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LECTIO DIVINA AGOSTO DE 2025

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El cántico de alabanza que resuena eternamente en las moradas celestiales y que Jesucristo, sumo Sacerdote, introdujo en este destierro ha sido continuado fiel y constantemente por la Iglesia situando a Dios como centro de nuestra vida durante todas las horas del día -Liturgia de las horas- y todos los días del año -Lectio Divina-

Día 1

 San Alfonso María de Ligorio, obispo y doctor de la Iglesia

LECTIO

Primera lectura: Levítico 23,1.4-11.15-16.27.34b-37

El Señor dijo a Moisés:

4 Éstas son las fiestas del Señor, las asambleas santas que convocaréis en las fechas establecidas.

5 El día catorce del mes primero, al atardecer, es la pascua del Señor.

6 Y el día quince del mismo mes es la fiesta de los panes ácimos en honor del Señor. Durante siete días comeréis pan sin levadura.

7 El primer día tendréis asamblea santa y no haréis ningún trabajo servil.

8 Durante siete días ofreceréis sacrificios en honor del Señor. El día séptimo será día de asamblea santa y no haréis en él ningún trabajo servil.

9 El Señor dijo a Moisés:

10 Di a los israelitas: Cuando hayáis entrado en la tierra que os voy a dar y seguéis la mies, llevaréis al sacerdote una gavilla de espigas como primicia de vuestra cosecha.

11 El sacerdote la ofrecerá delante del Señor con el rito de balanceo para que sea aceptada; hará el balanceo el día siguiente al sábado.

15 A partir del día siguiente al sábado, esto es, del día en que hayáis ofrecido la gavilla del balanceo, contaréis siete semanas completas.

16 Contaréis cincuenta días hasta el día siguiente al séptimo sábado y, entonces, ofreceréis al Señor una ofrenda de granos nuevos.

34  El día diez del mismo mes séptimo es el día de la expiación; tendréis asamblea santa, ayunaréis y ofreceréis sacrificios en honor del Señor. El día quince de este mes séptimo se celebrará durante siete días la fiesta de las tiendas en honor del Señor.

35 El primer día habrá asamblea santa y no haréis en él ningún trabajo servil.

36 Durante siete días ofreceréis sacrificios en honor del Señor; el día octavo tendréis asamblea santa y ofreceréis sacrificios al Señor; es día de asamblea solemne; no haréis en él ningún trabajo servil.

37 Éstas son las fiestas del Señor, en las cuales convocaréis asambleas santas, para ofrecer sacrificios en honor del Señor, holocaustos con ofrendas, sacrificios de comunión y libaciones: cada una en el día prescrito.

 

*•• El texto considera el ciclo litúrgico de las diferentes fiestas anuales según la redacción sacerdotal, vinculada con los medios de Jerusalén y encuadrada en la "ley de santidad". Consideradas bajo esta luz, las fiestas judías aparecen como asambleas del pueblo en el lugar santo, en presencia del Dios tres veces santo, y recuerdan su sucesión durante el ciclo anual para su digna celebración. Estas fiestas tienen la finalidad de hacer salir al individuo de su autosuficiencia, para insertarlo en una vida de dimensión comunitaria: cada hombre, en efecto, pertenece al pueblo, es una expresión del mismo y, a través de él, pertenece a Dios. Los elementos constitutivos de las fiestas de Israel son, esencialmente, dos: la convocación de la santa asamblea del pueblo y el descanso del trabajo. El primero marca el ritmo de la vida del pueblo y hace revivir, especialmente en la celebración litúrgica, el recuerdo de las maravillas llevadas a cabo por Dios en la historia judía; el segundo aleja al pueblo de las cosas materiales y cotidianas y lo introduce en el tiempo fuerte de Dios, donde toma conciencia del discurrir de la vida y de su significado de salvación.

Las fiestas judías, herencia cananea, siguen el ritmo agrario de las cosechas. La fiesta de la pascua es la fiesta que se celebra en honor de Dios a fin de asegurar la prosperidad de los rebaños, pero celebra todavía más la salvación que el pueblo ha conocido en su historia. El Señor, que cada año concede los frutos de la tierra y del ganado, es el mismo que ha manifestado su poder salvador para liberar a Israel. De este modo, la fiesta pascual se funde con los ácimos a fin de recordar la liberación de la esclavitud y la posesión de la tierra fértil. La fiesta de las semanas o de Pentecostés celebra la cosecha del trigo y también la entrega de la Ley por parte de Dios. La fiesta de las chozas recuerda la vendimia y el paso de Israel a través del desierto. En realidad, todas las fiestas cristianas se inspiran en las fiestas judías, aunque enriquecidas con el nuevo contenido cristiano.

 

Evangelio: Mateo 13,54-58

En aquel tiempo,

54 fue Jesús a su pueblo y se puso a enseñarles en su sinagoga. La gente, admirada, decía: -De dónde le vienen a éste esa sabiduría y esos poderes milagrosos?

55 No es éste el hijo del carpintero? No se llama su madre María, y sus hermanos, Santiago, José, Simón y Judas?

56 No están todas sus hermanas entre nosotros? De dónde, pues, le viene todo esto?

57 Y los tenía escandalizados. Pero Jesús les dijo: -Un profeta sólo es despreciado en su pueblo y en su casa.

58 Y no hizo allí muchos milagros por su falta de fe.

 

**• Tras el "discurso de las parábolas" {cf. 13,1-52), Mateo nos presenta a Jesús en la sinagoga de su pueblo, en Nazaret, rechazado por sus paisanos (cf. Me 6,1-6). Éstos, desde la admiración inicial por su sabia enseñanza (v. 54), pasan a preguntarse por la predicación del "hijo del carpintero", por María, su madre, por sus hermanos y hermanas (w. 55ss), e incluso se escandalizan de él. Con las palabras "y los tenía escandalizados" (v. 57), Mateo nos introduce en el misterio de la persona de Jesús. Sus paisanos quieren comprender a Jesús partiendo únicamente del aspecto humano, como habían hecho también, en otras circunstancias, sus mismos parientes (cf. Me 3,21). Su conocimiento humano se vuelve para los naturales de Nazaret un obstáculo para penetrar en la persona de Jesús y acogerle, para creer en él como el mesías esperado: "De dónde, pues, le viene todo esto?" (v. 56b).

Frente a este rechazo explícito, Jesús constata la verdad del proverbio: " Un profeta sólo es despreciado en su pueblo y en su casa" (v. 57b). La suerte que le espera a cada profeta verdadero, como la de Jesús y la de todo verdadero discípulo, es la incomprensión, el desprecio, el escarnio y la persecución, llevada hasta el sacrificio de la muerte a causa de la verdad. Serán precisamente la incomprensión y la falta de fe de sus paisanos las que impedirán a Jesús hacer allí muchos milagros, porque sólo la fe permite la comprensión del misterio de su persona de mesías e hijo de Dios.

 

MEDITATIO

El evangelio de hoy nos invita a reflexionar sobre la necesidad de captar la presencia de Dios en nuestra vida cotidiana. Es probable que los paisanos de Jesús estuvieran acostumbrados a encontrar a Dios en las grandes solemnidades festivas y en medio de las convocaciones de las que habla la primera lectura. En ellas, entre el incienso de las imponentes celebraciones y la sangre de los sacrificios ofrecidos en su honor, captaban la majestuosa presencia del Dios que había liberado a sus antepasados de la esclavitud de Egipto y les había guiado paso a paso, a través del desierto, en la conquista de la tierra prometida.

Por otra parte, también estaban acostumbrados desde hacía años al trato familiar con "el hijo del carpintero", Jesús, a quien habían visto crecer entre ellos como uno de tantos. Conocían a su madre, a sus hermanos y hermanas. Y ahora le veían ante ellos, pronunciando en la sinagoga unos discursos que les dejaban desconcertados. No conseguían conectar la vida cotidiana de un Jesús "ordinario y común" con la manifestación de su Dios. No conseguían ir más allá de lo habitual para captar lo que no era habitual en él. Y así andaban escandalizados por su causa, sin llegar a la fe en él. Con ello perdieron la ocasión de un encuentro de salvación con Dios, un encuentro que habría podido cambiar definitivamente su vida.

Esto mismo supone también un riesgo constante para nosotros: esperar encontrar a Dios sólo en circunstancias extraordinarias, en aquello que, según cierto modo de pensar, nos puede parecer que está más de acuerdo con su modo divino de ser, y no captar su presencia en la vida diaria. Sin embargo, precisamente por medio de Jesús, Dios nos ha hecho saber que manifiesta su presencia en la totalidad de la existencia, que hasta las cosas más pequeñas están penetradas por su presencia, porque él no es un Dios lejano, sino muy próximo. El desafío que brota de aquí es el de conseguir descubrirle y acogerle con gozo. Lo que en apariencia es obvio y se da por descontado, lo que pertenece a la vida de todos los días, lo que ya no llama la atención en las personas y en las cosas a las que estamos acostumbrados, es, para quien cree, como una especie de "sacramento" de la presencia benévola de Dios. La vigilancia a la que tantas veces nos invita Jesús en el Evangelio se refiere también a esto: es preciso que mantengamos los ojos bien abiertos, para no dejar escapar la dimensión divina que tienen todas las cosas. La fe las hace todas transparentes, mientras que su falta las hace todas opacas.

 

ORATIO

Te pedimos, oh Señor, que nos des unos ojos para ver tu presencia y tu acción salvífica dirigida a cada uno de nosotros en las realidades más comunes y ordinarias de la vida. Captar tu presencia en ciertos momentos extraordinarios de la vida no es demasiado difícil; es algo que se impone en cierto modo por sí mismo. Lo difícil es descubrirte en "el hijo del carpintero", en aquel a quien la vida nos ha acostumbrado y ya no nos llama la atención. Es una tarea difícil, pero también muy fecunda y gozosa para quien, en la fe, se confía a tu misterio.

Con tu ayuda, con el "colirio" que puedes aplicar a nuestros ojos (cf. Ap 3,18), "recuperaremos la vista" y podremos descubrirte hasta en las más pequeñas y acostumbradas cosas de la vida. Y entonces celebraremos una fiesta, como hicieron Jesús y nuestros hermanos y hermanas santos. Señor, danos un corazón sencillo y humilde que consiga captar tu paso en la brisa ligera, en el rostro de un pobre y de un niño, igual que en el cielo silencioso de una noche plena de estrellas y de tu presencia inconfundible y llena de paz.

 

CONTEMPLATIO

Dame, Señor, a conocer y entender qué es primero, si invocarte o alabarte, o si es antes conocerte que invocarte. Mas quién habrá que te invoque si antes no te conoce? Porque, no conociéndote, fácilmente podrá invocar una cosa por otra. Acaso, más bien, no habrá de ser invocado para ser conocido? Pero y cómo invocarán a aquel en quien no han creído? Y cómo creerán si no se les predica? Ciertamente, alabarán al Señor los que le buscan, porque los que le buscan le hallan y los que le hallan le alabarán.

Que yo, Señor, te busque invocándote y te invoque creyendo en ti, pues me has sido ya predicado. Invócate, Señor, mi fe, la fe que tú me diste e inspiraste por la humanidad de tu Hijo y el ministerio de tu predicador (Agustín de Hipona, Las confesiones, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 51968, pp. 73-74).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Dichoso el que no encuentre en mí motivo de tropiezo" (Le 7,23).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

En su ambiente [Jesús] chocaba con muchas almas acostumbradas que creían conocer a Dios porque habían oído hablar mucho de él. La gran paradoja de la historia cristiana consiste en esto: cuando Dios se manifestó al pueblo que se estaba preparando desde hacía dos mil años, casi nadie le reconoció, le recibió y le siguió hasta el final. Creían desde hacía tanto tiempo que ya no creían. El hábito de creer se había ido cambiando, de una manera insensible, en el hábito de no creer. Rezaban desde hacía tanto tiempo que ya no hacían otra cosa más que recitar oraciones. Esperaban desde hacía tanto tiempo que ya estaban seguros de que nada vendría a descomponer esa costumbre de esperar que se había ido convirtiendo, poco a poco, en una costumbre de no esperar nada.

Hay en esto una advertencia terrible para todos aquellos que, como nosotros, se creen familiarizados con las cosas divinas, piensan que están garantizados por su ascendencia o por su educación, se imaginan que la frecuentación de las iglesias o la práctica de los sacramentos constituyen un testimonio seguro de su pertenencia a Dios.

Nadie puede poner su confianza en las estructuras religiosas [...]. Ahora bien, todo el problema consiste en saber si somos nosotros quienes servimos a estas estructuras, las conservamos, las respetamos, o si, en cambio, nos servimos de ellas de una manera activa y personal. Ninguna estructura, por muy santa que sea, puede salvar por sí misma. Las estructuras son indispensables. A buen seguro, repugna una institución sin inspiración, pero toda inspiración engendra una institución. No hay matrimonio sin amor, pero un verdadero amor crea un verdadero matrimonio. No hay Iglesia sin Espíritu vivificador, pero el Espíritu se muestra visible y activo sólo en una comunidad fraterna: "Mirad cómo se aman" (L Evely, Meditazioni sul vangelo, Asís 1975, pp. 224-226).

 

 

 

Día 2

 Sábado de la XVII Semana del Tiempo Ordinario San Eusebio de Vercelli, obispo

LECTIO

Primera lectura: Levítico 25,1-8-17

En aquellos días,

1 el Señor dijo a Moisés en el monte Sinaí:

8 Contarás siete semanas de años, siete por siete, o sea, cuarenta y nueve años.

9 El día diez del séptimo mes harás sonar la trompeta. El día de la expiación haréis que resuene la trompeta por toda vuestra tierra.

10 Declararéis santo este año cincuenta y proclamaréis la liberación para todos los habitantes del país. Será para vosotros año jubilar y podréis volver cada uno a vuestra propiedad y a vuestra familia.

11 El año cincuenta será para vosotros año jubilar; no sembraréis, no segaréis las mieses crecidas espontáneamente ni vendimiaréis las viñas sin cultivar,

12 pues es año jubilar, y será santo para vosotros; comeréis en él lo que crezca espontáneamente en los campos.

13 En el año jubilar cada uno recobrará sus propiedades.

14 Si vendéis o compráis alguna cosa a vuestro prójimo, no os defraudaréis entre hermanos.

15 Comprarás a tu prójimo en proporción al número de años transcurridos después del año jubilar y, en razón de los años de cosecha que le quedan, él te fijará el precio de venta;

16 cuantos más queden, más le pagarás; cuantos menos queden, menos le pagarás, porque es un determinado número de cosechas lo que te vende.

17 No os defraudéis entre hermanos; temed a vuestro Dios. Yo soy el Señor, vuestro Dios.

 

** Además de las fiestas judías, la "ley de santidad" enumera también las normas de orden social para los años santos, es decir, tanto para el año sabático de cada siete años (una semana de años) como para el año jubilar de cada cincuenta años (siete semanas de siete años), realzando así el valor del día del sábado y el esquema septenario de la semana. En esta estructura económico-social subyacen, sin embargo, algunos elementos teológicos que ponen de relieve el desarrollo de la revelación divina. Al concepto religioso de Dios, creador y señor de la historia y del mundo, se vinculan los temas del rescate y de la remisión de las deudas.

Sobre el año jubilar, de carácter social aunque con un fundamento religioso, se habla sólo en este texto, en Nm 36,4 y en Ez 46,17. Éste había ido madurando tras la experiencia positiva del año sabático. La ley judía prescribía, en efecto, algunas normas relativas a la liberación de los esclavos, a la condonación de la deuda y a la misma restitución de las tierras a sus respectivos dueños, cosas que permitían vivir como hombres libres.

Estas normas tendían a resolver y a corregir algunos males y disfunciones sociales inherentes a la vida agrícola y urbana. Se deseaba eliminar, por ejemplo, el desequilibrio práctico sobre el problema de la riqueza caída en manos de unos pocos y la pobreza extendida, por el contrario, a la mayoría. Muchos de estos fenómenos, con frecuencia fruto de extorsiones y robos, creaban malestar entre el pueblo y desequilibrios en la sociedad, que se extendían asimismo al campo de la vida religiosa.

El fundamento religioso de estas leyes sociales, que se revelaron sabias, aunque no siempre se llevaron a la práctica de modo pleno, estaba en la concepción judía según la cual los bienes del mundo son iguales para todos: la tierra pertenece a Dios, que liberó al pueblo de la esclavitud de Egipto; los hombres son hermanos, y la libertad de la persona es un bien inalienable. Estos temas encuentran su verdadera realización en Jesús,  que será quien libere a la humanidad del mal y conceda el perdón de los pecados.

 

Evangelio: Mateo 14,1-12

1 Por entonces, el tetrarca Herodes oyó hablar de Jesús

2 y dijo a sus cortesanos: -Es Juan el Bautista, que ha resucitado de entre los muertos; por eso actúan en él los poderes milagrosos.

3 Es que Herodes había detenido a Juan, lo había encadenado y lo había metido en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo.

4 Pues Juan le decía: -No te es lícito tenerla por mujer.

5 Y, aunque quería matarlo, tuvo miedo al pueblo, que lo tenía por profeta.

6 Un día que se celebraba el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó en público y agradó tanto a Herodes

7 que éste juró darle lo que pidiese.

8 Ella, azuzada por su madre, le dijo: -Dame ahora mismo en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista.

9 El rey se entristeció, pero, por no romper el juramento que había hecho ante los comensales, mandó que se la dieran,

10 después de enviar emisarios para que cortaran la cabeza a Juan en la cárcel.

11 Trajeron la cabeza en una bandeja y se la dieron a la muchacha, la cual a su vez se la llevó a su madre.

12 Después vinieron sus discípulos, recogieron el cadáver, lo sepultaron y fueron a contárselo a Jesús.

 

**• El relato del martirio de Juan el Bautista se inserta en la historia del tiempo de Herodes Antipas, hijo de Herodes el Grande. El precursor del Mesías, profeta de una fuerte personalidad moral, había denunciado, en nombre de Dios, el pecado de Herodes. Herodías, amante de este último, recurriendo a una intriga sutil y perversa, consigue hacer ajusticiar al Bautista, aprovechando un juramente que su hija Salomé, muy grata al rey, había obtenido de Herodes. Mateo lleva buen cuidado en destacar que la figura del profeta, defensor de la Ley de Dios, perseguido y muerto, estará modelada a partir del mismo camino que recorrerá Cristo, cuya muerte anuncia (cf 17,2).

Ambos profetas, en efecto, fueron condenados por haber dado testimonio de la verdad, sin descender ni a compromisos ni a componendas de ningún tipo. La muerte de Juan el Bautista, que los mismos discípulos del Bautista comunicaron a Jesús, es la conclusión lógica de una vida empleada de modo coherente con su propia misión de precursor: "Después vinieron sus discípulos, recogieron el cadáver, lo sepultaron y fueron a contárselo a Jesús" (v. 12). Y este anuncio constituye para Jesús un indicio cierto de que él realizará su propia misión recorriendo el mismo camino de incomprensión y de muerte, siguiendo la lógica de los profetas rechazados por el pueblo. El hecho de que los discípulos se dirigieran a Jesús significa, por otra parte, para el evangelista Mateo, que Jesús se queda como el verdadero punto de referencia, como el testigo fiel del Padre.

 

MEDITATIO

Una de las cosas que sorprende en la narración evangélica es el poco valor que los poderosos atribuyen a la vida humana: para satisfacer la veleidad de una mujer, a la que estaba unido de manera adúltera, y para salvar la cara ante unos invitados, Herodes no dudó en hacer decapitar a Juan el Bautista. Precisamente, lo contrario que anunciaba ya en el Antiguo Testamento un salmo que esboza la figura ideal del rey de Israel: "Porque él librará al pobre que suplica, al humilde que no tiene defensor; tendrá piedad del pobre desvalido y salvará la vida de los pobres. Los librará de la violencia y la opresión, pues sus vidas valen mucho para él" (Sal 72,12-14).

Jesús, tal como se deduce de los evangelios, se batió hasta el final para defender la vida y la dignidad de todos y cada uno de los hijos de Dios, en particular de cada uno de los que menos tenían en la vida y no gozaban de una dignidad reconocida: los pecadores, que eran excluidos y marginados automáticamente por los llamados justos (cf. Le 18,8; Mt 9,13); los pobres y los sencillos, a quienes los ricos y los poderosos desatendían con indiferencia o incluso explotaban (cf. Le 16,19-21; 20,47); las mujeres, cuya igualdad en dignidad respecto al hombre era ignorada y estaba ofuscada de muchos modos (cf. Mt 19,3; 22,24-26)... Jesús intentó rescatarlos "de la violencia y del abuso", porque verdaderamente "su sangre era preciosa ante sus ojos". Al hacer suya la espiritualidad del jubileo proclamado en la primera lectura de hoy (cf. Le 4,18), llegó hasta el punto de derramar su propia sangre en la cruz por ellos. Su mensaje fue un mensaje de fraternidad universal, que daba la vuelta a toda actitud que estuviera en línea con la de Caín, asesino de su hermano. A la pregunta lanzada de una manera insolente a Dios por este último: "Soy yo acaso el guardián de mi hermano?" (Gn 4,9), Jesús respondió con la parábola del buen samaritano: Quién de los tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores? [...] Vete y haz tú lo mismo" (cf. Le 10,36ss).

Hoy hemos crecido, indiscutiblemente, en sensibilidad hacia la vida y la dignidad de todos, y, en particular, de los más débiles y excluidos. El Concilio Vaticano II, en el documento Dignitatis humanae, sancionó con claridad esta nueva sensibilidad también en el interior de la Iglesia. Diferentes tomas de posición del Magisterio eclesial de estos últimos años están claramente impregnadas por esta visión evangélica. Con todo, queda aún mucho por hacer en este campo. Hay todavía millones y millones de personas cuya vida y dignidad "no cuenta", hombres y mujeres que son pisoteados en su dignidad más elemental y cuya sangre no es "preciosa" a los ojos del mundo... Puede quedarse tranquilo ante esta realidad quien se considera discípulo de Jesús?

 

ORATIO

Haz que no nos quedemos tranquilos, oh Padre santo, ante el inmenso campo de trabajo que tenemos frente a nuestros ojos. Haz que, como Jesús, también nosotros asumamos la "espiritualidad del jubileo" y nos comprometamos seriamente, sin abandonos, en la defensa de la vida y la dignidad de todos nuestros hermanos y hermanas, sin excepción. Queremos ser solidarios en particular, oh Señor, con tus pobres, o sea, con aquellos -todavía muchos- cuya sangre no es preciosa a los ojos del mundo, como sí lo es, en cambio, a tus ojos.

Señor, Dios nuestro, tus profetas, como Juan el Bautista y tantos otros, pagaron un precio elevado por la fidelidad a su misión de servicio a los hermanos, y el valor que esa misión les imponía les llevó al sacrificio de su vida. Concédenos el coraje de la verdad, aunque tenga que costamos caro, y, siguiendo el ejemplo de Jesús, nuestro hermano, haz que le imitemos en la franqueza con la verdad y la justicia.

 

CONTEMPLATIO

Consagrémonos a la lectura de la santa Biblia, atraquemos en ella nuestras almas como en un muelle. De hecho, es un puerto al abrigo de la violencia de las olas, un muro que nada puede destruir, una torre que nunca puede caer, una gloria que nadie nos arrebatará, una armadura que resiste todos los golpes, una paz imperturbable, una alegría sin fin.

La Escritura nos preserva del desánimo, mantiene el alma serena, hace al pobre más rico que el rico, da la santidad a los pecadores y ayuda a los santificados. En nuestro caso, la Escritura nos ilumina sobre la riqueza y sobre la pobreza, de suerte que la riqueza no abra en nosotros la herida de la envidia y la pobreza no nos espante. Esto es así porque la Biblia, haciéndonos conocer la auténtica naturaleza de las cosas, nos impulsa a dejar de lado las sombras para abrazar la verdad. La sombra, aunque parece más grande que el cuerpo, sigue, no obstante, siendo sombra. Su misma grandeza no es sino apariencia: depende de los rayos del sol. Es tanto más grande cuanto más lejos están los rayos. A mediodía, cuando el sol brilla justamente sobre nuestras cabezas, la sombra se hace más pequeña, hasta desaparecer.

Lo mismo cabe decir de las cosas de la vida humana. Mientras están lejos de la Escritura, parecen grandes; sin embargo, cuando nos ponemos bajo la luz de la Palabra de Dios, parecen mezquinas y caducas, semejantes al agua del río, que apenas vemos un instante porque se va. Nos lo dice aquí el salmista. Se dirige a los desdichados, a los abatidos, a los pobres, que experimentan estupor ante el fasto y miedo ante los ricos. Para liberarlos de este temor, para inspirarles desprecio hacia esos pretendidos tesoros, escribe estas palabras (Juan Crisóstomo, "La Palabra de Dios es como el sol de mediodía", en El buen uso del dinero, Desclée de Brouwer, Bilbao 1995, pp. 71-72).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "El Señor tenga piedad de nosotros y nos bendiga" (Sal 66,2).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

!Ay de mí!, todavía una vez más, todos los días, se derrama sangre inocente a nuestro alrededor. Celebramos la eucaristía cada día, pero todos debemos recuperar el valor de ofrenda de nosotros mismos implícito en estas palabras de Jesús: "Mi cuerpo ofrecido por vosotros; mi sangre derramada por vosotros" [cf. Me 14,22-24). Con demasiada frecuencia, desde hace cuatro años, hemos encontrado, en la comunidad cristiana o en la sociedad argelina, hombres y mujeres que salían por la mañana para ir a su puesto de trabajo o que volvían a sus casas por la noche asumiendo valerosamente un riesgo asimilable al "cuerpo ofrecido y a la sangre derramada".

Y eso porque esas personas se negaban a someterse a una presión contraria a su conciencia y querían asumir sus fidelidades cotidianas, a pesar de los riesgos. Y, lo que es más doloroso aún, qué decir de aquellos que deben aceptar los mismos riesgos no por lo que respecta a ellos mismos, sino por lo que respecta a la vida de alguno de sus vecinos, a la de su marido, de su mujer, de un hermano o una hermana, de un hijo o una hija? La ofrenda de la propia vida hecha por Jesús se convierte entonces para nosotros, los cristianos, en el signo y el tipo de la multitud de "pasiones" infligidas a los inocentes por los conspiradores de la violencia. !Qué valor de verdad colectiva asume entonces la eucaristía en los actuales desórdenes del mundo que acontecen en muchos países, sobre todo en el continente africano!

Jesús vio crecer la oposición a su alrededor porque su libertad interior ponía en peligro las tradiciones religiosas de su pueblo. Permaneció fiel a sí mismo. No podía hacer otra cosa, si no quería renegar de sí mismo. Esta religión "en espíritu y en verdad" era, en efecto, su mismo ser. También ella nació del mismo amor por sus hermanos que le llevará a la entrega de sí mismo y que expresa el discurso de después de la cena: "Padre, que el amor con que me amaste pueda estar también en ellos" (Jn 17,26) Afortunadamente, hay vidas que se ofrecen sin derramamiento de sangre. Sin embargo, entre el sacrificio de Jesús y los ofrecimientos de nuestra vida diaria existe continuidad. La celebración eucarística de la ofrenda de sí mismo aceptada por Jesús nos arrastra en su movimiento interior de "entrega al Padre y a los hermanos". Aquí es donde nace la Iglesia "en espíritu y en verdad", la que manifiesta el mundo nuevo, cuya plena venida anticipamos cuando asumimos su sabor compartiendo el pan del Reino y viviendo la comunión con Cristo y con todos los hermanos. Sin embargo, la nueva creación es un don de Dios para todo el pueblo, porque es una ofrenda a todos los hombres "con los medios que Dios conoce" (H. Teissier, Accanto a un amico, Magnano 1998, pp. 41 y 44ss).


 

 

Día 3

 XVIII Domingo del Tiempo Ordinario


 

LECTIO

Primera lectura: Eclesiastés 1,2; 2,21-23

1,2 Vanidad de vanidades, dice Qohélet, vanidad de vanidades; todo es vanidad.

2,21 Porque hay quien trabaja con sabiduría, ciencia y acierto y tiene que dejar su heredad a quien no la ha trabajado. También esto es vanidad y grave daño.

22 Pues qué le queda al hombre de todos los trabajos y afanes que persiguió bajo el sol?

23 Todos sus días son sufrimiento, disgusto sus fatigas, y ni de noche descansa. También esto es vanidad.

 

**• "Vanidad" (en hebreo, hevel) es la palabra característica de Qohélet. La sitúa al comienzo del libro y la repite cinco veces en el primer versículo después del título (v. 2). El término se repite setenta y tres veces en el Antiguo Testamento, de las que treinta y ocho (por consiguiente, más de la mitad) corresponden al libro de este sabio que vivió unos doscientos años antes de Cristo.

La palabra significaba en su origen "soplo de viento" o "exhalación"; en sentido traslaticio significa "realidad inconsistente y transitoria". Decir que las cosas son "vanidad" significa que son evanescentes, caducas o efímeras. La palabra ya era conocida por la tradición: "El hombre es como un soplo", se dice, por ejemplo, en Sal 39,6; 62,10; 144,4; pero Qohélel la convierte en un estribillo en sus reflexiones sobre el hombre, sobre sus obras y sobre las cosas en general: "Todo es vanidad" (1,2); "He observado todas las obras que se hacen bajo el cielo y me he dado cuenta de que todo es vanidad y caza de viento" (1,14); "Quién sabe lo que es bueno para el hombre en la vida, en los días contados de su frágil vida, que pasan como una sombra?" (6,12). El ámbito en el que "vanidad" significa vacuidad, ilusión y engaño, como cuando se aplica a los falsos dioses, es el de quien trabaja mucho y se apega a las riquezas como a un ídolo, pues "tiene que dejar su heredad a quien no la ha trabajado" (2,21). Es el texto que hemos leído como primera lectura, y prepara el evangelio, pero el tema está desarrollado también en otros pasajes (cf. 2,17.19.26; 4,7.8; 5,9; 6,2). Después de esta reflexión se vuelve más apremiante la búsqueda de lo que verdaderamente cuenta.

 

Segunda lectura: Colosenses 3,1-5.9-11

Hermanos:

3,1 Así pues, ya que habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios.

2 Pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra.

3 Habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios;

4 cuando aparezca Cristo, vuestra vida, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con él.

5 Destruid, pues, lo que hay de terreno en vosotros: fornicación, impureza, liviandad, malos deseos y codicia, que es una especie de idolatría.

9 No os engañéis unos a otros; despojaos del hombre viejo y de sus acciones

10 y revestíos del hombre nuevo que, en busca de un conocimiento cada vez más profundo, se va renovando a imagen de su creador.

11 Ya no existe distinción entre judíos y no judíos, circuncidados y no circuncidados, más y menos civilizados, esclavos y libres, sino que Cristo es todo en todos.

 

**• Señalemos tres momentos de nuestra unión con el Señor Jesús: "Habéis resucitado con Cristo", "vuestra vida está escondida con Cristo", "también vosotros apareceréis gloriosos con él". El bautismo nos hace partícipes de la resurrección de Cristo, nos hace morir al pecado y compartir la vida humilde y escondida de Cristo, y, por último, tomar parte en su glorificación: "Apareceréis gloriosos con él". Durante esta vida tenemos el compromiso de desarrollar los dos primeros momentos: el que nos hace morir "a las cosas de la tierra", a los comportamientos malos que derivan de la naturaleza humana corrupta (v. 5), y el que busca "las cosas de arriba", mediante el cual el cristiano se renueva de continuo y se convierte en "imagen" viva cada vez más semejante al Padre, junto al cual se ha sentado el Señor resucitado (w. 1.10).

Señalemos en particular dos cosas negativas que debemos evitar. La primera es mentirnos recíprocamente. Ese modo de actuar ya no tiene ninguna razón de ser: los otros no son extraños, como eran los griegos para los judíos y los bárbaros para los griegos, sino que en virtud del bautismo son hermanos, en los que está presente Cristo que "es todo en todos" (w. 9.11). Los cristianos, a través de sus relaciones fraternas, deben cultivar la sinceridad y la lealtad. La segunda realidad negativa que debemos hacer morir es la "codicia, que es una especie de idolatría" (v. 5). La amonestación es un punto de conexión entre esta perícopa y las otras dos lecturas litúrgicas.

 

Evangelio: Lucas 12,13-21

En aquel tiempo,

13 uno de entre la gente le dijo: -Maestro, di a mi hermano que reparta conmigo la herencia.

14 Jesús le dijo: -Amigo, quién me ha hecho juez o árbitro entre vosotros?

15 Y añadió: -Tened mucho cuidado con toda clase de avaricia; que aunque se nade en la abundancia, la vida no depende de las riquezas.

16 Les dijo una parábola: -Había un hombre rico, cuyos campos dieron una gran cosecha.

17 Entonces empezó a pensar: "Qué puedo hacer? Porque no tengo donde almacenar mi cosecha".

18 Y se dijo: "Ya sé lo que voy a hacer; derribaré mis graneros, construiré otros más grandes, almacenaré en ellos todas mis cosechas y mis bienes,

19 y me diré: Ahora ya tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y pásalo bien".

20 Pero Dios le dijo: "!Insensato! Esta misma noche vas a morir. Para quién va a ser todo lo que has acaparado?".

21 Así le sucede a quien atesora para sí, en lugar de hacerse rico ante Dios.

 

*• Un hombre le dice a Jesús: "Maestro, di a mi hermano que reparta conmigo la herencia" (v. 13). Una mujer le había pedido que interviniera ante su hermana: "Dile, pues, que me ayude" (Lc 10,40). Dos contextos diferentes, pero una petición análoga. En ambos casos se niega Jesús a hacer de "mediador". Sin embargo, aprovecha la ocasión para dar al hombre y a la mujer una lección referente, en el fondo, a la misma "preocupación", que puede presentarse con formas diferentes: "La semilla que cayó entre cardos se refiere a los que escuchan el mensaje pero luego se ven atrapados por las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida, y no llegan a la madurez" (Lc 8,14). Aquí, los cardos que amenazan con apagar la vida del hombre son la "avaricia", la avidez del tener. Jesús nos indica el motivo por el que debemos evitarla: porque "la vida no depende de las riquezas" (v. 15). Lo explica con una parábola donde quien ha alcanzado la abundancia y proyecta gozar de ella -"descansa, come, bebe y pásalo bien" (v. 19)- de repente se ve privado de la vida, con una amarga consecuencia: "!Insensato! [...] Para quién va a ser todo lo que has acaparado?" (v. 20). Se repite la triste situación vista ya por Qohélet (2,21): "Porque hay quien trabaja con sabiduría, ciencia y acierto y tiene que dejar su heredad a quien no la ha trabajado. También esto es vanidad y grave daño".

Los bienes, y la vida para obtenerlos y gozarlos, son ambos "un don de Dios" (Ecl 5,17ss). Ese hombre ha hecho las cuentas para él solo, no "ante Dios". Ha olvidado al dueño de la vida y se ha encerrado en la abundancia de los bienes. Ésta ha demostrado ser incapaz de garantizarle la vida, que está en las manos de Dios. Sólo él es la roca sobre la que es posible apoyarse. Dios establece también los criterios de cómo usar la riqueza: los tiene en cuenta quien se enriquece "ante Dios", se olvida de ellos el que acumula tesoros "para sí" (12,21).

En esta parábola, "un hombre rico" (v. 16) olvida la dimensión vertical de la vida. En Le 16 aparecen otras dos parábolas que ilustran la dimensión horizontal de la riqueza: uno la usa en beneficio del prójimo y el otro la goza olvidando a los pobres. Un hombre rico tenía un administrador astuto, que pensó tiempo atrás qué haría cuando fuera despedido y, haciendo descuentos a los deudores de su dueño, se aseguró el futuro: con ello se muestra que haciendo el bien a los otros con las riquezas puestas a nuestra disposición nos aseguramos un porvenir feliz junto a Dios. El otro "hombre rico" es el epulón, que no se da cuenta del pobre Lázaro que está a la puerta de su casa y pretende en el más allá que Lázaro sobrevuele por encima del abismo para venir a refrescarle la lengua.

 

MEDITATIO

En la primera lectura y en el evangelio vamos a poner de relieve dos mensajes que iluminan nuestra vida. El primero es el de la vanidad de los bienes de este mundo y hasta de las mismas obras humanas, aunque estén realizadas "con sabiduría, ciencia acierto" (Ecl 2,21). No prolongan la vida del que las hace; ellas mismas están condenadas a perecer. La arqueología descubre fatigosamente ciudades y civilizaciones que durante un tiempo fueron lamosas y de las que después han desaparecido hasta sus mismas huellas. Grandes catástrofes naturales muestran la fragilidad de obras maestras y de monumentos considerados como imperecederos. Una enfermedad imprevista hace añicos los proyectos de un hombre o de una familia, como una estatua de bronce con pie de barro golpeada por una piedra (cf. Dn 2,31-34). A veces, basta con una circunstancia imprevisible para hacer partir en humo un sueño, para dejar en nada una enorme inversión financiera. Son muchos los que, cuando llegan a determinada edad, experimentan un profundo sentido de inutilidad y de frustración en sus distintas actividades -incluido el ministerio pastoral-, en las que se habían comprometido con entusiasmo. Y todo ello antes incluso de que lleguen "los días tristes" de la vejez, cuando digamos: "No me gustan" (Ecl 12,1).

El término "vanidad" puede atravesar, por tanto, como una nube oscura las experiencias de nuestra vida. Ahora bien, esa reflexión es ambivalente. Puede engendrar depresión y dejar sin motivación cualquier iniciativa, pero puede llevar también a la "sabiduría del corazón" (Sal 90,12), por lo que aparece justamente como un estribillo en un libro sapiencial como es el Eclesiastés. Ahora bien, con tal de que se lea hasta el final, donde se encuentra la clave para proceder a una reflexión equilibrada: "Conclusión del discurso: Todo está oído. Teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque en esto consiste ser hombre" (12,13). Éste es el segundo mensaje, que nos viene sobre todo del evangelio: el hombre no debe ser "insensato", como el agricultor rico. Había olvidado que la vida depende de Dios (Lc 12,20) y no esperaba a su señor vigilando "con la cintura ceñida y las lámparas encendidas" (12,35). Ése es el riego que corremos nosotros en la actual sociedad consumista: "Acumular tesoros para sí" teniendo puestos los ojos en los bienes de la tierra. El Creador no está contra la tierra, que confió al hombre "para que la cultivara" (Gn 2,15). Sin embargo, el dueño sigue siendo Dios, que busca en el hombre "un administrador fiel y prudente", capaz de hacer fructificar los talentos. La relación con Dios, el obrar según sus leyes, da un sentido positivo a las realidades terrenas, aunque sean caducas, y convierte el trabajo en un instrumento de felicidad: "Dichoso el siervo a quien su señor, cuando llegue, le encuentre trabajando" (Lc 12,43). El hombre no está condenado a la vanidad y a la pobreza, sino que está llamado a "enriquecerse ante Dios" (12,21).

Eso no significa acumular riquezas ante los ojos de un Dios "lejano" e indiferente, sino administrar todo lo que sirve para vivir, pero buscando por encima de todo el Reino de Dios y su justicia, confiando en la Providencia y abriendo el corazón a la solidaridad (12,29-34).

 

ORATIO

Aplicándonos a nosotros mismos las reflexiones precedentes, se nos invita a alabar al Padre por la luz que difunde sobre nuestra vida. Le damos gracias por habernos hecho comprender el sentido positivo que le ha dado. Le pedimos perdón si hemos gastado el tiempo casi únicamente en acumular bienes para nosotros, "sin temor de Dios", planteando nuestro modo de vivir como si él no existiera y no nos hubiera dirigido nunca su palabra de amor y de orientación para nuestra vida. Si es así, pidámosle el don de convertirnos, de cambiar de mentalidad.

Imploremos "la sabiduría del corazón", que nos proporciona el sentido de la relatividad de las cosas humanas y, al mismo tiempo, de su importancia como instrumentos de nuestra relación con Dios. El "nuevo humanismo", que incluye ser sabios en la administración responsable de las realidades de este mundo según la ley de Dios, para nuestra utilidad y para la de los hermanos, es una gracia que debemos impetrar {cf. GS 31.55).

 

CONTEMPLATIO

La primera lectura y el evangelio nos ofrecen estímulos no sólo para la meditación y la oración, sino también para obtener una visión más amplia de las cosas en Dios.

El drama de la "vanidad" consiste en el hecho de que las cosas tienen su belleza y su bondad, que atraen el ojo y el corazón del hombre, el cual, en un segundo momento, experimenta con decepción su falacia. De este proceso habla el autor del libro de la Sabiduría. Para él, está claro el principio fundamental: "Por la grandeza y hermosura de las criaturas se descubre, por analogía, a su Creador" (13,5). Sin embargo, los hombres corren el riesgo de mostrarse miopes: "Se dejan seducir por la apariencia" "maravillados por su belleza, las tomaron por dioses". De ahí el reproche: "Verdaderamente necios..." (13,1.3.6.7). El espíritu humano, "si se libera de la esclavitud de las cosas" (GS 57), puede pasar de una manera expedita de la admiración por ellas a la contemplación del Creador: "Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad" (Rom 1,20).

El Dios creador es el mismo Dios salvador que nos ha enviado a su Hijo. En el evangelio de hoy, meditado a la luz de su contexto inmediato y el del capítulo siguiente (16), Jesús nos abre de una manera gradual los ojos hacia un horizonte cada vez más extenso, un horizonte que nos introduce en la visión de Dios y de su plan sobre el hombre. Si Qohélet se inclinaba a equiparar a hombres y bestias -"No ha superioridad del hombre sobre las bestias, porque todo es vanidad" (3,19)-, Jesús nos revela, en cambio, que existe una gran diferencia: "La vida vale más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido.. y vosotros valéis mucho más que los pajarillos" (12,23ss). Nos muestra sobre todo que la administración de esta vida, aunque esté revestida de fragilidad, es decisiva para la futura: "Enriquecerse ante Dios" significa tratar con desprendimiento los bienes de la tierra para hacernos "un tesoro inagotable en los cielos" (12,33). Jesús no nos pide que despreciemos las riquezas de este mundo, sino que las valoremos en relación con un bien inmensamente mayor: la vida eterna.

Dios nos ha mostrado que la vida del hombre es preciosa a sus ojos al dejar que su Hijo diera su vida por nosotros. De este modo, el Hijo ha liberado de la "vanidad" a los hijos de Dios y a toda la creación, indicando su sentido último (cf. Rom 8,19-25). Al bordar con "las obras buenas" el tejido de las frágiles realidades humanas, nos preparamos una "feliz esperanza" (Tit 2,13ss). Ahora bien, el arco iris que une la vida presente con la futura sólo es visible para quien cree en el Señor Jesús, muerto y resucitado: el Padre "por su gran misericordia, a través de la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho renacer para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarchitable" (1 Pe l,3ss).

Realizar la experiencia de la contemplación a partir de las lecturas de hoy, tras haber meditado y orado sobre ellas, significa, por tanto, pasar de la reflexión sobre la Palabra de Jesús, que nos ilumina sobre la necia y la prudente administración de los bienes, a la visión de la "extraordinaria riqueza de la gracia" de Dios preparada "para nosotros en Cristo Jesús" (Ef 2,7).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Nuestra vida no depende de nuestros bienes" (cf. Lc 12,15).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Muy presto será contigo este negocio; mira cómo te has de componer.

Hoy es el hombre y mañana no parece.

En quitándolo de la vista, presto se va también de la memoria.

!Oh torpeza y dureza del corazón humano, que solamente piensa en lo presente y no se cuida de lo por venir!

Así habías de conducirte en toda obra y pensamiento, como si hoy hubieses de morir.

Si tuvieses buena conciencia, no temerías mucho la muerte.

Mejor fuera evitar los pecados que huir de la muerte.

Si no estás dispuesto hoy, cómo lo estarás mañana?

Mañana es día incierto, y qué sabes si amanecerás mañana?

Qué aprovecha vivir mucho, cuando tan poco nos enmendamos?

!Ah! La larga vida no siempre nos enmienda; antes muchas veces añade pecados.

!Ojalá hubiéramos vivido siquiera un día bien en este mundo!

Muchos cuentan los años de su conversión, pero muchas veces es poco el fruto de la enmienda.

Si es temeroso el morir, puede ser que sea más peligroso el vivir mucho.

Bienaventurado el que tiene siempre la hora de la muerte delante de sus ojos y se dispone cada día a morir.

Si has visto alguna vez morir un a hombre, piensa que por aquella carrera has de pasar.

Cuando fuere de mañana, piensa que no llegarás a la noche; y cuando fuere de noche, no te atrevas a prometerte la mañana.

Por eso, estáte siempre prevenido y vive de tal manera que nunca te halle la muerte inadvertido.

Muchos mueren de repente, porque "en la hora que no se piensa vendrá el Hijo del Hombre" (Lc 12,40).

Cuando viniere aquella hora postrera, de otra suerte comenzarás a sentir de toda tu vida pasada y te dolerás mucho de haber sido tan negligente y perezoso.

!Qué bienaventurado y prudente es el que vive de tal modo cual desea que lo halle Dios en la muerte!

Porque el perfecto desprecio del mundo, el ardiente deseo de aprovechar en las virtudes, el amor de la observancia, el trabajo de la penitencia, la prontitud de la obediencia, la abnegación de sí mismo, la paciencia en toda adversidad por amor deCristo, aran confianza te darán de morir felizmente.

Muchas cosas buenas puedes hacer cuando estás sano, pero, cuando enfermo, no sé qué podrás. Pocos se enmiendan en la enfermedad, y los que andan en muchas romerías, tarde se santifican.

No confíes en amigos ni en vecinos, ni dilates para después tu salvación, porque más presto de lo que piensas estarás olvidado de los hombres.

Mejor es ahora, con tiempo, prevenir algunas buenas obras que envíes adelante, que esperar en el socorro de otros.

S! tú no eres solícito para ti ahora, quién tendrá cuidado de ti después?

Ahora es el tiempo muy precioso; "ahora son los días de salud; ahora es el tiempo aceptable" (2 Cor 6,2).

Pero, !ay dolor!, que lo gastas sin aprovecharte, pudiendo en él ganar con qué vivir eternamente.

Vendrá cuando desearías un día o una hora para enmendarle, y no sé si te será concedida.

!Oh hermano! !De cuánto peligro te podrías librar y de cuan grave espanto salir si estuvieses siempre temeroso de la muerte y preparado para ella!

Trata ahora de vivir de modo que en la hora de la muerte puedas más bien alegrarte que temer.

Aprende ahora a morir al mundo, para que entonces comiences a vivir con Cristo.

Aprende ahora a despreciarlo todo, para que entonces puedas libremente ir a Cristo.

Castiga ahora tu cuerpo con penitencia, para que entonces puedas tener confianza cierta.

!Oh necio! Por qué piensas vivir mucho, no teniendo un día seguro?

!Cuántos se han engañado y han sido separados del cuerpo cuando no lo esperaban!

Cuántas veces oíste contar que uno murió a cuchillo, otro se ahogó, otro cayó de lo alto y se quebró la cabeza, otro comiendo se quedo pasmado, a otro jugando le vino su fin? Uno murió con fuego, otro con hierro, otro de peste, otro pereció a mano de ladrones, y así la muerte es fenecimiento de todos, y la vida de los hombres se pasa como sombra rápidamente.

Quién se acordará de ti, y quién rogará por ti después de muerto?

Haz ahora, hermano, haz lo que pudieres, que no sabes cuándo morirás; no sabes lo que te acaecerá después de la muerte.

Ahora que tienes tiempo, atesora riquezas inmortales.

Nada pienses fuera de tu salvación y cuida solamente de las cosas de Dios.

"Granjéate ahora amigos", venerando a los santos de Dios e imitando sus obras, "para que cuando salieres" de esta vida "te reciban en las moradas eternas" (Lc 16,9).

Trátase como huésped y peregrino sobre la tierra a quien no le va nada en los negocios del mundo.

Guarda tu corazón libre y levantado a Dios, porque aquí "no tienes domicilio permanente" (Heb 13,14) (Tomás de Kempis, La imitación de Cristo, I, 23).

 

 

 

Día 4

 San Juan María Vianney, presbítero

LECTIO

Primera lectura: Números 11,4b-15

4 En aquellos días, los israelitas se pusieron a llorar diciendo: -!Ojalá tuviéramos carne para comer!

5 !Cómo nos acordamos del pescado que comíamos en Egipto de balde, de los pepinos y melones, de los puerros, cebollas y ajos!

6 y ahora languidecemos, pues sólo vemos maná.

7 El maná era como la semilla del coriandro, y su color, como el del bedelio.

8 El pueblo se esparcía para recogerlo, y lo molían en molinos o lo machacaban en el almirez. Después lo cocían en una caldera y hacían tortas que sabían a pasta amasada con aceite.

9 Cuando el rocío caía sobre el campo por la noche, caía sobre él el maná.

10 Oyó Moisés cómo el pueblo se quejaba, reunido por familias a las puertas de las tiendas, provocando gravemente la ira del Señor, y muy contrariado se dirigió al Señor diciendo:

11 -Por qué tratas mal a tu siervo? Por qué me has retirado tu confianza y echas sobre mí la carga de todo este pueblo?

12 Acaso lo he concebido yo o lo he dado a luz para que me digas: "Llévalo sobre tu regazo como lleva la nodriza a su criatura y condúcelo hacia la tierra que prometí a sus padres?

13 Dónde puedo yo encontrar carne para todo este pueblo, que  viene a mí llorando y me dice: "Danos carne para comer"?.

14 Yo solo no puedo soportar a este pueblo; es demasiada carga para mí.

15 Si me vas a tratar así, prefiero morir. Pero si todavía gozo de tu confianza, pon fin a mi aflicción.

 

**• Reemprendemos el camino de Israel por el desierto. El pueblo, liberado de la esclavitud de Egipto, está cansado. No ha llegado aún a la tierra prometida. El desierto se convierte en el lugar de la tentación y de la prueba, de la murmuración y de la revuelta. Más que tener la mirada puesta en la salvación obtenida y en el don recibido de Dios, mira hacia atrás con nostalgia, hasta adoptar la inverosímil actitud de añorar los alimentos que comían en Egipto. !Mejor esclavos en Egipto que libres en el desierto con el maná de Dios! Un alimento ligero que sabía a pasta amasada con aceite y no llenaba el estómago; un pueblo descontento, prácticamente incapaz de reconocer los dones de Dios: la libertad y el alimento que viene del cielo.

Y con el pueblo, precisamente porque está ligado visceralmente a su destino, aparece la profunda crisis de Moisés, el caudillo decepcionado por su gente, que se queja a Dios. Es la suerte del mediador que debe identificarse con el destino de su pueblo y permanecer fiel a su Dios. La oración de Moisés, que anticipa los lamentos del salmista y de los profetas, es significativa también por su realismo. El amigo de Dios también puede enfadarse con él. Y es que el pueblo es del Señor, no de Moisés. Por esa razón, el audaz lamento del caudillo de Israel pone en tela de juicio, como una razón extrema, la fidelidad paterna y materna de Dios. Moisés le pide a Dios, de una manera indirecta, que sea padre y madre del pueblo que ha engendrado.

 

Evangelio: Mateo 14,13-21

En aquel tiempo,

13 Jesús, al enterarse de lo sucedido, se retiró de allí en una barca a un lugar tranquilo para estar a solas. La gente se dio cuenta y le siguió a pie desde los pueblos.

14 Cuando Jesús desembarcó y vio aquel gran gentío, sintió compasión de ellos y curó a los enfermos que traían.

15 Al anochecer, sus discípulos se acercaron a decirle: -El lugar está despoblado y es ya tarde; despide a la gente, para que vayan a las aldeas y se compren comida.

16 Pero Jesús les dijo: -No necesitan marcharse; dadles vosotros de comer.

17 Le dijeron: -No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces.

18 Él les dijo: -Traédmelos aquí.

19 Y después de mandar que la gente se sentase en la hierba, tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, se los dio a los discípulos y éstos a la gente.

20 Comieron todos hasta hartarse, y recogieron doce canastos llenos de los trozos sobrantes.

21 Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

 

**• El fragmento evangélico presenta a Jesús en medio del trabajo cotidiano de su ministerio: entre la soledad del desierto y la presencia en medio de las muchedumbres; entre el diálogo con el Padre, en el desierto, y el ministerio de la evangelización. Mateo subraya asimismo el aspecto subjetivo de la experiencia de Jesús, su compasión, que se hace efectiva a través de la manifestación concreta de una salvación que sale al encuentro de los deseos de quienes le siguen y esperan un milagro de él. Jesús, médico del cuerpo y del espíritu, cura a los enfermos (v. 14).

En medio del desierto, o bien en algún lugar solitario, fuera de los pueblos y de las ciudades, se presenta un problema humano, muy concreto: dar de comer a la muchedumbre de gente que le sigue. Enviarlos a sus casas es la respuesta obvia de los discípulos. Darles de comer la respuesta del corazón de Cristo. Ésa es también la respuesta de su omnipotencia de Mesías. Cinco panes y dos peces, sólo para comenzar, constituyen la base para un insólito milagro de multiplicación de los alimentos, un milagro destinado a saciar a una muchedumbre de más de cinco mil personas (v. 21).

Aparece aquí todo el sabor de una comida sagrada, de una comunión viva con Jesús, el Mesías, y, a través de él, con el Dios de la creación y de la vida. La acción de Jesús, típica de la tradición judía de la comida sagrada, que es reconocimiento del don de Dios, es litúrgica y eucarística: toma con sus manos los panes y los peces; pronuncia la bendición u oración de acción de gracias; parte los panes y los distribuye a los discípulos, que aprenden de Jesús el gesto del reparto. Una acción simbólica, un hecho real de largo alcance. Una acción que tiene que ver con nuestra eucaristía diaria, pan partido y multiplicado en todo el mundo.

 

MEDITATIO

Aunque no están ligadas entre sí de una manera estructural, ambas lecturas dejan entrever una unidad temática que recorre el mensaje bíblico de hoy.

En la lectura del libro de los Números encontramos un pueblo en camino, sometido al cansancio y a la prueba; un pueblo al que le resulta fácil ceder a la nostalgia del pasado cuando no se deja dirigir por el espíritu de fidelidad a la alianza estipulada con YHWH, sino por ese instinto mucho más fuerte del hambre y del placer que producen los alimentos, aunque se trate de ajos y cebollas.

El camino de Israel por el desierto fue considerado siempre por los Padres de la Iglesia un paradigma del itinerario del cristiano y de la Iglesia. El futuro produce espanto; el alimento "ligero" del espíritu no basta. La nostalgia del pasado está al acecho. El pueblo no capta la delicadeza de las exigencias de Dios. Todo camino cristiano tiene sus pruebas. Pero !ay del que mira hacia atrás! Al cristiano no le falta el alimento cotidiano, ni tampoco ese alimento ligero y cotidiano de la Palabra y del pan y el vino eucarísticos. Pero qué es este alimento ligero para hacer frente a la pesadez de la vida diaria? Sin embargo, Dios no tiene otro alimento definitivo para darnos.

El episodio evangélico presenta a Jesús, cual nuevo  Moisés en el desierto, en medio de una muchedumbre cansada, hambrienta, enferma, a la que tal vez le cuesta un poco seguir a un Mesías del que lo espera todo, incluso una liberación política. La respuesta de Jesús es eficaz, milagrosa. Pero, en el fondo, Jesús no hace milagros cada día. Los signos que realiza necesitan también ser recibidos con fe, lo mismo que su persona. Por lo demás, Jesús no vive sino de la comunión diaria con el Padre y de la sencillez con la que comparte todo con sus discípulos. Y esto es suficiente. En el caso del cristiano, el maná cotidiano de la Palabra y de la eucaristía es también pan para el camino, viático para la jornada.

 

ORATIO

Nos sentimos reflejados, Señor, en la actitud del pueblo de Israel en el desierto También nosotros, aun recibiendo cada día el maná que nos ofrece la salvación, sentimos en el fondo de nuestro corazón nostalgias inconfesables de otros alimentos y de otras bebidas. La ligereza del alimento celestial a menudo no nos basta y, aun habiendo experimentado la libertad y la liberación con el éxodo del pecado, mirarnos hacia atrás, soñando con los ojos abiertos al pasado y olvidándonos casi del don de la liberación. Nuestro desierto se vuelve en ocasiones árido, y el camino por él se hace pesado, y de este modo nos dejamos engañar por espejismos, por paisajes absolutamente imaginarios. Señor Jesús, queremos ser peregrinos por el desierto de la vida, pero sin sentir nostalgia del pasado, sino tendiendo más bien hacia el futuro de una tierra de promisión. Más aún: deseamos no sólo no aumentar el número de los murmuradores decepcionados, sino expresarte nuestro agradecimiento por el alimento diario de la Palabra y de la eucaristía. Y contigo, como en la multiplicación de los panes y los peces, dirigir la mirada al Padre, darle gracias por su dones, compartiendo con todos la alegría de sentirnos amados por un Padre providente.

 

CONTEMPLATIO

Así pues, Jesús, en virtud de la fuerza que había dado a sus discípulos para alimentar también a los otros, les dijo: "Dadles vosotros de comer". Y ellos, sin negar que podían dar algunos panes, pero creyendo que eran muy pocos e insuficientes para alimentar a todos los que habían seguido a Jesús, no tenían en cuenta que, al tomar cualquier pan o palabra, Jesús los hace aumentar cuanto quiere, haciendo que sean suficientes para todos aquellos a quienes quiere alimentar, y dicen: "No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces". Cinco, porque tal vez entendían de una manera enigmática que los cinco panes son los discursos sensibles de las Escrituras, y por eso tienen el mismo número que los cinco sentidos; los peces, en cambio, son dos, y representan la palabra pronunciada y la interior, como "condumio" para los sentidos escondidos en las Escrituras, o bien tal vez la palabra llegada hasta ellos sobre el Padre y el Hijo Hasta que llevaron a Jesús estos cinco panes y estos dos peces, no aumentaron, no se multiplicaron, ni pudieron alimentar a muchos; pero cuando el Salvador los cogió, en primer lugar levantó los ojos al cielo, como para hacer descender, con los rayos de sus ojos, un poder que habría penetrado en aquellos panes y aquellos peces, destinados a alimentar a cinco mil hombres; en segundo lugar, bendijo los cinco panes y los dos peces, haciendo que aumentaran y se multiplicaran con la palabra y la bendición; y, en tercer lugar, los dividió, los partió y los dio a sus discípulos para que se los dieran a la muchedumbre [...]. Hasta este momento -me parece y hasta el fin del mundo, los doce canastos, llenos del pan de vida que las muchedumbres no fueron capaces de comer, están junto a los discípulos (Orígenes, Commento al vangelo di Matteo, Roma 1998, I, pp. 175-179, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Basta con tomar una palabra de allí para tener un viático para toda la vida" (Juan Crisóstomo).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La Palabra de Dios es venerable como el cuerpo de Cristo. La mesa de las Escrituras, como la de la eucaristía, ofrece a los fieles un mismo y único Señor. Quien comulga la Palabra, como quien comulga el Pan de vida participa de Cristo Jesús. Del mismo modo que, cuando se distribuye el cuerpo de Cristo, llevamos buen cuidado de que no caiga nada en tierra, así también debemos tener el mismo cuidado de no dejar escapar de nuestro corazón la Palabra de Dios que nos es dirigida, hablando y pensando en otra cosa. Y es que quien escucha la Palabra de Dios de manera negligente no será menos culpable que el que, por negligencia, deja caer en tierra el cuerpo del Señor.

Palabra y eucaristía tienen la misma importancia, ambas son "venerables". Y la veneración que les debemos es la misma que adora al Señor presente en la Palabra y presente en la eucaristía. Aquí está presente bajo las especies del pan y el vino; allí, bajo la especie de las palabras humanas. Podemos hablar de una presencia real de Cristo en la Escritura, real como la presencia en la eucaristía, aun siendo esta última sacramental.

La escucha de la Palabra constituye siempre un excelente catecumenado que nos enseña a vivir según el Evangelio. Constituye asimismo una eficaz preparación - la mejor- para la liturgia eucarística propiamente dicha. Ahora bien, es infinitamente más que un arado que prepara la tierra de nuestro corazón para que pueda fructificar en ella, y, a buen seguro, más que una escuela de vida cristiana: es, esencialmente, celebración de Cristo presente en su Palabra, puesto que cuando en la iglesia se leen las Sagradas Escrituras es él quien habla (L. Deiss, Vivere la Parola !n comunitá, Turín 1976, pp. 304-306 [edición española: Celebración de la Palabra, Ediciones San Pablo, Madrid 1992]).


 

 

 

Día 5

 Martes de la XVIII Semana del Tiempo Ordinario La Dedicación de la Basílica de Santa María

 

LECTIO

Primera lectura: Números 12,1-13

En aquellos días,

1 María y Aarón murmuraban contra Moisés a causa de la mujer cusita que éste había tomado por esposa.

2 Decían: -Acaso ha hablado el Señor sólo con Moisés? No ha hablado también con nosotros? El Señor lo oyó.

3 Moisés era el hombre más humilde y sufrido del mundo.

4 El Señor dijo a Moisés, a Aarón y a María: -Id los tres a la tienda del encuentro. Así lo hicieron.

5 El Señor descendió en la columna de nube y se detuvo a la entrada de la tienda. Llamó a Aarón y a María, y ambos se acercaron.

6 El Señor les dijo: -Oíd mis palabras: Cuando hay entre vosotros un profeta, yo me revelo a él en visión y le hablo en sueños.

7 Pero con mi siervo Moisés no hago esto, porque él es mi hombre de confianza.

8 A él le hablo cara a cara, a las claras y sin enigmas. Moisés contempla el semblante del Señor. Cómo os habéis atrevido a hablar contra mi siervo Moisés?

9 El Señor se irritó contra ellos y se fue.

10 Apenas había desaparecido la nube de encima de la tienda, María apareció cubierta de lepra, blanca como la nieve. Aarón se volvió hacia María y la encontró cubierta de lepra.

11 Aarón dijo a Moisés: -Perdón, mi Señor. No nos hagas responsables del pecado que neciamente hemos cometido.

12 No dejes a María como un aborto, que sale ya medio consumido del vientre de su madre.

13 Moisés clamó entonces al Señor diciendo: -!Oh Dios, sánala, por favor!

 

*•• El presente fragmento del libro de los Números introduce a los tres personajes clave del éxodo: Moisés, Aarón y María, su hermana. En medio de ellos está presente Dios como juez, amigo y protector de Moisés.

Tampoco entre los grandes hombres faltan piedras de tropiezo, habladurías y envidias. Éste es el caso de Aarón y María, incapaces de considerar a Moisés en toda su grandeza, como elegido de Dios, por el simple hecho de que había tomado como esposa a una mujer etíope. Quieren ser como él, tal vez más que él; ser investidos también ellos de un poder profético como el del caudillo de Israel. Pero Dios viene en ayuda de su siervo, le defiende y realiza un juicio solemne. El lugar de esta teofanía de YHWH es la "tienda del encuentro", lugar de la presencia (Shehinah) del mismo Dios, donde está presente con su gloria (kabod), simbolizada por la columna de nube y por la nube misma, que marca la presencia y el ausentarse de Dios (cf. w. 5.10).

Allí tiene lugar un juicio tan severo como sincero. Dios toma la defensa de Moisés. Entre la multitud de profetas presentes en el pueblo, es Moisés el profeta por excelencia; más aún, es el amigo y confidente de Dios. Las palabras con las que YHWH toma la defensa de Moisés son emotivas y ponen de manifiesto su singular elección como amigo y confidente: "A él le hablo cara a cara, a las claras y sin enigmas. Moisés contempla el semblante del Señor" (v. 8). El texto transmite la convicción del pueblo sobre la grandeza de Moisés, el amigo de Dios, del mismo modo que se revela en otros fragmentos del Pentateuco.

El castigo infligido a María nos parece excesivo. Sin embargo, se trata de un signo. Y, de nuevo, la oración confiada de Moisés, la audacia que muestra al pedir a Dios la curación, manifiesta de verdad que habla a Dios con la audacia confiada de un amigo.

 

Evangelio: Mateo 14,22-36

En aquel tiempo, después de haber saciado a la muchedumbre,

22 Jesús mandó a sus discípulos que subieran a la barca y fueran delante de él a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.

23 Después de despedirla, subió al monte para orar a solas. Al llegar la noche estaba allí solo.

24 La barca, que estaba ya muy lejos de la orilla, era sacudida por las olas, porque el viento era contrario.

25 Al final ya de la noche, Jesús se acercó a ellos caminando sobre el lago.

26 Los discípulos, al verlo caminar sobre el lago, se asustaron y decían: -Es un fantasma. Y se pusieron a gritar de miedo.

27 Pero Jesús les dijo en seguida: -!Animo! Soy yo, no temáis.

28 Pedro le respondió: -Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre las aguas.

29 Jesús le dijo: -Ven. Pedro saltó de la barca y, andando sobre las aguas, iba hacia Jesús.

30 Pero al ver la violencia del viento se asustó y, como empezaba a hundirse, gritó: -!Señor, sálvame!

31 Jesús le tendió la mano, lo agarró y le dijo: -!Hombre de poca fe! Por qué has dudado?

32 Subieron a la barca, y el viento se calmó.

33 Y los que estaban en ella se postraron ante Jesús, diciendo: -Verdaderamente, eres Hijo de Dios.

34 Terminada la travesía, tocaron tierra en Genesaret.

35 Al reconocerlo los hombres del lugar, propagaron la noticia por toda aquella comarca y le trajeron todos los enfermos.

36 Le suplicaban que les dejara tocar siquiera la orla de su manto, y todos los que la tocaban quedaban sanos.

 

*• El evangelio de hoy nos presenta otra jornada de la vida de Jesús. En este pasaje se narran aspectos de su vida diaria que la tradición sinóptica ha recogido. Nos referimos a los momentos de oración y de soledad que pueblan la vida del Maestro. "Después de despedirla [a la muchedumbre], subió al monte para orar a solas. Al llegarla noche estaba allí solo" (v. 23). La semejanza con la perícopa referida a Moisés, como orante y amigo de Dios, nos sugiere la aproximación de ambos personajes.

Ahora bien, aquí se trata de Jesús; no de un amigo, sino del Hijo mismo orando. Una oración intensa, que dura toda una noche. Un fragmento paralelo de Lucas (6,12), en el que se alude a que Jesús pasó una noche en oración antes de la elección de los discípulos, confirma esta costumbre del Señor, una costumbre que despertaba admiración en los discípulos.

Sobre el fondo de esta presentación del Maestro, que vive el misterio de su relación orante con Dios, se manifiesta asimismo su trascendencia divino-humana, caminando sobre las aguas. Las palabras del Maestro tranquilizan a los discípulos, que están llenos de miedo. El instintivo Pedro, acostumbrado a su mar de Galilea, quiere caminar sobre las aguas como Jesús. Prueba a hacerlo, pero está a punto de hundirse. El miedo a la muerte hace brotar de él una oración sentida y profunda, una oración en la que implora la salvación: "!Señor, sálvame!" (v. 30). Con su reacción, Jesús, que reprocha a Pedro su miedo y denuncia su falta de fe (v. 31), se presenta a nuestros ojos como Salvador, a la luz de la revelación de su superioridad divina.

 

MEDITATIO

Los dos fragmentos de la Escritura ponen el acento en la presencia y en la intervención de Dios en la vida cotidiana. Es una presencia fuerte, que podríamos definir muy bien como teofánica, "manifestadora de Dios".

Una presencia majestuosa en la que nos demuestra que él se encuentra situado en el centro de la vida y de la historia y que le alcanzamos, siempre a una equidistancia entre su presencia y su trascendencia, a través del diálogo de la oración. Moisés aparece, en la primera lectura, como el confidente de Dios. La tienda aparece como el lugar visible donde Dios viene al encuentro de su pueblo y se deja encontrar. El Dios afable, dialogante, que toma la defensa de Moisés, manifiesta también su calidad de Dios amigo, dispuesto a defender a su elegido. Y también solícito a la hora de escuchar su oración.

Jesús, el Hijo predilecto, más grande que Moisés, es también un orante; más aún, es el lugar de la oración, la nueva tienda del encuentro donde Dios se hace presente, el nuevo templo donde Dios se reúne con los hombres. Jesús, mientras ora durante la noche, se convierte en la tienda del encuentro, misteriosamente iluminada por la columna de nube, por la gloria del Señor. Una gloria que le envuelve, aunque sea en pocos momentos -como en la Transfiguración-, y en la que se manifiesta

a los ojos de sus discípulos en toda su grandeza. El Jesús que camina sobre las aguas es el Dios del éxodo liberador, el Creador que domina sobre su criatura. Y es también el Dios que se manifiesta con el realismo de un hombre, no de un fantasma, a pesar del estupor que despierta verle caminar sobre las aguas del lago. De ahí que Jesús, ante esta revelación, pida fe en él, confianza en su persona. En la oración de Moisés se manifiesta nuestra oración de intercesión, que nos hace amigos y confidentes. En la oración de Pedro se manifiesta nuestra necesidad de salvación.

 

ORATIO

Señor, nos gustaría vivir en tu presencia, como Moisés, tu siervo amigo; como Jesús, tú Hijo amadísimo. Sabemos que, para Moisés, la tienda era el lugar del encuentro.

Mas para Jesús, también el cosmos era la tienda cubierta por la bóveda celeste, iluminada por las estrellas brillantes, lugar de la presencia de nuestro inmenso Padre y Creador.

Concédenos experimentar en la oración, prolongada también algunas veces durante la noche, tu viva participación en los acontecimientos de nuestra vida cotidiana; concédenos sentir que siempre estás despierto para escuchar y acoger nuestra súplica. Queremos ser como Moisés, que hablaba contigo como un amigo habla con su amigo. Más aún, como Jesús, inmerso en tu corazón de Padre.

Concédenos la sabiduría de una oración de súplica como la de Pedro: "!Señor, sálvame!". Pero también la generosa intercesión de la oración de Moisés por todas aquellas personas a las que amamos y queremos que se salven en el cuerpo y en el espíritu: "!Oh Dios, sánalas, por favor!".

 

CONTEMPLATIO

Y Jesús subió a la montaña, a orar en un lugar apartado. A orar por quién? Por las muchedumbres, a fin de que, después de haber comido los panes de la bendición, no hicieran nada contrario a la despedida que habían recibido de Jesús; y también por los discípulos, a fin de que, obligados por él a subir a la barca y a precederle en la orilla opuesta, no tuvieran que sufrir ningún mal en el mar, ni por parte de las olas que sacudían la barca, ni por parte del viento contrario.

Y me atrevería a decir que, gracias a la oración de Jesús, dirigida al Padre por sus discípulos, éstos no sufrieron ningún mal, a pesar de la furia del mar, de las olas y del viento que soplaba en contra suya [...]. Si un día tenemos que debatirnos en medio de pruebas ineludibles, recordemos que fue Jesús quien nos obligó a subir a la barca porque quería que le precediéramos en la otra orilla. No es posible, en efecto, llegar a la otra orilla sin sostener las pruebas de las olas y de los vientos contrarios. Después, cuando nos veamos rodeados de muchas y penosas dificultades y estemos cansados de navegar entre ellas durante tanto trecho con nuestras modestas fuerzas, deberemos pensar que nuestra barca está, precisamente en ese momento, en medio del mar, agitada por olas que quieren hacernos naufragar en la fe o en cualquier otra virtud [...]. Y cuando veamos que se nos aparece el Logos, nos sentiremos turbados hasta que hayamos comprendido claramente que el Salvador ha venido a nosotros [...].

Él nos hablará enseguida y nos dirá: "!Animo! Soy yo, no temáis". Inmediatamente después, mientras Pedro esté todavía hablando y diciendo: "!Señor, sálvame!", el Logos extenderá su mano, le ayudará, lo cogerá en el momento en que empieza a hundirse y le reprenderá por su poca fe y por haber dudado. Con todo, observa que no dice: "Incrédulo", sino: "!Hombre de poca fe!", y que añade también: "Por qué has dudado y, aun teniendo la fe, te has inclinado hacia el lado contrario? (Orígenes, Commento al vangelo di Matteo I, Roma 1998, pp. 194-197, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "!Señor, sálvame!" (Mt 14,30b).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Practicamos con una gran frecuencia la intercesión; oramos por nuestros padres, por aquellos que nos aman. Sin embargo, nuestra intercesión se limita, con excesiva frecuencia, a una llamada dirigida a Dios, aunque se trate de una llamada afligida y sincera: "!Mira, Señor!", "!Señor, ten piedad!", "!Señor, ayúdanos! !Ven en ayuda de los que están necesitados!" [...]. Lo que hacemos es una especie de recordatorio, dirigido a Dios, de lo que sigue siendo imperfecto en este mundo. Pero cuántas veces estamos dispuestos a hablar como hace Isaías cuando oye preguntar a Dios: "A quién enviaré?" (Is 6,8)? Cuántas veces estamos dispuestos a levantarnos y a decir: "Aquí estoy, Señor, envíame"? Sólo de este modo puede convertirse nuestra intercesión en lo que es por naturaleza.

Interceder no quiere decir hablar al Señor en favor de aquellos que se encuentran en necesidad; significa dar un paso, un paso que nos lleva al corazón mismo de una situación, que nos leva allí de una manera definitiva y hace que no podamos echarnos atrás de ninguna manera, porque ahora nos hemos entregado y pertenecemos a esta situación. En una situación de máxima tensión, el corazón es el punto donde el choque se vuelve más violento y el tormento más cruel: ahí es donde se sitúa el acto de intercesión. Todo compromiso que se vuelve intercesión implica una solidaridad de la que ya no queremos prescindir.

Esta solidaridad la encontramos en Dios: él se compromete en el mismo instante en que nos llama con su Palabra a la existencia, sabiendo que le abandonaremos, que le perderemos y que será él quien deba encontrarnos de nuevo no allí donde él está, sino allí donde nos encontremos nosotros, con todo lo que eso implica (de una conferencia del metropolita A. Bloom, citado en E. Bianchi [ed.], Letture per ogni giorno, Leumann 1980, pp. 412ss).

 

 

Día 6

La Transfiguración del Señor  

 

Día 7

 Jueves de la XVIII Semana del Tiempo Ordinario San Cayetano, presbítero

LECTIO

Primera lectura: Números 20,1-13

En aquellos días,

1 la comunidad de Israel en su totalidad llegó al desierto de Sin el primer mes, y el pueblo acampó en Cades. Allí murió María, y allí fue sepultada.

No había agua para la comunidad, y ésta se amotinó contra Moisés y Aarón.

3 El pueblo se quejaba contra Moisés diciendo: -!Ojalá hubiéramos muerto con nuestros hermanos ante el Señor!

4  Por qué habéis traído a la asamblea del Señor a este desierto, para que muramos nosotros y nuestros ganados?

Por qué nos sacasteis de Egipto para traernos a este lugar maldito, donde no hay semillas, ni higueras, ni viñas, ni ganados, ni siquiera agua para beber?

6 Moisés y Aarón se apartaron de la comunidad hacia la entrada de la tienda del encuentro. Cayeron rostro a tierra y se les manifestó la gloria del Señor.

7 El Señor dijo a Moisés:

8 -Toma el bastón y reúne a la comunidad. Cuando esté reunida, ordenad a la roca tú y tu hermano Aarón que dé agua, y harás brotar para ellos agua de la roca, y les darás de beber a ellos y a sus ganados.

9 Moisés tomó el bastón que estaba ante el Señor, como él le había ordenado,

10 convocó, junto con Aarón, a la comunidad delante de la roca y les dijo: -!Oíd, rebeldes! Podremos nosotros hacer brotar agua de esta roca?

11 Entonces Moisés alzó el brazo y golpeó dos veces la roca con el bastón. Brotaron de ella aguas en abundancia, y bebieron todos, junto con sus ganados.

12 El Señor dijo a Moisés y a Aarón: -Por no haber creído en mí, por no haber reconocido mi santidad en presencia de los israelitas, no seréis vosotros quienes introduzcan a este pueblo en la tierra que yo le doy.

13 Éstas son las aguas de Meribá (es decir, de la Querella), donde los israelitas se querellaron con el Señor y él les mostró su santidad.

 

*•• Prosiguiendo el camino del pueblo de Israel por el desierto, según la narración sacerdotal del libro de los Números, nos encontramos con un conocido episodio del que también se habla en Ex 17,1-17. Es diferente el lugar: aquí se trata de Cades, donde fue sepultada María; según la versión del libro del Éxodo, fue Masa y Meribá, literalmente el lugar de la murmuración y de la prueba. Los dos caudillos, Moisés y Aarón, tienen que vérselas con las murmuraciones del pueblo: esta vez, después de aquella otra relacionada con el maná, la murmuración está relacionada con la subsistencia del pueblo por la falta de agua, cosa obvia en el largo trayecto que recorrieron por el desierto. De nuevo aparecen lamentaciones y maldiciones, la insoportable acusación contra los dos jefes que les llevaron al desierto, aunque en realidad la protesta va dirigida contra YHWH.

También esta vez se dirigen Moisés y Aarón al Señor, presente en la tienda del encuentro, lugar visible de la presencia y la proximidad de Dios. También esta vez el Dios condescendiente y compañero de viaje ofrece un remedio milagroso a la sequía: ordena a Moisés que golpee la roca con el bastón y brota de ella agua en abundancia tanto para el pueblo como para el ganado. Pero, esta vez, al episodio de Ex 17,1-17 se le añade un detalle: la duda de Moisés y de Aarón al ejecutar la orden del Señor (aunque el texto no lo diga de una manera explícita).

Se habla, en efecto, del castigo por su incredulidad y se anticipa ahora la suerte futura de Moisés y de Aarón: no entrarán en la tierra prometida. La conclusión de este episodio, señalada por el texto en el v. 13, es importante: los israelitas se han atrevido a contender con su Dios, pero éste es un Dios santo y fiel.

Pablo recuerda la lección enlazando el episodio del maná y el del agua de la roca, y los aplica a la vida cristiana: "Todos comieron el mismo alimento espiritual y todos bebieron la misma bebida espiritual; [...] Sin embargo, la mayor parte de ellos no agradó a Dios y fueron por ello aniquilados en el desierto" (1 Cor 10,3-5). Se trata de una invitación a permanecer fieles al Señor hasta el final.

 

Evangelio: Mateo 16,13-23

En aquel tiempo,

13 de camino hacia la región de Cesárea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: -Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?

14 Ellos le contestaron: -Unos que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas.

15 Jesús les preguntó: -Y vosotros, quién decís que soy yo?

16 Simón Pedro respondió: -Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.

17 Jesús le dijo: -Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque eso no te lo ha revelado ningún mortal, sino mi Padre, que está en los cielos.

18 Yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder del abismo no la hará perecer.

19 Te daré las llaves del Reino de los Cielos, y lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.

20 Entonces mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

21 Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y que tenía que sufrir mucho por causa de los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la Ley; que lo matarían y al tercer día resucitaría.

22 Entonces Pedro, tomándolo aparte, se puso a recriminarle: -Dios no lo quiera, Señor; no te ocurrirá eso.

23 Pero Jesús, volviéndose, dijo a Pedro: -!Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son como los de Dios, sino como los de los hombres.

 

**• Este fragmento evangélico contiene el conocido e importante texto de la confesión de Pedro. Se desarrolla en cuatro momentos, con una fuerte tensión entre ellos. El primero está constituido por la pregunta de Jesús; el segundo, por las respuestas de los apóstoles y de Pedro, que se erige en portavoz de los discípulos con su acto de fe en Cristo, el Hijo de Dios vivo. Viene, a continuación, la solemne promesa hecha a Pedro y, en él, a quien le suceda a la cabeza de la Iglesia. Todo concluye con un episodio de lo más enigmático: al oír las palabras de Jesús referentes a su suerte futura, Pedro, al que poco antes Jesús le había dirigido palabras de revelación de gran honor y responsabilidad, quiere disuadir al Maestro de ese destino y recibe de éste un reproche con palabras duras: "!Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí un obstáculo" (v. 23).

He aquí algunas indicaciones para realizar una lectura fructuosa de este conocido pasaje. El marco en el que se desarrolla este episodio es, según muchos exégetas, Banias, lugar situado en las fuentes del Jordán, donde se encuentra una gran roca, evocada por Jesús en la frase que dirige a Pedro. Este último aparece aquí, tal como ocurre en otros episodios del evangelio, como el "corifeo", como el portavoz de la fe de los apóstoles. Las palabras de la confesión son esenciales, y contienen los títulos de Jesús: Mesías e Hijo de Dios (cf. v. 16). Las palabras de la respuesta de Jesús, que son fruto de la gracia del Padre, son solemnes: expresan el aprecio de la confesión del jefe de los discípulos y el cambio del nombre: de piedra, "Pedro". Y, sobre todo, contienen una serie de promesas expresadas con palabras constitutivas: sobre Pedro y sobre la roca de su fe edifica Jesús la casa, el templo de su asamblea o Iglesia (qahal en hebreo, ekklesía en griego). Hay aquí una referencia al nuevo templo {"edificaré": v. 18) donde se reúne la nueva asamblea del Señor. Por consiguiente, Pedro es el fundamento y centro de la unidad y la comunión. Ahora bien, Pedro, a su vez, tiene como fundamento a Cristo, pues es Cristo el centro de la comunión eclesial.

El teólogo ortodoxo S. Boulgakov, muy cercano a la Iglesia católica, decía de este texto que su significado pleno se encuentra en la Iglesia católica, y la única razón que garantiza de hecho la existencia de la Iglesia católica es este texto. Ahora bien, a Pedro, en su confesión de fe, Jesús le pide fidelidad y la aceptación de su destino de cruz y de gloria.

 

MEDITATIO

Los dos episodios bíblicos de los que hemos intentado realizar una breve lectura exegética se desarrollan entre la murmuración, el acto de fe y la duda. Sin embargo, su lectura suscita reflexiones, meditaciones, contrastes, acercamientos. Por una parte, encontramos un pueblo decididamente en rebelión contra Moisés, pero también contra Dios.

La prueba y la murmuración, la tentación y la sublevación afectan asimismo a los sentimientos más humanos y se difunden como un contagio, como una peste, entre la población. Con todo, Dios es siempre paciente con nosotros y deja que la tentación nos pruebe y nos provoque, por eso pedimos en el Padrenuestro que no caigamos en la tentación y, en última instancia, que Dios no nos someta a la prueba, que es también un momento de verdad. También esta vez nos da Dios una respuesta válida, aunque pasajera, como hace en nuestra vida. No permite que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas.

Por otra parte, la confesión de fe de Pedro nos coloca en la dirección apropiada de nuestra adhesión a Cristo, hijo del Dios vivo. En torno a la fe de Pedro y a la de sus sucesores nos convertimos en Iglesia, asamblea de Dios, fundamentada en la fe en Cristo. Debemos creer en la Iglesia y no sólo a la Iglesia. Creer en la Iglesia es acogerla como un don de Cristo y amarla; sentir con la Iglesia es también sentirla como algo nuestro, como algo vivo. A través de las vicisitudes del tiempo, debemos sufrir por la Iglesia y, si hiciera falta, sufrir a causa de la Iglesia. Sin perder nunca de vista al Señor de la Iglesia, sin poner como prioridad sólo a la Iglesia del Señor.

 

ORATIO

Somos con frecuencia, Señor, como el pueblo de Israel en el desierto, dispuestos a murmurar contra ti, superficialmente nostálgicos respecto a lo que hemos dejado a la espalda con nuestra conversión, nuestro bautismo, nuestra vocación eclesial. Nos espanta el futuro y no nos fiamos suficientemente de tus planes de salvación. Sin embargo, tu Palabra es una palabra que invita no sólo a creer, sino también a esperar, porque es palabra de promesa.

Concédenos el valor de confesar tu nombre de Mesías e Hijo del Dios vivo. En medio de las borrascas de la vida, en las incertidumbres, haznos recordar las promesas que hiciste a tu Iglesia. Una Iglesia que puede ser una barca traqueteada por las olas de las tempestades, pero siempre roca firme que tiene en ti, Señor de la Iglesia, su fundamento y su piedra angular. Concédenos, sobre todo, creer en ti incluso cuando te manifiestas y te proclamas Mesías crucificado y te revelas así en nuestra vida. Concédenos también saber esperar, con confianza, en tus promesas, hasta ese tercer día de la vida en el que tú, Señor victorioso, te muestras siempre fiel.

 

CONTEMPLATIO

No debemos sentirnos turbados cuando nos damos cuenta de que estamos sumergidos en las tinieblas, sobre todo si no sabemos la causa. Considera que esas tinieblas que te recubren te han sido dadas por la divina providencia, por razones que sólo Dios conoce. Algunas veces, en efecto, nuestra alma, anegada, es engullida por las olas. Tanto si nos dedicamos a la lectura de la Escritura como a la oración, hagamos lo que hagamos estamos encerrados cada vez más en las tinieblas. Ahora mismo el alma está llena de desesperación y miedo. La esperanza en Dios y el consuelo de la fe han abandonado por completo el alma. Ahora está llena de vacilación y de angustia.

Pero los que han sido probados por la turbación de una hora como ésta saben que a ella le sigue, finalmente, un cambio. Dios nunca deja durante todo un día al alma en ese estado, porque eso destruiría la esperanza [...]. Hay un tiempo para la prueba. Y hay un tiempo para el consuelo (Isaac de Nínive, Discorsi ascetici, 57, citado en O. Clément, Alie fonti con i Padri, Roma 1987, p. 184).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "!Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor!" (de la liturgia).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Abandonarse en Dios proporciona a nuestro corazón el reposo de las angustias del mundo, nos libera de la agitación del alma y del sufrimiento de los deseos insatisfechos. Nos da la calma, la tranquilidad y la paz [...]. El abandono en Dios impide al alma vagar por caminos lejanos, unos caminos que extenúan el cuerpo y abrevian la vida. Por esos caminos, en efecto, se consuman las fuerzas y el hombre avanza hacia la muerte. Abandonarse en Dios libera al alma y al cuerpo de las acciones difíciles, de las empresas fatigosas [...]. El que se ha abandonado del todo en Dios busca, entre os medios que procuran la subsistencia, sólo lo que puede proporcionarle un mayor reposo al cuerpo, el honor que se debe a sí mismo, la libertad del espíritu, el espacio necesario para practicar la religión, con la certeza de que esos medios nada añaden o quitan si no es por voluntad de Dios. Abandonarnos en Dios nos proporciona, por último, alegría en todas las situaciones en las que Dios se complace poner al hombre, aunque sean contrarias a su inclinación natural. Nos brinda la certeza de que Dios no nos hace más que bien en todas las cosas, como una madre que da el pecho a su hijo y lo lava aunque chille. Ésta es la imagen que sugiere el rey profeta: "Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros, sino que acallo y modero mis deseos como un niño en brazos de su madre" (Bahya Ibn Paqüda, Le devoir du cceur, París 1972, pp. 252ss).


 

Día 8

 Santo Domingo, presbítero

LECTIO

Primera lectura: Deuteronomio 4,32-40

En aquellos días, habló Moisés al pueblo diciendo:

32 Pregunta, si no, a los tiempos pasados que te han precedido desde el día en que Dios creó al hombre en la tierra: Se ha visto jamás algo tan grande, se ha oído cosa semejante desde un extremo a otro del cielo?

33 Qué pueblo ha oído la voz de Dios en medio del fuego, como la has oído tú, y ha quedado con vida?

34 Ha habido un dios que haya ido a buscarse un pueblo en medio de otro con tantas pruebas, milagros y prodigios en combate, con mano fuerte y brazo poderoso, con portentosas hazañas, como hizo por vosotros el Señor, vuestro Dios, en Egipto ante vuestros propios ojos?

35 El Señor te ha hecho ver todo esto para que sepas que él es Dios y que no hay otro fuera de él.

36 Desde el cielo te dejó oír su voz para enseñarte, en la tierra te mostró su gran fuego y has oído las palabras que salían del fuego.

37 Porque amó a tus antepasados y eligió a su descendencia después de ellos, te sacó de Egipto con su gran poder,

38 expulsando delante de ti a naciones más numerosas y fuertes que tú, para llevarte a su tierra y dártela en posesión, como sucede hoy.

39 Reconoce, pues, hoy y convéncete de que el Señor es Dios allá arriba en los cielos y aquí abajo en la tierra, y de que no hay otro.

40 Guarda sus leyes y mandamientos, que yo te prescribo hoy, para que seas feliz tú y lo sean tus hijos después de ti, y prolongues tus días en la tierra que el Señor, tu Dios, te da para siempre.

 

**• Se trata de las palabras que dirigió Moisés al pueblo como conclusión de su primer discurso, con el que comienza el libro del Deuteronomio. El tono es altamente teológico y está cargado de palabras clave de la teología del Antiguo Testamento. Es el discurso de la memoria. El  pueblo debe recordar y transmitir todo lo que ha visto y oído, debe ser testigo viviente de cuanto Dios ha hecho. La historia pasada, cargada de la presencia y la acción de Dios, pide fidelidad. Moisés recuerda las maravillas del Dios creador, cosas nunca oídas desde los comienzos de la existencia del hombre sobre la tierra.

El pueblo ha escuchado la voz de Dios en el fuego; ha visto con sus propios ojos la predilección del Dios que lo ha elegido, que ha obrado signos y prodigios y ha manifestado la fuerza de su brazo con la liberación de Egipto. Este Dios es como un padre: educa con su palabra, se muestra lleno de amor con la fuerza de la elección, cercano con su presencia y su poder, fiel en el don de la tierra prometida.

Qué respuesta se debe dar a un Dios así, al mismo tiempo próximo con su presencia en la tierra, y lejano y majestuoso en los cielos? Antes que nada, debemos responderle con la confesión del Dios único, lo que constituye ya una alusión a la plegaria del Shema Yisra'el, confesión de la fe del pueblo en el Dios único {cf. Dt 6,4-9; 11,13-21; Nm 15,37-51). A continuación, con la fidelidad a los mandamientos que Dios mismo entregó al pueblo en el Sinaí. Más tarde, con la fidelidad en la transmisión de este recuerdo a los hijos, a fin de que el pueblo goce de las promesas de su Dios de generación en generación. Estamos, en suma, ante un texto de gran valor, en el que el mediador de la alianza, que es Moisés, pide una respuesta de fidelidad en nombre de YHWH: recordar, celebrar, vivir. Aquí se encuentra reunida toda la espiritualidad del Antiguo Testamento: recuerdo de las palabras y de los hechos, celebración de las obras de la misericordia divina, fidelidad activa a la hora de observar las leyes dadas por un Padre educador y lleno de amor por su pueblo.

 

Evangelio: Mateo 16,24-28

En aquel tiempo,

24 dirigiéndose a sus discípulos, añadió Jesús: -Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz y me siga.

25 Porque el que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mí la conservará.

26 Pues de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su vida? O qué puede dar a cambio de su vida?

27 El Hijo del hombre está a punto de venir con la gloria de su Padre y con sus ángeles. Entonces tratará a cada uno según su conducta.

28 Os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin ver al Hijo del hombre venir como rey.

 

*+• El texto de Mateo que hemos leído hoy se encuentra situado en el marco de la lectura evangélica de ayer. Está conectado con la profecía o anuncio de la suerte final de Jesús: ir a Jerusalén, sufrir, morir, resucitar. Una suerte que Pedro rechaza, a pesar de la perspectiva final de victoria -la resurrección-, que, a buen seguro, el discípulo no capta en su auténtico sentido.

Jesús vuelve a afirmar, por consiguiente, que la confesión de fe debe estar guiada también por una fidelidad en la vida. Las palabras pronunciadas por el Maestro tienen, pues, seriedad evangélica: son unas palabras basadas en las exigencias ascéticas más radicales y que sólo es posible cumplir si son captadas en la triple dimensión del discipulado: vivir como el Maestro, a causa de él, en comunión con él. Sólo entonces es cuando la fuerza de las palabras adquiere su lógica de gracia: seguir a Jesús, negarnos a nosotros mismos, tomar la cruz, perder nuestra propia vida.

Estas difíciles exigencias no pueden ser comprendidas en todo lo que encierran, incluso en su misma formulación, antes de la resurrección de Jesús. Cómo hablar, por ejemplo, de cargar con la cruz, con el añadido de "cada día" (en el texto paralelo de Lucas), sin haber visto a Jesús cargando con la cruz? O cómo hacer comprender la lógica del perder la vida para ganarla sin la clave de bóveda que constituye la victoria de Jesús sobre la muerte? Con todo, aunque no puedan ser comprendidas hasta el final estas exigencias, Jesús pide fidelidad a los discípulos; que estén atentos a recorrer con él el mismo camino; que estén dispuestos a seguirle, también después de la resurrección, por este sendero.

 

MEDITATIO

La historia de Israel, más que escrita en libros, está grabada en el corazón. La memoria agradecida de lo que Dios ha realizado se renueva con la oración que acoge la Palabra y con los salmos, que ayudan a rumiar en el corazón y a expresar con los labios las alabanzas del Señor.

En todo acontecimiento se puede cantar: "Porque es eterna su misericordia". En cada etapa progresiva se puede decir, como en la oración de la noche de Pascua: "!Dayenü!", esto nos habría bastado.

A nosotros, hombres y mujeres de la posmodernidad, a causa de la frágil y no convencida memoria del pasado, a causa del carácter efímero de lo cotidiano, que parece desplomarse constantemente en la nada, la lección que nos da el pueblo de la memoria nos resulta preciosa: re-cor-dar, volver a dar al corazón, como necesaria oxigenación teológica, el recuerdo de los hechos de Dios en nuestra historia personal y comunitaria, es una actitud preciosa del espíritu. Y es también una preciosa indicación pedagógica en la transmisión de la fe en el seno de la familia. Recuerdo de las obras de Dios ya realizadas, recuerdo de las promesas de Dios que nos orientan hacia un futuro de gloria. También Jesús nos anuncia palabras cargadas de sentido, incluso a través de la contradicción humana que encierra su significado. Dice la verdad; no engaña ni lisonjea.

La invitación a cargar con la cruz y a perder la vida no es la lección estoica de un maestro de la sospecha de los que afirman que todo es vanidad. Es palabra anticipada que debe permanecer en el corazón cuando las circunstancian aclaren lo que significa tomar la cruz de cada día y perder la vida. Las palabras se vuelven hechos, el conocimiento se convierte en sabiduría con la experiencia.

Para los cristianos, las palabras de Jesús son una clave de comprensión que hemos de mantener siempre en el corazón. Ahora bien, también se hace necesario llevarlas en la memoria, a fin de obtener una renovada esperanza que se apoya en el anuncio de su definitiva venida gloriosa.

 

ORATIO

Recordamos, Señor, con alegría tus maravillas. Cada uno de nosotros podría contar a los otros su propia historia de salvación, una historia compuesta de personas, palabras, encuentros, gracias, que van marcando un sendero de vida. Nuestro corazón, Señor, quisiera tener la profundidad espiritual del corazón de María, modelo de una Iglesia que medita y conserva en su corazón acontecimientos y palabras, los discierne en su vida diaria y escruta su sentido profundo.

Mi oración es hoy alabanza que te bendice por lo que has hecho en mi vida desde su comienzo, porque todo está envuelto de amor paterno y materno hacia mí. Haz, oh Señor, que en mi memoria pesen más que cualquier otra cosa las palabras alentadoras, la confianza que nace del recuerdo agradecido, a fin de que me muestre fiel en las pruebas y en las exigencias que tú, con ese sentido de la realidad propio del Maestro que no defrauda, me propones.

Cargar con la cruz es levantarla como trofeo glorioso. Perder la vida es abrir nuestro sepulcro a la alegría y a la gloria de la resurrección.

 

CONTEMPLATIO

Desear sufrir no equivale simplemente al piadoso recuerdo de los sufrimientos del Señor. El sufrimiento aceptado voluntariamente como expiación es lo que nos une de verdad al Señor, y realmente lo hace hasta el fondo. Pero éste nace sólo de una unión con Cristo que ya esté en acto [...].

El amor a la cruz no está en absoluto en contradicción con la alegría de nuestro ser hijos de Dios. Brindar nuestra contribución a llevar la cruz de Cristo es fuente de una alegría vigorosa y pura, y aquellos a quienes se les ha concedido y lo hacen -los constructores del Reino de Dios- son hijos de Dios en el sentido más verdadero y más pleno. De ahí que sentir predilección por el camino de la cruz no signifique en absoluto negar que el viernes santo haya pasado ni que la obra de la redención ya esté realizada. Sólo pueden llevar la cruz los redimidos, los hijos de la gracia. El sufrimiento humano toma su poder reparador sólo de la unión con nuestra Cabeza divina. Sufrir y, en medio del sufrimiento, ser felices (E. Stein, "L'amore della croce", en Edith Stein. Store davanti a Dios per tutti, Roma 1991, pp. 280ss).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Quiero llevar contigo, oh Señor, mi cruz".

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La cruz ha sido siempre un signo de contradicción y un principio de selección entre los hombres. Con excesiva frecuencia se presenta la cruz a nuestra adoración como un símbolo de tristeza, de restricción, de remoción, más que como una meta sublime que sólo alcanzaremos superándonos a nosotros mismos.

Ahora bien, este modo de hablar acaba dando la impresión de que el Reino de Dios sólo se puede realizar con el luto, y tomando siempre por principio la dirección opuesta, a contracorriente de las energías y de las aspiraciones humanas. Siendo fieles a la Palabra, nada es menos cristiano, en el fondo, que esta perspectiva.

Considerada del modo más general, la doctrina de la cruz es aquella a la que se adhiere todo hombre convencido de que, en presencia de la agitación humana, se le abre un camino hacia alguna salida y de que este camino sube. La vida tiene un término; por consiguiente, impone una dirección a la marcha [...]. Hacia las cimas, envueltas por nuestras miradas en la niebla, a donde nos invita a subir eí Crucificado, nos elevamos a través de un sendero que es el mismo camino del progreso universal. La vía real de la cruz es precisamente el camino del esfuerzo humano. El que entiende plenamente el sentido de la cruz ya no corre el riesgo de considerar triste y fea la vida. Sólo se ha vuelto más atento a su incomprensible gravedad (P. Teilhard de Chardin, !.'ambiente divino, Milán 1968, pp. 1 lOss [edición española: El medio divino, Taurus Ediciones, Madrid 1967]).



 

 

Día 9

 Sábado de la XVIII Semana del Tiempo Ordinario Santa Teresa Benedicta de la Cruz, virgen y mártir

 

LECTIO

Primera lectura: Deuteronomio 6,4-13

En aquellos días, habló Moisés al pueblo diciendo:

4 Escucha, Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno.

5 Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas.

6 Guarda en tu corazón estas palabras que hoy te digo.

7 Incúlcaselas a tus hijos y háblales de ellas estando en casa o yendo de viaje, acostado o levantado;

8 átalas a tu mano como signo, ponías en tu frente como señal,

9 escríbelas en las jambas de tu casa y en tus puertas.

10 Cuando el Señor, tu Dios, te haya introducido en la tierra que ha de darte según juró a tus antepasados Abrahán, Isaac y Jacob, una tierra con grandes y hermosas ciudades que tú no edificaste,

11 con casas repletas de toda clase de bienes que tú no llenaste, con cisternas excavadas que tú no excavaste, con viñas y olivos que tú no plantaste, entonces comerás y te saciarás.

12 Cuídate de no olvidar al Señor que te sacó de Egipto, de aquel lugar de esclavitud.

13 Respetarás al Señor, tu Dios; a él le servirás y en su nombre jurarás.

 

*•"> "Shema Yisra'el: 'Adonay 'Hohénü, 'Adonay ehadh..." Éste es uno de los textos más sagrados y más conocidos del Antiguo Testamento, la confesión de fe que Moisés enseña de los mismos labios de Dios al pueblo elegido. Son unas frases que todo judío piadoso debe decir tres veces al día, vuelto hacia Jerusalén. Unas palabras sagradas que acompañan la vida cotidiana del pueblo de la alianza y que fueron repetidas por millones de judíos en su triste peregrinación hacia la muerte en los hornos crematorios...

Primera afirmación: invitación a la confesión de fe en Dios, "nuestro Dios", "uno". De ahí se sigue, como consecuencia teológica más que lógica -porque se trata de algo vital, divino-, que debemos poner a Dios en el primer lugar, amándole "con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas".

La importancia de Dios en la vida del israelita piadoso, la fuerza educativa y ética de sus preceptos, se ponen aún más de relieve en los versículos siguientes. Éstos dibujan algo así como el habitat de su vida: definen la atmósfera vital en la que está inmerso, el tema sagrado del que tiene que hablar siempre, la conciencia que debe mantener día y noche, en casa y en el trabajo. Es un precepto que se convierte en proyecto educativo para los hijos. Y para que no se le olvide, el israelita piadoso materializa, por así decirlo, la exhortación de Moisés escribiendo los sagrados preceptos en las jambas de la puerta de casa. De esta severa amonestación procede asimismo el uso de llevar escritos en una cajita, sobre la frente y sobre los brazos, junto al corazón, los preceptos del Señor.

Y, como fondo, una promesa, no realizada todavía pero que se convierte en motor de esperanza para transformarse, a continuación, en memoria perenne: los dones de la tierra prometida. Y en un signo de fidelidad: el temor de Dios, su servicio, la proclamación de la alianza en su nombre.

 

Evangelio: Mateo 17,14-20

En aquel tiempo,

14 cuando llegaban a donde estaba la gente, se acercó un hombre, que se arrodilló ante Jesús,

15 diciendo: -!Señor, ten compasión de mi hijo, que tiene ataques y está muy mal! Muchas veces se cae al fuego y otras al agua;

16 se lo he traído a tus discípulos, pero no han podido curarlo.

17 Jesús respondió: -!Generación incrédula y perversa! Hasta cuándo estaré con vosotros? Hasta cuándo tendré que soportaros? Traédmelo aquí.

18 Jesús le increpó, y el demonio salió del muchacho, que quedó curado en el acto.

19 Después, los discípulos se acercaron en privado a Jesús y le preguntaron: -Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?

20 Él les dijo: -Por vuestra falta de fe; os aseguro que si tuvierais una fe del tamaño de un grano de mostaza, diríais a este monte: "Trasládate allá", y se trasladaría; nada os sería imposible.

 

*•• Estamos ante un típico fragmento evangélico que presenta una vez más a Jesús en su actividad milagrosa curadora, aspecto que produjo un fuerte impacto en las primeras comunidades cristianas. Éstas, inmersas en el ambiente judío y pagano, exaltaron la figura de Cristo como médico. Aquí se trata de un caso especial. La enfermedad reviste formas patológicas de carácter psíquico, achacables, por consiguiente, a fuerzas malignas y superiores que no es difícil atribuir en este contexto religioso a la acción de Satanás, el enemigo de Dios y, por tanto, enemigo del hombre.

Para nuestra mentalidad científica, los síntomas descritos por el padre de este desgraciado muchacho presentan las características de una crisis de epilepsia. Jesús aparece una vez más, como sucede con frecuencia en estas primicias de su evangelización, en contraste implacable con el diablo, origen del mal y de todos los males.

La indicación de que los discípulos no han conseguido curar al muchacho sirve para dejar bien claro que Jesús cuenta con una evidente superioridad sobre ellos. Para estar a la altura de Jesús, para realizar sus mismos milagros, es preciso contar con una fe auténtica, fuerte, que permite a los discípulos identificarse con él, con su persona, su misión y su fuerza. Sin embargo, su fe es todavía débil e insuficiente. Jesús, con unas palabras que tienen el sabor de la retórica y el lenguaje típicamente orientales, les invita a mostrarse atrevidos a la hora de pedir, a creer en su poder, hasta el absurdo. Les pide una fe capaz de trasladar montañas; y, en primer lugar, las de sus propios corazones.

 

MEDITATIO

La confesión del Dios vivo y único no es sólo una afirmación abstracta de la presencia de Dios y de su exclusiva calidad divina, frente a los muchos pequeños ídolos que pululan en nuestra sociedad, del mismo modo que pululaban en aquel tiempo en los pueblos junto a los que vivía Israel; la profesión de fe exige asimismo un compromiso de vida y, por consiguiente, incluye el reconocimiento de la exclusividad de Dios en la vida de todo creyente. Al Dios uno y único pertenecen el corazón, el alma, las fuerzas. Esta relación totalizadora y personal proporciona a la vida una relación viva, de alianza, una presencia que lo contagia todo. La vida de fe no es un cúmulo de actos de religiosidad, sino una relación viva y personal, una adhesión constante a un designio divino.

Desde este punto de vista, la densidad de la fe del pueblo de Israel también es motivo de estupor para nosotros los cristianos. Y nos resulta ejemplar el comportamiento de tantos "hermanos mayores" nuestros que viven este monoteísmo intenso y profundo de relación con Dios. Eso significa que Dios está en el primer puesto, y la opción por Dios como tarea prioritaria de los cristianos, incluso en medio de nuestra sociedad. Junto con esta pasión por Dios, que es celo por él, se lanza a todos una invitación para que no dejen de lado a Dios en la vida.

El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, de Moisés y de los profetas -título que indica su presencia y su fidelidad en sus vidas- es, para nosotros, el Padre de nuestro Señor Jesucristo. En efecto, en el Hijo y en su resurrección se revelan toda la fuerza, la ternura y la paternidad de nuestro Dios y de cuanto Jesús nos ha dicho y revelado de él. Él confirmó estas palabras del Antiguo Testamento y las vivió hasta el final. Jesús confiesa en la cruz al Padre y nos lo revela hasta el fondo. Ésta es la fe que mueve montañas, la adhesión total que comienza moviendo con fuerza las montañas del corazón que se interponen entre nuestro egoísmo y la realidad del Dios vivo.

 

ORATIO

Dios de nuestros padres en la fe, Dios de la creación, de la pascua, de la alianza, queremos tener la fe sencilla de tu pueblo, Israel, el pueblo de la antigua alianza. Quisiéramos ser cada uno de nosotros un "Shema' Yisra'el" vivo, a fin de proclamar a todos, con la pasión de los profetas y de los santos, que tú eres el único, que eres santo.

Cuando vemos que generaciones enteras de personas en nuestro siglo no han tenido una adecuada transmisión de la fe en ti, reconocemos la fuerza pedagógica de tu Palabra para el pueblo de la alianza. También hoy, ante esa indiferencia generalizada que se respira a nuestro alrededor, sentimos el mismo celo de los apóstoles a la hora de darte a conocer, de dar a conocer tu designio de amor, tu pasión por una humanidad necesitada del más profundo sentido religioso de la vida. Una humanidad enferma en el cuerpo y en el espíritu, a la que tú le sales al encuentro como médico divino.

Concédenos la fuerza de tu Espíritu, el único que puede hacer que te amemos con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Tú, el Dios santo y único. Tú, el Padre de nuestro Señor Jesucristo.

 

CONTEMPLATIO

Y para haber ahora de tratar de la noche y desnudez activa desta potencia, para enterarla y formarla en esta virtud de la caridad de Dios, no hallé autoridad más conveniente que la que se escribe en el Deuteronomio, capítulo 6 (v. 5), donde dice Moisés: amarás a tu Señor Dios con todo corazón, con toda tu ánima y con toda tu fortaleza, en la cual se contiene todo lo que el hombre espiritual debe hacer y lo que yo aquí le tengo de enseñar para que de veras llegue a Dios por unión de voluntad por medio de la caridad; porque en ella se manda al hombre que todas las potencias y apetitos y operaciones y afecciones de su alma emplee en Dios, de manera que toda la habilidad y fuerza del alma no sirva más que para esto, conforme a lo que dice David, diciendo: Fortitudinem meam ad te custodiam (Sal 58,10).

La fortaleza del alma consiste en sus potencias, pasiones y apetitos, todo lo cual es gobernado por la voluntad. Pues cuando estas potencias, pasiones y apetitos enderezan en Dios la voluntad y la desvían de todo lo que no es Dios, entonces guarda la fortaleza del alma para Dios, y así viene a amar a Dios de toda su fortaleza. Y para que esto el alma pueda hacer, tratemos aquí de purgar la voluntad de todas sus afecciones desordenadas, de donde nacen los apetitos, afectos y operaciones desordenados, de donde le nace también no guardar toda su fuerza a Dios. Estas afecciones o pasiones son cuatro, a saber: gozo, esperanza, dolor y temor. Las cuales pasiones, poniéndolas en obra de razón en orden a Dios, de manera que el alma no se goce sino de lo que es puramente honra y gloria de Dios, ni tenga esperanza de otra cosa, ni se duela sino de lo que a esto tocare, ni tema sino sólo a Dios, está claro que enderezan y guardan la fortaleza del alma y su habilidad para Dios, porque cuanto más se gozare el alma en otra cosa que en Dios, tanto menos fuertemente se empleará su gozo en Dios, y cuanto más esperare otra cosa, tanto menos espera[rá] en Dios; y así de las demás (Juan de la Cruz, "Subida del Monte Carmelo", 1, 3, capítulo 16, lss, en Obras completas, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 141994, p. 426).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Yo te amo, Señor, fuerza mía" (Sal 17,2b).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Los fragmentos del Stema' constituyen el núcleo esencial y el elemento más antiguo de la oración cotidiana de la mañana y de la noche del pueblo de Israel. La ley oral comienza con la obligación de recitar cada día el Shema'. Para pronunciar esta oración se requiere el mayor fervor [...]. El Stema' ocupa el primer lugar porque proclama la unidad de Dios, nuestro amor por él, así como nuestro deber de reconocerle a través del estudio [...]. Si el amor y la justicia, la alegría y la angustia, el fasto y la miseria, la vida y la muerte provienen de la misma fuente, si todo lo que somos, poseemos y queremos, nuestro cuerpo, nuestro espíritu y nuestro poder, deriva del mismo amor, que da y recibe, del amor del Ser Uno y único, de él solo, entonces le pertenecemos de verdad. Le pertenecemos con todo nuestro ser, con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con todas nuestras fuerzas [...]. Ésta es la razón de que la continuación sea: "Amarás". Nuestra religión no es una visión conceptualista del mundo o una filosofía abstracta, sino que nos enseña el imperativo del deber y nos proporciona la consigna de la conducta moral: nos ordena amar a Dios y servirle con toda la más variada riqueza de nuestra vida y de nuestro ser. El hombre se entrega directamente al Dios Uno y único, se entrega sin divisiones y sin reservas, y precisamente esta entrega de sí mismo es lo que hace del hombre una personalidad armoniosa y sin contradicciones interiores (E. Munk, // mondo delle preghiere, Roma 1992, pp. 101-103).

 

 

Día 10

 XIX Domingo del Tiempo Ordinario


 

LECTIO

Primera lectura: Sabiduría 18,3.6-9

[La noche de la liberación]

3 en lugar de estas tinieblas, a los tuyos les diste la columna de fuego, como guía para un camino desconocido, un sol que no hacía daño para su gloriosa emigración.

6 Aquella noche les fue preanunciada a nuestros antepasados para que, sabiendo bien a qué juramento habían dado fe, se sintiesen seguros.

7 Tu pueblo esperaba la salvación de los justos y la perdición de los enemigos.

8 Pues con el castigo de nuestros adversarios nos glorificaste a nosotros, llamándonos a ti.

9 Los piadosos descendientes de los justos habían ofrecido sacrificios en secreto, y unánimes establecieron este pacto divino: que tus fieles compartirían igualmente bienes y peligros, después de haber cantado las alabanzas de los antepasados.

 

**• La última sección del libro de la Sabiduría (capítulos 10-19) presenta una "relectura teológica" de la historia de la salvación a partir del primer hombre, plasmado por Dios, hasta el paso del mar Rojo. La primera lectura de esta liturgia de la Palabra presenta exactamente algunos momentos de la magna epopeya que fue el Éxodo, que se llevó a cabo sobre todo en la noche de la liberación.

Es bastante probable que el autor del libro de la Sabiduría, que vive en Egipto, esté pasando por la experiencia de la celebración pascual con el rito de las hierbas amargas, del pan partido y de la cintura ceñida. Lo que escribe para consuelo de sus hermanos en la fe tiene valor de "memoria" y, al mismo tiempo, de "actualización ". Con estos dos registros pone de relieve el primado de la acción del Dios revelador y liberador, con plena conciencia de que cada intervención de Dios en la historia del hombre tiene como fin primero poner en el centro de la vida del hombre la persona y la acción de Dios. De este modo pretende alimentar y sostener la fe de sus contemporáneos, incluso en la difícil situación histórica de quien debe preservar de las múltiples tentaciones del momento el precioso tesoro de la fe.

Para el autor de este libro bíblico, el Éxodo puede y debe ser releído también como "juicio" de Dios sobre toda la humanidad. Ese juicio está descrito plásticamente por medio de una clara contraposición: por un lado, están "los tuyos", "tu pueblo" -los justos, glorificados por Dios, los hijos de los justos y los santos, a los que Dios les da la luz de su ley y a sí mismo como dulce compañía- y, por otro, están los adversarios que el Señor se ve obligado a castigar porque se resisten a su invitación. Al juzgar, Dios no necesariamente condena, aunque no puede dejar de sustraerse al amor de quien le ha excluido del horizonte de su vida.

 

Segunda lectura: Hebreos 11,1-2.8-19

Hermanos:

1 La fe es el fundamento de lo que se espera y la prueba de lo que no se ve.

2 Por ella obtuvieron nuestros antepasados la aprobación de Dios.

8 Por la fe Abrahán, obediente a la llamada divina, salió hacia una tierra que iba a recibir en posesión, y salió sin saber a dónde iba.

9 Por la fe vivió como extranjero en la tierra que se le había prometido, habitando en tiendas. Y lo mismo hicieron Isaac y Jacob, herederos como él de la misma promesa.

10 Vivió así porque esperaba una ciudad de sólidos cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios.

11 Por la fe, a pesar de que Sara era estéril y de que él mismo ya no tenía la edad apropiada, recibió fuerza para fundar un linaje, porque se fió del que se lo había prometido.

12 Por eso, de un solo hombre, sin vigor ya para engendrar, salió una descendencia numerosa como las estrellas del cielo e incontable como la arena de la orilla del mar.

13 Todos estos murieron sin haber alcanzado la realización de las promesas, pero a la luz de la fe las vieron y saludaron de lejos, confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra.

14 Los que así hablan ponen de manifiesto que buscan una patria.

15 Indudablemente, si la patria que añoraban era aquella de donde habían salido, oportunidad tenían para volverse a ella.

16 Pero a lo que aspiraban era a una patria mejor, la del cielo. Por eso Dios no se avergüenza de llamarse su Dios, porque les ha preparado una ciudad.

17 Por la fe Abrahán, sometido a prueba, estuvo dispuesto a sacrificar a Isaac; y era su hijo único a quien inmolaba, el depositario de las promesas,

18 aquel a quien se había dicho: De Isaac te nacerá una descendencia.

19 Pensaba Abrahán que Dios es capaz de resucitar a los muertos. Por eso el recobrar a su hijo fue para él como un símbolo.

 

*+• Como el libro de la Sabiduría, también el capítulo 11 de la Carta a los Hebreos no es otra cosa que una "relectura teológica" de la historia de la salvación desde Abrahán hasta los profetas. La segunda lectura de esta liturgia de la Palabra se concentra en el acontecer de Abrahán, nuestro padre en la fe, destacando en él, sobre todo, su actitud de fe.

"Por la fe Abrahán, obediente a la llamada divina, salió... Por la fe vivió como extranjero en la tierra que se le había prometido... Por la fe Abrahán, sometido a prueba, estuvo dispuesto a sacrificar a Isaac...": este estribillo basta para comprender que no sólo la historia de Abrahán, sino la de todos los hombres tiene que ser leída e interpretada a la luz de la fe, entendida como fuente de nueva luz, como viático para nuestro camino. "Por la fe, a pesar de que Sara era estéril y de que él mismo ya no tenía la edad apropiada, recibió fuerza para fundar un linaje...": junto a la historia del patriarca Abrahán, el autor de la Carta a los Hebreos se preocupa de narrar asimismo la historia de la "matriarca" Sara. Ambos son destinatarios de la misma promesa; ambos reciben de Dios un don extraordinario; ambos asumen ante Dios una actitud de fe; por eso, ambos son herederos de la promesa.

Lo que significa ser hombres y mujeres de fe lo obtenemos claramente en las dos historias trenzadas de  Abrahán y de Sara: su obediencia se convierte en una disponibilidad total a la acción de Aquel que los ha elegido para una historia de salvación universal, una historia que supera a sus personas y su destino. Su pobreza personal se convierte, de una manera sorprendente, en riqueza-don de Dios; su soledad, todavía más triste por la falta de un heredero, se resuelve en una indeterminada multitud de herederos; por último, el sacrificio de su hijo único se convierte en símbolo de ese sacrificio que, en la plenitud de los tiempos, Jesús, el Hijo de Dios, ofrecerá por la salvación de toda la humanidad.

 

Evangelio: Lucas 12,32-48

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

32 No temáis, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha querido daros el reino.

33 Vended vuestras posesiones y dad limosna. Acumulad aquello que no pierde valor, tesoros inagotables en el cielo, donde ni el ladrón se acerca ni la polilla roe.

34 Porque donde está vuestro tesoro, allí está vuestro corazón.

35 Tened ceñida la cintura, y las lámparas encendidas.

36 Sed como los criados que están esperando a que su amo vuelva de la boda, para abrirle en cuanto llegue y llame.

37 Dichosos los criados a quienes el amo encuentre vigilantes cuando llegue. Os aseguro que se ceñirá, les hará sentarse a la mesa y se pondrá a servirlos.

38 Si viene a media noche o de madrugada, y los encuentra así, dichosos ellos.

39 Tened presente que, si el amo de la casa supiera a qué hora iba a venir el ladrón, no le dejaría asaltar su casa. 40 Pues vosotros estad preparados, porque a la hora en que menos penséis vendrá el Hijo del hombre.

41 Pedro dijo entonces: -Señor, esta parábola se refiere a nosotros o a todos?

42 Pero el Señor continuó: -Vosotros sed como el administrador fiel y prudente a quien el dueño puso al frente de su servidumbre para distribuir a su debido tiempo la ración de trigo.

43 !Dichoso ese criado si, al llegar su amo, lo encuentra haciendo lo que debe!

44 Os aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes.

45 Pero si ese criado empieza a pensar: "Mi amo tarda en venir", y se pone a golpear a los criados y a las criadas, a comer, a beber y a emborracharse,

46 su amo llegará el día en que menos lo espere y a la hora en que menos piense, lo castigará con todo rigor y lo tratará como merecen los que no son fieles.

47 El criado que conoce la voluntad de su dueño pero no está preparado o no hace lo que él quiere recibirá un castigo muy severo.

48 En cambio, el que sin conocer esa voluntad hace cosas reprobables recibirá un castigo menor. A quien se le dio mucho se le podrá exigir mucho, y a quien se le confió mucho se le podrá pedir más.

 

**• La página evangélica de esta liturgia de la Palabra comienza con una de las más bellas declaraciones de Jesús (w. 32-34). De ella podemos obtener luz para nuestro camino de fe y consuelo para nuestra esperanza de peregrinos. La invitación a no temer y el hecho de tratarnos de "pequeño rebaño", además de la idea del "tesoro" que atrae nuestro corazón, nos las ofrece Jesús como otras tantas verdades capaces de garantizar nuestra fidelidad a la alianza.

Después de habernos tratado por lo que somos, pero, sobre todo, después de habernos indicado lo que complace a Dios, nuestro Padre (su complacencia consiste en hacernos participar en su Reino), Jesús nos confía algunas recomendaciones, que podemos resumir en la actitud de vigilancia. Vigilar, en la jerga bíblica, es una actitud que corresponde a los siervos frente a su señor, e implica expectativa del retorno del Señor, prontitud para recibirle cuando llegue, disponibilidad total en el servicio, plena docilidad a sus mandamientos y, por último, alegría de participar, aunque sea como siervo, en la alegría de las bodas del Señor. "Tened ceñida la cintura, y las lámparas encendidas" (v. 35): si la consideramos bien, no se trata de una invitación genérica a una fidelidad igualmente genérica, sino de un deseo vigoroso por parte del Señor de tener a su lado y en su séquito "siervos buenos y fieles", que no se cansen inútilmente ni se instalen en cómodas posiciones ni, mucho menos, se distraigan del objeto de su espera. Al contrario, sabiendo que el Señor viene cuando menos se le espera, viven el tiempo de la vigilancia y de la espera con ansia extrema y santo temor de Dios. En efecto, aunque los siervos no conocen la hora del regreso, sí conocen la voluntad del señor y saben que es una persona buena e indulgente, pero, al mismo tiempo, justa y exigente.

 

MEDITATIO

Serpentea en esta liturgia de la Palabra, de una manera más o menos explícita, el tema de la bienaventuranza: "Dichosos los criados a quienes el amo encuentre vigilantes cuando llegue [...] !Dichoso ese criado si, al llegar su amo, lo encuentra haciendo lo que debe!". Sabemos bien que, según el mensaje bíblico, la bienaventuranza no consiste en un vago consuelo dado a quien se encuentra en una situación de sufrimiento. Hasta las bienaventuranzas que inauguran el magno "sermón del monte" (Mt 5,1-13) son más bien inyecciones de ánimo e invitación a la lucha, a ejemplo de Aquel que es el pobre por excelencia, el misericordioso por antonomasia, el más perseguido de todos. Es, ante todo, la bienaventuranza que brota de la historia humana, cuando ésta es considerada como visitada por Dios, es decir, enriquecida por la presencia de Aquel que, después de haber creado al hombre, no le abandona a su destino, sino que le orienta por el camino de la salvación; de Aquel que, después de haber elegido a su pueblo, no lo deja a merced de los enemigos, sino que lo lleva sano y salvo a la meta feliz de la tierra prometida.

Es, también, la bienaventuranza que procede de la fe, que es un don especial que nos hace Dios a nosotros, peregrinos sobre la tierra. Desde esta perspectiva, fue bienaventurado Abrahán porque creyó y fue también bienaventurada Sara por haber aceptado la promesa del Señor. Ambos fueron bienaventurados por haber sido atraídos totalmente a la órbita de Dios, porque se encaminaron dócilmente por el camino que Dios les había indicado, porque estaban radicalmente convencidos de que Dios también puede resucitar a los muertos.

Es, por último, la bienaventuranza del siervo que se da cuenta de la maravilla que supone poder "conocer" la voluntad de su Señor y se dispone con gozosa libertad a traducirla en obras buenas y en un estilo de vida digno de él. Esa bienaventuranza encuentra la siguiente motivación evangélica: "A quien se le dio mucho se le podrá exigir mucho". Como es obvio, este dicho de Jesús, con el que se cierra la página evangélica que hemos leído hoy, pretende explicitar el dinamismo de la relación que discurre entre Dios y el hombre, cuando esta relación está marcada y es vivida siguiendo la lógica de la alianza, que considera a Dios como primer acto y al hombre como invitado a un diálogo de amor. No hay nada más exigente que el amor cuando éste se encarna en una relación de alianza.

 

ORATIO

Eres tú, Señor, la luz que ilumina mi camino. Con excesiva frecuencia me encuentro solo y perdido por los caminos de este mundo. Con excesiva frecuencia me siento presa o víctima de oscuros asaltos que obnubilan los ojos de mi mente y de mi corazón. Inúndame, Señor, con la luz de tu Palabra.

Eres tú, Señor, el fundamento de la promesa en la que está firmemente asentada mi fe. Con excesiva frecuencia me siento débil e inestable frente a las promesas alternativas que me llegan de todas partes y cada dos por tres. Con excesiva frecuencia me siento atraído y casi seducido por promesas totalmente contrarias a la tuya. Lléname, Señor, con la fuerza de tu promesa.

Eres tú, Señor, el dador de todo bien. Con excesiva frecuencia el mundo me hace probar bienes que me apartan de tu mesa y me distraen de tus propuestas. Con excesiva frecuencia me veo expuesto a las seducciones de "alimentos terrenos" que satisfacen mi paladar pero no alimentan mi vida. Hazme gustar, Señor, los bienes que son tuyos, pero sobre todo a ti, que eres mi único bien.

Eres tú, Señor, mi bienaventuranza. Con excesiva frecuencia oigo que, en el mundo, son proclamados bienaventurados los ricos, los poderosos, los vividores. Con excesiva frecuencia veo oprimidos y perseguidos a aquellos que te siguen por el camino del Evangelio. Hazme participar, Señor, de esa alegría que sólo puede derivar de la práctica de las bienaventuranzas evangélicas.

 

CONTEMPLATIO

Impulsados por la caridad que procede de Dios, hacen el bien a todos, pero especialmente a los hermanos en la fe (cf. Gal 6,10), despojándose "de toda maldad y de todo engaño, de hipocresías, envidias y maledicencias" (1 Pe 2,1), atrayendo de esta forma los hombres a Cristo.  Mas la caridad de Dios que "se ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido dado" (Rom 5,5), hace a los seglares capaces de expresar realmente en su vida el espíritu de las bienaventuranzas. Siguiendo a Cristo pobre, ni se abaten por la escasez ni se ensoberbecen por la abundancia de los bienes temporales; imitando a Cristo humilde, no ambicionan la gloria vana (cf. Gal 5,26), sino que procuran agradar a Dios antes que a los hombres, preparados siempre a dejarlo todo por Cristo (cf. Le 14,26), a padecer persecución por la justicia (cf. Mt 5,10), recordando las palabras del Señor: "Si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame" (Mt 16,24). Cultivando entre sí la amistad cristiana, se ayudan mutuamente en cualquier necesidad.

La espiritualidad de los laicos debe tomar su nota característica del estado de matrimonio y de familia, de soltería o de viudez, de la condición de enfermedad, de la actividad profesional y social. No descuiden, pues, el cultivo asiduo de las cualidades y dotes convenientes para ello que se les ha dado y el uso de los propios dones recibidos del Espíritu Santo (Concilio Vaticano II, Decreto sobre el apostolado seglar Apostólica ni actuositatem, 4).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "!Dichoso ese criado si, al llegar su amo, lo encuentra haciendo lo que debe!" (Lc 12,43).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Dichosos los que han optado por vivir con sobriedad para compartir sus bienes con los más pobres.

Dichosos los que renuncian a más ofertas de trabajo para resolver los problemas de los parados.

Dichosos los funcionarios que agilizan los trámites burocráticos e intentan resolver los problemas de las personas no informadas.

Dichosos los banqueros, los comerciantes y los agentes de venta que no se aprovechan de las situaciones para aumentar sus beneficios.

Dichosos los políticos y los sindicalistas que se comprometen a encontrar soluciones concretas al paro.

Dichosos nosotros cuando dejemos de pensar: "Qué mal hay en defraudar? Lo hacen todos...".

Entonces, la vida social se convertirá en una anticipación del Reino de los Cielos (Paul Abela).


 

Día 11

 Santa Clara, virgen

LECTIO

Primera lectura: Deuteronomio 10,12-22

En aquellos días, habló Moisés al pueblo diciendo:

12 Y ahora, Israel, qué es lo que te pide el Señor, tu Dios, sino que le honres, que sigas todos sus caminos, lo ames y sirvas al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y toda tu alma,

13 observando los mandamientos y las leyes del Señor que yo te prescribo hoy para que seas feliz?

14 Del Señor, tu Dios, son los cielos, aun los más altos, la tierra y cuanto hay en ella.

15 Sin embargo, sólo en tus antepasados se fijó el Señor, y esto por amor; y después de ellos eligió a su descendencia, a vosotros mismos, entre todas las naciones, hasta el día de hoy.

16 Circuncidad vuestro corazón y no seáis tercos,

17 pues el Señor, vuestro Dios, es el Dios de los dioses y el Señor de los señores; el Dios grande, fuerte y temible que no hace acepción de personas ni acepta sobornos;

18 que hace justicia al huérfano y a la viuda, y ama al emigrante, suministrándole pan y vestido.

19 Amad vosotros también al emigrante, ya que emigrantes fuisteis vosotros en el país de Egipto.

20 Honrarás al Señor, tu Dios, lo servirás, te adherirás a él y en su nombre jurarás.

21 Él es tu gloria y tu Dios, y ha hecho por ti los terribles portentos que has visto con tus propios ojos.

22 Cuando tus antepasados bajaron a Egipto no eran más que setenta personas, pero ahora el Señor, tu Dios, te ha multiplicado como las estrellas del cielo.

 

*•• El camino semanal se abre con una lectura fuerte desde el punto de vista teológico y espiritual. Es el segundo discurso dirigido por Moisés a los israelitas, y está totalmente dedicado a confirmar la fidelidad al Señor.

La primera parte del fragmento de hoy resume, como es usual en la pedagogía bíblica, la parte central del discurso anterior: amar y servir a Dios con todo el corazón y con toda el alma, observando sus mandamientos. Ahora bien, al primer mandamiento -amar a Dios y observar sus mandamientos- se añade ahora, con toda lógica, el segundo: el amor al prójimo. El discurso está introducido a partir del amor que Dios tiene a todos. Tras una serie de títulos teológicos de YHWH -Dios de los dioses, Señor de los señores, Dios grande, fuerte y temible- aparece la afirmación de su amor universal, especialmente por los más menesterosos: no hace acepción de personas, no acepta sobornos, hace justicia al huérfano y a la viuda, y ama al emigrante, suministrándole pan y vestido (w. 17b-18). Salen aquí a la luz tres categorías de pobreza a las que Dios socorre con su benevolencia: huérfanos, viudas y emigrantes. El comportamiento de Dios es una invitación dirigida al pueblo para que obre del mismo modo, manteniendo siempre vivo el recuerdo de cuanto YHWH ha hecho por Israel (v. 19). Esta imitación del comportamiento de YHWH es expresión de una santidad histórica y social.

En el centro del discurso figura, por último, una insinuación de gran valor teológico: no hay que hacer de la circuncisión, signo de la alianza, ni una ocasión de jactancia ni una praxis material que garantiza la pertenencia al Señor y al pueblo. Con una expresión que se remonta más bien a la tradición profética, se habla de la circuncisión del corazón (v. 16): no hay que tener un corazón endurecido, sino un corazón de carne, limpio de toda superficialidad, siempre dispuesto para la alabanza del Señor y para mostrar ternura con los menesterosos.

 

Evangelio: Mateo 17,22-27

22 Un día que estaban juntos en Galilea, les dijo Jesús: -El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres,

23 y le darán muerte, pero al tercer día resucitará. Y se entristecieron mucho.

24 Cuando llegaron a Cafarnaún, se acercaron a Pedro los que cobraban el impuesto del templo y le dijeron: -No paga vuestro maestro el impuesto?

25 Pedro contestó: -Sí. Al entrar en la casa, se anticipó Jesús a preguntarle: -Qué te parece, Simón? Los reyes de la tierra a quiénes cobran los impuestos y contribuciones: a sus hijos o a los extraños?

26 Pedro contestó: -A los extraños. Jesús le dijo: -Por tanto, los hijos están exentos.

27 Con todo, para que no se escandalicen, vete al lago, echa el anzuelo y saca el primer pez que pique, ábrele la boca y encontrarás en ella una moneda de plata. Tómala y dásela por mí y por ti.

 

**• El texto contiene un segundo anuncio de la futura y próxima pasión de Jesús. El Maestro, tanto en los sinópticos como en Juan, se muestra siempre lúcidamente consciente de su propio destino, camina con los ojos abiertos hacia Jerusalén -ésta es la nota típica de Lucas-, es soberanamente libre en su cumplimiento de la voluntad del Padre. No puede decirse que la pasión haya sido para Jesús un incidente político, un precio pagado por su ingenuidad, un fracaso anunciado. En el fondo -no lo olvidemos- se encuentra siempre la perspectiva final de la resurrección, algo que los discípulos ni comprenden ahora ni comprenderán después. No fueron capaces de esperar hasta el fatídico tercer día anunciado.

Sobre el fondo de este anuncio se inserta el episodio del pago del impuesto religioso para el mantenimiento del templo, de sus estructuras, de su culto, de los encargados de este último. Jesús, libremente soberano, verdadero templo de Dios e Hijo del Dios vivo (el Dios del templo de Jerusalén), paga el impuesto religioso.

El discurso retórico de Jesús dirigido a Pedro da a entender que se trata más de un gesto de condescendencia que de una obligación que tenga que satisfacer. Pero aparece también un signo, una acción profética de Jesús que manifiesta de modo claro su poder, el hecho de que es el Hijo del Dios del templo. Pedro, en efecto, echa el anzuelo y coge un pez que lleva una moneda de plata en la boca. Con ella paga su impuesto y el de Jesús. Éste manda también sobre la naturaleza y demuestra que vive en el templo del cosmos para alabanza de su Padre. Y, en un acto de solidaridad, salda de manera abundante la deuda religiosa en su propio nombre y en el de sus discípulos, que son su nueva familia.

 

MEDITATIO

Amar a Dios con todo el corazón y con toda el alma significa entrar en plena comunión con sus sentimientos y sus afectos: amar lo que él ama, y hacerlo con la pureza y gratuidad que es propia de su santidad. De este modo, tal como hemos observado en el fragmento del Antiguo Testamento, Israel comprende, siguiendo una lógica divina, la unidad de las dos tablas de la ley –el amor a Dios y el amor al prójimo- con una atención particular dirigida a los más menesterosos.

Nosotros, en nuestra experiencia cotidiana, sentimos a menudo la tentación de disociar estos dos preceptos: o bien con una referencia a Dios que no tiene en cuenta a los hermanos, o bien consagrando nuestra atención a los otros sin que haya de por medio una fuerte motivación teologal, un vínculo indisoluble entre Dios y todo lo que es de Dios, sin convenir en que nosotros debemos amar lo que Dios mismo ama. Dios, sin embargo, nos educa para la fraternidad, para la comprensión, para la atención al otro.

Jesús se identifica con Pedro porque considera a sus discípulos como su grupo, como su comunidad, como su familia. Nos enseña a vivir esa fraternidad del corazón y esos vínculos de fraternidad que van más allá que los de la sangre; unos vínculos que nos han llevado, de una manera espontánea, a hablar de amor fraterno, de amor "de fraternidad" entre los cristianos. El corazón circunciso es también un corazón en carne viva, capaz de amar y de servir. Como el corazón de Cristo.

Se ha dicho que entre los ideales de la modernidad, expresados en la tríada revolucionaria -pero, en el fondo, evangélica- de libertad, igualdad y fraternidad, el más difícil de instaurar es el de la fraternidad. Tal vez sea porque exige toda la fuerza del Evangelio, toda la entrega de la verdadera caridad cristiana.

 

ORATIO

Quisiera, Señor, que tú ocuparas siempre el primer puesto en mi vida. Que fueras el primero en recibir el pensamiento de la alabanza por la mañana y el último en ser recordado con amor al final de la jornada.

Quisiera sentir casi de una manera inconsciente, del mismo modo que respiro sin pensar en ello y late mi corazón sin que yo lo procure, que estoy siempre en comunión contigo, en una indisoluble amistad y en una constante presencia.

Quisiera pensarte y encontrarte presente en cada persona que me roza, en la gente con que me encuentro, en las personas con las que trabajo. Y especialmente en aquellos que cargan con el peso del sufrimiento y de la decepción, con un corazón de carne que compadece y alivia, que hace compañía y consuela.

También quisiera hacer de mi vida una memoria perenne de tu presencia, y de mi oración y mi caridad una alabanza sin fin dirigida a ti, la confesión de que te amo, Señor, con todo mi corazón y todas mis fuerzas. Pero sin olvidar a los hermanos, que constituyen asimismo tu presencia, que son el camino y la vía que nos llevan a la comunión contigo.

 

CONTEMPLATIO

Cuando alguien está unido al prójimo, está igualmente unido a Dios. Quiero presentaros una imagen de los Padres para que comprendáis mejor el sentido de lo que estoy diciendo.

Suponed que hay un círculo en el suelo [...]. Pensad que este círculo es el mundo, el centro del círculo es Dios, y las líneas que van desde el círculo al centro son los caminos, o sea, los modos de vivir de los hombres. Así pues, en cuanto los santos avanzan hacia el interior, deseando acercarse a Dios, a medida que van avanzando se acercan a Dios y se acercan entre sí los unos a los otros, y cuanto más se acercan a Dios más se acercan los unos a los otros, y cuanto más se acercan los unos a los otros más se acercan a Dios. Imaginad también, de manera semejante, la separación. En efecto, cuando se alejan de Dios y se dirigen hacia el exterior, está claro que cuanto más se alejan los unos de los otros tanto más se alejan también de Dios.

Mirad, ésta es la naturaleza del amor. Cuanto más fuera estemos y no amemos a Dios, igualmente estaremos distantes del prójimo; en cambio, si amamos a Dios, cuanto más nos acerquemos a Dios por medio del amor a él, igualmente nos uniremos al amor al prójimo, y en la medida en que estemos unidos al prójimo tanto más unidos estaremos a Dios (Doroteo de Gaza, Insegnamenti spirituali, Roma 1979, pp. 124ss).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Recordad: a mí me lo habéis hecho" (cf. Mt 25).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Para los cristianos de los primeros siglos, el sacramento del altar y el del hermano constituían las dos caras del mismo misterio. Cristo ha reconstituido la unidad humana, rota por el orgullo del hombre, por su voluntad de apropiarse de la creación y, por consiguiente, de la muerte -del estado de muerte- que deriva de esta separación. Cristo no está separado de nada ni de nadie. Con la eucaristía entramos en esta inmensa unidad, somos miembros los unos de los otros, responsables los unos de los otros, y cada uno de nosotros lleva en sí toda la humanidad.

El "sacramento del pobre" no sustituye al del altar [...], sino que se arraiga en él, deriva de él, lo expresa. El pan eucarístico no instaura sólo un vínculo entre el Resucitado y cada uno de nosotros, no fundamenta sólo la unidad visible de la Iglesia; nos introduce en la unidad -en el ser de toda la humanidad-. Compartido, hace de nosotros los hombres del compartir [...]. En la Iglesia primitiva no había una moral social, sino más bien una concepción sacramental de la solidaridad humana. Partían de la idea del Cuerpo de Cristo en el que la vida trinitaria, vida en comunión, debe difundirse para irrigar de una manera misteriosa el género humano (O. Clément, La rívolta dello Spiríto, Milán 1980, pp. 135ss).

 

Día 12

 Martes de la XIX Semana del Tiempo Ordinario

 LECTIO

Primera lectura: Deuteronomio 31,1-8

En aquellos días,

1 Moisés dirigió estas palabras a todo Israel: -Ya tengo ciento veinte años y no puedo moverme. Además, el Señor me ha dicho: "No pasarás el Jordán".

3 El Señor, tu Dios, irá delante de ti; él aniquilará ante ti a estas naciones, para que puedas expulsarlas. A la cabeza, como te ha dicho el Señor, irá Josué.

4 El Señor los destruirá, como hizo con Sijón y con Og, reyes de los amorreos, y con su país;

5 os entregará estas naciones y las trataréis como yo os he mandado.

6 Tened ánimo y valor, no las temáis ni os asustéis ante ellas, porque el Señor, tu Dios, va contigo; no te dejará ni te abandonará.

7 Después, Moisés llamó a Josué y le dijo en presencia de todo Israel:

-Ten ánimo y valor, porque tú vas a introducir a este pueblo en la tierra que el Señor juró dar a sus antepasados; tú harás el reparto de su heredad.

8 El Señor irá delante de ti y estará contigo, no te dejará ni te abandonará; no temas ni te acobardes.

 

*+• Estamos en las escenas finales de la vida de Moisés, tal como nos las cuenta el libro de Deuteronomio. Manteniéndose siempre en un clima teologal que remite a Dios, Moisés, tejedor de la trama de la historia del pueblo, habla de su vejez y de su muerte inminente. La tierra prometida está cerca, al otro lado del Jordán, pero sabe que no pasará el límite, según la Palabra del Señor: "No pasarás el Jordán" (v. 2). Sin embargo, Dios estará siempre con el pueblo, le abrirá caminos y le procurará la victoria. Aun en ausencia de su caudillo, al pueblo le acompañará constantemente una certeza: Dios estará presente. YHWH es aquel que está cerca, precede y acompaña al pueblo, precisamente como ha hecho hasta ese momento.

Es la hora de las consignas. Josué, elegido también por Dios para conducir al pueblo a la tierra prometida, será el heredero de Moisés. Pasan los mediadores humanos, pero Dios permanece. Esta certeza, que Moisés ha experimentado a lo largo de toda su vida, pretende dar seguridad a Josué. Las promesas hechas al pueblo también valen para él. Dios sigue siendo el protagonista de una historia que lleva adelante entre las contradicciones de los hombres y su probada fidelidad. Moisés garantiza a Josué esta presencia tras haberle impuesto las manos, signo de la transmisión de poderes, junto con el don del espíritu de sabiduría (Dt 34,9).

Dios es siempre aquel que camina delante. Siempre estará presente, junto al pueblo y a su cabeza. Será fiel. Es una garantía que abre un futuro de esperanza.

 

Evangelio: Mateo 18,1-5.10.12-14

1 En aquel momento se acercaron los discípulos a Jesús y le dijeron: -Quién es el más importante en el Reino de los Cielos?

2 Él llamó a un niño, lo puso en medio de ellos

3 y dijo: -Os aseguro que si no cambiáis y os hacéis como los niños no entraréis en el Reino de los Cielos.

4 El que se haga pequeño, como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos.

5 El que acoge a un niño como éste en mi nombre, a mí me acoge.

10 Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles en el cielo contemplan sin cesar el rostro de mi Padre celestial.

12 Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le extravía una de ellas, no dejará en el monte las noventa y nueve e irá a buscar la descarriada?

13 Y si llega a encontrarla, os aseguro que se alegrará por ella más que por las noventa y nueve que no se extraviaron.

14 Del mismo modo, vuestro Padre celestial no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños.

 

**• En el fragmento evangélico de hoy se enlazan dos temas con dos géneros literarios de catequesis. En el primero encontramos una acción demostrativa de Jesús, que responde de manera clara e inesperada a una pregunta, un poco fuera de lugar, de los discípulos. Éstos no han comprendido todavía las exigencias del Reino. Quieren saber quién será el más grande en ese Reino de los Cielos que el Maestro está anunciando como próximo e incluso como ya presente.

La respuesta visual es la acción profética de Jesús, que acompaña su Palabra con un gesto elocuente: pone en el centro a un niño -un ser pequeño, menesteroso, sin malicia-, y lo pone como modelo efectivo de acogida al Reino de los Cielos; la acogida en él se produce por don y no por mérito, lo cual significa volver a una pobreza ontológica, original, para dejarse formar también por la novedad inédita del Reino que Jesús proclama. 

Volver a ser niño es convertirse a Dios. La figura del niño se une aquí a la doctrina paulina del nuevo nacimiento, al mensaje joáneo de los hijos nacidos de Dios. Existe armonía entre la teología joánea, la de los sinópticos y la de Pablo. Ahora bien, la visión del niño suscita en Jesús una doble enseñanza que tiene que ver con el niño mismo como figura simbólica de todo ser menesteroso, pobre, frágil, al que debemos brindar nuestra acogida. Hasta tal punto que quien acoge a uno de estos pequeños acoge al mismo Jesús, que se ha identificado con los últimos. Viene, a continuación, la advertencia de que no debemos despreciar a los que se hacen como niños. Dios se ocupa de su defensa, y los ángeles que los custodian cuidan de ellos. En este contexto, aunque como una enseñanza añadida, presenta Mateo la parábola del buen pastor que va en busca de la oveja perdida, parábola que está descrita mejor en el evangelio de Lucas. La bienaventuranza del Reino pertenece también a los últimos, a quienes Dios busca con todo el corazón, como un pastor que no quiere que se pierda ninguno. Jesús, buen pastor, constituye una esperanza para todos.

 

MEDITATIO

Podríamos contar toda la historia de la salvación a la luz de la categoría de presencia, tal como hemos podido constatar a lo largo de las páginas del Éxodo y del Deuteronomio.

De la presencia de Dios en la creación se pasa a una presencia todavía más próxima en la tienda y en el arca. Dios, cuyo nombre -YHWH- significa también el "Dios presente", "Aquel que precede, sigue y acompaña", es siempre el Dios cercano, hasta el punto de hacer exclamar a Moisés: "Y en efecto, qué nación hay tan grande que tenga dioses tan cercanos a ella como lo está el Señor, nuestro Dios, siempre que lo invocamos? (Dt 4,7).

La certeza que posee el pueblo de Israel en atravesar el umbral de la tierra prometida se basa también en la promesa de esta presencia. Una presencia que, a su tiempo, tendrá una sede en el templo, en el Santo de los Santos, y que no cesará ni siquiera con la destrucción del templo. El Señor "emigrará", en efecto, con su pueblo al exilio. En la cima de la presencia de Dios en el Nuevo Testamento tenemos al Verbo encarnado. Él es la tienda y el templo, él es la presencia todavía más cercana, en nuestra carne, en nuestra compañía.

Sin embargo, tal como nos enseña el Evangelio, Jesús mismo ha querido trasladar, por así decir, su presencia también al hombre, a todo hombre, a los pequeños del Reino, que deben ser tratados y acogidos como el mismo Cristo. Quien acoge a un pequeño del Reino - a un niño, a un pobre, a un menesteroso- acoge a Jesús, presente en él, porque lo que le hagamos al más pequeño a Jesús mismo se lo hacemos (cf. Mt 25,40).

 

ORATIO

Tú eres un Dios presente, Señor. Te complaces en vivir no sólo en tu cielo altísimo, sino también en medio de nosotros. Cómo habrías de ser un Dios de la historia si no marcharas con nosotros por los caminos de la vida? Esta presencia tuya es signo de ilimitada bondad y de amistad divina. Un amigo es una persona que está presente, un rostro cercano, un corazón cuyo latido próximo sentimos y con cuya conversación e intimidad gozamos.

Sin embargo, tu presencia está escondida y velada. Necesitamos el suplemento de la luz de la fe para captar tu presencia, que se esconde y se revela a mismo tiempo: en la naturaleza, en la historia, en la Palabra, en la eucaristía. Existe también una presencia a través de la cual quieres ser acogido, amado, reverenciado, servido.

Es tu presencia en los pequeños, en los que sufren, en los necesitados. Debes atraer en cierto modo nuestro amor hacia los hermanos, de manera que, aunque siga siendo verdadero en su orientación a ti, se dirija a todos aquellos a quienes tú amas, con quienes te has identificado y en los que quieres ser servido.

Concédenos una fe limpia para vislumbrar tus rasgos en el rostro de los hermanos pequeños y pobres, y un amor grande para servirte en aquellos que se han convertido en tu presencia mística: así nos atraerás para que amemos y sirvamos como tu amaste y serviste en nosotros a aquellos que te dio el Padre.

 

CONTEMPLATIO

Quieres honrar el cuerpo de Cristo? No permitas que sea objeto de desprecio en sus miembros, es decir, en los pobres, que carecen de paños para cubrirse. No lo honres aquí, en la iglesia, con telas de seda mientras que fuera lo olvidas cuando sufre por el frío y la desnudez.

El que ha dicho: "Éste es mi cuerpo", confirmando el hecho con la palabra, ha dicho también: "Me visteis hambriento y no me disteis de comer" (cf. Mt 25,35) y "Os aseguro que, cuando dejasteis de hacerlo con uno de estos pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo" (Mt 25,45) [...].

Aprendamos, pues, a pensar en honrar a Cristo como él quiere. En efecto, el honor más agradable que podemos rendir a aquel a quien queremos venerar es el que él mismo quiere, no el que nos inventemos nosotros [...]. Haz que los hombres se beneficien de tus riquezas.

Dios no tiene necesidad de vasos de oro, sino de almas de oro [...]. Por consiguiente, mientras adornas el lugar del culto, no cierres tu corazón al hermano que sufre. Éste es un templo vivo más precioso que aquél (Juan Crisóstomo, Homilía sobre el evangelio de Mateo, 50, 3ss: en PG 58, cois. 508ss).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Acoge el Reino de Dios en ti como un niño, acoge a cada niño como al mismo Cristo".

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

De hecho, no es raro que, en el mundo actual, nos sintamos perdedores. Pero la aventura de la esperanza nos lleva más allá. Un día encontré escritas en un calendario estas palabras: "El mundo es de quien lo ama y mejor sabe demostrarlo". !Qué verdaderas son estas palabras! En el corazón de las personas hay una sed infinita de amor, y nosotros, con el amor que Dios ha infundido en nuestros corazones (cf. Rom 5,5), podemos saciarla, Pero es preciso que nuestro amor sea "arte", un arte que supera la capacidad de amar simplemente humana. Mucho, por no decir todo, depende de esto.

Yo he visto este arte, por ejemplo, en la madre Teresa de Calcuta. Quien la veía, la amaba. También en Juan XXIII, que ha sido proclamado beato recientemente. Aunque han pasado muchos años desde su muerte, su memoria está muy viva en la gente. Al entrar en un convento, en un centro diocesano o en nuestras oficinas, no siempre se encuentra este arte que hace al cristianismo hermoso y atrayente. Se encuentran, por el contrario, caras tristes y aburridas debido a la rutina de todos los días. No dependerá también de esto la falta de vocaciones? Y la escasa incidencia de nuestro testimonio? !Sin un amor fuerte no podemos ser testigos de esperanza!

Aunque seamos expertos en materia de religión, corremos el riesgo cíe tener una teoría del amor y no poseer suficientemente su arte. Como un médico que tiene ciencia pero no el arte de la relación amable y cordial. La gente le consulta porque lo necesita, pero, cuando se cura, ya no vuelve más.

Jesús era como nadie maestro en el arte de amar. Igual que un emigrante que se ha marchado al extranjero, aunque se adapte a la nueva situación, lleva siempre consigo, al menos en su corazón, las leyes y las costumbres de su pueblo, así él al venir a la tierra se trajo, como peregrino de la Trinidad, el modo de vivir de su patria celestial, "expresando humanamente los comportamientos divinos de la Trinidad" (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 470) (F. X. Nguyen Van Thuan, Testigos de es' peranza, Ciudad Nueva 52001, pp. 82-83).




Día 13

 Miércoles de la XIX Semana del Tiempo Ordinario

LECTIO

Primera lectura: Deuteronomio 34,1-12

En aquellos días,

1 Moisés subió desde los llanos de Moab al monte Nebo, a la cima del Pisga, enfrente de Jericó, y el Señor le mostró toda la tierra: desde Galaad hasta Dan.

2 Todo Neftalí, la tierra de Efraín y Manases, toda la tierra de Judá hasta el mar Mediterráneo,

3 el Négueb, el distrito del valle de Jericó, la Ciudad de las Palmeras, hasta Segor,

4 y le dijo: -Ésta es la tierra que prometí a Abrahán, Isaac y Jacob, diciendo: Se la daré a tu descendencia. Te la hago ver con tus ojos, pero no entrarás en ella.

5 Moisés, siervo del Señor, murió allí, en la tierra de Moab, como había dispuesto el Señor.

6 Lo enterraron en el valle, en tierra de Moab, enfrente de Bet Peor. Nadie hasta hoy conoce su sepultura.

7 Moisés tenía ciento veinte años cuando murió. No se habían apagado sus ojos, ni se había debilitado su vigor.

8 Los israelitas lloraron a Moisés durante treinta días en los llanos de Moab, cumpliendo así los días de luto por su muerte.

9 Josué, hijo de Nun, estaba lleno de espíritu de sabiduría, porque Moisés le había impuesto las manos. Los israelitas le obedecieron, como el Señor había mandado a Moisés.

10 No ha vuelto a surgir en Israel un profeta semejante a Moisés, con quien el Señor trataba cara a cara.

11 Nadie ha vuelto a hacer los milagros y maravillas que el Señor le mandó hacer en el país de Egipto contra el faraón, sus siervos y su territorio.

12 No ha habido nadie tan poderoso como Moisés, pues nadie ha realizado las tremendas hazañas que él realizó a la vista de todo Israel.

 

*•• Las alturas del monte Nebo, desde donde se divisa el bellísimo y extenso panorama de la tierra prometida, se nos han vuelto familiares desde que, el 20 de marzo de 2000, Juan Pablo II, en su peregrinación jubilar a Tierra Santa, se asomó desde las alturas del templo dedicado a Moisés para conmemorar lo que hoy nos propone la Escritura. Por parte del Señor, que habla una vez más a Moisés, la tierra es como el sello de la fidelidad a él, al pueblo, pero también a los patriarcas que han recibido las promesas: Abrahán, Isaac, Jacob...

También en este momento se muestra Dios fiel a sí mismo y a sus propias palabras y promesas: "Te la hago ver con tus ojos, pero no entrarás en ella" (v. 4b). A continuación, tiene lugar la muerte y la sepultura de Moisés. Éste es el "siervo del Señor", en la doble acepción que tiene este término en la Escritura: el honor de la elección para servir al Señor y ejecutar sus designios; la entrega total y efectiva a su plan de salvación. El libro sagrado sella la narración de la muerte del gran caudillo con el elogio típico dedicado a los hombres que han dejado huella en la historia, pero con los rasgos característicos e irrepetibles de Moisés, aquel "con quien el Señor trataba cara a cara" (v. 10), signo máximo de familiaridad.

Moisés fue el hombre de los grandes signos y milagros, en especial el hombre del éxodo, de la pascua de la libertad y de la liberación. Su tumba queda como un memorial, y su persona se acerca ahora a la estirpe de los antiguos patriarcas. El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob es también el Dios de Moisés. Y Josué asume ahora la responsabilidad de conducir al pueblo hasta la tierra prometida.

 

Evangelio: Mateo 18,15-20

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

15 Por eso, si tu hermano te ofende, ve y repréndelo a solas. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano.

16 Si no te escucha, toma contigo uno o dos, para que cualquier asunto se resuelva en presencia de dos o tres testigos.

17 Si no les hace caso, díselo a la comunidad; y si tampoco hace caso a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.

18 Os aseguro que lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.

19 También os aseguro que, si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir cualquier cosa, la obtendrán de mi Padre celestial.

20 Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.

 

**• El capítulo 18 de Mateo lleva, en algunas ediciones de la Biblia, el significativo título de "discurso eclesiástico". Este capítulo introduce, en efecto, temas típicamente eclesiales, en el sentido primitivo de cuestiones referentes a la comunidad de Jesús, a la nueva comunidad que él ha fundado. Tras las instrucciones encaminadas a acoger el Reino como los niños y a la conversión -ésta es la condición para entrar en la familia de Jesús y vivir según sus enseñanzas- y el discurso sobre la salvación de todos, encontramos algunas enseñanzas esenciales y progresivas.

La primera tiene que ver con la corrección fraterna en la comunidad de Jesús, un momento importante en una comunidad de pecadores para llegar a la conversión. Se trata de una actitud que manifiesta el cuidado que los hermanos y las hermanas de la familia de Jesús deben tener los unos de los otros en un clima de amor verdadero, exento de hipocresía y que llega incluso a la corrección fraterna. Aparecen tres momentos progresivos de gran finura psicológica: la corrección en privado, la corrección en compañía de un testigo, a fin de reforzar la autoridad de la corrección con la presencia de un hermano, y, por último, el recurso a la asamblea. El límite final es la expulsión de la persona indigna de la comunión como un remedio medicinal extremo, casi para provocar -en la soledad y en la lejanía- la nostalgia del retorno a la comunión fraterna.

La segunda enseñanza refuerza la conciencia de una comunidad en la que la autoridad del amor de Cristo se transmite a los responsables. Con las palabras clásicas, de indudable sabor semítico, "atar" y "desatar" indica Jesús el poder que transmite a los suyos. Por último, Jesús habla de la oración en común, una oración que será escuchada por el Padre si se hace en su nombre, en unión con Él y en Él. A esta oración unánime y unida le garantiza Jesús su presencia y la eficacia de su intercesión celestial.

 

MEDITATIO

El sugestivo final del fragmento de Mateo constituye una fuente de meditación. Jesús promete su presencia espiritual en medio de aquellos que se hayan reunido en su nombre: "Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (v. 20). Estas palabras hacían exclamar a Orígenes que donde dos o más estén reunidos en nombre de Cristo, aunque sean laicos, allí está la Iglesia. Muchos cristianos, en tiempos de persecuciones, tanto ayer como hoy, han experimentado esta sencilla y esencial constitución de la Iglesia en virtud de la presencia de Cristo. Juan Crisóstomo, por su parte, exaltaba estas palabras de Jesús a fin de hacer reconocer su presencia en medio de la asamblea litúrgica, y para expresar que con esa presencia toda celebración es una fiesta.

Estar unidos en nombre de Jesús significa estar unidos en fidelidad a su enseñanza, en comunión con su persona, siendo fieles a su ejemplo, especialmente en el amor recíproco. De este modo se crea una atmósfera espiritual completamente repleta de la presencia de Cristo, que une por la certeza de constituir un lugar habitado, o un espacio teologal donde vive el Resucitado. Esta presencia asegura la unidad entre el cielo y la tierra, la eficacia de la oración, la alegría del Padre celestial. Eso significa que la primera condición que hemos de buscar necesariamente, en la vida cotidiana, en toda relación con aquellos que comparten nuestra misma fe, es la misma unidad en el nombre de Cristo. Pero significa también que la condición de todo testimonio y toda misión es garantizar por nuestra parte a los otros la comunión con el Señor, a fin de que él se haga presente y sea escuchada y vivida la Palabra del Evangelio.

 

ORATIO

Señor, tú has convertido a la Iglesia en el lugar de tu presencia. Qué grato es habitar en tu casa, aunque seamos indignos; recibir de los hermanos la ayuda necesaria para caminar en tu presencia, incluso la gracia de la corrección fraterna cuando nos encontramos en el error. Con tu Iglesia estamos seguros de contar con tu presencia y tu gracia, incluso por medio de aquellos que te representan, a los cuales les has dado el poder atar y desatar en tu nombre, con un amor que procede de ti.

Pero, sobre todo, vemos en la Iglesia una anticipación de la vida celestial, una tierra de promisión que como a Moisés -más aún, más que a Moisés desde el monte Nebo- tú mismo nos haces ver y gozar, en una Iglesia que ya es también un poco del cielo en la tierra, en virtud de tu presencia que une el cielo, donde estás con el Padre, y la tierra, donde estás con nosotros. Concédenos la gracia de asegurar siempre entre nosotros el amor recíproco que nos convierte en ámbito donde moras.

 

CONTEMPLATIO

Si nos mantenemos unidos, Jesús está entre nosotros. Y esto es valioso. Vale más que cualquier otro tesoro que pueda poseer nuestro corazón: más que la madre, que el padre, que los hermanos, que los hijos. Vale más que la casa, que el trabajo, que la propiedad; más que las obras de arte de una ciudad como Roma; más que nuestros negocios; más que la naturaleza que nos rodea con flores y prados, el mar y las estrellas; más que nuestra alma.

Es él quien, inspirando a sus santos con sus eternas verdades, hizo época en cada época. También ésta es su hora: no tanto de un santo, sino de él; de él entre nosotros, de él vivo en nosotros, edificando -en unidad de amor- su Cuerpo místico. Pero es preciso dilatar a Cristo, hacerle crecer en otros miembros; hacernos portadores de fuego como él. Hacer uno de todos y en todos el Uno. Y entonces viviremos la vida que él nos da momento a momento en la caridad.

El del amor fraterno es un mandamiento de base. Por él vale todo lo que es expresión de sincera caridad fraterna. Nada de lo que hacemos vale si no está presente en ello el sentimiento del amor a los hermanos: Dios es Padre y en el corazón tiene siempre y únicamente hijos (C. Lubich, L'attrattiva del mondo moderno. Scritti spirituali, Roma 1978, I, 50 [edición española: El atractivo de nuestro tiempo, Editorial Ciudad Nueva, Madrid 1995]).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "!Qué admirables son tus obras!" (Sal 65,3a).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

San Mateo refiere esta promesa de Jesús: "Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18,20). Aquí no hemos de pensar sólo en la asamblea litúrgica, sino en toda situación en la que dos o más cristianos están unidos en el Espíritu, en la caridad de Jesús. Y tampoco hemos de pensar sólo en la simple omnipresencia del Cristo resucitado en todo el cosmos.

Escribe un exégeta de nuestros días: "Mateo piensa en una presencia "personalizada". Jesús está presente como crucificado resucitado, es decir, en la apertura de donación total vivida en la cruz, donde él, con toda su humanidad, se abre a la acción divinizante del Padre y se entrega totalmente a nosotros, comunicándonos su espíritu, el Espíritu Santo. La presencia del Resucitado no es, pues, una presencia estática, un estar-aquí y nada más, sino una presencia relacional, una presencia que reúne y unifica y que, en consecuencia, espera nuestra respuesta, la fe.

Brevemente, la proximidad de Cristo reúne a "los hijos de Dios dispersos" para hacer de ellos la Iglesia". Desde la alianza sellada en el Sinaí con Israel, Yahvé se revela como el que interviene eficazmente en la historia. El liberó a los hebreos de la esclavitud de Egipto, hizo de ellos su pueblo. "Yo estoy en medio de vosotros", es la palabra que identifica la primera alianza: una presencia que protege, guía, consuela y castiga...

Con la llegada del Nuevo Testamento, esta presencia adquiere una densidad especial y nueva. La promesa de la presencia definitiva de Dios, o sea, la promesa ae la Alianza definitiva, halla su cumplimiento en la resurrección de Jesús. En la comunidad cristiana, el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, es "el salvador de su Cuerpo", la Iglesia (cf. Ef 5,23). Presente en medio de los suyos, él convoca y reúne no sólo a Israel, sino a toda la humanidad [cf. Mt 28,19-20). Vivir con Jesús "en medio", según la promesa de Mt 1 8,20, significa actualizar desde ahora el designio de Dios sobre toda la historia de la humanidad. Pero cómo hacer visible la presencia permanente del Resucitado?

Cuando, tras la caída del Muro de Berlín, se reunió la primera asamblea especial del Sínodo de Obispos para Europa y se preguntó sobre la nueva evangelización del continente, un religioso húngaro subrayó que la única Biblia que leen los llamados "alejados" es la vida de los cristianos. Y podríamos añadir: somos nosotros, es nuestra vida, la única eucaristía de la que se alimenta el mundo no cristiano. Por la gracia del bautismo, y especialmente por la eucaristía, estamos injertados en Cristo, pero es en la fraternidad vivida donde la presencia de Jesús en la Iglesia se manifiesta y resulta operante en la existencia cotidiana.

En el silencio, dos o tres creyentes pueden testimoniar en el amor recíproco lo que constituye su identidad profunda: ser Iglesia en la atención a los débiles, en la corrección fraterna, en la oración en unidad, en el perdón sin límites (F. X. Nguyen Van Thuan, Testigos de esperanza, Ciudad Nueva 52001, pp. 155-157).


 

Día 14

 San Maximiliano María Kolbe, presbítero y mártir

 

LECTIO

Primera lectura: Josué 3,7-10a.1.13-17

En aquellos días,

7 el Señor dijo a Josué: -Hoy voy a comenzar a engrandecerte a la vista de todo Israel, para que sepan que estaré contigo como estuve con Moisés.

8 Darás esta orden a los sacerdotes que llevan el arca de la alianza: Cuando lleguéis a la orilla del Jordán, os detendréis.

9 Y Josué dijo a los israelitas: -Acercaos y escuchad las palabras del Señor, vuestro Dios.

10 Y añadió: -Ésta es la señal de que el Dios vivo está en medio de vosotros y de que expulsará ante vosotros a los cananeos:

11 el arca de la alianza del dueño de toda la tierra va a atravesar delante de vosotros el Jordán.

13 En cuanto los sacerdotes que llevan el arca del Señor, dueño de toda la tierra, pisen las aguas del Jordán, éstas quedarán cortadas, y las que bajan de arriba se detendrán formando un muro.

14 Cuando el pueblo levantó el campamento para pasar el Jordán, los sacerdotes llevaban el arca de la alianza delante del pueblo.

15 Y en cuanto éstos llegaron al Jordán y metieron sus pies en el agua (el Jordán se desborda por sus orillas en el tiempo de la siega),

16 las aguas que venían de arriba se detuvieron formando un embalse que llegaba muy arriba, hasta Adán, la ciudad que está cerca de Sartán, y las que bajaban al mar de Araba, el mar Muerto, quedaron separadas de las otras mientras el pueblo pasaba a la altura de Jericó.

17 Los sacerdotes que llevaban el arca de la alianza del Señor estuvieron en medio del Jordán como en tierra seca, mientras todo Israel atravesaba por el cauce seco, hasta que pasó todo el pueblo.

 

*• La entrada del pueblo de Israel en la tierra prometida está descrita en el libro de Josué como una solemne procesión litúrgica. En el centro se encuentra el arca de la alianza: es el lugar de la presencia de YHWH en medio de su pueblo, el memorial de la alianza, puesto que el arca contiene las tablas de la ley. La repetición del nombre del arca por seis veces en este fragmento -llamada también en el texto "arca de la alianza del dueño de toda la tierra" (v. 11)- marca casi rítmicamente el paso de la presencia de Dios a la cabeza de su pueblo. Es siempre el Dios fiel quien precede y acompaña al pueblo. Habla a Josué, como antes hablaba a Moisés, y el nuevo caudillo interpreta y transmite la voz de Dios.

Ante la tierra prometida se repite lo mismo que sucedió en el paso del mar Rojo. Las aguas se detienen y el pueblo al que acompaña el arca de la alianza cruza el río a través de un sendero seco. Así, de una manera simétrica, el paso de la esclavitud de Egipto a la libertad, aunque fuera en el desierto, y la entrada en la tierra prometida están marcados por la intervención maravillosa de YHWH.

El salmo 113, salmo responsorial de la liturgia de la Palabra de hoy, asocia el recuerdo del mar Rojo y del río Jordán, implicados en un prodigio semejante: "El mar, al verlos, huyó, el Jordán se echó atrás... Qué te pasa, mar, que huyes; a ti, Jordán, que te echas atrás?" (w. 3.5). Es el Dios soberano que pasa y, con su pueblo, atraviesa ahora el umbral de la tierra prometida.

 

Evangelio: Mateo 18,21-19,1

En aquel tiempo

18.21 se acercó Pedro y le preguntó: -Señor, cuántas veces he de perdonar a mi hermano cuando me ofenda? Siete veces?

22 Jesús le respondió: -No te digo siete veces, sino setenta veces siete.

23  Porque con el Reino de los Cielos sucede lo que con aquel rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos.

24 Al comenzar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos.

25 Como no podía pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer y a sus hijos, y todo cuanto tenía, para pagar la deuda.

26 El siervo se echó a sus pies suplicando: "!Ten paciencia conmigo, que te lo pagaré todo!".

27 El señor tuvo compasión de aquel siervo, lo dejó libre y le perdonó la deuda.

28 Nada más salir, aquel siervo encontró a un compañero suyo que le debía cien denarios; lo agarró y le apretaba el cuello diciendo: "!Paga lo que debes!".

29 El compañero se echó a sus pies, suplicándole: "!Ten paciencia conmigo y te pagaré!".

30 Pero él no accedió, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara la deuda.

31 Al verlo, sus compañeros se disgustaron mucho y fueron a contar a su señor todo lo ocurrido.

32 Entonces el señor lo llamó y le dijo: "Siervo malvado, yo te perdoné aquella deuda entera, porque me lo suplicaste.

33 No debías haber tenido compasión de tu compañero, como yo la tuve de ti?".

34 Entonces su señor, muy enfadado, lo entregó para que lo castigaran hasta que pagase toda la deuda.

35 Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial si no os perdonáis de corazón unos a otros.

19.1 Cuando Jesús terminó este discurso, se marchó de Galilea y se dirigió a la región de Judea, a la otra orilla del Jordán.

 

*+• El presente texto evangélico nos transmite una enseñanza esencial. Toda la sustancia del discurso se encuentra precisamente en la pregunta que hace Pedro a Jesús a propósito de las veces que debemos perdonar al hermano que nos ofende. Se trata de un hermano, y por eso tiene que ser perdonado siempre, hasta la paradoja. No sólo "siete veces", un número que indica plenitud, sino incluso un número inverosímil de "setenta veces siete", que es como un número infinito, que significa "siempre", sin poner límites a la misericordia. Ahora bien, en realidad la clave de comprensión de la enseñanza de Jesús se encuentra no sólo en el número ilimitado de las veces que se debe conceder el perdón al hermano que nos ofende, sino en la calidad misma del perdón que hemos de conceder. Se trata de un perdón que no se reduce a una fórmula o a una mal disimulada obligación de perdonar porque no se puede hacer otra cosa. La calidad del perdón incide en su mismo sentido Debe tener la calidad del perdón de Dios, y debe llegar al corazón, lugar de la verdad, de los sentimientos y de las venganzas, del amor verdadero y del perdón sincero. Un corazón que perdona es un corazón misericordioso. Perdonar "de corazón" (v. 35) significa sellar con el amor verdadero el perdón que se concede. Dado que alguien nos ha perdonado así, sin límite en el número de veces, no podemos nosotros poner límites al amor misericordioso del perdón.

 

MEDITATIO

La magna procesión con el arca de la alianza que precede a la entrada del pueblo en la tierra prometida nos habla de la presencia de Dios en medio del pueblo y, también, del pacto de amor de Dios con el mismo. Es un pacto gratuito, en el que Dios tiene la iniciativa de la caridad superabundante, pero también un pacto que exige por parte del pueblo la fidelidad a la alianza a través del cumplimiento del doble mandato del amor a Dios y del amor al prójimo, con los preceptos de las tablas de la ley, que son como la presencia de la fidelidad de Dios, encerrada en el arca. Delante de esta presencia de Dios se renuevan los prodigios del éxodo.

Nosotros sabemos que la crisis en el cumplimiento de la alianza por parte del pueblo, a lo largo de la historia de Israel, acaeció sobre todo por una negligencia en la observancia tanto del amor a Dios como del amor al prójimo. Aun cuando el pueblo permaneció fiel en cierto modo a unos ritos que honraban a Dios, los profetas le reprochaban la falta de atención al prójimo, al huérfano, a la viuda, a los pequeños. Dios no pide sacrificios, sino misericordia.

La enseñanza de Jesús se sitúa en el mismo plano de continuidad de la predicación profética, aunque con una propuesta inaudita, la del perdón ofrecido al hermano sin condiciones de tiempo y de número: perdonar siempre, perdonar a todos, perdonar sin pedir cuentas, perdonar de corazón. En el fondo de la enseñanza de la parábola está la lógica divina de la imitación del Padre celestial, que nos ofrece a nosotros, si no tenemos el corazón endurecido, un perdón sin límites. Perdonar es la última palabra del amor. Es amor gratuito, el único que, junto con la misericordia, puede ir más allá de la justicia.

 

ORATIO

Señor, cada día te pedimos, con las palabras que tu Hijo nos enseñó, que nos perdones nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Esta petición, a la que san Agustín llamaba "nuestra medicina cotidiana" -porque necesitamos ser perdonados y abrir el corazón al perdón-, es como un bálsamo para nuestras heridas.

Estamos heridos cuando pecamos y sentimos la necesidad de una efusión de caridad, del Espíritu Santo que nos vuelve a sanar, porque él es la remisión de nuestros pecados. Pero tenemos endurecido el corazón y, por consiguiente, una herida escondida, una esclerosis oculta, cuando nos negamos a perdonar a alguien, a acogerle en nuestro amor.

Concédenos, Señor, recitar siempre las palabras de tu Hijo con toda sinceridad, contar siempre en el corazón con un suplemento de caridad para ir más allá de la lógica de la venganza, de la condena, de la autojustificación.

No sabemos perdonar ni podemos perdonar sin ese suplemento de caridad divina que es la gracia del Espíritu Santo. Tú, que manifiestas tu omnipotencia con la misericordia y el perdón, amplía nuestra capacidad de amar y de perdonar, extendiendo también de corazón el perdón a aquellos que nos han hecho daño.

 

CONTEMPLATIO

Así, adquieren vida las palabras del Señor sobre el perdón, este Amor que ama hasta el extremo del amor (cf Jn 13,1). La parábola del siervo sin entrañas, que culmina la enseñanza del Señor sobre la comunión eclesial (cf. Mt 18,23-35), acaba con esta frase: "Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial si no perdonáis cada uno de corazón a vuestro hermano". Es, en efecto, en el fondo "del corazón" donde todo se ata y se desata. No está en nuestra mano no sentir ya la ofensa y olvidarla, pero el corazón que se ofrece al Espíritu Santo cambia la herida en compasión y purifica la memoria transformando la ofensa en intercesión [...].

No hay límite ni medida en este perdón, esencialmente divino (cf. Mt 18,21-22; Le 17,3-4). Si se trata de ofensas (de "pecados" según Le 11,4, o de "deudas" según Mt 6,12), de hecho nosotros somos siempre deudores: "Con nadie tengáis otra deuda que la del mutuo amor" (Rom 13,8). La comunión de la Santísima Trinidad es la fuente y el criterio de verdad en toda relación (cf. 1 Jn 3,19-24). Se vive en la oración y sobre todo en la eucaristía (cf. Mt 5,23-24): Dios no acepta el sacrificio de los que provocan la desunión y los despide del altar para que antes se reconcilien con sus hermanos: Dios quiere ser pacificado con oraciones de paz. La obligación más bella para Dios es nuestra paz, nuestra concordia, la unidad en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo de todo el pueblo fiel (san Cipriano, Dom. oral. 23: PL 4, 535C-536A) (Catecismo de la Iglesia católica nn. 2843.2845).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Perdónanos nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden" (Mt 6,12).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Cristo subraya con tanta insistencia la necesidad de perdonar a los demás que a Pedro, que le había preguntado cuántas veces debería perdonar al prójimo, le indicó la cifra simbólica de "setenta veces siete", queriendo decir con ello que debería saber perdonar a todos y siempre. Es obvio que una exigencia tan grande de perdonar no anula las objetivas exigencias de la justicia. La justicia rectamente entendida constituye por así decirlo la finalidad del perdón. En ningún paso del mensaje evangélico el perdón, y ni siquiera la misericordia como su fuente, significan indulgencia con el mal, con el escándalo, la injuria, el ultraje cometido. En todo caso, la reparación del mal o del escándalo, el resarcimiento por la injuria, la satisfacción del ultraje como condición del perdón.

Así pues, la estructura fundamental, de la justicia penetra siempre en el campo de la misericordia. Esta, sin embargo, tiene la fuerza de conferir a la justicia un contenido nuevo, que se expresa de la manera más sencilla y plena en el perdón (Juan Pablo II, carta encíclica Dives in misericordia, del 30 de noviembre de 1980, n. 14).


 

Día 15

 La Asunción de la Santísima Virgen María

 

Día 16

 Sábado de la XIX Semana del Tiempo Ordinario San Esteban de Hungría

 

LECTIO

Primera lectura: Josué 24,14-19

En aquellos días, dijo Josué a todo el pueblo:

14 Así pues, respetad al Señor y servidle en todo con fidelidad; quitad de en medio de vosotros los dioses a los que sirvieron vuestros antepasados en Mesopotamia y en Egipto, y servid al Señor.

15 Si no os parece bien servir al Señor, escoged hoy a quién queréis servir, si a los dioses a quienes sirvieron vuestros antepasados en Mesopotamia o a los dioses de los amorreos, cuya tierra ocupáis. Yo y los míos serviremos al Señor.

16 El pueblo respondió: -Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a otros dioses.

17 El Señor es nuestro Dios; él fue quien nos sacó de la esclavitud de Egipto a nosotros y a nuestros padres. Él ha hecho ante nuestros ojos grandes prodigios y nos ha protegido durante el largo camino que hemos recorrido y en todas las naciones que hemos atravesado.

18 Él ha expulsado delante de nosotros a todos los pueblos y a los amorreos, que viven en el país. Así que también nosotros serviremos al Señor, porque Él es nuestro Dios.

19 Josué dijo al pueblo: -Vosotros no seréis capaces de servir al Señor, porque él es un Dios santo, un Dios celoso que no tolerará vuestras transgresiones ni vuestros pecados. 20 Si abandonáis al Señor para servir a dioses extraños, Él se volverá contra vosotros y, después de haberos hecho tanto bien, os hará el mal y os exterminará.

21 El pueblo respondió: -Nosotros queremos servir al Señor.

22 Josué les dijo: -Sois testigos contra vosotros mismos de que habéis elegido al Señor para servirlo. Ellos respondieron: -Lo somos.

23 Y Josué añadió: -Entonces quitad de en medio de vosotros los dioses extraños e inclinad vuestros corazones al Señor, Dios de Israel.

24 El pueblo respondió: -Serviremos al Señor, nuestro Dios, y obedeceremos su voz.

25 Aquel día, Josué hizo una alianza con el pueblo y le dio leyes y preceptos en Siquén.

26 Josué escribió estas palabras en el libro de la ley de Dios, tomó una gran piedra y la erigió allí, debajo de la encina que había en el santuario del Señor,

27 y dijo a todo el pueblo: -Esta piedra será un testimonio contra nosotros, porque ella ha oído todo lo que el Señor nos ha dicho; será un testimonio contra vosotros para que no reneguéis de vuestro Dios.

28 Después, Josué despidió al pueblo, y cada uno se volvió a su heredad.

29 Algún tiempo después, murió Josué, hijo de Nun, siervo del Señor, a la edad de ciento diez años.

 

*•• Con este episodio concluye el libro de Josué y termina, idealmente, la toma de posesión de la tierra prometida por parte de todo el pueblo que se dirige, según las tribus, al territorio en el que debe habitar. El momento es solemne. Se concluye una alianza que consta de tres momentos esenciales.

El primero es la invitación lanzada por Josué al pueblo para que se adhiera por completo al Señor, con integridad y verdad, en un servicio total, renunciando a todos los ídolos, incluso a los ancestrales, que habían permanecido en la memoria colectiva, así como a los nuevos ídolos a los que el pueblo se había dirigido en el desierto (y tal vez también en la nueva tierra). El cabeza da ejemplo en nombre de su casa y de su tribu. Viene a continuación la respuesta del pueblo en una magna purificación de la memoria y con una renuncia colectiva a los ídolos para servir a Dios.

Hay aún un segundo momento ritual: Josué anuncia la realidad del Dios de Israel, el Dios de la alianza, que es santo y celoso a la vez, como ha demostrado en otros momentos a lo largo del camino por el desierto. Y lo hace con una amenaza que refuerza el temor de Dios: éste podría dar la espalda al pueblo y, tras haberle procurado sus beneficios, podría repudiarlo.

Por último, en un tercer momento, resuena dos veces la profesión de fe del pueblo, referida ya en otro lugar a petición de Moisés. Se trata de una promesa de alianza diligente y concreta de palabra y de obra (v. 24: "Serviremos al Señor, nuestro Dios, y obedeceremos su voz"). A pesar de la fuerza de la adhesión, ésta seguirá siendo débil y endeble, como demostrará la historia posterior. Sin embargo, Dios seguirá siendo fiel a la promesa y al establecimiento de una nueva alianza. El servicio de Dios, el Fiat, el sí de la colaboración incondicionada, el eco fiel de la promesa de los padres, será personificado al final de los tiempos por la Hija de Sión, María, la sierva del Señor, la mujer que representa a todo el Israel de Dios.

 

 

Evangelio: Mateo 19,13-15

En aquel tiempo,

13 le presentaron unos niños para que les impusiera las manos y orase. Los discípulos les regañaban,

14 pero Jesús dijo: -Dejad a los niños y no les impidáis que vengan a mí, porque de los que son como ellos es el Reino de los Cielos.

15 Después de imponerles las manos se marchó de allí.

 

**• El breve pasaje evangélico que acabamos de leer nos presenta a Jesús en contacto con los pequeños, con los niños. Ellos pertenecen al Reino no sólo en virtud de un hecho de carácter sociológico -en cuanto incluidos asimismo en la relación hombre-mujer, como fruto de la paternidad y de la maternidad, en cuanto forman parte del pueblo-, sino precisamente en virtud de su persona, que tiene un gran valor a los ojos de Dios. Presentan a Jesús un grupo de niños, probablemente por sus madres, para que el Maestro les dispense algún gesto de benevolencia y de bendición, una caricia y una oración (v. 13a). La reacción de los discípulos, además de un comportamiento tosco, aunque espontáneo, para intentar liberar al Maestro de una incómoda turba de mocosos (v. 13b), revela tal vez un dato cultural de la época: la poca atención que se prestaba a los pequeños, lo poco que contaban los niños en cuanto niños. En realidad, los adultos despreciaban a los pequeños en la cultura de aquel tiempo.

También en lo que respecta a esta categoría social restablece Jesús el sentido de la dignidad original; más aún, se refiere a ella con un trato de predilección: "Dejad a los niños y no les impidáis que vengan a mí" (v. 14).

Jesús confirma su disponibilidad para la acogida del Reino no sólo como una cualidad moral, como quien se hace pequeño y se convierte, sino también por una situación existencial, por su inocencia y su disponibilidad, no resquebrajada por la malicia de ulteriores experiencias personales. También Jesús aceptó vivir una experiencia humana de niño y le dio un sentido a este momento de la vida humana. Hay, por consiguiente, en las palabras del Maestro una advertencia sobre la proximidad entre él y los niños, entre la existencia de los niños en medio de nosotros y el destino de todos, desde pequeños, a la persona de Jesús, a quien pertenecen, y a su Reino.

 

MEDITATIO

"Serviremos al Señor, nuestro Dios". La ratificación de la alianza en Siquén está expresada con una fórmula que indica bien la interioridad del compromiso que asume el pueblo ante Dios. Se trata de la actitud, al mismo tiempo interior y exterior, de una entrega total. "Servir al Señor" supone una donación total de la propia vida, una dedicación de nuestro propio ser y de nuestras propias cualidades a la plena realización de su designio de amor en favor de la humanidad. Es abrir nuestra propia existencia a la voluntad del Señor, expresada en los preceptos de la alianza no como puras normas de conducta, sino más bien como senderos de santidad personal, comunitaria y social.

El Señor ha puesto remedio a la insuficiencia de la ley antigua y de la alianza mosaica con la nueva alianza en el Espíritu. El obsequio de la mente y de la voluntad, el suave plegarse de lo humano a lo divino, constituye la novedad de un servicio en el que el amor y el temor, la condición de siervos y de hijos, el mandamiento exterior y la libertad interior, la adhesión plena de amor a la voluntad salvífica de Dios, se manifiestan como la ley nueva del Espíritu en el corazón del creyente.

De este modo, la persona humana ofrece a Dios su propia libertad y la hace omnipotente. La dignidad de la persona humana alcanza su cima cuando con amor, con libertad y sin miedo sirve al Señor. El modelo de esta entrega libre lo tenemos en María, la madre y la sierva del Señor.

 

ORATIO

Queremos vivir, Señor, con alegría la espiritualidad del servicio, la amorosa adhesión a tu voluntad. No es un mandamiento despótico el que nos propones, sino la guía amorosa y paterna de una vía real la que tú nos indicas.

Doblega con la fuerza amorosa de tu Espíritu la dureza de nuestro corazón, llena de tu soplo divino nuestro ser, para que podamos ofrecerte con libertad y con un profundo sentido de gratitud todo lo que somos.

Haznos como niños del Reino, totalmente confiados en tu plan de amor por nosotros, totalmente abiertos a tus inspiraciones. Haz que cada vez que recitemos la oración del Padrenuestro sintamos que se renueva la alianza de nuestro bautismo. Que nuestra oración sea una consagración total de nuestra existencia a servirte con amor, para que venga tu Reino a nosotros y al mundo. Con la mirada dirigida a tu Sierva, también nosotros decimos: "Hágase en mí según tu palabra".

 

CONTEMPLATIO

Pedimos a nuestro Padre que una nuestra voluntad a la de su Hijo para cumplir su voluntad, su designio de salvación para la vida del mundo. Nosotros somos radicalmente impotentes para ello, pero, unidos a Jesús y con el poder de su Espíritu Santo, podemos poner en sus manos nuestra voluntad y decidir escoger lo que su Hijo siempre ha escogido: hacer lo que agrada al Padre (cf. Jn 8,29). Adheridos a Cristo, podemos llegar a ser un solo espíritu con él y, así, cumplir su voluntad: de esta forma ésta se hará tanto en la tierra como en el cielo (Orígenes). Considerad cómo Jesucristo nos enseña a ser humildes, haciéndonos ver que nuestra virtud no depende sólo de nuestro esfuerzo, sino de la gracia de Dios. Él ordena a cada fiel que ora que lo haga universalmente por toda la tierra. Porque no dice: "Que tu voluntad se haga" en mí o en vosotros, sino: "En toda la tierra", para que el error sea desterrado de ella, que la verdad reine en ella, que el vicio sea destruido en ella, que la virtud vuelva a florecer en ella y que la tierra ya no sea diferente del cielo (Catecismo de la Iglesia católica, n. 2825).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Serviremos al Señor, nuestro Dios" (Jos 24,21).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Del mismo modo que una gavilla cogida por el centro se prolonga hacia sus extremos, así la vida de María está concentrada en torno a su "sí", que le confiere sentido y forma, y desde aquí se despliega tanto hacia atrás como hacia adelante. Su "sí" da pleno sentido a cada momento, a cada gesto, a cada oración de la Madre del Señor. Ésta es, en efecto, la naturaleza de un "sí": liga a quien lo pronuncia, pero le concede al mismo tiempo plena libertad de realización. También la infancia de

María está esclarecida por la luz de su "sí". La infancia representa siempre un momento preparatorio de concentración en vistas a la acción decisiva que seguirá en una segunda fase, y será, en el caso de María, nada menos que el "sí" capaz de determinarlo todo.

Su "sí" es, sobre todo, gracia. No representa sólo su respuesta humana a la propuesta de Dios; es una gracia tan grande que es, al mismo tiempo, la respuesta divina a toda su vida. María pronuncia la respuesta esperada por la gracia y acepta así la llamada de Dios. Su aceptación significa para ella ponerse a disposición de esta llamada con una entrega plena; entregarse con toda la fuerza y con la profundidad de su ser y de sus facultades.

Dios no ha concedido a nadie un poder de colaboración más grande que el que concedió a María. La sierva se vuelve Madre, y la Madre, Esposa. Desde este momento en adelante, el Fiat se extiende a todos: se convierte en un bien de la Iglesia en forma de oración al Padre que adquiere su carácter católico y eucarístico; así como en su difusión cuando el Hijo entrega a los  hombres su oración personal al Padre, recibida de la Madre.  Ella está viva en cada Fiat particular que se pronuncia en la comunidad del Señor (A. von Speyr, L'Ancella del Signore María, Milán 1986, pp. 7-10, 15ss, passim [edición española: La esclava del Señor, Encuentro Ediciones, Madrid 1991 ]).


 

Día 17

 XX Domingo del Tiempo Ordinario


 

LECTIO

Primera lectura: Jeremías 38,4-6.8-10

En aquellos días,

4 los jefes fueron a decir al rey: -Este hombre es reo de muerte, porque desalienta con semejantes palabras a los combatientes que quedan en esta ciudad y a todo el pueblo. Este hombre no busca el bien del pueblo, sino su desgracia.

5 El rey Sedecías respondió: -Lo dejo en vuestras manos, pues el rey no puede oponerse a vuestros deseos.

6 Así que ellos fueron y, bajándolo con cuerdas, arrojaron a Jeremías al aljibe del príncipe Malquías, situado en el patio de la guardia. En el aljibe no había agua, sino sólo fango, y Jeremías se hundía en él.

8 Salió Abdemélec del palacio real y le dijo:

9 -Oh rey, mi señor; esos hombres hacen mal tratando así al profeta Jeremías; lo han arrojado al aljibe, donde va a morir de hambre, pues ya no hay pan en la ciudad.

10 El rey dio al etíope Abdemélec esta orden: -Toma unos cuantos de estos hombres contigo y saca a Jeremías del aljibe antes de que muera.

 

*• Por la misión que había recibido y por las circunstancias históricas que hubo de vivir, podemos decir que Jeremías fue una profecía hecha persona. Precisamente por eso la tradición cristiana le considera como figura e imagen del Jesús de la pasión.

Jeremías conoció, en primer lugar, la persecución, que le hizo sufrir hasta el espasmo y le aisló de su pueblo; que le expuso a la calumnia de sus adversarios y le hizo conocer la cárcel y el exilio; que le quitó el favor del rey y le hizo pasar hambre. Ésta fue la pasión que le acompañó durante toda la vida y que ha dejado también una señal en el libro de sus profecías. En él son bastante conmovedoras las páginas que exteriorizan el drama interior del profeta y nos hacen conocer algunas "confesiones" que dejan aparecer su profunda y genuina espiritualidad.

Ahora bien, Jeremías encuentra asimismo un amigo que intercede por él ante el rey y se pone de su parte, aunque esto le expone al peligro; un amigo que, en cierto modo, comparte su pasión. Aunque el poder de los prepotentes desarraiga a Jeremías de su pueblo, no consigue, sin embargo, cortar por completo este vínculo. Un profeta lo es siempre para su pueblo, incluso cuando eso implique perder el favor del rey y exponerse a un peligro de muerte. Al final, Jeremías queda libre, aunque sea de manera provisional, y esto sirve para atestiguar que, en los asuntos humanos, la última palabra sólo corresponde y corresponderá siempre a Dios.

 

Segunda lectura: Hebreos 12,1-4

Hermanos:

1 Por tanto, también nosotros, ya que estamos rodeados de tal nube de testigos, liberémonos de todo impedimento y del pecado que continuamente nos asedia y corramos con constancia en la carrera que se abre ante nosotros,

2 fijos los ojos en Jesús, autor y perfeccionador de la fe, el cual, animado por el gozo que le esperaba, soportó sin acobardarse la cruz y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios.

3 Pensad, pues, en aquel que soportó en su persona tal contradicción de parte de los pecadores, a fin de que no os dejéis abatir por el desaliento.

4 No habéis llegado todavía a derramar la sangre en vuestro combate contra el pecado.

 

**• El autor de esta carta establece, al comienzo del capítulo 12, una relación con aquella "relectura teológica" de la historia que ya habíamos meditado el domingo pasado. El gran número de testigos que nos rodea (v. la) no es otro que la serie de personajes (Abrahán, Sara, etc.) cuya fe ha sido alabada antes. A partir de su ejemplo, el autor formula para los destinatarios de su carta una serie de invitaciones que son otras tantas exhortaciones al recto sentir, a la recta conducta y a la recta orientación de su vida. Esas exhortaciones se sirven de algunas imágenes, bastante expresivas y de inmediata comprensión.

"Corramos con constancia en la carrera que se abre ante nosotros" (v. Ib): la vida cristiana puede ser imaginada muy bien como una carrera en la que todos participan no por libre iniciativa, sino por haber sido llamados por el único Señor. Una carrera cuesta arriba, si queremos, precisamente porque se trata de seguir a Jesús, que sube hacia el Calvario, cargado con el leño de la cruz.

"Fijos los ojos en Jesús, autor y perfeccionador de la fe" (v. 2): como Jesús mantuvo fija su mirada sobre Jerusalén mientras subía hacia la ciudad santa (cf. Le 9,51), así tampoco el cristiano puede apartar su mirada de Aquel que nos precede a todos, como cabeza, por el camino que lleva a Jerusalén; más aún, que tira de la carrera con determinación interior y con un coraje extremo.

"Pensad, pues, en aquel que soportó en su persona..." (v. 3): es menester poner nuestra mente en Jesús, pensar en él con pasión, poner o mantener sólo a él en el centro de nuestro corazón, si queremos conservar las energías necesarias para proseguir la carrera y para llegar a la meta. En caso contrario, nos cansaremos y perderemos el ánimo, es decir, abandonaremos nuestro propósito, elaboraremos hipótesis alternativas y nos adentraremos por otros caminos.

La exhortación final del autor es más extraordinaria que nunca, porque expresa también un juicio que nos afecta a todos: "No habéis llegado todavía a derramar la sangre en vuestro combate contra el pecado" (v. 4). La vida cristiana, sea cual sea la vocación en que se encarne, es siempre una lucha a campo abierto, una batalla que hemos de sostener, una continua resistencia al mal, cueste lo que cueste, hasta el derramamiento de sangre.

 

Evangelio: Lucas 12,49-57

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

49 He venido a prender fuego a la tierra, y !cómo desearía que ya estuviese ardiendo!

50 Tengo que pasar por la prueba de un bautismo, y estoy angustiado hasta que se cumpla.

51 Creéis que he venido a traer paz a la tierra? Pues no, sino división.

52 Porque de ahora en adelante estarán divididos los cinco miembros de una familia, tres contra dos, y dos contra tres.

53 El padre contra el hijo, y el hijo contra el padre; la madre contra la hija, y la hija contra la madre; la suegra contra la nuera, y la nuera contra la suegra.

54 Y a la gente se puso a decirle: -Cuando veis levantarse una nube sobre el poniente decís en seguida: "Va a llover", y así es.

55 Y cuando sentís soplar el viento del sur, decís: "Va a hacer calor", y así sucede.

56 !Hipócritas! Si sabéis discernir el aspecto de la tierra y del cielo, cómo es que no sabéis discernir el tiempo presente?

57 Por qué no juzgáis por vosotros mismos lo que es justo?

 

**• Esta página, en el contexto del capítulo 12 del evangelio de Lucas, está también al servicio del gran tema de la espera. El cristiano, para poder decir que vive realmente esperando a Aquel que viene, no sólo debe adoptar las actitudes de la vigilancia (Lc 12,35-40) y de la fidelidad (Lc 12,41-48), sino que también debe darse cuenta del carácter trágico del momento que está viviendo: éste es el tema de la liturgia de la Palabra de hoy (Lc 12,49-53), al que el evangelista le añade el otro tema, igualmente importante, de la obligación de discernir los llamados "signos de los tiempos", una tarea de la que el cristiano no puede sustraerse en absoluto.

El carácter trágico de la espera lo expresa Lucas con las imágenes del fuego y del bautismo: Jesús expresa su vivo deseo de pasar a través de las aguas purificadoras del sacrificio de la cruz y de este modo se presenta como el modelo al que debemos atender y adecuarnos como creyentes. En efecto, de nada valdría darse cuenta del carácter trágico del momento histórico si no nos decidiéramos a seguirle a él con las mismas intenciones y con la misma determinación que le sostuvieron durante toda su vida terrena. Yendo más allá de las imágenes, Jesús concede a sus discípulos una nueva posibilidad de interpretar el sentido de su presencia en el mundo: "Creéis que he venido a traer paz a la tierra? Pues no, sino división" (v. 51). No podría haber palabras más claras para hacernos comprender el carácter dramático del momento, tanto para nosotros como para él.

No obstante, para sostener esta descomunal tarea, Jesús ofrece a la gente de su tiempo una clave de lectura, con la finalidad de vencer una serpenteante y difusa "ignorancia y ofrecer un criterio hermenéutico seguro para la lectura de los "signos de los tiempos". El tono de estas palabras de Jesús es, en verdad, un tanto polémico: Jesús no se ocupa aquí de la ciencia meteorológica, en aquel tiempo tal vez menos desarrollada que en nuestros días, sino que pone de manifiesto la distancia que existe entre ésta y el verdadero conocimiento de este  tiempo, enriquecido con la presencia de Jesús y, por ello, decisivo para la salvación. Para Jesús, la de sus interlocutores no es sólo incapacidad, sino que es hipocresía, porque los signos están ahí -y clarísimos-; sin embargo, muchas personas de su tiempo, como del nuestro, se niegan a verlos e interpretarlos. Los signos del tiempo, en efecto, se dejan captar y comprender no en el sol, en la luna y en las estrellas, sino en la vida de Jesús, sobre todo en su misterio pascual. Y quien no posee esta clave de lectura nunca conseguirá captar el sentido de la historia.

 

MEDITATIO

Qué paz vino a traer a la tierra Jesús, que fue llamado "el príncipe de la paz" y a quien Pablo presenta como aquel que, derribando el muro de separación, ha inaugurado los tiempos de la paz mesiánica? Resulta incluso demasiado fácil edulcorar el don de la paz mesiánica, intentando empobrecerla y adaptarla a nuestras miopes visiones, a nuestras expectativas egoístas. Una paz a medida del hombre no siempre corresponde al don de la paz que Dios, por medio de Jesucristo, quiere asegurar a toda la humanidad.

La paz que Jesús anuncia y da es una paz que divide. Es capaz de provocar divisiones incluso en el interior de cada persona. Desde este punto de vista, son altamente significativos los acontecimientos que le tocó vivir al profeta Jeremías. Éste, por la palabra de su Señor, fue arrancado de sí mismo, de sus proyectos humanos, hasta de sus deseos legítimos, para ser catapultado totalmente hacia la historia de su pueblo.

La paz que Jesús anuncia y da es una paz que divide. Provoca divisiones en el interior de las relaciones humanas: lo afirma Jesús de modo claro en otros lugares de su evangelio y vuelve a afirmarlo también aquí de un modo bastante vigoroso: "De ahora en adelante estarán divididos los cinco miembros de una familia, tres contra dos, y dos contra tres". No es difícil entrever el primado absoluto de la Palabra de Dios en la vida del creyente, así como la extrema eficacia de una vocación evangélica cuando ésta debe chocar con una lógica terrena que obedece a criterios muy diferentes.

La paz que Jesús anuncia y da es una paz que divide. Provoca divisiones entre unos grupos y otros, entre unas comunidades y otras, entre unos pueblos y otros, precisamente por la novedad que trae al mundo y por el escándalo de ese "misterio pascual" que -tanto para nosotros como para él- constituye el criterio primero e insustituible de todo comportamiento humano.

 

ORATIO

Soy pobre, Señor, y con frecuencia mis pobrezas me deprimen y me envilecen. Pero tú, Señor, eres mi riqueza, porque eres infinitamente superior a mis fuerzas, ilimitadamente bueno, hasta el extremo de querer extirpar en mí la raíz de toda pobreza: el pecado. Soy infeliz, Señor, y en ocasiones mi infelicidad me lleva al borde de la desesperación. Pero tú, Señor, eres mi alegría, porque con tu Palabra iluminas mi camino, con tu presencia colmas mi soledad, con tu gracia me sostienes a lo largo del camino de mi vida.

He esperado en ti, Señor, precisamente cuando me asaltaba la desesperación. He esperado en tu Palabra, Señor, precisamente mientras una tremenda sordera espiritual intentaba cerrar mi corazón a tu escucha. He esperado en tu ayuda, Señor, precisamente cuando mis fuerzas me abandonaban y vacilaban mis pies. Pero tú, Señor, te inclinaste hacia mí, aseguraste mis pasos, me liberaste del fango del pantano, me estableciste en una roca firme, porque tú eres mi Dios, el Dios de mi esperanza, el Dios de mi alegría, el Dios de mi consolación.

Tú me has liberado, Señor, y has puesto en mis labios un cántico nuevo, del mismo modo que has puesto en mi corazón una esperanza nueva y has abierto ante mí un camino nuevo. Cantaré ante todos el canto nuevo de los redimidos; cantaré tu canto, oh Señor, para que todos vean y oigan y te alaben a ti, Dios de los vivientes.

 

CONTEMPLATIO

Los apóstoles, instruidos por la palabra y por el ejemplo de Cristo, siguieron el mismo camino. Desde los primeros días de la Iglesia, los discípulos de Cristo se esforzaron en convertir a los hombres a la fe de Cristo Señor no por acción coercitiva ni por artificios indignos del Evangelio, sino ante todo por la virtud de la Palabra de Dios. Anunciaban a todos resueltamente el designio de Dios Salvador, "que quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad" (1 Tim 2,4), pero, al mismo tiempo, respetaban a los débiles, aunque estuvieran en el error, manifestando de este modo cómo "cada cual dará a Dios cuenta de sí" (Rom 14,12), debiendo obedecer a su conciencia.

Al igual que Cristo, los apóstoles estuvieron siempre empeñados en dar testimonio de la verdad de Dios, atreviéndose a proclamar cada vez con mayor abundancia, ante el pueblo y las autoridades, "la Palabra de Dios con confianza" (Hch 4,31). Pues defendían con toda fidelidad que el Evangelio era verdaderamente la virtud de Dios para la salvación de todo el que cree. Despreciando, pues, todas "las armas de la carne", y siguiendo el ejemplo de la mansedumbre y de la modestia de Cristo, predicaron la Palabra de Dios confiando plenamente en la fuerza divina de esta palabra para destruir los poderes enemigos de Dios y llevar a los hombres a la fe y al acatamiento de Cristo. Los apóstoles, como el Maestro, reconocieron la legítima autoridad civil: "No hay autoridad que no venga de Dios", enseña el apóstol, que, en consecuencia, manda: "Toda persona esté sometida a las potestades superiores..., quien resiste a la autoridad resiste al orden establecido por Dios" (Rom 13,12). Y al mismo tiempo no tuvieron miedo de contradecir al poder público cuando éste se oponía a la santa voluntad de Dios: "Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres" (Hch 5,29). Este camino lo siguieron innumerables mártires y fieles a través de los siglos y en todo el mundo.

La Iglesia, por consiguiente, fiel a la verdad evangélica, sigue el camino de Cristo y de los apóstoles cuando reconoce y promueve la libertad religiosa como conforme a la dignidad humana y a la revelación de Dios. Conservó y enseñó en el decurso de los tiempos la doctrina recibida del Maestro y de los apóstoles (Concilio Vaticano II, Declaración sobre la libertad religiosa Dignitatis humanae, llss).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Creéis que he venido a traer paz a la tierra? Pues no, sino división" (Lc 12,51).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Creo que la vida no es una aventura que debamos vivir según las modas que corren, sino con un compromiso encaminado a realizar el proyecto que Dios tiene sobre cada uno de nosotros: un proyecto de amor que transforma nuestra existencia.

Creo que la mayor alegría de un hombre es encontrar a Jesucristo, Dios hecho carne. En él, todo -miserias, pecados, historia, esperanza- asume una nueva dimensión y un nuevo significado.

Creo que cada hombre puede renacer a una vida genuino y digna en cualquier momento de su existencia. Cumpliendo hasta el final la voluntad de Dios no sólo puede hacerse libre, sino también derrotar al mal (Thomas Merton).

 

Día 18

 Lunes de la XX Semana del Tiempo Ordinario

LECTIO

Primera lectura: Jueces 2,11-19

En aquellos días,

11 los israelitas ofendieron al Señor con su conducta y dieron culto a los ídolos.

12 Abandonaron al Señor, Dios de sus antepasados, que les había sacado de Egipto; se fueron tras los dioses de los pueblos vecinos y los adoraron, provocando con ello la ira del Señor.

13 Abandonaron al Señor y dieron culto a Baal y Astarté.

14 La ira del Señor se encendió contra Israel; los entregó en manos de salteadores que los saquearon, los dejó vendidos a sus enemigos del contorno, y no fueron capaces de resistirlos.

15 Siempre que emprendían una expedición, el Señor se ponía en contra de ellos y fracasaban, como el mismo Señor les había dicho y jurado. Llegaron a una situación desesperada.

16 Entonces el Señor suscitó jueces que los libraron de las bandas de salteadores.

17 Pero tampoco hacían caso a los jueces. Se prostituyeron ante otros dioses y los adoraron. Se apartaron pronto del camino que habían seguido sus antepasados; ellos habían sido dóciles a los mandamientos del Señor, pero no les imitaron.

18 Cuando el Señor hacía surgir jueces, él estaba con el juez y los libraba de sus enemigos mientras vivía el juez, porque el Señor se compadecía al oírlos gemir bajo la tiranía de sus opresores.

19 Pero cuando moría el juez, volvían a pecar y se comportaban peor que sus antepasados; se iban tras otros dioses, les daban culto y los adoraban, sin abandonar sus maldades ni su conducta obstinada.

 

**• Comenzamos hoy la lectura del libro de los Jueces, que se prolongará hasta el próximo jueves. Narra la historia del establecimiento de Israel entre las poblaciones de la tierra de Canaán y los cambios que todo esto acarreó: el paso de la vida nómada del desierto al aprendizaje de la agricultura -que requiere estabilidad- y a la red de relaciones con pueblos desconocidos que tenían unas estructuras religiosas, sociales y políticas consolidadas.

La tarea era cualquier cosa menos sencilla: se trataba de encontrar el propio espacio, de custodiar y ahondar la propia identidad, proporcionándole un rostro socialmente significativo, mientras convivían con otros pueblos que, con sus tradiciones, sus cultos sugestivos, sus instituciones, constituían una continua provocación y una invitación a integrarse en su sistema de vida. Vivir en esta situación, sin perder la propia identidad, requeriría antes que nada la transmisión genuina y la acogida sincera del patrimonio constituido por los acontecimientos de la historia del pueblo con Dios, algo que –de hecho- había ido apagándose.

La Palabra de hoy presenta el marco teológico en el que se lee la historia de Israel. El don de la tierra debería reavivar continuamente la conciencia de la alianza, de la fidelidad de YHWH y de la pertenencia a él, como pueblo suyo, con una misión. La realidad, sin embargo, es diferente. Después de la generación de los ancianos, que sobrevivieron a Josué, surgió otra generación "que no conocía al Señor ni lo que había hecho por Israel" (v. 10).

Con una expresión cargada de sufrimiento, se retrata el comportamiento del pueblo de Dios: "Los israelitas ofendieron al Señor con su conducta y dieron culto a los ídolos. Abandonaron al Señor, Dios de sus antepasados"  (w. 1 lss). El pecado -la idolatría- conduce a la disgregación, a las luchas intestinas, a la depravación moral, y engendra todo tipo de dolor, hasta llegar a la pérdida de la libertad y a nuevas experiencias olorosas de esclavitud.

En esta situación, tras probar el castigo, y con una función educativa, madura la exigencia de cambio de vida y nace la oración de invocación a Dios para que salve a su pueblo. Dios escucha la oración, y su intervención liberadora se concreta en la elección y el envío de un "juez" (liberador, salvador).

Sobre este fondo emerge de nuevo el amor misericordioso y la fidelidad de YHWH. Eso es lo que la Palabra transmite, como experiencia que supera los confines del espacio y el tiempo, para reconducir a la comunión con Dios, fuente de vida, de bendición, de futuro. Así es la pedagogía divina: Dios está presente en el dolor del pueblo y de cada uno de sus miembros, y ofrece de nuevo, a su libertad, el bien de la comunión con él, de la justicia y de la paz. El castigo no es sólo retribución por el pecado, sino también lugar de visitación y de revelación del amor misericordioso de Dios.

 

Evangelio: Mateo 19,16-22

En aquel tiempo,

16 se acercó uno a Jesús y le preguntó: -Maestro, qué he de hacer de bueno para obtener la vida eterna?

17 Jesús le contestó: -Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno sólo es bueno. Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.

18 Él le preguntó: -Cuáles? Jesús contestó: -No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio;

19 honra a tu padre y a tu madre, ama a tu prójimo como a ti mismo.

20 El joven le dijo: -Todo eso ya lo he cumplido. Qué me falta aún?

21 Jesús le dijo: -Si quieres ser perfecto, ve a vender todo lo que tienes y dáselo a los pobres; así tendrás un tesoro en los cielos. Luego, ven y sígueme.

22 Al oír esto, el joven se fue muy triste porque poseía muchos bienes.

 

*+• Jesús prosigue con decisión el camino hacia Jerusalén junto con los suyos, a quienes ya ha anunciado la pasión y el acontecimiento de la resurrección, pero éstos no comprenden. A lo largo del camino prosigue la obra de formación de sus discípulos. Además, tiene que hacer frente a los escribas y a los fariseos, que, como siempre, intentan cogerle con engaños; acoge a los más pequeños y enseña con autoridad.

El evangelio de hoy nos hace tomar parte en el encuentro de Jesús con un joven rico. Éste lleva en sí mismo la exigencia de una vida cada vez más elevada, pero siente que todavía le falta algo. Su pensamiento, según la educación que ha recibido y según la tradición, sigue  la lógica del hacer, la lógica de las "obras buenas". Le pide al Maestro alguna indicación nueva, adecuada a sus aspiraciones y capaz de saciar su insatisfacción. De ahí la pregunta que plantea: "Qué he de hacer de bueno para obtener la vida eterna?" (v. 16). Anda buscando. Jesús le ayuda a emprender un camino. Lo esencial no es preguntarse qué se puede hacer de bueno; lo esencial es buscar a aquel que es bueno, a Dios, observando los mandamientos y amando al prójimo como a sí mismo (v. 17). Jesús quiere introducirle en una relación más verdadera con Dios -"entrar en la vida"- proponiéndole de nuevo, entre los mandamientos, punto de referencia para el joven, los que rigen nuestra relación con los otros, y añade lo que se dice en el Levítico (19,18), para hacerle pasar de la atención a sí mismo a la atención a los demás, al prójimo. Ante la insistencia del joven: "Qué me falta aún?", Jesús le responde ofreciéndole el don del seguimiento de la criatura nueva: "Ve a vender todo lo que tienes y dáselo a los pobres; así tendrás un tesoro en los cielos. Luego, ven y sígueme".

Se trata de un paso radical: la puerta estrecha que conduce a la vida y hace entrar en el Reino de Dios y participar en la salvación. Jesús habla a la libertad del joven -las dos indicaciones del Maestro están introducidas con un "si quieres"- para que decida en su corazón. La respuesta va acompañada por un adjetivo doloroso: "El joven se fue muy triste". Su tesoro estaba constituido por las riquezas y por todo lo que está ligado a ellas y ellas hacen posible. Acaso no son los bienes un signo de la bendición de Dios, tal como le había enseñado? De hecho, se han convertido en su verdadero ídolo, aunque practique los mandamientos. No es libre por dentro. Da limosna a los pobres, pero no comparte con ellos sus bienes y su vida. Nos viene a la mente el encuentro de Jesús con los pequeños a lo largo del mismo camino que le lleva a Jerusalén: "De los que son como ellos es el Reino de los Cielos" (v. 14).

 

MEDITATIO

El Dios de los Padres no sustrae a su pueblo de los condicionamientos sociales ni de los riesgos de la debilidad humana en su encuentro con otras culturas y religiones.

Educa y perdona: educa en el sufrimiento y en el perdón, para que su pueblo pueda descubrir que la fuente de la libertad, interior y social, se basa en la relación de comunión, confianza y abandono entre sus manos y en el amor al prójimo.

"Escucha, Israel" (Dt 6,4). El pecado de idolatría, que puede tener muchísimos rostros, nos separa de Dios y nos divide a unos de otros. En consecuencia, tanto el hombre como el pueblo caen en la esclavitud de sí mismos y, por eso, se convierten en esclavos de otros. El verdadero peligro no son los pueblos de alrededor, ni sus tradiciones, ni siquiera las mismas riquezas; el peligro está en la división que llevamos en nosotros y que alimentamos entre nosotros. Está en apartar la mirada del Señor. No podemos ser fuente si no estamos unidos al manantial. Ésa es la razón de que no baste con la observancia de los mandamientos: es posible observarlos y no conocer ni a Dios ni su designio.

Y cuando, como dice el evangelista, el Maestro presenta al joven el verdadero rostro de Dios y le invita a seguirle, el joven se aleja porque el ídolo de la riqueza le ha vuelto esclavo e invidente. A causa de sus obras y de sus bienes, se niega a pasar por la "puerta estrecha" que conduce a la vida: "Ve a vender todo lo que tienes y dáselo a los pobres; así tendrás un tesoro en los cielos. Luego, ven y sígueme". Así es como se habría encarnado en el joven el amor al prójimo y al primero de sus prójimos, que era el Maestro a quien se había dirigido y el que le había mirado con una mirada llena de amor.

El mensaje sigue siendo actual. Nos invita a la vigilancia y a la humildad que, en medio del pecado y del dolor, no tiene miedo de elevar una voz sincera que implora la reconciliación y la vida: "Acuérdate de mí, Señor, por amor a tu pueblo" (estribillo del salmo responsorial).

 

ORATIO

Enséñanos, Padre, a amar nuestra época, una época maravillosa y dramática. Haz que, escuchando a tu Hijo, aprendamos a acoger a nuestro prójimo, a dialogar con todas las personas, con todas las culturas y con todas las religiones. La humanidad de hoy es la tierra donde tu habitas y obras, invitándonos a "venderlo" todo para seguirte. Danos unos ojos que sepan ver tu presencia, unos oídos que oigan tu Palabra y los gemidos de los pobres, un corazón colmado de sabiduría y amante, dócil y fuerte. !Custódianos! Los ídolos de nuestra sociedad son atrayentes, fascinan y destruyen. Custodia a tu Iglesia y alimenta en todos el fuego que ardía en el corazón de tu Hijo: dar la vida para que la humanidad se transforme en tu familia, rica de alegría y de Espíritu Santo.

 

CONTEMPLATIO

Y como la Ley había enseñado desde antaño a los seres humanos que debían seguir a Cristo, éste lo aclaró a aquel que le preguntaba qué debía hacer para heredar la vida, respondiendo: "Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos". Y como él le preguntase: "Cuáles?", el Señor continuó: "No cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no darás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Mt 19,17-19). De este modo exponía por grados los mandamientos de la Ley, como un ingreso a la vida para quienes quisieran seguirlo: diciéndoselo a uno, se dirigía a todos. Y habiéndole él respondido: "Todo esto he cumplido" -aunque tal vez no lo había hecho, pues le había dicho: "Guarda los mandamientos"-, Jesús lo probó en sus apetitos, diciéndole: "Si quieres ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes, dalo a los pobres y, luego, ven y sígueme" (Mt 19,20-21).

A quienes esto hicieren les prometió la parte que corresponde a los apóstoles, y no predicó a otro Dios Padre a aquellos que lo seguían, fuera de aquel al que la Ley había anunciado desde el principio; ni a otro Hijo; ni a otra Madre, Entimesis del Eón que provino de la pasión y el desecho; ni la Plenitud de treinta Eones, que, como ya hemos probado, es inconsistente y vacía; ni toda esa fábula que los demás herejes han fabricado. Más bien, les enseñaba a observar los mandamientos que Dios estableció desde el principio, a fin de vencer la concupiscencia con obras buenas y seguir a Cristo. Y como distribuir entre los pobres lo que se posee deshace las viejas avaricias, Zaqueo puso en claro: "Desde hoy doy la mitad de mis bienes a los pobres, y, si en alguna cosa he defraudado a alguno, le devuelvo cuatro veces más" (Lc 19,8) (Ireneo de León, Adversus haereses IV, 12, 5).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón" (Mt6,21).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Lo que se indica con el término bíblico "corazón" no coincide en absoluto con el centro emocional de los psicólogos. Los judíos pensaban con el corazón, ya que éste integra todas las facultades del espíritu humano; la razón y la intuición no son nunca extrañas a las opciones y a las simpatías del corazón. El hombre es un ser visitado, la verdad habita en él y lo plasma desde el interior, precisamente en la fuente de su ser. Su relación con el contenido de su propio corazón, lugar de la "inhabitación ", constituye su conciencia moral, y es allí donde el Verbo le habla. El hombre puede hacer que su propio corazón se vuelva "lento para creer" (Lc 24,25), cerrado, duro hasta el punto de doblarse a fuerza de dudas (Sant 1,8), y puede llegar incluso a la descomposición demoníaca en "muchos" (cf. Me 5,9). La separación de la raíz trascendente es locura en sentido bíblico.

"Allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón" (Mt 6,21). El hombre se define por el contenido de su propio corazón, por el objeto de su propio amor. San Serafín de Sarov llama al corazón "altar de Dios", lugar de su presencia y órgano de su receptividad. Haciéndose eco de Descartes, decía el poeta Baratynskij: "Amo ergo sum". El corazón tiene el primado jerárquico en la estructura del ser humano, sólo si en él se vive la vida posee una intencionalidad originaria imantada como la aguja de una brújula: "Nos has creado para ti, Señor, y sólo en ti encontrará su paz nuestro corazón", dice san Agustín (P. Evdokimov, La donna e la salvezza del mondo, Milán 1989, pp. 46.48 [edición española: La mujer y la salvación del mundo, Ediciones Sígueme, Salamanca 1980]).

 

 

Día 19

 Martes de la XX Semana del Tiempo Ordinario San Juan Eudes, presbítero

 LECTIO

Primera lectura: Jueces 6,11-24a

En aquellos días,

11 el ángel del Señor vino a sentarse bajo el terebinto de Ofrá, que pertenecía a Joás de Abiezer. Su hijo Gedeón estaba desgranando el trigo en el lagar para ocultárselo a Madián.

12 El ángel del Señor se le apareció y le dijo: -El Señor está contigo, valiente guerrero.

13 Gedeón le respondió: -Por favor, mi señor, si el Señor está con nosotros, por qué nos pasa todo esto? Qué ha sido de todos esos prodigios que nos cuentan nuestros padres cuando nos dicen que el Señor nos sacó de Egipto? Ahora nos ha abandonado y nos ha entregado en poder de Madián.

14 El Señor le miró y le dijo: -Vete, que con tu fuerza salvarás a Israel del poder de Madián. Yo te envío.

15 Gedeón respondió: -Por favor, Señor, cómo salvaré yo a Israel? Mi familia es la más insignificante de Manases y yo soy el último de la familia de mi padre.

16 Respondió el Señor: -Yo estaré contigo, y tú derrotarás a Madián como si fuese un solo hombre.

17 Gedeón insistió: -Si he alcanzado tu favor, dame una señal de que eres tú quien me habla.

18 Por favor, no te vayas de aquí hasta que yo vuelva. Yo traeré mi ofrenda y la depositaré ante ti. Él le dijo: -Me quedaré aquí hasta que vuelvas.

19 Gedeón se fue, aderezó un cabrito y, con una medida de harina, hizo panes sin levadura; puso la carne en su cesta y el caldo en una olla, los llevó bajo el terebinto y se lo presentó.

20 El ángel de Dios le dijo: -Toma la carne y los panes sin levadura, ponlos sobre esta piedra y vierte el caldo. Gedeón lo hizo así.

21 Entonces el ángel del Señor extendió el bastón que tenía en su mano y tocó la carne y los panes sin levadura. Salió fuego de la roca y consumió la carne y los panes sin levadura, y el ángel del Señor desapareció de su vista.

22 Gedeón se dio cuenta de que era el ángel del Señor y dijo: -!Ah, Señor, Señor! He visto cara a cara al ángel del Señor?

23 El Señor le respondió: -La paz sea contigo. Nada temas, no morirás.

24 Gedeón levantó allí un altar al Señor y lo llamó Señor de la Paz.

 

** "Los israelitas ofendieron al Señor con su conducta, y el Señor los entregó en poder de Madián durante siete años" (6,1). Los acontecimientos relacionados con Gedeón que se narran en la lectura de hoy sacan de nuevo a la luz los criterios de lectura de la historia: pecado-castigo, invocación-salvación, a lo que sigue un períodocde paz. El pecado de los israelitas es la infidelidad a la alianza: no escuchan la voz del Señor y veneran a los dioses de los amorreos (v. 7). El pecado está difundido y habita incluso en la casa de Joás, padre de Gedeón, donde había construido un altar a Baal y plantado un árbol sagrado (v. 25). Las incursiones de los madianitas son leídas como castigos de Dios. Son cada vez más duras y despiadadas, hasta el punto de que, por miedo a ellos, los israelitas "tuvieron que refugiarse en las cuevas, cavernas y refugios que hay en los montes" (v. 2), a fin de poder defenderse; utilizaban, además, lugares escondidos para desgranar el trigo y protegerse de los robos. En este clima de degradación moral y religiosa, de gran pobreza y de miedo, había crecido Gedeón. Sin embargo, también él había vibrado ante las palabras del profeta enviado por Dios para despertar a su pueblo (w. 7-10). Y había invocado a gritos la salvación.

El encuentro de Gedeón con el ángel del Señor tiene lugar en este contexto de dolor y de esperanza. El diálogo en el que se teje la narración de su vocación nos ofrece un ejemplo de la relación de amor de Dios con su pueblo y de confianza, como educador, respecto a la persona que ha elegido para la misión de juez, es decir, para salvar a su pueblo. Invita a Gedeón a derribar el altar construido por su padre, a cortar el árbol sagrado y a construir un nuevo altar "al Señor, su Dios", en la cima de la roca, donde ofrece un cabrito en holocausto, consumido con el fuego de la leña del árbol sagrado. El temor queda vencido por la certeza interior de la presencia del Señor -"Yo te envío", "Yo estaré contigo"-, madurada en la relación con él en momentos significativos: el sacrificio ofrecido bajo el terebinto, el fuego que devora la carne y los panes sin levadura, el altar testigo del encuentro con el ángel del Señor, los signos del vellón de lana y del rocío, la prueba de fe en el poder de Dios, que le pedía que hiciera frente con trescientos hombres al poder de los madianitas. Los israelitas gozaron del bien de la paz durante la vida de Gedeón, pero, después de su muerte, "volvieron a dar culto a los ídolos y eligieron como dios a Baal Berit" (8,33).

 

Evangelio: Mateo 19,23-30

En aquel tiempo,

23 Jesús dijo a sus discípulos: -Os lo aseguro, es difícil que un rico entre en el Reino de los Cielos.

24 Os lo repito: le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de Dios.

25 Al oír esto, los discípulos se quedaron impresionados y dijeron: -Entonces, quién podrá salvarse?

26 Jesús les miró y les dijo: -Para los hombres esto es imposible, pero para Dios todo es posible.

27 Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo: -Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. Qué nos espera?

28 Jesús les contestó: -Os aseguro que vosotros, los que me habéis seguido, cuando todo se haga nuevo y el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, os sentaréis también en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel.

29 Y todo el que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o tierras por mi causa, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna.

30 Hay muchos primeros que serán últimos y muchos últimos que serán primeros.

 

*• El encuentro con el joven y su desenlace reavivan una cuestión que asalta al hombre desde siempre: puede entrar un rico en el Reino de los Cielos? La liturgia de hoy nos proporciona la respuesta de Jesús. Presenta ésta un realismo desconcertante y nos abre a un "más allá" imposible para la mente humana, revelador del poder de Dios. Éste es el horizonte sobre el que están llamados a moverse sus discípulos. La paradoja pone de manifiesto el obstáculo que constituyen las riquezas para entrar en el Reino cuando se convierten en el "amo" del hombre. En el fondo, el obstáculo es la idolatría; al dios-dinero se le puede llegar a rendir "culto" una vez más con sacrificios humanos: !el prójimo! Acaso fue por esto por lo que el Maestro le recordó el pasaje de Lv 19,18 al joven rico? También nos viene a la mente Mt 25,31-45. Los discípulos se quedan consternados. Quién podrá salvarse, si se pone en relación la debilidad humana, en la que figura el apego a la riqueza, con las exigencias de radicalismo propias del Reino?

La salvación es un don amoroso por parte de Dios; ningún hombre -por pobre o rico que sea- puede salvarse a sí mismo. El compromiso personal, incluido el dejarlo todo, no puede ser el precio que tiene la conquista de la salvación, sino expresión de acogida del don. No hay lugar en el Reino para una mentalidad fiscal que se preocupa de la recompensa. Los discípulos llevan todavía sobre sí signos de esta mentalidad: "Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. Qué nos espera?". Cuál será nuestra recompensa?

El Maestro lleva a los Doce al interior del designio de Dios: el don de la salvación para ellos es la participación en la misma gloria del Hijo del hombre, cuando haya llegado a su plenitud la regeneración del mundo; se sentarán con él a juzgar al pueblo de Israel, porque han compartido su misión con él. Y ya desde ahora tendrán cien veces más, porque lo han dejado todo "por su causa", para ser sus discípulos. Los criterios para evaluar quién será el primero y quién el último no siguen la lógica humana ni la clasificación llevada a cabo por los hombres, sino la del Reino: la relación vital con Cristo, el único verdadero tesoro, el don del Padre.

 

MEDITATIO

"Para Dios todo es posible". Nada es imposible para Dios (cf. Mt 19,26; Gn 18,14; Jr 32,17); ni siquiera el mal que el pueblo hizo ante sus ojos (cf. Jue 6,1) pudo detener su amor ni debilitar su paciente acción de padre que cuida de su propio hijo (cf. Os 11,1-7). La elección de Gedeón, como la de los otros jueces, es expresión de este amor indomable y respetuoso con la libertad. Transforma el sufrimiento en ámbito de llamada a la comunión para la reconquista de nuestra propia dignidad; suscita entre el pueblo a hombres y mujeres repletos de su Espíritu, para que sean apoyo y guía, salvadores de los enemigos y obreros de la paz. Los forma.

Gedeón ha sido guardado ya de las contaminaciones idolátricas en su casa paterna. Dios lo va forjando en la prueba hasta el absurdo de pedirle que crea en la victoria sobre Madián cuando no cuenta con un fuerte ejército, sino sólo con un reducido número de hombres fuertes de su misma fe.

Mateo nos muestra al Maestro en una delicada acción educativa, con la que conduce a sus discípulos a mirar en lo profundo de su corazón y a abrirse a perspectivas de futuro. El Señor Jesús ve a los suyos a la luz del designio del Padre sobre ellos, sentados ya a su lado, porque creen y aman, le siguen a pesar de sus debilidades y de una sensibilidad circunscrita a los confines de la experiencia humana. Estos confines no son el freno, sino que son el lugar de la presencia del médico divino que ha venido a sanar. El obstáculo es la huida ("tuvieron que refugiarse en las cuevas, cavernas y refugios que hay en los montes": Jue 6,2) o bien el "volvieron a dar culto a los ídolos y eligieron como dios a Baal Berit" (8,33), el "corazón endurecido". El canto al Evangelio hace resonar en la comunidad de los creyentes la primera bienaventuranza: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos" Éste es el camino del discípulo del "corazón nuevo", que conoce, cree y ama.

 

ORATIO

Te pido, Señor, junto con mis hermanos y mis hermanas,  el don del silencio, para acoger tu misterio y tu persona. Concédenos la sabiduría del corazón y danos la fuerza de ánimo para superar la tentación diaria de aprisionar en nuestra inteligencia tu Palabra y tu inmenso amor o de estar hartos de la observancia fría y desinteresada de tus mandamientos.

Tú eres nuestra esperanza, Señor. Concédenos un corazón capaz de acoger cada día tu invitación a venderlo todo para seguirte, capaz de transformar la comunión contigo en servicio a los hermanos. La Iglesia, tu esposa, llama a grandes voces para reavivar la fe de sus hijos y para anunciar con alegría la "Buena Noticia" a todo el mundo. Haz descender sobre nosotros tu Espíritu como descendió sobre los dones ofrecidos por Gedeón y los consumió. Que tu fuego transforme nuestra vida en hostia agradable a ti para la salvación del mundo.

 

CONTEMPLATIO

 La lección evangélica, hermanos, que hace poco resonó en nuestros oídos, más bien que expositor, necesita ejecutor.

Hay algo más diáfano que estas luminosas palabras: Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos? Qué voy, pues, a decir yo? Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.

Quién no ama la vida?, pero quién hay con voluntad de guardar los mandamientos? Y si no quieres observar los mandamientos, cómo quieres la vida? Si eres perezoso para el trabajo, por qué te apresuras al salario?

El joven rico dice haber guardado los mandamientos y entonces se le proponen otros mandamientos superiores: Si quieres ser perfecto, una cosa te falta: anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres. Nada perderás en ello; más bien, tendrás un tesoro en los cielos; luego, ven y sígueme. De qué te aprovecharía si, haciéndolo, no me siguieres?

Retiróse, pues, mohíno y descontento, según oísteis, por tener grandes riquezas. Ahora, pues, lo que a él se le dice a nosotros se nos dice. Es el Evangelio la boca de Cristo, quien, sentado ya en el cielo, no deja de hablar en la tierra. No seamos nosotros sordos...

Alejóse triste aquel rico, y dijo el Señor: !Qué difícil es la entrada en el Reino de los Cielos para quien tiene riquezas!

Y hasta qué punto es ello difícil lo mostró en una semejanza donde la dificultad es verdadera imposibilidad. Porque todo lo imposible es difícil, mas no todo lo difícil es imposible.

La dificultad aquí mírala en la semejanza: Verdaderamente os digo que es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja que la entrada de un rico en el Reino de los Cielos. !Un camello por el ojo de una aguja! Si dijera una pulga, ya sería imposible.

Oyendo esto, los discípulos, se atristaron y dijeron: Si es así, quién podrá salvarse? Quién de los ricos?

Escuchad los pobres a Cristo. En este pueblo de Dios a quien yo hablo son la mayoría pobres. !Oh pobres! Entrad, a lo menos vosotros, en el Reino de los Cielos. Oídme, sin embargo, una palabra. Cualesquiera que seáis los que de pobres os gloriáis, huid de la soberbia, para que no se la acaparen los ricos piadosos; guardaos de la impiedad, para que no os venzan los ricos humildes; guardaos de la impiedad, para que no os venzan los ricos piadosos; guardaos de la ebriedad, para que no os venzan los ricos sobrios. Si ellos no deben gloriarse de sus riquezas, no vayáis a gloriaros vosotros de vuestra pobreza.

Oigan los ricos, si alguno hay aquí, oigan al apóstol: Mándales a los ricos de este mundo. Porque hay ricos del otro: los pobres son los ricos del otro mundo; los apóstoles eran ricos, los ricos del otro mundo, pues decían: Como quienes nada tienen y todo lo poseen.

Al objeto de concretar a qué suerte de ricos se refiere, puso lo de este mundo. Oigan, por ende, al apóstol los ricos de este mundo: Mándales, dice, a los ricos de este mundo que no alberguen sentimientos de altanería. La soberbia es el gusano principal de las riquezas, polilla dañosa que todo lo roe y hace polvo. Mándales, pues, que no alberguen sentimientos de altanería ni pongan su esperanza en la riqueza, tan insegura que, a lo mejor, te acuestas rico y te levantas pobre. No pongan su esperanza en la riqueza, tan insegura (son palabras del apóstol), sino en Dios vivo, dice.

El ladrón te quita el oro; a Dios, quién te lo quita? Qué tiene un rico si a Dios no tiene? Qué no tiene un pobre si tiene a Dios? No pongan, en consecuencia, la esperanza en las riquezas, sino en Dios vivo, que nos provee de todo con abundancia para que disfrutemos, y, junto con todas las cosas, se nos da también a sí mismo (san Agustín, "Sermón 85", 1-3, en Servir a los pobres con alegría, Desclée De Brouwer, Bilbao 1995, pp. 70-73).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos" (Mt 5,3).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Cada día podemos constatar que el Evangelio se revela con mayor profundidad, gracia y discernimiento a los corazones sencillos que cuentan con una fe firme. El Evangelio, sin embargo, no revela la verdad como una hipótesis global que deba ser aceptada o rechazada en bloque. Al contrario, se dirige a cada corazón de una manera específica y personal, revelando a cada hombre la verdad de un modo adecuado a su estructura espiritual, al nivel de su fe, a su grado de aceptación de la verdad, en un flujo continuo de revelación que crece con el crecimiento de la fe y el paso del tiempo.

Es oportuno que el lector del evangelio se acerque a la verdad contenida en él desde la perspectiva y con el espíritu que adoptaron los evangelistas, de modo que reciba las palabras del Espíritu allí contenidas. No es ciertamente intención nuestra hacer más ardua la tarea del lector; al contrario, le estamos  proporcionando la clave de lectura del misterio del Evangelio. Si el  lector obedece al Espíritu del Evangelio, si se compromete a consentirlo y somete su propia mente a la verdad, entonces es la verdad misma la que se transfigurará ante él, haciéndose igual a la contemplada por el evangelista. Entonces infundirá al lector el soplo del Espíritu del Evangelio y su flujo inefable, que le trasladarán con la mente y con el corazón directamente de la palabra al cara a cara con la persona de Jesucristo.

De esta manera se realiza el milagro del Evangelio: "Entonces les abrió la mente para que comprendieran las Escrituras" (Lc 24,45). Aquí queda transfigurada la historia y Cristo se manifiesta como Dios por el testimonio del Espíritu en nuestros corazones (Matta El Meskin, Comunione nell'amore, Magnano 1999, pp. 85ss).




Día 20

 San Bernardo, abad y doctor de la Iglesia

LECTIO

Primera lectura: Jueces 9,6-15

En aquel tiempo,

6 todos los nobles de Siquén y los de Bet Miló se reunieron y proclamaron rey a Abimélec junto al terebinto que hay en Siquén.

7 Informado de esto, Yotán subió a la cumbre del monte Garizín y desde allí gritó: !Oídme, nobles de Siquén, y que Dios os escuche!

8 Una vez, los árboles quisieron elegirse un rey. Dijeron al olivo: "Sé nuestro rey".

9 Pero el olivo les respondió: "Voy a renunciar yo al aceite con el cual se honra a Dios y a los hombres para ir a balancearme sobre los árboles?".

10 Entonces dijeron a la higuera: "Ven tú y reina sobre nosotros".

11 Pero la higuera respondió: "Voy a renunciar yo a la dulzura de mi fruto para ir a balancearme sobre los árboles?".

12 Entonces dijeron a la vid: "Ven tú y reina sobre nosotros".

13 Pero la vid respondió: "Voy yo a renunciar a mi mosto, alegría de Dios y de los hombres, para ir a balancearme sobre los árboles?".

14 Entonces dijeron a la zarza: "Ven tú y reina sobre nosotros".

15 Y la zarza les respondió: "Si de verdad queréis que sea vuestro rey, venid y cobijaos bajo mi sombra; y, si no, que salga fuego de la zarza y devore los cedros del Líbano".

 

**• El deseo de seguridad y de un guía fuerte impulsa a los israelitas a pedir a Gedeón que se convierta en rey (8,22). La respuesta de Gedeón remite a los israelitas a la verdad de su ser como pueblo cuyo único rey es Dios (8,23), pero, a pesar de ello, la presión psicológica ejercida por las poblaciones presentes impulsa a Israel a querer un rey. De ahí surge una dolorosa experiencia: Abimélec, hijo de Gedeón, nacido de una mujer cananea, se hace proclamar rey después de haber matado, "sobre una misma piedra" (9,5), a sus hermanos. Sólo se salvó el hijo pequeño, Yotán, "porque se había escondido". El pasaje que nos propone hoy la liturgia recoge el discurso dirigido por este último a los señores de Siquén.

Yotán intenta convencerles de la inutilidad -más aún, de la peligrosidad- de un rey. Para ello echa mano de una fábula tomada de la sabiduría popular. La negativa del olivo, de la higuera y de la vid y la aceptación de la zarza pretenden demostrar la peligrosidad del tirano y la ruina a la que conduce su dominio. Pero nadie le escuchó. La realeza de Abimélec resultará destructora para la gente de Siquén y será ruinosa para el mismo Abimélec, muerto por la mano de una mujer y por la espada de un joven. La narración recuerda el señorío de Dios, en el que sólo el pueblo goza de plena dignidad y ve atendidos sus propios deseos de paz y de libertad.

 

Evangelio: Mateo 20,1-16

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:

1 Por eso, con el Reino de los Cielos sucede lo que con el dueño de una finca que salió muy de mañana a contratar obreros para su viña.

2 Después de contratar a los obreros por un denario al día, los envió a su viña.

3 Salió a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo

4 y les dijo: "Id también vosotros a la viña y os daré lo que sea justo".

5 Ellos fueron. Salió de nuevo a mediodía y a primera hora de la tarde e hizo lo mismo.

6 Salió por fin a media tarde, encontró a otros que estaban sin trabajo y les dijo: "Por qué estáis aquí todo el día sin hacer nada?".

7 Le contestaron: "Porque nadie nos ha contratado". Él les dijo: "Id también vosotros a la viña".

8 Al atardecer, el dueño de la viña dijo a su administrador: "Llama a los obreros y págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros".

9 Vinieron los de media tarde y cobraron un denario cada uno.

10 Cuando llegaron los primeros, pensaban que cobrarían más, pero también ellos cobraron un denario cada uno.

11 Al recibirlo, se quejaban del dueño,

12 diciendo: "Estos últimos han trabajado sólo un rato y les has pagado igual que a nosotros, que hemos soportado el peso del día y del calor".

13 Pero él respondió a uno de ellos: "Amigo, no te hago ninguna injusticia. No quedamos en un denario?

14 Toma lo tuyo y vete. Si yo quiero dar a este último lo mismo que a ti,

15 no puedo hacer lo que quiera con lo mío? O es que tienes envidia porque yo soy bueno?".

16 Así, los últimos serán primeros, y los primeros, últimos.

 

**• El marco de referencia de la parábola es la misión de Jesús siguiendo el mandato recibido del Padre (cf. Jn 3,15-17). Él, como peregrino, está realizando su "santo viaje" (Sal 84,6) hacia Jerusalén, donde tendrá lugar "su hora". El Maestro, con fino arte pedagógico, partiendo de una experiencia que está a la vista de todos, quiere revelar una vez más el verdadero rostro de Dios, rico en misericordia y bondad. La experiencia es la del dueño que se acerca al lugar de reunión de los pobres que esperan que alguien en busca de obreros los contrate para su viña. En función de la necesidad, llama en diferentes horas, desde muy de mañana hasta media tarde. Ya había convenido con los primeros el salario de la jornada, pero a los últimos les paga lo mismo. Y este comportamiento del dueño suscita una reacción de queja (v. 12): ese comportamiento no es aceptable, es injusto.

El diálogo pone de manifiesto el verdadero problema: en el fondo, no es la cuestión del salario lo que irrita a los obreros que se quejan, sino el verse equiparados a los últimos. Se quejan, por envidia, de la "bondad" del dueño. Ése es el verdadero objeto del conflicto. La parábola cuenta la experiencia de Jesús, que acoge y llama a los pecadores, a los publícanos, a las prostitutas, a los que andan por las calles y las plazas: todos ellos están invitados a entrar en el Reino de Dios, como los fariseos y los maestros de la Ley. Pero éstos, los primeros que fueron contratados para trabajar en la viña, no se quedan; se sienten superiores, se quejan, se niegan por envidia y por celos. Es el misterio del corazón endurecido. Son como el hijo mayor de la parábola del hijo pródigo o de la misericordia (Lc 15,25-32), que no comprende a su padre y no acepta que perdone al hermano tránsfuga y dilapidador. Jesús prosigue mostrando con esta parábola la acción amorosa y salvífica de Dios. Presenta el nuevo mensaje formativo para los suyos.

No olvidemos que Jesús está en camino hacia Jerusalén. Quiere preparar a sus discípulos para entrar en la visión del Padre y para que hagan suya la lógica del amor universal. Inmediatamente después de esta parábola (Mt 20,17-19), Mateo coloca el tercer anuncio de la pasión. Jerusalén, en efecto, va a ser el lugar de la plena manifestación del amor de Dios, el lugar donde el ágape divino, destruyendo todo muro de división, se convierte en el principio vital de una nueva solidaridad entre todos, a la manera de la Trinidad. Ya no hay primeros ni últimos, sino que todos son hijos y obreros corresponsables en la viña del Señor, la humanidad.

 

MEDITATIO

"...en los sagrados libros el Padre que está en los cielos se dirige con amor a sus hijos y habla con ellos" (DV 21). La primera lectura es una palabra de verdad a la luz del amor clarividente. Nos conduce a dialogar como hijos con el Padre que ha salido a nuestro encuentro para decidir de nuevo con él: "Quién es nuestro rey?". La respuesta no puede recorrer con el pensamiento la doctrina aprendida en los bancos de la escuela o en la universidad. La respuesta es vivir bajo el señorío de Dios en la peregrinación cotidiana. Es un salto de fe renovado y confiado. La tentación de buscar a una persona fuerte que dé seguridad o de elaborar proyectos nuestros a los que "obedecer" está siempre al alcance de la mano, y hoy de un modo agudo, apremiante y solapado.

El Padre se muestra celoso de nuestra libertad. Quiere que sea una conquista nuestra a través de una opción de comunión con él y con los hermanos. "El Señor reinará sobre vosotros" (Jue 8,23). "Yo, Abimélec, reinaré sobre vosotros" (cf. Jue 9,1-6). Ésta es la opción existencial. Es doloroso constatar a dónde llevan el orgullo, el poder y la violencia que se refugia en el corazón. La "zarza" proclamada rey ha ahogado toda la vida. "!Mató incluso a sus hermanos!". !Inhumano! Qué sociedad puede hacer de semejante rey, de un líder cegado por el poder o -lo que es más- dependiente de su propia necesidad de afirmación? Por qué no se escucha la voz de quien, iluminado por su Señor, como Yotán, el hermano menor escapado del exterminio, ve con amplitud de miras y teniendo en cuenta en su corazón el bien de su propia gente?

 

ORATIO

Señor, he comprendido la belleza de la oración que has puesto en nuestro corazón: Padre, venga a nosotros tu Reino. Es un Reino de justicia, de amor y de paz, de verdad y de vida; es la humanidad transformada por el amor en familia de Dios. He comprendido, Señor, la belleza de la basílica de San Pedro: es la casa donde tú reúnes a todos los pueblos, el templo de la unidad y de la comunión, el lugar de oración y de encuentro contigo, donde cada uno, unido a tu Madre, canta las obras admirables del Padre en su propia lengua y todos, juntos, manifiestan la belleza del Evangelio del amor. El camino, Señor de la esperanza, es largo, fatigoso, erizado de obstáculos nuevos y oscuros. En primer lugar dentro de nosotros mismos. Parece más lógico y democrático escoger un rey, con el deseo inconsciente de poder condicionarlo a nuestros propios fines. Tú, Señor de la vida, sana esta necedad nuestra, individual y colectiva. Que tu amor no se dé por vencido, a pesar de la dureza de nuestros corazones. Continúa llamando a cada uno por su nombre, a cualquier hora. Que no haya discriminaciones dentro de nuestro ánimo, sino que todos tengan sitio, como obreros de tu viña e hijos del Padre que está en los cielos. La lógica de tu amor fascina. Que esté en ti el estilo y la respiración de nuestro "santo viaje" hacia la plenitud de la vida y de la historia.

 

CONTEMPLATIO

Desde todos los ángulos resulta evidente que la parábola del dueño de la viña y los obreros va dirigida tanto a los que desde la primera edad se dan a la virtud como a los que se dan en edad avanzada e incluso más tarde.

A los primeros, para que no se ensoberbezcan ni insulten a los que vienen a la undécima hora; a los últimos, para que sepan que pueden recuperarlo todo en breve tiempo. Puesto que, en efecto, el Señor había hablado antes de fervor y de celo, de renuncia a las riquezas, de desprecio a todo lo que se posee -lo cual requiere un gran esfuerzo y un ardor juvenil- para encender en los que le escuchaban la llama del amor y dar tono a su voluntad, demuestra ahora que también los que han llegado tarde pueden recibir la recompensa de toda la jornada.

Ahora bien, no lo dice de una manera explícita por temor a que éstos se ensoberbezcan y se muestren negligentes y descuidados; muestra, en cambio, que todo es obra de su bondad y que, gracias a ella, no serán olvidados, sino que recibirán también bienes inefables. Esta es la finalidad principal que se propone Cristo en la presente parábola (Juan Crisóstomo, Commento al vangelo di Matteo, 64,3ss).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda un espíritu de sabiduría y una revelación que os permita conocerlo plenamente" (Ef 1,17).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El "espíritu de sabiduría y de revelación" que nos permite conocer plenamente al Padre de la gloria se nos da en Cristo mediante el sello del Espíritu Santo. Nosotros podemos ver ahora todas las cosas en Jesús no en virtud de una particular luz intelectual  (esto será el don del entendimiento), sino por connaturalidad, por instinto divino -como diría santo Tomás-, desde el momento en que estamos en Jesús, que se encuentra en el centro del misterio de la salvación, y estamos en Dios, que se encuentra en el origen, en lo alto. El conocimiento por connaturalizad ha sido comparado a menudo, en la tradición patrística y espiritual, al gusto. Noto que un alimento está dulce o salado no por un razonamiento, ni siquiera por el análisis químico de los componentes de la sal o del azúcar; lo noto por una sintonía connatural entre la sal, el azúcar y mis papilas gustativas. De modo análogo sucede con el don de la sabiduría: noto que un hecho, una acción, un comportamiento, un pensamiento, concuerda con el plan de Dios porque estoy en Jesús, que se encuentra en el centro de ese plan, porque amo al Padre, que es el autor de ese designio.

En consecuencia, la sabiduría está ligada más bien a la caridad que a la fe; la sabiduría es el refluir de un grandísimo amor al Padre y a Jesús que se convierte en gusto del misterio de Dios. Pablo, en la carta a los Efesios (1,16c), pide esa sabiduría precisamente para los suyos y para nosotros (C. M. Martini, Uomin! e donne dello Spirito, Cásale Monf. 1998, pp. 69ss [edición española: Hombres y mujeres del Espíritu: meditaciones sobre los dones del Espíritu Santo, Sal Terrae, Santander 1998]).

 



Día 21

 Jueves de la 20ª semana del Tiempo ordinario o

San Pío X, papa

 

LECTIO

Primera lectura: Jueces 11,29-32.33b-39a

En aquellos días,

29 el espíritu del Señor se apoderó de Jefté,  que recorrió Galaad y Manases, llegó a Mispá de Galaad y desde allí pasó al territorio de Amón. 30 Jefté hizo el siguiente voto al Señor: -Si entregas en mi poder a los amonitas,

31 el primero que salga por la puerta de mi casa para venir a mi encuentro,  cuando regrese vencedor, será para el Señor, y lo ofreceré en holocausto.

32 Jefté marchó a la guerra contra los amonitas, y el Señor los entregó en su poder.

33 Fue una gran derrota, y los amonitas quedaron humillados ante los israelitas.

34 Cuando Jefté regresaba a su casa de Mispá, salió a su encuentro su hija danzando y tocando el pandero. Era hija única, pues Jefté no tenía más hijos.

35 Al verla, rasgó sus vestidos y gritó: -!Ah, hija mía, me has destrozado; tú eres la causa de mi desgracia, porque me he comprometido ante el Señor y no puedo desdecirme!

36 Ella le dijo: -Si te has comprometido ante el Señor, padre mío, cumple tu promesa respecto a mí, ya que el Señor te ha concedido vengarte de tus enemigos, los amonitas.

37 Y añadió: -Concédeme esta gracia: déjame libre dos meses; durante ellos recorreré los montes con mis compañeras, llorando por tener que morir sin hijos. Él le dijo: -Vete.

38 Y la dejó libre durante dos meses. Ella y sus compañeras recorrieron los montes llorando, porque iba a morir sin hijos.

39 Pasados los dos meses, volvió a su casa, y su padre cumplió con ella el voto que había hecho.

 

**• La lectura de hoy suscita en nosotros sentimientos  de incomodidad y de desconcierto frente a la decisión irreflexiva de Jefté. Una vez más, nos encontramos sumergidos en la experiencia de infidelidad del pueblo de Dios y en el sufrimiento que sigue a su pecado: "Los israelitas volvieron a ofender al Señor con su conducta; adoraron a Baal y Astarté, a los dioses de Aram, Sidón, Moab, de los amonitas y de los filisteos. Abandonaron al Señor y no le dieron culto. Entonces, el Señor se encolerizó contra los israelitas y los entregó en poder de los filisteos y de los amonitas. Éstos afligieron y oprimieron durante dieciocho años a todos los israelitas" (Jue 10,6-8). Desde lo hondo del dolor del pueblo se levanta la plegaria de invocación al Señor unida al reconocimiento de su propio pecado y a las acciones de liberación de los falsos dioses (cf. 10,15ss).

La elección de un liberador por parte de Dios recae en Jefté, hijo de una prostituta, convertido en jefe de un grupo de aventureros con los que llevaba a cabo sus correrías, tras haber sido desheredado y expulsado de la casa de los suyos. A él se dirigen los ancianos de Galaad para combatir contra los amonitas. La narración señala que "el espíritu del Señor se apoderó de Jefté" (11,29) y los amonitas fueron humillados ante los israelitas (v. 33).

El voto de Jefté de sacrificar una vida humana nos desconcierta, aunque se puede explicar por la contaminación de los usos del tiempo; es algo que contrasta con la prohibición de los sacrificios humanos según la ley del Señor. Todo esto muestra el largo camino que deberá recorrer el pueblo todavía para liberarse de ciertos tipos de religiosidad peligrosos y equívocos, que no respetan a la persona humana ni la relación con Dios nacida de la alianza del Sinaí. El verdadero culto que Dios acepta, tal como celebra la comunidad en el salmo responsorial, es la obediencia a la Palabra: "Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído; no pides sacrificio expiatorio; entonces yo digo: 'Aquí estoy"... Y llevo tu ley en las entrañas" (Sal 40,7.9).

 

Evangelio: Mateo 22,1-14

En aquel tiempo,

1 Jesús tomó de nuevo la palabra y les dijo esta parábola:

2 -Con el Reino de los Cielos sucede lo que con aquel rey que celebraba la boda de su hijo.

3 Envió a sus criados para llamar a los invitados a la boda, pero no quisieron venir.

4 De nuevo envió otros criados encargándoles que dijeran a los invitados: "Mi banquete está preparado, he matado becerros y cebones, y todo está a punto; venid a la boda".

5 Pero ellos no hicieron caso, y unos se fueron a su campo y otros a su negocio.

6 Los demás, echando mano a los criados, los maltrataron y los mataron.

7 El rey entonces se enojó y envió sus tropas para que acabasen con aquellos asesinos e incendiasen su ciudad.

8 Después dijo a sus criados: "El banquete de boda está preparado, pero los invitados no eran dignos.

9 Id, pues, a los cruces de los caminos y convidad a la boda a todos los que encontréis".

10 Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos; y la sala se llenó de invitados.

11 Al entrar el rey para ver a los comensales, observó que uno de ellos no llevaba traje de boda.

12 Le dijo: "Amigo, cómo has entrado aquí sin traje de boda?". El se quedó callado.

13 Entonces el rey dijo a los servidores: "Atadlo de pies y manos y echadlo fuera a las tinieblas; allí llorará y le rechinarán los dientes".

14 Porque son muchos los llamados, pero pocos los escogidos.

 

*" El fragmento de hoy forma parte de una nueva sección del evangelio de Mateo, la última antes de los acontecimientos de la pasión (Mt 21,1-25,46). Jesús está en el templo. Se dirige a los judíos, que, de una manera malévola, le han preguntado con qué autoridad enseña y realiza sus obras. Les dirige tres parábolas muy fuertes: la parábola de los dos hijos (21,28-32), la de los viñadores homicidas (21,33-46) y, por último, la del banquete de bodas (22,1-14). Esta última es la que hemos escuchado en el evangelio proclamado hoy. Las imágenes a las que hace referencia Jesús son bien conocidas de todo buen israelita: las bodas y el banquete, es decir, las imágenes con las que se describe el Reino anunciado por los profetas, unas imágenes que preludian la comunión gozosa y definitiva de Dios con su pueblo {cf. 25,1-12).

A diferencia de la versión de Lucas (14,16-24), en la de Mateo no se trata ya de una invitación a una "gran cena" (Lc 14,16), sino al banquete organizado por el rey para celebrar las bodas de su propio hijo. Esto hace más grave e injustificada la negativa por parte de los invitados, que rechazan el plan de Dios. El Antiguo Testamento había prometido la unión nupcial entre Dios y su pueblo {cf., por ejemplo, Jr 2,2; 31,3; Ez 16,1-43.59-63); el nombre de "Esposo" es uno de los títulos que Dios se da a sí mismo (Is 54,5). La parábola referida por Mateo presenta a Jesús como el Esposo prometido {cf. 9,15) y pone el acento en la gravedad del comportamiento de los invitados. Las motivaciones del rechazo son mezquinas: mi trabajo es más importante que el banquete. A algunos les fastidia hasta tal punto el banquete que llegan a insultar e incluso matar a los siervos que les llevan la invitación. La indignación del rey y su intervención de castigo no detiene su amor por su hijo. La invitación al banquete de bodas del hijo se dirige ahora a invitados insospechados. Jesús pretende revelar que la salvación, rechazada por su pueblo, se ofrece ahora a los paganos. Este discurso les resulta duro a los judíos, que ni le aceptan a él ni aceptan tampoco su enseñanza ni el universalismo de su invitación a formar parte del Reino.

Mateo llama la atención de la comunidad cristiana sobre un aspecto decisivo: la invitación, la llamada, es gratuita, pero es también exigente. Describe este aspecto mostrando al rey que honra a sus invitados saludando a cada uno y agradeciéndole la asistencia, como es costumbre. Pero uno de los invitados no se ha puesto el traje de boda (w. 11-14). La intervención del rey también aquí se muestra severa. Mateo pretende dar a entender que, para entrar en el mundo nuevo y ser discípulo de Cristo, no basta con recibir la invitación externamente; es preciso revestirse por dentro del traje que expresa la novedad de vida: creer, ser fieles, escuchar la voluntad divina y ponerla en práctica, vigilar, realizar obras de justicia. Eso es lo que recuerda el canto al evangelio {cf 19,7-9), óptima clave de lectura del texto de Mateo para nosotros.

 

MEDITATIO

El drama personal de Jefté, a causa de un voto inaudito contrario a la ley de Dios, agita a nuestro personaje, padre victorioso, y destruye -junto con la felicidad de la única hija- toda esperanza. El relato es un acontecimiento de revelación: muestra a dónde puede llevar el contagio con usos y costumbres que son contrarios a la dignidad de la persona. Por otra parte, conduce a purificar la idea que nos hacemos de Dios, a liberarla de visiones toscas y mortificantes, a sanar la relación con él: el verdadero sacrificio grato a Dios, que es amor, es la escucha, dejarse educar por él, seguirle, creer, amar al prójimo.

Nuestra fuerza es la fidelidad de Dios, que cuida de su pueblo, generación tras generación, y nos implica a todos nosotros como colaboradores de su obra de salvación. La persona -sea quien sea- no es nunca un precio que debamos pagar para garantizarnos la consecución de un objetivo. Hay itinerarios que constituyen un compromiso constante, personal y comunitario, bajo la acción del Espíritu. Sin embargo, hay que pasar siempre por una "puerta estrecha": perder nuestra propia vida por Cristo y el Evangelio (cf. Le 9,24), a fin de reencontrarnos a nosotros mismos en la verdad de la "imagen y semejanza" de Dios. El silencio contemplativo y acogedor del misterio de Dios es su espacio. Por qué tiene el hombre miedo de acoger' la vida que se nos ofrece en el Hijo? Es la pregunta que surge al considerar, a la luz del fragmento evangélico que hemos leído, a la humanidad de hoy. Precisamente por esto, al ponernos el traje nupcial -el vestido de oro de Cristo resucitado, símbolo de novedad de vida-, se nos invita a salir a lo largo de las encrucijadas de los caminos, a los transportes públicos, a los lugares de reunión lúdica y allí donde se está apagando el hombre en su dignidad, para llamar. El evangelio de hoy no nos habilita para realizar una lectura introspectiva. Nos invita a entregarnos a nosotros mismos y a abrir caminos valientes para anunciar por todas partes el misterio pascual - a saber: al Esposo muerto y resucitado- a todas las generaciones, a fin de celebrar la vida con ellas. Sin memoria no hay ni un presente fecundo ni un futuro de esperanza.

 

ORATIO

El misterio del rechazo y la tenacidad del amor. Hasta el castigo, Señor de la vida y de la luz, nace de tu amor, que quiere abrir con cada uno -persona o pueblo el camino hacia la casa del Padre. Tú, Señor, nos guardas como el águila que protege a su nidada, nos enseñas a volar hacia lo alto para darnos la posibilidad de ver todo con ojos que la obra del Espíritu ha hecho penetrantes, nos atraes a ti con vínculos de amor, nos revelas quiénes somos y cuáles son los verdaderos destinos del mundo. Y, a pesar de todo esto, nuestros bienes, nuestros asuntos, nuestros pensamientos, nuestras verdades, las llamadas del consumismo y del hedonismo, nos resultan tan atrayentes que te damos la espalda. Es la ceguera de un Jefté que, aun con las mejores intenciones, sacrifica vidas humanas. Es la dureza del corazón modelado en el horno de los egoísmos colectivos. Es la luz fría que contamina las relaciones entre los hombres y con el orden creado.

Quisiera asir algo del secreto de tu amor, apoderarme de él y poder traducir yo también los gemidos del hombre en mi entrega por ellos, en el amor que se consuma al comunicar vida y esperanza.

 

CONTEMPLATIO

"Al entrar el rey para ver a los comensales, observó que uno de ellos no llevaba traje de boda. Le dijo: "Amigo, cómo has entrado aquí sin traje de boda?". Él se quedó callado"" (Mt 22,1 lss). Los invitados a la boda, recogidos de los setos y las esquinas, de las plazas y de los lugares más diversos, habían llenado la sala del banquete real. Pero después, cuando llegó el rey para ver a los comensales reunidos en torno a su mesa, es decir, pacificados en cierto modo en su fe (del mismo modo que en el día del juicio habrá que ver a los convidados para distinguir los méritos de cada uno), encontró a uno que no llevaba el traje de boda. En este uno están incluidos todos los que son solidarios en la realización del mal. El traje de boda son los preceptos del Señor y las obras que se realizan según el espíritu de la ley y del Evangelio. Éstos son el traje del hombre nuevo. Si uno que lleva el nombre de cristiano es encontrado en el momento del juicio sin el traje de boda -es decir, el traje del hombre celestial- y lleva, en cambio, el traje manchado -o sea, el traje del hombre viejo-, será recogido de inmediato y se le dirá: "Amigo, cómo has entrado?".

Le llama "amigo" porque es uno de los invitados a la boda, y reprende su descaro porque con su traje inmundo ha contaminado la pureza de la boda. "Él se quedó callado", dice Jesús. En aquel momento, en efecto, ya no será posible arrepentirse, ni será posible negar la culpa, puesto que los ángeles y el mismo mundo serán testigos de nuestro pecado. "Entonces el rey dijo a los servidores: "Atadlo de pies y manos y echadlo fuera a las tinieblas; allí llorará y le rechinarán los dientes"" (Mt 22,13). El ser atado de pies y manos, el llanto, el rechinar de dientes, están para demostrar la verdad de la resurrección. O bien, se le ata las manos y los pies para que desista de obrar el mal y de correr a derramar sangre. En el llanto y el rechinar de dientes se manifiesta, de una manera metafórica, la gravedad de los tormentos (Jerónimo, Commento al vangelo di Matteo III, 22,8-11).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Dichosos los invitados al banquete de boda del Cordero " (Ap 19,9).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Qué es una fiesta, sino la superabundancia de la belleza, la existencia convertida en algo semejante a un juego, liberada de la utilidad, de la gravedad, el intercambio de la amistad, una vida tan intensa que hace olvidar la misma muerte? La fiesta es espontaneidad y fraternidad, la magna celebración que nos une con lo ilimitado.

En el Occidente moderno, las virtudes de la seriedad, del ahorro, del trabajo, de "la voluntad en voluntad", han apagado las luces de la fiesta, han invertido en poder tecnológico lo que Georges Bataille llamaba la "parte maldita" de toda civilización, pero que también podríamos llamar la "parte sagrada". El hombre, definido por su racionalidad y por su poder, ha permitido que sus facultades de celebración se atrofiaran. No cabe duda de que existe un punto de encuentro ideal entre el ocaso de la fiesta y la ausencia de Dios en una cotidianidad que se ha vuelto unidimensional. En realidad, si Cristo no ha resucitado, la muerte tendrá siempre la última palabra, y los días que sigan a las fiestas serán siempre días de ceniza y de soledad. Ahora bien, si Cristo ha resucitado, la Pascua es en verdad "la fiesta de las fiestas", cada eucaristía es "la fiesta de las fiestas", y a través de la lucha cotidiana, a través del mismo martirio, podremos encontrarnos en este estado de fiesta.

El vínculo entre la fiesta de la Iglesia y la contemplación es muy estrecho: la fiesta proporciona a cada uno una primera experiencia del Dios vivo, abre los ojos del corazón a su presencia y nos hace capaces de descubrir por un instante el icono del rostro, la llama de las cosas. La fiesta nos revela a cada ser y a cada cosa como un milagro, y ésa es la razón por la que, en torno al hombre santificado, también el mundo se pone de fiesta, recobrando en el milagro su propia transparencia original (O. Clément, Riflessioni sull'uomo, Milán 1973, pp. 168-170 [edición española: Soore el hombre, Ediciones Encuentro, Madrid 1983]).

 



Día 22

 La Santísima Virgen María,

 

LECTIO

Primera lectura: Rut 1,1.3-8a.14b-16.22

1 Una vez, en tiempo de los jueces, hubo hambre en Palestina, y un hombre de Belén de Judá emigró al país de Moab con su mujer y sus dos hijos.

3 Murió Elimélec, marido de Noemí, y quedó ella sola con sus dos hijos,

4 que se casaron con dos moabitas, una llamada Orfá y la otra Rut. Vivieron allí unos diez años,

5 al cabo de los cuales murieron también Majlón y Kilión, quedando sola Noemí, sin hijos y sin marido.

6 Al enterarse de que el Señor había bendecido a su pueblo, proporcionándole alimento, Noemí se dispuso a abandonar Moab en compañía de sus dos nueras.

7 Partió con las dos del lugar en el que residían y emprendieron el regreso hacia el país de Judá.

8 Entonces Noemí les dijo: -Volveos a casa de vuestra madre.

14 Después, Orfá besó a su suegra y regresó a su pueblo, mientras que Rut se quedó con Noemí.

15 Noemí le dijo: -Mira, tu cuñada se vuelve a su pueblo y a su dios; vete tú también con ella.

16 Rut le dijo: -No insistas más en que me separe de ti. Donde tú vayas, yo iré; donde tú vivas, viviré; tu pueblo es mi pueblo, y tu Dios es mi Dios.

22 Así fue como Noemí regresó de Moab con su nuera Rut. Cuando llegaron a Belén, empezaba la siega de la cebada.

 

*•• El relato del libro de Rut está ambientado en el tiempo de los jueces (v. 1), es decir, en un período en el que el camino del pueblo, nacido de la alianza del Sinaí, conoce graves conflictos en su interior y con las poblaciones de la tierra de Canaán, experimenta las fatigas de la maduración de su propia identidad y carga con las consecuencias de las mezclas religiosas. El contenido de la lectura es la historia de una familia obligada a dejar a su propia gente a causa de una carestía, para buscar refugio y sostén en otra parte. El texto de hoy presenta a Elimélec y Noemí con sus dos hijos, que se casan con dos moabitas, Orfá y Rut. La atención se centra en esta última y en su relación con Noemí después de la muerte del cabeza de familia y de sus dos hijos a continuación. Su prematura desaparición induce a pensar que la descendencia de Elimélec se ha extinguido y que a Noemí no le queda más que el recuerdo de los sueños de futuro.

El relato conduce con delicadeza al lector a seguir los pasos interiores de Rut, las decisiones que la llevan a compartir la fe y la vida de Noemí y de su gente, a descubrir el designio de Dios sobre ella y sobre el pueblo. Rut dará descendencia a la familia de Elimélec, y esta "extranjera" se convertirá en antepasada de David: su hijo Obed se convierte en padre de Jesé, padre de David. Mateo inserta a Rut en la genealogía que conduce a José "el esposo de María, de la cual nació Jesús llamado Cristo " (Mt 1,5.16). Todo nace de una decisión tomada en

un clima de respeto y de amor entre dos criaturas, Rut y Noemí, como signo del resto de Israel fiel a su Señor; se trata de la decisión de Rut de abandonar a su propia gente para ir a donde la lleva el Señor: "Tu pueblo es mi pueblo, y tu Dios es mi Dios" (v. 16).

Rut es una de las figuras bíblicas que causan asombro no sólo por la dignidad de su persona y por su amor atento respecto a Noemí, sino también porque revela el amor universal de Dios, que implica a cada persona en la realización de su designio de amor. El Señor ha puesto su mirada en ella, en una extranjera. Se trata de un acto educativo destinado a ir abriendo poco a poco los horizontes de su pueblo a todas las gentes. Todos son hijos suyos.

 

Evangelio: Mateo 22,34-40

En aquel tiempo,

34 cuando los fariseos oyeron que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron,

35 y uno de ellos, experto en la ley, le preguntó para ponerlo a prueba:

36 -Maestro, cuál es el mandamiento más importante de la ley?

37 Jesús le contestó: -Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.

38 Éste es el primer mandamiento y el más importante.

39 El segundo es semejante a éste: Amarás al prójimo como a ti mismo.

 40 En estos dos mandamientos se basa toda la ley y los profetas.

 

*+• Jesús se encuentra todavía en el templo. La confrontación con los fariseos se vuelve cada vez más áspera. El contexto del evangelio de hoy está marcado por la voluntad de los fariseos de tender una trampa más a Jesús para obligarle a tomar posición frente a un tema religioso, como ya intentaron hacer con la cuestión del tributo al César (Mt 22,15-22) y, posteriormente, los saduceos con el problema de la resurrección de los muertos (w. 23-33).

Señala Mateo que los fariseos se habían reunido para decidir el argumento; el que interviene es, por consiguiente, su portavoz (w. 34ss). El objeto de la pregunta está tomado de un debate que estaba de actualidad en las escuelas rabínicas: cuál es, entre todos, el primero de los mandamientos? Quieren conocer la opinión del nuevo maestro sobre cuál es el principio que inspira la ley. Nada más simple y correcto, a primera vista. La respuesta de Jesús está montada sobre dos citas: una tomada del Deuteronomio (6,5) y otra del Levítico (19,18). Esos dos textos constituían el corazón de la espiritualidad del pueblo de Israel. El primero, el mandamiento del amor total a Dios, estaba escrito en las jambas de las puertas, bordado en las mangas, y era recitado por la mañana y por la noche, para que estuviera siempre presente en el ánimo del creyente, como celebración continua de la alianza. El auditorio no podía dejar de estar de acuerdo.

La novedad que aporta Jesús se encuentra en los versículos 39 y 40. Se trata del vínculo entre el amor a Dios y el amor al prójimo, a los que declara inseparables y de igual importancia. Por otra parte, está la relación del mandamiento del amor con toda la revelación bíblica de la voluntad de Dios con su pueblo; los dos mandamientos constituyen el punto de apoyo, el centro de donde brota todo lo demás, el que ilumina, purifica y transforma todo.

Una ley tiene valor si está penetrada por el amor. Las buenas obras tienen valor en la medida en que son obras de amor a Dios y al prójimo. Eso es lo que proclamaban los profetas cuando llamaban a la conversión del corazón. Jesús lo puede afirmar porque "conoce al Padre" {cf. Jn 7,29). Él no ha venido a abolir la ley, sino a darle cumplimiento; por consiguiente, es su intérprete autorizado y el realizador de la ley de vida expresada en la voluntad del Padre (cf. Mt 5,17.20; 7,29). Lo mostrará en su entrega en la cruz. El conflicto se convierte, una vez más, en lugar de revelación y en acontecimiento formativo para los suyos.

 

MEDITATIO

El relato de Rut remite al Dios de Israel, que viene al encuentro de su pueblo. La iniciativa es suya y es gratuita, a fin de que la respuesta a la que invita sea una reciprocidad de amor en la libertad de la entrega. La vida de Rut se va construyendo a lo largo del camino de toda su existencia, a través de los acontecimientos normales de la vida diaria: en su decisión de formar una familia, en los sufrimientos de la pérdida de sus seres queridos, en su decisión de convertirse a su vez -como ya había sucedido con Noemí- en emigrante en tierra extranjera. Conoce el sufrimiento por la falta de un hijo y por la muerte prematura de su marido.

Dios está presente en su historia y obra en ella como lo hace en el pueblo y en los pueblos. Noemí, con su testimonio, se vuelve para Rut mediación de una llamada del Señor para que abandone sus propias tradiciones, su propia cultura, su propia gente, sus propios dioses, y se abra a una nueva vida desconocida para ella, pero que forma parte de un designio de amor de inmensos confines. Rut irá conociendo en su camino nuevas alegrías y nuevos dolores, la incomprensión, los conflictos, las incertidumbres y el sufrimiento íntimo de un pueblo que se ha convertido en el suyo. Rut cree, responde y va, es decir, sigue al Dios de la alianza, a quien ahora pertenece por haberse entregado a él. El Señor la ha elegido, del mismo modo que ha elegido a otras mujeres de Israel y a mujeres de otros pueblos para preparar la generación de la que habría de nacer el Mesías. Rut tendrá un hijo, testimonio de que Dios provee a su pueblo, porque lo ama. La respuesta de Jesús, narrada en la perícopa evangélica de Mateo, revela el mecanismo profundo del ser del hombre que le impulsa hacia Dios y hacia los hermanos. El hecho de haber unido de modo indisoluble los dos mandamientos del amor a Dios y del amor al prójimo significa que la raíz del hombre es el amor, porque Dios es amor. Significa que la totalidad del compromiso con Dios se convierte en amor sin reservas al prójimo. Significa, sobre todo, que el modelo de nuestra relación con los otros es el obrar del Dios-amor con el hombre. No se trata de una imitación moral, sino de la tensión de nuestro ser partícipes de la vida de Dios.

 

ORATIO

Hay una belleza que salvará al mundo: es la tuya, el más bello de los hijos del hombre, y es la de María, tu Madre y nuestra Madre. Al contemplar tu misterio, que hoy se ha hecho manifiesto en la vida y en la experiencia de Rut, brota la oración de nuestro corazón: es el Padrenuestro, la súplica que nos revela el camino para la belleza de la humanidad y de cada rostro.

Te pedimos vivirlo, no repetirlo como fórmula de rezo. Te pedimos que descubramos, al vibrar con las notas que lo componen, la belleza del grano de trigo que, al pudrirse, florece y madura en pan de vida. Pudrirse no es morir; es amarte a ti sobre todas las cosas y es amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, o sea, es vivir, oh Cordero de Dios, corazón del mundo, en nuestras propias carnes de hijos con tu pasión por el hombre, convertido, gracias a tu sangre redentora, en mi hermano.

He aquí las notas del cántico que la vida, al consumarse, eleva: venga a nosotros tu Reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, que todo hombre tenga su pan de cada día, venza al Maligno, encuentre la felicidad y desemboque en la belleza de su ser de hombre y de mujer, en la armonía con la creación. Eso es lo que te pido. Eso es lo que te pedimos.

 

CONTEMPLATIO

Preguntaos bien, hermanos míos; destruid vuestros graneros interiores. Abrid los ojos, considerad vuestro capital de amor y aumentad el que hayáis descubierto. Velad este tesoro, a fin de ser ricos en vosotros mismos. Se considera caros los bienes que tienen un gran precio, y no por casualidad. Observad bien esta expresión: esto es más caro que aquello. Qué significa "es más caro"? No es acaso: es de un precio mayor? Si se dice que es más caro todo lo que tiene un precio mayor, qué habrá más caro que el amor, hermanos míos? Cuál es, a vuestro modo de ver, su precio? Cómo pagarlo? El precio del trigo es tu moneda; el precio de una tierra es tu dinero; el precio de una piedra es tu oro; el precio de tu amor eres tú. Si quieres comprar un campo, una piedra, una bestia de carga, para pagar buscas una tierra, miras a tu alrededor. Pero si deseas poseer el amor, no busques más que a ti mismo, no encuentres más que a ti mismo.

Qué temes al darte? Perderte? Pues es al contrario: dándote es como no te pierdes. El amor se expresa en la Sabiduría, y apacigua con una palabra el desorden en el que te echaban estas otras: "Date tú mismo". Pues si un hombre quisiera venderte un campo, te diría: Dame tu oro; o si se tratara de otro objeto: Dame tu moneda, dame tu dinero. Escucha lo que te dice el amor por boca de la Sabiduría: Hijo mío, dame tu corazón (Pr 23,26). Hijo mío, dame, dice ella. Qué? Tu corazón. Él estaba mal cuando estaba en ti, cuando era tuyo; eras presa de futilidades, de pasiones impuras y funestas. Quítalo de ahí.

Dónde llevarlo? Dónde ofrecerlo? Dame tu corazón. Que sea para mí, y no lo perderás. Mira: ha querido dejar algo en ti que puede hacerte aún caro a ti mismo? Amarás al Señor, tu Dios, dice, con todo tu coraz/m, con toda tu alma con todo tu pensamiento (Mt 22,37) (Agustín de Hipona, "Sermón 34", 7, en A. Hamman y olios, El misterio de la Pascua, Desclée De Brouwer, Bilbao 1998, pp. 297-298).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Toda la ley encuentra su plenitud en el amor" (cf. Gal 5,14).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El primer mandamiento encierra todos los demás, incluido el segundo, porque quien ama a Dios ama necesariamente a los hombres por obediencia al Señor, por imitación del Señor y porque el Señor los ama; la obediencia, la imitación, el amor a lo que el Señor ama, forman parte del amor por necesidad, cuando el amor se dirige a Dios, el único perfecto; a Dios, a quien sólo se puede amar con un amor perfecto, puesto que el amor no puede desarrollarse de una manera plena, perfecta, más que en Dios. Sin embargo, el Señor hizo una mención particular del segundo. Por qué? Precisamente porque, al estar contenido por necesidad en el primero, le está tan íntimamente unido que constituye su rasgo visible, su signo exterior. El amor a Dios se reconoce poco desde fuera; es fácil hacerse ilusiones sobre él, creer poseerlo y no tenerlo.

Consideremos el amor que tenemos al prójimo y reconoceremos si tenemos amor a Dios, puesto que son inseparables y crecen y decrecen !untos en la misma medida. El amor que tenemos al prójimo se conoce sin dificultades; lo constatamos cada día por los pensamientos, por las palabras, por los hechos que hacemos y por los que omitimos; es fácil saber si hacemos por el prójimo lo que quisiéramos que hicieran por nosotros, si lo amamos como a nosotros mismos, si vemos en él al Señor, si lo tratamos con todo el amor, la ternura, la compasión, el respeto y el deseo de bien que debemos a los miembros de Jesús (Ch. de Foucauld, Meditazioni sui passi evangelio relativi a Dio solo: fede, speranza, carita, Roma 1973, pp. 376-378).

 



Día 23

 Sábado de la XX Semana del Tiempo Ordinario Santa Rosa de Lima, virgen

LECTIO

Primera lectura: Rut 2,1-3.8-11; 4,13-17

2,1 Tenía Noemí, por parte de su marido, Elimélec, un pariente muy rico llamado Booz.

2 Un día, Rut, la moabita, dijo a su suegra: -Déjame ir a espigar al campo de aquel que me lo permita. Ella le respondió: -Vete, hija mía.

3 Fue Rut a espigar a un campo detrás de los segadores y, casualmente, vino a caer en una finca de Booz, de la familia de Elimélec.

8 Booz dijo a Rut: -Escucha, hija mía: no vayas a espigar a otro campo ni te alejes de aquí. Sigue detrás de mis criados.

9 Fíjate en qué campo están segando y ve detrás de ellos. Mandaré a mis criados que no te molesten. Y cuando tengas sed, vas y bebes de sus mismos cántaros.

10 Rut se postró en tierra y le dijo: -Por qué te has fijado en mí interesándote por una extranjera?

11 Booz le respondió: -Me han contado cómo te has portado con tu suegra después de la muerte de tu marido y que has dejado a tus padres y a tu patria para venir a un pueblo desconocido para ti.

4,13 Booz se casó con Rut; se unió a ella y el Señor hizo que concibiera y tuviera un hijo.

14 Las mujeres decían a Noemí: -Bendito sea el Señor, que ha hecho que no te faltase un heredero para que el nombre del difunto se conserve en Israel.

15 El niño será tu consuelo y amparo en la vejez, pues te lo ha dado tu nuera, que tanto te quiere, y es para ti mejor que siete hijos.

16 Noemí tomó al niño, lo puso en su regazo y se encargó de criarlo.

17 Las vecinas decían: -A Noemí le ha nacido un hijo. Y le llamaron Obed. Fue el padre de Jesé, padre de David.

 

*" El texto que acabamos de leer está dotado de una belleza única. No sólo por la historia que une a Rut con Booz, sino porque continúa siendo un acontecimiento revelador del amor de Dios, que no hace acepción de personas y quiere hacer participar a su pueblo de su amor de Padre para todos. La comprensión de esto será lenta y progresiva. El acontecimiento de la inserción de una extranjera, en virtud del matrimonio por levirato, en una familia israelita y, lo que es más, en el linaje de David, traza un camino pedagógico concreto en esta dirección.

Podemos distinguir dos partes en el texto. La primera es el encuentro con Booz, sugerido por la intuición femenina, además de ocasionado por la necesidad (2,1-11). El encuentro está envuelto por la fuerza moral de la moabita, que encuentra gracia a los ojos de Booz en virtud del profundo amor que ha demostrado a Noemí (v. 11). La narración del capítulo 3, donde se manifiesta el sentido de la responsabilidad de Noemí respecto a Rut (3,1), sirve de fondo a lo que la liturgia nos propone  en la segunda parte del texto (4,13-17). Por otro lado, nos ayuda a comprender el desarrollo de los acontecimientos, guiados por la confianza en el Señor, que ilumina los sentimientos e inspira las decisiones; esos acontecimientos conducen al matrimonio de Booz con la moabita, elevada por los ancianos a la altura de Raquel y Lía, progenitoras de la casa de Israel (4,11). En el texto no sólo sobresalen Booz y Rut, cuya descendencia prosigue en el hijo que "el Señor hizo que concibiera",

sino que destaca también la figura de Noemí, bendecida por su gente. Tanto su vida como la de su nuera constituyen el testimonio de un amor fiel y de la presencia activa de Dios.

El libro de Rut se abría con los acontecimientos dolorosos de una familia obligada a dejar Belén para emigrar a la tierra de Moab; ahora se cierra con un cántico de esperanza y de alabanza al Señor, celebrado en el lugar del retorno, en la contemplación gozosa de lo que el Señor ha llevado a cabo en dos mujeres, las verdaderas protagonistas. No es la pertenencia étnica lo que cuenta ni lo que garantiza la paz, la fecundidad, el futuro; son más bien los sentimientos, las actitudes, las decisiones según el corazón del Dios de los Padres, presente en los pliegues de la historia humana. Eso es lo que hace que el relato de Rut tenga una fuerza impresionante en su suavidad y belleza. Dios ha puesto en ella algo de sí mismo, algo que, en su desarrollo cotidiano y sencillo, manifiesta la vida de Rut.

 

Evangelio: Mateo 23,1-12

En aquel tiempo,

1 Jesús, dirigiéndose a la gente y a sus discípulos, les dijo:

2 -En la cátedra de Moisés se han sentado los maestros de la Ley y los fariseos.

3 Obedecedles y haced lo que os digan, pero no imitéis su ejemplo, porque no hacen lo que dicen,

4 Atan cargas pesadas e insoportables y las ponen a las espaldas de los hombres, pero ellos no mueven ni un dedo para llevarlas.

5 Todo lo hacen para que les vea la gente: ensanchan sus filacterias y alargan los flecos del manto;

6 les gusta el primer puesto en los convites y los primeros asientos en las sinagogas;

7 que les saluden por la calle y les llamen maestros.

8 Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar maestro, porque uno es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos.

9 Ni llaméis a nadie padre vuestro en la tierra, porque uno sólo es vuestro Padre: el del cielo.

10 Ni os dejéis llamar preceptores, porque uno sólo es vuestro preceptor: el Mesías.

11 El mayor de vosotros será el que sirva a los demás.

12 Porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado.

 

*•• Mateo registra el crecimiento de la oposición del mundo religioso oficial hacia la persona y la enseñanza del Maestro. La liturgia de hoy propone a nuestra escucha la primera parte de la severa reprimenda de Jesús dirigida contra los maestros de la Ley y los fariseos (23,1-12). Reconoce a los maestros de la Ley y a los fariseos su autoridad magisterial (están sentados en la cátedra de Moisés; por eso han de ser escuchados: w. 2ss), pero advierte al auditorio de que no deben seguirles en sus obras. Jesús contesta con vigor, como pastor que ama a su rebaño, y conoce los peligros en los que incurren, su incoherencia y el haber convertido la tarea que les había sido encomendada en un instrumento de búsqueda de sí mismos, de afirmación de su propio yo, de prestigio, por considerarse superiores a los demás. Un dato ejemplar de esto lo constituye la alteración del significado de los mismos signos -las filacterias y los flecos- que hubieran debido recordarles la Palabra del Señor y "todos sus mandamientos para ponerlos en práctica" (cf. Nm 15,38ss; Dt 6,4-9); sin embargo, "todo lo hacen para que les vea la gente" (v. 5).

El discurso es duro. El perfil que traza del maestro de la Ley y del fariseo es demoledor y da razón de las ásperas invectivas que les lanza (w. 13-37). Sobre este fondo, en el que sólo el amor mueve a Jesús, se puede intuir algo de su profundo dolor y de su apesadumbrado lamento por la ciudad de Jerusalén (w. 37-39). Ésta es la imagen con la que Mateo cierra el capítulo.

El peligro que supone un fariseísmo solapado y enmascarado -el de la fractura entre el decir y el poner en práctica- siempre está presente; va ligado a la fragilidad humana y era el peligro que acechaba a las comunidades cristianas, a las que el Espíritu iba agregando nuevos miembros procedentes tanto del mundo pagano como del judío, en tiempos de Mateo. El evangelio de hoy tiene una función purificadora y de maduración de la comunidad cristiana para conducirla a la plena fidelidad a su Señor. La segunda parte del evangelio (w. 8-12) describe algunos rasgos de la misma: todos son hermanos, porque son hijos de un único Padre; todos son discípulos de un solo Maestro, Cristo Jesús. "El señorío de Dios, la filiación divina y la fraternidad son las categorías fundamentales de la comunidad (y del Evangelio): la autoridad está a su servicio, debe revelarlas, defenderlas, hacerlas resaltar, nunca oscurecerlas" (B. Maggioni).

 

MEDITATIO

Dios vela, está presente, obra y continúa preparando el futuro de su pueblo, abriéndolo a su realización final en los acontecimientos humanos. Éste es el mensaje que hemos recibido esta semana. En la narración de la historia de Israel en tiempos de los jueces, en la de Rut y en el "santo viaje" de Jesús hacia Jerusalén con los suyos, el Señor resucitado quiere abrir a la comunidad cristiana, que celebra la salvación, al misterio del obrar del Padre. Como personas y como Iglesia, necesitamos dejarnos penetrar por esta vivísima realidad para confirmar o para recuperar el vigor de nuestra fe. Acaso no es la crisis actual una crisis de fe y de esperanza?

El Padre, en su diálogo amoroso con sus hijos N (cf. DV 21), ilumina su camino colmándolos del don de su Espíritu. A la luz que viene de lo alto, y "manteniéndose con él", éstos comprenden el significado de la vida y de la historia según Dios. La nueva comprensión reconstruye la escala de valores y las relaciones, haciéndolos más verdaderos, creativos y cálidos. Cada creyente, como hijo en el Hijo, tiene una tarea propia como persona llamada por su nombre y como pueblo. El ministerio de la comunidad de los creyentes, esto es, el servicio de la autoridad y de todo el pueblo, es custodiar, celebrar, anunciar y transmitir la iniciativa del amor salvífico del Dios-Trinidad a todas las generaciones, en todo lugar y cultura, para que se encuentren con él y lo acojan. Ésta es su verdadera dignidad, muy alejada de la visión contaminada de la vida como poder y dominio.

El camino: poner en práctica la Palabra o, mejor aún, dejarse "hacer" por la Palabra. Al mismo tiempo, vigilar y orar para no caer en la trampa de un decir –también autorizado- vacío de testimonio personal y, por consiguiente, deslizarse hacia una hipocresía infeliz y enredadora o tejer en la comunidad relaciones exentas de vida y de aliento. Cristo Jesús es el único Maestro. Hemos de escucharle y seguirle hasta entregar la vida como él. Él es el Esposo de la Iglesia esposa y de la humanidad redimida.

Estas realidades llenan de alegría, de luz y de paz y se alimentan de la comunión de vida con Cristo, de la entrega a los hermanos en el amor mutuo, de una luminosa esperanza.

 

ORATIO

En Cristo, tu Hijo y nuestro Salvador, tú, Padre de todos, has vuelto a dar al mundo la esperanza y la vida. Haz que vivamos en el amor de Cristo y como él, que no dudó en hacerse siervo para que nosotros llegáramos a ser libres, hombres y mujeres que realizan la Palabra.

Refuerza en nosotros la fe, la esperanza y la caridad que el Espíritu Santo ha difundido en nuestros corazones. Danos ojos para ver, en el desarrollo de la historia del hombre, tu presencia, que nos llama a cada uno de nosotros para que actuemos en el mundo y transformemos cada desierto en un jardín de vida.

Haznos comprender y vivir según tu Palabra, enséñanos a discernir tu voluntad, libéranos de la autosuficiencia del decir y del querer dominar a los hermanos imponiéndoles cargas y tradiciones que no son tuyos. Guíanos por el camino de la santidad, para que nuestro corazón busque siempre lo que es verdadero, bueno y justo y anuncie, con las palabras y las obras, las maravillas de tu amor. Que en nuestro servicio a los hermanos descubra el mundo tu fidelidad, tu misericordia, lo que esperas, tu perdón y la belleza vivificadora de la comunión contigo, que eres amor. Que te encuentre y te acoja.

 

CONTEMPLATIO

Porque la tradición de sus padres, que ellos fingían observar cumpliendo la Ley, era contraria a la Ley que Moisés había dado, por eso dijo Isaías: "Tus taberneros mezclan vino con agua" (Is 1,22). Con ello dio a entender que los antiguos mezclaban el agua de su tradición con el austero precepto de Dios; es decir, agregaban una ley adulterada contraria a la Ley, como claramente lo manifestó el Señor: "Por qué transgredís el precepto de Dios por vuestra tradición?" (Mt 15,3) No sólo, pues, vaciaron la Ley de Dios al transgredirla, mezclando vino con agua, sino que además establecieron una ley contraria, que hasta ahora se llama farisaica. A ésta algunos le añaden, otros le quitan, otros la interpretan como les viene en gana: de modo tan singular la aplican sus maestros. Tratando de reivindicar sus tradiciones, se negaron a sujetarse a la Ley de Dios que les instruía sobre la venida de Cristo (Gal 3,24). Por el contrario, acusaban al Señor de haber curado en sábado, lo cual, como antes hemos expuesto, la Ley no prohibía -puesto que ella misma de algún modo curaba al hacer circuncidar a un hombre en sábado (Jn 7,22-23)-. Ellos, en cambio, no se reprochaban a sí mismos por transgredir el mandamiento de Dios, siguiendo su tradición y su ley farisaica, al no cumplir lo principal de la Ley, o sea, el amor a Dios.

[...] Que nadie se confunda con las palabras del Señor cuando puso en claro que la Ley no viene de otro Dios, cuando afirmó para instruir a la multitud y a los discípulos: "En la cátedra de Moisés se sentaron los escribas y fariseos: haced y observad todo cuanto os dijeren, mas no actuéis según sus obras, pues ellos dicen y no hacen. Atan fardos pesados y los cargan sobre los hombros de los hombres, pero ellos ni con un dedo quieren moverlos" (Mt 23,2-4). No criticaba la Ley que por medio de Moisés se había promulgado, puesto que les movía a observarla mientras Jerusalén estuviese en pie, pero sí reprendía a aquellos que proclamaban las palabras de la Ley y, sin embargo, no se movían por el amor, y por eso cometían injusticia contra Dios y el prójimo.

Como escribe Isaías, "este pueblo me honra con sus labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me honran cuando enseñan doctrinas y preceptos humanos" (Is 29,13). Llama preceptos humanos y no Ley dada por Moisés a las tradiciones que los padres de aquéllos (fariseos) habían fabricado, por defender las cuales violaban la Ley de Dios, y por eso tampoco obedecían a su Verbo (Ireneo de Lyon, Adversus Haereses IV, 12, 1-4).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve" (Lc 22,27).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

En el nombre del Señor, Padre e Hijo y Espíritu Santo. Amén. A todos los cristianos, religiosos, clérigos y laicos, hombres y mujeres; a cuantos habitan en el mundo entero, el hermano Francisco, su siervo y súbdito: mis respetos con reverencia, paz verdadera del cielo y caridad sincera en el Señor. Puesto que soy siervo de todos, a todos estoy obligado a servir y a suministrar las odoríferas palabras de mi Señor. Por eso, recapacitando que no puedo visitaros personalmente a cada uno, dada la enfermedad y debilidad de mi cuerpo, me he propuesto comunicaros, a través de esta carta y de mensajeros, las palabras de nuestro Señor Jesucristo, que es el Verbo del Padre, y las palabras del Espíritu Santo, que son espíritu y vida (Jn 6,64). La Palabra encarnada. Este Verbo del Padre, tan digno, tan santo y glorioso, anunciándolo el santo ángel Gabriel, fue enviado por el mismo altísimo Padre desde el cielo al seno de la santa y gloriosa Virgen María, y en él recibió la carne verdadera de nuestra humanidad y fragilidad.

Y siendo El sobremanera rico (2 Cor 8,9), quiso, junto con la bienaventurada Virgen, su Madre, escoger en el mundo la pobreza. Y poco antes de la pasión celebró la Pascua con sus discípulos y, tomando el pan, dio las gracias, pronunció la bendición y lo partió, diciendo: Tomad y comed, esto es mi Cuerpo (Mt 26,26). Y, tomando el cáliz, dijo: Ésta es mi sangre del Nuevo Testamento, que será derramada por vosotros y por todos para el perdón de los pecados (Mt 26,27). A continuación, oró al Padre, diciendo: Padre, si es posible, que pase de mí este cáliz. Y sudó gruesas gotas de sangre que corrían hasta la tierra (Lc 22,44). Puso, sin embargo, su voluntad en la voluntad del Padre, diciendo: Padre, hágase tu voluntad (Mt 26,42); no se haga como yo quiero, sino como quieres tú (Mt 26,39). Y la voluntad de su Padre fue que su bendito y glorioso Hijo, a quien nos dio para nosotros y que nació por nuestro bien, se ofreciese a sí mismo como sacrificio y hostia, por medio de su propia sangre, en el altar de la cruz; no para sí mismo, por quien todo fue hecho (cf. Jn 1,3), sino por nuestros pecados, dejándonos ejemplo para que sigamos sus, huellas [cf. 1 Pe 2,21). Y quiere que todos seamos salvos por Él y que lo recibamos con un corazón puro y con nuestro cuerpo casto. Pero son pocos los que quieren recibirlo y ser salvos por Él, aunque su yugo es suave y su carga ligera (cf. Mt 11,30) (Francisco de Asís, Carta a los fieles. Segunda recensión, en Fuenfes franciscanas, edición electrónica).


 

Día 24

  XXI Domingo del Tiempo Ordinario



LECTIO

Primera lectura: Isaías 66,18-21

Así dice el Señor:

18 Yo inspiraré sus obras y pensamientos, vendré a congregar a pueblos y naciones; vendrán y contemplarán mi gloria.

19 Pondré en medio de ellos una señal y mandaré algunos de sus supervivientes a las naciones: a Tarsis, Libia, Lidia, Mosoc, Ros, Tubal y Javán, y a los pueblos lejanos que nunca oyeron hablar de mí ni han visto mi gloria. Y anunciarán mi gloria entre las naciones.

20 Y traerán de todos los pueblos, como ofrenda al Señor, a todos vuestros hermanos: montados en caballos, carros, literas, mulos y dromedarios. Los traerán a mi monte santo en Jerusalén -dice el Señor-, lo  mismo que los israelitas traen ofrendas en vasos purificados al templo del Señor.

21 Y también de entre ellos me escogeré sacerdotes y levitas -dice el Señor-.

 

*• El último capítulo del libro de Isaías pertenece a una unidad literaria que tiene características absolutamente propias. Una de ellas es la gran apertura universalista que caracteriza al proyecto de Dios respecto a la humanidad. De proyecto se trata aquí, en efecto, y, para demostrarlo, en esta página profética todos los verbos están en tiempo futuro: "Inspiraré, vendré, vendrán, contemplarán, pondré, mandaré, anunciarán, traerán, elegiré...".

El autor de esta parte del libro profético se pone, por consiguiente, no sólo al servicio de una historia de la salvación que pertenece al pasado, sino que, precisamente a partir de ella, hunde su mirada en un futuro que pertenece únicamente a Dios, pero que, no obstante, irrumpe ya en el presente. Ésta es la actitud que como verdaderos creyentes estamos llamados a asumir cuando leemos y meditamos las profecías del Viejo Testamento.

Empleando términos más modernos, se diría que con esta profecía el Señor quiere abrir nuestra mente a las dimensiones de la convivencia interétnica, intercultural e interreligiosa que nos interpela hoy a todos como un auténtico desafío. Ahora bien, lo que importa subrayar, al considerar el problema con los ojos de la fe, es que tal situación no es absolutamente nueva ni debe ser considerada como algo inédito en la historia de la humanidad.

Al contrario, corresponde exactamente al proyecto del Dios creador y libertador, que quiere hacer de todos los pueblos un solo pueblo, de todos los hombres una sola familia, de todos los grupos una sola comunidad. Eso únicamente será posible si todos reconocemos que el Señor es el único Dios, que a él se remonta cualquier iniciativa de salvación, que sólo él puede llevar a buen fin los proyectos humanos, haciéndolos converger hacia una única meta.

 

Segunda lectura: Hebreos 12,5-7.11-13

Hermanos:

5 Habéis olvidado aquella exhortación que se os dirige como a hijos: Hijo mío, no desprecies la corrección del Señor, ni te desalientes cuando él te reprenda,

6 porque el Señor corrige a quien ama y castiga a aquel a quien recibe como hijo.

7 Dios os trata como a hijos y os hace soportar todo esto para que aprendáis. Pues qué hijo hay a quien su padre no corrija?

11 Es cierto que toda corrección, en el momento en que se recibe, es más un motivo de pena que de alegría, pero después aporta a los que la han sufrido frutos de paz y salvación.

12 Robusteced, pues, vuestras manos decaídas y vuestras rodillas vacilantes

13 y caminad por sendas llanas, a fin de que el pie cojo no vuelva a dislocarse, sino que, más bien, pueda curarse.

 

**• Remitiéndose a una exhortación contenida en el libro de los Proverbios (3,1 lss), el autor de la Carta a los Hebreos formula algunos pensamientos que dejan ver un fin declaradamente pedagógico. No es difícil captar esa pedagogía divina que brota de toda la Biblia, aunque de modo especial de los libros sapienciales. Es ésta una clave de lectura muy importante: con ella podemos comprender que la Escritura no contiene sólo la memoria de la historia de la salvación, sino también un código de comportamiento que procede de esa historia y que le da cumplimiento.

La exhortación apostólica se desarrolla en dos direcciones: en primer lugar, hacia el sentido del sufrimiento humano, en todas sus expresiones. Para quien cree, nada acaece en la vida por casualidad o por necesidad, sino en virtud de una providencia, la cual, aunque en ocasiones resulte difícil identificarla, está, no obstante, siempre presente y activa en la historia de los hombres. Y por "sentido" se entiende aquí tanto significado como orientación. En efecto, todo hombre tiene necesidad de comprender para saber a dónde ir; la orientación de su vida no puede dejar de depender de las convicciones que consigue elaborarse. Dios respeta plenamente esta exigencia nuestra y, también con la Biblia, sale al encuentro de nuestra necesidad de luz y de claridad.

En segundo lugar, la exhortación apostólica tiende a dar fuerza y valor a cuantos se encuentran comprometidos todavía en una lucha sin fronteras contra las fuerzas del mal. Nosotros, en efecto, no encontramos sólo momentos de debilidad y de enervamiento, sino que también estamos expuestos al peligro de tomar caminos torcidos, alternativos y que nos desvían. La corrección tiene, en esos casos, un fin altamente terapéutico, como cualquier corrección paterna; y es que, según una ley de la naturaleza, todo hijo tiene la obligación de caminar por el mismo camino, con las mismas intenciones y por los mismos motivos que inspiraron la vida del Padre. Según la enseñanza de la carta, el Señor emplea con cada uno de nosotros una corrección que puede provocarnos, en ese momento, tristeza y dolor, pero que todavía es más capaz de provocar reacciones fuertes y animosas, de dar alegría y de producir frutos de paz y de justicia. Es como decir que la corrección de Dios, cuando es acogida con un corazón filial, sincero y dócil, abre el horizonte a ulteriores etapas en la historia de cada hombre, en vistas a metas cada vez más apetecibles y satisfactorias.

 

Evangelio: Lucas 13,22-30

En aquel tiempo,

22 mientras iba de camino hacia Jerusalén, Jesús enseñaba en los pueblos y aldeas por los que pasaba.

23 Uno le preguntó: -Señor, son pocos los que se salvan? Jesús le respondió:

24 -Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, porque os digo que muchos intentarán entrar y no podrán.

25 Cuando el amo de casa se levante y cierre la puerta, vosotros os quedaréis fuera y, aunque empecéis a aporrear la puerta gritando: "!Señor, ábrenos!", os responderá: "!No sé de dónde sois!".

26 Entonces os pondréis a decir: "Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas".

27 Pero él os dirá: "!No sé de dónde sois! !Apartaos de mí, malvados!".

28 Entonces lloraréis y os rechinarán los dientes, cuando veáis a Abrahán, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, mientras vosotros sois arrojados fuera.

29 Pues vendrán muchos de oriente y occidente, del norte y del sur, a sentarse a la mesa en el Reino de Dios.

30 Hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos.

 

**• La página evangélica de hoy nos presenta dos grandes imágenes que sólo esperan ser interpretadas a la luz del contexto que las envuelve. Por una parte, está la imagen de la puerta estrecha, por la que hemos de esforzarnos en pasar, si queremos entrar; por otra, está la imagen del gran cortejo que se forma desde todas las partes de la tierra hacia aquella ciudad bendita en la que tiene lugar el banquete del Reino de Dios.

Con la primera imagen, Jesús no intenta ofrecernos una respuesta directa a los que le han preguntado si "son pocos los que se salvan"; se limita a invitarnos a la lucha, al compromiso, a la resistencia. Y es bastante significativo que, en este contexto, Lucas no pase, como Mateo, de la "puerta estrecha" a la "puerta ancha", sino de la "puerta estrecha" a la "puerta cerrada", con lo que acentúa el carácter dramático de un desenlace que podría revelarse absolutamente negativo. Jesús afirma una vez más con claridad que seguirle por el camino del Evangelio es una cosa muy seria, algo que requiere una opción fundamental y, sobre todo, un esfuerzo continuado. El verbo griego correspondiente a "esforzaos", en modo imperativo además, expresa la idea de lucha, de prontitud y de urgencia. No sólo es menester hacer acopio de todas las energías posibles, sino que no podemos perder ni un segundo de tiempo.

La segunda imagen le sirve al evangelista para desarrollar un segundo pensamiento, el que contrapone las pretensiones de unos pocos a la sorpresa de muchos. También aquí detectamos un tono polémico en las palabras de Jesús: ya tuvo que reaccionar otras veces contra la jactancia de los judíos, que se enorgullecían de sus tradiciones y, sobre todo, de su identidad nacional. Y es que para Jesús ya no existe ahora ninguna situación de vida que pueda poner a alguien por encima de otro. Dios mismo no hace acepción de personas (cf. Hch 10,34; véase también Le 20,21). Ni siquiera tiene importancia el conocimiento personal del Jesús terreno; lo único que vale es seguirle con todo el esfuerzo, con plena libertad y con una disponibilidad total. La escena final, tan bien dibujada por esta página evangélica, nos pone ante una gran peregrinación en la que pueden participar todos los que, aunque no tengan vínculos de sangre con Abrahán, han heredado el don de la fe.

 

MEDITATIO

Esta liturgia de la Palabra nos pone ante dos grandes verdades, ambas relacionadas con Dios y su proyecto de salvación. Debemos detener nuestra atención sobre ellas, a fin de hacer crecer en nosotros la conciencia del gran don y del gran compromiso que van unidos a nuestra fe.

El amor de Dios es un amor exigente: !es un amor de Dios! Ahora bien, es evidente que tal exigencia está dictada sólo por el amor. No puede ser signo de una voluntad despótica ni, mucho menos, indicio de una autoridad que no deja espacio a la libertad de los otros. También nosotros conocemos las exigencias del amor, unas exigencias que no son menos fuertes que las exigencias de la autoridad. No por ello nos producirá cansancio considerar las exigencias de Dios como signo manifestador de su amor absoluto e incondicionado, preveniente e indulgente. El amor de Dios es un amor universal: no puede ser constreñido dentro de categorías o límites humanos, sino que quiere moverse libremente sobre todos los tiempos y en todos los lugares, a fin de alcanzar a toda la humanidad. A diferencia del nuestro, el amor de Dios no disminuye cuando es participado; es más, cuando se comunica se realiza en plenitud.

Para el creyente, Dios está en el vértice de toda atención y de todo proyecto. Todo lo que constituye la red y el trenzado de nuestras relaciones adquiere significado y valor sólo si, de algún modo, deriva de nuestra relación con Dios y conduce a él. Esta verdad constituye algo así como una fuerza vital que es capaz de regenerar y de motivar todas nuestras decisiones. Para el creyente, Dios está en el centro de todo su pensamiento y de todos sus proyectos; en caso contrario, ya no se podría hablar de fe. Tener a Dios en el centro de nuestra propia vida significa, en concreto, no olvidarle nunca y, sobre todo, no sustituirle nunca con cualquier tipo de ídolos.

 

ORATIO

!Es fuerte, oh Señor, tu amor por nosotros! Haznos sentir, oh Señor, la fuerza de este amor tuyo, capaz no sólo de trasladar los montes, sino hasta de enternecer nuestros corazones.

Haznos comprender, oh Señor, la grandeza de este amor tuyo, capaz de abrazar no sólo a tus fieles, sino a todos los habitantes de la tierra.

Haznos intuir, oh Señor, la profundidad de este amor tuyo, que esconde misterios abismales y también nos revela verdades consoladoras.

Haznos ver, oh Señor, los signos de este amor tuyo, con los que quieres iluminar nuestras mentes, revigorizar nuestra voluntad y orientar nuestros pasos.

Haznos experimentar, oh Señor, la dulzura de este amor tuyo, un amor capaz de disipar las excesivas amarguras de nuestra vida y de hacernos saborear esa alegría que no acabará nunca.

 

CONTEMPLATIO

La caridad que baja de Dios se transforma en caridad que sube a Dios, y del hombre tiende a volver a Dios. Este proceso de la caridad debería caracterizar la conclusión de nuestro sínodo ecuménico. Nosotros deberíamos capacitarnos lo más posible para realizarlo en nosotros mismos, a fin de dar a este momento de plenitud vital de la Iglesia su más alto significado y su valor más eficiente. De la unidad debemos sacar el estímulo y la guía hacia la verdad, que aquí deseamos poner de manifiesto, y hacia los propósitos que queremos hacer; verdad y propósitos que, anunciados por este concilio, órgano él mismo de la más alta y la más amorosa autoridad pastoral, no podrán menos de ser expresiones de caridad. Hacia esta búsqueda de verdad, así doctrinal como normativa, nos dirige el amor, acordándonos de la luminosa sentencia de san Agustín: "Ninguna cosa se conoce perfectamente si no se ama perfectamente".

Y no parece difícil dar a nuestro concilio ecuménico el carácter de un acto de amor, de un grande y triple acto de amor: a Dios, a la Iglesia, a la humanidad (Pablo VI, Discurso pronunciado con motivo de la apertura de la cuarta y última sesión del concilio, 10 de septiembre de 1965).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Esforzaos en entrar por la puerta estrecha" (Lc 13,24).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Si deseo intentar expresar quién es este "tú" que me busca, que me llama -como se manifiesta en la conciencia de quien cree-, puedo dar algunas de sus características, que son también un intento de descripción de la experiencia de fe, aunque no la agotan, y no son sino el esfuerzo por decir algo que está más allá de nuestras palabras.

El "tú" que busca al creyente se presenta, en primer lugar, como un misterio indisponible, sobre el que no podemos poner las manos, que está siempre más allá de cuanto pensamos haber comprendido o captado de él. Se presenta asimismo con la característica de don, o sea, algo que no podemos pretender, sino que se da, y cuyo darse nos sorprende, porque tiene siempre la connotación de lo gratuito, de lo no debido.

Se presenta aún como alguien que habla, que dice palabras de consuelo, de aliento, incluso de juicio, pero que siempre levantan y hacen caminar de nuevo. Se presenta como alguien que atrae con una atracción que suscita una búsqueda continua. Quien cree, cuando reflexiona sobre su fe, siente como muy verdaderas las palabras del salmo: "Como busca la cierva corrientes de agua, asi, Dios mío, te busca todo mi ser" (Sal 42), o bien: "Oh Dios, tú eres mi Dios, desde el alba te deseo; estoy sediento de ti" (Sal 63). Y este "tú" misterioso, que se hace buscar, que nos atrae continua y misteriosamente, se presenta también como un aliado, como alguien que está de mi parte, que me permite decir en cualquier circunstancia: "Dios me ama y no temo ningún mal".

Se presenta como alguien que abre siempre nuevas perspectivas, nuevos horizontes de acción, y, por consiguiente, suelta de continuo los lazos de la vida, plantea nuevas vías de salida, nuevos posibles comienzos. Por último, se presenta como alguien que se entrega, que se comunica, que se manifiesta, que ofrece una comunicación de experiencia.

El que conoce un poco la Biblia se da cuenta de que en cada página vibra la presencia de un "tú" que continuamente nos sorprende, nos impulsa, estimula la vida cotidiana y la abre a la novedad. Y el que cree, cuando lee las palabras bíblicas, siente de una manera eficaz su verdad para su vida; vive, por así decirlo, su confirmación (C. M. Martini, "Le ragioni del mió credere", en Cattedra dei non credenti, Milán 1992).

 

 

Día 25

 Lunes de la XXI Semana del Tiempo Ordinario San José de Calasanz, presbítero San Luis de Francia

LECTIO

Primera lectura: 1 Tesalonicenses 1,2b-5.8b-10

Hermanos:

2 Siempre os recordamos en nuestras oraciones.

3 Ante Dios, que es nuestro Padre, hacemos sin cesar memoria de la actividad de vuestra fe, del esfuerzo de vuestro amor y de la firme esperanza que habéis puesto en nuestro Señor Jesucristo.

4 Conocemos bien, hermanos amados de Dios, cómo se realizó vuestra elección.

5 Porque el Evangelio que os anunciamos no se redujo a meras palabras, sino que estuvo acompañado de la fuerza del Espíritu Santo y de una convicción profunda. Sabéis de sobra que todo lo que hicimos entre vosotros fue para vuestro bien.

8 Por todas partes se ha extendido la fama de vuestra fe, de suerte que nada tenemos que añadir por nuestra parte.

9 Ellos mismos refieren la acogida que nos dispensasteis y cómo os convertisteis a Dios, abandonando los ídolos para servir al Dios vivo y verdadero

10 y para vivir con la esperanza de que su Hijo, Jesús, a quien resucitó de entre los muertos, se manifieste desde el cielo y nos libere de la ira que se acerca.

 

**• La primera carta a los Tesalonicenses es la más antigua de las cartas atribuidas con seguridad al apóstol Pablo. La liturgia nos ofrece una lectura casi continua de la misma, permitiéndonos así conocer de más cerca un texto bíblico que puede ser considerado como un testigo esencial de lo que hay en los fundamentos de nuestra fe. En apariencia, el desarrollo de la carta parece ceñirse más bien a la resolución de una serie de cuestiones prácticas y su tono es preponderantemente exhortativo. Pablo anima, elogia, agradece; en alguna ocasión reprende y llama a la observancia de los principios fundamentales de la fe en Cristo. En realidad, todo el escrito está impregnado por un único sentimiento, por una misma expectativa: que Cristo vuelva pronto en su gloria. Esto es mucho más que una verdad abstracta a la que haya que adherirse. Es la certeza basada en la experiencia desconcertante del Espíritu Santo, comunicada a través de la predicación apostólica.

Esto es lo que aparece confirmado por la argumentación central del pasaje que nos presenta la liturgia de hoy (v. 5): el anuncio del Evangelio llevado a cabo por el apóstol ha suministrado a los tesalonicenses la prueba de la presencia y de la acción del Espíritu de Jesús resucitado; en particular, éste se ha manifestado en la fuerza (dynamis) de los prodigios y signos milagrosos y en la "convicción profunda" o plenitud de la fe en Cristo con la que Pablo ha hablado y actuado. Es la misma fe que une al apóstol con los destinatarios de la misiva, una fe íntegra que apunta directamente a la meta, Jesús, objeto de una "firme esperanza" (v. 3), capaz de orientar el compromiso cotidiano en la comunidad, tanto de Pablo {"Sabéis de sobra que todo lo que hicimos entre vosotros fue para vuestro bien": v. 5) como de los mismos tesalonicenses (v. 8).

El origen y el "motor" de todo esto es el amor de Dios: el lenguaje de la elección (v. 4) pretende significar la absoluta libertad de la iniciativa divina; se trata de la libertad del amor de Dios, que es absolutamente imprevisible y gratuito. Un amor libre y que libera, así es el Cristo esperado en la gloria de su última venida (v. 10).

 

Evangelio: Mateo 23,13-22

En aquel tiempo habló Jesús diciendo:

13 !Ay de vosotros, maestros de la Ley y fariseos hipócritas, que cerráis a los demás la puerta del Reino de los Cielos! Vosotros no entráis, y a los que quieren entrar no les dejáis.

15 !Ay de vosotros, maestros de la Ley y fariseos hipócritas, que recorréis mar y tierra para hacer un discípulo y cuando llega a serlo lo hacéis merecedor del fuego eterno, el doble peor que vosotros!

16 !Ay de vosotros, guías ciegos, que decís: "Jurar por el santuario no compromete, pero si uno jura por el oro del santuario queda comprometido!".

17 !Necios y ciegos! Qué es más, el oro o el santuario que santifica el oro?

18 También decís: "Jurar por el altar no compromete, pero si uno jura por la ofrenda que hay sobre él queda comprometido".

19 !Ciegos! Qué es más, la ofrenda o el altar que la santifica?

20 Pues el que jura por el altar, jura por él y por todo lo que hay encima;

21 el que jura por el santuario, jura por él y por quien lo habita;

22 el que jura por el cielo, jura por el trono de Dios y por el que está sentado en él.

 

*+• La liturgia nos propone estos días uno de los textos más ásperos de todo el Nuevo Testamento, un texto duro que, aparentemente, se concilia mal con el mensaje de acogida y perdón destinado a todos los hombres, en especial a los enemigos, propio del cristianismo de Jesús. Es opinión difundida entre los intérpretes que los "ayes" de Mateo tienen que ser leídos sobre el fondo del "sermón del monte", que representa, en cierto modo, su imagen especular. Ahora bien, el motivo por el que palabras de tal alcance pueden entrar a justo título en el anuncio de la Buena Noticia está escondido por el evangelista en una breve nota que encontramos al comienzo del capítulo: el discurso, que tiene por objeto a los maestros de la Ley y a los fariseos, está dirigido por Jesús "a los discípulos y a la muchedumbre" (Mt 23,1). Asume, por tanto, un doble valor: es una polémica abierta con la sinagoga, que juzga como herética a la comunidad mateana, pero es, al mismo tiempo, una autocrítica que debe ser aplicada en el interior de la comunidad.

La hipocresía o falsedad (hypokrités era en su origen el actor, el que se pone una máscara) anda al acecho cada vez que se propone como única verdadera religión a una que, en realidad, prescinde de Dios, sustituyéndolo por la casuística de los "comportamientos que salvan". De qué se ocupan los hipócritas? De cosas importantes como el templo, el oro, el altar, la ofrenda... y olvidan a Aquel que habita en el templo, a Aquel que está sentado en el trono (cf. w. 21ss).

 

MEDITATIO

El Cristo esperado en la gloria de la parusía por Pablo y por los cristianos de Tesalónica ha sido descrito como Aquel que nos libera "de la ira que se acerca", como un Mesías que desbarata toda representación del juicio final jamás intentada tanto por la piedad religiosa de los judíos como de los paganos. La ira del dios diferente no es más que una metáfora de su acción como juez, tendente a castigar o premiar, tomando como criterio la observancia de una serie de comportamientos. En realidad, esto no nos pone nunca a cubierto por completo de la ira de una divinidad esencialmente lejana e incomprensible para el hombre, para quien su relación con ella pasa con toda justicia bajo la definición de "temor".

El de Jesucristo, en cambio, es un Dios que no viene simplemente a separar, catalogar, clasificar, tal como quisiera la religión formulada por los fariseos y por los maestros de la Ley (una actividad en la que descuellan). El Dios de Jesucristo subvierte todas las previsiones razonables y prefiere estar, de una vez por todas, de parte del hombre, hasta el punto de hacerse una sola realidad con la criatura, abrazando la debilidad de su carne.

Esta es la novedad de vida a la que nos llama el Evangelio predicado por los testigos auténticos de Cristo, éste es el camino del Reino, cerrado por los "guías ciegos" del evangelio de Mateo, a través de la verdadera conversión, que es fruto del Espíritu del Resucitado. Lo contrario le sucede a quien sigue el mandato de la religión del hombre: "ay" es, en el lenguaje original de la Biblia hebrea, el lamento que tiene lugar ante un muerto (se podría traducir por "!pobre de mí!", "!ay de mí!"). No hay vida para los que son como ellos, no hay canto de alabanza que brote de su corazón, no profieren ningún grito de liberación, no tienen comunión con el "Dios vivo y verdadero" (1 Tes 1,9).

 

ORATIO

Señor Jesús, en nuestro interior gemimos todavía de espanto con el recuerdo del lamento fúnebre que entonaste sobre el camino trazado por los maestros de la Ley y los fariseos hipócritas. !Pobres de nosotros! No queremos oírlo un día de tu boca dirigido a nosotros, cuando finalmente te contemplemos en tu gloria.

Te pedimos, Espíritu Santo, que nos ilumines para que comprendamos y acojamos toda la novedad de tu Evangelio, para que no bajemos a compromisos con una religión hecha a medida de nuestra mezquindad, de nuestra avaricia, de nuestra estrecha visión de la vida. Padre nuestro, a ti queremos conocerte, a ti queremos servirte, por ti queremos ser amados, porque tú eres el único que habita en el templo, el que está sentado en el cielo, el Dios vivo y verdadero.

 

CONTEMPLATIO

El Señor condena la hipocresía de los escribas y fariseos e indica su castigo. "!Ay de!", en efecto, expresa sufrimiento. Dice, a continuación, que ellos cierran el Reino de los Cielos, porque ocultan en la ley la preparación de la verdad que está en Cristo, ocultan con una falsa doctrina su venida corporal anunciada por los profetas, y, sin recorrer ellos el camino de la eternidad en Cristo, tampoco dejan entrar a los otros. Por su rechazo de la verdad, por el hecho de impedir a los otros el acceso a la salvación, sufrirán una condena más abundante, porque no sólo deberán expiar sus pecados personales, sino que deberán pagar asimismo la culpa de la ignorancia ajena.

Al decir, después, el Señor que recorren "mar y tierra" (Mt 23,15) indica que denigrarán el Evangelio de Cristo en todas las partes del mundo y someterán a algunos al yugo de la Ley, contrario a la justificación de la fe. En verdad, fue él mismo quien dio la Ley, pero ésta no contenía la realidad, sino que sólo preparaba su realización. La ornamentación del altar y del templo no cobraba su importancia de aquel culto, sino que su belleza representaba la imagen futura. Por eso son necios y ciegos, ya que veneran objetos santificados, olvidando a Aquel que los ha santificado (Hilario de Poitiers, Commento a Matteo XXIV, 3-6, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "!Señor, tú eres el Dios vivo y verdadero!".

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Los evangelios no se muestran tiernos con los fariseos. Leemos, por ejemplo, en Mateo toda una letanía de invectivas dirigidas contra ellos: "!Ay de vosotros, fariseos..." (Mt 23,13-36). Lo mismo ocurre en Lucas (20,45-47) y, en forma más breve, en Marcos (12,38-40). Semejante vehemencia no deja de reflejar una situación histórica. Las primeras comunidades cristianas encontraron en los fariseos a sus adversarios más irreductibles, aunque tampoco debemos olvidar la animosidad de los sumos sacerdotes y de los saduceos, que fue también muy violenta.

Se plantea así un problema. Cómo es que los hombres más piadosos de Israel, los mejores conocedores de los textos sagrados, pudieron rechazar a Jesús y su mensaje? No cabe duda de que los fariseos eran "de aquí abajo", en la medida en que eran "del mundo" (cf. Jn 8,23ss) y se mostraban vanidosos, apegados a los honores terrenos, repletos de suficiencia. Ahora bien, la acusación que Jesús mueve contra ellos va mucho más lejos. Los fariseos que son "de aquí abajo" son los que se negaron a ir más allá, hacia lo "otro" que Jesús proponía.

Ellos, como todos, esperaban al Mesías. Sin embargo, Juan el Bautista había declarado formalmente que él no lo era. En cuanto a Jesús, no salían -según su modo de ver- los números. Por otra parte, Jesús no se proclamaba el Mesías. Los fariseos no fueron más allá de estas posiciones negativas. Se volvieron ciegos, no sabían o no querían discernir los "signos". Se volvieron vengativos, bloqueando los caminos del amor que les habrían llevado a la verdad. "Por qué no comprendéis mi lenguaje?", les pregunta Jesús: "Por el hecho de que sois incapaces de entender mi Palabra. Vosotros no sois de Dios". Entráis en la mentira como Satanás, aue ha rechazado la luz definitivamente (M. Piettre, Le parole "dure" del Vangelo, Brescia 1990, pp. 55-57, passim).

 

 

Día 26

 Martes de la XXI Semana del Tiempo Ordinario

LECTIO

Primera lectura: 1 Tesalonicenses 2,1-8

1 Pues bien sabéis, hermanos, que nuestra estancia entre vosotros no fue estéril.

2 A pesar de los sufrimientos y ultrajes que, como sabéis, padecimos en Filipos, os anunciamos el Evangelio en medio de muchas dificultades, pero llenos de confianza en nuestro Dios.

3 Y es que nuestra exhortación no se inspiraba en el error, en turbias intenciones o en engaños.

4 Por el contrario, puesto que Dios nos ha juzgado dignos de confiarnos su Evangelio, hablamos no como quien busca agradar a los hombres, sino a Dios, que penetra hasta lo más profundo de nuestro ser.

5 Dios es testigo, y vosotros lo sabéis, de que nunca nos movieron la adulación o la avaricia;

6 tampoco hemos buscado glorias humanas, ni de vosotros ni de nadie.

7 Y aunque podríamos haber dejado sentir nuestra autoridad como apóstoles de Cristo, nos comportamos afablemente con vosotros, como una madre que cuida de sus hijos con amor.

8 Tanto os queríamos que ansiábamos entregaros no sólo el Evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas. !A tal punto llegaba nuestro amor por vosotros!

 

*+• La primera lectura representa para los destinatarios de Pablo una auténtica lección sobre el modo de transmitir el Evangelio. En tiempo de la primera comunidad cristiana eran muchos los que se presentaban "en nombre de la verdad" para anunciar que el fin estaba cerca y proponer algún camino para conseguir la salvación: retóricos, filósofos ambulantes, seudoprofetas, maestros de toda clase. Lo primero que desea Pablo es demostrar su propia diferencia radical respecto a ellos: su comportamiento no tiene nada que ver con el de quien, en nombre de una reconocida autoridad, adelanta pretensiones de todo tipo.

Pablo empieza hablando de sus interlocutores como de personas que le han sido confiadas. Cuida de ellas como una madre (v. 7) que sabe ser amorosa sin tener necesidad de pronunciar palabras de falsa adulación (v. 5), sabiendo a ciencia cierta que todo lo que dice y hace no está guiado por ningún otro interés que el bien de sus hijos, de su crecimiento en Cristo. La autoridad que Pablo hace valer aquí no es la autoridad de un simple ministerio, aunque fuera el más noble entre todos (cf. 1 Cor 12,28), sino la pretensión del amor.

El apóstol -parece decir Pablo- es alguien que tiene por modelo a Cristo crucificado, de ahí que no pueda hacer otra cosa que darse a sí mismo con igual absolutidad, sin tener nada para sí. Cuál es entonces esta pretensión? El amor pide ser reconocido, pero no para "agradar a los hombres" (v. 4), y ser restituido, aunque no a sí mismo. La diferencia sustancial consiste, en efecto, en que el "remitente" no es el evangelizador: es un simple testigo. El origen último de todo don es Jesús, que murió y resucitó por nosotros.

 

Evangelio: Mateo 23,23-26

En aquel tiempo habló Jesús diciendo:

23 !Ay de vosotros, maestros de la Ley y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del anís y del comino y descuidáis lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe! Hay que hacer esto sin descuidar aquello.

24 !Guías ciegos, que coláis el mosquito y os tragáis el camello!

25 !Ay de vosotros, maestros de la Ley y fariseos hipócritas, que limpiáis por fuera el vaso y el plato, mientras que por dentro siguen llenos de rapiña y ambición!

26 !Fariseo ciego, limpia primero por dentro el vaso, para que también por fuera quede limpio!

 

**• Continúa la serie de los "ayes" del evangelio de Mateo, que ya habíamos empezado a meditar ayer. El discurso de Jesús entra hoy en lo específico de algunas prescripciones particulares de las que sólo se encuentra una remota huella en el Antiguo Testamento (cf. Nm 18,12; Dt 14,22; Lv 27,30), pero que conocían muy bien los fariseos de estricta observancia.

El diezmo sobre las hierbas era una interpretación de la Ley que indica un celo más que refinado, así como la cuidadosa limpieza de la vajilla para la comida común era un rasgo representativo de la atención profusa dedicada al desarrollo de las prácticas más cotidianas, con el espíritu de la pureza ritual prevista por la antigua alianza. Ahora bien, el corazón de la Tora se encuentra en otra parte: en la regla de oro o en el mandamiento del amor a Dios y al prójimo (cf. Mt 7,12; 22,40), o bien en la tríada "justicia, misericordia, fe" del v. 23.

Cada una de estas formulaciones no es más que la posible expresión de un único y mismo significado, que el auténtico conocedor de la Ley no podía ignorar. El que, entre los "maestros de la Ley", ignora estas cosas no puede ser más que de mala fe, pues no anda en busca de la verdad, sino de su propia vanagloria. Por consiguiente, es un hipócrita y su corazón es como un cáliz cargado de avidez y deseos egoístas ("rapiña y ambición": 26).

 

MEDITATIO

Observar las más pequeñas prescripciones de la Ley puede ser más sencillo que vivir según el espíritu del evangelio. Por muy compleja que sea, la aplicación de los dictámenes del judaísmo farisaico responde a una especie de "geometría religiosa" que no exige la adhesión incondicionada del corazón, la vigilancia de la conciencia sobre cada palabra y cada acción realizadas en nombre del Señor.

Esto es lo que se exige a quien se hace portador del Evangelio de Cristo: ser un testigo, no un simple maestro. Ser testigo implica acompañar el mensaje proclamado con el ejemplo de una vida dispensada en la entrega incondicionada a Dios y al prójimo o, mejor aún, a Dios a través del prójimo. "Ama y haz lo que quieras", decía san Agustín, dando a entender que el amor cristiano -el auténtico- está de por sí lejos de todo camino de mentira: es hacerse pequeño con los pequeños, sencillo con los ignorantes, comprensible y disponible para todos. Todo lo contrario de lo que hacen los que "cierran" el camino al Reino de los Cielos cortando el paso con preceptos complicados e inútiles.

El aviso de la liturgia de hoy va dirigido sobre todo a esos pocos que cargan con la responsabilidad del camino de muchos: a guías, pastores, catequistas, formadores, animadores, maestros y padres..., a fin de que no olviden que no hay otro modo de anunciar el Evangelio que el inaugurado por Jesús. Recorrer de nuevo cada paso suyo, siguiendo la cruz, es garantía de un testimonio auténtico, el más alejado posible de toda hipocresía.

 

ORATIO

Señor, a nosotros nos resulta fácil condenar la hipocresía de los maestros de la Ley y de los fariseos, y mucho más difícil tener la certeza de no haber caído nosotros en ella. Indícanos el camino que se mantiene alejado de todo camino de mentira.

Con el apóstol nos respondes: "...Sufrir. Padecer ultrajes. Anunciar el Evangelio en medio de muchas luchas... sin ningún tipo de engaño, ni movidos por motivos poco limpios, ni usando medios extraños al Evangelio. No buscando agradar a los hombres, sino a Dios. Sin recurrir a la adulación, ni buscar ganancia alguna. No por la gloria humana, sin hacer pesar de ningún modo la autoridad derivada de nuestro ministerio. Con el amor de una madre que se entrega a sí misma para alimentar y cuidar de sus hijos. Deseando por encima de todo dar la vida por los propios amigos". Amén, así sea.

CONTEMPLATIO

Ellos [los escribas y fariseos], en cambio, no se reprochaban a sí mismos transgredir el mandamiento de Dios, siguiendo su tradición y su ley farisaica, al no cumplir lo principal de la Ley, o sea, el amor a Dios. Y como éste es el primero y más alto mandamiento, y el segundo es el amor al prójimo, el Señor enseñó que toda la Ley y los profetas dependen de estos dos preceptos (Mt 22,37-40). Él mismo no nos dio otro precepto mayor que éste, sino que le dio nueva fuerza, al mandar a sus discípulos que amasen de todo corazón a Dios y a los prójimos como a sí mismos. En cambio, si él hubiese provenido de otro Padre, jamás habría tomado de la Ley el primero y sumo mandamiento, sino que habría pretendido presentar otro mayor que tuviese su origen en el Padre perfecto, que sustituyese a aquel que el Dios de la Ley había dado. Pablo añade: "El amor es el cumplimiento de la Ley" (Rom 13,10). Y dice que, una vez que se hubiese terminado todo lo demás, quedará la fe, la esperanza y la caridad, pero la mayor de éstas es la caridad (1 Cor 13,13). Y ni el conocimiento ni el amor a Dios valen nada, ni la comprensión de los misterios, ni la fe ni la profecía, sino que todo está vacío y es inútil sin la caridad (1 Cor 13,2). La caridad construye al hombre perfecto. Y el que ama a Dios es el hombre perfecto, tanto en este mundo como en el futuro: pues jamás dejaremos de amar a Dios, sino que, cuanto más lo contemplemos, más lo amaremos (Ireneo de Lyon, Adversas Haereses IV, 12, 1-2).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Hablamos no como quien busca agradar a los hombres, sino a Dios" (1 Tes 2,4).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Jesús dice: "Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros. Que como yo os he amado, así también os améis unos a otros. En esto reconocerán todos que sois mis discípulos, en que os amáis unos a otros" (Jn 13,34-35). Y cómo nos ama Jesús? Él dice: "Como mi Padre me ha amado, así os he amado yo" (Jn 15,9). El amor que Jesús nos tiene es expresión perfecta del amor que Dios nos tiene, porque Jesús y el Padre son uno. "Las palabras que os digo -dice Jesús- no las digo por mi propia cuenta; el Padre, que está en mí, es el que realiza sus propias obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí" (Jn 14,10-11).

Estas palabras pueden parecer a primera vista muy irreales y misteriosas, pero tienen una implicación directa y radical en la manera de vivir nuestras relaciones en la realidad de cada día. Jesús nos revela que Dios nos llama a ser testigos vivos de su amor. Nos hacemos sus testigos siguiendo a Jesús y amándonos unos a otros como él nos ama. Qué quiere decir esto con respecto al matrimonio, la amistad y la comunidad? Quiere decir que la fuente del amor que sostiene estas relaciones no está en los mismos implicados, sino en Dios, que los llama a vivir !untos. Amarse mutuamente no significa aferrarse unos a otros para mantenerse a salvo en un mundo hostil, sino vivir juntos de tal modo que todos nos reconozcan como personas que hacen visible al mundo el amor de Dios. No sólo toda paternidad y maternidad viene de Dios, sino también toda amistad, toda relación matrimonial y toda verdadera intimidad y comunión. Si vivimos como si las relaciones humanas fueran "hechura del hombre", y por tanto estuvieran sujetas a los cambios y vaivenes de las regulaciones y de las costumbres humanas, nada podemos esperar, sino la inmensa fragmentación y alienación que caracteriza a nuestra sociedad. Pero cuando afirmamos y reafirmamos constantemente que Dios es la fuente de todo amor, descubrimos el amor como un don de Dios a su pueblo (H. J. M. Nouwen, Aquí y ahora. Viviendo en el Espíritu, San Pablo, Madrid 41995, pp. 133-134).


 

Día 27

 Santa Mónica

LECTIO

Primera lectura: 1 Tesalonicenses 2,9-13

9 Recordad, hermanos, nuestras penas y fatigas; recordad cómo trabajamos día y noche para no ser gravosos a ninguno de vosotros mientras os anunciábamos el Evangelio de Dios.

10 Vosotros sois testigos, y Dios lo es también, de que nuestra conducta fue limpia, justa e irreprochable con vosotros los creyentes.

11 Sabéis que tuvimos con cada uno de vosotros la misma relación que un padre tiene con sus hijos,

12 exhortándoos, animándoos y urgiéndoos a llevar una vida digna del Dios que os ha llamado a su Reino y a su gloria.

13 Por todo ello, no cesamos de dar gracias a Dios, pues, al recibir la Palabra de Dios que os anunciamos, la abrazasteis no como palabra de hombre, sino como lo que es en realidad, como Palabra de Dios, que sigue actuando en vosotros los creyentes.

 

**• Estas palabras del apóstol Pablo ponen claramente de manifiesto que la predicación del Evangelio entre los tesalonicenses se ha convertido ahora en una experiencia común de vida, en una especie de "libro abierto" capaz de hablar a los creyentes el lenguaje de Dios.

Pablo no tiene necesidad de recurrir a argumentaciones refinadas, a demostraciones de tipo filosófico. Le basta con traer a la memoria de sus hermanos en Cristo lo que ha sufrido y trabajado entre ellos, su oficio humilde (tejedor de tiendas) pero digno, que le ha permitido no tener necesidad del favor de nadie, para estar libre de todo y al servicio del Evangelio. Del mismo modo que los discípulos y las muchedumbres habían sido testigos de los "signos" realizados por Jesús, así también la vida misma del apóstol se convierte en signo que da testimonio de la misión que ha recibido de Dios ante los hombres de su tiempo.

Como sello de la autenticidad de tal misión están la gratitud y la alabanza que brotan del corazón de Pablo: el apóstol contempla la obra del Señor que se lleva a cabo a través de su trabajo entre los hombres, restituyéndolos a la dignidad de hijos de Dios. Ésta es la recompensa para quien anuncia el Evangelio, la alegría de las bodas de Cana, del agua transformada en vino, palabra de hombre que el Espíritu transforma, dentro de los corazones, en Palabra que salva.

 

Evangelio: Mateo 23,27-32

En aquel tiempo habló Jesús diciendo:

27 !Ay de vosotros, maestros de la Ley y fariseos hipócritas, que os parecéis a sepulcros blanqueados: por fuera parecen bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muerto y podredumbre!

28 Lo mismo pasa con vosotros: por fuera parecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de maldad.

29 !Ay de vosotros, maestros de la Ley y fariseos hipócritas, que edificáis sepulcros a los profetas y adornáis los mausoleos de los justos!

30 Decís: "Si hubiéramos vivido en tiempos de nuestros antepasados, no habríamos colaborado en la muerte de los profetas".

31 Pero lo que atestiguáis es que sois hijos de quienes mataron a los profetas.

32 !Colmad también vosotros la medida de vuestros antepasados!

 

*• Los sepulcros de los que habla el evangelio de hoy eran en realidad los llamados "osarios", o sea, los lugares donde se guardaban los restos mortales de los difuntos aproximadamente un año después de haber sido enterrados; en esas "moradas" el hombre había perdido ya por completo sus propios rasgos: era sólo un montoncito de huesos, sin forma.

La imagen recuerda de manera poderosa la visión de los "huesos secos" del profeta Ezequiel (cf. Ez 37,1-14), con la diferencia de que aquí los restos mortales están ocultos a la vista por la blancura de la cal de los sepulcros. Del mismo modo, el aspecto imponente de los monumentos levantados a los profetas intenta ocultar las injusticias y las abominaciones realizadas contra ellos por los antepasados. Sepulcros para esconder, monumentos para no recordar, para desviar la atención de algo que, sin embargo, puede ser aún Palabra poderosa de Dios que llama a la conversión, la palabra de los profetas.

 

MEDITATIO

La Palabra de Dios viene a nosotros en la forma débil de una palabra de hombre: un humilde tejedor de tiendas, un profeta incomprendido objeto de burlas y perseguido por sus mismos hermanos, por los hermanos de su pueblo. Una palabra que interpela, pero que deja libre de acoger y reconocer la manifestación de Dios para nosotros.

Cuando alguien acoge la palabra del profeta, ésta obra como lo que verdaderamente es: Palabra de Dios, capaz de hacer volver a la vida, de transformar los huesos secos en carne viva, de volver a dar forma y dignidad allí donde el hombre ha perdido el sentido y la dirección de su propia existencia. Así es la palabra de Pablo para los cristianos de Tesalónica, y su vida es testimonio de una existencia llevada a cabo según el Evangelio.

El fragmento de Mateo presenta, en cambio, la condición de los que se niegan a dejarse interrogar por la Palabra. Éstos son como aquellos sepulcros: están cerrados, perfectamente sellados y "en su sitio", y hasta pueden suscitar admiración con su aspecto imponente. De este modo, no sale la podredumbre, pero al precio de no dejar entrar la vida en ellos, para transformar, para cambiar. Son sepulcros y nada más, "osarios" sin futuro, sin esperanza.

 

ORATIO

Cuántas veces, Señor, nos sentimos "en nuestro sitio", nos atrincheramos tras nuestra respetabilidad, encerramos nuestras pobrezas, nuestros sufrimientos y nuestras desilusiones en una fortaleza construida a base de éxitos, de autosuficiencia, mientras que se van apagando en nosotros poco a poco la alegría de vivir, la confianza en el sentido de las cosas que nos pasan... Entonces te suplicamos: líbranos, Señor, de la autosuficiencia.

Sólo si nos declaramos pobres, sólo si tenemos el valor de descubrir nuestros huesos secos, sólo si dejamos de aislarnos dentro de nuestros sepulcros podremos reconocer y acoger a los mensajeros de tu Palabra, a aquellos que vienen a nosotros sin suscitar clamor, a veces desfigurados por la fatiga y por el sufrimiento, llevando consigo la alegría y la paz de tu evangelio. Que vengan estos mensajeros a soplar en nosotros tu Espíritu, para que a la luz de tu Palabra encontremos en nosotros mismos la pasión por la vida, el coraje de esperar, la certeza de que todo está en tus manos. Nosotros mismos seremos transformados entonces en mensajeros y en testigos de la plenitud de vida que tú das a la humanidad que está en expectativa.

 

CONTEMPLATIO

En nuestros días, hay muchos que se parecen a aquéllos [los escribas y los fariseos hipócritas], bien adornados por fuera, pero por dentro llenos de iniquidad. En verdad también ahora hay quien se atarea y pone gran empeño en limpiar y embellecer el exterior, mientras que se olvida de purificar su alma.

Si fuera posible abrir la conciencia de cada uno, cuántos gusanos, cuánta podredumbre y qué inimaginable hedor encontraríamos allí dentro. Deseos deshonestos y perversos, más sucios que los mismos gusanos (Juan Crisóstomo, Commento al vangelo di Matteo).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "No endurezcáis el corazón" (cf. Sal 94,9).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Hay sitios en los que eres completamente impotente. Sólo quieres curarte a ti mismo, combatir tus tentaciones y seguir siendo dueño de ti. Pero no puedes hacerlo solo. Cada vez que intentas hacerlo te sientes más desanimado. Te ves obligado a reconocer tu impotencia.

La disponibilidad para abandonar el deseo de dominar tu vida revela una cierta confianza. Cuanto más abandones tu obstinada necesidad de conservar el poder, más entrarás en contacto con Aquel que tiene el poder de curarte y de guiarte. Y cuanto más entres en contacto con ese poder divino, más fácil te resultará confesar a los otros y a ti mismo tu fundamental impotencia.

Piensa en ti mismo como si fueras una pequeña semilla plantada en un suelo fértil. Todo lo que tienes que hacer es permanecer allí y confiar en que el terreno contenga todo lo que necesitas para crecer. Este crecimiento se produce también cuando no lo notas. Quédate tranquilo, reconoce tu impotencia y ten fe en que un día te darás cuenta de todo lo que has recibido (H. J. M. Nouwen, La voce dell'amore, Brescia 1997, pp. 50ss, passim [edición española: La voz interior del amor, Promoción Popular Cristiana, Madrid 1997]).




 

Día 28

 San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Tesalonicenses 3,7-13

7 Por eso, hermanos, en medio de todas las tribulaciones y congojas que hemos tenido que soportar por vosotros, nos hemos sentido confortados por vuestra fe,

8 hasta el punto de que ahora comenzamos a vivir de nuevo, al saber que vosotros os mantenéis fieles al Señor.

9 Cómo podremos agradecer a Dios suficientemente esta alegría desbordante con la que, gracias a vosotros, nos regocijamos delante de nuestro Dios?

10 Día y noche rogamos a Dios con insistencia que nos conceda veros personalmente para completar lo que aún falta a vuestra fe.

11 !Que Dios, nuestro Padre, y Jesús, nuestro Señor, dirijan nuestros pasos hacia vosotros!

12 !Que el Señor os haga crecer y sobreabundar en un amor de unos hacia otros y hacia todos tan grande como el que nosotros sentimos por vosotros!

13 En fin, que cuando Jesús, nuestro Señor, se manifieste junto con todos sus elegidos os encuentre interiormente fuertes e irreprochables como consagrados delante de Dios, nuestro Padre.

 

*•• Por fin, al regreso de Tito de la "visita pastoral" a los cristianos de Tesalónica, Pablo consigue tener la confirmación del progreso realizado por éstos en el camino de la fe. Sólo entonces las nubes que oscurecían su ánimo con presentimientos angustiosos dejan el sitio al consuelo, el mismo que puede experimentar el corazón de un padre al saber que sus hijos están bien, que están seguros.

Hay, con todo, un deseo en el corazón de Pablo que espera aún ser escuchado: no estará en paz hasta que haya podido ver de nuevo en persona a la comunidad, reemprendiendo el hilo del diálogo que ciertas circunstancias dolorosas interrumpieron (probablemente fue a causa de la hostilidad de los judíos) al obligar a los misioneros a dejar la ciudad. El amor que el anuncio del Evangelio ha suscitado en el corazón del apóstol es como una espada que lo traspasa día y noche: su mente, sus sentimientos, su memoria, están habitados por una inquietud irreprimible por el bien de aquellos a quienes la Palabra engendró en un tiempo a la vida de la gracia. Ahora lo pone todo en manos de Dios, dándole gracias e intercediendo entre lágrimas, puesto que es el Señor de todo.

Dado que tal amor no procede del hombre, sino que es la presencia misma del Señor en la tierra, la medida de su santidad entre los hombres, Pablo invita a los cristianos de Tesalónica a que se conviertan en imitadores suyos, como él lo es de Cristo: en su caridad todos serán transformados a su imagen, de día en día, hasta que venga el Señor.

 

Evangelio: Mateo 24,42-51

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

42 Así que velad, porque no sabéis qué día llegará vuestro Señor.

43 Tened presente que si el amo de casa supiera a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, estaría en vela y no le dejaría asaltar su casa.

44 Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora en que menos penséis vendrá el Hijo del hombre.

45 Portaos como el criado fiel y sensato, a quien el amo pone al frente de su servidumbre para que les dé de comer a su debido tiempo.

46 Dichoso ese criado si, al llegar su amo, lo encuentra haciendo lo que debe.

47 Os aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes.

48 Sin embargo, si ese criado es malo y piensa: "Mi amo tarda",

49 y se pone a golpear a sus compañeros y a comer y a beber con los borrachos,

50 cuando su amo llegue, el día en que menos lo espera y a la hora en que menos piensa,

51 le castigará con todo rigor y le tratará como se merecen los hipócritas. Entonces llorará y le rechinarán los dientes.

 

**• El tema de la parábola contenida en el capítulo 24 de Mateo es el de la vigilancia, un tema particularmente entrañable al primer evangelio, puesto que la comunidad mateana advierte con preocupación la cuestión del retraso de la parusía. Como ocurre con los cristianos de Pablo, la expectativa de una venida inminente de Cristo glorioso está contradicha por el discurrir del tiempo, marcado por los acontecimientos dolorosos a los que la Iglesia todavía tiene que hacer frente. De ahí que la comunidad pospascual elabore una serie de motivos y topos (de los que las parábolas de los capítulos 24 y 25 de Mateo constituyen un ejemplo) útiles para comunicar el sentido del tiempo que discurre entre la resurrección y la venida del Cristo glorioso.

La parábola se dirige en particular al que ha sido nombrado sustituto por su amo durante el tiempo en que esté ausente. Es un tiempo de prueba en la relación entre el criado y su Señor. La parábola presenta en momentos sucesivos los dos desenlaces opuestos, ambos posibles y separados por un límite sutilísimo. El criado fiel es calificado también de "sensato" (v. 45); en suma, no parece impulsado por motivos morales particulares y no se fía de proceder como si el amo no estuviera, sino que obra como si éste tuviera que volver de un momento a otro.

Sin embargo, es superficial el comportamiento de quien piensa que podrá contar con un tiempo a su propia disposición, en el que podrá disponer de los bienes para su propio disfrute. El momento en el que deberá rendir cuentas vendrá -antes o después- para cada uno (v. 50), y entonces tendrá lugar la recompensa o el castigo, sin términos medios y sin posibilidad de apelación: bienaventuranza para unos, que serán admitidos para el papel de administradores de todos los bienes (v. 47), y desesperación para los otros, a quienes el amo les quitará para siempre todo lo que creían poseer (v. 51).

 

MEDITATIO

Desde el día en que Pablo se puso a sí mismo al servicio del Evangelio, su vida se convirtió en puro don para aquellos que le habían sido confiados: él les pertenece y ellos le pertenecen a él. Éste es el "amor de unos hacia otros y hacia todos", en el que también están invitados a entrar los tesalonicenses. No hay ninguna otra vía para la salvación, no hay ningún otro camino para llevar a su consumación el camino emprendido tras las huellas de Jesucristo: sólo dejándonos transformar por el agapé podremos estar seguros un día de que el Señor, a su venida entre los santos, nos reconocerá como suyos.

La parábola de Mateo tiene su paralelo lucano en el tema del administrador infiel (Lc 12,42ss). Precisamente, esta comparación nos permite poner de manifiesto el vocabulario propio de Mateo, que habla simplemente de "siervo fiel / infiel", subrayando así que todos los protagonistas de la historia dependen de un único amo, que está por encima de todos, tengan o no responsabilidades particulares. Si la tarea de cada dülos ("criado") no puede ser más que la de servir y esperar a que vuelva el propietario de los bienes que le han sido confiados –y confiados sólo de una manera temporal-, el Señor tiene, en cambio, la facultad y el derecho de volver a los suyos, a su casa, en cualquier momento. Por eso es preciso que nosotros, los criados, estemos "siempre preparados".

 

ORATIO

Gracias, Señor, por habernos llamado a tu servicio. Nos has entregado los bienes de esta tierra y el cuidado de nuestros hermanos más pequeños; te has fiado de nosotros. Este tiempo es para nosotros un tiempo de prueba: administrar en tu lugar no es tarea fácil. Qué pides de nosotros, Padre de toda sabiduría?

Nos pides que miremos a tu Hijo, Jesús, su misericordia, su sacrificio, recordando sus palabras: "El siervo no es más que su Señor... Os he dado ejemplo para que, como he hecho yo, hagáis también vosotros" {cf. Jn 13,15ss), y vivir en esta solicitud fraterna el tiempo presente como algo que no nos pertenece, hasta tu vuelta a casa.

 

CONTEMPLATIO

Pasarán las cosas visibles y vendrán las que esperamos, más bellas que las actuales. Sin embargo, que nadie indague con curiosidad el momento: "No os corresponde a vosotros", dice el Señor, "saber los tiempos y los momentos que el Padre ha establecido por su propia autoridad" (Hch 1,7). Y no hay que tener el atrevimiento de dormirse con una indolente negligencia.

Dice aún, en efecto: "Vigilad, porque el Hijo del hombre viene en una hora en que no lo esperáis" (Mt 24,42.44). Ahora bien, dado que convenía que nosotros conociéramos las señales del fin, y a fin de que esperáramos a Cristo, movidos por un impulso divino, los apóstoles van al Maestro de una manera providencial y le preguntan: "Dinos cuándo ocurrirá esto y cuál será la señal de tu venida y del fin de este mundo" (Mt 24,3). Esperamos de nuevo que vengas. Asegúranos, por tanto, a fin de que no adoremos a alguien en tu lugar, dicen. Abriendo su divina y bienaventurada boca, les respondió: "Cuidad de que nadie os engañe" (Mt 24,4).

No se trata, por consiguiente, de una historia de acontecimientos pasados, sino que es una profecía de los futuros, que a buen seguro acontecerán. Nosotros no profetizamos, porque no somos dignos de ello, pero presentamos las profecías escritas e indicamos las señales que las indican. Mira tú cuáles son las que ya se han cumplido y cuáles quedan aún por cumplirse. Y mantente en guardia (Cirilo de Jerusalén, "Catechesi XV agli illuminandi" 4, en Catechesi prebattesimali e mistagogiche, Milán 1994, pp. 458ss, passim [edición española: Catequesis, Desclée de Brouwer, Bilbao 1994]).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Enséñanos, Señor, a contar nuestros días" (Sal 89,12).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Nuestra vida es una breve oportunidad de decir "sí" al amor de Dios. La muerte es la definitiva ida a casa, a ese amor. Deseamos realmente ir a casa? Parece como si la mayor parte de nuestros esfuerzos estuvieran encaminados a aplazar todo lo posible esta ida a casa.

Escribiendo a los cristianos de Filipos, el apóstol Pablo muestra una actitud radicalmente diferente. Dice: "Desearía haber partido y estar ya con Cristo; éste es, con mucho, mi mayor deseo. No obstante, por vosotros, lo que más me urge es seguir vivo en este cuerpo". El deseo más profundo de Pablo es estar completamente unido a Dios por medio de Cristo, y este deseo le hace mirar la muerte como una "ganancia". Su otro deseo, sin embargo, es seguir vivo en su cuerpo y llevar a cabo su misión. Esto Fe ofrece una oportunidad para hacer un trabajo fructífero (H. J. M. Nouwen, Aquí y ahora. Viviendo en el Espíritu, San Pablo, Madrid '1995, pp. 149).

 



Día 29

  El Martirio de San Juan Bautista

 

Día 30

 Sábado de la XXI Semana del Tiempo Ordinario

LECTIO

Primera lectura: 1 Tesalonicenses 4,9-12

Hermanos:

9 Sobre el amor fraterno no tenéis necesidad de que os diga nada por escrito, porque vosotros mismos habéis aprendido de Dios a amaros los unos a los otros.

10 Y así lo practicáis con todos los hermanos que residen en Macedonia. Sin embargo, hermanos, os exhortamos a que progreséis más y más

11 y a que os apliquéis a vivir pacíficamente, ocupándoos cada uno en lo vuestro y trabajando con vuestras propias manos como os lo tenemos recomendado.

12 Así os ganaréis el respeto de los que no son cristianos y no tendréis necesidad de nadie.

 

** La caridad descrita por Pablo en este pasaje de la primera carta a los Tesalonicenses tiene un carácter específico que dice mucho sobre la naturaleza de la santidad cristiana. Amarse los unos a los otros, poner en práctica el "amor fraterno", significa, en primer lugar, "vivir pacíficamente" (v. 11), o sea, no ir en busca de pretextos para litigios y choques en el interior de la comunidad. Más concretamente aún, "ocuparse cada uno de lo suyo" (cf v. 11): la enemistad surge con frecuencia de  las habladurías, de la intromisión en los asuntos de los otros, del hablar fútil de la gente.

".Trabajando con vuestras propias manos" (v. 11) significa hacer que vayan bien las cosas que tienen que ver con nosotros, de modo particular en el oficio que se nos ha encargado. La anotación "con vuestras propias manos " podría pretender poner el acento en la nobleza del trabajo manual, el mismo que desarrollaba Pablo (probablemente, tejía tiendas), a pesar de ser despreciado por los que lo consideraban cosa de esclavos y preferían dedicarse al ocio para no ensuciarse las manos. Es el ocio lo que engendra las malas tendencias en la comunidad, como en cualquier otra sociedad humana. Pablo lo sabe y por eso da una orden precisa al respecto. Motivo: dar testimonio, ante los no creyentes, de la integridad de la opción cristiana, con una vida ordenada y activa, y dar testimonio del amor, ante los hermanos en la fe, de una manera concreta, que empieza por no ser una carga para nadie.

 

Evangelio: Mateo 25,14-30

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:

14 Sucede también con el Reino de los Cielos lo que con aquel hombre que, al ausentarse, llamó a sus criados y les encomendó su hacienda.

15 A uno le dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno, a cada uno según su capacidad, y se ausentó.

16 El que había recibido cinco talentos fue a negociar en seguida con ellos y ganó otros cinco.

17 Asimismo, el que tenía dos ganó otros dos.

18 Pero el que había recibido uno solo fue, hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor.

19 Después de mucho tiempo, volvió el amo y pidió cuentas a sus criados.

20 Se acercó el que había recibido cinco talentos, llevando otros cinco, y dijo: "Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes otros cinco que he ganado".

21 Su amo le dijo: "Bien, criado bueno y fiel; como fuiste fiel en cosa de poco, te pondré al frente de mucho: entra en el gozo de tu señor".

22 Llegó también el de los dos talentos y dijo: "Señor, dos talentos me entregaste, aquí tienes otros dos que he ganado".

23 Su amo le dijo: "Bien, criado bueno y fiel; como fuiste fiel en cosa de poco, te pondré al frente de mucho: entra en el gozo de tu señor".

24 Se acercó finalmente el que sólo había recibido un talento y dijo: "Señor, sé que eres hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste;

25 tuve miedo y escondí tu talento en tierra; aquí tienes lo tuyo".

26 Su amo le respondió: "!Criado malvado y perezoso! No sabías que yo cosecho donde no sembré y recojo donde no esparcí?

27 Debías haber puesto mi dinero en el banco y, al volver, yo habría retirado mi dinero con los intereses.

28 Así que quitadle a él el talento y dádselo al que tiene diez.

29 Porque a todo el que tiene se le dará y tendrá de sobra, pero al que no tiene, aun aquello que tiene se le quitará.

30 Y a ese criado inútil arrojadlo fuera a las tinieblas. Allí llorará y le rechinarán los dientes".

 

**• La situación descrita presenta un cuadro bastante familiar en las costumbres domésticas del antiguo Próximo Oriente, a no ser por un detalle particular: la enormidad de las cantidades confiadas a los criados, lo que hace pensar en un Señor grande y confiere más peso al juicio final.

Era costumbre que el amo que salía para un largo viaje confiara sus riquezas a los más fieles de sus siervos. El dinero lo confiaba a los más despabilados, a los que pudieran hacer buenos negocios que beneficiaran al señor. No debe extrañarnos que se otorgara tanta confianza a unos simples esclavos: no era raro que éstos fueran personas de cierta cultura y capacidad, como atestigua la misma Biblia (pensemos, por ejemplo, en José en Egipto, que se convirtió en administrador de todos los bienes del faraón: cf. Gn 37ss). El hombre de la parábola distribuye, en efecto, su dinero en función de las capacidades que atribuye a sus criados (v. 15) y es obvio que en los tres casos espera que éstos lo hagan fructificar con los medios lícitos que tienen a su disposición (el más común: una especie de "depósito bancario"; cf. v. 27).

Mientras que la obra de los dos primeros criados no suscita ningún asombro particular (hacen lo que el amo esperaba de ellos), la obra del tercero aparece como algo insensato. Qué significa el gesto de enterrar el talento? Según la legislación rabínica, si alguien robaba el dinero enterrado no tenía que ser restituido a su legítimo propietario, por lo que tal vez el criado pensaba ponerse así al abrigo de posibles sorpresas desagradables. Ciertamente, no parece tomarse a pecho la causa de su rico señor. De este siervo no sabemos nada, pero sí sabemos lo que no le interesa: hacer negocios para su Señor. El motivo del miedo (v. 25) parece más bien una excusa aducida para justificar la ineptitud de su comportamiento, pues lo que alega es también contradictorio (cf. v. 26: si el siervo hubiera tenido miedo de verdad, habría tenido un motivo más para despabilarse y desviar de él la ira de su amo). La sentencia final (w. 28-30) proyecta el relato sobre el fondo del juicio escatológico.

 

MEDITATIO

El evangelio de Mateo trata una vez más de la cuestión del tiempo que transcurre entre la pascua y el fin de los tiempos; en particular, del uso que hacemos del mismo. El tiempo de la ausencia del amo no puede ser un pretexto para vivir de manera ociosa, sin hacer nada.

No, se trata más bien de un ámbito útil para hacer fructificar los bienes que nos han sido entregados. Una vida entregada al servicio es una vida útil y rica de sentido. La santidad a la que está llamado el creyente consiste en poner en acto las propias capacidades, por pequeñas o grandes que sean, para beneficio de la comunidad. Comunidad de creyentes, antes que nada, donde cada uno está llamado a dar pruebas de la entrega de sí mismo para el bien del hermano. Pero también comunidad

civil, en la que el cristiano puede aportar unos valores que confieren sentido al vivir entre los hombres.

La historia es testigo de cómo han encarnado los cristianos, en las diferentes épocas, la exhortación bíblica a trabajar con nuestras propias manos. De este trabajo ha resultado la edificación de la sociedad, la impregnación de la cultura, en particular la occidental, de los valores cristianos. Todavía hoy se distinguen los cristianos en el mundo (pensemos en los países del Tercer Mundo) por su participación en el esfuerzo destinado a llevar una vida decorosa para ellos y para sus propios hijos. Todo eso demuestra que quien encarna el espíritu del Evangelio es una persona que se toma a pecho el bien de sus hermanos en la fe y el de todos los hombres, contribuyendo así a la venida del Reino de Dios a la tierra.

 

ORATIO

Oh Padre, te damos gracias por habernos llamado a construir tu Reino: a cada uno de nosotros le has confiado una tarea, según sus capacidades. Sólo nos pides una cosa, no permanecer inertes, no dejarnos vencer por el desánimo y por la desconfianza. "Para qué esforzarse tanto, si no sirve para nada?", parecen decir muchos cristianos de hoy, confundidos entre la masa de los que se dejan vivir y piden a los otros que se encarguen de la tarea de construir la sociedad.

Tú, en cambio, Señor, nos quieres activos, dispuestos a arriesgar en primera persona en tu lugar, por ti, como los siervos de la parábola que recibieron el mandato de su señor. Sí, porque tú has sido capaz, has querido arriesgar; te pusiste en juego cuando decidiste nacer del seno de una mujer y no te echaste atrás frente al desprecio y a la muerte: hiciste tu parte como hombre, en esta tierra, en tu tiempo. Ahora nos toca a nosotros, para que tu nombre sea glorificado para siempre entre los hombres.

 

CONTEMPLATIO

Si lo consideramos bien, hermanos, nuestro oficio [episcopal] es en verdad un comercio, y la función del ministerio sacerdotal es, en cierto sentido, la de un comercio espiritual [...]. Más aún, la tarea de todos los cristianos es una especie de negocio, y la función de los sacerdotes es un comercio precioso. Todos hemos recibido, en efecto, los dones del Señor, es decir, las palabras del Salvador, para distribuirlas a la gente. Y a estas palabras se refiere el Señor en el Evangelio cuando habla a aquel obstinado e incapaz negociante: "!Criado malvado y perezoso! Debías haber puesto mi dinero en el banco y, al volver, yo habría retirado mi dinero con los intereses" {cf Mt 25,26ss). Se le reprocha haber custodiado callando los preceptos del Señor que le habían sido confiados, siendo que debía haberlos multiplicado con la predicación.

Se le reprocha -repito- no haber sembrado distribuyendo las enseñanzas para poder recoger en la cosecha. Dice, por tanto, el Señor: "Y, al volver, yo habría retirado mi dinero con los intereses". Comprende, pues, que se trata de un comercio, en el que se exige un interés a título de rédito. Pero no el interés mediante el cual se apacigua el ánimo de los avaros con la restitución lucrosa del dinero, en la que se salda la deuda al acreedor sin extinguirla nunca, sino que se exige el interés en el que se computa la calidad de la conducta, en el que se indaga sobre el "capital" de la salvación. Somos, en efecto, deudores, y estamos ligados a la deuda no por una letra de cambio escrita, sino por la de los pecados. De este [tipo de] deudor hace mención el Señor en el evangelio cuando dice que debe ser entregado al recaudador, echado en la cárcel y no ser liberado hasta que no pague el último céntimo {cf. Mt 5,25ss) (Máximo de Lyon, Sermoni XXVII, lss, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Bien, criado bueno y fiel: entra en el gozo de tu señor" (Mt 25,21.23).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La espera no es una actitud muy popular. La espera no es algo en lo que la gente piensa con gran simpatía. En efecto, la mayoría de la gente considera la espera como una pérdida de tiempo. Para muchos, la espera es un desierto árido que se extiende entre el lugar en que se encuentran y aquel al que quieren ir. Y a la gente no le gusta demasiado un lugar así.

En realidad la espera es activa, La mayoría de nosotros piensa en la espera como algo muy pasivo, como un estado sin esperanza determinado por acontecimientos completamente fuera de nuestras manos. Se retrasa el autobús? No podemos hacer nada, no nos queda más remedio que sentarnos y esperar. Sin embargo, no hay nada de esta pasividad cuando se nos habla en la Escritura de espera. Los que están a la espera están llamados a hacerlo de una manera activa. Espera significa estar plenamente presentes en el momento, con la convicción de que algo está sucediendo allí donde te encuentras y que quieres estar presente en ese momento. Una persona que está esperando es alguien que está presente en el momento, que cree que ese momento es el momento. Entonces la espera no es pasiva. Incluye alimentar ese momento, como una madre alimenta al niño que está creciendo en su seno. Es mantenerse vigilantes, atentos a la voz que dice al hablar: "!No temáis! Va a suceder algo. Prestad atención".

Esperar en tiempo indeterminado es una actitud enormemente radical hacia la vida. Es tener confianza en que nos sucederá algo que está mucho más allá de nuestra imaginación. Es abandonar el control de nuestro futuro y dejar que sea Dios quien determine nuestra vida. La vida espiritual es una vida en la que esperamos, en la que estamos a la espera, activamente presentes en el momento, esperando que nos sucedan cosas nuevas, cosas nuevas que están mucho más allá de nuestra capacidad de previsión. Esta es la razón por la que Simone Weil, una escritora judía, ha dicho: "Esperar pacientemente con esperanza es el fundamento de la vida espiritual" (H. J. M. Nouwen, // sentiero dell'attesa, Brescia 21997, pp. 6-18, pass/m).

 

Día 31

 XXII Domingo del Tiempo Ordinario