cuando poco después añade: Sacad al pueblo ciego, revela maravillosamente la prestancia inexpresable y maravillosa de su poder. Ya en otro tiempo irradió como estrella mañanera sobre aquellos, cuyas mentes y corazones estaban envueltos en la tiniebla de la diabólica perversidad y en el error, y surgiendo para ellos cual sol de justicia, los hizo hijos no ya de la noche y las tinieblas, sino de la luz y del día, según la sapientísima expresión de Pablo.

 

RESPONSORIO                    Rom 9, 24.25.26; Os 2, 25
 
R./ Dios nos ha llamado no solo de entre los judíos, sino también de entre los gentiles, según afirma también en el profeta Oseas: * al que no es pueblo mío lo llamaré pueblo mío, hijos del Dios vivo.
V./ Al que no es mi pueblo lo llamaré: “Tú eres mi pueblo”; y él dirá: “Mi Dios”.
R./ Al que no es pueblo mío lo llamaré pueblo mío, hijos del Dios vivo.


 
ORACIÓN
 
Dios todopoderoso y eterno, ayúdanos a llevar una vida según tu voluntad, para que podamos dar en abundancia frutos de buenas obras en nombre de tu Hijo predilecto. Que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 11, 13-24

Si está consagrada la raíz, también lo están las ramas

A vosotros, gentiles, os digo: Mientras sea vuestro apóstol, haré honor a mi ministerio, por ver si despierto emulación en los de mi raza y salvo a alguno de ellos. Si su reprobación es reconciliación del mundo, ¿qué será su reintegración sino un volver de la muerte a la vida? Además, si están consagradas las primicias, lo está también la masa, y si está consagrada la raíz, también lo están las ramas.

Han desgajado algunas ramas y, entre las que quedaban, te han injertado a ti, que eres de acebuche; así entraste a participar con ellos de la raíz y savia del olivo. Pero no presumas con las ramas; y si te da por presumir, recuerda que no sostienes tú a la raíz, sino que la raíz te sostiene a ti.

Dirás tú: «Desgajaron ramas para injertarme a mí». Perfectamente: las desgajaron por su falta de fe y tú te mantienes por la fe; conque no seas soberbio y ándate con cuidado, que si Dios no tuvo miramientos con las ramas naturales, a lo mejor no los tiene contigo.

Fíjate en la bondad y en la severidad de Dios; para los que cayeron, severidad; para ti, bondad: Con tal que no te salgas de su bondad, que, si no, también a ti pueden cortarte; mientras a ellos, si no persisten en su falta de fe, los injertarán, que Dios tiene poder para injertarlos de nuevo. Si a ti te cortaron de tu acebuche nativo y, contra tu natural, te injertaron en el olivo, cuánto más fácil será injertarlos a ellos, nacidos del olivo, en el tronco en que nacieron.

 

RESPONSORIO                    Cf. Rom 11, 23; 1Cor 3, 16
 
R./ En cuanto a aquellos, si no permanecen en la incredulidad, serán injertados, * pues Dios es poderoso para volver a injertarlos.
V./ Pero cuando se conviertan al Señor, se quitará el velo de su corazón.
R./ Pues Dios es poderoso para volver a injertarlos.
 


SEGUNDA LECTURA

Del Decreto Ad Gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, del Concilio Vaticano II (Núms 4-5)

Id y haced discípulos de todos los pueblos

El mismo Señor Jesús, antes de entregar voluntariamente su vida por la salvación del mundo, de tal manera dispuso el ministerio apostólico y prometió enviar el Espíritu Santo que ambos se encuentran asociados en la realización de la obra de la salvación en todas partes y para siempre.

El Espíritu Santo unifica en la comunión y en el ministerio, y provee de diversos dones jerárquicos y carismáticos a toda la Iglesia a través de todos los tiempos, vivificando, a la manera del alma, las instituciones eclesiales e infundiendo en el corazón de los fieles el mismo impulso de misión con que actuó Cristo. A veces también se anticipa visiblemente a la acción apostólica, de la misma forma que sin cesar la acompaña y dirige de diversas formas.

El Señor Jesús ya desde el principio llamó a los que él quiso, y a doce los hizo sus compañeros, para enviarlos a predicar. Los apóstoles fueron, pues, la semilla del nuevo Israel y al mismo tiempo el origen de la sagrada jerarquía.

Después, el Señor, una vez que hubo cumplido en sí mismo, con su muerte y resurrección, los misterios de nuestra salvación y la restauración de todas las cosas, habiendo recibido toda potestad en el cielo y en la tierra, antes de ascender a los cielos, fundó su Iglesia como sacramento de salvación y "envió a los apóstoles a todo el mundo, como también él había sido enviado por el Padre, mandándoles: Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. De aquí le viene a la Iglesia el deber de propagar la fe y la salvación de Cristo; tanto en virtud del mandato expreso que de los apóstoles heredó el orden episcopal, al que ayudan los presbíteros, juntamente con el sucesor de Pedro, sumo pastor de la Iglesia, como en virtud de la vida que Cristo infunde a sus miembros.

La misión de la Iglesia se realiza, pues, mediante aquella actividad por la que, obediente al mandato de Cristo y movida por la gracia y la caridad del Espíritu Santo, se hace presente en acto pleno a todos los hombres o pueblos, para llevarlos con el ejemplo de su vida y con la predicación, con los sacramentos y demás medios de gracia, a la fe, la libertad y la paz de Cristo, de suerte que se les descubra el camino libre y seguro para participar plenamente en el misterio de Cristo.

 

 RESPONSORIO                   Mc 16,15-16; Jn 3,5
 
R./ «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. * El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado.
V./ El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios.
R./ El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado.
 
ORACIÓN
 
Dios todopoderoso y eterno, ayúdanos a llevar una vida según tu voluntad, para que podamos dar en abundancia frutos de buenas obras en nombre de tu Hijo predilecto. Que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

 
 

DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 11, 25-36

Todo Israel se salvará

Y no quiero que ignoréis, hermanos, el designio que se esconde en esto para que no os sintáis suficientes: la obcecación de una parte de Israel durará hasta que entre el conjunto de los pueblos; entonces todo Israel se salvará, como dice la Escritura: «Llegará de Sión el libertador, para expulsar de Israel los crímenes; así será la alianza que haré con ellos cuando perdone sus pecados».

Por un lado, considerando el evangelio, son enemigos, para ventaja vuestra; pero por otro, considerando la elección, son predilectos, por razón de los patriarcas, pues los dones y la llamada de Dios son irrevocables. Vosotros, antes rebeldes a Dios, a través de la rebeldía de ellos habéis obtenido misericordia; lo mismo ellos: son ahora rebeldes para, a través de esa misericordia que habéis obtenido vosotros, obtener a su vez misericordia. Porque Dios encerró a todos en la rebeldía, para tener misericordia de todos.

¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! ¿Quién conoció la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero.? ¿Quién le ha dado primero, para que él le devuelva? El es el origen, guía y meta del universo. A él la gloria por los siglos. Amén.

 

RESPONSORIO                    Rom 11,33; Sal 88,3
 
R./ ¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! * ¡Qué insondables sus decisiones y qué inaccesibles sus caminos!
V./ «La misericordia es un edificio eterno», más que el cielo has afianzado tu fidelidad.
R./ ¡Qué insondables sus decisiones y qué inaccesibles sus caminos!
 


SEGUNDA LECTURA

San Cesáreo de Arlés, Sermón 11 (1.4.6: CCL 103, 54.56-57)
La sabiduría de Dios en la obra de la redención

Son muchos, amadísimos hermanos, a quienes les asalta esta sospecha; muchos los hombres de escasa ciencia a los que este pensamiento les produce escrúpulo. Se preguntan en efecto: ¿por qué Jesucristo, el Señor, poder y sabiduría del Padre, no operó la salvación del hombre con el poder divino o simplemente con su palabra, sino en la humildad del cuerpo y el sufrimiento humano? El hubiera podido muy bien echar mano del poder y la majestad celestial para abatir al diablo y liberar al hombre de su tiranía.

Los hay que se extrañan de que no destruyera la muerte con su palabra, él que —según se nos dice— al principio con su palabra dio la vida: cuál es la razón de que no reparara lo perdido con la misma majestad con que supo crear lo que no existía. ¿Qué necesidad tenía nuestro Señor Jesucristo de padecer tan dura pasión, él que con su poder era muy capaz de liberar al género humano? ¿para qué su encarnación, a qué su infancia, el curso de la edad, las injurias, la cruz, la muerte, y la sepultura que él aceptó para reparar el pecado del hombre?

Veamos, en primer lugar, el significado de la cruz, cómo en ella se cancela el pecado del mundo, cómo la muerte es destruida y se triunfa sobre el diablo. La cruz, en rigor de justicia, es un castigo privativo de los pecadores: sabemos en efecto, que tanto la ley de Dios como la ley del mundo decretan la cruz para reos y criminales.

Por obra del diablo, actuando a través de Judas, de los reyes de la tierra y de los príncipes de los judíos que, juntos, conspiraron ante Pilato contra el Señor y contra su Mesías, Cristo es condenado a muerte; se condena al inocente, como dice el profeta en el salmo: Pero el justo ¿qué hizo? Y de nuevo: Aunque atenten contra la vida del justo y condenen a muerte al inocente...

Soportó pacientemente las injurias y los bofetones, la corona de espinas y la veste escarlata y demás escarnios de que nos habla el evangelio. Y lo soportó sin culpa alguna, para que, armado de paciencia, como oveja de matanza fuera conducido a la cruz. Soportó a los poderosos, según canta David, como hombre a quien nadie socorre, él que hubiera podido vengarse con su divina majestad. Silos que habían salido para prenderle, ante una simple pregunta: ¿A quién buscáis, retrocedieron y cayeron a tierra como muertos, ¿qué habría ocurrido si se hubiera puesto a increparles?

Pero cumplió el misterio de la cruz, que era la razón de su venida al mundo; para que mediante la cruz cancelara el recibo que nos pasaba el pecado y el poder del enemigo quedase prisionero en el anzuelo de la cruz y, sin alterar la justicia y la razón, el diablo perdiera la presa que retenía.

Amadísimos hermanos: esta es —según creo— la razón de por qué el Señor y Salvador nuestro nos liberó del poder del diablo no mediante una exhibición de poder, sino por la humildad, no acudiendo a la violencia, sino por la justicia. Por lo cual, nosotros a quienes la misericordia divina nos ha enriquecido con tan grandes beneficios sin ningún mérito precedente, colaboremos con él en la medida de nuestras posibilidades, para que la gracia de tan gran amor nos sea de provecho y no de condenación.

 

RESPONSORIO
 
R./ Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores. * Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron.
V./ Era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria.
R./ Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron.


 
ORACIÓN
 
Señor, concédenos amarte con todo el corazón y que nuestro amor se extienda también a todos los hombres. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 


EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 12,1-21

La vida cristiana es un culto espiritual

Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable.Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto. Por la gracia de Dios que me ha sido dada os digo a todos y a cada uno de vosotros: No os estiméis en más de lo que conviene, sino estimaos moderadamente, según la medida de la fe que Dios otorgó a cada uno.

Pues, así como nuestro cuerpo, en su unidad, posee muchos miembros y no desempeñan todos los miembros la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, pero cada miembro está al servicio de los otros miembros. Los dones que poseemos son diferentes, según la gracia que se nos ha dado, y se han de ejercer así: si es la profecía, teniendo en cuenta a los creyentes; si es el servicio, dedicándose a servir; el que enseña, aplicándose a enseñar; el que exhorta, a exhortar; el que se encarga de la distribución, hágalo con generosidad; el que preside, con empeño; el que reparte la limosna, con agrado.

Que vuestra caridad no sea una farsa; aborreced lo malo y apegaos a lo bueno. Como buenos hermanos, sed cariñosos unos con otros, estimando a los demás más que a uno mismo. En la actividad, no seáis descuidados; en el espíritu, manteneos ardientes. Servid constantemente al Señor. Que la esperanza os tenga alegres: estad firmes en la tribulación, sed asiduos en la oración. Contribuid en las necesidades de los santos; practicad la hospitalidad.

Bendecid a los que os persiguen; bendecid, sí, no maldigáis. Con los que ríen, estad alegres; con los que lloran, llorad. Tened igualdad de trato unos con otros: no tengáis grandes pretensiones, sino poneos al nivel de la gente humilde. No mostréis suficiencia. No devolváis a nadie mal por mal. Procurad la buena reputación entre la gente; en cuanto sea posible y por lo que a vosotros toca, estad en paz con todo el mundo.

Amigos, no os toméis la venganza, dejad lugar al castigo, porque dice el Señor en la Escritura: «Mía es la venganza, yo daré lo merecido». En vez de eso, si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber: así le sacarás los colores a la cara. No te dejes vencer por el mal, vence al mal a fuerza de bien.

 

RESPONSORIO
 
R./ Transformaos por la renovación de la mente, * para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.
V./ Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; este es su culto espiritual.
R./ Para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.
 


SEGUNDA LECTURA

Orígenes, Comentario sobre la carta a los Romanos (Lib 9 1: PG 14, 1204-1205; 1206-1207)

Todos los miembros de la Iglesia ofrecen la hostia viva

Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable.

Ahora Pablo exhorta a los creyentes en Cristo a que presenten sus cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios. Llama viva a la hostia portadora de vida, es decir, de Cristo, y dice: Llevamos en el cuerpo.la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se, manifieste en nuestra carne. La llama santa porque en ella inhabita el Espíritu Santo. Agradable a Dios, como separada de vicios y pecados. Todo esto constituye el culto razonable a Dios. De un culto semejante puede darse razón y demostrarse que es digno de Dios la inmolación de tales hostias. En cambio, ninguna razón recta y honesta consentirá en ofrecer al Dios inmortal e incorpóreo carneros, cabritos y becerros.

Resulta, pues, evidente que la hostia viva, santa, agradable a Dios es un cuerpo incontaminado. Y si bien en la Iglesia la primera hostia, después de los apóstoles, parece ser la de los mártires, la segunda la de las vírgenes y la tercera la de los continentes, pienso, sin embargo, que no se puede negar que también los que viven en el matrimonio y de común acuerdo y por cierto tiempo se dedican a la oración, si en lo demás se comportan con santidad y justicia, pueden asimismo ofrecer sus cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios. Así pues, todos los miembros de la Iglesia se ofrecen y consuman la hostia viva, santa, agradable a Dios, que ha de ser presentada de una manera razonable.

Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es voluntad de, Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.

Nos transformamos por la renovación de la mente ejercitándonos en la sabiduría, meditando la palabra de Dios y tratando de captar el sentido espiritual de su ley; y cuanto más provecho saca de la lectura diaria de las Escrituras, cuanto más penetra en ellas, tanto más se renueva según un proceso ininterrumpido y cotidiano. Dudo que pueda transformarse por la renovación de la mente el que se muestra perezoso en la lectura de las Escrituras y en el ejercicio de la inteligencia espiritual, que le capacite no sólo para entender lo que está escrito, sino para explicarlo con mayor claridad y comunicarlo con más diligencia

Y ciertamente que si la mente no ha sido renovada para un conocimiento pleno e iluminada totalmente por la sabiduría de Dios, no podrá discernir lo que es voluntad de Dios, pues muchas veces confundimos la voluntad de Dios con lo que no es. Y en esto yerran y se equivocan precisamente los que no han renovado su mente. Porque realmente es privativo no de cualquier mente, sino sólo de una mente muy renovada y transformada ya según la imagen de Dios, discernir en cada una de las cosas que hacemos, hablamos y pensamos lo que es voluntad de Dios; así como el no hacer, decir o pensar cosa alguna que viere no sintonizar con la voluntad de Dios.

 

RESPONSORIO    Heb 10,8.11.12.14; Sal 39,7
 
R./ Primero dice: Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, ni holocaustos, ni víctimas expiatorias, que se ofrecen según la ley. * Cristo, después de haber ofrecido por los pecados un único sacrificio, con una sola ofrenda ha perfeccionado definitivamente a los que van siendo consagrados.
V./ Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios.
R./ Cristo, después de haber ofrecido por los pecados un único sacrificio, con una sola ofrenda ha perfeccionado definitivamente a los que van siendo consagrados.


 
ORACIÓN
 
Señor, concédenos amarte con todo el corazón y que nuestro amor se extienda también a todos los hombres. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



MARTES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 13, 1-14

Consejos varios

Hermanos: Sométase todo individuo a las autoridades constituidas; no existe autoridad sin que lo disponga Dios y, por tanto, las actuales han sido establecidas por él. En consecuencia, el insumiso a la autoridad se opone a la disposición de Dios y los que se le oponen se ganarán su sentencia.

De hecho, los que mandan no son una amenaza para la buena acción, sino para la mala. ¿Quieres no tener miedo a la autoridad? Sé honesto y tendrás su aprobación, pues ella es agente de Dios para ayudarte a lo bueno. En cambio, si no eres honesto, teme, que por algo lleva la espada: es agente de Dios, ejecutor de su reprobación contra el delincuente.

Por eso forzosamente hay que estar sometido no sólo por miedo a esa reprobación, sino también por motivo de conciencia. Y por la misma razón pagáis impuestos, porque son funcionarios de Dios dedicados en concreto a esa misión. Pagad a cada uno lo que le debáis: impuesto, contribución, respeto, honor, lo que corresponda.

A, nadie le debáis nada, más que amor; porque el que ama tiene cumplido el resto de la ley. De hecho, el «no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no envidiarás», y los demás mandamientos que haya, se resumen en esta frase: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Uno que ama a su prójimo no le hace daño; por eso amar es cumplir la ley entera.

Daos cuenta del momento en que vivís; ya es hora de despertaros del sueño, porque ahora nuestra salvación esta más cerca que cuando empezamos a creer. La noche esta avanzada, el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz. Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni pendencias. Vestíos del Señor Jesucristo, y que el cuidado de vuestro cuerpo no fomente los malos deseos.

 

RESPONSORIO      Rom13,8; Gal 5,14
 
R./ A nadie le debáis nada, más que el amor mutuo; * porque el que ama ha cumplido el resto de la ley.
V./ Porque toda la ley se cumple en una sola frase, que es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
R./ Porque el que ama ha cumplido el resto de la ley.
 


SEGUNDA LECTURA

San Ignacio de Antioquía, Comienza la carta a los Romanos (1, 1-2, 2: Funck 1, 213-215)

No quiero agradar a los hombres, sino a Dios

Ignacio, por sobrenombre Teóforo, es decir, Portador de Dios, a la Iglesia que ha alcanzado misericordia por la majestad del Padre altísimo y de Jesucristo, su Hijo Unico; a la Iglesia amada e iluminada por la voluntad de aquel que ha querido todo lo que existe, según la caridad de Jesucristo, nuestro Dios; Iglesia, además, que preside en el territorio de los romanos, digna de Dios, digna de honor, digna de ser llamada dichosa, digna de alabanza, digna de alcanzar sus deseos, de una loable integridad, y que preside a todos los congregados en la caridad, que guarda la ley de Cristo, que está adornada con el nombre del Padre: para ella mi saludo en el nombre de Jesucristo, Hijo del Padre. Y a los que están adheridos en cuerpo y alma a todos sus preceptos, constantemente llenos de la gracia de Dios y exentos de cualquier tinte extraño, les deseo una grande y completa felicidad en Jesucristo, nuestro Dios.

Por fin, después de tanto pedirlo al Señor, insistiendo una y otra vez, he alcanzado la gracia de ir a contemplar vuestro rostro, digno de Dios; ahora, en efecto, encadenado por Cristo Jesús, espero poder saludaros, si es que Dios me concede la gracia de llegar hasta el fin. Los comienzos por ahora son buenos; sólo falta que no halle obstáculos en llegar a la gracia final de la herencia que me está reservada. Porque temo que vuestro amor me perjudique. Pues a vosotros os es fácil obtener lo que queráis, pero a mí me sería difícil alcanzar a Dios, si vosotros no me tenéis consideración.

No quiero que agradéis a los hombres, sino a Dios, como ya lo hacéis. El hecho es que a mí no se me presentará ocasión mejor de llegar hasta Dios, ni vosotros, con sólo que calléis, podréis poner vuestra firma en obra más bella. En efecto, si no hacéis valer vuestra influencia, ya me convertiré en palabra de Dios; pero, si os dejáis llevar del amor a mi carne mortal, volveré a ser sólo un simple eco. El mejor favor que podéis hacerme es dejar que sea inmolado para Dios, mientras el altar está aún preparado; así, unidos por la caridad en un solo coro, podréis cantar al Padre por Cristo Jesús, porque Dios se ha dignado hacer venir al obispo de Siria desde oriente hasta occidente. ¡Qué hermoso es que el sol de mi vida se ponga para el mundo y vuelva a salir para Dios!

 

RESPONSORIO     Fil 1,21; Gal 6,14
 
R./ Para mí la vida es Cristo y el morir una ganancia. * En cuanto a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.
V./ Por la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo.
R./ En cuanto a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.


 
ORACIÓN
 
Señor, concédenos amarte con todo el corazón y que nuestro amor se extienda también a todos los hombres. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 14, 1-23

Ninguno de nosotros vive para sí mismo

Hermanos: Al que tiene la fe débil, hacedle buena acogida sin discutir opiniones. Hay quien tiene fe para comer de todo, otro, en cambio, que la tiene débil, come sólo verduras. El que come de todo, que no desprecie al que se abstiene; el que se abstiene, que no juzgue al que come, pues Dios lo ha acogido. ¿Quién eres tú para poner falta al criado de otro? Que siga en pie o se caiga es asunto de su señor; y en pie se mantendrá, que fuerzas tiene el Señor para sostenerlo.

Este, además, da preferencia a un día sobre otro; en cambio, para aquél cualquier día es bueno. Cada cual esté bien convencido de lo que piensa. El que se preocupa de días determinados, lo hace por el Señor; el que come de todo, lo hace por el Señor, y la prueba es que da gracias a Dios; el que se abstiene, lo hace por el Señor, y también da gracias a Dios. Porque ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor. Para esto murió Cristo: para ser Señor de vivos y muertos.

Tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? Y tú, ¿por qué desprecias a tu hermano? Todos compareceremos ante el tribunal de Dios, porque está escrito: «Por mi vida, dice el Señor, ante mí se doblará toda rodilla, a mí me alabará toda lengua». Por eso, cada uno dará cuenta a Dios de sí mismo.

Por tanto, basta ya de juzgarnos unos a otros; mejor será que adoptéis por criterio no poner obstáculo ni escandalizar a ningún hermano. Por Jesús, el Señor, sé y estoy convencido de que nada es impuro de por sí; algo es impuro para el que lo tiene por impuro y nada más. Ahora que si por comer de algo hieres a tu hermano, ya no estás procediendo como pide el amor. Que por comer tú no se pierda uno por quien Cristo murió.

Conque ese bien que tenéis, que no puedan denigrarlo, porque al fin y al cabo no reina Dios por lo que uno come o bebe, sino por la justicia, la paz y la alegría que da el Espíritu Santo; y el que sirve así a Cristo agrada a Dios, y lo aprueban los hombres.

En resumen: esmerémonos en lo que favorece la paz y construye la vida común. No destruyas la obra de Dios por una cuestión de comida; todo es puro, pero está mal comer causando escándalo. Mejor es abstenerse alguna vez de carne o vino o de lo que sea, si eso es obstáculo para tu hermano; esa convicción que tienes, guárdatela para ti, que Dios la ve. Dichoso el que examina las cosas y se forma un juicio; en cambio, el que come con dudas es culpable, porque no procede por convicción, y todo lo que no procede de convicción es pecado.

 

RESPONSORIO     Rom 14,9.8.7
 
R./ Cristo murió y resucitó: para ser Señor de muertos y vivos. * Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que ya vivamos ya muramos, somos del Señor.
V./ Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo.
R./ Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que ya vivamos ya muramos, somos del Señor.
 


SEGUNDA LECTURA

San Ignacio de Antioquía, Carta a los Romanos, (3-4: Funck 1, 215-219)

Ser cristiano no sólo de nombre, sino también de hecho

Nunca tuvisteis envidia de nadie, y así lo habéis enseñado a los demás. Lo que yo ahora deseo es que lo que enseñáis y mandáis a otros lo mantengáis con firmeza y lo practiquéis en esta ocasión. Lo único que para mí habéis de pedir es que tenga fortaleza interior y exterior, para que no sólo hable, sino que esté también interiormente decidido, a fin de que sea cristiano no sólo de nombre, sino también de hecho. Si me porto como cristiano, tendré también derecho a este nombre y, entonces, seré de verdad fiel a Cristo, cuando haya desaparecido ya del mundo. Nada es bueno sólo por lo que aparece al exterior. El mismo Jesucristo, nuestro Dios, ahora que está con su Padre, es cuando mejor se manifiesta. Lo que necesita el cristianismo, cuando es odiado por el mundo, no son palabras persuasivas, sino grandeza de alma.

Yo voy escribiendo a todas las Iglesias, y a todas les encarezco lo mismo: que moriré de buena gana por Dios, con tal que vosotros no me lo impidáis. Os lo pido por favor: no me demostréis una benevolencia inoportuna. Dejad que sea pasto de las fieras, ya que ello me hará posible alcanzar a Dios. Soy trigo de Dios y he de ser molido por los dientes de las fieras, para llegar a ser pan limpio de Cristo.

Halagad más bien a las fieras, para que sean mi sepulcro y no dejen nada de mi cuerpo; así, después de muerto, no seré gravoso a nadie. Entonces seré de verdad discípulo de Cristo, cuando el mundo no vea ya ni siquiera mi cuerpo. Rogad por mí a Cristo, para que, en medio de esos instrumentos, llegue a ser una víctima para Dios. No os doy mandatos como Pedro y Pablo. Ellos eran apóstoles, yo no soy más que un condenado a muerte; ellos eran libres, yo no soy al presente más que un esclavo. Pero, si logro sufrir el martirio, entonces seré liberto de Jesucristo y resucitaré libre como él. Ahora, en medio de mis cadenas, es cuando aprendo a no desear nada.

 

RESPONSORIO     Gal 2,19-20
 
R./ Yo he muerto a la ley por medio de la ley, con el fin de vivir para Dios. Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, * que me amó y se entregó por mí.
V./ Estoy crucificado con Cristo; vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí.
R./ Que me amó y se entregó por mí.


 
ORACIÓN
 
Señor, concédenos amarte con todo el corazón y que nuestro amor se extienda también a todos los hombres. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



JUEVES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 15, 1-13

Procuremos cada uno dar satisfacción
al prójimo en lo bueno

Nosotros, los robustos, debemos cargar con los achaques de los endebles y no buscar lo que nos agrada. Procuremos cada uno dar satisfacción al prójimo en lo bueno, mirando a lo constructivo. Tampoco Cristo buscó su propia satisfacción; al contrario, como dice la Escritura: «Las afrentas con que te afrentaban cayeron sobre mí». Es un hecho que todas las antiguas Escrituras se escribieron para enseñanza nuestra, de modo que entre nuestra paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza.

Que Dios, fuente de toda paciencia y consuelo, os conceda estar de acuerdo entre vosotros, como es propio de cristianos, para que unánimes, a una voz, alabéis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.

En una palabra, acogeos mutuamente como Cristo os acogió para gloria de Dios. Quiero decir con esto que Cristo se hizo servidor de los judíos para probar la fidelidad de Dios, cumpliendo las promesas hechas a los patriarcas, y, por otra parte, acoge a los gentiles para que alaben a Dios por su misericordia. Así dice la Escritura: «Te alabaré en medio de los gentiles y cantaré a tu nombre». Y en otro lugar:

«Alegraos, naciones, con su pueblo». Y de nuevo: «Alabad, naciones todas, al Señor; ensalzadlo todos los pueblos». Y también Isaías: «Retornará la raíz de Jesé, el vástago reinará sobre los pueblos; los pueblos esperarán en él».

Que el Dios de la esperanza colme vuestra fe de alegría y de paz, para que con la fuerza del Espíritu Santo desbordéis de esperanza.

 

RESPONSORIO
 
R./ El Dios de la paciencia y del consuelo os conceda tener entre vosotros los mismos sentimientos, según Cristo Jesús; * de este modo, unánimes, a una voz, vosotros daréis gloria a Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.
V./ Por eso, acogeos mutuamente, como Cristo os acogió para gloria de Dios.
R./ De este modo, unánimes, a una voz, vosotros daréis gloria a Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.
 


SEGUNDA LECTURA

San Ignacio de Antioquía, Carta a los Romanos (5-6: Funck I, 219-221)

Permitid que imite la pasión de mi Dios

Desde Siria hasta Roma vengo luchando ya con las fieras, por tierra y por mar, de noche y de día, atado como voy a diez leopardos, es decir, a un pelotón de soldados que, cuantos más beneficios se les hace, peores se vuelven. Pero sus malos tratos me ayudan a ser mejor, aunque tampoco por eso quedo absuelto. Quiera Dios que tenga yo el gozo de ser devorado por las fieras que me están destinadas; lo que deseo es que no se muestren remisas; yo las azuzaré para que me devoren pronto, no suceda como en otras ocasiones que, atemorizadas, no se han atrevido a tocar a sus víctimas. Si se resisten, yo mismo las obligaré.

Perdonadme lo que os digo; es que yo sé bien lo que me conviene. Ahora es cuando empiezo a ser discípulo. Ninguna cosa, visible o invisible, me prive por envidia de la posesión de Jesucristo. Vengan sobre mí el fuego, la cruz, manadas de fieras, desgarramientos, amputaciones, descoyuntamiento de huesos, seccionamiento de miembros trituración de todo mi cuerpo, todos los crueles tormentos del demonio, con tal de que esto me sirva para alcanzar a Jesucristo.

De nada me servirían los placeres terrenales ni los reinos de este mundo. Prefiero morir en Cristo Jesús que reinar en los confines de la tierra. Todo mi deseo y mi voluntad están puestos en aquel que por nosotros murió y resucitó. Se acerca ya el momento de mi nacimiento a la vida nueva. Por favor, hermanos, no me privéis de esta vida, no queráis que muera; si lo que yo anhelo es pertenecer a Dios, no me entreguéis al mundo ni me seduzcáis con las cosas materiales; dejad que pueda contemplar la luz pura; entonces seré hombre en pleno sentido. Permitid que imite la pasión de mi Dios. El que tenga a Dios en sí entenderá lo que quiero decir y se compadecerá de mí, sabiendo cuál es el deseo que me apremia.

 

RESPONSORIO
 
R./ Todo eso que para mí era ganancia, lo consideré pérdida a causa de Cristo. * Todo para conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte.
V./ Todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo considero basura.
R./ Todo para conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte,


 
ORACIÓN
 
Señor, concédenos amarte con todo el corazón y que nuestro amor se extienda también a todos los hombres. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



VIERNES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 15, 14-33

Ministerio de Pablo

Respecto a vosotros, hermanos, yo personalmente estoy convencido de que rebosáis de buena voluntad y de que os sobra saber para aconsejaron unos a otros. A pesar de eso, para traeros a la memoria lo que ya sabéis, os he escrito, a veces propasándome un poco. Me da pie el don recibido de Dios, que me hace ministro de Cristo Jesús para con los gentiles: mi acción sacra consiste en anunciar el evangelio de Dios, para que la ofrenda de los gentiles, consagrada por el Espíritu Santo, agrade a Dios.

Como cristiano, pongo mi orgullo en lo que a Dios se refiere. Sería presunción hablar de algo que no fuera lo que Cristo hace por mi medio para que los gentiles respondan a la fe, con mis palabras y acciones, con la fuerza de señales y prodigios, con la fuerza del Espíritu Santo. Tanto, que en todas direcciones, a partir de Jerusalén y llegando hasta la Iliria, lo he dejado todo lleno del evangelio de Cristo. Eso sí, para mí es cuestión de amor propio no anunciar el evangelio más que donde no se ha pronunciado aún el nombre de Cristo; en vez de construir sobre cimiento ajeno, hago lo que dice la Escritura: «Los que no tenían noticia lo verán, los que no habían oído hablar comprenderán».

Las más de las veces ha sido precisamente lo que me ha impedido ir a visitaros; ahora, en cambio, no tengo ya campo de acción en estas regiones, y como hace muchos años que siento muchas ganas de haceros una visita, de paso para España..., porque espero veros al pasar y que vosotros me facilitéis el viaje; aunque primero tengo que disfrutar un poco de vuestra compañía.

Por el momento me dirijo a Jerusalén, prestando un servicio a los consagrados; porque Macedonia y Grecia han decidido dar una muestra de solidaridad a los pobres entre los consagrados de Jerusalén. Lo han decidido, sí, y de hecho se lo deben, porque si los demás pueblos han compartido sus bienes espirituales, les deben a su vez, una ayuda en lo material.

Concluido este asunto y entregado el producto de la colecta, saldré para España pasando por vuestra ciudad, y sé que mi ida ahí cuenta con la plena bendición de Cristo.

Por nuestro Señor Jesucristo, y por el amor que inspira el Espíritu os pido ahora un favor, hermanos: luchad a mi lado pidiendo a Dios que escape de los incrédulos de Judea y que este servicio mío a Jerusalén sea bien acogido allí por los consagrados. De esta manera, si Dios quiere, podré ir a veros contento y descansaré un poco en compañía vuestra.

El Dios de la paz esté con todos vosotros. Amén.

 

RESPONSORIO     Rom 15,15.16; 1,9
 
R./ Lo he hecho en virtud de la gracia que Dios me ha otorgado: ser ministro de Cristo Jesús para con los gentiles, ejerciendo el oficio sagrado del Evangelio de Dios, * para que la ofrenda de los gentiles, consagrada por el Espíritu Santo, sea agradable.
V./ Dios, a quien sirvo en mi espíritu anunciando el Evangelio de su Hijo.
R./ Para que la ofrenda de los gentiles, consagrada por el Espíritu Santo, sea agradable.
 


SEGUNDA LECTURA

San Ignacio de Antioquía, Carta a los Romanos (7-8: Funck 1, 121-123)

Os escribo en vida, pero deseando morir

El príncipe de este mundo me quiere arrebatar y pretende arruinar mi deseo, que tiende hacia Dios. Que nadie de vosotros, los aquí presentes, lo ayude; poneos más bien de mi parte, esto es, de parte de Dios. No queráis a un mismo tiempo tener a Jesucristo en la boca y los deseos mundanos en el corazón. Que no habite la envidia entre vosotros. Ni me hagáis caso si, cuando esté aquí, os suplicare en sentido contrario; haced más bien caso de lo que ahora os escribo. Porque os escribo en vida, pero deseando morir. Mi amor está crucificado y ya no queda en mí el fuego de los deseos terrenos, únicamente siento en mi interior la voz de una agua viva que me habla y me dice: «Ven al Padre». No encuentro ya deleite en el alimento material ni en los placeres de este mundo. Lo que deseo es el pan de Dios, que es la carne de Jesucristo, de la descendencia de David, y la bebida de su sangre, que es la caridad incorruptible.

No quiero ya vivir más la vida terrena. Y este deseo será realidad si vosotros lo queréis. Os pido que lo queráis, y así vosotros hallaréis también benevolencia. En dos palabras resumo mi súplica: hacedme caso. Jesucristo os hará ver que digo la verdad, él que es la boca que no engaña, por la que el Padre ha hablado verdaderamente. Rogad por mí, para que llegue a la meta.

Os he escrito no con criterios humanos, sino conforme a la mente de Dios. Si sufro el martirio, es señal de que me queréis bien; de lo contrario, es que me habéis aborrecido.

 

RESPONSORIO       Col 1, 24.29
 
R./ Me alegro de mis sufrimientos por vosotros: * Así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia.
V./ Por este motivo lucho denodadamente con su fuerza, que actúa poderosamente en mí.
R./ Así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia.


 
ORACIÓN
 
Señor, concédenos amarte con todo el corazón y que nuestro amor se extienda también a todos los hombres. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Romanos 16, 1-27
Recomendaciones, saludos y doxología

Hermanos: Os recomiendo a nuestra hermana Febe, diaconisa de la iglesia de Cencreas; recibidla como cristianos, como corresponde a gente consagrada; poneos a su disposición en cualquier asunto que necesite de vosotros, pues lo que es ella se ha hecho abogada de muchos, empezando por mí.

Saludos a Prisca y Aquila, colaboradores míos en la obra de Cristo Jesús; por salvar mi vida expusieron su cabeza, y no soy yo solo quien les está agradecido, también todas las iglesias del mundo pagano. Saludad a la iglesia que se reúne en su casa.

Saludos a mi querido Epéneto, el primer convertido de Cristo en Asia. Saludos a María, que ha trabajado mucho por vosotros. Saludos a Andrónico y Junia, mis parientes y compañeros de prisión, ilustres entre los apóstoles, que llegaron a Cristo antes que yo. Saludos a Ampliato, mi amigo en el Señor. Saludos a Urbano, colaborador mío en la obra de Cristo, y a mi querido Estaquis. Saludos a Apeles, que ha dado pruebas de ser todo un cristiano.

Saludos a la familia de Aristóbulo. Saludos a Herodión mi paisano. Saludos a los cristianos de la casa de Narciso. Saludos a Trifena y Trifosa, que trabajan duro por el Señor. Saludos a mi amiga Pérside, que ha trabajado tanto por el Señor. Saludos a Rufo, ese cristiano eminente, y a su madre, que también lo es mía.

Saludos a Asíncrito, a Flegón, a Hermes, a Patrobas, a Hermas y a los hermanos que viven con ellos. Saludos a Filólogo y a Julia, a Nereo y a su hermana, a Olimpio y a todos los consagrados que están con ellos.

Saludaos unos a otros con el beso santo. Todas las iglesias de Cristo os saludan.

Por favor, hermanos, estad en guardia contra esos que crean disensiones y escándalos opuestos a la doctrina que habéis aprendido; evitadlos, gente de ésa no está al servicio de Cristo nuestro Señor, sino al de su propio estómago, y con zalamerías y halagos engañan a los ingenuos. Sin duda, la respuesta de vuestra fe ha llegado a oídos de todos, y esto me alegra de vosotros; pero además querría que fueseis listos para lo bueno y simples para lo malo, que el Dios de la paz no tardará en aplastar a Satanás bajo vuestros pies.

El favor de nuestro Señor Jesús os acompañe.

Saludos de mi colaborador Timoteo y de Lucio, Jasón y Sosípatro. Yo, Tercio, que escribo la carta, os mando un saludo cristiano. Os saluda Gayo, que me hospeda, y toda esta iglesia. Os saluda Erasto, tesorero de la ciudad, y nuestro hermano Cuarto.

Al que puede fortaleceros según el evangelio que yo proclamo, predicando a Cristo Jesús —revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos eternos y manifestado ahora en la sagrada Escritura, dado a conocer por decreto del Dios eterno, para traer a todas las naciones a la obediencia de la fe—, al Dios, único Sabio, por Jesucristo, la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

 

RESPONSORIO      Rom 16,19; Mt 10,16
 
R./ La fama de vuestra obediencia se ha divulgado por todas partes; de aquí que yo me alegre por vosotros; * pero deseo que seáis sensatos para el bien e inmunes al mal.
V./ Sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas.
R./ Pero deseo que seáis sensatos para el bien e inmunes al mal.
 


SEGUNDA LECTURA

San Ignacio de Antioquía, Carta a los Romanos (9-10: Funck 1, 223)

Os saluda mi espíritu y la caridad de las Iglesias

Acordaos en vuestras oraciones de la iglesia de Siria, que privada ahora de mí, no tiene otro pastor que el mismo Dios. Sólo Jesucristo y vuestro amor harán para con ella el oficio de obispo. Yo me avergüenzo de pertenecer al número de los obispos; no soy digno de ello, ya que soy el último de todos y un abortivo. Sin embargo, llegaré a ser algo, si llego a la posesión de Dios, por su misericordia.

Os saluda mi espíritu y la caridad de las Iglesias que me han acogido en el nombre de Jesucristo, y no como un transeúnte. En efecto, incluso las Iglesias que no entraban en mi itinerario corporal acudían en cada una de las ciudades por las que pasaba.

Os escribo desde Esmirna, por medio de unos efesios verdaderamente dignos de ser proclamados bienventurados. Entre otros, está también conmigo Croco, que me es muy querido. Respecto a los que, desde Siria, me han precedido a Roma a gloria de Dios, creo que los conocéis. Decidles que llegaré pronto. Todos son dignos de Dios y de vosotros, y conviene que les agasajéis en todo.

Adiós. Sed fuertes hasta el fin, soportándolo todo por Jesucristo.

 

RESPONSORIO
 
R./ Yo procuro contentar en todo a todos, * no buscando mi propia ventaja, sino la de la mayoría, para que se salven.
V./ Todo lo hago por causa del Evangelio, para participar yo también de sus bienes.
R./ No buscando mi propia ventaja, sino la de la mayoría, para que se salven.


 
ORACIÓN
 
Señor, concédenos amarte con todo el corazón y que nuestro amor se extienda también a todos los hombres. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

 


DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

Comienza la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1, 1-17

Saludo y acción de gracias. Discordias entre los Corintios

Yo, Pablo, llamado a ser apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios, y Sóstenes nuestro hermano, escribimos a la iglesia de Dios en Corinto, a los consagrados por Jesucristo, al pueblo santo que él llamó y a todos los demás que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo Señor nuestro y de ellos. La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo sean con vosotros.

En mi acción de gracias a Dios os tengo siempre presentes, por la gracia que Dios os ha dado en Cristo Jesús. Pues por él habéis sido enriquecidos en todo: en el hablar y en el saber; porque en vosotros se ha probado el testimonio de Cristo. De hecho, no carecéis de ningún don, vosotros que aguardáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. El os mantendrá firmes hasta el final, para que no tengan de qué acusaros en el tribunal de Jesucristo, Señor nuestro. Dios os llamó a participar en la vida de su Hijo, Jesucristo, Señor nuestro. ¡Y él es fiel!

Os ruego, sin embargo, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo: poneos de acuerdo y no andéis divididos. Estad bien unidos con un mismo pensar y sentir.

Hermanos, me he enterado por los de Cloe de que hay discordias entre vosotros. Y por eso os hablo así, porque andáis divididos diciendo: «Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Pedro, yo soy de Cristo». ¿Está dividido Cristo? ¿Ha muerto Pablo en la cruz por vosotros? ¿Habéis sido bautizados en nombre de Pablo?

Gracias a Dios no os bauticé a ninguno más que a Crispo y a Gayo, así nadie podrá decir que lo bautizaron para vincularlo a mi persona. Sí, también bauticé a la familia de Esteban; fuera de esos, no bauticé a ningún otro, que yo sepa. Porque no me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el evangelio, y no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo.

 

RESPONSORIO                    Cf. 1 Cor 1, 7.8.9
 
R./ Aguardamos la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. * El os mantendrá firmes hasta el final.
V./ Fiel es Dios, el cual os llamó a la comunión con su Hijo, Jesucristo nuestro Señor.
R./ El os mantendrá firmes hasta el final.
 


SEGUNDA LECTURA

San Juan Crisóstomo, Homilía sobre la limosna (3: PG 51, 263-265)

Piensa, oh hombre, de cuántos y cuáles dones
hoy has sido enriquecido

El primer día de la semana poned aparte cada uno por vuestra cuenta lo que consigáis ahorrar, para que, cuando yo vaya, no haya que andar entonces con colectas. Llama al domingo el primer día de la semana. ¿Y por qué destina este día a las ofrendas? ¿Por qué no el lunes, el martes o el mismo sábado? No lo hace ciertamente por casualidad y sin una razón: quiere tener de su parte la oportunidad del momento, para más estimular la voluntad de los oferentes. En los negocios no es lo de menos la elección del momento oportuno. Pero quizá me replicarás: ¿Es que existe una oportunidad especial para persuadir al hombre a que dé limosna?

Sí, pues ese día se dedica al descanso, el ánimo está más alegre con este reposo y, lo que es más importante, en ese día disfrutamos de innumerables bienes. En efecto, en este día, fue aniquilada la muerte, anulada la maldición, cancelado el pecado, destruidas las puertas del infierno, vencido el diablo, terminada la inacabable guerra, reconciliados los hombres con Dios, y vuelta nuestra estirpe a la prístina nobleza; qué digo, a una nobleza mucho más encumbrada; el sol contempló aquel admirable espectáculo: el hombre hecho inmortal. Queriendo Pablo que recordásemos tantos y tales beneficios, trajo a colación este día aduciéndolo como testigo, al decir a cada uno: Piensa, oh hombre, de cuántos y cuáles dones hoy has sido enriquecido, de cuántos y cuán grandes males has sido liberado: lo que eras y en qué te has convertido.

Y si solemos festejar el día de nuestro nacimiento, y si muchos siervos celebran solemnemente el día en que adquirieron la libertad, unos con banquetes y otros mostrándose más pródigos en las dádivas, ¿con cuánta mayor razón debemos venerar este día, que bien podríamos llamar, sin apartarnos de la verdad, día natalicio de toda la naturaleza humana?

Estábamos perdidos y fuimos reconciliados. Justo es, pues, solemnizarlo espiritualmente, no con comilonas, no con vino ni borracheras, sino haciendo partícipes de nuestra riqueza a nuestros hermanos pobres. Os digo esto no para que os contentéis con aprobarlo laudatoriamente, sino para que lo imitéis. No penséis que estas recomendaciones iban destinadas únicamente a los Corintios, sino también a cada uno de nosotros y a todos los que vendrán después de nosotros. Hagamos realidad lo que Pablo ordenó, y el domingo cada uno de nosotros ponga aparte en su casa el óbolo dominical. Y que esto se convierta en ley y en costumbre inmutable y así no será necesario en el futuro volver a las amonestaciones y a la persuasión. Pues la exhortación y la persuasión no valen lo que una costumbre inveterada.

 

RESPONSORIO                    Os 10,12; Heb 12,12-13
  
R./ Sembrad con justicia, recoged con amor. * Es tiempo de consultar al Señor, hasta que venga y haga llover sobre vosotros la justicia.
V./ Fortaleced las manos débiles,  robusteced las rodillas vacilantes, y caminad por una senda llana: así el pie cojo, no se retuerce, sino que se cura.
R./ Es tiempo de consultar al Señor, hasta que venga y haga llover sobre vosotros la justicia.


 
ORACIÓN
 
Vela, Señor, con amor continuo sobre tu familia; protégela y defiéndela siempre, ya que sólo en ti ha puesto su esperanza. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 


EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 1,18 -2, 5

Los apóstoles predican la cruz

Hermanos: El mensaje de la cruz es necedad para los que están en vías de perdición; pero para los que están en vías de salvación —para nosotros— es fuerza de Dios. Dice la Escritura: «Destruiré la sabiduría de los sabios, frustraré la sagacidad de los sagaces». ¿Dónde está el sabio?¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el sofista de nuestros tiempos? ¿No ha convertido Dios en necedad la sabiduría del mundo?

Y como, en la sabiduría de Dios, el mundo no lo conoció por el camino de la sabiduría, quiso Dios valerse de la necedad de la predicación, para salvar a los creyentes. Porque los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero, para los llamados —judíos o griegos—, un Mesías que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres.

Y si no, fijaos en vuestra asamblea, no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; todo lo contrario, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar el poder. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que nq cuenta para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor. Por él vosotros sois en Cristo Jesús, en este Cristo que Dios ha hecho para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención. Y así —como dice la Escritura— «el que se gloríe, que se gloríe en el Señor».

Por eso yo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado. Me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

 

RESPONSORIO                    1 Cor 2, 3.5; 1, 30
 
R./ Nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado.  * Para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.
V./ Vosotros estáis en Cristo Jesús, el cual se ha hecho para nosotros sabiduría de parte de Dios, justicia, santificación y redención.
R./ Para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.
 


SEGUNDA LECTURA

Balduino de Cantorbery, Sobre las bienaventuranzas evangélicas (9: PL 204, 501-502.504)

La sabiduría de la cruz del Señor

La sabiduría de este mundo es necedad ante Dios, y la sabiduría de Dios es necedad ante el mundo. Es necedad hablar de cruz a los que perecen. Pues bien: en cierto modo, hablar de pobreza y de llanto es hablar de cruz. Pues la pobreza y el llanto son una modalidad de la cruz. Pero la sabiduría de Dios ha quedado justificada por sus obras, obras de la luz. Los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz. Por esta razón, los hijos de este mundo y los hijos de la luz se consideran mutuamente necios y locos. Aquéllos acuden a los idólatras que se extravían con engaños, éstos aman como a la luz la necedad de la predicación, de la que quiso Dios valerse para salvar a los creyentes, luz que el hombre animal no capta, pues para él es necedad y es incapaz de comprenderla. Esta oposición entre la sabiduría de Dios y la sabiduría de este mundo ataca, en el corazón de muchos, los mismos fundamentos de la fe y es tan poderosa que amenaza con hacer caer, si fuera posible, a los mismos elegidos.

Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados. La vanidad y la verdad distinguen entre llanto y llanto. Los hay que lloran por cosas que no vale la pena llorar, y, en consecuencia, son dignos de lástima, pues lloran en vano como en vano creen. Y los hay que pía y saludablemente lloran, y serán dichosos porque lloran de la manera de que habla el Señor dirigiéndose a sus discípulos: Yo os aseguro: lloraréis y os lamentaréis vosotros, mientras el mundo estará alegre. Vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría. Y el salmista: Al ir, iba llorando, llevando la semilla; al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavillas.

De este pío llanto, como de una lluvia de gracia celeste, se riegan nuestras semillas, para que bien regada crezca más abundante la mies. Esta es la lluvia copiosa que Dios derramó en su heredad. En este valle de lágrimas en que hemos nacido, tenemos sobradas razones para llorar, en donde todo lo que ocurre, dentro o fuera de nosotros, es raro que no nos dé motivo para llorar. Con esta diferencia: que los débiles se lamentan en la tribulación, mientras que los perfectos se gozan incluso de las tribulaciones, lo que es señal de fortaleza; y se duelen no obstante, lo cual es señal de debilidad. Pues no debemos pensar que los perfectos estén exentos de toda debilidad. Pues su fuerza se realiza en la debilidad.

 

RESPONSORIO                    1 Cor 3, 18-19; Gal 6, 14
 
R./ Si alguno de vosotros se cree sabio en este mundo, que se haga necio para llegar a ser sabio. * Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios.
V./ En cuanto a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.
R./ Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios.
 
 
ORACIÓN
 
Vela, Señor, con amor continuo sobre tu familia; protégela y defiéndela siempre, ya que sólo en ti ha puesto su esperanza. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



MARTES


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 2, 1-16

El gran misterio del designio de Dios

Hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado. Me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

Hablamos, entre los perfectos, una sabiduría que no es de este mundo, ni de los príncipes de este mundo, que quedan desvanecidos, sino que enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria. Ninguno de los príncipes de este mundo la ha conocido; pues, si la hubiesen conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria. Sino, como está escrito: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman».

Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu. El Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios. ¿Quién conoce lo íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre, que está dentro de él? Pues, lo mismo, lo íntimo de Dios lo conoce sólo el Espíritu de Dios.

Y nosotros hemos recibido un Espíritu que no es del mundo; es el Espíritu que viene de Dios, para que tomemos conciencia de los dones que de Dios recibimos. Cuando explicamos verdades espirituales a hombres de espíritu, no las exponemos en el lenguaje que enseña el saber. humano, sino en el que enseña el Espíritu.

A nivel humano, uno no capta lo que es propio del Espíritu de Dios, le parece una necedad; no es capaz de percibirlo, porque sólo se puede juzgar con el criterio del Espíritu. En cambio, el hombre de espíritu tiene un criterio para juzgarlo todo, mientras él no está sujeto al juicio de nadie. «¿Quién conoce la mente del Señor para poder instruirlo?». Pues bien, nosotros tenemos la mente de Cristo.

 

RESPONSORIO                    Dan 2, 22.28; 1 Cor 2, 9.10
 
R./ Él revela lo profundo y lo oculto, y conoce lo que hay en las tinieblas. * Pero hay un Dios en el cielo que revela los secretos
V./ «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman». Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu; pues el Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios.
R./ Pero hay un Dios en el cielo que revela los secretos
 


SEGUNDA LECTURA

San Juan Crisóstomo, Homilía 7 sobre la primera carta a los Corintios (1-2: PG 61, 55-56)

Enseñamos una sabiduría divina, misteriosa

Enseñamos una sabiduría divina, misteriosa. El misterio no admite demostración, pero anuncia lo que es. Y no sería un misterio exclusivamente divino si le añadieras algo por tu cuenta. Por lo demás, se llama misterio porque creemos lo que no vemos: una cosa es la que vemos y otra la que creemos. Tal es de hecho la naturaleza de nuestros misterios.

Mi reacción ante el misterio es muy distinta de la reacción del infiel. Me dicen que Cristo ha sido crucificado, e inmediatamente entran en juego los mecanismos de mi admiración al comprobar su amor por los hombres; lo oye el infiel y lo considera una imbecilidad; me dicen que se ha hecho esclavo y admiro la providencia; lo oye él y lo juzga deshonroso; me dicen que murió y enmudezco ante su poder no superado por la muerte sino destructor de la muerte; lo oye él y diagnostica imbecilidad.

Cuando él oye hablar de resurrección lo considera una fábula, yo, en cambio, una vez hechas las debidas comprobaciones, adoro la economía de Dios. Oyendo hablar del bautismo piensa él que es sólo cuestión de agua, yo, en cambio, no me quedo en las meras apariencias, sino que veo además la purificación del alma por el Espíritu. Piensa él que sólo me han lavado el cuerpo, mientras que yo creo que también el alma se ha hecho pura y santa, y pienso en el sepulcro, la resurrección, la santificación, la justicia, la redención, la adopción, la herencia, el reino de los cielos, el don del Espíritu. Pues no juzgo los fenómenos con los ojos del cuerpo, sino con los ojos del alma. Oigo hablar del cuerpo de Cristo, y lo entiendo de muy diversa manera que el infiel.

Y así como los niños al ver un libro, no conocen el valor de las letras y desconocen lo que ven, lo mismo pasa con el misterio: los infieles aunque oigan, es como si no oyeran; en cambio los fieles, que poseen la pericia del Espíritu, penetran el significado oculto. Aclarando este tema decía Pablo: Si nuestro evangelio sigue velado, es para los que van a la perdición, o sea, para los incrédulos.

Así pues, misterio es sobre todo lo que, aunque predicado en todas partes, no es conocido por los que no tienen un alma recta, pues se revela no por la sabiduría, sino por el Espíritu Santo y en la medida de nuestra propia capacidad. En consecuencia, no andaría errado quien, de acuerdo con lo expuesto, llamara al misterio «arcano», ya que ni siquiera a nosotros los creyentes se nos ha dado la plena percepción y el conocimiento exacto del misterio. Por eso decía Pablo: Porque limitado es nuestro saber y limitada es nuestra profecía. Ahora vemos confusamente en un espejo, entonces veremos cara a cara. Enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria.

 

RESPONSORIO                    1 Cor 1, 21.23
 
R./ En la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios por el camino de la sabiduría, * quiso Dios valerse de la necedad de la predicación para salvar a los que creen.
V./ Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles.
R./ Quiso Dios valerse de la necedad de la predicación para salvar a los que creen.
 
 
ORACIÓN
 
Vela, Señor, con amor continuo sobre tu familia; protégela y defiéndela siempre, ya que sólo en ti ha puesto su esperanza. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 3, 1-23

Misión de los ministros en la Iglesia

Por mi parte, hermanos, no pude hablaros como a hombres de espíritu, sino como a gente débil, como a cristianos todavía en la infancia. Por eso os alimenté con leche, no con comida, porque no estabais para más. Por supuesto, tampoco ahora, que seguís los bajos instintos. Mientras haya entre vosotros envidias y contiendas, es que os guían los bajos instintos y que procedéis como gente cualquiera.

Cuando uno dice «yo estoy por Pablo» y otro «yo por Apolo», ¿no sois como cualquiera? En fin de cuentas ¿qué es Apolo y qué es Pablo? Agentes de Dios que os llevaron a la fe, cada uno como le encargó el Señor. Yo planté, Apolo regó, pero fue Dios quien hizo crecer; por tanto, el que planta no significa nada ni el que riega tampoco; cuenta el que hace crecer, o sea, Dios. El que planta y el que riega son una misma cosa; si bien cada uno recibirá el salario según lo que haya trabajado. Nosotros somos colaboradores de Dios y vosotros campo de Dios. Sois también edificio de Dios.

Conforme al don que Dios me ha dado, yo como hábil arquitecto coloqué el cimiento, otro levanta el edificio. Mire cada uno cómo construye. Nadie puede poner otro cimiento del ya puesto, que es Jesucristo. Encima de ese cimiento edifican con oro, plata, piedras preciosas o con madera, heno o paja. Lo que ha hecho cada uno saldrá a la luz; el día del juicio lo manifestará, porque ese día despuntará con fuego y el fuego pondrá a prueba la calidad de cada construcción: si la obra de uno resiste, recibirá su paga; si se quema, la perderá; él sí saldrá con vida, pero como quien escapa de un incendio.

¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el templode Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros.

Que nadie se engañe. Si alguno de vosotros se cree sabio en este mundo, que se haga necio para llegar a ser sabio. Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios, como está escrito: «Él caza a los sabios en su astucia». Y también: «El Señor penetra los pensamientos de los sabios y conoce que son vanos».

Así pues, que nadie se gloríe en los hombres, pues todo es vuestro: Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro. Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios.

 

RESPONSORIO                    Ef 2, 19-20; 1 Cor 3, 16
 
R./ Ya no sois extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios. Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, * y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular.
V./ Sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros.
R./ Y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular.
 


SEGUNDA LECTURA

San Juan Crisóstomo, Homilía 8 sobre la primera carta a los Corintios (4: PG 61, 72-73)

Adhirámonos a Cristo, pues si estamos separados,
perecemos

Nadie puede poner otro cimiento del ya puesto, que es Jesucristo. Fíjate cómo Pablo prueba sus asertos sirviéndose de nociones corrientes. Lo que intenta decir es esto: Os anuncié a Cristo, os puse el cimiento. Atención a cómo edificáis: por vanagloria o para que los hombres no se hagan discípulos suyos. No hagamos caso a los herejes: Nadie puede poner otro cimiento del ya puesto.

Edifiquemos, pues, sobre él y adhirámonos a él como al fundamento, como el sarmiento se une a la vid, y que nada se interponga entre nosotros y Cristo, pues en el momento que algo se interponga, perecemos. El sarmiento mientras esté adherido a la vid, chupa la savia; y el edificio bien compacto se mantiene en pie, pero si está agrietado, se derrumba al no tener dónde apoyarse. No nos contentemos, pues, con estar unidos a Cristo: formemos un bloque con él, pues si estamos separados, perecemos: Sí: los que se alejan de ti se pierden.

Fusionémonos con él, y fusionémonos mediante las obras: El que guarda mis mandamientos –dice–, permanece en mí. Y nos une a él utilizando muchas comparaciones. Escucha: él es la cabeza, nosotros, el cuerpo: ¿es que puede mediar espacio alguno entre la cabeza y el cuerpo?

El es el cimiento, nosotros el edificio; él es la vid, nosotros los sarmientos; él es el esposo, nosotros la esposa; él es el pastor, nosotros las ovejas; él es el camino, nosotros los que caminamos por él; nosotros somos el templo, él él morador del templo; él es el primogénito, nosotros somos sus hermanos; él es el heredero, nosotros los coherederos; él es la vida, nosotros los vivientes; él es la resurrección, nosotros los que resucitamos; él es la luz, nosotros los iluminados. Todos estos ejemplos conllevan una vinculación y no permiten la existencia de un espacio intermedio vacío, ni el más mínimo. Quien se separa un poco, incluso hacia adelante, acabará separándose mucho.

Pasa lo mismo con el cuerpo: si, con un tajo de espada, admite una pequeña separación, perece; y si el edificio soporta una insignificante fisura, acabará desmoronándose; y si el sarmiento es separado aunque mínimamente de la raíz, se convierte en sarmiento inútil. Por consiguiente, este poco no es poco, sino que casi podría decirse que es el todo.

Pues bien: cuando cometemos un pecado leve o somos perezosos, no dejemos de darle toda su importancia, pues si lo descuidamos, pronto se agrandará. Es lo que ocurre con un vestido: si comienza a romperse y no ponemos remedio, acaba por rasgarse del todo. Y si no se arregla un tejado del que han volado algunas tejas, acabará por derrumbarse la casa. Teniendo en cuenta, pues, todo lo dicho, no despreciemos jamás lo pequeño, para no caer en lo grande, para no caer en el sopor capital. Pues luego resultaría difícil resurgir, si no se vigila mucho; y no sólo por la lejanía, sino por las dificultades inherentes al lugar en que hemos caído. El pecado es un abismo profundo y nos atrae vertiginosamente hacia el fondo. Y lo mismo que los que cayeron en un pozo, no salen fácilmente, sino que necesitan de otros que los saquen, igual ocurre con los que caen en lo profundo del pecado.

Lancémosles una soga y tiremos de ellos hacia arriba; es más, no sólo ellos tienen necesidad de esta ayuda, sino nosotros mismos, para atarnos también nosotros y subir no sólo en la proporción del descenso, sino mucho más arriba, si lo deseamos. Dios nos presta su ayuda: No quiere la muerte del pecador, sino que se convierta.

 

RESPONSORIO                    Sal 117, 22; 1 Cor 3, 10.11
 
R./ La piedra que desecharon los arquitecto, es ahora la piedra angular. Mire cada cual cómo construye.
V./ Nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo.
R./ Mire cada cual cómo construye.


 
ORACIÓN
 
Vela, Señor, con amor continuo sobre tu familia; protégela y defiéndela siempre, ya que sólo en ti ha puesto su esperanza. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



JUEVES


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 4, 1-21

Exhortación contra el orgullo

Hermanos: Que la gente sólo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora, en un administrador lo que se busca es que sea fiel. Para mí, lo de menos es que me pidáis cuentas vosotros o un tribunal humano; ni siquiera yo me pido cuentas. La conciencia, es verdad, no me remuerde; pero tampoco por eso quedo absuelto: mi juez es el Señor. Así pues, no juzguéis antes de tiempo: dejad que venga el Señor. El iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón; entonces cada uno recibirá la alabanza de Dios.

Hermanos, he aplicado lo anterior a Apolo y a mí por causa vuestra, para que con nuestro caso aprendáis aquello de «no saltarse el reglamento» y no os engriáis el uno a costa del otro. A ver, ¿quién te hace tan importante? ¿Tienes algo que no hayas recibido? Y, si lo has recibido, ¿a qué tanto orgullo, como si nadie te lo hubiera dado? Ya tenéis todo lo que ansiabais, ya sois ricos, habéis conseguido un reino sin nosotros. ¿Qué más quisiera yo? Así reinaríamos juntos. Por lo que veo, a nosotros, los apóstoles, Dios nos coloca los últimos; parecemos condenados a muerte, dados en espectáculo público para ángeles y hombres.

Nosotros, unos necios por Cristo; vosotros, ¡qué sensatos en Cristo! Nosotros débiles, vosotros fuertes; vosotros célebres, nosotros despreciados; hasta ahora hemos pasado hambre y sed y falta de ropa; recibimos bofetadas, no tenemos domicilio, nos agotamos trabajando con nuestras propias manos; nos insultan, y les deseamos bendiciones; nos persiguen, y aguantamos; nos calumnian, y respondemos con buenos modos; nos tratan como a la basura del mundo, el desecho de la humanidad; y así hasta el día de hoy.

No os escribo esto para avergonzaros, sino para haceros recapacitar, porque os quiero como a hijos; porque tendréis mil tutores en Cristo, pero padres no tenéis muchos; por medio del evangelio soy yo quien os he engendrado para Cristo Jesús. Por eso, os exhorto a que sigáis mi ejemplo, y para eso os mando a Timoteo, hijo mío querido y cristiano fiel; él os recordará mis principios cristianos, los mismos que enseño en todas partes, a cada comunidad.

Algunos, por otra parte, han empezado a engreírse pensando que no iré por ahí; pues voy a llegar muy pronto, si el Señor quiere, y entonces veré no lo que dicen esos engreídos, sino lo que hacen; porque Dios no reina cuando se habla, sino cuando se actúa. ¿Qué queréis?, ¿voy con la vara o con cariño y suavidad?

 

RESPONSORIO                    1Cor 11, 1; 4, 15
 
R./ Sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo. * Por medio del Evangelio soy yo quien os ha engendrado para Cristo Jesús.
V./ En Cristo tendréis mil tutores, pero padres no tenéis muchos.
R./ Por medio del Evangelio soy yo quien os ha engendrado para Cristo Jesús.

 

SEGUNDA LECTURA

Balduino de Cantorbery, Tratado sobre el santísimo sacramento de la Eucaristía (PL 204, 413-414)

Dad pruebas continuamente de que sois servidores de Dios

Vosotros, sacerdotes del Señor, que como antorchas ilumináis a todo el mundo, honrad vuestro ministerio. Esmeraos en la rectitud, servid al Señor con temor: porque os han comprado pagando un precio por vosotros. Por tanto, ¡glorificad a Dios con vuestro cuerpo, llevando la muerte de Jesús! Dad pruebas continuamente de que sois servidores de Dios, llevando en vuestro cuerpo las marcas de Jesús y el distintivo de su milicia, en la abstinencia y la continencia, en la castidad y la sobriedad, en la paciencia y la humildad, en toda pureza y santidad, para que todo el que os vea sepa a quién pertenecéis y se cumpla en vosotros la palabra profética: Vosotros os llamaréis «Sacerdotes del Señor», dirán de vosotros: «Ministros de nuestro Dios».

Sacerdotes del Señor, bendecid al Señor, bendecid al que os ha bendecido con toda clase de bienes espirituales y celestiales, al que bendijo a la casa de Aarón. Que Dios sea santificado en vosotros, para que en vosotros se manifieste tal cual es: santo, puro, incontaminado. Que por vuestra culpa no maldigan su nombre; que por vuestra culpa no pongan en ridículo nuestro servicio. Que aun en medio de un pueblo depravado y pervertido, vuestra conducta sea tal, que los que os vieren puedan decir: Estos son los auténticos sacerdotes del Señor y los verdaderos discípulos de Jesucristo y vicarios de los apóstoles; realmente éstos son la estirpe que bendijo el Señor.

Pensad en la dignidad del sacerdocio que se os ha conferido para consagrar y distribuir. Que vuestras manos, a las que les es dado tocar tan venerable sacrificio, estén limpias de toda corrupción y soborno, para que no tengáis parte con aquellos que en su izquierda llevan infamias, y su derecha está llena de sobornos. Conservad limpios vuestros labios, para que podáis gustar qué bueno es el Señor. Que la boca del sacerdote rebose de acciones de gracias, de voces de alabanza, de oraciones, de súplicas, de invocaciones.

Amadísimos hermanos: mantengamos con firmeza y creamos sin ningún género de duda lo que sobre esta sagrada comunión la autoridad del mismo Dios y la de los santos Padres nos prescribe creer. En este sacramento está contenido el poder de nuestra restauración y el precio de nuestra redención. La verdad está oculta para que nuestra fe se ejercite; el modo de vivir de Cristo se nos representa como modelo de nuestra vida. Por eso, cuando el Señor instituyó este sacrificio y se lo transmitió a sus discípulos, dijo: Haced esto en conmemoración mía. Haced lo que yo hago, ofreced lo que yo ofrezco, vivid como yo os enseño, sacad de mi propio ejemplo la norma de vivir y de morir. Este sacramento produce en nosotros este efecto: Cristo vive en nosotros y nosotros en él. Nos da la posibilidad de morir por Cristo, como Cristo murió por nosotros. A los que mueren en Cristo o por Cristo, les está reservada una muerte piadosa y un magnífico premio. Se les promete y se les reserva la gloria de aquella resurrección de la que este sacramento, dignamente recibido, es prenda y saludable reparación. Su eficacia transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa. ¿Cómo podremos dignamente pagar al Señor una gracia tan grande?

 

RESPONSORIO                    1 Cor 4, 1-2; Lc 12, 42
 
R./ Que la gente solo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. * Ahora, lo que se busca en los administradores es que sean fieles.
V./ «¿Quién es el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre?
R./ Ahora, lo que se busca en los administradores es que sean fieles.
 
 
ORACIÓN
 
Vela, Señor, con amor continuo sobre tu familia; protégela y defiéndela siempre, ya que sólo en ti ha puesto su esperanza. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



VIERNES


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 5, 1-13

Juicio contra la inmoralidad

Hermanos: Se sabe de buena tinta que hay un caso de unión ilegítima en vuestra comunidad, y tan grave, que ni los gentiles la toleran; me refiero a ése que vive con la mujer de su padre.

¿Y todavía tenéis humos? Estaría mejor ponerse de luto y pidiendo que el que ha hecho eso desaparezca de vuestro grupo.

Lo que es yo, ausente en el cuerpo, pero presente en espíritu, ya he tomado una decisión como si estuviera presente: reunidos vosotros en nombre de nuestro Señor Jesús, y yo presente en espíritu, con el poder de nuestro Señor Jesús, entregad al que ha hecho eso en manos del diablo; humanamente quedará destrozado, pero así la persona se salvará el día del Señor.

Ese orgullo vuestro no tiene razón de ser. ¿No sabéis que un poco de levadura fermenta toda la masa? Quitad la levadura vieja para ser una masa nueva, ya que sois panes ázimos. Porque ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo. Así pues, celebremos la Pascua, no con levadura vieja (levadura de corrupción y de maldad), sino con los panes ázimos de la sinceridad y la verdad.

Os decía en la otra carta que no os juntarais con libertinos. No me refería así en general a los libertinos' de este mundo, ni tampoco a los codiciosos y estafadores, ni a los idólatras; para eso tendríais que marcharos del mundo. Lo que de hecho os dije fue que no os juntarais con uno que se llama cristiano y es libertino, codicioso, idólatra, difamador, borracho o estafador: con uno así ni sentarse a la misma mesa. ¿Es asunto mío juzgar a los de fuera?, ¿no es a los de dentro a quienes juzgáis vosotros? A los de fuera los juzga Dios. Echad de vuestro grupo al malvado.

 

RESPONSORIO                    1Cor 5, 7.8; Rom 4, 25
 
R./ Barred la levadura vieja para ser una masa nueva, ya que sois panes ácimos. Porque ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo. * Así, pues, celebremos la fiesta del Señor.
V./ El cual fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación.
R./ Así, pues, celebremos la fiesta del Señor.

 

SEGUNDA LECTURA

San Vicente de Lerins, Primer Conmonitorio (Cap 23: PL 50,667-668)

El progreso del dogma cristiano

¿Es posible que se dé en la Iglesia un progreso en los conocimientos religiosos? Ciertamente que es posible, y la realidad es que este progreso se da.

En efecto, ¿quién envidiaría tanto a los hombres y sería tan enemigo de Dios como para impedir este progreso? Pero este progreso sólo puede darse con la condición de que se trate de un auténtico progreso en el conocimiento de la fe, no de un cambio en la misma fe. Lo propio del progreso es que la misma cosa que progresa crezca y aumente, mientras lo característico del cambio es que la cosa que se muda se convierta en algo totalmente distinto.

Es conveniente, por tanto, que, a través de todos los tiempos y de todas las edades, crezca y progrese la inteligencia, la ciencia y la sabiduría de cada una de las personas y del conjunto de los hombres, tanto por parte de la Iglesia entera, como por parte de cada uno de sus miembros. Pero este crecimiento debe seguir su propia naturaleza, es decir, debe estar de acuerdo con las líneas del dogma y debe seguir el dinamismo de una única e idéntica doctrina.

Que el conocimiento religioso imite, pues, el modo como crecen los cuerpos, los cuales, si bien con el correr de los años se van desarrollando, conservan, no obstante, su propia naturaleza. Gran diferencia hay entre la flor de la infancia y la madurez de la ancianidad, pero, no obstante, los que van llegando ahora a la ancianidad son, en realidad, los mismos que hace un tiempo eran adolescentes. La estatura y las costumbres del hombre pueden cambiar, pero su naturaleza continúa idéntica y su persona es la misma.

Los miembros de un recién nacido son pequeños, los de un joven están ya desarrollados; pero, con todo, el uno y el otro tienen el mismo número de miembros. Los niños tienen los mismos miembros que los adultos y, si algún miembro del cuerpo no es visible hasta la pubertad, este miembro, sin embargo, existe ya como un embrión en la niñez, de tal forma que nada llega a ser realidad en el anciano que no se contenga como en germen en el niño.

No hay, pues, duda alguna: la regla legítima de todo progreso y la norma recta de todo crecimiento consiste en que, con el correr de los años, vayan manifestándose en los adultos las diversas perfecciones de cada uno de aquellos miembros que la sabiduría del Creador había ya preformado en el cuerpo del recién nacido.

Porque, si aconteciera que un ser humano tomara apariencias distintas a las de su propia especie, sea porque adquiriera mayor número de miembros, sea porque perdiera alguno de ellos, tendríamos que decir que todo el cuerpo perece o bien que se convierte en un monstruo o, por lo menos, que ha sido gravemente deformado. Es también esto mismo lo que acontece con los dogmas cristianos: las leyes de su progreso exigen que éstos se consoliden a través de las edades, se desarrollen con el correr de los años y crezcan con el paso del tiempo.

Nuestros mayores sembraron antiguamente, en el campo de la Iglesia, semillas de una fe de trigo; sería ahora grandemente injusto e incongruente que nosotros, sus descendientes, en lugar de la verdad del trigo, legáramos a nuestra posteridad el error de la cizaña.

Al contrario, lo recto y consecuente, para que no discrepen entre sí la raíz y sus frutos, es que de las semillas de una doctrina de trigo recojamos el fruto de un dógma de trigo; así, al contemplar cómo a través de los siglos aquellas primeras semillas han crecido y se han desarrollado, podremos alegrarnos de cosechar el fruto de los primeros trabajos.

 

RESPONSORIO                    Dt 4, 1.2; Jn 6, 63
 
R./ Ahora, Israel, escucha los mandatos y decretos que yo les enseño. * No añadan nada a lo que yo les mando ni supriman nada.
V./ Las palabras que os he dicho son espíritu y vida.
R./ No añadan nada a lo que yo les mando ni supriman nada.
 
 
ORACIÓN
 
Vela, Señor, con amor continuo sobre tu familia; protégela y defiéndela siempre, ya que sólo en ti ha puesto su esperanza. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 6, 1-11

Pleitos ante los jueces paganos

Hermanos: Cuando uno de vosotros está en pleito con otro, ¿cómo tiene el descaro de llevarlo a un tribunal pagano y no ante los miembros del pueblo santo? ¿Habéis olvidado que el pueblo santo juzgará el universo? Pues si vosotros vais a juzgar al mundo, ¿no estaréis a la altura de juzgar minucias? Recordad que juzgaremos a ángeles: cuánto más asuntos de la vida ordinaria.

De manera que para juzgar los asuntos ordinarios dais jurisdicción a ésos que en la Iglesia no pintan nada. ¿No os da vergüenza? ¿Es que no hay entre vosotros ningún entendido que sea capaz de arbitrar entre dos hermanos? No señor, un hermano tiene que estar en pleito con otro y además entre paganos. Desde cualquier punto de vista ya es un fallo que haya pleitos entre vosotros. ¿No estaría mejor sufrir la injusticia? ¿No estaría mejor dejarse robar? En cambio, sois vosotros los injustos y los ladrones, y eso con hermanos vuestros.

Sabéis muy bien que ningún malhechor heredará el reino de Dios. No os hagáis ilusiones: los inmorales, idólatras, adúlteros, afeminados, invertidos, ladrones, codiciosos, borrachos, difamadores o estafadores no heredarán el reino de Dios. Así erais algunos antes. Pero os lavaron, os consagraron, os perdonaron invocando al Señor Jesucristo y al Espíritu de nuestro Dios.

 

RESPONSORIO                    Tit 3, 5.6; 1 Cor 6, 11
 
R./ Dios según su propia misericordia, nos salvó por el baño del nuevo nacimiento y de la renovación del Espíritu Santo, * que derramó copiosamente sobre nosotros por medio de Jesucristo nuestro Salvador,
V./ Fuisteis lavados, santificados, justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios.
R./ Que derramó copiosamente sobre nosotros por medio de Jesucristo nuestro Salvador,

 

SEGUNDA LECTURA

San Ambrosio de Milán Comentario sobre el salmo 43 (36-39: CSEL 64, 288-290)

La semilla de todos es Cristo

Hay quienes están destinados a ser ovejas de matanza. Entre éstos está nuestro buen Señor Jesucristo que se ha convertido en el cordero de nuestro banquete. ¿Cómo?, me preguntas. Escucha: ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo. Piensa además cómo nuestros antepasados descuartizaban el cordero y lo comían, en figura de la pasión del Señor Jesús, de quien todos los días nos nutrimos en el sacramento. Por este Cordero, también aquéllos se convirtieron en ovejas de matanza.

Ahora bien: los santos no sólo no deben temer este suculento banquete: han de hambrearlo. De otra suerte no es posible llegar al reino de los cielos, pues el mismo Señor dijo: Si no coméis mi carne y no bebéis mi sangre, no tendréis la vida eterna. Queda, pues, demostrado que nuestro Señor es comida, es banquete y alimento de los comensales, como él mismo dijo: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo.

Y para que sepas que todo esto se hizo por nosotros y por eso bajó él del cielo, de él dijo san Pablo: Todos nosotros somos un solo pan. No tengamos miedo por haber sido hechos ovejas de matanza. Pues lo mismo que la carne y la sangre del Señor nos han redimido, así también Pedro soportó muchas cosas por la Iglesia. Y lo mismo hicieron san Pablo y los demás apóstoles, al ser apaleados, lapidados, arrojados a la cárcel. Sobre aquella tolerancia de los sufrimientos y la valentía en arrostrar los peligros fue fundado el pueblo del Señor, y la Iglesia logró una nueva expansión al encaminarse los demás, presurosos, al martirio viendo que aquellos sufrimientos no sólo no mermaron un ápice la fortaleza de los apóstoles, antes bien esta breve vida les deparó la inmortalidad.

Es lo que demuestra asimismo el siguiente versículo del salmo, pues dijeron: Y nos has dispersado por las naciones. Los apóstoles en efecto fueron enviados a los pueblos y se dispersaron por las naciones lo mismo que los santos profetas, para que de aquella dispersión nacieran ubérrimos frutos. Al igual que nuestro Señor Jesucristo cayó cual grano en la tierra y murió, para poder dar mucho fruto, de igual modo se dispersaron los santos apóstoles, para llevar la buena semilla a las naciones, para que a ejemplo suyo germinase el fruto entre los pueblos. Finalmente, la Escritura nos asegura que el Señor dijo: Os he destinado para que vayáis y deis fruto abundante, y vuestro fruto dure.

Así pues, nuestro Señor Jesucristo se presentó como simiente, según lo dicho a Abrahán: Y a tu descendencia, que es Cristo. Cristo es, pues, la semilla de todos. Por eso aceptó caer en tierra y ser desparramado, para transformar nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa. Esta semilla de salvación germinó en beneficio de todos los hombres: partiendo de él y transfigurados a su imagen, los santos apóstoles fueron enviados —como otras tantas semillas—, a diversas regiones y aventados, para que las gentes, congregadas en el campo de la Iglesia, resplandecieran con frutos diversos en todo el orbe de la tierra. Fueron aventados para producir nuevos frutos y ser más tarde recogidos en los graneros de la Iglesia cual trigo nuevo.

 

RESPONSORIO                    Col 1, 24.25
 
R./ Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: * así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia.
V./ Por esto me afano y lucho, con la fuerza que viene de Cristo, que actúa en mi con poder.
R./ Así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia.
 
 
ORACIÓN
 
Vela, Señor, con amor continuo sobre tu familia; protégela y defiéndela siempre, ya que sólo en ti ha puesto su esperanza. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

 


DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA
LECTURA

De la primera carta a los Corintios 6, 12-20

Vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo

Hermanos:

–«Todo me está permitido».

–Sí, pero no todo aprovecha. Todo me está permitido, pero yo no me dejaré dominar por nada.

–La comida es para el estómago y el estómago para la comida y, además, Dios acabará con lo uno y con lo otro.

–Pero el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor; y el Señor es para el cuerpo. Dios, con su poder, resucitó al Señor y nos resucitará también a nosotros.

¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?, y ¿voy a quitarle un miembro a Cristo para hacerlo miembro de una prostituta? ¡Ni pensarlo! ¿No sabéis que unirse a una prostituta es hacerse un cuerpo con ella? Lo dice la Escritura: «Serán los dos un solo ser». En cambio, el que se une al Señor es un espíritu con él. Huid la fornicación. Cualquier pecado que cometa el hombre, queda fuera de su cuerpo. Pero el que fornica, peca en su propio cuerpo.

¿O es que no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo? El habita en vosotros porque lo habéis recibido de Dios. No os poseéis en propiedad, porque os han comprado pagando un precio por vosotros. Por tanto, ¡glorificad a Dios con vuestro cuerpo!

 

RESPONSORIO                    1 Cor 6, 19.20.17
 
R./ Vosotros sois templos de Dios, * y el Espíritu de Dios habita en vosotros.
V./ Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros.
R./ Y el Espíritu de Dios habita en vosotros.
 


SEGUNDA LECTURA

San Ireneo de Lyon, Tratado contra las herejías (Lib 3, 19, 1.3-20, 1: SC 34, 332.336-338)

Cristo, primicias de nuestra resurrección

El Verbo de Dios se hizo hombre y el Hijo de Dios se hizo Hijo del hombre para que el hombre, unido íntimamente al Verbo de Dios, se hiciera hijo de Dios por adopción.

En efecto, no hubiéramos podido recibir la incorrupción y la inmortalidad, si no hubiéramos estado unidos al que es la incorrupción y la inmortalidad en persona. ¿Y cómo hubiésemos podido unirnos al que es la incorrupción y la inmortalidad, si antes él no se hubiese hecho uno de nosotros, a fin de que nuestro ser corruptible fuera absorbido por la incorrupción, y nuestro ser mortal fuera absorbido por la inmortalidad, para que recibiésemos la filiación adoptiva?

Así, pues, este Señor nuestro es Hijo de Dios y Verbo del Padre por naturaleza, y también es Hijo del hombre, ya que tuvo una generación humana, hecho Hijo del hombre a partir de María, la cual descendía de la raza humana y a ella pertenecía.

Por esto, el mismo Señor nos dio una señal en las profundidades de la tierra y en lo alto de los cielos, señal que no había pedido el hombre, porque éste no podía imaginar que una virgen concibiera y diera a luz, y que el fruto de su parto fuera Dios con nosotros, que descendiera a las profundidades de la tierra para buscar a la oveja perdida (el hombre, obra de sus manos), y que, después de haberla hallado, subiera a las alturas para presentarla y encomendarla al Padre, convirtiéndose él en primicias de la resurrección. Así, del mismo modo que la cabeza resucitó de entre los muertos, también todo el cuerpo (es decir, todo hombre que participa de su vida, cumplido el tiempo de su condena, fruto de su desobediencia) resucitará, por la trabazón y unión que existe entre los miembros y la cabeza del cuerpo de Cristo, que va creciendo por la fuerza de Dios, teniendo cada miembro su propia y adecuada situación en el cuerpo. En la casa del Padre hay muchas moradas, porque muchos son los miembros del cuerpo.

Dios se mostró magnánimo ante la caída del hombre y dispuso aquella victoria que iba a conseguirse por el Verbo. Al mostrarse perfecta la fuerza en la debilidad, se puso de manifiesto la bondad y el poder admirable de Dios.

 

RESPONSORIO                    1 Cor 16, 20.22.21
 
R./ Cristo resucitó, primicia de quienes están muertos. * Como todos mueren en Adán, así todos recibirán la vida en Cristo.
V./ Por un hombre vino la muerte, por un hombre vendrá también la resurrección de los muertos.
R./ Como todos mueren en Adán, así todos recibirán la vida en Cristo.


 
ORACIÓN
 
Oh Dios, has prometido permanecer con los rectos y sinceros de corazón; concédenos vivir de tal manera que merezcamos tenerte siempre con nosotros. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.
 


EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 7, 1-24

Cuestiones sobre el matrimonio

Ahora, acerca de aquello que escribisteis: está bien que uno se case. Sin embargo, por tanta inmoralidad como hay, tenga cada uno su propia mujer y cada mujer su propio marido. El marido dé a su mujer lo que le debe y lo mismo la mujer al marido; la mujer ya no es dueña de su cuerpo, lo es el hombre, y tampoco el hombre es dueño de su cuerpo, lo es la mujer.

No os privéis el uno al otro; si acaso, de común acuerdo y por cierto tiempo, para dedicaros a la oración, y luego os juntáis otra vez, no sea que el diablo os tiente si no podéis conteneros. Y esto lo digo a modo de concesión, no como una orden. A todos les desearía que vivieran como yo, pero cada uno tiene el don particular que Dios le ha dado; unos uno y otros otro.

A los solteros y a las viudas les digo que estaría bien que se quedaran como están, como hago yo. Sin embargo, si no pueden contenerse, que se casen; más vale casarse que quemarse.

A los ya casados les mando —bueno, no yo, el Señor—que la mujer no se separe del marido. Y si llegara a separarse, que no vuelva a casarse o que haga las paces con su marido, y el marido que no se divorcie de su mujer.

A los demás les hablo yo, no el Señor: si un cristiano está casado con una no cristiana y ella está de acuerdo en vivir con él, que no se divorcie. Y si una mujer está casada con un no cristiano y él está de acuerdo en vivir con ella, que no se divorcie del marido. Porque el marido no cristiano queda consagrado a Dios por su mujer, y la mujer no cristiana queda consagrada por el marido cristiano. Si no fuera así, vuestros hijos estarían contaminados, mientras de hecho están consagrados. Ahora que si el no cristiano quiere separarse, que se separe; en semejantes casos el cristiano o la cristiana no están vinculados; Dios nos ha llamado a una vida de paz. ¿Quién te dice a ti, mujer, que vas a salvar a tu marido? o ¿quién te dice a ti, marido, que vas a salvar a tu mujer?

Fuera de este caso, viva cada uno en la condición que el Señor le asignó, en el estado en que Dios le llamó.

Esta norma doy en todas las comunidades. ¿Te llamó Dios estando circuncidado? No lo disimules. ¿Te ha llamado sin estarlo? No te circuncides. Estar circuncidado o no estar no significa nada, lo que importa es cumplir lo que Dios manda.

Siga cada uno el estado en que Dios le llamó. ¿Te llamó Dios esclavo? No te importe (aunque si de hecho puedes obtener la libertad, mejor aprovéchate), porque si el Señor llama a un esclavo, el Señor le da la libertad, y lo mismo, si llama a uno libre, es esclavo en Cristo. Pagaron para compraros, no seáis esclavos de hombres. Hermanos: cada uno siga ante Dios en la condición en que lo llamaron.

 

RESPONSORIO                    Mt 19, 4.5.6; cf. Gen 2, 24
 
R./ Dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y vendrán a ser los dos una sola carne. * No debe separar el hombre lo que Dios ha unido.
V./ El Creador los hizo desde el principio varón y mujer, así que ya no son dos, sino una sola carne.
R./ No debe separar el hombre lo que Dios ha unido.

 

SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Sermón 37 sobre perícopas del AT (2-3 : CCL 41, 448-451)

Debemos amar todos a la Iglesia como a madre

Y ahora al escuchar: Una mujer hacendosa, ¿quién la hallará? no penséis que se refiere a la Iglesia que está oculta, sino a aquella Iglesia que fue hallada por Uno de modo que ya no estuviera oculta para nadie. Y se nos describe para atraer sobre ella las alabanzas y la admiración, para que sea amada por todos nosotros, pues es esposa de un solo marido.

Una mujer hacendosa, ¿quién la hallará? Y ¿quién no ve a esta mujer tan hacendosa? Pero es una mujer ya hallada, eminente, conspicua, gloriosa, adornada, lúcida, y —para decirlo de una vez— difundida ya por toda la redondez de la tierra. Esta tal vale mucho más que las perlas. ¿Qué tiene de extraño que una mujer tal valga más que las perlas? Si ahora pensáis en la codicia humana, si atendemos a la calidad de las perlas, ¿qué tiene de extraño que la Iglesia sea considerada más valiosa que las perlas? No hay comparación posible.

Y en ella existen piedras preciosas. Y hasta tal punto son preciosas estas piedras que las llamamos vivas. Existen, pues, piedras preciosas que la adornan, pero la Iglesia misma es más valiosa. Respecto a estas piedras preciosas, quisiera hacer a vuestra caridad una confidencia: lo que yo entiendo, lo que vosotros entendéis, lo que yo temo, lo que vosotros debéis temer.

En la Iglesia existen y existieron siempre piedras preciosas: hombres doctos, llenos de ciencia, de elocuencia y de un profundo conocimiento de la ley. Son realmente preciosas estas piedras. Pero algunos de entre ellos fueron sustraídos del joyero de esta mujer. Por lo que se refiere a la doctrina y a la elocuencia que les da esplendor, piedra preciosa –refulgente en la doctrina del Señor– fue Cipriano, pero permaneció en el joyero de esta mujer. Piedra preciosa fue Donato, pero se sustrajo del ajuar ornamental. Toda piedra preciosa que no figura en el joyero de esta mujer, permanece en las tinieblas. Más le hubiera valido permanecer en el joyero de esta mujer, y así pertenecería a su ajuar. Y añadiría: ¡fielmente!

Se les llama piedras preciosas, porque son caras. Quien ha desertado de la caridad se ha envilecido, se ha depreciado. Ya puede seguir jactándose de su doctrina, ya puede continuar presumiendo de su elocuencia: que escuche la valoración del especialista en determinar la autenticidadde las piedras de esta matrona. Que escuche –repito– el veredicto del experto en joyas. ¿Por qué se jacta de su elocuencia una piedra ya no preciosa, sino vil? Ya podría yo hablar —dice— las lenguas de los hombres y de los ángeles; si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden. ¿Qué se ha hecho de aquella piedra? Ya no brilla, aturde. Por tanto, aprended a apreciar las piedras, vosotros que negociáis el reino de los cielos. Que ninguna, piedra os atraiga, si no está en el joyero de esta mujer. Esta, que vale más que las perlas, es el mismo precio de su ornamento.

 

RESPONSORIO                    Is 54, 12.11
 
R./ Haré tus almenas de rubí, tus puertas de esmeralda, * y de piedras preciosas tus bastiones.
V./ Mira yo mismo asiento tus piedras sobre azabaches, tus cimientos sobre zafiros.
R./ Y de piedras preciosas tus bastiones.


 
ORACIÓN
 
Oh Dios, has prometido permanecer con los rectos y sinceros de corazón; concédenos vivir de tal manera que merezcamos tenerte siempre con nosotros. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.
 



MARTES


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 7, 25-40
La virginidad cristiana

Hermanos: Respecto al celibato no tengo órdenes del Señor, sino que doy mi parecer como hombre de fiar que soy, por la misericordia del Señor. Estimo que es un bien, por la necesidad actual: quiero decir que es un bien vivir así.

¿Estás unido a una mujer? No busques la separación. ¿Estás libre? No busques mujer; aunque, si te casas, no haces mal; y, si una soltera se casa, tampoco hace mal. Pero estos tales sufrirán la tribulación de la carne. Yo respeto vuestras razones.

Digo esto, hermanos: que el momento es apremiante. Queda como solución que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no lo estuvieran; los que compran, como si no poseyeran; los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él: porque la representación de este mundo se termina.

Quiero que os ahorréis preocupaciones: el soltero se preocupa de los asuntos del Señor, buscando contentar al Señor; en cambio, el casado se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su mujer, y anda dividido.

Lo mismo, la mujer sin marido y la soltera se preocupan de los asuntos del Señor, consagrándose a ellos en cuerpo y alma; en cambio, la casada se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su marido. Os digo todo esto para vuestro bien, no para poneros una trampa, sino para induciros a una cosa noble y al trato con el Señor sin preocupaciones.

Si, a pesar de todo, alguien cree faltar a la conveniencia respecto de su doncella, por estar en la flor de su edad, y conviene proceder así, haga lo que quiera, no peca; cásense. Mas el que permanece firme en su corazón, y sin presión alguna y en pleno uso de su libertad está resuelto en su interior a guardar a su doncella, hará bien. Así, pues, el que casa a su doncella obra bien. Y el que no la casa obra mejor.

La mujer está ligada a su marido mientras él viva; mas, una vez muerto el marido, queda libre para casarse con quien quiera, pero en el Señor. Sin embargo, será más feliz si permanece así según mi consejo; que yo también creo tener el Espíritu de Dios.

 

RESPONSORIO                    1 Cor 7, 29.31; 1 Jn 2, 15
 
R./ El momento es apremiante; queda como solución: que los que negocian en el mundo vivan como sí no disfrutarán de él; * porque la presentación de este mundo se termina.
V./ La salud está ahora más cerca que cuando abrazamos la fe.
R./ Porque la presentación de este mundo se termina.
 


SEGUNDA LECTURA

San León Magno, Tratado 90 (2-3: CCL 138A, 558-561)

El momento es apremiante

Estrecho y angosto es el camino que lleva a la vida y nadie podría poner el pie en él ni avanzar un solo paso si Cristo, haciéndose él mismo camino, no hubiera facilitado el acceso; de modo que el autor del camino se ha hecho posibilidad para el caminante, pues él es al mismo tiempo el que introduce a la tarea y conduce al descanso. En efecto, en él se fundamenta nuestra esperanza de la vida eterna y en él tenemos un modelo de paciencia. Pues si padecemos con él, reinaremos con él, porque, como dice el Apóstol: Quien dice que permanece en él, debe vivir como vivió él. De otra suerte presentamos una imagen falseada de la fe si no seguimos los preceptos de aquel de cuyo nombre nos gloriamos, preceptos que no nos serían onerosos y nos librarían de todo peligro, si no amáramos más que lo que se nos manda amar.

Dos son en efecto los tipos de amor que condicionan todo el universo volitivo, tan diversificados como lo son los núcleos de que proceden. Pues es un hecho de experiencia que el animal racional, que no puede vivir sin amar, o ama a Dios o ama al mundo. En el amor a Dios no caben excesos; en el amor al mundo, en cambio, todo es nocivo. En consecuencia, hemos de adherirnos inseparablemente a los bienes eternos y utilizar eventualmente los temporales, de modo que al peregrinar por la tierra con los ojos puestos en la patria, todo cuanto de próspero pudiera salirle al paso, lo considere como viático para el camino y no como invitación a instalarse. A esto nos exhorta el Apóstol cuando dice: El momento es apremiante. Queda como solución que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no lo estuvieran; los que compran, como si no poseyeran; los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él: porque la representación de este mundo se termina.

Pero quien se mece en la abundancia, en la belleza y variedad de las cosas, difícilmente logrará superar su atractivo a no ser que en la belleza de las cosas visibles ame más al Creador que a la criatura. Cuando él nos dice: Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas, quiere que por nada del mundo aflojemos los lazos de amor que nos unen a él. Y cuando a este mandamiento une estrechamente el amor al prójimo, nos ordena que imitemos su propia bondad, amando lo que él ama y haciendo lo que él hace.

Y aunque seamos campo de Dios y edificio de Dios; y si bien el que planta no significa nada ni el que riega tampoco, sino el que hace crecer, o sea, Dios, no obstante en todas las cosas exige la colaboración de nuestro ministerio y nos quiere dispensadores de sus bienes, a fin de que quien lleva la imagen de Dios, haga la voluntad de Dios. Por eso, en la oración dominical decimos con la máxima dedicación: Venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. ¿Qué es lo que pedimos con estas palabras, sino que Dios se someta al que todavía no le está sometido, y haga en la tierra a los hombres ejecutores de su voluntad, como los ángeles lo son en el cielo? Pidiendo esto, estamos amando a Dios, amamos también al prójimo, no con dos tipos de amor, sino con una misma dilección que nos hace desear que el siervo sirva y que el Señor impere.

 

RESPONSORIO                    Rom 8, 23; 1 Cor 29, 15
 
R./ Nosotros que poseemos las primicias del Espíritu * gemimos en nuestro interior, aguardando la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo.
V./ Nosotros somos extranjeros delante de ti y peregrinos como todos nuestros padres.
R./ Gemimos en nuestro interior, aguardando la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo.


 
ORACIÓN
 
Oh Dios, has prometido permanecer con los rectos y sinceros de corazón; concédenos vivir de tal manera que merezcamos tenerte siempre con nosotros. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.
 



MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 8, 1-13

Sobre las carnes sacrificadas a los ídolos

Hermanos: Acerca de la carne de los sacrificios: «todos tenemos conocimiento», ya lo sabemos. (El conocimiento engríe, lo constructivo es el amor mutuo). Figurarse que uno tiene conocimiento, es no haber empezado a conocer como es debido. A uno que ama es a quien Dios reconoce.

Vengamos a eso de comer de lo sacrificado. Sabemos que en el mundo real un ídolo no es nada y que Dios no hay más que uno; pues aunque hay los llamados dioses en el cielo y en la tierra —y son numerosos los dioses y numerosos los señores—, para nosotros no hay más que un Dios, el Padre, de quien procede el universo y a quien estamos destinados nosotros, y un solo Señor, Jesucristo, por quien existe el universo y por quien nosotros vamos al Padre. Sin embargo, no todos tienen ese conocimiento: algunos, acostumbrados a la idolatría hasta hace poco, comen pensando que la carne está consagrada al ídolo, y como su conciencia esta insegura, se mancha.

No será la comida lo que nos recomiende ante Dios: ni por privarnos de algo somos menos ni por comerlo somos más; pero cuidado con que esa libertad vuestra no se convierta en obstáculo para los inseguros. Porque si uno te ve a ti, «que tienes conocimiento», sentado a la mesa de un templo, ¿no se envalentonará su conciencia, insegura y todo, y comerá carne del sacrificio? Así tu conocimiento llevará al desastre al inseguro, a un hermano por quien Cristo murió.

Al pecar de esa manera contra los hermanos, turbando su conciencia insegura, pecáis contra Cristo. Por eso, si por cuestión de alimento peligra un hermano mío, nunca volveré a comer carne, para no ponerlo en peligro.

 

RESPONSORIO                    1 Cor 8, 5.6.4
 
R./ Aun cuando a muchos se les da el nombre de dioses en el cielo y en la tierra, para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, * y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por quien somos nosotros también.
V./ Sabemos que en la creación no hay dioses falsos, y que no hay ningún Dios sino el único.
R./ Y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por quien somos nosotros también.
 


SEGUNDA LECTURA

Nicolás Cabasilas, De la vida en Cristo (6: PG 150, 678-679)

Jesús mismo es el premio y la corona de los combatientes

Los que están poseídos por el amor de Dios y de la virtud, deben estar prontos a soportar incluso las persecuciones y, si la ocasión se presenta, no han de rehusar exilarse y hasta aceptar alegremente las mayores afrentas, en la certeza de los grandes y preciosísimos premios que les están reservados en el cielo.

El amor de los combatientes hacia el caudillo y remunerador de la lucha, produce este efecto: infunde en ellos una convicción de fe en los premios que todavía no están a la vista y les comunica una sólida esperanza en los premios futuros. De esta forma, pensando y meditando continuamente en la vida de Cristo, les inspira sentimientos de moderación y les mueve a compasión de la fragilidad de la que son conscientes; les hace además delicados, justos, humanos y modestos, instrumentos de paz y de concordia, y, de tal suerte ligados a Cristo y a la virtud, que por ellos no sólo están prontos a padecer, sino que soportan serenamente los insultos y se alegran en las persecuciones. En una palabra, de estas meditaciones podemos sacar aquellos bienes inconmensurables que son el ingrediente de la felicidad. Y así, en aquel que es el sumo bien, podemos conservar la inteligencia, tutelar la habitual buena compostura, hacer mejor el alma, custodiar las riquezas recibidas en los sacramentos y mantener limpia e intacta la túnica real.

Pues bien: así como es propio de la naturaleza humana estar dotada de una inteligencia y actuar de acuerdo con la razón, así debemos reconocer que para poder contemplar las cosas de Cristo nos es necesaria la meditación. Sobre todo cuando sabemos que el arquetipo en el que los hombres han de inspirarse, tanto si se trata de hacer algo en sí mismos, como si se trata de marcar la dirección a los demás, es únicamente Cristo. El es el primero, el intermedio y el último que mostró a los hombres la justicia, tanto la justicia en relación con uno mismo, como la que regula el trato y la convivencia social. Por último, él mismo es el premio y la corona que se otorgará a los combatientes.

Por tanto, debemos tenerle siempre presente, repensando cuidadosamente todo cuanto a él se refiere y, en la medida de lo posible, tratar de comprenderlo, para saber cómo hemos de trabajar. La calidad de la lucha condiciona el premio de los atletas: fijos los ojos en el premio, arrostran los peligros, mostrándose tanto más esforzados, cuanto más bello es el premio. Y al margen de todo esto, ¿hay alguien que desconozca la razón que le indujo a Cristo a comprarnos al precio de sola su sangre? Pues esta es la razón: no hay nadie más a quien nosotros debemos servir ni por quien debemos emplearnos a fondo con todo lo que somos: cuerpo, alma, amor, memoria y toda la actividad mental. Por eso dice Pablo: No os poseéis en propiedad, porque os han comprado pagando un precio por vosotros.

 

RESPONSORIO                    Hch 13, 48-49
 
R./ Los paganos se alegraban al escuchar la palabra de Dios * y abrasaban la fe todos los que estaban destinados para la vida eterna.
V./ La palabra de Dios se difundía.
R./ Y abrazaban la fe todos los que estaban destinados para la vida eterna.


 
ORACIÓN
 
Oh Dios, has prometido permanecer con los rectos y sinceros de corazón; concédenos vivir de tal manera que merezcamos tenerte siempre con nosotros. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.
 



JUEVES


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 9, 1-18

Libertad y caridad de Pablo

Hermanos: ¿No soy libre?, ¿no soy apóstol?, ¿es que no he visto a Jesús, Señor nuestro?, ¿no es obra mía el que vosotros seáis cristianos? Si para otros no soy apóstol, al menos para vosotros lo soy, pues el sello de mi apostolado es que vosotros sois cristianos. Esta es mi defensa contra los que me discuten.

¿Acaso no tenemos derecho a comer y beber?, ¿acaso no tenemos derecho a viajar en compañía de una mujer cristiana como los demás apóstoles, incluyendo a los parientes del Señor y a Pedro?, o ¿somos Bernabé y yo los únicos que no tenemos derecho a dejar otros trabajos? ¿Cuándo se ha visto que un militar corra cón sus gastos?, ¿quién planta una viña y no come de su fruto?, ¿qué pastor no se alimenta de la leche del rebaño?

¿Que son humanas las razones que alego?, ¿o es que la ley, por su parte, no dice también eso? Porque en la ley de Moisés está escrito: «No pondrás bozal al buey que trilla». ¿Le importan a Dios los bueyes, o lo dice precisamente por nosotros? Sí, se escribió por nosotros, porque el que ara tiene que arar con esperanza, y el que trilla, con esperanza de obtener su parte. Si nosotros hemos sembrado para vosotros lo espiritual, ¿será mucho que cosechemos nosotros de vuestros bienes materiales? Si otros comparten los bienes de que disponéis, nosotros con mayor razón. Sin embargo, no hicimos uso de ese derecho; al contrario, sobrellevamos lo que sea para no crear obstáculo alguno a la buena noticia de Cristo.

Bien sabéis que a los que celebran el culto el templo los sustenta y que los que atienden al altar tienen su parte en las ofrendas del altar. Pues también el Señor dio instrucciones a los que anuncian el evangelio, diciéndoles que vivieran de su predicación.

Yo, sin embargo, nunca he hecho uso de nada de eso ni tampoco escribo estas líneas con intención de reclamarlo, más me valdría morirme que... Nadie me privará de este motivo de orgullo. Porque el hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo; no tengo más remedio. ¡Ay de mí si no anuncio el evangelio! Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso mismo sería mi paga. Pero si lo hago a pesar mío es que me han encargado este oficio. Entonces, ¿cuál es mi paga? Precisamente dar a conocer el evangelio, anunciándolo de balde, sin usar el derecho que me da la predicación de esta buena noticia.

 

RESPONSORIO                    1 Cor 9, 16.2
 
R./ El hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo. No tengo más remedio y, * ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!
V./ Si para otros no soy apóstol, para vosotros sí lo soy; pues el sello de mi apostolado sois vosotros en el Señor.
R./ ¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!
 


SEGUNDA LECTURA

San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el libro del profeta Isaías (Lib 4, or 2: PG 70, 938-939)

Los apóstoles predican al mundo la alegría

Exulta, cielo, porque el Señor consuela a su pueblo Israel. Tocad la trompeta, fundamentos de la tierra. Mientras exultan los cielos por haber el Señor consolado a Israel, no sólo al Israel carnal, sino al llamado Israel espiritual, tocaron la trompeta los fundamentos de la tierra, es decir, los ministros de los evangélicos vaticinios, cuyo clarísimo sonido resonó por todas partes expandiéndose cual sonidos de otras tantas trompetas sagradas, anunciando por doquier la gloria del Salvador, convocando al conocimiento de Cristo tanto a los que proceden de la circuncisión, como a los que en algún tiempo pusieron el culto a la criatura sobre el culto al Creador.

¿Y por qué los llama fundamentos de la tierra? Porque Cristo es la base y el fundamento de todo, que todo lo aglutina y lo sostiene para que esté bien firme. En él efectivamente todos somos edificados como edificio espiritual, erigidos por el Espíritu Santo en templo santo, en morada suya; pues, por la fe, habita en nuestros corazones.

También pueden ser considerados como fundamentos más próximos y cercanos los apóstoles y evangelistas, testigos oculares y ministros de la palabra, con la misión de confirmar la fe. Pues en el momento mismo en que hayamos reconocido la insoslayable necesidad de seguir sus tradiciones, conservaremos una fe recta, sin alteración ni desviación posible. El mismo Cristo —cuando sabia e inculpablemente confesó su fe en él, diciendo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo —dijo a san Pedro—: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Yo creo que al llamarle «piedra», insinúa la inconmovible fe del discípulo.

También dice por boca del salmista: El la ha cimentado sobre el monte santo. Con razón son comparados a los montes santos los apóstoles y evangelistas, cuyo conocimiento tiene la firmeza de un fundamento para la posteridad, sin peligro para quienes se mantienen en su red, de desviarse de la verdadera fe. Admirables y conspicuos fueron los apóstoles, ilustres por sus obras y palabras.

Ahora bien: los admiradores de los vaticinios evangélicos y ministros de los carismas de Cristo, predican al mundo la alegría. En efecto, donde se da la remisión de los pecados, la justificación por la fe, la participación del Espíritu Santo, el esplendor de la adopción, el reino de los cielos y no la vana esperanza de unos bienes que el hombre es incapaz de imaginar, allí se da la alegría y el gozo perennes.

 

RESPONSORIO                    Hch 13, 48.49
 
R./ Cuando los gentiles oyeron esto, se alegraron y alababan la palabra del Señor; y * creyeron los que estaban destinados a la vida eterna.
V./ La palabra del Señor se iba difundiendo por toda la región.
R./ Creyeron los que estaban destinados a la vida eterna.


 
ORACIÓN
 
Oh Dios, has prometido permanecer con los rectos y sinceros de corazón; concédenos vivir de tal manera que merezcamos tenerte siempre con nosotros. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.
 



VIERNES

PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 9, 19-27

El buen ejemplo de Pablo

Hermanos: Siendo libre como soy, me he hecho esclavo de todos para ganar a todos. Con los judíos me porté como judío para ganar a los judíos; con los sujetos a la ley me sujeté a la ley, aunque personalmente no esté sujeto, para ganar a los sujetos a la ley. Con los que no tienen ley me porté como libre de la ley, para ganar a los que no tienen ley —no es que yo esté sin ley de Dios, no; mi ley es Cristo—; me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles; me he hecho todo a todos, para ganar, sea como sea, a algunos. Y hago todo esto por el evangelio, para participar yo también de sus bienes.

Ya sabéis que en el estadio todos los corredores cubren la carrera, aunque uno solo se lleva el premio. Corred así: para ganar. Pero un atleta se impone toda clase de privaciones; ellos para ganar una corona que se marchita; nosotros, en cambio, una que no se marchita. Por eso corro yo, pero no al azar; boxeo, pero no contra el aire; mis golpes van a mi cuerpo y lo tengo a mi servicio, no sea que, después de predicar a los otros, me descalifiquen a mí.

 

RESPONSORIO                    1 Cor 9, 19.22; cf. Sir 24, 32
 
R./ Siendo libre en todo, me he hecho esclavo de todos para ganar el mayor número posible. * Me he hecho todo para todos, para salvarlos a todos.
V./ Mirad que no he trabajado para mí solo, sino para todos los que buscan la verdad.
R./ Me he hecho todo para todos, para salvarlos a todos.
 


SEGUNDA LECTURA

Balduino de Cantorbery, Tratado 12 para los sacerdotes (PL 204, 533-536)

Sed siervos de los siervos

Vosotros, eximios pastores de almas, entre las diversas tareas a que tenéis que prestar atención, atended sobre todo a esto: lo difícil que es regir almas y ponerse al servicio de la índole de cada cual, adaptándose a todos de modo que en nada os diferenciéis de los siervos, siendo señores de todos. Por lo cual, el mayor entre vosotros, para hacerse como el más joven, no se debe avergonzar de llamarse siervo de los siervos de Dios.

Queriendo mostrarnos el Apóstol cuál es la norma de este servicio, dice: Siendo libre como soy, me he hecho esclavo de todos; me he hecho todo a todos, para ganar a todos. El siguiente texto está ordenado asimismo a demostrar lo razonable de este servicio: Hazte pequeño en las grandezas humanas. Cualquier dignidad es indigna de tal nombre si desdeña las cosas humildes. La humildad es a la vez causa y guardián del honor.

Vean, pues, los que ocupan un puesto de honor, de mostrarse humildes en todo a ejemplo de Cristo. El, como maestro de humildad, siendo el que gobierna, se hizo como el que sirve; siendo el primero se portó como el menor arrodillándose a los pies de sus discípulos. Con este ejemplo de humildad, cual potente dispositivo, Cristo os urge a las cosas humildes, hasta haceros siervos de los mismos esclavos. Tened entre vosotros los sentimientos propios de una vida en Cristo Jesús. Él, a pesar de su condición divina, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo.

También vosotros, aunque seáis dioses, despojaos de vuestro rango y tomad la condición de esclavo, siendo de momento hombres entre los hombres, débiles entre los débiles, cargando con las necesidades y enfermedades de todos, como aquel que dijo: ¿Quién enferma sin que yo enferme? ¿Quién cae sin que a mí me dé fiebre? Es necesario que trabajéis más que los demás, ya que trabajáis por todos.

Si amáis a Cristo, amad también la justicia. Dios ha hecho a Cristo para nosotros sabiduría y justicia, cuando al que no había pecado, Dios lo hizo expiar nuestros pecados, para que nosotros, unidos a él, recibamos la salvación de Dios. Cristo se hizo víctima del pecado y, como buen pastor, ha dado la vida por sus ovejas, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas. Con su sangre Cristo se adquirió la Iglesia y, para poner de manifiesto el exceso de amor con que la amó, derramó por ella su sangre y así dio curso a su caridad. Adquirida a tal precio, tan querida, tan amada, os la confió a vosotros, os la encomendó, fiándose de vosotros para que, por vuestro medio, también su marido se fíe de ella.

Así pues, en la medida en que amáis a Cristo y Cristo puede confiar en vosotros, custodiad a su esposa con fidelidad, mostrándoos celosos de ella, no por vosotros, sino por él; para que la presentéis como una virgen fiel a su esposo, nuestro Señor Jesucristo, que está por encima de todo: Dios bendito por los siglos. Amén.

 

RESPONSORIO                    Sir 32, 12; Mc 9, 35
 
R./ Si te han puesto de jefe no te exaltes: * Compórtate con los demás como uno de ellos: piensa en ellos.
V./ Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el siervo de todos.
R./ Compórtate con los demás como uno de ellos: piensa en ellos.


 
ORACIÓN
 
Oh Dios, has prometido permanecer con los rectos y sinceros de corazón; concédenos vivir de tal manera que merezcamos tenerte siempre con nosotros. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.
 



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 10, 1-13

La historia de Israel como ejemplo para nosotros

No quiero que ignoréis, hermanos, que nuestros padres - estuvieron todos bajo la nube y todos atravesaron el mar y todos fueron bautizados en Moisés por la nube y el mar; y todos comieron el mismo alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo. Pero la mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto.

Estas cosas sucedieron en figura para nosotros, para que no codiciemos el mal como lo hicieron nuestros padres. No seáis tampoco idólatras, como algunos de ellos, según dice la Escritura «El pueblo se sentó a comer y beber y luego se levantó a danzar». Tampoco seamos libertinos, como lo fueron algunos de ellos, y en un solo día cayeron veintitrés mil. Tampoco provoquemos al Señor, como lo provocaron algunos de ellos y perecieron víctimas de las serpientes. Tampoco protestéis como protestaron algunos de ellos, y perecieron a manos del exterminador.

Todo esto sucedía como un ejemplo: y fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades. Por lo tanto, el que se cree seguro, ¡cuidado! no caiga.

Ninguna prueba os ha caído encima que salga de lo ordinario: fiel es Dios, y no permitirá él que la prueba supere vuestras fuerzas. No, para que sea posible resistir, con la prueba dará también la salida.

 

RESPONSORIO                    1 Cor 10, 1.2.11.3.4
 
R./ Nuestros padres estuvieron todos bajo la nube, y todos atravesaron el mar; todos fueron bautizados en Moisés por la nube y el mar; * todas estas cosas les acontecían en figura.
V./ Todos comieron el mismo manjar espiritual, y todos bebieron de la misma espiritual bebida.
R./ Todas estas cosas les acontecían en figura.
 


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Tratado 45 sobre el evangelio de san Juan (9: CCL 36, 392-393)

Han variado los tiempos, no la fe

Antes de la venida de nuestro Señor Jesucristo, que vino en la humildad de la carne, hubo justos que creyeron en el que había de venir, lo mismo que nosotros creemos en el que ya vino. Han variado los tiempos, no la fe. Y aunque las mismas palabras varían con las varias inflexiones de la conjugación —no es lo mismo decir «vendré» que «vino»—, sin embargo, una misma fe une tanto a los que creyeron en él futuro, como los que creen en él presente. Aunque en épocas diversas, vemos que todos entraron por la misma puerta de la fe, que es Cristo.

Nosotros creemos que nuestro Señor Jesucristo nació de la Virgen, se encarnó, padeció, resucitó y subió al cielo: todo esto lo consideramos como algo ya cumplido, como lo indican los verbos conjugados en pretérito. En idéntica comunión de fe están nuestros padres que creyeron que el Mesías había de nacer de la Virgen, tenía que padecer, resucitar y subir a los cielos. A ellos alude el Apóstol cuando dice: Teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: «Creí, por eso hablé», también nosotros creemos y por eso hablamos. El profeta había dicho: Creí, por eso hablé; y el Apóstol replica: También nosotros creemos y por eso hablamos. Y para que sepas que una misma es la fe, óyele decir: Teniendo el mismo espíritu de fe, también nosotros creemos. Y en otro lugar: No quiero que ignoréis, hermanos, que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube y todos atravesaron el mar y todos fueron bautizados en Moisés por la nube y el mar; y todos comieron el mismo alimento espiritual y todos bebieron la misma bebida espiritual. El Mar Rojo es figura del bautismo; Moisés que conduce a Israel a través del Mar Rojo, es figura de Cristo; el pueblo que pasa significa a los fieles; la muerte de los egipcios significa la abolición de los pecados. La misma fe se expresa en signos diversos: en signos diversos lo mismo que en palabras diversas, que cambian de sonido según el tiempo gramatical. Pues bien: signos y palabras son la misma realidad. Son palabras porque son significativas: quítale a la palabra su significado y queda convertida en un puro sonido no significativo. Pues el significado lo es todo.

¿Es que no creían lo mismo quienes suministraban estos signos, quienes profetizaron lo mismo que nosotros creemos? Cierto que lo creían: ellos lo creían como futuro, nosotros, como ya realizado. Por eso dice así: Bebieron la misma bebida espiritual. Espiritualmente la misma, corporalmente diversa. Porque ¿qué bebían ellos? Bebían de la roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo. Ahí tenéis: los signos han variado, invariada la fe. Allí la roca era Cristo, para nosotros Cristo es lo que se inmola sobre el altar de Dios. Ellos, como beneficiarios de un gran sacramento del mismo Cristo, bebieron el agua que brotaba de la roca; lo que nosotros bebemos es bien conocido de los fieles. Si te fijas en la apariencia visible, son cosas distintas; si consideras el significado inteligible, bebieron la misma bebida espiritual. Por tanto, cuantos en aquel tiempo dieron fe a Abrahán, a Isaac, a Jacob, a Moisés y a los demás patriarcas, así como a los profetas que anunciaban a Cristo, eran ovejas y escuchaban la voz de Cristo; no escucharon la voz de extraños, sino la del mismo Cristo.

 

RESPONSORIO                    Hch 4, 12; 1 Cor 3, 11
 
R./ En nadie más hay salvación: * no existe otro nombre dado a los hombres bajo el cielo, en el cual haya sido establecido que podamos ser salvados.
V./ Nadie puede poner otro fundamento del que ya han puesto, que es Jesucristo.
R./ No existe otro nombre dado a los hombres bajo el cielo, en el cual haya sido establecido que podamos ser salvados.


 
ORACIÓN
 
Oh Dios, has prometido permanecer con los rectos y sinceros de corazón; concédenos vivir de tal manera que merezcamos tenerte siempre con nosotros. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

 


DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 10,14—11,1

La mesa del Señor y la mesa de los demonios

Amigos míos: No tengáis que ver con la idolatría. Os hablo como a gente sensata: formaos vuestro juicio sobre lo que digo. El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan.

Considerad al pueblo de Israel: los que comen de las víctimas se unen al altar. ¿Qué quiero decir? ¿Que las víctimas son algo o que los ídolos son algo? No, sino que los paganos ofrecen sus sacrificios a los demonios, no a Dios, y no quiero que os unáis a los demonios. No debéis beber de las dos copas, de la del Señor y de la de los demonios. No podéis participar de las dos mesas, de la del Señor y de la de los demonios. ¿Vamos a provocar al Señor? ¿Es que somos más fuertes que él?

—Todo está permitido.

—Sí, pero no todo aprovecha. Todo está permitido, pero no todo es constructivo. Que nadie busque su propio interés, sino el ajeno.

Comed de todo lo que se vende en el matadero, sin más averiguar por escrúpulo de conciencia, «porque la tierra y todo lo que contiene es del Señor».

Si un pagano os invita y queréis ir, comed de todo lo que os pongan, sin más averiguar por escrúpulo de conciencia. Pero en caso de que uno os advierta: «eso es carne sacrificada», no comáis, por motivo del que os avisa y de la conciencia, y cuando hablo de conciencia no entiendo la propia, sino la del otro.

—¡Vaya! Y ¿a santo de qué mi libertad va a tener por juez la conciencia del otro? Si yo, cuando participo en una comida, se lo agradezco a Dios, ¿por qué tienen que denigrarme por algo que tomo dándole las gracias?

—De todas formas, cuando comáis o bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios. No déis motivo de escándalo a los judíos, ni a los griegos, ni a la Iglesia de Dios. Por mi parte, yo procuro contentar en todo a todos, no buscando mi propio bien, sino el de ellos, para que todos se salven.

Seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo.

 

RESPONSORIO                    1 Cor 10, 16-17
 
R./ La copa de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? * El pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?
V./ Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aún siendo muchos, somos un solo cuerpo: porque todos participamos del único pan.
R./ El pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?
 


SEGUNDA LECTURA

San Juan Crisóstomo, Homilía sobre la primera carta a los Corintios 11, 19 (PG 51, 257-258)

Qué significa comer la cena del Señor

Basada en la ley y en los usos, se introdujo en la Iglesia primitiva una costumbre realmente admirable: la comunidad cristiana, después de la liturgia de la palabra, después de haber orado y haber participado en los misterios, una vez disuelta la reunión, no volvía seguidamente a sus casas, sino que los ricos y dotados de bienes de fortuna, traían a sus casas alimentos y bebidas e invitaban a los pobres: disfrutaban de la misma mesa, comiendo y bebiendo juntos en la misma iglesia. De esta suerte, el sentarse todos a una misma mesa y la reverencia que el lugar imponía, incrementaba recíprocamente la caridad con inmenso gozo y común utilidad.

Pues los pobres recababan no pequeña consolación y los ricos gozaban de la benevolencia tanto de aquellos a quienes alimentaban, como de Dios, por cuyo amor lo hacían: y así, ricos de gracia, regresaban a sus casas. De aquí se derivaban innumerables bienes: y lo que es más importante, después de cada asamblea se incrementaba más y más la caridad, por cuanto así los que repartían beneficios como los que los recibían, anudaban vínculos de fraternidad con grande y recíproco amor.

Con el correr de los tiempos, los Corintios deterioraron esta costumbre, pues los más ricos, sentados en mesa aparte, despreciaban a los necesitados, no esperando a los que llegaban tarde retenidos —como suele ocurrirles a los pobres— por imperativos de la vida, que les obligaban a acudir con retraso. De este modo, cuando finalmente éstos llegaban, debían retirarse avergonzados por estar ya levantada la mesa: los ricos por impaciencia, los pobres por llegar con retraso.

Por lo cual, viendo Pablo que de esta conducta se derivaban muchos males –unos ya comprobados, otros que se producirían en un futuro inmediato—, corrige con energía esta mala y perversa costumbre. Y observa con cuánta prudencia y moderación procede en la corrección. Para comenzar, dice así: Al recomendaros esto, no puedo aprobar que vuestras reuniones causen más daño que provecho. ¿Qué significa la expresión que provecho? Vuestros mayores y antepasados —dice— vendían sus bienes, campos y posesiones y lo ponían todo en común y tenían una gran caridad mutua; vosotros, en cambio, que haríais bien en imitarlos, no sólo no hacéis nada semejante, sino que habéis perdido lo que teníais: a saber, los banquetes que solíais celebrar en vuestras reuniones. Y mientras ellos ponían a disposición de los pobres todas sus posesiones, vosotros les priváis hasta de la mesa que se les había concedido: En primer lugar, he oído que cuando se reúne vuestra asamblea os dividís en bandos; y en parte lo creo, porque hasta partidos tiene que haber entre vosotros para que se vea quiénes resisten a la prueba.

Dinos, por favor, ¿qué divisiones? Prestad atención: No se refiere a los dogmas cuando dice: Porque hasta partidos tiene que haber entre vosotros; se refiere a las disensiones en la mesa. Pues luego de haber dicho: Porque hasta partidos tiene que haber, continúa precisando qué tipo de partidos: Así, cuando os reunís en comunidad, os resulta imposible comer la cena del Señor. ¿Qué quiere decir comer la cena del Señor? Eso ya no es —dice— comer la cena del Señor, aludiendo a aquella cena que nos legó Cristo la última noche, estando con él todos sus discípulos. En aquella cena, tanto el Señor como los siervos se sentaban juntos a la mesa; mientras que vosotros, que sois consiervos, disentís entre vosotros y fomentáis las divisiones. Por eso dice no es comer la cena del Señor, llamando cena del Señor a aquella que se come cuando todos están reunidos en una perfecta concordia.

 

RESPONSORIO                    Rom 12, 5; Ef 4, 7; 1 Cor 12, 13
 
R./ Nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo en Cristo, y somos los unos miembros de los otros. * A cada uno de nosotros le ha sido concedida la gracia a la medida de los dones de Cristo.
V./ Todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo cuerpo, y todos hemos bebido de un mismo Espíritu.
R./ A cada uno de nosotros le ha sido concedida la gracia a la medida de los dones de Cristo.


 
ORACIÓN
 
Concédenos, Dios todopoderoso, que la constante meditación de tu doctrina nos impulse a hablar y a actuar siempre según tu voluntad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén
 


EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 11, 2-16

La mujer en la comunidad de los fieles

Hermanos: Os felicito porque siempre me recordáis y porque mantenéis las tradiciones como os las transmití.

Quiero que sepáis, sin embargo, que Cristo es cabeza de todo hombre, el hombre cabeza de la mujer y Dios cabeza de Cristo. Un hombre que ora o predica inspirado con la cabeza cubierta, abochorna a su cabeza. Una mujer que ora o habla inspirada con la cabeza descubierta, abochorna a su cabeza, porque eso y estar rapada es uno y lo mismo. O sea, que para estar destocada, que se pele; y si es vergonzoso para una mujer dejarse pelar o rapar, que se cubra.

Es decir, el hombre no debe cubrirse, siendo como es imagen y reflejo de Dios; la mujer, en cambio, es reflejo del hombre. Porque no procede el hombre de la mujer, sino la mujer del hombre; ni tampoco fue creado el hombre para la mujer, sino la mujer para el hombre. Por eso la mujer debe llevar en la cabeza una señal de sujeción, por los ángeles.

—Sólo que en cristiano no hay mujer sin el hombre ni hombre sin la mujer, pues lo mismo que la mujer salió del hombre, también el hombre nace de la mujer, y todo viene de Dios.

—Juzgadlo vosotros mismos: ¿está decente que una mujer ore a Dios destocada? ¿No nos enseña la misma naturaleza que es deshonroso para el hombre dejarse el pelo largo, mientras a la mujer el pelo largo le da realce? Porque el pelo largo va bien con un velo.

Y si alguno está dispuesto a discutir, sepa que nosotros no tenemos tal costumbre, ni las comunidades tampoco.

 

RESPONSORIO                    1 Cor 11, 11.12; Gen 1, 27
 
R./ En el Señor, ni la mujer existe sin el hombre, ni el hombre sin la mujer. * Porque si la mujer procede del hombre, el hombre, a su vez, nace de la mujer y todo proviene de Dios.
V./ Dios creó al hombre a su imagen; macho y hembra los creó.
R./ Porque si la mujer procede del hombre, el hombre, a su vez, nace de la mujer y todo proviene de Dios.
 


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Comentario sobre el salmo 44 (1920: CCL 38, 507-508)

Cristo es cabeza del hombre

Dios es ungido por Dios: cuando oyes ungido, debes entender Cristo, pues Cristo se deriva de crisma. El nombre que lleva Cristo significa unción. En ningún otro reino del mundo eran ungidos los reyes y sacerdotes fuera de aquel en el que fue profetizado y ungido Cristo, y de donde habría de derivarse el nombre de Cristo, nombre que no encontramos en ningún otro lugar, nación o reino. Luego es ungido Dios por Dios: ¿con qué aceite, sino con el aceite espiritual?

El aceite visible es un signo, el aceite invisible es un sacramento, el aceite espiritual es totalmente interior. Dios es ungido para nosotros y enviado a nosotros; y el mismo Dios, para poder ser ungido, se hizo hombre. Pero era hombre sin dejar de ser Dios, y era Dios sin desdeñarse de ser hombre: verdadero hombre, verdadero Dios. En nada falaz, en nada falso, porque es siempre veraz, siempre es la verdad. Así pues, Dios se hizo hombre y de esta suerte Dios fue ungido, porque el hombre es Dios, y se ha hecho Cristo.

Todo esto estaba prefigurado en aquella piedra que Jacob se puso a guisa de almohada. Mientras dormía apoyado en aquella piedra a guisa de almohada, tuvo un sueño: Una rampa, que arrancaba del suelo y tocaba el cielo con la cima. Angeles de Dios subían y bajaban por ella. Acabada la visión, se despertó, ungió la piedra y se marchó. Comprendió Jacob que en aquella piedra estaba prefigurado Cristo y por eso la ungió.

Fijaos desde cuándo es predicado Cristo. ¿Qué significa la unción de aquella piedra, especialmente entre los patriarcas que daban culto a un solo Dios? Sucedió en figura y pasó. Pues ungió la piedra y ya no volvió más allí a adorar o a ofrecer sacrificios. Se expresó un misterio, no se incoó un sacrilegio. Observad la piedra: La piedra que desecharon los arquitectos, es ahora la piedra angular. Y como Cristo es cabeza del hombre, la piedra se colocó a la cabeza. Prestad atención al gran misterio: La piedra es Cristo. Piedra viva –recalca Pedro–, desechada por los hombres, pero escogida y preciosa ante Dios. Y la piedra a la cabeza, porque Cristo es cabeza del hombre. Y la piedra es ungida, porque Cristo se deriva de crisma.

 

RESPONSORIO                    1 Jn 2, 20.27; 2 Cor 1, 21.22
 
R./ Vosotros habéis recibido la unción del Santo, y ella permanece en vosotros * y no necesitáis que nadie os instruya; mas su unción os enseña acerca de todas las cosas y no miente.
V./ Es Dios el que nos ungió, nos marcó con su sello y nos dio en arras el Espíritu en nuestros corazones.
R./ Y no necesitáis que nadie os instruya; mas su unción os enseña acerca de todas las cosas y no miente.


 
ORACIÓN
 
Concédenos, Dios todopoderoso, que la constante meditación de tu doctrina nos impulse a hablar y a actuar siempre según tu voluntad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén
 



MARTES


PRIMERA
LECTURA

De la primera carta a los Corintios 11, 17-34

La cena del Señor

Hermanos: Al recordaros esto, no puedo aprobar que vuestras reuniones causen más daño que provecho. En primer lugar, he oído que cuando se reúne vuestra asamblea os dividís en bandos; y en parte lo creo, porque hasta partidos tiene que haber entre vosotros para que se vea quiénes resisten a la prueba.

Así, cuando os reunís en comunidad, os resulta imposible comer la cena del Señor, pues cada uno se adelanta a comerse su propia cena, y mientras uno pasa hambre, el otro está borracho. ¿No tenéis casas donde comer y beber? ¿O tenéis en tan poco a la Iglesia de Dios que humilláis a los pobres? ¿Qué queréis que os diga? ¿Que os apruebe? En esto no os apruebo.

Porque yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó el pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía». Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía».

Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva. Por consiguiente, el que come del pan o bebe del cáliz del Señor sin darles su valor tendrá que responder del cuerpo y de la sangre del Señor.

Examínese cada uno a sí mismo antes de comer el pan y beber del cáliz, porque el que come y bebe sin apreciar el cuerpo, se come y bebe su propia sentencia. Esa es la razón de que haya entre vosotros muchos enfermos y achacosos y de que hayan muerto tantos; si nos juzgáramos debidamente nosotros, no nos juzgarían, aunque si el Señor nos juzga es para corregirnos, para que no salgamos condenados con el mundo.

Así que, hermanos míos, cuando os reunís para comer, esperaos unos a otros; si uno está hambriento, que coma en su casa, para que vuestras reuniones no acaben con una sanción.

Lo demás lo arreglaré cuando vaya.

 

RESPONSORIO                    1 Cor 11, 24.25; cf. Mt 26, 26
 
R./ Tomad y comed; esto es mi cuerpo que se da por vosotros. * Haced esto en memoria mía.
V./ Esta copa es la nueva alianza en mi sangre.
R./ Haced esto en memoria mía.
 


SEGUNDA LECTURA

San Juan Crisóstomo, Homilía sobre la primera carta a los Corintios 11, 19 (4-5: PG 51, 259-260)

La mesa mística

Después de haber cuidadosamente demostrado que los Corintios son reos de varias culpas, Pablo adopta en la acusación un tono más suave, abandonando la vehemencia inicial. A continuación centra sus reflexiones sobre la mesa mística, para infundirles mayor temor. Yo –dice– he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido. ¿Dónde está la lógica? ¿Estás hablando de una comida fraterna y traes a colación tan estupendos misterios? Naturalmente, contesta.

En efecto, si aquella tremenda mesa se propone indistintamente a todos, ricos y pobres, y de ella no se aprovecha más el rico y menos el pobre, sino que todos tienen igual dignidad y un mismo acceso; si hasta que todos han comulgado y participado de esta espiritual y sagrada mesa, no se retiran las ofrendas que se han presentado, sino que todos los sacerdotes esperan, de pie, hasta que llegue el más vil y miserable, con mayor razón debe observarse idéntica cortesía en esta mesa material. Por eso traje a la memoria la cena del Señor: Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por muchos para el perdón de los pecados. Haced esto en memoria mía». Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre».

Seguidamente se ocupa con detención de aquellos que participan indignamente de estos misterios, atacándolos e increpándoles con vehemencia, demostrándoles que quienes temeraria y negligentemente reciben la sangre y el cuerpo de Cristo, padecerán la misma pena que los que mataron a Cristo. Inmediatamente vuelve al tema anterior, diciendo: Así que, hermanos, cuando os reunís para comer, esperaos unos a otros; si uno está hambriento, que coma en su casa, para que vuestras reuniones no acaben con una sanción. Y concluye el discurso con el temor del suplicio diciendo: Para que vuestras reuniones no acaben con una sanción, o sea, en sentencia condenatoria y en el bochorno. No es posible —dice— compaginar una comida o una mesa con la humillación del hermano, con la falta de respeto a la asamblea, con tanta voracidad e intemperancia. Tal mesa no constituye un placer, sino que es un suplicio y una pena. Pues os atraéis una severa venganza al afrentar a los hermanos, despreciar a la asamblea y al convertir el lugar santo en casa propia, cuando tenéis mesa aparte. Oyendo esto, hermanos, tapad la boca de quienes interpretan temerariamente las palabras y la doctrina del Apóstol; corregid a los que utilizan las Escrituras en propio y ajeno perjuicio. Sabéis muy bien a propósito de qué dijo Pablo: Porque hasta partidos tiene que haber entre vosotros, a saber, de las disensiones que suelen surgir con motivo de los banquetes, ya que mientras uno pasa hambre, el otro está borracho.

Con fe sincera, demos testimonio de una vida coherente con la doctrina, mostremos una gran benevolencia para con los pobres y preocupémonos en serio de los indigentes; cuidémonos de los intereses del espíritu y no indaguemos más de lo necesario. Estas son las riquezas, esta es la especulación, este el tesoro inexhaurible, si transferimos todos nuestros bienes al cielo, y, libres de temor, confiamos plenamente en la seguridad de nuestro depósito.

Que todos nosotros, después de haber vivido esta vida según su voluntad, podamos conseguir el gozo eterno, preparado para los que obtienen la salvación, por la gracia y la misericordia del verdadero Dios y Salvador nuestro Jesucristo, de quien es la gloria y el imperio junto con el Padre y su santísimo Espíritu por los siglos de los siglos. Amén.

 

RESPONSORIO                    Mt 26, 26; Prov 9, 5
 
R./ Mientras estaban comiendo, Jesús tomó pan, lo partió y, lo dio a sus discípulos diciendo: * Tomad y comed, esto es mi cuerpo.
V./ Venid, comed mi pan, bebed el vino que yo he mezclado.
R./ Tomad y comed, esto es mi cuerpo.


 
ORACIÓN
 
Concédenos, Dios todopoderoso, que la constante meditación de tu doctrina nos impulse a hablar y a actuar siempre según tu voluntad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén
 
 



MIÉRCOLES

PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 12, 1-11

Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu

Hermanos: En la cuestión de los fenómenos espirituales no quiero que sigáis en la ignorancia. Recordáis que cuando erais paganos os sentíais arrebatados hacia los ídolos mudos, siguiendo el ímpetu que os venía. Por eso os advierto que nadie puede decir: «¡Muera Jesús!», si habla impulsado por el Espíritu de Dios; ni nadie puede decir: «¡Jesús es Señor!», si no es bajo la acción del Espíritu Santo.

Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos.

En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Y así uno recibe del Espíritu el hablar con sabiduría; otro, el hablar con inteligencia, según el mismo Espíritu. Hay quien, por el mismo Espíritu, recibe el don de la fe; y otro, por el mismo Espíritu, don de curar. A éste le han concedido hacer milagros; a aquél, profetizar. A otro, distinguir los buenos y malos espíritus. A uno, el lenguaje arcano; a otro, el don de interpretarlo. El mismo y único Espíritu obra todo en todos, repartiendo a cada uno en particular como a él le parece.

 

RESPONSORIO                    Ef 4, 17; 1 Cor 12, 11.4
 
R./ A cada uno de nosotros le ha sido concedida la gracia a la medida de los dones de Cristo; pero todas estas cosas las obra un mismo y único Espíritu, * que distribuye a cada uno en particular según su voluntad.
V./ Hay diversidad de carismas, pero uno solo es el Espíritu.
R./ Que distribuye a cada uno en particular según su voluntad.
 


SEGUNDA LECTURA

Balduino de Cantorbery, Tratado 15 sobre la vida cenobítica (PL 204, 545.556-558)

La caridad no busca su propio interés, sino el de Cristo

La institución de la vida común está avalada y se apoya sobre un estimable, firme y sólido principio de autoridad. La Iglesia primitiva fue fundada sobre el esquema de la vida común; la infancia de la Iglesia naciente tiene su origen en la vida común. La vida común recibió de los mismos apóstoles el peculiar modelo de su existencia, su timbre de honor, el privilegio de su dignidad, el testimonio de su autoridad, su abogado defensor, la firmeza de su esperanza.

Siendo muchos, somos un solo cuerpo, pero cada miembro está al servicio de los demás miembros. Un mismo espíritu anima todo nuestro cuerpo a través de los miembros, junturas y ligamentos, armonizándolos entre sí, armonía que contribuye a la conservación de la misma unidad del espíritu; este espíritu conserva a los miembros en la mutua obsequiosidad y la paciencia mutua. Amadísimos hermanos en Cristo, ¿a qué nos están invitando estos ejemplos sino a la mutua paciencia, a la mutua humildad, a la caridad mutua? ¿No es verdad que Dios grabó ennosotros la ley de su amor, que nos enseña a conocemos? El que nos dio el precepto, nos otorgue también su bendición, nos confirme en la integridad de nuestro corazón y con el discernimiento de nuestras acciones nos guíe por el camino de la paz, a fin de mantener la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz, para conservar el amor de Dios en el amor al prójimo.

Si unánimes y concordes amamos a Dios de acuerdo con la pureza de nuestra profesión, es indudable que el amor de Dios se derrama en nuestros corazones con el Espíritu Santo. Y el único Espiritu de Dios nos vivifica como a un solo cuerpo, de modo que ninguno de nosotros viva para sí, sino para Dios; y a fin de que todos nosotros conjuntamente vivamos, por el único Espíritu que habita en nosotros, en la unidad del Espíritu.

Esta unidad de espíritu que hallamos en nosotros gracias a la caridad de Dios, la conservamos mediante el amor al prójimo, que a la vez nos radica en el amor a Dios; y permaneciendo en este amor, estemos en Dios y Dios en nosotros. Así pues, mediante el amor al prójimo, como por un nexo de amor y un vínculo de paz, se mantiene y conserva en nosotros el amor de Dios y la unidad del Espíritu. Pues el que no ama al hermano se aparta de la unidad del Espíritu, no ama a Dios ni vive del Espíritu de Dios, sino de su espíritu, como quien vive ya para sí y no para Dios.

Al amor del prójimo pertenece la comunión, y donde el amor es pleno, también es plena la comunión. Comunión plena es sólo aquella en que se ponen en común todas las cosas, como está escrito: Lo tenían todo en común. Pero lo que sigue: Lo repartían entre todos según la necesidad de cada uno, puede plantearnos este interrogante: ¿Hasta qué punto lo tenían todo en común cuando cada cual poseía algo en propiedad? Y el Apóstol hace todavía más problemática la cuestión cuando afirma: En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común; y, cada uno tiene el don particular que Dios le ha dado; unos uno y otros otro. Y de nuevo: Hay diversidad de dones, hay diversidad de ministerios, hay diversidad de funciones.

¿Cómo puede haber comunión en plenitud allí donde hay tanta diversidad de carismas, donde cada uno posee su propio don?

Por tanto, quien haya recibido de Dios su don particular, pórtese de modo que no lo tenga sólo para sí, sino para Dios y para el prójimo: para Dios, de manera que no usufructúe el don de Dios para su personal exaltación, sino para gloria de Dios; para el prójimo, de modo que atienda siempre la común utilidad y no la propia. La caridad no busca su propio interés, sino el de Jesucristo.

 

RESPONSORIO                    Hch 4, 32; 2, 45
 
R./ La mayoría de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma * y nadie llamaba suyos sus bienes, sino que todo era en común entre ellos.
V./ Quien tenía posesiones y bienes los vendía y repartía el dinero entre todos, según la necesidad de cada uno.
R./ Y nadie llamaba suyos sus bienes, sino que todo era en común entre ellos.


 
ORACIÓN
 
Concédenos, Dios todopoderoso, que la constante meditación de tu doctrina nos impulse a hablar y a actuar siempre según tu voluntad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén
 



JUEVES


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 12, 12-31

Las funciones de los miembros en el cuerpo

Hermanos: Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.

El cuerpo tiene muchos miembros, no uno solo. Si el pie dijera: «No soy mano, luego no formo parte del cuerpo», ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Si el oído dijera: «No soy ojo, luego no formo parte del cuerpo», ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Si el cuerpo entero fuera ojo, ¿cómo oiría? Si el cuerpo entero fuera oído, ¿cómo olería? Pues bien, Dios distribuyó el cuerpo y cada uno de los miembros como él quiso. Si todos fueran un mismo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? Los miembros son muchos, es verdad, pero el cuerpo es uno solo.

El ojo no puede decir a la mano: «No te necesito»; la cabeza no puede decir a los pies: «No os necesito». Más aún, los miembros que parecen más débiles son más necesarios. Los que nos parecen despreciables, los apreciamos más. Los menos decentes, los tratamos con más decoro. Porque los miembros más decentes no lo necesitan.

Ahora bien, Dios organizó los miembros del cuerpo dando mayor honor a los más necesitados. Así no hay divisiones en el cuerpo, porque todos los miembros por igual se preocupan unos de otros. Cuando un miembro sufre, todos sufren con él; cuando un miembro es honrado, todos se felicitan.

Vosotros sois el cuerpo de Cristo y cada uno es un miembro. Y Dios os ha distribuido en la Iglesia: en el primer puesto los apóstoles, en el segundo los profetas, en el tercero los maestros, después vienen los milagros, luego el don de curar, la beneficencia, el gobierno, la diversidad de lenguas, el don de interpretarlas. ¿Acaso son todos apóstoles?, ¿o todos son profetas?, ¿o todos maestros?, ¿o hacen todos milagros?, ¿tienen todos don para curar?, ¿hablan todos en lenguas o todos las interpretan? Ambicionad los carismas mejores.

 

RESPONSORIO                    1 Cor 12, 12.27.26
 
R./ Como el cuerpo, aun siendo uno, tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, aun siendo muchos, forman un solo cuerpo, así también Cristo. * Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus miembros.
V./ Si un miembro sufre, todos los demás sufren con él; y si un miembro es honrado, todos los demás toman parte en su gozo.
R./ Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus miembros.
 


SECUNDA LECTURA

San Juan Crisóstomo, Homilía 30 sobre la primera carta a los Corintios (1-2: PG 61, 250-251)

La Iglesia se compara al cuerpo humano

Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Dicho esto y habiéndolo demostrado con plena evidencia a través de un recuento pormenorizado de todos los miembros, añade: Así es también Cristo. Cuando esperábamos que dijera: Así es también la Iglesia, como era natural, no lo dijo, sino que en su lugar puso a Cristo, elevando el tono y causando así mayor impresión en el oyente.

En realidad, es esto lo que quiere decir: Así es también el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Lo mismo que el cuerpo y la cabeza forman un solo hombre, así también la Iglesia y Cristo son una sola realidad. Por eso puso Cristo en vez de Iglesia, llamando así a su cuerpo. Que es como si dijera: lo mismo que nuestro cuerpo es uno aunque lo integren muchos miembros, así también en la Iglesia todos somos uno. Y aun cuando la Iglesia consta de muchos miembros, todos esos miembros forman un solo cuerpo.

Una vez reanimado y levantado el ánimo, con este ejemplo de evidencia inmediata, del que se creía en inferioridad de condiciones, nuevamente abandona el lenguaje corriente para elevarse a hablar de otra cabeza, de la cabeza espiritual, reportándonos un consuelo más profundo, al demostrarnos que existe una gran igualdad en el honor. Y ¿cuál es esa cabeza? Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Esto es: lo que ha hecho que seamos un solo cuerpo y nos ha regenerado es un único Espíritu: pues éste y aquél no han sido bautizados uno en uno y otro en otro espíritu. Ya que no sólo es uno el que nos bautiza, sino que también es uno aquel en quien bautiza, es decir, por medio de quien bautiza. Pues no fuimos bautizados para formar cuerpos diversos, sino para que todos cooperemos unánimes por mantener la perfecta conexión del único cuerpo; o lo que es lo mismo: hemos sido bautizados para ser todos un solo cuerpo.

Así pues, tanto el que construyó el cuerpo como el cuerpo construido son uno. Y no dijo: «para que seamos un mismo cuerpo», sino: «para que todos seamos un cuerpo», procurando en todo momento utilizar aquellas palabras que den más énfasis a la expresión.

Y todos hemos bebido de un solo Espíritu. El cuerpo tiene muchos miembros, no uno solo. Esto es, hemos sido iniciados en unos mismos misterios y nos hemos sentado a una misma mesa. Y ¿por qué no dijo: «Comemos el mismo cuerpo y bebemos la misma sangre»? Pues porque al mencionar el Espíritu, significó ambas cosas: el cuerpo y la sangre: a través de ambos hemos bebido del mismo Espíritu. Todos hemos bebido del mismo Espíritu y hemos recibido la misma gracia. En efecto, si nos ha unido un solo Espíritu, es que nos ha llamado a formar todos un mismo cuerpo. Es esto precisamente lo que significa:

Hemos sido bautizados para formar un solo cuerpo; se nos ha obsequiado con una misma mesa y abrevado en una misma fuente. Es lo que significa la frase: Todos hemos bebido de un solo Espíritu.

 

RESPONSORIO                    1 Cor 12, 6-7.27
 
R./ Hay diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra todo en todos. * A cada cual se le otorga una manifestación del Espíritu para provecho común.
V./ Vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros cada uno por su parte.
R./ A cada cual se le otorga una manifestación del Espíritu para provecho común.


 
ORACIÓN
 
Concédenos, Dios todopoderoso, que la constante meditación de tu doctrina nos impulse a hablar y a actuar siempre según tu voluntad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén
 



VIERNES


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 12, 31-13, 13

Excelencia del amor

Hermanos: Ambicionad los carismas mejores. Y aún os voy a mostrar un camino excepcional. Ya podría yo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles; si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden. Ya podría tener el don de profecía y conocer todos los secretos y todo el saber, podría tener fe como para mover montañas; si no tengo amor, no soy nada. Podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aun dejarme quemar vivo; si no tengo amor, de nada me sirve.

El amor es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites.

El amor no pasa nunca. ¿El don de profecía?, se acabará. ¿El don de lenguas?, enmudecerá. ¿El saber?, se acabará. Porque limitado es nuestro saber y limitada es nuestra profecía; pero, cuando venga lo perfecto, lo limitado se acabará.

Cuando yo era niño hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño. Cuando me hice un hombre acabé con las cosas de niño.

Ahora vemos confusamente en un espejo; entonces veremos cara a cara. Mi conocer es por ahora limitado; entonces podré conocer como Dios me conoce. En una palabra: quedan la fe, la esperanza, el amor: estas tres. La más grande es el amor.

 

RESPONSORIO                    1 Jn 4, 16.7
 
R./ Nosotros hemos creído en el amor que Dios nos tiene: * Dios es amor: quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él.
V./ Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios.
R./ Dios es amor: quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él.
 


SEGUNDA LECTURA

Orígenes, Comentario sobre la carta a los Romanos (Lib 9, 2: PG 14, 1211-1212)

En la Iglesia, que es el cuerpo de Cristo,
cada uno ejercemos distintas funciones

Que cada uno sepa y entienda el cupo de gracia que Dios le ha concedido en atención a su fe. A veces recibe uno de Dios el don de ejercer la caridad, o de visitar, o de practicar la misericordia con los pobres, o de cuidar a los enfermos, o de defender a los huérfanos y a las viudas, o de ejercer la hospitalidad con solicitud. Todos estos dones los otorga Dios a cada uno según la medida de la fe.

Pero si quien ha recibido uno cualquiera de estos dones no conoce la medida de la gracia que se le ha dado, sino que pretende ser un experto en la sabiduría de Dios, en la doctrina o en el planteamiento de una ciencia más profunda, para lo cual no recibió una determinada gracia; y abriga la pretensión no ya de aprender, sino de enseñar lo que no sabe, este tal, cuanto menos sabe, más pretende saber lo que no conviene.

No tiene la necesaria moderación para mantener la medida de fe que Dios otorgó a cada uno. Y para exponer con mayor claridad su pensamiento, el Apóstol acude a un ejemplo: Pues así como nuestro cuerpo, en su unidad, posee muchos miembros y no desempeñan todos los miembros la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, pero cada miembro está al servicio de los otros miembros. De esta forma, Pablo estructura con gran precisión todo el organismo de la Iglesia. Así como los miembros del cuerpo tienen cada uno su propia función y cada cual desempeña su particular cometido, sin que esto quiera decir que no puedan suplirse recíprocamente, así también —dice— en la Iglesia, que es el cuerpo de Cristo, cada uno ejercemos distintas funciones.

Por ejemplo: uno centra todo su interés en el estudio de la sabiduría de Dios y la docrina de la palabra, perseverando día y noche en la meditación de la ley divina: es el ojo de este macrocuerpo. Otro se ocupa del servicio a los hermanos y a los indigentes: es la mano de este santo cuerpo. Otro es ávido oyente de la palabra de Dios: es el oído del cuerpo. Otro se muestra incansable en visitar a los postrados en cama, en buscar a los atribulados y en sacar de apuros a los que se encuentran en alguna necesidad: podemos indudablemente llamar a éste pie del cuerpo de la Iglesia. Y de este modo descubrirás que cada cual tiene una especial propensión hacia un determinado servicio y a él se entrega con especialísima dedicación.

 

RESPONSORIO                    1 Cor 12, 11.28; Sab 7, 16
 
R./ Todas estas cosas las obra un mismo y único Espíritu. * A algunos, por eso, Dios los puso como apóstoles, a otros como profetas, a otros como maestros, luego vienen los milagros, luego el don de las curaciones.
V./ En sus manos estamos nosotros y nuestras palabras, nuestra inteligencia y destreza en el obrar.
R./ A algunos, por eso, Dios los puso como apóstoles, a otros como profetas, a otros como maestros, luego vienen los milagros, luego el don de las curaciones.


 
ORACIÓN
 
Concédenos, Dios todopoderoso, que la constante meditación de tu doctrina nos impulse a hablar y a actuar siempre según tu voluntad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén
 



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 14, 1-19

El don de lenguas

Hermanos: Esmeraos en el amor mutuo; ambicionad también las manifestaciones del Espíritu, sobre todo el hablar inspirados.

Mirad, el que habla en lenguas extrañas no habla a los hombres, sino a Dios, ya que nadie lo entiende; llevado del Espíritu dice cosas misteriosas. En cambio, el que habla inspirado habla a los hombres, construyendo, exhortando y animando.

El que habla en lenguaje extraño se construye él solo mientras el que habla inspirado construye la comunidad. A todos os deseo que habléis en esas lenguas, pero prefiero que habléis inspirados. Para que la comunidad reciba algo constructivo, vale más hablar inspirado que en lenguas, excepto en caso de que se traduzcan.

Vamos a ver, hermanos: si yo os hiciera una visita hablando en lenguas de esas, ¿de qué os serviría, si mis palabras no os transmitían ninguna revelación, saber, inspiración o doctrina? Pasa lo mismo con los instrumentos musicales, por ejemplo, una flauta o una guitarra; si las notas que dan no guardan los intervalos, ¿cómo se va a saber lo que tocan? Otro ejemplo: si la trompeta da un sonido indistinto, ¿quién se va a preparar al combate? Pues lo mismo vosotros con la lengua: si no pronunciáis palabras reconocibles, ¿cómo va a enterarse de lo que habláis? Estaréis hablando al aire. Vete a saber cuántos lenguajes habrá en el mundo, y ninguno carece de sentido; de todos modos, si uno habla un lenguaje que yo no conozco, mis palabras serán un galimatías para él y las suyas para mí. Aplicaos el cuento: ya que ambicionáis tanto los dones del Espíritu, procurad que abunden los que construyen la comunidad. Por. tanto, el que habla en una lengua de ésas, pida a Dios la traducción.

Cuando pronuncio una oración en esas lenguas, en mí el Espíritu reza, pero mi inteligencia no saca nada. ¿Conclusión de esto? Que quiero rezar llevado del Espíritu, pero rezar también con la inteligencia; que quiero cantar llevado del Espíritu, pero cantar también con la inteligencia. Supongamos que pronuncias la bendición llevado del Espíritu; ése que ocupa un puesto de simpatizante, ¿cómo va a responder «amén» a tu acción de gracias si él no sabe lo que dices? Tu acción de gracias estará muy bien, pero al otro no le ayuda.

Gracias a Dios hablo en esas lenguas más que todos vosotros, pero en la asamblea prefiero pronunciar media docena de palabras inteligibles, para instruir también a los demás, antes que diez mil en una lengua extraña.

 

RESPONSORIO                    1 Cor 14, 12; 8.2
 
R./ Ya que aspiráis a los dones espirituales, * procurad abundar en ellos para la edificación de la asamblea.
V./ La ciencia hincha, mientras que el amor edifica.
R./ Procurad abundar en ellos para la edificación de la asamblea.
 


SEGUNDA LECTURA

San Ambrosio de Milán, Comentario sobre el salmo 1 (9-12: CSEL 64, 7.9-10)

Cantar salmos con el espíritu,
pero cantarlos también con la mente

¿Qué cosa hay más agradable que los salmos? Como dice bellamente el mismo salmista: Alabad al Señor, que los salmos son buenos; nuestro Dios merece una alabanza armoniosa. Y con razón: los salmos, en efecto, son la bendición del pueblo, la alabanza de Dios, el elogio de los fieles, el aplauso de todos, el lenguaje universal, la voz de la Iglesia, la profesión armoniosa de nuestra fe, la expresión de nuestra entrega total, el gozo de nuestra libertad, el clamor de nuestra alegría desbordante. Ellos calman nuestra ira, rechazan nuestras preocupaciones, nos consuelan en nuestras tristezas. De noche son un arma, de día una enseñanza; en el peligro son nuestra defensa, en las festividades nuestra alegría; ellos expresan la tranquilidad de nuestro espíritu, son prenda de paz y de concordia, son como la cítara que aúna en un solo canto las voces más diversas y dispares. Con los salmos celebramos el nacimiento del día, y con los salmos cantamos a su ocaso.

En los salmos rivalizan la belleza y la doctrina; son a la vez un canto que deleita y un texto que instruye. Cualquier sentimiento encuentra su eco en el libro de los salmos. Leo en ellos: Cántico para el amado, y me inflamo en santos deseos de amor; en ellos voy meditando el don de la revelación, el anuncio profético de la resurrección, los bienes prometidos; en ellos aprendo a evitar el pecado y a sentir arrepentimiento y vergüenza de los delitos cometidos.

¿Qué otra cosa es el Salterio sino el instrumento espiritual con que el hombre inspirado hace resonar en la tierra la dulzura de las melodías celestiales, como quien pulsa la lira del Espíritu Santo? Unido a este Espíritu, el salmista hace subir a lo alto, de diversas maneras, el canto de la alabanza divina, con liras e instrumentos de cuerda, esto es, con los despojos muertos de otras diversas voces; porque nos enseña que primero debemos morir al pecado y luego, no antes, poner de manifiesto en este cuerpo las obras de las diversas virtudes, con las cuales pueda llegar hasta el Señor el obsequio de nuestra devoción.

Nos enseña, pues, el salmista que nuestro canto, nuestra salmodia, debe ser interior, como lo hacía Pablo, que dice: Quiero rezar llevado del Espíritu, pero rezar también con la inteligencia; quiero cantar llevado del Espíricu, pero cantar también con la inteligencia; con estas palabras nos advierte que debemos orientar nuestra vida y nuestros actos a las cosas de arriba, para que así el deleite de lo agradable no excite las pasiones corporales, las cuales no liberan nuestra alma, sino que la aprisionan más aún; el salmista nos recuerda que en la salmodia encuentra el alma su redención: Tocaré para ti la cítara, Santo de Israel; te aclamarán mis labios, Señor, mi alma, que tú redimiste.

 

RESPONSORIO                    Sal 91, 2.4
 
R./ Es bueno dar gracias al Señor, * salmodiar a tu nombre, oh Altísimo.
V./ Con el arpa de diez cuerdas y la lira, sobre arpegios de cítaras.
R./ Salmodiar a tu nombre, oh Altísimo.


 
ORACIÓN
 
Concédenos, Dios todopoderoso, que la constante meditación de tu doctrina nos impulse a hablar y a actuar siempre según tu voluntad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

 


DOMINGO VIII DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 14, 20-40

Los carismas en las asambleas

Hermanos: No tengáis actitud de niños; sed niños para lo malo, pero vuestra actitud sea de hombres hechos. En la ley está escrito: «Con gente de otras lenguas, por boca de extranjeros hablaré a este pueblo: pero ni así me escucharán».

Eso dice el Señor, de modo que esas lenguas no son una señal destinada a los que creen, sino a los incrédulos. En cambio, el mensaje inspirado no está destinado a los incrédulos, sino a los que creen. Supongamos ahora que la comunidad entera tiene una reunión y que todos van hablando en esas lenguas; si entra gente no creyente o simpatizantes, ¿no dirán que estáis locos? En cambio, si todos hablan inspirados y entra un no creyente o un simpatizante, lo que dicen unos y otros le demuestra sus fallos, lo escruta, formula lo que lleva secreto en el corazón; entonces se postrará y rendirá homenaje a Dios, reconociendo que Dios está realmente con vosotros.

¿Qué concluimos, hermanos? Cuando os reunís, cada cual aporte algo: un canto, una enseñanza, una revelación, hablar en lenguas o traducirlas; pues que todo resulte instructivo. Si se habla en lenguas extrañas, que sean dos cada vez o a lo más tres, por turno, y que traduzca uno sólo. Si no hay quien traduzca, que guarden silencio en la asamblea y hable cada uno con Dios por su cuenta.

De los profetas, que hablen dos o tres, los demás den su opinión. Pero en caso de que otro, mientras está sentado, reciba una revelación, que se calle el de antes, porque hablar inspirados podéis todos, pero uno a uno, para que aprendan todos y se animen todos. Ademas, los que hablan inspirados pueden controlar su inspiración, porque Dios no quiere desorden, sino paz, como en todas las demás comunidades de consagrados.

Las mujeres guarden silencio en la asamblea, no les está permitido hablar; en vez de eso, que se muestren sumisas, como lo dice también la ley. Si quieren alguna explicación, que les pregunten a sus maridos en casa, porque está feo que hablen las mujeres en las asambleas.

¿Acaso empezó en Corinto la palabra de Dios, o sois quizá los únicos a quienes ha llegado? El que se tiene por profeta o por hombre de espíritu comprenderá que esto que os escribo es ordenanza del Señor, y si alguno no lo sabe, peor para él.

En una palabra, hermanos: sea vuestra ambición predicar inspirados, aunque sin impedir que se hable en lenguas; pero hágase todo con dignidad y orden.

 

RESPONSORIO                    1 Tes 5, 19-21; 1 Cor 14, 1
 
R./ No extingáis el Espíritu, no despreciéis las profecías; * examinadlo todo y quedaos con lo bueno.
V./ Aspirad a los dones del Espíritu, especialmente a la profecía.
R./ Examinadlo todo y quedaos con lo bueno.
 


SEGUNDA LECTURA

San Juan Crisóstomo, Homilía 25 sobre el evangelio de san Mateo (3-4: PG 57, 331)

Los misterios, tan pletóricos de gracia de salvación que celebramos
en cada reunión, reciben el nombre de Eucaristía

Demos en todo momento gracias a Dios. Sería realmente absurdo que, gozando a diario de los beneficios de Dios ni siquiera de palabra reconociéramos sus bondades, máxime cuando este reconocimiento es para nosotros fuente de nuevas gracias. Y no es que él tenga necesidad de nuestras cosas: somos nosotros quienes necesitamos de sus dones. Pues nuestras acciones de gracias en realidad nada le añaden, pero nos familiarizan a nosotros más con él. Y si al recordar los beneficios recibidos de los hombres, crece nuestro afecto hacia ellos, mucho más nos veremos impulsados a guardar fielmente sus mandamientos, si traemos asiduamente a la memoria los beneficios que del Señor hemos recibido.

La mejor custodia del beneficio es el mismo recuerdo del beneficio y la asidua acción de gracias. Justamente por eso, los tremendos misterios, tan pletóricos de gracia de salvación, que celebramos en cada reunión, reciben el nombre de Eucaristía, por ser el memorial de un sinfín de beneficios, ponernos frente a la manifestación capital de la divina providencia, y disponernos a una continua acción de gracias.

Si ya el nacer de la Virgen es un gran milagro, tanto que el evangelista, lleno de estupor decía: Todo esto sucedió, ¿cómo valoraremos, pregunto, el haberse inmolado por nosotros? Si llama todo al haber nacido, ¿qué denominación dar al hecho de haber sido crucificado, haber derramado su sangre por nosotros y el haberse dado a sí mismo como alimento y banquete espiritual? Démosle, pues, asiduas gracias y que esta manifestación de gratitud preceda a nuestras palabras y obras. Y démosle gracias, no sólo por los bienes que nosotros hemos recibido, sino también por los que otros han recibido. Así podremos eliminar la envidia, fomentar la caridad y hacerla más sincera. Imposible envidiar en función de unos bienes, por los que has dado gracias al Señor.

Por eso el sacerdote, al presentar las ofrendas, nos invita a dar gracias por todo el mundo, por los que nos precedieron, por los presentes, por los recién nacidos y por aquellos que aún están por nacer. Esto nos libera de la tierra y nos transporta al cielo, haciendo ángeles de los hombres. Pues los mismos ángeles dan, a coro, gracias a Dios por los beneficios que nos ha otorgado, diciendo: Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor.

Pero me dirás: ¿qué nos va a nosotros con unos seres que ni están en la tierra ni son hombres? Tenemos que ver y mucho: pues se nos ha ordenado amar a nuestros compañeros de servicio, hasta el punto de considerar como nuestros sus propios bienes. Por eso, en sus cartas, Pablo eleva acciones de gracias por los beneficios derramados en todo el mundo. Demos también nosotros, a imitación suya continuas acciones de gracias por los beneficios que hemos recibido, por los beneficios recibidos por los demás, por los grandes y pequeños beneficios.

 

RESPONSORIO                    Sal 102, 2.4; Gal 2, 20
 
R./ Bendice alma mía, al Señor, * no olvides sus amores. Él saca tu vida de la muerte, te colma de gracia y amor.
V./ Me ha amado y se ha entregado por mí.
R./ No olvides sus amores. Él saca tu vida de la muerte, te colma de gracia y amor.


 
ORACIÓN
 
Concédenos tu ayuda, Señor, para que el mundo progrese, según tus designios, gocen las naciones de una paz estable y tu Iglesia se alegre de poder servirte con una entrega confiada y pacífica. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 


EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 15, 1-19

La resurrección de Cristo, esperanza de los creyentes

Os recuerdo, hermanos, el evangelio que os proclamé y que vosotros aceptasteis, y en el que estáis fundados, y que os está salvando, si es que conserváis el evangelio que os proclamé; de lo contrario, se ha malogrado vuestra adhesión a la fe.

Porque lo primero que yo os transmití, tal como lo habéis recibido, fue esto: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se le apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales viven todavía, otros han muerto; después se le apareció a Santiago, después a todos los apóstoles; por último, como a un aborto, se me apareció también a mí.

Porque yo soy el menor de los apóstoles y no soy digno de llamarme apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios. Por la gracia de Dios soy lo que soy y su gracia no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo. Pues bien: tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído.

Si anunciamos que Cristo resucitó de entre los muertos, ¿cómo es que dice alguno de vosotros que los muertos no resucitan? Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó; y, si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación carece de sentido y vuestra fe lo mismo.

Además, como testigos de Dios, resultamos unos embusteros, porque en nuestro testimonio le atribuimos falsamente haber resucitado a Cristo, cosa que no ha hecho, si es verdad que los muertos no resucitan. Porque, si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado. Y, si Cristo no ha resucitado vuestra fe no tiene sentido, seguís con vuestros pecados; y los que murieron con Cristo se han perdido. Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados.

 

RESPONSORIO                    Rom 6, 9-10; 4, 25
 
R./ Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere; la muerte no tiene ya poder sobre él. Su muerte fue un morir al pecado de una vez para siempre, * mas su vida es un vivir para Dios.
V./ Fue entregado a la muerte por nuestros pecados, y resucitado para nuestra justificación.
R./ Mas su vida es un vivir para Dios.
 


SEGUNDA LECTURA

Orígenes, Comentario sobre la carta a los Romanos (Lib 5, 8: PG 14, 1041-1042)

Qué significa resucitar con Cristo

Lo que se colige de las palabras del Apóstol a través de un conocimiento más elevado, es esto: que así como ningún vivo puede ser enterrado con un muerto, así ninguno que todavía vive para el pecado puede ser sepultado, en el bautismo, con Cristo que murió al pecado. Por eso, los que se preparan para el bautismo, deben procurar morir antes al pecado, para poder así ser sepultados con Cristo por el bautismo, de modo que también ellos puedan decir: Continuamente nos están entregando a la muerte, por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal.

Cómo la vida de Jesucristo pueda manifestarse en nuestra carne, nos lo aclara Pablo cuando dice: Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí. Es lo mismo que el apóstol Juan escribe en su carta, diciendo: Todo espíritu que confiesa a Jesucristo venido en carne es de Dios. Naturalmente que no es quien se limita a pronunciar estas sílabas con sus labios y a hacer pública confesión el que dará muestras de ser conducido por el Espíritu de Dios, sino el que de tal manera ha conformado su vida y ha dado en la práctica tales frutos, que manifiesta con la misma santidad de sus acciones y sentimientos que Cristo ha venido en carne y que él está muerto al pecado y vive para Dios.

Veamos nuevamente qué es lo que dice: Para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Si hemos sido sepultados con Cristo, tal como arriba dijimos, esto es, en cuanto que hemos muerto al pecado, es lógico que al resucitar Cristo de entre los muertos, resucitemos también nosotros con él; y al subir él a los cielos subamos también nosotros con él; y al sentarse él a la derecha del Padre, sabemos que también nosotros nos sentaremos con él en los cielos, según lo que el Apóstol dice en otro lugar: Nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con él. Resucitó Cristo por la gloria del Padre; y si nosotros estamos muertos al pecado, hemos sido sepultados con Cristo, y todo el que viere nuestras buenas obras da gloria a nuestro Padre que está en el cielo, con razón se dirá de nosotros que hemos resucitado con Cristo, para que andemos en una vida nueva.

Andemos en una vida nueva, mostrándonos al que nos resucitó con Cristo, nuevos cada día y como quien dice más hermosos, reflejando en Cristo, como en un espejo, el esplendor de nuestro rostro, y proyectando en él la gloria del Señor, nos vayamos transformando en su imagen, como Cristo, resucitado de entre los muertos, subió de la humildad de nuestra tierra a la gloria de la majestad paterna.

 

RESPONSORIO                    Col 2, 12.13
 
R./ Sepultados con él en el bautismo, con él habéis también resucitado, * por la fe en el poder de Dios, que lo ha resucitado de entre los muertos.
V./ Con él Dios os ha dado vida también a vosotros, que estabais muertos en vuestros pecados, perdonándoos en todo.
R./ Por la fe en el poder de Dios, que lo ha resucitado de entre los muertos.


 
ORACIÓN
 
Concédenos tu ayuda, Señor, para que el mundo progrese, según tus designios, gocen las naciones de una paz estable y tu Iglesia se alegre de poder servirte con una entrega confiada y pacífica. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



MARTES


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 15, 20-34

La resurrección de los muertos

Hermanos: Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos. Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección. Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida. Pero cada uno en su puesto: primero Cristo, como primicia; después, cuando él vuelva, todos los que son de Cristo; después los últimos, cuando Cristo devuelva a Dios Padre su reino, una vez aniquilado todo principado, poder y fuerza.

Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies. El último enemigo aniquilado será la muerte. Porque Dios ha sometido todo bajo sus pies. Pero, al decir que lo ha sometido todo, es evidente que excluye al que le ha sometido todo. Y, cuando todo esté sometido, entonces también el Hijo se someterá a Dios, al que se lo había sometido todo. Y así Dios lo será todo para todos.

De no ser así, ¿qué van a sacar los que se bautizan por los muertos? Si decididamente los muertos no resucitan, ¿a qué viene bautizarse por ellos? ¿A qué viene que nosotros estemos en peligro a todas horas? No hay día que no esté yo al borde de la muerte, tan verdad como el orgullo que siento por vosotros, hermanos, en Cristo Jesús, Señor nuestro. Si hubiera tenido que luchar con fieras en Efeso por motivos humanos, ¿de qué me habría servido? Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, que mañana moriremos.

Dejad de engañaros: malas compañías estragan buenas costumbres. Sacudíos la modorra, como es razón, y dejad de pecar. Ignorancia de Dios es lo que algunos tienen; os lo digo para vuestra vergüenza.

 

RESPONSORIO                    1Co 15, 25-26; cf. Ap 20, 13. 14
 
R./ Cristo debe reinar hasta que Dios ponga todos sus enemigos bajo sus pies. * El último enemigo aniquilado será la muerte.
V./ Entonces la muerte y el abismo devolverán los muertos, y la muerte y el abismo serán arrojados al lago de fuego.
R./ El último enemigo aniquilado será la muerte.
 


SEGUNDA LECTURA

San Ambrosio de Milán, Libro sobre la muerte de su hermano Sátiro (Lib 2, 89-93: CSEL 73, 298-300)

Como Adán es la primicia de la muerte, así Cristo
es la primicia de la resurrección

Esta es la voluntad de mi Padre, que me envió: que todo el que ve al Hijo y cree en él, tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. ¿Quién es el que esto dice? Precisamente el que, habiendo muerto, resucitó los cuerpos de muchos difuntos. Si no creemos en Dios, ¿no daremos fe a los hechos? No creemos lo que prometió, ¿cuándo realizó incluso lo que no había prometido? Y por lo que a él se refiere, ¿habría tenido razón de morir, si no hubiera tenido un motivo para resucitar?

Y como Dios no podía morir –pues la sabiduría no puede morir–, y no podía resucitar lo que no había muerto, asumió una carne capaz de morir, para que muriendo según la ley común, resucitara lo que había muerto. No es posible la resurrección sino mediante el hombre, pues, si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección de los muertos. Así pues, resucitó el hombre, porque era el hombre el que había muerto; resucita el hombre, pero resucitándolo Dios, entonces hombre según la carne, ahora Dios en plenitud; ahora ya no conocemos a Cristo según la carne, pero tenemos la gracia de la carne y así podemos afirmar que conocemos al que es las primicias de los que duermen, al primogénito de entre los muertos.

Y pensemos que las primicias son del mismo género y de igual naturaleza que el resto de la cosecha; se ofrecen a Dios los primeros productos en la esperanza de obtener una cosecha más abundante: don sacro en representación del conjunto y cual libación de una naturaleza renovada. Pues bien: Cristo es la primicia de los que duermen.

Pero ¿de todos los muertos o sólo de sus muertos, es decir, de aquellos que, exentos en cierto modo de la muerte, descansan en un dulce sopor? Si en Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida. Por tanto, como Adán es la primicia de la muerte, así Cristo es la primicia de la resurrección.

Todos resucitan, pero que nadie se inquiete, ni le duela al justo esta copartición global en la resurrección, pues cada cual recibirá el premio correspondiente a su virtud. Todos resucitan, pero cada uno —como dice el Apóstol— en su puesto. Es común el fruto de la divina clemencia, pero distinta la jerarquía de los méritos. El día amanece para todos, el sol caldea a todos los pueblos, todos los campos son regados y fecundados por la lluvia benéfica. Todos nacemos, todos resucitamos, pero diversa es para cada uno la gracia de vivir y de revivir, distinta la condición. En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, al toque de la última trompeta, los muertos despertarán incorruptibles, y nosotros nos veremos transformados. Incluso en la misma muerte unos descansan, otros viven. Bueno es el descanso, pero mejor es la vida. Por eso, Pablo despierta para la vida a los que descansan, diciendo: Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz.

 

RESPONSORIO                    1 Cor 15, 20.22.21
 
R./ Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que durmieron. * Pues, como todos mueren en Adán, así también todos  revivirán en Cristo.
V./ Porque si la muerte vino por un hombre, también por un hombre viene la resurrección de los muertos.
R./ Pues, como todos mueren en Adán, así también todos  revivirán en Cristo.


 
ORACIÓN
 
Concédenos tu ayuda, Señor, para que el mundo progrese, según tus designios, gocen las naciones de una paz estable y tu Iglesia se alegre de poder servirte con una entrega confiada y pacífica. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 15, 35-58

La resurrección en el último día

Hermanos: Alguno preguntará. «¿Y cómo resucitan los muertos? ¿Qué clase de cuerpo traerán?» ¡Necio! Lo que tú siembras no recibe vida si antes no muere. Y, al sembrar, no siembras lo mismo que va a brotar después, sino un simple grano, de trigo, por ejemplo, o de otra planta. Es Dios quien da la forma que a él le pareció, a cada semilla la suya propia. Todas las carnes no son lo mismo; una cosa es la carne del hombre, otra la del ganado, otra la de las aves y otra la de los peces. Hay también cuerpos celestes y cuerpos terrestres, y una cosa es el resplandor de los celestes y otra el de los terrestres. Hay diferencia entre el resplandor del sol, el de la luna y el de las estrellas; y tampoco las estrellas brillan todas lo mismo.

Igual pasa en la resurrección de los muertos: se siembra lo corruptible, resucita incorruptible; se siembra lo miserable, resucita glorioso; se siembra lo débil, resucita fuerte; se siembra un cuerpo animal, resucita cuerpo espiritual. Si hay cuerpo animal, lo hay también espiritual. En efecto, así es como dice la Escritura: «El primer hombre, Adán, fue un ser animado». El último Adán, un espíritu que da vida. No es primero lo espiritual, sino lo animal. Lo espiritual viene después.

El primer hombre, hecho de tierra, era terreno; el segundo hombre es del cielo. Pues igual que el terreno son los hombres terrenos; igual que el celestial son los hombres celestiales.

Nosotros, que somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre celestial. Quiero decir, hermanos, que esta carne y sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni lo ya corrompido, heredar la incorrupción.

Os voy a declarar un misterio: No todos moriremos, pero todos nos veremos transformados. En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, al toque de la última trompeta; porque resonará, y los muertos despertarán incorruptibles, y nosotros nos veremos transformados. Porque esto corruptible tiene que vestirse de incorrupción, y esto mortal tiene que vestirse de inmortalidad.

Cuando esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra escrita: «La muerte ha sido absorbida en la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?» El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado es la ley. ¡Demos gracias a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo!

Así pues, hermanos míos queridos, manteneos firmes y constantes. Trabajad siempre por el Señor, sin reservas, convencidos de que el Señor no dejará sin recompensa vuestra fatiga.

 

RESPONSORIO              Dn 12, 2; 1Co 15, 52
 
R./ Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, * unos para la vida eterna, otros para el horror eterno.
V./ En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, los muertos despertarán incorruptibles.
R./ Unos para la vida eterna, otros para el horror eterno.
 


SEGUNDA LECTURA

San Pedro Crisólogo, Sermón 117 (PL 52, 520-521) El Verbo, sabiduría de Dios, se hizo hombre

El apóstol san Pablo nos dice que dos hombres dieron origen al género humano, a saber, Adán y Cristo. Dos hombres semejantes en su cuerpo, pero muy diversos en su obrar; totalmente iguales por el número y orden de sus miembros, pero totalmente distintos por su respectivo origen. Dice, en efecto, la Escritura: El primer hombre, Adán, fue un ser animado; el último Adán, un espíritu que da vida.

Aquel primer Adán fue creado por el segundo, de quien recibió el alma con la cual empezó a vivir; el último Adán, en cambio, se configuró a sí mismo y fue su propio autor, pues no recibió la vida de nadie, sino que fue el único de quien procede la vida de todos. Aquel primer Adán fue plasmado del barro deleznable; el último Adán se formó en las entrañas preciosas de la Virgen. En aquél, la tierra se convierte en carne; en éste, la carne llega a ser Dios.

Y ¿qué más podemos añadir? Este es aquel Adán que, cuando creó al primer Adán, colocó en él su divina imagen. De aquí que recibiera su naturaleza y adoptara su mismo nombre, para que aquel a quien había formado a su misma imagen no pereciera. El primer Adán es, en realidad, el nuevo Adán; aquel primer Adán tuvo principio, pero este último Adán no tiene fin. Por lo cual, este último es, realmente, también el primero, como él mismo afirma: Yo soy el primero y yo soy el último.

«Yo soy el primero, es decir, no tengo principio. Yo soy el último, porque, ciertamente, no tengo fin. No es primero lo espiritual –dice–, sino lo animal. Lo espiritual viene después. El espíritu no fue lo primero –dice–, primero vino la vida y después el espíritu». Antes, sin duda, es la tierra que el fruto, pero la tierra no es tan preciosa como el fruto; aquélla exige lágrimas y trabajo, éste, en cambio, nos proporciona alimento y vida. Con razón el profeta se gloría de tal fruto, cuando dice: Nuestra tierra ha dado su fruto. ¿Qué fruto? Aquel que se afirma en otro lugar: A un fruto de tus entrañas lo pondré sobre tu trono. Y también: El primer hombre, hecho de tierra, era terreno; el segundo hombre es del cielo.

Igual que el terreno son los hombres terrenos; igual que el celestial son los hombres celestiales. ¿Cómo, pues, los que no nacieron con tal naturaleza celestial llegaron a ser de esta naturaleza y no permanecieron tal cual habían nacido, sino que perseveraron en la condición en que habían renacido? Esto se debe, hermanos, a la acción misteriosa del Espíritu, el cual fecunda con su luz el seno materno de la fuente virginal, para que aquellos a quienes el origen terreno dé su raza da a luz en condición terrena y miserable vuelvan a nacer en condición celestial, y lleguen a ser semejantes a su mismo Creador. Por tanto, renacidos ya, recreados según la imagen de nuestro Creador, realicemos lo que nos dice el Apóstol: Nosotros, que somos imagen del hombre terreno, seamos también imagen del hombre celestial.

Renacidos ya, como hemos dicho, a semejanza de nuestro Señor, adoptados como verdaderos hijos de Dios, llevemos íntegra y con plena semejanza la imagen de nuestro Creador: no imitándolo en su soberanía, que sólo a él corresponde, sino siendo su imagen por nuestra inocencia, simplicidad, mansedumbre, paciencia, humildad, misericordia y concordia, virtudes todas por las que el Señor se ha dignado hacerse uno de nosotros y ser semejante a nosotros.

 

RESPONSORIO                    Rom 5, 18.12
 
R./ El delito de uno solo atrajo sobre todos los hombres la condenación; * la obra de justicia de uno solo procura a todos los hombres la justificación que da la vida.
V./ Por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte.
R./ La obra de justicia de uno solo procura a todos los hombres la justificación que da la vida.
 
 
ORACIÓN
 
Concédenos tu ayuda, Señor, para que el mundo progrese, según tus designios, gocen las naciones de una paz estable y tu Iglesia se alegre de poder servirte con una entrega confiada y pacífica. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



JUEVES


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Corintios 16, 1-24

Recomendaciones y saludos

Hermanos: Acerca de la colecta para los consagrados: las instrucciones que di a las comunidades de Galacia seguidlas también vosotros. Los domingos poned aparte cada uno por vuestra cuenta lo que consigáis ahorrar, para que, cuando yo vaya, no haya que andar entonces con colectas. Cuando yo llegue daré cartas de presentación a los que vosotros deis por buenos y los enviaré a Jerusalén con vuestro presente; y si merece la pena que vaya yo también, iremos juntos.

Llegaré ahí después de haber pasado por Macedonia, pues el viaje lo haré por Macedonia. En cambio, con vosotros es posible que me detenga, y tal vez todo el invierno, para que vosotros me ayudéis a continuar para donde sea. Porque esta vez no querría veros sólo de paso, es decir, espero quedarme algún tiempo junto á vosotros, Si el Señor lo permite; pero me quedaré en Efeso hasta Pentecostés porque se presenta una gran ocasión de trabajo eficaz y muchos hacen la contra.

Si llegase Timoteo, procurad que no se sienta cohibido, pues trabaja en la obra del Señor lo mismo que yo; portanto, que nadie lo desprecie. Además, ayudadle cordialmente a que vuelva aquí, pues lo estoy esperando con los hermanos.

Acerca del hermano Apolo: le insistí mucho en que fuera a veros con los hermanos; no tenía absolutamente ninguna gana de ir ahora, pero irá cuando llegue la ocasión.

Estad alerta, manteneos en la fe, sed hombres, sed robustos; todo lo que hagáis, que sea con amor.

Un favor os pido, hermanos: sabéis que la familia de Esteban es de lo mejor de Grecia y que se ha dedicado a servir a los consagrados; querría que también vosotros estéis a disposición de gente como ellos y de todo el que colabora en la tarea.

Me alegro de la llegada de Esteban, Fortunato y Acaico; ellos han compensado por vuestra ausencia, tranquilizándome a mí y a vosotros. Por eso estad reconocidos a hombres como ellos.

Os mandan recuerdos las comunidades de Asia. Un caluroso saludo cristiano de parte de Aquila, Prisca y la comunidad que se reúne en su casa. Recuerdos de todos los hermanos. Saludaos mutuamente con el beso santo.

La despedida, de mi mano: Pablo. El que no quiera al Señor, fuera con él. Ven, Señor.

El favor del Señor Jesús os acompañe. Mi amor cristiano os acompañe a todos.

 

RESPONSORIO                    1Co 16, 13-14; Col 4, 5. 6
 
R./ Estad en vela y manteneos firmes en la fe, portaos varonilmente y con toda fortaleza. * Hacedlo todo con espíritu de caridad.
V./ Proceded con toda discreción; vuestra palabra sea siempre agradable, sazonada con gracia.
R./ Hacedlo todo con espíritu de caridad.
 


SEGUNDA LECTURA

Balduino de Cantorbery, Tratado sobre el santísimo sacramento de la Eucaristía (PL 204, 405-406)

¡ Ved cuánto nos ama Jesús!

Vino, pues, el que tenía que venir, vino el Santo de Israel, apareció en la tierra hecho hombre. Enseñó al mundo el sendero de la vida y, cumplida la misión por la que había venido, subió al cielo, donde ahora está sentado a la derecha de Dios.

Antes de subir al cielo y para que los discípulos y los demás fieles que vendrían después, privados de su presencia corporal, no desconfiasen y desesperasen de su ayuda, los consoló diciendo: Y sabed que yo estoy con vosotros, hasta el fin del mundo. Luego nuestro Jesús está con nosotros. ¿Por qué no habría de llamarle nuestro si está con nosotros? Un hijo se nos ha dado. No sin razón reivindicaba a Jesús como suyo, el que dijo: Yo exultaré con el Señor, me gloriaré en Dios, mi Jesús.

Este nuestro Jesús, con el cual Dios nos lo dio todo, no sabe estar lejos de nosotros. Y nos ama tanto que él mismo, que es la sabiduría del Padre, dice: Me gozaba con los hijos de los hombres. Estuvo con nosotros en la carne, antes de morir por nosotros; estuvo con nosotros también en la muerte, con la presencia del cuerpo todavía no retirado de la tierra; estuvo con nosotros después de la muerte apareciéndose a los discípulos de muchas maneras; está con nosotros también ahora, hasta el fin del mundo, hasta que nosotros estemos con él: y así estaremos siempre con el Señor.

¡Ved cuánto nos ama Jesús! Ni la muerte ni la vida pueden separarle de nosotros: ¡tanto es el amor con que nos ama! Por lo tanto, ni la muerte ni la vida deben separarnos de su amor. ¿Qué criatura es digna de ser amada, si él no lo es? Más aún: ¿quién puede sernos tan amable como él? Pues a menos de ser ingratos y perversos, debería bastarnos para amarlo —aparte de otras razones—, que él nos ama. Al que ama, lo menos que puede dársele es una respuesta de amor, pues el que ama desea ser amado. Lo cual es perfectamente justo. Ahora bien: quien desea ser amado, sin amar, dudo que pueda justificarse ni ante su propia conciencia de la acusación de inicuo. En un juicio justo quien no devuelve amor por amor, es indigno de ser amado.

Por tanto, quien no ama a Jesús, corre un grandísimo riesgo, pues se hace acreedor de la execración y maldición del Apóstol, que dice: El que no quiere al Señor, fuera con él. Ven, Señor.

 

RESPONSORIO                    Jn 3, 16; Hab 3, 13
 
R./ Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, * para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.
V./ Sales a salvar a tu pueblo, a salvar a tu ungido.
R./ Para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.


 
ORACIÓN
 
Concédenos tu ayuda, Señor, para que el mundo progrese, según tus designios, gocen las naciones de una paz estable y tu Iglesia se alegre de poder servirte con una entrega confiada y pacífica. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



VIERNES


PRIMERA LECTURA

Comienza la carta del apóstol Santiago 1, 1-18

Dicha perfecta en toda clase de pruebas

Santiago, servidor de Dios y del Señor Jesucristo, saluda a las doce tribus dispersas.

Hermanos míos: Teneos por muy dichosos cuando os veáis asediados por toda clase de pruebas. Sabed que, al ponerse a prueba vuestra fe, os dará constancia. Y si la constancia llega hasta el final, seréis perfectos e íntegros, sin falta alguna. En caso de que alguno de vosotros se vea falto de acierto, que se lo pida a Dios. Dios da generosamente y sin echar en cara, y él se lo dará. Pero tiene que pedir con fe, sin titubear lo más mínimo, que quien titubea, se parece al oleaje del mar sacudido y agitado por el viento. Un individuo así no piense que va a recibir nada del Señor; no sabe lo que quiere y no sigue rumbo fijo.

El cristiano de condición humilde, esté orgulloso de su alta dignidad, y el rico, de su pobre condición, pues pasará como la flor del campo: sale el sol y con su ardor seca la hierba, cae la flor y su bello aspecto perece; así se marchitará también el rico en sus empresas.

Dichoso el hombre que soporta la prueba, porque, una vez aquilatado, recibirá la corona de la vida que el Señor ha prometido a los que lo aman.

Cuando alguien se ve tentado, no diga que Dios lo tienta; Dios no conoce la tentación al mal y él no tienta a nadie. A cada uno le viene la tentación cuando su propio deseo lo arrastra y lo seduce; el deseo concibe y da a luz el pecado, y el pecado, cuando se comete, engendra la muerte.

Queridos hermanos, no os engañéis. Todo beneficio y todo don perfecto viene de arriba, del padre dedos astros, en el cual no hay fases ni períodos de sombra. Por propia iniciativa, con la palabra de la verdad, nos engendró, para que seamos la primicia de sus criaturas.

 

RESPONSORIO                    Sant 1, 12; 2 Tim 4, 7-8
 
R./ Dichoso el hombre que soporta la prueba, porque después de haberla superado, recibirá la corona de la vida, * que el Señor prometió a los que lo aman.
V./ He combatido el buen combate, he llegado a la meta, he conservado la fe. Ahora me ha sido preparada una corona de justicia.
R./ Que el Señor prometió a los que lo aman.
 


SEGUNDA LECTURA

San Ignacio de Antioquía, Comienza la carta a san Policarpo (1-2: Funck 1, 247-249)

Donde mayor es el trabajo, allí hay rica ganancia

Ignacio, por sobrenombre Teóforo, es decir, Portador de Dios, a Policarpo, obispo de la Iglesia de Esmirna, o más bien, puesto él mismo bajo la vigilancia o episcopado de Dios Padre y del Señor Jesucristo: mi más cordial saludo.

Al comprobar que tu sentir está de acuerdo con Dios y asentado como sobre roca inconmovible, yo glorifico en gran manera al Señor por haberme hecho la gracia de ver tu rostro intachable, del que ojalá me fuese dado gozar siempre en Dios. Yo te exhorto, por la gracia de que estás revestido, a que aceleres el paso en tu carrera, y a que exhortes a todos para que se salven. Desempeña el cargo que ocupas con toda diligencia corporal y espiritual. Preocúpate de que se conserve la concordia, que es lo mejor que puede existir. Llévalos a todos sobre ti, como a ti te lleva el Señor. Sopórtalos a todos con espíritu de caridad, como siempre lo haces. Dedícate continuamente a la oración. Pide mayor sabiduría de la que tienes. Mantén alerta tu espíritu, pues el espíritu desconoce el sueño. Háblales a todos al estilo de Dios. Carga sobre ti, como perfecto atleta, las enfermedades de todos. Donde mayor es el trabajo, allí hay rica ganancia.

Si sólo amas a los buenos discípulos, ningún mérito tienes en ello. El mérito está en que sometas con mansedumbre a los más perniciosos. No toda herida se cura con el mismo emplasto. Los accesos de fiebre cálmalos con aplicaciones húmedas. Sé en todas las cosas sagaz como la serpiente, pero sencillo en toda ocasión, como la paloma. Por eso, justamente eres a la vez corporal y espiritual, para que aquellas cosas que saltan a la vista las desempeñes buenamente, y las que no alcanzas a ver ruegues que te sean manifestadas. De este modo, nada te faltará, sino que abundarás en todo don de la gracia. Los tiempos requieren de ti que aspires a alcanzar a Dios, juntamente con los que tienes encomendados, como el piloto anhela prósperos vientos, y el navegante, sorprendido por la tormenta, suspira por el puerto.

Sé sobrio, como un atleta de Dios. El premio es la incorrupción y la vida eterna, de cuya existencia también tú estás convencido. En todo y por todo soy una víctima de expiación por ti, así como mis cadenas, que tú mismo has besado.

 

RESPONSORIO                    1 Tim 6, 11-12; 2 Tim 2, 10
 
R./ Corre al alcance de la justicia, de la piedad, de la fe, de la caridad, de la paciencia en el sufrimiento, de la dulzura; * combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna.
V./ Todo lo soporto por los elegidos, para que también ellos alcancen la salvación.
R./ Combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna.


 
ORACIÓN
 
Concédenos tu ayuda, Señor, para que el mundo progrese, según tus designios, gocen las naciones de una paz estable y tu Iglesia se alegre de poder servirte con una entrega confiada y pacífica. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

De la carta del apóstol Santiago 1, 19-27

Llevad a la práctica la palabra y no os limitéis a escucharla

Tened esto presente, mis queridos hermanos: sed todos prontos para escuchar, lentos para hablar y lentos para la ira. Porque la ira del hombre no produce la justicia que Dios quiere. Por lo tanto, eliminad toda suciedad y esa maldad que os sobra y aceptad dócilmente la Palabra que ha sido plantada y es capaz de salvaros.

Llevadla a la práctica y no os limitéis a escucharla, engañándoos a vosotros mismos, pues quien escucha la Palabra y no la pone en práctica, se parece a aquel que se miraba la cara en el espejo, y apenas se miraba, daba media vuelta y se olvidaba de cómo era. Pero el que se concentra en la ley perfecta, la de la libertad, y es constante, no para oír y olvidarse, sino para ponerla en obra, éste será dichoso al practicarla.

Hay quien se cree religioso y no tiene a raya su lengua; pero se engaña, su religión es vacía. La religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre es ésta: visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo.

 

RESPONSORIO                    Sant 1, 21; Fil 1, 27; 2, 15.16
 
R./ Desechada toda impureza y todo resto de maldad, recibid con docilidad la palabra sembrada en vosotros, * que es capaz de salvar vuestras almas.
V./ Llevad una conducta digna del evangelio de Cristo, para que seáis irreprochables e inocentes, hijos de Dios, llevando bien en alto la palabra de vida.
R./ Que es capaz de salvar vuestras almas.
 


SEGUNDA LECTURA

San Ignacio de Antioquía, Carta a san Policarpo (3-5: Funck 1, 249-251)

Que todo se haga para gloria de Dios

Que no te amedrenten los que se dan aires de nombres de todo crédito y enseñan doctrinas extrañas a la fe. Por tu parte, mantente firme como un yunque golpeado por el martillo. Es propio de un gran atleta el ser desollado y, sin embargo, vencer. Pues, ¡cuánto más hemos de soportarlo todo nosotros por Dios, a fin de que también él nos soporte a nosotros! Sé todavía más diligente de lo que eres. Date cabal cuenta de los tiempos. Aguarda al que está por encima del tiempo, al intemporal, al invisible, que por nosotros se hizo visible; al impalpable, al impasible, que por nosotros se hizo pasible; al que en todas las formas posibles sufrió por nosotros.

Las viudas no han de ser desatendidas. Después del Señor, tú has de ser quien cuide de ellas. Nada se haga sin tu conocimiento, y tú, por tu parte, hazlo todo contando con Dios, como efectivamente lo haces. Manténte firme. Celébrense reuniones con más frecuencia. Búscalos a todos por su nombre. No trates altivamente a esclavos y esclavas mas tampoco dejes que se engrían, sino que traten, para gloria de Dios, de mostrarse mejores servidores, a fin de que alcancen de él una libertad más excelente.

Huye de la intriga y del fraude; más aún, habla a los fieles para precaverlos contra ello. Recomienda a mis hermanas que amen al Señor y que vivan contentas con sus maridos, tanto en cuanto a la carne, como en cuanto al espíritu. Igualmente predica a mis hermanos, en nombre de Jesucristo, que amen a sus esposas como el Señor ama a la Iglesia. Si alguno se siente capaz de permanecer en castidad para honrar la carne del Señor, permanezca en ella, pero sin ensoberbecerse. Pues, si se engríe, está perdido; y, si por ello se estimare más que el obispo, está corrompido.

Respecto a los que se casan, esposos y esposas, conviene que celebren el enlace con conocimiento del obispo, a fin de que el casamiento sea conforme al Señor y no por sólo deseo. Que todo se haga para gloria de Dios.

 

RESPONSORIO                    1 Cor 15, 58; 2 Tes 3, 13
 
R./ Manteneos firmes e inconmovibles, progresando siempre en la obra del Señor: * conscientes de que vuestro trabajo no es vano en el Señor.
V./ No os canséis de hacer el bien
R./ Conscientes de que vuestro trabajo no es vano en el Señor.


 
ORACIÓN
 
Concédenos tu ayuda, Señor, para que el mundo progrese, según tus designios, gocen las naciones de una paz estable y tu Iglesia se alegre de poder servirte con una entrega confiada y pacífica. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

 


DOMINGO IX DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

De la carta del apóstol Santiago 2, 1-13

Hay que evitar la acepción de personas

Hermanos míos, no juntéis la fe de nuestro Señor Jesucristo glorioso con la acepción de personas. Por ejemplo: llegan dos hombres a la reunión litúrgica. Uno va bien vestido y hasta con anillos en los dedos; el otro es un pobre andrajoso. Veis al bien vestido y le decís: «Por favor, siéntate aquí, en el puesto reservado». Al otro, en cambio: «Estáte ahí de pie o siéntate en el suelo». Si hacéis eso, ¿no sois inconsecuentes y juzgáis con criterios malos?

Queridos hermanos, escuchad: ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino, que prometió a los que lo aman? Vosotros, en cambio, habéis afrentado al pobre.

Y, sin embargo, ¿no son los ricos los que os tratan con despotismo y los que os arrastran a los tribunales? ¿No son ellos los que denigran ese nombre tan hermoso que lleváis como apellido? ¿Cumplís la ley soberana que enuncia la Escritura: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo»? Perfectamente. Pero si mostráis favoritismos, cometéis un pecado y la Escritura prueba vuestro delito. Porque quien observa entera esa ley, pero falla en un solo punto, tiene que responder de la totalidad.

Un ejemplo: el mismo que dijo: «no cometas adulterio» dijo también «no mates». Si tú no cometes adulterio, pero matas, eres ya transgresor de esa ley.

Hablad y actuad como quienes van a ser juzgados por una ley de libertad, porque el juicio será sin misericordia para el que no practicó la misericordia. La misericordia se ríe del juicio.

 

RESPONSORIO                    Sant 2, 5; Mt 5, 3
 
R./ Dios escogió a los pobres según el mundo para hacerlos  ricos en la fe y herederos del reino * que Dios prometió a los que lo aman.
V./ Bienaventurados los pobres en espíritu porque de ellos es el reino de los cielos.
R./ Que Dios prometió a los que lo aman.
 


SEGUNDA LECTURA

San Ignacio de Antioquía, Carta a san Policarpo (6-8: Funck 1, 251)

Me ofrezco como víctima de expiación

Escuchad al obispo, para que Dios os escuche a vosotros. Yo me ofrezco como víctima de expiación por quienes se someten al obispo, a los presbíteros y a los diáconos. ¡Y ojalá que con ellos se me concediera entrar a tener parte con Dios! Colaborad mutuamente unos con otros, luchad unidos, corred juntamente, sufrid con las penas de los demás, permaneced unidos en espíritu aun durante el sueño, así como al despertar, como administradores que sois de Dios, como sus asistentes y servidores. Tratad de ser gratos al Capitán bajo cuyas banderas militáis, y de quien habéis de recibir el sueldo. Que ninguno de vosotros se declare desertor. Vuestro bautismo ha de ser para vosotros como vuestra armadura, la fe como un yelmo, la caridad como la lanza, la paciencia como un arsenal de todas las armas; vuestras cajas de fondos han de ser vuestras buenas obras, de las que recibiréis luego magníficos ahorros. Así pues, tened unos para con otros un corazón grande, con mansedumbre, como lo tiene Dios para con vosotros. ¡Ojalá pudiera yo gozar de vuestra presencia en todo tiempo!

Como la Iglesia de Antioquía de Siria, gracias a vuestra oración, goza de paz, según se me ha comunicado, también yo gozo ahora de gran tranquilidad, con esa seguridad que viene de Dios; con tal de que alcance yo a Dios por mi martirio, para ser así hallado en la resurrección como discípulo vuestro. Es conveniente, Policarpo, felicísimo en Dios, que convoques un consejo divino y elijáis a uno a quien profeséis particular amor y a quien tengáis por intrépido, el cual podría ser llamado «correo divino», a fin de que lo deleguéis para que vaya a Siria y dé, para gloria de Dios, un testimonio sincero de vuestra ferviente caridad.

El cristiano no tiene poder sobre sí mismo, sino que está dedicado a Dios. Esta obra es de Dios, y también de vosotros cuando la llevéis a cabo. Yo, en efecto, confío, en la gracia, que vosotros estáis prontos para toda buena obra que atañe a Dios. Como sé vuestro vehemente fervor por la verdad, he querido exhortaros por medio de esta breve carta.

Pero, como no he podido escribir a todas las Iglesias por tener que zarpar precipitadamente de Troas a Neápolis, según lo ordena la voluntad del Señor, escribe tú, como quien posee el sentir de Dios, a las Iglesias situadas más allá de Esmirna, a fin de que también ellas hagan lo mismo. Las que puedan, que manden delegados a pie; las que no, que envíen cartas por mano de los delegados que tú envíes, a fin de que alcancéis eterna gloria con esta obra, como bien lo merecéis.

Saludo a todos nominalmente y en particular a la viuda de Epitropo con toda su casa e hijos. Saludo a Attalo a quien tanto quiero. Saludo al que tengáis por digno de ser enviado a Siria: la gracia de Dios esté siempre con él y con Policarpo que lo envía.

Deseo que estéis siempre bien, viviendo en unión de Jesucristo, nuestro Dios; permaneced en él, en la unidad y bajo la vigilancia de Dios. Saludo a Alcen, cuyo nombre me es caro.

¡Adiós en el Señor!

 

RESPONSORIO                    1 Tim 4, 12.15.16.13
 
R./ Seas ejemplo para los creyentes, para que todos vean tus progresos; * obrando así te salvarás a ti mismo y a los que te escuchen.
V./ Dedícate a la lectura, a la exhortación, a la enseñanza.
R./ Obrando así te salvarás a ti mismo y a los que te escuchen.

 
ORACIÓN
 
Señor, nos acogemos confiadamente a tu providencia, que nunca se equivoca, y te suplicamos que apartes de nosotros todo mal y nos concedas aquellos beneficios que pueden ayudarnos para la vida presente y la futura. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 


EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS


 


LUNES


PRIMERA
LECTURA

De la carta del apóstol Santiago 2, 14-26

La fe sin obras está muerta

Hermanos míos, ¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Es que esa fe lo podrá salvar? Supongamos que un hermano o una hermana andan sin ropa y faltos de alimento diario, y que uno de vosotros les dice: «Dios os ampare: abrigaos y llenaos el estómago», yno les dais lo necesario para el cuerpo; ¿de qué sirve? Eso pasa con la fe: si no tiene obras, por sí sola está muerta.

Alguno dirá: «Tú tienes fe y yo tengo obras». Enséñame tu fe sin obras, y yo, por las obras, te probaré mi fe.

Tú crees que hay un solo Dios; muy bien, pero eso lo creen también los demonios y los hace temblar. ¿Quieres enterarte, tonto, de que la fe sin obras es inútil? ¿No aceptó Dios a Abrahán nuestro padre por sus obras, por ofrecer a su hijo Isaac en el altar? Ya ves que la fe actuaba en sus obras, y que por las obras la fe llegó a su madurez. Así se cumplió lo que dice aquel pasaje de la Escritura: «Abrahán creyó a Dios y se le contó en su haber». Y en otro pasaje se le llama «amigo de Dios».

Veis que Dios acepta al hombre cuando tiene obras, no cuando tiene sólo fe. Lo mismo vale de Rajab, la prostituta: ¿no se la justificó por sus obras?, ¿por acoger a los emisarios y hacerlos salir por otro camino? Por lo tanto, lo mismo que un cuerpo que no respira es un cadáver, también la fe sin obras es un cadáver.

 

RESPONSORIO                    Mt 7, 21; St 2, 17
 
R./ No todo el que me diga: «¡Señor, Señor!» entrará en el reino de los cielos; * el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ese entrará en el reino de los cielos.
V./ La fe, si no va acompañada de las obras, está muerta en su soledad.
R./ El que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése entrará en el reino de los cielos.
 


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Tratado 84 sobre el evangelio de san Juan (1-2: CCL 36, 536-538)

La plenitud del amor

El Señor, hermanos muy amados, quiso dejar bien claro en qué consiste aquella plenitud del amor con que debemos amarnos mutuamente, cuando dijo: Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Consecuencia de ello es lo que nos dice el mismo evangelista Juan en su carta: Cristo dio su vida por nosotros; también nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos, amándonos mutuamente como él nos amó, que dio su vida por nosotros.

Es la misma idea que encontramos en el libro de los Proverbios: Sentado a la mesa de un señor, mira bien qué te ponen delante, y pon la mano en ello pensando que luego tendrás que preparar tú algo semejante. Esta mesa de tal señor no es otra que aquella de la cual tomamos el cuerpo y la sangre de aquel que dio su vida por nosotros. Sentarse a ella significa acercarse a la misma con humildad. Mirar bien lo que nos ponen delante equivale a tomar conciencia de la grandeza de este don. Y poner la mano en ello, pensando que luego tendremos que preparar algo semejante, significa lo que ya he dicho antes: que así como Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar la vida por los hermanos. Como dice el apóstol Pedro: Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. Esto significa preparar algo semejante. Esto es lo que hicieron los mártires, llevados por un amor ardiente; si no queremos celebrar en vano su recuerdo, y si nos acercamos a la mesa del Señor para participar del banquete en que ellos se saciaron, es necesario que, tal como ellos hicieron, preparemos luego nosotros algo semejante.

Por esto, al reunirnos junto a la mesa del Señor, no los recordamos del mismo modo que a los demás que descansan en paz, para rogar por ellos, sino más bien para que ellos rueguen por nosotros, a fin de que sigamos su ejemplo, ya que ellos pusieron en práctica aquel amor del que dice el Señor que no hay otro más grande. Ellos mostraron a sus hermanos la manera como hay que preparar algo semejante a lo que también ellos habían tomado de la mesa del Señor.

Lo que hemos dicho no hay que entenderlo como si nosotros pudiéramos igualarnos al Señor, aun en el caso de que lleguemos por él hasta el testimonio de nuestra sangre. El era libre para dar su vida y libre para volverla a tomar, nosotros no vivimos todo el tiempo que queremos y morimos aunque no queramos; él, en el momento de morir, mató en sí mismo a la muerte, nosotros somos librados de la muerte por su muerte; su carne no experimentó la corrupción, la nuestra ha de pasar por la corrupción, hasta que al final de este mundo seamos revestidos por él de la incorruptibilidad; él no necesitó de nosotros para salvarnos, nosotros sin él nada podemos hacer; él, a nosotros,sus sarmientos, se nos dio como vid, nosotros, separados de él, no podemos tener vida.

Finalmente, aunque los hermanos mueran por sus hermanos, ningún mártir derrama su sangre para el perdón de los pecados de sus hermanos, como hizo él por nosotros, ya que en esto no nos dio un ejemplo que imitar, sino un motivo para congratularnos. Los mártires, al derramar su sangre por sus hermanos, no hicieron sino mostrar lo que habían tomado de la mesa del Señor. Amémonos, pues, los unos a los otros, como Cristo nos amó y se entregó por nosotros.

 

RESPONSORIO                    1 Jn 4, 9.11.19.10
 
R./ En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió a su Hijo único al mundo, para que tuviéramos vida por medio de él. * Si Dios nos amó, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros.
V./ Dios nos amó primero y envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados.
R./ Si Dios nos amó, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros.

 
ORACIÓN
 
Señor, nos acogemos confiadamente a tu providencia, que nunca se equivoca, y te suplicamos que apartes de nosotros todo mal y nos concedas aquellos beneficios que pueden ayudarnos para la vida presente y la futura. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



MARTES


PRIMERA LECTURA

De la carta del apóstol Santiago 3, 1-12

Moderación en el uso de la lengua

Hermanos míos: Sois demasiados los que pretendéis ser maestros, y tened por cierto que nuestra sentencia será más severa. Todos faltamos a menudo, y si hay uno que no falte en el hablar, es un hombre perfecto, capaz de tener a raya a su persona entera.

A los caballos les ponemos el bocado para que nos obedezcan, y así dirijimos todo el animal; fijaos también en los barcos: por grandes que sean y por recio que sople el viento, se gobiernan con un timón pequeñísimo y siguen el rumbo que quiere el piloto.

Eso pasa con la lengua: como miembro es pequeño, pero puede alardear de muchas hazañas. Mirad cómo una chispa de nada prende fuego a tanta madera. También la lengua es una chispa; entre los miembros del cuerpo, la lengua representa un mundo de iniquidad, contamina a la persona entera, pone al rojo el curso de la existencia y sus llamas vienen del infierno.

Toda especie de fieras y pájaros, de reptiles y bestias marinas, se pueden domar y han sido domadas por el hombre; la lengua, en cambio, ningún hombre es capaz de dominarla: es dañina e inquieta, cargada de veneno mortal; con ella bendecimos al que es Señor y Padre; con ella maldecimos a los hombres, creados a semejanza de Dios; de la misma boca salen bendiciones y maldiciones. Eso no puede ser, hermanos míos; ¿es que una fuente echa por el mismo caño agua dulce y salobre? Hermanos míos, ¿puede dar aceitunas la higuera o higos la vid? Ni tampoco un manantial salino puede dar agua dulce.

 

RESPONSORIO            Sant 3, 2b; Pr 10, 19
 
R./ Quien no peca en sus palabras es hombre perfecto, * que puede poner freno a toda su persona.
V./ En el mucho hablar no faltará pecado; el que frena sus labios es sensato.
R./ Que puede poner freno a toda su persona.
 


SEGUNDA LECTURA

San Fulgencio de Ruspe, Sermón 5 (5-6: CCL 91A, 921-923)

La caridad trabaja en el mundo, descansa en Dios

Recordemos, hermanos, las palabras del Señor: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian. Ved cómo el Señor nos manda envolver en nuestra caridad hasta a los mismos enemigos; la benevolencia de nuestro corazón cristiano ha de llegar hasta nuestros perseguidores. Y ¿cuál será la recompensa de tan arduo trabajo?, ¿cuál el premio prometido a los que pongan en práctica este precepto? Que nos demuestre el premio preparado a la caridad, quien gratuitamente, por medio del Espíritu Santo, se ha dignado infundirla en nuestros corazones; que él mismo nos diga lo que en pago a esta caridad está dispuesto a dar a los dignos, él que se ha dignado derramar esta misma caridad en los indignos.

Los que amaron a sus enemigos e hicieron el bien a los que los aborrecen serán hijos de Dios. Lo que recibirán estos hijos de Dios, nos lo aclara san Pablo: Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios; y si somos hijos, también herederos, herederos de Dios y coherederos con Cristo.

Escuchad, pues, cristianos; escuchad, hijos de Dios; escuchad herederos de Dios y coherederos con Cristo. Para que podáis entrar en posesión de la herencia paterna, no sólo habéis de amar a los amigos, sino también a los enemigos. A nadie neguéis la caridad, que es el patrimonio común de los hombres buenos. Ejercitadla todos conjuntamente, y para que podáis hacerlo con mayor plenitud, extendedla a todos, buenos y malos. Su posesión es la herencia común de los buenos, herencia no terrena, sino celestial. La caridad es un don de Dios. La codicia, por el contrario, es un lazo del diablo; y no sólo un lazo, sino una espada. Con ella caza a los desgraciados, y con ella, una vez cazados, los asesina. La caridad es la raíz de todos los bienes, la codicia es la raíz de todos los males.

La codicia nos atormenta continuamente, pues nunca está satisfecha de sus rapiñas. En cambio, la caridad siempre está alegre, porque cuanto más tiene, tanto más da. Por eso, así como el avaro cuanto más acumula, tanto más se empobrece, el caritativo se enriquece en la medida en que da. Se agita la codicia queriendo vengar la injuria; está tranquila la caridad en el gozo que siente al perdonar la injuria recibida. La codicia esquiva las obras de misericordia, que la caridad practica alegremente. La codicia procura hacer daño al prójimo, el amor no hace mal a nadie. Elevándose, la codicia se precipita en el infierno; humillándose, la caridad sube al cielo.

Y ¿cómo podría, hermanos, hallar la expresión adecuada para trenzar el elogio de la caridad, que ni está aislada en el cielo ni en la tierra está jamás abandonada? Efectivamente, en la tierra se alimenta con la palabra de Dios, y en el cielo se sacia con esta misma palabra divina. En la tierra se halla rodeada de amigos, y en el cielo goza de la compañía de los ángeles. Trabaja en el mundo, descansa en Dios. Aquí día a día se va perfeccionando con el ejercicio; allí es poseída sin límites en su misma plenitud.

 

RESPONSORIO                    Mt 5, 44-45; Ef 4, 32
 
R./ Amad a vuestros enemigos y orad por vuestros perseguidores, * para que seáis hijos de vuestro padre del cielo.
V./ Sed bondadosos los unos con los otros, misericordiosos, perdonándoos mutuamente como Dios os ha perdonado en Cristo.
R./ Para que seáis hijos de vuestro padre del cielo.

 
ORACIÓN
 
Señor, nos acogemos confiadamente a tu providencia, que nunca se equivoca, y te suplicamos que apartes de nosotros todo mal y nos concedas aquellos beneficios que pueden ayudarnos para la vida presente y la futura. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

De la carta del apóstol Santiago 3, 13-18

La verdadera y la falsa sabiduría

Queridos hermanos: ¿Hay alguno entre vosotros sabio y entendido? Que lo demuestre con una buena conducta y con la amabilidad propia de la sabiduría.

Pero si tenéis el corazón amargado por la envidia y el egoísmo, no andéis gloriándoos, porque sería pura falsedad. Esa sabiduría no viene del cielo, sino que es terrena, animal, diabólica. Donde hay envidias y peleas, hay desorden y toda clase de males.

La sabiduría que viene de arriba, ante todo es pura, y, además, es amante de la paz, comprensiva, dócil, llena de misericordia y buenas obras, constante, sincera.

Los que procuran la paz están sembrando la paz; y su fruto es la justicia.

 

RESPONSORIO                    Sant 3, 17.18; Mt 5, 9
 
R./ La sabiduría que viene de arriba ante todo es pura y, además, es amante de la paz, comprensiva, dócil, llena de misericordia. * Los que procuran la paz están sembrando la paz; y su fruto es la justicia.
V./ Dichosos los que obran la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
R./ Los que procuran la paz están sembrando la paz; y su fruto es la justicia.
 


SEGUNDA LECTURA

San León Magno. Tratado 16 (1-2: CCL 138, 61-62)

Dios mismo será su más preciado galardón,
él que es la encarnación del precepto

La sublimidad de la gracia de Dios, dilectísimos, realiza cada día su obra en los cristianos corazones, de suerte que nuestro deseo se eleve de los bienes terrenos a los goces celestiales. Pero incluso la presente vida es regulada por la acción del Creador y sustentada por su providencia, ya que uno mismo es el dador de las cosas temporales y el garante de los bienes eternos. Pues así como, en la esperanza de la futura felicidad a la que nos dirijimos de mano de la fe, hemos da dar gracias a Dios por habernos hecho capaces de pregustar lo que con tanto amor nos está preparado, así también debemos honrar y alabar a Dios por estos frutos que, al llegar la estación propicia, cada año cosechamos. Desde el principio de la creación, infundió Dios tal fecundidad a la tierra, de tal manera ordenó las leyes que presiden en cualquier germen o simiente el desarrollo embrionario de los frutos, que nunca abandonó lo que había establecido, sino que en las cosas creadas permanece la próvida administración del Creador.

Así pues, todo lo que, para uso del hombre, han producido las mieses, las viñas y los olivos, todo brotó de la largueza de la divina bondad, que, con la alternancia de las estaciones, colaboró con los precarios esfuerzos de los agricultores, a fin de que el viento y la lluvia, el frío y el calor, el día y la noche se pusieran al servicio de nuestra propia utilidad. La razón humana no sería suficiente para llevar a feliz término el fruto de sus trabajos, si a la siembra y riegos acostumbrados, no les infundiera Dios la virtualidad del crecimiento.

Es, por tanto, un grave deber de caridad y de justicia poner al servicio de los demás lo que misericordiosamente nos ha otorgado el Padre celestial. Pues son muchos los que no poseen campos, ni viñas ni olivares. A su necesidad hemos de proveer echando mano de la abundancia que Dios nos ha concedido, para que también ellos bendigan con nosotros a Dios por la fecundidad de la tierra, alegrándose de que a los terratenientes se les haya dado lo que se ha convertido en patrimonio común de pobres y peregrinos. Dichoso el granero y digno de ser repleto con toda clase de frutos, que sacia el hambre de los necesitados y de los débiles, que previene la necesidad del peregrino y abre el apetito del enfermo. La justicia de Dios permite que todos éstos giman bajo el peso de diversos sufrimientos, para luego coronar la paciencia de los que sufren y la benevolencia de los misericordiosos.

La oración, secundada por la limosna y el ayuno, es un medio eficacísimo para obtener el perdón de los pecados, y sube velozmente a oídos de Dios propulsada por tales sufragios. Pues, como está escrito, el hombre bondadoso se hace bien a sí mismo, y nada es tan nuestro como lo que invertimos en provecho del prójimo. En efecto, la parte de los bienes temporales que se invierte en favor de los necesitados, pasa a los tesoros eternos, y los intereses que se acumulan como fruto de una generosidad tal, no sufre depreciación ni puede ser afectada por ninguna corruptela. Dichosos realmente los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia de Dios, y él mismo será su más preciado galardón, él que es la encarnación del precepto.

 

RESPONSORIO                    Lc 16, 9; Tob 4, 10; 12, 9
 
R./ Yo os digo: * Haceos amigos con el dinero injusto, para que, cuando llegue a faltar, os reciban en las moradas eternas.
V./ La limosna libra de la muerte y purifica de todo pecado; ella impide caer en las tinieblas.
R./ Haceos amigos con el dinero injusto, para que, cuando llegue a faltar, os reciban en las moradas eternas.

 
ORACIÓN
Señor, nos acogemos confiadamente a tu providencia, que nunca se equivoca, y te suplicamos que apartes de nosotros todo mal y nos concedas aquellos beneficios que pueden ayudarnos para la vida presente y la futura. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



JUEVES


PRIMERA LECTURA

De la carta del apóstol Santiago 4, 1-12

La raíz de la discordia

Queridos hermanos: ¿De dónde proceden las guerras y las contiendas entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, que luchan en vuestros miembros? Codiciáis y no tenéis; matáis, ardéis en envidia y no alcanzáis nada, os combatís y os hacéis la guerra. No tenéis porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pedís mal, para dar satisfacción a vuestras pasiones.

¡Adúlteros! ¿No sabéis que amar al mundo es odiar a Dios? El que quiere ser amigo del mundo, se hace enemigo de Dios.

No en vano dice la Escritura: «El espíritu que Dios nos infundió está inclinado al mal». Pero mayor es la gracia que Dios nos da. Por eso dice la Escritura: «Dios se enfrenta con los soberbios y da su gracia a los humildes».

Someteos, pues, a Dios y enfrentaos con el diablo, que huirá de vosotros. Acercaos a Dios, y Dios se acercará a vosotros. Pecadores, lavaos las manos; hombres indecisos, purificaos el corazón; lamentad vuestra miseria, llorad y haced duelo; que vuestra risa se convierta en llanto y vuestra alegría en tristeza. Humillaos ante el Señor, que él os levantará.'

Dejad de denigraros unos a otros, hermanos. Quien denigra a su hermano o juzga a su hermano denigra a la ley y juzga a la ley; y, si juzgas a la ley, ya no la estás cumpliendo, eres su juez. Uno solo es legislador y juez: el que puede salvar y destruir. ¿Quién eres tú para juzgar al prójimo?

 

RESPONSORIO                    Sal 144, 8; cf. St 4, 7; Jdt 9, 17; St 4, 6
 
R./ Señor es clemente y misericordioso. * Vivamos sometidos a Dios e imploremos su ayuda, mientras aguardamos su salvación.
V./ Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes.
R./ Vivamos sometidos a Dios e imploremos su ayuda, mientras aguardamos su salvación.
 


SEGUNDA LECTURA

Beato Isaac de Stella, Sermón 31 (PL 194, 1292-1293)

La preeminencia de la caridad

¿Por qué, hermanos, nos preocupamos tan poco de nuestra mutua salvación, y no procuramos ayudarnos unos a otros en lo que más urgencia tenemos de prestarnos auxilio, llevando mutuamente nuestras cargas, con espíritu fraternal? Así nos exhorta el Apóstol, diciendo: Arrimad todos el hombro a las cargas de los otros, que con eso cumpliréis la ley de Cristo; y en otro lugar: Sobrellevaos mutuamente con amor. En ello consiste, efectivamente, la ley de Cristo.

Cuando observo en mi hermano alguna deficiencia incorregible –consecuencia de alguna necesidad o de alguna enfermedad física o moral—, ¿por qué no lo soporto con paciencia, por qué no lo consuelo de buen grado, tal como está escrito: Llevarán en brazos a sus criaturas y sobre las rodillas las acariciarán? ¿No será porque me falta aquella caridad que todo lo aguanta, que es paciente para soportarlo todo, que es benigna en el amor?

Tal es ciertamente la ley de Cristo, que, en su pasión, soportó nuestros sufrimientos y, por su misericordia, aguantó nuestros dolores, amando a aquellos por quienes sufría, sufriendo por aquellos a quienes amaba. Por el contrario, el que hostiliza a su hermano que está en dificultades, el que le pone asechanzas en su debilidad, sea cual fuere esta debilidad, se somete a la ley del diablo y la cumple. Seamos, pues, compasivos, caritativos con nuestros hermanos, soportemos sus debilidades, tratemos de hacer desaparecer sus vicios.

Cualquier género de vida, cualesquiera que sean sus prácticas o su porte exterior, mientras busquemos sinceramente el amor de Dios y el amor del prójimo por Dios, será agradable a Dios. La caridad ha de ser en todo momento lo que nos induzca a obrar o a dejar de obrar, a cambiar las cosas o a dejarlas como están. Ella es el principio por el cual y el fin hacia el cual todo debe ordenarse. Nada es culpable si se hace en verdad movido por ella y de acuerdo con ella.

Quiera concedérnosla aquel a quien no podemos agradar sin ella, y sin el cual nada en absoluto podemos, que vive y reina y es Dios por los siglos inmortales. Amén.

 

RESPONSORIO                    1 Jn 3, 11; Gal 5, 14
 
R./ Este es el mensaje que habéis oído desde el principio: * que nos amemos los unos a los otros.
V./ Toda la ley alcanza la plenitud en un solo precepto:
R./ Que nos amemos los unos a los otros.

 
ORACIÓN
 
Señor, nos acogemos confiadamente a tu providencia, que nunca se equivoca, y te suplicamos que apartes de nosotros todo mal y nos concedas aquellos beneficios que pueden ayudarnos para la vida presente y la futura. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



VIERNES


PRIMERA LECTURA

De la carta del apóstol Santiago 4, 13-5, 11

Tened paciencia hasta la venida del Señor

Queridos hermanos: Vosotros decís: «Mañana iremos a esa ciudad y pasaremos allí el año negociando y ganando dinero». Y ni siquiera sabéis qué pasará mañana. Pues ¿qué es vuestra vida? Una nube que aparece un momento y en seguida desaparece. Debéis decir así: «Si el Señor lo quiere y vivimos, haremos esto o lo otro». En vez de eso, no paráis de hacer grandes proyectos, fanfarroneando; y toda jactancia de ese estilo es mala cosa. Al fin y al cabo, quien conoce el bien que debe hacer y no lo hace, es culpable.

Ahora, vosotros, los ricos, llorad y lamentaos por las desgracias que os han tocado. Vuestra riqueza está corrompida y vuestros vestidos están apolillados. Vuestro oro y vuestra plata están herrumbrados, y esa herrumbre será un testimonio contra vosotros y devorará vuestra carne como el fuego. ¡Habéis amontonado riqueza precisamente ahora, en el tiempo final! El jornal defraudado a los obreros que han cosechado vuestros campos está clamando contra vosotros; y los gritos de los segadores han llegado hasta el oído del Señor de los ejércitos. Habéis vivido en este mundo con lujo y entregados al placer. Os habéis cebado para el día de la matanza. Condenasteis y matasteis al justo; él no os resiste.

Tened paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor. El labrador aguarda paciente el fruto valioso de la tierra mientras recibe la lluvia temprana y tardía. Tened paciencia también vosotros, manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca.

No os quejéis, hermanos, unos de otros, para no ser condenados. Mirad que el juez está ya a la puerta.

Tomad, hermanos, como ejemplo de sufrimiento y de paciencia a los profetas, que hablaron en nombre del Señor. Consideramos dichosos a los que sufren con paciencia. Habéis oído ponderar la paciencia de Job y conocéis el fin que le otorgó el Señor, porque el Señor es compasivo y misericordioso.

 

RESPONSORIO                    Sant 5, 10.9; Mt 24, 44
 
R./ Tomad, hermanos, como ejemplo de sufrimiento y de paciencia a los profetas, que hablaron en nombre del Señor. * Mirad que el juez está ya a las puertas.
V./ Estad preparados, porque a la hora que no penséis, el Hijo del hombre vendrá.
R./ Mirad que el juez está ya a las puertas.
 


SEGUNDA LECTURA

Autor desconocido, Sermón transmitido bajo el nombre de san Cipriano (PLS 1, 51-52)

Es cristiano el que en todo imita a Cristo

La voluntad de Dios es la que Cristo hizo y enseñó: Sencillez en las relaciones, estabilidad en la fe, modestia en el hablar, justicia en el actuar, misericordia en la práctica, disciplina en las costumbres; ser incapaz de hacer injuria y pronto a tolerar la que le hicieren; temblar ante la adversidad ajena como ante la suya propia; congratularse de la prosperidad del otro, como de nuestro propio mérito o provecho; tener por propios los males ajenos; estimar como nuestros los éxitos del prójimo; amar al amigo no por motivos humanos, sino por amor de Dios; soportar al enemigo hasta amarlo; no hagas a nadie lo que no quieres que te hagan; no niegues a ninguno lo que te gustaría que hiciesen contigo; socorrer al prójimo en sus necesidades no sólo según tus posibilidades, sino desear serle de provecho incluso más allá de tus fuerzas reales; mantener la paz con los hermanos; amar a Dios con todo el corazón; amarle en cuanto Padre, temerle en cuanto Señor; no anteponer nada a Cristo, pues tampoco él antepuso nada a nuestro amor.

Todo el que ame el nombre del Señor, se gloriará en él. Aceptemos ser aquí miserables, para ser luego dichosos. Sigamos a Cristo, al Señor Jesús. Quien dice que permanece en él, debe vivir como vivió él. Cristo, Hijo de Dios, no vino para reinar, sino que, siendo rey, rehúye el reino; no vino para dominar, sino para servir. Se hizo pobre, para enriquecernos; por nosotros aceptó la flagelación, para que no nos lamentásemos al ser azotados.

Imitemos a Cristo. El nombre de cristiano conlleva la justicia, la bondad, la integridad. Es cristiano el que en todo imita a Cristo y le sigue; el que es santo, inocente, incontaminado, puro. Es cristiano aquel en cuyo corazón no hay sitio para la malicia, aquel en cuyo pecho sólo la piedad y la bondad tienen carta de ciudadanía.

Cristiano es el que vive la vida de Cristo; el que está totalmente entregado a la misericordia; que desconoce la injuria; no soporta que, en su presencia, se oprima al pobre, socorre al necesitado; se entristece con los tristes; siente como propio el dolor ajeno; a quien conmueve el llanto del otro; cuya casa es casa de todos; cuya puerta a nadie se cierra; cuya mesa ningún pobre ignora; cuyo bien todos conocen y de quien nadie recibe injurias; el que noche y día sirve a Dios; cuya alma es sencilla e inmaculada; cuya conciencia es fiel y pura; cuyo pensamiento está totalmente centrado en Dios; el que desprecia las cosas humanas, para tener acceso a las celestiales.

 

RESPONSORIO                    Jn 13, 16.17.15
 
R./ Un siervo no es más grande que su amo. * Sabiendo esto, seréis dichosos si lo cumplís.
V./ Os he dado ejemplo, para que como he hecho yo, hagáis también vosotros.
R./ Sabiendo esto, seréis dichosos si lo cumplís.

 
ORACIÓN
 
Señor, nos acogemos confiadamente a tu providencia, que nunca se equivoca, y te suplicamos que apartes de nosotros todo mal y nos concedas aquellos beneficios que pueden ayudarnos para la vida presente y la futura. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

De la carta del apóstol Santiago 5,12-20

Recomendaciones diversas

Sobre todo, hermanos míos, no juréis, ni por el cielo, ni por la tierra, ni por ninguna otra cosa; vuestro sí sea un sí y vuestro no un no, para no exponeros a un juicio.

¿Sufre alguno de vosotros? Que rece. ¿Está uno de buen humor? Que cante. ¿Hay alguno enfermo? Llame a los responsables de la comunidad, que recen por él y lo unjan con aceite invocando al Señor. La oración hecha con fe dará la salud al enfermo y el Señor hará que se levante; si, además, tiene pecados, se le perdonarán.

Por tanto, confesaos los pecados unos a otros, y rezad unos por otros, para que os curéis. Mucho puede hacer la oración intensa del justo. Elias que era un hombre de la misma condición que nosotros, oró fervorosamente para que no lloviese; y no llovió sobre la tierra durante tres años y seis meses. Luego volvió a orar, y el cielo derramó lluvia y la tierra produjo sus frutos.

Hermanos míos, si alguno de vosotros se desvía de la verdad y otro lo encamina, sabed que uno que convierte al pecador de su extravío se salvará de la muerte y sepultará un sinfín de pecados.

 

RESPONSORIO                    1Pe 4, 8; Sant 5, 20
 
R./ Ante todo teneos una constante caridad unos con otros, * porque la caridad cubre la multitud de los pecados.
V./ Quien convierte a un pecador de su camino equivocado, salvará su alma de la muerte y cubrirá la multitud de sus pecados.
R./ Porque la caridad cubre la multitud de los pecados.
 


SEGUNDA LECTURA

Orígenes, Homilía 2 sobre el libro del Levítico (4: PG 12, 417-419)

El perdón de los pecados

Escucha ahora cuántos son los canales de remisión de los pecados que hallamos en el evangelio. Primero: el bautismo, que se nos confiere para el perdón de los pecados; segundo: la pasión del martirio; tercero: la limosna, pues dice el Salvador: Dad limosna, y lo tendréis todo limpio. El cuarto canal para el perdón de los pecados es el perdón que otorgamos a nuestros hermanos. Ya lo dijo el Señor, nuestro Salvador: Si perdonáis a los demás sus culpas, también vuestro Padre del cielo os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras culpas. Y en la oración dominical nos manda decir: Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.

El quinto canal de remisión de los pecados es si alguien convierte al pecador de su extravío. Dice en efecto la Sagrada Escritura: Uno que convierte al pecador de su extravío se salvará de la muerte y sepultará un sinfin de pecados.

El sexto canal de perdón es una caridad intensa, como dice el mismo Señor: Por eso te digo, sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor. Y el Apóstol dice: El amor cubre la multitud de los pecados. Existe todavía un séptimo canal, aunque duro y laborioso: la remisión de los pecados por medio de la penitencia, cuando el pecador riega su cama con lágrimas, cuando las lágrimas son su pan, noche y día, cuando no se avergüenza de descubrir su pecado al sacerdote del Señor, buscando el remedio, según aquel que dijo: Propuse: «Confesaré al Señor mi culpa», y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. Así se cumple también la palabra del apóstol Santiago: ¿Hay alguno enfermo? Llame a los responsables de la comunidad, que recen por él y lo unjan con aceite invocando al Señor. La oración hecha con fe dará la salud al enfermo; si, además, tiene pecados, se le perdonarán.

También tú, cuando te acercas a la gracia del bautismo, es como si ofrecieras un becerro, pues eres bautizado en la muerte de Cristo. Cuando eres conducido al martirio, es como si ofrecieras un macho cabrío, porque has yugulado al diablo, autor del pecado. Cuando das limosna, y con afectuosa solicitud despliegas tu ternura hacia los indigentes, acumulas sobre el altar sagrado cebados cabritos. Y si perdonas de corazón la culpa de tu hermano, y es sajado el tumor de la ira, permanecieres interiormente tranquilo y sosegado, ten por cierto que has ofrecido en sacrificio un carnero o un cordero.

Finalmente, si en tu corazón abundara aquella virtud, superior a la esperanza y a la fe, es decir, la caridad, de modo que ames a tu prójimo no ya como a ti mismo, sino como nos enseña aquel que decía: Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos, has de saber que ofreces panes de flor de harina, cocidos en el óleo de la caridad, sin mezcla de levadura de corrupción y de maldad, sino con los panes ázimos de la sinceridad y la verdad.

 

RESPONSORIO                    Zac 7, 9; Mt 6, 14
   
R./ Dice el Señor: Practicad la justicia y la fidelidad; * ejerced la piedad y la misericordia cada uno con su hermano.
V./ Si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial.
R./ Ejerced la piedad y la misericordia cada uno con su hermano.

 
ORACIÓN
 
Señor, nos acogemos confiadamente a tu providencia, que nunca se equivoca, y te suplicamos que apartes de nosotros todo mal y nos concedas aquellos beneficios que pueden ayudarnos para la vida presente y la futura. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

 


DOMINGO X DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

Del libro de Ben Sirá 46,1-10

Elogio de Josué y de Caleb

Soldado valiente fue Josué, hijo de Nun, ministro de Moisés en la profecía, creado para alcanzar en sus días gran victoria para los elegidos, para tomar venganza de los enemigos y dar la herencia a Israel. Qué glorioso cuando, alzando el brazo, agitó su bastón de mando contra la ciudad. ¿Quién le pudo resistir cuando peleaba las batallas del Señor?

Por su medio se detuvo el sol, y un día duró lo que dos; invocó al Dios Altísimo cuando lo acosaban alrededor, y el Dios Altísimo le respondió con fuerte granizo y pedrisco, que arrojaba contra las tropas enemigas, y en la cuesta aniquiló a los adversarios; para que supieran los pueblos proscritos que el Señor velaba por sus batallas.

Porque siguió plenamente al Señor y en tiempo de Moisés se mantuvo fiel, él y Caleb, hijo de Jefoné, resistieron el motín del pueblo, apartaron de la asamblea la ira de Dios y acabaron con la difamación; por eso, los dos se libraron entre los seiscientos mil infantes, para introducir al pueblo en su heredad, en la tierra que mana leche y miel. El Señor dio fuerzas a Caleb, que lo acompañaron hasta la vejez, para establecerlos en los montes de la tierra, y también su descendencia recibió su heredad. Para que supieran los descendientes de Jacob que es bueno seguir plenamente al Señor.

 

RESPONSORIO                    Sir 46, 5.3.4; (Vulg. 6.4.5)
 
R./ Invocó al Dios Altísimo cuando sus enemigos lo acosaban por doquier, * y el Dios Altísimo le respondió lanzando fuerte granizo y pedrisco contra sus enemigos.
V./ ¿Quién le pudo resistir cuando peleaba las batallas del Señor? Ante su mano se detuvo el sol.
R./ Y el Dios Altísimo le respondió lanzando fuerte granizo y pedrisco contra sus enemigos.
 


SEGUNDA LECTURA

San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el libro del profeta Isaías (Lib 4, orat 1: PG 70, 859-862)

Liberados de una servidumbre espiritual

Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. Es un himno o un cántico nuevo en sintonía con la novedad de los acontecimientos. El que vive con Cristo es una criatura nueva, como está escrito: Lo viejo ha pasado, ha llegado lo nuevo. En efecto, los hijos de Israel habían sido liberados de la tiranía de los egipcios, bajo la experta guía de Moisés: fueron arrancados del trabajo de los adobes, al vano sudor de los trabajos de la tierra, de la crueldad de los capataces y del trato inhumano del dominador; atravesaron el mar, comieron el maná en el desierto, bebieron el agua de la roca, fueron introducidos en la tierra prometida. Ahora bien, todo esto se ha renovado entre nosotros, pero a un nivel incomparablemente más elevado.

En efecto, nosotros hemos sido liberados no de una servidumbre carnal, sino espiritual, y en lugar de los trabajos de la tierra, hemos sido arrancados de la impureza de los deseos carnales, tampoco hemos huido de los inspectores de las obras egipcias, ni siquiera del tirano ciertamente impío e inmisericorde, pero hombre al fin y al cabo como nosotros, sino más bien de los malvados e impuros demonios que nos incitaban al pecado, y del jefe de esta chusma, esto es, de Satanás.

Como a través de un mar, hemos atravesado la marejada de la presente vida y, en ella, la turbamulta y el alocado ajetreo. Hemos comido el maná del alma y de la inteligencia, el pan del cielo que da la vida al mundo; hemos bebido el agua de la roca, que brota, refrescante y deliciosa, de las fuentes espirituales de Cristo. Hemos pasado el Jordán al ser considerados dignos del santo bautismo. Hemos entrado en la tierra prometida y digna de los santos, a la cual alude el mismo Salvador cuando dice: Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra.

Así pues, en razón de estos nuevos prodigios, era obligado que sus príncipes, esto es, los que le están sometidos y le obedecen, canten un himno nuevo; y es obligado que un himno o un cántico de alabanza digno de él resuene no sólo en el país de los judíos, sino de uno a otro confín, es decir, por todo el universo.

En efecto, antiguamente Dios se manifestó en Judá, y sólo en Israel era grande su nombre. Pero después de que por medio de Cristo hemos sido llamados al conocimiento de la verdad, el cielo y la tierra se han llenado de su gloria. Así lo corrobora el salmista: Que su gloria llene la tierra. ¿Quiénes son los que nos invitan a celebrar su nombre hasta el confín de la tierra?, ¿quiénes los que le preparan cantores?, ¿quiénes los que simultáneamente persuaden la creación de una coral sinfónica?, ¿quiénes los que convocan una fiesta espiritual? A mi juicio, aquí se hace mención de los santos apóstoles. Pues ellos no predicaron a Jesús y la gracia que por él nos viene únicamente en Judea, sino que, surcando los mares, anunciaron el evangelio en los pueblos paganos.

 

RESPONSORIO                    Jer 31, 11.12
 
R./ El Señor ha redimido a su pueblo, lo ha rescatado; vendrán con aclamaciones a la altura de Sión. * Serán como huerto  regado, y no volverán a ser ya macilentos.
V./ Afluirán hacia los bienes de Señor, hacia el trigo y el vino y el aceite.
R./ Serán como huerto  regado, y no volverán a ser ya macilentos.

 
ORACIÓN
 
Dios nuestro, de quien todo bien procede, concédenos seguir siempre tus inspiraciones, para que tratemos de hacer continuamente lo que es recto y, con tu ayuda, lo llevemos siempre a cabo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén
 

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

Comienza el libro de Josué 1,1-18

Josué, llamado por Dios, exhorta al pueblo a la unidad

Después que murió Moisés, siervo del Señor, dijo el Señor a Josué, hijo de Nun, ministro de Moisés:

«Moisés, mi siervo, ha muerto. Anda, pasa el Jordán con todo este pueblo, en marcha hacia el país que voy a darles. La tierra donde pongáis el pie os la doy, como prometí a Moisés. Vuestro territorio se extenderá desde el desierto hasta el Líbano, desde el gran río Éufrates hasta el Mediterráneo, en occidente. Mientras vivas, nadie podrá resistirte. Como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré ni te abandonaré.

¡Ánimo, sé valiente!, que tú repartirás a este pueblo la tierra que prometí con juramento a vuestros padres.

Tú ten mucho ánimo y sé valiente para cumplir todo lo que te mandó mi siervo Moisés; no te desvíes a derecha ni a izquierda, y tendrás éxito en todas tus empresas. Que el libro de esa ley no se te caiga de los labios; medítalo día y noche, para poner por obra todas sus cláusulas; así prosperarán tus empresas y tendrás éxito. ¡Yo te lo mando! ¡Animo, sé valiente! No te asustes ni te acobardes, que contigo está el Señor, tu Dios, en todas tus empresas.

Entonces Josué ordenó a los alguaciles:

«Id por el campamento y echad este pregón a la gente: "abasteceos de víveres, porque dentro de tres días pasaréis el Jordán, para ir a tomar posesión de la tierra que el Señor, vuestro Dios, os da en propiedad"».

A los de Rubén, Gad y media tribu de Manasés les dijo:

«Acordaos de lo que os mandó Moisés, siervo del Señor. El Señor, vuestro Dios, os va a dar descanso, entregándoos esta tierra. Vuestras mujeres, chiquillos y ganado pueden quedarse en la tierra que os dio Moisés en Transjordania; pero vosotros, los soldados, pasaréis el Jordán, bien armados, al frente de vuestros hermanos, para ayudarlos, hasta que el Señor les dé el descanso, lo mismo que a vosotros, y también ellos tomen posesión de la tierra que el Señor, vuestro Dios, les va a dar; después volveréis a la tierra de vuestra propiedad, la que Moisés, siervo del Señor, os dio en Transjordania».

Ellos le respondieron:

«Haremos lo que nos ordenes, iremos donde nos mandes; te obedeceremos a ti igual que obedecimos a Moisés. Basta que el Señor esté contigo como estuvo con él. El que se rebele y no obedezca a tus órdenes, las que sean, que muera. ¡Tú ten ánimo, sé valiente!»

 

RESPONSORIO                    Jos 1, 5. 6. 9; Dt 31, 20
 
R./ Como estuve con Moisés, así estaré contigo -dice el Señor-. * Sé valiente y firme, pues tú vas a introducir a mi pueblo en una tierra que mana leche y miel.
V./ No temas ni te acobardes, porque yo estaré contigo dondequiera que vayas; no te dejaré ni te abandonaré.
R./ Sé valiente y firme, pues tú vas a introducir a mi pueblo en una tierra que mana leche y miel.
 


SEGUNDA LECTURA

San Hilario de Poitiers, Tratado sobre el salmo 127 (2-3.6: CSEL 22, 629-632)

Paraos en el camino del Señor

Ahora, Israel, ¿qué es lo que te exige el Señor, tu Dios? Que temas al Señor, tu Dios, que ,sigas sus caminos y lo ames, que guardes sus preceptos con todo el corazón y con toda el alma, para tu bien. Concuerda perfectamente con estas palabras lo dicho por el profeta: ¡Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos! Aquí da a entender el salmista que los que temen al Señor son dichosos no en virtud de esa trepidación natural de la que normalmente procede nuestro temor, ni tampoco debido al terror de un Dios que es terrible, sino simplemente por el hecho de que siguen los caminos del Señor. El temor, efectivamente, no tiene como base el miedo, sino la obediencia: y la prueba del temor es la complacencia.

Muchos son, en efecto, los caminos del Señor, siendo así que él mismo es el camino. Pero, cuando habla de sí se denomina a sí mismo «camino», y muestra la razón de llamarse así cuando dice: Nadie va al Padre sino por mí. Ahora bien, si hablamos de los profetas y de sus escritos que nos conducen a Cristo, entonces los caminos son muchos, aun cuando todos convergen en uno. Ambas cosas resultan evidentes en el profeta Jeremías, quien en un mismo pasaje se expresa de esta manera: Paraos en los caminos a mirar, preguntad por la vieja senda: «¿Cuál es el buen camino?», seguidlo.

Hay que interesarse, por tanto, e insistir en muchos caminos, para poder encontrar el único que es bueno, ya que, a través de la doctrina de muchos, hemos de hallar un solo camino de vida eterna. Pues hay caminos en la ley, en los profetas, en los evangelios, en los apóstoles, en las diversas obras de los mandamientos, y son dichosos los que andan por ellos, en el temor de Dios.

Pero el profeta no trata de las cosas terrenas y presentes: su preocupación se centra sobre la dicha de los que temen al Señor y siguen sus caminos. Pues los que siguen los caminos del Señor comerán del fruto de sus trabajos. Y no se trata de una manducación del cuerpo, toda vez que lo que ha de comerse no es corporal. Se trata de un manjar espiritual que alimenta la vida del alma: se trata de las buenas obras de la bondad, la castidad, la misericordia, la paciencia, la tranquilidad. Para ejercitarlas, debemos luchar contra las negativas tendencias de la carne. El fruto de estos trabajos madura en la eternidad: pero previamente hemos de comer aquí y ahora el trabajo de los frutos eternos, y de él ha de alimentarse en esta vida corporal nuestra alma, para conseguir mediante el manjar de tales trabajos el pan vivo, el pan celestial de aquel que dijo: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo.

 

RESPONSORIO                    1 Re 8, 57-58; 1 Jn 2, 6
 
R./ Que el Señor, nuestro Dios, esté con nosotros como estuvo con nuestros padres, que no nos abandone ni nos rechace. * Que incline nuestro corazón hacia él, para que vayamos por todos sus caminos.
V./ Quien dice que permanece en Cristo, debe vivir como vivió él.
R./ Que incline nuestro corazón hacia él, para que vayamos por todos sus caminos.

 
ORACIÓN
 
Dios nuestro, de quien todo bien procede, concédenos seguir siempre tus inspiraciones, para que tratemos de hacer continuamente lo que es recto y, con tu ayuda, lo llevemos siempre a cabo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén
 



MARTES


PRIMERA LECTURA

Del libro de Josué 2, 1-24

Por fe, Rajab, la prostituta,
acogió amistosamente a los espías

En aquellos días, Josué, hijo de Nun, mandó en secreto dos espías desde Acacias, con el encargo de examinar el país. Ellos se fueron, llegaron a Jericó, entraron en casa de una prostituta llamada Rajab y se hospedaron allí. Pero llegó el soplo al rey de Jericó:

«¡Cuidado! Han llegado aquí esta tarde unos israelitas a reconocer el país».

El rey de Jericó mandó decir a Rajab:

«Saca a los hombres que han entrado en tu casa, porque han venido a reconocer todo el país».

Ella, que había metido a los dos hombres en un escondite, respondió:

«Es cierto, vinieron aquí; pero yo no sabía de dónde eran. Y, cuando se iban a cerrar las puestas al oscurecer, ellos se marcharon, no sé adónde. Si salís en seguida tras ellos, los alcanzaréis».

Rajab había hecho subir a los espías a la azotea, y los había escondido entre los haces de lino que tenía apilados allí. Los guardias salieron en su busca por el camino del Jordán, hacia los vados; en cuanto salieron, se cerraron las puertas de la villa.

Antes de que los espías se acostaran, Rajab subió donde ellos, a la azotea, y les dijo:

«Sé que el Señor os ha entregado el país, que nos ha caído encima una ola de terror, y que toda la gente de aquí tiembla ante vosotros; porque hemos oído que el Señor secó el agua del mar Rojo ante vosotros cuando os sacó de Egipto, y lo que hicisteis con los dos reyes amorreos de Transjordania, que los exterminasteis; al oírlo, nos descorazonamos, y todos se han quedado sin aliento ante vosotros; porque el Señor, vuestro Dios, es Dios arriba en el cielo y abajo en la tierra. Ahora juradme por el Señor que, como os he sido leal, vosotros lo seréis con mi familia, y dadme una señal segura de que dejaréis con vida a mi padre y a mi madre, a mis hermanos y hermanas y a todos los suyos y que nos libraréis de la matanza».

Ellos le juraron:

«¡Nuestra vida a cambio de la vuestra, con tal que no nos denuncies! Cuando el Señor nos entregue el país, te perdonaremos la vida».

Entonces ella se puso a descolgarlos con una soga por la ventana, porque la casa donde vivía estaba pegando a la muralla, y les dijo:

«Id al monte, para que no os encuentren los que os andan buscando, y quedaos allí escondidos tres días, hasta que ellos regresen; luego seguís vuestro camino».

Contestaron:

«Nosotros respondemos de ese juramento que nos has exigido, con esta condición: al entrar nosotros en el país, ata esta cinta roja a la ventana por la que nos descuelgas, y a tu padre y tu madre, a tus hermanos y toda tu familia los reúnes aquí, en tu casa. El que salga a la calle será responsable de su muerte, no nosotros; nosotros seremos responsables de la muerte de cualquiera que esté contigo en tu casa, si alguien lo toca. Pero, si nos denuncias, no respondemos del juramento que nos has exigido».

Rajab contestó:

«De acuerdo».

Y los despidió. Se marcharon, y ella ató a la ventana la cinta roja. Se marcharon al monte y estuvieron allí tres días, hasta que regresaron los que fueron en su busca; por más que los buscaron por todo el camino, no dieron con ellos. Los dos espías se volvieron monte abajo, cruzaron el río, llegaron hasta Josué y le contaron todo lo que les había pasado; le dijeron:

«El Señor nos entrega todo el país. Toda la gente tiembla ante nosotros».

 

RESPONSORIO                    Cf. Sant 2, 24-26; Heb 11, 31
 
R./ El hombre es justificado por las obras y no por la fe solamente. V./ Así Rajab, la prostituta, que dio hospedaje a los mensajeros y los hizo marchar por otro camino. * Como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta.
R./ Por la fe, Rajab, la prostituta, no pereció con los incrédulos, por haber acogido amistosamente a los exploradores.
 


SEGUNDA LECTURA

San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el libro del profeta Isaías (Lib 4, orat 2: PG 70, 967-970)

No nos pertenecemos:
somos de quien nos compró y salvó

Los caminos del Señor son rectos. Llamamos caminos de Cristo a los oráculos evangélicos, por medio de los cuales, atentos a todo tipo de virtud y ornando nuestras cabezas con las insignias de la piedad, conseguimos el premio de nuestra vocación celestial. Rectos son realmente estos caminos, sin curva o perversidad alguna: los llamaríamos rectos y transitables. Está efectivamente escrito: La senda del justo es recta, tú allanas el sendero del justo. Pues la senda de la ley es áspera, serpentea entre símbolos y figuras y es de una intolerable dificultad. En cambio, el camino de los oráculos evangélicos es llano, sin absolutamente nada de áspero o escabroso.

Así pues, los caminos de Cristo son rectos. Él ha edificado la ciudad santa, esto es, la Iglesia, en la que él mismo ha establecido su morada. El, en efecto, habita en los santos y nosotros nos hemos convertido en templos del Dios vivo, pues, por la participación del Espíritu Santo, tenemos a Cristo dentro de nosotros. Fundó, pues, la Iglesia y él es el cimiento sobre el que también nosotros, como piedras suntuosas y preciosas, nos vamos integrando en la construcción del templo santo, para ser morada de Dios, por el Espíritu.

Absolutamente inconmovible es la Iglesia que tiene a Cristo por fundamento y base inamovible. Mirad —dice—,yo coloco en Sión una piedra probada, angular, preciosa, de cimiento: «quien se apoya no vacila». Así que, una vez fundada la Iglesia, él mismo cambió la suerte de su pueblo. Y a nosotros, derribado por tierra el tirano, nos salvó y liberó del pecado y nos sometió a su yugo, y no precisamente pagándole un precio o a base de regalos. Claramente lo dice uno de sus discípulos: Nos rescataron de ese proceder inútil recibido de nuestros padres: no con bienes efímeros, con oro y plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el cordero sin defecto ni mancha. Dio por nosotros su propia sangre: por tanto, no nos pertenecemos, sino que somos del que nos compró y nos salvó.

 

RESPONSORIO                    1 Pe 1, 18.19-20; Jn 1, 29
 
R./ Habéis sido rescatados de la vana conducta heredada de vuestros padres, no con bienes corruptible, oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, el cordero sin mancha ni defecto. * Él fue predestinado al sacrificio antes de la creación del mundo.
V./ He ahí el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.
R./ Él fue predestinado al sacrificio antes de la creación del mundo.

 
ORACIÓN
 
Dios nuestro, de quien todo bien procede, concédenos seguir siempre tus inspiraciones, para que tratemos de hacer continuamente lo que es recto y, con tu ayuda, lo llevemos siempre a cabo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén
 



MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

Del libro de Josué 3, 1-17; 4, 14-19; 5, 10-12

El pueblo atraviesa el Jordán y celebra la Pascua

En aquellos días, Josué madrugó, levantó el campamento de Acacias, llegó hasta el Jordán con todos los israelitas, y pernoctaron en la orilla antes de cruzarlo. Al cabo de tres días, los alguaciles fueron por el campamento, echando este pregón a la gente:

«Cuando veáis moverse el arca de la alianza del Señor, nuestro Dios, llevada por los sacerdotes levitas, empezad a caminar desde vuestros puestos detrás de ella, pero a una distancia del arca como de mil metros; manteneos a distancia para ver el camino por donde tenéis que ir, porque nunca habéis pasado por él».

Josué ordenó al pueblo:

«Purificaos, porque mañana el Señor hará prodigios en medio de vosotros».

Y a los sacerdotes:

«Levantad el arca de la alianza y pasad el río delante de la gente».

Levantaron el arca de la alianza y marcharon delante de la gente. El Señor dijo a Josué:

«Hoy empezaré a engrandecerte ante todo Israel, para que vean que estoy contigo como estuve con Moisés. Tú ordena a los sacerdotes portadores del arca de la alianza que cuando lleguen a la orilla se detengan en el Jordán».

Josué dijo a los israelitas:

«Acercaos aquí a escuchar las palabras del Señor, vuestro Dios. Así conoceréis que un Dios vivo está en medio de vosotros y que va a expulsar ante vosotros a cananeos, hititas, heveos, fereceos, guirgaseos, amorreos y jebuseos. Mirad, el arca de la alianza del Dueño de toda la tierra va a pasar el Jordán delante de vosotros. Elegid doce hombres de las tribus de Israel, uno de cada tribu. Y cuando los pies de los sacerdotes que llevan el arca de la alianza del Dueño de toda la tierra pisen el Jordán, la corriente del Jordán se cortará: el agua que viene de arriba se detendrá formando un embalse».

Cuando la gente levantó el campamento para pasar el Jordán, los sacerdotes que llevaban el arca de la alianza caminaron delante de la gente. Y, al llegar al Jordán, en cuanto mojaron los pies en el agua —el Jordán va hasta los bordes todo el tiempo de la siega—, el agua que venía de arriba se detuvo, creció formando un embalse que llegaba muy lejos, hasta Adam, un pueblo cerca de Sartán, y el agua que bajaba al mar del desierto, al mar Muerto, se cortó del todo. La gente pasó frente a Jericó. Los sacerdotes que llevaban el arca de la alianza del Señor estaban quietos en el cauce seco, firmes en medio del Jordán, mientras Israel iba pasando por el cauce seco, hasta que acabaron de pasar todos.

Aquel día, el Señor engrandeció a Josué ante todo Israel, para que lo respetaran como habían respetado a Moisés mientras vivió. El Señor dijo a Josué:

«Manda a los sacerdotes portadores del arca que salgan del Jordán».

Josué les mandó:

«Salid del Jordán».

Y, cuando salieron de en medio del Jordán los sacerdotes portadores del arca de la alianza del Señor, nada másponer los pies en tierra, el agua del Jordán volvió a su cauce y corrió como antes, hasta los bordes.

El pueblo salió del Jordán el día diez del mes primero y acampó en Guilgal, al este de Jericó.

Los israelitas acamparon en Guilgal y celebraron la Pascua al atardecer del día catorce del mes, en la estepa de Jericó. El día siguiente a la Pascua, ese mismo día, comieron del fruto de la tierra: panes ázimos y espigas fritas. Cuando comenzaron a comer del fruto de la tierra, cesó el maná. Los israelitas ya no tuvieron maná, sino que aquel año comieron de la cosecha de la tierra de Canaán.

 

RESPONSORIO                    Jos 4, 22-25; Sal 113a, 5
 
R./ Pasó Israel por el Jordán a pie enjuto, porque Dios secó las aguas ante él, como antes lo había hecho en el mar Rojo. * Que todos los pueblos de la tierra reconozcan que la mano del Señor es poderosa.
V./¿Qué te pasa, mar, que huyes, y a ti, Jordán, que te echas atrás?
R./ Que todos los pueblos de la tierra reconozcan que la mano del Señor es poderosa.
 


SEGUNDA LECTURA

Orígenes, Homilía 4 sobre el libro de Josué (1: PG 12, 842, 843)

El paso del Jordán

En el paso del río Jordán, el arca de la alianza guiaba al pueblo de Dios. Los sacerdotes y levitas que la llevaban se pararon en el Jordán, y las aguas, como en señal de reverencia a los sacerdotes que la llevaban, detuvieron su curso y se amontonaron a distancia, para que el pueblo de Dios pudiera pasar impunemente. Y no te has de admirar cuando se te narran estas hazañas relativas al pueblo antiguo, porque a ti, cristiano, que por el sacramento del bautismo has atravesado la corriente del Jordán, la palabra divina te promete cosas mucho más grandes y excelsas, pues te promete que pasarás y atravesarás el mismo aire.

Oye lo que dice Pablo acerca de los justos: Seremos arrebatados en la nube, al encuentro del Señor, en el aire. Y así estaremos siempre con el Señor. Nada, pues, ha de temer el justo, ya que toda la creación está a su servicio.

Oye también lo que Dios promete al justo por boca del profeta: Cuando pases por el fuego, la llama no te abrasará, porque yo, el Señor, soy tu Dios. Vemos, por tanto, cómo el justo tiene acceso a cualquier lugar, y cómo toda la creación se muestra servidora del mismo. Y no pienses que aquellas hazañas son meros hechos pasados y que nada tienen que ver contigo, que los escuchas ahora: en ti se realiza su místico significado. En efecto, tú, que acabas de abandonar las tinieblas de la idolatría y deseas ser instruido en la ley divina, eres como si acabaras de salir de la esclavitud de Egipto.

Al ser agregado al número de los catecúmenos y al comenzar a someterte a las prescripciones de la Iglesia, has atravesado el mar Rojo y, como en aquellas etapas del desierto, te dedicas cada día a escuchar la ley de Dios y a contemplar la gloria del Señor, reflejada en el rostro de Moisés. Cuando llegues a la mística fuente del bautismo y seas iniciado en los venerables y magníficos sacramentos, por obra de los sacerdotes y levitas, parados como en el Jordán, los cuales conocen aquellos sacramentos en cuanto es posible conocerlos, entonces también tú, por ministerio de los sacerdotes, atravesarás el Jordán y entrarás en la tierra prometida, en la que te recibirá Jesús, el verdadero sucesor de Moisés, y será tu guía en el nuevo camino.

Entonces tú, consciente de tales maravillas de Dios, viendo cómo el mar se ha abierto para ti y cómo el río ha detenido sus aguas, exclamarás: ¿ Qué te pasa, mar, que huyes, y a ti, Jordán, que te echas atrás? ¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros; colinas, que saltáis como corderos? Y te responderá el oráculo divino: En presencia del Señor se estremece la tierra, en presencia del Dios de Jacob; que transforma las peñas en estanques, el pedernal en manantiales de agua.

 

RESPONSORIO                    Cf. Sab 17, 1; 19, 22; Sal 76, 20
 
R./ Tus juicios son grandes, oh Señor, y difíciles de explicar; * engrandeciste y glorificaste a tu pueblo.
V./ En el mar pasaba tu camino, en las aguas caudalosas tu sendero.
R./ Engrandeciste y glorificaste a tu pueblo.

 
ORACIÓN
 
Dios nuestro, de quien todo bien procede, concédenos seguir siempre tus inspiraciones, para que tratemos de hacer continuamente lo que es recto y, con tu ayuda, lo llevemos siempre a cabo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén
 



JUEVES


PRIMERA LECTURA

Del libro de Josué 5,13—6, 21

Destrucción de una fortaleza enemiga

En aquellos días, estando ya cerca de Jericó, Josué levantó la vista y vio a un hombre en pie frente a él, con la espada desenvainada en la mano. Josué fue hacia él y le preguntó:

«¿Eres de los nuestros o del enemigo?»

Contestó:

«No. Soy el general del ejército del Señor, y acabo de llegar».

Josué cayó rostro a tierra, adorándolo. Después le preguntó:

«¿Qué orden trae mi señor a su siervo?»

El general del ejército del Señor le contestó: «Descálzate porque el sitio que pisas es sagrado». Josué se descalzó. Jericó estaba cerrada a cal y canto ante los israelitas. Nadie salía ni entraba. El Señor dijo a Josué:

«Mira, entrego en tu poder a Jericó y su rey. Todos los soldados, rodead la ciudad, dando una vuelta alrededor; y así durante seis días. Siete sacerdotes llevarán siete trompas delante del arca; al séptimo día, daréis siete vueltas a la ciudad, y los sacerdotes tocarán las trompas; cuando den un toque prolongado, cuando oigáis el sonido de la trompa, todo el ejército lanzará el alarido de guerra; se desplomarán las murallas de la ciudad, y cada uno la asaltará desde su puesto».

Josué, hijo de Nun, llamó a los sacerdotes y les mandó: «Llevad el arda de la alianza, y que siete sacerdotes lleven siete trompas delante del arca del Señor».

Y luego a la tropa:

«Marchad a rodear la ciudad; los que lleven armas pasen delante del arca del Señor».

Después de dar Josué estas órdenes a la tropa, siete sacerdotes, llevando siete trompas, se pusieron delante del Señor y empezaron a tocar. El arca del Señor los seguía; los soldados armados marchaban delante de los sacerdotes que tocaban las trompas; el resto del ejército marchaba detrás del arca. Las trompas acompañaban la marcha. Josué había dado esta orden a la tropa:

«No lancéis el alarido de guerra, no alcéis la voz, no se os escape una palabra hasta el momento en que yo os mande gritar; entonces gritaréis».

Dieron una vuelta a la ciudad con el arca del Señor y se volvieron al campamento para pasar la noche. Josué se levantó de madrugada, y los sacerdotes tomaron el arca del Señor. Siete sacerdotes, llevando siete trompas delante del arca del Señor, acompañaban la marcha con las trompas. Aquel segundo día dieron una vuelta a la ciudad y se volvieron al campamento. Así hicieron seis días.

El día séptimo, al despuntar el sol, madrugaron y dieron siete vueltas a la ciudad, conforme al mismo ceremonial. La única diferencia fue que el día séptimo dieron siete vueltas a la ciudad. A la séptima vuelta, los sacerdotes tocaron las trompas y Josué ordenó a la tropa:

«¡Gritad, que el Señor os entrega la ciudad! Esta ciudad, con todo lo que hay en ella, se consagra al exterminio, en honor del Señor. Sólo han de quedar con vida la prostituta Rajab y todos los que estén con ella en casa, porque escondió a nuestros emisarios. Cuidado, no se os vayan los ojos y cojáis algo de lo consagrado al exterminio; porque acarrearíais una desgracia haciendo execrable el campamento de Israel. Toda la plata y el oro y el ajuar de bronce y de hierro se consagran al Señor: irán a parar a su tesoro».

Sonaron las trompas. Al oír el toque, lanzaron todos el alarido de guerra. Las murallas se desplomaron, y el ejército dio el asalto a la ciudad, cada uno desde su puesto; y la conquistaron. Consagraron al exterminio todo lo que había dentro: hombres y mujeres, muchachos y ancianos, vacas, ovejas y burros; todo lo pasaron a cuchillo.

 

RESPONSORIO                    Cf. Is 25, 1. 2; Hb 11, 30
 
R./ Señor, tú eres mi Dios, te alabaré y te daré gracias: * tú convertiste la ciudad en escombros y no será ya jamás reconstruida.
V./ Por la fe se derrumbaron las murallas de Jericó, después que los hijos de Israel dieron vueltas alrededor de ellas durante siete días.
R./ Tú convertiste la ciudad en escombros y no será ya jamás reconstruida.
 


SEGUNDA LECTURA

Orígenes, Homilía 6 sobre el libro de Josué (4: PG 12, 855-856)

La conquista de Jericó

Los israelitas ponen cerco a Jericó, porque ha llegado el momento de conquistarla. ¿Y cómo la conquistan? No sacan la espada contra ella, ni la acometen con el ariete, ni vibran los dardos; las únicas armas que emplean son las trompetas de los sacerdotes, y ellas hacen caer las murallas de Jericó.

Hallamos, con frecuencia, en las Escrituras que Jericó es figura del mundo. En efecto, aquel hombre de que nos habla el Evangelio, que bajaba de Jerusalén a Jericó y que cayó en manos de unos ladrones, sin duda era un símbolo de Adán, que fue arrojado del paraíso al destierro de este mundo. Y aquellos ciegos de Jericó, a los que vino Cristo para hacer que vieran, simbolizaban a todos aquellos que en este mundo estaban angustiados por la ceguera de la ignorancia, a los cuales vino el Hijo de Dios. Esta Jericó simbólica, esto es, el mundo, está destinada a caer. El fin del mundo es algo de que nos hablan ya desde antiguo y repetidamente los libros santos.

¿Cómo se pondrá fin al mundo? ¿Con qué medios? Al sonido —dice— de las trompetas. ¿De qué trompetas? El apóstol Pablo te descubrirá el sentido de estas palabras misteriosas. Oye lo que dice: Resonará la trompeta, y los muertos en Cristo despertarán incorruptibles, y él mismo, el Señor, cuando se dé la orden, a la voz del arcángel y al son de la trompeta divina, descenderá del cielo. Será entonces cuando Jesús, nuestro Señor, vencerá y abatirá a Jericó, salvándose únicamente aquella prostituta de que nos habla el libro santo, con toda su familia. Vendrá —dice el texto sagrado— nuestro Señor Jesús, y vendrá al son de las trompetas.

Salvará únicamente a aquella mujer que acogió a sus exploradores, figura de todos los que acogieron con fe y obediencia a sus apóstoles y, como ella, los colocaron en la parte más alta, por lo que mereció ser asociada a la casa de Israel. Pero a esta mujer, con todo su simbolismo, no debemos ya recordarle ni tenerle en cuenta sus culpas pasadas. En otro tiempo fue una prostituta, mas ahora está unida a Cristo con un matrimonio virginal y casto. A ella pueden aplicarse las palabras del Apóstol: Quise desposaros con un solo marido, presentándoos a Cristo como una virgen intacta. El mismo Apóstol, en su estado anterior, puede compararse a ella, ya que dice: También nosotros, con nuestra insensatez y obstinación, íbamos fuera de camino; éramos esclavos de pasiones y placeres de todo género.

¿Quieres ver con más claridad aún cómo aquella prostituta ya no lo es? Escucha las palabras de Pablo: Así erais algunos antes. Pero os lavaron, os consagraron, os perdonaron en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y por el de nuestro Dios. Ella, para poder salvarse de la destrucción de Jericó, siguiendo la indicación de los exploradores, colgó de su ventana una cinta de hilo escarlata, como signo eficaz de salvación. Esta cinta representaba la sangre de Cristo, por la cual es salvada actualmente toda la Iglesia, en el mismo Jesucristo, nuestro Señor, al cual sea la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén.

 

RESPONSORIO                    Cf. Is 49, 22.26; Jn 8, 28
 
R./ Alzaré la mano hacia las naciones e izaré mi estandarte hacia los pueblos, y todo hombre lo sabrá: * yo soy el Señor, tu salvador, el Fuerte de Jacob.
V./ Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo soy.
R./ Yo soy el Señor, tu salvador, el Fuerte de Jacob.

 
ORACIÓN
 
Dios nuestro, de quien todo bien procede, concédenos seguir siempre tus inspiraciones, para que tratemos de hacer continuamente lo que es recto y, con tu ayuda, lo llevemos siempre a cabo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén
 



VIERNES


PRIMERA LECTURA

Del libro de Josué 7, 4-26

Sacrilegio y castigo de Acán

Para la conquista de Ay fueron unos tres mil del ejército, pero tuvieron que huir ante los de Ay, que les hicieron unas treinta y seis bajas y los persiguieron desde las puertas de la villa hasta las Canteras, derrotándolos en la cuesta. El valor del ejército se deshizo en agua.

Josué se rasgó el manto, cayó rostro en tierra ante el arca del Señor y estuvo así hasta el atardecer, junto con los concejales de Israel, echándose polvo a la cabeza.

Josué oró:

—¡Ay, Señor mío! ¿Para qué hiciste pasar el Jordán a este pueblo, para entregarnos después a los amorreos y exterminarnos? ¡Ojalá nos hubiéramos quedado al otro lado del Jordán! ¡Perdón, Señor! ¿Qué voy a decir después que Israel ha vuelto la espalda ante el enemigo? Lo oirán los cananeos y toda la gente del país, nos cercarán y borrarán nuestro nombre de la tierra. ¿Y qué harás tú con tu gran nombre?

El Señor le respondió:

—Anda, levántate. ¿Qué haces ahí, caído rostro en tierra? Israel ha pecado, han quebrantado el pacto que yo estipulé con ellos, han cogido lo consagrado, han robado, han disimulado escondiéndolo entre su ajuar. No podrán los israelitas resistir a sus enemigos, les volverán la espalda, porque se han hecho execrables. No estaré más con vosotros mientras no extirpéis la execración de en medio de vosotros. Levántate, purifica al pueblo, diles: Purificaos para mañana, porque así dice el Señor, Dios de Israel: «¡Hay algo execrable dentro de ti, Israel! No podréis resistir a vuestros enemigos mientras no extirpéis la execración de en medio de vosotros». Por la mañana os acercaréis por tribus. La tribu que el Señor indique por sorteo se acercará por clanes; el clan que el Señor indique por sorteo se acercará por familias; la familia que el Señor indique por sorteo se acercará por individuos. El que sea sorprendido con algo consagrado, será quemado con todos sus bienes, por haber quebrantado el pacto del Señor y haber cometido una infamia en Israel.

Josué madrugó y mandó a los israelitas acercarse por tribus. La suerte cayó en la tribu de Judá. Se fue acercando la tribu por clanes, y la suerte cayó en el clan de Zéraj. Se fue acercando el clan de Zéraj por familias, y la suerte cayó en la familia de Zabdí. Se fue acercando la familia de Zabdí por individuos, y la suerte cayó en Acán, hijo de Carmí, de Zabdí, de Zéraj, de la tribu de Judá.

Josué le dijo:

—Hijo mío, glorifica al Señor, Dios de Israel, haciendo tu confesión. Dime lo que has hecho, no me ocultes nada. Acán respondió:

—Es verdad, he pecado contra el Señor, Dios de Israel. He hecho esto y esto: vi entre los despojos un manto babilonio muy bello, doscientas monedas de plata y una barra de oro de medio kilo; se me fueron los ojos y lo cogí. Mira está todo escondido en un hoyo en medio de mi tienda, el dinero debajo.

Josué mandó a unos que fueran corriendo a la tienda de Acán: todo estaba allí escondido, el dinero debajo. Lo sacaron de la tienda, se lo llevaron a Josué y a los israelitas y lo depositaron ante el Señor.

Josué cogió a Acán, hijo de Zéraj (con el dinero, el manto y la barra de oro), a sus hijos e hijas, sus bueyes, burros y ovejas, y su tienda con todos sus bienes. En compañía de todo Israel los subió al Valle de la Desgracia, y Josué dijo:

—¡El Señor te haga sufrir hoy mismo la desgracia que nos has acarreado!

Todos los israelitas apedrearon a Acán. Luego lo quemaron y lo cubrieron de piedras. Después levantaron encima un montón de piedras, que todavía hoy se conserva. Y el Señor aplacó el incendio de su ira. Por eso aquel sitio se llama hasta hoy Valle de la Desgracia.

 

RESPONSORIO                    Cf. 1Co 5, 2. 3. 5. 7
 
R./ Haced que desaparezca quien hizo esa mala acción. * Ese tal sufrirá ruina material, a fin de que su espíritu sea salvo en el día de Jesús, el Señor.
V./ Tirad fuera la levadura vieja para que seáis una masa nueva, ya que ahora sois panes ázimos.
R./ Ese tal sufrirá ruina material, a fin de que su espíritu sea salvo en el día de Jesús, el Señor.
 


SEGUNDA LECTURA

San Ambrosio de Milán, Comentario sobre el salmo 1 (4, 7-8: CSEL 64, 4-7)

Dulzura del libro de los salmos

Aunque es verdad que toda la sagrada Escritura está impregnada de la gracia divina, el libro de los salmos posee, con todo, una especial dulzura; el mismo Moisés, que narra en un estilo llano las hazañas de los antepasados, después de haber hecho que el pueblo atravesara el mar Rojo de un modo admirable y glorioso, al contemplar cómo el Faraón y su ejército habían quedado sumergidos en él, superando sus propias cualidades (como había superado con aquel hecho sus propias fuerzas), cantó al Señor un cántico triunfal. También María, su hermana, tomando en su mano el pandero, invitaba a las otras mujeres, diciendo: Cantaré al Señor, sublime es su victoria, caballos y carros ha arrojado en el mar.

La historia instruye, la ley enseña, la profecía anuncia, la reprensión corrige, la enseñanza moral aconseja; pero el libro de los salmos es como un compendio de todo ello y una medicina espiritual para todos. El que lo lee halla en él un remedio específico para curar las heridas de sus propias pasiones. El que sepa leer en él encontrará allí, como en un gimnasio público de las almas y como en unestadio de las virtudes, toda la variedad posible de competiciones, de manera que podrá elegir la que crea más adecuada para sí, con miras a alcanzar el premio final.

Aquel que desee recordar e imitar las hazañas de los antepasados hallará compendiada en un solo salmo toda la historia de los padres antiguos, y así, leyéndolo, podrá irla recorriendo de forma resumida. Aquel que investiga el contenido de la ley, que se reduce toda ella al mandamiento del amor (porque el que ama a su prójimo tiene cumplido el resto de la ley), hallará en los salmos con cuánto amor uno solo se expuso a graves peligros para librar a todo el pueblo de su oprobio; con lo cual se dará cuenta de que la gloria de la caridad es superior al triunfo de la fuerza.

Y ¿qué decir de su contenido profético? Aquello que otros habían anunciado de manera enigmática se promete clara y abiertamente a un personaje determinado, a saber, que de su descendencia nacerá el Señor Jesús, como dice el Señor a aquél: A uno de tu linaje pondré sobre tu trono. De este modo, en los salmos hallamos profetizado no sólo el nacimiento de Jesús, sino también su pasión salvadora, su reposo en el sepulcro, su resurrección, su ascensión al cielo y su glorificación a la derecha del Padre. El salmista anuncia lo que nadie se hubiera atrevido a decir, aquello mismo que luego, en el Evangelio, proclamó el Señor en persona.

 

RESPONSORIO                    Sal 56, 8-9
 
R./ Mi corazón está firme, Dios mío, mi corazón está firme. * Quiero cantar, a ti quiero cantar.
V./ Despierta gloria mía, despertad, arpa y cítara: a la aurora    yo quiero despertar.
R./ Quiero cantar, a ti quiero cantar.

 
ORACIÓN
Dios nuestro, de quien todo bien procede, concédenos seguir siempre tus inspiraciones, para que tratemos de hacer continuamente lo que es recto y, con tu ayuda, lo llevemos siempre a cabo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén
 



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

Del libro de Josué 10, 1-14; 11, 15-17

El pueblo de Dios toma posesión de la tierra

Cuando Adonisedec, rey de Jerusalén, oyó que Josué había tomado Ay y la había arrasado (con Ay y su rey hizo lo mismo que con Jericó y su rey), y que los de Gabaón habían hecho las paces con Israel y vivían con los israelitas, se asustó enormemente. Porque Gabaón era toda una ciudad, como una de las capitales reales, mayor que Ay, y todos sus hombres eran valientes. Entonces envió este mensaje a Ohán, rey de Hebrón; a Pirán, rey de Yarmut; a Yafia, rey de Laquis, y a Debir, rey de Becerril:

«Venid con refuerzos para derrotar a Gabaón, que ha hecho las paces con Josué y los israelitas».

Entonces los cinco reyes aliados, el de Jerusalén, el de Hebrón, el de Yarmut, el de Laquis y el de Becerril, subieron con sus ejércitos, acamparon frente a Gabaón, y la atacaron.

Los de Gabaón despacharon emisarios a Josué, al campamento de Guilgal, con este ruego:

«No dejes de la mano a tus vasallos. Ven en seguida a salvarnos. Ayúdanos, porque se han aliado contra nosotros los reyes amorreos de la montaña».

Entonces Josué subió desde Guilgal con todo su ejército, todos sus guerreros, y el Señor le dijo:

«No les tengas miedo que yo te los entregó; ni uno de ellos podrá resistirte».

Josué caminó toda la noche desde Guilgal y cayó sobre ellos de repente; el Señor los desbarató ante Israel, que les infligió una gran derrota junto a Gabaón, y los persiguió por la cuesta de Bejorón, destrozándolos hasta Azeca y Maqueda. Y, cuando iban huyendo de los israelitas por la cuesta de Bejorón, el Señor les lanzó desde el cielo un pedrisco fuerte y mortífero en el camino hasta Azeca; murieron más por la granizada que por la espada de los israelitas.

Cuando el Señor entregó los amorreos a los israelitas, aquel día Josué habló al Señor y gritó en presencia de Israel:

«¡Sol, quieto en Gabaón! ¡Y tú, luna, en la valle de Ayalón!»

Y el sol quedó quieto, y la luna inmóvil, hasta que se vengó de los pueblos enemigos. Así consta en los Cantares de gesta: El sol se detuvo en medio del cielo y tardó un día entero en ponerse. Ni antes ni después ha habido un día como aquél, cuando el Señor obedeció a la voz de un hombre, porque el Señor luchaba por Israel.

Lo que el Señor había ordenado a su siervo Moisés, éste se lo ordenó a Josué, y Josué lo cumplió; no descuidó nada de cuanto el Señor había ordenado a Moisés.

Así fue como se apoderó Josué de todo el país: de la montaña, el Negueb, la región de Gosén, la Sefela y el páramo, la montaña de Israel y su llanura, desde el monte Pelado, que sube hacia Seír, hasta Baalgad, en el valle del Líbano, al pie del monte Hermón. Se apoderó de todos sus reyes y los ajustició.

 

RESPONSORIO                    Ez 34, 13. 15
 
R./ Congregaré a mis ovejas de entre las naciones, las traeré a su tierra, * las apacentaré en los montes de Israel, en las cañadas y en los poblados del país.
V./ Yo mismo apacentaré a mis ovejas y las llevaré a reposar.
R./ Las apacentaré en los montes de Israel, en las cañadas y en los poblados del país.

 

SEGUNDA LECTURA

San Ambrosio de Milán, Comentario sobre el salmo 1 (33: CSEL 64, 28-30)

Estudiad las Escrituras, pues ellas están dando
testimonio de mí

Primeramente has de beber el antiguo Testamento, para poder beber también el nuevo. Si no bebes el primero, no podrás tampoco beber el segundo. Bebe el primero, para hallar algún alivio en tu sed; bebe el segundo, para saciarte de verdad. En el antiguo Testamento hallarás un sentimiento de compunción; en el nuevo, la verdadera alegría.

Los que bebieron en lo que no deja de ser un tipo, pudieron saciar su sed; los que bebieron en lo que es la realidad, llegaron a embriagarse completamente. ¡Qué buena es esta embriaguez que comunica la verdadera alegría y no avergüenza lo más mínimo! ¡Qué buena es esta embriaguez que hace avanzar con paso seguro a nuestra alma que no ha perdido su equilibrio! ¡Qué buena es esta embriaguez que sirve para regar el fruto de vida eterna! Bebe, pues, esta copa de la que dice el Profeta: Y mi copa rebosa.

Pero son dos las copas que has de beber: la del antiguo Testamento y la del nuevo; porque en ambas bebes a Cristo. Bebe a Cristo, porque es la verdadera vid; bebe a Cristo, porque es la piedra de la que brotó agua; bebe a Cristo, porque es fuente de vida; bebe a Cristo, porque es la acequia cuyo correr alegra la ciudad; bebe a Cristo, porque es la paz; bebe a Cristo, porque de sus entrañas manarán torrentes de agua viva; bebe a Cristo, y así beberás la sangre que te ha redimido; bebe a Cristo, y así asimilarás sus palabras; porque palabra suya es el antiguo Testamento, palabra suya es también el nuevo. Realmente llegamos a beber y a comer la sagrada Escritura, si el sentido profundo de la tercera palabra viene a empapar nuestras almas, como si circulara por nuestras venas y fuera el motor que impulsara toda nuestra actividad.

Finalmente, no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra de Dios. Bebe esta palabra, pero bébela en el debido orden. Bébela en el antiguo Testamento y apresúrate a beberla en el nuevo. También él, como si se apresurara a hacerlo, dice: Ahora ensalzará el camino del mar, al otro lado del Jordán, la Galilea de los gentiles. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande, habitaban en tierra de sombras, y una luz les brilló.

Bebe, pues, pronto, para que brille para ti una luz grande, no la luz de todos los días, ni la del día, ni la del sol, ni la de la luna; sino la que ahuyenta las sombras de la muerte. Pues los que viven en sombras de la muerte es imposible que vean la luz del sol y del día. Y, adelantándose a tu pregunta: ¿por qué tan maravilloso resplandor, por qué tan extraordinario favor?, responde: Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Un niño, que ha nacido de la Virgen, Hijo, que, por haber nacido de Dios, es el que hace que brille tan maravillosa luz. Un niño nos ha nacido. Nos, a los creyentes.

Nos ha nacido, porque la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros. Nos ha nacido, porque de la Virgen recibió carne humana, nace para nosotros, porque la Palabra se nos da. Al participar de nuestra naturaleza, nace entre nosotros; al ser infinitamente superior a nosotros, es el gran don que se nos otorga.

 

RESPONSORIO                    Mt 5, 6; Sal 35, 10.9
 
R./ Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. * Porque en ti está la fuente de la vida, y en tu luz vemos la luz.
V./ Se sacian de la abundancia de tu casa, les das a beber del torrente de tus delicias.
R./ Porque en ti está la fuente de la vida, y en tu luz vemos la luz.

 
ORACIÓN
 
Dios nuestro, de quien todo bien procede, concédenos seguir siempre tus inspiraciones, para que tratemos de hacer continuamente lo que es recto y, con tu ayuda, lo llevemos siempre a cabo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

 


DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

Del libro de Josué 24, 1-7.13-28

Renovación de la alianza en la tierra prometida

En aquellos días, Josué reunió a las tribus de Israel en Siquén. Convocó a los ancianos de Israel, a los cabezas de familia, jueces y alguaciles, y se presentaron ante el Señor. Josué habló al pueblo:

«Así dice el Señor, Dios de Israel: "Al otro lado del río Eufrates vivieron antaño vuestros padres, Teraj, padre de Abrahán y de Najor, sirviendo a otros dioses. Tomé a Abrahán, vuestro padre, del otro lado del río, lo conduje por todo el país de Canaán y multipliqué su descendencia dándole a Isaac. A Isaac le di Jacob y Esaú. A Esaú le di en propiedad la montaña de Seír, mientras que Jacob y sus hijos bajaron a Egipto. Envié a Moisés y Aarón para castigar a Egipto con los portentos que hice, y después os saqué de allí. Saqué de Egipto a vuestros padres; y llegasteis al mar. Los egipcios persiguieron a vuestros padres con caballería y carros hasta el mar Rojo. Pero gritaron al Señor, y él puso una nube oscura entre vosotros y los egipcios; después desplomó sobre ellos el mar, anegándolos. Vuestros ojos vieron lo que hice en Egipto. Después vivisteis en el desierto muchos años.

Y os di una tierra por la que no habíais sudado, ciudades que no habíais construido, y en las que ahora vivís, viñedos y olivares que no habíais plantado, y de los que ahora coméis."

Pues bien, temed al Señor, servidle con toda sinceridad; quitad de en medio los dioses a los que sirvieron vuestros padres al otro lado del río y en Egipto; y servid al Señor. Si no os parece bien servir al Señor, escoged hoy a quién queréis servir: a los dioses que sirvieron vuestros antepasados al este del Eufrates o a los dioses de los amorreos en cuyo país habitáis; yo y mi casa serviremos al Señor».

El pueblo respondió:

«¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros! El Señor es nuestro Dios; él nos sacó a nosotros y a nuestros padres de la esclavitud de Egipto; él hizo a nuestra vista grandes signos, nos protegió en el camino que recorrimos y entre todos los pueblos por donde cruzamos. El Señor expulsó ante nosotros a los pueblos amorreos que habitaban el país. También nosotros serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!»

Josué dijo al pueblo:

«No podréis servir al Señor, porque es un Dios santo, un Dios celoso. No perdonará vuestros delitos ni vuestros pecados. Si abandonáis al Señor y servís a dioses extranjeros, se volverá contra vosotros y, después de haberos tratado bien, os maltratará y os aniquilará».

El pueblo respondió:

«¡No! Serviremos al Señor».

Josué insistió:

«Sois testigos contra vosotros mismos de que habéis elegido servir al Señor».

Respondieron:

«¡Somos testigos!»

«Pues bien, quitad de en medio los dioses extranjeros que conserváis, y poneos de parte del Señor, Dios de Israel».

El pueblo respondió:

«Serviremos al Señor, nuestro Dios, y le obedeceremos».

Aquel día, Josué selló el pacto con el pueblo y les dio leyes y mandatos en Siquén. Escribió las cláusulas en el libro de la ley de Dios, cogió una gran piedra y la erigió allí, bajo la encina del santuario del Señor, y dijo a todo el pueblo:

«Mirad esta piedra, que será testigo contra nosotros, porque ha oído todo lo que el Señor nos ha dicho. Serátestigo contra vosotros, para que no podáis renegar de vuestro Dios».

Luego despidió al pueblo, cada cual a su heredad.

 

RESPONSORIO                    Jos 24, 16. 24; 1Co 8, 5-6
 
R./ Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a otros dioses. * Al Señor nuestro Dios serviremos, y a su voz atenderemos.
V./ Aun cuando a muchos se les da el nombre de dioses en el cielo y en la tierra, para nosotros no hay más que un solo Dios.
R./ Al Señor nuestro Dios serviremos, y a su voz atenderemos.
 


SEGUNDA LECTURA

Nicetas de Remesiana, Exposición del Símbolo (8.10.11.14: PL 52, 870-874)

La Iglesia, comunión de los santos

Hermanos, reafirmad en vuestros corazones la fe en la Trinidad, creyendo en un solo Dios, Padre todopoderoso, y en su Hijo Jesucristo, Señor nuestro, y en el Espíritu Santo, luz verdadera y santificadora de las almas, prenda de nuestra heredad, el cual, si estuviéramos atentos a su voz, nos guiará hasta la verdad plena y a la comunión de los santos. Los Apóstoles recibieron del Señor esta regla de fe: que en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, bautizaran a todos los pueblos que aceptaren la fe. Mantened también en vosotros esta fe, conservad este depósito, carísimos, apartándoos de charlatanerías irreverentes y de las objeciones de esa mal llamada ciencia.

Después de la confesión de la santísima Trinidad, pasas ya a profesar tu fe en la santa Iglesia católica. ¿Y qué es la Iglesia sino la congregación de todos los santos? En efecto, desde el principio del mundo, tanto los patriarcas —Abrahán, Isaac, Jacob— como los profetas, los apóstoles, los mártires y los demás justos que existieron, existen y existirán, forman una Iglesia, pues, santificados con una misma fe y conducta vital, y sellados con el mismo Espíritu, constituyen un solo cuerpo: la cabeza de este cuerpo es Cristo, de acuerdo con los testimonios orales y escritos.

Todavía apunto más lejos. Incluso los ángeles y las mismas Virtudes y Potestades del cielo forman parte de esta Iglesia única, según nos enseña el Apóstol: que en Cristo fueron reconciliados todos los seres, no sólo los de la tierra, sino también los del cielo. Ten por cierto, pues, que sólo en esta única Iglesia podrás conseguir la comunión de los santos. Has de saber además que ésta es la Iglesia una y católica, establecida en todo el mundo, cuya comunión debes mantener a toda costa.

A continuación confiesas tu fe en el perdón de los pecados. Esta es la gracia que consiguen mediante el bautismo los que creen y confiesan que Cristo es Dios: el perdón de todos los pecados. Por eso se le llama también segundo nacimiento, ya que por su medio el hombre se hace más inocente y puro que cuando es engendrado en el seno materno.

Consiguientemente crees en la resurrección de la carne y en la vida eterna. Porque si realmente no crees esto, en vano crees en Dios. Toda nuestra fe tiene una sola meta: nuestra propia resurrección. De lo contrario, si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados. Si Cristo asumió nuestra carne humana fue precisamente para transmitir a nuestra naturaleza mortal la participación de la vida eterna. Son muchos los que violentan la fe en la resurrección, defendiendo únicamente la salvación del alma y negando la resurrección de la carne. En cambio, tú, que crees en Cristo, profesas la resurrección de la carne. Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos.

De esta forma, carísimos, debéis ir meditando en vuestros corazones esta saludable confesión. Que vuestro ánimo esté siempre en el cielo, vuestra esperanza en la resurrección y vuestro deseo en la promesa. Exhibe con orgullo la cruz de Cristo y su pasión gloriosa; y siempre que el enemigo tratare de seducir tu alma mediante el temor, la avaricia o la ira, respóndele: Renuncié ya a ti, a tus obras y a tus ángeles, pues he creído en Dios vivo y en su Cristo y, sellado con su Espíritu, he aprendido a no temer ni siquiera la muerte.

De este modo, la diestra de Dios os protegerá, el Espíritu de Cristo tutelará vuestro santo ingreso ahora y por siempre; mientras, meditando en Cristo, os estimuléis unos a otros: hermanos, tanto si estamos despiertos como si dormimos, vivamos todos con el Señor. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

 

RESPONSORIO
 
R./ Vosotros sois linaje elegido, nación santa, pueblo que Dios ha adquirido * para anunciar las alabanzas de aquél que os llamó de las tinieblas a su admirable luz.
V./ Vosotros que en un tiempo no erais pueblo y que ahora sois el pueblo de Dios.
R./ Para anunciar las alabanzas de aquél que os llamó de las tinieblas a su admirable luz.

 
ORACIÓN
 
Oh Dios, fuerza de los que en ti esperan, escucha nuestras súplicas y, puesto que el hombre es frágil y sin ti nada puede, concédenos la ayuda de tu gracia, para observar tus mandamientos y agradarte con nuestros deseos y acciones. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
 


EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

Del libro de los Jueces 2, 6-3, 4

Visión de conjunto del tiempo de los jueces

En aquellos días, Josué despidió al pueblo, y los israelitas marcharon cada cual a tomar posesión de su territorio. Mientras vivió Josué y los ancianos que le sobrevivieron y que habían visto las hazañas del Señor a favor de Israel, los israelitas sirvieron al Señor.

Pero murió Josué, hijo de Nun, siervo del Señor, a la edad de ciento diez años, y lo enterraron en el término de su heredad, en Timná Seraj, en la serranía de Efraín, al norte del monte Gaás. Toda aquella generación fue también a reunirse con sus padres, y le siguió otra generación que no conocía al Señor ni lo que había hecho por Israel.

Los israelitas hicieron lo que el Señor reprueba, dieron culto a los ídolos; abandonaron al Señor, Dios de sus padres, que los había sacado de Egipto, y se fueron tras los otros dioses, dioses de las naciones vecinas, y los adoraron, irritando al Señor. Abandonaron al Señor y dieron culto a Baal y a Astarté. El Señor se encolerizó contra Israel: los entregó a bandas de saqueadores, que los saqueaban, los vendió a los enemigos de alrededor, y los israelitas no podían resistirles. En todo lo que emprendían, la mano del Señor se les ponía en contra, exactamente como él les había dicho y jurado, llegando así a una situación desesperada.

Entonces el Señor hacía surgir jueces, que los libraban de las bandas de salteadores; pero ni a los jueces hacían caso, sino que se prostituían con otros dioses, dándoles culto, desviándose muy pronto de la senda por donde habían caminado sus padres, obedientes al Señor. No hacían como ellos. Cuando el Señor hacía surgir jueces, el Señor estaba con el juez; y, mientras vivía el juez, los salvaba de sus enemigos, porque le daba lástima oírlos gemir bajo la tiranía de sus opresores. Pero, en cuanto moría el juez, recaían y se portaban peor que sus padres, yendo tras otros dioses, rindiéndoles adoración; no se apartaban de sus maldades ni de su conducta obstinada. El Señor se encolerizó contra Israel y dijo:

«Ya que este pueblo ha violado mi pacto, el que yo estipulé con sus padres, y no han querido obedecerme, tampoco yo seguiré quitándoles de delante a ninguna de las naciones que Josué dejó al morir; tentaré con ellas a Israel, a ver si siguen o no el camino del Señor, a ver si caminan por él como sus padres».

Por eso, dejó el Señor aquellas naciones, sin expulsarlas en seguida, y no se las entregó a Josué.

Lista de las naciones que dejó el Señor para tentar a los israelitas que no habían conocido las guerras de Canaán, sólo para enseñar la estrategia militar a las nuevas generaciones de los israelitas sin experiencia de la guerra: los cinco principados filisteos, todos los cananeos, fenicios e hititas que habitan el Líbano, desde la cordillera de Baal Hermón hasta el Paso de Jamat. Estas naciones sirvieron para tentar a Israel, a ver si obedecía las órdenes del Señor, promulgadas a sus padres por medio de Moisés.

 

RESPONSORIO Sal 105, 40. 41. 44; Jc 2, 16
 
R./ La ira del Señor se encendió contra su pueblo y los entregó en manos de gentiles, pero * miró su angustia, y escuchó sus gritos.
V./ El Señor suscitó jueces que salvaron a los hijos de Israel de la mano de sus opresores.
R./ Miró su angustia, y escuchó sus gritos.

 

SEGUNDA LECTURA

San Cipriano de Cartago, Tratado sobre el Padrenuestro (1-3: CSEL 3, 267-268)

El que nos dio la vida nos enseñó también a orar

Los preceptos evangélicos, queridos hermanos, no son otra cosa que las enseñanzas divinas, fundamentos que edifican la esperanza, cimientos que corroboran la fe, alimentos del corazón, gobernalle del camino, garantía para la obtención de la salvación; ellos instruyen en la tierra las mentes dóciles de los creyentes, y los conducen a los reinos celestiales.

Muchas cosas quiso Dios que dijeran e hicieran oír los profetas, sus siervos; pero cuánto más importantes son las que habla su Hijo, las que atestigua con su propia voz la misma Palabra de Dios, que estuvo presente en los profetas, pues ya no pide que se prepare el camino al que viene, sino que es él mismo quien viene abriéndonos y mostrándonos el camino, de modo que quienes, ciegos y abandonados, errábamos antes en las tinieblas de la muerte, ahora nos viéramos iluminados por la luz de la gracia y alcanzáramos el camino de la vida, bajo la guía y dirección del Señor.

El cual, entre todos los demás saludables consejos y divinos preceptos con los que orientó a su pueblo para la salvación, le enseñó también la manera de orar, y, a su vez, él mismo nos instruyó y aconsejo sobre lo que teníamos que pedir. El que nos dio la vida nos enseñó también a orar, con la misma benignidad con la que da y otorga todo lo demás, para que fuésemos escuchados con más facilidad, al dirigirnos al Padre con la misma oración que el Hijo nos enseñó.

El Señor había ya predicho que se acercaba la hora en que los verdaderos adoradores adorarían al Padre en espíritu y verdad; y cumplió lo que antes había prometido, de tal manera que nosotros, que habíamos recibido el espíritu y la verdad como consecuencia de su santificación, adoráramos a Dios verdadera y espiritualmente, de acuerdo con sus normas.

¿Pues qué oración más espiritual puede haber que la que nos fue dada por Cristo, por quien nos fue también enviado el Espíritu Santo, y qué plegaria más verdadera ante el Padre que la que brotó de labios del Hijo, que es la verdad? De modo que orar de otra forma no es sólo ignorancia, sino culpa también, pues él mismo afirmó: Anuláis el mandamiento de los hijos por mantener vuestra tradición.

Oremos, pues, hermanos queridos, como Dios, nuestro maestro, nos enseñó. A Dios le resulta amiga y familiar la oración que se le dirige con sus mismas palabras, la misma oración de Cristo que llega a sus oídos.

Cuando hacemos oración, que el Padre reconozca las palabras de su propio Hijo; el mismo que habita dentro del corazón sea el que resuene en la voz, y, puesto que lo tenemos como abogado por nuestros pecados ante el Padre, al pedir por nuestros delitos, como pecadores que somos, empleemos las mismas palabras de nuestro defensor. Pues, si dice que hará lo que pidamos al Padre en su nombre, ¿cuánto más eficaz no será nuestra oración en el nombre de Cristo, si la hacemos, además, con sus propias palabras?

 

RESPONSORIO Jn 16, 24; 14, 13
 
R./ Hasta ahora nada le habéis pedido en mi nombre: * Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea colmado.
V./ Todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo.
R./ Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea colmado.

 
ORACIÓN
 
Oh Dios, fuerza de los que en ti esperan, escucha nuestras súplicas y, puesto que el hombre es frágil y sin ti nada puede, concédenos la ayuda de tu gracia, para observar tus mandamientos y agradarte con nuestros deseos y acciones. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
 


MARTES


PRIMERA LECTURA

Del libro de los Jueces 4, 1-24

Débora y Barac

En aquellos días, después que murió Ehud, los israelitas volvieron a hacer lo que el Señor reprueba, y el Señor los vendió a Yabín, rey cananeo que reinaba en Jasor; el general de su ejército era Sísara, con residencia en Jaroset de los Pueblos. Los israelitas gritaron al Señor, porque Sísara tenía novecientos carros de hierro y llevaba ya veinte años tiranizándolos.

Débora, profetisa, casada con Lapidot, gobernaba por entonces a Israel. Tenía su tribunal bajo la Palmera de Débora, entre Ramá y Betel, en la serranía de Efraín, y los israelitas acudían a ella para que decidiera sus asuntos. Débora mandó llamar a Barac, hijo de Abinoán, de Cadés de Neftalí, y le dijo:

«Por orden del Señor, Dios de Israel, ve a alistar gente y reúne en el Tabor diez mil hombres de Neftalí y Zabulón; que a Sísara, general del ejército de Yabín, yo te lo llevaré junto al torrente Quisón, con sus carros y sus tropas, y te lo entregaré».

Barac replicó:

«Si vienes conmigo, voy; si no vienes conmigo, no voy». Débora contestó:

Bien. Iré contigo. Ahora, que no será tuya la gloria de esta campaña que vas a emprender, porque a Sisara lo pondrá el Señor en manos de una mujer».

Luego se puso en camino para reunirse con Barac, en Cadés. Barac movilizó en Cadés a Zabulón y Neftalí; diez mil hombres lo siguieron, y también Débora subió con él. Jéber, el quenita, se había separado de su tribu, de los descendientes de Jobab, suegro de Moisés, y había acampado junto a la encina de Sananín, cerca de Cadés. En cuanto avisaron a Sísara que Barac, hijo de Abinoán, había subido al Tabor, movilizó sus carros —novecientos carros de hierro— y toda su infantería, y avanzó desde Jaroset hasta el torrente Quisón. Débora dijo a Barac:

«¡Vamos! Que hoy mismo pone el Señor a Sísara en tus manos. ¡El Señor marcha delante de ti!»

Barac bajó del Tabor, y tras él sus diez mil hombres. Y el Señor desbarató a Sisara, a todos sus carros y todo su ejército, ante Barac; tanto, que Sísara tuvo que saltar de su carro de guerra y huir a pie. Barac fue persiguiendo al ejército y los carros hasta Jaroset de los Pueblos. Todo el ejército de Sísara cayó a filo de espada, no quedó ni uno.

Mientras tanto, Sísara había huido a pie hacia la tienda de Yael, esposa de Jéber, el quenita, porque había buenas relaciones entre Yabín, rey de Jasor, y la familia de Jéber, el quenita. Yael salió a su encuentro y lo invitó:

«Pasa, señor; pasa, no temas».

Sisara pasó a la tienda, y Yael lo tapó con una manta. Sisara le pidió:

«Por favor, dame un poco de agua, que me muero de sed».

Ella abrió el odre de la leche, le dio a beber y lo tapó. Sísara le dijo:

«Ponte a la entrada de la tienda, y si viene alguno y te pregunta si hay aquí alguien, le dices que nadie».

Pero Yael, esposa de Jéber, agarró un clavo de la tienda, cogió un martillo en la mano, se le acercó de puntillas y le hundió el clavo en la sien, atravesándolo hasta la tierra. Sisara, que dormía rendido, murió. Barac, por su parte, iba en persecución de Sisara. Yael le salió al encuentro y le dijo:

«Ven, te voy a enseñar al hombre que buscas».

Barac entró en la tienda: Sisara yacía cadáver, con el clavo en la sien.

Dios derrotó aquel día a Yabín, rey cananeo, ante los israelitas. Y éstos se fueron haciendo cada vez más fuertes frente a Yabín, rey cananeo, hasta que lograron aniquilarlo.

 

RESPONSORIO 1Co 1, 27. 29; cf. 2Co 12, 9; 1Co 1, 28
 
R./ Lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar el poder, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor; * que en la debilidad se muestra perfecto el poder de Dios.
V./ Dios ha escogido lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta.
R./ Que en la debilidad se muestra perfecto el poder de Dios.
 


SEGUNDA LECTURA

San Cipriano de Cartago, Tratado sobre el Padrenuestro (4-6: CSEL 3, 268-270)

La oración ha de salir de un corazón humilde

Las palabras del que ora han de ser mesuradas y llenas de sosiego y respeto. Pensemos que estamos en la presencia de Dios. Debemos agradar a Dios con la actitud corporal y con la moderación de nuestra voz. Porque, así como es propio del falto de educación hablar a gritos, así, por el contrario, es propio del hombre respetuoso orar con un tono de voz moderado. El Señor, cuando nos adoctrina acerca de la oración, nos manda hacerla en secreto, en lugares escondidos y apartados, en nuestro mismo aposento, lo cual concuerda con nuestra fe, cuando nos enseña que Dios está presente en todas partes, que nos oye y nos ve a todos y que, con la plenitud de su majestad, penetra incluso los lugares más ocultos, tal como está escrito: ¿Soy yo Dios sólo de cerca, y no Dios de lejos? Porque uno se esconda en su escondrijo, ¿no lo voy a ver yo?¿No lleno yo el cielo y la tierra? Y también: En todo lugar los ojos de Dios están vigilando a malos y buenos.

Y cuando nos reunimos con los hermanos para celebrar los sagrados misterios, presididos por el sacerdote de Dios, no debemos olvidar este respeto y moderación ni ponernos a ventilar continuamente sin ton ni son nuestras peticiones, deshaciéndonos en un torrente de palabras, sino encomendarlas humildemente a Dios, ya que él escucha no las palabras, sino el corazón, ni hay que convencer a gritos a aquel que penetra nuestros pensamientos, como lo demuestran aquellas palabras suyas: ¿Por qué pensáis mal? Y en otro lugar: Así sabrán todas las Iglesias que yo soy el que escruta corazones y mentes.

De este modo oraba Ana, como leemos en el primer libro de Samuel, ya que ella no rogaba a Dios a gritos, sino de un modo silencioso y respetuoso, en lo escondido de su corazón. Su oración era oculta, pero manifiesta su fe; hablaba no con la boca, sino con el corazón, porque sabía que así el Señor la escuchaba, y, de este modo, consiguió lo que pedía, porque lo pedía con fe. Esto nos recuerda la Escritura, cuando dice: Hablaba para sí, y no se oía su voz, aunque movía los labios, y el Señor la escuchó. Leemos también en los salmos: Reflexionad en el silencio de vuestro lecho. Lo mismo nos sugiere y enseña el Espíritu Santo por boca de Jeremías, con aquellas palabras: Hay que adorarte en lo interior, Señor.

El que ora, hermanos muy amados, no debe ignorar cómo oraron el fariseo y el publicano en el templo. Este último, sin atreverse a levantar sus ojos al cielo, sin osar levantar sus manos, tanta era su humildad, se daba golpes de pecho y confesaba los pecados ocultos en su interior, implorando el auxilio de la divina misericordia, mientras que el fariseo oraba satisfecho de sí mismo; y fue justificado el publicano, porque, al orar, no puso la esperanza de la salvación en la convicción de su propia inocencia, ya que nadie es inocente, sino que oró confesando humildemente sus pecados, y aquel que perdona a los humildes escuchó su oración.

 

RESPONSORIO
 
R./ Ésta es nuestra actitud delante de Dios y de sus ángeles * salmodiando, que nuestro espíritu armonice con la voz.
V./ No por muchas palabras, sino por la pureza del corazón y la compunción profunda sabemos que somos escuchados.
R./ Salmodiando, que nuestro espíritu armonice con la voz.

 
ORACIÓN
 
Oh Dios, fuerza de los que en ti esperan, escucha nuestras súplicas y, puesto que el hombre es frágil y sin ti nada puede, concédenos la ayuda de tu gracia, para observar tus mandamientos y agradarte con nuestros deseos y acciones. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
 


 


MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

Del libro de los Jueces 6, 1-6.11-24a

Vocación de Gedeón

En aquellos días, los israelitas hicieron lo que el Señor reprueba, y el Señor los entregó a Madián por siete años. El régimen de Madián fue tiránico. Para librarse de él, los israelitas tuvieron que valerse de las cuevas de los montes, las cavernas y los refugios.

Cuando los israelitas sembraban, los madianitas, amalecitas y los orientales venían a hostigarlos; acampaban frente a ellos y destruían todos los sembrados, hasta la entrada de Gaza. No dejaban nada con vida en Israel, ni oveja, ni buey, ni asno; porque venían con sus rebaños y sus tiendas, numerosos como langostas, hombres y camellos sin número, e invadían la comarca asolándola. Con esto, Israel iba empobreciéndose por culpa de Madián.

El ángel del Señor vino y se sentó bajo la encina de Ofrá, propiedad de Joás de Abiezer, mientras su hijo Gedeón estaba trillando a látigo en el lagar, para esconderse de los madianitas. El ángel del Señor se le apareció y le dijo:

«El Señor está contigo valiente».

Gedeón respondió:

«Perdón, si el Señor está con nosotros, ¿por qué nos ha venido encima todo esto? ¿Dónde han quedado aquellos prodigios que nos contaban nuestros padres: "De Egipto nos sacó el Señor"? La verdad es que ahora el Señor nos ha desamparado y nos ha entregado a los madianitas».

El Señor se volvió a él y le dijo:

«Vete, y con tus propias fuerzas salva a Israel de los madianitas. Yo te envío».

Gedeón replicó:

«Perdón, ¿cómo puedo yo librar a Israel? Precisamente mi familia es la menor de Manasés y yo soy el más pequeño en la casa de mi padre».

El Señor contestó:

«Yo estaré contigo y derrotarás a los madianitas como a un solo hombre».

Gedeón insistió:

«Si he alcanzado tu favor, dame una señal de que eres tú quien habla conmigo. No te vayas de aquí hasta que yo vuelva con una ofrenda y te la presente».

El Señor dijo:

«Aquí me quedaré hasta que vuelvas».

Gedeón marchó a preparar un cabrito y unos panes ázimos con media fanega de harina; colocó luego la carne en la cesta y echó el caldo en el puchero; se lo llevó al Señor y se lo ofreció bajo la encina. El ángel del Señor le dijo:

«Coge la carne y los panes ázimos, colócalos sobre esta roca y derrama el caldo».

Así lo hizo. Entonces el ángel del Señor alargó la punta del cayado que llevaba, tocó la carne y los panes, y se levantó de la roca una llamarada que los consumió. Y el ángel del Señor desapareció. Cuando Gedeón vio que se trataba del ángel del Señor, exclamó:

«¡Ay, Dios mío, que he visto al ángel del Señor cara a cara!»

Pero el Señor le dijo:

«¡Paz, no temas, no morirás!»

Entonces Gedeón levantó allí un altar al Señor y le puso el nombre de «Señor de la Paz».

 

RESPONSORIO Is 45, 3-4; Jc 6, 14; cf. Is 45, 6
 
R./ Yo soy el Señor, que te llamo por tu nombre, por mi siervo Jacob, por mi escogido Israel. * Ve con esa fuerza que tienes, y salvarás a Israel.
V./ Para que sepan todos que yo soy el Señor y no hay otro.
R./ Ve con esa fuerza que tienes, y salvarás a Israel.

 

SEGUNDA LECTURA

San Cipriano de Cartago, Tratado sobre el Padrenuestro (8-9: CSEL 3, 271-272)

Nuestra oración es pública y común

Ante todo, el doctor de la paz y Maestro de la unidad no quiso que hiciéramos una oración individual y privada, de modo que cada cual rogara sólo por sí mismo. No decimos: «Padre mío, que estás en los cielos», ni: «El pan mío dámelo hoy», ni pedimos el perdón de las ofensas sólo para cada uno de nosotros, ni pedimos para cada uno en particular que no caigamos en la tentación y que nos libre del mal. Nuestra oración es pública y común, y cuando oramos lo hacemos no por uno solo, sino por todo el pueblo, ya que todo el pueblo somos como uno solo.

El Dios de la paz y el Maestro de la concordia, que nos enseñó la unidad, quiso que orásemos cada uno por todos, del mismo modo que él incluyó a todos los hombres en su persona. Aquellos tres jóvenes encerrados en el horno de fuego observaron esta norma en su oración, pues oraron al unísono y en unidad de espíritu y de corazón; así lo atestigua la sagrada Escritura, que, al enseñarnos cómo oraron ellos, nos los pone como ejemplo que debemos imitar en nuestra oración: Entonces —dice— los tres, al unísono, cantaban himnos y bendecían a Dios. Oraban los tres al unísono, y eso que Cristo aún no les había enseñado a orar.

Por eso, fue eficaz su oración, porque agradó al Señor aquella plegaria hecha en paz y sencillez de espíritu. Del mismo modo vemos que oraron también los apóstoles, junto con los discípulos, después de la ascensión del Señor. Todos ellos —dice la Escritura— se dedicaban a la oración en común, junto con algunas mujeres, entre ellas María, la madre de Jesús, y con sus hermanos. Se dedicaban a la oración en común, manifestando con esta asiduidad y concordia de su oración que Dios, que hace habitar unánimes en la casa, sólo admite en la casa divina y eterna a los que oran unidos en un mismo espíritu.

¡Cuán importantes, cuántos y cuán grandes son, hermanos muy amados, los misterios que encierra la oración del Señor, tan breve en palabras y tan rica en eficacia espiritual! Ella, a manera de compendio, nos ofrece una enseñanza completa de todo lo que hemos de pedir en nuestras oraciones. Vosotros —dice el Señor— rezad así: «Padre nuestro, que estás en los cielos».

El hombre nuevo, nacido de nuevo y restituido a Dios por su gracia, dice en primer lugar: Padre, porque ya ha empezado a ser hijo. La Palabra vino a su casa —dice el Evangelio— y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Por esto, el que ha creído en su nombre y ha llegado a ser hijo de Dios debe comenzar por hacer profesión, lleno de gratitud, de su condición de hijo de Dios, llamando Padre suyo al Dios que está en los cielos.

 

RESPONSORIO Sal 21, 26; 56, 10
 
R./ Anunciaré tu nombre a mis hermanos, * en medio de la asamblea te alabaré.
V./ Te daré gracias ante los pueblos, Señor, cantaré ante las naciones.
R./ En medio de la asamblea te alabaré.

 
ORACIÓN
 
Oh Dios, fuerza de los que en ti esperan, escucha nuestras súplicas y, puesto que el hombre es frágil y sin ti nada puede, concédenos la ayuda de tu gracia, para observar tus mandamientos y agradarte con nuestros deseos y acciones. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
 



JUEVES


PRIMERA LECTURA

Del libro de los Jueces 6, 33-40; 7, 1-8.16-22

Gedeón vence con un mínimo ejército

En aquellos días, los madianitas, los amalecitas y los orientales se aliaron, cruzaron el río y acamparon en la llanura de Yezrael. El espíritu del Señor se apoderó de Gedeón, que tocó a rebato, y Abiezer corrió a unírsele. Envío mensajeros a Manasés, y se le unió; luego a Aser, Zabulón y Neftalí, y también ellos vinieron a unírsele. Gedeón dijo a Dios:

«Si realmente vas a salvar a Israel por mi medio, como aseguraste, mira, voy a extender en la era esta zalea: si cae el rocío sobre la lana mientras todo el suelo queda seco, me convenceré de que vas a salvar a Israel por mi medio, como aseguraste».

Así sucedió. Al día siguiente, Gedeón madrugó, retorció la lana, exprimiéndole el rocío, y llenó una cazuela de agua. Entonces Gedeón dijo a Dios:

«No te enfades conmigo si te hago otra propuesta; haré sólo otra vez la prueba con la zalea: que sólo ella quede seca, y en cambio caiga rocío sobre el suelo».

Así lo hizo Dios aquella noche: sólo la zalea quedó seca, mientras que cayó rocío en todo el suelo.

Yerubaal, es decir, Gedeón, madrugó con su gente y acampó junto a Fuentemblor. El campamento de Madián les quedaba al norte, junto a la colina de Moré, en el valle. El Señor dijo a Gedeón:

«Llevas demasiada gente, para que yo os entregue Madián. No sea que luego Israel se me gloríe, diciendo: "Mi mano me ha dado la victoria". Vas a echar este pregón ante la tropa: "El que tenga miedo o tiemble, que se vuelva"».

Se volvieron a casa veintidós mil hombres, y se quedaron diez mil. El Señor dijo a Gedeón:

«Todavía es demasiada gente. Hazlos bajar a la fuente, allí te los seleccionaré. El que yo te diga que puede ir contigo irá contigo; pero el que yo te diga que no puede ir contigo, ése, que no vaya».

Gedeón mandó bajar a la tropa hacia la fuente, y el Señor le dijo:

«Los que beban el agua lengüeteando, como los perros, ponlos a un lado; los que se arrodillen para beber, ponlos al otro lado».

Los que bebieron lengüeteando, llevándose el agua a la boca con la mano, fueron trescientos; los demás se arrodillaron para beber. El Señor dijo entonces a Gedeón.

«Con esos trescientos que han bebido lengüeteando os voy a salvar, entregando a Madián en vuestro poder. Todos los demás que se vuelvan a casa».

Cogieron, pues, sus provisiones y sus trompetas, y Gedeón despidió a los israelitas, cada uno a su casa, reteniendo consigo a los trescientos. El campamento de Madián les quedaba abajo, en el valle.

Dividió a los trescientos hombres en tres cuerpos y entregó a cada soldado una trompeta, un cántaro vacío y una antorcha en el cántaro. Luego les dio estas instrucciones:

«Fijaos en mí y haced lo mismo que yo. Cuando llegue a las avanzadas del campamento, vosotros haced lo que yo haga. Yo tocaré la trompeta, y conmigo los de mi grupo; entonces también vosotros tocaréis en torno al campamento y gritaréis: "¡El Señor y Gedeón!"»

Gedeón llegó con los cien hombres de su grupo a las avanzadas del campamento, justamente cuando empezaba el relevo de media noche; en cuanto se hizo el cambio de guardia, Gedeón tocó la trompeta y rompió el cántaro que llevaba con la mano. Entonces los tres grupos tocaron las trompetas y rompieron los cántaros; luego, empuñando en la mano izquierda las antorchas, y la trompeta con la derecha, para poder tocar, gritaron:

«¡El Señor y Gedeón!»

Y se quedaron todos en su sitio alrededor del campamento. Todo el campamento se alborotó, y empezaron a gritar y a huir, mientras seguían sonando las trompetas.

El Señor hizo que se acuchillasen unos a otros en el campamento.

 

RESPONSORIO 2Mac 8, 18; 1Jn 5, 4
 
R./ Ellos confían en sus armas y en su audacia; * nosotros confiamos en el Dios todopoderoso.
V./ Ésta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe.
R./ Nosotros confiamos en el Dios todopoderoso.
 


SEGUNDA LECTURA

San Cipriano de Cartago, Tratado sobre el Padrenuestro (11-12: CSEL 3, 274-275)

Santificado sea tu nombre

Cuán grande es la benignidad del Señor, cuán abundante la riqueza de su condescendencia y de su bondad para con nosotros, pues ha querido que, cuando nos ponemos en su presencia para orar, lo llamemos con el nombre de Padre y seamos nosotros llamados hijos de Dios, a imitación de Cristo, su Hijo; ninguno de nosotros se hubiera nunca atrevido a pronunciar este nombre en la oración, si él no nos lo hubiese permitido. Por tanto, hermanos muy amados, debemos recordar y saber que, pues llamamos Padre a Dios, tenemos que obrar como hijos suyos, a fin de que él se complazca en nosotros, como nosotros nos complacemos de tenerlo por Padre.

Sea nuestra conducta cual conviene a nuestra condición de templos de Dios, para que se vea de verdad que Dios habita en nosotros. Que nuestras acciones no desdigan del Espíritu: hemos comenzado a ser espirituales y celestiales y, por consiguiente, hemos de pensar y obrar cosas espirituales y celestiales, ya que el mismo Señor Dios ha dicho: Yo honro a los que me honran, y serán humillados los que me desprecian. Asimismo, el Apóstol dice en una de sus cartas: No os poseéis en propiedad, porque os han comprado pagando un precio por vosotros. Por tanto, ¡glorificad a Dios con vuestro cuerpo!

A continuación, añadimos: Santificado sea tu nombre, no en el sentido de que Dios pueda ser santificado por nuestras oraciones, sino en el sentido de que pedimos a Dios que su nombre sea santificado en nosotros. Por lo demás, ¿por quién podría Dios ser santificado, si es él mismo quien santifica? Mas, como sea que él ha dicho: Sed santos, porque yo soy santo, por esto, pedimos y rogamos que nosotros, que fuimos santificados en el bautismo, perseveremos en esta santificación inicial. Y esto lo pedimos cada día. Necesitamos, en efecto, de esta santificación cotidiana, ya que todos los días delinquimos, y por esto necesitamos ser purificados mediante esta continua y renovada santificación.

El Apóstol nos enseña en qué consiste esta santificación que Dios se digna concedernos, cuando dice: Los inmorales, idólatras, adúlteros, afeminados, invertidos, ladrones, codiciosos, borrachos, difamadores o estafadores no heredarán el reino de Dios. Así erais algunos antes. Pero os lavaron, os consagraron, os perdonaron en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios. Afirma que hemos sido consagrados en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios. Lo que pedimos, pues, es que permanezca en nosotros esta consagración o santificación y —acordándonos de que nuestro juez y Señor conminó a aquel hombre qué él había curado y vivificado a que no volviera a pecar más, no fuera que le sucediese algo peor— no dejamos de pedir a Dios, de día y de noche, que la santificación y vivificación que nos viene de su gracia sea conservada en nosotros con ayuda de esta misma gracia.

 

RESPONSORIO Ez 36, 23.25.26.27; Lev 11, 45
 
R./ Yo santificaré mi gran nombre. Os rociaré con agua pura; os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo; * haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y practiquéis mis normas.
V./ Sed santos, porque yo soy santo.
R./ Haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y practiquéis mis normas.

 
ORACIÓN
 
Oh Dios, fuerza de los que en ti esperan, escucha nuestras súplicas y, puesto que el hombre es frágil y sin ti nada puede, concédenos la ayuda de tu gracia, para observar tus mandamientos y agradarte con nuestros deseos y acciones. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
 



VIERNES


PRIMERA LECTURA

Del libro de los Jueces 8, 22-23.30-32; 9, 1-15.19-20

El pueblo de Dios intenta instaurar la monarquía

En aquellos días, los israelitas dijeron a Gedeón:

«Tú serás nuestro jefe, y después tu hijo y tu nieto, porque nos has salvado de los madianitas».

Gedeón les respondió:

«Ni yo ni mi hijo seremos vuestro jefe. Vuestro jefe será el Señor».

Una concubina que tenía en Siquén también le dio un hijo, al que puso por nombre Abimelec. Gedeón, hijo de Joás, murió en buena vejez, y lo enterraron en la sepultura de su padre, Joás, en Ofrá, de Abiezer.

Abimelec, hijo de Yerubaal, fue a Siquén, a casa de sus tíos maternos, y les propuso, a ellos y a todos los parientes de su abuelo materno, lo siguiente:

«Decid a los siquemitas: "¿Qué os conviene más, que os gobiernen setenta, es decir, todos los hijos de Yerubaal, o que os gobierne uno solo?" Y no olvidéis que yo soy de vuestra sangre».

Sus tíos maternos lo comunicaron a los siquemitas, y éstos se pusieron de parte de Abimelec, pensando: «¡Es pariente nuestro!»

Le dieron setecientos gramos de plata del templo de Baal del Pacto, y con ese dinero Abimelec asalarió a unos cuantos desocupados y aventureros que se pusieron a sus órdenes. Luego fue a casa de su padre, a Ofrá, y asesinó a sus hermanos, los hijos de Yerubaal, a setenta hombres en la misma piedra. Sólo quedó Yotán, el hijo menor de Yerubaal, que se había escondido.

Los de Siquén y todos los de El Terraplén se reunieron para proclamar rey a Abimelec, junto a la encina de Siquén. En cuanto se enteró Yotán, fue y, en pie sobre la cumbre del monte Garizín, les gritó a voz en cuello:

«¡Oídme, vecinos de Siquén, así Dios os escuche! Una vez fueron los árboles a elegirse rey, y dijeron al olivo:

"Sé nuestro rey".

Pero dijo el olivo:

"¿Y voy a dejar mi aceite, con el que engordan dioses y hombres, para ir a mecerme sobre los árboles?" Entonces dijeron a la higuera:

"Ven a ser nuestro rey".

Pero dijo la higuera:

"¿Y voy a dejar mi dulce fruto sabroso, para ir a mecerme sobre los árboles?"

Entonces dijeron a la vid:

"Ven a ser nuestro rey".

Pero dijo la vid:

"¿Y voy a dejar mi mosto, que alegra a dioses y hombres, para ir a mecerme sobre los árboles?"

Entonces dijeron a la zarza:

"Ven a ser nuestro rey".

Y les dijo la zarza:

"Si de veras queréis ungirme rey vuestro, venid a cobijaron bajo mi sombra; y si no, salga fuego de la zarza y devore a los cedros del Líbano".

Si os habéis portado hoy sincera y lealmente con Yerubaal y su familia, celebradlo con Abimelec y que él lo celebre con vosotros; pero, si no es así, ¡salga de Abimelec fuego que devore a los de Siquén y a los de Terraplén; salga fuego de los de Siquén y de los de Terraplén que devore a Abimelec!»

 

RESPONSORIO Jc 8, 23; Ap 5, 13
 
R./ No seré yo quien reine sobre vosotros, ni mi hijo: * el Señor será vuestro rey.
V./ Al que se sienta en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos.
R./ El Señor será vuestro rey.
 


SEGUNDA LECTURA

San Cipriano de Cartago, Tratado sobre el Padrenuestro (13-14: CSEL 3, 275-277)

Venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad

Prosigue la oración que comentamos: Venga a nosotros tu reino. Pedimos que se haga presente en nosotros el reino de Dios, del mismo modo que suplicamos que su nombre sea santificado en nosotros. Porque no hay un solo momento en que Dios deje de reinar, ni puede empezar lo que siempre ha sido y nunca dejará de ser. Pedimos a Dios que venga a nosotros nuestro reino que tenemos prometido, el que Cristo nos ganó con su sangre y su pasión, para que nosotros, que antes servimos al mundo, tengamos después parte en el reino de Cristo, como él nos ha prometido, con aquellas palabras: Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo.

También podemos entender, hermanos muy amados, este reino de Dios, cuya venida deseamos cada día, en el sentido de la misma persona de Cristo, cuyo próximo advenimiento es también objeto de nuestros deseos. El es la resurrección, ya que en él resucitaremos, y por eso podemos identificar el reino de Dios con su persona, ya que en él hemos de reinar. Con razón, pues, pedimos el reino de Dios, esto es, el reino celestial, porque existe también un reino terrestre. Pero el que ya ha renunciado al mundo está por encima de los honores del reino de este mundo.

Pedimos a continuación: Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo, no en el sentido de que Dios haga lo que quiera, sino de que nosotros seamos capaces de hacer lo que Dios quiere. ¿Quién, en efecto, puede impedir que Dios haga lo que quiere? Pero a nosotros sí que el diablo puede impedirnos nuestra total sumisión a Dios en sentimientos y acciones; por esto pedimos que se haga en nosotros la voluntad de Dios, y para ello necesitamos de la voluntad de Dios, es decir, de su protección y ayuda, ya que nadie puede confiar en sus propias fuerzas, sino que la seguridad nos viene de la benignidad y misericordia divinas. Además, el Señor, dando pruebas de la debilidad humana, que él había asumido, dice: Padre mío, si es posible, que pase y se aleje de mí este cáliz, y, para dar ejemplo a sus discípulos de que hay que anteponer la voluntad de Dios a la propia, añade: Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres. Y en otro lugar dice: He bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Y si el Hijo ha obedecido y ha hecho la voluntad del Padre, ¡cuánto más el siervo debe obedecer y hacer la voluntad del Señor!

 

RESPONSORIO Ap 22, 12; Jer 17, 10
 
R./ Mira, vengo pronto * y traigo mi recompensa conmigo para pagar a cada uno según sus obras.
V./ Yo, el Señor, sondeo el corazón y examino las entrañas.
R./ Y traigo mi recompensa conmigo para pagar a cada uno según sus obras.

 
ORACIÓN
 
Oh Dios, fuerza de los que en ti esperan, escucha nuestras súplicas y, puesto que el hombre es frágil y sin ti nada puede, concédenos la ayuda de tu gracia, para observar tus mandamientos y agradarte con nuestros deseos y acciones. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
 



SÁBADO

PRIMERA LECTURA

Del libro de los Jueces 11, 1-9.29-40

Voto y victoria de Jefté

Jefté, el galaadita, era todo un guerrero, hijo de Galaad y de una prostituta. Galaad tuvo otros hijos de su esposa legítima, y cuando llegaron a la mayoría de edad, echaron de casa a Jefté, diciéndole:

—Tú no puedes heredar en la casa de nuestro padre, porque eres hijo de una mujer extraña.

Jefté marchó lejos de sus hermanos y se estableció en el país de Tob. Se le juntaron unos cuantos desocupados que hacían incursiones bajo su mando.

Algún tiempo después, los amonitas declararon la guerra a Israel. Los concejales de Galaad fueron al país de Tob a buscar a Jefté, suplicándole:

—Ven a ser nuestro caudillo en la guerra contra los amonitas.

Pero Jefté les respondió:

—Vosotros, que por odio me echasteis de casa, ¿por qué venís a mí ahora que os veis en aprieto?

Los concejales de Galaad le contestaron:

—Así es. Ahora nos dirigimos a ti para que vengas con nosotros a luchar contra los amonitas. Serás nuestro jefe, de todos los que estamos en Galaad.

Jefté les dijo:

—¿De modo que me llamáis para luchar contra los amonitas? Pues si el Señor me los entrega, seré vuestro jefe.

El espíritu del Señor vino sobre Jefté. Jefté atravesó Galaad y Manasés, pasó a Atalaya de Galaad, de allí marchó contra los amonitas e hizo un voto al Señor:

—Si entregas a los amonitas en mi poder, el primero que salga a recibirme a la puerta de mi casa, cuando vuelva victorioso de la campaña contra los amonitas, será para el Señor, y lo ofreceré en holocausto.

Luego marchó a la guerra contra los amonitas. El Señor se los entregó: los derrotó desde Aroer hasta la entrada de Minit (veinte pueblos) y hasta Pradoviñas. Fue una gran derrota, y los amonitas quedaron sujetos a Israel.

Jefté volvió a su casa de Atalaya. Y fue precisamente su hija quien salió a recibirlo, con panderos y danzas; su hija única, pues Jefté no tenía más hijos o hijas. En cuanto la vio, se rasgó la túnica gritando:

—¡Ay, hija mía, qué desdichado soy! Tú eres mi desdicha, porque hice una promesa al Señor y no puedo volverme atrás.

Ella le dijo:

—Padre, si hiciste una promesa al Señor, cumple lo que prometiste, ya que el Señor te ha permitido vengarte de tus enemigos.

Y le pidió a su padre:

—Dame este permiso: déjame andar dos meses por los montes, llorando con mis amigas, porque quedaré virgen. Su padre le dijo:

—Vete.

Y la dejó marchar dos meses, y anduvo con sus amigas por los montes, llorando porque iba a quedar virgen.

Acabado el plazo de los dos meses, volvió a casa, y su padre cumplió con ella el voto que había hecho. La muchacha era virgen.

Así empezó en Israel la costumbre de que todos los años vayan las chicas israelitas a cantar elegías durante cuatro días a la hija de Jefté, el galaadita.

 

RESPONSORIO Qo 5, 1.3; Sir 37, 15
 
R./ No tengas prisa en hablar ni tomes decisiones precipitadas. Dios está en el cielo y tú en la tierra: sean contadas tus palabras. * Si haces una promesa a Dios, no tardes en cumplirla, pues Dios no se complace en las promesas necias.
V./ Sobre todo, suplica al Altísimo, para que dirija tus pasos en la verdad.
R./ Si haces una promesa a Dios, no tardes en cumplirla, pues Dios no se complace en las promesas necias.
 


SEGUNDA LECTURA

San Cipriano de Cartago, Tratado sobre el Padrenuestro (15-16: CSEL 3, 277-279)

No anteponer nada a Cristo

La voluntad de Dios es la que Cristo cumplió y enseñó. La humildad en la conducta, la firmeza en la fe, el respeto en las palabras, la rectitud en las acciones, la misericordia en las obras, la moderación en las costumbres, el no hacer agravio a los demás y tolerar los que nos hacen a nosotros, el conservar la paz con nuestros hermanos; el amar al Señor de todo corazón, amarlo en cuanto Padre, temerlo en cuanto Dios; el no anteponer nada a Cristo, ya que él nada antepuso a nosotros; el mantenernos inseparablemente unidos a su amor, el estar junto a la cruz con fortaleza y confianza; y, cuando está en juego su nombre y su honor, el mostrar en nuestras palabras la constancia de la fe que profesamos; en los tormentos, la confianza con que luchamos, y en la muerte, la paciencia que nos obtiene la corona.

Esto es querer ser coherederos de Cristo, esto es cumplir el precepto de Dios y la voluntad del Padre.

Pedimos que se haga la voluntad de Dios en el cielo y en la tierra: ambas cosas pertenecen a la consumación de nuestra incolumidad y salvación. Pues al tener un cuerpo terreno y un espíritu celeste, somos al mismo tiempo cielo y tierra, y, en ambos, esto es, en el cuerpo y en el espíritu, pedimos que se haga la voluntad de Dios. Pues existe guerra declarada entre la carne y el espíritu y un antagonismo diario entre los dos contendientes, de suerte que no hacemos lo que queremos: porque mientras el espíritu desea lo celestial y divino, la carne se siente arrastrada por lo terreno y temporal. Por eso pedimos que, con la ayuda y el auxilio divino, reine la concordia entre los dos sectores en conflicto, de modo que al hacerse la voluntad de Dios tanto en el espíritu como en la carne, pueda salvarse el alma renacida por él en el bautismo.

Es lo que abierta y manifiestamente declara el apóstol Pablo, diciendo: La carne desea contra el espíritu, y el espíritu contra la carne. Hay entre ellos un antagonismo tal que no hacéis lo que quisierais. Las obras de la carne están patentes: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, contiendas, celos, rencores, rivalidades, partidismos, sectarismos, envidias, borracheras, orgías y cosas por el estilo. Los que así obran no heredarán el reino de Dios. En cambio, el fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad amabilidad, dominio de sí.

Por lo cual, con oración cotidiana y hasta continua, hemos de pedir que en el cielo y en la tierra se cumpla la voluntad de Dios sobre nosotros. Porque ésta es la voluntad de Dios: que lo terreno ceda el paso a lo celestial y que prevalezca lo espiritual y lo divino.

 

RESPONSORIO Mt 7, 21; Mc 3, 35
 
R./ Quien hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, * entrará en el reino de los cielos.
V./ Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.
R./ Entrará en el reino de los cielos.

 
ORACIÓN
 
Oh Dios, fuerza de los que en ti esperan, escucha nuestras súplicas y, puesto que el hombre es frágil y sin ti nada puede, concédenos la ayuda de tu gracia, para observar tus mandamientos y agradarte con nuestros deseos y acciones. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

 


DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

Del libro de los Jueces 13, 1-25

Anuncio del nacimiento de Sansón

En aquellos días, los israelitas volvieron a hacer lo que el Señor reprueba, y el Señor los entregó a los filisteos por cuarenta años.

Había en Sorá un hombre de la tribu de Dan, llamado Manoj. Su mujer era estéril y no había tenido hijos. El ángel del Señor se apareció a la mujer y le dijo:

«Eres estéril y no has tenido hijos. Pero concebirás y darás a luz un hijo; ten cuidado de no beber vino ni licor, ni comer nada impuro, porque concebirás y darás a luz un hijo. No pasará la navaja por su cabeza, porque el niño estará consagrado a Dios desde antes de nacer. El empezará a salvar a Israel de los filisteos».

La mujer fue a decirle a su marido:

«Me ha visitado un hombre de Dios que, por su aspecto terrible, parecía un mensajero divino; pero no le pregunté de dónde era, ni él me dijo su nombre. Sólo me dijo: "Concebirás y darás a luz un hijo; ten cuidado de no beber vino ni licor, ni comer nada impuro, porque el niño estará consagrado a Dios desde antes de nacer hasta el día de su muerte"».

Manoj oró así al Señor:

«Perdón, Señor; que vuelva ese hombre de Dios que enviaste y nos indique lo que hemos de hacer con el niño una vez nacido».

Dios escuchó la oración de Manoj, y el ángel de Dios volvió a aparecerse a la mujer mientras estaba en el campo, y su marido no estaba con ella. La mujer corrió en seguida a avisar a su marido:

«Se me ha aparecido aquel hombre que me visitó el otro día».

Manoj siguió a su mujer, fue hacia el hombre y le preguntó:

«¿Eres tú el que habló con esta mujer?»

El respondió:

«Sí».

Manoj insistió:

«Y una vez que se realice tu promesa, ¿qué vida debe llevar el niño y qué tiene que hacer?»

El ángel del Señor respondió:

«Que se abstenga de todo lo que le prohibí a tu mujer: que no tome mosto, que no beba vino ni licores, ni coma cosa impura; que lleve la vida que dispuse».

Manoj dijo al ángel del Señor:

«No te marches, y te preparamos un cabrito».

Pero el ángel del Señor le dijo:

«Aunque me hagas quedar, no probaré tu comida. Si quieres ofrecer un sacrificio al Señor, hazlo».

Manoj no había caído en la cuenta de que era el ángel del Señor. Manoj le preguntó:

«¿Cómo te llamas, para que cuando se cumpla tu promesa te hagamos un obsequio?»

El ángel del Señor contestó:

«¿Por qué me preguntas mi nombre? Es Misterioso».

Manoj tomó el cabrito y la ofrenda, y ofreció sobre la peña un sacrificio al Señor Misterioso. Al subir la llama del altar hacia el cielo, el ángel del Señor subió también en la llama, ante Manoj y su mujer, que cayeron rostro a tierra. El ángel del Señor ya no se les apareció más. Mano) cayó en la cuenta de que aquél era el ángel del Señor, y comentó con su mujer:

«¡Vamos a morir, porque hemos visto a Dios!» Pero su mujer repuso:

«Si el Señor hubiera querido matarnos no habría aceptado nuestro sacrificio y nuestra ofrenda, no nos habría mostrado todo esto ni nos habría comunicado una cosa así».

La mujer de Manoj dio a luz un hijo y le puso de nombre Sansón. El niño creció y el Señor lo bendijo. Y el espíritu del Señor comenzó a agitarlo en Castrodán, entre Sorá y Estaol.

 

RESPONSORIO                    Lc 1, 13. 15; Jc 13, 3. 5
 
R./ El ángel dijo a Zacarías: «Tu mujer te dará a luz un hijo, al que pondrás el nombre de Juan; no beberá vino ni licor, y estará lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre, * porque el niño será nazir de Dios.»
V./ El ángel del Señor se apareció a la esposa de Manóaj y le dijo: «Vas a concebir y a dar a luz un hijo; no pasará la navaja por su cabeza.»
R./ Porque el niño será nazir de Dios.
 


SEGUNDA LECTURA

San Cipriano de Cartago, Tratado sobre el Padrenuestro (17-18: CSEL 3, 279-281)

Pedimos de modo que nuestra oración recabe
la salvación de todos

Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo. Esta petición, hermanos muy amados, puede también entenderse de esta manera: puesto que el Señor nos manda y amonesta amar incluso a los enemigos y rezar hasta por los que nos persiguen, pidamos asimismo por los que todavía son tierra y aún no han comenzado a ser celestiales, a fin de que también sobre ellos se cumpla la voluntad de Dios, voluntad que Cristo cumplió a la perfección, salvando y rescatando al hombre.

Porque si los discípulos ya no son llamados por él tierra, sino sal de la tierra, y el Apóstol dice que el primer hombre salió del polvo de la tierra y que el segundo procede del cielo, con razón nosotros, que estamos llamados a ser semejantes a nuestro Padre-Dios, que hace salir su sol sobre buenos y malos y manda la lluvia a justos e injustos, siguiendo los consejos de Cristo, oramos y pedimos de manera que nuestra oración recabe la salvación de todos, para que así como en el cielo, esto es, en nosotros, por medio de nuestra fe, se ha cumplido la voluntad de Dios de que seamos seres celestiales, así también en la tierra, es decir, en los que se niegan a creer, se haga la voluntad de Dios, para que quienes son todavía terrenos en fuerza de su primer nacimiento, empiecen a ser celestiales por el nacimiento del agua y del Espíritu.

Continuamos la oración y decimos: El pan nuestro de cada día dánosle hoy. Esto puede entenderse en sentido espiritual o literal, pues de ambas maneras aprovecha a nuestra salvación. En efecto, el pan de vida es Cristo, y este pan no es sólo de todos en general, sino también nuestro en particular. Porque, del mismo modo que decimos: Padre nuestro, en cuanto que es Padre de los que lo conocen y creen en él, de la misma manera decimos: El pan nuestro, ya que Cristo es el pan de los que entramos en contacto con su cuerpo.

Pedimos que se nos dé cada día este pan, a fin de que los que vivimos en Cristo y recibimos cada día su eucaristía como alimento saludable, no nos veamos privados, por alguna falta grave, de la comunión del pan celestial y quedemos separados del cuerpo de Cristo, ya que él mismo nos enseña: Yo soy el pan de vida que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.

Por lo tanto, si él afirma que los que coman de este pan vivirán para siempre, es evidente que los que entran en contacto con su cuerpo y participan rectamente de la eucaristía poseen la vida; por el contrario, es de temer, y hay que rogar que no suceda así, que aquellos que se privan de la unión con el cuerpo de Cristo queden también privados de la salvación, pues el mismo Señor nos conmina con estas palabras: Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros, Por eso pedimos que nos sea dado cada día nuestro pan, es decir, Cristo, para que todos los que vivimos y permanecemos en Cristo no nos apartemos de su cuerpo que nos santifica.
 

RESPONSORIO                    Sal 36, 4.3
 
R. Sea el Señor tu delicia, * y él te dará lo que pide tu corazón.
V./ Confía en el Señor y haz el bien, habita tu tierra y sé leal.
R. Y él te dará lo que pide tu corazón.

 
ORACIÓN
 
Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás dejas de dirigir a quienes estableces en el sólido fundamento de tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

Del libro de los Jueces

Perfidia de Dalila y muerte de Sansón

En aquellos días se enamoró Sansón de una mujer de, Vallesorec, llamada Dalila. Los príncipes filisteos fueron a visitarla y le dijeron:

«Sedúcelo y averigua en qué está su gran fuerza y cómo nos apoderaríamos de él para sujetarlo y domarlo. Te daremos cada uno mil cien siclos de plata».

Dalila le dijo a Sansón:

«Anda, dime el secreto de tu gran fuerza, y cómo se te podría sujetar y domar».

Y como lo importunaba con sus quejas día tras día hasta marearlo, Sansón, ya desesperado, le dijo su secreto:

«Nunca ha pasado la navaja por mi cabeza, porque estoy consagrado a Dios desde antes de nacer. Si me corto el pelo, perderé la fuerza, me quedaré débil y seré como uno cualquiera».

Dalila se dio cuenta de que le había dicho su secreto, y mandó llamar a los príncipes filisteos:

«Venid ahora, que me ha dicho su secreto».

Los príncipes fueron allá, con el dinero. Dalila dejó que Sansón se durmiera en sus rodillas, y entonces llamó a un hombre, que cortó las siete guedejas de la cabeza de Sansón, y Sansón empezó a debilitarse, su fuerza desapareció. Dalila gritó:

«¡Sansón, los filisteos!»

El despertó y se dijo:

«Saldré como otras veces y me los sacudiré de encima», sin saber que el Señor lo había abandonado.

Los filisteos lo agarraron, le vaciaron los ojos y lo bajaron a Gaza; lo ataron con cadenas y lo tenían moliendo grano en la cárcel. Pero el pelo de la cabeza le empezó a crecer después de cortado.

Los príncipes filisteos se reunieron para tener un gran banquete en honor de su dios Dagón y hacer fiesta. Cantaban:

«Nuestro dios nos ha entregado a Sansón, nuestro enemigo».

Cuando ya estaban alegres, dijeron:

«Sacad a Sansón, que nos divierta».

Sacaron a Sansón de la cárcel, y bailaba en su presencia. Luego lo plantaron entre las columnas. La gente, al verlo, alabó a su dios:

«Nuestro dios nos ha entregado a Sansón, nuestro enemigo, que asolaba nuestros campos y aumentaba nuestros muertos».

Sansón rogó al lazarillo:

«Déjame tocar las columnas que sostienen el edificio, para apoyarme en ellas».

La sala estaba repleta de hombres y mujeres; estaban allí todos los príncipes filisteos, y en la galería había unos tres mil trescientos hombres y mujeres, viendo bailar a Sansón. El gritó al Señor:

«¡Señor, acuérdate de mí! Dame la fuerza, al menos esta vez, para poder vengar en los filisteos, de un sólo golpe, la pérdida de los ojos».

Palpó las dos columnas centrales, apoyó las manos contra ellas, la derecha sobre una y la izquierda sobre la otra, y al grito de «¡A morir con los filisteos!», abrió los brazos con fuerza, y el edificio se derrumbó sobre los príncipes y sobre la gente que estaba allí. Los que mató Sansón al morir fueron más que los que mató en vida.

Luego bajaron sus parientes y toda su familia, recogieron el cadáver y lo llevaron a enterrar entre Sorá y Estaol, en la sepultura de su padre Manoj. Sansón había gobernado a Israel veinte años.

 

RESPONSORIO                    Sal 42, 1; 30, 4; Jue 16, 28
 
R./ Hazme justicia, oh Dios, defiende mi causa contra gente sin piedad * Tú eres mi roca y mi fortaleza.
V./ Señor, dígnate acordarte de mí, hazme fuerte.
R./ Tú eres mi roca y mi fortaleza.
 


SEGUNDA LECTURA

San Cipriano de Cartago, Tratado sobre el Padrenuestro (19-20: CSEL 3, 281-282)

No os agobiéis por el mañana

El pan nuestro de cada día dánosle hoy. Puede también interpretarse de esta manera: nosotros que hemos renunciado al mundo y que, fiados en la gracia espiritual, hemos despreciado sus riquezas y pompas, debemos solamente pedir para nosotros el alimento y el sustento. Nos lo advierte el Señor con estas palabras: El que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío. Y el que ha comenzado a ser discípulo de Cristo renunciando a todo, secundando la voz de su maestro, debe pedir el pan de cada día, sin extender al mañana los deseos de su petición, de acuerdo con la prescripción del Señor, que nuevamente nos dice: No os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos. Con razón, pues, el discípulo de Cristo pide para sí el cotidiano sustento, él a quien le está prohibido agobiarse por el mañana, pues sería pecar de contradicción e incongruencia solicitar una larga permanencia en este mundo, nosotros que pedimos la acelerada venida del reino de Dios.

El Señor nos enseña que las riquezas no sólo son despreciables, sino incluso peligrosas, que en ellas está la raíz de los vicios que seducen y despistan la ceguera de la mente humana con solapada decepción. Por eso reprende Dios a aquel rico necio que sólo pensaba en las riquezas de este mundo y se jactaba de su gran cosecha, diciendo: Esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será? Se regodeaba el necio en su opulencia, él que moriría aquella noche; y él, a quien la vida se le estaba escapando, pensaba en la abundante cosecha.

En cambio, el Señor declara que es perfecto y consumado el que, vendiendo todo lo que tiene, lo distribuye entre los pobres, y abre una cuenta corriente en el cielo. Dice que es digno de seguirle y de imitar la gloria de la pasión del Señor, quien, expedito y ceñido, no se deja enredar en los lazos del patrimonio familiar, sino que, desembarazado y libre, sigue él mismo tras los tesoros que previamente había enviado al Señor.

Para que todos y cada uno de nosotros podamos disponernos a un tal desprendimiento, nos enseña a orar de este modo y a conocer, por el tenor de la oración, las cualidades que la oración debe revestir.

 

RESPONSORIO                    Mt 6, 31.32-33
 
R./ No os afanéis diciendo: ¿Qué comeremos? ¿Qué beberemos? ¿Con qué nos vestiremos? * Vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todo eso.
V./ Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.
R./ Vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todo eso.
 
ORACIÓN
 
Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás dejas de dirigir a quienes estableces en el sólido fundamento de tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



MARTES


PRIMERA LECTURA

Comienza el primer libro de Samuel 1, 1-19

Esterilidad y oración de Ana

Había un hombre sufita, oriundo de Ramá, en la serranía de Efraín, llamado Elcaná, hijo de Yeroján, hijo de Elihú, hijo de Toju, hijo de Suf, efraimita. Tenía dos mujeres: una se llamaba Ana y la otra Feniná. Feniná tenía hijos y Ana no los tenía. Aquel hombre solía subir todos los años desde su pueblo para adorar y ofrecer sacrificios al Señor de los ejércitos en Siló, donde estaban de sacerdotes del Señor los dos hijos de Elí: Jofní y Fineés.

Llegado el día de ofrecer el sacrificio, repartía raciones a su mujer Feniná para sus hijos e hijas, mientras que a Ana le daba sólo una ración, y eso que la quería, pero el Señor la había hecho estéril. Su rival la insultaba ensañándose con ella para mortificarla, porque el Señor la había hecho estéril. Así hacía año tras año; siempre que subían al templo del Señor, solía insultarla así. Una vez Ana lloraba y no comía. Y Elcaná, su marido, le dijo:

—Ana, ¿por qué lloras y no comes? ¿Por qué te afliges? ¿No te valgo yo más que diez hijos?

Entonces, después de la comida en Siló, mientras el sacerdote Elí estaba sentado en su silla, junto a la puerta del templo del Señor, Ana se levantó y, desconsolada, rezó al Señor, deshaciéndose en lágrimas, e hizo este voto:

—Señor de los ejércitos, si te dignas mirar la aflicción de tu esclava, si te acuerdas de mí y no me olvidas, si concedes a tu esclava un hijo varón, se lo ofreceré al Señor para toda la vida y la navaja no pasará por su cabeza.

Mientras repetía su oración al Señor, Elí la observaba. Ana hablaba para sus adentros: movía los labios, sin que se oyera su voz. Elí, creyendo que estaba borracha, le dijo:

—¿Hasta cuándo vas a seguir borracha? Devuelve el vino que has bebido.

Ana respondió:

—No es eso, señor; no he bebido vino ni licores; lo que pasa es que estoy afligida y me desahogo con el Señor. No me tengas por una mujer perdida, que hasta ahora he hablado movida por mi desazón y pesadumbre.

Entonces dijo Elí:

—Vete en paz. Que el Señor de Israel te conceda lo que le has pedido.

Y ella respondió:

—Que tu sierva halle gracia ante ti.

La mujer se marchó, comió y se transformó su semblante. A la mañana siguiente madrugaron, adoraron al Señor y se volvieron. Llegados a Ramá, Elcaná se unió a su mujer Ana, y el Señor se acordó de ella.

 

RESPONSORIO                    1 Sam 1, 11; Sal 112, 9
 
R./ Señor de los ejércitos, si te fijas en la humillación de tu sierva y te acuerdas de mí, y le das a tu sierva un hijo varón, * se lo entrego al Señor de por vida.
V./ El Señor da a la estéril un puesto en la casa, como madre feliz de hijos.
R./ Se lo entrego al Señor de por vida.
 


SEGUNDA LECTURA

San Cipriano de Cartago, Tratado sobre el Padrenuestro (22-23: CSEL 3, 283-285)

Después del alimento, pedimos el perdón de los pecados

Después de esto, pedimos también por nuestros pecados, diciendo: Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Después del alimento, pedimos el perdón de los pecados, para que quien es alimentado por Dios viva en Dios, y no se preocupe únicamente de la vida presente y temporal, sino también de la eterna, a la que sólo puede llegarse si se perdonan los pecados, a los que el Señor llama deudas, como él mismo dice en su evangelio: Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste.

Esta petición nos es muy conveniente y provechosa, porque ella nos recuerda que somos pecadores, ya que, al exhortarnos el Señor a pedir perdón de los pecados, despierta con ellos nuestra conciencia. Al mandarnos que pidamos cada día el perdón de nuestros pecados, nos enseña que cada día pecamos, y así nadie puede vanagloriarse de su inocencia ni sucumbir al orgullo.

Es lo mismo que nos advierte Juan en su carta, cuando dice: Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y no somos sinceros. Pero si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados. Dos cosas nos enseña en esta carta: que hemos de pedir el perdón de nuestros pecados, y que esta oración nos alcanza el perdón. Por esto, dice que el Señor es fiel, porque él nos ha prometido el perdón de los pecados y no puede faltar a su palabra, ya que, al enseñarnos a pedir que sean perdonadas nuestras ofensas y pecados, nos ha prometido su misericordia paternal y, en consecuencia, su perdón.

El Señor añade una condición necesaria e ineludible, que es, a la vez, un mandato y una promesa, esto es, que pidamos el perdón de nuestras ofensas en la medida en que nosotros perdonamos a los que nos ofenden, para que sepamos que es imposible alcanzar el perdón que pedimos de nuestros pecados si nosotros no actuamos de modo semejante con los que nos han hecho alguna ofensa. Por ello, dice también en otro lugar: La medida que uséis, la usarán con vosotros. Y aquel siervo del evangelio, a quien su amo había perdonado toda la deuda y que no quiso luego perdonarla a su compañero, fue arrojado a la cárcel. Por no haber querido ser indulgente con su compañero, perdió la indulgencia que había conseguido de su amo.

Y vuelve Cristo a inculcarnos esto mismo, todavía con más fuerza y energía, cuando nos manda severamente: Cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra todos, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas. Pero, si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre celestial perdonará vuestros pecados. Ninguna excusa tendrás en el día del juicio, ya que serás juzgado según tu propia sentencia y serás tratado conforme a lo que tú hayas hecho.

Dios quiere que seamos pacíficos y concordes y que habitemos unánimes en su casa, y que perseveremos en nuestra condición de renacidos a una vida nueva, de tal modo que los que somos hijos de Dios permanezcamos en la paz de Dios, y los que tenemos un solo espíritu tengamos también un solo pensar y un mismo sentir. Por esto, Dios tampoco acepta el sacrificio del que no está en concordia con alguien, y le manda que se retire del altar y vaya primero a reconciliarse con su hermano; una vez que se haya puesto en paz con él, podrá también reconciliarse con Dios en sus plegarias. El sacrificio más importante a los ojos de Dios es nuestra paz y concordia fraterna y un pueblo cuya unión sea un reflejo de la unidad que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

 

RESPONSORIO                    Sal 30, 2.4; 24, 18
 
R./ En ti, Señor, me he refugiado, no quede yo confundido para siempre. Tú eres mi roca y mi fortaleza: * me guías y diriges por tu nombre.
V./ Mira mis penas y mis trabajos, perdona todos mis pecados
R./ Me guías y diriges por tu nombre.

 
ORACIÓN
 
Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás dejas de dirigir a quienes estableces en el sólido fundamento de tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

Del libro primero de Samuel 1, 20-28; 2, 11-21

Nacimiento y consagración de Samuel

Ana concibió, dio a luz un hijo y le puso por nombre Samuel, diciendo:

—¡Al Señor se lo pedí!

Pasado un año, su marido, Elcaná, subió con toda la familia para hacer el sacrificio anual al Señor y cumplir la promesa. Ana se excusó para no subir, diciendo a su marido:

—Cuando destete al niño, entonces lo llevaré para presentárselo al Señor y que se quede allí para siempre. Su marido Elcaná, le respondió:

—Haz lo que te parezca mejor; quédate hasta que lo destetes. Y que el Señor te conceda cumplir tu promesa.

Ana se quedó en casa y crió a su hijo hasta que lo destetó. Entonces subió con él a la casa del Señor en Siló, y llevó también un toro de tres años, una fanega de harina y un pellejo de vino. El muchacho era pequeño. Mataron el toro y presentaron el niño a Elí. Ana dijo:

—Señor mío, por tu vida, yo soy la mujer que estuvo aquí en pie junto a ti, suplicando al Señor. Por este niño suplicaba y el Señor me ha concedido lo que pedía; por eso yo también se lo cedo al Señor y quedará cedido al Señor mientras viva.

Y adoraron allí al Señor.

Ana volvió a su casa de Ramá, y el niño estaba al servicio del Señor, a las órdenes del sacerdote Elí. En cambio, los hijos de Elí eran unos desalmados: no respetaban al Señor ni las obligaciones de los sacerdotes con la gente. Cuando una persona ofrecía un sacrificio, mientras se guisaba la carne, venía el ayudante del sacerdote empuñando un tenedor, lo clavaba dentro de la olla, o caldero, o puchero, o barreño, y todo lo que enganchaba el tenedor se lo llevaba al sacerdote. Así hacían con todos los israelitas que acudían a Siló. Incluso antes de quemar la grasa, iba el ayudante del sacerdote y decía al que iba a ofrecer el sacrificio:

—Dame la carne para el asado del sacerdote. Tiene que ser cruda, no te aceptaré carne cocida.

Y si el otro respondía:

—Primero hay que quemar la grasa, luego puedes llevarte lo que se te antoje, le replicaba:

—No. O me lo das ahora o me la llevo por las malas.

Aquel pecado de los ayudantes era grave a juicio del Señor, porque desacreditaban las ofrendas al Señor.

Por su parte, Samuel seguía al servicio del Señor y llevaba puesto un roquete de lino. Su madre solía hacerle una sotana, y cada año se la llevaba cuando subía con su marido a ofrecer el sacrificio anual. Y Elí echaba la bendición a Elcaná y a su mujer:

—El Señor te dé un descendiente de esta mujer, en compensación por el préstamo que ella hizo al Señor. Luego se volvían a casa.

El Señor se cuidó de Ana, que concibió y dio a luz tres niños y dos niñas. El niño Samuel crecía en el templo del Señor.

 

RESPONSORIO                    1 Sam 2, 1.2; Lc 1, 46
 
R./ Mi corazón se regocija por el Señor, porque gozo con tu salvación. * No hay santo como el Señor, no hay roca como nuestro Dios.
V./ Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador.
R./ No hay santo como el Señor, no hay roca como nuestro Dios.
 


SEGUNDA LECTURA

San Cipriano de Cartago, Tratado sobre el Padrenuestro (24-25: CSEL 3, 285-286)

Que los que somos hijos de Dios permanezcamos en la paz de Dios

Además, en aquellos primeros sacrificios que ofrecieron Caín y Abel, lo que miraba Dios no era la ofrenda en sí, sino la intención del oferente, y por eso le agradó la ofrenda del que se la ofrecía con intención recta. Abel, el pacífico y justo, con su sacrificio irreprochable, enseñó a los demás que, cuando se acerquen al altar para hacer su ofrenda, deben hacerlo con temor de Dios, con rectitud de corazón, con sinceridad, con paz y concordia. En efecto, el justo Abel, cuyo sacrificio había reunido estas cualidades, se convirtió más tarde él mismo en sacrificio, y así, con su sangre gloriosa, por haber obtenido la justicia y la paz del Señor, fue el primero en mostrar lo que había de ser el martirio, que culminaría en la pasión del Señor. Aquellos que lo imitan, ésos serán coronados por el Señor, ésos serán reivindicados el día del juicio.

Por lo demás, los discordes, los disidentes, los que no están en paz con sus hermanos no se librarán del pecado de su discordia, aunque sufran la muerte por el nombre de Cristo, como lo atestiguan el Apóstol y otros lugares de la sagrada Escritura, pues está escrito: El que odia a su hermano es un homicida, y el homicida no puede alcanzar el reino de los cielos y vivir con Dios. No puede vivir con Cristo el que prefiere imitar a Judas y no a Cristo. ¿Qué clase de delito es este que no puede borrarse ni con el bautismo de la sangre?, ¿qué tipo de crimen es este que no puede expiarse ni con el martirio?

Nos advierte además el Señor lo necesario que es que en la oración digamos: Y no nos dejes caer en la tentación. Palabras con las que se nos da a entender que nada puede el adversario contra nosotros, si previamente no se lo permite Dios; de donde se deduce que todo nuestro temor, devoción y observancia han de orientarse hacia Dios, ya que nada puede el maligno en las tentaciones, sino lo que le fuere concedido.

 

RESPONSORIO                    Rom 14, 19; Sir 17, 12
 
R./ Busquemos, por tanto, lo que fomente la paz * para mutua edificación.
V./ Dios dio a cada uno preceptos hacia su prójimo.
R./ Para mutua edificación.

 
ORACIÓN
 
Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás dejas de dirigir a quienes estableces en el sólido fundamento de tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



JUEVES


PRIMERA LECTURA

Del libro primero de Samuel 2, 22-36

Condena de la familia de Elí

Elí era muy viejo. A veces oía cómo trataban sus hijos a todos los israelitas y que se acostaban con las mujeres que servían a la entrada de la tienda del encuentro. Y les decía:

—¿Por qué hacéis eso? La gente me cuenta lo mal que os portáis. No, hijos, no está bien lo que me cuentan; estáis escandalizando al pueblo del Señor. Si un hombre ofende a otro, Dios puede hacer de árbitro; pero si un hombre ofende al Señor, ¿quién intercederá por él?

Pero ellos no hacían caso de su padre, porque Dios había decidido que murieran.

En cambio, el niño Samuel iba creciendo, y lo apreciaban el Señor y los hombres.

Un profeta se presentó a Elí y le dijo:

—Así dice el Señor: «Yo me revelé a la familia de tu padre cuando eran todavía esclavos del Faraón en Egipto. Entre todas las tribus de Israel me lo elegí para que fuera sacerdote, subiera a mi altar, quemara mi incienso y llevara el efod en mi presencia, y concedí a la familia de tu padre participar en las oblaciones de los israelitas. ¿Por qué habéis tratado con desprecio mi altar y las ofrendas que mandé hacer en mi templo? ¿Por qué tienes más res-peto a tus hijos que a mí, cebándolos con las primicias de mi pueblo, Israel, ante mis ojos?

Por eso —oráculo del Señor, Dios de Israel—, aunque yo te prometí que tu familia y la familia de tu padre esta-rían siempre en mi presencia, ahora —oráculo del Señor— no será así. Porque yo honro a los que me honran y serán humillados los que me desprecian.

Mira, llegará un día en que arrancaré tus brotes y los de la familia de tu padre, y nadie llegará a viejo en tu familia.

Mirarás con envidia todo el bien que voy a hacer; nadie llegará a viejo en tu familia. Y si de a•alguno de los tuyos que sirva a mi altar, se le consumirán los ojos y se irá acabando; pero la mayor parte de tu familia morirá a espada de hombres. Será una señal para ti lo que les va a pasar a tus dos hijos, Jofní y Fineés: los dos morirán el mismo día.

Yo me nombraré un sacerdote fiel, que hará lo que yo quiero y deseo; le daré una familia estable y vivirá siempre en presencia de mi ungido. Y los que sobrevivan de tu familia vendrán a prosternarse ante él para mendigar algún dinero y una hogaza de pan, rogándole: Por favor, dame un empleo cualquiera como sacerdote, para poder comer un pedazo de pan».

 

RESPONSORIO                    Job 5, 17.18; Heb 12, 5
 
R./ Dichoso el mortal a quien Dios corrige: no rechaces la lección del Todopoderoso, * porque hiere y pone la venda, golpea y cura con su mano.
V./ No rechaces la corrección del Señor, ni te desanimes por su reprensión.
R./ Porque hiere y pone la venda, golpea y cura con su mano.
 


SEGUNDA LECTURA

San Cipriano de Cartago, Tratado sobre el Padrenuestro (26-27; CSEL 3, 286-287)

Velad y orad

Al demonio se le otorga poder contra nosotros con una doble finalidad: para nuestro castigo cuando pecamos, o para nuestra gloria cuando somos probados. Es lo que sucedió con Job según declaración del mismo Dios, que dice: Haz lo que quieras con sus cosas, pero a él no lo toques. Y en el evangelio leemos que el Señor dijo duran-te la pasión: No tendrías ninguna autoridad sobre mí si no te la hubieran dado de lo alto.

Cuando rogamos no caer en la tentación, al hacerlo se nos recuerda nuestra debilidad y nuestra fragilidad, para que nadie se vanaglorie insolentemente, para que ninguno se arrogue algo con soberbia o jactancia, para que a nadie se le ocurra apropiarse la gloria de la confesión o de la pasión, cuando el mismo Señor nos hace una llamada a la humildad, diciendo: Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu es decidido, pero la carne es débil. El simple y humilde reconocimiento de nuestra fragilidad nos impulsa a atribuir a Dios todo aquello que con amor y temor de Dios pedimos insistentemente y que él por su misericordia nos concede.

Después de todo esto, nos encontramos, al final de la oración, con una cláusula que engloba sintéticamente todas nuestras peticiones y todas nuestras súplicas. Al final de todo decimos: Mas líbranos del mal, fórmula en la que compendiamos todas las cosas adversas que, en este mundo, puede el enemigo maquinar contra nosotros. La única protección firme y estable contra todo esto es la ayuda de Dios: sólo él puede liberarnos prestando oído atento a nuestras implorantes súplicas. Después de haber dicho líbranos del mal, nada más nos queda ya por pedir: una vez solicitada la protección de Dios contra el mal y obtenida ésta, estamos seguros y a cubierto contra todas las maquinaciones del diablo y del mundo. ¿Quién, en efecto, podrá temer al mundo, teniendo en el mundo a Dios por defensor?

 

RESPONSORIO                    Ef 6, 10-11; cf. Job 7, 1
 
R./ Fortaleceos en el Señor con la fuerza de su poder. * Revestíos con la armadura de Dios, para que podáis resistir a las insidias del demonio.
V./ Una milicia es la vida del hombre sobre la tierra.
R./ Revestíos con la armadura de Dios, para que podáis resistir a las insidias del demonio.

 
ORACIÓN
 
Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás dejas de dirigir a quienes estableces en el sólido fundamento de tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



VIERNES


PRIMERA LECTURA

Del libro primero de Samuel 3, 1-21

Vocación de Samuel

El pequeño Samuel servía en el templo del Señor bajo la vigilancia de Elí. Por aquellos días las palabras del Señor eran raras y no eran frecuentes las visiones. Un día estaba Elí acostado en su habitación; se le iba apagando la vista y casi no podía ver. Aún ardía la lámpara de Dios, y Samuel estaba acostado en el templo del Señor, donde estaba el arca de Dios. El Señor llamó:

—¡Samuel, Samuel!

Y éste respondió:

—¡Aquí estoy!

Fue corriendo a donde estaba Elí, y le dijo:

—Aquí estoy; vengo porque me has llamado.

Respondió Elí:

—No te he llamado, vuelve a acostarte.

Samuel volvió a acostarse. Volvió a llamar el Señor a Samuel. El se levantó y fue a donde estaba Elí, y le dijo:

—Aquí estoy; vengo porque me has llamado.

Respondió Elí:

—No te he llamado, hijo mío; vuelve a acostarte. (Aún no conocía Samuel al Señor, pues no le había sido revelada la palabra del Señor).

Por tercera vez llamó el Señor a Samuel y él se fue a donde estaba Elí, y le dijo:

—Aquí estoy; vengo porque me has llamado.

Elí comprendió que era el Señor quien llamaba al muchacho, y dijo a Samuel:

—Anda, acuéstate; y si te llama alguien, responde: «Habla, Señor, que tu siervo te escucha».

Samuel fue y se acostó en su sitio. El Señor se presentó y lo llamó como antes:

—¡Samuel, Samuel!

El respondió:

—Habla, Señor, que tu siervo te escucha.

Y el Señor le dijo:

—Mira, voy a hacer una cosa en Israel, que a los que la oigan les retumbarán los oídos. Aquel día ejecutaré contra Elí y su familia todo lo que he anunciado sin que falte nada. Comunícale que condeno a su familia definitivamente, porque él sabía que sus hijos maldecían a Dios y no les reprendió. Por eso juro a la familia de Elí que jamás se expiará su pecado, ni con sacrificios ni con ofrendas.

Samuel siguió acostado hasta la mañana siguiente, y entonces abrió las puertas del santuario. No se atrevía a contarle a Elí la visión, pero Elí lo llamó:

—Samuel, hijo.

Respondió:

—Aquí estoy.

Elí le preguntó:

—¿Qué es lo que te ha dicho? No me lo ocultes. Que el Señor te castigue si me ocultas una palabra de todo lo que te ha dicho.

Entonces Samuel le contó todo, sin ocultarle nada. Elí comentó:

—¡Es el Señor! Que haga lo que le parezca bien.

Samuel crecía, Dios estaba con él, y ninguna de sus palabras dejó de cumplirse; y todo Israel, desde Dan hasta Berseba, supo que Samuel era profeta acreditado ante el Señor.

 

RESPONSORIO                    Sir 46, 13.15; Is 42, 1
 
R./ Samuel, favorito de su Creador, consagrado como profeta del Señor, nombró un rey y ungió príncipes sobre el pueblo. * Por su fidelidad, se acreditó como profeta; por sus oráculos, fue reconocido fiel vidente.
V./ Mirad a mi siervo, a quien sostengo, mi elegido en quien tengo mis complacencias.
R./ Por su fidelidad, se acreditó como profeta; por sus oráculos, fue reconocido fiel vidente.
 


SEGUNDA LECTURA

San Cipriano de Cartago, Tratado sobre el Padrenuestro (28-29: CSEL 3, 287-288)

Hay que orar no sólo con palabras, sino también
con los hechos

No es de extrañar, queridos hermanos, que la oración que nos enseñó Dios con su magisterio resuma todas nuestras peticiones en tan breves y saludables palabras. Esto ya había sido predicho anticipadamente por el profeta Isaías, cuando, lleno de Espíritu Santo, habló de la piedad y la majestad de Dios, diciendo: Palabra que acaba y abrevia en justicia, porque Dios abreviará su palabra en todo el orbe de la tierra.

En efecto, cuando vino aquel que es la Palabra de Dios en persona, nuestro Señor Jesucristo, para reunir a todos, sabios e ignorantes, y para enseñar a todos, sin distinción de sexo o edad, el camino de salvación, quiso resumir en un sublime compendio todas sus enseñanzas, para no sobrecargar la memoria de los que aprendían su doctrina celestial y para que aprendiesen con facilidad lo elemental de la fe cristiana.

Y así, al enseñar en qué consiste la vida eterna, nos resumió el misterio de esta vida en estas palabras breves y llenas de divina grandiosidad: Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo.

Además, Dios nos enseñó a orar no sólo con palabras, sino también con los hechos, ya que él oraba con frecuencia, mostrando, con el testimonio de su ejemplo, cuál hade ser nuestra conducta en este aspecto. Leemos, en efecto: Jesús solía retirarse a despoblado para orar. Y también: Subió a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios. Y si oraba él que no tenía pecado, ¿cuánto más no deben orar los pecadores? Y si él pasaba la noche entera velan-do en continua oración, ¿cuánto más debemos velar nos-otros, por la noche, en frecuente oración?

 

RESPONSORIO                    Sal 24, 1-2.5
 
R./ A ti, Señor, levanto mi alma, * en ti confío, Señor, ¡no triunfen mis  enemigos de mí!
V./ Guíame en tu verdad y enséñame, porque tú eres el Dios que me salva, en ti espero todo el día.
R./ En ti confío, Señor, ¡no triunfen mis  enemigos de mí!

 
ORACIÓN
 
Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás dejas de dirigir a quienes estableces en el sólido fundamento de tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
 



SÁBADO

PRIMERA LECTURA

Del libro primero de Samuel 4, 1-18

Captura del arca de Dios y muerte de Elí

La palabra de Samuel se escuchaba en todo Israel.

Por entonces se reunieron los filisteos para atacar a Israel. Los israelitas salieron a enfrentarse con ellos y acamparon junto a Piedrayuda, mientras que los filisteos acampaban en El Cerco. Los filisteos formaron en orden de bátalla frente a Israel. Entablada la lucha, Israel fue derrotado por los filisteos; de sus filas murieron en el campo unos cuatro mil hombres. La tropa volvió al campamento, y los ancianos de Israel deliberaron:

—¿Por qué el Señor nos ha hecho sufrir hoy una derrota a manos de los filisteos? Vamos a Siló, a traer el arca de la alianza del Señor, para que esté con nosotros y nos salve del poder del enemigo.

Mandaron gente a Siló, a por el arca de la alianza del Señor de los ejércitos, entronizado sobre querubines. Los dos hijos de Elí, Jofní y Fineés, fueron con el arca de la alianza de Dios. Cuando el arca de la alianza del Señor llegó al campamento, todo Israel lanzó a pleno pulmón el alarido de guerra, y la tierra retembló. Al oír los filisteos el estruendo del alarido de guerra, se preguntaron:

—¿Qué significa ese alarido que retumba en el campa-mento hebreo?

Entonces se enteraron de que el arca del Señor había llegado al campamento y, muertos de miedo, decían:

—¡Ha llegado su Dios al campamento! ¡Ay de nosotros! Es la primera vez que nos pasa esto. ¡Ay de nosotros! ¿Quién nos librará de la mano de esos dioses poderosos, los dioses que hirieron a Egipto con toda clase de calamidades y epidemias? ¡Valor, filisteos! . Sed hombres, y no seréis esclavos de los hebreos, como lo han sido ellos de nosotros. ¡Sed hombres, y al ataque!

Los filisteos se lanzaron a la lucha y derrotaron a los israelitas, que huyeron a la desbandada. Fue una derrota tremenda: cayeron treinta mil de la infantería israelita. El arca de Dios fue capturada y ~ los dos hijos de Elí, Jofní y Fineés, murieron.

Un benjaminita salió corriendo de las filas y llegó a Siló aquel mismo día, con la ropa hecha jirones y polvo en la cabeza. Cuando llegó, allí estaba Elí, sentado en su silla, junto a la puerta, oteando con ansia el camino porque temblaba por el arca de Dios. Aquel hombre entró por el pueblo dando la noticia, y toda la población se puso a gritar. Elí oyó el griterío y preguntó:

—¿Qué alboroto es ése?

Mientras tanto, el hombre corría a dar la noticia a Elí. Elí había cumplido noventa y ocho años; tenía los ojos inmóviles, sin poder ver. El fugitivo le dijo:

—Soy el hombre que ha llegado del frente.

Elí preguntó:

—¿Qué ha ocurrido, hijo?

El mensajero respondió:

—Israel ha huido ante los filisteos, ha sido una gran derrota para nuestro ejército; tus dos hijos, Jofní y Fineés, han muerto, y el arca de Dios ha sido capturada.

En cuanto mentó el arca de Dios, Elí cayó de la silla hacia atrás, junto a la puerta; se rompió la base del cráneo y murió. Era ya viejo y estaba torpe. Había sido juez de Israel cuarenta años.

 

RESPONSORIO                    Sal 105; 40.41.45.2
 
R./ Se encendió la cólera del Señor contra su pueblo, y los entregó en manos de las naciones, los dominaron sus adversarios. *  Recordó su alianza con ellos, se arrepintió según su inmenso amor.
V./ ¿Quién contará las hazañas del Señor, hará oír toda su alabanza?
R./ Recordó su alianza con ellos, se arrepintió según su inmenso amor.
 


SEGUNDA LECTURA

San Cipriano de Cartago, Tratado sobre el Padrenuestro (30-31: CSEL 3, 288-290)

El Señor oraba por nuestros pecados

El Señor, cuando oraba, no pedía por sí mismo —¿qué podía pedir por sí mismo, si él era inocente?—, sino por nuestros pecados, como lo declara con aquellas palabras que dirige a Pedro: Satanás os ha reclamado para criba ros como trigo. Pero yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague. Y luego ruega al Padre por todos diciendo: No sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también lo sean en nos-otros.

Gran benignidad y bondad la de Dios para nuestra salvación: no contento con redimirnos con su sangre, ruega también por nosotros. Pero atendamos cuál es el deseo de Cristo, expresado en su oración: que así como el Padre y el Hijo son una misma cosa, así también nosotros imitemos esta unidad. De donde puede inferirse la gravedad del pecado de quien rompe la unidad y la paz, por cuya conservación rezó el Señor, pues quiere que su pueblo tenga vida, y sabido es que la discordia no tiene cabida en el reino de Dios.

Y cuando nos ponemos en oración, queridos hermanos, debemos vigilar y sumergirnos con toda el alma en la plegaria. Hemos de rechazar cualquier pensamiento carnal o mundano, y nada debe ocupar nuestro ánimo sino tan sólo lo que constituye el objeto de la plegaria. Esta es la razón por la que el sacerdote, antes del Padrenuestro, prepara con un prefacio las mentes de los hermanos, diciendo: Levantemos el corazón, a fin de que al responder el pueblo: Lo tenemos levantado hacia el Señor, quede advertido de que no debe pensar en otra cosa que en el Señor.

Ciérrese el corazón al adversario y ábrase únicamente a Dios, y no consintamos que, durante la oración, el enemigo de Dios tenga acceso a él. Porque frecuentemente nos coge por sorpresa, penetra y, con astucia sutil, aparta de Dios nuestra voluntad orante, de modo que una cosa es la que ocupa nuestro corazón y otra la que expresan nuestros labios, cuando la verdad es que tanto la expresión oral como el ánimo y los sentidos deben orar al Señor con recta intención.

¡Qué desidia dejarse distraer y dominar por pensamientos fútiles y profanos cuando oras a Dios, como si existiera cosa más digna de acaparar tu atención que estar conversando con Dios! ¿Cómo puedes pedir a Dios que te escuche, si ni tú mismo te escuchas? ¿Pretendes que Dios se acuerde de ti cuando rezas, si tú mismo no te acuerdas de ti? Esto es no prevenirte en absoluto contra el enemigo; esto es ofender, con la negligencia en la oración, la majestad de Dios, en el mismo momento en que oras a Dios; esto es vigilar con los ojos y dormir con el corazón, cuando la obligación del cristiano es precisa-mente velar con el corazón mientras duerme con los ojos.

 

RESPONSORIO                    Jer 29, 12.13; Lc 11,9
 
R./ Me invocaréis y vendréis a suplicarme, yo os escucharé. Me buscaréis y me encontraréis, * porque me buscaréis de todo corazón.
V./ Pedid y se os dará; buscad y hallaréis.
R./ Porque me buscaréis de todo corazón.

 
ORACIÓN
 
Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás dejas de dirigir a quienes estableces en el sólido fundamento de tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

 


DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

Del libro primero de Samuel 5, 1.6—6, 5a. 10-12.19-7,1

Devolución del arca de Dios

Mientras tanto, los filisteos capturaron el arca de Dios y la llevaron desde Piedrayuda a Asdod. La mano del Señor descargó sobre los asdodeos, aterrorizándolos, e hirió con diviesos a la gente de Asdod y su término. Al ver lo que sucedía, los asdodeos dijeron:

—No debe quedarse entre nosotros el arca del Dios de Israel, porque su mano es dura con nosotros y con nuestro dios Dagón.

Entonces mandaron convocar en Asdod a los príncipes filisteos y les consultaron:

—¿Qué hacemos con el arca del Dios de Israel? Respondieron:

—Que se traslade a Gat.

Llevaron a Gat el arca del Dios de Israel; pero nada más llegar, descargó el Señor la mano sobre el pueblo, causando un pánico terrible, porque hirió con diviesos a toda la población, a chicos y grandes.

Entonces trasladaron el arca de Dios a Ecrón; pero cuando llegó allí, protestaron los ecronitas:

—¡Nos han traído el arca de Dios para que nos mate a nosotros y a nuestras familias!

Entonces mandaron convocar a los príncipes filisteos, y les dijeron:

—Devolved a su sitio el arca del Dios de Israel; si no, nos va a matar a nosotros con nuestras familias.

Todo el pueblo tenía un pánico mortal, porque la mano de Dios había descargado allí con toda fuerza. A los que no morían, les salían diviesos. Y el clamor del pueblo subía hasta el cielo.

El arca del Señor estuvo en el país filisteo siete meses. Los filisteos llamaron a los sacerdotes y adivinos y les consultaron:

—¿Qué hacemos con el arca del Señor? Indicadnos cómo la podemos mandar a su sitio.

Respondieron:

—Si queréis devolver el arca del Dios de Israel, no la mandéis vacía, sino pagando una indemnización. Entonces, si os curáis, sabremos por qué su mano no nos dejaba en paz.

Les preguntaron:

—¿Qué indemnización tenemos que pagarles? Respondieron:

—Cinco diviesos de oro y cinco ratas de oro, uno por cada príncipe filisteo, porque la misma plaga la habéis sufrido vosotros y ellos. Haced unas imágenes de los diviesos y de las ratas que han asolado el país, y así reconoceréis la gloria del Dios de Israel.

Así lo hicieron. Cogieron dos vacas que estaban criando y las uncieron al carro, dejando los terneros encerrados en el establo; colocaron en el carro el arca del Señor y la cesta con las ratas de oro y las imágenes de los diviesos. Las vacas tiraron derechas hacia el camino de Casalsol; caminaban mugiendo, siempre por el mismo camino, sin desviarse a derecha o a izquierda. Los príncipes filisteos fueron detrás, hasta el término de Casalsol.

Los hijos de Jeconías, aunque vieron el arca, no hicieron fiesta con los demás, y el Señor castigó a setenta hombres. El pueblo hizo duelo, porque el Señor los había herido con gran castigo, y los de Casalsol decían:

—¿Quién podrá resistir al Señor, a ese Dios santo? ¿Adónde podemos enviar el arca para deshacernos de ella?

Y mandaron este recado a Villasotos:

—Los filisteos han devuelto el arca del Señor. Bajad a recogerla.

Los de Villasotos fueron, recogieron el arca y la llevaron a Loma, a casa de Aminadab, y consagraron a su hijo Eleazar para que guardase el arca.


SEGUNDA LECTURA

San Cipriano de Cartago, Tratado sobre el Padrenuestro (32-33: CSEL 3, 290-292)

Buena es la oración con el ayuno y la limosna

Los que oran no han de presentarse ante Dios con meras preces infructuosas y estériles. La petición es ineficaz cuando se acude a Dios con una oración estéril. Pues, si al árbol que no da fruto se le tala y se le echa al fuego, de igual modo las palabras sin fruto no pueden granjearse el favor de Dios, por ser infecundas en obras. Por eso la divina Escritura nos instruye diciendo: Buena es la oración con el ayuno y la limosna. Porque el que el día del juicio otorgará el premio por las obras y las limosnas, también hoy escucha benignamente al que se acerca a la oración acompañado de obras. Por eso precisamente mereció ser escuchada la oración del capitán Cornelio: daba muchas limosnas al pueblo y oraba regularmente.

Suben inmediatamente a Dios las oraciones que van recomendadas por los méritos de nuestras obras. Así el ángel Rafael se presentó a Tobías, siempre atento a la oración y a las buenas obras, diciendo: Es un honor revelar y proclamar las obras de Dios. Cuando orabais tú y Sara yo presentaba vuestras oraciones en el acatamiento de Dios.

Dios promete estar presente y dice que escuchará y protegerá a los que desatan de su corazón los nudos de injusticia y, secundando sus mandatos, ejercitan la limosna con los servidores de Dios; y así, mientras escuchan lo que Dios manda hacer, ellos mismos se hacen dignos de ser escuchados por Dios. El bienaventurado apóstol Pablo, socorrido por los hermanos en una necesidad extrema, califica de sacrificios a Dios las obras buenas. Estoy plenamente pagado —dice— al recibir lo que me mandáis con Epafrodito: es un incienso perfumado, un sacrificio aceptable que agrada a Dios. En efecto, cuando uno se apiada del pobre presta a interés a Dios, y cuando da a los más humildes es a Dios a quien da: es como si le ofreciera a Dios sacrificios espirituales de suave olor.

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

Del libro primero de Samuel 7, 15—8, 22

Israel pide un rey

Samuel fue juez de Israel hasta su muerte. Todos los años visitaba Betel, Guilgal y Atalaya, y allí gobernaba Israel. Luego volvía a Ramá, donde tenía su casa y solía ejercer sus funciones. Allí levantó un altar al Señor.

Cuando Samuel llegó a viejo, nombró a sus hijos jueces de Israel. El hijo mayor se llamaba Joel y el segundo Abías; ejercían el cargo en Berseba. Pero no se comportaban como su padre; atentos sólo al provecho propio, aceptaban sobornos y juzgaban contra justicia. Entonces los ancianos de Israel se reunieron y fueron a entrevistarse con Samuel en Ramá. Le dijeron:

——Mira, tú eres ya viejo y tus hijos no se comportan como tú. Nómbranos un rey que nos gobierne, como se hace en todas las naciones.

A Samuel le disgustó que le pidieran ser gobernados por un rey, y se puso a orar al Señor. El Señor le respondió:

Haz caso al pueblo en todo lo que te pidan. No te rechazan a ti, sino a mí; no me quieren por rey. Como me trataron desde el día en que los saqué de Egipto, abandonándome para servir a otros dioses, así te tratan a ti. Hazles caso; pero adviérteles bien claro, explícales los derechos del rey.

Samuel comunicó la palabra del Señor a la gente que le pedía un rey:

Estos son los derechos del rey que os regirá: a vuestros hijos los llevará para enrolarlos en sus destacamentos de carros y caballería, y para que vayan delante de su carroza; los empleará como jefes y oficiales de su ejército, como aradores de sus campos, y segadores de su cosecha, como fabricantes de armamento y de pertrechos para sus carros. A vuestras hijas se las llevará como perfumistas y reposteras. Vuestros campos, viñas y los mejores olivares, os los quitará para dárselos a sus ministros. De vuestro grano y vuestras viñas os exigirá diezmos, para dárselos a sus funcionarios y ministros. A vuestros criados y criadas, y a vuestros mejores burros y bueyes se los llevará para usarlos en su hacienda. De vuestros rebaños os exigirá diezmos. ¡Y vosotros mismos seréis sus esclavos! Entonces gritaréis contra el rey que os elegisteis, pero Dios no os responderá.

El pueblo no quiso hacer caso a Samuel, e insistió:

No importa. ¡Queremos un rey! Así seremos nosotros como los demás pueblos. Que nuestro rey nos gobierne y salga al frente de nosotros a luchar en nuestra guerra.

Samuel oyó lo que pedía el pueblo y se lo comunicó al Señor.

El Señor le respondió:

Hazles caso y nómbrales un rey.

Entonces Samuel dijo a los israelitas:

¡Cada uno a su pueblo!


SEGUNDA LECTURA

San Cipriano de Cartago, Tratado sobre el Padrenuestro (34-35: CSEL 3, 292-293)

Los cristianos han de adorar a Dios
frecuentemente y siempre

Por lo que se refiere a la frecuencia de la oración, vemos cómo los tres jóvenes, fuertes en la fe y vencedores en el cautiverio, observaban, junto con Daniel, las horas de tercia, sexta y nona, prefigurando el misterio de la Trinidad, que habría de revelarse en los últimos tiempos.

Los antiguos adoradores de Dios, habiendo ya de antiguo determinado tales espacios espirituales de oración, se dedicaban a ella según modalidades precisas y en tiempos fijados. El curso del tiempo puso de manifiesto que, en esta manera de orar los justos de épocas anteriores, se escondía un misterio. Pues a la hora de tercia descendió sobre los discípulos el Espíritu Santo, dando así cumplimiento a la gracia prometida por el Señor. Asimismo, Pedro, subiendo a la azotea a la hora de sexta, fue instruído mediante una señal y por medio de la voz de Dios que lo interpelaba, sobre el deber de admitir a todos a la gracia de la salvación, puesto que anteriormente dudaba de conferir el bautismo a los paganos. Y el Señor, or, crucificado a la hora sexta, a la nona lavó con su sangre nuestros pecados, reportando entonces con su pasión una victoria, que le permitió redimirnos y darnos la vida.

En la actualidad, carísimos hermanos, y al margen de las horas antiguamente observadas, han aumentado los espacios de oración al ritmo de los sacramentos. De hecho, hemos de orar también por la mañana, para celebrar con la oración matutina la resurrección del Señor. Y es necesario orar además a la puesta del sol y al caer el día. En efecto, como Cristo es el verdadero sol y el verdadero día, cuando a la puesta del sol y al caer del día natural oramos pidiendo que salga sobre nosotros nuevamente la luz, en realidad imploramos la venida de Cristo portador de la gracia de la eterna luz. En los salmos, el Espíritu Santo llama a Cristo «día». Ahora bien, si en las Escrituras santas Cristo es el sol verdadero, no queda hora alguna en que los cristianos no deban adorar a Dios frecuentemente y siempre, de modo que los que estamos en Cristo, esto es, en el sol y en el día verdaderos, debemos perseverar todo el día en la oración. Y cuando según la alternativa rotación de los astros, la noche sucede al día, ningún daño puede sobrevenir a los orantes de las tinieblas nocturnas, porque para los hijos de la luz, las noches se convierten en días. ¿Cuándo, en efecto, está sin luz quien lleva la luz en el corazón? O ¿cuándo no hay sol y día para quien Cristo es sol y día?



 

MARTES


PRIMERA LECTURA

Del libro primero de Samuel 9, 1-6.14—10, 1

Elección y unción de Saúl

Había un hombre de Loma de Benjamín, llamado Quis, hijo de Abiel, de Seror, de Becorá, de Afiaj, benjaminita, de buena posición. Tenía un hijo que se llamaba Saúl, un mozo bien plantado; era el israelita más alto: sobresalía por encima de todos, de los hombros arriba. A su padre, Quis, se le habían extraviado unas burras, y dijo a su hijo Saúl:

—Llévate a uno de los criados y vete a buscar las burras.

Cruzaron la serranía de Efraín y atravesaron la comarca de Salisá, pero no las encontraron. Atravesaron la comarca de Salalín, y nada. Atravesaron la comarca de Benjamín, y tampoco.

Cuando llegaron a la comarca de Suf, Saúl dijo al criado que iba con él:

Vamos a volvernos, no sea que mi padre prescinda de las burras y empiece a preocuparse por nosotros. Pero el criado repuso:

Precisamente en ese pueblo hay un hombre de Dios de gran fama; lo que él dice sucede sin falta. Vamos allá. A lo mejor nos orienta sobre lo que andamos buscando.

Subieron al pueblo. Y justamente cuando entraban en el pueblo, se encontró con ellos Samuel según salía para subir al altozano.

El día antes de llegar Saúl, el Señor había revelado a Samuel:

Mañana te enviaré un hombre de la región de Benjamín, para que lo unjas como jefe de mi pueblo, Israel, y libre a mi pueblo de la dominación filistea; porque he visto la aflicción de mi pueblo, sus gritos han llegado hasta mí.

Cuando Samuel vio a Saúl, el Señor le avisó:

—Ese es el hombre de quien te hablé; ése regirá a mi pueblo.

Saúl se acercó a Samuel en medio de la entrada y le dijo:

Haz el favor de decirme dónde está la casa del vidente. Samuel respondió:

Yo soy el vidente. Sube delante de mí al altozano; hoy coméis conmigo y mañana te dejaré marchar y te diré todo lo que piensas. Por las burras que se te perdieron hace tres días no te preocupes, que ya aparecieron. Además, ¿por quién suspira todo Israel? Por ti y por la familia de tu padre.

Saúl respondió:

¡Si yo soy de Benjamín, la menor de las tribus de Israel! Y de todas las familias de Benjamín, mi familia es la menos importante. ¿Por qué me dices eso?

Entonces Samuel tomó a Saúl y a su criado, los metió en el comedor y los puso en la presidencia de los convidados, unas treinta personas. Luego dijo al cocinero:

Trae la ración que te encargué, la que te dije que apartases.

El cocinero sacó el pernil y la cola, y se lo sirvió a Saúl. Samuel dijo:

—Ahí tienes lo que te reservaron; come, que te lo han guardado para esta ocasión, para que lo comas con los convidados.

Así pues, Saúl comió aquel día con Samuel. Después bajaron del altozano hasta el pueblo, prepararon la cama a Saúl en la azotea y se acostó.

Al despuntar el sol, Samuel fue a la azotea a llamarlo:

Levántate, que te despida.

Saúl se levantó, y los dos, él y Samuel, salieron de casa. Cuando habían bajado hasta las afueras, Samuel le dijo:

Dile a tu criado que vaya delante; tú párate un momento y te comunicaré la palabra de Dios.

Tomó la aceitera, derramó aceite sobre la cabeza de Saúl y lo besó, diciendo:

¡El Señor te unge como jefe de su heredad! Tú regirás al pueblo del Señor y le librarás de la mano de los enemigos que lo rodean.


SEGUNDA LECTURA

San Cipriano de Cartago, Tratado 'sobre el Padrenuestro (36: 3, 293-294)

Los que estamos siempre en Cristo, no cesemos de orar
ni siquiera de noche

Los que estamos en Cristo, esto es, los que estamos siempre en la luz, no cesemos de orar ni siquiera de noche. Así, Ana, la viuda, rogando siempre y vigilando sin interrupción, perseveraba en hacerse grata a Dios, como está escrito en el evangelio: No se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Recapaciten tanto los paganos que todavía no han sido iluminados, como los judíos que, abandonados por la luz, quedaron en las tinieblas: nosotros, hermanos muy amados, que estamos siempre en la luz del Señor, que tenemos presente y mantenemos lo que hemos comenzado a ser por la gracia recibida, computemos la noche por día.

Abriguemos la esperanza de andar siempre en la luz, sin dejarnos obstaculizar por las tinieblas de que hemos salido: no sufran detrimento alguno las oraciones de la noche, ni la pereza o la indolencia sean causa de una pérdida de tiempo en la oración. Recreados y renacidos espiritualmente por la divina condescendencia, imitemos lo que hemos de ser en el futuro: destinados a habitar en un reino que desconoce la noche, y en el que todo es día, vigilemos durante la noche como si estuviéramos en pleno día; destinados a orar y dar gracias a Dios, no cejemos tampoco aquí de orar y dar gracias.



MIÉRCOLES

PRIMERA LECTURA

Del libro primero de Samuel 11, 1-15

Saúl, vencedor, es aclamado rey por el pueblo

El amonita Serpiente hizo una incursión y acampó ante Yabés de Galaad. Los de Yabés le pidieron:

—Haz un pacto con nosotros y seremos tus vasallos. Pero Serpiente les dijo:

—Pactaré con vosotros a condición de sacaros el ojo derecho. Así afrentaré a todo Israel.

Los concejales de Yabés le pidieron:

—Danos siete días para que podamos mandar emisarios por todo el territorio de Israel. Si no hay quien nos salve, nos rendimos.

Los mensajeros llegaron a Loma de Saúl, comunicaron la noticia al pueblo, y todos se echaron a llorar a gritos. Pero, mira por dónde, llegaba Saúl del campo tras los bueyes y preguntó:

—¿Qué le pasa a la gente, que está llorando?

Le contaron la noticia que habían traído los de Yabés, y al oírlo Saúl, lo invadió el Espíritu de Dios; enfurecido, cogió la pareja de bueyes, los descuartizó y los repartió por todo Israel, aprovechando a los emisarios, con este pregón: «Así acabará el ganado del que no vaya a la guerra con Saúl y Samuel».

El temor del Señor cayó sobre la gente, fueron a la guerra como un solo hombre. Saúl les pasó revista en Centella: los de Israel eran trescientos mil y treinta mil los de Judá. Y dijo a los emisarios que habían venido:

—Decid a los de Yabés de Galaad: «Mañana, cuando caliente el sol, os llegará la salvación».

Los emisarios marcharon a comunicárselo a los de Yabés, que se llenaron de alegría, y dijeron a Serpiente:

—Mañana nos rendiremos y haréis de nosotros lo que mejor os parezca.

Al día siguiente Saúl distribuyó la tropa en tres cuerpos; irrumpieron en el campamento enemigo al relevo de la madrugada y estuvieron matando amonitas hasta que calentó el sol, los enemigos que quedaron vivos se dispersaron, de forma que no iban dos juntos. Entonces el pueblo dijo a Samuel:

—¡A ver, los que decían que Saúl no reinaría! ¡Entregadlos, que los matamos!

Pero Saúl dijo:

-Hoy no ha de morir nadie, porque hoy el Señor ha salvado a Israel.

Y Samuel dijo a todos:

—Hala, vamos a Guilgal a inaugurar allí la monarquía.

Todos fueron a Guilgal y coronaron allí a Saúl ante el Señor, ofrecieron al Señor sacrificios de comunión y celebraron allí una gran fiesta Saúl y los israelitas.


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Comentario sobre el salmo 149 (6: CCL 40, 2182-2183)

Cristo es Rey, Cristo es Sacerdote: alegrémonos en él

Que se alegre Israel por su Creador, los hijos de Sión por su Rey. El Hijo de Dios que nos creó, se hizo uno de nosotros; y nuestro Rey nos gobierna, porque nos ha hecho nuestro Creador. El que nos hizo es el mismo que nos gobierna; de aquí que se nos llame cristianos, porque él es Cristo.

Cristo se llama así por el crisma, esto es, por la unción. Antiguamente se ungía a los reyes y a los sacerdotes: él fue ungido Rey y Sacerdote. Como Rey, luchó por nosotros; como Sacerdote, se ofreció por nosotros. Cuando luchó por nosotros se le tuvo por vencido, pero realmente venció. Pues fue crucificado, pero desde la cruz, en que fue clavado, dio muerte al diablo: por eso es nuestro, Rey.

Y ¿de dónde le viene el sacerdocio? De haberse inmolado por nosotros. Facilita al sacerdote lo que ha de ofrecer. ¿Qué hubiera encontrado el hombre para presentar como víctima pura? ¿Qué víctima? ¿Qué de puro puede presentar un pecador? ¡Oh inicuo! ¡Oh impío! Inmundo es cuanto aportes, y, no obstante, ha de ofrecerse por ti algo puro. Busca en torno a ti lo que has de ofrecer: no lo encontrarás. Busca entre tus bienes algo que ofrecer; no se complace en carneros, machos cabríos o toros. De él es todo esto, aunque tú no se lo ofrezcas. Ofrécele, pues, un sacrificio puro. Pero el caso es que eres pecador, eres impío, tienes la conciencia manchada. Podrías quizá ofrecerle algo puro, una vez purificado; mas para ser purificado, necesitas que algo se ofrezca por ti.

Y ¿qué es lo que vas a ofrecer por ti, a fin de quedar limpio? Si estás limpio, podrías ofrecer lo que es puro. Ofrézcase, pues, a sí mismo el sacerdote puro y purifique. Esto es lo que hizo Cristo. Nada limpio halló en los hombres que ofrecer por los hombres; se ofreció a sí mismo como víctima pura. ¡Feliz víctima, verdadera víctima, hostia inmaculada! Así pues, no ofreció lo que nosotros le dimos, sino que ofreció más bien lo que de nosotros asumió, y lo ofreció puro. En efecto, de nosotros tomó la carne, y fue la carne la que ofreció. Y ¿de dónde la tomó? Del seno de la Virgen María, para ofrecerla pura por los impuros. El es Rey, él es Sacerdote: alegrémonos en él.



JUEVES


PRIMERA LECTURA

,Del libro primero de Samuel 12, 1-25

Samuel amonesta al pueblo

Samuel dijo a los israelitas:

—Ya veis que os he hecho caso en todo lo que me pedisteis, y os he dado un rey. Pues bien, ¡aquí tenéis al rey! Yo estoy ya viejo y canoso, mientras a mis hijos los tenéis entre vosotros. Yo he actuado a la vista de todos desde mi juventud hasta ahora. Aquí me tenéis, respondedme ante el Señor y su ungido: ¿A quién le quité un buey? ¿A quién le quité un burro? ¿A quién he hecho injusticia? ¿A quién he vejado? ¿De quién he aceptado un soborno para hacer la vista gorda? Decidlo y os lo devolveré.

Respondieron:

—No nos has hecho injusticia, ni nos has vejado, ni has aceptado soborno de nadie.

Samuel añadió:

—Yo tomo hoy por testigo frente a vosotros al Señor y a su ungido: no me habéis sorprendido con nada en la mano.

Respondieron:

—Sean testigos.

Samuel dijo al pueblo:

—Es testigo el Señor, que envió a Moisés y a Aarón e hizo subir de Egipto a vuestros padres. Poneos en pie, que voy a juzgaros en presencia del Señor, repasando todos los beneficios que el Señor os hizo a vosotros y a vuestros padres: Cuando Jacob fue con sus hijos a Egipto, y los egipcios los oprimieron, vuestros padres gritaron al Señor, y el Señor envió a Moisés y a Aarón para que sacaran de Egipto a vuestros padres y los establecieran en este lugar. Pero olvidaron al Señor, su Dios, y él los vendió a Sísara, general del ejército de Yabín, rey de Jasor, y a los filisteos y al rey de Moab, y tuvieron que luchar contra ellos. Entonces gritaron al Señor: «Hemos pecado, porque hemos abandonado al Señor, para servir a Baal y Astarté; líbranos del poder de nuestros enemigos y te serviremos». El Señor envió a Yerubaal, a Barac, a Jefté y a Sansón, y os libró del poder de vuestros vecinos, y pudisteis vivir tranquilos. Pero cuando visteis que os atacaba el rey amonita Serpiente, me pedisteis que os nombrara un rey, siendo así que el Señor es vuestro rey. Pues bien, ahí tenéis al rey que pedisteis y que habéis elegido, ya veis que el Señor os ha dado un rey. Si respetáis al Señor y le servís, si le obedecéis y no os rebeláis contra sus mandatos, vosotros y el rey que reine sobre vosotros viviréis siendo fieles al Señor, vuestro Dios. Pero si no obedecéis al Señor y os rebeláis contra él, el Señor descargará la mano sobre vosotros y sobre vuestro rey, hasta destruiros. Ahora preparaos a asistir al prodigio que el Señor va a realizar ante vuestros ojos. Estamos en la siega del trigo, ¿no es cierto? Pues voy a invocar al Señor para que envíe una tronada y un aguacero; así reconoceréis la grave maldad que cometisteis ante el Señor pidiéndoos un rey.

Samuel invocó al Señor, y el Señor envió aquel día una tronada y un aguacero. Todo el pueblo, lleno de miedo ante el Señor y ante Samuel, dijo a Samuel:

—Reza al Señor, tu Dios, para que tus siervos no mueran, porque a todos nuestros pecados hemos añadido la maldad de pedirnos un rey.

Samuel contestó:

—No temáis. Ya que habéis cometido esa maldad, al menos en adelante no os apartéis del Señor; servid al Señor de todo corazón, no sigáis a los ídolos, que ni auxilian ni liberan, porque son puro vacío. Por el honor de su gran Nombre, el Señor no rechazará a su pueblo, porque el Señor se ha dignado hacer de vosotros su pueblo. Por mi parte, líbreme Dios de pecar contra el Señor dejando de rezar por vosotros. Yo os enseñaré el camino recto y bueno, puesto que habéis visto los grandes beneficios que el Señor os ha hecho, respetad al Señor y servidlo sinceramente y de todo corazón. Pero si obráis mal, pereceréis, vosotros y vuestro rey.


SEGUNDA LECTURA

San Gregorio Magno, Regla pastoral (Parte 1, cap 3: PL '177,16-17)

La carga del gobierno

Brevemente hemos dicho todo esto, para poner de manifiesto cuán pesada sea la carga del gobierno y con el propósito de que quien no sea capaz de estos sagrados oficios no se atreva a profanarlos, ni, por el prurito de sobresalir, emprenda el camino de la perdición. Por eso, piadosamente lo prohíbe Santiago, diciendo: Hermanos míos, sois demasiados los que pretendéis ser maestros. Por eso, el mismo Mediador entre Dios y los hombres, que, superando en ciencia y prudencia a los mismos espíritus celestiales, reina en los cielos desde antes de los siglos, rehusó aceptar el reino de la tierra. Pues está escrito: Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo Rey, se retiró otra vez a la montaña, él solo.

Y ¿quién hubiera podido gobernar más acertadamente a los hombres que aquel que iba a regir a sus mismas criaturas? Pero como se había encarnado no sólo para redimirnos con su pasión, sino para enseñarnos con su conducta, proponiéndose a sí mismo como modelo a sus seguidores, no consintió que le hicieran rey, él que, en cambio, se dirigió espontáneamente al patíbulo de la cruz; rehuyó la dignidad que se le brindaba y apeteció la ignominiosa pena de muerte. Y esto precisamente para que sus miembros aprendieran a rehuir los favores del mundo y a no temer sus amenazas; a amar, en aras de la verdad, las cosas adversas y a declinar, temerosos, las prósperas, porque éstas mancillan con frecuencia el corazón con la hinchazón de la soberbia, mientras que aquéllas lo purifican mediante el dolor. En la prosperidad el ánimo se exalta, mientras que en la adversidad, aun cuando en ocasiones se exaltare, acaba humillándose. En la prosperidad el hombre se olvida de sí mismo, mientras que en la adversidad, aun en contra de su voluntad, es obligado a pensar en sí mismo. En la prosperidad, muchas veces, se echa a perder el bien previamente realizado, mientras que en la adversidad se expían incluso las culpas mucho tiempo antes cometidas.

Pues ocurre con frecuencia que, en la escuela del dolor, el corazón acaba aceptando la disciplina, mientras que si es sublimado al culmen del mando, se acostumbra rápidamente a los honores y termina víctima del orgullo. Es lo que le sucedió a Saúl, que, considerándose en un primer momento indigno, se había escondido; en cuanto empuñó las riendas del gobierno, se hinchó de soberbia; y deseoso de ser honrado ante el pueblo, al rechazar la corrección pública, apartó de sí al mismo que le había ungido rey. Lo mismo le ocurrió a David, quien, habiendo sido grato —a juicio del autor— en casi todos sus actos, en cuanto le faltó el peso de la tribulación, salió a la superficie el tumor de la naturaleza corrompida. Pues en un principio se opuso a la muerte de su perseguidor caído en sus manos, pero más tarde consintió en la muerte de un soldado adicto, aun con perjuicio del ejército que luchaba denodadamente. Y si los castigos no lo hubieran reconducido al perdón, ciertamente la culpa lo habría conducido muy lejos del número de los elegidos.



VIERNES


PRIMERA LECTURA

Del libro primero de Samuel 15, 1-23

El Señor rechaza a Saúl a causa de su pecado

Samuel dijo a Saúl:

—El Señor me envió para ungirte rey de su pueblo Israel. Por tanto, escucha las palabras del Señor. Así dice el Señor de los ejércitos: «Voy a tomar cuentas a Amalec de lo que hizo contra Israel, atacándolo cuando subía de Egipto. Ahora ve y atácalo; entrega al exterminio todos sus haberes, y a él no lo perdones; mata a hombres y mujeres, niños de pecho y chiquillos, toros y ovejas, camellos y burros».

Saúl convocó al ejército y le pasó revista en Telán: doscientos mil de infantería y diez mil de caballería. Marchó a las ciudades amalecitas y puso emboscadas en la vaguada. A los quenitas les envió este mensaje:

—Vosotros salid del territorio amalecita y bajad. Os portasteis muy bien con los israelitas cuando subían de Egipto y yo no quiero mezclaros con Amalec.

Los quenitas se apartaron de los amalecitas. Saúl derrotó a los amalecitas desde Telán, según se va a La Muralla, en la frontera de Egipto. Capturó vivo a Agag, rey de Amalec, pero a su ejército lo pasó a cuchillo. Saúl y su ejército perdonaron la vida a Agag, a las mejores ovejas y vacas, al ganado bien cebado, a los corderos y a todo lo que valía la pena, sin querer exterminarlo; en cambio, exterminaron lo que no valía nada.

 El Señor dirigió la palabra a Samuel:

—Me pesa haber hecho rey a Saúl, porque ha apostatado de mí y no cumple mis órdenes.

Samuel se entristeció y se pasó la noche gritando al Señor. Por la mañana madrugó y fue a encontrar a Saúl; pero le dijeron que se había ido a La Vega, donde había erigido una estela, y después, dando un rodeo, había baja-do a Guilgal. Samuel se presentó a Saúl, y éste le dijo:

—El Señor te bendiga. He cumplido el encargo del Señor.

Samuel le preguntó:

—¿Y qué son esos balidos que oigo y esos mugidos que siento?

Saúl contestó:

—Los han traído de Amalec. La tropa ha dejado con vida a las mejores ovejas y vacas, para ofrecérselas en sacrificio al Señor. El resto lo hemos exterminado.

Samuel replicó:

—Pues déjame que te cuente lo que el Señor me ha dicho esta noche.

Contestó Saúl:

—Dímelo.

Samuel dijo:

—Aunque te creías pequeño, eres la cabeza de las tribus de Israel, porque el Señor te ha nombrado rey de Israel. El Señor te envió a esta campaña con orden de exterminar a esos pecadores amalecitas, combatiendo hasta acabar con ellos. ¿Por qué no has obedecido al Señor? ¿Por qué has echado mano a los despojos, haciendo lo que el Señor reprueba?

Saúl replicó:

—Pero ¡si he obedecido al Señor! He hecho la campaña a la que me envió, he traído a Agag, rey de Amalec, y he exterminado a los amalecitas. Si la tropa tomó del botín ovejas y vacas, lo mejor de lo destinado al exterminio, lo hizo para ofrecérselas en sacrificio al Señor, tu Dios, en Guilgal.

Samuel contestó:

—¿Quiere el Señor sacrificios y holocaustos, o quiere que obedezcan al Señor? Obedecer vale más que un sacrificio; ser dócil, más que grasa de carneros. Pecado de adivinos es la rebeldía, crimen de idolatría es la obstinación. Por haber rechazado al Señor, el Señor te rechaza hoy como rey.


SEGUNDA LECTURA

San Cirilo de Jerusalén, Catequesis 2 (5-8: Edit Reisch 1, 445-449)

La salvación proviene de la misericordia de Dios

El que por nosotros derramó su sangre es el que nos librará del pecado. No nos desesperemos, hermanos, para no caer en un estado de desolación y desesperanza. Terrible cosa es no tener fe en la esperanza de la conversión. Pues quien no espera la salvación, acumula males sin medida; quien, por el contrario, espera poder recuperar la salud, fácilmente se otorga en lo sucesivo a sí mismo el perdón. De hecho, el ladrón que ya no espera la gracia del perdón, se encamina hacia la contumacia: pero si espera el perdón, muchas veces acepta la penitencia. ¿Por qué la culebra puede deponer la camisa, y nosotros no deponemos el pecado?

Dios es benigno y lo es en no pequeña escala. Por eso, guárdate de decir: he sido disoluto y adúltero, he perpetrado cosas funestas y esto no una sino muchísimas veces: ¿me querrá Dios perdonar? ¿Será posible que en adelante no se acuerde más de ello? Escucha lo que dice el salmista ¡Qué grande es tu bondad, Señor! El cúmulo de todos tus pecados no supera la inmensa compasión de Dios; tus heridas no superan la experiencia del médico supremo. Basta que te confíes plenamente a él, basta con que confieses al médico tu enfermedad; di tú también con David: Propuse: «Confesaré al Señor mi culpa», y se operará en ti lo mismo que se dice a continuación: Y tú perdonaste mi culpa y mi pecado.

¿Quieres ver la benevolencia de Dios y su inconmensurable magnanimidad? Escucha lo que pasó con Adán. Adán, el primer hombre creado por Dios, había quebrantado el mandato del Señor: ¿no habría podido condenarlo a muerte en aquel mismo momento? Pues bien, fíjatelo que hace el Señor, que ama al hombre a fondo perdido: lo expulsó del paraíso y lo colocó a oriente del paraíso, para que viendo de dónde había sido arrojado y de qué a cuál situación había sido expulsado, se salvara posteriormente por medio de la penitencia.

Es una auténtica benignidad y esta benignidad fue la de Dios; pero aún es pequeña si se la compara con los beneficios subsiguientes. Recuerda lo que ocurrió en tiempos de Noé. Pecaron los gigantes y en aquel entonces se multiplicó grandemente la iniquidad sobre la tierra, tanto que hizo inevitable el diluvio: repara en la benignidad de Dios que se prolongó por espacio de cien años. ¿O es que lo que hizo al cabo de los cien años no pudo haberlo hecho inmediatamente? Pero lo hizo a propósito, para dar tiempo a los avisos inductores a la penitencia. ¿No ves la bondad de Dios? Y si aquellos hubieran hecho entonces penitencia, no habrían sido excluidos de la benevolencia de Dios.



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

Del libro primero de Samuel 16, 1-13

David es ungido rey

En aquellos días, el Señor dijo a Samuel:

«¿Hasta cuándo vas a estar lamentándote por Saúl, si yo lo he rechazado como rey de Israel? Llena la cuerna de aceite y vete, por encargo mío, a Jesé, el de Belén, porque entre sus hijos me he elegido un rey».

Samuel contestó:

«¿Cómo voy a ir? Si se entera Saúl, me mata». El Señor le dijo:

«Llevas una novilla y dices que vas a hacer un sacrificio al Señor. Convidas a Jesé al sacrificio, y yo te indicaré lo que tienes que hacer; me ungirás al que yo te diga».

Samuel hizo lo que le mandó el Señor. Cuando llegó a Belén, los ancianos del pueblo fueron ansiosos a su encuentro:

«¿Vienes en son de paz?»

Respondió:

«Sí, vengo a hacer un sacrificio al Señor. Purificaos y venid conmigo al sacrificio».

Purificó a Jesé y a sus hijos y los convidó al sacrificio. Cuando llegó, vio a Eliab y pensó:

«Seguro, el Señor tiene delante a su ungido».

Pero el Señor le dijo:

«No te fijes en las apariencias ni en su buena estatura. Lo rechazo. Porque Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; el Señor ve el corazón».

Jesé llamó a Abinadab y lo hizo pasar ante Samuel; y Samuel le dijo:

«Tampoco a éste lo ha elegido el Señor».

Jesé hizo pasar a Samá; y Samuel le dijo:

«Tampoco a éste lo ha elegido el Señor».

Jesé hizo pasar a siete hijos suyos ante Samuel; y Samuel le dijo:

«Tampoco a éstos los ha elegido el Señor».

Luego preguntó a Jesé:

«¿Se acabaron los muchachos?»

Jesé respondió:

«Queda el pequeño, que precisamente está cuidando las ovejas».

Samuel dijo:

«Manda por él, que no nos sentaremos a la mesa mientras no llegue».

Jesé mandó a por él y lo hizo entrar: era de buen color, de hermosos ojos y buen tipo. Entonces el Señor dijo a Samuel:

«Anda, úngelo, porque es éste».

Samuel tomó la cuerna de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. En aquel momento, invadió a David el espíritu del Señor, y estuvo con él en adelante. Samuel emprendió la vuelta a Ramá.


SEGUNDA LECTURA

Faustino Luciferiano, Tratado sobre' la Trinidad (39-40: CCL 69, 340-341)

Cristo es rey y sacerdote eterno

Nuestro Salvador fue verdaderamente ungido, en su condición humana, ya que fue verdadero rey y verdadero sacerdote, las dos cosas a la vez, tal y como convenía a su excelsa condición. El salmo nos atestigua su condición de rey, cuando dice: Yo mismo he establecido a mi rey en Sión, mi monte santo. Y el mismo Padre atestigua su condición de sacerdote, cuando dice: Tú eres sacerdote eterno según el rito de Melquisedec. Aarón fue el primero en la ley antigua que fue constituido sacerdote por la unción del crisma y, sin embargo, no se dice: «Según el rito de Aarón», para que nadie crea que el Salvador posee el sacerdocio por sucesión. Porque el sacerdocio de Aarón se transmitía por sucesión, pero el sacerdocio del Salvador no pasa a los otros por sucesión, ya que él permanece sacerdote para siempre, tal como está escrito: Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec.

El Salvador es, por lo tanto, rey y sacerdote según su humanidad, pero su unción no es material, sino espiritual. Entre los israelitas, los reyes y sacerdotes lo eran por una unción material de aceite; no que fuesen ambas cosas a la vez, sino que unos eran reyes y litros eran sacerdotes; sólo a Cristo pertenece la perfección y la plenitud en todo, él, que vino a dar plenitud a la ley.

Los israelitas, aunque no eran las dos cosas a la vez, eran, sin embargo, llamados cristos (ungidos), por la unción material del aceite que los constituía reyes o sacerdotes. Pero el Salvador, que es el verdadero Cristo, fue ungido por el Espíritu Santo, para que se cumpliera lo que de él estaba escrito: Por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido con aceite de júbilo entre todos tus compañeros. Su unción supera a la de sus compañeros, ungidos como él, porque es una unción de júbilo, lo cual significa el Espíritu Santo.

Sabemos que esto es verdad por las palabras del mismo Salvador. En efecto, habiendo tomado el libro de Isaías, lo abrió y leyó: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido; y dijo a continuación que entonces se cumplía aquella profecía que acababan de oír. Y, además, Pedro, el príncipe de los apóstoles, enseñó que el crisma con que había sido ungido el Salvador es el Espíritu Santo y la fuerza de Dios, cuando, en los Hechos de los apóstoles, hablando con el centurión, aquel hombre lleno de piedad y de misericordia, dijo entre otras cosas: La cosa empezó en Galilea, cuando Juan predicaba el bautismo. Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo.

Vemos, pues, cómo Pedro afirma de Jesús que fue ungido, según su condición humana, con la fuerza del Espíritu Santo. Por esto, Jesús, en su condición humana, fue con toda verdad Cristo o ungido, ya que por la unción del Espíritu Santo fue constituido rey y sacerdote eterno.

 


DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

Del libro primero de Samuel 17,1-10.23b-26.32.38-51

David lucha contra Goliat

En aquellos días, los filisteos reunieron su ejército para la guerra; se concentraron en Vallado de Judá y acamparon entre Vallado y Cavada, en Fesdamín. Saúl y los israelitas se reunieron y acamparon en Vallelaencina, y formaron para la batalla contra los filisteos. Los filisteos tenían sus posiciones en un monte, y los israelitas en el otro, con el valle en medio.

Del ejército filisteo se adelantó un campeón, llamado Goliat, oriundo de Gat, de casi tres metros de alto. Llevaba un casco de bronce en la cabeza, una cota de malla de bronce, que pesaba medio quintal, grebas de bronce en las piernas y una jabalina de bronce a la espalda; el asta de su lanza era como la percha de un tejedor, y su hierro pesaba seis kilos. Su escudero caminaba delante de él. Goliat se detuvo y gritó a las filas de Israel:

¡No hace falta que salgáis formados a luchar! Yo soy el filisteo, vosotros los esclavos de Saúl. Elegíos uno que baje hasta mí; si es capaz de pelear conmigo y me vence, seremos esclavos vuestros; pero, si yo le puedo y lo venzo, seréis esclavos nuestros y nos serviréis.

Y siguió:

¡Yo desafío hoy al ejercito de Israel! ¡Echadme uno, y lucharemos mano a mano!

El filisteo llamado Goliat, oriundo de Gat, subió de las filas del ejército filisteo y empezó a decir aquello. David lo oyó; los israelitas, al ver a aquel hombre, huyeron aterrados. Uno dijo:

—¿Habéis visto a ese hombre que sube? ¡Pues sube a desafiar a Israel! Al que lo venza, el rey lo colmará de riquezas, le dará su hija y librará de impuestos a la familia de su padre en Israel.

David preguntó a los que estaban con él:

—¿Qué le darán al que venza a ese filisteo y salve la honra de Israel? Porque, ¿quién es ese filisteo incircunciso para desafiar al ejército del Dios vivo?

David dijo a Saúl:

—Majestad, no os desaniméis. Este servidor tuyo irá a luchar con ese filisteo.

Saúl vistió a David con su uniforme, le puso un casco de bronce en la cabeza, le puso una loriga, le ciñó su espada sobre el uniforme; David intentó en vano caminar, porque no estaba entrenado, y dijo a Saúl:

—Con esto no puedo caminar, porque no estoy entrenado.

Entonces se quitó todo de encima, agarró el cayado, escogió cinco cantos del arroyo, se los echó al zurrón, empuñó la honda y se acercó al filisteo. Este, precedido de su escudero, iba avanzando, acercándose a David; lo miró de arriba abajo y lo despreció, porque era un muchacho de buen color y guapo, y le gritó:

—¿Soy yo un perro, para que vengas a mí con un palo? Luego maldijo a David, invocando sus dioses, y le dijo:

—Ven acá, y echaré tu carne a las aves del cielo y a las fieras del campo.

Pero David le contestó:

—Tú vienes hacia mí armado de espada, lanza y jabalina; yo voy hacia ti en nombre del Señor de los ejércitos, Dios de las huestes de Israel, a las que has desafiado. Hoy te entregará el Señor en mis manos, te venceré, te arrancaré la cabeza de los hombros y echaré tu cadáver y los del campamento filisteo a las aves del cielo y a las fieras de la tierra; y todo el mundo reconocerá que hay un Dios en Israel; y todos los aquí reunidos reconocerán que el Señor da la victoria sin necesidad de espadas ni lanzas, porque esta es una guerra del Señor, y él os entregará a nuestro poder.

Cuando el filisteo se puso en marcha y se acercaba en dirección de David, éste salió de la formación y corrió velozmente en dirección del filisteo; echó mano al zurrón, sacó una piedra, disparó la honda y le pegó al filisteo en la frente: la piedra se le clavó en la frente, y cayó de bruces en tierra. Así venció David al filisteo, con la honda y la piedra; lo mató de un golpe, sin empuñar espada. David corrió y se paró junto al filisteo, le agarró la espada, la desenvainó y lo remató, cortándole la cabeza. Los filisteos, al ver que había muerto su campeón, huyeron.


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Comentario sobre el salmo 148 (1-2: CCL 40, 2165-2166)

El aleluya pascual

Toda nuestra vida presente debe discurrir en la alabanza de Dios, porque en ella consistirá la alegría sempiterna de la vida futura; y nadie puede hacerse idóneo de la vida futura, si no se ejercita ahora en esta alabanza. Ahora, alabamos a. Dios, pero también le rogamos. Nuestra alabanza incluye la alegría, la oración, el gemido. Es que se nos ha prometido algo que todavía no poseemos; y, porque es veraz el que lo ha prometido, nos alegramos por la esperanza; mas, porque todavía no lo poseemos, gemimos por el deseo. Es cosa buena perseverar en este deseo, hasta que llegue lo prometido; entonces cesará el gemido y subsistirá únicamente la alabanza.

Por razón de estos dos tiempos —uno, el presente, que se desarrolla en medio de las pruebas y tribulaciones de esta vida, y el otro, el futuro, en el que gozaremos de la seguridad y alegría perpetuas—, se ha instituido la celebración de un doble tiempo, el de antes y el de después de Pascua. El que precede a la Pascua significa las tribulaciones que en esta vida pasamos; el que celebramos ahora, después de Pascua, significa la felicidad que luego poseeremos. Por tanto, antes de Pascua celebramos lo mismo que ahora vivimos; después de Pascua celebramos y significamos lo que aún no poseemos. Por esto, en aquel primer tiempo nos ejercitamos en ayunos y oraciones; en el segundo, el que ahora celebramos, descansamos de los ayunos y lo empleamos todo en la alabanza. Esto significa el Aleluya que cantamos.

En aquel que es nuestra cabeza hallamos figurado y demostrado este doble tiempo. La pasión del Señor nos muestra la penuria de la vida presente, en la que tenemos que padecer la fatiga y la tribulación, y finalmente la muerte; en cambio, la resurrección y glorificación del Señor es una muestra de la vida que se nos dará.

Ahora, pues, hermanos, os exhortamos a la alabanza de Dios; y esta alabanza es la que nos expresamos mutuamente cuando decimos: Aleluya. «Alabad al Señor», nos decimos unos a otros; y, así, todos hacen aquello a lo que se exhortan mutuamente. Pero procurad alabarlo con toda vuestra persona, esto es, no sólo vuestra lengua y vuestra voz deben alabar a Dios, sino también vuestro interior, vuestra vida, vuestras acciones.

En efecto, lo alabamos ahora, cuando nos reunimos en la iglesia; y cuando volvemos a casa, parece que cesamos de alabarlo. Pero, si no cesamos en nuestra buena conducta, alabaremos continuamente a Dios. Dejas de alabar a Dios cuando te apartas de la justicia y de lo que a él le place. Si nunca te desvías del buen camino, aunque calle tu lengua, habla tu conducta; y los oídos de Dios atienden a tu corazón. Pues, del mismo modo que nuestros oídos escuchan nuestra voz, así los oídos de Dios escuchan nuestros pensamientos.

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

Del libro primero de Samuel 17, 57-18, 9.20-30

Envidia de Saúl contra David

En aquellos días, cuando David volvió de matar al filisteo, Abner lo llevó a presentárselo. a Saúl, con la cabeza del filisteo en la mano. Saúl le preguntó:

«¿De quién eres hijo, muchacho?»

David respondió:

«De tu servidor Jesé, el de Belén».

Cuando David acabó de hablar con Saúl, Jonatán se encariñó con David: lo quiso como a sí mismo. Saúl retuvo entonces a David y no lo dejó volver a casa de su padre. Jonatán y David hicieron un pacto, porque Jonatán lo quería como a sí mismo: se quitó el manto que llevaba y se lo dio a David, y también su ropa, la espada, el arco y el cinto. David tenía tal éxito en todas las incursiones que le encargaba Saúl, que el rey lo puso al frente de los soldados, y cayó bien entre la tropa, e incluso entre los ministros de Saúl.

Cuando volvieron de la guerra, después de haber matado David al filisteo, las mujeres de todas las poblaciones de Israel salieron a cantar y recibir con bailes al rey Saúl, al son alegre de panderos y sonajas. Y cantaban a coro esta copla: .

«Saúl mató a mil, David a diez mil».

A Saúl le sentó mal aquella copla, y comentó enfurecido:

«Diez mil a David, y a mí mil! ¡Ya sólo le falta ser rey!»

Y a partir de aquel día, Saúl le tomó ojeriza a David. Mical, hija de Saúl, estaba enamorada de David. Se lo comunicaron a Saúl, y le pareció bien, porque calculó:

«Se la daré como cebo, para que caiga en poder de los filisteos».

Y le hizo esta propuesta a David:

«Hoy puedes ser mi yerno».

Luego dijo a sus ministros:

«Hablad a David confidencialmente: "Mira, el rey te aprecia y todos sus ministros te quieren; acepta ser yerno suyo"».

Los ministros de Saúl insinuaron esto a David, y él respondió:

«¡Pues no es nada ser yerno del rey! Yo soy un plebeyo sin medios».

Los ministros comunicaron a Saúl lo que había respondido David, y Saúl les dijo:

«Habladle así: "Al rey no le interesa el dinero; se contenta con cien prepucios de filisteos, como venganza contra sus enemigos"».

Pensaba que haría caer a David en poder de los filisteos. Entonces los ministros de Saúl comunicaron a David esta propuesta, y le pareció una condición justa para ser yerno del rey. Y no había expirado el plazo, cuando David emprendió la marcha con su gente, mató a doscientos filisteos y llevó al rey el número completo de prepucios, para que lo aceptara como yerno. Entonces Saúl le dio a su hija Mical por esposa.

Saúl cayó en la cuenta de que el Señor estaba con David y de que su hija Mical estaba enamorada de él. Así creció el miedo que tenía a David, y fue su enemigo de por vida. Los generales filisteos salían a hacer incursiones, y, siempre que salían, David tenía más éxito que los oficiales de Saúl. Su nombre se hizo muy famoso.


SEGUNDA LECTURA

San Hipólito de Roma, Homilía sobre David y Goliat (1, 1-4. 2: CSCO 264 [Scriptores Iberici t. 16] 1-3)

David fue figura de Cristo

A quienes con fe leen los sagrados libros no les es difícil conocer los misterios relativos al bienaventurado David, que en los salmos resultó profeta y en las obras, perfecto. ¿Quién no admirará a este bienaventurado David, que describió en su corazón los misterios de Cristo ya desde su infancia? ¿O quién no se maravillará al ver realizadas sus profecías? El fue elegido por Dios como rey justo y como profeta, un profeta que nos ha dado una mayor seguridad no sólo acerca de las cosas del presente y del pasado, sino también de las futuras.

Ahora bien, ¿qué alabaré primero en él: sus gestas gloriosas o sus palabras proféticas? Pues nos encontramos con que en ambos campos, palabras y obras, este profeta es figura de su Señor. Lo veo pastor de ovejas, sé que fue clandestinamente ungido rey, contemplo al tirano vencido por él, noto cómo se esfuma la batalla y compruebo que el pueblo ha sido liberado de la esclavitud; seguidamente veo a David odiado por Saúl, que, como a enemigo u hombre de poco fiar, le obliga a huir, le expulsa y tiene que ocultarse en el desierto, y contemplo al que primero era envidiado por Saúl, constituido rey sobre Israel.

¿Quién no proclamará dichosos a los justos patriarcas, que no sólo profetizaron el futuro con las palabras, sino que sufriendo ellos mismos, realizaron en la práctica lo que iba a suceder a Cristo? Y nosotros debemos comprender en la realidad lo que se nos propone, es decir, aquellas cosas que eran manifestadas espiritualmente, con palabras y con obras, a los santos profetas. Aquellas figuras y aquellas obras decían relación con el futuro, y se referían concretamente al que había de venir al final de los tiempos a perfeccionar la ley y los profetas. Vino al mundo para enseñar la justicia, manifestándosenos por medio del evangelio; decía: Yo soy el camino, y la justicia, y la vida. El era, en efecto, el justo, el verdadero, el salvador de todos. ¿Cómo no vamos a comprender que lo que con anterioridad hizo David fue perfeccionado más tarde por el Salvador y dado, finalmente, a las santas iglesias como un don, a través de la gracia?

Debemos primero anunciar las cosas postreras, para hacer así más fácilmente creíbles las palabras. Dos fueron las unciones que llevó a cabo Samuel: una a Saúl y otra a David. Saúl recibió la unción con respeto, pero no como un hombre digno de Dios, sino como un transgresor de la ley; y Dios, molesto, lo puso como opresor sobre quienes habían pedido un rey. De igual modo, Herodes, como transgresor de la ley, reinaría años más tarde sobre hombres pecadores. David fue clandestinamente ungido en Belén, porque en Belén había de nacer el rey del cielo, y allí ungido —y no ocultamente— por el Padre, se manifestó al mundo, como dice el profeta: Por eso el Señor tu Dios te ha ungido con aceite de júbilo entre todos tus compañeros.

Saúl fue ungido con una aceitera como de arcilla, porque su reino era de transición y muy pronto disuelto. En cambio, David fue ungido con la cuerna del poder: de este modo señalaba previamente a aquel que, mediante la venerable unción, demostraba la victoria sobre la muerte.



MARTES


PRIMERA LECTURA

Del libro primero de Samuel 19, 8-10; 20, 1-17

Amistad entre David y Jonatán

En aquellos días se reanudó la guerra, y David salió a luchar contra los filisteos; les infligió tal derrota que huyeron ante él.

Saúl estaba sentado en su palacio con la lanza en la mano, mientras David tocaba el arpa. Un mal espíritu enviado por el Señor se apoderó de Saúl, el cual intentó clavar a David en la pared con la lanza, pero David la esquivó; Saúl clavó la lanza en la pared y David se salvó huyendo. David huyó del convento de Ramá y fue a decirle a Jonatán:

«¿Qué he hecho, cuál es mi delito y mi pecado contra tu padre, para que intente matarme?»

Jonatán le dijo:

«¡Nada de eso! ¡No morirás! No hace mi padre cosa grande ni chica que no me la diga antes. ¿Por qué va a ocultarme esto mi padre? ¡Es imposible!»

Pero David insistió:

«Tu padre sabe perfectamente que te he caído en gracia, y dirá: "Que no se entere Jonatán, no se vaya a llevar un disgusto". Pero, vive Dios, por tu vida, estoy a un paso de la muerte».

Jonatán le respondió:

«Lo que tú digas lo haré».

Entonces David le dijo:

«Mañana precisamente es luna nueva, y me toca comer con el rey. Déjame marchar, y me ocultaré en descampado hasta pasado mañana por la tarde. Si tu padre me echa de menos, le dices que David te pidió permiso para hacer una escapada a su pueblo Belén, porque su familia celebra allí el sacrificio anual. Si él dice que bueno, estoy salvado; pero si se pone furioso, quiere decir que tiene decidida mi muerte. Sé leal con este servidor, porque nos une un pacto sagrado. Si he faltado, mátame tú mismo, no hace falta que me entregues a tu padre».

Jonatán respondió:

«¡Dios me libre! Si me entero de que mi padre ha decidido que mueras, cierto que te aviso».

David preguntó:

«¿Quién me lo avisará, si tu padre te responde con malos modos?»

Jonatán contestó:

«¡Vamos al campo!»

Salieron los dos al campo, y Jonatán le dijo:

«Te lo prometo por el Dios de Israel: mañana a esta hora sondearé a mi padre, a ver si está a buenas o a malas contigo, y te enviaré un recado. Si trama algún mal contra ti, que el Señor me castigue si no te aviso para que te pongas a salvo. ¡El Señor esté contigo como estuvo con mi padre! Si entonces yo vivo todavía, cumple conmigo el pacto sagrado; y si muero, no dejes nunca de favorecer a mi familia. Y cuando el Señor aniquile a los enemigos de David de la faz de la tierra, no se borre el nombre de Jonatán en la casa de David. ¡Que el Señor tome cuentas a los enemigos de David!»

Jonatán repitió el juramento hecho a David por la amistad que le tenía, porque lo quería con toda el alma.


SEGUNDA LECTURA

Beato Elredo de Rievaulx, Tratado sobre la amistad espiritual (Lib 3, 92.93.94.96: CCL CM 1.337-338)

La amistad verdadera es perfecta y constante

Jonatán, aquel excelente joven, sin atender a su estirpe regia y a su futura sucesión en el trono, hizo un pacto con David y, equiparando el siervo al señor, precisamente cuando huía de su padre, cuando estaba escondido en el desierto, cuando estaba condenado a muerte, destinado a la ejecución, lo antepuso a sí mismo, abajándose a sí mismo y ensalzándolo a él: —le dice— serás el rey, y yo seré tu segundo.

¡Oh preclarísimo espejo de amistad verdadera! ¡Cosa admirable! El rey estaba enfurecido con su siervo y concitaba contra él a todo el país, como a un rival de su reino; asesina a los sacerdotes, basándose en la sola sospecha de traición; inspecciona los bosques, busca por los valles, asedia con su ejército los montes y peñascos, todos se comprometen a vengar la indignación regia; sólo Jonatán, el único que podía tener algún motivo de envidia, juzgó que tenía que oponerse a su padre y ayudar a su amigo, aconsejarlo en tan gran adversidad y, prefiriendo la amistad al reino, le dice: Tú serás el rey, y yo seré tu segundo. Y fíjate cómo el padre de este adolescente lo provocaba a envidia contra su amigo, agobiándolo con reproches, atemorizándolo con amenazas, recordándole que se vería despojado del reino y privado de los honores.

Y habiendo pronunciado Saúl sentencia de muerte contra David, Jonatán no traicionó a su amigo. ¿Por qué va a morir David? ¿Qué ha hecho? El se jugó la vida cuando mató al filisteo; bien que te alegraste al verlo. ¿Por qué ha de morir? El rey, fuera de sí al oír estas palabras, intenta clavar a Jonatán en la pared con su lanza, llenándolo además de improperios: ¡Hijo de perdida —le dice—, ya sabía yo que estabas confabulado con él, para vergüenza tuya y de tu madre! Y, a continuación, vomita todo el veneno que llevaba dentro, intentando salpicar con él el pecho del joven, añadiendo aquellas palabras capaces de incitar su ambición, de fomentar su envidia, de provocar su emulación y su amargor: Mientras el hijo de Jesé esté vivo sobre la tierra, tu reino no estará seguro.

¿A quién no hubieran impresionado estas palabras? ¿A quién no le hubiesen provocado a envidia? Dichas a cualquier otro, estas palabras hubiesen corrompido, disminuido y hecho olvidar el amor,, la benevolencia y la amistad. Pero aquel joven, lleno de amor, no cejó en su amistad, y permaneció fuerte ante las amenazas, paciente ante las injurias, despreciando, por su amistad, el reino, olvidándose de los honores, pero no de su benevolencia. —dice— serás el rey, y yo seré tu segundo.

Esta es la verdadera, la perfecta, la estable y constante amistad: la que no se deja corromper por la envidia; la que no se enfría por las sospechas; la que no se disuelve por la ambición; la que, puesta a prueba de esta manera, no cede; la que, a pesar de tantos golpes, no cae; la que, batida por tantas injurias, se muestra inflexible; la que provocada por tantos ultrajes, permanece inmóvil. Anda, pues, haz tú lo mismo.



MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

Del libro primero de Samuel 21, 1-10; 22, 1-5

Huida de David

En aquellos días, David llegó a Nob, donde el sacerdote Ajimélec. Este salió ansioso a su encuentro y le preguntó:

«¿Por qué vienes solo, sin nadie contigo?»

David le respondió:

«El rey me ha encargado un asunto y me ha dicho que nadie sepa una palabra de sus órdenes y del asunto que me encargaba. A los muchachos los he citado en tal sitio. Ahora dame cinco panes, si los tienes a mano, o lo que tengas».

El sacerdote le respondió:

«No tengo a mano pan ordinario. Sólo tengo pan consagrado; si es que los muchachos se han guardado al menos del trato con mujeres».

David le respondió:

«Seguro. Siempre que salimos a una campaña, aunque sea de carácter profano, nos abstenemos de mujeres. ¡Cuánto más hoy los muchachos se conservan limpios!»

Entonces el sacerdote le dio pan consagrado, porque no había allí más pan que el presentado al Señor, retirado de la presencia del Señor para poner el pan reciente del día. Estaba allí aquel día uno de los empleados de Saúl, detenido en el templo; se llamaba Doeg, edomita, mayoral de los pastores de Saúl. David preguntó a Ajimélec:

«¿No tienes a mano una lanza o una espada? Ni siquiera traje la espada ni las armas, porque el encargo del rey era urgente».

El sacerdote respondió:

«La espada de Goliat, el filisteo, al que mataste en Vallelaencina. Ahí la tienes, envuelta en un paño, detrás del efod. Si la quieres, llévatela; aquí no hay otra».

David dijo:

«¡No la hay mejor! Dámela».

David marchó de allí a esconderse en el refugio de Adulán. Cuando se enteraron sus parientes y toda su familia, fueron allá. Se le juntaron unos cuatrocientos hombres, gente en apuros o llena de deudas o desesperados de la vida. David fue su jefe. De allí marchó a Atalaya, de Moab, y dijo al rey de Moab:

«Permite a mis padres vivir entre vosotros, hasta que vea qué quiere Dios de mí».

Se los presentó al rey de Moab, y se quedaron allí todo el tiempo que David estuvo en el refugio. El profeta Gad dijo a David:

«No sigas en el refugio, métete en tierra de Judá». Entonces David marchó y se metió en la espesura de Járet.
 

SEGUNDA LECTURA

San Gregorio de Nisa, Homilía 6 sobre las bienaventuranzas (PG 44, 1263-1266)

Dios es como una roca inaccesible

Lo mismo que suele acontecer al que desde la cumbre de un alto monte mira algún dilatado mar, esto mismo le sucede a mi mente cuando desde las alturas de la voz divina, como desde la cima de un monte, mira la inexplicable profundidad de su contenido.

Sucede, en efecto, lo mismo que en muchos lugares marítimos, en los cuales, al contemplar un monte por el lado que mira al mar, lo vemos como cortado por la mitad y completamente liso desde su cima hasta la base, y como si su cumbre estuviera suspendida sobre el abismo; la misma impresión que causa al que mira desde tan elevada altura a lo profundo del mar, la misma sensación de vértigo experimento yo al quedar como en suspenso por la grandeza de esta afirmación del Señor: Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Dios se deja contemplar por los que tienen el corazón purificado. A Dios nadie lo ha visto jamás, dice san Juan; y Pablo confirma esta sentencia con aquellas palabras tan elevadas: A quien ningún hombre ha visto ni puede ver. Esta es aquella piedra leve, lisa y escarpada, que aparece como privada de todo sustentáculo y aguante intelectual; de ella afirmó también Moisés en sus decretos que era inaccesible, de manera que nuestra mente nunca puede acercarse a ella por más que se esfuerce en alcanzarla, ni puede nadie subir por sus laderas escarpadas, según aquella sentencia: Nadie puede ver al Señor y quedar con vida.

Y sin embargo, la vida eterna consiste en ver a Dios. Y que esta visión es imposible lo afirman las columnas de la fe, Juan, Pablo y Moisés. ¿Te das cuenta del vértigo que produce en el alma la consideración de las profundidades que contemplamos en estas palabras? Si Dios es la vida, el que no ve a Dios no ve la vida. Y que Dios no puede ser visto lo atestiguan, movidos por el Espíritu divino, tanto los profetas como los apóstoles. ¿En qué angustias, pues, no se debate la esperanza del hombre?

Pero el Señor levanta y sustenta esta esperanza que vacila. Como hizo en la persona de Pedro cuando estaba a punto de hundirse, al volver a consolidar sus pies sobre las aguas.

Por lo tanto, si también a nosotros nos da la mano aquel que es la Palabra; si, viéndonos vacilar en el abismo de nuestras especulaciones, nos otorga la estabilidad, iluminando un poco nuestra inteligencia, entonces ya no temeremos, si caminamos cogidos de su mano. Porque dice: Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.



JUEVES


PRIMERA LECTURA

Del libro primero de Samuel 25, 14-24.28-39I

David y Abigail

En aquellos días, uno de los criados avisó a Abigail, la mujer de Nabal:

«David ha mandado unos emisarios desde el páramo a saludar a nuestro amo, y éste los ha tratado con malos modos, y eso que se portaron muy bien con nosotros, no nos molestaron ni nos faltó nada todo el tiempo que anduvimos con ellos, cuando estuvimos en descampado; día y noche nos protegieron mientras estuvimos con ellos guardando las ovejas. Así que mira a ver qué puedes hacer, porque ya está decidida la ruina de nuestro amo y de toda su casa; es un cretino que no atiende a razones».

Abigail reunió aprisa doscientos panes, dos pellejos de vino, cinco ovejas adobadas, treinta y cinco litros de trigo tostado, cien racimos de pasas y doscientos panes de higos; lo cargó todo sobre los burros, y ordenó a los criados:

«Id delante de mí, yo os seguiré».

Pero no dijo nada a Nabal, su marido. Mientras ella, montada en el burro, iba bajando al reparo del monte, David y su gente bajaban en dirección opuesta, hasta que se encontraron. David, por su parte, había comentado:

«He perdido el tiempo guardando todo lo de éste en el páramo para que él no perdiese nada. ¡Ahora me paga mal por bien! ¡Que Dios me castigue si antes del amanecer dejo vivo en toda la posesión de Nabal a uno solo de sus varones!»

En cuanto vio a David, Abigail se bajó del burro y se postró ante él, rostro en tierra. Postrada a sus pies, le dijo:

«Perdona la falta de tu servidora, que el Señor dará a mi señor una casa estable, porque mi señor pelea las guerras del Señor, ni en toda tu vida se te encontrará un fallo. Y aunque alguno se ponga a perseguirte a muerte, la vida de mi señor está bien atada en el zurrón de la vida, al cuidado del Señor, tu Dios, mientras que la vida de tus enemigos la lanzará como piedras con la honda. Que cuando el Señor cumpla a mi señor todo lo que le ha prometido y lo haya constituido jefe de Israel, mi señor no tenga que sentir remordimientos ni desánimo por haber derramado sangre inocente y haber hecho justicia por su mano. Cuando el Señor colme de bienes a mi señor, acuérdate de tu servidora.

David le respondió:

«¡Bendito el Señor, Dios de Israel, que te ha enviado hoy a mi encuentro! ¡Bendita tu prudencia y bendita tú, que me has impedido hoy derramar sangre y hacerme justicia por mi mano! ¡Vive el Señor, Dios de Israel, que me impidió hacerte mal! Si no te hubieras dado prisa en venir a encontrarme, al amanecer no le quedaba vivo a Nabal uno solo de sus varones».

David le aceptó lo que ella le traía, y le dijo:

«Vete en paz a tu casa. Ya ves que te hago caso y te he guardado consideración».

Al volver, Abigail encontró a Nabal celebrando en casa un banquete regio; estaba de buen humor y muy bebido, así que ella no le dijo lo más mínimo hasta el amanecer. Y a la mañana, cuando se le había pasado la borrachera, su mujer le contó lo sucedido; a Nabal se le agarrotó el corazón en el pecho y se quedó de piedra. Pasados unos diez días, el Señor hirió de muerte a Nabal, y falleció. David se enteró de que había muerto Nabal, y exclamó:

«Bendito el Señor, que se encargó de defender mi causa contra la afrenta que me hizo Nabal, librando a su siervo de hacer mal! ¡Hizo recaer sobre Nabal el daño que había hecho!»


SEGUNDA LECTURA

San Gregorio de Nisa, Homilía 6 sobre las bienaventuranzas (PG 44, 1266-1267)

La esperanza de ver a Dios

La promesa de ver a Dios es ciertamente tan grande que supera toda felicidad imaginable. ¿Quién, en efecto, podrá desear un bien superior, si en la visión de Dios lo tiene todo? Porque, según el modo de hablar de la Escritura, ver significa lo mismo que poseer; y así, en aquello que leemos: Que veas la prosperidad de Jerusalén, la palabra «ver» equivale a tener. Y en aquello otro: Que sea arrojado el impío, para que no vea la grandeza dei Señor, por «no ver» se entiende no tener parte en esta grandeza.

Por lo tanto, el que ve a Dios alcanza por esta visión todos los bienes posibles: la vida sin fin, la incorruptibilidad eterna, la felicidad imperecedera, el reino sin fin, la alegría ininterrumpida, la verdadera luz, el sonido espiritual y dulce, la gloria inaccesible, el júbilo perpetuo y, en resumen, todo bien.

Tal y tan grande es, en efecto, la felicidad prometida que nosotros esperamos; pero, como antes hemos demostrado, la condición para ver a Dios es un corazón puro, y ante esta consideración, de nuevo mi mente se siente arrebatada y turbada por una especie de vértigo, por la duda de si esta pureza de corazón es de aquellas cosas imposibles y que superan y exceden nuestra naturaleza Pues, si esta pureza de corazón es el medio para ver a Dios y si Moisés y Pablo no lo vieron, porque, como afirman, Dios no puede ser visto por ellos ni por cualquier otro, esta condición que nos propone ahora la Palabra para alcanzar la felicidad nos parece una cosa irrealizable.

¿De qué nos sirve conocer el modo de ver a Dios, si nuestras fuerzas no alcanzan a ello? Es lo mismo que si uno afirmara que en el cielo se vive feliz, porque allí es posible ver lo que no se puede ver en este mundo. Porque, si se nos mostrase alguna manera de llegar al cielo, sería útil haber aprendido que la felicidad está en el cielo. Pero, si nos es imposible subir allí, ¿de qué nos sirve conocer la felicidad del cielo sino solamente para estar angustiados y tristes, sabiendo de qué bienes estamos privados y la imposibilidad de alcanzarlos? ¿Es que Dios nos invita a una felicidad que excede nuestra naturaleza y nos manda algo que, por su magnitud, supera las fuerzas humanas?

No es así. Porque Dios no creó a los volátiles sin alas, ni mandó vivir bajo el agua a los animales dotados para la vida en tierra firme. Por tanto, si en todas las cosas existe una ley acomodada a su naturaleza, y Dios no obliga a nada que esté por encima de la propia naturaleza, de ello deducimos, por lógica conveniencia, que no hay que desesperar de alcanzar la felicidad que se nos propone, y que Juan y Pablo y Moisés, y otros como ellos, no se vieron privados de esta sublime felicidad, resultante de la visión de Dios; pues, ciertamente, no se vieron privados de esta felicidad ni aquel que dijo: Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará, ni aquel que se reclinó sobre el pecho de Jesús, ni aquel que oyó de boca de Dios: Te he conocido más que a todos.

Por tanto, si es indudable que aquellos que predicaron que la contemplación de Dios está por encima de nuestras fuerzas son ahora felices, y si la felicidad consiste en la visión de Dios, y si para ver a Dios es necesaria la pureza de corazón, es evidente que esta pureza de corazón, que nos hace posible la felicidad, no es algo inalcanzable.

Los que aseguran, pues, tratando de basarse en las palabras de Pablo, que la visión de Dios está por encima de nuestras posibilidades se engañan y están en contradicción con las palabras del Señor, el cual nos promete que, por la pureza de corazón, podemos alcanzar la visión divina.



VIERNES


PRIMERA LECTURA

Del libro primero de Samuel 26, 2-25

Magnanimidad de David con Saúl

Saúl emprendió la bajada hacia el páramo de Zif, con tres mil soldados israelitas, para dar una batida en busca de David. Acampó en el cerro de Jaquilá, en la vertiente que da a la estepa, junto al camino. Cuando David, que vivía en el páramo, vio que Saúl venía a por él, despachó unos espías para averiguar dónde estaba Saúl. Entonces fue hasta el campamento de Saúl, y se fijó en el sitio donde se acostaban Saúl y Abner, hijo de Ner, general del ejército; Saúl estaba acostado en el cercado de carros, y la tropa acampaba alrededor. David preguntó a Ajimélez, el hitita, y a Abisay, hijo de Seruyá, hermano de Joab:

—¿Quién quiere venir conmigo al campamento de Saúl?

Abisay dijo:

—Yo voy contigo.

David y Abisay fueron de noche al campamento; Saúl estaba echado, durmiendo en medio del cercado de carros, la lanza hincada en tierra a la cabecera. Entonces Abisay dijo a David:

—Dios te pone el enemigo en la mano. Voy a clavarlo en tierra de una lanzada; no hará falta repetir el golpe. Pero David replicó:

—¡No lo mates!, que no se puede atentar impunemente contra el ungido del Señor. Vive Dios, que sólo el Señor lo herirá: le llegará su hora y morirá, o acabará cayendo en la batalla. ¡Dios me libre de atentar contra el ungido del Señor! Toma la lanza que está a la cabecera y el botijo y vámonos.

David tomó la lanza y el jarro de agua de la cabecera de Saúl, y se marcharon. Nadie los vio, ni se enteró, ni despertó: estaban todos dormidos, porque el Señor les había enviado un sueño profundo. David cruzó a la otra parte,se plantó en la cima del monte, lejos, dejando mucho espacio en medio, y gritó a la tropa y a Abner, hijo de Ner:

—Abner, ¿no respondes?

Abner preguntó:

—¿Quién eres tú, que gritas al rey?

David le dijo:

—¡Pues sí que eres todo un hombre! ¡El mejor de Israel! ¿Por qué no has guardado al rey, tu Señor, cuando uno del pueblo entró a matarlo? ¡No te has portado bien! Vive Dios, que merecías la muerte por no haber guardado al rey, vuestro señor, al ungido del Señor. Mira dónde está la lanza del rey y el botijo que tenía a la cabecera.

Saúl reconoció la voz de David y dijo:

—¿Es tu voz, David, hijo mío?

David respondió:

—Es mi voz, majestad.

Y añadió:

—¿Por qué me persigues así, mi señor? ¿Qué he hecho, qué culpa tengo? Que vuestra majestad se digne escucharme: si es el Señor quien te instiga contra mí, apláquese con una oblación; pero si son los hombres, ¡malditos sean de Dios!, porque me expulsan hoy, y me impiden participar en la herencia del Señor, diciéndome que me vaya a servir a otros dioses. Que mi sangre no caiga en tierra, lejos de la presencia del Señor, ya que el rey de Israel ha salido persiguiéndome a muerte, como se caza una perdiz por los montes.

Saúl respondió:

—¡He pecado! Vuelve, hijo mío, David, que ya no te haré nada malo, por haber respetado hoy mi vida. He sido un necio, me he equivocado totalmente.

David respondió:

—Aquí está la lanza del rey. Que venga uno de los mozos a recogerla. El Señor pagará a cada uno su justicia y su lealtad. Porque él te puso hoy en mis manos, pero yo no quise atentar contra el ungido del Señor. Que como yo he respetado hoy tu vida, respete el Señor la mía y me libre de todo peligro.

Entonces Saúl le dijo:

—¡Bendito seas, David, hijo mío! Tendrás éxito en todas tus cosas.

Luego David siguió su camino, y Saúl volvió a su palacio.


SEGUNDA LECTURA

San Gregorio de Nisa, Homilía 6 sobre las bienaventuranzas (PG 44, 1270-1271)

Dios puede ser hallado en el corazón del hombre

La salud corporal es un bien para el hombre; pero lo que interesa no es saber el porqué de la salud, sino el poseerla realmente. En efecto, si uno explica los beneficios de la salud, mas luego toma un alimento que produce en su cuerpo humores malignos y enfermedades, ¿de qué le habrá servido aquella explicación, si se ve aquejado por la enfermedad? En este mismo sentido hemos de entender las palabras que comentamos, o sea, que el Señor llama dichosos no a los que conocen algo de Dios, sino a los que lo poseen en sí mismos. Dichosos, pues, los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Y no creo que esta manera de ver a Dios, la del que tiene el corazón limpio, sea una visión externa, por así decirlo, sino que más bien me inclino a creer que lo que nos sugiere la magnificencia de esta afirmación es lo mismo que, de un modo más claro, dice en otra ocasión: El reino de Dios está dentro de vosotros; para enseñarnos que el que tiene el corazón limpio de todo afecto desordenado a las criaturas contempla, en su misma belleza interna, la imagen de la naturaleza divina.

Yo diría que esta concisa expresión de aquel que es la Palabra equivale a decir: «Oh vosotros, los hombres en quienes se halla algún deseo de contemplar el bien verdadero, cuando oigáis que la majestad divina está elevada y ensalzada por encima de los cielos, que su gloria es inexplicable, que su belleza es inefable, que su naturaleza es incomprensible, no caigáis en la desesperación, pensando que no podéis ver aquello que deseáis».

Si os esmeráis con una actividad diligente en limpiar vuestro corazón de la suciedad con que lo habéis embadurnado y ensombrecido, volverá a resplandecer en vosotros la hermosura divina. Cuando un hierro está ennegrecido, si con un pedernal se le quita la herrumbre, enseguida vuelve a reflejar los resplandores del sol; de manera semejante, la parte interior del hombre, lo que el Señor llama el corazón, cuando ha sido limpiado de las manchas de herrumbre contraídas por su reprobable abandono, recupera la semejanza con su forma original y primitiva, y así, por esta semejanza con la bondad divina, se hace él mismo enteramente bueno.

Por tanto, el que se ve a sí mismo ve en sí mismo aquello que desea, y de este modo es dichoso el limpio de corazón, porque al contemplar su propia limpieza ve, como a través de una imagen, la forma primitiva. Del mismo modo, en efecto, que el que contempla el sol en un espejo, aunque no fije sus ojos en el cielo, ve reflejado el sol en el espejo no menos que el que lo mira directamente, así también vosotros —es como si dijera el Señor—, aunque vuestras fuerzas no alcancen a contemplar la luz inaccesible, si retornáis a la dignidad y belleza de la imagen que fue creada en nosotros desde el principio, hallaréis aquello que buscáis dentro de vosotros mismos.

La divinidad es pureza, es carencia de toda inclinación viciosa, es apartamiento de todo mal. Por tanto, si hay en ti estas disposiciones, Dios está en ti. Si tu espíritu, pues, está limpio de toda mala inclinación, libre de toda afición desordenada y alejado de todo lo que mancha, eres dichoso por la agudeza y claridad de tu mirada, ya que, por tu limpieza de corazón, puedes contemplar lo que escapa a la mirada de los que no tienen esta limpieza, y, habiendo quitado de los ojos de tu alma la niebla que los envolvía, puedes ver claramente, con un corazón sereno, un bello espectáculo. Resumiremos todo esto diciendo que la santidad, la pureza, la rectitud son el claro resplandor de la naturaleza divina, por medio del cual vemos a Dios.



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

Del libro primero de Samuel 28, 3-25

Saúl consulta a la nigromante de Fuendor

En aquellos días, Samuel había muerto; todo Israel asistió a los funerales, y lo habían enterrado en Rama, su pueblo. Por otra parte, Saúl había desterrado a nigromantes y adivinos.

Los filisteos se concentraron y fueron a acampar en Sunán. Saúl concentró a todo Israel, y acamparon en Gelboé. Pero, al ver el campamento filisteo, Saúl temió y se echó a temblar. Consultó al Señor, pero el Señor no le respondió, ni por sueños, ni por suertes, ni por profetas. Entonces Saúl dijo a sus ministros:

«Buscadme una nigromante para ir a consultarla». Le dijeron:

«Precisamente hay una en Fuendor».

Saúl se disfrazó con ropa ajena; marchó con dos hombres, llegaron de noche donde la mujer, y le pidió:

«Adivíname el porvenir evocando a los muertos y haz que se me aparezca el que yo te diga».

La mujer le dijo:

«Ya sabes lo que ha hecho Saúl, que ha desterrado a nigromantes y adivinos. ¿Por qué me armas una trampa para luego matarme?»

Pero Saúl le juró por el Señor:

«¡Vive Dios, no te castigarán por esto!»

Entonces la mujer preguntó:

«¿Quién quieres que se te aparezca?»

Saúl dijo:

«Evócame a Samuel».

Cuando la mujer vio aparecer a Samuel, lanzó un grito y dijo a Saúl:

«¿Por qué me has engañado? ¡Tú eres Saúl!» El rey le dijo:

«No temas. ¿Qué ves?»

Respondió:«Un espíritu que sube de lo hondo de la tierra». Saúl le preguntó:

«¿Qué aspecto tiene?»

Respondió:

«El de un anciano que sube envuelto en un manto». Saúl comprendió entonces que era Samuel, y se inclinó rostro en tierra, prosternándose. Samuel le dijo:

«¿Por qué me has evocado, turbando mi reposo?»

Saúl respondió:

«Estoy en una situación desesperada: los filisteos me hacen la guerra, y Dios se me ha alejado y ya no me responde ni por profetas ni en sueños. Por esto te he llamado, para que me digas qué debo hacer».

Pero Samuel le dijo:

«Si el Señor se te ha alejado y se ha hecho enemigo tuyo, ¿por qué me preguntas a mí? El Señor ha ejecutado lo que te anunció por mi medio: ha arrancado el reino de tus manos y se lo ha dado a otro, a David. Por no haber obedecido al Señor, por no haber llevado a cabo su condena contra Amalec, por eso, ahora el Señor ejecuta esta condena contra ti. Y también a Israel lo entregará el Señor contigo a los filisteos; mañana tú y tus hijos estaréis conmigo, y al ejército de Israel lo entregará el Señor en poder de los filisteos».

De repente, Saúl se desplomó cuan largo era, espantado por lo que había dicho Samuel. Estaba desfallecido, porque en todo el día y toda la noche no había comido nada. La mujer se le acercó, y al verlo aterrado le dijo:

«Esta servidora tuya te obedeció, y se jugó la vida para hacer lo que pedías; ahora obedece tú también a tu servidora: voy a traerte algún alimento, come y recobra las fuerzas para ponerte en camino».

El lo rehusaba:

«¡No quiero!»

Pero sus oficiales y la mujer le porfiaron, y les obedeció. Se incorporó y se sentó en la estera. La mujer tenía un novillo cebado. Lo degolló en seguida, cogió harina, amasó y coció unos panes. Se los sirvió a Saúl y sus oficiales. Comieron y se pusieron en camino aquella misma noche.


SEGUNDA LECTURA

San Gregorio Magno, Homilías sobre el libro del profeta Ezequiel (Lib 2, hom 3,18.19.21: CCL 142, 250.252.253.254)

Aplicaos, hermanos, a meditar las palabras de Dios

Os lo ruego, carísimos hermanos, aplicaos a meditar las palabras de Dios, no despreciéis los escritos de nuestro Creador, que nos han sido enviados. Es increíble lo que a su contacto el alma se recalienta para no enervarse en el frío de su iniquidad.

Por la Escritura nos enteramos de que los justos que nos han precedido actuaron con fortaleza, y nosotros mismos nos disponemos a emprender valerosamente el camino del bien obrar, y el ánimo del lector se enciende con la llama del ejemplo de los santos.

Por ejemplo: ¿Que nos apresuramos a ponernos al resguardo de la humildad a fin de mantener la inocencia, aun ofendidos por el prójimo? Acordémonos de Abel, de quien está escrito que fue muerto a manos de su hermano, pero de quien no se lee que opusiera resistencia. ¿Que estamos decididos a anteponer los preceptos de Dios a nuestros intereses presentes? Pongamos a Noé ante nuestros ojos, quien, posponiendo el cuidado de la propia familia, por mandato del Señor todopoderoso, vivió por espacio de cien años ocupado en la construcción del arca. ¿Que nos esforzamos por someternos al yugo de la obediencia? Mirémonos en el ejemplo de Abrahán, quien, dejando casa, parentela y patria, obedeció a la llamada y salió hacia la tierra que iba a recibir en heredad. Salió sin saber a dónde iba. Y estuvo dispuesto a sacrificar —en aras de la herencia eterna— a su querido heredero, el que Dios le había dado. Y por no haber dudado en ofrecer al Señor su único hijo, recibió en herencia la universalidad de los pueblos.

¿Que deseamos abrirnos de par en par a la benevolencia, deponiendo cualquier sentimiento de enemistad? Traigamos a la memoria a Samuel, quien, dimitido por el pueblo de su cargo de juez, cuando ese mismo pueblo le pidió que rezara al Señor por él, respondió con estas palabras: Líbreme Dios de pecar contra el Señor dejando de rezar por vosotros. El santo varón creyó cometer un pecado si, mediante la oración, no hubiera devuelto la benignidad de la gracia a aquellos a quienes tuvo que soportar como adversarios, hasta arrojarle de su cargo. El mismo Samuel, mandado por Dios en otra ocasión a que ungiera a David como rey, respondió: ¿Cómo voy a ir? Si se entera Saúl, me mata. Y sin embargo, sabiendo que Dios estaba enfadado con Saúl, prorrumpió en un llanto tan amargo, que el mismo Señor en persona hubo de decirle: ¿Hasta cuándo vas a estar lamentándote por Saúl, si yo lo he rechazado? Pensemos cuál no sería el ardor de caridad que inflamaba su alma, que lloraba por aquel de quien temía que le quitara la vida.

¿Queremos, pues, guardarnos de quien tememos? Debemos seriamente pensar en no devolver mal por mal, si se presentara la ocasión, a aquel de quien huimos. Acordémonos de David, que teniendo en sus manos al rey que le perseguía, de modo que hubiera podido eliminarlo, puesto, sin embargo, en la disyuntiva de matarlo o no, escogió el bien que su conciencia le dictaba y no el mal que Saúl se merecía, diciendo: ¡Dios me libre de atentar contra el ungido del Señor! Y cuando después el mismo Saúl fue muerto por sus enemigos, lloró la muerte de aquel de quien, vivo, lo había perseguido.

¿Estamos decididos a hablar con entera libertad a los poderosos de este mundo cuando se desvían? Traigamos a la memoria la autoridad de Juan, quien, al echar en cara a Herodes su innoble proceder, no temió la muerte por defender la verdad. Y como quiera que Cristo es la verdad, al dar la vida por la verdad, dio realmente la vida por Cristo.

 


DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO


 

PRIMERA LECTURA

De los libros de Samuel 1S 31, 1-4; 2S 1, 1-16

Muerte de Saúl

En aquellos días, los filisteos entraron en combate con Israel. Los israelitas huyeron ante ellos, y muchos cayeron muertos en el monte Gelboé. Los filisteos persiguieron de cerca a Saúl y sus hijos, e hirieron a Jonatán, Abinadab y Malquisuá, hijos de Saúl. Entonces cayó sobre Saúl el peso del combate; los arqueros le dieron alcance y lo hirieron gravemente. Saúl dijo a su escudero:

«Saca la espada y atraviésame, no vayan a llegar esos incircuncisos y abusen de mí».

Pero el escudero no quiso, porque le entró pánico. Entonces Saúl tomó la espada y se dejó caer sobre ella.

Al volver de su victoria sobre los amalecitas, David se detuvo dos días en Sicelag. Al tercer día de la muerte de Saúl, llegó uno del ejército con la ropa hecha jirones y polvo en la cabeza; cuando llegó, cayó en tierra, postrándose ante David. David le preguntó:

«¿De dónde vienes?»

Respondió:

«Me he escapado del campamento israelita».

David dijo:

«¿Qué ha ocurrido? Cuéntame».

El respondió:

«Pues que la tropa ha huido de la batalla, y ha habido muchas bajas entre la tropa y muchos muertos, y hasta han muerto Saúl y su hijo Jonatán».

David preguntó entonces al muchacho que le informaba:

«¿Cómo sabes que han muerto Saúl y su hijo Jonatán?»Respondió:

«Yo estaba casualmente en el monte Gelboé, cuando encontré a Saúl apoyado en su lanza, con los carros y los jinetes persiguiéndolo de cerca; se volvió, y al verme me llamó, y yo dije:

"¡A la orden!"

Me preguntó:

"¿Quién eres?"

Respondí:

"Soy un amalecita".

Entonces me dice:

"Échate encima y remátame, que estoy en los estertores y no acabo de morir".

Me acerqué a él y lo rematé, porque vi que, una vez caído, no viviría. Luego le quité la diadema de la cabeza y el brazalete del brazo y se los traigo aquí a mi señor».

Entonces David agarró sus vestiduras y las rasgó, y sus acompañantes hicieron lo mismo. Hicieron duelo, lloraron y ayunaron hasta el atardecer por Saúl y por su hijo Jonatán, por el pueblo del Señor, por la casa de Israel, porque habían muerto a espada. David preguntó al que le había dado la noticia:

«¿De dónde eres?»

Respondió:

«Soy hijo de un emigrante amalecita».

Entonces David le dijo:

«¿Y cómo te atreviste a alzar la mano para matar al ungido del Señor?»

Llamó a uno de los oficiales y le ordenó:

«¡Acércate y mátalo!»

El oficial lo hirió y lo mató. Y David sentenció:

«¡Eres responsable de tu muerte! Pues tu propia boca te acusó cuando dijiste: "Yo he matado al ungido del Señor"».


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Sermón 47, sobre las ovejas (1.2.3.6: CCL 41, 572-573.575-576)

El Señor es nuestro Dios, y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía

Las palabras que hemos cantado expresan nuestra convicción de que somos rebaño de Dios: El es nuestro Dios, creador nuestro. El es nuestro Dios, y, nosotros su pueblo, el rebaño que él guía. Los pastores humanos tienen unas ovejas que no han hecho ellos, apacientan un rebaño que no han creado ellos. En cambio, nuestro Dios y Señor, porque es Dios y creador, se hizo él mismo las ovejas que tiene y apacienta. No fue otro quien las creó y él las apacienta, ni es otro quien apacienta las que él creó.

Por tanto, ya que hemos reconocido en este cántico que somos sus ovejas, su pueblo y el rebaño que él guía, oigamos qué es lo que nos dice a nosotros, sus ovejas. Antes hablaba a los pastores, ahora a las ovejas. Por eso, nosotros lo escuchábamos, antes, con temor, vosotros, en cambio, seguros.

¿Cómo lo escucharemos en estas palabras de hoy? ¿Quizá al revés, nosotros seguros y vosotros con temor? No, ciertamente. En primer lugar porque, aunque somos pastores, el pastor no sólo escucha con temor lo que se dice a los pastores, sino también lo que se dice a las ovejas. Si escucha seguro lo que se dice a las ovejas, es porque no se preocupa por las ovejas. Además, ya os dijimos entonces que en nosotros hay que considerar dos cosas: una, que somos cristianos; otra, que somos guardianes. Nuestra condición de guardianes nos coloca entre los pastores, con tal de que seamos buenos. Por nuestra condición de cristianos, somos ovejas igual que vosotros. Por lo cual, tanto si el Señor habla a los pastores como si habla a las ovejas, tenemos que escuchar siempre con temor y con ánimo atento.

Oigamos, pues, hermanos, en qué reprende el Señor a las ovejas descarriadas y qué es lo que promete a sus ovejas. Y vosotros —dice— sois mis ovejas. En primer lugar, si consideramos, hermanos, qué gran felicidad es ser rebaño de Dios, experimentaremos una gran alegría, aun en medio de estas lágrimas y tribulaciones. Del mismo de quien se dice: Pastor de Israel, se dice también: No duerme ni reposa el guardián de Israel. El vela, pues, sobre nosotros, tanto si estamos despiertos como dormidos. Por esto, si un rebaño humano está seguro bajo la vigilancia de un pastor humano, cuán grande no ha de ser nuestra seguridad, teniendo a Dios por pastor, no sólo porque nos apacienta, sino también porque es nuestro creador.

Y a vosotras —dice—, mis ovejas, así dice el Señor Dios: «Voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carnero y macho cabrío». ¿A qué vienen aquí los machos cabríos en el rebaño de Dios? En los mismos pastos, en las mismas fuentes, andan mezclados los machos cabríos, destinados a la izquierda, con las ovejas, destinadas a la derecha, y son tolerados los que luego serán separados. Con ello se ejercita la paciencia de las ovejas, a imitación de la paciencia de Dios. El es quien separará después, unos a la izquierda, otros a la derecha.

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

Del libro segundo de Samuel 2, 1-11; 3, 1-5

David es ungido en Hebrón como rey de Judá

En aquellos días consultó David al Señor:

«¿Puedo ir a alguna ciudad de Judá?»

El Señor le respondió:

«Sí».

David preguntó:

«¿A cuál debo ir?»

Respondió:

«A Hebrón».

Entonces subieron allá David y sus dos mujeres. Ajinoán, la yezraelita, y Abigail, la mujer de Nabal, el de La Vega. Llevó también a todos sus hombres con sus familias y se establecieron en los alrededores de Hebrón. Los de Judá vinieron a ungir allí a David rey de Judá; y le informaron:

«Los de Yabés de Galaad han dado sepultura a Saúl». David mandó unos emisarios a los de Yabés de Galaad a decirles:

«El Señor os bendiga por esa obra de misericordia, por haber dado sepultura a Saúl, vuestro señor. El Señor os trate con misericordia y lealtad, que yo también os recompensaré esa acción. Ahora tened ánimo, sed valientes; Saúl, vuestro señor, ha muerto, pero Judá me ha ungído a mí rey suyo».

Abner, hijo de Ner, general del ejército de Saúl, había recogido a Isbaal, hijo de Saúl, lo había trasladado a Los Castros y lo había nombrado rey de Galaad, de los de Aser, de Yezrael, Efraín, Benjamín y todo Israel; sólo Judá siguió a David. Isbaal, hijo de Saúl, tenía cuarenta años cuando empezó a reinar en Israel, y reinó dos años. David fue rey de Judá, en Hebrón, siete años y medio.

La guerra entre las familias de Saúl y David se prolongó. David iba afianzándose, mientras la familia de Saúl iba debilitándose.

David tuvo varios hijos en Hebrón: el primero fue Amnón, de Ajinoán, la yezraelita; el segundo fue Quilab, de Abigail, la mujer de Nabal, el de La Vega; el tercero, Absalón, de Maacá, hija de Talmay, rey de Guesur; el cuarto, Adonías, de Jaguit; el quinto, Safatías, de Abital; el sexto, Yitreán, de su esposa Eglá. Esos fueron los hijos que tuvo David en Hebrón.


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Sermón 47, sobre las ovejas (12-14: CCL 41, 582-584)

Si buscare agradar a los hombres no sería siervo
de Cristo

Si de algo podemos preciarnos es del testimonio de nuestra conciencia. Hay hombres' que juzgan temerariamente, que son detractores, chismosos, murmuradores, que se empeñan en sospechar lo que no ven, que se empeñan incluso en pregonar lo que ni sospechan; contra esos tales, ¿qué recurso queda sino el testimonio de nuestra conciencia? Y ni aun en aquellos a los que buscamos agradar, hermanos, buscamos nuestra propia gloria, o al menos no debemos buscarla, sino más bien su salvación, de modo que, siguiendo nuestro ejemplo, si es que nos comportamos rectamente, no se desvíen. Que sean imitadores nuestros, si nosotros lo somos de Cristo; y, si nosotros no somos imitadores de Cristo, que tomen al mismo Cristo por modelo. El es, en efecto, quien apacienta su rebaño, él es el único pastor que lo apacienta por medio de los demás buenos pastores, que lo hacen por delegación suya.

Por tanto, cuando buscamos agradar a los hombres, no buscamos nuestro propio provecho, sino el gozo de los demás, y nosotros nos gozamos de que les agrade lo que es bueno, por el provecho que a ellos les reporta, no por el honor que ello nos reporta a nosotros. Está bien claro contra quiénes dijo el Apóstol: Si siguiera todavía agradando a los hombres, no sería siervo de Cristo. Como también está claro a quiénes se refería al decir: Procurad contentar en todo a todos como yo por mi parte procuro contentar en todo a todos. Ambas afirmaciones son límpidas, claras y transparentes. Tú limítate a pacer y beber, sin pisotear ni enturbiar.

Conocemos también aquellas palabras del Señor Jesucristo, maestro de los apóstoles: Alumbre vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria a nuestro Padre que está en el cielo, esto es, al que os ha hecho tales. Nosotros somos su pueblo, el rebaño que el guía. Por lo tanto, él ha de ser alabado, ya que él es de quien procede la bondad que pueda haber en ti, y no tú, ya que de ti mismo no puede proceder más que maldad. Sería contradecir a la verdad si quisieras ser tú alabado cuando haces algo bueno, y que el Señor fuera vituperado cuando haces algo malo.

El mismo que dijo: Alumbre vuestra luz a los hombres dijo también en la misma ocasión: Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres. Y del mismo modo que estas palabras te parecían contradictorias en boca del Apóstol, así también en el Evangelio. Pero si no enturbias el agua de tu corazón, también en ellas reconocerás la paz de las Escrituras, y participarás tú también de su misma paz.

Procuremos, pues, hermanos, no sólo vivir rectamente, sino también obrar con rectitud delante de los hombres, y no sólo preocuparnos de tener la conciencia tranquila, sino también, en cuanto lo permita nuestra debilidad y la vigilancia de nuestra fragilidad humana, procuremos no hacer nada que pueda hacer sospechar mal a nuestro hermano más débil, no sea que, comiendo hierba limpia y bebiendo un agua pura, pisoteemos los pastos de Dios, y las ovejas más débiles tengan que comer una hierba pisoteada y beber un agua enturbiada.



MARTES


PRIMERA LECTURA

Del libro segundo de Samuel 4, 2-5, 7

David, rey de Israel. Conquista de Jerusalén

En aquellos días, Isbaal, hijo de Saúl, tenía dos jefes de guerrillas: uno se llamaba Baaná y el otro Recab, hijos de Rimón, el de Pozos, benjaminitas. Porque también Pozos se consideraba perteneciente a Benjamín; los de Pozos huyeron a Dos Lagares y allí siguen todavía residiendo como forasteros.

Por otra parte, Jonatán, hijo de Saúl, tenía un hijo tullido de ambos pies: tenía cinco años cuando llegó de Yezrael la noticia de la muerte de Saúl y Jonatán; la niñera se lo llevó en la huida, pero, con las prisas de escapar, el niño cayó y quedó cojo; se llamaba Meribaal.

Los hijos de Rimón, el de Pozos, Baaná y Recab, iban de camino y, cuando calentaba el sol, llegaron a casa de Isbaal, que estaba echando la siesta. La portera se había quedado dormida mientras limpiaba el trigo. Recab y su hermano Baaná entraron libremente en la casa, llegaron a la alcoba donde estaba echado Isbaal, y lo hirieron de muerte; luego le cortaron la cabeza, la recogieron y caminaron toda la noche a través de la estepa. Llevaron la cabeza de Isbaal a David, a Hebrón, y dijeron al rey:

«Aquí está la cabeza de Isbaal, hijo de Saúl, tu enemigo, que intentó matarte. El Señor ha vengado hoy al rey mi señor de Saúl y su estirpe».

Pero David dijo a Recab y Baaná, hijos de Rimón, el de Pozos:

«¡Vive Dios que me ha salvado la vida de todo peligro! Si al que me anunció: "Ha muerto Saúl", creyendo dar una buena noticia, lo agarré y lo ajusticié en Sicelag, pagándole así la buena noticia, con cuánta más razón, cuando unos malvados han asesinado a un inocente, en casa, en su cama, vengaré la sangre que habéis derramado, extirpándoos de la tierra».

David dio una orden a sus oficiales, y los mataron. Luego les cortaron manos y pies y los colgaron junto a la Alberca de Hebrón; en cambio, la cabeza de Isbaal la enterraron en la sepultura de Abner, en Hebrón.

Todas las tribus de Israel fueron a Hebrón a ver a David y le dijeron:

«Hueso y carne somos: ya hace tiempo, cuando todavía Saúl era nuestro rey, eras tú quien dirigías las entradas y salidas de Israel. Además el Señor te ha prometido: "Tú serás el pastor de mi pueblo Israel, tú serás el jefe de Israel"».

Todos los ancianos de Israel fueron a Hebrón a ver al rey, y el rey David hizo con ellos un pacto en Hebrón, en presencia del Señor, y ellos ungieron a David como rey de Israel. Tenía treinta años cuando empezó a reinar, y reinó cuarenta años; en Hebrón reinó sobre Judá siete años y medio, y en Jerusalén reinó treinta y tres años sobre Israel y Judá.

El rey y sus hombres marcharon sobre Jerusalén, contra los jebuseos que habitaban el país. Los jebuseos dijeron a David:

«No entrarás aquí. Te rechazarán los ciegos y los cojos».

Era una manera de decir que David no entraría. Pero David conquistó el alcázar de Sión, o sea, la llamada Ciudad de David.


SEGUNDA LECTURA

Santa Teresa de Jesús, Camino de perfección (Cap 51: BAC 120, 221-224)

Venga a nosotros tu reino

¿Quién hay —por desastrado que sea— que cuando pide a una persona de prestigio no lleva pensado cómo lo ha de pedir para contentarle y no serle desabrido, y qué le ha de pedir, y para qué ha menester lo que le ha de dar, en especial si pide cosa señalada, como nos enseña que pidamos nuestro buen Jesús? Cosa me parece para notar mucho. ¿No hubierais podido, Señor mío, concluir con una palabra y decir: «Dadnos, Padre, lo que nos conviene»? Pues a quien tan bien entiende todo, no parece era menester más.

¡Oh sabiduría de los ángeles! Para vos y vuestro Padre esto bastaba (que así le pedisteis en el huerto: mostrasteis vuestra voluntad y temor, mas dejástelo en la suya): mas nos conocéis a nosotros, Señor mío, que no estamos tan rendidos como lo estabais vos a la voluntad de vuestro Padre, y que era menester pedir cosas señaladas para que nos detuviésemos un poco en mirar siquiera si nos está bien lo que pedimos, y si no, que no lo pidamos. Porque, según somos, si no nos dan lo que queremos —con este libre albedrío que tenemos—, no admitiremos lo que el Señor nos diere, porque, aunque sea lo mejor, como no veamos luego el dinero en la mano, nunca nos pensamos ver ricos.

Pues dice el buen Jesús: Santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino. Ahora mirad qué sabiduría tan grande de nuestro Maestro. Considero yo aquí, y es bien que entendamos, qué pedimos en este reino. Mas como vio su majestad que no podíamos santificar, ni alabar, ni engrandecer, ni glorificar, ni ensalzar este nombre santo del Padre eterno —conforme a lo poquito que podemos nosotros—, de manera que se hiciese como es razón, si no nos proveía su majestad con darnos acá su reino, y así lo puso el buen Jesús lo uno junto a lo otro. Porque entendáis esto que pedimos, y lo que nos importa pedirlo y hacer cuanto pudiéramos para contentar a quien nos lo ha de dar, quiero decir aquí lo que yo entiendo.

El gran bien que hay en el reino del cielo —con otros muchos— es ya no tener cuenta con cosas de la tierra: un sosiego y gloria en sí mismos, un alegrarse todos, una paz perpetua, una satisfacción grande en sí mismos que les viene de ver que todos santifican y alaban al Señor y bendicen su nombre, y no le ofende nadie, todos le aman, y la misma alma no entiende en otra cosa sino en amarle, ni puede dejarle de amar, porque le conoce. Y así le amaríamos acá: aunque no en esta perfección y en un ser, mas muy de otra manera le amaríamos si le conociésemos.



MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

Del libro segundo de Samuel 6, 1-23

Traslado del arca a Jerusalén

En aquellos días, David reunió nuevamente a los mozos israelitas: treinta mil hombres. Con todo su ejército emprendió la marcha a Baalá de Judá, para trasladar de allí el arca de Dios, que lleva la inscripción: «Señor de los ejércitos entronizado sobre querubines». Pusieron el arca de Dios en un carro nuevo y la sacaron de casa de Abinabad, en El Cerro. Uzá y Ajió, hijos de Abinabad, guiaban el carro con el arca de Dios; Ajió marchaba delante del arca. David y los israelitas iban danzando ante el Señor con todo entusiasmo, cantando al son de cítaras y arpas, panderos, sonajas y platillos.

Cuando llegaron a la era de Nacón, los bueyes tropezaron, y Uzá alargó la mano al arca de Dios para sujetarla. El Señor se encolerizó contra Uzá por su atrevimiento, lo hirió y murió allí mismo, junto al arca de Dios. David se entristeció porque el Señor había arremetido contra Uzá, y puso a aquel sitio el nombre de Arremetida de Uzá, y así se llama ahora. Aquel día David temió al Señor, y dijo:

«¿Cómo va a venir a mi casa el arca del Señor?»

Y no quiso llevar a su casa, a la Ciudad de David, el arca del Señor, sino que la trasladó a casa de Obededom, el de Gat. El arca del Señor estuvo tres meses en casa de Obededom, el de Gat, y el Señor bendijo a Obededom y su familia. Informaron a David:

«El Señor ha bendecido a la familia de Obededom y toda su hacienda, en atención al arca de Dios».

Entonces fue David y llevó el arca de Dios desde la casa de Obededom a la Ciudad de David, haciendo fiesta. Cuando los portadores del arca del Señor avanzaron seis pasos, sacrificó un toro y un ternero cebado. E iba danzando ante el Señor con todo entusiasmo, vestido sólo con un roquete de lino. Así iban llevando David y los israelitas el arca del Señor entre vítores y al sonido de las trompetas. Cuando el arca del Señor entraba en la Ciudad de David, Mical, hija de Saúl, estaba mirando por la ventana, y, al ver al rey David haciendo piruetas y cabriolas delante del Señor, lo despreció en su interior.

Metieron el arca del Señor y la instalaron en su sitio; en el centro de la tienda que David le había preparado. David ofreció holocaustos y sacrificios de comunión al Señor y, cuando terminó de ofrecerlos, bendijo al pueblo en el nombre del Señor de los ejércitos; luego repartió a todos, hombres y mujeres de la multitud israelita, un bollo de pan, una tajada de carne y un pastel de uvas pasas a cada uno. Después se marcharon todos, cada cual a su casa.

David se volvió para bendecir a su casa, y Mical, hija de Saúl, salió a su encuentro y dijo:

«¡Cómo se ha lucido el rey de Israel, desnudándose a la vista de las criadas de sus ministros, como lo haría un bufón cualquiera!»

David le respondió:

«Ante el Señor, que me prefirió a tu padre y a toda tu familia y me eligió como jefe de su pueblo, yo bailaré y todavía me rebajaré más; si a ti te parece despreciable, ante las criadas que dices, ante ésas, ganaré prestigio».

Mical, hija de Saúl, no tuvo hijos en toda su vida.


SEGUNDA LECTURA

San Jerónimo, Homilía a los recién bautizados, sobre el salmo 41 (CCL 78, 542-544)

Pasaré al lugar del tabernáculo admirable

Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío. Como la cierva del salmo busca las corrientes de agua, así también nuestros ciervos, que han salido de Egipto y del mundo, y han aniquilado en las aguas del bautismo al faraón con todo su ejército, después de haber destruido el poder del diablo, buscan las fuentes de la Iglesia, que son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Que el Padre sea fuente lo hallamos escrito en el libro de Jeremías: Me abandonaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron aljibes, aljibes agrietados, que no retienen el agua. Acerca del Hijo, leemos en otro lugar: Abandonaron la fuente de la sabiduría. Y del Espíritu Santo: El que bebe del agua que yo le daré, nacerá dentro de él un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna, palabras cuyo significado nos explica luego el evangelista, cuando nos dice que el Salvador se refería al Espíritu Santo. De todo lo cual se deduce con toda claridad que la triple fuente de la Iglesia es el misterio de la Trinidad.

Esta triple fuente es la que busca el alma del creyente, el alma del bautizado, y por eso dice: Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo. No es un tenue deseo el que tiene de ver a Dios, sino que lo desea con un ardor parecido al de la sed. Antes de recibir el bautismo, se decían entre sí:

¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios? Ahora ya han conseguido lo que deseaban: han llegado a la presencia de Dios y se han acercado al altar y tienen acceso al misterio de salvación.

Admitidos en el cuerpo de Cristo y renacidos en la fuente de vida, dicen confiadamente: Pasaré al lugar del tabernáculo admirable, hacia la casa de Dios. La casa de Dios es la Iglesia, ella es el tabernáculo admirable porque en él resuenan los cantos de júbilo y alabanza en el bullicio de la fiesta.

Decid, pues, los que acabáis de revestiros de Cristo y, siguiendo nuestras enseñanzas, habéis sido extraídos del mar de este mundo, como pececillos con el anzuelo. «En nosotros ha sido cambiado el orden natural de las cosas. En efecto, los peces, al ser extraídos del mar, mueren; a nosotros, en cambio, los apóstoles nos sacaron del mar de este mundo para que pasáramos de muerte a vida. Mientras vivíamos sumergidos en el mundo, nuestros ojos estaban en el abismo y nuestra vida se arrastraba por el cieno, mas, desde el momento en que fuimos arrancados de las olas, hemos comenzado a ver el sol, hemos comenzado a contemplar la luz verdadera, y, por esto, llenos de alegría desbordante, le decimos a nuestra alma: Espera en Dios, que volverás a alabarlo: "Salud de mi rostro, Dios mío"».



JUEVES


PRIMERA LECTURA

Del libro segundo de Samuel 7, 1-25

La profecía mesiánica de Natán

En aquellos días, cuando el rey David se estableció en su palacio, y el Señor le dio la paz con todos los enemigos que le rodeaban, el rey dijo al profeta Natán:

«Mira, yo estoy viviendo en casa de cedro, mientras el Arca del Señor vive en una tienda».

Natán respondió al rey:

«Ve y haz cuanto piensas, pues el Señor está contigo». Pero aquella noche recibió Natán la siguiente palabra del Señor:

«Ve y dile a mi siervo David: "Así dice el Señor: ¿Eres tú quien me va a construir una casa para que habite en ella? Desde el día en que saqué a los israelitas de Egipto hasta hoy no he habitado en una casa, sino que he viajado de acá para allá en una tienda que me servía de santuario. Y en todo el tiempo que viajé de acá para allá con los israelitas, ¿encargué acaso a algún juez de Israel, a los que mandé pastorear a mi pueblo Israel, que me construyese una casa de cedro?"

Pues bien, di esto a mi siervo David: "Así dice el Señor de los ejércitos: Yo te saqué de los apriscos, de andar tras las ovejas, para que fueras jefe de mi pueblo Israel. Yo estaré contigo en todas tus empresas, acabaré con tus enemigos, te haré famoso como a los más famosos de la tierra. Daré un puesto a Israel, mi pueblo: lo plantaré para que viva en él sin sobresaltos, y en adelante no permitiré que los malvados lo aflijan como antes, cuando nombré jueces para gobernar a mi pueblo Israel. Te pondré en paz con todos tus enemigos, te haré grande y te daré una dinastía.

Y cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré el trono de su realeza. El construirá una casa para mi nombre, y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre. Yo seré para él padre, y él será para mí hijo; si se tuerce, lo corregiré con varas y golpes como suelen los hombres, pero no le retiraré mi lealtad como se la retiré a Saúl, al que aparté de mi presencia. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre"».

Natán comunicó a David toda la visión y todas estas palabras. Entonces el rey David fue a presentarse ante el Señor y dijo:

«¿Quién soy yo, mi Señor, y qué es mi familia, para que me hayas hecho llegar hasta aquí? ¡Y, por si fuera poco para ti, mi Señor, has hecho a la casa de tu siervo una promesa para el futuro, mientras existan hombres, mi Señor! ¿Qué más puede añadirte David, si tú, mi Señor, conoces a tu siervo? Por tu palabra, y según tus designios, has sido magnánimo con tu siervo, revelándole estas cosas. Por eso eres grande, mi Señor, como hemos oído; no hay nadie como tú, no hay dios fuera de ti.

¿Y qué nación hay en el mundo como tu pueblo Israel, a quien Dios ha venido a librar para hacerlo suyo, y a darle renombre, y a hacer prodigios terribles en su favor expulsando a las naciones y a sus dioses ante el pueblo que libraste de Egipto? Has establecido a tu pueblo Israel como pueblo tuyo para siempre, y tú, Señor, mantén siempre la promesa que has hecho a tu siervo y a su familia, cumple tu palabra».


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Libro sobre la predestinación de los elegidos (Cap 15, 30-31: PL 44, 981-983)

Jesucristo es del linaje de David según la carne

El más esclarecido ejemplar de la predestinación y de la gracia es el mismo Salvador del mundo, el mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús; porque para llegar a serlo, ¿con qué méritos anteriores, ya de obras, ya de fe, pudo contar la naturaleza humana que en él reside. Yo ruego que se me responda a lo siguiente: aquella naturaleza humana que en unidad de persona fue asumida por el Verbo, coeterno del Padre, ¿cómo mereció llegar a ser Hijo unigénito de Dios? ¿Precedió algún mérito a esta unión? ¿Qué obró, qué creyó o qué exigió previamente para llegar a tan inefable y soberana dignidad? ¿No fue acaso por la virtud y asunción del mismo Verbo por lo que aquella humanidad, en cuanto empezó a existir, empezó a ser Hijo único de Dios?

Manifiéstese, pues, ya a nosotros en el que es nuestra Cabeza la fuente misma de la gracia, la cual se derrama por todos sus miembros según la medida de cada uno. Tal es la gracia por la cual se hace cristiano el hombre desde el momento en que comienza a creer; la misma por la cual aquel Hombre, unido al Verbo desde el primer momento de su existencia, fue hecho Jesucristo; del mismo Espíritu Santo, de quien Cristo fue nacido, es ahora el hombre renacido; por el mismo Espíritu Santo, por quien se verificó que la naturaleza humana de Cristo estuviera exenta de todo pecado, se nos concede a nosotros ahora la remisión de los pecados. Sin duda, Dios tuvo presciencia de que realizaría todas estas cosas. Porque en esto consiste la predestinación de los santos, que tan soberanamente resplandece en el Santo de los santos. ¿Quién podría negarla de cuantos entienden rectamente las palabras de la verdad? Pues el mismo Señor de la gloria, en cuanto que el Hijo de Dios se hizo hombre, sabemos que fue también predestinado.

Fue, por tanto, predestinado Jesús, para que, al llegar a ser hijo de David según la carne, fuese también, al mismo tiempo, Hijo de Dios según el Espíritu de santidad; pues nació del Espíritu Santo y de María Virgen. Tal fue aquella singular elevación del hombre, realizada de manera inefable por el Verbo divino, para que Jesucristo fuese llamado a la vez, verdadera y propiamente, Hijo de Dios e hijo del hombre; hijo del hombre, por la naturaleza humana asumida, e Hijo de Dios, porque el Verbo unigénito la asumió en sí; de otro modo no se creería en la trinidad, sino en una cuaternidad de personas.

Así fue predestinada aquella humana naturaleza a tan grandiosa, excelsa y sublime dignidad, más arriba de la cual no podría ya darse otra elevación mayor; de la misma manera que la divinidad no pudo descender ni humillarse más por nosotros, que tomando nuestra naturaleza con todas sus debilidades hasta la muerte de cruz. Por tanto, así como ha sido predestinado ese hombre singular para ser nuestra Cabeza, así también una gran muchedumbre hemos sido predestinados para ser sus miembros. Enmudezcan, pues, aquí las deudas contraídas por la humana naturaleza, pues ya perecieron en Adán, y reine por siempre esta gracia de Dios, que ya reina por medio de Jesucristo, Señor nuestro, único Hijo de Dios y único Señor. Y así, si no es posible encontrar en nuestra Cabeza mérito alguno que preceda a su singular generación, tampoco en nosotros, sus miembros, podrá encontrarse merecimiento alguno que preceda a tan multiplicada regeneración.



VIERNES


PRIMERA LECTURA

Del libro segundo de Samuel 11, 1-17.26-27

El pecado de David

Al año siguiente, en la época en que los reyes van a la guerra, David envió a Joab con sus oficiales y todo Israel a devastar la región de los amonitas y sitiar a Rabá.

David, mientras tanto, se quedó en Jerusalén; y un día, a eso del atardecer, se levantó de la cama y se puso a pasear por la azotea del palacio, y desde la azotea vio a una mujer bañándose, una mujer muy bella. David mandó preguntar por la mujer, y le dijeron:

«Es Betsabé, hija de Alián, esposa de Urías, el hitita».

David mandó a unos para que se la trajesen; llegó la mujer, y David se acostó con ella, que estaba purificándose de sus reglas. Después Betsabé volvió a su casa, quedó encinta y mandó éste aviso a David:

«Estoy encinta».

Entonces David mandó esta orden a Joab:

«Mándame a Urías, el hitita».

Joab se lo mandó. Cuando llegó Urías, David le preguntó por Joab, el ejército y la guerra. Luego le dijo: «Anda a casa a lavarte los pies».

Urías salió del palacio, y detrás de él le llevaron un regalo del rey. Pero Urías durmió a la puerta del palacio, con los guardias de su señor; no fue a su casa. Avisaron a David que Urías no había ido a su casa, y David le dijo:

«Has llegado de viaje, ¿por qué no vas a casa?»

Urías le respondió:

«El arca, Israel y Judá viven en tiendas; Joab, mi jefe, y sus oficiales acampan al raso; ¿y voy yo a ir a mi casa a banquetear y a acostarme con mi mujer? ¡Vive Dios!, por tu vida, no haré tal».

David le dijo:

«Quédate aquí hoy, mañana te dejaré ir».

Urías se quedó en Jerusalén aquel día. Al día siguiente, David lo convidó a un banquete y lo emborrachó. Al atardecer, Urías salió para acostarse con los guardias de su señor, y no fue a su casa. A la mañana siguiente, David escribió una carta a Joab y se la mandó por medio de Urías. El texto de la carta era:

«Pon a Urías en primera línea, donde sea más recia la lucha, y retiraos dejándolo solo, para que lo hieran y muera».

Joab, que tenía cercada la ciudad, puso a Urías donde sabía que estaban los defensores más aguerridos. Los de la ciudad hicieron una salida, trabaron combate con Joab, y hubo algunas bajas en el ejército entre los oficiales de David; murió también Urías, el hitita.

La mujer de Urías oyó que su marido había muerto e hizo duelo por él. Cuando pasó el luto, David mandó a por ella y la recogió en su casa; la tomó como esposa, y le dio a luz un hijo. Pero el Señor reprobó lo que había hecho David.


SEGUNDA LECTURA

San Cirilo de Jerusalén, Catequesis 1 (2-3.5-6: PG 33, 371. 375-378)

Reconoce el mal que has hecho, ahora que es el tiempo propicio

Si hay aquí alguno que esté esclavizado por el pecado, que se disponga por la fe a la regeneración que nos hace hijos adoptivos y libres; y así, libertado de la pésima esclavitud del pecado y sometido a la dichosa esclavitud del Señor, será digno de poseer la herencia celestial. Despojaos, por la confesión de vuestros pecados, del hombre viejo, viciado por las concupiscencias engañosas, y vestíos del hombre nuevo que se va renovando según el conocimiento de su creador. Adquirid, mediante vuestra fe, las arras del Espíritu Santo, para que podáis ser recibidos en la mansión eterna. Acercaos a recibir el sello sacramental, para que podáis ser reconocidos favorablemente por aquel que es vuestro dueño. Agregaos al santo y racional rebaño de Cristo, para que un día, separados a su derecha, poseáis en herencia la vida que os está preparada.

Porque los que conserven adherida la aspereza del pecado, a manera de una piel velluda, serán colocados a la izquierda, por no haberse querido beneficiar de la gracia de Dios, que se obtiene por Cristo a través del baño de regeneración. Me refiero no a una regeneración corporal, sino al nuevo nacimiento del alma. Los cuerpos, en efecto, son engendrados por nuestros padres terrenos, pero las almas son regeneradas por la fe, porque el Espíritu sopla donde quiere. Y así entonces, si te has hecho digno de ello, podrás escuchar aquella voz: Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor, a saber, si tu conciencia es hallada limpia y sin falsedad.

Pues si alguno de los aquí presentes tiene la pretensión de poner a prueba la gracia de Dios, se engaña a sí mismo e ignora la realidad de las cosas. Procura, oh hombre, tener un alma sincera y sin engaño, porque Dios penetra en el interior del hombre.

El tiempo presente es tiempo de reconocer nuestros pecados. Reconoce el mal que has hecho, de palabra o de obra, de día o de noche. Reconócelo ahora que es el tiempo propicio, y en el día de la salvación recibirás el tesoro celeste.

Limpia tu recipiente, para que sea capaz de una gracia más abundante, porque el perdón de los pecados se da a todos por igual, pero el don del Espíritu Santo se concede a proporción de la fe de cada uno. Si te esfuerzas poco, recibirás poco, si trabajas mucho, mucha será tu recompensa. Corres en provecho propio, mira, pues, tu conveniencia.

Si tienes algo contra alguien, perdónalo. Vienes para alcanzar el perdón de los pecados: es necesario que tú también perdones al que te ha ofendido.



 

SÁBADO


PRIMERA LECTURA

Del libro segundo de Samuel 12, 1-25

Arrepentimiento de David

El Señor envió a Natán a David. Entró Natán ante el rey y le dijo:

«Había dos hombres en un pueblo, uno rico y otro pobre. El rico tenía muchos rebaños de ovejas y bueyes; el pobre sólo tenía una corderilla que había comprado; la iba criando, y ella crecía con él y con sus hijos, comiendo de su pan, bebiendo de su vaso, durmiendo en su regazo: era como una hija. Llegó una visita a casa del rico, y no queriendo perder una oveja o un buey, para invitar a su huésped, cogió la cordera del pobre y convidó a su huésped».

David se puso furioso contra aquel hombre y dijo a Natán:

«Vive Dios, que el que ha hecho eso es reo de muerte. No quiso respetar lo del otro; pues pagará cuatro veces el valor de la cordera».

Natán dijo a David:

«¡Eres tú! Así dice el Señor, Dios de Israel: "Yo te ungí rey de Israel, te libré de las manos de Saúl, te entregué la casa de tu señor, puse sus mujeres en tus brazos, te entregué la casa de Israel y la de Judá, y, por si fuera poco, pienso darte otro tanto. ¿Por qué has despreciado tú la palabra del Señor, haciendo lo que a él le parece mal? Mataste a espada a Urías, el hitita, y te quedaste con su mujer. Pues bien, la espada no se apartará nunca de tu casa, por haberme despreciado, quedándote con la mujer de Urías".

Así dice el Señor: "Yo haré que de tu propia casa nazca tu desgracia; te arrebataré tus mujeres y ante tus ojos se las daré a otro, que se acostará con ellas a la luz del sol que nos alumbra. Tú lo hiciste a escondidas, yo lo haré ante todo Israel, en pleno día"».

David respondió a Natán:

«¡He pecado contra el Señor!»

Natán le dijo:

«El Señor ha perdonado ya tu pecado, no morirás. Pero, por haber despreciado al Señor con lo que has hecho, el hijo que te ha nacido morirá».

Natán marchó a su casa.

El Señor hirió al niño que la mujer de Urías había dado a David, y cayó gravemente enfermo. David pidió a Dios por el niño, prolongó su ayuno y de noche se acostaba en el suelo. Los ancianos de su casa intentaron levantarlo, pero él se negó, ni quiso comer nada con ellos. El séptimo día murió el niño. Los cortesanos de David temieron darle la noticia de que había muerto el niño, pues se decían:

«Si cuando el niño estaba vivo le hablábamos al rey y no atendía a lo que decíamos, ¿cómo le decimos ahora que ha muerto el niño? ¡Hará un disparate!»

David notó que sus cortesanos andaban cuchicheando y adivinó que había muerto el niño; les preguntó: «¿Ha muerto el niño?»

Ellos dijeron:

«Sí».

Entonces David se levantó del suelo, se perfumó y se mudó; fue al templo a adorar al Señor; luego fue al palacio, pidió la comida, se la sirvieron, y comió. Sus cortesanos le dijeron:

«¿Qué manera es ésta de proceder? ¡Ayunabas y llorabas por el niño cuando estaba vivo, y en cuanto ha muerto te levantas y te pones a comer!»

David respondió:

«Mientras el niño estaba vivo, ayuné y lloré, pensando que quizá el Señor se apiadaría de mí, y el niño se curaría. Pero ahora ha muerto; ¿qué saco con ayunar? ¿Podré hacerlo volver? Soy yo quien irá donde él, él no volverá a mí».

Luego consoló a su mujer Betsabé, fue y se acostó con ella. Betsabé dio a luz un hijo, y David le puso el nombre de Salomón; el Señor lo amó, y envió al profeta Natán, que le puso el nombre de Yedidías por orden del Señor.


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Sermón 19 (2-3: CCL 41, 252-254)

Mi sacrificio es un espíritu quebrantado

Yo reconozco mi culpa, dice el salmista. Si yo la reconozco, dígnate tú perdonarla. No tengamos en modo alguno la presunción de que vivimos rectamente y sin pecado. Lo que atestigua a favor de nuestra vida es el reconocimiento de nuestras culpas. Los hombres sin remedio son aquellos que dejan de atender a sus propios pecados para fijarse en los de los demás. No buscan lo que hay que corregir, sino en qué pueden morder. Y, al no poderse excusar a sí mismos, están siempre dispuestos a acusar a los demás. No es así como nos enseña el salmo a orar y dar a Dios satisfacción, ya que dice: Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado. El que así ora no atiende a los pecados ajenos, sino que se examina a sí mismo, y no de manera superficial, como quien palpa, sino profundizando en su interior. No se perdona a sí mismo, y por esto precisamente puede atreverse a pedir perdón.

¿Quieres aplacar a Dios? Conoce lo que has de hacer contigo mismo para que Dios te sea propicio. Atiende a lo que dice el mismo salmo: Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Por tanto, ¿es que has de prescindir del sacrificio? ¿Significa esto que podrás aplacar a Dios sin ninguna oblación? ¿Qué dice el salmo? Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Pero continúa y verás que dice: Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias. Dios rechaza los antiguos sacrificios, pero te enseña qué es lo que has de ofrecer. Nuestros padres ofrecían víctimas de sus rebaños, y éste era su sacrificio. Los sacrificios no te satisfacen, pero quieres otra clase de sacrificios.

Si te ofreciera un holocausto —dice—, no lo querrías. Si no quieres, pues, holocaustos, ¿vas a quedar sin sacrificios? De ningún modo. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias. Este es el sacrificio que has de ofrecer. No busques en el rebaño, no prepares navíos para navegar hasta las más lejanas tierras a buscar perfumes. Busca en tu corazón la ofrenda grata a Dios. El corazón es lo que hay que quebrantar. Y no temas perder el corazón al quebrantarlo, pues dice también el salmo: Oh Dios, crea en mí un corazón puro. Para que sea creado este corazón puro, hay que quebrantar antes el impuro.

Sintamos disgusto de nosotros mismos cuando pecamos, ya que el pecado disgusta a Dios. Y ya que no estamos libres de pecado, por lo menos asemejémonos a Dios en nuestro disgusto por lo que a él le disgusta. Así tu voluntad coincide en algo con la de Dios, en cuanto que te disgusta lo mismo que odia tu Hacedor.

 


DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

Del libro segundo de Samuel 15, 7-14.24-30; 16, 5-13

Rebelión de Absalón y huida de David

En aquellos días, Absalón dijo al rey David:

«Déjame ir a Hebrón, a cumplir una promesa que hice al Señor, porque cuando estuve en Guesur de Jarán hice esta promesa: "Si el Señor me deja volver a Jerusalén, le ofreceré un sacrificio en Hebrón"».

El rey le dijo:

«Vete en paz».

Absalón emprendió la marcha hacia Hebrón, pero despachó agentes por todas las tribus de Israel con este encargo:

«Cuando oigáis el sonido de la trompa, decid: ¡Absalón es rey en Hebrón!»

Desde Jerusalén marcharon con Absalón doscientos convidados; caminaban inocentemente, sin sospechar nada. Durante los sacrificios, Absalón mandó gente a Guiló para hacer venir del pueblo a Ajitófel, el guilonita, consejero de David. La conspiración fue tomando fuerza, porque aumentaba la gente que seguía a Absalón. Uno llevó esta noticia a David:

«Los israelitas se han puesto de parte de Absalón». Entonces David dijo a los cortesanos que estaban con él en Jerusalén:

«¡Ea, huyamos! Que, si se presenta Absalón, no nos dejará escapar. Salgamos a toda prisa, no sea que él se adelante, nos alcance y precipite la ruina sobre nosotros, y pase a cuchillo la población».

Sadoc, con los levitas, llevaba el arca de la alianza de Dios, y la depositaron junto a Abiatar, hasta que toda la gente salió de la ciudad. Entonces el rey dijo a Sadoc:

«Vuélvete con el arca de Dios a la ciudad. Si alcanzo el favor del Señor, me dejará volver a ver el arca y su morada. Pero, si dice que no me quiere, aquí me tiene, haga de mí lo que le parezca bien».

Luego añadió al sacerdote Sadoc:

«Volveos en paz a la ciudad, tú con tu hijo Ajimás, y Abiatar con su hijo Jonatán. Mirad, yo me detendré por los pasos del desierto, hasta que me llegue algún aviso vuestro».

Sadoc y Abiatar volvieron con el arca de Dios a Jerusalén y se quedaron allí. David subió la cuesta de los Olivos; la subía llorando, la cabeza cubierta y los pies descalzos. Y todos sus acompañantes llevaban cubierta la cabeza, y subían llorando. Al llegar el rey David a Bajurín, salió de allí uno de la familia de Saúl, llamado Semeí, hijo de Guerá, insultándolo según venía. Y empezó a tirar piedras a David y a sus cortesanos —toda la gente y los militares iban a derecha e izquierda del rey—, y le maldecía:

«¡Vete, vete, asesino, canalla! El Señor te paga la matanza de la familia de Saúl, cuyo trono has usurpado. El Señor ha entregado el reino a tu hijo Absalón, mientras tú has caído en desgracia, porque eres un asesino».

Abisay, hijo de Seruyá, dijo al rey:

«Ese perro muerto ¿se pone a maldecir a mi señor? ¡Déjame ir allá, y le corto la cabeza!»

Pero el rey dijo:

«¡No os metáis en mis asuntos, hijos de Seruyá! Déjale que maldiga, que, si el Señor le ha mandado que maldiga a David, ¿quién va a pedirle cuentas?»

Luego dijo David a Abisay y a todos sus cortesanos:

«Ya veis. Un hijo mío, salido de mis entrañas, intenta matarme, ¡y os extraña ese benjaminita! Dejadlo que me maldiga, porque se lo ha mandado el Señor. Quizá el Señor se fije en mi humillación y me pague con bendiciones estas maldiciones de hoy».

David y los suyos siguieron su camino, mientras Semeí iba en dirección paralela por la loma cjel monte echando maldiciones según caminaba, tirando piedras y levantando polvo.


SEGUNDA LECTURA

San Lorenzo de Brindisi, Homilía 2 en el domingo noveno de Pentecostés (6-7: Opera omnia, t. 8, 514-517)

Llora Cristo por la sinagoga, a la que tanto amaba

Lloró amargamente el patriarca Abrahán la muerte de Sara, su mujer, e Isaac la muerte de su madre. Lloró el pueblo de Israel la muerte del sumo sacerdote Aarón y Moisés, el gran profeta. Lloró David la muerte de Saúl y la de su hijo Absalón; deplora asimismo Cristo la suerte de Jerusalén. ¿Quién ignora que, en las Escrituras santas, la sinagoga es llamada esposa de Dios? Cristo es Dios; Jerusalén es la sinagoga.

Ve Cristo ya próxima la muerte de su esposa y, por eso, al ver la ciudad lloró por ella. De igual modo llora David a Absalón: ¡Hijo mío, Absalón, hijo mío! ¡Hijo mío, Absalón ¡Ojalá hubiera muerto yo en vez de ti, Absalón, hijo mío, hijo mío! Y Cristo le dice a Jerusalén: ¡Ojalá hubiera muerto yo en vez de ti, Jerusalén! Pues estoy dispuesto a morir por ti, con tal de que tú te salves. David amaba tiernamente a su hijo Absalón, a pesar de ser un impío y no obstante tramar la muerte de su padre para usurparle el reino: por eso lloraba, por eso deseaba morir en su lugar; lo mismo Cristo a Jerusalén: la amaba tiernamente y por eso llora por ella, porque, lo mismo que Absalón, estaba a punto de perecer. Llora por ella Cristo, y no solamente desea morir por su salvación, sino que de hecho muere. Pero el profundo dolor de Cristo estribaba en que ciertamente iba a morir en Jerusalén por su salvación, pero, por su culpa, la muerte de Cristo no había de ser para ella fuente de salvación, sino causa de una más grave condena.

Al ver la ciudad lloró por ella. En la pasión sobre la cruz, Cristo se dolía no tanto de las penas y de su propia muerte cuanto de saber que los hombres no habrían de valorar este beneficio: ¡Si al menos tú —dice— comprendieras en este día lo que conduce a la paz! Nacemos todos hijos de la ira y enemigos de Dios; y Dios nos concede todo el tiempo de la presente vida para hacer las paces, para conseguir la gracia de Dios, para que, por fin, consigamos la gloria. Pero, por desgracia, es en lo que menos pensamos; al contrario, recayendo diariamente en el pecado nos vamos haciendo cada vez más enemigos de Dios. Y esto ocurre porque está escondido a nuestros ojos el fruto de la gracia y el fruto del pecado, que es la muerte eterna.

Sin embargo, ¡oh cristianos!, sabemos ciertamente esto: que el cielo y la tierra pueden ciertamente pasar, pero que las palabras de Cristo no pasarán. Conminó Cristo a Jerusalén con la total desolación y le predijo su destrucción a manos de los enemigos, y así sucedió. Nos predice a nosotros la condenación eterna, si no hacemos penitencia: Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos; si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera, como en el diluvio y como perecieron en el fuego de la Pentápolis los hombres pecadores. Y ¿qué hacemos nosotros? ¿Penitencia por los pecados? ¿O más bien acumulamos pecados más graves a los ya cometidos? ¡Deplorable ceguera la nuestra!

Al acercarse Jesús a Jerusalén y ver la ciudad lloró porque no reconoció el momento de su venida. Por su entrañable misericordia nos visitó Dios para iluminarnos: anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados; nos visitó para salvarnos de nuestros pecados: para concedernos que, libres de temor, arrancados de la mano de los enemigos, le sirvamos con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días. Pero, por favor, hermanos, si queremos obrar de este modo, debemos tener siempre presente nuestro fin. De esta forma, teniendo presente la muerte, sabremos discernir las falacias del mundo y dirigiremos nuestra vida por caminos de santidad y justicia.

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

Del libro segundo de Samuel 18, 6-17.24—19, 5

Muerte de Absalón y duelo de David

En aquellos días, el ejército de David salió al campo para hacer frente a Israel. Se entabló la batalla en la espesura de Efraín, y allí fue derrotado el ejército de Israel por los de David; fue una gran derrota la de aquel día: veinte mil bajas. La lucha se extendió a toda la zona, y la espesura devoró aquel día más gente que la espada.

Absalón fue a dar en un destacamento de David. Iba montado en un mulo, y, al meterse el mulo bajo el ramaje de una encina copuda, se le enganchó a Absalón la cabeza en la encina y quedó colgando entre el cielo y la tierra, mientras el mulo que cabalgaba se le escapó. Lo vio uno y avisó a Joab:

«¡Acabo de ver a Absalón colgado de una encina!» Joab dijo al que le daba la noticia:

«Pues si lo has visto, ¿por qué no lo clavaste en tierra, y ahora yo tendría que darte diez monedas de plata y un cinturón?»

Pero el hombre le respondió:

«Aunque sintiera yo en la palma de la mano el peso de mil monedas de plata, no atentaría contra el hijo del rey; estábamos presentes cuando el rey os encargó, a ti, Abisay e Ittay, que le cuidaseis a su hijo Absalón. Si yo hubiera cometido por mi cuenta tal villanía, como el rey se entera de todo, tú te pondrías contra mí».

Entonces Joab dijo:

«¡No voy a andar con contemplaciones por tu culpa!»

Agarró tres venablos y se los clavó en el corazón a Absalón, todavía vivo en el ramaje de la encina. Los diez asistentes de Joab se acercaron a Absalón y lo acribillaron, rematándolo. Joab tocó la trompeta para detener a la tropa, y el ejército dejó de perseguir a Israel. Luego agarraron a Absalón y lo tiraron a un hoyo grande en la espesura, y echaron encima un montón enorme de piedras. Los israelitas huyeron todos a la desbandada.

David estaba sentado entre las dos puertas. El centinela subió al mirador, encima de la puerta, sobre la muralla, levantó la vista y miró: un hombre venía corriendo solo. El centinela gritó y avisó al rey. El rey comentó:

«Si viene solo, trae buenas noticias».

El hombre seguía acercándose. Y entonces el centinela divisó a otro hombre corriendo detrás, y gritó desde encima de la puerta:

«Viene otro hombre corriendo solo».

Y el rey comentó:

«También ese trae buenas noticias».

Luego dijo el centinela:

«Estoy viendo cómo corre el primero: corre al estilo de Ajimás, el de Sadoc».

El rey comentó:

«Es buena persona, viene con buenas noticias». Cuando Ajimás se aproximó, dijo al rey:

«¡Paz!»

Y se postró ante el rey, rostro en tierra. Luego dijo: «Bendito sea el Señor, tu Dios, que te ha entregado los que se habían sublevado contra el rey, mi señor!» El rey preguntó:

«¿Está bien el muchacho Absalón?»

Ajimás respondió:

«Cuando tu siervo Joab me envió, yo vi un gran barullo, pero no sé lo que era».

El rey dijo:

«Retírate y espera ahí».

Se retiró y esperó allí. Y en aquel momento llegó el otro hombre, que era un etíope, y dijo:

«Albricias, majestad! ¡El Señor te ha hecho hoy justicia de los que se habían rebelado contra ti!»

El rey le preguntó:

«¿Está bien mi hijo Absalón?»

Respondió el etíope:

«¡Acaben como él los enemigos de vuestra majestad y cuantos se rebelen contra ti!»

Entonces el rey se estremeció, subió al mirador de encima de la puerta y se echó a llorar, diciendo mientras subía:

«¡Hijo mío, Absalón, hijo mío! ¡Hijo mío, Absalón! ¡Ojalá hubiera muerto yo en vez de ti, Absalón, hijo mío, hijo mío!»

A Joab le avisaron:

«El rey está llorando y lamentándose por Absalón».

Así, la victoria de aquel día fue duelo para el ejército, porque los soldados oyeron decir que el rey estaba afligido a causa de su hijo. Y el ejército entró aquel día en la ciudad a escondidas, como se esconden los soldados abochornados cuando han huido del combate. El rey se tapaba el rostro y gritaba:

«¡Hijo mío, Absalón! ¡Absalón, hijo mío, hijo mío!»


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Comentario sobre el salmo 32 (29: CCL 38, 272-273)

Los de fuera, lo quieran o no, son hermanos nuestros

Leed los escritos dei Apóstol, y veréis que, cuando dice: «hermanos» sin más, se refiere únicamente a los cristianos: Tú, ¿por qué juzgas a tu hermano?, o ¿por qué desprecias a tu hermano? Y dice también en otro lugar: Sois injustos y ladrones, y eso con hermanos vuestros.

Esos, pues, que dicen: «No sois hermanos nuestros», nos llaman paganos. Por esto, quieren bautizarnos de nuevo, pues dicen que nosotros no tenemos lo que ellos dan. Por esto, es lógico su error, al negar que nosotros somos sus hermanos. Mas, ¿por qué nos dijo el profeta: Decidles: «Sois hermanos nuestros», sino porque admitimos como bueno su bautismo y por esto no lo repetimos? Ellos, al no admitir nuestro bautismo, niegan que seamos hermanos suyos; en cambio, nosotros, que no repetimos su bautismo, porque lo reconocemos igual al nuestro, les decimos: Sois hermanos nuestros.

Si ellos nos dicen: «¿Por qué nos buscáis, para qué nos queréis?», les respondemos: Sois hermanos nuestros. Si dicen: «Apartaos de nosotros, no tenemos nada que ver con vosotros», nosotros sí que tenemos que ver con ellos: si reconocemos al mismo Cristo, debemos estar unidos en un mismo cuerpo y bajo una misma cabeza.

Os conjuramos, pues, hermanos, por las entrañas de caridad, con cuya leche nos nutrimos, con cuyo pan nos fortalecemos, os conjuramos por Cristo, nuestro Señor, por su mansedumbre, a que usemos con ellos de una gran caridad, de una abundante misericordia, rogando a Dios por ellos, para que les dé finalmente un recto sentir, para que reflexionen y se den cuenta que no tienen en absoluto nada que decir contra la verdad; lo único que les queda es la enfermedad de su animosidad, enfermedad tanto mas débil cuanto más fuerte se cree. Oremos por los débiles, por los que juzgan según la carne, por los que obran de un modo puramente humano, que son, sin embargo, hermanos nuestros, pues celebran los mismos sacramentos que nosotros, aunque no con nosotros, que responden un mismo Amén que nosotros, aunque no con nosotros; prodigad ante Dios por ellos lo más entrañable de vuestra caridad.



MARTES


PRIMERA LECTURA

Del libro segundo de Samuel 24,1-4.10-18.24b-25

Censo del pueblo y construcción del altar

En aquellos días, el Señor volvió a encolerizarse contra Israel e instigó a David contra ellos:

«Anda, haz el censo de Israel y Judá».

El rey ordenó a Joab y a los jefes del ejército que estaban con él:

«Id por todas las tribus de Israel, desde Dan hasta Berseba, a hacer el censo de la población, para que yo sepa cuánta gente tengo».

Joab le respondió:

«¡Que el Señor, tu Dios, multiplique por cien la población, y que vuestra majestad lo vea con sus propios ojos! Pero ¿qué pretende vuestra majestad con este censo?»

La orden del rey se impuso al parecer de Joab y de los jefes del ejército, y salieron del palacio para hacer el censo de la población israelita. Pero, después de haber hecho el censo del pueblo, a David le remordió la conciencia y dijo al Señor:

«He cometido un grave error. Ahora, Señor, perdona la culpa de tu siervo, porque ha hecho una locura».

Antes de que David se levantase por la mañana, el profeta Gad, vidente de David, recibió la palabra del Señor:

«Vete a decir a David: "Así dice el Señor: Te propongo tres castigos; elige uno, y yo lo ejecutaré"».

Gad se presentó a David y le notificó:

«¿Qué castigo escoges? Tres años de hambre en tu territorio, tres meses huyendo perseguido por tu enemigo, o tres días de peste en tu territorio. ¿Qué le respondo al Señor, que me ha enviado?»

David contestó:

«¡Estoy en un gran apuro! Mejor es caer en manos de Dios, que es compasivo, que caer en manos de hombres».

Y David escogió la peste. Eran los días de la recolección del trigo. El Señor mandó entonces la peste a Israel, desde la mañana hasta el tiempo señalado. Y desde Dan hasta Berseba, murieron setenta mil hombres del pueblo. El ángel extendió su mano hacia Jerusalén para asolarla. Entonces David, al ver al ángel que estaba hiriendo a la población, dijo al Señor:

«¡Soy yo el que ha pecado! ¡Soy yo el culpable! ¿Qué han hecho estas ovejas? Carga la mano sobre mí y sobre mi familia».

El Señor se arrepintió del castigo, y dijo al ángel que estaba asolando a la población:

«¡Basta! ¡Detén tu mano!»

El ángel del Señor estaba junto a la era de Arauná el jebuseo. Y Gad fue aquel día a decir a David:

«Vete a edificar un altar al Señor en la era de Arauná el jebuseo».

Así, compró David la era y los bueyes de Arauná por medio kilo de plata. Construyó allí un altar al Señor, ofreció holocaustos y sacrificios de comunión, el Señor se aplacó con el país, y cesó la mortandad en Israel.


SEGUNDA LECTURA

Del antiguo opúsculo denominado Doctrina de los doce apóstoles (Caps 9, 1-10, 6; 14, 1-3: Funk 2, 19-22.26)

Acerca de la eucaristía

Respecto a la acción de gracias, lo haréis de esta manera: Primeramente sobre el cáliz:

«Te damos gracias, Padre nuestro, por la santa viña de David, tu siervo, la que nos diste a conocer por medio de tu siervo Jesús. A ti sea la gloria por los siglos».

Luego sobre el pan partido:

«Te damos gracias, Padre nuestro, por la vida y el conocimiento que nos manifestaste por medio de tu siervo Jesús. A ti sea la gloria por los siglos. Como este pan estaba disperso por los montes y después, al ser reunido, se hizo uno, así sea reunida tu Iglesia de los confines de latierra en tu reino. Porque tuya es la gloria y el poder por Jesucristo eternamente».

Pero que de vuestra acción de gracias coman y beban sólo los bautizados en el nombre del Señor, pues acerca de ello dijo el Señor: No deis lo santo a los perros.

Después de saciaros, daréis gracias de esta manera:

«Te damos gracias, Padre santo, por tu santo nombre, que hiciste morar en nuestros corazones, y por el conocimiento y la fe y la inmortalidad que nos diste a conocer por medio de Jesús, tu siervo. A ti sea la gloria por los siglos. Tú, Señor omnipotente, creaste todas las cosas por causa de tu nombre y diste a los hombres comida y bebida para que disfrutaran de ellas. Pero, además, nos has proporcionado una comida y bebida espiritual y una vida eterna por medio de tu Siervo. Ante todo, te damos gracias porque eres poderoso. A ti sea la gloria por los siglos.

Acuérdate, Señor, de tu Iglesia, para librarla de todo mal y hacerla perfecta en tu amor, y congrégala de los cuatro vientos, ya santificada, en el reino que has preparado para ella. Porque tuyo es el poder y la gloria por siempre.

Que venga tu gracia y que pase este mundo. ¡Hosanna al Dios de David! El que sea santo, que se acerque. El que no lo sea, que se arrepienta. Marana tha. Amén».

Reunidos cada domingo, partid el pan y dad gracias, después de haber confesado vuestros pecados, a fin de que vuestro sacrificio sea puro.

Pero todo aquel que tenga alguna contienda con su compañero, no se reúna con vosotros, sin antes haber hecho la reconciliación, a fin de que no se profane vuestro sacrificio. Porque éste es el sacrificio del que dijo el Señor: En todo lugar y en todo tiempo se me ofrecerá un sacrificio puro, porque yo soy rey grande, dice el Señor, y mi nombre es admirable entre las naciones.



MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

Del primer libro de las Crónicas 22, 5-19

David prepara la construcción del templo

En aquellos días, David pensó:

«Salomón, mi hijo, es todavía joven y débil. Y el templo que hay que construir al Señor debe ser grandioso, para que su fama y gloria se extienda por todos los países. Voy a comenzar los preparativos».

Y así lo hizo generosamente antes de morir. Luego llamó a su hijo Salomón y le mandó construir un templo al Señor, Dios de Israel, diciéndole:

«Hijo mío, yo tenía pensado edificar un templo en honor del Señor, mi Dios. Pero él me dijo: "Has derramado mucha sangre y has combatido en grandes batallas. No edificarás un templo en mi honor, porque has derramado mucha sangre en mi presencia. Pero tendrás un hijo que será un hombre pacífico, y le haré vivir en paz con todos los enemigos de alrededor. Su nombre será Salomón, y en sus días concederé paz y tranquilidad a Israel. El edificará un templo en mi honor; será para mí un hijo, yo seré para él un padre, y consolidaré por siempre su trono real en Israel".

Hijo mío, que el Señor esté contigo y te ayude a construir un templo al Señor, tu Dios, según sus designios sobre ti. Basta que el Señor te conceda prudencia e inteligencia para gobernar a Israel cumpliendo la ley del Señor, tu Dios. Tu éxito depende de que pongas por obra los mandatos y preceptos que el Señor mandó a Israel por medio de Moisés. ¡Animo, sé valiente! ¡No te asustes ni te acobardes! Mira, con grandes sacrificios he ido reuniendo para el templo del Señor treinta y cuatro mil toneladas de oro, trescientas cuarenta mil toneladas de plata, bronce y hierro en cantidad incalculable; además, madera y piedra. Tú añadirás aún más. Dispones también de gran cantidad de artesanos: canteros, albañiles, carpinteros y obreros de todas las especialidades. Hay oro, plata, bronce y hierro de sobra. Pon manos a la obra, y que el Señor te acompañe».

David ordenó que todas las autoridades de Israel ayudasen a su hijo Salomón. Les dijo:

«El Señor, vuestro Dios, está con vosotros y os ha dado paz en las fronteras, después de poner en mis manos a los habitantes de esta tierra, que ahora se halla sometida al Señor y a su pueblo. Ahora, en cuerpo y alma, a servir al Señor y a construir un santuario, para colocar el arca de la alianza del Señor y los objetos sagrados en ese templo construido en honor del Señor».


SEGUNDA LECTURA

San Ambrosio de Milán, Comentario sobre el salmo 118 (12, 13.14: CSEL 62, 258-259)

El templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros

Yo y el Padre vendremos y haremos morada en él. Que cuando venga encuentre, pues, tu puerta abierta, ábrele tu alma, extiende el interior de tu mente para que pueda contemplar en ella riquezas de rectitud, tesoros de paz, suavidad de gracia. Dilata tu corazón, sal al encuentro del sol de la luz eterna que alumbra a todo hombre. Esta luz verdadera brilla para todos, pero el que cierra sus ventanas se priva a sí mismo de la luz eterna. También tú, si cierras la puerta de tu alma, dejas afuera a Cristo. Aunque tiene poder para entrar, no quiere, sin embargo, ser inoportuno, no quiere obligar a la fuerza.

El salió del seno de la Virgen como el sol naciente, para iluminar con su luz todo el orbe de la tierra. Reciben esta luz los que desean la claridad del resplandor sin fin, aquella claridad que no interrumpe noche alguna. En efecto, a este sol que vemos cada día suceden las tinieblas de la noche; en cambio, el Sol de justicia nunca se pone, porque a la sabiduría no sucede la malicia.

Dichoso, pues, aquel a cuya puerta llama Cristo. Nuestra puerta es la fe, la cual, si es resistente, defiende toda la casa. Por esta puerta entra Cristo. Por esto, dice la Iglesia en el Cantar de los cantares: Oigo a mi amado que llama a la puerta. Escúchalo cómo llama, cómo desea entrar: ¡Ábreme, mi paloma sin mancha, que tengo la cabeza cuajada de rocío, mis rizos, del relente de la noche!

Considera cuándo es principalmente que llama a tu puerta el Verbo de Dios, siendo así que su cabeza está cuajada del rocío de la noche. El se digna visitar a los que están tentados o atribulados, para que nadie sucumba bajo el peso de la tribulación. Su cabeza, por tanto, se cubre de rocío o de relente cuando su cuerpo está en dificultades. Entonces, pues, es cuando hay que estar en vela, no sea que cuando venga el Esposo se vea obligado a retirarse. Porque, si estás dormido y tu corazón no está en vela, se marcha sin haber llamado; pero si tu corazón está en vela, llama y pide que se le abra la puerta.

Hay, pues, una puerta en nuestra alma, hay en nosotros aquellas puertas de las que dice el salmo: ¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria. Si quieres alzar los dinteles de tu fe, entrará a ti el Rey de la gloria, llevando consigo el triunfo de su pasión. También el triunfo tiene sus puertas, pues leemos en el salmo lo que dice el Señor Jesús por boca del salmista: Abridme las puertas del triunfo.

Vemos, por tanto, que el alma tiene su puerta, a la que viene Cristo y llama. Ábrele, pues; quiere entrar, quiere hallar en vela a su Esposa.


JUEVES


PRIMERA LECTURA

Del primer libro de los Reyes 1, 11-35; 2, 10-12

David señala como sucesor suyo a Salomón

En aquellos días, Natán dijo a Betsabé, madre de Salomón:

«¿No has oído que Adonías, hijo de Jaguit, se ha proclamado rey sin que lo sepa David, nuestro señor? Pues te voy a dar un consejo para que salgáis con vida tú y tu hijo Salomón: vete al rey David y dile: "Majestad, tú me juraste: `Tu hijo Salomón me sucederá en el reino y se sentará en mi trono'. Entonces, ¿por qué Adonías se ha proclamado rey?" Mientras estés tú allí hablando con el rey, entraré yo detrás de ti para completar tus palabras».

Betsabé se presentó al rey en la alcoba. El rey estaba muy viejo, y la sunamita Abisag lo cuidaba. Betsabé se inclinó, postrándose ante el rey, y éste le preguntó:

«¿Qué quieres?»

Betsabé respondió:

«¡Señor! Tú le juraste a tu servidora, por el Señor, tu Dios: "Tu hijo Salomón me sucederá en el reino y se sentará en mi trono". Pero ahora resulta que Adonías se ha proclamado rey sin que vuestra majestad lo sepa. Ha sacrificado toros, terneros cebados y ovejas en cantidad y ha convidado a todos los hijos del rey, al sacerdote Abiatar y al general Joab, pero no ha convidado a tu siervo Salomón. ¡Majestad! Todo Israel está pendiente de ti, esperando que le anuncies quién va a suceder en el trono al rey, mi señor; porque el rey va a reunirse con sus antepasados, y mi hijo Salomón y yo vamos a aparecer como usurpadores».

Estaba todavía hablando con el rey, cuando llegó el profeta Natán. Avisaron al rey.

«Está ahí el profeta Natán».

Natán se presentó al rey, se postró ante él rostro en tierra y dijo:

«¡Majestad! Sin duda tú has dicho: "Adonías me sucederá en el reino y se sentará en mi trono"; porque hoy ha ido a sacrificar toros, terneros cebados y ovejas en cantidad, y ha convidado a todos los hijos del rey, a los generales y al sacerdote Abiatar, y ahí están banqueteando con él, y le aclaman: "¡Viva el rey Adonías!" Pero no ha convidado a este servidor tuyo, ni al sacerdote Sadoc, ni a Benayas, hijo de Yehoyadá, ni a tu siervo Salomón. Si esto se ha hecho por orden de vuestra majestad, ¿por qué no habías comunicado a tus servidores quién iba a sucederte en el trono?»

El rey David dijo:

«Llamadme a Betsabé».

Ella se presentó al rey y se quedó en pie ante él. Entonces el rey juró:

«¡Vive Dios, que me libró de todo peligro! Te juré por el Señor, Dios de Israel: "Tu hijo Salomón me sucederá en el reino y se sentará en mi trono". ¡Pues voy a hacerlo hoy mismo!»

Betsabé se inclinó rostro en tierra ante el rey, y dijo: «¡Viva siempre el rey David, mi señor!»

El rey David ordenó:

«Llamadme al sacerdote Sadoc, el profeta Natán y a Benayas, hijo de Yehoyadá».

Cuando se presentaron ante el rey, éste les dijo:

«Tomad con vosotros a los ministros de vuestro señor. Montad a mi hijo Salomón en mi propia mula. Bajadlo al Manantial. El sacerdote Sadoc lo ungirá allí rey de Israel; tocad la trompeta y aclamad: "¡Viva el rey Salomón!" Luego subiréis detrás de él, y cuando llegue se sentará en mi trono y me sucederá en el reino, porque lo nombro jefe de Israel y Judá».

David fue a reunirse con sus antepasados y lo enterraron en la Ciudad de David. Reinó en Israel cuarenta años: siete en Hebrón y treinta y tres en Jerusalén. Salomón le sucedió en el trono, y su reino se consolidó.


SEGUNDA LECTURA

De una antigua homilía del siglo IV (Hom 17, 1-4: PG 34, 623-626)

Por la unción recibida, los cristianos están consagrados
de por vida a la cruz de Cristo

Los cristianos perfectos, considerados dignos de escalar los últimos peldaños de la perfección y de convertirse en familiares del rey, han sido consagrados de por vida a la cruz de Cristo. Y así como en tiempos de los profetas la unción era un rito enormemente apreciado, ordenado a consagrar los reyes y los profetas, así también ahora losespirituales, ungidos con la unción celeste, se convierten en cristianos por la gracia, para que también ellos sean los reyes y los profetas de los misterios celestiales. Estos son precisamente los hijos, los señores, los dioses, los vencidos, los cautivos, los desgraciados, los crucificados y consagrados.

Pues si la unción hecha con óleo extraído de una planta concreta y de un árbol visible tenía tal virtud que, los ungidos con él, recibían una dignidad irrecusable —estaba, en efecto, establecido que así fueran constituidos los mismos reyes—, y si el mismo David, apenas ungido con este óleo, fue objeto inmediato de persecuciones y sufrimientos, y siete años más tarde comenzó a reinar: ¿cuánto más quienes han sido ungidos, según la mente y el hombre interior, con el óleo espiritual y celeste, aceite de santificación y de júbilo, recibirán el sello de aquel rey incorruptible y las arras de la eterna fortaleza, esto es, del Espíritu Santo y defensor?

Estos, ungidos con el ungüento extraído del árbol de la vida de Jesucristo y de la planta celestial, son considerados idóneos para alcanzar la cima de la perfección, me refiero a la cima del reino y de la adopción, como secretarios que son del reino celestial y, gozando de la confianza del Omnipotente, entran en su palacio, donde están los ángeles y los espíritus de los santos, y los que todavía viven en este mundo. Pues si bien todavía no poseen en plenitud la heredad que les está preparada en el siglo futuro, sin embargo y en función de las arras que ya han recibido, están segurísimos, cual si ya hubieran sido coronados y poseyeran las llaves del reino; ni siquiera se asombran, como de una cosa insólita y nueva, de ser invitados a reinar con Cristo, ¡tanta es la confianza que les insufla el Espíritu! ¿Por qué? Pues porque, cuando aún vivían en la carne, estaban ya poseídos por aquella suavidad y dulzura, por aquella eficacia que es propia del Espíritu.

Así que a los cristianos llamados a reinar en el siglo futuro, nada nuevo o inesperado puede ocurrirles, ya que previamente han conocido los misterios de la gracia: en efecto, debido a que el hombre traspasó los límites del mandato, el diablo cubrió toda el alma con su caliginoso velo; pero intervino después la gracia, que apartó totalmente aquel velo, de suerte que el alma, restituida a la pureza original y al estado de su propia naturaleza, es decir, de naturaleza pura e irreprensible, pudiera contemplar perpetua, puramente y con ojos incontaminados la gloria de la verdadera luz, el verdadero Sol de justicia, resplandeciente con un especial esplendor en lo más íntimo del corazón.

Pues así como en la consumación del firmamento, destinado a perecer, los justos situados ya en el reino, vivirán de la luz y de la gloria, contemplando únicamente de qué forma Cristo está eternamente glorioso sentado a la derecha del Padre, del mismo modo, los que son arrancados de este mundo y llevados cautivos a la morada eterna contemplan cuanto allí hay de hermoso y digno de admiración. Y nosotros, que todavía permanecemos en la tierra, somos ciudadanos del cielo, viviendo en el siglo futuro y morando allí según la mente y el hombre interior.



VIERNES


PRIMERA LECTURA

Del primer libro de los Reyes 3, 5-28

Inauguración del reinado de Salomón

En Gabaón el Señor se apareció en sueños a Salomón y le dijo:

—Pídeme lo que quieras.

Salomón respondió:

—Tú trataste con misericordia a mi padre, tu siervo David, porque caminó en tu presencia con lealtad, justicia y rectitud de corazón; y, fiel a esa misericordia, le diste un hijo que se sentase en su trono: es lo que sucede hoy. Pues bien, Señor, Dios mío, tú has hecho que tu siervo suceda a David, mi padre, en el trono, aunque yo soy un muchacho y no sé desenvolverme. Tu siervo se encuentra en medio de tu pueblo, un pueblo inmenso, incontable, innumerable. Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien, pues ¿quién sería capaz de gobernar a este pueblo tan numeroso?

Al Señor le agradó que Salomón hubiera pedido aquello, y le dijo:

—Por haber pedido esto, y no una vida larga, ni riquezas, ni la muerte de tus enemigos, sino inteligencia para acertar en el gobierno, te daré lo que has pedido: un corazón sabio y prudente, como no lo ha habido antes de ti ni lo habrá después de ti. Y te daré también lo que no has pedido: riquezas y fama mayores que las de rey alguno. Y si caminas por mis sendas, guardando mis preceptos y mandatos, como lo hizo tu padre, David, te daré larga vida.

Salomón despertó: había tenido un sueño. Entonces fue a Jerusalén, y en pie ante el arca de la alianza del Señor ofreció holocaustos y sacrificios de comunión y dio un banquete a toda la corte.

Por entonces acudieron al rey dos prostitutas; se presentaron ante él y una de ellas dijo:

—Majestad, esta mujer y yo vivíamos en la misma casa; yo di a luz estando ella en la casa. Y tres días después también esta mujer dio a luz. Estábamos juntas en casa, no había nadie de fuera con nosotras, sólo nosotras dos. Una noche murió el hijo de esta mujer, porque ella se recostó sobre él; se levantó de noche y, mientras tu servidora dormía, cogió a mi hijo de junto a mí y lo acostó junto a ella, y a su hijo muerto lo puso junto a mí. Yo me incorporé por la mañana para dar el pecho a mi niño, y resulta que estaba muerto; me fijé bien y vi que no era el niño que yo había dado a luz.

Pero la otra mujer replicó:

—No, mi hijo es el que está vivo, el tuyo es el muerto. Y así discutían ante el rey.

Entonces habló el rey:

—Ésta dice: «Mi hijo es éste, el que está vivo; el tuyo es el muerto». Y esta otra dice: «No, tu hijo es el muerto, el mío es el que está vivo».

Y ordenó:

—Dadme una espada.

Le presentaron la espada, y dijo:

Partid en dos el niño vivo; dadle una mitad a una y otra mitad a la otra.

Entonces a la madre del niño vivo se le conmovieron las entrañas por su hijo y suplicó:

—¡Majestad, dadle a ella el niño vivo, no lo matéis! Mientras que la otra decía:

Ni para ti ni para mí. Que lo dividan.

Entonces el rey sentenció:

Dadle a ésa el niño vivo, no lo matéis. ¡Ésa es su madre!

Todo Israel se enteró de la sentencia que había pronunciado el rey, y respetaron al rey, viendo que poseía una sabiduría sobrehumana para administrar justicia.


SEGUNDA LECTURA

San Gregorio de Nisa, Homilía 7 sobre el Cantar de los cantares (PG 44, 907-910)

El rey pacífico gobierna a su pueblo con justicia

En muchos aspectos el rey Salomón representa el tipo del verdadero rey; me refiero a los muchos aspectos que de él nos cuenta la sagrada Escritura y que se refieren a lo que de mejor había en él. Por ejemplo, se le llama pacífico y se dice de él que estaba dotado de una inmensa sabiduría; construye el templo, gobierna a Israel y juzga al pueblo con justicia: y es del linaje de David. Se nos dice también que vino a visitarle la reina de Etiopía. Pues bien: todas estas cosas y otras por el estilo se dicen de él en sentido típico, pero describen el poder del Evangelio.

En efecto, ¿hay alguien más pacífico que aquel que dio muerte al odio, pero clavó a sus enemigos en la cruz, y a nosotros, mejor dicho, a todo el mundo lo reconcilió consigo; que abatió el muro de separación para crear, en él, de los dos, un solo hombre nuevo; que hizo las paces, y que predica la paz a los de lejos y también a los de cerca, por medio de los evangelizadores del bien?

Y ¿hay un constructor del templo comparable con aquel que pone los cimientos en los montes santos, es decir, en los profetas y apóstoles, que edifica —como dice el Apóstol— sobre el cimiento de los apóstoles y de los profetas, piedras animadas y con vida propia; piedras que por sí mismas y espontáneamente se integran en paredes compactas y conexas, como dice el profeta, de modo que, bien ajustadas y unidas con el poder de la fe y el vínculo de la paz, se van levantando hasta formar un templo consagrado, para ser morada de Dios, por el Espíritu?

Y que el Señor sea el rey de Israel dan de ello testimonio incluso sus enemigos, al colocar sobre la cruz el reconocimiento de su reino: Este es el Rey de los judíos. Aceptemos el testimonio, aun cuando parece reducir la extensión de su poder, limitando su dominio a sólo el reino de Israel. En realidad no es así: la misma inscripción colocada sobre la cruz le atribuye en cierto modo el imperio sobre todos, al no precisar que sea exclusivamente rey de los judíos. Antes, atestiguando su ilimitado dominio sobre los judíos, con las mismas palabras está asignándole tácitamente un dominio universal. En efecto, el rey de toda la tierra domina también sobre una parte de la misma.

El empeño de Salomón por juzgar según la verdad, apunta ya al verdadero juez de todo el mundo, que dice: El Padre no juzga a nadie, sino que ha confiado al Hijo el juicio de todos; y: Yo no puedo hacer nada por mí mismo; según le oigo, juzgo, y mi juicio es justo. He aquí una exactísima definición del juicio justo: dar una respuesta a quienes se someten al arbitraje judicial, no por cuenta propia o guiados por preferencias personales, sino que antes hay que escuchar a los interesados, y después pronunciar la sentencia una vez confrontados los datos. Por eso, Cristo, potencia de Dios, reconoce que no puede hacer ciertas cosas; y, en realidad, la verdad no puede desviar el juicio de la justicia.

¿Quién ignora que la Iglesia, constituida por gentes procedentes de la idolatría, era negra en su origen, antes de convertirse en Iglesia, y que durante todo el largo intervalo en que estuvo bajo el dominio de la ignorancia habitaba lejos del conocimiento del verdadero Dios? Mas cuando hizo su aparición la gracia de Dios y resplandeció la sabiduría, y la luz verdadera envió sus rayos sobre los que vivían en tinieblas y en sombra de muerte, entonces, mientras Israel cerraba los ojos a la luz y se retraía de la participación de los bienes, vienen los Etíopes, es decir, aquellos de los paganos que acceden a la fe; y hasta tal punto lavan en la mística agua su propia negrura, que Etiopía extiende sus manos a Dios ofreciendo dones al rey: los aromas de la piedad, el oro del conocimiento de Dios, las gemas de los preceptos y de realización de milagros.



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

Del primer libro de los Reyes 8, 1-21

Solemne dedicación del templo

En aquellos días, Salomón convocó a palacio, en Jerusalén, a los ancianos de Israel, a los jefes de tribu y a los cabezas de familia de los israelitas, para trasladar el arca de la alianza del Señor desde la ciudad de David, o sea Sión. Todos los israelitas se congregaron en torno al rey Salomón, en el mes de Etanín (el mes séptimo), en la fiesta de las Tiendas. Cuando llegaron todos los ancianos de Israel, los sacerdotes cargaron con el arca del Señor, y los sacerdotes levitas llevaron la tienda del encuentro, más los utensilios del culto que había en la tienda.

El rey Salomón, acompañado de toda la asamblea de Israel reunida con él ante el arca, sacrificaba una cantidad incalculable de ovejas y bueyes.

Los sacerdotes llevaron el arca de la alianza del Señor a su sitio, al camarín del templo (al santísimo), bajo las alas de los querubines, pues los querubines extendían las alas sobre el sitio del arca y cubrían el arca y los varales por encima (los varales eran lo bastante largos como para que se viera el remate desde la nave, delante del camarín, pero no desde fuera). En el arca sólo había las dos tablas de piedra que colocó allí Moisés en el Horeb, cuando el Señor pactó con los israelitas, al salir del país de Egipto, y allí se conservan actualmente.

Cuando los sacerdotes salieron del Santo, la nube llenó el templo, de forma que los sacerdotes no podían seguir oficiando, a causa de la nube, porque la gloria del Señor llenaba el templo.

Entonces Salomón dijo:

El Señor puso el sol en el cielo, el Señor quiere habitar en la tiniebla; y yo te he construido un palacio, un sitio donde vivas siempre.

Luego se volvió para echar la bendición a toda la asamblea de Israel (toda la asamblea de Israel estaba de pie), y dijo:

¡Bendito sea el Señor, Dios de Israel! Que a mi padre, David, con la boca se lo prometió y con la mano se lo cumplió: «Desde el día que saqué de Egipto a mi pueblo, Israel, no elegí ninguna ciudad de las tribus de Israel para hacerme un templo donde residiera mi Nombre, sino que elegí a David para que estuviese al frente de mi pueblo, Israel». Mi padre, David, pensó edificar un templo en honor del Señor, Dios de Israel, y el Señor le dijo: «Ese proyecto que tienes de construir un templo en mi honor haces bien en tenerlo; sólo que tú no construirás ese templo, sino que un hijo de tus entrañas será quien construya ese templo en mi honor». El Señor ha cumplido la promesa que hizo: yo he sucedido en el trono a mi padre, David, como lo prometió el Señor, y he construido este templo en honor del Señor, Dios de Israel. Y en él he fijado un sitio para el arca, donde se conserva la alianza que el Señor pactó con nuestros padres cuando los sacó de Egipto.


SEGUNDA LECTURA

San Cesáreo de Arlés, Sermón 229 (2: CCL 104, 905-907)

Alegrémonos, pues hemos merecido ser templo de Dios

El templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros. La razón de que se construyan estos templos de madera y piedra es para que en ellos puedan reunirse los templos vivos de Dios, y de este modo pasen a formar el único templo de Dios. Un cristiano, un templo de Dios; muchos cristianos, muchos templos de Dios. Ved, pues, hermanos, lo hermoso que es el templo formado por muchos templos; y así como una pluralidad de miembros constituyen un solo cuerpo, así también una multitud de templos forman un único templo.

Ahora bien, estos templos de Cristo, esto es, las almas santas de los cristianos, están esparcidos por todo el mundo: cuando llegue el día del juicio, todos se reunirán y, en la vida eterna, formarán un único templo. Lo mismo que los múltiples miembros de Cristo forman un solo cuerpo y tienen una única cabeza, Cristo, así aquellos templos tendrán un único morador, Cristo, pues él es nuestra cabeza. Así se expresa efectivamente el Apóstol: Que el Padre os conceda por medio de su Espíritu: robusteceros en lo profundo de vuestro ser; que Cristo habite por la fe en vuestros corazones.

Alegrémonos, porque hemos merecido ser templo de Dios; pero vivamos al mismo tiempo en el temor de destruir con nuestras malas obras el templo de Dios. Temamos lo que dice el Apóstol: Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él. Pues el Dios que sin trabajo alguno creó el cielo y la tierra con el poder de su Palabra se digna habitar en ti. Debes, en consecuencia, comportarte de modo que no llegues a ofender a tan distinguido huésped. Que Dios no encuentre en ti, es decir, en su templo, nada sórdido, nada tenebroso, nada soberbio: porque en el momento mismo en que allí recibiera la menor ofensa, inmediatamente se marcharía; y si se marchare el redentor, en seguida se acercaría el seductor.

Por tanto, hermanos, ya que Dios ha querido hacer de nosotros su templo, y en nosotros, se ha dignado fijar su morada, tratemos, en la medida de nuestras posibilidades y secundados por su ayuda, de eliminar lo superfluo y atesorar lo que es útil. Si, con la ayuda de Dios, actuamos de esta suerte, hermanos, es como si cursáramos a Dios una invitación para habitar de una manera permanente en el templo de nuestro corazón y de nuestro cuerpo.

 


DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

Del primer libro de los Reyes 8, 22-34.54-61

Oración de Salomón en la dedicación del templo

Salomón, en pie ante el altar del Señor, en presencia de toda la asamblea de Israel, extendió las manos al cielo y dijo:

—¡Señor, Dios de Israel! Ni arriba en el cielo ni abajo en la tierra hay un Dios como tú, fiel a la alianza con tus vasallos, si caminan de todo corazón en tu presencia; que a mi padre, David, tu siervo, le has mantenido la palabra: con tu boca se lo prometiste, con la mano se lo cumples hoy. Ahora, pues, Señor, Dios de Israel, mantén en favor de tu siervo, mi padre, David, la promesa que le hiciste: «No te faltará en mi presencia un descendiente en el trono de Israel, a condición de que tus hijos sepan comportarse caminando en mi presencia como has caminado tú». Ahora, pues, Dios de Israel, confirma la promesa que hiciste a mi padre, David, siervo tuyo. Aunque, ¿es posible que Dios habite en la tierra? Si no cabes en el cielo y lo más alto del cielo, ¡cuánto menos en este templo que he construido!

Vuelve tu rostro a la oración y súplica de tu siervo. Señor, Dios mío, escucha el clamor y la oración que te dirige hoy tu siervo. Día y noche estén tus ojos abiertos sobre este templo, sobre el sitio donde quisiste que residiera tu Nombre. ¡Escucha la oración que tu siervo te dirige en este sitio! Escucha la súplica de tu siervo y de tu pueblo Israel, cuando recen en este sitio; escucha tú desde tu morada del cielo, escucha y perdona.

Cuando uno peque contra otro, si se le exige juramento y viene a jurar ante tu altar en este templo, escucha túdesde el cielo y haz justicia a tus siervos: condena al culpable dándole su merecido y absuelve al inocente pagándole según su inocencia.

Cuando los de tu pueblo, Israel, sean derrotados por el enemigo, por haber pecado contra ti, si se convierten a ti y confiesan su pecado, y rezan y suplican en este templo, escucha tú desde el cielo y perdona el pecado de tu pueblo, Israel, y hazlos volver a la tierra que diste a sus padres.

Cuando Salomón terminó de rezar esta oración y esta súplica al Señor, se levantó de delante del altar del Señor, donde estaba arrodillado con las manos extendidas hacia el cielo. Y puesto en pie, echó esta bendición en voz alta a toda la asamblea israelita:

—¡Bendito sea el Señor, que ha dado el descanso a su pueblo, Israel, conforme a sus promesas! No ha fallado ni una sola de las promesas que nos hizo por medio de su siervo Moisés. Que el Señor, nuestro Dios, esté con nosotros, como estuvo con nuestros padres; que no nos abandone ni nos rechace. Que incline hacia él nuestro corazón, para que sigamos todos sus caminos y guardemos los preceptos, mandatos y decretos que dio a nuestros padres. Que las palabras de esta súplica hecha ante el Señor permanezcan junto al Señor, nuestro Dios, día y noche, para que haga justicia a su siervo y a su pueblo, Israel, según la necesidad de cada día. Así sabrán todas las naciones del mundo que el Señor es el Dios verdadero, y no hay otro; y vuestro corazón será totalmente del Señor, nuestro Dios, siguiendo sus preceptos y guardando sus mandamientos, como hacéis hoy.


SEGUNDA LECTURA

San Bernardo de Claraval, Sermón en la Epifanía (7: Opera omnia, ed. Cister 1970, 6/1, 26-27)

Preciosa la sabiduría que nos da a conocer a Dios

Preciosa la sabiduría que nos da a conocer a Dios y nos enseña a despreciar el mundo. Quien la encontrare, dichoso será si la retiene. ¿Qué podría dar a cambio? Conságrate a la obediencia y recibe la sabiduría. Así está efectivamente escrito: ¿Deseas la sabiduría? Guarda los mandamientos, y el Señor te la concederá. Si quieres ser sabio, sé obediente. La obediencia ignora la voluntad propia, y se somete a la voluntad e imperio de otro. Abrázala, pues, con todo el afecto del corazón y con todo el esfuerzo corporal; abraza, repito, el bien de la obediencia para que, por medio de ella, tengas acceso a la luz de la sabiduría. Así está efectivamente escrito: Contempladlo y quedaréis radiantes. Es decir, contempladlo a través de la obediencia, ya que no hay acceso más directo y seguro, y la sabiduría os volverá radiantes.

Quien no conoce a Dios no sabe a dónde va, sino que camina en tinieblas y su pie tropieza en la piedra. La sabiduría es luz, me refiero a aquella luz verdadera que ilumina a todo hombre, no al hombre que rezuma sabiduría de este mundo, sino al que viene contra este mundo, de modo que no es del mundo, aun cuando esté en el mundo. Este es el hombre nuevo que, depuesto el perverso y vil modo de ser del hombre viejo, trata de andar en una vida nueva, consciente de que no existe posibilidad de condena para quienes caminan no según la carne, sino según el Espíritu.

Mientras sigas tu propia voluntad, nunca te verás libre del tumulto interior, aunque en un momento dado te parezca que se ha calmado el tumulto exterior. Este tumulto de la propia voluntad no puede cesar en ti, mientras no se cambie el afecto carnal y comiences a tomar gusto a Dios. Por eso se afirma que los impíos se ven libres del tumulto gracias a la luz de la sabiduría, porque habiendo gustado qué bueno es el Señor, automáticamente dejan de ser impíos, adorando desde ese preciso momento al Creador en vez de a la criatura, y en el instante mismo en que abandonan la propia voluntad, en ese mismo momento experimentan, en la paz, el final de su íntimo tormento.

Dando, pues, de lado el tumulto de los afectos y el estrépito de los pensamientos, se hace la paz en tu interiory Dios comienza a habitar en tu corazón, pues su morada está en la paz. Y donde está Dios, allí está el gozo; donde está Dios, allí está la tranquilidad; donde está Dios, allí está la felicidad.

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS


 


LUNES


PRIMERA LECTURA

Del primer libro de los Reyes 10, 1-13

La gloria de Salomón ante la reina de Sabá

En aquellos días la reina de Sabá oyó la fama de Salomón y fue a probarlo con enigmas. Llegó a Jerusalén con una gran caravana de camellos cargados de perfumes y oro en gran cantidad y piedras preciosas. Entró en el palacio de Salomón y le propuso todo lo que pensaba. Salomón resolvió todas sus consultas; no hubo una cuestión tan oscura que el rey no la supiera resolver.

Cuando la reina de Sabá vio la sabiduría de Salomón, la casa que había construido, los manjares de su mesa, toda la corte sentada a la mesa, los camareros sirviendo, con sus uniformes, las bebidas, los holocaustos que ofrecía en el templo del Señor, se quedó asombrada, y dijo al rey:

—¡Es verdad lo que me contaron en mi país de ti y tu sabiduría! Yo no quería creerlo, pero ahora que he venido y lo veo con mis propios ojos, resulta que no me habían dicho ni la mitad. En sabiduría y riquezas superas todo lo que yo había oído. ¡Dichosa tu gente, dichosos esos tus cortesanos que están siempre en tu presencia, aprendiendo de tu sabiduría! ¡Bendito sea el Señor, tu Dios, que, por el amor eterno que tiene a Israel, te ha elegido para colocarte en el trono de Israel y te ha nombrado rey para que gobiernes con justicia!

La reina regaló al rey cuatro mil kilos de oro, gran cantidad de perfumes y piedras preciosas. Nunca llegaron tantos perfumes como los que la reina de Sabá regaló al rey Salomón. Por su parte, el rey Salomón regaló a la reina de Sabá todo lo que a ella se le antojó, aparte de lo que el mismo rey Salomón, con su esplendidez, le regaló. Después ella y su séquito emprendieron el viaje de vuelta a su país.

La flota de Jirán, que transportaba el oro de Ofir, trajo también madera de sándalo en gran cantidad y piedras preciosas. Con la madera de sándalo el rey hizo balaustradas para el templo del Señor y el palacio real y cítaras y arpas para los cantores. Nunca llegó madera de sándalo como aquella ni se ha vuelto a ver hasta hoy.
 

SEGUNDA LECTURA

Pedro de Blois, Sermón 53 (PL 207, 715-716)

Cristo es la sabiduría

Son muchos los que buscaron la sabiduría y no consiguieron encontrarla; muchos los que la encontraron y no supieron retenerla. Y, sin embargo, dichoso el que establece su morada en la sabiduría. Salomón encontró la sabiduría, pero no permaneció en ella, pues, apartado de la sabiduría por las mujeres extranjeras, derivó hacia la insipiencia. Sabiduría consumada es aquella que este mundo considera como necedad, es decir, la sabiduría de Cristo; mejor dicho, Cristo mismo es la sabiduría, al cual —al decir del Apóstol— Dios ha hecho para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención. Por eso, Pablo, matriculado en la escuela de esta sabiduría, afirma: Nunca me precié de saber cosa alguna sino a Jesucristo, y éste crucificado.

Es bueno buscar y retener esta sabiduría, que es santificación y redención. Siendo cualquier otra sabiduría vanidad y fuente de perdición, no puedes ser discípulo de esta escuela: El que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío; más aún: El que no odia a su padre y a su madre, e incluso a sí mismo, no es digno de mí. ¡Buen Jesús! ¿por qué nos has tratado así? Moisés había impuesto una carga que ni nosotros ni nuestros padres hemos tenido fuerzas para soportar. Esperábamos que túaligeraras nuestras cargas, y ahora gravas tu mano sobre nosotros. ¿Es que no era ya bastante .pesada la mano de Moisés? ¿Has venido a castigarnos a latigazos? ¿Buscas acaso un motivo para descargar tu ira contra nosotros y hacernos perecer? ¿No eres tú, Jesús, el Salvador y no el perdedor?

¿Por qué nos mandas lo que no podemos cumplir?: ¿odiar al padre y a la madre y a uno mismo, y amar al enemigo? Este modo de hablar es intolerable, ¿quién puede admitir eso? Me dirigiría a otras escuelas, y me elegiría otro maestro: pero oigo a Pedro responder por sí mismo y en nombre de los demás: Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna. Si parece gravoso tu precepto y duro tu lenguaje, sé, sin embargo, que es grande tu bondad que reservas para tus fieles.

Esperaré, pues, en ti, cuya sabiduría no puede fallar, cuyo poder no puede ser vencido, cuya benevolencia es infatigable y cuya caridad no puede sufrir mengua. Aunque quisieras flagelarme, abrasarme, trocearme, matarme, esperaré en ti, Señor, con tal de que me ayudes y me enseñes a cumplir tu voluntad; dame tan sólo, Señor, una señal propicia, para que te busque y espere en ti. Tú eres bueno para los que esperan en ti, para el alma que te busca. Sé que quienes te sirven no están agobiados, sino, al revés, muy honrados, pues tú, Dios mío, has honrado sobremanera a tus amigos. Sé que cualquier yugo de servidumbre se hace aceptable con el recuerdo de tu bondad.


 


MARTES


PRIMERA LECTURA

Del primer libro de los Reyes 11, 1-4.26-43

Idolatría de Salomón. Rebelión y fuga de Jeroboán

El rey Salomón se enamoró de muchas mujeres extranjeras, además de la hija del Faraón: moabitas, amonitas, edomitas, fenicias e hititas, de las naciones de quienes había dicho el Señor a los de Israel: «No os unáis con ellas ni ellas con vosotros, porque os desviarán el corazón tras sus dioses». Salomón se enamoró perdidamente de ellas; tuvo setecientas esposas y trescientas concubinas. Y así, cuando llegó a viejo, sus mujeres desviaron su corazón tras dioses extranjeros; su corazón ya no perteneció por entero al Señor, como el corazón de David, su padre.

Jeroboán, hijo de Nabat, era efraimita, natural de Serdá; su madre, llamada Servá, era viuda. Siendo funcionario de Salomón se rebeló contra el rey. La ocasión de rebelarse contra el rey fue ésta: Salomón estaba construyendo el terraplén para rellenar el foso de la Ciudad de David, su padre. Jeroboán era un hombre de valer, y Salomón, viendo que el chico trabajaba bien, lo nombró capataz de todos los cargadores de la casa de José.

Un día salió Jeroboán de Jerusalén, y el profeta Ajías, de Siló, envuelto en un manto nuevo, se lo encontró en el camino; estaban los dos solos, en descampado. Ajías agarró su manto nuev9, lo rasgó en doce trozos y dijo a Jeroboán:

—Cógete diez trozos, porque así dice el Señor, Dios de Israel: «Voy a desgarrarle el reino a Salomón y voy a darte a ti diez tribus; lo restante será para él en consideración a mi siervo David y a Jerusalén, la ciudad que elegí entre todas las tribus de Israel; porque me ha abandonado y ha adorado a Astarté, diosa de los fenicios; a Camós, dios de Moab; a Malcón, dios de los amonitas, y no ha caminado por mis sendas practicando lo que yo apruebo, mis mandatos y preceptos, como su padre, David. No le quitaré todo el reino; en consideración a mi siervo David, a quien elegí, que guardó mis leyes y preceptos, lo mantendré de jefe mientras viva; pero a su hijo le quito el reino y te doy a ti diez tribus. A su hijo le daré una tribu, para que mi siervo David tenga siempre una lámpara ante mí en Jerusalén, la ciudad que elegí para que residiera allí mi Nombre. En cuanto a ti, voy a escogerte para que seas rey de Israel, según tus ambiciones. Si obedeces en todo lo que yo te ordene y caminas por mis sendas y practicas lo que yo apruebo, guardando mis mandatos ypreceptos, como lo hizo mi siervo David, yo estaré contigo y te daré una dinastía duradera, como hice con David, y te daré Israel. Humillaré a los descendientes de David por esto, aunque no para siempre».

Salomón intentó matar a Jeroboán, pero Jeroboán emprendió la fuga a Egipto, donde reinaba Sisac, y estuvo allí hasta que murió Salomón.

Para más datos sobre Salomón, sus empresas y su sabiduría, véanse los Anales de Salomón.

Salomón reinó en Jerusalén sobre todo Israel cuarenta años. Cuando murió lo enterraron en la Ciudad de David, su padre. Su hijo Roboán le sucedió en el trono.
 

SEGUNDA LECTURA

San Pedro Crisólogo, Sermón 167 (PL 52, 637-638)

Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos

¡Convertíos! ¿Por qué no más bien: alegraos? Mejor, ¡alegraos!: porque a las realidades humanas suceden las divinas, a las terrenales las celestes, a las temporales las eternas, a las malas las buenas, a las ambiguas las seguras, a las molestas las dichosas, a las perecederas las perennes. ¡Convertíos! Sí, que se convierta, conviértase el que prefirió lo humano a lo divino, el que optó por servir al mundo más bien que dominar el mundo junto con el Señor del mundo. Conviértase, el que huyendo de la libertad a que da paso la virtud, eligió la esclavitud que consigo trae el vicio. Conviértase, y conviértase de veras, quien, por no retener la vida, se entregó en manos de la muerte.

Está cerca el reino de los cielos. El reino de los cielos es el premio de los justos, el juicio de los pecadores, pena de los impíos. Dichoso; por tanto, Juan, que quiso prevenir el juicio mediante la conversión; que deseó que los pecadores tuvieran premio y no juicio; que anheló que los impíos entraran en el reino, evitando el castigo. Juan proclamó ya cercano el reino de los cielos en el momento preciso en que el mundo, todavía niño, caminaba a la conquista de la madurez. Al presente conocemos lo próximo que está ya este reino de los cielos al observar cómo al mundo, aquejado por una senectud extrema, comienzan a faltarle las fuerzas, los miembros se anquilosan, se embotan los sentidos, aumentan los achaques, rechaza los cuidados, muere a la vida, vive para las enfermedades, se hace lenguas de su debilidad, asegura la proximidad del fin.

Y nosotros, más duros que los mismos judíos, que vamos en pos de un mundo que se nos escapa, que no pensamos jamás en los tiempos que se avecinan y nos emborrachamos de los presentes, que tememos, colocados ya frente al juicio, que no salimos al encuentro del Señor que rápidamente se aproxima, que apostamos por la muerte y no suspiramos por la resurrección de entre los muertos, que preferimos servir a reinar, con tal de diferir el magnífico reinado de nuestro Señor, nosotros, digo, ¿cómo damos cumplimiento a aquello: Cuando oréis, decid: «Venga tu reino»?

Necesitados andamos nosotros de una conversión más profunda, adaptando la medicación a la gravedad de la herida. Convirtámonos, hermanos, y convirtámonos pronto, porque se acaba la moratoria concedida, está a punto de sonar para nosotros la hora final, la presencia del juicio nos está cerrando la oportunidad de una satisfacción. Sea solícita nuestra penitencia, para que no le preceda la sentencia: pues si el Señor no viene aún, si espera todavía, si da largas al juicio, es porque desea que volvamos a él y no perezcamos nosotros a quienes, en su bondad, nos repite una y otra vez: No quiero la muerte del malvado, sino que cambie de conducta y viva.

Cambiemos, pues, de conducta, hermanos, mediante la penitencia; no nos intimide la brevedad del tiempo, pues el autor del tiempo desconoce las limitaciones temporales. Lo demuestra el ladrón del evangelio, quien, pendiente de la cruz y en la hora de la muerte, robó el perdón, se apoderó de la vida, forzó el paraíso, penetró en el reino.

En cuanto a nosotros, hermanos, que no hemos sabido voluntariamente merecerlo, hagamos al menos de la necesidad virtud; para no ser juzgados, erijámonos en nuestros propios jueces; concedámonos la penitencia, para conseguir anular la sentencia.


 


MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

Del primer libro de los Reyes 12, 1-19

El cisma

Roboán fue a Siquén porque todo Israel había acudido allí para proclamarlo rey. (Cuando se enteró Jeroboán, hijo de Nabat —estaba todavía en Egipto, adonde había ido huyendo del rey Salomón—, volvió de Egipto, porque habían mandado a llamarlo). Jeroboán y toda la asamblea israelita hablaron a Roboán:

—Tu padre nos impuso un yugo pesado. Aligera tú ahora la dura servidumbre a que nos sujetó tu padre y el pesado yugo que nos echó encima, y te serviremos.

El les dijo:

—Marchaos, al cabo de tres días volved.

Ellos se fueron y el rey Roboán consultó a los ancianos que habían estado al servicio de su padre, Salomón, mientras vivía:

—¿Qué me aconsejáis que responda a esa gente?

Le dijeron:

—Si condesciendes hoy con este pueblo, poniéndote a su servicio, y le respondes con buenas palabras, serán siervos tuyos de por vida.

Pero él desechó el consejo de los ancianos y consultó a los jóvenes que se habían educado con él y estaban a su servicio. Les preguntó:

—Esa gente pide que les aligere el yugo que les echó encima mi padre. ¿Qué me aconsejáis que les responda?

Los jóvenes que se habían educado con él le respondieron:

—O sea, que esa gente te ha dicho: «Tu padre nos impuso un yugo pesado; aligéranoslo». Pues diles tú esto: «Mi dedo meñique es más grueso que la cintura de mi padre. Si mi padre os cargó un yugo pesado, yo os aumentaré la carga; que mi padre os castigó con azotes, yo os castigaré con latigazos».

Al tercer día, la fecha señalada por el rey, Jeroboán y todo el pueblo fueron a ver a Roboán. Este les respondió ásperamente; desechó el consejo de los ancianos, y les habló siguiendo el consejo de los jóvenes:

Si mi padre os impuso un yugo pesado, yo os aumentaré la carga; que mi padre os castigó con azotes, yo os castigaré con latigazos.

De manera que el rey no hizo caso al pueblo, porque era una ocasión buscada por el Señor para que se cumpliese la palabra que Ajías, el de Siló, comunicó a Jeroboán, hijo de Nabat.

Viendo los israelitas que el rey no les hacía caso, le replicaron:

¿Qué nos repartimos nosotros con David? ¡No heredamos juntos con el hijo de Jesé! ¡A tus tiendas, Israel! ¡Ahora David, a cuidar de tu casa!

Los de Israel se marcharon a casa; aunque los israelitas que vivían en las poblaciones de Judá siguieron sometidos a Roboán. El rey Roboán envió entonces a Adoran, encargado de las brigadas de trabajadores; pero los israelitas la emprendieron a pedradas con él hasta matarlo, mientras el rey montaba aprisa en su carroza para huir a Jerusalén. Así fue como se independizó Israel de la casa de David, hasta hoy.


SEGUNDA LECTURA

San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el libro del profeta Isaías (Lib 5, t 1: PG 70, 1190-1191)

Cristo murió por todos

Está escrito que Dios creó, de los dos pueblos, un solo hombre nuevo. Dios Padre quiere —es mi opinión— justificar al justo que sirve bien a una multitud, cuyos pecados él mismo perdonará. Este justo que sirve bien a una multitud, no es otro —según creo— que nuestro Señor Jesucristo. En efecto, él vino no a ser servido, sino —como él mismo dijo— más bien a servir, de acuerdo con la economía de la humanización. Esta es la razón por la que san

Pablo creyó poder llamarle «ministro». Dice, en efecto, hablando de la ley y del nuevo Testamento: Si el ministro de la condena tuvo su esplendor, ¡cuánto más no resplandecerá el ministro del perdón!

Cristo es, pues, el justo irreprensible, que sirve bien a una multitud. El Verbo de Dios tomó efectivamente la condición de esclavo, no, cierto, para venir en ayuda de su propia naturaleza, sino para gratificarnos con la suya y como para ejercer en favor nuestro aquel ministerio, por el que, además, somos salvados. El es justificado al archivar la sospecha que insinuaba la posibilidad de una pretendida culpabilidad, por la que justamente habría padecido la muerte sobre el madero: de hecho, mientras los israelitas satisfacen en él las penas debidas a su impiedad, él reina sobre toda la tierra y sobre las multitudes que acuden a él. Que esta economía de la encarnación posea un ministerio tan eficaz lo demuestra la Escritura cuando dice: El salvará a su pueblo de los pecados.

En realidad, para apartar el pecado del mundo, él lo tomó sobre sí, y uno murió por todos, pues era como la personificación de todos: por eso sirvió a una multitud. Al decir «a una multitud» se refiere a las naciones. Israel era una sola nación. Por haber él —dice— cargado con el pecado de muchos, le daré una multitud como parte, y con poderosos repartirá despojos. Por «multitud» hay que entender aquí los que provienen de las naciones: éstos, diseminados por una infinidad de lugares, eran mucho más numerosos que los israelitas; por «poderosos» hay que entender bien los santos apóstoles, o simplemente todos los que son poderosos con el poder de Cristo y están dotados de una virilidad espiritual: con ellos, como vencedores de Satán, repartirá los despojos.

Distribuye efectivamente con largueza entre sus santos las reservas de dones espirituales. Y así —dice— uno recibe del Espíritu el hablar con sabiduría; otro, el hablar con inteligencia, el profetizar, el distinguir los buenos y malos espíritus, el don de curar. Atribuimos a los santos apóstoles el poder de la palabra, y afirmamos que todas las naciones estaban como bajo el dominio de Satanás. Pero aquel que posee a muchos, los dividió entre los santos mistagogos. Y así, unos fueron llamados por san Pedro al conocimiento de Cristo, salvador de todos nosotros; otros fueron conducidos a la luz de la verdad a través de la predicación de Pablo o de otro cualquiera de los santos apóstoles. Les repartió, por tanto, el Salvador como si se tratara de unos despojos, es decir, como si fuesen botín de guerra, la conversión y la vocación de aquellos que en un tiempo anduvieron a la deriva.

Era realmente necesario que todos reconocieran como Señor al que por todos había muerto; nos convence de ello Isaías cuando dice: Porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los pecadores, él tomó el pecado de muchos y fue entregado por sus iniquidades.



JUEVES


PRIMERA LECTURA

Del primer libro de los Reyes 12, 20-33

Cisma político y religioso

Cuando Israel oyó que Jeroboán había vuelto, mandaron a llamarlo para que fuera a la asamblea, y lo proclamaron rey de Israel. Con la casa de David quedó únicamente la casa de Judá. Cuando Roboán llegó a Jerusalén, movilizó ciento ochenta mil soldados de Judá y de la tribu de Benjamín para luchar contra Israel y recuperar el reino para Roboán, hijo de Salomón. Pero Dios dirigió la palabra al profeta Semayas:

—Di a Roboán, hijo de Salomón, rey de Judá, y a todo Judá y a Benjamín y al resto del pueblo: Así dice el Señor: «No vayáis a luchar contra vuestros hermanos, los israelitas; que cada cual se vuelva a su casa, porque esto ha sucedido por voluntad mía».

Obedecieron la palabra del Señor y desistieron de la campaña, como Dios lo ordenaba.

Jeroboán fortificó Siquén, en la entrada de Efraín, y residió allí. Luego salió de Siquén para fortificar Penuel. Y pensó para sus adentros: «Todavía puede volver el reino a la casa de David. Si la gente sigue yendo a Jerusalén para hacer sacrificios en el templo del Señor, terminarán poniéndose de parte de su señor, Roboán, rey de Judá. Me matarán y volverán a unirse a Roboán, rey de Judá». Después de aconsejarse, el rey hizo dos becerros de oro y dijo a la gente:

—¡Ya está bien de subir a Jerusalén! ¡Éste es tu Dios Israel, el que te sacó de Egipto!

Luego colocó un becerro en Betel y el otro en Dan.

Esto incitó a pecar a Israel, porque la gente iba unos a Betel y otros a Dan. También edificó ermitas en los altozanos; puso de sacerdotes a gente de la plebe, que no pertenecía a la tribu de Leví. Instituyó también una fiesta el día quince del mes octavo, como la fiesta que se celebraba en Judá, y subió al altar que había levantado en Betel a ofrecer sacrificios al becerro que había hecho. En Betel estableció a los sacerdotes de las ermitas que había construido en los altozanos. Subió al altar que había hecho en Betel el día quince del mes octavo (el mes que a él le pareció). Instituyó una fiesta para los israelitas y subió al altar a ofrecer incienso.


SEGUNDA LECTURA

San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el libro del profeta Isaías (Lib 5, t 2: PG 70, 1223-1226)

Institución del culto en espíritu y en verdad,
por obra de los oráculos evangélicos

La ley se dio por Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. Llama gracia y verdad a la institución del culto en espíritu y en verdad, por obra de los oráculos evangélicos, institución que va íntimamente ligada al poder y la fuerza. Era, en efecto, conveniente que Moisés, siendo siervo, fuese ministro de una sombra llamada a desaparecer; mientras que, quien es eterno, esto es, Cristo, fuese el revelador del culto eterno y permanente.

Cuál sea en realidad aquella eterna alianza, que Cristo consumará por medio de la fe en cuantos se acerquen a él, lo aclara al añadir a renglón seguido: las promesas santas hechas a David son fieles. Con estas palabras quiere significar: o que la promesa relativa a Cristo, salvador de todos nosotros, hecha al santo David, hay que hacerla extensiva a los gentiles que se convierten; o bien llama divinas y sagradas a las profecías referentes a Cristo, nacido del linaje de David según la carne. Y las llama santas porque hace santos a cuantos las reciben: del mismo modo que califica de «puro» al temor de Dios porque purifica, y «vida» al mensaje evangélico por cuanto comunica vida. Dijo efectivamente Cristo: Las palabras que os he dicho son espíritu y vida, es decir, espirituales y vivificantes.

Son, pues, santas porque santifican y hacen justos e irreprensibles a cuantos las aceptan; y son fieles, porque suscitan la fe y generan la estabilidad en la fe y la piedad en la vida de todos los que las acogen. Esta es la fuerza y la eficacia de los vaticinios de Cristo. Al mencionar a David, es decir, a Cristo nacido del linaje de David según la carne, dijo seguidamente de él: A él lo hice mi testigo para los pueblos, caudillo y soberano de naciones. De este modo atestigua que nuestro Señor Jesucristo enriquece con la luz del verdadero conocimiento de Dios a la multitud de los pueblos, en la medida en que son capaces de recibirla, es decir, en la medida en que la desean sin oponer resistencia. Dijo, en efecto, por medio de la lira del salmista: Oíd esto, todas las naciones, escuchadlo, habitantes del orbe: plebeyos y nobles, ricos y pobres. Mi boca hablará sabiamente, y serán muy sensatas mis reflexiones. Era necesaria, realmente necesaria, la sabiduría y la inteligencia a quienes habían errado, adorando con increíble ligereza la criatura en vez de al Creador, llamando dioses al leño y a la piedra.

Además, la Palabra se hizo carne: y les sugiere la razón diciendo: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos. Estas fueron efectivamente las enfermedades de los paganos, pero gracias a él fueron redimidos. Pues fueron enriquecidos por él con el don de la sabiduría, pasando a ser capaces de comprender; ya no poseen un ánimo enfermizo y quebrantado, sino sano y capaz de emprender y llevar a término cualquier obra buena y que conduzca a la salvación.



VIERNES


PRIMERA LECTURA

Del primer libro de los Reyes 16, 29-17, 16

Los comienzos del profeta Elías en tiempo de Ajab, rey de Israel

Ajab, hijo de Omrí, subió al trono de Israel el año treinta y ocho del reinado de Asá de Judá. Reinó sobre Israel, en Samaria, veintidós años. Hizo lo que el Señor reprueba, más que todos sus predecesores.

Lo de menos fue que imitara los pecados de Jeroboán, hijo de Nabat; se casó con Jezabel, hija de Etbaal, rey de los fenicios, y dio culto y adoró a Baal. Erigió un altar a Baal en el templo que le construyó en Samaria; colocó también una estela y siguió irritando al Señor, Dios de Israel, más que todos los reyes de Israel que lo precedieron. En su tiempo, Jiel, de Betel, reconstruyó Jericó; los cimientos le costaron la vida de Abirán, su primogénito, y las puertas, la de Segub, su benjamín, como lo había dicho el Señor por medio de Josué, hijo de Nun.

Elías, el tesbita, de Tisbé de Galaad, dijo a Ajab: «¡Vive el Señor, Dios de Israel, a quien sirvo! En estos años no caerá rocío ni lluvia si yo no lo mando». Luego el Señor le dirigió la palabra:

«Vete de aquí hacia el oriente y escóndete junto al torrente Carit, que queda cerca del Jordán. Bebe del torrente y yo mandaré a los cuervos que te lleven allí la comida».

Elías hizo lo que le mandó el Señor, y fue a vivir junto al torrente Carit, que queda cerca del Jordán. Los cuervos le llevaban pan por la mañana y carne por la tarde, y bebía del torrente. Pero, al cabo del tiempo, el torrente se secó, porque no había llovido en la región. Entonces el Señor dirigió la palabra a Elías:

«Anda, vete a Sarepta de Fenicia a vivir allí; yo mandaré a una viuda que te dé la comida».

Elías se puso en camino hacia Sarepta, y, al llegar a la 1, puerta de la ciudad, encontró allí una viuda que recogía leña. La llamó y le dijo:

«Por favor, tráeme un poco de agua en un jarro para que beba».

Mientras iba a buscarla, le gritó:

«Por favor, tráeme también en la mano un trozo de pan».

Respondió ella:

«Te juro por el Señor, tu Dios, que no tengo ni pan; me queda sólo un puñado de harina en el cántaro y un poco de aceite en la alcuza. Ya ves que estaba recogiendo un poco de leña. Voy a hacer un pan para mí y para mi hijo; nos lo comeremos y luego moriremos.

Respondió Elías:

«No temas. Anda, prepáralo como has dicho, pero primero hazme a mí un panecillo y traémelo; para ti y paró tu hijo lo harás después. Porque así dice el Señor, Dios de Israel: "La orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra"».

Ella se fue, hizo lo que había dicho Elías, y comieron él, ella y su hijo. Ni la orza de harina se vació, ni la alcuza de aceite se agotó, como lo había dicho el Señor por medio de Elías.


SEGUNDA LECTURA

San Ambrosio de Milán, Comienza él tratado sobre los misterios (1-7: SC 25bis, 156-158)

Catequesis sobre los ritos que preceden al bautismo

Hasta ahora os hemos venido hablando cada día acerca de cuál ha de ser vuestra conducta. Os hemos ido leyendo los hechos de los patriarcas o los consejos del libro de los Proverbios a fin de que, instruidos y formados por estas enseñanzas, os fuerais acostumbrando a recorrer el mismo camino que nuestros antepasados y a obedecer los oráculos divinos, con lo cual, renovados por el bautismo, os comportéis como exige vuestra condición de bautizados.

Mas ahora es tiempo ya de hablar de los sagrados misterios y de explicaros el significado de los sacramentos, cosa que, si hubiésemos hecho antes del bautismo, hubiese sido una violación de la disciplina del arcano más que una instrucción. Además de que, por el hecho de cogeros desprevenidos, la luz de los divinos misterios se introdujo en vosotros con más fuerza que si hubiese precedido una explicación.

Abrid, pues, vuestros oídos y percibid el buen olor de vida eterna que exhalan en vosotros los sacramentos. Esto es lo que significábamos cuando, al celebrar el rito de la apertura, decíamos: «Effetá», esto es: «Abrete», para que, al llegar el momento del bautismo, entendierais lo que se os preguntaba y la obligación de recordar lo que habíais respondido. Este mismo rito empleó Cristo, como leemos en el Evangelio, al curar al sordomudo.

Después de esto, se te abrieron las puertas del santo de los santos, entraste en el lugar destinado a la regeneración. Recuerda lo que se te preguntó, ten presente lo que respondiste. Renunciaste al diablo y a sus obras, al mundo y a sus placeres pecaminosos. Tus palabras están conservadas, no en un túmulo de muertos, sino en el libro de los vivos.

Viste allí a los diáconos, los presbíteros, el obispo. No pienses sólo en lo visible de estas personas, sino en la gracia de su ministerio. En ellos hablaste a los ángeles, tal como está escrito: Labios sacerdotales han de guardar el saber, y en su boca se busca la doctrina, porque es un ángel del Señor de los ejércitos. No hay lugar a engaño ni retractación; es un ángel quien anuncia el reino de Cristo, la vida eterna. Lo que has de estimar en él no es su apariencia visible, sino su ministerio. Considera qué es lo que te ha dado, úsalo adecuadamente y reconoce su valor.

Al entrar, pues, para mirar de cara al enemigo y renunciar a él con tu boca, te volviste luego hacia el oriente, pues quien renuncia al diablo debe volverse a Cristo y mirarlo de frente.



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

Del primer libro de los Reyes 18, 16b-40

Elías frente a los sacerdotes de Baal en el monte Carmelo

En aquellos días, Ajab marchó al encuentro de Elías y, al verlo, le dijo:

«¿Eres tú, ruina de Israel?»

Elías le contestó:

«¡No he arruinado yo a Israel, sino tú y tu familia, por dejar los mandatos del Señor y seguir a los Baales! Ahora manda que se reúna en torno a mí todo Israel en el monte Carmelo, con los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal, comensales de Jezabel».

Ajab despachó órdenes a todo Israel, y los profetas se reunieron en el monte Carmelo. Elías se acercó a la gente y dijo:

«¿Hasta cuándo vais a caminar con muletas? Si el Señor es el verdadero Dios, seguidlo; si lo es Baal, seguid a Baal».

La gente no respondió una palabra. Entonces Elías les dijo:

«He quedado yo solo como profeta del Señor, mientras que los profetas de Baal son cuatrocientos cincuenta. Que nos den dos novillos: vosotros elegid uno; que lo descuarticen y lo pongan sobre la leña, sin prenderle fuego; yo prepararé el otro novillo y lo pondré sobre la leña, sin prenderle fuego. Vosotros invocaréis a vuestro dios, y yo invocaré al Señor; y el dios que responda enviando fuego, ése es el Dios verdadero.

Toda la gente asintió:

«¡Buena idea!»

Elías dijo a los profetas de Baal:

«Elegid un novillo y preparadlo vosotros primero, porque sois más. Luego invocad a vuestro dios, pero sin encender el fuego».

Cogieron el novillo que les dieron, lo prepararon y estuvieron invocando a Baal desde la mañana hasta mediodía:

«¡Baal, respóndenos!»

Pero no se oía una voz ni una respuesta, mientras brincaban alrededor del altar que habían hecho. Al mediodía, Elías empezó a reírse de ellos:

«¡Gritad más fuerte! Baal es dios, pero estará meditando, o bien ocupado, o estará de viaje; ¡a lo mejor está durmiendo y se despierta!»

Entonces gritaron más fuerte; y se hicieron cortaduras, según su costumbre, con cuchillos y punzones, hasta chorrear sangre por todo el cuerpo. Pasado el mediodía, entraron en trance, y así estuvieron hasta la hora de la ofrenda. Pero no se oía una voz, ni una palabra, ni una respuesta. Entonces Elías dijo a la gente:

«¡Acercaos!»

Se acercaron todos, y él reconstruyó el altar del Señor, que estaba demolido: cogió doce piedras, una por cada tribu de Jacob, a quien el Señor había dicho: «Te llamarás Israel»; con las piedras levantó un altar en honor del Señor, hizo una zanja alrededor del altar, como para sembrar dos fanegas; apiló la leña, descuartizó el novillo, lo puso sobre la leña y dijo:

«Llenad cuatro cántaros de agua y derramadla sobre la víctima y la leña».

Luego dijo:

«¡Otra vez!»

Y lo hicieron otra vez. Añadió:

«¡Otra vez!»

Y lo repitieron por tercera vez. El agua corrió alrededor del altar, e incluso la zanja se llenó de agua. Llegada la hora de la ofrenda, el profeta Elías se acercó y oró:

«¡Señor, Dios de Abrahán, Isaac e Israel! Que se vea hoy que tú eres el Dios de Israel, y yo tu siervo, que he hecho esto por orden tuya. Respóndeme, Señor, respóndeme, para que sepa este pueblo que tú, Señor, eres el Dios verdadero, y que eres tú quien les cambiará el corazón».

Entonces el Señor envió un rayo que abrasó la víctima, la leña, las piedras y el polvo, y secó el agua de la zanja. Al verlo, cayeron todos, exclamando:

«¡El Señor es el Dios verdadero! ¡El Señor es el Dios verdadero!»

Elías les dijo:

«Agarrad a los profetas de Baal. Que no escape ninguno».

Los agarraron. Elías los bajó al torrente Quisón, y allí los degolló.


SEGUNDA LECTURA

San Ambrosio de Milán, Tratado sobre los misterios (8-11 SC 25bis, 158-160)

Renacemos del agua y del Espíritu Santo

¿Qué es lo que viste en el bautisterio? Agua, desde luego, pero no sólo agua; viste también a los diáconos ejerciendo su ministerio, al obispo haciendo las preguntas de ritual y santificando. El Apóstol te enseñó, lo primero de todo, que no hemos de fijarnos en lo que se ve, sino en lo que no se ve; lo que se ve es transitorio, lo que no se ve es eterno. Pues, como leemos en otro lugar, desde la creación del mundo, las perfecciones invisibles de Dios, su poder eterno y su divinidad son visibles por sus obras. Por esto, dice el Señor en persona: Aunque no me creáis a mí, creed a las obras. Cree, pues, que está allí presente la divinidad. ¿Vas a creer en su actuación y no en su presencia? ¿De dónde vendría esta actuación sin su previa presencia?

Considera también cuán antiguo sea este misterio, pues fue prefigurado en el mismo origen del mundo. Ya en el principio, cuando hizo Dios el cielo y la tierra, el espíritu —leemos— se cernía sobre la faz de las aguas. Y si se cernía es porque obraba. El salmista nos da a conocer esta actuación del espíritu en la creación del mundo, cuando dice: La palabra del Señor hizo el cielo; el espíritu de su boca, sus ejércitos. Ambas cosas, esto es, que se cernía y que actuaba, son atestiguadas por la palabra profética. Que se cernía, lo afirma el autor del Génesis; que actuaba, el salmista.

Tenemos aún otro testimonio. Toda carne se había corrompido por sus iniquidades. Mi espíritu no durará por siempre en el hombre —dijo Dios—, puesto que es de carne. Con las cuales palabras demostró que la gracia espiritual era incompatible con la inmundicia carnal y la mancha del pecado grave. Por esto, queriendo Dios reparar su obra, envió el diluvio y mandó al justo Noé que subiera al arca. Cuando menguaron las aguas del diluvio, soltó primero un cuervo, el cual no volvió, y después una paloma que, según leemos, volvió con una rama de olivo. Ves cómo se menciona el agua, el leño, la paloma, ¿y aún dudas del misterio?

En el agua es sumergida nuestra carne, para que quede borrado todo pecado carnal. En ella quedan sepultadas todas nuestras malas acciones. En un leño fue clavado el Señor Jesús, cuando sufrió por nosotros su pasión. En forma de paloma descendió el Espíritu Santo, como has aprendido en el nuevo Testamento, el cual inspira en tu alma la paz, en tu mente la calma.

 


DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

Del primer libro de los Reyes 19, 1-9a.11-21

El Señor se revela a Elías

En aquellos días, Ajab contó a Jezabel lo que había hecho Elías, cómo había pasado a cuchillo a los profetas. Entonces Jezabel mandó a Elías este recado:

«Que los dioses me castiguen si mañana a estas horas no hago contigo lo mismo que has hecho tú con cualquiera de ellos».

Elías temió y emprendió la marcha para salvar la vida. Llegó a Berseba de Judá y dejó allí a su criado. El continuó por el desierto, una jornada de camino, y, al final, se sentó bajo una retama y se deseó la muerte:

«¡Basta, Señor! ¡Quítame la vida, que yo no valgo más que mis padres!»

Se echó bajo la retama y se durmió. De pronto un ángel le tocó y le dijo:

«¡Levántate, come!»

Miró Elías, y vio a su cabecera un pan cocido sobre piedras y un jarro de agua. Comió, bebió y se volvió a echar. Pero el ángel del Señor le volvió a tocar y le dijo:

«¡Levántate, come!, que el camino es superior a tus fuerzas».

Elías se levantó, comió y bebió, y, con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios. Allí se metió en una cueva donde pasó la noche. El Señor le dijo:

«Sal y ponte de pie en el monte ante el Señor. ¡El Señor va a pasar!»

Vino un huracán tan violento que descuajaba los montes y hacía trizas las peñas delante del Señor; pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento, vino un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto. Después del terremoto, vino un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego. Después del fuego, se oyó una brisa tenue; al sentirla, Elías se tapó el rostro con el manto, salió afuera y se puso en pie a la entrada de la cueva. Entonces oyó una voz que le decía:

«¿Qué haces aquí, Elías?»

Respondió:

«Me consume el celo por el Señor, Dios de los ejércitos, porque los israelitas han abandonado tu alianza, han derruido tus altares y asesinado a tus profetas; sólo quedo yo, y me buscan para matarme».

El Señor dijo:

«Desanda tu camino hacia el desierto de Damasco y, cuando llegues, unge rey de Siria a Jazael; rey de Israel a Jehú, hijo de Nimsí, y profeta sucesor tuyo a Eliseo, hijo de Safat, de Prado Bailén. Al que escape de la espada de Jazael lo matará Jehú, y al que escape de la espada de Jehú lo matará Eliseo. Pero yo me reservaré en Israel siete mil hombres: las rodillas que no se han doblado ante Baal, los labios que no lo han besado».

Elías se marchó y encontró a Eliseo, hijo de Safat, arando con doce yuntas en fila, él con la última. Elías pasó a su lado y le echó encima el manto. Entonces Eliseo, dejando los bueyes, corrió tras Elías y le pidió:

«Déjame decir adiós a mis padres; luego vuelvo y te sigo».

Elías le dijo:

«Ve y vuelve; ¿quién te lo impide?»

Eliseo dio la vuelta, cogió la yunta de bueyes y los ofreció en sacrificio; hizo fuego con los aperos, asó la carne y ofreció de comer a su gente; luego se levantó, marchó tras Elías y se puso a su servicio.


SEGUNDA LECTURA

San Ambrosio de Milán, Tratado sobre los misterios (12-16.19: SC 25bis, 162-164)

Todo les sucedía como un ejemplo

Te enseña el Apóstol que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube, y todos atravesaron el mar y todos fueron bautizados en Moisés por la nube y el mar. Y en el cántico de Moisés leemos: Sopló tu aliento y los cubrió el mar. Te das cuenta de que el paso del mar Rojo por los hebreos era ya una figura del santo bautismo, ya que en él murieron los egipcios y escaparon los hebreos. Esto mismo nos enseña cada día este sacramento, a saber, que en él queda sumergido el pecado y destruido el error, y en cambio la piedad y la inocencia lo atraviesan indemnes.

Oyes cómo nuestros padres estuvieron bajo la nube, y una nube ciertamente beneficiosa, ya que refrigeraba los ardores de las pasiones, carnales; la nube que los cubría era el Espíritu Santo. El vino después sobre la Virgen María, y la virtud del Altísimo la cubrió con su sombra, cuando engendró al Redentor del género humano. Y aquel milagro en tiempo de Moisés aconteció en figura. Si, pues, en la figura estaba el Espíritu, ¿no estará en la verdad, siendo así que la Escritura te enseña que la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo?

El agua de Mara era amarga, pero Moisés echó en ella un madero y se volvió dulce. De modo semejante, el agua, sin la proclamación de la cruz del Señor, no sirve en absoluto para la salvación; pero cuando ha sido consagrada por el misterio de la cruz salvadora, entonces se vuelve apta para el baño espiritual y para la bebida saludable. Pues del mismo modo que Moisés, el profeta, echó un madero en aquella agua, así ahora el sacerdote echa en ésta la proclamación de la cruz del Señor y el agua se vuelve dulce para la gracia.

No creas, pues, solamente lo que ven tus ojos corporales; más segura es la visión de lo invisible, porque lo que se ve es temporal, lo que no se ve eterno. La visión interna de la mente es superior a la mera visión ocular.

Finalmente, aprende lo que te enseña una lectura del libro de los Reyes. Naamán era sirio y estaba leproso, sin que nadie pudiera curarlo. Entonces, una jovencita de entre los cautivos explicó que en Israel había un profeta que podía limpiarlo de la infección de la lepra. Naamán, habiendo tomado oro y plata, se fue a ver al rey de Israel. Este, al saber el motivo de su venida, rasgó sus vestiduras, diciendo que le buscaban querella al pedirle una cosa que no estaba en su regio poder. Pero Eliseo mandó decir al rey que le enviase al sirio, para que supiera que había un Dios en Israel. Y cuando vino a él, le mandó que se sumergiera siete veces en el río Jordán. Entonces Naamán empezó a decirse a sí mismo que eran mejores las aguas de los ríos de su patria, en los cuales se había bañado muchas veces sin que lo hubiesen limpiado de su lepra, y se marchaba de allí sin hacer lo que le había dicho el profeta. Pero sus siervos lo persuadieron por fin y se bañó, y, al verse curado, entendió al momento que lo que purifica no es el agua, sino el don de Dios.

El dudó antes de ser curado; pero tú, que ya estás curado, no debes dudar.

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

Del primer libro de los Reyes 21,1-21.27-29

Elías, defensor de la justicia para con los pobres

Por aquel tiempo, Nabot, el de Yezrael, tenía una viña pegando al palacio de Ajab, rey de Samaria. Ajab le propuso:

«Dame la viña para hacerme yo una huerta, porque está al lado, pegando a mi casa; yo te daré en cambio una viña mejor o, si prefieres, te pago en dinero».

Nabot respondió:

«¡Dios me libre de cederte la heredad de mis padres!»

Ajab marchó a casa malhumorado y enfurecido por la respuesta de Nabot, el de Yezrael, aquello de: «No te cederé la heredad de mis padres». Se tumbó en la cama, volvió la cara y no quiso probar alimento. Su esposa Jezabel se le acercó y le dijo:

«¿Por qué estás de mal humor y no quieres probar alimento?»

Él contestó:

«Es que hablé a Nabot, el de Yezrael, y le propuse: "Véndeme la viña o, si prefieres, te la cambio por otra". Y me dice: "No te doy mi viña"».

Entonces Jezabel dijo:

«¿Y eres tú el que manda en Israel? ¡Arriba! A comer, que te sentará bien. ¡Yo te daré la viña de Nabot, el de Yezrael!»

Escribió unas cartas en nombre de Ajab, las selló con el sello del rey y las envió a los ancianos y notables de la ciudad, paisanos de Nabot. Las cartas decían:

«Proclamad un ayuno y sentad a Nabot en primera fila. Sentad enfrente a dos canallas que declaren contra él: "Has maldecido a Dios y al rey". Lo sacáis afuera y lo apedreáis hasta que muera».

Los paisanos de Nabot, los ancianos y notables que vivían en la ciudad, hicieron tal como les decía Jezabel, según estaba escrito en las cartas que habían recibido. Proclamaron, un ayuno y sentaron a Nabot en primera fila; llegaron dos canallas, se le sentaron enfrente y testificaron contra Nabot públicamente:

«Nabot ha maldecido a Dios y al rey».

Lo sacaron fuera de la ciudad y lo apedrearon hasta que murió. Entonces informaron a Jezabel:

«Nabot ha muerto apedreado».

En cuanto oyó Jezabel que Nabot había muerto apedreado, dijo a Ajab:

«Hala, toma posesión de la viña de Nabot, el de Yezrael, que no quiso vendértela. Nabot ya no vive, ha muerto».

En cuanto oyó Ajab que Nabot había muerto, se levantó y bajó a tomar posesión de la viña de Nabot, el de Yezrael.

Entonces el Señor dirigió la palabra a Elías, el tesbita:

«Anda, baja al encuentro de Ajab, rey de Israel, que vive en Samaria. Mira, está en la viña de Nabot, adonde ha bajado para tomar posesión. Dile: "Así dice el Señor: `¿Has asesinado, y encima robas?' Por eso, así dice el Señor: `En el mismo sitio donde los perros han lamido la sangre de Nabot, a ti también los perros te lamerán la sangre"».

Ajab dijo a Elías:

«¿Con que me has sorprendido, enemigo mío?» Y Elías repuso:

«Te he sorprendido! Por haberte vendido, haciendo lo que el Señor reprueba, aquí estoy para castigarte; te dejaré sin descendencia, te exterminaré todo israelita varón, esclavo o libre».

En cuanto Ajab oyó aquellas palabras, se rasgó las vestiduras, se vistió un sayal y ayunó; se acostaba con el sayal puesto y andaba taciturno. El Señor dirigió la palabra a Elías, el tesbita:

«¿Has visto cómo se ha humillado Ajab ante mí? Por haberse humillado ante mí, no lo castigaré mientras viva; castigaré a su familia en tiempo de su hijo».


SEGUNDA LECTURA

San Ambrosio de Milán, Tratado sobre los misterios (19-21.24.26-38: SC 25bis, 164-170)

El agua no purifica sin la acción del Espíritu Santo

Antes se te ha advertido que no te limites a creer lo qúe ves, para que no seas tú también de estos que dicen: «¿Este es aquel gran misterio que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar? Veo la misma agua de siempre, ¿esta es la que me ha de purificar, si es la misma en la que tantas veces me he sumergido sin haber quedado nunca puro?» De ahí has de deducir que el agua no purifica sin la acción del Espíritu.

Por esto, has leído que en el bautismo los tres testigos se reducen a uno solo: el agua, la sangre y el Espíritu, porque, si prescindes de uno de ellos, ya no hay sacramento del bautismo. ¿Qué es, en efecto, el agua sin la cruz de Cristo, sino un elemento común, sin ninguna eficacia sacramental? Pero tampoco hay misterio de regeneración sin el agua, porque el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. También el catecúmeno cree en la cruz del Señor Jesús, con la que ha sido marcado, pero si no fuere bautizado en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, no puede recibir el perdón de los pecados ni el don de la gracia espiritual.

Por eso, el sirio Naamán, en la ley antigua, se bañó siete veces, pero tú has sido bautizado en el nombre de la Trinidad. Has profesado —no lo olvides— tu fe en el Padre, en el Hijo, en el Espíritu Santo. Vive conforme a lo que has hecho. Por esta fe has muerto para el mundo y has resucitado para Dios y, al ser como sepultado en aquel elemento del mundo, has muerto al pecado y has sido resucitado a la vida eterna. Cree, por tanto, en la eficacia de estas aguas.

Finalmente, aquel paralítico (el de la piscina Probática) esperaba un hombre que lo ayudase. ¿A qué hombre, sino al Señor Jesús, nacido de una virgen, a cuya venida ya no era la sombra la que había de salvar a uno,por uno, sino la realidad la que había de salvar a todos? El era, pues, al que esperaban que bajase, acerca del cual dijo el Padre a Juan Bautista: Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que ha de bautizar con Espíritu Santo. Y Juan dio testimonio de él, diciendo: He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Y si el Espíritu descendió como paloma, fue para que tú vieses y entendieses en aquella palma que el justo Noé soltó desde el arca una imagen de esta paloma y reconocieses en ello una figura del sacramento.

¿Te queda aún lugar a duda? Recuerda cómo en el Evangelio el Padre te proclama con toda claridad: Este es mi Hijo, mi predilecto; cómo proclama lo mismo el Hijo, sobre el cual se mostró el Espíritu Santo como una paloma; cómo lo proclama el Espíritu Santo, que descendió como una paloma; cómo lo proclama el salmista: La voz del Señor sobre las aguas, el Dios de la gloria ha tronado, el Señor sobre las aguas torrenciales; cómo la Escritura te atestigua que, a ruegos de Yerubaal, bajó fuego del cielo, y cómo también, por la oración de Elías, fue enviado un fuego que consagró el sacrificio.

En los sacerdotes, no consideres sus méritos personales, sino su ministerio. Y si quieres atender a los méritos, considéralos como a Elías, considera también en ellos los méritos de Pedro y Pablo, que nos han confiado este misterio que ellos recibieron del Señor Jesús. Aquel fuego visible era enviado para que creyesen; en nosotros, que ya creemos, actúa un fuego invisible; para ellos, era una figura, para nosotros, una advertencia. Cree, pues, que está presente el Señor Jesús, cuando es invocado por la plegaria del sacerdote, ya que dijo: Donde dos o tres están reunidos, allí estoy yo también. Cuánto más se dignará estar presente donde está la Iglesia, donde se realizan los sagrados misterios.

Descendiste, pues, a la piscina bautismal. Recuerda tu profesión de fe en el Padre, en el Hijo, en el Espíritu Santo. No significa esto que creas en uno que es el más grande, en otro que es menor, en otro que es el último, sino que el mismo tenor de tu profesión de fe te induce a que creas en el Hijo igual que en el Padre, en el Espíritu igual que en el Hijo, con la sola excepción de que profesas que tu fe en la cruz se refiere únicamente a la persona del Señor Jesús.


 


MARTES


PRIMERA LECTURA

Del primer libro de los Reyes 22, 1-9.15-23.29.34-38

Juicio de Dios contra el impío rey Ajab

En aquellos días, pasaron tres años sin que hubiera guerra entre Siria e Israel. Pero, al tercer año, Josafat, rey de Judá, fue a visitar al rey de Israel, y éste dijo a sus ministros:

«Ya sabéis que Ramot de Galaad nos pertenece; pero nosotros nos estamos quietos, sin recuperarla de manos del rey sirio».

Y preguntó a Josafat:

«¿Quieres venir conmigo a la guerra contra Ramot de Galaad?»

Josafat le contestó:

«Tú y yo, tu ejército y el mío, tu caballería y la mía, somos uno».

Luego añadió:

«Consulta antes el oráculo del Señor».

El rey de Israel reunió a los profetas, unos cuatrocientos hombres, y les preguntó:

«¿Puedo atacar a Ramot de Galaad o lo dejo?» Respondieron:

«Vete. El Señor se la entrega al rey».

Entonces Josafat preguntó:

«¿No queda por ahí algún profeta del Señor, para consultarle?»

El rey de Israel le respondió:

«Queda todavía uno: Miqueas, hijo de Yimlá, por cuyo medio podemos consultar al Señor; pero yo lo aborrezco, porque no me profetiza venturas, sino desgracias».

Josafat dijo:

«¡No hable así el rey!»

El rey de Israel llamó a un funcionario, y le ordenó: «Que venga enseguida Miqueas, hijo de Yimlá». Cuando Miqueas se presentó al rey, éste le preguntó: «Miqueas, ¿podemos atacar a Ramot de Galaad o lo dejamos?»

Miqueas le respondió:

«Vete, triunfarás. El Señor se la entrega al rey». El rey le dijo:

«Pero ¿cuántas veces tendré que tomarte juramento de que me dices únicamente la verdad en nombre del Señor?»

Entonces Miqueas dijo:

«Estoy viendo a Israel desparramado por los montes, como ovejas sin pastor. Y el Señor dice: "No tienen amo. Vuelva cada cual a su casa, y en paz"».

El rey de Israel comentó con Josafat:

«¿No te lo dije? No me profetiza venturas, sino desgracias».

Miqueas continuó:

«Por eso, escucha la palabra del Señor: Vi al Señor sentado en su trono. Todo el ejército celeste estaba en pie junto a él, a derecha e izquierda, y el Señor preguntó:

"¿Quién podrá engañar a Ajab para que vaya y muera en Ramot de Galaad?"

Unos proponían una cosa y otros otra. Hasta que se adelantó un espíritu y, puesto en pie ante el Señor, dijo: "Yo lo engañaré".

El Señor le preguntó:

"¿Cómo?"

Respondió:

"Iré y me transformaré en oráculo falso en la boca de todos los profetas".

El Señor le dijo:

"Conseguirás engañarlo. ¡Vete y hazlo!"

Como ves, el Señor ha puesto oráculos falsos en la boca de todos esos profetas tuyos, porque el Señor ha decretado tu ruina».

El rey de Israel y Josafat de Judá fueron contra Ramot de Galaad. Un soldado disparó el arco al azar e hirió al rey de Israel, atravesándole la cota de malla. El rey dijo al auriga:

«Da la vuelta y sácame del campo de batalla, porque estoy herido».

Pero aquel día arreció el combate, de manera que sostuvieron al rey en pie en su carro frente a los sirios, y murió al atardecer; la sangre goteaba en el interior del carro. A la puesta del sol, corrió un grito por el campamento:

«¡Cada uno a su pueblo! ¡Cada uno a su tierra! ¡Ha muerto el rey!»

Llevaron al rey a Samaria, y allí lo enterraron. En la alberca de Samaria lavaron el carro; los perros lamieron su sangre, y las prostitutas se lavaron en ella, como había dicho el Señor.


SEGUNDA LECTURA

San Ambrosio de Milán, Tratado sobre los misterios (29-30.34-35.37.42: SC 25bis, 172-178)

Catequesis de los ritos que siguen al bautismo

Al salir de la piscina bautismal, fuiste al sacerdote. Considera lo que vino a continuación. Es lo que dice el salmista: Es ungüento precioso en la cabeza, que va bajando por la barba, que baja por la barba de Aarón. Es el ungüento del que dice el Cantar de los cantares: Tu nombre es como un bálsamo fragante, y de ti se enamoran las doncellas. ¡Cuántas son hoy las almas renovadas que, llenas de amor a ti, Señor Jesús, te dicen: Arrástranos tras de ti, correremos tras el olor de tus vestidos, atraídas por el olor de tu resurrección!

Esfuérzate en penetrar el significado de este rito, porque el sabio lleva los ojos en la cara. Este ungüento va bajando por la barba, esto es, por tu juventud renovada, y por la barba de Aarón, porque te convierte en raza elegida, sacerdotal, preciosa. Todos, en efecto, somos ungidos por la gracia del Espíritu para ser miembros del reino de Dios y formar parte de su sacerdocio.

Después de esto, recibiste la vestidura blanca, como señal de que te habías despojado de la envoltura del pecado y te habías vestido con la casta ropa de la inocencia, de conformidad con lo que dice el salmista: Rocíame con el hisopo: quedaré limpio; lávame: quedaré más blanco que la nieve. En efecto, tanto la ley antigua como el Evangelio aluden a la limpieza espiritual del que ha sido bautizado: la ley antigua, porque Moisés roció con la sangre del cordero, sirviéndose de un ramo de hisopo; el Evangelio, porque las vestiduras de Cristo eran blancas como la nieve, cuando mostró la gloria de su resurrección. Aquel a quien se le perdonan los pecados queda más blanco que la nieve. Por esto, dice el Señor por boca de Isaías: Aunque vuestros pecados sean como púrpura, blanquearán como nieve.

La Iglesia, engalanada con estas vestiduras, gracias al baño del segundo nacimiento, dice con palabras del Cantar de los cantares: Tengo la tez morena, pero hermosa, muchachas de Jerusalén. Morena por la fragilidad de su condición humana, hermosa por la gracia; morena porque consta de hombres pecadores, hermosa por el sacramento de la fe. Las muchachas de Jerusalén, estupefactas al ver estas vestiduras, dicen: «¿Quién es ésta que sube resplandeciente de blancura? Antes era morena, ¿de dónde esta repentina blancura?»

Y Cristo, al contemplar a su Iglesia con blancas vestiduras —él, que por su amor tomó un traje sucio, como dice el libro del profeta Zacarías—, al contemplar el alma limpia y lavada por el baño de regeneración, dice: ¡Qué hermosa eres, mi amada, qué hermosa eres! Tus ojos son palomas, bajo cuya apariencia bajó del cielo el Espíritu Santo.

Recuerda, pues, que has recibido el sello del Espíritu, espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de prudencia y sabiduría, espíritu de consejo y valentía, espíritu de ciencia y temor del Señor, y conserva lo que has recibido. Dios Padre te ha sellado, Cristo, el Señor, te ha confirmado y ha puesto en tu corazón, como prenda suya, el Espíritu, como te enseña el Apóstol.



MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

Del segundo libro de las Crónicas 20, 1-9.13-24

Relato maravilloso de la ayuda de Dios al rey fiel Josafat

En aquellos días, los moabitas, los amonitas y algunos meunitas vinieron contra Josafat en son de guerra. Informaron a éste:

«Una gran multitud procedente de Edom, al otro lado del mar Muerto, se dirige contra ti; ya se encuentran en Pedregal de Palma (la actual Fuentelchivo)».

Josafat, asustado, decidió recurrir al Señor, proclamando un ayuno en todo Judá. Judíos de todas las ciudades se reunieron para pedir consejo al Señor. Josafat se colocó en medio de la asamblea de Judá y Jerusalén, en el templo, delante del atrio nuevo, y exclamó:

«Señor, Dios de nuestros padres. ¿No eres tú el Dios del cielo, el que gobierna los reinos de la tierra, lleno de fuerza y de poder, al que nadie puede resistir? ¿No fuiste tú, Dios nuestro, quien expulsaste a los moradores de esta tierra delante de tu pueblo, Israel, y la entregaste para siempre a la estirpe de tu amigo Abrahán? La habitaron y construyeron en ella un santuario en tu honor, pensando: "Cuando nos ocurra una calamidad, espada, inundación, peste o hambre, nos presentaremos ante ti en este templo, porque en él estás presente, te invocaremos en nuestro peligro y tú nos escucharás y salvarás"».

Todos los judíos, con sus mujeres e hijos, incluso los chiquillos, permanecían de pie ante el Señor. En medio de la asamblea, un descendiente de Asaf, el levita Yajziel, hijo de Zacarías, hijo de Benayas, hijo de Yeguiel, hijo de Matanías, tuvo una inspiración del Señor y dijo:

«Judíos, habitantes de Jerusalén, y tú, rey Josafat, prestad atención. Así dice el Señor: "No os asustéis ni acobardéis ante esa inmensa multitud, porque la batalla no es cosa vuestra, sino de Dios. Mañana bajaréis contra ellos cuando vayan subiendo la cuesta de las Flores; les saldréis al encuentro al final del barranco que hay frente al desierto de Yeruel. No tendréis necesidad de combatir; estad quietos y firmes, contemplando cómo os salva el Señor. Judá y Jerusalén, no os asustéis ni acobardéis. Salid mañana a su encuentro, que el Señor estará con vosotros"».

Josafat se postró rostro en tierra, y todos los judíos y los habitantes de Jerusalén cayeron ante el Señor para adorarlo. Los levitas corajitas descendientes de Quehat se alzaron para alabar a grandes voces al Señor, Dios de Israel. De madrugada se pusieron en marcha hacia el desierto de Tecua. Cuando salían, Josafat se detuvo y dijo:

«Judíos y habitantes de Jerusalén, escuchadme: confiad en el Señor, vuestro Dios, y subsistiréis; confiad en sus profetas, y venceréis».

De acuerdo con el pueblo, dispuso que un grupo revestido de ornamentos sagrados marchase en vanguardia, cantando y alabando al Señor con estas palabras:

«Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia».

Apenas comenzaron los cantos de júbilo y de alabanza, el Señor sembró discordias entre los amonitas, los moabitas y los serranos de Seír que venían contra Judá, y se mataron unos a otros. Los amonitas y moabitas decidieron destruir y aniquilar a los de Seír, y, cuando terminaron con ellos, se enzarzaron a muerte unos con otros. Llegó Judá al otero que domina el desierto, dirigió su mirada a la multitud y no vieron más que cadáveres tendidos por el suelo; nadie se había salvado.


SEGUNDA LECTURA

San Ambrosio de Milán, Tratado sobre los misterios (43. 47-49: SC 25bis, 178-180.182)

Instrucción a los recién bautizados sobre la eucaristía

Los recién bautizados, enriquecidos con tales distintivos, se dirigen al altar de Cristo, diciendo: Me acercaré al altar de Dios, al Dios que alegra mi juventud. En efecto, despojados ya de todo resto de sus antiguos errores, renovada su juventud como un águila, se apresuran a participar del convite celestial. Llegan, pues, y, al ver preparado el sagrado altar, exclaman: Preparas una mesa ante mí. A ellos se aplican aquellas palabras del salmista: El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. Y más adelante: Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan. Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa.

Es, ciertamente, admirable el hecho de que Dios hiciera llover el maná para los padres y los alimentase cada día con aquel manjar celestial, del que dice el salmo: El hombre comió pan de ángeles. Pero los que comieron aquel pan murieron todos en el desierto; en cambio, el alimento que tú recibes, este pan vivo que ha bajado del cielo, comunica el sostén de la vida eterna, y todo el que coma de él no morirá para siempre, porque es el cuerpo de Cristo.

Considera, pues, ahora qué es más excelente, si aquel pan de ángeles o la carne de Cristo, que es el cuerpo de vida. Aquel maná caía del cielo, éste está por encima del cielo; aquél era del cielo, éste del Señor de los cielos; aquél se corrompía si se guardaba para el día siguiente, éste no sólo es ajeno a toda corrupción, sino que comunica la incorrupción a todos los que lo comen con reverencia. A ellos les manó agua de la roca, a ti sangre del mismo Cristo; a ellos el agua los sació momentáneamente, a ti la sangre que mana de Cristo te lava para siempre. Los judíos bebieron y volvieron a tener sed, pero tú, si bebes, ya no puedes volver a sentir sed, porque aquello era la sombra, esto la realidad.

Si te admira aquello que no era más que una sombra, mucho más debe admirarte la realidad. Escucha cómo no era más que una sombra lo que acontecía con los padres: Bebían —dice el Apóstol— de la roca que los seguía, y la roca era Cristo; pero la mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto. Estas cosas sucedieron en figura para nosotros. Los dones que tú posees son mucho más excelentes, porque la luz es más que la sombra, la realidad más que la figura, el cuerpo del Creador más que el maná del cielo.



JUEVES


PRIMERA LECTURA

Del segundo libro de los Reyes 2, 1-15

Asunción de Elías

En aquellos días, cuando el Señor iba a arrebatar a Elías al cielo en el torbellino, Elías y Eliseo se marcharon de Guilgal. Elías dijo a Eliseo:

«Quédate aquí, porque el Señor me envía solo hasta Betel».

Eliseo respondió:

«¡Vive Dios! Por tu vida, no te dejaré».

Bajaron a Betel, y la comunidad de profetas de Betel salió a recibir a Eliseo. Le dijeron:

«¿Ya sabes que el Señor te va a dejar hoy sin jefe y maestro?»

Él respondió:

«Claro que lo sé. ¡Callaos!»

Elías dijo a Eliseo:

«Quédate aquí, porque el Señor me envía solo hasta Jericó».

Eliseo respondió:

«Vive Dios! Por tu vida, no te dejaré».

Llegaron a Jericó, y la comunidad de profetas de Jericó se acercó a Eliseo y le dijeron:

«¿Ya sabes que el Señor te va a dejar hoy sin jefe y maestro?»

El respondió:

«Claro que lo sé. ¡Callaos!»

Elías dijo a Eliseo:

«Quédate aquí, porque el Señor me envía solo hasta el Jordán».

Eliseo respondió:

«¡Vive Dios! Por tu vida, no te dejaré».

Y los dos siguieron caminando. También marcharon cincuenta hombres de la comunidad de profetas y se pararon frente a ellos, a cierta distancia. Los dos se detuvieron junto al Jordán; Elías cogió su manto, lo enrolló, golpeó el agua, y el agua se dividió por medio, y así pasaron ambos a pie enjuto. Mientras pasaban el río, dijo Elías a Eliseo:

«Pídeme lo que quieras antes de que me aparten de tu lado».

Eliseo pidió:

«Déjame en herencia dos tercios de tu espíritu». Elías comentó:

«¡No pides nada! Si logras verme cuando me aparten de tu lado, lo tendrás; si no me ves, no lo tendrás».

Mientras ellos seguían conversando por el camino, los separó un carro de fuego con caballos de fuego, y Elías subió al cielo en el torbellino. Eliseo lo miraba y gritaba:

«¡Padre mío, padre mío, carro y auriga de Israel!»

Y ya no lo vio más. Entonces agarró su túnica y la rasgó en dos; luego recogió el manto que se le había caído a Elías, se volvió y se detuvo a la orilla del Jordán; y agarrando el manto de Elías, golpeó el agua diciendo:

«¿Dónde está el Dios de Elías, dónde?»

Golpeó el agua, el agua se dividió por medio, y Eliseo cruzó. Al verlo, los hermanos profetas que estaban enfrente comentaron:

«¡Se ha posado sobre Eliseo el espíritu de Elías!» Entonces fueron a su encuentro y se postraron ante él.


SEGUNDA LECTURA

San Ambrosio de Milán, Tratado sobre los misterios (52-54.58: SC 25bis, 186-188.190)

Este sacramento que recibes
se realiza por la palabra de Cristo

Vemos que el poder de la gracia es mayor que el de la naturaleza y, con todo, aún hacemos cálculos sobre los efectos de la bendición proferida en nombre de Dios. Si la bendición de un hombre fue capaz de cambiar el orden natural, ¿qué diremos de la misma consagración divina, en la que actúan las palabras del Señor y Salvador en persona? Porque este sacramento que recibes se realiza por la palabra de Cristo. Y si la palabra de Elías tuvo tanto poder que hizo bajar fuego del cielo, ¿no tendrá poder la palabra de Cristo para cambiar la naturaleza de los elementos? Respecto a la creación de todas las cosas, leemos que él lo dijo, y existieron; él lo mandó, y surgieron. Por tanto, si la palabra de Cristo pudo hacer de la nada lo que no existía, ¿no podrá cambiar en algo distinto lo que ya existe? Mayor poder supone dar el ser a lo que no existe que dar un nuevo ser a lo que ya existe.

Mas, ¿para qué usamos de argumentos? Atengámonos a lo que aconteció en su propia persona, y los misterios de su encarnación nos servirán de base para afirmar la verdad del misterio. Cuando el Señor Jesús nació de María, ¿por ventura lo hizo según el orden natural? El orden natural de la generación consiste en la unión de la mujer con el varón. Es evidente, pues, que la concepción virginal de Cristo fue algo por encima del orden natural. Y lo que nosotros hacemos presente es aquel cuerpo nacido de una virgen. ¿Por qué buscar el orden natural en el cuerpo de Cristo, si el mismo Señor Jesús nació de una virgen, fuera de las leyes naturales? Era real la carne de Cristo que fue crucificada y sepultada; es, por tanto, real el sacramento de su carne.

El mismo Señor Jesús afirma: Esto es mi cuerpo. Antes de las palabras de la bendición celestial, otra es la realidad que se nombra; después de la consagración, es significado el cuerpo de Cristo. Lo mismo podemos decir de su sangre. Antes de la consagración, otro es el nombre que recibe; después de la consagración, es llamada sangre. Y tú dices: «Amén», que equivale a decir: «Así es». Que nuestra mente reconozca como verdadero lo que dice nuestra boca, que nuestro interior asienta a lo que profesamos externamente.

Por esto, la Iglesia, contemplando la grandeza del don divino, exhorta a sus hijos y miembros de su familia a que acudan a los sacramentos, diciendo: Comed, mis familiares, bebed y embriagaos, hermanos míos. Compañeros, comed y bebed, y embriagaos, mis amigos. Qué es lo que hay que comer y beber, nos lo enseña en otro lugar el Espíritu Santo por boca del salmista: Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a él. En este sacramento está Cristo, porque es el cuerpo de Cristo. No es, por tanto, un alimento material, sino espiritual. Por ello, dice el Apóstol, refiriéndose a lo que era figura del mismo, que nuestros padres comieron el mismo alimento espiritual, y bebieron la misma bebida espiritual. En efecto, el cuerpo de Dios es espiritual, el cuerpo de Cristo es un cuerpo espiritual y divino, ya que Cristo es Espíritu, tal como leemos: El espíritu ante nuestra faz, Cristo, el Señor. Y en la carta de Pedro leemos también: Cristo murió por vosotros. Finalmente, este alimento fortalece nuestro corazón, y esta bebida alegra el corazón del hombre, como recuerda el salmista.


 


VIERNES


PRIMERA LECTURA

Del segundo libro de los Reyes 3, 5-27

Eliseo, profeta de los reyes de Judá y de Israel,
en la guerra contra los moabitas

Cuando murió el rey Ajab, Mesá se rebeló contra Israel. Entonces el rey Jorán salió de Samaria, pasó revista a todo Israel y mandó este mensaje a Josafat de Judá:

—El rey de Moab se ha rebelado contra mí. ¿Quieres venir conmigo a luchar contra Moab?

Respondió:

—Sí. Tú y yo, tu ejército y el mío, tu caballería y la mía somos uno.

Luego preguntó:

—¿Por qué camino subimos?

Jorán respondió:

—Por el camino del páramo de Edom.

Así, pues, los reyes de Israel, Judá y Edom emprendieron la marcha. Pero después de un rodeo de siete días, sele acabó el agua al ejército y a las acémilas. Entonces el rey de Israel exclamó:

—¡Ay, el Señor nos ha reunido a tres reyes para entregarnos en poder de Moab!

Pero Josafat preguntó:

—¿No queda por ahí algún profeta para consultar al Señor?

Uno de los oficiales del rey de Israel respondió:

—Ahí está Eliseo, hijo de Safat, que daba aguamanos a Elías.

Josafat comentó:

—¡La palabra del Señor está con él!

Entonces el rey de Israel, Josafat y el rey de Edom bajaron a ver a Eliseo, pero Eliseo dijo al rey de Israel:

—¡Déjame en paz! ¡Vete a consultar a los profetas de tu padre y de tu madre!

El rey de Israel repuso:

—Mira, es que el Señor nos ha reunido a tres reyes para entregarnos en poder de Moab.

Eliseo dijo entonces:

—¡Vive el Señor de los ejércitos, a quien sirvo! Si no fuera en consideración a Josafat de Judá, ni siquiera te miraría a la cara. Pero, bueno, traedme un músico.

Y mientras el músico tañía, vino sobre Eliseo la mano del Señor, y le dijo:

—Así dice el Señor: «Abrid zanjas por toda la vaguada». Porque así dice el Señor: «No veréis viento, ni veréis lluvia, pero esta vaguada se llenará de agua y beberéis vosotros, vuestros ejércitos y vuestras acémilas». Y por si esto fuera poco, el Señor os pondrá en las manos a Moab: conquistaréis sus plazas fuertes, talaréis su mejor arbolado, cegaréis las fuentes y llenaréis de piedras los mejores campos.

En efecto, a la mañana siguiente, a la hora de la ofrenda, vino una riada de la parte de Edom, y se inundó de agua toda la zona. Mientras tanto, los moabitas, sabiendo que los reyes iban a atacarlos, habían hecho una movilización general, desde los que estaban en edad militar para arriba, y se habían apostado en la frontera. Madrugaron. El sol reverberaba sobre el agua, y al verla de lejos, roja como la sangre, los moabitas exclamaron:

—¡Es sangre! Los reyes se han acuchillado, se han matado unos a otros. ¡Al saqueo, Moab!

Pero cuando llegaron al campamento israelita, Israel se levantó y derrotó a Moab, que huyó ante ellos. Los israelitas penetraron en territorio de Moab y lo devastaron: destruyeron las ciudades, cada uno tiró una piedra a los campos mejores hasta llenarlos, cegaron las fuentes y talaron los árboles mejores, hasta dejar sólo a Quir Jareset, a la que cercaron y atacaron los honderos. Cuando el rey de Moab vio que llevaba las de perder, tomó consigo setecientos hombres armados de espada para abrirse paso hacia el rey de Siria, pero no pudo. Entonces cogió a su hijo primogénito, el que debía sucederle en el trono, y lo ofreció en holocausto sobre la muralla. Y se levantó una oleada tal de indignación contra Israel, que tuvo que retirarse y volver a su país.


SEGUNDA LECTURA

Beato Elredo de Rievaulx, Sermón sobre el rapto de Elías (Edit C.H. Talbot, SSOC vol 1, 102-103)

Considerad, hermanos, vuestra vocación

Tomemos en consideración estas cuatro realidades: el comportamiento vital de Cristo, su pasión, su resurrección y su ascensión. En efecto, apareció en el mundo y vivió entre los hombres para llamar a los suyos. Padeció para redimir, resucitó para justificar, subió a los cielos para glorificar. Llamó a los suyos de tres maneras: con la doctrina, con el ejemplo, con los milagros. Lo que enseñó con la palabra lo cumplió con las obras, lo confirmó con los milagros. Y con esta trilogía todo el mundo se convirtió a Dios. Pues los apóstoles fueron, proclamaron el evangelio por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba la palabra con los signos que los acompañaban.

Sigue la pasión: y muy oportunamente por cierto. Pues de tal modo hemos de amar la doctrina de Cristo, de talmodo hemos de abrazarnos a la obediencia de sus preceptos, tan sabroso ha de sernos el amor de Cristo, que ni muerte, ni vida, ni aflicción, ni angustia puedan apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo.

Muchos, en efecto, animados por el ejemplo de Cristo, fieles a la doctrina recibida, combatieron felizmente hasta la efusión de la sangre por la fe en que fueron iniciados. A la pasión sigue la resurrección. Porque quien ha muerto con Cristo, necesariamente ha de resucitar con él. Pero existe una primera resurrección consistente en la justificación del alma: a ésta le sigue la segunda, es decir, la glorificación de los cuerpos, para que, salvados en cuerpo y alma, participemos de aquella maravillosa ascensión, por la que el Cristo total, esto es, cabeza y cuerpo, es acogido en la Jerusalén celestial.

Pero considerad, hermanos, vuestra vocación; considerad también los frutos de esta misma vocación. Fijaos cómo fuisteis llamados por Cristo; a qué fuisteis llamados, cuál es la utilidad de vuestra vocación. Fuisteis llamados por Cristo; fuisteis llamados a compartir los sufrimientos de Cristo, con la expresa finalidad de que reinéis eternamente con Cristo. Y hemos sido llamados de tres modos: mediante un aviso exterior, a través de la emulación de los buenos, por una oculta inspiración.

El aviso exterior dice relación con la doctrina, la emulación de los buenos apunta al ejemplo, la oculta inspiración connota el milagro. Y ¿cabe mayor milagro que aquella admirable transformación de nuestro ser, por la que, en un momento, el hombre de impuro se convierte en puro, humilde de soberbio, de irascible en paciente, santo de impío. Pero que no se adscriba este milagro ni al predicador elocuente, ni al que lleva a los ojos de los hombres una vida laudable, sino que la alabanza ha de recaer más bien en aquel que, así como sopla donde quiere, así también sopla cuando quiere, e inspira el bien en la medida que quiere.

Así pues, de estos tres modos hemos sido llamados a seguir las huellas de aquel que cuando lo insultaban, no devolvía el insulto; en su pasión no profería amenazas. Imitemos, por tanto, su pasión: pues quien dice que permanece en Cristo debe vivir como vivió él.



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

Del segundo libro de los Reyes 4, 8-37

El hijo de la sunamita

Un día pasaba Eliseo por Sunán y una mujer rica lo invitó con insistencia a comer. Y siempre que pasaba por allí iba a comer a su casa. Ella dijo a su marido:

—Me consta que ese hombre de Dios es un santo; con frecuencia pasa por nuestra casa. Vamos a prepararle una habitación pequeña, cerrada, en el piso superior; le ponemos allí una cama, una mesa, una silla y un candil, y así cuando venga a visitarnos se quedará aquí.

Un día que Eliseo llegó a Sunán, subió a la habitación de la azotea y durmió allí. Después dijo a su criado, Guejazí:

—Llama a la sunamita.

La llamó y se presentó ante él. Entonces Eliseo habló a Guejazí:

—Dile: Te has tomado todas estas molestias por nosotros. ¿Qué puedo hacer por ti? Si quieres alguna recomendación para el rey o el general...

Ella dijo:

—Yo vivo con los míos.

Pero Eliseo insistió:

—¿Qué podríamos hacer por ella?

Guejazí comentó:

—Qué sé yo. No tiene hijos y su marido es viejo. Eliseo dijo:

—Llámala.

La llamó. Ella se quedó junto a la puerta y Eliseo le dijo:

—El año que viene por estas mismas fechas abrazarás a un hijo.

Ella respondió:

—Por favor, no, señor, no engañes a tu servidora.

Pero la mujer concibió, y dio a luz un hijo al año siguiente por aquellas fechas, como le había predicho Eliseo. El niño creció. Un día fue a donde estaba su padre, que estaba con los segadores, y dijo:

—¡Me duele la cabeza!

Su padre dijo a un criado:

—Llévalo a su madre.

El criado lo cogió y se lo llevó a su madre; ella lo tuvo en sus rodillas hasta el mediodía, y el niño murió. Lo subió y lo acostó en la cama del profeta. Cerró la puerta y salió. Llamó a su marido y le dijo:

—Haz el favor de mandarme un criado y una burra; voy corriendo donde el profeta y vuelvo en seguida. El le dijo:

—¿Por qué vas a ir hoy a visitarlo si no es luna nueva ni sábado?

Pero ella respondió:

—Hasta luego.

Hizo aparejar la burra y ordenó al criado:

—Toma el ronzal y anda. No aflojes la marcha si no te lo digo.

Marchó, pues, y llegó donde estaba el profeta, en el monte Carmelo. Cuando Eliseo la vio venir, dijo a su criado Guejazí:

—Allí viene la sunamita. Corre a su encuentro y pregúntale qué tal están ella, su marido y el niño.

Ella respondió:

—Estamos bien.

Pero al llegar junto al profeta, en lo alto del monte, se abrazó a sus pies. Guejazí se acercó para apartarla, pero el profeta le dijo:

—Déjala, que está apenada, y el Señor me lo tenía oculto sin revelármelo.

Entonces la mujer le dijo:

—¿Te pedí yo un hijo? ¡Te dije que no me engañaras! Eliseo ordenó a Guejazí:

—Cíñete, coge mi bastón y ponte en camino; si encuentras a alguno no lo saludes y si te saluda alguno no le respondas. Y coloca mi bastón sobre el rostro del niño.

Pero la madre exclamó:

—¡Vive Dios! Por tu vida, no te dejaré.

Entonces Eliseo se levantó y la siguió. Mientras tanto Guejazí se había adelantado y había puesto el bastón sobre el rostro del niño, pero el niño no habló ni reaccionó. Guejazí volvió al encuentro de Eliseo y le comunicó:

—El niño no se ha despertado.

Eliseo entró en la casa y encontró al niño muerto tendido en su cama. Entró, cerró la puerta y oró al Señor. Luego subió a la cama y se echó sobre el niño, boca con boca, ojos con ojos, manos con manos, encogido sobre él; la carne del niño fue entrando en calor. Entonces Eliseo se puso a pasear por la habitación, de acá para allá; subió de nuevo a la cama y se encogió sobre el niño, y así hasta siete veces; el niño estornudó y abrió los ojos. Eliseo llamó a Guejazí, y le ordenó:

—Llama a la sunamita.

La llamó, y cuando llegó le dijo Eliseo:

—Toma a tu hijo.

Ella entró y se arrojo a sus pies, postrada en tierra. Luego cogió a su hijo y salió.


SEGUNDA LECTURA

Beato Elredo de Rievaulx, Sermón «Quomodo referatur» (Edit C.H. Talbot, SSOC vol 1, 120-121)

Irá delante del Señor con el espíritu y poder de Elías

Irá delante del Señor con el espíritu de Elías, preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto. Este pueblo es la primitiva Iglesia de los judíos: para llamarla y prepararla, se dirige a ella nuestro Elías, clamando y diciendo: Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos. Se la llama mediante la misericordia, se la prepara por la penitencia. Con razón, pues, se le llama «tesbita», que significa dedicado a la penitencia.

Juan es ciertamente la lámpara que arde y brilla, encendida por aquella mujer de Dios, o sea, la sabiduría, que había perdido una moneda, es decir, el género humano, para que la casa, esto es, el mundo presente cambiara por la penitencia, y encontrar de este modo aquella moneda, que decimos ser la Iglesia de los predestinados. Yo no soy —dice— el Mesías; simplemente he sido enviado delante de él.

¿A dónde?, ¿a qué? Ciertamente a una mujer viuda, para presentarla al esposo glorioso, la Iglesia, sin mancha ni arruga. Viuda era realmente en aquel entonces la población judía, puesto que se había apartado ya de Judá el cetro y el bastón de mando de sus rodillas, y ni era legítimo el rey ni santo el sacerdote. Se esperaba al que había de venir, el esposo legítimo, para quien se reservaba esta esposa. Ella tiene un puñado de harina y un poco de aceite. El grano, separado de la paja, es machacado y triturado por la muela y así se convierte en harina. La paja simboliza la letra de la ley, el grano, la ciencia del Espíritu.

Desde los días de Juan se procede a separar el grano de la paja, el Espíritu de la letra: es triturado el grano con la muela del evangelio y se convierte en harina. Se le añade el aceite de la gracia del Espíritu Santo, y se cuece el pan con el que Elías es alimentado. Verdaderamente, al recrudecerse en aquel tiempo el hambre de la palabra de Dios, a la viuda sólo le quedaba un puñado de harina, es decir, una mínima noticia de Cristo, de la que en el entretanto el profeta se alimenta, hasta que, degollados los profetas de Baal —a saber, eliminado de su corazón hasta el último vestigio del antiguo error—, apareció una nubecilla como la palma de una mano.

Recordad, hermanos, cómo, una vez degollados los profetas de Baal, apareció una nubecilla que subía del mar, e inmediatamente —cayendo una lluvia copiosa— restituyó a la tierra su antigua fertilidad. Contemplad ahora a nuestro Elías, que ha establecido sus reales a orillas del Jordán: predicando, corrigiendo, amonestando y bautizando degollaba en cierto modo a los espíritus inmundos que actuaban en los hijos rebeldes, arrojándolos, mediante el bautismo de quienes confesaban sus pecados, y, mediante la predicación de la venida del divino Salvador, infundía en sí mismo y en el pueblo un saludable temor.

Sube del mar una nubecilla como la palma de una mano. El mar representa a la muchedumbre de pecadores y publicanos, a quienes decía san Juan: Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a escapar a la ira inminente? Entre estos tales, como en mar abierto, apareció aquella insignificante nubecilla, de la que dice Isaías: Mirad al Señor que sube montado en una nube ligera. Esta nube es nuestra carne, que la divina sabiduría quiso asumir de nosotros y para nosotros, ligera, es decir, inmune de todo peso de pecado; en cuya nube ciertamente, el sol, como queriendo ocultarse, se dio a conocer en primer lugar a san Juan mientras predicaba. Dijo: Este es el Cordero de Dios; éste es el pan cocido sobre piedras del que se alimentó Elías.

 


DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

Del segundo libro de los Reyes 4, 38-44; 6,1-7

Milagros de Eliseo en favor de los hijos de los profetas

Cuando Eliseo volvió a Guilgal, se pasaba hambre en aquella región. La comunidad de profetas estaba sentada junto a él, y Eliseo ordenó a su criado:

—Pon la olla grande y cuece un caldo para la comunidad.

Uno de ellos salió al campo a coger unas hierbas; encontró unas uvas de perro, las arrancó, llenó el manto y, al llegar, las fue echando en el caldo sin saber lo que hacía. Cuando sirvieron la comida a los hombres y probaron el caldo, gritaron:

—¡Profeta, esto sabe a veneno!

Y no pudieron tragarlo.

Entonces Eliseo ordenó:

—Traedme harina.

La echó en la olla, y dijo:

—Sirve a la gente, que coman.

Y el caldo ya no sabía mal.

Uno de Baal Salisá vino a traer al profeta el pan de las primicias —veinte panes de cebada— y grano reciente en la alforja. Eliseo dijo a su criado.

—Dáselos a la gente, que coman.

El criado le respondió:

¿Qué hago yo con esto para cien personas? Eliseo insistió:

—Dáselos a la gente, que coman. Porque esto dice el Señor: «Comerán y sobrará».

El criado se los sirvió a la gente; comieron y sobró, como había dicho el Señor.

La comunidad de profetas dijo a Eliseo:

Mira, el sitio donde habitamos bajo tu dirección nos resulta pequeño. Déjanos ir al Jordán a coger cada uno un madero para hacernos una habitación.

Eliseo les dijo:

Id.

Uno de ellos le pidió:

Haz el favor de venir con nosotros.

Eliseo respondió:

—Voy.

Y se fue con ellos. Cuando llegaron al Jordán, se pusieron a cortar ramas, pero a uno, cuando estaba derribando un tronco, se le cayó al río el hierro del hacha, y gritó:

—¡Ay maestro, que era prestada!

El profeta preguntó:

¿Dónde cayó?

El otro le indicó el sitio. Eliseo cortó un palo, lo tiró allí y el hierro salió a flote. Eliseo dijo:

—Sácalo.

El otro alargó el brazo y lo cogió.


SEGUNDA LECTURA

San Ireneo de Lyon, Tratado contra las herejías (Lib 5, 17, 3-4: SC 153, 230-234)

La economía del madero nos ha manifestado al Verbo,
que estaba oculto a nuestros ojos

Dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito, mostrando con antelación el perdón de los pecados que se realizará con su venida, perdón gracias al cual borró el protocolo que nos condenaba con sus cláusulas, clavándolo en la cruz, de modo que, así como por un árbol nos habíamos constituido en deudores de Dios, por un árbol recibiéramos también la cancelación de nuestra deuda.

Esto fue patentizado significativamente, entre otros muchos, por el profeta Eliseo. Estando la comunidad de profetas que vivían bajo su dirección cortando maderos para la construcción de una habitación y habiéndose des-prendido el hierro del hacha y caído en el Jordán sin posibilidad de recuperarlo, vino Eliseo al sitio del siniestro, y habiéndose enterado de lo ocurrido, tiró un palo al agua, hecho lo cual, el hierro del hacha sobrenadó, y alargando el brazo cogieron de la superficie del agua el hierro que habían perdido. Con este gesto demostraba el profeta que la sólida palabra de Dios, perdida negligentemente a causa de un árbol y que no conseguíamos recuperar, la recuperaríamos nuevamente mediante la economía del árbol.

Y como la palabra de Dios es semejante a un hacha, dice de ella Juan Bautista: Ya toca el hacha la base de los árboles. Y Jeremías dice textualmente: La palabra del Señor es martillo que tritura la piedra. Así pues, la economía del madero nos ha manifestado —lo hemos dicho ya— al Verbo que estaba escondido a nuestros ojos. Y como lo habíamos perdido por el madero, por el madero fue nuevamente revelado a todos, mostrando en sí lo ancho, lo largo y lo alto, y —como dijo alguno de los ancianos—, extendiendo las manos, reconcilió con Dios a los dos pueblos: dos eran las manos y dos los pueblos dispersos por toda la redondez de la tierra, pero en el centro sólo había una única cabeza, pues hay un Dios que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo.

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

Del segundo libro de los Reyes 5, 1-19

Eliseo revela el poder de Dios sobre Naamán, el sirio

Naamán, general del ejército del rey de Siria, era un hombre que gozaba de la estima y del favor de su señor, pues, por su medio, había dado el Señor la victoria a Siria; pero este gran guerrero era leproso. En una de las correrías, una banda de sirios había traído cautiva de Israel a una jovencita, que pasó al servicio de Naamán. Ella dijo a su señora:

—Ojalá mi señor fuera a ver al profeta de Samaria: él lo libraría de la lepra.

Naamán fue a informar a su señor:

—Esto y esto dice la muchacha israelita.

El rey de Siria le respondió:

—Ven, que te voy a dar una carta para el rey de Israel.

Naamán se puso en camino, llevando tres quintales de plata, seis mil monedas de oro y diez trajes. Y presentó al rey de Israel la carta, que decía: «Cuando recibas esta carta verás que te envío a mi ministro Naamán para que lo libres de la lepra».

Cuando el rey de Israel leyó la carta rasgó sus vestiduras exclamando:

—¿Soy yo acaso un dios capaz de dar muerte o de dar vida, para que éste me encargue de librar a un hombre de su lepra? Fijaos bien y veréis que está buscando un pretexto contra mí.

Cuando Eliseo, el hombre de Dios, se enteró de que el rey había rasgado sus vestiduras, le envió este recado:

¿Por qué has rasgado tus vestiduras? Que venga ése a mí y sabrá que hay un profeta en Israel.

Vino Naamán, con sus caballos y su carroza, y se detuvo a la puerta de la casa de Eliseo. Eliseo le mandó un mensajero a decirle:

—Ve, báñate siete veces en el Jordán y tu carne quedará limpia.

Enojóse Naamán, y se marchaba gruñendo:

Yo me imaginaba que saldría en persona a encontrarme, y que en pie invocaría el nombre del Señor, su Dios, pasaría su mano sobre la parte enferma y me libraría de la lepra. ¿Es que los ríos de Damasco, el Abana y el Farfar, no valen más que todas las aguas de Israel? ¿No puedo bañarme en ellos y quedar limpio?

Dio media vuelta y se marchó furioso. Pero sus siervos lo abordaron diciendo:

—Padre, si el profeta te hubiera prescrito algo difícil, ¿no lo habrías hecho? Cuánto más si lo que te prescribe es simplemente que te bañes para quedar limpio.

Entonces Naamán bajó y se bañó siete veces en el Jordán, según la palabra del hombre de Dios, y su carne quedó limpia como la de un niño. Volvió con su comitiva al hombre de Dios y se le presentó diciendo:

—Ahora reconozco que no hay dios en toda la tierra más que el de Israel. Y tú acepta un presente de tu servidor. Contestó Eliseo:

Juro por Dios, a quien sirvo, que no aceptaré nada. Y aunque le insistía, lo rehusó.

Naamán dijo:

Entonces, que entreguen a tu servidor una carga de tierra que pueda llevar un par de mulas; porque en adelante tu servidor no ofrecerá holocaustos ni sacrificios de comunión a otro dios que no sea el Señor. Y que el Señor me perdone: si al entrar mi señor en el templo de Rimón para adorarlo se apoya en mi mano, y yo también me postro ante Rimón, que el Señor me perdone ese gesto.

Eliseo le dijo:

—Vete en paz.


SEGUNDA LECTURA

San Máximo de Turín, Sermón 13 (1-4: CCL 23, 51-52)

Hemos de bañarnos en la misma fuente en que Cristo
se bañó para llegar a ser lo que Cristo es

Como consta que Jesucristo no se acercó a recibir el bautismo en provecho propio, sino en atención a nosotros, debemos hermanos muy amados, apresurarnos a recibir la gracia de su bautismo y sacar de la fuente del Jordán, que él bendijo, la bendición de esa misma consagración, de modo que en las olas en que su santidad se sumergió queden sumergidos nuestros pecados. O sea, para que la misma agua que circundó al Señor purifique completamente también a sus siervos, de modo que en virtud del venerable baño de Cristo, el agua santa nos aproveche a nosotros, nos purifique con una acción mucho más eficaz gracias a las huellas mismas y a los misterios mediante los cuales recibió la bendición del Salvador y derrame sobre los cristianos la gracia que de Cristo recibió.

Hemos de bañarnos, pues, hermanos, en la misma fuente en que Cristo se bañó, para llegar a ser lo que Cristo es. Lo diré, salvaguardando en todo la fe: si bien ambos bautismos son bautismos del Señor, sin embargo pienso que el bautismo en que nosotros somos lavados es más rico de gracia que aquel con que el Salvador fue bautizado. En efecto, nuestro bautismo es administrado por Cristo, aquél fue celebrado por Juan; en aquél el Maestro se excusa, en éste el Salvador nos invita; en aquél la justicia aún no es completa, en éste la Trinidad es perfecta; a aquél se acerca un santo y santo sale, a éste se acerca un pecador y se retira un santo; en aquél la bendición recae sobre los misterios, en éste, mediante el misterio, se perdonan los pecados. Debemos, por tanto, hermanos, ser bautizados en la misma agua en que fue bautizado el Salvador.

Ahora bien, para sumergirnos en la misma fuente que el Salvador no es necesario que nos desplacemos al próximo oriente, no es necesario ir al río de la tierra judía: ahora Cristo está en todas partes, y en todas partes se encuentra el Jordán. La misma consagración que bendijo los ríos orientales santifica igualmente las corrientes occidentales. En consecuencia, aunque sea diverso en el tiempo el nombre de los ríos, no obstante, en ellos está presente el misterio que fluye del Jordán.

¡Hagamos, pues, nosotros por nosotros lo que vemos que el Señor hizo por nosotros! ¡Hagamos para con nosotros, lo que tanto deseó Juan que se hiciera para con él! Si él, que era profeta, maestro y santo, deseó ardientemente el bautismo del Salvador, ¡cuánto más nosotros, pobres e ignorantes pecadores, debemos ambicionar esta gracia! Fijaos en la misericordia del Salvador: ¡se nos ofrece espontáneamente a' nosotros lo que el profeta, pidiéndolo, no consiguió recibir! Pero advirtamos cuál fue la causa por la que, habiendo pedido Juan el bautismo, no logró recibirlo.

A su petición, el Señor contestó con estas palabras: Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere. Sabemos que Juan Bautista era el tipo de la ley. Era, pues, justo que fuera él quien bautizara al Señor, para que así como, según la carne, el Salvador nació de los judíos, así también, según el espíritu, el evangelio naciera de la ley; de suerte que de donde arrancaba su genealogía humana, de allí recibiera asimismo la consagración divina. Y esto es, en efecto, lo que dijo: Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere. Era, pues, justo, que cumpliera los mandatos de la ley que él mismo había promulgado, como dice en otra parte: No he venido a abolir la ley, sino a darle plenitud.



MARTES


PRIMERA LECTURA

Del segundo libro de los Reyes 6, 8-23

Eliseo captura milagrosamente a sus enemigos
y misericordiosamente los libera

El rey de Siria estaba en guerra con Israel, y en un consejo de ministros determinó:

Vamos a tender una emboscada en tal sitio.

Entonces el profeta mandó este recado al rey de Israel:

—Cuidado con pasar por tal sitio, porque los sirios están allí emboscados.

El rey de Israel envió a reconocer el sitio indicado por el profeta. Eliseo le avisaba y él tomaba precauciones. Y esto no una ni dos veces. El rey de Siria se alarmó ante esto, convocó a sus ministros y les dijo:

Decidme quién de los nuestros informa al rey de Israel.

Uno de los ministros respondió:

No es eso, majestad. Eliseo, el profeta de Israel, es quien comunica a su rey las palabras que pronuncias en tu alcoba.

Entonces el rey ordenó:

Id a ver dónde está, y enviaré a prenderlo.

Le avisaron:

Está en Dotán.

El rey mandó allá caballería y carros y un fuerte contingente de tropas. Llegaron de noche y cercaron la ciudad. Cuando el profeta madrugó al día siguiente para salir, se encontró con que un ejército cercaba la ciudad con caballería y carros. El criado dijo a Eliseo:

—Maestro, ¿qué hacemos?

Eliseo respondió:

—No temas. Los que están con nosotros son más que ellos.

Luego rezó:

—Señor, ábrele los ojos para que vea.

El Señor le abrió los ojos al criado y vio el monte lleno de caballería y carros de fuego en torno a Eliseo. Cuando los sirios bajaron hacia él, Eliseo oró al Señor:

¡Deslúmbralos!

El Señor los deslumbró, como pedía Eliseo, y éste les dijo:

—No es éste el camino ni es ésta la ciudad. Seguidme, yo os llevaré hasta el hombre que buscáis.

Y se los llevó a Samaria.

Cuando ya habían entrado en Samaria, Eliseo rezó:

—Señor, ábreles los ojos para que vean.

El Señor les abrió los ojos y vieron que estaban en mitad de Samaria.

El rey de Israel, al verlos, dijo a Eliseo:

Padre, ¿los mato?

Respondió:

—No los mates. ¿Vas a matar a los que no has hecho prisioneros con tu espada y tu arco? Sírveles pan y agua, que coman y beban y se vuelvan a su amo.

El rey les preparó un gran banquete. Comieron y bebieron; luego los despidió y se volvieron a su amo. Las guerrillas sirias no volvieron a entrar en territorio israelita.


SEGUNDA LECTURA

San Paulino de Nola, Carta 32 (23-24.25: CSEL 29, 297-300)

Purificados nuestros sentidos de toda levadura de
maldad, con mucho gusto habitará en nosotros
nuestro Señor Jesucristo

Oremos al Señor para que, mientras exteriormente le edificamos templos visibles, edifique él interiormente en nosotros templos no visibles: a saber, aquella casa —como dice el Maestro— no levantada por mano de hombre, en la cual sabemos que entraremos al final de los tiempos, es decir, cuando veremos cara a cara lo que ahora vemos confusamente y con un conocimiento limitado.

Pero de momento, mientras todavía nos encontramos en el tabernáculo de nuestro cuerpo, como bajo las pieles de aquel antiguo tabernáculo del desierto y en tiendas, es decir, en la vasta aridez de este mundo, y nos precede la palabra de Dios en una columna de nubes, para cubrir nuestra cabeza el día de la batalla, o en una columna de fuego, para que podamos conocer en la tierra sus caminos que conducen al cielo, oremos para que, a través de estos tabernáculos de la iglesia lleguemos a la casa de Dios, donde reside el Señor mismo, aquella piedra sublime que el Señor nos la ha convertido en piedra angular, piedra desprendida del monte, que creció hasta convertirse en una montaña: ha sido un milagro patente.

Que él entre ahora en nuestra edificación en calidad de fundamento y remate, ya que él es el principio y el fin. Pero al construir, veamos qué es lo que de nuestra frágil y terrena sustancia podemos aportar que sea digno de este divino cimiento, para que cual piedras vivas, nos ajustemos a la misma piedra angular en la construcción del templo celestial. Fundamos en Cristo el oro de nuestros sentimientos y la plata de nuestra palabra: él que escruta las almas que le son gratas, después de habernos purificado en el horno de este mundo, nos convierta en oro acendrado al fuego y en moneda digna de llevar impresa su efigie. Nosotros, por nuestra parte, ofrezcámosle las piedras preciosas de nuestras obras realizadas en la luz.

Guardémonos de ser duros de corazón como el leño, o estériles en las obras como el helio seco, o inestables en la fe y en la caridad, débiles e inconsistentes como la paja. Al contrario, para que el fruto de nuestro albedrío no acabe en el fuego, sino que se yerga enhiesto en un clima de paz, pidamos al Altísimo aquella paz de nuestra edificación con la que en otro tiempo se construyeron los muros del templo, de suerte que, durante las obras, no se oyeron en él martillos, hachas ni herramientas.

Ni las incursiones del enemigo impidan o interrumpan la nueva construcción, como sucedió durante la restauración del templo mismo, a causa de la envidiosa enemistad de los persas.

De este modo nos convertiremos en casa de oración y de paz, a condición, sin embargo, de que no nos divida preocupación alguna de pensamientos carnales y de que ninguna agitación mundana turbe nuestra paz interior. Es conveniente, en efecto, que el Señor Jesús visite con frecuencia el templo de nuestro corazón, una vez edificado, con el látigo de su temor, para que arroje de nosotros las mesas de los cambistas y a los vendedores de bueyes y palomas, a fin de que nuestro ánimo no ejerza ningún comercio de avaricia, ni en nuestros sentidos se instale la lentitud bovina, ni nos convirtamos en vendedores de nuestra inocencia o de la gracia divina, ni hagamos de la casa de oración una cueva de bandidos. De esta forma, purificados nuestros sentidos de toda levadura de maldad, con mucho gusto habitará en nosotros nuestro Señor Jesucristo.



MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

Del segundo libro de los Reyes 6, 24-25.32—7, 16

Samaria es milagrosamente librada del asedio

Benadad, rey de Siria, movilizó todo su ejército y cercó Samaria. Hubo un hambre terrible en Samaria. El asedio fue tan duro, que un asno llegó a valer ochocientos gramos de plata, y treinta gramos de algarroba, cincuenta gramos de plata.

Mientras tanto, Eliseo estaba sentado en su casa con los senadores. El rey le envió un mensajero, pero antes de que llegara dijo Eliseo a los senadores:

—¡Vais a ver cómo ese asesino ha mandado uno a cortarme la cabeza! Mirad; cuando llegue, atrancad la puerta y no lo dejéis pasar; detrás de él se oyen las pisadas de su señor.

Todavía estaba hablando cuando apareció el rey, que bajó hacia él y le dijo:

—Esta desgracia nos la manda el Señor, ¿qué puedo esperar de él?

Eliseo respondió:

—Oye la palabra del Señor. Así dice el Señor: «Mañana a estas horas siete litros de flor de harina valdrán diez gramos, y catorce litros de cebada diez gramos en el mercado de Samaria».

El valido del rey, que ofrecía su brazo al soberano, le replicó:

—Suponiendo que el Señor abriese las compuertas del cielo, ¿se cumpliría la profecía?

Eliseo respondió:

—¡Lo verás pero no lo catarás!

Junto a la entrada de la ciudad había cuatro hombres leprosos. Y se dijeron:

—¿Qué hacemos aquí esperando la muerte? Si nos decidimos a entrar en la ciudad, moriremos dentro, porque aprieta el hambre; y si nos quedamos aquí, moriremos lo mismo. ¡Venga, vamos a pasarnos a los sirios! Si nos dejan con vida, viviremos; y si nos matan, nos mataron.

Al oscurecer se pusieron en camino hacia el campamento sirio. Llegaron a las avanzadas del campamento, y... ¡allí no había nadie! (Es que el Señor había hecho oír al ejército sirio un fragor de carros y caballos, el fragor de un ejército poderoso, y se habían dicho unos a otros: «¡El rey de Israel ha pagado a los reyes hititas y a los egipcios para atacarnos!» Y así, al oscurecer, abandonando tiendas y caballos, burros y el campamento tal como estaba, emprendieron la fuga para salvar la vida).

Los leprosos llegaron a las avanzadas del campamento entraron en una tienda, comieron y bebieron; se llevaron plata, oro y ropa, y fueron a esconderlo. Luego volvieron, entraron en otra tienda, se llevaron más cosas y fueron a esconderlas. Pero comentaron:

—Estamos haciendo algo que no está bien. Hoy es un día de alegría. Si nos callamos y esperamos a que amanezca, resultaremos culpables. ¡Venga! Vamos a palacio a avisar.

Al llegar, llamaron a los centinelas de la ciudad y les informaron:

—Hemos ido al campamento sirio, y allí no hay nadie ni se oye a nadie; sólo caballos atados, burros atados y las tiendas tal como estaban.

Los centinelas gritaron, transmitieron la noticia al interior del palacio. El rey se levantó de noche y comentó con sus ministros:

—Voy a deciros lo que nos han organizado los sirios: como saben que pasamos hambre se han ido del campamento a esconderse en descampado, pensando que cuando salgamos nos cogerán vivos y entrarán en la ciudad.

Entonces uno de los ministros propuso:

—Que cojan cinco caballos de los que quedan en la ciudad, y los mandamos a ver qué pasa; total, si se salvan, serán como la tropa que todavía vive; si mueren, serán como los que ya han muerto.

Eligieron dos jinetes, y el rey les mandó seguir al ejército sirio, encargándoles:

—Id a ver qué pasa.

Ellos los siguieron hasta el Jordán: todo el camino estaba sembrado de ropa y material abundante abandonado por los sirios al huir a toda prisa. Volvieron e informaron al rey. Y entonces toda la gente salió a saquear el campamento sirio. Y siete litros de flor de harina se pagaron a diez gramos, y catorce de cebada a diez gramos también, como había dicho el Señor.


SEGUNDA LECTURA

San Bernardo de Claraval, Sermón 2 en la dedicación de la Iglesia (1.2.3: Opera omnia, Edic. Cister. t. 5, 375-377)

Adorna tu morada, Sión, porque el Señor te prefiere a ti

En otro tiempo, el glorioso rey y profeta del Señor, el santo David, comenzó a acariciar un religioso proyecto juzgando indigno que, mientras él vivía en una casa adecuada a su dignidad real, el Señor de los ejércitos no dispusiera aún de una casa en la tierra. También nosotros, hermanos, hemos de pensar seriamente en esto y llevarlo resueltamente a la práctica. Y el hecho de que, si bien el proyecto era del agrado de Dios, no fuera el profeta, sino Salomón quien lo llevó a realización, responde a un planteamiento que la premura del tiempo no nos permite ahora explicar.

Porque en realidad, oh alma, tú ciertamente vives en una sublime casa, que Dios mismo te ha preparado. Dichosa y muy dichosa el alma que puede decir: Es cosa que ya sabemos: Si se destruye este nuestro tabernáculo terreno, tenemos un sólido edificio construido por Dios, una casa que no ha sido levantada por mano de hombre y que tiene una duración eterna en los cielos. Por eso, oh alma, no des sueño a tus ojos, ni reposo a tus párpados, hasta que encuentres un lugar para el Señor, una morada para el Fuerte de Jacob.

Pero, ¿qué pensar, hermanos? ¿Dónde hallar un solar para este edificio, o qué arquitecto podría hacernos los planos? Porque este templo visible ha sido construido por nosotros, para nuestras asambleas, ya que el Altísimo no habita en templos construidos por hombres. ¿Qué templo podremos, pues, edificar a aquel que dice bien: Yo lleno el cielo y la tierra? Me atribularía profundamente y mi aliento desfallecería si no oyera al Señor decir de una determinada persona: Yo y el Padre vendremos a él y haremos morada en él.

Así que ya sé dónde preparar una morada para el Señor, pues sólo su imagen puede contenerlo. El alma es capaz de él, pues fue realmente creada a su imagen. Por tanto, ¡aprisa!, adorna tu morada, Sión, porque el Señor te prefiere a ti, y tu tierra será habitada. Alégrate, hija de Sión, tu Dios habitará en ti. Di con María: Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.

Por tanto, hermanos, con todo el deseo del corazón y con una digna acción de gracias, esforcémonos por construir un templo en nosotros; solícitos primero porque habite en cada uno de nosotros individualmente, y, luego, colectivamente, pues que el Señor no infravalora ni la individualidad ni la colectividad. Así pues, lo primero que cada cual ha de procurar es no estar dividido interiormente, pues todo reino en guerra civil va a la ruina y se derrumba casa tras casa, y Cristo no entrará en una casa en la que las paredes estén cuarteadas y los muros desplomados.



JUEVES


PRIMERA LECTURA

Del segundo libro de los Reyes 9, 1-16.22-27

Jehú es ungido rey de Israel por un discípulo de Eliseo

El profeta Eliseo llamó a uno de la comunidad de profetas y le ordenó:

—Atate el cinturón, coge en la mano la aceitera y vete a Ramot de Galaad. Cuando llegues, busca a Jehú, hijo de Josafat, hijo de Nimsí; entras, lo haces salir de entre sus camaradas y lo llevas a una habitación aparte. Coge la aceitera y derrámasela sobre la cabeza, diciendo: «Así dice el Señor: Te unjo rey de Israel». Luego abres la puerta y escapas sin más.

El joven profeta marchó a Ramot de Galaad. Al llegar, encontró a los generales del ejército reunidos, y dijo:

—Te traigo un mensaje, mi general.

Jehú preguntó:

—¿Para quién de nosotros?

Respondió:

—Para ti, mi general.

Jehú se levantó y entró en la casa. El profeta le derramó el aceite sobre la cabeza y le dijo:

—Así dice el Señor, Dios de Israel: «Te unjo rey de Israel, el pueblo del Señor. Derrotarás a la dinastía de Ajab, tu Señor; en Jezabel vengaré la sangre de mis siervos, los profetas, la sangre de los siervos del Señor; perecerá toda la casa de Ajab; extirparé de Israel a todos los hombres de Ajab: a todo el que mea a la pared, esclavo o libre. Trataré a la casa de Ajab como a la de Jeroboán, hijo de Nabat, y como a la de Basá, hijo de Ajías. Y a Jezabel la comerán los perros en el campo de Yesrael, y nadie le dará sepultura».

Luego abrió la puerta y escapó.

Jehú salió a reunirse con los oficiales de su señor. Le preguntaron:

—¿Buenas noticias? ¿A qué ha venido a verte ese loco?

Les respondió:

—Ya conocéis a ese hombre y lo que anda hablando entre dientes.

Le dijeron:

—¡Cuentos! Explícate.

Jehú entonces les dijo:

—Me ha dicho a la letra: «Así dice el Señor: te unjo rey de Israel».

Inmediatamente cogió cada uno su manto y lo echó a los pies de Jehú sobre los escalones. Tocaron la trompeta y aclamaron:

—¡Jehú es rey!

Entonces Jehú, hijo de Josafat, hijo de Nimsí, organizó una conspiración contra Jorán de esta manera: Jorán estaba con todo el ejército israelita, defendiendo Ramot de Galaad contra Jazael, rey de Siria: pero se había vuelto a Yezrael para curarse de las heridas recibidas de los sirios en la guerra contra Jazael de Siria. Jehú dijo:

—Si os parece bien, que no salga nadie de la ciudad a llevar la noticia a Yezrael.

Montó y marchó a Yezrael, donde estaba Jorán en cama. Ocozías de Judá había ido a hacerle una visita. Cuando Jorán vio a Jehú, preguntó:

—¿Buenas noticias, Jehú?

Jehú respondió:

—¿Cómo va a haber buenas noticias mientras Jezabel, tu madre, siga con sus ídolos y brujerías?

Jorán volvió grupas para escapar, diciendo a Ocozías:

¡Traición, Ocozías!

Pero Jehú ya había tensado el arco, y asaeteó a Jorán por la espalda. La flecha le atravesó el corazón, y Jorán se dobló sobre el carro. Jehú ordenó a su asistente, Bidcar:

Cógelo y tíralo a la heredad de Nabot, el de Yezrael; porque recuerda que cuando tú y yo cabalgábamos juntos siguiendo a su padre, Ajab, el Señor pronunció contra él este oráculo: «Ayer vi la sangre de Nabot y de sus hijos, oráculo del Señor. Juro que en la misma heredad te daré tu merecido, oráculo del Señor». Así que cógelo y tíralo a la heredad de Nabot, como dijo el Señor.

Al ver esto, Ocozías de Judá tiró por el camino de Casalhuerto. Pero Jehú lo persiguió, diciendo:

¡También a él!

Lo hirieron en su carro, por la cuesta de Gur, cerca de Yiblán. Pero logró huir a Meguido, y allí murió.


SEGUNDA LECTURA

San Basilio Magno, Homilía 20, sobre la humildad (3: PG 31, 530-531)

El que se gloríe, que se gloríe en el Señor

No se gloríe el sabio de su sabiduría, no se gloríe el fuerte de su fortaleza, no se gloríe el rico de su riqueza.

Entonces, ¿en qué puede gloriarse con verdad el hombre? ¿Dónde halla su grandeza? Quien se gloría —continúa el texto sagrado—, que se gloríe de esto: de conocerme y comprender que soy el Señor.

En esto consiste la sublimidad del hombre, su gloria y su dignidad, en conocer dónde se halla la verdadera grandeza y adherirse a ella, en buscar la gloria que procede del Señor de la gloria. Dice, en efecto, el Apóstol: El que se gloríe, que se gloríe en el Señor, afirmación que se halla en aquel texto: Cristo, que Dios ha hecho para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención; y así —come dice la Escritura— «El que se gloríe, que se gloríe en el Señor».

Por tanto, lo que hemos de hacer para gloriarnos de un modo perfecto e irreprochable en el Señor es no enorgullecernos de nuestra propia justicia, sino reconocer que en verdad carecemos de ella y que lo único que nos justifica es la fe en Cristo.

En esto precisamente se gloría Pablo, en despreciar su propia justicia y en buscar la que se obtiene por la fe y que procede de Dios, para así tener íntima experiencia de Cristo, del poder de su resurrección y de la comunión en sus padecimientos, muriendo su misma muerte, con la esperanza de alcanzar la resurrección de entre los muertos.

Así caen por tierra toda altivez y orgullo. El único motivo que te queda para gloriarte, oh hombre, y el único motivo de esperanza consiste en hacer morir todo lo tuyo y buscar la vida futura en Cristo; de esta vida poseemos ya las primicias, es algo ya incoado en nosotros, puesto que vivimos en la gracia y en el don de Dios.

Y es el mismo Dios quien activa en nosotros el querer y la actividad para realizar su designio de amor. Y es Dios también el que, por su Espíritu, nos revela su sabiduría, la que de antemano destinó para nuestra gloria. Dios nos da fuerzas y resistencia en nuestros trabajos. He trabajado más que todos —dice Pablo—, aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo.

Dios saca del peligro más allá de toda esperanza humana. En nuestro interior —dice también el Apóstol— dimos por descontada la sentencia de muerte; así aprendimos a no confiar en nosotros, sino en Dios, que resucita a los muertos. Él nos salvó y nos salva de esas muertes terribles; en él está nuestra esperanza, y nos seguirá salvando.



VIERNES


PRIMER LECTURA

Del segundo libro dei los Reyes 11, 1-21

Atalía y el rey Joás

Cuando Atalía, madre de Ocozías, vio que su hijo había muerto, empezó a exterminar a toda la familia real. Pero cuando los hijos del rey estaban siendo asesinados, Josebá, hija del rey Jorán y hermana de Ocozías, raptó a Joás, hijo de Ocozías, y lo escondió con su nodriza en el dormitorio; así se lo ocultó a Atalía y lo libró de la muerte. El niño estuvo escondido con ella en el templo durante seis años, mientras en el país reinaba Atalía.

El año séptimo, Yehoyadá mandó a buscar a los oficiales de los carios y de la escolta; los llamó a su presencia en el templo, se juramentó con ellos y les presentó al hijo del rey. Luego les dio estas instrucciones:

Vais a hacer lo siguiente: el tercio que está de servicio en el palacio el sábado (el tercio que está en la puerta de las caballerizas y el de la puerta de detrás del cuartel de la escolta haréis la guardia en el templo por turnos) y los otros dos cuerpos, todos los que estáis libres el sábado, haréis la guardia en el templo cerca del rey. Rodead al rey por todas partes, arma en mano. Si alguno quiere meterse por entre las filas, matadlo. Y estad junto al rey, vaya donde vaya.

Los oficiales hicieron lo que les mandó el sacerdote Yehoyadá; cada uno reunió a sus hombres, los que estaban de servicio el sábado y los que quedaban libres, y se presentaron al sacerdote Yehoyadá. El sacerdote entregó a los oficiales las lanzas y los escudos del rey David, que se guardaban en el templo. Los de la escolta se colocaron, empuñando las armas, desde el ángulo sur hasta el ángulo norte del templo, entre el altar y el templo, para proteger al rey. Entonces Yehoyadá sacó al hijo del rey, le colocó la diadema y las insignias, lo ungió rey, y todos aplaudieron, aclamando:

¡Viva el rey!

Atalía oyó el clamor de la tropa y de los oficiales, se fue hacia la gente, al templo. Pero cuando vio al rey en pie sobre el estrado, como es costumbre, y a los oficiales y la banda cerca del rey, toda la población en fiesta, y las trompetas tocando, se rasgó las vestiduras y gritó:

¡Traición! ¡Traición!

El sacerdote Yehoyadá ordenó a los oficiales que mandaban las fuerzas:

Sacadla al atrio. Al que la siga, lo matáis (pues no quería que la matasen en el templo).

La fueron empujando con las manos y, cuando llegaba al palacio por la puerta de las caballerizas, allí la mataron. Yehoyadá selló el pacto entre el Señor, el rey y el pueblo, para que éste fuera el pueblo del Señor. Toda la población se dirigió luego al templo de Baal: lo destruyeron, derribaron sus altares, trituraron las imágenes, y a Matán, sacerdote de Baal, lo degollaron ante el altar. El sacerdote Yehoyadá puso guardias en el templo, y luego, con los centuriones, los carios, los de la escolta y todo el vecindario, bajaron del templo al rey y lo llevaron a palacio por la puerta de la escolta. Y Joás se sentó en el trono real. Toda la población hizo fiesta y la ciudad quedó tranquila. A Atalía la habían matado en el palacio.


SEGUNDA LECTURA

Nicolás Cabasilas, Sobre la vida de Cristo (Lib 1: PG 150, 510-511)

He venido para que tengan vida

Si los tipos y las figuras aportaron la felicidad buscada, la verdad y la misma realidad resultan inútiles. En efecto, ¿qué sentido tendría la muerte de Cristo, cuya misión era la de abolir la enemistad, derribar el muro divisorio y hacer brotar en los días del Salvador la paz y la justicia, etc., si anteriormente a este sacrificio los hombres eran ya justos y amigos de Dios?

Me viene ahora a la mente otro argumento: En el antiguo Testamento era la ley la que nos unía a Dios; ahora, en cambio, nos unen la fe, la gracia y otras cosas por el estilo. De donde claramente se deduce que entonces la comunión de los hombres con Dios se efectuaba a nivel de esclavitud; ahóra, en cambio, a nivel de adopción filial y de amistad. De hecho, la ley se da a los siervos, mientras que la gracia, la fe y la confianza son propias de los amigos y de los hijos. De todo lo cual, resulta evidente que el Salvador es el Primogénito de entre los muertos, y que ningún muerto podía resucitar a la vida inmortal antes de que él reanudase la vida como resucitado. Ocurre lo mismo con la santidad y la justicia: sólo él pudo preceder en ellas a la masa de los hombres. Lo confirma Pablo cuando escribe que Cristo entró por nosotros como precursor más allá de la cortina. Y entró después de haberse ofrecido a sí mismo al Padre, e introduce a cuantos lo desean, es decir, a cuantos se han hecho partícipes de su sepultura: no, cierto, muriendo como él, sino participando en aquella muerte mediante el baño del bautismo y, después de haber sido ungidos, anunciándola en la sagrada mesa y recibiendo, por inefable manera, como alimento al mismo que por ellos murió y resucitó. Y de esta forma conduce al reino para ser coronados a los que ha introducido por estas puertas.

Estas puertas son mucho más útiles y dignas de veneración que las puertas del paraíso. En efecto, aquéllas no se abrirán a ninguno que previamente no haya entrado por éstas; mientras que éstas están siempre francas, aun cuando aquéllas estén cerradas. Aquéllas, de hecho, pudieron dejar salir a los que estaban dentro, al paso que estas otras son únicamente puertas de acceso, no de receso. Aquéllas podían ser cerradas, y lo fueron; sobre éstas el velo fue completamente rasgado y abatido el muro de separación: no es ya posible reedificar las ruinas y rehacer las puertas ni dividir nuevamente con un muro de separación ambos mundos, me refiero al mundo superior e inferior. Porque, como dice Marcos, los cielos no solamente se abrieron, sino que se distendieron y casi se rasgaron. Es, pues, evidente, que no quedaron ni puertas ni postigos ni velo alguno.

Quien efectivamente reconcilió, aunó y pacificó cielo y tierra, quitando de en medio la pared divisoria, no puede negarse a sí mismo, como dice san Pablo. Abiertas para Adán las puertas del paraíso, era natural que se cerraran al no perseverar en la fidelidad que debía observar. Estas, en cambio, fueron abiertas por Cristo, que ni cometió pecado ni pecar podía. Pues su justicia—dice David—dura por siempre. Deben, por lo mismo estar siempre abiertas de par en par, dando acceso a la vida, sin dejar salir a ninguno de la vida. He venido —dice el Salvador— para que tengan vida. Esta es la vida que el Señor se trajo consigo: que apropiándonos de estos misterios, nos hagamos partícipes yconsortes de la muerte y pasión de aquel sin el cual no podemos escapar de la muerte. Porque ni el que no naciere de agua y de Espíritu Santo puede entrar en la vida, ni el que no comiere la carne del Hijo del hombre y bebiere su sangre, puede tener la vida en sí mismo.



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

Del segundo libro de los Reyes 13, 10-25

Joás rey de Israel. Muerte de Eliseo

Joás, hijo de Joacaz, subió al trono de Israel en Samaria el año treinta y siete del reinado de Joás de Judá. Reinó dieciséis años. Hizo lo que el Señor reprueba. Repitió a la letra los pecados que Joroboán, hijo de Nabat, hizo cometer a Israel; imitó su conducta.

Para más datos sobre Joás y sus hazañas militares contra Amasías de Judá, véanse los Anales del Reino de Israel.

Joás murió, y Jeroboán le sucedió en el trono. A Joás lo enterraron en Samaria con los reyes de Israel.

Cuando Eliseo cayó enfermo de muerte, Joás de Israel bajó a visitarlo y se echó sobre él llorando y repitiendo:

¡Padre mío, padre mío, carro y auriga de Israel!

Eliseo le dijo:

Coge un arco y unas flechas.

Cogió un arco y unas flechas y Eliseo le mandó:

Empuña el arco.

Lo empuñó, y Eliseo puso sus manos sobre las manos del rey y ordenó:

Abre la ventana que da al levante.

Joás la abrió, y Eliseo le. dijo:

¡Dispara!

El disparó, y comentó Eliseo:

¡Flecha victoriosa del Señor, flecha victoriosa contra Siria! Derrotarás a Siria en El Cerco hasta aniquilarla.

Luego ordenó:

Coge las flechas.

El rey las cogió, y Eliseo le dijo:

—Golpea el suelo.

El golpeó tres veces y se detuvo. Entonces el profeta se le enfadó:

—Si hubieras golpeado cinco o seis veces, derrotarías a Siria hasta aniquilarla; pero así sólo la derrotarás tres veces.

Eliseo murió, y lo enterraron.

Las guerrillas de Moab hacían incursiones por el país todos los años. Una vez, mientras estaban unos enterrando a un muerto, al ver las bandas de guerrilleros echaron el cadáver en la tumba de Eliseo y se marcharon, y al tocar el muerto los huesos de Eliseo, revivió y se puso en pie.

Jazael, rey de Siria, había oprimido a Israel durante todo el reinado de Joacaz. Pero el Señor se apiadó y tuvo misericordia de ellos; se volvió hacia ellos, por el pacto que había hecho con Abrahán, Isaac y Jacob, y no quiso exterminarlos ni los ha arrojado de su presencia hasta ahora.

Jazael de Siria murió, y su hijo Benadad le sucedió en el trono. Entonces Joás, hijo de Joacaz, recuperó del poder de Benadad, hijo de Jazael, las ciudades que Jazael había arrebatado por las armas a su padre, Joacaz. Joás le derrotó tres veces, y así recuperó las ciudades de Israel.


SEGUNDA LECTURA

Beato Elredo de Rievaulx, Sermón sobre la interrelación Elías y Juan Bautista (Edit. C.H. Talbot, SSOC vol 1, p. 118)

Surgió un hombre enviado por Dios

En el antiguo Testamento, Elías fue un modelo de vida eremítica; en el nuevo lo fue aquel que vino con el espíritu y poder de Elías, es decir, san Juan Bautista. A mí me parece que, así como Juan vino con el espíritu y el poder de Elías, así también Elías procedió con el espíritu y poder de Juan. En efecto, lo que literalmente leemos de Elías, según el espíritu lo entendemos dicho de Juan.

Sabéis bien, hermanos, cómo, siendo ya inminente el tiempo del hambre, la Escritura introduce a Elías en conversación con Ajab y diciendo: Elías, el tesbita, de Tisbé de Galaad, dijo a Ajab. Sin decirnos previamente nada ni de su genealogía, ni de su género de vida, ni de su religión, la Escritura lo introduce de modo imprevisto e inspirado como si no procediera de hombre o no viniera por conducto humano, sino como se escribió de nuestro Elías: Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Y ¿cuándo ocurrió esto? Ciertamente en el reinado de Ajab y de su impía esposa Jezabel. Con razón, durante su reinado, se abatió el hambre sobre la tierra, dejó de llover, no cayó rocío, se agostó todo. Por eso dijo Elías: ¡Vive el Señor, a quien sirvo! En estos años no caerá rocío ni lluvia si yo no lo mando.

No ignoréis, hermanos, cómo, siendo ya inminente la venida del Salvador, hasta tal punto la soberbia y la lujuria reinaban en el mundo, que nadie parecía exento del ansia de poder, casi no había ninguno libre de la corrupción de la lujuria. Con razón reinó el hambre, faltó el pan, escaseaba el agua. ¿Cuándo? Precisamente al hacer su aparición nuestro Elías. Pues la ley y los profetas duraron hasta que vino Juan.

La ley, el pan; la doctrina profética, el agua. Efectivamente, hasta la llegada de Juan estaban en vigor ambas cosas: se observaba la ley y se escuchaba la doctrina de los profetas. Pero he aquí que irrumpe el hambre y la sed: no el hambre de pan ni la sed de agua, sino de escuchar la palabra de Dios. Huye Elías de la presencia de Ajab. Y Juan emigró lejos y habitó en el desierto, como dice el evangelista: Juan vivió en el desierto hasta que se presentó a Israel.

Y era necesario que así ocurriera, ya que el profeta que había de ser establecido sobre pueblos y reyes, para arrancar y arrasar, para destruir, edificar y plantar; que tenía la misión de corregir a los reyes y de degollar a los profetas de Baal; por medio del cual habría de enviarse sobre la tierra el rocío y la lluvia, primero debía retirarse a los lugares más recónditos y ser allí instruido en las realidades del espíritu.

 


DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

Comienza la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 1, 1-14

El misterio de la voluntad de Dios

Pablo, apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios, al pueblo santo, a los fieles cristianos que residen en Efeso: Os deseo la gracia y la paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.

¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales!

El nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor. El nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre, hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia ha sido un derroche para con nosotros, dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Este es el plan que había proyectado realizar en Cristo cuando llegase el momento culminante: recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra.

Por medio de Cristo hemos heredado también nosotros, los israelitas. A esto estábamos destinados por decisión del que hace todo según su voluntad. Y así, nosotros, los que ya esperábamos a Cristo, seremos alabanza de su gloria.

Y también vosotros -que habéis escuchado la verdad, la extraordinaria noticia de que habéis sido salvados, yhabéis creído— habéis sido marcados por Cristo con el Espíritu Santo prometido; el cual —mientras llega la redención completa del pueblo, propiedad de Dios— es prenda de nuestra herencia, para liberación de su propiedad, para alabanza de su gloria.
 

SEGUNDA LECTURA

San Juan Crisóstomo, Comentario sobre la carta a los Efesios (Hom 1, 3: PG 62, 13-14)

Gran cosa es que se nos hayan perdonado los pecados;
pero lo es aún mayor que este perdón se nos haya
otorgado por la sangre del Señor

Él nos ha destinado a ser sus hijos, queriendo, y queriéndolo ardientemente, que se manifieste la gloria de su gracia. Por pura iniciativa suya —dice—, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo... Por tanto, si nos ha hecho gratos para alabanza de su gracia y para manifestar su gracia, permanezcamos en ella.

Y ¿por qué quiere ser alabado y glorificado por nosotros? Para que de esta forma nuestro amor hacia él sea más ferviente. Pues de nosotros no desea otra cosa que nuestra salvación; no el servicio o la gloria u otra cosa por el estilo, y todo lo hace con este fin. Pues quien alaba y admira la gracia que se le ha otorgado, se vuelve más atento, más diligente.

El Señor ha actuado como uno que restituyera la lozana juventud a un ser marcado por la sarna, la peste, por la enfermedad o la vejez prematura, o reducido a la extrema pobreza y al hambre, haciendo de él el más hermoso de los hombres, con un rostro radiante, como si ocultase los rayos del sol con el destello de sus ojos centelleantes; lo situara a continuación en la flor de la juventud, y después lo vistiera de púrpura, le impusiera la diadema, adornándolo todo con ornato regio: pues así ha equipado el Señor nuestra alma, la hermoseó y la hizo deseable y amable, hasta el punto de que los mismos ángeles desean contemplarla. En efecto, prendado está el Rey de tu belleza, dice el salmista. Considera, pues, cuántas cosas malas decíamos antes, y qué palabras llenas de gracia profieren ahora nuestros labios. Ya no ambicionamos las riquezas, ni deseamos más los bienes presentes, sino los celestiales y las cosas que están en el cielo. ¿No tenemos por gracioso y educado al muchacho que a la elegancia y a la belleza corporales añade una notable gracia en su manera de hablar? Así son los fieles.

Fíjate de qué cosas hablan los que están iniciados en los misterios. ¿Es que puede haber algo tan gracioso como una boca, que dice cosas admirables y, con un corazón y unos labios puros, participa de la misma mesa mística, con gran esplendor y confianza? ¿Hay algo más sublime que las palabras con que renunciamos al diablo, por las que nos enrolamos en la milicia de Cristo, con las que hacemos la confesión que precede y sigue al bautismo? ¡Pensemos cuántos de nosotros hemos profanado el bautismo, y gimamos para que nos sea dado recuperarlo!

Por este Hijo —dice—, por su sangre, hemos recibido la redención. ¿Cómo? Lo admirable no es ya únicamente que nos haya dado a su Hijo, sino que nos lo haya dado de forma que, el mismo amado, haya sido muerto por nosotros. ¡Paradoja increíble: entregó al amado como precio de aquellos que lo odiaban! ¡Fijate lo que nos aprecia! Si cuando le odiábamos y éramos enemigos suyos nos entregó a su Hijo, ¿qué no hará cuando hayamos sido reconciliados por su gracia?

De las realidades más elevadas desciende a las más llanas: habiendo hablado primero de la adopción filial, de la santificación y de la vocación a la pureza, habla también ahora del pecado; pero lo hace, no restando interés al discurso o descendiendo de lo sublime a lo sencillo, sino elevándose de lo sencillo a lo sublime. En efecto, nada hay tan sublime como que por nosotros se haya derramado la sangre de Dios; y el no haber perdonado ni a su propio Hijo es más de apreciar que la misma adopción filial y que el resto de los dones. Gran cosa es que se nos hayan perdonado los pecados; pero lo es aún mayor que este perdón se nos haya otorgado por la sangre del Señor.

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Efesios 1, 15-23

Oración de Pablo para que los fieles sean iluminados

Hermanos: Yo, que he oído hablar de vuestra fe en Cristo y de vuestro amor a todo el pueblo santo, no ceso de dar gracias por vosotros, recordándoos en mi oración, a fin de que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál es la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál es la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro.

Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos.


SEGUNDA LECTURA

San Gregorio de Nisa, Tratado sobre el perfecto modelo del cristiano (PG 46, 259-262)

Tenemos a Cristo que es nuestra paz y nuestra luz

El es nuestra paz, él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa. Teniendo en cuenta que Cristo es la paz, mostraremos la autenticidad de nuestro nombre de cristianos si, con nuestra manera de vivir, ponemos de manifiesto la paz que reside en nosotros y que es el mismo Cristo. Él ha dado muerte al odio, como dice el Apóstol. No permitamos, pues, de ningún modo que este odio reviva en nosotros, antes demostremos que está del todo muerto. Dios, por nuestra salvación, le dio muerte de una manera admirable; ahora, que yace bien muerto, no seamos nosotros quienes lo resucitemos en perjuicio de nuestras almas, con nuestras iras y deseos de venganza.

Ya que tenemos a Cristo, que es la paz, nosotros también matemos el odio, de manera que nuestra vida sea una prolongación de la de Cristo, tal como lo conocemos por la fe. Del mismo modo que él, derribando la barrera de separación, de los dos pueblos creó en su persona un solo hombre, estableciendo la paz, así también nosotros atraigámonos la voluntad no sólo de los que nos atacan desde fuera, sino también de los que entre nosotros promueven sediciones, de modo que cese ya en nosotros esta oposición entre las tendencias de la carne y del Espíritu, contrarias entre sí; procuremos, por el contrario, someter a la ley divina la prudencia de nuestra carne, y así, superada esta dualidad que hay en cada uno de nosotros, esforcémonos en reedificarnos a nosotros mismos, de manera que formemos un solo hombre, y tengamos paz en nosotros mismos.

La paz se define como la concordia entre las partes disidentes. Por esto, cuando cesa en nosotros esta guerra interna, propia de nuestra naturaleza, y conseguimos la paz, nos convertimos nosotros mismos en paz, y así demostramos en nuestra persona la veracidad y propiedad de este apelativo de Cristo.

Además, considerando que Cristo es la luz verdadera sin mezcla posible de error alguno, nos damos cuenta de que también nuestra vida ha de estar iluminada con los rayos de la luz verdadera. Los rayos del sol de justicia son las virtudes que de él emanan para iluminarnos, para que dejemos las actividades de las tinieblas y nos conduzcamos como en pleno día, con dignidad, y, apartando de nosotros las ignominias que se cometen a escondidas y obrando en todo a plena luz, nos convirtamos también nosotros en luz, y, según es propio de la luz, iluminemos a los demás con nuestras obras.

Y si tenemos en cuenta que Cristo es nuestra santificación, nos abstendremos de toda obra y pensamiento malo e impuro, con lo cual demostraremos que llevamos con sinceridad su mismo nombre, mostrando la eficacia de esta santificación no con palabras, sino con los actos de nuestra vida.



MARTES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Efesios 2, 1-10

Los pecadores, salvados en Cristo Jesús

Hermanos: Hubo un tiempo en que estabais muertos por vuestros delitos y pecados, cuando seguíais la corriente del mundo presente, bajo el jefe que manda en esta zona inferior, el espíritu que ahora actúa en los rebeldes contra Dios. Antes procedíamos nosotros también así: siguiendo los deseos de la carne, obedeciendo los impulsos de la carne y de la imaginación; y, naturalmente, estábamos destinados a la reprobación, como los demás.

Pero Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo —por pura gracia estáis salvados—, nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con él. Así muestra a las edades futuras la inmensa riqueza de su gracia, su bondad para con nosotros en Cristo Jesús.

Porque estáis salvados por su gracia y mediante la fe. Y no se debe a vosotros, sino que es un don de Dios; y tampoco se debe a las obras, para que nadie pueda presumir. Pues somos obra suya. Nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras, que él nos asignó para que las practicásemos.


SEGUNDA LECTURA

Ruperto de Deutz, Comentario sobre el evangelio de san Juan (Lib 2: CCL CM 9, 60-62)

La gracia del perdón es una e idéntica para todos

El bautismo de Cristo es una unción real y sacerdotal, por la que el mismo ungido, con preferencia a sus compañeros, es llamado Cristo, nombre que en hebreo se traduce por Mesías, en griego es Cristo, en latín se dice Ungido. Unción con la que él es el único en ser ungido tan cumplidamente, que es capaz de ungir individualmente a los demás y hacer hijos de adopción ungidos por él, que es el Ungido por excelencia, es decir, hace que se les llame con un nombre derivado de Cristo. Es lo que indica esta expresión: Ese es el que ha de bautizar con el Espíritu Santo.

Y este bautismo no posee solamente una virtualidad, sino una doble operación. Pues Cristo bautiza con Espíritu Santo, otorgando en primer lugar el perdón de los pecados; pero bautiza confiriendo, en un segundo momento, el ornato de las diversas gracias. Del perdón de los pecados dice, efectivamente, el mismo día de la resurrección, exhalando su aliento sobre los discípulos, a quienes ciertamente ya había lavado de sus pecados en su propia sangre: Recibid el Espíritu Santo. Que iba a enviarles el Espíritu para el perdón de los pecados, lo atestigua él mismo al añadir inmediatamente: A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

De aquella profusión de dones, mediante la cual reparte el ornato de las diversas gracias, dice el mismo Lucas al escribir en los Hechos de los apóstoles: Juan bautizó con agua, dentro de pocos días seréis bautizados con Espíritu Santo. Así pues, nos bautiza con Espíritu Santo cuando, al bajar a la fuente bautismal y descender de una manera invisible la gracia del mismo Espíritu Santo, perdona todos los pecados de los que se bautizan. En la remisión de los pecados no existe naturalmente diferencia alguna,sino que, de modo uniforme e igualitario, la gracia del perdón es una e idéntica para todos, extinguiendo todas nuestras culpas y arrojando a lo hondo del mar todos nuestros delitos.

En cambio, en lo tocante a los dones de la gracia, no a todos se les da en la misma medida, pues a uno se le da el don de la fe, a otro hablar con inteligencia o sabiduría, a otro el don de lenguas, a otro el don de interpretarlas. El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como a él le parece.

En los santos del nuevo Testamento vemos estos dones del que bautiza, estas insignes muestras del glorioso bautismo, dones que —según se lee— nadie de ellos recibió antes de aceptar el bautismo para el perdón de los pecados, excepto Cornelio y los que con él estaban, sobre los cuales, mientras Pedro estaba todavía hablando, cayó el Espíritu Santo, y hablaban lenguas extrañas y proclamaban la grandeza de Dios.

Por lo que a los padres del antiguo Testamento se refiere, algunos de ellos recibieron el don de curar, y, muchos, el don de profecía, aunque no habían recibido el bautismo que conlleva el perdón de los pecados. Pues es cosa averiguada que todos fueron bautizados cuando Cristo murió en la cruz, y de su costado, atravesado por la lanza, brotó un río de sangre y agua para la purificación de toda la Iglesia: de aquella que había comenzado a existir desde el principio del mundo hasta el momento mismo de su muerte; desde el primer justo, es decir, desde Abel hasta el ladrón, que, en la cruz, cuando aún no había brotado del costado de Cristo el río que provocó aquella tan enorme y tan salutífera inundación, confesó al Señor y, mediante la fe, compró su reino futuro con aquella repentina confesión.



MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Efesios 2, 11-22

Los paganos, reconciliados con los judíos y con Dios

Hermanos: Recordad que antes vosotros, los paganos en el cuerpo —tratados de «incircuncisos» por los que se llaman «circuncisos» (en el cuerpo y por mano de hombres)—, recordad que no teníais un Mesías, erais extranjeros a la ciudadanía de Israel y ajenos a las instituciones portadoras de la promesa. En el mundo no teníais ni esperanza ni Dios.

Ahora, en cambio, estáis en Cristo Jesús. Ahora, por la sangre de Cristo estáis cerca los que antes estabais lejos. El es nuestra paz. El ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, derribando con su carne el muro que los separaba: el odio. El ha abolido la ley con sus mandamientos y reglas, haciendo las paces, para crear con los dos, en él, un solo hombre nuevo. Reconcilió con Dios a los dos pueblos, uniéndoles en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en él, al odio.

Vino y trajo la noticia de la paz; paz a vosotros, los de lejos; paz también a los de cerca. Así, unos y otros, podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu.

Por lo tanto, ya no sois extranjeros ni forasteros, sino que sois conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por él, todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por él también vosotros os vais integrando en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu.
 

SEGUNDA LECTURA

San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el evangelio de san Juan (Lib 10: PG 74, 342)

Por la participación en la mesa eucarística, Cristo en nosotros y
nosotros en Cristo formamos una sola realidad

Que seamos capaces de unirnos espiritualmente con Cristo mediante una disposición interior de caridad perfecta, con fe recta y firme, con ánimo sincero y deseoso de virtud, no es en absoluto impugnado por la doctrina de nuestros dogmas: al contrario, afirmamos que nos enseñan precisamente esto.

En efecto, ¿quién, en su sano juicio, puede poner en duda que si Cristo es comparado a la vid y nosotros a los sarmientos, es porque de él y por él tenemos la vida, sobre todo cuando Pablo afirma: El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos de un mismo pan? Que alguien nos diga la causa de la mesa mística y nos explique su eficacia. ¿Por qué tomamos la eucaristía? ¿No será quizá para que la eucaristía haga habitar en nosotros a Cristo, incluso corporalmente, mediante la participación y la comunión de su sagrada carne? Evidente. Pablo escribe efectivamente que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa.

¿Cómo los gentiles se han hecho miembros del mismo cuerpo? Pues precisamente, siendo admitidos al honor de participar de la ofrenda mística, se han hecho un mismo cuerpo con Cristo, lo mismo que cada uno de los apóstoles. De lo contrario, ¿por qué razón llama miembros de Cristo a sus propios miembros, más aún, a los miembros de todos lo mismo que a los suyos? Escribe efectivamente: ¿Se os ha olvidado que sois miembros de Cristo?, y ¿voy a quitarle un miembro a Cristo para hacerlo miembro de una prostituta? ¡Ni pensarlo!

Y el Salvador mismo dice: El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. En este pasaje vale la pena señalar que Cristo no se limita a decir que habitará en nosotros por una cierta relación afectiva, sino mediante una participación natural. Lo mismo que si fundimos al fuego dos trozos de cera de ambos se forma una sola masa, así también mediante la participación del cuerpo de Cristo y de su preciosa sangre, Cristo en nosotros y nosotros en Cristo formamos una sola realidad.

No de otro modo puede revitalizarse lo que por naturaleza es corruptible, si no es uniéndose corporalmente al cuerpo de quien es vida por naturaleza, es decir, uniéndose al Unigénito. Pero por si mis palabras no acaban de infundir en tu ánimo la persuasión, otorga tu credibilidad a Cristo que dice personalmente: Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.



JUEVES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Efesios 3, 1-13

Pablo, heraldo del misterio de Dios

Por esta razón, yo, Pablo, prisionero por Cristo Jesús para el bien de los paganos... Supongo que habéis oído hablar de la distribución de la gracia de Dios que se me ha dado en favor vuestro. Ya que se me dio a conocer por revelación el misterio, del que os he escrito arriba brevemente. Leedlo, y veréis cómo comprendo yo el misterio de Cristo, que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el evangelio.

Yo soy ministro del evangelio por la gracia que Dios me dio, con su fuerza y su poder. A mí, el más insignificante de todo el pueblo santo, se me ha dado esta gracia: anunciar a los gentiles la riqueza insondable que es Cristo, e iluminar la realización del misterio, escondido desde el principio de los siglos en Dios, creador de todo.

Así, mediante la Iglesia, los principados y potestades en los cielos conocen ahora la multiforme sabiduría de Dios, según el designio eterno, realizado en Cristo Jesús, Señornuestro, por quien tenemos libre y confiado acceso a Dios por la fe en él. Por eso, hacedme el favor de no acobardaros cuando paso dificultades por vosotros; ellas son precisamente vuestra gloria.


SEGUNDA LECTURA

San Gregorio de Nisa, Homilía 8 sobre el Cantar de los cantares (PG 44, 947-950)

El misterio de la Iglesia

Echemos mano del Apóstol para interpretar estos misterios. Pablo, en su carta a los Efesios, cuando nos presenta aquella gran aparición de Dios que tuvo lugar en la carne, dice en algún pasaje que no sólo a la naturaleza humana, sino también a los principados y potestades en los cielos se reveló la multiforme e inabarcable sabiduría de Dios, manifestada con la venida de Cristo entre los hombres. Dice así el texto: Mediante la Iglesia, los principados y potestades en los cielos conocen ahora la multiforme sabiduría de Dios, según el designio eterno, realizado en Cristo Jesús, Señor nuestro, por quien tenemos libre y confiado acceso a Dios por la fe en él.

Y efectivamente, mediante la Iglesia se da a conocer a las potestades supramundanas la multiforme e inabarcable sabiduría de Dios, que realiza cosas grandes y admirables por sus opuestos. ¿Cómo, en efecto, de la muerte puede brotar la vida, del pecado la justicia, de la maldición la bendición, de la ignominia la gloria y la fuerza de la debilidad? Porque, en los primeros tiempos, las potestades supramundanas sólo conocieron una sabiduría de Dios simple y uniforme, que obraba maravillas conforme a su naturaleza. Y en las cosas visibles no había variedad, dado que, siendo la naturaleza divina fuerza y poder, libremente formaba todas las criaturas con un simple acto de voluntad, imprimiendo a la naturaleza de las cosas una virtualidad generativa, y creaba todas las cosas muy bellas, surgiendo de la misma fuente de la belleza.

Ahora, en cambio, por medio de la Iglesia, les es claramente manifiesta la naturaleza variada y multiforme de la naturaleza divina, como resulta de la conexión de los contrarios, como por ejemplo: el Verbo que se hace carne, la Vida uncida a la muerte, sus llagas y contusiones que sanan nuestras heridas; cómo abate la potencia del adversario con la debilidad de la cruz, cómo se manifiesta en la carne lo que es invisible por naturaleza, cómo redime a los cautivos, siendo él a la vez el redentor y el precio del rescate: en efecto, él se entregó por nosotros a la muerte como precio de la redención; cómo es presa de la muerte sin que lo abandone la vida; cómo acepta la condición de esclavo y sigue siendo soberano.

Los amigos del Esposo, conociendo por medio de la Iglesia todas estas realidades y otras semejantes, tan variadas y multiformes, fueron enriquecidos en su inteligencia para descubrir en el misterio un nuevo aspecto de la sabiduría divina: y si no es demasiado audaz afirmarlo, contemplando a través de la Esposa la belleza del Esposo, quedaron altamente maravillados, como ante una realidad inesperada e incomprensible.

De hecho, Dios, a quien —como dice Juan— nadie ha visto jamás, ni puede verlo, ha hecho de la Iglesia —como atestigua Pablo— su propio cuerpo y, mediante la agregación de aquellos que van siendo llamados a la salvación, la edifica en la caridad, hasta que lleguemos todos al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud.

Ahora bien, si la Iglesia es el cuerpo de Cristo, y Cristo es la cabeza del cuerpo, configurando el rostro de la Iglesia con su propia fisonomía, quizá sea debido a esto el que los amigos del Esposo, al contemplar estas realidades, se sientan más capaces de comprender: de hecho, por medio de la Iglesia, pueden ver con mayor transparencia al Esposo mismo, que de suyo escapa a su campo visual. Y de la misma forma que los que no pueden mirar de hito en hito al sol, pueden, no obstante, verlo reflejado en el agua, así también aquéllos ven en un espejo limpio, es decir, en el rostro de la Iglesia, al Sol de justicia, que es comprendido por la mente en la medida en que se manifiesta.



VIERNES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Efesios 3, 14-21

Oración de Pablo para que los fieles lleguen 1 al conocimiento del amor de Cristo

Por esta razón doblo las rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra, pidiéndole que, de los tesoros de su gloria, os conceda por medio de su Espíritu: robusteceros en lo profundo de vuestro ser; que Cristo habite por la fe en vuestros corazones; que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento; y así, con todo el pueblo de Dios, lograréis abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, comprendiendo lo que trasciende toda filosofía: el amor cristiano. Así llegaréis a vuestra plenitud, según la plenitud total de Cristo.

Al que puede hacer mucho más sin comparación de lo que pedimos o concebimos, con ese poder que actúa entre vosotros, a él la gloria de la Iglesia y de Cristo Jesús por todas las generaciones, de edad en edad. Amén.


SEGUNDA LECTURA

San Martín de León, Sermón 21 en la Cena del Señor (PL 208, 839-840)

En su último discurso, Cristo consolidó más firmemente
el amor en el corazón de sus discípulos
con la palabra y el ejemplo

Renovamos cada día la oblación del cuerpo de Cristo — si bien Cristo padeció una vez para siempre—, porque cada día caemos en el pecado, sin el cual no podemos vivir marcados como estamos por la debilidad de nuestra carne.

Cristo quiso mostrarnos su cuerpo bajo la especie de pan, porque él es el pan vivo que ha bajado del cielo, y quiso designar la unión del cuerpo con la cabeza bajo la especie de pan, como dice el Apóstol: El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan. Así como de muchos granos se hace un único pan, así también, mediante la fusión de la fe, la esperanza y el amor, de miembros diversos formamos un único cuerpo de Cristo.

Por tanto, quien desee unirse al cuerpo de Cristo en calidad de miembro, ha de participar con los demás del pan celestial, pues el Señor partió el pan y lo distribuyó. Lo que es uno, quiso que fuera participado por todos, cuando dijo: Tomad por la conformidad, comed todos el mismo sacramento: Haced esto en conmemoración mía, para que recibiendo el cuerpo y la sangre, reavivemos la memoria de su pasión, de modo que así como él padeció por nosotros, también nosotros muramos por él si las circunstancias lo exigieren. Y lo mismo del cáliz, al que llamó «nuevo testamento», es decir, nueva promesa, porque por medio de aquella sangre no prometía bienes temporales, sino eternos. Esta conmemoración debe hacerse «hasta que venga», esto es, hasta el fin de los tiempos, cuando vendrá para juzgar.

En consecuencia, carísimos hermanos, puesto que el Señor quiso que, para conservar la unidad, asumiéramos y participáramos de su cuerpo, si alguien se apartare de la unidad cediendo a la ira o al odio o a la discordia, no podrá recibir dignamente el cuerpo del Señor, ni su participación podrá unirlo a Cristo. Pues así como el vínculo de la caridad agrupa a muchos, así también la discordia y el odio dividen lo que es uno. Vigilad, pues, hermanos, para que el veneno de la discordia no genere el odio entre vosotros, corrompiendo y aniquilando la dulzura de la caridad. Tened fija la vista en vuestra cabeza, considerad la causa de vuestra redención.

En efecto, Cristo nos salvó únicamente por amor, como dice el Apóstol: Dios, rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo —por pura gracia estáis salvados—. En efecto, cuando éramos todavía enemigos de Dios, fuimos reconciliados con él por la muerte de su Hijo. Nadie tiene amor más grande que el que da lavida por sus amigos. No obstante, Cristo tuvo un amor superior a éste, pues padeció la muerte no por los amigos, sino por los enemigos, es decir: Cuando todavía éramos enemigos, por su muerte fuimos reconciliados con Dios. De hecho, él murió, el inocente por los culpables: ahora bien, ¿quién habrá que muera por un justo? Ninguno. Así pues, antes de recomendar de palabra el amor, Cristo lo mostró en sus obras. Y si bien repetidas veces les había inculcado el amor, en su último discurso consolidó más firmemente el amor en el corazón de sus discípulos con la palabra y el ejemplo.


 

SÁBADO


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Efesios 4, 1-16

Diversidad de funciones en un mismo cuerpo

Hermanos: Yo, el prisionero por el Señor, os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados. Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo.

A cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo. Por eso dice la Escritura: «Subió a lo alto llevando cautivos y dio dones a los hombres». El «subió» supone que había bajado a lo profundo de la tierra; y el que bajó es el mismo que subió por encima de todos los cielos para llenar el universo.

Y él ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelizadores, a otros, pastores y maestros, para el perfeccionamiento de los santos, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud. Para que ya no seamos niños sacudidos por las olas y llevados al retortero por todo viento de doctrina, en la trampa de los hombres, que con astucia conduce al error; sino que, realizando la verdad en el amor, hagamos crecer todas las cosas hacia él, que es la cabeza: Cristo, del cual todo el cuerpo, bien ajustado y unido a través de todo el complejo de junturas que lo nutren, actuando a la medida de cada parte, se procura el crecimiento del cuerpo, para construcción de sí mismo en el amor.
 

SEGUNDA LECTURA

Pascasio Radberto, Comentario sobre el evangelio de san Mateo (Lib 4, cap 6: PL 120, 280-281)

¡Fijaos qué esperanza tan cierta de salvación
se ha dado a los creyentes!

Si realmente estás unido en el cuerpo de Cristo, todos los demás a una te asocian a sus oraciones y, juntos, imploran que se haga en ti la voluntad del Padre. Por tanto, no debemos minusvalorar esta unidad, ni hemos de tener en poco una tan firme comunión en Cristo, donde una es la voz de todos, unidos en una única fe, poseen a Dios en el corazón, lo aman con la misma caridad y gozan ya de él por la misma esperanza; juntos todos piden y buscan lo mismo, y llaman a una misma puerta de bondad. Así pues, nada hay más valioso, nada más fecundo, nada mejor que todos sean uno y todos velen por cada uno y que cada uno vele por todos en el seno de la comunidad, a fin de que todos juntos se encuentren en Cristo formando una sola cosa. Precisamente en nombre de esta fe, de esta esperanza y de esta caridad nos enseñó que ningún fiel debe separarse de esta unidad.

Que nadie desconfíe, pues, de obtener del Padre lo que el Hijo único nos enseñó a pedir; que nadie omita por desidia las obras que nos enseñó ser propias de los hijos. Este es, a mi juicio, el poder que ha dado a los hombres de llegar a ser hijos de Dios. Por lo cual hizo preceder las obras del poder, para que de él dimane la adopción de nuestra libertad. Por esto nos da la audacia de rezar la oración que él nos dio y nos enseñó, para que la gracia supla nuestra insuficiencia. De donde se sigue que, cuando uno de nosotros, por más remoto que esté de los demás, y aunque se oculte en los lugares más recónditos, da a Dios el nombre de Padre, ha de caer en la cuenta de que el don de una gracia tan grande ha sido concedido, no separadamente a cada cual, sino a todos comunitariamente. Por eso, nadie debe pavonearse, diciendo: Padre mío que estás en los cielos, sino Padre nuestro, pues la expresión primera compete únicamente a Cristo, de quien Dios es Padre en sentido propio. Por eso dijo significativamente en otro pasaje: Subo al Padre mío, para añadir en seguida: y Padre vuestro. Con estas palabras insinúa, con la suficiente distinción que a él le compete, una gloria especial por cuanto es Hijo por naturaleza, mientras que la gracia global de la adopción fue colectivamente concedida a todos por gracia. Es, pues, evidente, en el primer caso la consustancialidad de la naturaleza, y, en el segundo, la bondad del Señor, y, en ambos, es comparticipado el nombre de la paternidad.

De esta forma caemos en la cuenta cuantos somos lavados por la misma agua bautismal, de que, en él, todos hemos de ser hermanos y estar recíprocamente unidos por el vínculo de la fraternidad. Fijaos hasta qué punto hemos de considerar fiel y dichosa la oración que nos enseñó el doctor de la vida y el maestro celestial; mirad qué felices podemos ser nosotros, si la observamos no sólo proclamándola con la boca, sino viviéndola con fidelidad; ved qué esperanza cierta de salvación ha sido otorgada a los creyentes, cuán grande es el amor con que el Creador nos envuelve, qué cúmulo de misericordia y de bondad se nos da por anticipado, que abundancia de gracia y qué don de confianza nos es concedido, que quienes no fuimos dignos siervos tengamos el atrevimiento de llamar a Dios Padre. Es necesario, pues, que vivamos y nos comportemos como hijos de Dios, para demostrar con las obras y nuestro tenor de vida que somos realmente lo que nuestro nombre indica.

 


DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Efesios 4, 17-24

Revestíos del hombre nuevo

Hermanos: Esto es lo que digo y aseguro en el Señor: que no andéis ya, como es el caso de los gentiles, que andan en la vaciedad de sus criterios, con el pensamiento a oscuras y ajenos a la vida de Dios; esto se debe a la inconsciencia que domina entre ellos por la obstinación de su corazón: perdida toda sensibilidad, se han entregado al vicio, dándose insaciablemente a toda clase de inmoralidad.

Vosotros, en cambio, no es así como habéis aprendido a Cristo, si es que es él a quien habéis oído y en él fuisteis adoctrinados, tal como es la verdad en Cristo Jesús; es decir, a abandonar el anterior modo de vivir, el hombre viejo corrompido por deseos seductores, a renovaron en la mente y en el espíritu y a vestiros de la nueva condición humana creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas.
 

SEGUNDA LECTURA

San Máximo de Turín, Sermón 59 (2-4: CCL 23, 236-238)

El bautismo del Señor es nuestra sepultura

Leemos en las Escrituras que la salvación de todo el género humano fue conseguida al precio de la sangre del Salvador, como dice el apóstol Pedro: Os rescataron, no con bienes efímeros, con oro o plata, sino al precio de la sangre de Cristo, el cordero sin defecto ni mancha. Por tanto, si el precio de nuestra vida es la sangre del Señor, debes llegar a la conclusión de que lo que ha sido rescatado no estanto aquella terrena fragilidad del campo, como la sempiterna incolumidad del mundo entero. Dice, en efecto, el evangelista: Porque Cristo no vino al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

Pero quizá me preguntes: si el campo es el mundo, ¿quién es el alfarero capaz de ejercer el dominio sobre el mundo? Si no me equivoco, ese alfarero es el mismo que modeló de la arcilla del suelo los vasos de nuestro cuerpo, y del que dice la Escritura: Dios modeló al hombre de arcilla del suelo. El es el alfarero que, con sus manos, nos creó para la vida y por Cristo nos recreó para la gloria, como dice el Apóstol: Nos vamos transformando en su imagen con resplandor creciente; es decir, nosotros que, por nuestros pecados, caímos de la condición originaria, en el segundo nacimiento somos reparados por la misericordia de este alfarero. O dicho de otra forma: nosotros que por la transgresión de Adán nos precipitamos a la muerte, resucitemos nuevamente a la vida por la gracia del Salvador.

Así pues, con el precio de la sangre de Cristo se compró el Campo del Alfarero, para cementerio de peregrinos; de peregrinos —insisto—, los cuales, sin casa ni patria, de todas partes eran expulsados como desterrados; a éstos se les provee de un lugar de descanso con la sangre de Cristo, para que quienes nada poseen en el mundo, hallen en Cristo su sepultura. Y ¿quiénes son estos peregrinos, sino los cristianos más fervorosos, que, renunciando al siglo y no poseyendo nada en el mundo, descansan en la sangre de Cristo? En efecto, el cristiano que nada posee del mundo, tiene a Cristo como única posesión.

Se promete a los peregrinos la sepultura de Cristo, para que quien haya sabido abstenerse de los vicios de la carne como extranjero y peregrino, reciba como recompensa el descanso de Cristo. ¿Qué otra cosa es si no la sepultura de Cristo que el descanso del cristiano? Porque, en este mundo, nosotros somos peregrinos y vivimos como huéspedes sobre la tierra, según las palabras del Apóstol: Mientras vivimos, estamos desterrados lejos del Señor. Insisto, somos peregrinos y, con el precio de la sangre de Cristo, se nos ha comprado una sepultura. Dice el Apóstol:

Fuimos sepultados con él en la muerte. Así que el bautismo de Cristo es nuestra sepultura: en él morimos al pecado, estamos como sepultados a los delitos, y, al transformarse la naturaleza de nuestro viejo hombre interior en un segundo nacimiento, retornamos como a una nueva infancia.

Lo diré una vez más: el bautismo del Salvador es nuestra sepultura, pues en él nos despojamos de nuestro anterior tenor de vida, y, en él recibimos una nueva vida. Grande es, pues, la gracia de esta sepultura: en ella se nos infiere una muerte útil y se nos hace don de una vida todavía más útil; grande es la gracia de esta sepultura, que a un mismo tiempo purifica al pecador y vivifica al que está a punto de morir.

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Efesios 4, 25—5, 7

Sed imitadores de Dios

Por tanto, hermanos, dejaos de mentiras, hable cada uno con verdad a su prójimo, que somos miembros unos de otros. Si os indignáis, no lleguéis a pecar; que la puesta del sol no os sorprenda en vuestro enojo. No dejéis resquicio al diablo.

El ladrón, que no robe más; mejor será que se fatigue trabajando honradamente con sus propias manos para poder repartir con el que lo necesita. Malas palabras no salgan de vuestra boca; lo que digáis sea bueno, constructivo y oportuno, así hará bien a los que lo oyen.

No pongáis triste al Espíritu Santo de Dios con que él os ha marcado para el día de la liberación final. Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad. Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo.

En una palabra: Sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor, como Cristo os amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave olor.

Por otra parte, de lujuria, inmoralidad de cualquier género o codicia, entre vosotros, ni hablar; es impropio de gente consagrada. Y lo mismo obscenidades, estupideces o chabacanerías, que están fuera de sitio; en lugar de eso, dad gracias a Dios. Porque esto que digo tenedlo por sabido y resabido: nadie que se da a la lujuria, a la inmoralidad o a la codicia, que es una idolatría, tendrá parte en el Reino de Cristo y de Dios. Que nadie os engañe con argumentos especiosos: estas cosas son las que atraen la reprobación de Dios sobre los rebeldes. Por eso no os hagáis cómplices de ellos.
 

SEGUNDA LECTURA

Beato Ogerio de Lucedio, Sermón 5 (5: PL 184, 901-902)

Ésta es la escuela de Cristo: la caridad

Nosotros, hermanos, que por Cristo nos llamamos y somos cristianos, despreciando todos los bienes terrenos, transitorios y caducos junto con sus ciegos adoradores, deseosos de adherirnos a sólo Dios, cimentémonos en la caridad, para que merezcamos llamarnos y ser discípulos de aquel que a sus discípulos —y a nosotros por su medio— les dejó este mandato: La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros.

En esto, pues, se distinguirán los hijos de la luz de los hijos de la tiniebla, los discípulos de Cristo de los discípulos del diablo: si las entrañas de la caridad recíproca se hacen extensivas a todos. La caridad no excluye a ninguno, sino que a todos abarca, entregándose a todos sin distinción.

La caridad es el afecto del alma, que estrecha a Cristo con los brazos del amor. La caridad es el amor que abarca cielo y tierra: la caridad es el amor invencible, que no sabe ceder ni ante los suplicios ni ante las amenazas. La caridad es el vínculo indisoluble del amor y de la paz: la caridad, reina de las virtudes, no teme el encuentro con ningún vicio, sino que habiendo recibido en prenda la sangre de Cristo y llevando sobre la frente el estandarte de la cruz, pone en fuga a todos los adversarios, y no hay quien pueda resistir a su ímpetu.

Esta es la amiga del Rey eterno y no tiene temor alguno de acercarse a él con toda confianza. Si reina entre nosotros, hermanos, esta reina de las virtudes, inmediatamente conocerán todos, pequeños y grandes, que somos realmente discípulos del Señor. Quien no tiene caridad, no pertenece por este mero hecho a quien nos legó el mandamiento del amor. La caridad es el amor a Dios y al prójimo: y quien no ama al prójimo, no puede tampoco amar a Dios; y el que no ama, odia. Por eso, quien odia a su hermano, odia al autor de la caridad.

Por tanto, hermanos, nosotros, a quienes el amor de Cristo ha congregado en la unidad, amemos a Cristo, el Señor, con todo el corazón y con toda el alma, y a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Y por su amor, no amemos únicamente a los amigos, sino también a los enemigos, no sólo no odiándolos, sino amándolos de verdad. Esta es la escuela de Cristo, ésta es la doctrina del Espíritu Santo. Si alguien abandonare esta escuela y no perseverare en esta doctrina, creedme, hermanos, perecerá para siempre. En cambio, los discípulos de Jesucristo, los apasionados de la caridad, disfrutarán de una incomparable dulzura, de las riquezas de la eterna bienaventuranza, de los gozos de la eterna felicidad, gozos que se dignará otorgarnos aquel que, en la Trinidad perfecta, vive y reina, Dios, bendito por los siglos de los siglos. Amén.


 


MARTES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Efesios 5, 8-21

Caminad como hijos de la luz

Hermanos: En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz (toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz), buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien poniéndolas en evidencia. Pues hasta ahora da vergüenza mencionar las cosas que ellos hacen a escondidas. Pero la luz, denunciándolas, las pone a descubierto, y todo lo descubierto es luz. Por eso dice: «Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz».

Por consiguiente, fijaos bien cómo andáis; no seáis insensatos, sino sensatos. Sabed comprar la ocasión, porque vienen días malos. Por eso, no estéis aturdidos, daos cuenta de lo que el Señor quiere.

No os emborrachéis con vino, que lleva al libertinaje; sino dejaos llenar del Espíritu. Recitad, alternando, salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y tocad con toda el alma para el Señor. Celebrad constantemente la Acción de gracias a Dios Padre, por todos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo.

Sed sumisos unos a otros con respeto cristiano.
 

SEGUNDA LECTURA

Nicetas de Remesiana, Tratado sobre el bien de la salmodia (13-14: PLS 3, 196-198)

En la salmodia, todos deben salmodiar

Carísimos: Salmodiemos con los sentidos tan atentos y con la inteligencia tan despierta, como nos exhorta el salmista cuando dice: Porque Dios es el rey del mundo: tocad con maestría. Es decir, que el salmo ha de ser cantado no sólo con el «espíritu», o sea, con el sonido de la voz, sino también con la «mente», meditando interiormente lo que salmodiamos, no ocurra que, dominada la mente por pensamientos extraños, se afane infructuosamente. Todo debe celebrarse como quien se sabe en presencia de Dios y no con el deseo de agradar a los hombres o a sí mismo. Tenemos, en efecto, de esta consonancia de la voz un modelo y un ejemplo en aquellos tres dichosísimos jóvenes de que nos habla el libro de Daniel, diciendo:

Entonces los tres, al unísono, cantaban himnos y glorificaban a Dios en el horno, diciendo: «Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres».

Ya ves cómo, para nuestra enseñanza, se nos dice que los tres, al unísono, alababan juntos al Señor, para que también nosotros todos expresemos igualmente al unísono un mismo sentir, con idéntica modulación de la voz. Así pues, en la salmodia, todos deben salmodiar; cuando se ora, todos deben orar; cuando se hace la lectura, todos deben igualmente escuchar en silencio, no suceda que, mientras el lector proclama la lectura, un hermano dificulte la audición orando en voz alta. Y si en alguna ocasión llegares mientras la celebración de la palabra, una vez adorado el Señor y trazada sobre la frente la señal de la cruz, disponte solícito a la escucha de la palabra.

Te es dado orar cuando todos oramos, y te es dado orar cuando quisieres y cuantas veces quisieres orar privadamente; pero con el pretexto de orar no pierdas la lectura, pues la lectura no siempre puedes hacerla a tu antojo, mientras que la posibilidad de orar siempre está a tu alcance. Ni pienses que de la escucha de la lectura divina se derive escaso provecho: al oyente, la misma oración le resulta más rica, pues la mente, nutrida con la reciente lectura, discurre a través de las imágenes de las cosas divinas que acaba de oír.

De hecho, María, la hermana de Marta, que, sentada a los pies del Señor, abandonando a su hermana, escuchaba con mayor atención su palabra, escogió para la parte mejor, según la aseveración del Señor. Esta es la razón por la que el diácono, con voz bien timbrada y a modo de pregón, amonesta a todos que tanto en la oración como al arrodillarse, en la salmodia como al escuchar las lecturas, observen todos la uniformidad: pues Dios ama a los hombres de unas mismas costumbres y los hace morar en su casa.



MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Efesios 5, 22-33

Relaciones domésticas

Las mujeres, que se sometan a sus maridos como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia; él, que es el salvador del cuerpo. Pues como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo.

Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia. El se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para colocarla ante sí gloriosa, la Iglesia, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada. Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son.

Amar a su mujer es amarse a sí mismo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo.

«Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne». Es éste un gran misterio: yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia. En una palabra, que cada uno de vosotros ame a su mujer como a sí mismo, y que la mujer respete al marido.
 

SEGUNDA LECTURA

San Juan Crisóstomo, Homilía 3 sobre cómo han de ser los desposados (3: PG 51, 229-230)

Es éste un gran misterio

Como Eva salió del costado de Adán, así también nosotros del costado de Cristo. Esto es lo que significa la expresión: Carne de mi carne y hueso de mis huesos.

Ahora bien: que Eva fue formada de una costilla de Adán es algo que todos sabemos y de ello nos informa cumplidamente la Escritura, a saber: que Dios infundió en Adán un letargo, que le sacó una costilla de la que formó a la mujer; en cambio, que la Iglesia naciera del costado de Cristo, ¿dónde podríamos averiguarlo? También esto nos los indica la Escritura.

En efecto, después de que Cristo, izado y clavado en la cruz, hubo expirado, acercándose uno de los soldados, con la lanza le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. Pues de aquella sangre y agua nació toda la Iglesia. Testigo es aquel que dijo: El que no nazca de agua y de Espíritu, no puede entrar en el reino de los cielos: llama sangre al Espíritu. En realidad, nacemos del agua del bautismo, y nos alimentamos de la sangre. ¿Ves cómo somos carne de su carne y hueso de sus huesos, por nacer y alimentarnos de aquel agua y de aquella sangre?

Y lo mismo que la mujer fue formada mientras Adán dormía, de igual modo, muerto Cristo, la Iglesia nació de su costado. Sin embargo, la mujer ha de ser amada no sólo por el mero hecho de ser miembro de nuestro cuerpo y en nosotros tiene su origen, sino además porque sobre este punto Dios promulgó una ley en estos términos: Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. Y si Pablo nos recuerda esta ley es para inducirnos por todos los medios a este amor. Considera ahora conmigo la sabiduría apostólica: no nos induce a amar a las esposas apelando únicamente a las leyes divinas o a solas leyes humanas, sino a ambas a la vez: de suerte que los espíritus más selectos y cultivados se sensibilicen sobre todo a las leyes divinas, mientras que los más débiles y sencillos se sientan movidos mayormente por las incitaciones del amor natural.

Por eso expone primero esta doctrina comenzando por el ejemplo de Cristo. Dice así: Amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia, para volver luego nuevamente a las motivaciones humanas: Así deben los maridos amar a sus mujeres, como miembros suyos que son. A continuación, vuelve otra vez a Cristo: Porque somos miembros de su cuerpo, carne de su carne y hueso de sus huesos. Y retorna de nuevo a las motivaciones humanas: Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer. Y después de haber leído esto, continúa leyendo: Es éste —dice— un gran misterio.

Dime: ¿por qué es grande? ¿Cómo es que ocurre lo mismo en Cristo y la Iglesia? Como el esposo, abandonando a su padre, se apresura a ir al encuentro de la esposa, así también Cristo, abandonando el solio paterno, vino en busca de la Esposa: no nos convocó a las sublimes alturas del cielo, sino que espontáneamente vino él a nuestro encuentro. Pero al oír «venida», no pienses en una migración, sino en una acomodación: de hecho, cuando vivía entre nosotros, estaba con el Padre. Por esta razón escribe el Apóstol: Es éste un gran misterio. Es realmente grande ya entre los hombres, pero cuando lo considero referido a Cristo y a la Iglesia, entonces la grandeza del misterio me colma realmente de estupor. Por eso, después de haber dicho: Es éste un gran misterio, añadió inmediatamente: Y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.



JUEVES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Efesios 6, 1-9

Deberes en la vida doméstica

Hijos, obedeced a vuestros padres como el Señor quiere, porque eso es justo. «Honra a tu padre y a tu madre» es el primer mandamiento al que se añade una promesa: «Te irá bien y vivirás largo tiempo en la tierra».

Padres, vosotros no exasperéis a vuestros hijos, criadlos educándolos y corrigiéndolos como haría el Señor.

Esclavos, obedeced a vuestros amos de la tierra con profundo respeto, de todo corazón, como a Cristo. No por las apariencias, para quedar bien, sino como esclavos de Cristo que hacen lo que Dios quiere; con toda el alma, de buena gana, como quien sirve al Señor y no a los hombres. Sabed que lo que uno haga de bueno, sea esclavo o libre, se lo pagará el Señor.

Amos, correspondedles dejándoos de amenazas; sabéis que ellos y vosotros tenéis un amo en el cielo y que ése no es parcial con nadie.


SEGUNDA LECTURA

San Gregorio Magno, Homilía sobre el libro del profeta Ezequiel (Lib 2, Hom 1, 7: CCL 142, 213-214)

La esperanza de los premios celestiales

Entra en el edificio de la ciudad celestial quien, en la santa Iglesia, considera la conducta de los buenos y la imita. Porque entrar es considerar aquel edificio situado en lo alto del monte, es decir, cómo los elegidos de la santa Iglesia, situados en la cima de la virtud, progresan en el amor.

Por ejemplo: éste lleva vida de casado, vive contento con lo suyo, no dilapida los bienes ajenos, da de lo suyo a los pobres en la medida de sus posibilidades, no se olvida de llorar a diario los pecados de que no está exenta la vida conyugal. Pues la misma preocupación de la familia es para él motivo de turbación, y le excita a las lágrimas.

En cambio, aquél ha abandonado ya todo lo del mundo, ni tiene apetencias mundanas, se alimenta exclusivamente de la contemplación, llora de alegría ante la perspectiva de los premios celestiales, se priva incluso de lo que le estaría permitido tener, procura tener cada día un rato de intimidad con Dios, ninguna preocupación de este mundo que pasa logra turbar su ánimo, ensancha constantemente su alma con la expectativa de los goces del cielo.

Aquel otro ha abandonado ya todo lo de este mundo y su alma se eleva en la contemplación de las realidades celestiales y, sin embargo, debiendo ocupar un puesto de gobierno para la edificación de muchos, él, que por gusto no sucumbe a las cosas transitorias, debe en ocasiones ocuparse de ellas por compasión hacia el prójimo, para, de esta forma, subvenir a la necesidad de los indigentes; predica a los oyentes la palabra de vida, suministra lo necesario a las almas y a los cuerpos. Y el que, por vocación, vuela ya, en la contemplación, al deseo de los bienes celestiales, debe afanarse, sin embargo, en las cosas temporales en provecho y utilidad del prójimo.

Por tanto, quienquiera que, en la santa Iglesia, se esfuerza solícitamente por progresar, bien en la vida de los buenos casados, bien en la cumbre de los que viven en continencia o de los que abandonaron todos los bienes de este mundo, o incluso en la cima de los predicadores, ya ha entrado en el edificio de la ciudad situada en lo alto del monte. Porque quien no se preocupa de observar la vida de los mejores para su propio progreso, todavía está fuera del edificio. Y si admira el honor de que la santa Iglesia goza ya en el mundo, es como quien contempla un edificio desde el exterior y queda maravillado. Y como sólo pone su atención en el exterior, no entra en el interior.



VIERNES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Efesios 6, 10-24

Recomendación final y despedida

Para terminar, hermanos, buscad vuestra fuerza en el Señor y en su invencible poder. Poneos las armas que Dios os da, para poder resistir a las estratagemas del diablo, porque nuestra lucha no es contra hombres de carne y hueso, sino contra los soberanos, autoridades y poderes que dominan este mundo de las tinieblas, contra las fuerzas sobrehumanas y supremas del mal.

Por eso, tomad las armas de Dios para poder resistir en el día fatal y, después de actuar a fondo, mantened las posiciones. Estad firmes, repito: abrochaos el cinturón de la verdad, por coraza poneos la justicia, bien calzados para estar dispuestos a anunciar la noticia de la paz. Y, por supuesto, tened embrazado el escudo de la fe, donde se apagarán las flechas incendiarias del malo. Tomad por casco la salvación y por espada la del Espíritu, es decir, la palabra de Dios.

Al mismo tiempo, con la ayuda del Espíritu, no perdáis ocasión de orar, insistiendo y pidiendo en la oración. Tened vigilias en que oréis con constancia por todo el pueblo santo. Y también por mí, para que Dios abra mis labios y me conceda palabras para comunicar sin temor su secreto, la buena noticia de la que soy portavoz... en cadenas. Pedid que tenga valor para hablar de él como debo.

Quiero que también vosotros sepáis qué es de mí y qué tal sigo; de todo os informará Fortunato, nuestro hermano querido y auxiliar fiel en la tarea del Señor. Os lo mando precisamente para que tengáis noticias nuestras y os dé ánimos.

Que Dios Padre y el Señor Jesucristo concedan a los hermanos paz y amor acompañados de fe; su favor acompañe a todos los que aman a nuestro Señor Jesucristo, sin desfallecer.


SEGUNDA LECTURA

San Clemente de Alejandría, Exhortación a los paganos (Cap 11; PG 8, 235-238)

Revistámonos con las armas de la paz

Es la Verdad la que clama: Brille la luz del seno de las tinieblas. Sí, que brille la luz en la zona más oculta del hombre, es decir, en su corazón, e irradien los rayos de la ciencia que, con su esplendor, revelen al hombre interior, al discípulo de la luz, al familiar y coheredero de Cristo; sobre todo cuando el hijo bueno y piadoso haya llegado al conocimiento del augusto y venerable nombre del Padre bueno, que manda cosas fáciles y salutíferas a su hijo.

El que le obedece es superior con mucho a todas las cosas, sigue a Dios, obedece al Padre, llegó a conocerle por el camino del error, amó a Dios, amó al prójimo, cumplió lo mandado, espera el premio, exige lo prometido. El plan de Dios fue siempre el de salvar la grey de los hombres: por eso el Dios bueno envió al buen Pastor. En cuanto al Verbo, después de haber explicado la verdad, mostró a los hombres la grandeza de la salvación, para que, o bien movidos a penitencia consiguieran la salvación, o bien, si se negasen a obedecer, se hicieran reos de condenación. Esta es la predicación de la justicia, que es una buena noticia para quienes obedecen; en cambio, para los demás, para los que no quisieran obedecer, es motivo de condenación.

Ahora bien: una trompeta guerrera puede legítimamente congregar con su toque a los soldados y anunciar el comienzo de la batalla; ¿y no le va a estar permitido a Cristo, que hace oír su dulce himno de paz hasta los confines de la tierra, reunir a sus pacíficos guerreros? Sí, hombre; congregó con su sangre y su palabra un ejército incruento, al que ha hecho entrega del reino de los cielos.

La trompeta de Cristo es su evangelio. El mismo tocó la trompeta, y nosotros la hemos oído. Revistámonos con las armas de la paz: por coraza poneos la justicia, tened embrazado el escudo de la fe y puesto el casco de la salvación, y desenvainemos además la espada del Espíritu, es decir, la palabra de Dios. Con este atuendo de paz nos pertrecha el Apóstol. Estas son nuestras armas, armas que nos hacen invulnerables a todo evento. Pertrechados con estas armas, estemos firmes en el combate contra el adversario, apaguemos las flechas incendiarias del malo, intercambiando los beneficios recibidos con himnos de alabanza y honrando a Dios por medio del Verbo divino. Entonces clamarás al Señor —dice— y te dirá: «Aquí estoy».

¡Oh santo y dichoso poder, por el que Dios mora con los hombres! ¡Bien vale la pena que el hombre se convierta en imitador y adorador de una naturaleza tan sumamente buena y excelente! No es lícito, en efecto, imitar a Dios de otro modo que honrándolo santamente; ni honrarlo y venerarlo sino imitándolo. Porque sólo entonces el celestial y verdaderamente divino amor se granjea la voluntad de los hombres, cuando resplandeciere en la misma alma la verdadera belleza suscitada por el Verbo. Lo cual se realiza en grado superlativo, cuando la salvación corre a la par de una sincera voluntad; y la vida pende, por decirlo así, libremente del mismo yugo.

En conclusión: esta exhortación de la verdad es la única que permanece con nosotros hasta el último aliento, como el más fiel amigo; y si alguien se dirige hacia el cielo, ella es el mejor guía para el espíritu íntegro y perfecto del alma. ¿Que para qué te exhorto? Ni más ni menos que para que te salves. Esto es lo que Cristo quiere: y, para decirlo todo en una sola palabra, él es quien te comunica la vida. Y ¿quién es él? Te lo diré en pocas palabras: la Palabra de verdad, la Palabra que preserva de la muerte, que regenera al hombre reduciéndolo a la verdad; es el estímulo de la salvación, que ahuyenta la ruina, expulsa la muerte, edifica un templo en los hombres para establecer en ellos la morada de Dios. Procura que este templo sea puro, y abandona al viento y al fuego, como flores caducas, los placeres y la molicie. Cultiva, en cambio, con prudencia los frutos de la templanza, y consagra tu ser a Dios como primicia, para que suya sea no sólo la obra, sino también la gracia de la obra. Ambas cosas se requieren del discípulo de Cristo: que se muestre digno del reino y que sea juzgado digno del reino.



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

Carta del apóstol san Pablo a Filemón

Intercesión del Apóstol en favor de Onésimo

Pablo, preso por Cristo Jesús, y el hermano Timoteo, a Filemón, nuestro querido amigo y colaborador, con la hermana Apia; a Arquipo, nuestro compañero de armas, y a la comunidad que se reúne en tu casa: os deseamos el favor y la paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.

Doy siempre gracias a Dios cuando te encomiendo en mis oraciones, pues recibo noticias de tu amor y de la fidelidad que tienes al Señor Jesús y a todos los consagrados. Pido a Dios que la solidaridad propia de tu fe se active al comprender que todos los bienes que tenemos son para Cristo.

Me alegró y animó mucho tu caridad, hermano, porque tú has aliviado los sufrimientos del pueblo santo. Por eso, aunque como cristiano tengo plena libertad para indicarte lo que conviene hacer, prefiero rogártelo apelando a tu caridad, yo, Pablo, anciano y prisionero por Cristo Jesús. Te recomiendo a Onésimo, mi hijo, a quien he engendrado en la prisión, que antes era tan inútil para ti, y ahora en cambio es tan útil para ti y para mí; te lo envío como algo de mis entrañas.

Me hubiera gustado retenerlo junto a mí, para que me sirviera en tu lugar en esta prisión que sufro por el evangelio; pero no he querido retenerlo sin contar contigo: así me harás este favor no a la fuerza, sino con toda libertad. Quizá se apartó de ti para que lo recobres ahora para siempre; y no como esclavo, sino mucho mejor: como hermano querido. Si yo lo quiero tanto, cuánto más lo has de querer tú, como hombre y como cristiano.

Si me consideras compañero tuyo, recíbele a él como a mí mismo. Si en algo te ha perjudicado y te debe algo, ponlo en mi cuenta: yo, Pablo, te firmo el pagaré de mi puño y letra, para no hablar de que tú me debes tu propia persona. Por Dios, hermano, a ver si me das esa satisfacción; alivia mi ansiedad, por amor a Cristo.

Te escribo seguro de tu respuesta, sabiendo que harás aún más de lo que te pido. Y a propósito, prepárame alojamiento, pues, gracias a vuestras oraciones, espero que Dios me mandará este regalo.

Recuerdos de Epafras, mi compañero de cárcel por Cristo Jesús, y también de Marcos, Aristarco, Dimas y Lucas, mis colaboradores.

El favor del Señor Jesucristo os acompañe.


SEGUNDA LECTURA

San Paciano de Barcelona, Sermón sobre el bautismo (5-6: PL 13, 1092-1093)

Reformemos nuestras costumbres en Cristo,
por el Espíritu Santo

El pecado de Adán se había transmitido a todo el género humano, como afirma el Apóstol: Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así pasó a todos los hombres. Por lo tanto, es necesario que la justicia de Cristo sea transmitida a todo el género humano. Y, así como Adán, por su pecado, fue causa de perdición para toda su descendencia, del mismo modo Cristo, por su justicia, vivifica a todo su linaje. Esto es lo que subraya el Apóstol cuando afirma: Si por la desobediencia de uno todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos se convertirán en justos. Y así como reinó el pecado, causando la muerte, así también reinará la gracia, causando una justificación que conduce a la vida eterna.

Pero alguno me puede decir: «Con razón el pecado de Adán ha pasado a su posteridad, ya que fueron engendrados por él. ¿Pero acaso nosotros hemos sido engendrados por Cristo para que podamos ser salvados por él?» No penséis carnalmente, y veréis cómo somos engendrados por Cristo. En la plenitud de los tiempos, Cristo se encarnó en el seno de María: vino para salvar a la carne, no la abandonó al poder de la muerte, sino que la unió con su espíritu y la hizo suya. Estas son las bodas del Señor por las que se unió a la naturaleza humana, para que, de acuerdo con aquel gran misterio, se hagan los dos una sola carne, Cristo y la Iglesia.

De estas bodas nace el pueblo cristiano, al descender del cielo el Espíritu Santo. La substancia de nuestras almas es fecundada por la simiente celestial, se desarrolla en el seno de nuestra madre, la Iglesia, y cuando nos da a luz somos vivificados en Cristo. Por lo que dice el Apóstol: El primer hombre, Adán, fue un ser animado; el último Adán, un espíritu que da vida. Así es como engendra Cristo en su Iglesia por medio de sus sacerdotes, como lo afirma el mismo Apóstol: Os he engendrado para Cristo. Así, pues, el germen de Cristo, el Espíritu de Dios, da a luz, por manos de los sacerdotes, al hombre nuevo, concebido en el seno de la Iglesia, recibido en el parto de la fuente bautismal, teniendo como madrina de boda a la fe.

Pero hay que recibir a Cristo para que nos engendre, como lo afirma el apóstol san Juan: Cuantos lo recibieron, les da poder para ser hijos de Dios. Esto no puede ser realizado sino por el sacramento del bautismo, del crisma y del obispo. Por el bautismo se limpian los pecados, por el crisma se infunde el Espíritu Santo, y ambas cosas las conseguimos por medio de las manos y la boca del obispo. De este modo, el hombre entero renace y vive una vida nueva en Cristo: Así como Cristo fue resucitado de entre los muertos, así también nosotros andemos en una vida nueva, es decir, que, depuestos los errores de la vida pasada, reformemos nuestras costumbres en Cristo, por el Espíritu Santo.

 


DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

Del segundo libro de los Reyes 14, 1-27

Reinados de Amasías de Judá y de Jeroboán II de Israel

Amasías, hijo de Joás, subió al trono de Judá el año segundo del reinado de Joás de Israel, hijo de Joacaz. Cuando subió al trono tenía veinticinco años, y reinó en Jerusalén veintinueve años. Su madre se llamaba Yehoadayán, natural de Jerusalén. Hizo lo que Dios aprueba, aunque no como su antepasado David; se portó como su padre Joás; pero no desaparecieron las ermitas de los altozanos: allí seguía la gente sacrificando y quemando incienso. Cuando se afianzó en el poder, mató a los ministros que habían asesinado a su padre. Pero, siguiendo lo que dice el libro de la ley de Moisés, promulgada por el Señor: «No serán ejecutados los padres por las culpas de los hijos ni los hijos por las culpas de los padres; cada uno morirá por su propio pecado», no mató a los hijos de los asesinos.

Amasías derrotó en Vallelasal a los idumeos, en número de diez mil, y tomó al asalto la ciudad de Petra, llamándola Yoctael, nombre que se conserva hasta hoy. Entonces mandó una embajada a Joás, hijo de Joacaz, de Jehú, rey de Israel, con este mensaje:

—¡Sal, que nos veamos las caras!

Pero Joás de Israel le envió esta respuesta:

—El cardo del Líbano mandó a decir al cedro del Líbano: Dame a tu hija por esposa de mi hijo. Pero pasaron las fieras del Líbano y pisotearon el cardo. Tú has derrotado a Edom y te has engreído. ¡Disfruta de tu gloria quedándote en tu casa! ¿Por qué quieres meterte en una guerra catastrófica, provocando tu caída y la de Judá?

Pero Amasías no hizo caso.

Entonces Joás de Israel subió a vérselas con Amasías de Judá en Casalsol de Judá. Israel derrotó a los judíos, que huyeron a la desbandada. En Casalsol apresó Joás de Israel a Amasías de Judá, hijo de Joacaz, de Ocozías, y se lo llevó a Jerusalén. En la muralla de Jerusalén abrió una brecha de doscientos metros, desde la Puerta de Efraín hasta la Puerta del Angulo; se apoderó del oro, la plata, los utensilios que había en el templo y en el tesoro del palacio, tomó rehenes y se volvió a Samaria.

Para más datos sobre Joás y sus hazañas militares en la guerra contra Amasías de Judá, véanse los Anales del Reino de Israel.

Joás murió, y lo enterraron en Samaria, con los reyes de Israel. Su hijo Jeroboán le sucedió en el trono.

Amasías de Judá, hijo de Joás, sobrevivió quince años a Joás de Israel, hijo de Joacaz.

Para más datos sobre Amasías, véanse los Anales del Reino de Judá.

En Jerusalén le tramaron una conspiración; huyó a Laquis, pero lo persiguieron hasta Laquis y allí lo mataron. Lo cargaron sobre unos caballos y lo enterraron en Jerusalén, con sus antepasados, en la Ciudad de David. Entonces Judá en pleno tomó a Azarías, de dieciséis años, y lo nombraron rey, sucesor de su padre, Amasías. Después que murió el rey, reconstruyó Eilat, devolviéndola a Judá.

Jeroboán, hijo de Joás, subió al trono de Samaria el año quince del reinado de Amasías de Judá, hijo de Joás. Reinó cuarenta y un años. Hizo lo que el Señor reprueba, repitiendo los pecados que Jeroboán, hijo de Nabat, hizo cometer a Israel. Restableció la frontera de Israel desde el paso de Jamat hasta el mar Muerto, como el Señor, Dios de Israel, había dicho por su siervo el profeta Jonás, hijo de Amitay, natural de Gatjéfer; porque el Señor se fijó en la terrible desgracia de Israel: no había esclavo, ni libre, ni quien ayudase a Israel. El Señor no había decidido borrar el nombre de Israel bajo el cielo, y lo salvó por medio de Jeroboán, hijo de Joás.


SEGUNDA LECTURA

San Paciano de Barcelona, Sermón sobre el bautismo (6-7: PL 13, 1093-1094)

¿Qué Dios como tú, que perdonas el pecado?

Nosotros, que somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre celestial; porque el primer hombre, hecho de tierra, era terreno; el segundo hombre es del cielo. Si obramos así, hermanos, ya no moriremos. Aunque nuestro cuerpo se deshaga, viviremos en Cristo, como él mismo dice: El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá.

Por lo demás, tenemos certeza, por el mismo testimonio del Señor, que Abrahán, Isaac y Jacob y todos los santos de Dios viven. De ellos dice el Señor: Para él todos están vivos. No es Dios de muertos, sino de vivos. Y el Apóstol dice de sí mismo: Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir; deseo partir para estar con Cristo. Y añade en otro lugar: Mientras sea el cuerpo nuestro domicilio, estamos desterrados lejos del Señor. Caminamos sin verlo, guiados por la fe. Esta es nuestra fe, queridos hermanos. Además: Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados. La vida meramente natural nos es común, aunque no igual en duración, como lo veis vosotros mismos, con los animales, las fieras y las aves. Lo que es propio del hombre es lo que Cristo nos ha dado por su Espíritu, es decir, la vida eterna, siempre que ya no cometamos más pecados. Pues de la misma forma que la muerte se adquiere con el pecado, se evita con la virtud. Porque el pecado paga con muerte, mientras que Dios regala vida eterna por medio de Cristo Jesús, Señor nuestro.

Como afirma el Apóstol, él es quien redime, perdonándonos todos los pecados. Borró el protocolo que nos condenaba con sus cláusulas y era contrario a nosotros; lo quitó de en medio, clavándolo en la cruz, y, destituyendo por medio de Cristo a los principados y autoridades, los ofreció en espectáculo público y los llevó cautivos en su cortejo. Ha liberado a los cautivos y ha roto nuestras cadenas, como lo dijo David: El Señor liberta a los cautivos, el Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan. Y en otro lugar: Rompiste mis cadenas. Te ofreceré un sacrificio de alabanza. Así, pues, somos liberados de las cadenas cuando, por el sacramento del bautismo, nos reunimos bajo el estandarte del Señor, liberados por la sangre y el nombre de Cristo.

Por lo tanto, queridos hermanos, de una vez para siempre hemos sido lavados, de una vez para siempre hemos sido liberados, y de una vez para siempre hemos sido trasladados al reino inmortal; de una vez para siempre, dichosos los que están absueltos de sus culpas, a quienes les han sepultado sus pecados. Mantened con fidelidad lo que habéis recibido, conservadlo con alegría, no pequéis más. Guardaos puros e inmaculados para el día del Señor.

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

Comienza el libro del profeta Amós 1, 1-2, 3

Sentencias del Señor sobre las naciones paganas

Palabras de Amós, uno de los mayorales de Tecua. Visión acerca de Israel, durante los reinados de Ozías en Judá, y de Jeroboán, hijo de Joás, en Israel; dos años antes del terremoto, dijo:

«El Señor ruge desde Sión, alza la voz desde Jerusalén, y aridecen las majadas de los pastores, se seca la cumbre del Carmelo.

Así dice el Señor: "A Damasco, por tres delitos y por el cuarto, no le perdonaré: porque trilló a Galaad con trillos de hierro, enviaré fuego a la casa de Hazael, que devorará los palacios de Benadad. Romperé los cerrojos de Damasco y aniquilaré a los jefes de Valdelito y al que lleva el cetro en Casa Delicias, y el pueblo sirio irá desterrado a Quir". Oráculo del Señor.

Así dice el Señor: "A Gaza, por tres delitos y por el cuarto, no le perdonaré: porque hicieron prisioneros en masa y los vendieron a Edom, enviaré fuego a las murallas de Gaza, que devorará sus palacios; aniquilaré a los vecinos de Asdod, al que lleva el cetro en Ascalón; tenderé la mano contra Ecrón y perecerá el resto de los filisteos". Oráculo del Señor.

Así dice el Señor: "A Tiro, por tres delitos y por el cuarto, no le perdonaré: porque vendió innumerables prisioneros a Edom y no respetó la alianza fraterna, enviaré fuego a las murallas de Tiro, que devorará sus palacios".

Así dice el Señor: "A Edom, por tres delitos y por el cuarto, no le perdonaré: porque persiguió con la espada a su hermano, ahogando la compasión, siempre se ensañaba su ira, conservó siempre la cólera, enviaré fuego a Temán, que devorará los palacios de Bosra".

Así dice el Señor: "A Amón, por tres delitos y por el cuarto, no le perdonaré: porque abrieron en canal a las preñadas de Galaad, para ensanchar su territorio, encenderé fuego en la muralla de Rabá, que devorará sus palacios, entre los alaridos de la batalla y el torbellino de la tormenta; su rey marchará al destierro junto con sus príncipes". Oráculo del Señor.

Así dice el Señor: "A Moab, por tres delitos y por el cuarto, no le perdonaré: porque consumió con cal los huesos del rey de Edom, enviaré fuego a Moab, que devorará los palacios de Queriot; Moab morirá en el tumulto bélico, entre alaridos y toques de trompeta; aniquilaré en medio de ella al gobernante y mataré con él a los príncipes". Oráculo del Señor».
 

SEGUNDA LECTURA

Comienza la carta llamada de Bernabé (Caps 1, 1-8; 2, 1-5: Funk 1, 3-7)

La esperanza de la vida, principio y término de nuestra fe

Salud en la paz, hijos e hijas, en el nombre del Señor que nos ha amado.

Ya que las gracias de justificación que habéis recibido de Dios son tan grandes y espléndidas, me alegro sobremanera, y, más que toda otra cosa, de la dicha y excelencia de vuestras almas. Pues habéis recibido la gracia del don espiritual, plantada en vosotros. Me felicito aún más, con la esperanza de ser salvado, cuando veo de verdad el Espíritu que se ha derramado sobre vosotros del abundante manantial que es el Señor. Hasta tal punto me conmovió el veros, cosa tan deseada para mí, cuando estaba entre vosotros.

Aunque os haya hablado ya muchas veces, estoy profundamente convencido de que me quedan todavía muchas cosas por deciros, pues el Señor me ha acompañado por el camino de la justicia. Me siento obligado a amaros más que a mi propia vida, pues una gran fe y una gran caridad habitan en vosotros por la esperanza de alcanzar la vida divina. Considerando que obtendré una gran recompensa si me preocupo de hacer partícipes a unos espíritus como los vuestros, al menos en alguna medida, de los conocimientos que he recibido, he decidido escribiros con brevedad, a fin de que, con la fe, poseáis un conocimiento perfecto.

Tres son las enseñanzas del Señor: la esperanza de la vida, principio y término de nuestra fe; la justicia, comienzo y fin del juicio; el amor en la alegría y el regocijo, testimonio de las obras de la justicia.

El Señor, en efecto, nos ha manifestado por medio de sus profetas el pasado y el presente, y nos ha hecho gustar por anticipado las primicias de lo porvenir. Viendo, pues, que estas cosas se van cumpliendo en el orden en que él las había predicho, debemos adelantar en una vida más generosa y más excelsa en el temor del Señor. Por lo que respecta a mí, no como maestro, sino como uno de vosotros, os manifestaré algunas enseñanzas que os puedan Alegrar en las presentes circunstancias.

Ya que los días son malos y que el Altivo mismo posee poder, debemos, estando vigilantes sobre nosotros mismos, buscar las justificaciones del Señor. Nuestra fe tiene como ayuda el temor y la paciencia, y como aliados la longanimidad y el dominio de nosotros mismos. Si estas virtudes permanecen santamente en nosotros, en todo lo que atañe al Señor, tendrán la gozosa compañía de la sabiduría, la inteligencia, la ciencia y el conocimiento.

El Señor nos ha dicho claramente, por medio de los profetas, que no tiene necesidad ni de sacrificios, ni de holocaustos, ni de ofrendas, cuando dice: ¿ Qué me importa el número de vuestros sacrificios? —dice el Señor—. Estoy harto de holocaustos de carneros, de grasa de cebones; la sangre de toros, corderos y machos cabríos no me agrada. ¿Por qué entráis a visitarme? ¿Quién pide algo de vuestras manos cuando pisáis mis atrios? No me traigáis más dones vacíos, más incienso execrable. Novilunios, sábados, asambleas, no los aguanto.



MARTES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Amós 2, 4-16

Sentencias del Señor sobre Judá y sobre Israel

Así dice el Señor: «A Judá, por tres delitos y por el cuarto, no le perdonaré: porque rechazaron la ley del Señor y no observaron sus mandamientos; sus mentiras los extraviaron, las que veneraban sus padres; enviaré fuego a Judá, que devorará los palacios de Jerusalén».

Así dice el Señor: «A Israel, por tres delitos y por el cuarto, no le perdonaré: porque venden al inocente por dinero y al pobre por un par de sandalias; revuelcan en el polvo al desvalido y tuercen el proceso del indigente. Padre e hijo van juntos a una mujer, profanando mi santo nombre; se acuestan sobre ropas dejadas en fianza, junto a cualquier altar, beben vino de multas en el templo de su Dios.

Yo destruí a los amorreos al llegar ellos; eran altos como cedros, fuertes como encinas; destruí arriba el fruto, abajo la raíz.

Yo os saqué de Egipto, os conduje por el desierto cuarenta años, para que conquistarais el país amorreo.

Nombré profetas a hijos vuestros, nazireos a jóvenes vuestros: ¿no es cierto, israelitas? —oráculo del Señor—.

Pero vosotros emborrachabais a los nazireos, y a los profetas les prohibíais profetizar. Pues mirad, yo os aplastaré en el suelo, como un carro cargado de gavillas; el más veloz no logrará huir, el más fuerte no sacará fuerzas, el soldado no salvará la vida; el arquero no resistirá, el más ágil no se salvará, el jinete no salvará la vida; el más valiente entre los soldados huirá desnudo aquel día». Oráculo del Señor.


SEGUNDA LECTURA

De la carta llamada de Bernabé (Caps 2, 6-10; 3, 1.3, 4, 10-14: Funk 1, 7-9.13)

La nueva ley de nuestro Señor

Dios invalidó los sacrificios antiguos, para que la nueva ley de nuestro Señor Jesucristo, que no está sometida al yugo de la necesidad, tenga una ofrenda no hecha por mano de hombre. Por esto les dice también: Cuando saqué a vuestros padres de Egipto, no les ordené ni les hablé de holocaustos y sacrificios; ésta fue la orden que les di: «Que nadie maquine maldades contra su prójimo, y no améis los juramentos falsos».

Y, ya que no somos insensatos, debemos comprender el designio de bondad de nuestro Padre. El nos habla para que no caigamos en el mismo error que ellos, cuando buscamos el camino para acercarnos a él. Por esta razón, nos dice: Sacrificio para el Señor es un espíritu quebrantado; olor de suavidad para el Señor es un corazón que glorifica al que lo ha plasmado. Por tanto, hermanos, debemos preocuparnos con todo cuidado de nuestra salvación, para que el Maligno seductor no se introduzca furtivamente entre nosotros y, por el error, nos arroje, como una honda a la piedra, lejos de lo que es nuestra vida.

Acerca de esto afirma en otro lugar: ¿Para qué ayunáis —dice el Señor—, haciendo oír hoy en el cielo vuestras voces? No es ése el ayuno que yo deseo —dice el Señor—, sino al hombre que humilla su alma. A nosotros, en cambio, nos dice: el ayuno que yo quiero es éste —oráculo del Señor—: abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos; partir tu pan con el hambriento, vestir al que ves desnudo, hospedar a los pobres sin techo.

Huyamos de toda vanidad, odiemos profundamente las obras del mal camino; no viváis aislados, replegados en vosotros mismos, como si ya estuvierais justificados, sino reuníos para encontrar todos juntos lo que a todos conviene. Pues la Escritura afirma: ¡Ay de los que se tienen por sabios y se creen perspicaces! Hagámonos hombres espirituales, seamos un templo perfecto para Dios. En cuanto esté de nuestra parte, meditemos el temor de Dios y esforcémonos por guardar sus mandamientos, a fin de alegrarnos en sus justificaciones. El Señor juzgará al mundo sin parcialidad. Cada uno recibirá según sus obras; el bueno será precedido de su justicia, el malo tendrá ante sí el salario de su iniquidad. No nos abandonemos al descanso, bajo el pretexto de que hemos sido llamados, no vaya a suceder que nos durmamos en nuestros pecados y el Príncipe de la maldad consiga poder sobre nosotros y nos arroje lejos del reino del Señor.

Además, hermanos, debemos considerar también este hecho: si, después de tantos signos y prodigios como fueron realizados en Israel, los veis ahora abandonados, estemos vigilantes para que no nos suceda a nosotros también lo que afirma la Escritura: Muchos son los llamados y pocos los elegidos.



MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Amós 3, 1-15

La visita del Señor en Samaria y Betel

Escuchad esta palabra que dice el Señor, hijos de Israel, a todas las familias que saqué de Egipto:

"A vosotros solos os escogí
entre todas las familias de la tierra,
por eso os tomaré cuentas
por vuestros pecados.

¿Caminan juntos dos que no se conocen?
¿Ruge el león en la espesura sin tener presa?,
¿alza su voz el cachorro en la guarida sin haber cazado?,
¿cae el pájaro por tierra si no hay una trampa?,
¿se alza del suelo el lazo sin haber hecho presa?,
¿suena la trompeta en la ciudad sin que el pueblo se alarme?,
¿sucede en la ciudad una desgracia que no la mande el Señor?

No hará cosa el Señor sin revelar su plan
a sus siervos los profetas.

Ruge el león, ¿quién no teme?
Habla el Señor, ¿quién no profetiza?

Pregonad en los palacios de Asdod,
decid en los palacios de Egipto:
Reuníos junto a los montes de Samaria
contemplad el tráfago en medio de ella
las opresiones en su recinto.

No sabían obrar rectamente —oráculo del Señor—,
atesoraban violencias y crímenes en sus palacios.

Por eso así dice el Señor: El enemigo asedia el país,
derriba tu fortaleza, saquea tus palacios".

Así dice el Señor:

"Como salva el pastor de las fauces del león
un par de patas o un lóbulo de oreja,
así se salvarán los israelitas, vecinos de Samaria,
con el borde de un petate y un cobertor de damasco.
Escuchad y dad testimonio contra la casa de Jacob
—oráculo del Señor, Dios de los ejércitos—.
Cuando tome cuentas a Israel de sus delitos,
le tomaré cuentas de los altares de Betel;
los salientes del altar serán arrancados y caerán al suelo;
derribaré la casa de invierno y la casa de verano,
se perderán las arcas de marfil, se desharán los ricos arcones
—oráculo del Señor—.


SEGUNDA LECTURA

De la carta llamada de Bernabé (Caps 5, 1-8; 6, 11-16: Funk 1, 13-15.19-21)

La segunda creación

El Señor soportó que su carne fuera entregada a la destrucción, para que fuéramos santificados por la remisión de los pecados, que se realiza por la aspersión de su sangre. Acerca de él afirma la Escritura, refiriéndose en parte a Israel y en parte a nosotros: Fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron. Como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca. Por tanto, debemos dar rendidas gracias al Señor, porque nos ha dado a conocer el pasado, nos instruye sobre el presente y nos ha concedido un cierto conocimiento respecto del futuro. Pero la Escritura afirma: No en vano se tiende la red a lo que tiene alas, es decir, que perecerá justamente aquel hombre que, conociendo el camino de la justicia, se vuelve al camino de las tinieblas.

Todavía, hermanos, considerad esto: si el Señor soportó sufrir por nosotros, siendo él el Señor de todo el universo, a quien Dios dijo en la creación del mundo: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, ¿cómo ha aceptado el sufrir por mano de los hombres? Aprendedlo: los profetas, que de él recibieron el don de profecía, profetizaron acerca de él. Como era necesario que se manifestara en la carne para destruir la muerte y manifestar la resurrección de entre los muertos, ha soportado sufrir de esta forma para cumplir la promesa hecha a los padres, constituirse un pueblo nuevo y mostrar, durante su estancia en la tierra, que, una vez que suceda la resurrección de los muertos, será él mismo quien juzgará. Además, instruía a Israel y realizaba tan grandes signos y prodigios, con los que le testimoniaba su gran amor.

Al renovarnos por la remisión de los pecados, nos ha dado un nuevo ser, hasta el punto de tener un alma como de niños, según corresponde a quienes han sido creados de nuevo. Pues lo que afirma la Escritura, cuando el Padre habla al Hijo, se refiere a nosotros: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que domine los peces del mar, las aves del cielo, los animales domésticos. Y, viendo la hermosura de nuestra naturaleza, dijo el Señor: Creced, multiplicaos, llenad la tierra.

Estas palabras fueron dirigidas a su Hijo. Pero te mostraré también cómo nos ha hablado a nosotros, realizando una segunda creación en los últimos tiempos. En efecto, dice el Señor: He aquí que hago lo último como lo primero. Refiriéndose a esto, dijo el profeta: Entrad en la tierra que mana leche y miel, y enseñoreaos de ella. En consecuencia, hemos sido creados de nuevo, como también afirma por boca de otro profeta: Arrancaré de ellos —es decir, de aquellos que el Espíritu del Señor preveía— el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Por esto él quiso manifestarse en la carne y habitar entre nosotros. En efecto, hermanos, la morada de nuestros corazones es un templo santo para el Señor. Pues también dice el Señor: Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea de los santos te alabaré. Por tanto, somos nosotros a quienes introdujo en la tierra buena.



JUEVES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Amós 4, 1-13

Contra las mujeres de Samaria y el culto de Israel

Escuchad esta palabra, vacas de Basán.
en el monte de Samaria:

Oprimís a los indigentes, maltratáis a los pobres
y pedís a vuestros maridos: «Trae de beber».

El Señor lo jura por su santidad:
Os llegará la hora en que os cojan
a vosotras con garfios, a vuestros hijos con ganchos;
saldrá cada una por la brecha que tenga delante,
y os arrojarán al estiércol —oráculo del Señor—.

Marchad a Betel a pecar, en Guilgal pecad de firme:
ofreced por la mañana vuestros sacrificios
y en tres días vuestros diezmos;
«ofreced ázimos, pronunciad la acción de gracias,
anunciad dones voluntarios,
que eso es lo que os gusta, israelitas
—oráculo del Señor—.

Aunque os di en vuestros poblados dientes sin estrenar,
en todos vuestros lugares carestía de pan,
no os convertisteis a mí —oráculo del Señor—.
Aunque yo os retuve la lluvia tres meses antes de la siega,
hice llover en un pueblo sí y en otro no,
en una parcela llovió, otra sin lluvia se secó;
de dos o tres pueblos iban a otro
para beber agua, y no se hartaban,
no os convertisteis a mí —oráculo del Señor—.

Os herí con tizón y neguilla,
sequé vuestros huertos y viñedos,
vuestras higueras y olivares los devoró la langosta,
pero no os convertisteis a mí —oráculo del Señor—.

Os envié la peste egipcia,
maté a espada a vuestros mozos
con lo mejor de vuestra caballería,
hice subir a vuestras narices
el hedor de vuestro campamento;
pero no os convertisteis a mí —oráculo del Señor—.

Os envié una catástrofe tremenda
como la de Sodoma y Gomorra,
y fuisteis como tizón sacado del incendio;
pero no os convertisteis a mí —oráculo del Señor—.

 Por eso así te voy a tratar, Israel,
y porque así te voy a tratar,
prepárate a encararte con tu Dios;
él formó las montañas, creó el viento,
descubre al hombre sus pensamientos,
hizo la aurora y el crepúsculo
y camina sobre el dorso de la tierra:
se llama Señor, Dios de los ejércitos.


SEGUNDA LECTURA

De la carta llamada de Bernabé (Cap 19, 1-3.5-7.8-12: Funk 1, 53-57)

El camino de la luz

He aquí el camino de la luz: el que quiera llegar al lugar designado, que se esfuerce en conseguirlo con sus obras. Este es el conocimiento que se nos ha dado sobre la forma de caminar por el camino de la luz. Ama a quien te ha creado, teme a quien te formó, glorifica a quien te redimió de la muerte; sé sencillo de corazón y rico de espíritu; no sigas a los que caminan por el camino de la muerte; odia todo lo que desagrada a Dios y toda hipocresía; no abandones los preceptos del Señor. No te enorgullezcas; sé, por el contrario, humilde en todas las cosas; no te glorifiques a ti mismo. No concibas malos propósitos contra tu prójimo y no permitas que la insolencia domine tu alma.

Ama a tu prójimo más que a tu vida. No mates al hijo en el seno de la madre y tampoco lo mates una vez que ha nacido. No abandones el cuidado de tu hijo o de tu hija, sino que desde su infancia les enseñarás el temor de Dios. No envidies los bienes de tu prójimo; no seas avaricioso; no frecuentes a los orgullosos, sino a los humildes y a los justos.

Todo lo que te suceda, lo aceptarás como un bien, sabiendo que nada sucede sin el permiso de Dios. Ni en tus palabras ni en tus intenciones ha de haber doblez, pues la doblez de palabra es un lazo de muerte.

Comunica todos tus bienes con tu prójimo y no digas que algo te es propio: pues, si sois partícipes en los bienes incorruptibles, ¿cuánto más lo debéis ser en los corruptibles? No seas precipitado en el hablar, pues la lengua es una trampa mortal. Por el bien de tu alma, sé casto en el grado que te sea posible. No tengas las manos abiertas para recibir y cerradas para dar. Ama como a la niña de tus ojos a todo el que te comunica la palabra del Señor.

Piensa, día y noche, en el día del juicio y busca siempre la compañía de los santos, tanto si ejerces el ministerio de la palabra, portando la exhortación o meditando de qué manera puedes salvar un alma con tu palabra, como si trabajas con tus manos para redimir tus pecados.

No seas remiso en dar ni murmures cuando das, y un día sabrás quién sabe recompensar dignamente. Guarda lo que recibiste, sin quitar ni añadir nada. El malo ha de serte siempre odioso. Juzga con justicia. No seas causa de división, sino procura la paz, reconciliando a los adversarios. Confiesa tus pecados. No te acerques a la oración con una mala conciencia. Este es el camino de la luz.



VIERNES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Amós 5, 1-17

Lamentaciones y avisos

Escuchad estas palabras que entono por vosotros:
Cayó para no levantarse la doncella de Israel,
está arrojada al suelo y nadie la levanta.

Pues así dice el Señor a la casa de Israel:

La ciudad de donde partieron mil se quedará con cien;
de donde partieron cien, se quedará con diez.

Así dice el Señor a la casa de Israel:

Buscadme y viviréis:
no busquéis a Betel, no vayáis a Guilgal,
no os dirijáis a Berseba;
que Guilgal irá cautiva y Betel se volverá Betavén.

Buscad al Señor y viviréis.

Y si no, la casa de José penetrará como fuego
y devorará inextinguible a Betel.

¡Ay de los que convierten la justicia en acíbar
y arrastran por el suelo el derecho,
odian a los fiscales del tribunal
y detestan al que depone exactamente!

Pues por haber conculcado al indigente
exigiéndole un tributo de grano,
si construís casas de sillares, no las habitaréis;
si plantáis viñas selectas, no beberéis de su vino.

Sé bien vuestros muchos crímenes
e innumerables pecados:
estrujáis al inocente, aceptáis sobornos,
atropelláis a los pobres en el tribunal
(por eso se calla entonces el prudente,
porque es un momento peligroso).

Buscad el bien, no el mal, y viviréis
y así estará con vosotros
el Señor Dios de los ejércitos, como deseáis.

Odiad el mal, amad el bien
defended la justicia en el tribunal.

Quizá se apiade el Señor, Dios de los ejércitos,
de los supervivientes de José.

Así dice el Señor, Dios de los ejércitos:

En todas las calles hay duelo,
en todas las callejuelas gritan: ¡Ay, ay!;
los campesinos llaman para el duelo y el luto
a expertos en lamentaciones;
en todas las viñas habrá duelo,
cuando pase entre vosotros, dice el Señor:
que creó las Pléyades y Orión,
convierte las sombras en aurora,
el día en noche oscura;
lanza la destrucción contra la fortaleza,
y la destrucción alcanza a la plaza fuerte.


SEGUNDA LECTURA

Beato Ogerio de Lucedio, Sermón 10 (13-14: PL 184, 927-928)

Dios Padre flagela a la Iglesia para que crezca
más vigorosa y fecunda

La viña del Señor es la Iglesia universal, consorte y esposa de Cristo, de la que Dios Padre dice al Hijo: Tu mujer, como parra fecunda, en medio de tu casa. El viñador que ama a la viña que produce el fruto esperado a su debido tiempo, cuando llega el tiempo de la poda, no deja en ella nada mustio ni seco. Después, cava en derredor hasta sus más profundas raíces, remueve profundamente la tierra con un buen azadón, y si ve que alguna raíz echa brotes, los corta con la podadera. Y cuanto más a conciencia arranca los brotes superfluos o inútiles, tanto más crece y produce frutos lozanos y abundantes.

Del mismo modo, Dios castiga y azota a los que ama: castiga a sus hijos preferidos. Aceptar la corrección aquí sobre la tierra es propio de aquellos a quienes es dado gozar de la eternidad; en cambio, el que murmura de la corrección no se acerca al que está sobre él. Más aún: pierde la herencia de la felicidad eterna, si no acepta con paciencia y amor la corrección de Dios Padre. Y si, además, murmurase de la corrección del Señor, tenga por cierto que incurrirá en la pena de los murmuradores.

Así que, amadísimos hermanos, vosotros no murmuréis si en alguna ocasión cayereis bajo la corrección del Señor; ni perdáis el ánimo al ser reprendidos por él. Ningún castigo nos gusta cuando lo recibimos, sino que nos duele; pero después de pasar por él, nos da como fruto una vida honrada y en paz. Con los castigos del Señor se debilita elardor de los placeres carnales, a la vez que se robustecen las virtudes del alma. La carne pierde lo que tenía de superfluo; y el espíritu adquiere las virtudes de que carecía. De esta suerte, mediante los castigos del Señor aumentan las virtudes y son extirpados los vicios; se desprecian las cosas terrenas y se aman las celestiales.

Nosotros que esperamos, impacientes, los premios eternos, si nos sobreviniere alguna grave enfermedad o una fuerte tentación o incluso un notable detrimento en bienes materiales, debemos crecernos en tales dificultades, pues al arreciar la lucha, no cabe duda de que nos espera una victoria más gloriosa. La medida del ardor con que anhelamos a Dios se demuestra en esto: si caminamos hacia él no sólo en la tranquilidad y en la prosperidad, sino también en circunstancias adversas y difíciles. A los eternos gozos ya no nos es posible volver, si no es perdiendo los bienes temporales: y por eso en la esperanza de la alegría que no pasa, debemos considerar todas las cosas adversas como una no despreciable prosperidad.

Ln divina severidad no permite que nuestros pecados permanezcan impunes, sino que la ira de su juicio comienza al presente con nuestra corrección, para apaciguarse con la condenación de los réprobos. Porque el médico está en nuestro interior, y amputa el contagio del pecado, que no puede consentir se adhiera a la médula de los huesos: saja el virus de la corrupción con el bisturí de la tribulación. Es lo que dice la Verdad: A todo sarmiento mío que da fruto, Dios Padre lo poda, para que dé más fruto: pues el alma que se halla en la tentación, cuando considera lo que le aleja de su prístina solidez en la virtud, se echa a temblar preocupada ante la simple posibilidad de perder definitivamente lo que hace algún tiempo había comenzado a ser. Entonces empuña la espada de la oración, el llanto de la compunción, debilitando así la tentación y reportando sobre ella una gloriosa victoria. Aunque no el alma, sino la gracia de Dios por su medio.

Y así sucede que, el alma que en la prosperidad yacía perezosa y como infecunda, se alza más fuerte y vigorosa dispuesta a dar fruto.



SÁBADO


PRIMER LECTURA

Del libro del profeta Amós 5, 18-6, 15

El día del Señor. Contra el culto y la falsa seguridad

¡Ay de los que ansían el día del Señor!
¿De qué os servirá el día del Señor si es tenebroso y sin luz?

Como cuando huye uno del león y topa con el oso,
o se mete en casa, apoya la mano en la pared,
y le pica la culebra.

¿No es el día del Señor tenebroso y sin luz,
oscuridad sin resplandor?

Detesto y rehúso vuestras fiestas —oráculo del Señor—,
no quiero oler vuestra ofrendas.

Aunque me ofrezcáis holocaustos y dones,
no me agradarán;
no aceptaré los terneros cebados que sacrificáis en acción de gracias.

Retirad de mi presencia el estruendo del canto,
no quiero escuchar el son de la cítara;
fluya como el agua el juicio,
la justicia como arroyo perenne.

¿Es que en el desierto, durante cuarenta años,
me traíais ofrendas y sacrificios, casa de Israel?

Tendréis que transportar a Sacut y Queván
imágenes de vuestros dioses astrales,
que vosotros os fabricasteis,
cuando os destierre más allá de Damasco.
Dice el Señor, Dios de los ejércitos.
¡Ay de los que se fían de Sión, confían en el monte de Samaria!
Se consideran la flor y nata de los pueblos
y la casa de Israel acude a ellos.
Id a Calno y observad,
de allí seguid a Jamat la Grande
y bajad a Gat de Filistea:
¿valéis más que esos reinos,
es más extenso vuestro territorio?

Queréis espantar el día funesto
aplicando un cetro de violencia.

Os acostáis en lechos de marfil,
tumbados sobre las camas,
coméis los carneros del rebaño
y las terneras del establo;
canturreáis al son del arpa,
inventáis, como David, instrumentos musicales;
bebéis vinos generosos,
os ungís con los mejores perfumes
y no os doléis del desastre de José.

Por eso irán al destierro, a la cabeza de los cautivos,
se acabó la orgía de los disolutos.

Oráculo del Señor, Dios de los ejércitos:

El Señor lo ha jurado por su vida:

Porque detesto el fasto de Jacob y odio sus palacios,
entregaré la ciudad y sus habitantes.

El Señor ha dado órdenes de reducir
a escombros las mansiones, a cascotes los tugurios.
Y si quedan diez hombres en una casa, morirán.

(El tío y el incinerador vendrán a sacar los huesos de la casa.

Uno dirá al que está en el rincón de la casa:
¿Te queda alguno?
Responderá: Ninguno.
Y él dirá: Chsss...
Pues no es hora de pronunciar el nombre del Señor).
¿Corren los caballos por peñascos?,
¿se puede arar con toros?
Pues vosotros convertís en veneno el derecho,
la justicia en acíbar.

Quedáis satisfechos con una nadería,
os gloriáis de haber conquistado
con vuestro esfuerzo Doscuernos.

Pues yo, casa de Israel,
—oráculo del Señor, Dios de los ejércitos—,
suscitaré contra vosotros un pueblo que os oprimirá
desde el Paso de Jamat hasta el torrente de los Sauces.


SEGUNDA LECTURA

San Ireneo de Lyon, Tratado contra las herejías (Lib 4,17, 4-6: SC 100, 590-594)

Quiero misericordia y no sacrificios

Dios quería de los israelitas, por su propio bien, no sacrificios y holocaustos, sino fe, obediencia y justicia. Y así, por boca del profeta Oseas, les manifestaba su voluntad, diciendo: Quiero misericordia y no sacrificios; conocimiento de Dios, más que holocaustos. Y el mismo Señor en persona les advertía: Si comprendierais lo que significa: «Quiero misericordia y no sacrificios», no condenaríais a los que no tienen culpa, con lo cual daba testimonio a favor de los profetas, de que predicaban la verdad, y a ellos les echaba en cara su culpable ignorancia.

Y, al enseñar a sus discípulos a ofrecer a Dios las primicias de su creación, no porque él lo necesite, sino para el propio provecho de ellos, y para que se mostrasen agradecidos, tomó pan, que es un elemento de la creación, pronunció la acción de gracias, y dijo: Esto es mi cuerpo. Del mismo modo, afirmó que el cáliz, que es también parte de esta naturaleza creada a la que pertenecemos, es su propia sangre, con lo cual nos enseñó cuál es la oblación del nuevo Testamento; y la Iglesia, habiendo recibido de los apóstoles esta oblación, ofrece en todo el mundo a Dios, que nos da el alimento, las primicias de sus dones en el nuevo Testamento, acerca de lo cual Malaquías, uno de los doce profetas menores, anunció por adelantado: Vosotros no me agradáis —dice el Señor de los ejércitos—, no me complazco en la ofrenda de vuestras manos. Del Oriente al Poniente es grande entre las naciones mi nombre; en todo lugar ofrecerán incienso y sacrificio a mi nombre, una ofrenda pura, porque es grande mi nombre entre las naciones —dice el Señor de los ejércitos—, con las cuales palabras manifiesta con toda claridadque cesarán los sacrificios del pueblo antiguo y que en todo lugar se le ofrecerá un sacrificio, y éste ciertamente puro, y que su nombre será glorificado entre las naciones.

Este nombre que ha de ser glorificado entre las naciones no es otro que el de nuestro Señor, por el cual es glorificado el Padre, y también el hombre. Y si el Padre se refiere a su nombre es porque en realidad es el mismo nombre de su propio Hijo, y porque el hombre ha sido hecho por él. Del mismo modo que un rey, si pinta una imagen de su hijo, con toda propiedad podrá llamar suya aquella imagen, por la doble razón de que es la imagen de su hijo y de que es él quien la ha pintado, así también el Padre afirma que el nombre de Jesucristo, que es glorificado por todo el mundo en la Iglesia, es suyo porque es el de su Hijo y porque él mismo, que escribe estas cosas, lo ha entregado por la salvación de los hombres.

Por lo tanto, puesto que el nombre del Hijo es propio del Padre, y la Iglesia ofrece al Dios todopoderoso por Jesucristo, con razón dice, por este doble motivo: En todo lugar ofrecerán incienso y sacrificio a mi nombre, una ofrenda pura. Y Juan, en el Apocalipsis, nos enseña que el incienso es las oraciones de los santos.


DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Amós 7, 1-17

Visiones proféticas de desastre

Esto me mostró el Señor: Preparaba langosta cuando comienza a crecer la hierba, la hierba que brota después de la segazón del rey. Y, cuando estaba devorando toda la hierba de la tierra, dije:

«Señor, perdona. ¿Cómo resistirá Jacob, pues es tan pequeño?»

Se compadeció el Señor por mi intercesión:

«No sucederá», dijo el Señor.

Esto me mostró el Señor: Llamaba para el juicio al fuego, que devoraba el océano y el campo. Yo dije:

«Perdona, Señor. ¿Cómo resistirá Jacob, pues es tan pequeño?»

Se compadeció el Señor por mi intercesión:

«No sucederá», dijo el Señor.

Esto me mostró el Señor: Estaba el Señor en pie junto al muro, con una plomada en la mano. Me dijo el Señor:

«¿Qué ves, Amós?»

Respondí:

«Una plomada».

Dijo él:

«Echaré la plomada en medio de mi pueblo; esta vez no dejará de suceder. Quedarán desoladas las alturas de Isaac, los santuarios de Israel se arruinarán, me levantaré con la espada contra la dinastía de Jeroboam».

Entonces Amasías, sacerdote de Casa-de-Dios, envió un mensaje a Jeroboam, rey de Israel:

«Amós conjura contra ti en medio de Israel; la tierra ya no puede soportar sus palabras. Porque así predica Amós: "Morirá a espada Jeroboam. Israel saldrá de su país al destierro"».

Dijo Amasías a Amós:

«Vidente, vete y refúgiate en tierra de Judá; come allí tu pan y profetiza allí. No vuelvas a profetizar en Casa-de-Dios, porque es el santuario real, el templo del país».

Respondió Amós:

«No soy profeta ni hijo de profeta, sino pastor y cultivador de higos. El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: "Ve y profetiza a mi pueblo de Israel".

Y ahora, escucha la palabra del Señor:

Tú dices: "No profetices contra la casa de Israel, no prediques contra la casa de Isaac". Pues bien, así dice el Señor: "Tu mujer será deshonrada en la ciudad, tus hijos e hijas caerán a espada; tu tierra será repartida a cordel, tú morirás en tierra pagana, Israel saldrá de su país al destierro"».


SEGUNDA LECTURA

San Clemente de Alejandría, Los tapices (Lib 6: PG 9, 295-298)

Adorar a Dios mediante la verdadera santidad
de las obras y del conocimiento

¿No es verdad que quien peregrina hacia Dios por el amor —aunque su tienda se vea todavía visible en la tierra—, no se desentiende ciertamente de la vida, pero sí que aparta a su alma de las pasiones, vive incluso en la mortificación de sus apetitos y no dispone ya del propio cuerpo, al que sólo le permite lo estrictamente necesario, para no ofrecerle en bandeja motivos de disolución?

¿Cómo va a necesitar aún de fortaleza quien está libre de todo mal, como si ya no viviera en este mundo y todo su ser estuviera con aquel a quien ama? ¿Qué uso va a hacer de la templanza, quien no la necesita? Tener apetencias tales que sea preciso recurrir a la templanza para reprimirlas, no es propio de quien está ya limpio, sino de aquel que todavía está bajo el dominio de las pasiones. La fortaleza tiene como misión vencer el miedo y la timidez. Es efectivamente indecoroso que el amigo de Dios, a quien Dios predestinó antes de crear el mundo a formar en las filas de los hijos adoptivos, sea juguete de las pasiones y temores y haya de emplearse en mantener a raya las perturbaciones del alma.

Más me atrevería a decir: así como uno es predestinado en base a sus obras futuras y a las consecuencias que de ellas se derivarán, así también él tiene por predestinado a aquel a quien ama por aquel a quien conoce: pues él no conoce el futuro a base de conjeturas más o menos ciertas como la mayor parte de los hombres que viven de conjeturas, sino que por conocimiento de fe recibe como cosa cierta lo que para los demás es incierto y oscuro. Y por la caridad le está ya presente el futuro.

En efecto, él ha creído —por profecía y por presencia—al Dios que no miente; por eso posee lo que ha creído y obtiene la promesa, pues es la verdad la que ha prometido; y como quiera que el que ha prometido es digno de fe, recibe con plena seguridad, mediante el conocimiento, el fin de la promesa.

Y el que conoce que el estado en que se encuentra le confiere la segura comprensión de las cosas futuras, va al encuentro del futuro por caridad. En consecuencia, no ansiará ciertamente conseguir los bienes de aquí abajo, persuadido como está de conseguir los que en realidad son los bienes verdaderos; deseará más bien poseer aquella fe que colme plenamente sus deseos: deseará, además, que cuantos más mejor lleguen a ser semejantes a él, para gloria de Dios, que alcanza su perfección mediante el conocimiento. Porque aquel que se asemeja al Salvador, se convierte él mismo en instrumento de salvación, por cuanto a la naturaleza humana le asiste la posibilidad de reproducir su imagen obedeciendo en todo sus mandamientos. Esto es adorar a Dios, mediante la verdadera santidad de las obras y del conocimiento.

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Amós 8, 1-14

Otras visiones

Esto me mostró el Señor: Un cesto de higos maduros. Me preguntó:

—¿Qué ves, Amós?

Respondí:

—Un cesto de higos maduros.

Me explicó:

—Maduro está mi pueblo, Israel, y ya no pasaré de largo. Aquel día —oráculo del Señor— gemirán las cantoras del templo: «¡Cuántos cadáveres arrojados por todas partes. Chsss!»

Escuchad los que oprimís al pobre, despojáis a los miserables, diciendo: ¿Cuándo pasará la luna nueva para vender el trigo, y el sábado para ofrecer el grano? Disminuís la medida, aumentáis el precio, usáis balanza con trampa, compráis con dinero al pobre, al mísero por un par de sandalias, vendiendo hasta el salvado del trigo. ¡Jura el Señor por la gloria de Jacob que no olvidará jamás vuestras acciones!

¿Y no va a temblar la tierra,
no van a hacer luto sus habitantes?

Se alzará toda como el Nilo,
como el Nilo se agitará y se calmará.

Aquel día —oráculo del Señor
haré ponerse el sol a mediodía,
y en pleno día oscurecerá la tierra.

Cambiaré vuestras fiestas en luto,
vuestros cantos en elegía;
vestirá de saco toda cintura,
quedará calva toda cabeza.

Y habrá un llanto como por el hijo único,
y será el final, como día amargo.

Mirad que llegan días —oráculo del Señor—
en que enviaré hambre a la tierra:
no hambre de pan ni sed de agua,
sino de escuchar la palabra del Señor.

Irán vacilantes de Oriente a Occidente, de Norte a Sur,
vagarán buscando la palabra del Señor, y no la encontrarán.

Aquel día desfallecerán de sed
las bellas muchachas y los mozos.

Los que juran: «Por Asima de Samaria, por la vida de tu Dios, Dan,
por la vida del señor de Berseba», caerán para no levantarse.


SEGUNDA LECTURA

Homilía 50 del Crisóstomo latino (PLS 4, 825-826.828-830)

Éstos son los pastos que dio Dios a los creyentes

El Señor es mi pastor, nada me falta. Fijaos cómo se recomienda la Iglesia por boca de sus hijos: pues realmente aquel a quien Dios pastorea no puede caer y descarriarse. Este es nuestro rey, que día y noche rige nuestros corazones y nuestros cuerpos, conserva nuestros sentidos interiores y exteriores, y nada nos falta.

Es posible que haya quien afirme que aquel a quien Dios pastorea y nada le falta, tiene puestos los sentidos únicamente en las cosas temporales. ¿Qué significa «nada me falta», sino tener el oído atento a las peticiones que se le hacen? Rige y no niega nada. Lo que acaba de afirmar: Nada le falta es una gran cosa. Cuando no se peca contra Dios, él otorga la sabiduría, la prudencia, la templanza, la fortaleza y la justicia: y si éstas no faltan, ¿qué puede ambicionar el avaro? Dios mismo en su totalidad va involucrado en estas virtudes: y aquel en quien Dios está con toda su plenitud nunca será reo.

El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar. ¡Gran cosa son estos pastos! Estos banquetes siempre sacian, nunca faltan. Porque, ¿os interesa saber cómo alimenta Dios a los que le esperan, es decir, a los que en él tienen puesta su confianza? Dijo el profeta: Mirad que llegan días en que enviaré hambre a la tierra: no hambre de pan ni sed de agua, sino de escuchar la palabra del Señor. Cuando nuestra alma llega a este campo de la ley y a las flores de la alianza, se siente alimentada, apacentada, nutrida, engordada y exulta en la simplicidad del corazón: el alma allí colocada progresa, descansa, exulta y se gloría.

Este buen pastor, que da la vida por sus ovejas, otorgó tales pastos a los creyentes que esperan en él y llegan allí donde hace descansar a las almas en seguridad. Por tanto, en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. ¡Gran cosa es este agua! Lava la suciedad, quita las manchas, hace capaz al rudo: despojando de la vieja condición humana, con sus obras, y revistiendo de la nueva condición, creada a imagen de Dios.

Este agua ostenta la primicia entre los elementos. Pero cuando este elemento recibe el Espíritu Santo, se convierte en sacramento, de modo que ya no es agua para beber, sino para santificar; ya no es agua común, sino alimento espiritual. Por medio de este agua los conduce fuera purificados, los hace perfectos, iluminándolos y colmándolos con el esplendor de la gracia: si creció el delito, sobreabundará la gracia.

Me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa. Gracias, Señor Jesús, por habernos mostrado este aceite. En este aceite reconocemos el óleo del crisma. Cristo, en efecto, es llamado el Ungido, y los cristianos derivan su nombre de la «unción». Cuál sea esta copa, escuchad. Esta es la copa que el Señor tiene en la mano, un vaso lleno de vino drogado. Este es el cáliz respecto del cual gritó en el momento de su pasión: Padre, si es posible, pase de mí este cáliz. Y porque nos dio un modelo de obediencia, añadió a renglón seguido: Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres. De este cáliz bebe la Iglesia, este cáliz es el que emborrachó a los mártires. Mas para que podáis apreciar la esplendidez de este cáliz, fijaos en el resplandor que irradia por todo el mundo la pasión de los apóstoles y de los mártires.


 


MARTES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Amós 9, 1-15

La salvación de los justos

Vi al Señor en pie, junto al altar, que decía:

«Golpea los capiteles, y trepidarán los umbrales. Arrancaré a todos los capitanes y daré muerte a espada a su séquito; no escapará ni un fugitivo, no se salvará ni un evadido. Aunque perforen hasta el abismo, de allí los sacará mi mano; aunque escalen el cielo, de allí los derribaré; aunque se escondan en la cima del Carmelo, allí los descubriré y agarraré; aunque se me oculten en lo hondo del mar, allá enviaré la serpiente que los muerda; aunque vayan cautivos delante del enemigo, allá enviaré la espada que los mate. Clavaré en ellos mis ojos para mal, no para bien".

El Señor de los ejércitos, que al tocar la tierra la zarandea, en un flujo y reflujo como el del Nilo, y hacen duelo sus habitantes; que. construye en el cielo su escalinata y cimenta su bóveda sobre la tierra; que convoca las aguas del mar y las derrama sobre la superficie de la tierra; se llama el Señor.

«¿No sois para mí como etíopes, israelitas? —oráculo del Señor—. Si saqué a Israel de Egipto, saqué a los filisteos de Creta y a los sirios de Quir. Mirad, el Señor clava los ojos sobre el reino pecador y lo extirparé de la superficie de la tierra, aunque no aniquilaré a la casa de Jacob —oráculo del Señor—. Mirad, daré órdenes de zarandear a Israel entre las naciones, como se zarandea una criba sin que caiga un grano a tierra. Pero morirán a espada todos los pecadores de mi pueblo; los que dicen: "No llega, no nos alcanza la desgracia".

Aquel día levantaré la tienda caída de David, taparé sus brechas, levantaré sus ruinas como en otros tiempos.

Para que posean las primicias de Edom, y de todas las naciones, donde se invocó mi nombre. —Oráculo del Señor—.

Mirad que llegan días —oráculo del Señor— en que el que ara sigue de cerca al segador; el que pisa las uvas, al sembrador; los montes manarán vino, y fluirán los collados. Haré volver los cautivos de Israel, edificarán ciudades destruidas y las habitarán, plantarán viñas y beberán de su vino, cultivarán huertos y comerán de sus frutos. Los plantaré en su campo, y no serán arrancados del campo que yo les di, dice el Señor, tu Dios».


SEGUNDA LECTURA

San Beda el Venerable, Homilía 1 (16: CCL. 122, 117-118)

Somos el pueblo de Dios

Nosotros, carísimos hermanos, nosotros somos el pueblo de Dios, nosotros que, liberados a través del Mar Rojo, sacudimos el yugo de la servidumbre de Egipto, ya que por medio del bautismo hemos recibido el perdón de los pecados, que nos oprimían; nosotros que, a través de los afanes de la presente vida, como en la aridez del desierto, esperamos el ingreso en la patria celestial tal como se nos ha prometido. En ese mencionado desierto corremos el riesgo de desfallecer, si no nos comunican vigor los dones de nuestro Redentor; si no nos renuevan los sacramentos de su encarnación.

El es precisamente el maná que, como alimento celestial, nos reconforta para que no desfallezcamos en la andadura de la presente vida; él la roca que nos sacia con dones espirituales; la roca que golpeada por el leño de la cruz, manó de su costado y en beneficio nuestro el agua de la vida. Por eso dice en el evangelio: Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed. Y según una sucesión de figuras bastante congruente, primero el pueblo fue salvado a través del mar, para llegar en un segundo momento y místicamente al alimento del maná y a la roca del agua, porque en primer lugar nos lava en el agua del segundo nacimiento, y luego nos conduce a la participación del altar sagrado, para darnos la oportunidad de comulgar en el cuerpo y sangre de nuestro Redentor. Nos ha parecido bueno exponer con cierta amplitud estas realidades relativas al misterio de la piedra espiritual, de la que tomó nombre el primer pastor de la Iglesia, y en la que se mantiene inmóvil e inquebrantable todo el edificio de la santa Iglesia y mediante la cual la Iglesia misma nace y se alimenta, porque en el corazón de los oyentes suelen quedar mucho más grabadas y a veces incluso con mayor amenidad las cosas prefiguradas en el pasado y luego esclarecidas mediante una explicación de su sentido espiritual, que aquellas propuestas a la aceptación creyente o a la ejecución operante mediante el solo recurso de una simple narración, sin el adorno de imágenes y ejemplos.

Procuremos, carísimos hermanos, que, acogiéndonos constantemente a la protección del baluarte de esta roca, jamás seamos arrancados de la firmeza de la fe ni por el terror provocado por la contrariedad de las cosas que pasan ni por la sirena de la comodidad. De momento, dando de lado a las delicias temporales, encontremos sólo deleite en los dones celestiales de nuestro Redentor, y, entre las brumas del siglo, hallemos sólo consuelo en la esperanza de aquella visión.

Meditemos atentamente el egregio ejemplo de David, profeta y rey, quien, no pudiendo encontrar solaz para su alma en la abundancia de honores y riquezas que trae consigo el ajetreo del reino, elevando finalmente la mirada del alma al deseo de las cosas celestiales, se acordó de Dios y se llenó de júbilo. Afanémonos, pues, en apartar de nuestro cuerpo y de nuestra alma el obstáculo de los vicios que acostumbran a impedir la visión de Dios, a fin de que merezcamos conseguirla. Pues a él no se llega si no es caminando en la rectitud de corazón, ni es posible contemplar su rostro inmaculado si no es por los limpios de corazón. Dichosos los limpios de corazón, porque ellosverán a Dios. Lo cual se digne concedernos el que se ha dignado prometerlo, Jesucristo, Dios y Señor nuestro, que vive y reina con el Padre en la unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.



MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

Comienza el libro del profeta Oseas 1, 1-9; 3, 1-5

El profeta como signo del amor de Dios hacia su pueblo

Palabra del Señor que recibió Oseas, hijo de Beeri, durante los reinados de Ozías, Yotam, Ajaz y Ezequías en Judá, y de Jeroboam, hijo de Joás, en Israel.

Comienzan las palabras del Señor a Oseas: Dijo el Señor a Oseas:

Anda, toma una mujer prostituta y ten hijos de prostitución, porque toda la tierra se ha prostituido, apartándose del Señor».

El fue y tomó a Gomer, hija de Diblaim, la cual concibió y le parió un hijo. El Señor le dijo:

«Llámale Yezrael, porque muy pronto tomaré cuentas de la sangre de Yezrael a la casa de Yehú, y pondré fin al reino de Israel. Aquel día romperé el arco de Israel en el valle de Yezrael».

Ella volvió a concebir y parió una hija. El Señor le dijo:

«Llámala No-compadecida, porque ya no me compadeceré de la casa de Israel. Pero de la casa de Judá me compadeceré y la salvaré por el Señor, su Dios; no los salvaré con arcos ni espadas, ni batallas, ni caballos, ni jinetes».

Gomer destetó a No-compadecida, y concibió y parió un hijo. Dijo el Señor:

«Llámale No-es-mi-pueblo, porque vosotros no sois mi pueblo, ni yo seré para vosotros El-Que-Soy».

Me dijo el Señor:

«Vete otra vez, ama a una mujer amante de otro y adúltera, como ama el Señor a los israelitas, a pesar de que siguen a dioses ajenos, golosos de tortas de uva».

Me la compré por quince pesos de plata, y fanega y media de cebada, y le dije:

«Muchos años vivirás conmigo; no fornicarás ni estarás con hombre alguno, ni yo estaré contigo».

Porque muchos años vivirán los israelitas sin rey y sin príncipe, sin sacrificios y sin estelas, sin imágenes ni amuletos. Después volverán a buscar los israelitas al Señor, su Dios, y a David, su rey; temblando acudirán al Señor y a su riqueza, al final de los tiempos.


SEGUNDA LECTURA

Balduino de Cantorbery, Tratado 10 (PL 204, 513-514.516)

Es fuerte el amor como la muerte

Es fuerte la muerte, que puede privarnos del don de la vida. Es fuerte el amor, que puede restituirnos a una vida mejor.

Es fuerte la muerte, que tiene poder para desposeernos de los despojos de este cuerpo. Es fuerte el amor, que tiene poder para arrebatar a la muerte su presa y devolvérnosla.

Es fuerte la muerte, a la que nadie puede resistir. Es fuerte el amor, capaz de vencerla, de embotar su aguijón, de reprimir sus embates, de confundir su victoria. Lo cual tendrá lugar cuando podamos apostrofarla, diciendo: ¿Dónde están tus pestes, muerte? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?

Es fuerte el amor como la muerte, porque el amor de Cristo da muerte a la misma muerte. Por esto dice: Oh muerte, yo seré tu muerte; país de los muertos, yo seré tu aguijón. También el amor con que nosotros amamos a Cristo es fuerte como la muerte, ya que viene a ser él mismo como una muerte, en cuanto que es el aniquilamiento de la vida anterior, la abolición de las malas costumbres y el sepelio de las obras muertas.

Este nuestro amor para con Cristo es como un intercambio de dos cosas semejantes, aunque su amor hacia nosotros supera al nuestro. Porque él nos amó primero y, con el ejemplo de amor que nos dio, se ha hecho para nosotros como un sello, mediante el cual nos hacemos conformes a su imagen, abandonando la imagen del hombre terreno y llevando la imagen del hombre celestial, por el hecho de amarlo como él nos ha amado. Porque en esto nos ha dejado un ejemplo para que sigamos sus huellas.

Por esto dice: Grábame como un sello en tu corazón. Es como si dijera: «Ámame, como yo te amo. Tenme en tu pensamiento, en tu recuerdo, en tu deseo, en tus suspiros, en tus gemidos y sollozos. Acuérdate, hombre, qué tal te he hecho, cuán por encima te he puesto de las demás criaturas, con qué dignidad te he ennoblecido, cómo te he coronado de gloria y de honor, cómo te he hecho un poco inferior a los ángeles, cómo he puesto bajo tus pies todas las cosas. Acuérdate no sólo de cuán grandes cosas he hecho para ti, sino también de cuán duras y humillantes cosas he sufrido por ti; y dime si no obras perversamente cuando dejas de amarme. ¿Quién te ama como yo? ¿Quién te ha creado sino yo? ¿Quién te ha redimido sino yo?»

Quita de mí, Señor, este corazón de piedra, quita de mí este corazón endurecido, incircunciso. Tú que purificas los corazones y amas los corazones puros, toma posesión de mi corazón y habita en él, llénalo con tu presencia, tú que eres superior a lo más grande que hay en mí y que estás más dentro de mí que mi propia intimidad. Tú que eres el modelo perfecto de la belleza y el sello de la santidad, sella mi corazón con la impronta de tu imagen; sella mi corazón, por tu misericordia, tú, Dios, por quien se consume mi corazón, mi lote perpetuo. Amén.



JUEVES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Oseas 2, 4.8-25

Castigo y futura restauración de la esposa del Señor

Así dice el Señor:

«Poned pleito contra vuestra madre, ponedle pleito. Porque ella no es mi mujer, y yo no soy su marido, para que se quite de la cara sus fornicaciones.

Pero aquí estoy; voy a cercar tu sendero con espinos, derribaré tus tapias, y no encontrarás tu camino. Perseguirás a tus amantes, y no los hallarás; los buscarás, y no los encontrarás; y entonces dirás: "Voy a volver a mi marido, al primero, porque entonces me iba mejor que ahora". Y ella no comprendía que era yo quien le daba el trigo y el vino y el aceite. Yo multiplicaba su plata, y ella con el oro se hacía ídolos.

Por eso, me volveré atrás, le quitaré mi trigo en su sazón, mi vino en su tiempo, le arrancaré mi lana y mi lino, con que cubría su desnudez. Descubriré su infamia ante sus amantes, y nadie la librará de mi mano; pondré fin a sus alegrías, sus fiestas, sus novilunios, sus sábados y todas sus solemnidades. Secaré su vid y su higuera, de los que decía: "Estos son mi paga; me los dieron mis amantes". Los volveré selva y matorrales, y los devorarán las alimañas. Le tomaré cuentas por las fiestas de los ídolos, cuando les ofrecía incienso, enjoyándose para ir con sus amantes, olvidada de mí. —Oráculo del Señor—.

Pero yo la cortejaré, me la llevaré al desierto, le hablaré al corazón. Le regalaré sus antiguos huertos, el Valle de la Desgracia lo haré Paso de la Esperanza, y me responderá allí como en los días de su juventud, como el día en que la saqué de Egipto.

Aquel día —oráculo del Señor—, me llamará Esposo mío, no me llamará Ídolo mío. Arrancaré de su boca los nombres de los ídolos, y no se acordará más de invocarlos. Aquel día haré para ellos una alianza, con las fieras del campo y las aves del cielo y los reptiles de la tierra. Romperé en su país arco, espada y armas, y les haré vivir tranquilos.

Me casaré contigo en matrimonio perpetuo, me casaré contigo en derecho y justicia, en misericordia y compasión, me casaré contigo en fidelidad, y te penetrarás del Señor.

Aquel día —oráculo del Señor—, escucharé a los cielos, ellos escucharán a la tierra, la tierra escuchará al trigo y al vino y al aceite, y ellos escucharán a Yezrael. Me lasembraré en el país, me compadeceré de No-compadecida, diré a No-es-mi-pueblo: "Tú eres mi pueblo", y él dirá "Tú eres mi Dios"».


SEGUNDA LECTURA

San Juan de la Cruz, Cántico espiritual (Canción 39, 4-7)

Me casaré contigo en matrimonio perpetuo

En la transformación que el alma tiene en esta vida, pasa esta misma aspiración de Dios al alma y del alma a Dios con mucha frecuencia, con subidísimo deleite de amor en el alma, aunque no en revelado y manifiesto grado, como en la otra vida. Porque esto es lo que entiendo quiso decir san Pablo cuando dijo: Por cuanto sois hijos de Dios, envió Dios a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, clamando al Padre.

Y no hay que tener por imposible que el alma pueda una cosa tan alta, que el alma aspire en Dios como Dios aspira en ella por modo participado, porque, dado que Dios le haga merced de unirla en la Santísima Trinidad; en que el alma se hace deiforme y Dios por participación, ¿qué increíble cosa es que obre ella también su obra de entendimiento, noticia y amor, o, por mejor decir, la tenga obrada en la Trinidad juntamente con ella como la misma Trinidad, pero por modo comunicado y participado, obrándolo Dios en la misma alma? Porque esto es estar transformada en las tres Personas en potencia y sabiduría y amor, y en esto es semejante el alma a Dios, y para que pudiese venir a esto la crió a su imagen y semejanza.

Y cómo esto sea, no hay más saber ni poder para decirlo, sino dar a entender cómo el Hijo de Dios nos alcanzó este alto estado y nos mereció este subido puesto de poder ser hijos de Dios, como dice san Juan; y así lo pidió al Padre por el mismo san Juan, diciendo: Padre, quiero que los que me has dado, que, donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean la claridad que me diste; es, a saber, que hagan por participación en nosotros, la misma obra que yo por naturaleza, que es aspirar el Espíritu Santo. Y dice más: No ruego, Padre, solamente por estos presentes, sino también por aquellos que han de creer por su doctrina en mí; que todos ellos sean una misma cosa, de la manera que tú, Padre, estás en mí y yo en ti; así ellos en nosotros sean una misma cosa. Y yo, la claridad que me has dado, he dado a ellos, para que sean una misma cosa, como nosotros somos una misma cosa, yo en ellos y tú en mí; para que sean perfectos en uno, para que conozca el mundo que tú me enviaste y los amaste como me amaste a mí, que es comunicándoles el mismo amor que al Hijo, aunque no naturalmente como al Hijo, sino, como habemos dicho, por unidad y transformación de amor. Como tampoco, se entiende, aquí quiere decir el Hijo al Padre que sean los santos una cosa esencial y naturalmente como lo son el Padre y el Hijo, sino que lo sean por unión de amor, como el Padre y el Hijo están en unidad de amor.

De donde las almas esos mismos bienes poseen por participación que él por naturaleza; por lo cual verdaderamente son dioses por participación, iguales y compañeros suyos de Dios. De donde san Pedro dijo: Gracia y paz sea cumplida y perfecta en vosotros en el conocimiento de Dios y de Jesucristo, nuestro Señor, de la manera que nos son dadas todas las cosas de su divina virtud por la vida y la piedad, por el conocimiento de aquel que nos llamó con su propia gloria y virtud, por el cual muy grandes y preciosas promesas nos dio, para que por estas cosas seamos hechos compañeros de la divina naturaleza.

Hasta aquí son palabras de san Pedro, en.las cuales da claramente a entender que el alma participará al mismo Dios, que será obrando en él, acompañadamente con 4 la obra de la Santísima Trinidad, de la manera que habemos dicho, por causa de la unión sustancial entre el alma y Dios. Lo cual, aunque se cumple perfectamente en la otra vida, todavía en ésta, cuando se llega al estado perfecto, como decimos, ha llegado aquí el alma, se alcanza gran rastro y sabor de ella, al modo que vamos diciendo, aunque, como habemos dicho, no se puede decir.

¡Oh almas criadas para esas grandezas y para ellas llamadas!, ¿qué hacéis?, ¿en que os entretenéis? Vuestras pretensiones son bajezas y vuestras posesiones miserias. ¡Oh miserable ceguera de los ojos de vuestra alma, pues para tanta luz estáis ciegos y para tan grandes voces sordos, no viendo que, en tanto que buscáis grandezas y glorias, os quedáis miserables y bajos, de tantos bienes hechos ignorantes e indignos!



VIERNES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Oseas

Corrupción generalizada de Israel,
incluso entre los sacerdotes

Escuchad la palabra del Señor, hijos de Israel:
el Señor pone pleito a los habitantes del país,
que no hay verdad ni lealtad
ni conocimiento de Dios en el país,
sino juramento y mentira, asesinato y robo,
adulterio y libertinaje, homicidio tras homicidio.

Por eso gime la tierra y desfallecen sus habitantes:
hasta las fieras salvajes, hasta las aves del cielo,
incluso los peces del mar desaparecen.

Que nadie acuse, que nadie reprenda;
¡contigo va mi pleito, sacerdote!

Tropezarás de día contigo,
tropezará el profeta de noche.

Perecerá tu patria, perecerá mi pueblo,
por falta de conocimiento.

Porque tú has rehusado el conocimiento,
yo te rehusaré mi sacerdocio;
te olvidaste de la ley de tu Dios,
también yo me olvidaré de tus hijos.

Cuantos más son, más pecan contra mí;
cambiaré su dignidad en ignominia.

Se alimentan del pecado de mi pueblo
y con sus culpas matan el hambre.

Pueblo y sacerdote correrán la misma suerte:
les tomaré cuenta de su conducta
y les daré la paga de sus acciones.

Comerán y no se saciarán,
fornicarán sin quedar satisfechos,
porque abandonaron al Señor
para entregarse a la fornicación.

Escuchadlo, sacerdotes; atended, israelitas;
casa real, oíd: Es contra vosotros la sentencia.

Porque fuisteis trampa en Atalaya,
red tendida sobre el Tabor
y fosa cavada en Sitín.

Yo los castigaré a todos: yo conozco a Efraín,
Israel no me es desconocido;
sí, tú, Efraín, has fornicado,
Israel está contaminado.

No los dejan sus acciones convertirse a su Dios,
porque llevan dentro un espíritu de fornicación
y no conocen al Señor.

La arrogancia de Israel lo acusará a la cara,
Efraín tropezará en sus delitos
(también Judá tropezará con ellos).

Con ovejas y vacas irán en busca del Señor,
sin encontrarlo, pues se ha apartado de ellos;
engañaron al Señor y tuvieron hijos bastardos,
pues ahora un intruso les comerá las fincas.


SEGUNDA LECTURA

Ferrando de Cartago, Carta dogmática contra los arrianos (PLS 4, 34-35)

Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre

Jesús es garante de una alianza más valiosa. De aquéllos ha habido multitud de sacerdotes, porque la muerte les impedía permanecer; como éste, en cambio, permanece para siempre, tiene el sacerdocio que no pasa. De ahí que puede salvar definitivamente a los que por medio de él se acercan a Dios, porque vive siempre para interceder en su favor.

Así pues, en cuanto que posee un sacerdocio que no pasa, en tanto permanece sacerdote eternamente; y en cuanto que permanece hombre, en tanto aparece menor. En consecuencia, o el sacerdocio acabará un día por terminar, o jamás dejará de ser menor. Pues el sacerdote es siempre menor que Dios, de quien es sacerdote.

No obstante, dos cosas hace el sacerdote: o intercede para ser escuchado, o da gracias una vez que ha sido escuchado. Intercediendo, ofrece el sacrificio de impetración; dando gracias, ofrece el sacrificio de alabanza. Intercediendo, presenta las necesidades de los pecadores, dando gracias, enumera los beneficios misericordiosamente concedidos a los que han dado la oportuna satisfacción. Intercediendo, pide el perdón para los reos; dando gracias, desea congratularse con los agraciados.

Así también Cristo, poseyendo un sacerdocio eterno, al que la muerte no puede poner fin, como sucede con el resto de los sacerdotes, intercedió por nosotros, ofreciendo sobre la cruz el sacrificio de su propio cuerpo, intercede incluso ahora por todos, deseando que nosotros mismos nos convirtamos en sacrificio puro para Dios.

Mas cuando la divina misericordia se haya plenamente cumplido en nosotros, cuando la muerte haya sido absorbida en la victoria, cuando se hayan acabado nuestros males, cuando, saciados de toda clase de bienes, ya no pecaremos, ni sufriremos, ni habremos de soportar a nuestro enemigo el diablo, sino que reinaremos en una total paz y felicidad, entonces ciertamente dejará de interceder por nosotros, pues ya no tendremos nada que pedir, pero jamás dejará de dar gracias por nosotros.

Pues así como ahora pedimos misericordia por medio de nuestro sacerdote, así también una vez instalados en la bienaventuranza, ofreceremos el sacrificio de alabanza por mediación de nuestro sacerdote. Testigo de ello es el Apóstol, que dice: Por medio de él ofrecemos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza. Y cuando dejase de ser sacerdote, ¿por mediación de quién ofreceremos continuamente el sacrificio de alabanza? ¿O es que viviremos eternamente sin alabar a Dios? Atestigua lo contrario el salmista, cuando dice: Dichosos los que viven en tu casa alabándote siempre. Por tanto, si eternamente resonara el cántico de alabanza, siempre le ofreceremos el sacrificio de alabanza, como nos dice el Apóstol: Por medio de él ofrecemos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza.

Cristo, pues, será siempre sacerdote y por su medio podemos ofrecer un sacrificio de alabanza: siempre menor, pues es sacerdote. Sin embargo, como quiera que Cristo es siempre uno, él es a un mismo tiempo sacerdote y Dios, un Dios a quien los fieles adoran, bendicen y glorifican juntamente con el Padre y el Espíritu Santo: él intercede, se compadece, agradece y da la gracia. Y así como enseñó a su Iglesia a observar esta norma en los sacrificios de cada día: que ore por los pecadores, tanto por los pecadores que aún se afanan en la tierra, como por los que abandonaron ya este mundo, y, en cambio por los mártires debe elevar acciones de gracias, lo mismo hace ahora también él con nosotros: cuando nos ve miserables, intercede por nosotros, mientras que cuando nos hubiera hecho dichosos, dará gracias. Y de esta forma, en ambos ministerios sacerdotales, el eterno sacerdote está en posesión de un sacerdocio que no pasa. Realmente es exacta la afirmación que encontramos en la carta a los Hebreos: Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre.



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Amós 6, 1-7, 2

Inutilidad de la falsa conversión

Así dice el Señor:

«En su aflicción madrugarán para buscarme y dirán: "Vamos a volver al Señor: él, que nos despedazó, nos sanará; él, que nos hirió, nos vendará. En dos días nos sanará; al tercero nos resucitará; y viviremos delante de él. Esforcémonos por conocer al Señor: su amanecer es como la aurora, y su sentencia surge como la luz. Bajará sobre nosotros como lluvia temprana, como lluvia tardía que empapa la tierra".

¿Qué haré de ti, Efraín? ¿Qué haré de ti, Judá? Vuestra piedad es como nube mañanera, como rocío de madrugada que se evapora. Por eso, os herí por medio de los profetas, os condené con la palabra de mi boca. Quiero misericordia, y no sacrificios; conocimiento de Dios, más que holocaustos.

Ellos, en la tierra, quebrantaron mi alianza, allí me hicieron traición. Galaad es villa de malhechores, con huellas de sangre. Como bandidos al acecho, se confabulan los sacerdotes; asesinan, camino de Siquén, perpetran villanías. En la casa de Israel he visto algo espeluznante: allí se prostituye Efraín, se contamina Israel. También para ti, Judá, hay cosecha preparada.

Cuando cambie la suerte de mi pueblo, cuando cure a Israel, se descubrirá el pecado de Efraín y las maldades de Samaria: obran de mala fe, ladrones que entran en las casas, bandoleros que asaltan en despoblado. Y no reflexionan que llevo cuenta de todas sus maldades, ya los han copado sus acciones, las tengo delante de mí».


SEGUNDA LECTURA

Beato Martín de León, Sermón 26, en la resurrección del Señor (PL 208, 938-939)

Todas estas cosas tuvieron en Cristo su cumplimiento

Vamos a volver al Señor: él, que nos despedazó, nos sanará; él, que nos hirió, nos sanará. En este texto, los fieles se exhortan mutuamente a volver al Señor obrando el bien, ya que se habían apartado de él haciendo el mal. Esta es, pues, la voz de los fieles. Es como si dijeran: Vamos a volver al Señor, a quien abandonamos pecando, porque él tomó la iniciativa encarnándose por nosotros, él nos sanará cambiando nuestra prisión en libertad mediante su pasión y su resurrección.

Nos hirió, corrigiéndonos cual padre piadoso: él nos vendará las heridas de los pecados mediante la penitencia. En dos días nos sanará. Todas estas cosas tuvieron en Cristo su cumplimiento: entregado el jueves, padeció el día de la Preparación, y retornó de los infiernos resucitando el domingo por la mañana. Al tercer día nos resucitará; y viviremos delante de él. Con estas palabras se demuestra que Israel y Judá llegarían a tener un único pastor y rey, David, o sea, Cristo, nacido de la estirpe de David según la carne, cuando acabarán por creer en el mismo Señor resucitado.

En dos días nos sanará, es decir, los dos días en que yació en el sepulcro: Al tercer día, resucitando de entre los muertos, nos resucitará con él, y viviremos curados, vivificados y resucitados —tanto en el presente como en el futuro— delante de él, mientras que en su ausencia yacíamos muertos. Lo conoceremos, pues, en la majestad de la Deidad, bien imitándolo ahora, bien subiendo a los cielos para conocer al Señor cara a cara. Por eso se dice: Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. El profeta, lleno del Espíritu Santo, decía, refiriéndose al futuro, estas cosas, que nosotros hemos conocido verdaderamente realizadas ya en Cristo.

Para nosotros el día primero es aquel en que renacemos por el bautismo; el segundo consiste en el descanso de las almas; el tercero radica en la resurrección universal. En cuanto a lo que dice el profeta: Resucitaremos y viviremos delante de él, puede referirse igualmente a los que eran retenidos cautivos en el infierno, y que, con él, resucitaron el tercer día. Nuevamente toma la palabra el profeta, y dice: Su amanecer es como la aurora. La aurora representa los primeros destellos de la luz, que ponen en fuga a las tinieblas. Es como si dijera más abiertamente: Vamos a volver a Cristo, porque, así como las tinieblas de la noche se ponen en fuga al despuntar la aurora, así, al salir Cristo del tálamo del seno virginal, se disipan las tinieblas de los pecados, para dar paso a la luz de la verdad.

 


DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Oseas 8,1-14

Contra el rey, la idolatría, las alianzas y el culto

¡Emboca la trompeta!
Que un águila se cierne sobre la casa del Señor.
Porque han roto mi alianza
rebelándose contra mi ley.

Me gritan: «Te conocemos, Dios de Israel».
Pero Israel rechazó el bien;
que el enemigo lo persiga.

Se nombraron un rey sin contar conmigo,
se nombraron príncipes sin pedirme consejo.
Con su plata y su oro se hacían ídolos para hundirse.
Tu toro, Samaria, es abominable, contra ellos arde mi cólera.

¿Hasta cuándo no podréis ser limpios, hijos de Israel?
Un escultor lo hizo, no es dios.
Se romperá en pedazos el toro de Samaria.

Siembran vientos y cosechan tempestades;
no brotan tallos; las espigas no tienen harina,
y, si la diesen, la comerían extraños.

Han devorado a Israel,
es ya entre las naciones un cacharro inútil.

Pues han marchado a Asiria como asno cimarrón.
Efraín contrata su amor;
pues, aunque lo hayan contratado con las naciones,
yo los cogeré, y empezarán a disminuir
por las cargas del Rey soberano.

Porque Efraín multiplicó sus altares para pecar,
para pecar lé sirvieron sus altares.

Cuando les escribía mi doctrina,
la consideraban extraña.

Que sacrifiquen sus víctimas
y se coman la carne, al Señor no le agradan.

Recordará sus iniquidades,
castigará sus pecados,
volverán a Egipto.

Israel olvidó a su Hacedor y construyó palacios,
Judá fortificó muchas ciudades;
pues prenderé fuego a sus ciudades
y devorará sus alcázares.


SEGUNDA LECTURA

Balduino de Cantorbery, Tratado sobre el sacramento del altar (Parte 2, 1: SC 93, 178-182)

La salvación del mundo ha sido distribuida y ordenada
en una escalonada serie de tiempos

El alimento de Cristo es la salvación del mundo. De ella tiene hambre, de ella tiene sed, pues es también su bebida. ¿Quién puede tener agua, si él no se la da? O ¿quién puede ser salvo, sino aquel a quien él salvare?

Pues bien, la salvación del mundo, de la que él está sediento, es él quien asimismo la lleva a cabo y esto mediante obras sucesivas que pertenecen unas a la preparación, otras a la reparación y otras finalmente a la suprema consumación. A la etapa preparatoria pertenecen todas aquellas cosas que ha realizado en sus elegidos desde el comienzo del mundo hasta el tiempo de su venida, como anticipo de la futura reparación. A la etapa de la reparación pertenecen todas aquellas cosas buenas que el Cristo encarnado realizó, o las duras que hubo de padecer hasta el momento de su pasión y resurrección. Finalmente, a la etapa de la consumación pertenece toda la gloria de la resurrección. De ella afirma el mismo Jesús: Hoy y mañana seguiré curando, pasado mañana llego a mi término.

La salvación del mundo ha sido distribuida y ordenada en una escalonada serie de tiempos: preparación, realización, consecución; o si se prefiere: la figura, la gracia, la gloria. En primer lugar, Dios Padre mandó la salvación a Jacob con la promesa de un salvador. En segundo lugar dio la salvación a los reyes, es decir, a todos los justos, a la llegada del Salvador. Y, finalmente, consumó el negocio de la salvación mediante la resurrección del Salvador, dando una gran victoria a su rey, teniendo misericordia de su ungido, de David y su linaje por siempre,

Esta obra de nuestra salvación Cristo la llevó a cabo comenzando desde los tiempos remotos. Toda la economía de las cosas y de los tiempos estaba dirigida, bajo su control, a este fin; y él, que es el autor de todas las cosas, se deleitó en todo cuanto conducía a este objetivo, que, en último término, era su propia gloria. Como está escrito: Renovarás la faz de la tierra: Gloria a Dios para siempre, goce el Señor con sus obras. Y no sólo se deleitó en las cosas que hizo antes de su venida o en su misma venida, sino que al venir a este mundo aceptó gozoso el flagelo de nuestra iniquidad. ¿Debo decir gozoso o triste? Para ser más exacto, diré ambas cosas. Pues de él se escribió: Contento como un héroe, a recorrer su camino. Y él mismo dijo: Me muero de tristeza.

No sólo experimentó el dolor de la carne en la amargura de los tormentos y en la dura y laboriosa vida que asumió por nosotros, sino que sintió en el alma una auténtica tristeza, que sin embargo aceptó gustosamente. Pues él que estaba instalado en la alegría, quiso experimentar una verdadera tristeza que no estaba desprovista de gozo, porque era precisamente ella la motivación del gozo. Por eso dice: He deseado enormemente comer esta comida pascual. La obra de nuestra salvación, realizada según el programa previsto, es la voluntad del Padre; es el alimento de Cristo; es de lo que tiene hambre; es de lo que dice en la cruz: Tengo sed; ésta es la bebida medicinal; éste es el vino de la alegría; éste es el fruto de la verdadera vid, es decir, del mismo Cristo, que dice: Yo soy la verdadera vid.

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Oseas 9, 1-14

Predicción del destierro y de la esterilidad

No te alegres, Israel, no te regocijes como los paganos,
porque te has prostituido abandonando a tu Dios.

Vendiste tu amor en todas las eras de trigo;
era y lagar no los alimentarán, el vino les fallará.

No habitarán en la tierra del Señor,
Efraín volverá a Egipto,
en Asiria comerán manjar impuro.

No harán libaciones de vino al Señor
ni le ofrecerán sus sacrificios;
serán para ellos pan de duelo;
se contaminarán quienes lo coman.

Su pan les quitará el hambre,
pero no entrará en la casa del Señor.

¿Qué haréis el día de la solemnidad,
el día de la fiesta del Señor?

Pues si escapan de la catástrofe,
Egipto los recogerá, Menfis los enterrará;
ortigas heredarán su codiciada plata.
cardos crecerán en sus tiendas.

Llega la hora de la cuenta,
llega la hora de la paga,
que se entere Israel.

El profeta es un loco, el hombre inspirado desvaría;
por tu gran culpa, por tu gran subversión.

El vidente de Efraín profetiza sin contar con Dios;
es trampa de furtivo en sus caminos,
subversión en la casa de Dios.

Se han corrompido profundamente,
como en los días de Gabá.

Pero él tiene presente su culpa, castigará su pecado.

Como uvas en el desierto encontré a Israel,
como breva en la higuera descubrí a vuestros padres.

Pero ellos fueron a Baal Fegor, se consagraron a la ignominia
y se hicieron abominables como lo idolatrado.

Como pájaro emigra la gloria de Efraín:
no habrá parto ni embarazo ni concepción;
aunque críen a sus hijos, los dejaré sin descendencia,
pues ¡ay de ellos! cuando de ellos me aparte.

Efraín entrega sus hijos al verdugo.

Dales, Señor; ¿qué vas a darles?
Dales vientres que malparan, pechos secos.


SEGUNDA LECTURA

San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el libro del profeta Isaías (Lib 2, 5: PG 70, 502-503)

Dichoso el hombre que confía en Dios

Fiado en una increíble inconsciencia, creyó el pueblo judío que jamás caería en manos de sus enemigos y que ni siquiera sería atacado por ellos; al contrario, pensaba que podría llevar una vida pacífica y rodeada de una profunda tranquilidad, aun cuando ofendiera a Dios y llegare hasta el no-va-más de la impiedad. De hecho, se postraron ante los ídolos y ofrecieron sacrificios a dioses falsos en los altares y en las ermitas erigidas bajo cualquier encina o álamo, ofreciéndoles libaciones, con absoluto desprecio de la gloria debida al Dios santísimo.

Efectivamente, por boca del profeta Jeremías dirige a los habitantes de Jerusalén estas palabras: No digáis: Es el templo del Señor, porque si de verdad y con seriedad no enmendareis vuestra conducta y vuestras acciones, trataré a esta casa lo mismo que traté a Siló. Los fustigó también por medio del profeta Miqueas, diciendo: Sus jueces juzgan por soborno, sus sacerdotes predican a sueldo, sus profetas adivinan por dinero:"Y encima se apoyan en el Señor, diciendo: «¿No está el Señor en medio de nosotros? No puede sucedernos nada malo». Por vuestra culpa será arado Sión como un campo, Jerusalén será una ruina; el monte del templo, un cerro de maleza.

Parece referirse aquí a la devastación que tuvo lugar en tiempos de Jeconías: reprocha ásperamente a los israelitas el que, hallándose ya en esos mismos males y rodea-dos como estaban de gravísimas e inaplazables calamidades, rehusaron hacer lo que las circunstancias requerían y lo que hubiera podido granjearles la benevolencia de lo alto. Pues lo que procedía era llorar y hacer duelo, subir a la casa de Dios, decretar días de penitencia, suplicar que se echara en olvido la culpa de quienes se habían desviado, y solicitar únicamente de él una ayuda subsidiaria.

Es lo que les enseñaba, diciéndoles por boca del santo profeta: Vestíos y haced duelo, sacerdotes; llorad, ministros del altar; venid a dormir en esteras, ministros de Dios, porque faltan en el templo de Dios ofrenda y libación. Pro-clamad el ayuno, congregad la asamblea, reunid a los ancianos, a todos los habitantes de la tierra, en el templo de nuestro Dios, y clamad al Señor: «¡Ay de este día!» Esto es lo que convenía hacer, aplacando de esta suerte al Dios irritado, que es capaz de salvar. Muy al contrario, engreídos quizá e hinchados de confianza, ni les pasó por la cabeza actuar de este modo, y contraviniendo los ritos de los padres y del país, volvieron a los altozanos. Por todas partes se oían llantos y lamentos de las mujeres y de los niños, consumidos de hambre y de sed. Pues en las ciudades asediadas, es inevitable que sucedan estas cosas.

Hubiera sido necesario llorar para conseguir el arrepentimiento, hubiera sido preciso derramar lágrimas en presencia de Dios. Mirad —dice—, antes de presentar batalla, antes de empuñar la espada, antes de planear la resistencia, la ciudad está ya llena de cadáveres. Es por tanto útil y necesario para la salvación que quien esté en situación de aplacar al Dios salvador con estas cosas, las ofrezca religiosamente, aun cuando se encuentre en gravísimas dificultades. Es lo que canta el bienaventurado David, diciendo: ¡Señor de los ejércitos, dichoso el hombre que confía en ti!



MARTES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Oseas 10, 1-11, la

Serán destruidos los ídolos y su rey

Israel era una viña frondosa, y daba fruto:
cuanto más eran sus frutos, más aumentó sus altares;
cuanto méjór era la tierra, mejores monumentos erigía.

Tiene el corazón dividido, ahora lo expiará;,
él mismo destruirá sus altares, abatirá sus estelas.

Ahora dicen: «No tenemos rey, no respetamos al Señor;
el rey, ¿qué puede hacernos?»

Hablan y hablan, juran en falso, firman alianzas;
florecen los pleitos como la cizaña en los surcos del campo.

Los vecinos de Samaria tiemblan por el novillo de Betavén,
el pueblo y los sacerdotes hacen duelo a su Dios,
se revuelcan porque su gloria ha marchado al destierro:
se la llevan a Asiria como tributo a su dios.

La vergüenza se adueña de Efraín,
Israel se avergüenza de su plan.

Desaparece Samaria, y su rey,
como espuma sobre la superficie del agua.

Son destruidos los altozanos de los ídolos,
el pecado de Israel.

Cardos y abrojos crecen sobre sus altares;
gritan a los montes: «¡Cubridnos!»,
a los collados: «¡Caed sobre nosotros!».

Del tiempo de Gabá arranca el pecado de Israel;
allí me hicieron frente
¿no los sorprenderá en Gabá la guerra?

Contra los malvados he venido para aprisionarlos,
los pueblos se reunirán contra ellos,
aprisionándolos por su doble culpa.

Efraín es una novilla domesticada que trilla con gusto;
pero yo echaré el yugo a su hermoso pescuezo,
engancharé a Efraín para que are,
a Jacob para que labre la tierra.

Sembrad según justicia,
cosechad el fruto de la lealtad,
roturad un campo,
que es tiempo de consultar al Señor,
hasta que venga y llueva sobre vosotros la justicia.

Arasteis la maldad, cosechasteis crímenes,
comisteis el fruto de la alevosía.

Por confiar en tu poder, en la multitud de tus soldados,
clamor de guerra se alzará contra tu pueblo;
tus fortalezas serán arrasadas,
como arrasó Salmón a Bet Arbel
cuando la batalla, estrellaron a la madre con los hijos.

Así harán con vosotros, Betel,
por vuestra maldad consumada.

De amanecida desaparecerá el rey de Israel.


SEGUNDA LECTURA

San Ambrosio de Milán, Comentario sobre el salmo 118 (Sermón 1, 2: PL 15, 1199-1200)

Haced resplandecer para vosotros
la luz del conocimiento

Dichoso el que, con vida intachable, camina en la voluntad del Señor; dichoso el que, guardando sus preceptos, lo busca de todo corazón. ¡Qué orden tan bello, lleno de doctrina y de gracia! No dijo primero: el que guardando sus preceptos, sino: el que con vida intachable.

En efecto, hay que buscar antes la vida que la doctrina, pues una vida buena, aunque sin doctrina, es aceptable; en cambio una doctrina sin vida carece de integridad. Porque la sabiduría no entra en alma de mala ley. Por eso dice: Me buscarán los malos, y no me encontrarán; pues la maldad ciega los ojos del alma y, cuando la iniquidad oscurece la mente, no puede descubrir la profundidad de los misterios.

Así pues, lo primero que hay que hacer es ejercitarse en la milicia de la vida, enderezar las costumbres. Y cuando hayamos encauzado el universo de la conducta moral por sus debidos cauces, de modo que se instaure la corrección de las ofensas y la gracia de la pureza, entonces podremos dedicarnos, según su orden y método, al estudio de la doctrina que hemos de conocer. Primero son efectivamente los temas morales, luego los místicos. En los primeros está la vida, en los segundos, el conocimiento. De suerte que si buscas la perfección, que la vida no esté viuda de conocimiento, ni el conocimiento carente de vida: ambos se complementan recíprocamente. Por eso dice la Escritura: Sembrad justicia, vendimiad el fruto de la vida, haced resplandecer para vosotros la luz del conocimiento.

No dice primero «haced resplandecer», sino «sembrad»: ni sólo «sembrad primero justicia», sino también, «vendimiad —dice— el fruto de la vida»; y entonces haced resplandecer la luz del conocimiento, de modo que la perfección reciba el espaldarazo no sólo de los frutos sembrados, sino también de los cosechados.

En el primer salmo siguió también idéntico orden: primero se enseña a caminar por la senda, y luego a meditar la ley. En efecto, quien no sigue el consejo de los impíos, éste ciertamente no se aparta del camino de la piedad ni de la senda de la justicia. Con razón, pues, quien es proclamado dichoso por andar en el camino, y por ejercitarse día y noche en la meditación de la ley, obtiene la gracia de la felicidad.



MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Oseas 11, lb-11

La misericordia de Dios es inagotable

Así dice el Señor:

«Cuando Israel era joven, lo amé, desde Egipto llamé a mi hijo. Cuando lo llamaba, él se alejaba, sacrificaba a los Baales, ofrecía incienso a los ídolos. Yo enseñé a andar a Efraín, lo alzaba en brazos; y él no comprendía que yo lo curaba. Con cuerdas humanas, con correas de amor lo atraía; era para ellos como el que levanta el yugo de la cerviz, me inclinaba y le daba de comer.

Efraín volverá a Egipto. Asur será su rey, porque no quiso convertirse. Llega la espada contra sus ciudades, y devorará sus puertas, y los consumirá en pago de sus planes. Pueblo mío, perturbado por tu apostasía; aunque invoquen a Baal, no les ayuda.

¿Cómo podré entregarte, Efraín; abandonarte, Israel? ¿Podré convertirte como Admá, hacerte semejante a Seboím? Se me revuelve el corazón, se me conmueven las entrañas. No cederé al ardor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraín; que soy Dios, y no hombre; santo en medio de ti, y no enemigo a la puerta.

Irán detrás del Señor, que rugirá como león; sí, rugirá, y vendrán temblando sus hijos desde occidente, desde Egipto vendrán temblando como pájaros, desde Asiria como palomas, y los haré habitar en sus casas». Oráculo del Señor.


SEGUNDA LECTURA

Santa Catalina de Siena, Diálogo sobre la divina providencia (Cap 4, 13 ed. latina, Ingolstadt 1583, ff 19v-20)

Con lazos de amor

Dulce Señor mío, vuelve generosamente tus ojos misericordiosos hacia este tu pueblo, al mismo tiempo que hacia el cuerpo místico de tu Iglesia; porque será mucho mayor tu gloria si te apiadas de la inmensa multitud de tus criaturas que si sólo te compadeces de mí, miserable, que tanto ofendí a tu Majestad. Y ¿cómo iba yo a poder consolarme, viéndome disfrutar de la vida al mismo tiempo que tu pueblo se hallaba sumido en la muerte, y contemplando en tu amable Esposa las tinieblas de los pecados, provocadas precisamente por mis defectos y los de tus restantes criaturas?

Quiero, por tanto, y te pido como gracia singular, que la inestimable caridad que te impulsó a crear al hombre a tu imagen y semejanza no se vuelva atrás ante esto. ¿Qué cosa, o quién, te ruego, fue el motivo de que establecieras al hombre en semejante dignidad? Ciertamente, nada que no fuera el amor inextinguible con el que contemplaste a tu criatura en ti mismo y te dejaste cautivar de amor por ella. Pero reconozco abiertamente que a causa de la culpa del pecado perdió con toda justicia la dignidad en que la habías puesto.

A pesar de lo cual, impulsado por este mismo amor, y con el deseo de reconciliarte de nuevo por gracia al género humano, nos entregaste la palabra de tu Hijo unigénito. El fue efectivamente el mediador y reconciliador entre nosotros y tú, y nuestra justificación, al castigar,y cargar sobre sí todas nuestras injusticias e iniquidades. El lo hizo en virtud de la obediencia que tú, Padre eterno, le impusiste, al decretar que asumiese nuestra humanidad. ¡Inmenso abismo de caridad! ¿Puede haber un corazón tan duro que pueda mantenerse entero y no partirse al contemplar el descenso de la infinita sublimidad hasta lo más hondo de la vileza, como es la de la condición humana?

Nosotros somos tu imagen, y tú eres la nuestra, gracias a la unión, que realizaste en el hombre, al ocultar tu eterna deidad bajo la miserable nube e infecta masa de la carne de Adán. Y esto, ¿por qué? No por otra causa que por tu inefable amor. Por este inmenso amor es por el que suplico humildemente a tu Majestad, con todas las fuerzas de mi alma, que te apiades con toda tu generosidad de tus miserables criaturas.



JUEVES

PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Oseas 13, 1-14, 1

Última sentencia de reprobación

Efraín hablaba e imponía, la autoridad estaba en Israel; pero se hizo reo de idolatría y murió.

Y ahora continúan pecando: se funden imágenes, se hacen ídolos de plata con destreza, obras de pura artesanía.

En su honor inmolan corderos,
les dan a beber sangre de novillos.

Por eso serán nube matutina, rocío que al alba se evapora,
ramo arrebatado de la era, humo por la chimenea.

Pero yo soy el Señor, Dios tuyo desde Egipto,
no conocías a otro dios que a mí,
ningún salvador fuera de mí.

Yo te conocí en el desierto, en tierra abrasadora.
Yo los apacenté y se hartaron,
se hartaron y se entregó su corazón,
y así se olvidaron de mí.

Seré para ellos como leopardo,
los acecharé como pantera en el camino,
los asaltaré como una osa a quien roban las crías
y les desgarraré el pecho;
allí los devoraré como un león,
las fieras los descuartizarán.

Si yo destruyo, Israel, ¿quién te auxiliará?,
¿dónde está tu rey para salvarte?,
¿y los jueces de tus ciudades?

Tú me los pediste: «Dame rey y príncipes».
Airado te di un rey, y encolerizado te lo quito.

La culpa de Efraín está registrada, está archivado su pecado.

Cuando su madre estaba con dolores, fue criatura torpe,
que no se puso a tiempo en la embocadura del alumbramiento.

¿Los libraré del poder del Abismo, los rescataré de la Muerte?

¡Qué plagas las tuyas, oh Muerte, qué pestes las del Abismo!

El consuelo se aparta de mi vista.

Aunque fructifique entre carrizos, vendrá el solano, viento del Señor,
subiendo del desierto,
y secará su fuente, agotará su manantial;
se llevará sus tesoros, sus enseres preciosos.

Samaria pagará la culpa de rebelarse contra su Dios; l
os pasarán a cuchillo, estrellarán a las criaturas,
abrirán en canal a las preñadas.


SEGUNDA LECTURA

San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el libro del profeta Isaías (Lib 3, t 1: PG 70, 571-573)

Toda nuestra esperanza está puesta en Cristo

El bienaventurado profeta Jeremías hace alusión a la vida evangélica y a la justicia en Cristo, diciendo a los amantes de la verdad: Paraos en los caminos a mirar, preguntad por la vieja senda: «¿Cuál es el buen camino?»; seguidlo, y hallaréis reposo. En efecto, las sendas y los caminos del Señor son las palabras de los santos profetas y la predicación, en sombras y figuras, de la ley de Moisés y del misterio de Cristo.

Así pues, escrutando estas sendas, acabamos por descubrir el buen camino, esto es, la institución de la vida cristiana, siguiendo la cual, encontraremos la verdadera y espiritual purificación de nuestras almas. Por eso dice que la senda del justo es recta.

¿Cómo no va a ser recta y llana, exenta de todo tipo de escabrosidades, si proclamando la palabra de la fe, somos justificados y, mediante el santo bautismo, quedamos amplia y perfectamente purificados? Pero la senda del justo es además recta por otro capítulo. Porque, una vez suprimidos los enemigos, derrocada la tiranía del diablo y superadas todas las dificultades, ¿qué es lo que en lo sucesivo puede obstaculizar o perturbar a los amantes de la piedad?

Pero considera cómo, una vez allanada la senda del justo, haya de procederse a anular los tipos y las figuras. Pues no dice simplemente: En la senda de tus juicios, Señor, es decir, no consiste en la inmolación de novillos, ni en el sacrificio de ovejas, ni en las libaciones o el incienso, sino más bien en el juicio, esto es, en la justicia. Porque la Escritura, redactada por inspiración divina, acostumbra a referirse a la justicia con el nombre de juicio, como hace, por ejemplo, el bienaventurado David: El honor del rey ama el juicio, esto es, la justicia.

Efectivamente, todo reino que ame la justicia goza de honor lo mismo ante Dios que ante los hombres. Por tanto, la senda del Señor es el juicio. Nuevamente introduce llenos de inmenso gozo a quienes han emprendido esta senda: Dice, en efecto: Te esperamos, ansiando tu nombre y tu recuerdo. Pues toda nuestra esperanza está puesta en Cristo, de quien además nos acordamos continuamente y le deseamos con ardor, pues en él hemos sido salvados.



VIERNES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Oseas 14, 2-10

Llamada a la conversión y promesa de salud

Así dice el Señor:

«Israel, conviértete al Señor, Dios tuyo, porque tropezaste por tu pecado. Preparad vuestro discurso, volved a: Señor y decidle: "Perdona del todo la iniquidad, recibe benévolo el sacrificio de nuestros labios. No nos salvare Asiria, no montaremos a caballo, no volveremos a Ramal Dios a la obra de nuestras manos. En ti encuentra piedad el huérfano".

Yo curaré sus extravíos, los amaré sin que lo merezcan mi cólera se apartará de ellos. Seré para Israel comc rocío, florecerá como azucena, arraigará como el Líbano, Brotarán sus vástagos, será su esplendor como un olivo. su aroma como el Líbano. Vuelven a descansar a su sombra: harán brotar el trigo, florecerán como la viña; será su fama como la del vino del Líbano. Efraín, ¿qué te importan los ídolos? Yo le respondo y le miro: yo soy como un ciprés frondoso: de mí proceden tus frutos».

¿Quién es el sabio que lo comprenda, el prudente que lo entienda? Rectos son los caminos del Señor: los justos andan por ellos, los pecadores tropiezan en ellos.


SEGUNDA LECTURA

Teodoreto de Ciro, Tratado sobre la encarnación del Señor (26-27: PG 75, 1466-1467)

Yo curaré sus extravíos

Jesús acude espontáneamente a la pasión que de él estaba escrita y que más de una vez había anunciado a sus discípulos, increpando en cierta ocasión a Pedro por haber aceptado de mala gana este anuncio de la pasión, y demostrando finalmente que a través de ella sería salvado el mundo. Por eso, se presentó él mismo a los que venían a prenderle, diciendo: Yo soy a quien buscáis. Y cuando lo acusaban no respondió, y, habiendo podido esconderse, no quiso hacerlo; por más que en otras varias ocasiones en que lo buscaban para prenderlo se esfumó.

Además, lloró sobre Jerusalén, que con su incredulidad se labraba su propio desastre y predijo su ruina definitiva y la destrucción del templo. También sufrió con paciencia que unos hombres doblemente serviles le pegaran en la cabeza. Fue abofeteado, escupido, injuriado, atormentado, flagelado y, finalmente, llevado a la crucifixión, dejando que lo crucificaran entre dos ladrones, siendo así contado entre los homicidas y malhechores, gustando también el vinagre y la hiel de la viña perversa, coronado de espinas en vez de palmas y racimos, vestido de púrpura por burla y golpeado con una caña, atravesado por la lanza en el costado y, finalmente, sepultado.

Con todos estos sufrimientos nos procuraba la salvación. Porque todos los que se habían hecho esclavos del pecado debían sufrir el castigo de sus obras; pero él, inmune de todo pecado, él, que caminó hasta el fin por el camino de la justicia perfecta, sufrió el suplicio de los pecadores, borrando en la cruz el decreto de la antigua maldición. Cristo —dice san Pablo— nos rescató de la maldición de la Ley, haciéndose por nosotros un maldito, porque dice la Escritura: «Maldito todo el que cuelga de un árbol». Y con la corona de espinas puso fin al castigo de Adán, al que se le dijo después del pecado:

Maldito el suelo por tu culpa: brotarán para ti cardos y espinas.

Con la hiel, cargó sobre sí la amargura y molestias de esta vida mortal y pasible. Con el vinagre, asumió la naturaleza deteriorada del hombre y la reintegró a su estado primitivo. La púrpura fue signo de su realeza; la caña, indicio de la debilidad y fragilidad del poder del diablo; las bofetadas que recibió publicaban nuestra libertad, al tolerar él las injurias, los castigos y golpes que nosotros habíamos merecido.

Fue abierto su costado, como el de Adán, pero no salió de él una mujer que con su error engendró la muerte, sino una fuente de vida que vivifica al mundo con un doble arroyo; uno de ellos nos renueva en el baptisterio y nos viste la túnica de la inmortalidad; el otro alimenta en la sagrada mesa a los que han nacido de nuevo por el bautismo, como la leche alimenta a los recién nacidos.



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

Del segundo libro de los Reyes 15, 1-5.32-35;16, 1-8

Reinados de Azarías, Yotán y Acaz de Judá

Azarías, hijo de Amasías, subió al trono de Judá el año veintisiete del reinado de Jeroboán de Israel. Cuando subió al trono tenía veintiséis años, y reinó en Jerusalén cincuenta y dos años. Su madre se llamaba Yecolía, natural de Jerusalén. Hizo lo que el Señor aprueba, igual que su padre, Amasías. Pero no desaparecieron las ermitas de los altozanos: allí seguía la gente sacrificando y quemando incienso.

El Señor le envió una enfermedad de la piel hasta su muerte, así que vivió recluido en casa. Su hijo Yotán estaba al frente del palacio y gobernaba la nación.

Yotán, hijo de Azarías, subió al trono de Judá el año segundo del reinado de Pécaj de Israel, hijo de Romelía.

Cuando subió al trono tenía veinticinco años, y reinó en Jerusalén dieciséis años. Su madre se llamaba Yerusa, hija de Sadoc. Hizo lo que el Señor aprueba, igual que su padre, Azarías. Pero no desaparecieron las ermitas de los altozanos: allí seguía la gente sacrificando y quemando incienso. Yotán construyó la puerta superior del templo.

Acaz, hijo de Yotán, subió al trono de Judá el año diecisiete del reinado de Pécaj, hijo de Romelía. Cuando subió al trono tenía veinte años, y reinó en Jerusalén dieciséis años. No hizo, como su antepasado David, lo que el Señor aprueba. Imitó a los reyes de Israel. Incluso sacrificó a su hijo en la hoguera, según las costumbres aborrecibles de las naciones que el Señor había expulsado ante los israelitas. Sacrificaba y quemaba incienso en los altozanos, en las colinas y bajo los árboles frondosos.

Por entonces, Razín de Damasco y Pécaj de Israel, hijo de Romelía, subieron para atacar a Jerusalén; la cercaron, pero no pudieron conquistarla. También por entonces el rey de Edom reconquistó Eilat y expulsó de allí a los judíos; los de Edom fueron a Eilat y se establecieron allí, hasta el día de hoy.

Acaz mandó una embajada a Tiglat Piléser, rey de Asiria, con este mensaje: «Soy hijo y vasallo tuyo. Ven a librarme del poder del rey de Siria y del de Israel, que se han levantado en armas contra mí». Acaz cogió la plata y el oro que había en el templo y en el tesoro de palacio y lo envió al rey de Asiria como regalo.


SEGUNDA LECTURA

Beato Elredo de Rievaulx, Sermón sobre la venida del Señor (Edit. C.H. Talbot, SSOC, vol 1, Roma 1952, 32-33)

La tierra estaba llena de la gloria del Señor

El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso: la tierra estaba llena de su gloria. ¡Oh tiempo deseable, tiempo favorable, tiempo que anhelan todos los santos, pidiendo cada día en la oración: Venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo! La tierra estaba llena de su gloria. Veo esta tierra que piso, siento esta tierra que soy yo: en ambas fatiga, en ambas gemidos, en ambas veo más bien la ira de Dios que su gloria. Todavía reina el príncipe de este mundo sobre los rebeldes. Diariamente se yergue contra los creyentes y a duras penas hallarás un santo que se vea libre de sus acometidas. Y sin embargo, la tierra está llena de su gloria.

Sé muy bien que esta tierra que piso se verá libre de la esclavitud de la corrupción y habrá un cielo nuevo y una tierra nueva, y dirá el que está sentado en el trono: Ahora hago el universo nuevo. Incluso esta misma tierra que soy yo se llenará de la gloria del Señor. De momento esta tierra, maldita por culpa de Adán, me produce cardos y espinas. Es débil y enferma, indolente y perezosa, juguete de multitud de pasiones, aquejada por múltiples enfermedades. Mas, ¿por qué te acongojas, alma mía, por qué te me turbas? La tierra estará llena de su gloria.

Y ¿cuándo será esto? Ciertamente cuando se siente sobre un trono alto y elevado, cuando transforme nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa, cuando aquella gloria, que apareció en el cuerpo del Señor al transfigurarse en la montaña, apareciere también en nuestra tierra, recibiendo asimismo, después de la resurrección, la eterna inmortalidad. Entonces se cantará un cántico nuevo, y se oirán cantos de victoria en las tiendas de los justos. Ha pasado el invierno, las lluvias han cesado y se han ido, brotan flores en la vega.

Y para que podamos conocer cómo será aquella transmutación, ahora nuestra carne es mortal, más aún, está muerta. El cuerpo —como dice el Apóstol— está muerto por el pecado. Así pues, nuestra carne está muerta, inmunda, enferma, es innoble, temporal. Pero estará llena de la gloria del Señor que, muerta, la resucitará; inmunda,la purificará; enferma, la sanará; innoble, la glorificará; temporal, la eternizará. Y si tan grande ha de ser la futura felicidad del cuerpo, me pregunto: ¡cuál no será la felicidad del alma!

Motivo de nuestra alegría será la contemplación del Creador en la criatura, el amor del Creador en sí mismo, la alabanza del Creador en sí mismo y en su criatura. La orla de su manto —dice— llenaba el templo. ¿Qué templo? El templo del Señor —dice— es santo: ese templo sois vosotros. Y a pesar de que nuestros cuerpos son templos de Dios, como lo son mediante el alma, el alma es en realidad el templo especial de Dios. Este es el templo en que, mientras vivimos en este mundo, ofrecemos a Dios el sacrificio que él no desprecia: un corazón quebrantado y humillado. Este es el templo en que, terminada la corrupción de esta carne y trasladados al reino de la claridad eterna, cuando Dios haya enjugado las lágrimas de nuestros ojos, ofreceremos a Dios el sacrificio de alabanza, como dice él mismo por el profeta: El que me ofrece acción de gracias, ése me honra. Mientras tanto, Señor, que te aplaque el sacrificio de nuestra contrición, para que cuando te sientes sobre el trono alto y excelso, te honre el sacrificio de alabanza.

 


DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Isaías 6, 1-13

La vocación del profeta Isaías

El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso: la orla de su manto llenaba el templo. Y vi serafines en pie junto a él, cada uno con seis alas: con dos alas se cubrían el rostro, con dos alas se cubrían el cuerpo, con dos alas se cernían. Y se gritaban uno a otro, diciendo:

«¡Santo, santo, santo, el Señor de los ejércitos, la tierra está llena de su gloria!»

Y temblaban los umbrales de las puertas al clamor de su voz, y el templo estaba lleno de humo. Yo dije:

«¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los ejércitos».

Y voló hacia mí uno de los serafines, con un ascua en la mano, que había cogido del altar con unas tenazas; la aplicó a mi boca y me dijo:

«Mira: esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado».

Entonces, escuché la voz del Señor, que decía: «¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?»

Contesté:

«Aquí estoy, mándame».

Él replicó:

«Vete y di a ese pueblo: "Oíd con vuestros oídos, sin entender; mirad con vuestros ojos, sin comprender». Embota el corazón de ese pueblo, endurece su oído, ciega sus ojos: que sus ojos no vean, que sus oídos no oigan, que su corazón no entienda, que no se convierta y sane».

Pregunté:

«¿Hasta cuándo, Señor?»

Y me contestó:

«Hasta que queden las ciudades sin habitantes, las casas sin vecinos, los campos desolados. Porque el Señor alejará a los hombres y crecerá el abandono en el país. Y si queda en él uno de cada diez, de nuevo serán destrozados; como una encina o un roble que, al talarlos, dejan sólo un tocón. Este tocón será semilla santa».


SEGUNDA LECTURA

San Juan Crisóstomo, Homilía 6 sobre el serafín (3: PG 56, 138-139)

El altar celestial, figura del altar eclesial

Y se gritaban uno a otro, diciendo: «¡Santo, santo, santo!» ¿Habéis reconocido esta voz? ¿Es nuestra voz o la voz de los serafines? Es la nuestra y es la de los serafines, por la gracia de Cristo, que derribó el muro divisorio, y puso en paz todas las cosas, tanto las del cielo como las de la tierra, haciendo de los dos una sola cosa.

Porque previamente este himno se cantaba únicamente en el cielo; pero después que el Señor se dignó venir a la tierra, nos concedió también a nosotros entonar este canto. Por lo cual este gran Pontífice, al acercarse al altar para celebrar el culto auténtico y ofrecer el sacrificio incruento, no se limita a invitarnos simplemente a esta fausta aclamación, sino que allí donde primeramente nombró a los querubines e hizo mención de los serafines, acaba finalmente por exhortarnos a todos a elevar esta grandiosa voz; y mientras nos invita a unirnos con aquellos que, junto con nosotros, animan los coros, aparta nuestra mente de las cosas terrenas, excitando a cada uno de nosotros con estas o parecidas palabras: Cantas a coro con los serafines, manténte en pie a la par de los serafines, extiende con ellos las alas, vuela con ellos en torno al trono real.

En realidad, ¿qué tiene de extraño el que estés de pie con los serafines, toda vez que Dios te ha concedido tratar familiarmente lo que los mismos serafines no se atreven a tocar? Y voló hacia mí —dice— uno de los serafines, con un ascua en la mano, que había cogido del altar con unas tenazas: aquel altar es figura e imagen de este altar; aquel fuego, lo es de este fuego espiritual. Ahora bien, el serafín no se atrevió a cogerlo con la mano, sino con las tenazas: en cambio tú lo coges con la mano. Indudablemente, si consideras la dignidad de las cosas propuestas, éstas son mucho más nobles que el mismo contacto del serafín; en cambio, si te fijas en la benignidad del Señor, él no se avergüenza ni siquiera de rebajarse hasta nuestra misma vileza, precisamente en virtud de aquellas cosas que se nos han propuesto.

Pensando, pues, en estas cosas, y contrapesando la magnitud del don, levántate ya de una vez, oh hombre, y, arrancado de la tierra, sube al cielo. ¿Que nos arrastra el cuerpo y quiere obligarnos a ir hacia abajo? Pues para eso están los ayunos, que aligeran las alas del alma y hacen llevadero el fardo de la carne, aunque tengan que habérselas con un cuerpo más pesado que el plomo.

Pero dejemos por ahora el tema del ayuno, para iniciar el tema de los misterios, en atención a los cuales se instituyeron estos mismos ayunos. Pues así como el fin de las competiciones olímpicas es la corona, así también el fin del ayuno es la comunión en el marco de un ánimo puro. Por consiguiente, si en estos días no consiguiéramos el fin apetecido, por habernos afligido de una manera desconsiderada y vana, saldremos de la arena del ayuno sin corona y sin premio. Esta es la razón por la que también nuestros antepasados ampliaron el estadio de nuestro ayuno, y nos asignaron un tiempo determinado de penitencia, a fin de que, una vez limpios y purificados de nuestras inmundicias, podamos finalmente tener acceso a la comunión.

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Isaías 3, 1-15

Reproches a Jerusalén

Mirad que el Señor de los ejércitos aparta de Jerusalén y de Judá bastón y sustento: todo sustento de pan, todo sustento de agua; capitán y soldado, juez y profeta, adivino y concejal; alférez y notable, consejero y artesano y experto en encantamientos. Nombraré jefes a muchachos, los gobernarán chiquillos.

Se atacará la gente, unos a otros, un hombre a su prójimo; se amotinarán muchachos contra ancianos, plebeyos contra nobles. Un hombre agarra a su hermano en la casa paterna:

«Tienes un manto, sé nuestro jefe, toma el mando de esta ruina».

El otro protestará:

«No soy médico, y en mi casa no hay pan ni tengo manto; no me nombréis jefe del pueblo».

Se desmorona Jerusalén, Judá se derrumba; porque hablaban y actuaban contra el Señor, rebelándose en presencia de su gloria.

Su descaro testimonia contra ellos, publican sus pecados, no los ocultan; ¡ay de ellos, que se acarrean su desgracia! ¡Dichoso el justo: le irá bien, comerá el fruto de sus acciones! ¡Ay del malvado: le irá mal, le darán la paga de sus obras! Pueblo mío, te oprimen chiquillos, te gobiernan mujeres; pueblo mío, tus guías te extravían, destruyen tus senderos.

El Señor se levanta a juzgar, de pie va a sentenciar a su pueblo. El Señor viene a entablar un pleito con los jefes y príncipes de su pueblo:

«Vosotros devastabais las viñas, tenéis en casa lo robado al pobre. ¿Qué es eso? ¿Trituráis a mi pueblo, moléis el rostro de los desvalidos?» Oráculo del Señor de los ejércitos.


SEGUNDA LECTURA

San Gregorio Magno, Tratados morales sobre el libro de Job (Lib 3, 39-40: PL 75, 619-620)

Ataques por fuera y temores por dentro

Los santos varones, al hallarse involucrados en el combate de las tribulaciones, teniendo que soportar al mismo tiempo a los que atacan y a los que intentan seducirlos, se defienden de los primeros con el escudo de su paciencia, atacan a los segundos arrojándoles los dardos de su doctrina, y se ejercitan en una y otra clase de lucha con admirable fortaleza de espíritu, en cuanto que por dentro oponen una sabia enseñanza a las doctrinas desviadas, y por fuera desdeñan sin temor las cosas adversas; a unos corrigen con su doctrina, a otros superan con su paciencia. Padeciendo, superan a los enemigos que se alzan contra ellos; compadeciendo, retornan al camino de la salvación a los débiles; a aquéllos les oponen resistencia, para que no arrastren a los demás; a éstos les ofrecen su solicitud, para que no pierdan del todo el camino de la rectitud.

Veamos cómo lucha contra unos y otros el soldado de la milicia de Dios. Dice san Pablo: Ataques por fuera y temores por dentro. Y enumera estas dificultades exteriores, diciendo: Con peligros de ríos, con peligros de bandoleros, peligros entre mi gente, peligros entre gentiles, peligros en la ciudad, peligros en despoblado, peligros en el mar, peligros con los falsos hermanos. Y añade cuáles son los dardos que asesta contra el adversario en semejante batalla: Muerto de cansancio, sin dormir muchas noches, con hambre y sed, a menudo en ayunas, con frío y sin ropa.

Pero, en medio de tan fuertes batallas, nos dice también cuánta es la vigilancia con que protege el campamento, ya que añade a continuación: Y, aparte todo lo demás, la carga de cada día, la preocupación por todas las Iglesias. Además de la fuerte batalla que él ha de sostener, se dedica compasivamente a la defensa del prójimo. Después de explicarnos los males que ha de sufrir, añade los bienes que comunica a los otros.

Pensemos lo gravoso que ha de ser tolerar las adversidades por fuera, y proteger a los débiles por dentro, todo ello al mismo tiempo. Por fuera sufre ataques, porque es azotado, atado con cadenas; por dentro sufre por el temor de que sus padecimientos sean un obstáculo no para él, sino para sus discípulos. Por esto, les escribe también: Nadie vacile a causa de estas tribulaciones. Ya sabéis que éste es nuestro destino. El temía que sus propios padecimientos fueran ocasión de caída para los demás, que los discípulos, sabiendo que él había sido azotado por causa de la fe, se hicieran atrás en la profesión de su fe.

¡Oh inmenso y entrañable amor! Desdeñando lo que él padece, se preocupa de que los discípulos no padezcan en su interior desviación alguna. Menospreciando las heridas de su cuerpo, cura las heridas internas de los demás. Es éste un distintivo del hombre justo, que, aun en medio de sus dolores y tribulaciones, no deja de preocuparse por los demás; sufre con paciencia sus propias aflicciones, sin abandonar por ello la instrucción que prevé necesaria para los demás, obrando así como el médico magnánimo cuando está él mismo enfermo. Mientras sufre las desgarraduras de su propia herida, no deja de proveer a los otros el remedio saludable.



MARTES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Isaías 5, 8-13.17-24

Malaventuranzas

¡Ay de los que añaden casas a casas y juntan campos con campos,
hasta no dejar sitio, y vivir ellos solos en medio del país!

Lo ha jurado el Señor de los ejércitos: Sus muchas casas serán arrasadas,
sus palacios magníficos quedarán deshabitados,
diez yugadas de viña darán un tonel,
una carga de simiente dará una canasta.

¡Ay de los que madrugan en busca de licores,
y hasta el crespúsculo los enciende el vino!

Todo son cítaras y arpas,
panderetas y flautas y vino en sus banquetes,
y no atienden a la actividad de Dios
ni se fijan en la obra de su mano.

Por eso mi pueblo va deportado cuando menos lo piensa;
sus nobles mueren de hambre, y la plebe se abrasa de sed.

Corderos pastarán como en sus praderas,
chivos tascarán en sus ruinas.

¡Ay de los que arrastran así la culpa con cuerdas de bueyes,
y el pecado con sogas de carretas!

Los que dicen: Que se dé prisa,
que apresure su obra, para que la veamos;
que se cumpla en seguida el plan del Santo de Israel,
para que lo comprobemos.

¡Ay de los que llaman al mal bien y al bien mal,
que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas,
que tienen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo!

¡Ay de los que se tienen por sabios y se creen perspicaces!

¡Ay de los valientes para beber vino
y aguerridos para mezclar licores;
de los que por soborno absuelven al culpable
y niegan justicia al inocente!

Como la lengua de fuego devora el rastrojo
y la paja se consume en la llama,
su raíz se pudrirá, sus brotes volarán como tamo.

Porque rechazaron la ley del Señor de los ejércitos
y despreciaron la palabra del Santo de Israel.


SEGUNDA LECTURA

San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el libro del profeta Isaías (Lib 3, 1: PG 70, 575578)

¡Habitantes de la tierra, aprended justicia!

Aprended justicia, habitantes de la tierra. Dijo en otro lugar Dios por boca del profeta: Todos serán discípulos del Señor. Fíjate cómo en estas palabras la narración introduce a Cristo como el mistagogo de los paganos que creen en él. Pues era justo que se encendiera una luz sobre la tierra en atención a aquellos que en un tiempo llegaron al conocimiento de sus preceptos; era justo —repito— que el conocimiento de lo que es útil fuera impartido por él personalmente. ¡Vosotros —dice—, los habitantes de la tierra, aprended justicia! Muy semejante suena la voz de David: Oíd esto, todas las naciones, escuchadlo, habitantes del orbe. Efectivamente, la letra de la ley informó de los primeros rudimentos únicamente al Israel según la carne.

En cambio, nuestro Señor Jesucristo, habiendo lanzado las redes de la mansedumbre, pescó en ella a la totalidad de la tierra situada bajo el cielo. Con razón, pues, aconsejó a los habitantes de la tierra entera, diciendo: Tenéis que aprender la justicia que yo he enseñado, es decir, la justicia evangélica. Y para demostrar que el desacato a sus mandatos no puede quedar impune, añade esta precisión: Destruiste al impío.

Todo el que, en la tierra, no aprende la justicia, no podrá obrar conforme a la verdad. Pues irá a la ruina y a la perdición, siendo prácticamente exterminado, todo el que aceptare el conocimiento de la justicia evangélica y no obrare conforme a la verdad. Nuevamente llama aquí «verdad» al vigor de la vida evangélica y a la adoración y culto en espíritu y en verdad. En efecto, siendo la ley la sombra de los bienes futuros y no la imagen misma de las cosas, no era la verdad.

Por el contrario, Cristo y sus vaticinios pueden muy bien entenderse como justicia y verdad, y creo que podemos decir aquello: Dios ha hecho para nosotros justicia a ese Cristo, que es, además, la verdad. Aprended, pues —dice—, la justicia y la verdad; que es como si dijera: reconoced a aquel que es verdaderamente el Hijo de Dios y el creador y Señor de todas las cosas. Perecerá realmente y será destruido el impío, para que no vea la gloria del Señor.

En casi idénticos términos se dirige Cristo al pueblo judío: Con razón os he dicho que si no creéis que yo soy, moriréis por vuestros pecados. Y también: El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. Ahora bien: quien ha sido ya condenado una vez, y no ha muerto a los propios pecados, ¿cómo podrá ver la gloria del Señor? No, no estará con Cristo, ni en modo alguno puede ser partícipe de su gloria, ni le será dado contemplar la herencia de los santos.


 


MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Isaías 7, 1-17

Ante el temor de la guerra, el signo del Enmanuel

Reinaba en Judá Acaz, hijo de Yotán, hijo de Ozías. Rasín, rey de Damasco, y Pecaj, hijo de Romelía, rey de Israel, subieron a Jerusalén para atacarla; pero no lograron conquistarla. Llegó la noticia al heredero de David.

«Los sirios acampan en Efraín».

Y se agitó su corazón y el del pueblo, como se agitan los árboles del bosque con el viento. Entonces el Señor dijo a Isaías:

«Sal al encuentro de Acaz, con tu hijo Sear Yasub, hacia el extremo del canal de la Alberca de Arriba, junto a la Calzada del Batanero, y le dirás: "¡Vigilancia y calma! No temas, no te acobardes ante esos dos cabos de tizones humeantes, la ira ardiente de Rasín y los sirios y del hijo de Romelía. Aunque tramen tu ruina diciendo: `Subamos contra Judá, sitiémosla, apoderémonos de ella, y nombraremos en ella rey al hijo de Tabeel.' Así dice el Señor: No se cumplirá ni sucederá: Damasco es capital de Siria, y Rasín, capitán de Damasco; Samaría es capital de Efraín, y el hijo de Romelía, capitán de Samaría. Dentro de cinco o seis años, Efraín, destruido, dejará de ser pueblo. Si no creéis, no subsistiréis»".

El Señor volvió a hablar a Acaz:

«Pide una señal al Señor, tu Dios: en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo».

Respondió Acaz:

«No la pido, no quiero tentar al Señor».

Entonces dijo Isaías:

«Escucha, casa de David: ¿No os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal: Mirad: la virgen está encinta y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Enmanuel. Comerá requesón con miel, hasta que aprenda a rechazar el mal y a escoger el bien. Antes que aprenda el niño a rechazar el mal y a escoger el bien, quedará abandonada la tierra de los dos reyes que te hacen temer. El Señor hará venir sobre ti, sobre tu pueblo, sobre tu dinastía, días como no se conocieron desde que Efraín se separó de Judá».


SEGUNDA LECTURA

San Beranardo de Claraval, Homilía 2 sobre las excelencias de la Virgen Madre (1-2.4: Opera omnia ed. Cister, 4, 1966, 21-23)

Preparada por el Altísimo,
designada anticipadamente por los padres antiguos

El único nacimiento digno de Dios era el procedente de la Virgen; asimismo, la dignidad de la Virgen demandaba que quien naciere de ella no fuere otro que el mismo Dios. Por esto, el Hacedor del hombre, al hacerse hombre, naciendo de la raza humana, tuvo que elegir, mejor dicho, que formar para sí, entre todas, una madre tal cual él sabía que había de serle conveniente y agradable.

Quiso, pues, nacer de una virgen inmaculada, él, el inmaculado, que venía a limpiar las máculas de todos.

Quiso que su madre fuese humilde, ya que él, manso y humilde de corazón, había de dar a todos el ejemplo necesario y saludable de estas virtudes. Y el mismo que ya antes había inspirado a la Virgen el propósito de la virginidad y la había enriquecido con el don de la humildad le otorgó también el don de la maternidad divina.

De otro modo, ¿cómo el ángel hubiese podido saludarla después como llena de gracia, si hubiera habido en ella algo, por poco que fuese, que no poseyera por gracia? Así, pues, la que había de concebir y dar a luz al Santo de los santos recibió el don de la virginidad para que fuese santa en el cuerpo, el don de la humildad para que fuese santa en el espíritu.

Así, engalanada con las joyas de estas virtudes, resplandeciente con la doble hermosura de su alma y de su cuerpo, conocida en los cielos por su belleza y atractivo, la Virgen regia atrajo sobre sí las miradas de los que allí habitan, hasta el punto de enamorar al mismo Rey y de hacer venir al mensajero celestial.

Fue enviado el ángel, dice el Evangelio, a la Virgen. Virgen en su cuerpo, virgen en su alma, virgen por su decisión, virgen, finalmente, tal cual la describe el Apóstol, santa en el cuerpo y en el alma; no hallada recientemente y por casualidad, sino elegida desde la eternidad; predestinada y preparada por el Altísimo para él mismo, guardada por los ángeles, designada anticipadamente por los padres antiguos, prometida por los profetas.



JUEVES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Isaías 9, 7-10, 4

Ira de Dios contra el reino de Israel

El Señor ha lanzado una amenaza contra Jacob, y ha caído en Israel; la entenderá el pueblo entero, Efraín y los habitantes de Samaría, que van diciendo con soberbia y presunción: «Si han caído los ladrillos, construiremos con sillares; si han derribado el sicómoro, lo sustituiremos concedro». El Señor alzará al enemigo contra ellos y azuzará a sus adversarios: a levante, Damasco; a poniente, Filistea; devorarán a Israel a boca llena. Y, con todo, no se aplaca su ira, sigue extendida su mano.

Pero el pueblo no se ha vuelto al que lo hería, no ha buscado al Señor de los ejércitos. El Señor cortará cabeza y cola, palma y junco en un solo día. El anciano y el noble son la cabeza; el profeta, maestro de mentiras, es la cola. Los que guían al pueblo lo extravían, y los guiados perecen. Por eso, el Señor no se apiada de los jóvenes, no se compadece de huérfanos y viudas; porque todos son impíos y malvados, y toda boca profiere infamias. Y, con todo, no se aplaca su ira, sigue extendida su mano.

La maldad está ardiendo como fuego que consume zarzas y cardos: prende en la espesura del bosque y se enrosca en la altura del humo. Con la ira del Señor arde el país, y el pueblo es pasto del fuego: uno devora la carne de su prójimo, y ninguno perdona a su hermano; destroza a diestra, y sigue con hambre; devora a siniestra, y no se sacia. Manasés contra Efraín, Efraín contra Manasés, juntos los dos contra Judá. Y, con todo, no se aplaca su ira, sigue extendida su mano.

¡Ay de los que decretan decretos inicuos, de los notarios que registran vejaciones, que echan del tribunal al desvalido y despojan a los pobres de mi pueblo, que hacen su presa de las viudas y roban a los huérfanos! ¿Qué haréis el día de la cuenta, cuando la tormenta venga de lejos? ¿A quién acudiréis buscando auxilio, y dónde dejaréis vuestra fortuna? Iréis encorvados con los prisioneros y caeréis con los que mueren. Y, con todo, no se aplaca su ira, sigue extendida su mano.


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Sermón Caillau-Saint-Yves 2 (92: PLS 2, 441-552)

El que persevere hasta el final se salvará

Todas las aflicciones y tribulaciones que nos sobrevienen pueden servirnos de advertencia y corrección a la vez. Pues nuestras mismas sagradas Escrituras no nos garantizan la paz, la seguridad y el descanso. Al contrario, el Evangelio nos habla de tribulaciones, apuros y escándalos; pero el que persevere hasta el final se salvará. Pues, ¿qué bienes ha tenido esta nuestra vida, ya desde el primer hombre, que nos mereció la muerte y la maldición, de la que sólo Cristo, nuestro Señor, pudo librarnos?

No protestéis, pues, queridos hermanos, como protestaron algunos de ellos —son palabras del Apóstol—, y perecieron víctimas de las serpientes. ¿O es que ahora tenemos que sufrir desgracias tan extraordinarias que no las han sufrido, ni parecidas, nuestros antepasados? ¿O no nos damos cuenta, al sufrirlas, de que se diferencian muy poco de las suyas? Es verdad que encuentras hombres que protestan de los tiempos actuales y dicen que fueron mejores los de nuestros antepasados; pero esos mismos, si se les pudiera situar en los tiempos que añoran, también entonces protestarían. En realidad juzgas que esos tiempos pasados son buenos porque no son los tuyos.

Una vez que has sido rescatado de la maldición, y has creído en Cristo, y estás empapado en las sagradas Escrituras, o por lo menos tienes algún conocimiento de ellas, creo que no tienes motivo para decir que fueron buenos los tiempos de Adán. También tus padres tuvieron que sufrir las consecuencias de Adán. Porque Adán es aquel a quien se dijo: Con sudor de tu frente comerás el pan, y labrarás la tierra, de donde te sacaron; brotará para ti cardos y espinas. Este es el merecido castigo que el justo juicio de Dios le fulminó. ¿Por qué, pues, has de pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor que los actuales? Desde el primer Adán hasta el Adán de hoy, ésta es la perspectiva humana: trabajo y sudor, espinas y cardos. ¿Se ha desencadenado sobre nosotros algún diluvio? ¿Hemos tenido aquellos difíciles tiempos de hambre y de guerras? Precisamente nos los refiere la historia para que nos abstengamos de protestar contra Dios en los tiempos actuales.

¡Qué tiempos tan terribles fueron aquéllos! ¿No nos hace temblar el solo hecho de escucharlos o leerlos? Así es que tenemos más motivos para alegrarnos de vivir en este tiempo que para quejarnos de él.



VIERNES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Isaías 28, 1-6.14-22

Oráculos contra Samaria y contra los jefes de Judá

¡Ay de la corona fastuosa, de los ebrios de Efraín, y de la flor caduca, joya de su atavío, que está en la cabeza de los hartos de vino!

Mirad: un fuerte y robusto, de parte del Señor,
como turbión de granizo y tormenta asoladora,
como turbión de aguas caudalosas y desbordantes,
con la mano derriba al suelo
y con los pies pisotea la corona fastuosa
de los ebrios de Efraín
y la flor caduca, joya de su atavío,
que está en el cabezo del valle ubérrimo.

Será como breva temprana:
que el primero que la ve,
apenas la coge, se la traga.

Aquel día será el Señor de los ejércitos
corona enjoyada, diadema espléndida para el resto del pueblo;
espíritu de justicia para los que se sientan a juzgar,
espíritu de valentía para los que rechazan el asalto a las puertas.

Escuchad la palabra del Señor, gente burlona.
que domináis a ese pueblo de Jerusalén.

Vosotros decíais: «Hemos firmado un pacto con la Muerte,
una alianza con el Abismo;
cuando pase el azote desbordante, no nos alcanzará,
porque tenemos la mentira por refugio y el engaño por escondrijo».

Pues así dice el Señor:

Mirad, yo coloco en Sión una piedra probada,
angular, preciosa, de cimiento: «quien se apoya no vacila».

Usaré la justicia como plomada y el derecho como nivel;
mientras que el granizo arrasará vuestro refugio
y las aguas inundarán vuestro escondrijo.

Vuestro pacto con la Muerte se romperá,
vuestra alianza con el Abismo no durará:
cuando pase el azote desbordante os pisoteará,
cada vez que pase os arrollará,
y pasará mañana tras mañana, de día y de noche:
y entonces bastará el terror para que aprendáis la lección.

Será corta la cama para estirarse
y estrecha la manta para arroparse.

El Señor se alzará como en el monte Parás
y se desperezará como en el valle de Gabaón,
para ejecutar su obra, obra extraña;
para cumplir su tarea, tarea inaudita.

Por tanto, no os burléis,
no sea que se aprieten vuestras cadenas;
porque me he enterado de la destrucción decretada
por el Señor de los ejércitos contra todo el país.


SEGUNDA LECTURA

San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el libro del profeta Isaías (Lib 3, t 2: PG 70, 631-633) 16

Esperamos el juicio futuro

Mirad, yo coloco en Sión una piedra probada, angular, preciosa, de cimiento: «quien se apoya no vacila». Así pues, llama piedra probada, elegida y preciosa a nuestro Señor Jesucristo, que sobresale por la prestancia y la gloria de la divinidad. El es la base, la esperanza, el apoyo y el cimiento inconmovible de Sión, es decir, de la Iglesia, como es fácil de comprender. Y lo explica diciendo que ha sido puesto como fundamento por el Padre.

Dice que es la piedra angular, pues ensambla, en la unidad de una sola fe, a dos pueblos, israelita y pagano, con una unión espiritual. En todo edificio, el ángulo se forma por la concurrencia de dos muros contiguos, que se fusionan en uno solo. Y quien se apoya en él —dice— no vacila. Fíjate de qué modo conforte y distienda en cierto sentido el ánimo de los creyentes y abra a los afligidos de par en par las puertas de la libertad de la vida evangélica. Que es como si dijera: ¡Oh afligidos!, mirad que coloco en Sión como cimiento una piedra escogida. Y ¿cuál es su utilidad? Quién se apoya en ella no vacila. Con estas palabras quiere inducirnos a sustraer el cuello del pesado yugo de la ley, y a apartarnos de la sombra ya inútil e ineficaz, abrazando más bien la gracia por medio de la fe y consiguiendo en Cristo la justificación, que nada tiene de onerosa. Pondré —dice— mi juicio en la esperanza, y mi misericordia en la balanza. Pues, como el mismo Salvador dice: El Padre no juzga a nadie, sino que ha confiado al Hijo el juicio de todos, para que todos honren al Hijo como honran al Padre.

Comprendiendo esto, escribe san Pablo en su carta: Todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo, para recibir premio o castigo por lo que hayamos hecho en esta vida. Esperamos, pues, el juicio futuro e indudablemente una misericordia proporcional a las obras que cada uno haya hecho con recta intención. Lo cual significa — según creo— que la misericordia depende de quien nos juzga según la balanza, es decir, en razón de lo bueno y lo justo, en relación a las obras realizadas rectamente.



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

Comienza el libro del profeta Miqueas 1, 1-9; 2, 1-11

Oráculos contra Samaria y Jerusalén

Palabra del Señor que recibió Miqueas, el morastita, durante los reinados de Yotán, Acaz y Ezequías de Judá. Visión sobre Samaria y Jerusalén.

Escuchad, pueblos todos;
atended, tierra y los que la pueblan:
sea el Señor testigo contra vosotros,
el Señor en su santo templo.

Mirad al Señor que sale de su morada y desciende
y camina sobre el dorso de la tierra.

Bajo él se derriten los montes y los valles se resquebrajan,
como cera junto al fuego,
como agua precipitada por la torrentera.

Todo por el delito de Jacob, por los pecados de Israel.
¿Cuál es el delito de Jacob?, ¿no es Samaria?
¿Cuál es el altozano de Judá?, ¿no es Jerusalén?

Pues reduciré Samaria a una ruina campestre
donde plantar viñedos,
arrastraré al valle sus piedras y desnudaré sus cimientos.

Todos sus ídolos serán triturados y sus ofrendas quemadas,
arrasaré todas sus imágenes.

Las reunió como precio de prostitución,
otra vez serán precio de prostitución.
Por eso gimo y me lamento,
camino descalzo y desnudo,
hago duelo como aúllan los chacales
y gimo como las crías de avestruz.

Incurable es la herida que ha sufrido Judá,
llegó hasta la capital de mi pueblo, hasta Jerusalén.

¡Ay de los que meditan maldades,
traman iniquidades en sus camas!

Al amanecer las cumplen, porque tienen el poder.

Codician los campos y los roban,
las casas, y se apoderan de ellas:
oprimen al hombre y a su casa,
al varón y a sus posesiones.

Por eso dice el Señor:

Mirad, yo medito una desgracia contra esa familia,
no lograréis apartar el cuello de ella;
no podréis caminar erguidos,
porque será un tiempo calamitoso.

Aquel día entonarán contra vosotros una sátira,
cantarán una elegía:
«Han acabado con nosotros,
venden la heredad de mi pueblo;
nadie lo impedía, reparten a extraños nuestra tierra».

Nadie os sortea los lotes
en la asamblea del Señor.

No sermoneéis —sermonean—,
no se sermonea así, no llegará la afrenta.

—¿Así se habla, casa de Jacob?
¿Es que se ha acabado el espíritu del Señor
o van a ser tales sus acciones?

«¿No son buenas mis palabras
para el que procede rectamente?»

Antaño mi pueblo se levantaba contra el enemigo,
hogaño arrancáis túnica y manto a quien transita confiado,
¡desertores de la guerra!

Echáis del hogar querido a las mujeres de mi pueblo;
a sus niños les quitáis para siempre mi honor.

Pues ¡arriba, marchaos!, que no es sitio de reposo,
porque está contaminado,
está hipotecado y exigen la hipoteca.

Si viniera un profeta soltando embustes:
«Te invito a vino y licor»,
sería un profeta digno de este pueblo.


SEGUNDA LECTURA

San Gregorio de Nacianzo, Sermón 14 (21-22: PG 35, 883-886)

Demos a los pobres nuestros bienes, para enriquecernos
con los del cielo

El que sea sabio, que recoja estos hechos. ¿Quién dejará pasar las cosas transitorias? ¿Quién prestará atención a las cosas estables? ¿Quién reputará como transeúntes las cosas presentes? ¿Quién considerará como ciertas y constantes aquellas realidades objeto de la esperanza? ¿Quién distinguirá la realidad de la simple apariencia?; ¿la tienda terrena, de la ciudad celestial?; ¿la peregrinación, de la morada permanente?; ¿las tinieblas, de la luz?; ¿la carne, del espíritu? ¿Quién será capaz de distinguir entre Dios y el príncipe de este mundo, entre las sombras de muerte y la vida eterna, entre las cosas que caen bajo la percepción de nuestros sentidos y aquellas a las que no alcanza nuestra visión? Dichoso el hombre que, dividiendo y deslindando estas cosas con la espada de la Palabra que separa lo mejor de lo peor, dispone las subidas de su corazón y, huyendo con todas sus energías de este valle de lágrimas, busca los bienes de allá arriba, y, crucificado al mundo juntamente con Cristo, con Cristo resucita, junto con Cristo asciende heredero de una vida que ya no es ni caduca ni falaz.

Por su parte, David, como pregonero dotado de poderosa voz, se dirige a nosotros supervivientes con un sublime y público pregón, llamándonos torpes de corazón y amantes de la mentira, y exhortándonos a no poner excesivamente el corazón en las realidades visibles, ni a ponderar toda la felicidad de la presente vida en base a la abundancia exclusiva de trigo y de vino, que fácilmente se echan a perder.

Considerando esto mismo, también el bienaventurado Miqueas dice —es mi opinión—, atacando a los que se arrastran por tierra y tienen del bien sólo el ideal: Acercaos a los montes eternos: pues ¡arriba, marchaos! que no es sitio de reposo. Son más o menos las mismas palabras con las cuales nos anima nuestro Señor y Salvador, diciendo: Levantaos, vamos de aquí. Jesús dijo esto no sólo a los que entonces tenía como discípulos, invitándoles a salir únicamente de aquel lugar —como quizá alguno pudiera pensar—, sino tratando de apartar siempre y a todos sus discípulos de la tierra y de las realidades terrenas para elevarlos al cielo y a las realidades celestiales.

Vayamos, pues, de una vez en pos del Verbo, busquemos aquel descanso, rechacemos la riqueza y abundancia de esta vida. Aprovechémonos solamente de lo bueno que hay en ellas, a saber: redimamos nuestras almas a base de limosnas, demos a los pobres nuestros bienes para enriquecernos con los del cielo.

 


DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Miqueas 3, 1-12

Jerusalén será destruida por los pecados de sus jefes

«Escuchadme, jefes de Jacob, príncipes de Israel: ¿No os toca a vosotros respetar el derecho, vosotros, que odiáis el bien y amáis el mal? Arrancáis la piel del cuerpo, la carne de los huesos; coméis la carne de mi pueblo, lo despellejáis, le rompéis los huesos, lo cortáis como carne de olla, como carne para el puchero. Pues, cuando griten al Señor, no los escuchará. Entonces les ocultará el rostro por sus malas acciones».

Así dice el Señor a los profetas que extravían a mi pueblo:

Cuando tienen algo que morder, anuncian prosperidad; y declaran una guerra santa a quien no les llena la boca. Por eso, os vendrá una noche sin visión, oscuridad sin oráculo. El sol se pondrá para los profetas, se les oscurecerá el día. Se avergonzarán los videntes, enrojecerán los adivinos, se taparán todos la barba, porque no reciben respuesta de Dios.

Yo, en cambio, estoy lleno de fuerza por el Espíritu del Señor, que es fortaleza y justicia, para anunciar su culpa a Jacob, su pecado a Israel.

Escuchadlo, jefes de Jacob, príncipes de Israel, vosotros que abomináis de la justicia y defraudáis el derecho, edificáis con sangre a Sión, a Jerusalén con crímenes. Sus jueces juzgan por soborno, sus sacerdotes predican a sueldo, sus profetas adivinan por dinero. Y encima se apoyan en el Señor, diciendo: «¿No está el Señor en medio de nosotros? No puede sucedernos nada malo». Por vuestra culpa será arado Sión como un campo, Jerusalén será una ruina; el monte del templo, un cerro de maleza.


SEGUNDA LECTURA

Teodoreto de Ciro, Tratado sobre la encarnación del Señor (28: PG 75, 1467-1470)

Sus cicatrices nos curaron

Los sufrimientos de nuestro Salvador son nuestra medicina. Es lo que enseña el profeta, cuando dice: El soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron. Todos errábamos como ovejas; por esto, como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca.

Y, del mismo modo que el pastor, cuando ve a sus ovejas dispersas, toma a una de ellas y la conduce donde quiere, arrastrando así a las demás en pos de ella, así también la Palabra de Dios, viendo al género humano descarriado, tomó la naturaleza de esclavo, uniéndose a ella, y, de esta manera, hizo que volviesen a él todos los hombres y condujo a los pastos divinos a los que andaban por lugares peligrosos, expuestos a la rapacidad de los lobos.

Por esto, nuestro Salvador asumió nuestra naturaleza; por esto, Cristo, el Señor, aceptó la pasión salvadora, se entregó a la muerte y fue sepultado; para sacarnos de aquella antigua tiranía y darnos la promesa de la incorrupción, a nosotros, que estábamos sujetos a la corrupción. En efecto, al restaurar, por su resurrección, el templo destruido de su cuerpo, manifestó a los muertos y a los que esperaban su resurrección la veracidad y firmeza de sus promesas.

«Pues, del mismo modo —dice— que la naturaleza que tomé de vosotros, por su unión con la divinidad que habita en ella, alcanzó la resurrección y, libre de la corrupcióny del sufrimiento, pasó al estado de incorruptibilidad e inmortalidad, así también vosotros seréis liberados de la dura esclavitud de la muerte y, dejada la corrupción y el sufrimiento, seréis revestidos de impasibilidad».

Por este motivo, también comunicó a todos los hombres, por medio de los apóstoles, el don del bautismo, ya que les dijo: Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del espíritu Santo. El bautismo es un símbolo y semejanza de la muerte del Señor, pues, como dice san Pablo, si nuestra existencia está unida a él en una muerte corno la suya, lo estará también en una resurrección como la suya.

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Miqueas 6, 1-15

El Señor llama a juicio a su pueblo

Escuchad lo que dice el Señor:

«Levántate y llama a juicio a los montes, que escuchen los collados tu voz».

Escuchad, montes, el juicio del Señor; atended, cimientos de la tierra: El Señor entabla juicio con su pueblo y pleitea con Israel:

«Pueblo mío, ¿qué te hice o en qué te molesté? Respóndeme. Te saqué de Egipto, de la esclavitud te redimí, y envié por delante a Moisés, Aarón y María. Pueblo mío, recuerda lo que maquinaba Balac, rey de Moab, y cómo respondió Balaán, hijo de Beor; recuerda desde Acacias a Guilgal, para que comprendas que el Señor tiene razón».

«¿Con qué me acercaré al Señor, me inclinaré ante el Dios de las alturas? ¿Me acercaré con holocaustos, con novillos de un año? ¿Se complacerá el Señor en un millar de carneros, o en diez mil arroyos de grasa? ¿Le daré un primogénito para expiar mi culpa; el fruto de mi vientre, para expiar mi pecado?»

«Te han explicado, hombre, el bien, lo que Dios desea de ti: simplemente, que respetes el derecho, que ames la misericordia y que andes humilde con tu Dios».

¡Oíd! El Señor llama a la ciudad, escuchad, tribu y sus asambleas:

«¿Voy a tolerar la casa del malvado con sus tesoros injustos, con sus medidas exiguas e indignantes? ¿Voy a absolver las balanzas con trampa y una bolsa de pesas falsas? Los ricos están llenos de violencias, la población miente, tienen en la boca una lengua embustera.

Pues yo voy a comenzar a golpearte y a devastarte por tus pecados: comerás sin saciarte, te retorcerás por dentro; si apartas algo, se echará a perder; si se conserva, lo entregaré a los guerreros; sembrarás, y no segarás; pisarás la aceituna, y no te ungirás; pisarás la uva, y no beberás vino».


SEGUNDA LECTURA

San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el libro del profeta Isaías (Lib 3, t 5: PG 70, 826-828)

Volveos a mí por la penitencia

Volveos a mí, es decir, una vez limpios de la vetustez del error y del pecado y de la actitud viciosa de vuestras almas, renovaos por la penitencia. Pensad lo mejor, recibid la gracia —me refiero a la gracia de Cristo—, que renueva para una vida nueva.

Volveos a mí, islas. Es muy probable que por islas entiende aquí a las Iglesias que, asediadas por las dificultades y los peligros de este mundo y agitadas por el oleaje de aquellos que se alzan contra ellas, permanecen no obstante inamovibles y mantienen una actitud inalterable, pues están cimentadas sobre roca, la roca que es también Cristo. Estas Iglesias son las que vienen equiparadas a las islas.

Por las islas se significa además la muchedumbre de los llamados por la fe, que, entregada en un tiempo al pecado, execrable e impura, viciosa y llena de arrugas, pasó, por la gracia de Cristo, a una vida nueva, convertida en virgen pura, sin mancha ni arruga, sino santa e inmaculada. Volved, pues, a mí.

¿Quién lo ha suscitado en oriente y convoca la victoria a su paso? No hemos de admirar a Dios, dominador de todas las cosas por la sola y pura magnificencia de las criaturas, sino por todos los beneficios que nos concede, mediante los cuales nos da una muestra de su serenidad y de su clemencia. Pues salvó a los mortales, librando de la muerte, de la corrupción y de la tiranía al género humano completamente perdido. Dejó fuera de combate al enemigo con todos sus satélites, y nos justificó por la fe, aniquilado el pecado que nos tenía sometidos a su cruel tiranía. Y todo esto nos ha sido espléndidamente otorgado por medio de Cristo, a quien Dios ha hecho para nosotros justicia, santificación y redención.

Hemos sido espléndidamente iluminados y hechos partícipes de la misericordia y de la caridad y de todo cuanto puede sernos útil para la salvación. También esto nos lo predijo uno de los santos profetas, cuando dijo: A los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas. Y ¿quién —dice— hizo nacer la justicia, esto es, a Cristo, del oriente como el sol? ¿Quién la llamó, es decir, quién la hizo venir y manifestarse a los habitantes de la tierra, de modo que vaya a los pies de quien la ha llamado, o sea, que no permanezca únicamente a los pies de Dios Padre?

Así es como el Señor vivió en la tierra: llevando a cabo las obras del Padre y mostrándonoslo en su propia naturaleza. En efecto, era y es igual al Padre en poder y, con el testimonio de las obras, convenció plenamente a los mortales de que era en todo igual al Padre. Claramente lo afirmó: Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras.



MARTES


PRIMERA LECTURA

Del segundo libro de los Reyes 17, 1-18

Fin del reino de Israel

Oseas, hijo de Elá, subió al trono de Israel en Samaria el año doce del reinado de Acaz de Judá. Reinó nueve años. Hizo lo que el Señor reprueba, aunque no tanto como los reyes de Israel predecesores suyos. Salmanazar, rey de Asiria, lo atacó, y Oseas se le sometió pagándole tributo. Pero el rey de Asiria descubrió que Oseas lo traicionaba: había enviado emisarios a Sais, al rey de Egipto, y no pagó el tributo como hacía otros años. Entonces el rey de Asiria lo apresó y lo encerró en la cárcel. El rey de Asiria invadió el país y asedió a Samaria durante tres años. El año noveno de Oseas, el rey de Asiria conquistó Samaria, deportó a los israelitas a Asiria y los instaló en Jalaj, junto a Jabor, río Cozán, y en las poblaciones de Media. Eso sucedió porque, sirviendo a otros dioses, los israelitas habían pecado contra el Señor, su Dios, que los había sacado de Egipto, del poder del Faraón, rey de Egipto; procedieron según las costumbres de las naciones que el Señor había expulsado ante ellos, y que introdujeron los reyes que ellos se habían nombrado. Los israelitas blasfemaron contra el Señor, su Dios; en todo lugar habitado, desde las torres de vigilancia hasta las plazas fuertes, se erigieron lugares de culto; erigieron cipos y estelas en las colinas altas y bajo los árboles frondosos; allí quemaron incienso, como hacían las naciones que el Señor había desterrado ante ellos. Obraron mal, irritando al Señor. Dieron culto a los ídolos, cosa que el Señor les había prohibido.

El Señor había advertido a Israel (y a Judá) por medio de los profetas y videntes: «Volveos de vuestro mal camino, guardad mis mandatos y preceptos, siguiendo la ley que di a vuestros padres, que les comuniqué por medio de mis siervos los profetas». Pero no hicieron caso, sino que se pusieron tercos, como sus padres, que no confiaron en el Señor, su Dios. Rechazaron los mandatos y el pacto que había hecho el Señor con sus padres, y las advertencias que les hizo; se fueron tras los ídolos vanos y se desvanecieron, imitando a las naciones vecinas, cosa que el Señor les había prohibido. Abandonaron los preceptos del Señor, su Dios, se hicieron ídolos de fundición (los dos becerros) y una estela; se postraron ante el ejército del cielo y dieron culto a Baal. Sacrificaron en la hoguera a sus hijos e hijas, practicaron la adivinación y la magia y se vendieron para hacer lo que el Señor reprueba.

El Señor se irritó tanto contra Israel, que los arrojó de su presencia. Sólo quedó la tribu de Judá.


SEGUNDA LECTURA

San Germán de Constantinopla, Opúsculo (atribuido) sobre la contemplación de los bienes eclesiásticos (PG 98, 383-387)

Sobre la naturaleza de la Iglesia y sobre los sacramentos

La Iglesia es el templo de Dios, lugar consagrado, casa de oración, asamblea del pueblo, el cuerpo de Cristo, su Nombre, la esposa de Cristo, que llama a los pueblos a la penitencia y a la plegaria, purificada con el agua de su santo bautismo, lavada en su preciosa sangre, adornada con las joyas de la esposa y sellada con el ungüento del Espíritu Santo, según la palabra profética: Tu nombre es como bálsamo fragante: correremos al olor de sus perfumes.

En otro sentido, la Iglesia es el cielo en la tierra, en el cual habita y deambula el Dios Altísimo; es el tipo que hace referencia a la crucifixión, sepultura y resurrección de Cristo; glorificada por encima de la tienda del encuentro de Moisés, prefigurada en los patriarcas, fundada en los apóstoles; en la cual está el propiciatorio y el Santo de los santos; preanunciada en los profetas, adornada en los jerarcas, consumada en los mártires y cimentada en el trono de sus santas reliquias.

A otro nivel, la Iglesia es la casa de Dios, en la que se celebra el místico sacrificio de la vida, en donde se encuentra la mesa que nutre y vivifica a las almas; y en la que las margaritas son los dogmas divinos de la doctrina del Señor confiada a sus discípulos.

El que no nazca de agua y de Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Y a sus apóstoles les mandaba: Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Y hemos sido bautizados en la muerte de Cristo y en su resurrección. Pues mediante la inmersión y emersión del agua y por la triple infusión, representamos y confesamos los tres días de la sepultura y la resurrección del mismo Cristo, y al mismo tiempo, su bautismo en el Jordán por mediación de Juan. La unción con óleo de los bautizados es paralela a la unción con que eran ungidos los reyes, los sacerdotes y los profetas. También Cristo fue ungido con la unción de la encarnación como rey y sacerdote.

Somos además ungidos para evitar que el diablo pueda vencernos con la fuerza del pecado que conduce a la muerte; ésta es en nosotros consecuencia de la culpa de Adán. El agua mística nos revela el baño místico del agua y del fuego del Espíritu Santo, con el cual obtenemos la purificación de las manchas de nuestro pecado, el don del segundo nacimiento y la restitución de la vida eterna. Por medio de este bautismo, y conseguida la adopción de hijos, quedamos libres de la esclavitud y del poder del diablo, y recibimos la libertad de la gracia del Hijo de Dios: santificados y purificados en él mediante el agua y el Espíritu, nos conduce a Dios Padre, diciendo: Padre justo, heme aquí con los hijos que tú me diste: santifica en tu nombre a los que me diste, para que también ellos se consagren en la verdad y te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo, para que también ellos sean herederos de mi reino.


 


MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

Del segundo libro de los Reyes 17, 24-41

Origen de los samaritanos

El rey de Asiria trajo gente de Babilonia, Cutá, Avá, Jamat y Sefarvain y la estableció en las poblaciones de Samaria, para suplir a los israelitas. Ellos tomaron posesión de Samaria y se instalaron en sus poblados. Pero al empezar a instalarse allí, no daban culto al Señor, y el Señor les envió leones que hacían estrago entre los colonos. Entonces expusieron al rey de Asiria:

—La gente que llevaste a Samaria como colonos no conoce los ritos del dios del país, y por eso éste les ha enviado leones que hacen estrago entre ellos, porque no conocen los ritos del dios del país.

El rey Asur ordenó:

—Llevad allá uno de los sacerdotes deportados de Samaria, para que se establezca allí y les enseñe los ritos del dios del país.

Uno de los sacerdotes deportados de Samaria fue entonces a establecerse en Betel, y les enseñó cómo había que dar culto al Señor. Pero todos aquellos pueblos se fueron haciendo sus dioses, y cada uno en la ciudad donde vivía los pusieron en las ermitas de los altozanos que habían construido los de Samaria: los de Babilonia hicieron a Sucot-Benot; los de Cutá, a Nergal; los de Jamat, a Asima; los de Avá, a Nibjás y Tartac; los de Sefarvain sacrificaban a sus hijos en la hoguera en honor de sus dioses, Adramélec y Anamélec. También daban culto al Señor; nombraron sacerdotes a gente de la masa del pueblo, para que oficiaran en las ermitas de los altozanos. De manera que daban culto al Señor y a sus dioses, según la religión del país de donde habían venido. Hasta hoy vienen haciendo según sus antiguos ritos; no veneran al Señor ni proceden según sus mandatos y preceptos, según la ley y la norma dada por el Señor a los hijos de Jacob, al que impuso el nombre de Israel.

El Señor había hecho un pacto con ellos y les había mandado:

—No veneréis a otros dioses, ni los adoréis, ni les deis culto, ni les ofrezcáis sacrificios, sino que habéis de venerar al Señor, que os sacó de Egipto con gran fuerza y brazo extendido; a él adoraréis y a él ofreceréis sacrificios. Cuidad de poner siempre por obra los preceptos y normas, la ley y los mandatos que os he dado por escrito. No veneréis a otros dioses. No olvidéis el pacto que he hecho con vosotros. No veneréis a otros dioses, sino al Señor, vuestro Dios, y él os librará de vuestros enemigos.

Pero no hicieron caso, sino que procedieron según sus antiguos ritos. Así, aquella gente honraba al Señor y daba culto a los ídolos. Y sus descendientes siguen hasta hoy haciendo lo mismo que sus antepasados.


SEGUNDA LECTURA

San Anselmo de Havelberg, Diálogos (Lib 1, 6: SC 118, 64-66)

La nueva Iglesia de los fieles fue reunida por la gracia
del Espíritu Santo

La fe en la santísima Trinidad, revelada gradualmente según la capacidad de los creyentes y como parcialmente distribuida, y en continuo crescendo hasta la plenitud, logró finalmente la perfección.

Por eso, en este período que va desde la venida de Cristo hasta el día del juicio —considerado como la sexta edad—, y en el que la Iglesia una e idéntica se va renovando, ahora ya con la presencia del Hijo de Dios, no se encuentra un estado único y uniforme, sino muchos y pluriformes. En efecto, la primitiva Iglesia presentó una cara de la religión cristiana, cuando Jesús, vuelto del Jordán, llevado al desierto por el Espíritu y dejado por el tentador una vez agotadas las tentaciones, recorriendo la Judea y la Galilea eligió a doce discípulos, a quienes formó mediante una explicación especial de la fe cristiana, a los cuales enseñó a ser pobres en el espíritu y todas las demás cosas contenidas en el sermón de la montaña a ellos dirigido, a quienes instruyó para que pisotearan este perverso mundo presente, y a quienes adoctrinó con los saludables e innumerables preceptos de la doctrina evangélica.

Pero después de la pasión, resurrección y ascensión de Cristo, y luego de la venida del Espíritu Santo, muchos, al ver las señales y prodigios que se realizaban por mano de los apóstoles, se adhirieron a su comunidad, sucediendo lo que nos ha transmitido san Lucas: En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio, nada de lo que tenía. Ninguno pasaba necesidad, pues se distribuía todo según lo que necesitaba cada uno. Los demás no se atrevían a juntárseles, aunque la gente se hacía lenguas de ellos.

La nueva Iglesia de los fieles, reunida por la gracia del Espíritu Santo, renovada primero con gente procedente del judaísmo y más tarde del paganismo, fue abandonando paulatinamente los ritos tanto judíos como paganos, conservando sin embargo ciertas peculiaridades naturales o legales que, por estar tomadas y seleccionadas tanto de la ley natural como de la ley escrita, ni eran ni son contrarias a la fe cristiana, sino que consta positivamente ser saludables a cuantos las observan fiel y devotamente.

Fue también en ese momento cuando comenzó a predicarse claramente la fe integral en la santísima Trinidad, apoyándose en testimonios del antiguo y del nuevo Testamento, desvelándose de esta forma una fe que anteriormente quedaba en la penumbra y cuyos perfiles sólo gradualmente iban insinuándose. Surgen nuevos sacramentos, ritos nuevos, mandamientos nuevos, nuevas instituciones. Se escriben las cartas apostólicas y canónicas. La ley cristiana va adquiriendo consistencia con la predicación y los escritos, la fe llamada católica es anunciada en el universo mundo; y la santa Iglesia, atravesando por diversos estadios que van sucediéndose gradualmente hasta nuestros mismos días, como un águila renueva y renovara siempre su juventud, salvo siempre el fundamento de la fe en la santísima Trinidad, fuera del cual nadie en lo sucesivo puede colocar otro, si bien la estructura de la mayor parte de las diversas religiones se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor a través de una edificación no uniforme.



JUEVES


PRIMERA LECTURA

Del segundo libro de las Crónicas 29, 1-2; 30, 1-16a

La Pascua sacerdotal del rey Ezequías

Cuando Ezequías subió al trono tenía veinticinco años y reinó en Jerusalén veintinueve años. Su madre se llamaba Abí, hija de Zacarías. Hizo lo que el Señor aprueba, igual que su antepasado David.

Ezequías envió mensajeros por todo Israel y Judá, y escribió cartas a Efraín y Manasés para que acudiesen al templo de Jerusalén, con el fin de celebrar la Pascua del Señor, Dios de Israel. El rey, las autoridades y toda la comunidad de Jerusalén decidieron en consejo celebrar la Pascua durante el mes de mayo, ya que no habían podido hacerlo a su debido tiempo porque quedaban muchos sacerdotes por purificarse y el pueblo no se había reunido aún en Jerusalén. Al rey y a toda la comunidad les pareció acertada la decisión. Entonces acordaron pregonar por todo Israel, desde Berseba hasta Dan, que viniesen a Jerusalén a celebrar la Pascua del Señor, Dios de Israel, porque muchos no la celebraban como está mandado. Los mensajeros recorrieron todo Israel y Judá llevando las cartas del rey y de las autoridades, pregonando por orden del rey:

—Israelitas, volved al Señor, Dios de Abrahán, Isaac e Israel, y el Señor volverá a estar con todos los supervivientes del poder de los reyes asirios. No seáis como vuestros padres y hermanos, que se rebelaron contra el Señor, Dios de sus padres, y éste los convirtió en objeto de espanto, como vosotros mismos podéis ver. No seáis tercos como vuestros padres. Entregaos al Señor, acudid al santuario que ha sido consagrado para siempre. Servid al Señor, vuestro Dios, y él apartará de vosotros el ardor de su cólera. Si os convertís al Señor, los que deportaron a vuestros hermanos e hijos sentirán compasión de ellos y los dejarán volver a este país. Porque el Señor, vuestro Dios, es clemente y misericordioso, y no os volverá la espalda si volvéis a él.

Los mensajeros recorrieron de ciudad en ciudad la tierra de Efraín y Manasés, hasta Zabulón, pero se reían y se burlaban de ellos. Sólo algunos de Aser, Manasés y Zabulón se mostraron humildes y acudieron a Jerusalén. Los judíos, por gracia de Dios, cumplieron unánimes lo que el Señor había dispuesto por orden del rey y de las autoridades.

El mes de mayo se reunió en Jerusalén una gran multitud para celebrar la fiesta de los Azimos; fue una asamblea numerosísima. Suprimieron todos los altares que había por Jerusalén y eliminaron todas las aras de incensar, arrojándolas al torrente Cedrón.

El catorce de mayo inmolaron la Pascua. Los sacerdotes levíticos confesaron sus pecados, se purificaron y llevaron holocaustos al templo. Cada cual ocupó el puesto que le correspondía según la ley de Moisés, hombre de Dios.
 

SEGUNDA LECTURA

Beato Elredo de Rievaulx, Sermón en el día de Pascua (Edit. C.H. Talbot, SSOC, vol 1, 94-95)

En nuestra Pascua, Cristo es inmolado no en figura,
sino en realidad

Ya sabéis, carísimos hermanos, que en esta vida mortal nos es imposible celebrar la Pascua sin verduras amargas, es decir, sin la amargura de la vida. Como muy bien sabe vuestra caridad, Pascua significa «paso». Si no me falla la memoria, en las sagradas Escrituras encontramos un triple paso, correspondiente a tres pascuas. En efecto, cuando Israel salió de Egipto, se celebró la Pascua, realizándose el paso de los judíos a través del Mar Rojo, de la esclavitud a la libertad, de las ollas de carne al maná de los ángeles.

Se celebró otra Pascua cuando, no sólo los judíos, sino todo el género humano pasó de la muerte a la vida, del yugo del diablo al yugo de Cristo, de la esclavitud de las tinieblas a la libertad de la gloria de los hijos de Dios, del alimento inmundo de los vicios a aquel pan verdadero, verdadero pan de los ángeles, que dice de sí mismo: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo.

Se celebrará gozosamente una tercera Pascua, cuando demos el paso de la mortalidad a la inmortalidad, de la corrupción a la incorrupción, de la miseria a la felicidad, de la fatiga al descanso, del temor a la seguridad. La primera es la pascua de los judíos, la segunda la de los cristianos, la tercera la de los santos y perfectos. En la pascua de los judíos se inmoló un cordero, en nuestra pascua es inmolado Cristo, finalmente, en la pascua de los santos y de los perfectos Cristo es glorificado. Considerad los grados y diferencias de estas solemnidades, considerad cómo Cristo opera nuestra salvación, él que alcanza con vigor de extremo a extremo y gobierna el universo con acierto.

Pues en la pascua judía se inmoló un cordero, pero según un lenguaje figurativo y arcano, en ese cordero es inmolado Cristo. En nuestra Pascua, Cristo es inmolado no en figura, sino en realidad. En la pascua de los santos y de los perfectos, Cristo ya no es inmolado, sino que más bien será manifestado. En aquella primera pascua estaba prefigurada la pasión de Cristo, en la segunda se lleva a cabo la pasión, en la tercera se pone de manifiesto el fruto de dicha pasión en la potencia de la resurrección. De esta forma, la sabiduría vence a la malicia.

En efecto, mi Señor Jesús, fuerza de Dios y sabiduría de Dios, venció con sabiduría, suavidad y vigor la malicia de aquella antigua serpiente. Porque la malicia es una taimada astucia, que genera y comprende dos vicios: la soberbia y la envidia. La soberbia es el origen de todo pecado y por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo. Pues bien, a esta malicia que echó a perder todo el género humano, Cristo Jesús, mi Señor, sabiamente la venció por completo y de modo no menos fuerte que suave.



VIERNES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Isaías 20, 1-6

Anuncio de la deportación de Egipto y Cus

El año en que el general en jefe enviado por Sargón, rey de Asiria, llegó a Azoto, la atacó y la conquistó. Entonces el Señor habló por medio de Isaías, hijo de Amós (antes lo había dicho):

—Anda, desátate el sayal de la cintura, quítate las sandalias de los pies.

El lo hizo y anduvo desnudo y descalzo.

Y dijo el Señor:

—Como mi siervo Isaías ha caminado desnudo y descalzo durante tres años, como signo y presagio contra Egipto y Cus, así el rey de Asiria conducirá a los cautivos de Egipto y a los deportados de Cus, jóvenes y viejos, descalzos y desnudos, con las nalgas al aire (vergüenza para Egipto). Sentirán miedo y vergüenza por Cus, su confianza, y por Egipto, su orgullo. Y aquel día los habitantes de esta costa dirán: Ahí tenéis a los que eran nuestra confianza, a los que acudíamos en busca de auxilio para que nos libraran del rey de Asiria; pues nosotros, ¿cómo nos salvaremos?


SEGUNDA LECTURA

San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el libro del profeta Isaías (Lib 4, Sermón 1: PG 70, 887-890)

Se nos llama cristianos o pueblo de Dios

De oriente conduciré a tu descendencia y de occidente te reuniré. El Verbo unigénito de Dios se apareció a los que vivían en la tierra en nuestra condición, es decir, hecho hombre, para conducir a griegos y judíos —caídos en la apostasía y defección del Creador común a causa de sus muchas y variadas culpas— al verdadero e incontaminado conocimiento de Dios, congregarlos en una comunión espiritual por medio de la fe y de la santificación maravillosamente consumada, y, por último hacerlos dignos de su unión con él, y de este modo unirlos a Dios Padre por mediación suya. Que por esta razón Cristo se hizo hombre no es difícil deducirlo de las sagradas páginas del evangelio.

En efecto, Lázaro resucitó de entre los muertos de un modo maravilloso y en contra de la común estimación. Pues bien, la muchedumbre de los impíos judíos y la secta de los fariseos odiosa a Dios, convocaron el sanedrín y dijeron: ¿Qué estamos haciendo? Este hombre hace muchos milagros. Si lo dejamos seguir, vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación. Entonces, uno de ellos, Caifás, les dijo: Vosotros no entendéis ni palabra: no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera. A estas palabras añade seguidamente el divino evangelista: Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no sólo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos.

Pues por lo que se refiere a la primera creación del hombre y al propósito del que lo creó, todos eran hijos suyos. Pero Satanás los dispersó a todos, precipitándolos en una multitud de pecados y, una vez los hubo inducido al error, los separó de la unión que con Dios tenían. Pero Cristo los redujo nuevamente a la unidad, pues vino a buscar lo que estaba perdido.

Y cuando le oímos llamar hijos e hijas a los que vienen corriendo procedentes de los cuatro puntos cardinales, manifiesta el tiempo de la venida de Cristo, tiempo en que a los habitantes de la tierra les fue otorgada la gracia de la adopción por la santificación en el Espíritu. Y que la vocación no es exclusiva de un solo pueblo, sino común yúnica para todos, lo insinuó al decir: Todos cuantos lleven mi nombre. Se nos llama cristianos o pueblo de Dios. Dice efectivamente Pedro en una carta enviada a los que han sido llamados por medio de la fe: Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa. Antes erais «no pueblo», ahora sois «Pueblo de Dios».



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

Del segundo libro de los Reyes 20, 1-19

Curación de Ezequías y profecía del exilio de Babilonia

En aquellos días, el rey Ezequías cayó enfermo de muerte. Vino a visitarlo el profeta Isaías, hijo de Amós, y le dijo:

—Esto dice el Señor: «Haz testamento, porque vas a morir sin remedio».

Entonces Ezequías volvió la cara a la pared y oró al Señor:

—Señor, acuérdate que he caminado en tu presencia con corazón sincero y leal, y que he hecho lo que te agrada. Y Ezequías lloró con largo llanto.

No había cruzado Isaías al atrio mediano, cuando le vino la palabra del Señor:

—Ve y dile a Ezequías: Así dice el Señor, Dios de tu padre David: «He escuchado tu oración y he visto tus lágrimas: yo te curaré, y pasado mañana subirás al templo del Señor. Añadiré quince años a tus días, te libraré de las manos del rey de Asiria, a ti y a esta ciudad y la protegeré, por mí y por mi siervo David».

Isaías ordenó:

—Coged un emplasto de higos; que lo apliquen en la herida, y curará.

Ezequías le preguntó:

—¿Y cuál es la señal de que el Señor me va a curar y dentro de tres días podré subir al templo?

Isaías respondió:

—Esta es la señal de que el Señor cumplirá la palabra dada: ¿Quieres que la sombra adelante diez grados o que atrase diez?

Ezequías comentó:

—Es fácil que la sombra adelante diez grados, lo difícil es que atrase diez.

El profeta Isaías clamó al Señor, y el Señor hizo que la sombra atrasase diez grados en el reloj de Acaz.

En aquel tiempo, Merodac Baladán, hijo de Baladán, rey de Babilonia, envió cartas y regalos al rey Ezequías cuando se enteró de que se había restablecido de su enfermedad. Ezequías se alegró y enseñó a los mensajeros su tesoro: la plata, el oro, los bálsamos y ungüentos, toda la vajilla y cuanto había en sus depósitos. No quedó nada en su palacio y en sus dominios que Ezequías no les enseñase.

Pero el profeta Isaías se presentó al rey Ezequías y le dijo:

—¿Qué ha dicho esa gente, y de dónde vienen a visitarte?

Ezequías contestó:

—Han venido de un país lejano: de Babilonia.

Isaías preguntó:

—¿Qué han visto en tu casa?

Ezequías dijo:

—Todo. No he dejado nada de mis tesoros sin enseñárselo.

Entonces Isaías le dijo:

—Escucha la palabra del Señor: Mira, llegarán días en que se llevarán a Babilonia todo lo que hay en tu palacio, cuanto atesoraron tus abuelos hasta hoy. No quedará nada, dice el Señor. Y a los hijos que salieron de ti, que tú engendraste, se los llevarán a Babilonia para que sirvan como palaciegos del rey.

Ezequías dijo:

—Es favorable la palabra del Señor que has pronunciado (pues se dijo: Mientras yo viva, habrá paz y seguridad).


SEGUNDA LECTURA

San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el libro del profeta Isaías (Lib 3, t 1: PG 70, 579-582)

Seremos posesión y herencia de Dios

Señor, Dios nuestro, tú nos darás la paz, porque todas nuestras empresas nos las realizas tú. ¡Señor, Dios nuestro, poséenos!, no conocemos a otro fuera de ti, e invocamos tu nombre. Los santos profetas tenían por costumbre elevar preces en favor de Israel, pues eran amigos de Dios y estaban maravillosamente coronados con los ornamentos de la piedad. Pues desde el momento en que procedían de la raíz de Abrahán y de la sangre de los santos padres, era natural que se doliesen de la suerte de sus tribus de Israel, al verlas perecer a causa de su impiedad para con Cristo. De aquí que también ahora el bienaventurado profeta Isaías abra la boca y diga: Señor, Dios nuestro, tú nos darás la paz, porque todas nuestras empresas nos las realizas tú.

Que es como si dijera: Si nos dieras la paz, abundaríamos en toda clase de bienes, y nos convertiríamos en partícipes de todos tus dones. Pero conviene saber de qué paz se trata. Pues o bien estas palabras piden al mismo Cristo, ya que, según las Escrituras, él es nuestra paz, y mediante él nos asociamos también al Padre por un parentesco espiritual; o bien intentan decir otra cosa distinta: porque quienes todavía no poseen la fe y no han rechazado ni alejado de sí la marca del pecado, viven apartados de Dios y con toda razón son contados en el número de los enemigos, son del gremio de los de dura cerviz y combaten contra las mismas leyes del Señor. En cambio, los que son morigerados, dóciles al freno y prontos para todo cuanto es del agrado de Dios, rebosan amor y están en paz con él.

Por lo demás, la paz es realmente un don de Dios, derivada de su soberana munificencia. Concédenos, pues, Señor, estar en paz contigo y, quitado del medio el impío y detestable pecado, haz que nos podamos espiritualmente unir a ti por mediación de Cristo, como muy bien dice san Pablo: Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estemos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Conseguido lo cual, seremos posesión y herencia de Dios.

Por eso, sabiamente trae a colación aquello: ¡Señor, poséenos!, no conocemos a otro fuera de ti, e invocamos tu nombre. En efecto, los que están en paz con Dios es necesario que sean semejantes a él en su conducta, estén en constante comunión con él, hasta el punto de conocerlo sólo a él y no poder tener, ni siquiera en la lengua, el nombre de cualquier otro dios ficticio. Pues sólo él ha de ser invocado, ya que él es el único Dios nuestro por naturaleza y de verdad. Es lo que nos predica la ley del sapientísimo Moisés: Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto y a su nombre.

 


DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Isaías 22, 1-14

Contra las falsas seguridades del pueblo de Dios

Oráculo del Valle de la Visión:

Pero ¿qué te pasa que te subes en masa a las azoteas?
Llena de ruido, urbe estridente, ciudad divertida.
Tus caídos no han caído a espada, no han muerto en combate.

Tus jefes desertaron en bloque,
sin disparar el arco cayeron prisioneros;
tus tropas fueron copadas cuando se alejaban huyendo.

Por eso digo: Apartaos de mí, lloraré amargamente;
no porfiéis en consolarme de la derrota de mi pueblo.
Porque era un día de pánico, de humillación, de desconcierto,
que enviaba el Señor de los ejércitos.

En el Valle de la Visión socavaban los muros
y subían gritos hacia el monte.

Elam se cargaba la aljaba,
los jinetes aparejaban los caballos,

Quir desnudaba el escudo.

Tus valles mejores se llenaban de carros,
los jinetes cargaban contra la puerta,
quedaba
al descubierto Judá.

Aquel día inspeccionabais el arsenal en el palacio de maderas
y descubríais cuántas brechas tenía la ciudad de David;
recogíais el agua del aljibe de abajo,
hacíais recuento de las casas de Jerusalén,
demolíais casas para reforzar la muralla;
entre los dos muros hicisteis un depósito
para el agua del aljibe viejo.

Pero no os fijabais en el que lo hacía,
ni mirabais al que lo dispuso hace tiempo.

El Señor de los ejércitos os invitaba aquel día a llanto y a luto,
a raparos y a ceñir sayal;
pero ahora: fiesta y alegría,
a matar vacas, a degollar corderos,
a comer carne, a beber vino,
«a comer y a beber, que mañana moriremos».

Me ha revelado al oído el Señor de los ejércitos:
Juro que no se expiará este pecado hasta que muráis
—lo ha dicho el Señor de los ejércitos—.


SEGUNDA LECTURA

San Cirilo de Alejandría, Homilía pascual 9 (6: PG 77 599-602)

Dios Padre domina todas las cosas

Un señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo. Realmente, Dios Padre reina e impera sobre todas las cosas, todo lo gobierna comunicándole interiormente la vida y sustentándosela por el Hijo en el Espíritu, no como a través de un instrumento del que eventualmente pudiera servirme: no, al Verbo Dios engendrado por él, Dios lo tiene como asesor y partícipe del mismo trono, y juntamente con él reina su propio Espíritu. Y como quiera que El Hijo es la fuerza y la sabiduría del Padre, llevando a la perfección todas las cosas en el Espíritu que es como su fuerza y su sabiduría, lo mantiene todo en su ser, y Dios Padre domina sobre todas las cosas.

Así pues, coloca previamente y a título de fundamento en nuestros corazones y antes de cualquier otro equipamiento, una fe íntegra e incontaminada, y a continuación —y muy oportunamente por cierto— todas aquellas cosas que nos harán ilustres, es decir, toda clase de virtudes, estaremos en situación de llevar a cabo también todas las acciones propias de un corazón inflamado por el amor divino. Y así como la fe si no tiene obras está muerta por dentro, lo mismo ocurre con las obras, que si no están interiormente informadas por la fe, no serán en absoluto útiles a nuestras almas. Pues, como está escrito: Un atleta no recibe el premio si no compite conforme al reglamento.

Porque aun cuando uno esté muy versado en el arte de la palestra, aun cuando sea incluso considerado más fuerte que los demás atletas, jamás se dará el caso de premiarle con la distinción de la corona, si antes no hubiere cubierto la serie de pruebas, condición para obtener la gloria, teniendo al presidente del estadio como espectador de los ejercicios por él diestramente realizados. Luchemos, pues, en presencia de Dios, teniendo en gran honor su divina ley, y dirijamos el curso de nuestra vida hacia donde fuere más de su agrado, prontos siempre a su servicio. Mostrémonos entonces inflamados en el deseo de toda obra buena, ardiendo en incontenibles ansias, situándonos ante Dios, que preside los certámenes de los santos, como olor de suavidad.

Tengamos también presente aquella exhortación de Dios: Sed santos, porque yo soy santo. De esta forma estaremos ante Dios como unos muertos que han vuelto a la vida; de esta suerte el puro nos recibirá puros; de este modo, acercándonos a la comunión de la mística bendición, colmaremos nuestras almas de la plenitud de todos los bienes.

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Isaías 30, 1-18

Inutilidad de los pactos con pueblos extranjeros

«¡Ay de los hijos rebeldes! —oráculo del Señor—, que hacen planes sin contar conmigo, que firman pactos sin contar con mi profeta, añadiendo pecado a pecado; que bajan a Egipto sin consultar mi oráculo, buscando la protección del Faraón y refugiarse a la sombra de Egipto. La protección del Faraón será su deshonra, y el refugio a la sombra de Egipto, su oprobio. Cuando estén sus magnates en Soán, y lleguen sus mensajeros a Hanés, todos se avergonzarán de un pueblo impotente, que no puede auxiliar ni servir, si no es de deshonra y afrenta.

Oráculo contra la Bestia del Sur: Por tierra siniestra y temible, de leones y leonas rugientes, de víboras y áspides voladores, llevan sus riquezas a lomo de asno y sus tesoros a giba de camellos, a un pueblo sin provecho, a Egipto, cuyo auxilio es inútil y nulo; por eso lo llamo así: "Fiera que ruge y huelga".

Ahora ve y escríbelo en una tablilla, grábalo en el bronce, que sirva para el futuro de testimonio perpetuo. Es un pueblo rebelde, hijos renegados, hijos que no quieren escuchar la ley del Señor; que dicen a los videntes: "No veáis"; y a los profetas: "No profeticéis sinceramente; decidnos cosas halagüeñas, profetizad ilusiones. Apartaos del camino, retiraos de la senda, dejad de ponernos delante al Santo de Israel"».

Por eso, así dice el Santo de Israel:

«Puesto que rechazáis esta palabra y confiáis en la opresión y la perversidad, y os apoyáis en ellas; por eso esa culpa será para vosotros como una grieta que baja en una alta muralla y la abomba, hasta que de repente, de un golpe, se desmorona; como se rompe una vasija de loza, hecha añicos sin piedad, hasta no quedar entre sus añicos ni un trozo con que sacar brasas del brasero, con que sacar agua del aljibe».

Así decía el Señor, el Santo de Israel:

«Vuestra salvación está en convertiros y en tener calma; vuestra fuerza está en confiar y estar tranquilos; pero no quisisteis, dijisteis: "No. Huiremos a caballo". Está bien, tendréis que huir. "Correremos al galope". Más correrán los que os persiguen.

Huirán mil ante el reto de uno, huiréis ante el reto de cinco; hasta que quedéis como mástil en la cumbre de un monte, como enseña sobre una colina».

Pero el Señor espera para apiadarse, aguanta para compadecerse; porque el Señor es un Dios recto: dichosos los que esperan en él.


SEGUNDA LECTURA

San Ambrosio de Milán, Comentario sobre el salmo 48 (13-14: CSEL 64, 367-368)

Uno solo es el mediador entre Dios y los hombres,
el hombre Cristo Jesús

El hermano no rescata, un hombre rescatará; nadie puede rescatarse a sí mismo, ni dar a Dios un precio por su vida; esto es, ¿por qué habré de temer los días aciagos? Pues, ¿qué es lo que puede perjudicarme? No necesito yo redención. Al contrario, yo mismo soy el único redentor de todos. En mis manos está la libertad de los demás; y ¿yo voy a echarme a temblar por mí? Voy a hacer algo nuevo, que trascienda el amor fraternal y todo afecto de piedad. A quien no puede redimir a su propio hermano, nacido de un mismo seno materno, lo redimirá aquel hombre de quien está escrito: Les enviará el Señor un hombre que los salvará; aquel que, hablando de sí mismo, afirma: Tratáis de matarme a mí, el hombre que os ha hablado de la verdad.

Pero, aunque se trate de un hombre, ¿quién será capaz de conocerlo? ¿Por qué no podrá nadie conocerlo? Porque, así como Dios es uno solo, así también uno solo es el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús. Sólo él podrá redimir al hombre, aventajando en amor fraternal a los propios hermanos. Porque él, por los que no eran de su propia familia, derramó su propia sangre, cosa que no se hace ni por los propios hermanos. Y así, no tuvo consideración con su propio cuerpo, a fin de redimirnos de nuestros pecados, y se entregó en rescate por todos. Así lo afirma el apóstol Pablo, su testigo veraz, como se califica a sí mismo cuando dice: Digo la verdad, no miento.

Y ¿por qué sólo él es capaz de redimir? Porque nadie puede tener un amor como el suyo, hasta dar la vida por sus mismos siervos; ni una santidad como la de él, porque todos están sujetos al pecado, todos sufriendo las consecuencias del de Adán. Sólo puede ser designado Redentor aquel que no podía estar sometido al pecado de origen. Al hablar, pues, del hombre, nos referimos a nuestro Señor Jesucristo, que tomó naturaleza humana para crucificar en su carne el pecado de todos y borrar con su sangre el protocolo que nos condenaba.

Alguno podría replicar: «¿Por qué se dice que el hermano no rescatará, siendo así que él mismo dijo: Contaré tu fama a mis hermanos?» Pero es que, si pudo perdonar nuestros pecados, no es precisamente porque era hermano nuestro, sino porque era el hombre Cristo Jesús, en el cual estaba Dios. Por eso está escrito: Dios mismo estaba en Cristo, reconciliando al mundo consigo; en aquel Cristo Jesús, el único de quien pudo decirse: La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros. Por eso, al hacerse carne, acampó entre nosotros en cuanto Dios, no en cuanto hermano.



MARTES


PRIMERA LECTURA

Del segundo libro de los Reyes 18, 17-36

Amenazas de los embajadores del rey de Asiria
contra Jerusalén

Desde Laquis, el rey de Asiria despachó al general en jefe, al prefecto de eunucos y al copero mayor para que fueran con un fuerte destacamento a Jerusalén, al rey Ezequías. Fueron, y cuando llegaron a Jerusalén se detuvieron ante el Canal de la Alberca de Arriba, que queda junto a la calzada del Campo del Batanero. Llamaron al rey, y salieron a recibirlos Eliacín, hijo de Jelcías, mayordomo de palacio; Sobná, el secretario, y el heraldo Yoaj, hijo de Asaf. El copero mayor les dijo:

—Decid a Ezequías: Así dice el emperador, el rey de Asiria: «¿En qué fundas tu confianza? Tú piensas que la estrategia y la valentía militares son cuestión de palabras. ¿En quién confías para rebelarte contra mí? ¿Te fías de ese bastón de caña quebrada que es Egipto? Al que se apoya en él, se le clava en la mano y se la atraviesa; eso es el Faraón para los que confían en él. Y si me replicas: yo confío en el Señor, nuestro Dios, ¿no es ése el dios cuyas ermitas y altares ha suprimido Ezequías, exigiendo a Judá y a Jerusalén que se postren ante ese altar en Jerusalén? Por tanto, haz una apuesta con mi señor, el rey de Asiria, y te daré dos mil caballos, si es que tienes quien los monte. ¿Cómo te atreves a desairar a uno de los últimos siervos de mi señor, confiando en que Egipto te proporcionará carros y jinetes? ¿Te crees que he subido a arrasar esta ciudad sin consultar con el Señor? Fue el Señor quien me dijo que subiera a devastar este país».

Eliacín, hijo de Jelcías, Sobná y Yoaj dijeron al copero mayor:

—Por favor, háblanos en arameo, que lo entendemos. No nos hables en hebreo ante la gente que está en las murallas.

Pero el copero les replicó:

—¿Crees que mi señor me ha enviado para que os comunique a ti y a tu señor este mensaje? También es para los hombres que están en la muralla, y que con vosotros habrán de comer sus excrementos y beber su orina.

E, irguiéndose, gritó a voz en cuello, en hebreo:

—¡Escuchad la palabra del emperador, rey de Asiria! Así dice el rey: «Que no os engañe Ezequías, porque no podrá libraros de mi mano. Que Ezequías no os haga confiar en el Señor, diciendo: El Señor nos librará y no entregará esta ciudad al rey de Asiria. No hagáis caso de Ezequías, porque esto dice el rey de Asiria: rendíos y haced la paz conmigo, y cada uno comerá de su viña y su higuera y beberá de su pozo, hasta que llegue yo para llevaros a una tierra como la vuestra, tierra de trigo y mosto, tierra de pan y viñedos, tierra de aceite y miel, para que viváis y no muráis. No hagáis caso a Ezequías, que os engaña, diciendo: El Señor nos librará. ¿Acaso los dioses de las naciones libraron sus países de la mano del rey de Asiria? ¿Dónde están los dioses de Jamat y Arpad, los dioses de Sefarvain, Hená y Avá? ¿Han librado a Samaria de mi poder? ¿Qué dios de esos países ha podido librar sus territorios de mi mano? ¿Y va a librar el Señor a Jerusalén de mi mano?»

Todos callaron y no respondieron palabra. Tenían consigna del rey de no responder.


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Comentario sobre el salmo 47 (7: CCL 38, 543-545)

Vamos a subir al monte del Señor

Lo que habíamos oído lo hemos visto. ¡Oh bienaventurada Iglesia! En un tiempo oíste, en otro viste. Oíste en el tiempo de las promesas, viste en el tiempo de su realización; oíste en el tiempo de las profecías, viste en el tiempo del Evangelio. En efecto, todo lo que ahora se cumple había sido antes profetizado. Levanta, pues, tus ojos y esparce tu mirada por todo el mundo; contempla la heredad del Señor difundida ya hasta los confines del orbe; ve cómo se ha cumplido ya aquella predicción: Que se postren ante él todos los reyes, y que todos los pueblos le sirvan. Y aquella otra: Elévate sobre el cielo, Dios mío, y llene la tierra tu gloria. Mira a aquel cuyas manos y pies fueron traspasados por los clavos, cuyos huesos pudieron contarse cuando pendía en la cruz, cuyas vestiduras fueron sorteadas; mira cómo reina ahora el mismo que ellos vieron pendiente de la cruz. Ve cómo se cumplen aquellas palabras: Lo recordarán y volverán al Señor hasta de los confines del orbe; en su presencia se postrarán las familias de los pueblos. Y, viendo esto, exclamó lleno de gozo: Lo que habíamos oído lo hemos visto.

Con razón se aplican a la Iglesia llamada de entre los gentiles las palabras del salmo: Escucha, hija, mira: olvida tu pueblo y la casa paterna. Escucha y mira: primero escuchas lo que no ves, luego verás lo que escuchaste. Un pueblo extraño —dice otro salmo— fue mi vasallo; me escuchaban y me obedecían. Si obedecían porque escuchaban es señal de que no veían. ¿Y cómo hay que entender aquellas palabras: Verán algo que no les ha sido anunciado y entenderán sin haber oído? Aquellos a los que no habían sido enviados los profetas, los que anteriormente no pudieron oírlos, luego, cuando los oyeron, los entendieron y se llenaron de admiración. Aquellos otros, en cambio, a los que habían sido enviados, aunque tenían sus palabras por escrito, se quedaron en ayunas de su significado y, aunque tenían las tablas de la ley, no poseyeron la heredad. Pero nosotros, lo que habíamos oído lo hemos visto.

En la ciudad del Señor de los ejércitos, en la ciudad de nuestro Dios. Aquí es donde hemos oído y visto. Dios la ha fundado para siempre. No se engrían los que dicen: El Mesías está aquí o está allí. El que dice: Está aquí o está allí induce a división. Dios ha prometido la unidad: los reyes se alían, no se dividen en facciones. Y esta ciudad, centro de unión del mundo, no puede en modo alguno ser destruida: Dios la ha fundado para siempre. Por tanto, si Dios la ha fundado para siempre, no hay temor de que cedan sus cimientos.



MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

Del segundo libro de los Reyes 18, 37-19, 19.35-37

Oración de Ezequías. Isaías lo conforta.
Salvación de Jerusalén

Eliacín, hijo de Jelcías, mayordomo de palacio, Sobná el secretario, y el heraldo Yoaj, hijo de Asaf, se presentaron al rey con las vestiduras rasgadas, y le comunicaron las palabras del copero mayor.

Cuando el rey Ezequías lo oyó, se rasgó las vestiduras, se vistió de sayal y fue al templo; y despachó a Eliacín, mayordomo de palacio; a Sobná, el secretario, y a los sacerdotes más ancianos, vestidos de sayal, para que fueran a decirle al profeta Isaías, hijo de Amós:

Así dice Ezequías: Hoy es un día de angustia, de castigo y de vergüenza; los hijos llegan al parto y no hay fuerza para darlos a luz. Ojalá oiga el Señor, tu Dios, las palabras del copero mayor, a quien su señor, el rey de Asiria, ha enviado para ultrajar al Dios vivo, y castigue las palabras que el Señor, tu Dios, ha oído. ¡Reza por el resto que todavía subsiste!

Los ministros del rey Ezequías se presentaron a Isaías, y éste les dijo:

Decid a vuestro señor: «No te asustes por esas palabras que has oído, por las blasfemias de los criados del rey de Asiria. Yo mismo le meteré un espíritu, y cuando oiga cierta noticia, se volverá a su país, y allí le haré morir a espada».

El copero mayor regresó y encontró al rey de Asiria combatiendo contra Alba, pues había oído que se había retirado de Laquis al recibir la noticia de que Tarjaca, rey de Etiopía, había salido para luchar con él.

Senaquerib envió de nuevo mensajeros a Ezequías a decirle:

Decid a Ezequías, rey de Judá: Que no te engañe tu Dios, en quien confías, pensando en que Jerusalén no caerá en manos del rey de Asiria. Tú mismo has oído cómo han tratado los reyes de Asiria a todos los países, exterminándolos, ¿y tú te vas a librar? ¿Los salvaron a ellos los dioses de los pueblos que destruyeron mis predecesores: Gozán, Jarán, Résef, y los adanitas de Telasar? ¿Dónde está el rey de Jamat, el rey de Arpad, el rey de Sefarvain, de Hená y de Avá?

Ezequías tomó la carta de mano de los mensajeros y la leyó; después subió al templo, la desplegó ante el Señor y oró:

«Señor, Dios de Israel, sentado sobre querubines:
Tú sólo eres el Dios de todos los reinos del mundo.
Tú hiciste el cielo y la tierra.
Inclina tu oído, Señor, y escucha;
abre tus ojos, Señor, y mira.

Escucha el mensaje que ha enviado Senaquerib para ultrajar al Dios vivo.

Es verdad, Señor: los reyes de Asiria
han asolado todos los países y su territorio,
han quemado todos sus dioses
—porque no son dioses,
sino hechura de manos humanas,
leño y piedra— y los han destruido.

Ahora, Señor, Dios nuestro, sálvanos de su mano
para que sepan todos los reinos del mundo
que tú sólo, Señor, eres Dios».

Aquella misma noche salió el ángel del Señor e hirió en el campamento asirio a ciento ochenta y cinco mil hombres. Por la mañana, al despertar, los encontraron ya cadáveres.

Senaquerib, rey de Asiria, levantó el campamento, se volvió a Nínive y se quedó allí. Y un día, mientras estaba postrado en el templo de su dios Nisroc, Adramélec y Saréser lo asesinaron, y escaparon al territorio de Ararat. Su hijo Asaradón le sucedió en el trono.
 

SEGUNDA LECTURA

San Bernardo de Claraval, Sermón 27 sobre el Cantar de los Cantares (4.6-7: Opera omnia, Edit. Cister. t 1, 1957, 185-187)

Me casaré contigo en misericordia y en fidelidad

Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo. Y añade: Y escuché una voz potente que decía desde el trono: «Esta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos». ¿Para qué? Pienso que para adquirirse una esposa de entre los hombres. ¡Cosa admirable! Venía a la esposa y no venía sin la esposa. Buscaba a la esposa y la esposa estaba con él. ¿No serán dos? En absoluto. Una sola —dice— es mi paloma. Sino que así como de los diversos rebaños de ovejas quiso hacer uno solo, de modo que haya un solo rebaño y un solo pastor, así también aunque tenía unida a sí como esposa desde el principio a la multitud de los ángeles, tuvo a bien convocar asimismo de entre los hombres a la Iglesia y unirla a la Iglesia del cielo, a fin de que haya una sola esposa y un solo esposo.

Tienes, pues, que ambos descienden del cielo: Jesús, el esposo, y la esposa, Jerusalén. Y él, precisamente para que pudiéramos verlo, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Pero ella, ¿en qué forma o aspecto, en qué atavío pensamos que la vio descender aquél que la vio? ¿Quizá en la muchedumbre de ángeles, que vio subir y bajar sobre el Hijo del hombre?

Sin embargo, será más correcto decir que vio a la esposa en el momento mismo en que contempló a la Palabra hecha carne, reconociendo a los dos en una sola carne. Porque cuando aquel divino Emmanuel trajo a la tierra el magisterio de la doctrina celestial, cuando en Cristo y por su medio nos fue revelada una cierta imagen visible de la Jerusalén de arriba, que es nuestra madre, y una visión de su dechado de belleza, ¿qué hemos contemplado sino a la esposa en el esposo, admirando al único e idéntico Señor de la gloria: al esposo ornado con la corona y a la esposa adornada con su joyas?

Así pues, el que bajó es el mismo que subió, para que nadie suba al cielo, sino el que bajó del cielo, el único y mismo Señor, esposo en la cabeza y esposa en el cuerpo. Y no en vano apareció en la tierra el hombre celestial, ya que de los terrenos hizo muchos hombres celestes, semejantes a él, para que se cumpla lo que leemos: Igual que el celestial son los hombres celestiales.

Desde entonces se vive en la tierra según el modelo del cielo, mientras a semejanza de aquella soberana y dichosa criatura, también ésta que vino desde los confines de la tierra, para escuchar la sabiduría de Salomón, se una —aunque con amor casto— al varón celestial, y si bien todavía no se una, como aquélla, movida por la belleza, no obstante está desposada en fidelidad, según la promesa de Dios que dice por boca del profeta: Me casaré contigo en misericordia y compasión, me casaré contigo en fidelidad. En consecuencia, se esfuerza más y más por adaptarse al modelo que le viene dado del cielo, aprendiendo a padecer y a compadecer, aprendiendo finalmente a ser mansa y humilde de corazón. Por eso, con un comportamiento tal procura agradar, aunque ausente, a aquel a quien los ángeles ansían contemplar, para que mientras arde en deseos angélicos, se comporte como ciudadana del pueblo de Dios y miembro de la familia de Dios, se comporte como la amada, se comporte como la esposa.



JUEVES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Isaías 37, 21-35

Vaticinios de Isaías contra el rey de Asiria

Isaías, hijo de Amós, mandó decir a Ezequías:

«Así dice el Señor, Dios de Israel: He oído lo que me pides acerca de Senaquerib, rey de Asiria. Esta es la palabra que el Señor pronuncia contra él:

"Te desprecia y te burla la doncella de Sión; menea la cabeza a tu espalda la ciudad de Jerusalén. ¿A quién has ultrajado e insultado, contra quién has alzado la voz y levantado tus ojos a lo alto? ¡Contra el Santo de Israel! Por medio de tus criados has ultrajado al Señor: `Con mis numerosos carros yo he subido a las cimas de los montes, a las cumbres del Líbano; he talado la estatura de sus cedros y sus mejores cipreses; llegué hasta la última cumbre y entré hasta lo más denso de su bosque. Yo alumbré y bebí aguas extranjeras; sequé bajo la planta de mis pies todos los canales de Egipto'.

¿No lo has oído? Desde antiguo lo estoy actuando, en tiempos remotos lo preparé, y ahora lo realizo; por eso tú reduces las plazas fuertes a montones de escombros. Sus habitantes, faltos de fuerza, con la vergüenza de la derrota, fueron como hierba del campo, como verde de los prados, como grama de las azoteas, agostada antes de crecer. Me entero cuando te sientas y te levantas, cuando entras y sales; cuando te agitas contra mí; cuando te calmas sube a mis oídos. Te pondré mi argolla en la nariz y mi freno en el hocico, y te llevaré por el camino por donde viniste".

Esto te servirá de señal: Este año comeréis el grano de ricio; el año que viene, lo que brote sin sembrar; el año tercero sembraréis y segaréis, plantaréis viñas y comeréis frutos. De nuevo el resto de la casa de Judá echará raíces por abajo y dará fruto por arriba; pues de Jerusalén saldrá un resto; los supervivientes, del monte Sión: el celo del Señor de los ejércitos lo cumplirá».

Así dice el Señor acerca del rey de Asiria:

«No entrará en esta ciudad, no disparará contra ella su flecha, no se acercará con escudo ni levantará contra ella un talud; por el camino por donde vino se volverá, pero no entrará en esta ciudad —oráculo del Señor—. Yo escudaré a esta ciudad para salvarla, por mi honor y el de David, mi siervo".


SEGUNDA LECTURA

San Ambrosio de Milán, Comentario sobre el salmo 48 (14-15: CSEL 64, 368-370)

Cristo reconcilió el mundo con Dios
por su propia sangre

Cristo, que reconcilió el mundo con Dios, personalmente no tuvo necesidad de reconciliación. El, que no tuvo ni sombra de pecado, no podía expiar pecados propios. Y así, cuando le•pidieron los judíos la didracma del tributo que, según la ley, se tenía que pagar por el pecado, preguntó a Pedro: «¿Qué te parece, Simón? Los reyes del mundo, ¿a quién le cobran impuestos y tasas, a sus hijos o a los extraños?» Contestó: «A los extraños». Jesús le dijo: «Entonces, los hijos están exentos. Sin embargo, para no escandalizarlos, ve al lago, echa el anzuelo, coge el primer pez que pique, ábrele la boca y encontrarás una moneda de plata. Cógela y págales por mí y por ti».

Dio a entender con esto que él no estaba obligado a pagar para expiar pecados propios; porque no era esclavo del pecado, sino que, siendo como era Hijo de Dios, estaba exento de toda culpa. Pues el Hijo libera, pero el esclavo está sujeto al pecado. Por tanto, goza de perfecta libertad y no tiene por qué dar ningún precio en rescate de sí mismo. En cambio, el precio de su sangre es más que suficiente para satisfacer por los pecados de todo el mundo. El que nada debe está en perfectas condiciones para satisfacer por los demás.

Pero aún hay más. No sólo Cristo no necesita rescate ni propiciación por el pecado, sino que esto mismo lo podemos decir de cualquier hombre, en cuanto que ninguno de ellos tiene que expiar por sí mismo, ya que Cristo es propiciación de todos los pecados, y él mismo es el rescate de todos los hombres.

¿Quién es capaz de redimirse con su propia sangre, después que Cristo ha derramado la suya por la redención de todos? ¿Qué sangre puede compararse con la de Cristo? ¿O hay algún ser humano que pueda dar una satisfacción mayor que la que personalmente ofreció Cristo, el único que puede reconciliar el mundo con Dios por su propia sangre? ¿Hay alguna víctima más excelente? ¿Hay algún sacrificio de más valor? ¿Hay algún abogado más eficaz que el mismo que se ha hecho propiciación por nuestros pecados y dio su vida por nuestro rescate?

No hace falta, pues, propiciación o rescate para cada uno, porque el precio de todos es la sangre de Cristo. Con ella nos redimió nuestro Señor Jesucristo, el único que de hecho nos reconcilió con el Padre. Y llevó una vida trabajosa hasta el fin, porque tomó sobre sí nuestros trabajos. Y así decía: Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré.



VIERNES


PRIMERA LECTURA

Del segundo libro de los Reyes 21, 1-18.23—22, 1

Reinados de Manasés y de Amón.
Comienzo del reinado de Josías

Cuando Manasés subió al trono tenía doce años y reinó en Jerusalén cincuenta y cinco años. Su madre se llamaba Jepsibá. Hizo lo que el Señor reprueba, imitando las costumbres abominables de las naciones que el Señor había expulsado ante los israelitas. Reconstruyó las ermitas de los altozanos derruidas por su padre, Ezequías, levantó altares a Baal y erigió una estela, igual que hizo Acaz de Israel; adoró y dio culto a todo el ejército del cielo; puso altares en el templo del Señor, del que había dicho el Señor: «Pondré mi nombre en Jerusalén»; edificó altares a todo el ejército del cielo en los atrios del templo, quemó a su hijo; practicó la adivinación y la magia; instituyó nigromantes y adivinos. Hacía continuamente lo que el Señor reprueba, irritándolo. La imagen de Astarté que había fabricado la colocó en el templo del que el Señor había dicho a David y a su hijo Salomón: «En este templo y en Jerusalén, a la que elegí entre todas las tribus de Israel, pondré mi nombre para siempre; ya no dejaré que Israel ande errante, lejos de la tierra que di a sus padres, a condición de que pongan por obra cuanto les mandé, siguiendo la ley que promulgó mi siervo Moisés». Pero ellos no hicieron caso. Y Manasés los extravió, para que se portasen peor que las naciones a las que el Señor había exterminado ante los israelitas.

El Señor dijo entonces por sus siervos los profetas:

—Puesto que Manasés de Judá ha hecho esas cosas abominables, se ha portado peor que los amorreos que le precedieron y ha hecho pecar a Judá con sus ídolos, así dice el Señor, Dios de Israel: Yo voy a traer sobre Jerusalén y Judá tal catástrofe, que al que lo oiga le retumbarán los oídos. Extenderé sobre Jerusalén el cordel como hice en Samaria, el mismo nivel con que medí a la dinastía de Aj ab, y fregaré a Jerusalén como a un plato, que se friega por delante y por detrás. Desecharé al resto de mi heredad, lo entregaré en poder de sus enemigos, será presa y botín de sus enemigos, porque han hecho lo que yo repruebo, me han irritado desde el día en que sus padres salieron de Egipto hasta hoy.

Además, Manasés derramó ríos de sangre inocente, de forma que inundó Jerusalén de punta a punta, aparte del pecado que hizo cometer a Judá haciendo lo que el Señor reprueba.

Para más datos sobre Manasés y los crímenes que cometió, véanse los Anales del Reino de Judá.

Manasés murió, y lo enterraron en el jardín de su palacio, el jardín de Uzá. Su hijo Amón le sucedió en el trono. Sus cortesanos conspiraron contra él y lo asesinaron en el palacio; pero la población mató a los conspiradores, y nombraron rey sucesor a Josías, hijo de Amón.

Para más datos sobre Amón y sus empresas, véanse los Anales del Reino de Judá.

Lo enterraron en su sepultura del jardín de Uzá. Su hijo Josías le sucedió en el trono. Cuando Josías subió al trono tenía dieciocho años, y reinó treinta y un años en Jerusalén. Su madre se llamaba Yedidá, hija de Adaya, natural de Boscat.


SEGUNDA LECTURA

San Cipriano de Cartago, Sobre los bienes de la paciencia (3-4: CSEL 3, 398-399)

Volved a mí, dice el Señor

Nosotros, amadísimos hermanos, que somos filósofos no de palabra sino con los hechos, que a la apariencia preferimos la verdad de la sabiduría, que hemos conocido el profundo sentido de la virtud más que su ostentación, que no hablamos de cosas sublimes sino que las vivimos, cual siervos y adoradores de Dios, debemos dar pruebas, mediante obsequios espirituales, de la paciencia que hemos aprendido del. magisterio celestial.

Porque esta virtud nos es común con Dios. De aquí arranca la paciencia, de aquí toma su origen, su esplendor y su dignidad. El origen y la grandeza de la paciencia tiene a Dios por autor. Digna cosa de ser amada por el hombre es la que tiene gran precio para Dios: la majestad divina recomienda el bien que ella misma ama. Si Dios es nuestro Señor y nuestro Padre, imitemos la paciencia a la vez del Señor y del Padre, pues es bueno que los siervos sean obsequiosos y que los hijos no sean degenerados.

Cuál y cuán grande no será la paciencia de Dios que, soportando con infinita tolerancia los templos profanos, los ídolos terrenos y los santuarios sacrilegos erigidos por los hombres como un ultraje a su majestad y a su honor, hace nacer el día y brillar la luz del sol lo mismo sobre los buenos que sobre los malos, y, cuando con la lluvia empapa la tierra, nadie queda excluido de sus beneficios, sino que manda indistintamente las lluvias lo mismo sobre los justos que sobre los injustos. Y aun cuando es provocado por frecuentes o, mejor, continuas ofensas, refrena su indignación y espera pacientemente el día de la retribución establecido de una vez para siempre; y estando en su mano el vengarse, prefiere escudarse largo tiempo en la paciencia, aguantando benignamente y dando largas, en la eventualidad de que la malicia, largamente prolongada, acabe finalmente cambiando, y el hombre, después de haber sido el juguete del error y del crimen, si bien tarde, se convierta al Señor, escuchando la admonición del Señor que dice: No quiero la muerte del malvado, sino que cambie de conducta y viva. Y de nuevo: Volved a mí, dice el Señor, volved al Señor, vuestro Dios, porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad, y se arrepiente de las amenazas.



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

Comienza el libro del profeta Sofonías 1, 1-7.14—2, 3

El juicio del Señor

Palabra del Señor que recibió Sofonías, hijo de Cusí, hijo de Godolías, hijo de Azarías, hijo de Ezequías, durante el reinado de Josías, hijo de Amón, en Judá:

«Acabaré con todo en la superficie de la tierra —oráculo del Señor—: acabaré con hombres y animales, acabaré con las aves del cielo y los peces del mar, con los escándalos y los malvados; extirparé a los hombres de la superficie de la tierra —oráculo del Señor—.

Extenderé mi mano contra Judá y contra todos los vecinos de Jerusalén, extirparé de este lugar lo que queda de Baal y el nombre de sus sacerdotes y su clero, a los que adoran en las azoteas el ejército del cielo, a los que, adorando al Señor y jurando por él, juran también por Moloc, a los que apostatan del Señor, a los que no lo buscan ni lo consultan.

¡Silencio en presencia del Señor!, que se acerca el día del Señor. El Señor ha preparado un banquete y ha purificado a sus invitados. Se acerca el día grande del Señor, se acerca con gran rapidez: el día del Señor es más ligero que un fugitivo, más rápido que un soldado. Será un día de cólera, día de angustia y aflicción, día de turbación y espanto, día de oscuridad y tinieblas, día de nublado y sombra, día de trompetas y alaridos, contra las ciudades fortificadas, contra las altas almenas.

Acosaré a los hombres, para que anden ciegos, porque pecaron contra el Señor; su sangre se derramará como polvo, sus entrañas como estiércol, ni su plata ni su oro podrán librarlos, el día de la cólera del Señor, cuando el fuego de su celo consuma la tierra entera, cuando acabe atrozmente con todos los habitantes de la tierra.

Agrupaos, congregaos, pueblo despreciable, antes de que seáis arrebatados como el tamo que se disipa en un día. Antes de que os alcance el incendio de la ira del Señor, antes de que os alcance el día de la ira del Señor. Buscad al Señor, los humildes, que cumplís sus mandamientos; buscad la justicia, buscad la moderación, quizá podáis ocultaros el día de la ira del Señor».
 

SEGUNDA LECTURA

De la Constitución pastoral Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, del Concilio Vaticano II (Núm. 39)

La esperanza de la tierra nueva

No conocemos ni el tiempo de la nueva tierra y de la nueva humanidad, ni el modo en que el universo se transformará. Se termina ciertamente la representación de este mundo, deformado por el pecado, pero sabemos que Dios prepara una nueva morada y una nueva tierra, en la que habita la justicia y cuya bienaventuranza llenará y sobrepasará todos los deseos de paz que brotan en el corazón del hombre. Entonces, vencida la muerte, los hijos de Dios resucitarán en Cristo, y lo que se había sembrado débil y corruptible se vestirá de incorrupción y, permaneciendo la caridad y sus frutos, toda la creación, que Dios creó por el hombre, se verá libre de la esclavitud de la vanidad.

Aunque se nos advierta que de nada le vale al hombre ganar todo el mundo si se pierde a sí mismo, sin embargo, la esperanza de la tierra nueva no debe debilitar, al contrario, debe excitar la solicitud de perfeccionar esta tierra, en la que crece el cuerpo de la nueva humanidad, que ya presenta las esbozadas líneas de lo que será el siglo futuro. Por eso, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso temporal y crecimiento del reino de Dios, con todo, el primero, por lo que puede contribuir a una mejor ordenación de la humana sociedad, interesa mucho al bien del reino de Dios.

Los bienes que proceden de la dignidad humana, de la comunión fraterna y de la libertad, bienes que son un producto de nuestra naturaleza y de nuestro trabajo, una vez que, en el Espíritu del Señor y según su mandato, los hayamos propagado en la tierra, los volveremos a encontrar limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados, cuando Cristo devuelva a su Padre un reino eterno y universal: el reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz. En la tierra este reino está ya presente de una manera misteriosa, pero se completará con la llegada del Señor.

 


DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Sofonías 3, 8-20

La salvación prometida a los pobres de Israel

«Esperad —oráculo del Señor— a que yo me levante a acusar, porque yo suelo reunir a los pueblos, juntar a los reyes, para derramar sobre ellos mi furor, el incendio de mi ira; en el fuego de mi celo se consumirá la tierra entera.

Entonces, daré a los pueblos labios puros, para que invoquen todos el nombre del Señor, para que le sirvan unánimes. Desde más allá de los ríos de Etiopía, mis fieles dispersos me traerán ofrendas.

Aquel día, no te avergonzarás de las obras con que me ofendiste, porque arrancaré de tu interior tus soberbias bravatas, y no volverás a gloriarte sobre mi monte santo. Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que confiará en el nombre del Señor. El resto de Israel no cometerá maldades, ni dirá mentiras, ni se hallará en su boca una lengua embustera; pastarán y se tenderán sin sobresaltos.

Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, Israel; alégrate y gózate de todo corazón, Jerusalén. El Señor ha cancelado tu condena, ha expulsado a tus enemigos. El Señor será el rey de Israel, en medio de ti, y ya no temerás.

Aquel día, dirán a Jerusalén: "No temas, Sión, no desfallezcan tus manos. El Señor, tu Dios, en medio de ti, es un guerrero que salva. El se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo como en día de fiesta".

Apartaré de ti la amenaza, el oprobio que pesa sobre ti.

Entonces destruiré a tus enemigos, salvaré a los inválidos, reuniré a los dispersos; les daré fama y renombre en la tierra, donde ahora los desprecian. Entonces os traeré cuando os haya congregado. Os haré renombrados y famosos entre los pueblos de la tierra cuando cambie vuestra suerte ante sus ojos". Oráculo del Señor.


SEGUNDA LECTURA

Santo Tomás de Aquino, Comentario sobre el evangelio de san Juan (Cap 10, lección 3)

El resto de Israel pastará y se tenderá sin sobresaltos

Yo soy el buen Pastor. Es evidente que el oficio de pastor compete a Cristo, pues, de la misma manera que el rebaño es guiado y alimentado por el pastor, así Cristo alimenta a los fieles espiritualmente y también con su cuerpo y su sangre. Andabais descarriados como ovejas —dice el Apóstol—, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras vidas.

Pero ya que Cristo, por una parte, afirma que el pastor entra por la puerta y, en otro lugar, dice que él es la puerta, y aquí añade que él es el pastor, debe concluirse, de todo ello, que Cristo entra por sí mismo. Y es cierto que Cristo entra por sí mismo, pues él se manifiesta a sí mismo, y por sí mismo conoce al Padre. Nosotros, en cambio, entramos por él, pues por él alcanzamos la felicidad.

Pero, fíjate bien: nadie que no sea él es puerta, porque nadie sino él es luz verdadera, a no ser por participación: No era él —es decir, Juan Bautista— la luz, sino testigo de la luz. De Cristo, en cambio, se dice: Era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Por ello, de nadie puede decirse que sea puerta; esta cualidad Cristo se la reservó para sí; el oficio, en cambio, de pastor lo dio también a otros y quiso que lo tuvieran sus miembros: por ello, Pedro fue pastor, y pastores fueron también los otros apóstoles, y son pastores todos los buenos obispos. Os daré —dice la Escritura— pastores a mi gusto. Pero, aunque los prelados de la Iglesia, que también son hijos, sean todos llamados pastores, sin embargo, el Señor dice en singular: Yo soy el buen Pastor; con ello quiere estimularlos a la caridad, insinuándoles que nadie puede ser buen pastor, si no llega a ser una sola cosa con Cristo por la caridad y se convierte en miembro del verdadero pastor.

El deber del buen pastor es la caridad; por eso dice: El buen pastor da la vida por las ovejas. Conviene, pues, distinguir entre el buen pastor y el mal pastor: el buen pastor es aquel que busca el bien de sus ovejas, en cambio, el mal pastor es el que persigue su propio bien.

A los pastores que apacientan rebaños de ovejas no se les exige exponer su propia vida a la muerte por el bien de su rebaño, pero, en cambio, el pastor espiritual sí que debe renunciar a su vida corporal ante el peligro de sus ovejas, porque la salvación espiritual del rebaño es de más precio que la vida corporal del pastor. Es esto precisamente lo que afirma el Señor: El buen pastor da la vida —la vida del cuerpo— por las ovejas, es decir, por las que son suyas por razón de su autoridad y de su amor. Ambas cosas se requieren: que las ovejas le pertenezcan y que las ame, pues lo primero sin lo segundo no sería suficiente.

De este proceder Cristo nos dio ejemplo: Si Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos.

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

Comienza el libro del profeta Jeremías 1, 1-19

Vocación del profeta Jeremías

Palabras de Jeremías, hijo de Helcías, de los sacerdotes residentes en Anatot, territorio de Benjamín.

Recibió la palabra del Señor en tiempo de Josías, hijo de Amón, rey de Judá, el año trece de su reinado, y en tiempo de Joaquín, hijo de Josías, rey de Judá, hasta el final del año once de Sedecías, hijo de Josías, rey de Judá; hasta la deportación de Jerusalén en el quinto mes.

Recibí esta palabra del Señor:

«Antes de formarte en el vientre, te escogí; antes de que salieras del seno materno, te consagré: te nombré profeta de los gentiles».

Yo repuse:

«¡Ay, Señor mío! Mira que no sé hablar, que soy un muchacho».

El Señor me contestó:

«No digas: "Soy un muchacho", que a donde yo te envíe, irás, y lo que yo te mande, lo dirás. No les tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte». Oráculo del Señor.

El Señor extendió la mano y me tocó la boca; y me dijo: «Mira: yo pongo mis palabras en tu boca, hoy te establezco sobre pueblos y reyes, para arrancar y arrasar, para destruir y demoler, para edificar y plantar».

Recibí esta palabra del Señor:

«¿Qué ves, Jeremías?»

Respondí:

«Veo una rama de almendro».

El Señor me dijo:

«Bien visto, porque yo velo para cumplir mi palabra». Recibí otra palabra del Señor:

«¿Qué ves?»

Respondí:

«Veo una olla hirviendo que sale por el lado del norte». Me dijo el Señor:

«Desde el norte se derramará la desgracia sobre todos los habitantes del país. Pues yo he de convocar a todas las tribus del norte —oráculo del Señor—; vendrán y pondrá cada uno su trono junto a las puertas de Jerusalén, en torno a sus murallas y frente a las ciudades de Judá. Entablaré juicio con ellos por todas sus maldades: porque me abandonaron, quemaron incienso a dioses extranjeros, y se postraron ante las obras de sus manos.

Pero tú cíñete los lomos, ponte en pie y diles lo que yo te mando. No les tengas miedo, que si no, yo te meteré miedo de ellos. Mira: Yo te convierto hoy en plaza fuerte, en columna de hierro, en muralla de bronce, frente a todo el país: frente a los reyes y príncipes de Judá, frente a los sacerdotes y la gente del campo; lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte». Oráculo del Señor.


SEGUNDA LECTURA

San Ambrosio de Milán, Comentario sobre el salmo 43 (10-14: CSEL 64, 268-272)

Dios prefirió que la salvación del hombre viniese
por el camino de la fe, más que por el de las obras

Mira: yo pongo mis palabras en tu boca, hoy te establezco sobre pueblos y reyes, para arrancar y arrasar, para destruir y demoler, para edificar y plantar. Pues si bien Dios habló en distintas ocasiones por los profetas, no obstante ¿por quién habló más claramente que por su Hijo, el cual, expresando todo el poder del Padre, dijo: Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado? Por tanto, no fue Jeremías —que padeció el destierro durante la cautividad—, sino el Señor Jesús quien, con sus palabras, erradicó de lo más íntimo del corazón los vicios de los gentiles, destruyó la perfidia de los pueblos y las perversas maquinaciones de los malvados, y abolió toda huella de iniquidad. Seguidamente, infundió la fe y la disciplina de la continencia, para evitar que, como en una vasija corrompida, se echara a perder la santidad de las virtudes con el confusionismo de los vicios.

Por eso, bellamente te dice el Apóstol: Pero la muerte reinó desde Adán hasta Moisés. ¿Qué otra cosa representa Moisés sino la ley, puesto que él es el intérprete de la ley? Pero el fin de la ley es Cristo Jesús. Así pues, reinó el pecado en el mundo y, en el pecado, la muerte, cual cruel e intolerable castigo del pecado.

Moisés, es verdad, nos enseñó a levantar las manos hacia el Señor, instituyendo el culto religioso. Pero la ayuda de la ley hubiera sido aún insuficiente, de no venir a la tierra Jesús en persona a cargar con nuestras enfermedades, el único que no podía ser abrumado por nuestros pecados, ni nuestras faltas eran capaces de abatir lasmanos de aquel que se rebajó incluso a la muerte, y una muerte de cruz, en la cual, extendiendo las manos, mantuvo en pie al orbe entero que estaba a punto de perecer, levantó a los que yacían, y se granjeó la confianza de todas las gentes, diciendo al hombre: Hoy estarás conmigo en el Paraíso. En esto consiste, pues, arrasar y plantar: desarraigar lo vicioso y plantar en el corazón de los individuos lo mejor. Hermosamente dice de él Moisés en el cántico del Éxodo: Lo introduces y lo plantas en el monte de tu heredad, lugar del que hiciste tu trono, pidiendo al Señor que introduzca a su pueblo en aquel vivero de preclara virtud y sabiduría, para radicarlo en su obra e instruirlo en las disciplinas de los preceptos celestiales, preparándose de esta forma una morada para su santidad. Todo esto, el Señor tiene a bien concedérnoslo no en virtud de un derecho hereditario, ni en atención a nuestros méritos, sino por sola su gracia. ¿Cómo si no podríamos regresar allí donde no pudimos permanecer, a no ser sostenidos por el privilegio de la redención eterna?

Por lo cual, nuestros padres, en cuanto descendientes directos y herederos de los patriarcas, plantados en la tierra de la promesa, se cuidaron muy bien de atribuirlo a sus propios méritos. Por eso no fue Moisés quien los introdujo, para que no se adjudicase este hecho a la ley, sino a la gracia; pues la ley examina los méritos, mientras que la gracia considera la fe. Esta es la razón por la que el Apóstol, imitador de la fe de los padres, dice claramente: El que planta no significa nada ni el que riega tampoco; cuenta el que hace crecer, o sea, Dios.

Ni te inquietes porque más arriba dijo: Tú mismo con tu mano desposeíste a los gentiles y los plantaste a ellos. De donde puedes deducir que no todo el que planta o riega puede hacer crecer; en cambio, quien es capaz de hacer crecer puede también plantar, como se dice del Señor que ha plantado a los pueblos. Efectivamente, plantó el mismo que dio fecundidad a la plantación, si bien sólo en aquellos que, mediante la fe de Cristo, merecieron agradar al Señor. Únicamente a él le dice Dios Padre: Tú eres mi Hijo, mi preferido. Por consiguiente, quienes son partícipes de Cristo, de él obtienen la gracia de agradar a Dios. Y bellamente dice: Te agradó en ellos, para que se vea observada la debida distancia. Y con razón se complace Dios en el Hijo, pues es igual al Padre y en nada inferior a él, pues se complace en razón de la naturaleza divina y de la unidad de sustancia.

Cristo agradó en nosotros a Dios, por ser él quien nos otorgó la posibilidad de agradarle. Conviene realmente que agrade a Dios en aquellos que él hizo a su semejanza y que él quiso que, por su imagen, gozaran de la prerrogativa de la gracia celestial. Así pues, Dios se complace en su imagen; en cambio, Cristo agrada a Dios en aquellos que fueron creados a su imagen. En ellos Dios derrama sus regalos y sus dones, que serán desvelados cuando llegue lo perfecto, pues cuando se manifieste lo que seremos, nos asemejaremos a él. Por tanto, la salvación se le confiere al hombre no en razón de sus obras, sino en virtud del mandato divino. Pues Dios prefirió que la salvación del hombre viniese por el camino de la fe, más que por el de las obras, para que nadie se gloríe en sus acciones e incurra en pecado. Porque quien se gloría en el Señor, consigue el fruto de la piedad y evita el pecado de presunción.



MARTES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Jeremías 2, 1-13.20-25

Infidelidad del pueblo de Dios

Recibí esta palabra del Señor:

«Ve y grita a los oídos de Jerusalén: "Así dice el Señor: Recuerdo tu cariño de joven, tu amor de novia, cuando me seguías por el desierto, por tierra yerma. Israel era sagrada para el Señor, primicia de su cosecha: quien se atrevía a comer de ella lo pagaba, la desgracia caía sobre él —oráculo del Señor—. Escuchad la palabra del Señor, casa de Jacob, tribus todas de Israel".

Así dice el Señor: ¿Qué falta encontraron en mí vuestros padres para alejarse de mí? Siguieron vaciedades y se quedaron vacíos, en vez de preguntar: "¿Dónde está el Señor, que nos sacó de Egipto, que nos guió por el desierto, por estepas y barrancos, por tierra sedienta y oscura, tierra que nadie atraviesa, que el hombre no habita?" Yo os conduje a un país de huertos, par, que comieseis sus buenos frutos; pero entrasteis y profanasteis mi tierra, hicisteis abominable mi heredad. Los sacerdotes no preguntaban: ¿Dónde está el Señor?", los doctores de la ley no me reconocían, los pastores se rebelaron contra mí, los profetas profetizaban por Baal, siguiendo dioses que de nada sirven.

Por eso, vuelvo a pleitear con vosotros, y con vuestros nietos pleitearé —oráculo del Señor—. Navegad hasta las costas de Chipre, y mirad, despachad gente a Cadar, y considerad a ver si ha sucedido cosa semejante: ¿Cambia de dioses un pueblo?; y eso que no son dioses. Pero mi pueblo cambió a su Gloria por los que no sirven.

Espantaos, cielos, de ello, horrorizaos y pasmaos —oráculo del Señor—. Porque dos maldades ha cometido mi pueblo: Me abandonaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron aljibes, aljibes agrietados, que no retienen el agua.

Desde antiguo has roto el yugo y hecho saltar las correas, diciendo: "No quiero servir"; en cualquier collado alto, bajo cualquier árbol frondoso, te acostabas y te prostituías.

Yo te planté, vid selecta de cepas legítimas, y tú te volviste espino, cepa borde. Por más que te laves con sosa y lejía abundante, me queda presente la mancha de tu culpa —oráculo del Señor—. ¿Cómo te atreves a decir: "No me he contaminado, no he seguido a los ídolos"?

Mira en el valle tu camino y reconoce lo que has hecho, camella liviana de extraviados caminos, asna salvaje criada en la estepa, cuando en celo otea el viento, ¿quién domará su pasión? Los que la buscan no necesitan cansarse, la encuentran encelada. Ahórrales calzado a tus pies, sed a tu garganta; tú respondes: "¡Ni por pienso! Amo a extranjeros y me iré con ellos"».


SEGUNDA LECTURA

San Columbano, Instrucción 13 sobre Cristo, fuente de vida (1-2: Opera, Dublín 1957.pp. 116-118)

El que tenga sed que venga a mí y que beba

Amadísimos hermanos, escuchad nuestras palabras, pues vais a oír algo realmente necesario; y mitigad la sed de vuestra alma con el caudal de la fuente divina, de la que ahora pretendemos hablaros. Pero no la apaguéis del todo: bebed, pero no intentéis saciaros completamente. La fuente viva, la fuente de la vida nos invita ya a ir a él, diciéndonos: El que tenga sed que venga a mí y que beba.

Tratad de entender qué es lo que vais a beber. Que os lo diga Jeremías. Mejor dicho, que os lo diga el que es la misma fuente: Me abandonaron a mí, fuente de agua viva —oráculo del Señor—. Así, pues, nuestro Señor Jesucristo en persona es la fuente de la vida. Por eso, nos invita a ir a él, que es la fuente, para beberlo. Lo bebe quien lo ama, lo bebe quien trata de saciarse de la palabra de Dios. El que tiene suficiente amor también tiene suficiente deseo. Lo bebe quien se inflama en el amor de la sabiduría.

Observad de dónde brota esa fuente. Precisamente de donde nos viene el pan. Porque uno mismo es el pan y la fuente: el Hijo único, nuestro Dios y Señor Jesucristo, de quien siempre hemos de tener hambre. Aunque lo comamos por el amor, aunque lo vayamos devorando por el deseo, tenemos que seguir con ganas de él, como hambrientos. Vayamos a él, como a fuente, y bebamos, tratando de excedernos siempre en el amor; bebamos llenos de deseo y gocemos de la suavidad de su dulzura.

Porque el Señor es bueno y suave; y, por más que lo bebamos y lo comamos, siempre seguiremos teniendo hambre y sed de él, porque esta nuestra comida y bebida no puede acabar nunca de comerse y beberse; aunque se coma, no se termina, aunque se beba, no se agota, porque este nuestro pan es eterno y esta nuestra fuente esperenne y esta nuestra fuente es dulce. Por eso, dice el profeta:

Sedientos todos, acudid por agua. Porque esta fuente es para los que tienen sed, no para los que ya la han apagado. Y, por eso, llama a los que tienen sed, aquellos mismos que en otro lugar proclama dichosos, aquellos que nunca se sacian de beber, sino que, cuanto más beben, más sed tienen.

Con razón, pues, hermanos, hemos de anhelar, buscar y amar a aquel que es la Palabra de Dios en el cielo, la fuente de la sabiduría, en quien, como dice el Apóstol, están encerrados todos los tesoros del saber y el conocer, tesoros que Dios brinda a los que tienen sed.

Si tienes sed, bebe de la fuente de la vida; si tienes hambre, come el pan de la vida. Dichosos los que tienen hambre de este pan y sed de esta fuente; nunca dejan de comer y beber y siempre siguen deseando comer y beber. Tiene que ser muy apetecible lo que nunca se deja de comer y beber, siempre se apetece y se anhela, siempre se gusta y siempre se desea; por eso, dice el rey profeta: Gustad y ved qué dulce, qué bueno es el Señor.


MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Jeremías 3, 1-5.19—4, 4

Invitación a la conversión

Recibí esta palabra del Señor:

«Dice la gente: "Cuando un hombre repudia a su mujer, y ella se separa de él y se casa con otro, ¿podrá volver al primero? ¿No ha quedado profanada esa mujer?" Tú has fornicado con muchos amantes, ¿podrás volver a mí? —oráculo del Señor—.

Levanta los ojos a las colinas y mira: ¿Dónde no has hecho el amor? Salías a los caminos a ofrecerte, como un nómada por el desierto. Profanaste la tierra con tus fornicaciones y maldades. Las lluvias tempranas se rehusaban, no llegaban las tardías.

Entonces mostrabas frente de ramera, te negabas a avergonzarte. Pero, ¿no me gritas ahora mismo: "Padre mío, tú eres el amigo de mi juventud? ¿Se irritará para siempre, eternizará su rencor?" Así decías obrando maldades, y te sentías fuerte.

Yo había pensado: "Te contaré entre mis hijos, te daré una tierra envidiable, en heredad, la perla de las naciones"; diciéndome: "Me llamará `padre mío', no se apartara de mí".

Pero, igual que una mujer traiciona a su marido, así me traicionó Israel». Oráculo del Señor.

Se escucha un clamor en las colinas, llanto afligido de los israelitas, que han extraviado el camino, olvidados de su Dios.

«Volved, hijos apóstatas, y os curaré de la apostasía».

«Aquí estamos, hemos venido a ti, porque tú, Señor, eres nuestro Dios. Cierto, son mentira los collados y el estrépito de los montes; en el Señor, nuestro Dios, está la salvación de Israel. La ignominia devoró los ahorros de nuestros padres, desde la juventud: ovejas y vacas, hijos e hijas. Nos acostamos sobre nuestra vergüenza, nos tapamos con nuestro sonrojo; porque pecamos contra el Señor, nuestro Dios, nosotros y nuestros padres, desde la juventud hasta el día de hoy, y no escuchamos la voz del Señor, nuestro Dios».

«Si quieres volver, Israel, vuelve a mí —oráculo del Señor—; si apartas de mí tus execraciones, no irás errante; juras por el Señor con verdad, justicia y derecho, las naciones se desearán tu dicha y tu fama».

Así dice el Señor a los habitantes de Judá y Jerusalén:

«Roturad los campos y no sembréis cardos, el prepucio quitadlo de vuestros corazones, habitantes de Judá y Jerusalén, no sea que, por vuestras malas acciones, estalle como fuego mi cólera y arda inextinguible».
 

SEGUNDA LECTURA

San Columbano, Instrucción 13 sobre Cristo, fuente de vida (2-3: Opera, Dublín 1957 pp. 118-120)

Tú, Señor, eres todo lo nuestro

Hermanos, seamos fieles a nuestra vocación. A través de ella nos llama a la fuente de la vida aquel que es la vida misma, que es fuente de agua viva y fuente de vida eterna, fuente de luz y fuente de resplandor, ya que de él procede todo esto: sabiduría y vida, luz eterna. El autor de la vida es fuente de vida, el creador de la luz es fuente de resplandor. Por eso, dejando a un lado lo visible y prescindiendo de las cosas de este mundo, busquemos en lo más alto del cielo la fuente de la luz, la fuente de la vida, la fuente de agua viva, como si fuéramos peces inteligentes y que saben discurrir; allí podremos beber el agua viva que salta hasta la vida eterna.

Dios misericordioso, piadoso Señor, haznos dignos de llegar a esa fuente. En ella podré beber también yo, con los que tienen sed de ti, un caudal vivo de la fuente viva de agua viva. Si llegara a deleitarme con la abundancia de su dulzura, lograría levantar siempre mi espíritu para agarrarme a ella y podría decir: «¡Qué grata resulta una fuente de agua viva de la que siempre mana agua que salta hasta la vida eterna!»

Señor, tú mismo eres esa fuente que hemos de anhelar cada vez más, aunque no cesemos de beber de ella. Cristo Señor, danos siempre esa agua, para que haya también en nosotros un surtidor de agua viva que salta hasta la vida eterna. Es verdad que pido grandes cosas, ¿quién lo puede ignorar? Pero tú eres el rey de la gloria y sabes dar cosas excelentes, y tus promesas son magníficas. No hay ser que te aventaje. Y te diste a nosotros. Y te diste por nosotros.

Por eso, te pedimos que vayamos ahondando en el conocimiento de lo que tiene que constituir nuestro amor. No pedimos que nos des cosa distinta de ti. Porque tú eres todo lo nuestro: nuestra vida, nuestra luz, nuestra salvación, nuestro alimento, nuestra bebida, nuestro Dios.

Infunde en nuestros corazones, Jesús querido, el soplo de tu espíritu e inflama nuestras almas en tu amor, de modo que cada uno de nosotros pueda decir con verdad: «Muéstrame al amado de mi alma, porque estoy herido de amor».

Que no falten en mí esas heridas, Señor. Dichosa el alma que está así herida de amor. Esa va en busca de la fuente. Esa va a beber. Y, por más que bebe, siempre tiene sed. Siempre sorbe con ansia, porque siempre bebe con sed. Y así, siempre va buscando con amor, porque halla la salud en las mismas heridas. Que se digne dejar impresas en lo más íntimo de nuestras almas esas saludables heridas el compasivo y bienhechor médico de nuestras almas, nuestro Dios y Señor Jesucristo, que es uno con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.



JUEVES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Jeremías 4, 5-8.13-28

La devastación vendrá del norte

Así dice el Señor:

«Anunciadlo en Judá, pregonadlo en Jerusalén, tocad la trompeta en el país, gritad a pleno pulmón: "Congregaos para marchar a la ciudad fortificada, levantad la bandera hacia Sión; aprisa, no os paréis; que yo traigo del norte la desgracia, una gran calamidad: sube el león de la maleza, sale de su guarida, está en marcha un asesino de pueblos, para arrasar tu país e incendiar tus ciudades, dejándolas deshabitadas. Por eso, vestíos de sayal, haced duelo y gemid, porque no cede el incendio de la ira del Señor"».

Miradle avanzar como una nube, sus carrozas como un huracán, sus caballos son más rápidos que águilas; ¡ay de nosotros! Estamos perdidos.

«Jerusalén, lava tu corazón de maldades, para salvarte; ¿hasta cuándo anidarán en tu pecho planes desatinados?

Escucha al mensajero de Dan, al que anuncia desgracias desde la sierra de Efraín. Decídselo a los paganos, anunciadlo en Jerusalén: de tierra lejana llega el enemigo, lanzando gritos contra los poblados de Judá; como guardas de campo te cercan, porque te rebelaste contra mí —oráculo del Señor—; tu conducta y tus acciones te lo han traído, ése es tu castigo, el dolor que te hiere el corazón».

¡Ay mis entrañas, mis entrañas! Me tiemblan las paredes del pecho, tengo el pecho turbado y no puedo callar; porque yo mismo escucho el toque de trompeta, el alarido de guerra, un golpe llama a otro golpe, el país está deshecho; de repente quedan destrozadas las tiendas, y en un momento los pabellones. ¿Hasta cuándo tendré que ver la bandera y escuchar la trompeta a rebato?

«Mi pueblo es insensato, no me reconoce, son hijos necios que no recapacitan: son diestros para el mal, ignorantes para el bien».

Miro a la tierra: ¡caos informe!; al cielo: está sin luz; miro a los montes: tiemblan; a las colinas: danzan; miro: no hay hombres, las aves del cielo han volado; miro: el vergel es un páramo, los poblados están arrasados; por el Señor, por el incendio de su ira.

Así dice el Señor:

«El país quedará desolado, pero no lo aniquilaré; la tierra guardará luto, el cielo arriba se ennegrecerá; lo dije y no me arrepiento, lo pensé y no me vuelvo atrás».


SEGUNDA LECTURA

San Jerónimo, Comentario sobre el libro del profeta Joel (PL 25, 967-968)

Convertíos a mí

Convertíos a mí de todo corazón, y que vuestra penitencia interior se manifieste por medio del ayuno, del llanto y de las lágrimas; así, ayunando ahora, seréis luego saciados; llorando ahora, podréis luego reír; lamentándoos ahora, seréis luego consolados. Y, ya que la costumbre tiene establecido rasgar los vestidos en los momentos tristes y adversos —como nos lo cuenta el Evangelio, al decir que el pontífice rasgó sus vestiduras para significar la magnitud del crimen del Salvador, o como nos dice el libro de los Hechos, que Pablo y Bernabé rasgaron sus túnicas al oír las palabras blasfemas—, así os digo que no rasguéis vuestras vestiduras, sino vuestros corazones repletos de pecado; pues el corazón, a la manera de los odres, no se rompe nunca espontáneamente, sino que debe ser rasgado por la voluntad. Cuando, pues, hayáis rasgado de esta manera vuestro corazón, volved al Señor, vuestro Dios, de quien os habíais apartado por vuestros antiguos pecados, y no dudéis del perdón, pues, por grandes que sean vuestras culpas, la magnitud de su misericordia perdonará, sin duda, la vastedad de vuestros muchos pecados.

Pues el Señor es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad; él no se complace en la muerte del malvado, sino en que el malvado cambie de conducta y viva; él no es impaciente como el hombre, sino que espera sin prisas nuestra conversión y sabe retirar su malicia de nosotros, de manera que, si nos convertimos de nuestros pecados, él retira de nosotros sus castigos y aparta de nosotros sus amenazas, cambiando ante nuestro cambio. Cuando aquí el profeta dice que el Señor sabe retirar su malicia, por malicia no debemos entender lo que es contrario a la virtud, sino las desgracias con que nuestra vida está amenazada, según aquello que leemos en otro lugar: A cada día le bastan sus disgustos, o bien aquello otro: ¿Sucede una desgracia en la ciudad que no la mande el Señor?

Y porque dice, como hemos visto más arriba, que el Señor es compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad y que sabe retirar su malicia, a fin de que la magnitud de su clemencia no nos haga negligentes en el bien, añade el profeta: Quizá se arrepienta y nos perdone y nos deje todavía su bendición. Por eso, dice, yo, por mi parte, exhorto a la penitencia y reconozco que Dios es infinitamente misericordioso, como dice el profeta David: Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa.

Pero, como sea que no podemos conocer hasta dónde llega el abismo de las riquezas y sabiduría de Dios, prefiero ser discreto en mis afirmaciones y decir sin presunción: Quizá se arrepienta y nos perdone. Al decir quizá ya está indicando que se trata de algo o bien imposible o por lo menos muy difícil.

Habla luego el profeta de ofrenda y libación para nuestro Dios: con ello quiere significar que, después de habernos dado su bendición y perdonado nuestro pecado, nosotros debemos ofrecer a Dios nuestros dones.



VIERNES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Jeremías 7, 1-20

Vaticinio contra la vana confianza en en templo

Palabra del Señor que recibió Jeremías:

«Ponte a la puerta del templo, y grita allí esta palabra: "¡Escucha, Judá, la palabra del Señor, los que entráis por esas puertas para adorar al Señor!

Así dice el Señor de los ejércitos, Dios de Israel: Enmendad vuestra conducta y vuestras acciones, y habitaré con vosotros en este lugar. No os creáis seguros con palabras engañosas, repitiendo: `Es el templo del Señor, el templo del Señor, el templo del Señor'. Si enmendáis vuestra conducta y vuestras acciones, si juzgáis rectamente entre un hombre y su prójimo, si no explotáis al forastero, al huérfano y a la viuda, si no derramáis sangre inocente en este lugar, si no seguís a dioses extranjeros, para vuestro mal, entonces habitaré con vosotros en este lugar, en la tierra que di a vuestros padres, desde hace tanto tiempo y para siempre.

Mirad: Vosotros os fiáis de palabras engañosas que no sirven de nada. ¿De modo que robáis, matáis, adulteráis, juráis en falso, quemáis incienso a Baal, seguís a dioses extranjeros y desconocidos, y después entráis a presentaros ante mí en este templo, que lleva mi nombre, y os decís: `Estamos salvos', para seguir cometiendo esas abominaciones? ¿Creéis que es una cueva de bandidos este templo que lleva mi nombre? Atención, que yo lo he visto —oráculo del Señor—.

Andad, id a mi templo de Silo, donde hice habitar mi nombre en otro tiempo, y mirad lo que hice con él, por la maldad de Israel, mi pueblo. Pues ahora, ya que habéis cometido tales acciones —oráculo del Señor—, que os hablé sin cesar y no me escuchasteis, que os llamé y no me respondisteis; por eso, con el templo que lleva mi nombre, en el que confiáis, con el lugar que di a vuestros padres y a vosotros, haré lo mismo que hice con Silo: os arrojaré de mi presencia, como arrojé a vuestros hermanos, la estirpe de Efraín".

Y tú no intercedas por este pueblo, no supliques a gritos por ellos, no me reces, que no te escucharé. ¿No ves lo que hacen en los pueblos de Judá y en las calles de Jerusalén? Los hijos recogen leña, los padres encienden lumbre, las mujeres preparan la masa para hacer tortas en honor de la reina del cielo, y para irritarme hacen libaciones a dioses extranjeros. ¿Es a mí a quien irritan —oráculo del Señor— o más bien a sí mismos, para su confusión? Por eso, así dice el Señor: Mirad, mi ira y cólera se derraman sobre este lugar, sobre hombres y ganados, sobre el árbol silvestre, sobre el fruto del suelo, y arden sin apagarse».


SEGUNDA LECTURA

San Juan Crisóstomo, Homilía 50 sobre el evangelio de san Mateo (3-4: PG 58, 508-509)

Al adornar el templo,
no desprecies al hermano necesitado

¿Deseas honrar el cuerpo de Cristo? No lo desprecies, pues, cuando lo contemples desnudo en los pobres, ni lo honres aquí, en el templo, con lienzos de seda, si al salir loabandonas en su frío y desnudez. Porque el mismo que dijo: Esto es mi cuerpo, y con su palabra llevó a realidad lo que decía, afirmó también: Tuve hambre, y no me disteis de comer, y más adelante: Siempre que dejasteis de hacerlo a uno de estos pequeñuelos, a mí en persona lo dejasteis de hacer. El templo no necesita vestidos y lienzos, sino pureza de alma; los pobres, en cambio, necesitan que con sumo cuidado nos preocupemos de ellos.

Reflexionemos, pues, y honremos a Cristo con aquel mismo honor con que él desea ser honrado; pues, cuando se quiere honrar a alguien, debemos pensar en el honor que a él le agrada, no en el que a nosotros nos place. También Pedro pretendió honrar al Señor cuando no quería dejarse lavar los pies, pero lo que él quería impedir no era el honor que el Señor deseaba, sino todo lo contrario. Así, tú debes tributar al Señor el honor que él mismo te indicó, distribuyendo tus riquezas a los pobres. Pues Dios no tiene ciertamente necesidad de vasos de oro, pero sí, en cambio, desea almas semejantes al oro.

No digo esto con objeto de prohibir la entrega de dones preciosos para los templos, pero sí que quiero afirmar que, junto con estos dones y aun por encima de ellos, debe pensarse en la caridad para con los pobres. Porque, si Dios acepta los dones para su templo, le agradan, con todo, mucho más las ofrendas que se dan a los pobres. En efecto, de la ofrenda hecha al templo sólo saca provecho quien la hizo; en cambio, de la limosna saca provecho tanto quien la hace como quien la recibe. El don dado para el templo puede ser motivo de vanagloria; la limosna, en cambio, sólo es signo de amor y de caridad.

¿De qué serviría adornar la mesa de Cristo con vasos de oro, si el mismo Cristo muere de hambre? Da primero de comer al hambriento, y luego, con lo que te sobre, adornarás la mesa de Cristo. ¿Quieres hacer ofrenda de vasos de oro y no eres capaz de dar un vaso de agua? Y, ¿de qué serviría recubrir el altar con lienzos bordados de oro, cuando niegas al mismo Señor el vestido necesario para cubrir su desnudez? ¿Qué ganas con ello? Dime si no: Si ves a un hambriento falto del alimento indispensable y, sin preocuparte de su hambre, lo llevas a contemplar una mesa adornada con vajilla de oro, ¿te dará las gracias de ello? ¿No se indignará más bien contigo? O, si, viéndolo vestido de andrajos y muerto de frío, sin acordarte de su desnudez, levantas en su honor monumentos de oro, afirmando que con esto pretendes honrarlo, ¿no pensará él que quieres burlarte de su indigencia con la más sarcástica de tus ironías?

Piensa, pues, que es esto lo que haces con Cristo, cuando lo contemplas errante, peregrino y sin techo y, sin recibirlo, te dedicas a adornar el pavimento, las paredes y las columnas del templo. Con cadenas de plata sujetas lámparas, y te niegas a visitarlo cuando él está encadenado en la cárcel. Con esto que estoy diciendo no pretendo prohibir el uso de tales adornos, pero sí que quiero afirmar que es del todo necesario hacer lo uno sin descuidar lo otro; es más: os exhorto a que sintáis mayor preocupación por el hermano necesitado que por el adorno del templo. Nadie, en efecto, resultará condenado por omitir esto segundo; en cambio, los castigos del infierno, el fuego inextinguible y la compañía de los demonios están destinados para quienes descuiden lo primero. Por tanto, al adornar el templo, procurad no despreciar al hermano necesitado, porque este templo es mucho más precioso que aquel otro.



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Jeremías 9, 2-12.17-22

Depravación de Jerusalén. Lamentaciones

Quién me diera posada para el desierto para dejar a mis paisanos y alejarme de ellos; pues son todos unos adúlteros, una caterva de bandidos; tensan las lenguas como arcos, dominan el país con la mentira y no con la verdad; avanzan de maldad en maldad, y a mí no me conocen —oráculo del Señor—. 1

Guárdese cada uno de su prójimo, no os fiéis del hermano,
el hermano pone zancadillas y el prójimo anda difamando;
se estafan unos a otros y no dicen la verdad,
estrenan sus lenguas en la mentira,
están depravados y son incapaces de convertirse:
fraude sobre fraude, engaño sobre engaño,
y rechazan el conocimiento —oráculo del Señor—.

Por eso así dice el Señor de los ejércitos:

Yo mismo los fundiré y examinaré,
pues no puedo desentenderme de la capital de mi pueblo:

Su lengua es flecha afilada, su boca dice mentiras,
saludan con la paz al prójimo y por dentro le traman asechanzas.

Y de esto, ¿no os tomaré cuentas?
—oráculo del Señor—.

De un pueblo semejante, ¿no he de vengarme yo mismo?
Sobre los montes entonaré endechas,
en las dehesas de la estepa, elegías:

Están requemadas, nadie transita,
no se oye mugir el ganado,
aves del cielo y bestias se han escapado.

Convertiré a Jerusalén en escombros, en guarida de chacales,
arrasaré los pueblos de Judá dejándolos deshabitados.
¿Quién es el sabio que lo entienda?

A quien le haya hablado el Señor, que lo explique:
¿por qué perece el país y se abrasacomo desierto intransitado?

Así dice el Señor de los ejércitos:

Sed sensatos y haced venir plañideras,
enviad por mujeres expertas;
que vengan pronto y nos entonen una endecha,
para que se deshagan en lágrimas nuestros ojos
y destilen agua nuestros párpados.

Ya se escucha la endecha en Sión:

«¡Ay, estamos deshechos, qué terrible fracaso!
Tuvimos que abandonar el país,
nos echaron de nuestras moradas».

Escuchad, mujeres, la palabra del Señor,
reciban vuestros oídos la palabra de su boca:

Ensayad a vuestras hijas una endecha,
cada una a su vecina una elegía:

«Subió la muerte por las ventanas y entró en los palacios,
arrebató al chiquillo en la calle, a los mozos en la plaza».

El Señor dice su oráculo:

Yacen cadáveres humanos como estiércol en el campo,
como gavillas tras el segador, que nadie recoge.


SEGUNDA LECTURA

Balduino de Cantorbery, Tratado sobre el sacramento del altar (Parte 2, 1: SC 93, 194-200)

¿ Quién es el sabio capaz de entender estas cosas?

El Señor plantó una viña. ¿De qué viña se trata? La viña del Señor de los ejércitos —dice Isaías— es la casa de Israel. Como difiere la viña de la viña, así también el vino difiere del vino. La viña del Señor se distingue de la viña ajena. Esta representa a la gentilidad alejada del culto de Dios y entregada a la idolatría. La sinagoga, en cambio, que tiene la dicha de pertenecer a la viña del Señor por haber sido plantada y cultivada por él, por parte de los justos, es la viña del Señor, pero por parte de los malos y de los infieles se convirtió en espino, cepa borde. Porque son una generación depravada, unos hijos desleales. Esta viña dio como fruto la impiedad en vez de la fe, la desesperanza en vez de la esperanza, la envidia o el odio en vez del amor. Cual es la viña, tal es el vino.

Por lo que a la sinagoga fiel se refiere, que agradó a Dios por la obediencia, fue cual plantel preferido y como viña escogida, ya que Dios se deleitó en la obediencia de los antiguos justos acogidos a los preceptos, juicios, promesas y sacramentos legales.

Esta obediencia tuvo un límite: la pasión de Cristo. Le sucedió una nueva obediencia y una nueva justicia, destinada a agradar más a Dios en fuerza de su mayor perfección. Por eso dice ahora el Señor: No beberé más del fruto de la vid, etc. Que es como si dijera: No me deleitaré más en una obediencia como la que existió hasta el momento bajo el régimen de la ley. Está para amanecer el día —esto es, el tiempo de gracia— en que se disipará la sombra, se incrementará la religión en virtud de las nuevas promesas y bajo el régimen de nuevos preceptos y nuevos sacramentos, y la obediencia alcanzará la perfección a impulsos del ejemplo de mi humildad: en esta obediencia disfrutaré más con vosotros en el reino de mi Padre, esto es, en la Iglesia.

El perfecto cumplimiento de la ley es la obediencia hasta la muerte. Esta es la caridad perfecta, éste es el fin de la justicia y de toda perfección. Esta obediencia estuvo compendiada, durante la ley, en aquel primero y máximo mandamiento: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Estaba también compendiada en los sacrificios y veladamente insinuada en la muerte de las víctimas. Ahora, en cambio, ha sido manifestada en el ejemplo de la muerte de Cristo e impuesta a los que desean vivir en la imitación y el amor de Cristo. Esta obediencia es la copa de la salvación, el cáliz de la pasión de Cristo.

Este es el vino nuevo del que dice el Señor: No beberé más del fruto de la vid hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre. Y ¿qué es beber ese vino nuevo, sino padecer con amor de la obediencia? ¿Qué significa: hasta que lo beba con vosotros, sino que también vosotros padeceréis conmigo por amor de la obediencia? ¿Qué quiere decir: lo beba, pero nuevo, sino que era una novedad beber el cáliz de la pasión en vez de beber el fruto de la vid? Era asimismo una novedad el que en lugar del cordero fuera inmolado un hombre. Beba con vosotros el vino nuevo, porque me deleitaré en la novedad de este cáliz, y vosotros os deleitaréis conmigo, porque vuestra alma estará inundada de alegría.

Ahora bien, la obediencia hasta la muerte no ha de entenderse únicamente de la muerte de la carne, sino, en cierto sentido, de toda perfecta mortificación y maceración del cuerpo, y, sobre todo, de toda perfecta abdicación de la propia voluntad. Quien en la alegría del alma y en la dulzura de la caridad, posponiendo la propia voluntad antepone la voluntad del hermano mediante un juicio de valor, éste da la vida por el hermano. La obediencia hasta la muerte es consustancial a cualquier tipo de martirio, tanto si la que nos mata es la espada del perseguidor, como si es la espada del espíritu, que es toda palabra de Dios.

 


DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

Del segundo libro de los Reyes 22, 8-10—23, 4.21-23

Hallazgo del libro de la Ley en tiempos de Josías.
Renovación de la alianza y celebración de la Pascua

El sumo sacerdote, Jelcías, dijo al cronista Safán: —He encontrado en el templo el Libro de la Ley. Entregó el libro a Safán, y éste lo leyó. Luego fue a dar cuenta al rey Josías:

—El sacerdote Jelcías me ha dado un libro.

Safán lo leyó delante del rey, y cuando el rey oyó el contenido del Libro de la Ley, se rasgó las vestiduras y ordenó al sacerdote Jelcías; a Ajicán, hijo de Safán; a Acbor, hijo de Miqueas; al cronista Safán, y a Asaías, funcionario real:

—Id a consultar al Señor por mí y por el pueblo y todo Judá a propósito de este libro que han encontrado; porque el Señor estará enfurecido contra nosotros, porque nuestros padres no obedecieron los mandatos de este libro cumpliendo lo prescrito en él.

Entonces el sacerdote Jelcías, Ajicán, Acbor, Safán y Asaías fueron a ver a la profetisa Julda, esposa de Salún, el guardarropa, hijo de Ticua de Jarjás. Julda vivía en Jerusalén, en el Barrio Nuevo. Le expusieron el caso, y ella les respondió:

—Así dice el Señor, Dios de Israel: Decidle al que os ha enviado: Así dice el Señor: «Yo voy a traer la desgracia sobre este lugar y todos sus habitantes: todas las maldiciones de este libro que ha leído el rey de Judá; por haberme abandonado y haber quemado incienso a otros dioses, irritándome con sus ídolos, está ardiendo mi cólera contra este lugar, y no se apagará». Y al rey de Judá, que os ha enviado a consultar al Señor, decidle: Así dice el Señor, Dios de Israel: «Puesto que al oír la lectura lo has sentido de corazón y te has humillado ante el Señor, al oír mi amenaza contra este lugar y sus habitantes, que serán objeto de espanto y de maldición; puesto que te has rasgado las vestiduras y llorado en mi presencia, también yo te escucho —oráculo del Señor—. Por eso, cuando yo te reúna con tus padres, te enterrarán en paz, sin que llegues a ver con tus ojos la desgracia que voy a traer a este lugar».

Ellos llevaron la respuesta al rey.

El rey mandó al sumo sacerdote, Jelcías, al vicario y a los porteros que sacaran del templo todos los utensilios fabricados para Baal, Astarté y todo el ejército del cielo. Los quemó fuera de Jerusalén, en los campos del Cedrón, y llevaron las cenizas a Betel.

El rey ordenó al pueblo:

—Celebrad la Pascua en honor del Señor, vuestro Dios, como está prescrito en este libro de la alianza.

No se había celebrado una Pascua semejante desde el tiempo en que los jueces gobernaban a Israel ni durante todos los reyes de Israel y Judá. Fue el año dieciocho del reinado de Josías cuando se celebró aquella Pascua en Jerusalén en honor del Señor.


SEGUNDA LECTURA

San Eusebio de Alejandría, Sermón 6 (1.3.6: PG 86, 415-418.422)

Este día os trajo el comienzo de toda gracia

Escucha, hijo: voy a exponerte la razón por la cual se nos ha transmitido el mandato de guardar el día del Señor y abstenernos de trabajar. Cuando el Señor confió el misterio a sus discípulos, tomando el pan lo bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: Tomad, comed: esto es mi cuerpo, que se parte por vosotros para el perdón de los pecados. Del mismo modo les dio la copa, diciendo: Bebed todos: ésta es mi sangre, sangre de la nueva alianza, que se derrama por vosotros y por muchos para el perdón de los pecados. Haced esto —dice-- en conmemoración mía.

Así pues, el sagrado día del Domingo es la conmemoración del Señor. Por eso se le llama Domingo, como principio de los días. Pues con anterioridad a la pasión del Señor no se le llamaba Domingo, sino día primero. En este día el Señor dio comienzo a las primicias de la resurrección o creación del mundo; en este mismo día donó al mundo las primicias de la resurrección; en este día —como acabamos de decir— nos mandó, asimismo, celebrar los sagrados misterios. Por tanto, este día nos trajo el comienzo de toda gracia: el comienzo de la creación del mundo, el comienzo de la resurrección, el comienzo de la semana. Al comprender este día tres comienzos, nos muestra a un mismo tiempo el primado de la santísima Trinidad.

No por otra razón observamos el Domingo, sino para introducir una pausa en el trabajo y dedicarnos a la oración. Si pues, interrumpiendo el trabajo, no acudes a la iglesia, no sacas ganancia alguna; más aún, te has perjudicado, y no poco, a ti mismo. Muchos son los que esperan el domingo, pero no todos con idéntico motivo. Los que temen al Señor, esperan el domingo para elevar a Dios sus plegarias y recrearse con el cuerpo y sangre preciosos; los apáticos y negligentes esperan el domingo para no trabajar y entregarse a una conducta incalificable.

¿Qué es lo que contemplan los que van a la iglesia? Te lo voy a decir: a Cristo, el Señor, yacente sobre la mesa sagrada, el himno santo de los serafines cantado tres veces, la presencia y la venida del Espíritu Santo, al profeta y rey David entonando salmos, al bendito Apóstol inculcando su doctrina en el ánimo de todos, el himno angélico y el asiduo aleluya, las voces evangélicas, las admoniciones del Señor, la instrucción y exhortación de los venerables obispos y presbíteros: todo cosas espirituales, todo cosas celestiales, todo cosas que nos procuran la salvación y el reino de los cielos. Esto es lo que escucha, esto es lo que contempla todo el que va a la iglesia.

Porque este día se te ha dado para la oración y el descanso: Este es, pues, el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo; y al que, en este día, resucitó démosle gloria juntamente con el Padre y el Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

Comienza el libro del profeta Nahún 1, 1-8; 3, 1-7.12-15a

Juicio de Dios sobre Nínive

Oráculo contra Nínive. Texto de la visión de Nahún, el elcasita.

El Señor es un Dios celoso y justiciero,
el Señor sabe airarse y tomar venganza.

Camina en el huracán y la tormenta, l
as nubes son el polvo de sus pasos.

Ruge contra el mar y lo seca y evapora todos los ríos;
aridecen el Basán y el Carmelo y se marchita la flor del Líbano.

Las montañas tiemblan ante él, los collados se estremecen,
la tierra en su presencia se levanta, el orbe con todos sus habitantes.

¿Quién resistirá su cólera,
quién aguantará su ira ardiente?

Su furor se derrama como fuego y las rocas se rompen ante él.

El Señor es bueno, atiende a los que se acogen a él,
es refugio en el peligro, cuando pasa la crecida.

El Señor es paciente y poderoso, el Señor no deja impune.

Extermina a sus contrarios, empuja a las tinieblas al enemigo.

¡Ay de la ciudad sangrienta, toda ella mentirosa,
llena de crueldades, insaciable de despojos!

Escuchad: látigos, estrépito de ruedas, caballos al galope, carros rebotando,
jinetes al asalto, llamear de espadas,
relampagueo de lanzas, multitud de heridos, masas de cadáveres, cadáveres sin fin,
se tropieza en cadáveres.

Por las muchas fornicaciones de la prostituta, tan hermosa y hechicera,
que compraba pueblos con sus fornicaciones y tribus con sus hechicerías;
¡aquí estoy yo contra ti!
—oráculo del Señor de los ejércitos—.

Te levantaré hasta la cara las faldas,
enseñando tu desnudez a los pueblos,
tu afrenta a los reyes.

Arrojaré basura sobre ti,
haré de ti un espectáculo vergonzoso.

Quien te vea, se apartará de ti, diciendo:
Desolada está Nínive, ¿quién la compadecerá?
¿Dónde encontrar quien la consuele?

Tus plazas fuertes son higueras cargadas de brevas,
al sacudirlas caen en la boca que las come.

Mira, tus soldados se han vuelto mujeres frente al enemigo;

abiertas están las puertas de tu territorio y el fuego ha consumido los cerrojos.

Haz acopio de agua, fortifica las defensas, pisa lodo;
aplasta arcilla, métela en el molde:
que el fuego te consumirá, como devora la langosta, y la espada te aniquilará.


SEGUNDA LECTURA

San Hipólito de Roma, Tratado sobre el fin de los tiempos (2: Edit CSCO vol 264 [Scriptores Iberici t 16], 55)

Los santos profetas se han convertido en ojos
para nosotros

Los profetas se han convertido en ojos para nosotros, porque previeron en la fe el misterio del Verbo. Si anunciaron a su posteridad las cosas futuras, a nosotros, sin embargo, no sólo nos anunciaron lo que ya había sucedido —como si hubieran sido profetas únicamente en función de una sola generación—, sino que también a nosotros nos anunciaron cosas que habían todavía de suceder en beneficio de todos. Debía, en efecto, ser llamado profeta quien realmente era profeta.

Todos estos hombres, fortalecidos con el espíritu de profecía y dignamente honrados por la misma palabra de Dios, algunos de ellos unidos como las cuerdas de una cítara tocada por el plectro, nos anunciaban lo que Dios quería. Pues no profetizaron nada por propio impulso, con el propósito de engañarte. Ni predicaban lo que querían, sino que, primeramente y mediante la palabra, llegaban a una recta inteligencia, y después, a través de visiones, se les enseñaba a ser mejores. De esta forma, cuando recibían el mandato, expresaban correctamente la revelación que sólo a ellos les hacía Dios. De otra suerte, ¿cómo hubieran podido profetizar como profetas?

Lo que del futuro preveían bajo el impulso del Espíritu nos lo anunciaban a nosotros; y ciertamente no se limitaban a decir cosas relativas al pasado, cosas que todo el mundo podía ver, sino que realmente nos anunciaron el futuro. Por esta razón fueron considerados como profetas. También por esta razón, ya desde el principio, los profetas fueron llamados «previdentes». Instruidos por los que de entre ellos han hablado correctamente, también nosotros predicamos. Y no es que, basados en nuestra propia sabiduría, nos lancemos a difundir cosas nuevas, sino que las palabras que desde el principio fueron pronunciadas y escritas, nosotros las recibimos en la plenitud de los tiempos y las ilustramos en beneficio de aquellos a quienes les fue dado creer rectamente, a fin de que a ambos sirvan de común utilidad: a aquellos que son atentos les manifestamos correctamente las cosas futuras, y a aquellos que presten oído a nuestras palabras les manifestaremos la fuerza de los dichos proféticos.



MARTES


PRIMERA LECTURA

Del segundo libro de las Crónicas 35, 20—36, 12

Corrupción de Judá. Primera invasión de Jerusalén

Bastante después de que Josías restaurase el templo, el rey de Egipto, Necó, se dirigió a Cárquemis, para entablar batalla. Josías salió a hacerle frente. Entonces Necó le envió este mensaje:

—No te metas en mis asuntos, rey de Judá. No vengo contra ti, sino contra la dinastía que me hace la guerra. Dios me ha dicho que me dé prisa. Deja de oponerte a Dios, que está conmigo, no sea que él te destruya.

Pero Josías, en vez de dejarle paso franco, se empeñó en combatir. Desatendiendo lo que Dios le decía por medio de Necó, entabló batalla en la llanura de Meguido. Los arqueros dispararon contra el rey Josías, y éste dijo a sus servidores:

—Sacadme del combate, porque estoy gravemente herido.

Sus servidores lo sacaron del carro, lo trasladaron al otro que tenía y lo llevaron a Jerusalén, donde murió. Lo enterraron en las tumbas de sus antepasados. Todo Judá y Jerusalén hizo duelo por Josías. Jeremías compuso una elegía en su honor, y todos los cantores y cantoras siguen recordándolo en sus elegías. Se han hecho tradicionales en Israel; pueden verse en las Lamentaciones.

Para más datos sobre Josías, las obras de piedad que hizo de acuerdo con la Ley del Señor y todas sus gestas, de las primeras a las últimas, véase el libro de los reyes de Israel y Judá.

La gente tomó a Joacaz, hijo de Josías, y lo nombraron rey sucesor en Jerusalén. Cuando Joacaz subió al trono tenía veintitrés años y reinó tres meses en Jerusalén. El rey de Egipto lo destronó, impuso al país un tributo de cien pesos de plata y un peso de oro, y nombró rey de Judá y Jerusalén a su hermano Eliacín, cambiándole el nombre por el de Joaquín. A su hermano Joacaz se lo llevó Necó a Egipto.

Cuando Joaquín subió al trono tenía veinticinco años y reinó en Jerusalén once años. Hizo lo que el Señor, su Dios, reprueba. Nabucodonosor de Babilonia subió contra él y lo condujo a Babilonia atado con cadenas de bronce. También se llevó algunos objetos del templo y los colocó en su palacio de Babilonia.

Para más datos sobre Joaquín, las iniquidades que cometió y todo lo que le sucedió, véase el libro de los reyes de Israel y Judá. Su hijo Jeconías le sucedió en el trono.

Cuando Jeconías subió al trono tenía ocho años y reinó en Jerusalén tres meses y diez días. Hizo lo que Dios reprueba. A principios de año, el rey Nabucodonosor envió a por él y lo llevaron a Babilonia, junto con los objetos de valor del templo. Nombró rey de Judá y Jerusalén a su hermano Sedecías.

Cuando Sedecías subió al trono tenía veintiún años y reinó en Jerusalén once años. Hizo lo que el Señor, su Dios, reprueba; no se humilló ante el profeta Jeremías, que le hablaba en nombre de Dios.
 

SEGUNDA LECTURA

Gregorio de Palamás, Homilía 10 (PG 151, 111-114)

Amemos el camino angosto y trillado que conduce
a la verdadera vida

Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos. Y no solamente está cerca, sino que está dentro de nosotros. El reino de los cielos—vuelve a decir el Señor—está dentro de vosotros. Y no solamente está dentro de nosotros, sino que incluso no mucho después manifiesta su verdad destruyendo todo principado, potestad y fuerza, opuesta solamente a aquellos que viven según Dios y se conducen piadosamente aquí en la tierra. Así pues, cuando el reino de los cielos se proclama cercano es que todavía no esta dentro de nosotros; pero poco después hace acto de presencia, invitándonos a hacernos dignos de él mediante obras de penitencia, a hacernos violencia en orden a amputar las depravadas costumbres y los incalificables comportamientos, ya que el reino de los cielos hace fuerza y los esforzados se apoderan de él.

Emulemos la paciencia, la humildad y la misma fe de nuestros santos padres: Fijaos en el desenlace de su vida e imitad su fe. Demos muerte a todo lo terreno que hay en nosotros. Porque si, con honda preocupación, la gracia del espíritu nos puso al corriente del futuro y horrible juicio de Dios, si a continuación sacó a relucir el exilio de Adán, si finalmente nos hizo patente una solidísima fe, fue para que temiendo aquél y deplorando ésta, no pactemos con el desenfreno, ni, cediendo a un apetito insaciable, abramos las puertas a todos los vicios o nos hagamos cómplices del desorden, y hasta merodeemos por plazas y mercados. Antes bien amemos el camino angosto y trillado que conduce a la verdadera vida, cuyo principio y primer hito es el ayuno.

Ahora bien, si toda la vida del hombre es momento oportuno para conseguir la salvación, ¡cuánto más el tiempo de ayuno! Por eso, Cristo, príncipe y caudillo de nuestra salvación, comenzó su vida con un ayuno, y mientras ayunaba, venció y cubrió de ignominia al diablo, artífice de vicios que le arremetió con toda su batería. Pues así como la ausencia de templanza en la mesa, al subvertir las virtudes, se constituye en madre de la perturbación, al borrar las manchas de la incontinencia, se constituye en madre de la tranquilidad. Pues bien, si cuando el alma está aún libre de vicios, la intemperancia la trae y la lleva, ¿cómo no se crecerá y se robustecerá una vez el alma sea presa de los vicios, lo mismo que, si la intemperancia decrece, será barrida por el ayuno? En realidad, ayuno y templanza son dos realidades íntimamente ligadas entre sí, si bien la segunda sobrepuja a veces a los que se conducen con cautela.



MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

Comienza el libro del profeta Habacuc 1,12—2, 4

Plegaria en tiempo de desolación

Oráculo que vio el profeta Habacuc:

¿Hasta cuándo clamaré, Señor, sin que me escuches? ¿Te gritaré: «Violencia», sin que me salves?

¿Por qué me haces ver desgracias, me muestras trabajos, violencias y catástrofes, surgen luchas, se alzan contiendas? Pues la ley cae en desuso, y el derecho no sale vencedor. El malvado elimina al justo, y se emite una sentencia al revés.

Mirad a los pueblos, contemplad y espantaos, porque en vuestros días hará una obra tal que, si os la contasen, no la creeríais. Yo suscitaré a los caldeos, pueblo cruel y veloz, que recorrerá la anchura de la tierra para conquistar territorios ajenos.

Es funesto y terrible, dicta sentencia y condenación. Sus caballos son más veloces que panteras, más rápidos que lobos de la estepa, sus jinetes trotan, sus jinetes vienen de lejos, volarán como rauda águila sobre la presa.

Cada cual está dispuesto a la violencia, con las cabezas tendidas hacia delante, junta prisioneros como arena. Se burla de los reyes, hace escarnio de los príncipes, se ríe de las plazas fuertes, apisona tierra y las conquista. Después toma aliento y continúa implacable. Su fuerza es su dios.

¿No eres tú, Señor, desde antiguo, mi santo Dios que no muere? ¿Le has destinado para castigo; oh Roca, le encomendaste la sentencia?

Tus ojos son demasiado puros para mirar el mal, no puedes contemplar la opresión. ¿Por qué contemplas en silencio a los bandidos, cuando el malvado devora al inocente?

Tú hiciste a los hombres como peces del mar, como reptiles sin jefe: los saca a todos con el anzuelo, los apresa en la red, los reúne en la nasa, y después ríe de gozo;ofrece sacrificios al anzuelo, incienso a la red, porque con ellos cogió rica presa, comida abundante. ¿Seguirá vaciando sus redes, matando pueblos sin compasión?

Me pondré de centinela, en pie vigilaré, velaré para escuchar lo que me dice, qué responde a mis quejas.

El Señor me respondió así:

«Escribe la visión, grábala en tablillas, de modo que se lea de corrido. La visión espera su momento, se acerca su término y no fallará; si tarda, espera, porque ha de llegar sin retrasarse. El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por su fe».


SEGUNDA LECTURA

San Bernardo de Claraval, Sermón 5 sobre diversas materias (1-4: Opera omnia, Edit Cist 6, 1, 1970, 98-103)

Me pondré de centinela para escuchar lo que me dice

Leemos en el Evangelio que en cierta ocasión, al predicar el Salvador y al exhortar a sus discípulos a participar de su pasión comiendo sacramentalmente su carne, hubo quienes dijeron: Este modo de hablar es duro. Y dejaron ya de ir con él. Preguntados los demás discípulos si también ellos querían marcharse, respondieron: Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna.

Lo mismo os digo yo, queridos hermanos. Hasta ahora, para algunos es evidente que las palabras que dice Cristo son espíritu y son vida, y por eso lo siguen. A otros, en cambio, les parecen inaceptables y tratan de buscar al margen de él un mezquino consuelo. Está llamando la sabiduría por las plazas, en el espacioso camino que lleva a la perdición, para apartar de él a los que por él caminan.

Finalmente, dice: Durante cuarenta años aquella generación me asqueó, y dije: «Es un pueblo de corazón extraviado». Y en otro salmo se lee: Dios ha hablado una vez. Es cierto: una sola vez. Porque siempre está hablando, ya que su palabra es una sola, sin interrupción, constante, eterna.

Esta voz hace reflexionar a los pecadores. Acusa los desvíos del corazón: y en él vive, y dentro de él habla. Está realizando, efectivamente, lo que manifestó por el profeta, cuando decía: Hablad al corazón de Jerusalén.

Ved, queridos hermanos, qué provechosamente nos advierte el salmista que, si escuchamos hoy su voz, no endurezcamos nuestros corazones. Casi idénticas palabras encontramos en el Evangelio y en el salmista. El Señor nos dice en el Evangelio: Mis ovejas escuchan mi voz. Y el santo David dice en el salmo: Su pueblo (evidentemente el del Señor), el rebaño que él guía, ojalá escuchéis hoy su voz: "No endurezcáis el corazón".

Escucha, finalmente, las palabras del profeta Habacuc. No usa de eufemismos, sino de expresiones claras, pero que expresan solicitud, para dirigirse a su pueblo: Me pondré de centinela, en pie vigilaré, velaré para escuchar lo que me dice, qué responde a mis quejas. También nosotros, queridos hermanos, pongámonos de centinela, porque es tiempo de lucha.

Adentrémonos en lo íntimo del corazón, donde vive Cristo. Permanezcamos en la sensatez, en la prudencia, sin poner la confianza en nosotros, fiándonos de nuestra débil guardia.



JUEVES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Habacuc 2, 5-20

Maldiciones contra los opresores

Aunque se lance el pérfido, un tipo fanfarrón, nada conseguirá; aunque ensanche las fauces como el abismo y sea insaciable como la muerte; aunque arramble con todos los pueblos y se adueñe de todas las naciones, todos ellos entonarán contra él coplas y sátiras y epigramas, diciendo:

«¡Ay del que acumula bien ajeno! ¿Hasta cuándo? Amontona objetos empeñados; de repente se alzarán tus acreedores, despertarán tus atormentadores, y te despojarán. Porque saqueaste naciones numerosas, te saqueará el resto de los pueblos; por tus asesinatos y violencias contra territorios, ciudades y poblaciones.

¡Ay del que reúne en casa ganancias injustas, y pone en lo alto su nido para salvarse de la desgracia! Destruyendo a tantas naciones has planeado la afrenta para tu casa y has malogrado tu vida. Gritarán las piedras de los muros, las vigas de leño responderán.

¡Ay del que construye con sangre la ciudad, funda la capital con crímenes! El Señor hará que suceda: trabajan los pueblos para el fuego, las naciones se fatigan por nada, cuando la tierra esté llena del conocimiento del Señor glorioso, como las aguas cubren el mar.

¡Ay del que emborracha a su prójimo, lo embriaga con una copa drogada, para remirarlo desnudo! Bebe tú también y enseña el prepucio, hártate de baldones y no de honores, que te pasa la copa la diestra del Señor y tu ignominia superará a tu honor. El Líbano violentado te aplastará, la matanza de animales te aterrará: por tus asesinatos y violencias en países, ciudades y poblaciones. ¿De qué le sirve al ídolo que lo talle el artífice, si es una imagen, un maestro de mentiras? ¿De qué al artífice confiar en su obra o fabricar ídolos mudos?

¡Ay del que dice a un leño: "Despierta, levanta", a la piedra muda: "Dime un oráculo" ¡Está forrado de plata y oro, por dentro no tiene alma. Pero el Señor está en su santo templo, ¡silencio ante él, toda la tierra!»


SEGUNDA LECTURA

San Bernardo de Claraval, Sermón 5 sobre diversas materias (4-5: Opera omnia, Edit Cist 6, 1, 1970, 103-104)

Sobre los grados de la contemplación

Vigilemos en pie, apoyándonos con todas nuestras fuerzas en la roca firmísima que es Cristo, como está escrito: Afianzó mis pies sobre roca, y aseguró mis pasos.

Apoyados y afianzados en esta forma, veamos qué nos dice y qué decimos a quien nos pone objeciones.

Amadísimos hermanos, éste es el primer grado de la contemplación: pensar constantemente qué es lo que quiere el Señor, qué es lo que le agrada, qué es lo que resulta aceptable en su presencia. Y, pues todos faltamos a menudo, y nuestro orgullo choca contra la rectitud de la voluntad del Señor, y no puede aceptarla ni ponerse de acuerdo con ella, humillémonos bajo la poderosa mano del Dios altísimo y esforcémonos en poner nuestra miseria a la vista de su misericordia, con estas palabras: Sáname, Señor, y quedaré sano; sálvame y quedaré a salvo. Y también aquellas otras: Señor, ten misericordia, sáname, porque he pecado contra ti.

Una vez que se ha purificado la mirada de nuestra alma con esas consideraciones, ya no nos ocupamos con amargura en nuestro propio espíritu, sino en el espíritu divino, y ello con gran deleite. Y ya no andamos pensando cuál sea la voluntad de Dios respecto a nosotros, sino cuál sea en sí misma.

Y, ya que la vida está en la voluntad del Señor, indudablemente lo más provechoso y útil para nosotros será lo que está en conformidad con la voluntad del Señor. Por eso, si nos proponemos de verdad conservar la vida de nuestra alma, hemos de poner también verdadero empeño en no apartarnos lo más mínimo de la voluntad divina.

Conforme vayamos avanzando en la vida espiritual, siguiendo los impulsos del Espíritu, que ahonda en lo más íntimo de Dios, pensemos en la dulzura del Señor, qué bueno es en sí mismo. Pidamos también, con el salmista, gozar de la dulzura del Señor, contemplando, no nuestro propio corazón, sino su templo, diciendo con el mismo salmista: Cuando mi alma se acongoja, te recuerdo.

En estos dos grados está todo el resumen de nuestra vida espiritual: Que la propia consideración ponga inquietud y tristeza en nuestra alma, para conducirnos a la salvación, y que nos hallemos como en nuestro elemento en la consideración divina, para lograr el verdadero consuelo en el gozo del Espíritu Santo. Por el primero, nos fundaremos en el santo temor y en la verdadera humildad; por el segundo, nos abriremos a la esperanza y al amor.



VIERNES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Jeremías 22, 10-30

Oráculo contra el último rey de Judá

No lloréis por el muerto ni os lamentéis por él,
llorad por el que se marcha,
porque no volverá a ver su tierra natal.

Pues así dice el Señor a Salún, hijo de Josías,
rey de Judá, sucesor de su padre, Josías:

El que salió de este lugar no volverá a él,
morirá en el país de su destierro
y esta tierra no la volverá a ver.

¡Ay del que edifica su casa con injusticias,
piso a piso, inicuamente;
hace trabajar de balde a su prójimo
sin pagarle el salario!

Piensa: Me construiré una casa espaciosa
con salones aireados, abriré ventanas,
la revestiré de cedro, la pintaré de bermellón.
¿Piensas que eres rey porque compites en cedros?

Si tu padre comió y bebió y le fue bien,
es porque practicó la justicia y el derecho;
hizo justicia a pobres e indigentes,
y eso sí que es conocerme —oráculo del Señor—.

Tú, en cambio, tienes ojos y corazón sólo para el lucro,
para derramar sangre inocente,
para el abuso y la opresión.

Por eso, así dice el Señor a Joaquín, hijo de Josías, rey de Judá:

No le harán funeral cantando: ¡Ay hermano mío, ay hermana!
No le harán funeral: ¡Ay Señor, ay Majestad!

Lo enterrarán como a un asno: lo arrastrarán
y lo tirarán fuera del recinto de Jerusalén.

Sube al Líbano y grita, alza la voz en Basán,
grita desde Abarín, porque están desechos tus amantes.

Te hablé en tu bienestar y dijiste: No quiero oír;
ésa es tu conducta desde joven, no me obedeciste;
pues el viento se llevará a tus pastores
y tus amantes irán al destierro;
entonces sentirás vergüenza y sonrojo
de todas tus maldades.

Tú, Señora del Líbano, que anidas entre cedros,
cómo sollozarás cuando te lleguen las ansias,
dolores como de parto.

¡Por mi vida!, Jeconías, hijo de Joaquín, rey de Judá,
aunque fueras el sello de mi mano derecha, te arrancaría
y te entregaría en poder de tus mortales enemigos,
de los que más temes: de Nabucodonosor, rey de Babilonia,
y en manos de los caldeos.

Os expulsaré a ti y a tu madre, que te dio a luz,
a un país extraño, donde no nacisteis, y allí moriréis.

Y no volverán a ver la tierra adonde ansían volver.

Ese Jeconías, ¿es una vasija rota, despreciable,
un cacharro inútil?, ¿por qué lo expulsan con su estirpe
y lo arrojan a un país desconocido?

¡Tierra, tierra, tierra!, escucha la palabra del Señor:

Así dice el Señor: Inscribid a ese hombre como estéril,
como varón malogrado en la vida,
porque de su estirpe no se logrará ninguno que se siente en el trono de David
para reinar en Judá.


SEGUNDA LECTURA

San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el libro del profeta Isaías (Lib 5, t 2: PG 70, 1230-1231)

¿Quién es capaz de conocer el pensamiento de Dios?

Dios no consiente que los llamados a la conversión, a la redención y a la purificación de los pecados desconfíen de la gracia que nos viene de Cristo. Esto es lo que hicieron los israelitas. Porque, mientras Dios les invitaba a la conversión y al arrepentimiento, cuando se sentían compungidos y como lacerados por los remordimientos de la propia conciencia, en el momento en que se veían absolutamente incapaces de lavar las inmundicias de su viciosa conducta decían: Nuestros errores están dentro de nosotros y en ellos hemos nacido, ¿cómo, pues, seguir viviendo?

A lo cual responde Dios: Convertíos seriamente de vuestros caminos, casa de Israel, y vuestras injusticias no se traducirán en castigo para vosotros. Por consiguiente, cuando vosotros —dice— desconfiáis, mientras yo, que todo lo puedo, afirmo categóricamente: Os libraré de toda mancha y os haré inmunes a los delitos inveterados, reflexionad entonces quién soy yo y quiénes sois vosotros, pensad en la diferencia existente entre mis caminos y vuestros caminos, entre vuestros planes y mis planes, cuánta sea también la diferencia de las naturalezas. Pues vosotros sois hombres, yo soy Dios. Inmensa es, pues, la distancia, y las cosas de Dios no tienen punto referencial de comparación. Nos gana, efectivamente, en fortaleza, en gloria, en clemencia: nada existe en la naturaleza que pueda adecuarse a su excelencia o que pueda parecer que se le aproxima un tanto.

En efecto, los hombres están sujetos a la ira; pues bien, lo característico de la naturaleza divina, que a todas supera, es no dejarse dominar por la ira. El hombre es cruel y propenso a la maldad; en cambio Dios es bueno por naturaleza, más aún: es la mismísima bondad. Perdonará, pues, como Dios, y justificará al impío, echando en olvido los traspiés debidos a la ignorancia y borrando las máculas del error.

Añade también esto a la precedente consideración: antiguamente la multitud de los pueblos era ignorante y fácilmente eran los hombres arrastrados a todo género de torpezas y empujados a hacer cosas tales, que la lengua se resiste a decir. Pero después de que, impulsados por la fe, buscaron a Dios y lo invocaron, abandonando su anterior conducta y sus perversas maquinaciones, consiguieron la misericordia de Dios y se sintieron como transformados y trasladados a otra vida: se convirtieron en sabios en cuanto partícipes de la sabiduría, conocedores de toda cosa buena; sacudieron el yugo del prístino error, vencieron el pecado y en lo sucesivo se despojaron de su ánimo voluble e inconstante, y se hicieron con un ánimo firme y esforzado, pronto a ejecutar lo que es agradable a Dios. Por eso dice: cuando prometo todo esto, no desconfiéis, ni penséis que soy de ánimo voluble. Pues mis planes no son vuestros planes, ni mis caminos son vuestros caminos.



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Jeremías 19, 1-5.10—20, 6

Acción simbólica: la jarra rota

El Señor me dijo:

«Vete a comprar una jarra de loza; acompañado de algunos concejales y sacerdotes, sal hacia el Valle de Ben Hinón, adonde da la Puerta de los Cascotes, y proclama allí lo que yo te diré. Di:

"Escuchad la palabra del Señor, reyes de Judá y vecinos de Jerusalén: así dice el Señor de los ejércitos, Dios de Israel: `Yo haré venir sobre este lugar una catástrofe que a quien la oiga le zumbarán los oídos; porque me abandonaron, extrañaron este lugar sacrificando en él a dioses extranjeros, que ni ellos ni sus padres conocían, y los reyes de Judá lo llenaron de sangre inocente. Construyeron ermitas a Baal, donde quemaban a sus hijos como holocaustos en honor de Baal; cosá que no les mandé, ni les dije, ni se me pasó por la cabeza.

Por eso llegarán días —oráculo del Señor— en que este lugar ya no se llamará El Horno ni Valle de Ben Hinón, sino Valle de las Animas. Haré fracasar en él los planes de Judá y Jerusalén, los derribaré a espada ante el enemigo, por mano de los que los buscan para matarlos, daré sus cadáveres en pasto a las aves del cielo y a las bestias de la tierra. Haré de esta ciudad espanto y burla: los que pasan junto a ella se espantarán y silbarán a la vista de tantas heridas. Haré que se coman a sus hijos e hijas, que se coman unos a otros, cuando les aprieten y estrechen el cerco sus enemigos mortales"'.

Rompe la jarra en presencia de tus acompañantes, y diles:

"Así dice el Señor de los ejércitos: `Del mismo modo romperé yo a este pueblo y a esta ciudad; como se rompe un cacharro de loza y no se puede recomponer. Y enterrarán en El Horno, por falta de sitio. Así trataré a este lugar y a sus habitantes, haré de esta ciudad un horno —oráculo del Señor—, las casas de Jerusalén y los palacios reales de Judá serán inmundos como el sitio de El Horno; las casas en cuyas azoteas ofrecían sacrificios a los astros del cielo, y libaban a dioses extranjeros"'».

Jeremías volvió de la puerta adonde lo había mandado el Señor a profetizar, se plantó en el atrio del templo y dijo a todo el pueblo:

«Así dice el Señor de los ejércitos, Dios de Israel: "Yo haré venir sobre esta ciudad y su comarca todos los males con que la he amenazado, porque se pusieron tercos y no escucharon mis palabras"».

Pasjur, hijo de Imer, comisario del templo del Señor, oyó a Jeremías profetizar aquello; Pasjur hizo azotar al profeta Jeremías y lo metió en el cepo que se encuentra en la puerta superior de Benjamín, en el templo del Señor. A la mañana siguiente, cuando Pasjur lo sacó del cepo, Jeremías le dijo:

«El Señor ya no te llama Pasjur, sino Cerco de Pavor; pues así dice el Señor: "Serás el pavor tuyo y de tus amigos, que caerán a espada enemiga, ante tu vista; entregaré a todos los judíos en poder del rey de Babilonia, que los desterrará a Babilonia y los matará con la espada. Entregaré todas las riquezas de esta ciudad, sus posesiones, objetos preciosos, los tesoros reales de Judá a los enemigos, que los saquearán, los cogerán y se los llevarán a Babilonia. Y tú, Pasjur, con todos los de tu casa, iréis al destierro, a Babilonia; allí morirás y serás enterrado con todos tus amigos, a quienes profetizabas tus embustes"».


SEGUNDA LECTURA

Del libro de la Imitación de Cristo (Lib 3, cap 3)

Yo instruiré a mis profetas

Escucha, hijo mío, mis palabras, palabras suavísimas, que trascienden toda la ciencia de los filósofos y letrados de este mundo.

Mis palabras son espíritu y son vida, y no se pueden ponderar partiendo del criterio humano.

No deben usarse con miras a satisfacer la vana complacencia, sino oírse en silencio, y han de recibirse con humildad y gran afecto del corazón.

Y dije: Dichoso el hombre a quien tú educas, al que enseñas tu ley, dándole descanso tras los años duros; para que no viva desolado aquí en la tierra.

Yo —dice el Señor— instruí a los profetas desde antiguo, y no ceso de hablar a todos hasta hoy; pero muchos se hacen sordos a mi palabra y se endurecen en su corazón.

Los más oyen de mejor grado al mundo que a Dios, y más fácilmente siguen las apetencias de la carne que el beneplácito divino.

Ofrece el mundo cosas temporales y efímeras, y, con todo, se le sirve con ardor. Yo prometo lo sumo y eterno, y los corazones de los hombres languidecen presa de la inercia.

¿Quién me sirve y obedece a mí con tanto empeño y diligencia como se sirve al mundo y a sus dueños?

Sonrójate, pues, siervo indolente y quejumbroso, de que aquéllos sean más solícitos para la perdición que tú para la vida.

Más se gozan ellos en la vanidad que tú en la verdad. Y, ciertamente, a veces quedan fallidas sus esperanzas; en cambio, mi promesa a nadie engaña ni deja frustrado al que funda su confianza en mí.

Yo daré lo que tengo prometido, lo que he dicho lo cumpliré. Pero a condición de que mi siervo se mantenga fiel hasta el fin.

Yo soy el remunerador de todos los buenos, así como el fuerte que somete a prueba a todos los que llevan una vida de intimidad conmigo.

Graba mis palabras en tu corazón y medítalas una y 1 otra vez con diligencia, porque tendrás gran necesidad de ellas en el momento de la tentación.

Lo que no entiendas cuando leas lo comprenderás el día de mi visita. Porque de dos medios suelo usar para visitar a mis elegidos: la tentación y la consolación.

Y dos lecciones les doy todos los días: una consiste en reprender sus vicios, otra en exhortarles a progresar en la adquisición de las virtudes.

El que me rechaza y no acepta mis palabras tiene quien lo juzgue en el último día.

 


DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Jeremías 23, 9-17.21-29

Contra los falsos profetas

A los profetas: Se me rompe el corazón en el pecho,
se me dislocan los huesos, estoy como un borracho,
como uno vencido por el vino,
a causa del Señor y de sus santas palabras:

El país está lleno de adulterios, y por ellos hace duelo la tierra,
se agostan las dehesas de la estepa,
su curso es perverso, su poder un abuso;
profetas y sacerdotes son unos impíos,
hasta en mi templo encuentro maldades
—oráculo del Señor—;
pues su camino se volverá resbaladizo,
empujados a las tinieblas caerán en ellas;
les enviaré la desgracia el año de la cuenta
—oráculo del Señor—.

Entre los profetas de Samaria he visto un desatino:
profetizan por Baal extraviando a Israel, mi pueblo;
entre los profetas de Jerusalén he visto algo espeluznante:
adúlteros y embusteros que apoyan a los malvados,
para que nadie se convierta de la maldad;
para mí son todos sus vecinos como Sodoma y Gomorra.

Por eso dice el Señor de los ejércitos a los profetas:

Os daré a comer ajenjo y a beber agua envenenada,
porque de los profetas de Jerusalén
se difundió la impiedad a todo el país.

Así dice el Señor de los ejércitos:

No hagáis caso a vuestros profetas, que os embaucan:
Cuentan visiones de su fantasía, no de la boca del Señor;
a los que desprecian la palabra del Señor
les dicen: Tendréis paz;
a los que siguen su corazón obstinado
les dicen: No os pasará nada malo.

Yo no envié a los profetas, y ellos corrían;
no les hablé, y ellos profetizaban;
si hubieran asistido a mi consejo,
anunciarían mis palabras a mi pueblo
para que se convirtiese del mal camino,
de sus malas acciones.

¿Soy yo Dios sólo de cerca y no Dios de lejos?
—oráculo del Señor—.

Porque uno se esconda en su escondrijo
¿no lo voy a ver yo? —oráculo del Señor—,
¿no lleno yo el cielo y la tierra?
—oráculo del Señor—.

He oído lo que dicen los profetas
profetizando embustes en mi nombre,
diciendo que han tenido un sueño;
¿hasta cuándo seguirán los profetas
profetizando embustes y las fantasías de su mente?

Con los sueños que se cuentan unos a otros
pretenden hacer olvidar mi nombre a mi pueblo,
como lo olvidaron sus padres a causa de Baal.

El profeta que tenga un sueño, que lo cuente;
el que tenga mi palabra, que la diga a la letra.

¿Qué hace el grano con la paja?
—oráculo del Señor—.

¿No es mi palabra fuego —oráculo del Señor
o martillo que tritura la piedra?


SEGUNDA LECTURA

Beato Martín de León, Sermón 1 en el adviento del Señor (PL 208, 31-33.38)

El vástago legítimo es el Verbo, coeterno siempre
con Dios Padre

El profeta Jeremías, carísimos hermanos, descendiente de una familia sacerdotal, antes de formarse en el vientre fue conocido por el Señor, que llama a la existencia lo que no existe; antes de salir del seno materno fue consagrado, fue advertido de que debía permanecer virgen, y fue destinado a profetizar no sólo a los judíos, sino también a los paganos. Fue en su misión profética verídico; en sus exhortaciones a la penitencia dirigidas a los judíos, severo; en su llanto por los pecados del pueblo, piadoso; en la previsión de males futuros, agudo; en tolerar las adversidades, paciente y enérgico; en el trato con sus conciudadanos, apacible.

Pues bien, este tan santo varón, intuyendo el tiempo de la restauración humana y previendo —iluminado por el Espíritu Santo— la venida del Hijo de Dios, para consuelo del humano linaje, habla, inspirado por Dios, diciendo: Mirad que llegan días —oráculo del Señor— en que suscitaré a David un vástago legítimo; reinará como rey prudente, hará justicia y derecho en la tierra. Y lo llamarán con este nombre: «El Señor-nuestra-justicia».

El vástago legítimo es el Verbo, coeterno siempre con Dios Padre; en cambio, en el tiempo se encarnó de María, la Virgen, que desciende de la raíz de David. Y con razón se le llama también Vástago legítimo, de cuya justicia habla así el Profeta: El Señor es justo y ama la justicia, y los buenos verán su rostro. De él está escrito: Dios es un juez justo, fuerte y paciente. Lucha, pues, por librarnos de nuestros enemigos: es paciente aguantando lo que contra él hemos pecado.

Todos cuantos, por la fe en Cristo, son llamados hijos de Dios testimonian con asidua alabanza que él es el Rey de reyes y Señor de señores. Reinará, pues, como rey prudente, hará justicia y derecho en la tierra; pues en el juicio no despreciará al pobre, ni honrará al rico.

Por lo cual, nosotros, hermanos y señores míos, mientras vivimos todavía en el cuerpo, lavemos con lágrimas nuestros vicios y pecados; procuremos mejorar nuestra conducta; mostremos a nuestros prójimos una auténtica caridad; esforcémonos por cumplir sin fraude las promesas hechas a Dios; levantemos con gemidos nuestros corazones al mismo Hijo de Dios, que en su primera venida nos redimió y que en su segunda venida lo esperamos como juez de todos los hombres, a fin de que en aquella su terrible y gloriosísima venida no permita que perezcamos con los pecadores, sino merezcamos más bien oír de su boca, con los elegidos, aquella dulcísima voz: Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Lo cual se digne concedernos el que con el mismo Padre y el Espíritu Santo, en Trinidad perfecta, vive y reina, Dios por todos los siglos de los siglos. Amén.

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Jeremías 25, 15-17.27-38

La copa de la cólera de Dios contra los pueblos paganos

El Señor, Dios de Israel, me dijo:

—Toma de mi mano esta copa de aguardiente y házsela beber a todas las naciones adonde te envío. Que beban y se tambaleen y enloquezcan ante la espada que arrojo en medio de ellos.

Tomé la copa de mano del Señor y se la hice beber a todas las naciones a las que me envió el Señor:

—Les dirás: Así dice el Señor de los ejércitos, Dios de Israel: Bebed, emborrachaos, vomitad, caed para no levantaros, ante la espada que yo arrojo entre vosotros. Y si se niegan a tomar la copa de tu mano para beber, les dirás: Así dice el Señor de los ejércitos: Habéis de beber. Porque si en la ciudad que lleva mi nombre comencé el castigo, ¿vais a quedar vosotros impunes? No quedaréis impunes, porque yo reclamo la espada contra todos los habitantes del mundo, oráculo del Señor de los ejércitos.

Y tú profetízales diciendo lo siguiente:

El Señor ruge desde la altura, clama desde su mansión santa.

Ruge y ruge contra su dehesa,
entona la copla de los pisadores de uva
contra todos los habitantes del mundo;
el eco resuena hasta los confines del orbe,
porque el Señor entabla pleito contra los paganos,
viene a juzgar a todos los hombres
y hará ejecutar a los culpables —oráculo del Señor—.

Así dice el Señor de los ejércitos:

Mirad la catástrofe pasar de nación en nación,
un terrible huracán se agita en los extremos del mundo.

Aquel día las víctimas del Señor
ocuparán la tierra de punta a punta,
no las recogerán, ni enterrarán, ni les harán duelo,
serán como el estiércol sobre el campo.

Gemid, pastores; gritad, revolcaos, mayorales del rebaño;
os ha llegado el día de la matanza
y caeréis como carneros hermosos;
no hay escapatoria para los pastores,
no hay salida para los mayorales del rebaño.

Se oye el grito de los pastores.
el gemido de los mayorales del rebaño,
porque el Señor ha destruido sus pastos;
están silenciosas las prósperas dehesas,
por el incendio de la ira del Señor;
el león abandona su guarida,
porque están desoladas las tierras,
por el incendio devastador,
por el incendio de
su ira.


SEGUNDA LECTURA

San Ambrosio de Milán, Comentario sobre el salmo 118 (Sermón 12, 3-6: PL 15, 1361-1362)

Aplastar bajo los pies a todos los prisioneros de la tierra

Tu tesoro es la fe, la piedad, la misericordia; tu tesoro es Cristo. No lo consideres terreno, esto es, como una criatura cualquiera, pues es el Señor de toda criatura. Maldito —dice— quien confía en el hombre; y sin embargo, la salvación me vino por medio de un hombre. Mira, no obstante, lo que dice el antiguo Testamento: hombre es, ¿quién lo entenderá? Pues bien, aquel hombre me perdonó todos los pecados no con poder humano, sino con potestad divina, pues era Dios encarnado en el Señor Jesús, reconciliando al mundo consigo y redimiéndolo de la culpa.

Nuestro precioso tesoro es la inteligencia. Si la inteligencia fuera terrena y frágil, acabará siendo consumida por la carcoma de la herejía y por la polilla de la impiedad. Elevemos, pues, y levantemos nuestros sentidos, ni juzguemos imposible que esta debilidad del cuerpo humano sea promovida al conocimiento de los celestes misterios, dado que el Señor Jesús, en quien estaban encerrados todos los tesoros del saber y del conocer, por su divina misericordia descendió a nosotros, para abrir lo que estaba cerrado, descubrir lo que estaba escondido, revelar lo que estaba oculto. Ven, pues, Señor Jesús, ábrenos también a nosotros la puerta de este profético discurso, pues para muchos está cerrada, aunque a primera vista se nos antoje abierta.

Dice: Tu palabra, Señor, es eterna, más estable que el cielo. Fíjate cómo debe también permanecer en ti, puesto que permanece y persevera en el cielo. Conserva, pues, la palabra de Dios, consérvala en tu corazón, y consérvala de modo que no se te olvide. Observa la ley del Señor, medítala; y que los decretos del Señor no se borren de tu corazón. La interpretación de la letra te urge a que lo observes con diligencia. Te lo urge el profeta cuando dice en los versículos siguientes: Si tu voluntad no fuera mi delicia, ya habría perecido en mi desgracia; jamás olvidaré sus decretos. Así pues, la meditación de la ley nos abre a la posibilidad de soportar y tolerar los momentos de tribulación, los momentos en que nos sentimos abatidos por la adversidad, de suerte que no nos dejemos hundir ni por la excesiva humillación ni por el desánimo. En realidad, el Señor no quiere que seamos abatidos por la humillación hasta la desesperación, sino hasta la corrección.

Por eso, el profeta Jeremías, en los Trenos, dice bajo esta misma letra: Aplastar bajo los pies a todos los prisioneros de la tierra, negar su derecho al pobre, en presencia del Altísimo, defraudar a alguien en un proceso: eso no lo aprueba el Señor. Y más abajo: De la boca del Altísimo no proceden las desventuras. Por tanto, la humillación que viene de Dios está llena de justicia, llena de equidad, pues de la boca del Señor no puede salir el mal. Finalmente, aquel que era humillado por el Señor exclama: Estando yo sin fuerzas me salvó.



MARTES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Jeremías 36, 1-10.21-32

El rey quema el rollo de las profecías de Jeremías

El año cuarto de Joaquín, hijo de Josías, rey de Judá, vino a Jeremías esta palabra del Señor:

—Coge el rollo y escribe en él todas las palabras que te he dicho sobre Judá y Jerusalén y sobre todas las naciones desde el día en que comencé a hablarte, siendo rey Josías hasta hoy. A ver si escuchan los judíos las amenazas que pienso ejecutar contra ellos y se convierte cada cual de su mala conducta y puedo perdonar sus crímenes y pecados.

Entonces Jeremías llamó a Baruc, hijo de Nerías, para que escribiese en el rollo, al dictado de Jeremías, todas las palabras que el Señor le había dicho.

Después Jeremías le ordenó a Baruc:

—Yo estoy detenido y no puedo entrar en el templo. Entra tú en el templo un día de ayuno y lee en el rollo que has escrito al dictado las palabras del Señor, de modo que las oiga el pueblo y todos los judíos que vienen de sus poblaciones al templo del Señor. A ver si presentan sus súplicas al Señor y se convierte cada cual de su mala conducta, porque es grande la ira y la cólera con que el Señor amenaza a este pueblo.

Baruc, hijo de Nerías, cumplió todo lo que le mandó el profeta Jeremías, leyendo en el rollo las palabras del Señor en el templo.

El año quinto de Joaquín, hijo de Josías, rey de Judá, el mes noveno, se proclamó un ayuno en honor del Señor para toda la población de Jerusalén y para los que venían de los poblados judíos a Jerusalén. En presencia de todo el pueblo leyó Baruc en el rollo las palabras de Jeremías en el templo, desde la habitación de Gamarías, hijo de Safán, el escribano, en el atrio superior, a la entrada de la Puerta Nueva del templo.

Entonces el rey envió a Yehudi a traer el rollo de la habitación de Elisama, el secretario. Este lo leyó ante el rey y ante los dignatarios que estaban al servicio del rey. El rey estaba sentado en las habitaciones de invierno (era el mes de diciembre), y tenía delante un brasero encendido. Cada vez que Yehudi terminaba de leer tres o cuatro columnas, el rey las cortaba con un cortaplumas y las arrojaba al fuego del brasero. Hasta que todo el rollo se consumió en el fuego del brasero. Pero ni el rey ni sus ministros se asustaron al oír las palabras del libro ni rasgaron sus vestiduras. Y aunque Elnatán, Delayas y Gamarías instaban al rey que no quemase el rollo, él no les hizo caso.

Entonces el rey mandó a Yerajmeel, príncipe real; a Sarayas, hijo de Azriel, y a Salamías, hijo de Abdeel, a arrestar a Baruc, el escribano, y a Jeremías, el profeta. Pero el Señor los escondió.

Después que el rey quemó el rollo con las palabras escritas por Baruc, al dictado de Jeremías, vino a Jeremías esta palabra del Señor:

—Toma otro rollo y escribe en él todas las palabras que había en el primer rollo, quemado por Joaquín, rey de Judá. Y a Joaquín, rey de Judá, le dirás: Así dice el Señor: Tú has quemado este rollo diciendo: ¿Por qué has escrito en él que el rey de Babilonia vendrá ciertamente a destruir este país, y a aniquilar en él a hombres y ganado? Por eso, así dice el Señor a Joaquín, rey de Judá: No tendrá descendiente en el trono de David; su cadáver quedará expuesto al calor del día y al frío de la noche. Castigaré sus crímenes en él, en su descendencia y en sus siervos, y haré venir sobre ellos y sobre los habitantes de Jerusalén y sobre los judíos todas las amenazas con que los he conminado, sin que ellos me escuchasen.

Jeremías tomó otro rollo y se lo entregó a Baruc, hijo de Nerías, el escribano, para que escribiese en él, a su dictado, todas las palabras del libro quemado por Joaquín, rey de Judá. Y se añadieron muchas palabras semejantes.


SEGUNDA LECTURA

San Cirilo de Alejandría, Homilía pascual 2 (8: PG 77, 447-450)

No hubo tiempo alguno en que Dios no llamase
a todos a la salvación

Nuestro Señor, movido por ese amor con que envuelve a los hombres, no dejó transcurrir tiempo alguno sin llamar a todos los hombres a la salvación. En ocasiones, sin embargo, decía reprendiendo con mayor dureza a los que descaradamente huían: ¿Puede un etíope cambiar de piel o una pantera de pelaje? Igual vosotros: ¿podéis enmendaron, habituados al mal? De hecho, el padre de todo pecado dominaba hasta tal punto al género humano, que eran realmente pocos los adoradores de Dios, persuadidos como estaban del deber de recordar al supremo legislador.

Así pues, como el pecado tiranizaba a todos los humanos y cual densa oscuridad cubría toda la tierra, los santos rogaban al Verbo de Dios que bajara a nosotros y, con su saludable luz, iluminara las mentes de todos. Claman pues, a él diciendo: Envía tu luz y tu verdad. Y efectivamente, nos fue enviada la luz que alumbra a todo hombre que viene a este mundo, esto es, el Verbo de Dios, Dios mismo, que habiendo asumido nuestra condición y engendrado por la Virgen santa, trajo la salvación al género humano, instaurando la antigua incorruptibilidad de la naturaleza, como lo afirma Pablo: Renovando para nosotros un nuevo camino, unió el cielo y la tierra, derribando con su cuerpo el muro que los separaba: el odio. Él ha abolido la ley con sus mandamientos y reglas.

Al mostrarnos, pues, Cristo, nuestro Salvador, benignamente un afecto tan personal y soportar la cruz por nuestra causa, fueron desatadas las cadenas de la muerte complicadas por multitud de nudos y fueron enjugadas las lágrimas de todos los rostros, como dice el profeta: Convertiré su tristeza en gozo. En cuanto al Salvador, se le acomoda perfectamente aquel dicho: Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Habiendo, pues, proclamado tanto a los espíritus encarcelados como a los que estaban cautivos: «Salid», y a los que estaban en tinieblas: «Venid a la luz», él mismo resucitó su templo reconstruido en tres días, preparó además a la naturaleza una nueva ascensión a los cielos, ofreciéndose a sí mismo al Padre como primicias del género humano y otorgando a los que vivían en la tierra la comunicación del Espíritu Santo, cual prenda de la gracia.


 


MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Jeremías 24, 1-10

Visión del pueblo dividido: los fieles y los infieles a Dios

El Señor me mostró dos cestas de higos colocadas delante del santuario del Señor. (Era después que Nabucodonosor, rey de Babilonia, desterró a Jeconías, hijo de Joaquín, rey de Judá, con los dignatarios de Judá, y los artesanos y maestros de Jerusalén, y se los llevó a Babilonia).

Una tenía higos exquisitos, es decir, brevas; otra tenía higos muy pasados, que no se podían comer.

El Señor me preguntó:

—¿Qué ves Jeremías?

Contesté:

—Veo higos: unos exquisitos, otros tan pasados que no se pueden comer.

Y me vino la palabra del Señor: Así dice el Señor, Dios de Israel: A los desterrados de Judá, a los que expulsé de su patria al país caldeo, los considero buenos, como estos higos buenos. Los miraré con benevolencia, los volveré a traer a esta tierra; los construiré y no los destruiré, los plantaré y no los arrancaré. Les daré inteligencia para que conozcan que yo soy el Señor; ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios.

A Sedecías, rey de Judá, a sus dignatarios, al resto de Jerusalén que quede en esta tierra o resida en Egipto, los trataré como a esos higos tan malos que no se pueden comer. Serán terrible escarmiento para todos los reinos del mundo, serán tema de mofas, sátiras, chanzas y maldiciones en todos los lugares por donde los dispersé. Les enviaré la espada, el hambre y la peste, hasta consumirlos en la tierra que les di a ellos y a sus padres.


SEGUNDA LECTURA

Gregorio de Palamás, Homilía 3 (PG, 151, 35)

¿Qué no hizo nuestro Creador para lograr
nuestra enmienda?

Dada la especial constitución de nuestro cuerpo, antes de crearnos a nosotros, nuestro Creador sacó de la nada a este universo mundo. Pero, ¿qué no hizo nuestro Creador, amante del bien, para lograr nuestra enmienda y encauzar nuestra vida a la salvación? Creó este mismo mundo sensible como un espejo de la creación supramundana, para que mediante su contemplación espiritual, como a través de una admirable escala, lleguemos a las realidades suprasensibles. Infundió en nosotros innata la ley, cual línea inflexible, como juez inmune de error y doctor de insobornable veracidad: me estoy refiriendo a la propia conciencia de cada uno. De modo que si buceamos en nuestro interior con reflexiva introspección, no necesitaremos de doctor alguno para la comprensión del bien. Y si lúcidamente aplicamos nuestros sentidos a las cosas exteriores, lo invisible de Dios resulta visible para el que reflexiona sobre sus obras, como dice el Apóstol.

Así pues, la custodia de la doctrina de las virtudes, revelada por la naturaleza y la creación, se la confió Dios a los ángeles; suscitó como guías a los patriarcas y a los profetas, mostró signos y prodigios para conducirnos a la fe, nos dio la ley escrita que viniera en auxilio tanto de la ley espiritual impresa en nuestra naturaleza como del conocimiento que nos aporta la creación. Y cuando, finalmente, acabamos de despreciarlo todo, ¡cuánta negligencia por nuestra parte! ¡Nosotros, situados en los antípodas de la generosidad y solicitud de quien tanto nos ama! Se nos dio a sí mismo en beneficio nuestro y, habiendo derramado las riquezas de su divinidad en nuestra humildad, asumiendo nuestra naturaleza y hecho hombre por nosotros, se puso a nuestro lado como maestro. El nos enseña la magnitud de su benignidad, dándonosla a conocer tanto de palabra como con las obras, induciéndonos al mismo tiempo a la obediencia tanto para imitar su misericordia, como para huir de la dureza de corazón.

Ahora bien, como quiera que el amor no suele ser tan fuerte en los administradores del patrimonio, ni siquiera en los pastores de rebaños y en los poseedores de riquezas propias, como en aquellos que están unidos por vínculos de carne y sangre y, entre éstos, especialmente entre padres e hijos, por eso, a fin de manifestarnos su benignidad, él mismo se autodenominó Padre de todos nosotros, y habiéndose hecho hombre por nosotros nos regeneró por medio del santo bautismo y por la gracia del Espíritu Santo que en él se nos confiere.



JUEVES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Jeremías 27, 1-15

El pueblo deberá soportar el yugo del rey de Babilonia

El año cuarto del reinado de Sedecías, hijo de Josías, rey de Judá, recibió Jeremías esta palabra del Señor:

—El Señor me dijo: Hazte unas coyundas y un yugo, y encájatelo en el cuello, y envía un mensaje a los reyes de Edom, Amón, Tiro y Sidón, por medio de los embajadores que han venido a Jerusalén a visitar al rey Sedecías. Diles que informen a sus señores: Así dice el Señor de los ejércitos, Dios de Israel: Decid a vuestros señores:

Yo he creado la tierra y hombres y animales
sobre la faz de la tierra,
con mi gran poder y mi brazo extendido,
y la doy a quien me parece;
pues bien, yo entrego todos estos territorios
a Nabucodonosor, rey de Babilonia, mi siervo;
incluso las fieras agrestes se las doy como vasallos;
todas las naciones serán vasallos de él, de su hijo y nieto,
hasta que le llegue a su país la hora de ser vasallo
de pueblos numerosos y reyes poderosos.

Si una nación y su rey no se someten
a Nabucodonosor, rey de Babilonia,
y no rinden el cuello al yugo del rey de Babilonia,
con espada y hambre y peste castigaré a esa nación,
hasta entregarla en sus manos —oráculo del Señor—.

Y vosotros no hagáis caso a vuestros profetas y adivinos
intérpretes de sueños, agoreros y magos, que os dicen:
«No seréis vasallos del rey de Babilonia»;
porque os profetizan embustes para sacaros de vuestra tierra,
para que yo os disperse y os destruya.

Si una nación rinde el cuello y se somete al rey de Babilonia
la dejaré en su tierra, para que la cultive y habite —oráculo del Señor—.

A Sedecías, rey de Judá, le hablé en los mismos términos:

Rendid el cuello al yugo del rey de Babilonia,
someteos a él y a su pueblo, y viviréis;
así no moriréis a espada, de hambre y peste, como dijo el Señor
a los pueblos que no se someten al rey de Babilonia.

No hagáis caso a los profetas que os dicen:
«No seréis vasallos del rey de Babilonia»,
porque os profetizan embustes;
yo no los envié —oráculo del Señor—,
y ellos profetizan embustes en mi nombre,
para que os tengan que arrojar y destruir
a vosotros con los profetas que os profetizan.


SEGUNDA LECTURA

San Hilario de Poitiers, Tratado sobre el salmo 15 (3.7.11: PL 9, 892.894.896.897)

Muy a gusto hemos de presumir de nuestras debilidades,
para que así resida en nosotros la fuerza de Dios

El Señor es el lote de mi heredad. Y ¿cuál es la heredad del Señor, sino aquella de que está escrito: Pídemelo: te daré en herencia las naciones? Pues los pecadores de las naciones creen en aquel que es capaz de absolver al culpable. Y si la gloria de los paganos no procede de los hombres, sino de Dios, también Cristo es rey de estos judíos. Porque ser judío no está en lo exterior, ni circuncisión es tampoco la exterior en el cuerpo. Entonces, ¿qué? ¿Es que no fueron muchos los que creyeron procedentes de aquella circuncisión? No cabe duda de que fueron muchos los que creyeron, pero una vez que, colocados en pie de igualdad con los paganos, reconocieron su condición de pecadores y de esta forma merecieron la misericordia, como nos enseña Pablo escribiendo a los Gálatas: Si tú, siendo judío, vives a lo gentil, ¿cómo fuerzas a los gentiles a las prácticas judías? Nosotros, judíos por naturaleza y no pecadores procedentes de la gentilidad, sabemos que ningún hombre se justifica por cumplir la ley. Por tanto, deseando ser ganado por Cristo tomó conciencia de su ser de pecador, puesto que Cristo vino a llamar no a los justificados, sino a los pecadores. Por esta razón, incluso los que creyeron procedentes de la circuncisión hecha por mano de hombres, creyeron después de haberse rebajado al nivel de la gentilidad pecadora, para ser todos la herencia de Cristo: y no de entre aquellos que piensan ser justificados en atención a sus propias obras, sino de entre aquellos que son justificados por la gratuita gracia de Dios.

Habiendo, pues, Dios salvado por su gracia a aquellos a quienes él dio en herencia, realmente el Señor es el lote de su heredad. El Hijo conservó el obsequio, para no proclamar que su herencia la adquirió él al precio de su sangre, sino que confiesa habérsela dado Dios, reconociendo que el Señor es el lote de su copa, esto es, de su pasión. Efectivamente, si es verdad que los gentiles fueron redimidos por la pasión del Señor, no debemos olvidar que la misma pasión de Cristo es obra de la voluntad del Padre, como lo atestigua el evangelio, cuando dice: Padre, pase de mí este cáliz. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres.

Por tanto, si consideras la voluntad del Señor, él mismo confesó diciendo: Si es posible, pase de mí este cáliz. Por consiguiente, incluso la redención de los paganos radica no en la voluntad del Hijo, sino en la voluntad del Padre. No se haga —dice— lo que yo quiero, sino lo que tú quieres. Esta es la razón por la que la misma gracia en virtud de la cual, y mediante su muerte, fueron redimidos los gentiles, el hijo no se la adjudica a sí mismo, sino al Padre. Por eso afirma que el Señor es el lote de su heredad y su copa.

Hemos, pues, de aceptar en este mundo la plebeyez, la infamia, la debilidad, la estulticia y otras cosas por el estilo, para llegar de este modo a la nobleza, a la gloria, a la fuerza, a la sabiduría. Cualidades todas que recibiremos cuando lleguemos allí donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. Se nos siembra en miseria, para que resucitemos en gloria; se nos siembra en mortalidad, para que resucitemos en inmortalidad. Por lo cual, también nosotros y, con mucho gusto, hemos de presumir de nuestras debilidades, para que así resida en nosotros la fuerza de Dios. De momento, que el Padre esté a nuestra derecha, para que no vacilemos: más tarde vendrá a trasladarnos a su derecha, a las riquezas de nuestro Señor Jesucristo, de quien es la gloria. Amén.



VIERNES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Jeremías 28, 1-17

Jeremías y Ananías

El año cuarto de Sedecías, rey de Judá, el quinto mes, me dijo Ananías, hijo de Azur, profeta de Gabaón, en el templo, en presencia de los sacerdotes y de todo el pueblo:

—Así dice el Señor de los ejércitos, Dios de Israel: Rompo el yugo del rey de Babilonia. Antes de dos años devolveré a este lugar el ajuar del templo que Nabucodonosor, rey de Babilonia, tomó de este lugar para llevárselo a Babilonia. A Jeconías, hijo de Joaquín, rey de Judá, y a todos los desterrados de Judá que marcharon a Babilonia, yo mismo los haré volver a este lugar —oráculo del Señor—, cuando rompa el yugo del rey de Babilonia.

Respondió Jeremías profeta al profeta Ananías, delante de los sacerdotes y del pueblo que estaba en el templo. Dijo Jeremías profeta:

—¡Amén, así lo haga el Señor! Cumpla el Señor tu palabra, que tú has profetizado, devolviendo a este lugar el ajuar del templo y a todos los desterrados a Babilonia. Pero escucha esta palabra que yo pronuncio en presencia tuya y de todo el pueblo: Los profetas que vinieron antes de mí y antes de ti, desde tiempos antiguos, profetizaron a países numerosos y a reyes poderosos guerras, calamidades y pestes. El profeta que profetizaba prosperidad, sólo al cumplirse su palabra era reconocido como profeta auténtico, enviado por el Señor.

Entonces Ananías agarró el yugo del cuello de Jeremías profeta y lo rompió. Y dijo Ananías en presencia de todo el pueblo:

—Así dice el Señor: De este modo romperé del cuello de todas las naciones el yugo de Nabucodonosor, antes de dos años.

Después que Ananías rompió el yugo del cuello del profeta Jeremías, vino la palabra del Señor a Jeremías:

—Ve y dile a Ananías: Así dice el Señor: Tú has roto el yugo de madera, yo haré un yugo de hierro. Porque así dice el Señor de los ejércitos, Dios de Israel: Pondré yugo de hierro al cuello de todas estas naciones, para que sirvan a Nabucodonosor, rey de Babilonia; y se le someterán, y hasta las bestias del campo le entregaré.

El profeta Jeremías dijo a Ananías profeta:

—Escúchame, Ananías; el Señor no te ha enviado, y tú has inducido a este pueblo a una falsa confianza. Por eso así dice el Señor: Mira: yo te echaré de la superficie de la tierra: este año morirás, porque has predicado rebelión contra el Señor.

Y el profeta Ananías murió aquel mismo año, el séptimo mes (octubre).


SEGUNDA LECTURA

San Gregorio de Nisa, Homilía 1 sobre el amor a los pobres (PG 46, 458-459)

Sé benigno con los hermanos desgraciados

Nunca faltan huéspedes y exilados; por todas partes pueden verse manos tendidas implorando una limosna. A éstos, el aire libre, bajo un cielo estrellado, les sirve de techo; los pórticos, las encrucijadas de los caminos y los rincones más apartados de las plazas les ofrecen cobijo. A imitación de lechuzas y búhos, se ocultan en las cavernas. Se cubren con vestidos andrajosos, desgastados y rotos. Los productos del campo son para ellos la bondad de aquellos que se compadecen de su miseria: su alimento es lo que lograren recaudar de las personas a quienes se acercan; su bebida es la misma de los seres irracionales, es decir, las fuentes; su vaso son las cuencas de las manos; su alforja es el mismo seno, mientras no esté totalmente roto, incapaz de cobijar las cosas que en él se echen. Su mesa son las rodillas juntas; su lecho, el suelo; su baño, el que Dios proporcionó a todos, construido sin intervención del humano ingenio: el río o el lago. Llevan una vida vagabunda y agreste, y no porque inicialmente optaron por este estilo de vida, sino porque las calamidades y la necesidad les han obligado a ello.

Tú que ayunas, proporciónales lo necesario para el sustento. Sé benigno con los hermanos desgraciados. Lo que sustraes al estómago, dáselo al que tiene hambre. Que el justo temor de Dios actúe de rasero igualitario. Mediante una modesta templanza, combina y modera dos tendencias entre sí contrarias: tu saciedad y el hambre del hermano. Que la razón abra a los pobres las puertas de los ricos. Que la prudencia deje expedito al necesitado el acceso al opulento. Que no sea el cálculo humano el que abastezca a los indigentes, sino sea más bien la palabra eterna de Dios la que les suministre casa, lecho y mesa. Con palabras rebosantes de dulzura y humanismo, suministra de tus bienes lo necesario para la vida. Que la muchedumbre de pobres y de enfermos encuentre en ti un seguro refugio. Que cada cual se cuide con toda diligencia de sus vecinos. No consientas que nadie se te anticipe en la solicitud, digna de recompensa, para con los allegados. Mira de no dejarte arrebatar el tesoro que te está reservado.

Abraza, como al oro, al hombre flagelado por la calamidad. Envuelve en tales cuidados la precaria salud del pobre, como si de ella dependiese tu bienestar, la salud de tu mujer, la de tus hijos, la de tus siervos, en una palabra, la salud de toda tu familia. Pues si es verdad que todos los pobres han de ser atendidos y ayudados, hemos de rodear de una especialísima atención a los enfermos. Pues el que es a la vez indigente y enfermo, está aquejado de una doble pobreza. En efecto, los pobres que poseen un cuerpo vigoroso, yendo de puerta en puerta, acabarán finalmente encontrando quien algo les dé. Además, se sitúan en los lugares concurridos, dirigiéndose a todos los transeúntes implorando ayuda. En cambio, los pobres que no gozan de buena salud, se hallan recluidos en un mísero tugurio, o incluso en un angosto ángulo del tugurio, como Daniel en el foso de los leones, y te esperan, cual otro Habacuc, a ti lleno de bondad, de preocupación y de amor hacia los pobres.

Por lo cual, hazte, mediante la limosna, colega del profeta; acude prestamente y sin ningún tipo de pereza a remediar al indigente. No temas, no padecerás merma en tus intereses. Pues de la limosna se deriva un variado y sustancioso provecho. Siembra el beneficio, para que puedas cosechar el fruto y llenar tu casa de buenas gavillas.

 



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Jeremías 29, 1-14

Carta de Jeremías a los desterrados de Israel

Texto de la carta que envió Jeremías desde Jerusalén a los ancianos deportados y a los sacerdotes y profetas y a todo el pueblo, a quien Nabucodonosor había deportado de Jerusalén a Babilonia. (Fue después de marcharse el rey Jeconías con la reina madre, y los eunucos y los dignatarios de Judá y Jerusalén, y los herreros y cerrajeros de Jerusalén.) La envió por mano de Elasa, hijo de Safán, y Gamarías, hijo de Helcías, enviados de Sedecías, rey de Jerusalén, a Nabucodonosor, rey de Babilonia:

«Así dice el Señor de los ejércitos, Dios de Israel, a todos los deportados que deporté de Jerusalén a Babilonia: Construid casas y habitadlas, plantad huertos y comed sus frutos. Tomad esposas y engendrad hijos e hijas, tomad esposas para vuestros hijos, dad vuestras hijas en matrimonio, para que engendren hijos e hijas: multiplicaos allí y no disminuyáis. Buscad la prosperidad del país adonde os he deportado y rogad por él al Señor, porque su prosperidad será la vuestra.

Porque así dice el Señor de los ejércitos, Dios de Israel: Que no os engañen los profetas que viven entre vosotros,ni vuestros adivinos: no hagáis caso de los sueños que ellos sueñan, porque os profetizan falsamente en mi nombre, sin que yo los envíe —oráculo del Señor—.

Porque así dice el Señor: Cuando se cumplan en Babilonia setenta años, os visitaré y cumpliré en vosotros mi palabra salvadora, trayéndoos a este lugar. Porque sé muy bien lo que pienso hacer con vosotros: designios de paz y no de aflicción, daros un porvenir y una esperanza. Me invocaréis, iréis a suplicarme, y yo os escucharé. Me buscaréis y me encontraréis, si me buscáis de todo corazón. Me dejaré encontrar, y cambiaré vuestra suerte. Os congregaré sacándoos de los países y comarcas por donde os dispersé —oráculo del Señor—, y os devolveré al lugar de donde os deporté».


SEGUNDA LECTURA

San Bernardo de Claraval, Sermón 2 en el día de Pentecostés (1-2: Opera onmia, Edit Cist t 5, 1968, 165-166)

Yo pienso designios de paz

Después de la magnificencia del resucitado, después de la gloria del que ascendió a los cielos, después de la sublimidad del que está sentado a la derecha del Padre, no restaba sino que se cumpliera la feliz expectación de los justos y los hombres celestes fueran colmados de los dones del cielo. Pues bien, fíjate si mucho antes no predijo Isaías todo esto tanto con el peso mismo de las sentencias como con el orden mismo de las palabras: En aquel día, el vástago del Señor será magnífico y glorioso, fruto del país, honor y ornamento para los supervivientes de Israel.

El vástago del Señor es Cristo Jesús, el único concebido de un germen purísimo, porque si bien fue enviado en una carne semejante a la del pecado, estuvo, sin embargo, exento de todo pecado; y aunque es hijo de Adán según la carne, no es, sin embargo, hijo de la transgresión de Adán, pues que él no fue por naturaleza hijo de la ira, como todos los demás, que hemos nacido en la culpa.

Pues bien, este vástago, que brotó del tocón de Jesé con virginal verdor, estuvo magnífico cuando resucitó de entre los muertos. Entonces, Señor, Dios mío, fuiste grandemente magnificado, vistiéndote de belleza y majestad, envuelto en la luz como en un manto. Venga, pues, Señor Jesús, la alegría para los supervivientes de Israel, para tus Apóstoles, a quienes elegiste antes de crear el mundo. Venga tu Espíritu bueno que lave la suciedad e infunda las virtudes en la justicia y en el amor.

Ea, pues, hermanos, meditemos en todo cuanto la Trinidad ha hecho en nosotros y por encima de nosotros desde el principio del mundo hasta el final de los tiempos, y veamos cuán solícita estuvo aquella majestad, a quien incumbe a la vez la administración y el gobierno de los siglos, de que no nos perdiéramos para siempre. La verdad es que lo había poderosamente creado todo y todo sabiamente lo gobernaba: y de ambas cosas, poder y sabiduría, teníamos señales evidentísimas en la creación y en la conservación de la máquina mundial.

Había indudablemente bondad en Dios y una bondad extraordinaria, pero permanecía oculta en el corazón del Padre, esperando a ser derramada a su debido tiempo sobre el linaje de los hijos de Adán. Decía, no obstante, el Señor: Yo pienso designios de paz, porque tenía la intención de enviarnos a aquel que es nuestra paz, el cual hizo de los dos pueblos una sola cosa, para darnos ya paz sobre paz: paz a los de lejos, paz también a los de cerca.

Así pues, fue la propia benignidad la que invitó al Verbo de Dios, que moraba en las sublimidades del cielo, a bajar hasta nosotros, la misericordia lo arrastró, la fidelidad a su promesa de venir lo empujó, la pureza de un seno virginal lo recibió, salva la integridad de la Virgen, el poder lo edujo, la obediencia lo condujo por doquier, la paciencia lo armó, la caridad lo manifestó con palabras y milagros.

 


DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

Del segundo libro de los Reyes 24, 20b-25, 13.18-21

Caída de Jerusalén. Destierro de Judá

Sedecías se rebeló contra el rey de Babilonia. Pero el año noveno de su reinado el día diez del décimo mes, Nabucodonosor, rey de Babilonia, vino a Jerusalén con todo su ejército, acampó frente a ella y construyó torres de asalto alrededor. La ciudad quedó sitiada hasta el año once del reinado de Sedecías, el día noveno del mes cuarto. El hambre apretó en la ciudad, y no había pan para la población. Se abrió brecha en la ciudad, y los soldados huyeron de noche por la puerta entre las dos murallas, junto a los jardines reales, mientras los caldeos rodeaban la ciudad, y se marcharon por el camino de la estepa. El ejército caldeo persiguió al rey; lo alcanzaron en la estepa de Jericó, mientras sus tropas se dispersaban, abandonándolo. Apresaron al rey, y se lo llevaron al rey de Babilonia, que estaba en Ribla, y lo procesó. A los hijos de Sedecías los hizo ajusticiar ante su vista; a Sedecías lo cegó, le echó cadenas de bronce y lo llevó a Babilonia.

El día primero del quinto mes (que corresponde al año diecinueve del reinado de Nabucodonosor en Babilonia) llegó a Jerusalén Nabusardán, jefe de la guardia, funcionario del rey de Babilonia. Incendió el templo, el palacio real y las casas de Jerusalén, y puso fuego a todos los palacios. El ejército caldeo, a las órdenes del jefe de la guardia, derribó las murallas que rodeaban a Jerusalén. Nabusardán, jefe de la guardia, se llevó cautivos al resto del pueblo que había quedado en la ciudad, a los que se habían pasado al rey de Babilonia y al resto de la plebe. De la clase baja dejó algunos, como viñadores y hortelanos.

Los caldeos rompieron las cadenas de bronce, los pedestales y el depósito de bronce que había en el templo, para llevarse el bronce a Babilonia.

El jefe de la guardia cogió al sumo sacerdote, Sedayas, al vicario Sofonías y a los tres porteros; apresó en la ciudad a un dignatario jefe del ejército y a cinco hombres del servicio personal del rey, que se encontraban en la ciudad; al secretario general en jefe, que había hecho la leva de los terratenientes, y a sesenta ciudadanos que se encontraban en la ciudad. Nabusardán, jefe de la guardia, los apresó y se los llevó al rey de Babilonia, a Ribla. El rey de Babilonia los hizo ejecutar en Ribla, provincia de Jamat.

Así marchó Judá al destierro.
 

SEGUNDA LECTURA

Beato Pedro el Venerable, Libro contra los herejes Petrobrusianos (165-167: CCL CM 10, 97.99.100)

La misericordia y la fidelidad se encuentran
en el camino, que es Cristo

El sacrificio del mundo cristiano no es múltiple sino simple, no muchos sino uno; porque así como en todo el mundo no existe más que un solo pueblo cristiano que lo ofrece, y un único Dios a quien se ofrece, y una fe con la cual se ofrece, así también uno mismo es el sacrificio que se ofrece. La pluralidad de las víctimas judaicas ha cedido el puesto a la unidad de la víctima cristiana, pues, al no poder transformar con su multiplicidad al que practica el culto, Dios proporcionó una víctima capaz de purificar, santificar y perfeccionar a los oferentes con su misma simplicidad.

El buey, el ternero, el carnero, el cordero, la cabra y el macho cabrío llenan con su carne y su sangre los altares de los judíos; sobre el altar de los cristianos sólo se coloca el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Escuchad no a mí, sino al Apóstol de Dios. Dice: Ha sidoinmolada nuestra víctima pascual: Cristo. Esto es: la Pascua de los judíos es la inmolación del cordero; en cambio, nuestra Pascua es la inmolación de Cristo. Ved por qué Cristo es ese único sacrificio de los cristianos. Este sacrificio se reservaba para la era cristiana. Se reservaba, digo, para el tiempo de la gracia, y no hubiera sido justo darlo en el tiempo de la ira. El judío tuvo el toro; el cristiano tiene a Cristo, cuyo sacrificio es tanto más excelente que el de las víctimas judías cuanto Cristo es superior al toro.

Dios, que es la bondad esencial, se compadeció del hombre caído y decidió salvarlo. Pero no queriendo ni pudiendo hacerlo al margen de la justicia, mientras deliberaba en su eterno consejo sobre la manera de usar de misericordia con la miserable humanidad, sin lesionar la justicia, llegó a la conclusión de que éste era el mejor remedio, tanto para salir por los fueros de la justicia, como para salvar al hombre, acrecentar la gracia y glorificar a Dios. Envió, pues, al Hijo de Dios a los hijos de los hombres, para que revistiéndose de la naturaleza humana y poniendo remedio en su carne a los vicios humanos, asumiera sobre sí, no el pecado, sino la pena del pecado, es decir, la muerte corporal, anulando de esta forma con su única muerte la doble muerte del hombre, y con su muerte temporal, la muerte eterna del hombre. En cuya economía, la misericordia podía dar rienda suelta a la compasión, sin detrimento de la justicia, pues a cambio del eterno suplicio del hombre se le ofrece el suplicio temporal del hombre-Dios, y la eterna muerte del hombre es suplantada por la muerte temporal del Dios-hombre. Esta es de tanto peso en la balanza de la justicia, que a la hora de aplicar un tratamiento justo a los pecados del mundo, la muerte temporal del Hijo de Dios es de mucho mayor peso que la eterna de los hijos de los hombres.

Con la muerte de Cristo la justicia ha recibido una satisfacción ciertamente mayor de cuanto pudiera recibirla con la condena del hombre. Así pues, la justicia recibe lo que es suyo, puesto que el Hijo de Dios ha muerto por los pecados de los hombres. De esta suerte, la justicia que durante siglos había constituido un obstáculo para la salvación del hombre, ha dejado, finalmente, paso franco a la misericordia; y la misericordia y la fidelidad, que durante milenios anduvieron por caminos distintos, se encontraron en el camino, que es Cristo; y la justicia y la paz, que durante la condena del hombre habían sido como contrarias entre sí, ahora, ya salvado el hombre, se besan. Este es nuestro sacrificio, éste es el holocausto de la ley evangélica, del nuevo Testamento, del nuevo pueblo, holocausto que entonces fue ofrecido una sola vez sobre la cruz por el Hijo de Dios e Hijo del hombre, y que siempre ha de ser ofrecido sobre el altar por su mismo pueblo, como él nos lo ha mandado y establecido. Pues no es otro el sacrificio inmolado entonces y el que ahora se ofrece, sino, como está escrito: Cristo se ha ofrecido una sola vez. Y este sacrificio lo ha legado a su Iglesia para que lo ofrezca siempre.

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Jeremías 37,21; 38, 14-28

Jeremías, desde la cárcel, recomienda la paz a Sedecías

En aquellos días, el rey Sedecías ordenó que custodiasen a Jeremías en el patio de la guardia, y que le diesen una hogaza de pan al día —de la Calle de los Panaderos—, mientras hubiese pan en la ciudad. Y Jeremías se quedó en el patio de la guardia.

El rey Sedecías mandó que le trajeran al profeta Jeremías a la tercera entrada del templo; y el rey dijo a Jeremías:

«Quiero preguntarte una cosa: no me calles nada». Respondió Jeremías a Sedecías:

«Si te lo digo, seguro que me matarás; y si te doy un consejo, no me escucharás».

El rey Sedecías juró en secreto a Jeremías:

«¡Vive el Señor que nos dio la vida!, que no te mataré ni te entregaré en poder de esos hombres que te persiguen a muerte».

Respondió Jeremías a Sedecías:

«Así dice el Señor de los ejércitos, Dios de Israel: "Si te rindes a los generales del rey de Babilonia, salvarás la vida, y no incendiarán la ciudad; viviréis tú y tu familia. Pero, si no te rindes a los generales del rey de Babilonia, esta ciudad caerá en manos de los caldeos, que la incendiarán; y tú no escaparás"».

El rey Sedecías dijo a Jeremías:

«Tengo miedo de que me entreguen en manos de los judíos que se han pasado a los caldeos, y que me maltraten». Respondió Jeremías:

«No te entregarán. Escucha la voz del Señor, que te comunico, y te irá bien, y salvarás la vida. Pero, si te niegas a rendirte, éste es el oráculo que me ha manifestado el Señor: "Escucha: todas las mujeres que han quedado en el palacio real de Judá serán entregadas a los generales del rey de Babilonia, y cantarán: `Te han engañado y te han podido tus buenos amigos; han hundido tus pies en el barro, y se han marchado'.Todas tus mujeres y tus hijos se los entregarán a los caldeos; y tú no te librarás de ellos, sino que caerás en poder del rey de Babilonia, que incendiará la ciudad"».

Sedecías dijo a Jeremías:

«Que nadie sepa de esta conversación, y no morirás. Si los jefes se enteran de que he hablado contigo, y vienen a preguntarte: "Cuéntanos lo que has dicho al rey; no nos lo ocultes, y no te mataremos", tú les responderás: "Estaba presentando mi súplica al rey, para que no me llevasen de nuevo a casa de Jonatán, a morir allí"».

Vinieron los príncipes y le preguntaron, y él respondió según las instrucciones del rey. Así se fueron sin decir nada, porque la cosa no se supo. Y así se quedó Jeremías en el patio de la guardia, hasta el día de la conquista de Jerusalén.


SEGUNDA LECTURA

San Anselmo de Cantorbery, Meditación 3 (Opera omnia, 1946, 88-90)

No temas, que te he redimido: he dado mi vida por ti

Puesto que en la cruz se operó nuestra salvación, por la cruz nuestro Cristo nos redimió. Fíjate, alma cristiana: esta es la fuerza de tu salvación, esta es la causa de tu libertad, este es el precio de tu redención. Estabas cautiva, pero de este modo has sido redimida; eras esclava y así has sido liberada. De esta forma, de desterrada te has convertido en repatriada, de perdida has sido restituida, de muerta has sido resucitada. Sea esto, oh hombre, lo que coma, rumie, saboree y trague tu corazón, cuando tu boca recibe la carne y la sangre de tu mismo Redentor. Haz de ello, en esta vida, tu pan de cada día, tu sustento y tu viático, pues por esto y sólo por esto permanecerás en Cristo, y Cristo permanecerá en ti, y en la vida futura tu gozo será pleno.

Pero, ¡oh tú, Señor, tú que aceptaste la muerte para que yo viviera!, ¿cómo podré alegrarme de mi libertad, si tiene como precio tus cadenas? ¿Cómo congratularme de mi salvación, si no es más que el fruto de tus dolores? ¿Cómo gozarme de mi vida, si tiene su origen en tu muerte? ¿O es que voy a alegrarme de tus padecimientos y de la crueldad de quienes te los infligieron, dado que si ellos no lo hicieran, no hubieras tú padecido, y si tú no hubieras padecido, estos bienes míos no existirían? O bien, si me lamento de tus sufrimientos, ¿cómo gozarme de estos bienes que fueron la motivación de aquellos sufrimientos, y que no existirían si no existieran aquéllos? Pero lo cierto es que su malicia nada hubiera podido hacer, si tú, espontáneamente, no lo hubieras permitido; ni hubieras padecido de no haberlo piadosamente querido. Por tanto, lo que debo hacer es execrar la crueldad de tus verdugos; imitar, compadeciendo, tu muerte y tus sudores; amar, con acción de gracias, tu voluntad llena de amor; y exultar de este modo con seguridad por los bienes que me has otorgado.

Remite, pues, hombrecillo, al juicio de Dios su crueldad, y preocúpate de lo que debes a tu Salvador. Considera lo que tenías y lo que han hecho por ti, y piensa de qué amor no será signo el que esto ha hecho por ti. Pondera tu necesidad y su bondad, y mira qué acciones de gracias no has de darle y todo lo que debes a su amor.

¡Oh buen Señor! ¡Oh Señor, Cristo Jesús! En tal situación, cuando yo nada pedía, nada opinaba, tú, como un sol, me iluminaste, y me mostraste tal cual era. Me liberaste de aquel plomo que me arrastraba hacia abajo; aligeraste la carga que me oprimía desde lo alto; rechazaste a los que me empujaban y te opusiste a ellos en mi lugar. Me llamaste con un nombre nuevo, que me has dado derivándolo del tuyo, y, postrado en tu presencia, me levantaste diciendo: No temas, que te he redimido: he dado mi vida por ti. Si te mantienes unido a mí, evadirás los males en que te hallabas, y no caerás en el abismo hacia el que te precipitabas; al contrario, te conduciré a mi reino y te haré heredero de Dios y coheredero mío. Desde ese momento, me tomaste bajo tu protección, para que nada perjudique a mi alma contra su voluntad. Y he aquí que, aun cuando todavía no me he unido a ti, como me aconsejaste, sin embargo, aún no has permitido que cayera en el infierno, sino que esperas el momento en que me una a ti y poder así cumplir lo que prometiste.



MARTES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Jeremías 32, 6-10.16.24-40

Jeremías, en la cárcel, compra el campo de Anatot,
en señal de esperanza

Jeremías contestó:

—He recibido esta palabra del Señor: Hanamel, hijo de tu tío Salún, vendrá a decirte: Cómprame el campo de Anatot, porque a ti te corresponde rescatarlo comprándolo. Y vino a visitarme mi primo, como había dicho el Señor, al atrio de la guardia, y me dijo: «Cómprame el campo de Anatot, en el territorio de Benjamín, porque a ti te corresponde rescatarlo y adquirirlo: cómpramelo». Yo comprendí que era palabra del Señor. Y así, compré el campo de Anatot a mi primo Hanamel; pesé el dinero: diecisiete siclos de plata. Escribí el contrato, lo sellé, hice firmar a los testigos y pesé la plata en la balanza.

Después de entregar a Baruc, hijo de Nerías, el contrato, oré al Señor: Mira, los taludes llegan hasta la ciudad para conquistarla, la ciudad está entregada en manos de los caldeos, que la atacan con la espada, el hambre y la peste. Sucede lo que anunciaste, y lo estás viendo. Y tú, mi Señor, me dices: «Cómprate el campo con dinero, ante testigos», mientras la ciudad cae en manos de los caldeos.

Vino a Jeremías la palabra del Señor:

—Yo soy el Señor, Dios de todos los humanos: ¿hay algo imposible para mí? Pues bien, así dice el Señor: Yo entrego esta ciudad en manos de los caldeos, en manos de Nabucodonosor, rey de Babilonia, para que la conquiste. Los caldeos que la atacan entrarán en esta ciudad y le pondrán fuego. La quemarán con las casas en cuyas azoteas se quemaba incienso a Baal y se hacían libaciones a dioses extranjeros, para irritarme. Porque israelitas y judíos hacen lo que yo repruebo desde su juventud; los israelitas me irritan con las obras de sus manos —oráculo del Señor—. Esta ciudad ha provocado mi ira y mi cólera desde que la construyeron hasta hoy. La tendré que apartar de mi presencia, por todas las maldades que cometen israelitas y judíos, irritándome todos, con sus reyes y príncipes, con sus sacerdotes y profetas, los judíos y los habitantes de Jerusalén. Me dan la espalda, y no la cara. Yo los enseñaba sin cesar, y ellos no escuchaban ni escarmentaban. Ponían abominaciones en la casa que lleva mi nombre, profanándola. Construían capillas a Baal, en el Valle de Ben Hinón, para pasar por el fuego a sus hijos e hijas, en honor de Moloc. Cosa que yo no mandé ni se me pasó por la cabeza. Hicieron abominaciones semejantes, haciendo pecar a Judá.

Pues ahora así dice el Señor, Dios de Israel, a esta ciudad de la que decís: «Va a caer en manos del rey de Babilonia, por la espada, el hambre y la peste». Mirad que yo los congregaré en todos los países por donde los dispersó mi ira y mi cólera y mi gran furor. Los traeré a este lugar, y los haré habitar tranquilos. Ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios. Les daré un corazón entero y una conducta íntegra, para que me respeten toda la vida, para su bien y el de sus hijos que les sucedan. Haré con ellos alianza eterna, y no cesaré de hacerles bien. Pondré en sus corazones mi temor, para que no se aparten de mí.


SEGUNDA LECTURA

San Paulino de Nola, Carta 38 (3-4.6: CSEL 29, 326-327.329)

Nuestra gloria, posesión y reino es Cristo

Desde el comienzo de los siglos, Cristo padece en todos los suyos. El es, en efecto, el principio y el fin, velado en la ley, revelado en el evangelio, Señor siempre admirable, paciente y triunfante en sus santos: asesinado por el hermano en Abel, ridiculizado por el hijo en Noé, peregrino en Abrahán, ofrecido como víctima en Isaac, puesto a servir en Jacob, vendido en José, expósito y fugitivo en Moisés, lapidado y aserrado en los profetas, lanzado por tierra y mar en los Apóstoles, y frecuentemente matado en las abundantes y variadas cruces de los santos mártires.

Es, pues, él quien todavía hoy sigue soportando nuestros sufrimientos y nuestros dolores, precisamente porque él es el hombre constantemente expuesto por nosotros al dolor, el hombre acostumbrado al sufrimiento, sufrimiento que, sin él, nosotros no podríamos ni sabríamos soportar. Es él —repito— quien todavía hoy, por nosotros y en nosotros, sostiene el mundo, para destruirlo con su paciencia, y así la fuerza se realice en la debilidad. Él es también el que en ti sufre ultrajes, y a él es a quien, en ti, odia el mundo.

Pero demos gracias a aquel que en el juicio sale vencedor, y, como tienes escrito, el Señor triunfa en nosotros cuando, tomando la condición de siervo, consigue para sus siervos la gracia de la libertad. Y esto lo hizo mediante ese misterio de su piedad, por el que tomó la condición de esclavo y se dignó rebajarse hasta la muerte de cruz, para realizar en nuestro corazón, por medio de una humillación visible, aquella celestial sublimación, para nosotros invisible. Considera, pues, de qué altura nos precipitamos desde el principio, y comprenderás que por voluntad de la divina sabiduría y por su bondad somos restituidos a la vida. Efectivamente, en Adán caímos en la soberbia; por eso somos humillados en Cristo, para poder cancelar la antigua culpa con el remedio de la virtud contraria, de modo que los que con la soberbia ofendimos a Dios, le aplaquemos poniéndonos a su servicio.

Alegrémonos, y gocémonos en aquel que nos ha hecho objeto de su lucha y de su victoria, diciendo: Tened valor: yo he vencido al mundo. Y entonces, el invencible peleará por nosotros y vencerá en nosotros. Entonces el príncipe de estas tinieblas será echado fuera, aunque no ciertamente fuera del mundo, sino fuera del hombre, cuando, al penetrar en nosotros la fe, es obligado a salir fuera y dejar libre el puesto a Cristo, cuya presencia pone en fuga al pecado y significa el destierro de la derrotada serpiente.

Que los oradores se guarden para sí su elocuencia, los filósofos su sabiduría, los ricos sus riquezas y los reyes sus reinos; nuestra gloria, posesión y reino es Cristo; nuestra sabiduría está en la locura de la predicación, nuestra fuerza en la debilidad de la carne, nuestra gloria en el escándalo de la cruz, en la cual el mundo está muerto para mí, y yo para el mundo, para así vivir para Dios: pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí.



MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Jeremías 30, 18-31, 9

Promesas de restauración de Israel

Así dice el Señor:

«Yo cambiaré la suerte de las tiendas de Jacob, me compadeceré de sus moradas; sobre sus ruinas será reconstruida la ciudad, su palacio se asentará en su puesto. De ella saldrán alabanzas y gritos de alegría. Los multiplicaré, y no disminuirán; los honraré, y no serán despreciados. Serán sus hijos como en otro tiempo, la asamblea será estable en mi presencia. Castigaré a sus opresores. Saldrá de ella un príncipe, su señor saldrá de en medio de ella; me lo acercaré y se llegará a mí, pues, ¿quién, si no, se atrevería a acercarse a mí? —oráculo del Señor—.

Vosotros seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios —oráculo del Señor—. ¡Atención! El Señor desencadena una tormenta, un huracán gira sobre la cabeza de los malvados; no cede el incendio de la ira del Señor, hasta realizar y cumplir sus designios. Al cabo de los años llegaréis a comprenderlo. En aquel tiempo —oráculo del Señor–seré el Dios de todas las tribus de Israel, y ellas serán mi pueblo».

Así dice el Señor:

«Halló gracia en el desierto el pueblo escapado de la espada; camina Israel a su descanso, el Señor se le apareció de lejos. Con amor eterno te amé, por eso prolongué mi misericordia. Todavía te construiré, y serás reconstruida, doncella de Israel; todavía te adornarás y saldrás con panderos a bailar en corros; todavía plantarás viñas en los montes de Samaria, y los que plantan cosecharán. "Es de día", gritarán los centinelas en la montaña de Efraín: "Levantaos y marchemos a Sión, al Señor, nuestro Dios"».

Porque así dice el Señor:

«Gritad de alegría por Jacob, regocijaos por el mejor de los pueblos: proclamad, alabad y decid: "El Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel". Mirad que yo os traeré del país del norte, os congregaré de los confines de la tierra. Entre ellos hay ciegos y cojos, preñadas y paridas: una gran multitud retorna. Se marcharon llorando, los guiaré entre consuelos; los llevaré a torrentes de agua, por un camino llano en que no tropezarán. Seré un padre para Israel, Efraín será mi primogénito».


SEGUNDA LECTURA

San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el libro del profeta Isaías (Lib 4, Sermón 1: PG 70, 891-894)

La renovación ha sido llevada a cabo en Cristo

En Cristo todas las cosas se renovaron. Lo confirma san Pablo, cuando escribe: El que es de Cristo es una criatura nueva: lo antiguo ha pasado. Escribe también a los llamados al nuevo género de vida, es decir, a la vida según el espíritu: Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto. Hemos, pues, sido renovados en Cristo por la santificación, habiendo regresado por él y en él a la antigua belleza de la naturaleza, es decir, de aquella naturaleza que fue plasmada a imagen del que la creó. Y, depuesto el pecado y toda viciosa costumbre, se nos instruye en orden al nuevo género de vida y como echando mano de ciertos rudimentos, nos despojamos de la vieja condición humana corrompida al soplo de las concupiscencias del error, y nos revestimos de la nueva condición, que se va renovando como imagen de su creador.

Por lo demás, en Cristo se operó la reforma y la llamada nueva criatura: novedad que nos viene no de una semilla corruptible, sino de la palabra de Dios viva y permanente. Pues bien, este pueblo, congregado de los cuatro puntos cardinales y que lleva mi nombre, no fue una persona cualquiera, sino que he sido yo el que, por mi gloria, lo he creado, lo he formado, lo he hecho.

Y precisamente en función de la gloria de Dios Padre, nos es lícito hablar del Hijo, pues por él y en él es el Padre gloriosamente exaltado, según aquello: Yo te he glorificado sobre la tierra, como expresamente dice el mismo Hijo. Que quienes creemos en Cristo hemos sido formados por él, lo sabemos con tanta mayor certeza cuanto que somos imagen suya y poseemos la belleza de la naturaleza divina, que resplandece en nuestras almas.

Algo por el estilo dijo también el divino salmista: Quede esto escrito para la generación futura, y el pueblo que será creado alabará al Señor. Y al añadir: Saqué a un pueblo ciego, muestra claramente la superioridad de su poder, realmente admirable y que ningún discurso humano puede explicar. Hubo, efectivamente, un tiempo en que a aquellos cuya mente y cuyo corazón estaban envueltos en la niebla y en el error de la diabólica perversidad, a éstos los convirtió en luminosos y radiantes, naciendo para ellos cual un lucero o como el sol de justicia, y haciendo de ellos no ya hijos de la noche y de las tinieblas, sino más bien de la luz y del día, según la afirmación del sapientísimo Pablo.

Que sacó a un pueblo ciego, no hay mortal que se atreva a dudarlo. Y así como, cuando vivían en el error, estaban envueltos en inmensas y profundas tinieblas, así ahora su naturaleza se revistió de un nuevo esplendor y se convirtió en extraordinariamente blanca y luminosa. Es exactamente lo que dijo Pablo: Si creció el pecado, más desbordante fue la gracia.



JUEVES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Jeremías 31, 15-22.27-34

Anuncio de salvación y de una alianza nueva

Así dice el Señor:

«Una voz se escucha en Ramá: gemidos y llanto amargo: Raquel está llorando a sus hijos, y no se consuela, porque ya no existen".

Así dice el Señor:

«Aparta tu voz del llanto, tus ojos de las lágrimas, porque tendrá salario tu trabajo —oráculo del Señor—, volverán del país enemigo. Hay esperanza para el porvenir —oráculo del Señor—, volverán los hijos a su patria.

Estoy escuchando lamentarse a Efraín: "Me has corregido, y he aprendido, como un novillo no domado. Conviérteme, y me convertiré, porque tú, Señor, eres mi Dios. Después de alejarme, me arrepentí, al comprenderlo, me golpeé el muslo. Estaba avergonzado y sonrojado de soportar el oprobio de mi juventud".

¿Es mi hijo querido Efraín? ¿Es el niño de mis delicias? Siempre que lo reprendo, me acuerdo de ello, y se me conmueven las entrañas, y cedo a la compasión —oráculo del Señor—.

Coloca mojones, planta señales, fíjate bien en la calzada por donde debes caminar; vuelve, doncella de Israel, vuelve a tus ciudades. ¿Hasta cuándo estarás indecisa, hija que ha de volver? El Señor crea algo nuevo en la tierra: la hembra abrazará al varón.

Mirad que llegan Días —oráculo del Señor— en que sembraré en Israel y en Judá simiente de hombres y simiente de animales. Como vigilé sobre ellos para arrancar y arrasar, para destruir y deshacer y maltratar, así vigilaré sobre ellos para edificar y plantar —oráculo del Señor—.

En aquellos días —oráculo del Señor— ya no se dirá:

"Los padres comieron agraces, los hijos tuvieron dentera". Sino que cada uno morirá por su pecado, el que coma agraces tendrá dentera.

Mirad que llegan días —oráculo del Señor— en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva. No como la alianza que hice con sus padres, cuando los tomé de la mano para sacarlos de Egipto: ellos quebrantaron mi alianza, aunque yo era su Señor — oráculo del Señor—. Sino que así será la alianza que haré conellos, después de aquellos días —oráculo del Señor—: Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Y no tendrá que enseñar uno a su prójimo, el otro a su hermano, diciendo: "Reconoce al Señor". Porque todos me conocerán, desde el pequeño al grande —oráculo del Señor—, cuando perdone su crímenes y no recuerde sus pecados».


SEGUNDA LECTURA

San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el libro del profeta Isaías (Lib 4, Sermón 1: PG 70, 858-859)

Cristo, en cuanto Hijo y Señor, se ha convertido
en administrador del nuevo Testamento

Se nos ha aparecido el Señor Dios, como leemos en las Escrituras, y por obra suya fue capturado y uncido a la gracia por la fe el rebaño de los que andaban errantes. El era el esperado de las naciones, y por medio de él Dios Padre recondujo a la luz de la verdad a los que se revolcaban en las tinieblas y en la oscuridad de la mente y de la inteligencia. Nos aclaró esto en pocas palabras, cuando dijo Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he cogido de la mano, te he formado, y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos saques a los cautivos de la prisión y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas. Así pues, nuestro Señor Jesucristo ha sido puesto por Dios Padre como alianza de su pueblo, me refiero a los israelitas según la carne: a los cuales Dios incluso les renovó la promesa por medio de uno de sus profetas, cuando dijo: Mirad que llegan días —oráculo del Señor— en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva, no como la que hice con vuestros padres.

En efecto, Moisés era el ministro divino de la sombra y del tipo, haciendo las veces de intercesor dentro del marco de sus competencias; Cristo, en cambio, en cuanto Hijo y Señor, se ha convertido en administrador del nuevo Testamento. Y digo nuevo porque nos reconduce a la novedad de una vida santa, porque transforma al hombre, y porque, mediante una vida evangélica, hace del hombre un adorador probado y verdadero. Dios —dice—es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad. Ha sido puesto, pues, como alianza de un pueblo, como luz de las naciones, para que abra los ojos de los ciegos y saque a los cautivos de la prisión. Porque Satanás, príncipe y cabeza de los malvados, había envuelto en tinieblas el corazón de los paganos. Su razonar acabó en vaciedades, y alardeando de sabios, resultaron unos necios que cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes del hombre mortal, de pájaros, cuadrúpedos y reptiles

Pero nos ha nacido la luz verdadera, esto es, Cristo, como lucero inteligible, como sol de justicia, que, irradiando el esplendor del verdadero conocimiento de Dios, disipó las tinieblas del diabólico error, que envolvían a los habitantes de la tierra, liberando de la cárcel a quienes estaban prisioneros de las inevitables cadenas de sus delitos.



VIERNES

PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Jeremías 42, 1-16; 43, 4-7

Jeremías y el pueblo después de la caída de Jerusalén

En aquellos días, los capitanes, con Juan, hijo de Qarej, y Yezanías, hijo de Hosayas, y todo el pueblo, del menor al mayor, acudieron al profeta Jeremías y le dijeron:

«Acepta nuestra súplica y reza al Señor, tu Dios, por nosotros y por todo este resto; porque quedamos bien pocos de la multitud, como lo pueden ver tus ojos. Que el Señor, tu Dios, nos indique el camino que debemos seguir y lo que debemos hacer».

El profeta Jeremías les respondió:

«De acuerdo; yo rezaré al Señor, vuestro Dios, según me pedís, y todo lo que el Señor me responda os lo comunicaré, sin ocultaros nada».

Ellos dijeron a Jeremías:

«El Señor sea testigo veraz y fiel contra nosotros, si no cumplimos todo lo que el Señor, tu Dios, te mande decirnos. Sea favorable o desfavorable, obedeceremos al Señor, nuestro Dios, a quien nosotros te enviamos, para que nos vaya bien obedeciendo al Señor, nuestro Dios».

Pasados diez días, vino la palabra del Señor a Jeremías. Este llamó a Juan, hijo de Qarej, a todos sus capitanes y a todo el pueblo, del menor al mayor, y les dijo:

«Así dice el Señor, Dios de Israel, a quien me enviasteis para presentarle vuestras súplicas: "Si os quedáis a vivir en esta tierra, os construiré y no os destruiré, os plantaré y no os arrancaré; porque me pesa del mal que os he hecho. No temáis al rey de Babilonia, a quien ahora teméis; no lo temáis —oráculo del Señor—, porque yo estoy con vosotros para salvaros y libraros de su mano. Le infundiré compasión para que os compadezca y os deje vivir en vuestras tierras

Pero si decís: `No habitaremos en esta tierra —desoyendo la voz del Señor, vuestro Dios—, sino que iremos a Egipto, donde no conoceremos la guerra, ni oiremos el son de la trompeta, ni pasaremos hambre de pan; y allí viviremos', entonces, resto de Judá, escuchad la palabra del Señor: Así dice el Señor de los ejércitos, Dios de Israel: "Si os empeñáis en ir a Egipto, para residir allí, la espada que vosotros teméis os alcanzará en Egipto y allí moriréis; el hambre que os asusta se os pegará en Egipto y allí moriréis"».

Y ni Juan, hijo de Qarej, ni sus capitanes ni el pueblo escucharon la voz del Señor, quedándose a vivir en tierra de Judá; sino que Juan, hijo de Qarej, y sus capitanes reunieron al resto de Judá, que había vuelto de todos los países de la dispersión para habitar en Judá: hombres y mujeres, niños y princesas, y cuantos Nabusardán, jefe de la guardia, había encomendado a Godolías, hijo de Ajicán, hijo de Safán; y también al profeta Jeremías y a Baruc, hijo de Nerías. Y llegaron a Egipto, sin obedecer a la voz del Señor, y llegaron a Tafne.
 

SEGUNDA LECTURA

Beato Martín de León, Sermón 2 en el adviento del Señor (PL 208, 37-39)

Viene el Deseado de todas las naciones

Quiero que sepáis, carísimos hermanos, que así como Dios es todopoderoso por naturaleza, por naturaleza es también benigno y clemente; es extremadamente fuerte y sabio en sus acciones, y rico en misericordia. El solo lo gobierna, rige y conserva todo, y es cariñoso con todas sus criaturas.

Por eso, el Dios benigno y clemente, contemplando la inacabable esclavitud del género humano, con que el antiguo enemigo cruelmente le oprimía, y resuelto como estaba a liberarlo misericordiosamente, lo consuela por medio del profeta, diciendo: Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes. Decid a los cobardes de corazón: «Sed fuertes, no temáis: mirad a vuestro Dios que trae el desquite». Se refiere al yugo de la dura esclavitud, al yugo de la miseria y de la infelicidad, con que le había esclavizado el antiguo enemigo por culpa del primer hombre.

Efectivamente, aquel autor de toda malignidad había tan cruelmente afligido al género humano, que ni la oblación, ni el sacrificio, ni el holocausto de ningún patriarca o profeta había conseguido liberarlo del poder del infierno. Por eso, Isaías, en son de queja, dice: Nuestra justicia era un paño manchado.

Pero, previendo el tiempo de la humana liberación de este durísimo yugo, nuevamente decía el profeta, en son de congratulación: Arrancarán el yugo de tu cuello. También Jeremías preveía que un día el género humano sería liberado del dominio del antiguo enemigo y sometido al servicio de Dios, cuando proclamaba por orden de Dios: Aquel día —oráculo del Señor de los ejércitos romperé el yugo de tu cuello y haré saltar las correas; ya no servirán a extranjeros, servirán al Señor, su Dios, y a David, el rey que les nombraré, es decir, Cristo. David, en efecto, ya había muerto, pero de su linaje había de nacer Cristo. Pues también David fue deseable, puntualizando que fue deseable en su estirpe, prefigurando a aquel de quien canta el profeta, cuando dice: Vendrá el Deseado de todas las naciones, a saber, el Hijo de Dios, que, en espíritu, había sido previamente revelado a los padres del antiguo Testamento.



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

Comienza el libro del profeta Ezequiel 1, 3-14.22-28a

Visión de la gloria de Dios en el desierto

Vino la palabra del Señor a Ezequiel, hijo de Buzi, sacerdote, en tierra de los caldeos, a orillas del río Quebar:

Entonces se apoyó sobre mí la mano del Señor, y vi que venía del norte un viento huracanado, una gran nube y un zigzagueo de relámpagos. Nube nimbada de resplandor, y, entre el relampagueo, como el brillo del electro.

En medio de éstos aparecía la figura de cuatro seres vivientes; tenían forma humana, cuatro rostros y cuatro alas cada uno. Sus piernas eran rectas y sus pies como pezuñas de novillo; rebrillaban como brilla el bronce bruñido. Debajo de las alas tenían brazos humanos por los cuatro costados, tenían rostros y alas los cuatro. Sus alas se juntaban de dos en dos. No se volvían al caminar; caminaban de frente.

Su rostro tenía esta figura: rostro de hombre, y rostro de león por el lado derecho de los cuatro, rostro de toro por el lado izquierdo de los cuatro, rostro de águila los cuatro. Sus alas estaban extendidas hacia arriba: un par de alas se juntaban, otro par de alas les cubría el cuerpo. Los cuatro caminaban de frente, avanzaban a favor del viento, sin volverse al caminar.

Entre esos seres vivientes había como ascuas encendidas; parecían antorchas agitándose entre los vivientes; el fuego brillaba y lanzaba relámpagos. Iban y venían como chispas.

Sobre la cabeza de los seres vivientes había una especie de plataforma, brillante como el cristal, extendida por encima de sus cabezas. Bajo la plataforma, sus alas estaban horizontalmente emparejadas; cada uno se cubría el cuerpo con un par.

Y oí el rumor de sus alas, como estruendo de aguas caudalosas, como la voz del Todopoderoso, cuando caminaban; griterío de multitudes, como estruendo de tropas; cuando se detenían, abatían las alas.

También se oyó un estruendo sobre la plataforma que estaba encima de sus cabezas; cuando se detenían, abatían las alas.

Y por encima de la plataforma, que estaba sobre sus cabezas, había una especie de zafiro en forma de trono; sobre esta especie de trono sobresalía una figura que parecía un hombre. Y vi un brillo como de electro (algo así como fuego lo enmarcaba) de lo que parecía su cintura para arriba, y de lo que parecía su cintura para abajo vi algo así como fuego. Estaba nimbado de resplandor. El resplandor que lo nimbaba era como el arco que aparece en las nubes cuando llueve. Era la apariencia visible de la gloria del Señor.


SEGUNDA LECTURA

San Bernardo de Claraval, Sermón sobre el Adviento (10-11: Opera omnia, Edit Cister t 6, 1, 1970, 19-20)

No llores, Jerusalén, porque está para llegar tu salvación

A la ciudad santa, Jerusalén, todavía peregrina en la más profunda pobreza, el profeta consuela diciendo: No llores, porque está para llegar tu salvación. De hecho, junto a los canales de Babilonia nos sentamos a llorar. Babilonia significa confusión. En Babilonia se sientan a llorar los ciudadanos de Jerusalén, que si bien no están en la confusión de las obras, sí lo están en la confusión de los pensamientos, queriendo, pero no pudiendo, dirigir la atención de la mente a Dios; y, aunque a la fuerza, se distraen en futilidades.

Así pues, los canales de Babilonia son las perversas costumbres, que se presentan dulces a nuestra memoria; se filtran, sin embargo, y, a quienes seducen, los conducen al mar del siglo. ¡Demos gracias a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo!, porque si las malas costumbres se insinúan, nosotros no nos detenemos en ellas, sino que nos sentamos junto a los canales de Babilonia, pues nuestra alma, frente a las dulzuras y seducciones de la vida del siglo, guarda silencio; frente a las reiteradas incitaciones permanece sorda, y frente a los halagos se muestra inaccesible. Obstaculizados por tales vanidades, no es extraño que nos sentemos a llorar con nostalgia de Sión, esto es, trayendo a la memoria aquella suavidad y el sabroso deleite que pregustan ya aquellos contemplativos que merecen contemplar a cara descubierta la gloria de Dios.

Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo si tú vas conmigo; mejor, nada temo, porque ciertamente tú vas conmigo. ¿Que en qué apoyo esta mi esperanza? Pues en que la vara de tu corrección y el cayado de tu sustentación me sosiegan. Pues aunque me corrijas y reprimas mi soberbia reduciéndome al polvo de la muerte, das, sin embargo, nuevo brío a mi vida, y me sostienes para que no caiga en la fosa de la muerte.

No descuidaré la corrección del Señor, ni me indignaré cuando él me reprenda. Pues sé que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien. ¿Impaciente? No, sino llevándolo con paciencia. ¿Por qué? Por voluntad de uno que la sometió en la esperanza. De hecho, la creación misma se verá liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Por tanto, ciudad de Jerusalén, no llores, porque está para llegar tu salvación. Si tarda, a tu manera de ver, sin embargo vendrá sin retrasarse según sus cálculos, pues mil años en su presencia son como un ayer que pasó.

 


DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Ezequiel 2, 8-3, 11.16-21

Vocación de Ezequiel

En aquellos días me vino esta palabra del Señor:

«Y tú, hijo de Adán, oye lo que te digo: ¡No seas rebelde, como la casa rebelde! Abre la boca y come lo que te doy».

Vi entonces una mano extendida hacia mí, con un documento enrollado. Lo desenrolló ante mí: estaba escrito en el anverso y en el reverso; tenía escritas elegías, lamentos y ayes. Y me dijo:

«Hijo de Adán, come lo que tienes ahí, cómete este volumen y vete a hablar a la casa de Israel».

Abrí la boca y me dio a comer el volumen, diciéndome: «Hijo de Adán, alimenta tu vientre y sacia tus entrañas con este volumen que te doy».

Lo comí, y me supo en la boca dulce como la miel. Y me dijo:

«Hijo de Adan, anda, vete a la casa de Israel y diles mis palabras, pues no se te envía a un pueblo de idioma extraño y de lengua extranjera, sino a la casa de Israel; ni a muchos pueblos de idiomas extraños y de lenguas extranjeras que no comprendes. Por cierto, que, si a éstos te enviara, te harían caso; en cambio, la casa de Israel no querrá hacerte caso, porque no quieren hacerme caso a mí. Pues toda la casa de Israel son tercos de cabeza y duros de corazón. Mira, hago tu rostro tan duro como el de ellos, y tu cabeza terca como la de ellos; como el diamante, más dura que el pedernal hago tu cabeza. No les tengas miedo ni te acobardes ante ellos, aunque sean casa rebelde».

Y me dijo:

«Hijo de Adán, todas las palabras que yo te diga, escúchalas atentamente y apréndelas de memoria. Anda, vete a los deportados, a tus compatriotas, y diles: "Esto dice el Señor", te escuchen o no te escuchen».

Al cabo de siete días me vino esta palabra del Señor:

«Hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la casa de Israel. Cuando escuches una palabra de mi boca les darás la alarma de mi parte.

Si yo digo al malvado que es reo de muerte, y tú no le das la alarma —es decir, no hablas, poniendo en guardia al malvado, para que cambie su mala conducta y conserve la vida—, entonces el malvado morirá por su culpa; y a ti te pediré cuenta de su sangre. Pero, si tú pones en guardia al malvado, y no se convierte de su maldad y de su mala conducta, entonces él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado la vida.

Y si el justo se aparta de su justicia y comete maldades, pondré un tropiezo delante de él, y morirá; por no haberle puesto en guardia, él morirá por su pecado, y no se tendrán en cuenta las obras justas que hizo; pero a ti te pediré cuenta de su sangre.

Si tú, por el contrario, pones en guardia al justo para que no peque, y en efecto no peca, ciertamente conservará la vida, por haber estado alerta; y tú habrás salvado la vida».


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Sobre los pastores (Sermón 46,1-2: CCL 41, 529-530)

Somos cristianos y somos obispos

No acabáis de aprender ahora precisamente que toda nuestra esperanza radica en Cristo y que él es toda nuestra verdadera y saludable gloria, pues pertenecéis a la grey de aquel que dirige y apacienta a Israel. Pero, ya que hay pastores a quienes les gusta que les llamen pastores, pero que no quieren cumplir con su oficio, tratemos de examinar lo que se les dice por medio del profeta. Vosotros escuchad con atención, y nosotros escuchemos con temor.

Me vino esta palabra del Señor: «Hijo de Adán, profetiza contra los pastores de Israel, profetiza diciéndoles». Acabamos de escuchar esta lectura; ahora podemos comentarla con vosotros. El Señor nos ayudará a decir cosas que sean verdaderas, en vez de decir cosas que sólo sean nuestras. Pues, si sólo dijésemos las nuestras, seríamos pastores que nos estaríamos apacentando a nosotros mismos, y no a las ovejas; en cambio, si lo que decimos es suyo, él es quien os apacienta, sea por medio de quien sea. Esto dice el Señor: «¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No son las ovejas lo que tienen que apacentar los pastores?» Es decir, que no tienen que apacentarse a sí mismos, sino a las ovejas. Esta es la primera acusación dirigida contra estos pastores, la de que se apacientan a sí mismos en vez de apacentar a las ovejas. ¿Y quiénes son esos que se apacientan a sí mismos? Los mismos de los que dice el Apóstol: Todos sin excepción buscan su interés, no el de Jesucristo.

Por nuestra parte, nosotros que nos encontramos en este ministerio, del que tendremos que rendir una peligrosa cuenta, y en el que nos puso el Señor según su dignación y no según nuestros méritos, hemos de distinguir claramente dos cosas completamente distintas: la primera, que somos cristianos, y, la segunda, que somos obispos. Lo de ser cristianos es por nuestro propio bien; lo de ser obispos, por el vuestro. En el hecho de ser cristianos, se ha de mirar a nuestra utilidad; en el hecho de ser obispos, la vuestra únicamente.

Son muchos los cristianos que no son obispos y llegan a Dios quizás por un camino más fácil y moviéndose con tanta mayor agilidad cuanto que llevan a la espalda un peso menor. Nosotros, en cambio, además de ser cristianos, por lo que habremos de rendir a Dios cuentas de nuestra vida, somos también obispos, por lo que habremos de dar cuenta a Dios del cumplimiento de nuestro ministerio.

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Ezequiel 5, 1-17

Acción simbólica que figura la destrucción de Jerusalén

Y tú, hijo de Adán, coge una cuchilla afilada,
coge una navaja barbera
y pásatela por la cabeza y la barba.

Después coge una balanza y haz porciones.

Un tercio lo quemarás en la lumbre en medio de la ciudad
(cuando termine el asedio),
un tercio lo sacudirás con la espada
(en torno a la ciudad),
un tercio lo esparcirás al viento
(y los perseguiré con la espada desnuda).

Recogerás unos cuantos pelos
y los meterás en el orillo del manto;
de éstos apartarás algunos
y los echarás al fuego, y dejarás que se quemen.

Dirás a la casa de Israel: Esto dice el Señor:

Se trata de Jerusalén:
la puse en el centro de los pueblos, rodeada de países,
y se rebeló contra mis leyes y mandatos
pecando más que otros pueblos, más que los países vecinos.

Porque rechazaron mis mandatos y no siguieron mis leyes,
por eso, así dice el Señor:

Aquí estoy contra ti para hacer justicia en ti
a la vista de los pueblos.

Por tus abominaciones,
haré en ti cosas que jamás hice ni volveré a hacer.

Por eso los padres se comerán a sus hijos en medio de ti,
y los hijos se comerán a sus padres;
haré justicia en ti, y a tus supervivientes
los esparciré a todos los vientos.

Por eso, ¡por mi vida! —oráculo del Señor—,
por haber profanado mi santuario
con tus ídolos y abominaciones,
juro que te rechazaré, no me apiadaré de ti ni te perdonaré.

Un tercio de los tuyos morirán de peste
y el hambre los consumirá dentro de ti,
un tercio caerá a la espada alrededor de ti,
y un tercio lo esparciré a todos los vientos
y lo perseguiré con la espada desnuda.

Agotaré mi ira contra ellos
y desfogaré mi cólera hasta quedarme a gusto;
y sabrán que yo, el Señor, hablé con pasión
cuando agote mi cólera contra ellos.

Te daré escombro y escarnio
para los pueblos vecinos, a la vista de los que pasen.

Será escarnio y afrenta,
escarmiento y espanto para los pueblos vecinos,
cuando haga en ti justicia con ira y cólera,
con castigos despiadados.

Yo, el Señor, lo he dicho:

Dispararé contra vosotros las flechas fatídicas del hambre,
que acabarán con vosotros
(para acabar con vosotros las dispararé).

Os daré hambre con creces y os cortaré el sustento del pan.

Mandaré contra vosotros hambre y fieras salvajes que os dejarán sin hijos;
pasarán por ti peste y matanza y mandaré contra ti la espada.

Yo, el Señor, lo he dicho.


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Sobre los pastores (Sermón 46, 3-4: CCL 41, 530-531)

Los pastores que se apacientan a sí mismos

Oigamos, pues, lo que la palabra divina, sin halagos para nadie, dice a los pastores que se apacientan a sí mismos en vez de apacentar a las ovejas: Os coméis su enjundia, os vestís con su lana; matáis las más gordas y, las ovejas, no las apacentáis. No fortalecéis a las débiles, ni curáis a las enfermas, ni vendáis a las heridas; no recogéis a las descarriadas, ni buscáis las perdidas, y maltratáis brutalmente a las fuertes. Al no tener pastor, se desperdigaron y fueron pasto de las fieras del campo.

Se acusa a los pastores que se apacientan a sí mismos en vez de a las ovejas, por lo que buscan y lo que descuidan. ¿Qué es lo que buscan? Os coméis su enjundia, os vestís con su lana. Pero por qué dice el Apóstol: ¿Quién planta una viña, y no come de su fruto? ¿Qué pastor no se alimenta de la leche del rebaño? Palabras en las que vemos que se llama leche del rebaño a lo que el pueblo de Dios da a sus responsables para su sustento temporal. De eso hablaba el Apóstol cuando decía lo que acabamos de referir.

Ya que el Apóstol, aunque había preferido vivir del trabajo de sus manos y no exigir de las ovejas ni siquiera su leche, sin embargo, afirmó su derecho a percibir aquella leche, pues el Señor había dispuesto que los que anuncian el Evangelio vivan de él. Y, por eso, dice que otros de sus compañeros de apostolado habían hecho uso de aquella facultad, no usurpada, sino concedida. Pero él fue más allá y no quiso recibir siquiera lo que se le debía. Renunció, por tanto, a su derecho, pero no por eso los otros exigieron algo indebido: simplemente, fue más allá. Quizás pueda relacionarse con esto lo de aquel hombre que dijo, al conducir al herido a la posada: Lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta.

¿Y que más vamos a decir de aquellos pastores que no necesitan la leche del rebaño? Que son misericordiosos, o mejor, que desempeñan con más largueza su deber de misericordia. Pueden hacerlo, y por esto lo hacen. Han de ser alabados por ello, sin por eso condenar a los otros. Pues el Apóstol mismo, que no exigía lo que era un derecho suyo, deseaba, sin embargo, que las ovejas fueran productivas, y no estériles y faltadas de leche.



MARTES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Ezequiel 8, 1-6.16—9, 11

Juicio contra la Jerusalén pecadora

El año sexto, el día cinco del mes sexto, estando yo sentado en mi casa, y los concejales de Judá sentados frente a mí, bajó sobre mí la mano del Señor.

Vi una figura que parecía un hombre: de lo que parecía la cintura para abajo, fuego; de la cintura para arriba, como un resplandor, un brillo como de electro. Alargando una forma de mano, me agarró por la melena; el espíritu me levantó en vilo y me llevó en éxtasis entre el cielo y la tierra a Jerusalén, junto a la puerta septentrional del atrio interior, donde estaba la estatua rival. Allí estaba la gloria del Dios de Israel, como la había contemplado en la llanura. Me dijo:

«Hijo de Adán, dirige la vista hacia el norte».

Dirigí la vista hacia el norte, y vi al norte de la puerta del altar la estatua rival, la que está a la entrada. Añadió:

«Hijo de Adán, ¿no ves lo que están haciendo? Graves abominaciones comete aquí la casa de Israel para que me aleje de mi santuario. Pero aún verás abominaciones mayores».

Después me llevó al atrio interior de la casa del Señor. A la entrada del templo del Señor, entre el atrio y el altar, había unos veinticinco hombres, de espaldas al templo y mirando hacia el oriente: estaban adorando al sol. Me dijo:

«¿No ves, hijo de Adán? ¡Le parecen poco a la casa de Judá las abominaciones que aquí cometen, y colman el país de violencias, indignándome más y más! ¡Ahí los tienes despachando esbirros para enfurecerme! Pues también yo actuaré con cólera, no me apiadaré ni perdonaré; me invocarán a voz en grito, pero no los escucharé».

Entonces le oí llamar en voz alta:

«Acercaos, verdugos de la ciudad, empuñando cada uno su arma mortal».

Entonces aparecieron seis hombres por el camino de la puerta de arriba, la que da al norte, empuñando mazas. En medio de ellos, un hombre vestido de lino, con los avíos de escribano a la cintura. Al llegar, se detuvieron junto al altar de bronce. La gloria del Dios de Israel se había levantado del querubín en que se apoyaba, yendo a ponerse en el umbral del templo. Llamó al hombre vestido de lino, con los avíos de escribano a la cintura, y le dijo el Señor:

«Recorre la ciudad, atraviesa Jerusalén y marca en la frente a los que se lamentan afligidos por las abominaciones que en ella se cometen».

A los otros les dijo en mi presencia:

«Recorred la ciudad detrás de él, hiriendo sin compasión y sin piedad. A viejos, mozos y muchachas, a niños y mujeres, matadlos, acabad con ellos; pero a ninguno de los marcados lo toquéis. Empezad por mi santuario».

Y empezaron por los ancianos que estaban frente al templo. Luego les dijo:

«Profanad el templo, llenando sus atrios de cadáveres, y salid a matar por la ciudad».

Sólo yo quedé con vida. Mientras ellos mataban, caí rostro en tierra y grité:

«¡Ay Señor! ¿Vas a exterminar al resto de Israel, derramando tu cólera sobre Jerusalén?»

Me respondió:

«Grande, muy grande es el delito de la casa de Israel y de Judá; el país está lleno de crímenes; la ciudad, colmada de injusticias; porque dicen: "El Señor ha abandonado el país, no lo ve el Señor". Pues tampoco yo me apiadaré ni perdonaré; doy a cada uno su merecido».

Entonces, el hombre vestido de lino, con los avíos de escribano a la cintura, informó diciendo:

«He cumplido lo que me ordenaste».


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Sobre los pastores (Sermón 46, 4-5 CCL 41, 531-533)

El ejemplo de Pablo

En una ocasión en que Pablo se encontraba en una gran indigencia, preso por la confesión de la verdad, los hermanos le enviaron con qué remediar su indigente necesidad. El les dio las gracias y les dijo: Al socorrer mis necesidades, habéis obrado bien. Yo he aprendido a arreglarme en toda circunstancia. Sé vivir en pobreza y abundancia. Todo lo puedo en aquel que me conforta. En todo caso, hicisteis bien en compartir mi tribulación.

Porque trataba de darles a entender lo que se proponía, a propósito del bien que ellos habían hecho, y no quería ser entre ellos uno de esos que se apacientan a sí mismos en vez de a las ovejas; por eso, más que alegrarse de que hubiesen acudido a remediar su necesidad, quiso congratularse de su fecundidad en buenas obras. ¿Qué era entonces lo que pretendía? No es que yo busque regalos, busco que los intereses se acumulen en vuestra cuenta. «Y no para quedar yo repleto —venía a decirles—, sino para que vosotros no os quedéis desprovistos».

Así, pues, quienes no puedan, como Pablo, sostenerse con el trabajo de sus manos, no duden en aceptar la leche de las ovejas, para sustentarse en sus necesidades, pero que no se olviden de las ovejas débiles. No han de buscar esto como ventaja suya, como si anunciasen el Evangelio para remedio de su pobreza, sino con el fin de poder entregarse a la preparación de la palabra de verdad con la que han de iluminar a los hombres. Pues son como luminarias, según está dicho: Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas; y: No se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.

Si en tu casa se encendiera una lámpara, ¿no le pondrías aceite para que no se apagara? Y si, después de ponerle aceite, la lámpara no alumbrara, no se la colocaría en el candelero, sino que inmediatamente se la tiraría. La necesidad autoriza, pues, a aceptar, y la caridad, a dar los medios necesarios para la subsistencia. Y ello no porque el Evangelio sea algo banal, como si lo recibido como medio de vida por quienes lo anuncian fuera su precio. Si así lo estuvieran vendiendo, lo estarían malvendiendo. En efecto, si el sustento de sus necesidades han de recibirlo del pueblo, el premio de su entrega es de Dios de quien tienen que aguardarlo. Pues el pueblo no puede otorgar la recompensa a quienes le sirven en la caridad del Evangelio. Estos no aguardan su premio sino del mismo Señor, de quien el pueblo espera su salvación.

Entonces, ¿por qué se increpa y acusa a aquellos pastores? Porque, mientras bebían la leche y se vestían con la lana de las ovejas, no se ocupaban de ellas. Buscaban, pues, su interés, no el de Jesucristo.


 


MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Ezequiel 10, 18-22; 11, 14-25

La gloria del Señor abandona la ciudad

En aquellos días, la gloria del Señor salió, levantándose del umbral del templo, y se colocó sobre los querubines. Vi a los querubines levantar las alas, remontarse del suelo, sin separarse de las ruedas, y salir. Y se detuvieron junto a la puerta oriental de la casa del Señor; mientras tanto, la gloria del Dios de Israel sobresalía por encima de ellos.

Eran los seres vivientes que yo había visto debajo del Dios de Israel a orillas del río Quebar, y me di cuenta de que eran querubines. Tenían cuatro rostros y cuatro alas cada uno, y una especie de brazos humanos debajo de las alas, y su fisonomía era la de los rostros que yo había contemplado a orillas del río Quebar. Caminaban de frente. Me vino esta palabra del Señor:

«Hijo de Adán, los habitantes de Jerusalén dicen de tus hermanos, los responsables de la familia y de la casa de Israel toda entera: "Ellos se han alejado del Señor, a nosotros nos toca poseer la tierra". Por tanto, di: "Esto dice el Señor: Cierto, los llevé a pueblos lejanos, los dispersé por los países, y fui para ellos un santuario provisorio en los países adonde fueron". Por tanto di: "Esto dice el Señor: Os reuniré de entre los pueblos, os recogeré de los países en los que estáis dispersos, y os daré la tierra de Israel. Entrarán y quitarán de ella todos sus ídolos y abominaciones. Les daré un corazón íntegro e infundiré en ellos un espíritu nuevo: les arrancaré el corazón de piedra y les daré un corazón de carne, para que sigan mis leyes y pongan por obra mis mandatos; serán mi pueblo y yo seré su Dios. Pero, si el corazón se les va tras sus ídolos y abominaciones, les daré su merecido"». Oráculo del Señor.

Los querubines levantaron las alas sin separarse de las ruedas; mientras tanto, la gloria del Dios de Israel sobresalía por encima de ellos. La gloria del Señor se elevó sobre la ciudad y se detuvo en el monte, al oriente de la ciudad.

Entonces, el espíritu me arrebató y me llevó en volandas al destierro de Babilonia, en éxtasis; la visión desapareció.

Y yo les conté a los desterrados lo que el Señor me había revelado.


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Sobre los pastores (Sermón 46, 6-7: CCL 41, 533-534)

Que nadie busque su interés,
sino el de Jesucristo

Ya que hemos hablado de lo que quiere decir beberse la leche, veamos ahora lo que significa cubrirse con su lana. El que ofrece la leche ofrece el sustento, y el que ofrece la lana ofrece el honor. Estas son las dos cosas que esperan del pueblo los que se apacientan a sí mismos en vez de apacentar a las ovejas: la satisfacción de sus necesidades con holgura y el favor del honor y la gloria.

Desde luego, el vestido se entiende aquí como signo de honor, porque cubre la desnudez. Un hombre es un ser débil. Y el que os preside, ¿qué es sino lo mismo que vosotros? Tiene un cuerpo, es mortal, come, duerme, se levanta; ha nacido y tendrá que morir. De manera que, si consideras lo que es en sí mismo, no es más que un hombre. Pero tú, al rodearle de honores, haces como si cubrieras lo que es de por sí bien débil.

Ved qué vestidura de esta índole había recibido el mismo Pablo del buen pueblo de Dios, cuando decía: Me recibisteis como a un mensajero de Dios. Porque hago constar en vuestro honor que, a ser posible, os habríais sacado los ojos por dármelos. Pero, habiéndosele tributado semejante honor, ¿acaso se mostró complaciente con los que andaban equivocados, como si temiera que se lo negaran y le retiraran sus alabanzas si los acusaba? De haberlo hecho así, se hubiera contado entre los que se apacientan a sí mismos en vez de a las ovejas. En ese caso, estaría diciendo para sí: «¿A mí qué me importa? Que haga cada uno lo que quiera; mi sustento está a salvo, lo mismo que mi honor: tengo suficiente leche y lana; que cada uno tire por donde pueda». ¿Con que para ti todo está bien, si cada uno tira por donde puede? No seré yo quien te dé responsabilidad alguna, no eres más que uno de tantos. Cuando un miembro sufre, todos sufren con él.

Por eso, el mismo Apóstol, al recordarles la manera que tuvieron de portarse con él, y para no dar la impresión de que se olvidaba de los honores que le habían tributado, les aseguraba que lo habían recibido como si fuera un mensajero de Dios y que, si hubiera sido ello posible, se habrían sacado los ojos para ofrecérselos a él. A pesar de lo cual, se acercó a la oveja enferma, a la oveja corrompida, para cauterizar su herida, no para ser complaciente con su corrupción. ¿ Y ahora me he convertido en enemigo vuestro por ser sincero con vosotros? De modo que aceptó la leche de las ovejas y se vistió con su lana, pero no las descuidó. Porque no buscaba su interés, sino el de Jesucristo.



JUEVES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Ezequiel 12, 1-15

Una acción simbólica anuncia la deportación del pueblo

En aquellos días me vino esta palabra del Señor:

«Hijo de Adán, vives en la casa rebelde: tienen ojos para ver, y no ven; tienen oídos para oír, y no oyen; pues son casa rebelde. Tú, hijo de Adán, prepara el ajuar del destierro y emigra a la luz del día, a la vista de todos; a la vista de todos, emigra a otro lugar, a ver si lo ven; pues son casa rebelde. Saca tu ajuar, como quien va al destierro, a la luz del día, a la vista de todos, y tú sal al atardecer, a la vista de todos, como quien va al destierro. A la vista de todos, abre un boquete en el muro y saca por allí tu ajuar. Cárgate al hombro el hatillo, a la vista de todos, sácalo en la oscuridad; tápate la cara, para no ver la tierra, porque hago de ti una señal para la casa de Israel».

Yo hice lo que me mandó: saqué mi ajuar como quien va al destierro, a la luz del día; al atardecer, abrí un boquete en el muro, lo saqué en la oscuridad, me cargué al hombro el hatillo, a la vista de todos. A la mañana siguiente, me vino esta palabra del Señor:

«Hijo de Adán, ¿no te ha preguntado la casa de Israel, la casa rebelde, qué es lo que hacías? Pues respóndeles: "Esto dice el Señor: Este oráculo contra Jerusalén va por el príncipe y por toda la casa de Israel que vive allí".

Di: "Soy señal para vosotros; lo que yo he hecho lo tendrán que hacer ellos: irán cautivos al destierro. El príncipe que vive entre ellos se cargará al hombro el hatillo, abrirá un boquete en el muro para sacarlo, lo sacará en la oscuridad y se tapará la cara para que no lo reconozcan.

Pero tenderé mi red sobre él y lo cazaré en mi trampa; lo llevaré a Babilonia, país de los caldeos, donde morirá sin poder verla. A su escolta y a su ejército los dispersaré a todos los vientos y los perseguiré con la espada desnuda.

Y sabrán que yo soy el Señor, cuando los desparrame por los pueblos y los disperse por los territorios. Pero dejaré a unos pocos, supervivientes de la espada, del hambre y de la peste, para que cuenten sus abominaciones por los pueblos adonde vayan, y sepan que yo soy el Señor"».
 

SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Sobre los pastores (Sermón 46, 9: CCL 41, 535-536)

Sé un modelo para los fieles

Después de haber hablado el Señor de lo que estos pastores aman, habla de lo que desprecian. Son muchos los defectos de las ovejas, y las ovejas sanas y gordas son muy pocas, es decir, las que se hallan robustecidas con el alimento de la verdad, alimentándose de buenos pastos por gracia de Dios. Pues bien, aquellos malos pastores no las apacientan. No les basta con no curar a las débiles y enfermas, con no cuidarse de las errantes y perdidas. También hacen todo lo posible por acabar con las vigorosas y cebadas. A pesar de lo cual, siguen viviendo. Siguen viviendo por pura misericordia de Dios. Pero, por lo que toca a los malos pastores, no hacen sino matar. «¿Y cómo matan?», me preguntarás. Matan viviendo mal, dando mal ejemplo. Pues no en vano se le dice a aquel siervo de Dios, que destaca entre los miembros del supremo Pastor: Preséntate en todo como un modelo de buena conducta, y también: Sé un modelo para los fieles.

Porque, la mayor parte de las veces, aun la oveja sana, cuando advierte que su pastor vive mal, aparta sus ojos de los mandatos de Dios y se fija en el hombre, y comienza a decirse en el interior de su corazón: «Si quien está puesto para dirigirme vive así, ¿quién soy yo para no obrar como él obra?» Así el mal pastor mata a la oveja sana. Y si mató a la que estaba fuerte, ¿qué va a ser lo que haga con las otras, si con el ejemplo de su vida acaba de matar a la que él no había fortalecido, sino que la había encontrado ya fuerte y robusta?

Os aseguro, hermanos queridos, que, aunque las ovejas sigan viviendo, y estén firmes en la palabra del Señor, y se atengan a lo que escucharon de sus labios: Haced lo que os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen; sin embargo, quien vive de mala manera a los ojos del pueblo, por lo que a él se refiere, está matando a los que lo ven. Y que no se tranquilice diciéndose que la oveja no ha muerto. Es verdad que no ha muerto, pero él es un homicida. Es lo mismo que cuando un hombre lascivo mira a una mujer con mala intención: aunque ella se mantenga casta, él, en cambio, ha pecado. La palabra de Dios es verdadera e inequívoca: El que mira a una mujer casada, deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior. No ha penetrado hasta su habitación, pero la ha deseado en su propia habitación interior.

Así, pues, todo aquel que vive mal a la vista de quienes son sus subordinados, por lo que a él toca, mata hasta a los fuertes. Quien lo imita muere, mientras que quien no lo imita vive. Pero él, por su parte, ha matado a ambos. Matáis las más gordas —dice el profeta— y, las ovejas, no las apacentáis.



VIERNES

PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Ezequiel 13, 1-16

Vaticinio contra los falsos profetas

Me vino esta palabra del Señor:

—Hijo de Adán, profetiza contra los profetas de Israel, profetiza diciéndoles: Escuchad la palabra del Señor. Esto dice el Señor:

¡Ay de los profetas mentecatos que se inventan profecías,
cosas que nunca vieron, siguiendo su inspiración!

(Como raposas entre ruinas son tus profetas, Israel).
No acudieron a la brecha ni levantaron cerca
en torno a la casa de Israel,
para que resistiera en la batalla, el día del Señor.
Visionarios falsos, adivinos de embustes,
que decían «oráculo del Señor»
cuando el Señor nos los enviaba,
esperando que cumpliera su palabra.

Vosotros habéis visto visiones vanas
y habéis pronunciado oráculos falsos
diciendo «oráculo del Señor»,
cuando el Señor no hablaba.

Por tanto, esto dice el Señor:

Por haber dicho mentiras y haber visto engaños,
por eso aquí estoy contra vosotros
—oráculo del Señor—.

Extenderé mi mano contra los profetas
visionarios falsos y adivinos de embustes;
no tomarán parte en el consejo de mi pueblo,
ni serán inscritos en el censo de la casa de Israel,
ni entrarán en la tierra de Israel,
y sabréis que yo soy el Señor.

Sí, porque habéis extraviado a mi pueblo,
anunciando paz cuando no había paz,
y mientras ellos construían la tapia,
vosotros la ibais enluciendo.

(Diles a los enlucidores:

Vendrá una lluvia torrencial,
caerá pedrisco,
se desencadenará un vendaval).

Cuando la pared se derrumbe, os dirán:
«¿Qué fue del enlucido que echasteis?»
Por tanto, esto dice el Señor:

Con furia desencadenaré un vendaval,
una lluvia torrencial mandaré con ira,
y pedrisco, en el colmo de mi furia.

Derribaré la pared que enlucisteis,
la tiraré al suelo.
quedarán al desnudo sus cimientos;
se desplomará y pereceréis debajo,
y sabréis que yo soy el Señor.

(Cuando agote mi cólera en el muro
y en los que lo enlucieron,
os dirán: «¿Qué fue del muro
y de los que lo enlucieron:
de los profetas de Israel
que profetizaban para Jerusalén,
que tenían para ella visiones de paz,
cuando no había paz?» —oráculo del Señor


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Sobre los pastores (Sermón 46, 10-11: CCL 41, 536-538)

Prepárate para las pruebas

Ya habéis oído lo que los malos pastores aman. Ved ahora lo que descuidan. No fortalecéis a las débiles, ni curáis a las enfermas, ni vendáis a las heridas, es decir, a las que sufren; no recogéis a las descarriadas, ni buscáis las perdidas, y maltratáis brutalmente a las fuertes, destrozándolas y llevándolas a la muerte. Decir que una oveja ha enfermado quiere significar que su corazón es débil, de tal manera que puede ceder ante las tentaciones en cuanto sobrevengan y la sorprendan desprevenida.

El pastor negligente, cuando recibe en la fe a alguna de estas ovejas débiles, no le dice: Hijo mío, cuando te acerques al temor de Dios, prepárate para las pruebas; mantén el corazón firme, sé valiente. Porque quien dice tales cosas, ya está confortando al débil, ya está fortaleciéndole, de forma que, al abrazar la fe, dejará de esperar en las prosperidades de este siglo. Ya que, si se le induce a esperar en la prosperidad, esta misma prosperidad será la que le corrompa; y, cuando sobrevengan las adversidades, lo derribarán y hasta acabarán con él.

Así, pues, el que de esa manera lo edifica, no lo edifica sobre piedra, sino sobre arena. Y la roca era Cristo. Los cristianos tienen que imitar los sufrimientos de Cristo, yno tratar de alcanzar los placeres. Se conforta a un pusilánime cuando se le dice: «Aguarda las tentaciones de este siglo, que de todas ellas te librará el Señor, si tu corazón no se aparta lejos de él. Porque precisamente para fortalecer tu corazón vino él a sufrir, vino él a morir, a ser escupido y coronado de espinas, a escuchar oprobios, a ser, por último, clavado en una cruz. Todo esto lo hizo él por ti, mientras que tú no has sido capaz de hacer nada, no ya por él, sino por ti mismo».

¿Y cómo definir a los que, por temor de escandalizar a aquellos a los que se dirigen, no sólo no los preparan para las tentaciones inminentes, sino que incluso les prometen la felicidad en este mundo, siendo así que Dios mismo no la prometió? Dios predice al mismo mundo que vendrán sobre él trabajos y más trabajos hasta el final, ¿y quieres tú que el cristiano se vea libre de ellos? Precisamente por ser cristiano tendrá que pasar más trabajos en este mundo.

Lo dice el Apóstol: Todo el que se proponga vivir piadosamente en Cristo será perseguido. Y tú, pastor que tratas de buscar tu interés en vez del de Cristo, por más que aquél diga: Todo el que se proponga vivir piadosamente en Cristo será perseguido, tú insistes en decir: «Si vives piadosamente en Cristo, abundarás en toda clase de bienes. Y si no tienes hijos, los engendrarás y sacarás adelante a todos, y ninguno se te morirá». ¿Es ésta tu manera de edificar? Mira lo que haces, y dónde construyes. Aquel a quien tú levantas está sobre arena. Cuando vengan las lluvias y los aguaceros, cuando sople el viento, harán fuerza sobre su casa, se derrumbará, y su ruina será total.

Sácalo de la arena, ponlo sobre la roca; aquel que tú deseas que sea cristiano, que se apoye en Cristo. Que piense en los inmerecidos tormentos de Cristo, que piense en Cristo, pagando sin pecado lo que otros cometieron, que escuche la Escritura que le dice: El Señor castiga a sus hijos preferidos. Que se prepare a ser castigado, o que renuncie a ser hijo preferido.

 



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Ezequiel 14, 12-23

Salvación de los justos y ruina de los pecadores

Me vino esta palabra del Señor:

Hijo de Adán, si un país peca contra mí cometiendo un delito, extenderé mi mano contra él, le cortaré el sustento del pan y le mandaré hambre y extirparé de él hombres y animales. Si se encontrasen allí estos tres varones: Noé, Daniel y Job, por ser justos, salvarían ellos la vida —oráculo del Señor—.

Si suelto por el país fieras salvajes que lo dejen sin hijos, para que quede devastado y sin nadie que lo transite, por miedo a las fieras, aunque esos tres varones se encuentren allí, ¡por mi vida! —oráculo del Señor—, juro que no salvarán a sus hijos ni a sus hijas; ellos solos se salvarán y el país quedará devastado.

Si mando la espada contra ese país, si ordeno a la espada que atraviese el país y extirpe de él hombres y animales, aunque se encuentren allí esos tres varones, ¡por mi vida! —oráculo del Señor—, juro que no salvarán a sus hijos ni a sus hijas, sino que ellos solos se salvarán.

Si le envío la peste a ese país y derramo sobre él mi cólera, para extirpar de él hombres y animales, aunque se encuentren allí Noé, Daniel y Job, ¡por mi vida! —oráculo del Señor—, juro que no salvarán a sus hijos ni a sus hijas, sino que ellos solos, por ser justos, salvarán la vida.

Pues así dice el Señor: ¡Cuánto más cuando yo mande mis cuatro fatídicas plagas: la espada, el hambre, las fieras salvajes y la peste, contra Jerusalén para extirpar de ella hombres y animales! Si queda allí algún superviviente, hijos e hijas que hayan logrado evadirse adonde estáis vosotros, entonces, al ver su conducta y sus malas obras, os sentiréis aliviados de la catástrofe que mandé contra Jerusalén, de todo lo que mandé contra ella. Sí que os aliviarán, pues al ver su conducta y sus malas obras caeréisen la cuenta de que no sin razón ejecuté en ella lo que ejecuté —oráculo del Señor—.


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Sobre los pastores (Sermón 46, 11-12: CCL 41, 538-539)

Ofrece el alivio de la consolación

El Señor, dice la escritura, castiga a sus hijos preferidos. Y tú te atreves a decir: «Quizás seré una excepción». Si eres una excepción en el castigo, quedarás igualmente exceptuado del número de los hijos. «¿Es cierto —preguntarás— que castiga a cualquier hijo?» Cierto que castiga a cualquier hijo, y del mismo modo que a su Hijo único. Aquel Hijo, que había nacido de la misma substancia del Padre, que era igual al Padre por su condición divina, que era la Palabra por la que había creado todas las cosas, por su misma naturaleza no era susceptible de castigo. Y, precisamente, para no quedarse sin castigo, se vistió de la carne de la especie humana. ¿Con que va a dejar sin castigo al hijo adoptado y pecador, el mismo que no dejó sin castigo a su único Hijo inocente? El Apóstol dice que nosotros fuimos llamados a la adopción. Y recibimos la adopción de hijos para ser herederos junto con el Hijo único, para ser incluso su misma herencia: Pídemelo: te daré en herencia las naciones. En sus sufrimientos, nos dio ejemplo a todos nosotros.

Pero, para que el débil no se vea vencido por las futuras tentaciones, no se le debe engañar con falsas esperanzas, ni tampoco desmoralizarlo a fuerza de exagerar los peligros. Dile: Prepárate para las pruebas, y quizá comience a retroceder, a estremecerse de miedo, a no querer dar un paso hacia adelante. Tienes aquella otra frase: Fiel es Dios, y no permitirá él que la prueba supere vuestras fuerzas. Pues bien, prometer y anunciar las tribulaciones futuras es, efectivamente, fortalecer al débil. Y, si al que experimenta un temor excesivo, hasta el punto de sentirse aterrorizado, le prometes la misericordia de Dios, y no porque le vayan a faltar las tribulaciones, sino porque Dios no permitirá que la prueba supere sus fuerzas, eso es, efectivamente, vendar las heridas.

Los hay, en efecto, que, cuando oyen hablar de las tribulaciones venideras, se fortalecen más, y es como si se sintieran sedientos de la que ha de ser su bebida. Piensan que es poca cosa para ellos la medicina de los fieles y anhelan la gloria de los mártires. Mientras que otros, cuando oyen hablar de las tentaciones que necesariamente habrán de sobrevenirles, aquellas que no pueden menos de sobrevenirle al cristiano, aquellas que sólo quien desea ser verdaderamente cristiano puede experimentar, se sienten quebrantados y claudican ante la inminencia de semejantes situaciones.

Ofréceles el alivio de la consolación, trata de vendar sus heridas. Di: «No temas, que no va a abandonarte en la prueba aquel en quien has creído. Fiel es Dios, y no permitirá él que la prueba supere sus fuerzas». No son palabras mías, sino del Apóstol, que nos dice: Tendréis la prueba que buscáis de que Cristo habla por mí. Cuando oyes estas cosas, estás oyendo al mismo Cristo, estás oyendo al mismo pastor que apacienta a Israel. Pues a él le fue dicho: Nos diste a beber lágrimas, pero con medida. De modo que el salmista, al decir con medida, viene a decir lo mismo que el Apóstol: No permitirá él que la prueba supere vuestras fuerzas. Sólo que tú no has de rechazar al que te corrige y te exhorta, te atemoriza y te consuela, te hiere y te sana.

 


DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Ezequiel 16, 3.5b-7a.8-15.35.37a.40-43. 59-63

Jerusalén, esposa adúltera de Dios

Así dice el Señor:

«¡Jerusalén! Eres cananea de casta y de cuna: tu padre era amorreo y tu madre era hitita. Te arrojaron a campo abierto, asqueados de ti, el día en que naciste.

Pasando yo a tu lado, te vi chapoteando en tu propia sangre, y te dije mientras yacías en tu sangre: "Sigue viviendo y crece como brote campestre". Creciste y te hiciste moza, llegaste a la sazón. Pasando de nuevo a tu lado, te vi en la edad del amor; extendí sobre ti mi manto para cubrir tu desnudez; te comprometí con juramento, hice alianza contigo —oráculo del Señor—y fuiste mía.

Te bañé, te limpié la sangre, y te ungí con aceite. Te vestí de bordado, te calcé de marsopa; te ceñí de lino, te revestí de seda. Te engalané con joyas: te puse pulseras en los brazos y un collar al cuello. Te puse un anillo en la nariz, pendientes en las orejas y diadema de lujo en la cabeza. Lucías joyas de oro y plata, y vestidos de lino, seda y bordado; comías flor de harina, miel y aceite; estabas guapísima y prosperaste más que una reina. Cundió entre los pueblos la fama de tu belleza, completa con las galas con que te atavié —oráculo del Señor—.

Te sentiste segura de tu belleza y, amparada en tu fama, fornicaste y te prostituiste con el primero que pasaba.

Por eso, prostituta, escucha la palabra del Señor: Voy a reunir a todos tus amantes; traerán un tropel contra ti que te apedreará y te descuartizará a cuchilladas. Prenderán fuego a tus casas y ejecutarán en ti la sentencia en presencia de muchas mujeres; así dejarás de prostituirte y no volverás a pagar el precio Aplacaré mi ira contra ti y apartaré de ti mi cólera; me serenaré y no volveré a irritarme. Por no haberte acordado de tu juventud, por haberme provocado con todas estas cosas, también yo te pagaré según tu conducta —oráculo del Señor—. ¿No has añadido la infamia a todas tus abominaciones?

Pues así dice el Señor: Actuaré contigo conforme a tus acciones, pues menospreciaste el juramento y quebrantaste la alianza. Pero yo me acordaré de la alianza que hice contigo cuando eras moza y haré contigo una alianza eterna. Tú te acordarás de tu conducta y te sonrojarás, al acoger a tus hermanas, las mayores y las más pequeñas; pues yo te las daré como hijas, mas no en virtud de tu alianza. Yo mismo haré alianza contigo, y sabrás que yo soy el Señor, para que te acuerdes y te sonrojes y no vuelvas a abrir la boca de vergüenza, cuando yo te perdone todo lo que hiciste». Oráculo del Señor.


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Sobre los pastores (Sermón 46, 13: CCL 41, 539-540)

Los cristianos débiles

No fortalecéis a las ovejas débiles, dice el Señor. Se lo dice a los malos pastores, a los pastores falsos, a los pastores que buscan su interés y no el de Jesucristo, que se aprovechan de la leche y la lana de las ovejas, mientras que no se preocupan de ellas ni piensan en fortalecer su mala salud. Pues me parece que hay alguna diferencia entre estar débil, o sea, no firme —ya que son débiles los que padecen alguna enfermedad—, y estar propiamente enfermo, o sea, con mala salud.

Desde luego que estas ideas que nos estamos esforzando por distinguir las podríamos precisar, por nuestra parte, con mayor diligencia, y por supuesto que lo haría mejor cualquier otro que supiera más o fuera más fervoroso; pero, de momento, y para que no os sintáis defraudados, voy a deciros lo que siento, como comentario a las palabras de la Escritura. Es muy de temer que al que se encuentra débil no le sobrevenga una tentación y le desmorone. Por su parte, el que está enfermo es ya esclavo de algún deseo que le está impidiendo entrar por el camino de Dios y someterse al yugo de Cristo.

Pensad en esos hombres que quieren vivir bien, que han determinado ya vivir bien, pero que no se hallan tan dispuestos a sufrir males, como están preparados a obrar el bien. Sin embargo, la buena salud de un cristiano le debe llevar no sólo a realizar el bien, sino también a soportar el mal. De manera que aquellos que dan la impresión de fervor en las buenas obras, pero que no se hallan dispuestos o no son capaces de sufrir los males que se les echan encima, son en realidad débiles. Y aquellos que aman el mundo y que por algún mal deseo se alejan de las buenas obras, éstos están delicados y enfermos, puesto que, por obra de su misma enfermedad, y como si se hallaran sin fuerza alguna, son incapaces de ninguna obra buena.

En tal disposición interior se encontraba aquel paralítico al que, como sus portadores no podían introducirle ante la presencia del Señor, hicieron un agujero en el techo, y por allí lo descolgaron. Es decir, para conseguir lo mismo en lo espiritual, tienes que abrir efectivamente el techo y poner en la presencia del Señor el alma paralítica, privada de la movilidad de sus miembros y desprovista de cualquier obra buena, gravada además por sus pecados y languideciendo a causa del morbo de su concupiscencia. Si, efectivamente, se ha alterado el uso de todos sus miembros y hay una auténtica parálisis interior, si es que quieres llegar hasta el médico —quizás el médico se halla oculto, dentro de ti: este sentido verdadero se halla oculto en la Escritura—, tienes que abrir el techo y depositar en presencia del Señor al paralítico, dejando a la vista lo que está oculto.

En cuanto a los que no hacen nada de esto y descuidan hacerlo, ya habéis oído las palabras que les dirige el Señor: No curáis a las enfermas, ni vendáis sus heridas; ya lo hemos comentado. Se hallaba herida por el miedo a la prueba. Había algo para vendar aquella herida; estaba aquel consuelo: Fiel es Dios, y no permitirá él que la prueba supere vuestras fuerzas. No, para que sea posible resistir, con la prueba dará también la salida.

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

De libro del profeta Ezequiel 17, 3-15.19-24

Vaticinio de la ruina y la restauración

Dirás: Esto dice el Señor:

El águila gigante, de gigantescas alas,
de gran envergadura, de plumaje tupido,
de color abigarrado, voló al Líbano;
cogió el cogollo del cedro,
arrancó su pimpollo cimero
y se lo llevó a un país de mercaderes,
plantándolo en una ciudad de traficantes.

Después cogió simiente de la tierra
y la echó en terreno sembradío.

La sembró ribereña, junto a aguas abundantes,
para que germinara y se hiciera vid aparrada, achaparrada,
para que orientara hacia ella los sarmientos,
y le sometiera las raíces.

Y se hizo vid,
y echó pámpanos y se puso frondosa.
Vino después otra águila gigante,
de gigantescas alas y de espeso plumaje,
y entonces nuestra vid,
aunque estaba plantada en buen terreno,
junto a aguas abundantes,
sesgó sus raíces hacia ella
y orientó hacia ella sus sarmientos,
para recibir más riego
que en el bancal donde estaba plantada,
y así echar ramas y dar fruto y hacerse vid espléndida.

Di: Esto dice el Señor:
¿Se logrará?, ¿o la desceparán
y se malogrará su fruto y se marchitarán sus renuevos?
No hará falta un brazo robusto
ni mucha gente para desceparla.

Mirad, ya está plantada: ¿se logrará?,
¿o se agostará cuando la azote el viento solano,
en el bancal donde germinó se agostará?

Me vino esta palabra del Señor:

Dile a la casa rebelde:
¿No entendéis lo que esto significa?
Di: Mirad, el rey de Babilonia fue a Jerusalén,
y cogiendo a su rey y a sus príncipes
se los llevó a Babilonia.

Tomando a uno de estirpe real,
hizo con él un pacto
y lo comprometió con juramento
llevándose a los nobles del país,
para que fuera un reino humilde
que no se ensoberbeciera y observara fielmente el pacto.

Pero se rebeló contra él y envió mensajeros a Egipto
pidiendo caballos y tropas numerosas.

¿Tendrá éxito?, ¿escapará con vida el que hizo esto?
El que violó el pacto, ¿escapará con vida?

Por tanto, así dice el Señor:
Juro por mi vida que los castigaré
por haber menospreciado mi juramento
y por haber violado mi pacto.

Tenderé mi red sobre él y lo cazaré en mi trampa;
lo llevaré a Babilonia para juzgarlo allí
por haberme traicionado.

Todas sus huestes caerán a espada
y los supervivientes se dispersarán a todos los vientos,
y sabréis que yo, el Señor, he hablado.

Esto dice el Señor:
Cogeré un guía del cogollo del cedro alto y encumbrado,
del vástago cimero arrancaré un esqueje
y yo lo plantaré en un monte elevado y señero,
lo plantaré en el monte encumbrado de Israel.
Echará ramas, se pondrá frondoso
y llegará a ser un cedro magnífico;
anidarán en él todos los pájaros,
a la sombra de su ramaje anidarán todas las aves.

Y sabrán todos los árboles silvestres que yo, el Señor,
humillo el árbol elevado y elevo el árbol humilde,
seco el árbol verde y reverdezco el árbol seco.
Yo, el Señor, lo digo y lo hago.
 

SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Sobre los pastores (Sermón 46, 14-15: CCL 41, 541-542)

Insiste a tiempo y a destiempo

No recogéis a las descarriadas, ni buscáis a las perdidas. En este mundo andamos siempre entre las manos de los ladrones y los dientes de los lobos feroces, y, a causa de estos peligros nuestros, os rogamos que oréis. Además, las ovejas son obstinadas. Cuando se extravían y las buscamos, nos dicen, para su error y perdición, que no tienen nada que ver con nosotros: «¿Para qué nos queréis? ¿Para qué nos buscáis?» Como si el hecho de que anden errantes y en peligro de perdición no fuera precisamete la causa de que vayamos tras de ellas y las busquemos. «Si ando errante —dicen—, si estoy perdida, ¿para qué me quieres? ¿Para qué me buscas?» Te quiero hacer volver precisamente porque andas extraviada; quiero encontrarte porque te has perdido.

«¡Pero si yo quiero andar así, quiero así mi perdición!» ¿De veras así quieres extraviarte, así quieres perderte? Pues tanto menos lo quiero yo. Me atrevo a decirlo, estoy dispuesto a seguir siendo inoportuno. Oigo al Apóstol que dice: Proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo.

¿A quiénes insistiré a tiempo, y a quiénes a destiempo? A tiempo, a los que quieren escuchar; a destiempo, a quienes no quieren. Soy tan inoportuno que me atrevo a decir: «Tú quieres extraviarte, quieres perderte, pero yo no quiero». Y, en definitiva, no lo quiere tampoco aquel a quien yo temo. Si yo lo quisiera, escucha lo que dice, escucha su increpación: No recogéis a las descarriadas, ni buscáis a las perdidas. ¿Voy a temerte más a ti que a él mismo? Todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo.

De manera que seguiré llamando a las que andan errantes y buscando a las perdidas. Lo haré, quieras o no quieras. Y, aunque en mi búsqueda me desgarren las zarzas del bosque, no dejaré de introducirme en todos los escondrijos, no dejaré de indagar en todas las matas; mientras el Señor a quien temo me dé fuerzas, andaré de un lado a otro sin cesar. Llamaré mil veces a la errante, buscaré a la que se halla a punto de perecer. Si no quieres que sufra, no te alejes, no te expongas a la perdición. No tiene importancia lo que yo sufra por tus extravíos y tus riesgos. Lo que temo es llegar a matar a la oveja sana, si te descuido a ti. Pues oye lo que se dice a continuación: Matáis las ovejas más gordas. Si echo en olvido a la que se extravía y se expone a la perdición, la que está sana sentirá también la tentación de extraviarse y de ponerse en peligro de perecer.



MARTES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Ezequiel 18, 1-13.20-32

Cada uno recibirá la paga de sus acciones

Me vino esta palabra del Señor:

«¿Por qué andáis repitiendo este refrán en la tierra de Israel: "Los padres comieron agraces, y los hijos tuvieron dentera"?

Por mi vida os juro —oráculo del Señor— que nadie volverá a repetir ese refrán en Israel. Sabedlo: todas las vidas son mías; lo mismo que la vida del padre, es mía la vida del hijo; el que peca es el que morirá.

El hombre que es justo, que observa el derecho y la justicia, que no come en los montes, levantando los ojos a los ídolos de Israel, que no profana a la mujer de su prójimo, ni se llega a la mujer en su regla, que no explota, sino que devuelve la prenda empeñada, que no roba, sino que da su pan al hambriento y viste al desnudo; que no presta con usura ni acumula intereses, que aparta la mano de la iniquidad y juzga imparcialmente los delitos, que camina según mis preceptos y guarda mis mandamientos, cumpliéndolos fielmente: ese hombre es justo, y ciertamente vivirá —oráculo del. Señor—.

Si éste engendra un hijo criminal y homicida, que quebranta alguna de estas prohibiciones o no cumple todos estos mandatos, sino que come en los montes y profana a la mujer de su prójimo, que explota al desgraciado y al pobre, que roba y no devuelve la prenda empeñada, que levanta los ojos a los ídolos y comete abominación, que presta con usura y acumula intereses, ciertamente no vivirá; por haber cometido todas esas abominaciones, morirá ciertamente y será responsable de sus crímenes.

El que peca es el que morirá; el hijo no cargará con la culpa del padre, el padre no cargará con la culpa del hijo; sobre el justo recaerá su justicia, sobre el malvado recaerá su maldad.

Si el malvado se convierte de los pecados cometidos y guarda mis preceptos, practica el derecho y la justicia, ciertamente vivirá y no morirá. No se le tendrán en cuenta los delitos que cometió, por la justicia que hizo, vivirá. ¿Acaso quiero yo la muerte del malvado —oráculo del Señor—, y no que se convierta de su conducta y que viva?

Si el justo se aparta de su justicia y comete maldad, imitando las abominaciones del malvado, no se tendrá en cuenta la justicia que hizo: por la iniquidad que perpetro y por el pecado que cometió, morirá.

Comentáis: "No es justo el proceder del Señor". Escuchad, casa de Israel: ¿Es injusto mi proceder?, ¿o no es vuestro proceder el que es injusto? Cuando el justo seaparta de su justicia, comete la maldad y muere, muere por la maldad que cometió. Y cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él mismo salva su vida. Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá. Objeta la casa de Israel: " No es justo el proceder del Señor". ¿Es injusto mi proceder, casa de Israel? ¿No es vuestro proceder el que es injusto?

Pues bien, casa de Israel, os juzgaré a cada uno según su proceder —oráculo del Señor—. Arrepentíos y convertíos de vuestros delitos, y no caeréis en pecado. Quitaos de encima los delitos que habéis perpetrado y estrenad un corazón nuevo y un espíritu nuevo; y así no moriréis, casa de Israel. Pues no quiero la muerte de nadie —oráculo del Señor—. ¡Arrepentíos, y viviréis!»


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Sobre los pastores (Sermón 46, 18-19: CCL 41, 544-546)

La Iglesia, como una vid que crece
y se difunde por doquier

Mis ovejas se desperdigaron y vagaron sin rumbo por montes y altos cerros; mis ovejas se dispersaron por toda la tierra. ¿Qué quiere decir: Se dispersaron por toda la tierra? Son las ovejas que apetecen las cosas terrenas y, porque aman y están prendadas de las cosas que el mundo estima, se niegan a morir, para que su vida quede escondida en Cristo. Por toda la tierra, porque se trata del amor de los bienes de la tierra, y de ovejas que andan errantes por toda la superficie de la tierra. Se encuentran en distintos sitios; pero la soberbia las engendró a todas como única madre, de la misma manera que nuestra única madre, la Iglesia católica, concibió a todos los fieles cristianos esparcidos por el mundo entero.

No tiene, por tanto, nada de sorprendente que la soberbia engendre división, del mismo modo que la caridad engendra la unidad. Sin embargo, es la misma madre católica y el pastor que mora en ella quienes buscan a los descarriados; fortalecen a los débiles, curan .a los enfermos y vendan a los heridos, por medio de diversos pastores, aunque unos y otros no se conozcan entre sí. Pero ella sí que los conoce a todos, puesto que con todos está identificada.

Efectivamente, la Iglesia es como una vid que crece y se difunde por doquier; mientras que las ovejas descarriadas son como sarmientos inútiles, cortados a causa de su esterilidad por la hoz del labrador, no para destruir la vid, sino para purificarla. Los sarmientos aquellos, allí donde fueron podados, allí se quedan. La vid, en cambio, sigue creciendo por todas partes, sin ignorar ni uno solo de los sarmientos que permanecen en ella, de los que junto a ella quedaron podados.

Por eso, precisamente, sigue llamando a los alejados, ya que el Apóstol dice de las ramas arrancadas: Dios tiene poder para injertarlos de nuevo. Lo mismo si te refieres a las ovejas que se alejaron del rebaño, que si piensas en las ramas arrancadas de la vid, Dios no es menos capaz de volver a llamar a las unas y de volver a injertar a las otras, porque él es el supremo pastor, el verdadero labrador. Mis ovejas se dispersaron por toda la tierra, sin que nadie, de aquellos malos pastores, las buscase siguiendo su rastro.

Por eso, pastores, escuchad la palabra del Señor: ¡Lo juro por mi vida! —oráculo del Señor—. Fijaos cómo comienza. Es como si Dios jurase con el testimonio de su vida. ¡Lo juro por mi vida! —oráculo del Señor—. Los pastores murieron, pero las ovejas están seguras, porque el Señor vive. Por mi vida —oráculo del Señor—. ¿Y quiénes son los pastores que han muerto? Los que buscaban su interés y no el de Cristo. ¿Pero es que llegará a haber y se podrá encontrar pastores que no busquen su propio interés, sino el de Cristo? Los habrá sin duda, se los encontrará con seguridad, ni faltan ni faltarán.



MIÉRCOLES

PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Ezequiel 20, 27-44

Historia de la infidelidad de Israel

Hijo de Adán, habla así a la casa de Israel: Esto dice el Señor:

Vuestros padres me ofendieron
cometiendo esta traición:

Cuando los introduje en la tierra
que con la mano en alto había jurado darles,
al ver un collado alto, al ver un árbol copudo
allí hacían sus sacrificios,
allí depositaban su irritante ofrenda,
allí ponían sus oblaciones de aroma que aplaca,
allí vertían sus libaciones.

Entonces les pregunté:

¿Qué hay en ese altozano que frecuentáis?
Y se quedó con el nombre de «altozano» hasta el día de hoy.

Por tanto, dile a la casa de Israel: Esto dice el Señor:
Os contamináis igual que vuestros padres,
fornicáis con sus fetiches,
ofrecéis a vuestros hijos pasándolos por el fuego,
os seguís contaminando con vuestros ídolos,
¿y voy a dejarme consultar por vosotros, casa de Israel?

Por mi vida —oráculo del Señor—,
juro que no me dejaré consultar.

Jamás se realizarán los planes que estáis pensando:
«Seremos como los demás pueblos,
como las razas de otros países, sirviendo al leño y a la piedra».

Por mi vida —oráculo del Señor—,
juro que con mi mano poderosa,
con brazo extendido, con cólera incontenible,
reinaré sobre vosotros,
y os sacaré de los países y os reuniré de entre las naciones
por las que andáis dispersos,
con mano poderosa, con brazo extendido,
con cólera incontenible.

Y os llevaré al desierto de los pueblos
para pleitear allí con vosotros cara a cara.

Igual que pleiteé con vuestros padres en el desierto de Egipto,
así pleitearé con vosotros —oráculo del Señor—.
Os haré pasar bajo el. cayado
y os haré entrar uno a uno por el aro de la alianza,
y excluiré a los rebeldes que se sublevan contra mí;
los sacaré del país de su destierro,
pero no entrarán en la tierra de Israel.

Y sabréis que yo soy el Señor.

A vosotros, casa de Israel, esto os dice el Señor:

Cada uno que vaya a servir a sus ídolos
si no quiere obedecerme,
pero que no siga profanando mi santo nombre con sus ofrendas idolátricas.

Porque en mi santo monte, en el más alto monte de Israel
—oráculo del Señor—,
allí en la tierra, me servirá la casa de Israel toda entera.

Allí los aceptaré, allí os pediré vuestros tributos,
vuestras primicias y vuestros dones sagrados.

Como aroma que aplaca os aceptaré
cuando os saque de los países
y os reúna de entre las naciones
en las que estáis dispersos
y muestre en vosotros mi santidad
a la vista de los paganos.

Y sabréis que yo soy el Señor
cuando os lleve a la tierra de Israel,
al país que con la mano en alto
juré dar a vuestros padres.

Allí cuando os acordéis de vuestra conducta
y de las malas obras con que os contaminasteis,
sentiréis asco de vosotros mismos por las maldades que cometisteis.

Y sabréis que yo soy el Señor
cuando os trate como exige mi nombre,
no según vuestra mala conducta
y vuestras obras perversas, casa de Israel
—oráculo del Señor.


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Sobre los pastores (Sermón 46, 20-21: CCL 41, 546-548)

Haced lo que os digan, pero no hagáis
lo que ellos hacen

Por eso, pastores, escuchad la palabra del Señor. ¿Pero qué es lo que tienen que escuchar? Esto dice el Señor: «Me voy a enfrentar con los pastores; les reclamaré mis ovejas». Oíd y aprended, ovejas de Dios: Dios reclama sus ovejas a los malos pastores y los culpa de su muerte. Pues, por boca del mismo profeta, dice en otra ocasión: A ti, hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la casa de Israel; cuando escuches palabra de mi boca, les darás la alarma de mi parte. Si yo digo al malvado: «¡Malvado, eres reo de muerte!», y tú no hablas poniendo en guardia al malvado para que cambie de conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre; pero, si tú pones en guardia al malvado para que cambie de conducta, si no cambia de conducta, él morirá por su culpa, pero tú has salvado la vida.

¿Qué significa esto, hermanos? ¿Os dais cuenta lo peligroso que puede resultar callarse? El malvado muere, y muere con razón; muere en su pecado y en su. impiedad; pero lo ha matado la negligencia del mal pastor. Pues podría haber encontrado al pastor que vive y que dice: Por mi vida, oráculo del Señor; pero, como fue negligente el que recibió el encargo de amonestarlo y no lo hizo, él morirá con razón, y con razón se condenará el otro. En cambio, como dice el texto sagrado: «Si advirtieses al impío, al que yo hubiese amenazado con la muerte: Eres reo de muerte, y él no se preocupa de evitar la espada amenazadora, y viene la espada y acaba con él, él morirá en su pecado, y tú, en cambio, habrás salvado tu alma". Por eso precisamente, a nosotros nos toca no callarnos; mas vosotros, en el caso de que nos callemos, no dejéis de escuchar las palabras del Pastor en las sagradas Escrituras.

Veamos, pues, ahora, ya que así lo había yo propuesto, si va a quitarles las ovejas a los malos pastores y a dárselas a los buenos. Y veo, efectivamente, que se las quita a los malos. Esto es lo que dice: «Me voy a enfrentar con los pastores; les reclamaré mis ovejas, los quitaré de pastores de mis ovejas. Porque, cuando digo que apacienten a mis ovejas, se apacientan a sí mismos, y no a mis ovejas: Los quitaré de pastores de mis ovejas».

¿Y cómo se las quita, para que no las apacienten? Haced lo que os digan, pero no hagáis lo que hacen. Como Si dijera: «Dicen mis cosas, pero hacen las suyas». Cuando no hacéis lo que hacen los malos pastores, no son ellos los que os apacientan; cuando, en cambio, hacéis lo que os dicen, soy yo vuestro pastor.


 


JUEVES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Ezequiel 24, 15-27

La vida del profeta como signo para el pueblo

Me vino esta palabra del Señor:

«Hijo de Adán, voy a arrebatarte repentinamente el encanto de tus ojos; no llores ni hagas duelo ni derrames lágrimas; aflígete en silencio como un muerto, sin hacer duelo; líate el turbante y cálzate las sandalias; no te emboces la cara ni comas el pan del duelo».

Por la mañana, yo hablaba a la gente; por la tarde, se murió mi mujer; y, a la mañana siguiente, hice lo que se me había mandado. Entonces me dijo la gente:

«¿Quieres explicarnos qué nos anuncia lo que estás haciendo?»

Les respondí:

«Me vino esta palabra del Señor: "Dile a la casa de Israel: `Así dice el Señor: Mira, voy a profanar mi santuario, vuestro soberbio baluarte, el encanto de vuestros ojos, el tesoro de vuestras almas. Los hijos e hijas que dejasteis caerán a espada. Entonces haréis lo que yo he hecho: no os embozaréis la cara ni comeréis el pan del duelo; seguiréis con el turbante en la cabeza y las sandalias en los pies, no lloraréis ni haréis luto; os consumiréis por vuestra culpa y os lamentaréis unos con otros. Ezequiel os servirá de señal: haréis lo mismo que él ha hecho. Y cuando suceda, sabréis que yo soy el Señor'.

Y tú, hijo de Adán, el día que yo les arrebate su baluarte, su espléndida alegría, el encanto de sus ojos, el ansia de sus almas, ese día se te presentará un evadido para comunicarte una noticia. Ese día se te abrirá la boca y podrás hablar, y no volverás a quedar mudo. Les servirás de señal y sabrán que yo soy el Señor"».


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Nipona, Sobre los pastores (Sermón 46, 24-25.27: CCL 41.551-553)

Apacentaré a mis ovejas en ricos pastizales

Las sacaré de entre los pueblos, las congregaré de los países, las traeré a su tierra, las apacentaré en los montes de Israel. Compara a los autores de las sagradas Escrituras con los montes de Israel. En ellas habéis de apacentaros para pacer con seguridad. Saboread bien cuanto en ellas oigáis; rechazad cuanto venga de fuera. Para no extraviaros en la tiniebla, escuchad la voz del pastor. Recogeos en los montes de la sagrada Escritura. En ella se encuentran las delicias de vuestro corazón, en ella no hay nada venenoso, nada extraño; son pastos ubérrimos. Lo único que tenéis que hacer, las que estáis sanas, es acudir a apacentaros en los montes de Israel.

En las cañadas y en los poblados del país. Porque de los montes de los que hemos hablado manaron los ríos de la predicación evangélica, ya que a toda la tierra alcanza su pregón, y la tierra entera se volvió abundante y fecunda para pasto de las ovejas.

Las apacentaré en ricos pastizales, tendrán sus dehesas en los montes más altos de Israel, o sea, donde puedan descansar y decir: «Se está bien»; donde digan: «Es verdad, está claro, no nos han engañado». Descansarán en la gloria de Dios, como si fueran sus dehesas. Se recostaran, es decir, descansarán, en fértiles dehesas.

Y pastarán pastos jugosos en los montes de Israel. Ya hablé de los montes de Israel, de los buenos montes a los que levantamos nuestros ojos para que desde ellos descienda sobre nosotros el auxilio. Pero nuestro auxilio viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra. Por eso, para que nuestra esperanza no se detuviese en los montes, por buenos que fueran, después de decir: Apacentaré a mis ovejas en los montes de Israel, añadió en seguida, para que no te quedases en los montes: Yo mismo apacentaré a mis ovejas. Levanta tus ojos hacia los montes, de donde habrá de venir tu auxilio, pero escúchale decir: Yo mismo las apacentaré. Porque tu auxilio viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

Y concluye así: Y las apacentaré como es debido. Es el único que las apacienta, y que las apacienta como es debido. ¿Qué hombre puede juzgar debidamente a otro hombre? No hay por todas partes más que juicios temerarios. Aquel del que desesperábamos cambia de repente y se convierte en el mejor. Aquel, por el contrario, del que tanto esperábamos falla súbitamente y se vuelve el peor. Ni nuestro temor ni nuestro amor son siempre acertados.

Lo que hoy es cada uno, apenas si uno mismo lo sabe. Aunque, en definitiva, puede llegar a saberlo. Pero, lo que va a ser mañana, ni uno mismo lo sabe. Aquél, en cambio, apacienta a sus ovejas como es debido, dándoles a cada una lo suyo; esto a éstas, aquello a aquéllas, pero siempre a cada una lo que es debido, pues sabe lo que hace. Apacienta como es debido a los que redimió después de haberlos juzgado. Eso es lo que quiere decir que los apacienta como es debido.


 


VIERNES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Ezequiel 28, 1-19

Vaticinio contra Tiro, la ciudad orgullosa

Me vino esta palabra del Señor:

Hijo de Adán, di al príncipe de Tiro: Esto dice el Señor:

Se hinchó tu corazón y dijiste: «Soy Dios,
entronizado en solio de dioses en el corazón del mar»
tú que eres hombre y no dios;
te creías listo como los dioses.

¡Si eres más sabio que Daniel!, ningún enigma se te resiste.

Con tu talento, con tu habilidad, te hiciste una fortuna;
acumulaste oro y plata en tus tesoros.

Con agudo talento de mercader ibas acrecentando tu fortuna;
y tu fortuna te llenó de presunción.

Por eso, así dice el Señor:
Por haberte creído sabio como los dioses,
por eso traigo sobre ti bárbaros pueblos feroces;
desnudarán la espada contra tu belleza y tu sabiduría profanando tu esplendor.

Te hundirán en la fosa,
morirás con muerte ignominiosa en el corazón del mar.
Tú, que eres hombre y no dios, ¿osarás decir: «Soy Dios»,
delante de tus asesinos, en poder de los que te apuñalen?

Morirás con muerte de incircunciso, a manos de bárbaros.

Yo lo he dicho —oráculo del Señor—.

Me vino esta palabra del Señor:

—Hijo de Adan, entona una elegía al rey de Tiro. así dice el Señor:

Eras cuño de perfección,
colmo de sabiduría, de acabada belleza;
estabas en jardín de dioses, revestido de piedras preciosas:
cornalina, topacio y aguamarina,
crisólito, malaquita y jaspe, zafiro, rubí y esmeralda;
de oro afiligranado tus zarcillos y dijes,
preparados el día de tu creación.

Te puse junto a un querube protector de alas extendidas.

Estabas en la montaña sagrada de los dioses,
entre piedras de fuego te paseabas.

Era irreprensible tu conducta desde el día de tu creación
hasta que se descubrió tu culpa.

A fuerza de hacer tratos,
te ibas llenando de atropellos, y pecabas.

Te desterré entonces de la montaña de los dioses
y te expulsó el querube protector
de entre las piedras de fuego.

Te llenó de presunción tu belleza
y tu esplendor te trastornó el sentido;
te arrojó por tierra,
te hice espectáculo para los reyes.

Con tus muchas culpas, con tus sucios negocios, profanaste tu santuario;
hice brotar de tus entrañas fuego que te devoró;
te convertí en ceniza sobre el suelo, a la vista de todos.

Tus conocidos de todos los pueblos se espantaron de ti;
¡siniestro desenlace!, para siempre dejaste de existir.


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Sobre los pastores (Sermón 46, 29-30: CCL 41, 555-557)

Todos los buenos pastores
se identifican con el único pastor

Cristo apacienta a sus ovejas debidamente, discierne a las que son suyas de las que no lo son. Mis ovejas escuchan mi voz —dice— y me siguen.

En estas palabras descubro que todos los buenos pastores se identifican con este único pastor. No es que falten buenos pastores, pero todos son como los miembros del único pastor. Si hubiera muchos pastores, habría división, y, porque aquí se recomienda la unidad, se habla de un único pastor. Si se silencian los diversos pastores y se habla de un único pastor, no es porque el Señor no encontrara a quien encomendar el cuidado de sus ovejas, pues cuando encontró a Pedro las puso bajo su cuidado. Pero incluso en el mismo Pedro el Señor recomendó la unidad. Eran muchos los apóstoles, pero sólo a Pedro se le dice: Apacienta mis ovejas. Dios no quiera que falten nunca buenos pastores, Dios no quiera que lleguemos a vernos faltos de ellos; ojalá no deje el Señor de suscitarlos y consagrarlos.

Ciertamente que, si existen buenas ovejas, habrá también buenos pastores, pues de entre las buenas ovejas salen los buenos pastores. Pero hay que decir que todos los buenos pastores son, en realidad, como miembros del único pastor y forman una sola cosa con él. Cuando ellos apacientan, es Cristo quien apacienta. Los amigos del esposo no pretenden hacer oír su propia voz, sino que se complacen en que se oiga la voz del esposo. Por esto, cuando ellos apacientan, es el Señor quien apacienta; aquel Señor que puede decir por esta razón: «Yo mismo apaciento», porque la voz y la caridad de los pastores son la voz y la caridad del mismo Señor. Esta es la razón por la que quiso que también Pedro, a quien encomendó sus propias ovejas como a un semejante, fuera una sola cosa con él: así pudo entregarle el cuidado de su propio rebaño, siendo Cristo la cabeza y Pedro como el símbolo de la Iglesia que es su cuerpo; de esta manera, fueron dos en una sola carne, a semejanza de lo que son el esposo y la esposa.

Así, pues, para poder encomendar a Pedro sus ovejas, sin que con ello pareciera que las ovejas quedaban encomendadas a otro pastor distinto de sí mismo, el Señor le pregunta: «Pedro, ¿me amas?» El respondió: «Te amo». Y le dice por segunda vez: «¿Me amas?» Y respondió: «Te amo». Y le pregunta aún por tercera vez: «¿Me amas?» Y respondió: «Te amo». Quería fortalecer el amor para reforzar así la unidad. De este modo, el que es único apacienta a través de muchos, y los que son muchos apacientan formando parte del que es único.

Y parece que no se habla de los pastores, pero sí se habla. Los pastores pueden gloriarse, pero el que se gloría que se gloríe del Señor. Esto es hacer que Cristo sea el pastor, esto es apacentar para Cristo, esto es apacentar en Cristo, y no tratar de apacentarse a sí mismo al margen de Cristo. No fue por falta de pastores —como anunció el profeta que ocurriría en futuros tiempos de desgracia—que el Señor dijo: Yo mismo apacentaré a mis ovejas, como si dijera: «No tengo a quien encomendarlas». Porque, cuando todavía Pedro y los demás apóstoles vivían en este mundo, aquel que es el único pastor, en el que todos los pastores son uno, dijo: Tengo otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo Pastor.

Que todos se identifiquen con el único pastor y hagan oír la única voz del pastor, para que la oigan las ovejas y sigan al único pastor, y no a éste o a aquél, sino al único. Y que todos en él hagan oír la misma voz, y que no tenga cada uno su propia voz: Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo: poneos de acuerdo y no andéis divididos. Que las ovejas oigan esta voz, limpia de toda división y purificada de toda herejía, y que sigan a su pastor, que les dice: Mis ovejas escuchan mi voz y me siguen.



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Ezequiel 34, 1-6.11-16.23-31

Israel, rebaño del Señor

Me vino esta palabra del Señor:

«Hijo de Adán, profetiza contra los pastores de Israel, profetiza, diciéndoles: "¡Pastores!, esto dice el Señor: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No son las ovejas lo que tienen que apacentar los pastores? Os coméis su enjundia, os vestís con su lana; matáis las más gordas, y las ovejas no las apacentáis. No fortalecéis a las débiles, ni curáis a las enfermas, ni vendáis a las heridas; no recogéis a las descarriadas, ni buscáis las perdidas, y maltratáis brutalmente a las fuertes. Al no tener pastor, se desperdigaron y fueron pasto de las fieras del campo. Mis ovejas se desperdigaron y vagaron sin rumbo por montes y altos cerros; mis ovejas se dispersaron por toda la tierra, sin que nadie las buscase, siguiendo su rastro.

Así dice el Señor Dios: Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas, siguiendo su rastro. Como sigue el pastor el rastro de su rebaño, cuando las ovejas se le dispersan, así seguiré yo el rastro de mis ovejas y las libraré, sacándolas de todos los lugares por donde se desperdigaron un día de oscuridad y nubarrones. Las sacaré de entre los pueblos, las congregaré de los países, las traeré a su tierra, las apacentaré en los montes de Israel, en las cañadas y en los poblados del país. Las apacentaré en ricos pastizales, tendrán sus dehesas en los montes más altos de Israel; se recostarán en fértiles dehesas y pastarán pastos jugosos en los montes de Israel.

Yo mismo apacentaré mis ovejas, yo mismo las haré sestear —oráculo del Señor Dios—. Buscaré las ovejas perdidas, recogeré a las descarriadas; vendaré a las heridas, curaré a las enfermas; a las gordas y fuertes las guardaré y las apacentaré como es debido. Les daré un pastor único que las pastoree: mi siervo David; él las apacentará, él será su pastor. Yo, el Señor, seré su Dios, y mi siervo David, príncipe en medio de ellos. Yo, el Señor, lo he dicho.

Haré con ellos alianza de paz: descastaré de la tierra los animales dañinos; acamparán seguros en el desierto, dormirán en los bosques. Ellos y mi colina toda a la redonda serán una bendición: enviaré lluvias a su tiempo, una bendición de lluvias. El árbol del campo dará su fruto, y la tierra dará su cosecha, y ellos estarán seguros en su territorio. Sabrán que yo soy el Señor, cuando haga saltar las coyundas de su yugo y los libre del poder de los tiranos. No volverán a ser botín de las naciones, ni los devorarán las fieras del campo; vivirán seguros, sin sobresaltos.

Les daré un plantío famoso: no volverá a haber muertos de hambre en el país, ni tendrán que soportar la burla de los pueblos. Y sabrán que yo, el Señor, soy su Dios, y ellos son mi pueblo, la casa de Israel —oráculo del Señor—. Y vosotros sois mis ovejas, ovejas de mi rebaño, y yo soy vuestro Dios —oráculo del Señor—"».


SEGUNDA LECTURA

San Gregorio Magno, Homilía sobre el libro del profeta Ezequiel (Lib 2, Hom 4, 19-20: CCL 142, 271-273)

Cristo se hizo carne para hacernos
a nosotros espirituales

Es bueno considerar quiénes somos los que reflexionamos sobre estos temas. No hay duda de que venimos de la gentilidad, y no es menos cierto que nuestros antepasados adoraron al leño y a la piedra. ¿De dónde, pues, nos viene a nosotros la posibilidad de explorar aquellos misterios del profeta Ezequiel, tan profundos que ni siquiera los hebreos han conseguido hasta la fecha explicar? Demos, pues, gracias al único que llevó a la práctica todo cuanto de él estaba escrito en la sagrada Escritura, de modo que lo que no era posible entender con la simple escucha, quedase patente a los testigos oculares.

Allí, efectivamente, se contiene la encarnación, allí la pasión, la resurrección y la ascensión de Cristo. Pero, ¿quién de nosotros hubiera dado fe a estas cosas por el simple testimonio del oído, si no le constase de su realización? El león de la tribu de Judá abrió, pues, el rollo sellado, como leemos en el Apocalipsis de Juan, rollo que nadie podía abrir y ver su contenido, porque en su pasión y resurrección nos reveló todos sus misterios. Y al tomar sobre sí los males de nuestra debilidad, nos mostró los bienes de su poder y claridad.

En efecto, él se hizo carne para hacernos a nosotros espirituales, en su bondad se rebajó para enaltecernos, salió para hacernos entrar, apareció visible para mostrarnos lo invisible, aguantó la flagelación para sanarnos, soportó los ultrajes y las burlas para liberarnos del eterno oprobio, murió para darnos la vida. Demos, pues, gracias al muerto y dador de vida, y tanto más dador de vida cuanto que fue muerto. Por eso, Isaías, que había contemplado claramente nuestra salvación y su pasión, dice: El Señor se alzará para ejecutar su obra, obra extraña; para cumplir su tarea, tarea inaudita.

Ahora bien, la obra de Dios es reunir las almas que él creó y conducirlas a los goces de la luz eterna. En cambio, ser flagelado, cubierto de salivazos, crucificado, muerto y sepultado, esto no es en absoluto obra de Dios, sino obra del hombre pecador, quien mereció todo esto por el pecado. Jesús, cargado de nuestros pecados, subió al leño. Y el que en su naturaleza permanece incomprensible, en nuestra naturaleza se ha dignado ser comprendido y flagelado, pues de no haber asumido lo que es propio de nuestra debilidad, jamás nos habría sublimado a la fortaleza de su poder.

Así pues, el Señor se alzará para ejecutar su obra, obra extraña; para cumplir su tarea, tarea inaudita, pues Dios se encarnó para cobijarnos al amparo de su justicia; por nosotros quiso ser azotado como un hombre pecador. Ejecutó la obra ajena, para realizar la propia, ya que al asumir nuestra debilidad y soportar nuestra taras, nos condujo, a nosotros, que somos criaturas suyas, a la gloria de su fortaleza, en la que vive y reina con Dios Padre en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

 


DOMINGO XXXIV DEL TIEMPO ORDINARIO
JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO
Solemnidad


PRIMERA LECTURA

Del libro del Apocalipsis 1, 4-6.10.12-18; 2, 26.28; 3, 5.12.20-21

Visión del Hijo del hombre en su majestad

Gracia y paz a vosotros de parte del que es y era y viene, de parte de los siete espíritus que están ante su trono y de parte de Jesucristo, el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra. Aquel que nos amó nos ha librado de nuestros peca-dos por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

Un domingo caí en éxtasis y oí a mis espaldas una voz potente, como una trompeta. Me volví a ver quién me hablaba, y, al volverme, vi siete candelabros de oro, y en medio de ellos una figura humana, vestida de larga túnica, con un cinturón de oro a la altura del pecho. El pelo de su cabeza era blanco como lana, como nieve; sus ojos llameaban, sus pies parecían bronce incandescente en la fragua, y era su voz como el estruendo del océano. Con la mano derecha sostenía siete estrellas, de su boca salía una espada aguda de dos filos, y su semblante resplandecía como el sol en plena fuerza.

Al verlo, caí a sus pies como muerto. El puso la mano derecha sobre mí y dijo:

«No temas: Yo soy el primero y el último, yo soy el que vive. Estaba muerto, y, ya ves, vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del abismo.

Al que salga vencedor, cumpliendo hasta el final mis obras, le daré autoridad sobre las naciones, la misma que yo tengo de mi Padre; le daré el lucero de la mañana y no borraré su nombre del libro de la vida, pues ante mi Padre y ante sus ángeles reconoceré su nombre. Lo haré columna del santuario de mi Dios, y ya no saldrá nunca de él; grabaré en él el nombre de mi Dios, el nombre de la ciudad de mi Dios, la nueva Jerusalén que baja del cielo de junto a mi Dios, y mi nombre nuevo.

Estoy a la puerta llamando: si alguien oye y me abre, entraré y comeremos juntos. Al que salga vencedor lo sentaré en mi trono, junto a mí; lo mismo que yo, cuando vencí, me senté en el trono de mi Padre, junto a él».


SEGUNDA LECTURA

Orígenes, Opúsculo sobre la oración (Cap 25: PG 11, 495-499)

Venga a nosotros tu reino

Si, como dice nuestro Señor y Salvador, el reino de Dios no vendrá espectacularmente, ni anunciarán que está aquí o está allí, sino que el reino de Dios está dentro de nosotros, pues la palabra está cerca de nosotros, en los labios y en el corazón, sin duda, cuando pedimos que venga el reino de Dios, lo que pedimos es que este reino de Dios, que está dentro de nosotros, salga afuera, produzca fruto y se vaya perfeccionando. Efectivamente, Dios reina ya en cada uno de los santos, ya que éstos se someten a su ley espiritual, y así Dios habita en ellos como en una ciudad bien gobernada. En el alma perfecta está presente el Padre, y Cristo reina en ella, junto con el Padre, de acuerdo con aquellas palabras del Evangelio: Vendremos a él y haremos morada en él.

Este reino de Dios que está dentro de nosotros llegará, con nuestra cooperación, a su plena perfección cuando se realice lo que dice el Apóstol, esto es, cuando Cristo, una vez sometidos a él todos sus enemigos, entregue a Dios Padre su reino, y así Dios lo será todo para todos. Por esto, rogando incesantemente con aquella actitud interior que se hace divina por la acción del Verbo, digamos a nuestro Padre que está en los cielos: Santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino.

Con respecto al reino de Dios, hay que tener también esto en cuenta: del mismo modo que no tiene que ver la luz con las tinieblas, ni la justicia con la maldad, ni pueden estar de acuerdo Cristo y el diablo, así tampoco pueden coexistir el reino de Dios y el reino del pecado.

Por consiguiente, si queremos que Dios reine en nosotros, procuremos que de ningún modo el pecado siga dominando nuestro cuerpo mortal, antes bien, mortifiquemos todo lo terreno que hay en nosotros y fructifiquemos por el Espíritu; de este modo, Dios se paseará por nuestro Interior como por un paraíso espiritual y reinará en nosotros él solo con su Cristo, el cual se sentará en nosotros a la derecha de aquella virtud espiritual que deseamos alcanzar: se sentará hasta que todos sus enemigos que hay en nosotros sean puestos por estrado de sus pies, y sean reducidos a la nada en nosotros todos los principados, todos los poderes y todas las fuerzas.

Todo esto puede realizarse en cada uno de nosotros, y el último enemigo, la muerte, puede ser reducido a la nada, de modo que Cristo diga también en nosotros: ¿Dónde está, muerte, su victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón? Ya desde ahora este nuestro ser, corruptible, debe revestirse de santidad y de incorrupción, y este nuestro ser, mortal, debe revestirse de la inmortalidad del Padre, después de haber reducido a la nada el poder de la muerte, para que así, reinando Dios en nosotros, comencemos ya a disfrutar de los bienes de la regeneración y de la resurrección.

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS


 


LUNES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Ezequiel 36, 16-36

Futura restauración del pueblo de Dios
en el cuerpo, el corazón y el espíritu

Me vino esta palabra del Señor:

«Hijo de Adán, cuando la casa de Israel habitaba en su tierra, la profanó con su conducta, con sus acciones; como sangre inmunda fue su proceder ante mí. Entonces derramé mi cólera sobre ellos, por la sangre que habían derramado en el país, por haberlo profanado con sus idolatrías. Los esparcí entre las naciones, anduvieron dispersos por los países; según su proceder, según sus acciones los sentencié.

Cuando llegaron a las naciones donde se fueron, profanaron mi santo nombre; decían de ellos: "Estos son el pueblo del Señor, de su tierra han salido".

Sentí lástima de mi santo nombre, profanado por la casa de Israel en las naciones a las que se fue.

Por eso, di a la casa de Israel: "Esto dice el Señor: No lo hago por vosotros, casa de Israel, sino por mi santo nombre, profanado por vosotros, en las naciones a las que habéis ido. Mostraré la santidad de mi nombre grande, profanado entre los gentiles, que vosotros habéis profanado en medio de ellos; y conocerán los gentiles que yo soy el Señor —oráculo del Señor—, cuando les haga ver mi santidad al castigaros.

Os recogeré de entre las naciones, os reuniré de todos los países, y os llevaré a vuestra tierra. Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará: de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar; y os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis mandatos. Y habitaréis en la tierra que di a vuestrospadres. Vosotros seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios. Os libraré de vuestras inmundicias, llamaré al grano y lo haré abundar y no os dejaré pasar hambre; haré que abunden los frutos de los árboles y las cosechas de los campos, para que no os insulten los gentiles llamándoos muertos de hambre. Al acordaros de vuestra conducta perversa y de vuestras malas obras, sentiréis asco de vosotros mismos por vuestras culpas y abominaciones. Sabedlo bien, no lo hago por vosotros —oráculo del Señor—; avergonzaos y sonrojaos de vuestra conducta, casa de Israel.

Esto dice el Señor: Cuando os purifique de vuestras culpas, haré que se repueblen las ciudades y que las ruinas se reconstruyan. Volverán a labrar la tierra asolada, después de haber estado baldía a la vista de los caminantes. Dirán: `Esta tierra desolada está hecha un paraíso, y las ciudades arrasadas, desiertas, destruidas, son plazas fuertes habitadas'. ¡Y los pueblos que queden en vuestro contorno sabrán que yo, el Señor, reedifico lo destruido y planto lo arrasado. Yo, el Señor, lo digo y lo hago"».


SEGUNDA LECTURA

San León Magno, Sermón 95 sobre las bienaventuranzas (1-2: CCL 138A, 582-584)

Meteré mi ley en su pecho

Amadísimos hermanos: Al predicar nuestro Señor Jesucristo el Evangelio del reino, y al curar por toda Galilea enfermedades de toda especie, la fama de sus milagros se había extendido por toda Siria, y, de toda la Judea, inmensas multitudes acudían al médico celestial. Como a la flaqueza humana le cuesta creer lo que no ve y esperar lo que ignora, hacía falta que la divina sabiduría les concediera gracias corporales y realizara visibles milagros, para animarles y fortalecerles, a fin de que, al palpar su poder bienhechor, pudieran reconocer que su doctrina era salvadora.

Queriendo, pues, el Señor convenir las curaciones externas en remedios internos y llegar, después de sanar los cuerpos, a la curación de las almas, apartándose de las turbas que lo rodeaban, y llevándose consigo a los apóstoles, buscó la soledad de un monte próximo. Quería enseñarles lo más sublime de su doctrina, y la mística cátedra y demás circunstancias que de propósito escogió daban a entender que era el mismo que en otro tiempo se dignó hablar a Moisés. Mostrando, entonces, más bien su terrible justicia; ahora, en cambio, su bondadosa clemencia. Y así se cumplía lo prometido, según las palabras de Jeremías: Mirad que llegan días —oráculo del Señor— en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva. Después de aquellos días —oráculo del Señor—meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones.

Así, pues, el mismo que habló a Moisés fue el que habló a los apóstoles, y era también la ágil mano del Verbo la que grababa en lo íntimo de los corazones de sus discípulos los decretos del nuevo Testamento; sin que hubiera, como en otro tiempo, densos nubarrones que lo ocultaran, ni terribles truenos y relámpagos que aterrorizaran al pueblo, impidiéndole acercarse a la montaña, sino una sencilla charla que llegaba tranquilamente a los oídos de los circunstantes. Así era como el rigor de la ley se veía suplantado por la dulzura de la gracia, y el espíritu de hijos adoptivos sucedía al de esclavitud en el temor.

Las mismas divinas palabras de Cristo nos atestiguan cómo es la doctrina de Cristo, de modo que los que anhelan llegar a la bienaventuranza eterna puedan identificar los peldaños de esa dichosa subida. Y así dice: Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Podría no entenderse de qué pobres hablaba la misma Verdad, si, al decir: Dichosos los pobres, no hubiera añadido cómo había de entenderse esa pobreza; porque podría parecer que para merecer el reino de los cielos basta la simple miseria en que se ven tantos por pura necesidad, que tan gravosa y molesta les resulta. Pero, al decir: Dichosos los pobres en el espíritu, da a entender que el reino de los cielos será de aquellos que lo han merecido más por la humildad de sus almas que por la carencia de bienes.


 


MARTES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Ezequiel 37,1-14

Visión sobre la resurrección del pueblo de Dios

En aquellos días, la mano del Señor se posó sobre mí y, con su Espíritu, el Señor me sacó y me colocó en medio de un valle todo lleno de huesos. Me hizo dar vueltas y vueltas en torno a ellos: eran innumerables sobre la superficie del valle y estaban completamente secos. Me preguntó:

«Hijo de Adán, ¿podrán revivir estos huesos?» Yo respondí.

«Señor, tú lo sabes».

Él me dijo:

«Pronuncia un oráculo sobre estos huesos y diles: "¡Huesos secos, escuchad la palabra del Señor! Así dice el Señor a estos huesos: Yo mismo traeré sobre vosotros espíritu, y viviréis. Pondré sobre vosotros tendones, haré crecer sobre vosotros carne, extenderé sobre vosotros piel, os infundiré espíritu, y viviréis. Y sabréis que yo soy el Señor"».

Y profeticé como me había ordenado y, a la voz de mi oráculo, hubo un estrépito, y los huesos se juntaron hueso con hueso. Me fijé en ellos: tenían encima tendones, la carne había crecido, y la piel los recubría; pero no tenían espíritu. Entonces me dijo:

«Conjura al espíritu, conjura, hijo de Adán, y di al espíritu: "Así dice el Señor: De los cuatro vientos ven, espíritu, y sopla sobre estos muertos para que vivan"».

Yo profeticé como me había ordenado; vino sobre ellos el espíritu, y revivieron y se pusieron en pie. Era una multitud innumerable. Y me dijo:

«Hijo de Adán, estos huesos son la entera casa de Israel, que dice: "Nuestros huesos están secos, nuestra esperanza ha perecido, estamos destrozados". Por eso, profetiza y diles: "Así dice el Señor: Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel. Y, cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que soy el Señor. Os infundiré mi espíritu, y viviréis; os colocaré en vuestra tierra y sabréis que yo, el Señor, lo digo y lo hago". Oráculo del Señor».
 

SEGUNDA LECTURA

San León Magno, Sermón 95 sobre las bienaventuranzas (2-3: CCL 138A, 584-585)

Dichosos los pobres en el espíritu

No puede dudarse de que los pobres consiguen con más facilidad que los ricos el don de la humildad, ya que los pobres, en su indigencia, se familiarizan fácilmente con la mansedumbre y, en cambio, los ricos se habitúan fácilmente a la soberbia. Sin embargo, no faltan tampoco ricos adornados de esta humildad y que de tal modo usan de sus riquezas que no se ensoberbecen con ellas, sino que se sirven más bien de ellas para obras de caridad, considerando que su mejor ganancia es emplear los bienes que poseen en aliviar la miseria de sus prójimos.

El don de esta pobreza se da, pues, en toda clase de hombres y en todas las condiciones en las que el hombre puede vivir, pues pueden ser iguales por el deseo incluso aquellos que por la fortuna son desiguales, y poco importan las diferencias en los bienes terrenos si hay igualdad en las riquezas del espíritu. Bienaventurada es, pues, aquella pobreza que no se siente cautivada por el amor de bienes terrenos ni pone su ambición en acrecentar las riquezas de este mundo, sino que desea más bien los bienes del cielo.

Después del Señor, los apóstoles fueron los primeros que nos dieron ejemplo de esta magnánima pobreza, pues, al oír la voz del divino Maestro, dejando absolutamente todas las cosas, en un momento pasaron de pescadores de peces a pescadores de hombres y lograron, además, que muchos otros, imitando su fe, siguieran esta misma senda. En efecto, muchos de los primeros hijos de la Iglesia, al convertirse a la fe, no teniendo más que un solo corazón y una sola alma, dejaron sus bienes y posesiones y, abrazando la pobreza, se enriquecieron con bienes eternos y encontraban su alegría en seguir las enseñanzas de los apóstoles, no poseyendo nada en este mundo y teniéndolo todo en Cristo.

Por eso, el bienaventurado apóstol Pedro, cuando, al subir al templo, se encontró con aquel cojo que le pedía limosna, le dijo: No tengo plata ni oro, te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo, echa a andar.

¿Qué cosa más sublime podría encontrarse que esta humildad? ¿Qué más rico que esta pobreza? No tiene la ayuda del dinero, pero posee los dones de la naturaleza. Al que su madre dio a luz deforme, la palabra de Pedro lo hace sano; y el que no pudo dar la imagen del César grabada en una moneda a aquel hombre que le pedía limosna, le dio, en cambio, la imagen de Cristo al devolverle la salud.

Y este tesoro enriqueció no sólo al que recobró la facultad de andar, sino también a aquellos cinco mil hombres que, ante esta curación milagrosa, creyeron en la predicación de Pedro. Así, aquel pobre apóstol, que no tenía nada que dar al que le pedía limosna, distribuyó tan abundantemente la gracia de Dios que dio no sólo el vigor a las piernas del cojo, sino también la salud del alma a aquella ingente multitud de creyentes, a los cuales había encontrado sin fuerzas y que ahora podían ya andar ligeros siguiendo a Cristo.


 


MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Ezequiel 37, 15-28

Anuncio simbólico de la unión entre Judá e Israel

Me vino esta palabra del Señor:

«Y tú, hijo de Adán, cógete una vara y escribe en ella "Judá"; coge luego otra vara y escribe en ella "José".

Empálmalas la una con la otra, de modo que formen una sola vara y queden unidas en tu mano. Y cuando te pregunten tus paisanos: "Explícanos lo que quieres decir", respóndeles: "Así dice el Señor: Voy a coger la vara de José y a empalmarla con la vara de Judá, de modo que formen una sola vara y queden unidas en mi mano".

Toma en la mano las varas escritas y, enseñándoselas, diles: "Esto dice el Señor: Yo voy a recoger a los israelitas por las naciones adonde marcharon, voy a congregarlos de todas partes y los voy a repatriar. Los haré un solo pueblo en su país, en los montes de Israel, y un solo rey reinará sobre todos ellos. No volverán a ser dos naciones ni a desmembrarse en dos monarquías. No volverán a contaminarse con sus ídolos y fetiches y con todos sus crímenes. Los libraré de sus pecados y prevaricaciones, los purificaré: ellos serán mi pueblo, y yo seré su Dios.

Mi siervo David será su rey, el único pastor de todos ellos. Caminarán según mis mandamientos y cumplirán mis preceptos, poniéndolos por obra. Habitarán en la tierra que le di a mi siervo Jacob, en la que habitaron vuestros padres; allí vivirán para siempre, ellos y sus hijos y sus nietos; y mi siervo David será su príncipe para siempre.

Haré con ellos una alianza de paz, alianza eterna pactaré con ellos. Los estableceré, los acrecentaré y pondré entre ellos mi santuario para siempre; tendré mi morada junto a ellos, yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo.

Y sabrán las naciones que yo soy el Señor que consagra a Israel, cuando esté entre ellos mi santuario para siempre"».


SEGUNDA LECTURA

San León Magno, Sermón 95 sobre las bienaventuranzas (4-5: CCL 138A, 585-587)

La dicha del reino de Cristo

Después de hablar de la pobreza, que tanta felicidad proporciona, siguió el Señor diciendo: Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados. Queridísimos hermanos, el llanto al que está vinculado un consuelo eterno es distinto de la aflicción de este mundo. Los lamentos que se escuchan en este mundo no hacen dichoso a nadie. Es muy distinta la razón de ser de los gemidos de los santos, la causa que produce lágrimas dichosas. La santa tristeza deplora el pecado, el ajeno y el propio. Y la amargura no es motivada por la manera de actuar de la justicia divina, sino por la maldad humana. Y, en este sentido, más hay que deplorar la actitud del que obra mal que la situación del que tiene que sufrir por causa del malvado, porque al injusto su malicia le hunde en el castigo; en cambio, al justo su paciencia lo lleva a la gloria.

Sigue el Señor: Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. Se promete la posesión de la tierra a los sufridos y mansos, a los humildes y sencillos y a los que están dispuestos a tolerar toda clase de injusticias. No se ha de mirar esta herencia como vil y deleznable, como si estuviera separada de la patria celestial; de lo contrario no se entiende quién podría entrar en el reino de los cielos. Porque la tierra prometida a los sufridos, en cuya posesión han de entrar los mansos, es la carne de los santos. Esta carne vivió en humillación, por eso mereció una resurrección que la transforma y la reviste de inmortalidad gloriosa, sin temer nada que pueda contrariar al espíritu, sabiendo que van a estar siempre de común acuerdo.

Porque entonces el hombre exterior será la posesión pacífica e inamisible del hombre interior.

Y así, los sufridos heredarán en perpetua paz y sin mengua alguna la tierra prometida, cuando esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Entonces, lo que fue riesgo será premio, y lo que fue gravoso se convertirá en honroso.


 


JUEVES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Ezequiel 38, 14-39, 10

Visión de los últimos días

"Hijo de Adán, profetiza contra Gog:

Esto dice el Señor: Aquel día, cuando mi pueblo, Israel, habite confiado, te despertarás y vendrás desde tu territorio, desde el norte remoto, con tropas aliadas incontables, todos montados a caballo, una gran milicia, un ejército inmenso, y atacarás a mi pueblo, Israel, lo mismo que un nublado, hasta cubrir el país. Al cabo de los años te traeré contra mi país, para que, al ver mi santidad actuando sobre ti, Gog, me reconozcan las naciones.

Esto dice el Señor: Tú eres aquel de quien hablé antiguamente por medio de mis siervos los profetas de Israel; ya entonces profetizaron que yo te traería contra ellos. Aquel día, cuando Gog invada la tierra de Israel —oráculo del Señor—, brotará mi cólera y mi indignación. En el fuego de mi furia y en mi pasión lo juro: aquel día habrá un gran terremoto en la tierra de Israel, temblarán ante mí los peces del mar y las aves del cielo, las fieras salvajes y los reptiles del suelo y todos los hombres de la superficie de la tierra. Se derrumbarán las montañas, los riscos se despeñarán y las murallas se desplomarán. Daré cita contra él a la espada —oráculo del Señor—, y la espada de cada uno se volverá contra su hermano. Pleitearé con él con peste y con sangre; haré que lluevan trombas de agua y granizo, fuego y azufre sobre él y sus huestes y sus tropas aliadas incontables. Mostraré mi grandeza y mi santidad y me daré a conocer a muchas naciones, y sabrán que yo soy el Señor.

Y tú, hijo de Adán, profetiza así contra Gog:

Esto dice el Señor: Aquí estoy contra ti, Gog, adalid y caudillo de Mesec y Tubal, voy a revolverte y a sacarte, te levantaré en el norte remoto y te llevaré a los montes de Israel. De un golpe te tiraré el arco de la mano izquierda y las flechas se te caerán de la mano derecha. En los montes de Israel caeréis tú con tus huestes y las tropas que vienen contigo. Te daré como pasto a todas las aves de rapiña y a las fieras salvajes. Caerás en campo abierto, pues yo lo he dicho —oráculo del Señor—. Enviaré fuego contra Magog y los que habitan confiados en las islas, para que sepan que yo soy el Señor. Daré a conocer mi nombre santo en medio de mi pueblo, Israel; ya no profanaré mi nombre santo, y sabrán las naciones que yo soy el Señor, el Santo de Israel. Mira que llega, que sucede —oráculo del Señor—: es el día que predije.

Saldrán los vecinos de las villas de Israel y prenderán y quemarán las armas: arco y flechas, adarga y escudo, venablo y jabalina; harán fuego con ellas durante siete años. No tendrán que acarrear leña del monte, no tendrán que cortarla en los bosques, pues harán fuego con las armas. Saquearán a sus saqueadores y despojarán a sus despojadores —oráculo del Señor—".
 

SEGUNDA LECTURA

San León Magno, Sermón 95 sobre las bienaventuranzas (6-7: CCL 138A, 587-588)

Feliz el alma que ambiciona este manjar

Después de esto, el Señor prosiguió, diciendo: Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados. Esta hambre no desea nada corporal, esta sed no apetece nada terreno; el bien de que anhela saciarse consiste en la justicia, y el objeto por el que suspira es penetrar en el conocimiento de los misterios ocultos, hasta saciarse del mismo Dios.

Feliz el alma que ambiciona este manjar y anhela esta bebida; ciertamente no la desearía si no hubiese gustado ya antes de su suavidad. De esta dulzura, el alma recibió ya una pregustación, al oír al profeta que le decía: Gustad y ved qué bueno es el Señor; con esta pregustación, tanto se inflamó en el amor de los placeres castos que, abandonando todas las cosas temporales, sólo puso ya su afecto en comer y beber la justicia, adhiriéndose a aquel primer mandamiento que dice: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Porque amar la justicia no es otra cosa sino amar a Dios.

Y como este amor de Dios va siempre unido al amor que se interesa por el bien del prójimo, el hambre de la justicia se ve acompañada de la virtud de la misericordia; por ello, se añade a continuación: Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Reconoce, oh cristiano, la altísima dignidad de esta tu sabiduría, y entiende bien cuál ha de ser tu conducta y cuáles los premios que se te prometen. La misericordia quiere que seas misericordioso, la justicia desea que seas justo, pues el Creador quiere verse reflejado en su criatura, y Dios quiere ver reproducida su imagen en el espejo del corazón humano, mediante la imitación que tú realizas de las obras divinas. No quedará frustrada la fe de los que así obran, tus deseos llegarán a ser realidad, y gozarás eternamente de aquello que es el objeto de tu amor.

Y porque todo será limpio para ti, a causa de la limosna, llegarás también a gozar de aquella otra bienaventuranza que te promete el Señor, como consecuencia de lo que hasta aquí se te ha dicho: Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios.



VIERNES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Ezequiel 40, 1-4; 43, 1-12; 44, 6-9

Visión sobre la restauración del templo y de Israel

El año veinticinco de nuestra deportación, el diez del mes, día de año nuevo, el año catorce de la caída de la ciudad, ese mismo día, vino sobre mí la mano del Señor, y el Señor me llevó en éxtasis a la tierra de Israel, dejándome en un monte muy alto, en cuya cima se erguía una mole con traza de ciudadela.

Me llevó allí, y vi junto a la puerta un hombre que parecía de bronce: tenía en la mano un cordel de lino y una caña de medir. Este hombre me dijo:

«Hijo de Adán, mira y escucha atentamente, fíjate bien en lo que voy a enseñarte, porque has sido traído aquí para que yo te lo enseñe. Anuncia a la casa de Israel todo lo que veas».

Me condujo a la puerta oriental: vi la gloria del Dios de Israel que venía de oriente, con estruendo de aguas caudalosas; la tierra reflejó su gloria. La visión que tuve era como la visión que había contemplado cuando vino a destruir la ciudad, como la visión que había contemplado a orillas del río Quebar. Y caí rostro en tierra. La gloria del Señor entró en el templo por la puerta oriental. Entonces me arrebató el espíritu y me llevó al atrio interior. La gloria del Señor llenaba el templo. Entonces oí a uno que me hablaba desde el templo —el hombre seguía a mi lado—, y me decía:

«Hijo de Adán, éste es el sitio de mi trono, el sitio de las plantas de mis pies, donde voy a residir para siempre en medio de los hijos de Israel. La casa de Israel y sus monarcas ya no profanarán mi nombre santo con sus fornicaciones ni con los cadáveres de sus reyes difuntos. Poniendo su umbral junto a mi umbral y las jambas de sus puertas pegadas a las mías —ellos y yo pared por medio—, profanaron mi nombre santo con las abominaciones que perpetraron, y por eso los consumió mi ira. Pero ahora alejarán de mí sus fornicaciones y los cadáveres de sus monarcas, y residiré en medio de ellos para siempre

Y tú, hijo de Adán, describe a la casa de Israel el templo, a ver si se avergüenzan de sus culpas. Al medir el plano, se avergonzarán de lo que hicieron. La estructura y disposición del templo, sus entradas y salidas, sus preceptos y leyes, enséñaselos y diséñaselos, para que pongan por obra todas sus leyes y preceptos. El área entera de la cima del monte es lugar sacrosanto. Esta es la ley del templo.

Dile a la casa rebelde, a la casa de Israel: "Basta ya de perpetrar abominaciones, casa de Israel. Profanáis mi templo, metiendo en mi santuario extranjeros, incircuncisos de corazón e incircuncisos de carne, y ofreciéndome como alimento grasa y sangre, mientras quebrantáis mi alianza con vuestras abominaciones. En vez de atender al servicio de mis cosas santas, les encargáis a ellos el servicio de mi santuario. Por tanto, esto dice el Señor: Ningún extranjero, incircunciso de corazón e incircunciso de carne entrará en mi santuario; absolutamente ninguno de los extranjeros que viven con los israelitas"».


SEGUNDA LECTURA

San León Magno, Sermón 95 sobre las bienaventuranzas (8-9: CCL 138 A, 588-590)

Mucha paz tienen los que aman tu nombre, Señor

Gran felicidad es ésta, amadísimos hermanos, para la que se prepara un premio tan grande. Pues, ¿qué significa tener limpio el corazón, sino desear las virtudes de que antes hemos hablado? ¿Qué inteligencia puede llegar a concebir, o qué palabras lograrán explicar la grandeza de una felicidad que consiste en ver a Dios? Y es esto precisamente lo que se realizará cuando la naturaleza humana se transforme, y podamos contemplar la divinidad no confusamente en un espejo, sino cara a cara, viendo tal como es a aquel a quien ningún hombre jamás contempló; entonces lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar, lo alcanzaremos en el gozo inefable de una contemplación eterna.

Con toda razón se promete a los limpios de corazón la bienaventuranza de la vida divina. Nunca una vida manchada podrá contemplar el esplendor de la luz verdadera, pues aquello mismo que constituirá el gozo de las almas limpias será el castigo de las que están manchadas. Que huyan, pues, las tinieblas de la vanidad terrena y que los ojos del alma se purifiquen de las inmundicias del pecado, para que así puedan saciarse gozando en paz de la magnífica visión de Dios.

Pero para merecer este don es necesario lo que a continuación sigue: Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los hijos de Dios. Esta bienaventuranza, amadísimos, no puede referirse a cualquier clase de concordia o armonía humana, sino que debe entenderse precisamente de aquella a la que alude el Apóstol cuando dice: Estad en paz con Dios, o a la que se refiere el salmista al afirmar: Mucha paz tienen los que aman tu nombre, nada les hace tropezar.

Esta paz no se logra ni con los lazos de la más íntima amistad ni con una profunda semejanza de carácter, si todo ello no está fundamentado en una total comunión de nuestra voluntad con la voluntad de Dios. Una amistad fundada en deseos pecaminosos, en pactos que arrancan de la injusticia y en el acuerdo que parte de los vicios nada tiene que ver con el logro de esta paz. El amor del mundo y el amor de Dios no concuerdan entre sí, ni puede uno tener su parte entre los hijos de Dios si no se ha separado antes del consorcio de los que viven según la carne. Mas los que sin cesar se esfuerzan por mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz jamás se apartan de la ley divina, diciendo por ello fielmente en la oración: Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo.

Estos son los que obran la paz, éstos los que viven santamente unánimes y concordes, y por ello merecen ser llamados con el nombre eterno de hijos de Dios y coherederos con Cristo; todo ello lo realiza el amor de Dios y el amor del prójimo, y de tal manera lo realiza que ya no sienten ninguna adversidad ni temen ningún tropiezo, sino que, superando el combate de todas las tentaciones, descansan tranquilamente en la paz de Dios, por nuestro Señor Jesucristo, que, con el Padre y el Espíritu Santo, vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.


 


SÁBADO


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Ezequiel 47,1-12

Visión de la fuente que manaba del templo

En aquellos días, el ángel me hizo volver a la entrada del templo. Del zaguán del templo manaba agua hacia levante —el templo miraba a levante—. El agua iba bajando por el lado derecho del templo, al mediodía del altar. Me sacó por la puerta septentrional y me llevó a la puerta exterior que mira a levante. El agua iba corriendo por el lado derecho.

El hombre que llevaba el cordel en la mano salió hacia levante. Midió mil codos y me hizo atravesar las aguas: ¡agua hasta los tobillos! Midió otros mil y me hizo cruzar las aguas: ¡agua hasta las rodillas! Midió otros mil y me hizo pasar: ¡agua hasta la cintura! Midió otros mil: era un torrente que no pude cruzar, pues habían crecido las aguas y no se hacía pie; era un torrente que no se podía vadear. Me dijo entonces:

«¿Has visto, hijo de Adán?»

A la vuelta, me condujo por la orilla del torrente. Al regresar, vi a la orilla del río una gran arboleda en sus dos márgenes. Me dijo:

«Estas aguas fluyen hacia la comarca levantina, bajarán hasta la estepa, desembocarán en el mar de las aguas salobres, y lo sanearán. Todos los seres vivos que bullen allí donde desemboque la corriente tendrán vida; y habrá peces en abundancia. Al desembocar allí estas aguas, quedará saneado el mar y habrá vida dondequiera que llegue la corriente. Se pondrán pescadores a su orilla: desde Engadí hasta Eglain habrá tendederos de redes; su pesca variada, tan abundante como la del Mediterráneo. Pero sus marismas y esteros no serán saneados: quedarán para salinas.

A la vera del río, en sus dos riberas, crecerán toda clase de frutales; no se marchitarán sus hojas, ni sus frutos se acabarán; darán cosecha nueva cada luna, porque los riegan aguas que manan del santuario; su fruto será comestible y sus hojas medicinales».


SEGUNDA LECTURA

San Hilario de Poitiers, Tratado sobre la Trinidad (Lib 3, 15-16: PL 10, 84-85)

Toda la alabanza del Padre viene del Hijo

Yo te he glorificado sobre la tierra, he coronado la obra gire me encomendaste.Toda la gloria del Padre viene del Hijo, pues todas las cosas en que fuere alabado el Hijo redundarán en gloria del Padre. En efecto, el Hijo hace todo lo que quiere el Padre. El Hijo de Dios nace hombre, pero en el parto de la Virgen está la fuerza de Dios. El Hijo de Dios es visto como hombre, pero en las obras del hombre está presente Dios. El Hijo de Dios es crucificado, pero en la cruz Dios vence la muerte del hombre. Muere Cristo, el Hijo de Dios, pero en Cristo todo hombre es vivificado. El Hijo de Dios desciende a los infiernos, mientras el hombre es conducido al cielo. Cuanto más se alabaren estos triunfos de Cristo, tanta más alabanza reportará aquel por quien Cristo es Dios.

Así pues, de todos estos modos glorifica el Padre al Hijo sobre la tierra; y a la inversa, el Hijo glorifica con las obras de sus virtudes a aquel de quien procede, ante la ignorancia de los paganos y la estulticia del siglo. En realidad, este intercambio de glorificación no cede en provecho de la divinidad, sino en aquel honor que se derivaba del conocimiento de los ignorantes. En efecto, ¿de qué no andaba sobrado el Padre, de quien proceden todas las cosas? ¿O de qué podía estar falto el Hijo, en quien quiso Dios que residiera toda la plenitud? Por consiguiente, es glorificado el Padre sobre la tierra, porque ha coronado la obra que le encomendó.

Veamos cuál es la glorificación que el Hijo espera del Padre, y pasamos a otro tema. Y ahora, Padre, glorifícame cerca de ti, con la gloria que yo tenía cerca de ti antes que el mundo existiese. He manifestado tu nombre a los hombres. Por tanto, el Padre es glorificado con las obras del Hijo: al ponerse de manifiesto que es Dios, al aparecer como Padre del Dios unigénito, al determinar que, para nuestra salvación, su Hijo naciera incluso de una Virgen, en cuya pasión reciben su pleno cumplimiento todos los mecanismos que se pusieron en marcha con el parto de la Virgen.

Así pues, como quiera que el Hijo de Dios es absolutamente perfecto y nacido, antes de la aurora de los tiempos, en la plenitud de la divinidad, ahora, hombre desde el momento de su encarnación, era consumado hasta la muerte. Pide ser glorificado cerca de Dios, lo mismo que él había glorificado al Padre sobre la tierra: pues en ese instante el poder de Dios se hacía patente en la carne al mundo que lo ignoraba.

Ahora bien, ¿qué glorificación espera cerca del Padre? Sencillamente la gloria que tenía cerca de él antes que el mundo existiese. Tenía la plenitud de la divinidad, y la tiene, pues es Hijo de Dios. Pero el que era Hijo de Dios, había comenzado a ser también hijo del hombre; era efectivamente el Verbo encarnado. No había perdido lo que era, pero había comenzado a ser lo que no era; no había renunciado a la propia gloria, pero asumió lo que era nuestro; el incremento que recibió, era exigido por su propia gloria, de la que jamás se vio privado.

Por tanto, como el Hijo es el Verbo, y el Verbo se hizo carne, y Dios era el Verbo, y el Verbo en el principio estaba junto a Dios, y el Verbo era Hijo antes de la creación del mundo: ahora el Hijo, hecho carne, rogaba que la carne comenzara a ser para el Padre lo que era para el Verbo; que lo que comenzó a existir en el tiempo recibiera la gloria de la luz intemporal; que fuera absorbida la corruptibilidad de la carne, transformada ahora en fuerza de Dios e incorrupción del espíritu.

Esta es, pues, la oración de Dios; ésta es la confesión del Hijo al Padre, ésta es la súplica de la carne: en la cual lo verán todos el día del juicio traspasado y reconoscible por la cruz; en la cual fue transfigurado en la montaña; en la cual fue elevado al cielo; en la cual se sentó a la derecha de Dios.

 

 

 

 

Domingo después del 6 de enero

EL BAUTISMO DEL SEÑOR

Fiesta


EVANGELIO

Ciclo A: Mt 3, 13-17

HOMILÍA

San Gregorio de Neocesarea, Homilía 4 [atribuida], en la santa Teofanía (PG 10, 1182-1183)

Vino a nosotros el que es el esplendor
de la gloria del Padre

Estando tú presente, me es imposible callar, pues yo soy la voz, y precisamente la voz que grita en el desierto: preparad el camino del Señor. Soy yo el que necesita que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí? Al nacer, yo hice fecunda la esterilidad de la madre que me engendró, y, cuando todavía era un niño, procuré medicina a la mudez de mi padre, recibiendo de ti, niño, la gracia de hacer milagros.

Por tu parte, nacido de María la Virgen según quisiste y de la manera que tú solo conociste, no menoscabaste su virginidad, sino que la preservaste y se la regalaste junto con el apelativo de Madre. Ni la virginidad obstaculizó tu nacimiento ni el nacimiento lesionó la virginidad, sino que ambas realidades: nacimiento y virginidad —realidades contradictorias si las hay—, firmaron un pacto, porque para ti, Creador de la naturaleza, esto es fácil y hacedero.

Yo soy solamente hombre, partícipe de la gracia divina; tú, en cambio, eres a la vez Dios y hombre, pues eres benigno y amas con locura el género humano. Soy yo el que necesita que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí? Tú que eras al principio, y estabas junto a Dios y eras Dios mismo; tú que eres el esplendor de la gloria del Padre; tú que eres la imagen perfecta del padre perfecto; tú que eres la luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo; tú que para estar en el mundo viniste donde ya estabas; tú que te hiciste carne sin convertirte en carne; tú que acampaste entre nosotros y te hiciste visible a tus siervos en la condición de esclavo; tú que, con tu santo nombre como con un puente, uniste el cielo y la tierra: ¿tú acudes a mí? ¿Tú, tan grande, a un hombre como yo?, ¿el Rey al precursor?, ¿el Señor al siervo? Pues aunque tú no te hayas avergonzado de nacer en las humildes condiciones de la humanidad, yo no puedo traspasar los límites de la naturaleza. Tengo conciencia del abismo que separa la tierra del Creador. Conozco la diferencia existente entre el polvo de la tierra y el Hacedor. Soy consciente de que la claridad de tu sol de justicia me supera con mucho a mí, que soy la lámpara de tu gracia. Y aun cuando estés revestido de la blanca nube del cuerpo, reconozco no obstante tu dominación. Confieso mi condición servil y proclamo tu magnificencia. Reconozco la perfección de tu dominio, y conozco mi propia abyección y vileza. No soy digno de desatar la correa de tu sandalia; ¿cómo, pues, voy a atreverme a tocar la inmaculada coronilla de tu cabeza? ¿Cómo voy a extender sobre ti mi mano derecha, sobre ti que extendiste los cielos como una tienda y cimentaste sobre las aguas la tierra? ¿Cómo abriré mi mano de siervo sobre tu divina cabeza? ¿Cómo lavar al inmaculado y exento de todo pecado? ¿Cómo iluminar a la misma luz? ¿Qué oración pronunciaré sobre ti, sobre ti que acoges incluso las plegarias de los que no te conocen?

 

RESPONSORIO                     Mt 3, 16-17; Lc 3, 22
 
R./ Hoy, en el Jordán, apenas bautizado el Señor, se abrieron los cielos y él vio al Espíritu de Dios descender como paloma y venir sobre él. Y la voz del Padre dijo: * Éste es mi Hijo, el predilecto, en quien me he complacido.
V./ Bajó sobre él el Espíritu Santo en forma corporal, como de paloma; y vino sobre él una voz del cielo:
R./ Éste es mi Hijo, el predilecto, en quien me he complacido.
 


Ciclo B: Mc
1, 6b-11

HOMILIA

San Gregorio de Antioquía, Homilía 2 en el Bautismo de Cristo (5.6.9.10: PG 88, 1875-1879.1882-1883)

Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto

Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Éste es el que sin abandonar mi seno, entró en el seno de María; el que inseparablemente permaneció en mí y en ella habitó no circunscrito; el que indivisiblemente está en los cielos, y moró en el seno de la Virgen inmaculada.

No es uno mi Hijo y otro el hijo de María; no es uno el que yació en la gruta y otro el que fue adorado por los Magos; no es uno el que fue bautizado y otro distinto el exento de bautismo. Sino: éste es mi Hijo; el mismo en quien la mente piensa y contemplan los ojos; el mismo invisible en sí y visto por vosotros; sempiterno y temporal; el mismo que, siéndome consustancial por su divinidad, es consustancial a vosotros por su humanidad en todo, menos en el pecado.

Este es mi Mediador y el de sus hermanos, ya que por sí mismo reconcilia conmigo a los que habían pecado. Este es mi Hijo y cordero, sacerdote y víctima: es al mismo tiempo oferente y oblación, el que se convierte en sacrificio y el que lo recibe.

Este es el testimonio que dio el Padre de su Unigénito al bautizarse en el Jordán. Y cuando Cristo se transfiguró en el monte delante de sus discípulos y su rostro desprendía una luminosidad tal que eclipsaba los rayos del sol, también entonces se volvió a oír aquella voz: Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.

Si dijera: Yo estoy en el Padre y el Padre en mí, escuchadlo. Si dijera: Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre, escuchadlo porque dice la verdad. Si dijera: El Padre que me ha enviado es más que yo, inscribid esta manera de hablar en la economía de su condescendencia. Si dijera: Esto es mi cuerpo que se reparte entre vosotros para el perdón de los pecados, contemplad el cuerpo que él os muestra, contemplad el cuerpo que, tomado de vosotros, se ha convertido en su propio cuerpo, cuerpo destrozado por vosotros. Si dijera: Esta es mi sangre, pensad en la sangre del que habla con vosotros, no en la sangre de otro cualquiera.

Dios nos ha llamado a la paz y no a la discordia. Permanezcamos en nuestra vocación. Estemos con reverente temor en torno a la mística mesa, en la cual participamos de los misterios celestes. Guardémonos de ser al mismo tiempo comensales y mutuamente intrigantes; unidos en el altar por la comunión y sorprendidos fuera en flagrante delito de discordia. No sea que el Señor tenga que decir también de nosotros: «Hijos engendré y elevé y con mi carne los alimenté, pero ellos renegaron de mí».

Quiera el Salvador del mundo y Autor de la paz reunir en la tranquilidad a sus iglesias; conservar a este su santo rebaño. Que él proteja al pastor de la grey; que reúna en su aprisco a las ovejas descarriadas, de modo que no haya más que una grey y un solo redil. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

 

RESPONSORIO                     Jn 1, 32. 34. 33
 
R./ He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él. * Yo he visto y doy testimonio que éste es el Hijo de Dios.
V./ El que me envió a bautizar con agua, me dijo: El hombre sobre quien veas bajar y quedarse el Espíritu es el que bautiza con Espíritu Santo.
R./ Yo he visto y doy testimonio que éste es el Hijo de Dios.
 


Ciclo C: Lc 3, 15-16.21-22

HOMILÍA

San Hipólito de Roma, Sermón [atribuido] en la santa Teofanía (PG 10, 858-859)

¡Venid al bautismo de la inmortalidad!

Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo, que decía: «Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. ¿No ves cuántos y cuán grandes bienes hubiéramos perdido si el Señor hubiese cedido a la disuasión de Juan y no hubiera recibido el bautismo? Hasta el momento los cielos estaban cerrados e inaccesibles las empíreas regiones. Habíamos descendido a las regiones inferiores y éramos incapaces de remontarnos nuevamente a las regiones superiores. ¿Pero es que sólo se bautizó el Señor? Renovó también el hombre viejo y volvió a hacerle entrega del cetro de la adopción. Pues al punto se le abrió el cielo. Se ha efectuado la reconciliación de lo visible con lo invisible; las jerarquías celestes se llenaron de alegría; sanaron en la tierra las enfermedades; lo que estaba escondido se hizo patente; los que militaban en las filas de los enemigos, se hicieron amigos.

Has oído decir al evangelista: Se le abrió el cielo. A causa de estas tres maravillas: porque habiendo sido bautizado Cristo, el Esposo, era indispensable que se le abrieran las espléndidas puertas del tálamo celeste; asimismo era necesario que se alzaran los celestes dinteles al descender el Espíritu Santo en forma de paloma y dejarse oír por doquier la voz del Padre. Se abrió el cielo, y vino una voz del cielo que decía: «Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto».

El amado produce amor, y la luz inmaterial genera una luz inaccesible. Éste es mi Hijo amado que apareció aquí abajo, pero sin separarse del seno del Padre: apareció y no apareció. Una cosa es lo que apareció, porque –según las apariencias– el que bautiza es superior al bautizado. Por eso el padre hizo descender sobre el bautizado el Espíritu Santo. Y así como en el arca de Noé el amor de Dios al hombre estuvo simbolizado por la paloma, así también ahora el Espíritu, bajando en forma de paloma cual portadora del fruto del olivo, se posó sobre aquel que así era testimoniado. ¿Por qué? Para dejar también constancia de la certeza y solidez de la voz del Padre y robustecer la fe en las predicciones proféticas hechas con mucha anterioridad. ¿Cuáles? La voz del Señor sobre las aguas, el Dios de la gloria ha tronado, el Señor sobre las aguas torrenciales. ¿Qué voz? Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Este es el que se llamó hijo de José y es mi Unigénito según la esencia divina.

Éste es mi Hijo, el amado: aquel que pasó hambre, y dio de comer a innumerables multitudes; que trabajaba, y confortaba a los que trabajaban; que no tenía dónde reclinar la cabeza, y lo había creado todo con su mano; que padeció, y curaba todos los padecimientos; que recibió bofetadas, y dio al mundo la libertad; que fue herido en el costado, y curó el costado de Adán.

Pero prestadme cuidadosamente atención: quiero acudir a la fuente de la vida, quiero contemplar esa fuente medicinal.

El Padre de la inmortalidad envió al mundo a su Hijo, Palabra inmortal, que vino a los hombres para lavarlos con el agua y el Espíritu; y, para regenerarnos con la incorruptibilidad del alma y del cuerpo, insufló en nosotros el espíritu de vida y nos vistió con una armadura incorruptible.

Si, pues, el hombre ha sido hecho inmortal, también será dios. Y si se ve hecho dios por la generación del baño del bautismo, en virtud del agua y del Espíritu Santo, resulta también que después de la resurrección de entre los muertos será coheredero de Cristo.

Por lo cual, grito con voz de pregonero: Venid, las tribus todas de las gentes, al bautismo de la inmortalidad. A vosotros que todavía vivís en las tinieblas de la ignorancia, os traigo el fausto anuncio de la vida. Venid de la servidumbre a la libertad, de la tiranía al reino, de la corrupción a la incorrupción. Pero me preguntaréis: ¿Cómo hemos de ir? ¿Cómo? Por el agua y el Espíritu Santo. Esta es el agua unida con el Espíritu, con la que se riega el Paraíso, se fecunda la tierra, las plantas crecen, los animales se multiplican; y, en definitiva, el agua por la que el hombre regenerado se vivifica, con la que Cristo fue bautizado, sobre la que descendió el Espíritu Santo en forma de paloma.

 

RESPONSORIO                     Cf. Mt 3, 16-17
 
R./ El Espíritu de Dios apareció en forma de paloma, y he aquí una voz del cielo: * Éste es mi Hijo, el predilecto, en quien me he complacido.
V./ Se abrieron los cielos sobre él y la voz del Padre dijo:
R./ Éste es mi Hijo, el predilecto, en quien me he complacido.


 

DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA
 
De la carta a los Romanos 4, 1-25
 
Abrahán, justificado por la fe
 
Veamos el caso de Abrahán, antepasado de nuestra raza. ¿Aceptó Dios a Abrahán por sus obras? Si es así, tiene de qué estar orgulloso; pero de hecho, delante de Dios no tiene de qué. A ver, ¿qué dice la Escritura?: «Abrahán creyó al Señor y se le contó en su haber».
 
Pues bien, a uno que hace un trabajo, el jornal no se le cuenta como un favor, sino como algo debido; en cambio, a éste que no hace ningún trabajo, pero tiene fe en que Dios absuelve al culpable, esa fe se le cuenta en su haber.
 
También David llama dichoso al que Dios cuenta como inocente, prescindiendo de sus obras: «Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito».
 
Ahora bien: esta bienaventuranza ¿se refiere sólo al circunciso o también al no circunciso? Hemos quedado en que «la fe de Abrahán se le contó en su haber», pero ¿cuándo se le contó: antes o después de circuncidarse? Antes, no después, y la circuncisión se le dio como señal, como sello de la justificación obtenida por la fe antes de estar circuncidado; así es padre de todos los no circuncisos que creen, contándoseles también a ellos en su haber, y al mismo tiempo de todos los circuncisos que, además de estar circuncidados, siguen las huellas de la fe que tuvo nuestro padre Abrahán antes de circuncidarse.
 
No fue la observancia de la ley, sino la fe, la que obtuvo para Abrahán y su descendencia la promesa de heredar el mundo. Además, si el ser herederos dependiera de observar la ley, la fe quedaría sin contenido y la promesa anulada, porque la ley no trae más que reprobación; en cambio, donde no hay ley no hay violación posible.
 
Por eso, como todo depende de la fe, todo es gracia: así la promesa está asegurada para toda la descendencia, no solamente para la descendencia legal, sino también para la que nace de la fe de Abrahán, que es padre de todos nosotros. Así lo dice la Escritura: «Te hago padre de muchos pueblos».
 
Al encontrarse con Dios que da vida a los muertos y llama a la existencia lo que no existe, Abrahán creyó. Apoyado en la esperanza creyó, contra toda esperanza, que llegaría a ser padre de muchas naciones, según lo que se le había dicho: «Así será tu descendencia». No vaciló en la fe aun dándose cuenta de que su cuerpo estaba medio muerto –tenía unos cien años- y estéril el seno de Sara. Ante la promesa no fue incrédulo, sino que se hizo fuerte por la gloria dada a Dios al persuadirse de que Dios es capaz de hacer lo que promete, por lo cual se le contó en su haber. Y no sólo por él está escrito: «Sede contó», sino también por nosotros, a quienes se contará si creemos en el que resucitó de entre los muertos, nuestro Señor Jesús, que fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación.
 
RESPONSORIO                    Heb 11,17.19; Rom 4,17
 
R./ Por la fe, Abrahán, puesto a prueba, ofreció a Isaac: ofreció a su hijo único, el destinatario de la promesa, del cual le había dicho Dios: «Isaac continuará tu descendencia». * Pero Abrahán pensó que Dios tiene poder hasta para resucitar de entre los muertos.
V./ La promesa está asegurada ante aquel en quien creyó, el Dios que da vida a los muertos y llama a la existencia lo que no existe.
R./ Pero Abrahán pensó que Dios tiene poder hasta para resucitar de entre los muertos.
 
 
SEGUNDA LECTURA
 
Orígenes, Comentario sobre la carta a los Romanos (Lib 7: PG 14, 981-985)
 
Abrahán creyó en lo que había de venir, nosotros creemos
en lo que ya ha venido
 
Abrahán creyó al Señor y se le contó en su haber. No escribió esto Moisés para que lo leyera Abrahán, que hacía tiempo estaba muerto, sino para que, de su lectura, sacáramos nosotros provecho para nuestra fe, en la convicción de que si creemos en Dios como él creyó, también a nosotros se nos contará en nuestro haber, a nosotros que creemos en el que resucitó de entre los muertos a nuestro Señor Jesucristo. Veamos por qué, al confrontar nuestra fe con la de Abrahán, saca Pablo a colación el tema de la resurrección.
 
¿Es que Abrahán creyó en el que resucitó a Jesucristo de entre los muertos, cuando Jesús todavía no había resucitado de entre los muertos? Quisiera ahora considerar qué es lo que pensaba Pablo al prometernos que así como al creyente Abrahán la fe se le contó en su haber, así también a nosotros se nos contará si creemos en el que resucitó de entre los muertos a nuestro Señor Jesús.
 
Cuando le fue ordenado sacrificar a su hijo único, Abrahán creyó que Dios era capaz de resucitarlo de entre los muertos; creyó asimismo que aquel asunto no concernía únicamente a Isaac, sino que la plena realización del misterio estaba reservada a su posteridad, es decir, a Jesús. Por eso, ofrecía gozoso a su único hijo, porque en este acto veía no la extinción de su posteridad, sino la reparación del mundo y la renovación de todo el género humano, que se llevó a cabo por la resurrección del Señor. Por eso dice de él el Señor: Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando en ver mi día: lo vio, y se llenó de alegría.
 
Consideradas así las cosas, se ve muy oportuna la comparación entre la fe de Abrahán y la de quienes creen en aquel que resucitó al Señor Jesús; pues lo que él creyó que había de venir, eso es lo que nosotros creemos ya venido.
 
RESPONSORIO                    Rom 4,20-21.18
 
R./ Ante la promesa divina no cedió a la incredulidad, sino que se fortaleció en la fe, dando gloria a Dios, * pues estaba persuadido de que Dios es capaz de hacer lo que promete.
V./ Apoyado en la esperanza, creyó contra toda esperanza que llegaría a ser padre de muchos pueblos.
R./ Pues estaba persuadido de que Dios es capaz de hacer lo que promete.
 
ORACIÓN
 
Dios todopoderoso, que gobiernas a un tiempo cielo y tierra, escucha paternalmente la oración de tu pueblo y haz que los días de nuestra vida se fundamenten en tu paz. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.


 
EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS


 
EVANGELIO

Ciclo A: In 11 29-34.

HOMILÍA

San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el evangelio de san Juan (Lib 2: PG 73, 191-194)

Aquel Cordero, aquella víctima inmaculada, fue llevado al
matadero por todos nosotros

Hemos de explicar quién es ése que está ya presente, y cuáles fueron las motivaciones que indujeron a bajar hasta nosotros al que vino del cielo. Dice en efecto: Este es el Cordero de Dios, Cordero que el profeta Isaías nos había predicho, diciendo: Como un cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía. Cordero prefigurado ya antes por la ley de Moisés. Sólo que entonces la salvación era parcial y no derramaba sobre todos su misericordia: se trataba de un tipo y una sombra. Ahora, en cambio, aquel cordero, enigmáticamente en otro tiempo prefigurado, aquella víctima inmaculada, es llevada por todos al matadero, para que quite el pecado del mundo, para derribar al exterminador de la tierra, para abolir la muerte muriendo por todos nosotros, para cancelar la maldición que pesaba sobre la humanidad, para anular finalmente la vieja condena: Eres polvo y al polvo volverás, para que sea él el segundo Adán, no de la tierra, sino del cielo, y se convierta en origen de todo el bien de la naturaleza humana, en solución de la muerte introducida en el mundo, en mediador de la vida eterna, en causa del retorno a Dios, en principio de la piedad y de la justicia, en camino, finalmente, para el reino de los cielos.

Y en verdad, un solo cordero murió por todos, preservando así toda la grey de los hombres para Dios Padre: uno por todos, para someternos todos a Dios; uno por todos, para ganarlos a todos; en fin, para que todos no vivan ya para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos.

Estando efectivamente implicados en multitud de pecados y siendo, en consecuencia, esclavos de la muerte y de la corrupción, el Padre entregó a su Hijo en rescate por nosotros, uno por todos, porque todos subsisten en él y él es mejor que todos. Uno ha muerto por todos, para que todos vivamos en él.

La muerte que absorbió al Cordero degollado por nosotros, también en él y con él se vio precisada a devolvernos a todos la vida. Todos nosotros estábamos en Cristo, que por nosotros y para nosotros murió y resucitó. Abolido, en efecto, el pecado, ¿quién podía impedir que fuera asimismo abolida por él la muerte, consecuencia del pecado? Muerta la raíz, ¿cómo puede salvarse el tallo? Muerto el pecado, ¿qué justificación le queda a la muerte? Por tanto, exultantes de legítima alegría por la muerte del Cordero de Dios, lancemos el reto: ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, infierno, tu aguijón?

Como en cierto lugar cantó el salmista: A la maldad se le tapa la boca, y en adelante no podrá ya seguir acusando a los que pecan por fragilidad, porque Dios es el que justifica. Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose por nosotros un maldito, para que nosotros nos veamos libres de la maldición del pecado.

 

RESPONSORIO                    Ex 12, 5.6.13; 1Pe 1, 18.19
 
R./ Vuestro cordero sea sin defecto; toda la asamblea de Israel lo inmolará al atardecer. * La sangre en vuestras casas será la señal: para vosotros no existirá flagelo de exterminio.
V./ Fuisteis liberados con la sangre preciosa de Cristo, como la de un cordero sin defecto y sin mancha.
R./ La sangre en vuestras casas será la señal: para vosotros no existirá flagelo de exterminio.
 


Ciclo B: Jn
1,35-42

HOMILÍA

San Ambrosio de Milán, Comentario sobre el salmo 118 (Sermón 18, 41-43: PL 15, 1542-1544)

El que busca a Cristo, busca también su tribulación y
no rehúye la pasión

Dice la Sabiduría: Me buscarán los malos y no me encontrarán. Y no es que el Señor rehusara ser hallado por los hombres, él que se ofrecía a todos, incluso a los que no le buscaban, sino porque era buscado con acciones tales, que los hacía indignos de encontrarlo. Por lo demás, Simeón, que lo aguardaba, lo encontró.

Lo encontró Andrés y dijo a Simón: Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo). También Felipe dice a Natanael: Aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret. Y con el fin de mostrarle cuál es el camino para encontrar a Jesús, le dice: Ven y verás. Así pues, quien busca a Cristo, acuda no con pasos corporales, sino con la disposición del alma; que lo vea no con los ojos de la cara, sino con los interiores del corazón. Pues al Eterno no se le ve con los ojos de la cara, ya que lo que se ve es temporal; lo que no se ve, es eterno.

Y Cristo no es temporal, sino nacido del Padre antes de los tiempos, como Dios que es y verdadero Hijo de Dios; y como poder sempiterno y supratemporal, al que ningún límite temporal es capaz de circunscribir; como vida metatemporal, a quien jamás podrá sorprenderle el día de la muerte. Porque su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre; y su vivir es un vivir para Dios.

¿Oyes lo que dice el Apóstol? Al pecado —dice— murió de una vez para siempre. Una vez murió Cristo por ti, pecador: no vuelvas a pecar después del bautismo. Murió una vez por toda la colectividad, y una vez —y no frecuentemente— muere por cada individuo en particular. Eres pecado, oh hombre: por eso el Padre todopoderoso hizo a su Cristo pecado. Lo hizo hombre para que cargara con nuestros pecados. Por mí, pues, murió el Señor Jesús al pecado: para que nosotros, por su medio, obtuviéramos la justificación de Dios. Por mí murió, para resucitar por mí. Murió una vez y una vez resucitó. Y tú has muerto con él, con él has sido sepultado, y con él, en el bautismo, has resucitado: cuida de que, pues has muerto una vez, no vuelvas a morir más. En adelante, ya no morirás al pecado, sino al perdón: no sea que habiendo resucitado, mueras por segunda vez. Pues Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. ¿Es que la muerte le había dominado? Sí, puesto que al decir: la muerte ya no tiene dominio sobre él, muestra el dominio de la muerte. ¡No eches a perder este beneficio, oh hombre! Por ti Cristo se sometió al dominio de la muerte, a fin de liberarte del yugo de su dominación. El acató la servidumbre de la muerte, para otorgarte la libertad de la vida eterna.

Por tanto, el que busca a Cristo, busca también su tribulación y no rehúye la pasión. En el peligro grité al Señor, y me escuchó poniéndome a salvo. Buena es, pues, la tribulación que nos hace dignos de que el Señor nos escuche poniéndonos a salvo. Ser escuchado por el Señor es ya una gracia. Por eso, quien busca a Cristo, no rehúye la tribulación; quien no la rehúye, es hallado por el Señor. Y no la rehúye quien medita los mandatos del Señor con la adhesión cordial y con las obras.

 

RESPONSORIO                    1 Pe 2, 21; Is 53, 4
 
R./ Cristo padeció por vosotros * dejándoos un ejemplo, para que sigáis sus huellas.
V./ Él cargo sobre sí nuestros sufrimientos y sobre sus espaldas nuestros dolores.
R./ Dejándoos un ejemplo, para que sigáis sus huellas.
 


Ciclo C: Jn 2,1-12

HOMILÍA

San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el evangelio de san Juan (Lib 2: PG 73, 223-226)

Cristo santifica, con su presencia, la fuente misma de la
generación humana

Oportunamente comienza Cristo a realizar milagros, aun cuando la ocasión de iniciar su obra de taumaturgo parezca ofrecida por circunstancias casuales. Pues como se celebraban unas bodas —castas y honestas bodas, es verdad—, a las que está presente la madre del Salvador, vino también él con sus discípulos aceptando una invitación, no tanto para participar en el banquete, cuanto por hacer el milagro, y de esta forma santificar la fuente misma de la generación humana, en lo que concierne sobre todo a la carne.

Era efectivamente muy conveniente que quien venía a renovar la misma naturaleza humana y a reconducirla en su totalidad a un nivel más elevado, no se limitara a impartir su bendición a los que ya habían nacido, sino que preparase la gracia también para aquellos que habían de nacer, santificando su nacimiento. Con su presencia cohonestó las nupcias, él que es el gozo y la alegría de todos, para alejar del alumbramiento la inveterada tristeza. El que es de Cristo es una criatura nueva. Y Pablo insiste: Lo antiguo ha cesado, lo nuevo ha comenzado. Vino, pues, con sus discípulos a las bodas. Convenía, en efecto, que acompañasen al taumaturgo los que tan aficionados a lo maravilloso eran, para que recogieran como alimento de su fe la experiencia del portento.

En eso, comienza a faltar el vino de los convidados, y su madre le ruega quiera poner en juego su acostumbrada bondad y benignidad. Le dice: No les queda vino. Le exhorta a realizar el milagro, dando por supuesto que tiene el poder de hacer cuanto quisiera.

Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora. Respuesta del Salvador perfectamente calculada. Pues no era oportuno que Jesús se apresurara a realizar milagros ni que espontáneamente se ofreciera a hacerlos, sino que el milagro debería ser fruto de la condescendencia a una petición, teniendo en cuenta, al conceder la gracia, más la utilidad real, que la admiración de los espectadores. Además, las cosas deseadas resultan más gratas, si no se conceden inmediatamente. De esta suerte, al ser diferida un tanto la concesión, la esperanza sublima la petición. Por otra parte, Cristo nos demostró con su ejemplo el gran respeto que se debe a los padres, al acceder, en atención a su madre, a hacer lo que hacer no quería.

 

RESPONSORIO                    Is 43, 19; 2 Cor 5, 17
 
R./ He aquí que hago nuevas todas las cosas * precisamente ahora germinan, ¿no os dais cuenta?
V./ Si uno está en Cristo es una criatura nueva; las cosas viejas han pasado, he aquí que está naciendo las nuevas.
R./ Precisamente ahora germinan, ¿no os dais cuenta?

 

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO


EVANGELIO

Ciclo A: Mt 4, 12-23

HOMILÍA

San Cesáreo de Arlés, Sermón 114 (1.4: CCL 104, 593-595)

Inclinaos bajo la poderosísima mano de Dios

Mientras se nos leía el santo evangelio, carísimos hermanos, hemos escuchado: Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos El Reino de los cielos es Cristo, de quien nos consta ser conocedor de buenos y malos y árbitro de todas las cosas. Por tanto, anticipémonos a Dios en la confesión de nuestro pecado y castiguemos antes del juicio todos los errores del alma. Corre un grave riesgo quien no cuida enmendar por todos los medios el pecado. Sobre todo debemos hacer penitencia, sabiendo como sabemos que habremos de dar cuenta de las causas de nuestra negligencia.

Reconoced, amadísimos, la gran piedad de nuestro Dios para con nosotros al querer que reparemos mediante la satisfacción y antes del juicio, la culpa del pecado cometido; pues si el justo juez no cesa de prevenirnos con sus avisos, es para no tener un día que echar mano de la severidad. No sin motivo, amadísimos, nos exige Dios arroyos de lágrimas, a fin de compensar con la penitencia lo que perdimos por la negligencia. Pues sabe bien nuestro Dios que no siempre el hombre es constante en sus propósitos: frecuentemente peca en el actuar y vacila en el hablar. Por eso le enseñó el camino de la penitencia, a fin de que pueda reconstruir lo destruido y reparar lo arruinado. Así pues, el hombre, seguro del perdón, debe siempre llorar la culpa. Y aun cuando la condición humana esté trabajada por muchas dificultades, que nadie caiga en la desesperación, porque Dios es paciente y gustosamente dispensa a todos los enfermos los tesoros de su misericordia.

Pero es posible que alguien del pueblo se diga: ¿Y por qué he de temer si no he hecho nada malo? Escucha lo que sobre este particular dice el apóstol Juan: Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y no somos sinceros. Que nadie os engañe, amadísimos: el peor de los pecados es no entender los pecados. Porque todo el que reconoce sus delitos puede reconciliarse con Dios mediante la penitencia: y no hay pecador más digno de lástima, que el que cree no tener nada de qué lamentarse. Por lo cual, amadísimos, os exhorto a que, según está escrito, os inclinéis bajo la poderosísima mano de Dios, y puesto que nadie está libre de pecado, nadie se crea exento de la obligación de satisfacer. Pues peca ya por presunción de inocencia el que se tiene por inocente. Puede uno ser menos culpable, pero inocente, nadie: existe ciertamente diferencia entre pecador y pecador, pero nadie está inmune de culpa. Por eso, amadísimos, los que sean reos de culpas más graves, pidan perdón con mayor confianza; y quienes se mantienen limpios de faltas graves, recen para no mancharse, por la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

 

RESPONSORIO                    Hch 17, 30-31; 14, 16
 
R./ Pasando por alto aquellos tiempos de ignorancia, * Dios anuncia ahora en todas partes  a todos los humanos que se conviertan. Porque tiene señalado un día en que juzgará el universo con justicia.
V./ En las generaciones pasadas, permitió que cada pueblo anduviera por su camino.
R./ Dios anuncia ahora en todas partes  a todos los humanos que se conviertan. Porque tiene señalado un día en que juzgará el universo con justicia.
 


Ciclo B: Mc 1, 14-20

HOMILÍA

Tertuliano, Tratado sobre la penitencia (2, 3-7; 4,1-3: CCL 1, 322-323; 326)

Arrepiéntete y te salvaré

Después de tantos y tan grandes delitos de la humana temeridad, iniciados en Adán, el cabeza de serie del género humano; después de la condena del hombre y del mundo, su lote; después de ser expulsado del paraíso y sometido a la muerte, habiendo Dios llevado nuevamente a sazón su misericordia, consagró en sí mismo la penitencia: rasgada la sentencia de la antigua condena, determinó perdonar a su obra y su imagen.

Más aún: se escogió un pueblo y lo colmó de innumerables muestras de su bondad; y habiendo comprobado repetidas veces su obstinada ingratitud, no cesó de exhortarlo a penitencia mediante la predicación de todos los profetas. Por último, habiendo prometido la gracia con la que, al final de los tiempos, habría de iluminar el mundo entero por medio de su Espíritu, dispuso que esta gracia fuera precedida por el bautismo de penitencia, para de este modo disponer previamente mediante la confirmación de la penitencia, a los que gratuitamente pensaba llamar a tomar posesión de la promesa destinada a la estirpe de Abrahán.

Juan no se cansa de repetir: Convertíos. Y es que se acercaba la salvación de las naciones, es decir, se acercaba el Señor trayendo la salvación, de acuerdo con la promesa de Dios. El cual le había asignado como colaboradora la penitencia, con la misión de purificar las almas, de modo que todo lo que el antiguo error había manchado, todo lo que la ignorancia había contaminado en el corazón del hombre, todo esto fuera barrido, erradicado y arrojado fuera por la penitencia, disponiendo así en el corazón humano una morada limpia para el Espíritu Santo que estaba para llegar, en la que él se instale a gusto con todo el séquito de sus dones celestiales. Una sola es la titulación de estos dones: la salvación del hombre, precedida de la abolición de los antiguos pecados; ésta es la razón de ser de la penitencia, ésta su tarea, tarea que sale por los fueros de la divina misericordia: ventaja para el hombre, servicio para Dios.

El que asignó una pena judicial a los delitos cometidos bien en la carne bien en el alma, de acción o de intención; éste mismo prometió el perdón, previa penitencia, cuando dijo al pueblo: «Arrepiéntete y te salvaré». Y nuevamente dice: Por mi vida —dice el Señor —no me complazco en la muerte del pecador, sino que cambie de conducta y viva. Luego la penitencia es una vida preferible a la muerte. Tú, pecador, semejante a mí —mejor dicho, inferior a mí: pues eneso de pecar te llevo ventaja—, lánzate a ella, abrázate a ella como se agarra el náufrago a la tabla de salvación. Ella te sacará del oleaje del pecado en que estás a punto de naufragar, y te conducirá al puerto de la divina clemencia. Coge al vuelo la ocasión de una inesperada felicidad, para que tú que en otro tiempo no eras ante el Señor más que una gotita en un cubo, tamo de la era, vasija de barro, puedas convertirte en árbol, en aquel árbol que se planta al borde de la acequia, no se marchitan sus hojas y da fruto en sazón; aquel árbol que no conoce ni el fuego ni el hacha del leñador.

 

RESPONSORIO                    Est 4, 17b; Jud 9, 18 vulgata
 
R./ Concédenos Señor, tiempo de penitencia * y no cierres la boca de quienes te alaban.
V./ Recuerda tu alianza e inspira las palabras de mis labios.
R./ Y no cierres la boca de quienes te alaban.
 


Ciclo C: Lc 1, 1-4; 4, 14-21

HOMILÍA

Orígenes, Homilía 32 sobre el evangelio de san Lucas (2-6: SC 87, 386-392)

Hoy, en esta reunión, habla el Señor

Jesús volvió a Galilea, con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan.

Cuando lees: Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan, cuida de no juzgarlos dichosos únicamente a ellos, creyéndote privado de doctrina. Porque si es verdad lo que está escrito, el Señor no hablaba sólo entonces en las sinagogas de los judíos, sino que hoy, en esta reunión, habla el Señor. Y no sólo en ésta, sino también en cualquiera otra asamblea y en toda la tierra enseña Jesús, buscando los instrumentos adecuados para transmitir su enseñanza. ¡Orad para que también a mí me encuentre dispuesto y apto para ensalzarlo!

Después fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido». No fue mera casualidad, sino providencia de Dios, el que, desenrollando el libro, diera con el capítulo de Isaías que hablaba proféticamente de él. Pues si, como está escrito, ni un solo gorrión cae en el lazo sin que lo disponga vuestro Padre y si los cabellos de la cabeza de los apóstoles están todos contados, posiblemente tampoco el hecho de que diera precisamente con el libro del profeta Isaías y concretamente no con otro pasaje, sino con éste, que subraya el misterio de Cristo: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido —no olvidemos que es el mismo Cristo quien proclama este texto—, hay que pensar que no sucedió porque sí o fue producto del juego de la casualidad, sino que ocurrió de acuerdo con la economía y la providencia divina.

Terminada la lectura, Jesús, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. También ahora, en esta sinagoga, en esta asamblea, podéis —si así lo deseáis— fijar los ojos en el Salvador. Desde el momento mismo en que tú dirijas la más profunda mirada de tu corazón a la Sabiduría, a la Verdad y al Unigénito de Dios, para sumergirte en su contemplación, tus ojos están fijos en Jesús. ¡Dichosa la asamblea, de la que la Escritura atestigua que los ojos de todos estaban fijos en él! ¡Qué no daría yo porque esta asamblea mereciera semejante testimonio, de modo que los ojos de todos: catecúmenos y fieles, hombres, mujeres y niños, tuvieran en Jesús fijos los ojos! Y no los ojos del cuerpo, sino los del alma. En efecto, cuando vuestros ojos estuvieren fijos en él, su luz y su mirada harán más luminosos vuestros rostros, y podréis decir: «La luz de tu rostro nos ha marcado, Señor». A él corresponde la gloria y el poder por los siglos de los siglos Amén.

 

RESPONSORIO                    Jl 1, 14; Mc 1, 15
 
R./ Proclamad un ayuno santo, * convocad la asamblea, reunid a los jefes, a todos los habitantes del país en la casa de vuestro Dios y llamad a gritos al Señor.
V./ Se ha cumplido el tiempo y está cerca el Reino de Dios.
R./ Convocad la asamblea, reunid a los jefes, a todos los habitantes del país en la casa de vuestro Dios y llamad a gritos al Señor.

 

DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO


EVANGELIO

Ciclo A: Mt 5, 112a

HOMILÍA

San Hilario de Poitiers, Comentario sobre el evangelio de san Mateo (Cap 4, 1-3.9: PL 9, 931-934)

Cristo promulga el código de la vida celestial

Habiéndose congregado en tomo a Jesús un gran gentío, sube a la montaña y se pone a enseñar; es decir, se sitúa en la soberana elevación de la majestad paterna, y promulga el código de la vida celestial. No hubiera, en efecto, podido entregarnos estatutos de eternidad, sino situado en la eternidad. A continuación, el texto se expresa así: Abriendo la boca, se puso a enseñarles. Hubiera sido más rápido decir simplemente habló. Pero como estaba instalado en la gloria de la majestad paterna y enseñaba la eternidad, por eso se pone de manifiesto que la articulación de la boca humana obedecía al impulso del Espíritu que hablaba.

Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. El Señor había ya enseñado con su ejemplo que hay que renunciar a la gloria de la ambición humana, diciendo: Al Señor, tu Dios, adorarás y a él sólo darás culto. Y como por boca del profeta había advertido que estaba dispuesto a elegirse un pueblo humilde y que se estremece ante sus palabras, puso los fundamentos de la dicha perfecta en la humildad de espíritu.

Hemos, pues, de aspirar a la sencillez, esto es: recordar que somos hombres, hombres a quienes se les ha dado posesión del reino de los cielos, hombres conscientes de que, siendo el resultado de una combinación de gérmenes pobrísimos y deleznables, son procreados en orden a este hombre perfecto y para comportarse —con la ayuda de Dios— según este modelo de sentir, programar, juzgar y actuar.

Nadie piense que algo es suyo, que es de su propiedad: a todos se nos han dado, por donación de un padre común, unos mismos cauces para entrar en la vida y se han puesto a nuestra disposición idénticos medios para disfrutar de ella. A ejemplo de ese óptimo Padre, que nos ha dado todas estas cosas, debemos nosotros convertirnos en émulos de esa bondad que él ha derrochado en nosotros, de manera que seamos buenos con todos y estemos firmemente convencidos de que todo es común a todos; que no nos corrompa ni la provocativa fastuosidad del siglo ni la codicia de riquezas ni la ambición de la vanagloria, sino estemos más bien sometidos a Dios y, en razón de la comunión de vida, estemos unidos a todos por el amor a la vida común, estimando además que, desde el momento en que Dios nos ha llamado a la vida, nos tiene preparado un gran premio, premio y honor que nosotros hemos de merecer con las obras de la presente vida Y así, con esta humildad de espíritu, por la que esperamos alcanzar de Dios tanto un indulto general en el presente y mayores dones en el porvenir, será nuestro el reino de los cielos.

Dichosos los perseguidos por causa de la justicia. En último término, recompensa con la perfecta felicidad a quienes, por causa de Cristo, están dispuestos a soportarlo todo por él: pues él es la justicia.

A éstos, además de reservárseles el reino, se les promete una sustanciosa recompensa, es decir, a los pobres de espíritu en su desprecio del mundo, a los marginados por la pérdida de los bienes presentes u otras desventuras, a los confesores de la justicia celeste contra las maldiciones de los hombres, finalmente, a los gloriosos mártires de las promesas de Dios, en una palabra, a todos los que han gastado su vida como testimonio de su eternidad.

 

RESPONSORIO                    Sal 18, 9-10; 1 Jn 2, 17
 
R./ Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos. * El temor del Señor es puro y eternamente estable.
V./ El mundo pasa, y su concupiscencia.
R./ El temor del Señor es puro y eternamente estable.
 


Ciclo B: Mc 1, 21-28

HOMILÍA

San Juan Crisóstomo, Homilía 25 sobre el evangelio de san Mateo (1: PG 57, 327-328)

Enseñaba como quien tiene autoridad

Llegó a Cafarnaún, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su enseñanza. Era ciertamente lógico que la muchedumbre se sintiera abrumada por el peso de sus palabras y desfalleciera ante la sublimidad de sus preceptos. Pero no. Era tal el poder de convicción del Maestro, que no sólo convenció a muchos de sus oyentes causándoles una profunda admiración, sino que, por el solo placer de escucharle, muchos no acertaban a separarse de él, aun después de acabado el discurso. De hecho, cuando hubo bajado del monte, no se dispersaron sus oyentes, sino que le siguió toda la concurrencia: ¡tanto amor a su doctrina supo infundirles! Y lo que sobre todo admiraban era su autoridad.

Pues Cristo no hablaba apoyando sus afirmaciones en la autoridad de otro, como lo hacían los profetas o el mismo Moisés, sino dejando siempre claro que era él en quien residía la autoridad. En efecto, después de haber aducido testimonios legales, solía añadir: Pero yo os digo. Y cuando sacó a colación el día del juicio, se presentaba a sí mismo como juez que debía decretar premio o castigo. Un motivo más para que se hubieran turbado los oyentes.

Porque si los letrados, que le habían visto demostrar con obras su poder, intentaron apedrearle y le arrojaron fuera de la ciudad, ¿no era lógico que cuando exhibía sólo palabras como prueba de su autoridad, los oyentes se escandalizaran, máxime ocurriendo esto al comienzo de su predicación, antes de haber hecho una demostración de su poder? Y, sin embargo, nada de esto ocurrió. Y es que, cuando el hombre es bueno y honrado, fácilmente se deja persuadir por los razonamientos de la verdad. Justamente por eso, los letrados, a pesar de que los milagros de Jesús pregonaban su poder, se escandalizaban, mientras que el pueblo, que solamente había oído sus palabras, le obedecían y le seguían. Es lo que el evangelista daba a entender, cuando decía: Le siguió mucha gente. Y no gente salida de las filas de los príncipes o de los letrados, sino gente sin malicia y de sincero corazón.

A lo largo de todo el evangelio verás que son éstos los que se adhieren al Señor. Pues cuando hablaba, lo escuchaban en silencio, sin interrumpirlo ni interpelar al orador, sin tentarlo ni acechar la ocasión, como hacían los fariseos; son finalmente los que, una vez terminado el discurso, lo siguen llenos de admiración.

Mas tú considera, te ruego, la prudencia del Señor y cómo sabe variar según la utilidad de los oyentes, pasando de los milagros a los discursos y de éstos nuevamente a los milagros. De hecho, antes de subir al monte curó a muchos, para allanar el camino a lo que se disponía a decir. Y después de terminado este extenso discurso, vuelve nuevamente a los milagros, confirmando los dichos con los hechos. Y como quiera que enseñaba como quien tiene autoridad, a fin de que este modo de enseñar no sonara a arrogancia u ostentación, hace lo mismo con las obras y, como quien tiene autoridad, cura las enfermedades. De esta forma, no les da ocasión de turbarse al oírle hablar con autoridad, ya que con autoridad obra también los milagros.

 

RESPONSORIO                    Bar 3, 36-37.38; Jn 1, 1-2
 
R./ Este es nuestro Dios, y no hay quien se le pueda comparar; rastreó el camino de la inteligencia y se lo enseñó a su hijo Jacob, se lo mostró a su amado Israel. * Después apareció en el mundo y vivió en medio de los hombres.
V./ En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Este estaba en el principio junto a Dios.
R./ Después apareció en el mundo y vivió en medio de los hombres.
 


Ciclo C: Lc 4, 21-30

HOMILÍA

San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el libro del profeta Isaías (Lib. 5, t. 5: PG 70, 1351-1358)

Cristo es portador de una buena noticia para los pobres
de toda la tierra

Cristo, a fin de restaurar el mundo y reconducir a Dios Padre todos los habitantes de la tierra, mejorándolo todo y renovando, como quien dice, la faz de la tierra, asumió la condición de siervo —no obstante ser el Señor del universo— y trajo la buena noticia a los pobres, afirmando que precisamente para eso había sido enviado.

Son pobres y como tales hay que considerar a los que se debaten en la indigencia de todo. bien, no les queda esperanza alguna y, como dice la Escritura, están en el mundo privados de Dios. Pertenecen a este número los que venidos del paganismo, han sido enriquecidos por la fe en él, han conseguido un tesoro celestial y divino, me refiero a la predicación del evangelio de salvación, mediante la cual han sido hechos partícipes del reino celestial y de la compañía de los santos, y herederos de unos bienes que ni la imaginación ni el humano lenguaje son capaces de abarcar. Pues, como está escrito: Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman.

A no ser que lo que aquí se nos quiere decir es que a los pobres en el espíritu Cristo les ha otorgado el polifacético ministerio de los carismas. Llama quebrantados de corazón a los que poseen un ánimo débil y quebradizo y son incapaces de enfrentarse a los asaltos de las tentaciones y de tal modo están sometidos a ellas, que se dirían sus esclavos. A éstos les promete la salud y la medicina, y a los ciegos les da la vista.

Por lo que se refiere a quienes dan culto a la criatura, y dicen a un leño: «Eres mi padre»; a una piedra: «Me has parido» y luego no conocieron al que por naturaleza es verdadero Dios, ¿qué otra cosa son sino ciegos y dotados de un corazón privado de la luz divina e inteligible? A éstos el Padre les infunde la luz del verdadero conocimiento de Dios, pues fueron llamados mediante la fe y le conocieron; más aún, fueron conocidos de él. Siendo como eran hijos de la noche y de las tinieblas, se convirtieron en hijos de la luz, porque para ellos despuntó el día, salió el Sol de justicia y brilló el resplandeciente lucero.

Estimo que no existe inconveniente alguno en aplicar todo lo dicho a los hermanos nacidos en el seno del judaísmo. También ellos eran pobres, tenían el corazón desgarrado, estaban como cautivos y yacían en las tinieblas. Vino Cristo y, con preferencia a los demás, anunció a los israelitas las faustas y preclaras gestas de su presencia; vino, además, para proclamar el año de gracia del Señor, el día del desquite. Año de gracia fue aquel en que, por nosotros, Cristo fue crucificado. Fue entonces cuando nos convertimos en personas gratas a Dios Padre y cuando, por medio de Cristo, dimos fruto. Es lo que él nos enseñó, cuando dijo: Os aseguro, que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. Por Cristo, vino efectivamente el consuelo sobre los afligidos de Sión, y su ceniza se trocó en gloria. De heclo, dejaron de llorarla y de lamentarse por ella, y comenzaron, en el colmo de su alegría, a predicar y anunciar el evangelio.

 

RESPONSORIO                    Is 35, 4.5-6; Mt 11, 5
 
R./ ¡He aquí vuestro Dios! Llega el desquite, la retribución de Dios. Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos se abrirán; * entonces saltará el cojo como un ciervo y cantará la lengua del mudo.
V./ Los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan, y los pobres son evangelizados.
R./ Entonces saltará el cojo como un ciervo y cantará la lengua del mudo.

 

DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO


EVANGELIO

Ciclo A: Mt 5, 13-16

San Juan Crisóstomo, Homilía sobre Romanos 12, 20 (2: PG 51, 174)

La lámpara no luce para sí, sino para los que viven
en tinieblas

¡No podéis imaginaros cómo me escuece el alma al recordar las muchedumbres, que como imponente marea, se congregaban los días de fiesta y ver reducidas ahora a la mínima expresión aquellas multitudes de antaño! ¿Dónde están ahora los que en las solemnidades nos causan tanta tristeza? Es a ellos a quienes busco, ellos por cuya causa lloro al caer en la cuenta de la cantidad de ellos que perecen y que estaban salvos, al considerar los muchos hermanos que pierdo, cuando pienso en el reducido número de los que se salvan, hasta el punto de que la mayor parte del cuerpo de la Iglesia se asemeja a un cuerpo muerto e inerte.

Pero dirá alguno: ¿Y a nosotros qué? Pues bien, os importa muchísimo a vosotros que no os preocupáis por ellos, ni les exhortáis, ni les ayudáis con vuestros consejos; a vosotros que no les hacéis sentir su obligación de venir ni los arrastráis aunque sea a la fuerza, ni les ayudáis a salir de esa supina negligencia. Pues Cristo nos enseñó que no sólo debemos sernos útiles a nosotros, sino a muchos, al llamarnos sal, fermento y luz. Estas cosas, en efecto, son útiles y provechosas para los demás. Pues la lámpara no luce para sí, sino para los que viven en tinieblas: y tú eres lámpara, no para disfrutar en solitario de la luz, sino para reconducir al que yerra.

Porque, ¿de qué sirve la lámpara si no alumbra al que vive en las tinieblas? Y ¿cuál sería la utilidad del cristianismo si no ganase a nadie, si a nadie redujera a la virtud?

Por su parte, tampoco la sal se conserva a sí misma, sino que mantiene a raya a los cuerpos tendentes a la corrupción, impidiendo que se descompongan y perezcan. Lo mismo tú: puesto que Dios te ha convertido en sal espiritual, conserva y mantén en su integridad a los miembros corrompidos, es decir, a los hermanos desidiosos y a los que ejercen artes esclavizantes; y al hermano liberado de la desidia, como de una llaga cancerosa, reincorporándolo a la Iglesia.

Por esta razón te apellidó también fermento. Pues bien, tampoco el fermento actúa como levadura de sí mismo, sino de toda la masa, por grande que sea, pese a su parvedad y escaso tamaño. Pues lo mismo vosotros: aunque numéricamente sois pocos, sed no obstante muchos por la fe y el empeño en el culto de Dios. Y así como la levadura no por desproporcionada deja de ser activísima, sino que por el calor con que la naturaleza la ha dotado y en fuerza a sus propiedades sobrepuja a la masa, así también vosotros, si os lo proponéis, podréis reducir, a una multitud mucho mayor, a un mismo fervor y a un paralelo entusiasmo.

 

RESPONSORIO                    Prov 4, 18; 1 Cor 13, 8
 
R./ La senda del justo es aurora luminosa, * crece su luz hasta hacerse mediodía.
V./ El amor no pasa nunca.
R./ Crece su luz hasta hacerse mediodía.
 


Ciclo B: Mc 1, 29-39

HOMILÍA

San Pedro Crisólogo, Sermón 18 (PL 52, 246-249)

Dios busca a los hombres, no las cosas de los hombres

La lectura evangélica de hoy enseña al oyente atento por qué el Señor del cielo y restaurador del universo entró en los hogares terrenos de sus siervos. Aunque nada tiene de extraño que afablemente se haya mostrado cercano a todos, él que clementemente había venido a socorrer a todos.

Conocéis ya lo que movió a Cristo a entrar en la casa de Pedro: no ciertamente el placer de recostarse a la mesa, sino la enfermedad de la que estaba en la cama; no la necesidad de comer, sino la oportunidad de curar; la obra del poder divino, no la pompa del banquete humano. En casa de Pedro no se escanciaban vinos, sino que se derramaban lágrimas. Por eso entró allí Cristo, no a banquetear, sino a vivificar. Dios busca a los hombres, no las cosas de los hombres; desea dispensar bienes celestiales, no aspira a conseguir los terrenales. En resumen: Cristo vino en busca nuestra, no en busca de nuestras cosas.

Al llegar Jesús a casa de Pedro, encontró a la suegra en cama con fiebre. Entrando Cristo en casa de Pedro, vio lo que venía buscando. No se fijó en la calidad de la casa, ni en la afluencia de gente, ni en los ceremoniosos saludos, ni en la reunión familiar; no paró mientes tampoco en el decoro de los preparativos: se fijó en los gemidos de la enferma, dirigió su atención al ardor de la que estaba bajo la acción de la fiebre. Vio el peligro de la que estaba más allá de toda esperanza, e inmediatamente pone manos a la obra de su deidad: ni Cristo se sentó a tomar el alimento humano, antes de que la mujer que yacía en cama se levantara a las cosas divinas. La cogió de la mano, y se le pasó la fiebre. Veis cómo abandona la fiebre a quien coge la mano de Cristo. La enfermedad no se resiste, donde el autor de la salud asiste; la muerte no tiene acceso alguno, donde entró el dador de la vida.

Al anochecer, le llevaron muchos endemoniados; él con su palabra expulsó los espíritus. El anochecer se produce al acabarse el día del siglo, cuando el mundo bascula hacia la puesta de la luz de los tiempos. Al caer de la tarde viene el restaurador de la luz, para introducirnos en el día sin ocaso, a nosotros que venimos de la noche secular del paganismo.

Al anochecer, es decir, en el último momento, la piadosa y solemne devoción de los apóstoles nos ofrece a Dios Padre, a nosotros procedentes del paganismo: son expulsados de nosotros los demonios, que nos imponían el culto a los ídolos. Desconociendo al único Dios, servíamos a innumerables dioses en nefanda y sacrílega servidumbre.

Como Cristo ya no viene a nosotros en la carne, viene en la palabra: y dondequiera que la fe nace del mensaje, y el mensaje consiste en hablar de Cristo, allí la fe nos libera de la servidumbre del demonio, mientras que los demonios, de impíos tiranos, se han convertido en prisioneros. De aquí que los demonios, sometidos a nuestro poder, son atormentados a nuestra voluntad. Lo único que importa, hermanos, es que la infidelidad no vuelva a reducirnos a su servidumbre: pongámonos más bien, en nuestro ser y en nuestro hacer, en manos de Dios, entreguémonos al Padre, confiémonos a Dios: pues la vida del hombre está en manos de Dios; en consecuencia, como Padre dirige las acciones de sus hijos, y como Señor no deja de preocuparse por su familia.

 

RESPONSORIO                    Is 61,  1.2; Jn 8, 42
 
R./ El Espíritu del Señor, Dios, está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres, * para curar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros la libertad; para proclamar un año de gracia del Señor.
V./ Yo salí de Dios, y he venido. Pues no he venido por mi cuenta, sino que él me envió.
R./ Para curar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros la libertad; para proclamar un año de gracia del Señor.
 


Ciclo C: Lc 5, 1-11

HOMILÍA

San Agustín de Hipona, Sermón 43 (5-6: PL 38, 256- 257)

Cristo eligió para apóstoles a unos pescadores

Estando el bienaventurado Pedro con otros dos discípulos de Cristo, el Señor, Santiago y Juan, en la montaña con el mismo Señor, oyó una voz venida del cielo: Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo. Recordando este episodio, el mencionado Apóstol escribe en su Carta: Esta voz traída del cielo la oímos nosotros estando con él en la montaña sagrada. Y luego continúa diciendo: Esto nos cerciora la palabra de los profetas. Se oyó aquella voz del cielo, y se cercioró la palabra de los profetas.

Este Pedro, que así habla, fue pescador: y en la actualidad es un inestimable timbre de gloria para un orador, ser capaz de comprender al pescador. Esta es la razón por la que el apóstol Pablo, hablando de los primeros cristianos, les decía: Fijaos, hermanos, en vuestra asamblea; no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; todo lo contrario, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios; lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar al fuerte. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta.

Si para dar comienzo a su obra, Cristo hubiera elegido un orador, el orador hubiera dicho: «He sido elegido en consideración a mi elocuencia». Si hubiera escogido a un senador, el senador hubiera dicho: «He sido escogido en atención a mi dignidad». Finalmente, si primeramente hubiera elegido a un emperador, el emperador hubiera dicho: «He sido elegido en consideración a mi poder». Descansen los tales y aguarden todavía un poco. Descansen un poco: no se prescinda de ellos ni se les desprecie; sean tan sólo aplazados quienes pueden gloriarse de sí mismos y en sí mismos.

Dame —dice— ese pescador, dame a ese ignorante, dame ese analfabeto, dame a ese con quien no se digna hablar el senador, ni siquiera al comprarle la pesca: dame a ese. Y cuando le haya colmado de mis dones, quedará patente que soy yo quien actúo. Aunque bien es verdad que me propongo hacer lo mismo con el senador, el orador y el emperador: lo haré llegado el momento también con el senador, pero con un pescador mi actuación es más evidente. Puede el senador gloriarse de sí mismo, y lo mismo el orador y el emperador: en cambio el pescador sólo puede gloriarse en Cristo. Que venga, que venga primero el pescador a enseñar la humildad que salva; por su medio será más fácilmente conducido a Cristo el emperador.

Acordaos, pues, del pescador santo, justo, bueno, lleno de Cristo, en cuyas redes, echadas por todo el mundo, había de ser pescado, junto con los demás, este pueblo africano; acordaos, pues, que él había dicho: Esto nos cerciora la palabra de los profetas.

 

RESPONSORIO                    1 Cor 1, 27-29; Is 33, 18
 
R./ Lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso. * Ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor.
V./ ¿Dónde está el que pedía cuentas, dónde el que pesaba los tributos, dónde el que contaba las torres?
R./ Ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor.

 

 

DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO


EVANGELIO

Ciclo A: Mt 5, 17-37

HOMILÍA

San Agustín de Hipona, Sermón sobre el discurso del Monte (1, 9, 21: CCL 35, 22-23)

Para que conservemos la inocencia en el corazón

Os lo aseguro: si no sois mejores que los letrados y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos; es decir, si no sólo cumplís aquellos preceptos menos importantes que vienen a ser como una iniciación para el hombre, sino además estos que yo añado, yo que no he venido a abolir la ley, sino a darle plenitud, no entraréis en el reino de los cielos.

Pero me dirás: Si cuando al hablar, unas líneas más arriba, de aquellos preceptos menos importantes, afirmó que, en el reino de los cielos, será menos importante el que se saltare uno solo de estos preceptos, y se lo enseñare así a los hombres, y que será grande quien los cumpla y enseñe –de donde se sigue que el tal estará en el reino de los cielos, pues se le tiene por grande en él–, ¿qué necesidad hay de añadir nuevos preceptos a los mínimos de la ley, si puede estar ya en el reino de los cielos, puesto que es tenido por grande quien los cumpla y enseñe? En consecuencia dicha sentencia hay que interpretarla así: Pero quien los cumpla y enseñe así, será grande en el reino de los cielos, esto es, no en la línea de esos preceptos menos importantes, sino en la línea de los preceptos que yo voy a dictar. Y ¿cuáles son estos preceptos?

Que seáis mejores que los letrados y fariseos –dice–, porque de no ser mejores, no entraréis en el reino de los cielos. Luego quien se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres, será el menos importante; pero quien los cumpla y enseñe, no inmediatamente habrá de ser tenido ya como grande e idóneo para el reino de los cielos, pero al menos no será tan poco importante como el que se los saltare. Para poder ser grande e idóneo para el reino, debe cumplir y enseñar como Cristo ahora enseña, es decir, que sea mejor que los letrados y fariseos.

La justicia de los fariseos se limita a no matar; la justicia de los destinados a entrar en el reino de los cielos ha de llegar a no estar peleado sin motivo. No matar es lo mínimo que puede pedirse, y quien no lo cumpla será el menos importante en el reino de los cielos. En cambio, el que cumpliere el precepto de no matar, no inmediatamente será tenido por grande e idóneo para el reino de los cielos, pero al menos sube un grado.

Llegará a la perfección si no anda peleado sin motivo; y si esto cumple, estará mucho más alejado del homicidio. En consecuencia, quien nos enseña a no andar peleados, no deroga la ley de no matar, sino que le da plenitud, de suerte que conservemos la inocencia: en el exterior, no matando; en el corazón, no irritándonos.

 

RESPONSORIO                    Prov 19, 16; Sant 1, 25
 
R./ Quien guarda el precepto guarda su vida, * quien descuida su conducta morirá.
V./ El que se concentra en una ley perfecta, la de la libertad, y permanece en ella, no como oyente olvidadizo, sino poniéndola en práctica, ese será dichoso al practicarla.
R./ Quien descuida su conducta morirá.
 


Ciclo B: Mc 1, 40-45

HOMILÍA

San Juan Crisóstomo, Homilía 25 sobre el evangelio de san Mateo (1-2: PG 57, 328-329)

Grande es la prudencia y la fe del que se acerca

Se acercó un leproso, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Grande es la prudencia y la fe del que se acerca. Pues no interrumpe el discurso ni irrumpe en medio de los oyentes, sino que espera el momento oportuno; se le acerca cuando Cristo ha bajado del monte. Y le ruega no superficialmente, sino con gran fervor, postrándose a sus pies, con fe sincera y con una justa opinión de él.

Porque no dijo: «Si se lo pides a Dios», ni: «Si haces oración», sino: Si quieres, puedes limpiarme. Tampoco dijo: «Señor, límpiame»; sino que todo lo deja en sus manos, le hace señor de su curación y le reconoce la plenitud de poder. Mas el Señor, que muchas veces habló de sí humildemente y por debajo de lo que a su gloria corresponde, ¿qué dice aquí para confirmar la opinión de quienes contemplaban admirados su autoridad? Quiero: queda limpio. Aun cuando hubiera el Señor realizado ya tantos y tan estupendos milagros, en ninguna parte hallamos una expresión que se le parezca.

Aquí, en cambio, para confirmar la opinión que de su autoridad tenía tanto el pueblo en su totalidad como el leproso, antepuso este: quiero. Y no es que lo dijera y luego no lo hiciera, sino que la obra secundó inmediatamente a la palabra. Y no se limitó a decir: quiero: queda limpio, sino que añade: Extendió la mano y lo tocó. Lo cual es digno de ulterior consideración. En efecto, ¿por qué si opera la curación con la voluntad y la palabra, añade el contacto de la mano? Pienso que lo hizo únicamente para indicar que él no estaba sometido a la ley, sino por encima de la ley, y que en lo sucesivo todo es limpio para los limpios.

El Señor, en efecto, no vino a curar solamente los cuerpos, sino también para conducir el alma a la filosofía. Y así como en otra parte afirma que en adelante no está ya prohibido comer sin lavarse las manos —sentando aquella óptima ley relativa a la indiferencia de los alimentos—, así actúa también en este lugar enseñándonos que lo importante es cuidar del alma y, sin hacer caso de las purificaciones externas, mantener el alma bien limpia, no temiendo otra lepra que la lepra del alma, es decir, el pecado. Jesús es el primero que toca a un leproso y nadie se lo reprocha.

Y es que aquel tribunal no estaba corrompido ni los espectadores estaban trabajados por la envidia. Por eso, no sólo no lo calumniaron, sino que, maravillados ante semejante milagro, se retiraron adorando su poder invencible, patentizado en sus palabras y en sus obras.

Habiéndole, pues, curado el cuerpo, mandó el Señor al leproso que no lo dijera a nadie, sino que se presentase al sacerdote y ofreciera lo prescrito en la ley. Y no es que lo curase de modo que pudiera subsistir duda alguna sobre su cabal curación: pero lo encargó severamente no decirlo a nadie, para enseñarnos a no buscar la ostentación y la vanagloria. Ciertamente él sabía que el leproso no se iba a callar y que había de hacerse lenguas de su bienhechor; hizo, sin embargo, lo que estaba en su mano.

En otra ocasión, Jesús mandó que no exaltaran su persona, sino que dieran gloria a Dios; en la persona de este leproso quiere exhortarnos el Señor a que seamos humildes y que huyamos la vanagloria; en la persona de aquel otro leproso, por lo contrario, nos exhorta a ser agradecidos y no echar en olvido los beneficios recibidos. Y en cualquier caso, nos enseña a canalizar hacia Dios toda alabanza.

 

RESPONSORIO                    Sal 37, 4.3; Jer 17,14
 
R./ No hay parte ilesa en mi carne a causa de tu furor; no tienen descanso mis huesos a causa de mis pecados. * Cúrame, Señor, y quedaré curado; ponme a salvo y a salvo quedaré.
V./ Tus flechas se me han clavado, tu mano pesa sobre mí.
R./ Cúrame, Señor, y quedaré curado; ponme a salvo y a salvo quedaré.
 


Ciclo C: Lc 6, 17.20-26

HOMILÍA

San Cromacio de Aquileya, Sermón 39 (SC 164, 216-220)

Hemos de trabajar por la paz, para que se nos llame
«los hijos de Dios»

Cuando nuestro Señor y Salvador recorría numerosas ciudades y regiones, predicando y curando todas las enfermedades y todas las dolencias, al ver el gentío –como nos refiere la lectura que acabamos de oír– subió a la montaña. Con razón el Dios Altísimo sube a una altura, para allí predicar sublimes doctrinas a hombres deseosos de escalar las más sublimes virtudes.

Y es justo que la ley nueva se predique en una montaña, ya que la ley de Moisés fue dada en un monte. Esta consta de diez preceptos, destinados a iluminar y reglamentar la vida presente; aquélla consta de ocho bienaventuranzas, ya que conduce a sus seguidores a la vida eterna y a la patria celestial.

Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. Por tanto, los sufridos han de ser de carácter tranquilo y sinceros de corazón. Que su mérito no es irrelevante lo evidencia el Señor, cuando añade: Porque ellos heredarán la tierra. Se refiere a aquella tierra de la que está escrito: Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Así pues, heredar esa tierra equivale a heredar la inmortalidad del cuerpo y la gloria de la resurrección eterna.

La mansedumbre no sabe de soberbia, ignora la jactancia, desconoce la ambición. Por eso, no sin razón exhorta en otro lugar el Señor a sus discípulos, diciendo: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso.

Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados. No los que deploran la pérdida de seres queridos, sino los que lloran los propios pecados, los que con lágrimas lavan sus delitos; o también los que lamentan la iniquidad de este mundo o lloran los pecados ajenos.

Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán «los hijos de Dios». Fíjate en el inmenso mérito de los que trabajan por la paz, pues ya no son llamados siervos, sino «los hijos de Dios». Y no sin razón, pues quien ama la paz, ama a Cristo, el autor de la paz, a quien el apóstol Pablo llamó «paz», cuando dijo: El es nuestra paz. En cambio, quien no ama la paz, propugna la discordia, pues ama al diablo que es el autor de la discordia. En efecto, él fue el primero en sembrar la discordia entre Dios y el hombre, pues arrastró al hombre a la transgresión del precepto de Dios. Y si el Hijo de Dios bajó del cielo, fue justamente para condenar al diablo, autor de la discordia, y hacer las paces entre Dios y el hombre, reconciliando al hombre con Dios y devolviendo al hombre el favor divino. Por lo cual, hemos de trabajar por la paz, para merecer ser llamados «los hijos de Dios», ya que sin la paz no sólo perdemos el nombre de hijos, sino el mismo nombre de siervo, pues dice el Apóstol: Buscad la paz, sin la cual nadie puede agradar a Dios.

 

RESPONSORIO                    Mt 5, 9.12
 
R./ Bienaventurados los que trabajan por la paz, * porque serán llamados hijos de Dios.
V./ Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en cielo.
R./ Porque serán llamados hijos de Dios.

 

DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO


EVANGELIO

Ciclo A: Mt 5, 38-48

HOMILÍA

San Cipriano de Cartago, Tratado sobre los celos y la envidia (12-13.15: CSEL 3, 427-430)

Que nuestras obras proclamen la generosidad de Dios

Conviene no olvidar el nombre que Cristo da a su pueblo y con qué título denomina a su grey. Lo llama ovejas, para que la inocencia cristiana se adecue a las ovejas; lo llama corderos, para que la simplicidad de la mente imite la natural simplicidad de los corderos. ¿Por qué el lobo se cubre con piel de oveja?, ¿por qué infama al rebaño de Cristo quien se finge cristiano?

Ampararse con el nombre de Cristo y no seguir las huellas de Cristo, ¿qué otra cosa es sino traicionar el nombre de Dios, desertar del camino de la salvación? Sobre todo cuando el mismo Cristo enseña y declara que entra en la vida quien guarda los mandamientos y llama prudente a quien escucha sus palabras y las pone en práctica; más aún, califica de doctor eminente en el reino de los cielos a quien enseñe y cumpla lo que enseña: pues sólo entonces aprovechará al predicador lo que recta y útilmente hubiere predicado, si él mismo pone por obra lo que oralmente ha enseñado.

Y ¿hay algo sobre lo que el Señor haya insistido tanto a sus discípulos, algo, entre sus saludables avisos y celestiales preceptos, cuya guarda y custodia haya inculcado tanto como que nos amemos mutuamente también nosotros con el mismo amor con que él mismo amó a sus discípulos? Y ¿cómo va a conservar la paz y la caridad del Señor quien, a causa de los celos, no consigue ser ni pacífico ni amable?

Por eso, el mismo apóstol Pablo, después de enumerar los méritos de la paz y de la caridad, después de enseñar yafirmar rotundamente que de nada le aprovecharía ni la fe ni las limosnas ni siquiera los sufrimientos típicos del confesor o del mártir, de no mantener íntegras e invioladas las exigencias del amor, añadió lo siguiente: El amor es comprensivo, el amor es servicial y no tiene envidia, enseñando de este modo y demostrando que sólo puede mantener la caridad el que es comprensivo, servicial e invulnerable a los celos y al rencor. Asimismo, cuando, en otro pasaje, exhorta al hombre ya plenificado por el Espíritu Santo y convertido en hijo de Dios por el nacimiento celeste, a no buscar más que las realidades espirituales y divinas, agrega y dice: Y yo, hermanos, no pude hablaros como a hombres de espíritu, sino como a gente débil, como a cristianos todavía en la infancia. Y todavía seguís los bajos instintos. Mientras haya entre vosotros envidiasy contiendas, es que os guían los bajos instintos y que procedéis como gente cualquiera.

Por otra parte, no podemos ser portadores de la imagen del hombre celestial si no nos asemejamos a Cristo desde los comienzos de nuestra vida espiritual. Lo cual implica dejar de ser lo que habías sido y comenzar a ser lo que no eras, para que en ti brille la filiación divina, para que tu conducta deifica corresponda a tu calidad de hijo de Dios, para que en tu modo de vivir digno y encomiable sea Dios glorificado. Es Dios mismo quien nos exhorta y nos estimula a ello, prometiendo reciprocidad a quienes glorifican a Dios. Dice en efecto: Porque yo honro a los que me honran y serán humillados los que me desprecian. Para formarnos y prepararnos a esta glorificación, el Señor e Hijo de Dios –apuntando a su semejanza con Dios Padre– nos dice en su evangelio: Habéis oído que se dijo: «Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo». Yo, en cambio, os digo: «Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo».

 

RESPONSORIO                    Mt 5, 44-45; Ef 4, 32
 
R./ Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, * para que seáis hijos de vuestro Padre celestial.
V./ Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo.
R./ Para que seáis hijos de vuestro Padre celestial.
 


Ciclo B: Mc 2, 1-12

HOMILÍA

San Juan Crisóstomo, Tratado sobre el sacerdocio (Lib 3, 3-6: PG 48, 643-644)

Todas estas cosas las realizan las manos consagradas
de los sacerdotes

Quien atentamente considere qué gran cosa sea poder aproximarse a aquella dichosa y simple naturaleza, aun siendo hombre y hombre plasmado de carne y sangre, comprenderá perfectamente el inmenso honor de que la gracia del Espíritu ha revestido a los sacerdotes. Pues por sus manos se realizan no sólo los mencionados misterios, sino otros ministerios en nada inferiores, tanto en razón de su propia dignidad, como a causa de nuestra salvación. En efecto, a personas que moran en la tierra y en la tierra tienen sus ocupaciones se les ha encomendado la administración de los tesoros del cielo, y han recibido un poder que Dios no otorgó ni a los ángeles ni a los arcángeles. Pues no se les dijo a ellos: Todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. En verdad que los que, en la tierra, ejercen la autoridad, tienen también el poder de atar, pero sólo los cuerpos; en cambio el poder vinculante del sacerdote afecta al alma y penetra los cielos: y todo lo que los sacerdotes hacen aquí abajo, lo ratifica Dios allá arriba, y la sentencia de los siervos es confirmada por el mismo Señor.

¿Y qué es lo que les otorgó sino la plena potestad sobre las cosas celestiales? Dice en efecto: A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos. ¿Puede haber poder mayor que éste? El Padre ha confiado al Hijo el juicio de todos: y veo que el Hijo ha delegado en los sacerdotes esta potestad de juzgar. Han sido encumbrados a un poderío tal, como si hubiesen sido ya trasladados al cielo y, liberados de nuestras pasiones, hubieran traspasado las fronteras dela humana naturaleza. Porque si nadie puede entrar en el reino de los cielos si no naciere de agua y de Espíritu; y si al que no comiere la carne del Salvador y no bebiere su sangre, se le priva de la vida eterna; y todas estas cosas no se confieren sino por medio de aquellas sagradas manos, es decir, por las manos sacerdotales, ¿quién sin su ayuda podrá escapar al fuego del infierno, o alcanzar las coronas reservadas a los elegidos?

A ellos, precisamente a ellos, les ha sido confiada la misión del nacimiento espiritual y la regeneración por el bautismo: por ellos nos revestimos de Cristo, somos sepultados con el Hijo de Dios y nos convertimos en miembros de aquella bienaventurada cabeza. Ellos son los autores de nuestra divina generación, a saber, de aquella feliz regeneración, la de la libertad verdadera y de la filiación por la gracia.

 

RESPONSORIO                    Mt 28, 18; Jn 20, 22-23; 3, 35
 
R./ Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra: * Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.
V./ El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en su mano.
R./ Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.
 


Ciclo C: Lc 6, 27-38

HOMILÍA

San León Magno, Tratado 17 (1-4: CCL 138, 68-71)

Tu bienhechor te quiere espléndido

La doctrina legal, amadísimos, presta un inestimable servicio a la normativa evangélica, ya que algunos mandatos antiguos han pasado a la nueva observancia, y la misma práctica religiosa demuestra que el Señor Jesús no vino a abolir la ley, sino a darle plenitud. Habiendo, en efecto, cesado los signos con los que se anunciaba la venida de nuestro Salvador, y cumplidas las figuras, que la presencia de la realidad hizo desaparecer, todas las prescripciones emanadas de la piedad, bien como norma de conducta, bien para asegurar la pureza del culto divino, continúan vigentes entre nosotros y en la misma forma en que se promulgaron, y todo lo que estaba de acuerdo con ambos Testamentos, no ha sufrido mutación alguna.

Pues bien, para suplicar a Dios sigue siendo eficacísima la petición avalada por obras de misericordia, porque quien no distrae su atención del pobre, inmediatamente se atrae la atención de Dios, como él mismo dice: Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo; perdonad y seréis perdonados. ¿Hay algo más benigno que esta justicia? ¿Qué más clemente que esta retribución, en la que la sentencia del juez se deja a la discreción del juzgado? Dad —dice— y se os dará. ¡Con qué rapidez es amputada la preocupada desconfianza y la morosa avaricia, de suerte que la humanidad pueda segura erogar lo que la verdad promete recompensar!

¡Sé constante, cristiano generoso! Da y recibirás, siembra y cosecharás, esparce y recogerás. No temas el dispendio ni te inquiete la incertidumbre de los rendimientos. Tu hacienda, bien administrada, aumenta. Ambiciona la justa ganancia de la misericordia y corre tras el comercio de las ganancias eternas. Tu bienhechor te quiere espléndido, y el que te da para que tengas, te manda que des, diciendo: Dad y se os dará. Has de aceptar con alegría la condición de esta promesa.

Y aun cuando no tengas sino lo que has recibido, sin embargo, no puedes no tener lo que has de dar. El que ame el dinero y desee multiplicar desmesuradamente sus riquezas, ejerza más bien este santo lucro y se enriquezca mediante el arte de este tipo de usuras: no esté al acecho de las necesidades de los menesterosos, no sea que, a causa de beneficios simulados, caiga en los lazos de unos deudores insolventes, sino constitúyase en acreedor y usurero de aquel que dice: Dad y se os dará y La medida que uséis la usarán con vosotros.

Así, pues, amadísimos, vosotros que de todo corazón habéis dado fe a las promesas del Señor, huyendo la inmundísima lepra de la avaricia, usad sabia y piadosamente de los dones de Dios. Y puesto que os gozáis de su generosidad, procurad hacer a otros partícipes de vuestra felicidad.

 

RESPONSORIO                    Lc 6, 35-36; Sal 144, 8
 
R./ El Altísimo es bueno con los malvados y desagradecidos. * Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso.
V./ El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad.
R./ Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso.

 

DOMINGO VIII DEL TIEMPO ORDINARIO


EVANGELIO

Ciclo A: Mt 6, 24-34

HOMILÍA

San Cirilo de Alejandría, Homilía 62 sobre el evangelio de san Lucas (Edit R.R. Tonneau: CSCO t. 70, 160-164)

Sobre todo buscad el reino de Dios y su justicia

Al oír estas palabras, ¿qué conclusiones los discípulos han de tomar y qué decisiones prácticas han de adoptar? Ciertamente éstas: han de abandonar en manos de Dios la preocupación por el alimento, y acordarse de lo que dijo aquel santo varón: Encomienda a Dios tus afanes, que él te sustentará. Sí, él da con largueza a los santos lo necesario para la vida, y ciertamente no miente al decir: No estéis agobiados por la vida pensando qué vais a comer, ni por el cuerpo pensando con qué os vais a vestir... Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo esto. Sobre todo buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura.

Era sumamente útil —necesario incluso— que los que son investidos de la dignidad apostólica tuvieran un alma liberada del apetito de riquezas y nada aborrecieran tanto como la acumulación de donativos, contentándose más bien con los que Dios les proporciona, pues, como está escrito: La codicia es la raíz de todos los males. Convenía, por tanto, que a toda costa se mantuvieran al margen y plenamente liberados de aquel vicio que es la raíz y madre de todos los males, agotando —valga la expresión— toda su diligencia en ocupaciones realmente necesarias: en no caer bajo el yugo de Satanás. De esta forma, caminando al margen de las preocupaciones mundanas, infravalorarán los apetitos carnales y desearán únicamente lo que Dios quiere.

Y al igual que los más aguerridos soldados, al salir al combate, no llevan consigo más que las armas necesarias para la guerra, lo mismo aquellos a quienes Cristo enviaba en ayuda de la tierra y a asumir la lucha, en pro de los que estaban en peligro, contra los poderes que dominan este mundo de tinieblas, es más, a luchar contra el mismo Satanás en persona, convenía que estuvieran liberados de las fatigas de este mundo y de toda preocupación mundana de modo que, bien ceñidos y con las armas espirituales en las manos, pudieran luchar denodadamente contra los que bloquean la gloria de Cristo y sembraron de ruinas la tierra entera; es un hecho que indujeron a sus habitantes a adorar a la criatura en lugar de al Creador y a ofrecer culto a los elementos del mundo.

Tened embrazado el escudo de la fe, puesta la coraza de la justicia y por espada la del Espíritu Santo, toda palabra de Dios. Con estos pertrechos, era inevitable que fueran intolerables para sus enemigos, sin llevar entre su impedimenta nada digno de mancha o culpa, es decir, el afán de poseer, de atesorar ilícitas ganancias y andar preocupados en su custodia, cosas todas que apartan al alma humana de una vida grata a Dios ni la permiten elevarse a él sino que más bien le cortan las alas y la hunden en aspiraciones materiales y terrenas.

 

RESPONSORIO                    Mt 6, 31. 32-33
 
R./ No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. * Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso.
V./ Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura.
R./ Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso.
 


Ciclo B: Mc 2, 18-22

HOMILÍA

San Ireneo de Lyon, Tratado contra las herejías (Lib 4, 34, 1.2.3: SC 100, 846848; 850854)

Trayéndose a sí mismo, Cristo nos trajo toda novedad

Leed con mayor atención el evangelio que nos han transmitido los apóstoles; leed también atentamente las profecías y hallaréis que toda la actividad, toda la doctrina y toda la pasión de nuestro Señor estaba predicha en ellas. Y si se os ocurriese pensar: entonces, ¿qué de nuevo nos ha traído el Señor con su venida?, sabed que trayéndose a sí mismo, nos trajo toda novedad, él que previa-mente había sido anunciado. Y lo que se predicaba eraesto: que la Novedad vendría a innovar y a vivificar al hombre.

Y si la venida del Rey es anunciada de antemano por los siervos que él envió, es para preparar a los que habrían de recibir a su propio Señor. Pero una vez llegado el Rey y sus súbditos han sido colmados de la alegría previamente anunciada, han recibido la libertad que procede de él y participan de su visión; ahora que han escuchado sus palabras y disfrutado de sus dones, ya ninguna persona sensata se preguntará qué de nuevo ha aportado el Rey sobre los que anunciaron su venida: ha aportado su propia persona y ha hecho donación a los hombres de los bienes anunciados con anterioridad, bienes que los ángeles ansían penetrar.

El con su venida lo ha plenificado todo y aún hoy sigue plenificando en la Iglesia, hasta la consumación final, la nueva Alianza preanunciada por la ley. Ahora bien, ¿cómo habrían los profetas podido predecir la venida del Rey y preevangelizar la paz que él iba a instaurar, y preanunciar todo lo que Cristo hizo de palabra y de obra, además de su pasión, y predicar el nuevo Testamento, si hubieran recibido la inspiración profética de otro dios, de un dios que —según vosotros— ignoraba al Padre inenarrable y su reino y sus disposiciones, unas disposiciones cumplimentadas por el Hijo de Dios al venir a la tierra en los últimos tiempos?

Todos los profetas anunciaron de hecho unas mismas cosas, pero no se verificaron en ningún personaje de la antigüedad. Porque de haberse verificado en alguno de los antiguos, no habría razón para que, los profetas que vivieron con posterioridad, profetizasen que estas cosas habrían de cumplirse en los últimos tiempos. Pero la verdad es que no existe ningún personaje ni entre los padres ni entre los profetas ni entre los antiguos reyes en quien se haya realizado un sola de estas profecías en forma propia y específica. Todos, es verdad, profetizaron los padecimientos de Cristo, pero ellos estuvieron muy lejos de padecer sufrimientos tales como los por ellos predichos. Y los signos predichos a propósito de la Pasión del Señor en ningún otro se cumplieron.

En resumen: los profetas no se referían a ningún otro, sino al Señor, en quien concurrieron todos los signos predichos.

 

RESPONSORIO                    Lc 1, 68.70; 1 Jn 4, 10
 
R./ El Señor ha visitado y redimido a su pueblo, * según lo había predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas.
V./ Nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados.
R./ Según lo había predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas.
 


Ciclo C: Lc 6, 39-45

HOMILÍA

San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el evangelio de san Lucas (Cap 6: PG 72, 602-603)

Los discípulos llamados a ser los iniciadores y maestros
del mundo entero

Un discípulo no es más que su maestro, si bien cuando termine el aprendizaje, será como su maestro. Los bienaventurados discípulos estaban llamados a ser los iniciadores y maestros del mundo entero. Por eso era conveniente que aventajasen a los demás en una sólida formación religiosa: necesitaban conocer el camino de la vida evangélica, ser maestros consumados en toda obra buena, impartir a sus alumnos una doctrina clara, sana y ceñida a las reglas de la verdad; como quienes ya antes habían fijado su mirada en la Verdad y poseían una mente ilustrada por la luz divina. Sólo así evitarían convertirse en ciegos, guías de ciegos. En efecto, los que están envueltos en las tinieblas de la ignorancia, no podrán conducir al conocimiento de la verdad a quienes se encuentran en idénticas y calamitosas condiciones. Pues de intentarlo, ambos acabarán cayendo en el hoyo de las pasiones.

A continuación y para cortar de raíz el tan difundido morbo de la jactancia, de modo que en ningún momento intenten superar el prestigio de los maestros, añade: Un discípulo no es más que su maestro. Y si ocurriera alguna vez que algunos discípulos hicieran tales progresos, que llegaran a equipararse en mérito a sus antecesores, incluso entonces deben permanecer dentro de los límites de la modestia de los maestros y convertirse en sus imitadores.

Es lo que atestiguará Pablo, diciendo: Seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo. Por tanto, si el maestro se abstiene de juzgar, ¿por qué tú dictas sentencia? No vino efectivamente a juzgar al mundo, sino para usar con él de misericordia. Cuyo sentido es éste: si yo —dice— no juzgo, no juzgues tú tampoco, siendo como eres discípulo. Y si por añadidura, eres más culpable que aquel a quien juzgas, ¿cómo no se te caerá la cara de vergüenza? El Señor aclara esto mismo con otra comparación. Dice: ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo?

Con silogismos que no tienen vuelta de hoja trata de persuadirnos de que nos abstengamos de juzgar a los demás; examinemos más bien nuestros corazones y tratemos de expulsar las pasiones que anidan en ellos, implorando el auxilio divino. El Señor sana los corazones destrozados y nos libra de las dolencias del alma. Si tú pecas más y más gravemente que los demás, ¿por qué les reprochas sus pecados, echando al olvido los tuyos? Así pues, este mandato es necesariamente provechoso para todo el que desee vivir piadosamente, pero lo es sobre todo para quienes han recibido el encargo de instruir a los demás.

Y si fueren buenos y capaces, presentándose a sí mismos como modelos de la vida evangélica, entonces sí que podrán reprender con libertad a quienes no quieren imitar su conducta, como a quienes, adhiriéndose a sus maestros, no dan muestras de un comportamiento religioso.

 

RESPONSORIO                    2 Tim 2, 2; Sal 77, 5-6
 
R./ Lo que has oído de mí, a través, de muchos testigos, * eso mismo confíalo a hombres fieles, capaces, a su vez, de enseñar a otros.
V./ El Señor mandó a nuestros padres que le enseñaran a sus hijos, para que lo supiera la generación siguiente.
R./ Eso mismo confíalo a hombres fieles, capaces, a su vez, de enseñar a otros.

 

DOMINGO IX DEL TIEMPO ORDINARIO


EVANGELIO

Ciclo A: Mt 7, 21-27

HOMILÍA

Epifanio el Latino, Comentario a los evangelios (Hom 21: PLS 3, 854-855)

Fundemos en Cristo nuestra fe

Puesto que un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos, se sigue que por el fruto se conoce al árbol. Si, pues, somos árboles sanos, es decir, hombres justos, piadosos, fieles, misericordiosos, demos frutos de santidad y justicia, ya que si fuéramos árboles dañados, esto es, hombres impíos, dolosos, codiciosos y pecadores seríamos talados, se entiende, por la divina espada de dos filos en el día del juicio, y arrojados al fuego eterno. Allá se hará el discernimiento del bien y el mal, como habéis oído en la presente lectura: El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca.

Por eso, nuestro Señor que nos quiere inconmovibles hasta el fin y salvos para siempre, no a través del ocio sino a través de la fatiga, después de todas las bienaventuranzas y de los innumerables preceptos, concluyó su discurso con esta parábola, para enseñarnos que será salvo, quien perseverare hasta el fin.

En la casa edificada sobre roca, que ninguna adversa tempestad consiguió abatir, quiso significar nuestra firme fe en Cristo, que ninguna tentación diabólica es capaz de conmover. Sólo luchando contra el diablo con armas espirituales, mereceremos —vencido el enemigo— recibir la corona. La casa es, pues, la santa Iglesia —o nuestra fe—, cimentada sobre el nombre de Cristo, como el mismo Señor dijo al bienaventurado apóstol Pedro: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.

Por tanto, mientras nos está permitido edificar, cimentemos en Cristo nuestra fe y enriquezcámonos interiormente con obras santas, para que, cuando llegue la tempestad –que es el enemigo solapado–, más que destruirnos, sufra él una derrota. Y ahora mismo el enemigo está entre nosotros, se oculta en lo íntimo del corazón, como dice el Apóstol: Vuestro enemigo, el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quien devorar. Por lo cual, amados míos, quien en la prosperidad hubiere edificado sabia y sólidamente, en la adversidad es hallado no sólo más fuerte sino también más digno de alabanza, porque, una vez aquilatado, recibirá la corona de la vida, que el Señor ha prometido a los que lo aman.

Por lo tanto, amadísimos, vigilemos, actuemos denodadamente, trabajemos para que, con la ayuda de Cristo, superemos lo adverso y consigamos la prosperidad eterna.

 

RESPONSORIO                    Ef 4, 15; Prov 4, 18
 
R./ Realizando la verdad en el amor, * hagamos crecer todas las cosas hacia él, que es la cabeza: Cristo.
V./ La senda del justo es aurora luminosa, crece su luz hasta hacerse mediodía.
R./ Hagamos crecer todas las cosas hacia él, que es la cabeza: Cristo.
 


Ciclo B: Mc 2, 23—3,6

HOMILÍA

San Agustín de Hipona, Comentario sobre el salmo 91 (1-2: CCL 39, 1278-1280)

Nuestro sábado es el gozo en el sosiego
de nuestra esperanza

Dios no nos enseña otro cántico que el cántico de la fe, de la esperanza y de la caridad, para que nuestra fe se afiance en él mientras todavía no lo vemos; creyendo en aquel a quien no vemos, para que nos gocemos al verlo y, a nuestra fe, le suceda la visión de la luz, cuando ya no se nos dirá: «Cree lo que no ves», sino: «Alégrate, porque ves».

Pues si amamos a quien no vemos, ¡cómo le amaremos cuando lo veamos! Crezca, pues, nuestro deseo. No somos cristianos sino con miras al siglo futuro: que nadie ponga su esperanza en los bienes presentes, que nadie se prometa la felicidad del mundo por el mero hecho de ser cristiano; disfrute, no obstante, de la felicidad presente si puede, como pueda, cuando pueda y cuanto pueda. Cuando la tenga, agradezca el consuelo de Dios; cuando le falte, agradezca la justicia de Dios: Es bueno dar gracias al Señor, y tañer para tu nombre, oh Altísimo.

El título del salmo 91 es éste: Salmo. Cántico. Para el día del sábado. Fijaos que también hoy es sábado. Los judíos lo celebran actualmente con cierto ocio corporal, lánguido y relajado. Hacen fiesta, pero es para entregarse a frivolidades; y habiendo sido Dios quien instituyó el sábado, ellos dedican el sábado a hacer lo que Dios prohíbe. Nuestro ocio consiste en abstenerse de las obras malas. También a nosotros Dios nos impone el sábado. ¿Cuál? Primero considerad dónde radica este sábado: nuestro sábado radica en el interior, en el corazón. Muchos, en efecto, descansan corporalmente, pero su conciencia vive en la agitación. Ningún hombre malo puede disfrutar del sábado, pues su conciencia no le deja un momento de reposo y se ve obligado a vivir en la turbación.

En cambio, quien tiene una buena conciencia, está tranquilo y esa misma tranquilidad es el sábado del corazón. Tiene el alma puesta en el Señor de las promesas, y si por ventura sufre al presente, se distiende con la esperanza puesta en el futuro, y se serena toda nube de tristeza, como dice el Apóstol: Que la esperanza os tenga alegres. Y ese mismo gozo en el sosiego de nuestra esperanza, es nuestro sábado. Esto es lo que se recomienda, esto es lo que se canta en el presente salmo: de qué modo el cristiano ha de vivir el sábado de su corazón, esto es, en el ocio, la tranquilidad y la serenidad de su propia conciencia, que nada sabe de perturbaciones. Por eso este salmo nos dice cuál es el origen de las perturbaciones que suelen afligir al hombre y te enseña a observar el sábado en tu corazón.

 

RESPONSORIO                    Sal 26, 13. 4; Heb 13, 14
 
R./ Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. * Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor, contemplando su templo.
V./ No tenemos ciudad permanente, sino que andamos en busca de la futura.
R./ Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor, contemplando su templo.
 


Ciclo C: Lc 7, 1-10

HOMILÍA

San Agustín de Hipona, Sermón 62 (1.3-4: PL 38, 414-416)

La humilde fe del centurión

Mientras se nos leía el evangelio, hemos oído el elogio de nuestra fe en base a su humildad. Habiendo prometido el Señor Jesús ir a casa del centurión para curar a su criado, él respondió: No soy yo quién para que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra y quedará sano. Confesándose indigno, se hizo digno de que Jesús entrase, no entre las cuatro paredes de su casa, sino en su corazón. Pues no hubiese hablado con tanta fe y humildad, si no albergase ya en su corazón a aquel a quien no se creía digno de recibir en su casa. Menguada habría sido la dicha si el Señor Jesús hubiera entrado dentro de sus cuatro paredes, y no estuviera aposentado en su corazón. Efectivamente, Jesús, maestro de humildad de palabra y con su ejemplo, se recostó asimismo a la mesa en casa de un soberbio fariseo, llamado Simón. Pero aun estando recostado en su casa, el Hijo del hombre no encontraba en su corazón dónde reclinar su cabeza.

Estaba, pues, recostado el Señor en casa del fariseo soberbio. Estaba en su casa, como acabo de decir, pero no estaba en su corazón. En cambio, no entró en la casa de este centurión, pero se posesionó de su corazón. El elogio de su fe tiene como base la humildad. Dijo en efecto: No soy yo quién para que entres bajo mi techo. Y el Señor: Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe: se entiende, en el Israel según la carne.

Porque según el espíritu, este centurión era ya israelita. El Señor había venido al Israel según la carne, es decir, a los judíos, a buscar primero allí las ovejas perdidas. En cuyo pueblo y de cuyo pueblo había también él asumido el cuerpo: Ni en Israel he encontrado tanta fe, afirma Jesús. Nosotros, como hombres, podemos medir la fe del hombre; él que veía el interior del hombre, él a quien nadie podía engañar, dio testimonio al corazón de aquel hombre, oyendo las palabras de humildad y pronunciando una sentencia de curación.

¿Y qué fue lo que le indujo a semejante conclusión? Porque yo —dijo— también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes, y le digo a uno: «ve», y va; al otro: «ven», y viene; y a mi criado: «haz esto», y lo hace. Soy una autoridad con súbditos a mis órdenes, pero sometido a otra autoridad superior a mí. Por tanto —reflexiona— si yo, un hombre sometido al poder de otro, tengo el poder de mandar, ¿qué no podrás tú de quien depende toda potestad? Y el que esto decía era un pagano, centurión para más señas. Se comportaba allí como un soldado, como un soldado con grado de centurión; sometido a autoridad y constituido en autoridad; obediente como súbdito y dando órdenes a sus subordinados.

Y si bien el Señor estaba incorporado al pueblo judío, anunciaba ya que la Iglesia habría de propagarse por todo el orbe de la tierra, a la que más tarde enviaría a los Apóstoles: él, no visto pero creído por los paganos, visto y muerto por los judíos.

Y así como el Señor, sin entrar físicamente en la casa del centurión —ausente con el cuerpo, presente con su majestad—, sanó no obstante su fe y su misma familia, así también el Señor en persona sólo estuvo corporalmente en el pueblo judío; entre las demás gentes ni nació de una virgen, ni padeció, ni recorrió sus caminos, ni soportó las penalidades humanas, ni obra las maravillas divinas. Nada de esto en los otros pueblos. Y sin embargo, a propósito de Jesús se cumplió lo que se había dicho: Un pueblo extraño fue mi vasallo. ¿Pero cómo, si es un pueblo extraño? Me escuchaban y me obedecían. El mundo entero oyó y creyó.

 

RESPONSORIO                    Heb 11, 6; Is 7, 9
 
R./ Sin fe es imposible complacerle, pues * el que se acerca a Dios debe creer que existe y que recompensa a quienes lo buscan.
V./ Si no creéis, no subsistiréis.
R./ El que se acerca a Dios debe creer que existe y que recompensa a quienes lo buscan.

 

DOMINGO X DEL TIEMPO ORDINARIO

EVANGELIO


Ciclo A:
Mt 9, 9-13

HOMILÍA

San Agustín de Hipona, Comentario sobre el salmo 58 (1,7: CCL, 39, 733-734)

He venido a llamar a los pecadores a que se conviertan

Existe otra clase de fuertes que presumen, no de riqueza, ni de fuerza física, ni de haber temporalmente desempeñado algún cargo importante, sino de su justicia. Este tipo de fuertes ha de ser evitado, temido, rehuido, no imitado, precisamente porque presumen —repito— no de tipo, ni de bienes de fortuna, ni de estirpe, ni de honores —¿quién no ve que todos estos títulos son temporales, lábiles, caducos y pasajeros?—, sino que presumen de su propia justicia. Este tipo de fortaleza es el que impidió a los judíos pasar por el ojo de una aguja.

Pues presumiendo de justos y teniéndose por sanos, rehusaron la medicina y mataron al mismo médico. No ha venido a llamar a estos fuertes, a estos sanos, aquel que dijo: No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan. Estos eran los fuertes que insultaban a los discípulos de Cristo, porque su maestro entraba en casa de los enfermos y comía con los enfermos.

¿Cómo es que —dicen— vuestro maestro come con publicanos y pecadores? ¡Oh fuertes, que no tenéis necesidad de médico! Esta vuestra fortaleza no es síntoma de salud, sino de insania. ¡Dios nos libre de imitar a estos fuertes! Pues es de temer que a alguien se le ocurra imitarlos.

En cambio, el doctor de humildad, partícipe de nuestra debilidad, que nos hizo partícipes de su divinidad, y que bajó del cielo para esto: para mostrarnos el camino y hacerse él mismo camino, se dignó recomendarnos muy particularmente su propia humildad. Por eso no desdeñó ser bautizado por el siervo, para enseñarnos a confesar nuestros pecados, a aceptar nuestra debilidad para llegar a ser fuertes, prefiriendo hacer nuestras las palabras del Apóstol, que afirma: Cuando soy débil, entonces soy fuerte.

Por el contrario, los que pretendieron ser fuertes, esto es, los que presumieron de su virtud teniéndose por justos, tropezaron con el obstáculo de esa Piedra: confundieron el Cordero con un cabrito, y como lo mataron como cabrito no merecieron ser redimidos por el Cordero. Estos son los mismos fuertes que arremetieron contra Cristo, alardeando de su propia justicia. Escuchad a estos fuertes: Cuando algunos de Jerusalén, enviados por ellos a prender a Cristo, no se atrevieron a ponerle la mano encima, les dijeron: ¿Por qué no lo habéis traído? Respondieron: Jamás ha hablado nadie así. Y aquellos fuertes replicaron: ¿Hay algún jefe o fariseo que haya creído en él? Sólo esa gente que no entiende de la ley.

Se pusieron al frente de una turba enferma que corría tras del médico; por eso, porque eran fuertes y, lo que es más grave, con su fortaleza arrastraron tras de sí también a toda la turba, acabaron por matar al médico universal. Pero él, precisamente por haber muerto, elaboró con su sangre un medicamento para los enfermos.

 

RESPONSORIO                                    Mc 2, 17; Is 55, 8
 
R./ Jesús lo oyó y les dijo: * «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores».
V./ Porque mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos.
R./ «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores».
 


Ciclo B: Mc 3, 20-35

HOMILÍA

San Agustín de Hipona, Sermón 71 (1.13.14.19.20: PL 38, 445.451-452.454-456)

La penitencia obtiene el perdón en esta vida,
valedero para la futura

La lectura evangélica que acabamos de oír plantea un arduo problema, que no estamos en situación de resolver con nuestras solas fuerzas: pero nuestra capacidad nos viene de Dios, en la medida en que somos capaces de recibir u obtener su ayuda:

En Marcos hallamos escrito: Creedme, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre. Quien blasfemare de cualquier modo contra el Espíritu Santo, no habría motivo para estar indagando de qué tipo de blasfemia se trata, pues se referiría a toda blasfemia, sin excepción. Pero no se puede pensar que a los paganos, a los judíos, a los herejes y a toda esa caterva de hombres que, con sus diversos errores y contradicciones, blasfeman contra el Espíritu Santo, se les quite toda esperanza de perdón si llegaren a enmendarse. No queda más remedio que en el pasaje en que se dice: El que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, haya de entenderse no del que de cualquier modo blasfemare contra el Espíritu Santo, sino del que lo hiciere de un modo tal, que su pecado resulte irremisible.

Para disponernos a la vida eterna, que se nos otorgará en el último día, el primer don que Dios nos concede al abrazar la fe es el perdón de los pecados. Pues mientras ellos permanecieren en nosotros, somos en cierto modo enemigos de Dios y estamos alejados de él a causa de nuestra depravación. En efecto, la Escritura no nos miente cuando dice: Son vuestras culpas las que crean separación entre vosotros y vuestro Dios. Por tanto, Dios no deposita en nosotros sus bienes, sin antes retirar nuestros males. Aquéllos crecen en la medida en que decrecen éstos; ni llegarán aquéllos a su plenitud en tanto éstos no hayan totalmente desaparecido. Hemos, pues, de admitir que el primer beneficio que recibimos de la bondad divina es el perdón de los pecados en el Espíritu Santo. Pues en el Espíritu Santo —por el que el pueblo de Dios es congregado en la unidad— es arrojado el espíritu inmundo, que está en guerra civil.

Contra este don gratuito, contra esta gracia de Dios habla el corazón impenitente. Pues bien, esta impenitencia es precisamente la blasfemia contra el Espíritu, que no tendrá perdón ni en esta vida ni en la futura. En efecto, contra el Espíritu Santo, en quien son bautizados los que reciben el perdón de los pecados y al que la Iglesia recibe para que a quien perdonare los pecados le queden perdonados, contra este Espíritu habla, o con el pensamiento o con la lengua, palabras perversas e impías en exceso aquel que, cuando la paciencia de Dios le estimula a penitencia, con la dureza de su corazón impenitente se está almacenando castigos para el día del castigo, cuando se revelará el justo juicio de Dios pagando a cada uno según sus obras.

Esta impenitencia contra la que clamaban al unísono el pregonero y el juez, diciendo: Convertíos, porque está cerca el reino de Dios, esta empedernida impenitencia es la que no tiene perdón ni en esta vida ni en la otra, pues la penitencia obtiene el perdón en esta vida, valedero para la futura.

 

RESPONSORIO                    1 Tes 5, 9-10; Col 1, 13
 
R./ Dios no nos ha destinado al castigo, sino a obtener la salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo, que murió por nosotros * para que, despiertos o dormidos, vivamos con él.
V./ Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino del Hijo de su Amor.
R./ Para que, despiertos o dormidos, vivamos con él.
 


Ciclo C: Lc 7, 11-17

HOMILÍA

San Agustín de Hipona, Sermón 98 (1-3: PL 38, 591-592)

La Madre Iglesia se regocija por los hombres
que cada día resucitan espiritualmente

Los milagros de nuestro Señor y Salvador Jesucristo conmueven, es verdad, a todos los creyentes que los escuchan, pero a unos y a otros de muy diversa manera. Pueslos hay que, impresionados por sus milagros corporales, no aciertan a intuir milagros mayores; otros, en cambio, los prodigios que escuchan realizados en los cuerpos, los admiran ahora ampliamente realizados en las almas.

Al cristiano no ha de caberle la menor duda de que también ahora son resucitados los muertos. Pero si bien es verdad que todo hombre tiene unos ojos capaces de ver resucitar muertos, como resucitó el hijo de esta viuda de que hace un momento nos hablaba el evangelio, no lo es menos que no todos tienen ojos para ver resucitar a hombres espiritualmente muertos, a no ser los que previamente resucitaron en el corazón. Es más importante resucitar a quien vivirá para siempre que resucitar al que ha de volver a morir.

De la resurrección de aquel joven se alegró su madre viuda; de los hombres que cada día resucitan espiritualmente se regocija la Madre Iglesia. Aquél estaba muerto en el cuerpo; éstos, en el alma. La muerte visible de aquél visiblemente era llorada; la muerte invisible de éstos ni se la buscaba ni se la notaba.

La buscó el que conocía a los muertos: y conocía a los muertos únicamente el que podía devolverles la vida. Pues de no haber venido el Señor para resucitar a los muertos, no habría dicho el Apóstol: Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz. Oyes que duerme cuando dice: despierta tú que duermes: pero comprende que está muerto cuando escuchas: Levántate de entre los muertos. Muchas veces se llama durmientes a los visiblemente muertos. Y realmente, para quien es capaz de resucitarlos, todos duermen. Para ti, un muerto es un muerto sin más: por más que lo sacudas, por más que lo pellizques, por más que le pegues no se despierta. Para Cristo, en cambio, dormía aquel muchacho a quien dijo: ¡Levántate!, e inmediatamente resucitó. Nadie despierta tan fácilmente en el lecho, como Cristo en el sepulcro.

Nuestro Señor Jesucristo quería que se entendiera también espiritualmente lo que hacía corporalmente. Pues no acudía al milagro por el milagro, sino para que lo que hacía fuese admirable para los testigos presenciales y verdadero para los hombres intelectuales.

Pasa lo mismo con el que, no sabiendo leer, contempla el texto de un códice maravillosamente escrito: pondera ciertamente la habilidad del copista y admira la delicadeza de los trazos, pero ignora su significado, no capta el sentido de aquellos rasgos: es un ciego mental de buen criterio visual. Otro, en cambio, encomia la obra de arte y capta su sentido: éste no sólo puede ver, lo que es común a todos, sino que, además, puede leer, cosa que no es capaz de hacer quien no aprendió a leer. Así ocurrió con los que vieron los milagros de Cristo sin comprender su significado, sin intuir lo que en cierto modo insinuaban a los espíritus inteligentes: se admiraron simplemente del hecho en sí; otros, por el contrario, admiraron los hechos y comprendieron su significado. Como éstos debemos ser nosotros en la escuela de Cristo.

 

RESPONSORIO                    Jn 11, 25.26; Rom 6, 23
 
R./ «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; * y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre».
V./ La paga del pecado es la muerte, mientras que el don de Dios es la vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro.
R./ Y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre».

 

DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO

EVANGELIO


Ciclo A:
Mt 9, 36—10, 8

HOMILÍA

San Agustín-de Hipona, Tratado 15 sobre el evangelio de san Juan (32: CCL 36, 163-164)

Así se alegran lo mismo el sembrador y el segador

Cristo ardía en deseos de realizar su misión y se disponía a enviar obreros. Había, pues, que enviar segadores. Con todo, tiene razón el proverbio: «Uno siembra y otro siega». Yo os envié a segar lo que no habéis sudado. Otros sudaron y vosotros recogéis el fruto de sus sudores. ¿Cómo es esto? ¿Envía segadores y no sembradores? Y ¿a dónde envía los segadores? A donde otros habían trabajado. Pues donde ya se había trabajado, ciertamente se había sembrado y lo sembrado había ya madurado y esperaba la hoz y la trilla.

¿A dónde había de enviar los segadores? A donde ya los profetas habían predicado: ellos son los sembradores. Otros sudaron y vosotros recogéis el fruto de sus sudores. ¿Quienes trabajaron? El mismo Abrahán, Isaac y Jacob. Leed sus trabajos: todos son una profecía de Cristo; por eso son sembradores. ¡Cuánto no tuvieron que sufrir Moisés y el resto de los patriarcas y todos los profetas en los fríos de la sementera! Luego en Judea la mies estaba ya a punto de siega. En verdad que estaba ya como en sazón aquella mies, cuando tantos miles de hombres llevaban el precio de sus bienes y, poniéndolo a disposición de los apóstoles y aligerados los hombros de los fardos seculares, seguían a Cristo, el Señor. Realmente la mies estaba en sazón.

Y ¿qué pasó después? De aquella mies se esparcieron unos cuantos granos, sembraron la redondez de la tierra y brotó otra mies, que se cosechará al fin de los tiempos. De esta mies se dice: Los que sembraban con lágrimas, cosechan entre cantares. A esta mies no serán enviados los apóstoles, sino los ángeles: Los segadores —dice— son los ángeles. Esta mies crece entre la cizaña y espera ser purificada al final. Aquella otra mies a la que primero fueron enviados los discípulos y en donde trabajaron los profetas, estaba ya dorada para la siega. Y sin embargo, hermanos, fijaos lo que se dice: Así se alegran lo mismo sembrador y segador. Trabajaron en épocas diferentes; pero serán colmados de idéntico gozo: como salario recibirán todos la vida eterna.

 

RESPONSORIO                    Lc 10, 2; cf. Jud 8, 33
 
R./ La mies es abundante y los obreros pocos; * rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies.
V./ Rogad, y el Señor librará a Israel por mi mano.
R./ Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies.
 


Ciclo B: Mc 4, 26-34

HOMILÍA

San Juan Crisóstomo, Homilía 7 [atribuida] (PG 64, 21-26)

Cristo es el grano que ha disipado las tinieblas y ha renovado la Iglesia

¿Hay algo más grande que el reino de los cielos y más pequeño que un grano de mostaza? ¿Cómo ha podido Cristo comparar la inmensidad del reino de los cielos con esta pequeñísima semilla tan fácil de medir? Pero si examinamos bien las propiedades del grano de mostaza, hallaremos que el parangón es perfecto y muy apropiado.

¿Qué es el reino de los cielos sino Cristo en persona? En efecto, Cristo dice refiriéndose a sí mismo: Mirad, el reino de Dios está dentro de vosotros. Y ¿hay algo más grande que Cristo según su divinidad, hasta el punto de que hemos de oír al profeta que dice: Él es nuestro Dios y no hay otro frente a él: investigó el camino del saber y se lb dio a su hijo Jacob, a su amado, Israel. Después apareció en el mundo y vivió entre los hombres?

Pero, asimismo, ¿hay algo más pequeño que Cristo según la economía de la encarnación, que se hizo inferior a los ángeles y a los hombres? Escucha a David explicar en qué se hizo menor que los ángeles: ¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder? Lo hiciste poco inferior a los ángeles. Y que David dijo esto de Cristo, te lo interpreta Pablo, cuando dice: Al que Dios había hecho un poco inferior a los ángeles, a Jesús, lo vemos ahora coronado de gloria y honor por su pasión y muerte.

¿Cómo se ha hecho al mismo tiempo reino de los cielos y grano? ¿Cómo pueden ser lo mismo el pequeño y el grande? Pues porque en virtud de su inmensa misericordia para con su criatura, se puso al servicio de todos, para ganarlos a todos. Por su propia naturaleza era Dios, lo es y lo será, y se ha hecho hombre por nuestra salvación. ¡Oh grano por quien fue hecho el mundo, por quien fueron disipadas las tinieblas y renovada la Iglesia! Este grano, suspendido de la cruz, tuvo tal eficacia que, aun cuando él mismo estaba clavado, con sola su palabra raptó al ladrón del madero y lo trasladó a las delicias del paraíso; este grano, herido por la lanza en el costado, destiló para los sedientos una bebida de inmortalidad; este grano de mostaza, bajado del madero y depositado en el huerto, cubrió toda la tierra con sus ramas; este grano, depositado en el huerto, hincó sus raíces hasta el infierno, y tomando consigo las almas que allí yacían, en tres días se las llevó al cielo.

Por tanto, el reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre tomó y lo sembró en su huerto. Siembra este grano de mostaza en el huerto de tu alma. Si tuvieres este grano de mostaza en el huerto de tu alma, te dirá también a ti el profeta: Serás un huerto bien regado, un manantial de aguas cuya vena nunca engaña.

Y si quisiéramos discutir más a fondo este tema, descubriríamos que la parábola le compete al mismo Salvador. En efecto, él es pequeño en apariencia, de una breve vida en este mundo, pero grande en el cielo. El es el Hijo del hombre y Dios, por cuanto es Hijo de Dios; supera todo cálculo: es eterno, invisible, celestial, que es comido únicamente por los creyentes; fue triturado y, después de su pasión, se volvió tan blanco como la leche; éste es más alto que todas las hortalizas; él es el indivisible Verbo del Padre; éste es en quien los pájaros del cielo, es decir, los profetas, los apóstoles y cuantos han sido llamados pueden cobijarse; éste es quien con su propio calor cura los males de nuestra alma; bajo este árbol somos cubiertos de rocío y protegidos de los ardores de este mundo; éste es el que al morir fue sembrado en la tierra y allí fructificó; y al tercer día resucitó a los santos sacándolos de los sepulcros; éste es el que por su resurrección apareció como el más grande de todos los profetas; éste es el que conserva todas las cosas mediante el Aliento que procede del Padre; éste es el que sembrado en la tierra creció hasta el cielo, el que sembrado en su propio campo, es decir, en el mundo, ofreció al Padre todos cuantos creían en él. ¡Oh semilla de vida sembrada en la tierra por Dios Padre! ¡Oh germen de inmortalidad que reconcilias con Dios a los mismos que tú alimentas! Diviértete bajo este árbol y danza con los ángeles, glorificando al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

 

RESPONSORIO                    Mc 4, 26-28; Jn 12, 24
 
R./ El Reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. * La tierra va produciendo fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano.
V./ En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto.
R./ La tierra va produciendo fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano.
 


Ciclo C: Lc 7, 36 -8, 3

HOMILÍA

Anfiloquio de Iconio, Homilía sobre la mujer pecadora (PG 61, 745-751)

Dios no nos pide otra cosa que la conversión

Un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. ¡Oh gracia inenarrable!, ¡oh inefable bondad! El es médico y cura todas las enfermedades, para ser útil a todos: buenos y malos, ingratos y agradecidos. Por lo cual, invitado ahora por un fariseo, entra en aquella casa hasta el momento repleta de males. Dondequiera que moraba un fariseo, allí había un antro de maldad, una cueva de pecadores, el aposento de la arrogancia. Pero aunque la casa de aquel fariseo reuniese todas estas condiciones, el Señor no desdeñó aceptar la invitación. Y con razón.

Accede prontamente a la invitación del fariseo, y lo hace con delicadeza, sin reprocharle su conducta: en primer lugar, porque quería santificar a los invitados, y también al anfitrión, a su familia y la misma esplendidez de los manjares; en segundo lugar, acepta la invitación del fariseo porque sabía que iba a acudir una meretriz y había de hacer ostensión de su férvido y ardiente anhelo de conversión, para que, deplorando ella sus pecados en presencia de los letrados y los fariseos, le brindara oportunidad de enseñarles a ellos cómo hay que aplacar a Dios con lágrimas por los pecados cometidos.

Y una mujer de la ciudad, una pecadora —dice—, colocándose detrás, junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas. Alabemos, pues, a esta mujer que se ha granjeado el aplauso de todo el mundo. Tocó aquellos pies inmaculados, compartiendo con Juan el cuerpo de Cristo. Aquél, efectivamente, se apoyó sobre el pecho, de donde sacó la doctrina divina; ésta, en cambio, se abrazó a aquellos pies que por nosotros recorrían los caminos de la vida.

Por su parte, Cristo —que no se pronuncia sobre el pecado, pero alaba la penitencia; que no castiga el pasado, sino que sondea el porvenir—, haciendo caso omiso de las maldades pasadas, honra a la mujer, encomia su conversión, justifica sus lágrimas y premia su buen propósito; en cambio, el fariseo, al ver el milagro queda desconcertado y, trabajado por la envidia, se niega a admitir la conversión de aquella mujer: más aún, se desata en improperios contra la que así honraba al Señor, arroja el descrédito contra la dignidad del que era honrado, tachándolo de ignorante: Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que le está tocando.

Jesús, tomando la palabra, se dirige al fariseo enfrascado en tal tipo de murmuraciones: Simón, tengo algo que decirte. ¡Oh gracia inefable!, ¡oh inenarrable bondad! Dios y el hombre dialogan: Cristo plantea un problema y traza una norma de bondad, para vencer la maldad del fariseo. El respondió: Dímelo, maestro. Un prestamista tenía dos deudores. Fíjate en la sabiduría de Dios: ni siquiera nombra a la mujer, para que el fariseo no falsee intencionadamente la respuesta. Uno —dice— le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, les perdonó a los dos. Perdonó a los que no tenían, no a los que no querían: una cosa es no tener y otra muy distinta no querer. Un ejemplo: Dios no nos pide otra cosa que la conversión: por eso quiere que estemos siempre alegres y nos demos prisa en acudir a la penitencia. Ahora bien, si teniendo voluntad de convertirnos, la multitud de nuestros pecados pone de manifiesto lo inadecuado de nuestro arrepentimiento, no porque no queremos sino porque no podemos, entonces nos perdona la deuda. Como no tenían con qué pagar, les perdonó a los dos.

¿Cuál de los dos lo amará más? Simón contestó: —Supongo que aquel a quien le perdonó más. Jesús le dijo: —Has juzgado rectamente. Y volviéndose a la mujer, dijo a Simón: —¿Ves a esta mujer pecadora, a la que tú rechazas y a la que yo acojo? Desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Por eso te digo, sus muchos pecados están perdonados. Porque tú, al recibirme como invitado, no me honraste con un beso, no me perfumaste con ungüento; ésta, en cambio, que impetró el olvido de sus muchos pecados, me ha hecho los honores hasta con sus lágrimas.

Por tanto, todos los aquí presentes, imitad lo que habéis oído y emulad el llanto de esta meretriz. Lavaos el cuerpo no con el agua, sino con las lágrimas; no os vistáis el manto de seda, sino la incontaminada túnica de la continencia, para que consigáis idéntica gloria, dando gracias al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A él la gloria, el honor y la adoración, con el Padre y el Espíritu Santo ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

 

RESPONSORIO                    Lev 23, 28.29; Hch 3, 19
 
R./ No haréis en ese día trabajo alguno, porque es el día de la Expiación, en el que se hace la expiación por vosotros en presencia del Señor, vuestro Dios. * Arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados.
V./ El que no ayune ese día será excluido de su pueblo.
R./ Arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados.

 

DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO

EVANGELIO


Ciclo A:
Mt 10, 26-33

HOMILÍA

San Atanasio de Alejandría, Tratado sobre la encarnación del Verbo (29-30: PG 25, 146-147)

El Salvador ha resucitado; Cristo vive;
Cristo es la vida misma

Si mediante la señal de la cruz y la fe en Cristo conculcamos la muerte, habrá que concluir, a juicio de la verdad, que es Cristo y no otro quien ha conseguido la palma y el triunfo sobre la muerte, reduciéndola casi a la impotencia. Si además añadimos que la muerte —antes prepotente y, en consecuencia, terrible—, es despreciada a raíz de la venida del Salvador, de su muerte corporal y de su resurrección, es lógico deducir que la muerte fue aniquilada y vencida por Cristo, al ser él izado en la cruz.

Cuando, transcurrida la noche, el sol asoma e ilumina con sus rayos la faz de la tierra, a nadie se le ocurre dudar de que es el sol el que, esparciendo su luz por doquier ahuyenta las tinieblas inundándolo todo con su esplendor. Así también, cuando la muerte comenzó a ser despreciada y pisoteada tras la venida del Salvador en forma humana para salvarnos y de su muerte en la cruz, aparece perfectamente claro que fue el mismo Salvador quien, manifestándose corporalmente, destruyó la muerte y consigue cada día en sus discípulos nuevos trofeos sobre ella.

Si alguien viere a unos hombres, naturalmente pusilánimes, lanzarse confiadamente a la muerte sin temer la corrupción del sepulcro ni rehuir el descenso a los infiernos, sino provocarla con alegre disposición de ánimo; que no temen los tormentos, antes bien prefieren, por amor a Cristo, la muerte a la presente vida; más aún, si alguien fuera testigo de hombres, mujeres y hasta de tiernos niños que, a impulsos de su amor a Cristo, corren apresuradamente al encuentro con la muerte, ¿quién sería tan necio, tan incrédulo o tan ciego de entendimiento que no comprendiera y reconociera que ese Cristo —a quien tales hombres rinden un testimonio fidedigno— es el que concede y otorga a cada uno de ellos la victoria sobre la muerte y destruye su poder en todos aquellos que creen en él y llevan marcada la señal de la cruz?

Lo que acabamos de decir es un argumento no despreciable de que la muerte ha sido aniquilada por Cristo y de que la cruz del Señor ha sido izada como enseña contra ella. Respecto a que Cristo, común Salvador de todos y vida verdadera, haya obrado la inmortal resurrección del cuerpo, resulta mucho más evidente de los hechos que de las palabras para quienes conservan sano el ojo del alma.

Pues bien, si la muerte ha sido destruida y todos tienen el poder de vencerla por medio de Cristo, con mucha más razón la venció y la destruyó primeramente él en su propio cuerpo. Habiendo, pues, dado muerte a la muerte, ¿qué otra alternativa quedaba sino resucitar el cuerpo y erigirlo en trofeo de su victoria? ¿Y cómo hubiera podido comprobarse que la muerte había sido destruida, si no hubiera resucitado el cuerpo del Señor? Si lo dicho no fuera para alguien prueba suficiente en orden a demostrar su resurrección, preste fe a nuestras palabras al menos en base a lo que es comprobable con los ojos.

Pues si un muerto no puede hacer absolutamente nada: su recuerdo permanece vivo apenas hasta el sepulcro, y luego se desvanece; y si sólo los vivos pueden actuar y ejercer cierta influencia sobre los hombres: que lo compruebe quien quiera y, hechas las oportunas averiguaciones, juzgue por sí mismo y confiese la verdad. Pues bien: si el Salvador realiza entre los hombres tantas y tan estupendas cosas; si por doquier convence silenciosamente a tantos griegos y bárbaros a que abracen su fe y obedezcan todos su doctrina, ¿habrá todavía quien dude de que el Salvador ha resucitado, de que Cristo vive, más aún, de que es la vida misma?

 

RESPONSORIO                    2 Cor 4, 11; Sal 43, 23
 
R./ Continuamente nos están entregando a la muerte por causa de Jesús; * para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal.
V./ Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de matanza.
R./ Para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal.
 


Ciclo B: Mc 4, 35-41

HOMILÍA

San Agustín de Hipona, Sermón 43 (1-3: PL 38, 424-425)

A una orden de Cristo se produce la calma

Me dispongo a hablaros, con la gracia de Dios, sobre la lectura del santo evangelio que acabamos apenas de escuchar, para exhortaros en él a que frente a las tempestades y marejadas de este mundo, no duerma la fe en vuestros corazones. Porque —se dice— «no es cierto que Cristo, el Señor, tuviera dominio sobre la muerte, como no es verdad que lo tuviera sobre el sueño: ¿o es que el sueño no venció muy a pesar suyo al Todopoderoso mientras navegaba?». Si tal pensáis, duerme Cristo en vosotros; si por el contrario está en vela, vigila vuestra fe. Dice el Apóstol: Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones. Luego también el sueño de Cristo es el signo de un sacramento. Los navegantes son las almas que surcan este mundo en el madero. También aquella barca era figura de la Iglesia. Además, todos y cada uno son templo de Dios y cada cual navega en su corazón: y no naufraga, a condición de que piense cosas buenas.

¿Has escuchado un insulto? Es el viento. ¿Te has irritado? Es el oleaje. Cuando el viento sopla y se encrespa el oleaje, zozobra la nave, zozobra tu corazón, fluctúa tu corazón. Nada más escuchar el insulto, te vienen ganas de vengarte: si te vengas, cediendo al mal ajeno, padeciste naufragio. Y esto, ¿por qué? Porque Cristo duerme en ti. ¿Qué quiere decir que Cristo duerme en ti? Que te has olvidado de Cristo. Despierta, pues, a Cristo, acuérdate de Cristo, vele en ti Cristo; piensa en él. ¿Qué es lo que pretendías? Vengarte. Se apartó de ti, pues él mientras era crucificado, dijo: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

El que dormía en tu corazón, no quiso vengarse. Despiértale, piensa en él. Su recuerdo es su palabra; su recuerdo es su voz de mando. Y si en ti vela Cristo, te dirás a ti mismo: ¿Qué clase de hombre soy yo, que quiero vengarme? ¿Quién soy yo para permitirme amenazar a otro hombre? Prefiero morir antes que vengarme. Si cuando estoy jadeante, rojo de ira y sediento de venganza abandonare este cuerpo, no me recibirá aquel que no quiso vengarse no me recibirá aquel que dijo: Dad y se os dará, perdonad y seréis perdonados. Por tanto, refrenaré mi ira, y retornaré a la paz de mi corazón. Increpó Cristo al mar y se hizo la calma.

Y lo que acabo de decir de la iracundia, tomadlo como norma en todas vuestras tentaciones. Nace la tentación: es el viento; te alteras: es el oleaje. Despierta a Cristo, que hable contigo. Pero, ¿quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen! Que ¿quién es éste a quien el mar obedece? Suyo es el mar, porque él lo hizo. Por medio de la Palabra se hizo todo. Imita más bien a los vientos y al mar: obedece al Creador. A una orden de Cristo el mar oye, ¿y tú te haces el sordo? Oye el mar, cesa el viento, ¿y tú estás que bufas? ¿Qué? Lo digo, lo hago, lo realizo: ¿qué otra cosa es eso sino bufar y negarse a recobrar la calma a una palabra de Cristo?

En los momentos de perturbación, no os dejéis vencer por el oleaje. No obstante y puesto que al fin y al cabo somos hombres, si soplare el viento, si se alborotan las pasiones de nuestra alma, no desesperemos: despertemos a Cristo, para que podamos navegar con bonanza y arribar al puerto de la patria.

 

RESPONSORIO                    Sal 68, 2.18.16
 
R./ Dios mío, sálvame, que me llega el agua al cuello. * No escondas tu rostro a tu siervo: estoy en peligro, respóndeme enseguida.
V./ Que no me arrastre la corriente, que no me trague el torbellino, que no se cierre la poza sobre mí.
R./ No escondas tu rostro a tu siervo: estoy en peligro, respóndeme enseguida.
 


Ciclo C: Lc 9, 18-24

HOMILÍA

San Cirilo de Alejandría, Homilía 39 sobre el evangelio de san Lucas (Edit R.M. Tonneau, CSCO Script Syri 70,110-115)

Pedro hace una precisa profesión de fe en Cristo

Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó: ¿Quién dice la gente que soy yo? Así pues, el Salvador y Señor de todos se presentaba a sí mismo como modelo de una vida digna a sus santos discípulos cuando oraba solo, en su presencia. Pero tal vez había algo que preocupaba a sus discípulos y que provocaba en ellos pensamientos no del todo rectos. En efecto, veían hoy orar a lo humano al que la víspera habían visto obrar prodigios a lo divino. En consecuencia, no carecería de fundamento que se hiciesen esta reflexión: «¡Qué cosa tan extraña! ¿Hemos de considerarlo como Dios o como hombre?».

Con el fin de poner coto al tumulto de semejantes cavilaciones y tranquilizar su fluctuante fe, Jesús les plantea una cuestión, conociendo perfectamente de antemano lo que decían de él los que no pertenecían a la comunidad judía e incluso lo que de él pensaban los israelitas. Quería efectivamente apartarlos de la opinión de la muchedumbre y buscaba la manera de consolidar en ellos una fe recta. Les preguntó: ¿Quién dice la gente que soy yo?

Una vez más es Pedro el que se adelanta a los demás, se constituye en portavoz del colegio apostólico, pronuncia palabras llenas de amor a Dios y hace una profesión de fe precisa e intachable en él, diciendo: El Mesías de Dios. Despierto está el discípulo, y el predicador de las verdades sagradas se muestra en extremo prudente. En efecto, no se limita a decir simplemente que es un Cristo de Dios, sino el Cristo, pues «cristos» hubo muchos, así llamados en razón de la unción recibida de Dios por diversos títulos: algunos fueron ungidos como reyes, otros como profetas, otros finalmente, como nosotros, habiendo conseguido la salvación por este Cristo, Salvador de todos, y habiendo recibido la unción del Espíritu Santo, hemos recibido la denominación de «cristianos». Por tanto, son ciertamente muchos los «cristos» en base a una determinada función, pero única y exclusivamente él es el Cristo de Dios Padre.

Una vez que el discípulo hubo hecho la confesión de fe, les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y anadió: El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado y ejecutado y resucitar al tercer día. Pero, ¿no era ésa una razón de más para que los discípulos lo predicaran por todas partes? Esta era efectivamente la misión de aquellos a quienes él había consagrado para el apostolado. Pero, como dice la sagrada Escritura: Cada asunto tiene su momento. Convenía que su predicación fuera precedida de la plena realización de aquellos misterios que todavía no se habían cumplido. Tales son: la crucifixión, la pasión, la muerte corporal, la resurrección de entre los muertos, este gran milagro y verdaderamente glorioso por el cual se comprueba que el Emmanuel es verdadero Dios e Hijo natural de Dios Padre.

En efecto, la total destrucción de la muerte, la supresión de la corrupción, el espolio del infierno, la subversión de la tiranía del diablo, la cancelación del pecado del mundo, la apertura a los habitantes de la tierra de las puertas del cielo y la unión del cielo y de la tierra: todas estas cosas son, repito, la prueba fehaciente de que el Emmanuel es Dios verdadero. Por eso les ordena cubrir temporalmente el misterio con el respetuoso velo del silencio hasta tanto que todo el proceso de la economía divina haya llegado a su natural culminación. Entonces, es decir, una vez resucitado de entre los muertos, dio orden de revelar el misterio al mundo entero, proponiendo a todos la justificación por la fe y la purificación mediante el santo bautismo. Dijo efectivamente: Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

Así pues, Cristo está con nosotros y en nosotros por medio del Espíritu Santo y habita en nuestras almas. Por el cual y en el cual sea a Dios Padre la alabanza y el imperio, junto con el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

 

RESPONSORIO                    Lc 22, 32; Mt 16, 17b
 
R./ Yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague. * Y tú, cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos.
V./ Porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos.
R./ Y tú, cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos.

 

DOMINGO XIII DELTIEMPO ORDINARIO

EVANGELIO


Ciclo A:
Mt 10, 37-42

HOMILÍA

San Agustín de Hipona, Sermón 96 (1-4: PL 38, 584-586)

Si quieres seguir a Cristo, vuélvete a la cruz; soporta,
aguanta, manténte firme

Parece duro y grave este precepto del Señor de negarse a sí mismo para seguirle. Pero no es ni duro ni grave lo que manda aquel que ayuda a realizar lo que ordena. Es verdad, en efecto, lo que se dice en el salmo: Según tus mandatos, yo me he mantenido en la senda penosa. Como también es cierto lo que él mismo afirma: Mi yugo es llevadero y mi carga ligera. El amor hace suave lo que hay de duro en el precepto.

Todos sabemos de qué no es capaz el amor. El amor es no pocas veces hasta réprobo y lascivo. ¡Cuántas cosas duras no tuvieron que tolerar los hombres, cuántas cosas indignas e intolerables no hubieron de soportar para lograr el objeto de su amor!

Pues bien, siendo en su mayoría los hombres cuales son sus amores, ni es preciso preocuparse tanto de cómo se vive cuanto de saber elegir lo que es digno de ser amado, ¿por qué te admiras de que quien ama a Cristo y quiere seguir a Cristo, amando se niegue a sí mismo? Pues si es verdad que el hombre se pierde amándose, no hay duda de que se encuentra negándose.

¿Quién no ha de querer seguir a Cristo, en quien reside la felicidad suma, la suma paz, la eterna seguridad? Bueno le es seguir a Cristo, pero conviene considerar el camino. Porque cuando el Señor Jesús pronunció estas palabras, todavía no había resucitado de entre los muertos. Todavía no había padecido, le esperaba la cruz, el deshonor, los ultrajes, la flagelación, las espinas, las heridas, los insultos, los oprobios, la muerte. Un camino casi desesperado; te acobarda; no quieres seguirlo. ¡Síguelo! Erizado es elcamino que el hombre se ha construido, pero Cristo lo ha allanado recorriéndolo fatigosamente de retorno.

Pues ¿quién no desea caminar hacia la exaltación? A todo el mundo le deleita la grandeza: pues bien, la humildad es la escala para ascender a ella. ¿Por qué alzas el pie más allá de tus posibilidades? ¿Quieres caer en vez de ascender? Da un primer paso y ya has iniciado la ascensión. No querían respetar esta gradación de la humildad aquellos dos discípulos, que decían: Señor, concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda. Aspiraban a la cima sin tener en cuenta las escalas intermedias. El Señor se las indicó. ¿Qué es lo que les respondió? ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber? Vosotros que aspiráis a la cúpula de la grandeza, ¿sois capaces de beber el cáliz de la humildad? Por eso no se contentó con, decir: Que se niegue a sí mismo y me siga, sino que intercaló: Que cargue con su cruz y me siga.

¿Qué significa: Cargue con su cruz? Soporte cualquier molestia: y así que me siga. Bastará que se ponga a seguirme imitando mi vida y cumpliendo mis preceptos, para que al punto aparezcan muchos contradictores, muchos que intenten impedírselo, muchos que querrán disuadirle, y los encontrará incluso entre los seguidores de Cristo. A Cristo acompañaban aquellos que querían hacer callar a los ciegos. Si quieres seguirle, acepta como cruz las amenazas, las seducciones y los obstáculos de cualquier clase; soporta, aguanta, manténte firme. Estas palabras del Señor parecen una exhortación al martirio. Si arrecia la persecución, ¿no debe despreciarse todo por amor a Cristo?


Ciclo B: Mc 5, 21-43

HOMILÍA

San Pedro Crisólogo, Sermón 34 (1.5: CCL 34,193.197-199)

Realmente, para Dios la muerte es un sueño

Todas las perícopas evangélicas, carísimos hermanos, nos ofrecen los grandes bienes de la vida presente y de la futura. Pero la lectura de hoy es un compendio perfecto de esperanza, y la exclusión de cualquier motivo de desesperación.

Pero hablemos ya del jefe de la sinagoga, que, mientras conduce a Cristo a la cabecera de su hija, deja expedito el camino para que la mujer se acerque a Cristo. La lectura evangélica de hoy comienza así: Se acercó un jefe de la sinagoga, y al verlo se le echó a sus pies, rogándole con insistencia: Señor mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva. Conocedor del futuro como era, a Cristo no se le ocultaba que iba a producirse el encuentro con la susodicha mujer: de ella había de aprender el jefe de los judíos que a Dios no hay que moverlo de sitio, ni llevarlo de camino, ni exigirle una presencia corporal, sino creer que Dios está presente en todas partes, íntegramente y siempre; que puede hacerlo con sola una orden, sin esfuerzo; infundir ánimo, no deprimirlo; ahuyentar la muerte no con la mano, sino con su poder; prolongar la vida no con el arte, sino con el mandato.

Mi niña está en las últimas; ven. Que es como si dijera: Aún conserva el calor de la vida, aún se notan síntomas de animación, todavía respira, todavía el señor de la casa tiene una hija, todavía no ha descendido a la región de los muertos; por tanto, date prisa, no dejes que se le vaya el alma. En su ignorancia, creyó que Cristo no podía resucitar a la muerta sino tomándola de la mano. Esta es la razón por la cual Cristo, cuando, al llegar a la casa, vio que a la niña se la lloraba como perdida, para mover a la fe a los ánimos infieles, dijo que la niña no estaba muerta, sino dormida, a fin de infundirles esperanza, pensando que era más fácil despertar del sueño que de la muerte. La niña —dice— no está muerta, está dormida.

Y realmente, para Dios la muerte es un sueño, pues Dios devuelve más rápidamente a la vida que despierta un hombre del sueño a un dormido; y tarda menos Dios en infundir el calor vivificante a unos miembros fríos con el frío de la muerte de lo que puede tardar un hombre en infundir el vigor a los cuerpos sepultados en el sueño. Escucha al Apóstol: En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, los muertos despertarán. El bienaventurado Apóstol, al no hallar palabras capaces de expresar la velocidad de la resurrección, acudió a los ejemplos. Porque, ¿cómo hubiera podido imprimir celeridad al discurso allí donde la potencia divina se adelanta incluso a esa misma celeridad? ¿O en qué sentido podía expresarse en categorías de tiempo, allí donde se nos otorga una realidad eterna no sometida al tiempo? Así como el tiempo dio paso a la temporalidad, así excluyó el tiempo la eternidad.


Ciclo C: Lc 9, 51-62

HOMILÍA

San Bernardo de Claraval, Sermón 1 para el domingo de las kalendas de noviembre (2: Opera omnia, Edit Cister t. 5, 305)

Sigámoslo con el empeño de una vida santa

En distintas ocasiones y de muchas maneras no sólo habló Dios por los profetas, sino que fue visto por los profetas. Lo conoció David hecho poco inferior a los ángeles; Jeremías lo vio incluso viviendo entre los hombres; Isaías nos asegura que lo vio unas veces sobre un trono excelso, y otras no sólo inferior a los ángeles o entre los hombres, sino como leproso, es decir, no sólo en la carne, sino en una carne pecadora como la nuestra.

También tú, si deseas verlo sublime, cuida de ver primero a Jesús humilde. Vuelve primero los ojos a la serpiente elevada en el desierto, si deseas ver al Rey sentado en su trono. Que esta visión te humille, para que aquélla exalte al humillado. Que ésta reprima y cure tu hinchazón, para que aquélla colme y sacie tu deseo. ¿Lo ves anonadado? Que no sea ociosa esta visión, pues no podrías ociosamente contemplar al exaltado. Cuando lo vieres tal cual es, serás semejante a él; sé ya desde ahora semejante a él, viéndolo tal cual por ti se ha hecho él.

Pues si ni en la humildad desdeñas ser semejante a él, seguramente te esperará también la semejanza con él en la gloria. Nunca permitirá él que sea excluido de la comunión en la gloria el que haya participado en su tribulación. Finalmente, hasta tal punto no desdeña admitir consigo en el reino a quien hubiere compartido su pasión, que el ladrón que le confesó en la cruz estuvo aquel mismo día con él en el paraíso. He aquí por qué dijo también a los Apóstoles: Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas y yo os transmito el reino. Y dado que si sufrimos con él también reinaremos con él, sea entre tanto, hermanos, nuestra meditación Cristo, y éste crucificado. Grabémosle como un sello en nuestro corazón, como un sello en nuestro brazo. Abracémosle con los brazos de un amor recíproco, sigámoslo con el empeño de una vida santa. Este es el camino por el que se nos muestra él mismo, que es la salvación de Dios, pero no ya privado de belleza y esplendor, sino con tanta claridad, que su gloria llena la tierra.

 

DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO

EVANGELIO


Ciclo A:
Mt 11, 25-30

HOMILÍA

San Juan Crisóstomo, Homilía 1 sobre la cruz y el ladrón (5: PG 49, 405-408)

Imitemos al Señor

Imitemos al Señor y oremos por los enemigos. Imita al Señor: fue crucificado y abogó ante el Padre por sus verdugos. Pero me dirás: ¿Cómo puedo yo imitar al Señor? Si quieres, puedes. Pues si no pudieras imitarle, ¿cómo habría dicho: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón? Si no pudieras imitarle, no hubiera dicho Pablo: Seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo.

Por lo demás, si no quieres imitar al Señor, imita a tu consiervo Esteban, pues que él imitó al Señor. Lo mismo que Cristo oraba al Padre por los que le crucificaban, así el siervo, mientras le apedreaban, acosado por todas partes, aguantando las pedradas y haciendo caso omiso deldolor que los golpes le causaban, decía: Señor, no les tengas en cuenta este pecado.

¿Quieres que te muestre otro consiervo que ha soportado tormentos mucho más graves? Dice Pablo: He sido apaleado tres veces por los judíos, una vez me han apedreado, he tenido tres naufragios y pasé una noche y un día en el agua. Y ¿qué responde a esos malos tratos? Por el bien —dice— de mis hermanos, los de mi raza y sangre, quisiera incluso ser un proscrito lejos de Cristo. ¿Quieres que te presente a otro no ya del nuevo sino del antiguo Testamento? Pues esto es lo más maravilloso de todo: que aquellos a quienes todavía no se les había mandado amar a los enemigos, sino que vivían bajo la ley del talión —ojo por ojo y diente por diente— hubieran llegado a la sabiduría apostólica. Escucha lo que dice Moisés, él que fue repetidas veces lapidado por los judíos y objeto de su desprecio: O perdonas su pecado o me borras del libro de tu registro. ¿No ves cómo cada uno de estos justos antepone la seguridad de los demás a la propia salvación? Tú no has pecado: ¿por qué entonces quieres correr la misma suerte que los culpables? Y responden: Porque si los demás sufren, no le encuentro sentido a mi prosperidad.

Así pues, ¿qué perdón podremos esperar si, mientras el Señor y sus siervos, tanto del nuevo como del antiguo Testamento, nos exhortan a orar por los enemigos, nosotros, por el contrario, oramos contra los enemigos? Por favor, hermanos, no hagamos semejante cosa, que cuanto más numerosos son los ejemplos, tanto mayor será nuestro castigo, si no los imitamos. Más valioso es orar por los enemigos que por los amigos; y también más ventajoso. Si amáis —dice— a los que os aman, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los publicanos?

Si, pues, oramos sólo por los amigos, no somos mejores que los paganos y publicanos; en cambio, cuando amamos a los enemigos nos hacemos, en lo que cabe, semejantes a Dios, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia a justos e injustos. Seamos, pues, semejantes al Padre: Sed perfectos —dice el Señor— como vuestro Padre celestial es perfecto, para que merezcamos conseguir el reino de los cielos, por la gracia y la bondad del Señor Dios y Salvador nuestro Jesucristo, a quien corresponden el honor y el poder por los siglos de los siglos. Amén.


Ciclo B: Mc 6, 1-6

HOMILÍA

San Agustín de Hipona, Tratado 31 sobre el evangelio de san Juan (3-4: CCL 36, 294-295)

El Padre mismo me ha enviado

Escuchad a la Palabra de Dios, hermanos, ved cómo les reafirmó en su aserción y lo que ellos respondieron: Éste sabemos de dónde viene; y también: El Mesías, cuando llegue, nadie sabrá de dónde viene. Entonces Jesús, mientras enseñaba en el templo, gritó: A mí me conocéis y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino enviado por el que es veraz: a ése vosotros no lo conocéis. Lo que equivale a decir: Me conocéis y no me conocéis; o lo que es lo mismo: conocéis de dónde vengo y no conocéis de dónde vengo. Conocéis de dónde vengo: Jesús de Nazaret, cuyos padres también conocéis. En este aspecto, únicamente quedaba oculto el parto virginal, del que, no obstante, el marido era testigo de excepción: él, en efecto, habría podido fielmente indicar cómo había sucedido, siendo el único que podía conocerlo en calidad de marido. Excepción hecha, pues, del parto virginal, lo sabían todo de Jesús en cuanto hombre: su fisonomía, su patria, su familia y su pueblo natal, todo les era conocido. Con razón, pues, dijo: A mí me conocéis y sabéis de dónde vengo, según la carne y la fisonomía humana que tenía; en cambio, según la divinidad: Yo no vengo por mi cuenta, sino enviado por el que es veraz: a ése vosotros no lo conocéis; para que le conozcáis, debéis creer en aquel a quien ha enviado y le conoceréis, pues a Dios nadie lo ha visto jamás. El Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer; y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Finalmente, después de haber dicho: Sino enviado por el que es veraz: a ése vosotros no lo conocéis, para mostrarles de dónde podía venirles el conocimiento de lo que desconocían, añadió: Yo lo conozco. Por tanto, preguntadme a mí para llegar a conocerlo. ¿Que por qué lo conozco yo? Pues porque procedo de él y él me ha enviado. Magnífica afirmación de una doble verdad: Procedo —dice— de él, porque el Hijo procede del Padre, y todo lo que el Hijo es, es de aquel cuyo Hijo es.

Esta es la razón por la que decimos que el Señor Jesús es Dios de Dios; del Padre no decimos que sea Dios de Dios, sino sólo que es Dios. Y decimos que el Señor Jesús es Luz de Luz; del Padre no decimos que sea Luz de Luz, sino sólo que es Luz. A esto se refiere lo que dijo: Procedo de él. Y si ahora vosotros me veis en la carne es porque él me ha enviado. Cuando oyes: Él me ha enviado, no pienses en una diferencia de naturaleza, sino en la «autoridad» del que engendra.


Ciclo C: Lc 10, 1-12.17-20

HOMILÍA

San Agustín de Hipona, Sermón 101 (1.2.3.11: PL 38, 605.606.607.610)

Envió Cristo a los segadores con la hoz del evangelio

En la lectura evangélica que acaba de proclamársenos, se nos invita a indagar cuál sea la mies de la que dice el Señor: La mies es abundante y los obreros pocos: rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. Entonces agregó a sus doce discípulos —a quienes nombró apóstoles— otros setenta y dos y los mandó a todos —como se deduce de sus palabras— a la mies ya en sazón.

¿Cuál era, pues, aquella mies? Esa mies no hay que buscarla ciertamente entre los gentiles, donde nada se había sembrado. No queda otra alternativa que entenderla de la mies que había en el pueblo judío. A esta mies vino el dueño de la mies, a esta mies mandó a los segadores: a los gentiles no les envió segadores, sino sembradores. Debemos, por consiguiente, entender que la cosecha se llevó a cabo en el pueblo judío, y la sementera en los pueblos paganos. De entre esta mies fueron elegidos los apóstoles, pues, al segarla, ya estaba madura, porque la habían previamente sembrado los profetas. Es una delicia contemplar los campos de Dios y recrearse viendo sus dones y a los obreros trabajando en sus campos.

Estad, pues, atentos y deleitaos conmigo en la contemplación de los campos de Dios y, en ellos, dos clases de mies: una, ya cosechada, y otra todavía por cosechar: cosechada ya en el pueblo judío, todavía por cosechar en los pueblos paganos. Vamos a tratar de demostrarlo. Y ¿cómo hacerlo sino acudiendo a la Escritura de Dios, el dueño de la mies? Pues bien, en el presente capítulo hallamos escrito: La mies es abundante y los obreros pocos: rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. En otro lugar el Señor dijo a sus discípulos: ¿No decís vosotros que todavía queda lejos el verano? Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega. Y añadió: Otros sudaron y vosotros recogéis el fruto de sus sudores. Trabajaron Abrahán, Isaac, Jacob, Moisés, los profetas; trabajaron sembrando y al llegar el Señor se encontró con una mies ya madura. Enviados segadores con la hoz del evangelio, acarrearon las gavillas a la era del Señor, donde había de ser trillado Esteban.

En este momento aparece en escena Pablo, y es enviado a los gentiles. Y al hacer valer la gracia que él ha recibido como un don particular y personal, no oculta este extremo. El nos dice efectivamente en sus escritos que fue enviado a predicar el evangelio allí donde el nombre de Cristo era desconocido. Y como aquella cosecha es ya una cosa hecha, fijémonos en esta mies, que somos nosotros. Sembraron los apóstoles y los profetas. Sembró el mismo Señor, ya que él estaba presente en los apóstoles y porque el mismo Cristo recolectó. Sin él, en efecto, ellos no pueden hacer nada, mientras que él es perfecto sin ellos. Por eso les dijo: Porque sin mí no podéis hacer nada. Y una vez que Cristo se decidió a sembrar entre los gentiles, ¿qué es lo que dice? Salió el sembradora sembrar. Y allí son enviados los obreros a segar.

Que estos apóstoles de Cristo, predicadores del evangelio, que no se detienen a saludar a nadie por el camino, esto es, que no buscan ni hacen otra cosa que anunciar el evangelio con genuina caridad, vengan a casa y digan: Paz a esta casa. No lo dicen sólo de boquita: escancian de lo que están llenos; predican la paz y poseen la paz. Así pues, el que rebosa paz y saluda: Paz a esta casa, si allí hay gente de paz descansará sobre ellos su paz.

 

DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO

EVANGELIO


Ciclo A:
Mt 13, 1-23

HOMILÍA

San Atanasio de Alejandría, Homilía [atribuida] sobre la sementera (2.3.4: PG 28, 146-150)

Al hombre le toca sembrar; a Dios, dar el crecimiento

Pasaba el Señor por unos sembrados: el grano de trigo por entre las mieses; aquel grano de trigo espiritual, que cayó en un lugar concreto y resucitó fecundo en el mundo entero. El dijo de sí mismo: Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto.

Pasaba, pues, Jesús por unos sembrados: el que un día habría de ser grano de trigo por su virtud nutritiva, de momento es un sembrador, conforme se dice en los evangelios: Salió el sembrador a sembrar. Jesús, es verdad, esparce generosamente la semilla, pero la cuantía del fruto depende de la calidad del terreno. Pues en terreno pedregoso fácilmente se seca la semilla, y no por impotencia de la simiente, sino por culpa de la tierra, pues mientras la semilla está llena de vitalidad, la tierra es estéril por falta de profundidad. Cuando la tierra no mantiene la humedad, los rayos solares penetrando con más fuerza resecan la simiente: no ciertamente por defectuosidad en la semilla, sino por culpa del suelo.

Si la semilla cae en una tierra llena de zarzas, la vitalidad de la semilla acaba siendo ahogada por las zarzas, que no permiten que la virtualidad interior se desarrolle, debido a un condicionante exterior. En cambio, si la semilla cae en tierra buena no siempre produce idéntico fruto, sino unas veces el treinta, otras el sesenta y otras el ciento por uno. La semilla es la misma, los frutos diversos, como diversos son también los resultados espirituales en los que son instruidos.

Salió, pues, el sembrador a sembrar: en parte lo hizo personalmente y en parte a través de sus discípulos. Leemos en los Hechos de los apóstoles que, después de la lapidación de Esteban, todos —menos los apóstoles— se dispersaron, no que se disolvieran a causa de su debilidad; no se separaron por razones de fe, sino que se dispersaron. Convertidos en trigo por virtud del sembrador y transformados en pan celestial por la doctrina de vida, esparcieron por doquier su eficacia.

Así pues, el sembrador de la doctrina, Jesús, Hijo unigénito de Dios, pasaba por unos sembrados. El no es únicamente sembrador de semillas, sino también de enseñanzas densas de admirable doctrina, en connivencia con el Padre. Este es el mismo que pasaba por unos sembrados. Aquellas semillas eran ciertamente portadores de grandes milagros.

Veamos ahora lo concerniente a la semilla en el momento de la sementera, y hablemos de los brotes que la tierra produce en primavera, no para abordar técnicamente el tema, sino para adorar al autor de tales maravillas. Van los hombres y, según su leal saber y entender, uncen los bueyes al arado, aran la tierra, ahuecan las capas superiores para que no se escurran las lluvias, sino que empapando profundamente la tierra hagan germinar un fruto copioso. La semilla, arrojada a una tierra bien mullida, goza de una doble ventaja: primero, la profundidad y la frialdad de la tierra; segundo, permanece oculta, a resguardo de la voracidad de las aves. El hombre hace ciertamente todo lo que está en su mano; pero no está asu alcance el hacer fructificar. Al hombre le toca sembrar; a Dios, dar el crecimiento. Cuando la semilla comienza a brotar y crece, de la espiga se desprende y el fruto lo indica si se trata de trigo o de cizaña.

Habéis comprendido lo que acabo de decir; ahora debo dar un paso más y apuntar a realidades más espirituales. Por medio de los apóstoles, sembró Jesús la palabra del reino de los cielos por toda la tierra. El oído que ha escuchado la predicación la retiene en su interior; y echa hojas en tanto en cuanto frecuente asiduamente la Iglesia. Y nos reunimos en un mismo local tanto los productores de trigo como de cizaña; así el infiel como el hipócrita, para manifestar con mayor verismo lo que se predica. Nosotros, los agricultores de la Iglesia, vamos metiendo por los sembrados el azadón de las palabras, para cultivar el campo de modo que dé fruto. Desconocemos aún las condiciones del terreno: la semejanza de las hojas puede con frecuencia inducir a error a los que presiden. Pero cuando la doctrina se traduce en obras y adquiere solidez el fruto de las fatigas, entonces aparece quién es fiel y quién es hipócrita.



Ciclo B: Mc 6, 7-13

HOMILÍA

San Gregorio Magno, Homilía 17 sobre los evangelios (5.6.7.8: PL 76, 1140-1142)

Sobre el servicio de la predicación

No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a .saludar a nadie por el camino. El predicador ha de tener tanta confianza en Dios que, aunque no se provea de lo necesario para la presente vida, esté sin embargo segurísimo de que nada le ha de faltar, no ocurra que por tener la atención centrada en las cosas temporales, descuide de proveer a los demás las realidades eternas.

Cuando entréis en una casa, decid primero: «Paz a esta casa». Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. La paz que se ofrece por boca del predicador, o descansa en la casa, si en ella hay gente de paz, o vuelve al mismo predicador; porque o bien habrá allí alguno predestinado a la vida y pondrá en práctica la palabra celestial que oye, o bien si nadie quisiere oír, el mismo predicador no quedará sin fruto, pues a él vuelve la paz, por cuanto el Señor le recompensará dándole la paga por el trabajo realizado.

Y ved cómo quien prohibió llevar ni alforja ni talega concede los necesarios medios de subsistencia a través de la misma predicación, pues agrega: Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan: porque el obrero merece su salario. Si nuestra paz es aceptada, justo es que nos quedemos en la misma casa, comiendo y bebiendo de lo que tengan, y así recibamos una retribución terrena de aquellos a quienes ofrecemos los premios de la patria celestial. De este modo, la recompensa que se recibe en la presente vida debe estimularnos a tender con más entusiasmo a la recompensa futura. Por lo cual, un predicador ya curtido no debe predicar para recibir la recompensa en esta tierra, sino que ha de recibir la recompensa para poder seguir predicando. Porque quien predica para recibir aquí la paga, en prestigio o en metálico, se priva indudablemente de la recompensa eterna. En cambio, quien predica buscando agradar a los hombres para atraerlos con sus palabras al amor del Señor, no al suyo propio, o bien percibe una retribución para no caer extenuado en el ministerio de la predicación a causa de su pobreza, éste ciertamente recibirá su recompensa en la patria celestial, porque durante su peregrinación sólo recibió lo estrictamente necesario.

Y ¿qué hacemos nosotros, oh pastores, que no sólo recibimos la recompensa, sino que para colmo no somos operarios? Recibimos, ya lo creo, los frutos de la santa Iglesia para nuestro cotidiano sustento, y sin embargo no nos empleamos a fondo en la predicación en beneficio de la Iglesia eterna. Pensemos cuál será la penalización subsiguiente al hecho de haber percibido un salario sin haber llenado la jornada laboral. Mirad: nosotros vivimos de las ofrendas de los fieles; y ¿qué hacemos por las almas de losfieles? Invertimos en gastos personales lo que los fieles ofrecieron para remisión de sus pecados, y sin embargo no nos afanamos, como sería justo, en luchar, con la dedicación a la plegaria o a la predicación, contra esos mismos pecados.


Ciclo C: Lc 10, 25-37

HOMILÍA

San Juan Crisóstomo, Homilía 10 sobre la carta a los Hebreos, capítulo 6 (4: PG 63, 88-89)

Debemos atender a todos por igual

Todo fiel es santo, en la medida en que es fiel; aun cuando viva en el mundo y sea seglar, es santo. Por tanto, si vemos a un hombre del mundo en dificultades, echémosle una mano. Ni debemos mostrarnos obsequiosos únicamente con los que moran en los montes: ciertamente, ellos son santos tanto por la vida como por la fe; los que viven en el mundo son santos por la fe y muchos también por la vida. No suceda que si vemos a un monje en la cárcel, entremos a visitarlo; pero si se trata de un seglar, no entremos: también éste es santo y hermano. Y, ¿qué hacer, me dirás, si es un libertino y un depravado? Escucha a Cristo que dice: No juzguéis y no os juzgarán. Tú hazlo por Dios.

Pero ¿qué es lo que digo? Aunque al que viéramos en apuros fuera un pagano cualquiera, nuestra obligación es ayudarlo; y, para decirlo de una vez, debemos socorrer a todo hombre a quien hubiera ocurrido una desgracia: ¡con mayor razón a un fiel seglar! Oye lo que dice san Pablo: Trabajemos por el bien de todos, especialmente por el de la familia de la fe. De hecho, el que pretende favorecer únicamente a los que viven en soledad y dijere, examinándolos con curiosidad: «Si no es digno, si no es justo, si no hace milagros, no lo ayudo», ya ha quitado a la limosna buena parte de su mérito; más aún, poco a poco le irá quitando hasta ese poco que le resta. Por tanto, es también limosna la que se hace tanto a los pecadores como a los reos. La limosna consiste en esto: en compadecerse no de los que hicieron el bien, sino de los que pecaron. Y para que te convenzas de ello, escucha esta parábola de Cristo.

Dice así: Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que después de haberlo molido a palos, lo abandonaron en el camino herido y medio muerto. Por casualidad, un levita pasó por allí y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo; lo mismo hizo un sacerdote: al verlo, pasó de largo. Vino finalmente un samaritano y se interesó por él: le vendó las heridas, las untó con aceite, lo montó sobre su asno, lo llevó a la posada, y dijo al posadero: cuida de él. Y extremando su generosidad, añadió: Yo te daré lo que gastes. Después Jesús preguntó: ¿Cuál de éstos se portó como prójimo? Y el letrado qué contestó: El que practicó la misericordia con él, hubo de oír: anda, pues, y haz tú lo mismo.

Reflexiona sobre el protagonista de la parábola. Jesús no dijo que un judío hizo todo esto con un samaritano, sino que fue un samaritano el que hizo todo aquel derroche de liberalidad. De donde se deduce que debemos atender a todos por igual y no sólo a los de la misma familia en la fe, descuidando a los demás. Así que también tú si vieres que alguien es víctima de una desgracia, no te pares a indagar: tiene él derecho a tu ayuda por el simple hecho de sufrir. Porque si sacas del pozo al asno a punto de ahogarse sin preguntar de quién es, con mayor razón no debe indagarse de quién es aquel hombre: es de Dios, tanto si es griego como si es judío: si es un infiel, tiene necesidad de tu ayuda.

 

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO

EVANGELIO


Ciclo A:
Mt 13, 24-43

HOMILÍA

San Juan Crisóstomo, Homilía 46 sobre el evangelio de san Mateo (2-3: PG 58, 478-480)

Lo mismo que la levadura hace fermentar toda la masa,
así vosotros convertiréis el mundo entero

El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina y basta para que todo fermente. Lo mismo que la levadura hace fermentar toda la masa, así vosotros convertiréis el mundo entero. Y no me digas: ¿Qué podemos hacer doce hombres perdidos entre una tan gran muchedumbre? Pues precisamente el mero hecho de que no rehuyáis mezclaros con las multitudes hace inmensamente más espléndida vuestra eficacia. Y lo mismo que la levadura hace fermentar la masa cuando se la aproxima a la harina —y no cuando tan sólo se la aproxima, sino cuando se la aproxima tanto que se mezcla con ella, pues no dijo simplemente puso, sino amasó—, así también vosotros, aglutinados y unidos con vuestros impugnadores, acabaréis por superarlos.

Y lo mismo que la levadura queda envuelta en la masa, pero no perdida en ella, sino que paulatinamente va inyectando su virtualidad a toda la masa, exactamente igual sucederá en la predicación. Así pues, no tenéis por qué temer si os he predicho muchas tribulaciones: de esta forma resaltará más vuestro temple y acabaréis superándolo todo.

Pues es Cristo el que da a la levadura esa virtud. Por eso a los que creían en él los mezcló con la multitud, para que comuniquemos a los demás nuestra comprensión. Que nadie se queje, pues, de su pequeñez, pues el dinamismo de la predicación es enorme, y lo que una vez ha fermentado, se convierte en fermento para los demás.

Y así como una chispa que cae sobre la leña prende en ella y la convierte en llamas, que a su vez prenden fuego a otros troncos, exactamente ocurre con la predicación. Sin embargo, Jesús no habló de fuego, sino de levadura. ¿Por qué? Pues porque en el primer caso no todo procede del fuego, sino también de la leña que arde; en cambio, en el segundo ejemplo la levadura lo hace todo por su misma virtualidad.

Ahora bien, si doce hombres hicieron fermentar toda la tierra, piensa cuán grande no será nuestra maldad, pues siendo tan numerosos, no conseguimos convertir a los que todavía quedan, siendo así que debiéramos estar en situación de hacer fermentar a mil mundos. Pero ellos —me dirás— eran apóstoles. ¿Y eso qué significa? ¿Es que ellos no participaban de tu misma condición? ¿No vivían en las ciudades? ¿Es que disfrutaron de las mismas cosas que tú? ¿No ejercieron sus oficios? ¿Eran acaso ángeles? ¿Acaso bajaron del cielo? Pero me replicarás: ellos hicieron milagros. ¿Hasta cuándo echaremos mano del pretexto de los milagros para encubrir nuestra apatía? ¿Qué milagros hizo Juan que tuvo pendientes de sí a tantas ciudades? Ninguno, como atestigua el evangelista: Juan no hizo ningún milagro.

Y el mismo Cristo, ¿qué es lo que decía al dar normas a sus discípulos? ¿Haced milagros para que los hombres los vean? En absoluto. Entonces, ¿qué es lo que les decía? Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo. ¿Ves cómo es necesario en todas partes que la vida sea buena y esté llena de buenas obras? Pues por sus frutos —dice— los conoceréis.


Ciclo B Mc 6, 30-34

HOMILÍA

Basilio de Seleucia, Homilía 26 (2: PG 85, 306-307)

Yo soy el que cura a las ovejas enfermas

Con razón Cristo, siendo Pastor, exclamaba: Yo soy el buen Pastor. Yo soy el que curo a las enfermas, sano a las delicadas, vendo a las heridas, hago volver a las descarriadas, busco a las perdidas. He visto al rebaño de Israel presa de la enfermedad, he visto al ovil irse a la morada de los demonios, he visto a la grey acosada por los demonios lo mismo que si fueran lobos. Y lo que he visto, no lo dejé desprovisto.

Pues yo soy el buen Pastor: no como los fariseos que envidian a las ovejas; no como los que inscriben en su lista de suplicios, los que para la grey fueron beneficios; no como quienes deploran la liberación de los males y se lamentan de las enfermedades curadas. Resucita un muerto, llora el fariseo; es curado un paralítico y se lamentan los letrados; se devuelve la vista a un ciego y los sacerdotes se indignan; un leproso queda limpio y se querellan los sacerdotes. ¡Oh altivos pastores de la desdichada grey, que tienen como delicias propias las calamidades del rebaño!

Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas. Por sus ovejas, el pastor se deja conducir al matadero como un cordero: no rehúsa la muerte, no juzga, no amenaza con la muerte a los verdugos. Como tampoco la pasión era fruto de la necesidad, sino que voluntariamente aceptó la muerte por las ovejas: Tengo poder para quitar la vida y tengo poder para recuperarla. Expía la desgracia con la desgracia, remedia la muerte con la muerte, aniquila el túmulo con el túmulo, arranca los clavos y socava los cimientos del infierno. La muerte mantuvo su imperio, hasta que Cristo aceptó la muerte; los sepulcros eran una pesadilla e infranqueables las cárceles, hasta que el Pastor, descendiendo, llevó la fausta noticia de su liberación a las ovejillas que estaban prisioneras. Lo vieron los infiernos dar la orden de partida; lo vieron repitiendo la llamada de la muerte a la vida.

El buen pastor da la vida por las ovejas. Por este medio procura granjearse la amistad de las ovejas. Y a Cristo lo ama el que escucha solícito su voz. Sabe el pastor separar los cabritos de las ovejas. Venid vosotros, benditos de mi Padre: heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. ¿En recompensa de qué? Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis: pues lo que das a los míos, de mí lo cosechas. Yo, por su causa, estoy desnudo, soy huésped, peregrino y pobre: suyo es el don, pero mía la gracia. Sus súplicas me desgarran el alma.

Sabe Cristo dejarse vencer por las plegarias y las dádivas de los pobres, sabe perdonar grandes suplicios en base a pequeños dones. Extingamos el fuego con la misericordia, ahuyentemos las amenazas contra nosotros mediante la observancia de la mutua amistad, abramos unos para con otros las entrañas de misericordia, habiendo nosotros mismos recibido la gracia de Dios en Cristo, a quien corresponde la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.
 

Ciclo C: Lc 10, 38-42

HOMILÍA

San Gregorio Magno, Homilías sobre el libro del profeta Ezequiel (Lib 2, Hom 2, 8-9: CCL 142, 230-231)

Sobre la vida activa y la vida contemplativa

La vida activa consiste en dar pan al hambriento, enseñar la sabiduría al ignorante, corregir al que yerra, reconducir al soberbio al camino de la humildad, cuidar al enfermo, proporcionar a cada cual lo que le conviene y proveer los medios de subsistencia a los que nos han sido confiados.

La vida contemplativa, en cambio, consiste, es verdad, en mantener con toda el alma la caridad de Dios y del prójimo, pero absteniéndose de toda actividad exterior y dejándose invadir por solo el deseo del Creador, de modo que ya no encuentre aliciente en actuar, sino que, descartada cualquier otra preocupación, el alma arda en deseos de ver el rostro de su Creador, hasta el punto de que comienza a soportar con hastío el peso de la carne corruptible y apetecer con todo el dinamismo del deseo unirse a los coros angélicos que entonan himnos, confundirse entre los ciudadanos del cielo y gozarse en la presencia de Dios de la eterna incorrupción.

Buen modelo de estos dos tipos de vida fueron aquellas dos mujeres, a saber, Marta y María, de la cuales una se multiplicaba para dar abasto con el servicio, mientras la otra, sentada a los pies del Señor, escuchaba las palabras de su boca. Como Marta se quejase de que su hermana no se preocupaba de echarle una mano, el Señor le contestó: Marta: andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán. Fíjate que no se reprueba la parte de Marta, pero se alaba la de María. Ni se limita a decir que María ha elegido la parte buena, sino la parte mejor, para indicar que también la parte de Marta era buena. Y por qué la parte de María sea la mejor, lo subraya a continuación diciendo: Y no se la quitarán.

En efecto, la vida activa acaba con la muerte. Pues ¿quién puede dar pan al hambriento en la patria eterna, en la que nadie tendrá hambre? ¿Quién puede dar de beber al sediento, si nadie tiene sed? ¿Quién puede enterrar a los muertos, si nadie muere? Por tanto, mientras la vida activa acaba en este mundo, la vida contemplativa, iniciada aquí, se perfecciona en la patria celestial, pues el fuego del amor que aquí comienza a arder, a la vista del Amado, se enardece todavía en su amor.

Así pues, la vida contemplativa no cesará jamás, pues logra precisamente su perfección al apagarse la luz del mundo actual.

 

DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO

EVANGELIO


Ciclo A:
Mt 13, 44-52

HOMILÍA

Orígenes, Homilías sobre el evangelio de san Mateo (Lib 10, 9-10: SC 162, 173-177)

Las perlas finas conducen a la perla de gran valor

El texto que buscaba perlas finas puedes compararlo con éste: Buscad y hallaréis; y con este otro: Quien busca, halla. ¿A propósito de qué se dice buscad y quien busca, halla? Arriesgo la idea de que se trata de las perlas y la perla, perla que adquiere el que lo ha dado todo y ha aceptado perderlo todo, perla a propósito de la cual dice Pablo: Lo perdí todo con tal de ganar a Cristo: al decir «todo» se refiere a las perlas finas; y al puntualizar: «con tal de ganar a Cristo», apunta a la única perla de gran valor.

Preciosa es la lámpara para los que viven en tinieblas, y su uso necesario hasta que salga el sol; preciosa era asimismo la gloria que irradiaba el rostro de Moisés y pienso que también el de los profetas: espectáculo tan maravilloso que, gracias a él, nos abrimos a la posibilidad de contemplar la gloria de Cristo, gloria a la que el Padre rinde testimonio, diciendo: Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. El resplandor aquel ya no es resplandor, eclipsado por esta gloria incomparable, y nosotros necesitamos, en un primer momento, de una gloria que acepte ser abolida para dar paso a una gloria más excelente, lo mismo que tenemos necesidad de un conocimiento «limitado», que se acabará cuando llegue lo perfecto. Así, toda alma que accede a la primera infancia y camina hacia la perfección necesita, hasta que se cumpla el tiempo, de pedagogo, tutores y curadores, para que al llegar a la edad prefijada por su padre, el que en nada se diferenciaba de un esclavo, siendo dueño de todo, reciba, una vez liberado, de mano del pedagogo, de los tutores y curadores, sus bienes patrimoniales, análogos a la perla de gran valor y a la futura perfección que acaba con lo que es limitado, en el momento en que es capaz de acceder a la excelencia del conocimiento de Cristo, después de haberse ejercitado en aquellos conocimientos que, por decirlo así, subyacen al conocimiento de Cristo.

Pero la gran masa, que no ha captado la belleza de las numerosas perlas de la ley, ni el conocimiento todavía «limitado» que se encuentra en todas las profecías, se imaginan poder encontrar, sin antes haber aclarado y comprendido perfectamente tales riquezas, la única perla de gran valor y contemplar la excelencia del conocimiento de Cristo, en comparación de la cual puede decirse que todo lo que ha precedido a tan elevado y perfecto conocimiento, sin ser por propia naturaleza basura, aparece como tal, pues se la puede comparar al estiércol que el dueño de la viña echa alrededor de la higuera, para que produzca más fruto.

Así pues, todo tiene su tiempo y sazón, todas las tareas bajo el sol: tiempo de recoger piedras, esto es, perlas finas y, después de haberlas recogido, tiempo de encontrar la única perla de gran valor, momento en que es preciso ir a vender todo lo que uno tiene, y comprarla.


Ciclo B: Jn 6, 1-15

HOMILÍA

Balduino de Cantorbery, Tratado sobre el sacramento del altar (Parte 2,3: SC 93, 248-252)

Se nos invita a la fe, que es el trabajo de Dios

Éste es el trabajo que Dios quiere: que creáis en el que él ha enviado. Ellos le hablaban de trabajos, en plural; él les responde del trabajo de Dios, en singular, indicando que todas las obras buenas proceden de una única obra buena. Y la fe activa en la práctica del amor es precisamente el trabajo de Dios y el principio en nosotros del bien obrar, ya que sin fe es imposible complacer a Dios.

Preguntando, pues, ellos cuáles son los trabajos que Dios quiere y como todavía no tenían fe, sin la cual no podían ocuparse de los trabajos de Dios, les invita a la fe que es el trabajo que Dios quiere, esto es, que crean en el que Dios ha enviado. Comprendiendo que Jesús se refería a él mismo, le replicaron: ¿ Y qué signo vemos que haces tú, para que creamos en ti? Mira cómo los judíos piden signos; no les basta el signo de los cinco panes. El haber repartido aquellos panes de cebada les parece insuficiente para creer que Cristo es tan poderoso como para poder dar un alimento imperecedero. Pero es que ni siquiera Moisés, por medio del cual se les dio el maná, hizo tales promesas. Comparan, pues, el signo hecho por Moisés con este signo de los cinco panes en gradación de mayor a menor, como si no fuera digno de crédito lo que de sí mismo había afirmado. Y así insisten: Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: «Les dio a comer pan del cielo».

A lo que habían dicho los judíos de que a los padres les fue dado a comer pan del cielo, responde Cristo demostrando que el verdadero pan del cielo no es el que les dio Moisés, sino el que el Padre les da ahora. Les replicó, pues, Jesús: Os aseguro que no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre quien os da el verdadero pan del cielo. Ellos, interpretándolo carnalmente, le dijeron: Señor, danos siempre de ese pan. Lo mismo que la mujer samaritana al oírle decir: El que bebe de esta agua no vuelve a tener sed, inmediatamente se imaginó que hablaba de la sed física, y, deseosa de no padecer más esa necesidad temporal, dijo: Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla; así también éstos piden: Señor, danos de ese pan: naturalmente, para que nos sacie y nunca nos falte. Esta es la razón por la que después del milagro de los cinco panes, querían proclamarlo rey.

Pero Jesús les invita nuevamente a fijar la atención en su propia persona, y les desvela más claramente a qué tipo de pan se refería. Dice: Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed. La expresión: El que viene a mí equivale a ésta: El que cree en mí; y la frase: No pasará hambre es correlativa a esta otra: No pasará nunca sed. El sentido de ambas correlaciones es efectivamente la saciedad eterna, en la que no habrá lugar para la necesidad.


Ciclo C: Lc 11, 1-13

HOMILÍA

San Beda el Venerable, Homilía 14 (CCL 122, 272-273.277-279)

Éstos son los bienes que principalmente hemos de pedir

Deseando nuestro Señor y Salvador que lleguemos a los goces del reino celestial, nos enseñó a pedirle estos mismos goces y prometió dárnoslos si se los pedimos: Pedid —dice— y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá. Debemos reflexionar seriamente y con la máxima atención, carísimos hermanos, sobre el mensaje de que son portadoras estas palabras del Señor, puesto que se nos asegura que el reino de los cielos no es patrimonio de ociosos y desocupados, sino que se dará, será hallado y se abrirá a quienes lo pidan, lo busquen y llamen a sus puertas.

Así pues, la entrada en el reino hemos de pedirla orando, hemos de buscarla viviendo honradamente y hemosde llamar a sus puertas perseverando. Porque no es suficiente limitarse a pedirlo de palabra, sino que hemos de indagar diligentemente cuál ha de ser nuestra conducta para merecer conseguir lo que pedimos, según la afirmación del que afirma: No todo el que me dice Señor entrará en el reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ése entrará en el reino de los cielos.

Por lo tanto, es necesario, hermanos míos, que pidamos asiduamente, que oremos constantemente, que nos postremos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Y para merecer ser escuchados, consideremos solícitamente cómo quiere que vivamos, qué es lo que nos mandó hacer nuestro creador. Recurramos al Señor y a su poder, busquemos continuamente su rostro. Y para que merezcamos hallarlo y contemplarlo limpiémonos toda suciedad de cuerpo o de espíritu, pues el día de la resurrección sólo subirán al cielo los que hayan conservado la castidad del cuerpo, únicamente los limpios de corazón podrán contemplar la gloria de la Divina Majestad.

Y si deseamos saber lo que él quiere que pidamos, escuchemos aquello del evangelio: Buscad el reino de Dios y su justicia, lo demás se os dará por añadidura. Buscar el reino de Dios y su justicia significa desear los dones de la patria celestial, quiere decir indagar incesantemente cuál es el comportamiento adecuado para conseguirlos, no ocurra que si llegáramos a desviarnos del camino que a ellos nos conduce, nos veamos imposibilitados de alcanzar la meta que nos habíamos propuesto. Estos son, carísimos hermanos, los bienes que principalmente hemos de pedir a Dios, ésta es la justicia del reino que preferencialmente hemos de buscar, es decir, la fe, la esperanza y la caridad, porque, como está escrito: El justo vivirá por su fe; al que confía en el Señor, la misericordia lo rodea; y amar es cumplir la ley entera; porque toda la ley se concentra en esta frase: «Amarás al prójimo como a ti mismo».

Por eso el Señor amablemente nos promete que el Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan. Con lo cual quiere indudablemente indicarnos que los que son malos por naturaleza pueden hacerse buenos mediante la aceptación de la gracia del Espíritu. Promete que el Padre dará el Espíritu Santo a los que se lo piden, porque lo mismo la fe, la esperanza y la caridad, como cualesquiera otros bienes celestiales que deseamos obtener, se nos conceden únicamente por el don del Espíritu Santo.

Siguiendo sus huellas, en la medida de lo posible, pidamos, amadísimos hermanos, a Dios Padre que, por la gracia de su Espíritu, nos guíe por el camino recto de la fe, una fe activa en la práctica del amor. Y a fin de que merezcamos obtener los bienes deseados, procuremos vivir de manera que no seamos indignos de un tal Padre, antes bien, esforcémonos por conservar, con cuerpo siempre íntegro y alma pura, el misterio del segundo nacimiento, mediante el cual y en el bautismo nos convertimos en hijos de Dios. Pues es seguro que, si observamos los mandamientos del Padre eterno, nos remunerará con la herencia de una bendición eterna, preparada para nosotros desde el principio por Jesucristo nuestro Señor, que vive y reina con Dios Padre, en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por todos los siglos de los siglos. Amén.

 

DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO

EVANGELIO


Ciclo A:
Mt 14, 13-21

HOMILÍA

Balduino de Cantorbery, Tratado sobre el sacramento del altar (Parte 2,3: SC 93, 252-254)

Cristo, en su dignidad, es siempre deseable

El que me come tendrá más hambre, el que me bebe tendrá más sed. En la actualidad, Cristo, sabiduría del Padre, no es manducado hasta la saciedad del deseo, sino hasta el deseo de la saciedad; y cuanto más se saborea su suavidad, tanto más se agudiza el deseo. Por esta razón, los que me comen tendrán más hambre, hasta que llegue la hartura. Pero cuando sacie de bienes sus anhelos, entonces ya no pasarán hambre ni sed.

Estas palabras: El que me come tendrá más hambre, el que me bebe tendrá más sed, pueden también entenderse de la vida futura, pues existe en aquella eterna saciedad una especie de avidez, producto no de la indigencia sino de la felicidad, de modo que desean siempre comer quienes nunca quieren comer ni nunca sienten náuseas en la hartura. Existe, en efecto, una saciedad sin fastidio y un deseo sin suspiros.

Pues Cristo, en su dignidad, es siempre admirable y es además siempre deseable. Son cosas que los ángeles ansían penetrar. Por eso, cuando se le tiene, se le desea, y cuando se le posee, se le busca, como está escrito: Buscad continuamente su rostro. Pues se busca siempre a quien se le ama para poseerle siempre. Por lo cual, incluso los que lo encuentran siguen buscándolo, y los que lo comen tienen más hambre, y los que lo beben tienen más sed; pero es una búsqueda sin ansiedad; es un hambre que elimina cualquiera otra hambre; es una sed que apaga toda otra sed. No es fruto de la indigencia, sino de una felicidad consumada. De la necesidad fruto de la indigencia se dice: El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed. En cambio, de la que es producto de la felicidad se dice: El que me come tendrá más hambre, el que me bebe tendrá más sed.

Para los que creen en él, Cristo es alimento y bebida, pan y vino. Pan cuando vigoriza y da fuerzas, bebida o vino cuando alegra. Todo cuanto en nosotros hay de fuerte, sólido y firme, alegre y agradable en el cumplimiento de los mandamientos de Dios, en soportar los males, en la ejecución de la obediencia, en la defensa de la justicia; todo eso es vigor y firmeza de este pan, o la alegría de esta bebida. ¡Dichosos los que obran alegre y varonilmente! Y como nadie es capaz de hacer esto por solas sus fuerzas, dichosos los que desean con avidez practicar lo que es justo y honesto, y ser en todo confortados y regocijados por aquel que dice: Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia. Y si Cristo es pan y es bebida en la medida de la presente fortaleza y alegría de los justos, ¿cuánto más no lo será en el futuro en la medida en que entonces será de los justos?
 

Ciclo B: Jn 6, 24-35

HOMILÍA

San Ambrosio de Milán, Comentario sobre el salmo 118 (Sermón 18, 26-29: PL 15, 1461-1463)

Cristo bebió mis amarguras para darme la suavidad de su gracia

Soy pequeño y despreciable, pero no olvido tus decretos. Dispongo de la augusta participación de los sacramentos celestiales. Ahora me cabe el honor de participar de la mesa celestial; mis banquetes ya no los riega el agua de la lluvia, no dependen de los productos del campo, ni del fruto de los árboles. Para mi bebida no necesito acudir a los ríos ni a las fuentes: Cristo es mi alimento, Cristo es mi bebida; la carne de Dios es mi alimento, y la sangre de Dios es mi bebida. Para saciarme, ya no estoy pendiente de la recolección anual, pues Cristo se me ofrece diariamente.

No tendré ya que temer que las inclemencias del tiempo o la esterilidad del campo me lo disminuya, mientras persista en una diligente y piadosa devoción. Ya no deseo que descienda sobre mí una lluvia de codornices, que antes provocaban mi admiración; ni tampoco el maná, que antes prefería a todos los demás alimentos, pues los padres que comieron el maná siguieron teniendo hambre. Mi alimento es tal que si uno lo come no pasará más hambre. Mi alimento no engorda el cuerpo, sino que fortalece el corazón del hombre.

Antes consideraba maravilloso el pan del cielo, pues está escrito: Les dio a comer pan del cielo. Pero no era aquel el pan verdadero, sino sombra del futuro. El Pan del cielo, el verdadero, me lo reservó el Padre. Descendió para mí del cielo aquel pan de Dios, que da vida a este mundo. Este es el pan de vida: y el que come la vida no puede morir. Pues ¿cómo puede morir quien se alimenta de la vida?

¿Cómo va a desfallecer quien posee en sí mismo una sustancia vital? Acercaos a él y saciaos, pues es pan; acercaos a él y bebed, pues es la fuente; acercaos a él y quedaréis radiantes, pues es luz; acercaos a él y seréis liberados, pues donde hay el Espíritu del Señor, hay libertad; acercaos a él y seréis absueltos, pues es el perdón de los pecados. ¿Me preguntáis quién es éste? Oídselo a él mismo, que dice: Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed. Le habéis oído, le habéis visto y no habéis creído en él: por eso estáis muertos; creed al menos ahora, para que podáis vivir. Del cuerpo de Dios brotó para mí una fuente eterna; Cristo bebió mis amarguras para darme la suavidad de su gracia.


Ciclo C: Lc 12, 13-21

HOMILÍA

San Gregorio de Nacianzo, Sermón 14, sobre el amor a los pobres (20-22: PG 35, 882-886)

Vayamos de una vez en pos del Verbo,
busquemos aquel descanso

No se gloríe el sabio de su saber, no se gloríe el rico en su riqueza, no se gloríe el soldado de su valor, aunque hubieren escalado la cima del saber, de la riqueza o del valor. Voy a añadir a la lista nuevos paralelismos: Ni se gloríe el famoso y célebre en su gloria; ni el que está sano, de su salud; ni el guapo, de su hermosa presencia; ni el joven, de su juventud; en una palabra, que ningún soberbio o vanidoso se gloríe en ninguna de aquellas cosas que celebran los mortales. En todo caso, el que se gloríe que se gloríe sólo en esto: en conocer y buscar a Dios, en dolerse de la suerte de los desgraciados y en hacer reservas de bien para la vida futura.

Todo lo demás son cosas inconsistentes y frágiles y, como en el juego del ajedrez, pasan de unos a otros, mudando de campo; y nada es tan propio del que lo posee que no acabe por esfumarse con el andar del tiempo o haya de transmitirse con dolor a los herederos. Aquéllas, en cambio, son realidades seguras y estables, que nunca nos dejan ni se dilapidan, ni quedan frustradas las esperanzas de quienes depositaron en ellas su confianza.

A mi parecer, ésta es asimismo la causa de que los hombres no tengan en esta vida ningún bien estable y duradero. Y esto —como todo lo demás— lo ha dispuesto así de sabiamente la Palabra creadora y aquella Sabiduría que supera todo entendimiento, para que nos sintamos defraudados por las cosas que caen bajo nuestra observación, al ver que van siempre cambiando en uno u otro sentido, ora están en alza ora en baja padeciendo continuos reveses y, ya antes de tenerlas en la mano, se te escurren y se te escapan. Comprobando, pues, su inestabilidad y variabilidad, esforcémonos por arribar al puerto de la vida futura. ¿Qué no haríamos nosotros de ser estable nuestra prosperidad si, inconsistente y frágil como es, hasta tal punto nos hallamos como maniatados por sutiles cadenas y reducidos a esta servidumbre por sus engañosos placeres, que nos vemos incapacitados para pensar que pueda haber algo mejor y más excelente que las realidades presentes, y eso a pesar de escuchar y estar firmemente persuadidos de que hemos sido creados a imagen de Dios, imagen que está arriba y nos atrae hacia sí?

El que sea sabio, que recoja estos hechos. ¿Quién dejará pasar las cosas transitorias? ¿Quién prestará atención a las cosas estables? ¿Quién reputará como transeúntes las cosas presentes? Dichoso el hombre que, dividiendo y deslindando estas cosas con la espada de la Palabra que separa lo mejor de lo peor, dispone las subidas de su corazón, como en cierto lugar dice el profeta David, y, huyendo con todas sus energías de este valle de lágrimas, busca los bienes de allá arriba, y, crucificado al mundo juntamente con Cristo, con Cristo resucita, junto con Cristo asciende, heredero de una vida que ya no es ni caduca ni falaz: donde no hay ya serpiente que muerde junto al camino ni que aceche el talón, como puede comprobarse observando su cabeza.

Considerando esto mismo, también el bienaventurado Miqueas dice atacando a los que se arrastran por tierra y tienen del bien sólo el ideal: Acercaos a los montes eternos: pues ¡arriba, marchaos!, que no es sitio de reposo. Son más o menos las mismas palabras, con las cuales nos anima nuestro Señor y Salvador, diciendo: Levantaos, vamos de aquí. Jesús dijo esto no sólo a los que entonces tenía como discípulos, invitándoles a salir únicamente de aquel lugar —como quizá alguno pudiera pensar—, sino tratando de apartar siempre y a todos sus discípulos de la tierra y de las realidades terrenas, para elevarlos al cielo y a las realidades celestiales.

Vayamos, pues, de una vez en pos del Verbo, busquemos aquel descanso, rechacemos la riqueza y abundancia de esta vida. Aprovechémonos solamente de lo bueno que hay en ellas, a saber: redimamos nuestras almas a base de limosnas, demos a los pobres nuestros bienes, para enriquecernos con los del cielo.

 

DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO

EVANGELIO


Ciclo A: Mt 14, 22-33

HOMILÍA

San Agustín de Hipona, Sermón 76 (1.4.5.6.8.9: PL 38, 479-483)

¡Señor, sálvame, que me hundo!

El evangelio que se nos ha proclamado y que recoge el episodio de Cristo, el Señor, andando sobre las aguas del mar, y del apóstol Pedro, que al caminar sobre las aguas titubeó bajo la acción del temor, dudando se hundía y confiando nuevamente salió a flote, nos invita a ver en el mar un símbolo del mundo actual y en el apóstol Pedro la figura de la única Iglesia.

En efecto, Pedro en persona —él, el primero en el orden de los apóstoles y generosísimo en el amor a Cristo— con frecuencia responde personalmente en nombre de todos. Cuando el Señor Jesús preguntó quién decía la gente que era él, mientras los demás discípulos le informan sobre las distintas opiniones que circulaban entre los hombres, al insistir el Señor en su pregunta y decir: Y vosotros, ¿quién decís que soy?, Pedro respondió: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. La respuesta la dio uno en nombre de muchos, la unidad en nombre de la pluralidad.

Contemplando a este miembro de la Iglesia, tratemos de discernir en él lo que procede de Dios y lo que procede de nosotros. De este modo no titubearemos, sino que estaremos cimentados sobre la piedra, estaremos firmes y estables contra los vientos, las lluvias y los ríos, esto es, contra las tentaciones del mundo presente. Fijaos, pues, en ese Pedro que entonces era figura nuestra: unas veces confía, otras titubea; unas veces le confiesa inmortal y otras teme que muera. Por eso, porque la Iglesia tiene miembros seguros, los tiene también inseguros, y no puede subsistir sin seguros ni sin inseguros. En lo que dijo Pedro: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo, significa a los seguros; en el hecho de temblar y titubear, no que-riendo que Cristo padeciera, temiendo la muerte y no reconociendo la Vida, significa a los inseguros de la Iglesia. Así pues, en aquel único apóstol, es decir, en Pedro, el primero y principal entre los apóstoles, en el que estaba prefigurada la Iglesia, debían estar representados ambos tipos de fieles, es decir, los seguros y los inseguros, ya que sin ellos no existe la Iglesia.

Este es también el significado de lo que se nos acaba de leer: Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua. Y a una orden del Señor, Pedro caminó efectiva-mente sobre las aguas, consciente de no poder hacerlo por sí mismo. Pudo la fe lo que la humana debilidad era incapaz de hacer. Estos son los seguros de la Iglesia. Ordénelo el Dios hombre y el hombre podrá lo imposible. Ven —dijo —. Y Pedro bajó y echó a andar sobre las aguas: pudo hacerlo porque lo había ordenado la Piedra. He aquí de lo que Pedro es capaz en nombre del Señor; ¿qué es lo que puede por sí mismo? Al sentir la fuerza delviento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: ¡Señor, sálvame, ¡que me hundo! Confió en el Señor, pudo en el Señor; titubeó como hombre, retornó al Señor. En seguida extendió la ayuda de su diestra, agarró al que se estaba hundiendo, increpó al desconfiado: ¡Qué poca fe!

Bueno, hermanos, que hemos de terminar el sermón. Considerad al mundo como si fuera el mar: viento huracanado, tempestad violenta. Para cada uno de nosotros, sus pasiones son su tempestad. Amas a Dios: andas sobre el mar, bajo tus pies ruge el oleaje del mundo. Amas al mundo: te engullirá. Sabe devorar, que no soportar, a sus adoradores. Pero cuando al soplo de la concupiscencia fluctúa tu corazón, para vencer tu sensualidad invoca su divinidad. Y si tu pie vacila, si titubeas, si hay algo que no logras superar, si empiezas a hundirte, di: ¡Señor, sálvame, que me hundo! Pues sólo te libra de la muerte de la carne, el que en la carne murió por ti.


Ciclo B: Jn 6, 41-52

HOMILÍA

Ruperto de Deutz, Comentario sobre el evangelio de san Juan (Lib 6, 51-52: CCL CM 9, 356-357)

Y el pan que yo daré es mi carne,
para la vida del mundo

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que come de este pan vivirá para siempre. Puesto que los convidados de mi Padre fueron dispersados por la muerte a causa del manjar prohibido que había comido su progenitor, bajan-do sus almas a los infiernos y siendo sus cuerpos depositados en el sepulcro, también yo, que soy el pan de los ángeles, seré dispersado, descendiendo a los infiernos donde las almas pasan hambre, según aquella sustancia de que se alimentan los ángeles, y, según el cuerpo, seré enterrado en el vientre de la tierra, donde reposan sus cuerpos: allí permaneceré tres días y tres noches, como estuvo Jonás tres días y tres noches en el vientre del pez, de forma que las almas, recreadas con la visión de Dios, revivirán, y los cuerpos, muchos resucitarán ahora, y todos los demás en el futuro. Y más tarde, al resto, es decir, a todos aquellos que todavía viven corporalmente en este mundo, se les dará aquí ese mismo pan adaptado a su módulo vital, esto es, en el verdadero sacrificio del pan y del vino según el rito de Melquisedec.

Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo. Este es el mayor consuelo para los pobres, a los que el Espíritu del Señor que vino sobre mí me envió a anunciarles la buena noticia; sea ésta, repito, la mayor, la incomparable congratulación para todas las naciones esparcidas por la tierra, que pediré y recibiré del Padre en herencia o posesión. Pues la participación en este pan de vida de aquellos a quienes el Padre que me ha enviado, selló y dio este pan, no será inferior a la de los antiguos padres. Porque al descender a ellos para saciarlos de mí, cuando el infierno me hubiere mordido y yo me hubiere convertido en su aguijón, en muerte de la muerte para los encerrados en sus entrañas, entregado a los santos y justos hambrientos, para que todos recobren la vida, entonces yo daré el pan a este resto. En este pan no está ausente la realidad de mi misma carne o cuerpo que, sacado del vientre del cetáceo sano y salvo, volverá a sentarse a la derecha del Padre por toda la eternidad. El hombre vivo comerá, de un modo adecuado a él, el mismo pan de los ángeles que yo le daré; este pan se lo da el Padre a los que murieron, para que lo coman y resuciten: ahora las almas, el último día los cuerpos.

Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo. Realmente, aquel a quien el Padre nos dio como pan de los ángeles, para que asumiera la carne y muriera a fin de poder dar vida a los muertos, él que es el pan celestial nos da el pan terreno, pan que él transforma en su propia carne para poder dar la vida eterna a los vivientes que son capaces de comerlo. De esta forma, el Verbo, que es el pan de los ángeles, se hizo carne, no convirtiéndose en carne, sino asumiendo la carne; de esta forma el mismo Verbo, ya hecho carne, se hace pan visible, no convertido en pan, sino asumiendo el pan e incorporándolo a la unidad de su persona.

Por consiguiente, como de nuestra carne —asumida en la Virgen María—, confesamos que es verdadero Dios a causa de la unidad de persona, así también de este pan visible —que la divinidad invisible del mismo Verbo asumió y convirtió en su propia carne—, confesamos con plena y católica fe que es el cuerpo de Cristo. Dice, en efecto: Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo, o sea, para que el mundo redimido coma y beba, después de haber previamente lavado, mediante el bautismo, la mancha producida por el antiguo manjar que la serpiente ofreció e indujo a que comiera.
 

Ciclo C: Lc 12, 32-48

HOMILÍA

San Ambrosio de Milán, Comentario sobre el salmo 118 (Sermón 14, 11-13: PL 15, 1394-1395)

Que la Palabra de Dios sea lámpara para mis pasos

Sea la fe precursora de tu camino, sea la Escritura divina tu camino. Bueno es el celestial guía de la palabra. Enciende tu candil en esta lámpara, para que luzca tu ojo interior, que es la lámpara de tu cuerpo. Tienes multitud de lámparas: enciéndelas todas, porque se te ha dicho: Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas.

Donde la oscuridad es muy densa, se necesitan muchas lámparas, para que en medio de tan profundas tinieblas brille la luz de nuestros méritos. Estas son las lámparas que la ley dispuso que ardieran continuamente en la tienda del encuentro. En efecto, la tienda del encuentro es este nuestro cuerpo, en el cual vino Cristo a través de un templo más grande y más perfecto, como está escrito, para entrar en el santuario por su propia sangre y purificar nuestra conciencia de la mancha y de las obras muertas; de este modo, en nuestros cuerpos, que mediante el testimonio y calidad de sus actos manifiestan lo oculto y escondido de nuestros pensamientos, brillará, cual otras tantas lámparas, la clara luz de nuestras virtudes. Éstas son las lámparas encendidas, que día y noche lucen en el templo de Dios. Si conservas en tu cuerpo el templo de Dios, si tus miembros son miembros de Cristo, lucirán tus virtudes, que nadie conseguirá apagar, a menos que las apague tu propio pecado. Resplandezca la solemnidad de nuestras fiestas con esta luz de mente pura y afectos sinceros.

Brille, pues, siempre tu lámpara. Reprende Cristo incluso a los que, sirviéndose de la lámpara, no siempre la utilizan, diciendo: Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. No nos gocemos eventualmente de la luz. Se goza eventualmente el que en la Iglesia escuchó la palabra y se alegra; pero en saliendo de ella se olvida de lo que oyó y no se preocupa más. Este es el que deambula por su casa sin lámpara; y, en consecuencia, camina en tinieblas, el que se ocupa de actividades propias de las tinieblas, vestido de las vestiduras del diablo y no de Cristo. Esto sucede cada vez que no luce la lámpara de la palabra. Por tanto, no descuidemos jamás la palabra de Dios, que es para nosotros origen de toda virtud y una cierta potenciación de todas nuestras obras.

Si los miembros de nuestro cuerpo no pueden actuar correctamente sin luz —pues sin luz los pies vacilan y las manos yerran—, ¿con cuánta mayor razón no habrán de referirse a la luz de la palabra los pasos de nuestra alma y las operaciones de nuestra mente? Pues existen también unas manos del alma, que tocan acertadamente —como tocó Tomás las señales de la resurrección del Señor—, si nos ilumina la luz de la palabra presente. Que esta lámpara permanezca encendida en toda palabra y en toda obra. Que todos nuestros pasos, externos e internos, se muevan a la luz de esta lámpara.

 

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO

EVANGELIO


Ciclo
A: Mt 15, 21-28

HOMILÍA

San Atanasio de Alejandría, Carta Pascual 7 (6-8: PG 26, 1393-1394)

El Señor otorgó a la mujer el fruto de su fe

Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados. Conviene, pues, que los santos y amantes de la vida en Cristo se eleven al deseo de este alimento, y digan suplicantes: Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío.

Siendo esto así, también nosotros, hermanos míos, debemos dar muerte a todo lo terreno que hay en nosotros y alimentarnos del pan vivo con fe y caridad para con Dios; tanto más cuando sabemos que sin fe es imposible participar de este pan. El mismo Salvador, al tiempo de hacer una llamada general para que todos acudieran a él, decía: El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí, que beba. E inmediatamente después de haber hecho mención de la fe, sin la cual nadie debiera tomar este alimento, dijo: Como dice la Escritura: de las entrañas del que cree en mí manarán torrentes de agua viva. Por esta razón, él mismo alimentaba continuamente con sus palabras a los discípulos, esto es, a los creyentes, y les comunicaba la vida con la presencia de su divinidad.

En cambio, a aquella mujer cananea, que todavía no había accedido a la fe, ni se dignó siquiera responderla, aun cuando estaba muy necesitada de ser por él alimentada. Actuó de esta forma, no por desprecio —ini pensar-lo!—, pues de lo contrario no se hubiera dirigido al país de Tiro y Sidón, sino porque todavía no era creyente y porque a causa de su origen no podía exhibir derecho alguno. Con razón obró así, hermanos míos, pues de nada servían sus ruegos antes de haber recibido la fe, puesto que sus ruegos debían estar en sintonía con su fe.

Por lo cual, quien se acerca a Dios, ante todo es necesario que crea en él, y entonces él le concederá lo que pide. Porque, como enseña Pablo, sin fe es imposible agradar a Dios. Careciendo, pues, ella todavía de fe y siendo además extranjera, hubo de oír de labios del maestro: No está bien echar a los perros el pan de los hijos. Pero inmediatamente, dirigiéndose a la que había humillado con palabras tan duras y que, liberada de su paganismo había conseguido la fe, no la trata ya como a un perro, sino como a una persona humana, y le dice: ¡Mujer, qué gran-de es tu fe! Habiendo ella creído, en seguida él le otorgó el fruto de su fe, y le dijo: Que se cumpla lo que deseas. En aquel momento quédó curada su hija.


Ciclo B: Jn 6, 51-59

HOMILÍA

San Cirilo de Alejandría, Comentarios elegantes [glaphyra] sobre el libro del Exodo (Lib 2, 3: PG 69, 455-459)

Nuestro Señor Jesucristo nos alimenta para la vida eterna

El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre.

Pienso que el maná es sombra y tipo de la doctrina y dones de Cristo, que proceden de lo alto y nada tienen de terreno, sino que están más bien en franca oposición con esta carnal execración y que en realidad son pasto no sólo de los hombres, sino también de los ángeles. En efecto, el Hijo nos ha manifestado en sí mismo al Padre, y por medio de él hemos sido instruidos en la razón de ser de la santa y consustancial Trinidad, y hasta nos ha introducido egregiamente en el camino de todas las virtudes.

De hecho, el recto y sincero conocimiento de estas realidades es alimento del espíritu. Ahora bien, Cristo ha impartido en abundancia la doctrina a plena luz y de día. También el maná fue dado a los antepasados al irrumpir el día y a plena luz. Efectivamente, en nosotros, los creyentes, ya ha despuntado el día, como está escrito, y el lucero ha nacido en todos los corazones, y ha salido el sol de justicia, es decir, Cristo, el dador del maná inteligible. Y que aquel maná sensible fuera algo así como una figura, y éste, en cambio, el maná verdadero, Cristo mismo nos lo asegura con todas las garantías, cuando dice a los judíos: Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron.

El, por el contrario, es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo. Nuestro Señor Jesucristo nos alimenta para la vida eterna tanto con sus preceptos que estimulan a la piedad, como mediante sus místicos dones. El es, pues, realmente en persona aquel maná divino y vivificante.

El que comiere de él, no experimentará la futura corrupción y escapará a la muerte; no así los que comieron el maná sensible, pues el tipo no era portador de salvación, sino que era únicamente figura de la verdad. Al hacer Dios caer el maná del cielo en forma de lluvia, manda que cada uno recoja lo que pueda comer, y si quiere, puede recoger también para los que vivan en la misma tienda. Que cada uno —dice— recoja lo que pueda comer y para todas las personas que vivan en cada tienda. Que nadie guarde para mañana. Debemos estar bien imbuidos de la doctrina divina y evangélica.

Así pues, Cristo distribuye la gracia en igual medida a pequeños y grandes, y a todos alimenta igualmente para la vida; quiere reunir con los demás a los más débiles y que los fuertes se sacrifiquen por sus hermanos hasta asumir sobre sí los trabajos de ellos, y hacerles partícipes de la gracia celestial. Esto es lo que —a mi juicio— dijo a los mismos santos apóstoles: Gratis habéis recibido, dad gratis. Así pues, los que recogieron para sí abundante maná, se apresuraron a repartirlo entre los que vivían bajo las mismas tiendas, esto es, en la Iglesia. Exhortaban efectivamente los discípulos a todos y los estimulaban a las cosas más nobles; comunicaban a todos en abundancia la gracia que de Cristo habían conseguido.


Ciclo C: Lc 12, 49-53

HOMILÍA

Pedro de Blois, Sermón 25 (PL 207, 635-637)

He venido a prender fuego en el mundo

Cristo, que recibió el Espíritu sin medida, dio dones a los hombres y no cesa de repartirlos. De su plenitud todos hemos recibido, y nada se libra de su calor. Tiene una hoguera en Sión, un horno en Jerusalén. Este es el fuego que Cristo ha venido a prender en el mundo. Por eso también se apareció en lenguas de fuego sobre los apóstoles, para que una ley de fuego fuera predicada por lenguas de fuego. De este fuego dice Jeremías: Desde el cielo ha lanzado un fuego que se me ha metido en los huesos. Porque en Cristo el Espíritu Santo habitó plena y corporalmente. Y es él quien derramó de su Espíritu sobre todos: En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Y añade: Hay diversidad de dones, hay diversidad de servicios y hay diversidad de funciones, pero un mismo y único Espíritu que reparte a cada uno en particular como a él le parece.

En función de esta diversidad de carismas el Espíritu es designado a veces como fuego, otras como óleo, como vino o como agua. Es fuego porque siempre inflama en el amor, y porque una vez que prende no deja de arder, esto es, de amar ardientemente. He venido —dice— a prender fuego en el mundo: ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! El Espíritu Santo es óleo en razón de sus diversas propiedades. Es connatural al aceite flotar sobre todos los demás líquidos. Así también la gracia del Espíritu Santo, que con su amor generoso desborda los méritos y deseos de los que le suplican, es más excelente que todos los dones y que todos los bienes. El aceite es medicinal, porque mitiga los dolores; y también el Espíritu Santo es verdadera-mente óleo, porque es el Consolador. El aceite por naturaleza no puede mezclarse; y el Espíritu Santo es unafuente con la que ninguna otra puede entrar en comunión.

Tenemos, pues, que el Espíritu Santo es designado unas veces como fuego y otras como óleo. En efecto, dos veces les fue dado el Espíritu a los apóstoles: la primera antes de la pasión, y la segunda después de la resurrección. Observa lo grande que es en ellos la fuente del ardor: no basta con verter aceite, hay que calentarlo; no basta con acercar el fuego, hay que rociar el fuego con aceite. Inflamados por este fuego los discípulos, salieron del consejo contentos, gloriándose en las tribulaciones. El lengua-je del príncipe de los apóstoles era éste: Dichosos vos-otros, si tenéis que sufrir por Cristo. Se os ha dado —dice— la gracia no sólo de creer en Jesucristo, sino también de padecer por él.

El Espíritu Santo es vino que alegra el corazón del hombre. Este vino no se echa en odres viejos. El Espíritu Santo es agua: El que tenga sed —dice—, que venga a mí; el que cree en mí, que beba. El Espíritu Santo es más dulce que la miel: oremos, pues, con espíritu de humildad, al Espíritu Santo, para que derrame sobre nuestros corazones el rocío de su bendición, la llovizna de sus dones espirituales y una lluvia copiosa para lavar nuestras conciencias; infunda el aceite de júbilo y el incendio de su amor en nuestros corazones Jesucristo, a quien el Padre ungió, en quien depositó la plenitud de la unción y de la bendición, para que todos recibiéramos de su plenitud. A él el honor y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

 

DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO

EVANGELIO


Ciclo A:
Mt 16, 13-20

HOMILÍA

San Juan Crisóstomo, Homilía 54 sobre el evangelio de san Mateo (1-2: PG 58, 533-536)

Cristo entregó las llaves a aquel que extendió
la Iglesia por todo el orbe de la tierra

Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás ./, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso. ¿Por qué Pedro es proclamado dichoso? Por haberlo confesado propiamente Hijo. No podemos conocer por otro medio al Hijo sino por el Padre, ni al Padre, sino por el mismo Hijo. Aquí tenemos palmaria-mente demostrada tanto la igualdad de honor, como la consustancialidad. ¿Y qué le respondió Cristo? Tú eres Simón, el hijo de Jonás; tú te llamarás Cefas. Puesto que tú —dice— has proclamado a mi Padre, yo nombro al que te engendró. Lo que equivale a decir: Lo mismo que tú eres hijo de Jonás, yo soy el Hijo de mi Padre.

En realidad, parecería superfluo decir: Tú eres hijo de Jonás: pero como Pedro añadió «Hijo de Dios», para demostrar que él era Hijo de Dios, lo mismo que Pedro era hijo de Jonás, de la misma sustancia que el Padre, por eso añadió aquel inciso. Ahora te digo yo: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia», esto es, sobre la fe que has confesado.

Con esto declara que iban a ser muchos los que aceptarían la fe y, elevando los sentimientos del apóstol, lo constituye pastor de su Iglesia. Y el poder del infierno no la derrotará. Y si a ella no la derrotarán, mucho menos me derrotarán a mí. Así que no te turbes, cuando oyeres que he sido entregado y crucificado. A continuación le concede una nueva distinción: Te daré las llaves del reino de los cielos. ¿Qué significa ese te daré? Lo mismo que el Padrete ha dado capacidad para que me conocieras, así también yo te daré.

Y no dijo: «Rogaré al Padre», no obstante tratarse de una gran demostración de autoridad y de un don de inefable valor, sino: Te daré. Pero pregunto: ¿qué es lo que das? Las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo ¿Y cómo el conceder sentar-se a la derecha y a la izquierda no va a estar en poder de quien dijo: Te daré? ¿No ves cómo eleva a Pedro a una más sublime opinión de él, cómo se revela a sí mismo, y cómo, mediante esta doble promesa, demuestra que él es el Hijo de Dios? Lo que propiamente es competencia exclusiva de solo Dios, eso es lo que Cristo promete dar a Pedro. A saber: perdonar pecados, mantener inconmovible a la Iglesia en medio de tantas agitaciones, convertir a un pescador en alguien más firme que la roca, aunque todo el mundo se ponga en contra. Lo mismo le decía el Padre a Jeremías: que le convertiría en columna de hierro, en muralla de bronce. Pero con esta diferencia: Jeremías era colocado frente a un solo pueblo; Pedro, en cambio, frente a todo el mundo.

Me gustaría preguntar a quienes pretenden ver disminuida la dignidad del Hijo, ¿cuáles son mayores: los dones que el Padre concede a Pedro o los que le otorga el Hijo? Porque el Padre le hace la revelación del Hijo; en cambio el Hijo le comisiona para que propague por todo el mundo tanto el conocimiento del Padre como el suyo propio, otorga a un hombre mortal todo poder en el cielo, al entregar las llaves a aquel que extendió la Iglesia por todo el orbe de la tierra, y mostró ser más firme que los cielos, pues dijo: El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.


Ciclo B: Jn 6, 61-70

HOMILÍA

Balduino de Cantorbery, Tratado sobre el sacramento del altar (Parte 2, 3: SC 93, 296-300)

Sobre la fe de los apóstoles

Entre los discípulos de Cristo había quienes creían y quienes no creían, y entre los no creyentes se encontraba Judas, que lo iba entregar. Cristo los conocía a todos: a los creyentes y a los incrédulos; al que lo iba a entregar y a los que iban a separarse de él.

Pero antes que se separen los que han de dejarlo, les aclara que la fe no es de todos, sino de aquellos a quienes el Padre les concede acercarse a él. Pues el misterio de la fe no puede revelarlo nadie de carne y hueso, sino el Padre que está en el cielo. Es él quien a unos otorga el don de creer y a otros no. Por qué a algunos no les otorga este don, él lo sabe: a nosotros no nos es dado saberlo; y ante una realidad tan incomprensible y tan escondida a nuestros ojos, no nos cabe otra posibilidad que exclamar y decir llenos de admiración: ¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento, el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos!

Muchos de los discípulos que no habían creído se echa-ron atrás y se fueron, no en pos de Jesús sino en pos de Satanás. Entonces dijo Jesús a los Doce que se habían quedado con él: ¿También vosotros queréis marcharos? Simón Pedro le contestó: Señor, ¿a quién vamos a acudir? Si nos apartamos de ti, ¿dónde encontraremos la vida y la verdad?, ¿dónde encontraremos al autor de la vida?, ¿dónde a un doctor de la verdad como tú? Tú tienes palabras de vida eterna. Tus palabras, escuchadas con reverencia y conservadas con fe profunda, dan la vida eterna. Tus palabras nos prometen la vida eterna mediante la administración de tu cuerpo y de tu sangre.

Y nosotros, dando fe a tus palabras, creemos y sabemos que tú mismo eres el Mesías, el Hijo de Dios; es decir, creemos que tú eres la vida eterna, y que en tu carne y entu sangre no nos das sino lo que tú eres. Creemos —dice—y sabemos que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios; esto es, creemos y sabemos que tú eres el Hijo de Dios; por tanto, es normal que tú tengas palabras de vida eterna, y todo lo que has dicho respecto a comer tu carne y a beber tu sangre, creemos y sabemos que es verdad, porque tú eres el Mesías, el Hijo de Dios.

No dijo sabemos y creemos, sino creemos y sabemos Esto puede entenderse de aquel conocimiento que se va formando en la mente mediante el crecimiento de la fe. De este conocimiento está escrito: Si no creéis, no podréis comprender. Ya la misma fe es cierto conocimiento incluso en aquellos que creen simplemente, sin comprender las razones de la fe. En cambio, el conocimiento que llega a ser formulado en conceptos es propio de aquellos que con la práctica tienen una sensibilidad entrenada para conocer más plenamente las razones de la fe, siempre prontos para dar razón de nuestra fe y de nuestra esperanza a todo el que se la pidiere.


Ciclo C: Lc 13, 22-30

HOMILÍA

San Anselmo de Cantorbery, Carta 112 (Opera omnia, t. 3, 1946, 244-246)

Da amor y recibe el reino; ama y toma

Carísimos hermanos, Dios va pregonando que ha puesto en venta el reino del cielo. Este reino de los cielos es tal, que su beatitud y su gloria no hay ojo mortal que pueda contemplarlas, ni oído que pueda oírlas, ni corazón capaz de imaginarlas. Pero para que de algún modo puedas imaginártelo,, piensa: el que allí merezca reinar encontrará en el cielo y en la tierra todo lo que deseare, y lo que no deseare no lo hallará ni en el cielo ni en la tierra. Y el amor que reinará entre Dios y los que allí estén y de éstos entre sí será tan grande, que todos se amarán mutuamente como a sí mismos, pero todos amarán más a Dios que a sí mismos. Por eso, en el cielo nadie querrá más que lo que Dios quiere; y lo que uno quisiere, eso lo querrán todos; y lo que quiere uno o todos juntos, esto mismo lo querrá Dios. Por lo cual, si uno cualquiera tuviere un deseo, lo verá realizado, tanto si se refiere a sí mismo, a los demás, a cualquier criatura e incluso al mismo Dios. Y así, cada cual por separado será un rey perfecto, pues lo que cada uno quisiere, eso se realizará; y todos juntos con Dios serán un solo rey y como un solo hombre, ya que todos querrán una misma cosa, y lo que quisieren eso se hará. Esta es la recompensa que desde el cielo pregona Dios que está a la venta.

Si alguien pregunta por el precio, se le responderá: No necesita precio terreno el que quiere dar el reino del cielo, ni nadie puede dar a Dios algo que no tenga, pues suyo es cuanto existe. Y sin embargo, Dios no da gratuitamente una cosa de tanto valor, pues no la da a quien no ama. En efecto, nadie da lo que le es caro a aquel para quien no es caro. Pues bien, como Dios no necesita de tus bienes, y como por otra parte no debe dar un bien tan valioso a quien no se preocupa de amarlo, sólo exige amor, sin el cual no debe dar nada. Por tanto, da amor y recibe el reino; ama y toma.

Ahora bien: como reinar en el cielo no es otra cosa que confundirse de tal modo con Dios y con todos los santos, ángeles y hombres, por el amor, en una sola voluntad, que todos juntos no ejercen más que un solo y único poder, ama a Dios más que a ti mismo, y comienzas ya a tener lo que allí deseas perfectamente poseer. Ponte de acuerdo con Dios y con los hombres —con tal que éstos no estén en desacuerdo con Dios—, y ya empiezas a reinar con Dios y con todos los santos. Pues en la medida en que estés ahora de acuerdo con la voluntad de Dios y de los hombres, concordarán entonces Dios y todos los santos con tu voluntad. Si quieres, pues, ser rey en el cielo, ama a Dios y a los hombres como debes, y merecerás ser lo que deseas.

Pero no podrás poseer este amor perfecto si no vacías tu corazón de cualquier otro amor. Por eso, los que tienen el corazón lleno de amor de Dios y del prójimo, no quieren más que lo que quiere Dios o lo que quiere otro hombre, mientras no esté en contra de Dios. Por eso se dedican asiduamente a la oración y a los coloquios y meditaciones sobre las realidades celestiales, porque les es dulce desear a Dios, hablar y oír hablar de él y pensar en aquel a quien tanto aman. Por eso ríen con los que están alegres, lloran con los que lloran, se compadecen de los desgraciados, dan limosna a los pobres: porque aman a los demás hombres como a sí mismos. Por eso desprecian las riquezas, los primeros puestos, los placeres y el ser honra-dos o alabados. Pues el que esto ama, fácilmente hará algo contra Dios y contra el prójimo. Así pues, estos dos mandamientos sostienen la ley entera y los profetas. Por lo tanto, el que desee tener aquel amor perfecto, con el que se compra el reino de los cielos, que ame el desprecio, la pobreza, el trabajo, la sujeción, como hacen los hombres santos.

 

DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO

EVANGELIO


Ciclo A:
Mt 12, 21-27

HOMILÍA

San Cirilo de Alejandría, Sobre la adoración en espíritu y en verdad (Lib 5: PG 68, 391-395)

La Iglesia sigue a Cristo por doquier

El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. O lo que es lo mismo: El que quisiera ser discípulo mío que emprenda denodada-mente la misma carrera de sufrimientos que he seguido yo, recorra prácticamente el mismo camino y ámelo: ese tal hallará descanso en mi compañía y gozará de mi intimidad. Esto es efectivamente lo que él pedía para nosotros a Dios Padre, cuando decía: Este es mi deseo: que ellos estén conmigo, donde yo estoy.

Estamos también junto con Cristo de otra manera: cuando caminamos todavía sobre la tierra, pero vivimos no carnal, sino espiritualmente, estableciendo nuestra morada y nuestro descanso en lo que a él le agradare. En el libro de los Números tienes una imagen de esta realidad: Cuando se montó la tienda en el desierto, dice que la nube cubría el santuario; que Dios mandó a los hijos de Israel ponerse en marcha o acampar al ritmo de la nube, respetando diligentemente los tiempos establecidos para la partida. Con lo cual puso en guardia a los tentados de desidia sobre lo peligrosa que era la transgresión de estas normas.

Miremos de penetrar ahora el significado espiritual de esta figura. Tan pronto como se erigió y apareció sobre la tierra el realmente verdadero santuario, es decir, la Iglesia, quedó inundado por la gloria de Cristo, pues no otra cosa significa, a mi juicio, el dato según el cual aquel antiguo santuario fue cubierto por la nube.

Así pues, Cristo inundó la Iglesia con su gloria, con esta salvedad: para los que todavía viven en la ignorancia y el error, envueltos en las tinieblas y en la noche, esta gloria resplandece como fuego, irradiando una iluminación espiritual; en cambio, a los que ya han sido iluminados y en cuyos corazones ha amanecido el día espiritual les proporciona sombra y protección, y los inunda de rocío espiritual, esto es, de los sobrenaturales consuelos del Espíritu. Esto es lo que significa que de noche se aparece en forma de fuego y durante el día en forma de nube. Pues los que todavía eran niños necesitaban ser ilustrados e iluminados, a fin de llegar al conocimiento de Dios; otros, en cambio, situados en un estadio superior e iluminados ya por la fe, estaban faltos de protección y ayuda para soportar animosamente el calor de la presente vida y el peso de la jórnada, pues: Todo el que se proponga vivir como buen cristiano será perseguido.

Por último, cuando se levantaba la nube, se ponía asimismo en marcha el santuario, y simultáneamente lo ha-cían los hijos de Israel: la Iglesia sigue a Cristo pordoquier y la santa multitud de los creyentes jamás se aparta del que la llama a la salvación. .


Ciclo B: Mc 7, 1-8a.14-15.21-23

HOMILÍA

San Ireneo de Lyon, Tratado contra las herejías (Lib 4, 12,1—13,3: SC 100, 508-516)

Tanto en la ley como en el evangelio, el primero
y principal mandamiento es amar a Dios

La tradición de sus mayores que ellos afectaban observar como derivada de la ley era contraria a la ley dada por Moisés. Por eso dice Isaías: Tus taberneros echan agua al vino, indicando que al austero precepto de Dios los mayo-res habían mezclado una tradición aguada, esto es, una ley adulterada y contraria a la Ley, como lo manifestó el Señor, diciéndoles: ¿Por qué vosotros anuláis el manda-miento de Dios por mantener vuestra tradición?

Y no sólo anularon la ley de Dios por sus transgresiones, echando agua al vino, sino erigiendo en contra de ella su propia ley, ley que todavía hoy se llama «farisaica». En esta ley quitan unas cosas, añaden otras e interpretan no pocas a su capricho. De todo esto se sirven particular-mente sus propios maestros.

Queriendo reivindicar dichas tradiciones, no quisieron someterse a la ley de Dios, que los orientaba hacia la venida de Cristo, antes bien, recriminaban al Señor por-que curaba en sábado, cosa que ciertamente —como ya dijimos— la ley no prohibía, ya que, en cierto modo, ella también curaba circuncidando al hombre en sábado, pero se cuidaban muy bien de inculparse a sí mismos por transgredir el precepto de Dios en nombre de la tradición y de la mencionada ley farisaica, no teniendo en cuenta el principal mandamiento de la ley, que es el amor a Dios.

Siendo éste el primero y principal precepto y el segun-do el amor al prójimo, el Señor enseñó que estos dos mandamientos sostienen la ley entera y los profetas. Y él mismo no nos dio ningún mandamiento mayor que éste, pero lo renovó, mandando a sus discípulos amar a Dios de todo corazón y a los demás como a sí mismos.

Y Pablo dice que amar es cumplir la ley entera, y que cuando hayan desaparecido todos los demás carismas; quedarán la fe, la esperanza y el amor, pero que el más grande de los tres es el amor; y que ni el conocimiento sin el amor a Dios vale para nada, ni tampoco el conocer todos los secretos, ni la fe, ni la profecía, sino que todo es vaciedad y vanidad sin el amor; que el amor hace al hombre perfecto, y que quien ama a Dios es un hombre cabal en este mundo y en el futuro: pues jamás dejaremos de amar a Dios, sino que cuanto más le contemplemos, más lo amaremos.

Siendo, pues, en la ley y en el evangelio el primero y principal mandamiento amar al Señor Dios de todo corazón, y el segundo, semejante a él, amar al prójimo como a sí mismo, es evidente que uno e idéntico es el autor tanto de la ley como del evangelio. Así que, siendo unos mismos, en ambos Testamentos, los mandamientos funda-mentales de la vida, apuntan a un mismo Señor, el cual dio, es verdad, preceptos particulares adaptados a cada Testamento, pero propuso en ambos unos mismos mandamientos, los más importantes y sublimes, sin los cuales no es posible salvarse.


Ciclo C: Lc 14, 1.7-14

HOMILÍA

Beato Elredo de Rievaulx, Sermón en la anunciación del Señor (Edit C.H. Talbot, SSOC vol 1, 78-80)

Sobre la verdadera humildad

Realmente, hermanos, no puede subsistir en nosotros la humildad si no se nutre de un saludable temor, ni la obediencia si no la hace amable el espíritu de piedad, ni la justicia si no está imbuida de la ciencia espiritual, ni la paciencia si no es sostenida por el espíritu de fortaleza, ni la misericordia si no va alimentada por el don de consejo, ni la pureza de corazón si no es conservada por la inteli-gencia de las realidades celestes, ni la caridad si no es vivificada por la sabiduría.

Todas estas virtudes se encuentran, y plenamente, en Cristo, en el que el bien no se halla parcialmente, sino en toda su plenitud. En su nacimiento resplandece la humildad, al despojarse de su rango y tomar la condición de esclavo, pasando por uno de tantos; en la sumisión a sus padres, la obediencia, cuando, dando de mano a sus intereses, bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad. Y en su doctrina fue respetuoso de la justicia, diciendo: Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

En la pasión dio pruebas de paciencia, pues ofreció su espalda a los que lo flagelaban, las mejillas a los salivazos, la cabeza a las espinas, la mano a la caña. Y, sin embargo, en todas estas situaciones —como dice el profeta— no gritará, no clamará, no voceará por las calles, pues como un cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca. Experimentaron ciertamente su misericordia los ciegos a quienes devolvió la vista, los leprosos que quedaron limpios, los muertos a quienes resucitó y, sobre todo, la adúltera a quien absolvió, la mujer pecadora a la que acogió, el paralítico cuyos pecados perdonó.

Y como no hay mayor prueba de caridad que amar a los enemigos, hacer el bien a los que nos odian e interceder por los que nos calumnian, podemos sopesar el amor de Cristo por aquellas palabras con que, a punto ya de morir, oró por sus verdugos, diciendo: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

Por tanto, hermanos, habiendo el Espíritu Santo infundido su temor en nuestros corazones, para que mediante su asidua meditación -como una rumia del alimento de salvación— se vigorice interiormente nuestra humildad, procuremos revestirlo exteriormente con una conducta honesta, tratando de quedar bien no sólo ante los hombres.

 

DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO

EVANGELIO


Ciclo A:
Mt 18,15-20

HOMILÍA

San Pedro Crisólogo, Sermón 139 (PL 52, 573-575)

El número prescrito no limita, sino que dilata el perdón

Lo mismo que el oro se esconde en la tierra, así el sentido divino se oculta en las palabras humanas. Por eso, siempre que se nos proclama la palabra evangélica, debe la mente ponerse alerta y el ánimo prestar atención, para que el entendimiento pueda penetrar el secreto de la ciencia celeste. Digamos por qué el Señor comienza hoy con estas palabras: Tened cuidado. Si tu hermano te ofende, repréndelo; si se arrepiente, perdónalo. ¡Animo, hermano! Te lo manda Dios: perdona, perdona los pecados; sé misericordioso ante el delito, perdona los agravios de que has sido objeto, no pierdas ahora los poderes divinos que tienes; todo lo que tú no perdonares en otro, te lo niegas a ti mismo en otro.

Repréndelo como juez, perdónalo como hermano, pues unida la caridad a la libertad y la libertad fusionada con la caridad expele el terror y anima al hermano: cuando el hermano te hiere está febricitante, cuando delinque está enfurecido, está fuera de sí, ha perdido todo sentimiento de humanidad: quien no acude en su ayuda por la compasión, quien no le cura mediante la paciencia, quien no le sana perdonándolo, no está sano, está malo, enfermo, no tiene entrañas, demuestra haber perdido los sentimientos humanitarios. El hermano está furioso, achácalo a enfermedad: tú ayúdalo como a hermano; todo lo que haga en semejante situación ponlo en el haber de la fiebre, y lo ocurrido no podrás imputarlo al hermano; y tú prudentemente echarás a la enfermedad la culpa y al hermano, el perdón; de esta suerte, su salud redundará en honor tuyo y el perdón te acarreará el premio.

Si tu hermano te ofende, repréndelo; si se arrepiente, perdónalo. Perdona al que peca, perdona al que se arrepiente, para que cuando a tu vez pecares, el perdón se te conceda como compensación, no como donación. Siempre es bueno el perdón, pero cuando es debido, resulta doblemente dulce. Aquel que, perdonando, se ha asegura-do ya el perdón antes de pecar, ha evitado el castigo, ha prevenido al juez en su favor, ha eludido el juicio.

Si te ofende siete veces en un día, y siete veces vuelve a decirte: ¡lo siento , lo perdonarás. ¿Por qué constriñe con la ley, reduce en el número y pone un límite a un perdón al que tanto nos apremia por la misericordia y que tan fácilmente concede por la gracia? ¿Y si en lugar de siete te ofende ocho veces? ¿Va a prevalecer el número sobre la gracia?, ¿puede contraponerse el cálculo a la bondad?, ¿puede una sola culpa condenar al castigo a quien siete veces consecutivas ha obtenido ya el perdón? De ninguna manera. Si se proclama dichoso al que perdonó siete veces, mucho más dichoso será el que perdona setenta veces siete.

Olvidado de este mandato, Pedro interroga al Señor diciendo: Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces? Jesús le contesta: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por tanto, el número prescrito no limita, sino que dilata el perdón, y a lo que el precepto pone un límite, lo asume ilimitadamente la libre voluntad; de suerte que si perdona-res hasta el límite de lo que manda el precepto, otro tanto se te computará a obediencia, se te computará a premio. Y si el número siete septuplicado por días, meses y años implica la concesión de la totalidad del perdón, calcule el cristiano y juzgue el oyente qué cotas no alcanzará el número siete septuplicado setenta veces siete. Entonces cesará realmente toda forma contractual de débitos y créditos, entonces se abolirá de verdad cualquier condición servil, entonces llegará aquella libertad sin fin, entonces será recuperado el campo eterno e inmortal, entonces llegará el verdadero perdón, cuando será incluso abolida la misma necesidad de pecar, cuando, cancelada toda inmundicia, el mundo dejará de ser inmundo, cuando con el retorno de la vida dejará de existir la muerte, cuando, establecido el reinado de Cristo, el diablo perecerá definitivamente.

Orad, hermanos, para que el Señor aumente en nosotros la fe y podamos finalmente creer, ver y poseer todos estos bienes.


Ciclo B: Mc 7, 31-37

HOMILÍA

San Lorenzo de Brindisi, Homilía 1 en el domingo XI de Pentecostés (1.9.11.12: Opera omnia, t. 8, 124.134.136-138)

Todo lo ha hecho bien

Lo mismo que la ley divina dice, narrando la obra de la creación del mundo: Y vio Dios todo lo que había hecho: y era muy bueno, así el evangelio, al narrar la obra de la redención y de la re-creación, dice: Todo lo ha hecho bien, ya que los árboles sanos dan frutos buenos y un árbol sano no puede dar frutos malos. Así como el fuego de suyo no puede dar más que calor y es absolutamente imposible que dé frío; y lo mismo que el sol no puede por menos de producir luz y es impensable que produzca tinieblas, así también Dios no puede sino hacer el bien, puesto que es la misma e infinita bondad, la luz sustancial, sol de luz infinita, fuego de infinito calor: Todo lo ha hecho bien.

Unamos hoy con sencillez nuestras voces a las de la santa multitud y digamos: Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos. En realidad, la muchedumbre dijo esto por inspiración del Espíritu Santo, como la burra de Balaán; es el Espíritu Santo el que habla por boca de la turba: Todo lo ha hecho bien, es decir: éste es el verdadero Dios, que todo lo hace bien, pues hace oír a los sordos y hablar a los mudos, cosa que sólo el poder divino es capaz de realizar. De un caso particular se pasa a la totalidad: éste ha obrado un milagro que sólo Dios puede realizar, luego éste es Dios, que todo lo hizo bien: Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a losmudos, esto es, está investido de una fuerza y un poder divinos.

Todo lo ha hecho bien. La ley dice que Dios todo lo hizo bueno; el evangelio, en cambio, dice que todo lo ha hecho bien: hacer las cosas buenas y hacer las cosas bien no son conceptos inmediatamente convertibles. Muchos hacen cosas buenas, pero no las hacen bien: tales las obras de los hipócritas, ciertamente buenas, pero realizadas con mal ánimo y con perversa y torcida intención; Dios, al contrario, todas sus obras las ha hecho buenas y bien: El Señor es justo en todos sus caminos, es bondadoso en todas sus acciones. Todo lo hiciste con sabiduría, esto es, sapientísima y óptimamente; por eso dicen: Todo lo ha hecho bien.

Y si Dios hizo todas sus obras buenas y bien por nosotros, sabiendo que nuestra alma se deleita en las cosas buenas, ¿por qué —pregunto— no nos afanamos por hacer todas nuestras obras buenas y bien, sabiendo que Dios se deleita en tales obras?

Y si me decís: ¿Qué es lo que debemos hacer para merecer gozar eternamente de los beneficios divinos?, os lo resumiré en una sola frase: lo que hace la esposa y una buena mujer para con su marido —pues no en vano la Iglesia es llamada esposa de Cristo y de Dios—, y entonces Dios se conducirá con nosotros como un buen esposo con la esposa a la que tiernamente ama. Es lo que dice el Señor por boca de Oseas: Me casaré contigo en derecho y justicia, en misericordia y compasión, me casaré contigo en fidelidad, y te penetrarás del Señor. De esta forma, hermanos, seremos felices ya en esta vida, este mundo se nos convertirá en un paraíso, seremos alimentados, como los hebreos, con el maná celeste en el desierto de esta vida, si a ejemplo de Cristo y según nuestras fuerzas, todas nuestras obras las hiciéremos bien, de suerte que de cada uno de nosotros pueda decirse: Todo lo ha hecho bien. Nos llena de confusión, hermanos, la comprobación de que siendo nosotros buenos por naturaleza, como creados a imagen de Dios, seamos, sin embargo, malos por nuestras acciones; por naturaleza, semejantes a Dios; por nuestras malas obras, semejantes al diablo.


Ciclo C: Lc 14, 25-33

HOMILÍA

Juan Casiano, Conferencias (Conf 3, cap 6-7: PL 564-567

Sobre las tres renuncias

Nos toca ahora hablar de las renuncias. Tanto la tradición de los padres como la autoridad de las sagradas Escrituras demuestran que son tres, renuncias que cada uno de nos-otros ha de trabajar con ahínco en ponerlas por obra.

Mediante la primera despreciamos todas las riquezas y bienes materiales del mundo; mediante la segunda rechazamos las costumbres, vicios y pasiones de la vida pasada, tanto del alma como de la carne; mediante la tercera apartamos nuestra mente de todos los bienes presentes y visibles, para centrarnos exclusivamente en la contemplación de las realidades futuras y en el anhelo de lo invisible. Que estas tres renuncias deban ser actuadas paralela-mente, leemos habérselo ordenado el Señor ya a Abrahán, cuando le dijo: Sal de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre.

Primero dijo: sal de tu tierra, esto es, de los bienes de este mundo y de las riquezas terrenas; en segundo lugar: sal de tu patria, esto es, del modo de vivir, de las costumbres y vicios del pasado, cosas todas tan estrechamente vinculadas a nosotros desde nuestro nacimiento, que se han convertido en parientes nuestros en base a una especie de afinidad y consanguinidad; en tercer lugar: sal de la casa de tu padre, esto es, de todo recuerdo de este mundo, que cae bajo el campo de observación de nuestros ojos. Y saliendo con el corazón de esta casa temporal y visible, dirigimos nuestros ojos y nuestra mente a aquella casa en la que habitaremos para siempre. Lo cual cumpliremos cuando, siendo hombres y procediendo como tales, comenzaremos a militar en las filas del Señor guiados no por miras humanas, confirmando con las obras y la virtud aquella sentencia del bienaventurado Apóstol: Nosotros, por el contrario, somos ciudadanos del cielo.

Por este motivo, de nada nos serviría haber emprendido con toda la devoción de nuestra fe la 'primera renuncia, si no pusiéremos por obra la segunda con el mismo empeño e idéntico ardor. Y así, una vez conseguida ésta, podremos llegar asimismo a aquella tercera renuncia, mediante la cual, saliendo de la casa de nuestro primer padre, centramos toda la atención de nuestra alma en los bienes celestiales.

Así pues, mereceremos obtener la verdadera perfección de la tercera renuncia cuando nuestra mente, no debilitada por contagio alguno de crasitud carnal, sino purificada de todo afecto y apego terreno mediante un habilísimo trabajo de lima, a través de la incesante meditación de las divinas Escrituras y el ejercicio de la contemplación, se hubiere trasladado de tal modo al mundo de lo invisible que, atenta sólo a las realidades soberanas e incorpóreas, no advierta que está todavía envuelta en la fragilidad de la carne y circunscrita a un determinado lugar.

 

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO

EVANGELIO


Ciclo A:
Mt 18, 21-35

HOMILÍA

San Agustín de Hipona, Sermón 83 (2-4: PL 38, 515-516)

Perdónanos nuestras deudas,
así como nosotros perdonamos a nuestros deudores

El Señor nos propuso esta parábola para nuestra instrucción y, al advertirnos, demostró no querer nuestra perdición. Lo mismo —dice-- hará con vosotros mi Padre del cielo si cada cual no perdona de corazón a su hermano.

Ya veis, hermanos, la cosa está clara y la advertencia es útil: le debemos prestar una obediencia saludable, de suerte que se cumpla lo mandado. Porque todo hombre está en deuda con Dios y es al mismo tiempo acreedor de su hermano. ¿Quién puede no considerarse deudor de Dios sino aquel en quien no puede hallarse pecado? Y ¿quién es el que no tiene a su hermano por acreedor sino aquel a quien nadie ha ofendido? ¿Crees que pueda darse en todo el género humano alguien que no esté personal-mente implicado en algún pecado contra su hermano? Por tanto, todo hombre es un deudor, que a su vez tiene acreedores. Por eso, Dios que es justo te ha dado para con tu deudor una regla, que él mismo observará contigo.

Dos son, en efecto, las obras de misericordia que nos liberan, y que el mismo Señor ha brevemente expuesto en el evangelio: Perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará. La primera —perdonad y seréis perdonados— se refiere al perdón; la segunda —dad y se os dará—, en cambio, se refiere a la prestación de un servicio. Dos ejemplos. Referente al perdón: tú quieres ser perdonado cuando pecas y tienes a tu vez otro al que tú puedes perdonar. Referente a la prestación de un servicio: te pide un mendigo, y tú eres el mendigo de Dios. En efecto, cuando oramos, todos somos mendigos de Dios: estamos a la puerta de un gran propietario, más aún, nos postramos ante él, suplicamos entre sollozos deseando recibir algo, y ese algo es Dios.

¿Qué te pide el mendigo? Pan. Y tú, ¿qué es lo que pides a Dios, sino a Cristo, el cual dijo: Yo soy el pan vivo que ha baja-do del cielo? ¿Deseáis ser perdonados? Perdonad: Per-donad y seréis perdonados. ¿Queréis recibir? Dad y se os dará.

Si consideramos nuestros pecados y contabilizamos los cometidos por obra, de oídas, de pensamiento y mediante innumerables movimientos desordenados, me parece que nos acostaremos sin una blanca. Por eso, a diario pedimos, a diario llamamos importunando en la oración a Dios para que nos oiga, a diario nos postramos y decimos: Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. ¿Qué deudas? ¿Todas o sólo algunas? Responderás: Todas. Pues haz tú lo mismo con tu acreedor. Tú mismo te fijas esta norma, tú mismo pones esta condición. A este pacto y a este compromiso te remites cuando oras y dices: Perdónanos, como nosotros perdonamos a nuestros deudores.


Ciclo B: Mc 8, 27-35

HOMILÍA

San Cesáreo de Arlés, Sermón 159 (1.4-6: CCL 104, 652-654)

No es duro lo que manda aquel que ayuda a realizar lo que ordena

El que quiera venirse conmigo, que cargue con su cruz. Parece duro, carísimos hermanos, y se considera como grave lo que en el evangelio mandó el Señor, diciendo: El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo. Pero no es duro lo que manda aquel que ayuda a realizar lo que ordena.

Y ¿a dónde hay que seguir a Cristo, sino a donde Cristo ha ido? Sabemos, en efecto, que resucitó, que subió al cielo: allá hay que seguirlo. No hay que ceder a la desesperanza, y no porque el hombre sea capaz de algo, sino porque él lo ha prometido. Muy lejano nos quedaba el cielo, hasta que nuestra cabeza subió al cielo. Pero ahora, ¿cómo vamos a desesperar llegar allí, si somos miembros de aquella cabeza? Y ¿por qué razón? Pues porque la tierra es campo del miedo y del dolor: sigamos a Cristo donde está la felicidad suma, la suma paz, la eterna seguridad.

Sólo que quien desee seguir a Cristo ha de prestar oído a lo que dice el Apóstol: Quien dice que permanece en Cristo, debe vivir como él vivió. ¿Quieres seguir a Cristo? Sé humilde como él lo fue: no desprecies su humildad, si deseas alzarte a su sublimidad. El camino se volvió escabroso al pecar el hombre; pero se ha vuelto transitable desde que Cristo, al resucitar, lo allanó, y de estrechísimo sendero se ha convertido en calzada real. Por esta calza-da se corre con los pies gemelos de la humildad v-de la caridad. Aquí todos aspiran a las cimas de la caridad: pero el primer peldaño es la humildad. ¿A qué viene eso de quemar etapas? Quieres caer, no ascender. Empieza por el primer peldaño, el de la humildad, y ya comenzaste la ascensión.

Por eso, nuestro Señor y salvador no se contentó con decir: Que se niegue a sí mismo, sino que añadió: Que cargue con su cruz y me siga. ¿Qué significa: Que cargue con su cruz? Soporte cualquier molestia: y así que me siga. Bastará que se ponga a seguirme imitando mi vida y cumpliendo mis preceptos, para que al punto aparezcan muchos contradictores, muchos que intenten impedírselo; hallará no sólo muchos que se burlen de él, sino también muchos perseguidores. Y esto, no sólo entre los paganos, sino incluso entre aquellos que, con el cuerpo, parecen estar dentro de la Iglesia, pero que en realidad están fuera por la perversidad de las obras, y, blasonando únicamente del nombre de cristianos, no cejan de perseguir a los buenos cristianos. Por tanto, si tú deseas seguir a Cristo, toma en seguida su cruz: soporta a los malos, mantente firme.

Así pues, si queremos cumplir lo que dijo el Señor: El que quiera venirse conmigo, que cargue con su cruz y me siga, esforcémonos en poner en práctica, con la ayuda de Dios, lo que dice el Apóstol: Teniendo qué comer y qué vestir nos basta; no nos ocurra que apeteciendo los bienes terrenos más allá de la estricta necesidad, busquemos enriquecernos, nos enredemos en mil tentaciones, nos creemos necesidades absurdas y nocivas, que hunden a los hombres en la perdición y la ruina. Que el Señor se digne librarnos con su protección de semejante tentación, él que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.


Ciclo C: Lc 15, 1-32

HOMILÍA

San Pedro Crisólogo, Sermón 168 (PL 52, 639-641)

Cristo nos buscó en la tierra: busquémosle nosotros
en el cielo

Ocurre siempre, ésa es la verdad, que al hallar lo que habíamos perdido, estrenamos un nuevo caudal de alegría, y nos resulta más grato hallar lo perdido, que no haber perdido lo que diligentemente custodiamos. No obstante, esta parábola es más bien una ponderación de la misericordia divina que la consignación de una costumbre humana; y expresa una gran verdad. Abandonar las cosas grandes y amar las cosas pequeñas es propio de la potestad divina, no de la codicia humana: pues Dios llama al ser lo que no existe y de tal forma va en busca de lo perdido, que no desatiende lo que deja; y de tal suerte encuentra lo perdido, que no pierde lo que estaba guardado. No se trata, pues, de un pastor terreno, sino celestial; y esta parábola tomada globalmente no está calcada sobre ocupaciones humanas, sino que encubre misterios divinos. El mismo factor numérico lo pone en evidencia, cuando dice: Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una... Ya veis cómo este pastor se ha dolido de la pérdida de una oveja como si todo el rebaño que tenía a su derecha hubiera derivado hacia su izquierda; y por eso, dejando las noventa y nueve, va tras de esa única, la busca, para encontrar a todas en esa única, para reintegrarlas todas en una.

Pero expliquemos ya el secreto de la celestial parábola. Ese hombre que-tiene cien ovejas es Cristo. El buen pastor, el pastor piadoso que en una única oveja, es decir, en Adán, había personificado toda la grey del género humano, colocó a esta oveja en el ameno jardín de Edén, la colocó en verdes praderas. Pero ella se olvidó de la voz del pastor, al dar oídos a los aullidos del lobo, perdió los apriscos de la salvación y acabó toda ella cosida de letales heridas. En busca de ella se vino Cristo al mundo, y la halló en el seno de un campo virginal.

Vino en la carne de su nacimiento e izándola sobre la cruz, la cargó sobre los hombros de su Pasión y, en el colmo de la alegría de la resurrección, la llevó mediante la ascensión colocándola en lo más elevado de la mansión celestial. Reúne a los amigos y vecinos, es decir, a los ángeles, y les dice: ¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido.

Se felicitan y se congratulan los ángeles con Cristo por el retorno de la oveja del Señor, ni se indignan de verla presidirles desde el mismísimo trono de la majestad, pues la envidia fue ahuyentada del cielo con la expulsión del diablo: ni era posible que el pecado de envidia penetrara en las mansiones eternas por medio del Cordero que había quitado el pecado del mundo. Hermanos, Cristo nos buscó en la tierra: busquémosle nosotros en el cielo; él nos condujo a la gloria de su divinidad: llevémosle nosotros en nuestro cuerpo con toda santidad: Glorificad —dice el Apóstol— y llevad a Dios en vuestro cuerpo. Lleva a Dios en su cuerpo aquel que no carga con pecado alguno en las obras de su carne

 

DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO

EVANGELIO

Ciclo A: Mt 20, 1-16a

HOMILÍA

San Agustín de Hipona, Sermón 87 (1.5.6: PL 38, 530. 531.532.533)

El denario es la vida eterna

Acabáis de escuchar la parábola evangélica de los jornaleros de la viña, que encaja perfectamente con la presente estación. Pues nos hallamos ahora en la época de la vendimia material. Y digo material, porque existe una vendimia espiritual, en la que Dios se goza con los frutos de su viña. El reino de los cielos se parece a un propietario que salió a contratar jornaleros para su viña.

Y ¿qué significa el gesto ése de pagar el jornal empezando por los últimos? ¿No leemos en otro pasaje del evangelio que todos recibirán simultáneamente la recompensa? Leemos efectivamente en otro texto del evangelio que el rey dirá a los de su derecha: Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Si, pues, todos han de recibir el denario a la vez, ¿cómo entender lo que aquí se dice sobre que primero recibirán el jornal los contratados al atardecer, y, por último, los del amanecer? Si consigo explicarme de modo que logréis entenderlo, loado sea Dios. Pues a él debéis agradecerle cuanto se os da por mi mano: porque lo que yo os doy no os lo doy de mi cosecha.

Si preguntas, por ejemplo, quién de los dos jornaleros recibió primero la paga: el que la recibió después de una hora de trabajo o el que la recibió después de una jornada laboral de doce horas, todo el mundo responderá que quien la recibió al cabo de tan sólo una hora, la recibió antes que quien la recibió después de doce horas. Así pues, aunque todos cobraron al mismo tiempo, sin embargo, como unos recibieron el jornal al cabo de una hora y los otros después de doce horas, se dice que aquéllos lo recibieron primero, puesto que lo recibieron en breve espacio de tiempo.

Los primeros justos —Abel, Noé—, que son como los llamados a primera hora, recibirán al mismo tiempo que nosotros la felicidad de la resurrección. Posteriormente, otros justos después de ellos —tales como Abrahán, Isaac, Jacob y sus contemporáneos—, llamados a media mañana, recibirán al mismo tiempo que nosotros la felicidad de la resurrección. Otros justos: Moisés, Aarón y los que como ellos fueron llamados al mediodía, recibirán al mismo tiempo que nosotros la felicidad de la resurrección. Después de ellos, los santos profetas, llamados como al caer la tarde, recibirán al mismo tiempo que nosotros la felicidad de la resurrección. Al fin del mundo, todos los cristianos, cual los llamados a la hora undécima, recibirán junto con ellos la felicidad de la resurrección. Todos la recibirán al mismo tiempo, pero fijaos después de cuánto tiempo la recibirán los primeros. Por tanto, si los primeros llamados reciben la felicidad después de tanto tiempo, mientras que nosotros la recibimos después de un breve intervalo, aunque todos la recibamos simultáneamente, parece como si nosotros la recibiéramos primero, por aquello de que nuestro galardón no se hará esperar.

En cuanto a la retribución, todos seremos iguales: los últimos igual que los primeros, y los primeros igual que los últimos, pues aquel denario es la vida eterna, y en la vida eterna todos serán iguales. Y aunque según la diversidad de méritos, diversamente resplandecerán, en lo que atañe a la vida eterna, será igual para todos. Lo que para todos es eterno, mal podría ser para unos más largo y más corto para otros: lo que no tiene fin, no lo tendrá ni para ti ni para mí. Diferentemente brillarán allí la castidad conyugal y la integridad virginal; uno será el fruto de las buenas obras y otra la corona del martirio; pero en lo que a vivir eternamente se refiere, ni éste vivirá más que aquél, ni aquél más que éste. Todos vivirán una vida sin fin, si bien cada cual con su brillo y aureola peculiar. Y aquel denario es la vida eterna.


Ciclo B: Mc 9, 29-36

HOMILÍA

San Máximo de Turín, Sermón 48 (1-2: CCL 23, 187-188)

Por la humildad se llega al reino; por la sencillez
se entra en el cielo

Si habéis escuchado con atención la lectura evangélica habréis podido comprender el respeto que se debe a los ministros y sacerdotes de Dios y la humildad con que los mismos clérigos deben prevenirse unos a otros. En efecto, preguntado el Señor por sus discípulos quién de ellos sería el más grande en el reino de los cielos, acercando a un niño, lo puso en medio de ellos y les dijo: El que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el reino de los cielos. De donde deducimos que por la humildad se llega al reino, por la sencillez se entra en el cielo.

Por tanto, quien desee escalar la cima de la divinidad esfuércese por conseguir los abismos de la humildad; quien desee preceder a su hermano en el reino debe antes anticipársele en el amor, como dice el Apóstol: Estimando a los demás más que a uno mismo. Supérele en obsequiosidad, para poder vencerle en santidad. Pues si el hermano no te ha ofendido es acreedor al don de tu amor; y si te hubiere tal vez ofendido, es mayormente acreedor al regalo de tu superación. Esta es efectivamente la quintaesencia del cristianismo: devolver amor por amor y responder con la paciencia a quien nos ofende.

Así pues, quien más paciente fuere en soportar las injurias, más potente será en el reino. Porque al imperio de los cielos no se llega mediante una brillante ejecutoria avalada por la fastuosidad de las riquezas, sino mediante la humildad, la pobreza, la mansedumbre. ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! En consecuencia, quien estuviere hinchado de honores y cargado de oro, cual jumento sobrecargado, no conseguirá pasar por el angosto camino del reino. Y en el preciso momento en que crea haber llegado, la puerta estrecha, al no dar cabida a su carga, le impedirá entrar y le obligará a retroceder. La puerta del cielo le resulta al rico tan angosta como estrecha le es al camello el ojo de una aguja. Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de los cielos.


Ciclo C: Lc 16, 1-13

HOMILÍA

Autor del siglo IV, Homilía 48 (1-6: PG 34, 807-811)

Sobre la perfecta fe en Dios

Queriendo el Señor conducir a sus discípulos a la fe perfecta, dijo en el evangelio: El que no es honrado en lo menudo, tampoco en lo importante es honrado; el que es de fiar en lo menudo, también en lo importante es de fiar. ¿Qué es lo menudo?, ¿qué es lo importante?

Lo menudo son los bienes de esta vida, que él prometió dar a los que creen en él, tales como el sustento, el vestido y otros subsidios corporales, como la salud y cosas por el estilo, ordenándonos taxativamente que no andemos agobiados por estas cosas, sino que esperemos confiadamente en él, pues Dios es la providencia de quienes a él se acogen, providencia segura y total.

Lo importante son los dones de la vida eterna e incorruptible, que él prometió conceder a cuantos crean en él y a los que continuamente están pendientes de estas cosas y a él acuden en su demanda, porque así está ordenado: Vosotros, en cambio, buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura. En estas cosas menudas y temporales se demostrará si uno cree en Dios, que prometió concedérnoslas, a condición sin embargo de que no andemos agobiados por tales cosas, sino que únicamente nos preocupemos de las realidades futuras y eternas.

Y quedará perfectamente asentado que uno cree en los bienes incorruptibles y busca de verdad los bienes eternos si conserva una fe sana en dichos bienes. En efecto, cada uno de los que aceptaron la palabra de verdad debe probarse a sí mismo y examinarse, o ser examinado y probado por maestros del espíritu, cuáles son las razones de su fe y cuáles las motivaciones de su entrega a Dios: debe sopesar si cree realmente y de verdad apoyado en la palabra de Dios, o si cree más bien inducido por la opinión que él se ha formado sobre la justificación y la fe.

Toda persona tiene a su alcance la posibilidad de comprobar y demostrarse a sí mismo si es fiel en lo menudo — me refiero a los bienes temporales. ¿De qué forma? Escucha: ¿Te crees digno del reino de los cielos?, ¿te confiesas hijo de Dios nacido de arriba?, ¿te consideras coheredero de Cristo, destinado a reinar eternamente con él y a gozar de las delicias en la arcana luz por siglos incontables e infinitos, exactamente como Dios? Me contestarás sin duda: Ciertamente: ésa es precisamente la razón por la que he dejado el mundo y me he entregado en cuerpo y alma al Señor.

Examínate, pues, y mira si no te retienen todavía las preocupaciones terrenas, o el desmedido afán del sustento y del vestido corporal, o bien otros intereses y el confort, como si tú fueras capaz de proveerte por ti mismo de lo que se te ha ordenado no preocuparte en absoluto, es decir, de tu vida. Pues si estás convencido de poder conseguir los bienes inmortales, eternos, permanentes y carentes de envidia, mucho más convencido has de estar de que el Señor te otorgará estos bienes caducos y terrenos, que él concede incluso a los hombres impíos y hasta a los mismos pájaros, habiéndote él mismo enseñado a no preocuparte lo más mínimo de estas cosas.

Tú, pues, que te has hecho peregrino de este mundo, debes obtener una nueva y peregrina fe, un modo de pensar y de vivir superior al de todos los hombres de este mundo. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo por los siglos. Amén.

DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO

EVANGELIO


Ciclo A:
Mt 21, 28-32

HOMILÍA

Clemente de Alejandría, Libro sobre la salvación de los ricos (39-40: PG 9, 643-646)

La verdadera penitencia consiste en no recaer en las mismas faltas

El que de todo corazón se convierte a Dios tiene las puertas abiertas, y el Padre recibe con los brazos abiertos al hijo realmente arrepentido. Ahora bien, la verdadera penitencia consiste en no recaer en las mismas faltas, arrancando de raíz los pecados por los que reconoce ser reo de muerte. Eliminados éstos, Dios volverá a morar nuevamente en ti. Cristo afirmó que, en el cielo, cuando un pecador se convierte y hace penitencia, el Padre y los ángeles experimentan un grandísimo e incomparable gozo y una alegría festiva. Por eso exclamará también: Quiero misericordia y no sacrificios. No quiero la muerte del pecador, sino que cambie de conducta. Aunque vuestros pecados sean como púrpura, blanquearán como nieve; aunque sean rojos como escarlata, quedarán como la lana.

En efecto, sólo Dios puede perdonar los pecados y no imputar los delitos; lo que no obsta para que también a nosotros nos tenga mandado perdonar cada día a los hermanos arrepentidos. Y si nosotros, que somos malos, sabemos dar cosas buenas, ¿cuánto más el Padre de misericordia, aquel buen Padre de todo consuelo, que rebosa de entrañas de misericordia y es rico en clemencia, propenso a usar de una infinita paciencia y que aguarda a quienes se convierten? Convertirse sinceramente significa acabar con el pecado y no volver más la vista a lo que queda atrás.

Así pues, Dios otorga el perdón de las culpas pasadas; el no reincidir en el futuro queda a la responsabilidad de cada cual. Y arrepentirse supone dolerse de las faltas cometidas, y pedir con insistencia al Padre que las eche definitivamente en olvido, él que es el único capaz de, en su misericordia, dar por no hecho lo hecho, y abolir con el rocío del Espíritu los delitos de la vida pasada.

¿Quieres tú, ladrón, que se te perdone tu delito? Deja de robar. Devuelve, y con creces, lo que has robado. Tú que eres un testigo falso, aprende a ser veraz; tú que eres un perjuro, abstente del juramento y rompe con los demás afectos viciosos. Tal vez resulte imposible romper inmediatamente y a la vez con los afectos inveterados; pero la cosa resultará viable si contamos con la gracia de Dios, las oraciones de los amigos y la ayuda fraterna, unido todo a una verdadera penitencia y a una asidua meditación.


Ciclo B: Mc 9, 37-42.44.46-47

HOMILÍA

Ricardo de San Víctor, Tratado sobre los cuatro grados de la caridad violenta (42-45: Ed. G. Dumeige, Paris 1955, 171-175)

Sed imitadores de Dios, como hijos queridos

Cuando en este mundo un alma ha sido consumida por el fuego divino, ablandada hasta la médula y plenamente licuada, ¿qué otra cosa queda por hacer sino proponerle lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto como una fórmula de virtud a la que totalmente se atenga? Así como un metal licuado fácilmente se desliza a niveles inferiores hacia los que halla una vía expedita, así también el alma, en semejante estado, espontáneamente se somete a todo tipo de obediencia y gustosamente se inclina ante cualquier humillación acatando el orden de la divina dispensación.

Así pues, en este estado del alma se le propone el mismo modelo de humildad de Cristo. Por eso se le dice: Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús. Él, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios, sino que se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de cruz. Este es el modelo de la humildad de Cristo al que debe conformarse todo el que quiera alcanzar el grado supremo de la caridad consumada, ya que nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.

Por tanto, escalaron las someras cimas de la caridad y se encuentran instalados ya en el cuarto grado de la caridad quienes están dispuestos a dar la vida por los amigos y están en situación de cumplir aquello del Apóstol: Sed imitadores de Dios, como hijos queridos.

En el tercer grado el alma se gloría en Dios, en el cuarto se humilla por Dios. En el tercer grado se configura según el modelo de la caridad divina, en el cuarto en cambio se configura según el modelo de la humildad cristiana. En el tercer grado en cierto modo muere en Dios, en el cuarto es como si resucitase en Cristo. Por eso, quien se encuentra en el cuarto grado puede decir con verdad: Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí. Este tal se convierte en una criatura nueva: Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado. Quien ha muerto a sí mismo en el tercer grado es como si en el cuarto resucitase de entre los muertos y ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él, porque su vivir es un vivir para Dios.

Así que, en este grado, el alma se hace en cierto modo inmortal e impasible. ¿Cómo va a ser mortal si no puede morir? O ¿cómo puede morir si no es capaz de separarse de quien es la vida? De sobra sabemos de quién es esta afirmación: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. ¿Cómo, pues, va a morir el que es incapaz de separarse de él? ¿No da la impresión de ser en cierto modo impasible aquel que se muestra insensible a los daños que le causan, que se alegra ante cualquier injuria y acepta como un honor lo que se le hace con ánimo de fastidiarle, según aquella sentencia del Apóstol: Muy a gusto —dice— presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo? Permanece en cierto modo impasible quien se complace en los sufrimientos y los ultrajes que se le infieren por causa de Cristo.


Ciclo C: Lc 16, 19-31

HOMILÍA

San Agustín de Hipona, Sermón 33 A, sobre el antiguo Testamento (4: CCL 41, 421-422)

Lo que se aprende en la escuela de Cristo maestro

Atiende al evangelio, y mira y examina los pensamientos de los dos hombres de la parábola: Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino y banqueteaba espléndidamente cada día. No te seduzca la felicidad de aquel que se vestía de púrpura y lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Era un soberbio, un impío; vanos eran sus pensamientos y vanos sus apetitos. Cuando murió, en ese mismo día perecieron sus planes.

En cambio, un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal. Calló el nombre del rico, pero mencionó el nombre del pobre. Dios silenció el nombre que andaba en boca de todos, mientras que mencionó el que todos silenciaban. No te extrañe, por favor. Dios se limitó a decir lo que encontró escrito en su libro. De los impíos está efectivamente escrito: No sean inscritos en tu libro. Paralelamente, a los apóstoles que se felicitaban de que en el nombre del Señor se les sometían los demonios, para que no cediesen a la vanidad y a la jactancia como suele ocurrir a los hombres, aun tratándose de un hecho tan relevante y de un'poder tan insigne, Jesús les dijo: No estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo. Pues bien, si Dios, morador del cielo, calló el nombre del rico, es porque no lo halló escrito en el cielo. Pronunció el nombre del pobre porque lo halló allí escrito, mejor dicho, porque él mandó inscribirlo allí.

Observad ahora a aquel pobre. Dijimos, hablando de los pensamientos del rico impío, preclaro, que se vestía de púrpura y lino y que banqueteaba espléndidamente cada día, que, al morir, perecieron todos sus planes. Al contrario, el mendigo Lázaro estaba echado en el portal del rico, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico, pero nadie se lo daba. Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas. Aquí quiero verte, cristiano: se describe la muerte de estos dos hombres. Poderoso es ciertamente Dios para dar la salud en esta vida, para eliminar la pobreza, para dar al cristiano el necesario sustento. Pero supongamos que Dios nada de esto hiciera: qué elegirías: ¿ser como aquel pobre o como aquel rico? No te ilusiones. Escucha el final y observa la mala elección. A buen seguro que aquel pobre, piadoso como era, al verse inmerso en las angustias de la vida presente, pensaba que un día se acabaría aquella vida y entraría en posesión del eterno descanso. Murieron ambos, pero en ese día no perecieron los planes de aquel mendigo.

Sucedió que se murió el mendigo y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán. En ese día se realizaron todos sus deseos. Cuando exhaló su espíritu y la carne volvió a la tierra de donde salió, no perecerán sus planes, pues que espera en el Señor su Dios. Esto es lo que se aprende en la escuela de Cristo maestro, esto es lo que espera el alma del fiel oyente, éste es el certísimo premio del Salvador.

 

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO

EVANGELIO


Ciclo A:
Mt 21, 33-43

HOMILÍA

San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el libro del profeta Isaías (Lib 4, Sermón 4: PG 70, 1042-1043)

Sobre el juicio pronunciado por el Padre

Laborioso era para el Verbo el asumir nuestra condición humana y descender hasta nuestra pequeñez. Pero —se dijo— mi derecho lo lleva el Señor y mi salario lo tiene mi Dios. Conoce el Padre las fatigas que he pasado por salvarlos. Por tanto, también él ha pronunciado ya su juicio.

¿Quieres conocer el juicio del Padre y cuál es la sentencia dictada contra ellos? Escucha lo que el Salvador dice a los responsables judíos: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje. Y añade poco después: envió sus criados para percibir los frutos que le correspondían, y todos fueron maltratados. Cuando finalmente envió también a su propio hijo, conspiraron contra él y se dijeron: Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia. Y, efectivamente, lo mataron.

Después de haberles propuesto esta parábola, el Señor toma nuevamente la palabra y les pregunta: Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores? Le contestaron: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a sus tiempos». A lo que Cristo replicó: Por eso os digo: Se os quitará a vosotros el reino de los cielos y se dará a un pueblo que produzca sus frutos. Lo que, finalmente, sucedió.

En efecto, fueron colocados al cuidado de las viñas otros viñadores, expertos labradores, esto es, los discípulos del Señor. Bajo su custodia, las nubes hicieron caer la lluvia, pero con la orden expresa de no regar en adelante la viña de los judíos. Gracias a ellos, Cristo pudo vendimiar no espinas, sino uvas. Y efectivamente hemos aprendido a decir: El Señor nos dará la lluvia, y nuestra tierra dará su fruto.

Alguien podría también sugerir esta otra explicación: que el Padre tenía muy presentes los trabajos del Hijo y que por eso pronunció un juicio justo. Observa nuevamente conmigo la fuerza de las palabras y considera la economía divina, que el sapientísimo Pablo nos explica a su vez, diciendo: Siendo el Hijo por su condición divina igual al Padre, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango, haciéndose obediente al Padre hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por cuya causa Dios lo levantó sobre todo y le concedió el nombre-sobre-todo-nombre, de modo que a su nombre toda rodilla se doble. Porque el Verbo era y es Dios; pero después de ser proclamado hombre y serlo verdaderamente, ascendió a su gloria con su propio cuerpo. Fue efectivamente reconocido como Dios, y no se fatigó en vano, pues esta economía de salvación redundó en gloria suya, ya que no hizo de él un ser insólito y extraño, sino que le señaló como salvador y redentor del mundo. Conocido lo cual ocurrió que el cielo, la tierra e incluso el abismo cayeran de rodillas ante él.


Ciclo B: Mc 10, 2-16

HOMILÍA

San Gregorio de Nacianzo, Sermón 37, sobre Mateo 19, 1-12 (5-7: PG 36, 287-291)

Es éste un gran misterio

Se acercaron a Jesús unos fariseos y le preguntaron para ponerlo a prueba: ¿Es lícito a uno despedir a su mujer por cualquier motivo? Nuevamente lo ponen a prueba los fariseos, nuevamente los que leen la ley no entienden la ley, nuevamente los que se dicen intérpretes de la ley necesitan de otros maestros. No bastaba con que los saduceos le hubieran tendido una trampa a propósito de la resurrección, que los letrados le interrogaran sobre la perfección, los herodianos a propósito del impuesto, y otros sobre las credenciales de su poder. Todavía hay quien quiere sondearlo a propósito del matrimonio, a él que no es susceptible de ser tentado, a él que instituyó el matrimonio, a él que creó todo este género humano a partir de una primera causa.

Y él, respondiéndoles, les dijo: ¿No habéis leído que el Creador en el principio los creó hombre y mujer? Entiendo que este problema que me habéis planteado —dijo—, concierne a la estima y al honor de la castidad, y requiere una respuesta humana y justa. Pues observo que sobre esta cuestión hay muchos mal predispuestos y que acarician ideas injustas e incoherentes.

Porque ¿qué razón hay para usar la coacción contra la mujer, mientras se es indulgente con el marido, al que se le deja en libertad? En efecto, si una mujer hubiere consentido en deshonrar el tálamo nupcial, quedaría obligada a expiar su adulterio, penalizándola legalmente con durísimas sanciones; ¿por qué, pues, el marido que hubiera violado con el adulterio la fidelidad prometida a su mujer queda absuelto de toda condena? Yo no puedo en modo alguno dar mi aprobación a esta ley, estoy en completa disconformidad con dicha tradición.

Los que sancionaron esta ley eran hombres, y por eso fue promulgada en contra de la mujer; y como quiera que pusieron a los hijos bajo la patria potestad, dejaron al sexo débil en la ignorancia y el abandono. ¿Dónde está, pues, la equidad de la ley? Uno es el creador del varón y de la mujer, ambos fueron formados del mismo barro, una misma es la imagen, única la ley, única la muerte, una misma la resurrección. Todos hemos sido procreados por igual de un varón y de una mujer: uno e idéntico es el deber que tienen los hijos para con sus progenitores.

¿Con qué cara exiges, pues, una honestidad con la que tú no correspondes? ¿Cómo pides lo que no das? ¿Cómo puedes establecer una ley desigual para un cuerpo dotado de igual honor? Si te fijas en la culpabilidad: pecó la mujer, mas también Adán pecó: a ambos engañó la serpiente, induciéndolos al pecado. No puede decirse que una era más débil y el otro más fuerte. ¿Prefieres hacer hincapié en la bondad? A ambos salvó Cristo con su pasión. ¿O es que se encarnó sólo por el hombre? No, también por la mujer. ¿Padeció la muerte sólo por el hombre? También a la mujer le deparó la salvación mediante su muerte.

Pero me replicarás que Cristo es proclamado descendiente de la estirpe de David y quizá concluirás de aquí que a los hombres les corresponde el primado en el honor. Lo sé, pero no es menos cierto que nació de la Virgen, lo que es válido igualmente para las mujeres. Serán, pues —dice—, los dos una sola carne: por consiguiente, la carne, que es una sola, tenga igual honor.

Ahora bien, san Pablo —incluso con su ejemplo— da a la castidad carácter de ley. Y ¿qué es lo que dice y en qué se funda? Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia. Es hermoso para una mujer reverenciar a Cristo en su marido; es igualmente hermoso para el marido no menospreciar a la Iglesia en su mujer. Que la mujer —dice— respete al marido, como a Cristo. Por su parte, que el marido dé a su esposa alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia.


Ciclo C: Lc 17, 5-10

HOMILÍA

San Agustín de Hipona, Comentario sobre el salmo 147 (3: CCL 40, 2140-2141)

Despierta a tu fe, mira la vida futura con los ojos de la fe

Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados. Luego existe otra vida. Que cada cual interrogue al Cristo de su fe: pero la fe duerme. Con razón fluctúas, pues Cristo duerme en la barca. Dormía efectivamente Jesús en la barca, y la barca desaparecía entre las olas encrespadas. Fluctúa, pues, el corazón cuando Cristo duerme. Cristo está siempre en vela. ¿Qué significa entonces: «Cristo duerme?» Que duerme tu fe. ¿Por qué eres todavía zarandeado por la tempestad de la duda? Despierta a Cristo, despierta a tu fe: mira la vida futura con los ojos de la fe; por esa vida has creído tú, por esa vida has sido signado tú con la señal de aquel que vivió esta vida para mostrarte lo despreciable que es la vida que amabas y cuán deseable es la vida en la que tú no creías.

Si, pues, despertares la fe y fijares los ojos de la fe en las realidades últimas y en los goces del siglo futuro de que disfrutaremos a raíz de la segunda venida del Señor, una vez celebrado el juicio, después de haber entregado el reino a los santos; si pensares en aquella vida y en el ocioso negocio de aquella vida, del que con frecuencia os hemos hablado, carísimos, entonces no zozobrará nuestro negocio, nuestro ocioso negocio lleno de una dulzura sin igual, no interrumpido por molestia alguna, no condicionado por la fatiga, no mediatizado por nube alguna.

Y ¿cuál será nuestro negocio? Alabar a Dios, amarle y alabarle; alabarle en el amor, amarle en las alabanzas. Dichosos los que viven en tu casa alabándote siempre. ¿Porqué razón, sino porque estarán amándote siempre? ¿Por qué razón, sino porque estarán viéndote siempre? Esto supuesto, hermanos míos, ¿cuál será el espectáculo que se nos ofrecerá en la visión de Dios? Nosotros, hermanos, si no perdemos de vista nuestra condición de miembros suyos, si le ansiamos, si perseveramos, lo veremos y nos gozaremos. Aquella ciudad estará compuesta por ciudadanos ya purificados, y no se admitirá en ella a ningún sedicioso o turbulento; aquel enemigo que, por envidia, hace ahora todo lo posible para que no lleguemos a la patria, allí no podrá acechar a ninguno, pues ni siquiera se le permitirá el acceso a ella. En efecto, si ahora es excluido del corazón de los creyentes, ¿cómo no va a ser excluido de la ciudad de los vivientes? ¿Qué no será, hermanos, qué no será —os pregunto— vivir en aquella ciudad, si simplemente hablar de ella reporta tanto gozo?

Hemos de preparar nuestros corazones para esta vida futura; quien dispone su corazón para la vida futura, desprecia totalmente la presente; y, despreciada ésta, podrá esperar tranquilo el día que el Señor nos amonestó a esperar con temor.

 

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO

EVANGELIO


Ciclo A: Mt 22, 1-14

HOMILÍA

San Agustín de Hipona, Sermón 90 (1.5.6: PL 38, 559.561-563)

El traje de fiesta es el amor

Todos los fieles conocen la parábola de las bodas del hijo del rey y su banquete, así como la magnificencia de la mesa del Señor, dispuesta para quienes tengan la voluntad de gustarla. Cuando el rey entró a saludar a los comensales reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?»

¿De qué se trata, pues? Indaguemos, hermanos míos, quienes de entre los fieles tienen algo que no tienen los malos, y ése será el traje de fiesta. Si dijéramos que son los sacramentos, ya veis que son comunes a buenos y malos. ¿Quizá el bautismo? Sin el bautismo, en efecto, nadie llega a Dios; pero no todo el que ha recibido el bautismo llega a Dios. En consecuencia, no puedo entender por traje de fiesta el bautismo, me refiero al sacramento en sí, pues es un traje que veo así en los buenos como en los malos. Podría ser el altar o lo que se recibe en el altar. Vemos que muchos comen, pero se comen y beben su propia sentencia. ¿De qué se trata, pues? ¿Del ayuno? Pero también ayunan los malos. ¿De la asistencia a la Iglesia? También acuden los malos. ¿Cuál es, pues, el traje de fiesta aquél? Este es el traje de fiesta: Esa orden —dice el Apóstol—tiene por objeto el amor, que brota del corazón limpio, de la buena conciencia y de la fe sincera. Este es el traje de fiesta.

Pero no un amor cualquiera, pues muchas veces parecen amarse incluso hombres cómplices de una mala conciencia. Pero en ellos no hallamos ese amor, que brota del corazón limpio, de la buena conciencia y de la fe sincera. Un amor así es el traje de fiesta.

Dice el Apóstol: Ya podría yo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles; si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden. Ya podría tener el don de profecía y conocer todos los secretos y todo el saber, podría tener fe como para mover montañas; si no tengo amor, no soy nada. Ya podría —dice—tener todo esto, si no tengo a Cristo, no soy nada. ¿Es que la profecía no sirve para nada? ¿Es que el conocimiento de todos los secretos es inútil? No es que estas cosas no sean nada: soy yo el que no soy nada si, poseyendo esos carismas, no tengo amor. ¡Cuántos bienes no sirven de nada si falta el único Bien! Si no tengo amor, aunque repartiese cuantiosas limosnas a los pobres, aunque llegase en la confesión del nombre de Cristo hasta el derramamiento de sangre o hasta dejarme quemar vivo, estas cosas pueden también llevarse a cabo por amor a la gloria y estar en consecuencia desprovistas de valor salvífico. Como quiera que la vanagloria puede hacer estériles acciones que la divina caridad haría sobremanera fecundas, el mismo Apóstol enumera dichas acciones, que tú puedes escuchar: Podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aun dejarme quemar vivo; si no tengo amor, de nada me sirve. Este es el traje de fiesta. Examinaos: si lo tenéis, estad tranquilos en el banquete del Señor.

El traje de fiesta tiene como finalidad honrar la unión conyugal, esto es, se le pone en honor del esposo y de la esposa. Conocéis al esposo: es Cristo. Conocéis a la esposa: es la Iglesia. Honrad a la Esposa, honrad al Esposo. Si os mostráis obsequiosos con los desposados, os convertiréis en hijos suyos. En esto, pues, habéis de progresar. Amad al Señor, y así aprenderéis a amaros a vosotros mismos. De suerte que si al amar al Señor os amarais a vosotros mismos podréis con toda seguridad amar al prójimo como a vosotros mismos.


Ciclo B: Mc 10, 17-30

HOMILÍA

San Clemente de Alejandría, Libro sobre la salvación de los ricos (Caps 5.10: PG 9, 610.614)

Si quieres ser perfecto

Estas palabras pertenecen al evangelio de Marcos, pero exactamente la misma idea aparece en los demás sinópticos donde, con palabras a veces un tanto diferentes, se recoge idéntica doctrina. Y debemos estar plenamente convencidos de que el Salvador nunca se expresó en forma puramente humana, sino que su enseñanza estuvo siempre informada por una divina y mística sabiduría; de que no debemos escuchar sus palabras carnalmente, sino que debemos indagar y profundizar el sentido en ellas oculto mediante una adecuada investigación y poniendo en juego toda la diligencia y sagacidad de nuestra inteligencia.

Si quieres ser perfecto. Luego no era todavía perfecto, ya que nada hay más perfecto que lo perfecto. Además, aquel si quieres expresa de manera contundente y divina la libre facultad de elección de su colocutor. Efectivamente, en el hombre —en su calidad de ser libre— reside la libre elección de la voluntad; en Dios —en su calidad de Señor y árbitro— reside la capacidad de dar. Y da a los que quieren y rezan y con el mayor empeño se esfuerzan por conseguir la propia salvación. Pues Dios no coacciona —la coacción es, en efecto, enemiga de Dios—, sino que da a los que buscan, otorga a los que piden, abre a los que llaman. Por tanto, si quieres, si verdaderamente quieres y no te engañas a ti mismo, procúrate lo que te falta.

Una cosa te falta; lo que te queda por hacer y que es bueno, pero ya al margen de la ley, que no lo da la ley, que no cae dentro de la ley, es propio de los que poseen la verdadera vida. En una palabra, el que había cumplido toda la ley desde pequeño y que había dicho de sí cosas tan grandes y soberbias, con todas ellas no pudo adquirir esa única cosa, que es privativa del Salvador, para arrebatar la vida eterna, cuyo deseo le había movido a dar aquel paso. Se marchó pesaroso, abrumado por las exigencias de una vida, a propósito de la cual había venido a suplicar al Maestro. En realidad, no ambicionaba de verdad la vida, como parecía deducirse de sus palabras; lo único que buscaba es granjearse reputación de buena voluntad: podía ciertamente afanarse por hacer una multitud de cosas, pero era incapaz de hacer aquella única cosa, aquella obra de salvación que debía conducirle a la perfección. Para esta obra era débil e indolente.

Lo mismo que el Señor dijo a Marta cuando, afanada en multitud de ocupaciones, andaba inquieta y nerviosa para dar abasto con el servicio, y tachaba de negligente a su hermana, que, abandonando el servicio, sentada a los pies del Señor, prestaba la atención de una discípula: Andas inquieta con tantas cosas; María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán, así también a éste: le manda que, dando de lado toda enervante ocupación, se centre en una sola y se siente a los pies de la gracia de aquel que personalmente le propone la vida eterna.


Ciclo C: Lc 17, 11-19

HOMILÍA

San Bruno de Segni, Comentario sobre el evangelio de san Lucas (Parte 2, 40: PL 165, 426-428)

Grande es el poder de la fe

Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos.

¿Qué otra cosa son esos diez leprosos sino la totalidad de los pecadores? Al venir Cristo, psíquicamente todos los hombres eran leprosos; corporalmente no todos lo eran. Es verdad que la lepra del alma es mucho peor que la del cuerpo. Pero veamos lo que sigue: Se pararon a lo lejos y a gritos le decían: Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.

A lo lejos se pararon, porque en aquellas condiciones no osaban acercarse. Igual nos pasa a nosotros: nos mantenemos a distancia cuando nos obstinamos en el pecado. Para sanar, para ser curados de la lepra de nuestros pecados, gritemos a voz en cuello y digamos: Jesús, maestro, ten compasión de nosotros. Pero gritemos no con la boca, sino con el corazón. El grito del corazón es más agudo. El clamor del corazón penetra los cielos y se eleva más sublime ante el trono de Dios. Al verlos, les dijo Jesús: Id a presentaros a los sacerdotes. En Dios, mirar es compadecerse. Los vio e inmediatamente se compadeció de ellos, y les mandó presentarse a los sacerdotes, no para que los sacerdotes los limpiaran, sino para que los declararan limpios.

Y mientras iban de camino, quedaron limpios. Escuchen esto los pecadores y examinen con diligencia su significado. Al Señor le es fácil perdonar pecados. En efecto, muchas veces al pecador le son perdonadas las deudas, antes de presentarse al sacerdote. Arrepentimiento y perdón coinciden en un mismo e idéntico momento. En cualquier momento que el pecador se convirtiere, ciertamente vivirá y no morirá. Pero considere bien cómo ha de convertirse. Que escuche lo que dice el Señor: Convertíos a mí de todo corazón con ayuno, con llanto, con luto.

Rasgad los corazones y no las vestiduras. Que quien se convierte, conviértase interiormente, de corazón, pues Dios no desprecia un corazón quebrantado y humillado.

Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos, y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Éste era un samaritano. En este uno están representados aquellos que, después de haber sido purificados en las aguas bautismales o han sido curados a través de la penitencia, no siguen ya al diablo, sino que imitan a Cristo, lo siguen, le alaban, lo adoran, le dan gracias y no se apartan de su servicio.

Y Jesús le dijo: levántate, vete: tu fe te ha salvado. Grande es, en efecto, el poder de la fe, sin la cual —como dice el Apóstol— es imposible agradar a Dios. Abrahán creyó a Dios, y eso le valió la justificación. Luego la fe es la que salva, la fe es la que justifica, la fe es la que sana al hombre interior y exteriormente.

 

 

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO

EVANGELIO


Ciclo A:
Mt 22, 15-21

HOMILÍA

San Lorenzo de Brindisi, Homilía l en el domingo 22 después de Pentecostés (2.3.4.6: Opera omnia, t. 8, 335-336.-339-340.346)

Tú, cristiano, eres la moneda del impuesto

En el evangelio de hoy se plantean dos interrogantes: uno el que los fariseos plantean a Cristo; otro, el que Cristo plantea a los fariseos; aquél es totalmente terreno, éste, enteramente celestial y divino; aquél es producto de una supina ignorancia y de una refinadísima malicia; éste, de la suprema sabiduría y de la suma bondad.

¿De quién son esta cara y esta inscripción? Le respondieron: Del César. Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios: hay que dar —dice— a cada uno lo suyo. Sentencia llena realmente de celestial sabiduría y doctrina. Enseña, en efecto, que existe una doble esfera de poder: una, terrena y humana; otra, celestial y divina. Enseña que se nos exige una doble obediencia, que hemos de observar tanto las leyes humanas como las divinas, y que hemos de pagar un doble impuesto: uno al César y otro a Dios. Al César el denario, que lleva grabada la cara y la inscripción del César; a Dios lo que lleva impresa la imagen y la semejanza divina: La luz de tu rostro está impresa en nosotros (Vg).

Hemos sido hechos a imagen y semejanza de Dios. Tú, cristiano, eres ciertamente un hombre: luego eres la moneda del impuesto divino, eres el denario en el que va grabada la efigie y la inscripción del divino emperador. Por eso te pregunto yo con Cristo: ¿De quién son esta cara y esta inscripción? Me respondes: De Dios. Te replico: ¿Por qué, pues, no le devuelves a Dios lo que es suyo?

Pero si realmente queremos ser imagen de Dios, es necesario que seamos semejantes a Cristo. El es, en efecto, la imagen de la bondad de Dios e impronta de su ser; y Dios a los que había escogido, los predestinó a ser imagen de su Hijo. Por su parte, Cristo pagó realmente al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, observando a la perfección las dos losas de la ley divina, rebajándose hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz, y estuvo perfectísimamente dotado de todas las virtudes tanto internas como externas.

Brilla hoy en Cristo una suma prudencia, con la cual sorteó los lazos de los enemigos, dándoles una prudentísima y sapientísima respuesta; brilla asimismo la justicia, con la cual nos enseña a dar a cada uno lo suyo. Por esta razón, él mismo quiso pagar también el impuesto, dando por él y por Pedro un didracma; brilla la fortaleza del alma, con la cual enseñó libremente la verdad, es decir, que debía pagarse al César el impuesto, sin temer a los judíos que se sentían vejados por esto. Este es el camino de Dios que Cristo enseña conforme a la verdad.

Así pues, el que en la vida, en las costumbres y las virtudes se asemeja y conforma a Cristo, ése representa de verdad la imagen de Dios; la restauración de esta divina imagen consiste en una perfecta justicia: Pagad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. A cada cual lo suyo.


Ciclo B: Mc 10, 35-45

HOMILÍA

San Juan Crisóstomo, Homilía 7 contra los anomeos (4-5: PG 48, 773-775)

No es tiempo de coronas y de premios, sino de luchas

Mientras Jesús iba subiendo a Jerusalén, se acercó a Jesús la madre de los Zebedeos con sus hijos, Santiago y Juan, y le dijeron: Ordena que estos dos hijos míos se sienten uno a tu derecha y el otro a la izquierda. En cambio, el otro evangelista pone esta petición en boca de los hijos. Sin embargo, no existe discrepancia alguna, ni tenemos por qué detenernos en tales minucias. La verdad es que, habiendo enviado por delante a la madre para preparar el terreno, después que ella hubo hablado, fueron ellos quienes presentaron la petición, sin saber, desde luego, lo que pedían, pero pidiéndolo efectivamente. Pues aun siendo apóstoles, eran, no obstante, todavía muy imperfectos, como polluelos que se remueven en el nido por no haberles aún crecido las alas. Porque es muy útil que sepáis que, antes de la pasión, los apóstoles andaban como inmersos en un mar de ignorancia, por lo cual increpándolos les decía: A estas alturas, ¿tampoco vosotros sois capaces de entender? ¿No acabáis de entender que no hablaba de panes al deciros: Mucho cuidado con la levadura de los fariseos? Y de nuevo: Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora. ¿Te das cuenta de que no tenían ideas claras acerca de la resurrección? El evangelista lo subraya, diciendo: Pues hasta entonces no habían entendido que él había de resucitar de entre los muertos. Y si esto desconocían, con mayor razón ignoraban otras cosas, como por ejemplo lo referente al reino de los cielos, a nuestras primicias y a la ascensión a los cielos. Arrastrándose sobre la tierra, eran todavía incapaces de levantar el vuelo a las alturas.

Imbuidos, pues, como estaban de esta opinión, y esperando como esperaban que de un momento a otro iba Jesús a instaurar el reino en Jerusalén, eran incapaces de asimilar otra cosa. Convencimiento que el otro evangelista subraya diciendo que los apóstoles creían ya próximo el advenimiento de su reino, al que se imaginaban como uno de tantos reinos de la tierra; pensaban que se dirigía a Jerusalén a inaugurar su reino, y no a la cruz y a la muerte. Pues aun cuando lo habían oído mil veces, su entendimiento estaba bloqueado a la comprensión de estas realidades.

No habiendo, pues, alcanzado todavía un evidente y exacto conocimiento de los dogmas, sino creyendo dirigirse a un reino terreno y que Jesús iba a reinar en Jerusalén, tomándolo aparte en el camino, estimando que la ocasión era pintiparada, le formulan esta petición. Pues habiéndose separado del grupo de los discípulos, y como si todo dependiese de su arbitrio, piden un puesto de privilegio y que se les aseguren los cargos más importantes, como quienes pensaban que las cosas estaban ya tocando a su fin y que el asunto estaba a punto de cerrarse, y que era llegado el tiempo de las coronas y de los premios. Lo cual era el colmo de la inconsciencia.

Pues bien, hecha esta petición, escucha lo que les responde Jesús: No sabéis lo que pedís. No es tiempo de coronas y de premios, sino de combates, luchas, sudores, de pruebas y de peleas. Esto es lo que significa la frase: No sabéis lo que pedís. Todavía no habéis probado las cárceles, aún no habéis salido a la palestra para combatir. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar? En este pasaje llama cáliz y bautismo a su cruz y a su muerte: cáliz, por la avidez con que lo apura; bautismo, porque por medio de su muerte iba a purificar el orbe de la tierra; y no sólo lo redimía de este modo, sino mediante la resurrección, si bien ésta no le resultaba penosa. Les dice: El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, refiriéndose de este modo a la muerte. Santiago fue efectivamente decapitado, y Juan fue varias veces condenado a muerte. Pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado. Vosotros, ciertamente, moriréis, os matarán, conseguiréis la corona del martirio; pero en cuanto a que seáis los primeros, no me toca a mí concederlo: lo recibirán los que luchan, en base a su mayor esfuerzo, en atención a su mayor prontitud de ánimo.


Ciclo C: Lc 18, 1-8

HOMILÍA

San Gregorio de Nisa, Sobre el Padrenuestro (PG 44,1119. 1123-1126)

Se aparta de Dios quien no se une a él en la oración

La palabra de Dios nos ha legado una metodología de la oración, mediante la cual expone a sus dignos discípulos que con ahínco y seriedad buscan la ciencia de la oración la forma de conciliarse la atención de Dios a través de las palabras de la oración.

Se aparta de Dios quien no se une a él en la oración. Por tanto, lo primero que debéis aprender sobre la oración es esto: que hay que orar siempre sin desanimarse. Pues mediante la oración logramos estar con Dios. Y el que con Dios está, lejos del enemigo está. La oración es el sostén y el escudo de la honestidad, el freno de la ira, el sedante y el control de la soberbia. La oración es el sello de la virginidad, garantía de la fidelidad conyugal, esperanza de los que velan, fertilidad de los agricultores, salvación de los navegantes. Y pienso que aunque nos pasásemos toda la vida conversando con Dios, orando y dándole gracias, estaríamos tan lejos de recompensarlo como se merece, como si en ningún momento hubiéramos abrigado el propósito de remunerar a nuestro bienhechor.

El tiempo extenso se divide en tres partes: pasado, presente y futuro. En cada uno de estos tres tiempos se descubren los beneficios del Señor. Si consideras el presente, por él vives; si el futuro, él es para ti la esperanza de lo que esperas; si el pasado, no existirías si previamente él no te hubiera creado. Tu mismo nacimiento es un don divino. Y una vez nacido te ves rodeado de bienes, ya que, como dice el Apóstol, en él tienes la vida y el movimiento. La esperanza de los bienes futuros pende de la misma eficacia. Tú eres únicamente dueño del presente. Por eso, aunque te pases la vida entera dando gracias a Dios, apenas si cubrirás la gracia del tiempo presente: ya que en el entretanto eres incapaz de excogitar la manera de compensar las deudas del tiempo futuro.

Y nosotros, que tan lejos estamos de poder ofrecer una adecuada acción de gracias, no demostramos ni siquiera la gratitud de alma que nos es posible, pues no dedicamos a la llamada de Dios, no digo ya toda la jornada, pero es que ni una mínima parte del día. ¿Quién ha devuelto el prístino esplendor a la imagen de Dios deslucida en mí por el pecado? ¿Quién me conduce a la primitiva felicidad, a mí expulsado del paraíso, privado del árbol de la vida y arrojado al báratro de una vida material?

No hay ningún sensato, dice la Escritura. Porque si realmente reflexionásemos sobre estas realidades, tributaríamos a Dios, a lo largo de nuestra vida, una acción de gracias continuada y asidua. En cambio, ahora una gran mayoría del género humano está totalmente absorbida por preocupaciones exclusivamente materiales.

Pero ha llegado el momento de considerar la sentencia relativa a la cantidad de palabras que, en la medida de lo posible, deben integrar la oración. Pues es evidente que, si diéremos con la fórmula adecuada de presentar la petición, nos sería dado conseguir lo que quisiéramos. Y ¿cuál es la normativa a este respecto? Cuando recéis —dice—no uséis muchas palabras como los paganos, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso.

 

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO

EVANGELIO


Ciclo A:
Mt 22, 34-40

HOMILÍA

De un antiguo sermón sobre el amor a Dios y al prójimo (PL 3, 312-313)

Éste es el camino que recorrió Cristo

Me dispongo a hablar a vuestra caridad sobre la misma caridad de la que el Señor dijo: Amarás a tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser, y amarás al prójimo como a ti mismo. Y lo ha querido así porque estos dos mandamientos sostienen la ley entera y los profetas. Amarás, pues, a tu Dios y amarás a tu hermano, porque quien ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza. Amaos, pues, carísimos hermanos. Amad a los amigos. Amad a los enemigos. ¿Qué perderéis por intentar ganar a muchos? Oigamos al mismo Señor en persona que nos dice en el evangelio: Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos será que os améis unos a otros.

Mirad cómo amó a todos el mismo Señor, que nos mandó amarnos unos a otros. Amó a sus discípulos que le seguían, como a compañeros. Amó a los judíos que le perseguían, como a enemigos. Predicó a los discípulos el reino de los cielos: ellos lo oyeron, y, dejándolo todo, le siguieron. Y les dijo: Si hacéis lo que yo os mando, ya no os llamo siervos, sino amigos.

Eran, pues, amigos los que, creyendo, hacían lo que les mandaba. Oró por ellos cuando dijo: Padre, éste es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo, donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas antes de la fundación del mundo. Pero, ¿es que oró por los amigos y se olvidó de los enemigos? Escucha y aprende. En el curso de su pasión, viendo que los judíos se ensañaban con él, pidiendo a gritos su crucifixión, clamó con voz potente al Padre y dijo: Padre, perdónalos. porque no saben lo que hacen. Como si dijera: Los cegó su propia maldad, que los perdone tu gran bondad. Y su petición ante el Padre no cayó en el vacío, pues en lo sucesivo fueron muchos los judíos que creyeron. Y la sangre que derramaron, crueles, la bebieron, creyentes. Y se convirtieron en seguidores, los que habían sido perseguidores.

Este es el camino que recorrió Cristo. Sigámosle, para que nuestro nombre de «cristianos» no carezca de sentido.


Ciclo B: Mc 10, 46-52

HOMILÍA

Clemente de Alejandría, Exhortación a los paganos (Cap 11: PG 8, 230-234)

Acojamos la luz y hagámonos discípulos del Señor

La norma del Señor es límpida y da luz a los ojos. Recibe a Cristo, recibe la facultad de ver, recibe la luz, para que conozcas a fondo a Dios y al hombre. El Verbo, por el que hemos sido iluminados, es más precioso que el oro, más que el oro fino; más dulce que la miel de un panal que destila. Y ¿cómo no va a ser deseable el que ha iluminado la mente envuelta en tinieblas y ha agudizado los ojos del alma portadores de luz?

Lo mismo que sin el sol, los demás astros dejarían al mundo sumido en la noche, así también, si no hubiésemos conocido al Verbo y no hubiéramos sido iluminados por él, en nada nos diferenciaríamos de los volátiles, que son engordados en la oscuridad y destinados a la matanza. Acojamos, pues, la luz, para poder dar acogida también a Dios. Acojamos la luz y hagámonos discípulos del Señor. Pues él ha hecho esta promesa al Padre: Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré. Alábalo, por favor, y cuéntame la fama de tu Padre. Tus palabras me traen la salud. Tu cántico me instruirá. Hasta el presente he andado a la deriva en mi búsqueda de Dios; pero si eres tú, Señor, el que me iluminas y por tu medio encuentro a Dios y gracias a ti recibo al Padre, me convierto en tu coheredero, pues no te avergüenzas de llamarme hermano tuyo.

Pongamos, pues, fin, pongamos fin al olvido de la verdad; despojémonos de la ignorancia y de la oscuridad que, cual nube, ofuscan nuestros ojos, y contemplemos al que es realmente Dios, después de haber previamente hecho subir hasta él esta exclamación: «Salve, oh luz». Una luz del cielo ha brillado ante nosotros, que antes vivíamos como encerrados y sepultados en la tiniebla y sombra de muerte; una luz más clara que el sol y más agradable que la misma vida. Esta luz es la vida eterna y los que de ella participan tienen vida abundante. La noche huye ante esta luz y, como escondiéndose medrosa, cede ante el día del Señor. Esta luz ilumina el universo entero y nada ni nadie puede apagarla; el occidente tenebroso cree en esta luz que llega de oriente.

Es esto lo que nos trae y revela la nueva creación: el Sol de justicia se levanta ahora sobre el universo entero, ilumina por igual a todo el género humano, haciendo que el rocío de la verdad descienda sobre todos, imitando con ello a su Padre, que hace salir el sol sobre todos los hombres. Este Sol de justicia traslada el tenebroso occidente llevándolo a la claridad del oriente, clava a la muerte en la cruz y la convierte en vida; arrancando al hombre de la corrupción lo encumbra hasta el cielo; él cambia la corrupción en incorrupción, y transforma la tierra en cielo, él el labrador de Dios, portador de signos favorables, que incita a los pueblos al bien y les recuerda las normas para vivir según la verdad; él nos ha gratificado con una herencia realmente magnífica, divina, inamisible; él diviniza al hombre mediante una doctrina celestial, metiendo su ley en su pecho y escribiéndola en su corazón. ¿De qué leyes se trata?, porque todos conocerán a Dios, desde el pequeño al grande; les seré propicio —dice Dios—, y no recordaré sus pecados.

Recibamos las leyes de vida; obedezcamos la exhortación de Dios. Aprendamos a conocerle, para que nos sea propicio. Ofrezcámosle, aunque no lo necesita, el salario de nuestro reconocimiento, de nuestra docilidad, cual si se tratara del alquiler debido a Dios por nuestra morada aquí en la tierra.


Ciclo C: Lc 18, 9-14

HOMILÍA

San Juan Crisóstomo, Homilía 2 sobre la penitencia (4-5 PG 49, 289-292)

Sé humilde y te habrás librado de los lazos del pecado

He enumerado diversos canales de penitencia, para hacerte fácil, mediante la diversidad de vías, el acceso a la salvación. Y ¿cuál es entonces este tercer canal? La humildad: sé humilde y te habrás librado de los lazos del pecado. También aquí la Escritura nos ofrece una demostración en la parábola del fariseo y el publicano. Subieron —dice— al templo a orar un fariseo y un publicano. El fariseo se puso a hacer el inventario de sus virtudes: Yo —dice— no soy pecador como todo el mundo, ni como ese publicano. ¡Miserable y desdichada alma!, has condenado a todo el mundo, ¿por qué te metes también con tu prójimo? ¿No te bastaba con condenar a todo el mundo, que tienes que condenar también al publicano?

¿Y qué hacía el publicano? Adoró con la cabeza profundamente inclinada, y dijo: ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador. Y al mostrarse humilde, quedó justificado. Así pues, al bajar del templo el fariseo había perdido la justicia, el publicano la había recuperado: las palabras vencieron a las obras. Efectivamente, el fariseo, a pesar de las obras, perdió la justicia; el publicano, en cambio, se granjeó la justicia por la humildad de sus palabras. Bien es verdad que la suya no era propiamente humildad: la humildad, en efecto, se da cuando uno que es grande se humilla a sí mismo. La actitud del publicano no fue humildad, sino verdad: sus palabras eran verdaderas, pues él era pecador.

Porque, ¿hay cosa peor que un publicano? Buscaba sacar partido de las desgracias del prójimo, aprovechándose de los sudores ajenos; y sin el menor respeto a las penalidades de los demás, sólo estaba atento a redondear sus ganancias. Enorme era, en consecuencia, el pecado del publicano. Ahora bien, si el publicano, con todo y ser un pecador, al dar muestras de humildad, se granjeó un don tan grande, ¿cuánto mayor no lo conseguirá el que está adornado de virtudes y se comporta con humildad?

Por tanto, si confiesas tus pecados y eres humilde, quedas justificado. ¿Quieres saber quién es verdaderamente humilde? Fíjate en Pablo, que era verdaderamente humilde: él el maestro universal, predicador espiritual, instrumento elegido, puerto tranquilo que, no obstante su físico modesto, recorrió el mundo entero como si tuviera alas en los pies.

Mira con qué humildad y modestia se define a sí mismo como inexperto y amante de la sabiduría, como indigente y rico. Humilde era cuando decía: Yo soy el menor de los apóstoles y no soy digno de llamarme apóstol. Esto es ser verdaderamente humilde: rebajarse en todo y declararse el menor de todos. Piensa en quién era el que pronunciaba estas palabras: Pablo, ciudadano del cielo, aunque todavía revestido del cuerpo, columna de las Iglesias, hombre celeste. Es tal, en efecto, la potencia de la virtud, que transforma al hombre en ángel y hace que el alma, cual si estuviera dotada de alas, se eleve al cielo.

Que Pablo nos enseñe esta virtud; procuremos ser imitadores de esta virtud.

DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO

EVANGELIO


Ciclo A:
Mt 23, 1-12

HOMILÍA

San Orsiesio, Libro que, al morir, legó a los hermanos (Nn. 23,35.38: ed. Lefort, Louvain 1932, 124-125; 132-133.134)

Somos hombres de fe para salvar el alma

Seamos iguales, hermanos, desde el más pequeño hasta el mayor, tanto el rico como el pobre, perfectos en la concordia y la humildad, para que también de nosotros pueda decirse: Al que recogía mucho, no le sobraba; y al que recogía poco, no le faltaba. Que nadie busque su propio regalo, mientras ve al hermano pasar apuros, no sea que tenga que oír el reproche del profeta: ¿No os creó el mismo Dios? ¿No tenemos todos un solo Padre? ¿Por qué, pues, cada cual se desentiende de su hermano profanando la alianza de vuestros padres? Judá traiciona, en Israel se cometen abominaciones Por eso y de acuerdo con lo que el Señor y Salvador ordenó a sus apóstoles, diciendo: Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado; y en esto conoceréis que sois discípulos míos, nosotros debemos amarnos mutuamente y dar pruebas de que realmente somos siervos de nuestro Señor Jesucristo y discípulos de los cenobios.

El que camina de día no tropieza; en cambio, el que camina en la noche tropieza, porque carece de luz. Pero nosotros —como dice el Apóstol— no somos gente que se arredra para su perdición, sino hombres de fe para salvar el alma. Y en otro lugar: Todos sois hijos de la luz e hijos de Dios; no lo sois de la noche ni de las tinieblas Luego si somos hijos de la luz, debemos conocer lo que es propio de la luz y producir frutos de luz fructificando en toda obra buena: porque lo que se manifiesta, luz es.

Si volvemos al Señor de todo corazón y con corazón sencillo seguimos los mandatos de sus, santos y de nuestro Padre, abundaremos en toda clase de obras buenas. Pero si nos dejamos vencer por los placeres de la carne, en pleno día iremos palpando la pared como si de medianoche se tratara, y no encontraremos el camino de la ciudad donde habitamos, de la que se dice: Pasaban hambre y sed, se les iba agotando la vida, por haber despreciado la ley que Dios les entregó, y no haber escuchado la voz de los profetas; por eso no pudieron llegar al descanso prometido.

Siendo tan grande la clemencia de nuestro Señor y Salvador, que nos incita a la salvación, volvamos a él nuestros corazones, pues ya es hora de espabilarse. La noche está avanzada, el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz. Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad. Hijitos míos, amemos en primer lugar a Dios con todo el corazón, y luego amémonos mutuamente unos a otros, acordándonos de los mandamientos de nuestros Dios y Salvador, en los que nos dice: La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. Estos dos mandamientos sostienen la ley entera y los profetas.


Ciclo B: Mc 12, 28b-34

HOMILÍA

San Agustín de Hipona, Sermón Mai 14 (1-2: PLS 2, 449-450)

Al crecer el amor, el alma se siente segura

No ignoramos que los corazones de vuestra caridad se nutren abundantemente cada día con las exhortaciones de las divinas Escrituras y con el alimento de la Palabra de Dios. Sin embargo, movidos por aquel deseo de caridad mutua en que arden nuestros corazones, debemos decir algo a vuestra caridad. Y ¿de qué hablaros, sino de la misma caridad?

La caridad es de esos temas de los que si uno quiere hablar no necesita elegir un determinado texto que le dé pie para tratar de él, ya que no hay página que no hable del amor. Testigo de ello es el Señor, como nos lo confirma el evangelio. Pues que habiéndole preguntado un letrado cuál es el mandamiento principal de la ley, respondió: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser; y amarás al prójimo como a ti mismo. Y para que no sigas buscando en las páginas santas, añadió inmediatamente: Estos dos mandamientos sostienen la ley entera y los profetas. Y si estos dos mandamientos sostienen la ley entera y los profetas, ¿cuánto más el evangelio?

En efecto, la caridad renueva al hombre; pues lo mismo que la codicia envejece al hombre, así la caridad lo rejuvenece. Por eso, gimiendo dice el salmista zarandeado por la codicia: Mis ojos envejecen por tantas contradicciones. Que la caridad pertenezca al hombre nuevo, lo indica el Señor cuando dice: Os doy un mandato nuevo: que os améis unos a otros. Luego si el amor sostiene la ley y los profetas —y la ley y los profetas parecen condensar el antiguo Testamento—, ¿cómo no va a pertenecer al exclusivo dominio del amor el evangelio —que es clarísimamente denominado nuevo Testamento—, máxime cuando el Señor condensó su mandamiento en el solo «amaos unos a otros» Más aún: calificó de nuevo su mandamiento, vino para renovarnos, nos hizo hombres nuevos y nos prometió una nueva heredad: y ésta, eterna.

Pero ya entonces hubo hombres enamorados de Dios, que le amaron desinteresadamente y purificaron sus corazones con el casto deseo de verlo; hombres que, alzando el velo de las antiguas promesas, llegaron a intuir el futuro nuevo Testamento, y comprendieron que todo lo que en el antiguo Testamento fue mandado o prometido según la vieja condición, era figura del nuevo Testamento, figuras que, en los últimos tiempos, el Señor habría de llevar a su pleno cumplimiento. Lo dice taxativamente el Apóstol con estas palabras: Todo esto les sucedía como un ejemplo: y fue escrito para escarmiento nuestro, a quienesnos ha tocado vivir en la última de las edades. Ocultamente, pues, se preanunciaba el nuevo Testamento y se preanunciaba en aquellas antiguas figuras.

Pero llegado el tiempo del nuevo Testamento, comenzó a ser abiertamente predicado el nuevo Testamento y a comentarse y explicarse aquellas figuras, demostrando cómo había de entenderse el nuevo Testamento, donde estaba prometido el antiguo. Moisés era, desde luego, predicador del antiguo Testamento; pero aun siendo predicador del antiguo, era intérprete del nuevo: al pueblo carnal le anunciaba el antiguo; él, que era espiritual, intuía el nuevo. En cambio, los apóstoles eran predicadores y ministros del nuevo Testamento, pero no en el sentido de que entonces no existiera, lo que más tarde habían de manifestar los apóstoles.

Luego, la caridad está presente tanto en uno como en otro Testamento: en el antiguo, la caridad está más velada y más evidente el temor; en el nuevo la caridad es más evidente, y menos el temor. Pues cuanto más crece la caridad, tanto más disminuye el temor. Porque al crecer la caridad, el alma se siente segura; y donde la seguridad es absoluta, desaparece el temor, como dice asimismo el apóstol Juan: El amor perfecto expulsa el temor.


Ciclo C: Lc 19, 1-10

HOMILÍA

Juan Lanspergio, Homilía en la dedicación de una iglesia (Opera omnia, t. 1, 1888, 701-702)

La perfecta conversión a Dios

La perfecta conversión a Dios amputa de raíz el pecado. Pues la codicia es para muchos la raíz y la ocasión de pecar. Para erradicarla, promete Zaqueo dar a los pobres la mitad de sus bienes: Si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más. Mira qué progresos no ha hecho de repente Zaqueo iluminado por Cristo. Y si quiso declarar públicamente este su propósito fue para defender a Cristo contra los murmuradores y evidenciar el gran tacto que el Señor ha usado con él: no lo había evitado despectivamente por su condición de publicano, sino que dirigiéndose a él con benevolencia e invitándose a sí mismo sin esperar la invitación, le había repentinamente conducido, como con un poderoso revulsivo, a la penitencia y a la conversión; y lo mismo que en el pasado había sido ávido de dinero, deseaba ahora con idéntica premura desprenderse de él.

Pues no se contenta con prometer dar en el futuro a los pobres o restituir a aquellos de quienes se había aprovechado, sino que habla en presente y dice: Mira, doy y restituyo. Doy limosna, restituyo lo defraudado. Y aunque lo primero que hay que hacer es restituir en efectivo lo injustamente adquirido, para que la limosna pueda ser agradable a Dios, sin embargo, en este caso y para demostrar su voluntaria decisión de dar no sólo lo que debía, sino lo que podía y tenía la voluntad de dar generosamente, habla antes de dar limosna que de restituir.

Jesús le contestó: Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido. Indicando la salvación operada «en esta casa», Cristo se está refiriendo al alma de Zaqueo, que deseando, esforzándose, amando y obedeciendo ha conseguido la salvación. A esta alma la denomina aquí casa de Dios, porque Dios habita en el alma. Jesús había efectivamente venido al mundo a salvar lo que estaba perdido.

Por esta razón debió frecuentar la compañía de quienes le constaba que necesitaban de su ayuda y buscaban un remedio de salvación. Es como si hubiera querido replicar a los murmuradores: ¿A qué os indignáis conmigo porque hablo con un pecador, porque adelantándome a su invitación me invito yo a su casa? Si he venido al mundo ha sido por gente de esta clase, no para que continúen siendo pecadores, sino para que se conviertan y tengan vida en mí. No me fijo en lo que el pecador ha hecho hasta el presente, sino que sopeso lo que va a hacer en el futuro. Le ofrezco mi gracia y mi amistad, que os la ofrezco igualmente a todos vosotros, si es que la queréis. Si éste la acepta, si viene a mí, si de pecador se convierte en justo, ¿por qué me calumniáis a mí por haberme hospedado en casa de un pecador, desde el momento en que juzgáis equivocadamente a un pecador, que se ha convertido en amigo de Dios? También él es hijo de Abrahán, no nacido de su sangre, sino por ser imitador de la fe y de la devoción de Abrahán.

Que nuestro Señor Jesucristo nos conceda la gracia de conocerle, amarlo y confiar en él; de modo que nada nos agrade, nada nos atraiga sino lo que a la divina voluntad le es grato y no sea contrario a nuestra salvación. ¡Bendito él por siempre! Amén.

 

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO

EVANGELIO


Ciclo A:
Mt 25, 1-13

HOMILÍA

San Gregorio de Nacianzo, Sermón 40 en la festividad del bautismo (46: PG 36, 426-428)

Salgamos al encuentro de Cristo, el esposo,
con las espléndidas lámparas de la fe

La pausa que harás ante el gran santuario inmediatamente después del bautismo simboliza la gloria de la vida futura. El canto de los salmos, a cuyo ritmo serás recibido, es el preludio de aquella himnodia. Las lámparas que encenderás son figura de aquella procesión de antorchas, con que, cual radiantes almas vírgenes, no adormiladas por la pereza o la indolencia, saldremos al encuentro de Cristo, el esposo, con las radiantes lámparas de la fe, a fin de que no se presente de improviso, sin nosotros saberlo, aquel cuya venida esperamos, y nosotros, desprovistos de combustible y de aceite, careciendo de buenas obras, seamos excluidos del tálamo nupcial.

Mi imaginación me representa aquella triste y miserable escena. Estará presente aquel que, al oírse la señal, exigirá que salgan a su encuentro. Entonces todas las almas prudentes le saldrán al encuentro con una luz espléndida y con sobreabundante provisión de aceite; las restantes, muy azoradas, pedirán intempestivamente aceite a las que están bien surtidas. Pero el esposo entrará a toda prisa y las prudentes entrarán junto con él; en cambio, a las necias que emplearon el tiempo en que debieran entrar en el aderezo de sus lámparas, se les prohibirá el ingreso y se lamentarán a grandes voces, comprendiendo, demasiado tarde, el daño que se han acarreado con su negligencia y su desidia. La puerta de entrada al tálamo nupcial, que ellas mismas culpablemente se cerraron, no les será abierta por más que lo pidan y supliquen.

No imitéis tampoco a aquellos que rehusaron participar en las bodas que el buen padre preparó para el óptimo esposo, poniendo como excusa, bien que acaba de casarse, bien el campo recientemente comprado, bien la yunta de bueyes mal adquirida: privándose de este modo de unos bienes mayores por la solicitud de cosas insignificantes y fútiles.

Tampoco tendrá allí puesto el orgulloso y el arrogante, como tampoco el perezoso y el indolente, ni el que va vestido con un traje sucio o impropio de una fiesta nupcial, aun cuando en esta vida se hubiere considerado digno de semejante honor y se hubiere furtivamente confundido entre los demás, lisonjeándose con una esperanza ilusoria.

Y después, ¿qué? Una vez entrados allí, el esposo sabe muy bien lo que va a enseñarnos, y cómo se entretendrá con las almas que le acompañaron al entrar. Pienso que se entretendrá con ellas introduciéndolas en los más excelentes y puros misterios. ¡Ojalá que también nosotros nos hagamos partícipes de tales misterios, tanto los que esto os enseñamos como los que aprendéis. En Cristo Señor nuestro, a quien corresponden la gloria y el poder por los siglos. Amén.


Ciclo B: Mc 12, 38-44

HOMILÍA

San Paulino de Nola, Carta 34 (2-4: CSEL 29, 305-306)

Demos al Señor, que recibe en la persona de cada pobre

¿Tienes algo —dice el Apóstol— que no hayas recibido? Por tanto, amadísimos, no seamos avaros de nuestros bienes como si nos perteneciesen, sino negociemos con ellos como con un préstamo. Se nos ha confiado la administración y el uso temporal de los bienes comunes, no la eterna posesión de una cosa privada. Si en la tierra la consideras tuya sólo temporalmente, podrás hacerla tuya eternamente en el cielo. Si recuerdas a aquellos empleados del evangelio que recibieron unos talentos de su Señor y lo que el propietario, a su regreso, dio a cada uno en recompensa, reconocerás cuánto más ventajoso es depositar el dinero en la mesa del Señor para hacerlo fructificar, que conservarlo intacto con una fidelidad estéril; comprenderás que el dinero celosamente conservado, sin el menor rendimiento para el propietario, se tradujo para el empleado negligente en un enorme despilfarro y en un aumento de su castigo.

Recordemos también a aquella viuda, que olvidándose de sí misma y preocupada únicamente por los pobres, pensando sólo en el futuro, dio todo lo que tenía para vivir, como lo atestigua el mismo juez. Los demás —dice— han echado de lo que les sobra; pero ésta, más pobre tal vez que muchos pobres —ya que toda su fortuna se reducía a dos reales—, pero en su corazón más espléndida que todos los ricos, puesta su esperanza en solas las riquezas de la eterna recompensa y ambicionando para sí solo los tesoros celestiales, renunció a todos los bienes que proceden de la tierra y a la tierra retornan. Echó lo que tenía, con tal de poseer los bienes invisibles. Echó lo corruptible, para adquirir lo inmortal. No minusvaloró aquella pobrecilla los medios previstos y establecidos por Dios en orden a la consecución del premio futuro; por eso tampoco el legislador se olvidó de ella y el árbitro del mundo anticipó su sentencia: en el evangelio hace el elogio de la que coronará en el juicio.

Negociemos, pues, al Señor con los mismos dones del Señor; nada poseemos que de él no hayamos recibido, sin cuya voluntad ni siquiera existiríamos. Y sobre todo, ¿cómo podremos considerar algo nuestro, nosotros que, en virtud de una hipoteca importante y peculiar, no nos pertenecemos, y no ya tan sólo porque hemos sido creados por Dios, sino por haber sido por él redimidos?

Congratulémonos por haber sido comprados a gran precio, al precio de la sangre del propio Señor, dejando por eso mismo de ser personas viles y venales, ya que la libertad consistente en ser libres de la justicia es más vil que la misma esclavitud. El que así es libre, es esclavo del pecado y prisionero de la muerte. Restituyamos, pues, sus dones al Señor; démosle a él, que recibe en la persona de cada pobre; demos, insisto, con alegría, para recibir de él la plenitud del gozo, como él mismo ha dicho.


Ciclo C: Lc 20, 27-38

HOMILÍA

San Ireneo de Lyon, Tratado contra las herejías (Lib 4, 5, 2—5, 4: SC 100, 428-436)

Yo soy la resurrección y la vida

Nuestro Señor y maestro, en la respuesta que dio a los saduceos, que niegan la resurrección, y que además afrentaban a Dios violando la ley, confirma la realidad de la resurrección y depone en favor de Dios, diciéndoles: Estáis muy equivocados, por no comprender las Escrituras ni el poder de Dios. Y acerca de la resurrección —dice—de los muertos, ¿no habéis leído lo que dice Dios: «Yo soy el Dios de Abrahán, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob?» Y añadió: No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos. Con estas palabras manifestó que el que habló a Moisés desde la zarza y declaró ser el Dios de los padres, es el Dios de los vivos.

Y ¿quién es el Dios de los vivos sino el único Dios, por encima del cual no existe otro Dios? Es el mismo Dios anunciado por el profeta Daniel, cuando al decirle Ciro, el persa: ¿Por qué no adoras a Bel?, le respondió: Yo adoro al Señor, mi Dios, que es el Dios vivo. Así que el Dios vivo adorado por los profetas es el Dios de los vivos, y lo es también su Palabra, que habló a Moisés, que refutó a los saduceos, que nos hizo el don de la resurrección, mostrando a los que estaban ciegos estas dos verdades fundamentales: la resurrección y Dios. Si Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, y, no obstante, es llamado Dios de los padres que ya murieron, es indudable que están vivos para Dios y no perecieron: son hijos de Dios, porque participan de la resurrección.

Y la resurrección es nuestro Señor en persona, como él mismo afirmó: Yo soy la resurrección y la vida. Y los padres son sus hijos; ya lo dijo el profeta: A cambio de tus padres tendrás hijos. Así pues, el mismo Cristo es juntamente con el Padre el Dios de los vivos, que habló a Moisés y se manifestó a los padres.

Esto es lo que, enseñando, decía a los judíos: Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando ver mi día: lo vio y se llenó de alegría. ¿Cómo así? Abrahán creyó a Dios y le fue computado como justicia. Creyó, en primer lugar, que él es el Creador del cielo y de la tierra, el único Dios, y, en segundo lugar, que multiplicaría su linaje como las estrellas del cielo. Es el mismo vocabulario de Pablo: Como lumbreras del mundo. Con razón, pues, abandonando toda su parentela terrena, seguía al Verbo de Dios, peregrinando con el Verbo, para morar con el Verbo. Con razón los apóstoles, descendientes de Abrahán, dejando la barca y al padre, seguían al Verbo de Dios. Con razón también nosotros, abrazando la misma fe que Abrahán, cargando con la cruz —como cargó Isaac con la leña— lo seguimos.

Efectivamente, en Abrahán aprendió y se acostumbró el hombre a seguir al Verbo de Dios. De hecho, Abrahán, secundando, en conformidad con su fe, el mandato del Verbo de Dios, consintió ofrecer en sacrificio a Dios su unigénito y amado hijo, para que también Dios tuviese a bien consentir en el sacrificio de su Hijo unigénito en favor de toda su posteridad, es decir, por nuestra redención. Por eso Abrahán, profeta como era, viendo en espíritu el día de la venida del Señor y la economía de la pasión, por la cual él mismo y todos los que creyeran como él comenzarían a estrenar la salvación, se llenó de intensa alegría.

 

DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO

EVANGELIO


Ciclo A:
Mt 25, 14-30

HOMILÍA

Orígenes, Comentario sobre el evangelio de san Mateo (68-69: PG 13, 1709-1710)

El justo siembra para el espíritu, y del Espíritu
cosechará vida eterna

Mi impresión, a propósito del presente pasaje, es ésta: que el justo siembra para el espíritu, y del Espíritu cosechará vida eterna. En realidad, todo lo que «otro», es decir, el hombre justo, siembra y recoge para la vida eterna, lo cosecha Dios, pues el justo es posesión de Dios, que siega donde no siembra, sino el justo.

Lógicamente diremos también que el justo reparte limosna a los pobres y que el Señor recoge en sus graneros todo lo que el justo ha repartido en limosnas a los pobres. Segando lo que no sembró y recogiendo lo que no esparció, considera y estima como ofrecido a sí mismo todo lo que se sembró o se esparció en los fieles pobres, diciendo a los que hicieron el bien al prójimo: Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo, porque tuve hambre y me disteis de comer, etc. Y porque quiere segar donde no sembró y recoger donde no esparció, al no encontrar nada dirá a los que no le dieron la oportunidadde segar y recoger: Apartaos de mí, malditos; id al fuego eterno preparado por el Padre para el diablo y sus ángeles, porque tuve hambre y no me disteis de comer, etc. Porque realmente es duro, como dice Mateo, o austero, según la expresión de Lucas, pero sólo para los que abusan de la misericordia de Dios por propia negligencia y no para su conversión, como dice el Apóstol: Fíjate en la bondad y en la severidad de Dios; para los que cayeron, severidad; para ti, su bondad, con tal que no te salgas de su bondad.

Pues para el que piensa que Dios es bueno, seguro de conseguir su perdón si se convierte a él, para él Dios es bueno. Pero para el que considera que Dios es bueno, hasta el punto de no preocuparse de los pecados de los pecadores, para ese Dios no es bueno, sino exigente. Pues Dios arde en ira contra los pecados de los hombres que le desprecian. Sin embargo, para que no dé la impresión de que Cristo siega lo que no hemos sembrado y recoge lo que no hemos esparcido, sembremos para el espíritu y esparzamos en los pobres, y no escondamos el talento de Dios en la tierra.

Porque no es buena esa clase de temor ni nos libra de aquellas tinieblas exteriores, si fuéremos condenados como empleados negligentes y holgazanes. Negligentes, porque no hemos hecho uso de la acendrada moneda de las palabras del Señor, con las cuales hubiéramos podido negociar y regatear el mensaje cristiano, y adquirir los más profundos misterios de la bondad de Dios. Holgazanes, porque no hemos traficado con la palabra de Dios la salvación, nuestra o la de los demás, cuando hubiéramos debido depositar el dinero de nuestro Señor, es decir, sus palabras, en el banco de los oyentes, que, como banqueros, todo lo examinan, todo lo someten a prueba, para quedarse con el dogma bueno y verdadero, rechazando el malo y falso, de suerte que cuando vuelva el Señor pueda recibir la palabra que nosotros hemos encomendado a otros con los intereses y, por añadidura, con los frutos producidos por quienes de nosotros recibieron la palabra. Pues toda moneda, esto es, toda palabra que lleva grabada la impronta real de Dios y la imagen de su Verbo, es legítima.


Ciclo B: Mc 13, 24-32

HOMILÍA

Gregorio de Palamás, Homilía 26 (PG 151, 339-342)

¡Ojalá que en el siglo futuro nos hallemos también
nosotros agregados a la muchedumbre de los salvados!

Los que tuvieren una fe recta en nuestro Señor Jesucristo y mostraren su fe con las obras; los que, atentos a sí mismos, se purificaren de la inmundicia de sus pecados mediante la confesión y la penitencia; los que se ejercitaren en las virtudes opuestas a los vicios: en la templanza, la castidad, la caridad, la limosna, la justicia y la verdad, todos éstos, resucitados, escucharán al mismo rey de los cielos: Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo, y así reinaran con Cristo, partícipes con él de un reino celestial y pacífico, viviendo eternamente en una luz inefable que no conoce ocaso ni noche que la interrumpa, conversando con los santos que fueron al principio en medio de las inenarrables delicias del seno de Abrahán, donde no hay dolor, ni luto, ni llanto.

Una es en efecto la cosecha de las espigas inanimadas; de las intelectuales —me estoy refiriendo al género humano— uno es también —y ya lo hemos mencionado—el segador, que congrega a la fe, del campo de la incredulidad, a los que reciben a los pregoneros del evangelio. Los segadores de esta mies son los apóstoles y sus sucesores y, en el tiempo de la Iglesia, los doctores. De éstos dijo Cristo: El segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna. Y los doctores de la piedad recibirán una recompensa tanto mayor cuantas más personas convencidas reúnan para la vida eterna.

Existe todavía otra mies: el traslado de cada uno de nosotros, después de la muerte, de la vida presente a la futura. Esta mies no tiene como segadores a los apóstoles, sino a los ángeles, que, en cierto modo, son superiores a los apóstoles, ya que una vez hecha la recolección, eligen y separan —como al trigo de la cizaña— a los malos de los buenos: a los buenos los llevarán al reino de los cielos, y a los malos al horno encendido.

La puesta en escena de todo esto, descrita en el evangelio de Cristo, la veremos otro día, cuando Cristo nos conceda el tiempo y las palabras para hacerlo. ¡Ojalá que también nosotros, que ahora somos el pueblo elegido de Dios, una nación consagrada, la Iglesia del Dios vivo, segregados de todos los hombres impíos e irreligiosos, así también en el siglo futuro nos hallemos segregados de los que son cizaña, y unidos a la muchedumbre de los salvados, en Cristo nuestro Señor! ¡Bendito él por siempre! Amén.


Ciclo C: Lc 21, 5-19

HOMILÍA

San Agustín de Hipona, Comentario sobre el salmo 95 (14.15: CCL 39, 1351-1353)

No pongamos resistencia a su primera venida,
y no temeremos la segunda

Aclamen los árboles del bosque, delante del Señor, que ya llega, ya llega a regir la tierra. Vino una primera vez, pero vendrá de nuevo. En su primera venida pronunció estas palabras que leemos en el Evangelio: Desde ahora veréis que el Hijo del hombre viene sobre las nubes. ¿Qué significa: Desde ahora? ¿Acaso no ha de venir más tarde el Señor, cuando prorrumpirán en llanto todos los pueblos de la tierra? Primero vino en la persona de sus predicadores, y llenó todo el orbe de la tierra. No pongamos resistencia a su primera venida, y no temeremos la segunda.

¿Qué debe hacer el cristiano, por tanto? Servirse de este mundo, no servirlo a él. ¿Qué quiere decir esto? Que los que tienen han de vivir como si no tuvieran, según las palabras del Apóstol: Digo esto, hermanos: que el momento es apremiante. Queda como solución que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no lo estuvieran; los que compran, como si no poseyeran; los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él: porque la representación de este mundo se termina. Quiero que os ahorréis preocupaciones. El que se ve libre de preocupaciones espera seguro la venida de su Señor. En efecto, ¿qué clase de amor a Cristo es el de aquel que teme su venida? ¿No nos da vergüenza, hermanos? Lo amamos y, sin embargo, tememos su venida.

¿De verdad lo amamos? ¿No será más bien que amamos nuestros pecados? Odiemos el pecado, y amemos al que ha de venir a castigar el pecado. El vendrá, lo queramos o no; el hecho de que no venga ahora no significa que no haya de venir más tarde. Vendrá, y no sabemos cuando; pero, si nos halla preparados, en nada nos perjudica esta ignorancia.

Aclamen los árboles del bosque. Vino la primera vez, y vendrá de nuevo a juzgar a la tierra; hallará aclamándolo con gozo, porque ya llega, a los que creyeron en su primera venida.

Regirá el orbe con justicia y los pueblos con fidelidad. ¿Qué significan esta justicia y esta fidelidad? En el momento de juzgar reunirá junto a sí a sus elegidos y apartará de sí a los demás, ya que pondrá a unos a la derecha y a otros a la izquierda. ¿Qué más justo y equitativo que no esperen misericordia del juez aquellos que no quisieron practicar la misericordia antes de la venida del juez? En cambio, los que se esforzaron en practicar la misericordia serán juzgados con misericordia. Dirá, en efecto, a los de su derecha: Venid, vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Y les tendrá en cuenta sus obras de misericordia: Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber, y lo que sigue.

Y a los de su izquierda ¿qué es lo que les tendrá en cuenta? Que no quisieron practicar la misericordia. ¿Y a dónde irán? Id al fuego eterno. Esta mala noticia provocará en ellos grandes gemidos. Pero, ¿qué dice otro salmo? El recuerdo del justo será perpetuo. No temerá las malas noticias. ¿Cuál es la mala noticia? Id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Los que se alegrarán por la buena noticia no temerán la mala. Esta es la justicia y la fidelidad de que habla el salmo.

¿Acaso, porque tú eres injusto, el juez no será justo? O, ¿porque tú eres mendaz, no será veraz el que es la verdad en persona? Pero si quieres alcanzar misericordia, sé tú misericordioso antes de que venga: perdona los agravios recibidos, da de lo que te sobra. Lo que das ¿de quién es sino de él? Si dieras de lo tuyo, sería generosidad, pero porque das de lo suyo es devolución. ¿Tienes algo que no hayas recibido? Estas son las víctimas agradables a Dios: la misericordia, la humildad, la alabanza, la paz, la caridad. Si se las presentamos, entonces podremos esperar seguros la venida del juez que regirá el orbe con justicia y los pueblos con fidelidad.

 

DOMINGO XXXIV DEL TIEMPO ORDINARIO

JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO
Solemnidad

EVANGELIO


Ciclo
A: Mt 25, 31-46

HOMILÍA

San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el evangelio de san Juan (Lib 9: PG 74, 266)

Cuando aparezca Cristo, entonces también vosotros
apareceréis juntamente con él, en la gloria

Después de su resurrección de entre los muertos, de-vuelta a su primitivo estado nuestra naturaleza, liberado el hombre de la corrupción, en calidad de primicias y en su primer templo, ascendió Jesús a Dios Padre, que está en los cielos. Pero transcurrido un breve intervalo de tiempo descenderá nuevamente —según creemos—, y volverá otra vez a nosotros en la gloria de su Padre, acompañado de sus santos ángeles, para convocar a todos, buenos y malos, al tremendo tribunal.

En efecto, todas las criaturas comparecerán a juicio: y retribuyendo lo que es equitativo de acuerdo con el mérito de la vida, dirá a los que estarán situados a su izquierda, esto es, a cuantos en el pasado se guiaron por sentimientos mundanos: Apartaos de mí, malditos; id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. En cambio, a los de su derecha, es decir, a los santos y a los buenos, les dirá: Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo.

Convivirán, pues, y conreinarán con Cristo y disfrutarán con grandísimo placer de los bienes celestiales, hechos semejantes a él en la resurrección, liberados de los lazos de la antigua corrupción, rodeados de larga e inefable vida para vivir eternamente con el Señor que vive para siempre. Y que han de vivir incesantemente con Cristo quienes hubieran vivido una vida buena y virtuosa, contemplando su divina e inefable belleza, lo declaraba Pablo cuando decía: Pues él mismo, el Señor, a la voz del arcángel y al son de la trompeta divina, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que aún vivimos, seremos arrebatados dos con ellos en la nube, al encuentro del Señor, en el aire. Y así estaremos siempre con el Señor.

Y dirigiéndose a quienes se esforzaron en mortificar las concupiscencias mundanas, dice nuevamente: Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en la gloria. Por lo cual, para resumir en pocas palabras la fuerza y el significado de este texto, diré que los que aman los males del mundo caerán en el infierno y serán arrojados lejos de la presencia de Cristo; en cambio, los amantes de la virtud y cuantos hubieren custodiado íntegras las arras del Espíritu convivirán con él, vivirán en su compañía y contemplarán su divina hermosura. Será —dice— el Señor tu luz perpetua, y tu Dios será tu esplendor.


Ciclo B: In 18, 33b-37

HOMILÍA

San Agustín de Hipona, Tratado 115 sobre el evangelio de san Juan (2-5: CCL 36, 644-646).

El reino de Cristo hasta el fin del mundo

Mi reino no es de este mundo. Su reino radica aquí pero sólo hasta el fin del mundo. En efecto, la siega es el fin del mundo, momento en que vendrán los segadores, es decir, los ángeles, y arrancarán de su reino a todos los corruptores y malvados, lo cual no sería factible si su reino no estuviera aquí. Y sin embargo no es de aquí, porque está en el mundo como peregrino. Por eso dice a su reino: No sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo.

Luego eran del mundo, cuando no eran reino suyo, sino que pertenecían al príncipe del mundo. Es, por tanto, del mundo todo lo que en el hombre es creado, sí, por el Dios verdadero, pero ha sido engendrado de la viciada y condenada estirpe de Adán; y se ha convertido en reino, ya no de este mundo, todo lo que a partir de entonces ha sido regenerado en Cristo. De esta forma, Dios nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido. De este reino dice: Mi reino no es de este mundo, o Mi reino no es de aquí.

Pilato le dijo: con que, ¿tú eres rey? Jesús le contestó: Tú lo dices: Soy rey. Y a continuación añadió: Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para ser testigo de la verdad. De donde se deduce claramente que aquí se refiere a su nacimiento en el tiempo cuando, encarnado, vino al mundo, no a aquel otro sin principio por el cual era Dios, y por medio del cual el Padre creó el mundo. Para esto dijo haber nacido, o sea, ésta es la razón de su nacimiento, y para esto ha venido al mundo —naciendo ciertamente de una virgen—, para ser testigo de la verdad. Pero como la fe no es de todos, añadió y dijo: Todo el que es de la verdad escucha mi voz.

Oye mi voz, pero con los oídos interiores, es decir, obedece mi voz, lo cual equivale a decir: Me cree. Siendo, pues, Cristo testigo de la verdad, da realmente testimonio de sí mismo. Suya es efectivamente esta afirmación: Yo soy la verdad. Y en otro lugar dice también: Yo doy testimonio de mí mismo. En cuanto a lo que añade: Todo el que es de la verdad, escucha mi voz, alude a la gracia con que llama a los predestinados.

Pilato le dijo: Y ¿qué es la verdad? Y no esperó a escuchar la respuesta, sino que dicho esto, salió otra vez adonde estaban los judíos y les dijo: Yo no encuentro en él ninguna culpa. Me supongo que cuando Pilato preguntó: ¿Qué es la verdad? le vino inmediatamente a la memoria la costumbre de los judíos de que por Pascua les pusiera a un preso en libertad, y por eso no le dio tiempo a Jesús para que respondiera qué es la verdad, a fin de no perder tiempo, al recordar la costumbre que podía ser una coartada para ponerle en libertad con motivo de la Pascua. Pues no cabe duda de que lo deseaba ardientemente. Pero no consiguió apartar de su pensamiento la idea de que Jesús era el rey de los judíos, como si allí —como lo hizo él en el título de la cruz la misma Verdad lo hubiera clavado, esa verdad de la que él había preguntado qué era.


Ciclo C: Lc 23, 35-43

HOMILÍA

San Juan Crisóstomo, Homilía sobre la cruz y el ladrón (1, 3-4: PG 49, 403-404)

La cruz, símbolo del reino

Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. No tuvo la audacia de decir: Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino antes de haber depuesto por la confesión la carga de sus pecados. ¿Te das cuenta de lo importante que es la confesión? Se confesó y abrió el paraíso. Se confesó y le entró tal confianza que, de ladrón, pasó a pedir el reino. ¿Ves cuántos beneficios nos reporta la cruz? ¿Pides el reino? Y, ¿qué es lo que ves que te lo sugiera? Ante ti tienes los clavos y la cruz. Sí, pero esa misma cruz —dice— es el símbolo del reino. Por eso lo llamo rey, porque lo veo crucificado: ya que es propio de un rey morir por sus súbditos. Lo dijo él mismo: El buen pastor da la vida por las ovejas: luego el buen rey da la vida por sus súbditos. Y como quiera que realmente dio su vida, por eso lo llamo rey: Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.

¿Ves cómo la cruz es el símbolo del reino? ¿Quieres otra confirmación de esta verdad? No la dejó en la tierra, sino que la tomó y se la llevó consigo al cielo. Y ¿cómo me lo demuestras? Muy sencillamente: porque en aquella su gloriosa y segunda venida aparecerá con ella, para que aprendas que la cruz es algo honorable. Por eso la llamó su «gloria».

Pero veamos cómo vendrá con la cruz, pues en este tema conviene poner las cartas boca arriba. Dice el evangelio: Si os insisten: «Mira, que Cristo está en el sótano», no os lo creáis; «mirá, que está en el desiterto», no vayáis. Hablaba de este modo de su segunda venida en gloria, previniéndonos contra los falsos cristos y contra el anticristo, para que nadie, seducido, cayera en sus lazos.

Como antes de Cristo debe aparecer el anticristo, para que nadie, buscando al pastor, caiga en manos del lobo, por eso te doy una señal para que identifiques la venida del pastor. Pues como la primera venida fue de incógnito, para que no pienses que la segunda ocurrirá de parecida manera, te doy esta contraseña. Y con razón la primera venida la realizó como de incógnito, pues vino a buscar lo que estaba perdido. Pero no así la segunda. Pues, ¿cómo? Porque igual que el relámpago sale del levante y brilla hasta el poniente, así ocurrirá con la venida del Hijo del hombre. Inmediatamente se hará patente a todos y nadie tendrá que preguntar si Cristo está aquí o está allí.

Igual que cuando brilla el relámpago no es necesario preguntar si se ha producido o no, así también en la venida de Cristo: no será necesario indagar si Cristo ha venido o no ha venido. Pero el problema era si aparecerá con la cruz, pues no nos hemos olvidado de lo prometido. Escucha, pues, lo que sigue. Entonces, dice. Entonces; pero, ¿cuándo? Cuando venga el Hijo del hombre, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor. Aquel día será tal la intensidad de la luz que se oscurecerán hasta las estrellas más luminosas. Entonces las estrellas caerán; entonces brillará en el cielo la señal del Hijo del hombre. ¿Ves cuál es el poder de la señal de la cruz?

Y al igual que al hacer un rey su entrada en una ciudad, los soldados le preceden llevando las insignias del soberano, precursoras de su llegada, así también, al bajar el Señor de los cielos, le precederán los ejércitos de ángeles y arcángeles enarbolando el glorioso lábaro de la cruz, y anunciándonos de esta suerte su entrada real.