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El cántico de alabanza que resuena eternamente en las moradas celestiales y que Jesucristo, sumo Sacerdote, introdujo en este destierro ha sido continuado fiel y constantemente por la Iglesia situando a Dios como centro de nuestra vida durante todas las horas del día -Liturgia de las horas- y todos los días del año -Lectio Divina-
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Martes semana IX del Tiempo ordinario
LECTIO Primera lectura: 2 Pedro 3,12-15a.l7-18 Hermanos: 12 Esperad y apresurad la venida del día de Dios, ese día en el que los cielos se desintegrarán presa del fuego y los elementos del mundo, abrasados, se derretirán. 13 Nosotros, sin embargo, según la promesa de Dios, esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva, en la que habite la justicia. 14 Por tanto, queridos, mientras esperáis estos acontecimientos, procurad vivir en paz con Dios, limpios e irreprochables ante él, 15 considerando como salvación la paciencia de nuestro Señor. 17 En cuanto a vosotros, queridos, puesto que conocéis esto de antemano, manteneos en guardia para que no os arrastre el error de los malvados y se derrumbe vuestra fortaleza. 18 Creced en gracia y conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él la gloria ahora y por siempre. Amén.
*•• El fragmento de hoy es una reflexión sobre el estado del cristiano que "espera la venida del día de Dios" {cf. v. 12), día que pertenece a Dios por excelencia. El autor de la carta pretende recordar a los creyentes el objeto y el sentido de esta espera. En primer lugar, lo que esperamos son "unos cielos nuevos y una tierra nueva" (cf. Is 65,17; 66,22), en los que se manifestará Cristo y se manifestará en todos los ámbitos -en la "justicia"- el proyecto de Dios, que ahora es sólo un deseo. Ahora bien, esta espera es algo completamente distinto a una espera pasiva. Quien vive ya desde ahora en medio de la piedad y la santidad puede apresurar incluso la venida del día del Señor, puesto que realiza ya en esta tierra, en la pequeñez de su historia, lo que será la justicia típica del día de Dios. Por eso invita el autor de la carta a sus destinatarios "limpios", como las víctimas ofrecidas a Dios en el culto del Antiguo Testamento, e "irreprochables ante él", "en paz con Dios" (v. 14), como ocurrirá en el domingo sin ocaso de la vida futura. En estas circunstancias, se vuelve secundario el problema del "cuándo" vendrá este "día de Dios". Lo que cuenta es la magnanimidad del Señor, que organiza los tiempos y la historia siguiendo una amorosa perspectiva de salvación. Ese designio es desconocido para los impíos, mientras que es objeto de conocimiento progresivo por parte del creyente. Este último sabe que aún tiene que seguir descubriendo a Cristo hasta la manifestación completa del día del Señor. A él sea la gloria, ahora y tal como aparecerá en aquel día. El "amén" final indica que el escrito debe ser leído en la asamblea dominical de los cristianos.
Salmo ResponsorialSeñor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación
Salmo 89
Antes que naciesen los montes o fuera engendrado el orbe de la tierra, desde siempre y por siempre tú eres Dios. R/. Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación Tú reduces el hombre a polvo, diciendo: «Retornad, hijos de Adán.» Mil años en tu presencia son un ayer, que pasó; una vela nocturna. R/. Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación Aunque uno viva setenta años, y el más robusto hasta ochenta, la mayor parte son fatiga inútil, porque pasan aprisa y vuelan. R/. Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación Por la mañana sácianos de tu misericordia, y toda nuestra vida será alegría y júbilo. Que tus siervos vean tu acción, y sus hijos tu gloria. R/. Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación
Evangelio: Marcos 12,13-17 En aquel tiempo, los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos 13 le enviaron unos fariseos y unos herodianos con el fin de cazarlo en alguna palabra. 14 Llegaron éstos y le dijeron: -Maestro, sabemos que eres sincero y que no te dejas influir por nadie, pues no miras la condición de las personas, sino que enseñas con verdad el camino de Dios. Estamos obligados a pagar tributo al cesar o no? Lo pagamos o no lo pagamos? 15 Jesús, dándose cuenta de su mala intención, les contestó: -Por qué me ponéis a prueba? Traedme una moneda para que la vea. 16 Se la llevaron, y les preguntó: -De quién es esta imagen y esta inscripción? Le contestaron: -Del cesar. 17 Jesús les dijo: -Pues dad al cesar lo que es del cesar y a Dios lo que es de Dios. Esta respuesta les dejó asombrados.
*•" En el centro del evangelio de hoy figura una pregunta hipócrita. Los herodianos y los fariseos no buscan ninguna respuesta; lo que quieren sobre todo es poner a Jesús en una situación embarazosa, haciéndolo odioso para la autoridad romana o para la muchedumbre. La respuesta de Jesús, sin embargo, evita la trampa de la rígida alternativa y aprovecha la pregunta para brindar un criterio decisivo para la vida cristiana. Dios y el cesar no se contraponen entre sí, no se encuentran en el mismo plano: existe un primado de Dios, pero que no priva al Estado de sus derechos. En virtud de este principio, el cristiano aprende a obedecer no sólo a Dios, sino también a los hombres, porque la raíz de toda autoridad deriva en última instancia del Eterno. Precisamente de este principio dimana la libertad de conciencia, al amparo de toda idolatría del poder y acogiendo la respectiva soberanía de la Iglesia y el Estado. "Esta respuesta les dejó asombrados" (v. 17b): los que antes querían cazarlo en alguna palabra quedan asombrados ahora por el mensaje de libertad contenido en las palabras de Jesús.
MEDITATIO Esperar y apresurar el día del Señor. Dar a Dios y al cesar lo que le corresponde a cada uno. En estas imágenes encontramos descrita la vida del cristiano. Ésta es, antes que nada, acontecimiento de espera, anuncio de que el Esposo no ha llegado todavía, nostalgia de un amor más grande que todo afecto humano, como un deseo extinguido... Pero, al mismo tiempo, el creyente vive y celebra cada día como día del Señor, indica en él la presencia misteriosa del Esposo, expresa la alegría del encuentro con él, del deseo inextinguible. Algo así como una espera que se realiza y se vuelve cada vez más intensa y acelera en cierto modo la venida del Señor. Por eso el cristiano no se evade del mundo ni de la historia, sino que está bien implantado en ellos, precisamente para indicarle al mismo mundo lo que hay en él de Dios y debe volver a Él, o bien, lo que en el corazón humano pertenece al Altísimo y sólo en él encuentra la paz, y también lo que es corruptible y tiene que ser abandonado; lo que es bello, pero con una belleza que pasa; aquello que tal vez pueda atraer al corazón hecho de carne, pero no lo puede llenar del todo después. No por desprecio a lo humano, sino -al contrario- para darle a todas las realidades su justo peso y mantener viva la esperanza del "día de Dios", en el que todo lo terreno (afectos y esperanzas, debilidades y angustias...) se fundirá en el fuego del amor eterno. Y habrán "unos cielos nuevos y una tierra nueva"...
ORATIO Señor, Dios de la historia, Eterno sin tiempo, te alabo porque has creado también nuestra historia y nuestro tiempo. Ambos te pertenecen y están repletos de ti. De ti proceden y a ti deben volver, del mismo modo que nuestra persona, con todo lo más humano que posee, como el deseo de vivir y de amar... Cuando llevamos a cabo tal recorrido y confesamos que, verdaderamente, tú eres la fuente y el término de lo que somos y tenemos, nuestro tiempo entra en tu eternidad y nuestra historia se convierte en historia de salvación, al tiempo que la vida celebra tu soberanía y la muerte es como una vuelta a casa. Perdóname, Dios, que haces nuevas todas las cosas, por todas las veces que he pretendido apropiarme de mi tiempo y no he sabido esperar la novedad de tu día; por todas las veces que no he sabido reconocer tu imagen en las cosas y he dirigido hacia mí lo que hubiera debido "devolverte". En esas ocasiones, en vez de soñar con "unos cielos nuevos y una tierra nueva" y reconocer el alborear de tu día, he preferido ilusiones inmediatas y satisfacciones más seguras en apariencia, gustos y sabores ya conocidos y ya viejos, aunque sólo para encontrar al final aburrimiento y frustración, o ese regusto doloroso del placer que se repite por inercia, tristemente semejante a sí mismo. "Maestro, tú que eres sincero", enséñame a esperar el día de Dios y, mientras lo espero, "a dar a Dios lo que es de Dios": todos los latidos de mi corazón, cada aliento de mi vida.
CONTEMPLATIO También tú, si enciendes el candil, si recurres a la iluminación del Espíritu Santo y ves la luz en la luz, encontrarás la dracma en ti: ya que ha sido puesta en ti la imagen del Rey celestial. Cuando Dios, al principio, hizo al hombre, lo hizo "a su imagen y semejanza", y puso esta imagen no en el exterior, sino dentro de él [...]. El Hijo de Dios es el pintor de esta imagen; y puesto que el pintor es tal y tan grande, su imagen puede ser oscurecida por la desidia aunque no puede ser cancelada por la maldad. En efecto, la imagen de Dios permanece siempre, aunque le sobrepongas la imagen de lo terreno (Orígenes, Homilías sobre el Génesis, XIII, 4).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Nosotros esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva" (2 Pe 3,13).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL Que venga el alba, oh Dios, el día de tu sonrisa Dios de todos los nombres y de todos los pueblos, Madre y Padre nuestro, Señor de la historia, Señor del amor, alfa y omega de los tiempos. Te hablo en nombre de los perdedores, de parte de los que ya ni siquiera tienen nombre [...]. Te hablo de parte de aquellos que ni siquiera representan una cifra en las frías estadísticas. Amo, oh Dios, las alegrías del fotón, del tiempo y del espacio; amo la lente que lanza su insistente mirada al universo; amo la magia sagrada que alivia el dolor y difiere la muerte; amo las manos de quien penetra en el misterio mismo de la vida. Amo la forma, el sonido, el color. Amo el don de la palabra que has puesto en mi boca. Pero ya te hablarán otros de la alegría del Arte y de la magia de la Ciencia. Yo te hablo del dolor. Te hablo del hambre, oh Dios, de la muerte. Te hablo de parte de quienes sembraron sueños y han muerto con un bocado de esperanza amarga en la garganta. Te hablo de parte del que resiste en medio de la noche. Te hablo, oh Dios, de los que velan. Desde aquí saludo los tiempos venideros. Saludo el tiempo en el que por fin encuentre las manos que construyan contigo "un cielo nuevo y una tierra nueva". Manos nuevas para poblar el mundo de colores. |
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Domingo XI del tiempo ordinario
LECTIO Primera lectura: Ezequiel 17,22-24 22 Esto dice el Señor: También yo tomaré la copa de un cedro, de sus ramas cimeras tomaré un tallo, y lo plantaré en un monte muy alto; 23 lo plantaré en un monte alto de Israel; y echará ramas y dará frutos, y se hará un cedro magnífico. Toda clase de pájaros anidarán en él, y habitarán a la sombra de sus ramas. 24 Y sabrán todos los árboles del bosque que yo, el Señor, humillo al árbol elevado y exalto al árbol pequeño, hago secarse el árbol verde y reverdecer el árbol seco. Yo, el Señor, lo he dicho y lo haré.
**• El texto de Ezequiel aparece como anticipación profética del evangelio de hoy: son idénticas las imágenes que aparecen en ambos textos (imágenes que hablan de crecimiento) e idéntico el tema que se desarrolla: la extensión sin límites del Reino de Dios. La perícopa tiene un evidente sentido mesiánico: se trata del anuncio de la "restauración" del reino de Israel tras la experiencia de la deportación de muchos a Babilonia (por obra de Nabucodonosor, el año 597), aunque también después de la experiencia del alejamiento de Dios y de su alianza por parte de otros que se habían quedado en la patria. Con todo, nada de eso impide a Dios permanecer fiel a su alianza. La alegoría del cedro expresa con imágenes la promesa de un renacimiento y de un nuevo crecimiento maravilloso: como hace el agricultor, Dios tomará un "tallo" (un descendiente de David) de "la copa de un cedro" (la casa de David), para plantarlo en un monte alto de Israel, de suerte que pueda convertirse en "un cedro magnífico" (vv. 22ss). Esto equivale a decir que Dios es el gran protagonista de la historia, el que, a pesar del pecado, es capaz de ofrecer al hombre un futuro diferente y nuevo. La iniciativa del renacimiento y del crecimiento no corresponde a los hombres, sino que es de Dios, que se presenta como alguien que no disminuye en su amor. Éste es el núcleo central del texto alegórico, que se completa con la afirmación final: "Y sabrán todos los árboles del bosque que yo, el Señor, humillo al árbol elevado y exalto al árbol pequeño" (v. 24). Cómo no recordar la imagen evangélica, evocada por Lucas en el Magníficat, del Dios que "derribó de sus tronos a los poderosos y ensalzó a los humildes" (Lc 1,52) o este dicho de Jesús: "El que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado" (Lc 14,11). Ésta es la lógica del Reino de Dios en la historia de los hombres. Por eso, el justo se puede reconocer en el hecho de "proclamar por la mañana tu misericordia y por la noche tu fidelidad" (Sal 91, empleado en la liturgia de hoy como salmo responsorial).
Salmo responsorial Salmo 91, 2-3. 13-14. 15-16 Es bueno dar gracias al
Señor El justo crecerá como
una palmera,
En la vejez seguirá dando fruto Segunda lectura: 2 Corintios 5,6-10 Hermanos: 6 Así pues, en todo momento tenemos confianza. Sabemos que, mientras habitamos en el cuerpo, estamos lejos del Señor, 7 y caminamos a la luz de la fe y no de lo que vemos. 8 Pero estamos llenos de confianza y preferimos dejar el cuerpo para ir a habitar junto al Señor. 9 Sea como sea, en este cuerpo o fuera de él, nos esforzamos en serle gratos, 10 ya que todos nosotros hemos de comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba el premio o castigo que le corresponda por lo que hizo durante su existencia corporal.
*" El texto de la segunda lectura prosigue con los estímulos (presentes ya en la segunda lectura del domingo precedente) dirigidos a los cristianos para que mantengan firme la mirada en los bienes "invisibles", que son "eternos". La perspectiva del que ha optado por ponerse a seguir a Cristo no es, en efecto, de este mundo: la fe y la esperanza en Cristo resucitado llevan a mirar hacia un horizonte que está "más allá" de la dimensión terrena. Esta conciencia se traduce, en el pasaje que acabamos de leer, en tres tipos de pensamientos: en primer lugar, tenemos una comprensión de nuestro "habitar en el cuerpo" como si viviéramos en un exilio "lejos del Señor" (v. 6). Lo que caracteriza la existencia terrena del cristiano es la fe, no aún la visión. De esta dialéctica fe-visión brota la actitud propia del creyente: la confianza. Éste es el término fundamental (aparece dos veces en las líneas iniciales del texto), y resume la identidad del creyente: éste es alguien que se "confía" plenamente; mejor aún, alguien que se "confía" al único que considera digno de confianza. La vida del creyente está orientada así hacia su destino de consumación en Dios. En segundo lugar, se levanta acta de que lo que cuenta en el hoy terreno, vivido a la luz de la fe, es el esfuerzo por "serle gratos" (v. 9b). No se trata de una simple lógica de prestaciones o de confianza en nuestros méritos: no son éstos, en efecto, los que nos procuran la salvación. La expresión remite más bien al compromiso activo de llevar nuestra propia vida siempre bajo la mirada de Dios. Y por último, en tercer lugar, está el pensamiento de tener que "comparecer ante el tribunal de Cristo" (v. 10). Pero ésta ya no es una perspectiva que engendre ansia o miedo; es sólo la expectativa de la consumación esperada y la conclusión de una vida vivida en el abandono en Dios.
Evangelio: Marcos 4,26-34 En aquel tiempo, 26 decía también Jesús a la gente: -Sucede con el Reino de Dios lo que con el grano que un hombre echa en la tierra. 27 Duerma o vele, de noche o de día, el grano germina y crece, sin que él sepa cómo. 28 La tierra da fruto por sí misma: primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga. 29 Y cuando el fruto está a punto, en seguida se mete la hoz, porque ha llegado la siega. 30 Proseguía diciendo: -Con qué compararemos el Reino de Dios o con qué parábola lo expondremos? 31 Sucede con él lo que con un grano de mostaza. Cuando se siembra en la tierra, es la más pequeña de todas las semillas. 32 Pero, una vez sembrada, crece, se hace mayor que cualquier hortaliza y echa ramas tan grandes que las aves del cielo pueden anidar a su sombra. 33 Con muchas parábolas como éstas Jesús les anunciaba el mensaje, acomodándose a su capacidad de entender. 34 No les decía nada sin parábolas. A sus propios discípulos, sin embargo, se lo explicaba todo en privado.
*•• El discurso sobre el Reino de Dios, propuesto por Jesús en parábolas a los hombres de todos los tiempos, responde a una doble pregunta: qué lógica rige el funcionamiento del Reino de Dios? Alcanzará éste su objetivo? Las dos parábolas que recoge el texto de hoy hablan de un "grano" echado en tierra: en la primera parábola el crecimiento del grano no depende del trabajo del hombre {"Duerma o vele, de noche o de día, el grano germina y crece": v. 27), sino únicamente de la fertilidad del suelo. La primera lectura se mostraba todavía más explícita: no es el hombre el que trabaja para edificar el Reino de Dios, sino sólo Dios. En la segunda parábola aparece una idea ulterior: el minúsculo grano de mostaza –que carece de toda vistosidad- "se hace mayor que cualquier hortaliza" (v. 32). Se trata de una grandiosa visión plena de esperanza, que anima a los creyentes a mantener una actitud de paciencia. Dios obra en la historia, a pesar de que las apariencias digan lo contrario. La realización de su Reino no depende de la eficiencia, ni de las instituciones, ni de los individuos; no es cuestión de programas o de obras, sino de una escucha atenta de la Palabra de Dios y de la disponibilidad para dejarla crecer en nosotros. El mensaje central de la parábola no es, a pesar de todo, una invitación al quietismo o a la falta de compromiso. Al contrario, presenta al creyente una mentalidad nueva, la de no escuchar tanto sus deseos y sus ganas de hacer y mantenerse disponible, con paciencia y humildad, para crear las condiciones en las que la Palabra de Dios pueda dar fruto libremente.
MEDITATIO La Iglesia, en cuanto comunidad de creyentes, tiene la misión de ser "sacramento" del Reino de Dios aquí, en la tierra: ha sido convocada para ser, con sus palabras y sus acciones, "signo eficaz" de este Reino que, como la pequeña simiente echada en tierra, puede crecer sin límites. En efecto, esta experiencia, en cuanto experiencia de comunión y de justicia, no es algo individual, sino que liga a las personas entre sí y, uniéndolas en torno a la persona de Cristo, constituye su Iglesia: así, la realidad histórica de la Iglesia se convierte en manifestación de la reconciliación querida y otorgada por Dios en Jesús, el gran acontecimiento de reconciliación que marca la historia de los hombres a partir de Jesús y hasta su consumación final. Por eso la Iglesia no se identifica nunca con el Reino de Dios, ni puede considerarse nunca, de una manera triunfalista, como el Reino de Dios realizado en el mundo, sino que es siempre y únicamente un signo, un camino a través de la historia humana, que gradualmente se vuelve, en Jesús, por Jesús y con Jesús, "historia de salvación". Esta experiencia interesa a toda la humanidad: "por nosotros los hombres y por nuestra salvación...", profesamos en el credo. Toda persona, en el presente de su existencia, se siente interpelada por esta exigencia, se siente llamada a entrar en el Reino de Dios, en el sentido de que mediante una continua "conversión" (originariamente, "seguir a Jesús" significaba unirse a él, vivir con él) se ofrece realmente esta posibilidad: en todo momento en que el hombre intenta dar un sentido a su propia vida, comprometiendo de manera concreta su libertad en la historia, le es posible comprometerse por un camino que no es manifestación del mal, sino manifestación del Reino de Dios. En esta dimensión "sacramental" de la vida cristiana se resuelve la tensión entre el ya y el todavía-no de la esperanza: este continuo tender es el signo y la actitud que distingue al cristiano.
ORATIO Padre, de quien procede todo don, que sigues sembrando y haciendo crecer tu Reino de paz y amor entre nosotros, haznos colaboradores de esta obra tuya a través de la fe que suscitas en nosotros. Haz que seamos siempre conscientes de que no son nuestros medios ni nuestras fatigas los que difunden en el mundo el Evangelio de tu Cristo, que lleva al hombre a la salvación. Mantennos unidos a él, que nos ha hecho sus testigos, y concédenos la fuerza de su santo Espíritu para que seamos capaces de asumir compromisos animosos en tu santa Iglesia, a fin de renovarla con humildad y paciencia.
CONTEMPLATIO Como Jesús había dicho que las tres cuartas partes de la semilla se perderían, que sólo una parte se salvaría y que en el resto se producirían tan graves daños, era bastante lógico que sus discípulos le preguntaran quiénes y cuántos serán los fieles. Jesús les quita el temor induciéndoles a la fe mediante la parábola del grano de mostaza y mostrándoles que la predicación de la Buena Nueva se difundirá por toda la tierra. Escoge para este fin una imagen que representa bien esa verdad. "Es la más pequeña de todas las semillas, pero cuando crece es mayor que las hortalizas y se hace como un árbol, hasta el punto de que las aves del cielo pueden anidar en sus ramas". Cristo quería presentar el signo, la prueba de su grandeza. Así -explica- ocurrirá también con la predicación de la Buena Nueva. En realidad, los discípulos eran los más humildes y débiles entre los hombres, inferiores a todos, pero, dado que en ellos había una gran fuerza, su predicación se difundió por todo el mundo (Juan Crisóstomo, Comentario al evangelio de Mateo, 46,2).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Habitaré en la casa del Señor todos los días de mi vida" (cf. Sal 26,4).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL La Iglesia es el "sacramento originario" de la salvación preparada para los hombres según el eterno consejo de Dios. Una salvación que, por otra parte, no es monopolio de la Iglesia, sino que, en virtud de la redención obrada por el Señor, que murió y resucitó "para la salvación de todo el mundo", está ya de hecho presente de una manera eficaz en todo este mundo [...]. Esto equivale a decir que, en ella, se hace audible y se vuelve visible lo que está presente "fuera de la Iglesia", allí donde hombres de buena voluntad se adhieren de hecho, personalmente, al ofrecimiento divino de la gracia y la hacen suya, aunque no de un modo reflexivo o temático. Precisamente en cuanto sacramento de salvación, ofrecido a todos los hombres, la Iglesia es el "sacramento del mundo": es la esperanza no sólo para los que se han adherido a ella, sino que es, simplemente, la spes mundi, la esperanza para todo el mundo. En ella aparece plenamente y está presente, como en una profecía, el misterio de la salvación que Dios lleva a cabo a lo largo de toda la historia humana, y que en ella -gracias al dato imperecedero de la viviente profecía de la Iglesia- no cesará nunca de realizarse. Podríamos decir que la Iglesia es la manifestación de la salvación existencial del mundo; revela el mundo a sí mismo; le muestra al mundo lo que es y lo que aún puede llegar a ser en virtud del don de la gracia de Dios. Por eso la Iglesia espera no sólo por sí misma, sino por el mundo entero, a cuyo servicio está (E. Schillebeeckx, Cott-Kirche-Welt, Mainz 1970, vol. II). |
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Domingo XII del tiempo ordinario
LECTIO Primera lectura: Job 38,1-8-11 1 El Señor respondió a Job desde la tormenta y dijo: 8 Quién encerró con doble puerta el mar cuando salía a borbotones del seno de la tierra, 9 cuando le puse las nubes por vestido y los nubarrones por pañales; 10 cuando le señalé un límite, le fijé puertas y cerrojos 11 y le dije: "No pasarás de aquí, aquí se romperá la soberbia de tus olas"?
**• En este breve fragmento, tomado del libro de Job, domina la imagen del mar: éste, en la antigüedad, era símbolo del enorme poder de la naturaleza, que suscitaba estupor e infundía terror cuando se desencadenaba; el mar era símbolo, por consiguiente, de un misterio profundo e impenetrable, aunque también de un mundo amenazador y destructivo. Leído desde la perspectiva del evangelio de hoy (Jesús calmando la tempestad), este texto conduce a reconocer y a confesar el señorío de Dios sobre la naturaleza: Dios estaba presente cuando "salía a borbotones" el mar del "seno de la tierra" y le puso "nubarrones por pañales", del mismo modo que se protege a un niño sin defensas (vv. 8ss). Así Dios, ejerciendo su señorío, puede liberar al hombre del miedo que conduce a la idolatría (que implica sumisión) de las fuerzas naturales. El creyente puede invocar al Señor y abandonarse con confianza a su señorío protector: ésa es la actitud central que aparece en el evangelio, puesta asimismo de relieve por el salmo responsorial propuesto por la liturgia de hoy: "Pero gritaron al Señor en su angustia, y los arrancó de la tribulación" (Sal 106,6). De aquí brota también la oración agradecida: "Den gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres" (Sal 106,21). Leído, en cambio, a partir de su contexto originario (el libro de Job), el pasaje pretende hacer reflexionar sobre el "sentido" del sufrimiento y del mal entre los hombres: está Dios alejado y se muestra indiferente a los males de los hombres? La respuesta de Dios a Job orienta en la dirección contraria: Job, en cuanto criatura llena de límites, no puede pretender comprender el misterio del mal. Éste sigue siendo algo absurdo y un gran enigma para la razón del hombre. Pero esta misma conclusión remite también en otra dirección: el creyente no ha de esperar la posible respuesta de la "ciencia" del hombre, sino de la mirada religiosa. Los cristianos, en particular, han de buscar la respuesta en la muerte y resurrección -por tanto, en la vida- de Jesucristo.
Salmo responsorial Salmo 106, 23-24. 25-26. 28-29. 30-31 Entraron en naves por
el mar, Él habló y levantó un
viento tormentoso,
Pero gritaron al Señor en su angustia,
Se alegraron de aquella bonanza,
Segunda lectura: 2 Corintios 5,14-17 Hermanos: 14 nos apremia el amor de Cristo al pensar que, si uno ha muerto por todos, todos por consiguiente han muerto. 15 Y Cristo ha muerto por todos para que los que viven no vivan ya para ellos, sino para el que ha muerto y resucitado por ellos. 16 Así que ahora no valoramos a nadie con criterios humanos. Y si en algún momento valoramos así a Cristo, ahora ya no. 17 De modo que si alguien vive en Cristo, es una nueva criatura; lo viejo ha pasado y ha aparecido algo nuevo.
*+• Los cristianos buscan en Cristo y, precisamente, en el hecho de que "Cristo ha muerto por todos para que los que viven no vivan ya para ellos..." (v. 15), la respuesta al problema del "sufrimiento" y del "mal" en el mundo. La lectura pone así de manifiesto la primera gran consecuencia del vivir sub specie aetemitatis (cf. el motivo dominante del domingo precedente): mantener fija la mirada en las "cosas eternas" nos libera, en primer lugar, del egoísmo. Vivir para Cristo, "para el que ha muerto y resucitado por todos" (v. 15), implica en los cristianos capacidad de entrega a los otros: sólo de este modo se puede difundir en el mundo la vida del Resucitado. Hay dos afirmaciones en la lectura que nos ayudan a comprender el sentido cristiano de esta "entrega" a los otros: la primera nos dice que "ahora no valoramos a nadie con criterios humanos" (v. 16), o sea, según la lógica y los intereses terrenos. Es menester cambiar de "mirada" y pasar de las relaciones instrumentales, guiadas por la consideración de los otros sólo como medios para nuestros fines, a unas relaciones basadas en el ser, en la acogida a los otros como valores, como personas que tienen una dignidad inalienable. La segunda habla de ser "una nueva criatura" (v. 17): ésa es la novedad radical introducida en el mundo por la fe en Cristo resucitado. La fe es principio de renovación en el sentido de que nos compromete a cambiarnos ante todo a nosotros mismos para cambiar después también el mundo. La acogida del Evangelio, que nos hace "uno en Cristo", no nos aísla de los otros ni de los problemas cotidianos, sino que nos da unos ojos diferentes y valor para luchar contra el mal difundido a través del bien que queremos reemplazar.
Evangelio: Marcos 4,35-41 35 Aquel mismo día, al caer la tarde, les dijo: -Pasemos a la otra orilla. 36 Ellos dejaron a la gente y le llevaron en la barca, tal como estaba. Otras barcas le acompañaban. 37 Se levantó entonces una fuerte borrasca y las olas se abalanzaban sobre la barca, de suerte que la barca estaba ya a punto de hundirse. 38 Jesús estaba a popa, durmiendo sobre el cabezal, y le despertaron, diciéndole: -Maestro, no te importa que perezcamos? 39 Él se levantó, increpó al viento y dijo al lago: -!Cállate! !Enmudece!. El viento amainó y sobrevino una gran calma. 40 Y a ellos les dijo: -Por qué sois tan cobardes? Todavía no tenéis fe? 41 Ellos se llenaron de un gran temor y se decían unos a otros: -Quién es éste, que hasta el viento y el lago le obedecen?
*•• El esquema literario del evangelio (semejante desde el punto de vista temático al fragmento de Job) parte de una situación de peligro (la tempestad), pasa a través de la invocación confiada de los discípulos asustados ("Maestro, no te importa que perezcamos?" v. 38b) y concluye con la intervención "señorial" de Jesús sobre la naturaleza y con la doble pregunta sobre la fe: primero la de Jesús ("Todavía no tenéis fe": v. 40) y después la de los discípulos ("Quién es éste, que hasta el viento y el lago le obedecen?": v. 41). La pregunta fundamental a la que conduce el relato es precisamente la última: quién es Jesús? El señorío de Jesús sobre las aguas que se agitan y muestran amenazadoras remite a buen seguro, en el lenguaje y en el simbolismo bíblico, a las aguas del éxodo, cuando Dios se reveló a su pueblo, a través de Moisés, como "liberador". En efecto, el evangelista Mateo, en su redacción del mismo episodio (Mt 8,25), recoge bien este paralelismo y emplea, a propósito de Jesús, el verbo "salvar": Jesús se revela ahora como el verdadero "salvador". Marcos, sin embargo, deja en la penumbra esta conexión, para poner de relieve la "reacción " de los hombres: pone en el centro de la atención el tema de la fe. "Todavía no tenéis fe", pregunta Jesús a sus discípulos. Éstos se encuentran dominados aún por el miedo ("Por qué sois tan cobardes?": v. 40). Es interesante señalar que parece haber en este texto una contradicción: Jesús pregunta a sus discípulos a propósito de su "fe" precisamente cuando se han dirigido a él aparentemente con fe ("Maestro, no te importa que perezcamos?"). La aparente contradicción desaparece en cuanto reflexionamos sobre aquello que mueve la "fe" de los discípulos: éstos piden una intervención "interesada"; lo que les mueve es la preocupación por su propia piel, están dominados todavía por el interés en obtener "algo". Así son también muchas de nuestras oraciones de petición, expresión de una fe todavía muy imperfecta que pide "milagros". Casi se diría que Jesús, en el texto de Marcos, impulsa a los discípulos de todos los tiempos a proceder a una purificación de su fe y de la imagen de Dios que la fundamenta: el Dios del verdadero creyente está más allá del mundo de los intereses terrenos y de sus "leyes" y, por consiguiente, no puede ser alcanzado sólo a partir de este mundo.
MEDITATIO Dios no es el "tapagujeros" de nuestras necesidades, no es alguien que podamos utilizar para colmar nuestras insuficiencias. Es propio de una religiosidad primitiva e "infantil" pretender plegar a Dios a nuestras necesidades del momento. Es propio de la religiosidad "madura" "dejar que Dios sea Dios" (K. Barth). Ciertamente, Dios es el señor de la naturaleza, en el sentido de que, para el creyente, Dios es el principio del que todo toma su origen, en el que todo vive y al que todo tiende. Dios es la fuente de sentido para todo lo que es. El poder del hombre sobre la naturaleza ha aumentado mucho en nuestros días: hoy conocemos muchas de sus "leyes", sabemos transformarla, aunque en parte aún escapa a nuestro control. El Dios de la fe ha sido "liberado" de la imagen de un simple garante del "orden natural". Con todo, esto no es suficiente para "dejar que Dios sea Dios". El punto de partida de todo itinerario de fe auténtica es una experiencia de apertura a la Trascendencia. Qué es lo que eso significa? En una visión dualista del mundo, que ha imaginado a Dios y al mundo, el cielo y la tierra, como realidades opuestas en términos espaciales, Dios ha sido pensado sólo como "exterior" al mundo, ha sido colocado fuera y lejos de él. Una de las consecuencias de esta imagen de Dios ha sido impulsar al hombre a mostrarse con mayor frecuencia pasivo, o bien le ha impulsado a experimentar "miedo" frente a Dios y frente a los fenómenos de la naturaleza o incluso a pretender someterlo a sus propios deseos (magia). Ahora bien, el misterio de la encarnación, según el cual el hombre Jesús de Nazaret se ha mostrado como el rostro visible del Dios invisible, ha abierto una perspectiva diferente: la trascendencia de Dios es algo cualitativamente "diferente" en el interior de nuestra cotidianidad mundana. No se trata de un "fuera" espacial, sino de la experiencia de la proximidad de Dios y, por consiguiente, de la posibilidad de la aparición de "algo nuevo" en la historia misma. La experiencia de la resurrección de Jesús es la revelación de esta trascendencia: una experiencia que compromete también al hombre a construir un orden diferente de relaciones, liberadas de todo tipo de miedo, en el interior del propio mundo.
ORATIO Padre, fuente de la vida y fin último de toda criatura, manifiéstanos tu rostro de bondad y libéranos de nuestros miedos. Concédenos una fe sólida incluso en los momentos de tempestad, a fin de que seamos capaces de poner nuestra confianza no en los medios del poder humano, sino en ti, que estás presente junto a nosotros. Haznos verdaderos discípulos de Jesucristo, que nos ha revelado tu rostro de padre, y haz que estemos atentos a los signos de su camino continuo en nuestra historia. Haz que sepamos reconocerle en el amor y en el testimonio de muchos hermanos. Envíanos tu Espíritu, para que nos asista en la tarea de discernir tu proyecto sobre nosotros, nos ayude a cumplir tu voluntad, a fin de construir con confianza y paciencia ese mundo nuevo que tú nos dejas entrever en la resurrección de Jesús.
CONTEMPLATIO Estamos sometidos, pues, a las tempestades desencadenadas por el espíritu del mal, pero, como bravos marineros vigilantes, llamamos al piloto adormecido. Ahora bien, también los pilotos se encuentran normalmente en peligro. A qué piloto deberemos dirigirnos entonces? A aquel a quien no superan los vientos, sino que los manda, a aquel de quien está escrito: "Él se despertó, increpó al viento y a las olas". Qué quiere decir que "se despertó""? Quiere decir que descansaba, pero descansaba con su cuerpo, mientras que su espíritu estaba inmerso en el misterio de la divinidad. Pues bien, allí donde se encuentra la Sabiduría y la Palabra, no se hace nada sin la Palabra, no se hace nada sin la prudencia. Has leído antes que Jesús había pasado la noche en oración: de qué modo podía dormir ahora durante la tempestad? Este sueño revela la conciencia de su poder: todos tenían miedo, mientras que sólo él descansaba sin temor. No participa, por tanto, [únicamente] de nuestra naturaleza quien no está expuesto a los peligros. Aunque duerme su cuerpo, su divinidad vigila y actúa la fe. Por eso dice: "Por qué habéis dudado, hombres de poca fe?". Se merecen el reproche, por haber tenido miedo aun estando junto a Cristo, siendo que nadie puede perecer si está unido a él. De este modo corrobora la fe y vuelve a hacer reinar la calma (Ambrosio, Comentario al evangelio de Lucas, VI, 40-43).
ACTIO Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Salva a tu pueblo, bendice a tu heredad, apaciéntalos y guíalos por siempre" (Sal 27,9).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL La fe es estar cogidos por aquello que tiene que ver con nosotros de una manera incondicional. El hombre, como cualquier otro ser vivo, se encuentra turbado porque le preocupan muchas cosas, sobre todo por aquellas cosas que condicionan su vida, como el alimento y la casa. Y, a diferencia de los otros seres vivos, el hombre tiene también necesidades sociales y políticas. Muchas de ellas son urgentes, algunas muy urgentes, y cada una de ellas puede estar relacionada con las cosas cotidianas de importancia esencial tanto para la vida de cada hombre particular como para la de una comunidad. Cuando esto sucede, se requiere la entrega total de aquel que responde afirmativamente a esta pretensión, y eso promete una realización total, aun cuando todas las otras exigencias debieran quedar sometidas a ella o abandonadas por amor a ella. La fe, en cuanto estar cogidos por aquello que tiene que ver con nosotros de una manera incondicional, es un acto de toda la persona. Tiene lugar en el centro de la vida personal y abarca todas sus estructuras. La fe es el acto más profundo y más completo de todo el espíritu humano [...]. Tocias las funciones del hombre están reunidas en el acto de fe (P. Tillich, Wessen und Wandel des Glaubens, Francfort 1961, pp. 9.12 [edición española: La razón y la revelación, Ediciones Sígueme, Salamanca 1982]).
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Martes de la semana XII del Tiempo ordinario
LECTIO
Primera lectura: 2 Reyes 19,9b-11.14-21.31-35a.36
En aquellos días,
9 Senaquerib envió de nuevo mensajeros a Ezequías para decirle:
10 -Así diréis a Ezequías, rey de Judá: "Que tu Dios, en quien confías, no te engañe diciéndote: "Jerusalén no caerá en manos del rey de Asiria".
11 Sabes bien que los reyes de Asiria han exterminado a todos los países, y vas a librarte tú?".
14 Ezequías tomó la carta que traían los mensajeros y la leyó; después, subió al templo, la desenrolló ante el Señor
15 y oró así: -Señor, Dios de Israel, que te sientas sobre los querubines, tú eres el Dios de todos los reinos de la tierra, tú has hecho el cielo y la tierra.
16 Inclina, Señor, tu oído y escucha; abre, Señor, tus ojos y mira. Escucha las palabras con que Senaquerib ha ultrajado al Dios vivo.
17 Es verdad, Señor, que los reyes de Asiria han asolado otros pueblos y otras tierras,
18 y han quemado a sus dioses, porque no eran dioses, sino madera o piedra modeladas por el hombre; por eso los han destruido.
19 Te suplico, Señor, Dios nuestro, que nos libres de su poder, para que todos los reinos de la tierra sepan que tú, Señor, eres el único Dios.
20 Entonces Isaías, hijo de Amos, mandó a decir a Ezequías: -Así dice el Señor, Dios de Israel: "He escuchado tu plegaria ante la amenaza de Senaquerib, rey de Asiria".
21 Ésta es la palabra que el Señor pronuncia contra él: "Te desprecia y se burla de ti, la doncella de Sión; Jerusalén a tus espaldas menea la cabeza".
31 Porque quedará un resto en Jerusalén y supervivientes en el monte Sión. Así lo realizará el Señor.
32 Por eso, así dice el Señor acerca del rey de Asiria: "No entrará en esta ciudad ni la alcanzará con sus flechas, no la cercará con sus escudos ni levantará terraplenes contra ella.
33 Se volverá por donde vino y no entrará en esta ciudad. Oráculo del Señor.
34 Yo la protegeré y la salvaré, en atención a mí mismo y a mi siervo David".
35 Aquella misma noche, el ángel del Señor vino al campamento asirio e hirió a ciento ochenta y cinco mil hombres.
36 Senaquerib, rey de Asiria, levantó el campamento, se fue a Nínive y se quedó allí.
**• La narración bíblica prosigue hablando de la masiva inmigración de cinco estirpes extranjeras e idolátricas (los famosos "cinco maridos" de Jn 4,18) en tierras de los samaritanos, inmigración que provocó un auténtico sincretismo: "aquellas gentes daban culto al mismo tiempo al Señor y a sus ídolos. Y sus descendientes siguen haciendo lo mismo hasta el día de hoy" (2 Re 17,41). A Judá le aguardaba un destino que no era diferente. Reinaba
allí el piadoso rey yahvista Ezequías (716-687), que logró salvar Jerusalén entrando en una relación de vasallaje con Asiria (2 Re 18,13ss). A pesar de ello, la reacción antiasiria, con el apoyo egipcio, era viva.
El fragmento que hoy nos ofrece la liturgia nos presenta la carta del rey de Asiria Senaquerib (704-681) en la que amenaza a Ezequías con ponerse en contra de él.
Al mismo tiempo, Isaías, en un extenso canto que incluye el oráculo divino (w. 21-34, reducidos en el texto litúrgico), anuncia la derrota, por obra del mismo Señor, del ejército de Senaquerib, diezmado probablemente por la peste.
Dios ha fundado su ciudad para siempre
Evangelio: Mateo 7,6.12-14
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
6 No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas a los puercos, no sea que las pisoteen, se vuelvan contra vosotros y os destrocen.
12 Así pues, tratad a los demás como queráis que ellos os traten a vosotros, porque en esto consisten la Ley y los profetas.
13 Entrad por la puerta estrecha, porque es ancha la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por él.
14 En cambio, es estrecha la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y son pocos los que lo encuentran.
*" Hallamos aquí algunos dichos del Señor reunidos por el evangelista en el magno "sermón del monte". El texto litúrgico omite los versículos relativos a las "cosas buenas" que los hombres intercambian entre ellos y que el Padre celestial concede a quienes se las piden.
El primero de los dichos referidos tiene que ver con el uso de lo "santo". El sentido de esta expresión no está claro, aunque podemos sobreentender con ella la Palabra evangélica y, en último extremo, la eucaristía (Didajé 9,5). Parece que se bosqueja aquí lo que será definido como "la disciplina del arcano". Consiste esta en no revelar los santos misterios a los extraños y menos aún a las personas indignas. "Si cerramos nuestras puertas antes de celebrar los misterios y excluimos a los no iniciados", precisa Juan Crisóstomo, "es porque hay todavía muchos que están demasiado poco preparados para poder participar en estos sacramentos".
Con el término "perros" se designaba de modo despreciativo a los paganos, considerados idólatras por definición (cf. Mt 15,26ss, donde apenas se atenúa la palabra poniéndola en diminutivo, "perrillos"). A los cerdos, considerados proverbialmente como animales impuros, eran equiparados los que mantenían una conducta contraria a la Ley (ambas categorías de animales se encuentran en 2 Pe 2,21ss). Según Jerónimo, "algunos quieren ver en los perros a aquellos que, tras haber creído en Cristo, vuelven al vómito de sus pecados; y en los cerdos, a los que no han creído aún en el Evangelio y siguen revolcándose en sus vicios y en el fango de la incredulidad. En consecuencia, no conviene confiar demasiado pronto a hombres de tal condición la perla del Evangelio, por miedo a que la pisoteen y, revolviéndose contra nosotros, intenten destrozarnos".
Frente a la bondad divina, los hombres son "malos"; sin embargo, son capaces de dar pan y pescado. Pues bien, qué "pan" y qué "pescado" no nos dará el Padre con el don de su Hijo? Estas "cosas buenas" son "ciertamente, ante todo, los bienes superiores, el Reino y la justicia de Dios. Le 11,13 dice "dará el Espíritu Santo" a los que se lo pidan. El Espíritu Santo es el don por excelencia, siempre conforme a la voluntad de Dios, y se concede siempre a los que lo piden: espíritu de vida y de regeneración, inteligencia de las Escrituras, discernimiento espiritual, carismas varios en la comunidad.
Pero hay muchas otras cosas que pueden ser "buenas" en el marco y desde la perspectiva del Reino y de su justicia: también una buena salud y el pan de cada día, así como la paz eterna y la tranquilidad favorable al buen trabajo. Debemos abstenernos, pues, de una excesiva timidez, de un orgullo espiritualista, de un estoicismo cristiano, o como se quiera decir, que venga a detener la espontaneidad natural de la oración de los hijos al Padre" (G. Miegge).
El v. 12 constituye la "regla de oro" del obrar cristiano. La encontramos, aunque formulada de manera negativa, en Tob 4,15 y no falta tampoco en las antiguas tradiciones espirituales. Hemos de señalar aún la insistencia en el hacer, que se repite más veces en este último capítulo del sermón del monte (w. 12; 17; 19; 21; 24; 26).
Por último, están las dos puertas y los correspondientes caminos a los que dan acceso. La doctrina de los dos caminos estaba formulada ya en el Antiguo Testamento (Dt 30,15-20) y fue recuperada en la primera catequesis cristiana (Didajé 1,1). La imagen de la puerta y del camino remite al mismo Cristo (cf. Mt 22,16), que se atribuye a sí mismo esta doble realidad (Jn 10,7; 14,6), así como a los Hechos de los apóstoles, donde aparece con bastante frecuencia.
MEDITATIO
Las "perlas", según Juan Crisóstomo, son "los misterios de la verdad", o sea, la totalidad del patrimonio revelado. En consecuencia, dejaré aparecer en qué consideración tengo la Palabra divina. El fragmento litúrgico omite los w. 7-11, relacionados con la eficacia de la oración. Los leemos directamente en la Biblia, a fin de convertirlos en objeto de meditación. La Glosa medieval explícita el trinomio "pedir, buscar y llamar", diciendo que "nosotros pedimos con la oración, buscamos con la rectitud de la vida y llamamos por medio de la perseverancia ". El texto evangélico nos invita, por otra parte, a preguntarnos si somos capaces de dar cosas buenas a los hermanos, cosas que se convierten de este modo en la medida de nuestras acciones. Por último, tomo conciencia de si voy por el camino estrecho que es Cristo mismo o si intento hacerme el recorrido cómodo y gratificador al precio de compromisos y mediocridad.
ORATIO
Clementísimo Señor Jesucristo, hazme entrar por la puerta de la salvación y en la vida de la gloria después de haber recorrido el camino estrecho de la justicia y haber entrado por la estrecha puerta de la penitencia.
Enséñame a evitar las sugerencias de los engañadores y concédeme evitar la sencillez y la inocencia de los hombres espirituales. Que mi corazón eche sus raíces no en la tierra, sino en el cielo, de modo que sea encontrado fiel en los frutos de las buenas obras más bien que en el follaje de las solas palabras.
Concédeme cumplir la voluntad del Padre celestial y traducir en obras las palabras que escucho de ti, de suerte que, arraigado en ti, no haya tentación que me separe de ti. Amén (Landulfo de Sajonia).
CONTEMPLATIO
El camino ancho es el apego a los bienes del mundo que los hombres desean ardientemente. Estrecho es el que se recorre al precio de fatigosas renuncias. Observa también cómo insiste en los individuos que marchan por ambos caminos: son muchos los que caminan por el camino ancho, mientras que sólo pocos encuentran el estrecho.
No es preciso ir a buscar el camino ancho, ni resulta difícil encontrarlo: se presenta espontáneamente a nosotros, porque es el camino de los que se equivocan; el estrecho, en cambio, no todos lo encuentran, y los que lo hallan no siempre entran en él de inmediato. Muchos, en efecto, aunque han encontrado el camino de la verdad, se vuelven atrás a medio camino, presos de las seducciones del mundo (Jerónimo, Comentario al evangelio de Mateo).
ACTIO
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "!Cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan!" (Mt 7,11).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL
El camino de los seguidores es angosto. Resulta fácil no advertirlo, resulta fácil falsearlo, resulta fácil perderlo, incluso cuando uno ya está en marcha por él. Es difícil encontrarlo. El camino es realmente estrecho y el abismo amenaza por ambas partes: ser llamado a lo extraordinario, hacerlo y, sin embargo, no ver ni saber que se hace..., es un camino estrecho. Dar testimonio de la verdad de Jesús, confesarla y, sin embargo, amar al enemigo de esta verdad, enemigo suyo y nuestro, con el amor incondicional de Jesucristo..., es un camino estrecho. Creer en la promesa de Jesucristo de que los seguidores poseerán la tierra y, sin embargo, salir indefensos al encuentro del enemigo, sufrir la injusticia antes que cometerla..., es un camino estrecho. Ver y reconocer al otro hombre en su debilidad, en su injusticia, y nunca juzgarlo, sentirse obligado a comunicarle el mensaje y, sin embargo; no echar las perlas a los puercos..., es un camino estrecho. Es un camino insoportable.
En cualquier instante podemos caer. Mientras reconozco este camino como el que me es ordenado seguir, y lo sigo con miedo a mí mismo, este camino me resulta efectivamente imposible.
Pero si veo a Jesucristo precediéndome paso a paso, si sólo le miro a él y le sigo paso a paso, me siento protegido. Si me fijo en lo peligroso de lo que hago, si miro al camino en vez de a aquel que me precede, mi pie comienza a vacilar. Porque él mismo es el camino. Es el camino angosto, la puerta estrecha.
Sólo
interesa encontrarle a él (Dietrich Bonhoerfer, El precio de la gracia. El
seguimiento, Sígueme, Salamanca 51999, p. 125).