|
Si quiere recibirla diariamente, por favor, apúntese aquí Si quiere recibirla mensualmente en formato epub, por favor, apúntese aquí
|
|
El cántico de alabanza que resuena eternamente en las moradas celestiales y que Jesucristo, sumo Sacerdote, introdujo en este destierro ha sido continuado fiel y constantemente por la Iglesia situando a Dios como centro de nuestra vida durante todas las horas del día -Liturgia de las horas- y todos los días del año -Lectio Divina-
|
Martes de la XIII Semana del Tiempo Ordinario LECTIO Primera lectura: Génesis 19,15-29 En aquellos días, 15 al despuntar el alba, los mensajeros urgieron a Lot: -Vamos, toma a tu mujer y a tus dos hijas que están aquí, no sea que perezcan en el castigo de la ciudad. 16 Y como él no se decidía, aquellos hombres lo agarraron de la mano a él, a su mujer y a sus hijas y, por la misericordia del Señor, lo sacaron fuera de la ciudad. 17 Mientras lo sacaban afuera, uno de los ángeles le dijo: -Ponte a salvo, no mires hacia atrás ni te detengas en parte alguna; huye a la montaña, para que no perezcas. 18 Respondió Lot: -Eso no, por favor. 19 Tu siervo ha gozado de tu protección y me has tratado con gran misericordia, conservándome la vida. Pero yo no puedo refugiarme en la montaña, porque me alcanzaría la desgracia y moriría. 20 Mira, ahí cerca hay una ciudad pequeña donde me puedo refugiar; permite que me refugie en ella para salvar mi vida. 21 Él respondió: -Bien, acepto tu súplica. No destruiré la ciudad de la que hablas. 22 Pero date prisa y refúgiate allí, porque yo no podré hacer nada hasta que tú hayas llegado. Por eso a aquella ciudad se la llamó Soar. 23 Salía el sol cuando Lot llegaba a Soar. 24 El Señor envió entonces desde el cielo una lluvia de azufre y fuego sobre Sodoma y Gomorra. 25 Y destruyó estas ciudades y toda la llanura, todos los habitantes de las ciudades y toda la vegetación del suelo. 26 La mujer de Lot se volvió para mirar atrás y se convirtió en una estatua de sal. 27 Abrahán se levantó muy temprano y se dirigió al lugar donde había estado en presencia del Señor. 28 Volvió la vista hacia Sodoma y Gomorra y hacia toda la llanura y vio la humareda que subía de la tierra; era una humareda como la de un horno. 29 Cuando Dios destruyó las ciudades de la llanura, se acordó de Abrahán, y sacó a Lot de la catástrofe cuando arrasó las ciudades en las que éste había vivido.
*+• En el "ciclo de Lot" se recoge una antiquísima explicación del origen de un paisaje espectral situado al sur del mar Muerto y que todavía hoy sorprende e impresiona al visitante. Se trata, probablemente, de una verdadera reliquia histórica de algún desastre natural releída por el narrador en clave teológica. Se perfila aún mejor la contraposición entre la hospitalidad de Abrahán y la falta de hospitalidad de los habitantes de Sodoma. Lot, que había elegido para él la mejor parte, pierde ahora todo: tierra, bienes, mujer, y sólo tendrá descendencia a través de un incesto con sus hijas; mientras que Abrahán, por haber confiado en la promesa de YHWH, tendrá una descendencia numerosa y poseerá la tierra. El fragmento de hoy se abre con una tensión dramática entre la urgencia de los mensajeros y la duda de Lot, que sigue siendo connotado por el autor del relato de una manera negativa. Sólo su parentesco con Abrahán es el que le hace objeto de "una gran misericordia" por parte del Señor. Dios, en efecto, le concede refugiarse en Soar, una ciudad del valle cuya denominación popular se explica de este modo ("Mira, ahí cerca hay una ciudad pequeña": v. 20). El relato se cierra con Abrahán contemplando desde lo alto la zona del desastre. Su mirada marca no sólo una antítesis respecto a la mirada curiosa de la mujer de Lot, que queda convertida en estatua de sal; es también la mirada de quien se siente objeto de la "memoria" de Dios que le salva. Así es, porque Dios se acuerda siempre de "su santa alianza, del juramento que hizo a nuestro antepasado Abrahán para concedernos que, libres de nuestros enemigos, podamos servirle sin temor, con santidad y justicia en su presencia durante toda nuestra vida" (cf. Lc 2,72-75).
Evangelio: Mateo 8,23-27 En aquel tiempo, 23 Jesús subió a una barca y sus discípulos lo siguieron. 24 De pronto, se alborotó el lago de tal manera que las olas cubrían la barca, pero Jesús estaba dormido. 25 Los discípulos se acercaron y lo despertaron diciéndole: -Señor, sálvanos, que perecemos. 26 Él les dijo: -Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe? Entonces se levantó, increpó a los vientos y al lago, y sobrevino una gran calma. 27 Y aquellos hombres, maravillados, se preguntaban: "Qué clase de hombre es éste, que hasta los vientos y el lago le obedecen". **• El fragmento de hoy se abre con una nota que, en su aparente normalidad, encierra un elemento clave para la interpretación de este relato, conocido como milagro de la tempestad calmada. Jesús es el primero en subir a la barca, y sus discípulos le "siguen". El mismo Mateo relee el episodio como figura de la Iglesia, que atraviesa el mar tempestuoso de la historia con la presencia de Jesús, una presencia real, si bien escondida y silenciosa, aunque no por ello la exime de desconciertos y miedos. Por otra parte, Mateo no habla propiamente de "tempestad", como sí hace, en cambio, el evangelista Marcos en su relato paralelo; usa el término "semós", que tiene un claro sabor apocalíptico: se trata, por consiguiente, de una gran tribulación a través de la cual debe pasar la barca de los discípulos de Jesús. Éstos, aterrorizados, le despiertan gritando: ".!Señor, sálvanos!" (Kyrie, sóson), una invocación casi litúrgica y muy diferente de la referida por Marcos: "Maestro, no te importa que perezcamos?" (4,38). Hay otro detalle particular que nos ayuda a comprender la perspectiva eclesial de Mateo: Jesús - a diferencia del relato de Marcos y de Lucas-, antes de hacer el milagro, regaña a los discípulos por ser "pequeños de fe" (y. 26, literalmente), o sea, por su fe todavía incierta y vacilante. Sólo entonces es cuando Jesús "se levantó, increpó" a los vientos y al mar, como si fueran seres endemoniados (cf. asimismo Me 4,39). El pasaje se cierra con una nota de admiración frente al poder de Jesús, capaz de someter hasta los elementos cósmicos (v. 27). Él, y sólo él, puede dormir en medio de la tempestad porque reposa en el seno del Padre y se despierta en el poder de Dios, que nos salva no de la muerte, sino en la muerte, despertándonos a una vida nueva, resucitada, que durará para siempre. MEDITATIO Se puede percibir más de una analogía entre las lecturas propuestas por la liturgia de hoy. En ambas se habla de una situación tranquila que padece un cambio imprevisto: el fuego que baja del cielo y el desencadenamiento de los elementos naturales sobre el mar alborotado. En ambos casos se ofrece al hombre aterrorizado una salvación misericordiosa por parte de alguien que le presta socorro. Ambas situaciones pueden ser tina gran metáfora de la condición humana, del viaje del hombre hacia la salvación, un viaje acechado por una gran cantidad de adversidades que hacen que, con frecuencia, el hombre sienta miedo frente a realidades que le superan, que le aplastan. Y qué miedo es superior al de la muerte? Nosotros sabemos hoy que no estamos solos, y, aunque nos sintamos así, siempre podemos gritar "!Señor, sálvanos!" a aquel que quiso pasar por nuestras mismas situaciones, que quiso dormir con nosotros el sueño de la muerte, para despertarnos con él en la vida sin fin. Se nos pide que no seamos "pequeños en la fe", que seamos audaces, constantes, perseverantes en la oración. Estamos seguros, en efecto, de que a quien llame se le abrirá, a quien pida se le dará, y a quien ha sido bautizado en la muerte y resurrección del Señor Jesús no se le arrebatará la vida, sino que simplemente le será cambiada, porque "tanto si vivimos como si morimos, somos del Señor". Él vino a compartir nuestra condición humana para darnos su paz, su alegría, su plenitud de vida. También nosotros, por tanto, aferrándonos al madero de su cruz, podemos atravesar todos los mares tempestuosos, seguros ahora de llegar incólumes con él a la tierra de los vivos. ORATIO Señor Jesús, tú has llevado a cabo por nosotros, de una vez por todas, la gran travesía del mar tempestuoso de la historia apoyando suavemente tu cabeza entre los brazos del Padre en el leño de la cruz. De este modo, abriste para todos nosotros un camino grande y seguro, que nos permite atravesar incólumes el gran abismo del mal, que intenta atraparnos constantemente. Haz que cada hombre te conozca y experimente que los sufrimientos del momento presente no son comparables a la alegría de la salvación que nos has preparado en el abrazo del Padre. Él nos ha querido desde siempre para ser uno con él y contigo en el amor. CONTEMPLATIO "El Señor está cerca de cuantos le invocan" (Sal 144,18). No hace acepción de personas. El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en sus manos (cf. Jn 13,3). Esto con la condición de que nosotros le amemos a él, a nuestro Padre celestial, como hijos. El Señor escucha tanto a un monje como a un hombre de mundo, a un simple cristiano, con la condición de que amen a Dios en el fondo de su corazón y tengan una fe auténtica, una fe grande como un grano de mostaza. El Señor mismo nos ha dicho: "Todo es posible al que cree" (Me 9,23). Más sorprendentes todavía son estas palabras: "Os aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago e incluso otras mayores" (Jn 14,12). Dios busca, ante todo, un corazón lleno de fe en él y en su Hijo unigénito, y como respuesta a esta fe envía, desde lo alto, la gracia del Espíritu Santo. El Señor busca un corazón repleto de amor por él y por el prójimo; éste es el trono sobre el que le gusta sentarse y manifestarse en la plenitud de su gloria. "Hijo, dame tu corazón, el resto te lo daré por añadidura" (Prov 23,26). Aunque las penas, las desgracias y las tribulaciones sean inseparables de nuestra vida terrena, el Señor nunca ha querido que éstas constituyeran toda la trama de nuestras vidas. Por eso nos recomienda, por boca del apóstol, que llevemos unos los fardos de los otros y obedezcamos de este modo a Cristo, que nos ha dado el mandamiento del amor recíproco. Confortados por este amor, nos parecerá menos difícil el camino doloroso por la senda estrecha que conduce a la patria celestial. Acaso no ha bajado el Señor del cielo no para ser servido, sino para servir y dar su propia vida en rescate de muchos (cf. Mt 20,28)? Compórtate del mismo modo, amigo de Dios, y, consciente de la gracia de la que has sido objeto, transmítela a todos los seres humanos, tomándote a pecho su salvación (Serafín de Sarov, Vita, colloquio con Motovilov, Turín 1981, pp. 182-184, passim).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "El Señor es mi luz y mi salvación" (Sal 26,1).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL "Yo estoy con vosotros". La frase es de una sencillez absoluta, pero el misterio que encierra es grande. Cuando se toma en serio esta afirmación, todo cambia. Quién es este hombre que ha marcado con su huella toda mi vida, mi única vida? Quién es este hombre que ha condicionado y condiciona todos mis pensamientos y decisiones? Quién es este hombre invisible que dice estar siempre conmigo? Es extraño: hay momentos en los que la suya es la presencia de alguien con el rostro velado. No sé nada de él. Sin embargo, he apostado mi vida por él. Y hay momentos en los que me parece que no conozco a nadie como él. Ignoro el color de sus ojos, el timbre de su voz, el gesto de su mano; sin embargo, sé que le reconoceré al instante, como a un viejo amigo. Jesús está siempre con nosotros, pero eso no implica que nosotros estemos siempre con él. Tenemos garantizada la fidelidad de Cristo, pero no tenemos garantizada la nuestra. "Pero, cuando venga el Hijo del hombre, encontrará fe en la tierra?" (Le 18,8). Jesús está siempre con nosotros: se trata de ser capaces de ver a este compañero de viaje que no nos deja nunca. El cielo del espíritu es todavía más mutable que el que tenemos sobre nuestras cabezas. Nuestros días son siempre diferentes. Están los días de la alegría y los días de las lágrimas, los días de las tempestades y los días de la tranquilidad, los días aburridos y los días apasionados, los días del ofuscamiento y los días de los resplandores inesperados, los días de la exaltación y los días del cansancio metafísico. Pero no hay ningún día sin Cristo, ningún día es incompatible con su presencia salvífica. El invisible compañero de nuestro viaje es también un guía. Con él todo paso que demos, todo metro que avancemos por nuestro camino tiene una meta. Con él, ninguna etapa de nuestro camino está perdida: no hay extravío que al final no revele su motivación providencial; no hay vuelta ociosa que no aparezca lógicamente orientada (G. Biffi, Meditazioni sulla vita ecclesiale, Cásale Monf. 1993, pp. 59-63, passim). |
|
Miércoles de la XIII Semana del Tiempo Ordinario
LECTIO Primera lectura: Génesis 21,5.8-20 5 Tenía Abrahán cien años cuando le nació su hijo Isaac. 8 Creció el niño y lo destetaron. Abrahán dio un gran banquete el día que destetaron a Isaac. 9 Sara vio que el hijo nacido a Abrahán de Agar, la egipcia, jugaba con Isaac, 10 y dijo a Abrahán: -Echa a esa esclava y a su hijo, pues el hijo de esa esclava no compartirá la herencia con mi hijo, Isaac. 11 Abrahán se disgustó mucho, porque se trataba de su hijo. 12 Pero Dios le dijo: -No tengas pena por el muchacho ni por tu esclava; haz lo que te pide Sara, porque la descendencia que llevará tu nombre será la de Isaac. 13 Pero también del hijo de la esclava haré yo un gran pueblo, por ser descendiente tuyo. 14 Entonces Abrahán se levantó muy de mañana, tomó pan y un odre de agua y se lo dio a Agar; puso al niño sobre sus hombros y la despidió. Ella se fue y anduvo errante por el desierto de Berseba. 15 Cuando se terminó el agua del odre, dejó al niño bajo un matorral 16 y fue a sentarse enfrente, a la distancia de un tiro de arco, pues se decía: "No quiero ver morir al niño". Pero cuando se sentó enfrente, el niño empezó a llorar a gritos. 17 Dios oyó los gritos del niño, y el ángel de Dios llamó a Agar desde el cielo y le dijo: -Qué te pasa, Agar? No temas, porque Dios ha escuchado los gritos del niño ahí donde está. 18 Levántate, toma al niño, agárralo de la mano, porque de él haré yo un gran pueblo. 19 Entonces Dios abrió los ojos de Agar y ella vio un pozo de agua; fue a llenar el odre y dio de beber al niño. 20 Dios estaba con el niño, que creció, vivió en el desierto y llegó a ser un buen arquero.
*•• El fragmento se abre con el recuerdo de la edad de Abrahán -"tenía Abrahán cien años" (v. 5)- en el momento en el que nació Isaac. Por tanto, resulta evidente que lo que se narra es obra del poder de Dios, que se manifiesta en la debilidad del hombre. El relato de este capítulo ha de ser puesto en paralelo con lo ya dicho en el capítulo 16, del que probablemente sea un duplicado narrativo con la misma intención. En él se muestra que el proyecto de Dios sigue adelante, a pesar de las mezquindades humanas; por otra parte, se da, una vez más, la explicación popular de los nombres de Isaac (v. 9) y de Ismael (v. 17). El banquete que da Abrahán por el destete del hijo de la promesa, después de tres años de lactancia, brinda la ocasión para someter a comparación a los dos hijos de Abrahán. Esta narración - a diferencia de las del capítulo 16- presenta a Ismael casi como coetáneo de Isaac, que "juega" con él. Basta con esto para suscitar los celos de Sara, la señora, que presiona a Abrahán para que aleje al hijo de la esclava (v. 10). El v. 12 es el punto central del relato, porque no nos esperábamos, a buen seguro, que Dios apoyara la posición de Sara, pero esto ilustra adecuadamente lo distintos que son los caminos del Señor de los nuestros. Dios, en efecto, sabe sacar bien hasta del mal perseguido por los hombres. Por eso invita a Abrahán a alejar a Ismael, que también está destinado a ser cabeza de una descendencia numerosa. A través de algunos sabios toques nos introduce el narrador en lo vivo del relato, haciéndonos saborear la atmósfera del momento, una atmósfera cargada de pathos. Dios manifiesta también su identidad en esta situación: Él es, en efecto, "el que escucha" -una clara referencia a la etimología de Ismael- el grito del pobre y del oprimido: en este caso, Agar y su hijito destinado a la muerte. Es importante señalar que la palabra del ángel de Dios no obra milagro alguno; se limita simplemente a hacer que Agar vea el pozo que ya estaba allí. La esperanza infundida por la intervención divina da nuevos ánimos a Agar y establece un prometedor futuro para Ismael, que también es un protegido del Señor. Se perfilan así, bajo los nombres de Ismael y de Isaac, los destinos de los dos pueblos hermanos, los ismaelitas y los israelitas, todavía acomunados por un misterioso destino de hostilidades y de historia compartida.
Evangelio: Mateo 8,28-34 En aquel tiempo, 28 al llegar a la otra orilla, a la región de los gerasenos, salieron a su encuentro de entre los sepulcros dos endemoniados. Eran tan agresivos que nadie se atrevía a pasar por aquel camino. 29 Y se pusieron a gritar: -Qué tenemos nosotros que ver contigo, Hijo de Dios? Has venido aquí a atormentarnos antes de tiempo? 30 A cierta distancia de allí, había una gran piara de cerdos hozando; 31 y los demonios le rogaban: -Si nos echas, envíanos a la piara de cerdos. 32 Jesús les dijo: -Id. Ellos salieron y se metieron en los cerdos; de pronto, toda la piara se lanzó al lago por el precipicio y los cerdos murieron ahogados. 33 Los porquerizos huyeron a la ciudad y lo contaron todo, incluso lo de los endemoniados. 34 Toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, cuando lo vieron, le rogaron que se marchara de su territorio.
*" Jesús atraviesa el lago de Tiberíades y desembarca en el territorio pagano de la Decápolis. En unos pocos versículos -a diferencia de la extensa descripción de Marcos- el evangelista Mateo bosqueja no tanto una curación, como una demostración de autoridad y de poder por parte de Jesús, que libera del sometimiento al demonio a dos hombres dominados por espíritus inmundos. Los endemoniados salen al encuentro de Jesús, y los demonios que los poseen gritan su fe en él como "Hijo de Dios" y, al mismo tiempo, su rabia porque se atreve a desafiarles entrando en su territorio ("Has venido aquí": v. 29), poniendo fin a su indiscutible dominio sobre el hombre: en efecto, con Jesús se ha cumplido el tiempo (Me 1,15) de la derrota del enemigo. El exorcismo de Jesús manifiesta su espectacular poder. En efecto, con una sola palabra ("Id") consiente el deseo de los demonios expulsados del cuerpo de los hombres de refugiarse en los cerdos -animales considerados impuros y, por consiguiente, no criados por los judíos-, que formaban una piara muy numerosa. Esta concesión es sólo el preludio para que éstos se precipiten de cabeza en el mar, símbolo del mal, y se ahoguen en él. El poder de Cristo es absoluto, pero no se impone por la fuerza. Los habitantes de la ciudad salen también al encuentro de Jesús, pero, frente al temor de nuevas pérdidas económicas, prefieren alejar al Nazareno. Desgraciadamente, también nosotros solemos preferir convivir con nuestro mal antes que extirparlo de raíz. Nos resulta más fácil vivir atados a nuestros cepos que administrar una libertad demasiado exigente.
MEDITATIO Nunca le resulta fácil al hombre ponerse en la misma longitud de onda de Dios, sintonizar con su pensamiento. Hay momentos incluso en que esto se vuelve particularmente difícil, porque el Señor va "demasiado" más allá del humano sentido común. Eso es lo que pódemelos advertir al meditar sobre las lecturas de hoy. Dios le pide a Abrahán que secunde el repudio de Ismael por parte de Sara. Abrahán consiente, obedece a la palabra, y el Señor bendecirá también al muchacho, destinado en apariencia a la muerte. Jesús, para liberar a los endemoniados de Gerasa, perjudica la economía de los porquerizos; de ahí que toda la ciudad, concorde, le pida que se marche de su territorio. Dios, por medio de su palabra, nos propone caminos que, con mucha frecuencia, son duros y exigentes, pero nunca "violenta" nuestra libertad. A nosotros nos corresponde elegir. !Qué importante es, por tanto, otorgarnos el tiempo y la posibilidad de evaluar bien qué es verdaderamente lo mejor para nosotros! Su Palabra, incluso cuando nos incomoda, no es nunca para muerte, sino para vida. El riesgo que corremos es el de decidirnos y escoger a Dios cuando el maligno nos tiene ya en sus engranajes, de modo que ya no nos deja escapatoria, mientras que, normalmente, vivimos en una especie de compromiso entre el bien y el mal. Esa situación de tranquilo vivir no nos permite llegar a ser conscientes de estar sumergidos en el egoísmo y en la búsqueda de nosotros mismos. Otras veces, en cambio, aun advirtiendo la incomodidad, no estamos dispuestos a pagar el precio que el Señor nos pide para liberarnos. La salvación es siempre gratuita, es don, pero, según la conocida máxima agustiniana, el Dios que nos ha creado sin nosotros, no puede salvarnos sin que nosotros lo queramos. Si le decimos "sí", enseguida nos daremos cuenta de que él está dispuesto no sólo a darnos más de cuanto hemos sacrificado, sino que vencerá también en su raíz todos nuestros miedos, porque él ha vencido a la muerte y nos introduce en el reino ilimitado de la vida, de su amor.
ORATIO Jesús, tú sólo eres el Señor, el que tiene palabras de vida eterna. A quién podremos ir a pedir ayuda y salvación? Gracias, porque tu voz resuena cada día en nuestro corazón y nos repite tu Palabra, siempre viva y siempre nueva. No permitas que nos escondamos detrás de nuestros cálculos mezquinos; concédenos seguirte por tus caminos de libertad y de amor, puesto que echas al fondo del mar todos nuestros pecados y cada día nos ofreces la posibilidad de resurgir como criaturas nuevas, como santos y amados por Dios Padre.
CONTEMPLATIO La voluntad divina es siempre amante, porque "Dios es caridad" (1 Jn 6,16). No sólo posee el amor, sino que es el Amor infinito, indefectible. Todo lo que Dios hace por nosotros está motivado por el amor, por un amor que es también Sabiduría eterna y Omnipotencia. Dios nos ama como a hijos, y es el Padre por excelencia, del que deriva toda paternidad. Él nos guía, durante toda nuestra vida, con la luz de su incomparable amor paterno. Nos amó tanto que nos hizo hijos adoptivos suyos, haciéndonos partícipes de su misma felicidad y haciéndonos entrar en comunión de vida con la Santísima Trinidad. Pero eso no basta. Las maravillosas manifestaciones de la caridad divina son inagotables; ésta resplandece también en el camino admirable elegido por Dios para atraernos hacia él. Para hacernos hijos suyos, nos da a su Hijo unigénito, Cristo Jesús, don supremo del amor; y nos lo da a fin de que sea para nosotros sabiduría, santificación, redención, justicia, luz y camino seguro, para que sea alimento y vida; en una palabra, para que se convierta en mediador entre él y nosotros. Cristo Jesús, Verbo encarnado, colma el abismo que separaba al hombre de Dios; en él y por él derrama Dios sobre nosotros las bendiciones celestes de la gracia, que nos hacen vivir como verdaderos hijos del Padre celestial. Jesús fue constituido rey y cabeza de la herencia divina, y él, con su sangre, nos restituye el derecho a poseerla. Si permanecemos en él con la fe y el amor, él estará en nosotros con su gracia y sus méritos; nos ofrecerá al Padre y el Padre nos encontrará en él. Cómo, entonces, no hemos de abandonarnos, seguros, a la voluntad omnipotente, que es toda amor? (C. Marmion, Cristo idéale del moñaco, Cásale Monf. 2000, II, c. 13, passim).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Yo, como un olivo verde en la casa de Dios, confío en el amor de Dios para siempre jamás" (Sal 51,10).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL El que en nuestros días habla de demonios y potencias malignas tiene que enfrentarse con el escepticismo y la aversión. Por otro lado, precisamente también en los días que corren, se acentúa cada vez más la viva impresión de que, con el creciente control de la vida en la tierra, avanza, de una manera amenazadora, algo incontrolable. De qué sirve la ciencia si algo de lo que no puedo disponer dispone de mí y me hace la vida plana, mísera y temerosa? El contacto con las potencias demoníacas supone siempre para el hombre el contacto con el límite invisible, inexpresable, profundo y oscuro de sí mismo y de su mundo. Pero estas potencias que se apoderan incesantemente del mundo y de los hombres para corromperlos, han sido vencidas -según afirma el Nuevo Testamento- por Jesucristo, que destruyó su poder de una manera definitiva. Esto lo saben ellas; por eso, precisamente ahora recurren a todo para enmascarar su impotencia con una fuerza aparente. De ahí que la historia sea una gran lucha que se desarrolla, en primer lugar y sobre todo, a pequeña escala, en el corazón del hombre. El mundo no ha sido liberado del dominio de las potencias malignas ni vuelve a aparecer como creación buena de Dios, a no ser de un modo indirecto por medio de este o aquel corazón humano y, en primer y último lugar, por medio de mi corazón. En él, y no en ninguna otra parte, se decide la historia del mundo. La lucha para hacer visible y dar eficacia al destronamiento del espíritu demoníaco que ya ha tenido lugar puede ser desarrollada, en principio, siempre y únicamente luchando contra nosotros mismos (H. Schlier, Riflessioni sul Nuovo Testamento, Brescia 1976, pp. 189-204, passim). |
|
Santo Tomás, apóstol |
LECTIO
Primera lectura: Génesis 22,1-19
En aquellos días,
1 Dios quiso poner a prueba a Abrahán, y le llamó: -!Abrahán! Él respondió: -Aquí estoy.
2 Y Dios le dijo: -Toma a tu hijo único, a tu querido Isaac, ve a la región de Moría y ofrécemelo allí en holocausto, en un monte que yo te indicaré.
3 Se levantó Abrahán de madrugada, aparejó su asno, tomó consigo dos siervos y a su hijo Isaac, partió la leña para el holocausto y se encaminó hacia el lugar que Dios le había indicado.
4 Al tercer día alzó Abrahán los ojos y alcanzó a ver de lejos el lugar.
5 Entonces dijo a sus siervos: -Quedaos aquí con el asno, mientras el muchacho y yo subimos allá arriba para adorar al Señor; después regresaremos junto a vosotros.
6 Abrahán tomó la leña del holocausto y se la cargó a su hijo Isaac; él llevaba el fuego y el cuchillo, y se fueron los dos junios.
7 Isaac dijo a Abrahán, su padre: -!Padre! Él respondió: -Aquí estoy, hijo mío. Dijo Isaac: -Tenemos el fuego y la leña, pero dónde está el cordero para el holocausto?
8 Abrahán respondió: -Dios proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío. Y continuaron caminando juntos.
9 Llegados al lugar que Dios le había indicado, Abrahán levantó el altar, preparó la leña y, después, ató a su hijo, Isaac, poniéndolo sobre el altar encima de la leña.
10 Después, Abrahán agarró el cuchillo para degollar a su hijo, " pero un ángel del Señor le gritó desde el cielo: -!Abrahán! !Abrahán! Él respondió: -Aquí estoy.
12 Y el ángel le dijo: -No pongas tu mano sobre el muchacho ni le hagas ningún daño. Ya veo que obedeces a Dios y que no me niegas a tu hijo único.
13 Abrahán levantó entonces la vista y vio un carnero enredado por los cuernos en un matorral. Tomó el carnero y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo.
14 Abrahán puso a aquel lugar el nombre de "El Señor provee", y por eso todavía hoy se llama "monte del Señor provee".
15 El ángel del Señor volvió a llamar desde el cielo a Abrahán
16 y le dijo: -Juro por mí mismo, Palabra del Señor, que por haber hecho esto y no haberme negado a tu único hijo
17 te colmaré de bendiciones y multiplicaré inmensamente tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena de las playas. Tus descendientes conquistarán las ciudades de sus enemigos.
18 Todas las naciones de la tierra alcanzarán la bendición a través de tu descendencia, porque me has obedecido.
19 Abrahán volvió luego junto a sus siervos y todos partieron hacia Berseba. Abrahán se quedó a vivir en Berseba.
*" La belleza de este relato, una de las obras maestras del arte narrativo bíblico, esconde en sí misma un extenso trabajo de composición. En efecto, la crítica literaria distingue en su interior, por lo menos, cuatro vetas, que contienen la etiología de un lugar de culto, identificado, posteriormente, con la colina del templo de Jerusalén; la crítica de los sacrificios humanos; la prueba de la fe y, por último, la ratificación de la promesa hecha por Dios a Abrahán. Ahora bien, más allá de todo esto, el relato se presenta siempre vivo, actual, comprometedor. Antes que nada, el lector debe saber que se trata de una "prueba" en la que Dios verifica la fe y la obediencia de Abrahán, el cual, con prontitud (cf. su "aquí estoy": v. 1), toma a su amadísimo hijo para ejecutar la paradójica petición de Dios.
La habilidad del narrador consiste en describir una escena altamente dramática con pocos toques, sin expresar de una manera directa los sentimientos de los protagonistas. Abrahán camina durante tres días: esto demuestra que su obediencia ha sido ampliamente sopesada y ponderada. La tradición judía ha subrayado en particular, entre los diferentes gestos y diálogos que marcan el profundo dramatismo del momento, la "atadura" (literalmente, 'aqeda) de Isaac, quien se dispone al sacrificio de una manera voluntaria.
La interpretación cristiana ha visto siempre en esta inmolación del amadísimo hijo la figura del único y perfecto sacrificio de Cristo muriendo en la cruz. En los w. 13ss, tiene una importancia particular el verbo "ver". De él se puede deducir que Dios "se deja ver" cuando "ve" el corazón del hombre que le busca, y que el hombre, tras la noche oscura de la fe, llega a saber que Dios "provee" siempre. La intervención del ángel del Señor, que sustrae a Isaac de la consumación del sacrificio, le ratifica en su papel de hijo de la fe que abre la descendencia de la promesa de que "todas las naciones de la tierra alcanzarán la bendición".
Evangelio: Mateo 9,1-8
En aquel tiempo,
1 subió Jesús a la barca, cruzó el lago y fue a su propia ciudad.
2 Entonces le trajeron un paralítico tendido en una camilla. Jesús, viendo la fe que tenían, dijo al paralítico: -Ánimo, hijo, tus pecados te son perdonados.
3 Algunos maestros de la Ley decían para sí: "Éste blasfema".
4 Jesús, dándose cuenta de lo que pensaban, les dijo: -Por qué pensáis mal?
5 Qué es más fácil, decir: "Tus pecados quedan perdonados", o decir: "Levántate y anda"?
6 Pues vais a ver que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder para perdonar los pecados. Entonces se volvió al paralítico y le dijo: -Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.
7 Él se levantó y se fue a su casa.
8 Al verlo, la gente se llenó de temor y daba gloria a Dios por haber dado tal poder a los hombres.
*" Jesús, después de haber estado en territorio pagano, vuelve a Cafarnaún, "su" ciudad, en la que desarrolla ahora el ministerio. Le llevan a un paralítico. La descripción del episodio en el relato paralelo de Marcos (2,1-12) -integrado en una disputa de Jesús con los maestros de la Ley sobre el poder de perdonar los pecados- es muy rica en detalles particulares. Los camilleros, en efecto, abren el techo y bajan al enfermo para que llegue a Jesús.
Mateo omite todo esto. Centra su atención en la palabra autorizada de Jesús: "Ánimo, hijo, tus pecados te son perdonados" (9,2), donde el uso de la pasiva divina identifica a Jesús con Dios, el único que puede perdonar. Los maestros de la Ley captan de inmediato la grave "blasfemia", puesto que perdonar es una prerrogativa divina (Ex 34,6ss; Sal 25,18; 32,1-5). Sin embargo, Jesús, desenmascarando la maldad de sus corazones, afirma con claridad la razón de sus milagros: son un signo para mostrar el poder que tiene Dios de perdonar los pecados, un gesto con el que el hombre que está bloqueado en la parálisis -una parálisis que anticipa ya la muerte- puede recobrar su identidad de viator, llamado a caminar para llegar a su verdadera casa: el amor del Padre, único lugar en el que puede saborear la paz y el reposo.
En efecto, el Hijo del hombre ha venido a dar a los hombres (cf. 9,8) el poder de Dios, para que en el perdón recíproco entre los hermanos se manifieste la gloria del Padre en la tierra. A nosotros, comunidad cristiana, nos ha sido confiada, por tanto, la prerrogativa de perdonar como somos perdonados por Dios, de amar como somos amados por él, para llevar a cabo desde ahora el Reino para el que él nos ha creado y redimido.
MEDITATIO
En la vida de todo creyente, llega un momento en el que Dios le "pone a prueba". Es la hora dolorosa en la que Dios deja de ser para nosotros el Dios bueno y amante que nos ha colmado de favores y bendiciones, para convertirse -de una manera inexplicable- en el patrón exigente de sus dones a quien hemos de devolverle todo. Es el momento crucial en el que, faltándonos toda seguridad, nos queda sólo la fe, una fe pura y exigente, que nos pide "esperar contra toda esperanza", devolviéndole -en una adhesión incondicionada- todo lo más querido que nos había dado: tal vez la vida, los talentos que hemos recibido, las personas queridas. Nos queda sólo él, convertido en "Otro".
Dichoso quien sepa reconocer la "hora" y recorra con Abrahán, en silencio, el camino hacia el lugar del sacrificio. Dichoso quien pueda subir como él, sin proferir un solo lamento, sin una sola protesta, la montaña de la ofrenda. Dichoso quien sea capaz de creer -como él que Dios puede hacer resucitar también a los muertos. Dichoso el que recorra hasta el final, con una determinación firme y ponderada, el camino de la obediencia y de la fe, porque se configurará plenamente con aquel Dios que, por amor a nosotros, sacrificó a su Hijo amado, al verdadero Isaac.
ORATIO
Virgen santa, tú conociste -como ninguna otra criatura en el mundo- la hora oscura en que Dios nos somete a prueba para verificar nuestra fe como oro en el crisol. Tú, de pie en el monte del sacrificio, consumaste de una manera generosa la ofrenda de tu Hijo, el verdadero Isaac, inmolado por nosotros en la cruz. Allí pronunciaste, de una manera tácita, tu nuevo e imposible "sí", convirtiéndote en madre de todos los creyentes.
Acompáñanos en la hora de la prueba, para que no dudemos de que Dios es fiel y capaz de dar vida incluso a los muertos. Que la alegría de la resurrección que gustaste, después de la tragedia del viernes santo, sea para nosotros prenda y certeza de la gran sonrisa que contemplaremos en el rostro del Padre cuando la obediencia de la fe nos haya configurado plenamente con el verdadero cordero ofrecido, Jesús, tu Hijo y Señor nuestro. Amén.
CONTEMPLATIO
Érase una vez un hombre que, de pequeño, había oído la bella historia de Abrahán, el cual, puesto a prueba por Dios, superó la prueba y conservó la fe [...]. Cuando aquel hombre llegó a adulto, leyó el relato aún con mayor admiración. Cuanto más crecía, con tanta mayor frecuencia se demoraban sus pensamientos en aquel relato; su entusiasmo iba en aumento; sin embargo, cada vez le resultaba más difícil comprenderlo. Al final, este relato le hizo olvidar todo lo demás [...]. Aquel hombre no era un pensador: no tenía ninguna necesidad de ir más allá de la fe. Cada vez que volvía a su casa después de haber dado un paseo por el monte Moría, se desplomaba por el cansancio; unía las manos y decía: "Nunca ha habido nadie tan grande como Abrahán, quién puede comprenderlo?". Si no hubiera en el hombre una conciencia eterna, qué sería la vida, sino desesperación? Si así fuera, si no hubiera ningún vínculo sagrado que uniera a los hombres; si las generaciones fueran pasando por el mundo como el viento por el desierto, sin que la vida tuviera un sentido, un fruto; si hubiera un olvido eterno que acecha a su presa y no hubiera poder alguno lo suficientemente fuerte para arrebatársela, !qué vacía y escuálida estaría la vida!
Pero no es así. !No! Nadie, si ha sido grande en el mundo, será olvidado; ahora bien, cada uno ha sido grande a su modo, cada uno lo ha sido en proporción a la grandeza de lo que amó. Quien se amó a sí mismo se hizo grande a través de sí mismo, pero quien amó a Dios se hizo más grande que todos. Cada uno permanecerá en el recuerdo; ahora bien, cada uno se hará grande en relación a lo que esperó. Uno se hizo grande esperando lo posible, otro esperando lo eterno, pero el que esperó lo imposible se volvió el más grande de todos. Cada uno permanecerá en el recuerdo; ahora bien, cada uno se hará grande según la grandeza contra la que luchó. Puesto que quien luchó contra el mundo se hizo grande venciendo al mundo; y quien luchó consigo mismo se hizo más grande superándose a sí mismo, pero quien luchó con Dios, se hizo más grande que todos (S. Kierkegaard, Timore e tremore, Milán 1986 [edición española: Temor y temblor, Ediciones Altaya, Barcelona 1995]).
ACTIO
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Sé en quién he puesto mi confianza" (2 Tim 1,12).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL
Quien ha encontrado a Cristo ha escuchado su llamada a la conversión del corazón y de la vida. No es posible encontrar a Cristo y seguir como antes: si lo encuentras de verdad, él no te deja indiferente y no se cansa de llamarte a que salgas de ti para ir allí a donde su amor te preceda. En el rondo del corazón del creyente resuena sin parar la invitación a acoger al Dios que viene y hace nuevas todas las cosas, dejando que nos reconciliemos con él.
La reconciliación es el sacramento en el que Cristo viene en socorro de la debilidad del hombre, del hombre que había traicionado o rechazado la alianza con Dios, y lo reconcilia con el Padre y con la Iglesia, lo vuelve a crear como criatura nueva con la fuerza del Espíritu Santo. La reconciliación también recibe el nombre de penitencia, porque es el sacramento de la conversión del hombre; además del sacramento del perdón de Dios, es el encuentro del corazón que se arrepiente con el Señor que le acoge en la fiesta de la reconciliación. Este encuentro con Cristo, Salvador del mundo, que abrió las puertas del paraíso al buen ladrón, se lleva a cabo por medio de la confesión: toda la vida del pecador se ofrece a la bondad del Señor para que la sane de la angustia, para que la libere del peso de la culpa, para que la confirme en los dones de Dios y para que la renueve con el poder de su amor. A la confesión le responde el perdón divino, obtenido mediante la aplicación de los méritos del sacrificio de Cristo, que se hace presente él mismo en el acontecimiento sacramental con su obra de reconciliación y de paz, y viene a unir al pecador perdonado con el Padre del amor. El Señor, que quiso ser llamado amigo de los pecadores, no desprecia las debilidades ni las resistencias del hombre, sino que las toma en serio hasta el fondo, haciéndose cargo de ellas y ofreciendo, a quien se la pida, la ayuda necesaria para vivir una existencia reconciliada y ser así instrumento de reconciliación entre los hombres (B. Forte, Piccola introduzione ai sacramenti, Cinisello B. 1994, pp. 67-72, passim).
|
Viernes de la XIII Semana del Tiempo Ordinario Santa Isabel de Portugal
Primera lectura: Génesis 23,l-4.19;24,l-8.10b.62-67 23.1 Sara vivió ciento veintisiete años. 2 Murió Sara en Quiriat Arbé, o sea, Hebrón, en el país de Canaán. Abrahán fue a llorar a Sara y a hacer duelo por ella. 3 Y cuando se levantó de junto a su difunta habló así a los hititas: 4 -Yo soy un emigrante que reside entre vosotros. Dadme una sepultura en propiedad para enterrar a mi difunta. 19 Después Abrahán enterró a Sara en la cueva del campo de Macpelá enfrente de Mambré, es decir, en Hebrón, en tierra de Canaán. 24.1 Abrahán era ya muy viejo, y el Señor le había bendecido en todo. 2 Un día, dijo Abrahán al criado más antiguo de su casa, el que llevaba la administración de todos los bienes: -Pon tu mano bajo mi muslo. 3 Quiero que me jures por el Señor, Dios del cielo y de la tierra, que no tomarás mujer para mi hijo de entre las hijas de los cananeos, en cuya tierra habito, 4 sino que irás a mi tierra, donde reside mi familia, y allí tomarás mujer para mi hijo, Isaac. 5 El criado le respondió: -Y si la mujer no quiere venir conmigo a esta tierra, tendrá que llevar a tu hijo a la tierra de donde saliste? 6 Abrahán le replicó: -De ninguna manera lleves allá a mi hijo; 7 el Señor, Dios del cielo, que me sacó de la casa de mi padre y de la tierra de mi familia, y que me juró: "Yo daré esta tierra a tu descendencia", enviará su ángel delante de ti para que tomes allí mujer para mi hijo. 8 Y si la mujer no quiere venir contigo, quedarás libre de este juramento que me haces, pero a mi hijo no lo lleves allá. 10 Después, el criado partió hacia la tierra de los dos ríos [De allí trajo a Rebeca, hija de Betuel, pariente de Abrahán]. 62 Mientras tanto, Isaac había vuelto del pozo de Lajai-Roí, y estaba viviendo en el Négueb. 63 Una tarde, salió a dar un paseo por el campo y, levantando la vista, vio que se acercaban unos camellos. 64 También Rebeca levantó la vista y, al ver a Isaac, bajó del camello 65 y dijo al criado: -Quién es aquel hombre que viene por el campo hacia nosotros? El criado respondió: -Es mi señor. Ella entonces tomó el velo y se cubrió. 66 El criado contó a Isaac todo lo que había hecho. 67 Isaac introdujo a Rebeca en la tienda de su madre Sara, la tomó por esposa, y con su amor se consoló de la muerte de su madre.
**• La muerte de Sara plantea el problema de encontrarle una sepultura, dado que Abrahán es una "emigrante" y no posee ninguna parcela de tierra en el país de Canaán, la tierra de la promesa. En consecuencia, tiene que tratar con el Consejo de la ciudad de Hebrón para tener una propiedad sepulcral en aquel territorio, posesión que le habría hecho ciudadano con plenos derechos de aquel lugar. Dios, en efecto, le proporciona la posibilidad de comprar a un precio elevado la cueva de Macpelá para sepultar a Sara, y esta posesión se queda, en la historia de Abrahán, como la "señal" de la promesa para la posesión de todo el país. El patriarca recibe una vez más la llamada a vivir de la fe, con la esperanza de los bienes futuros que sólo le son dados como prenda (cf. Heb 11,13-16). Hemos leído los versículos iniciales y finales del extenso y delicado relato del capítulo 24, que tiene el sabor de una novela. En él se nos muestra la obra de YHWH, que guía la historia llevando adelante su acción de elección y de bendición dirigida a Abrahán. Éste, llegado al final de su vida, confía a su anciano siervo con un juramento sagrado la tarea de buscar una mujer que sea de su parentela para su hijo, Isaac. Abrahán continúa creyendo firmemente en la promesa de YHWH y manda a su siervo a buscar esposa para su hijo en Aram Naharáin: no quiere que Isaac abandone la tierra de la promesa. La misión del siervo concluye felizmente, porque Dios cumple no sólo la promesa de la tierra, sino también la de la descendencia. En efecto, el corazón de Rebeca se abre de una manera dócil a la acción de Dios en ella, convirtiéndose en madre de Israel, en instrumento de la perpetuación de la bendición divina.
Evangelio: Mateo 9,9-13 En aquel tiempo, 9 cuando se marchaba de allí, vio Jesús a un hombre que se llamaba Mateo, sentado en la oficina de impuestos, y le dijo: -Sígueme. Él se levantó y lo siguió. 10 Después, mientras Jesús estaba sentado a la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores vinieron y se sentaron con él y sus discípulos. 11 Al verlo los fariseos, preguntaban a sus discípulos: -Por qué come vuestro maestro con los Publicanos y los pecadores? 12 Lo oyó Jesús y les dijo:-No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. 13 Entended lo que significa: misericordia quiero y no sacrificios; yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.
**• "Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores" (v. 13). Así podemos sintetizar, con las palabras mismas de Jesús, el pasaje que hemos leído hoy. Prosigue éste el tema iniciado con la curación del paralítico. Se articula a través de tres momentos: Jesús llama a un publicano -identificado con Mateo- (v. 9); después va a comer con los suyos a la casa del nuevo llamado (v. 10) y, por último, responde a la objeción de los fariseos declarando su misión de salvador (w. 11-13). Mateo (nombre que significa en hebreo "don del Señor" está sentado en la oficina de impuestos. El autor de este evangelio, aunque habitualmente sigue de forma fiel el relato de Marcos, aquí -y sólo aquí- cambia el nombre de Leví, hijo de Alfeo, por el de Mateo. Éste constituye, por así decirlo, su firma y su identidad de pecador perdonado. En efecto, Mateo ejercía una profesión que tenía mala fama. Los recaudadores de impuestos eran al mismo tiempo colaboracionistas de los odiados ocupadores romanos y oprimían a sus compatriotas. Se comprende, por tanto, el escándalo de los fariseos al ver a Jesús sentado a la mesa con semejantes pecadores públicos, que se le acercaban en plan familiar. Jesús les responde presentándose como un médico venido a curar a los enfermos. En efecto, Dios dice de sí mismo: "Yo, el Señor, me cuido de ti" (Ex 15,26). Qué enfermedad puede haber más grave que el pecado (cf. Sal 103,3), que nos aleja de sentirnos amados por Dios? Cuanto más pecadores seamos, tanto más se acerca el Señor a nosotros, porque tenemos necesidad de él y viene a buscarnos. "Entended, dice Jesús, lo que significa "misericordia quiero y no sacrificios" (Os 6,6)". A él debemos volvernos todos, porque no será el culto exterior, los sacrificios y las expiaciones lo que nos cure, sino el descubrimiento de su amor. Su misericordia, en efecto, enviará a Jesús a sacrificarse en la cruz, porque ninguno de nosotros es justo. El único justo ha entregado su vida para que todos nosotros fuéramos sanados.
MEDITATIO La lectura del libro del Génesis nos presenta a Abrahán como padre en la fe, que continúa creyendo, más allá de toda evidencia sensible, en la Palabra del Señor. Prosigue el proyecto divino esperando contra toda esperanza; más aún, su adhesión a Dios se vuelve, con el tiempo, cada vez más convencida, más audaz, más animada por una certeza inquebrantable. También a Mateo se le dirige una invitación: "Sígueme". Y también él lo deja todo y se pone a seguir inmediatamente a Jesús, renunciando a su propia posición, a sus propias comodidades, para seguir a un rabí que no tiene dónde reposar la cabeza. También nosotros nos ponemos en camino, cada día, a la voz del Señor, que resuena en la Iglesia a través de la Palabra proclamada en la liturgia. El itinerario es siempre el mismo: dejarnos a nosotros mismos, dejar nuestras seguridades, nuestras ganancias, para emprender el camino siguiendo la voz de Cristo, que nos llama. Abrahán acaba siendo propietario no de toda la tierra prometida, sino de una cueva sepulcral. Mateo está llamado a dar la vida por su Señor, porque el discípulo no es más que el maestro. Y nosotros? Somos conscientes de que hemos sido llamados a dejarlo todo? El Señor ha venido a ofrecerse a sí mismo para hacernos capaces de entrar en su movimiento oblativo de ofrenda. Sólo aceptando el riesgo de esta pérdida, de esta muerte en favor de la vida, se nos permitirá entrar en la tierra de la gratuidad, engendrar una posteridad sin número, porque siguiendo al Maestro estaremos llamados cada vez más a ser una sola cosa con él y con el Padre en el Amor que les une.
ORATIO Danos, Señor, una viva experiencia de ti, capaz de ponernos en un camino sin retorno, un camino que conozca únicamente el deseo cada vez más apasionado de contemplar tu rostro. Purifícanos con el fuego de tu amor, para que nuestro pecado, el egoísmo, no nos encierre más en la estrechez de nuestras seguridades. Aferrados por ti, haz que podamos correr detrás de ti cumpliendo todas tus palabras, seguros de que sólo en ti podremos encontrar la plenitud de la paz y de la alegría.
CONTEMPLATIO !Padre del cielo! Tu gracia y tu misericordia no cambian con la mutación de los tiempos, no envejecen con el transcurrir de los años, como si fueras, al igual que un hombre, un día más misericordioso que otro, más misericordioso el primero que el último. Tu gracia no cambia, dado que eres inmutable, que eres siempre el mismo, eternamente joven, nuevo en cada nuevo día, porque cada día dices: "Hoy mismo". Oh, mas si un hombre toma en consideración esta palabra y, cogido por ella, se dice seriamente a sí mismo con santa determinación: "Hoy mismo", entonces eso significa para él que desea ser cambiado juntamente ese día, desea que precisamente ese día pueda llegar a ser para él significativo con respecto a los otros días, significativo por el renovado refuerzo en el bien que una vez eligió, o tal vez incluso significativo porque escoge el bien. Tu gracia y tu misericordia consisten en esto: en que tú, inmutable, dices cada día: "Hoy mismo". En efecto, tú eres el que da "hoy mismo" el tiempo de la gracia; el hombre, sin embargo, es alguien que debe coger "hoy mismo" el tiempo de la gracia. Así es nuestro hablar contigo, oh Dios; existe una diferencia de lenguaje entre nosotros; sin embargo, nos esforzamos por comprenderte y por hacernos comprensibles a ti, y tu no te avergüenzas de ser llamado nuestro Dios. Eso que -dicho por ti, oh Dios- es la eterna expresión de tu gracia y de tu misericordia inmutables, eso mismo -repetido en su justo sentido por un hombre- constituye la máxima expresión del cambio y de la decisión más profunda; sí, como si todo estuviera perdido si el cambio y la decisión no tuvieran lugar hoy precisamente. Concédenos, pues, que este día pueda ser un día de verdadera bendición, que podamos escuchar la voz de aquel a quien tú enviaste al mundo y podamos seguirle (S. Kierkegaard, "Esercizi di cristianesimo", enMicromega 2 [2000], pp. 103-105, passim).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Mirad, éste es el tiempo favorable, éste es el día de la salvación" (2 Cor 6,2).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL Siempre resulta ilusorio creerse convertido de una vez por todas. No, no somos más que simples pecadores, aunque pecadores perdonados, pecadores-en-perdón, pecadores-en-conversión. No se nos da otra santidad aquí abajo [...]. Convertirse significa comenzar siempre de nuevo este cambio radical interior mediante el cual nuestra pobreza humana se vuelve hacia la arada de Dios. De la Ley de la letra pasa a la Ley del Espíritu y de la libertad, de la ira a la gracia. Este vuelco no acaba nunca, porque no hace otra cosa que volver a comenzar constantemente. Antonio el Grande, patriarca y padre de todos los monjes, lo decía de una manera lapidaria: "Cada mañana me digo: hoy empiezo". La conversión, efectivamente, es siempre una cuestión de tiempo: el hombre necesita tiempo, y también Dios quiere tener necesidad de tiempo con nosotros. Nos haríamos una imagen del hombre absolutamente errada si pensáramos que las cosas importantes en la vida de un hombre se pueden llevar a cabo de inmediato y de una vez por todas. El hombre ha sido hecho de tal modo que necesita tiempo para crecer, madurar y desarrollar todas sus propias capacidades. Dios lo sabe mejor que nosotros, y por eso espera, no desiste, es indulgente, longánimo: "La bondad de Dios te empuja a la conversión" (Rom 2,4). Benito, en el prólogo de su Regla, nos brinda un comentario de una gran riqueza: Dios sale cada día a la busca de su obrero, y el tiempo que nos da es una dilación, un don, un tiempo de gracia que se nos otorga de una manera gratuita. Es un tiempo que podemos emplear para encontrar a Dios una vez más, para encontrarle cada vez mejor en su estupenda misericordia (A. Louf, Sotto la guida dello Spirito, Magnano 1990, pp. 11-13, passim). |
|
Sábado de la XIII Semana del Tiempo Ordinario San Antonio María Zaccaria, presbítero LECTIO Primera lectura: Génesis 27,1-5.15-29 1 Cuando Isaac era ya viejo y había perdido la vista, llamó a su hijo mayor, Esaú, y le dijo: -!Hijo mío! Él respondió: -Aquí estoy. 2 Continuó Isaac: -Ya ves que soy viejo y no sé cuándo moriré. 3 Así que toma tu aljaba y tu arco, sal al campo y tráeme algo de caza. 4 Prepárame un guisado como a mí me gusta, tráemelo para que me lo coma, y te bendeciré antes de morir. 5 Rebeca había estado escuchando lo que Isaac decía a su hijo Esaú. Éste se fue al campo en busca de caza para su padre. 15 Tomó después Rebeca la ropa de Esaú, la mejor que tenía en casa, y se la puso a Jacob. 16 Con las pieles de los cabritos cubrió sus manos y la parte lisa de su cuello, 17 y puso en las manos de Jacob el guiso y el pan que había preparado. 18 Jacob entró adonde estaba su padre y le dijo: -!Padre! Él respondió: -Sí, quién eres, hijo mío? 19 Jacob dijo: -Soy Esaú, tu primogénito. He hecho lo que me mandaste. Ven, siéntate, come lo que he cazado y después me bendecirás. 20 Isaac preguntó a su hijo: -Cómo la has encontrado tan pronto, hijo mío? Él respondió: -Porque el Señor, tu Dios, me la ha puesto en las manos. 21 E Isaac le dijo: -Acércate, hijo mío, para que te palpe, a ver si tú eres mi hijo Esaú o no. 22 Jacob se acercó a su padre, Isaac, que lo palpó y le dijo: -La voz es la de Jacob, pero las manos son las de Esaú. 23 No lo reconoció, porque las manos eran velludas como las de su hermano Esaú, y se dispuso a bendecirlo. 24 Pero aún insistió: -Eres tú de verdad mi hijo Esaú? Él contestó: -Sí, yo soy. 25 Entonces le dijo: -Acércame la caza, hijo mío, para que coma, y te bendeciré. Jacob se la sirvió, y él comió; le trajo también vino, y bebió. 26 Después, Isaac, su padre, le dijo: -Ahora acércate y bésame, hijo mío. 27 Él se acercó y le besó. Y cuando Isaac olió su ropa lo bendijo diciendo: El aroma de mi hijo es como el de un campo bendecido por el Señor. 28 Que Dios te conceda el rocío del cielo, la fertilidad de la tierra y trigo y mosto en abundancia. 29 Que los pueblos te sirvan y las naciones se inclinen ante ti. Sé señor de tus hermanos y que se postren ante ti los hijos de tu madre. Maldito sea quien te maldiga y quien te bendiga sea bendito.
*•• El capítulo 27, del que están tomados los versículos que hemos leído hoy, es una obra maestra del arte narrativo y dramático, capaz de implicar profundamente al lector, que se siente cautivado por un relato en el que se funden rasgos de humor y de piedad, de astucia y de mezquindad: aspectos que chocan a nuestra sensibilidad moral, pero que también nos ofrecen el tejido que nos permite entrever -más allá de toda previsión humana- el designio de Dios. Isaac representa, en el relato bíblico, un personaje de transición entre dos grandes figuras: Abrahán y Jacob. El autor sagrado se detiene en el momento final de su vida. Rebeca, madre de Jacob, se muestra injusta con el hijo mayor, pero esto pone de manifiesto aún con mayor claridad la "justicia de Dios". En efecto, YHWH ama a todos, pero no a todos del mismo modo, y hasta cuando los hombres desarrollan un juego deshonesto los unos con los otros, poniéndose "zancadillas" (para recoger la etimología del nombre de Jacob), Dios, por su parte, sigue el puro juego de la gracia, cuya economía no está atada ni condicionada por la naturaleza. La gracia es gratuita y no puede ser merecida por el hombre; es producto de Sus decisiones y no de las nuestras. Jacob aparece, pues, como alguien que transgrede e invierte la costumbre oriental de la precedencia del hijo mayor sobre el menor, sonsacándole la bendición a su padre ciego. Por tres veces le miente; sin embargo, el Señor se sirve precisamente de esta mentira para llevar adelante su proyecto. Jacob lo pagará amargamente con veinte años de alejamiento y de servidumbre junto a Labán. También la bendición -que tiene aquí un valor casi mágico-, una vez arrebatada por Jacob, dará testimonio del misterio y de la gratuidad de los dones de Dios. El pueblo elegido, a lo largo de su historia, reconocerá más en Jacob-Israel que en Abrahán su destino plagado de luces y sombras, tejido de santidad y de pecado, de bendición y de lucha incesante.
Evangelio: Mateo 9,14-17 En aquel tiempo, 14 se le acercaron los discípulos de Juan y le preguntaron: -Por qué nosotros y los fariseos ayunamos, y tus discípulos no ayunan? 15 Jesús les contestó: -Es que pueden estar tristes los amigos del novio mientras él está con ellos? 15 Llegará un día en que les quitarán al novio; entonces ayunarán. 16 Nadie pone un remiendo de paño nuevo a un vestido viejo, porque lo añadido tirará del vestido y el rasgón se hará mayor. 17 Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos, porque los odres revientan, el vino se derrama y se pierden los odres. El vino nuevo se echa en odres nuevos, y así se conservan los dos.
**• En casa de Mateo, el publicano, además de otros colegas suyos, hay también fariseos. Estos últimos -como hemos visto en el fragmento de ayer- se muestran escandalizados por el comportamiento de Jesús porque come -índice de comunión de vida- con los publicanos y los pecadores. La polémica vuelve a encenderse ahora con un grupo de discípulos -no mejor identificados- del Bautista. Éstos, como su maestro, llevaban una vida de austeridad y penitencia, y se muestran sorprendidos de que los discípulos de Jesús no practiquen el ayuno. Jesús toma entonces la defensa de los suyos, que, en este momento, son "los hijos de las bodas", es decir, los invitados a estar junto al Esposo, a gozar de su voz (cf. Jn 3,29), porque Jesús está con ellos. Ya llegará el momento en que el Esposo será "arrebatado de la tierra de los vivos" (cf. Is 53,8), y entonces vendrá el tiempo del ayuno. Vienen, a continuación, dos ejemplos en los que se subraya que la alegría de las bodas, de la festiva novedad traída por Jesús, no puede mezclarse con las antiguas prácticas ascéticas. Se trata de realidades irreductibles: la venida de Cristo contiene una novedad absoluta. Los tiempos se han cumplido, las cosas de antes han pasado para dejar sitio a unos cielos nuevos y a una tierra nueva, mientras que los de antes se han enrollado como un vestido viejo e inservible sobre el que no se puede poner ningún remiendo. Con todo, lo antiguo no ha sido abolido, sino recuperado, porque los odres nuevos están hechos para contener vino nuevo, pero el vino envejecido también es bueno. La realidad nueva, significada por la presencia de Jesús, el Emmanuel, el Dios con su pueblo, es el tesoro que lo hace todo precioso.
MEDITATIO Al leer el relato del Génesis se queda uno desconcertado. Sin embargo, Dios -el Santo- "pasa" a través de las intrigas y de las bajezas humanas. Pasa por ellas dejándose herir profundamente; las atraviesa, no obstante, de una manera soberana, como vencedor. A pesar de tanta miseria, un día florecerá de la humanidad el santo Brote, manará la Fuente de agua viva: nos nacerá un Salvador, Dios con nosotros, en nosotros. Esto representará, para cada hombre, la novedad, la juventud sin ocaso, la posibilidad de vivir eternamente con Dios. Por consiguiente, en vez de lamentarnos por la jornada de ayer, que añadió su peso al fardo que ya llevábamos, acojamos con admiración el día de hoy, esta mañana, esta noche, el don extraordinario que Dios nos ha hecho, la novedad de su vida en nosotros, su perdón, que nos transfigura en hijos de Dios. Su amor, que ha sido más fuerte que los pecados de muchos hombres obstinados en el mal, no saldrá victorioso también sobre nuestros pecados? A buen seguro que sí, y precisamente por eso necesitamos ayunar y hacer penitencia, puesto que a través de la penitencia y la oración apresuramos la venida del Esposo y la fiesta que supone estar siempre con él.
ORATIO Señor Jesús, con tu nacimiento, por fin, ha habido algo nuevo bajo el sol. Tú has venido a prepararnos el banquete nupcial del que nadie es excluido. Llegamos a él con nuestras vidas más o menos atormentadas, más o menos marcadas por ambigüedades y compromisos con los que hemos intentado vencer el aburrimiento, la soledad, el miedo a la muerte. Tú, Señor de la vida y Esposo de la humanidad, invitas a todos y reservas a cada uno un puesto de honor, puesto que para ti todos somos únicos e insustituibles. Concede a todos los hombres gustar con corazón grato la bienaventuranza de ser comensales tuyos en el banquete eucarístico, ese mismo en el que tú dispensas el vino nuevo del amor y de la alegría: el cáliz de tu sangre derramada por nuestra salvación.
CONTEMPLATIO Oh tiempo deseable, tiempo favorable, tiempo que todos los santos anhelan pidiendo todos los días al Señor en la oración: "Venga tu Reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo" (Mt 6,10). Toda la tierra está llena de su gloria. Veo esta tierra que piso, siento esta tierra que soy yo: tanto en una como en otra fatigas, tanto en una como en otra gemidos. Sin embargo, toda la tierra está llena de su gloria. Sé, en efecto, que esta tierra que piso será liberada de la esclavitud de la corrupción y habrá una tierra nueva y unos nuevos cielos. Entonces cantaremos un cántico nuevo, y se oirá la voz de alegría y de exultación. Entonces conoceremos cómo será nuestra transformación. Será motivo de alegría para nosotros la contemplación del Creador en la criatura, el amor del Creador en sí mismo, la alabanza del Creador en sí mismo y en la criatura. "El templo de Dios es santo, y ese templo sois vosotros" (1 Cor 3,17), dice el apóstol. Precisamente, éste es el templo en el que, una vez transferidos al Reino del esplendor eterno, cuando Dios nos enjugue toda lágrima de nuestros ojos, ofreceremos a Dios el sacrificio de alabanza, como él mismo dice por medio del profeta: "El sacrificio de alabanza me honra" (Sal 49,23). Oh Señor, que te sea agradable en el tiempo presente el sacrificio de nuestra contrición, a fin de que, cuando te sientes en tu trono alto y elevado, te honre el sacrificio de alabanza (Elredo de Rielvaux, Sermón sobre la venida del Señor, passim).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda bendición espiritual" (Ef 1,3).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL La maternidad de Rebeca es una maternidad de amor que está dispuesta a salvar, a proteger, a defender a su propio hijo, incluso incurriendo en la amenaza de su misma muerte: "Recaiga sobre mí su maldición...". Una página inmensa, si la consideramos a la luz de su cumplimiento último, a la luz de la Virgen María, en cuanto que ella tuvo un Primogénito en el que le fueron dados otros hijos innumerables. No es que Esaú fuera rechazado, pero sí es verdad, sin embargo, que la madre obra de modo que también el segundo de sus hijos, que también nosotros, nos revistamos conla ropa del Hijo mayor y nos presentemos al Padre para obtener la misma bendición que el Primogénito. María, la Virgen Madre, está dispuesta a sacrificarse por completo, no por el Primogénito, que no tiene ninguna necesidad de su sacrificio, sino por el segundo. Nosotros debemos considerar precisamente lo que María hace con el segundo de sus hijos, con Jacob, que somos nosotros: no, la Moaré no soporta que su hijo más débil sea privado de la bendición. Nosotros somos hijos suyos en Cristo, y ella quiere que todos formemos en él un solo hijo, que vivamos con él una misma vida, que disfrutemos de una misma bendición. Por eso nos recubre con la ropa de su Primogénito y nos lleva ante Dios así vestidos. Ya no hay un primero y un segundo; ya no formamos todos más que un solo hijo. Se interpone ella, la Virgen, para que el castigo que nosotros merecemos no recaiga sobre nosotros, para que la pena que debe recaer sobre nosotros no pueda lastimarnos nunca. Rebeca es virgen, esposa y madre. Como virgen, ya está toda llena de gracia; como esposa, renueva ya la alegría de la creación; como madre, conoce un amor que verdaderamente da la salvación, obtiene para sus hijos todos los dones de la gracia [...]. En efecto, el amor de la madre se dirige, sobre todo, a los hijos más débiles, a los que más necesidad tienen de este amor. Por ella tienen que ser protegidos, salvados y, en cierto modo, incluso amados con un amor preferencial, que puede parecer injusto, pero no lo es, porque el amor de la Madre, como el amor de Dios, es un amor gratuito, es un amor que se entrega no porque los otros lo merezcan, sino sólo porque lo necesitan (D. Barsotti, í.e donne dell'alleanza, Turín 1967, pp. 27-34, passim). |
|
XIV Domingo del Tiempo Ordinario
LECTIO Primera lectura: Isaías 66,10- 14c 10 Alegraos con Jerusalén y regocijaos por ella todos los que la amáis; saltad de gozo con ella los que por ella llevasteis luto. 11 Pues mamaréis hasta saciaros de sus pechos consoladores y saborearéis el deleite de sus ubres generosas. 12 Porque así dice el Señor: Yo haré correr hacia ella, como un río, la paz; como un torrente desbordado, la riqueza de las naciones. Amamantarán en brazos a sus criaturas y las acariciarán sobre las rodillas. 13 Como un hijo al que su madre consuela, así os consolaré yo a vosotros, y en Jerusalén seréis consolados. 14 Al verlo, os alegraréis, vuestros huesos florecerán como prado. El Señor mostrará a sus siervos su poder.
*" Este fragmento, tomado del último capítulo del libro del profeta Isaías, nos sitúa en el horizonte de una gran promesa: "Alegría" y "consuelo" ante la presencia y la obra del Señor, manifiesta por fin (v. 14) en el esplendor de Jerusalén. Es la promesa que recorre todo el libro de Isaías, el hilo rojo que lo atraviesa y le confiere unidad, a pesar de las evidentes diferencias de carácter teológico y literario, y la diferente ambientación histórica, que ha convencido a numerosos exégetas de la existencia de un Primer Isaías (capítulos 1-39), de un Segundo Isaías (capítulos 40-55) y de un Tercer Isaías (capítulos 56-66). Nuestro fragmento pertenecería al Tercer Isaías, o sea, a la parte del libro profético compuesta después del retorno del exilio de Babilonia (587-539 a. de C), cuando el pueblo, de regreso a su propia tierra, choca con las dificultades de la reconstrucción del templo y de su propio tejido religioso y social. Las promesas relativas al "segundo Éxodo" contenidas en los capítulos 40-55 –la salida de Babilonia como una liturgia triunfal, el camino por el desierto transformado en jardín, la entrada solemne en la Jerusalén reconstruida- parecen traicionadas, frente a las ruinas del pasado que, con dificultades, consiguen hacer florecer de nuevo. La desilusión y el desánimo se insinúan en el pueblo con facilidad. Unos cuantos versículos antes de nuestro fragmento señala el autor sagrado la provocación que más podía hacer mella en semejante contexto: "Vuestros hermanos, que os detestan y os rechazan por mi causa, dicen: "Que el Señor muestre su gloria para que veamos vuestra alegría"" (Is 66,5b). Frente al retraso en el cumplimiento de las promesas de Dios, el pueblo se siente tentado -por los enemigos exteriores y por el enemigo de Dios que vive dentro de cada uno de nosotros-, y se siente tentado precisamente en lo que se refiere a la manifestación de la gloria del Señor ("Está el Señor en medio de nosotros o no?": Ex 17,7) y en lo que se refiere al testimonio de la alegría {"Nuestros opresores nos pedían cantos de alegría": Sal 137). La Palabra de Dios responde a esta provocación reforzando la promesa y dilatando su alcance: "Al verlo, os alegraréis, vuestros huesos florecerán como prado" ante la abundancia, la prosperidad, la riqueza.
Segunda lectura: Gálatas 6,14-18 Hermanos: 14 En cuanto a mí, jamás presumo de algo que no sea la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo. 15 Pues lo que importa no es el estar circuncidado o no estarlo, sino el ser una nueva criatura. 16 A todos los que vivan según esta norma, paz y misericordia, así como al Israel de Dios. 17 Y en adelante, no me ocasionéis más preocupaciones, que ya tengo bastante con llevar en mi cuerpo las marcas de Jesús. 18 Que la gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con vosotros, hermanos. Amén.
**• Es frecuente que al final de un discurso o de una carta se reafirme de manera sintética y con mayor vigor el núcleo de lo que se ha intentado comunicar. Eso es lo que sucede en este fragmento, conclusión de la Carta a los Gálatas, que constituye la repetición de los temas de que ha tratado todo el escrito. El apóstol Pablo baja al campo en persona y traduce en el ámbito de la confesión de fe cuanto ha afirmado con argumentaciones apretadas a lo largo de la carta. Lo que intenta hacer comprender por encima de todo es que Jesucristo es el único mediador de la salvación, su camino concreto y el acto decisivo. La adhesión a él, crucificado por amor, ha liberado a Pablo de todo tipo de autosuficiencia humana: "En cuanto a mí, jamás presumo de algo que no sea la cruz de nuestro Señor Jesucristo". En consecuencia, por parte del hombre, la fe en Jesús es el camino que lleva a la salvación: "Lo que importa no es el estar circuncidado o no estarlo". Y la fe es aceptación plena del acontecimiento de Cristo y de la vida que brota de su muerte y resurrección: "Ser una nueva criatura". Por consiguiente, la ley, como intento humano de convertir sus obras en instrumento de autojustificación, forma parlo de eso "mundo" que, para Pablo, ha sido crucificado. Ahora la ley, el canon que debemos seguir, es otro: "Ser una nueva criatura". Eso significa entrar en la muerte y resurrección de Cristo para vivir del amor que se desprende de su vida entregada, asumir la forma del crucificado como norma de vida. En conclusión, lo que acredita efectivamente a Pablo ante sus opositores es su semejanza con el Crucificado, la participación en la pasión de Jesús que se lee en la carne.
Evangelio: Lucas 10,1-12.17-20 En aquel tiempo, 1 el Señor designó a otros setenta [y dos] y los envió por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares que él pensaba visitar. 2 Y les dio estas instrucciones: -La mies es abundante, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies. 3 !En marcha! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos. 4 No llevéis bolsa, ni alforjas ni sandalias, ni saludéis a nadie por el camino. 5 Cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa. 6 Si hay allí gente de paz, vuestra paz recaerá sobre ellos; si no, se volverá a vosotros. 7 Quedaos en esa casa y comed y bebed de lo que tengan, porque el obrero tiene derecho a su salario. No andéis de casa en casa. 8 Si al entrar en un pueblo os reciben bien, comed lo que os pongan. 9 Curad a los enfermos que haya en él y decidles: Está llegando a vosotros el Reino de Dios. 10 Pero si entráis en un pueblo y no os reciben bien, salid a la plaza y decid: 11 Hasta el polvo de vuestro pueblo que se nos ha pegado a los pies lo sacudimos y os lo dejamos. Sabed de todas formas que está llegando el Reino de Dios. 12 Os digo que el día del juicio será más tolerable para Sodoma que para ese pueblo. 17 Los setenta [y dos] volvieron llenos de alegría, diciendo; -Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre. 18 Jesús les dijo: -He visto a Satanás cayendo del cielo como un rayo. 19 Os he dado poder para pisotear serpientes y escorpiones y para dominar toda potencia enemiga, y nada os podrá dañar. 20 Sin embargo, no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos más bien de que vuestros nombres estén escritos en el cielo.
**• El evangelista Lucas ubica la misión de los setenta y dos discípulos en el marco del viaje de Jesús hacia Jerusalén, que prefigura como en transparencia el camino de la Iglesia y la vida del cristiano en el mundo. Jesús les envía después de haberles aclarado -en el fragmento precedente- las exigencias del seguimiento, es decir, que cada discípulo es enviado a lo largo de la subida a Jerusalén, o sea, cuando se da la disponibilidad para seguir el camino del Maestro. Lucas había descrito ya, en el capítulo anterior (9,1-6), empleando términos muy semejantes, la misión de los Doce, y nuestro fragmento es un paralelo que recoge y amplía esta única misión. Los enviados son setenta y dos, número que nos trae a la mente a los setenta ancianos de Israel -aquellos que fueron admitidos a la presencia de Dios en el Sinaí (Ex 24), y sobre los que se produjo la efusión de parte del espíritu dado a Moisés (Nm 11,16ss)- y, sobre todo, la "Tabla de los pueblos de la tierra" presentada en Génesis 10. En este último marco y para expresar la unidad del género humano, se mencionaba a los setenta pueblos de la tierra en tiempos conocidos (en la versión de los LXX se convierten en setenta y dos); Lucas, empleando el mismo número, pretende indicar que el anuncio del Reino está destinado a todos los hombres y que el Evangelio del Reino es fermento de aquella unidad entre los pueblos soñada por Dios. Jesús indica la misión con una doble orden: "Rogad... !En marcha!...". Frente a la mies, que está dispuesta para la siega, frente a la humanidad, creada para Dios, la misión se lleva a cabo rogando en primer lugar al Señor de la mies para que "eche fuera" (literalmente, para que "haga salir") los propios miedos y falsas seguridades y para que los obreros se apasionen por la mies y hagan suyos los intereses del Dueño. Para "ir", a su modo, al modo del Cordero dócil y humilde, a llevar la paz al interior de la casa de los hombres. Y en este llevar la paz y cuidar de los enfermos está el Reino de Dios que se aproxima al hombre. Los discípulos vuelven con alegría donde Jesús, principio y término de la misión, y él les revela el fin de la misión desde su punto de vista: liberarnos del Maligno, introducirnos en la vida misma de Dios... en el cielo.
MEDITATIO A la manera de las inclusiones bíblicas, en las que una palabra o una expresión repetidas indican el perímetro y el objeto de una perícopa, la liturgia de hoy se presenta incluida toda ella dentro de un verbo, conjugado en imperativo: !Alegraos! "Alegraos con Jerusalén", empezaba diciendo Isaías. "Alegraos más bien de que vuestros nombres estén escritos en el cielo", concluye Jesús. La Palabra de Dios de este domingo nos revela, pues, el contenido de la alegría: lo que está dentro o en el origen, y también el modo en que esta alegría puede "discurrir" hacia la Iglesia y fluir por el mundo. En el corazón figura la afirmación de Pablo: "En cuanto a mí, jamás presumo de algo que no sea la cruz de nuestro Señor Jesucristo" (Gal 6,4). La clave es ésta: la cruz es el criterio de la existencia cristiana, la cruz es el metro para medir las opciones, las acciones, los gestos cotidianos. De la adhesión a este Evangelio, de la conversión al modo de vivir y de amar de Cristo crucificado depende la posibilidad de llegar a ser una "nueva criatura", que es lo que cuenta e importa de verdad (Gal 6,15). Ésta es la fuente de la que brota la alegría de la vida, éste es el don que recibimos en el bautismo y que debe informar toda nuestra existencia para que sea una existencia bautismal, o sea, para que esté sumergida en el dinamismo de la vida que brota de la muerte, del amor dispuesto a dar la vida. Este itinerario, que Pablo describe en términos de adhesión a la cruz de Cristo y de nueva creación, Lucas lo narra ambientándolo a lo largo de un camino, el camino que recorren los discípulos con Jesús hacia Jerusalén. Aquí todo el contenido de la vida bautismal está expresado en el seguimiento de Jesús por su camino, en la aceptación de sus exigencias de radicalismo y totalidad que en él están implicadas, en la participación cada vez más profunda en su pasión, a fin de participar de un modo cada vez más íntimo en su vida. Y no sólo esto; también a lo largo de este camino introduce Lucas el gran tema de la misión. Jesús envía a los que le siguen -los setenta y dos discípulos, que representan a todos los bautizados- y, en consecuencia, la misión forma parte intrínseca del seguimiento. De aquí surge la imagen o, mejor aún, la vocación de una Iglesia que es absolutamente misionera, y lo es por el hecho de que sigue a Jesús y con el hecho mismo de seguir a Jesús. Ser misionero, mucho más que hacer algo por el Señor, es seguirle en su pasión por la mies. Es pedir asemejarse a él e ir asemejando a él.
ORATIO A causa de tu amor infinito, Señor, me has llamado a seguirte, a ser tu hijo y tu discípulo. Después me confiaste una misión que no se parece a ninguna otra, aunque con el mismo objetivo que los otros: ser tu apóstol y testigo. Sin embargo, la experiencia me ha enseñado que sigo confundiendo las dos realidades: Dios y su obra. Dios me ha dado la tarea de sus obras. Algunas sublimes, otras más modestas; algunas nobles, otras más ordinarias. Comprometido en la pastoral parroquial, entre los jóvenes, en las escuelas, entre los artistas y los obreros, en el mundo de la prensa, de la televisión y de la radio, he puesto todo mi ardor implicando en ello todas mis capacidades. No he ahorrado nada, ni siquiera la vida. Mientras estuve inmerso en la acción con tanta pasión encontré la derrota de la ingratitud, de la negativa a la colaboración, de la incomprensión de los amigos, de la falta de apoyo de mis superiores, de la enfermedad y la debilidad, de la falta de medios... Me ha ocurrido también, en pleno éxito, mientras era objeto de aprobación, de elogios y de afecto por todos, ser trasladado de improviso y cambiado de función. Heme aquí, ahora, presa del aturdimiento; voy a tientas, como en la noche oscura. Por qué me abandonas, Señor? No quiero desertar de tu obra. Debo llevar a término tu tarea, ultimar la construcción de la Iglesia... Por qué atacan los hombres tu obra? Por qué la privan de su apoyo? Ante tu altar, junto a la eucaristía, he oído tu respuesta, Señor: "Me sigues a mí y no a mi obra. Si quiero me entregarás la tarea confiada. Poco importa quién ocupe tu puesto; es asunto mío. !Debes optar por mí". (F.-X. Nguyen Van Thuan, Preghiere di speranza).
CONTEMPLATIO Un día, los apóstoles, al volver de la misión a la que les había enviado el Señor, le dijeron: "Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre". El Señor los vio tentados de soberbia por el poder taumatúrgico recibido y, como era médico y había venido a curar nuestras hinchazones y a llevar nuestras debilidades, dijo de inmediato: "No os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos más bien de que vuestros nombres estén escritos en el cielo". No todos los cristianos, por muy buenos que sean, están en condiciones de expulsar a los demonios; sin embargo, todos tienen escrito su nombre en el cielo; y Cristo quiso que gozaran no por el privilegio personal que cada uno tenía, sino por su salvación conseguida junto con todos los otros. Ningún fiel tendría esperanza de salvarse si su nombre no estuviera escrito en el cielo. Ahora, en el cielo, están escritos los nombres de todos los fieles que aman a Cristo, que caminan con humildad por el camino de Cristo, es decir, el que nos enseñó haciéndose humilde. Toma al más insignificante que haya en la Iglesia: si cree en Cristo, si ama a Cristo y ama su paz, ése tiene su nombre escrito en el cielo, sea quien sea y por muy indeterminado que lo dejes. Existe, pues, semejanza entre éste y los apóstoles que hicieron tantos milagros? !Y no sólo eso! Los apóstoles fueron reprendidos por haber gozado de un favor que tenían en propiedad, y recibieron la orden de gozar por un bien del que puede gozar asimismo un hermano insignificante (Agustín de Hipona, Comentario al salmo 130, 8).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Lo que importa es ser una nueva criatura" (cf. Gal 6,15).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL Si yo, queridos hermanos en la fe, he sido enviado a vosotros para proclamar que Jesús ha resucitado y es el único Rey y Señor; si yo, que he sido llamado a ser vuestro obispo, he sido encargado de despertar la aurora que os duerme ya en el corazón [...], quién llevará este anuncio de esperanza a los "otros", a esa porción del pueblo que no coincide ya con el perímetro de la Iglesia, a esos a quienes los valores cristianos ya no les dicen nada? Quién hará llegar la Buena Noticia de Cristo a tantos hermanos que, trastornados por los problemas de la supervivencia y del trabajo, ya no tienen tiempo para pensar en el Señor? [...] Quién llevará este anuncio de salvación a tantas personas generosas que no son capaces de atravesar los confines del !nframundo y se baten sólo por una justicia sin trascendencias, por una libertad sin utopías, por una solidaridad sin parentescos? Quién gritará el grito de liberación que nos ha traído Cristo en el corazón de tantos jóvenes extraviados que, en su ineludible necesidad de felicidad, buscan respuestas en las ideologías, en la fascinación del nihilismo, en las alucinaciones de la violencia, en el paraíso de la droga? Quién pondrá una brizna de esperanza en el pecho de tanta gente desesperada, envilecida por las miserias morales, derrotada, marginada, para quien Jesús es un forastero, la Iglesia una extraña y el Evangelio sólo un jirón de recuerdos infantiles? Deberé ser sólo yo, vuestro obispo, quien asuma esta tarea tan gravosa respecto al mundo? De ninguna manera. Pero no porque yo no tenga que hacerla. No porque se trate de una empresa que supere mis capacidades y produzca desaliento no digo a mi pobreza, sino incluso a la audacia de los más fuertes. Es sólo porque esta tarea corresponde a todo el pueblo de Dios. Es porque hoy un anuncio de esperanza sólo se vuelve creíble cuando lo ofrece una comunidad que vive en comunión y no por un individuo que juega con las palabras y se ejercita con la academia. La gente empieza hoy a dudar de los jefes carismáticos. El oficio del "líder" ya no se sostiene, y menos aún en la Iglesia. Nos corresponde, por tanto, a nosotros, a todo el pueblo de los bautizados, depositarios de la esperanza cristiana, pasar por los caminos del mundo y proclamar juntos: "Valor, no te deprimas si adviertes que se reagudizan viejas angustias. Si te espanta la soledad del camino y la indiferencia de tus compañeros de viaje. Si experimentas los escalofríos de viejos delirios y de nuevos miedos. Si te oprime la oscuridad de la noche que no termina nunca... No te desanimes, porque aún no se ha dicho la última palabra. Levántate y camina con nosotros. O, al menos, intenta mirar en nuestra misma dirección. Al fondo hay una luz. Y hay un Hombre que, a pesar de todo, es capaz de presentarte el trecho de camino que te queda, por largo o corto que sea, como una ocasión extraordinaria para renacer" (A. Bello, Lessico di comunione. Insieme alia sequela di Cristo, Arluno 1991, pp. 133ss).
|
|
Lunes de la XIV Semana del Tiempo Ordinario
LECTIO Primera lectura: Génesis 28,10-22a En aquellos días, 10 partió Jacob de Berseba camino de Jarán. 11 Llegado a cierto lugar, se dispuso a pasar allí la noche, porque ya el sol se había puesto. Tomó una piedra, se la puso de cabezal y se acostó. 12 Entonces tuvo un sueño: Veía una escalinata que, apoyándose en tierra, tocaba con su vértice el cielo. Por ella subían y bajaban los ángeles del Señor. 13 De pronto, el Señor, que estaba en pie sobre ella, le dijo: -Yo soy el Señor, el Dios de tu abuelo Abrahán y el Dios de Isaac; yo te daré a ti y a tu descendencia la tierra sobre la que estás acostado. 14 Tu descendencia será como el polvo de la tierra; te extenderás al este y al oeste, al norte y al sur. Todas las naciones recibirán la bendición a través de ti y de tu descendencia. 15 Yo estoy contigo. Te protegeré adondequiera que vayas y haré que vuelvas a esta tierra, porque no te abandonaré hasta que haya cumplido lo que te he prometido. 16 Al despertar Jacob de su sueño, dijo: -Ciertamente, el Señor está en este lugar, y yo no lo sabía. 17 Y todo tembloroso añadió: -!Qué terrible es este lugar! !Nada menos que la casa de Dios y la puerta del cielo! 18 Y levantándose temprano tomó la piedra que se había puesto por cabezal, la erigió a modo de estela y derramó aceite sobre ella. 19 Y llamó a aquel lugar Betel -es decir, Casa de Dios-; antes, la ciudad se llamaba Luz. 20 Jacob hizo también esta promesa: -Si Dios está conmigo, si me protege en este viaje que estoy haciendo y me da el alimento y la ropa necesarios, 21 y si puedo volver sano y salvo a casa de mi padre; entonces el Señor será mi Dios, 22 y esta piedra que he levantado a modo de estela será la casa de Dios.
**• El relato del sueño de Jacob pretende celebrar el santuario de Betel asociándolo a la figura del patriarca e insertándolo en el marco de su historia. Con la salida de Berseba comienza la peregrinación de Jacob hacia un futuro cuyos contornos es difícil perfilar al principio, un futuro custodiado siempre, no obstante, por la presencia de Dios, que se revela y ofrece la esperanza de una promesa (w. 12-15). Aparecen contrapuestos el motivo de la fuga de Jacob y las palabras de protección pronunciadas por Dios (v. 15). El compromiso asumido, de una manera solemne, por Dios convierte la fuga de Jacob en un camino que podrá tener motivos y atracaderos objetivamente identificables, pero cuyo sentido reposa en la presencia penetrante de Dios, que cumple cuanto ha dicho. En efecto, Dios acompañará y custodiará a Jacob incluso en el triste momento en el que huyó de Labán (31,1-21) y se revelará de nuevo, como presencia amiga y bendecidora, a su regreso a Betel (35,1-15). Este contexto general sirve de marco a una serie de elementos de naturaleza cultual que constituyen la columna vertebral del relato. El primero es el término "lugar " (máqóm). Nada en el texto parece sugerir que se esté hablando de un lugar sagrado: se trata simplemente de un lugar en el que pasar la noche. Como Moisés con la zarza que ardía (cf. Ex 3,5), también Jacob experimenta que la presencia divina va por delante de la conciencia del hombre: es YHWH el que elige y consagra el espacio sagrado. El lugar que Dios ha elegido como espacio de su presencia es también el lugar de su revelación. El sueño en el que Jacob "ve" la escalera que "apoyándose en tierra, tocaba con su vértice el cielo" expresa el conocimiento de la fe, a través del cual es posible "ver" al Dios trascendente, que se hace presente para dialogar con el hombre y volver a comunicarle su bendición. Como a Abrahán, también a Jacob le promete Dios la tierra y la descendencia. La oración final de Jacob (w. 20-22) indica la única respuesta posible del hombre de fe, que experimenta "terror" frente al misterio de una presencia santa y terrible, una presencia que encuentra morada en el ámbito del hombre y, al mismo tiempo, une cielo y tierra.
Evangelio: Mateo 9,18-26 En aquel tiempo, 18 mientras Jesús les decía esto, llegó un personaje importante y se postró ante él diciendo: -Mi hija acaba de morir, pero si tú vienes y pones tu mano sobre ella, vivirá. 19 Jesús se levantó y, acompañado de sus discípulos, lo siguió. 20 Entonces, una mujer que tenía hemorragias desde hacía doce años se acercó por detrás y tocó la orla de su manto, 21 pues pensaba: "Con sólo tocar su vestido quedaré curada". 22 Jesús se volvió y, al verla, dijo: -Animo, hija, tu fe te ha salvado. Y la mujer quedó curada desde aquel momento. 23 Al llegar Jesús a casa del personaje y ver a los flautistas y a la gente alborotando, 24 dijo: -Marchaos, que la niña no ha muerto; está dormida. Pero ellos se burlaban de él. 25 Cuando echaron a la gente, entró, la tomó de la mano y la niña se levantó. 26 Y la noticia se divulgó por toda aquella comarca.
*#• La perícopa de Mateo sitúa el relato de la curación de la hemorroísa dentro del de la resurrección de la hija de Jairo, jefe de la sinagoga de Cafarnaún. Dos relatos que, según la intención del evangelista, han de ser leídos de una manera complementaria para que se comprenda el significado de los milagros realizados por Jesús. En efecto, la sección en que está situada la perícopa es la delimitada por los capítulos 8-9, en los que el evangelista presenta diez milagros realizados por el Señor. En el centro sobresale el relato de la hemorroísa, en el que se indica que la fe consiste en "tocar" al Señor de la vida. Tocar es una forma de conocer, la posibilidad dada al hombre de encontrar al Señor y de entrar en comunión con él a través de la humanidad de una presencia en la que habita la "plenitud" de la divinidad (Col 1,19). Frente a la dramática situación de "perder la vida" a que está sometido todo ser vivo, la única salvación de la que dispone es el Señor: "Con sólo tocar su vestido quedaré curada-salvada [...]. Animo, hija, tu fe te ha salvado" (w. 21ss). A esa mujer que ha tocado su túnica "por detrás", le habla Jesús "cara a cara" ("Jesús se volvió y, al verla, dijo: v. 22), y en su rostro y en su palabra revela la presencia poderosa y misericordiosa del Padre, Dios de vivos. La fe en él, por tanto, hace pasar de la muerte a la vida, como atestigua el relato de la hija de Jairo. En la niña que yace muerta se manifiesta la imagen de una vida joven, una vida que imaginamos proyectada naturalmente hacia un futuro de vida, y, sin embargo, ya inerte, marcada por la trágica inmovilidad de la muerte. La actitud de fe del padre de la joven, atestiguada por la petición de la presencia del Señor (v. 18), motiva la solicitud de que el Señor "toque" la vida de su fiel y la muerte deje de ser una experiencia hacia la nada, un camino sin retorno. La presencia de Dios Padre, que, en la persona de su Hijo unigénito, se inclina sobre la historia humana marcada por el límite, nos libera del miedo y de la angustia de la muerte y nos abre a la esperanza de la resurrección. Con una profunda sobriedad en los dos breves relatos, Mateo, al mismo tiempo que señala la proximidad de Dios a su pueblo, nos explica que, en el diálogo con el Señor Jesús, podemos experimentar ya la salvación, porque creemos en su Palabra antes de que el signo le confiera la evidencia. En consecuencia, el don de su presencia sólo puede ser recibido en la fe, porque no se puede otorgar ningún don a quien no lo acoge.
MEDITATIO "Por eso se me alegra el corazón, exultan mis entrañas, y todo mi ser descansa tranquilo; porque no me abandonarás en el abismo, ni dejarás a tu fiel sufrir la corrupción. Me enseñarás la senda de la vida, me llenarás de gozo en tu presencia, de felicidad eterna a tu derecha" (Sal 16,9-11). Las palabras del salmo expresan espléndidamente la certeza de la presencia de Dios, Señor de la vida, que no permite que su fiel sea conducido al lugar donde no se puede gustar la dulzura de su rostro. En efecto, en su Hijo Jesús, Dios ha venido a visitar a su pueblo (Le 1,68), a tomar de la mano (Mt 9,25) y a levantar a la humanidad que yace en la sombra de la muerte: "Yo soy la resurrección y la vida; quien cree en mí, aunque haya muerto, vivirá" (Jn 11,25). Con él nos ha otorgado el Padre, a nosotros, que estábamos muertos por nuestros pecados y por la incircuncisión de nuestra carne, el don de la vida, "perdonándoos todos vuestros pecados. Ha destruido el pliego de acusaciones que contenía cargos contra nosotros" (Col 2,13ss). Por Cristo "vemos" al Dios de la vida; en Cristo, presencia misericordiosa y poderosa del Padre, podemos vivir la vida nueva de aquel que murió y resucitó por nosotros, como está escrito: "Si hemos muerto con Cristo, confiemos en que también viviremos con él. Sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, no vuelve a morir, la muerte no tiene ya dominio sobre él" (Rom 6,8ss). El compromiso que Dios adquirió con Abrahán (Gn 15) ha encontrado en Cristo su pleno cumplimiento: en Cristo, todas las promesas de Dios se han convertido en un "amén" (2 Cor 1,20). Siguiendo al Hijo, cada hombre, hecho discípulo, será custodiado durante la peregrinación de su propia vida, caminará hacia la patria de su deseo y gustará para siempre su presencia. Cada uno le verá cara a cara: "Si alguien quiere servirme, que me siga, y donde yo esté estará también mi siervo" (Jn 12,26).
ORATIO Señor Dios, luz vivida y fecunda, nada en ti es oscuro, nada en ti es muerte. Tú das la vida a cada criatura y provees el pan para toda hambre, calmas toda sed ardiente, eres paz para quien busca tu rostro y lo contempla en la desnudez de su propia carne. Señor, Dios de la historia, sentido cabal de toda nuestra andadura, tú eres la alabanza de los creyentes, la invocación de los moribundos, la vida nueva de cada afán humano. No hay ninguna miseria ante ti, ninguna pobreza que resista el esplendor de tu Shekhinah, porque tú iluminas cada rostro con la luz de la mañana, cada llaga con la luz alegre de tu Hijo. Él, el siervo maldito por los impíos, es tu bendición para el hombre; su cruz es la casa de la puerta estrecha, templo de tu fulgor donde todo hombre encuentra a su Dios. Qué dulce es vivir en tu casa, oh Padre, tu siervo la prefiere. Tú eres bendición perenne: te bendigo porque has vuelto a nosotros y no nos ha dejado a merced del enemigo; cómo águila que vuela sobre sus polluelos y vela sobre su nidada, nos custodias con el calor de tu Espíritu. Amén. Maranathá.
CONTEMPLATIO El hombre deberá volver a empezar con una ilimitada humildad, deberá mirar de nuevo en su interior y sumergirse de nuevo en su origen. Y todo ello a través de la vida y la pasión de nuestro Señor Jesucristo: cuanto más fielmente le imite, tanto más se elevará, tanto más esencial, divina y verdadera será la imitación. Y todo a través de la mortificación y de la total aniquilación de sí mismo. Debemos actuar y pensar como aquella pobre mujer enferma que dijo: "Con sólo tocar la orla de su manto quedaré curada". La franja o la orla de su manto significa lo mínimo que haya podido emanar de su santa humanidad. En efecto, el manto significa su sagrada humanidad, mientras que la franja puede ser entendida como una gota de su santa sangre. Ahora debe reconocer el hombre que no puede tocar la mínima de estas cosas por su indignidad; porque, si en su debilidad pudiera hacerlo, curaría a buen seguro de todos sus males. Así, en primer lugar, el hombre tiene que establecerse en su nada. Incluso cuando llegara el hombre a la cima de toda perfección, aún le sería más necesario sumergirse en el fondo más íntimo, hasta llegar a las raíces de la humildad (Juan Tauler, / Sermoni, Milán 1997, pp. 527ss [edición española: Obras, Fundación Universitaria Española, Madrid 1984]).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Cristo ha hecho resplandecer la vida por medio del Evangelio" (cf. 2 Tim 1,10).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL El acontecimiento de la salvación, a través del cual accede el hombre a la relación salvífica con Dios, se lleva a cabo en la historia: Dios no plantea ni comunica un signo o una palabra al hombre, sino que convierte al hombre mismo, con toda su inseguridad, su debilidad y su carácter incompleto, en el lenguaje en el que expresa la Palabra de la plena salvación. Dios se sirve también de una existencia extendida en el tiempo como de un escrito en el que se expresa, para el hombre y para el mundo, el signo de una eternidad supratemporal. El Hombre Jesús, cuya existencia constituye este signo y esta palabra para el mundo, debe vivir por eso, al mismo tiempo, la trágica diástasis de la temporalidad y el dominio victorioso sobre ella (Agustín), a través de la obediencia consciente y querida a la voluntad del Padre Eterno, a fin de realizar, de una manera misteriosa, precisamente en el esencial carácter incompleto de lo fragmentario, aquella tarea esencialmente imposible de disgregar [...]. Ya está claro desde ahora que, si esto ha tenido lugar, la existencia histórica ha sido colocada, sin ser desprovista de valor ni reducida a pura apariencia, ni sin que tengamos que renegar de ella, en el movimiento de retorno a Dios [...]. Desde el momento en que el anuncio cristiano, desde el comienzo, se ha concentrado en este único punto y ha expuesto a partir de este centro todo lo demás, a saber: la encarnación, vida, doctrina y pasión de Jesús, la ascensión y la efusión del Espíritu, éste debe valer sin más como centro del kerygma. Es imposible desplegar aquí la iluminadora verdad de este realizar la síntesis en tomo a ese centro, así como su fecundidad; para nuestra argumentación es suficiente con establecer que el cristianismo, con su anuncio de la resurrección, puede avanzar la pretensión de ofrecer la única, completa y satisfactoria solución del problema antropológico (H. U. von Balthasar, // Tutto nel Frammento, Milán 1990, pp. 61 ss). |
Martes de la XIV Semana del Tiempo Ordinario
LECTIO
Primera lectura: Génesis 32,23-33
En aquel ti s hizo pasar el vado y llevó consigo todo lo que tenía.
25 Jacob se quedó solo. Un hombre luchó con él hasta despuntar la aurora.
26 Viendo el hombre que no le podía, le tocó en la articulación del muslo y se la descoyuntó durante la lucha.
27 Y el hombre le dijo: -Suéltame, que ya despunta la aurora. Jacob dijo: -No te soltaré hasta que no me bendigas.
28 Él le preguntó: -Cómo te llamas? Respondió: -Jacob.
29 El hombre dijo: -Pues ya no te llamarás Jacob, sino Israel, porque has luchado contra Dios y contra los hombres y has vencido.
30 Jacob, a su vez, le preguntó: -Dime tu nombre, por favor. Pero él respondió: -Por qué quieres saber mi nombre? Y allí mismo lo bendijo.
31 Jacob llamó a aquel lugar Penuel -es decir, Cara de Dios-, pues se dijo: "He visto a Dios cara a cara y he quedado con vida".
32 Salía el sol cuando pasó por Penuel e iba cojeando del muslo.
33 Por esta razón los israelitas, aun hoy, no comen el tendón de la articulación del muslo, porque Jacob fue herido en dicho tendón.
*• El celebérrimo fragmento de la lucha entre Jacob y Dios necesita ser contextualizado para que manifieste toda la fuerza de su significado. Jacob, tras el acuerdo con Labán (31,43-54), y encontrándose ahora cerca de la tierra de sus padres, envía mensajeros a su hermano Esaú "para encontrar gracia a sus ojos" (32,6). La respuesta es la noticia de la próxima llegada de Esaú con cuatrocientos hombres (v. 7): una situación que sumerge a Jacob en el temor y en la angustia de la espera. En este contexto de angustia, se abre Jacob a la oración: "Sálvame de la mano de mi hermano, Esaú" (cf. w. 10-13). La angustia que le produce el pensamiento de que el encuentro con su hermano pudiera tener un desenlace diferente al esperado, no queda eliminada por la palabra de la promesa; por otra parte, sin embargo, ésta no produce en Jacob un repliegue sobre sí mismo, sino que le abre a la esperanza -no se trata aún de una certeza- de una presencia cercana, que custodia a su fiel.
Con su resultado, la lucha nocturna asume el significado de anticipación de la victoria de Jacob sobre todas las fuerzas hostiles, incluso sobre su angustia; es la confirmación de que la esperanza es cierta, de que Dios no falta nunca a sus promesas; por consiguiente, no ha de ser el miedo, sino la confianza, la actitud de quien ha recibido la promesa divina. La interpretación del nombre "Israel", que a partir de este momento asumirá Jacob (v. 29: "porque has luchado contra Dios y contra los hombres y has vencido"), habla de un pasado victorioso contra las fuerzas hostiles: YHWH ha custodiado a Jacob de Esaú y de Labán. Jacob-Israel, del mismo modo que Abrahán, tiene consigo la bendición divina, por eso puede esperar con confianza incluso en los momentos de profunda angustia, cuando el miedo a perder lo que es don de Dios le atenaza el corazón y busca respuestas en estrategias inteligentes (32,14-22).
El combate nocturno supone para Jacob la entrada en el misterio de Dios: "He visto a Dios cara a cara y he quedado con vida" (v. 31). Es un misterio encontrado de una manera "dramática", por medio de una lucha en la que se pregunta, se ruega, se confía en las manos del antagonista nuestra propia persona (frente a su misterioso contendiente, Jacob se ve obligado a revelar su propio nombre, mientras que este último esconde su identidad: sólo su palabra le revela). Jacob debe medirse con un Dios presente y, al mismo tiempo, misterioso, oscuro. Sin embargo, con insistencia, con la fuerza y la tenacidad de la paciencia, a través de la serena acogida de la propia condición de criatura, "obliga" a Dios a bendecirle, a acoger su oración, a hacer apuntar para él, tras la noche de la angustia, un nuevo día de salvación para un "hombre nuevo": "Pues ya no te llamarás Jacob, sino Israel" (v. 29a).
Evangelio: Mateo 9,32-38
En aquel tiempo,
32 le presentaron un hombre mudo poseído por un demonio.
33 Jesús expulsó al demonio y el mudo recobró el habla. Y la gente decía maravillada: -Jamás se vio cosa igual en Israel.
34 Pero los fariseos decían: -Expulsa los demonios con el poder del príncipe de los demonios.
35 Jesús recorría todos los pueblos y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias.
36 Al ver a la gente, sintió compasión de ellos, porque estaban cansados y abatidos como ovejas sin pastor.
37 Entonces dijo a sus discípulos: -La mies es abundante, pero los obreros son pocos.
38 Rogad por tanto al dueño de la mies que envíe obreros a su mies.
*"• La perícopa que hemos leído hoy une el relato de la curación del hombre mudo endemoniado con un resumen de la actividad de predicación y curación de Jesús. La primera sección concluye la serie de diez prodigios realizados por Jesús y está inmediatamente precedida por la curación de dos ciegos; la segunda sección anticipa el tema de la misión de los Doce, que queda asociada así a la de Jesús. A los ciegos que, con una actitud de fe, se le dirigen con el grito: "Hijo de David, ten piedad de nosotros", Jesús les devuelve la vista; al mudo que le habían llevado a causa de la fama que le habían procurado los prodigios que había realizado, le devuelve la palabra. En estos relatos paralelos muestra Mateo que la fe es, al mismo tiempo, visión y palabra. Es capacidad de "entre-ver" la historia con los ojos del Hijo, es libertad en la palabra que comunica el sentido dado nuestra propia vida.
Todo lo que dice y hace el Señor nos abre a la luz de la vida y al don de contar lo que hemos visto y oído: su amor materno (cf. el verbo splanchnízó en el v. 36), que vuelve a levantar a cuantos están "echados en tierra", lacerados y divididos, sin rumbo, extraviados; la buena noticia de un señorío que se pone al servicio y se hace cargo de la historia humana (v. 35). Jesús pide a sus discípulos que tomen parte en esta historia de compasión, en la cual se revela el juicio misericordioso del Padre sobre el acontecer humano. La oración que les confía (v. 38), le evita al discípulo pensar su propia misión en términos exclusivos de eficacia en relación con la cantidad de la mies. Más bien es necesario entrar en comunión con Jesús en la oración, a fin de aprender a ser hijos capaces de continuar la misión del Hijo.
MEDITATIO
"Te damos gracias, oh Dios, te damos gracias; invocamos tu nombre, proclamamos tus maravillas" (Sal 75,2). El prodigio de la Palabra nos impulsa a penetrar en el misterio de la ternura de Dios, que se revela como fuerza-en-la-debilidad, capaz de revestir con su nueva luz al "pueblo que caminaba en tinieblas" (Is 9,1), de cambiar, junto con el nombre, el rumbo de la existencia del siervo, de cambiar el rostro de la vieja en el joven de la santidad {cf. El Pastor de Hermas).
Dios se hace presente en el momento del combate interior. Deja el trono de su gloria en los cielos, para sentarse en el trono de su benevolencia: el hombre vivo, gloria de Dios. En su Hijo Jesús, a cuya luz vemos la luz, nos revela el Padre su amor materno; en Cristo, Palabra que penetra como espada de doble filo, "que adiestra mis manos para la batalla, mis dedos para el combate" (Sal 144,1); en él ha sido engullida la muerte, vencido el miedo, cancelados los cálculos y las estrategias oportunistas del hombre; el pecado se ha convertido en ocasión para encontrar, en nosotros mismos, la impronta de la mano de Dios creador, porque "lo que en Dios parece locura es más sabio que los hombres, y lo que en Dios parece debilidad es más fuerte que los hombres" (1 Cor 1,25).
En efecto, Dios envió a su Hijo al mundo (Gal 4,4) para hacernos hijos y renovar su promesa, que encuentra su plenitud no ya en una tierra, sino en el tiempo de la salvación para todos los confines de la tierra. Por eso los ciegos ven, los mudos hablan, los cojos andan, los dubitativos y los medrosos son consolados: "Dios ha visitado y redimido a su pueblo" (Le 1,68).
ORATIO
Señor, qué es el hombres, para que te ocupes de él? Qué es un hijo de hombre, para que pienses en él? Tu amor es como los montes más elevados, tu ternura como un gran abismo.
Tú eres el Dios que lo sabe todo, conoces a cada hijo por su nombre. Has creado al hombre como un prodigio, lo has plasmado con tus manos, has infundido en él tu sabiduría y tu aliento de vida.
Tú eres el Dios bueno que no goza con la muerte del pecador: lo que quieres es que se convierta y viva. Por eso, Dios mío, te cantaré un canto nuevo, tocaré para ti el arpa de diez cuerdas, porque tu fidelidad dura para siempre y tu amor por todas las generaciones.
Que tu alabanza se extienda hasta los confines de la tierra, que tu belleza renueve la faz de toda la tierra, porque sólo en ti, oh Señor, se encuentran el poder y la fuerza, sólo en ti la belleza y el esplendor; tú eres el Dios que lo sabe todo, y tus obras son rectas.
Bendito seas, oh Padre, roca mía, en tu Hijo Jesús, mi hermano y Señor: tú das plenitud al tiempo de mi existencia, das nuevo vigor a mi lengua seca, vuelves a abrir mis ojos, refuerzas mis rodillas debilitadas, porque he combatido contigo, Señor, y has prevalecido; me has seducido y yo me he dejado seducir.
Tú eres mi bendición: bendíceme, Señor, mi Dios y mi todo. Te amo, Señor, fuerza mía.
CONTEMPLATIO
Mientras el Señor se aleja de allí, de inmediato le siguen dos ciegos. Ahora bien, cómo pudieron saber unos ciegos la salida y el nombre del Señor? Más aún, le llaman hijo de David y le piden que les salve. En los ciegos se vuelve clara la economía de toda la prefiguración anterior. En efecto, la hija del jefe aparece relacionada con ellos, que son los fariseos y los discípulos de Juan, reunidos ya anteriormente para poner a prueba al Señor. Dado que no conocían a aquel a quien pedían la salvación, la Ley les ha indicado y mostrado a su Salvador en el cuerpo procedente de David. Y dado que estaban ciegos por un pecado antiguo, que les impedía ver a Cristo si no hubiera sido atraída su atención, infundió en ellos la luz del Espíritu.
El Señor les muestra que no hay que esperar la fe de la salvación, sino la salvación de la fe. En efecto, los ciegos vieron porque habían creído, no creyeron porque habían visto. De esto debemos comprender que es preciso merecer con la fe lo que pedimos, y no hacer depender nuestra fe de lo que obtengamos. Él les prometió que verían si creían y, dado que habían creído, les ordenó que callaran, puesto que era a los apóstoles a quienes les correspondía predicar (Hilario de Poitiers, Commentario a Matteo, Roma 1988, pp. 113ss).
ACTIO
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "El Espíritu del Señor está sobre mí: me ha enviado a llevar la alegre noticia a los pobres" (Is 61,1).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL
El hombre curado por la salvación de Dios, íntegro, y en este sentido simplemente santo, permanece en una situación de incertidumbre sorprendente, incomprensible para sí mismo, y, precisamente por eso, capaz de darle, de una manera misteriosa -por así decirlo-, alas. Aunque, evidentemente, está convencido de la imposibilidad de alcanzar la perfección en esta tierra, esa imposibilidad no se transforma, sin embargo, en él en una cárcel opresora, ni tampoco el pensamiento de tener que alcanzar su propia perfección se le convierte en una idea obsesiva. Puesto que sabe, en efecto, que su morada tiene que ser construida !unto a Dios en la gracia, habita confiado en su cabaña destinada a la destrucción y prosigue caminando libre a través del tiempo. Al consentir padecer misteriosas privaciones en vistas a un más allá inaccesible, da también su consentimiento a las misteriosas misiones que le han sido confiadas de lo alto; precisamente cuando pensaba que no podría disponer ya de fuerza alguna, aumentan las fuerzas en él, las alas le sostienen y lo que le ha sido confiado para que lo administre es incluso más de lo que él mismo podía imaginarse. De ahí que pueda repartirlo, aunque sea sólo como algo que pertenece a otros, llegado de una manera incomprensible a sus manos (H. U. von Balthasar, // Tutto nel Frammento, Milán 1990, p. 94).
|
Miércoles de la XIV Semana del Tiempo Ordinario Santos Agustín Zhao Rong, presbítero, y compañeros, mártires
LECTIO Primera lectura: Génesis 41,55-57; 42,5-7.17-24a En aquel tiempo, 41,55 cuando el hambre se hizo sentir en Egipto, el pueblo pedía pan al faraón. Entonces el faraón dijo a todos los egipcios: -Acudid a José y haced lo que él os diga. 56 José, viendo que el hambre se había extendido por todo el país, abrió los graneros y vendía el grano a los egipcios. El hambre se fue agravando cada vez más en Egipto. 57 De todos los países venían a comprar trigo a José, porque el hambre era enorme por toda la tierra. 42,5 Fueron, pues, los hijos de Israel, como hacían otros, a comprar trigo, porque había hambre en la tierra de Canaán. 6 José era quien gobernaba el país y el que vendía el trigo a todo el mundo. Cuando llegaron los hermanos de José, se postraron ante él rostro en tierra. 7 En cuanto José vio a sus hermanos, los reconoció, pero fingió no conocerlos y los trató duramente. Les preguntó: -De dónde venís? Ellos respondieron: -Venimos de la tierra de Canaán, para comprar grano. 8 Y los metió a todos en la cárcel por espacio de tres días. 18 Al tercer día les dijo: -Yo soy un hombre que teme a Dios; haced esto para salvar la vida: 19 Si sois gente de fiar, uno de vosotros quedará aquí preso y los demás irán a llevar el trigo para remediar el hambre de vuestras familias. 20 Pero tenéis que traerme a vuestro hermano menor: así se demostrará la sinceridad de vuestras intenciones y no moriréis. Ellos aceptaron, 21 y se decían unos a otros: -Estamos pagando lo que hicimos con nuestro hermano, pues vimos la angustia con la que nos pedía clemencia y no le escuchamos. Por eso nos ha venido esta desgracia. 22 Entonces intervino Rubén: -No os dije yo que no hicierais ningún mal al muchacho? Pero no me escuchasteis, y ahora se nos pide cuenta de su muerte. 23 Ellos no sabían que José entendía lo que estaban diciendo, pues hablaba con ellos por medio de un intérprete. 24 Entonces se retiró y se puso a llorar.
**• Esta perícopa se inserta en el último ciclo de los relatos patriarcales del Génesis (capítulos 37-50), en el que predomina la figura de José. Se trata de una extensa sección del libro, que presenta características diferentes respecto a los ciclos de relatos que la preceden: ésta presenta temas y motivos que le conectan con la magna tradición sapiencial de Israel. La figura de José está esbozada siguiendo los cánones clásicos del sabio: es un hábil consejero político; está dotado de una inteligencia que le permite escrutar en la trama de la historia el "consejo", el proyecto de Dios; teme al Señor {cf. 42,18) y lleva una vida honesta, marcada por una profunda sensibilidad ética que acompaña a su actitud confiada respecto a Dios {cf. 39,7-20). En esta sección se perfila una reflexión sobre la presencia de Dios en el acontecer de la humanidad, una presencia que no recurre a las grandes acciones poderosas o a las teofanías. Dios se revela en el interior del acontecer humano, en las opciones que realizan los hombres y las mujeres, en la maraña, con frecuencia inextricable e incomprensible, de la historia de cada persona. José es imagen de todo hombre que, por la fe, sabe que Dios no abandona a su fiel. Éste es el contexto general que ilumina la perícopa del primer encuentro entre José y sus hermanos después de que éstos le vendieran a los ismaelitas. José, en la plenitud de su éxito personal (41,57: "De todos los países venían a comprar trigo a José, porque el hambre era enorme por toda la tierra"), no se sirve de su poder para llevar a cabo algún tipo de venganza contra sus hermanos. Su acción, que se desarrolla entre dos polos -"fingió no conocerlos" (42,7) y "yo soy un hombre que teme a Dios" (42,18)-, tiende a provocar en los hermanos la pregunta por lo que habían hecho (42,22), para que se den cuenta de que la vida no puede ser vivida recurriendo a determinados tipos de violencia o, lo que es peor, asumiendo la violencia como criterio en vista a la obtención de un "beneficio" {cf. 37,26: "Qué sacamos con matar a nuestro hermano y ocultar su muerte?"). De este modo, queda descrito el itinerario que es preciso realizar para reapropiarse de lo que es necesario para la vida, el "pan" al que remite la ambientación de la perícopa. Por eso se ha convertido José en figura de Cristo y en imagen del creyente en la tradición litúrgica. Es figura de aquel que, anunciando la misericordia del Padre, muestra que el beneficio de la propia vida consiste en hacer la voluntad del Padre; es imagen del creyente que, en Cristo, verdad del hombre, busca y realiza la fraternidad.
Evangelio: Mateo 10,1-7 En aquel tiempo, 1 Jesús llamó a sus doce discípulos y les dio poder para expulsar espíritus inmundos y para curar toda clase de enfermedades y dolencias. 2 Los nombres de los doce apóstoles eran: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; luego Santiago el hijo de Zebedeo y su hermano Juan; 3 Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, el hijo de Alfeo, y Tadeo; 4 Simón el cananeo, y Judas Iscariote, el que lo entregó. 5 A estos doce los envió Jesús con las siguientes instrucciones: -No vayáis a regiones de paganos ni entréis en los pueblos de Samaría. 6 Id más bien a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. 7 Id anunciando que está llegando el Reino de los Cielos.
**• La perícopa traslada la atención del ministerio de Jesús al de sus discípulos. La transición se lleva a cabo en los w. 35-38 del capítulo 9, que cierran la magna sección de los capítulos 8-9 e introducen el capítulo 10, donde se presentan los aspectos y las modalidades esenciales de la misión de los discípulos-apóstoles. La misión de Jesús está sintetizada en tres verbos: instruir, predicar y curar (9,35); la de los discípulos está definida por su estatuto: haber sido llamados (10,1) y enviados (10,5). Han sido llamados como discípulos y son enviados como apóstoles para continuar el anuncio y la obra del Maestro. Su misión es, por consiguiente, participación en la de aquel que es el único Maestro y Señor; su misma "autoridad" es participada. La vocación, por tanto, precede a la misión, la hace posible. Los Doce -los únicos que han sido enviados- representan simbólicamente, en la solemne presentación de sus nombres, conectada por Mateo con las instrucciones respecto a la misión, el tiempo nuevo y la nueva obra de Dios en la historia de los hombres. Una acción nueva que, sin embargo, no olvida el pasado. En efecto, a los discípulos se les pide que se dirijan a "las ovejas perdidas del pueblo de Israel" (v. 6). De este modo, la misión de los discípulos se caracteriza y se modela a partir del ministerio de Jesús (cf. 15,24). Este particularismo "temporal" de la misión de los Doce (cf, en efecto, 28,18-20) hace resaltar la continuidad de la obra de Jesús y de sus discípulos con la promesa hecha por Dios a los padres y muestra, al mismo tiempo, que la comunidad de los discípulos es el nuevo Israel.
MEDITATIO "En este día te doy autoridad sobre naciones y reinos, para arrancar y arrasar, para destruir y derribar, para edificar y plantar" (Jr 1,10). El discípulo experimenta a diario una llamada que le impulsa en los meandros de la historia humana, enriquecido con aquella sabiduría que no es motivo de orgullo, porque está escrito: "Que el sabio no alardee de su sabiduría, que el soldado no alardee de su fuerza, que el rico no alardee de su riqueza; el que (!uiera alardear que alardee de esto: de conocerme y comprender que yo soy el Señor, el que implanta en la tierra la fidelidad, el derecho y la justicia; y me complazco en ellas" (Jr 9,22ss). Ha sido enviado, en efecto, a anunciar la necedad de la cruz, la Buena Nueva de la misericordia y el perdón, que él mismo ha experimentado, y en la que se manifiesta que el sentido de todo radica en hacer la voluntad del Padre, a imagen de Cristo, primogénito de toda criatura: "Cristo no me ha enviado a bautizar, sino a evangelizar, y esto sin hacer ostentación de elocuencia, para que no se desvirtúe la cruz de Cristo" (1 Cor 1,17).
ORATIO Dios nuestro, cuánta hambre hay en el fondo de mi humanidad, cuánta sed ardiente en el fondo de mis deseos, cuánto deseo de amor en el fondo de mi corazón... Quisiera el bien por el que suspiro, quisiera la respiración y el calor de tu presencia, que caldea toda fría cavidad, toda absurda pretensión de mi corazón destrozado. Mi amor, mi bien, tú me sacias con pan de lágrimas, me haces beber lágrimas en abundancia. Tú, oh Dios mío, me darás el pan de tu cielo. Tú, oh Dios mío, me das a tu Hijo en Ja cruz. Tú, oh Dios mío, me sacias de mi debilidad, para que, también en la hora del abandono, pueda recuperar la fuerza de la memoria y gritar con toda la verdad de mis fibras: Abbá, Padre.
CONTEMPLATIO Jesús exhortó a los discípulos a que se mantuvieran alejados de los caminos de los paganos no porque no fueran enviados también a ofrecer la salvación a los paganos, sino para que se abstuvieran de las obras y del modo de vivir de la ignorancia pagana. Tienen prohibido entrar en las ciudades de los samaritanos. Ahora bien, acaso no curó el mismo Cristo a una samaritana? En realidad, les exhortó a que no entraran en las iglesias de los herejes. En efecto, la perversión no difiere en nada de la ignorancia. Por consiguiente, fueron enviados a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Sin embargo, ésta se encarnizó contra él con una lengua viperina y fauces de lobo. Con todo, dado que la Ley hubiera debido obtener el privilegio del Evangelio, Israel hubiera sido tanto menos excusable por su primer crimen, por el hecho de que había experimentado una solicitud mayor en la exhortación [...]. Los apóstoles deben predicar que el Reino de los Cielos está cerca, es decir, que ahora recibimos la imagen y la semejanza de Dios por medio de una comunión en la verdad, que permite a todos los santos, designados con el nombre de "cielos", reinar con el Señor. Deben curar a los enfermos, resucitar a los muertos, sanar a los leprosos, expulsar a los demonios. Todos los males ocasionados al cuerpo de Adán por instigación de Satanás debían sanarlos ellos por medio de su participación en el poder del Señor (Hilario de Poitiers, Commentario a Matteo, Roma 1988, pp. Llóss).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Dios conducirá a Israel con alegría al resplandor de su gloria" (Bar 5,9).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL José no odió nunca a sus hermanos; nunca le cegaron los celos. Por eso pudo reconocerlos: "Vio a sus hermanos y los reconoció" (Gn 42,7). Pero ellos están pegados todavía a las tinieblas de su odio fratricida y no pueden reconocerle. Para ellos, José está muerto, ya no existe. Ni siquiera se plantean la pregunta de si existe o no su hermano. Sólo un duro y sincero camino de purificación y de conversión les permitirá abrir los ojos y reconocerle. José los somete entonces a prueba, acusándoles de espías. Ellos se defienden declarando: "Nosotros, tus siervos, éramos doce hermanos, todos hijos de un mismo padre, en la tierra de Canaán. El más joven se ha quedado con nuestro padre y el otro desapareció" (42,13). Entonces comienza su cambio: reconocen que forman una sola familia, se sienten todos hermanos, incluyen también entre los hermanos al que desapareció. Es preciso "ponerlos a prueba" (42,15) para verificar si se ha producido verdaderamente un cambio en ellos [...]. Tienen que volver a su padre, pero uno de ellos se quedará encarcelado en Egipto: "La situación es perfectamente análoga a la del pasado: deben volver una vez más a la presencia de su padre sin uno de ellos, pero lo que antes habían contemplado sin piedad en José, cuando éste era adolescente -el desgarro del corazón-, lo sienten ahora como algo enormemente insoportable para ellos mismos" (G. von Rad). Los hermanos, que buscaban víveres (42,7), son conducidos por José a un descubrimiento aún mayor: la fraternidad y la responsabilidad frente a Dios (A. Bonora, La storía di Giuseppe, Brescia 31995, pp. 43-45, passim).
|
|
Jueves de la XIV Semana del Tiempo Ordinario
LECTIO Primera lectura: Génesis 44,18-21.23-29; 45,1-5 En aquellos días, 44,18 Judá se acercó a José y le dijo: -Por favor, señor, permite a tu siervo hablar en tu presencia sin que te enfades conmigo, porque tú eres como el faraón. 19 Mi señor preguntó a sus siervos: Tenéis todavía padre, o algún hermano? 20 Nosotros respondimos a mi señor: Tenemos un padre ya anciano y un hijo que le nació en su vejez; un hermano de éste murió. Es éste el único que le queda de su madre, y su padre lo quiere mucho. 21 Entonces tú dijiste a tus siervos: Traédmelo para que lo vea. 23 Tú insististe: Si vuestro hermano menor no baja con vosotros, no volveréis a ser admitidos en mi presencia. 24 Entonces nosotros regresamos donde vive tu siervo, nuestro padre, y le referimos las palabras de mi señor. 25 Y cuando nuestro padre nos dijo: Volved para comprarnos alimentos, 26 le dijimos: No podemos bajar si no viene con nosotros nuestro hermano menor, porque no seremos recibidos por aquel hombre si nuestro hermano menor no viene con nosotros. 27 Entonces tu siervo, nuestro padre, nos dijo: Vosotros sabéis que mi mujer no me ha dado más que dos hijos. 28 Uno desapareció de mi lado y seguramente fue devorado, pues no lo he vuelto a ver más; 29 si os lleváis también a éste de mi lado y le sucede alguna desgracia, daréis con mis canas en el sepulcro. 45,1 No pudiendo contenerse ya José delante de los que le rodeaban, ordenó: -Salid todos de mi presencia. Y no quedó nadie con él cuando se dio a conocer a sus hermanos. 2 Entonces rompió a llorar a voz en grito, de modo que lo oyeron los egipcios y la noticia llegó hasta la casa del faraón. 3 José dijo a sus hermanos: -Yo soy José, vive todavía mi padre? Sus hermanos no pudieron responderle, pues estaban asustados ante él. 4 Entonces él les dijo: -Acercaos a mí. Ellos se acercaron, y él les repitió: -Yo soy José, vuestro hermano, el que vendisteis y que llegó a Egipto. 5 Pero no estéis angustiados, ni os pese el haberme vendido aquí, pues Dios me envió delante de vosotros para salvar vuestras vidas.
**• La primera parte de la perícopa (44,18-21.23-29) presenta a Judá, ignaro de que se encuentra frente a su hermano José, vendido a los ismaelitas, que intenta persuadirle de que le tome a él en vez de a Benjamín, dada la promesa que le había hecho a su padre, Jacob: "Deja al muchacho bajo mi custodia, y pongámonos en camino; es la única manera de sobrevivir y de que no perezcamos ni nosotros, ni tú, ni nuestros hijos. Yo me hago responsable de él; a mí me pedirás cuentas" (43,8ss). La segunda parte (45,1-5) narra cómo reveló José su propia identidad a sus hermanos, después de haberlos humillado y tratado con dureza para someterlos a prueba (42,15). Las palabras de Judá sellan un itinerario auténtico de cambio, de conversión: tanto él como sus hermanos -que, en un tiempo, no sintieron escrúpulos en vender a José, en buscar algún tipo de ganancia con su desaparición-, ahora, delante de José, no están dispuestos por ningún motivo a dejar lejos de su padre al pequeño Benjamín. El alegato de Judá muestra que el pasado no debe determinar ya ni el presente ni el futuro. La respuesta de José es la revelación de su identidad, junto a una comprensión de la historia que recurre a la providencia divina: "No estéis angustiados, ni os pese el haberme vendido aquí, pues Dios me envió delante de vosotros para salvar vuestras vidas" (45,5). En la trama de los acontecimientos interviene una mano poderosa que dirige los senderos de la vida: lo que había sido objetivamente un hecho cruel es releído e interpretado ahora en el horizonte más amplio de la historia de la salvación. Dios engendra salvación incluso del mal; hasta en las contradicciones, en las amarguras de la historia humana interviene Dios para traer luz. La reconciliación de José con sus hermanos, su acto de perdón, descansan en la relación que tiene con Dios. "Yo soy un hombre que teme a Dios" (42,18): estas palabras proporcionan el horizonte en el que sitúa José el encuentro con sus propios hermanos. El temor del Señor abre el corazón del creyente a la reconciliación y a la fraternidad que se restablecen en el diálogo vivido en la paz.
Evangelio: Mateo 10,7-15 En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 7 Id anunciando que está llegando el Reino de los Cielos. 8 Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, limpiad a los leprosos, expulsad a los demonios; gratis lo recibisteis, dadlo gratis. 9 No llevéis oro, ni plata ni dinero en el bolsillo; 10 ni zurrón para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni cayado, porque el obrero tiene derecho a su sustento. 11 Cuando lleguéis a un pueblo o aldea, averiguad quién hay en ella digno de recibiros y quedaos en su casa hasta que marchéis. 12 Al entrar en la casa, saludad, 13 y si lo merecen, la paz de vuestro saludo se quedará con ellos; si no, volverá a vosotros. 14 Si no os reciben ni escuchan vuestro mensaje, salid de esa casa o de ese pueblo y sacudíos el polvo de los pies. 15 Os aseguro que el día del juicio será más llevadero para Sodoma y Gomorra que para ese pueblo.
*+• Este fragmento de Mateo es una instrucción sobre las tareas y la práctica misioneras. Está precedido por la vocación y la presentación de los Doce y por su misión (respectivamente en los w. 1-4 y 5ss: cf. la perícopa de ayer). Los que son llamados son también enviados. Existe un vínculo necesario entre vocación y misión. Los discípulos han sido llamados para estar con el Señor (cf. Me 3,12) y ser enviados por los caminos de los hombres a hacer resonar la Buena Noticia que el Señor ha venido a proclamar: "Se ha cumplido el plazo y está llegando el Reino de Dios. Convertios y creed en el Evangelio" (Me 1,15). Son enviados a dar testimonio y a poner voz a la Palabra de misericordia y de salvación (v. 7) -presentada en los capítulos 5-7 y 8-9-, a contar la novedad de Jesucristo, que cuida del débil, libera de la muerte y de la mentira, restituyendo al hombre a sí mismo. En esto continúa el discípulo la obra del Maestro. Y el discípulo, al ponerse al servicio del Evangelio, como el Maestro, otorga el primado al don: "gratis lo recibisteis, dadlo gratis" (v. 8b). La gratuidad y la pobreza en la misión constituyen el testimonio de que el discípulo cuenta con una sola seguridad y tiene un único objetivo, su Señor y su palabra: "No andéis preocupados pensando qué vais a comer o a beber para sustentaros, o con qué vestido vais a cubrir vuestro cuerpo" (Mt 6,25). De este modo, la misión se convierte en ocasión para crear una circulación de gracia y de vida entre el que anuncia y atestigua y el que acoge. Una circulación que hace visible la conciencia de la filiación divina de cada creyente, abre a la fraternidad y da cumplimiento a la promesa de la paz (shalóm) mesiánica en la comunidad. Al ser enviado, el discípulo "aprende" ("discípulo" viene del verbo latino discere, "aprender") la alegría y la fatiga de participar en la realización de la promesa, de convertirse en instrumento eficaz, aun en medio de la debilidad, de la misión del Hijo de Dios entre los hombres.
MEDITATIO "Señor, tú nos concederás la paz, pues todo lo que hacemos eres tú quien lo realiza" (Is 26,12). La paz del discípulo es el resultado de su adhesión y fidelidad al contenido del anuncio de Jesús: "Se ha cumplido el plazo y está llegando el Reino de Dios. Convertios y creed en el Evangelio" (Me 1,15). El discípulo, en su caminar, vive la certeza de haber recibido y tener que custodiar un don precioso -el Reino de Dios, Jesucristo mismo por el que vale la pena dejarlo todo -padres, trabajo, el propio pasado y el propio presente- enseguida, de inmediato, venciendo la tentación de mirar atrás, confiando más bien su propio futuro a una Palabra que exige obediencia: "Seguidme, os haré pescadores de hombres" (Mc 1,17). La palabra del seguimiento, acogida en un clima de obediencia, nos introduce en la diakonía de Cristo con el mundo y el hombre y se caracteriza por la configuración con el Hijo, que le hace perder al enviado cualquier tipo de temerosa sujeción, permitiéndole desarrollarse en la libre dignidad de una relación filial regalada (Gal 4,7). La naturaleza cristiforme de la misión desarrollada por el discípulo interpreta y despliega al mismo tiempo el ejemplo de Cristo, sin pretender asignar al servicio de la Palabra ninguna connotación voluntarista, propia de quien pretende celebrar en el obrar virtuoso y comprometido la superioridad de su propio estatuto moral. El discípulo sabe, en efecto, que la Palabra del Reino ha sido confiada a los pequeños y, en la medida en que él sea capaz de volverse como un niño, tendrá en sus labios la Palabra de vida, para anunciarla desde los tejados y llevar la salvación al mundo, hasta el último rincón de la tierra (cf. Is 49,6). El discípulo, enviado a anunciar con hechos y con verdad la Palabra de salvación, a contar que Dios dirige en Cristo su mirada providente sobre la historia humana, no desea "plata, oro o vestidos" (Hch 20,33), no desea "ganancias ilícitas" (1 Tim 3,8; Tit 1,7), porque ha aprendido que "allí donde está su tesoro está también su corazón" (Mt 6,21). La adhesión al Señor, la participación en su misión, es lo que llena el corazón del discípulo, porque él es "el camino, la verdad y la vida" (Jn 14,6).
ORATIO En la tierra de mi exilio te alabo, oh Señor, y manifiesto la fuerza y la grandeza de tu paternidad a todo el pueblo de tu creación. En la oscuridad de mi nada, oh Señor, te alabo porque, incluso en medio de la oscuridad de la tristeza, contemplo en mi carne la impronta de tu dedo poderoso. En la noche de mi errar te grito mi súplica y mi agradecimiento porque, en medio de la incertidumbre de mi creer, veo la Luz de la Esperanza, al Anhelado y al Esperado, a Cristo, tu luz gozosa que inunda de santo fuego los pasos de mi errar y me permite reposar en el Misterio.
CONTEMPLATIO Desnudez y pobreza es destierro de los cuidados, seguridad de la vida, caminante libre y desembarazado, muerte de la tristeza y guarda de los mandamientos. El monje desnudo es señor de todo el mundo, porque todos esos cuidados puso en Dios: y mediante la fe posee todas las cosas. No tiene necessidad de revelar a los hombres sus necesidades. Todas las cosas que se le ofrecen toma como de la mano del Señor. Este obrero desnudo se hace enemigo de toda affición demasiada; y assi mira las cosas que tiene como si no las tuviesse; y si se pasare a la vida solitaria, todas las cosas tendrá por estiércol. Mas el que se entristece por alguna cosa transitoria, no sabe aún quál sea la verdadera desnudez. El varón desnudo hace puríssima oración: mas el iobdicioso padece muchas imágenes en ella. Los que perseveran humildemente en la sanctíssima subjectión, muy apartados están de cobdicia: porque qué cosa pueden tener propia los que su propio cuerpo offrescieron por amor de Dios al imperio del otro? Verdad es que un solo daño padescen éstos, que es estar muy promptos y aparejados para la mudanza de los lugares, que no siempre es provechosa. Vi yo algunos monjes que por la occasión que tuvieron de trabajos en algún lugar alcanzaron la virtud de la paciencia: mas yo tengo por mas bienaventurados a aquellos que por amor de Dios procuraron diligentemente alcanzar esta virtud. El que ha gustado de los bienes del cielo fácilmente desprecia los de la tierra: mas el que aún no los ha gustado alégrase con las cosas de acá. El que procura alcanzar esta desnudez, y no con el fin que debe, en dos cosas recibe agravio, pues caresce de los bienes présentes y de los futuros (Juan Clímaco, La escala espiritual. Con anotaciones de fray Luis de Granada, XXVI, versión electrónica).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Está llegando el Reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio" (Me 1,15).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL El Señor ha muerto y ha resucitado: éste es el último acontecimiento. Esta es la última hora. Frente a todos los tiempos y todos los momentos [...]. Puesto que Cristo es el último acontecimiento, el modo como el cristiano mira la historia, mira los tiempos y se plantea los interrogantes no es el de quien espera una novedad que no conoce, sino el de quien sabe que, en todo caso, la novedad no superará este acontecimiento. Será una novedad auténtica si tiene el perfil de este acontecimiento: así, mientras camina en el tiempo, el cristiano permanece vuelto hacia este acontecimiento que es el último, que es el único y que está puesto en un sentido verdadero entre los tiempos. De ahí, pues, el paradójico modo cristiano de leer la historia [...]. El cristiano sabe que todo reposa en este acontecimiento, conocido ya en sus líneas esenciales. Es el modo paradójicamente sereno con que el cristiano mira los tiempos y vive entre los tiempos frente a los interrogantes y a los desarrollos de los tiempos. En nombre de esta conciencia, es importante no buscar certezas sobre el futuro, no pretender disponer del futuro. Esto no es cristiano no porque sea inmediatamente diabólico, sino porque no responde al sentido de la fe en la "ultimidad" de Jesucristo. No tenemos necesidad de ninguna otra cosa para vivir en un clima de confianza, de esperanza, entre los tiempos y en sus momentos cruciales. De aquí procede asimismo el paradójico modo cristiano de ser creativos, de realizar sus acciones en el mundo, en las situaciones de los tiempos, entendiendo el mundo no precisamente como el cosmos, sino como una realidad humana, cultural. Es el modo paradójico de quien no se pone nunca en relación con el presente, con la situación, con los tiempos, con las culturas, con los mundos, sin referirse al mismo tiempo a un acontecimiento que ya ha "tenido lugar" (G. Moioli, // discepolo, Milán 2000, pp. 61-63).
|
|
San Benito, abad
LECTIO Primera lectura: Génesis 46,1-7.28-30 En aquellos días, 1 partió Israel con todo lo que tenía y, al llegar a Berseba, ofreció sacrificios al Dios de su padre Isaac. 2 Y Dios habló a Israel en una visión por la noche: -!Jacob! !Jacob! Él respondió: -Aquí estoy. 3 Y Dios continuó: -Yo soy Dios, el Dios de tu padre. No temas bajar a Egipto, porque allí haré de ti un gran pueblo. 4 Yo bajaré contigo a Egipto y yo te haré subir de allí. José te cerrará los ojos. 5 Al partir de Berseba, los hijos de Israel hicieron subir a su padre Jacob, a sus niños y a sus mujeres en los carros enviados por el faraón para transportarlos. 6 Llevaron también con ellos sus ganados y todo lo que habían adquirido en la tierra de Canaán, y Jacob y todos sus descendientes con él se vinieron a Egipto. 7 Llevó consigo a Egipto a todos sus hijos y nietos, sus hijas y sus nietas: todos sus descendientes. 28 Israel envió por delante a Judá, para que anunciara a José su llegada y preparara un lugar en Gosen. Cuando llegaron a la región de Gosen, 29 José hizo enganchar su carro y se dirigió a Gosen al encuentro de su padre. Cuando se encontraron, se echó a su cuello y estuvo llorando un largo rato abrazado a él. 30 Israel dijo a José: -Ahora ya puedo morir, porque te he visto y estás vivo.
**• Los elementos que caracterizan este fragmento (llegada de Jacob a Berseba, ofrenda del sacrificio, oráculo divino, salida de Berseba) recuperan las historias patriarcales y lo asocian a ellas. El itinerario de Jacob, conectado con el de Abrahán, se convierte en otra etapa decisiva de la historia de salvación de Israel. Si Abrahán salió de Ur para llegar a la tierra de Canaán, ahora es Jacob quien sale de la tierra de Canaán y se dirige a Egipto, acompañado, como Abrahán, por la promesa: "allí haré de ti un gran pueblo" (v. 3). Se trata de un camino que espera su consumación en el retorno a la tierra de Canaán. El libro del Éxodo abrirá esta nueva etapa. La importancia de esta última está subrayada por el hecho de que Jacob, a diferencia de lo que ocurría en el capítulo 28, "conoce" a su interlocutor (v. 3: "Yo soy Dios, el Dios de tu padre"), recibe una revelación que enmarca su acontecer en la historia que Dios ha preparado para su pueblo (cf. la revelación a Moisés). Una historia que él custodia y dirige: "No temas [...]. Yo bajaré contigo a Egipto y yo te haré subir de allí" (w. 3ss). La esperanza, en su continua presencia incluso en tierra extranjera, es lo que da sentido a un itinerario que, de otro modo, sería incomprensible, puesto que aleja a Jacob para siempre de la tierra de la promesa, ya que para él ya no habrá retorno (v. 4: "José te cerrará los ojos"). En Jacob está descrita la parábola de todo creyente que, siguiendo la Palabra que Dios le ha dirigido, se deja conducir allí donde Dios quiera llevarle, al encuentro con un hijo, siempre deseado, que se encontrará solo en el abandono a la voluntad divina: "Israel dijo a José: Ahora ya puedo morir, porque te he visto y estás vivo" (v. 30).
Evangelio: Mateo 10,16-23 En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 16 Yo os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, astutos como serpientes y sencillos como palomas. 17 Tened cuidado, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán en sus sinagogas. 18 Seréis llevados por mi causa ante los gobernadores y reyes, para que deis testimonio ante ellos y ante los paganos. 19 Cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo hablaréis, ni de qué diréis. Dios mismo os sugerirá en ese momento lo que tenéis que decir, 20 pues no seréis vosotros los que habléis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará a través de vosotros. 21 El hermano entregará a su hermano a la muerte y el padre a su hijo. Se levantarán hijos contra padres y los matarán. 22 Todos os odiarán por causa mía, pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará. 23 Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra; os aseguro que no recorreréis todas las ciudades de Israel antes de que venga el Hijo del hombre.
**• Este fragmento, con la recuperación del verbo de la misión (apostéllein) en el v. 16, prolonga el discurso dirigido a los discípulos enviados, anunciando la hostilidad y la persecución a los enviados como algo inevitable y necesario para la misión. Mateo había señalado ya en otros textos la situación de persecución en la que tendrían que vivir los enviados (cf. Mt 5,1 lss). Y de una manera coherente subraya constantemente que la respuesta del discípulo a la prueba es la fidelidad y la perseverancia. Una respuesta que encuentra su razón y su posibilidad en las palabras dichas por el Maestro: ellas son la única referencia autorizada y la única clave de lectura para seguir siendo fieles en el tiempo de la prueba. Esas palabras recuerdan al discípulo la "sabia simplicidad " que debe caracterizarle en el tiempo de la perseverancia. Discreción y simplicidad, coherencia y realismo perspicaz configuran el estilo del discípulo enviado al mundo, siguiendo el ejemplo del Maestro. En este contexto se explica la invitación a la huida de las ciudades que no reciban a los enviados (v. 23); la persecución que obliga a los discípulos evangelizadores a dejar una ciudad bajo el apremio de la persecución se vuelve ocasión para proseguir la misión evangelizadora en la espera de la venida definitiva del Hijo del hombre, el único a quien corresponde el juicio final: "Os aseguro que no recorreréis todas las ciudades de Israel antes de que venga el Hijo del hombre" (v. 23). De este modo, queda motivada la perseverancia de los discípulos y subrayada la urgencia de su obra misionera. Así, de modo paradójico, la conflictividad violenta y la persecución, manifiestan el estatuto del discípulo que, en su acontecer, comparte el destino histórico de su Señor. La cruz marca la historia del discípulo, la condición del Crucificado marca la vida de los evangelizados Ahora bien, para la actividad evangelizadora tenemos también la promesa del Espíritu del Padre (v. 20), de suerte que el enviado participa a través de su testimonio en el estado del Resucitado. La misión viene a situarse en el horizonte de la esperanza y se comprende la razón de que al discípulo que persevere se le prometa la salvación (v. 22).
MEDITATIO La gracia de la llamada a compartir la misión del Hijo configura a aquel que, despojándose de su naturaleza divina, se hizo hombre y vivió entre los hombres como siervo (Flp 2,7), viviendo entre los suyos "como el que sirve" (Le 22,27). Esta conformidad con Cristo "siervo" la otorga el Espíritu, que permite al discípulo unir, en una existencia renovada, el obrar y el ser, y en virtud de ello unificar el amor a Dios y al prójimo en el servicio prestado según la verdad (cf. Mt 9,13). La misión y la kenosis se reclaman recíprocamente, revelando, con la humillación de Dios en Cristo, el signo histórico del servicio del discípulo, que prosigue en el tiempo la acción salvífica de su Señor en cada hombre. En consecuencia, en Cristo, tanto la vida como la misión del discípulo están situadas bajo el signo de la cruz gloriosa: "Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, mis mejillas a los que mesaban mi barba; no volví la cara ante los insultos y salivazos. El Señor me ayuda, por eso soportaba los ultrajes, por eso endurecí mi rostro como el pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado" (Is 50,6ss). Hasta en el momento del abandono y el fracaso, del miedo que nos lleva a mirar atrás, a dirigir la mirada hacia el pasado, en el que pensamos encontrar protección, confía el discípulo su propia historia a la memoria de una Palabra consoladora: "Soy yo en persona quien os consuela. Por qué has de temer a un ser mortal, a un hombre que pasa como la hierba? Olvidarás al Señor, tu creador, que desplegó el cielo y cimentó la tierra?" (Is 51,12ss). El anuncio del Evangelio queda sustraído de esta manera a los criterios de evaluación mundanos y es entregado, definitivamente, al discernimiento de la Palabra del Señor: "Hermanos, no actuéis como niños en vuestra manera de juzgar; tened la inocencia del niño en lo que se refiere al mal, pero sed adultos en vuestros criterios" (1 Cor 14,20).
ORATIO Condúceme tú, luz amable, condúceme en la oscuridad que me estrecha. La noche es oscura, la casa está lejos; condúceme tú, luz amable. Guía tú mis pasos, luz amable. No pido ver muy lejos; me basta con un paso, sólo con el primer paso. Condúceme adelante, luz amable. No siempre fue así, no te recé para que tú me guiaras y me condujeras. Quise ver por mí mismo mi camino, y ahora eres tú quien me guía, luz amable. Yo quería certezas; olvida aquellos días, para que tu amor no me abandone; hasta que pase la noche tú me guiarás con seguridad a ti, luz amable (J. H. Newman, Lead, kindly ligth).
CONTEMPLATIO El Señor Jesús preanuncia que habrían de ser muchos los que se ensañarían contra los apóstoles con un furor insensato cuando dice que los envía "como ovejas en medio de lobos". Les recomienda que sean "sencillos como las palomas y prudentes como las serpientes". La sencillez de las palomas es evidente. Sin embargo, es preciso examinar qué es la prudencia de la serpiente. Yo no sé si hay algo de prudente o de sensato en ellas, a pesar de que algunos autores nos hayan transmitido a este respecto que, cuando comprenden que han caído en manos de los hombres, apartan de todos los modos posibles su cabeza de los golpes, o bien escondiéndola en el cuerpo enrollado en espiral, o bien hundiéndola en un hueco y abandonando la otra parte del cuerpo a la matanza. Así también nosotros, siguiendo este ejemplo, debemos esconder, en caso de persecución, nuestra cabeza, que es Cristo, para defender, exponiéndonos a todas las torturas, con el sacrificio de nuestro cuerpo, la fe que hemos recibido de Cristo [...]. Seremos conducidos además ante los jueces y ante los reyes de la tierra con el propósito de arrancar nuestro silencio o nuestra complicidad. Seremos, en efecto, testigos para ellos y para los paganos. Con nuestro testimonio debemos arrebatar a los perseguidores la excusa de la ignorancia de la divinidad, y, en cambio, debemos abrir a los paganos el camino de la fe en Cristo, predicado por las confesiones de los mártires, que perseveraron entre los suplicios de los que les torturaban. Por eso nos advierte Cristo que es preciso que nos armemos de la prudencia de la serpiente (Hilario de Poitiers, Commentario a Matteo, Roma 1988, pp. 122ss).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Cuando venga el Espíritu de la verdad, os iluminará para que podáis entender la verdad completa y os recordará todo lo que os he dicho" (Jn 16,13; 14,26).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL Para los monjes, Jesucristo es el modelo de la humanidad por excelencia. El hecho de soportar los sufrimientos, los insultos, las acusaciones, la humillación por amor a Cristo -se trata del contenido de una de las bienaventuranzas (Mt 5,10-12)- es un ideal luminoso para quien vive en el desierto; es expresión de humildad. Ahora bien, lo que proyecta su sombra de un modo impresionante a lo largo de toda la literatura de los apotegmas es el ejemplo de humildad que Cristo ofrece personalmente, su kenosis, su vaciarse de sí mismo (Flp 2). Los padres del desierto intentaron seguir a Cristo recorriendo su camino de humildad, compartiendo sus sufrimientos, pagando su deuda de amor a quien sufrió por ellos. Este aspecto de la vida de Cristo es, de modo evidente, uno de los rasgos más conmovedores y marcados de los monjes del desierto. Sus dichos reflejan el empeño inagotable puesto por ellos para realizar su sentido en su propia vida. De este modo, esperaban llevar a Cristo a la vida del desierto. Para el padre Poemen, el objetivo de la vida del monje en el desierto sólo se puede entender, en su totalidad, en referencia a las bienaventuranzas. "Acaso no hemos venido a este lugar para la fatiga (cf. Mt 5,1 Oss)?", se pregunta el anciano. De modo análogo, el padre Pafnuncio le indicó el camino de la humildad trazado por las bienaventuranzas a un hermano que le pidió una palabra: "Ve v ama las tribulaciones más que la quietud, el desprecio más que la alegría, dar más que recibir" (D. Burton- Christie, La Parola nel deserto, Magnano 1998, pp. 350ss).
|
|
Sábado de la XIV Semana del Tiempo Ordinario
Primera lectura: Génesis 49,29-33; 50,15-24 En aquellos días, Jacob 49,29 les dio estas instrucciones: -Yo estoy a punto de reunirme con los míos; sepultadme junto a mis padres en la cueva que está en el campo de Efrón, el hitita, 30 en la cueva de Macpelá, frente a Mambré, en la tierra de Canaán, la que compró Abrahán al hitita Efrón como sepulcro en propiedad. 31 Allí fueron sepultados Abrahán y su mujer, Sara; allí, Isaac y su mujer Rebeca; allí también sepulté yo a Lía. 32 El campo y su cueva los compró Abrahán a los hititas. 33 Cuando Jacob acabó de dar estas instrucciones a sus hijos, encogió los pies en la cama, expiró y fue a reunirse con los suyos. 50,15 Al ver los hermanos de José que su padre había muerto, se decían: "Quizá ahora José empiece a odiarnos y nos devuelva con creces todo el mal que le hicimos". 16 Por eso mandaron a decir a José: -Tu padre ordenó esto antes de morir: 17 Decid a José que perdone el delito y el pecado de sus hermanos, el daño que le hicieron. Así que, por favor, perdona el delito de los siervos del Dios de tu padre. José, al oírlos, se echó a llorar. 18 Después, sus mismos hermanos vinieron a postrarse ante él y le dijeron: -Aquí nos tienes, somos tus esclavos. 19 Pero José les dijo: -No temáis, puedo ponerme yo en lugar de Dios? 20 Ciertamente, vosotros os portasteis mal conmigo, pero Dios lo cambió en bien, para hacer lo que hoy estamos viendo: para dar vida a un gran pueblo. 21 Así que no temáis: yo cuidaré de vosotros y de vuestros hijos. Así los consoló hablándoles al corazón. 22 José siguió viviendo en Egipto con la familia de su padre; vivió ciento diez años. 23 Vio a los hijos de Efraín hasta la tercera generación. También recibió sobre sus rodillas, al nacer, a los hijos de Maquir, hijo de Manases. 24 Luego dijo a sus hermanos: -Yo estoy a punto de morir, pero Dios vendrá a buscaros y os llevará de este país a la tierra que prometió a Abrahán, Isaac y Jacob.
**• Este fragmento une la petición de Jacob de ser sepultado en el lugar donde yacían sus padres con la perícopa conclusiva del libro del Génesis, en la que se contraponen el miedo de los hermanos a la posible represalia de José respecto a ellos después de la muerte de su padre y la reacción de José en la que se confirma el perdón, junto a la conciencia de que, aun siendo un hombre poderoso, nunca podría sustituir a Dios, el único a quien pertenecen el juicio y la vida. En el regreso de los restos de Jacob-Israel a la tierra de sus padres, se preanuncia el itinerario de retorno del pueblo de Israel tras el doloroso paréntesis de la opresión egipcia. Y en las palabras de José -"Dios vendrá a buscaros y os llevará de este país a la tierra que prometió a Abrahán, Isaac y Jacob" (v. 24)- se evoca el compromiso (la alianza, berith) que Dios asumió con los padres y que da sentido a la esperanza del pueblo. Esta esperanza encuentra respuesta en la "visita" de Dios a su pueblo, que será para éste la salvación definitiva, la posesión de los bienes prometidos, esperados y anhelados. Se trata de una visita que abrirá una nueva fase de la historia e inundará de alegría toda la tierra, una fase que se cumplirá en el Hijo, el cual tendrá poder para dirigir los pasos de todo hombre "por el camino de la paz" y hará un pueblo único encaminado hacia la patria de su deseo: Dios Padre.
Evangelio: Mateo 10,24-33 En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 24 El discípulo no es más que su maestro; ni el siervo más que su señor. 25 Basta con que el discípulo sea como su maestro, y el siervo como su señor. Si al dueño de casa lo llamaron Belzebú, !más aún a los de su familia! 26 Así pues, no les tengáis miedo, porque no hay nada oculto que no haya de manifestarse, ni nada secreto que no haya de saberse. 21 Lo que yo os digo en la oscuridad decidlo a la luz; lo que escucháis al oído proclamadlo desde las azoteas. 28 No tengáis miedo a los que matan el cuerpo pero no pueden quitar la vida; temed más bien al que puede destruir al hombre entero en el fuego eterno. 29 No se vende un par de pájaros por muy poco dinero? Y, sin embargo, ni uno de ellos cae en tierra sin que lo permita vuestro Padre. 30 En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados. 31 No temáis; vosotros valéis más que todos los pájaros. 32 Si alguno se declara a mi favor delante de los hombres, yo también me declararé a su favor delante de mi Padre celestial, 33 pero a quien me niegue delante de los hombres yo también lo negaré delante de mi Padre celestial.
**• Mateo recuerda, de una manera decididamente explícita, las coordenadas esenciales entre las que el discípulo "permanece" en su vocación. Lo hace a través de algunas situaciones que caracterizan el acontecer de los enviados. En primer lugar, se trata de ser como el Maestro (v. 25), de encontrar en él el único motivo y el único modelo de nuestra propia existencia y de nuestra propia misión; de tener, como él, fe en el Padre, de abandonarnos con confianza a su voluntad. La adhesión al Señor crucificado y la confianza en la providencia divina constituyen los términos de la relación vital que libera al discípulo de todo miedo {cf. el triple "no temáis": w. 26.28.31) y de los condicionamientos humanos, y dirigen su libertad a optar por servir al Evangelio. El valor de anunciar públicamente con franqueza (parresía) la presencia de Dios, que trae en Jesucristo la paz y hace estallar, no obstante, las contradicciones que habitan en el corazón del hombre y en las estructuras de vida que éste ha creado, da la medida de la libertad del discípulo y de su adhesión a Jesucristo. El discípulo sabe que el servicio al Evangelio no es un proyecto de vida irénico o, peor aún, marcado por las componendas, en el que desaparecen ingenuamente –o se esquivan con hábiles cálculos- la conflictividad y las rupturas. Éstas podrán llegar incluso a las relaciones familiares, porque sólo es posible anunciar el Evangelio en la medida en que vivimos el seguimiento y la adhesión a Cristo de una manera radical (cf. Mt 10,37). Anunciar el Evangelio es "confesar a Jesús ante los hombres", una actitud exactamente contraria a la de Pedro, que la noche del arresto renegó del Maestro (cf. 10,33), jurando que no le conocía (27,74). El don de la comunión con él, ofrecido por Cristo a sus discípulos ("Eligió a doce para que estuvieran con él": Me 3,12)-, es algo que no debemos olvidar, ni siquiera frente al peligro de perder la vida. De esta solidaridad con el Hijo del hombre, un don que viene de lo alto, depende el juicio sobre la vida del discípulo (w. 32ss).
MEDITATIO En su misión de anunciar a Jesucristo y su Evangelio, el discípulo participa del dinamismo de la Palabra que, salida de la boca del Altísimo (cf Is 55,11), se difunde como testimonio del Señor Jesús hasta los últimos confines de la tierra (Hch 1,8). En este itinerario diseñado por la voluntad del Padre, el discípulo está apoyado y acompañado por la presencia de su Señor: "Poneos, pues, en camino, haced discípulos a todos los pueblos y bautizadlos para consagrarlos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, enseñándoles a poner por obra todo lo que os lie mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de este mundo" (Mt 28,19ss). Se trata de una compañía que nos libera del miedo a la muerte, que nos impulsa a mirar más allá de ésta. Y es que, en Cristo, ha sido destruida la muerte y ha triunfado la vida. Está escrito, en efecto: "La doctrina segura: Si con él morimos, viviremos con él; si con él sufrimos, reinaremos con él; si lo negamos, también él ríos negará; si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo" (2 Tim 2,11-13). Es el nuevo comienzo de la vida del creyente, porque Jesucristo, al vencer a la muerte, construye la historia a partir del nuevo comienzo de su resurrección. De ahí que el discípulo se construya sobre Cristo (Col 2,7) y esté "asociado a su plenitud" (Col 2,9) en virtud de que "habéis sido sepultados con Cristo en el bautismo, y con él habéis resucitado también, pues habéis creído en el poder de Dios, que lo ha resucitado de entre los muertos" (Col 2,12). La misión del discípulo encuentra en este acontecimiento su "comienzo" y la certeza de que está acompañada por la presencia providente del Padre. Él custodia a su fiel.
ORATIO Te alabo, Señor, y te bendigo, oh mi todo, porque has completado tu obra en mí. Tú eres un Dios prodigioso, tú realizas maravillas. En las entrañas de tu amor te has acordado de mí, tu siervo. Señor, me has vuelto a dar la vida. Por eso cantaré tu nombre entre la gente, sonarán en las cítaras las suaves vibraciones de mi corazón y susurrará en tu oído mi canto de amor: Yo soy narciso de Sarón, un lirio blanco de los valles. Tú, amado mío, me has introducido en la celda de tu embriaguez, me has imprimido como sello en tu brazo, en tu corazón; tu estandarte, sobre mí, es amor. Te doy gracias en medio de tu pueblo; tú me inundas con tu gracia, porque me has hecho hijo tuyo en el Espíritu. Amén.
CONTEMPLATIO "No se vende un par de pájaros por muy poco dinero? Y, sin embargo, ni uno de ellos cae en tierra sin que lo permita vuestro Padre" [...]. La expresión "ni uno de ellos cae en tierra sin que lo permita vuestro Padre" parece contradecir las palabras del apóstol: "Dios no se preocupa de los bueyes". Y se quitaría mucha credibilidad a esta última si se constatara que ha expresado una opinión diferente de la transmitida en los evangelios. Tampoco se confiere, ciertamente, mucho prestigio a los apóstoles por el hecho de ser antepuestos a los pájaros. Este pasaje se explica a partir de la idea precedente. Llegan al colmo, en efecto, las injusticias de los que nos entregarán, nos perseguirán, nos obligarán a la huida. Para ésos es necesario odiarnos a causa del nombre del Señor, a fin de ejercitar todo su poder sólo sobre el cuerpo, puesto que no tienen poder sobre el alma. Éstos son los que venden dos pájaros por muy poco dinero. Y, en verdad, lo que ha sido vendido como esclavo del pecado lo ha rescatado Cristo de la Ley. Así pues, lo que ha sido vendido es el cuerpo y el alma. Aquel al que ha sido vendido es el pecado, puesto que Cristo nos ha rescatado del pecado y es redentor del alma y del cuerpo. Por consiguiente, los que venden dos pájaros por muy poco dinero se venden a sí mismos al pecado al precio más bajo. Éstos han nacido para volar y deben elevarse al cielo con alas espirituales. Sin embargo, por ser esclavos del precio de los placeres presentes y estar vendidos al lujo del mundo, con esos comportamientos regatean sólo consigo mismos (Hilario de Poitiers, Commentario a Matteo, Roma 1988, pp. 126-128).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "No temáis, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha querido daros el Reino" (Le 12,32).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL Jesús entrega a los discípulos su Espíritu a fin de que tengan fuerza, confianza, entusiasmo al compartir con él la misión recibida, en cualquier situación en la que puedan encontrarse. Frente a las dificultades y a las decepciones, a las fatigas y a las arideces, a los miedos y a las tentaciones de abandono que pesan sobre nuestro compromiso de vida cristiana y de anuncio del Evangelio, estamos llamados a descubrir de nuevo la absoluta fidelidad de Cristo a la promesa: "Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de este mundo" (Mt 28,20). Precisamente, en los momentos de fatiga y de aparente fracaso personal y pastoral es cuando debemos orar al "Consolador", al Espíritu Santo que el Padre nos envía en nombre de Cristo. Le debemos rezar para que nos recuerde todo lo que dijo el Señor Jesús (cf. Jn 14,26): la promesa de su presencia; más aún, la realidad de su victoria: "En el mundo encontraréis dificultades y tendréis que sufrir, pero tened ánimo: yo he vencido al mundo" (Jn 16,33). San Ambrosio nos invita a cantar. "Que Cristo sea nuestro alimento, nuestra bebida la fe; bebamos alegres la sobria embriaguez del Espíritu" (himno Splendor paternas gloríae). Con esta sobria embriaguez que el Espíritu creador infunde en nuestro corazón, tanto la vida cristiana como la acción pastoral de la Iglesia podrán experimentar no sólo un sentido de serena seguridad, sino también una profunda alegría: la alegría de quien trabaja en el Reino de Dios, por y con el Señor. Precisamente, como los discípulos de los que hablan los Hechos de los apóstoles, que "estaban llenos de alegría y de Espíritu Santo" (Hch 13,52) (D. Tettamanzi, // tempo della missione della Chiesa, Cásale Monf. 2000, pp. 106-108, passim).
|
|
XV Domingo del Tiempo Ordinario
LECTIO Primera lectura: Deuteronomio 30,10-14 Moisés habló al pueblo diciendo: 10 Obedecerás a la voz del Señor, tu Dios, observando sus mandamientos y sus leyes, escritas en este libro de la ley, y te convertirás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma. 11 Pues el precepto que yo te prescribo hoy no es superior a tus fuerzas ni está fuera de tu alcance. 12 No está en el cielo para que digas: "Quién subirá al cielo a buscarlo para que nos lo dé a conocer y lo pongamos en práctica?". 13 Tampoco está más allá de los mares para que digas: "Quién pasará al otro lado de los mares a buscarlo para que nos lo dé a conocer y lo pongamos en práctica?". 14 Pues la palabra está muy cerca de ti, en tu boca y en tu corazón, para que la cumplas.
*+• El texto presenta una orden de Moisés: "Obedecerás... y te convertirás" (v. 10). A primera vista, parece una petición inmotivada de sumisión. Pero si ponemos el fragmento en su contexto, veremos cómo la obediencia se sitúa en el marco de la alianza. En el comienzo está la obra de Dios: "Vosotros habéis visto todo lo que el Señor hizo en Egipto al faraón, a sus servidores y a todo su país; con tus propios ojos viste aquellas terribles pruebas, aquellos grandes milagros y prodigios" (Dt 29,1). El pueblo está invitado a responder a la iniciativa de Dios, a entrar en su alianza aceptando sus condiciones: "Observad, pues, las palabras de esta alianza" (29,8). Si el pueblo, después de haberlas aceptado, no las observa, será castigado con el exilio. Pero de éste será posible volver mediante una nueva intervención gratuita de Dios: "El Señor, tu Dios, hará volver a tus deportados, tendrá piedad de ti" (30,3), y él mismo te inducirá a la conversión, "circuncidará tu corazón" (30,6). Gracias a esta acción divina, todo el mundo estará al final en condiciones de convertirse y de obedecer, como pide Moisés, y de procurarse así la felicidad que Dios desea ofrecerles: "El Señor se alegrará de nuevo por ti haciéndote feliz" (30,9). Por otra parte, es posible obedecer no sólo por el impulso interior que viene de Dios, sino también porque lo que él manda está a nuestro alcance: "No es superior a tus fuerzas ni está fuera de tu alcance", sino que "está muy cerca de ti" (w. 11.14). La ley del Señor es accesible, y obedecerla es el camino de la "vida": "Si escuchas los mandamientos del Señor, tu Dios, que yo te prescribo hoy, amando al Señor, tu Dios, siguiendo sus caminos y observando sus mandamientos, sus leyes y sus preceptos, vivirás y serás fecundo" (Dt 30,16).
Segunda lectura: Colosenses 1,15-20 15 Cristo es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda criatura. 16 En él fueron creadas todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, las visibles y las invisibles: tronos, dominaciones, principados, potestades, todo lo ha creado Dios por él y para él. 17 Cristo existe antes que todas las cosas y todas tienen en él su consistencia. 18 Él es también la cabeza del cuerpo, que es la Iglesia. Él es el principio de todo, el primogénito de los que triunfan sobre la muerte, y por eso tiene la primacía sobre todas las cosas. 19 Dios, en efecto, tuvo a bien hacer habitar en él la plenitud 20 y, por medio de él, reconciliar consigo todas las cosas, tanto las del cielo como las de la tierra, trayendo la paz por medio de su sangre derramada en la cruz.
**• El himno exalta la grandeza de Cristo apoyándose en tres puntos de referencia. Respecto al Padre, Jesús es el icono, la imagen visible del Dios invisible {cf. v. 15). Por eso dice: "Quien me ve a mí ve a aquel que me ha enviado" (Jn 12,45; 14,9). Es el mediador de la obra de la redención: "Por medio de él", mediante su sangre derramada en la cruz, el Padre celestial ha reconciliado consigo el universo (v. 20). En un contexto filosófico en el que se pensaba que el cielo y la tierra estaban poblados por potencias misteriosas, se afirma que Cristo posee el primado absoluto sobre todas ellas, que el cosmos está bajo su dominio, que él es el principio y el fin de todas las cosas: "todo lo ha creado Dios por él y para él", "Cristo existe antes que todas las cosas" y todas encuentran "en él" su consistencia (w. 15b-17). Cristo ejerce su señorío también sobre la Iglesia, su "cuerpo", del que es "la cabeza" (v. 18).
Evangelio: Lucas 10,25-37 En aquel tiempo, 25 se levantó un maestro de la Ley y le dijo para tenderle una trampa: -Maestro, qué debo hacer para alcanzar la vida eterna? 26 Jesús le contestó: -Qué está escrito en la ley? Qué lees en ella? 27 El maestro de la Ley respondió: -Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo. 28 Jesús le dijo: -Has respondido correctamente. Haz eso y vivirás. 29 Pero él, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: -Y quién es mi prójimo? 30 Jesús le respondió: -Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos salteadores que, después de desnudarlo y golpearlo sin piedad, se alejaron dejándole medio muerto. 31 Un sacerdote bajaba casualmente por aquel camino y, al verlo, se desvió y pasó de largo. 32 Igualmente, un levita que pasó por aquel lugar, al verlo, se desvió y pasó de largo. 33 Pero un samaritano que iba de viaje, al llegar junto a él y verlo, sintió lástima. 34 Se acercó y le vendó las heridas, después de habérselas curado con aceite y vino; luego lo montó en su cabalgadura, lo llevó al mesón y cuidó de él. 35 Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al mesonero, diciendo: "Cuida de él, y lo que gastes de más te lo pagaré a mi vuelta". 36 Quién de los tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores? 37 El otro contestó: -El que tuvo compasión de él. Jesús le dijo: -Vete y haz tú lo mismo.
**- El maestro de la Ley plantea una pregunta de suma importancia; se refiere a la vida eterna y al camino para llegar a ella, aunque le mueve una intención poco limpia {"para tenderle una trampa": v. 25). Jesús le responde con otra pregunta que, didácticamente, implica también al interlocutor, como si le dijera: "Tú eres un maestro de la Ley y, a buen seguro, conoces la respuesta a tu pregunta". Cogido por sorpresa, el maestro debe seguir el juego. En realidad, responde de una manera excelente, fundiendo en uno los dos mandamientos del amor a Dios y al prójimo (Dt 6,5; Lv 19,18), lo que le merece la aprobación de Jesús: "Has respondido correctamente. Haz eso y vivirás" (v. 28). El maestro, "queriendo justificarse" (v. 29), es decir, deseando evitar la mala imagen de haberse presentado aparentemente sin motivo, puesto que ha mostrado conocer la respuesta a la pregunta que había planteado, se ve obligado a interrogar a Jesús sobre otro punto: Cómo puedo saber quién es "miprójimo"! La cuestión a la que parece aludir es si por "prójimo" se entiende sólo "los hijos de tu pueblo", como se lee en el texto citado más arriba (Lv 19,18), o si el concepto se extiende también a los extranjeros que habitan en Israel: "Si un emigrante se instala en vuestra tierra, no le molestaréis; será para vosotros como un nativo más y lo amarás como a ti mismo" (Lv 19,33-34; cf. Dt 10,19). Y, por otra parte, si entre esos extranjeros debe amarse sólo a los prosélitos, es decir, a los que habían aceptado vivir plenamente a la manera de los judíos. Jesús le responde con la parábola del buen samaritano, en la que enseña tres cosas: que el prójimo es cualquier miembro de la humanidad, simplemente "un hombre" (v. 30); que esto lo comprende hasta un samaritano, alguien mucho menos cualificado que un maestro, un sacerdote o un levita: un "excomulgado", al que los judíos no consideraban ni siquiera como prójimo, es propuesto por Jesús como modelo de hacerse prójimo; y, sobre todo, muestra que la pregunta ha de hacerse en la dirección opuesta, no hacia nosotros mismos, sino hacia el otro: no quién me es prójimo, sino quién se hace prójimo. Amor significa aquí "tener compasión" de cualquiera que sufra, tomar la iniciativa y hacer al otro lo que si yo estuviera en necesidad quisiera que me hicieran a mí. La respuesta de Jesús a la pregunta del principio sonaría en sustancia así: "Tiene la vida eterna todo el que cuida de la vida de cualquier necesitado". Paradójicamente, para tener la vida es preciso darla.
MEDITATIO La primera lectura está armonizada con la del evangelio: en ambas podemos recoger dos mensajes para profundizar en ellos y actualizarlos. El primero es el de la proximidad. El texto del Deuteronomio afirma que la Palabra de Dios se ha hecho "próxima", se ha hecho accesible y practicable. El mandamiento de amar al prójimo está cerca del corazón del hombre; de hecho, lo comprende y lo pone en práctica hasta un samaritano, aunque no reconozca más que una parte de la Escritura (el Pentateuco) y sea considerado por los judíos como alguien medio pagano, mientras que, de manera extraña, en la observancia de este mandamiento se muestra inseguro el maestro de la Ley y fallan del todo el sacerdote y el levita, que anteponen la pureza legal (cf. Lv 22,4-7) a la ayuda a una persona. Por otra parte, la parábola del buen samaritano da la vuelta a la idea de prójimo: no se trata de alguien que se acerca a ti, sino de que tú debes acercarte al necesitado. El momento de tomar la iniciativa no depende del carné de identidad del otro, sino de tu capacidad de "compasión". El principio de la proximidad no está fuera, sino dentro de nosotros. Las ocasiones de actualizarlo se nos presentan de continuo. Un segundo mensaje que se desprende de las dos lecturas está en el nexo entre la observancia de los mandamientos, en particular el de la caridad, y la vida. En el fragmento del Deuteronomio, la vida es la de este mundo, sostenida por la abundancia de los bienes materiales, en los que se reconoce de modo concreto la bendición de Dios. En cambio, en el evangelio la pregunta versa sobre la vida eterna, una vida cualificada por la comunión con Dios, antes que por su duración perenne. En ambos casos, el camino de la vida pasa por la observancia del doble mandamiento de amar a Dios y al prójimo. Si en otro lugar se dice que la vida nace del amor que recibimos, aquí se afirma que la vida se desarrolla en virtud del amor que somos capaces de dar. Quien quiera plenitud de vida sabe ahora cómo alcanzarla y puede examinarse sobre su camino: si ha seguido los pasos del buen samaritano o los del sacerdote y el levita.
ORATIO Proyectando la luz de estos mensajes sobre nuestra vida, podemos ver las realizaciones positivas, las ocasiones en las que nos hemos hecho prójimos y otras en las que tal vez han prevalecido en nosotros el cierre, la discriminación, el miedo a ser molestados por aquel que con distintas necesidades esperaba nuestra ayuda. Demos gracias al Señor por el bien que hayamos hecho y pidámosle perdón por las omisiones. Invoquemos al Espíritu Santo, que "da la vida" y es fuente del amor, para que abra nuestros ojos y nos demos cuenta de los necesitados, para que nos inspire las iniciativas adecuadas y dé fuerza de amor a nuestro corazón para llevarlas a cabo. Y, sobre todo, elevemos una oración de alabanza al Señor, que nos ha revelado el camino de la vida y ha suscitado en la historia de la Iglesia todo un ejército de santos y santas que han seguido el ejemplo del buen samaritano.
CONTEMPLATIO Tras meditar sobre los mandamientos y la oración consiguiente, fijemos nuestra mirada en Dios, que se revela a través de su Palabra. Con el doble mandamiento del amor, Dios no nos ordena nada diferente a lo que él mismo es. El Padre nos quiere connaturales, hijos capaces de amar a imitación suya. En el mandamiento principal se refleja el rostro de Dios. Deberíamos detenernos a considerarlo así: "Dios es amor"; el miedo al encuentro con él al final de nuestra vida se desvanecerá en la medida en que, desde ahora, "seamos como es él" (1 Jn 4,16.17). En la parábola del buen samaritano, Jesús nos habla, en el fondo, de sí mismo: es él quien en la sinagoga de Nazaret proclama "el año de gracia", el tiempo de la liberación de los pobres, de los prisioneros, de cuantos están oprimidos por las diferentes enfermedades (Lc 4,18ss). El evangelio cuenta las obras que Jesús, "imagen" del Padre (Col 1,15), lleva a cabo "movido por la compasión" (Lc 7,13; 10,33; 15,20).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Haz esto y vivirás" - "Vete y haz tú lo mismo" (Lc 10,28.37).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL A lo largo de la historia, cada vez que los hombres y las mujeres han sido capaces de responder a los acontecimientos del mundo tomándolos como ocasiones para madurar su propio corazón se ha abierto una fuente inagotable de generosidad y de vida nueva, entreabriendo una esperanza que superaba toda predicción humana. Si pensamos en las personas que nos han infundido esperanza, reforzando nuestro espíritu, descubrimos con frecuencia que no eran en absoluto profesionales del consejo, de la amonestación y de la moral, sino sólo personas capaces de expresar, con sus palabras y sus acciones, la condición humana de la que participaban, y que nos han incitado a hacer frente a los hechos reales de la vida. Los predicadores que reducen lo inexplicable a problema, ofreciendo soluciones de servicios médicos de urgencias, nos deprimen porque evitan la piadosa solidaridad de donde proviene la curación. Ni Kierkeqaard, ni Sartre, ni Camus, ni siquiera Solzhenitsin han ofrecido nunca soluciones. Sin embargo, muchos de los que les leen encuentran energías para proseguir en la búsqueda. Quien no huye de nuestros dolores, sino que los toca piadosamente, nos cura y nos refuerza. A decir verdad, la paradoja consiste en el hecho de que el comienzo de la curación está en la solidaridad en ese dolor. En nuestra sociedad, orientada hacia las soluciones, cada vez es más importante darse cuenta de que pretender aliviar el dolor sin compartirlo es como pretender salvar a un niño de una casa en llamas sin correr el riesgo de quemarse (H. J. Nouwen, Viaggio spirituale per l'uomo contemporáneo, Brescia 81999, p. 54).
|
|
Lunes de la XV Semana del Tiempo Ordinario San Camilo de Lellis, presbítero
LECTIO Primera lectura: Éxodo 1,8-14.22 En aquellos días, 8 subió al trono de Egipto un nuevo rey, que no había conocido a José, 9 y dijo a su pueblo: -Mirad, el pueblo israelita se ha hecho más numeroso y potente que nosotros. 10 Hay que actuar con cautela para que no sigan multiplicándose, pues, si se declara una guerra, se aliarán con nuestros enemigos, lucharán contra nosotros y se marcharán del país. 11 Entonces pusieron sobre ellos capataces que los oprimiesen con rudos trabajos, mientras edificaban Pitón y Rameses, ciudades-almacén del faraón. 12 Pero cuanto más los oprimían, más se multiplicaban y aumentaban, de suerte que los israelitas se convirtieron en un motivo de preocupación para los egipcios. 13 Por eso, los egipcios los sometieron a una dura esclavitud 14 y les hicieron la vida imposible, obligándoles a realizar trabajos extenuantes, como la fabricación de mortero y ladrillos y toda clase de faenas agrícolas. 22 Entonces, el faraón dio esta orden a todo su pueblo: -Arrojad al río a todos los niños que nazcan; a las niñas dejadlas vivir.
**• El libro del Éxodo es uno de los grandes libros del Antiguo Testamento. Nos describe, en primer lugar, la magna epopeya de la salvación de Israel, arrancado de la esclavitud de Egipto, y con el que Dios establece una alianza. El Éxodo es un canto al Dios que salva, un poema dirigido al Dios de Israel, que, tras oír el llanto de su pueblo, "baja" a liberarlo. Este pueblo, una vez liberado, estará destinado no al servicio del faraón, sino al servicio del Señor {cf. Dt 4,20). La lectura de hoy nos presenta la situación de los hebreos en Egipto bajo "un nuevo rey". El faraón de Egipto ya no era el que había elevado a José a primer ministro del país, sino otro que no le había conocido (v. 8). Sospechando de aquel pueblo que crecía y se multiplicaba en su tierra, pensó que tal vez un día esos hombres podrían levantarse contra el verdadero pueblo egipcio o incluso aliarse con sus enemigos (w. 9ss). Y tomó medidas contra ellos: decretó que se impusiera a los hebreos trabajos forzosos extremadamente duros, con el propósito de agotar sus fuerzas, y los empleó en la construcción de dos ciudades-almacén en el delta del Nilo (v. 11). Los egipcios les amargaron la vida a los israelitas, los convirtieron en esclavos y les obligaron con una gran dureza a fabricar ladrillos de arcilla. Pero cuanto más le oprimían, más se multiplicaba el pueblo (v. 12). Viendo que este sistema no funcionaba como él quería, el faraón pensó en otro método, absolutamente inhumano y cruel, destinado a reducirlo a la impotencia y a la aniquilación de Israel: nada menos que la eliminación de los hijos varones que nacieran (v. 22). Desde el punto de vista histórico, debemos situar estos acontecimientos en tiempos del Imperio Nuevo egipcio (decimonovena dinastía), en el siglo XIII a. de C. Sobre este fondo de injusticia y sufrimiento se desarrollará la magna acción salvadora de Dios, tanto más excelsa cuanto más triste y desesperada era la situación del pueblo.
Evangelio: Mateo 10,34-11,1 En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 10.34 No penséis que he venido a traer paz a la tierra; no he venido a traer paz, sino discordia. 35 Porque he venido a separar al hijo de su padre, a la hija de su madre, a la nuera de su suegra; 36 los enemigos de cada uno serán los de su casa. 37 El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí, y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí. 38 El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí. 39 El que quiera conservar la vida la perderá, y el que la pierda por mí la conservará. 40 El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe a mí recibe al que me envió. 41 El que recibe a un profeta por ser profeta recibirá recompensa de profeta; el que recibe a un justo por ser justo recibirá recompensa de justo; 42 y quien dé un vaso de agua a uno de estos pequeños por ser discípulo mío os aseguro que no se quedará sin recompensa. 11.1 Cuando Jesús acabó de dar instrucciones a sus doce discípulos, se fue a enseñar y a proclamar el mensaje en los pueblos de la región. **• El texto que acabamos de leer del evangelio de Mateo es uno de los pasajes más difíciles de comprender por la aparente contradicción que presenta. Jesús, que un poco más adelante dirá que debemos aprender de él porque es "sencillo y humilde de corazón" (Mt 11,29), dice ahora que ha venido a traer la discordia y no la paz a la tierra (cf. 10,34). Cómo podemos conciliar estos dos extremos? En qué sentido debemos interpretar sus palabras? En casos como éste, es el contexto literario el que nos ayuda a comprenderlo de una manera adecuada. El pasaje que hoy nos ocupa está situado en un contexto de persecución a causa de la fe en Cristo. En efecto, Jesús dice en Mt 10,32: "Si alguno se declara a mi favor delante de los hombres, yo también me declararé a su favor delante de mi Padre celestial". Esto nos ilumina el camino y nos muestra que la división entre personas de la misma familia no surge por cuestiones de temperamento, de disidencias o luchas personales, sino por su fidelidad o infidelidad a Cristo. Algunos creerán en él, otros no. En este caso, Jesús ha venido a traer la división; es decir, se convierte en motivo de discordia entre los hombres, entre los que creerán y los que rechazarán la fe. El Evangelio habla claro. El Evangelio, que predica la paz y la concordia, cuando trata el tema de la verdadera fe en Cristo o de nuestra adhesión a él prefiere la división, el contraste, la intolerancia -diríamos incluso-, a favor de los que le han seguido y han creído en él. Por eso, y siempre en la misma línea, Jesús se pone por encima de todos los valores, incluso por encima de los más sagrados valores de la familia. Y añade que, para seguirle, es preciso cargar con la cruz, echar mano de la renuncia, estar dispuesto a dar la propia vida. Estas exigencias pueden parecer excesivas, a no ser por la verdad que contienen y por la excelencia de Aquel que las formuló y las pretendió, signo de su autoridad y de su supremacía sobre todas las cosas.
MEDITATIO El fragmento del evangelio que hemos leído nos muestra una vez más la importancia de la fe en Cristo y, en especial, de su persona. Esta fe, tal como era considerada por el mismo Jesús y por la comunidad primitiva, está por encima de las cosas más sagradas y más grandes de la vida. Sería una fe falsa aquella que, para no romper los vínculos familiares o amistosos, permaneciera en un nivel superficial o lo fuera sólo de nombre, sin ninguna exigencia. La verdadera fe, para los evangelios, significa un corte en lo vivo y, si se da el caso, la renuncia a los sentimientos más profundos del corazón, porque lo que cuenta es la opción por Cristo frente a todos los demás valores e ideales de la vida. El mensaje del evangelio de hoy es que debemos reforzar en nosotros la adhesión total, profunda, a Cristo, prefiriéndole a todo, y prefiriendo nuestra fe a cualquier otra fe, religión o ideal humano, especialmente en el mundo de hoy, que vive dividido entre los poderosos desafíos de la técnica, de las incesantes conquistas, del bienestar y de otras realidades que son, muchas veces, los ídolos de la humanidad moderna. Ser capaz de reafirmar la fe en Cristo y en el Evangelio es una necesidad vital para el hombre creyente de nuestros días, porque de otro modo esta fe se oxidará y se perderá.
ORATIO "Pero lo que entonces consideraba una ganancia, ahora lo considero pérdida por amor a Cristo" (Flp 3,7). Señor, haz que nuestra adhesión a ti, como la de Pablo, como la de los apóstoles, como la de tantos santos y tantos fieles de la Iglesia, sea total, absoluta; que esté por encima de todo vínculo, de todo sentimiento y afecto, por encima de todo valor humano. Porque sólo tú eres la verdad, la luz, el camino, el alimento, la paz, la alegría y la esperanza de nuestro corazón. Entonces podremos orar con las palabras de un autor moderno como F. Dostoievski, nada sospechoso de una devoción excesiva, que nos ha dejado un testimonio impresionante de fidelidad a Cristo. Escribía así en una de sus cartas: "A veces, Dios me envía momentos de lucidez. En estos momentos, amo y siento que soy amado. Fue en uno de esos instantes cuando compuse para mí mismo un Credo, donde todo es claro y sagrado. Helo aquí: "Creo que no hay nada más bello, más profundo, más agradable, más viril y más perfecto que Cristo. Y me digo a mí mismo, con un amor celoso, que no hay ni puede haber nadie más grande que él. Más aún, si alguien llegara a probarme que Jesús está fuera de la verdad y que la verdad no se encuentra en él, yo preferiría permanecer con Cristo antes que con la verdad"" (F. Dostoievski, Cotrispondenza con la baronesa Von Wisine).
CONTEMPLATIO En cuanto el grano de trigo cayó en tierra y murió, salió de él toda la mies de los fieles y los hijos de Israel se multiplicaron y se volvieron muy poderosos. Así pues, también en ti, si muere José, es decir, si acoges en tu cuerpo la mortificación de Cristo y haces morir el pecado en tus miembros, se multiplicarán en ti los hijos de Israel. Por hijos de Israel se entiende los sentidos buenos y espirituales. Por consiguiente, si hacemos morir los sentidos de la carne, crecen los sentidos del espíritu, y, mientras mueren en ti cada día los sentidos de la carne, crecen los sentidos del espíritu, y, mientras mueren cada día en ti los vicios, crece el número de las virtudes. Tú, que escuchas estas cosas, si por casualidad ya has recibido la gracia del bautismo, has sido contado entre los hijos de Israel, has acogido en ti al Dios-rey y, después de esto, has querido desviarte, realizar las acciones del mundo, llevar a cabo actos terrestres y trabajos con el barro, has de saber y reconocer que se ha levantado en ti otro rey que no conoce a José; es un rey de Egipto, que te obliga a hacer sus obras, te hace trabajar para él con ladrillos y barro. Es él quien, poniendo sobre ti instructores y vigilantes, te empuja con golpes de vara a las obras de la tierra, para construirle ciudades. Es él quien te hace correr de un lado para otro en el mundo y hace turbar, por la codicia de la ganancia, los elementos del mar y de la tierra. Es este rey de Egipto el que te hace recorrer el foro con las lides, atormentar a los parientes con las disputas por unos cuantos terrones de tierra, por no hablar de lo demás: tender insidias a la castidad, engañar a la inocencia, cometer porquerías en privado, crueldades en público, perversiones en lo íntimo de la conciencia. Y puesto que son muchos los maestros y doctores de malicia que el faraón nos ha puesto, el Señor Jesús creó otros maestros y doctores que nos enseñaran a ver a Dios con el alma, a abandonar por completo al hombre viejo con sus acciones y a revestirnos del nuevo, que ha sido creado según Dios (Orígenes, Omelie sull'Esodo, Roma 1981, pp. 45-52, passim [edición española: Homilías sobre el Éxodo, Editorial Ciudad Nueva, Madrid 1992]).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Dichosos los perseguidos por hacer la voluntad de Dios, porque de ellos es el Reino de los Cielos" (Mt 5,10).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL Los dos primeros capítulos del Éxodo preparan la escena de la magna irrupción de YHWH en la historia, pintando con fuertes tintas la situación de los hijos de Israel en Egipto. Los hijos de Israel, durante su estancia en Egipto, dan la impresión de haberse olvidado casi por completo del Dios de sus padres. Cuando Dios irrumpa en la historia, lo hará con un acto absolutamente gratuito. La iniciativa es suya por completo. Dios se ve inducido y solicitado a salvar no en virtud de mérito alguno por parte de Israel, sino por la situación de miseria en la que su pueblo se encontraba. Durante el éxodo, empezó Israel a comprender la misteriosa predilección de YHWH por los humildes y los débiles. Reconoció que su propio título de elección no se lo habían proporcionado sus méritos, sino su pequeñez e impotencia (cf. Dt 7,7ss). Dios so revelará, a lo largo de toda la historia de la salvación, como alguien que "exalta a los humildes" y que, para llevar a cabo sus obras más grandes, escoge "lo que el mundo considera débil para confundir a los fuertes; ha escogido lo vil, lo despreciable, lo que no es nada a los ojos del mundo, para anular a quienes creen que son algo" (1 Cor 1,27ss). La esclavitud que padecieron los israelitas es mucho más que un hecho simplemente material. En un sentido profundo, fueron los mismos israelitas los que quisieron permanecer en la esclavitud. Es cierto, los judíos gemían en medio de la opresión, deseando ardientemente ser liberados de ella, pero eso es algo perfectamente humano y no significa que estuvieran dispuestos a seguir la ardua llamada a la libertad. Se habían convertido en gente de ánimo servil, poco dispuesta a renunciar a esa pesada seguridad que es la recompensa de quien se rinde a un régimen totalitario (J. Plastaras, // Dio dell'Esodo, Cásale Monf. 1977, pp. 28-31, passim).
|
|
San Buenaventura, obispo y doctor de la Iglesia
LECTIO Primera lectura: Éxodo 2,1-15a En aquel tiempo, 1 un hombre de la familia de Leví se casó con la hija de otro levita. 2 Ella concibió y dio a luz un hijo, y al ver que era muy hermoso lo tuvo escondido durante tres meses. 3 No pudiendo ocultarlo más, tomó una cesta de papiro, la calafateó con betún y pez, puso dentro de ella al niño y la dejó entre los juncos de la orilla del río. 4 La hermana del pequeño se quedó a poca distancia para ver lo que sucedía. 5 Entonces, la hija del faraón bajó a bañarse al río y, mientras sus doncellas paseaban por la orilla, vio la cesta en medio de los juncos y envió a una de sus doncellas para que la recogiera. 6 Cuando la abrió y vio al niño, que estaba llorando, se sintió conmovida y exclamó: -Es un niño hebreo. 7 Entonces, la hermana del pequeño dijo a la hija del faraón: -Quieres que vaya a buscarte una nodriza hebrea para que te críe este niño? 8 La hija del faraón le respondió: -Vete. La joven fue a buscar a la madre del niño, 9 a quien la hija del faraón encargó: -Toma a este niño y críamelo; yo te pagaré. La mujer tomó al niño y lo crió. 10 Cuando se hizo grandecito, se lo llevó a la hija del faraón, la cual lo adoptó y le dio el nombre de Moisés, diciendo: "Yo lo saqué de las aguas". 11 Cierto día, siendo ya mayor, Moisés fue a donde estaban sus hermanos. Vio sus duros trabajos y observó cómo un egipcio maltrataba a uno de sus hermanos hebreos. 12 Echó una mirada a su alrededor y, viendo que no había nadie, mató al egipcio y lo enterró en la arena. 13 Salió también al día siguiente, vio a dos hebreos riñendo y dijo al agresor: -Por qué golpeas a tu compañero? 14 Pero éste le replicó: -Quién te ha constituido jefe y juez entre nosotros? Piensas matarme como mataste al egipcio? A Moisés le entró miedo, pues se dio cuenta de que la cosa se sabía. 15 El faraón se había enterado también de lo sucedido y trataba de matar a Moisés.
*• La historia que nos cuenta hoy el libro del Éxodo es una de las más conocidas del Antiguo Testamento, es una escena inmortalizada por muchos pintores y directores de cine. La orden del faraón ha sido puesta en práctica: todos los recién nacidos varones son ahogados en las aguas del Nilo. Sin embargo, la Providencia, que lo dirige todo, vela en particular por uno de estos niños, que será salvado de las aguas de una manera sorprendente. Éste era el designio divino: el niño salvado será más tarde el salvador de su pueblo. El presente relato, similar a otros que hemos encontrado en las diferentes literaturas sagradas del Medio Oriente, tiene una gran importancia para la fe cristiana, y es que el pequeño Moisés se ha convertido en la figura de otro Niño que, ya en sus primeros días, también será perseguido por Herodes, rey de Judea, para darle muerte. Poniéndose de acuerdo la madre y la hija, abandonan al niño, introducido en una cesta de papiro, sobre el agua (w. 3ss). Pero ese sitio es el lugar donde suele bañarse la hija del faraón. Ésta, tras descubrir al niño, se enternece y quiere tomarlo como hijo. Entretanto, la hermana, María, ha convencido a la hija del faraón para que le permita buscar una nodriza para el niño. Ésta será su verdadera madre (w. 7ss). Tras el destete, la hija del faraón se lleva al niño a su palacio: ésta "lo adoptó" (v. 10). Le impuso un nombre, Moisés, que ha llegado a nosotros como simple abreviatura, en la que falta la primera parte, donde seguramente se encontraría (como muestran muchos antiguos nombres egipcios análogos) el nombre de alguna divinidad del Nilo. En la segunda parte de la lectura, Moisés, que ya ha llegado a la edad adulta, se da cuenta de la suerte que corren sus hermanos hebreos y se pone a favor de ellos. Su celo, demasiado impetuoso, le induce después a la huida y al autoexilio; se va a tierras de Madián, en las cercanías del mar Rojo (v. 15b), donde empezará otro tipo de vida y se hará pastor de los rebaños de su suegro, Jetró.
Evangelio: Mateo 11,20-24 En aquel tiempo, 20 Jesús se puso a increpar a las ciudades en las que había hecho la mayoría de sus milagros, porque no se habían convertido: 21 -!Ay de ti, Corozaín! !Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros realizados en vosotras, hace tiempo que, vestidas de saco y sentadas sobre ceniza, se habrían convertido. 22 Por eso os digo que el día del juicio será más llevadero para Tiro y Sidón que para vosotras. 23 Y tú, Cafarnaún, te elevarás hasta el cielo? !Hasta el abismo te hundirás! Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros realizados en ti, hoy seguiría en pie. 24 Por eso os digo que el día del juicio será más llevadero para Sodoma que para ti.
*+• El fragmento evangélico de Mateo que hemos leído hoy es una lección sapiencial como muchas otras que podemos encontrar en el Antiguo Testamento; a saber: un hecho concreto explicado sobre la base de una semejanza de términos opuestos (como la de los dos caminos: el bien y el mal; los dos árboles: el plantado en terreno árido y el plantado junto al agua). La expectativa frustrada es una realidad humana desconcertante, aunque frecuente en la vida. El evangelio nos presenta el duro reproche de Jesús contra las ciudades que no acogen su Palabra. Se trata de tres ciudades de Galilea -Corozaín, Betsaida y Cafarnaún- que, aun habiendo oído la predicación de Jesús, acompañada por tantos milagros, permanecen frías e insensibles, sin abrir su ánimo. Para acentuar aún más su culpabilidad, Jesús emplea la comparación con otras ciudades paganas especialmente conocidas por sus pecados, como Tiro y Sidón, Sodoma y Gomorra. Y nos hace ver que estas ciudades, aun corrompidas por tantos vicios, habrían tenido un comportamiento diferente, más acogedor y respetuoso, aunque sólo hubiera sido por haber visto los milagros realizados por Jesús. Sin embargo, las ciudades "creyentes" de Galilea, a pesar de sus acciones milagrosas, se niegan a escuchar, prefieren su dureza de corazón y se cierran al mensaje de salvación que se les ha ofrecido.
MEDITATIO Moisés, salvado de las aguas, salvará después a su pueblo. Existe siempre una estrecha relación entre lo que se es y lo que se hace, entre lo que se experimenta y lo que se comunica. También el cristiano conoce esta experiencia fundamental. Se trata de algo que nos habla de una lógica humano-divina que no admite excepciones. Dirá san Pablo: "En otro tiempo erais tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor. Portaos como hijos de la luz, cuyo fruto es la bondad, la rectitud y la verdad" (Ef 5,8ss). En el Nuevo Testamento aparece con frecuencia esta relación: si somos una cosa, de ahí se deben seguir una serie de consecuencias, o sea, el fruto de ese ser. Como decían los antiguos, "agere sequitur esse" ("el obrar sigue al ser"). Si somos cristianos, debemos irradiar la luz propia de los cristianos, que no es otra que la de Cristo. Por consiguiente, si somos amados, debemos amar; si somos dichosos, debemos hacer dichosos a los otros, y si se nos ha anunciado la Palabra, nosotros debemos comunicarla asimismo a los demás. Esta lógica procede de nuestra unión con Cristo: somos en él una nueva criatura, nos hemos convertido en hijos de Dios, y esto supone un nuevo estilo de vida que deriva de la nueva realidad que hemos adquirido por gracia divina. Nos han sido perdonados nuestros pecados; por consiguiente, también nosotros, como Cristo, debemos perdonar; hemos sido salvados por Cristo, de ahí que, como Cristo nos ha salvado a nosotros, también nosotros debamos procurar la salvación de los demás. La dignidad cristiana, procedente de nuestra inserción en Cristo Jesús, nos mueve a convertirnos para los otros en lo que Cristo ha sido para nosotros, nos induce a extender a los otros lo que nosotros hemos recibido.
ORATIO Señor Jesús, tú dijiste una vez: "Quien me ha visto a mí ha visto al Padre" (Jn 14,9). Haz que nosotros podamos ser también, aunque sea en una medida mínima, un reflejo del Padre celestial, un pequeño rayo de luz que emana de su persona divina, y que así también nosotros podamos irradiar un poco de bondad, de perdón, de esperanza, de alegría, de confianza y de servicio generoso a los otros. Haz que siempre podamos recordar nuestra vocación, nuestra dignidad, el insigne privilegio de estar verdaderamente insertados en la Trinidad divina, y que esta conciencia nos ayude a vivir intensamente las realidades que la fe nos ofrece, de tal modo que los otros, tal vez menos privilegiados que nosotros, puedan recibir un influjo benéfico del tesoro de gracia que nos ha sido concedido. Te pedimos asimismo por aquellos a quienes llegará esta irradiación nuestra, a fin de que, no tanto con la palabra, como con nuestra vida y nuestras obras, puedan percibir la belleza de la vocación cristiana, de la fe, de la esperanza y de la caridad de Cristo y puedan sentir la fascinación de la filiación divina. Amén.
CONTEMPLATIO Por la fe, Moisés, apenas nacido, fue mantenido escondido durante tres meses por sus padres. Cómo esperaron salvar a su hijo los padres de Moisés? Por la fe. Qué fe? Vieron, dice, que era gracioso, y esta visión les indujo a creer. Así, ya desde el principio, desde la cuna, se vertió una gran cantidad de gracia sobre este justo no en virtud de un sentimiento natural, sino por obra de Dios. En efecto, mira: apenas nacido, el niño aparece bello y absolutamente nada deforme. Por obra de quién? No de la naturaleza, sino de la gracia de Dios, que conmovió y estimuló a aquella mujer egipcia -la hija del faraón- para que lo tomara y lo tuviera como hijo. Esto vale para los padres; Moisés no contribuyó en nada a ello. Sin embargo, "renunció Moisés al título de nieto del faraón cuando se hizo mayor, prefiriendo compartir los sufrimientos del pueblo de Dios". No sólo dejó la realeza, sino que "renegó" de ella, la odió, la despreció. Le había sido ofrecido el cielo, y no valía la pena admirar el palacio real de Egipto. Estaba convencido de que ser ultrajado por Cristo era mejor que encontrarse entre comodidades, pues esto era ya de por sí una recompensa, "prefiriendo compartir los sufrimientos del pueblo de Dios". Vosotros, en efecto, sufrís en vuestro propio beneficio, pero él lo hizo por el de los otros; y espontáneamente se lanzó a unos enormes peligros, siendo que podía vivir entre los honores y gozar de las ventajas de la corte. Para él, el pecado era no asociarse a los sufrimientos de su pueblo. Así pues, si consideraba pecado no sufrir espontáneamente con los otros, debió ser verdaderamente un gran bien el sufrimiento al que se expuso abandonando la realeza. Y, previendo algo grande, estimó "los ultrajes de Cristo como una riqueza superior a los tesoros de Egipto". En qué consiste el ultraje de Cristo? En ser maltratados porque confiamos en Dios. Todo esto tuvo lugar porque Moisés perseveró en la fe como si viera al Invisible. Igualmente, también a nosotros, si vemos siempre a Dios con nuestra mente, si nos mantenemos ocupados con su recuerdo, todo nos parecerá fácil, todo soportable; lo podremos tolerar todo con buen ánimo, seremos superiores a todas las tentaciones (Juan Crisóstomo, Omelie sull'Epistola agli Ebrei, Roma 1965, pp. 366-371, passim).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Dios ha elegido lo que el mundo considera débil para confundir a los fuertes" (1 Cor 1,27).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL Aunque sin saberlo, todos los hombres sirven a los planes de Dios. Las obras de Dios empiezan en la humildad, en lo escondido, y en estas circunstancias no sabemos nunca qué es lo que puede servir al Señor: tal vez sus enemigos son sus mejores colaboradores, tal vez colaboren en sus planes más de lo que lo hacen sus amigos. También hoy sigue siendo así: !qué misterio se desarrolla a través de la historia! Es Dios quien conduce los acontecimientos; todos ellos responden al designio divino, y los hombres sirven todos a este designio: lo quieran o no, todos entran en este plan. Quién nos dará ojos para saber descubrir, en los acontecimientos más humildes, el comienzo de las obras más grandes? No son la grandeza y el poder el instrumento de las obras divinas, sino precisamente la humildad, la pobreza, la debilidad, la impotencia. Hoy como ayer, y siempre. Sólo en la medida en que los hombres se mantengan en la humildad y en lo escondió, en la pobreza y en la impotencia, servirán al Señor. Moisés, instrumento de Dios, es un pobre niño. Pero salvará a Israel contra el poder del faraón, y lo salvará precisamente a través del mismo faraón. El mundo, el enemigo de Dios, se ensañará contra un poder opuesto al suyo, no se ensañará contra la debilidad, contra la impotencia. La hija del faraón salva la vida del pequeño Moisés. El faraón se pone duro contra Israel porque éste se muestra recalcitrante a sus órdenes; sin embargo, contra este niño pequeño que nada hubiera podido oponerle si le hubiera matado, el faraón se encuentra sin poder, y es él mismo quien lo salva [...]. No son el poder, la grandeza, la riqueza, los que deben dar miedo a los enemigos de Dios, sino la humildad de los pobres, de los que aún confían en Dios (D. Barsotti, Meditazione sull'Exodo, Brescia 1,967, pp. 25-27, passim [edición española: Espiritualidad del Éxodo, Ediciones Sígueme, Salamanca 1968]).
|
|
Miércoles de la XV Semana del Tiempo Ordinario Nuestra Señora del Carmen
LECTIO Primera lectura: Éxodo 3,1-6.9-12 En aquellos días, 1 Moisés pastoreaba el rebaño de Jetró, su suegro, sacerdote de Madián. Trashumando por el desierto llegó al Horeb, el monte de Dios, 2 y allí se le apareció un ángel del Señor, como una llama que ardía en medio de una zarza. Al fijarse, vio que la zarza estaba ardiendo pero no se consumía. 3 Entonces Moisés se dijo: "Voy a acercarme para contemplar esta maravillosa visión y ver por qué no se consume la zarza". 4 Cuando el Señor vio que se acercaba para mirar, le llamó desde la zarza: -!Moisés! !Moisés! Él respondió: -Aquí estoy. 5 Dios le dijo: -No te acerques; quítate las sandalias, porque el lugar que pisas es sagrado. Y añadió: 6 -Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Moisés se cubrió el rostro, porque temía mirar a Dios. Y el Señor le dijo: 9 El clamor de los israelitas ha llegado hasta mí. He visto también la opresión a la que los egipcios los someten. 10 Ve, pues; yo te envío al faraón para que saques de Egipto a mi pueblo, a los israelitas. 11 Moisés dijo al Señor: -Quién soy yo para ir al faraón y sacar de Egipto a los israelitas? 12 Dios le respondió: -Yo estaré contigo, y ésta será la señal de que yo te he enviado: cuando hayas sacado al pueblo de Egipto, me daréis culto en este monte.
**• Si la página de la infancia de Moisés es una de las más conocidas, ésta de hoy -que narra su llamada- es una de las más importantes del libro del Éxodo. Moisés, integrado en la familia de Jetró, el sacerdote madianita que le había dado a su hija Séfora como esposa, se adapta al nuevo tipo de vida, se hace pastor en aquella tierra y, siguiendo a su rebaño, llega un día al monte de Dios, el Horeb, en el Sinaí (v. 1). En aquella soledad es donde Dios le saldrá al encuentro para una revelación trascendental que marcará no sólo su vida, sino también -y de manera especial- la vida de su pueblo, Israel, y la de la Iglesia de Cristo. En efecto, Dios le envía a salvar a sus hermanos de la esclavitud, figura de la opresión de la humanidad, que será salvada y redimida por el enviado de Dios, Cristo Jesús. La acción parte de un hecho sorprendente, nunca visto: una zarza que arde sin consumirse (v. 2). Atraído por este espectáculo, Moisés se acerca y, cuando se encuentra cerca de la zarza, oye la voz del Señor. Dios se muestra sensible al dolor, al clamor del sufrimiento, y más aún cuando este sufrimiento es el de los pequeños o el de los oprimidos. No ha habido ninguna oración por parte del pueblo que haya movido a Dios a intervenir; es simplemente "el clamor" de la aflicción de aquella gente oprimida lo que ha llegado a él como una súplica (v. 9). Y Dios responde. De él procede la iniciativa: es YHWH quien da el primer paso. Sin embargo, para actuar de modo concreto entre los hombres, quiere unos hombres elegidos que colaboren en su plan de redención: "Ve, pues; yo te envío al faraón para que saques de Egipto a mi pueblo" (v. 10). El hombre, ante una tarea tan grande y difícil, experimenta miedo, se siente pequeño, incapaz, y presenta a Dios sus limitaciones (v. 11). Pero Dios le tranquiliza: "Yo estaré contigo" (v. 12). La obra es de Dios, él la ha comenzado, él la llevará a término. La fe del hombre se entrelaza con esta iniciativa divina. De este modo, llevará Dios a cabo, con la cooperación humana, su gran designio de salvación de Israel.
Evangelio: Mateo 11,25-27 25 En aquel tiempo, dijo Jesús: -Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y prudentes y se las has dado a conocer a los sencillos. 26 Sí, Padre, así te ha parecido bien. 27 Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y al Padre no lo conoce más que el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
*•• El fragmento evangélico de hoy nos transmite una de las pocas oraciones explícitas de Jesús recogidas en los evangelios. Esta oración es una breve berákhah, o sea, "bendición" dirigida a Dios (del mismo modo que tantos salmos del Antiguo Testamento). El motivo, si nos fijamos bien en la traducción del texto original, es éste: haber revelado las cosas del Reino de Dios a los pequeños antes que a los sabios del mundo. Jesús no bendice al Padre en primer lugar por haber escondido estas cosas a los sabios del mundo, sino antes que nada porque las ha "dado a conocer a los sencillos" (v. 25). Eso es lo que ha complacido al Padre, tal como lo ve el amor filial de Jesús. A continuación, fuera ya de la oración, Jesús hace unas afirmaciones impresionantes sobre sí mismo: dice, en primer lugar, que todo le ha sido entregado por su Padre (v. 27a), palabras que veremos ratificadas y completadas por aquel solemne "Dios me ha dado autoridad plena sobre cielo y tierra" (Mt 28,18). Jesús era consciente del gran poder que tenía, que era un don del Padre. En segundo lugar, Jesús afirma que "nadie conoce al Hijo, sino el Padre" (v. 27b), indicando de este modo su realidad divina y mesiánica, cosas que escapaban absolutamente a cualquier observación o deducción humana privada de la luz de la revelación. Por último, dice Jesús de manera semejante que "al Padre no lo conoce más que el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar" (v. 27c). Aquí tenemos una explicación clara de la imposibilidad en la que se encuentra el hombre de conocer verdaderamente a Dios como Padre. Y precisamente Jesús se presenta como el revelador del Padre: que el hombre pueda llegar al conocimiento del Padre del cielo depende enteramente de él, de Jesús.
MEDITATIO Hoy hemos escuchado dos maravillosas revelaciones divinas, una del Antiguo y otra del Nuevo Testamento. En la primera, Dios se revela como el Dios vivo, cercano, que escucha el grito del oprimido, que salva, porque ama a los hombres y a su pueblo. El Dios de la revelación, de la fe, es asimismo un Dios que está al lado de su pueblo, que le sigue y no puede tolerar el sufrimiento injusto con que es oprimido. Y por eso decide salvarlo. Para llevar a cabo esta salvación, se sirve de circunstancias históricas; se servirá de hombres, incluso débiles y pobres; se servirá de las reacciones de la mente y del corazón humano, variable y mezquino. Y llevará a puerto su designio. En la revelación del Nuevo Testamento vemos que Jesús nos revela al mismo Dios del Antiguo Testamento, pero yendo mucho más allá de cuanto hubiera podido comunicarnos la primera fase de la revelación. Para revelárnoslo Jesús emplea el más bello de los nombres: Padre. Nos muestra que Dios es ante todo Padre, Padre eterno del Hijo unigénito, engendrado antes de todos los siglos. Y, con la venida de su Hijo al mundo, también los hombres se convertirán en hijos suyos, en herederos de su misma gloria. Es "Padre", por tanto, no en un sentido alegórico, tampoco en un sentido moral (como para indicarnos su bondad o su providencia), sino de una manera real: "Padre" en sentido propio, porque nos ha comunicado su misma vida divina y nos ha hecho herederos de su misma gloria.
ORATIO Señor Jesús, luz verdadera del Padre celestial, irradiación de su gloria, cómo podremos agradeceros adecuadamente a ti y al Padre este don inmerecido de ser hijos del Padre y hermanos tuyos? Éste ha sido el designio eterno de la bondad divina, que, desde siempre, ha pensado en nosotros para hacernos entrar en la esfera de su misma divinidad y compartir con nosotros su vida y su gloria eterna. Gracias al Espíritu Santo -que es Espíritu de la verdad y de la vida-, este prodigio se renueva cada día cuando, en virtud de su poder y mediante el sacramento del bautismo, llega a ser el hombre hijo de Dios. Deja el hombre viejo con sus pecados y se convierte en el hombre nuevo a semejanza de Cristo, revistiéndose de él. Ante este prodigio inaudito de la bondad divina, no podemos dejar de hacer nuestra la oración de Pablo contenida en el himno de la carta a los Efesios: "Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que desde lo alto del cielo nos ha bendecido por medio de Cristo con toda clase de bienes espirituales. Él nos eligió en Cristo antes de la creación del mundo, para que fuéramos su pueblo y nos mantuviéramos sin mancha en su presencia. Llevado de su amor, él nos destinó de antemano, conforme al beneplácito de su voluntad, a ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo..." (Ef 1,3-5).
CONTEMPLATIO Moisés oró a fin de que Dios se le mostrara y él pudiera verle cara a cara. Ciertamente, el santo vate del Señor sabía que no era posible ver cara a cara a Dios, que es invisible. Ahora bien, la santa devoción a Dios supera todos los límites y considera que también esto era posible a Dios, a saber: hacer a los ojos del cuerpo capaces de captar lo que es incorpóreo. Este error no es criticable; más bien, fue incluso un deseo agradable e inexhausto el desear apretar, casi con la mano, a su Señor y verle con la vista de los ojos. Sabía que el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios. Cuando fue elegido por el Señor como liberador del pueblo y fue colmado de espíritu de sabiduría, pudo contemplar al ángel y su rostro glorioso. Esto es tan verdad que experimentó terror frente a la luz resplandeciente y vio arder la zarza pero no convertirse en ceniza. Experimentó maravillas frente a aquella visión y aquel resplandor. Se acercó, impulsado por el deseo y por la belleza, para mirar dentro con mayor atención. Entonces, después de haber visto al ángel entre las lenguas de fuego que salían de la zarza, experimentó en él un calor tan grande, se vio subyugado por una curiosidad tan viva que, con todo, quería mirar dentro, aunque, atenazado por el miedo, no se atrevía a mirar al interior. Imagina entonces cuánto más ardiente debía ser su deseo de ver físicamente el rostro del Señor, mientras iba diciéndose cómo aquel rostro estaba lleno de luz, lleno de gloria, lleno de poder, lleno de Dios. Sobre Dios no puedo decir o pensar más. Cuando el hombre ha llegado a la cima, entonces está en los comienzos (Ambrosio de Milán, Comentario al Salmo 118, VIII, 17ss, passim).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo" (Sal 41,3). PARA LA LECTURA ESPIRITUAL La venida de Dios es repentina, imprevista. Moisés no fue conscientemente a la búsqueda de YHWH: fue YHWH el que se presentó de una manera imprevisible a él. Este dato de la revelación ha sido subrayado de una manera repetida tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Israel había comprendido que el contacto con el Dios vivo no es algo que el hombre pueda obtener mediante técnicas de contemplación. La revelación es siempre efecto de la intervención soberanamente libre de Dios. Es siempre Dios quien comienza el diálogo con el hombre. En el caso de Moisés, el encuentro tiene lugar en el momento en que Dios le llama por su nombre (Ex 3,4). Cuando Dios llama, lo que se le pide al hombre, en primer lugar, es prontitud y disponibilidad para acoger la Palabra de Dios. La respuesta de Moisés en esta circunstancia es concisa, una sola palabra hebrea, hinnem, que implica la misma respuesta franca e inmediata: "!Aquí estoy! !Á tu servicio!". Existe, no obstante, una inequívoca ambivalencia en la reacción de Moisés ante la presencia de Dios. Si la experiencia de lo sagrado atrae al hombre con su fascinación misteriosa, le colma al mismo tiempo de temor y temblor, puesto que la experiencia de lo sagrado es para él, simultáneamente, experiencia de su propia naturaleza profana y de su indignidad. Entonces toma el hombre conciencia de que ni el hecho de quitarse las sandalias ni las purificaciones rituales pueden prepararle de una manera adecuada para entrar en la presencia del Dios vivo. Así le sucede a Moisés: su primera reacción frente a la zarza ardiente fue de audaz y profana curiosidad, mas ahora se cubre el rostro y tiene miedo de mirar para no vislumbrar al Dios absolutamente santo. Moisés no intenta huir ni esconderse, pero se cubre el rostro para no ver a Dios. Israel, en efecto, estaba convencido de que Dios era demasiado santo para ser visto por el hombre, como Dios mismo dirá de inmediato a Moisés: "No podrás ver mi cara, porque quien la ve no sigue vivo" (Ex 33,20) (J. Plastaras, // Dios dell'Esodo, Cásale Monf. 1976, pp. 53ss).
|
|
Jueves de la XV Semana del Tiempo Ordinario
LECTIO Primera lectura: Éxodo 3,13-20 En aquellos días [al oír la voz del Señor desde la zarza], 13 Moisés replicó a Dios: -Bien, yo me presentaré a los israelitas y les diré: El Dios de vuestros antepasados me envía a vosotros. Pero si ellos me preguntan cuál es su nombre, qué les responderé? 14 Dios contestó a Moisés: -Yo soy el que soy. Explícaselo así a los israelitas: "Yo soy" me envía a vosotros. 15 Y añadió: -Así dirás a los israelitas: El Señor, el Dios de vuestros antepasados, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob, me envía a vosotros. Éste es mi nombre para siempre, así me recordarán de generación en generación. 16 Anda, reúne a los ancianos de Israel y diles: El Señor, el Dios de vuestros antepasados, el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, se me ha aparecido y me ha dicho: "Me he conmovido al ver cómo os tratan los egipcios 17 y he determinado sacaros de la aflicción de Egipto, para llevaros a la tierra de los cananeos, hititas, amorreos, pereceos, jeveos y jebuseos, tierra que mana leche y miel". 18 Ellos te escucharán. Entonces irás con los ancianos de Israel al rey de Egipto y le diréis: "El Señor, el Dios de los hebreos, se nos ha manifestado; permítenos hacer una peregrinación de tres días por el desierto para ofrecer sacrificios al Señor, nuestro Dios". 19 Bien sé yo que el rey de Egipto no os dejará marchar, a no ser obligado por una gran fuerza. 20 Pero yo desplegaré mi fuerza y castigaré a Egipto, realizando prodigios en medio de ellos. Después, os dejará salir.
*• Moisés, en su diálogo con Dios, le pregunta su nombre, y Dios responde: "Yo soy el que soy" (v. 14). Es el nombre nuevo que será venerado por el pueblo, un nombre repleto de significado. Durante mucho tiempo hemos oído esta definición del nombre de Dios (YHWH) como si fuera una definición metafísica del ser eterno de Dios, "Aquel que existe" desde siempre por el hecho de ser Dios. Sin embargo, los estudios bíblicos nos han hecho ver que el sentido del nombre nuevo es éste: "Yo soy el Dios que está contigo para salvarte", revelando así la presencia, la ayuda, el amor del Dios comprometido con la salvación de su pueblo. Con todo, este Dios con nombre nuevo es el mismo Dios de los patriarcas, que se había aparecido a Abrahán, a Isaac y a Jacob; por consiguiente, el Dios de la promesa, que ahora, frente a la esclavitud de su pueblo, quiere actuar como salvador; por eso emplea otro nombre. En las palabras de Dios se alude, en efecto, a la tierra prometida como una tierra "que mana leche y miel" (v. 17), que será la meta del largo viaje que emprenderá Israel caminando hacia la libertad. Dios preanuncia a Moisés lo que sucederá: el pueblo le escuchará, pero el faraón presentará resistencia al plan de Dios. Sin embargo, toda esta oposición no servirá más que para hacer resaltar el poder de Dios. Él actuará en favor de su pueblo con prodigios -las diez plagas de Egipto- que acabarán por doblegar el corazón del rey de Egipto. Se da, pues, una continuidad por parte de Dios, de su proyecto, de su fidelidad al pueblo, que, seguramente, se había olvidado de la promesa de la tierra. Pero aparece también la nueva y sorprendente revelación de un rostro de Dios que está cerca de los suyos y quiere la salvación de su pueblo.
Evangelio: Mateo 11,28-30 En aquel tiempo, dijo Jesús: 28 Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. 29 Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy sencillo y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras vidas. 30 Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.
**• La brevísima perícopa evangélica de hoy es una alhaja que se encuentra sólo en Mateo. Se trata de uno de los fragmentos más consoladores, más alentadores y más esperanzadores del mensaje de Jesús y del ejemplo de su vida. Se trata de una invitación que está dirigida a todos los que se encuentran "fatigados y agobiados", una condición humana, material o espiritual, en la que se puede hallar cualquier hombre, hasta aquel que se considera más libre y más perfecto. La fatiga acompaña al hombre a lo largo de toda su vida, y la opresión, en sus mil formas diferentes -moral, psicológica, social, familiar-, no permite que el hombre goce plenamente de la perenne libertad a la que ha sido llamado. Por eso, la invitación de Jesús va dirigida a todos los hombres de todos los tiempos: se trata de una invitación maravillosa, la más necesaria de todas. Jesús nos facilita el motivo de su invitación: él mismo nos aliviará, nos consolará, nos reanimará. Viene, a continuación, una orden: la de imitarle en aquello que constituye el fondo de su corazón, la expresión de su persona: su sencillez y su humildad. Jesús nos dice que le imitemos en su caridad o en su entrega, cosa que nos haría ver la absoluta desproporción que media entre su generosidad y nuestra mezquindad. Habla de una actitud interior más fácil, más factible cuando nos sentimos ayudados por la gracia del Espíritu; nos pide que le sigamos en su sencillez y en su humildad, sin pretender grandes cosas o metas excelsas, sin considerarnos demasiado perfectos o santos. Se trata, por consiguiente, de la otra cara de una segunda invitación: la de que carguemos con su yugo (cf. v. 29). El yugo une a dos bueyes para el trabajo. En esta comparación, el yugo de Jesús nos une a él con cada uno de nosotros. Esta asociación en la misma suerte de Jesús hace al alma feliz, porque "mi yugo es suave y mi carga ligera" (v. 30) y el alma es capaz de caminar y trabajar con Jesús, que le abre el camino de la paz y del alivio.
MEDITATIO En la revelación divina nos encontramos de continuo con la insondable riqueza del conocimiento de Dios y de Cristo y se nos permite ver el amor infinito de la Trinidad hacia nosotros. Gracias a esta revelación, creemos en un Dios creador, redentor, misericordioso, que se ha manifestado en palabras y en obras, siempre al lado de su pueblo. Tanto en el pasado como en el presente y el futuro, Dios nos propone metas que nos permiten caminar con confianza y esperanza y nos hacen vencer cualquier fatalismo o desánimo. El Dios vivo no sólo está con nosotros para ayudarnos, sino que ha querido fijar su morada entre nosotros. En su Hijo Jesús; éste nos invita a que vayamos a él para recuperar las fuerzas consumidas, nuestra mente deprimida, nuestro corazón abatido: él nos reanima, nos renueva y nos invita a cargar con su yugo, a compartir su misma suerte, a caminar con él y como él, a sufrir con él y como él. Y nos asegura que su yugo es suave y su carga ligera: no aplastan, no destruyen e incluso tienen la capacidad de aliviar, de llenar de fuerza y de impulso, de volver a dar la paz. Este breve pasaje del evangelio nos muestra que la fe no es sólo un acto intelectual, la adhesión a afirmaciones o conceptos teológicos, por muy verdaderos y sublimes que sean, sino algo que llega a la vida, que entra a formar parte del mismo ser del creyente, que transforma su existencia y le hace semejante al Hijo de Dios: la fe nos conduce a un camino de fidelidad y de amor y, después, a una recompensa de gloria infinita. La fe es creer en un Cristo vivo, amigo, compañero de camino, que comparte con nosotros fatigas, aspiraciones y consuelos.
ORATIO "Oh Señor, sencillo y humilde de corazón, haz nuestro corazón semejante al tuyo". Así nos enseñaban a decir de pequeños en la catequesis esta bella oración, emanada del texto evangélico, siempre válida y siempre necesaria para todos. Pero !cómo nos cansa, Jesús, escucharte, seguirte por el camino de la sencillez y la humildad, único camino que lleva a la paz y al alivio del alma! Abre nuestros ojos, Señor, para que podamos ver los tesoros de esta vía escondida, una vía silenciosa y sencilla, que no busca ni la gloria ni el aplauso, que no lucha para obtener una situación de honor o privilegio, que no se desespera si no alcanza el primer puesto. Concédenos saborear la dulzura de la sencillez, la fuerza de la paciencia, el poder de la humildad, que no busca dominar o vencer, sino ofrecer a los otros la victoria sobre sí mismos. Tú lo hiciste así y nos dices a nosotros que hagamos otro tanto. Tú nos concederás la gracia de imitarte. Sólo por este camino, Jesús -eres tú mismo quien nos lo dice-, se encuentra la paz del alma, la verdadera sabiduría del corazón y de la vida. Sí, concédenos, Señor Jesús, un corazón sencillo y dulce como el tuyo.
CONTEMPLATIO Al preguntar Moisés cómo se llamaba Dios, se le dio esta respuesta: "Yo soy el que soy. Y dirás a los hijos de Israel: Aquel que es me envía a vosotros". Qué significa esto? Oh Dios, oh Señor nuestro, cómo te llamas? "Me llamo es", dijo. Qué significa "me llamo es"? Que permanece para siempre, que no puede cambiar. Lo que cambia fue algo y será algo, pero no es, porque es mutable. Por eso la inmutabilidad de Dios se ha dignado llamarse con este nombre. Por qué, entonces, más tarde, se llamó a sí mismo con otro nombre diciendo: "Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob: éste es mi nombre para siempre"? Porque, si bien Dios es inmutable, hizo todas las cosas por misericordia, y el mismo Hijo de Dios se dignó, tomando un cuerpo mutable y permaneciendo lo que es - a saber: el Verbo de Dios-, venir al mundo y ayudar al hombre. Teniendo ya un nombre que expresa la eternidad, se ha dignado además tener un nombre que expresara la misericordia. El primero para él, el segundo para nosotros. Si Moisés comprendió bien; más aún, precisamente porque comprendió bien cuando se le dijo " Yo soy el que soy", vio que esto estaba muy por encima de la capacidad comprensiva de los hombres. En efecto, quien ha comprendido bien "lo que es" y "es verdaderamente", porque ha sido inspirado en cierto modo por la luz de la veracísima esencia o incluso sólo de una manera fugaz como un relámpago, se ve a sí mismo mucho más que bajo, muy lejos, enormemente diferente. Cuando casi estaba desesperado Moisés por la enorme distancia de aquella preeminencia del ser, Dios le reanimó cuando ya estaba al borde de la desesperación: "Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob". Soy lo que soy, soy el ser, pero no quiero sustraerme a los hombres. Por consiguiente, si de algún modo podemos buscar a Dios y encontrar a aquel que es, y por añadidura no está lejos de cada uno de nosotros, alabemos su inefable esencia y amemos su misericordia (Agustín de Hipona, Discorsi sulVAntico Testamento, Roma 1979, pp. 101; 115-117; existe edición española en la BAC).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Todo el que invoque el nombre del Señor será salvado" (Hch2,21).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL Dios existe. Basta con escuchar a las piedras, basta con escuchar, a lo largo de los milenios, a los innumerables glorificadores del Nombre impronunciable: los santos, los sabios, los profetas, los humildes creadores de amor y de belleza, esos que tejen incesantemente, en la trama carnal, un hilo de eternidad para impedir que la tela se desgarre. Esos a quienes Dios consuma con su ausencia. Esos que van al desierto y cuyo holocausto puro libera al mundo de la asfixia. Esos que se sientan en la mesa de los pecadores para encarnar al Infinito en el amor. Tenía que leer yo enseguida en Berdjaev: "El argumento principal en favor de Dios reside en el mismo hombre y en su vocación. El mundo ha conocido profetas, mártires, héroes, contemplativos, buscadores y siervos desinteresados de la verdad, creadores de auténtica belleza, bellos ellos mismos, hombres de una gran profundidad, poderosos en el espíritu. Y, sobre todo, los que han dado testimonio de que la única situación jerárquica elevada en este mundo es ser crucificados por la verdad. Todo esto no prueba, pero sí muestra..., todo esto permite descubrir a Dios". Dios existe. Él es "el centro en el que convergen las líneas. En él encuentra su incandescencia el ser del mundo. El es el espacio sin límites de nuestra libertad. Sin él, no seríamos más que partículas irrisorias del universo y de la historia. El es el arco, la flecha y el blanco, el comienzo, el medio y el fin, el centro y la circunferencia o, más bien, el no situado, el que está siempre más allá y, sin embargo, es nuestro lugar. Porque es el totalmente otro y el que es más que nosotros mismos (O. Clément, L'altro solé, Milán 1984, pp. 91 ss [edición española: E/ otro sol, Narcea, Madrid 1983]).
|
|
Viernes de la XV Semana del Tiempo Ordinario LECTIO Primera lectura: Éxodo 11,10-12,14 En aquellos días, 11 Moisés y Aarón habían hecho todos estos portentos en presencia del faraón. Pero el Señor hizo que el faraón se obstinara en no dejar salir de su país a los israelitas. 12.1 El Señor dijo a Moisés y a Aarón en Egipto: 2 -Este mes será para vosotros el más importante de todos, será el primer mes del año. 3 Decid a toda la asamblea de Israel: Que el día décimo de este mes se procure cada uno un cordero por familia, uno por casa. 4 Si la familia es demasiado pequeña para comerlo entero, que invite a cenar en su casa a su vecino más próximo, según el número de personas y la porción de cordero que cada cual pueda comer. 5 Será un animal sin defecto, macho, de un año; podrá ser cordero o cabrito. 6 Lo guardaréis hasta el día catorce de este mes, y toda la comunidad de Israel lo inmolará al atardecer. 7 Luego untarán con la sangre las jambas y el dintel de la puerta de las casas en que vayan a comerlo. 8 Lo comerán esa noche asado al fuego, con panes ácimos y hierbas amargas. 9 No comerán nada crudo, ni cocido; todo ha de ser asado al fuego, cabeza, patas y vísceras. 10 No dejaréis nada para el día siguiente; si queda algo, lo quemaréis. 11 Y lo comeréis así: la cintura ceñida, los pies calzados, bastón en mano y a toda prisa, porque es la pascua del Señor. 12 Esa noche pasaré yo por el país de Egipto y mataré a todos sus primogénitos, tanto de hombres como de animales. Así ejecutaré mi sentencia contra todos los dioses de Egipto. Yo, el Señor. 13 La sangre servirá de señal en las casas donde estéis; al ver yo la sangre, pasaré de largo y, cuando yo castigue a Egipto, la plaga exterminadora no os alcanzará. 14 Este día será memorable para vosotros y lo celebraréis como fiesta del Señor, institución perpetua para todas las generaciones.
**• El fragmento de hoy supone el consentimiento otorgado por el faraón a los israelitas para que salieran del país, tras las muchas calamidades que habían sido infligidas a Egipto, precisamente por la negativa del rey (el leccionario ha prescindido, en efecto, de la descripción de las diez plagas). Lo que Moisés prescribió para "esa noche" no es sino el ritual tradicional de la cena pascual judía, un rito antiquísimo que conmemora (es algo "memorable", un "memorial": 12,14) el acontecimiento de la liberación de los israelitas en la noche de la Pascua. Este rito viene siendo seguido fielmente por la mayor parte de los judíos en todo el mundo y es el rito que subyace en la celebración de la última cena de Jesús con los apóstoles antes de morir (y, por consiguiente, también en nuestra misa). El punto central del fragmento -y el más extenso- es el que hace referencia al cordero pascual: en él se describen las cualidades, las condiciones, el rito del sacrificio, de la comida ritual, y la eficacia de su sangre puesta en las jambas y en el dintel de las puertas. Gracias a su sangre se llevará a cabo la salvación de los israelitas: el ángel exterminador pasará de largo y no usará con ellos el flagelo de muerte (12,12s). La sangre del cordero marcó la liberación: magnífica figura de la salvación universal que, algunos siglos más tarde, será realidad en Cristo Jesús, "Cordero de Dios que quita el pecado del mundo" (Jn 1,29). Todos los demás detalles descritos en la perícopa evocan una realidad vivida por el pueblo de Israel aquella noche y que ahora reviven en la comunidad que lo celebra. La importancia del memorial estriba no sólo en el recuerdo que evoca el acontecimiento, sino en el hecho de sentirse implicados en el mismo acontecimiento, con su fuerza salvífica y transformadora.
Evangelio: Mateo 12,1-8 1 En una ocasión iba Jesús caminando por los sembrados. Era sábado. Sus discípulos sintieron hambre y se pusieron a arrancar espigas y a comerlas. 2 Los fariseos, al verlo, le dijeron: -Te das cuenta de que tus discípulos hacen algo que no está permitido en sábado? 3 Jesús les respondió: -No habéis leído lo que hizo David cuando sintió hambre él y sus compañeros: 4 cómo entró en el templo de Dios y comió los panes de la ofrenda que ni a él ni a los suyos les estaba permitido comer, sino sólo a los sacerdotes? 5 Tampoco habéis leído en la ley que en día de sábado los sacerdotes del templo pueden incumplir el precepto del sábado sin incurrir en culpa? 6 Pues yo os digo que hay aquí alguien más importante que el templo. 7 Si supierais lo que significa misericordia quiero y no sacrificios, no condenaríais a los inocentes. 8 Porque el Hijo del hombre es señor del sábado.
*+• El episodio de las espigas arrancadas por los discípulos es uno de los más conocidos del evangelio y uno de los más significativos desde el punto de vista del espíritu cristiano. Se trata de una página estupenda, en la que vemos a un Cristo maestro dispuesto a defender a sus discípulos, a enseñar el verdadero sentido de las cosas y de la misma Escritura, lo que le permite a Jesús proclamarse "señor del sábado" (v. 8) y mayor que el templo de Jerusalén. Jesús, buen conocedor de las Escrituras, recurre a ellas para apoyarse en su argumentación y cita el caso del rey David, que, en un momento de necesidad, junto con sus compañeros, comió los panes reservados a los sacerdotes (1 Sm 21,1-10). Brinda aún otro argumento: los mismos sacerdotes, al cumplir sus ritos en día de sábado, infringen el reposo prescrito, precisamente en razón de las diferentes acciones litúrgicas. En consecuencia, la misma ley, cuando se trata de un motivo suficiente, tanto para la gloria de Dios como para el bien del hombre, puede ser infringida. La ley no es un objeto monolítico, estable, absoluto (como pretendían los fariseos); es también un medio puesto por Dios para el bien de los hombres. Por consiguiente, también la ley tiene una importancia relativa. A continuación, Jesús se proclama superior al templo y al sábado, las dos realidades más sagradas para los judíos; estas palabras suenan como una blasfemia a los oídos de los que le escuchan, que quedan escandalizados. Sin embargo, Cristo no retrocede, no atenúa sus afirmaciones: él posee una autoridad, una plenitud, una verdad y una novedad que se explican únicamente con su realidad mesiánica y divina, oculta a los ojos –voluntariamente cerrados- de sus adversarios. Recurriendo a una frase de Oseas (6,6), Jesús recrimina a los fariseos su dureza de corazón al condenar a los discípulos por la acción de las espigas. Su dureza de corazón va acompañada de su ceguera. Lo que cuenta de verdad en la Ley de Dios es la misericordia, no los sacrificios rituales.
MEDITATIO Jesús es el amigo del hombre, su verdadero salvador y liberador. Jesús le ha dado su auténtico sentido a la vida humana y ha mostrado su importancia y su dignidad, superiores a cualquier cosa, ley o prescripción, incluso religiosa. El evangelista Marcos, en el pasaje paralelo de las espigas, añade esta frase lapidaria de Jesús: "El sábado ha sido hecho para el hombre, no el hombre para el sábado" (Me 2,27). Es una frase liberadora que pone en su justo lugar a las personas y a las cosas, ordenando las segundas al bien de las primeras. La religión, por su parte, se puede convertir también, a veces, en una carga, en una opresión, en una esclavitud. La ley misma, fundamento de la religiosidad del Antiguo Testamento, si es considerada exclusivamente en su aspecto literal, sin el Espíritu, se vuelve –según san Pablo- una carga y una maldición de la que debe liberarse el cristiano, porque Cristo "nos ha rescatado de la maldición de la ley" (Gal 3,13). El Señor Jesús ha roto todas las cadenas que ataban y humillaban al hombre: "Para que seamos libres, nos ha liberado Cristo. Permaneced, pues, firmes y no os dejéis someter de nuevo al yugo de la esclavitud" (Gal 5,1). Con esta liberación, Cristo nos ha dado la libertad interior, exenta de constricciones y legalismos, y con ella el verdadero creyente, bajo la acción del Espíritu Santo, construye su personalidad cristiana. Sólo el corazón bueno es capaz de comprender el verdadero sentido de la ley, que mira a la gloria de Dios y al bien del hombre; y es capaz de comprender asimismo que sólo en la misericordia y en la bondad con el prójimo se encuentra el hilo conductor de la auténtica voluntad divina.
ORATIO Oh Señor, amigo del hombre, Salvador y Redentor nuestro. Gracias por tu doctrina, por tu nueva ley, por tu ejemplo, por tu defensa del hombre y de sus derechos. Gracias por el Espíritu Santo que nos has concedido, Espíritu de verdad y de libertad, de amor y de fidelidad, que nos hace gritar, como tú y contigo: "Abbá, Padre". Gracias por tu liberación, por tu redención. Tú nos has quitado las cadenas que nos oprimían, la ceguera que nos hacía vivir en las tinieblas, el peso que nos aplastaba. Gracias, Señor Jesús, porque has agilizado nuestro espíritu, lo has liberado y colmado de confianza en ti. Has tenido compasión, como el buen samaritano, y te has inclinado sobre nosotros para volver a darnos la vida y la esperanza: nosotros somos pobres y tú nos has enriquecido; somos débiles y tú nos has reanimado; vivimos envueltos en tinieblas y tú nos has iluminado; somos soberbios y tú nos enseñas el camino de la humildad; somos duros y malvados y tú nos enseñas la bondad; somos incrédulos y tú vuelves a darnos la fe; estamos desesperados y tú, Jesús, vuelves a abrirnos el camino...
CONTEMPLATIO Como es conocido de vuestra caridad, Pascua significa "paso" [...]. En las Sagradas Escrituras encontramos un triple paso o triple pascua. Ésta fue celebrada, en efecto, en la salida de Israel de Egipto y tuvo lugar el paso de los judíos, a través del mar Rojo, de la esclavitud a la libertad, de las ollas de carne al maná de los ángeles. Se celebró también otra Pascua cuando no sólo los judíos, sino también el género humano pasó de la muerte a la vida, del yugo del diablo al yugo de Cristo, de la servidumbre de las tinieblas a la libertad de la gloria de los hijos de Dios, de los alimentos inmundos de los vicios a aquel pan verdadero -el pan de los ángeles que dice de sí mismo: "Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo". Con alegría cumpliremos la tercera pascua cuando pasemos de la mortalidad a la inmortalidad, de la corrupción a la incorrupción, de la miseria a la felicidad, de la fatiga al reposo, del temor a la seguridad. La primera pascua es la de los judíos; la segunda, la cristiana; la tercera, la de los santos y los perfectos. En la pascua de los judíos fue inmolado el cordero; nuestra Pascua es Cristo inmolado, y en la pascua de los santos y de los perfectos tenemos a Cristo glorificado [...]. En la pascua de los judíos fue inmolado un cordero, pero en el mismo cordero, de un modo prefigurado y como en sombra, fue inmolado Cristo. En nuestra pascua fue inmolado Cristo no de un modo prefigurado, sino real. En la pascua de los santos y de los perfectos ya no se inmola ahora a Cristo, sino que más bien se manifiesta. En la primera pascua está prefigurada la pasión de Cristo, en la segunda está entregada, en la tercera se encuentra manifestado el fruto de la misma pasión, mediante la resurrección (Elredo de Rievaulx, Sermones inediti, edición a cargo de C. H. Talbot, Roma 1952, pp. 94ss).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Para que seamos libres, nos ha liberado Cristo" (Gal 5,1).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL El paso de Jesús de este mundo al Padre abarca, en una unidad estrechísima, pasión y resurrección: a través de su pasión es como llegó Jesús a la gloria de la resurrección. Pasión y paso van unidos entre sí; la Pascua cristiana es un transitus per passionem: un paso a través de la pasión. Pero hay una síntesis más importante: la que se da entre la Pascua de Dios y la pascua del hombre. Cómo se lleva a cabo esa síntesis en la nueva definición de la Pascua? En Jesús, los dos protagonistas de la Pascua -Dios y el hombre- dejan de aparecer como alternativos o yuxtapuestos y se convierten en uno solo, porque, en Cristo, la humanidad y la divinidad son una misma persona. El autor y el destinatario de la salvación se han encontrado; la gracia y la libertad se han besado. Ha nacido la "nueva y eterna alianza"; eterna, porque ahora nadie podrá separar ya a los dos contrayentes, convertidos, en Cristo, en una sola persona. Con todo, queda una duda por disipar: entonces es sólo Jesús quien lleva a cabo la Pascua? Es sólo él quien pasa de este mundo al Padre? Y nosotros? El de Jesús no es un paso solitario, sino un paso colectivo, de toda la humanidad, al Padre. En Pascua nació la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, como espiga crecida en la tumba de Cristo. En consecuencia, todos hemos pasado ya, con Cristo, al Padre y "nuestra vida está escondida ya con Cristo en Dios" (cf. Col 3,3); sin embargo, todos debemos pasar aún. Hemos pasado !n spe e !n sacramento, en esperanza y por el bautismo, pero debemos pasar en la realidad de la vida cotidiana, imitando su vida y, sobre todo, su amor (R. Cantalamessa, ll mistero pasquale, Milán 1985, pp. 19-21).
|
|
XVI Domingo del Tiempo Ordinario
LECTIO Primera lectura: Génesis 18,1 -10a En aquellos días, 1 el Señor se le apareció a Abrahán junto al encinar de Mambré, cuando estaba sentado ante su tienda a la hora del calor. 2 Alzó los ojos y vio tres hombres que estaban de pie delante de él. En cuanto los vio, corrió a su encuentro desde la puerta de la tienda 3 y, postrándose en tierra, dijo: -Mi Señor, por favor, te ruego que no pases sin detenerte con tu siervo. 4 Haré que os traigan agua para lavaros los pies, luego descansaréis bajo este árbol. 5 Voy a buscar un bocado de pan y así os repondréis antes de seguir adelante, ya que habéis pasado junto a vuestro siervo. Ellos respondieron: -Haz como has dicho. 6 Abrahán fue de prisa a la tienda donde estaba Sara y le dijo: -Toma en seguida tres medidas de harina, amásalas y haz unos panecillos. 7 Luego fue corriendo a la vacada, tomó un becerro tierno y cebado y se lo dio a su siervo, que a toda prisa se puso a prepararlo. 8 Tomó después requesón, leche y el becerro ya preparado, y se lo ofreció. Él se quedó de pie junto a ellos, bajo el árbol, mientras comían. 9 Ellos le preguntaron: -Dónde está Sara, tu mujer? Él respondió: -En la tienda. 10 El huésped le dijo: -Bien, dentro de un año volveré a verte y para entonces tu mujer, Sara, tendrá un hijo.
*" Abrahán es un modelo de hospitalidad: muestra los rasgos característicos de la misma. Prontitud: "En cuanto los vio, corrió a su encuentro desde la puerta de la tienda" (v. 2). Realiza gestos de homenaje (se postró "en tierra": v. 2) y de atención al ofrecer a los huéspedes agua para lavarse y hacer que se acomodaran resguardados del sol {"bajo el árbol": w. 4.8). Considera un favor el hecho de poder brindar acogida: "Mi Señor, por favor, te ruego que no pases sin detenerte con tu siervo" (y. 3). Considera un derecho del forastero ser hospedado: "Ya que habéis pasado junto a vuestro siervo" (v. 5). Se muestra solícito al prestar servicio personalmente y al implicar en ello a sus familiares {"fue de prisa a la tienda donde estaba Sara y le dijo: "Toma en seguida...". Luego fue corriendo a la vacada..., se lo dio a su siervo, que a toda prisa...": w. 6ss). Se muestra generoso: hace preparar "tres medidas de harina" (v. 6), "un becerro tierno y cebado" (v. 7), "requesón, leche" (v. 8). Al final permanece disponible para prestar otros servicios: "Y se lo ofreció. Él se quedó de pie junto a ellos, bajo el árbol, mientras comían" (v. 8). El número de los huéspedes es misterioso: son "tres hombres" o un único "Señor" (w. 2ss)? La conclusión del episodio manifestará el carácter divino de la aparición. Antes de volver a partir, el huésped hace una promesa: "Dentro de un año volveré a verte y para entonces tu mujer, Sara, tendrá un hijo" (v. 10). Abrahán tenía setenta y cinco años cuando Dios le dirigió su llamada y le prometió por vez primera la descendencia (Gn 12,4); a los noventa y nueve años le renovó la promesa, que cumplirá cuando tenga cien (17,1.17). De este modo revela Dios su poder: "Existe acaso algo imposible para el Señor?" (18,14).
Segunda lectura: Colosenses 1,24-28 Hermanos: 24 Ahora me alegro de padecer por vosotros, pues así voy completando en mi existencia mortal, y a favor del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, lo que aún falta al total de las tribulaciones cristianas. 25 De esa Iglesia me he convertido yo en servidor, conforme al encargo que Dios me ha confiado de anunciaros cumplidamente su Palabra, 26 es decir, el plan secreto que Dios ha tenido escondido durante siglos y generaciones y que ahora ha revelado a los que creen en él. 27 Precisamente a éstos ha querido Dios dar a conocer la incalculable gloria que encierra este plan divino para los paganos; hablo de Cristo, que está entre vosotros y es la esperanza de la gloria. 28 A este Cristo anunciamos nosotros, amonestando e instruyendo a todos con el mayor empeño, a ver si conseguimos que todos alcancen plena madurez en su vida cristiana.
**• Pablo habla de su misión y del modo como la desarrolla. La misión le ha sido confiada por Dios (v. 25; cf. Hch 9,15), no es una iniciativa suya, y consiste en ser "servidor" (ministro) de la Iglesia, "cuerpo de Cristo" (v. 24). El ministerio tiene como contenido "el plan secreto" (misterio) (v. 26) o plan de salvación universal que Dios quiere realizar en la historia. En el centro no se encuentra una realidad neutra, sino la persona misma de Cristo, el Mesías, de quien procede "la incalculable gloria que encierra este plan divino" (v. 27). El plan tiene una historia: "El plan secreto que Dios ha tenido escondido durante siglos y generaciones y que ahora ha revelado" (v. 26). La novedad, escondida en los siglos precedentes, es que la obra salvífica de Cristo no debe permanecer cerrada en los confines de Israel, sino que está destinada asimismo a los paganos (v. 27) y alcanza a todos los hombres: "A ver si conseguimos que todos alcancen plena madurez, en su vida cristiana" (v. 28). Pablo desarrolla su servicio eclesial dejándose comprometer con él plenamente. Pone en acción su capacidad de anunciar, instruir y exhortar con toda sabiduría a cada uno de los destinatarios para "ver si conseguimos que todos alcancen plena madurez en su vida cristiana" (v. 28). Por eso no tiene miedo de hacer frente a las dificultades: "Me fatigo y lucho" (v. 29), y hasta encuentra alegría en hacerlo por amor a los fieles: "Me alegro de padecer por vosotros" (v. 24). La indicación de la fuente y de la meta de su obrar resulta iluminadora. El equipamiento espiritual le viene de lo alto: "Por la fuerza de aquel que actúa poderosamente en mí" (v. 29). La meta es contribuir a la pasión redentora de Cristo: "Pues así voy completando en mi existencia mortal, y en favor del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, lo que aún falta al total de las tribulaciones cristianas" (v. 24). Los padecimientos de Cristo son perfectamente suficientes de por sí para obrar la salvación. Sin embargo, su anuncio y su acogida implican a su vez sufrimientos, que Pablo considera como un "complemento" de la pasión.
Evangelio: Lucas 10,38-42 En aquel tiempo, 38 según iban de camino, Jesús entró en una aldea, y una mujer, llamada Marta, le recibió en su casa. 39 Tenía Marta una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. 40 Marta, en cambio, estaba atareada con los muchos quehaceres del servicio. Entonces Marta se acercó a Jesús y le dijo: -Señor, no te importa que mi hermana me deje sola en la tarea? Dile que me ayude. 41 Pero el Señor le contestó: -Marta, Marta, andas inquieta y preocupada por muchas cosas, 42 cuando en realidad una sola es necesaria. María ha escogido la mejor parte, y nadie se la quitará.
**• Llega Jesús a Betania y es recibido por las dos hermanas, Marta y María (no se habla de su hermano Lázaro). Fue Marta la primera que "lo recibió en su casa" (v. 38). María le brindó la acogida de su escucha: "Sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra" (v. 39). Diríase que Jesús gozó de una acogida completa y armoniosa: Marta se cuida del aspecto material y María del espiritual; una hace los honores de la casa y otra exalta al Maestro tomando la posición de discípula (cf Hch 22,3). Jesús la honra con un gesto original, porque –contrariamente a la práctica de los rabinos- se entretiene instruyendo a una mujer. El equilibrio se rompe cuando Marta, que anda sobrecargada con un servicio "a lo grande", se acerca a Jesús y le dirige unas palabras que manifiestan mal humor hacia su hermana -me ha dejado "sola en la tarea"- y una confidencia un tanto descortés con el huésped, llegando casi al reproche: "Señor, no te importa que mi hermana me deje sola en la tarea?" (v. 40). Para Marta, la acogida parece reducirse al plano material. María debería echarle una mano, en vez de estar pendiente de los labios del Maestro. El mismo huésped debería transmitirle la orden de ir a trabajar para él, y él debería ocuparse únicamente de esperar la comida. Jesús, que hasta ese momento ha instruido a María, le da ahora una lección a Marta. La reprende con afecto: "Marta, Marta", y le hace ver que ha elegido mal, prefiriendo preocuparse "por muchas cosas" en vez de por la única cosa que "es necesaria" (w. 41ss). Alaba, en cambio, a María, por haber elegido la mejor parte" (v. 42).
MEDITATIO Intentemos profundizar en los principales mensajes que nos comunican la primera lectura y el evangelio y tratemos de actualizarlos. Se trata de relatos de hospitalidad, y entre ellos hay diferencias y semejanzas. Una diferencia que se aprecia a simple vista es que los huéspedes aprueban el servicio de Abrahán: "Haz como has dicho" (Gn 18,5); el de Marta, sin embargo, se atrae una reprensión. La semejanza es que en ambos casos el huésped no sólo recibe, sino que aporta también un don: promete un hijo a Abrahán y Sara, y ofrece su palabra en Betania. Recibir al Señor Jesús en nuestra "casa" no significa sólo prestarle "muchos servicios", sino también -antes que nada- dejarle hablar y recibir el don de su Palabra. La hospitalidad tiene que ser ofrecida también en nombre de Jesús a los hombres con quienes él se identifica: "Fui forastero y me hospedasteis" (Mt 25,35), "No olvidéis la hospitalidad" (Heb 13,2). Hay que dar la oportunidad no sólo de dar, sino también de recibir. Qué ocasiones tenemos? Las dos hermanas han sido consideradas como dos tipos de vida: activa y contemplativa. En realidad, son más bien ejemplos concretos que ilustran el tercer y cuarto tipos de terrenos de la parábola del sembrador. La "preocupación" y la "agitación" de Marta recuerdan "la semilla que cayó entre cardos", o sea, "los que escuchan el mensaje, pero luego se ven atrapados por las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida, y no llegan a la madurez" (cf. Le 8,14). La "mejor parte" de María nos recuerda, en cambio, "la semilla que cayó en tierra buena", o sea, "a los que, después de escuchar el mensaje con corazón noble y generoso, lo retienen y dan fruto por su constancia" (Lc 8,15). Dónde se sitúa nuestro modo de vivir, en el tercero o en el cuarto tipo de terreno?
ORATIO Si al actualizar los dos mensajes precedentes -el de la mano que da y el del oído que recibe- descubrimos en nosotros la actitud buena, demos gracias al Padre. Pidamos perdón, sin embargo, por posibles faltas de generosidad o por no haber tratado al huésped como a una persona que debe ser acogida con benevolencia cordial. Cómo hospedamos en nosotros al Señor, que se hace presente a través de su palabra, en la eucaristía y en los hermanos? De las conclusiones de este examen de conciencia brotará una imploración de perdón, si somos deficientes, de invocación al Espíritu Santo, "dulce huésped del alma", para que nos haga capaces de acoger, o una oración de acción de gracias y de alabanza si nos asemejamos a Abrahán y a María.
CONTEMPLATIO Elevemos nuestra mirada a Dios para captar en él la plenitud de esa hospitalidad sobre la que hemos meditado en los dos episodios que hemos visto y sobre los que hemos orado. La hospitalidad es una dimensión fundamental de la revelación bíblica. Nos invita a abrir la mirada y el corazón frente a toda persona: "Acogeos los unos a los otros, como Cristo os acogió a vosotros" (Rom 15,7). El horizonte se ensancha después. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo desean habitar en cada bautizado: "Vendremos a él y haremos morada en él" (Jn 14,23). Santa Isabel de la Trinidad vivía en la contemplación de estos Huéspedes suyos, a los que llamaba afectuosamente "mis Tres". Acaso no concluirá la historia de la salvación en el paraíso terrenal escatológico, donde se llevará a cabo una hospitalidad recíproca? Los santos hospedan a Dios -"Ésta es la tienda de campaña que Dios ha montado entre los hombres. Habitará con ellos; ellos serán su pueblo y Dios mismo estará con ellos" (Ap 21,3)- y Dios hospeda a los santos: "No vi templo alguno en la ciudad, pues el Señor Dios todopoderoso y el Cordero son su templo" (Ap 21,22). La ciudad celeste será habitada por huéspedes de toda procedencia: "Apareció una multitud inmensa, de toda nación, raza, pueblo y lengua" (Ap 7,9). El actual fenómeno de la mezcla de distintas etnias y culturas ha de ser considerado en esta dirección.
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Marta, Marta, andas inquieta y preocupada por muchas cosas" (Lc 10,41).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL El concepto de hospitalidad ha perdido en nuestra cultura mucha de su fuerza y se emplea a menudo en ambientes donde estaríamos más inclinados a esperar una piedad aguada que una búsqueda seria de auténtica espiritualidad cristiana. Ahora bien, si hay un concepto que merece ser llevado a la profundidad original y a su potencial evocador es el de hospitalidad. Se trata, en efecto, de uno de los términos bíblicos más ricos, un concepto que está en condiciones de ahondar y ensanchar nuestra percepción respecto a las relaciones con los hermanos. Los relatos del Antiguo y del Nuevo Testamento no se limitan únicamente a indicarnos qué grave es la obligación de acoger al extranjero en nuestra casa, sino que nos señalan también que los invitados traen consigo dones preciosos, unos dones que están ansiosos de mostrar a quienes les acogen. Los tres extranjeros recibidos de manera suntuosa por Abrahán en Mambré se le revelan como el Señor y le anuncian que Sara dará a luz un hijo. Cuando se invita a los extranjeros que pueden dar miedo, entonces revelan al huésped las promesas que traen consigo. De este modo, los relatos bíblicos nos ayudan a darnos cuenta de que la hospitalidad es una virtud importante y - lo que es más, que en el marco de la hospitalidad, huésped e invitado pueden revelarse recíprocamente regalos preciosos, entregándose una vida nueva. En estos últimos decenios, la psicología ha contribuido mucho a descubrir un nuevo modo de entender las relaciones interpersonales. Sin embargo, algunos de nosotros se han dejado impresionar hasta tal punto por los nuevos descubrimientos que han perdido de vista la enorme riqueza contenida y conservada en conceptos antiguos como el de hospitalidad. Ese concepto podría dar una nueva dimensión a nuestra comprensión de una relación benéfica y a la formación de una comunidad, nuevamente creativa, en un mundo que sufre de alienación y de extrañamiento (H. J. Nouwen, Viaggio spirítuale per l'uomo contemporáneo, Brescia 81999, pp. 60 ss).
|
|
Lunes de la XVI Semana del Tiempo Ordinario o San Lorenzo de Brindis, presbítero y doctor de la Iglesia
LECTIO Primera lectura: Éxodo 14,5-18 En aquellos días, 5 cuando le dijeron al rey de Egipto que el pueblo había huido, tanto el faraón como sus cortesanos cambiaron de opinión y se decían: -Qué es lo que hemos hecho? Hemos dejado salir a Israel y nos hemos privado de sus servicios. 6 Entonces, el faraón hizo preparar su carro y reunió su ejército; 7 puso en marcha a todos los carros de guerra egipcios y a los seiscientos carros escogidos, todos con sus respectivos combatientes. 8 El Señor hizo que el faraón, rey de Egipto, se obstinara y persiguiera a los israelitas, que habían partido con la cabeza bien alta. 9 Los egipcios, los caballos y los carros del faraón, sus caballeros y su ejército, los persiguieron y les dieron alcance en el lugar donde estaban acampados, a orillas del mar, junto a Piajirot, frente a Baalsefón. 10 Cuando el faraón estaba cerca, los israelitas alzaron la vista y, al ver que los egipcios los perseguían, clamaron llenos de terror al Señor 11 y dijeron a Moisés: -No había cementerios en Egipto para que nos hayas traído a morir en el desierto? Nos has sacado de Egipto para hacernos esto? 12 No te decíamos que nos dejaras tranquilos sirviendo a los egipcios; que era mejor servirles a ellos que morir en el desierto? 13 Moisés respondió al pueblo: -No temáis, manteneos firmes y veréis la victoria que os va a dar hoy el Señor; a estos egipcios que veis ahora, no los volveréis a ver nunca jamás. 14 El Señor combatirá por vosotros sin que vosotros tengáis que hacer nada. 15 El Señor dijo a Moisés: -A qué vienen esos gritos? Ordena a los israelitas que emprendan la marcha. 16 Tú levanta tu cayado, extiende la mano sobre el mar y se partirá en dos para que los israelitas pasen por medio de él, como si fuera tierra seca. 17 Yo voy a aumentar la obstinación de los egipcios, para que entren en el mar detrás de vosotros, y entonces me cubriré de gloria a costa del faraón y de todo su ejército, de sus carros y de su caballería. 18 Y sabrán los egipcios que yo soy el Señor, cuando me cubra de gloria a costa del faraón, de sus carros y de su caballería.
*"• La primera lectura nos ofrece hoy otra descripción de la salida de Egipto con unos elementos psicológicos magistralmente orquestados. Por una parte, el pesar del faraón por haber dejado partir a los israelitas (pensando sobre todo en las ventajas económicas de su trabajo). A continuación, la rápida decisión del rey de perseguir a los fugitivos con un gran ejército. El texto acentúa el hecho de que "el Señor hizo que el faraón, rey de Egipto, se obstinara" (v. 8). Ésta era la manera de pensar de la antigua teología israelita: todo lo que acontecía en el mundo y en la vida se pensaba que estaba dispuesto por la voluntad de Dios; por consiguiente, también este propósito del rey de Egipto, aparentemente en contra de Israel, formaba parte del designio de salvación, y su objetivo era hacer resaltar el poder y la grandeza de las obras divinas en favor de su pueblo. Viene, a continuación, el terror del pueblo: a los israelitas les espanta la idea de ser perseguidos por el ejército del faraón. Se propaga entonces el miedo a caer en sus manos, y empiezan las murmuraciones contra Moisés. El tiempo pasado aparece ahora idealizado: ya no piensan en la dura esclavitud, sino sólo en los escasos beneficios en aquella vida absolutamente insoportable. Y crece el deseo de volver atrás, de servir a los egipcios, de volver a ser de nuevo esclavos. Moisés intenta serenar al pueblo recordándole todo lo que Dios había hecho por cada uno de sus miembros y exhortándole a la confianza: "No temáis, manteneos firmes y veréis la victoria que os va a dar hoy el Señor" (v. 13). Finalmente, es Dios mismo quien entra en acción y ordena a Moisés que extienda el bastón sobre las aguas del mar: éste será el comienzo del gran prodigio del paso del mar Rojo. Lo primero que ordena es "que emprendan la marcha" (v. 15), es decir, la continuación de la obra ya empezada, basándose en la confianza en Dios, porque ahora, y de una manera extraordinaria, se va a revelar el Dios de su salvación.
Evangelio: Mateo 12,38-42 En aquel tiempo, 38 algunos maestros de la Ley y fariseos le dijeron: -Maestro, queremos ver un signo hecho por ti. 39 Jesús respondió: -Esta generación perversa e infiel reclama un signo, pero no tendrá otro signo que el del profeta Jonás. 40 Pues así como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del pez, así estará el Hijo del hombre tres días y tres noches en el corazón de la tierra. 41 Los ninivitas se levantarán en el día del juicio junto con esta generación y la condenarán, porque ellos hicieron penitencia ante la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más importante que Jonás. 42 La reina del sur se levantará en el juicio junto con esta generación y la condenará, porque ella vino del extremo de la tierra para oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más importante que Salomón.
*• El evangelio de hoy nos presenta una página impresionante sobre la respuesta y la reacción de Jesús frente a la petición de ver un milagro que le hacen los maestros de la Ley y los fariseos. Jesús hacía continuamente milagros de todo tipo -era ésta su característica más notable junto a la de disponer de una palabra y una doctrina sorprendente y única-; ahora bien, sus enemigos ni escuchaban su doctrina ni querían considerar sus milagros. Su mente y su corazón estaban cerrados por la incredulidad, manchados por la sospecha, viciados por la malicia. De ahí que la respuesta de Jesús sea clara, cortante: empieza con un ataque frontal y compara a sus adversarios con una "generación perversa e infiel", como decían los antiguos profetas de Israel. Prosigue, después, su invectiva, mezclando su persona y sus privilegios con comparaciones que humillan a aquella generación insensible. Los ninivitas fueron a escuchar a Jonás y por eso condenarán a esta generación incrédula, que no ha sido capaz de escuchar al Enviado de Dios (w. 40ss). Jesús, a buen seguro, les va a dar un signo, pero no será "otro signo que el del profeta Jonás", que volvió a la vida después de haber estado encerrado tres días en el vientre del pez. "La reina del sur" (es decir, la reina de Saba) se molestó en ir al encuentro de Salomón y escuchar su sabiduría, y juzgará a los oyentes presentes porque no han sido capaces de escuchar la voz del Señor. Tanto los habitantes de Nínive como la reina de Saba demostraron tener apertura de corazón y no sofocaron el comienzo de la fe. Sin embargo, los oyentes de Jesús han cerrado los oídos y el corazón a su predicación, una predicación realizada en su propia casa. Jesús se autoproclama aquí como superior a Jonás (es decir, a la profecía) y superior a Salomón (es decir, a la sabiduría), para hacer resaltar la gravedad de la actitud de sus conciudadanos, que le rechazan. Mateo, entrelazando la doctrina bíblica y la cristológica, afirma que el Mesías, maestro de novedad y autor de salvación, al mostrarse superior a los más grandes ideales o valores de los hombres de su tiempo, posee una autoridad única, que le ha sido conferida por Dios.
MEDITATIO En las dos lecturas de hoy encontramos una actitud semejante por parte de la gente: los hombres no se fían de Dios. Tanto en el caso de los israelitas en Egipto como en el caso de los maestros de la Ley y los fariseos existe un olvido voluntario, una cerrazón del corazón ante cuanto Dios y Jesús han hecho de extraordinario por el pueblo. Es el tema de la ceguera, de la cerrazón voluntaria del corazón frente a la actuación de Dios. Se trata de una actitud de soberbia, de autosuficiencia, de rechazo de la acción de Dios cuando ésta no se adecúa a las normas establecidas por la mente humana. El hombre intenta encerrar a Dios, quitarle su libertad, y no acepta sino aquello que el mismo hombre quiere ver y sentir. Es una actitud de soberbia y de dureza de corazón que ha constituido siempre la llaga constante de Israel y la cruz llevada por todos los profetas, empezando por Moisés. Cristo es el último de estos enviados, y su Palabra sobrepasa inmensamente a la de todos los profetas anteriores. Pero esta voz padece la amenaza de no ser escuchada, de ser entendida mal, malinterpretada. Éste será el drama de Jesús. Nosotros nos encontramos en el círculo de los oyentes de Jesús. Frente a su Palabra, nuestra pregunta ha de ser: somos como los hombres del antiguo Israel, como los escribas y los fariseos, o poseemos un corazón sencillo capaz de escuchar, como los anawim (los pobres de YHWH), personas de corazón sencillo y sincero? De nuestra respuesta a esta pregunta dependerá nuestra fe, nuestra confianza, nuestra misma salvación.
ORATIO Oh Señor Jesús, sencillo y humilde de corazón. !Cuan lejos me siento de esta actitud tuya de sencillez, de humildad, de dulzura! Esta lejanía me hace percibir también el fruto de mi dureza de corazón, de mi poca confianza, de mi poca disponibilidad a tu voluntad, de mi egoísmo, que antepone siempre mi propia persona al bien de los otros y a tu misma gloría. Concédeme un corazón nuevo, Señor Jesús, semejante al tuyo; un corazón abierto, dócil, sincero, humilde, que sepa escuchar tu Palabra, que sepa obedecer a tu voluntad. Concédeme tu Espíritu Santo, para que transforme mi vida, mi alma, mi corazón, mis principios. Que te reflejen a ti y sólo a ti, tu corazón, tu alma, tus actitudes, y así me convierta yo en un verdadero discípulo, en un auténtico seguidor de tus huellas.
CONTEMPLATIO El faraón acosaba de cerca y apretaba a los judíos con la numerosa escuadra de carros de los egipcios. Un enemigo envolvente a las espaldas y un mar arrollador por delante habían cerrado el camino al pueblo de Dios. Ninguna confianza en las armas, ninguna esperanza en la fuerza. Se elevaba sólo el apesadumbrado lamento: "Hubiera sido mejor soportar las duras cargas de la esclavitud en Egipto que morir de lenta y penosa consumición en el desierto". Pero ese lamento no traía consigo ni una brizna de seguridad; más aún, implicaba una ofensa infinita a Dios. Estaba, por tanto, Moisés lleno de tristeza, de preocupación, de ansiedad, tanto por los peligros como por los lamentos del pueblo, esperando el fiel cumplimiento de las promesas del Cielo. Y en silencio meditaba con qué recursos habría de intervenir el Señor por fin, olvidando la ofensa y recordando su amor. A él le dice el Señor: "A qué vienen esos gritos?". No consigo percibir su sonido, pero reconozco su voz: capto su silencio, advierto el grito que se esconde en sus obras. El pueblo gritaba; sin embargo, no era oído. Moisés callaba; sin embargo, era oído. No fue al pueblo a quien se le dijo: "A qué vienen esos gritos?". De hecho, no gritaba a Dios aquel pueblo que gritaba injurias indignas de hombres. Fue en cambio a Moisés a quien se le dijo: "A qué vienen esos gritos?". Dicho con otras palabras: "El único que me grita a mí eres tú, que has vuelto a poner la esperanza en mí; el único que me grita a mí eres tú, que provocas mi fuerza; el único que me grita a mí eres tú, que no deseas otra cosa sino que mi nombre sea anunciado por toda la tierra" (Ambrosio de Milán, Comentario al salmo 118, XIX, 10).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Desde lo hondo a ti grito, Señor" (Sal 129,1).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL La exigencia de Dios es tremenda: el hombre es salvado precisamente cuando queda reducido a nada, cuando ya no puede hacer nada por sí mismo para salvarse. Qué puede hacer Israel para salvarse de la amenaza de los egipcios? Todo el ejército egipcio está a sus espaldas e Israel no tiene delante más que el mar: no hay escapatoria. Ahora bien, en el momento en que se hunde toda esperanza humana, precisamente en ese momento, debe afirmar su esperanza en Dios, y la esperanza de Israel en Dios vence, su confianza obtiene la salvación. La única condición para la salvación es la esperanza contra toda esperanza; es la fe que permanece firme en el mismo momento en que se hunde todo apoyo humano. Eso es lo que pide Dios al alma que quiere ser salvada, que quiere ser redimida: la fe en lo imposible, como decía Charles e Foucauld. Pide una fe que exige no sólo el abandono, sino un abandono sereno, humilde y pleno. Israel no debe tener miedo, debe ser fuerte, conservar el silencio: el hombre no tiene que sentir miedo frente a la extrema amenaza. "Alma mía, recobra tu calma", dice el salmo. Reposar en los brazos de Dios como un niño en los brazos de su madre. Caen, se hunden para ti todos los apoyos: precisamente entonces viene la salvación divina, no temas. La salvación divina sigue siendo siempre un milagro, y la realización de este milagro no tiene más que una condición: la fe. No tienes que hacer nada. Debes abandonarte, debes precipitarte en Dios como en el vacío: el Señor no te pide nada más (D. Barsotti, Meditazione sull'Exodg, Brescia 1967, p. 119 [edición española: Espiritualidad del Éxodo, Ediciones Sígueme, Salamanca 1 968]).
|
|
Santa María Magdalena
LECTIO Primera lectura: Éxodo 14,21-31 En aquellos días, 21 Moisés extendió su mano sobre el mar, y el Señor, por medio de un recio viento del este, empujó al mar, dejándolo seco y partiendo en dos las aguas. 22 Los israelitas entraron en medio del mar como en tierra seca, mientras las aguas formaban una especie de muralla a ambos lados. 23 Los egipcios se lanzaron en su persecución; toda la caballería del faraón, sus carros y caballeros, entraron tras ellos en medio del mar. 24 Pero antes de la madrugada miró el Señor desde la columna de fuego y de nube a las huestes egipcias y las desbarató. 25 Atascó las ruedas de los carros, que apenas podían avanzar. Entonces los egipcios se dijeron: -Huyamos ante Israel, porque el Señor combate por ellos contra los egipcios. 26 Pero el Señor dijo a Moisés: -Extiende tu mano sobre el mar, para que las aguas se precipiten sobre los egipcios, sobre sus carros y su caballería. 27 Moisés extendió su mano sobre el mar, y al amanecer volvió el mar a su estado normal. Los egipcios toparon con él en su huida, y así los arrojó el Señor en medio del mar. 28 Las aguas, al juntarse, anegaron carros y caballeros y a todo el ejército del faraón, que había entrado en el mar en persecución de los israelitas. No escapó ni uno solo. 29 Sin embargo, los israelitas caminaban en medio del mar como por tierra seca, mientras las aguas formaban para ellos una muralla a ambos lados. 30 Así salvó el Señor aquel día a Israel del poder de los egipcios, e Israel pudo ver a los egipcios muertos en la orilla del mar. 31 Israel vio el prodigioso golpe que el Señor había asestado a los egipcios, temió al Señor y puso su confianza en él y en Moisés, su siervo.
**- El acontecimiento de la travesía del mar Rojo, magníficamente descrito por el autor con acentos poéticos y gloriosos, marca uno de los momentos culminantes de la historia y de la teología de Israel. Forzosamente debía ser así, tratándose de una experiencia que nunca se ha borrado de la memoria del pueblo judío. Los israelitas se veían perdidos, acosados por el faraón y su ejército. Frente a ellos tenían el mar; no había, por consiguiente, escapatoria. Y precisamente en esa situación desesperada desde el punto de vista humano es donde se hace sentir la mano omnipotente de Dios, su fuerza, su intervención oportuna y grandiosa: los vencedores son vencidos; los condenados a muerte quedan libres; el terror se convierte en maravilla y exultación. Es cierto que este hecho, histórico y concreto, ha sido adornado después con elementos de epopeya, cual acontecimiento prodigioso, con una acción divina también llamativa. La teología, la poesía, la sabiduría y los mismos historiadores de Israel han descrito el paso del mar con acentos entusiastas para hacer resaltar la acción de Dios y para fijar de una manera indeleble en la mente del pueblo el hecho de su salvación. El acontecimiento, aunque ciertamente tuvo lugar, sucedió sin duda de una manera mucho más sencilla, y se vio ayudado por elementos naturales (los lagos amargos, poco profundos; la fuerza del viento, que pudo desplazar, como sigue sucediendo todavía hoy, parte de las aguas de los lagos). Sin embargo, los judíos supieron ver en aquellas circunstancias una intervención providencial de Dios, que les salvó de una muerte segura. Las frases "así salvó el Señor aquel día a Israel del poder de los egipcios" (v. 30) e "Israel vio el prodigioso golpe que el Señor había asestado a los egipcios" (v. 31), se convertirán en un acto de fe fundamental para el creyente israelita.
Evangelio: Mateo 12,46-50 En aquel tiempo, 46 aún estaba Jesús hablando a la gente cuando llegaron su madre y sus hermanos. Se habían quedado fuera y trataban de hablar con él. 47 Alguien le dijo: -!Oye! Ahí fuera están tu madre y tus hermanos, que quieren hablar contigo. 48 Respondió Jesús al que se lo decía: -Quién es mi madre, quiénes son mis hermanos? 49 Y señalando con la mano a sus discípulos, dijo: -Éstos son mi madre y mis hermanos. 50 El que cumple la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.
**• Jesús había iniciado hacía ya tiempo su actividad pública y mesiánica: se encontraba en un estadio más allá del círculo familiar, que podía limitar o condicionar su obra. Ni siquiera le acompañaba su madre. Jesús no había renegado de los suyos; se trataba simplemente de que fuera de su ambiente se podía sentir -y ser- totalmente libre. Los vínculos naturales de la familia o de la amistad pertenecen ya a un plano subordinado: son relativos, secundarios. En este sentido debemos comprender las palabras de Jesús (w. 48-50), de ninguna manera ofensivas respecto a su madre o a sus parientes. Jesús sitúa las cosas y las personas en la perspectiva de Dios y de sus designios. Marcos se fija en el detalle de la mirada de Jesús posada sobre sus discípulos en el momento de hablar de su nueva familia. Es cosa sabida que el evangelista Mateo muestra preferencia por el tema del discipulado, y por eso, al subrayar el gesto de la mano de Jesús, dice cuál es la verdadera familia de Jesús: no ya la de la carne y la de la sangre, sino la formada según el Espíritu, que hace semejantes los corazones, que abre a la escucha de la Palabra, a la renuncia a nosotros mismos, a la fidelidad de un seguimiento de Jesús absoluto y gozoso, comparable a la alegría del mercader de perlas preciosas que adquiere una de gran valor. Jesús mismo es el primero en observar la renuncia que impone a sus seguidores -renuncia a los sentimientos más naturales, a las tendencias más fuertes, a los impulsos más legítimos- cuando ese sacrificio sirva para la difusión del Reino.
MEDITATIO La Palabra de Dios adquiere novedades sorprendentes cada vez que la leemos. Dice san Gregorio Magno: "Scriptura crescit cum legente" (la Escritura crece junto con el que la lee), es decir, va profundizando en la medida en que el lector profundiza en la fe, crece en la medida en que crece su vida cristiana. Una cosa leída en un determinado estadio de vida espiritual vuelve a tener mayor profundidad y más sentido cuando la leemos en un estadio más elevado. La Palabra de Dios nos presenta hoy dos páginas importantes: en una se nos muestra el maravilloso obrar de Dios; en la otra, la verdadera familia de Jesús. Sólo un Dios que tenga un poder infinito puede cambiar las relaciones humanas de la vida y de la familia, y puede exigir que los vínculos familiares sean diferentes a los brindados por la naturaleza y por la sociedad. Y cambia precisamente estas relaciones sólo cuando alguien ha comprendido y ha experimentado su salvación, esto es, cuando el hombre se siente sumergido en la esfera de Dios, de la acción de su amor. Entonces puede comprender la nueva relación que existe entre él mismo y Dios, entre él mismo y Cristo, entre él y los otros, a los que considera como "sus hermanos". El apóstol Pablo nos recuerda: sois "conciudadanos dentro del pueblo de Dios; sois familia de Dios" (Ef 2,19). Como todas las obras de Dios, también la familia espiritual, a pesar de su aparente extrañeza, posee una riqueza inconmensurable. Nos hace salir de un ámbito pequeño y restringido, para abrirnos a unos horizontes ilimitados de vínculos y de relaciones. En vez de dos, cuatro, seis hermanos y hermanas, lo propio del corazón cristiano es decir: todos los hombres y todas las mujeres del mundo son mis hermanos y mis hermanas, a los que amo, por los que rezo, a los que confío cada día al Señor a fin de que les bendiga. Intento mantener con todos relaciones de respeto, de amistad, de paz, de apertura.
ORATIO Tú me hablas de tu nueva familia, oh Señor, y yo sigo bien apegado a los vínculos de la carne y de la sangre, en el pequeño círculo de los míos. Es cierto que tú quieres también este afecto -es una ley inscrita en nuestra naturaleza-, pero tu invitación nos impulsa a ir más allá de estos límites humanos, aunque sean sagrados e intocables. Haz que tu Espíritu me introduzca en el corazón de esta familia divina, que es la familia de la fe. Concédeme un corazón grande, capaz de amar, de amar a todos y siempre, de perdonar, de no restringir nunca los amplísimos horizontes que tú me ofreces para que mi vida se vuelva generosa y magnánima. Sólo cuando pertenezca a ti y a tu familia seré capaz de ver las grandes obras que tú has realizado, como el éxodo de Egipto -tu salvación y tu liberación-. Sólo cuando pertenezca a ti podrá palpitar mi corazón al ritmo del tuyo y podrá sentir, precisamente entonces, las llamadas a la universalidad, al amor total, al desprendimiento por el Reino de Dios, a la opción por el Evangelio y por cuanto Jesús nos ha enseñado. Señor, que has querido hacerte como nosotros a fin de que nosotros lleguemos a ser como tú, concédeme unos ojos claros para verte, un corazón abierto para acogerte, unas manos diligentes para servirte, una voz convencida para anunciarte, unos pies ligeros para llevarte a donde quieras.
CONTEMPLATIO En el Antiguo Testamento, el pueblo fue liberado de Egipto; en el Nuevo, ha sido liberado del diablo. En el primero, los judíos fueron perseguidos por los perseguidores egipcios; en el segundo, el pueblo cristiano es perseguido por sus mismos pecados y por el diablo, príncipe de los pecadores. Pero así como los judíos fueron perseguidos hasta el mar, así también los cristianos son perseguidos hasta el bautismo. Los judíos salieron de Egipto y después del mar Rojo vagaron por el desierto; así también los cristianos, tras el bautismo, no están aún en la tierra prometida, sino que viven en la esperanza. El desierto es el mundo, y el que es cristiano de verdad, después del bautismo, vive en el desierto, si ha comprendido bien lo que ha recibido. Si el bautismo no consiste para él solamente en unos cuantos signos externos, sino que produce efectos espirituales en su corazón, comprenderá adecuadamente que este mundo es para él un desierto, comprenderá que vive en peregrinación, que espera la patria. La espera durante días y i lías y vive en la esperanza. Esta paciencia en medio del desierto es signo de esperanza. Si se considera ya en la patria, no llega a ella. Para no quedarse en el camino, ha de esperar la patria, desearla, sin salirse del camino. Y es que están las tentaciones. Y así como en el desierto se presentaron las tentaciones, así se presentan también después del bautismo. Cuando el cristiano, después del bautismo, haya empezado a recorrer el camino de su corazón con la esperanza de las promesas de Dios, no debe cambiar de camino. Llegan las tentaciones que sugieren otras cosas -los placeres de este mundo, otro modo de dirigir nuestra vida- para desviarnos a cada uno de nosotros del propio camino y alejarnos del que nos había sido propuesto. Si superas estos deseos, estas sugerencias, los enemigos quedarán derrotados en el camino y el pueblo llegará a la patria (Agustín de Hipona, Sermones sobre el Antiguo Testamento, IV, 9).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Mi fuerza y mi canto es el Señor; él me ha salvado" (Ex 15,2). PARA LA LECTURA ESPIRITUAL "Lo primero que hace falta es salir de Egipto..." El Antiguo Testamento nos muestra el esbozo de las grandes obras de Dios, el Nuevo nos anuncia la consumación de las mismas, la Iglesia nos presenta su repercusión actual. Una de las más importantes de estas obras de Dios es el éxodo. Es propiamente un misterio de salvación. Sin embargo, no es más que un aspecto de la Pascua. Y es que la Pascua encierra en sí todo el misterio cristiano: es creación y liberación, expiación y purificación. El Cántico del Éxodo no exalta más que un aspecto particular del misterio cristiano: el de la liberación del pueblo de Dios, cautivo de las fuerzas del mal. Este misterio del Dios liberador de los cautivos resurge en todos los ámbitos de la historia de la salvación como un sonido que resuena en ecos cada vez más profundos. Fue, a orillas del mar Rojo, liberación para Israel, perseguido por los jinetes de Egipto; fue, al borde de las aguas profundas de la muerte, liberación para Jesús, cautivo del Príncipe de este mundo; fue, al borde de las aguas bautismales, liberación para los paganos, cautivos de las potencias de la idolatría [...]. Y ya en la otra orilla, tras haber escapado milagrosamente de la persecución del enemigo, el pueblo de los rescatados entona el cántico triunfal. El pueblo de Israel, guiado por la columna de nube, escapaba de la tiranía egipcia. El faraón y sus carros se pusieron a perseguirlo. El pueblo llegó al mar. El camino estaba cortado. Israel estaba abocado a su aniquilación o a una nueva servidumbre. Se encontraba como un ejército acorralado contra la orilla del mar y a punto de ser destruido o capturado. Es preciso subrayar este carácter desesperado de la situación, pues es el que da todo su sentido al episodio. En efecto, fue entonces, cuando se encontraban en la impotencia absoluta para salvarse a sí mismos, cuando el poder de Dios llevó a cabo lo que era imposible para el hombre: "Moisés extendió su mano sobre el mar, y el Señor, por medio de un recio viento del este, empujó al mar, dejándolo seco y partiendo en dos las aguas. Los israelitas entraron en medio del mar como en tierra seca, mientras las aguas formaban una especie de muralla a ambos lados. Los egipcios se lanzaron en su persecución; toda la caballería del faraón, sus carros y caballeros, entraron tras ellos en medio del mar. Moisés extendió su mano sobre el mar, y al amanecer volvió el mar a su estado normal. Los egipcios toparon con él en su huida, y así los arrojó el Señor en medio del mar. Las aguas, al !untarse, anegaron carros y caballeros y a todo el ejército del faraón, que había entrado en el mar en persecución de los israelitas. No escapó ni uno solo" (Ex 14,21-30). Esta acción de Dios, liberando a su pueblo de una situación desesperada, permanecerá como el mayor recuerdo de la historia de Israel a través de los siglos (J. Daniélou, Essai sur le mystére de l'histoire, E. du Seuil, París 1953, pp. 202-203 [edición española: El misterio de la historia, Dinor, Pamplona 1957]).
|
|
Miércoles de la XVI Semana del Tiempo Ordinario Santa Brígida de Suecia, religiosa
LECTIO Primera lectura: Éxodo 16,1-5.9-15 1 Partió de Elín toda la comunidad de los israelitas y llegaron al desierto de Sin, entre Elín y Sinaí, el día quince del segundo mes después de la salida de Egipto. 2 La comunidad de los israelitas comenzó a murmurar contra Moisés y Aarón en el desierto, diciendo: 3 -!Ojalá el Señor nos hubiera hecho morir en Egipto, cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne y nos hartábamos de pan! Pero vosotros nos habéis traído a este desierto para hacer morir de hambre a toda esta muchedumbre. 4 El Señor dijo a Moisés: -Mira, voy a hacer llover del cielo pan para vosotros. El pueblo saldrá todos los días a recoger la ración diaria; así los pondré a prueba, a ver si actúan o no según mi ley. 5 El día sexto, recogerán y prepararán doble ración. 9 Después dijo Moisés a Aarón: -Di a toda la comunidad de los israelitas que se acerque ante el Señor, porque él ha oído sus murmuraciones. 10 Mientras Aarón les estaba hablando, todos los israelitas miraron hacia el desierto y vieron que la gloria del Señor aparecía en la nube. 11 El Señor habló así a Moisés: 12 -He oído las murmuraciones de los israelitas. Diles: Por la tarde comeréis carne, y por la mañana os hartaréis de pan, y así sabréis que yo soy el Señor, vuestro Dios. 13 Por la tarde, en efecto, cayeron tantas codornices que cubrieron el campamento, y por la mañana había en torno a él una capa de rocío. 14 Cuando se evaporó el rocío, observaron sobre la superficie del desierto una cosa menuda, granulada y fina, parecida a la escarcha. 15 Al verlo se dijeron unos a otros: -Manhu? -es decir, qué es esto?-. Pues no sabían lo que era. Moisés les dijo: -Éste es el pan que os da el Señor como alimento.
*" Los israelitas han llegado a la otra orilla del mar Rojo, han sido liberados y han visto derrotados a sus perseguidores egipcios. Ahora se encuentran en la parte occidental del Sinaí, frente al desierto. Han alabado al Señor por el acontecimiento de la salvación que les ha otorgado, pero les falta la perseverancia en la confianza en Dios. En cuanto llega el primer obstáculo, empiezan amargas murmuraciones: echan de menos el Egipto de su esclavitud, piensan con nostalgia en el pan y en la carne con que se saciaban cuando se encontraban en aquella tierra. La murmuración constituirá uno de los pecados capitales y más constantes a lo largo de todo el trayecto del éxodo, una murmuración que muestra la poca fe, la poca confianza en Dios, el carácter opaco de aquellas mentes que no parecían tener en cuenta todo lo que Dios hacía afectuosamente por ellos y - no precisamente en último lugar- la mezquindad y tacañería de su corazón respecto a Moisés. El mismo Moisés dará a Israel la denominación de "pueblo de dura cerviz", que se repetirá después, constantemente, a lo largo de la historia de Israel y volverá también en otras ocasiones en el lenguaje de los profetas. Sin embargo, en contraste con esta actitud del pueblo, Dios responde con una inesperada magnanimidad, otorgando a los israelitas dos nuevos prodigios: la abundancia del maná (el pan bajado del cielo) y de las codornices, que saciaron el hambre del pueblo y le llenaron de alegría... Pero Israel no supo agradecer al Señor aquella nueva providencia. Como leemos en el salmo 78,32, usado hoy como salmo responsorial, "a pesar de todo, volvieron a pecar, sin tener fe en sus maravillas". Misterio de ceguera, de abyección, de miseria espiritual que a duras penas se compagina con la espléndida generosidad de Dios. Éste es el misterio del corazón del hombre, con sus inexplicables respuestas.
Evangelio: Mateo 13,1-9 1 Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. 2 Se reunió en torno a él mucha gente, tanta que subió a una barca y se sentó, mientras la gente estaba de pie en la orilla. 3 Y les expuso muchas cosas por medio de parábolas. Decía: -Salió el sembrador a sembrar. 4 Al sembrar, parte de la semilla cayó al borde del camino, pero vinieron las aves y se la comieron. 5 Parte cayó en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra; brotó en seguida, porque la tierra era poco profunda, 6 pero cuando salió el sol se agostó y se secó porque no tenía raíz. 7 Parte cayó entre cardos, pero éstos crecieron y la ahogaron. 8 Finalmente, otra parte cayó en tierra buena y dio fruto: un grano dio cien, otro sesenta, otro treinta. 9 El que tenga oídos para oír que oiga.
*•• Todo el capítulo 13 de Mateo está consagrado a la enseñanza de las parábolas de Jesús y a la explicación de algunas de ellas. En total aparecen siete parábolas sobre el tema del Reino, recogidas por el evangelista en este capítulo. Tienen como escenario -más que sugestivo- el lago de Genesaret y la barca desde donde habla Jesús. De ahí que, por lo general, estas parábolas reciban unas veces el nombre de "parábolas del lago" y otras el de "parábolas del Reino". Mateo pretende mostrar con estas palabras la fuerza misteriosa del Reino de Dios, que, a través de muchos obstáculos, vence al mal arraigado en el mundo. La primera de estas parábolas es la del sembrador. Bajo las sencillas apariencias de una descripción de la siembra, circunstancia conocida por todos, la parábola brinda una gran enseñanza, comprensible en buena parte para todos, en virtud de la magistral plasticidad del relato. En primer lugar, están el sembrador (que representa al mismo Jesús) y la semilla (la Palabra de Dios). Vienen, a continuación, las diferentes clases de tierra, con sus obstáculos, y las diferentes vicisitudes que encuentra la semilla en su crecimiento. En función de las dificultades con que se encuentre, la semilla se desarrollará o no, e incluso llegará a secarse y morir. El último cuadro de este crescendo en la "carrera de obstáculos " nos muestra la "tierra buena" (v. 8), que se abre de manera generosa para recibir la semilla. Aparece asimismo un detalle tomado de la experiencia cotidiana de la cosecha: en la misma tierra buena se produce una cantidad diferente de fruto, pues algunas espigas dan el ciento por uno, otras el sesenta, otras el treinta. En la parábola, todo está en función de un solo resultado: el crecimiento de la semilla.
MEDITATIO Las lecturas de hoy nos brindan dos enseñanzas más que preciosas: la de la historia de la salvación y la de las parábolas del Reino. La lección de la historia del éxodo nos muestra el obrar de Dios, su providencia y su salvación, y -además de esto- su paciencia y su generosidad. El pueblo de Israel empezó de inmediato con sus murmuraciones, olvidando los prodigios del poder de Dios. Sin embargo, YHWH, en vez de castigarle y hacerle ver su justicia, le concede cuanto desea y en una cantidad desmesurada. Esta página del Éxodo nos ayuda a conocer más el corazón de Dios, a conocer las insondables riquezas de su providencia, muy alejada de nuestras mezquindades y de nuestros cálculos egoístas. Lo que nos enseña el fragmento de hoy será, después, una constante en toda la historia bíblica, destinada precisamente a revelarnos la infinita bondad de Dios. Basta con fiarse de Dios, basta con tener fe en él... Normalmente, esta fe y esta confianza brotan de corazones que intentan serle fieles, complacerle en todo, como hizo Jesús, que fue alimentado también "por ángeles" después de las tentaciones del desierto. La otra enseñanza extraída de las parábolas consiste en hacernos ver que Dios posee un Reino en este mundo, un Reino totalmente diferente del mundo, de la política o de la economía de los hombres. Es el Reino de la salvación, de la entrada del hombre en la atmósfera de Dios. Es el Reino de su presencia, descubierta y creída, de su bondad experimentada, de su proximidad sentida y agradecida. Ambas lecturas –complementarias tratan del obrar misericordioso y espléndido de Dios con todos los que le conocen y le aman, y en ambas se revela la respuesta por parte del hombre. ORATIO Oh Dios y Padre nuestro, que a través de la historia y la Palabra de tu Hijo nos has impartido enseñanzas maravillosas respecto a tu corazón y a tu providencia: concédenos un corazón sencillo que crea, que se fíe de ti, que se deje guiar por tu Palabra. Concédenos sentir tu presencia, darte gracias por ella y saborearla como uno de tus dones más deseados... Que nunca la desconfianza, la desesperación, la duda o la indiferencia respecto a ti entren en nuestra alma. Que la frase bíblica"Dios me había protegido" (Neh 2,18) pueda ser, para nosotros, una constatación perenne, gozosa, fruto de nuestro encuentro contigo, de nuestro diálogo, del vínculo afectuoso que nos une. Concédenos saborear la dulzura de tu protección y la seguridad de tu defensa. De este modo, los días de nuestra vida transcurrirán serenos bajo tu mirada, encontraremos cobijo "a la sombra de tus alas" y podremos dar al mundo el testimonio de nuestra fe, una fe hecha de esperanza continua en tu amor. Concédenos, oh Padre, la capacidad y el valor de un abandono confiado, total y filial en tu providencia: y nosotros, por nuestra parte, intentaremos hacer siempre y por doquier tu voluntad. CONTEMPLATIO Cuál es la razón de que tantos hombres, que incluso están en gracia, saquen tan poco fruto [del santo sacramento]? La culpa la tiene esto: esos hombres no prestan una diligente atención a sus pecados cotidianos y no los consideran más que de una manera soñolienta. El otro impedimento está en el hecho de que el hombre corre demasiado hacia afuera, hacia otras cosas. Es preciso haber dejado Egipto, el país de las tinieblas, si queremos que se nos dé el pan celestial que tiene el gusto deseado. Ahora bien, este pan no le fue dado al pueblo elegido mientras tuvo consigo un mínimo de harina traída de Egipto. Del mismo modo, el hombre, cuando ha dejado Egipto, esto es, el mundo y el modo de obrar mundano, y piensa que ha salido por completo de allí y ya es espiritual, mientras tenga aún encima la harina de la naturaleza, nunca podrá sentir el gusto de este alimento divino en su nobleza y en la verdadera alegría de su interioridad. El hombre ciego se comporta entonces como el pueblo de Israel: mientras Moisés llevaba fuera de Egipto a los hebreos, éstos se dieron cuenta de que los egipcios les perseguían con seiscientos estruendosos carros y entonces le dijeron a Moisés: "!Ojalá nos hubiera dejado aún en Egipto, y hubiéramos soportado hasta donde hubiéramos podido! Ahora, en cambio, debemos perecer aquí". Precisamente así actúan las personas temerosas, de poca fe. Cuando el enemigo se acerca a ellas, retumbando sobre las piedras con los muchos carros de la tentación, piensan: "Es una locura. Será mucho mejor que me quede en Egipto, en el mundo, en el pensamiento de las criaturas, en su amor y en la estrechez de mi alma, puesto que, de todos modos, tengo que perderla". De este modo, muchos se detienen porque no confían en Dios. Cuando esto suceda, el hombre debe echarse a los pies de nuestro Señor Jesucristo, pedirle que ore por él al Padre celestial y confiarse a él con plena confianza (J. Tauler, / Sermoni, Milán 1997, pp. 594-597 [edición española: Obras, Fundación Universitaria Española, Madrid 1984]). ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "El pan de Dios viene del cielo y da la vida al mundo" (Jn 6,33). PARA LA LECTURA ESPIRITUAL También en la alianza se condenan los pecados, las caídas. El pecado de base, que incluye todos los otros, es la murmuración Ésta se vuelve posible y es tanto más grave, precisamente porque la alianza nos hace diferentes. Por qué precisamente nosotros tenemos que encontrarnos extenuados en el desierto, mientras que en Egipto se come carne y verdura? (cf. Ex 16,2s; Nm 11,4-6; etc.). Es el pesar que nos produce haber sido elegidos y haber salido de la condición normal; el pesar por no haber sido dejados en paz haciendo la misma vida que todos; el pesar por encontrarnos extraños. Sí, el Señor nos ha vuelto extraños. Se produce, en ese momento, un intento de recuperar lo que hemos perdido. El disgusto, por ejemplo, que nos produce no ser anónimos: no es posible ser aliados de Dios y anónimos. Este pesar puede conducir a pecados contra la alianza. Los pecados típicos contra la alianza, en el desierto, consisten en el deseo de darle nosotros mismos un rostro al Señor: construimos entonces el becerro de oro, símbolo de todas nuestras ideologías teológicas. Sin embargo, contra todo esto está la alegría de la Tora, la alegría de haber sido elegidos, de ser pueblo de Dios, la alegría de todo el ser, fiel al sí y al no de la alianza, la alegría de estar en camino hacia el monte de Dios. La alegría de pertenecer al Señor, ue nos da firmeza como si viéramos al Invisible. Tal como se dice e Moisés, "se mantuvo tan firme como si estuviera viendo al Dios invisible" (Heb 11,27b) (G. Rossi de Gasperis, La roccia che ci ha generato, Roma 1994, pp. 72ss, passim [edición española: La roca que nos ha engendrado, Editorial Sal Terrae, Santander 1996]).
|
|
Jueves de la XVI Semana del Tiempo Ordinario, o San Chárbel Makhlouf, presbítero
LECTIO Primera lectura: Éxodo 19,1-2.9-11.16-20 1 A los tres meses justos de haber salido de Egipto, los israelitas llegaron al desierto del Sinaí. 2 Habían salido de Refidín, llegaron al desierto del Sinaí y allí acamparon, frente a la montaña. 9 Y el Señor le dijo: -Yo vendré a ti en una densa nube, para que el pueblo pueda escuchar cómo hablo contigo y tenga siempre confianza en ti. Y Moisés refirió al Señor las palabras del pueblo. 10 Después, el Señor dijo a Moisés: -Ve con el pueblo y purifícalos hoy y mañana; que laven sus vestidos 11 y estén preparados para el tercer día, porque el tercer día bajará el Señor sobre el monte Sinaí a la vista de todo el pueblo. 16 Al amanecer del tercer día, hubo truenos y relámpagos; una densa nube cubría la montaña y se oía un sonido creciente de trompeta. Todo el pueblo que estaba en el campamento temblaba. 17 Moisés hizo salir al pueblo del campamento al encuentro de Dios, y la gente se quedó al pie del monte. 18 Todo el monte Sinaí estaba envuelto en humo, porque el Señor había bajado sobre él en medio de fuego. Subía aquel humo como humo de horno y todo el monte trepidaba violentamente; 19 y el sonido de la trompeta se iba haciendo cada vez más fuerte. Moisés hablaba y Dios le respondía con el trueno. 20 El Señor bajó sobre el monte Sinaí, invitó a Moisés a subir a la cima y Moisés subió.
*•*• La primera lectura nos describe la preparación para la magna teofanía en la que se establecerá la alianza de Dios con su pueblo, Israel. Esta escena y este acontecimiento son fundamentales para la teología bíblica: se trata del pacto de confianza recíproca entre Dios e Israel, un pacto que supone un vínculo particular, con obligaciones recíprocas que caracterizarán de ahora en adelante a ese pueblo y esa fe. Para llegar a este acontecimiento ha sido necesaria una preparación descrita por el autor del libro del Éxodo con gran lujo de detalles, que sirven para manifestar la majestad de Dios, su soberanía absoluta, el respeto que inspira, la actitud de temor y de reverencia que suscita en el pueblo. El Dios que se manifiesta sigue siendo un Dios que infunde temor; el pueblo tiene que mantenerse alejado de él, no es posible ver su rostro, está envuelto en rayos, relámpagos y fuego. Son imágenes que hablan de la trascendencia de Dios, de su absoluta autoridad, de un Ser que está siempre más allá y por encima de nosotros, de nuestras concepciones, de nuestras imaginaciones, de nuestras demandas. Sólo Moisés fue capaz de resistir la presencia divina -y en unas condiciones particularísimas-, alejado de todos, en la cima del monte, en un ayuno ininterrumpido de cuarenta días y cuarenta noches. Dios es el totalmente otro, que demanda nuestra adoración, nuestra sumisión. Esta escena servirá para caracterizar al Dios del Antiguo Testamento, en contraste con la revelación que tendrá lugar en el Nuevo. Esta última nos mostrará otro aspecto de la misma divinidad, en la cual predominan la bondad, la gracia, el perdón, la paternidad divina revelada en la persona de Jesús (cf. Heb 12,18-24).
Evangelio: Mateo 13,10-17 En aquel tiempo, 10 los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: -Por qué les hablas por medio de parábolas? 11 Jesús les respondió: -A vosotros Dios os ha dado a conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. 12 Porque al que tiene se le dará, y tendrá de sobra, pero al que no tiene, aun aquello que tiene se le quitará. 13 Por eso les hablo por medio de parábolas, porque aunque miran no ven, y aunque oyen no escuchan ni entienden. 14 De esta manera se cumple en ellos lo anunciado por Isaías: Oiréis, pero no entenderéis; miraréis, pero no veréis, 15 porque se ha embotado el corazón de este pueblo se han vuelto torpes sus oídos y se han cerrado sus ojos; de modo que sus ojos no ven, sus oídos no oyen, su corazón no entiende, y no se convierten a mí para que yo los sane. 16 Dichosos vosotros por lo que ven vuestros ojos y por lo que oyen vuestros oídos, 17 porque os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.
**• La predicación de Jesús se caracteriza por las parábolas (unas setenta en total), algunas de las cuales constituyen una cima de pedagogía religiosa, verdaderas obras maestras de psicología y de actitudes humanas (como las del buen samaritano, el buen pastor, el hijo pródigo...). Las parábolas suponen un primer estadio de comprensión, al que sigue otro más profundo. En este segundo estadio se encuentran los discípulos de Jesús, que le siguen, le escuchan siempre y reciben explicaciones más detalladas de su doctrina. El pueblo, en cambio, se encuentra aún en un estadio de iniciación y tiene necesidad de una catequesis más esmerada. El mismo Jesús prueba esta realidad con una cita de Isaías que ha constituido desde siempre una seria dificultad en su verdadera interpretación, porque -tal como suena- parece querer decir que Dios endurece el corazón del pueblo, cierra sus ojos y obtura sus oídos para que no se salve... El verdadero sentido de esta cita es, simplemente, el resultado de la predicación del profeta, que tuvo que hacer frente a la dureza del corazón de Israel, que no le escuchaba. El mismo Jesús y, más tarde, los apóstoles y san Pablo tuvieron una experiencia semejante en su misión. Lo que el Evangelio quiere decirnos es que la Palabra de Dios debe encontrar unos corazones bien dispuestos para acogerla, ojos y oídos abiertos para recibir y asimilar todo lo que dice. La Palabra no suprime la libertad humana, y por eso el hombre tiene la capacidad de oponerse o de dejarla infructuosa. Ahora bien, cuando el que la recibe tiene un corazón abierto, entonces el fruto es abundante y se perciben los primeros signos del triunfo del Reino, como la santificación, la novedad de vida, la verdadera fe y la adoración a Dios.
MEDITATIO En las lecturas de hoy hay algo misterioso, escondido, algo que no es al menos evidente. Se trata de la esencia de Dios y de la manifestación de su voluntad. La esencia de Dios y su voluntad pertenecen al mundo divino, sobrenatural; nosotros, con las solas fuerzas de la razón no podemos comprender en absoluto ni hacernos una idea de la realidad divina. Tenemos necesidad de la revelación para que ilumine el campo que hay más allá de la razón, donde sólo Dios puede revelarse. Entonces viene en nuestra ayuda la fe, la capacidad otorgada al hombre por el mismo Dios, para poder acoger con humildad y agradecimiento lo que Dios quiera revelarnos de sí mismo y de su voluntad. Ahora bien, incluso con la fe, el hombre encontrará siempre límites, interrogantes que se formarán en su mente y en su conciencia. Una de las características de la fe es precisamente su oscuridad, es decir, el no ver del todo claro, precisamente por la pequeñez de nuestra mente y de nuestra respuesta. Esto trae a veces consigo crisis espirituales, "noches oscuras" (como las llaman los místicos), un camino de prueba y de purificación destinado a hacer al alma más abierta, más resplandeciente, más semejante al Creador. Esta realidad está muy bien expresada en los salmos. Aquel Dónde está tu Dios?" en boca de los enemigos es como una flecha en el corazón del creyente, es una pregunta cruel que, en ocasiones, el mismo creyente se formula en medio de las situaciones de sufrimiento, de oscuridad y de contraste. El retorno a Dios, la oración, la confianza ilimitada en él, volverán a darle al corazón extraviado o confuso su fuerza, su decisión de permanecer fiel. Del mismo modo que el pueblo se preparó para la teofanía del Sinaí, así debe prepararse el corazón del fiel para la venida de Dios, sabiendo que, en el curso del camino, aparecerán también las dificultades, las pruebas, el cansancio. Pero Dios no tardará, y traerá su luz y su descanso y, después, su eterna recompensa.
ORATIO Aunque pase por un valle tenebroso, ningún mal temeré: porque tú estás conmigo" (Sal 23,4). Éste es el grito del verdadero creyente, la auténtica confesión de fe. Al llamarnos a tu Reino de verdad y de luz, Señor, nos arrancas de este mundo sembrado de mal, envuelto en tinieblas y acompañado por una gran cantidad de sufrimiento... Sin embargo, nos das una luz para poder caminar en la noche, para poder alejar a los enemigos, para poder llegar a la meta. Danos de manera abundante esta luz, esta certeza tranquilizadora, esta firme convicción de tu presencia, de tu ayuda, de la transformación que tú mismo harás de nosotros y de nuestras circunstancias, cambiando lo que es oprobio en santificación, lo que es odioso en amable, lo que es muerte en vida nueva, lo que es pecado en gracia. Alienta nuestros pasos por el camino de la paz, de la benevolencia, de la justicia, de la generosidad con los que sufren, y reafirma nuestra fe para poder serte siempre gratos en nuestra vida. Que tu Palabra, acogida y asimilada, convertida en fe y confesión, y transformada en oración, sea la fuerza y la dulzura de nuestra vida, el escudo en nuestras luchas, el consuelo en nuestras aflicciones. Contigo no nos faltará nada...
CONTEMPLATIO Oímos la voz de Dios cuando, con mente tranquila reposamos de toda actividad del mundo y, en el silencio de la mente, pensamos en los preceptos divinos. Cuando la mente cesa de ocuparse de las obras exteriores, entonces reconoce de un modo más claro el valor de los mandamientos de Dios. La multitud de los pensamientos de la tierra ensordece hasta tal punto nuestro corazón que, si no nos ponemos a cubierto, acabamos por dejar de oír la voz del juez divino. El hombre no puede atender a dos cosas opuestas: cuanto más escucha fuera, tanto más sordo se vuelve para sus adentros. Cuando Moisés huyó al desierto y se quedó allí cuarenta años, fue cuando pudo percibir la voz divina. Por eso, los santos, obligados a ocuparse de ministerios exteriores, se apremian siempre a refugiarse en el secreto de su corazón y, como Moisés en el monte, suben a contemplar cosas elevadas y a recibir la Ley de Dios, dejando de lado el tumulto de las cosas temporales y escrutando las altísimas voluntades de Dios. Así Moisés, en sus dudas, volvía frecuentemente al tabernáculo, y allí, en secreto, consultaba a Dios y sabía con seguridad lo que debía hacer. Dejar las muchedumbres e ir al tabernáculo significa dejar de lado el tumulto de las cosas exteriores y entrar en el secreto de la conciencia, donde consultamos al Señor y en medio del silencio escuchamos lo que debemos hacer después en público. Así hacen cada día los buenos superiores cuando no logran ver claro en sus dudas: entran dentro de ellos mismos, como en el tabernáculo, miran la ley que está contenida en el arca, consultan al Señor, escuchan en silencio y, después, ejecutan fuera lo que han oído. Para llevar a cabo sin pecado los deberes exteriores, intentan concentrarse continuamente, y así escuchan la voz de Dios casi en un sueño, puesto que con la meditación de la mente se abstraen de los impulsos de la carne (Gregorio Magno, Moralia II, Roma 1965, pp. 141-143, passim [edición española: Obras, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1958; existe otra edición publicada por la Universitat de Valencia en 1993]).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Dichosos los que tienen un corazón limpio, porque ellos verán a Dios" (Mt 5,8).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL El camino de un hombre que no se dirige a una tierra, sino que tiende a su Dios, no es una simple peregrinación, un viaje; es una ascensión: no se llega a Dios a través del desplazamiento de un lugar a otro, a través de un movimiento espacial, sino más bien superando un mundo. No existe proporción entre el hombre y Dios, entre la creación y Dios: entrar en relación con Dios significa, para Moisés, salir del mundo en el que habita, dejar toda la creación detrás de sí para entrar en el cielo; significa ir más allá, ascender. En esta ascensión se encuentra una gran enseñanza para la vida espiritual: el hombre se evade del mundo con mucha frecuencia para buscar un paraíso perdido, pero su evasión le lleva a algún lugar lejano que, después, resulta ser otra tierra que tiene los mismos límites y la misma pobreza que la primera. Ahora bien, en los hombres religiosos no se da la evasión a otra tierra, sino que la ascensión a un monte es lo que expresa mejor la aspiración profunda que le mueve. Puede haber un doble modo de encontrarse con Dios: o descender o subir; ciertamente, no se trata de permanecer en el mismo plano. Para encontrarte con Dios tal vez debas descender, ir al fondo, de tal modo que escapes del cosmos del que formas parte. Debes ascender: pero qué significa ascender? Únicamente superarse. Éste es el camino del alma religiosa: la salida de sí misma. No hay otro camino que lleve a la relación con el Señor más que este puro salir, este ir más allá, ascender, levantarnos por encima de nosotros mismos. No es el paso del mar lo que puede llevarnos al mundo de Dios, no es la peregrinación por el desierto lo que puede llevarnos al encuentro del Señor, sino el morir: o morir o permanecer siempre extraños al mundo de Dios (D. Barsotti, Meditazione sull'Exodo, Brescia 1967, p. 173-175 [edición española: Espiritualidad del Éxodo, Ediciones Sígueme, Salamanca 1968]). |
|
Santiago, apóstol LECTIO Primera lectura: Éxodo 20,1-17 En aquellos días, 1 Dios pronunció estas palabras: 2 -Yo soy el Señor, tu Dios, el que te sacó de Egipto, de aquel lugar de esclavitud. 3 No tendrás otros dioses fuera de mí. 4 No te harás escultura, ni imagen alguna de nada de lo que hay arriba en el cielo, o aquí abajo en la tierra, o en el agua debajo de la tierra. 5 No te postrarás ante ellas, ni les darás culto, porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la maldad de los que me aborrecen en sus hijos hasta la tercera y cuarta generación, 6 pero soy misericordioso por mil generaciones con los que me aman y guardan mis mandamientos. 7 No tomarás en vano el nombre del Señor, porque el Señor no deja sin castigo al que toma su nombre en vano. 8 Acuérdate del sábado para santificarlo. 9 Durante seis días trabajarás y harás todas tus faenas. 10 Pero el séptimo es día de descanso en honor del Señor, tu Dios. No harás en él trabajo alguno, ni tú, ni tus hijos, ni tus siervos, ni tu ganado, ni el forastero que reside contigo. 11 Porque en seis días hizo el Señor el cielo y la tierra, el mar y todo lo que contienen, y el séptimo día descansó. Por ello bendijo el Señor el día del sábado y lo declaró santo. 12 Honra a tu padre y a tu madre para que vivas muchos años en la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar. 13 No matarás. 14 No cometerás adulterio. 15 No robarás. 16 No darás falso testimonio contra tu prójimo. 17 No codiciarás la casa de tu prójimo, ni su mujer, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada de lo que le pertenezca.
*•• La lectura del libro del Éxodo nos presenta hoy la primera formulación de los diez mandamientos. En el Antiguo Testamento encontramos diversas formulaciones del decálogo, en función de las escuelas teológicas que las han redactado o del tiempo en que fueron escritas. Estas formulaciones varían en el hecho de poner el acento en uno u otro mandamiento, pero, en esencia, todas las listas hablan de "diez mandamientos", conocidos así en la Biblia y en la tradición judía y cristiana. En la lista de los mandamientos del libro del Éxodo se dedica una extensión notable a hablar de los preceptos que tienen que ver con Dios y con su culto. Fue la escuela sacerdotal la que redactó esta lista: en ella ha impreso su huella, siempre atenta a poner de relieve el primado de Dios y de su culto, para lo cual utiliza un lenguaje lacónico, hierático, a la hora de presentar los otros preceptos. Los diez mandamientos forman parte del bagaje moral inscrito en el corazón de todos los hombres, la llamada "ley natural" experimentada y admitida por todas las morales. Es Dios mismo quien ha puesto en el corazón humano estos principios, estas tendencias y este sentido del bien y del mal respecto a nuestras relaciones con Dios y con el prójimo. La denominación "diez mandamientos" es una expresión aceptada prácticamente por todas las culturas que posean un verdadero sentido de Dios y del hombre. Este consenso universal muestra la conciencia del hombre como un reflejo de la Ley de Dios. Israel tuvo el privilegio de que Dios mismo le enseñara directamente estos mandamientos, revelados en la teofanía del Sinaí: un privilegio, un acto de predilección de Dios hacia su pueblo, pero que supone asimismo una mayor responsabilidad y fidelidad a la hora de cumplirlos.
Evangelio: Mateo 13,18-23 En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 18 Así pues, escuchad vosotros lo que significa la parábola del sembrador. 19 Hay quien oye el mensaje del reino, pero no lo entiende; viene el maligno y le arrebata lo sembrado en su corazón; este es como la semilla que cayó al borde del camino. 20 La semilla que cayó en terreno pedregoso es como el que oye el mensaje y lo recibe en seguida con alegría, 21 pero no tiene raíz en sí mismo, es inconstante y, al llegar la tribulación o la persecución a causa del mensaje, en seguida sucumbe. 22 La semilla que cayó entre cardos es como el que oye el mensaje, pero las preocupaciones del mundo y la seducción del dinero asfixian el mensaje y queda sin fruto. 23 En fin, la semilla que cayó en tierra buena es como el que oye el mensaje y lo entiende; éste da fruto, sea ciento, sesenta o treinta.
**• Tras pedírselo sus discípulos, Jesús les da la interpretación de la parábola del sembrador. La exégesis ve también en la explicación de Jesús una experiencia de la vida cristiana y de la predicación de la Palabra de Dios con los diferentes resultados que obtiene. Algunos exégetas sostienen que esta explicación sería preponderantemente fruto de la experiencia de la comunidad primitiva. Nosotros preferimos ver en ella la enseñanza del mismo Jesús, acompañada, no obstante, de la práctica de la Iglesia, que ha podido dar cierto colorido al texto actual del evangelio. La parábola habla, fundamentalmente, de la acogida que brinda a la Palabra el terreno en el que cae la semilla. Hay cuatro respuestas: tres negativas y una positiva. Las negativas enumeran las dificultades, los obstáculos, los peligros en que se debaten los que escuchan la Palabra de Dios. No basta con escuchar, y tampoco basta con acoger de manera gozosa lo que se oye. Se requiere una acogida elaborada a base de una profunda comprensión. Entonces es cuando la semilla de la Palabra puede dar su fruto. En esta explicación resalta la libertad del hombre frente a la Palabra de Dios, con toda su capacidad de rechazarla o decidirse por otras opciones. También se pone de relieve la fecundidad de la semilla cuando encuentra un terreno bueno y abierto. Cada semilla da mucho fruto, con un porcentaje que puede ser el cien, el sesenta o el treinta, una producción diferente, aunque se trata en todos estos casos de tierra buena. Esta parábola, como la de los talentos (Mt 25) y la de las minas (Le 19), tiene como objetivo suscitar en nosotros una apertura de corazón que nos permita la acogida gozosa de la Palabra y de la alegría de la cosecha, siempre abundante cuando la tierra es buena.
MEDITATIO El libro del Éxodo nos habla hoy de los diez mandamientos. Para nuestro tiempo, tal vez sea esta página bíblica la más necesaria, puesto que nos muestra lo que debemos hacer y las prioridades con las que debemos proceder, es decir, dar el debido peso y la debida importancia a los tres primeros mandamientos, que son los que están más expuestos a la crítica y a los ataques del mundo y los más fáciles de abandonar, descuidándolos e incluso olvidándolos, para acentuar cualquier otro de los preceptos divinos. El retorno a Dios, a la verdadera fe, a la oración, a la relación con Dios, es hoy mucho más necesario que en otros tiempos. El mundo paganizado se olvida de Dios y de su servicio: nosotros debemos revivir estas grandes verdades de nuestra fe, recordadas hoy por los mandamientos de Dios. Escuchemos algunos de los pensamientos del papa Juan Pablo II expresados en su alocución pronunciada en el monasterio de Santa Catalina del Sinaí el 26 de febrero de 2000: "Los diez mandamientos no son una imposición arbitraria de un Señor tiránico. Fueron escritos en la piedra, pero antes fueron escritos en el corazón del hombre como ley moral universal, válida en todo tiempo y en todo lugar. Hoy como siempre, las diez palabras de la Ley proporcionan la única base auténtica para la vida de los individuos, de las sociedades y de las naciones. Hoy como siempre, ellas son el único futuro de la familia humana. Salvan al hombre de la fuerza destructora del egoísmo, del odio y de la mentira. Ponen de manifiesto todas las falsas divinidades que le reducen a esclavitud: el amor a sí mismo hasta la exclusión de Dios, la avidez de poder y de placer que subvierte el orden de la justicia y degrada nuestra dignidad humana y la de nuestro prójimo [...]. Observar los mandamientos significa ser fieles a Dios, pero significa también ser fieles a nosotros mismos, a nuestra auténtica naturaleza y a nuestras aspiraciones más profundas. El viento que todavía sopla del Sinaí nos recuerda que Dios desea ser honrado en sus criaturas y en su crecimiento: Gloria Dei vivens homo...".
ORATIO Oh Señor y Padre nuestro, que nos revelaste tu nombre en el Sinaí y nos diste tu Ley como lámpara para nuestros pasos, escucha la oración que te dirigimos y haz que nosotros, como Moisés y el pueblo de Israel, reunidos ante ti, podamos acoger tu Palabra eterna, quise centra hoy en los diez mandamientos, ley de vicia, de libertad y de respeto a todos los hombres. Haz que en la observancia de estos mandamientos podamos dar a los tres mandamientos que nos hablan directamente de ti la importancia y el obsequio espiritual que se merecen, porque la atmósfera en que vive nuestro mundo incrédulo los ignora e intenta aniquilarlos. Concédenos un gran sentido de ti, como Dios omnipotente y Padre misericordioso; una voluntad espontánea de adorarte, de servirte, de mantenernos fieles a tu ley y a tus designios de salvación. Concédenos también, oh Señor, la gracia de convertirnos en tierra buena, sin piedras y sin cardos, que pueda acoger la Palabra divina de tu Hijo, Jesús, nuevo Moisés, que ha instituido una alianza nueva y nos ha dado una ley nueva, esa que se encierra en un solo mandamiento: amarnos los unos a los otros y amarte a ti. Tú, oh Padre, nos has dicho, hablando de tu Hijo, Jesús: "!Escuchadle!". Sí, que podamos escucharle con fe viva, con un amor creciente, con una esperanza segura: porque él es el Camino, la Verdad y la Vida.
CONTEMPLATIO La Ley de Moisés es una recopilación de preceptos diversos, importantes, un arte de vivir universal, una imitación simbólica de las costumbres celestes, una llama, un fuego, una antorcha, un reflejo de las claridades del cielo. La Ley de Moisés es el modelo de la piedad, la regla de una vida ordenada, la traba puesta al primer pecado, la presciencia de la verdad que viene. La Ley de Moisés es el suplicio de un Egipto ciego, inscrito por el "dedo" de Dios -su brazo soberbio esperaba algo mejor-. La Ley de Moisés es jefe para la piedad, guía para la justicia, luz para los ciegos, razón para los insensatos, maestro para los niños, barrera para los imprudentes, luida para las cervices duras y yugo de contención para los rebeldes. La Ley de Moisés es la mensajera de Cristo, el primer signo de Jesús, el heraldo y el profeta del gran Rey, la escuela sabia, el gimnasio útil, la enseñanza universal, el precepto justo de una época, la figura de un día. La Ley de Moisés es el resumen simbólico y misterioso de la gracia futura; a través de sus imágenes anuncia la plenitud de la verdad futura, a través de sus sacrificios la víctima, a través de su sangre la sangre, a través de su cordero el Cordero, a través de su paloma la Paloma, a través de su altar el sumo sacerdote, a través de su templo la morada de la divinidad, y a través del fuego del altar la plena luz que desciende sobre el mundo (Pseudo-Hipólito, "La Pascua histórica", en A. Hamman y otros, El misterio de la Pascua, Desclée de Brouwer, Bilbao 1998, p. 82).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente" (Mt 22,37).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL 1. Tú eres lo único que deseo, Señor: que ningún ídolo se interponga entre tú y yo: ni el ídolo de mi yo, sordo y ciego, ni el ídolo de la riqueza y del prestigio, sino que te reconozca a ti, y sólo a ti, como verdaderamente digno de ser servido, amado, adorado. 2. Purifica, Señor, mi corazón y mis labios para que nunca llegue a nombrarte sin respeto y veneración. Que nunca deshonre, con una conducta indigna de un hijo, tu santo nombre de Padre, que tu Hijo unigénito ha revelado y glorificado con la obediencia hasta la cruz. 3. Tuyo es el tiempo, oh eterno Creador: que toda mi existencia discurra en el único día que Cristo, al resucitar de la muerte, ha abierto sobre la cabeza del género humano. Y que el recuerdo de tus beneficios constituya la dulce fiesta de toda mi vida. 4. Toda paternidad y toda maternidad proceden de ti, oh Dios, fuente y plenitud de la vida: infunde en mí una profunda veneración y gratitud hacia todo el que, con santo temor y humildad, participa del poder generador de tu amor. 5. Que ningún pábulo de violencia, Señor, se insinúe en mis pensamientos, en mis sentimientos, en mis acciones dirigidas a los hombres mis hermanos. Haz que, viendo en ellos tu misma imagen, los trate con suma reverencia, sea cual sea su color y su condición. Si los matara, aunque sólo fuera en mi corazón con el rechazo o con la indiferencia, el grito de su angustia llegará a tu rostro e infligiré un infinito dolor a tu corazón de Padre, que me verá más muerto que aquellos a quienes yo haya matado, un infinito dolor por la enormidad de mi pecado. 6. "No cometerás actos impuros". Este mandamiento nos sorprende hoy: por qué no dejar a nuestra naturaleza que se desfogue libremente? No podemos olvidar que la malicia ha corrompido el corazón humano, que el amor ha degenerado en concupiscencia, la gratuidad en egoísmo posesivo. 7. Señor, que yo no robe tu gloria jactándome de lo que no es mérito mío; que no sustraiga a mis hermanos cuanto les has concedido para la vida física y moral: la estima, la libertad, el pan, la salud... Que goce yo más con su bien que con el mío, porque, teniéndote a t i , nada me falta. 8. Que toda mi conducta vital sea tal que refleje tu justicia y tu misericordia, Señor. Que la mentira o la ambigüedad nunca oscurezcan el espejo de mi conciencia. 9. Que mi corazón sea sencillo y puro, a fin de que también mi mirada se pose sobre todas las criaturas sin contaminarlas. Que todo yo vea tu luz, Señor, con el virginal candor de tu belleza. 10. Presérvame, Señor, de la codicia, del ansia de poseer y de gozar, de la envidia por los bienes de mi prójimo. Que mi corazón se encuentre de verdad allí donde está mi tesoro: Tú, sumo bien, nuestra eterna bienaventuranza (A. M. Cánopi, Obbedire alia Parola, Isola S. Giulio 2001). |
|
Santos Joaquín y Ana, padres de la bienaventurada Virgen María LECTIO Primera lectura: Éxodo 24,3-8 En aquellos días, 3 Moisés vino y comunicó al pueblo todo lo que le había dicho el Señor y todas sus leyes. Y todo el pueblo respondió a una: -Cumpliremos todo lo que ha dicho el Señor. 4 Moisés puso entonces por escrito todas las palabras del Señor. Al día siguiente se levantó temprano y construyó un altar al pie del monte; erigió doce piedras votivas, una por cada tribu de Israel. 5 Luego mandó a algunos jóvenes israelitas que ofrecieran holocaustos e inmolaran novillos como sacrificios de comunión en honor del Señor. 6 Moisés tomó la mitad de la sangre y la puso en unas vasijas, y la otra mitad la derramó sobre el altar. 7 Tomó a continuación el código de la alianza y lo leyó en presencia del pueblo, el cual dijo: -Obedeceremos y cumpliremos todo lo que ha dicho el Señor. 8 Entonces Moisés tomó la sangre y roció al pueblo diciendo: -Ésta es la sangre de la alianza que el Señor ha hecho con vosotros, según las cláusulas ya dichas.
**• El pasaje del libro del Éxodo que hemos leído hoy como primera lectura es una página espléndida que describe la alianza del Sinaí y habla de la buena disposición del pueblo para escuchar la Palabra de Dios. Las alianzas antiguas, entre pueblos o reinos vecinos, o entre Dios y su pueblo, incluían una serie de ritos simbólicos que expresaban la intención del corazón y la promesa de fidelidad al pacto establecido. Se requería, a continuación, una afirmación explícita de la voluntad de mantener la alianza. En la perícopa del Éxodo leemos, en primer lugar, que Moisés refiere al pueblo la voluntad de Dios, y la respuesta unánime, afirmativa, de Israel en el sentido de cumplir los mandamientos de Dios. En ese momento de fervor, impresionado aún por el espectáculo de la misteriosa y terrible teofanía de su Dios, el pueblo acepta escuchar la voz de Dios y cumplir sus mandamientos. Sin embargo, los antiguos, muy conscientes de la fragilidad del corazón y de las buenas intenciones manifestadas en un momento determinado, quisieron introducir, en el rito de la alianza, una ratificación externa, simbólica: la de la aspersión con sangre tanto del altar como de las personas que establecían la alianza. Moisés, intercesor y mediador entre Dios e Israel, pretende unir a Dios y a su pueblo con el rito de la aspersión de la sangre: la mitad de la sangre es derramada sobre el altar, la otra mitad sobre el pueblo. Este gesto simboliza la recíproca fidelidad de las partes, sancionada por la sangre de la misma víctima que las une. La infidelidad de una de las partes supondría la ruptura de la alianza.
Evangelio: Mateo 13,24-30 En aquel tiempo, 24 Jesús les propuso esta otra parábola: -Con el Reino de los Cielos sucede lo que con un hombre que sembró buena semilla en su campo. 25 Mientras todos dormían, vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. 26 Y cuando creció la hierba y se formó la espiga, apareció también la cizaña. 27 Entonces los siervos vinieron a decir al amo: "Señor, no sembraste buena semilla en tu campo? Cómo es posible que tenga cizaña?". 28 Él les respondió: "Lo ha hecho un enemigo". Le dijeron: "Quieres que vayamos a arrancarla?". 29 Él les dijo: "No, no sea que, al arrancar la cizaña, arranquéis con ella el trigo. 30 Dejad que crezcan juntos ambos hasta el tiempo de la siega; entonces diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, pero el trigo amontonadlo en mi granero".
**• La parábola de la cizaña es una de las más claras, pues está tomada de una realidad agrícola conocida por todos, incluso por los habitantes de la ciudad (dada la experiencia que tienen de sus jardines, siempre amenazados por las malas hierbas). Esta parábola refleja la realidad que acontece en la vida del hombre. Dios ha querido al hombre bueno, y especialmente cuando este hombre es educado en la fe cristiana, posee todos los elementos que pueden hacer de él un auténtico creyente, alguien que refleja la imagen divina. Ahora bien, en el camino de este hombre aparece un día el tentador, la fuerza del mal, y causa estragos en lo que era antes una realidad positiva y prometedora. La ruina del hombre es evidente. La reacción de los siervos de aquel amo es espontánea: ir a arrancar la cizaña, cortar el mal de inmediato... (w. 27ss). Eso es lo que aconsejaría un celo precipitado, una espontaneidad poco reflexiva. Jesús se opone a esta reacción demasiado humana y nos hace ver los peligros inherentes a esta actitud intransigente: existe el peligro de arrancar el buen grano junto con la cizaña. Dos son las enseñanzas que se derivan de la parábola: a) la invasión devastadora del mal y, al mismo tiempo, b) la tolerancia de este mal en el mundo, es decir, saber aceptar esta triste realidad, aunque sin admitirla en nuestro propio corazón y sin querer aniquilarla con me dios violentos. La convivencia entre el bien y el mal ayuda a que el bien sea más bueno, más auténtico, más probado, más convencido y más fuerte. El cristiano, con la ayuda de Dios, podrá superar el mal, vencerlo y, al mismo tiempo, ser tolerante, paciente, mostrarse esperanzado en el triunfo del bien sobre el mal. El juicio sólo le corresponde a Dios. A nosotros nos corresponde la fidelidad y la confianza.
MEDITATIO Las lecturas de hoy nos ofrecen ideas de una enorme importancia para proporcionar al creyente actitudes fundamentales en su comportamiento. Una primera actitud es la de la aceptación de la voluntad de Dios. Esta voluntad no se manifiesta sólo en sus mandamientos, sino que es todo un conjunto de disposiciones divinas dirigidas a nosotros y para nuestro bien. Estas disposiciones incluyen, antes que nada, su designio sobre cada uno de nosotros, una llamada o vocación particular, a la que hemos de corresponder con fidelidad y obediencia a todo lo que Dios ha querido darnos. Otra actitud es la de la alianza, sentirnos unidos a Dios por vínculos de afecto y de amistad, tener un sentido de pertenencia y de devoción a Dios que haga espontánea, natural, nuestra relación confiada con él, manifestada en una vida de gozosa sumisión y una fidelidad constantemente renovada. Por último, una tercera actitud, brotada del Evangelio, es la de la tolerancia, la del saber esperar, la de no irrumpir con rápidas condenas o exclusiones en la convivencia entre las personas. La parábola de la cizaña nos recuerda que, aunque defendiéndose del mal, el creyente está obligado a convivir con él, con el riesgo (y la experiencia) del peligro y de la caída. Y nos recuerda asimismo que el juicio sobre el mal pertenece sólo a Dios. El mal sirve para probar, como en el crisol, la autenticidad de la fe y de la vida. La prisa, la impaciencia, el puritanismo, han traído consigo muchos males a la Iglesia y a los fieles en particular. La lectura de esta breve parábola nos ayuda a la reflexión, a la reafirmación de la fe, a la tolerancia: "Si cierras la puerta a todos los errores, dejarás fuera también a la verdad" (R. Tagore).
ORATIO Oh Señor, Dios y Padre de bondad, que diriges el universo y los acontecimientos de la historia humana, concédenos un alma que acoja tu gracia, tus designios, tus disposiciones respecto a nosotros, con la conciencia de que todo lo que nos pides es para nuestro bien. Concédenos un vivo sentido de la alianza contigo, de esa alianza que ha brotado de tu corazón de Padre, para que podamos corresponder con una fidelidad creciente al pacto de tu amistad y de tu redención. Vivimos en un mundo marcado por el mal, "por la concupiscencia de la carne, por la concupiscencia de los ojos y por la soberbia de la vida": concédenos, pues, un corazón que sepa comprender el mundo y su mal, para protegernos de sus asaltos y para frenar nuestra impaciencia por responder con la violencia o la rigidez. Haz que recordemos en nuestros juicios que sólo tú eres el verdadero juez de vivos y muertos, y que a nosotros lo único que nos corresponde es comprender, amar y perdonar, vigilar y orar. Que la palabra de tu Hijo sea para nosotros guía y orientación de vida, que forje las actitudes básicas de nuestra fe, a fin de que podamos, tras una vida transcurrida en tu amor y en tu confianza, ser partícipes de la verdadera recompensa en la eternidad de tu gloria.
CONTEMPLATIO Si alguien, mientras se proclaman las palabras de la ley, se ocupa de fábulas humanas es un no convertido. Si alguien, "cuando se lee a Moisés", se preocupa de los asuntos del siglo, del dinero, de las ganancias, es un no convertido. Si alguien está oprimido por la solicitud de los bienes y está atormentado por la codicia de las riquezas, está dedicado a la gloria del siglo y a los honores del mundo, es un no convertido. Ahora bien, el que parece extraño a todas estas cosas, aunque asista y escuche las palabras de la ley atento con el rostro y con los ojos, pero distraído con el corazón y los pensamientos, también es un no convertido. Qué es, entonces, convertirse? Si damos la espalda a todas estas cosas y nos aplicamos a la Palabra de Dios con celo, actos, alma, solicitud, si "meditamos su ley día y noche", si dejando todo de lado nos consagramos a Dios, nos ejercitamos en dar testimonio de él, esto es convertirse al Señor. Quién de nosotros se convierte a los estudios de la ley divina? Quién de nosotros se aplica de este modo? Algunos de nosotros, apenas han escuchado la proclamación de la lectura, se van de inmediato: no hacen ninguna investigación intercambiable sobre lo que se ha leído, no conversan sobre ella, no se acuerdan para nada del precepto con el que nos amonesta la ley divina: "Pregunta a tus padres y te lo dirán, a tus ancianos y te lo anunciarán". Otros ni siquiera tienen la paciencia de esperar hasta que sean proclamadas las lecturas en la Iglesia. Otros ni siquiera saben si han sido proclamadas, sino que se ocupan de chismorreos mundanos en lugares escondidos de la casa del Señor [...]. Así pues, parece ser que no sólo debemos aplicarnos al estudio para aprender las sagradas letras, sino suplicarle también al Señor y pedirle "día y noche" que venga "el Cordero de la tribu de Judá" y él mismo, tomando "el libro sellado", se digne abrirlo. Es él, en efecto, el que, "al abrir las Escrituras", inflama los corazones de los discípulos, hasta tal punto que dicen: "Acaso no ardían nuestros corazones cuando nos abría las Escrituras?" (Orígenes, Omelie sull'Esodo, Roma 1981, pp. 211-215 [edición española: Homilías sobre el Éxodo, Editorial Ciudad Nueva, Madrid 1992]).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Tu Palabra es antorcha para mis pasos y luz para mis sendas" (Sal 118,105).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL Puede que parezca sorprendente, pero es un hecho: el Éxodo no llama nunca "ley" al decálogo, ni "mandamientos" al contenido del decálogo. A esta lista de compromisos la llama el autor bíblico las "diez palabras". Esto no es una curiosidad lingüística, sino que nos revela la perspectiva adecuada para comprender el decálogo. Se trata de las diez condiciones o cláusulas para vivir el éxodo en libertad. El pueblo ha dejado a su espalda el país de la esclavitud y del miedo, Egipto; se ha fiado de Dios y ha iniciado el camino de la libertad, guiado y protegido por el Señor, que lo ha sacado de la opresión. Pero la meta del camino en libertad es ese "santuario" que fue el desierto del Sinaí para Israel; allí se consolidó la libertad mediante un acto de amistad entre Dios y su pueblo. No es posible ser libre sin una meta y un objetivo, de otro modo se vuelve a los antiguos amos. Sólo es posible ser libre con los otros, caminando con el Señor, que nos llama. De este modo, el pueblo liberado de Egipto llega a la cita con el Señor en el desierto del Sinaí, a los pies de la montaña santa. El Señor lanza su propuesta de amistad a los hombres liberados: "Ahora bien, si me obedecéis y guardáis mi alianza, vosotros seréis el pueblo de mi propiedad entre todos los pueblos, porque toda la tierra es mía" (Ex 19,5). La propuesta de Dios sólo puede ser acogida de modo libre, puesto que él propone un pacto de amistad, y la amistad no puede ser impuesta. "Y todo el pueblo a una respondió: Nosotros haremos todo lo que el Señor ha dicho" (Ex 19,8) (R. Fabris, lo sonó con voi, Bolonia 1976).
|
|
XVII Domingo del Tiempo Ordinario
Primera lectura: Génesis 18,20-21-23-32 En aquellos días, 20 el Señor dijo a Abrahán: -El clamor contra Sodoma y Gomorra es tan grande y su pecado tan horroroso 21 que voy a bajar a ver si realmente sus acciones corresponden al clamor que contra ellas llega hasta mí; lo voy a saber. 23 Entonces Abrahán se acercó al Señor y le dijo: -Vas a hacer que perezca el justo con el pecador? 24 Quizá haya cincuenta justos en la ciudad. Vas a hacer que perezcan? No perdonarás más bien a la ciudad por los cincuenta justos que hay en ella? 25 !Lejos de ti hacer tal cosa! !Hacer que mueran justos por pecadores y que el justo y el pecador tengan la misma suerte! !Lejos de ti! No va a hacer justicia el juez de toda la tierra? 26 El Señor respondió: -Si encuentro en Sodoma cincuenta justos, perdonaré por ellos a toda la ciudad. 27 Replicó Abrahán: -Me he atrevido a hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza. 28 A lo mejor faltan cinco a los cincuenta justos, destruirás por esos cinco toda la ciudad? Respondió: -No, no la destruiré si encuentro cuarenta y cinco justos. 29 Abrahán continuó todavía: -Quizá no sean más que cuarenta. -Bien, no lo liare en atención a esos cuarenta. 30 Dijo Abrahán: -No se irrite mi Señor si sigo hablando. Quizá sean solamente treinta. El Señor respondió: No lo haré si encuentro treinta. 31 Dijo Abrahán: Me he atrevido a hablar a mi Señor. Quizá no sean más que veinte. -Bien, no la destruiré, por consideración a los veinte. 32 Abrahán volvió a decir: -No se irrite mi Señor. Voy a hablar por última vez. Quizá no sean más que diez. Y respondió el Señor: -Por consideración a esos diez no la destruiría.
**• Esta escena está unida con la precedente de la hospitalidad junto a la encina de Mambré (Hebrón): en el v. 22, suprimido del texto litúrgico, se habla aún de "los hombres" y del único "Señor". A él se dirige aquí Abrahán mostrándose, además de como "nuestro padre en la fe" y modelo de hospitalidad, también como el gran intercesor. Abrahán intercede al Señor por Sodoma. Apela a ese atributo de Dios -la "justicia"- que puede ser un cuchillo de doble filo: contra los pecadores o en favor de los inocentes. Dado que la ciudad es indivisible, es posible invocar la justicia contra los pecadores, que son los más numerosos, y dejar perecer también a los pocos inocentes a causa de ellos. Abrahán, sin embargo, invoca justicia en favor de los inocentes a fin de obtener el perdón de los otros. El resultado sería la salvación de toda la ciudad. La opción de Abrahán se basa en la amistad de Dios, que le llama "mi amigo" (Is 41,8; Sant 2,23), y a quien Abrahán llama en cambio "mi Señor" en repetidas ocasiones (w. 27.30.31.32) y puede dirigirse a él regateando hasta seis veces con una audacia confiada: "Me he atrevido a hablar a mi Señor..." (w. 27.31). Dios le da a conocer sus proyectos: "Cómo voy a ocultarle a Abrahán lo que pienso hacer?" (Gn 18,17), y Abrahán sabe que en Dios, aun siendo "el juez de toda la tierra", la misericordia prevalece sobre la justicia para quien, precisamente impresionado por la justicia, invoca misericordia. Así, Abrahán se muestra amigo no sólo de Dios, sino también de los hombres por los que intercede.
Segunda lectura: Colosenses 2,12-14 Hermanos: 12 Habéis sido sepultados con Cristo en el bautismo, y con él habéis resucitado también, pues habéis creído en el poder de Dios que lo ha resucitado de entre los muertos. 13 Vosotros estabais muertos a causa de vuestros delitos y de vuestra condición pecadora, pero Dios os ha hecho revivir junto con Cristo, perdonándoos todos vuestros pecados. 14 Ha destruido el pliego de acusaciones que contenía cargos contra nosotros y lo ha quitado de en medio clavándolo en la cruz.
*" El bautismo es el punto de partida de la vida cristiana, es el momento de nuestro injerto -"con", "junto con", repite nuestro pasaje de hoy- en la pascua de Cristo, en su muerte y resurrección. La muerte de Cristo en la cruz y su sepultura han cancelado nuestra muerte espiritual, "perdonándoos todos vuestros pecados" (v. 13), destruyendo el pliego de acusaciones suscrito por nosotros y por toda la humanidad. Cristo "lo ha quitado de en medio" pagando un precio elevado, derramando su sangre en la cruz (v. 14). Mediante la resurrección de su Hijo, el Padre "os ha hecho revivir" (v. 13). Sin embargo, la vida y la liberación de nuestra insolvencia nos han sido otorgadas con una condición: que expresemos nuestra adhesión mediante la fe "en el poder de Dios" (v. 12).
Evangelio: Lucas 11,1-13 1 Un día estaba Jesús orando en cierto lugar. Cuando acabó, uno de sus discípulos le dijo: -Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos. 2 Jesús les dijo: -Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu nombre; venga tu reino; 3 danos cada día el pan que necesitamos; 4 perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos ofende, y no nos dejes caer en la tentación. 5 Y añadió: -Imaginaos que uno de vosotros tiene un amigo y acude a él a media noche, diciendo: "Amigo, préstame tres panes, 6 porque ha venido a mi casa un amigo que pasaba de camino y no tengo nada que ofrecerle". 7 Imaginaos también que el otro responde desde dentro: "No molestes; la puerta está cerrada, y mis hijos y yo estamos ya acostados; no puedo levantarme a dártelos". 8 Os digo que si no se levanta a dárselos por ser su amigo, al menos para que no siga molestando se levantará y le dará cuanto necesite. 9 Pues yo os digo: Pedid, y recibiréis; buscad, y encontraréis; llamad, y os abrirán. 10 Porque todo el que pide recibe; el que busca encuentra, y al que llama le abren. 11 Qué padre, entre vosotros, si su hijo le pide un pez, le va a dar en vez del pescado una serpiente? 12 O si le pide un huevo, le va a dar un escorpión? 13 Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?
**• Jesús enseña a orar con el ejemplo {"estaba Jesús orando en cierto lugar...": v. 1) y con la palabra ("Cuando oréis, decid": v. 2). Nos introduce en el secreto de su relación filial con el Padre, revelándonos las grandes palabras sobre las que hemos de mantenernos en coloquio con él. En primer lugar, también nosotros podemos llamarle "Padre": por consiguiente, somos realmente sus hijos y podemos "acercarnos al trono de la gracia con plena confianza" (Heb 4,16), con una confianza aún más grande que la que tenemos en el padre que nos ha dado la vida natural ("... cuánto más el Padre celestial...": v. 13). Santificar el "nombre" del Padre significa que Dios sea conocido y reconocido por lo que ha sido revelado. Pedir que venga el "reino" del Padre significa pedir que la humanidad sea gobernada por su gracia y por su Palabra, que difunde verdad, justicia, amor y paz. "Pan" es todo aquello que necesita el hombre para la vida del cuerpo y del espíritu. "Perdón": lo invocamos de Dios y nos comprometemos a darlo a los demás. "Ayuda en la tentación": forma parte de la vida espiritual; el mismo Jesús pasó por esta experiencia (Lc 4,lss), y por eso "está en condiciones de acudir en nuestra ayuda" (Heb 2,18; 4,15; 12,4-7). Las dos breves parábolas presentan un mensaje común, un mensaje que se encuentra en el centro (v. 9): Jesús asegura que toda oración será escuchada, con tal de que por nuestra parte esté llena de confianza, como cuando nos dirigimos a nuestro padre (w. 11-13), y no adolezca -si hubiera necesidad- de insistencia (v. 8). "No molestes", responde el amigo (v. 7), pero después, ante la insistencia, cede: "... para que no venga a molestarme continuamente" (18,5), estalla el juez al hacer justicia a la viuda. Pero el Padre celestial, que sabe de qué tenemos necesidad, no nos da solamente "cosas buenas", sino también el don por excelencia, el Espíritu Santo, y además "pronto", siempre que se lo pidamos con fe (11,13; 18,8).
MEDITATIO Hagamos nuestro el mensaje principal de la primera lectura y del evangelio. Se trata de una invitación a la oración, animada por una confianza filial en el Padre, que "es más grande que nuestro corazón" (1 Jn 3,20) y mucho más bueno que cualquier padre de esta tierra (Lc 11,13). El punto de partida de esta oración es la condición desesperada de Sodoma o una situación de necesidad: "No tengo nada" (Lc 11,6). A partir de aquí podemos seguir dos caminos: o abandonar todo a su destino o mostrar que creemos en la amistad de Alguien que puede ayudarnos y atrevernos a pedirle esa ayuda. El amigo va a molestar a su amigo a media noche, y Abrahán se dirige a Dios con audacia: "Me he atrevido a hablar a mi Señor". Ambos interceden con insistencia y obtienen lo que han pedido, demostrando la verdad de este dicho: "Mucho puede la oración insistente del justo" (Sant 5,16). Cuando vemos a nuestro alrededor situaciones difíciles, reaccionamos con resignación -"la puerta está cerrada" (Lc 11,7)- o con la esperanza audaz y paciente de quien cree en el amor del Padre?
ORATIO La escuela de oración de los Padres de la Iglesia consistía en la explicación de la oratio dominica, o sea, del "Padre nuestro" enseñado por el Señor. Las dos primeras peticiones están relacionadas con el nombre y el reino del Padre; las otras son invocaciones en favor nuestro, y todas ellas están basadas, precisamente, en la fe y en el amor al Padre. Probemos a recitarlas una a una, lentamente, invocando al Espíritu Santo, para que nos introduzca en su verdad profunda. Las peticiones confiadas de los hijos están ilustradas por la segunda parábola del evangelio. La primera parábola y la primera lectura nos enseñan, en cambio, la oración de petición por los otros, la intercesión, con el espíritu que vemos en el Sal 122,8: "Por mis hermanos y compañeros voy a decir: !La paz contigo!". O como, adoptando un horizonte universal, decía Pablo a Timoteo (1 Tim 2,1): "Te recomiendo ante todo que se hagan peticiones, oraciones, súplicas, acciones de gracias por todos los hombres". En las lecturas de hoy faltan la acción de gracias y la alabanza; está desarrollada, en cambio, la súplica, y precisamente en favor de otros. Es la oración como acto de amor. Probemos a pedir "pan", "cosas buenas" -más aún, el don mismo del Espíritu Santo- para nuestros familiares, amigos y... enemigos, y para quienes se hayan encomendado a nuestras oraciones.
CONTEMPLATIO El Padre nuestro y la oración de intercesión, sobre las que hemos meditado, nos invitan a dirigir la mente y el corazón a Dios y a los hombres y mujeres amigos suyos y nuestros. El amigo que va a casa de un amigo a interceder a media noche en favor de otro amigo representa "una gran nube" de intercesores (Heb 12,1): entre éstos sobresalen Abrahán (Gn 18), Moisés y Samuel (Ex 32,11-13; Jr 15,1), Jeremías (2 Mac 15,14) y, sobre todo, Jesús, que "está siempre vivo para interceder en favor nuestro" (Heb 7,25). La oración de intercesión es un excelente modo de hacerse prójimo. El buen samaritano, para salvar la situación del pobrecillo "medio muerto", no sólo "se ocupó de él" en primera persona, sino que recurrió también al mesonero, diciéndole: "Cuida de él" (Lc 10,33-35). Los santos, al ejercer esta caridad, "no cesan de interceder por nosotros ante el Padre" (LG 49). La santísima Virgen, en particular, continúa en el cielo la función que ejerció en Cana, donde "movida a compasión obtuvo con su intercesión" que su Hijo viniera en ayuda de los esposos: "No les queda vino" (Jn 2,3; cf. LG 58). El fundamento de la intercesión es la amistad con Dios, considerado como Alguien que está siempre dispuesto a escucharnos: el Padre que, además de las "cosas buenas", nos quiere ofrecer el don por excelencia del Espíritu Santo, el amigo que no despide con las manos vacías al amigo importuno, "el juez, de toda la tierra" que remite los pecados sin poner límites a la misericordia.
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Entonces Abrahán se acercó al Señor y le dijo: "Vas a hacer que perezca..."" (Gn 18,23).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL Tú has venido, oh Señor, a revelar a tu Padre como Padre de todos, un Padre que no alberga resentimientos o deseos de venganza, un Padre que se preocupa por cada uno de sus hijos con un amor infinito y que no vacila en invitarlos a su casa. Sin embargo, hoy no da la impresión de que nuestro mundo conozca a tu Padre. Nuestras naciones están laceradas por el caos, por el odio, por la violencia, por la guerra. La muerte domina en muchos lugares. Oh Señor, no olvides el mundo al que viniste a salvar a tu pueblo; no vuelvas la espalda a tus hijos, que desean vivir en armonía pero se sienten asaltados de continuo por el miedo, la rabia, la codicia, la violencia, la avidez; por la sospecha, por los celos y por la sed de poder. Trae tu paz a este mundo, una paz que no podemos conseguir nosotros solos. Despierta la conciencia de todos los pueblos y de sus jefes; haz surgir hombres y mujeres llenos de amor y generosidad, que puedan hablar y actuar en favor de la paz, y muéstranos nuevos modos para que el odio sea olvidado, para que puedan a volver a sanar las heridas y pueda ser restablecida la humanidad. Dios mío, ven en mi auxilio. Señor, date prisa en socorrerme. Amén (H. J. Nouwen, Preghiere dal silenzio, Brescia 2000, pp. 54ss).
|
|
Lunes de la XVII Semana del Tiempo Ordinario
LECTIO Primera lectura: Éxodo 32,15-24.30-34 En aquellos días, 15 Moisés se volvió y bajó del monte con las dos losas del testimonio en su mano. Las losas estaban escritas por ambas caras, por un lado y por otro; 16 eran obra divina, y la escritura grabada sobre las losas era escritura divina. 17 Josué, escuchando el griterío del pueblo, dijo a Moisés: -Hay gritos de guerra en el campamento. 18 Moisés replicó: -Ni es grito de vencedores, ni es grito de vencidos; lo que oigo es el alboroto de una fiesta. 19 Cuando estaban ya cerca del campamento, Moisés vio el becerro y las danzas; su cólera se desató, arrojó las losas y las rompió al pie de la montaña. 20 Agarró el becerro que habían hecho y lo quemó en el fuego; lo redujo a cenizas, las mezcló con agua y obligó a los israelitas a que se lo bebieran. 21 Moisés interrogó a Aarón: -Qué te ha hecho esta gente para que les permitieras cometer tamaña aberración? 22 Aarón le respondió: -No te enfades, señor, tú sabes que este pueblo está inclinado al mal. 23 Me dijeron: "Haznos una divinidad que nos guíe, porque no sabemos qué habrá sido de ese Moisés que nos sacó del país de Egipto". 24 Yo les respondí: "Quien tenga oro que lo entregue" y me lo dieron. Entonces lo eché al fuego y salió este becerro. 30 Al día siguiente, Moisés dijo al pueblo: -Vosotros habéis cometido un pecado monstruoso; sin embargo voy a subir adonde está el Señor, a ver si consigo el perdón de vuestro pecado. 31 Volvió Moisés ante el Señor y le dijo: -Señor, este pueblo ha cometido un pecado monstruoso haciéndose divinidades de oro. 32 Pero te ruego que perdones su pecado; si no lo haces, bórrame del libro donde tienes inscritos a los tuyos. 33 El Señor respondió a Moisés: -Borro de mi libro a quien peca contra mí. 34 En cuanto a los demás, ve y conduce al pueblo adonde te he dicho. Mi ángel irá delante de ti. Pero cuando llegue el día de la cuenta, les pediré cuentas de sus pecados.
**• El texto describe la apostasía y el culto idolátrico del becerro de oro por parte del pueblo durante la prolongada ausencia de Moisés, que estaba en el monte dialogando con Dios (w. 7-16), así como la reacción de éstos, Dios y Moisés, después de haber conocido el hecho (w. 19-34). Moisés baja del monte con las tablas de la alianza y, cuando se acerca al campamento, oye los gritos festivos del pueblo e intuye la traición. Al ver el becerro de oro y las danzas de la gente, destroza las tablas, tritura el becerro, echa el polvo del mismo en agua y se la hace beber al pueblo (w. 19-21). Pide cuentas de lo sucedido a Aarón, el cual hace recaer la culpa sobre la gente. Moisés hace tomar conciencia al pueblo de la gravedad del pecado y vuelve a dialogar con Dios para implorar su perdón. La respuesta de Dios está en la línea de la misericordia, prosiguiendo su obra de salvación, aunque anuncia también el castigo de los culpables. La narración tiene que ver no sólo con la gran apostasía de tiempos del éxodo, sino que refleja también el tiempo de decadencia moral acontecido en la época de los reyes de Israel, dado que el relato fue compuesto entre los siglos IX y VIII a. de C. y forma parte del documento elohísta. La figura de Aarón, que no sabe reaccionar ante el mal del pueblo y permite que éste caiga en la idolatría, es presentada de una manera negativa, a diferencia de la figura gloriosa y carismática de Moisés, verdadero profeta y hombre de Dios, que, con fuerza y fidelidad, atestigua la fidelidad a Dios y reacciona contra todo tipo de idolatría y de laxismo, identificándose incluso con el pueblo pecador ante Dios. La guía carismática del pueblo por parte de Moisés está presentada en el texto como la conciencia que habla, denuncia el pecado y llama al pueblo a la conversión, pero se convierte asimismo en el intercesor solitario ante Dios y solidario con su gente, llegando incluso a pedir que le borre Dios del libro que éste ha escrito. Cuando se pierde el sentido de la presencia de Dios resulta fácil caer en el pecado buscando un sucedáneo.
Evangelio: Mateo 13,31-35 En aquel tiempo, 31 les propuso otra parábola: -Sucede con el Reino de los Cielos lo que con un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su campo. 32 Es la más pequeña de todas las semillas, pero cuando crece es mayor que las hortalizas y se hace como un árbol, hasta el punto de que las aves del cielo pueden anidar en sus ramas. 33 Les dijo otra parábola: -Sucede con el Reino de los Cielos lo que con la levadura que una mujer toma y mete en tres medidas de harina, hasta que todo fermenta. 34 Jesús expuso todas estas cosas por medio de parábolas a la gente, y nada les decía sin utilizar parábolas, 35 para que se cumpliera lo anunciado por el profeta: Hablaré por medio de parábolas, publicaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo.
**• Las dos parábolas del grano de mostaza y de la levadura que expone Jesús tienen la finalidad de iluminar, ulteriormente, la comprensión del misterio del Reino de Dios con otros elementos significativos, pero transmiten una misma enseñanza. El punto de reflexión versa sobre la desproporción que existe entre los comienzos humildes y el desarrollo que se produce a continuación. El Reino de Dios está ya presente, aunque escondido, con la venida de Jesús, y actúa de una manera dinámica no por obra humana, sino por la gracia de Dios. En efecto, la pequeña semilla de mostaza tiene en sí misma una energía tan potente que se transforma en una planta de notables proporciones, como leemos en el libro de Daniel: "Éstas son las visiones que cruzaron por mi mente mientras dormía: En medio de la tierra había un árbol de gran altura. El árbol creció y se hizo corpulento; su copa tocaba el cielo, y se veía desde los extremos de la tierra. [...] en sus ramas anidaban los pájaros del cielo" (4,7-9). Este árbol llega a alcanzar una altura de tres o cuatro metros en Palestina (w. 31ss). Del mismo modo, un poco de levadura hace fermentar una cantidad de harina que puede alimentar a varias decenas de personas (v. 33). Así sucede también con el Reino de Dios y su palabra: parecen perdedores y derrotados en el presente, pero, en realidad, se dilatan y crecen de manera oculta hasta hacer fermentar toda la realidad humana. En efecto, la fuerza interior y dinámica del Reino de Dios tiene tal poder que atrae y transforma toda la vida del hombre. También la Palabra de Dios, acogida e interiorizada en el corazón del creyente, produce la vitalidad interior que permite al Espíritu Santo actuar y conducir al cristiano a la vida eterna, es decir, a la experiencia vital de comunión y de intimidad con Dios, que es el resultado de un auténtico camino de vida espiritual (cf. Jn 4,13ss).
MEDITATIO La pequeña parábola de la levadura que, de una manera silenciosa, hace fermentar toda la masa, enunciada en el evangelio de hoy, es muy sugestiva y apremiante. Se refiere, como la del grano de mostaza, aunque tal vez con un carácter todavía más incisivo, a la eficacia de la propuesta lanzada por Jesús. Ésta, en su aparente insignificancia a los ojos del mundo, precisamente por ser una carga de energía divina tiene en sí misma tal fuerza que produce una transformación total. La parábola puede ser leída tanto en clave personal como social. En la primera de estas dos claves de lectura, la parábola nos invita al cambio radical que la acogida del Evangelio supone en cada individuo: pensamientos, proyectos, actitudes, expectativas, aspiraciones, relaciones, todo debe ser "fermentado" por él. Esto nos impulsa a preguntarnos hasta qué punto la propuesta de Jesús ha transformado nuestra vida personal, en todas sus dimensiones. Por eso, nos invita a pensar si no nos habremos fabricado por nuestra cuenta aquel becerro de oro del que habla la primera lectura de hoy, aquel becerro de oro que el pueblo se construyó en el desierto y al que adoró con entusiasmo, como si fuera su dios. La experiencia atestigua que lo que el Evangelio no fermenta en nosotros acaba por convertirse en un ídolo al que, consciente o inconscientemente, rendimos culto. En la segunda clave de lectura, la social, la parábola nos invita a pensar en la transformación de la convivencia colectiva que debería producir el Evangelio anunciado en su integridad, según las claras indicaciones proporcionadas por Pablo VI en la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi. La propuesta del Reino de Dios debe calar como una levadura silenciosa, pero inconteniblemente eficaz, en las relaciones entre los grupos humanos en todos los ámbitos, erradicando de ellos todo lo que no vaya en la dirección de la "vida en abundancia" que Jesús ha venido a traer al mundo (cf. Jn 10,10), haciendo crecer así en su lugar todo lo que contribuya a tal vida. También en el ámbito estructural hay que reemplazar las "estructuras de muerte" por "estructuras de vida" (Juan Pablo II). Y nosotros, cada uno según su propia condición humana y eclesial, somos los afortunados responsables de esta tarea.
ORATIO Has querido asociarnos, Señor, a la realización de tu gran designio de amor "para la vida en abundancia" del mundo. Nos has llamado a colaborar contigo en su fermentación. Te estamos muy agradecidos por haber confiado en nosotros y habernos hecho hijos tuyos. Sin embargo, sabes todo lo que en nosotros no ha sido fermentado por tu invitación: no todo en nosotros ha sido evangelizado, y hay muchos recodos oscuros y tenebrosos en nuestros corazones. Con frecuencia nos descubrimos adorando los falsos ídolos que nos construimos como sucedáneos de tu Evangelio. Nos dejamos fascinar por otros proyectos, a veces míseros y mezquinos, que no forman parte de tu plan de salvación y de amor, y vamos abandonando nuestra inicial dedicación al mismo. Perdona nuestra infidelidad y haz que tu Evangelio brille de tal modo ante los ojos de nuestro corazón que nos sintamos suavemente obligados a abrazarlo y a dejarnos levitar integralmente por él, permaneciendo fieles a tu Palabra de vida. Entonces daremos con alegría los frutos que tú mismo esperas de nosotros. Amén.
CONTEMPLATIO Ya no te pensaba, oh Dios, no te pensaba con el aspecto de un cuerpo humano, pero no acudía a mi imaginación ninguna otra forma que te representara. Yo, hombre y este hombre, pretendía representarme a Ti, sumo y único verdadero Dios. Mi corazón se rebelaba violentamente contra todas estas representaciones sensibles. Pero apenas las había expulsado, en un abrir y cerrar de ojos ya habían vuelto, se me volvían a presentar a la vista, obnubilándola: no tenía, no, el aspecto de un cuerpo humano, pero, con todo, siempre estaba obligado a pensar en algo corpóreo que ocupaba materialmente un espacio [...]. Mi mísero ánimo siempre andaba dando vueltas a consideraciones de este tenor. A pesar de ello, conservaba bien firme la fe en la Iglesia católica de tu Cristo, nuestro Salvador y nuestro Señor; una fe, es cierto, en muchos aspectos todavía tosca y que erraba fuera de la norma de tu enseñanza, pero que yo estaba bien decidido a no abandonar y de la que incluso me embebía cada día más (Agustín de Hipona, Le Confessioni, Milán 1991, 179-180.189 [edición española: Las confesiones, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 51968]).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Ni el que planta ni el que riega son nada; Dios, que hace crecer, es el que cuenta" (1 Cor 3,7).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL Le dije a John Eudes que durante muchos años me había imaginado que Dios rompería el espeso caparazón de mi resistencia revelándoseme de un modo tan intenso y convincente que me haría capaz de abandonar mis "ídolos", para entregarme a él sin condiciones. No demasiado sorprendido por tales fantasías, me respondió John Eudes: "Tú quieres que Dios se te aparezca como quieren tus pasiones, pero estas pasiones, ahora, te ciegan frente a su presencia. Concéntrate en esa parte de ti mismo que no es víctima de las pasiones e intenta comprender, date cuenta de que allí está Dios. A continuación, deja que esa parte se desarrolle dentro de ti y de allí harás partir tus decisiones. Te sorprenderás al constatar cómo esas fuerzas que parecían invencibles se marchitan y desaparecen". Estuvimos hablando de muchas otras cosas, pero lo que mejor recuerdo, del final de la conversación, es la idea de que debería hacerme feliz el hecho de tomar parte en la batalla, con independencia del desenlace de la misma. La batalla es real, peligrosa y decisiva. Arriesgamos en ella todo lo que poseemos; es como combatir contra un toro en la arena. Sólo sabemos lo que es la victoria después de haber participado en la batalla. Las personas que conocen el sabor de la victoria son muy modestas al respecto, porque han visto el otro frente y saben que hay poca cosa de la que jactarse. Las potencias de las tinieblas y las potencias de la luz están demasiado cerca las unas de las otras para poder ofrecer una ocasión a la vanagloria. Un monasterio representa esto. Aquí estamos en condiciones de reconocer el combate en los hechos de la vida cotidiana. Puede tratarse de algo pequeño, como el deseo de recibir una carta o el deseo de una vaso de leche. Permaneciendo en un único puesto se aprende a conocer muy bien el campo de batalla (H. J. M. Nouwen, Ho ascoltato !I silenzio, Brescia "2000, p. 67 [edición española: La soledad, el silencio, la oración: espiritualidad del silencio y sacerdocio contemporáneo, Obelisco, Barcelona 2002]). |
|
LECTIO Primera lectura: Éxodo 33,7-11; 34,5-9.28 En aquellos días, 33.7 Moisés tomó la tienda y la plantó fuera del campamento, a cierta distancia de él, y la llamó tienda del encuentro. Todo el que quería dirigirse al Señor tenía que salir fuera del campamento y dirigirse a la tienda del encuentro. 8 Cuando salía Moisés, todo el mundo se ponía de pie y, situándose cada uno a la puerta de su propia tienda, seguían a Moisés con la mirada hasta que entraba en la tienda. 9 En cuanto Moisés entraba en la tienda, la columna de nube descendía y permanecía a la entrada de la tienda mientras el Señor hablaba con Moisés. 10 El pueblo contemplaba la columna de nube, que permanecía a la entrada de la tienda; entonces, todo el mundo se postraba, cada uno en la entrada de su tienda. 11 El Señor hablaba con Moisés cara a cara, como un hombre habla con su amigo. Luego Moisés volvía al campamento, pero Josué, su ayudante, hijo de Nun, no se movía de la tienda. 34 5 El Señor descendió sobre una nube y se quedó allí junto a él, y Moisés invocó el nombre del Señor. 6 Entonces pasó el Señor delante de Moisés clamando: -El Señor, el Señor: un Dios clemente y compasivo, paciente, lleno de amor y fiel; 7 que mantiene su amor eternamente, que perdona la iniquidad, la maldad y el pecado, pero que no los deja impunes, sino que castiga la iniquidad de los padres en los hijos y nietos hasta la tercera y cuarta generación. 8 Inmediatamente, Moisés cayó rostro a tierra 9 y le dijo: -Mi Señor, si gozo de tu protección, que venga mi Señor entre nosotros, aunque éste sea un pueblo obcecado. Perdona nuestra iniquidad y nuestro pecado, y tómanos como heredad tuya. 28 Moisés permaneció allí con el Señor cuarenta días y cuarenta noches; no tomó alimento alguno ni bebió. Y escribió sobre las tablas las diez cláusulas de la alianza.
**• Los dos breves textos de los que se compone la lectura de hoy se remontan a los tiempos del reino de Judá: el primero pertenece al documento elohísta y el segundo al yahvista. Tratan de la alianza renovada por parte del Señor a través de un acto de renovación permanente del culto. A pesar del pecado del pueblo, el Señor, siempre misericordioso y lleno de amor, permanece cerca de su gente, a la que eligió a través de Moisés. Éste, en efecto, toma la "tienda del encuentro", o sea, el lugar del culto, y la coloca fuera del campamento, para indicar que Dios no puede vivir en plena armonía con los hombres pecadores, aunque siempre está listo y disponible para los que se dirigen a él con ánimo renovado y penitente. Todos los judíos que reconocían su culpa podían entrar en amistad con Dios, ir a la tienda y hablar con Dios, como hacía el intercesor Moisés, que hablaba con el Señor cara a cara, como un amigo habla con su amigo, y como su ayudante Josué, que "no se movía de la tienda" (v. 11). En síntesis, Dios, que se revela a Moisés como el Dios de la misericordia, quiere enseñar de este modo a su pueblo que el verdadero ámbito de la alianza no es el Sinaí ni ningún lugar material; el verdadero ámbito del culto se sitúa en el hecho de reconocernos pecadores y acoger su misericordia, que se manifiesta en cada situación concreta y a través de hombres y personas santas y amigas de Dios. Sólo estos mediadores pueden pronunciar el nombre del Señor sobre el pueblo y hacerle así presente con sus atributos de benevolencia, compasión y misericordia. El Señor ha elegido, a buen seguro, para siempre a su pueblo, pero sigue siendo también aquel que perdona y exige justicia, es decir, que se manifiesta en el castigo y en la gracia y nos llama a volver a la alianza renovada.
Evangelio: Mateo 13,36-43 En aquel tiempo, 36 Jesús dejó a la gente y se fue a la casa. Sus discípulos se le acercaron y le dijeron: -Explícanos la parábola de la cizaña del campo. 37 Jesús les dijo: -El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; 38 el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino, y la cizaña, los hijos del maligno; 39 el enemigo que la siembra es el diablo; la siega es el fin del mundo, y los segadores, los ángeles. 40 Así como se recoge la cizaña y se hace una hoguera con ella, así también sucederá en el fin del mundo. 41 El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su reino a todos los que fueron causa de tropiezo y a los malvados 42 y los echarán al horno de fuego. Allí llorarán y les rechinarán los dientes. 43 Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos que oiga.
*•*• La parábola evangélica de la buena semilla y de la cizaña encuentra su explicación en la contraposición entre dos bandos capitaneados por el divino sembrador y por el sembrador malvado. El punto central del mensaje de Jesús, por consiguiente, no es sólo la necesaria convivencia entre el trigo y la cizaña hasta el tiempo de la siega, sino la diferente suerte que corren los buenos, los hijos del Reino de Dios, y los malos, los hijos del maligno. La pregunta de fondo a la que pretende responder la parábola es la de siempre, tanto la expresada por las primeras comunidades cristianas, como la que vuelven a expresar constantemente nuestras comunidades: porqué hay malos cristianos en la comunidad creyente? Lo responde dando dos razones; la primera es que la siembra ha sido hecha al mismo tiempo tanto por Dios como por el maligno; la segunda es que el tiempo de la separación está reservado sólo para Dios. La vida del hombre es el tiempo en el que todo creyente debe realizar su opción. La convivencia con los malos no debe ser causa de pesimismo para los buenos; Dios la tolera e impide a aquellos que son demasiado exigentes "eliminar" a los malos con la excusa de acabar con el mal; al contrario, los buenos deben compartir a los pecadores y vencer así al mal con el bien. Sólo al final de la vida vendrá la siega (v. 39), esto es, el juicio de Dios. En ese momento aparecerá clara la suerte diferente reservada a "todos los que fueron causa de tropiezo" (v. 41) y a los "justos" (v. 43), cuando el Cristo glorioso se levante como juez supremo con sus ángeles y purifique a su Iglesia del mal. Esta perspectiva final es de aliento para los creyentes, que deben hacer frente en la vida de cada día a dificultades y pruebas de todo tipo.
MEDITATIO En el texto del Éxodo que hemos leído hoy produce una gran impresión la intimidad que vive Moisés con el Dios, tres veces Santo, revelado en el Antiguo Testamento. En efecto, Dios hablaba con él "cara a cara, como un hombre habla con su amigo" (Ex 33,11). Se explica así tanto la admiración que este comportamiento suyo suscitaba en el pueblo, más sensible a la distancia de Dios que a su proximidad, como la audacia con la que intercedía en su favor, a fin de que pudiera continuar siendo la heredad de Dios, a pesar de su "dura cerviz". Naturalmente, Moisés no llegó a la familiaridad que Jesús vivió con Dios, una familiaridad que inculcó también a sus seguidores. En efecto, Jesús se atrevió a invocar a Dios con el afectuoso nombre de "Abbá" (Me 14,36; Rom 8,15; Gal 4,6); una expresión que se usaba en el seno de la intimidad familiar para dirigirse al propio padre, y que ningún judío de su tiempo se hubiera aventurado a usar en sus relaciones con Dios. Jesús, sin embargo, la utilizó constantemente, sin preocuparse del escándalo que esa innovación podía suscitar en sus adversarios. Quizás también por esto le condenaron como blasfemo (cf. Mt 26,65). Y no sólo la empleó él mismo, expresando de este modo su modo extremadamente íntimo de relacionarse con Dios, sino que animó también a sus oyentes a hacer lo mismo. Jesús quería que todos vivieran en presencia de Dios, como ante aquel "Dios clemente y compasivo, paciente, lleno de amor y fiel" que había pasado ante Moisés revelándole su nombre (Ex 34,6). En este sentido se puede entender también la "buena semilla" sembrada por el Hijo del hombre de la que nos habla el evangelio de hoy (Mt 13,37). Hemos de preguntarnos si no dejamos que la cizaña ahogue la buena semilla con otros modos de pensar y de vivir la relación con Dios. En efecto, con frecuencia el Dios, tierno y misericordioso, es sustituido en nuestra vida por otros dioses que no tienen nada que ver con Aquel cuyo rostro nos fue revelado por Jesús. Esos dioses engendran en nosotros actitudes que andan lejos de las que Jesús vivió intensamente e inculcó con la misma intensidad en quienes querían seguirle.
ORATIO Señor Jesús, tu viviste una intimidad intensísima con Dios. Le llamabas "Abbá", con toda la ternura familiar que tal nombre incluye. De este modo, abriste un camino nuevo en la humanidad por lo que respecta a las relaciones con el misterio magno y último de la realidad, con ese misterio que nosotros llamamos Dios. Muchos de los hombres de tu tiempo no te comprendieron; más aún, fueron muchos los que se escandalizaron y te intimaron y condenaron por esto como blasfemo. Estaban acostumbrados a un modo de tratar con Dios que se inspiraba más en el temor y en la distancia que en el amor y la proximidad. Pero también hay hombres y mujeres en nuestros días que no te comprenden en este punto, y tal vez entre ellos estemos también nosotros mismos. Más de una vez ofrecemos el terreno de nuestros corazones a la cizaña sembrada por el enemigo, y la buena semilla de tu manera de invocar a Dios y de relacionarte con él queda ahogada por nuestra ceguera y por nuestra hipocresía. Queremos decirte, Señor, que creemos en ti y, como el apóstol Felipe en la última cena, te repetimos con fe: "Señor, muéstranos al Padre y nos basta" (Jn 14,8).
CONTEMPLATIO Sabemos que Dios es clemente, y nosotros, que somos pecadores, no nos alegramos de su severidad, sino que leemos: "El Señor es benigno y justo, nuestro Dios es todo ternura" (Sal 116,5). La justicia de Dios está envuelta de misericordia y por ese camino procede al juicio: usa la moderación cuando se trata de juzgar, y juzga de manera que usa la misericordia, pues "la Misericordia y la Paz se encuentran, la Justicia y la Paz se besan" (Sal 84,11) (Jerónimo, Commento al libro de Giona, Roma 1992, p. 82). ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "El que siembra es Cristo: quien le encuentra tiene la vida eterna" (cf. Mt 13,37). PARA LA LECTURA ESPIRITUAL Si bien no podemos describir al Dios vivo, sí podemos decir al menos cómo y dónde encontrarle. Una noche, habiendo prolongado su oración más de lo acostumbrado, el filósofo B. Pascal tuvo una ardiente experiencia del Dios vivo que intentó fijar, en forma de breves exclamaciones, en una hojita de papel que, a su muerte, encontraron cosida en el interior de su chaqueta, encima del corazón. Decía: "Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob: no de los filósofos y de los doctos. Certeza, Sentimiento, Alegría, Paz, Dios de Jesucristo. Tu Dios será el mío. Olvido del mundo y de todo, excepto de Dios. Se le encuentra sólo por el camino enseñado por el Evangelio. Grandeza del alma humana. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido. Que yo no tenga que ser separado de él para la eternidad. Alegría, alegría, lágrimas de alegría". Vemos aquí, en directo, lo que significa descubrir que Dios existe y tener "la respiración entrecortada" [...]. Ahora bien, el Dios vivo se revela sobre todo en el más misterioso de sus juicios: el que se manifiesta en la cruz de Cristo. Sin embargo, para comprender la novedad que aporta la cruz a la comprensión del Dios vivo, debemos traer a la mente algunos momentos fuertes de la revelación bíblica sobre Dios. En el libro del Éxodo se presenta Dios mismo a Moisés diciendo. "El Señor, el Señor". Siguen, en este punto, dos series de atributos: "Dios clemente y compasivo, paciente, lleno de amor y fiel; que mantiene su amor eternamente, que perdona la iniquidad, la maldad y el pecado, pero [y aquí empieza la segunda serie] que no los deja impunes, sino que castiga la iniquidad de los padres en los hijos y nietos hasta la tercera y cuarta generación" (Ex 34,5-7). Este contraste característico se conserva a lo largo de toda la Biblia. Ésta mantiene siempre !untos, en tensión, esos dos rasgos fundamentales de Dios: por una parte, la santidad y el poder; por otra, la bondad inmensa; por una parte, la cólera; por otra, la piedad. Nunca intenta nivelarlos, nunca ve entre ellos contradicción. Coherentemente, dos parecen ser las reacciones, o las actitudes, y, al mismo tiempo, los deberes fundamentales de la criatura frente a este Dios: temor y amor: "Amarás al Señor, tu Dios... Temerás al Señor, tu Dios" (Dt 6,5.13) (R. Cantalamessa, La salita al monte Sinai, Roma 1994, pp. 21 -24 [edición española: La subida al monte Sinaí, Ediciones San Pablo, Madrid 1995]). |
|
Miércoles de la XVII Semana del Tiempo Ordinario San Pedro Crisólogo, obispo y doctor de la Iglesia LECTIO Primera lectura: Éxodo 34,29-35 En aquel tiempo, 29 Moisés bajó del monte Sinaí con las dos tablas del testimonio en su mano. Moisés no sabía, al bajar del monte, que su rostro irradiaba luminosidad por haber hablado con el Señor. 30 Aarón y los israelitas miraban a Moisés; su rostro era luminoso, y temieron acercarse a él. 31 Moisés los llamó. Aarón y los jefes de la comunidad lo rodearon; 32 después se acercaron todos los israelitas. Entonces les comunicó todo cuanto el Señor le había dicho en el monte Sinaí. 33 Cuando Moisés terminó de hablar con ellos, puso sobre su rostro un velo. 34 Cada vez que Moisés entraba en el santuario a hablar con el Señor se quitaba el velo hasta que salía. Y cuando salía para comunicar a los israelitas lo que se le había ordenado, 35 éstos quedaban admirados ante el resplandor que despedía la cara de Moisés. Entonces Moisés volvía a ponerse el velo hasta que volvía a hablar con el Señor.
**• El fragmento que acabamos de leer, compuesto durante el período postexílico (siglos VI-V a. de C), pertenece al documento sacerdotal y concluye el tema de la lejanía/proximidad de Dios de Ex 32-34, presentándonos la imagen de Moisés con el rostro radiante y luminoso. Éste baja del monte Sinaí llevando en las manos las dos tablas de la ley y manifestando en su persona, sin saberlo, el lugar privilegiado de la revelación de Dios. El pueblo, al verlo, no se atreve a acercarse a él, presa de un sagrado temor y respeto (v. 30). Sin embargo, Moisés llama a Aarón y a los representantes del pueblo para comunicarles las órdenes de Dios. Se cubre el rostro con un velo cuando se encuentra entre su gente y, al contrario, se quita el velo cuando entra en la tienda para dialogar con Dios (cf. Eclo 45,2.7ss; 50,5-13). Moisés, el gran caudillo, es aquí el signo revelador de Dios. Lo revela no sólo con el esplendor que emana de su persona, sino también con las tablas de la ley, que contienen la Palabra de Dios. Así pues, acercarse a Moisés y escuchar sus enseñanzas significa hacer la experiencia de lo divino (w. 31-34) y entrar en el misterio de Dios, que está escondido para el pueblo, aunque él esconde su esplendor con un velo ante los israelitas. Moisés, por consiguiente, como figura carismática, encarna todas las mediaciones de la revelación divina: a él se le atribuye la promulgación de la ley y la autoridad de la Palabra de Dios. No es difícil ver evocada en este fragmento, en el que brilla la luz de Dios en el rostro de Moisés, la figura del Cristo glorioso en la transfiguración, manifestación verdadera del Salvador de los hombres e imagen viva y luminosa del Dios invisible (cf. Me 9,2-8; 2 Cor4,6;Heb 1,3; Col 1,15).
Evangelio: Mateo 13,44-46 En aquel tiempo, dijo Jesús a la muchedumbre: 44 Sucede con el Reino de los Cielos lo que con un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo deja oculto y, lleno de alegría, va, vende todo lo que tiene y compra aquel campo. 45 También sucede con el Reino de los Cielos lo que con un mercader que busca ricas perlas y que, 46 al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra.
**• Las dos parábolas gemelas -la del tesoro y la de la perla- ponen de manifiesto el valor absoluto del Reino de Dios anunciado por Jesús, por el que vale la pena vender cualquier otra cosa. En la primera se habla de un campesino que, al encontrar un tesoro y querer hacerlo suyo, compra con alegría el campo, aun a costa de vender todo lo que tiene. Sabe muy bien, en electo, que, según la ley judía, quien compra un terreno se vuelve dueño del suelo y del subsuelo. La segunda parábola tiene como protagonista a un mercader de perlas, que, al encontrar una de gran belleza y rara, vende todo lo que tiene y la compra, porque sabe muy bien que no hay nada de más valor que esa perla. La enseñanza de Jesús es iluminadora y fundamental: el Reino de Dios y todo lo que éste comporta exige una entrega completa e incondicionada a su causa. Este Reino, en efecto, no es algo, sino alguien; es haber encontrado a la persona de Jesús. Por eso hay que optar por él con la prontitud y la alegría del que ha comprendido el valor del Reino de Dios. Y la alegría es tan profunda y tan sentida que hace posible vender cualquier otro bien, con tal de alcanzar el fin deseado, esto es, la posesión de tal tesoro y de tal perla, frente a los cuales cualquier otra cosa pierde valor y no resulta excesivo ningún esfuerzo. Más allá de esta finalidad, las parábolas nos presentan la exigencia de radicalismo en la opción por el Reino de Dios. Es preciso eliminar cualquier otro compromiso, si queremos alcanzar el amor como don de un Dios que nos ama en la comunión con él. Al hombre le compete la correspondencia y la disponibilidad frente a la iniciativa de Dios Padre.
MEDITATIO En la parábola del hombre que encuentra el tesoro en el campo, parece que Jesús se describe a sí mismo. Él fue, verdaderamente, el hombre que descubrió algo que le llevó a "vender todo lo que tenía" para adquirirlo. De la lectura de los evangelios se desprende, en efecto, la figura de un Jesús profundamente recogido y unificado en torno a un centro de atracción, que ha entregado todo lo que es, todas sus energías y capacidades a algo que le ha fascinado. Jesús, para decirlo con una comparación, no aparece como un "hombre-veleta", en constante cambio, sino como un "hombre-roca", anclado tenazmente en un punto estable e inamovible que da sentido a su vida. Este centro de atracción, este punto firme e inamovible fue lo que él, con el lenguaje propio de su tiempo, llamó "Reino de Dios". Dice, en efecto, el evangelio de Marcos al introducir el comienzo de su actividad: "Después que Juan fue arrestado, marchó Jesús a Galilea, proclamando la Buena Noticia de Dios. Decía: "Se ha cumplido el plazo y está llegando el Reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio"" (Me 1,14ss). Jesús vivió con pasión esta "Buena Noticia" y anunció este "tesoro" que encontró en el campo. A ella dedicó, con entusiasmo y generosidad incomparable, todo lo que era y todo lo que tenía, hasta su propia vida, cuando llegó el momento de la entrega de sí mismo. Quería que Dios, ese Dios al que invocaba tiernamente como "Abbá" (Me 14,36), a pesar de todos los usos contrarios de su pueblo, pudiera establecer su soberanía benévola sobre todos y cada uno, pudiera ser verdaderamente rey en este mundo. Así habría desaparecido de él todo lo que no permitía a sus hermanos y hermanas ser verdaderamente felices. Anhelaba, en definitiva, que todos "tuvieran vida, y la tuvieran en abundancia" (Jn 10,10). El suyo no era un anhelo puramente sentimental e ineficaz, sino que se traducía en una actividad incontenible encaminada a la realización de aquello que anhelaba. Podemos imaginar que, como se dice de Moisés en la primera lectura, también el rostro de Jesús estuviera radiante, precisamente porque en él se transparentaba aquella alegría irrefrenable que le había llevado a "vender todo lo que tenía" para "comprar aquel campo" en el que se encontraba su "tesoro".
ORATIO !Cómo quisiéramos ser como tú, Jesús! !Cómo quisiéramos que toda nuestra vida estuviera recogida y concentrada en torno a ese centro que unificaba toda tu vida! Por desgracia, nosotros nos dejamos seducir por muchas otras cosas que nos atraen. Estamos constantemente sacudidos de aquí para allá como por las olas del mar. Nuestro corazón está con frecuencia en otra parte, no allí donde se encuentra el tesoro que tú habías encontrado. No buscamos siempre el Reino de Dios, no amamos de una manera suficiente la "vida abundante" para todos. Ayúdanos tú, Señor. Si, como hiciste un día con tus discípulos, nos miras a los ojos y nos dices: "Sígueme", nos quedaremos fascinados por tu voz y por tu propuesta y te seguiremos. Si nos lo dices una vez más, con vigor, seremos capaces de seguirte todavía y siempre. Y también nuestro rostro estará radiante de alegría e iremos detrás de ti con valor, confiando sólo en tu Palabra de vida, y nos dejaremos quemar en nuestro interior por el fuego de tu Espíritu y de tu amor.
CONTEMPLATIO Realmente puedo alegrarme, y nadie podrá arrebatarme este gozo. Tengo ya lo que anhelé tener bajo el cielo: veo cómo tú, sostenida por una admirable prerrogativa de la sabiduría de la boca del mismo Dios, superas triunfalmente, de modo pasmoso e impensable, las astucias del artero enemigo, y la soberbia que arruina la naturaleza humana, y la vanidad que infatúa los corazones de los hombres; y cómo has hallado el tesoro incomparable, escondido en el campo del mundo y de los corazones de los hombres (Mt 13,44), con el cual se compra nada menos que a Aquel por quien fueron hechas todas las cosas de la nada; y cómo lo abrazas con la humildad, con la virtud de la fe, con los brazos de la pobreza. Lo diré con palabras del mismo apóstol: te considero cooperadora del mismo Dios y sostenedora de los miembros vacilantes de su Cuerpo inefable (1 Cor 3,9; Rom 16,3). Dime: quién no se alegraría de gozos tan envidiables? Pues alégrate también tú siempre en el Señor (Flp 4,1.4), carísima, y no te dejes envolver por ninguna tiniebla ni amargura, oh señora amadísima en Cristo, alegría de los ángeles y corona de las hermanas. Fija tu mente en el espejo de la eternidad, fija tu alma en el esplendor de la gloria (Heb 1,3), fija tu corazón en la figura de la divina sustancia (2 Cor 3,18), y transfórmate toda entera, por la contemplación, en imagen de su divinidad. Así experimentarás también tú lo que experimentan los amigos al saborear la dulzura escondida que el mismo Dios ha reservado desde el principio para sus amadores. Deja de lado absolutamente todo lo que en este mundo engañoso e inestable tiene atrapados a sus ciegos amadores, y ama totalmente a quien totalmente se entregó por tu amor (Clara de Asís, "Tercera carta a santa Inés de Praga", VII, 12-14, en Fuentes franciscanas, edición electrónica).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Vosotros que habéis dejado todo por el Evangelio, recibiréis cien veces más y heredaréis la vida eterna" (cf. Mt 19,27.29).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL Lo que mina y envenena en general nuestra felicidad es sentir tan cerca el fondo y el fin de todo lo que nos atrae: el sufrimiento de las separaciones y del deterioro, la angustia del tiempo que discurre, el terror frente a la fragilidad de los bienes poseídos, la decepción producida por alcanzar tan pronto el final de lo que somos y de lo que amamos... Para quien ha descubierto, en un Ideal o en una Causa, el secreto de colaborar e identificarse, de cerca o de lejos, con el Universo en progreso, todas las sombras desaparecen. La alegría de adorar, refluyendo, para dilatarlas y consolidarlas, en absoluto para disminuirlas o destruirlas, sobre la alegría de ser y la de amar (Curie, Termier, han sido admirables amigos, padres y esposos), comporta y aporta, en su plenitud, una maravillosa paz. El objeto que la alimenta es inagotable, puesto que se confunde, poco a poco, con la misma consumación del mundo a nuestro alrededor. Por eso escapa a toda amenaza de muerte y de corrupción. Por último, en cierto modo, está continuamente a nuestro alcance, puesto que el mejor modo que tenemos de alcanzarlo es, simplemente, nacer lo mejor posible, cada uno en nuestro sitio, lo que podamos hacer. La alegría del elemento convertido en consciente de la Totalidad a la que sirve y en la que se realiza, la alegría alcanzada por el átomo reflexivo en el sentimiento de su función y de su consumación en el seno del universo que lo contiene: ésa es, en la teoría y en la práctica, la forma más elevada y más progresiva de felicidad que me es posible proponeros y desearos. A nuestro alrededor, la mística de la búsqueda, las místicas sociales, se precipitan con una fe admirable a la conquista del porvenir. Ahora bien, ningún vértice preciso ni, lo que es aún más grave, ningún objeto amable se presenta a su adoración. Y he aquí la razón de que, en el fondo, la alegría y las entregas que suscitan sean duras, secas, frías, tristes, o sea, preocupantes para quien las observa y, en último extremo, no del todo beatificantes para quienes las siguen. Sin embargo, junto a y, hasta hoy, en los márgenes de tales místicas humanas, la mística cristiana no cesa nunca, desde hace dos milenios, de impulsar cada vez más lejos (sin que muchos lo sospechen) sus perspectivas de un Dios personal, no sólo creador, sino también animador y totalizador de un Universo que él vuelve a llevar a sí mismo a través del concurso de todas las fuerzas que reagrupamos bajo el nombre de Evolución. Con el esfuerzo persistente del pensamiento cristiano, la enormidad angustiosa del mundo va convergiendo poco a poco hacia lo alto, hasta transfigurarse en un foco de energía amante... (P. Teilhard de Chardin, Sulla felicita, Brescia 1990, pp 37ss y 44ss [edición española: Sobre el amor y la felicidad, Promoción Popular Cristiana, Madrid 1997]). |
|
San Ignacio de Loyola, presbítero
LECTIO Primera lectura: Éxodo 40,16-21.34-38 En aquellos días: 16 Moisés hizo todo cuanto el Señor le había ordenado. 17 El día primero del primer mes del año segundo fue montada la morada. 18 Moisés levantó la morada, asentó las basas, colocó los tableros y los varales y puso en pie los soportes. 19 Y sobre la morada extendió la cubierta tal como el Señor le había ordenado. 20 Tomó las tablas del testimonio y las colocó dentro del arca, puso los varales al arca y situó la plancha de oro encima del arca; 21 metió el arca en la morada, colgó el velo de separación y con él ocultó el arca del testimonio, como el Señor le había ordenado. 34 Entonces la nube cubrió la tienda del encuentro y la gloria del Señor llenó la morada. 35 Moisés no podía entrar en la tienda del encuentro, porque la nube estaba encima de ella, y la gloria del Señor llenaba la morada. 36 Durante el tiempo que duró su caminar, los israelitas se ponían en marcha cuando la nube se levantaba de la morada. 37 Si la nube no se levantaba, no partían hasta el día en que se levantaba, 38 porque la nube del Señor se posaba de día sobre la morada, y de noche brillaba como fuego a la vista de todo Israel, durante todas las etapas de su camino.
*+• El texto que hemos leído pertenece a la tradición sacerdotal y, cuando lo examinamos atentamente, hace pensar en el ordenamiento del culto de la comunidad del segundo templo, aunque la matriz sigue siendo la fuente sinaítica. Estamos frente al santuario del desierto, en sintonía con la marcha del pueblo tras la experiencia del Sinaí. Moisés, siguiendo lo que le había mandado, construye la tienda (la Morada) para el Señor (w. 16-21) y Dios se establece en medio de su pueblo elegido (w. 34-38). Tras el Sinaí, ahora será la tienda la que constituya la continuidad de la revelación de Dios a los hombres. Aquí se fija el lugar ideal en el que cada individuo puede entrar en contacto con el Señor y dialogar con él. Dios, Padre de la tierra y del cielo, decide ubicarse, habitar en la "morada" (cf. v. 35; Ex 25,8; Ez 37,27; Jl 4,17), entre las tiendas de su pueblo, y comunicarse con Moisés, mediador carismático. De este modo, Moisés podía hacer llegar a su pueblo todo lo que Dios le había ordenado. El signo visible del Dios invisible, aunque presente y operante entre los hombres, era la "nube", que regulaba las etapas del camino del pueblo en el desierto hacia la tierra prometida. La presencia de Dios, que llenaba la tienda del santuario, recibía el nombre de "gloria", esto es, manifestación del amor salvífico de Dios en su poder y santidad, por parte de la tradición sacerdotal. En el judaísmo posterior, la "presencia" de Dios en el templo de Jerusalén recibirá el nombre de Shekhinah, "la Presencia" por excelencia. Pues bien, las tres letras fundamentales de esta palabra hebrea, s-k-n, figuran también en la raíz del verbo griego usado por el cuarto evangelista: eskénosen. En efecto, para Juan, la humanidad de Cristo es la nueva tienda santa, el nuevo templo en el que reside toda la plenitud de la sabiduría, la gracia y la verdad, en donde se manifiesta la presencia perfecta del Emmanuel, el Dios-con-nosotros. Y nosotros, nuevo pueblo en camino, estamos dispuesto a seguirle cada vez que el Señor nos invite a ir detrás de él?
Evangelio: Mateo 13,47-53 En aquel tiempo, dijo Jesús a la muchedumbre: 47 También sucede con el Reino de los Cielos lo que con una red que echan al mar y recoge toda clase de peces; 48 una vez llena, los pescadores la sacan a la playa, se sientan, seleccionan los buenos en cestos y tiran los malos. 49 Así será el fin del mundo. Saldrán los ángeles a separar a los malos de los buenos 50 y los echarán al horno de fuego; allí llorarán y les rechinarán los dientes. 51 Jesús preguntó a sus discípulos: -Habéis entendido todo esto? Ellos le contestaron: -Sí. 52 Y Jesús les dijo: -Todo maestro de la Ley que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es como un padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas. 53 Cuando Jesús acabó de contar estas parábolas, se marchó de allí.
**• Mateo refiere la parábola de la red echada al mar que recoge todo tipo de peces, buenos y no buenos, como en la parábola de la cizaña y la buena semilla. Ahora bien, la reflexión del evangelista en nuestro texto pone el acento en la situación que se creará al final del mundo. El Reino de Dios será cribado en todos sus componentes, se arrastrará la red a la orilla y se examinará el contenido de la pesca. Entonces la suerte de los malvados recibirá su justo castigo y quedará eliminado el mal; esto equivale a decir que todos los hombres pecadores deben reflexionar, mientras tienen tiempo, sobre esta realidad futura y obrar en consecuencia de cara a una adecuada conversión de vida. La enseñanza de Jesús es clara: "Todo maestro de la Ley que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es como un padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas" (v. 52); es decir, que el nuevo discípulo del Reino de Dios debe atesorar los bienes recibidos. Y discípulo de Jesús es aquel que ha escuchado la Palabra y comprende los misterios del Reino. Por consiguiente, es como la tierra buena que recibe la semilla y la hace fructificar después de haber acogido el don de la Palabra del Padre. Posee, en efecto, no sólo la revelación de las Escrituras relativas a la primera alianza, sino también el conocimiento del misterio del Reino y la vida misma del Reino, que es la palabra del Evangelio. De todo este inmenso tesoro debe servirse tanto para ser personalmente un testigo creíble de la voluntad salvífica de Dios como para conducir a los otros al conocimiento de la verdad plena y hacerla vivir en la obediencia de la fe.
MEDITATIO "La gloria del Señor llenó la morada", dice la primera lectura, refiriéndose a la presencia de Dios en la tienda que Moisés había preparado. Más tarde, Salomón construyó el templo en Jerusalén, y la gloria de Dios vino a habitar en él y a llenarlo con su presencia {cf. 1 Re 8,11). El pueblo de Israel estaba profundamente convencido de que Dios habitaba en el templo, de que su gloria lo llenaba, y a él acudía para encontrarle y rendirle culto. Jesús, en su diálogo con la samaritana junto al pozo, innovó profundamente esta perspectiva: "Créeme, mujer, está llegando la hora -mejor dicho, ha llegado ya- en que para dar culto al Padre no tendréis que subir a este monte ni ir a Jerusalén. [...] Ha llegado la hora en que los que rindan verdadero culto al Padre lo harán en espíritu y en verdad. El Padre quiere ser adorado así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad (Jn 4,21-24). Como es sabido, los primeros cristianos no tenían templos. Celebraban su culto, especialmente el acto más peculiar de su fe, la eucaristía, en las casas (cf. Hch 2,46). Sólo más tarde empezaron a tener lugares reservados para sus liturgias. La morada de la gloria de Dios ya no es, por consiguiente, el templo material, sino todo el mundo, abierto a Cristo y al Espíritu. En efecto, para Jesús, como nos hizo comprender por medio de la parábola de Mt 25,31-46, Dios está presente sobre todo en el hermano pequeño y menesteroso. En él es donde lo podemos encontrar y rendirle honores, saliendo al encuentro de esta pequeñez y esta necesidad. Se trata de un culto que tiene su fuente en el Espíritu de amor derramado en los corazones de los creyentes, que les impulsa a glorificar a Dios haciendo vivir a los otros al calor de lo que decía el obispo mártir san Ireneo: "La gloria de Dios es el hombre vivo". Tal vez los "peces malos" de los que habla la parábola del evangelio de hoy sean también esos cristianos que piensan honrar a Dios realizando actos de culto ritual, pero sin preocuparse de rendirle el culto "en espíritu y en verdad" que él espera. Tenemos esta confiada apertura a la novedad del Espíritu que nos interpela?
ORATIO Oh Padre, nosotros quisiéramos glorificarte como tú deseas y mereces. Por eso, quisiéramos darte culto no tanto a través de la materialidad de los actos rituales como a través de nuestra vida diaria vivida "en espíritu y en verdad" (Jn 4,24). Sabemos que tú moras particularmente en los hermanos y en las hermanas necesitados, en los que tienen hambre y sed, en quienes están solos y tristes, en quienes están enfermos y privados de lo necesario, y en ellos esperas tu glorificación. Ellos son, de un modo absolutamente particular, la morada que te has elegido para ser honrado y glorificado. Nos lo dijo tu Hijo, Jesús, que fue el primero en darte gloria entregando la vida por todos nosotros, sus hermanos. Tú sabes lo débiles que somos y cuánto nos cuesta, en ocasiones, darte el culto que tú esperas de nosotros. Nos resulta más fácil repetir ritos, incluso bellamente ejecutados y perfectos, que comprometernos en la vida concreta en favor de nuestros hermanos y de nuestras hermanas. Sálvanos de esta debilidad nuestra. Haz que seamos "peces buenos" cogidos por tu red para tu Reino. Amén.
CONTEMPLATIO Se da orden a todo el pueblo, a cada uno según sus fuerzas, de construir el tabernáculo, a fin de que, en cierto modo, todos juntos formen un único tabernáculo. Ahora bien, la contribución misma no tiene lugar de una manera forzosa, sino espontánea. [...] El motivo por el que era preciso construir el tabernáculo lo encontramos afirmado antes, cuando el Señor dice a Moisés: "Me construirás un santuario y desde él me mostraré a vosotros" (cf Ex 25,8 LXX). Dios quiere, por tanto, que le hagamos un santuario y nos promete que, si se lo hacemos, podrá mostrarse a nosotros. De ahí que también el apóstol diga a los judíos: "Buscad la paz y la santificación, sin la cual nadie verá a Dios" (Heb 12,14). [...] Construyamos, pues también nosotros un santuario para el Señor todos juntos y cada uno en particular (Orígenes, Omelie sull'Esodo, Roma 21991, pp. 173-175 [edición española: Homilías sobre el Éxodo, Editorial Ciudad Nueva, Madrid 1992]).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Abre, Señor, mi corazón y comprenderé las palabras de tu Hijo" (cf. Hch 16,14).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL Es posible atraer a Dios al mundo? No es éste un modo de ver arrogante y pretencioso? Nosotros creemos que la gracia de Dios consiste precisamente en esta voluntad suya de dejarse conquistar por el hombre, en este, por así decirlo, entregarse a él. Dios quiere entrar en este mundo, que es suyo, pero quiere hacerlo a través del hombre: en eso consiste el misterio de nuestra existencia, en eso consiste la oportunidad sobrehumana del género humano. Un día en que el rabí Mendel de Kosk recibía a unos huéspedes eruditos, les sorprendió preguntándoles a quemarropa: "Dónde habita Dios?". Ellos se rieron de él: "!Qué cosas se le ocurren! Acaso no está el mundo lleno de su gloria?". Sin embargo, fue el mismo rabí quien dio la respuesta a la pregunta: "Dios habita allí donde le dejamos entrar". Eso es lo que cuenta en última instancia: dejar entrar a Dios. Pero sólo podemos dejarle entrar allí donde nos encontramos, donde nos encontramos realmente, donde vivimos, y donde vivimos una vida auténtica. Si instauramos una relación santa con el pequeño mundo que nos ha sido confiado, si, en el ámbito de la creación con la que vivimos, ayudamos a la santa esencia espiritual a llegar a su consumación, entonces preparamos a Dios una morada en nuestro lugar, entonces dejamos entrar a Dios (M. Buber, // cammino dell'uomo, Magnano 1990, pp. 63ss). |