| CIRILO DE JERUSALÉN Y SUS ENSEÑANZAS | SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA |
La Didaché o Enseñanza de los Doce Apóstoles es uno de los escritos más
venerables que nos ha legado la antigüedad cristiana. Baste decir que su
composición se data en torno al año 70; casi contemporáneamente, por tanto, a
algunos libros del Nuevo Testamento.
Aletea en su contenido la vida de la primitiva cristiandad. A través de
formulaciones claras, asequibles tanto a mentes cultas como a inteligencias
menos ilustradas, se enumeran normas morales, litúrgicas y disciplinares que han
de guiar la conducta, la oración, la vida de los cristianos. Se trata de un
documento catequético, breve, destinado probablemente a dar la primera
instrucción a los neófitos o a los catecúmenos.
Se desconoce el autor y el lugar de composición de la Didaché. Algunos
estudiosos hablan más bien de un compilador, que habría puesto por escrito
algunas enseñanzas de la predicación apostólica. Se sitúa su redacción en suelo
sirio o tal vez egipcio.
En este libro se distinguen cuatro partes. La primera, de contenido
catequético-moral, está basada en la enseñanza de los dos caminos que se le
presentan al hombre: el que conduce a la vida y el que lleva a la muerte eterna.
La segunda parte, de carácter litúrgico, trata del modo de administrar el
Bautismo -puerta de los demás sacramentos-, del ayuno y la oración-muy
practicados por los primeros cristianos -y de la celebración de la Eucaristía.
La tercera parte trata de la disciplina de la comunidad cristiana y de algunas
funciones eclesiásticas. Se explica también, sintéticamente, el modo de celebrar
el día del Señor (nuestro actual domingo), y se alude -entre otras- a dos
costumbres que manifiestan la finura de caridad que practicaban nuestros
primeros hermanos en la fe: la hospitalidad -con advertencias ante los abusos de
quienes buscaban vivir a costa de los demás- y la corrección fraterna. La última
sección comienza parafraseando la exhortación de Jesús a vivir vigilantes, a
prepararse para la hora en la que el Señor viene. Esta parte acaba con una
síntesis de las principales enseñanzas escatológicas pronunciadas por el
Maestro. (Loarte)
La Didakhe o Doctrina de los doce Apóstoles, a la que se hallaban referencias en
los autores antiguos, se había dado por perdida hasta que su texto fue hallado
en un manuscrito de Constantinopla y publicado en 1883. Inmediatamente se
suscitaron vivas polémicas acerca de su carácter y antigüedad. Frente a la
opinión de los que pretendían que se trataba de una ficción arcaizante, tal vez
de origen montanista, que no sería anterior a los últimos años del siglo II,
parece haber ido ganando terreno recientemente la convicción de que se trata de
una compilación de elementos muy antiguos, que en su mayor parte bien pueden
remontarse al siglo I. El conjunto está formado por varias instrucciones de tipo
moral, litúrgico y disciplinar, tal vez para uso de evangelizadores itinerantes.
Su particular interés está en que nos da a conocer las formas más primitivas de
catequesis moral, con reconocida influencia judía, y los elementos más antiguos
de la liturgia bautismal y eucarística, así como la organización eclesiástica en
el momento en que, junto a los predicadores itinerantes y carismáticos, empieza
a surgir una jerarquía estable y una organización en las Iglesias locales.(Josep Vives)
1. Instrucción moral.
Hay dos caminos, el de la vida y el de la muerte, y grande es la diferencia que
hay entre estos dos caminos. El camino de la vida es éste: "Amarás en primer
lugar a Dios que te ha creado, y en segundo lugar a tu prójimo como a ti mismo.
Todo lo que no quieres que se haga contigo, no lo hagas tu a otro." Tal es la
enseñanza de este discurso: "Bendecid a los que os maldicen y rogad por vuestros
enemigos, y ayunad por los que os persiguen. Porque ¿qué gracia hay en que améis
a los que os aman? ¿No hacen esto también los gentiles? Vosotros amad a los que
os odian, y no tengáis enemigo." Apártate de los deseos carnales. Si alguno te
da una bofetada en la mejilla derecha, vuélvele la izquierda, y serás perfecto.
Si alguien te fuerza a ir con él durante una milla, acompáñale dos. Si alguien
te quita el manto, dale también la túnica. Si alguien te quita lo tuyo, no se lo
reclames, pues tampoco puedes. A todo el que te pida, dale y no le reclames
nada, pues el Padre quiere que se dé a todos de sus propios dones.
Bienaventurado el que da conforme a este mandamiento, pues éste es inocente. ¡Ay
del que recibe! Si recibe porque tiene necesidad, será inocente; pero si recibe
sin tener necesidad, tendrá que dar cuenta de por qué recibió y para qué: puesto
en prisión, se le examinará sobre lo que hizo, y no saldrá hasta que no devuelva
el último cuadrante.
LIMOSNA - DISCERNIR: También está dicho acerca de esto: que tu limosna sude en
tus manos hasta que sepas a quién das. Segundo mandamiento de la doctrina: No
matarás, no adulterarás, no corromperás a los menores, no fornicarás, no
robarás, no practicarás la magia o la hechicería, no matarás el hijo en el seno
materno, ni quitarás la vida al recién nacido. No codiciarás los bienes del
prójimo, no perjurarás, no darás falso testimonio. No calumniarás ni guardarás
rencor. No serás doble de mente o de lengua, pues la doblez es lazo de muerte.
Tu palabra no será mentirosa ni vana, sino que la cumplirás por la obra. No
serás avaro, ni rapaz, ni hipócrita, ni malvado, ni soberbio. No tramarás planes
malvados contra tu prójimo. No odiarás a hombre alguno, sino que a unos los
convencerás, por otros rogaras, a otros los amarás más que a tu propia alma...
Sé manso, pues los mansos heredarán la tierra. Sé paciente, compasivo, sin
malicia, tranquilo y bueno, temeroso en todo momento de las palabras que has
oído. No te exaltarás, ni entregarás tu alma a la temeridad. No se junte tu alma
con los soberbios, sino que andarás con los justos y humildes. Los sucesos que
te sobrevengan los aceptarás como bienes, sabiendo que no sucede nada sino por
disposición de Dios. Hijo mío, te acordarás de día y de noche del que te habla
la palabra de Dios, y le honrarás como al Señor. Porque donde se anuncia la
majestad del Señor, allí está el Señor. Buscarás cada día los rostros de los
santos, para hallar descanso en sus palabras. No harás cisma, sino que pondrás
paz entre los que pelean. Juzgarás rectamente, y no harás distinción de personas
para reprender las faltas. No andarás con alma dudosa de si sucederá o no
sucederá: No seas de los que extienden la mano para recibir, pero la retiran
para dar. Si adquieres algo por el trabajo de tus manos, da de ello como rescate
de tus pecados. No vaciles en dar, ni murmurarás mientras das, pues has de saber
quién es el buen recompensador de tu limosna. No rechazarás al necesitado, sino
que tendrás todas las cosas en común con tu hermano, sin decir que nada es tuyo
propio; pues si os son comunes los bienes inmortales, cuanto más los mortales.
Tu mano no se levantará de tu hijo o de tu hija, sino que les enseñarás desde su
juventud el temor de Dios. No mandarás con aspereza a tu esclavo o a tu esclava
que esperan en el mismo Dios que tu, no sea que dejen de temer a Dios que está
sobre unos y otros... Vosotros, los esclavos, someteos a vuestros señores como a
imagen de Dios con reverencia y temor...
En la asamblea confesarás tus pecados, y no te acercarás a la oración con mala
conciencia. Este es el camino de la vida (cap. 1-5).
2. El bautismo.
En lo que se refiere al bautismo, tenéis que bautizar así: Habiendo dicho todas
estas cosas, bautizad en el nombre del Padre y del Hijo y el Espíritu Santo, en
agua viva. Si no tienes agua viva, bautiza con otra agua. Si no puedes con agua
fría, hazlo con caliente. Si no tienes ni una ni otra, derrama agua sobre la
cabeza tres veces, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Antes
del Bautismo, ayunen el bautizante y el bautizando y algunos otros que puedan.
Pero al bautizando le ordenarás que ayune uno o dos días antes (cap. 7).
3. Ayuno y oración.
No ayunaréis juntamente con los hipócritas (es decir, los judíos), que ayunan el
segundo y el quinto día de la semana. Vosotros ayunaréis el día cuarto y el de
la preparación. Tampoco hagáis vuestra oración como los hipócritas, sino, como
lo mandó el Señor en el Evangelio, así oraréis: Padre nuestro... Oraréis así
tres veces al día (cap. 8).
4. Fórmulas para la cena eucarística.
En lo que toca a la acción de gracias, la haréis de esta manera: Primero sobre
el cáliz: Te damos gracias, Padre nuestro, por la santa viña de David tu siervo,
la que nos diste a conocer a nosotros por medio de Jesús, tu siervo. A ti la
gloria por los siglos.
Luego sobre el trozo (de pan): Te damos gracias, Padre nuestro, por la vida y el
conocimiento, que nos diste a conocer por medio de Jesús tu siervo. A ti la
gloria por los siglos. Como este fragmento estaba disperso sobre los montes, y
reunido se hizo uno, así sea reunida tu Iglesia de los confines de la tierra en
tu reino. Porque tuya es la gloria y el poder, por Jesucristo, por los siglos.
Que nadie coma ni beba de vuestra comida de acción de gracias, sino los
bautizados en el nombre del Señor, pues sobre esto dijo el Señor: No deis lo
santo a los perros. Después de saciaros, daréis gracias así: Te damos gracias,
Padre santo, por tu santo nombre que hiciste morar en nuestros corazones, y por
el conocimiento, la fe y la inmortalidad que nos has dado a conocer por medio de
Jesús, tu siervo. A ti la gloria por los siglos.
Tú, Señor omnipotente, creaste todas las cosas por causa de tu nombre, y diste a
los hombres alimento y bebida para su disfrute, para que te dieran gracias. Mas
a nosotros nos hiciste el don de un alimento y una bebida Espiritual y de la
vida eterna por medio de tu siervo. Ante todo te damos gracias porque eres
poderoso. A ti la gloria por los siglos.
Acuérdate, Señor, de tu Iglesia, para librarla de todo mal y hacerla perfecta en
tu caridad, y congrégala desde los cuatro vientos, santificada, en tu reino que
le has preparado. Porque tuyo es el poder y la gloria por los siglos.
Venga la gracia y pase este mundo. Hosanna al Dios de David. El que sea santo,
que se acerque. El que no lo es, que se arrepienta. "Maran Atha" Amén.
A los profetas, dejadles dar gracias cuanto quieran (cap. 9 y 10).
5. Instrucción sobre los Apóstoles y profetas.
Al que viniendo a vosotros os enseñare todo lo dicho, aceptadle. Pero si el
mismo maestro, extraviado, os enseña otra doctrina para vuestra disgregación, no
le prestéis oído; si, en cambio, os enseña para aumentar vuestra justicia y
conocimiento del Señor, recibidle como al mismo Señor.
Con los Apóstoles y profetas, obrad de la siguiente manera, de acuerdo con la
enseñanza evangélica: todo apóstol que venga a vosotros, sea recibido como el
Señor. No se detendrá sino un solo día, y, si fuere necesario, otro más. Si se
queda tres días, es un falso profeta. Cuando el apóstol se vaya no tome nada
consigo si no es pan hasta su nuevo alojamiento. Si pide dinero, es un falso
profeta.
PROFETA - FALSO: No pongáis a prueba ni a examen ningún profeta que habla en
Espíritu. Porque todo pecado será perdonado, pero este pecado no será perdonado.
Con todo, no todo el que habla en Espíritu es profeta, sino el que tiene el modo
de vida del Señor. En efecto, por el modo de vida se distinguirá el verdadero
profeta del falso. Todo profeta que manda poner una mesa en Espíritu, no come de
ella: de lo contrario, es un falso profeta. Todo profeta que predica la verdad,
si no cumple lo que enseña es un falso profeta. Todo profeta probado como
verdadero, que trabaja en el misterio de la Iglesia en el mundo, si no enseña a
hacer lo que él hace, no lo juzgaréis, pues su juicio está en Dios. Así lo
hicieron también los antiguos profetas. Pero al que dice en Espíritu: Dame
dinero, o cualquier otra cosa, no le prestéis oído. En cambio si dice que se dé
a otros necesitados, nadie lo juzgue.
A todo el que viniere en nombre del Señor, recibidle. Luego examinándole le
conoceréis por su derecha y por su izquierda, pues tenéis discernimiento. Al que
pasa de camino le ayudaréis en cuanto podáis: pero no se quedará con vosotros
sino dos o tres días, si fuere necesario. Si quiere quedarse entre vosotros,
teniendo un oficio, que trabaje para su sustento. Si no tiene oficio, proveed
según prudencia, de modo que no viva entre vosotros cristiano alguno ocioso. Si
no quiere aceptar esto, se trata de un traficante de Cristo: tened cuidado con
tales gentes.
Todo auténtico profeta que quiera morar de asiento entre vosotros es digno de su
sustento. Igualmente, todo auténtico maestro merece también, como el trabajador,
su sustento. Por tanto, tomaras siempre las primicias de los frutos del lagar y
de la era, de los bueyes y de las ovejas, y las darás como primicias a los
profetas, pues ellos son vuestros sumos sacerdotes. Si no tenéis profeta, dadlo
a los pobres. Si haces pan, toma las primicias y dalas conforme al mandato. Si
abres una jarra de vino o de aceite, toma las primicias y dalas a los profetas.
De tu dinero, de tu vestido y de todas tus posesiones, toma las primicias, según
te pareciere, y dalas conforme al mandato (cap. 11-13).
6. El día del Señor.
EUCARISTÍA - RIÑAS: En el día del Señor reuníos y partid el pan y haced la
eucaristía, después de haber confesado vuestros pecados, a fin de que vuestro
sacrificio sea puro. Todo el que tenga disensión con su compañero, no se junte
con vosotros hasta que no se hayan reconciliado, para que no sea profanado
vuestro sacrificio. Este es el sacrificio del que dijo el Señor: "En todo lugar
y tiempo se me ofrece un sacrificio puro: porque yo soy el gran Rey, dice el
Señor, y mi nombre es admirable entre las naciones" (Mt1,11) (cap. 14).
7. Obispos y diáconos.
Elegíos obispos y diáconos dignos del Señor, hombres mansos, no amantes del
dinero, sinceros y probados; porque también ellos os sirven a vosotros en el
ministerio de los profetas y maestros. No los despreciéis, ya que tienen entre
vosotros el mismo honor que los profetas y maestros (cap. 15).
8. Escatología.
PARUSÍA - SIGNOS: Vigilad sobre vuestra vida. No se apaguen vuestras linternas,
y no dejen de estar ceñidos vuestros lomos, sino estad preparados, pues no
sabéis la hora en que vendrá nuestro Señor. Reuníos con frecuencia, buscando lo
que conviene a vuestras almas, pues de nada os servirá todo el tiempo en que
habéis creído, si no consumáis vuestra perfección en el último momento. En los
últimos días se multiplicaran los falsos profetas y los corruptores, y las
ovejas se convertirán en lobos, y el amor se convertirá en odio. En efecto, al
crecer la iniquidad, los hombres se odiaran entre sí, y se perseguirán y se
traicionaran: entonces aparecerá el extraviador del mundo, como hijo de Dios, y
hará señales y prodigios, y la tierra será entregada en sus manos, y cometerá
iniquidades como no se han cometido desde siglos. Entonces la creación de los
hombres entrara en la conflagración de la prueba, y muchos se escandalizaran y
perecerán. Pero los que perseveren en su fe serán salvados por el mismo que
había sido maldecido. Entonces aparecerán las señales auténticas: en primer
lugar el signo de la abertura del cielo, luego el del sonido de trompeta, en
tercer lugar, la resurrección de los muertos, no de todos los hombres, sino,
como está dicho: "Vendrá el Señor y todos los santos con él" (Za
14,5). Entonces el mundo verá al Señor viniendo sobre las nubes del
cielo (cap.16).
9.
Un sacrificio puro
(Didaché o Enseñanza de los Doce Apóstoles, cap. IX y X)
En cuanto a la Eucaristía, dad gracias así. En primer lugar, sobre el cáliz: "Te
damos gracias, Padre nuestro, por la santa vid de David, tu siervo, que nos
diste a conocer por Jesús, tu siervo. A Ti gloria por los siglos".
Luego, sobre el fragmento de pan: "Te damos gracias, Padre nuestro, por la vida
y el conocimiento que nos diste a conocer por medio de Jesús, tu siervo. A Ti la
gloria por los siglos".
"Así como este trozo estaba disperso por los montes y reunido se ha hecho uno,
así también reúne a tu Iglesia de los confines de la tierra en tu reino. Porque
tuya es la gloria y el poder por los siglos por medio de Jesucristo".
Nadie coma ni beba de vuestra Eucaristía a no ser los bautizados en el nombre
del Señor, pues acerca de esto también dijo el Señor: No deis lo santo a los
perros.
Después de haberos saciado, dad gracias de esta manera:
"Te damos gracias, Padre Santo, por tu Nombre Santo que has hecho habitar en
nuestros corazones, así como por el conocimiento, la fe y la inmortalidad que
nos has dado a conocer por Jesús tu siervo. A Ti la gloria por los siglos".
"Tú, Señor omnipotente, has creado el universo a causa de tu Nombre, has dado a
los hombres alimento y bebida para su disfrute, a fin de que te den gracias y,
además, a nosotros nos has concedido la gracia de un alimento y bebida
espirituales y de vida eterna por medio de tu Siervo".
"Ante todo, te damos gracias porque eres poderoso. A Ti la gloria por los siglos".
"Acuérdate, Señor, de tu Iglesia para librarla de todo mal y perfeccionarla en tu amor y a Ella, santificada, reúnela de los cuatro vientos en el reino tuyo, que le has preparado. Porque Tuyo es el poder y la gloria por los siglos".
"¡Venga la gracia y pase
este mundo! ¡Hosanna al Dios de David! ¡Si alguno es santo, venga!; ¡el que no
lo sea, que se convierta! Maranatha. Amén".
| Historia |
|
Papias fue obispo de Hierápolis de Frigia, en Asia Menor. Según Ireneo habría sido oyente del apóstol san Juan, y era amigo de Policarpo de Esmirna. Escribió hacia el año 130 cinco libros de Explicaciones de los dichos del Señor, que suelen considerarse como la primera obra de exégesis de los Evangelios. No conocemos de ella más que algunas citas y alusiones que se hallan en la Historia Eclesiástica, de Eusebio de Cesarea. Según éste, Papias habría profesado el milenarismo, siendo el responsable de que posteriormente otros varones eclesiásticos adoptaran esta doctrina, apoyados en la antigüedad de Papias. Asimismo se deberían a él "ciertas extrañas parábolas y enseñanzas del Salvador, que tienen visos de fabula". Sin embargo son de especial interés las noticias contenidas en los pasajes de Papias citados por Eusebio, acerca de la primitiva tradición apostólica y la composición de los Evangelios. (Josep Vives)
No dudaré en ofrecerte, juntamente con mi propia interpretación, todo lo que en
otro tiempo aprendí muy bien de los ancianos y dejé bien grabado en mi memoria.
Porque yo no me complacía, como hacen muchos, con los que hablan mucho, sino con
los que enseñaban la verdad; ni con los que se remiten a mandamientos extraños,
sino en los que se atienen a los que fueron dados por el Señor a nuestra fe y
proceden de la verdad misma. Si alguna vez venia a nosotros alguno de los que
habían seguido a los ancianos, yo le preguntaba acerca de lo que ellos solían
decir: qué habían dicho Andrés, Pedro, Felipe, Tomás, Santiago, Juan, Mateo o
cualquier otro de los discípulos del Señor, o qué es lo que dicen Aristion y
Juan el presbítero, discípulos del Señor. Porque pensaba yo que no sacaría tanto
provecho de los libros escritos, cuanto de la palabra viva y permanente...
Marcos fue intérprete de Pedro, y escribió con fidelidad, aunque
desordenadamente, lo que solía interpretar, que eran los dichos y los hechos del
Señor. Él mismo no había oído al Señor ni había sido su discípulo, sino que más
adelante, como dije, había sido discípulo de Pedro; quien daba sus instrucciones
según las necesidades, pero sin pretensión de componer un conjunto ordenado de
las sentencias del Señor. Así pues, no hay que achacarlo a culpa de Marcos si
puso así las cosas por escrito, tal como las recordaba: todo su cuidado estuvo
en una sola cosa, en no omitir nada de lo que había oído y en no poner falsedad
alguna acerca de ello...
En cuanto a Mateo, ordeno en lengua hebrea las sentencias del Señor, y cada uno
las interpreto luego según su capacidad... (1)
(1). EUSEBIO, Hist. Ecles., III,39,3ss.
| Historia |
|
Los primeros sucesores de San Pedro en la sede de Roma fueron, según testimonia
la Tradición, Lino (hasta el año 80) y Anacleto, también llamado Cleto (80-92)
"Después de ellos, cuenta San Ireneo, en tercer lugar desde los Apóstoles,
accedió al episcopado Clemente, que no solo vio a los propios Apóstoles, sino
que con ellos converso y pudo valorar detenidamente tanto la predicación como la
tradición apostólica". Fue San Clemente, por tanto, el cuarto de los Papas. Como
parece querer indicar San Ireneo, este santo Vicario de Cristo fue un eslabón
muy importante en la cadena de la continuidad, por su conocimiento y por su
fidelidad a la doctrina recibida de los Apóstoles. Nada dicen los más antiguos
escritores eclesiásticos sobre su muerte, aunque el Martyrium Sancti Clementis,
redactado entre los siglos IV y VI, refiere que murió mártir en el Mar Negro,
entre los años 99 y 101. Poco antes debió de redactar su Carta a los Corintios,
que es uno de los escritos mejor testimoniados en la antigüedad cristiana, pues
fue muy célebre y citado en los primeros siglos.
El motivo fue una disputa surgida entre los fieles de Corinto, en la que se
llego incluso a deponer a varios presbíteros. La carta pretende llamar a la paz
a los cristianos de Corinto; y quiere inducir a la penitencia y al
arrepentimiento de aquellos desconsiderados que injustamente se habían rebelado
contra la legítima autoridad, fundada sobre la tradición de los Apóstoles.
Además, constituye un documento de capital importancia para el conocimiento de
la Teología y de la Liturgia romana.
Grave debía de ser la situación creada en aquella antigua iglesia a la que San
Pablo dedico sus mayores cuidados y reprensiones paternales con motivo de otros
desordenes, que años después parecían volver a reproducirse. El tono de la carta
combina la dulzura y energía de un padre; pero es preciso subrayar que San
Clemente no escribe como si fuera una voz autorizada cualquiera, sino como quien
es consciente de tener una especial responsabilidad en la Iglesia. Incluso
comienza disculpándose por no haber intervenido con la prontitud debida, a causa
de "las repentinas y sucesivas desgracias y contratiempos" que habían afectado a
la Iglesia de Roma: muy probablemente se refiere a la cruel persecución de
Domiciano. Se trata de un testimonio antiquísimo sobre la primacía de Roma como
Cabeza de la Iglesia universal. (J. A. Loarte).
Según la tradición, san Clemente fue el tercer sucesor de san Pedro en Roma,
después de Lino y Cleto. Ocupo la sede romana en los últimos años del siglo
primero. De él se conserva una carta a la Iglesia de Corinto, en la que exhorta
a aquella comunidad, amenazada de graves disensiones internas, a mantenerse en
la unidad y la caridad. Nos han llegado, además, bajo el nombre de Clemente
otros escritos: una segunda carta a los Corintios, dos cartas a las Vírgenes, y
diversos escritos homiléticos y narrativos (Homilías y Recognitiones
clementinas), que pretenden presentar la predicación y las andanzas de Clemente.
Pero todos estos escritos, de carácter y valor muy desigual, no pueden
considerarse como auténticos y pertenecen a diversas épocas posteriores.
La primera carta a los Corintios es de gran interés como documento que nos
permite conocer directamente la Iglesia romana primitiva. Vemos como la Iglesia
aparece como modelada todavía en buena parte sobre la sinagoga de la diáspora y
sobre las instituciones del Antiguo Testamento, que constituye todavía la base
ideológica de aquellos cristianos recién convertidos del judaísmo. En cambio,
los escritos del Nuevo Testamento no parecen haber adquirido aun el carácter de
autoridad primaria y definitiva. Se afirma ya por primera vez el principio de la
sucesión apostólica como garantía de fidelidad a la doctrina de Cristo.
Se proclama el principio paulino de la salvación por la fe y no por los méritos
propios, pero al mismo tiempo se insiste en la necesidad de practicar obras de
santidad y de obedecer a los mandamientos de Dios, con formulas de corte
veterotestamentario. Los capítulos finales reproducen las formas de oración que
se usaban en aquellas comunidades, sin duda calcadas en buena parte sobre las
que se usaban en la sinagoga. Es curiosa la oración por los gobernantes. (J.
VIVES)
Escritos
1- 1. A causa de las inesperadas y sucesivas calamidades que nos han
sobrevenido... hemos tardado algo en prestar atención al asunto discutido entre
vosotros, esa sedición extraña e impropia de los elegidos de Dios, detestable y
sacrílega, que unos cuantos sujetos audaces y arrogantes, han encendido hasta
tal punto de insensatez, que vuestro nombre honorable y celebradísimo, digno del
amor de todos los hombres, ha venido a ser objeto de grave ultraje...
3 - 2-3. Surgieron la emulación y la envidia, la contienda y la sedición... se
levantaron los sin honor contra los honorables, los sin gloria contra los dignos
de gloria, los insensatos contra los sensatos, los jóvenes contra los ancianos.
44 - 3-6. A hombres establecidos por los Apóstoles o por otros preclaros varones
con la aprobación de la Iglesia entera, hombres que han servido
irreprochablemente al rebaño de Cristo con Espíritu de humildad, pacífica y
desinteresadamente, que han dado buena cuenta de si durante mucho tiempo a los
ojos de todos; a tales hombres, decimos, no creemos que se pueda excluir en
justicia de su ministerio. Cometemos un pecado no pequeño si destituimos de su
puesto a obispos que de manera religiosa e intachable solían ofrecer los dones.
Felices aquellos ancianos que ya nos han precedido en el viaje a la eternidad,
que tuvieron un fin fructuoso y cumplido, pues no tienen que temer ya que nadie
los eche del lugar que ocupaban. Decimos esto porque vemos que vosotros habéis
depuesto de su ministerio a algunos que lo ejercían perfectamente con conducta
irreprochable y honorable...
14 - 2-4. No será un daño cualquiera, sino más bien un grave peligro el que
sufriremos si temerariamente nos entregamos a los designios de esos hombres que
solo buscan disputas y sediciones, con la voluntad de apartarnos del bien.
Tratémonos mutuamente con bondad, según las entrañas de benevolencia y de
suavidad de aquel que nos creo, pues está escrito: "Los benévolos habitaran la
tierra, y los que no conocen el mal serán dejados sobre ella, mientras que los
inicuos serán exterminados de ella" (Pr
2,21 Ps
36,9 Ps
36,38)...
46 - 5-9. ¿A qué vienen entre vosotros contiendas y riñas, partidos, escisiones
y luchas? ¿Acaso no tenemos un solo Dios, un solo Cristo y un solo Espíritu de
gracia, el que ha sido derramado sobre nosotros, así como también una misma
vocación en Cristo? ¿Por qué desgarramos y descoyuntamos los miembros de Cristo,
y nos ponemos en guerra civil dentro de nuestro propio cuerpo, llegando a tal
insensatez que olvidamos que somos unos miembros de los otros?... Vuestra
división extravió a muchos, desalentó a muchos, hizo vacilar a muchos y nos
lleno de tristeza a todos nosotros. Y, con todo, vuestra división continúa...
47 - 6-7. Cosa vergonzosa es, carísimos, en extremo vergonzosa e indigna de
vuestra profesión cristiana, que tenga que oírse que la firmísima y antigua
Iglesia de Corinto está en rebelión contra sus ancianos por culpa de una o dos
personas. Es ésta una noticia que no solo ha llegado hasta nosotros, sino
también hasta los que no sienten como nosotros, de suerte que el nombre del
Señor es blasfemado a causa de vuestra insensatez, mientras vosotros os ponéis
en grave peligro.
48 - 5-6 Enhorabuena que uno tenga el carisma de fe, que otro sea capaz de
explicar con conocimiento, que otro tenga la sabiduría del discernimiento en las
palabras y otro sea puro en sus obras. Pero cuanto mejor se crea cada uno, tanto
más debe humillarse y buscar, no su propio interés, sino el de la comunidad.
42 - 1-4. Los Apóstoles nos evangelizaron de parte del Señor Jesucristo y
Jesucristo fue enviado de parte de Dios. Así pues, Cristo viene de Dios, y los
Apóstoles de Cristo. Una y otra cosa se hizo ordenadamente por designio de Dios.
Los Apóstoles, después de haber sido plenamente instruidos, con la seguridad que
les daba la resurrección de nuestro Señor Jesucristo y creyendo en la palabra de
Dios, salieron, llenos de la certidumbre que les infundió el Espíritu Santo, a
dar la alegre noticia de que el reino de Dios estaba para llegar. Y así, según
que pregonaban por lugares y ciudades la buena nueva y bautizaban a los que
aceptaban el designio de Dios, iban estableciendo a los que eran como primeros
frutos de ellos, una vez probados en el Espíritu, como obispos y diáconos de los
que habían de creer. Y esto no era cosa nueva, pues ya desde mucho tiempo atrás
se había escrito acerca de los obispos y diáconos. En efecto, la Escritura dice
en cierto lugar: "estableceré a sus obispos (episkopoi) en justicia, y a sus
diáconos (diakonoi) en la fe" (Is
60,17) s.
43 - 1-44,2. ¿Qué tiene de extraño que aquellas a quienes se les confió esta
obra (es decir, los Apóstoles) establecieran obispos y diáconos? El
bienaventurado Moisés, "siervo fiel en todo lo referente a su casa", consigno en
los libros sagrados todo cuanto le era ordenado... Pues bien: cuando estallo la
envidia acerca del sacerdocio, y disputaban las tribus acerca de cuál de ellas
tenía que engalanarse con este nombre glorioso, mando a los doce cabezas de
tribu que le trajesen sendas varas... (cf.
Nb 17).
Y a la mañana siguiente hallase que la vara de Aarón no solo había retoñado,
sino que hasta llevaba fruto... Moisés obro así para que no se produjese
desorden en Israel, y el nombre del único y verdadero Señor fuese glorificado...
Y también nuestros Apóstoles tuvieron conocimiento, por medio de nuestro Señor
Jesucristo, de que habría disputas sobre este nombre y dignidad del episcopado,
y por eso, con perfecto conocimiento de lo que iba a suceder, establecieron a
los hombres que hemos dicho, y además proveyeron que, cuando éstos murieran, les
sucedieran en el ministerio otros hombres aprobados...
40- 42,4. Deber nuestro es hacer ordenadamente cuanto el Señor ordeno que
hiciéramos, en los tiempos ordenados. Porque él ordeno que las ofrendas y
ministerios se hicieran perfectamente, no al acaso y sin orden alguno, sino en
determinados tiempos y de manera oportuna. El determino en qué lugares y por qué
ministros habían de ser ejecutados, según su soberana voluntad, a fin de que,
haciéndose todo santamente, sea con benevolencia aceptado por su voluntad. Por
tanto, los que hacen sus ofrendas en los tiempos ordenados son aceptados y
bienaventurados, y siguiendo las ordenaciones del Señor no cometen pecado.
Porque el sumo sacerdote tiene sus peculiares funciones asignadas a él; los
levitas tienen encomendados sus propios servicios, mientras que el simple laico
(Iaikos anthropos) está sometido a los preceptos del laico. Hermanos, procuremos
agradar a Dios, cada uno en su propio puesto, manteniéndonos en buena
conciencia, sin traspasar las normas establecidas de su liturgia, con toda
reverencia. Porque no en todas partes se ofrecen sacrificios perpetuos, votivos
o propiciatorios por los pecados, sino solo en Jerusalén, y aun allí, tampoco se
ofrecen en cualquier parte, sino en el santuario y junto al altar, una vez que
la víctima ha sido examinada en sus tachas por el sumo sacerdote y los ministros
mencionados. Los que hacen algo contrario a la voluntad de Dios, tienen señalada
pena de muerte. Considerad, pues, hermanos, que cuanto mayor es el conocimiento
que el Señor se ha dignado concedernos, tanto mayor es el peligro a que estamos
expuestos...
IV DIOS
CREADOR
20,1-22. Enderecemos nuestros pasos hacia la meta de paz que nos fue señalada
desde el principio, teniendo fijos los ojos en el Padre y Creador de todo el
universo y adhiriéndonos a los magníficos y sobreabundantes dones y beneficios
de su paz. Contemplémosle con nuestra mente y miremos con los ojos del alma su
magnánimo designio, considerando cuan benévolo se muestra para con toda su
creación. Los cielos, movidos bajo su control, le están sometidos en paz. El día
y la noche van siguiendo el curso que él les ha señalado sin que mutuamente se
interfieran. El sol, la luna y los coros de los astros giran según el orden que
él les ha establecido, en armonía y sin transgresión de ninguna clase, por las
orbitas que les han sido impuestas. La tierra germina según la voluntad de él a
sus debidos tiempos y produce abundantísimo sustento a los hombres y a todos los
animales que viven sobre ella, sin que jamás se rebele ni cambie nada de lo que
él ha establecido. Los abismos insondables y los inasequibles lugares inferiores
de la tierra se mantienen dentro de las mismas ordenaciones. El lecho del
inmenso mar, constituido por obra suya para contener las aguas no traspasa las
compuertas establecidas, sino que se mantiene tal como él le ordeno... El océano
al que no pueden llegar los hombres, y los mundos que hay más allá de él, están
regidos por las mismas disposiciones del Señor. Las estaciones, la primavera, el
verano, el otoño y el invierno se suceden pacíficamente unas a otras. Los
escuadrones de los vientos cumplen sin fallar, a sus tiempos debidos, su
servicio. Las fuentes perennes, creadas para nuestro goce y salud, ofrecen sin
interrupción sus pechos para la vida de los hombres. Y hasta los más pequeños de
los animales forman sus sociedades en concordia y paz. Todas estas cosas, el
artífice y Señor de todo ordeno que se mantuvieran en paz y concordia,
derramando sus beneficios sobre el universo, y de manera particularmente
generosa sobre nosotros, los que nos hemos acogido a sus misericordias por medio
de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y la grandeza por los siglos
de los siglos. Amén. Estad alerta, carísimos, no sea que sus beneficios, tan
numerosos, se conviertan para nosotros en motivo de juicio si no vivimos de
manera digna de él, haciendo lo que es bueno y agradable en su presencia con
toda concordia.
36,1-2. Este es el camino en el que hemos hallado nuestra salvación. Jesucristo,
el sumo sacerdote de nuestras ofrendas, el protector y ayudador de nuestra
debilidad. A través de él fijamos nuestra mirada en las alturas del cielo. A
través de él contemplamos, como en un espejo, la faz inmaculada y soberana de
Dios. Por él nos fueron abiertos los ojos de nuestro corazón. Por él nuestra
mente, antes ignorante y llena de tinieblas, ha renacido a la luz. Por él quiso
el Señor que gustásemos el conocimiento de la inmortalidad...
49,6. Por su caridad nos acogió el Señor a nosotros. En efecto, por la caridad
que nos tuvo, nuestro Señor Jesucristo dio su sangre por nosotros según el
designio de Dios, dio su carne por nuestra carne, y su vida por nuestras vidas.
Ya veis, hermanos, qué cosa tan grande y tan admirable es la caridad, y como es
imposible declarar su perfección...
7,2-4. Tengamos los ojos fijos en la sangre de Cristo, y consideremos cuan
preciosa es a los ojos de Dios, Padre suyo, hasta el punto de que, derramada por
nuestra salvación, mereció la gracia del arrepentimiento.
12,7. Por su fe y hospitalidad se salvo Rahab la ramera. Le dijeron que pusiera
en su casa una señal, colgando un paño rojo: con ello quedaba indicado que por
la sangre del Señor encontrarían redención todos los que creen y esperan en
Dios.
16,1-17. A los humildes pertenece Cristo, no a los que se muestran arrogantes
sobre su rebaño. El cetro de la majestad de Dios, el Señor, Jesucristo, no vino
al mundo con aparato de arrogancia ni de soberbia, aunque hubiera podido
hacerlo, sino en Espíritu de humildad, tal como lo había dicho de él el Espíritu
Santo: "Señor, ¿quién lo creerá cuando lo oiga de nosotros?... No tiene figura
ni gloria, le vimos sin belleza ni hermosura, su aspecto era despreciable, más
feo que el aspecto de los hombres...” (sigue la cita de
Is 53,1-12,
y Ps 21,5-8).
Considerad, hermanos, el modelo que se nos propone: porque si el Señor se
humillo hasta este extremo, ¿qué tendremos que hacer nosotros, que nos hemos
sometido al yugo de su gracia?
31-34. ¿Por qué fue bendecido nuestro padre Abraham? ¿No lo fue por haber
practicado la justicia y la verdad por medio de la fe? Isaac, conociendo con
certeza lo por venir, se dejo llevar de buena gana como víctima de sacrificio.
Jacob emigro con humildad de su tierra a causa de su hermano, y marcho a casa de
Laban y le sirvió, y le fue concedido el cetro de las doce tribus de Israel...
En suma, todos fueron glorificados y engrandecidos, no por méritos propios, ni
por sus obras o por la justicia que practicaron, sino por la voluntad de Dios.
Por tanto, tampoco nosotros, que fuimos por su voluntad llamados en Jesucristo,
nos justificamos por nuestros propios méritos, ni por nuestra sabiduría,
inteligencia y piedad, o por las obras que hacemos en santidad de corazón, sino
por la fe, por la que el Dios que todo lo puede justifico a todos desde el
principio... Si esto es así, ¿qué hemos de hacer, hermanos? ¿Vamos a mostrarnos
negligentes en las buenas obras y podemos descuidar la caridad? No permita Dios
que esto suceda, al menos en nosotros. Al contrario, apresurémonos a cumplir
todo género de obras buenas, con esfuerzo y animo generoso. El mismo artífice y
Señor de todas las cosas se regocija y se complace en sus obras... Teniéndole a
él como modelo, adhirámonos sin reticencias a su voluntad y hagamos la obra de
la justicia con todas nuestras fuerzas. El buen trabajador toma con libertad el
pan de su trabajo, pero el perezoso y holganza no se atreve a mirar a la cara de
su amo. Por tanto, hemos de ser prontos y diligentes en las buenas obras, ya que
de él nos viene todo. El nos lo ha prevenido: "He aquí el Señor, y su recompensa
delante de su cara, para dar a cada uno según su trabajo" (Is
40,10, etc.). Con ello nos exhorta a que pongamos en él nuestra fe con
todo nuestro corazón, y a que no seamos perezosos ni negligentes en ningún
género de obras buenas...
30,1-6. Siendo una porción santa, practiquemos todo lo que es santificador:
huyamos de toda calumnia, de todo abrazo torpe o impuro, de embriagueces y
revueltas, de la detestable codicia, del abominable adulterio, de la odiosa
soberbia... Vivamos unidos a aquellos que han recibido como don la gracia de
Dios, revistámonos de concordia, manteniéndonos en el Espíritu de humildad y
continencia, absolutamente alejados de toda murmuración y calumnia, justificados
por nuestras obras, y no por nuestras palabras... Nuestra alabanza ha de venir
de Dios, y no de nosotros mismos, pues Dios detesta al que se alaba a sí mismo.
23-27. El que es en todo misericordioso y padre benéfico, tiene entrañas de
compasión para con todos los que le temen, y benigna y amorosamente reparte sus
gracias entre los que se acercan a él con mente sencilla. Por tanto, no dudemos,
ni vacile nuestra alma acerca de sus dones sobreabundantes y gloriosos. Lejos de
nosotros aquello que dice la Escritura (pasaje desconocido): "Desgraciados los
de alma vacilante, es decir, los que dudan en su alma diciendo: eso ya lo oímos
en tiempo de nuestros padres, y he aquí que hemos llegado a viejos y nada
semejante se ha cumplido." ¡Insensatos! Comparaos con un árbol, por ejemplo, la
vid. Primero caen sus hojas, luego brota un tallo, luego nace la hoja, luego la
flor, después un fruto agraz, y finalmente madura la uva. Considerad como en un
breve periodo de tiempo llega a madurez el fruto de ese árbol. A la verdad,
pronto y de manera inesperada se cumplirá también su designio, tal como lo
atestigua también la Escritura que dice: "Pronto vendrá y no tardará:
inesperadamente vendrá el Señor a su templo, y el Santo que estáis esperando" (Is
14,1). Reflexionemos, carísimos, en la manera como el Señor nos declara
la resurrección futura, de la que hizo primicias al Señor Jesucristo
resucitándole de entre los muertos.
Observemos, amados, la resurrección que se da en la sucesión del tiempo. El día
y la noche nos muestran la resurrección: muere la noche, resucita el día; el día
se va, viene la noche. Tomemos el ejemplo de los frutos: ¿Cómo y en qué forma se
hace la sementera? Sale el sembrador y lanza a la tierra cada una de las
semillas, las cuales cayendo sobre la tierra, secas y desnudas, empiezan a
descomponerse; y una vez descompuestas, la magnanimidad de la providencia del
Señor las hace resucitar, de suerte que cada una se multiplica en muchas, dando
así fruto... Así pues, ¿vamos a tener por cosa extraordinaria y maravillosa que
el artífice del universo resucite a los que le sirvieron santamente y con la
confianza de una fe auténtica...? Apoyados, pues, en esta esperanza, adhiéranse
nuestras almas a aquel que es fiel en sus promesas y justo en sus juicios. El
que nos mando no mentir, mucho menos será él mismo mentiroso, ya que nada hay
imposible para Dios excepto la misma mentira. Reavivemos en nosotros la fe en
él, y pensemos que todo está cerca de él... Todo lo hará cuando quiera y como
quiera, y no hay peligro de que deje de cumplirse nada de lo que él tiene
decretado...
5-6. Por emulación y envidia fueron perseguidos los que eran máximas y
justísimas columnas de la Iglesia, los cuales lucharon hasta la muerte. Pongamos
ante nuestros ojos a los santos Apóstoles: Pedro, por emulación inicua, hubo de
soportar no uno ni dos, sino muchos trabajos, y dando así su testimonio, pasó al
lugar de la gloria que le era debido. Por emulación y envidia dio Pablo muestra
del trofeo de su paciencia: por seis veces fue cargado de cadenas, fue
desterrado, fue apedreado, y habiendo predicado en oriente y en occidente,
alcanzó la noble gloria que correspondía a su fe: habiendo enseñado la justicia
a todo el mundo, y habiendo llegado hasta el confín de occidente, y habiendo
dado su testimonio ante los gobernantes, salió así de este mundo y fue recibido
en el lugar santo, hecho ejemplo extraordinario de paciencia. A estos hombres
que vivieron en santidad, se agregó un gran número de elegidos, los cuales,
después de sufrir muchos ultrajes y tormentos a causa de la envidia, se
convirtieron entre nosotros en el más bello ejemplo.
59,2-4. Pediremos con instante súplica, haciendo nuestra oración, que el
artífice de todas las cosas guarde íntegro en todo el mundo el número contado de
sus elegidos, por medio de su amado Hijo Jesucristo.
Por él nos llamó de las tinieblas a la luz,
de la ignorancia al conocimiento de la gloria de su nombre,
a esperar en tu nombre, principio de toda creatura,
abriendo los ojos de nuestros corazones para conocerte a ti
el único altísimo en las alturas,
el Santo que tiene su descanso entre los santos;
el que humilla la altivez de los soberbios,
el que deshace los pensamientos de las naciones,
el que levanta a los humildes y abate a los que se enaltecen,
el que enriquece y empobrece,
el que mata y el que da la vida,
el único bienhechor de los Espíritus y Dios de toda carne.
Tú penetras los abismos
y contemplas las obras de los hombres,
auxilio de los que están en peligro
y salvador de los desesperados,
creador y protector de todo Espíritu.
Tú multiplicas las naciones sobre la tierra,
y has escogido entre todas a los que te aman
por medio de Jesucristo tu Hijo amado,
por el cual nos has ensenado,
nos has santificado, nos has honrado.
Te rogamos, Señor, que seas nuestro auxilio
y nuestro protector.
Sálvanos en la tribulación, levanta a los caídos,
muéstrate a los necesitados, sana a los enfermos,
vuelve a los extraviados de tu pueblo,
sacia a los hambrientos, da libertad a nuestros cautivos,
levanta a los débiles, consuela a los pusilánimes;
conozcan todas las naciones que tu eres el único Dios,
y Jesucristo es tu Hijo,
y nosotros tu pueblo y las ovejas de tu rebaño.
60,4-61,2. Danos la concordia y la paz a nosotros
y a todos los que habitan la tierra,
como se la diste a nuestros padres,
cuando te invocaban religiosamente en fe y en verdad.
Que seamos obedientes a tu nombre todopoderoso y glorioso,
y a nuestros príncipes y gobernantes sobre la tierra.
Tú, Señor, les diste a ellos la autoridad real,
por tu poder magnifico e inenarrable,
para que conociendo nosotros el honor y la gloria
que tú les diste,
nos sometamos a ellos sin oponernos en nada a tu voluntad.
Dales, Señor, salud, paz, concordia y estabilidad,
para que ejerzan sin tropiezo
la autoridad que de ti han recibido.
Porque tú, Señor, rey celestial de los siglos,
das a los hijos de los hombres que están sobre la tierra
gloria y honor y autoridad.
Tú, Señor, endereza sus voluntades a lo que es bueno
y agradable en tu presencia,
para que ejerciendo en paz, mansedumbre y piedad,
la autoridad que de ti recibieron,
alcancen de ti misericordia...
(Epístola a los Corintios,30-34)
´
Acerquémonos al Señor en santidad de alma, con las manos puras y limpias
levantadas hacia Él, amando al que es nuestro Padre clemente y misericordioso,
que nos escogió como porción de su heredad. Porque así está escrito: cuando el
Altísimo dividió las naciones, y disperso a los hijos de Adán, delimito las
gentes según el número de los ángeles de Dios: mas la porción del Señor es el
pueblo de Jacob; la porción de su herencia, Israel (Dt
32,8-9). Y en otro lugar, la Escritura dice: he aquí que el Señor toma
para sí un pueblo de entre los pueblos, como recoge un hombre las primicias de
su era; y de este pueblo surgirá el Santo de los santos (Dt
4,34).
Somos una porción santa: practiquemos obras de santidad. Evitemos la calumnia,
la impureza, la embriaguez y el afán de novedades, la abominable codicia, el
odioso adulterio, la detestable soberbia: Dios-dice la Escritura-resiste a los
soberbios, pero a los humildes da su gracia (Jc
4,6).
Unámonos, pues, a aquellos a quienes Dios ha dado su gracia. Revistámonos de
concordia; humildes, castos, apartados de toda murmuración y calumnia,
justificados por nuestras obras y no por nuestra palabra; pues el que mucho
habla, mucho deberá oír: ¿o es que el charlatán por sus palabras es justificado?
(Jb 11,2)
(...).
Nuestra alabanza ha de venir de Dios, y no de nosotros mismos, pues Dios detesta
a los que a sí mismos se enaltecen. Que los demás den testimonio de nuestras
buenas obras, como se ha dado de nuestros padres, varones justos. Dios maldice
el descaro, la arrogancia y la temeridad; mientras la modestia, la humildad y la
mansedumbre brillan en los bendecidos por el Señor.
Adhirámonos a la bendición de Dios y veamos cuales son los caminos para
alcanzarla. Volvamos nuestra vista a los primeros acontecimientos de la historia
de la salvación. ¿Por qué fue bendecido nuestro padre Abraham? ¿No lo fue por
obrar la justicia y la verdad por medio de la fe? Isaac, aun conociendo con
certeza lo que le sucederá, libremente, con confianza, se dejo llevar al
sacrificio. Jacob, huyendo de su hermano, humildemente emigro de su tierra, y
marcho a casa de Laban; le sirvió y le fueron dadas las doce tribus de Israel
(...).
En suma, fueron glorificados y engrandecidos, no por sus méritos propios, ni por
sus obras o por su justicia, sino por la Voluntad de Dios. Por lo tanto, tampoco
nosotros -que hemos sido llamados en Jesucristo por su misma voluntad- nos
justificamos por nuestros propios méritos, ni por nuestra sabiduría,
inteligencia y piedad, o por las obras que hacemos en santidad de corazón, sino
por la fe: porque el Dios Omnipotente, de quien es la gloria por los siglos de
los siglos, justifico a todos desde el principio.
Entonces, ¿qué haremos, hermanos? ¿Seremos negligentes en las buenas obras y
descuidaremos la caridad? No permita Dios que esto suceda. Al contrario, con
esfuerzo y ánimo generoso apresurémonos a cumplir todo género de obras buenas.
El mismo artífice y Señor de todas las cosas se regocija y se complace en sus
obras. Con su poder soberano afianzo los cielos, y con su inteligencia
incomprensible los ordeno. Separo la tierra del agua que la envolvía, y la
asentó en el cimiento firme de su propia voluntad. Por su mandato recibieron el
ser los animales que sobre ella se mueven, y al mar y a los animales que en él
viven, después de crearlos, los encerró con su poder soberano. Finalmente, con
sus sagradas e inmaculadas manos, plasmó al hombre, la criatura más excelente y
grande por su inteligencia, imprimiéndole el sello de su propia imagen (...).
Así que, teniendo a Dios como modelo, adhirámonos sin reticencias a su santa
Voluntad, y con todas nuestras fuerzas hagamos obras de justicia.
El buen trabajador toma con libertad el pan de su labor, mientras el perezoso y
holgazán no se atreve a mirar el rostro de su amo. Por tanto, seamos prontos y
diligentes en las buenas obras, ya que del Señor nos viene todo. Él mismo nos lo
ha dicho: he aquí el Señor; y su recompensa delante de su faz, para dar a cada
uno según su trabajo (Is
40,10). Con ello, nos exhorta a que pongamos en Él nuestra fe, con todo
nuestro corazón, y a que no seamos perezosos ni negligentes en ningún género de
obras buenas.
(Epístola a los Corintios,37-38,42,44,46-47,56-58)
Así pues, hermanos, marchemos como soldados, con toda constancia en sus
inmaculados mandatos. Reflexionemos sobre los que militan bajo nuestros jefes:
¡qué disciplinada, qué dócil, qué obedientemente cumplen las ordenes! No todos
son prefectos ni tribunos, ni centuriones, ni comandantes al mando de cincuenta
hombres, y así sucesivamente, sino que cada uno en su propio orden cumple lo
ordenado por el rey y los jefes. Sin los pequeños, los grandes no pueden
existir, ni los pequeños sin los grandes. En todo hay una cierta composición, y
en ello está la utilidad. Tomemos nuestro cuerpo: la cabeza es nada sin los pies
y, de igual manera, los pies sin la cabeza. Los miembros pequeños de nuestro
cuerpo son necesarios y útiles a todo el cuerpo. Todos colaboran y necesitan de
una sola sumisión para conservar todo el cuerpo.
Por tanto, consérvese nuestro cuerpo en Cristo Jesús, y sométase cada uno a su
prójimo tal como fue establecido por su gracia. El fuerte cuide del débil, y el
débil respete al fuerte; el rico provea al pobre, y el pobre dé gracias a Dios
por haber dispuesto que alguien se encargue de suplir su necesidad. El sabio
muestre su sabiduría no con palabras, sino con buenas obras. El humilde no se
alabe a sí mismo, por el contrario, deje a los demás la alabanza. El casto según
la carne no se jacte, sabiendo que es otro el que le otorga la fuerza. Por
tanto, hermanos, consideremos de qué materia fuimos hechos, cuáles y quiénes
entramos en el mundo, de qué sepulcro y tinieblas nos saco el que nos ha
plasmado y creado para introducirnos en su mundo, preparándonos sus beneficios
de antemano, antes de que nosotros naciéramos (...).
Los Apóstoles nos anunciaron el Evangelio de parte del Señor Jesucristo;
Jesucristo fue enviado de parte de Dios. Así pues, Cristo de parte de Dios, y
los Apóstoles de parte de Cristo. Los dos envíos sucedieron ordenadamente
conforme a la Voluntad divina. Por tanto, después de recibir el mandato,
plenamente convencidos por la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo y
confiados en la Palabra de Dios, con la certeza del Espíritu Santo, partieron
para anunciar que el Reino de Dios iba a llegar. Consiguientemente, predicando
por comarcas y ciudades establecían sus primicias, después de haberlos probado
por el Espíritu, para que fueran obispos y diáconos de los que iban a creer
(...). Y nuestros Apóstoles conocieron por medio de Nuestro Señor Jesucristo que
habría discordias sobre el nombre del obispo. Puesto que por esta causa tuvieron
un perfecto conocimiento establecieron a los ya mencionados y después dieron
norma para que, si morían, otros hombres probados recibiesen en sucesión su
ministerio.
Así pues, no consideramos justo que sean arrojados de su ministerio los que
fueron establecidos por aquellos o, después, por otros insignes hombres con la
conformidad de toda la Iglesia y que sirven irreprochablemente al pequeño rebaño
de Cristo, con humildad, callada y distinguidamente, alabados durante mucho
tiempo por todos (...).
¿Por qué hay entre vosotros discordias, iras, disensiones, cismas y guerra?
¿Acaso no tenemos un único Dios, un único Cristo, un único Espíritu de gracia
que ha sido derramado sobre nosotros y una única llamada en Cristo? ¿Por qué
separamos y dividimos los miembros de Cristo y nos rebelamos contra el propio
cuerpo y llegamos a tal locura que nos olvidamos de que somos los unos miembros
de los otros? Recordad las palabras de Jesús Nuestro Señor. Pues dijo: ¡ay de
aquel hombre! Mejor seria para él no haber nacido que escandalizar a uno de mis
elegidos. Mejor seria para él ceñirse una piedra de molino y hundirse en el mar
que extraviar a uno de mis elegidos (cf.
Mt 26,25 Lc 17,1-2).
Vuestro cisma extravió a muchos, empujo a muchos al desaliento, a muchos a la
duda, a todos nosotros a la tristeza, y vuestra revuelta es tenaz.
Tomad la carta del bienaventurado Apóstol Pablo. Ante todo, ¿qué os escribió en
el inicio de la epístola? Guiado por el Espíritu os escribió en verdad sobre él
mismo, Cefas y Apolo, porque también entonces habíais creado bandos. Pero
aquella bandería llevo a un pecado menor, pues estabais apoyados en acreditados
Apóstoles y en un hombre probado entre ellos. Ahora considerad quiénes os han
extraviado y han debilitado la veneración de vuestro afamado amor fraterno.
Amados, vergonzoso, muy vergonzoso e indigno de la conducta en Cristo es oír que
la solidísima y antigua Iglesia de los corintios se ha rebelado contra los
presbíteros a causa de una o dos personas. Y esta noticia no solo ha corrido
hasta nosotros, sino también hasta los que piensan de distinta manera a la
nuestra, de modo que por vuestra insensatez también las blasfemias se dirigen al
nombre del Señor y os acarreáis un peligro (...).
Amados, asumamos la corrección por la que nadie debe irritarse. La advertencia
que mutuamente nos hagamos es muy buena y muy beneficiosa, pues nos une a la
Voluntad de Dios. Pues así dice la palabra santa: el Señor me corrigió y no me
entrego a la muerte (Ps
140,5). Porque el Señor corrige al que ama y azota a todo aquel que
acepta como hijo (Pr ,12) (…)
Ahora, pues, los que fuisteis causa de que estallara la sedición, someteos a
vuestros presbíteros y corregíos para penitencia, doblando las rodillas de
vuestro corazón. Aprended a someteros, deponiendo la arrogancia jactanciosa y
altanera de vuestra lengua; pues más os vale encontraros pequeños pero escogidos
dentro del rebaño de Cristo, que ser excluidos de su esperanza a causa de la
excesiva estimación de vosotros mismos.
Cuadrato es el primer apologista. Conoció a algunos "de los que fueron curados o
resucitados por Cristo". Es un griego culto, ateniense. Conoció a Pablo y a
Juan. Según San Jerónimo fue obispo de Atenas, o por lo menos fue presbítero.
Eusebio menciona un pequeño fragmento de la Apología de Cuadrato (a. 125)
dirigida a Adriano (117-138), que encaja en una laguna del "Discurso a
Diogneto"; por eso, parece ser que la "Apología de Cuadrato a Adriano" es nada
menos que el conocido "Discurso a Diogneto" (o "Epístola a Diogneto").
| Historia |
Clemente de Alejandría, a principios del siglo III, dio el nombre de Epístola de
Bernabé a un breve escrito en lengua griega, redactado sin ajustarse a los
cánones de la antigua retórica, por lo que se piensa que su autor no era de
origen griego. Los estudios modernos han dejado claro que este escrito no fue
compuesto por el apóstol San Bernabé, compañero de San Pablo en sus viajes
apostólicos, sino que es obra de un autor desconocido, que, a su vez, se valió
probablemente de documentos preexistentes de diversas épocas. Su composición se
sitúa entre la primera y la segunda destrucción del Templo de Jerusalén (por
tanto, entre los años 70 y 130 d.C.).
Aunque utiliza el género epistolar, no se trata de una carta propiamente dicha,
sino de un breve tratado destinado a poner en guardia a los cristianos frente al
peligro de los judaizantes, aquellos cristianos convertidos del judaísmo que
añoraban las practicas de la Ley mosaica y pretendían exigirlas también a los
seguidores de la nueva Ley. Con este motivo, el autor se detiene en desentrañar
la relación entre la antigua y la nueva alianza, destacando el supremo valor de
ésta y la insondable riqueza de su contenido.
La antigüedad cristiana profeso alta estima a este escrito, como lo demuestra el
hecho de haber sido descubierto en uno de los más antiguos códices, junto con
los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento.
En la primera parte, el autor ahonda en la interpretación de pasajes del Antiguo
Testamento a la luz del Nuevo, con un profundo conocimiento de la Escritura. La
abundancia de citas es de gran interés para el estudio de la transmisión del
texto sagrado y de su utilización como fundamento de los dogmas. La segunda
parte, de carácter más didáctico, contiene una descripción de la vida cristiana
y un conjunto de normas morales que el Cristianismo exige. De esta segunda parte
procede el fragmento que se ofrece a continuación. (Loarte)
Este documento, de carácter muy primitivo, llego a ser considerado en ciertas cristiandades como parte de las Escrituras, y se atribuyo a Bernabé, el compañero de Pablo. Tal atribución no es admitida por la crítica moderna, sin que, por otra parte, sea posible determinar quién pudiera ser el autor del escrito. En él se plantea con fuerza particular uno de los problemas que más hubieron de preocupar a los primeros cristianos: el de sus relaciones con el judaísmo. El autor se muestra en actitud simplemente negativa con respecto a todas las instituciones de los judíos, los cuales, según él, habrían pervertido desde el comienzo el sentido que Dios quiso dar a las Escrituras y a la ley, entendiendo en un sentido material lo que Dios había querido solo en un sentido Espiritual. Según esta concepción, el judaísmo seria, no un estadio menos perfecto de la revelación, previo al cristianismo, sino una perversión radical de algo que ya desde un principio debiera de haber alcanzado su plenitud y perfección. De esta forma la polémica antijudía, iniciada por Pablo con notables matizaciones, es ahora llevada a extremos absolutos. El autor de la carta de Bernabé solo admite prácticamente una interpretación alegórica y Espiritual del Antiguo Testamento y esta interpretación es presentada como una gnosis o sabiduría particular, dada al cristianismo por la enseñanza de Jesús: se inicia así la tendencia hacia la alegoría y la gnosis cristiana, que se desarrollara en la escuela de Alejandría, y por ello se ha supuesto que este escrito pudiera proceder de los ambientes alejandrinos. Por algunas de sus referencias parece probable que fuera escrito en el reinado de Adriano, hacia el año 130. (Josep Vives)
| Los dos caminos |
| I. Fe y conocimiento. |
|
II. El cristianismo muestra la invalidez del judaísmo. |
Los dos caminos
Dos caminos hay de doctrina y de poder: el de la luz y el de las tinieblas. Pero
grande es la diferencia entre los dos caminos, pues sobre uno están establecidos
los ángeles de Dios, portadores de luz, y sobre el otro, los ángeles de Satanás.
Uno es Señor desde siempre y por siempre, y el otro es el príncipe del tiempo
presente de la iniquidad.
El camino de la luz es éste. Si alguno quiere seguir su camino hacia el lugar
fijado, apresúrese por medio de sus obras. Ahora bien, el conocimiento que nos
ha sido dado para caminar en él es el siguiente:
Amarás al que te creo, temerás al que te formo, glorificarás al que te redimió
de la muerte. Serás sencillo de corazón y rico de Espíritu. No te juntarás con
los que andan por el camino de la muerte, aborrecerás todo lo que no es
agradable a Dios, odiarás toda hipocresía, no abandonaras los mandamientos del
Señor.
No te exaltarás a ti mismo, sino que serás humilde en todo. No te arrogarás
gloria para ti mismo. No tomarás determinaciones malas contra tu prójimo, ni
infundirás a tu alma temeridad.
No fornicarás, no cometerás adulterio, no corromperás a los jóvenes. Cuando
hables la palabra de Dios, que no salga de tu boca tergiversada, como hacen
algunos. No harás acepción de personas para reprender a cualquiera de su pecado.
Serás manso, serás tranquilo, serás temeroso de las palabras de Dios que has
oído. No guardarás rencor a tu hermano.
No vacilarás sobre las verdades de la fe. No tomes en vano el nombre de Dios (Ex
20,7). Amarás a tu prójimo más que a tu propia vida. No matarás a tu
hijo en el seno de la madre, ni una vez nacido le quitarás la vida. No dejes
sueltos a tu hijo o a tu hija, sino que, desde su juventud, les enseñarás el
temor del Señor.
No serás codicioso de los bienes de tu prójimo, no serás avaro. No desearás
juntarte con los altivos; por el contrario, tratarás con los humildes y los
justos. Los acontecimientos que te sobrevengan los aceptarás como bienes,
sabiendo que sin la disposición de Dios nada sucede.
No serás doble ni de intención ni de lengua. Te someterás a tus amos, como a
imagen de Dios, con reverencia y temor. No mandes con dureza a tu esclavo o a tu
esclava, que esperan en el mismo Dios que tu, no sea que dejen de temer al que
es Dios de unos y otros; porque no vino Él a llamar con acepción de personas,
sino a los que preparó el Espíritu.
Compartirás todas las cosas con tu prójimo, y no dirás que son de tu propiedad;
pues si en lo imperecedero sois participes en común, ¡cuánto más en lo
perecedero! No serás precipitado en el hablar, pues red de muerte es la boca.
Guardarás la castidad de tu alma.
No seas de los que extienden la mano para recibir y la encogen para dar. Amarás
como a la niña de tus ojos (Dt
32,10) a todo el que te habla del Señor.
Día y noche te acordarás del día del juicio, y buscarás cada día la presencia de
los santos (los demás cristianos), bien trabajando y caminando para consolar por
medio de la palabra, bien meditando para salvar un alma con la palabra, bien
trabajando con tus manos para rescate de tus pecados.
No vacilarás en dar, ni cuando des murmuraras, sino que conocerás quién es el
justo remunerador del salario. Guardarás lo que recibiste, sin añadir ni quitar
nada (Dt
12,32). Aborrecerás totalmente el mal. Juzgarás con justicia.
No serás causa de cisma, sino que pondrás paz y reconciliarás a los que
contienden. Confesarás tus pecados. No te acercarás a la oración con conciencia
mala. Éste es el camino de la luz.
El camino del "Negro" (el demonio) es tortuoso y está repleto de maldición, pues
es un camino de muerte eterna en medio de tormentos, en el que se halla todo lo
que arruina al alma: idolatría, temeridad, arrogancia de poder, hipocresía,
doblez de corazón, adulterio, asesinato, robo, soberbia, transgresión, engaño,
maldad, vanidad, hechicería, magia, avaricia, falta de temor de Dios.
Perseguidores de los buenos, aborrecedores de la verdad, amantes de la mentira,
desconocedores del salario de la justicia, no concordes con el bien ni con el
juicio justo, despreocupados de la viuda y del huérfano, no vigilantes para el
temor de Dios, sino para el mal, alejadísimos de la mansedumbre y de la
paciencia, amantes de la vaciedad, perseguidores de la recompensa, despiadados
con el pobre, indolentes ante el abatido, inclinados a la calumnia,
desconocedores del que los ha creado, asesinos de niños, destructores de la obra
de Dios, que vuelven la espalda al necesitado, que abaten al oprimido,
defensores de los ricos, jueces injustos de los pobres, pecadores en todo.
I. Fe y conocimiento.
...He creído que debía ponerme a escribiros algo aunque fuera brevemente, a fin
de que juntamente con vuestra fe tengáis conocimiento perfecto. Pues bien, tres
son las doctrinas del Señor: la esperanza de vida, principio y fin de vuestra
fe; la justicia, principio y fin del juicio, y la caridad, principio de
tranquilidad y de alegría, así como testimonio de las obras de justicia. Porque,
en efecto, el Señor nos dio a conocer por medio de los profetas el pasado, y el
presente, dándonos además un anticipo del goce de lo por venir. Y viendo que
todo se va cumpliendo como él lo dijo, deber nuestro es adelantar, con Espíritu
más generoso y levantado, en su temor. En cuanto a mí, no como maestro, sino
como uno de vosotros, voy a declararos unas pocas cosas que os puedan dar
consuelo en el momento presente. Porque los días son malos, y el Activo tiene el
poder en sus manos, y por tanto nosotros debemos atender a nosotros mismos y
buscar las justificaciones del Señor. Ahora bien, en ayuda de nuestra fe vienen
el temor y la paciencia, y nuestros aliados son la magnanimidad y la
continencia. Mientras tengamos estas virtudes santamente en el Señor, tendremos
juntamente con ellas el gozo de la sabiduría, la inteligencia, la ciencia y el
conocimiento... (1)
¿Qué dice el conocimiento? Aprendedlo: Esperad -dice-, en el que se os ha de
manifestar cuando venga en la carne, Jesús. Porque el hombre no es más que
tierra que sufre, ya que Adán fue modelado de la faz de la tierra. Pues bien,
¿qué quiere decir Entrad en la tierra que mana leche y miel"? Bendito sea
nuestro Señor, hermanos, porque nos ha dado la sabiduría y la inteligencia de
sus secretos. Porque el profeta habla del Señor en forma de parábola. ¿Quién lo
entenderá, sino el sabio e instruido y el que ama a su Señor? Significa pues
aquello que el Señor nos renovó con el perdón de los pecados, haciéndonos de
nuevo con un nuevo molde, hasta el punto de que nuestra alma es como de niños,
pues realmente él nos ha modelado de nuevo... (2)
II. El cristianismo muestra la invalidez del judaísmo.
El Señor por medio de todos sus profetas ha puesto de manifiesto que no tiene
necesidad ni de sacrificios ni de holocaustos ni de ofrendas, diciendo en cierta
ocasión: "¿Qué se me da a mí de la multitud de vuestros sacrificios? -dice el
Señor-. Estoy harto de holocaustos, y no quiero la grasa de vuestros corderos ni
la sangre de vuestros toros y machos cabríos... No soporto vuestros novilunios y
vuestros sábados" (Is
1,11ss). El Señor invalido todo esto a fin de que la nueva ley de
nuestro Señor Jesucristo, que no está sometida al yugo de la necesidad, tuviera
una ofrenda no hecha por mano de hombre. Dios, en efecto, en otro lugar: "¿Acaso
fui yo el que mandé a vuestros padres cuando salían de la tierra de Egipto que
me ofrecieran holocaustos y sacrificios? Más bien lo que les mandé fue que
ninguno guardará en su corazón rencor maligno contra su prójimo y que no fuerais
amantes del perjurio" (Jr
7,22 Jr
8,17 Jr
7,10). No hemos de ser, pues, insensatos, sino comprender la sentencia
de bondad de nuestro Padre, que nos habla manifestando que no quiere que
nosotros, extraviados como aquellos, busquemos todavía como acercarnos a él...
En otra ocasión les dice a este respecto: "¿Para qué me ayunáis -dice el Señor-
de modo que en este día solo se oye la gritería de vuestras voces? No es este el
ayuno que yo prefiero, dice el Señor, no es la humillación del alma del hombre.
Ni aun cuando doblarais vuestro cuello como un aro, os vistierais de saco y os
revolcarais en la ceniza, ni aun así penséis que vuestro ayuno es aceptable" (Is
58,4-5). A nosotros empero nos dice: "He aquí el ayuno que yo
prefiero-dice el Señor-: Desata toda atadura de iniquidad, disolved las cuerdas
de los contratos por la fuerza, deja a los oprimidos en libertad y rompe toda
escritura injusta. Comparte tu pan con el hambriento, y si ves a uno desnudo,
vístele. Acoge en tu casa a los sin techo, y si ves a uno humillado no le
desprecies, siendo de tu propio linaje y de tu propia sangre... Entonces
clamaras, y Dios te oirá, y cuando la palabra está todavía en tu boca te dirá:
Aquí estoy, con tal de que arrojes de ti la atadura, y la mano levantada, y la
palabra de murmuración, y des con toda tu alma el pan al hambriento y tengas
compasión del alma humillada" (Is
58,6-10). Hermanos, viendo de antemano el Señor magnánimo que su pueblo,
que él se había preparado en su Amado, había de creer con sencillez, nos
manifestó por anticipado todas estas cosas, para que no fuéramos a estrellarnos,
como prosélitos, en la ley de aquellos (3).
...No os asemejéis a ciertos hombres que no hacen sino amontonar pecados,
diciéndoos que la alianza es tanto de ellos como vuestra. Porque es nuestra,
pero aquellos, después de haberla recibido de Moisés, la perdieron
absolutamente... Volviéndose a los ídolos la destruyeron, pues dice el Señor:
"Moisés, Moisés, baja a toda prisa, porque mi pueblo, a quien saqué yo de
Egipto, ha prevaricado" (cf.
Ex 32,7 Ex 3,4 Dt 9,12).
Y cuando Moisés lo comprobó, arrojó de sus manos las dos tablas, y se rompió su
alianza, para que la de su amado Jesucristo fuera sellada en nuestro corazón con
la esperanza de la fe en él (4).
En cuanto a la circuncisión, en la que ellos ponen su confianza no tiene valor
alguno. Porque el Señor ordeno la circuncisión, pero no de la carne. Pero ellos
transgredieron el mandato porque el ángel malo los enredo. Díteles a ellos el
Señor: "Esto dice el Señor vuestro Dios: no sembréis sobre las espinas,
circuncidaos para vuestro Señor" (Jr
4,3). Además, ¿qué quiere decir: "Circuncidad la dureza de vuestro
corazón, y no endurezcáis vuestra cerviz"? Y en otro lugar dice: "...Todas las
naciones son incircuncisas en su prepucio, pero este pueblo tiene incircunciso
el corazón" (Jr
9,25). Objetaras: La circuncisión es en este pueblo como un sello. Pero
te contestaré que también los sirios y los árabes y todos los sacerdotes de los
ídolos se circuncidan... (5)
Nuestra salvación en Cristo El Señor soporto que su carne fuera entregada a la
destrucción para que fuéramos nosotros purificados con la remisión de los
pecados, que alcanzamos con la aspersión de su sangre. Sobre esto está escrito
aquello que se refiere en parte a Israel y en parte a nosotros, y dice: "Fue
herido por nuestras iniquidades y quebrantado por nuestros pecados: con sus
heridas hemos sido sanados. Fue llevado como oveja al matadero y como cordero
estuvo mudo delante del que le trasquila" (Is
53,5-7). Por esto hemos de dar sobremanera gracias al Señor, porque nos
dio a conocer lo pasado, nos instruyo en lo presente y no nos ha dejado sin
inteligencia de lo por venir... Por esto justamente se perderá el hombre que,
teniendo conocimiento del camino de la justicia, se precipita a sí mismo por el
camino de las tinieblas. Y hay más, hermanos míos: el Señor soporto el padecer
por nuestra vida, siendo como es Señor de todo el universo, a quien dijo Dios
desde la constitución del mundo: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y
semejanza" (Gn
1,26). ¿Cómo soporto el padecer por mano de hombres? Aprendedlo: los
profetas profetizaron acerca de él, habiendo recibido de él este don: ahora
bien, él, para aniquilar la muerte y mostrar la resurrección de entre los
muertos, soporto la pasión, pues convenía que se manifestara su condición
carnal. Así cumplió la promesa hecha a los padres, y se preparo para sí un
pueblo nuevo, mostrando, mientras vivía sobre la tierra, que él había de juzgar
una vez que haya realizado la resurrección. En fin, predico enseñando a Israel y
haciendo grandes prodigios y señales, con lo que mostro su extraordinario amor.
Se escogió a sus propios Apóstoles, que tenían que predicar el Evangelio, los
cuales eran pecadores con toda suerte de pecados, mostrando así que "no vino
para llamar a los justos, sino a los pecadores" (Mt
9,13): y entonces les manifestó que era Hijo de Dios. Porque, en efecto,
si no hubiera venido en la carne, los hombres no hubieran podido salvarse
viéndole a él, ya que ni siquiera son capaces de tener sus ojos fijos en el sol,
a causa de sus rayos, el cual está destinado a perecer y es obra de sus manos.
En suma, para esto vino el Hijo de Dios en la carne, para que llegase a su colmo
la consumación de los pecados de los que persiguieron a muerte a sus profetas:
por esto soportó la pasión... (6).
Notas
(1) Carta de Bernabé 1,5-2,3.
(2) Ibid. 6, .9.
(3) Ibid., cap. 2-3.
(4) Ibid. 4,6-8.
(5) Ibid. 9,4-5.
(6) Ibid. cap. 5
| Historia |
|
El "Pastor de Hermas" es un libro que fue muy apreciado en la primitiva Iglesia,
hasta el punto de que algunos Padres llegaron a considerarlo como canónico, esto
es, perteneciente al conjunto de la Sagrada Escritura. Sin embargo, gracias al
Fragmento Muratoriano (un pergamino del año 180 que recoge la lista de los
libros inspirados, descubierto y publicado en el siglo XV), sabemos que fue
compuesto por un tal Hermas, hermano del Papa Pío I, en la ciudad de Roma; por
tanto, entre los años 141 a 155. Otros catálogos eclesiásticos posteriores
confirman esta noticia. Es el escrito más largo de la época post-apostólica.
El libro refleja el estado de la cristiandad romana a mediados del siglo II.
Tras una larga pausa de tranquilidad sin sufrir persecución, parece que no era
tan universal el buen Espíritu de los primeros tiempos. Junto a cristianos
fervorosos, había muchos tibios; junto a los santos, no faltaban los pecadores,
y esto en todos los niveles de la Iglesia, desde los simples fieles a los
ministros sagrados. No es de extrañar, pues, que el libro gire en torno a la
necesidad de la penitencia.
Se trata de un escrito perteneciente al género apocalíptico: el autor presenta
sus ideas como si le hubiesen sido reveladas (apocalipsis = revelación, en
griego) por dos personajes misteriosos: una anciana y un pastor. Precisamente de
este último personaje toma nombre todo el libro.
En la primera parte, el autor ilustra la doctrina de la penitencia por medio de
una serie de Visiones o revelaciones. Se le aparece una anciana matrona que va
despojándose poco a poco de la vejez para mostrarse al final como una novia
engalanada, símbolo de los elegidos de Dios. Esa matrona, como ella misma
explica, es la Iglesia: parece anciana porque es la criatura más antigua de la
creación, y porque la afean los pecados de los cristianos; pero se renueva
gracias a la penitencia, hasta aparecer sin fealdad alguna. En la segunda parte,
los Mandamientos, el ángel de la penitencia enseña a Hermas un resumen de la
doctrina moral. En la tercera, llamada Comparaciones o semejanzas, se resuelven
algunas cuestiones que inquietaban a los cristianos de aquella época.
En las siguientes líneas se recogen dos textos de esta obra. En el primero,
correspondiente a la tercera visión, la anciana explica a Hermas el significado
de una torre que se construye con piedras, de las que algunas son desechadas. Es
una bella imagen para señalar la construcción de la Iglesia, en la que los
cristianos-como decía San Pedro- son piedras vivas edificadas sobre el
fundamento que es Cristo. Y para ser piedra viva, tiene una importancia
fundamental la penitencia por los pecados. (Loarte)
El llamado Pastor, de Hermas, es un escrito complejo y extraño, compuesto en el
género apocalíptico y visionario, probablemente hacia la primera mitad del siglo
ll, aunque pudiera haber en él elementos de diversas épocas. Consta de una serie
de visiones, comparaciones o alegorías, algunas de ellas de sentido bastante
confuso, que se refieren a diversos aspectos de la vida cristiana.
Según se desprende del escrito, Hermas, su autor, era un cristiano sencillo y
rudo, pero lleno de preocupaciones religiosas y con una particular conciencia de
sus propias faltas morales de diversa índole. Pesa sobre él especialmente el
remordimiento por no haber sabido mantener debidamente las relaciones familiares
con su mujer y sus hijos, y por no haber sabido hacer buen uso de sus bienes de
fortuna, que había perdido. Correspondiendo a esta conciencia de culpabilidad,
sobresale en el escrito el tema de la penitencia y del perdón que, contra lo que
se suponía en concepciones rigoristas, podía ser obtenido al menos una vez
después del bautismo, si uno se arrepentía sinceramente. Hermas, simple laico,
tiene conciencia de que esto se oponía a la enseñanza de ciertos doctores de la
Iglesia que no admitían posibilidad de perdón al que hubiere pecado gravemente
después del bautismo, y presenta sus ideas como un anuncio especial de un
mensajero de Dios que se aparece en forma de pastor, y que es el que dio a este
escrito su nombre.
Además del tema de la penitencia, es prominente en el Pastor, de Hermas, el tema
de la Iglesia, la cual aparece bajo la alegoría de una torre en construcción, de
la que pueden venir a formar parte diversas clases de piedras, que son diversos
géneros de fieles. Algunas piedras son temporalmente rechazadas para la
construcción, otras lo son definitivamente, representando los fieles que podrán
o no a su tiempo hacer penitencia.
Otros muchos temas van apareciendo a lo largo del escrito: de particular interés
pueden ser los que se refieren al peligro de las riquezas, a las relaciones
entre ricos y pobres, o a la necesidad de saber distinguir los signos de la
influencia del bueno o del mal Espíritu en nosotros o en los demás. En este
último aspecto Hermas encabeza la copiosa literatura cristiana acerca del
"discernimiento de Espíritus".
El Pastor, de Hermas, muestra cierta audacia imaginativa, pero tiene en general
poca profundidad teológica y se mantiene más bien en una actitud meramente
moralística. Sin embargo, es interesante como reflejo de los problemas
religiosos y morales que podía tener entonces un cristiano ordinario. (Josep Vives)
| Piedras para construir la Iglesia |
| Riqueza- Impedimento |
| Los dos ángeles |
| I. El mensaje de penitencia. |
| II. Riqueza y pobreza. |
|
III.
Discernimiento de Espíritus. |
Piedras para construir la Iglesia
(Visión III, nn. 2-7)
Dicho esto, (la anciana) hizo ademán de marcharse; mas yo me postré a sus pies y
le supliqué por el Señor que me mostrara la visión que me había prometido. Y
ella me tomo otra vez de la mano, me levanto y me hizo sentar en el banco a su
izquierda. Tomo asiento también ella, a la derecha, y, levantando una vara
brillante, me dijo:
-¿Ves una cosa grande?
-Señora -le contesté-, no veo nada.
-¡Cómo! -me replica-; ¿no ves delante de ti una torre que se está construyendo
sobre las aguas con brillantes sillares?
En un cuadrilátero, en efecto, se estaba construyendo la torre, por mano de
aquellos seis jóvenes que habían venido con ella; y, juntamente, otros hombres
por millares y millares, se ocupaban en acarrear piedras -unas de lo profundo
del mar, otras de la tierra- y se las entregaban a los seis jóvenes. Estos las
tomaban y edificaban.
Las piedras sacadas de lo profundo del mar las colocaban todas sin más en la
construcción, pues estaban ya labradas y se ajustaban en su juntura con las
demás piedras; tan cabalmente se ajustaban unas con otras, que no aparecía
juntura alguna y la torre semejaba construida como de un solo bloque.
De las piedras traídas de la tierra, unas las tiraban, otras las colocaban en la
construcción, otras las hacían añicos y las arrojaban lejos de la torre. Había,
además, gran cantidad de piedras tiradas en torno de la torre, que no empleaban
en la construcción, pues de ellas unas estaban carcomidas, otras con rajas,
otras desportilladas, otras eran blancas y redondas y no se ajustaban a la
construcción. Veía también otras piedras arrojadas lejos de la torre, que venían
a parar al camino, pero que no se detenían en él, sino que seguían rodando del
camino a un paraje intransitable; otras caían al fuego y allí se abrasaban;
otras venían a parar cerca de las aguas, pero no tenían fuerza para rodar al
agua por más que deseaban rodar y llegar hasta ella.
Una vez que me mostró todas estas cosas, quería retirarse. Le digo:
-Señora, ¿de qué me sirve haber visto todo eso, si no sé lo que significa cada
cosa?
Me respondió diciendo:
-Astuto eres, hombre, queriendo conocer lo que se refiere a la torre.
-Sí, señora -le respondo-; quiero conocerlo para anunciarlo a los hermanos y que
así se pongan más alegres. Y, una vez que hayan conocido estas cosas, reconozcan
al Señor en mucha gloria.
Y ella me dijo:
-Oírlas, las oirán muchos; pero, después de oídas, unos se alegrarán y otros
llorarán. Sin embargo, aun éstos, si oyeren y se arrepintieren, se alegrarán
también. Escucha, pues, las comparaciones acerca de la torre, pues voy a
revelártelo todo. Y ya no me molestes más pidiéndome revelación, pues estas
revelaciones tienen un término, puesto que están ya cumplidas. Sin embargo, tú
no cesarás de pedir revelaciones, pues eres importuno.
Ahora bien, la torre que ves que se está edificando, soy yo misma, la Iglesia,
la que se te apareció tanto ahora como antes. Así, pues, pregunta cuánto gustes
acerca de la torre, que yo te lo revelaré, a fin de que te alegres junto con los
santos (...).
Le pregunté entonces:
-¿Por qué la torre está edificada sobre las aguas, señora?
-Ya te dije antes -me replico- que eres muy astuto y que inquieres con cuidado;
inquiriendo, pues, hallas la verdad. Ahora bien, escucha por qué la torre está
edificada sobre las aguas. La razón es porque vuestra vida se salvo por el agua
y por el agua se salvara; mas el fundamento sobre el que se asienta la torre es
la palabra del Nombre omnipotente y glorioso y se sostiene por la virtud
invisible del Dueño.
Tomando la palabra, le dije:
-Señora, esto es cosa grande y maravillosa. Y los seis jóvenes que están
construyendo, ¿quiénes son, señora?
-Éstos son aquellos santos ángeles de Dios que fueron creados los primeros, y a
quienes el Señor entrego su creación para acrecentar y edificar y dominar sobre
la creación entera. Así pues, por obra de éstos se consumara la construcción de
la torre.
-Y los otros que llevan las piedras, ¿quiénes son?
-También éstos son ángeles santos de Dios; pero aquellos seis los superan en
excelencia. Por obra de unos y otros se consumara, pues, la construcción de la
torre, y entonces todos se regocijaran en torno de ella, y glorificaran a Dios
porque se termino su construcción.
Hícele otra pregunta:
-Señora, quisiera saber el paradero de las piedras y qué significación tiene
cada una de ellas.
Me respondió diciendo:
-No es que seas tú más digno que nadie de que se te revele, porque otros hay
primero y mejores que tu a quienes debieran revelárseles estas visiones. Mas,
para que sea glorificado el nombre de Dios, se te han revelado a ti, y se te
seguirán revelando, por causa de los vacilantes, de los que oscilan en sus
discursos consigo mismos sobre si estas cosas son o no son. Diles que todas
estas cosas son verdaderas y nada hay en ellas que esté fuera de la verdad, sino
que todo es firme y seguro y bien asentado.
Escucha ahora acerca de las piedras que entran en la construcción. Las piedras
cuadradas y blancas, que ajustaban perfectamente en sus junturas, representan
los Apóstoles, obispos, maestros y diáconos que caminan según la santidad de
Dios, los que desempeñaron sus ministerios de obispos, maestros y diáconos pura
y santamente en servicio de los elegidos de Dios. De ellos, unos han muerto,
otros viven todavía. Éstos son los que estuvieron siempre en armonía unos con
otros, conservaron la paz entre sí y se escucharon mutuamente. De ahí que en la
construcción de la torre encajaban ajustadamente sus junturas.
-Y las piedras sacadas de lo hondo del mar y sobrepuestas a la construcción, que
encajaban en sus junturas con las otras piedras ya edificadas, ¿quiénes son?
-Éstos son los que sufrieron por el nombre del Señor.
-Quiero saber, señora, quiénes son las otras piedras, traídas de la tierra.
Respondióme:
-Los que entraban en la construcción sin necesidad de labrarlos son los que
aprobó el Señor, porque caminaron en la rectitud del Señor y cumplieron sus
mandamientos.
-Y las que eran traídas y puestas en la construcción, ¿quiénes son?
Éstas son los neófitos, nuevos en la fe, pero creyentes; son amonestados por los
ángeles a obrar el bien, pues se hallo en ellos alguna maldad.
-Y los que rechazaban y tiraban, ¿quiénes son?
-Éstos son los que han pecado, pero están dispuestos a hacer penitencia; por
esta causa, no se los arrojaba lejos de la torre, pues cuando hicieren
penitencia serán útiles para la construcción. Los que tienen intención de hacer
penitencia, si de verdad la hacen, serán fortalecidos en la fe; a condición, sin
embargo, de que hagan penitencia ahora, mientras se está construyendo la torre.
Mas si la edificación llega a su término, ya no tienen lugar a penitencia. Solo
se les concederá estar puestos junto a la torre.
¿Quieres conocer las piedras que eran hechas trizas y se las arrojaba lejos de
la torre? Éstos son los hijos de la iniquidad; se hicieron creyentes
hipócritamente y ninguna maldad se aparto de ellos. De ahí que no tienen
salvación, pues por sus maldades no son buenos para la construcción. Por eso se
les hizo pedazos y se los arrojo lejos. La ira del Señor pesa sobre ellos, pues
le han exasperado.
Respecto a las otras, que viste tiradas en gran número por el suelo y que no
entraban en la construcción, las piedras carcomidas representan a los que han
conocido la verdad, pero no perseveraron en ella ni se adhirieron a los santos.
Por eso son inútiles.
-¿Y a quiénes representan las piedras con rajas?
-Éstos son los que guardan unos contra otros algún resentimiento en sus
corazones y no mantienen la paz mutua. Cuando se hallan cara a cara, parecen
tener paz; mas apenas se separan, sus malicias siguen tan enteras en sus
corazones. Éstas son, pues, las hendiduras que tienen las piedras.
Las piedras desportilladas representan a los que han creído y mantienen la mayor
parte de sus actos dentro de la justicia, pero tienen también sus porciones de
iniquidad. De ahí que están desportillados y no enteros.
-Y las piedras blancas y redondas y que no ajustaban en la construcción,
¿quiénes son, señora?
Me respondió diciendo:
-¿Hasta cuándo serás necio y torpe, que todo lo preguntas y nada entiendes por
ti mismo? Éstos son los que tienen, si, fe; pero juntamente poseen riqueza de
este siglo. Cuando sobreviene una tribulación, por amor de su riqueza y
negocios, no tienen inconveniente en renegar de su Señor.
Le respondí, por mi parte:
-Señora, ¿cuándo serán, pues, útiles para la construcción?
-Cuando -me dijo- se recorte de ellos la riqueza que ahora los arrastra,
entonces serán útiles para Dios. Porque, al modo que la piedra redonda, si no se
la labra y recorta algo de ella, no puede volverse cuadrada; así los que gozan
de riquezas en este siglo, si no se les recorta la riqueza, no pueden volverse
útiles a Dios. Por ti mismo, ante todo, puedes darte cuenta: cuando eras rico,
eras inútil; ahora, en cambio, eres útil y provechoso para la vida. Haceos
útiles para Dios, pues tu mismo eres empleado como una de estas piedras.
En cuanto a las otras piedras que viste arrojar lejos y caer en el camino y que
rodaban del camino a parajes intransitables, éstas representan a los que han
creído; pero luego, arrastrados de sus dudas, abandonan su camino, que es el
verdadero. Imaginándose, pues, que son ellos capaces de hallar camino mejor, se
extravían y lo pasan míseramente andando por soledades sin senderos.
Las que caían en el fuego y allí se abrasaban representan a los que de todo
punto apostataron del Dios vivo y todavía no ha subido a su corazón el
pensamiento de hacer penitencia, por impedírselo los deseos de su disolución y
las perversas obras que ejercitaron.
¿Quieres saber quiénes son las otras piedras que venían a parar cerca de las
aguas y que no podían rodar hasta ellas? Estos son los que, después de oír la
palabra de Dios, quisieran bautizarse en el nombre del Señor; pero luego, al
caer en la cuenta de la castidad que exige la verdad, cambian de parecer y se
echan otra vez tras sus perversos deseos.
Termino, pues, la explicación de la torre. Importunándola yo todavía, le
pregunté si a todas aquellas piedras rechazadas y que no encajaban en la
construcción de la torre, se les daría ocasión o posibilidad de penitencia y
tendrían aun lugar en esta torre.
-Posibilidad de penitencia -me contesto- si que la tienen; pero ya no pueden
encajar en esta torre. Sin embargo, se ajustaran a otro lugar mucho menos
elevado, y eso cuando hayan pasado por los tormentos de la penitencia y hayan
cumplido los días de expiación de sus pecados. La razón de que sean trasladados
es porque, al fin y al cabo, participaron de la palabra justa. E incluso para
ser trasladados de sus tormentos, es preciso que antes suban a su corazón, por
la penitencia, las obras malas que ejecutaron; si no suben, no se salvaran, en
castigo de su dureza de corazón.
Los dos ángeles
(Mandamiento VI, n. 2)
-Escucha ahora -me dijo- acerca de la fe. Dos ángeles hay en cada hombre: uno de
la justicia y otra de la maldad.
-¿Cómo, pues, señor -le dije-, conoceré las operaciones de uno y otro, puesto
que ambos habitan conmigo?
-Escucha -me dijo- y entiende. El ángel de la justicia es delicado, y pudoroso,
y manso, y tranquilo. Así, pues, cuando subiere a tu corazón este ángel, al
punto se pondrá a hablar contigo sobre la justicia, la castidad, la santidad,
sobre la mortificación y sobre toda obra justa y sobre toda virtud gloriosa.
Cuando todas estas cosas subieren a tu corazón, entiende que el ángel de la
justicia está contigo. He ahí, pues, las obras del ángel de la justicia. Cree,
por tanto, a éste y a sus obras.
Mira también las obras del ángel de la maldad. Ante todo, ese ángel es
impaciente, amargo e insensato, y sus obras malas derriban a los siervos de
Dios. Así pues, cuando éste subiere a tu corazón, conócele por sus obras.
-Señor -le dije-, yo no sé como tengo que conocerle.
-Escucha -me dijo-. Cuando te sobrevenga un arrebato de ira o un sentimiento de
amargura, entiende que él está contigo; y lo mismo hay que decir de un deseo de
derramarte en muchas acciones, de la preciosidad y abundancia de comidas y
bebidas, y embriagueces muchas, y deleites variados y no convenientes, del
deseo, y también de mujeres, avaricia, mucho boato de soberbia y altanería y, en
fin, de todo cuanto a estas cosas se acerca y asemeja. Siempre, pues, que
cualquiera de estas cosas subiere a tu corazón, entiende que el ángel de la
maldad está contigo. Tu, pues, ya que conoces sus obras, apártate de él y no le
creas en nada, pues sus obras son malas e inconvenientes para los siervos de
Dios.
Ahí tienes las operaciones de uno y otro ángel; entiéndelas y cree solo al ángel
de la justicia. Apártate, en cambio, del ángel de la maldad, pues su doctrina es
totalmente perversa. En efecto, imaginemos a un hombre todo lo fiel que
queramos. Si el deseo de este ángel subiere a su corazón, por fuerza ese hombre
(o mujer) cometerá algún pecado. Y al revés, por muy malvado que sea un hombre o
una mujer, si a su corazón suben las obras del ángel de la justicia, de
necesidad aquel hombre o mujer practicaran algún bien. Ya ves que es bueno
seguir al ángel de la justicia y renunciar al ángel de la iniquidad.
Habiendo yo ayunado y orado insistentemente al Señor, me fue revelado el sentido
de la escritura. Lo escrito era lo siguiente: Tus hijos, Hermas, se enfrentaron
contra Dios, blasfemaron contra el Señor y traicionaron a sus padres con gran
perversidad, y tuvieron que oírse llamar traidores de sus padres. Y aun cometida
esta traición, no se enmendaron, sino que añadieron a sus pecados sus
insolencias y sus perversas contaminaciones, con lo que llegaron a su colmo sus
iniquidades. Sin embargo, haz saber a todos tus hijos y a tu esposa, que ha de
ser hermana tuya, estas palabras. Pues tu esposa no se modera en su lengua, con
la que obra el mal. Pero si oye estas palabras, se contendrá y obtendrá
misericordia.
Después que les hubieres dado a conocer estas palabras que me encargo el Señor
que te revelara, se les perdonaran a ellos todos los pecados que hubieren
anteriormente cometido, así como también a todos los santos que hubieren pecado
hasta este día, con tal de que se arrepientan de todo corazón y alejen de sus
corazones toda vacilación. Porque el Señor hizo este juramento por su gloria con
respecto a sus elegidos: si después de fijado este día todavía cometen pecado,
no tendrán salvación, ya que la penitencia para los justos tiene un límite. Los
días de penitencia están cumplidos para todos los santos, mientras que para los
gentiles hay penitencia hasta el último día. Así pues, dirás a los jefes de la
Iglesia que enderecen sus caminos según justicia, para que puedan recibir el
fruto pleno de la promesa con gran gloria. Por tanto, los que obráis la justicia
manteneos firmes y no vaciléis, para que se os conceda la entrada a los ángeles
santos. Bienaventurados vosotros, los que soportáis la gran tribulación que está
por venir, así como los que no han de negar su propia vida. Porque el Señor ha
jurado por su propio Hijo que los que nieguen al Señor serán privados de su
propia vida, es decir, los que lo negaren a partir de ahora en los días
venideros. Pero los que hubieren negado antes obtendrán perdón por su gran
misericordia.
En cuanto a ti, Hermas, no guardes ya más rencor contra tus hijos, ni abandones
a tu hermana, para que tengan lugar a purificarse de sus pecados pasados. Porque
si tu no les guardas rencor, serán educados con justa educación. El rencor
produce la muerte. Tú, Hermas, sufriste grandes tribulaciones en tu persona a
causa de las transgresiones de los de tu casa, pues no cuidaste de ellos, porque
tenías otras preocupaciones y te enredabas en negocios malvados. Pero te salva
el hecho de no haber apostatado del Dios vivo, así como tu sencillez y tu mucha
continencia. Esto es lo que te ha salvado-con tal que perseveres-y lo que
salvara a cuantos hagan lo mismo y vivan en inocencia y simplicidad. Estos
triunfaran de toda maldad y perseveraran para la vida eterna. Bienaventurados
todos los que obran la justicia, porque no se perderán para siempre... (1)
¿No te parece -me dijo el pastor- que el mismo arrepentirse es una especie de
sabiduría? Si -dijo-, el arrepentirse es una sabiduría grande, porque el pecador
se da cuenta de que hizo el mal delante del Señor, y penetra en su corazón el
sentimiento de la obra que hizo, con lo que se arrepiente y ya no vuelve a obrar
el mal, sino que se pone a practicar toda suerte de bien, y humilla y atormenta
su alma, por haber pecado. Ya ves, pues, como el arrepentimiento es una gran
sabiduría...
Señor -le dije- he oído de algunos maestros que no se da otra penitencia fuera
de aquella por la que bajamos al agua (del bautismo) y alcanzamos el perdón de
nuestros pecados anteriores.
El me dijo: Has oído bien, pues así es: porque el que ha recibido el perdón de
sus pecados ya no debiera pecar, sino que debiera vivir puro. Pero ya que
quieres enterarte de todo con exactitud, te explicaré también otro aspecto, sin
que con ello quiera dar pretexto de pecar a los que en lo futuro han de creer o
a los que poco ha creyeron en el Señor. Porque los que poco ha creyeron, o han
de creer en lo futuro no tienen lugar a penitencia de sus pecados, fuera de la
remisión de sus pecados anteriores (en el bautismo). Pero para los que fueron
llamados antes de estos días, el Señor tiene establecida una penitencia: porque
el Señor es conocedor de los corazones, y lo sabe todo de antemano, y conoció la
debilidad de los hombres y la mucha astucia del diablo con la que había de hacer
daño a los siervos de Dios y ensañarse con ellos. Ahora bien, siendo grandes las
entrañas de misericordia del Señor, se apiado de su creatura, y dispuso esta
penitencia haciéndome a mí el encargado de la misma. Sin embargo, he de decirte
esto: si después de aquel llamamiento grande y santo, alguno, tentado por el
diablo, cometiere pecado, solo tiene lugar a una penitencia. Pero si
continuamente peca y se vuelve a arrepentir, de nada le aprovecha al tal hombre,
pues difícilmente alcanzara la vida.
Yo le repliqué: El oír esta explicación tan exacta sobre estas cosas me ha
devuelto la vida, pues ahora sé que si no vuelvo a cometer más pecados me
salvaré.
Te salvaras -me dijo- tú y todos los que hicieron estas cosas (2)
Así como la piedra redonda no puede convertirse en sillar si no es cortándola y
quitando algo de ella, así también los ricos en este siglo no pueden hacerse
útiles para el Señor si no se les recorta su riqueza. Por ti mismo puedes
saberlo en primer lugar: cuando eras rico eras inútil, pero ahora eres útil y
provechoso para la vida... (3)
El rico tiene realmente mucho dinero, pero con respecto al Señor es pobre,
arrastrado como anda tras su riqueza. Muy pocas veces hace su acción de gracias
y su oración ante el Señor, y aun cuando lo hace es con brevedad, sin intensidad
y sin fuerza para penetrar hasta lo alto. Pero cuando el rico se entrelaza con
el pobre y le proporciona lo necesario creyendo que podrá encontrar en Dios la
recompensa de lo que hubiere hecho por el pobre-ya que el pobre es rico en la
oración y en la acción de gracias, y sus peticiones tienen gran fuerza delante
de Dios-entonces el rico atiende al pobre en todas las cosas sin reservas. Por
su parte, el pobre, atendido por el rico, ruega por él y da gracias a Dios por
aquel de quien recibe beneficios. Y entonces el rico todavía toma mayor interés
por el pobre, para no hallarse falto de nada en su vida, pues sabe que la
oración del pobre es rica y aceptable delante de Dios. De esta suerte, uno y
otro llevan a cabo su obra en común: el pobre coopera con su oración, en la que
es rico, habiéndola recibido del Señor y devolviéndola al mismo Señor que se la
había dado. A su vez, el rico pone a disposición del pobre sin reservas la
riqueza que recibió del Señor. Es ésta una gran obra agradable a Dios, con la
que muestra que entiende el sentido de sus riquezas poniendo a disposición del
pobre los dones del Señor y cumpliendo rectamente el servicio que el Señor le
encomendará... De esta forma, los pobres, rogando al Señor por los ricos dan
pleno sentido a la riqueza de éstos, y a su vez, los ricos, socorriendo a los
pobres alcanzan la plenitud de lo que falta a sus almas. Con ello se hacen unos
y otros colaboradores en la obra de justicia. Por tanto, el que así obrare no
será abandonado de Dios, sino que quedará escrito en el libro de los vivos.
Bienaventurados los que tienen y entienden que sus riquezas las tienen del
Señor: porque el que entiende esto podrá cumplir el servicio debido... (4)
Dos ángeles acompañan al hombre, uno de justicia y otro de maldad... El ángel de
justicia es delicado y recatado y manso y tranquilo. Así pues, cuando este ángel
penetre en tu corazón, te hablara inmediatamente de justicia, de pureza, de
santidad, de contentarte con lo que tienes, de toda obra justa y de toda virtud
reconocida. Cuando sientas que tu corazón está penetrado de todas estas cosas,
entiende que el ángel de la justicia está contigo, porque ésas son las obras del
ángel de la justicia. A él pues has de creerle, y a sus obras.
Considera por otra parte las obras del ángel de la maldad: en primer lugar, es
impaciente, amargado e insensato: sus obras son malas y capaces de abatir a los
siervos de Dios. Cuando este ángel penetre en tu corazón, has de saber conocerle
por sus obras... Cuando te sobrevenga alguna impaciencia o amargura, entiende
que él está dentro de ti: igualmente cuando tengas ansia de hacer muchas cosas,
o de muchos y exquisitos manjares, de muchas y variadas bebidas, de embriageces
muelles e inconvenientes; igualmente cuando tienes deseo de mujeres, o de
posesiones o de gran soberbia y altanería y de otras cosas por el estilo: cuando
estas cosas penetren en tu corazón, sábete que el ángel de la maldad está dentro
de ti. Así pues, tu, conociendo sus obras, apártate de él y no le creas para
nada, pues sus obras son malvadas y no traen provecho alguno a los siervos de
Dios... (5)
¿Cómo se conocerá a un hambre, si es verdadero o falso profeta? ...Al hombre que
tiene el Espíritu divino has de examinarle por su vida. En primer lugar, el que
tiene el Espíritu divino de lo alto, es manso, tranquilo y humilde; se aparta de
toda maldad, así como de los vanos deseos de este siglo, y se hace a sí mismo el
más pobre de todos los hombres; no empieza a dar respuestas a nadie solo porque
se le pregunte, ni habla en secreto, que no habla el Espíritu Santo cuando el
hombre quiere, sino que habla cuando Dios quiere que hable. Así pues, cuando un
hombre que tiene el Espíritu divino llega a una reunión de hombres justos que
tienen fe en el Espíritu divino, y en aquella reunión se hace oración a Dios,
entonces el ángel del Espíritu profético que está en él llena a aquel hombre, y
lleno así con el Espíritu Santo habla a la muchedumbre como lo quiere el
Señor...
Escucha ahora lo que se refiere al Espíritu terreno y vacuo, que no tiene virtud
alguna, sino que es necio. En primer lugar, el hombre que aparentemente tiene el
Espíritu, se exalta a sí mismo, y quiere ocupar la silla presidencial; e
inmediatamente se muestra como ligero, desvergonzado y charlatán; vive entre
muchos placeres y con muchos otros engaños; se hace pagar sus profecías, y si no
se le paga no profetiza. ¿Es que el Espíritu divino puede cobrar para
profetizar? No puede hacer esto un profeta de Dios, sino que el Espíritu de
tales profetas es de la tierra. Además, el falso profeta no se acerca para nada
a la reunión de los justos, sino que huye de ellos; en cambio se pega a los
vacilantes y vacuos, echándoles sus profecías por los rincones, y los embauca
hablándoles conforme a sus deseos, aunque son vacuos, pues responde a hombres
vacuos. Cuando una vasija vacía choca con otras igualmente vacías, no se rompe,
sino que resuenan todas con un mismo sonido. Cuando el falso profeta llega a una
reunión llena de hombres justos que poseen el Espíritu de la divinidad y hacen
oración, se queda vacío, y su Espíritu terreno huye de él amedrentado, y el
hombre queda mudo y totalmente destrozado, sin poder hablar palabra (6).
Los que nunca han escudriñado la verdad ni han inquirido acerca de la divinidad,
sino que se han contentado con creer, agitados con sus negocios, sus riquezas.
sus amistades paganas y muchas otras ocupaciones de este siglo, todos los que
andan enfrascados en estas cosas. no entienden las parábolas acerca de la
divinidad. Es que con todos estos negocios están entenebrecidos, corrompidos y
secos. Así como las vinas hermosas, si no se cuidan se secan a causa de las
espinas y de toda suerte de yerbas, así también los hombres que después de
recibir la fe se entregan a la multiplicidad de acciones dichas, se extravían en
sus inteligencias y ya no entienden absolutamente nada acerca de la divinidad.
Porque, en efecto, cuando oyen algo acerca de la divinidad su mente se encuentra
en sus negocios, y así no comprenden absolutamente nada. Pero los que tienen el
temor de Dios, e investigan acerca de la divinidad y de la verdad, y tienen su
corazón vuelto hacia el Señor, entienden y comprenden en seguida cuanto se les
dice, pues tienen dentro de sí el temor de Dios. Porque donde habita el Señor,
allí hay gran inteligencia. Adhiérete, pues, al Señor, y lo comprenderás y
entenderás todo (7).
Notas
(1) Visiones 2,2.3.
(2) Mandamientos 4,2-3.
(3) Visiones 3,6,6.
(4) Comparaciones 2,3.
(5) Mandamientos 6,2.
(6) Mand. 11,7-14.
(7) Mand. 10,1,
| Historia |
|
Considerada durante siglos como segunda epístola del Papa San Clemente a los
Corintios, este escrito no es ni una epístola ni fue redactado por Clemente
Romano. Se trata de una homilía compuesta a mediados del siglo II por un autor
desconocido, que tiene el mérito de ser el primer ejemplo de homilía que ha
llegado a nuestras manos. El hecho de considerarla entre los escritos del santo
Pontífice romano se debe a que, en la tradición manuscrita, se copió siempre
después de la epístola de San Clemente a los Corintios.
Este escrito trata de la obra de la salvación realizada por Cristo y comunicada
a los hombres en el Bautismo, y de la respuesta que se espera del cristiano: una
respuesta adecuada a la misericordia divina, renunciando a lo que no es
compatible con la vocación cristiana y peleando para cumplir con obras la
Voluntad de Dios. Al Reino de Dios, ya presente en este mundo, se entra por la
conversión. La culminación de ese Reino tendrá lugar cuando se realice la
resurrección de los muertos y el juicio divino. Mientras el hombre está en vida,
es siempre tiempo de convertirse a Dios. (Loarte)
Secunda Clementis,11,1-IV,5; VII,1-IX,11
Cumplir la Voluntad de Dios
Alégrate, estéril, la que no das a luz; rompe a gritar, la que no sufres dolores
de parto, porque son más numerosos los hijos de la solitaria que los de la que
tiene marido. Al decir: alégrate, estéril, la que no das a luz, mencionaba a
nosotros: pues nuestra Iglesia era estéril antes de que le fueran dados hijos.
Al decir: grita, la que no sufres de parto, dice que presentemos sencillamente
nuestras oraciones ante Dios para que no desfallezcamos como las que sufren
dolores de parto. Al decir: porque son más los hijos de la solitaria que los de
la que tiene marido, (daba a entender que) nuestro pueblo parecía un desierto
lejos de Dios, pero ahora, al creer, hemos llegado a ser más numerosos que los
que creían tener Dios. Otra Escritura dice que no vino a llamar a los justos,
sino a los pecadores (Mt
9,13). Esto significa que es necesario salvar a los que se pierden. Pues
lo grande y admirable no es sostener lo que está en pie, sino lo que se cae.
Cristo quiso salvar lo que se perdía y salvo a muchos, pues vino y nos llamo
cuando ya nos estábamos perdiendo.
Habiendo tenido con nosotros tal misericordia, ante todo porque nosotros, los
que vivimos, no ofrecemos sacrificios a dioses muertos, ni los adoramos, sino
que hemos conocido al Padre de la verdad, ¿qué conocimiento nos conducirá a Él,
sino el no negar a Aquél por medio del cual le hemos conocido? Él mismo dice: al
que me confiese delante de los hombres, Yo también lo confesaré delante de mi
Padre (cf. Mt 10,32 Lc
12,8). Ésta es nuestra recompensa, si confesamos a Aquél por medio del
cual hemos sido salvados. ¿Y cómo podemos confesarle? Haciendo lo que dice, no
desobedeciendo sus preceptos y honrándolo no solo con los labios, sino con todo
el corazón y con toda la mente. Dice también en Isaías: este pueblo me honra con
los labios, pero su corazón está muy lejos de mi (Is
29,13).
Por tanto, no nos limitemos a llamarlo Señor, pues esto no nos salvara. Dice, en
efecto: no todo el que me diga: "Señor, Señor", se salvara, sino el que obre la
justicia (cf.
Mt 7,21).
Así pues, hermanos, confesémosle con las obras, amándonos mutuamente, no
cometiendo adulterio y sin murmurar ni envidiarse los unos a los otros, sino
siendo continentes, misericordiosos y buenos. Debemos compadecernos mutuamente y
no ser avaros. Confesémosle con estas obras y no con las contrarias. No es
necesario temer demasiado a los hombres, sino a Dios. Por ello, si vosotros
obráis tales cosas, el Señor dijo: aunque estéis reunidos conmigo en mi seno, si
no cumples mis mandamientos, os rechazaré y os diré: "Apartaos de mí, no os
conozco, ni sé de donde sois, obradores de iniquidad" (cf.
Lc 13,25-27 Mt 7,23)
(...).
Hermanos, luchemos sabiendo que el combate está en nuestras manos y que muchos
navegan en los combates corruptibles, pero no todos son coronados a no ser que
se hayan esforzado mucho y hayan luchado bien. Así pues, luchemos para que todos
seamos coronados. Corramos al camino recto, al combate incorruptible; naveguemos
muchos hacia él y combatamos para ser también coronados. Y si todos no podemos
ser coronados, lleguemos siquiera a estar cerca de la corona. Necesitamos saber
que el combatiente en una lucha corruptible, si viola las reglas del combate,
tras ser azotado es excluido y expulsado del estadio. ¿Qué os parece? ¿Qué
sufrirá quien viole las reglas del combate de la incorruptibilidad? Pues de los
que no guardan el sello (1) se dice que su gusano no morirá, su fuego no se
extinguirá y serán un espectáculo para toda carne (Is
66,24).
Por tanto, mientras estemos en la tierra, arrepintámonos. Somos barro en las
manos del Artífice. Como el alfarero, cuando modela un vaso y éste se tuerce o
se rompe en sus manos, lo vuelve a modelar de nuevo, pero, si ya lo ha echado al
horno de fuego, ya no lo puede arreglar, así también nosotros: mientras estemos
en este mundo, arrepintámonos de todo corazón de todas las maldades que
cometimos en la carne, para ser salvados por el Señor mientras hay tiempo de
conversión. Después de salir de este mundo, ya no le podremos confesar ni
convertirnos. Hermanos, alcanzaremos la vida eterna haciendo la Voluntad del
Padre, guardando pura la carne y observando los mandamientos del Señor. Pues
dice el Señor en el Evangelio: si no guardasteis lo pequeño, ¿quién os dará lo
grande? Pues os digo que el fiel en lo pequeño es también fiel en lo mucho (cf.
Lc 16,10-12).
Viene pues, a decir: guardad pura la carne e inmaculado el sello para recibir la
vida eterna.
No diga ninguno de vosotros que esta carne no es juzgada ni resucita. Sabed:
¿cómo fuisteis salvados, como volvisteis a ver, si no fue cuando estabais en
esta carne? Así pues, es necesario que guardemos la carne como templo de Dios.
Pues de la misma manera que fuisteis llamados en la carne, iréis (al Reino de
Dios) en la carne. Si Cristo, el Señor, el que nos salvo, siendo primeramente
Espíritu (2) se hizo carne y nos llamo de esta manera, así también nosotros
recibiremos la recompensa en la carne. Por tanto, amémonos los unos a los otros
para que todos lleguemos al Reino de Dios. Mientras tengamos tiempo de ser
curados, entreguémonos al Dios que nos sana, dándole lo que merece: el
arrepentimiento de sincero corazón. Él conoce de antemano todas las cosas y sabe
lo que hay en nuestro corazón. Tributémosle, pues, alabanza no solo con la boca,
sino también con el corazón, para que nos acoja como a hijos. Pues el Señor dijo
también: mis hermanos son los que hacen la voluntad de mi Padre (cf. Mt 12
Mt 50 Lc 8,21 Mc 3,35).
Notas
(1) El "sello" es el carácter indeleble recibido en el Bautismo, que distingue
al cristiano de quien no lo es. "Guardar el sello" significa ser fiel a las
exigencias de la vocación cristiana.
(2) Dice que Cristo era antes "Espíritu" para afirmar su preexistencia eterna
como Verbo en el seno de Dios: no es que lo confunda con el Espíritu Santo.
| Historia |
|
Obispo de Esmirna y mártir, nació hacia el año 75, probablemente en el seno de
una familia que ya era cristiana.
San Ireneo de Lyon, que lo conoció personalmente, afirma que había recibido las
enseñanzas de los Apóstoles y que el mismo San Juan le había consagrado Obispo
de Esmirna. Si esto fuera así, la figura de este santo y mártir, tal como la
conocemos por la carta que de él conservamos y por el relato de su martirio, es
muy congruente con el elogio que el Apóstol hizo del Ángel de la Iglesia de
Esmirna en el Apocalipsis. Según los intérpretes de la Sagrada Escritura, con el
nombre de Ángel se designa en ese libro inspirado a los Obispos que presidían
las Iglesias entonces establecidas en Asia Menor.
La labor pastoral de San Policarpo debió de ser muy fecunda. Acogió con gran
afecto a San Ignacio de Antioquía, camino del martirio, y recibió de este santo
Obispo una carta muy venerada desde la antigüedad. Conservamos una epístola suya
dirigida a la Iglesia de Filipos, en la que con gran solicitud exhorta a la
unidad y da consejos llenos de celo pastoral a todos los fieles: los
presbíteros, los diáconos, las vírgenes, las casadas, las viudas. No menciona al
Obispo, por lo que es lícito pensar que, en esos momentos, la sede de Filipos no
tenía al frente a su Pastor.
También fue muy eficaz su actividad contra las herejías, consiguiendo que
tornaran numerosos seguidores de diversas sectas gnósticas. Cuando estallo una
persecución anticristiana, se escondió en una casa de campo, a ruego de sus
fieles, pero fue descubierto por la traición de un esclavo y condenado a la
hoguera. Murió en el año 155, a los ochenta y seis de edad. La comunidad
cristiana de Esmirna redacto una larga carta dirigida a la de Filomelium, ciudad
frigia, al parecer con ocasión del primer aniversario del martirio. Esta carta,
conocida con el nombre de Martirio de Policarpo, escrita por testigos oculares,
es la primera obra cristiana exclusivamente dedicada a describir la pasión de un
mártir, y la primera en usar este título para designar a un cristiano muerto por
la fe. (Loarte)
Policarpo, obispo de Esmirna, es, con su larga vida, como un puente entre la
generación de los Apóstoles y las generaciones que vivieron la expansión
doctrinal y numérica del cristianismo. Por una parte fue discípulo del apóstol
Juan, y por otra fueron discípulos suyos los grandes maestros Papias e Ireneo.
Este último, en un pasaje de singular fuerza evocadora, apela a Policarpo como
fiel transmisor de la doctrina de los Apóstoles.
Del mismo Policarpo solo se conserva una carta a la cristiandad de Filipos: está
escrita en un estilo sencillo y sobrio, y se reduce a una serie de vigorosas
exhortaciones, más bien de orden moral.
De particular interés histórico y religioso son las Actas del martirio de
Policarpo, generalmente reconocidas como auténticas: son un documento por el que
la Iglesia de Esmirna daba a conocer a las Iglesias hermanas la manera como su
obispo juntamente con muchos de sus fieles había sufrido una muerte ejemplar en
la persecución, probablemente hacia el año 155. (RUIZ BUENO, Padres apostólicos, BAC, Madrid 1950; S. HUBER, Las cartas de san
Ignacio de Antioquía y de san Policarpo de Esmirna, Buenos Aires 1945.)
| II. La carta a los de Filipos. |
| Consejos de un Pastor (Epístola a los Filipenses,4-10) |
|
El martirio de Policarpo
(Carta de la Iglesia de Esmirna a la Iglesia de Filomelium,1,7-11,13-16) |
I. Testimonio de Ireneo sobre Policarpo.
...Siendo yo niño, conviví con Policarpo en el Asia Menor... Conservo una
memoria de las cosas de aquella época mejor que de las de ahora, porque lo que
aprendemos de niños crece con la misma vida y se hace una cosa con ella. Podría
decir incluso el lugar donde el bienaventurado Policarpo se solía sentar para
conversar, sus idas y venidas, el carácter de su vida, sus rasgos físicos y sus
discursos al pueblo. Él contaba como había convivido con Juan y con los que
habían visto al Señor. Decía que se acordaba muy bien de sus palabras, y
explicaba lo que había oído de ellos acerca del Señor, sus milagros y sus
enseñanzas. Habiendo recibido todas estas cosas de los que habían sido testigos
oculares del Verbo de la Vida, Policarpo lo explicaba todo en consonancia con
las Escrituras. Por mi parte, por la misericordia que el Señor me hizo,
escuchaba ya entonces con diligencia todas estas cosas, procurando tomar nota de
ello, no sobre el papel, sino en mi corazón. Y siempre, por la gracia de Dios,
he procurado conservarlo vivo con toda fidelidad... Lo que él pensaba está bien
claro en las cartas que él escribió a las Iglesias de su vecindad para
robustecerlas o, también a algunos de los hermanos, exhortándolos o
consolándolos... (1).
Policarpo no solo recibió la enseñanza de los Apóstoles y converso con muchos
que habían visto a nuestro Señor, sino que fue establecido como obispo de
Esmirna en Asia por los mismos Apóstoles. Yo le conocí en mi infancia, ya que
vivió mucho tiempo y dejo esta vida siendo ya muy anciano con un gloriosísimo
martirio. enseñó siempre lo que había aprendido de los Apóstoles, que es lo que
enseña la Iglesia y la única verdad. De ello son testigos todas las Iglesias de
Asia, y los que hasta el presente han sido sucesores de Policarpo... Éste, en un
viaje a Roma, en tiempos de Aniceto, convirtió a muchos herejes... a la Iglesia
de Dios, proclamando que había recibido de los Apóstoles la única verdad,
idéntica con la que es transmitida en la tradición de la Iglesia. Y hay quienes
le oyeron decir que Juan, el discípulo del Señor, una vez que fue al baño en
Éfeso vio allí dentro al hereje Cerinto; y al punto salió del lugar sin bañarse,
diciendo que temía que se hundiesen los baños, estando allí Cerinto, el enemigo
de la verdad. El mismo Policarpo se encentró una vez con Marción, y éste le
dijo: "¿No me conoces?" Pero aquél le contesto: "Te conozco como a primogénito
de Satanás..."(2).
II. La carta a los de Filipos.
...Ceñidos vuestros lomos, servid a Dios con temor y en verdad, dejando toda
vana palabrería y los errores del vulgo, teniendo fe en aquel que resucito a
nuestro Señor Jesucristo de entre los muertos y le dio gloria y el trono de su
diestra. A él le fueron sometidas todas las cosas celestes y terrestres; a él
rinde culto todo ser vivo; él ha de venir como juez de vivos y muertos, y Dios
tomara venganza de su sangre a aquellos que no creen en él...
Principio de todos los males es el amor al dinero. Sabiendo, pues, que así como
no trajimos nada a este mundo, tampoco podemos llevarnos nada de él, armémonos
con las armas de la justicia, y aprendamos a caminar en el mandamiento del
Señor. Adoctrinad a vuestras mujeres en la fe que les ha sido dada, en la
caridad, y en la castidad: que amen con toda verdad a sus propios maridos, y en
cuanto a los demás, que tengan caridad con todos por igual en total continencia;
y que eduquen a sus hijos en la disciplina del temor de Dios. En cuanto a las
viudas, que muestren prudencia con su fidelidad al Señor, que oren
incesantemente por todos, y se mantengan alejadas de toda calumnia,
maledicencia, falso testimonio, avaricia de dinero o de cualquier otro vicio.
Que tengan conciencia de que son altar de Dios, y de que él lo escudriña todo,
sin que se le oculte nada de nuestras palabras o pensamientos o de los secretos
de nuestro corazón... Los diáconos sean irreprochables delante de su justicia,
pues son ministros de Dios y de Cristo, no de los hombres. No sean calumniadores
ni dobles de lengua; no busquen el dinero, y sean continentes en todo,
misericordiosos, diligentes, caminando conforme a la verdad del Señor, que se
hizo ministro de todos... Que los jóvenes sean irreprensibles en todo,
cultivando ante todo la castidad y refrenando todo vicio, porque es bueno
arrancarse de todas las concupiscencias que andan por el mundo... También los
presbíteros han de ser misericordiosos, compasivos para con todos, procurando
enderezar a los extraviados, visitar a todos los enfermos, sin olvidarse de la
viuda o del huérfano o del pobre; atendiendo siempre al bien delante de Dios y
de los hombres, ajenos a toda ira, acepción de personas y juicios injustos,
alejados de todo amor al dinero, no creyendo en seguida cualquier acusación, ni
precipitados en el juzgar, sabiendo que todos tenemos deuda de pecado... (3).
Consejos de un Pastor (Epístola a los Filipenses,4-10)
Principio de todos los males es el amor al dinero. Ahora bien, sabiendo como
sabemos que, al modo que nada trajimos con nosotros al mundo, nada tampoco hemos
de llevarnos, armémonos con las armas de la justicia y amaestrémonos los unos a
los otros, ante todo a caminar en el mandamiento del Señor. Tratad luego de
adoctrinar a vuestras mujeres en la fe que les ha sido dada, así como en la
caridad y en la castidad: que muestren su cariño con toda verdad a sus propios
maridos y, en cuanto a los demás, ámenlos a todos por igual en toda continencia;
que eduquen a sus hijos en la disciplina del temor de Dios.
Respecto a las viudas, que sean prudentes en lo que atañe a la fe del Señor, que
oren incesantemente por todos, apartadas muy lejos de toda calumnia,
maledicencia, falso testimonio, amor al dinero y de todo mal. Que sepan cómo son
altar de Dios, y como Dios escudriña todo y nada se le oculta de nuestros
pensamientos y propósitos ni de secreto alguno de nuestro corazón.
Como sepamos, pues, que de Dios nadie se burla, deber nuestro es caminar de
manera digna de su mandamiento y de su gloria. Los diáconos, igualmente, sean
irreprochables delante de su justicia, como ministros que son de Dios y de
Cristo y no de los hombres: no calumniadores, ni de lengua doble, sino
desinteresados, continentes en todo, misericordiosos, diligentes, caminando
conforme a la verdad del Señor, que se hizo ministro y servidor de todos. Si en
este mundo le agradamos, recibiremos en pago el venidero, según Él nos prometió
resucitarnos de entre los muertos y que, si llevamos una conducta digna de Él,
reinaremos también con Él. Caso, eso sí, de que tengamos fe.
Igualmente, que los jóvenes sean irreprensibles; que cuiden, sobre todo, la
castidad y se alejen de cualquier mal. Es cosa buena, en efecto, apartarse de
las concupiscencias que dominan en el mundo, porque toda concupiscencia milita
contra el Espíritu, y ni los fornicarios, ni los afeminados ni los deshonestos
contra naturaleza han de heredar el reino de Dios, como tampoco los que obran
fuera de ley. Es preciso apartarse de todas estas cosas, viviendo sometidos a
los presbíteros y diáconos, como a Dios y a Cristo.
Que las vírgenes caminen en intachable y pura conciencia.
Mas también los presbíteros han de tener entrañas de misericordia, compasivos
con todos, tratando de traer a buen camino lo extraviado, visitando a los
enfermos; no descuidándose de atender a la viuda, al huérfano y al pobre;
atendiendo siempre al bien, tanto delante de Dios como de los hombres, muy
ajenos de toda ira, de toda acepción de personas y juicio injusto, lejos de todo
amor al dinero, no creyendo demasiado aprisa la acusación contra nadie, no
severos en sus juicios, sabiendo que todos somos deudores del pecado. Ahora
bien, si al Señor le rogamos que nos perdone, también nosotros debemos perdonar;
porque estamos delante de los ojos del que es Señor y Dios, y todos hemos de
presentarnos ante el tribunal de Cristo, donde cada uno tendrá que dar cuenta de
sí mismo. Sirvámosle, pues, con temor y con toda reverencia, como Él mismo nos
lo mando, y también los Apóstoles que nos predicaron el Evangelio, y los
profetas que, de antemano, pregonaron la venida de Nuestro Señor. Seamos celosos
del bien y apartémonos de los escándalos, de falsos hermanos y de aquellos que
hipócritamente llevan el nombre del Señor para extraviar a los hombres vacuos.
Porque todo el que no confesare que Jesucristo ha venido en carne, es un
Anticristo, y el que no confesare el testimonio de la cruz, procede del diablo;
y el que torciere las sentencias del Señor en interés de sus propias
concupiscencias, ese tal es primogénito de Satanás.
Por lo tanto, dando de mano a la vanidad del vulgo y a las falsas enseñanzas,
volvámonos a la palabra que nos fue transmitida desde el principio, viviendo
sobriamente para entregarnos a nuestras oraciones, siendo constantes en los
ayunos, suplicando con ruegos al Dios omnipotente que no nos lleve a la
tentación, como dijo el Señor: Porque el Espíritu está pronto, pero la carne es
flaca.
Mantengámonos, pues, incesantemente adheridos a nuestra esperanza y prenda de
nuestra justicia, que es Jesucristo, el cual levanto sobre la cruz nuestros
pecados en su propio cuerpo: Él, que jamás cometió pecado, y en cuya boca no fue
hallado engaño, sino que, para que vivamos en Él, lo soporto todo por nosotros.
Seamos, pues, imitadores de su paciencia y, si por causa de su nombre tenemos
que sufrir, glorifiquémosle. Porque ése fue el dechado que Él nos dejo en su
propia persona y eso es lo que nosotros hemos creído.
Os exhorto, pues, a todos a que obedezcáis a la palabra de la justicia y
ejecutéis toda paciencia, aquella, por cierto, que visteis con vuestros propios
ojos, no solo en los bienaventurados Ignacio, Zósimo y Rufo, sino también en
otros de entre vosotros mismos, y hasta en el mismo Pablo y los demás Apóstoles.
Imitadlos, digo, bien persuadidos de que todos éstos no corrieron en vano, sino
en fe y justicia, y que están ahora en el lugar que les es debido junto al
Señor, con quien juntamente padecieron. Porque no amaron el tiempo presente,
sino a Aquél que murió por nosotros y que, por nosotros también, resucito por
virtud de Dios.
Así, pues, permaneced en estas virtudes y seguid el ejemplo del Señor, firmes e
inmóviles en la fe, amadores de la fraternidad, dándoos mutuamente pruebas de
afecto, unidos en la verdad, adelantándoos los unos a los otros en la
mansedumbre del Señor, no menospreciando a nadie. Si tenéis posibilidad de hacer
bien, no lo difiráis, pues la limosna libra de la muerte. Estad sujetos los unos
a los otros, manteniendo una conducta irreprochable entre los gentiles, para que
recibáis alabanza por causa de vuestras buenas obras y el nombre del Señor no
sea blasfemado por culpa vuestra. Mas ¡ay de aquél por cuya culpa se blasfema el
nombre del Señor! Enseñad, pues, a todos la templanza, en la que también
vosotros vivís.
El martirio de Policarpo
(Carta de la Iglesia de Esmirna a la Iglesia de Filomelium,1,7-11,13-16)
Os escribimos, hermanos, la presente carta sobre los sucesos de los mártires, y
señaladamente sobre el bienaventurado Policarpo, quien, como el que estampa un
sello, hizo cesar con su martirio la persecución. Podemos decir que todos los
acontecimientos que le precedieron no tuvieron otro fin que mostrarnos
nuevamente el propio martirio del Señor, tal como nos relata el Evangelio.
Policarpo, en efecto, esperó a ser entregado, como lo hizo también el Señor, a
fin de que también nosotros le imitemos, no mirando solo nuestro propio interés,
sino también el de nuestros prójimos (Ph
2,4). Porque es obra de verdadera y sólida caridad no buscar solo la
propia salvación, sino también la de todos los hermanos (...).
Sabiendo que habían llegado sus perseguidores, bajó y se puso a conversar con
ellos. Se quedaron maravillados al ver la edad avanzada y su enorme serenidad, y
no se explicaban todo aquel aparato y afán para prender a un anciano como él. Al
momento, Policarpo dio órdenes de que se les sirviera de comer y de beber cuanto
apetecieran, y les rogó, por su parte, que le concedieran una hora para orar
tranquilamente. Se lo permitieron y, puesto en pie, se puso a orar tan lleno de
gracia de Dios, que por espacio de dos horas no le fue posible callar. Todos los
que le oían estaban maravillados, y muchos sentían remordimientos de haber
venido a prender a un anciano tan santo.
Una vez terminada su oración, después de haber hecho en ella memoria de cuantos
en su vida habían tenido trato con él, lo montaron sobre un pollino y así le
condujeron a la ciudad, día que era de gran sábado. Por el camino se encontraron
al jefe de policía Herodes, y a su padre Nicetas, que lo hicieron montar en su
carro y sentándose a su lado, trataban de persuadirle, diciendo: "¿Pero qué
inconveniente hay en decir: César es el Señor, y sacrificar y cumplir los demás
ritos y con ello salvar la vida?"
Policarpo, al principio, no les contestó nada; pero como volvieron a preguntar
de nuevo, les dijo finalmente: "No tengo intención de hacer lo que me
aconsejáis". Ellos, al ver su fracaso de intentar convencerle por las buenas,
comenzaron a proferir palabras injuriosas y le hicieron bajar tan
precipitadamente del carro, que se hirió en la espinilla. Sin embargo, sin hacer
el menor caso, como si nada hubiera pasado, comenzó a caminar a pie
animosamente, conducido al estadio, en el que reinaba tan gran tumulto que era
imposible entender a alguien.
En el mismo momento que Policarpo entraba en el estadio, una voz sobrevino del
cielo y le dijo: "ten buen ánimo, Policarpo, y pórtate varonilmente". Nadie vio
al que dijo esto; pero la voz la oyeron los que de los nuestros se hallaban
presentes. Seguidamente, mientras lo conducían hacia el tribunal, se levantó un
gran tumulto al correrse la voz de que habían prendido a Policarpo.
Al llegar a presencia del procónsul, le pregunto si él era Policarpo.
Respondiendo afirmativamente el mártir, el procónsul trataba de persuadirle para
que renegase de la fe, diciéndole: "Ten consideración a tu avanzada edad", y
otras cosas por el estilo, según tienen por costumbre, como: "Jura por el genio
del César; muda de modo de pensar; grita: ¡Mueran los ateos!".
A estas palabras, Policarpo, mirando con grave rostro a toda la muchedumbre de
paganos que llenaban el estadio, tendiendo hacia ellos la mano, dando un suspiro
y alzando sus ojos al cielo, dijo:
-Sí, ¡mueran los ateos!
-Jura y te pongo en libertad. Maldice de Cristo.
Entonces Policarpo dijo:
-Ochenta y seis años hace que le sirvo y ningún daño he recibido de Él; ¿cómo
puedo maldecir de mi Rey, que me ha salvado?
Nuevamente insistió el procónsul, diciendo:
-Jura por el genio del César.
Respondió Policarpo:
-Si tienes por punto de honor hacerme jurar por el genio, como tú dices, del
César, y finges ignorar quién soy yo, óyelo con toda claridad: yo soy cristiano.
Y si tienes interés en saber en qué consiste el cristianismo, dame un día de
tregua y escúchame.
Respondió el procónsul:
-Convence al pueblo.
Y Policarpo dijo:
-A ti te considero digno de escuchar mi explicación, pues nosotros profesamos
una doctrina que nos manda tributar el honor debido a los magistrados y
autoridades, que están establecidas por Dios, mientras ello no vaya en
detrimento de nuestra conciencia; mas a ese populacho no le considero digno de
oír mi defensa.
Dijo el procónsul:
-Tengo fieras a las que te voy a arrojar, si no cambias de parecer.
Respondió Policarpo:
-Puedes traerlas, pues un cambio de sentir de lo bueno a lo malo, nosotros no
podemos admitirlo. Lo razonable es cambiar de lo malo a lo justo.
Volvió a insistirle:
-Te haré consumir por el fuego, ya que menosprecias las fieras, como no mudes de
opinión.
Y Policarpo dijo:
-Me amenazas con un fuego que arde por un momento y al poco rato se apaga. Bien
se ve que desconoces el fuego del juicio venidero y del eterno suplicio que está
reservado a los impíos. Pero, en fin, ¿a qué tardas? Trae lo que quieras (...).
Enseguida fueron colocados en torno a él todos los instrumentos preparados para
la pira y como se acercaban también con la intención de clavarle en un poste,
dijo:
-Dejadme tal como estoy, pues el que me da fuerza para soportar el fuego, me la
dará también, sin necesidad de asegurarme con vuestros clavos, para permanecer
inmóvil en la hoguera.
Así pues, no le clavaron, sino que se contentaron con atarle. Él entonces, con
las manos atrás y atado como un cordero egregio, escogido de entre un gran
rebaño preparado para el holocausto aceptó a Dios, levantando sus ojos al cielo
dijo:
-Señor Dios omnipotente, Padre de tu amado y bendecido siervo Jesucristo, por
quien hemos recibido el conocimiento de Ti, Dios de los ángeles y de las
potestades, de toda la creación y de toda la casta de los justos, que viven en
presencia tuya:
Yo te bendigo, porque me tuviste por digno de esta hora, a fin de tomar parte,
contado entre tus mártires, en el cáliz de Cristo para resurrección de eterna
vida, en alma y cuerpo, en la incorrupción del Espíritu Santo.
¡Sea yo con ellos recibido hoy en tu presencia, en sacrificio pingüe y
aceptable, conforme de antemano me lo preparaste y me lo revelaste y ahora lo
has cumplido, Tu, el infalible y verdadero Dios!
Por lo tanto, yo te alabo por todas las cosas, te bendigo y te glorifico, por
mediación del eterno y celeste Sumo Sacerdote, Jesucristo, tu siervo amado, por
el cual sea gloria a Ti con el Espíritu Santo, ahora y en los siglos por venir.
Amén.
Apenas concluida su suplica, los ministros de la pira prendieron fuego a la
leña. Y levantándose una gran llamarada, vimos un gran prodigio aquellos a
quienes fue dado verlo; aquellos que hemos sobrevivido para poder contar a los
demás lo sucedido. El fuego, formando una especie de bóveda, rodeó por todos
lados el cuerpo del mártir como una muralla, y estaba en medio de la llama no
como carne que se abrasa, sino como pan que se cuece o como el oro y la plata
que se acendra al horno. Percibíamos un perfume tan intenso como si se levantase
una nube de incienso o de cualquier otro aroma precioso.
Viendo los impíos que el cuerpo de Policarpo no podía ser consumido por el
fuego, dieron orden al verdugo para que le diese el golpe de gracia, hundiéndole
un puñal en el pecho. Se cumplió la orden y brotó de la herida tal cantidad de
sangre que apago el fuego de la pira, y el gentío quedo pasmado de que hubiera
tal diferencia entre la muerte de los infieles y la de los escogidos.
Al número de estos elegidos pertenece Policarpo, varón admirable, maestro en
nuestros tiempos, con Espíritu de apóstol y profeta; obispo, en fin, de la
Iglesia católica de Esmirna. Toda palabra que salió de su boca, o ha tenido ya
cumplimiento o lo tendrá con certeza.
Pero el maligno... dispuso las cosas de modo que no nos fuera dejado su cuerpo,
aunque muchos eran los que deseaban apoderarse de sus santos restos. En efecto,
Nietas... fue a suplicar al gobernador que no se nos diera el cadáver, diciendo:
No vaya a suceder que abandonen al crucificado y empiecen a adorar a éste. Esto
era una sugerencia de los judíos, quienes insistían en ello y aun montaron una
guardia cuando nosotros fuimos a recogerlo de la pira. Ignoraban que nosotros ni
jamás podremos abandonar a Cristo, que padeció por la salvación del mundo entero
de los que se salvan, él inocente, por nosotros, pecadores, ni jamás daremos
culto a otro alguno. Porque a él le adoramos porque es hijo de Dios, mientras
que a los mártires les tributamos un justo homenaje de afecto como a discípulos
e imitadores del Señor, a causa del amor insuperable que mostraron por su rey y
maestro. ¡Ojala que nosotros pudiéramos también acompañarles y llegar a ser
discípulos con ellos!
Así pues, el centurión, viendo la porfía de los judíos, hizo colocar el cadáver
en el centro y lo hizo quemar, a la manera como ellos suelen hacerlo. Así
nosotros más tarde pudimos recoger sus huesos, más valiosos que las piedras
preciosas y más estimables que el oro, y los colocamos en lugar adecuado. Allí,
nos concederá el Señor celebrar el natalicio de su martirio, reuniéndonos todos
en cuanto nos sea posible con júbilo y alegría, para celebrar la memoria de los
que ya terminaron su combate, y para ejercerlo y preparación de los que aun han
de combatir...
Saludo
Policarpo y los presbíteros que están con él, a la Iglesia de Dios que habita
como extranjera en Filipos: que la misericordia y la paz les sean dadas en
plenitud por Dios todopoderoso y Jesucristo nuestro Salvador. (1)
La fe en Jesucristo
Me alegré mucho con vosotros, en nuestro Señor Jesucristo, cuando recibisteis a
las imágenes de la verdadera caridad, y acompañasteis, como debían hacerlo, a
aquellos que estaban encadenados por ataduras dignas de los santos, que son las
diademas de quienes han sido verdaderamente elegidos por Dios nuestro Señor.
22(2)
Y me alegré de que la raíz vigorosa de su fe, de la que se habla desde tiempos
antiguos, permanece hasta ahora y da frutos en nuestro Señor Jesucristo, que
acepto por nuestros pecados llegar hasta la muerte; y Dios lo resucito
librándolo de los sufrimientos del infierno. (3)
Sin verlo, vosotros creísteis en él, con un gozo inefable y glorioso (1P
1,8) al cual muchos desean llegar, y vosotros sabéis que han sido salvados
por gracia, no por sus obras, sino por la voluntad de Dios por Jesucristo.
Por tanto, ceñíos vuestras cinturas y servid a Dios en el temor y la verdad (1P
1,13; ver
1P 2,11)
dejando a un lado las palabras falsas y el error de la multitud, creyendo en
Aquel que ha resucitado a nuestro Señor Jesucristo de entre los muertos, y le ha
dado la gloria (1P
1,21), y un trono a su derecha (4).
A él le está todo sometido, en el cielo y sobre la tierra (ver
Ph 2,10 Ph 3,21);
a él le obedece todo lo que respira, él vendrá a juzgar a vivos y muertos (Ac
10,42), y Dios pedirá cuenta de su sangre a quienes no aceptan creer en
él. Aquel que lo ha resucitado de entre los muertos, también nos resucitará a
nosotros (2Co
4,14), si hacemos su voluntad y caminamos en sus mandamientos, y si
amamos lo que él amó, absteniéndonos de toda injusticia, arrogancia, amor al
dinero, murmuración, falso testimonio, no devolviendo mal por mal, injuria por
injuria (1P
3,9), golpe por golpe, maldición por maldición, acordándonos de lo que
nos ha ensenado el Señor, que dice: "No juzgéis, para no ser juzgados; perdonad
y se os perdonará; haced misericordia para recibir misericordia; la medida con
que midáis se usará también con vosotros, y bienaventurados los pobres y los que
son perseguidos por la justicia, porque de ellos es el reino de Dios(5).
Fe, esperanza y caridad
No es por mí mismo, hermanos, que os escribo esto sobre la justicia, sino
porque vosotros primero me invitasteis. Porque ni yo, ni otro como yo, podemos
acercarnos a la sabiduría del bienaventurado y glorioso Pablo, que estando entre
vosotros, hablándoos cara a cara a los hombres de entonces (sobre el asunto de
la predicación de Pablo en Filipos, ver
Ac 16,12-40),
enseñó con exactitud y con fuerza la palabra de verdad, y luego de su partida
os escribió una carta; si la estudiáis atentamente podréis crecer en la fe que
les ha sido dada; ella es la madre de todos nosotros, seguida de la esperanza y
precedida del amor por Dios, por Cristo y por el prójimo. El que permanece en
estas virtudes ha cumplido los mandamientos de la justicia; pues el que tiene la
caridad está lejos de todo pecado (6).
Que todos llevéis una vida digna de la fe que profesáis
El principio de todos los males es el amor al dinero (7) Sabiendo, por tanto,
que nada hemos traído al mundo y que no nos podremos llevar nada (1Tm
6,7), revistámonos con las armas de la justicia (ver
2Co 6,7),
y aprendamos primero nosotros mismos a caminar en los mandamientos del Señor.
Después, enseñad a sus mujeres a caminar en la fe que les ha sido dada, en la
caridad, en la pureza, a amar a sus maridos con toda fidelidad, a amar a todos
los otros igualmente con toda castidad y a educar a sus hijos en el conocimiento
del temor de Dios (8).
Que las viudas sean sabias en la fe del Señor, que intercedan sin cesar por
todos, que estén lejos de toda calumnia, murmuración, falso testimonio, amor al
dinero y de todo mal; sabiendo que son el altar de Dios, que Él examinara todo y
que nada se le oculta de nuestros pensamientos, de nuestros sentimientos, de los
secretos de nuestro corazón (ver
1Co 14,25)
(9).
Sabiendo que de Dios nadie se burla (Ga
6,7), debemos caminar de una forma digna de sus mandamientos y de su
gloria.
Igualmente que los diáconos sean irreprochables delante de su justicia, como
servidores de Dios y de Cristo, y no de los hombres: ni calumnia, ni doblez, ni
amor al dinero; sino castos en todas las cosas, misericordiosos, solícitos,
caminando según la verdad del Señor que se ha hecho el servidor de todos (10).
Si le somos agradables en el tiempo presente, Él nos dará a cambio el tiempo
venidero, puesto que nos ha prometido resucitarnos de entre los muertos y que,
si nuestra conducta es digna de Él, también reinaremos con Él (2Tm
2,12), si al menos tenemos fe.
Del mismo modo, que los jóvenes sean irreprochables en todo, velando ante todo
por la pureza, refrenando todo mal que esté en ellos. Porque es bueno cortar los
deseos de este mundo, pues todos los deseos combaten contra el Espíritu (ver
1P 2,11),
y ni los fornicadores, ni los afeminados, ni los sodomitas tendrán parte en el
reino de Dios (ver
1Co 6,9-10),
ni aquellos que hacen el mal. Por eso deben abstenerse de todo esto y estar
sometidos a los presbíteros y a los diáconos como a Dios y a Cristo (11).
Las vírgenes deben caminar con una conciencia irreprensible y pura.
Los presbíteros
También los presbíteros deben ser misericordiosos, compasivos con todos; que
devuelvan al recto camino a los descarriados, que visiten a todos los enfermos,
sin olvidar a la viuda, al huérfano, al pobre, sino pensando siempre en hacer el
bien delante de Dios y de los hombres (12). Que se abstengan de toda cólera,
acepción de personas, juicio injusto; que estén alejados del amor al dinero, que
no piensen mal rápidamente de alguien, que no sean duros en sus juicios,
sabiendo que todos somos deudores del pecado.
Si pedimos al Señor que nos perdone, también nosotros debemos perdonar, pues
estamos ante los ojos de nuestro Señor y Dios, y todos deberemos comparecer ante
el tribunal de Cristo, y cada uno deberá dar cuenta de sí mismo (ver
Rm 14,10-12).
Por tanto, sirvámosle con temor y mucha circunspección, conforme él nos lo ha
mandado, al igual que los Apóstoles que nos han predicado el Evangelio y los
profetas que nos anunciaron la venida de nuestro Señor. Seamos celosos para lo
bueno, evitemos los escándalos, los falsos hermanos y los que llevan con
hipocresía el nombre del Señor, haciendo errar a los cabezas huecas (kenoys
anthropoys, literalmente: hombres vacíos).
Advertencia contra el docetismo
Todo, en efecto, el que no confiesa que Jesucristo vino en la carne es un
anticristo, y el que no acepta el testimonio de la cruz es del diablo, y el que
tergiversa las palabras del Señor según sus propios deseos y niega la
resurrección y el juicio, ése es el primogénito de Satanás (13).
Por eso, abandonemos los vanos discursos de las multitudes y las falsas
doctrinas, y volvamos a la enseñanza que nos ha sido transmitida desde el
principio. Permaneciendo sobrios para la oración (ver
1P 4,7),
constantes en los ayunos, suplicando en nuestras oraciones a Dios, que lo ve
todo, que no nos introduzca en la tentación (Mt
6,13), pues el Señor ha dicho: El Espíritu está dispuesto, pero la carne
es débil (Mt
26,41).
Esperanza y paciencia
Perseveremos constantemente en nuestra esperanza (14) y en las primicias de
nuestra justicia, que es Jesucristo, que llevo al madero nuestros pecados en su
propio cuerpo (ver
1P 2,24),
él, que no había cometido pecado, en quien no se había encontrado falsedad en su
boca (1P
2,22). Pero por nosotros, para que nosotros viviéramos en él, lo soporto
todo.
Seamos, pues, los imitadores de su paciencia, y si sufrimos por su nombre,
glorifiquémoslo. Porque éste es el ejemplo que él nos ha dado en sí mismo, y
esto es lo que nosotros hemos creído (ver
1P 4,16 1P 2,21).
Os exhorto a todos a obedecer a la palabra de justicia, y a perseverar con toda
paciencia, la que habéis visto con sus ojos no solo en los bienaventurados Ignacio, Zósimo y Rufo, sino también en otros de entre
vosotros, en Pablo mismo y en los
demás Apóstoles. Convencidos de que todos éstos no han corrido en vano (Ga
2,2 Ph 2,16),
sino en la fe y la justicia, y que están en el lugar que les corresponde junto
al Señor con los que han sufrido. Ellos no amaron este siglo presente (ver
2Tm 4,10),
sino a aquel que murió por nosotros y que Dios resucito por nosotros.
Caridad fraterna (A partir de este capítulo no tenemos el texto griego de la
carta, sino una antigua versión latina)
Permaneced, por tanto, en estos (sentimientos) e imitad el ejemplo del Señor,
firmes e inconmovibles en la fe, amando a los hermanos, amándose unos a otros,
unidos en la verdad, teniéndose paciencia unos a otros con la mansedumbre del
Señor, no despreciando a nadie (15).
Cuando podéis hacer el bien, no lo posterguéis, pues la limosna libera de la
muerte (Tb
12,9). Todos vosotros estad sometidos los unos a los otros, teniendo una
conducta irreprensible entre los paganos, para que por vuestras buenas obras
(también) recibáis la alabanza y el Señor no sea blasfemado por causa de
vosotros
(ver 1P 2,12).
Pero pobre de aquel por quien sea blasfemado el nombre del Señor (ver
Is 52,5).
Enseñad, pues, a todos la sobriedad en la que vivís vosotros mismos (16).
El caso de Valente (17)
Estoy muy apenado por Valente, que fue presbítero por algún tiempo entre
vosotros, (al ver) que ignora hasta tal punto el cargo que se le había dado. Por
tanto, os advierto que os abstengáis de la avaricia y que seáis castos y veraces.
Absteneos de todo mal. Quien no se puede gobernar a sí mismo en esto, ¿cómo
puede enseñarlo a los otros? Si alguno no se abstiene de la avaricia, se dejara
manchar por la idolatría y será contado entre los paganos que ignoran el juicio
del Señor (ver
Jr 5,4).
¿O acaso ignoramos que los santos juzgaran al mundo, como lo enseña Pablo? (ver
1Co 6,2).
Yo no oí ni vi nada semejante en vosotros, entre quienes trabajó el
bienaventurado Pablo, vosotros que estáis al comienzo de su epístola (18). De
vosotros, en efecto, él se gloría delante de todas las iglesias (ver
2Th 1,4),
las únicas que entonces conocían a Dios, puesto que nosotros todavía no lo
conocíamos (19).
Así, pues, hermanos, estoy muy triste por él y por su esposa, a ellos les
conceda el Señor la penitencia verdadera (ver
2Tm 2,25).
Vosotros sed sobrios, también en esto, y no los consideréis como a enemigos (ver
2Th 3,15),
sino que volváis a llamarlos como a miembros sufrientes y extraviados. Haciendo
esto os construís a vosotros mismos (20).
Recomendaciones finales
Confío en que estáis bien ejercitados en las santas Escrituras, y que nada
ignoráis. Yo, por mi parte, no tengo este don. Ahora (os digo), como está dicho
en las Escrituras: Enojaos y no pequéis, y que el sol no se ponga sobre vuestra ira (Ps
4,5). Feliz quien se acuerda. Creo que sucede así con vosotros
.
Que Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, y él mismo, el pontífice eterno,
el Hijo de Dios, Jesucristo (ver
He 6,20 He 7,13),
os edifiquen en la fe y en la verdad, en toda mansedumbre, sin cólera, en
paciencia y en magnanimidad, en tolerancia y en castidad. Y os dé parte en la
herencia de sus santos (21), y a nosotros con vosotros, y a todos los que están
bajo el cielo, que creen en nuestro Señor Jesucristo y en su Padre, que lo
resucitó de entre los muertos.
Orad por todos los santos. Orad también por los reyes, por las autoridades y los
príncipes, por los que os persiguen y os odian, y por los enemigos de la cruz
(ver Mt 5,44 1Tm 2,2 Jn 15,16 1Tm 4,15 1Tm 1,4 Col 2,10 Col 3,18);
de modo que su fruto sea manifiesto para todos, y vosotros seáis perfectos en él.
Un trozo de la primera carta a los Filipenses (Del capítulo 13 se conserva el
texto griego merced a Eusebio de Cesarea, HE III,36,14-15. P. N. Harrison,
Polycarp's two Epistles to the Philippians, Cambridge,1936, separó todo este
capítulo 13, considerándolo una esquela de Policarpo respondiendo a una carta de
los Filipenses. El resto de la actual epístola (caps. 1-12.14) sería una carta
de consejo y exhortación escrita más tarde (según Harrison mucho más tarde).
Tendríamos, por tanto, dos epístolas de Policarpo, las cuales habrían sido
reunidas en una sola ya antes de Eusebio de Cesarea. En la actualidad los
especialistas aceptan la hipótesis de Harrison, pero señalan que la segunda
carta (la "larga") debe colocarse en una fecha muy próxima a la primera (la
"breve").
Vosotros e Ignacio me habéis escrito, para que si alguien va a Siria también lleve
vuestra carta Lo haré, si encuentro una ocasión favorable, sea yo mismo,
sea aquel que enviaré para que nos represente. (Ignacio de Antioquía le había
pedido a Policarpo que enviase un mensajero a Antioquía, a fin de llevarles a
los cristianos sus felicitaciones y animándolos (ver Ep. a Policarpo 7,2; 8,1).
La comunidad de Filipos, según parece, les había escrito a los Antioquenos con
idéntica finalidad. Policarpo responde con esta primera carta.)
Conforme me lo pedisteis, os mandamos las cartas de Ignacio, las que él nos
envió y todas las demás que tenemos entre nosotros. Ellas van unidas a la
presente carta, y vosotros podréis obtener gran provecho; porque ellas contienen
fe, paciencia y toda edificación relacionada con nuestro Señor. Hacednos saber
lo que sepáis con certeza del mismo Ignacio y de sus compañeros. ("Os mandamos
las cartas de Ignacio." Esta frase parece indicar que, con mucha probabilidad,
muy pronto se formó un corpus de las cartas de Ignacio. Policarpo no tenía
dificultad en reunir todas las epístolas de Ignacio a las iglesias de Asia. Esto
permite conjeturar que no formaba parte del corpus la carta a los Romanos, que
ha sido transmitida de forma independiente. - Desde "Hacednos saber..." el texto
solo se conserva en latín. "Ignacio y sus compañeros" es la traducción de "qui cum eo sunt").
(A partir de este capítulo se retoma el texto, en su versión latina,
de la segunda carta. Crescente no es el secretario de Policarpo, sino el
portador de la carta (ver Ignacio de Antioquía, Rom 10,1; Filad. 11,2; Esmir.
12,1)).
Os escribo esto por Crescente, a quien recientemente os recomendé y ahora (de
nuevo) os recomiendo. Se ha conducido entre nosotros de forma irreprochable; y
creo que lo hará entre vosotros de la misma manera. También os recomiendo su
hermana, cuando ella llegue entre vosotros. Sed perfectos en el Señor
Jesucristo, y en su gracia con todos los suyos. Amén. (También se Podría
traducir, esta última frase, por "Compórtense bien en el Señor Jesucristo"
(Incolumes estote in domino Iesu Christo)).
1. EUSEBIO, Historia Eclesiástica, quería. 20,3-8.
Notas
(1) 1 Sobre el tema de la "Iglesia de Dios que habita como extranjera" (o
peregrina; paroiken), ver
Gn 12,10 Gn 17,10 Lc 24,28 Ep 2,19 He 11,9-10,13.
Las diademas de los santos son las cadenas, sufrimientos y persecuciones que
sufren por confesar su fe en Jesucristo. Ver Ignacio de Antioquía, Ep. a los
Efesios 11,2.
(2) IRENEO, Adversus Haereses, III,3,4.
(3) Ac 2,24. Los pasajes subrayados indican una cita más literal de un
texto de la Escritura. Pero el lector no debería centrar su atención solamente
en las palabras subrayadas, sino más bien en todo el conjunto dentro del cual se
inserta el pasaje, y su resonancia particularmente con las epístolas del NT.
(4) Aquí el vocablo multitud se refiere evidentemente a los no cristianos,
particularmente a la multitud de los paganos, a los que Policarpo asocia los
herejes con sus vanas especulaciones seductoras. (Ver
1Tm 1,6 Tt 3,9)
(5) Policarpo combina varias reminiscencias evangélicas, si es que se puede
hablar así: Mt 7,1 Lc
6,37 Mt 5,7 Lc 6,38 Mt 5,3.
(6) No debe leerse este pasaje como si Policarpo estableciese una relación
teológica entre las virtudes teologales, más bien apunta a poner de relieve su
dignidad; ver
1Co 13,14
(7) Ver 1Tm
6,10. La reacción fuerte de Policarpo contra la avaricia, como un vicio
totalmente opuesto al Espíritu del Evangelio, es uno de los temas principales de
la carta. Puede tomarse como punto de partida para una reflexión sobre la
cuestión en la Iglesia de nuestros días.
(8) El párrafo entero parece inspirarse en ciertas exhortaciones paulinas; ver
Ep 5,21 Ep 6,4 Col 3,18,
entre otras. Ver asimismo
1Co 1,3 1Co 21,6ss.
(9) Para el tema de las viudas en la Iglesia primitiva ver
1Tm 5,13-16 Tt 2,3-4;
Tertuliano llegara a decir que ellas son "aram Dei mundam", Ad uxorem
1,7
(10) Para los diáconos, ver
1Tm 3,8-13.
Sobre Cristo servidor de todos, ver
Mt 20,28.
Ignacio de Antioquía se refiere a menudo a los diáconos en sus cartas (ver Magn.
6,1; Trall. 2,3; Esmir. 10,1).
(11) Para los diáconos, ver
1Tm 3,8-13.
Sobre Cristo servidor de todos, ver Mt 20,28. Ignacio de Antioquía se refiere a
menudo a los diáconos en sus cartas (ver Magn. 6,1; Trall. 2,3; Esmir. 10,1).
(12).Ver Pr
3,4 Rm
12,17 2Co
8,21. La teología pastoral-moral que expone Policarpo tiene mucha
similitud con la que hallamos en
1Tm 3,2-7 Tt 1,6-9,
e Ignacio de Antioquía, Ep. a Policarpo 4-5.
(13) Ver 1Jn
4,2-3. Los docetistas negaban la realidad de la carne de Cristo; por
tanto, no admitían su pasión y resurrección, haciendo así vano el testimonio de
la cruz (ver
1Jn 5,6-8 Jn 19-20; Ignacio de Antioquía, Mag. 11; Trall. 9-11; Esmir. 1-7).
(14) Cristo nuestra esperanza: ver
1Tm 1,1 Col 1,27;
Ignacio de Antioquía, Ef. 1,2; 21,2; Mag. 11; Flp. 11,2.
(15) En este párrafo (X,1) Policarpo combina varios pasajes del NT:
Col 1,23 1Co 15,58 1P 2,17 1P 3,8 1P 5,9 Jn 13,34 Rm 13,8.
(16) Sobriedad (sobrietas, sophrosynè): comprende también la salud Espiritual,
el sentido común y la moderación, junto con el control de los sentidos, la
templanza y la castidad. Ver
Rm 12,3 Rm 1
(s"phrosynè unida a la fe, caridad y santidad). Ver asimismo Ignacio de
Antioquía, Ef. 10,3 (la une a la pureza).
(17) De este presbítero solo conocemos aquello que nos dice Policarpo:
arrastrado por la avaricia, el amor al dinero, se vio envuelto en una falta
grave que le significo la destitución de su ministerio. Sobre la avaricia como
una forma de idolatría y una suerte de impureza, ver Ef 5,5; Col 3,5.
(18) Estas palabras, de las que no tenemos el texto griego, son poco claras, y
de difícil explicación. Se han presentado tres soluciones: 1) leer evangelio en
vez de epístola: los Filipenses son las primicias de la predicación del
evangelio en Grecia (ver
Ph 4,15);
2) a partir de
2Co 3,2,
comprender que los Filipenses fueron, desde el inicio, la carta de recomendación
de Pablo; 3) suponer una errónea traducción del griego y leer: "vosotros fuisteis
alabados por Pablo al inicio de la carta que él os escribió" (ver Ph 1,3-9).
(19) El evangelio fue predicado en Esmirna después de la conversión de los
Filipenses. La primera mención de Esmirna, en campo cristiano, la hallamos en
Ap 2,8.
(20) Idéntica actitud hacia los pecadores manifiesta Ignacio de Antioquía, Ef.
10,1-3. Sobre la Iglesia como cuerpo viviente que se construye por medio del
crecimiento de cada uno de sus miembros, ver
Ep 4,15-16 Col 2,19;
Ignacio de Antioquía, Esmir. 11.
(21) Ver Col
12,12 Ac
8,21. Los santos son los cristianos. Se trata de un término heredado del
AT (ver, por ejemplo,
Ex 19,6),
y que aparece con bastante frecuencia en el NT (ver
1Co 6,1 2Co 1,1 Ep 2,19 Ep 3,8 Ph 4,22).
Junto con hermanos, creyentes, discípulos, se convertirá en un nombre propio
para designar a los cristianos (ver Ignacio de Antioquía, Magn. 4,1).
| Historia |
Arístides escribió una Apología dirigida al emperador Adriano, o tal vez a su sucesor, Antonino Pio, hacia la mitad del siglo II. Su estilo y su pensamiento son de gran simplicidad. Los hombres se dividen en tres "géneros", los paganos, los judíos y los cristianos; Arístides se ocupa en mostrar la superioridad doctrinal y moral de los cristianos sobre todos los demás. La obra nos ha llegado a través de traducciones armenia y siríaca, y también, aunque algo fragmentariamente, en su texto original griego, incorporado a otras obras de la literatura patrística posterior.
Yo, ¡oh rey!, por providencia de Dios, vine a este mundo y, habiendo contemplado
el cielo y la tierra y el mar, el sol y la luna y lo demás, me quedé maravillado
de su orden. Pero, viendo que el mundo y todo cuanto en él hay se mueve por
necesidad, entendí que el que lo mueve y lo mantiene es más fuerte que lo
mantenido. Digo, pues, ser Dios, el mismo que lo ha ordenado todo y lo mantiene
fuertemente asido, sin principio y eterno, inmortal y sin necesidades, por
encima de todas las pasiones y defectos, de la ira y del olvido y de la
ignorancia y de todo lo demás; por El, empero, subsiste todo. No necesita de
sacrificio ni de libación ni de nada de cuanto aparece; todos, empero, necesitan
de Él.
Dichas estas cosas acerca de Dios, tal como yo he alcanzado a hablar sobre El,
pasemos también al género humano, para ver quiénes de entre los hombres
participan de la verdad y quienes del error. Porque para nosotros es evidente, ¡oh
rey, que hay tres géneros de hombres en este mundo: los adoradores de los que
entre vosotros llamáis dioses, los judíos y los cristianos; y a su vez, los que
veneran a muchos dioses se dividen también en tres géneros: los caldeos, los
griegos y los egipcios, porque éstos fueron los guías y maestros de las demás
naciones en el culto y adoración de los dioses de muchos hombres.
Veamos, pues, quienes de éstos participan de la verdad y quienes del error. Los
caldeos, en efecto, por no conocer a Dios, se extraviaron tras los elementos y
empezaron a adorar a las criaturas en lugar de Aquel que los había creado. Y
haciendo de aquellos ciertas representaciones, los llamaron imágenes del cielo y
de la tierra y del sol y de la luna y de los demás elementos o luminares: y,
encerrándolos en templos, los adoran, dándoles nombre de dioses, y los guardan
con toda seguridad para que no sean robados por ladrones, sin caer en la cuenta
que lo que guarda es mayor que lo guardado, y el que hace, mayor que su propia
obra. Porque si los dioses de ellos son impotentes para su propia salvación,
¿cómo podrán dar la salvación a otros? Luego, se extraviaron los caldeos, dando
culto a imágenes muertas e inútiles.
Y se me ocurre maravillarme, ¡oh rey!, como los llamados entre ellos filósofos
no comprendieron en absoluto que también los mismos elementos son corruptibles.
Si, pues, los elementos son corruptibles y sometidos por necesidad, ¿cómo son
dioses? Y si los elementos no son dioses, ¿cómo lo son las imágenes hechas en
honor de aquellos?
Pasemos, pues, ¡oh rey!, a los elementos mismos, para demostrar que no son
dioses, sino corruptibles y mudables, sacados de la nada por mandato del Dios
verdadero, el que es incorruptible, inmutable e invisible, pero El todo lo ve, y
todo lo cambia y transforma como quiere. ¿Qué digo, pues, acerca de los
elementos?
Los que creen que la tierra es diosa, se equivocan, pues la vemos injuriada y
dominada por los hombres, cavada y ensuciada y que se vuelve inútil. Porque si
se la cuece se convierte en muerta, pues de una teja nada nace. Además, si se la
riega demasiado, se corrompe lo mismo ella que sus frutos. Es también pisada por
los hombres y por los otros animales, se mancha de la sangre de los asesinatos,
es cavada y se llena de cadáveres y se convierte en depósito de muertos. Siendo
esto así, no es posible que la tierra sea diosa, sino obra de Dios para utilidad
de los hombres.
Los que piensan que el agua es Dios, yerran, pues también ella fue hecha para
utilidad de los hombres y es por ellos dominada; se mancha y se corrompe, y se
cambia al hervir y se muda en colores y se congela por el frío. Y es conducida
para el lavado de todas las inmundicias. Por eso, imposible que el agua sea
Dios, sino obra de Dios.
Los que creen que el fuego es Dios, se equivocan; porque el fuego fue hecho para
utilidad de los hombres, y es dominado por ellos, al llevarle de un lugar a otro
para conocimiento y asación de toda clase de carnes y hasta para la cremación de
los cadáveres. Se corrompe además y de muchos modos al ser apagado por los
hombres. Por eso, no es posible que el fuego sea Dios, sino obra de Dios.
Los que creen que el soplo de los vientos es Dios, se equivocan, pues es
evidente que está al servicio de otro y que ha sido preparado por Dios en gracia
a los hombres para mover las naves y transportar los alimentos y para sus demás
necesidades. Además crece y cesa en ordenación de Dios. Por tanto, no es posible
pensar que el viento es Dios, sino obra de Dios.
Los que creen que el sol es Dios, se equivocan, pues vemos que se mueve por
necesidad y que cambia y que pasa de signo, poniéndose y saliendo, para calentar
las plantas y las hierbas en utilidad de los hombres. Vemos también que tiene
divisiones con los demás astros, que es mucho menor que el cielo, que sufre
eclipses de luz y que no goza de autonomía alguna. Por eso, no es posible pensar
que el sol sea Dios, sino obra de Dios.
Los que piensan que la luna es diosa, se equivocan, pues vemos que se mueve por
necesidad y que pasa de signo en signo, poniéndose y saliendo para utilidad de
los hombres, que es menor que el sol, que crece y mengua y sufre eclipses. Por
eso, no es posible pensar que la luna sea diosa, sino obra de Dios.
Los que creen que el hombre es Dios, yerran; pues vemos que es concebido por
necesidad y que se alimenta y envejece aun contra su voluntad. Unas veces está
alegre, otras triste, y necesita de comida y bebida y vestidos. Vemos además que
es iracundo y envidioso y codicioso, que cambia en sus propósitos y tiene mil
defectos. Se corrompe también de muchos modos por obra de los elementos y de los
animales y de la muerte, que le está impuesta. No es, pues, admisible que el
hombre sea Dios, sino obra de Dios.
Se extraviaron, pues, los caldeos en pos de sus concupiscencias, pues adoran a
los elementos corruptibles y a las imágenes muertas y no se dan cuenta de que
las divinizan.
Vengamos, pues, también a los griegos, para ver si tienen alguna idea sobre
Dios. Ahora bien, los griegos, que dicen ser sabios, se mostraron más necios que
los caldeos, introduciendo muchedumbre de dioses que nacieron, unos ¿cómo, otros
hembras, esclavos de todas las pasiones y obradores de toda especie de
iniquidades; dioses, de quienes ellos mismos contaron haber sido adúlteros y
asesinos, iracundos y envidiosos y rencorosos, parricidas y fratricidas,
ladrones y rapaces, cojos y jorobados, y hechiceros y locos. De ellos unos
murieron, otros fueron fulminados, otros sirvieron a los hombres como esclavos,
otros anduvieron fugitivos, otros se golpearon de dolor y se lamentaron, otros
se transformaron en animales.
Por donde se ve, ¡oh rey!, cuan ridículas y necias e impías palabras
introdujeron los griegos al dar nombre de dioses a seres tales, que no lo son,
lo que hicieron siguiendo sus malos deseos, a fin de que, teniendo a aquellos
por abogados de su maldad, pudieran ellos entregarse al adulterio, a la rapiña,
al asesinato y a toda clase de vicios. Porque si todo eso lo hicieron los
dioses, como no habrán de hacerlo también los hombres que les dan culto?
Consecuencia, pues, de todas estas obras del error fue que los hombres sufrieron
guerras continuas y matanzas y amargas cautividades.
Mas si queremos ir recorriendo con nuestro discurso cada uno de sus dioses,
veras absurdos sin cuento. De este modo, introducen antes que todo un dios
Crono, y a este le sacrifican sus propios hijos. Crono tuvo muchos hijos de Rea
y, finalmente volviéndose loco, se come a sus propios hijos. Dicen también que
Zeus le cortó las partes viriles y las arrojo al mar, de donde se cuenta que
nació Afrodita. Atando, pues, Zeus a su propio padre, lo arrojo al Tártaro.
¿Ves el extravió e imprudencia que introducen contra su propio Dios? Conque es
admisible que Dios sea atado y mutilado? ¡Oh insensatez! Quien, en su sano
juicio, puede decir tales cosas?
El segundo introducen a Zeus, de quien dicen que es rey de todos sus dioses y
que toma la forma de animales para unirse con mujeres mortales. Y, en efecto,
cuentan que se transforma en toro para Europa y Pasifae; en oro para Dánae, en
cisne para Leda; en sátiro para Antíope, y en rayo para Smele, y que luego de
estas le nacieron muchos hijos: Dionisio, Zeto, Anfin, Heracles, Apolo y
Artemisa, Perseo, Castor, Helena y Pólux, Minos, Radamante, Sarpedn y las siete
hijas que llamaron musas. Luego igualmente introducen la fabula de Ganimedes.
Sucedió, pues, !oh rey!, que los hombres imitaron todo esto y se hicieron
adúlteros y pervertidos e, imitando a su dios, cometieron toda clase de actos
viciosos. ¿Cómo, pues, es concebible que Dios sea adultero y pervertido y
parricida?
Con este introducen a un cierto Hefestos como Dios, y este, cojo y empujando
martillo y tenazas, y haciendo de herrero para ganarse la vida. ¿Es que está
necesitado? Cosa inadmisible, que Dios sea cojo y esté necesitado de los
hombres.
Luego introducen como Dios a Hermes, que es codicioso y ladrón y avaro y
hechicero y estropeado e intérprete de discursos. No se concibe que Dios pueda
ser tales cosas.
También introducen como Dios a Asclepios, médico de profesión, y dedicado a
preparar medicamentos y a componer emplastos para ganarse el sustento, pues
estaba necesitado; luego dicen que fue fulminado por Zeus a causa del hijo del
lacedemonio Tindreo y que así murió. Mas si Asclepios, siendo Dios, no pudo,
fulminado, ayudarse a sí mismo, ¿cómo ayudar a los otros?
También introducen como Dios a Ares, que es guerrero y envidioso y codicioso de
rebaños y de otras cosas, del que cuentan que, cometiendo más tarde un adulterio
con Afrodita, fue atado por el niño Eros y por Hefestos. ¿Cómo, pues, era Dios
el que fue codicioso y guerrero y atado y adultero?
También introducen como Dios a Dionisio, el que celebra las fiestas nocturnas y
es maestro en embriaguez, y arrebata las mujeres ajenas y que más tarde fue
degollado por los titanes. Si, pues, Dionisio, degollado, no pudo ayudarse a sí
mismo, sino que se volvió loco y era borracho, y anduvo fugitivo, ¿cómo puede
ser Dios?
También introducen a Heracles, que cuentan haberse embriagado y que se volvió
loco y se comió a sus propios hijos, y que, consumido luego por el fuego, así
murió. Mas, ¿cómo puede ser Dios un borracho, que mata a sus hijos y es devorado
por el fuego? Y ¿cómo podrá socorrer a los otros el que no pudo socorrerse a sí
mismo?
También introducen como Dios a Apolo, que es envidioso y que unas veces
empuja el arco y la aljaba, y la citara y la flauta, y se dedica a la
adivinación para los hombres a cambio de paga. ¿Es que está necesitado? Cosa
imposible de admitir que Dios esté necesitado y sea envidioso y citaredo.
Luego introducen a Artemisa, hermana suya, cazadora de oficio, que lleva arco y
aljaba, y anda errante por los montes, sola con sus perros, para cazar algún
ciervo o jabalí. ¿Cómo, pues, puede ser diosa una mujer así, cazadora y errante
con sus perros?
También dicen que es diosa Afrodita, que es una adultera y una vez tuvo por
compañero de adulterio a Ares, otra a Anquises, otra a Adonis, cuya muerte
lloro, yendo en busca de su amante. y hasta cuentan que bajo al Hades para
rescatar a Adonis, de Perséfone, la hija de Hades. ¿Has visto, oh rey,
insensatez mayor que la de introducir una diosa que es adultera y se lamenta y
llora?
También introducen como Dios a Adonis, cazador de oficio y adultero, que murió
violentamente, herido por un jabalí, y no pudo ayudarse en su desgracia. ¿Cómo
se preocupara, pues, de los hombres el adultero, cazador y muerto violentamente?
Todo esto y muchas cosa más, más vergonzosas y peores introdujeron los griegos,
¡oh rey!, fantaseando sobre sus dioses cosas que no es lícito ni decirlas ni
llevarlas en absoluto a la memoria. De ahí, tomando ocasión los hombres de sus
propios dioses, practicaron todo género de iniquidad, de imprudencia e impiedad,
mancillando la tierra y el aire con sus horribles acciones.
En cuanto a los egipcios, que son más torpes y más necios que los griegos,
erraron peor que todas las naciones. Porque no se contentaron con los cultos de
los caldeos y de los griegos, sino que introdujeron como dioses aun animales
irracionales, tanto de la tierra como de agua, y árboles y plantas; y se
mancillaron en toda locura e imprudencia peor que todas las naciones sobre la
tierra.
Porque al principio dieron culto a Isis, que tenía por hermano y marido a
Osiris, el que fue degollado por su hermano Tifón. Y por esta causa, huyo Isis
con su hijo Horus a Biblo de Siria, buscando a Osiris y llorando amargamente
hasta que creció Horus y mato a Tifón. Así, pues, ni Isis tuvo fuerza para
ayudar a su propio hermano y marido, ni Osiris, degollado por Tifón, pudo
protegerse asimismo, ni el mismo Tifón, fratricida, muerto por Horus y por Isis,
hallo medio de librarse a sí mismo de la muerte. Y conocidos por tales
desgracias fueron tenidos por dioses por los insensatos egipcios, los cuales, no
contentos con esto o con los demás cultos de las naciones, introdujeron como
dioses hasta los animales irracionales.
Porque unos de ellos adoraron a la oveja, otros al macho cabrío, otros al
novillo y al cerdo, otros al cuervo y al gavilán y al buitre y al águila, otros
al cocodrilo, otros al gato, al perro y al lobo, y al mono y a la serpiente y al
áspid, y otros a la cebolla y al ajo y a las espinas y a las demás criaturas. Y
no se dan cuenta los desgraciados que ninguna de esas cosas tiene poder alguno;
pues viendo a sus dioses que son comidos por otros hombres y quemados y
degollados y que se pudren, no comprendieron que no son dioses.
Se extraviaron grandemente, pues, los egipcios, los caldeos y los griegos,
introduciendo tales dioses, haciendo imágenes de ellos y divinizando a los
ídolos sordos e insensibles.
Y me maravilla como viendo a sus dioses aserrados y devastados con hacha y
cortados por artífices, y como por el tiempo se hacen viejos, y como se
disuelven y funden, no comprendieron que no había tales dioses. Porque cuando
ninguna fuerza poseen para su propia salvación, ¿cómo tendrán providencia de los
hombres?
Mas sus poetas y filósofos, queriendo con sus poemas y escritos glorificar a sus
dioses, no han hecho sino descubrir mejor su vergüenza y ponerla desnuda a la
vista de todos. Porque si el cuerpo del hombre, aun siendo compuesto de muchas
partes, no desecha ninguno de sus propios miembros, sino que, conservando con
todos unidad irrompible, se mantiene acorde consigo mismo, ¿cómo podrá darse en
la naturaleza de Dios lucha y discordia tan grande? Porque si la naturaleza de
los dioses era una sola, no deba perseguir un dios a otro dios ni degollarle ni
dañarle. Y si los dioses se han perseguido unos a otros, y se han degollado, y
se han robado y se han fulminado, ya no hay una sola naturaleza, sino pareceres
divididos y todos maleficios. De modo que ninguno de ellos es Dios. Luego es
patente, ¡oh rey!, que toda la teoría sobre la naturaleza de los dioses es puro
extravió.
Y ¿cómo no comprendieron los sabios y eruditos de entre los griegos que, al
establecer leyes, sus dioses son condenados por esas leyes? Porque si las leyes
son justas, son absolutamente injustos sus dioses que hicieron cosas contra ley,
como mutuas muertes, hechiceras, adulterios, robos y uniones contra natura; y si
es que todo esto lo hicieron bien, entonces son injustas las leyes, como puestas
contra los dioses. Pero no, las leyes son buenas y justas, pues alaban lo bueno
y prohíben lo malo, y las obras de los dioses son inicuas. Inicuos son, pues,
los dioses de ellos, y reos todos de muerte, e impíos los que introducen dioses
semejantes. Porque si las historias que sobre ellos corren son míticas, entonces
los dioses no son más que palabras; y si son físicas, ya no son dioses los que
tales cosas hicieron y sufrieron; y si son alegóricas, son cuento y nada más.
Queda, pues, ¡oh rey!, demostrando que todos estos cultos de muchos dioses son
obras de extravió y de perdición. Porque no se debe llamar dioses a los que son
visibles y no ven, sino que hay que adorar como Dios al que es invisible y todo
lo ve y todo lo ha fabricado.
Vengamos, pues, también, ¡oh rey!, a los judíos, para ver qué es lo que éstos
también piensan acerca de Dios. Porque éstos, siendo descendientes de Abraham,
Isaac y Jacob, vivieron como forasteros en Egipto y de allí los saco Dios con
mano poderosa y brazo excelso por medio de Moisés, legislador de ellos, y por
muchos prodigios y señales les dio a conocer su poder; pero mostrándose también
ellos desconocidos e ingratos, muchas veces sirvieron a los cultos de las
naciones y mataron a los justos y profetas que les fueron enviados. Luego,
cuando al Hijo de Dios le plugo venir a la tierra, después de insultarle, le
entregaron a Poncio Pilato, gobernador de los romanos, y le condenaron a muerte
de cruz, sin respeto alguno a los beneficios que les había hecho y a las
incontables maravillas que entre ellos haba obrado; y perecieron por su propia
iniquidad. Adoran, en efecto, aun ahora a Dios solo omnipotente, pero no según
cabal conocimiento, pues niegan a Cristo, Hijo de Dios; son semejantes a los
gentiles, por más que en cierto modo parecen acercarse a la verdad, de la que
realmente se alejaron. Esto baste sobre los judíos...
Los cristianos, empero, cuentan su origen del Señor Jesucristo, y éste es
confesado por su Hijo de Dios Altísimo en el Espíritu Santo, bajado del cielo
por la salvación de los hombres. Y engendrado de una virgen santa sin germen ni
corrupción, tomo carne y apareció a los hombres, para apartarlos del error de
los muchos dioses. Y habiendo cumplido su admirable dispensación, gusto la
muerte por medio de la cruz con voluntario designio, según una grande economía,
y después de tres días resucito y subió a los cielos. La gloria de su venida,
puedes, ¡oh rey!, conocerla, si lees la que entre ellos se llama santa Escritura
Evangélica.
Este tuvo doce discípulos, los cuales, después de su ascensión a los cielos,
salieron a las provincias del Imperio y enseñaron la grandeza de Cristo, al modo
que uno de ellos recorrió nuestros mismos lugares predicando la doctrina de la
verdad. De ahí que los que todavía sirven a la justicia de su predicación, son
llamados cristianos. Y éstos son los que más que todas las naciones de la tierra
han hallado la verdad, pues conocen al Dios creador y artífice del universo en
su Hijo Unigénito y en el Espíritu Santo, y no adoran a otro Dios fuera de éste.
Los mandamientos del mismo Señor Jesucristo los tienen grabados en sus corazones
y los guardan, esperando la resurrección de los muertos y la vida del siglo por
venir. No adulteran, no fornican, no levantan falso testimonio, no codician los
bienes ajenos, honran al padre y a la madre, aman a su prójimo y juzgan con
justicia. Los que no quieran se les haga a ellos no lo hacen a otros. A los que
los agravian, los exhortan y tratan de hacérselos amigos, ponen empeño en hacer
bien a sus enemigos, son mansos y modestos... Se contienen de toda unión
ilegitima y de toda impureza... No desprecian a la viuda, no contristan al
huérfano; el que tiene, le suministra abundantemente al que no tiene. Si ven a
un forastero, le acogen bajo su techo y se alegran con él como con un verdadero
hermano. Porque no se llaman hermanos según la carne, sino según el alma...
Están dispuestos a dar sus vidas por Cristo, pues guardan con firmeza sus
mandamientos, viviendo santa y justamente según se lo ordeno el Señor Dios,
dándole gracias en todo momento por toda comida y bebida y por los demás
bienes... Este es, pues, verdaderamente el camino al reino eterno, prometido por
Cristo en la vida venidera.
Y para que conozcas, ¡oh rey!, que no digo estas cosas por mi propia cuenta,
inclínate sobre las Escrituras de los cristianos y hallaras que nada digo fuera
de la verdad.
Con razón, pues, comprendió tu hijo y fue ensenado a servir al Dios vivo y
salvarse en el siglo que está por venir. Porque grandes y maravillosas son las
cosas por los cristianos dichas y obradas, pues no hablan palabras de hombres,
sino de Dios. Las demás naciones, en cambio, yerran y a sí mismas se engañan,
pues andando entre tinieblas chocan unos con otros como borrachos.
Hasta aquí, ¡oh rey!, se ha dirigido a ti mi discurso, el que por la verdad
ha sido mandado a mi mente. Por eso, cesen ya tus sabios insensatos de hablar
contra el Señor; porque les conviene a vosotros venerar al Dios Creador y dar
todo a sus palabras incorruptibles, a fin de que, escapando al juicio y a los
castigos, sean declarados herederos de la vida imperecedera.
Notas
(1) Carta a Diogneto, cap. 2,
(2) Ibid., cap. 3-4.
(3) Ibid., cap. 5-7.
(4) Ibid., cap. 8-10.
| Histora |
Se trata de un breve tratado apologético dirigido a un tal Diogneto que, al
parecer, había preguntado acerca de algunas cosas que le llamaban la atención
sobre las creencias y modo de vida de los cristianos: "Cual es ese Dios en el
que tanto confían; cual es esa religión que les lleva a todos ellos a desdeñar
al mundo y a despreciar la muerte, sin que admitan, por una parte, los dioses de
los griegos, ni guarden, por otra, las supersticiones de los judíos; cual es ese
amor que se tienen unos a otros, y por qué esta nueva raza o modo de vida
apareció ahora y no antes" (Cap. 1).
El desconocido autor de este tratado, compuesto seguramente a finales del siglo
II, va respondiendo a estas cuestiones en un tono más de exhortación Espiritual
y de instrucción que de polémica o argumentación. Literariamente es, sin duda,
la obra más bella y mejor compuesta de la literatura apologética: sus
formulaciones acerca de la postura de los cristianos en el mundo o del sentido
de la salvación ofrecida por Cristo son de una justeza y una penetración
admirables.
Esta antigua obra es una exposición apologética de la vida de los primeros
cristianos, dirigida a cierto Diogneto -nombre puramente honorífico, según la
opinión más difundida- y redactada en Atenas, en el siglo II. Investigaciones
recientes invitan a identificarla con la Apología de Cuadrato al emperador
Adriano, que durante siglos se creyó perdida. Desgraciadamente, el único
manuscrito que se conservaba de este antiguo texto fue destruido en el siglo
pasado, durante la guerra franco-prusiana, en el incendio de la biblioteca de
Estrasburgo. Todas las ediciones y traducciones se basan en ese único
manuscrito, ya desaparecido.
La parte central de esta apología expone un aspecto fundamental de la vida de
los primeros cristianos: el deber de santificarse en medio del mundo, iluminando
todas las cosas con la luz de Cristo. Un mensaje siempre actual, que el Señor ha
recordado a los hombres en estos tiempos últimos con las enseñanzas del Concilio
Vaticano II.
| I. Refutación del politeísmo. |
| II. Refutación del judaísmo. |
| III. Los cristianos en el mundo. |
|
IV. El designio salvador de Dios. |
I. Refutación del politeísmo.
Una vez que te hayas purificado de todos los prejuicios que dominan tu mente y
te hayas liberado de tus hábitos mentales que te engañan, haciéndote como un
hombre radicalmente nuevo puedes comenzar a ser oyente de ésta que tú mismo
confiesas ser una doctrina nueva. Mira, no solo con tus ojos, sino también con
tu inteligencia cual es la realidad y aun la apariencia de ésos que vosotros
creéis y decís ser dioses. Uno es una piedra como las que pisamos; otro es un
pedazo de bronce, no mejor que el que se emplea en los cacharros de nuestro uso
ordinario; otro es de madera, que a lo mejor está ya podrida; otro es de plata,
y necesita de un guardia para que no lo roben; otro es de hierro y el orín lo
corrompe; otro es de arcilla, en nada mejor que la que se emplea para los
utensilios más viles. ¿No están todos ellos hechos de materia corruptible?...
¿No fue el escultor el que los hizo, o el herrero, o el platero o el
alfarero?... No son todos ellos cosas sordas, ciegas, inanimadas, insensibles,
inmóviles? ¿No se pudren todas? ¿No se destruyen todas? Esto es lo que vosotros
llamáis dioses, y a ellos os esclavizáis, a ellos adoráis, para acabar siendo
como ellos. ¿Por eso aborrecéis a los cristianos, porque no creen que eso sean
dioses?... (1).
II. Refutación del judaísmo.
¿Por qué los cristianos no practican la misma religión que los judíos? Los
judíos, en cuanto se abstienen de la idolatría y adoran a un solo Dios de todas
las cosas al que tienen por Dueño soberano, piensan rectamente. Pero se
equivocan al querer tributarle un culto semejante al culto idolátrico del qué
hemos hablado. Porque los griegos muestran ser insensatos al presentar sus
ofrendas a objetos insensibles y sordos; pero éstos hacen lo mismo, como si Dios
tuviera necesidad de ellas, lo cual más parece propio de locura que de verdadero
culto religioso. Porque el que hizo "el cielo y la tierra y todo lo que en ellos
se contiene" (Ps
145,6) y que nos dispensa todo lo que nosotros necesitamos, no tiene
necesidad absolutamente de nada, y es él quien proporciona las cosas a los que
se imaginan dárselas... No es necesario que yo te haya de informar acerca de sus
escrúpulos con respecto a los alimentos, su superstición en lo referente al
sábado, su gloriarse en la circuncisión y su simulación en materia de ayunos y
novilunios: todo eso son cosas ridículas e indignas de consideración. ¿Cómo no
hemos de tener por impío el que de las cosas que Dios ha creado para los hombres
se tomen algunas como bien creadas, mientras que se rechazan otras como inútiles
y superfluas? ¿Cómo no es cosa irreligiosa calumniar a Dios, atribuyéndole que
él nos prohíbe que hagamos cosa buena alguna en sábado? ¿No es digno de irrisión
el gloriarse en la mutilación de la carne como signo de elección, como si con
esto ya hubieran de ser particularmente amados de Dios?... Con esto pienso que
habrás visto suficientemente cuánta razón tienen los cristianos para apartarse
de la general inanidad y error y de las muchas observaciones y el orgullo de los
judíos (2).
III. Los cristianos en el mundo.
En cuanto al misterio de la religión propia de los cristianos, no esperes que lo
podrás comprender de hombre alguno. Los cristianos no se distinguen de los demás
hombres ni por su tierra, ni por su lengua, ni por sus costumbres. En efecto, en
lugar alguno establecen ciudades exclusivas suyas, ni usan lengua alguna
extraña, ni viven un género de vida singular. La doctrina que les es propia no
ha sido hallada gracias a la inteligencia y especulación de hombres curiosos, ni
hacen profesión, como algunos hacen, de seguir una determinada opinión humana,
sino que habitando en las ciudades griegas o bárbaras, según a cada uno le cupo
en suerte, y siguiendo los usos de cada región en lo que se refiere al vestido y
a la comida y a las demás cosas de la vida, se muestran viviendo un tenor de
vida admirable y, por confesión de todos, extraordinario. Habitan en sus propias
patrias, pero como extranjeros; participan en todo como los ciudadanos, pero lo
soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña les es patria, y toda patria
les es extraña.
Se casan como todos y engendran hijos, pero no abandonan a los nacidos. Ponen
mesa común, pero no lecho. Viven en la carne, pero no viven según la carne.
Están sobre la tierra, pero su ciudadanía es la del cielo. Se someten a las
leyes establecidas, pero con su propia vida superan las leyes. Aman a todos, y
todos los persiguen. Se los desconoce, y con todo se los condena. Son llevados a
la muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos
(2Co/06/10). Les falta todo, pero les sobra todo. Son deshonrados, pero se
glorían en la misma deshonra. Son calumniados, y en ello son justificados. "Se
los insulta, y ellos bendicen" (1Co
4,22). Se los injuria, y ellos dan honor. Hacen el bien, y son
castigados como malvados. Ante la pena de muerte, se alegran como si se les
diera la vida. Los judíos les declaran guerra como a extranjeros y los griegos
les persiguen, pero los mismos que les odian no pueden decir los motivos de su
odio.
Para decirlo con brevedad, lo que es el alma en el cuerpo, eso son los
cristianos en el mundo. El alma está esparcida por todos los miembros del
cuerpo, y los cristianos lo están por todas las ciudades del mundo. El alma
habita ciertamente en el cuerpo, pero no es del cuerpo, y los cristianos habitan
también en el mundo, pero no son del mundo. El alma invisible está en la prisión
del cuerpo visible, y los cristianos son conocidos como hombres que viven en el
mundo, pero su religión permanece invisible. La carne aborrece y hace la guerra
al alma, aun cuando ningún mal ha recibido de ella, solo porque le impide
entregarse a los placeres; y el mundo aborrece a los cristianos sin haber
recibido mal alguno de ellos, solo porque renuncian a los placeres. El alma ama
a la carne y a los miembros que la odian, y los cristianos aman también a los
que les odian. El alma está aprisionada en el cuerpo, pero es la que mantiene la
cohesión del cuerpo; y los cristianos están detenidos en el mundo como en un
prisión, pero son los que mantienen la cohesión del mundo. El alma inmortal
habita en una tienda mortal, y los cristianos tienen su alojamiento en lo
corruptible mientras esperan la inmortalidad en los cielos. El alma se mejora
con los malos tratos en comidas y bebidas, y los cristianos, castigados de
muerte todos los días, no hacen sino aumentar: tal es la responsabilidad que
Dios les ha señalado, de la que no sería lícito para ellos desertar.
Porque, lo que ellos tienen por tradición no es invención humana: si se tratara
de una teoría de mortales, no valdría la pena una observancia tan exacta. No es
la administración de misterios humanos lo que se les ha confiado. Por el
contrario, el que es verdaderamente omnipotente, creador de todas las cosas y
Dios invisible, él mismo hizo venir de los cielos su Verdad y su Palabra santa e
incomprensible, haciéndola morar entre los hombres y estableciéndola sólidamente
en sus corazones. No envió a los hombres, como tal vez alguno pudiera imaginar,
a un servidor suyo, algún ángel o potestad de las que administran las cosas
terrenas o alguno de los que tienen encomendada la administración de los cielos,
sino al mismo artífice y creador del universo, el que hizo los cielos, aquel por
quien encerró el mar en sus propios límites, aquel cuyo misterio guardan
fielmente todos los elementos, de quien el sol recibió la medida que ha de
guardar en su diaria carrera, a quien obedece la luna cuando le manda brillar en
la noche, a quien obedecen las estrellas que son el séquito de la luna en su
carrera; aquel por quien todo fue ordenado, delimitado y sometido: los cielos y
lo que en ellos se contiene, la tierra y cuanto en la tierra existe, el mar y lo
que en el mar se encierra, el fuego. el aire, el abismo, lo que está en lo alto,
lo que está en lo profundo y lo que está en medio. A éste envió Dios a los
hombres. Ahora bien, ¿lo envió, como alguno de los hombres Podría pensar, para
ejercer una tiranía y para infundir terror y espanto? Ciertamente no, sino que
lo envió con bondad y mansedumbre, como un rey que envía a su hijo rey, como
hombre lo envió a los hombres, como salvador, para persuadir, no para violentar,
ya que no se da en Dios la violencia. Lo envió para invitar, no para perseguir;
para amar, no para juzgar. Ya llegara el día en que lo envié para juzgar, y
entonces ¿quién será capaz de soportar su presencia?... (3).
IV. El designio salvador de Dios.
65 Dios, Señor y Creador del universo, que hizo todas las cosas y las distinguió
según su orden, no solo se mostro amador de los hombres, sino también magnánimo
con ellos. En realidad siempre fue tal, y lo sigue siendo, y lo será: benévolo,
bueno, sin ira y veraz: solo él es bueno. Y habiendo concebido un designio
grande e inefable, lo comunicó solo con su Hijo. Pues bien, mientras su voluntad
llena de sabiduría se mantenía en secreto y se guardaba, parecía que no se
cuidaba ni se preocupaba de nosotros. Pero después que lo revelo por medio de su
Hijo amado y manifestó lo que tenía preparado desde el principio, nos lo dio
todo de una vez, a saber, no solo tener parte en sus beneficios, sino ver y
comprender lo que ninguno de nosotros hubiera jamás esperado.
Así pues, teniéndolo todo preparado en sí mismo y con su Hijo, hasta el tiempo
próximo pasado nos permitió que nos dejáramos llevar a nuestro antojo por
nuestros desordenados impulsos, arrastrados por los placeres y concupiscencias.
No es que tuviera en manera alguna complacencia en nuestros pecados, pero los
toleraba. Ni tampoco aprobaba entonces aquel tiempo de iniquidad, sino que iba
preparando el tiempo actual de justicia, para que, habiendo quedado en aquel
tiempo convictos par nuestras propias obras de que éramos indignos de la vida,
ahora fuéramos hechos dignos de ella por la bondad de Dios; y habiendo quedado
bien patente que nosotros por nosotros mismos no podíamos entrar en el reino de
Dios, se nos conceda ahora la capacidad de entrar por el poder del mismo Dios.
Cuando nuestra iniquidad llego a su colmo y se puso plenamente de manifiesto que
la paga que podíamos esperar era el castigo y la muerte, llego aquel momento que
Dios había dispuesto de antemano a partir del cual tenía que mostrarse su bondad
y su poder. ¡Oh maravillosa benignidad y amor de Dios para con los hombres! No
nos aborreció, no nos arrojo de si, no nos guardo rencor, sino que se mostró
magnánimo, nos soporto, y compadecido de nosotros cargo sobre si nuestros
pecados. Él mismo "entrego a su propio Hijo" (Rm
8,32) como rescate por nosotros: al santo por los pecadores, al inocente
por los malvados, "al justo por los injustos" (1P
3,18), al incorruptible por los corruptibles, al inmortal por los
mortales. Porque, ¿qué otra cosa podía cubrir nuestros pecados, fuera de su
justicia? ¿En quién podíamos nosotros, malvados e impíos, ser justificados, sino
solo en el Hijo de Dios? ¡Oh dulce trueque! ¡Oh obra insondable! ¡Oh beneficios
inesperados! La iniquidad de muchos quedo sepultada en un solo justo, y la
justicia de uno basto para justificar a muchos malvados.
De esta suerte, habiéndonos convencido Dios en el tiempo pasado de que por
nuestra propia naturaleza no éramos capaces de alcanzar la vida, y habiendo
mostrado ahora al salvador que es capaz de salvar lo imposible, quiso que a
partir de estas dos cosas creyéramos en su bondad y le tuviéramos como
sustentador nuestro, padre, maestro, consejero, médico, inteligencia, luz,
honor, gloria, fuerza, vida, sin que anduviéramos preocupados de nuestro vestido
o comida.
Si deseas llegar a alcanzar también tu esta fe, procura primero alcanzar el
conocimiento del Padre. Porque Dios amo a los hambres, por los cuales hizo el
mundo, a quienes sometió todas las cosas de la tierra, a quienes dio la razón y
la inteligencia, los únicos a quienes concedió mirar hacia arriba para que
pudieran verle, a quienes modelo a su propia imagen, a quienes envió a su Hijo
unigénito (1Jn
4,9), a quienes prometió el reino de los cielos, que dará a los que le
hubieren amado. No tienes idea de la alegría que te llenara cuando llegues a
alcanzar este conocimiento, o del amor que puedes llegar a sentir para con aquel
que primero te amo hasta tal extremo. Y cuando llegues a amarle, te convertirás
en imitador de su bondad. No te maravilles de que el hombre pueda llegar a ser
imitador de Dios: lo puede, si lo quiere Dios. Porque la felicidad no está en
dominar tiránicamente al prójimo, ni en querer estar siempre por encima de los
más débiles, ni en la riqueza, ni en la violencia para con los más necesitados:
en esto no puede nadie imitar a Dios, porque todo esto es ajeno de su grandeza.
Más bien el que toma sobre si la carga de su prójimo, el que en aquello en que
es superior está dispuesto a hacer el bien a su inferior, el que suministra a
los necesitados lo que él mismo recibió de Dios, éste se convierte en Dios de
los que reciben de su mano, éste es imitador de Dios.
Entonces, aunque morando en la tierra, podrás contemplar como Dios es el Señor
de los cielos; entonces empezaras a hablar los misterios de Dios; entonces
amarás y admiraras a los que reciben castigo de muerte por no querer negar a
Dios; entonces condenaras el engaño y el extravió del mundo, cuando conocerás la
verdadera vida del cielo, cuando llegaras a despreciar la que aquí se tiene por
muerte, cuando temerás la muerte verdadera, que está reservada para los
condenados al fuego eterno que ha de castigar hasta el fin a los que a él sean
arrojados. Entonces, cuando hayas llegado a tener conocimiento de aquel fuego,
admiraras a los que por causa de la justicia soportan este fuego temporal, y los
tendrás por bienaventurados (4).
Notas
(1) Carta a Diogneto, cap. 2,
(2) Ibid., cap. 3-4.
(3) Ibid., cap. 5-7.
(4) Ibid., cap. 8-10.
| Historia |
San Justino, mártir, es el Padre apologista griego más importante del siglo II y
una de las personalidades más nobles de la literatura cristiana primitiva. Nació
en Palestina, en Flavia Neápolis, la antigua Siquem. De padres paganos y origen
romano, pronto inició su itinerario intelectual frecuentando las escuelas
estoica, aristotélica, pitagórica y platónica. La búsqueda de la verdad y el
heroísmo de los mártires cristianos provocaron su conversión al cristianismo.
Desde ese momento, permaneciendo siempre laico, puso sus conocimientos
filosóficos al servicio de la fe.
Llegó a Roma durante el reinado de Marco Aurelio (138-161) y allí fundo una
escuela, la primera de filosofía cristiana. Según su discípulo Taciano, a causa
de las maquinaciones del filósofo cínico Crescente, tuvo que comparecer ante el
Prefecto de la Urbe y, por el solo delito de confesar su fe, fue condenado con
otros seis compañeros a muerte, probablemente en el año 165.
De sus variados escritos, solo conservamos dos Apologías, escritas en defensa de
los cristianos, dirigidas al emperador Antonino Pío; y una obra titulada Dialogo
con el judío Trifón, donde defiende la fe cristiana de los ataques del judaísmo.
En esta obra relata autobiográficamente su conversión. En las Apologías, admira
en su exposición el profundo conocimiento de la religión y mitología paganas
-que se propone refutar- y de las doctrinas filosóficas más en boga; como
intenta utilizar cuanto de aprovechable encuentra en el bagaje cultural del
paganismo; su valentía para anunciar a Cristo -sabiendo que se jugaba la vida- y
su capacidad de ofrecer los argumentos racionales más adecuados a la mentalidad
de sus oyentes. Conociendo que la Verdad es solo una y que reside en plenitud en
el Verbo, San Justino sabe descubrir y aprovechar los rastros de verdad que se
encuentran en los más grandes filósofos, poetas e historiadores de la
antigüedad; llega a afirmar en su segunda apología que cuanto de bueno está
dicho en todos ellos nos pertenece a nosotros los cristianos. (Loarte)
San Justino nació en Naplusa, la antigua Siquem, en Samaria, a comienzos del
siglo II. Si lo que él mismo nos narra tiene valor autobiográfico y no es -como
pretenden algunos- mera ficción literaria, se habría dedicado desde joven a la
filosofía, recorriendo, en pos de la verdad, las escuelas estoica, peripatética,
pitagórica y platónica, hasta que, insatisfecho de todas ellas, un anciano le
llamo la atención sobre las Escrituras de los profetas, "los únicos que han
anunciado la verdad". Esto, junto a la consideración del testimonio de los
cristianos que arrostraban la muerte por ser fieles a su fe, le llevo a la
conversión.
Más adelante Justino pasa a Roma, donde funda una especie de escuela
filosófico-religiosa, y muere martirizado hacia el año 165.
Se conocen los títulos de una decena de obras de Justino: de ellas solo se han
conservado dos Apologías (que quizás no son sino dos partes de una misma obra),
y un Dialogo con un judío, por nombre Trifón.
Tanto por la extensión de sus escritos como por su contenido, Justino es el más
importante de los apologetas. Es el primero que de una manera que pudiéramos
decir sistemática intenta establecer una relación entre el mensaje cristiano y
el pensamiento helénicos predeterminando en gran parte, bajo este aspecto, la
dirección que iba a tomar la teología posterior.
La aportación más fundamental de Justino es el intento de relacionar la teología
ontológica del platonismo con la teología histórica de la tradición judaica, es
decir, el Dios que los filósofos concebían como Ser supremo, absoluto y
trascendente, con el Dios que en la tradición semítica aparecía como autor y
realizador de un designio de salvación para el hombre.
En el esfuerzo por resolver el problema de la posibilidad de relación entre el
Ser absoluto y trascendente y los seres finitos, las escuelas derivadas del
platonismo habían postulado la necesidad del Logos en función de intermediario
ontológico: la idea se remonta al "logos universal" de Heráclito, y viene a
expresar que la inteligibilidad limitada del mundo es una expresión o
participación de la inteligibilidad infinita del Ser absoluto.
Justino, reinterpretando ideas del evangelio de Juan, identifica al Logos
mediador ontológico con el Hijo eterno de Dios, que recientemente se ha
manifestado en Cristo, pero que había estado ya actuando desde el principio del
mundo, lo mismo en la revelación de Dios a los patriarcas y profetas de Israel,
que en la revelación natural por la que los filósofos y sabios del paganismo
fueron alcanzando cada vez un conocimiento más aproximado de la verdad.
De esta forma Justino presenta al cristianismo como integrando, en un plan
universal e histórico de salvación, lo mismo las instituciones judaicas que la
filosofía y las instituciones naturales de los pueblos paganos. Así intenta
resolver uno de los problemas más graves de la teología en su época: el de la
relación del cristianismo con el Antiguo Testamento y con la cultura pagana.
Ambas son praeparatio evangelica, estadio inicial y preparatorio de un plan
salvífico, que tendrá su consumación en Cristo.
Sin embargo, al identificar Justino al Logos con el mediador ontológico entre el
Dios supremo y trascendente y el mundo finito, a la manera en que era postulado
de los filósofos, introduce una concepción que inevitablemente tendera hacia el
subordinacionismo y, finalmente, hacia el arrianismo. Cuando Justino afirma que
el Dios supremo no podía aparecerse con su gloria trascendente a Moisés y los
profetas, sino solo su Logos, implícitamente afirma que el Logos no participa en
toda su plenitud de la gloria de Dios y que es en alguna manera inferior a Dios.
Los escritos de Justino son también importantes en cuanto nos dan a conocer las
formas del culto y de la vida cristiana en su tiempo, principalmente en lo que
se refiere a la celebración del bautismo y de la eucaristía. (Josep Vives)
La verdadera sabiduría (Dialogo con Trifón, 1-8)
Una mañana que paseaba bajo los porches del gimnasio, se cruzó conmigo cierto
sujeto:
-¡Salud, filósofo!, me dijo.
Y a la vez que saludaba, se dio la vuelta y se puso a pasear a mi lado, y con él
también sus amigos. Yo le devolví el saludo:
-¿Qué ocurre?, le contesté.
- Me enseñó en Argos Corinto el socrático -respondió- que no se debe descuidar a
los que visten hábito como el tuyo, sino, ante todo, mostrarles estima y buscar
conversación con el fin de sacar algún provecho, pues, aun en el caso de que
saliese beneficiado solo uno de los dos, ya sería un bien para ambos. Por eso,
siempre que veo a alguien con este hábito, me acerco a él con gusto. También los
que me acompañan esperan oír de ti algo de provecho...
-¿Y quién eres tú, oh el mejor de los mortales?, le repliqué, bromeando un poco.
Entonces me indicó, sencillamente, su nombre y su raza:
-Mi nombre es Trifón, y soy hebreo de la circuncisión que, huyendo de la guerra
recientemente finalizada, vivo en Grecia, la mayor parte del tiempo en Corinto.
-¿Y cómo -le respondí- puedes sacar más provecho de la filosofía que de tu
propio legislador y de los profetas?
-¿No tratan de Dios -me replicó- los filósofos en todos sus discursos y no
versan sus disputas sobre su unicidad y providencia? ¿Y no es objeto de la
filosofía investigar acerca de Dios?
-Ciertamente -le dije-, y ésa es también mi opinión; pero la mayoría de los
filósofos ni se plantean siquiera el problema de si hay un solo Dios o muchos,
ni si tiene o no providencia de cada uno de nosotros, pues opinan que semejante
conocimiento no contribuye para nada a nuestra felicidad (...).
Entonces él, sonriendo, dijo cortésmente:
-Y tu ¿qué opinas de esto, qué piensas de Dios y cuál es tu filosofía?
-Te diré lo que me parece claro, respondí. La filosofía, efectivamente, es en
realidad el mayor de los bienes y el más precioso ante Dios, a quien nos conduce
y recomienda (1). Y santos, en verdad, son aquellos que a la filosofía consagran
su inteligencia. Sin embargo, qué es en realidad y por qué fue enviada a los
hombres, es algo que escapa a la mayoría de la gente; pues siendo una ciencia
única, no habría platónicos, ni estoicos, ni peripatéticos, ni teóricos, ni
pitagóricos (...).
(Al llegar a este punto, Justino explica a sus interlocutores como fue pasando
por diversas escuelas filosóficas en busca de la sabiduría, pero ninguna le
satisfizo).
Con esta disposición de ánimo, determiné un día refugiarme en la soledad y
evitar todo contacto con los hombres. Me dirigí a cierto paraje, no lejos del
mar. Cerca ya del lugar, me seguía a poca distancia un anciano de aspecto
venerable. Me di la vuelta y clavé los ojos en él.
-¿Es que me conoces?, preguntó.
Contesté que no.
-Entonces, ¿por qué me miras de esa manera?
-Estoy maravillado -dije- de que hayas venido a parar a este mismo lugar, donde
no esperaba encontrar a hombre alguno.
-Ando preocupado -repuso él- por unos parientes míos que están de viaje. He
venido a mirar si aparecen por alguna parte. Y a ti -concluyo- ¿qué te trae por
acá?
-Me gusta -le dije- pasar así el rato: puedo conversar conmigo mismo sin
estorbo. Para quien ama la meditación no hay parajes tan propios como éstos.
- Luego, ¿eres amigo de la idea y no de la acción y de la verdad? ¿Cómo no
tratas de ser más bien un hombre práctico y no sofista?
-¿Y qué mayor bien hay -le repliqué- que demostrar cómo la idea lo dirige todo
y, concebida en nosotros y dejándonos conducir por ella, contemplar el extravió
de los demás y que en nada de sus ocupaciones hay algo sano y grato a Dios? Sin
la filosofía y la recta razón no es posible que haya prudencia (...).
(El relato continua con las más variadas preguntas del anciano acerca de la
inmortalidad del alma, sus capacidades, la relación de las criaturas con Dios...
Justino intenta responder, pero llega un momento en el que comprende que los
filósofos no son capaces con la sola razón de dar cuenta de todos los
interrogantes que se plantean los hombres.)
-Entonces -volví a replicar-, ¿a quién vamos a tomar por maestro o de dónde
podemos sacar provecho, si ni en éstos, como en Platón o en Pitágoras, se halla
la verdad?
-Existieron hace mucho tiempo -me contestó el viejo- unos hombres más antiguos
que todos éstos tenidos por filósofos; hombres bienaventurados, justos y amigos
de Dios, que hablaron por inspiración divina; y divinamente inspirados
predijeron el porvenir, lo que justamente se está cumpliendo ahora: son los
llamados profetas.
Éstos son los que vieron y anunciaron la verdad a los hombres, sin temer ni
adular a nadie, sin dejarse vencer de la vanagloria; sino, que llenos del
Espíritu Santo, solo dijeron lo que vieron y oyeron. Sus escritos se conservan
todavía y quien los lea y les preste fe, puede sacar el más grande provecho en
las cuestiones de los principios y fin de las cosas y, en general, sobre aquello
que un filósofo debe saber.
No compusieron jamás sus discursos con demostración, ya que fueron testigos
fidedignos de la verdad por encima de toda demostración. Por lo demás, los
sucesos pasados y actuales nos obligan a adherirnos a sus palabras. También por
los milagros que hacían es justo creerles, pues por ellos glorificaban a Dios
Hacedor y Padre del Universo, y anunciaban a Cristo Hijo suyo, que de Él
procede. En cambio, los falsos profetas, llenos del Espíritu embustero e impuro,
no hicieron ni hacen caso, sino que se atreven a realizar ciertos prodigios para
espantar a los hombres y glorificar a los Espíritus del error y a los demonios.
Ante todo, por tu parte, ruega para que se te abran las puertas de la luz, pues
estas cosas no son fáciles de ver y comprender por todos, sino a quien Dios y su
Cristo concede comprenderlas.
Esto dijo y muchas otras cosas que no tengo por qué referir ahora. Se marchó y
después de exhortarme a seguir sus consejos, no le volví a ver jamás. Sin
embargo, inmediatamente sentí que se encendía un fuego en mi alma y se apoderaba
de mí el amor a los profetas y a aquellos hombres que son amigos de Cristo y,
reflexionando sobre los razonamientos del anciano, hallé que ésta sola es la
filosofía segura y provechosa.
De este modo, y por estos motivos, yo soy filósofo, y quisiera que todos los
hombres, poniendo el mismo fervor que yo, siguieran las doctrinas del Salvador.
Pues hay en ellas un no sé qué de temible y son capaces de conmover a los que se
apartan del recto camino, a la vez que, para quienes las meditan, se convierten
en dulcísimo descanso.
Ahora bien, si tú también te preocupas algo de ti mismo y aspiras a tu salvación
y tienes confianza en Dios, como a hombre que no es ajeno a estas cosas, te es
posible alcanzar la felicidad, reconociendo a Cristo e iniciándote en sus
misterios.
Las obras del cristiano (Apología 1,3,10,12,14-17)
Tenemos la obligación de dar ejemplo con nuestra vida y nuestra doctrina, no sea
que hayamos de pagar nosotros el castigo de quienes parecen ignorar nuestra
religión, y así pecaron por su ceguera. Pero también vosotros debéis oírnos y
juzgar con rectitud porque, en adelante, estando instruidos, no tendréis excusa
alguna ante Dios si no obráis justamente (...).
Consideramos de interés para todos los hombres que no se les impida aprender
esta doctrina, sino que se les exhorte a ella, porque lo que no lograron las
leyes humanas, ya lo hubiera realizado el Verbo divino si los malvados demonios
no hubieran esparcido muchas e impías calumnias, tomando por aliada a la pasión
que habita en cada uno, mala para todo, y multiforme por naturaleza: con esos
crímenes nada tenemos que ver nosotros (...).
Vuestra mejor ayuda para el mantenimiento de la paz somos nosotros, pues
profesamos doctrinas como la de que no es posible que un malhechor, un avaro o
un conspirador, pasen inadvertidos a Dios -como tampoco pasa un hombre
virtuoso-. Por el contrario, cada uno camina, según el mérito de sus acciones,
hacia el castigo o hacia la salvación eterna. Si todos los hombres fuesen
conscientes de esto, nadie escogería la maldad por un momento, sabiendo que así
emprendía la marcha hacia su condena eterna en el fuego, sino que por todos los
medios se contendría y se adornaría con las virtudes, para alcanzar los bienes
de Dios y verse libre de la pena. Quienes, por miedo a las leyes y castigos
decretados por vosotros, tratan de ocultarse al cometer sus crímenes, los
cometen conscientes de que sois hombres, y que de vosotros es posible
esconderse. Si supieran y estuvieran persuadidos de que nadie puede ocultar a
Dios, no ya una acción, sino tampoco un pensamiento, al menos por el castigo que
les amenaza, se moderarían (...).
Los que antes nos complacíamos en la disolución, ahora solo amamos la castidad;
los que nos entregábamos a las artes mágicas, ahora nos hemos consagrado al Dios
bueno e ingénito; los que amábamos por encima de todo el dinero y el beneficio
de nuestros bienes, ahora, aun lo que tenemos lo ponemos en común, y de ello
damos parte a todo el que está necesitado; los que nos odiábamos y matábamos, y
no compartíamos el hogar con nadie de otra raza que la nuestra, por la
diferencia de costumbres, ahora, después de la aparición de Cristo, vivimos
juntos y rogamos por nuestros enemigos, y tratamos de persuadir a los que nos
aborrecen injustamente para que, viviendo conforme a los preclaros consejos de
Cristo, tengan la esperanza de alcanzar, junto con nosotros, los bienes de Dios,
soberano de todas las cosas (...).
Sobre la castidad, (Cristo) dijo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha
cometido adulterio en su corazón. Si tu ojo derecho te escandaliza, arráncatelo
y tíralo; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo
tu cuerpo sea arrojado al infierno (Mt
5,28-29). Y el que se casa con una divorciada de otro marido, comete
adulterio (Mt
5,32) (...). Así, para nuestro Maestro, no solo son pecadores los que
contraen doble matrimonio conforme a la ley humana, sino también los que miran a
una mujer para desearla. No solo rechaza al que comete adulterio de hecho, sino
también al que lo querría, pues ante Dios son patentes tanto las obras como los
deseos. Entre nosotros hay muchos y muchas que, hechos discípulos de Cristo
desde la niñez, permanecen incorruptos hasta los sesenta y los setenta años, y
yo me glorío de que os los puedo mostrar de entre toda raza humana. Y esto, sin
contar a la ingente muchedumbre de los que se han convertido después de una vida
disoluta y han aprendido esta doctrina, pues Cristo no llamo a penitencia a los
justos y a los castos, sino a los impíos, a los intemperantes y a los inicuos.
Así lo dijo: no he venido a llamar a penitencia a los justos, sino a los
pecadores (Lc
5,32) (...).
Sus palabras sobre el ejercicio de la paciencia, y sobre el estar prontos a
servir y ajenos a la ira, son éstas: a quien te golpee en una mejilla,
preséntale la otra, y a quien quiera quitarte la túnica o el manto, no se lo
impidas (Lc
6,29). Mas quienquiera que se irrite, es reo del fuego (Mt
5 Mt 22)
A quien te contrate para una milla, acompáñale dos (Mt
5,41). Brillen, pues, vuestras obras delante de los hombres, para que
viéndolas admiren a vuestro Padre que está en los cielos (Mt
5,16). No debemos, pues, ofrecer resistencia. Él no quiere que seamos
imitadores de los malvados, sino que nos exhorto a apartar a todos de la
vergüenza y del deseo del mal por medio de la paciencia y la mansedumbre. Y esto
lo podemos demostrar por muchos que han vivido entre vosotros, que dejaron sus
hábitos de violencia y tiranía, y se convencieron, ora contemplando la
constancia de vida de sus vecinos, ora considerando la extraña paciencia de sus
compañeros de viaje al ser defraudados, ora poniendo a prueba a sus compañeros
de negocio (...).
En cuanto a los tributos y contribuciones, nosotros antes que nadie procuramos
pagarlos a quienes vosotros habéis designado para ello en todas partes: así se
nos enseñó. Cuando se le acercaron algunos para preguntarle si había que pagar
el tributo al César, Él respondió: ¿De quién es esta imagen y esta inscripción?
Le respondieron: Del César. Entonces les dijo: Dad, pues, al César lo que es del
César y a Dios lo que es de Dios (Mt
22,20-21). Por eso, solo adoramos a Dios, pero en todo lo demás os
servimos a vosotros con gusto, reconociendo que sois emperadores y gobernantes
de los hombres y rogando que, junto con el poder imperial, se advierta que
también sois hombres de prudente juicio.
Como los Apóstoles nos enseñaron (Apología 1,65-67)
Después de ser lavado de ese modo, y adherirse a nosotros quien ha creído (2),
le llevamos a los que se llaman hermanos, para rezar juntos por nosotros mismos,
por el que acaba de ser iluminado, y por los demás esparcidos en todo el mundo.
Suplicamos que, puesto que hemos conocido la verdad, seamos en nuestras obras
hombres de buena conducta, cumplidores de los mandamientos, y así alcancemos la
salvación eterna.
Terminadas las oraciones, nos damos el ósculo de la paz. Luego, se ofrece pan y
un vaso de agua y vino a quien hace cabeza, que los toma, y da alabanza y gloria
al Padre del universo, en nombre de su Hijo y por el Espíritu Santo. Después
pronuncia una larga acción de gracias por habernos concedido los dones que de Él
nos vienen. Y cuando ha terminado las oraciones y la acción de gracias, todo el
pueblo presente aclama diciendo: Amén, que en hebreo quiere decir así sea.
Cuando el primero ha dado gracias y todo el pueblo ha aclamado, los que llamamos
diáconos dan a cada asistente parte del pan y del vino con agua sobre los que se
pronuncio la acción de gracias, y también lo llevan a los ausentes.
A este alimento lo llamamos Eucaristía. A nadie le es lícito participar si no
cree que nuestras enseñanzas son verdaderas, ha sido lavado en el baño de la
remisión de los pecados y la regeneración, y vive conforme a lo que Cristo nos
enseñó. Porque no los tomamos como pan o bebida comunes, sino que, así como
Jesucristo, Nuestro Salvador, se encarno por virtud del Verbo de Dios para
nuestra salvación, del mismo modo nos han ensenado que esta comida -de la cual
se alimentan nuestra carne y nuestra sangre - es la Carne y la Sangre del mismo
Jesús encarnado, pues en esos alimentos se ha realizado el prodigio mediante la
oración que contiene las palabras del mismo Cristo. Los Apóstoles -en sus
comentarios, que se llaman Evangelios- nos transmitieron que así se lo ordeno
Jesús cuando, tomo el pan y, dando gracias, dijo: Haced esto en conmemoración
mía; esto es mi Cuerpo. Y de la misma manera, tomando el cáliz dio gracias y
dijo: ésta es mi Sangre. Y solo a ellos lo entrego (...).
Nosotros, en cambio, después de esta iniciación, recordamos estas cosas
constantemente entre nosotros. Los que tenemos, socorremos a todos los
necesitados y nos asistimos siempre los unos a los otros. Por todo lo que
comemos, bendecimos siempre al Hacedor del universo a través de su Hijo
Jesucristo y por el Espíritu Santo.
El día que se llama del sol (el domingo), se celebra una reunión de todos los
que viven en las ciudades o en los campos, y se leen los recuerdos de los
Apóstoles o los escritos de los profetas, mientras hay tiempo. Cuando el lector
termina, el que hace cabeza nos exhorta con su palabra y nos invita a imitar
aquellos ejemplos. Después nos levantamos todos a una, y elevamos nuestras
oraciones. Al terminarlas, se ofrece el pan y el vino con agua como ya dijimos,
y el que preside, según sus fuerzas, también eleva sus preces y acciones de
gracias, y todo el pueblo exclama: Amén. Entonces viene la distribución y
participación de los alimentos consagrados por la acción de gracias y su envió a
los ausentes por medio de los diáconos.
Los que tienen y quieren, dan libremente lo que les parece bien; lo que se
recoge se entrega al que hace cabeza para que socorra con ello a huérfanos y
viudas, a los que están necesitados por enfermedad u otra causa, a los
encarcelados, a los forasteros que están de paso: en resumen, se le constituye
en proveedor para quien se halle en la necesidad. Celebramos esta reunión
general el día del sol, por ser el primero, en que Dios, transformando las
tinieblas y la materia, hizo el mundo; y también porque es el día en que
Jesucristo, Nuestro Salvador, resucitó de entre los muertos; pues hay que saber
que le entregaron en el día anterior al de Saturno (sábado), y en el
siguiente-que es el día del sol-, apareciéndose a sus Apóstoles y discípulos,
nos enseñó esta misma doctrina que exponemos a vuestro examen.
I. El cristianismo y la filosofía.
Para que no haya nadie que sin razón rechace nuestra enseñanza objetando que
Cristo nació hace solo ciento cincuenta años en tiempos de Quirino... y de
Poncio Pilato, urgiendo con ello que ninguna responsabilidad tuvieron los
hombres de épocas anteriores, nos daremos prisa a resolver esta dificultad.
Nosotros hemos aprendido que Cristo es el primogénito de Dios, el cual, como ya
hemos indicado, es el Logos, del cual todo el género humano ha participado. Y
así, todos los que han vivido conforme al Logos son cristianos, aun cuando
fueran tenidos como ateos, como sucedió con Sócrates, Heráclito y otros
semejantes entre los griegos, y entre los bárbaros con Abraham, Azarías, Misael,
Elías y otros muchos... De esta suerte, los que en épocas anteriores vivieron
sin razón, fueron malvados y enemigos de Cristo, y asesinaron a los que vivían
según la razón. Por el contrario, los que han vivido y siguen viviendo según
la razón son cristianos, viviendo sin miedo y en paz... (1).
Declaro que todas mis oraciones y mis denodados esfuerzos tienen por objeto el
mostrarme como cristiano: no que las doctrinas de Platón sean simplemente
extrañas a Cristo, pero sí que no coinciden en todo con él, lo mismo que las de
los otros filósofos, como los estoicos, o las de los poetas o historiadores.
Porque cada uno de éstos hablo correctamente en cuanto que veía que tenía por
connaturalidad una parte del Logos seminal de Dios. Pero es evidente que quienes
expresaron opiniones contradictorias y en puntos importantes, no poseyeron una
ciencia infalible ni un conocimiento inatacable. Ahora bien, todo lo que ellos
han dicho correctamente nos pertenece a nosotros, los cristianos, ya que
nosotros adoramos y amamos, después de Dios, al Logos de Dios inengendrado e
inexpresable, pues por nosotros se hizo hombre para participar en todos nuestros
sufrimientos y así curarlos. Y todos los escritores, por la semilla del Logos
inmersa en su naturaleza, pudieron ver la realidad de las cosas, aunque de
manera oscura. Porque una cosa es la semilla o la imitación de una cosa que se
da según los límites de lo posible, y otra la realidad misma por referencia a la
cual se da aquella participación o imitación... (2).
II. Dios.
Al Padre de todas las cosas no se le puede imponer nombre alguno, pues es
inengendrado. Porque todo ser al que se impone un nombre, presupone otro más
antiguo que él que se lo imponga. Los nombres de Padre, Dios. Creador. Señor,
Dueño, no son propiamente nombres, sino apelaciones tomadas de sus beneficios y
de sus obras. En cuanto a su Hijo-el único a quien con propiedad se llama Hijo,
el Logos que está con él, siendo engendrado antes de las criaturas, cuando al
principio creo y ordeno por medio de él todas las cosas -se le llama Cristo a
causa de su unción y de que fueron ordenadas por medio de él todas las cosas-.
Este nombre encierra también un sentido incognoscible, de manera semejante a
como la apelación de "Dios" no es un nombre, sino que representa una concepción,
innata en la naturaleza humana, de lo que es una realidad inexplicable. En
cambio "Jesús" es un nombre humano, que tiene el sentido de "salvador". Porque
el Logos se hizo hombre según el designio de Dios Padre y nació para bien de los
creyentes y para destrucción de los demonios... (3).
El Padre inefable y Señor de todas las cosas, ni viaja a parte alguna, ni se
pasea, ni duerme, ni se levanta, sino que permanece siempre en su sitio, sea el
que fuere, con mirada penetrante y con oído agudo, pero no con ojos ni orejas,
sino con su poder inexpresable. Todo lo ve, todo lo conoce; ninguno de nosotros
se le escapa, sin que para ello haya de moverse el que no cabe en lugar alguno
ni en el mundo entero, el que existía antes de que el mundo fuera hecho. Siendo
esto así, ¿cómo puede él hablar con alguien, o ser visto de alguien, o
aparecerse en una mínima parte de la tierra, cuando en realidad el pueblo no
pudo soportar la gloria de su enviado en el Sinaí, ni pudo el mismo Moisés
entrar en la tienda que él había hecho, pues estaba llena de la gloria de Dios,
ni el sacerdote pudo aguantar de pie delante del templo cuando Salomón llevo el
arca a la morada que él mismo había construido en Jerusalén? Por tanto, ni
Abraham, ni Isaac, ni Jacob, ni hombre alguno vio al que es Padre y Señor
inefable absolutamente de todas las cosas y del mismo Cristo, sino que vieron a
éste, que es Dios por voluntad del Padre, su Hijo, ángel que le sirve según sus
designios. El Padre quiso que éste se hiciera hombre por medio de una virgen,
como antes se había hecho fuego para hablar con Moisés desde la zarza... Ahora
bien, que Cristo es Señor y Dios, Hijo de Dios, que en otros tiempos se apareció
por su poder como hombre y como ángel y en la gloria del fuego en la zarza y que
se manifestó en el juicio contra Sodoma, lo he mostrado ya largamente... (4).
Al principio, antes de todas las criaturas, engendro Dios una cierta potencia
racional de sí mismo, a la cual llama el Espíritu Santo "gloria del Señor", y a
veces también Hijo, a veces Sabiduría, a veces ángel, a veces Dios, a veces
Señor o Palabra y a veces se llama a sí mismo Caudillo, cuando se aparece en
forma humana a Josué, hijo de Navé. Todas estas apelaciones le vienen de estar
al servicio de la voluntad del Padre y del hecho de estar engendrado por el
querer del Padre. Algo semejante vemos que sucede en nosotros: al emitir una
palabra, engendramos la palabra, pero no por modo de división de algo de
nosotros que, al pronunciar la palabra, disminuyera la razón que hay en
nosotros. Así también vemos que un fuego se enciende de otro sin que disminuya
aquel del que se tomo la llama, sino permaneciendo el mismo... Y tomaré el
testimonio de la palabra de la sabiduría, siendo ella este Dios engendrado del
Padre del universo, que subsiste como razón, sabiduría, poder y gloria del que
la engendro, y que dice por boca de Salomón: ...El Señor me fundo desde el
principio de sus caminos para sus obras. Antes del tiempo me cimentó, en el
principio, antes de hacer la tierra, antes de crear los abismos, antes de brotar
las fuentes de las aguas... (5).
III. Pecado y salvación.
Oíd como el Espíritu Santo dice acerca de este pueblo que son todos hijos del
Altísimo y que en medio de su junta estará Cristo, haciendo justicia a todo
género de hombres (Ps
81)... En efecto, el Espíritu Santo reprende a los hombres porque
habiendo sido creados impasibles e inmortales a semejanza de Dios con tal de que
guardarán sus mandamientos, y habiéndoles Dios concedido el honor de llamarse
hijos suyos, ellos, por querer asemejarse a Adán y a Eva, se procuran a sí
mismos la muerte... Queda así demostrado que a los hombres se les concede el
poder ser dioses, y que a todos se da el poder ser hijos del Altísimo, y culpa
suya es si son juzgados y condenados como Adán y Eva... (6).
A nosotros nos ha revelado él cuanto por su gracia hemos entendido de las
Escrituras, reconociendo que él es el primogénito de Dios anterior a todas las
criaturas, y al mismo tiempo hijo de los patriarcas, pues se digna nacer hombre
sin hermosura, sin honor y pasible, hecho carne de una virgen del linaje de los
patriarcas. Por esto en sus propios discursos, hablando de su futura pasión
dijo: "Es necesario que el Hijo del hombre sufra muchas cosas, y que sea
reprobado por los escribas y los fariseos, y sea crucificado, y resucite al
tercer día" (Mc
8,31 Lc
9,22). Ahora bien, él se llamaba a sí mismo Hijo del hombre o bien a
causa de su nacimiento por medio de una virgen que era del linaje de David, de
Jacob, de Isaac y de Abraham, o bien porque el mismo Adán era padre de todos
esos que acabo de nombrar, de quienes María trae su linaje... Por haberle
reconocido como Hijo de Dios por revelación del Padre, Cristo cambio el nombre a
uno de sus discípulos, que antes se llamaba Simón y luego se llamo Pedro. Como
Hijo de Dios le tenemos descrito en los "Recuerdos de los Apóstoles", y como tal
le tenemos nosotros, entendiendo que procedió del poder y de la voluntad del
Padre antes de todas las criaturas. En los discursos de los profetas es llamado
Sabiduría, Día, Oriente, Espada, Piedra, Vara, Jacob, Israel, unas veces de un
modo y otras de otro; y sabemos que se hizo hombre por medio de una virgen, a
fin de que por el mismo camino por el que tuvo comienzo la desobediencia de la
serpiente, por el mismo fuera también destruida. Porque Eva, cuando era todavía
virgen e incorrupta, habiendo concebido la palabra que recibió de la serpiente,
dio a luz la desobediencia y la muerte: en cambio, la virgen María concibió fe y
alegría cuando el ángel Gabriel le dio la buena noticia de que el Espíritu del
Señor vendría sobre ella y el poder del Altísimo la cubriría con su sombra, por
lo cual lo santo nacido de ella seria hijo de Dios; a lo que ella contesto:
"Hágase en mi según tu palabra" (Lc
1,38). Y de la Virgen nació aquel al que hemos mostrado que se refieren
tantas Escrituras, por quien Dios destruye la serpiente y los ángeles y hombres
que a ella se asemejan, y libra de la muerte a los que se arrepienten de sus
malas obras y creen en él... (7).
IV. Vida cristiana.
El bautismo.
A cuantos se convencen y aceptan por la fe que es verdad lo que nosotros
enseñamos y decimos, y prometen ser capaces de vivir según ello, se les instruye
a que oren y pidan con ayunos el perdón de Dios para sus pecados anteriores, y
nosotros oramos y ayunamos juntamente con ellos. Luego los llevamos a un lugar
donde haya agua, y por el mismo modo de regeneración con que nosotros fuimos
regenerados, lo son también ellos: en efecto, se someten al baño por el agua, en
el nombre del Padre de todas las cosas y Señor Dios, y en el de nuestro salvador
Jesucristo y en el del Espíritu Santo. Porque Cristo dijo: "Si no volvierais a
nacer, no entraréis en el reino de los cielos" (Jn
3,3), y es evidente para todos que no es posible volver a entrar en el
seno de nuestras madres una vez nacidos. Y también está dicho en el profeta
Isaías el modo como podían librarse de los pecados aquellos que habiendo pecado
se arrepintieran: "Lavaos, volveos limpios, quitad las maldades de vuestras
almas, aprended a hacer el bien..." (Is
1,16ss). La razón que para esto aprendimos de los Apóstoles es la
siguiente: En nuestro primer nacimiento no teníamos conciencia, y fuimos
engendrados por necesidad por la unión de nuestros padres, de un germen húmedo,
criándonos en costumbres malas y en conducta malvada. Ahora bien, para que no
sigamos siendo hijos de la necesidad y de la ignorancia, sino de la libertad y
del conocimiento, alcanzando el perdón de los pecados que anteriormente
hubiéramos cometido, se invoca sobre el que ha determinado regenerarse y se
arrepiente de sus pecados, estando él en el agua, el nombre del Padre de todas
las cosas y Señor Dios, el único nombre que invoca el que conduce a este
lavatorio al que ha de ser lavado... Este baño se llama iluminación, para dar a
entender que son iluminados los que aprenden estas cosas. Y el que es así
iluminado, se lava también en el nombre de Jesucristo, el que fue crucificado
bajo Poncio Pilato, y en el nombre del Espíritu Santo, que nos anuncio
previamente por los profetas todo lo que se refiere a Jesús(8).
La eucaristía.
Después del baño (del bautismo), llevamos al que ha venido a creer y adherirse a
nosotros a los que se llaman hermanos, en el lugar donde se tiene la reunión con
el fin de hacer preces en común por nosotros mismos, por el que acaba de ser
iluminado y por todos los demás esparcidos por todo el mundo, con todo fervor,
suplicando se nos conceda, ya que hemos conocido la verdad, mostrarnos hombres
de recta conducta en nuestras obras y guardadores de lo que tenemos mandado,
para conseguir así la salvación eterna. Al fin de las oraciones nos damos el
beso de paz. Luego se presenta pan y un vaso de agua y vino al que preside de
los hermanos, y él, tomándolos, tributa alabanzas y gloria al Padre de todas las
cosas por el nombre del Hijo y del Espíritu Santo, haciendo una larga acción de
gracias por habernos concedido estos dones que de él nos vienen. Cuando el
presidente ha terminado las oraciones y la acción de gracias, todo el pueblo
presente asiente diciendo Amen, que en hebreo significa "Así sea". Y cuando el
presidente ha dado gracias y todo el pueblo ha hecho la aclamación, los que
llamamos ministros o diáconos dan a cada uno de los asistentes algo del pan y
del vino y agua sobre el que se ha dicho la acción de gracias, y lo llevan
asimismo a los ausentes.
Esta comida se llama entre nosotros eucaristía, y a nadie le es lícito
participar de ella si no cree ser verdaderas nuestras enseñanzas y se ha lavado
en el baño del perdón de los pecados y de la regeneración, viviendo de acuerdo
con lo que Cristo nos enseñó. Porque esto no lo tomamos como pan común ni como
bebida ordinaria, sino que así como nuestro salvador Jesucristo, encarnado por
virtud del Verbo de Dios, tuvo carne y sangre por nuestra salvación, así se nos
ha ensenado que en virtud de la oración del Verbo que de Dios procede, el
alimento sobre el que fue dicha la acción de gracias -del que se nutren nuestra
sangre y nuestra carne al asimilarlo- es el cuerpo y la sangre de aquel Jesús
encarnado. Y en efecto, los Apóstoles en los Recuerdos que escribieron, que se
llaman Evangelios, nos transmitieron que así les fue mandado, cuando Jesús tomo
el pan, dio gracias y dijo: "Haced esto en memoria mía"...
Y nosotros, después, hacemos memoria de esto constantemente entre nosotros, y
los que tenemos algo socorremos a los que tienen necesidad, y nos ayudamos unos
a otros en todo momento. En todo lo que ofrecemos bendecimos siempre al Creador
de todas las cosas por medio de su Hijo Jesucristo y por el Espíritu Santo. El
día llamado del sol (el domingo) se tiene una reunión de todos los que viven en
las ciudades o en los campos, y en ella se leen, según el tiempo lo permite, los
Recuerdos de los Apóstoles o las Escrituras de los profetas. Luego, cuando el
lector ha terminado, el presidente toma la palabra para exhortar e invitar a que
imitemos aquellos bellos ejemplos. Seguidamente nos levantamos todos a la vez, y
elevamos nuestras preces; y terminadas éstas, como ya dije, se ofrece pan y vino
y agua, y el presidente dirige a Dios sus oraciones y su acción de gracias de la
mejor manera que puede, haciendo todo el pueblo la aclamación del Amén. Luego se
hace la distribución y participación de los dones consagrados a cada uno, y se
envían asimismo por medio de los diáconos a los ausentes. Los que tienen y
quieren, cada uno según su libre determinación, dan lo que les parece, y lo que
así se recoge se entrega al presidente, el cual socorre con ello a los huérfanos
y viudas, a los que padecen necesidad por enfermedad o por otra causa, a los que
están en las cárceles, a los forasteros y transeúntes, siendo así él simplemente
provisor de todos los necesitados. Y celebramos esta reunión común de todos en
el día del sol, por ser el día primero en el que Dios, transformando las
tinieblas y la materia, hizo el mundo, y también el día en el que nuestro
salvador Jesucristo resucito de entre los muertos... (9).
V. Escatología.
¿Realmente confesáis vosotros que ha de reconstruirse la ciudad de Jerusalén, y
esperáis que allí ha de reunirse vuestro pueblo, y alegrarse con Cristo, con los
patriarcas y profetas y los santos de nuestro linaje, y hasta los prosélitos
anteriores a la venida de vuestro Cristo...?
Si habéis tropezado con algunos que se llaman cristianos y no confiesan esto,
sino que se abreven a blasfemar del Dios de Abraham y de Isaac y de Jacob, y
dicen que no hay resurrección de los muertos, sino que en el momento de morir
sus almas son recibidas en el cielo, no los tengáis por cristianos... Yo por mi
parte, y cuantos son en todo ortodoxos, sabemos que habrá resurrección de los
muertos y un periodo de mil años en la Jerusalén reconstruida y hermoseada y
dilatada, como lo prometen Ezequiel, Isaías y otros profetas... (10).
Notas
(1) Justino, 1 Apología, 46.
(2) Justino, 2 Apología, 13.
(3) Ibid. 5.
(4) Justino, Diálogo, 127-128.
(5) Ibid. 61.
(6) Ibid. 124.
(7) Ibid. 100.
(8) Justino, 1 Apología, 61
(9) Ibid. 65-67.
(10) Justino, Diálogo, 80.
| Historia |
Taciano, de origen sirio, se convirtió, al parecer, en Roma, y fue discípulo de
san Justino. Se conserva de él un Discurso contra los griegos en el que se lanza
a atacar el politeísmo y la filosofía pagana de una manera vehemente y extremosa
que muestra bien su radicalismo y virulencia de carácter. Llevado de este
radicalismo llegó a abandonar la doctrina común de la Iglesia y fundó una
especie de secta puritana de tendencias gnósticas, que fue llamada de los encratitas o continentes, en la que se practicaba una total abstención de
carnes, y de bebidas alcohólicas, se condenaba absolutamente el matrimonio y
hasta se llego a sustituir el vino por el agua en la celebración de la
eucaristía. Son de particular interés, para el desarrollo teológico, sus ideas
acerca de la generación del Verbo -que pronuncian los desarrollos ulteriores de
Tertuliano y san Agustín- así como su elaboración de la doctrina de la
inmortalidad y de la resurrección. (Josep Vives)
| 1. El Verbo y su generación. |
| II. La resurrección de los cuerpos y la inmortalidad del alma. |
|
III. Los cristianos y el emperador. |
1. El Verbo y su generación.
Dios era en el principio, y el Principio, según hemos recibido de nuestra,
tradición, es la potencia del Verbo. Porque el Señor del universo, que es por sí
mismo el mantenedor de todo, en cuanto que la creación no había sido hecha
todavía, estaba solo; pero en cuanto que residía en él toda la potencia de las
cosas visibles e invisibles, sustentaba por sí mismo todas las cosas por medio
de su potencia racional. Por voluntad de su simplicidad procede el Verbo: y este
Verbo, que no salta al vacío, se convierte en la obra primogénita del Padre.
Sabemos que él es el principio del mundo, y se produjo por participación, no por
división. Porque lo que se divide de otro, queda separado de ello; pero lo que
es participado, distinguiéndose en cuanto a la dispensación (o economía) no deja
más pobre a aquello de donde se toma. Porque así como de una sola antorcha se
encienden muchos fuegos, y la primera antorcha no queda disminuida en su luz por
haberse encendido de ella muchas antorchas, así también, el Logos que procede de
la potencia del Padre no dejo sin razón al que le había engendrado. Yo mismo,
ahora estoy hablando, y vosotros me escucháis: y está claro que no porque mi
palabra pase a vosotros me quedo yo sin palabra al conversar, sino que al
proferir yo mi voz estoy poniendo orden en la materia desordenada que está en
vosotros. Y a la manera como el Verbo, engendrado en el principio, engendro a su
vez él mismo para sí nuestra creación, creando la materia, así también yo,
reengendrado a imitación del Verbo y habiendo alcanzado la comprensión de la
verdad, intento poner un orden en la materia de la que yo mismo participo.
Porque la materia no está sin principio, como Dios, ni tiene un poder igual al
de Dios siendo sin principio, sino que ha sido creada. y no por otro ha sido
creada fuera del que la produjo como creador de todas las cosas(1).
II. La resurrección de los cuerpos y la inmortalidad del alma.
Creemos que habrá la resurrección de los cuerpos después de la consumación del
universo, no como opinan los estoicos, según los cuales las mismas cosas nacen y
perecen de acuerdo con unos ciclos periódicos sin ninguna utilidad, sino que una
sola vez cuando hayan llegado a su término los tiempos en que vivimos, se dará
la perfecta restauración de solos los hombres en orden al juicio. Y no nos
juzgaran Minos o Radamanto, antes de cuya muerte, según las fabulas, ninguna de
las almas era juzgada, sino que se constituirá en juez el mismo Dios que nos ha
creado. No nos importa que nos tengáis por fabuladores o charlatanes, porque
creamos esta doctrina. Porque así como yo no existía antes de mi nacimiento y no
sabía quién era, sino que solo existía la sustancia de mi materia carnal, pero
una vez nacido he venido a creer que existo en virtud de mi nacimiento, aunque
antes no existiera, así también, de la misma manera, yo, que he existido, y que
por la muerte dejaré de existir otra vez y desapareceré de la vista, volveré a
existir de nuevo, por un proceso semejante a aquel por el que no existiendo
antes comencé a existir. Y aunque el fuego haga desaparecer mi carne, el
universo recibe la materia evaporada; y si soy consumido en los ríos o en los
mares, o soy devorado por las fieras, quedo depositado en los depósitos del que
es un rico señor. El pobre que no cree en Dios no conoce estos depósitos; pero
el Dios soberano, cuando quiera, restablecerá en su condición original aquella
sustancia que solo para él es visible (2).
Nuestra alma, no es por sí misma inmortal, sino mortal. Pero es también capaz de
la inmortalidad. Si no conoce la verdad, muere y se disuelve con el cuerpo, pero
resucita luego juntamente con el cuerpo en la consumación del mundo, para
recibir como castigo una muerte inmortal. Por el contrario, si ha alcanzado el
conocimiento de Dios, no muere por más que por el momento se disuelva (con el
cuerpo). En efecto, por sí misma el alma es tinieblas, y no hay nada luminoso en
ella, que es, sin duda, lo que significa aquello: "Las tinieblas no aprehenden
la luz" (Jn
1,5). Porque no es el alma por sí misma la que salva al Espíritu, sino
la que es salvada por él. Y la luz aprehendió a las tinieblas, en el sentido de
que el Verbo es la luz de Dios, mientras que las tinieblas son el alma
ignorante. Por esto, cuando vive sola, se inclina hacia abajo hacia la materia y
muere con la carne; pero cuando alcanza la unión con el Espíritu de Dios ya no
se encuentra sin ayuda, sino que puede levantarse a las regiones hacia donde le
conduce el Espíritu. Porque la morada del Espíritu está en lo alto, pero el
origen del alma es de abajo. En un principio, el Espíritu era compañero del
alma: pero ésta no quiso seguir al Espíritu, y éste la abandono. Mas ella, que
conservaba, como un resplandor del poder del Espíritu, y que separada de él ya
no podía contemplar lo perfecto, andaba en busca de Dios, y se modelo extraviada
muchos dioses, siguiendo a los demonios embusteros. Por otra parte, el Espíritu
de Dios no está en todos los hombres, sino solo con algunos que viven
justamente, en cuya alma se hace presente y con la cual se abraza y por cuyo
medio, con predicciones, anuncia a las demás almas lo que está escondido. Las
que obedecen a la sabiduría, atraen a sí mismas el Espíritu que les es
congénito; pero las que no obedecen y rechazan al que es servidor del Dios que
ha subido, lejos de mostrarse como religiosas se muestran más bien como almas
que hacen la guerra a Dios(3).
III. Los cristianos y el emperador.
¿Por qué os empeñáis, oh griegos, en que, como en lucha de pugilato, choquen las
instituciones del Estado contra nosotros? Si no quiero seguir las costumbres de
ciertas gentes, ¿por qué he de ser odiado como el ser más abominable? El
emperador manda pagar tributos, y yo estoy dispuesto a hacerlo. Mi amo quiere
que le esté sujeto y le sirva, y yo reconozco esta servidumbre. Porque, en
efecto, al hombre se le ha de honrar humanamente, pero temer solo se ha de temer
a Dios, que no es visible a los ojos humanos ni es por arte alguna comprensible.
Solo si se me manda negar a Dios no estoy dispuesto a obedecer, sino que antes
sufriré la muerte, para no declararme mentiroso y desagradecido (4).
Notas
(1) TACIANO, Discurso contra los griegos, cap. 5.
(2) Ibid., cap. 6.
(3) Ibid., cap. 13.
(4) Ibid., cap. 13.
| Historia |
Atenágoras debió de convertirse al cristianismo después de haber seguido
estudios de retórica y de filosofía: sus escritos están llenos de erudición y de
los recursos estilísticos propios de los oradores y escritores de la época. Se
conserva de él una Suplica en favor de los cristianos y un tratado Sobre la
resurrección. La primera de estas obras fue escrita hacia el año 177 e iba
dirigida a los emperadores Marco Aurelio Antonino y Lucio Aurelio Comodo, con el
intento de mostrar que las doctrinas de los cristianos eran plenamente
razonables y su modo de vida inocente.
En particular se ocupa de refutar tres de las calumnias más graves de que se
acusaba a los cristianos: la de que son ateos, pues no dan culto a los dioses
comúnmente reconocidos; la de que practicaban el canibalismo, y la de que se
entregan a uniones incestuosas. Para ello explica la naturaleza una y trina del
Dios de los cristianos y la gran elevación moral de su modo de vida. El tratado
Sobre la resurrección intenta mostrar la razonabilidad de esta creencia por
medio de argumentos filosóficos y congruencias analógicas. (Josep Vives-JOSEP)
| I. Dios uno y trino. |
| II. La vida de los cristianos. |
| El matrimonio cristiano. |
|
El aborto. |
I. Dios uno y trino.
80 Que el Dios creador de todo este universo es uno desde el principio, podéis
considerarlo de la siguiente manera, para que tengáis el razonamiento de nuestra
fe. Si desde el principio hubiese habido dos o más dioses, hubiesen tenido que
estar o bien los dos en un mismo lugar, o cada uno separado en el suyo. Pero no
podían estar en un solo y mismo lugar, porque, si son dioses, no son semejantes,
sino que, siendo increados han de ser desemejantes. En efecto, las cosas creadas
son semejantes a sus modelos, pero las increadas ni se asemejan a nadie, ni
proceden de nadie, ni tienen relación alguna con nadie... Y si cada uno de ellos
ocupa su propio lugar, el que creó el mundo estará más alto que todas las cosas
creadas, por encima de las cosas que él creó y ordenó. ¿Dónde estará el otro, o
los otros? Si el mundo tiene figura esférica y está limitado por los círculos
celestes, y el creador de este mundo está por encima de todo lo creado
manteniéndolo con su providencia, ¿cuál es el lugar propio do otro o de los
otros dioses? No está en este mundo, pues es del otro; ni está alrededor del
mundo, porque sobre el mundo está el Dios creador del mundo, pues todo lo que
está alrededor del mundo está mantenido por éste. ¿Dónde está? ¿Por encima del
mundo y del mismo Dios, en otro mundo y alrededor de otro mundo?... Entonces ya
no está alrededor de nosotros, ni tiene poder sobre nuestro mundo, ni es grande
en su propio poder, pues lo ejerce en un lugar limitado...
Sin embargo, si nos contentaremos con estos argumentos de razón, se Podría
pensar que nuestra doctrina es humana; pero son las palabras de los profetas las
que dan credibilidad a nuestros razonamientos, y pienso que vosotros, que sois
amicísimos del saber e instruidísimos, no dejáis de estar iniciados en los
escritos de Moisés, de Isaías, de Jeremías y de los demás profetas, que saliendo
de sus propios pensamientos y movidos del Espíritu divino, hablaron según eran
movidos, pues el Espíritu se servía de ellos como el flautista de la flauta en
que sopla. ¿Qué decían, pues, los profetas? "El Señor es nuestro Dios: ningún
otro será tenido por Dios junto a él" (Ex
20,2-3). Y en otro lugar: "Yo soy Dios primero y después, y fuera de mi
no hay otro Dios" (Is
44,6)...
He mostrado, pues, suficientemente que no somos ateos: admitimos un solo Dios,
increado, eterno, invisible, impasible, incomprensible, inmenso, que solo puede
ser alcanzado por la razón y la inteligencia, rodeado de luz, de belleza, de
Espíritu, de fuerza inexplicable. Por él ha sido hecho el universo, y ha sido
ordenado y se conserva, por medio de su Verbo. Y creemos también en un Hijo de
Dios. Que nadie tenga por ridículo eso de que Dios tenga un Hijo. Porque no
pensamos sobre Dios Padre o sobre su Hijo a la manera de vuestros poetas que
hacen fabulas en las que presentan a dioses que en nada son mejores que los
hombres, sino que el Hijo de Dios es el Verbo del Padre en idea y operación,
pues con relación a él y por medio de él fueron hechas todas las cosas, siendo
el Padre y el Hijo uno solo. Y estando el Hijo en el Padre y el Padre en el
Hijo, en unidad y potencia de Espíritu, el Hijo de Dios es inteligencia y Verbo
del Padre. Y si se os ocurre preguntar con vuestra extraordinaria inteligencia
qué quiere decir "hijo", os lo diré brevemente: El Hijo es el primer brote del
Padre, pero no como hecho, ya que desde el principio Dios, que es inteligencia
eterna, tenía en si al Verbo y era eternamente racional, sino como procediendo
de Dios cuando todas las cosas materiales eran naturaleza informe y tierra
inerte y estaban mezcladas las más pesadas con las más ligeras, para ser sobre
ellas idea y principio activo. Y concuerda con este razonamiento el Espíritu
profético que dice: "El Señor me crio como principio de sus caminos para sus
obras" (Pr
8,22). Y en verdad, el mismo Espíritu Santo que obra en los que hablan
proféticamente, decimos que es una emanación de Dios, que emana y vuelve como un
rayo de sol. Realmente uno no puede menos de maravillarse al oír llamar ateos a
los que admiten a un Dios Padre, y a un Dios Hijo y a un Espíritu Santo,
mostrando su potencia en la unidad y su distinción en el orden. Y no se acaba
aquí nuestra doctrina teológica, sino que afirmamos que se da una multitud de
ángeles y ministros, a quienes el Dios creador y artífice del mundo, por medio
del Verbo que está en él, distribuyo y ordeno para que tuvieran cuidado de los
elementos y de los cielos y del mundo y de las cosas que en él se contienen,
para mantener todo ello en buen orden... (1).
II. La vida de los cristianos.
Entre nosotros fácilmente podréis encontrar gentes sencillas, artesanos y
vejezuelas, que si de palabra no son capaces de mostrar con razones la utilidad
de su religión, muestran con las obras que han hecho una elección buena. Porque
no se dedican a aprender discursos de memoria, sino que manifiestan buenas
acciones: no hieren al que los hiere, no llevan a los tribunales al que les
despoja, dan a todo el que pide y aman al prójimo como a sí mismos. Ahora bien,
si no creyéramos que Dios está por encima del género humano, ¿Podríamos llevar
una vida tan pura? No se puede decir; pero estando persuadidos de que de toda
esta vida presente hemos de dar cuenta al Dios que nos ha creado a nosotros y
que ha creado al mundo, escogemos la vida moderada, caritativa y despreciada,
pues creemos que no podemos aquí sufrir ningún mal tan grande, aun cuando nos
quiten la vida, comparable con la recompensa que recibiremos del gran Juez por
una vida humilde, caritativa y buena. Platón dijo ciertamente que Minos y
Radamanto tenían que juzgar y castigar a los malos; pero nosotros decimos que ni
Minos ni Radamanto ni el padre de ellos escaparan al juicio de Dios. Además,
vemos que son tenidos por piadosos los que tienen como concepto de la vida
aquello de "comamos y bebamos, que mañana moriremos" (Is
22,13 Sg
2,6) y tienen la muerte por un sueño profundo; en cambio nosotros
tenemos la vida presente como de corta duración y de pequeña estima y nos
movemos por el solo deseo de llegar a conocer al Dios verdadero y al Verbo que
está en él, cual es la comunión que hay entre el Padre y el Hijo, qué cosa sea
el Espíritu, cual sea la unidad de tan grandes realidades y la distinción entre
los así unidos, el Espíritu, el Hijo y el Padre; nosotros sabemos que la vida
que esperamos es superior a cuanto se puede expresar con palabras, si a ella
llegamos puros de toda iniquidad, y llevamos hasta tal extremo nuestro amor a
los hombres, que no solo amamos a nuestros amigos, pues dice la Escritura: "Si
amáis a los que os aman y prestáis a los que os prestan, ¿qué recompensa podéis
esperar?"; pues bien, a nosotros que somos tales y vivimos tal género de vida
para evitar la condenación, ¿no se nos ha de tener por religiosos? (2)
El matrimonio cristiano.
Teniendo, pues, esperanza de la vida eterna, despreciamos las cosas de la vida
presente y aun los placeres del alma: cada uno de nosotros tiene por mujer a la
que tomo según las leyes que nosotros hemos establecido, y aun ésta en vistas a
la procreación. Porque así como el labrador, una vez echada la semilla a la
tierra, espera la siega y no sigue sembrando, así para nosotros la medida del
deseo es la procreación de los hijos. Y hasta es fácil hallar entre nosotros
muchos hombres y mujeres que han llegado célibes hasta su vejez con la esperanza
de alcanzar así una mayor intimidad con Dios. Ahora bien, si el permanecer en
virginidad y celibato nos acerca más a Dios, mientras que el mero pensamiento y
deseo de unión aparta, si huimos aun de los pensamientos, mucho más rechazaremos
las obras. Porque no está nuestra religión en cuidados discursos, sino en la
demostración y la enseñanza de las obras: o hay que permanecer tal como uno
nació, o hay que casarse una sola vez. El segundo matrimonio es un adulterio
decente. Dice la Escritura: "el que deja a su mujer y se casa con otra, comete
adulterio" (Mt
19,9 Mc
10,11), no permitiendo abandonar a aquella cuya virginidad uno deshizo,
ni casarse de nuevo. El que se separa de su primera mujer, aunque hubiera
muerto, es un adultero encubierto, pues traspasa la indicación de Dios, ya que
en el principio creo Dios un solo hombre y una sola mujer... (3)
El aborto.
Los que saben que ni soportamos la vista de una ejecución capital según
justicia, ¿cómo pueden acusarnos de asesinato o de antropofagia? ¿Quién de
vosotros no está aficionado a las luchas de gladiadores o de fieras y no estima
en mucho las que vosotros organizáis? Pero en cuanto a nosotros, pensamos que el
ver morir está cerca del matar mismo, y por esto nos abstenemos de tales
espectáculos. ¿Cómo podremos matar, los que ni siquiera queremos ver matar para
no mancharnos con tal impureza? Al contrario, nosotros afirmamos que las que
practican el aborto cometen homicidio y habrán de dar cuenta a Dios del aborto.
¿Por qué razón habríamos de matar? No se puede pensar a la vez que lo que lleva
la mujer en el vientre es un ser viviente, y, por ello, objeto de la providencia
de Dios, y matar luego al que ya ha avanzado en la vida; no exponer al nacido,
por creer que exponer a los hijos equivale a matarlos, y quitar luego la vida a
lo ya crecido. Nosotros somos siempre y en todo consecuentes y acordes con
nosotros mismos, pues obedecemos a la razón y no le hacemos violencia (4).
Notas
(1) ATENÁGORAS, Suplica en favor de los cristianos, cap. 8-10.
(2) Ibid., cap. 11-12.
(3) Ibid., cap. 33.
(4) Ibid., cap. 35.
| Historia |
Teófilo fue, según la tradición, el sexto obispo de Antioquía de Siria. Había recibido una buena formación literaria en el paganismo, y se convirtió, según él mismo explica, por el estudio de las Escrituras sagradas. De él se conserva un escrito apologético dirigido a su amigo Autólico y dividido en tres libros. En él da muestras de su conocimiento tanto de los autores paganos como de las Escrituras. Es el primer autor cristiano que hace un comentario exegético del Génesis, analizándolo con detalle y proponiendo una interpretación de tendencia alegórica. Escribió también un Comentario a los Evangelios, que se ha perdido: pero aun en los libros a Autólico se muestra muy familiarizado con los escritos del Nuevo Testamento, incluido el Evangelio de Juan, y es el primer autor que enseña explícitamente que estos libros proceden de autores inspirados y tienen un valor análogo al de las antiguas Escrituras. Doctrinalmente es de particular interés su explicación del dogma trinitario: es el primer autor cristiano en que aparece la distinción entre el Verbo inmanente o interno que está en Dios Padre desde toda la eternidad, y el Verbo proferido o emitido como instrumento de la creación al comienzo de los tiempos. (Josep Vives)
No conocemos casi nada de este autor, ni de su obra literaria, que debió de ser
extensa. Gracias al antiguo historiador de la Iglesia, Eusebio de Cesarea,
sabemos que fue obispo de Antioquía, el sexto después de San Pedro. Las mismas
noticias nos transmite San Jerónimo. Es el único de los apologistas que
estuvieron revestidos del carácter episcopal, y en una sede tan importante por
su antigua tradición.
De San Teófilo solo se conservan los
tres libros a Autólico, escritos hacia el
año 180, que son una apología en defensa de los cristianos, cuya sangre seguía
corriendo en sucesivas persecuciones. Como era frecuente en la antigüedad, quizá
Autólico no sea un personaje real; encarna más bien a un tipo de pagano que no
debía de ser raro a finales del siglo II: un hombre culto, que reconocía en
bastantes cristianos a otros hombres cultos como él, pero a quien parecía
demasiado simple la doctrina de Cristo. Teófilo intenta salir al paso de estas y
otras razones, tratando de convencer a su posible lector de las fuertes razones
para creer que tienen los cristianos. (Loarte)
| I. Dios uno y trino. |
|
II. El pecado de Adán |
I. Dios uno y trino.
La forma de Dios es inefable e inexplicable: no puede ser vista por ojos
carnales. Por su gloria es incomprensible; por su grandeza es inalcanzable; por
su sublimidad es impensable; por su poder es incomparable; por su sabiduría es
inigualable; por su bondad, inimitable; por su beneficencia, inenarrable. En
efecto, si lo llamo Luz, nombro lo que es creatura suya; si le llamo Palabra,
nombro su principio; si le llamo Razón, nombro su inteligencia; si le llamo
Espíritu, nombro su respiración; si le llamo Sabiduría, nombro lo que de él
procede; si le llamo Potencia, nombro el poder que tiene; si le llamo Fuerza,
nombro su principio activo; si le llamo Providencia, nombro su bondad; si le
llamo Reino, nombro su gloria; si le llamo Señor, le digo Juez; si le llamo
Juez, le digo Justo; si le llamo Padre, le digo todo; si le llamo Fuego, nombro
su ira. Me dirás -¿Es que Dios puede estar airado?- Ya lo creo: está airado
contra los que obran el mal, y es benigno, bondadoso y misericordioso con los
que le aman y le temen. Porque él es el educador de los piadosos, el Padre de
los justos, el juez y castigador de los impíos (1).
Los hombres de Dios, portadores del Espíritu Santo y profetas, inspirados por el
mismo Dios y llenos de su sabiduría, llegaron a ser discípulos de Dios, santos y
justos. Por ello fueron dignos de recibir la recompensa de convertirse en
instrumentos de Dios y de recibir su sabiduría, con la cual hablaron sobre la
creación del mundo y sobre todas las demás cosas... Y en primer lugar nos
enseñaron todos a una que Dios lo hizo todo de la nada: porque nada fue coetáneo
con Dios, sino que siendo Dios su propio lugar y no teniendo necesidad de nada y
existiendo desde antes de los siglos, quiso hacer al hombre para dársele a
conocer. Entonces preparo para él el mundo, ya que el que es creado está
necesitado mientras que el increado no necesita de nada.
Ahora bien, teniendo Dios en sus propias entrañas a su Verbo inmanente
(endiatheton), lo engendro con su propia sabiduría, emitiéndolo antes de todas
las cosas. A este Verbo tuvo como ministro de lo que iba creando, y por medio de
él hizo todas las cosas. Éste se llama principio, siendo Príncipe y Señor de
todas las cosas que por medio de él han sido creadas. Éste, pues, que es
Espíritu de Dios, y principio, sabiduría y potencia del Altísimo, descendió a
los profetas, y por medio de ellos hablo lo que se refiere a la creación del
mundo y a las demás cosas. Porque no existían los profetas cuando se hacia el
mundo, pero si la Sabiduría de Dios que en él estaba y su Verbo santo que
siempre le asistía... (2)
El Dios y Padre del universo es inabarcable: no se encuentra limitado a un
lugar, ni descansa en sitio alguno. En cambio, su Verbo, por medio del cual hizo
todas las cosas y que es su propia potencia y sabiduría, tomando la figura del
Padre y Señor del universo, fue el que se presento en el paraíso en forma de
Dios y conversaba con Adán. La misma Escritura divina nos enseña que Adán decía
haber oído su voz: ahora bien, esta voz ¿qué otra cosa es sino el Verbo de Dios,
que es su propio Hijo? Es Hijo no al modo en que los poetas y mitógrafos hablan
de hijos de los dioses nacidos por unión carnal, sino como explica la verdad que
existe el Verbo inmanente (endiatheton) desde siempre en el corazón de Dios.
Antes de hacer nada tenía a este Verbo como consejero, como que era su propia
mente y su pensamiento. Y cuando Dios quiso hacer efectivamente lo que había
deliberado hacer, engendro a este Verbo emitido (prophorikon) como primogénito
de toda la creación: con ello no quedo él vacío de su propio Verbo, sino que
engendro al Verbo y permaneció conversando para siempre con él. Esto nos enseñan
las santas Escrituras y todos los inspirados por el Espíritu, entre los cuales
Juan dice: "En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba en Dios" (Jn
1,1), significando que en los comienzas estaba Dios solo, y en él su
Verbo. Y luego dice: "Y el Verbo era Dios: todo fue hecho por él, y sin él nada
se hizo" (Jn
1,2-3). Así pues, el Verbo es Dios y nacido de Dios, y cuando el Padre
del universo así lo quiere lo envía a determinado lugar, y cuando está allí,
puede ser oído y visto y puede ser encontrado en un lugar determinado por haber
sido enviado por Dios... (3)
II. El pecado de Adán.
Habiendo Dios puesto al hombre en el paraíso para que lo trabajara y lo guardará
... le mando que comiera de todos los frutos y, naturalmente, también del árbol
de la vida, solo le mando que no comiera del árbol de la ciencia. Y Dios lo
traslado de la tierra de la que había sido creado al paraíso, para que pudiera
programar, y para que, creciendo y llegando a ser perfecto y hasta declarado
dios, llegara a subir al cielo, poseyendo la inmortalidad, ya que el hombre fue
creado en condición intermedia, ni del todo mortal ni simplemente inmortal, sino
capaz de lo uno y de lo otro... Ahora bien, el árbol de la ciencia en sí mismo
era bueno, y bueno era su fruto. No estaba en el árbol, como piensan algunos, la
muerte, sino en la desobediencia. Porque en su fruto no había otra cosa que la
ciencia, y la ciencia es buena si se hace de ella el uso debido. Pero por su
edad Adán era todavía niño, y por eso no podía recibir la ciencia de modo
debido. Aun ahora, cuando nace un niño, no puede inmediatamente comer pan, sino
que primero se alimenta de leche, y luego, al ir adelantando en edad, pasa al
alimento sólido. Algo así sucedió con Adán. Por tanto, no fue como por envidia,
como piensan algunos, por lo que Dios le mando que no comiera del conocimiento.
Además, quería probarle para ver si era obediente a su mandamiento, y quería
también que permaneciera más tiempo sencillo e inocente en condición de niño.
Porque es cosa santa no solo con respecto a Dios sino aun con respecto a los
hombres que los hijos se sometan a sus padres en sencillez e inocencia. Ahora
bien, si los hijos han de someterse a sus padres, mucho más a Dios, Padre del
universo. Además, es cosa indecorosa que los niños pequeños sientan por encima
de su edad, porque así como uno crece en edad por las etapas debidas, así
también en la inteligencia. Por otra parte, cuando una ley manda abstenerse de
algo y uno no obedece, está claro que no es la ley la que nos trae el castigo,
sino la desobediencia y la trasgresión... Así fue la desobediencia la que hizo
que el primer hombre fuera arrojado del paraíso: no es que el árbol de la
ciencia tuviera nada malo, sino que como consecuencia de la desobediencia el
hombre se atrajo los trabajos, el dolor, la tristeza, cayendo finalmente bajo la
muerte.
Pero Dios hizo un gran beneficio al hombre al no dejar que permaneciera para
siempre en el pecado. En cierta manera semejante a un destierro, lo arrojo del
paraíso para que pagara en un plazo determinado la pena de su pecado y así
educado fuera de nuevo llamado... Y todavía más: así como a un vaso, si después
de modelado resulta con algún defecto, se le vuelve a amasar y a modelar para
hacerlo de nuevo y entero, así sucede también al hombre con la muerte: se le
rompe por la fuerza, para que salga integro en la resurrección, es decir, sin
defecto, justo e inmortal...
Alguno nos dirá: ¿Es que el hombre fue hecho mortal por naturaleza? De ninguna
manera. ¿Fue, pues, hecho inmortal? Tampoco decimos eso. Se nos dirá: ¿Luego no
fue hecho nada? Tampoco decimos eso: por naturaleza no fue hecho ni mortal ni
inmortal. Porque si desde el principio Dios lo hubiera hecho inmortal, lo
hubiera hecho dios. Al contrario, si lo hubiera hecho mortal, hubiera parecido
que Dios era responsable de su muerte. Por tanto, no lo hizo ni mortal ni
inmortal, sino... capaz de una cosa y de otra: de esta suerte, si el hombre se
inclina a la inmortalidad guardando el mandamiento de Dios, recibiría de él como
recompensa la inmortalidad y llegaría a ser dios; pero si, desobedeciendo a
Dios, se entregaba a las cosas de la muerte, él mismo seria responsable de su
propia muerte. Ahora bien, lo que el hombre perdió para sí por su descuido y
desobediencia, eso mismo le regala Dios ahora por su amor y misericordia, con
tal de que el hombre le obedezca. Y así como el hombre desobedeciendo se atrajo
para sí la muerte, así obedeciendo a la voluntad de Dios puede el que quiera
ganar para sí la vida eterna. Porque Dios nos ha dado una ley y unos
mandamientos santos, y todo el que los cumpla puede salvarse y, alcanzada la
resurrección, obtener como herencia la incorrupción (4).
Notas
(1) TEÓFILO, A Autólico, I,3.
(2) Ibid. II,9-10.
(3) Ibid. II,22.
(4) Ibid. II,22.
| Explicación |
De Melitón, obispo de Sardes, en el Asia Menor, casi no se sabía hasta hace poco
más que el testimonio que nos había transmitido la posteridad, según el cual
había vivido santamente en virginidad y lleno del Espíritu Santo, dejando más de
una veintena de escritos llenos de sabiduría. Tales escritos se habían dado por
perdidos, y no se conocía de ellos más que los títulos que habían conservado los
historiógrafos antiguos, y algunas breves citas. Pero recientemente se han
descubierto dos códices papiráceos procedentes de las arenas de Egipto que
contienen un discurso sobre la Pascua que ha sido atribuido casi con general
consentimiento a Melitón. El discurso está escrito en un estilo rico con ritmo
poético y entonación lírica, que parece confirmar el juicio de Tertuliano cuando
decía, según Jerónimo, que el estilo de Melitón era un tanto sutil, elegans et
declamatorium. Esta peculiaridad de estilo ha hecho pensar que el discurso de
Melitón, más que una homilía pascual es una especie de praeconium o canto lírico
que formaba parte de la celebración litúrgica de la Pascua. El interés dogmático
del discurso está, sobre todo, en la elaboración de su doctrina cristológica y
soteriológica: se subraya a la vez la divinidad y preexistencia de Cristo y la
realidad de su encarnación, el carácter sacrificial de su muerte y el sentido
figurativo de todo el Antiguo Testamento, particularmente del cordero pascual.
Se subraya igualmente la postración del hombre sujeto al pecado y dominado por
la muerte, y, sobre todo, la grandeza del triunfo y de la gloria de Cristo,
quien con su resurrección y ascensión ha llevado a los hombres hasta las alturas
de los cielos. Asimismo queda bien señalado el carácter de la Iglesia como
conjunto de los que viven de la nueva vida que Cristo ha venido a dar a los
hombres. (Josep Vives)
Obispo de Sardes, en Lidia, contemporáneo de los emperadores Antonino Pro
(138-161) y Marco Aurelio (161-180), conocemos poco de su vida, que debió de ser
muy densa. Policrates de Éfeso, en una carta enviada al Papa Víctor (190), lo
considera como uno de los grandes luminares de la Iglesia en Asia Menor.
Melitón viajo a Jerusalén para informarse de la tradición eclesiástica y
escribió con profusión sobre una gran variedad de temas. Eusebio de Cesarea
enumera veinte obras, a las que Anastasio el Sinaíta añade dos más. De todas
ellas, excepto la obra que parcialmente transcribimos, no nos han llegado más
que fragmentos. Entre éstos se incluye una apología dirigida al emperador Marco
Aurelio, interesante por propugnar solidaridad y buen entendimiento entre la
Iglesia y el Estado.
La Homilía sobre la Pascua ha sido descubierta a mediados del siglo XX, y se
hallaba contenida en la última parte de un papiro del siglo IV. Calificada a un
tiempo como Homilía y Pregón pascual, puede considerarse como un modelo en su
género. La innegable riqueza teológica aparece expuesta en un lenguaje cálido y
sencillo. Toda la obra exhala un apasionado amor a Jesucristo y una fe profunda
en la divinidad del Señor. Su idea doctrinal se centra en el programa divino de
la salvación del hombre, entendida como rescate, todo ello encerrado dentro de
un bello y armonioso estuche literario.(Loarte)
Antigua era la ley, pero nuevo el Verbo;
temporal era la figura, pero eterno el don;
corruptible la oveja, pero el Señor incorruptible:
es inmolado como cordero, pero resucita como Dios.
Porque, "como una oveja fue llevado al matadero" (Is
53,7),
pero no era una oveja;
como un cordero sin voz,
mas no era cordero.
Lo que era figura paso, mas la realidad está presente.
En vez del cordero, se hizo presente Dios;
en vez de la oveja, un hombre,
y en este hombre, Cristo, el que contiene todas las cosas.
Así pues, el sacrificio de la oveja,
y la solemnidad de la Pascua,
y la letra de la ley,
han cedido su lugar a Cristo Jesús,
por causa del cual todo sucedía en la ley antigua,
y mucho más en la nueva disposición.
Porque la ley se ha convertido en Verbo...
el mandamiento en don,
la figura en realidad,
el cordero en Hijo,
la oveja en hombre,
y el hombre en Dios.
Pues el que había nacido como Hijo.
y había sido conducido como cordero,
y sacrificado como oveja,
y sepultado como hombre,
resucito de entre los muertos como Dios,
pues era por naturaleza a la vez Dios y hombre.
Él es todas las cosas:
en cuanto juzga, es ley;
en cuanto enseña, Verbo;
en cuanto engendra, Padre;
en cuanto sepultado, hombre;
en cuanto resucita, Dios.
en cuanto es engendrado, Hijo;
en cuanto padece, oveja;
Éste es Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos. Amén (1)
Voy a explicar detalladamente las palabras de la Escritura (cf.
Ex 12,3-28):
como Dios ordena a Moisés en Egipto, cuando quiere, de una parte someter al
faraón bajo el látigo, y de otra librar a Israel del látigo por la mano de
Moisés.
En efecto, dice: "He aquí que tomaras un cordero sin defecto y sin tacha y al
atardecer lo inmolaras con los hijos de Israel, y a la noche lo comerás con
prisa, y no romperéis ninguno de sus huesos. Así -dice- harás: en una sola noche
lo comeréis por familias y por tribus, ceñidos vuestros lomos y los cayados en
vuestras manos. Porque ésta es la pascua del Señor, memorial eterno para los
hijos de Israel. Habiendo tomado la sangre de la oveja, untad las puertas
exteriores de vuestras casas colocando sobre los montantes de la entrada la
señal de la sangre para la intimidación del ángel. Porque he aquí que Yo heriré
a Egipto y en una sola noche será privado de hijos, desde el ganado hasta el
hombre".
Entonces Moisés, habiendo degollado la oveja y habiendo cumplido de noche el
misterio con los hijos de Israel, marco las puertas de las casas para protección
del pueblo y para intimidación del ángel.
Cuando la oveja es degollada,
y la pascua es comida,
y el misterio es cumplido,
y el pueblo alegrado,
e Israel marcado,
entonces llega el ángel para herir a Egipto.
En una sola noche castigo a Egipto,
no iniciado en el misterio,
ni participe de la pascua,
ni marcado por la sangre,
ni protegido por el Espíritu,
sino enemigo, incrédulo;
y en una sola noche, después de herirlo, lo privo de sus hijos (...).
Israel, en cambio, estaba protegido por la inmolación del cordero,
y al mismo tiempo iluminado por la sangre vertida:
y la muerte de la oveja resultaba ser una muralla para el pueblo.
¡Oh misterio sorprendente e inexplicable!
La inmolación del cordero resulto ser la salvación de Israel,
la muerte de la oveja llego a ser vida del pueblo
y la sangre intimido al ángel.
Dime, ángel, lo que te ha intimidado:
¿la inmolación del cordero, o la vida del Señor?,
¿la muerte de la oveja o la figura del Señor?,
¿la sangre del cordero o el Espíritu del Señor?
Es claro que estás intimidado
por haber visto el misterio del Señor realizado en la oveja,
la vida del Señor en la inmolación del cordero,
la prefiguración del Señor en la muerte de la oveja.
Por esto no castigaste a Israel, sino que privaste de sus hijos solo a Egipto.
¿Cuál es este misterio inesperado:
que Egipto haya sido golpeado para su perdición
e Israel, en cambio, protegido para su salvación?
Oíd la dinámica del misterio.
Lo que se ha dicho y lo que ha ocurrido no es nada, amadísimos, si se separa de
su simbolismo y de su proyecto. Todo lo que se realice y se diga, participa del
simbolismo -la palabra, del simbolismo; el hecho, de la prefiguración- para que,
así como el hecho se manifiesta por la prefiguración, así también la palabra se
ilumine por el simbolismo.
Una obra no se construye sin un proyecto. ¿O no se ve lo que ha de ser a través
de la imagen que la prefigura? Por eso, el proyecto que se va a realizar se
modela primero con cera, o con arcilla, o con madera, a fin de que se pueda ver
lo que va a ser construido más alto en grandeza, más fuerte en resistencia, y
bello de forma y rico en instalación, gracias a una pequeña maqueta, destinada a
perecer. Porque cuando se ha realizado aquello para lo que había sido destinada
la figura, entonces, lo que hasta aquí portaba la imagen del futuro es
destruido, por haberse hecho inútil, al haber cedido su imagen a una realidad
verdadera. Pues aquello que en otro tiempo era de valor se devalúa una vez
aparecido lo que es verdaderamente precioso.
Efectivamente, cada cosa tiene su propio tiempo: al modelo su propio tiempo, al
material su propio tiempo. Haces el modelo de la obra real. Lo deseas porque ves
en él la imagen de lo que va a ser. Suministras el material para el modelo. Lo
deseas por lo que se va a construir gracias a él. Ejecutas la obra, a ella sola
la deseas, a ella sola quieres, viendo en ella sola el modelo y el material y la
realidad.
La salvación del Señor y la realidad fueron prefiguradas en el pueblo (judío),
y las prescripciones del Evangelio fueron prenunciadas por la ley.
De esta suerte, el pueblo era como el esbozo de un plan,
y la ley, la letra de una parábola;
pero el Evangelio es la explicación de la ley y su cumplimiento,
y la Iglesia el lugar donde aquello se realiza.
Lo que era figura era valioso antes de que se diera la realidad.
y la parábola era maravillosa antes de que se diera la explicación.
Es decir, el pueblo (judío) tenía un valor antes de que se estableciera la
Iglesia,
y la ley era maravillosa antes de que resplandeciera la luz del Evangelio.
Pero cuando surgió la Iglesia y se presento el Evangelio,
se hizo vano lo que era figura, y su fuerza pasó a la realidad;
la ley llego a su cumplimiento, y traspaso su fuerza al Evangelio.
El pueblo (de Israel) perdió su razón de ser, así que se estableció la Iglesia,
la figura fue abolida, así que apareció el Señor.
Lo que antes era valioso, ha quedado ahora sin valor,
pues se ha manifestado lo que realmente era valioso por naturaleza.
Valioso era antes el sacrificio de la oveja,
pero ahora es sin valor, a causa de la vida del Señor.
Valiosa era la muerte de la oveja,
pero ahora es sin valor, a causa de la salvación del Señor.
Valiosa era la sangre de la oveja,
pero ahora es sin valor, a causa del Espíritu del Señor.
Valioso era el cordero sin voz,
pero ahora es sin valor, a causa del Hijo sin mancilla.
Valioso era el templo de abajo,
pero ahora es sin valor, a causa del Cristo de arriba.
Valiosa era la Jerusalén de abajo,
pero ahora es sin valor, a causa de la Jerusalén de arriba.
Valiosa era aquella angosta herencia,
pero ahora es sin valor, a causa de la amplitud del don.
Porque no es en lugar alguno determinado, ni en una estrecha franja de tierra
donde se ha establecido la gloria de Dios,
sino que su don se ha derramado por todos los confines de la tierra habitada,
y en ellos ha puesto el Dios omnipotente su tienda.
Por Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos. Amén(2).
Dios, habiendo creado al principio por el Verbo el cielo y la tierra y cuanto en
ellos se contiene, modelo al hombre de la tierra y comunicó a esta figura su
soplo. Y coloco al hombre en un paraíso hacia el oriente, en Edén, para que
viviera agradablemente, y le dio como ley un mandato... Pero el hombre que era
por naturaleza capaz del bien y del mal, como un pedazo de tierra que puede
recibir buenas y malas semillas, acogió a un consejero hostil y codicioso, y
tomando del árbol transgredió el mandamiento y desobedeció a Dios. En
consecuencia, fue echado a este mundo, como a una prisión de condenados. Después
de muchos años y de haber dejado mucha descendencia, volvió a la tierra, a causa
de haber comido del árbol, y dejo a sus hijos esta herencia...
No la pureza, sino la lujuria;
No la inmortalidad, sino la corrupción;
No el honor, sino la deshonra;
No la libertad, sino la esclavitud;
No la realeza, sino la tiranía;
No la vida, sino la muerte;
No la salvación, sino la perdición.
Nueva y terrible fue, en efecto, la perdición de los hombres sobre la tierra. He
aquí lo que les aconteció: eran arrebatados por el pecado como por un tirano, y
eran llevados a los lugares de concupiscencia en los que andaban zarandeados por
placeres insaciables, por el adulterio, la fornicación, la impudencia, los malos
deseos, la codicia, los asesinatos, el derramamiento de sangre, la tiranía de la
maldad y la tiranía de la injusticia. Porque el padre sacaba la espada contra su
hijo, y el hijo ponía sus manos contra su padre; el impío golpeaba los pechos
que le habían amamantado; el hermano mataba a su hermano; el huésped hacia
injusticia a su huésped; el amigo asesinaba al amigo y el hombre degollaba al
hombre con mano de tirano. Todos sobre la tierra se convirtieron, unos en
asesinos, otros en fratricidas, otros en parricidas, otros en infanticidas...
con esto exultaba el Pecado: siendo colaborador de la muerte, la precedía en las
almas de los hombres y preparaba para ella como alimento los cuerpos de los
muertos. En toda alma imprimía el pecado su huella, y aquellos que tenían esta
huella tenían que morir.
Toda carne, pues, cayó bajo el pecado,
y todo cuerpo bajo la muerte,
y toda alma era arrojada de su morada carnal,
y lo que había sido tomado de la tierra se disolvía en la tierra,
y lo que había sido dado por Dios era encarcelado en el Hades.
La bella armonía quedaba disuelta,
y el bello cuerpo, deshecho.
Porque el hombre quedaba dividido bajo el poder de la muerte,
una extraña desgracia y cautividad le rodeaban.
Era arrastrado como prisionero por las sombras de la muerte,
y la imagen del Padre yacía abandonada.
Esta es la razón por la que se ha cumplido el misterio de la Pascua
en el cuerpo del Señor (3).
De antemano el Señor había preordinado sus propios padecimientos
en los patriarcas y en los profetas y en todo el pueblo,
poniendo como sello la ley y los profetas.
Porque lo que había de realizarse de manera inaudita y grandiosa,
estaba preparado desde mucho tiempo,
para que cuando sucediera fuera creído,
habiendo sido prefigurado desde antiguo...
Antiguo y nuevo es el misterio del Señor:
antiguo en la figura, pero nuevo en el don.
Si miras a esa figura, veras la realidad a lo largo de la realización.
Si quieres, pues, contemplar el misterio del Señor has de mirar
a Abel que fue asesinado como él,
a Isaac que fue atado como él,
a José que fue vendido como él,
a Moisés que fue expuesto como él,
a David que fue perseguido como él,
a los profetas que padecieron por Cristo como él.
Mira también al cordero que fue degollado en la tierra de Egipto,
al que golpeo a Egipto y salvo a Israel por la sangre...
Él es el que vino de los cielos a la tierra a causa del que sufría,
y se revistió de éste mediante las entrañas de una virgen
presentándose como hombre.
Él tomo sobre si los sufrimientos del que sufría al tomar un cuerpo capaz de
sufrir
y destruyo los sufrimientos de la carne,
matando, con su Espíritu que no puede morir,
a la muerte homicida.
Él es el que nos arranco de la esclavitud para la libertad
de las tinieblas para la luz,
de la muerte para la vida,
de la tiranía para el reino eterno.
Él hizo de nosotros un sacerdocio nuevo,
y un pueblo elegido para siempre.
Él es la Pascua de nuestra salvación
Él es el que se encarno en una virgen,
el que fue suspendido en un madero,
el que fue enterrado en la tierra,
el que resucitó de entre los muertos,
el que fue arrebatado a las alturas de los cielos.
El es el cordero sin voz,
él es el cordero degollado,
él es el nacido de María, la oveja bella,
él es el que fue tomado del rebaño
y arrastrado al matadero,
sacrificado al atardecer
y sepultado por la noche;
sobre el madero no fue quebrantado,
en la tierra no sufrió corrupción,
sino que resucito de los muertos,
y resucito al hombre de lo profundo de su sepulcro.
Éste ha sido puesto a muerte.
¿Dónde? En medio de Jerusalén.
¿Por qué?
Porque curó a sus cojos,
porque limpió a sus leprosos,
porque llevó a la luz a sus ciegos,
porque resucitó a sus muertos.
Por esto padeció...
¿Por qué, Israel, has cometido esta nueva iniquidad?
Has deshonrado al que te había honrado,
has despreciado al que te había estimado,
has negado al que te había confesado,
has rechazado al que te había llamado.
has matado al que te había dado la vida.
¿Qué has hecho, Israel?...
Cuando el Señor iba a ser sacrificado, al atardecer,
tú preparaste para él los clavos agudos y los falsos testigos,
las cuerdas, los azotes, el vinagre y la hiel,
la espada y la aflicción, como para un ladrón sanguinario.
Después de haber descargado los azotes sobre su cuerpo,
de haber puesto espinas en su cabeza,
ataste todavía sus bellas manos
que te habían modelado a partir de la tierra
y diste hiel para beber a aquella boca hermosa
que te había dado a beber la vida
y diste muerte a tu Señor en el día de la Gran Festividad.
Y tú te regalabas mientras él sufría hambre;
tú bebías vino y comías pan,
mientras él bebía vinagre y hiel;
tú andabas con rostro radiante,
mientras él estaba demacrado;
tú exultabas, mientras él se afligía;
tú cantabas, mientras él era condenado;
tú dabas órdenes, mientras él era clavado;
tú danzabas, mientras él era sepultado;
tú te recostabas sobre muelle lecho,
y él en un féretro y en un sepulcro.
Oh Israel criminal, ¿por qué has cometido esta inaudita injusticia,
arrojando a tu Señor a sufrimientos sin nombre,
al que es tu amo,
al que te modeló,
al que te creó,
al que te honró,
al que te llamo Israel?
Tú no te has mostrado como Israel, pues no has visto a Dios,
no has reconocido al Señor,
no has sabido, Israel, que éste es el primogénito de Dios,
el que fue engendrado antes que la estrella de la mañana,
el que hizo surgir la luz,
el que hizo brillar el día,
el que separó a las tinieblas,
el que afirmó el primer borne,
el que suspendió la tierra,
el que secó el abismo,
el que extendió el firmamento,
el que puso orden en el mundo,
el que dispuso los astros en el cielo,
el que hizo brillar los luminares,
el que hizo los ángeles que están en el cielo,
el que fijó allí los tronos,
el que modeló al hombre sobre la tierra.
Él es el que te eligió y te condujo desde Adán hasta Noé,
desde Noé a Abraham,
desde Abraham a Isaac y a Jacob y a los patriarcas;
él te condujo a Egipto, y te protegió y allí te sustento;
él iluminó tu camino con una columna de fuego,
y te cobijó bajo la nube,
y dividió el mar Rojo conduciéndote a través de él,
y dispersó a tu enemigo.
Él es quien te dió el mana del cielo,
el que te dió a beber de la piedra,
el que te dió la ley en el Horeb,
el que te dió en herencia la tierra (prometida),
el que te envió a los profetas y suscito tus reyes
Con él has sido impío,
con él has cometido iniquidad,
a él has dado muerte,
con él has traficado, reclamándole los didracmas como precio de su cabeza...
Verdaderamente amarga es para ti esta fiesta de los ázimos, como está escrito:
"Comeréis panes ázimos con hierbas amargas."
Amargos son para ti los clavos que afilaste,
amarga para ti la lengua que aguzaste,
amargos para ti los falsos testigos que presentaste,
amargas para ti las cuerdas que preparaste,
amargos para ti los azotes que descargaste,
amargo para ti Judas, a quien pagaste,
amargo para ti Herodes, a quien obedeciste,
amargo para ti Caifás, a quien te confiaste,
amarga para ti la hiel que proporcionaste,
amargo para ti el vinagre que cultivaste,
amargas para ti las espinas que recogiste,
amargas para ti las manos que ensangrentaste.
Has dado muerte a tu Señor en medio de Jerusalén... (4)
Pero él, el Señor, vestido de hombre,
habiendo sufrido por el que sufría,
atado por el que estaba detenido,
juzgado por el culpable,
sepultado por el que estaba enterrado,
resucitó de entre los muertos y clamó en voz alta:
¿Quién se levantara en juicio contra mí?
Que venga a enfrentarse conmigo.
Yo he liberado al condenado.
Yo he vivificado al que estaba muerto.
Yo he resucitado al que estaba sepultado.
¿Quién puede contradecirme?
Yo, dice, Cristo, he destruido a la muerte,
he triunfado del enemigo,
he pisoteado el Hades,
he maniatado al fuerte,
he arrebatado al hombre a las alturas de los cielos.
Yo, dice él, Cristo.
Venid, pues, todas las familias de hombres manchadas por los pecados.
Recibid el perdón de los pecados.
Porque yo soy vuestro perdón,
yo la Pascua de la salvación,
yo el cordero degollado por vosotros,
yo vuestra redención,
yo vuestra vida,
yo vuestra resurrección,
yo vuestra luz,
yo vuestra salvación,
yo vuestro rey.
Yo os llevaré a las alturas de los cielos.
Yo os mostraré al Padre que existe desde los siglos.
Yo os resucitaré por medio de mi diestra."
Tal es el alfa y la omega:
Él es el comienzo y el fin
-comienzo inenarrable y fin incomprensible-
él es Cristo,
él es el Rey,
él es Jesús,
él es el Estratega,
él es el Señor,
él es el que resucito de entre los muertos.
él es el que está sentado a la diestra del Padre.
Él lleva al Padre, y es llevado por el Padre:
A él la gloria y el poder por los siglos. Amén (5)6.
Notas
(1) Números 4-10.
(2) Números 11-16,30-45.
(3) Números 47-57.
| Explicación |
Según algunos estudiosos, la homilía La Santa Pascua, de la que se recogen aquí
unos fragmentos, proviene del Asia Menor y fue pronunciada en la segunda mitad
del siglo II. Aunque no se poseen los datos suficientes para identificar al
autor con absoluta precisión, queda fuera de duda su pertenencia al ambiente que
seguía el antiguo computo hebraico de la celebración de la Pascua, el 14 de
Nisán.
La homilía consta de una introducción, dos partes y un epílogo. En la
introducción, el autor proclama la belleza de la Pascua y anuncia los motivos
fundamentales que tratara en el cuerpo del escrito: la ley de Moisés y la
salvación que el Señor nos alcanzo al inmolarse en la Cruz.
Como Melitón de Sardes, el autor de esta homilía atribuye a la Pascua el sentido
de misterio, distinguiendo tres fases en su desarrollo: los hechos ocurridos en
Egipto, que son figura de la Pascua cristiana; la celebración judaica, querida
por Dios para anunciar su plan de salvación, y el auténtico y perfecto misterio
pascual de los cristianos, en el que nos introduce el Sacramento de la
Eucaristía. (Loarte)
Ésta era la Pascua que Jesús deseaba padecer por nosotros: con la Pasión
librarnos de la pasión, con la Muerte vencer a la muerte, y con el alimento
invisible darnos su vida inmortal.
Éste era el deseo salvífico de Jesús, éste su amor enteramente Espiritual:
mostrar las figuras como figuras y, en su lugar, dar a los discípulos su sagrado
cuerpo: tomad y comed, esto es mi Cuerpo; tomad y bebed, ésta es mi Sangre de la
nueva alianza, que es derramada por muchos para remisión de los pecados (Mt
26,26-28). Por eso deseaba, más que comer la Pascua, padecerla, para
librarnos de la pasión contraída comiendo.
Por eso, sustituye un árbol por otro y, en vez de la mano perversa que al
principio se extendió impíamente, deja enclavar su mano inmaculada con un gesto
de piedad, mostrándose como la verdadera Vida colgada del árbol. Tu, Israel, no
pudiste comer de él; nosotros, en cambio, con un conocimiento Espiritual
indestructible, comemos de él y no morimos (cf.
Gn 1,17 Gn 3,4-6).
Este es, para mí, árbol de salvación eterna: de él me nutro y sacio. Por sus
raíces hundo mis raíces, por sus ramas me expando, de su savia me emborracho,
por su Espíritu-como de un viento delicioso-soy fecundado. Bajo su sombra he
plantado mi tienda y, huyendo de los grandes calores, encuentro un refugio lleno
de rocío. Por sus flores florezco, con sus frutos me deleito y los tomo
libremente porque están destinados a mi desde el principio.
Este árbol es alimento para saciar mi hambre, manantial para mi sed vestido para
mi desnudez; sus hojas son Espíritu de vida, y nunca más hojas de higuera (cf.
Gn 3,7).
Este árbol es mi protección cuando temo a Dios, mi báculo cuando vacilo, mi
premio cuando combato y mi trofeo cuando venzo. Este árbol es para mí senda
angosta y camino estrecho. Este árbol es la escala de Jacob y la vía de los
ángeles, en cuya cima está verdaderamente apoyado el Señor.
Este árbol de dimensiones celestiales se eleva desde la tierra hasta los cielos,
hincándose entre el cielo y la tierra como planta eterna, como sostén de todas
las cosas y quicio del universo, como soporte del mundo entero y vínculo
cósmico, que mantiene unida a la mudable naturaleza humana, enclavándola con los
clavos invisibles del Espíritu, para que, sujeta a la divinidad, no se separe
más de ella (...).
Aunque llena el universo, el Señor se desvistió para luchar desnudo contra las
potencias del aire. Y por un instante grito que se apartase de Él ese cáliz,
para mostrar verdaderamente que Él es también hombre (cf.
Lc 22,42);
pero acordándose de su misión y queriendo cumplir el designio de salvación para
el que había sido enviado, grito de nuevo: no mi voluntad, sino la tuya. En
efecto, el Espíritu está pronto, pero la carne es débil (Mt
26,41).
Como combatía una batalla victoriosa en favor de la vida, su sagrada cabeza fue
coronada de espinas, borrando así la antigua maldición de la tierra y extirpando
con su divina frente las copiosas espinas producidas por el pecado. Al beber
después la amarga y acida hiel del dragón, derramo las dulces fuentes que manan
de él.
Queriendo, en efecto, destruir la obra de la mujer y contraponerse a aquella que
al principio salió del costado de Adán como portadora de muerte, el Señor abrió
su sagrado costado, del cual mano su sagrada sangre y el agua, signos plenos de
las Espirituales y místicas bodas, de la adopción y de la regeneración, según lo
que está escrito: Él os bautizara en Espíritu Santo y fuego (Mt
3,11): el agua como bautismo en el Espíritu, la sangre como bautismo en
el fuego.
Entonces fueron crucificados con Él dos ladrones, que llevaban en si las señales
de los dos pueblos: uno de ellos se convierte mediante el agradecimiento,
confiesa sinceramente sus culpas y se apiada de su Soberano; el otro, en cambio,
se rebela porque es de dura cerviz, no muestra agradecimiento ni piedad hacia su
Señor y persiste en sus viejos pecados. Estos dos hombres manifiestan también
dos sentimientos del alma: uno de ellos se convierte de sus antiguos pecados, se
desnuda ante su Soberano y obtiene así, mediante la penitencia, misericordia y
recompensa; el otro, en cambio, no tiene excusa, porque, al no querer mudar,
permanece ladrón hasta el final.
Cuando terminó (Cristo) el combate cósmico, venciendo en todo y por todo, sin
ser exaltado como Dios ni postrado como hombre, se quedo plantado, como límite
de todas las cosas, como trofeo de victoria, llevando en sí mismo un triunfo
contra el enemigo.
Entonces, frente a su larga resistencia, el universo se llenó de estupor;
entonces, los cielos se conmovieron, y las potencias, los tronos y las leyes
celestiales se estremecieron, al ver colgado al archiestratega de la gran
milicia. Poco faltó para que los astros del cielo cayeran, al contemplar
extendido a Aquél que es anterior a la estrella de la mañana, y durante algún
tiempo la llama del sol se apagó, viendo oscurecerse la gran luz del mundo.
Entonces se quebraron las piedras (cf.
Mt 17,51)
de la tierra, para gritar la ingratitud de Israel: tu no reconociste la piedra
Espiritual que seguiste y de la cual bebiste (cf.
1Co 14,4);
se rasgó el velo del templo, para participar en la Pasión y señalar al verdadero
Sacerdote celeste. Por poco el mundo entero no fue aplastado y disuelto por el
espanto ante la Pasión, si el gran Jesús no hubiese exhalado su divino Espíritu
diciendo: Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu (Lc
23,46).
Y mientras todas las cosas eran turbadas y removidas por un estremecimiento de
miedo, inmediatamente, al remontarse el divino Espíritu, el universo casi
reanimado, vivificado y consolidado encontró su estabilidad.
(4) Números 58-93.
(5) Números 100-104.
| Historia | Escritos |
|
CLEMENTE DE ALEJANDRÍA nació hacia el año 150, probablemente en Atenas, de padres paganos; después de hacerse cristiano, viajó por el sur de Italia y por Siria y Palestina, en busca de maestros cristianos, hasta que llegó a Alejandría; las enseñanzas de Panteno hicieron que se quedara allí. Hacia el año 202, la persecución de Septimio Severo le obligó a abandonar Egipto, y se refugió en Capadocia, donde murió poco antes del 215.Su conocimiento de los escritos paganos y de la literatura cristiana es notable; según Quasten, en sus obras se encuentran unas 360 citas de los clásicos, 1500 del Antiguo Testamento y 2000 del Nuevo.
La amplia cultura pagana de Clemente no fue borrada por su encuentro con el cristianismo; seguía encontrando en ella mucho de positivo y la gran trascendencia de su obra se deberá precisamente a lo mucho que contribuyó a que la filosofía fuera aceptada en la Iglesia. Los filósofos gentiles, Platón en especial, se hallaban según él en el camino recto para encontrar a Dios; aunque la plenitud del conocimiento y por tanto de la salvación la ha traído el Logos, Jesucristo, que llama a todos para que le sigan. Éste es el tema del primero de sus escritos, el Protréptico o «exhortación», una invitación a la conversión.
A los que se deciden a seguir a Cristo, Clemente dedica la segunda de sus obras, el Pedagogo, el «preceptor». En el primero de los tres libros de que se compone, de carácter más general, trata de la obra educadora del Logos como pedagogo y establece principios generales de moral. En el segundo y el tercero trata de situaciones de la vida ordinaria en Alejandría, siguiendo una relación pormenorizada y dando normas sobre ellas: la manera de vestir y de divertirse, el uso de perfumes, la asistencia a los baños, la música y la danza, la vida conyugal, la disposición y ornato de la casa, las buenas maneras, etc.; son cuadros en los que vemos retratado un ambiente refinado de gran ciudad, en el que se desarrolla la vida de sus oyentes. Clemente no les pide que renuncien a ese mundo, en el que se da una mezcla de cosas buenas y malas, pero sí les previene y les da consejos para que, sin salirse de su sitio, sepan portarse como cristianos. Esta misma idea aparecerá en su tratado Quis dives salvetur, «quién es el rico que se salvará», una homilía que comenta la escena evangélica del joven rico: no todos necesitan abandonar sus posesiones, pero sí desprenderse del apego al dinero.
Para cerrar esta trilogía, Clemente proyectaba otra obra, el Didascalos, en la que iba a exponer sistemáticamente la religión cristiana, pues «el Logos primero exhorta, luego educa y finalmente enseña». Pero no llegó a escribirla.
En cambio escribió unos Stromata, o «tapices», donde va tratando temas variados con los que Clemente quiere crear inquietudes religiosas en el gentil. En ellos domina el interés por presentar el cristianismo como una verdadera gnosis; como Ireneo, rechaza el uso que algunos hacen de la gnosis, pero no se queda en una postura negativa; hace notar el valor de la filosofía pagana para el cristiano, pues aunque la filosofía nunca podrá reemplazar a la revelación, ha preparado a una parte de la humanidad, a los griegos, para la venida de Cristo, de manera semejante a como el Viejo Testamento preparó a los judíos. Así, al mismo tiempo que rechaza la falsa gnosis, sostiene que el cristiano es el verdadero gnóstico, es decir, el verdadero sabio; la perfección moral, que consiste en la castidad y el amor a Dios, es el rasgo característico de este verdadero gnóstico en contraste con el falso.
Parece que la mayoría de los que se llaman cristianos se comportan como los
compañeros de Ulises: se acercan a la cultura (logos) como gente burda que ha de
pasar no sólo junto a las sirenas, sino junto a su ritmo y su melodía. Han
tenido que taponarse los oídos con ignorancia, porque saben que si llegasen a
escuchar una vez las lecciones de los griegos, no serian ya capaces de volver a
su casa. Pero el que sabe recoger de entre lo que oye toda flor buena para su
provecho, por más que sea de los griegos -pues "del Señor es la tierra y todo lo
que la llena" (Ps
23,1 1Co
10,26)-, no tiene por qué huir de la cultura a la manera de los animales
irracionales. Al contrario, el que está bien instruido ha de aspirar a proveerse
de todos los auxilios que pueda, con tal de que no se entretenga en ellos más
que en lo que le sea útil: si toma ésto y lo atesora, podrá volver a su casa, a
la verdadera filosofía, habiendo conseguido para su alma una convicción firme,
con una seguridad a la que todo habrá contribuido... (1)
El vulgo, como los niños que temen al coco, teme a la filosofía griega por miedo
de ser extraviado por ella. Sin embargo, si la fe que tienen - ya que no me
atrevo a llamarla conocimiento - es tal que puede perderse con argumentos, que
se pierda, pues con esto solo ya confiesan que no tienen la verdad. Porque la
verdad es invencible: las falsas opiniones son las que se pierden... (2)
Antes de la venida del Señor, la filosofía era necesaria a los griegos para la
justicia; ahora, en cambio, es útil para conducir las almas al culto de Dios,
pues constituye como una propedéutica para aquellos que alcanzan la fe a través
de la demostración. Porque "tu pie no tropezará" (Pr
3,28), como dice la Escritura, si atribuyes a la Providencia todas las
cosas buenas, ya sean de los griegos o nuestras. Porque Dios es la causa de
todas las cosas buenas: de unas es de una manera directa, como del Antiguo y del
Nuevo Testamento; de otras indirectamente, como de la filosofía. Y aun es
posible que la filosofía fuera dada directamente (por Dios) a los griegos antes
de que el Señor los llamase: porque era un pedagogo para conducir a los griegos
a Cristo, como la ley lo fue para los hebreos (Ga
3,24). La filosofía es una preparación que pone en camino al hombre que
ha de recibir la perfección por medio de Cristo... (3)
No hay nada de extraño en el hecho de que la filosofía sea un don de la divina
Providencia, como propedéutica para la perfección que se alcanza por Cristo, con
tal que no se avergüence de la sabiduría bárbara, de la que la filosofía ha de
aprender a avanzar hacia la verdad... (4).
De la misma manera que recientemente, a su debido tiempo, nos vino la
predicación (del Evangelio), así a su debido tiempo fue dada la ley y los
profetas a los bárbaros, y la filosofía a los griegos, para ir entrenando los
oídos de los hombres en orden a aquella predicación... (5).
Si decimos, como se admite universalmente, que todas las cosas necesarias y
útiles para la vida nos vienen de Dios, no andaremos equivocados. En cuanto a la
filosofía, ha sido dada a los griegos como su propio testamento, constituyendo
un fundamento para la filosofía cristiana, aunque los que la practican de entre
los griegos se hagan voluntariamente sordos a la verdad, ya porque menosprecian
su expresión bárbara, ya también porque son conscientes del peligro de muerte
con que las leyes civiles amenazan a los fieles. Porque, igual que en la
filosofía bárbara, también en la griega "ha sido sembrada la cizaña" (Mt
13,25) por aquel cuyo oficio es sembrar cizaña. Por esto nacieron entre
nosotros las herejías juntamente con el auténtico trigo, y entre ellos, los que
predican el ateísmo y el hedonismo de Epicuro, y todo cuanto se ha mezclado en
la filosofía griega contrario a la recta razón, son fruto bastardo de la parcela
que Dios había dado a los griegos... (6)
Cuando hablo de filosofía, no me refiero a la estoica, o a la platónica, o a la
de Epicuro o a la de Aristóteles, sino que me refiero a todo lo que cada una de
estas escuelas ha dicho rectamente enseñando la justicia con actitud científica
y religiosa. Este conjunto ecléctico es lo que yo llamo filosofía... (7)
Algunos que se creen bien dotados piensan que es inútil dedicarse ya sea a la
filosofía o a la dialéctica, y aun adquirir el conocimiento de la naturaleza,
sino que se adhieren a la sola fe desnuda, como si creyeran que se puede empezar
en seguida a recoger las uvas sin haber tenido ningún cuidado de la viña. Pero
la viña representa al Señor (Jn
15,1): no se pueden recoger sus frutos sin haber practicado la
agricultura según la razón (logos); hay que podar, cavar, etc. (8).
La claridad contribuye a la transmisión de la verdad, y la dialéctica a no
dejarse arrollar por las herejías que se presenten. Pero la enseñanza del
Salvador es perfecta en Sí misma y no necesita de nada, pues es fuerza y
sabiduría de Dios (1Co
1,24). Cuando se le añade la filosofía griega, no es para hacer más
fuerte su verdad, sino para quitar las fuerzas a las asechanzas de la sofística
y poder aplastar toda emboscada insidiosa contra la verdad. Con propiedad se la
llama "empalizada" y "muro" de la viña. La verdad que está en la fe es necesaria
como el pan para la vida, mientras que aquella instrucción propedéutica es como
el condimento y el postre... (9).
Hay muchas cosas que, sin tender directamente al fin perseguido, concurren en dar
autoridad al que se afana por él. En particular, la erudición sirve para
recomendar a la confianza de los oyentes el que expone las verdades
particularmente importantes: ella provoca la admiración en el Espíritu de los
discípulos, y así conduce a la verdad... (11).
Aunque la filosofía griega no llega a alcanzar la verdad en su totalidad, y,
además, no tiene en si fuerza para cumplir el mandamiento del Señor, sin
embargo, prepara al menos el camino para aquella enseñanza que es verdaderamente
real en el mejor sentido de la palabra, pues hace al hombre capaz de dominarse,
moldea su carácter y lo predispone para la aceptación de la verdad (12).
Por así decirlo, la filosofía griega facilita al alma la purificación preliminar
y el entrenamiento necesario para poder recibir la fe: y sobre esta base la
verdad edifica la estructura del conocimiento (13).
Notas
(1) cf. CLEMENTE, Stromata, VI, III,89,1.
(2) Ibid. VI,10,80,5.
(3) Ibid. I,5,28.
(4) Ibid. VI,17,153.
(5) Ibid. VI,5,44.
(6) Ibid. VI,8,67.
(7) Ibid. I,7,37,6.
(8)
(9) Ibid. I,20,99,4ss. Orígenes dirá (Com. 70,1,30) que la instrucción elemental
es necesaria como el pan: mientras que el gozo de la especulación es semejante
al vino..
(10) Strom. II,4,15,5.
(11) Ibid. I,1,19,4. volver)
(12) Ibid. I,80.
(13) Ibid. VII,20.
Los filósofos y el conocimiento de Dios
Sobre mí se lanza la avalancha de filósofos, como fantasma acompañado de
huéspedes divinos con sombras extrañas, contando sus mitos como cuentos de
vieja. Lejos de mí aconsejar a los hombres que presten oído a tales discursos:
ni siquiera a nuestros propios pequeños cuando lloriquean, como suele decirse,
acostumbramos a contarles tales fábulas para apaciguarlos, pues tememos que con
ellas creciera la impiedad que predican estos supuestos sabios, que en realidad
no conocen de la verdad más que un niño. En nombre de la verdad, ¿por qué me
muestras a los de tu fe arrastrados por el ímpetu violento en un torbellino sin
orden? ¿Por qué me llenas la vida de vanas imágenes, pretendiendo que son dioses
el viento y el aire y el fuego y la tierra y las piedras, la madera y el hierro,
llamando dioses al mismo mundo, las estrellas, los astros errantes? En realidad
vosotros sois hombres errantes, con astrología de charlatanes, que no es
astronomía, sino palabrería sobre las estrellas. Yo busco al Señor de los
vientos, al dueño del fuego, al creador del mundo, al que da su luz al sol:
busco a Dios, no las obras de Dios.
¿Qué ayuda me das tú para esta búsqueda? Porque no he llegado a descartarte
absolutamente. ¿Me das a Platón? Bien. Dime, Platón: ¿Cómo hallaremos la huella
de Dios? "Es trabajoso encontrar al padre y hacedor de este universo; y aunque
uno lo encontrara, no Podría manifestarlo a todos" (Tim 28c). Y esto, ¿por qué?,
en nombre de Dios. "Porque es absolutamente inefable" (Carta VII,341c; cf. Ley.
821a). Platón, has llegado ciertamente a tocar la verdad, pero no has de cejar.
Emprende conmigo la búsqueda del bien. Todos los hombres, y de manera particular
los que se dedican al estudio, están empapados de ciertas gotas de origen
divino. Por esto, aun sin quererlo, confiesan qué Dios es uno, imperecedero e
inengendrado, que está en cierto lugar superior sobre la bóveda del cielo, en su
observatorio propio y particular en el que tiene su plenitud de ser eterno (cf.
Tim. 52a; Fedr. 247c; Polit., 272e). Dice Eurípides (fr. 1129): "Dime, ¿cómo hay
que imaginarse a Dios? Es el que, sin ser visto, lo ve todo." En cambio, me
parece que Menandro se equivoco cuando dijo (fr. 609): "Oh Sol, hemos de
adorarte como el primero de los dioses, pues por ti los otros dioses pueden
ver." No es el sol el que nos mostrara jamás al dios verdadero, sino el Logos,
saludable sol del alma, que al surgir interiormente en la profundidad de nuestra
mente es el único capaz de iluminar el ojo del alma (cf. Plat. Rep. VII,533d)...
Platón se refiere a Dios con palabras enigmáticas, de la siguiente manera:
"Todas las cosas están alrededor del rey de todas las cosas, y esto es la causa
de todo lo que es bello" (Carta II,312e). ¿Quién es el rey de todas las cosas?
Dios, que es la medida de la verdad de los seres. Ahora bien, así como el objeto
que es medido es abarcado por la medida, así la verdad queda medida y abarcada
por el techo de conocer a Dios. Dice Moisés, hombre en verdad santo: "No tendrás
en tu saco un peso y otro peso, uno grande y otro pequeño, ni tendrás en tu casa
una medida grande y otra pequeña, sino que tendrás un peso verdadero y justo" (Dt
25,13-15; cf. Fil. de Somn. II, 193ss): es que él supone que Dios es el
peso y la medida y el número de todas las cosas. Las imitaciones injustas e
inicuas están escondidas en casa en el saco, que es como decir en la inmundicia
del alma. Pero la única medida justa es el único Dios verdadero, que, siempre
igual a sí mismo y siempre de la misma manera mide y pesa todas las cosas, pues,
como en una balanza, abarca todas las cosas de la naturaleza, y las mantiene en
equilibrio. Según un relato antiguo, "Dios tiene en su mano el principio y el
fin y el medio de todas las cosas, y se dirige directamente a su fin, avanzando
según la naturaleza de cada una. Le acompaña siempre la justicia, vengadora de
los que dejan de cumplir la ley de Dios" (Orac. Sibil. 3,586-8; 590-4).
Ahora bien, Platón: ¿De dónde te viene esta alusión a la verdad? ¿Quién te
proporciona la abundancia de razones con las que vaticinas la religión? Las
razas bárbaras, dice, tienen más sabiduría que éstas (cf. Fedr. 78a; id. en Clem
Strom. I,15,66,3). Aunque quieras ocultarlos, conozco a tus maestros. Aprendes
la geometría de los egipcios; la astronomía de los babilonios; Tomás de los
tracios los encantamientos saludables, y aprendes mucho de los asirios. Pero en
lo que se refiere a las leyes verdaderas y a las opiniones acerca de Dios, has
encontrado ayuda en los mismos hebreos...(14)
"Fides quaerens intellectum"
Afirmamos que la fe no es inoperante y sin fruto, sino que ha de progresar por
medio de la investigación. No afirmo, pues, que no haya que investigar en
absoluto. Está dicho: "Busca y encontraras" (Mt
7,7 Lc 12,9)...
Hay que aguzar la vista del alma en la investigación, y hay que purificarse de
los obstáculos de la emulación y la envidia, y hay que arrojar totalmente el
Espíritu de disputa, que es la peor de las corrupciones del hombre... Es
evidente que el investigar acerca de Dios, si no se hace con Espíritu de
disputa, sino con ánimo de encontrar, es cosa conducente a la salvación. Porque
está escrito en David: "Los pobres se saciarán, y quedarán llenos, y alabaran al
Señor los que le buscan: su corazón vivirá por los siglos de los siglos" (Ps
21,27). Los que buscan, alabando al Señor con la búsqueda de la verdad,
quedarán llenos con el don de Dios que es el conocimiento, y su alma vivirá.
Porque lo que se dice del corazón hay que entenderlo del alma que busca la vida,
pues el Padre es conocido por medio del Hijo. Sin embargo no hay que dar oídos
indistintamente a todos los que hablan o escriben... "Dios es amor" (1Jn
4,16), y se da a conocer a los que aman. Asimismo. "Dios es fiel" (1Co
1,9 1Co
10,13), y se entrega a los fieles por medio de la enseñanza. Es
necesario que nos familiaricemos con él por medio del amor divino, de suerte que
habiendo semejanza entre el objeto conocido y la facultad que conoce, lleguemos
a contemplarle; y así hemos de obedecer al Logos de la verdad con simplicidad y
puridad, como niños obedientes... "Si no os hiciereis como esos niños, no
entraréis en el reino de los cielos" (Mt
18,3): allí aparece el templo de Dios, construido sobre tres
fundamentos, que son la fe, la esperanza y la caridad... (15)
La gnosis-cristiana
La gnosis es, por así decirlo, un perfeccionamiento del hombre en cuanto hombre,
que se realiza plenamente por medio del conocimiento de las cosas divinas,
confiriendo en las acciones, en la vida y en el pensar una armonía y coherencia
consigo misma y con el Logos divino. Por la gnosis se perfecciona la fe, de
suerte que únicamente por ella alcanza el fiel su perfección. Porque la fe es un
bien interior, que no investiga acerca de Dios, sino que confiesa su existencia
y se adhiere a su realidad. Por esto es necesario que uno, remontándose a partir
de esta fe y creciendo en ella por la gracia de Dios, se procure el conocimiento
que le sea posible acerca de él. Sin embargo, afirmamos que la gnosis difiere de
la sabiduría que se adquiere por la enseñanza: porque, en cuanto algo es gnosis
será también ciertamente sabiduría, pero en cuanto algo es sabiduría no por ello
será necesariamente gnosis. Porque el nombre de sabiduría se aplica solo a la
que se relaciona con el Verbo explicito (logos prophorikos). Con todo, el no
dudar acerca de Dios, sino creer, es el fundamento de la gnosis. Pero Cristo es
ambas realidades, el fundamento (la fe) y lo que sobre él se construye (la
gnosis): por medio de él es el comienzo y el fin. Los extremos del comienzo y
del fin -me refiero a la fe y a la caridad- no son objeto de enseñanza: pero la
gnosis es transmitida por tradición, como se entrega un depósito, a los que se
han hecho, según la gracia de Dios, dignos de tal enseñanza. Por la gnosis
resplandece la dignidad de la caridad "de la luz en luz". En efecto, está
escrito: "Al que tiene, se le dará más" (Lc
19,26): al que tiene fe, se le dará la gnosis; al que tiene la gnosis,
se le dará la caridad: al que tiene caridad. se le dará la herencia... (16).
La fe es, por así decirlo, como un conocimiento en compendio de las cosas más
necesarias, mientras que la gnosis es una explicación sólida y firme de las
cosas que se han aceptado por la fe, construida sobre ella por medio de las
enseñanzas del Señor. Ella conduce a lo que es infalible y objeto de ciencia. A
mi modo de ver, se da una primera conversión salvadora, que es el transito del
paganismo a la fe, y una segunda conversión, que es el paso de la fe a la
gnosis. Cuando esta culmina en la caridad, llega a hacer al que conoce amigo del
amigo que es conocido... (17).
Dios se da a conocer a los que le aman
"Dios es amor", y se da a conocer a los que aman. Asimismo, "Dios es fiel" y se
entrega a los fieles por medio de la enseñanza. Es necesario que nos
familiaricemos con él por medio del amor divino, de suerte que habiendo
semejanza entre el objeto conocido y la facultad que conoce, lleguemos a
contemplarle; y así hemos de obedecer al Logos de la verdad con simplicidad y
puridad, como niños obedientes... "Si no os hiciereis como esos niños, no
entraréis en el reino de los cielos" (Mt
18,3): allí aparece e) templo de Dios, construido sobre tres
fundamentos: que son la fe, la esperanza y la caridad... (18).
Notas
(14) CLEMENTE, Protréptico, 67ss.
(15) Strom. V,11,1ss.
(16) Ibid. VII,10,55,1.
(17) Ibid. VII,10,57,3.
(18) Ibid. V,13,1-2.
(¿Quién es el rico que se salva? 11-14)
Vino corriendo uno y, arrodillado a sus pies, le preguntó: Maestro bueno, ¿qué
debo hacer para conseguir la vida eterna? (...). Jesús, mirándole de hito en
hito, mostró quedar prendado de él; y le dijo: una cosa te falta: anda, vende
cuanto tienes y dálo a los pobres, que así tendrás un tesoro en el Cielo; y ven
después, y sígueme. A esta propuesta, entristecido el joven, se marchó muy
afligido, pues tenía muchos bienes (/Mc/10/17-22).
¿Qué es lo que le movió a la fuga y le hizo desertar del Maestro, de la súplica,
de la esperanza y de los pasados trabajos? Lo de vende cuanto tienes. ¿Y qué
quiere decir esto? No lo que a la ligera admiten algunos. El Señor no manda que
tiremos nuestra hacienda y nos apartemos del dinero. Lo que El quiere es que
desterremos de nuestra alma la primacía de las riquezas, la desenfrenada codicia
y fiebre de ellas, las solicitudes, las espinas de la vida, que ahogan la
semilla de la verdadera Vida. Si no fuera así, los que nada absolutamente
tienen, los que, privados de todo auxilio, andan diariamente mendigando y se
tienden por los caminos, sin conocimiento de Dios y de su justicia, serían, por
el mero hecho de su extrema indigencia, por carecer de todo medio de vida y
andar escasos de lo más esencial, los más felices y amados de Dios, y los únicos
que alcanzarían la vida eterna.
Por otra parte, tampoco es cosa nueva renunciar a las riquezas y repartirlas
entre los pobres y necesitados, pues lo hicieron muchos antes del advenimiento
del Salvador: unos, para dedicarse a las letras y por amor de la vana sabiduría;
otros, a la caza de fama y de gloria, como Anaxagoras, Demócrito y Crates.
¿Qué es, pues, lo que manda el Señor como cosa nueva, como propio de Dios, como
lo único que vivifica, y no lo que no salvo a los anteriores? ¿Qué nos indica y
enseña como cosa eximia el que es, como Hijo de Dios, la nueva criatura? No nos
manda lo que dice la letra y otros han hecho ya, sino algo más grande, más
divino y más perfecto que por aquello es significado, a saber: que desnudemos el
alma misma de sus pasiones desordenadas, que arranquemos de raíz y arrojemos de
nosotros lo que es ajeno al Espíritu. He ahí la enseñanza propia del creyente,
he ahí la doctrina digna del Salvador. Los que antes del Señor despreciaron los
bienes exteriores, no hay duda de que abandonaron y perdieron sus riquezas, pero
acrecentaron aun más las pasiones de sus almas. Porque, imaginando haber
realizado algo sobrehumano, vinieron a dar en soberbia, petulancia, vanagloria y
menosprecio de los otros.
Ahora bien, ¿cómo iba el Salvador a recomendar, a quienes han de vivir para
siempre, algo que dañará y destruyera la vida que Él promete? En efecto, puede
darse el caso de que uno, echado de encima el peso de los bienes o hacienda, no
por eso mantenga menos impresa y viva en su alma la codicia y apetito de las
riquezas. Se desprendió, sin duda, de sus bienes; pero, al carecer y desear a la
par lo que dejo, será doblemente atormentado por la ausencia de las cosas
necesarias y por la presencia del arrepentimiento. Porque es ineludible e
imposible que quien carece de lo necesario para la vida no se turbe de Espíritu
y se distraiga de lo más importante, con intento de procurárselo como y donde
sea.
¡Cuanto más provechoso es lo contrario! Poseer, por una parte, lo suficiente y
no angustiarse por tenerlo que buscar; y, por otra, socorrer a los que convenga.
Porque, de no tener nadie nada, ¿qué comunión de bienes podría darse entre los
hombres? ¿Cómo no ver que esta doctrina de abandonarlo todo pugnaría y contradeciría patentemente a otras muchas y muy hermosas enseñanzas del Salvador?
Haceos amigos con las riquezas de iniquidad, a fin de que, cuando falleciereis,
os reciban en los eternos tabernáculos (Lc
16,9). Tened vuestros tesoros en los cielos, donde el orín y la polilla
no los destruyen, ni los ladrones horadan las paredes (Mt
6,19). ¿Cómo dar de comer al hambriento, de beber al sediento, vestir al
desnudo, acoger al desamparado-cosas por las que, de no hacerse, amenaza el
Señor con el fuego eterno y las tinieblas exteriores-, si cada uno empezara por
carecer de todo eso?
(...) No deben, consiguientemente, rechazarse las riquezas que pueden ser de
provecho a nuestro prójimo. Se llaman efectivamente posesiones porque se poseen,
y bienes o utilidades porque con ellas puede hacerse bien y para utilidad de los
hombres han sido ordenadas por Dios. Son cosas que están ahí y se destinan, como
materia o instrumento, para uso bueno en manos de quienes saben lo que es un
instrumento. Si del instrumento se usa con arte, es beneficioso; si el que lo
maneja carece de arte, la torpeza pasa al instrumento, si bien éste no tiene
culpa alguna.
Instrumento así es también la riqueza. Si se usa justamente, se pone al servicio
de la justicia. Si se hace uso injusto, se la pone al servicio de la injusticia.
Por su naturaleza está destinada a servir, no a mandar. No hay, pues, que
acusarla de lo que de suyo no tiene, al no ser buena ni mala. La riqueza no
tiene culpa. A quien hay que acusar es al que tiene facultad de usar bien o mal
de ella, por la elección que hace; y esto compete a la mente y juicio del
hombre, que es en sí mismo libre y puede, a su arbitrio, manejar lo que se le da
para su uso. De suerte que lo que hay que destruir no son las riquezas, sino las
desordenadas pasiones del alma que no permiten hacer mejor uso de ellas. De este
modo, convertido el hombre en bueno y noble, puede hacer de las riquezas uso
bueno y generoso.
Ejemplo de buen Pastor
(¿Quién es el rico que se salva? 42)
Oigamos una historia que no es una fábula, sino un testimonio real acerca de San
Juan, transmitido de generación en generación. Después de la muerte del tirano
Domiciano, Juan regreso a Éfeso desde la isla de Patmos. Siempre que solicitaban
su presencia, acudía a las ciudades vecinas de los gentiles para nombrar
obispos, organizar la Iglesia, o elegir como clérigo a uno de los designados por
el Espíritu Santo.
En cierta ocasión, se trasladó a una de aquellas ciudades próximas -algunos
incluso mencionan el nombre de Esmirna-donde, después de haber confortado a los
hermanos, mientras observaba a quien había nombrado obispo, distinguió a un
joven que destacaba por su buen aspecto y fuerte temperamento. Señalándole, dijo
al obispo: Te lo confío con especial solicitud ante la Iglesia y Cristo, como
testigos. El obispo lo acogió e hizo la promesa, con las mismas palabras y los
mismos testigos.
Juan partió hacia Éfeso y el obispo acogió en su casa al joven que le había sido
confiado; lo alimentó, lo educó y tuvo cuidado de él hasta que, por fin, fue
bautizado. Sin embargo, después del Bautismo, el obispo disminuyó su celo y
vigilancia con el joven, porque ya estaba marcado por el sello del Señor y para
él aquello representaba una sólida garantía.
Dejado precipitadamente a merced de su libertad, el joven fue corrompido por
algunos muchachos ociosos y de vida disoluta, habituados al mal. Primeramente lo
condujeron a banquetes suntuosos y, después, mientras salían de noche a robar,
consideraron que sería capaz de llevar a cabo con ellos empresas mayores. Se
habituó a ese género de vida y, por la vehemencia de su carácter, abandonó el
recto camino como un caballo que rompe el freno, adentrándose cada vez más en el
abismo. Al fin, renunció a la salvación divina y no se preocupó más de las cosas
pequeñas; al contrario, cometiendo un pecado muy grave, se vió perdido para
siempre y siguió la misma suerte de todos sus compañeros. Los reunió y formó una
banda de ladrones y asesinos. Él era su jefe: el más violento, el más peligroso,
el más cruel.
Pasó el tiempo y un asunto exigió de nuevo la presencia de Juan en aquella
ciudad. El Apóstol, después de haber puesto en orden aquello que motivó su
venida, dijo al obispo: Restituye ahora el bien que Cristo y yo te habíamos
confiado en depósito ante la Iglesia, que tú presides y que es testigo. El
obispo, en un primer momento, quedo confuso: pensaba que se le acusaba
injustamente de la sustracción de un dinero que jamás había recibido, y del que
no podría dar fe a Juan porque no lo tenía, ni tampoco poner en duda su palabra.
Sin embargo, en cuanto el Apóstol añadió: Te pido que me devuelvas aquel joven,
el alma de aquel hermano; el anciano, con una gran exclamación, respondió entre
lágrimas: ¡Ha muerto! ¿Cómo?, pregunto Juan; ¿y de qué muerte? ¡Ha muerto a
Dios!, contestó el obispo, pues se ha convertido en un hombre malvado y
corrupto: un ladrón, por decirlo brevemente. Y ahora, en vez de acudir a la
iglesia, vive en las montañas con una banda de hombres semejantes a él.
El Apóstol se rasgó entonces las vestiduras y, golpeándose la cabeza, dijo entre
sollozos: ¡Buen custodio del alma de su hermano, he dejado! ¡Enviadme enseguida
un caballo y que alguien haga de guía!
Y al instante partió de la Iglesia rápidamente al galope. Nada más llegar, fue
capturado por la guardia de los bandidos, pero no intentó huir, ni suplicar, tan
solo les gritó: ¡He venido para esto; llevadme a vuestro jefe! El, mientras
tanto, le esperaba armado, pero al reconocerle, quedo avergonzado y huyó. El
Apóstol siguió tras de él con todas sus fuerzas sin tener en cuenta su edad, y
le gritó: ¿Por qué huyes, hijo? ¿Por qué escapas a tu padre, viejo y desarmado?
Ten piedad de mi, hijito, no tengas miedo. Tienes todavía una esperanza de vida.
Yo daré cuentas al Señor por ti. Si es necesario, aceptaré la muerte, como el
Señor lo hizo por nosotros; daré mi vida por la tuya. ¡Detente; ten confianza:
Cristo me ha enviado!
Al escuchar estas palabras, se detuvo. Bajó los ojos, tiró las armas y comenzó a
llorar amargamente, temblando. Después, abrazó al anciano que estaba a su lado,
mientras, entre sollozos, le pedía perdón: así, fue bautizado por segunda vez
con lágrimas. Sin embargo, ocultaba su mano derecha. San Juan se constituyó en
garante, confirmando con juramento que había obtenido el perdón por parte del
Salvador y, rezando, se arrodilló y le besó la mano derecha, ya purificada por
el arrepentimiento.
A continuación, le condujo de nuevo a la Iglesia, e intercediendo con abundantes
oraciones y luchando juntos con ayunos continuos, cautivó la mente del joven con
los innumerables encantos de sus palabras. Según los testimonios, no se retiró
hasta haberlo introducido de nuevo en el seno de la Iglesia, dando así un gran
ejemplo de penitencia, una prueba enorme de cambio de vida, un trofeo de
conversión manifiesta.
| Historia |
|
Se desconoce el lugar y fecha de su nacimiento, aunque sabemos que fue discípulo
de San Ireneo de Lyon. Su gran conocimiento de la filosofía y los misterios
griegos, su misma psicología, indica que procedía del Oriente. Hacia el año 212
era presbítero en Roma, donde Orígenes -durante su viaje a la capital del
Imperio- le oyó pronunciar un sermón.
Con ocasión del problema de la readmisión en la Iglesia de los que habían
apostatado durante alguna persecución, estallo un grave conflicto que le opuso
al Papa Calixto, pues Hipólito se mostraba rigorista en este asunto, aunque no
negaba que la Iglesia tiene la potestad de perdonar los pecados. Tan fuerte fue
el contraste que se separo de la Iglesia y, elegido obispo de Roma por un
reducido círculo de partidarios suyos, fue así el primer antipapa de la
historia. El cisma se prolongo tras la muerte de Calixto, durante el pontificado
de sus sucesores Urbano y Ponciano. Termino en el año 235, con la persecución de
Maximino, que desterró al Papa legítimo (Ponciano) y a Hipólito a las minas de
Cerdeña, donde parece ser que se reconciliaron. Allí los dos renunciaron al
pontificado, para facilitar la pacificación de la comunidad romana, que de este
modo pudo elegir un nuevo Papa y dar por terminado el cisma. Tanto Ponciano como
Hipólito murieron en el año 235. El Papa Fabián hizo trasladar sus cuerpos
solemnemente a Roma y son honrados como mártires.
En el siglo XVI se descubrió una estatua de Hipólito, del siglo III, en mármol,
que le representa sentado en una cátedra. Allí figura, esculpido, el catalogo
completo de sus obras. Aunque se ha perdido el texto original griego de muchas
de ellas, se han conservado bastantes en traducciones a diversas lenguas, sobre
todo orientales. La más importante es una gran suma llamada Refutación de todas
las herejías (en griego Philosaphumena). Escribió también comentarios al Antiguo
y Nuevo Testamento, tratados cronológicos (especialmente interesante es un
computo pascual), homilías y, sobre todo, una obra de importancia fundamental
para el conocimiento de la liturgia romana, conocida con el nombre de Tradición
apostólica, que constituye el más antiguo ritual con reglas fijas para la
celebración de la Eucaristía, la ordenación sacerdotal y episcopal, etc. Durante
mucho tiempo se la considero perdida, hasta que a principios del siglo XX se
demostró que lo que se conocía con el nombre de Constitución de la Iglesia
egipcia no era otra cosa sino la traducción a las lenguas copta y etiópica de la
Tradición apostólica de San Hipólito. Este texto contiene la más antigua
plegaria eucarística que ha llegado hasta nosotros. (Loarte)
El Verbo encarnado nos hace semejantes a Dios
(Refutación de todas las herejías, X 33-34)
Nosotros creemos en el Verbo de Dios. No nos fundamos en palabras sin sentido,
ni nos dejamos llevar por impulsos emotivos o desordenados, ni nos dejamos
seducir por la fascinación de discursos bien preparados, sino que prestamos fe a
las palabras del Dios todopoderoso. Todo esto lo ordenó Dios en su Verbo. El
Verbo las decía en palabras (a los profetas), para apartar al hombre de la
desobediencia. No lo dominaba como hace un amo con sus esclavos, sino que lo
invitaba a una decisión libre y responsable.
El Padre envió a la tierra esta Palabra suya en los últimos tiempos. No quería
que siguiese hablando por medio de los profetas, ni que fuese anunciada de
manera oscura, ni conocida solo a través de vagos reflejos, sino que deseaba que
apareciese visiblemente, en persona. De este modo, contemplándola, el mundo
Podría obtener la salvación. Contemplando al Verbo con sus propios ojos, el
mundo non experimentaría ya la inquietud y el temor que sentía cuando se
encontraba ante una imagen reflejada por los profetas, ni quedaría sin fuerzas
como cuando el Verbo se manifestaba por medio de los ángeles. De este modo, en
cambio, Podría comprobar que se encontraba delante del mismo Dios, que le habla.
Nosotros sabemos que el Verbo tomó de la Virgen un cuerpo mortal, y que ha
transformado al hombre viejo en la novedad de una criatura nueva. Sabemos que se
ha hecho de nuestra misma sustancia. En efecto, si no tuviese nuestra misma
naturaleza, inútilmente nos habría mandado que lo imitáramos como maestro. Si
Él, en cuanto hombre, tuviese una naturaleza distinta de la nuestra, ¿por qué me
ordena a mí, nacido en la debilidad, que me asemeje a Él? ¿Cómo podría, en ese
caso, ser bueno y justo? Verdaderamente, para que no pensáramos que era distinto
de nosotros, ha tolerado la fatiga, ha querido pasar hambre y sed, ha aceptado
la necesidad de dormir y descansar, no se ha rebelado frente al sufrimiento, se
ha sujetado a la muerte y se nos ha revelado en la resurrección. De todos estos
modos, ha ofrecido como primicia tu misma naturaleza humana, para que tú no te
desanimes en los sufrimientos, sino que, reconociendo que eres hombre, esperes
también tu lo que el Padre ha realizado en Él.
Cuando hayas conocido al Dios verdadero, tendrás con el alma un cuerpo inmortal
e incorruptible, y obtendrás el reino de los cielos, por haber reconocido al Rey
y Señor del cielo en la vida de este mundo. Vivirás en intimidad con Dios, serás
heredero con Cristo, y no serás ya esclavo de los deseos y pasiones, y ni
siquiera del sufrimiento y de los males físicos, porque habrás llegado a ser
como Dios. Los sufrimientos que debías soportar por el hecho de ser hombre, te
los daba Dios porque eras hombre. Pero Dios ha prometido también concederte sus
prerrogativas una vez que hayas sido divinizado y hecho inmortal.
Cristo, el Dios superior a todas las cosas, el que había decidido cancelar el
pecado de los hombres, rehízo nuevo al hombre viejo y desde el principio lo
llamo su propia imagen. De este modo ha mostrado el amor que te tenía. Si tú
eres dócil a sus santos mandamientos, y te haces bueno como Él, te asemejaras a
Él y recibirás de Él la gloria.
La Plegaria Eucarística de San Hipólito
(Tradición apostólica, parte I)
El Señor sea con vosotros.
Y con tu Espíritu.
¡En alto los corazones!
Los tenemos vueltos hacia el Señor.
Demos gracias al Señor.
Es propio y justo.
Te damos gracias, ¡oh Dios!, por tu bien amado Hijo Jesucristo, a quien Tu has
enviado en estos últimos tiempos como Salvador, Redentor y Mensajero de tu
voluntad, Él que es tu Verbo inseparable, por quien creaste todas las cosas, en
quien Tu te complaciste, a quien envías del cielo al seno de la Virgen, y que,
habiendo sido concebido, se encarnó y se manifestó como tu Hijo, nacido del
Espíritu Santo y de la Virgen; que cumplió tu voluntad y te adquirió un pueblo
santo, extendió sus manos cuando sufrió para liberar del sufrimiento a los que
crean en Tí.
Y cuando Él se entregó voluntariamente al sufrimiento, para destruir la muerte y
romper las cadenas del diablo, aplastar el infierno e iluminar a los justos,
establecer la alianza y manifestar la resurrección, tomó pan, dió gracias y
dijo: "Tomad, comed, éste es mi cuerpo, que es roto por vosotros". De la misma
manera también el cáliz, diciendo: "Ésta es la sangre que es derramada por
vosotros. Cuantas veces hagáis esto, haced memoria de mi".
Recordando, pues, su muerte y su resurrección, te ofrecemos el pan y el vino,
dándote gracias porque nos has juzgado dignos de estar ante Ti y de servirte.
Y te rogamos que tengas a bien enviar tu Santo Espíritu sobre el sacrificio de
la Iglesia. Une a todos los santos y concede a los que lo reciban que sean
llenos del Espíritu Santo, fortalece su fe por la verdad, a fin de que podamos
ensalzarte y Loarte por tu Hijo, Jesucristo, por quien tienes honor y gloria; al
Padre y al Hijo con el Espíritu Santo en tu santa Iglesia, ahora y en los siglos
de los siglos. Amén.
| Historia |
San Cipriano nació hacia el año 200, probablemente en Cartago, de familia rica y
culta. Se dedicó en su juventud a la retórica. El disgusto que sentía ante la
inmoralidad de los ambientes paganos, contrastado con la pureza de costumbres de
los cristianos, le indujo a abrazar el cristianismo hacia el año 246. Poco
después, en 248, fue elegido obispo de Cartago. Al arreciar la persecución de
Decio, en 250, juzgó mejor retirarse a un lugar apartado, para poder seguir
ocupándose de su grey. Algunos juzgaron esta actitud como una huída cobarde, y
Cipriano hubo de explicar su conducta (carta 20).
De él se conservan una docena de opúsculos sobre varios temas del momento y,
particularmente, una preciosa colección de 81 cartas, en las que da muestra de
su extraordinaria clarividencia y energía en los asuntos referentes a la fe y a
la vida de la Iglesia. Más que un hombre de ideas fue sobre todo un hombre de
gobierno y de acción. Su doctrina coincide sustancialmente con la de Tertuliano,
del que era lector asiduo y a quien consideraba como "maestro".
Dos problemas particularmente graves reclamaron su atención: el primero era el
de la actitud que convenía tomar con los que habían cedido durante la
persecución accediendo a ofrecer sacrificios a los ídolos. Muchos de ellos
quisieron luego volver a la Iglesia, y para ello solicitaban de los
"confesores", que habían permanecido firmes sufriendo gravísimos tormentos por
la fe, unos certificados en que declaraban que hacían participantes de sus
méritos a los que se habían mostrado débiles, con lo que éstos creían ya tener
derecho sin más a ser readmitidos a la comunión. Cipriano mantuvo firmemente que
el grave pecado de apostasía requería una proporcionada penitencia, y que los
certificados de los confesores no podían considerarse como una absolución
automática, sino que la absolución tenía que concederse por la Iglesia a través
de sus ministros, por medio de la imposición de manos, que solo debía tener
lugar después que constase de un auténtico arrepentimiento garantizado por una
congrua satisfacción. Las discusiones acerca de esta cuestión son de gran
interés histórico, pues a través de ellas conocemos la práctica de la disciplina
penitencial en la Iglesia antigua.
Otro problema, que llego a presentar suma gravedad, surgió cuando un número
notable de personas que se habían criado en la herejía pidieron ser admitidos en
la Iglesia católica. La práctica de las Iglesias de África en tales casos era la
de bautizar a todo hereje que pedía ser admitido, aunque hubiese recibido ya el
bautismo en su secta, pues no se consideraba que el bautismo conferido por
herejes pudiera ser válido. La Iglesia romana, en cambio, defendía que la
validez del bautismo no dependía de las disposiciones o la santidad del ministro
que lo confería, sino que todo bautismo hecho con la intención de hacer lo que
Cristo había mandado era válido, y, por tanto, no debía repetirse. A este
respecto mantuvo Cipriano una áspera disputa epistolar con el obispo de Roma
Esteban, quien pretendía imponer a las Iglesias de África la práctica romana.
Ambas partes se mostraron irreductibles, hasta el punto de que era de temer un
verdadero cisma, que solo fue evitado al sobrevenir la persecución de Valeriano,
en la que ambos contendientes hubieron de dar su vida por Cristo, sin que
pudieran llevar adelante sus controversias doctrinales. En realidad la doctrina
y práctica romanas se fueron imponiendo luego a toda la Iglesia.
La confrontación con la herejía, así como los problemas de los apóstatas y de
las relaciones con los demás obispos, obligaron a Cipriano a elaborar una teoría
de la Iglesia, que desarrolló las ideas que antes habían expresado Ignacio de Antioquía e Ireneo. En su tratado Sobre la unidad de la Iglesia afirma Cipriano
que la Iglesia es esencialmente una, imitando la unidad de Dios en la Trinidad.
Esta unidad tiene su expresión en la unidad del colegio episcopal cuyos miembros
participan in solidum de un único episcopado, como lo significa el hecho de que
Cristo fundará sobre uno solo, sobre Pedro, su Iglesia y le diera a él una única
autoridad. Sin embargo, no parece que Cipriano conciba esta autoridad de Pedro
como superior a la de los demás obispos, sino que todos los obispos participan
por igual de aquella misma autoridad que fue dada en Pedro. (Josep Vives, LOS PADRES APOSTÓLICOS, HERDER. BARCELONA 1981)
A principios del siglo III, Cartago, en el norte de África, era una de las
grandes ciudades del Imperio Romano. Allí nació San Cipriano, hacia el año 205,
en el seno de una familia pagana, rica y culta. Como correspondía a su categoría
social recibió una esmerada formación en Filosofía y Retórica. También participó
de las ventajas de su fortuna, del lujo, placeres y honores propios de las
costumbres de la época. Pero en la edad madura, siendo muy conocido en su ciudad
como maestro de Retórica, se convirtió al Cristianismo. A los pocos años, en el
248, fue nombrado Obispo de Cartago.
Su episcopado, de diez años, se desarrolló en circunstancias difíciles para la
Iglesia. Los cristianos sufrieron las violentas persecuciones de los emperadores
Decio y Valeriano. San Cipriano se dedicó a fortalecer a sus hermanos en la fe,
mientras salía al paso de los errores que se propagaban en tal situación,
llegando a comprometer gravemente la unidad de la Iglesia, como los cismas de
Novaciano y Felicísimo, que se mostraban excesivamente rigoristas a la hora de
volver a admitir a la comunión eclesial a los lapsi, a los que habían apostatado
durante la persecución. El mismo Cipriano murió mártir el 14 de septiembre del
año 258.
Sus obras -tratados y cartas- se pueden agrupar en dos tipos: las de carácter
apologético, donde utiliza toda su rica formación filosófica en defender la fe
de Cristo contra los paganos; y las pastorales, en las que habla como obispo,
con una clara concepción sobre la Iglesia católica y el episcopado. (Loarte)
|
Solo con una verdadera penitencia se alcanza el perdón del Señor. |
De Dios viene la fuerza para vivir santamente.
Cuando yo me encontraba sumido en las tinieblas y en la noche cerrada
bamboleándome y fluctuando en el mar agitado del mundo, lleno de dudas en pos de
señales perdedoras, ignorante de mi propia vida, extraño a la verdad y a la luz,
me parecía que según era en aquel momento mi modo de vida había de serme
sumamente difícil y duro lo que la misericordia divina me prometía para mi
salvación, a saber, poder renacer de nuevo y con el lavatorio del agua salvadora
comenzar una nueva vida, deshaciéndome de todo lo de antes y cambiar el modo de
sentir y de entender del hombre, aunque el cuerpo permaneciera el mismo. ¿Cómo
puede ser posible, me decía, una conversión tan grande, por la que de repente y
en un momento se despoje uno de aquellas cosas congénitas que han adquirido la
solidez de la misma naturaleza, o de aquellas cosas adquiridas desde largo
tiempo y que han arraigado y envejecido con los años? Estas cosas están
sólidamente arraigadas, con raíces sólidas y profundas. ¿Cuándo aprenderá la
templanza el que ya está acostumbrado a las buenas cenas y a los grandes
banquetes? El que solía brillar por su elegancia, vestido ricamente de oro y
púrpura, ¿cuándo podrá ponerse el vestido sencillo del pueblo? El que tenía sus
delicias en los honores y dignidades, no puede permanecer como simple privado y
sin gloria. El que iba siempre rodeado de una pina de clientes y se sentía
honrado con su numeroso séquito y su escuadrón de servidores, piensa ser un
castigo el tener que andar solo. Se han hecho imprescindibles los tenaces
estímulos a que uno se había acostumbrado: el animarse con el vino, hincharse
con la soberbia, inflamarse de ira, preocuparse por la rapacidad, excitarse con
la crueldad, deleitarse en la ambición, entregarse al placer.
Esto pensaba yo muchas veces dentro de mí, pues yo mismo me encontraba enredado
en los muchos errores de mi vida anterior, y no pensaba que pudiera llegar a
despojarme de ellos... Pero cuando la suciedad de mi vida anterior fue lavada
por medio del agua regeneradora, una luz de arriba se derramo en mi pecho ya
limpio y puro. Después que hube bebido del Espíritu celeste, me encontré
rejuvenecido con un segundo nacimiento y hecho un hombre nuevo: de manera
milagrosa desaparecieron de repente las dudas, se abrió la cerrazón, se
iluminaron las tinieblas, se hizo posible lo que antes parecía imposible...
Reconocí que mi anterior vida carnal y entregada al pecado era cosa de la
tierra, mientras que la que ya había empezado a vivir del Espíritu Santo era
cosa de Dios... El alabarse a sí mismo es odiosa soberbia, pero no es soberbia,
sino agradecimiento, el proclamar lo que se atribuye, no al esfuerzo del hombre,
sino al don de Dios. El dejar de pecar es cosa de Dios, mientras que el anterior
pecado era cosa del error humano. Nuestro poder, repito, todo nuestro poder, es
cosa de Dios. De él es nuestra vida, de él nuestra fuerza, de él tomamos y
asimilamos nuestra vitalidad por la que, estando todavía en este mundo,
reconocemos los signos de las cosas futuras (1).
La persecución es una purificación de la vida cristiana.
El Señor ha querido poner a prueba a sus hijos. Una larga paz había corrompido
en nosotros las enseñanzas que el mismo Dios nos había dado, y tuvo que venir la
reprensión del cielo para levantar la fe que se encontraba decaída y casi diría
aletargada; y aunque nuestros pecados merecían mayor severidad, el Dios
piadosísimo ha ordenado de tal manera todas las cosas, que todo lo que ha
acontecido parece ser más una prueba que una persecución. Cada uno se preocupaba
de aumentar su hacienda, y olvidándose de su fe y de lo que antes se solía
practicar en tiempo de los Apóstoles y que siempre deberían seguir practicando,
se entregaban con codicia insaciable y abrasadora a aumentar sus posesiones. En
los sacerdotes ya no había religiosa piedad, no había aquella fe integra en el
desempeño de su ministerio, aquellas obras de misericordia, aquella disciplina
en las costumbres. Los hombres se corrompían cuidando de su barba, las mujeres
preocupadas por su belleza y sus maquillajes: se adulteraba la forma de los
ojos, obra de las manos de Dios; los cabellos se tenían con colores falsos. Con
astutos fraudes se engañaba a los sencillos, y con intenciones torcidas se
abusaba de los hermanos. Se concertaban matrimonios con los infieles, y se
prostituían a los gentiles los miembros de Cristo. No solo se juraba
temerariamente, sino que se perjuraba; se despreciaba a los superiores con
hinchada soberbia, se blasfemaba con lengua venenosa, se desgarraban unos a
otros con odios pertinaces. Muchos obispos, que debían ser ejemplo y exhortación
para los demás, se olvidaban de su divino ministerio, y se hacían ministros de
los poderosos del siglo: abandonaban su sede. dejaban destituido a su pueblo,
recorriendo las provincias extranjeras siguiendo los mercados en busca de
negocios lucrativos, con ansia de poseer abundancia de dinero mientras los
hermanos de sus iglesias padecían hambre; se apoderaban de haciendas con fraudes
y ardides, y aumentaban sus intereses con crecida usura... Nosotros, al
olvidarnos de la ley que se nos había dado, hemos dado con nuestros pecados
motivo para lo que ocurre: ya que hemos despreciado los mandamientos de Dios,
somos llamados con remedios severos a que nos enmendemos de nuestros delitos y
demos muestra de nuestra fe. Por lo menos, aunque sea tarde, nos hemos
convertido al temor de Dios, dispuestos a sufrir con paciencia y fortaleza esta
amonestación y prueba que de Dios nos viene... (2)
Solo con una verdadera penitencia se alcanza el perdón del Señor.
Ha brotado, hermanos amadísimos, un nuevo género de estrago. Como si hubiera
sido poco cruel la tormenta de la persecución, se ha añadido como colmo de males
una blandura engañosa y destructora que se presenta bajo el titulo de
misericordia. Contra el vigor del evangelio, contra la ley de Dios y del Señor,
la audacia de algunos concede laxamente la comunión a los incautos, como una paz
nula y falsa, llena de peligros para los que la otorgan, y de ningún provecho
para los que la reciben. No buscan la penitencia que restablece la salud, ni la
verdadera medicina que está en la satisfacción. La penitencia queda excluida de
los corazones, borrándose la memoria de un delito gravísimo y supremo. Se
encubren las heridas de los moribundos y la llaga mortal latente en lo más
profuso de las entrañas se tapa con un falso dolor. Los que vuelven de los
altares del diablo, se acercan al santuario del Señor con sus manos sucias e
infectas de los olores, casi eructando todavía los manjares mortíferos de los
ídolos: sus fauces despiden todavía ahora el aliento de un crimen,
precipitándose sobre el cuerpo del Señor cuando su respiración huele todavía a
aquellos contagios funestos... Antes de que hayan expiado sus delitos, antes de
que hayan hecho confesión de su pecado, antes de que su conciencia haya sido
purificada con el sacrificio y con la mano del sacerdote, antes de aplacar la
ofensa del Dios indignado y amenazante, se hace violencia a su cuerpo y a su
sangre, cometiendo entonces con sus manos y con su boca un crimen contra el
Señor, mayor que el que cometieron cuando le negaron. No es aquello paz, sino
guerra: no se adhiere al evangelio el que se separa de la Iglesia... Nadie se
engañe, nadie se deje sorprender. Solo el Señor puede perdonar. Solo él puede
dar el perdón de los pecados que se han cometido contra él: él, que cargo con
nuestros pecados, que padeció por nosotros, que fue entregado por Dios para
nuestros pecados. No puede estar el hombre por encima de Dios, ni puede el
esclavo perdonar o conceder indulgencia de los delitos graves cometidos contra
su Señor, no sea que al que ha caído se le añada el pecado de no entender lo que
está predicho: "Maldito el hombre que pone su esperanza en otro hombre" (Jr
17,5). Al Señor se ha de rogar, el Señor ha de ser aplacado con nuestra
satisfacción, pues él dijo que negaría al que le negase, y que solo él recibió
del Padre el poder de juzgar a todos. Ciertamente creemos que los méritos de los
mártires y las obras de los justos tienen mucho poder ante este juez: pero esto
será cuando venga el día del juicio, cuando después del ocaso de este mundo su
pueblo se presente ante su tribunal (3).
La unidad de la Iglesia.
Los manuscritos ofrecen dos versiones del pasaje siguiente: una de ellas insiste
más directamente sobre la unión con el primado de Pedro como principio de unidad
de la Iglesia, mientras que la otra parece recomendar la unidad en sí misma sin
tan directa relación con el primado. Por mucho tiempo existió la sospecha de que
el texto que favorecía más al primado de Pedro era un texto manipulado por
alguien interesado en la exaltación del primado romano. Sin embargo, la crítica
más reciente parece concluir que probablemente ambas versiones pertenecen al
mismo san Cipriano: la primera seria la versión original de Cipriano tal como
escribió su tratado enviándolo a Roma para ayudar a combatir el cisma por el que
Novaciano intentaba oponerse al legitimo obispo de Roma: de ahí la insistencia
en la unión con la sede de Pedro. La otra versión seria la que el mismo Cipriano
puso en circulación por África después de sus disensiones con el papa Esteban
acerca del rebautismo de los herejes. Con todo, ni una ni otra parecen apoyar la
preeminencia del obispo de Roma sobre los demás, sino más bien la autoridad
apostólica de cada uno de los obispos en sus Iglesias en cuanto que son
participantes de la única autoridad que el Señor confirió a Pedro sobre la única
Iglesia.
Dice el Señor a Pedro: "Tu eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi
Iglesia..." (Mt
16,18). Sobre uno solo edifica el Señor su Iglesia, y aunque a todos los
Apóstoles les atribuye una potestad igual, con todo establece una única cátedra
y un solo principio de unidad con la autoridad de su palabra. Ciertamente los
demás Apóstoles eran lo que era Pedro, pero el primado es dado a Pedro a fin de
que quedase patente que hay una sola Iglesia y una sola cátedra. Todos son
pastores, pero queda patente que uno solo es el rebaño, que es apacentado por
todos los Apóstoles con unanimidad de sentimientos... El que abandona esta
cátedra de Pedro, sobre la cual está fundada la Iglesia, ¿puede creer que está
todavía en la Iglesia? ¿El que se rebela contra la Iglesia y se opone a ella,
puede pensar que está en ella? El mismo apóstol Pablo enseña idéntica doctrina
declarando el misterio de la unidad con estas palabras: "Un solo cuerpo y un
solo Espíritu, una sola esperanza en vuestra vocación, un solo Señor, una fe, un
bautismo, un solo Dios" (cf.
Ep 4,4).
Esta unidad hemos de mantener y vindicar particularmente aquellos que estamos al
frente de la Iglesia como obispos, mostrando con ello que el mismo episcopado es
uno e indiviso.
Nadie engañe a los hermanos con falsedades; nadie corrompa la verdad de nuestra
fe con desleal prevaricación: el episcopado es uno, y cada uno de los que lo
ostentan tiene una parte de un todo sólido; la Iglesia es una, aunque al crecer
por su fecundidad se extienda hasta formar una pluralidad. El sol tiene muchos
rayos, pero su luz es una; muchas son las ramas de un árbol, pero uno es el
tronco, bien fundado sobre sólidas raíces; muchos son los arroyos que fluyen de
la fuente, pero aunque la abundancia del caudal parezca difundirse en
pluralidad, se mantiene la unidad en el origen. Si separas un rayo del cuerpo
del sol, la unidad no permitirá que se divida la luz; si rompes una rama del
árbol, ya no podrá brotar una vez rota; si cortas el arroyo de la fuente, se
seca al punto. De la misma manera la Iglesia, compenetrada de la luz del Señor,
lanza sus rayos por todo el mundo: pero una misma es la luz que se esparce por
todas partes, ni sufre división la unidad del cuerpo total. Ella, con su fértil
abundancia, extiende sus ramas sobre toda la tierra, y generosamente derrama a
lo lejos los arroyos que de ella fluyen: sin embargo, una es su cabeza, uno es
su origen, una es la madre abundante en frutos de fertilidad: de su vientre
nacemos, de su leche nos alimentamos, su aliento es el que nos da la vida.
La que es esposa de Cristo, no puede cometer adulterio, sino que permanece
integra y casta. No conoce más que una casa, y guarda con casto pudor la
santidad de un solo tálamo. Ella nos guarda para Dios, ella nos inscribe en el
reino de los hijos que ella ha engendrado. Todo el que se separa de la Iglesia,
se une a una adultera, se separa de las promesas de la Iglesia, es un extraño,
un excomulgado, un enemigo. No llegara a los premios de Cristo el que abandona
la Iglesia de Cristo. No puede tener a Dios por padre el que no tiene a la
Iglesia por madre. Tanto puede uno pretender salir a salvo fuera de la Iglesia,
cuanto podía uno salvarse fuera del arca de Noé. Así nos lo avisa el Señor
diciendo: "El que no está conmigo está contra mí, y el que no recoge conmigo,
desparrama" (Mt
12,30). El que rompe la paz y la concordia de Cristo, lucha contra
Cristo... El que no guarda aquella unidad, no guarda la ley de Dios, no guarda
la fe del Padre y del Hijo, no conserva la vida y la salvación (4).
En cuanto a la persona de Novaciano, sobre el que me pediste que te escriba cual
es la herejía que ha introducido, has de saber en primer lugar que nosotros ni
debemos tener curiosidad de saber qué es lo que él enseña, toda vez que enseña
fuera de la Iglesia. Quienquiera y comoquiera que sea, no es cristiano el que no
está en la Iglesia de Cristo. Aunque ande orgulloso y predique con voces
altaneras su filosofía o su retórica, el que no guarda la caridad fraterna y la
unidad eclesiástica ha perdido incluso lo que antes era. A no ser que tengas por
obispo al que por maquinación se esfuerza en que los desertores le hagan obispo,
habiendo en la Iglesia otro obispo consagrado por dieciséis de sus colegas.
Habiendo sido establecida por Cristo una sola Iglesia por todo el mundo,
dividida en muchos miembros, también el episcopado es uno, extendido sobre
muchos obispos en concorde pluralidad (episcoporum multorum concordi
numerositate diffusus). Pero él, una vez que ya existe la tradición divina, una
vez que se da la unidad de la Iglesia católica bien trabada y aunada, que se
esfuerce por hacer una iglesia humana y por enviar a numerosas ciudades esos
nuevos Apóstoles suyos, colocando así esta especie de fundamentos recientes de
su institución. Estando ya previamente consagrados obispos en todas las
provincias y ciudades, hombres de edad provecta, íntegros en la fe, probados en
la adversidad, perseguidos en la persecución, que tenga él la audacia de crear
por encima de ellos otros pseudo-obispos... (5).
Una sola Iglesia
(Sobre la unidad de la Iglesia Católica, 4-6)
Habló el Señor a Pedro de esta manera: Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre
esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno nada podrán contra
Ella. Y te daré a ti las llaves del reino de los cielos, y lo que atares sobre
la tierra será atado en el cielo, y lo que desatares sobre la tierra será
también desatado en el cielo (Mt
16,18-19). Otra vez, después de resucitado, le dijo: apacienta mis
ovejas (Jn
21,47). Edifica su Iglesia sobre uno solo y le ordena apacentar a sus
ovejas. Y aunque después de resucitar otorga el mismo poder a todos los
Apóstoles, cuando les dice: como el Padre me envió, así os envió Yo a vosotros;
recibid el Espíritu Santo, y a quien perdonareis los pecados, le serán
perdonados; mas a quienes se los retuviereis, les serán retenidos (Jn
20,21-23); sin embargo, para manifestar la unidad estableció una sola
cátedra, y con su autoridad decidió que el origen de la unidad estuviese en uno
solo.
Cierto que los demás Apóstoles eran lo mismo que Pedro, y estaban dotados -como
él- de la misma dignidad y poder; pero el principio nace de la unidad, y se le
otorga el primado a Pedro para manifestar que es una la Iglesia y una la cátedra
de Jesucristo. También son todos pastores y, a la vez, uno solo es el rebaño,
que debe ser apacentado por todos los Apóstoles de común acuerdo, para mostrar
que es única la Iglesia de Cristo.
Esta unidad de la Iglesia está prefigurada por la persona de Cristo en el Cantar
de los Cantares, cuando el Espíritu Santo dice: una sola es mi paloma, mi
hermosa, única es para su madre, la elegida de ella (Ct
6,8). Quien no guarda esta unidad de la Iglesia, ¿piensa acaso que
conserva la fe? Quien resiste obstinadamente a la Iglesia, quien abandona la
cátedra de Pedro, sobre la que esta cimentada la Iglesia, ¿puede confiar que se
halla en la Iglesia? El santo Apóstol Pablo enseña esto mismo y declara el
misterio de la unidad con estas palabras: un solo cuerpo y un solo Espíritu, una
sola esperanza de vuestra vocación, un solo Señor, una sola fe, un solo
bautismo, un solo Dios (Ep
4,4-6).
Debemos mantener y defender con toda energía esta unidad, especialmente los
obispos, que hemos sido puestos al frente de la Iglesia, para probar que el
mismo episcopado es uno e indivisible. Nadie engañe con mentiras a los hermanos,
nadie corrompa la pureza de la fe con una pérfida prevaricación. Como el
episcopado es único, y cada uno participa de él por entero, así es única la
Iglesia, que se extiende sobre muchos por el crecimiento de su fecundidad.
Muchos son los rayos del sol, pero una sola es la luz; muchas son las ramas del
árbol, pero uno solo es el tronco clavado en la tierra con fuerte raíz; y cuando
de un solo manantial fluyen muchos arroyos, aunque aparezcan muchas corrientes
desparramadas por la abundancia de las aguas, con todo una sola es la fuente en
su origen. Si separas un rayo de la masa del sol, no subsiste la luz a causa de
la separación; si cortas la rama del árbol, no podrá germinar la rama cortada;
si atajas el arroyo aislándolo de la fuente, se secara. Del mismo modo la
Iglesia del Señor esparce sus rayos, difundiendo la luz por todo el mundo; y esa
luz que se esparce por todas partes es, sin embargo, una, y no se divide la
unidad de su masa. Extiende sus ramos frondosamente por toda la tierra, y sus
arroyos fluyen con abundancia en todas direcciones. Con todo, uno solo es el
principio y la fuente, y una sola la madre exuberante de fecundidad. De su seno
nacemos, con su leche nos alimentamos, de su Espíritu vivimos.
La Esposa de Cristo no puede ser adultera, pues es incorruptible y pura. Solo
una casa conoce, guarda la inviolabilidad de un solo tálamo con pudor casto.
Ella nos conserva para Dios y destina para el reino a los hijos que ha
engendrado. Todo el que se separa de la Iglesia se une a una adultera, se aleja
de sus promesas y no conseguirá las recompensas de Cristo. El que abandona la
Iglesia de Cristo es un extraño, un profano, un enemigo. No puede tener a Dios
por Padre quien no tiene a la Iglesia como Madre.
Si alguien pudo salvarse fuera del arca de Noé, entonces lo podrá también quien
estuviere fuera de la Iglesia. Nos lo advierte el Señor cuando dice: el que no
está conmigo, está contra mi; y el que no recoge conmigo, desparrama (Jn
10,30). Quien rompe la paz y la concordia de Cristo está contra Cristo.
Quien recoge en otra parte, fuera de la Iglesia, disipa la Iglesia de Cristo.
Dice el Señor: Yo y el Padre somos una sola cosa (Jn
10,30); y también está escrito del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo: estos tres son una sola cosa (1Jn
5,8). ¿Y piensa alguno que esta unidad que procede del poder de Dios,
que se halla firmemente asegurada por los misterios celestiales, puede romperse
en la Iglesia y escindirse por la discusión y el choque de voluntades? Quien no
mantiene esta unidad, no cumple la ley de Dios, no guarda la fe en el Padre y en
el Hijo, no obtiene la vida y la salvación.
La Iglesia, constituida sobre los obispos.
El Señor nuestro, cuyos mandatos debemos reverenciar y guardar, al regular la
posición del obispo y la estructura de la Iglesia habla en el Evangelio y dice a
Pedro: <<Tu eres Pedro..." (Mt
16,18-19). En virtud de esto, a lo largo de los tiempos va continuándose
la sucesión de los obispos y la administración de la Iglesia, de suerte que la
Iglesia siempre esté establecida sobre los obispos, y todo acto de la Iglesia
sea dirigido por estos prepósitos (ut ecclesia super episcopos constituatur et
omnis actus ecclesiae per eosdem praepositos gubernetur). Estando esto fundado
en la ley divina, me maravilla que algunos. con audacia temeraria, hayan
intentado escribirme presentando su carta en nombre de la Iglesia, siendo así
que la Iglesia está constituida por el obispo, el clero y todos los fieles (quando
ecclesia in episcopo et clero et in omnibus stantibus sit constituta). Lejos de
nosotros, y no lo permita la misericordia y el poder invencible de Dios, que la
Iglesia se diga ser el conjunto de los herejes, ya que está escrito: "No es Dios
de muertos, sino de vivos" (Lc
17,10). Ciertamente queremos que todos vuelvan a la vida, y con nuestras
oraciones y gemidos rogamos que vuelvan a su primer estado. Pero si algunos
quieren ser la Iglesia, y si la Iglesia está entre ellos y la forman ellos, ¿qué
remedio nos queda sino que nosotros les roguemos a ellos que se dignen
admitirnos en la Iglesia? Conviene pues que sean sumisos, pacíficos y modestos
aquellos que, conscientes de su pecado, han de hacer penitencia ante Dios. Y no
han de escribir cartas en nombre de la Iglesia, constándoles que son ellos más
bien los que escriben a la Iglesia (6).
El Espíritu Santo en la Iglesia.
En la casa de Dios, en la Iglesia de Cristo, se habita por la unanimidad, se
persevera por la concordia y la simplicidad. Y por esta razón vino el Espíritu
Santo en forma de paloma: ésta es un animal sencillo y alegre, sin amargor de
hiel, que no muerde con malicia, ni araña violentamente con las uñas, sino que
ama la hospitalidad que le dan los hombres y se siente vinculado a una sola
morada; cuando engendra hijos, todos ven la luz a la vez; cuando vuelan, lo
hacen todas juntas; hacen su vida en convivencia común y tienen el beso de la
boca como señal de la concordia y la paz, de suerte que en todos los detalles
cumplen la ley de la unanimidad. Tal es la simplicidad que hay que procurar sea
patente en la Iglesia; tal es la caridad que hay que conseguir: el amor fraterno
ha de imitar al de las palomas, y la mansedumbre y la suavidad han de ser
semejantes a las de los corderos y ovejas. ¿Qué sentido tiene en un pecho
cristiano la ferocidad del león, o la rabia del perro, o el veneno mortífero de
la serpiente, o la sangrienta crueldad de las fieras? Nos hemos de alegrar
cuando los tales se separan de la Iglesia, ya que así las ovejas de Cristo no
recibirán el contagio de su maligno veneno. Es imposible que coexistan y se
confundan la amargura y la dulzura, la tiniebla y la luz, la tormenta y el
tiempo sereno, la guerra y la paz, la fecundidad y la esterilidad, los
manantiales y las sequías, la tempestad y la calma. No piense nadie que los
buenos puedan salirse de la Iglesia: al trigo no se lo lleva el viento, y la
tempestad no arranca al árbol arraigado con sólida raíz. A éstos incrimina y
ataca el apóstol Juan cuando dice: "Se marcharon de nosotros, pero es que no
eran de los nuestros: porque si hubiesen sido de los nuestros, se habrían
quedado con nosotros" (1Jn
2,19). De ahí nacieron y nacen a menudo las herejías: de una mente
retorcida, que no tiene paz; de una perfidia discordia que no guarda la
unidad... (7).
Hay que guardar las tradiciones apostólicas.
Con toda diligencia hay que guardar la tradición divina y las prácticas
apostólicas, y hay que atenerse a lo que se hace entre nosotros que es lo que se
hace casi en todas las provincias del mundo, a saber, que para hacer una
ordenación bien hecha, los obispos más próximos de la misma provincia se reúnan
con el pueblo al frente del cual ha de estar el obispo ordenando, y éste se
elija en presencia del pueblo, ya que éste conoce muy bien la vida de cada uno y
ha podido observar por la convivencia el proceder de sus actos. Así vemos que se
hizo también entre vosotros en la ordenación de nuestro colega Sabino: se le
confirió el episcopado y se le impusieron las manos para que sustituyera a
Basílides por el sufragio de toda la comunidad de hermanos y el de los obispos
que estuvieron presentes y el de los que os enviaron su voto por carta. No puede
invalidar esta ordenación jurídicamente bien hecha el que Basílides, después que
sus crímenes quedaron patentes y que él mismo confesó su culpa, fuera a Roma y
engañase a nuestro colega Esteban -que reside lejos y no tenía conocimiento de
los hechos ni de la verdad-, a fin de conseguir que fuera injustamente repuesto
en el episcopado del que con justicia había sido desposeído. Esto solo significa
que los crímenes de Basílides no solo no han sido borrados, sino que se han
aumentado, puesto que a sus faltas anteriores se ha añadido el crimen de engaño
e impostura. No hay que culpar tanto a aquel que por descuido se dejo sorprender
cuanto hay que anatematizar a éste que lo sorprendió con sus fraudes. Pero si
Basílides pudo sorprender a los hombres, no puede sorprender a Dios, pues está
escrito que "de Dios nadie se burla" (Ga
6,7) (8).
Sobre la legitimidad de la apelación a Roma.
Ellos no tuvieron bastante con apartarse del Evangelio, con arrancar a los
herejes la esperanza del perdón y la penitencia, con apartar de todo sentimiento
y fruto de penitencia a los enredados en robos, o manchados con adulterios, o
contaminados con el funesto contagio de los sacrificios, de suerte que éstos ya
no ruegan a Dios ni confiesan sus pecados en la Iglesia; no se contentaron con
constituir fuera de la Iglesia y contra la Iglesia un conventículo de facción
corrompida, al que pudieran acogerse la caterva de los que tienen mala
conciencia y no quieren ni rogar a Dios ni hacer penitencia. Después de todo
esto, todavía, habiéndose dado un falso obispo, creación de los herejes, han
tenido la audacia de hacerse a la vela y de llevar cartas de parte de los
cismáticos y profanos a la cátedra de Pedro, a la Iglesia principal de la que
broto la unidad del sacerdocio (ad ecclesiam principalem unde unitas
sacerdotalis exorta est); y ni siquiera pensaron que aquellos son los mismos
romanos cuya fe alabo el Apóstol cuando les predico, a los que no debería tener
acceso la perfidia. ¿Por qué fueron allá a anunciar que había sido creado un
pseudo-obispo contra los obispos?
Porque, o se sienten satisfechos de lo que hicieron y con ello perseveran en su
crimen, o se arrepienten y se retractan y ya saben adónde han de volver. Porque
fue establecido por todos nosotros que es cosa a la vez razonable y justa que la
causa de cada uno se trate allí donde se cometió el crimen y que cada uno de los
pastores tenga adscrita una porción de la grey, que cada uno ha de regir y
gobernar dando cuenta de sus actos al Señor.
Por tanto, los que son nuestros súbditos, no han de andar de acá para allá, ni
han de lacerar la coherente concordia de los obispos con su audacia astuta y
engañosa, sino que han de defender su causa allí donde pueda haber acusadores y
testigos de su crimen. A no ser que se crea que la autoridad de los obispos
establecidos en África es demasiado pequeña para esos pocos desesperados y
pervertidos.
Aquellos ya los juzgaron, y ya condenaron poco a su conciencia, enredada en
muchos criminales enredos (9).
Cipriano y el Papa Esteban.
...Te envió una copia de la respuesta de Esteban, nuestro hermano. Con su
lectura te persuadirás cada vez más del error de aquel que se esfuerza por
defender la causa de los herejes contra los cristianos y contra la Iglesia de
Dios. Porque, entre otras expresiones soberbias, o que no tienen que ver con la
cuestión, o que son contradictorias entre sí, que él escribió con ignorancia e
imprudencia, añade todavía lo siguiente: "En el caso de cualesquiera que de
cualquier herejía vengan a vosotros, no se introduzca innovación, sino seguid la
tradición. Imponedles las manos para recibir la penitencia, ya que los mismos
herejes, cuando se pasan de unos a otros entre sí, no se bautizan propiamente,
sino que solo se conceden la comunión."
Prohíbe que se bauticen "de cualquier herejía que vengan": esto es, juzga que
los bautismos de todos los herejes son justos y legítimos.
Y puesto que cada herejía tiene su bautismo peculiar y sus pecados propios,
éste, al entrar en comunión con el bautismo de todos carga en bloque sobre su
espalda los pecados de todos. Manda además "que no se introduzca innovación
alguna, sino se siga la tradición": como si introdujera innovación el que,
defendiendo la unidad, defiende el único bautismo en la única Iglesia, y no más
bien el que olvidando la unidad hace uso de la mentira y la peste de la
inmersión profana. "No se introduzca innovación alguna -dice- sino se siga la
tradición." ¿De dónde viene tal tradición? ¿Acaso de la autoridad del Señor y
del Evangelio, o de las ordenaciones y cartas de los Apóstoles? Dios declara y
advierte a Jesús de Navé que lo que hay que hacer es lo que está escrito, cuando
dice (Jos
1,8): "Que este libro de la ley no se aparte de tu boca: meditaras sobre
él de día y de noche, para que tengas el cuidado de hacer todo lo que en él está
escrito." Asimismo, el Señor, al enviar a sus Apóstoles les encarga bautizar a
las gentes y enseñarles a observar todo lo que él ha mandado (Mt
28,20). Así pues, si se manda en el Evangelio, o se contiene en las
cartas o Hechos de los Apóstoles que los que vengan de cualquier herejía no sean
bautizados, sino que se les impongan solo las manos para recibir la penitencia,
que se observe esta tradición santa y divina. Pero si en todas partes los
herejes no se nombran sino como enemigos y anticristos, si son declarados
vitandos "perversos y condenados por boca propia" (Tt
3,11), ¿por qué creen algunos que nosotros no los hemos de condenar,
teniendo claro testimonio apostólico de que ellos mismos ya se han condenado?
Nadie ha de infamar a los Apóstoles, como si ellos hubiesen aprobado el bautismo
de los herejes, o hubiesen entrado en comunión con ellos sin el bautismo de la
Iglesia; porque tales cosas escribieron los Apóstoles acerca de los herejes, y
esto cuando todavía no habían surgido las pestes heréticas más agudas, ni el
póntico Marción había surgido de las aguas del Ponto...
...¡Magnifica realmente y legítima es la tradición que nos propone como maestro
nuestro hermano Esteban, avalada por una autoridad suficiente! Porque en el
mismo pasaje de su carta añade como complemento: "Ya que los mismos herejes,
cuando se pasan de unos a otros entre sí, no se bautizan propiamente, sino que
solo se conceden la comunión." Tal es el colmo de males en que ha caído la
Iglesia de Dios y la Esposa de Cristo: ella se acomoda a los ejemplos de los
herejes; en la celebración de los sacramentos celestes, la luz va a aprender de
las tinieblas, y los cristianos hacen lo que los anticristos. ¡Qué ceguera
mental, qué perversión supone no querer reconocer la unidad de la fe que viene
de Dios Padre, y de nuestro Señor Jesucristo, y de la tradición de nuestro Dios!
Porque si precisamente no está la Iglesia en los herejes por el hecho de que
ella es una y no puede dividirse, y si precisamente no está el Espíritu Santo
con ellos, porque es uno y no puede estar entre los profanos y extraños, tampoco
el bautismo, que tiene esencialmente la misma unidad, no puede estar entre los
herejes, ya que no puede separarse ni de la Iglesia ni del Espíritu Santo...
(10).
Notas
(1) CIPRIANO, Ad. Donatum, 3.
(2) CIPRIANO, De Lapsis, 5-7.
(3) Ibid. 15-17.
(4)
(5) CIPRIANO, Epistulae, 55,24.
(6) Epist, 33,1.
(7) De cath. eccl. unitate, 9.
(8) Epist. 67,5.
(9) Epist 59,14.
(10) Epist. 74,1ss.
Algunos, por ignorancia o por inadvertencia, al consagrar el cáliz del Señor y
al administrarlo al pueblo no hacen lo que hizo y enseñó a hacer Jesucristo
Señor y Dios nuestro, autor y maestro de este sacrificio... Ahora bien, cuando
Dios inspira y manda alguna cosa, es necesario que el siervo fiel obedezca al
Señor, manteniéndose libre de culpa delante de todos en no arrogarse nada por su
cuenta, pues ha de temer no sea que ofenda al Señor si no hace lo que está
mandado... Al ofrecer el cáliz ha de guardarse la tradición del Señor, ni hemos
de hacer nosotros otra cosa más que la que el Señor hizo primeramente por
nosotros, a saber, que en el cáliz que se ofrece en su conmemoración se ofrezca
una mezcla de agua y vino... No puede creerse que está en el cáliz la sangre de
Cristo, con la cual hemos sido redimidos y vivificados, si no hay en el cáliz el
vino por el que se manifiesta la sangre de Cristo...
Vemos el misterio (sacramentum) del sacrificio del Señor prefigurado en el
sacerdote Melquisedec, según el testimonio de la Escritura cuando dice: "Y
Melquisedec, rey de Salem, ofreció pan y vino", siendo sacerdote del Dios
altísimo, y bendijo a Abraham (cf.
Gn 14,18).
Ahora bien, que Melquisedec fuera figura de Cristo lo declara el Espíritu Santo
en los salmos, cuando el Padre dice al Hijo: "Yo te engendré antes de la
estrella de la mañana: tu eres sacerdote según el orden de Melquisedec" (Ps
109,3-4). Este orden procede y desciende evidentemente de aquel
sacrificio, por el hecho de que Melquisedec fue sacerdote del Dios altísimo, y
de que ofreció pan y vino y bendijo a Abraham. En efecto, ¿qué sacerdote del
Dios altísimo lo es más que nuestro Señor Jesucristo, quien ofreció a Dios Padre
un sacrificio, el mismo sacrificio que había ofrecido Melquisedec, a saber, pan
y vino, es decir, su cuerpo y su sangre?...
Puesto que Cristo nos llevaba en si a todos nosotros, ya que hasta llevaba
nuestros pecados, vemos que el agua representa al pueblo, mientras que el vino
representa la sangre de Cristo. Así pues, cuando en el cáliz se mezclan el agua
y el vino, el pueblo se une con Cristo, y la multitud de los creyentes se une y
se junta a aquel en quien cree. Esta unión y conjunción de agua y vino en el
cáliz del Señor hace una mezcla que ya no puede deshacerse. Por esto la Iglesia,
es decir la multitud que está constituida en Iglesia y persevera fiel y
firmemente en su fe no podrá por nada ser separada de Cristo, ni nada podrá
hacer que no permanezca adherida a él e indivisa en el amor. Por esto al
consagrar el cáliz del Señor no se puede ofrecer ni agua sola ni vino solo: si
uno ofrece solo vino, se hará presente la sangre de Cristo sin nosotros; si solo
hay agua, se hará presente el pueblo sin Cristo. En cambio, cuando se mezclan
ambas cosas hasta formar un todo sin distinción y perfectamente uno, entonces se
consuma el misterio (sacramentum) celestial y Espiritual...
Dice el Señor: "El que quebrantare uno de estos mandamientos mínimos y enseñare
a hacerlo a los hombres, será llamado el más pequeño en el reino de los cielos"
(Mt 5,19):
ahora bien, si no se pueden quebrantar ni los mínimos mandamientos del Señor,
cuanto más esos que son tan grandes, tan importantes, que tocan tan de cerca al
misterio de la pasión del Señor y de nuestra redención no podrán quebrantar ni
cambiar lo que en ellos hay de institución divina por institución humana alguna.
Si Cristo Jesús, Dios y Señor nuestro es él mismo el sumo sacerdote de Dios
Padre, y se ofreció el primero a sí mismo en sacrificio al Padre, y mando que
esto se hiciera en memoria de él, tendrá realmente las veces de Cristo aquel
sacerdote que imita lo que Cristo hizo, y ofrecerá un sacrificio verdadero y
pleno en la Iglesia a Dios Padre cuando se ponga a hacer la oblación tal como
vea que la hizo Cristo... (12)
IV. EL SENTIDO DE NUESTRA ORACIÓN.
| Introducción |
| Las maravillas del Bautismo (A Donato, 3-5) |
| Frutos de la paciencia |
| Sin miedo a la muerte |
Decimos "hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo", no para que Dios
haga lo que él quiere, sino para que nosotros podamos hacer lo que él quiere.
Porque, ¿quién puede oponerse a que Dios haga lo que quiere? En cambio el diablo
se opone en nosotros a que nuestros deseos y nuestros actos obedezcan en todo a
Dios, y por esto rogamos y pedimos que se haga en nosotros la voluntad de Dios.
El que esta voluntad se haga en nosotros, es obra de la misma voluntad de Dios,
es decir, de su ayuda y protección, ya que nadie es fuerte por sus propias
fuerzas, sino que nuestra seguridad nos viene de la benevolencia y misericordia
de Dios... Los que queremos perdurar para siempre debemos hacer la voluntad de
Dios, que es eterno (13).
Las maravillas del Bautismo (A Donato, 3-5)
Cuando yacía postrado en las tinieblas de la noche, cuando zozobraba en medio
del mar borrascoso de este mundo y andaba vacilante en el camino del error sin
saber qué sería de mi vida, desviado de la luz de la verdad, imaginaba que sería
difícil y duro, en mi situación, lo que me prometía la divina misericordia: que
uno pudiera renacer y que -animado de una nueva vida por el baño del agua de
salvación- dejara lo que había sido y cambiara el hombre viejo de Espíritu y
mente, aunque permaneciera en el mismo cuerpo humano. ¿Cómo es posible, me
decía, tal transformación? ¿Cómo es posible que de la noche a la mañana, tan de
repente, se despoje uno de lo que es congénito a la misma naturaleza, o se ha
endurecido por hábitos inveterados? Estas disposiciones son inquebrantables,
están arraigadas con raíces muy hondas. ¿Cuándo aprenderá a ser sobrio quien se
ha acostumbrado a espléndidas cenas y ricos banquetes? ¿Cuándo se va a contentar
con corriente y sencillo atuendo quien siempre destaco por el oro y la púrpura
de sus preciosos vestidos? Quien goza de dignidades y cargos no soporta verse
privado de ellos y vivir en la oscuridad. Aquel que suele ir rodeado de una
escolta de clientes, cortejado por una numerosa comitiva de aduladores,
considera como un tormento el verse solo. Quienes se han apegado a los halagos
de las pasiones es necesario que, como de costumbre, los arrastre la embriaguez,
los hinche la soberbia, los exalte la ira, los despedace la codicia, los
provoque la crueldad, los alucine la ambición, los precipite la lujuria.
Esto me decía una y mil veces a mí mismo. Pues, como me hallaba retenido y
enredado en tantos errores de mi vida anterior, de los que no creía poder
desprenderme, yo mismo condescendía con mis vicios inveterados y, desesperando
de enmendarme, fomentaba mis males como hechos naturales en mí. Pero después que
quedaron borradas con el agua de regeneración las manchas de la vida pasada y se
infundio la luz en mi Espíritu transformado y purificado, después que me cambio
en un hombre nuevo por un segundo nacimiento la infusión del Espíritu celestial,
al instante se aclararon las dudas de modo maravilloso, se abrió lo que estaba
cerrado, se disiparon las tinieblas, se volvió fácil lo que antes me parecía
difícil, se hizo posible lo que creía imposible. De modo que pude reconocer que
provenía de la tierra mi anterior vida carnal sujeta a los pecados, y que era
cosa de Dios lo que ahora estaba animado por el Espíritu Santo.
Tu mismo puedes comprender y reconocer conmigo qué nos ha quitado y qué nos ha
traído esta muerte de los vicios y esta vida de las virtudes. Tu bien lo sabes,
sin que yo lo pregone. Siempre es odiosa la propia alabanza; si bien no puede
decirse en este caso que sea propia alabanza, sino gratitud, porque se atribuye
a don de Dios y no a las fuerzas del hombre, de manera que él no pecar ahora es
favor de la gracia, y el haber pecado antes fue efecto de la miseria humana. Don
de Dios es todo lo que ahora podemos. De Él vivimos, por El tenemos fuerzas, de
Él recibimos y sentimos aquel vigor por el cual, aun en esta vida, gustamos los
preludios de la futura. Solamente debemos tener el temor de perder la inocencia,
para que el Señor, que por su misericordia infundio la gracia en nuestras almas,
permanezca complacido por nuestras buenas obras en nuestro Espíritu, como en su
morada, no sea que la seguridad concedida nos haga descuidados y se introduzca
de nuevo el antiguo enemigo.
Por lo demás, si tú te asientas con pie firme en el camino de la inocencia, de
la justicia, si unido tan solo a Dios con todas tus fuerzas y con toda tu alma,
no eres más que lo que has empezado a ser, cuanto mayor sea en ti el aumento de
gracia, mayores fuerzas tendrás. No hay medida alguna en las mercedes que
recibimos de Dios, como suele haberla en los beneficios humanos. El Espíritu,
que se derrama con abundancia, no se ve oprimido por límites, ni encerrado en
espacio estrecho que lo frene. Fluye sin cesar, rebosa su abundancia, solamente
tiene que abrirse nuestro corazón y estar sediento. Cuanta fe seamos capaces de
presentar, tanta abundancia de gracia recogeremos.
Entonces ya podemos, mediante una castidad austera, un alma pura, unas palabras
limpias, remediar a los dolientes, destruir la ponzoña, purificar las almas de
los enfermos devolviéndoles la salud, imponer la paz a los enemigos, la calma a
los violentos, la mansedumbre a los iracundos. Ya podemos obligar a los
Espíritus inmundos y vagabundos -que se introdujeron en los hombres para
atormentarlos- a que confiesen increpándolos con amenazas, forzarlos con duros
azotes a que salgan, aumentarles el castigo si se resisten; si aúllan, si gimen,
sacudirles con látigos, abrasarlos con el fuego. Este combate se produce allí,
pero no se ve. El mal está oculto, aunque el castigo es manifiesto. Por eso,
desde que empezamos a ser suyos, el Espíritu que hemos recibido obra con toda
libertad. Pero, como no hemos cambiado de cuerpo ni de miembros, nuestros ojos
carnales están todavía oscurecidos con las nubes del siglo. ¡Qué gran dignidad
tiene el alma! ¡Qué grande su poder! No solo ha quedado desprendida del
pernicioso apego del mundo, hasta estar libre por su expiación y pureza de la
peste esparcida por el enemigo, sino que ha adquirido mayor y más poderosa
pujanza de fuerzas, que se impone con imperio a todas las legiones del enemigo
atacante.
Frutos de la paciencia
(El bien de la paciencia, 13-16,19-20)
Se es cristiano por la fe y la esperanza; mas para lograr el fruto de ellas, se
necesita la paciencia. En efecto, no vamos tras la gloria de acá, sino tras la
futura, conforme a lo que nos avisa el Apóstol Pablo cuando dice: hemos sido
salvados por la esperanza. La esperanza que se ve, ya no es esperanza; si uno ya
lo ve, ¿cómo va a esperar lo que está viendo? Mas, si esperamos lo que no vemos,
nos sostenemos por la espera de ello (Rm
8,24-25)
La espera y la paciencia nos son necesarias para completar lo que hemos empezado
a ser y para conseguir, por la bondad de Dios, lo que creemos y esperamos. En
otro lugar, el mismo Apóstol recomienda y enseña a los varones justos y
limosneros, y que guardan sus tesoros en el cielo con el ciento por uno, que
tengan paciencia, diciendo: no dejemos de hacer el bien, pues a su tiempo
recogeremos la cosecha. Así que, mientras tenemos tiempo, obremos el bien a
todos, principalmente a los de nuestra fe (Ga
6 Ga 9-10).
Avisa que nadie, por impaciencia, decaiga en el obrar bien; que nadie,
solicitado o vencido por la tentación, renuncie en medio de su gloriosa carrera
y eche a perder el fruto de lo ganado, por dejar incompleto lo comenzado, como
está escrito: la justicia del justo no le librara en cualquier día que se
desviare (Ez
33,12); y en otro lugar: guarda lo que tienes, no vaya otro a recibir tu
corona (Ap
3,11). Estas palabras exhortan a continuar con paciencia y tenacidad,
para que el que se encuentra próximo a alcanzar la corona, la logre mediante la
perseverancia.
Así que la paciencia, hermanos amadísimos, no solo conserva el bien sino que
repele el mal. Quien sigue el impulso del Espíritu Santo y se adhiere a lo
divino y celestial, lucha ardorosamente embarazando el escudo de sus virtudes
contra las fuerzas de la carne, que asaltan y rinden al alma. Echemos una mirada
a algunos de los muchos vicios, para que lo dicho de pocos se entienda de los
demás. El adulterio, el fraude, el homicidio son delitos mortales. Tenga la
paciencia robustas y hondas raíces en el corazón, y nunca se manchara con el
adulterio el cuerpo consagrado como templo de Dios, ni un alma dedicada a la
justicia se corromperá con el Espíritu de fraude, ni jamás se teñirán de sangre
las manos que han llevado la Eucaristía.
La caridad es el lazo que une a los hermanos, el cimiento de la paz, la trabazón
que da firmeza a la unidad; la que es superior a la esperanza y a la fe, la que
sobrepuja a la limosna y al martirio; la que quedará con nosotros para siempre
en el Cielo. Quítale, sin embargo, la paciencia, y quedará devastada; quítale el
jugo del sufrimiento y resignación, y perderá las raíces y el vigor. Cuando el
Apóstol habla de la caridad, le junta el sufrimiento y la paciencia: la caridad,
dice, es magnánima, es benigna, no es envidiosa, no se hincha, no se encoleriza,
no piensa el mal; todo lo ama, todo lo cree, todo lo, espera, lo soporta todo (1Co
13,4-7). Con esto nos indica que la caridad puede permanecer, porque es
capaz de sufrir todo. Y en otro pasaje exclama: sobrellevándonos con caridad,
poniendo interés en conservar la unión del Espíritu con el vínculo de la paz (Ep
4,2). Enseña que no puede conservarse ni la unidad ni la paz, si no se
ayudan mutuamente los hermanos y mantienen el vínculo de la unidad con el
auxilio de la paciencia.
¿Y qué decir de que no debes jurar, ni hablar mal, ni exigir lo que te han
quitado; lo de ofrecer la otra mejilla después de recibir la bofetada; que debes
perdonar a tu hermano que te ha ofendido no solo setenta veces siete, sino todas
las ofensas; que debes amar a tus enemigos, que debes rogar por los adversarios
y perseguidores? ¿Podrías acaso sobrellevar todos estos preceptos si no fuera
por la fortaleza de la paciencia? Esto lo cumplió, según sabemos, Esteban:
siendo asesinado a pedradas por los judíos, no pedía venganza para sus asesinos,
sino perdón con estas palabras: Señor, no les imputes esto como pecado (Ac
7,60). Tal convenía que fuese el primer mártir de Cristo, para que-por
ser el modelo de los mártires venideros con su gloriosa muerte-no solo se
hiciese el pregonero de la pasión del Señor, sino su imitador en la inmensa
mansedumbre y paciencia.
¿Qué diré de la ira, de la discordia, de las enemistades, que no deben tener
cabida en el cristiano? Haya paciencia en el corazón y estas pasiones no
entraran en él, o, si intentaren forzar la entrada, enseguida serán rechazadas y
se retiraran, de modo que continúe el asiento de la paz en el corazón, donde
tiene Dios sus delicias en habitar (...).
Y para que resplandezcan mejor, hermanos amadísimos, los beneficios de la
paciencia, consideremos por contraposición los males que acarrea la impaciencia.
Así como la paciencia es un don de Cristo, así la impaciencia, por el contrario,
es un don del diablo; y al modo como aquél en quien habita Cristo es paciente,
lo mismo siempre es impaciente aquél cuya mente está poseída por la maldad del
demonio.
En resumen, tomemos las cosas por sus principios. El diablo no pudo sufrir con
paciencia que el hombre fuese creado a imagen de Dios; por eso se perdió a sí
mismo primero, y luego perdió a los demás. Adán, impaciente por gustar el mortal
bocado, contra la prohibición de Dios, se precipito en la muerte y no guardo la
gracia recibida del Cielo con la ayuda de la paciencia. Caín, por no poder
soportar la aceptación de los sacrificios y ofrendas, mato a su hermano. Esaú
bajo de su mayorazgo a segundón y perdió su primacía por su impaciencia en comer
un plato de lentejas.
¿Por qué el pueblo judío, infiel e ingrato con los favores de Dios, se aparto
del Señor, sino por la impaciencia? No pudiendo llevar con paciencia la tardanza
de Moisés, que estaba hablando con Dios, oso pedir dioses sacrílegos, llamando
guías de su peregrinación a una cabeza de toro y a un simulacro de arcilla, y
nunca desistió de mostrar su impaciencia, puesto que no aguantaba nunca las
amonestaciones y gobierno de Dios, llegando a matar a sus profetas y justos y
hasta llevar a la cruz y al martirio al Señor.
La impaciencia también es la madre de los herejes; ella, a semejanza de los
judíos, los hace rebelarse contra la paz y caridad de Cristo y los lanza a
funestos y rabiosos odios. Y para no ser prolijo: todo lo que la paciencia
edifica con su conformidad en orden a la gloria, lo destruye la impaciencia por
la ruina.
Por tanto, hermanos amadísimos, una vez vistas con atención las ventajas de la
paciencia y las consecuencias de la impaciencia, debemos mantener en todo su
vigor la paciencia, por la que estamos en Cristo y podemos llegar con Cristo a
Dios.
Por ser tan rica y variada, la paciencia no se ciñe a estrechos límites ni se
encierra en breves términos. Esta virtud se difunde por todas partes, y su
exuberancia y profusión nacen de un solo manantial; pero al rebosar las venas
del agua se difunde por multitud de canales de méritos y ninguna de nuestras
acciones puede ser meritoria si no recibe de ella su estabilidad y perfección.
La paciencia es la que nos recomienda y guarda para Dios; modera nuestra ira,
frena la lengua, dirige nuestro pensar, conserva la paz, endereza la conducta,
doblega la rebeldía de las pasiones, reprime el tono del orgullo, apaga el fuego
de los enconos, contiene la prepotencia de los ricos, alivia la necesidad de los
pobres, protege la santa virginidad de las doncellas, la trabajosa castidad de
las viudas, la indivisible unión de los casados.
La paciencia mantiene en la humildad a los que prosperan, hace fuertes en la
adversidad y mansos frente a las injusticias y afrentas. Enseña a perdonar
enseguida a quienes nos ofenden, y a rogar con ahínco e insistencia cuando hemos
ofendido. Nos hace vencer las tentaciones, tolerar las persecuciones, consumar
el martirio. Es la que fortifica sólidamente los cimientos de nuestra fe, la que
levanta en alto nuestra esperanza, la que encamina nuestras acciones por la
senda de Cristo, para seguir los pasos de sus sufrimientos. La paciencia nos
lleva a perseverar como hijos de Dios imitando la paciencia del Padre.
Sin miedo a la muerte
(Tratado sobre la peste, 15-26)
Es verdad que perecen en esta (epidemia de) peste muchos de los nuestros; esto
quiere decir que muchos de los cristianos se libran de este mundo. Esta
mortandad es una pestilencia para los judíos, gentiles y enemigos de Cristo; mas
para los servidores de Dios es salvadora partida para la eternidad. Por el hecho
de que sin discriminación alguna de hombres mueran buenos y malos, no hay que
creer que es igual la muerte de unos y de otros. Los justos son llevados al
lugar del descanso, los malos son arrastrados al suplicio; a los fieles se les
otorga en seguida la seguridad; a los infieles, sin tardar el castigo (...).
Cuantas veces me fue revelado, cuantas y más claras veces se me ordenó por la
bondad de Dios que clamase sin cesar, que predicara en público que no debía
llorarse por nuestras hermanos llamados por el Señor y libres de este mundo,
sabiendo que no se pierden, sino que nos preceden; que, como viajeros, como
navegantes, van delante de los que quedamos atrás; que se puede echarlos de
menos, pero no llorarlos y cubrirnos de luto, puesto que ellos ya se han vestido
vestidos blancos; que no debe darse a los gentiles ocasión de que nos censuren
con toda razón, de que viven con Dios y los lloremos como perdidos y
aniquilados, y no demos pruebas con verdaderos sentimientos de lo que predicamos
con las palabras. Somos prevaricadores de nuestra esperanza y fe si aparece como
fingido y simulado lo que estamos afirmando. De nada sirve mostrar en la boca la
virtud y desacreditar su verdad con la práctica.
Por último el Apóstol Pablo reprueba y recrimina, reprende a los que se
contristan desmesuradamente por la pérdida de los suyos. No queremos, dice, que
os olvidéis, hermanos, a propósito de los que fallecen, que no debéis lamentaros
como los demás que no tienen esperanza. Pues si creemos que Jesús murió y
resucito, también Dios llevara con Él a los que han muerto con Jesús (1Th
4,13-14). Dice que se entristecen en demasía de los suyos los que no
tienen esperanza. Pero los que vivimos con esperanza y creemos en Dios y que
Cristo padeció por nosotros y resucito, y confiamos en permanecer con Cristo y
resucitar en Él y por Él, ¿por qué rehusamos salir de este mundo o lloramos y
nos dolemos de los nuestros que parten, como ya perdidos, cuando el mismo Cristo
y Señor y Dios nuestro nos avisa y dice: Yo soy la resurrección; el que cree en
mi, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mi no morirá nunca? (Jn
11,25-26). Si creemos en Cristo, tengamos fe en sus palabras y promesas
de modo que, no habiendo de morir nunca, vayamos alegres y tranquilos a Cristo,
con el cual hemos de triunfar y reinar siempre
Si morimos, cuando nos toque, entonces pasamos por la muerte a la inmortalidad,
y no puede empezar la vida eterna hasta que no salgamos de ésta. No es
ciertamente una salida, sino un paso y traslado a la eternidad, después de
correr esta carrera temporal. ¿Quién hay que no vaya a lo mejor? ¿Quién no
deseara transformarse y mudarse cuanto antes en la forma de Cristo y merecer el
don del cielo, predicando el Apóstol Pablo: nuestra vida, dice, está en el
cielo, de donde esperamos al Señor Jesucristo, que transformara nuestro vil
cuerpo en un cuerpo resplandeciente como el suyo? (Ph
3,20-21). Para que estemos con Él y con Él nos gocemos en las moradas
eternas y en el reino del cielo, Cristo Señor promete que seremos tales cuando
ruega al Padre por nosotros, diciendo: Padre, quiero que los que me entregaste
estén conmigo donde estoy Yo y vean la gloria que me diste antes de crear al
mundo (Jn
17,24). El que ha de llegar a la morada de Cristo, a la gloria del reino
celestial, no debe derramar llanto y plañir, sino más bien regocijarse en esta
partida y traslado, conforme a la promesa del Señor y a la fe en su cumplimiento
(...).
Hemos de pensar, hermanos amadísimos, y reflexionar sobre lo mismo: que hemos
renunciado al mundo y que vivimos aquí durante la vida como huéspedes y
viajeros. Abracemos el día que a cada uno señala su domicilio, que nos restituye
a nuestro reino y paraíso, una vez escapados de este mundo y libres de sus
lazos. ¿Quién, estando lejos, no se apresura a volver a su patria? ¿Quién, a
punto de embarcarse para ir a los suyos, no desea vientos favorables para poder
abrazarlos cuanto antes? Nosotros tenemos por patria el paraíso, por padres a
los patriarcas; ¿por qué, pues, no nos apresuramos y volvemos para ver a nuestra
patria para poder saludar a nuestros padres? Nos esperan allí muchas de nuestras
personas queridas, nos echa de menos la numerosa turba de padres, hermanos,
hijos, seguros de su salvación, pero preocupados todavía por la nuestra. ¡Qué
alegría tan grande para ellos y nosotros llegar a su presencia y abrazarlos, qué
placer disfrutar allá del reino del cielo sin temor de morir y qué dicha tan
soberana y perpetua con una vida sin fin! Allí el coro glorioso de los
Apóstoles, allí el grupo de los profetas gozosos, allí la multitud de
innumerables mártires que están coronados por los méritos de su lucha y
sufrimientos, allí las vírgenes que triunfaron de la concupiscencia de la carne
con el vigor de la castidad, allí los galardonados por su misericordia, que
hicieron obras buenas, socorriendo a los pobres con limosnas, que, por cumplir
los preceptos del Señor, transfirieron su patrimonio terreno a los tesoros del
cielo. Corramos, hermanos amadísimos, con insaciable anhelo tras éstos, para
estar enseguida con ellos; deseemos llegar pronto a Cristo. Vea Dios estos
pensamientos, y que Cristo contemple estos ardientes deseos de nuestro Espíritu
y fe; Él otorgara mayores mercedes de su amor a los que tuvieren mayores deseos
de Él.
Notas
(11) Los fragmentos que siguen proceden de la carta 63, escrita contra algunos
que llevaban hasta tal punto su abstinencia de vino que pretendían celebrar la
eucaristía con agua sola. volver)
(12) Epist. 63.
(13) CIPRIANO, De dominica oratione, 14.
| Historia | Escritos |
|
Nació en Poitiers, Francia, a principios del siglo IV; Sus padres eran nobles gentiles. Fue bautizado el año 345 y desde entonces vivió santamente. Fue elegido obispo de Poitiers el año 350.Gran defensor de la fe en la divinidad de Cristo frente a los arrianos. En su tratado sobre la Trinidad «De Trinitate» defiende la doctrina del Concilio de Nicea y demuestra que las Sagradas Escrituras dan testimonio claro de la divinidad del Hijo. En otros libros interpreta también los sucesos del Antiguo Testamento como prefiguraciones de la venida de Cristo al mundo.
El punto de partida de la reflexión de Hilario es la fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, recibida en el bautismo. Dios Padre, que es amor, comunica plenamente su divinidad al Hijo. Éste compartió nuestra condición humana, de tal manera que sólo en Cristo, Verbo encarnado, la humanidad encuentra la salvación. Asumiendo la naturaleza humana, Él ha unido a sí a todo hombre. Por eso, el camino hacia Cristo está abierto para todos, aunque por nuestra parte se requiere siempre la conversión personal.
San Hilario combatió herejías del arriano Auxencio de Milán. Los arrianos lograron que el emperador Constancio, también arriano, desterrase a Hilario a Frigia, provincia romana de Asia, a fines del año 356. Su comentario fue: "Permanezcamos siempre en el destierro con tal que se predique la verdad". Desde el destierro envió a Occidente su tratado de los Sínodos y en 359 los doce libros Sobre la Trinidad, que se considera su mejor obra.
Asistió al concilio de Seleucia de Isauria, ciudad del Asia Menor, en la región de Tauro. Allí trató Hilario sobre misterios de la fe. Después pasó a Constantinopla, donde en un escrito presenta al emperador como un anticristo.Sus enemigos, convencidos de que Hilario les era mas problema en el Oriente, le permitieron regresar a Poitiers. San Jerónimo comenta sobre el gran júbilo con que fue recibido por los católicos. Allí realizó una importante labor de exégesis, escribiendo tratados sobre los grandes misterios de la fe, sobre los salmos y sobre san Mateo. Compuso también himnos y algunos le atribuyeron el "Gloria in excelsis".
Según san Isidoro de Sevilla, Hilario fue el primero que introdujo los cánticos
en las iglesias de Occidente. Años más tarde San Ambrosio introducirá esa
costumbre en su catedral de Milán y los herejes lo acusarán ante el gobierno
diciendo que por los cantos tan hermosos que entona en su iglesia le quita a
ellos sus clientes que se van a donde los católicos porque allá cantan más y
mejor.
San Hilario
murió el 13 de enero del año 367.
Sus reliquias estuvieron en
Poitiers hasta el año 1652, en que fueron sacrílegamente quemadas por los
hugonotes. Se le ha dado el título de Atanasio de Occidente. Entre sus ilustres
discípulos está San Martín de Tours. San Jerónimo y san Agustín lo llaman
gloriosísimo defensor de la fe.El Papa Pío IX, a petición de los obispos
reunidos en el sínodo de Burdeos, declaró a san Hilario Doctor de la Iglesia por
sus enseñanzas sobre la divinidad de Cristo
"¡Oh Señor!, no se ha engreído mi corazón, ni se han ensoberbecido mis ojos".
1. Este breve Salmo, que exige un tratamiento analítico más que un tratamiento
homilético. Nos enseña la lección de la humildad y la mansedumbre. Ahora, dado
que hemos hablado muchas veces acerca de la humildad, no hay necesidad de
repetir las mismas cosas aquí. Por supuesto que estamos obligados a tener en
cuenta la gran necesidad que tenemos de que nuestra fe permanezca en humildad
cuando escuchamos al Profeta que la entiende como equivalente al desempeño de
los trabajos más altos: ¡Oh Señor!, mi corazón no está exaltado. Pues un corazón
contrito es el más noble sacrificio a los ojos de Dios. El corazón, por lo
tanto, no debe inflarse por la prosperidad, sino que debe guardarse humildemente
en los límites de la mansedumbre, mediante el temor de Dios.
2. "Ni se han ensoberbecido mis ojos". El sentido estricto del griego aquí
transmite un significado diferente; esto es, que no han sido elevados de un
objeto para mirar a otro. Pero los ojos deben elevarse en obediencia a las
palabras del profeta: "Eleva tus ojos y mira quién ha desplegado todas estas
cosas". Y el Señor dice en el Evangelio: "Eleva tus ojos, y mira los campos,
que están blancos hasta la cosecha". Los ojos están, entonces, para ser
elevados. No para poner su mirada en cualquier parte, sino para permanecer fijos
de manera definitiva sobre todo aquello para lo que han sido elevados.
3. Y continua así: "No he andado entre grandezas, ni en cosas maravillosas que
me sobrepasan". Es muy peligroso andar entre cosas malas, y no quedarse entre
las cosas maravillosas. Las obras de Dios son grandes; Él, en sí mismo, es
maravilloso en todo lo alto: ¿cómo puede entonces enorgullecerse el salmista
como si fuera una obra buena no andar entre grandezas y maravillas? La adición
de las palabras, "que me sobrepasan", nos muestra de que se está hablando de
caminar entre cosas distintas a las que los hombres comúnmente consideran como
grandes y maravillosas. Pues David, que fue profeta y rey, también fue humilde y
despreciado e indigno de sentarse a la mesa de su padre; pero encontró el favor
de Dios, fue ungido rey, e inspirado para profetizar. Su reino no lo hizo
altivo, no lo motivaban malas intenciones: amo a quienes lo persiguieron, rindió
honores a sus enemigos muertos, perdono a sus hijos incestuosos y asesinos. Fue
despreciado en su soberanía; como padre, fue herido; como profeta, fue afligido;
y aun así no reclamo venganza como Podría hacerlo un profeta, ni infligió
castigo como lo haría un padre, ni correspondió a los insultos como lo haría un
soberano. De este modo no anduvo entre grandezas y maravillas que le
sobrepasaban.
4. Veamos lo que sigue: "Si no humillaba mis pensamientos y en cambio he elevado
mi alma". ¡Qué inconsecuencia de parte del Profeta! No eleva su corazón: pero si
eleva su alma. No camina entre grandezas y maravillas que le sobrepasan; pero
sus pensamientos no son bajos. Su inteligencia se exalta, pero su corazón se
apoca. Es humilde en su proceder: pero no es humilde en su pensamiento. Su alma
se eleva a las alturas porque su pensamiento aspira alcanzar el cielo. Pero su
corazón, "del que proceden -según el Evangelio- pensamientos perversos,
asesinatos, adulterios, fornicaciones, robos, falsos testimonios, insultos",
es humilde, apremiado bajo el suave yugo de la mansedumbre. Nosotros debemos
definir el justo medio, entonces, entre la humildad y la exaltación, para que
podamos ser humildes de corazón pero elevados de alma y pensamiento.
Después continua: "Como el niño destetado en los brazos de su madre, así
recompensaras mi alma". Nos es dicho que cuando Isaac fue destetado, Abraham
celebro una fiesta, porque ahora que era destetado, cruzaba el umbral de la
niñez y pasaba más allá del alimento de leche. El Apóstol alimenta a todos los
que son imperfectos en la fe, inclusive a niños en las cosas de Dios, con la
leche del conocimiento. De este modo dejar de necesitar leche marca el mayor
avance posible. Abraham proclamo mediante una alegre fiesta que su hijo pasaba a
la edad de comer carne, y el Apóstol rehúsa el pan a los de mentalidad carnal y
a aquellos que son niños en Cristo. Y así, el Profeta pide a Dios que, ya que no
ha ensoberbecido su corazón, ni ha caminado en medio de grandezas y maravillas
que le sobrepasan; ya que no ha humillado sus pensamientos sino que ha elevado
su alma, que premie a su alma recostándose como un niño destetado sobre su
madre: es decir, que sea considerado digno de la recompensa del Pan perfecto,
celestial y vivo, basado en que por razón de sus reconocidos trabajos ahora ya
ha terminado la etapa de lactancia.
6. Pero él no pide este Pan vivo del cielo solo para sí mismo. Él alienta a toda
la humanidad a expectar este Pan, proclamando: "Que Israel espere en el Señor,
desde ahora y por siglos". Él no pone límite temporal a nuestra esperanza, sino
que nos invita a proyectarnos hasta el infinito en nuestra fiel expectación.
Nosotros debemos esperar por siempre, ganando la esperanza de la vida futura
mediante la esperanza de nuestra vida presente, que la tenemos en Cristo Jesús
nuestro Señor, que es bendito por los siglos de los siglos. Amén
(Comentario al Evangelio de San Mateo, 10,1-5)
Al ver a las multitudes se lleno de compasión, porque estaban maltratadas y
abatidas...(Mt
9,36).
Es necesario escudriñar el significado de las palabras no menos que el de los
hechos, pues, como habíamos dicho, la clave para comprender el significado
reside tanto en las palabras como en las obras. El Señor siente compasión de las
multitudes maltratadas y abatidas, como ovejas dispersas sin pastor. Y dice que
la mies es mucha, pero los obreros pocos, y que es preciso rogar al dueño de la
mies para que envíe muchos obreros a su mies (cf.
Mt 9,37-38).
Y, llamando a los discípulos, les dio poder para arrojar a los Espíritus
inmundos y para curar toda enfermedad y dolencia (cf.
Mt 10,1).
Aunque estos hechos se refieren al presente, es necesario considerar lo que
significan para el futuro.
Ningún agresor había asaltado a las multitudes y, sin embargo, estaban postradas
sin que ninguna adversidad o desventura las hubiese golpeado. ¿Por qué siente
compasión, viéndolas maltratadas y abatidas? Evidentemente, el Señor se apiada
de una muchedumbre atormentada por la violencia del Espíritu inmundo, que la
tiene bajo su dominio, y enferma bajo el peso de la Ley, porque aun no tenía un
pastor que le restituyese la protección del Espíritu Santo (cf.
1P 2,25).
A pesar de que el fruto de este don era abundante, ninguno lo había recogido. Su
abundancia supera el número de los que lo alcanzan, pues, aunque todos tomen
cuanto quieran, permanece siempre sobreabundante para ser dispensado con
generosidad. Y puesto que es necesario que muchos lo distribuyan, exhorta a
rogar al dueño de la mies, para que mande muchos obreros a su mies, es decir,
muchos segadores, para recoger el don del Espíritu Santo que había preparado, un
don que Dios distribuye por medio de la oración y de la suplica. Y para mostrar
que esta mies y la multitud de los segadores debían propagarse a partir de los
doce Apóstoles, los llamo a Si y les dio el poder de arrojar los demonios y de
curar toda enfermedad. Con este poder recibido como don, podían expulsar al
fautor del mal y curar la enfermedad.
Conviene ahora recoger el significado de estos preceptos, considerándolos uno
por uno. Los exhorta a mantenerse alejados de las sendas de los paganos (cf.
Mt 10,5),
no porque no los haya enviado también a salvar a los paganos, sino para que se
abstengan de las obras y del modo de vivir de la ignorancia pagana. Igualmente
les prohíbe entrar en la ciudad de los samaritanos (cf.
Mt 10,5).
Pero ¿no ha curado Él mismo a una samaritana? En realidad, les exhorta a no
entrar en las asambleas de los herejes, pues la perversión no difiere en nada de
la ignorancia. Los envía a las ovejas perdidas de la casa de Israel (cf.
Mt 10,6);
y, sin embargo, ellas se han encarnizado contra Él con lenguas de víbora y
fauces de lobo. Como la Ley debería recibir el Evangelio en primer lugar, Israel
iba a tener menos disculpas por su crimen, en cuanto que habría experimentado
una solicitud mayor en la exhortación.
El poder de la virtud del Señor se transmite enteramente a los Apóstoles. Los
que habían sido formados en Adán a imagen y semejanza de Dios, reciben ahora de
modo perfecto la imagen y la semejanza de Cristo (cf.
1Co 15,49).
Su poder no difiere en nada del poder del Señor, y los que antes habían sido
hechos de la tierra, se convierten ahora en celestes (cf.
1Co 15,48).
Deben predicar que el Reino de los cielos está próximo (cf.
Mt 10,7),
es decir, que se recibe ahora la imagen y semejanza de Dios a través de la
comunión en la verdad, que permite a todos los santos, designados con el nombre
de los cielos, reinar con el Señor (cf.
1Co 4,8).
Deben curar enfermos, resucitar muertos, sanar leprosos, arrojar demonios (cf.
Mt 10,8).
Todos los males causados en el cuerpo de Adán por instigación de Satanás, los
debían a su vez sanar mediante la participación en el poder del Señor. Y para
conseguir de modo completo, según la profecía del Génesis (cf.
Gn 1,26),
la semejanza con Dios, reciben la orden de dar gratuitamente lo que
gratuitamente recibieron (cf.
Mt 10,8).
Deben ofrecer de balde el servicio de un don que han recibido gratis.
Les prohíbe guardar en la faja oro, plata, dinero; llevar alforja para el
camino, coger dos túnicas, sandalias y un bastón en la mano, porque el obrero
tiene derecho a su salario (cf.
Mt 10,10).
No hay nada de malo, pienso, en guardar un tesoro en la faja. ¿Qué significa la
prohibición de poseer oro, plata o moneda de cobre en la propia faja? La faja es
una prenda de servicio, y se cine para realizar un trabajo. Se nos exhorta, por
tanto, a que no haya venalidad en nuestro servicio, a evitar que el premio de
nuestro apostolado sea la posesión del oro, de la plata o del cobre.
Ni alforja para el camino (Mt
10,10). Es decir, hay que dejar a un lado la preocupación por los bienes
presentes, ya que todo tesoro terreno es perjudicial, desde el momento en que
nuestro corazón está allí donde guardamos nuestro tesoro. Ni dos túnicas (Mt
10,10). En efecto, basta con que nos revistamos de Cristo una vez (cf.
Ga 3,27),
sin revestirnos seguidamente de otro traje, como la herejía o la Ley mosaica, a
causa de una perversión de nuestra inteligencia. Ni sandalias (cf.
Mt 10,10).
¿Tal vez los débiles pies de los hombres pueden soportar la desnudez? En
realidad, donde debemos permanecer con pies desnudos es sobre la tierra santa,
no cubierta por las espinas y los aguijones del pecado, como fue dicho a Moisés
(cf. Ex 3,5),
y se nos exhorta a no tener otro calzado para entrar, que el recibido de Cristo.
Ni bastón en la mano (Mt
10,10), es decir, las leyes de un poder extranjero, pues tenemos el
bastón de la raíz de Jesé (cf.
Is 11,1).
Todo poder, que no sea ése, no procede de Cristo.
Según el discurso precedente, hemos sido convenientemente provistos de gracia,
viático, vestido, sandalias, poder, para recorrer hasta el final los caminos de
la tierra. Trabajando en estas condiciones seremos dignos de nuestra paga (cf.
Mt 10,10).
Es decir, gracias al cumplimiento de estas prescripciones, recibiremos la
recompensa de la esperanza celestial.
| Historia |
|
San Efrén, diacono de la Iglesia en Siria, nació hacia el año 306 en Nisibis,
ciudad de Mesopotamia. Convertido al Cristianismo cuando tenía dieciocho años,
se entregÓ enteramente al servicio de Dios, dedicando su vida a la oración y al
estudio. Según algunos hagiógrafos, en el 325 acompañó a Santiago-obispo de Nisibis- al Concilio de Nicea.
Durante los años 338 a 350, en que la ciudad se vio repetidas veces amenazada
por Sapor II, rey de Persia, San Efrén desplegó una actividad infatigable para
alentar y aconsejar a sus habitantes. En el 363, el emperador Joviniano firmó un
tratado de paz con los persas y les entregó Nisibis; San Efrén, con la mayor
parte de los cristianos de esta ciudad, emigró a tierras del Imperio Romano. Se
retiró a Edesa, donde murió diez años más tarde, tras haber dedicado todo ese
tiempo a la penitencia y a la contemplación.
San Efrén ocupa un lugar privilegiado entre los Santos Padres tanto por la
abundancia de sus escritos como por la autoridad de su doctrina. Prueba de ello
es que muchos de sus himnos forman parte de diversas liturgias orientales . Gracias a esto se ha conservado gran parte de su ingente obra,
tanto en su idioma original, el sirio, como en traducciones griegas, que
empezaron a proliferar ya en los últimos años de su vida: Sozomeno, que pudo
leer directamente los escritos de San Efrén, afirma que compuso unos tres
millones de versos; otras fuentes apuntan que compuso más de mil sermones. Nos
han llegado también versiones en arameo y copto cuyo texto primitivo se
desconoce.
Sobre su autoridad, basta citar el testimonio de un hombre tan parco en palabras
y poco inclinado a los elogios como fue San Jerónimo. En su De viris illustribus
escribe: "Su fama se ha divulgado tanto entre los griegos que, en algunas
iglesias, leen sus escritos en público después de recitar la Sagrada Escritura.
Yo mismo he leído la traducción de un libro suyo sobre el Espíritu Santo y he
podido comprobar que es una obra maestra".
Poeta de delicadísimos sentimientos hacia Jesucristo y su Santísima Madre,
escribió centenares de himnos para uso litúrgico y para uso popular. En unos y
otros se aprecia su vivísimo ingenio, la solidez de su doctrina y un profundo
conocimiento de la Sagrada Escritura. Supo exponer de manera inimitable los
principales misterios del Cristianismo: la Santísima Trinidad, la Encarnación
del Verbo, las prerrogativas de Santa María... Los cantos populares -en los que
destaca su gracioso ingenio y la solidez de su doctrina- son especialmente
interesantes porque estaban destinados a que los cantase todo el pueblo, que no
entendía de enrevesadas controversias teológicas: así se difundía de modo fácil,
rápido y agradable la verdadera fe. Le llamaban "Arpa del Espíritu Santo"
También en Occidente se difundieron mucho sus escritos, siendo reconocido sobre
todo como cantor de las prerrogativas de la Santísima Virgen. El 5 de mayo de
1920, Benedicto XV lo declaró Doctor de la Iglesia.
La Virgen me invita a cantar el misterio que yo contemplo con admiración. Hijo
de Dios, dame tu don admirable, haz que temple mi lira, y que consiga detallar
la imagen completamente bella de la Madre bien amada.
La Virgen María da al mundo a su Hijo quedando virgen, amamanta al que alimenta
a las naciones, y en su casto regazo sostiene al que mantiene el universo. Ella
es Virgen y es Madre, ¿qué no es?
Santa de cuerpo, completamente hermosa de alma, pura de Espíritu, sincera de
inteligencia, perfecta de sentimientos, casta, fiel, pura de corazón, leal,
posee todas las virtudes.
Que en María se alegre toda la estirpe de las vírgenes, pues una de entre ellas
ha alumbrado al que sostiene toda la creación, al que ha liberado al género
humano que gemía en la esclavitud.
Que en María se alegre el anciano Adán, herido por la serpiente. María da a Adán
una descendencia que le permite aplastar a la serpiente maldita, y le sana de su
herida mortal.
Que los sacerdotes se alegren en la Virgen bendita. Ella ha dado al mundo el
Sacerdote Eterno que es al mismo tiempo Victima. Él ha puesto fin a los antiguos
sacrificios, habiéndose hecho la Victima que apacigua al Padre.
Que en Mana se alegren todos los profetas. En Ella se han cumplido sus visiones,
se han realizado sus profecías, se han confirmado sus oráculos.
Que en María se gocen todos los patriarcas. Así como Ella ha recibido la
bendición que les fue prometida, así Ella les ha hecho perfectos en su Hijo. Por
Él los profetas, justos y sacerdotes, se han encontrado purificados.
En lugar del fruto amargo cogido por Eva del árbol fatal, María ha dado a los
hombres un fruto lleno de dulzura. Y he aquí que el mundo entero se deleita por
el fruto de María.
El árbol de la vida, oculto en medio del Paraíso, ha surgido en María y ha
extendido su sombra sobre el universo, ha esparcido sus frutos, tanto sobre los
pueblos más lejanos como sobre los más próximos.
María ha tejido un vestido de gloria y lo ha dado a nuestro primer padre. Él
había escondido su desnudez entre los árboles, y es ahora investido de pudor, de
virtud y de belleza. Al que su esposa había derribado, su Hija le alza;
sostenido por Ella, se endereza como un héroe.
Eva y la serpiente habían cavado una trampa, y Adán había caído en ella; María y
su real Hijo se han inclinado y le han sacado del abismo.
La vid virginal ha dado un racimo, cuyo suave jugo devuelve la alegría a los
afligidos. Eva y Adán en su angustia han gustado el vino de la vida, y han
hallado completo consuelo.
(Himno al Nacimiento de Cristo)
Volved la mirada a María. Cuando Gabriel entró en su aposento y comenzó a
hablarle, Ella preguntó: ¿cómo se hará esto? (Lc
1,34). El siervo del Espíritu Santo le respondió diciendo: para Dios
nada es imposible (Lc
1,37). Y Ella, creyendo firmemente en aquello que había oído, dijo: he
aquí la esclava del Señor (Lc
1,38). Y al instante descendió el Verbo sobre Ella, entró en Ella y en
Ella hizo morada, sin que nada advirtiese. Lo concibió sin detrimento de su
virginidad, y en su seno se hizo niño, mientras el mundo entero estaba lleno de
Él (...). Cuando oigas hablar del nacimiento de Dios, guarda silencio: que el
anuncio de Gabriel quede impreso en tu Espíritu. Nada es difícil para esa
excelsa Majestad que, por nosotros, se ha abajado a nacer entre nosotros y de
nosotros.
Hoy María es para nosotros un cielo, porque nos trae a Dios. El Altísimo se ha
anonadado y en Ella ha hecho mansión, se ha hecho pequeño en la Virgen para
hacernos grandes (...). En María se han cumplido las sentencias de los profetas
y de los justos. De Ella ha surgido para nosotros la luz y han desaparecido las
tinieblas del paganismo.
María tiene muchos nombres, y es para mí un grande gozo llamarla con ellos. Es
la fortaleza donde habita el poderoso Rey de reyes, mas no salió de allí igual
que entró: en Ella se revistió de carne, y así salió. Es también un nuevo cielo,
porque allí vive el Rey de reyes; allí entró y luego salió vestido a semejanza
del mundo exterior (...). Es la fuente de la que brota el agua viva para los
sedientos; quienes han gustado esta bebida llevan fruto al ciento por uno.
Este día no es, pues, como la primera jornada de la creación. En aquel día las
criaturas fueron llamadas al ser; en éste, la tierra ha sido renovada y
bendecida respecto a Adán, por quien había sido maldecida. Adán y Eva, con el
pecado, trajeron la muerte al mundo; pero el Señor del mundo nos ha dado en
María una nueva vida. El Maligno, por obra de la serpiente, vertió el veneno en
el oído de Eva; el Benigno, en cambio, se abajó en su misericordia y, a través
del oído, penetró en María. Por la misma puerta por donde entró la muerte, ha
entrado también la Vida que ha matado a la muerte. Y los brazos de María han
llevado a Aquél a quien sostienen los querubines; ese Dios a quien el universo
no puede abarcar, ha sido abrazado por María. El Rey ante quien tiemblan los
ángeles, criaturas espirituales, yace en el regazo de la Virgen, que lo acaricia
como a un niño. El cielo es el trono de su majestad, y Él se sienta en las
rodillas de María. La tierra es el escabel de sus pies y Él brinca sobre ella
infantilmente. Su mano extendida señala la medida del polvo, y sobre el polvo
juguetea como un chiquillo.
Feliz Adán, que en el nacimiento de Cristo has encontrado la gloria que habías
perdido. ¿Se ha visto alguna vez que el barro sirva de vestido al alfarero?
¿Quién ha visto al fuego envuelto en panales? A todo eso se ha rebajado Dios por
amor del hombre. Así se ha humillado el Señor por amor de su siervo, que se
había ensalzado neciamente y, por consejo del Maligno homicida, había pisoteado
el mandamiento divino. El Autor del mandamiento se humilló para levantarnos.
Demos gracias a la divina misericordia, que se ha abajado sobre los habitantes
de la tierra a fin de que el mundo enfermo fuera curado por el Médico divino. La
alabanza para Él y al Padre que lo ha enviado; y alabanza al Espíritu Santo, por
todos los siglos sin fin.
(Carmen 18,1)
Oh citara mía, inventa nuevos motivos de alabanza a María Virgen. Levanta tu voz
y canta la maternidad enteramente maravillosa de esta virgen, hija de David, que
llevó la vida al mundo.
Quien la ama, la admira. El curioso se llena de vergüenza y calla. No se atreve
a preguntarse como una madre da a luz y conserva su virginidad. Y aunque es muy
difícil de explicar, los incrédulos no osaran indagar sobre su Hijo.
Su Hijo aplastó la serpiente maldita y destrozó su cabeza. Curó a Eva del veneno
que el dragón homicida, por medio del engaño, le había inyectado, arrastrándola
a la muerte.
Como el monte Sinaí, María te ha acogido, pero no la has calcinado con tu fuego
incombustible, porque has obrado de modo que tu hoguera no la abrasase, ni le
quemará la llama que ni siquiera los serafines pueden mirar.
Aquél que es eterno fue llamado el nuevo Adán, porque habitó en las entrañas de
la hija de David y en Ella, sin semilla y sin dolor, se hizo hombre. ¡Bendito
sea por siempre su nombre!
El árbol de la vida, que creció en medio del Paraíso, no dio al hombre un fruto
que lo vivificase. El árbol nacido del seno de María se dio a sí mismo en favor
del hombre y le donó la vida.
El Verbo del Señor descendió de su trono; se llegó a una joven y habitó en ella.
Ella lo concibió y lo dio a la luz. Es grande el misterio de la Virgen purísima:
supera toda alabanza.
Eva en el Edén se convirtió en rea del pecado. La serpiente malvada escribió,
firmó y selló la sentencia por la cual sus descendientes, al nacer, venían
heridos por la muerte.
Y a causa de su engaño, el antiguo dragón vio multiplicado el pecado de Eva. Fue
una mujer quien creyó la mentira de su seductor, obedeció al demonio y abajó al
hombre de su dignidad.
Eva llegó a ser rea del pecado, pero el débito pasó a María, para que la hija
pagase las deudas de la madre y borrase la sentencia que habían transmitido sus
gemidos a todas las generaciones.
María llevó el fuego entre sus manos y ciñó entre sus brazos a la llama: acercó
sus pechos a la hoguera y amamantó a Aquél que nutre todas las cosas. ¿Quién
podrá hablar de Ella?
Los hombres terrenales multiplicaron las maldiciones y las espinas que ahogaban
la tierra. Introdujeron la muerte. El Hijo de María lleno el orbe de vida y paz.
Los hombres terrenales sumergieron el mundo de enfermedades y dolores. Abrieron
la puerta para que la muerte entrase y pasease por el orbe. El Hijo de María
tomó sobre su persona los dolores del mundo, para salvarlo.
María es manantial límpido, sin aguas turbias. Ella acoge en su seno el río de
la vida, que con su agua irrigó el mundo y vivificó a los muertos.
Eres santuario inmaculado en el que moró el Dios rey de los siglos. En ti por un
gran prodigio se obró el misterio por el cual Dios se hizo hombre y un hombre
fue llamado Hijo por el Padre.
María es la vid de la estirpe bendita de David. Sus sarmientos dieron el grano
de uva lleno de la sangre de la vida. Adán bebió de aquel vino y resucitado pudo
volver al Edén.
Dos madres engendraron dos hijos diversos: una, un hombre que la maldijo; María,
Dios, que llenó al mundo de bendición.
¡Bendita, tu, María, hija de David, y bendito el fruto que nos has dado!
¡Bendito el Padre que nos envió a su Hijo para nuestra salvación, y bendito el
Espíritu Paráclito que nos manifestó su misterio! Sea bendito su nombre.
He mirado asombrado a María que amamanta a Aquél que nutre a todos los pueblos,
pero que se ha hecho niño. Habito en el seno de una muchacha, Aquél que llena de
si el mundo (...).
Un gran sol se ha recogido y escondido en una nube espléndida. Una adolescente
ha llegado a ser la Madre de Aquél que ha creado al hombre y al mundo.
Ella llevaba un niño, lo acariciaba, lo abrazaba, lo mimaba con las más hermosas
palabras y lo adoraba diciéndole: Maestro mío, dime que te abrace.
Ya que eres mi Hijo, te acunaré con mis cantinelas; soy tu Madre, pero te
honraré. Hijo mío, te he engendrado, pero Tu eres más antiguo que yo; Señor mío,
te he llevado en el seno, pero Tu me sostienes en pie.
Mi mente esta turbada por el temor, concédeme la fuerza para alabarte. No sé
explicar cómo estás callado, cuando sé que en Ti retumban los truenos.
Has nacido de mí como un pequeño, pero eres fuerte como un gigante; eres el
Admirable, como te llamó Isaías cuando profetizó sobre Ti
He aquí que todo Tú estás conmigo, y sin embargo estás enteramente escondido en
tu Padre. Las alturas del cielo están llenas de tu majestad, y no obstante mi
seno no ha sido demasiado pequeño para Ti
Tu Casa está en mí y en los cielos. Te alabaré con los cielos. Las criaturas
celestes me miran con admiración y me llaman Bendita.
Que me sostenga el cielo con su abrazo, porque yo he sido más honrada que él. El
cielo, en efecto, no ha sido tu madre; pero lo hiciste tu trono.
¡Cuanto más venerada es la Madre del Rey que su trono! Te bendeciré, Señor,
porque has querido que fuese tu Madre; te celebraré con hermosas canciones.
Oh gigante que sostienes la tierra y has querido que ella te sostenga, Bendito
seas. Gloria a Ti, oh Rico, que te has hecho Hijo de una pobre.
Mi magnificat sea para Ti, que eres más antiguo que todos, y sin embargo, hecho
niño, descendiste a mí. Siéntate sobre mis rodillas; a pesar de que sobre Ti
está suspendido el mundo, las más altas cumbres y los abismos más profundos
(...).
Tú estás conmigo, y todos los coros angélicos te adoran. Mientras te estrecho
entre mis brazos, eres llevado por los querubines.
Los cielos están llenos de tu gloria, y sin embargo las entrañas de una hija de
la tierra te aguantan por entero. Vives en el fuego entre las criaturas
celestes, y no quemas a las terrestres.
Los serafines te proclaman tres veces Santo: ¿qué más podré decirte, Señor? Los
querubines te bendicen temblando, ¿cómo puedes ser honrado por mis canciones?
Escúcheme ahora y venga a mí la antigua Eva, nuestra antigua madre; levante su
cabeza, la cabeza que fue humillada por la vergüenza del huerto.
Descubra su rostro y se alegre contigo, porque has arrojado fuera su vergüenza;
oiga la palabra llena de paz, porque una hija suya ha pagado su deuda.
La serpiente, que la sedujo, ha sido aplastada por Ti, brote que has nacido de
mi seno. El querubín y su espada por Ti han sido quitados, para que Adán pueda al paraíso, del cual había sido expulsado.
Eva y Adán recurran a Ti y cojan de mi el fruto de la vida; por ti recobrara la
dulzura aquella boca suya, que el fruto prohibido había vuelto amarga.
Los siervos expulsados vuelvan a través de Ti, para que puedan obtener los
bienes de los cuales habían sido despojados. Serás para ellos un traje de
gloria, para cubrir su desnudez.
EPÍSTOLA DE SAN EFRÉN DE SIRIA A UN DISCÍPULO
San Efrén de Siria (306-373 d.C. aprox.), Padre de la Iglesia, expone en esta
epístola una serie de cuestiones espirituales relativas a la vida monacal. Entre
ellas son de gran valía sus consejos sobre la humildad, sobre la vivencia de la
caridad, y su exhortación a que el cristiano sea siempre fiel a la Fe de la
Iglesia Católica que ha recibido
Mi bienamado en el Señor, cuando te aprestes a dar alguna respuesta, has de
poner en tu boca, antes que cualquier otra cosa, la humildad, pues bien sabes
que por ella todo el poder del enemigo se reduce a nada. Tú conoces la bondad de
tu Maestro, a Quien blasfemaron, y cómo Él se hizo humilde y obediente incluso
hasta la muerte. Hijo mío, trabaja por ti mismo para establecer la humildad en
tu boca, en tu corazón, y en tu cuello, pues hay un mandamiento que la inculca.
Recuerda a David, que se jactaba por su humildad y dijo "porque me humillo a mí
mismo el Señor me ha liberado, y Él me ha bendecido"(1). Hijo mío, arráigate en
la humildad y harás que las virtudes de Dios te acompañen. Y si es que
permaneces en un estado de humildad, ninguna pasión, cualquiera que sea, tendrá
poder para acercarse a ti.
No hay medida para la belleza del hombre que es humilde. No hay pasión,
cualquiera que sea, capaz de acercársele al hombre que es humilde, y no hay
medida para su belleza. El hombre humilde es un sacrificio de Dios. El corazón
de Dios y de sus ángeles descansa en aquel que es humilde. Más aun, cuando los
ángeles lo glorifiquen, hay una razón para él que le ha logrado todas las
virtudes, pero para aquel que se ha revestido de la humildad no será necesaria
ninguna razón, aparte de que se ha hecho humilde.
Hijo mío, éstas son las virtudes de la humildad. Hijo mío, conserva la paz,
porque está escrito, "Aquél que es sabio, en ese momento conservara la paz"(2).
Mantén la paz hasta que te hagan alguna pregunta. Y cuando te pregunten, habla,
y usa palabras humildes, y compórtate de manera humilde. No seas puro lamento.
Si la pregunta es muy grande para ti, siéntate. Nunca hables mientras que otros
hablan palabras de desprecio; contente, y no olvides que tus pensamientos deben
ser: "No los he escuchado". A todas las palabras valiosas, préstales tu más
ferviente atención. Porque está escrito "Si tu eres uno que actúa la palabra y
no uno que la escucha, te engañas a ti mismo, hijo mío, en el Señor"(3). Te doy
mandamientos desde el principio, guárdalos desde tu juventud. Mira lo que dijo
Pablo. Dijo, "Además, desde el tiempo en que eras un niño conocías la Santa
Escritura, que tiene el poder para salvarte".
Aprende la regla entera de los preceptos de la profesión del monje, y hazte
querido en todos tus trabajos. Si tú, que eres joven, vas al desierto a tomar un
lugar, y te estableces en uno que es muy grande para ti, y Dios está allí, no
dejes el lugar en tu descontento para irte a otro. Deja que el desierto en que
te has establecido te sea suficiente, no vayas a hacer que Él se moleste. Porque
está escrito "No es una pequeña cosa en contra tuya el provocar a los hombres a
la ira".
En el desierto en el que estas mantén esta manera de actuar, y no huyas de un
lugar a otro. No vayas a llorar a la morada de nadie por causa de lo que crees,
ni tampoco por los deseos de tu estómago. No estés en compañía del hombre
agitado y problemático, y asegúrate de continuar con tu vida silenciosa, y no
estés en la boca de los hermanos. Te suplico, mi amado en el Señor, que dejes
que tu meta principal sea aprender; escuchar con atención (u obedecer) te dará
la paz. Porque está escrito: "El provecho de la instrucción no es la plata".
Cuídate del hábito de no escuchar (o de desobedecer. Que la palabra de Saúl no
se realice en ti y en su generación, porque Dios es más fácilmente persuadido
por la obediencia que por el sacrificio (4).
Éstas son, entonces, las reglas del oficio del monje. Debes comer con los
hermanos. No levantes la cabeza hasta que no hayas terminado de comer. Come con
la vestimenta con que te dejas ver en público. Si ocurre que eres el último en
ser servido no digas: "Tráelo aquí, donde está sentado uno más grande que tu".
Cuando desees tomar de la botella de agua, no dejes que tu garganta haga bulla
como la de un hombre común. Cuando estás sentado en medio de los hermanos y
tengas flema, no la escupas en medio de ellos, apártate a cierta distancia y
escúpela allí.
Cuando estés durmiendo en cualquier lugar con los hermanos, no permitas que
persona alguna se les acerque a menos de un codo de distancia. Si el trabajo es
de carácter tranquilo no te duermas sobre una estera, más bien dóblala, porque
eres un hombre joven. No duermas estirado, ni tampoco sobre tu espalda, para que
no te molesten los sueños.
Cuando estés caminando con los hermanos, mantente siempre a alguna distancia de
ellos, pues cuando caminas con un hermano haces que tu corazón esté ocioso. Si
estas usando sandalias en tus pies, y el que camina contigo no tiene, quítatelas
y camina como él, porque está escrito, "Sufre".
Haz el trabajo del predicador. Hazlo diligentemente mientras estás en tu
habitación. No comas cuando el sol esta resplandeciendo. No enciendas una fogata
para ti solo o te volverás un ostentoso. Cuando sea necesario calentarte, llama
a algún hombre pobre y miserable que esté en el desierto contigo, mándalo en tu
lugar, y serás alabado, al decir, "No pude comer mi pan solo".
Si estás en una montaña, o en un lugar donde haya un hermano enfermo, visítalo
dos veces al día: en la mañana, antes de que comiences a trabajar con tus manos
y en la tarde. Porque está escrito, amado mío en el Señor, "Estuve enfermo y
vosotros me visitasteis" (5). Cuando un hermano muera en la montaña en donde
estás, no te sientes en la celda en la que escuches la noticia, sino anda y
siéntate con él y llora sobre él. Porque está escrito, "Llora al hombre
fallecido, y camina con él hasta que haya sido enterrado", porque éste es el
último servicio que uno puede realizar por su hermano. Saluda su cuerpo con
compasión, diciendo, "Acuérdate de mi ante el Señor".
Hijo mío, haz todo lo posible por observar las cosas que he escrito para ti,
pues ellas son las reglas del oficio del monje. Deja que la muerte se acerque a
ti de día y de noche, porque tú sabes que ése que tú conoces es el que te
hablara, diciéndote, "Yo nunca lo he puesto en mi corazón. Mis pies están en el
umbral, viviré hasta que haya cruzado el umbral de la puerta". Hijo mío, pon
toda tu mente ante Dios en todo momento y no dejes que todos estos inestables
pensamientos te saquen del camino. Ten siempre a la vista los castigos que
vendrán. Mientras estés en tu habitación hazte a ti mismo parecido a Dios.
Si un hermano viene a ti, regocíjate con él. Salúdalo. Prepara agua para sus
pies. No olvides esto. Que él rece. Tú, siéntate. Saluda sus manos y sus pies.
No lo molestes con preguntas como, "¿De dónde vienes?", porque está escrito, "De
esta manera, algunos han recibido ángeles en su morada sin saberlo" (6). Créele
a aquél que ha venido a ti inclusive como le creerías a Dios. Si él es un hombre
más virtuoso que tu, le dirás a menudo, "Que tu favor esté sobre mí", esto es
decir: "Te considero mi maestro". Guarda tu comida y come con él. Y si estas
bajo compromiso de ayuno, quiébralo, porque está escrito, "Hijo mío, siempre me
he mostrado gozoso de acompañar al hombre que quería caminar". Debes regocijarte
con él, y estar contento. Haz lo más que puedas para que te bendiga tres veces,
para que la bendición del ángel que entró con él caiga sobre ti.
Y como exige la misma Fe de la Iglesia Católica, no te permitas retroceder en
ella, ni te pongas por ti mismo fuera de ella. Creemos en un solo Dios, el Padre
Todopoderoso, y su Hijo Único, Jesucristo, nuestro Señor, por quien se hizo el
universo, y en el Espíritu Santo, es decir, en la Santísima Trinidad, que es la
Divinidad completa. Él es Dios, Él estaba en Dios, Él es la Luz que viene de la
Luz, Él es el Señor que viene del Señor. Él fue engendrado, no creado. Fue
engendrado como hombre. Él no es una cosa creada, es Dios. Fue engendrado por la
Santísima Virgen María, la mujer que llevo a Dios en su seno. Él tomó la carne
del hombre por nuestro bien, (Él bajo) a la tierra, y desde ella se elevó. Se
escogió predicadores, a los Santos Apóstoles, cuyas voces, de acuerdo a lo que
está escrito, han sido escuchadas en toda la tierra (Ps
18). Fue crucificado. Fue atravesado con una lanza. De allí vino nuestra
salvación, Agua y Sangre, es decir, el bautismo y la gloriosa Sangre, pues aquel
que no ha recibido la Sangre no ha sido bautizado.
Haz esto hijo mío, mantén esta fe, y el Dios de la paz estará contigo, y te
salvará, y te librará, y estarás en paz el resto de tus días. La salvación está
en el Señor, hijo querido, en el Señor. Recuérdame mi bienamado en el Señor, por
Jesús, el Cristo, Nuestro Señor, a quien le pertenecen la gloria y el poder,
¡por los siglos de los siglos! Amén.
Notas
(1) Ps
29,8-12.
(2) Am 5,13.
(3) 2Tm 3,15.
(4) cf. 1S
15,22.
(5) Mt
25,36.
(6) He 12,2.
Hay Un Ser, que se conoce a sí mismo y se ve a sí mismo.
Él habita en sí mismo,
y desde sí mismo se despliega.
Gloria a su Nombre.
Este es un Ser que por su propia voluntad está en todo lugar,
que es invisible y visible,
manifiesto y escondido.
Él está encima y debajo.
Familiar y condescendiente por su gracia entre los pequeños;
más sublime y más exaltado, como conviene a su gloria, que los elevados.
El veloz no puede exceder su presteza,
ni el tardo ir más allá que su paciencia.
Él esta antes de todo y después de todo,
y en medio de todo.
Él es como el mar,
y toda la creación se mueve en Él.
Como las aguas envuelven a los peces en todos sus movimientos,
así el Creador esta vestido con todo lo creado,
con lo grande y lo pequeño.
Y como los peces están escondidos en el agua,
así están escondidos en Dios la altura y la profundidad,
lo lejano y lo cercano,
y sus habitantes.
Y como el agua se encuentra con los peces adonde quiera que vaya,
así Dios se encuentra con todo el que camina.
Y como el agua toca al pez en cada giro que hace,
así Dios acompaña y mira a cada hombre en todos sus actos.
Los hombres no pueden mover la tierra, que es su carro,
así tampoco nadie se aleja del Único Justo, que es su socio.
El Único Bueno esta unido al cuerpo,
y es la luz de los ojos.
Un hombre no es capaz de escapar de su alma,
pues ella está con él.
Ni tampoco hay hombre escondido del Bueno,
pues Él lo envuelve.
Como el agua envuelve al pez y éste lo siente,
así también todas las naturalezas sienten a Dios.
Él se difunde en el aire,
y con tu aliento ingresa en lo más íntimo de ti
Él está unido a la luz,
e ingresa, cuando tú ves, en tus ojos.
Él está unido a tu Espíritu,
y te examina desde dentro, para saber quién eres.
Él habita en tu Espíritu,
y nada que está en tu corazón le es oculto.
Como la mente precede al cuerpo en todo lugar,
así Él examina tu alma antes que tú la examines.
Y como el pensamiento precede en mucho al acto,
así su pensamiento conoce de antemano lo que tú planearas.
Comparado con su impalpabilidad,
tu alma es cuerpo y tu Espíritu carne.
Él, que te creo,
es alma de tu alma,
Espíritu de tu Espíritu,
distinto de todo,
y esta unido a todo,
y manifiesto en todo,
un gran prodigio y una escondida maravilla insondable.
Él es el Ser cuya esencia ningún hombre es capaz de explicar.
Éste es el Poder cuya profundidad es inexpresable.
Entre las cosas vistas y entre las cosas escondidas
no hay nada que se compare a Él.
Éste es Aquél que creo y formo de la nada
todo lo que es.
Dios dijo:
¡Qué se haga la luz!
Una cosa creada.
Él hizo la oscuridad y se hizo de noche.
Observa: una cosa creada.
Fuego en las piedras,
agua en las rocas:
El Ser los creó.
Hay un Poder que los sacó de la nada.
Contempla,
también hoy, el fuego no está en un almacén en la tierra.
¡Mira! Es continuamente creado
por medio de pedernales.
Es el Ser quien ordena su existencia
por medio de Él mismo, que la sostiene.
Cuando Él quiere la enciende,
cuando Él quiere la apaga
a manera de llamar la atención al obstinado.
En la gran alameda se enciende un fuego por la fricción de un madero.
La llama devora,
se vuelve fuerte,
y al final sucumbe.
Si fuego y agua son seres y no creaturas,
entonces antes que la tierra fuera,
¿Donde estaban ocultas sus raíces?
Quienquiera que va a destruir su vida,
abre su boca para hablar de todo.
Quienquiera que se odia a sí mismo
y no se circunscribe a Dios
piensa que es una gran impiedad que alguien se crea un erudito.
Y si piensa que ha dicho la última palabra
ha alcanzado el paganismo,
¡Oh Bar Daisan,
hijo del Rio Daisa,
cuya mente es líquida como su nombre!
Notas
(1) San Efrén de Siria (306-373 d.C. aprox.), conocido como "La Lira del
Espíritu Santo", por la belleza y profundidad de sus poesías, se preocupó por
refutar los errores que poco más de un siglo antes el doceta Bar Daisan (154-222
d.C. aprox.) había propagado por medio de sus difundidos himnos, tratando de
unir sus conocimientos de ocultismo con el cristianismo, y que sus seguidores,
en tiempos de Efrén, continuaban exponiendo.
| Vida |
|
Basilio nació en Cesarea, la capital de Capadocia, en el Asia Menor, a mediados
del año 329. Por parte de padre y de madre, descendía de familias cristianas que
habían sufrido persecuciones y, entre sus nueve hermanos, figuraron San Gregorio
de Nicea, Santa Macrina la Joven y San Pedro de Sebaste. Su padre, San Basilio
el Viejo, y su madre, Santa Emelia, poseían vastos terrenos y Basilio pasó su
infancia en la casa de campo de su abuela, Santa Macrina, cuyo ejemplo y cuyas
enseñanzas nunca olvidó. Inició su educación en Constantinopla y la completó en
Atenas. Allá tuvo como compañeros de estudio a San Gregorio Nacianceno, que se
convirtió en su amigo inseparable y a Juliano, que más tarde sería el emperador
apóstata.
Basilio y Gregorio Nacianceno, los dos jóvenes capadocios, se asociaron con los
más selectos talentos contemporáneos y, como lo dice éste ultimo en sus
escritos, "solo conocíamos dos calles en la ciudad: la que conducía a la iglesia
y la que nos llevaba a las escuelas". Tan pronto como Basilio aprendió todo lo
que sus maestros podían enseñarle, regresó a Cesarea. Ahí paso algunos años en
la enseñanza de la retórica y, cuando se hallaba en los umbrales de una
brillantísima carrera, se sintió impulsado a abandonar el mundo, por consejos de
su hermana mayor, Macrina. Esta, luego de haber colaborado activamente en la
educación y establecimiento de sus hermanas y hermanos más pequeños, se había
retirado con su madre, ya viuda, y otras mujeres, a una de las casas de la
familia, en Annesi, sobre el río Iris, para llevar una vida comunitaria.
Fue entonces, al parecer, que Basilio recibió el bautismo y, desde aquel
momento, tomó la determinación de servir a Dios dentro de la pobreza evangélica.
Comenzó por visitar los principales monasterios de Egipto, Palestina, Siria y
Mesopotamia, con el propósito de observar y estudiar la vida religiosa. Al
regreso de su extensa gira, se estableció en un paraje agreste y muy hermoso en
la región del Ponto, separado de Annesi por el rio Iris, y en aquel retiro
solitario se entregó a la plegaria y al estudio. Con los discípulos, que no
tardaron en agruparse en torno suyo, entre los cuales figuraba su hermano Pedro,
formó el primer monasterio que hubo en el Asia Menor, organizó la existencia de
los religiosos y enunció los principios que se conservaron a través de los
siglos y hasta el presente gobiernan la vida de los monjes en la Iglesia de
oriente. San Basilio practico la vida monástica propiamente dicha durante cinco
años solamente, pero en la historia del monaquismo cristiano tiene tanta
importancia como el propio San Benito.
Por aquella época, la herejía arriana estaba en su apogeo y los emperadores
herejes perseguían a los ortodoxos. En el año 363, se convenció a Basilio para
que se ordenase diácono y sacerdote en Cesarea; pero inmediatamente, el
arzobispo Eusebio tuvo celos de la influencia del santo y éste, para no crear
discordias, volvió a retirarse calladamente al Ponto para ayudar en la fundación
y dirección de nuevos monasterios. Sin embargo Cesarea lo necesitaba y lo
reclamó. Dos años más tarde, San Gregorio Nacianceno, en nombre de la ortodoxia,
saco a Basilio de su retiro para que le ayudase en la defensa de la fe del clero
y de las Iglesias. Se llevó a cabo una reconciliación entre Eusebio y Basilio;
éste se quedó en Cesarea como el primer auxiliar del arzobispo; en realidad, era
él quien gobernaba la Iglesia, pero empleaba su gran tacto para que se diera
crédito a Eusebio por todo lo que él realizaba. Durante una época de sequía a la
que siguió otra de hambre, Basilio echó mano de todos los
bienes que había heredado de su madre, los vendió y distribuyó el producto entre
los más necesitados; mas no se detuvo ahí su caridad, puesto que también
organizó un vasto sistema de ayuda, que comprendía a las cocinas ambulantes que
él mismo, resguardado con un delantal de manta y cucharón en ristre, conducía
por las calles de los barrios más apartados para distribuir alimentos a los
pobres.
El año de 370 murió Eusebio y, a pesar de la oposición que se puso de manifiesto
en algunos poderosos círculos, Basilio fue elegido para ocupar la sede
arzobispal vacante. El 14 de junio tomó posesión, para gran contento de San
Atanasio y una contrariedad igualmente grande para Valente, el emperador
arriano. El puesto era muy importante y, en el caso de Basilio, muy difícil y
erizado de peligros, porque al mismo tiempo que obispo de Cesarea, era exarca
del Ponto y metropolitano de cincuenta sufragáneos, muchos de los cuales se
habían opuesto a su elección y mantuvieron su hostilidad, hasta que Basilio, a
fuerza de paciencia y caridad, se conquistó su confianza y su apoyo.
Antes de cumplirse doce meses del nombramiento de Basilio, el emperador Valente
llego a Cesarea, tras de haber desarrollado en Bitrina y Galacia una implacable
campaña de persecuciones. Por delante suyo envió al prefecto Modesto, con la
misión de convencer a Basilio para que se sometiera o, por lo menos, accediera a
tratar algún compromiso. Varios habían renegado por miedo, pero nuestro santo le
respondió:
¿Qué me vas a poder quitar si no tengo ni casas ni bienes, pues todo lo repartí
entre los pobres? ¿Acaso me vas a atormentar? Es tan débil mi salud que no
resistiré un día de tormentos sin morir y no podrás seguir atormentándome. ¿Qué
me vas a desterrar? A cualquier sitio a donde me destierres, allá estará Dios, y
donde esté Dios, allí es mi patria, y allí me sentiré contento...
El gobernador respondió admirado: "Jamás nadie me había contestado así". Y
Basilio añadió: "Es que jamás te habías encontrado con un obispo".
El emperador Valente se decidió en favor de exiliarlo y se dispuso a firmar el
edicto; pero en tres ocasiones sucesivas, la pluma de cana con que iba a
hacerlo, se partió en el momento de comenzar a escribir. El emperador quedó
sobrecogido de temor ante aquella extraordinaria manifestación, confesó que, muy
a su pesar, admiraba la firme determinación de Basilio y, a fin de cuentas,
resolvió que, en lo sucesivo, no volvería a intervenir en los asuntos
eclesiásticos de Cesarea.
Pero apenas terminada esta desavenencia, el santo quedó envuelto en una nueva
lucha, provocada por la división de Capadocia en dos provincias civiles y la
consecuente reclamación de Antino, obispo de Tiana, para ocupar la sede
metropolitana de la Nueva Capadocia. La disputa resulto desafortunada para San
Basilio, no tanto por haberse visto obligado a ceder en la división de su
arquidiócesis, como por haberse malquistado con su amigo San Gregorio
Nacianceno, a quien Basilio insistía en consagrar obispo de Sasima, un miserable
caserío que se hallaba situado sobre terrenos en disputa entre las dos
Capadocias. Mientras el santo defendía así a la iglesia de Cesarea de los
ataques contra su fe y su jurisdicción, no dejaba de mostrar su celo
acostumbrado en el cumplimiento de sus deberes pastorales. Hasta en los días
ordinarios predicaba, por la mañana y por la tarde, a asambleas tan numerosas,
que él mismo las comparaba con el mar. Sus fieles adquirieron la costumbre de
comulgar todos los domingos, miércoles, viernes y sábados. Entre las prácticas
que Basilio había observado en sus viajes y que más tarde implanto en su sede,
figuraban las reuniones en la iglesia antes del amanecer, para cantar los
salmos. Para beneficio de los enfermos pobres, estableció un hospital fuera de
los muros de Cesarea, tan grande y bien acondicionado, que San Gregorio
Nacianceno lo describe como una ciudad nueva y con grandeza suficiente para ser
reconocido como una de las maravillas del mundo. A ese centro de beneficencia
llego a conocérsela con el nombre de Basiliada, y sostuvo su fama durante mucho
tiempo después de la muerte de su fundador. A pesar de sus enfermedades
crónicas, con frecuencia realizaba visitas a lugares apartados de su residencia
episcopal, hasta en remotos sectores de las montanas y, gracias a la constante
vigilancia que ejercía sobre su clero y su insistencia en rechazar la ordenación
de los candidatos que no fuesen enteramente dignos, hizo de su arquidiócesis un
modelo del orden y la disciplina eclesiásticos.
No tuvo tanto éxito en los esfuerzos que realizo en favor de las iglesias que se
encontraban fuera de su provincia. La muerte de San Atanasio dejo a Basilio como
único paladín de la ortodoxia en el oriente, y éste lucho con ejemplar tenacidad
para merecer ese título por medio de constantes esfuerzos para fortalecer y
unificar a todos los católicos que, sofocados por la tiranía arriana y
descompuestos por los cismas y la disensiones entre sí, parecían estar a punto
de extinguirse. Pero las propuestas del santo fueron mal recibidas, y a sus
desinteresados esfuerzos se respondió con malos entendimientos, malas
interpretaciones y hasta acusaciones de ambición y de herejía. Incluso los
llamados que hicieron él y sus amigos al Papa San Dámaso y a los obispos
occidentales para que interviniesen en los asuntos del oriente y allanasen las
dificultades, tropezaron con una casi absoluta indiferencia, debido, según
parece, a que ya corrían en Roma las calumnias respecto a su buena fe. "¡Sin
duda a causa de mis pecados, escribía San Basilio con un profundo desaliento,
parece que estoy condenado al fracaso en todo cuanto emprendo!"
Sin embargo, el alivio no había de tardar, desde un sector absolutamente
inesperado. El 9 de agosto de 378, el emperador Valente recibió heridas mortales
en la batalla de Adrianopolis y, con el ascenso al trono de su sobrino Graciano,
se puso fin al ascendiente del arrianismo en el oriente. Cuando las noticias de
estos cambios llegaron a oídos de San Basilio, éste se encontraba en su lecho de
muerte, pero de todas maneras le proporcionaron un gran consuelo en sus últimos
momentos. Murió el 1º de enero del año 379, a la edad de cuarenta y nueve años,
agotado por la austeridad en que había vivido, el trabajo incansable y una
penosa enfermedad. Toda Cesarea quedo enlutada y sus habitantes lo lloraron como
a un padre y a un protector; los paganos, judíos y cristianos se unieron en el
duelo.
San Gregorio Nacianceno, Arzobispo de Constantinopla, en el día del entierro:
"Basilio santo, nació entre santos. Basilio pobre vivió pobre entre los pobres.
Basilio hijo de mártires, sufrió como un mártir. Basilio predico siempre con sus
labios, y con sus buenos ejemplos y seguirá predicando siempre con sus escritos
admirables".
Setenta y dos años después de su muerte, el Concilio de Calcedonia le rindió
homenaje con estas palabras: "El gran Basilio, el ministro de la gracia quien
expuso la verdad al mundo entero indudablemente que fue uno de los más
elocuentes oradores entre los mejores que la Iglesia haya tenido; sus escritos
le han colocado en lugar de privilegio entre sus doctores.
En una de ellas nos cuenta que él pedía un cumplimiento estricto de la
disciplina, lo mismo entre clérigos que entre laicos, y que cierto diacono, que
no era malo, pero si rebelde y un poco alocado y que solía presentarse en medio
de un grupo de muchachas que cantaban himnos y bailaban, tuvo que vérselas con
él; con igual determinación combatió la simonía en los puestos eclesiásticos y
la admisión de personas indignas entre el clero; lucho contra la rapacidad y la
opresión de los funcionarios y llego a excomulgar a todos los complicados en la
"trata de blancas", una actividad muy difundida en Capadocia. Podía reconvenir
con temible severidad, pero prefería las maneras suaves y gentiles; como un
ejemplo, están sus cartas a una muchacha descarriada y a un clérigo colocado en
un puesto de gran responsabilidad, que se estaba mezclando en política; muchos
ladrones que solo aguardaban ser entregados a los jueces para sufrir un castigo
terrible, fueron amparados por el santo y devueltos a sus casas en completa
libertad, pero con una imborrable amonestación sobre sus conciencias. Pero
tampoco se quedaba callado Basilio cuando eran los acaudalados y poderosos
quienes quebrantaban sus deberes. "¡Os negáis a dar con el pretexto de que no
tenéis lo suficiente para vuestras necesidades!", exclamo en uno de sus
sermones. "Pero en tanto que vuestra lengua os excusa, vuestra mano os acusa:
¡Cuántos deudores Podrían ser rescatados de la prisión con uno de esos anillos!
¡Cuántas pobres gentes ateridas por el frío se cubrirían con uno solo de
vuestros guardarropas! ¡Y sin embargo, vosotros dejáis ir a los pobres de
vuestras puertas, con las manos vacías!" No era únicamente a los ricos a quienes
imponía la obligación de dar. "¿Dices que tu eres pobre? Bien; pero siempre
habrá otros más pobres que tu. Si tienes lo bastante para mantenerte vivo diez
días, aquel hombre no tiene suficiente para vivir uno... No tengáis temor de dar
lo poco que tengáis. No coloquéis nunca vuestros propios intereses antes que la
necesidad común. Dad vuestro ultimo mendrugo de pan al mendigo que os lo pide y
confiad en la misericordia de Dios".
Advertencia:
Por el comienzo y desarrollo de esta homilía, parece que acababan de leer el
hecho que trae S. Mateo en los vers. 16-26 del capítulo XIX (Mt
19,16-26) de su Evangelio y que traducimos a continuación para que más
se aprecie el valor de esta verdadera joya oratoria:
16. Y he aquí que acercándose uno (a Jesús) le dijo: Maestro bueno, ¿qué bien
haré para alcanzar la vida eterna?
17. Y él le dijo: ¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el
bueno, Dios. Pues si quieres alcanzar la vida, guarda los mandamientos.
18. Dícele: ¿Cuáles? Y Jesús dijo: Aquello de: "no matarás, no cometerás
adulterio, no hurtarás, no levantarás falso testimonio" (1).
19. "Honra al padre y a la madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo" (2).
20. Dícele el mancebo: Todo esto lo he guardado desde mi mocedad; ¿qué me falta
aun?
21. Díjole Jesús: Si quieres ser perfecto, ve, vende lo que tienes y dálo a los
pobres., y tendrás un tesoro en el cielo; y ven, y sígueme.
22. Así que hubo oído el joven estas palabras, se marcho contristado, porque
tenía muchos bienes.
23. Y Jesús dijo a sus discípulos: En verdad os digo que un rico difícilmente
entrara en el reino de los cielos.
24. Y os vuelvo a decir: Mas fácil es que un camello pase por el ojo de una
aguja, que el que un rico entre en el reino de los cielos.
25. Y cuando oyeron esto los discípulos se quedaron en gran manera pasmados,
diciendo: ¿Pues quién puede salvarse?
26. Mas mirándoles Jesús les dijo: Para los hombres esto es imposible, pero todo
es posible para Dios.
1. Ex
20,13-17.
2. Lv 19,18.
No hace mucho que se nos habló de este joven (3), y el que escuchó con atención
se acordará bien de lo que entonces se dijo. Y lo primero, que no es el mismo
que aquel perito en la ley de quien hace mención San Lucas (4). Aquel era un
tentador, que hacía preguntas fingidas; mas este preguntaba con recta intención,
aunque no escuchó con docilidad. Porque si hubiese preguntado por desprecio, no
hubiese marchado triste con la respuesta del Señor. Por eso su carácter se nos
presentaba como una mezcla, pues la escritura nos la muestra laudable en parte,
y en parte desgraciadísimo y completamente desahuciado. Porque el conocer al que
de veras es maestro y el dar este nombre al único y verdadero, despreciando la
soberbia de los fariseos, la opinión de los jurisconsultos y la turba de los
escribas, esto era lo que se alababa. Y se aprobó también el que manifestase
aquélla solicitud por saber cómo alcanzaría la vida eterna. Pero el no haber
grabado en su corazón los saludables consejos que escuchó de labios del
verdadero maestro, el no haberlos puesto por obra, sino el que cegado por la
pasión de la avaricia huyese triste; nos descubre toda su voluntad, no deseosa
de seguir lo más provechoso, sino lo que a todos es más agradable. Esto prueba
la inconstancia de su carácter y lo inconsecuente que era consigo mismo. ¿Le
llamas maestro, y no haces lo que debe hacer un discípulo? ¿Confiesas que es
bueno, y rechazas lo que te da? Porque el que es bueno, es a la vez comunicador
de bienes. Le preguntas sobre la vida eterna, y muestras estar dado enteramente
a los deleites de la vida presente. Mas, ¿qué consejo impracticable o pesado, o
intolerable te propuso el Maestro? "Vende lo que tienes y dáselo a los pobres"
(2). Si te hubiera propuesto los trabajos de la agricultura, o los peligros del
comercio, o cualquier otra molestia de las que acompañan a los que andan tras el
dinero, se comprende que, llevando a mal el consejo, te retirases triste: pero
si por un camino tan fácil, que no te había de costar trabajo o sudor alguno,
promete hacerte heredero de la vida eterna, ¿por qué no te alegras de la
facilidad de alcanzar tu salvación? ¿Por qué se apena tu corazón y te retiras
triste, y te haces inútiles los trabajos que ya habías llevado a cabo? Porque
si, como dices, ni has matado, ni has cometido adulterio, ni has hurtado, ni has
levantado falso testimonio a nadie, haces infructuosa la diligencia que has
puesto en observar esto, pues no quieres también cumplir lo demás, solo con lo
cual podrás entrar en el reino de Dios. Si el médico prometiese restituirte
aquellos miembros que o por la naturaleza, o por alguna enfermedad tenías
mutilados; no oirías esto con tristeza: y porque el gran médico de las almas
quiere perfeccionarte a ti despojado de los principales bienes, no recibes el
beneficio sino que lloras y te pones triste.
No lo has guardado todo
Manifiestamente, lejos estas de aquel precepto que manda amar a tu prójimo como
a ti mismo 2 y falsamente atestiguas haberla guardado. Porque, mira, este
mandamiento del Señor prueba que tú eres completamente ajeno a la verdadera
caridad. Porque si era verdad lo que afirmaste, que habías cumplido desde tu
juventud con el precepto de la caridad, y que habías dado a los demás lo que a
ti mismo ¿de dónde, dime, te ha venido esta abundancia de riquezas? Pues el
cuidado de los necesitados gasta las riquezas; pues cada uno ha de recibir un
poco según su necesidad; y todos han de repartir igualmente sus bienes y
gastarlos entre los pobres.
Por eso el que ama al prójimo como a sí mismo, no posee más que su prójimo. Pero
tú te presentas con muchas riquezas. ¿De dónde pues, te han venido sino de que
has pospuesto a tus comodidades, el bienestar de muchos? De manera que cuanto
más abundas en riquezas, tanto menor es tu caridad. Que si hubieses amado a tu
prójimo, sin duda hubieras repartido con él tu dinero. Mas ahora tienes pegadas
a ti las riquezas más estrechamente que los miembros del cuerpo, y cuando se
separan de ti te duele lo mismo que si te cortasen la parte más principal de él.
Si hubieras vestido al desnudo, si hubieras dado tu pan al hambriento, si
hubieras abierto tus puertas al peregrino, si te hubieras hecho padre de los
huérfanos, si te hubieras compadecido del enfermo, ¿qué riquezas, dime, te
costaría dejar? ¿Cómo habías de llevar a mal, dejar lo que te quedaba, si ya
antes habías procurado distribuirlo a los necesitados? Además, a ninguno le
cuesta dar su dinero en las ferias cuando por él se provee de otras cosas
necesarias; y cuando por poco dinero se hace con alguna cosa de mucha estima, se
alegra porque ha negociado con felicidad; y ¿tú te entristeces porque das oro y
plata y riquezas; es decir, piedra y polvo, para poseer la vida eterna?
¿En qué emplearás las riquezas?
Mas ¿en qué emplearas la riqueza? ¿Te vestirás con precioso traje? Bástate una
túnica de dos codos, y un solo manto puede satisfacer la necesidad de vestidos.
¿Gastaras tus riquezas en comidas? Un solo pan basta para saciar el vientre.
Pues ¿por qué te entristeces? ¿Qué es lo que pierdes? ¿La gloria que nace de las
riquezas? Si no buscases la gloria terrena, encontrarías la verdadera y
resplandeciente gloria que te condujera al reino de los cielos. Pero el mismo
poseer las riquezas es cosa deleitosa, aunque ningún provecho resulte de ella.
Mas todos sabéis que el deseo de las cosas inútiles es irracional. Te parecerá
increíble lo que voy a decir, y es más cierto que cualquier otra cosa. La
riqueza, repartida de la manera que el Señor manda, suele durar; retenida, pasa
a manos de otro. Si la guardas, no la poseerás; si la repartes, no la perderás.
Porque, "La distribuyó, se la dio a los pobres; su justicia permanecerá para
siempre" (5). Pero la mayor parte de los hombres apetecen la riqueza, no por los
vestidos o alimentos, sino que ha discurrido el diablo el artificio de sugerir a
los ricos mil ocasiones de gastar su dinero, hasta el punto de procurarse como
necesario lo superfluo y lo inútil, y de no bastarle nada para los gastos que
tienen premeditados. Dividen su riqueza para la necesidad presente y para la que
vendrá; y separan una parte para ellos, y otra para sus hijos. Después divídanla
también para diversas ocasiones que tengan de gastar. Escucha las cosas a que
las destinan: Este dinero, dicen, usémoslo; este otro quede escondido. Lo
destinado a nuestros usos, traspase los límites de la necesidad: esto gástese en
la opulencia doméstica, aquello sirva para el fasto exterior; esto suministre
gastos en abundancia al que tenga que hacer un viaje, aquello proporcione al que
quede en casa una vida opípara y fastuosa; de suerte que me admiro de los gastos
inútiles en que se piensa. Poseen innumerables carrozas: unas conducen los
equipajes; otras, cubiertas de bronce y plata, les conducen a ellos mismos.
Numerosos caballos, cuya raza se aprecia por la nobleza de los padres, como se
hace entre los hombres. Unos llevan a estos voluptuosos a través de la ciudad,
otros prestan sus servicios en la casa, otros en los viajes. Los frenos, los
correajes, los collares: todo de plata, todo adornado con oro. Mantos de púrpura
adornan a los caballos como a unos esposos; muchedumbre de mulos de distinto
color: sus aurigas se suceden unos a otros, caminando unos delante, otros
detrás. El número de los demás sirvientes es infinito y suficiente para toda
clase de ostentación: mayordomos, despenseros, agricultores, peritos en todas
las artes, tanto en las necesarias como en las deleitables y voluptuosas;
cocineros, panaderos, coperos, cazadores, escultores, pintores, operarios de
toda clase de placer. Manadas de camellos, unos para llevar cargas, otros para
que anden por las selvas; multitud de caballos y de bueyes, rebaños de ovejas y
de puercos; sus respectivos pastores; campos que no solo basten para alimentar a
todos estos, sino que aumenten aun con sus cosechas las riquezas; balneario en
la ciudad; balneario en el campo; casas que brillan con mármoles de toda clase:
unos de piedra frigias, otros de incrustaciones lacónicas o tesálicas; y de
estas casas, unas calientan en invierno, otras refrescan en el verano. El
pavimento adornado con variedad de piedrecitas; el oro reviste la techumbre. Los
trozos de pared en que no hay incrustaciones, están adornados con flores
pintadas.
Y, cuando distribuidas las riquezas en mil usos, sobran todavía: entonces las
entierran y las guardan en sitios escondidos. - No sabemos lo que ha de suceder;
a lo mejor nos sobrevienen necesidades inesperadas-. Tampoco sabes si has de
necesitar el oro enterrado: lo que sabes cómo cierto es el castigo que merecen
las costumbres inhumanas. Después que no puedes gastar el oro en un sin número
de invenciones, lo ocultas debajo de la tierra. Locura increíble: cavar la
tierra cuando el oro estaba en las minas; y volverlo a esconder en la tierra
después de haberlo descubierto. Seas quien fueres el que entierras las riquezas;
con ellas entierras tu corazón. Porque "donde está tu tesoro, dice la Escritura,
allí está también tu corazón" (6). Por eso los mandamientos entristecen su
corazón, porque les parece intolerable la vida, si no la emplean en gastos
inútiles. Y lo que le sucede a este joven, sucede a los que le imitan; me parece
semejante a lo que sucedería a un viajero que, arrastrado por el deseo de ver
una ciudad, se dirigiese a ella apresuradamente; pero que, deteniéndose en las
primeras hosterías de junto a la muralla, se abstuviese por la pereza de moverse
un poco más, e hiciese inútil el trabajo que se había impuesto, privándose de
ver las bellezas de la ciudad. Tales son los que quieren cumplir los demás
mandamientos sin desprenderse de sus riquezas. A no pocos he conocido yo que
ayunaban, que oraban, que gemían, que ejercitaban toda clase de piedad que no
exige gasto alguno; pero que ni un óbolo daban a los pobres. ¿Qué les aprovecha
a estos el ejercicio de las demás virtudes? Porque no les ha de recibir el reino
de los cielos: pues "más fácil es, dice, que un camello entre por el ojo de una
aguja, que el que un rico entre en el reino de los cielos" (7). Tan terminante
es la sentencia, infalible el que la dice, pero raros los que la practican.
-Mas, ¿cómo viviremos, me decís, si lo dejamos todo?- ¿Qué especie de vida
habrá, si todos venden lo que tienen y se quedan sin más?- No me preguntéis como
se entienden las ordenes establecidas. Sabe el legislador armonizar lo imposible
con la Ley. Tu corazón se pesa como en una balanza, para ver si se inclina a la
verdadera vida o a las delicias presentes.
Sed ricos, pero generosos con los pobres
Conviene que ponderen los prudentes que el uso de las riquezas se les ha
concedido para que sean los repartidores de ellas, no para gozar: deben
alegrarse cuando se desprenden de ellas, como el que deja lo ajeno, y no
llevarlo a mal como si perdiesen una cosa suya. ¿Por qué te afliges? ¿Por qué se
exacerba tu corazón cuando oyes: "Vende lo que tienes?" Si hubieran de
acompañarte tus bienes a la vida futura, ni aun así los habías de desear con
tanto afán; pues los obscurecerán aquellos premios de allí; pero habiéndoles de
dejar necesariamente aquí, ¿por qué no sacamos de ellos la ganancia que se nos
promete si los vendemos? Mas tú cuando das oro y compras un caballo, no te
entristeces; ¿y cuando se trata de dar estas cosas perecederas para recibir por
ellas el reino de los cielos, derramas lágrimas, rechazas al que te las pide y
rehúsas darlas inventando mil causas para tus gastos?
¿Qué vas a responder al juez, tú que vistes a las paredes, y no vistes al
hombre; que adornas a los caballos, y desprecias a tu hermano cubierto de
harapos; que dejas que se pudra el trigo, y no alimentas a los hambrientos; que
entierras el oro, y abandonas al oprimido? Y si te acompaña una esposa que
también sea amante de las riquezas, la enfermedad se duplica: porque da más
pábulo a las comodidades, aumenta el ansia de placeres y excita el aguijón de
los caprichos vanos, pensando en hacerse con piedras preciosas, margaritas,
esmeraldas y jacintos; forjando y entretejiendo oro; y aumentando la enfermedad
con toda clase de vanidades.
Y no se cuidan de esto alguna que otra vez, sino que de día y de noche están
pensando en lo mismo. Y son innumerables los aduladores que van en pos, al
servicio de sus apetitos: llaman a tintoreros, a cinceladores en oro, a
perfumistas, a tejedores, a bordadores. Y no le dejan a uno ni tiempo para
respirar, por los continuos encargos que le dan. No hay riquezas que puedan
satisfacer los caprichos de una mujer, ni aun cuando corriesen por los ríos:
pues compran el ungüento que viene del extranjero lo mismo que si fuese aceite
de la plaza. Añádanse a esto las flores marítimas, la púrpura, las plumas de
ave, y la lana más abundante que la de las ovejas. El oro ensartando piedras de
inmenso precio adorna sus frentes y sus cuellos, esta incrustado en sus
cinturones, y ata sus manos y sus pies; porque las mujeres avaras de oro, se
gozan de atarse con esposas, con tal que sea de oro lo que las ata. Pues ¿cuándo
cuidará de su alma el que esta al cuidado de los caprichos de una mujer? Así
como los turbiones y las tempestades hunden los navíos que están podridos, así
también las perversas inclinaciones de las mujeres, sumergen las almas débiles
de sus esposos. Pues distribuyéndose entre el marido y la mujer las riquezas en
tantos usos, venciéndose mutuamente en la invención de nuevas vanidades, no es
extraño que ninguna oportunidad tengan de mirar por los extraños. Si oyes:
"Vende lo que tienes, y dalo a los pobres" para que tengas provisión durante el
viaje a la felicidad eterna, te marchas tristes; pero si oyes: da dinero a las
mujeres derrochadoras, dáselo a los cinceladores, a los escultores, a los que
trabajan en piedras, a los pintores; entonces te alegras como si con tu dinero
alcanzaras cosa más preciosa. ¿No ves estas murallas derruidas por la acción del
tiempo, cuyos restos se levantan como escollos alrededor de toda la ciudad?
¡Cuántos pobres había en la ciudad cuando se construyeron, quienes por trabajar
en ellas eran despreciados por los ricos de entonces! Y ¿dónde está el
espléndido aparato de las obras? ¿Donde, aquél tan alabado por la magnificencia
de estas cosas? (*). ¿No han desaparecido y venido los muros a tierra lo mismo
que los que hacen los niños con arena: mientras que está en el infierno aquel a
quien ahora le pesara del empeño que puso en cosas vanas? Ensancha tu corazón:
los muros grandes o pequeños cubren la misma necesidad. Cuando entro en la casa
de un hombre vanidoso y que hasta el fin de su vida no acaba de enriquecerse, y
veo su morada brillar con toda clase de adornos; veo que para él no hay cosa más
estimable que lo visible, pues hermosea las cosas inanimadas y tiene sin adornar
su alma. Dime, ¿qué utilidad mayor te proporcionan los lechos de plata, las
mesas de plata, los asientos y sillas de marfil, si por usar tales cosas no
llegan las riquezas a los pobres que se agolpan a tus puertas, lanzando toda
clase de gemidos dignos de toda compasión? Y tú les niegas la limosna y dices
que no puedes socorrer a los pordioseros. Juras con tu lengua que no puedes,
pero tu mano te contradice; porque aunque ella calle, pregona tu mentira el
anillo que brilla a vista de todos. ¿A cuántos puedes sacar de sus deudas con un
solo de tus anillos? ¿Cuántas casas puedes levantar que están en ruinas? Una
sola arca de aquellas en que guardas tus vestidos, basta para vestir a todo el
pueblo, que esta aterido de frío; y, sin embargo, sufres que el pobre se vaya
sin nada, sin temer el justo castigo del juez. No te compadeciste, no se te
compadecerá; no abriste tu casa, se te cerrara el reino de los cielos; no diste
pan, no recibirás la vida eterna.
La sed de riquezas es insaciable
Pero te llamas pobre a ti mismo; convengo contigo en ello, porque pobre es el
que necesita muchas cosas. Mas a vosotros os hace necesitar muchas cosas vuestra
insaciable avaricia. Te esfuerzas por amontonar diez talentos encima de otros
diez: reunidos veinte, apeteces otros tantos, y lo que vas amontonando no
satisfacen tu avaricia, sino que la enciende. Como para los ebrios el tener
junto a si vino es ocasión para beber, así los que acaban de hacerse ricos
después de adquirir muchas cosas desean aun más, alimentando su enfermedad a la
vez que amontonan y produciéndoles sus ansias un efecto contrario al que ellos
buscan. Porque no les alegran tanto los bienes presentes, con ser tan
abundantes, cuanto les entristecen los que les faltan, o mejor dicho, los que
ellos creen que les faltan; de suerte que siempre esta su ánimo preocupado,
luchando por adquirir más. Cuando habían de alegrarse y estar en paz por ser más
ricos que muchos, se amargan y se entristecen de que haya alguno que otro más
rico que les supere. Cuando alcanzan a uno de estos ricos enseguida se esfuerzan
por igualar a otro que lo es más; y cuando alcanzan también a este pasan su
emulación a otro. Como los que suben una escalera tienen siempre un pie
levantado para ponerle sobre el banzo que sigue y no se detienen hasta que
llegan al último; así estos no cesan de apetecer el poder hasta que, subidos a
lo alto, se estrellan desde lo más alto de la desgracia. Al ave seléucida (**)
la hizo el Criador del universo insaciable para bien de los hombres; pero tú
haces insaciable tu corazón para mal de muchos. Cuanto ve la vista, tanto
apetece el avaro. "No se saciara el ojo viendo" (8), ni se saciara el avaro
recibido. "El infierno nunca dijo basta" (9) ni el avaro dijo jamás basta.
¿Cuándo vas a usar de las cosas presentes? ¿Cuándo gozaras de ellas, si siempre
te detiene el trabajo de adquirir más? "¡Ay de los que añaden a una casa otra
casa, y juntan un campo con otro campo para quitar algo a su prójimo!" (10) ¿Qué
es lo que tú haces? ¿No das mil excusas para despojar a tu prójimo? Me hace
sombra la casa del vecino, es un alborotador, alberga a los vagabundos; y
trayendo otros pretextos, exagerándolos y pregonándolos, revolviéndolos siempre
y molestando, no para hasta obligarle a irse a otro sitio. ¿Qué fue lo que mato
al israelita Nabutan? ¿No fue la avaricia de Acab que apetecía su viña? (10b).
El avaro es mal vecino en la ciudad, mal vecino en el campo. Conoce el mar sus
términos; respeta la noche los límites que tanto tiempo ha le fueron señalados;
pero el avaro no respeta el tiempo, no conoce el término, no cede al orden de
sucesión, imita la violencia del fuego; todo lo invade, todo lo devora. Y como
los ríos nacidos de un pequeño principio crecen de una manera increíble con los
afluentes que poco a poco se les juntan, y arrastran en su violenta corriente
todo lo que encuentran a su paso; así también los avaros cuando suben a gran
poder, después que han recibido mayor fuerza para hacer injusticias de aquellos
a quienes ya han dominado, reducen a la esclavitud a los demás, viniendo a
aumentar el número de los antes injuriados; y el aumento de poder es para ellos
ocasión de mayor maldad. Porque los primeros que recibieron el daño ayudándoles
contra su voluntad, infieren también a otros, perjuicios y agravios. Porque ¿a
qué vecino, a qué doméstico, a quién que tenga trato con ellos no atraen? Nada
resiste a la fuerza de las riquezas; todo cede ante la tiranía; ante el poder
todo se estremece: pues cada uno de los que han sido injuriados, mas cuenta
tiene con que no le venga algo peor, que de vengarse de lo que ha padecido.
Conduce las yuntas de bueyes, ara, siembra, recoge la cosecha que no le
pertenece. Si te opones, vienen las heridas; si te quejas, eres reo, porque
injuriaste; serás contado entre los esclavos, habitara la cárcel: preparados
están los calumniadores para poner en peligro tu vida. Te tendrás por bien
librado si, dando algo más, te ves libre de estas molestias.
Quisiera que respirases un poco de la injusticia de estas obras y se aquietasen
tus pensamientos, para que ponderaras a donde va a parar el deseo de estas
cosas. Tienes tantas yugadas de tierra arable: otras tantas de tierra para
plantar árboles: montes, campos, selvas, ríos, prados. Y después de esto ¿qué?
¿No te esperan solo tres codos de tierra? ¿No bastara para guardar tu cuerpo
miserable, el peso de unas pocas piedras? ¿Para qué trabajas? ¿Por qué obras
perversamente? ¿Por qué recoges con tus manos cosas infructuosas? Y ojala fueran
infructuosas, y no materia para el fuego eterno. ¿No despertaras de esta
embriaguez? ¿No recobras tus sentidos? ¿No vuelves en ti? ¿No pondrás delante de
tus ojos el juicio de Cristo?
¿Qué responderás el día del juicio?
¿Qué excusa vas a traer cuando aquellos a quienes has injuriado te rodeen y
griten contra ti delante del juez eterno? ¿Qué harás? ¿qué abogados llevaras?
¿Qué testigos sacaras? ¿Cómo sobornaras al juez a quien con ningún artificio se
le puede engañar? No hay allí oradores, no hay allí palabras persuasivas que
puedan echar por tierra la verdad del juez. No te acompañan los aduladores, ni
las riquezas, ni el fausto de la dignidad; abandonado de los amigos, abandonado
de los protectores, sin patrocinio, sin defensa, te encontraras cubierto de
vergüenza, triste, cabizbajo, solo, sin libertad y sin confianza para hablar. A
donde quiera que vuelvas los ojos, encontraras argumentos claros y patentes de
tus crímenes: por un lado las lágrimas del huérfano, por otro los gemidos de la
viuda, de otra parte los mendigos abofeteados por tu misma mano, los esclavos
que mataste, los vecinos a quienes provocaste a ira: todo se levantara contra
ti: te rodeara la multitud perversa de tus malas obras. Porque, como sigue la
sombra al cuerpo, acompañan a las almas los pecados, reflejando claramente las
obras.
Por eso allí no vale negar: cerrara su boca aun el más desvergonzado. Las mismas
obras de cada uno, sin hablar, pero apareciendo tales cuales nosotros las
hicimos, harán de testigos. ¿Cómo podré poner delante de tus ojos aquellas cosas
terribles? Si es que por ventura oyes, si te conmueves, acuérdate de aquel día
en el cual "se revelará la ira de Dios desde el cielo" (11); acuérdate de la
gloriosa venida de Cristo, cuando "los que hayan obrado bien se levantaran a la
resurrección de la vida, y los que mal, a la resurrección del juicio" (12).
Entonces será la vergüenza eterna para los pecadores "y la emulación del fuego
que ha de devorar a los enemigos" (13). Cáusate esto tristeza; no te moleste el
precepto. ¿Cómo te lloraré? ¿Qué diré? ¿No deseas el reino de los cielos? ¿No
temes el infierno? ¿Donde encontraré la salud para tu alma? Porque si no te
horrorizan los tormentos, si no te estimula el premio, estoy hablando a un
corazón de piedra.
Inutilidad de las riquezas
Mira, hombre, la naturaleza de las riquezas. ¿Por qué admiras tanto el oro?
Piedra es el oro, piedra la plata, piedra la margarita, piedra cada una de las
piedras: el crisolito, el berilo, el ágata, el jacinto, la amatista, el jaspe. Y
estas son la flor de las riquezas; de las cuales tú unas las guardas y escondes,
ocultando en la obscuridad del resplandor de las piedras, y otras las llevas
contigo gloriándote del brillo de estas cosas preciosas. Dime, ¿de qué te sirve
ceñir tu mano con piedras resplandecientes? ¿No te avergüenzas de desear las
piedras, como las mujeres embarazadas? Porque estas las devoran, y tu hasta tal
punto apeteces la preciosidad de las piedras, que anhelas con ansia las de
sardonio, las de jaspe y las amatistas. ¿Cuál de estas que más adornan los
vestidos te pudo añadir un día más de vida? ¿A quién perdono la muerte, porque
fuese rico? ¿De quién huyo la enfermedad, por sus riquezas? ¿Hasta cuándo va a
estar siendo el oro lazo de las almas, anzuelo de la muerte, astucia del pecado?
¿Hasta cuándo van a ser las riquezas causa de la guerra; por la cual se templan
las armas y se aguzan las espadas?
Daños que traen las riquezas
Por las riquezas desconocen los parientes la naturaleza; los hermanos se miran
con ojos criminales; por la riqueza alimentan los desiertos a los homicidas, el
mar a los piratas, las ciudades a los sicofantas. ¿Quién es el padre de la
mentira? ¿Quién el urdidor de falsas acusaciones? ¿Quién engendra el perjuro?
¿No es la riqueza? ¿No es la pasión por el oro? ¿Qué es lo que hacéis, hombre?
¿Quién ha convertido en lazos contra vosotros lo que es vuestro? Es auxilio para
vivir. Que no han sido dadas las riquezas como incentivos para el mal. Son
redención del alma: no ocasión de perdición. -Pero es necesaria la riqueza por
los hijos-. Este es un especioso pretexto de la avaricia; porque os escudáis con
vuestros hijos, y entretanto satisfacéis vuestro corazón. No pongáis por excusa
a un inocente: tiene señor propio, y propio conservador: de otro recibió la
vida; de ese mismo espera los auxilios de la vida. ¿Acaso los Evangelios no se
han escrito para los casados? "Si quieres ser perfecto, vende lo que tienes y
dáselo a los pobres" (14). Cuando pediste al Señor una prole numerosa, cuando le
rogaste que te hiciese padre de muchos hijos; ¿añadiste por ventura: "Dame hijos
para violar los mandamientos; dame descendencia para no entrar en el reino de
los cielos"? Además, ¿quién será responsable de la voluntad del hijo, de que ha
de usar convenientemente de lo que le entreguen? Porque la riqueza es para
muchos medio para la deshonestidad. ¿No has oído al Eclesiastés que dice: "Vi
una grave enfermedad: las riquezas que para él guardaban, para su mal?" (15). Y
en otra parte: "Lo dejo a mi sucesor, y ¿quién sabe si será sabio o necio?"
(16). Mira, pues, no sea que habiendo amontonado con tantos sudores la riqueza,
dispongas para otros materia de pecado y después seas atormentado con doble pena
por las iniquidades que tú hiciste, y por las que hizo el otro ayudado por ti.
¿No es más pariente tuya tu alma que todos tus hijos? ¿No está unida a ti más
estrechamente que todo lo demás? Pues es la primera, dala la principal parte de
tu herencia, proporciónala socorro abundante para que viva, y reparte después la
herencia entre los hijos. Muchas veces, hijos que nada recibieron de sus padres,
se hicieron con casa: mas si una vez desprecias tu alma, ¿quién tendrá compasión
de ella?
Esto lo he dicho para los padres. Los que no tienen hijos ¿qué buena excusa nos
traen de su tacañería? -No vendo lo que tengo no se lo doy a los pobres, por los
necesarios usos de la vida-. Luego el Señor no es tu maestro, ni rige tu vida el
Evangelio: sino que tú te das la ley a ti mismo. Mira el peligro a que te
expones, si así raciocinas. Porque si el Señor nos mando esto como cosa
necesaria, y tú lo rechazas como imposible, ninguna otra cosa haces sino decir
que eres más prudente que el legislador. Pero dices: después que haya gozado de
las riquezas durante toda mi vida, haré herederos de ellas a los pobres, y en
las tablas públicas y en mi testamento, les declararé señores de ellas. Cuando
no estarás entre los hombres, ¿entonces te harás humanitario? Cuando te vea
muerto, ¿te llamaré amante de tu hermano? Se deberán muchas gracias a tu
munificencia, porque estando tendido en el sepulcro y convertido en tierra,
fuiste por fin liberal y magnánimo en tus gastos.
Si no lo haces ahora no lo harás cuando mueras
Dime, ¿de qué tiempo vas a pedir premio, del que viviste, o del que siguió a la
muerte? Mas el tiempo que viviste lo pasaste dado a los deleites de la vida, y
no tolerabas la vista de un pobre. Y después de muerto ¿qué hiciste? ¿A qué
obras se debe el premio? Muestra tus obras y pide la recompensa. Ninguno hace
negocio acabadas ya las ferias; ni es coronado el que se acerca después de la
lucha; ni se adquiere la fama de valiente después de terminada la guerra. Pues
tampoco después de la vida hay ocasión de ejercitar la caridad. Prometes ser
bienhechor con la tinta, y con las tablas. ¿Quién te anunciara la hora de tu
partida? ¿Quién te responderá de la manera que has de morir? ¡Cuántos han sido
arrebatados por una repentina desgracia, sin que ni siquiera pudiesen pronunciar
una palabra? ¡A cuantos les ha faltado el sentido por la fiebre! ¿A qué
aguardas, pues; a esa hora en la que probablemente no serás dueño de ti? Cuanto
todo será obscura noche, en la pesadez de la enfermedad y el desamparo de todos;
y preparado el que acecha tu hacienda; ordenándolo todo a favor suyo y haciendo
mudas tus determinaciones. Entonces, volviendo a una y otra parte los ojos y
viendo la soledad que te rodea, conocerás por fin tu locura. Lloraras entonces
tu necedad en haber diferido el cumplimiento del precepto para aquel instante,
cuando tu lengua atada y tu mano trémula por el estertor no pueden revelar tus
deseos ni por palabras ni por escrito. Y aunque todo estuviese escrito con
claridad y tu voz lo pregonase a todo el mundo, una sola letra interpuesta,
puede trastocar tu determinación: un sello falso, dos o tres perversos testigos,
pondrán tu hacienda en manos de otros.
Pues ¿por qué te engañas a ti mismo usando ahora tus riquezas para los goces de
la carne, y prometiendo para más adelante lo que no estará en tu poder?
Depravada determinación, como queda, aclarado por lo dicho. -Vivo, gozaré de las
delicias; muerto, cumpliré con el precepto-. Te dirá Abraham: "Recibiste tus
bienes en tu vida" (17). No cabe por el camino angosto y estrecho, si no dejas
la mole de las riquezas. Saliste cargado con ellas, pues no las arrojaste como
se te ordeno. Mientras viviste, te preferiste al precepto; muerto y podrido,
antepusiste el precepto a los enemigos. Porque para que no reciba nada fulano,
dices, que lo reciba el Señor. Y esto ¿cómo lo llamaremos? ¿venganza de tus
enemigos o amor al prójimo? Lee tu testamento. -Quisiera aun vivir y gozar de
mis bienes--. Gracias, pues, a la muerte, no a ti. Porque si fueses inmortal, no
te habrías acordado de los mandamientos.
De Dios nadie se burla
"No os equivoquéis; de Dios nadie se burla" (18). No se presenta al altar cosa
muerta: trae una víctima viva: No se admite al que ofrece de lo que le sobra. Y
tú ofreces al bienhechor que te lo dio, lo que te ha sobrado de toda tu vida. Si
no te atreves a dar las sobras de tu mesa a unos huéspedes ilustres y nobles,
¿cómo quieres que Dios se aplaque con las sobras de tu vida? Ved, ricos, el fin
a donde lleva la avaricia, y dejad de amar las riquezas. Cuanto más ames las
riquezas, menos debes dejar de lo que posees. Tórnalo todo para ti, llévalo
todo, no dejes tus riquezas a los extraños. Tal vez ni te enterraran tus
domésticos con ornato fúnebre; sino que te negaran las exequias, deseosos de
agradar a tus herederos. Tal vez se volverán entonces sus lenguas contra ti. -Es
una necedad, dirán, adornar a un muerto y enterrar con mucho gasto a uno que ya
nada siente-. ¿No es mejor que los que quedamos nos adornemos con sus magníficos
y espléndidos vestidos y no dejarlos que se pudran a la vez con el cadáver?
¿Qué sacamos con levantar un suntuoso monumento y hacer una elegante sepultura y
un gasto inútil? Mejor será emplear todo esto en los usos de la vida. -Esto
dirán, y se vengaran de tu severidad; y entregaran tus bienes a tus
sucesores-.Hazte por lo tanto a ti mismo las honras fúnebres. Hermosa sepultura
es la piedad. Marcha vestido con todas tus cosas; haz de tus riquezas un adorno
propio; tenlas contigo. Cree al buen consejero que te ama, Cristo, que se hizo
pobre por nosotros, para que nos enriqueciésemos con su pobreza (19); que se
entrego a sí mismo por precio de nuestra redención (20). Obedezcámosle como a
sabio y conocedor de lo que nos conviene, sufrámosle como a amador nuestro,
seámosle agradecidos como a bienhechor. Sigamos sin vacilar lo que se nos ha
mandado, para que seamos herederos de la eterna vida, que está en Jesucristo, al
cual sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.
Notas
(1) Mt
19,19-20. (volver
(2) Mt
19,21.
(3) Mt
19,16.
(4) Lc
18,25.
(5) Ps
111,9.
(6) Mt 6,21.
(7) Lc
18,25.
(*) Parece referirse aquí San Basilio a Tiberio; quien, en el año 18, convirtió
la Capadocia en provincia romana e hizo de Cesarea su capital.
(**) Es una especie de tordo de gran tamaño, que se mantiene de langostas y
otros insectos: llamase en algunas regiones zorzales.
(8) Si 1,8.
(9) Pr
27,20.
(10) Is 5,8.
(10b) 1R 21.
(11) Rm 1,18.
volver)
(12) Jn 5,29.
(13) He
10,27.
(14) Mt
19,21.
(15) Si 5,12.
(16) Si 2,18.
(17) Lc
16,25.
(18) Ga 6,7.
(19) 2Co 8,9.
(20) 1Tm 2,6.
Advertencia preliminar
El día 19 de noviembre, anuncia el martirologio la fiesta de este santo, de la
siguiente manera: "Cesarea de Capadocia, San Barlaam, mártir, que, aunque
rustico, y sin letras, fortalecido por la sabiduría de Cristo, venció con su
constancia en la fe al tirano y al mismo fuego: en su fiesta predico San Basilio
un elocuente panegírico".
PANEGÍRICO
La muerte de los santos se festeja con júbilo
Antes se celebraba la fiesta de los santos con lágrimas y gemidos. José lloró
amargamente la muerte de Jacob (1). Los judíos lloraron mucho la muerte de
Moisés (2). Lloraron también con abundantes lágrimas a Samuel (3).
Pero ahora nos alegramos con la muerte de los justos. Porque la naturaleza del
dolor ha cambiado después de la Cruz.
Ya no acompañamos con lágrimas la muerte de los santos. Danzamos, por el
contrario, con coros divinos alrededor de sus sepulcros. Porque para los justos
la muerte es sueño, o mejor dicho, es un viaje a mejor vida. He aquí porqué se
alegran los mártires al ser degollados. El deseo de una vida más dichosa,
amortece el dolor de las heridas. El mártir no mira los peligros, sino las
coronas. No le horrorizan las heridas, sino que cuenta los premios. No se fija
acá abajo en los verdugos que le golpean. Contempla con los ojos del alma a los
ángeles que se congratulan desde el cielo. El mártir no considera lo momentáneo
de los sufrimientos, sino lo eterno de los premios. También entre nosotros
recogen el fruto magnifico de los honores. Son aclamados por todos con divinas
alabanzas; arrastrando a miles de pueblos alrededor de sus sepulcros.
San Barlaam: insuperable maestro de piedad
Esto ha sucedido hoy al valiente Barlaam. Sonó la trompeta guerrera del mártir,
y convocó como veis, a los soldados de la piedad. El constituido atleta de
Cristo, fue anunciado con pregón. Y a toda esta asamblea de la Iglesia, dio alas
para volar.
Dijo el señor de los fieles:
- El que cree en mi, vivirá aunque haya muerto (4).
Pues bien; murió el esforzado Barlaam y convoca publicas asambleas. Está
consumido en el sepulcro, e invita a un banquete.
Ahora sí que podemos exclamar:
- ¿Donde está el sabio? ¿Donde el letrado?? ¿Donde el escudriñador de este
siglo? (5).
Hoy, un hombre de campo es para nosotros insuperable maestro de piedad.
El tirano creía que se trataba de una presa que fácilmente se dejaría atrapar.
Pero se dio cuenta, por experiencia, que se trataba de un guerrero invencible.
Se reía de él, porque hablaba rústicamente, pero le aterro su angelical y
juvenil vigor. Pues su ánimo no era bárbaro como lo era el órgano de la lengua.
Su inteligencia no claudicaba a una con las silabas. Era un segundo Pablo que
con Pablo decía:
-Dado que yo sea tosco en hablar; no lo soy sin embargo en la ciencia (6)
Alegría y valor de San Barlaam en los tormentos
Los verdugos, atormentándole, quedaron sin fuerzas. Mientras tanto, el mártir,
se encontraba más vigorizado. Las manos de los que le maltrataban, se enervaban.
Pero el ánimo del maltratado no se doblegaba. Los látigos separaban las junturas
de los nervios, pero el vigor de la fe se robustecía con más tenacidad. Mientras
los costados machacados se consumían, florecía la santidad del corazón.
Habían acabado con la mayor parte de su carne. No obstante, se encontraba
vigoroso, cual si aun no hubiese comenzado el combate. Porque cuando la piedad
se apodera del alma es entonces despreciable todo género de luchas. Debido al
bien que el alma ama, los que la atormentan, mas la deleitan antes bien y no la
disgustan. De ello da testimonio aquel amor de los Apóstoles que, en otro
tiempo, les hacia agradables los azotes que recibían de los judíos. Porque se
retiraban del consejo, gozosos de haber sido estimados dignos de ser
atormentados por el nombre de Jesús (7).
Tal es también el guerrero a quien hoy honramos. Llevaba con alegría los
tormentos, pensando que con los azotes le rodeaban de rosas. Mientras tanto,
huía de los males de la impiedad, como de dardos. Consideraba la ira del juez
cual sombra de humo. Se reía de los fieros escuadrones de satélites. Como si
fuesen coronas, se regocijaba de los peligros. Se gozaba en las heridas como en
los honores. Como si fuesen los más brillantes trofeos, saltaba de placer con
los más agudos tormentos. Despreciaba las espadas desenvainadas. Sufría las
manos de los verdugos, cual si fuesen más blandas que la cera. Besaba el leño
del suplicio, como si fuese su salvación. Cual si estuviese en prados, se
regocijaba. en los calabozos de la cárcel. Como con variedad de flores, se
deleitaba en las invenciones de tormentos.
La mano de San Barlaam y su victoria sobre el fuego
Tuvo la mano derecha más firme que el fuego, último tormento que tuvo que
soportar de parte de sus enemigos.
En efecto. Sus enemigos habían puesto fuego sobre el ara para ofrecer un
sacrificio a los demonios. Ante ella llevan al mártir. Se colocan todos a su
alrededor y le ordenan que ponga la diestra, extendida sobre el altar. Quieren
que sirva como ara de bronce. Al encender el incienso colocado maliciosamente
sobre la mano, esperaban que vencida por la fuerza del fuego, dejaría
necesariamente caer en seguida el incienso sobre el ara.
¡Oh falaces astucias de los impíos!
- "Ya que no hemos doblegado -dicen- su ánimo con miles de heridas, doblemos al
menos en la llama la mano del importuno luchador. Ya que con diversas máquinas
no hemos abierto brecha en su ánimo, abrámosla al menos en su derecha
introduciéndola en el fuego".
Pero los infelices ni siquiera de esta esperanza sacaron algo de provecho. Pues
el fuego perforaba la mano, pero la mano estaba quieta, tolerando el fuego como
si fuese ceniza. Nuestro héroe no dio la espada al enemigo fuego como los
fugitivos. Su mano permaneció quieta, mostrándose valiente contra la llama. El
fuego dio ocasión al mártir de exclamar con el profeta:
-Bendito sea el Señor Dios mío, que adiestra mis manos para la pelea y mis dedos
para manejar las armas (8).
El fuego peleaba contra la mano, pero fue derrotado. Se trataba la lucha entre
la llama y la derecha del mártir. Y he aquí que la derecha del mártir obtuvo una
victoria nueva en los combates. Porque al pasar la llama por medio de la mano,
esta aun estaba extendida, preparada para el combate.
Alabanzas a la gloriosa mano del Santo
¡Oh mano más pertinaz que el fuego! ¡Oh mano que no has aprendido a doblegare al
fuego! ¡Oh fuego que has aprendido a dejarte vencer por la mano!
El hierro, reblandecido por la tiranía del fuego, cede. El bronce, obedece
asimismo a su poder. Hasta la dureza de las piedras suele dejarse vencer por el
fuego. Pero su violencia que todo lo doma, al quemar la mano extendida del
mártir, no pudo doblegarla.
Con cuánta razón podía decir el santo, al Señor:
- Tú me asiste de la mano derecha, y me guiaste según tu voluntad, y me acogiste
con gloria (9).
¡Gloria y honor, al invicto campeón de Cristo!
¿Cómo te llamaré, oh esforzado campeón de Cristo? ¿Te llamaré estatua?
Disminuirá grandemente tu constancia. Porque el fuego deshace una estatua si la
arrojan, más a tu diestra ni siquiera la pudo obligar a que pareciese que se
movía.
¿Te llamaré hierro? También esta semejanza es inferior a tu valentía. Porque tú
eres el único que persuadiste al fuego de que no doblegaba tu mano. Tu, el único
que tuviste tu diestra en lugar de ara. Tu, el único que al arder tu mano
abofeteaste en el rostro a los demonios. Tu, el único que al hacerse carbón tu
mano, deshiciste en aquel momento las cabezas de los demonios. Y después,
convertida tu mano en cenizas, encegueces sus ejércitos y les pisoteas.
¿Mas, a qué empequeñecer al vencedor con pueriles y balbuceantes palabras?
Cedamos las alabanzas del mártir a lenguas más espléndidas y magnificas.
Invitemos a tomar parte en estas alabanzas a las trompetas más sonoras de los
maestros.
Levantaos, brillantes pintores de hazañas atléticas. Engrandeced con vuestras
artes la mutilada imagen de este General. Con los colores de vuestro arte,
rodead de fulgores al coronado atleta que yo he pintado con tanta obscuridad.
Deseo que me venzáis haciendo vosotros una hermosa pintura del mártir. Que yo me
goce hoy de vuestra victoria, al ser vencido por vuestra habilidad. Vea yo mejor
expresada por vosotros, la lucha entre la mano y el fuego. Que en vuestros
cuadros, pueda ver yo, pintado con mayor esplendidez, al invicto luchador.
Lloren los demonios, derrotados también ahora por las victorias del mártir
renovadas por vosotros. Mostradles de nuevo, la mano ardiendo y victoriosa.
Píntese asimismo en el cuadro, al árbitro del combate, Cristo, a Quien sea la
gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Notas
(1)
(2) Dt 34,8.
(3) 1R 15,1.
(4) Jn 11,25.
(5) 1Co 1,20.
(6) 2Co 11,6.
(7) Ac 5,41.
(8) Ps
143,1.
(9) Ps
72,24.
"Atiende a ti mismo, no sea que alguna vez una palabra oculta, se haga iniquidad
en tu corazón" (Dt
15,9) (1).
Introducción
Dios Nuestro Creador, nos ha dado el uso de la palabra para que descubramos a
los demás los designios del corazón; ya que somos de una misma naturaleza,
quiere Dios que, comunique cada uno con su prójimo, sacando como de unas
alacenas, las intenciones de los escondrijos del corazón. Si contásemos
únicamente de alma, pronto nos entenderíamos con los demás por medio de lo que
pensamos. Pero como nuestra alma elabora los pensamientos revestida con el traje
de la carne, tiene necesidad de palabras y nombres para publicar lo que dentro
tiene. Y así, luego que nuestro pensamiento toma una voz significativa llevado
por la palabra como en una barca, cruzando el espacio, pasa del que habla al que
oye. Si encuentra profunda calina y silencio, entra como en puertos tranquilos e
imperturbados en los oídos de los que escuchan. Pero si como enfurecida
tempestad, sopla contra el alboroto de los oyentes, naufragara disolviéndose en
medio del espacio. Haced, pues calina a la palabra con el silencio. Porque tal
vez aparezca conteniendo algo útil que podáis llevar con vosotros.
La palabra de la verdad es difícil de comprender; puede fácilmente escapárseles
a los que no estén con atención. Por eso, dispuso el Espíritu Santo que fuese
concisa y breve, para que significase con pocas palabras muchas cosas, y pudiese
por la brevedad retenerse fácilmente en la memoria. Porque virtud natural de la
palabra es el no ocultar con oscuridad las cosas que significan, no estar ociosa
y vacía andando ligeramente alrededor de las cosas.
El porqué de la sentencia
Tal es la sentencia que poco ha nos leyeron de los libros de Moisés, de la cual
os acordaréis muy bien los diligentes; a no ser que por su brevedad haya pasado
ligeramente por vuestros oídos. Dice, pues, así: Atiende a ti mismo, no sea que
alguna vez una palabra oculta se haga iniquidad en tu corazón (2).
Somos los hombres inclinados a los pecados del pensamiento. Por eso el que formo
uno por uno nuestros corazones, sabiendo que la principal parte del pecado se
comete con el apetito de la voluntad, ordeno en nosotros la pureza como la
primera en la parte más noble. El sitio donde más fácilmente resbalamos al
pecado lo ha favorecido con mayor esmero y vigilancia.
Y así como los médicos más previsores, defienden muy de antemano con medicinas
preservativas las partes más débiles de los cuerpos; de la misma manera, el
común curandero y verdadero médico de las almas, previno con más poderosos
auxilios lo que conoció estar en nosotros más inclinado al pecado. Las acciones
del cuerpo necesitan tiempo, oportunidad, trabajos, ayudantes, y los demás
gastos. No así los movimientos de la mente, pues se ejecutan instantáneamente,
se acaban sin cansancio, se detienen sin hacer nada; todo tiempo es apto para
ellos.
Suele ocurrir que algún arrogante y vanaglorioso de su castidad, revestido por
afuera con mascaras de pudor, sentándose muchas veces en medio de los que le
llaman dichoso por su virtud, acude con su mente, por el oculto movimiento del
corazón, al lugar del pecado. Ve con la imaginación lo que desea. Finge
compañías indecorosas. Pintase claramente el placer en la escondida oficina de
su corazón. Comete el pecado allá dentro sin testigos; desconocido por todos
hasta que venga el que ha de descubrir los escondrijos de las tinieblas, y
manifestar los deseos de los corazones (3).
Atiende, pues, no sea que alguna vez algún pensamiento oculto se haga iniquidad
en tu corazón. Porque el que mire a una mujer para codiciarla, ya ha cometido
adulterio en su corazón (4). Las acciones corporales las interrumpen muchos, mas
el que peca con el deseo, ha cometido él pecado con la velocidad de los
pensamientos. Por lo cual, contra esto tan resbaladizo, se nos dio pronto
precaución. Así lo atestiguan las palabras: No sea que alguna vez una palabra
oculta se haga delito en tu corazón.
Atiende a ti mismo para que puedas discernir lo dañoso de lo saludable
Pero volvamos al comienzo de la sentencia. Atiende a ti mismo. Todos los
animales tienen por concesión de Dios, quien todo lo creo, movimientos para
mirar por su propia naturaleza. Y encontraras, si observas diligentemente, que
la mayor parte de los brutos, sin que nadie les enseñe tienen odio a los que les
dañan. Son atraídos por el contrario, por cierta inclinación natural, a gozar de
lo que les es útil. Por eso mismo Dios, nuestro maestro, nos dio este gran
precepto para que lo que ellos hacen por naturaleza, eso lo hagamos nosotros con
el auxilio de la razón. Lo que ellos hacen inconsiderablemente, quiere Dios que
lo hagamos nosotros con atención y con la continua dirección de los
pensamientos. Quiere que seamos guardas diligentes de los movimientos que El nos
da, huyendo del pecado como huyen los brutos de las comidas venenosas y
siguiendo la justicia como siguen ellos las nutritivas hierbas.
Atiende por lo tanto a ti mismo, para que puedas discernir lo dañoso de lo
saludable.
Dos maneras de atender a sí mismo
Dos maneras hay de atender: una, contemplando con los ojos corporales las cosas
visibles; otra, elevando la facultad Espiritual del alma a la contemplación de
las cosas incorpóreas. Si dijésemos que este precepto solo se refiere a la
acción de los ojos, mostraremos de inmediato la imposibilidad de esto. Porque
¿cómo uno se abarcaría a si todo con el ojo? Pues, ni el ojo usa de su mirada
para verse a sí mismo, ni puede ver la parte superior de la cabeza, ni las
espaldas, ni el rostro, ni la interior disposición de las entrañas. Por otra
parte, sería una impiedad decir que no pueden guardarse los mandamientos del
Espíritu Santo.
Resta, pues, que entendamos el precepto en cuanto se refiere a la acción del
entendimiento.
Atiende a ti mismo, es decir: examínate a ti mismo por todas partes. Ten
despiertos los ojos del alma para vigilarte a ti mismo.
Atraviesas por medio de lazos (5). Yacen ocultas por todas partes, trampas
puestas por el enemigo. Examina, pues, todo lo que está a tu alrededor, para que
te libres como el gamo de los lazos, y como el ave de la trampa (6). Porque al
gamo no se le puede agarrar con lazos por la agudeza de su vista, por donde se
lo llama así por la perspicacia de sus ojos. Y el pájaro, cuando está atento,
con sus ligeras alas se remonta sobre las celadas de los cazadores.
Pues mira. No te muestres más perezoso que los irracionales en vigilarte a ti
mismo. Esta, atento, no sea que alguna vez, enredado en los lazos, seas presa
del diablo, cazado por él en vida para ser su juguete.
Atiende únicamente a ti mismo, a tu alma
Atiende, pues, a ti mismo; a saber, no a tus cosas, ni a lo que te rodea, sino
atiende únicamente a ti mismo. Porque una cosa somos nosotros mismos, y otra
nuestras cosas; y otra, todo lo que nos rodea. Nosotros somos el alma y la mente
en cuanto que hemos sido hechos a imagen del Creador. Cosa nuestra es el cuerpo
y sus sentidos. Lo que nos rodea son las riquezas, artes y lo demás concerniente
a la vida.
¿Qué dice, pues, la sentencia? No atiendas a la carne ni busques en manera
alguna su bien; la salud, la hermosura, el goce de los placeres, la larga vida.
No admires las riquezas, la honra y el poder. No tengas por cosa grande cuanto
satisface las necesidades de la vida temporal, no sea que desprecies, por la
afición a estas cosas, la vida más excelente que tienes. Atiende a ti mismo; es
decir a tu alma. Adórnala, cuídala, hasta que desaparezca, por tu diligencia,
toda suciedad que se la haya pegado del mal. Procura borrar toda la deshonra que
le haya venido del pecado. Adórnala y embellécela con galas de virtud.
Examínate a ti mismo quien eres. Conoce tu naturaleza: que es mortal tu cuerpo,
e inmortal el alma. Conoce que tenemos una vida doble: una, perteneciente a la
carne, que pasa velozmente; otra, perteneciente al alma, que no tiene límite.
Reflexiona diligentemente sobre ti mismo para dar a cada uno lo conveniente
Atiende, pues, a ti mismo. No te pegues a las cosas perecederas como si fueran
eternas. No desprecies las eternas como si fueran pasajeras. Desprecia la carne,
porque pasa; cuida del alma, que es inmortal. Reflexiona con toda diligencia
sobre ti mismo, para que aprendas a dar a cada uno lo conveniente: a la carne
los alimentos y los vestidos, y al alma las enseñanzas de la piedad, el
comportamiento honesto, el ejercicio de la virtud, el dominio de las pasiones.
Atiende a ti mismo para que no engordes excesivamente al cuerpo, ni andes
solicito por la abundancia de la carne. Porque la carne desea contra el
Espíritu, y el Espíritu contra la carne y mutuamente se contrarían ambos (7).
Atiende a ti mismo, no sea que, condescendiendo con la carne, des mayor poder al
que menos vale. Porque así como en los fieles de las balanzas, si cargas mucho
un platillo haces necesariamente al que está enfrente, en el lado contrario, más
ligero, así también en el cuerpo y en el alma la superioridad del uno comporta
necesariamente la debilidad del otro. Y es así, que gozando de bienestar el
cuerpo, y pesado por su obesidad, necesariamente el entendimiento esta débil y
flojo para sus operaciones propias, mientras que, por el contrario, estando bien
el alma y levantada a su propia grandeza, por medio de ejercicio del bien,
siéguese el que la debilite esta complexión del cuerpo.
Precepto útil para todos
Y este mismo precepto es útil para los débiles, y en sumo grado consciente para
los fuertes. También los médicos de las enfermedades aconsejan a los pacientes a
que atiendan a sí mismos, y nada descuiden de lo perteneciente a su salud. Pues
de una manera semejante, la sentencia, el médico de nuestras almas, sana con
este pequeño remedio al alma enferma por el pecado. Atiende por lo tanto a ti
mismo, para que conforme lo exige tu delito, recibas el remedio de la salud.
¿Es grande y horrible tu pecado? Pues necesitas mucho la confesión, lágrimas
amargas, continuadas vigilias, ayunos no interrumpidos.
¿Es ligera y tolerable tu falta? Sea igual también la penitencia. Únicamente
atiende a ti mismo, para que conozcas la salud y la enfermedad del alma. Porque
muchos teniendo grandes e incurables enfermedades, ni se dan cuenta siquiera,
por su excesiva inconsideración, que están enfermos.
Grande es también la utilidad que se sigue de esta sentencia para los robustos
en sus obras. Una misma sentencia, sana a los enfermos y perfecciona a los
sanos. Cada uno de nosotros, que somos discípulos de esta sentencia, es
administrador de algún oficio de los que prescribe el Evangelio (8). Porque en
esta gran casa de la Iglesia, no solo hay ajuares de todas clases, de oro y de
plata, de madera y de barro, sino que hay también toda clase de artes. Tiene la
casa de Dios, que es la Iglesia del Dios Vivo lo, cazadores, atletas, soldados.
A todos éstos se adapta esta breve sentencia. Comunica a cada uno diligencia en
el trabajo, y entusiasmo en la voluntad. Eres cazador enviado por el Señor, que
dijo:
He aquí que yo envié muchos cazadores y cazarán por todos los bosques (10).
Atiende, pues, con diligencia, no se te escape la presa, para que cazando con la
palabra de la verdad a los que se han convertido en fieras, por sus servicios,
los traigas al Salvador. Eres caminante como lo era aquel que oraba así: Dirige
mis pasos (11).
Atiende a ti mismo. No tuerzas el camino, no te separes a la derecha o a la
izquierda (12). Vete por el camino real. El arquitecto eche sobre la mente el
cimiento de la fe, que es Cristo Jesús (13). El albañil mire como edifica, no
con madera, ni heno, ni paja, sino con oro, plata y piedras preciosas. Tu,
pastor, atiende, no te pase por alto alguna de las cosas que requiere el oficio
pastoril. Y ¿qué cosas son éstas? Encamina al perdido, venda al golpeado, cura
al enfermo.
Tú labrador, cava alrededor de la higuera infructuosa y arroja allí lo que ayude
para la fecundidad.
Tú que eres soldado, colabora al Evangelio pelea valiente, combate (14) contra
todos los Espíritus del mal, contra las pasiones de la carne; toma toda la
armadura de Dios: no te compliques en los negocios de la vida para que agrades
al que te eligió para su milicia.
Tú atleta, atiende a ti mismo. No faltes a las leyes atléticas; porque ninguno
es coronado si no lucho legalmente (15). Imita a San Pedro que corría y peleaba
y era luchador; y así tú, como un buen combatiente, ten firme la mirada de tu
alma. Cubre las partes más peligrosas con el impedimento de tus manos; ten fijos
los ojos en el adversario. En tus carreras tiende tu vista a lo que te queda por
delante (16). Corre de suerte que ganes el premio (17). Oponte en la lucha a los
enemigos invisibles.
Tal quiere la sentencia que seas durante la vida; no cobarde ni perezoso, sino
cauto y vigilante gobernador de ti mismo.
No me bastaría el día entero si hubiera de continuar exponiendo, sea las
obligaciones de los que coadyuvaban al Evangelio de Cristo, sea la eficacia del
precepto y cuán bien se acomoda a todos.
Atiende a ti mismo, previniéndote contra las vanas ilusiones
Atiende a ti mismo. Sé sobrio, aconsejado, observador de las cosas presentes,
previsor de lo futuro. No pierdas lo ya presente, por tu pereza, ni te prometas
el goce de lo que ni es, ni tal vez será, como si estuviese ya en tus manos.
Y ¿no está por naturaleza está enfermedad en los jóvenes que por la ligereza de
su entendimiento creen poseer ya lo que esperan? Porque cuando alguna vez están
en reposo, o en el descanso de la noche, se fraguan ellos mismos imágenes que no
existen, son arrastrados por la insensibilidad de su mente a todas las cosas. Se
prometen el esplendor de la vida, brillante boda, feliz descendencia, larga
vejez y honores de parte de todos. Después, no pudiendo detener sus esperanzas
en ninguna cosa, son arrebatados a las mayores cosas humanas. Poseen casas
hermosas y grandes. Las llenan de toda clase de cosas preciosas. Ponen a su
alrededor cuanto la vanidad de sus pensamientos les señala de terreno en el
mundo. Las riquezas que de allí resultan, las encierran en los cofres de la
vanidad.
A todo esto, añaden rebaños, innumerables multitud de domésticos, puestos
políticos, dignidades militares, guerras, trofeos, el mismo reino.
Todas estas cosas consideradas en las ficciones vacías de su mente, debido a su
excesiva locura, les parece como que ya las gozaran de presente. Parece como que
tuvieron ante sus pies lo que tan solo esperan. Tener sueños estando despierto,
es una enfermedad propia de un alma débil y perezosa.
Pues bien, la Escritura, para estrujar esta vana soberbia de la inteligencia, y
esta vanagloria de nuestros pensamientos, y para reprimir como con un freno de
inconstancia de la mente, nos anuncia este grande y sabio precepto: "Atiende a
ti mismo, sin prometerte lo que no existe, y dirige las cosas presentes a tu
utilidad".
Atiende a ti mismo y no quieras averiguar los males de otros
Creo que el legislador usó también esta amonestación para hacer desaparecer
asimismo este vicio de la sociedad. El indagar curiosamente los males ajenos,
nos es más fácil a todos, que el indagar diligentemente lo propio. A fin de que
esto no suceda, (el legislador nos) dice: "Cesa de averiguar los males ajenos.
No entregues a la ociosidad tus pensamientos para que se ocupen de la vida de
los demás. Atiende a ti mismo, a saber, vuelve los ojos de tu alma para
averiguar tus propias cosas". Pues muchos, como dice el Señor, ven una pajuela
en el ojo de su hermano, y no ven la viga que llevan en el suyo (18).
Por lo tanto, no ceses de examinarte a ti mismo. Examina tu vida, si marcha
conforme al precepto. No te preocupes de lo que hay por de fuera a tu alrededor.
No te ocupes de observar y ver si acaso puedes encontrar en alguna parte ocasión
de reprender a alguno. No seas como aquel soberbio y arrogante fariseo que
estaba de pie llamándose a sí mismo justo, y despreciando al mismo tiempo al
publicano. Tú, por el contrario, no ceses de pedirte cuenta a ti mismo.
Examínate si has pecado con tu pensamiento, si tu lengua se ha deslizado en
algo, adelantándote a la razón, si en las obras de tus ruanos has hecho algo
temerario. Y si en tu vida encontrares muchos pecados (y seguramente que siendo
hombre los encontraras), di con él publicano: Oh Dios mío, compadeceos de mi,
que soy un pecador (19).
Sentencia útil para todas las circunstancias de la vida
Atiende, pues, a ti mismo. Esta sentencia aun cuando tu vida se deslice
prósperamente y goces de espléndida felicidad, será útil como un buen consejero
que trae a la memoria las cosas humanas. Y si eres atribulado por las
adversidades, ira también a su tiempo junto a tu corazón; de modo que ni la
soberbia te levantara a jactancia, ni tampoco caerás por la desesperación en una
deshonrosa tristeza.
¿Estás orgulloso por tus riquezas y te jactas de la gloria de tus antepasados?
¿Te engríes de la patria y de la belleza del cuerpo y de los honores que de
todos recibes? Atiende a ti mismo que eres mortal, que eres tierra y en tierra
te has de convertir (20). Vuelve la vista hacia los que antes de ti estuvieron
en semejantes honras. ¿Donde están los que fueron admirados por su poder
político? ¿Donde los oradores invencibles? ¿Donde los que reunían públicas,
asambleas; los que alimentaban briosos corceles, los generales, los sátrapas,
los tiranos? ¿No es todo polvo? ¿No fue todo fabula? ¿No se conserva en unos
pocos huesos la memoria de su vida? Revuelve las sepulturas, a ver si puedes
distinguir cual fue el siervo y cual el señor, quién el pobre y quién el rico.
Separa, si puedes, al vasallo del rey, al valiente del cobarde, al hermoso del
feo.
Por consiguiente, si te acuerdas de tu naturaleza, jamás te ensoberbecerás. Y te
acordarás de ti, si atiendes a ti mismo.
¿Eres de nacimiento humilde y desconocido, pobre nacido de pobres, sin casa, sin
ciudad, débil, necesitado del alimento de cada día? ¿Temes a los poderosos y te
abajas por lo humilde de tu vida? El pobre, dicen los Proverbios, no sufre la
amenaza (21). Pero no te desalientes. Si en la actualidad no tienes nada digno
de ser emulado, no depongas por eso tu esperanza. Levanta tu animo a los bienes
que ya te ha comunicado Dios, y a los que te esperan después por su promesa.
Porque, mira, en primer lugar, eres hombre. Eres el único entre los animales
formado por Dios (22). ¿Por ventura al que bien lo piensa no basta esto para
consuelo grande? ¿No le basta para su consuelo el haber sido formado por las
mismas críanos de Dios que todo lo creo? Por otra parte; ¿no te basta que hecho
e imagen de tu Creador, puedas subir, por la práctica de la virtud, a una honra
semejante a la de los ángeles? Tienes un alma dotada de inteligencia con la que
puedes conocer a Dios. Al averiguar, por medio de la razón, la naturaleza de las
cosas, adquieres el sabrosísimo fruto de la sabiduría. Además, todos los
animales de la tierra, tanto los domésticos como los de los bosques, los que se
crían en las aguas como los volátiles, te sirven a ti y están bajo tu dominio.
¿No fue el hombre quien invento las artes y edifico las ciudades? ¿No fue él,
quien descubrió las cosas necesarias y las placenteras? ¿Los mares, no le han
abierto el camino, gracias a su entendimiento? Y el aire y el cielo y los coros
de las estrellas, ¿no le muestran su orden? ¿Por qué entonces te desanimas por
no tener un caballo de plateadas bridas? En cambio, tienes al Sol que con más
constante curso, durante todo el día, esta sirviéndote de antorcha.
No tienes el resplandor del oro y de la plata. Pero tienes a la luna que te
alumbra con su resplandor.
No te paseas en carrozas recamadas de oro. Pero tienes pies, vehículo propio y
hecho para ti. ¿Por qué entonces considerar dichosos a los que tienen los
bolsillos llenos mientras necesitan de pies ajenos para andar?
No duermes en cama de marfil. Pero tienes la tierra, que vale mucho más que
todos los marfiles. Sobre ella es dulce el descanso, y veloz el sueño, libre de
cuidados.
No habitas bajo techo dorado. Pero tienes el cielo radiante, con la majestuosa
belleza de los astros.
Pero eso es humano. Tienes cosas mejores aún. Dios mismo habitó por ti en medio
de los hombres. Tienes la comunicación del Espíritu Santo. Tienes la destrucción
de la muerte y la esperanza de la resurrección. En tu poder están los preceptos
divinos que perfeccionan tu vida. En tu poder está el acercarte a Dios por medio
de los mandamientos. El reino de los cielos está dispuesto para ti. Coronas de
justicias, están preparadas para quien no huye de los trabajos de la virtud.
En todas las ocasiones ten presente este precepto: "Atiende a ti mismo"
Si atiendes a ti mismo, esto y mucho más, encontrarás a tu alrededor. Gozarás de
los bienes presentes y no te desanimarás por los que te faltan.
Si en todas las ocasiones tienes presente este precepto, te prestará siempre un
auxilio muy grande.
Por ejemplo: ¿Acaso tu ira predomina a la razón y te impulsa a proferir palabras
poco decorosas, y a poner por obra acciones crueles y fieras? Pues si atiendes a
ti mismo refrenarás la ira como a un potro indómito y brioso, maltratándola, con
los golpes de la razón, como con un látigo. Además reprimirás tu lengua y no
levantarás tu mano contra quien te irrita.
¿Acaso malos deseos aguijonean tu alma y la arrastran a movimientos lascivos y
voluptuosos? Pues si atiendes a ti mismo y recuerdas que ese placer presente te
conducirá a un amargo fin, y que ese mismo goce que ahora resulta en nuestro
cuerpo por el placer, engendrará el venenoso gusano que para siempre nos
atormentará en el infierno, y que el ardor de la carne ha de ser la causa del
fuego eterno: entonces, seguramente que pronto se alejarán ahuyentados los
placeres y surgirá dentro de tu alma una admirable tranquilidad y paz. Ocurrirá
como en el alboroto de las criadas disolutas, que cesa de inmediato con la
presencia de la prudente ama de casa.
Atiende, pues, a ti mismo. Y conoce que tu alma, por una parte es racional y
capaz de discurrir, y por otra, está inclinada a las pasiones y a la
irracionalidad. En cuanto a lo primero, en cuanto racional, le toca, por
naturaleza, mandar. A las pasiones corresponde, sujetarse y obedecer a la razón.
No permitas, pues, que la razón se rinda a las pasiones y se haga esclava de
ellas. No permitas que éstas se levanten contra la razón y se adueñen del
imperio del alma.
El diligente examen de sí mismo conduce al conocimiento de Dios
Por último, el diligente examen de ti mismo, te conducirá, como por la mano, al
conocimiento de Dios. Pues, si atiendes a ti mismo, nada te costara investigar
mediante la disposición de las cosas creadas, al Hacedor. En ti mismo, como en
un "microkosmos" advertirás la gran sabiduría del Criador. Por el alma inmortal
que en ti habita, entenderás que Dios es incorpóreo. Entenderás que no está
limitado a ningún lugar alguno, sino que ocupa lugar por la unión que tiene con
el cuerpo. Creerás que Dios es invisible, al reflexionar sobre tu alma, porque
tampoco a ésta se le puede ver con los ojos del cuerpo. Pues ni tiene color, ni
figura, ni le conviene ninguna cualidad del cuerpo, sino que tan solo por sus
operaciones se la conoce. Por lo tanto, no pretendas conocer a Dios por tus
ojos, sino que trayendo la fe a tu mente, has de tener de Él un conocimiento
Espiritual.
Admira como el artífice ha unido la energía de tu alma con el cuerpo; de manera
que extendiéndose hasta sus extremidades, hace conspirar hacia un mismo fin a
miembros tan distantes entre sí.
Admira la fuerza que el alma comunica al cuerpo. Admira como la carne obedece al
alma. Admira como el cuerpo recibe la vida del alma y ésta recibe en cambio
sinsabores del cuerpo. Admira el bagaje de enseñanzas que tiene el alma; como al
conocimiento de las cosas aprendidas anteriormente no estorban los nuevos
conocimientos que adquieres, sino que los recuerdos se conservan distintamente y
sin confusión, esculpidos, como en una lámina de bronce, en la parte más noble
del alma. Admira finalmente, como, purificada de la torpeza del vicio, se hace,
por la virtud, semejante al Criador.
Atiende a ti mismo para que atiendas a Dios
Después de contemplar al alma, observa también, si te parece, la estructura del
cuerpo. Admira como el mejor artífice le ha fabricado para que sea idónea morada
del alma racional.
Además, observa cómo Dios únicamente al hombre, entre todos los animales, le
formó derecho, a fin de que sepas, por tu misma postura, que tienes origen
divino. Pues todos los cuadrúpedos miran a la tierra y se inclinan hacia su
vientre. Pero en el hombre, la mirada está dispuesta de tal manera que vea el
cielo, a fin de que no complazca a su vientre ni a los bajos apetitos; sino para
que tenga puesta toda su intención en el camino hacia el cielo. Además,
colocada, la cabeza en la parte superior, puso en ellas los sentidos. Allí está
la vista, el oído, el gusto, el olfato, colocados todos, unos cerca de otros. Y
sin embargo sujetos como están a un lugar tan pequeño, cada uno no estorba en
nada, la acción del otro. Los ojos ocupan la más alta atalaya, a fin de que
ninguna parte del cuerpo les haga sombra, sino que, colocados bajo la defensa de
las cejas, extiendan su mirada, derechamente, desde lo más alto y levantado. El
oído no está abierto en línea recta, sino que los sonidos que se producen en la
atmosfera, los percibe por una tortuosa abertura. Esto está hecho con gran
sabiduría. Porque de esta manera se da libre paso a la voz, y cuando entra por
las concavidades resuenan sin que dañe al sentido lo que se desliza por de
fuera.
Observa la naturaleza de la lengua. Mira cuan delicada y flexible es, y sin
embargo, suficiente para usar toda clase de palabras, gracias a la variedad de
sus movimientos. Los dientes, son medios para la voz, prestando grande ayuda a
la lengua; son a la vez los que coadyuvan de las funciones digestivas.
Y de esta manera podrás recorrer y raciocinar convenientemente acerca de todas
las cosas. Podrás admirar la respiración del aire por el pulmón, la respiración
del calor en el corazón, los órganos de la digestión, los canales de la sangre.
Y por medio de todas estas cosas, podrás conocer la investigable sabiduría del
Criador. El mismo te lo dice por el profeta: -Admirable se ha hecho tu sabiduría
en mi (23).
Atiende, pues, a ti mismo, para que atiendas a Dios, a Quien sea la gloria y el
poder por los siglos de los siglos. Amén.
Notas
(1) Este es el texto tal como lo tradujeron los Setenta. La Vulgata traduce:
"Cave ne forte subrepar tibi impia cogitatio et dicas in corde tuo...".
(2) Dt 15,9.
(3) 1Co 4,5.
(4) Mt 5,28.
(5) Si 9,20.
(6) Pr 6,5.
(7) Ga 5,17.
(8) 2Tm 3,20.
(9) 1Tm 3,15.
(10) Jr 16,16.
(11) Ps
118,133. volver)
(12) Dt 5,32.
(13) 1Co 3,2.
(14) 1Tm
3,15.
(15) 2Tm 2,5.
(16) Ga 5,17.
(17) 1Co
9,24.
(18) Mt 7,3.
(19) Lc
18,13.
(20) Gn 3,10.
(21) Pr 13,8.
(22) Gn 2,7.
(23) Ps
138,6.
Disgusto y desaliento del santo por los excesos cometidos
Los espectáculos que ayer por la tarde tuvieron lugar (1) me inducen por una
parte a dirigiros la palabra. Pero por otra, reprime mi deseo y apaga todo mi
entusiasmo la inutilidad de mis exhortaciones anteriores (2). Desmaya el
labrador si no crece la primera semilla que siembra, mostrándose tardo y
desalentado para sembrar de nuevo sobre la misma tierra. Ahora bien, ¿con qué
esperanza voy a hablaros hoy, si después de tantas exhortaciones, como las que
días pasados os hicimos incesantemente, y después de haber estado día y noche,
durante estas siete semanas de los ayunos, anunciándoos sin parar la buena nueva
de la gracia del Señor, ningún fruto, ninguna utilidad se ha conseguido? ¡Oh!,
¡cuántas noches habéis velado en vano! ¡Cuántos días os habéis congregado en
vano! ¡Si es que es vano! Porque quien comienza una vez el camino de las buenas
obras y vuelve después a sus antiguas costumbres, no solo pierde el fruto de sus
desvelos, sino que se hace digno de un mayor castigo. Habiendo gustado la
suavidad de la palabra de Dios, habiendo sido digno de conocer los misterios de
nuestra fe, todo lo perdió, seducido por un pasajero deleite.
"El humilde, dice el sabio, es digno de perdón y de misericordia, pero el
poderosa, poderosamente será atormentado" (3). Con una sola tarde, con un solo
ataque del enemigo se arruina y se destruye todo aquel trabajo. ¿Qué animo puedo
tener yo para volver a hablaros? Hubiera callado, creedme, si no me hiciese
temblar el ejemplo de Jeremías a quien por no querer hablar a un pueblo
perverso, le sobrevino el castigo que él mismo nos cuenta: un fuego devorador se
apodero de sus entrañas y le consumía por todas partes, y no podía soportarlo
(4).
Descripción de los excesos cometidos
Unas mujeres lascivas, olvidadas del temor de Dios, despreciando el fuego eterno
del infierno, en aquel mismo día en que debían haber estado quietas en sus casas
en memoria de la resurrección, recordando el día en que se abran los cielos y
aparezca el Juez de los hombres, día en el que, al sonido de la trompeta divina,
resucitarán los muertos, compareciendo el justo Juez que juzgará a cada uno
según sus obras: estas mujeres, digo, en lugar de estar pensando en estas cosas
y de purgar sus almas de los malos pensamientos, borrando con lágrimas sus
pecados anteriores y preparándose para recibir a Cristo en el día grande de su
aparición, sacudieron el yugo de su divino servicio (5). Arrojaron de sus sienes
el velo de la honestidad, despreciaron a Dios y a sus ángeles. Se portaron
indecorosamente ante toda mirada de los hombres, agitando sus cabellos, y sus
túnicas. Durante el baile, con sus ojos lascivos, con risas desenfrenadas,
impulsadas como por la locura, provocaban en sí mismas toda la liviandad de los
jóvenes. E hicieron el baile nada menos que en la basílica de los mártires,
fuera de los muros de la ciudad, convirtiendo los lugares sagrados en lugares de
corrupción. Corrompieron la atmosfera con sus cantares livianos. Mancharon la
tierra, al bailar sobre ella con sus inmundos pies. Desvergonzadas, locas, no
omitieron ningún género de manía. Se hicieron a sí mismas, espectáculo, delante
de una turba de jóvenes.
¿Cómo callar esto? ¿Cómo lo lamentaré como merece?
El vino es el que ha causado tantos estragos en estas almas. El vino, don de
Dios, dado para alivio de la debilidad del cuerpo, y para usarlo con sobriedad,
se ha convertido en aliciente para lascivia, por usarlo sin templanza.
Efectos de la embriaguez. El santo no tiene confianza de ser escuchado
La embriaguez, ese demonio voluntario (6) que penetra en el alma por medio del
placer; la embriaguez madre de la maldad, enemiga de la virtud, al hombre fuerte
le hace débil, al casto lascivo; no conoce la justicia y, rebasa los límites de
la prudencia. De la misma manera que el agua es contraria al fuego, así el vino,
usado en demasía, extingue la razón. Por eso me resistía yo a hablar contra la
embriaguez: no porque se tratase de un mal poco considerable, sino porque nada
habían de aprovechar mis palabras.
Porque si el ebrio ha perdido el juicio, y no sabe donde está, en vano habla
quien le reprocha, pues él no le escucha. ¿A quién pues hablaré? Ciertamente que
los que tienen necesidad de amonestaciones no oyen lo que se les dice. Los
prudentes y los sobrios no tienen necesidad de mis palabras, pues están libres
de este vicio. ¿Qué partido he de tomar en la presente condición de cosas si ni
mis palabras han de ser útiles, ni mi silencio seguro? ¿Abandonaremos la cura?
Pero es peligrosa la negligencia. ¿Hablaré contra los ebrios? Pero es tronar en
oídos sordos. Pero quizás, así como cuando aparece una peste, los médicos
aplican remedios aptos para prevenir el mal en los sanos, mas no osan tocar a
los que ya están infestados, así también en nuestro caso, la palabra tiene una
mediana utilidad; la de tutelar y precaver a los fieles todavía sanos, pero no
servirá para curar a los que están ya atacados por la enfermedad.
La embriaguez, fuente de daños físicos
¿En qué te diferencias, oh hombre, de los animales irracionales? ¿No es en el
don de la razón, don que recibiste del Creador, don por el cual eres constituido
príncipe y señor de todas las criaturas? Pues quien se priva a sí mismo de la
razón y del juicio por la embriaguez, "se hace semejante a las bestias
irracionales y se pone a la par de ellas" (7). Más aun: yo diría que los que
están embriagados son más irracionales que los mismos brutos, puesto que todos
los cuadrúpedos, todas las bestias tienen en cierta manera ordenada su
concupiscencia; pero los entregados al vino, tienen sus cuerpos animados por un
ardor que supera al querido por la naturaleza. A todas horas y constantemente
son impelidos a los deleites impuros y torpes. Y esto no solo los embrutece y
los atonta, sino que la privación de sus sentidos hace al embriagado el más
abominable de todos. Porque ¿qué animal pierde el sentido de la vista y del
oído, como lo pierde el que se embriaga? Pero los ebrios lo pierden, porque no
conocen a sus parientes, y tratan muchas veces con desconocidos creyendo que son
sus amigos, allegados. ¿No pasan muchas veces saltando por las sombras, creyendo
que atraviesan arroyos y valles? Sus oídos están continuamente percibiendo
ruidos y estrépitos, como furor de mar tempestuoso. Les parece que la tierra se
levanta hacia arriba, y que los montes giran a su alrededor. Unas veces ríen sin
cesar. Otras, se lamentan y lloran sin consuelo. Ora se muestran intrépidos y
audaces, ora tímidos y temblorosos. El sueño les es pesado, difícil de sacudir,
sofocante y parecido a la muerte. En las vigilias permanecen más estúpidos que
en los mismos sueños. Su vida es una especie de sueño continuado. No teniendo
quizás ni con qué vestirse, ni qué comer para mañana, se imaginan ser reyes,
capitanean ejércitos, edifican ciudades, y reparten dinero. Es el vino el que
llena sus cabezas de semejantes locuras y visiones.
En otros, en cambio, produce efectos contrarios. Pierden el coraje, están
tristes, doloridos, llorosos, tímidos y consternados. Un mismo vino, según la
distinta constitución produce distintos y diferentes efectos en los ánimos. A
los ardorosos y llenos de sangre, les pone alegres y gozosos. A los que ya han
gastado las fuerzas con su peso, y les ha corrompido la sangre, les excita a los
efectos contrarios (8). ¿Qué necesidad hay de enumerar la turba de los demás
trastornos? La pesadez de su carácter, el irritarse con facilidad, el ser
quejumbrosos, el ser de ánimo mudable, los gritos, los tumultos, el ser
inclinados a las acciones criminales, el ser incapaces de refrenar y disimular
la ira.
La embriaguez, fuente de impureza
Además, la incontinencia en los goces y placeres, tiene su origen en el vino
como en su fuente. A una con el vino, brota la enfermedad de la impureza, que es
menor en los brutos que en los embriagados. Las bestias conocen los términos de
la naturaleza. Pero los ebrios pierden todo el control de su persona. Van hasta
contra la naturaleza. Mas no es fácil decir y ponderar con palabras todos los
males que se encierran en la embriaguez. Los daños que trae la peste, afligen de
tiempo en tiempo a los hombres. El aire inyecta poco a poco su misma corrupción
en los cuerpos. Pero los daños que trae el vino lo invaden todo a un mismo
tiempo. Porque pierden el alma con todo género de vicios. Corrompen al propio
cuerpo con los inmoderados placeres, a que son arrastrados por una especie de
furor. Más aun; los mismos vapores del vino hinchan de tal manera el cuerpo qué
le hace perder su vigor vital con tales excesos. Tienen los ojos, lívidos,
pálido el semblante, embotado el Espíritu, atada la lengua. Sus gritos son
confusos, sus pies titubeantes como los del niño, espontáneos sus vómitos de lo
superfluo que allá tienen, como si saliesen de las bocas de unas bestias.
Son desgraciados por sus lascivias, más desgraciados aun que los que en el mar
son agitados por una tempestad. A éstos las olas, sucediéndose unas a otras, no
les permiten salir a flote. De modo semejante, las almas de aquellos quedan
ahogadas y sumergidas en el vino. Por eso, así como a la nave muy llena de
mercancías, cuando es agitada por la tempestad, es necesario que le alivien el
peso, arrojando parte de su carga al mar, así a éstos es necesario aliviarles de
lo que les hacen tan pesados. Y aun apenas con el vomito quedan libres de sus
cargas.
Son tanto más desgraciados que los navegantes; cuanto que aquellos son
acometidos por los vientos, por el mar, y por fuerzas exteriores que no pueden
impedir. Pero éstos levantan voluntariamente en sí mismos la tempestad de la
embriaguez.
El que es atacado por el demonio es digno de lástima. Pero el ebrio ni siquiera
es digno de compasión, pues lucha con un enemigo voluntario. Llegan al colmo de
componer ciertas medicinas, cuyo efecto no es atajar el mal que produce el vino,
sino hacer que la embriaguez, sea constante y continua.
Y por lo que hace al tiempo de la bebida, les parece pequeño el día; breve la
noche, y corto el invierno.
El ansia de beber
No tiene fin este mal. Porque el mismo vino les abre el deseo de beber más. No
alivia la necesidad, sino que una bebida induce a la necesidad de otra bebida,
abrasando a los embriagados, y despertando siempre el deseo de beber más. Cuando
piensan que van a saciar su sed insaciable, les sucede lo contrario. Porque con
el continuo uso de este placer, se embotan y languidecen sus sentidos. Y así
como la excesiva luz daña a la vista, y así como pierden sus sentidos los oídos
que son heridos con golpes y estrépitos muy grandes de manera que después ya no
oyen nada; así éstos, dejándose arrastrar imprudente e incautamente por la
afición de este placer, llegan a perderle completamente. El vino más puro dicen
que es insípido, y parece agua. El frio les parece caliente, y aunque esté
helado, aunque esté como la nieve, no pueden apagar la hoguera que en tu pecho
ha encendido el inmoderado uso del vino.
¡Ay de los ebrios!
"¿Para qué son los ayes? ¿Para quién los alborotos? ¿Para quién los tribunales?
¿Para quién los disgustos y las riñas? ¿Para quién las heridas inútiles? ¿Quién
trae los ojos encendidos? ¿No son éstos los dados al vino, y los que andan
explorando donde hay bebidas?" (9).
¡Ay! es palabra de lamentación, y de lamentación son dignos los que se
embriagan, porque no han de alcanzar el reino de Dios 9 (10).
Vienen después los alborotos, porque el vino turba sus mentes. Los disgustos y
las riñas se deben al amargo placer que el beber les ha acarreado.
Quedan atados sus pies, atadas sus manos, por los vapores del vino, que se
extienden por todo su cuerpo. Y aun antes de todos estos padecimientos, en el
mismo tiempo en que están bebiendo, se apodera de ellos el furor de los
frenéticos. Porque después que el vino se les sube a la cabeza, sienten en ella
dolores insufribles. No pudiendo mantenerla recta sobre sus hombros, la dejan
caer a un lado y otro balanceándola sobre las vértebras. Llaman entretenimiento
al inmoderado y disputador hablar en los convites. Finalmente, los ebrios
reciben heridas sin causa alguna. Por la embriaguez no pueden tenerse en pie.
Caen hacia diversos lados. Necesariamente y sin causa se han de llenar de
heridas sus cuerpos.
Es inútil amonestar a los ebrios acerca de los daños de la embriaguez. Tendrán
la maldición de Caín
Pero ¿quién va a decir esto a los que están llenos de vino? Pesada como tienen
la cabeza por los vapores, dormitan, bostezan, ven nieblas delante de sus ojos,
sienten nauseas. No oyen a sus maestros que les están clamando por todas partes:
"No os llenéis de vino, porque en él está la lujuria" (11). Y en otra parte: "El
vino es lujurioso y contumeliosa la embriaguez" (12).
Y al mismo tiempo que hacen oídos sordos, están mostrando el fruto de su
embriaguez. Su cuerpo esta pesado por la hinchazón, sus ojos humedecidos, su
boca seca y hecha una llama. Y así como las concavidades, donde desembocan los
torrentes, mientras éstos se despenan en ellas, parecen estar llenas de agua,
pero tan pronto como la corriente cesa, quedan secas y áridas; así, mientras en
la boca del ebrio, está cayendo el vino, parece estar húmeda y llena; pero
apenas cesa, queda seca y árida. Y viciado como esta, por el uso inmoderado del
vino, aun la fuerza vital llega a perder. Porque, ¿quién habrá tan fuerte que
pueda resistir a los males de la embriaguez? ¿Qué arte podrá evitar el que un
cuerpo que siempre se abrasa, que está siempre anegado en vino, no se haga
enfermizo, desgastado y flojo?
De aquí los temblores y las debilidades. Por el inmoderado vino se les corta la
respiración, pierden los nervios su fortaleza, y todo el cuerpo, queda
tembloroso por la falta de fuerza.
¿Por qué atraes sobre ti la maldición de Caín, que toda su vida anduvo
tembloroso y vagabundo?
El cuerpo que pierde su natural base es inevitable que vacile y tiemble.
El exceso en el beber hace olvidar las grandezas del Creador. Todo es discordia
y vanidad
¿Hasta dónde arrastra el vino? ¿hasta dónde la embriaguez? El peligro está en
que te conviertas en cieno y lodo en lugar de hombre. Por las embriagueces
cotidianas tan mezclado estas con el vino, tan acabado estas por él, que solo
hueles a vino. Como vaso corrompido no sirves para nada. A éstos llora Isaías:
"¡Ay de aquellos que se levantan por la mañana, y se lanzan a la sidra, y
esperan la tarde porque el vino les abrasa. Beben vino al son de la citara y del
pandero (13) y no miran las obras del Señor, ni consideran las obras del Señor!"
(14)
Tienen los ebrios costumbre de llamar sidra a toda bebida que pueda embriagar.
Pues a los que, apenas comienza el día, andan en busca de los sitios donde se
dan bebidas; a los que frecuentan las bodegas y las tabernas, a los que reúnen
para beber, a los que agotan todos los cuidados de su alma en tales ocupaciones,
a esos llora el profeta. Porque ningún tiempo les queda para considerar las
maravillas de Dios. No tienen tiempo para levantar los ojos al cielo, y
embelesarse con su hermosura y ponderar el orden de todo lo creado, para conocer
por este orden al Creador. Apenas comienza el día, adornan con variados tapices
y con floridas alfombras el lugar del convite. Todo su empeño y cuidado está en
preparar las copas y los vasos para refrescar el vino. Sacan las copas adornadas
con piedras preciosas y las de oro, como para un público y pomposo banquete, a
fin de que su variedad les entretenga el fastidio, y para que mientras alternan
unas y otras puedan beber durante más largo tiempo.
Discordia y vanidad
Y aun están presentes maestros para el convite, y otros que sirven la copa, y
architriclinos. Se simula orden en medio de la confusión, y armonía en medio del
alboroto. Así como a los magistrados seculares les dan autoridad sus satélites,
así también haciéndose acompañar de sirvientes, la embriaguez, cual una reina,
pretende ocultar lo mejor que puede, su deshonra.
Además, las coronas, las flores, embotan más y más a los dados a la perdición.
En el transcurso del convite nacen por el vino las disputas, los encuentros, los
litigios, mientras que luchan por aventajarse mutuamente en la embriaguez. El
que preside estas luchas es el diablo, y como premio de la victoria el pecado.
Quien se echa más vino, ese obtiene la victoria: "Su gloria consiste en su
propia deshonra" (15). Luchan entre sí, dañándose a sí mismos.
¿Qué palabras podrán declarar las torpezas de las cosas que allí se hacen? Todas
están llenas de necedad, todas de confusión. Los vencidos están ebrios, ebrios
los vencedores. Los sirvientes se mofan de ellos. Vacila la mano, la boca no
recibe más alimento. El vientre se agita y el mal no se amansa. El miserable
cuerpo, despojado de natural vigor, se inclina a una y otra parte, sin poder
dominar la violencia que ejerce el excesivo vino.
Espectáculo lamentable
¡Oh espectáculo lamentable para los ojos de un cristiano! Un hombre que está en
la flor de la edad, de complexión robusta, que sobresale entre los guerreros,
tiene que ser llevado a su casa, porque no puede levantarse ni andar con sus
propios pies. Un hombre que debía ser el terror de los enemigos, es en la plaza
objeto de diversión para cualquier muchacho. Es derribado sin armas, y matado
sin enemigos. Hábil en las armas; cuando está en la flor de su edad es consumido
por el vino; dispuesto a que los enemigos hagan de él lo que quieran.
La embriaguez embota el entendimiento, destruye el vigor, trae una vejez
prematura y prepara para la muerte en poco tiempo.
¿Qué son los ebrios sino los ídolos de los gentiles? Tienen ojos y no ven,
tienen oídos y no oyen (16). Sus manos están desmadejadas, sus pies muertos.
¿Quién ha puesto tales acechanzas? ¿Quién ha causado este mal? ¿Quién nos mezclo
este veneno de la locura?
Mirad, oh hombre, hiciste del convite un campo de batalla. De él salen los
jóvenes conducidos por manos ajenas, como heridos en el combate. Mataste con el
vino a la flor de la juventud. Le invitas a un convite como a amigo, y le
despides muerto, apagada su vida con el vino.
Cuando creían que estaban ya hastiados de vino, comienzan a beber, y beben a la
manera de los animales, como de una fuente que mana, ofreciendo a los convidados
sendas corrientes. Porque cuando están a la mitad del banquete entra un joven de
lúcidos hombros que aun no está ebrio. Presenta en medio una gran vasija de vino
fresco. Despide al copero, y de pie va repartiendo a los convidados unos tubos
oblicuos, por los que se comunica la embriaguez a todos. Peregrina invención en
tal desorden, para que recibiendo todos en igual proporción aquel deleite,
ninguno pueda vencer al otro en la bebida. Distribuidos los tubos, y tomando
cada uno el suyo, beben todos a la vez como los bueyes en los lagos,
apresurándose por traer a sus gargantas cuanto les viene de la vasija
refrigerante, por los plateados canos.
Mira tu miserable vientre. Fíjate en la grandeza del vaso que llenas, que apenas
cabe en él una cotila. No mires a la vasija para agotarla, sino a tu vientre que
ya está lleno. Por eso, ¡ay de los que se levantan por la mañana y se arrojan a
la sidra! ¡ay de los que esperan la tarde (17), y pasan todo el día en la
embriaguez. ¡Ningún tiempo les queda para mirar las obras del Señor y considerar
sus maravillas! El vino les abrasa (18), porque el calor del vino, comunicándose
a las carnes, se convierte en ascua para las encendidas saetas del enemigo.
El vino sumerge en tinieblas a la razón y al entendimiento. Excita las pasiones
y las lascivias como a un enjambre de abejas. ¿Qué carroza es arrastrada por un
tronco sin auriga tan temerariamente? ¿Qué nave sin piloto no es agitada por las
olas con más seguridad que el embriagado?
Contraste entre la embriaguez y la severidad cristiana. El juicio de Dios
Por estos males, hombres mezclados con mujeres, entregando sus almas al Espíritu
de la embriaguez, formando todos juntos una danza, se hirieron mutuamente con el
aguijón de las pasiones. Las risas de una y otra parte, los cantares livianos,
los gestos lascivos, todo era un llamado a la impureza. ¿Te ríes? Dime, ¿y te
gozas, con gozo impuro, cuando te era mejor estar llorando y gimiendo los
pecados pasados?
¿Entonas cantos de meretriz, olvidándote de los himnos y salmos que aprendiste?
¿Mueves los pies y saltas como los locos y bailas, cuando debieras hincar tus
rodillas para adorar? ¿A quién lloraré? ¿A las doncellas aun no casadas o a las
que están ya sujetas al yugo del matrimonio? Aquéllas volvieron sin la
virginidad, éstas sin la fidelidad a sus maridos. Qué si algunas evitaron por
ventura el pecado en sus cuerpos, recibieron por completo el mal en sus almas.
Lo mismo digo de los hombres. Si miro con malicia, malicia tiene. El que mira a
una mujer para desearla, ha fornicado (19). Si tienen tanto peligro los que de
paso e inadvertidamente miran a una mujer, ¿qué peligros no han de tener los que
de propósito asisten a tales espectáculos para ver a unas mujeres que por la
embriaguez se portan indecorosamente; que componen sus gestos para provocar la
lascivia; que canten canciones muelles, que solo con ser oídas pueden excitar la
pasión de la carne en los lascivos? ¿Qué van a decir, qué excusa van a presentar
quienes de tales espectáculos volvieron cargados de un enjambre de tantos males?
¿No se ven obligados a confesar que miraron para excitar su concupiscencia? Por
lo tanto, son reos de adulterio, según el inevitable juicio de Dios.
¿Cómo os va a recibir el Espíritu Santo el día de Pentecostés, habiéndole
tratado con tal desprecio el día de la Pascua?
La venida de este Espíritu fue clara y manifiesta a todos, pero tú has preferido
hacerte habitación del Espíritu contrario, y te has convertido en templo de
ídolos (20), siendo así que deberías ser templo de Dios, donde habitase el
Espíritu Santo. Has traído sobre ti la maldición del Profeta, que dice en nombre
de Dios: Convertiré sus solemnidades en luto (21). ¿Cómo vais a mandar a
vuestros siervos, cuando vosotros sois esclavos de vuestros brutales apetitos y
de vuestra liviandad?
¿Cómo vais a aconsejar a vuestros hijos, si vosotros lleváis una vida
escandalosa y desarreglada?
Remedios contra el exceso de la bebida. Exhortaciones
¿Pues qué? ¿Os abandonaré? Temo que el díscolo, tome de aquí ocasión para
hacerse más desvergonzado (22); y que el compungido quede anegado en mayor
tristeza.
La medicina, dice la Escritura, remediara grandes pecados (23). Cúrese con el
ayuno, la embriaguez; con los Salmos, los cantares obscenos. Sean las lágrimas
remedio de la risa. En vez de la danza, dóblese la rodilla. Al aplauso de las
manos, sucedan los golpes de pecho. En lugar de la elegancia en el vestir,
muéstrese la humildad. Sobre todo, redímete del pecado la limosna (24). Porque
el precio de la redención del hombre, son sus riquezas (25). Haz que muchos de
los que yacen en la desgracia, sean tus compañeros en la oración, a no ser que
todavía estés determinado a darte al mal.
Cuando el pueblo se sentó para comer y beber, y se levantaron para jugar (y su
juego era la idolatría (26), los levitas, armados contra sus hermanos,
consagraron sus manos al sacerdocio.
Así, que a todos los que teméis al Señor, a todos los que os habéis lamentado de
la vileza de estos hechos execrables, os mandamos que os compadezcáis como de
vuestros miembros enfermos, de los que se arrepientan de la locura de sus
acciones. Pero si algunos se mantienen obstinados, y se burlan de vuestra
tristeza por su causa salid de entre ellos y separaos, y no toquéis lo inmundo
(27), para que avergonzados conozcan su maldad, y vosotros recibáis el premio
del cielo de Finés (28), en el justo juicio de Nuestro Dios y Salvador
Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.
Notas
(1) El Sábado Santo.
(2) Se alude a las exhortaciones con que el Santo había querido disponer a los
fieles a festejar santamente la Pascua.
(3) Sg 6,7.
(4) Jr 20,9.
(5) Is 3,16.
(6) Demonio voluntario es aquel que el hombre se elige por sí mismo, a quien
voluntariamente abre las puertas siendo atormentado por su propio querer.
(7) Ps
118,13.
(8) El Santo, sigue, en estas explicaciones fisiológicas, el estado de la
ciencia de su tiempo.
(9) Pr 23,29.
(10) 1Co
6,10.
(11) Ep 5,18.
(12) Pr 20,1.
(13) En la actualidad diríamos que beben al son de la guitarra y del acordeón.
(14) Is 5,11.
(15) Ph 3,19.
(16) Ps
113,5.
(17) Is 5,11.
(18) Is 5,11.
(19) Mt 5,28.
(20) Rm 8,11.
(21) Am 8,10.
(22) 2Co
11,7.
(23) Si 10,4.
(24) Da 4,24.
(25) Pr 13,8.
(26) Ex
32,6.
(27) 2Co
6,17.
(28) Nb
25,11.
Descripción de la envidia
Bueno es Dios. Comunica El sus bienes a quienes los merecen. Malo es el diablo,
autor de todas las maldades. Y así como el bueno sigue siempre el amor hacia el
prójimo, de la misma manera el demonio acompaña siempre la envidia. Estemos
prevenidos, pues, hermanos, contra el vicio de la envidia. No participemos de
las obras del adversario, no sea que nos encontremos condenados con él a la
misma pena. Pues si el soberbio cae en la pena del demonio, ¿cómo escapara el
envidioso del castigo del diablo?
En las almas ningún vicio se arraiga más funesto que la envidia, el cual sin
hacer lo más mínimo a los de afuera, es principal y propio mal para quien lo
posee. Pues va consumiendo el alma como el orín al hierro. Así como, según
cuentan, las víboras horadan al nacer el vientre de la madre que las engendro,
así la envidia suele devorar el corazón que la ha criado.
Es la envidia un pesar de la prosperidad del prójimo. De ahí que las tristezas
ni las congojas abandonan jamás al envidioso. ¿Es fértil el campo del vecino?
¿Abunda en su casa todo lo necesario para vivir? Todo esto, es alimento para
esta enfermedad y aumenta el dolor en el envidioso. De suerte que en nada se
diferencia de un hombre desnudo a quien todas las cosas le lastiman. ¿Es alguno
valiente? ¿Es de buen parecer? Todo hiere al envidioso.
¿Es otro más elegante en su forma? Otra llaga más para el envidioso.
¿Sobresale uno, entre muchos, por las dotes de su alma? ¿Es admirado y emulado
por su cordura y elocuencia? ¿Es otro rico y espléndidamente dadivoso en sus
limosnas y en su trato con los necesitados, y es muy alabado por aquellos a
quien hace beneficios? Pues bien, todas estas cosas son llagas y heridas que le
hieren en medio del corazón. Y lo más terrible de la enfermedad, es, que ni
siquiera se descubre. El envidioso anda con la vista baja y esta melancólico y
se inquieta; y se irrita poco a poco y perece bajo este mal. Si se le pregunta
sobre su pasión, se avergüenza de declarar su desgracia y de decir: soy
envidioso y cruel; me afligen los bienes del amigo y lamento la alegría de mi
hermano; y no tolero la presencia de los bienes ajenos, sino que tengo por
calamidad la dicha de mi prójimo. Así debía expresarse si quisiera decir la
verdad. Mas prefiriendo no descubrir nada, tiene apresada en su pecho la
enfermedad que abraza y roe ocultamente sus entrañas.
El envidioso goza con la desgracia de los demás
No halla el envidioso médico para su mal, ni puede encontrar alguna medicina,
que calme la pasión, siendo que la Sagrada Escritura está llena de tales
remedios. Quédale un remedio para su mal; la ruina de alguno de los que envidia.
Este es el límite del odio; ver caer de la felicidad al que envidiaba; observar
la desgracia de aquel que era tenido por dichoso. Entonces hace las paces y se
hace su amigo: cuando le ve llorando, cuando le contempla arrasado en lágrimas.
No se goza con el que es feliz, y si se alegra con el que llora. Se compadece de
aquella mudanza de vida, lamenta las desgracias en que ha caído desde la altura
de la felicidad, y alaba la dicha pasada; no por misericordia y compasión, sino
para hacerle sentir más hondamente su desgracia. Alaba al hijo pequeño después
de muerto y le llena de lisonjas: ¡cuan, hermoso era!, ¡cuán despierto! ¡cuán
apto para todo!; y mientras vivía, ni una palabra se había dignado proferir en
su alabanza. Pero si ve que su alabanza es de todos aprobada, mudando
nuevamente, siente envidia del muerto. Admira la riqueza después de perdida.
Alaba y aprueba la hermosura del cuerpo, la fuerza y el buen parecer, cuando las
ves dañadas por las enfermedades. En una palabra, es enemigo de los bienes
presentes, y finge ser amigo de los que se han perdido.
Ejemplos: Satanás y Caín
¿Qué cosa hay, pues, más terrible que está enfermedad? La envidia es destrucción
de la vida, peste de la naturaleza, enemiga de los bienes que Dios nos comunica,
contraria del mismo Dios.
¿Qué es lo que impulso al príncipe del mal, al diablo, a hacer la guerra a los
hombres? ¿No fue acaso la envidia? Por ella declaro abiertamente la guerra a
Dios; se enemisto con El, por la munificencia con que trataba a los hombres. Y
se venga en el hombre, ya que no puede hacerlo en Dios.
Y esto es asimismo lo que hizo Caín. El fue el primer discípulo del demonio,
pues de él aprendió la envidia y el homicidio, pasiones hermanas a las que San
Pablo pone juntas cuando dice: "Llenos de envidia y de homicidio" (1).
¿Qué hizo, pues? Vio la honra que su hermano recibía de Dios y sintió emulación.
Mato al que recibía el honor para herir al que le honraba. Se sintió débil para
luchar contra Dios. Cayó sobre su hermano y le mato.
Huyamos, hermanos, de esta enfermedad que nos induce hacer la guerra a Dios;
Madre es este mal de los homicidios, deshonra de la naturaleza, desconocedora de
la amistad, la más irracional desgracia. ¿Por qué te afliges, hombre, sin haber
padecido nada? ¿Por qué haces la guerra al que posee algún bien sin que
disminuya en nada los tuyos? ¿Y si gozando tú de algunos bienes, te indignas
contra el otro, no envidias abiertamente tu misma comodidad?
Saúl
Así era Saúl; de los grandes beneficios que de David recibía, tomaba ocasión
para hacerle la guerra. Pues, en primer lugar, libre de la locura por medio de
aquella música melodiosa y divina, intento traspasar con su lanza al bienhechor.
Después, salvado con todo su ejército de las manos de sus enemigos, libertado de
los vergonzosos insultos que Goliat profería; como quiera que las vírgenes que
danzaban atribuían a David una parte diez veces mayor de las hazañas, cantando:
"Hirió Saúl a mil y David a diez mil" (2), únicamente por este cantico y por el
testimonio de la verdad misma, intento primero matarle con sus mismas manos y
quitarle de en medio valiéndose de acechanzas. Cuando huía David, no por eso,
depuso su enemistad, sino que al fin empleando contra él un ejército de tres mil
hombres escogidos, le buscaba afanosamente (3). Si entonces se le hubiera
preguntado, cual era la causa de la guerra, hablaría, lamentándose de los
beneficios que aquel hombre recibía. Y sorprendido cuando dormía, por aquel
mismo tiempo de la persecución, en una buena oportunidad para haber perecido a
manos de su enemigo; salvado otra vez por el justo que se guardaba de poner en
él sus manos; no por eso se doblego ante tan grande beneficio; sino que reúne
otro ejército, le persigue nuevamente, hasta que, sorprendido por él mismo en
una cueva (4) hizo que resplandeciese más la virtud de David y quedase más
patente su propia maldad.
Es la envidia un género de odio y el más fiero, porque los beneficios doblegan a
los que por otra causa son enemigos nuestros, pero el bien que se hace al
envidioso le irrita más; y cuando más recibe, tanto más se indigna, se
entristece y se exacerba. Porque la desrazón que tiene por el poder del
bienhechor es mayor que el agradecimiento por los bienes que de él recibe.
¿A qué fiera no superan en la brutalidad de sus costumbres? ¿A qué irracional no
vencen en la crueldad? Los perros se hacen mansos, si se les da de comer; si se
cuida a los leones, se domestican; pero los envidiosos acrecientan su mal con
los beneficios.
Los hermanos de José
¿Qué fue lo que hizo esclavo al generoso José sino la envidia de sus hermanos?
(5). Es digno de considerar aquí la sin razón de este mal. Porque temiendo que
se realizaran sus sueños, entregan a su hermano, sin saber que con el tiempo
deberían postrarse ante un esclavo. Pero si son verdaderas las cosas que sonó,
¿qué artificio podrá impedir que se efectúen las predicciones? Y si es falso lo
que vio en sueños, ¿porqué envidiáis a uno que se engaña? Mas, por disposición
de Dios, su determinación se volvió contra ellos mismos. Pues por los mismos
medios con que creyeron impedir el vaticinio, por esos mismos prepararon el
camino para que se llevasen a cabo. Si José no hubiera sido vendido, no hubiera
venido a Egipto; su pureza no sería motivo de las acechanzas de una mujer
lasciva, no hubiera sido aherrojado en la cárcel, no se hubiera familiarizado
con los criados del Faraón, ni hubiera declarado los sueños, por lo cual recibió
el mando de Egipto y fue reverenciado por aquellos sus hermanos, cuando
acudieron a él debido a la carestía de trigo.
Los enemigos de Jesucristo
Pasemos ahora con nuestra consideración a aquella envidia, la mayor de todas,
que se ensañó en las cosas más grandes: la que se levantó contra el Salvador por
la locura de los judíos. ¿Por qué era envidiado? Por los milagros. Y, ¿qué
milagros eran éstos? La salud de quienes la suplicaban. Alimentaba a los pobres,
y el que les daba alimento era perseguido. Ahuyentaba los demonios, y el que los
arrojaba era injuriado. Quedaban limpios los leprosos, los cojos andaban, oían
los sordos y los ciegos veían; y el que hacia estos, beneficios era arrojado
fuera con despecho. Y por fin entregaron a la muerte al autor de la vida y
azotaron al Libertador de los hombres, y condenaron al Juez del universo.
Y con esta sola arma, comenzando desde la formación del mundo, hasta la
consumación de los siglos, el destructor de nuestra vida, vale decir, el
demonio, que se goza con nuestra perdición y que cayó por la envidia, nos
persigue y derriba también a nosotros, queriendo llevarnos con él al precipicio,
por medio de un mal semejante.
La envidia se dirige preferentemente contra quienes están más unidos a nosotros
Sabio era a la verdad el que ni siquiera permitía que se comiese con un hombre
envidioso (6), queriendo significar con la reunión en la comida, toda otra
sociedad de la vida. Porque, así como tenemos cuidado de alejar el fuego todo lo
posible de la materia que fácilmente puede quemarse, así conviene alejarse en
cuanto sea posible de la conversación y amistad de los envidiosos, poniéndonos
fuera del alcance de los dardos de la envidia. No suele acontecer que caigamos
en las redes de la envidia, sino es acercándonos a ella por la familiaridad.
Porque según el dicho de Salomón: "Al hombre le viene la envidia de su
compañero" (7). Y así es, en efecto. No envidia el escita al egipcio, sino cada
uno al de su nación. Y entre los de su nación, no envidia a los que no conoce,
sino a aquellos a quienes más trata. Y entre los que trata, a los vecinos y a
los que tienen el mismo oficio; y a los que de alguna manera le están más
allegados. Y aun entre otros, a los de la misma edad, a los parientes, a los
hermanos. En una palabra, así como el gorgojo es enfermedad propia del trigo,
así la envidia es debilidad de la amistad.
Solo una cosa Podría alguno alabar en este mal, el que cuanto más vehementemente
se excita, tanto más daño hace al que le posee. Porque así como las saetas
arrojadas con fuerza, si vienen a dar contra una cosa dura y resistente, vuelven
contra el que las arrojo; así los movimientos de la envidia, sin hacer ningún
daño al envidiado, terminan por ser llagas para el envidioso. Porque, ¿quién, al
acongojarse de los bienes del prójimo, consiguió que se disminuyesen?
Ciertamente que solo a sí mismo se atormenta y se consume por las tristezas. No
obstante a los enfermos de envidia se los considera más perjudiciales que los
mismos animales venenosos. Porque estos inyectan el veneno por la herida que
hacen y poco a poco es devorada por la pobre la parte mordida; pero de los
envidiosos creen algunos que inyectan el daño con sola su mirada; de tal manera
que los cuerpos bien dispuestos y florecientes en plena juventud, por el vigor
de la edad, quedan macilentos, dominados por ellos, y cae por tierra toda la
lozanía, como socavada por el pernicioso rio que saliendo de los ojos del
envidioso todo lo destruye y lo corrompe. Yo, sin embargo, rechazo este dicho
popular inventado por las viejecitas en las reuniones de mujeres. Pero lo que
digo es, que los demonios, que aborrecen lo bueno, una vez que encuentran
voluntades amigas suyas, las manejan en todos los sentidos para sus intentos. Se
valen hasta de los ojos de los envidiosos para que sirvan a su propio arbitrio.
¿Y no te horrorizas en hacerte compañero del malvado demonio? ¿Cómo es que das
cabida en ti a un mal por el que te haces enemigo de quienes no te han hecho
injuria alguna? ¿No te horrorizas en hacerte enemigo de Dios, que es bueno y
está libre de toda envidia?
Semblanza del envidioso
¡Huyamos de un tal insoportable vicio! Es mordedura de serpiente, invención de
los demonios, cosecha del enemigo, señal de perdición, obstáculo para la piedad,
camino para el infierno, privación del reino celestial. ¡Como se conoce
manifiestamente por su mismo rostro, a los envidiosos! Su mirada lánguida y
obscura, rostro triste, entrecejo arrugado, perturbado su ánimo por la pasión,
privado de recto criterio en la verdad de las cosas. No tienen paz. Para ellos
no es laudable ninguna obra de virtud, ni la elocuencia, aunque esté adornada
con la gravedad y la gracia, ni cosa alguna de las que se alaban y se admiran.
Como los buitres, dejando atrás en su vuelo prados deliciosos y paisajes de
suavísimas fragancias, se lanzan sobre los sitios donde hay mal olor. Así como
las moscas dejan lo sano y se arrojan sobre las heridas, así los envidiosos ni
siquiera ven lo bueno de la vida y la grandeza de las buenas obras; se fijan en
las debilidades. Y si en algo hay un desliz, y por cierto son muchos los de los
hombres, lo publican, y quieren que de él se enteren los hombres. Justamente
como hacen los malos pintores (8), quienes o de una nariz torcida o de una
cicatriz u otra mutilación corporal, o de cualquier otro defecto que uno tiene
por naturaleza o por ¡in accidente que le ha sobrevenido, deforman las facciones
de la persona que pintan. Los envidiosos son pues, astutos en despreciar lo que
merece alabanza, echándolo a mala parte; y en imputar a la virtud lo que es
propio del vicio contrario a ella. Llaman temerario al valiente, necio al
prudente, cruel al justo, falaz al sabio. Al que es magnánimo le tienen por
hombre que hace gastos inútiles. Al liberal le tienen por derrochador y al
económico por parco. En una palabra, todo género de virtud tiene para ellos
cambiado su nombre en el del vicio contrario (9).
Remedio contra la envidia: no hay que estimar las cosas terrenas más de lo que
valen
Pero, ¿qué? ¿Voy a emplear todo mi discurso en reprender este vicio? Esto es tan
solo la mitad de la cura. El mostrar al enfermo la gravedad de la enfermedad,
para que tenga el debido cuidado de arrojarla de si, no es inútil. Pero dejarle
en este estado sin llevarle de la mano a la salud, no es otra cosa que abandonar
al desesperado en manos de la enfermedad. Pues bien; ¿cómo hemos de precavernos
para no contraer la enfermedad? ¿Cómo la sanaremos si una vez por desdicha, la
contraemos? Primeramente, si ninguna cosa de este mundo tenemos por grande, ni
por magnifica: ni las humanas riquezas, ni la gloria pasajera, ni la hermosura
del cuerpo. Nuestro bien no está limitado a estas cosas caducas y perecederas.
Somos llamados a participar de los bienes eternos y verdaderos. Y por esto no
hay que envidiar al rico por sus riquezas; ni al poderoso por la grandeza de su
dignidad y autoridad; ni al valiente, por la fuerza de su cuerpo; ni al sabio,
por su facilidad en el hablar. Pues todas estas cosas son medios de virtud para
los que usan bien de ellas, pero no contienen en si la felicidad. Por lo tanto,
el que usa mal de ellas, es digno de compasión; como lo sería el que tomando una
espada para vengarse de sus enemigos, se matase voluntariamente con ella a sí
mismo. Pero si usa bien y según la recta razón de las cosas que posee, y es
administrador de los bienes que de Dios ha recibido, y no los amontona por su
propia comodidad, es digno de alabanza y de amor por la caridad que tiene con
sus hermanos y por la generosidad de su carácter.
¿Sobresale alguno por su prudencia, y ha recibido el don de poder hablar de
Dios, y es expositor de las Sagradas Escrituras? No le envidies, ni desees que
calle el intérprete de las Sagradas Letras solo porque la gracia que ha recibido
del Espíritu Santo, es acompañada de aprobación y alabanza de sus oyentes. Es
bien tuyo, y es bien que ha sido enviado para ti (el don de enseñar de tu
hermano), si es que quieres recibirle. Nadie obstruye la fuente que mana en
abundancia. Cuando resplandece el sol, nadie se cubre los ojos, ni envidia a los
que gozan de su luz, ni desea tan solo para sí este placer. Pues bien, brotando
en la Iglesia el manantial de la divina palabra, y difundiéndose en los
corazones piadosos por los dones del Espíritu Santo, ¿no escuchas con gozo? ¿No
recibes con agradecimiento este favor? Pero te hieren los aplausos de los
oyentes, y querrías que no hubiese quien sacase fruto y quien alabase.
¿Qué excusa va a tener esto delante del juez de nuestras conciencias?
Estímese, pues, como hermoso por naturaleza el bien del alma. Y al que florece
por sus riquezas y al que goza de poder y buena disposición corporal y usa bien
de lo que tiene, es justo también que se le estime y respete, por cuanto posee
los medios comunes para vivir, y distribuye estas cosas con rectitud. Por su
generosidad en repartirlas es liberal con los pobres, da socorro corporal a los
enfermos. Todo lo demás que le queda cree ser tanto suyo como de cualquiera que
lo necesitase. Quien no procede así, más que digno de envidia lo es de
compasión, pues tiene mayores ocasiones para ser malo. Porque esto es perderse
con mayores riquezas y mercancías. Por lo tanto, si la riqueza es apoyo de la
injusticia, digno de compasión es el rico. Si es medio para la virtud, no tiene
lugar la envidia; pues su utilidad común se pone al alcance de todos; a no ser
que haya alguno tan perverso que envidie sus mismos bienes.
En una palabra; si elevas tus pensamientos sobre las cosas humanas, y pones tu
vista en la hermosura y gloria verdadera, muy lejos estarás de tener por dignas
de apetecerse y ser envidiadas las cosas perecederas y terrenas. El que está en
esta disposición y no admira las cosas mundanas como grandes, jamás será poseído
por la envidia.
Si a todo trance ansias la gloria y quieres sobresalir entre todos y por eso no
sufres ser el segundo (porque también esto es ocasión de envidia), dirige esa tu
pasión cual si fuera un torrente, hacia la adquisición de la virtud. No quieras
enriquecerte y buscar la gloria en las cosas de este mundo. No está esto en tus
manos. Mas si debes ser justo, sobrio, prudente, valeroso y sufrido en los
padecimientos y trabajos por causa de la virtud. De esta manera te salvaras a ti
mismo y por mejores bienes, adquirirás más gloria. Porque la virtud está en
nuestra mano, y puede adquirirla todo aquel que sea amante del trabajo. La
abundancia de riquezas y la hermosura del cuerpo y la honra de las dignidades,
no están a nuestro alcance. Por lo tanto, si la virtud es un bien mejor y más
duradero, y que sin controversias goza ante todos del primer puesto, a ella
debemos aspirar. Pero es muy difícil que la virtud se posesione de un alma, si
ésta no está limpia de todo vicio y, sobre todo, libre de la envidia.
¿No ves tú qué gran mal es la hipocresía? Pues también es fruto de la envidia.
Porque la doble cara del carácter, nace en los hombres, principalmente de la
envidia, puesto que teniendo el odio escondido dentro del corazón, muestran
exteriormente una falsa capa de caridad. Son semejantes a los escollos del mar,
que cubiertos con poca agua son un mal imprevisto para los incautos navegantes.
Por consiguiente, siendo verdad, que mana para nosotros de este vicio, como de
una fuente, la muerte, la pérdida de los bienes, el alejamiento de Dios, la
transgresión de los mandamientos y la ruina total de todos los bienes naturales,
obedezcamos al Apóstol y "no nos hagamos ambiciosos de la gloria vana
provocándonos unos a otros, envidiándonos mutuamente" (10), sino seamos más bien
"benignos, misericordiosos, perdonándonos los unos a los otros, como también
Dios nos perdono en Cristo" (11) Jesús, Señor Nuestro, por Quien sea la gloria
al Padre y al Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Así sea.
Notas
(1) Rm 1,29.
(2) 1R 18,7.
(3) 1R 24,3.
(4) 1R 26,7.
(5) Gn
37,28.
(6) Pr 23,6.
(7) Si 4,4.
(8) Con esto quiero hacer alusión a las caricaturistas, para quienes un defecto
puesto a la vista, constituye mérito, mientras que un pintor serio, como fue
Apelle, hubiera velado todo defecto, como lo hizo con el ojo de Alejandro. Es
célebre su respuesta a quien preguntaba: "¿Y dónde está el ojo ciego?". "Donde
está más bien vuestro juicio", le dijo.
(9) En los ejemplos aducidos no se trata de vicios opuestos a las virtudes, sino
de vicios que son la exageración viciosa de la respectiva virtud.
(10) Ga 5,26.
(11) Ep 4,32.
Introducción: torpe bestialidad del iracundo
Cuando las prescripciones de los médicos son oportunas y están conformes con lo
que aconseja el arte, su utilidad se manifiesta sobre todo después que se
experimenta. Así, en las exhortaciones espirituales, cuando los consejos están
confirmados por el éxito, es entonces cuando aparece lo sabía y últimamente que
fueron dados para la enmienda de la vida y para la perfección de aquellos que
los llevan a cabo. Pues cuando oímos las sentencias de los Proverbios que nos
enseñan que "la ira pierde aun a los prudentes" (1), cuando oímos la
amonestación del Apóstol: "Toda ira, indignación y alboroto con toda maldad,
esté lejos de vosotros" (2), y al Señor que dice que quien irrita temerariamente
a su hermano es reo de juicio (3); si hemos experimentado esta pasión que no
nace en nosotros, sino que se precipita desde fuera sobre nosotros como una
inesperada tempestad, entonces, sobre todo, conoceremos bien lo admirable de las
divinas amonestaciones. Y si a veces nosotros mismos hemos dado cabida a la ira,
como abriendo paso a un río impetuoso, y hemos experimentado la vergonzosa
tribulación de los poseídos por esta pasión, habremos llegado a conocer
entonces, la verdad de aquella sentencia: "El hombre iracundo no es honesto"
(4). Porque una vez que este vicio hace perder la razón usurpa después el
dominio del alma. Embrutece por completo al hombre no permitiéndole ser hombre,
pues ya no cuenta con el auxilio de la razón.
Lo que el veneno causa a los envenenados, eso mismo hace la ira en los que se
exasperan, rabian como perros, atacan como escorpiones, muerden como serpientes.
La Sagrada Escritura suele llamar con frecuencia a los dominados por este vicio,
fieras, a las que se asemejan en su maldad. Otras veces los llama perros que no
ladran (5); otras, serpientes, raza de víboras (6).
Y en efecto, los que están dispuestos a destrozarse mutuamente y a hacer daño a
sus semejantes, son con razón, contados entre las fieras y animales venenosos
que por naturaleza tienen odio implacable al hombre y le atacan.
La ira desenfrena la lengua y no hay guarda en la boca. Las manos sin sosiego,
las afrentas, los insultos, las maldiciones, las heridas y otras cosas que
quedan sin enumerar, son vicios engendrados por la ira y el furor.
También la espada, se afila por la ira, y la muerte del hombre se lleva a cabo
por manos humanas. Por ella los hermanos llegan a desconocerse entre sí. Los
padres y los hijos reniegan de su naturaleza. Pues los iracundos se olvidan en
primer lugar de sí mismos; después, de todos sus parientes. Y así como los
torrentes que van a morir en alguna concavidad, arrastran consigo cuanto se les
presenta delante, del mismo modo, los violentos e irresistibles ímpetus de los
iracundos, atropellan a todos por igual. No respetan las canas, ni la santidad
de vida, ni el parentesco, ni los beneficios recibidos, ni dignidad alguna. Es
la ira una locura pasajera.
En el afán de vengarse, los iracundos aun a sí mismo se precipitan muchas veces
en una desgracia evidente, despreciando su propio bienestar. Picados como con un
aguijón por el recuerdo de los que le han ofendido, hirviendo y saltando de
enojo, no paran hasta que hacen algún daño a quien les ha irritado. Sin embargo,
suele acontecer que son ellos los que lo reciben. Muchas veces sucede que las
cosas que violentamente se quiebran, padecen más de lo que dañan, por cuanto se
estrellan contra otras que las resisten.
Descripción del iracundo
¿Quién podrá explicar este mal? Los inclinados a la ira que se enciende por
cualquier cosa, gritan y se enfurecen, acometen más indecorosamente que
cualquier animal venenoso. No desisten hasta que en ellos revienta como burbuja
la ira, y hasta que se deshace la hinchazón que constituye su grave e incurable
mal. Ni el filo de la espada, ni el fuego, ni cualquier otra cosa terrible es
capaz de contener a un ánimo encendido en ira. Se parecen a los posesos del
demonio, de los cuales nada se diferencian los iracundos ni en su aspecto ni en
el estado de su mal. Pues a los que están sedientos de venganza les hierve la
sangre alrededor del corazón, como agitada e inflamada por la fuerza del fuego.
Saliendo al exterior presenta al airado en otra forma, mudándole la acostumbrada
y a todos conocida, como si se pusiese una careta en la escena. Se desconocen en
ellos los ojos propios y ordinarios. Su aspecto es fiero y su mirada despide
fuego y hasta aguza sus dientes como un jabalí. Su rostro esta lívido y
enrojecido. La mole de su cuerpo se entumece. Sus venas se hinchan por la
tempestad que ruge en su fatigoso alentar. Su voz áspera y muy levantada. Sus
inarticuladas palabras se precipitan temerariamente, sin proceder con lentitud,
ni con orden, ni con significación. Después que la causa de su exasperación ha
llegado al colmo y después que su ira se enciende más y más como la llama con la
abundancia de combustible, entonces es, cuando se ven espectáculos que ni la
lengua puede decir, ni de hecho se pueden tolerar. Levanta las manos contra el
amigo, y descarga con ellas golpes en todas partes de su cuerpo. Más aun; da
puntapiés, sin compasión, sobre los más delicados miembros. Todo lo que se le
pone delante sirve de arma a la ira. Y si la parte contraria se encuentra con el
mismo mal que le resiste, a saber, con otra rabia y locura semejante, entonces
cayendo el uno sobre el otro, hacen y sufren mutuamente cuanto es justo que
sufran los que luchan bajo semejante Espíritu. Las mutilaciones de los miembros,
y muchas veces también la muerte, lo cuentan los que luchan como premio de la
ira. Comenzó el uno a levantar sus manos sin razón, el otro lo rechaza; repitió
el otro el golpe, el segundo no cede. Y el cuerpo queda lastimado por las
heridas. Pero la ira hace que no se sienta el dolor. Pues ni tiempo tienen para
sentir lo que sufren, mientras tienen ocupada la mente en vengarse del que les
hiere.
Es necesario saber vencer con la mansedumbre
Premio reservado a los mansos
No curéis un mal con otro mal (7), ni porfiéis por vengaros unos a otros en
hacer daño. En las luchas malas, es más digno de compasión el que vence, porque
se retira con mayor pecado.
No te hagas deudor de un premio malo, ni pagues peor una deuda mala.
¿Te insulta el iracundo? Detén con tu silencio el daño. Recibiendo en tu corazón
como a un torrente la ira del otro, imitas a los vientos que rechazan con su
soplo lo que se les arroja. No tengas a tu enemigo por maestro. Ni imites lo que
odias. No te hagas como un espejo del que se irrita mostrando en ti mismo su
figura.
- Pero se enciende el otro...
- Y tú, ¿acaso no estás también encendido??
- Sus ojos arrojan sangre...
- Pero, dime, ¿los tuyos miran con serenidad?
- Su voz es áspera...
- Pero, ¿la tuya es suave?
En los desiertos, el eco devuelve la voz al que la emitió. Así también los
insultos vuelven al que los profirió. Mejor dicho, el eco vuelve el mismo, mas
el insulto viene aumentado. Porque, ¿qué es lo que suelen echarse en cara el uno
al otro los iracundos? El uno dice al otro: ¡plebeyo, descendiente del linaje
oscuro! El otro, en cambio, responde: ¡esclavo, e hijo de esclavos! Este:
¡pobre! Aquél: ¡mendigo! Este: ¡Ignorante! Aquél: ¡mentecato! Y así hasta que se
les acaban los insultos como agudas flechas. Después que han arrojado de su boca
como de una aljaba toda clase de improperios, pasan a la venganza por medio de
los hechos. Porque la ira excita la riña; la riña engendra los insultos; los
insultos, los golpes. ¡Y no pocas veces a los golpes siguen las heridas y la
muerte!
Consejos para dominar al iracundo
Alejemos el mal en su comienzo, arrojando de nuestras almas con todo empeño, la
ira. Porque de esta manera arrancaremos con este vicio, como con raíz y
fundamento, muchísimos males.
¿Te ha maldecido tu enemigo? Bendícele tú.
¿Te ha herido? Súfrelo.
¿Te desprecia y te tiene por nada? Piensa que "eres de tierra y en tierra te has
de convertir" 6 (8). Quien medita este pensamiento, toda deshonra encuentra
menor que la verdad. Si te muestras invulnerable ante las injurias, quitaras al
enemigo toda posibilidad de venganza. Además, ganas de esta manera para ti, gran
corona de paciencia, sirviéndote de la locura del otro como de ocasión para tu
propia virtud. Y si me crees, aun añadirás tu mismo otros oprobios a los que el
otro te dice.
¿Te llama plebeyo y hombre sin honor y sin ningún valor? Llámate a ti mismo
tierra y polvo: que no eres más noble que nuestro padre Abraham, y eso se
llamaba a sí mismo (9).
¿Te llama ignorante, pobre e indigno de todo? Tú, llámate gusano y di que tu
origen es el estiércol, usando del lenguaje de David 9 (10). Y a esto añade la
hazaña de Moisés: Injuriado por Aarón y María, no pidió a Dios que les
castigase, sino que rogo por ellos.
¿De quién quieres ser discípulo? ¿De los hombres amigos de Dios y justos, o de
los que están llenos del Espíritu de maldad?
Cuando se levante en ti la tentación de injuriar, piensa que estas en esta
alternativa: o de acercarte a Dios por la paciencia, o de acogerte por la ira al
enemigo. Da tiempo a tus pensamientos para que elijan el partido ventajoso.
Porque, o aprovechas algo a tu adversario con el ejemplo de la mansedumbre, o le
irritas más ferozmente con tu desprecio. Porque, ¿qué cosa hay más acerba para
un enemigo que el ver que su adversario le supera en las injurias?
No rebajes tu ánimo; ni consientas ponerte al alcance de tus injuriadores. Deja
que te ladre en vano; que se despedace a sí mismo. Que así como el que azota a
uno que no siente, se hace mal a sí mismo (porque ni se venga del enemigo ni
apacigua la ira), así el que ultraja a uno a quien no alteran los oprobios, no
puede encontrar descanso para su sufrimiento. Por el contrario, se despedaza,
como dije. Y ¿qué es lo que cada uno de vosotros gana con los que están
presentes? A él le llaman mezquino, a ti magnánimo; a él iracundo y cruel, a ti
sufrido y manso. El se arrepentirá de las cosas que dijo: tú nunca te
arrepentirás de tu virtud.
Cómo comportarse con los iracundos
¿A qué decir más? A él, su maledicencia le cerrara el reino de los cielos;
porque los iracundos no alcanzaran el reino de Dios (11); mientras que a ti te
abrirá el reino tu silencio. Porque el que haya sufrido hasta el fin, ese se
salvara (12). Pero si te vengas y te levantas igualmente contra el que te
injuria, ¿qué excusas vas a tener? ¿Que él te provoco primero? Y, ¿de qué perdón
es esto digno?
Tampoco el libertino que imputa el pecado de su cómplice porque le incito, deja
por eso de ser digno de condenación. Ni hay corona sin enemigos, ni caídas sin
luchadores. Oye a David que dice: "Mientras el pecador se puso en contra de mi,
ni me exasperé, ni me vengué, sino que enmudecí y me humillé y no dije nada de
los bienes" (13).
Tú te exacerbas con el ultraje como con un mal, y sin embargo le imitas como si
fuera un bien. Porque, mira, haces lo que reprendes.
¿Examinas con cuidado el mal ajeno, y tienes en nada tu propia vergüenza? ¿Es un
mal la ira? Guárdate de imitarla. Que no basta para excusarse el que haya
comenzado el otro. Más justo es, a mi parecer, volver contra ti la queja. El
otro no tuvo ejemplo para su enmienda. Tú, empero, viendo que el iracundo se
porta indecorosamente, le imitas y le indignas. Te enfureces y te irritas. Y así
tu pasión sirve de excusa al que comenzó. Con las mismas cosas que haces le
libras a aquél de culpa y te condenas a ti mismo. Pues si la ira es un mal, ¿por
qué no evitaste el daño? Y si merece perdón, ¿por qué te irritas contra el
iracundo?
De ahí que aunque fueres el segundo en la ofensa, nada te aprovecha esto. Porque
en las luchas por una corona no es coronado el que las comienza, sino el que
vence. Pues de igual manera no solo es condenado el que comenzó el mal, sino
también el que le siguió como a capitán hasta el pecado.
Si te llamo pobre, y lo eres, confiesa la verdad. Y si miente, ¿qué te importa a
ti de lo que diga?
Benignidad de Jesucristo
Cuando te dicen alabanzas que traspasan la raya de la verdad, no te enfureces.
Pues tampoco te exasperes con los ultrajes falsos y mentirosos. ¿No ves como las
saetas suelen penetrar en lo duro y resistente, y en las cosas blandas que
fácilmente ceden se estrella su ímpetu? Pues piensa que algo semejante pasa con
las injurias. El que les sale al encuentro, las recibe en sí; pero el que se
porta con blandura y cede, con la mansedumbre de su trato vuelve el mal dirigido
contra él.
Pero, ¿por qué te turba el nombre de pobre? Acuérdate de tu naturaleza. Entraste
desnudo en el mundo, y desnudo saldrás de él (14). Y, ¿qué cosa más pobre que un
desnudo? Por lo tanto, nada grave te han dicho; solo que te has apropiado a ti
solo lo que has oído. Nadie ha sido llevado a la cárcel por ser pobre. No es
deshonroso el ser pobre, sino el no sufrir con buen ánimo la pobreza. Acuérdate
del Señor que "siendo rico se hizo pobre por nosotros" (15).
Si te llaman necio e ignorante, acuérdate de las injurias con que los judíos
ultrajaron a la verdadera sabiduría: "Eres samaritano y tienes en ti al demonio"
(16). Y si te enfureces, confirmas los ultrajes. Porque ¿hay cosa más irracional
que la ira? Pero si permaneces sin airarte, avergüenzas al que se enfurece
mostrando con la obra tu virtud.
¿Has sido abofeteado? También el Señor lo fue (17).
¿Has sido escupido? También Nuestro Señor. Porque "no retiro su rostro de la
deshonra de la saliva" (18).
¿Has sido calumniado? También el eterno Juez.
¿Rasgaron tu túnica? A mi Señor se la desnudaron y "repartieron entre sí sus
vestidos" (19).
Aun no has sido condenado, aun no has sido sacrificado. Mucho te falta para que
llegues a su imitación.
Ejemplos de mansedumbre
Grábese cada una de estas cosas en tu mente y atemperaras la hinchazón. En
efecto: estos pensamientos y estos afectos contienen los saltos y trepidaciones
de nuestro corazón, y llevan al alma a la fortaleza y tranquilidad; esto era,
sin duda, lo que decía David: "Preparado estoy y no estoy turbado" (20).
Conviene, pues, reprimir este necio y vergonzoso movimiento del ánimo con el
recuerdo de los ejemplos de los varones justos. El gran David sufrió con
mansedumbre la petulancia de Semei. No daba tiempo que la ira le moviese, sino
que levantaba su mente a Dios y decía: "El Señor dijo a Semei que maldiga a
David" (21). Y oyéndose llamar sanguinario e inicuo, no se encendió de ira sino
que se humillaba como si fuese digno de ser insultado de aquella manera.
Aleja de ti estas dos cosas: el tenerte por digno de grandes cosas, y el tener a
hombre alguno por muy inferior a ti en dignidad. De esta manera, la ira jamás se
levantara contra ti por las injurias que recibas.
Grave sería que uno a quien has colmado de singulares gracias y beneficios, a su
ingratitud añadiese el ser el primero en injuriarte y deshonrarte. Grave seria a
la verdad. Sin embargo, mayor mal es para el que lo hace que para el que lo
sufre. Que injurie él: tú no le injuries. Sus palabras sean para ti ejercicio de
virtud. Si no te sientes impresionado, estas sin herida. Si tu ánimo sufre algo,
contén el ímpetu en ti mismo. Porque "en mi, dice, ha sido turbado mi corazón"
(22). Es decir, no dejo salir afuera la pasión, sino que, como a una ola que se
deshace dentro de los litorales, la ahogo. Contén el corazón que ladra y se
enfurece. Teman las pasiones la presencia de la razón, de la manera que los
niños temen cuando hacen alguna travesura, la presencia de algún varón
respetable.
Ventajas de la ira cuando es dócil a la razón
¿Y cómo evitaremos los funestos danos que trae consigo el irritarse?
Procurando persuadir a la ira que no se adelante a la razón. De esta manera, la
tendremos sujeta a nosotros como a un caballo. Obedecerá a la razón como a un
freno. No saldrá jamás de su propio puesto. Se dejara guiar a donde quiera le
conduzca la razón. Porque la irritación de nuestro Espíritu es útil para muchas
obras de virtud, siempre y cuando sea aliada de la razón contra el pecado.
Entonces, viene a ser como el soldado que rindiendo sus armas al general, acude
prontamente a prestar auxilio a donde le mandan. De igual manera, la ira cuando
está al servicio de la razón.
La ira es el nervio del alma. Le da energías para emprender buenas obras. Si
alguna vez la encuentra debilitada por el placer, la fortalece como un baño de
hierro. La convierte de blanda y muelle, en austera y varonil.
Ciertamente que si no te irritas contra el diablo, no te será posible odiarle
como merece. Así, pues, conviene a mi parecer, amar la virtud con el mismo
entusiasmo con que se debe odiar el pecado. Para esto es muy útil la ira,
siempre que se mantenga dócil a la razón y la siga, como al pastor el perro. En
efecto, muéstrase el perro, apacible y bueno ante el amo que le acaricia y le
obedece a la menor indicación. Sin embargo, ladra y se enfurece al llamado de
voz extraña, aunque parezca que la voz trae agasajos. Ante el grito del amigo o
del amo, por el contrario, se atemoriza y se calla. Este es el mejor y más apto
auxilio que a la parte razonable del alma, proporciona la ira. Porque el que así
procede, no se aplacara ni hará alianzas con los que ponen asechanzas. Nunca
admitirá la amistad con cosa alguna dañosa, sino que siempre ladrara y
despedazara como un lobo al placer engañador.
Exhortación para no torcer en daño nuestro lo que Dios nos concedió para nuestro
bien
Esta es la utilidad que se obtiene de la ira para los que saben valerse de ella.
Según el modo como se use de esta y otras energías, resulta un mal o un bien
para el que las tiene.
Por ejemplo; el que abusa de la parte concupiscible del alma para gozar de la
carne y de los deleites impuros, es abominable y lascivo; pero el que la vuelve
hacia Dios y hacia el deseo de los goces eternos, es digno de imitación, y
dichoso.
De igual manera, quien dirige bien la parte racional, es prudente y sabio: pero
el que aguza el entendimiento para daño del prójimo, es taimado y malhechor.
No convirtamos, pues, para nosotros, en ocasión de pecado, lo que el Creador nos
dio para nuestro bien.
La ira excitada cuando conviene y como conviene, produce la fortaleza, la
paciencia y la continencia. Sin embargo, si obra alejada de la recta razón, se
convierte en locura. Por eso nos amonesta el Salmo: "Irritaos y no pequéis"
(23). Y el Señor amenaza con su juicio al que se enoja sin causa (24); pero no
prohíbe que usemos de la ira como una medicina. Porque aquellas palabras:
"Pondré enemistad entre ti y la serpiente" (25), son propias de quien enseña que
se ha de usar la ira como un arma. Por eso Moisés, el más manso de todos los
hombres (26), para castigar la idolatría (27) armo las manos de los levitas con
intención de que diesen muerte a sus hermanos: "Ponga, dijo, cada uno la espada
a su cintura, y pasad de puerta en puerta y volved por los campamentos, y mate
cada uno a su hermano, cada uno a su vecino, cada uno a su allegado" (28). Y
poco después, dice: "Y dijo Moisés: Llenasteis hoy vuestras manos para el Señor
(29), cada uno en vuestro hijo y en vuestro hermano, para que sobre vosotros
venga bendición" (30).
¿Qué fue lo que santifico a Finés? ¿No fue su justa ira contra los lascivos? En
efecto, siendo sumamente manso y apacible, después que vio el pecado de Zambro y
la Madianita, cometido desvergonzadamente y a la vista de todos sin que
ocultasen el infame espectáculo de su torpeza, no pudiéndolo tolerar, uso
oportunamente la ira, atravesando a los dos con una lanza (31).
Y Samuel, ¿no mato con justa ira, sacándole del medio, a Agag, rey de Amalec,
salvado por Saúl contra el mandato de Dios? (32).
Por lo tanto, la ira es, muchas veces, medio para las buenas obras. El celoso
Elías dio muerte, para bien de todo Israel, con ira sabía y prudente, a 450
varones, sacerdotes de la confusión (33) y a 400 sacerdotes de los bosques (34),
que comían a la mesa de Jezabel (35).
Tu, empero, te irritas sin razón contra tu hermano. Porque ¿cómo no ha de ser
sin razón cuando siendo uno el que provoca, tú te irritas contra otro? Haces
como los perros, que muerden las piedras cuando no alcanzan al que las arroja.
El que es provocado es digno de compasión; pero el que provoca, de odio.
Desfoga tu ira contra el enemigo de los hombres, contra el padre de la mentira,
contra el autor del pecado. Mas compadécete de tu hermano, quien si aun así
permaneciere en el pecado, será entregado a fuego eterno con el diablo.
Así como son distintos los nombres de indignación e ira, así también debe
distinguirse lo que estos nombres significan. La indignación es como un incendio
y repentina inflamación del afecto. La ira es un dolor constante y una continua
ansia de pagar con la misma moneda a los que nos injurian, como si el alma
tuviera sed de venganza. Es necesario saber, pues, que por ambas partes pecan
los hombres: o excitándose furiosa y temerariamente contra los que les irritan,
o persiguiendo con engaños y acechanzas a los que les ofenden. Y de ambas cosas
debemos guardarnos.
Como frenar la ira
Y ¿qué se deberá hacer a fin de que esta pasión no ultrapase los límites?
Para ello aprende primero la humildad, la cual el Señor aconsejo con sus
palabras y mostró con sus obras. Porque unas veces dice: "El que quiera ser el
primero entre vosotros, sea el último de todos" (36); otras, tolera manso y sin
inmutarse al que le hiere (37).
El Hacedor y Señor del cielo y de la tierra, el que es adorado por todas las
criaturas tanto racionales como irracionales, "él que todo lo sostiene con la
palabra de su poder" (38), no arrojo vivo al infierno al que le hirió, haciendo
que abriese la tierra para que tragase al impío; sino que le amonesta y le
enseña: "Si he hablado mal, da testimonio de ello; pero si bien, ¿por qué me
hieres?" (39).
Si conforme al precepto del Señor, acostumbras a considerarte como el último de
todos, ¿cuándo te enfurecerás como si ultrajasen tu dignidad? Cuando te injuria
un niño pequeño te causan risa sus ultrajes. Cuando un loco te dice palabras
afrentosas, por más digno le tienes de compasión que de odio. No son, pues, las
palabras las que suelen excitar los disgustos, sino la soberbia que se levanta
contra el que nos injurio, y la estima que cada uno tiene de sí mismo. Por lo
tanto, si arrojas estas dos cosas de tu alma, las injurias que vengan serán
estrépitos que meten ruido en vano.
"Deja la ira y arroja la indignación" (40), para que así evites el peligro de
este vicio, "que se descubre desde los cielos, sobre toda impiedad e injusticia
de los hombres" (41).
Si con prudente determinación logras arrancar la amarga raíz de la ira,
extirparas con tal comienzo muchos vicios. Porque los engaños, las sospechas, la
infidelidad, la malicia, las acechanzas, la audacia, y todo el enjambre de
semejantes males, son frutos de este vicio.
Procuremos, pues, no atraernos un mal tan grande: enfermedad del alma,
obscuridad de la razón, alejamiento de Dios, ignorancia de la amistad, principio
de la guerra, colmo de calamidades, demonio malo que se engendra en vuestras
mismas almas, y se apodera como desvergonzado huésped de nuestro interior, y
cierra las puertas al Espíritu Santo. Porque donde hay enemistades, litigios,
riñas, contiendas, disputas, que producen en el alma horribles desasosiegos,
allí no descansa jamás el Espíritu de mansedumbre.
Obedeciendo, pues, el consejo del apóstol San Pablo, destiérrese de nosotros
toda ira, indignación y gritería con toda maldad (42). Seamos afables y
misericordiosos unos con otros, esperando el cumplimiento de la dichosa
esperanza prometida a los mansos: "Bienaventurados los mansos, porque ellos
poseerán la tierra" (43) en nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el
poder por todos los siglos. Amén.
Notas
(1) Pr 15,1.
(2) Ep 4,51.
(3) Mt 5,23.
(4) Pr 11,25.
(5) Is
56,10.
(6) Mt
23,33.
(7) Rm 12,17.
(8) Gn 3,19.
(9) Gn
28,27.
(10) Ps 21,7.
(11) Mt
10,22.
(12) Ps 38,2.
(13) Jb 1,21.
(14) Jb 1,21.
(15) 2Co 8,9.
(16) Jn 8.
(17) Jn 18.
(18) Mc
15,19 Is
50,6.
(19) Mt 11,7.
(20) Ps
118,60.
(21) 2S
16,10.
(22) Ps
142,4.
(23) Ps 4,5.
(24) Mt 5,22.
(25) Gn 3,15.
(26) Nb
25,17.
(27) Nb 12,3.
(28) Ex
32,27.
(29) Es decir: "Habéis consagrado hoy vuestras manos al Señor". Porque aunque en
hebreo se lea llenar, bien puede traducirse por "iniciar" o "consagrado"; pues
como expone Pagnino, a ninguno era lícito ejercer el cargo de sacrificar sin que
llenase antes sus manos con partes de los sacrificios.
(30) Ex
22,29.
(31) Nb
25,2.
(32) 1S
15,33.
(33) O "sacerdotes de Baal", como se lee en hebreo y en la Vulgata.
(34) "Los sacerdotes de los bosques", o de otros dioses a quienes se ofrecían
sacrificios en las selvas y bosques, como comenta el P. Comelio a Lapide. Calmet
dice que eran los sacerdotes de la diosa de los bosques, es decir, de Astarté, a
los cuales favorecía especialmente Jezabel.
(35) 1R
18,22-40.
(36) Mc 9,34.
(37) Jn
18,22.
(38) He 1,3.
(39) Jn
18,23.
(40) Ps 36,8.
(41) Rm 1,18.
(42) Ep 4,31.
(43) Mi 5,4.
Entre las obras de San Basilio figuran veintitrés discursos "a Simone magistro
ac sacri palatii quaestore, ex eius scriptis olim in unum congestae". En
realidad, son una selección de pensamientos, copiados literalmente y unidos por
materias que forman distintos sermones. Usamos los discursos 17 y 20 e indicamos
los lugares de las obras del santo Doctor de donde han sido elegidos los
párrafos correspondientes. Los textos seleccionados se relacionan con las
tentaciones de soberbia y ambición.
"Es muy difícil que quien no se resigna nunca a ocupar el último puesto ni a ser
el menor de todos, pueda resistir los ataques de la ira o sufrir con paciencia
los contratiempos. En cambio, el humilde, que, cuando se ve menospreciado,
confiesa ser todavía inferior, difícilmente se turbará, y si un día le llaman
pobre, sabe muy bien que lo es, porque lo necesita todo, y porque no puede vivir
sin la ayuda diaria de Dios". Si le echan en cara su humilde origen, se acuerda
del barro. "Lo mismo de difícil es no aplanarse en la desgracia como no
ensoberbecerse en la prosperidad, porque los hombres fatuos, si se ven honrados
y observados, se engríen más todavía" (cf. Hom. 7, ex comm. in
Ps 61).
"Dícese ambicioso aquel que habla u obra movido por ese miserable y vacío honor
de este mundo, dando, por ejemplo, limosnas para ser alabado. Como quiera que
este tal busca su propia utilidad, no podemos decir de él ni que es
misericordioso ni que hace el bien a sus semejantes". Tal fue el delito de
Ananías, al que no se le dio tiempo siquiera para arrepentirse (Ac
5,1-10). "El Señor, que resiste a los soberbios y exalta a los humildes,
ha dado su palabra de que derribará por tierra la virtud de los fatuamente
hinchados. Por lo tanto, todo el que se dedica a confundir la soberbia de estos
tales, en realidad los libra y borra la semejanza que tenían con el demonio,
padre de todo fasto y soberbia, persuadiéndoles a que sean verdaderos discípulos
del que se nos propuso como modelo de mansedumbre y humildad" (ibid., Ex comm.
in Ep.). "Y si alguna vez observas que tu hermano ha incurrido en algún delito,
no detengas en eso tu pensamiento; examina despacio todo lo bueno que ha hecho y
hace, y a buen seguro comprobarás que es mejor que tú. Las personas deben
juzgarse no por un detalle, sino por el conjunto, como hace el mismo Dios". Así
juzgó al rey Josafat, a quien perdonó un grave delito por otras buenas obras ().
No te juzgues nunca superior a nadie, no sea que, absuelto por tu propia
sentencia, vengas a ser castigado por otra muy justa del cielo. Si crees haber
hecho algo bueno, da gracias a Dios, pero no te creas superior a nadie..., no te
ocurra lo que al demonio, que quiso subir por encima del hombre, y Dios lo
derribó de tal forma que ahora lo podemos pisotear' (cf. Hom. 17, Ex cont. de
humilitate).
Es necesario que gobiernen los más dignos, aunque muchas veces la necedad de los
hombres procure lo contrario. Deben los jefes sobresalir en toda clase de
virtudes, pues como sean ellos, así, por lo general, serán los ciudadanos. Si
muchos pintores copian el mismo rostro, todos reproducirán idénticos rasgos. "La
verdadera y perfecta obediencia de los súbditos a sus superiores consiste no
sólo en evitar el mal que se prohíbe, sino en no llevar a cabo ni aún lo que es
laudable, fuera de su dirección..." "El príncipe y todo el que gobierna ha de
procurar no dejarse ensoberbecer por su cargo, para no perder el premio que
merece la humildad. Y el que sirva al rey, tampoco se engría pensando si ocupa
tales o cuales puestos... Bástenos la gran dignidad de podernos llamar siervos
de tan gran Señor. Del mismo modo que no hemos de tributar culto más que a Dios,
tampoco debemos colocar nuestra esperanza sino en el Señor de todas las cosas.
El que espera de los hombres o se ufana de cualquier negocio temporal, como el
poder, la riqueza o alguna nadería de las que tanto estima el vulgo, ya no puede
decir: Yavé, mi Dios, a ti me acojo (Ps
7,2), pues se nos ha avisado que no coloquemos nuestra esperanza en los
príncipes (Ps
145,3)..." (cf. Hom. 20, Ex ascético).
LA ACCIÓN DEL ESPÍRITU SANTO
(El Espíritu Santo, IX,22-23)
Quien haya escuchado los nombres que se dan al Espíritu Santo, ¿no elevará en su
interior el pensamiento a la suprema naturaleza? Pues al Espíritu de Dios se le
llama también Espíritu de verdad, que procede del Padre; Espíritu recto,
Espíritu principal. Pero Espíritu Santo es su nombre propio y peculiar, porque
ciertamente es el nombre que expresa, mejor que ningún otro, lo incorpóreo, lo
limpio de toda materia e indiviso. Por eso el Señor, enseñando que lo incorpóreo
no se puede comprehender, dijo a aquella mujer que pensaba que Dios es adorado
en un lugar: Dios es Espíritu (Jn
4,24).
Por tanto, al oír Espíritu, no es lícito moldear en el entendimiento la idea de
una naturaleza circunscrita a un lugar, sujeta a cambios y alteraciones, en todo
semejante a una criatura; sino que escudriñando con el pensamiento hacia lo más
elevado que hay dentro de nosotros, se debe pensar forzosamente en una sustancia
inteligente, infinita en cuanto a su poder, no situada en un lugar por su
magnitud, no sujeta a la medida de los tiempos ni de los siglos, que da
generosamente las cosas buenas que posee.
Hacia el Espíritu Santo converge todo lo que necesita de santificación. Es
apetecido por todo lo que tiene vida, ya que con su soplo refresca y socorre a
todos los seres para que alcancen su fin propio y natural. Es el que perfecciona
todas las cosas, pero sin faltarle nada; no vive por renovación, sino que
mantiene la vida; no aumenta con añadidos, sino que constantemente está lleno,
firme en sí mismo, se encuentra en todas partes.
El Espíritu Santo es origen de la santificación, luz inteligible que a toda
potencia racional confiere cierta iluminación para buscar la verdad. Inaccesible
por naturaleza, pero alcanzable por benignidad. Todo lo llena con su poder, pero
solo es participable por los que son dignos. No todos participan de Él en la
misma medida, sino que reparte su fuerza en proporción a la fe. Simple en
esencia, múltiple en potencia. Esta presente por entero en cada cosa, y todo en
todas partes. Se divide sin sufrir daño, y de Él participan todos permaneciendo
integro. Así como el rayo de sol alumbra la tierra y el mar y se mezcla con el
aire, pero se entrega al que lo disfruta como si fuera para él solo; así también
el Espíritu Santo infunde la gracia suficiente e íntegra en todos los que son
aptos para recibirle, ya sean muchos o uno solo; y los que de Él participan, le
gozan en la medida que les es permitido por su naturaleza, no en cuanto a Él le
es posible.
La unión del Espíritu Santo con el alma no se realiza por cercanía de lugar
(¿cómo Podrías acceder corporalmente a lo incorpóreo?), sino por el apartarse de
las pasiones, que, añadidas más tarde al alma por su amistad con la carne, se
hicieron extrañas a la intimidad con Dios.
Solamente si el hombre se purifica de la maldad que había contraído con el
pecado, si retorna a la natural belleza y, como imagen de un rey, vuelve por la
pureza a la primitiva forma, solo entonces podrá acercarse al Paráclito. Y El,
como el sol, alcanzando al ojo que está limpio, te mostrara en sí mismo la
imagen del que no se puede ver. En la bienaventurada contemplación de su imagen
veras la inefable hermosura del arquetipo.
Por El los corazones se levantan hacia lo alto, los enfermos son llevados de la
mano y se perfeccionan los que están progresando. Dando su luz a los que están
limpios de toda mancha, les vuelve espirituales gracias a la comunión que con El
tienen. Y del mismo modo que los cuerpos nítidos y brillantes, cuando les toca
un rayo de sol, se tornan ellos mismos brillantes y desprenden de si otro
fulgor, así las almas que llevan el Espíritu son iluminadas por el Espíritu
Santo y se hacen también ellas espirituales y envían la gracia a otras. De ahí
viene entonces la presciencia de las cosas futuras, la comprensión de las
secretas, la percepción de las ocultas, la distribución de los dones, la
ciudadanía del cielo, las danzas con los ángeles; de ahí surge la alegría sin
fin, la perseverancia en Dios, la semejanza con Dios y lo más sublime que se
puede pedir: el endiosamiento.
CONFIGURARSE CON CRISTO
(El Espíritu Santo, XV; 35-36)
La economía de nuestro Dios y Salvador acerca de los hombres consiste en volver
a llamarnos después de la caída y en reconducirnos a su amistad después de la
separación producida por la desobediencia. Por esto, la venida de Cristo en la
carne, su predicación evangélica, sus sufrimientos, la cruz, la sepultura, la
resurrección, ha hecho posible que el hombre, salvado por la imitación de
Cristo, recupere su primitiva filiación adoptiva.
Para el perfeccionamiento de tal vida es, pues, necesario imitar a Cristo no
solo en los ejemplos de benignidad, humildad y paciencia que nos mostró con su
vida; sino también en el de su propia muerte, como dijo Pablo, el imitador de
Cristo: asemejándome a su muerte, de modo que al cabo pueda arribar a la
resurrección de los muertos (Ph
3,10-11).
¿Cómo nos haremos imitadores de su muerte? Sepultándonos con El en el Bautismo
(cf. Rm
6,4-5). ¿De qué modo es la sepultura y qué fruto se deriva de tal
imitación? Primero es necesario cortar radicalmente con la vida pasada. Y esto
solo es posible mediante una nueva generación, según las palabras del Señor (cf.
Jn 3,3):
la misma palabra regeneración significa el principio de una segunda vida, de
modo que, antes de alcanzarla, es necesario dar fin a la anterior. Pues así como
los que han llegado al final del estadio, antes de dar la vuelta, se paran y
descansan un momento, así también parecía necesario que mediara la muerte en el
cambio de las vidas, de manera que acabe primero una y comience después la
siguiente.
¿Cómo realizamos el descenso a los infiernos? Imitando por el Bautismo la
sepultura de Cristo, pues los cuerpos de los que se bautizan son sepultados en
el agua. Y es que el Bautismo manifiesta simbólicamente la deposición de las
obras de la carne, según dice el Apóstol: vosotros también habéis sido
circuncidados con circuncisión no hecha por mano que cercena la carne, sino con
la circuncisión de Cristo, al ser sepultados con Él por el Bautismo (Col
2,11-12). En cierto modo sucede que, por el Bautismo, el alma se limpia
de la suciedad procedente de los sentidos carnales, según lo que está escrito (Ps
50,9): me lavarás y quedaré más blanco que la nieve.
De ahí que somos limpiados de todas y cada una de las manchas, no según la
costumbre judía sino por el único Bautismo salvador que conocemos, puesto que
una sola es la muerte en beneficio del mundo y una sola la resurrección de entre
los muertos, y el Bautismo es figura de las dos. Para este fin, el Señor, que se
preocupa de nuestra vida, estableció para nosotros la alianza del Bautismo,
figura de la muerte y tipo de la vida: imagen de la muerte porque el agua cubre
completamente, y prenda de la vida porque esta contenido el Espíritu Santo.
Y así se nos hace evidente lo que nos preguntábamos: por qué el agua fue unida
al Espíritu Santo. Porque, encontrándose dos fines en el Bautismo -que el cuerpo
quede libre del pecado para que no produzca más frutos de muerte, y que viva por
el Espíritu Santo y dé fruto de santificación-, el agua manifiesta la imagen de
la muerte, acogiendo al cuerpo como en un sepulcro, y el Espíritu Santo envía la
fuerza vivificadora, devolviendo nuestras almas de la muerte a la primitiva
vida.
Esto es nacer de nuevo del agua y del Espíritu (cf.
Jn 3,5),
porque la muerte se completa en el agua y nuestra vida se fortalece por el
Espíritu. Por ello, el gran misterio del Bautismo se realiza con tres
inmersiones y otras tantas invocaciones, para dar a entender la figura de la
muerte y para que las almas de los bautizados sean iluminadas mediante la
entrega de la ciencia divina. Por tanto, si hay gracia en el agua, no procede de
su naturaleza, sino de la presencia del Espíritu Santo, pues el Bautismo no es
la eliminación de la suciedad corporal, sino la promesa de la buena conciencia
para con Dios (cf.
1P 3,21).
El Señor, para prepararnos a esta vida que surge de la resurrección propone toda
la predicación evangélica y prescribe la serenidad, la resignación, el amor puro
libre de los deleites de la carne, el desapego del dinero, a fin de que todo
cuanto el mundo posee según la naturaleza, nosotros, al recibirlo, lo pongamos
en su sitio con nuestra elección. Por esto, si alguno dice que el Evangelio es
figura de la vida que surge de la resurrección, a mi parecer, no se equivocaría.
Por el Espíritu Santo se nos da la recuperación del paraíso, el ascenso al Reino
de los Cielos, la vuelta a la adopción de hijos, la confianza de llamar Padre al
mismo Dios, el hacernos consortes de la gracia de Cristo, el ser llamado hijo de
la luz, el participar de la gloria del Cielo; en un palabra, el encontrarnos en
la total plenitud de bendición tanto en este mundo como en el venidero, pues al
contemplar como en un espejo la gracia de las cosas buenas que se nos han
asegurado en las promesas, las disfrutamos por la fe como si ya estuvieran
presentes. Si la prenda es así, ¿de qué modo será el estado final? Y si tan
grande es el inicio, ¿cómo será la consumación de todo?
RECOGIMIENTO-INTERIOR
(Epístola 11,2-4)
Si alguien quiere venir en pos de mi, dice el Señor, niéguese a sí mismo, tome
su cruz y sígame (Mt
16,24). Para eso hay que procurar que el pensamiento se aquiete. No es
posible que los ojos, si se mueven continuamente de un lado para otro, arriba y
abajo, vean con claridad los objetos. Solo cuando se fija la mirada la visión es
clara. Del mismo modo, es imposible que la mente de un hombre que se deje llevar
por las infinitas preocupaciones de este mundo, contemple clara y establemente
la verdad. Quien no está sujeto por los lazos del matrimonio se ve turbado por
ambiciones, impulsos desenfrenados y amores locos; a quien ya tiene sobre si el
vínculo conyugal, no le faltan un tumulto de inquietudes: si no tiene hijos, el
anhelo de tenerlos; si los tiene, la preocupación de educarlos, el cuidado de su
mujer y de la casa, el gobierno de sus criados, la tensión que los negocios
traen consigo, las riñas con los vecinos, los pleitos en los tribunales, los
riesgos del comercio, las fatigas de la agricultura. Cada día que alborea trae
consigo particulares cuidados para el alma; y cada noche, heredera de las
preocupaciones del día, inquieta el ánimo con los mismos pensamientos.
Hay un solo camino para liberarse de estos afanes: aislarse. Pero esta
separación no consiste en estar físicamente fuera del mundo, sino en aliviar el
ánimo de sus lazos con las cosas corporales, estando desprendido de la patria,
de la casa, de las propiedades, de los amigos, de las posesiones, de la vida, de
los negocios, de las relaciones sociales, del conocimiento de las ciencias
humanas; y preparándose para recibir en el corazón las huellas de la enseñanza
divina. Esta preparación se alcanza despojando el corazón de lo que, a causa de
un hábito malo y muy enraizado, lo monopoliza. No es posible escribir sobre la
cera si no se borran los caracteres precedentes; tampoco se pueden imprimir en
el alma las enseñanzas divinas, si antes no desaparecen las costumbres que
estaban.
El recogimiento procura grandes ventajas. Adormece nuestras pasiones, y otorga a
la razón la posibilidad de desarraigarlas completamente. ¿Cómo se puede vencer a
las fieras, sino con la doma? Así la ambición, la ira, el miedo y la ansiedad,
pasiones nocivas del alma, cuando se aplacan con la paz privándolas de continuos
estímulos, pueden ser derrotadas más fácilmente.
El ejercicio de la piedad nutre el alma con pensamientos divinos. ¿Qué cosa más
estupenda que imitar en la tierra al coro de los ángeles? Disponerse para la
oración con las primeras luces del día, y glorificar al Creador con himnos y
alabanzas. Más tarde, cuando el sol luce en lo alto, lleno de esplendor y de
luz, acudir al trabajo, mientras la oración nos acompaña a todas partes,
condimentando las obras -por decirlo de algún modo- con la sal de las
jaculatorias. Así tenemos el ánimo dispuesto para la alegría y la serenidad. La
paz es el principio de la purificación del alma, porque ni la lengua parlotea
palabras humanas, ni los ojos se detienen morosamente a contemplar los bellos
colores y la armonía de los cuerpos, ni el oído distrae la atención del alma en
escuchar los cantos compuestos para el placer o palabras de hombres, que es lo
que más suele disipar al alma. La mente no se dispersa hacia el mundo exterior.
Si no es llevada por los sentidos a derramarse sobre el mundo, se retira dentro
de sí misma, y de allí asciende hasta poner el pensamiento en Dios (...).
Entonces, libre de preocupaciones terrenas, pone toda su energía en la
adquisición de los bienes eternos. ¿Cómo Podrían alcanzarse la sabiduría y la
fortaleza, la justicia, la prudencia y todas las demás virtudes que señalan al
hombre de buena voluntad el modo más conveniente de cumplir cada acto de la
vida?
La vía maestra para descubrir nuestro camino es la lectura frecuente de las
Escrituras inspiradas por Dios. Allí, en efecto, se hallan todas las normas de
conducta. Además, la narración de la vida de los hombres justos, transmitida
como imagen viva del modo de cumplir la voluntad de Dios, se nos pone ante los
ojos para que imitemos sus buenas acciones. Y así cada uno, considerando aquel
aspecto de su carácter que más necesita de mejora, encuentra la medicina capaz
de sanar su enfermedad, como en un hospital abierto a todos.
El que desea la continencia, medita largamente la historia de José y aprende de
él a vivir la templanza, pues se da cuenta de que José no solo fue continente,
sino que estuvo dispuesto a ejercitar la virtud en todo, gracias a un hábito
bien radicado. Se aprende la valentía de Job, cuando las circunstancias de su
vida cambiaron radicalmente, y de un solo golpe dejo de ser rico para
convertirse en pobre, y siendo padre de una familia feliz, se encontró de
repente sin hijos. Entonces, no solo permaneció constante manteniendo siempre el
sentido sobrenatural, sino que ni siquiera se enfado contra los amigos que,
pretendiendo consolarle, le insultaban, haciendo más intenso su dolor.
Cuando alguien desea ser manso y magnánimo al mismo tiempo, y así manifestar
intransigencia contra los errores y comprensión con los hombres, encontrara que
David era valeroso en las nobles empresas de la guerra, pero dulce y manso en el
trato con los enemigos. Así era también Moisés, cuando se encolerizaba
grandemente con las ofensas de los que pecaban contra Dios, y soportaba
serenamente las calumnias dirigidas a él mismo.
(...) Las oraciones, en fin, además de la lectura, hacen el ánimo más joven y
más maduro, ya que le mueven al deseo de poseer a Dios. Es bonita la oración que
hace más presente a Dios en el alma. Precisamente en esto consiste la presencia
de Dios: en tener a Dios dentro de sí mismo, reforzado por la memoria. De este
modo nos convertimos en templo de Dios: cuando la continuidad del recuerdo no se
ve interrumpida por preocupaciones terrenas, cuando la mente no es turbada por
sentimientos fugaces, cuando el que ama al Señor esta desprendido de todo y se
refugia solo en Dios, cuando rechaza todo lo que incita al mal y gasta su vida
en el cumplimiento de obras virtuosas.
EL DEBER DE TRABAJAR
(Reglas más amplias 37,1-2)
Dice Nuestro Señor Jesucristo que quien trabaja merece su sustento (Mt
10,10); (el alimento), por tanto, no es simplemente un derecho debido a
todos sin distinción, sino de justicia para quien trabaja. El Apóstol también
nos manda trabajar con nuestras propias manos para tener con qué ayudar a los
necesitados (cf.
Ep 4,28).
Es claro, por tanto, que hay que trabajar, y hacerlo con diligencia. No podemos
convertir nuestra vida de piedad en un pretexto para la pereza o para huir de la
obligación. Todo lo contrario. Es un motivo de mayor empeño en la actividad y de
mayor paciencia ante las tribulaciones, para que podamos repetir: con trabajos y
fatigas, en frecuentes vigilias, con hambre y sed (2Co
11,27). Este tenor de vida no solo nos sirve para mortificar el cuerpo,
sino también para demostrar nuestro amor al prójimo, y que, mediante nuestras
manos, Dios conceda lo necesario a los hermanos más débiles según el ejemplo del
Apóstol, que dice en los Hechos: os he enseñado en todo que trabajando así es
como debemos socorrer a los necesitados (Ac
20,35); y también: para que tengáis con qué ayudar al necesitado (Ep
4,28). De esta manera, un día seremos dignos de escuchar estas palabras:
venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros
desde la creación del mundo: porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed
y me disteis de beber (Mt
25,34-35).
¿Hace falta insistir en que el ocio es malo, si el mismo Apóstol dice
abiertamente que el que no trabaja no ha de comer? Igual que el alimento diario
es necesario, también lo es el trabajo cotidiano. No en vano, Salomón ha escrito
esta alabanza (de la mujer laboriosa): el pan que come no es fruto de pereza (Pr
31,27). El Apóstol dice de sí mismo: ni comimos gratis el pan de nadie,
sino trabajando día y noche con cansancio y fatiga (2Th
3,8) a pesar de que, como predicador del Evangelio, tenía derecho a
vivir de su predicación. El Señor unió la malicia a la pereza cuando dijo:
siervo malo y perezoso (Mt
25,26). Y también el sabio Salomón, no solo alaba a quien trabaja, sino
que condena al vago enviándolo junto al animal más pequeño: ¡vete donde la
hormiga, perezoso!, le dice (Pr
6,6). Por tanto, hemos de temer que estas palabras nos sean dirigidas en
el día del juicio, porque quien nos ha dado energías para trabajar exigirá que
nuestras obras sean proporcionales a esas fuerzas. A quien mucho se le ha dado,
mucho le será exigido (Lc
12,48) (...).
Mientras movemos nuestras manos en el trabajo, debemos dirigirnos a Dios con la
lengua-si es posible o útil para edificar nuestra fe-, o al menos con el
corazón, mediante salmos, himnos y cantos espirituales, y así rezar también
durante nuestra ocupación, dando gracias a quien pone en nuestras manos la
fuerza para trabajar, da a nuestra mente la capacidad de conocer y nos
proporciona la materia, tanto de los instrumentos como de los objetos que
fabricamos. Y todo esto, suplicando que nuestras obras sean del agrado de Dios.
A) Escogemos los pensamientos fundamentales de dos homilías del santo Doctor
(cf. Ad Populum variis argumentis homiliae XIX. Homiliae I et II de ieiunio Divi
Basilii Magni... omnia quae in hunc diem latino sermone donata sunt opera. Apud
Philippum Nuntium Antuerpiae, MDLXVIII, p. 128).
a) EXHORTACIÓN Entonad un canto, tocad los címbalos, la dulce citara y el arpa;
haced resonar en este mes las trompetas, en el plenilunio, en nuestra fiesta (Ps
80,3-4). Nuestra pascua se acerca también y hemos de resonar las
trompetas de la Escritura, que nos invitan al ayuno (uf. Hom. 1 initio). Sube a
un alto monte y anuncia a Sión la buena nueva (Is
40,9). El militar arenga a sus soldados y los inflama, de tal modo que
desafían a la muerte; el entrenador pone delante de sus atletas la corona del
premio, y al oírle no se arredran ya por ningún esfuerzo. Dejadme a mí que os
dirija la palabra para alentaros a esta batalla del ayuno, preparatorio de la
gran fiesta. ¡Animo, soldados de Cristo, vamos a luchar contra las potestades
invisibles! Los soldados y atletas robustecen su cuerpo para pelear. Nosotros,
por el contrario, lo enflaquecemos para vencer. Lo que los masajes de aceite son
para los músculos es la mortificación para el alma. El ayuno es útil en todo
tiempo e impide siempre los ataques del demonio. Pero, sobre todo, se promulga
por él en el orbe entero el edicto penitente. Soldados y caminantes, maridos y
mercaderes, lo reciben con gozo. Nadie, pues, se excluya del censo que los
ángeles van formando por las ciudades, viendo quién ayuna. ¿Eres rico? No creas
al ayuno indigno de tu mesa. ¿Pobre? No digas que es el campanero eterno de la
tuya. ¿Nino? ¿Qué mejor escuela? (Hom. 2). Alegrad, pues, vuestros rostros. Los
histriones representan el papel de los hipócritas asumiendo el tipo de
personajes que no son. No lo hagas tú; ayuna, y ayuna con alegría (Hom. 1).
b) EJEMPLOS DE AYUNO "Todo lo que se distingue por su antigüedad es venerable".
Nada más antiguo que el ayuno. En el paraíso, el pequeño precepto impuesto por
Dios no consistió sino en una muestra de abstinencia (Gn
3,3). "Por no ayunar fuimos expulsados del edén; ayunemos, pues, para
que se vuelvan a abrir sus puertas". Elegid entre Eva y Lázaro (Lc
16,21); la una se perdió por gula y el otro se salvo por sus
privaciones. Moisés, antes de subir al monte, se preparo con un largo ayuno (Ex
24,18), y allí, mientras continuaba privado de todo alimento, Dios le
fue escribiendo con su dedo los mandamientos en dos tablas. ¿Qué ocurrió entre
tanto al pie del monte? Que el pueblo se sentó para comer y se levanto para
jugar, y de la comida y el juego vino a caer en la idolatría. Esaú perdió la
primogenitura por su ansiedad de comida (Gn
25,29-34). Samuel nació en premio de la oración y del ayuno de su madre
(1S 1,10).
El ayuno convirtió en inexpugnable a Sansón (Jc
13,24-25). Los profetas eran grandes ayunadores, como Eliseo, cuyo
escaso y sencillo alimento en casa de la Sunamitide nos describe la Escritura (2R
4,8-10). Los jóvenes del horno y Daniel, vencedores del fuego y de los
leones, dieron asimismo ejemplo de la abstinencia. El ayuno apago las llamas y
cerro las fauces del león (Da
3,19ss
Da 6,16-23).
San Juan, el mayor entre todos los nacidos; San Pablo, que enumera el ayuno
entre todos las demás sufrimientos de que se gloria... Pero ¿a qué seguir, si
tenemos ahí a nuestra cabeza y Señor, que, para darnos ejemplo, ayuno cuarenta
días? (Serm 1 y 2).
c)
EL AYUNO,
ÚTIL PARA EL CUERPO Y PARA EL ALMA:
No busques pretextos para excusarte, porque estás hablando con Dios, que lo sabe
todo. ¿Que no puedes ayunar y, en cambio, te regalas con grandes comilonas? Mas
perjudican éstas a la salud que el ayuno. El cuerpo que se embota a diario con
demasiada comida, es como un buque cargado en exceso, y en peligro de hundirse
al menor soplo de las olas. A juzgar por la vida de muchos, no parece sino que
es más cómodo correr que descansar, luchar que vivir tranquilo, pues prefieren
las enfermedades a una parquedad saludable Y si venimos al orden Espiritual, "el
ayuno es quien da alas a la oración para que pueda subir al cielo; es la firmeza
de la familia, la salud de la madre y el maestro de los hijos". Después de
ponderar la sana alegría de una comida decerosa, tras la práctica del ayuno,
porque el sol brilla más claro al cesar la tormenta, y las continuas delicias
vuelven insípido al mismo placer, continua San Basilio: "Añade a todo esto que
el ayuno no solo te libra de la condenación futura; sino que te preserva de
muchos males y sujeta tu carne, de otro modo indómita... Ten cuidado, no sea
que, por despreciar ahora el agua, tengas después que mendigar una gota desde el
infierno". Vivís en la crápula y os olvidáis de alimentar el alma con los dogmas
y la doctrina, "como si no supierais que vivimos en batalla perpetua y que quien
abastece a una de las partes influye en la derrota de su contraria, y, por lo
tanto, el que sirve a la carne aniquila al Espíritu, mientras que quien le ayuda
reduce a servidumbre al cuerpo... Si quieres robustecer al alma, habrás de domar
la carne con el ayuno, conforme a la sentencia del Apóstol, el cual nos enseñaba
que cuanto más se corrompe el hombre exterior, más se renueva el interior... (Ep
4,22-24). ¿Quién es el que ha conseguido participar de la mesa eterna,
repleta de dones espirituales, viviendo aquí en espléndida abundancia? Moisés
para recibir la ley necesito del ayuno, y ni no hubieran recurrido a él los
ninivitas (Jn
3,10), habrían perecido,. ¿Quiénes dejaron sus huesos en el desierto,
sino los que recordaban ansiosos las carnes de Egipto?" El ayuno es el pan de
los ángeles y nuestra armadura contra los Espíritus inmundos, que no son
arrojados sino por él (Mt
17,20) y por la oración (Hom. 1). ¿Cuándo habéis visto que el ayuno
engendre la lujuria? ¿No veis como en nuestra ciudad cesan las canciones
meretricias y los bailes impúdicos en cuanto nos dedicamos a ayunar? El ayuno
nos asemeja a los ángeles (Hom. 2). Pero tened cuidado de no mezclar otros
vicios con vuestra abstinencia. Extiéndese aquí largamente San Basilio sobre los
que ayunan, pero beben inmoderadamente, y añade: Perdonad al prójimo y componed
los pleitos, no sea que ayunéis de carne y devoréis a vuestros hermanos.
a) INTERROGATORIO 75:
"¿Podemos atribuir al demonio todos los pecados, tanto de pensamiento como de
palabra y de obra?"
b) RESPUESTA:
"En general opino que Satanás no puede obligar a nadie a pecar, sino que,
utilizando las inclinaciones de cada uno y los deseos prohibidos, consigue
arrastrar a los que viven descuidados hacia las vicios que les son propios.
Sírvese como de ayuda de las tendencias naturales, tal y como ocurrió con
Cristo, cuando, al verlo hambriento, se le acerco para decirle: Si eres Hijo de
Dios... En el caso de Judas se sirvió de los deseos perniciosos, pues al
percibir su inclinación a la avaricia, le empujo a vender al Señor por treinta
dineros"... "Pero es evidente también que el mal nace muchas veces de nosotros
mismos, y lo atestigua Cristo cuando dijo que los pensamientos malos salen del
corazón" (Mt
15,19). "El alma es como una vina, la cual, descuidada por la pereza, no
produce sino abrojos" (cf. Regulae breviores, o.c., p.442).
EL TESORO ESPIRITUAL de SAN BASILIO EL GRANDE (329-379)
EL CAMINO DE SANTIDAD DE LOS MONJES. CONSEJOS EVANGÉLICOS Y SUS VIRTUDES |
El amor perfecto al prójimo.
El mandamiento del amor a Dios.
El amor a Dios se profundiza en la meditación de las verdades de la fe.
La oración nos une con Dios.
La comunión del cuerpo y la sangre de Cristo da la vida eterna.
El mandamiento del amor al prójimo.
El amor al prójimo mejor se evidencia en la vida comunitaria.
La vida común corresponde mejor a la naturaleza humana.
La vida común facilita el cumplimiento de los mandamientos de Cristo.
Vida común: signo de la unidad de la Iglesia.
En la Vida común se aprovechan los carismas de los otros.
La vida común: Imitación de los primeros cristianos.
Vida común: cumplir las obligaciones en común.
Vida común: Servir a Cristo.
Renuncia
La pobreza evangélica.
La virginidad evangélica.
La obediencia evangélica.
La virtud de la humildad.
La virtud de la paciencia.
La virtud de la templanza.
Trabajo con sacrificio.
Proclamar la Palabra de Dios.
Ser ejemplo para el prójimo.
La luz de la fe.
La paz Espiritual.
La seguridad del premio eterno.
| Introducción | Catequesis Benedicto XVI |
|
|
La enseñanza de la Religión a los adultos en el gran siglo de la patrística |
La enseñanza de la Religión a los adultos en el gran siglo de la patrística
El siglo de oro de la patrística es el período comprendido entre los concilios
de Nicea y Calcedonia (325-451). Es, desde luego, el período en el que la
actividad literaria de los Padres de la Iglesia alcanza los mayores niveles. En
parte, esa notable actividad escritora responde a las discusiones teológicas y
al interés en combatir lo que la Iglesia fue calificando como herejías. También
en el siglo IV se celebran los dos primeros concilios ecuménicos, el de Nicea,
en el año 325, y el I de Constantinopla, en el 381. El concilio de Nicea fijo en
su Credo la identidad de naturaleza (homoousia) del Hijo con el Padre: el Hijo
es homoousios con el Padre, "de la misma naturaleza" que el Padre, con las
características que además declara el Credo de Nicea. En la lucha contra el
arrianismo se destaca sobre todo la figura de Atanasio, obispo de Alejandría.
Arrio había sostenido una semejanza, pero no identidad de naturaleza entre el
Hijo y el Padre. Por su parte, el Concilio I de Constantinopla (a. 381), aunque
está en línea de continuidad con Nicea, desarrolla más el credo de éste,
especialmente en lo referente al Espíritu Santo, la Iglesia, el bautismo, la
resurrección de los muertos y la vida eterna. Por la continuidad y relación
entre ambos concilios, el Credo o Símbolo que aprobó el Concilio I de
Constantinopla suele ser llamado niceno-constantinopolitano y ha figurado desde
entonces en la liturgia romana, la más extendida en toda la Iglesia.
Por otra parte, en el siglo IV continúa practicando la Iglesia el bautismo de
adultos, aunque sea cada vez más frecuente el bautismo de niños hijos de padres
cristianos. Aunque el siglo III es la época en que alcanzo su mayor auge el
catecumenado de adultos, es en el siglo IV cuando se da mayor abundancia de
testimonios literarios de este tipo clásico de catequización. En realidad, junto
a una incipiente decadencia en la actividad pastoral, quizá porque ya no se está
en los tiempos gloriosos y heroicos de las persecuciones, se ha progresado en el
estudio y la exposición teológica del cristianismo. Los siglos IV y V serán
también, tanto en Oriente como en Occidente, aunque con características
diferentes, la época de las mayores disputas teológicas.
Nicea y Constantinopla elaboraron sus confesiones de fe, llamadas también
símbolos. Pero junto a los símbolos de estos concilios se elaboraron también
otros muchos (1), antes o después de ellos. Estos credos eran como una "regla de
fe", de tal manera que quienes los profesaban podrían ser considerados
cristianos en el camino adecuado: profesaban un "recto parecer" u ortodoxia. Los
credos han sido siempre señas de identidad de las comunidades cristianas.
Los credos tuvieron una extraordinaria importancia y por eso los ha conservado
la Iglesia. Al tratarse de formulaciones muy ajustadas, expresaban con una
precisión terminológica típicamente griega especialmente lo que se refiere a la
ontología de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. A estos se fueron añadiendo
otras afirmaciones, que también formaban parte del depósito de la fe, sobre la
Iglesia, el bautismo y la segunda venida de Cristo. De la importancia de las
afirmaciones de los símbolos de la fe pueden darse algunas explicaciones breves.
Si, por ejemplo -por mencionar lo fundamental de las afirmaciones de Nicea-, se
afirmara que Cristo no es de la misma naturaleza o sustancia que el Padre (los
latinos, con total exactitud, tradujeron en seguida "consustancial al Padre"),
se admitiría un estado de subordinación y de dependencia como creatural del Hijo
al Padre que haría que Jesucristo no fuera en realidad el Hijo de Dios, salvador
y redentor del hombre, sino a lo sumo un instrumento que Dios utiliza o quizá
como una especie de Dios de segunda categoría, todo lo cual llevaría al absurdo
de destruir el cristianismo. Por otra parte, y por motivos semejantes, fue
necesario añadir enseguida al Credo un tercer artículo sobre el Espíritu Santo.
Pero no se trata de explicar ahora todos los detalles. Si es necesario decir
que, en el conjunto del catecumenado y de las catequesis conducentes al
bautismo, la praxis de la Iglesia llevó a ésta a hacer entrega, traditio, del
Credo, traditio Symboli, a los que pedían el bautismo. En esta entrega del Credo
se le confiaba al catecúmeno, cuando ya faltaba poco para el bautismo, el
Símbolo (o contenido, que es lo que originariamente significa la palabra) de la
fe. Esta entrega de la fe de la Iglesia se hacía durante la cuaresma y terminaba
con la devolución, redditio Symboli que terminaba pocos días antes de la Pascua
con la profesión pública de la fe cristiana. En la Pascua recibían el bautismo y
la unción del Espíritu Santo (la confirmación) los catecúmenos que habían
profesado su fe mediante el Símbolo.
Lógicamente en esa misma celebración se incorporaban plenamente a la Eucaristía,
más allá de la escucha de la palabra de la Escritura proclamada (lo que
posteriormente se llamo "Misa de los catecúmenos" y a la que antes del bautismo
ya podían asistir éstos). Con el bautismo recibido en la Pascua se les abría a
los recién bautizados, neófitos, la puerta para participar en toda la liturgia.
Todo el periodo enmarcado por la traditio y la redditio Symboli estaba ocupado
por una intensa etapa de catequización. En las catequesis de san Cirilo de
Jerusalén, la primera de ellas, Procatequesis, y las dieciocho siguientes, son
catequesis sobre el Credo y van recorriendo cada uno de sus artículos. Se añaden
después cinco catequesis mistagógicas, de las que luego se hablara, pronunciadas
ante los recién bautizados en la semana de Pascua.
Cirilo de Jerusalén
Cirilo de Jerusalén, declarado doctor de la Iglesia en 1882, fue obispo de la
ciudad durante un largo periodo. Nació hacia el año 314 en Jerusalén o en sus
alrededores. Fue hombre de amplia cultura, como manifiesta el uso que hace del
lenguaje, de la filosofía y de sus conocimientos -en los moldes de la época- de
ciencias naturales. Debió estar muy bien dotado para la oratoria. La obra más
conocida suya son precisamente estas Catequesis, pronunciadas en Jerusalén el
año 347 o 348. Entre estas fechas y el año 351 debe colocarse su ordenación como
obispo de Jerusalén, de modo que no se sabe con certeza si las catequesis las
impartió siendo ya obispo o solo presbítero.
Pero desde algún momento próximo al año 350 y hasta su muerte, el 18 de marzo
del 387, ocupó la sede episcopal de Jerusalén. Sin embargo esos casi cuarenta
años fueron con frecuencia agitados en la vida y el ministerio de Cirilo. Se
dieron, en efecto, varias circunstancias complejas: recibió la ordenación
episcopal del obispo arriano de Cesarea, Acucio, lo que a algunos les despertó
la sospecha de arrianismo en su persona. El texto de las Catequesis, como podrá
observarse, anula estas sospechas, pero hubo quienes se sintieron fuertes en
ellas por cuanto Cirilo no menciona en las catequesis a Arrio ni utiliza el
célebre adjetivo homoousios tan característico de Nicea. Los conflictos, por
otra parte, se desataron entre el mencionado Acacio y Cirilo. Un sínodo de
Jerusalén le depuso en el 357. Rehabilitado en el 359, fue desterrado una
segunda vez, por obra de Acacio, en el 360. Un par de años después pudo
de nuevo a Jerusalén, donde reanudo sus tareas hasta que en el año 367 fue
enviado por el emperador Valente al destierro por tercera vez. Solo once años
más tarde, en el 379, bajo el emperador Teodosio, pudo volver de nuevo a
Jerusalén, donde ya desarrollo el ministerio hasta su muerte en el 387. El año
381 había participado en el concilio I de Constantinopla.
Las Catequesis
No estamos ante un teólogo creativo, sino ante un catequista, un excelente
expositor y un divulgador de la conciencia dogmática de la Iglesia en la época
de las catequesis catecumenales. Se trata, en primer lugar, de catequesis sobre
el Credo, utilizándose el que parece haber estado en uso en Jerusalén, que
también se reproduce tras la catequesis V. Es, en general, el orden de las
afirmaciones del Símbolo el que señala la temática de las catequesis. La
Procatequesis y las catequesis I-III ponen a los oyentes ante la situación en
que se encuentran, disponiéndose de manera ya muy próxima a la recepción del
bautismo y como quienes tendrán que hacer antes profesión publica de su fe en
Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Una visión de conjunto de las creencias
cristianas la da, por otra parte, la Catequesis IV, sobre los "diez dogmas". En
ella la concepción virginal de Cristo, su resurrección, el juicio venidero, lo
referente a cuerpo y alma y la resurrección de los muertos, además del valor de
la Sagrada Escritura, completan lo que en las catequesis VI-XVII será la imagen
cristiana del Dios en el que se cree. Dos catequesis, XVI y XVII, se dedican al
Espíritu Santo. La XVIII expone la resurrección de los muertos y la vida eterna.
Las Catequesis de Cirilo son un indicador muy preciso del desarrollo alcanzado a
mediados del siglo IV por la conciencia dogmática
eclesial. En esa época la
Iglesia articula perfectamente, ya desde Nicea como igualmente lo hará con algo
más de detalle en I Constantinopla, los enunciados de una fe que con el
desarrollo de la teología se ha sabido objetivar a sí misma y ha sabido dar
cuenta de por qué los acontecimientos de la salvación, a partir de la Escritura
y de la predicación, han sido y son de una manera determinada. Por otra parte,
las cinco últimas catequesis son mistagógicas, es decir, conducen a la
comprensión de los "misterios" (sacramentos) que los recién nacidos a la nueva
vida, "neófitos", acaban de vivir de modo efectivo al recibirlos en la
celebración de la Pascua. Las cinco catequesis mistagógicas están dedicadas a
Bautismo, Confirmación y Eucaristía, que configuran la iniciación cristiana.
Constituyen estas catequesis un valiosísimo testimonio litúrgico.
En su conjunto, pues, esta obra de Cirilo constituye uno de los documentos
catequéticos más importantes de la época patrística. Dada la importancia que
tuvo el desarrollo de los distintos Credos, pero que fueron idénticos en lo
esencial, es muy lógica la estructura general de las Catequesis que aquí se
encontraran. Por otra parte, es sorprendente el detalle con que se cita la
Escritura. La excelente trabazón del desarrollo argumental, aunque a veces lleve
a Cirilo a ciertas digresiones quizá no necesarias, permite percibir una
extraordinaria agilidad en el manejo de la Escritura. Tal vez un lector que
conozca a fondo la teología de Pablo y sus ejes centrales: el cristocentrismo,
la antropología cristiana, el pecado y la gracia, fe y justificación, etc., eche
de menos una mayor influencia del Apóstol en las exposiciones de Cirilo. Pero es
que Cirilo es más bien un testigo de hasta donde había llegado la conciencia
dogmática de la Iglesia, en la cual había sido necesario consumir demasiadas
energías en las disputas cristológicas y trinitarias.
Por último, algunas observaciones sobre la presente edición. No es necesario
decir que los epígrafes no pertenecen al texto de las Catequesis. Por otra
parte, se han introducido muchas notas explicativas, de desigual extensión pero
en cualquier caso muy frecuentes. En algunas ocasiones tienen carácter
filológico, pero más a menudo se refieren al contenido.
El trabajo de traducción se ha hecho sobre la versión latina, publicada junto
con el original griego en el volumen 33 de la Patrologia graeca de Migne, (a
menudo se citara: PG 33, mas la indicación de la correspondiente columna). Se ha
procurado, sin embargo, tener presente el texto griego cuando la versión latina,
por lo demás excelente, perdía algún matiz. Se han tenido también en cuenta las
observaciones que con frecuencia se encuentran en el Migne sobre el estado de
textos y códices. Conviene tener en cuenta que el original fue propiamente
transmitido de modo oral. Los taquígrafos, como es frecuente en las piezas de
oratoria clásica, copiaban lo mejor que podían lo que estaba pronunciándose en
un estilo muy vivo, directo y, en ocasiones, en cierto modo coloquial.
En cuanto a las citas bíblicas, se ha procurado seguir el texto de la versión
castellana de la Biblia de Jerusalén. Han sido también con frecuencia muy
útiles, e incluso en ocasiones se han citado literalmente, las notas de esa
misma Biblia. A veces, sin embargo, sobre todo en pasajes del Antiguo
Testamento, el recurso de Cirilo a la versión griega de los LXX hacia inevitable
traducir de acuerdo con esa versión. No obstante, en bastantes casos se han
mantenido los textos traducidos por la Biblia de Jerusalén desde el original
hebreo. Para las referencias de siglas, capítulos y versículos han sido
utilísimos los datos, en general muy precisos, contenidos en la edición de la
Patrología graeca.
Notas
(1) Cf. S. SABUGAL, Credo. La fe de la Iglesia. El símbolo de la fe: Historia e
interpretación. Zamora (Ediciones Monte Casino), 1986 J.N.D. KELLY, Primitivos
credos cristianos, Salamanca, Secretariado Trinitario, 1980.
San Cirilo de Jerusalén
CATEQUESIS DE NUESTRO PADRE SAN CIRILO, ARZOBISPO DE JERUSALÉN
Procatequesis, o palabra previa a las catequesis, de nuestro santo Padre Cirilo,
arzobispo de Jerusalén
1. Ya exhaláis, iluminados (1), el olor de la felicidad. Son ya flores de mayor
calidad las que buscáis para tejer las coronas celestes. Ya despedís la
fragancia del Espíritu Santo. Estáis ya en el vestíbulo del palacio real: ¡Ojala
seáis también introducidos por el mismo Rey! Brotaron ya las flores de los
árboles: esperemos que se dé también el fruto maduro.
Anteriormente habéis dado el nombre (2), ahora se os llama a la milicia. Tened
en las manos las lámparas para salir a buscar a la esposa: tenéis el deseo de la
ciudad celeste, el buen propósito y la lógica esperanza. Pues es veraz el que
dijo: "A los que aman a Dios todo les contribuye al bien" (3). Pues Dios es
generoso para hacer el bien y, por lo demás, espera la sincera voluntad de cada
uno; por eso añade el Apóstol: "A aquellos que han sido llamados según su
designio". Cuando existe un propósito sincero, hace que seas llamado; pero si
solo tienes dispuesto el cuerpo, pero estás ausente con la mente, perderás el
tiempo.
No ir al bautismo solo por curiosidad
2. Al bautismo se acercó también en cierta ocasión Simón Mago, pero no se sintió
iluminado: y realmente bañó su cuerpo en el agua, pero no dejó que el Espíritu
iluminase su corazón; el cuerpo bajó a la piscina; pero el alma no quedó
sepultada con Cristo ni resucitó juntamente con él. Pongo este caso como ejemplo
para que tú no caigas. Pues todo esto les sucedía a ellos en imagen (4) y ha
sido escrito para enseñanza de los que viven hasta el día de hoy. Que nadie de
vosotros se vuelva intrigante con las cosas de la gracia para que no le turbe
ningún germen de amargura. Que nadie de vosotros entre diciendo: veamos qué
hacen los fieles; una vez dentro, veré lo que hacen. ¿Es que crees que veras sin
que tú seas visto? ¿O es que piensas que te enteraras de lo que allí se hace,
pero que Dios no escrutara tu corazón?
Entrar al banquete con el vestido apropiado
3. Se cuenta en los evangelios que alguien fue a curiosear en unas bodas, pero
entró con un vestido inapropiado, se acomodó y comió. El esposo lo había
permitido. Pero al ver las vestiduras blancas de todos, lo oportuno hubiera sido
vestirse del mismo modo. Y realmente tomaba los mismos alimentos que los demás,
pero se diferenciaba en el vestido y en la intención. Entonces el esposo, aunque
magnánimo, era hombre de criterio. Y al dar una vuelta contemplando a cada uno
de los comensales, ponía su atención no en el hecho de que comían sino en el
modo de comportarse. Al ver a un extraño vestido con traje que no era de fiesta,
le dijo: "Amigo, ¿cómo has entrado hasta aquí?" (5) ¿Con qué vestido? ¿con qué
conciencia? Pase que el portero no te lo haya prohibido por la liberalidad del
dueño. Pásese también por alto que ignorabas con qué vestido era preciso entrar
al banquete. Pero, una vez dentro, viste los vestidos resplandecientes de los
comensales. ¿No debías haber aprendido de tus propias observaciones? ¿No debiste
entrar del modo adecuado para poder salir también adecuadamente? Pero entraste
de manera intempestiva y fuiste también intempestivamente expulsado. (El dueño)
ordena a sus servidores: "Atadlo de pies", pues con ellos entró temerariamente;
"atadlo de las manos", con las que no supo ponerse un vestido resplandeciente, y
"arrojadlo a las tinieblas exteriores", pues es indigno del banquete nupcial.
Ves lo que le sucedió a aquel hombre; mira, pues, con cautela por tus cosas.
Disponerse rectamente
4. De hecho nosotros somos ministros de Cristo y acogemos a cualquiera y,
haciendo las veces de portero, franqueamos la entrada. Puede ser que entres con
un alma de pecador manchada en fango. Entraste, fuiste admitido, tu nombre quedo
inscrito ¿Te das cuenta del aspecto venerable de la Iglesia? ¿Ves el orden y la
disciplina? ¿Ves la lectura de las Escrituras canónicas, el constante recuerdo
de las personas señaladas en los catálogos eclesiásticos, el orden y la
formalidad en la enseñanza. Deben instruirte tanto el respeto al lugar como la
contemplación de lo que ves. Mejor si ahora sales oportunamente, para luego
entrar en un momento mucho más oportuno. Si ahora entraste con el vestido
interior de la avaricia, deberás volver a entrar con otro; despójate y no te
cubras con el vestido que llevaste. Desvístete, te ruego, del libertinaje y la
inmundicia y cúbrete con la estola resplandeciente del pudor. Yo te lo advierto
antes de que entre el esposo de las almas, Jesús, y examine las vestiduras.
Tienes tiempo a tu disposición: se te concede la penitencia de los cuarenta
días; tienes una grandísima oportunidad de desvestirte y lavarte, y de vestirte
de nuevo y entrar. Pero si te mantienes en el mal propósito de tu alma, la culpa
no será de quien te esta advirtiendo: no esperes recibir la gracia. Te recibirá
el agua, pero no te acogerá el Espíritu. Quien se haga consciente de su propia
herida, recibirá un bálsamo; si alguno esta caído, se levantara. Que nadie sea
entre vosotros como el mencionado Simón, que no haya simulación alguna, ni
interés en averiguaciones inoportunas.
La misma Iglesia purificará tu intención
5. Es posible que te guie también otro pretexto. Alguna vez sucede que un hombre
viene aquí para granjearse el amor de una mujer o algo semejante: y también
puede decirse lo mismo a la inversa. Igualmente, tal vez es el siervo el que ha
querido agradar a su amo, o un amigo a su amigo. Pero acepto la atracción de
este cebo y te acojo, aunque vengas con una intención torcida, con la buena
esperanza de que te salves. Acaso no sabias a donde venias ni cual era la red
que te cogía. Caíste en las redes de la Iglesia: con vida serás cogido; no
huyas; es Jesús quien te ha echado el anzuelo, y no para destinarte a la muerte,
sino para, entregándote a ella, recobrarte vivo: pues es necesario que tu mueras
y resucites, si es cierto lo dicho por el Apóstol: "Muertos al pecado, pero
vivos para la justicia" (7). Muere a los pecados y vive para la justicia; hazlo
desde hoy.
6. CATECÚMENO: Considera con qué dignidad te regala Jesús.
Te llamaban catecúmeno porque en ti resonaba el eco de una campana exterior:
oías en esperanza, pero no veías (8), oías los misterios, pero sin
comprenderlos; oías las Escrituras, aunque sin entender su profundidad. Ya no es
necesario hacer que nada resuene en tus oídos, pues solo existe el sonido
interior a ti: pues el Espíritu que habita en ti (9) hace de tu corazón una
morada divina.
Cuando oigas lo que está escrito de los misterios, entenderás lo que ignorabas.
Y no creas que lo que recibirás es de escaso valor. Pues siendo tú un hombre
miserable, será Dios quien te pondrá nombre. Escucha a Pablo cuando dice: "Fiel
es Dios" (10). Oye el otro pasaje de la Escritura: "Dios fiel y justo" (11).
Viendo esto anticipadamente, el salmista dijo de parte de Dios y previendo que
los hombres recibirían de Dios un nombre: "Yo dije: dioses sois e hijos todos
del Altísimo" (12). Pero guárdate de llevar un nombre insigne con un propósito
torcido. Has entrado en la lucha, soporta el esfuerzo de la carrera; no dispones
de otra oportunidad semejante (13). Si lo que se te propusiese fuese la fecha de
la boda, ¿acaso no te ocuparías en la preparación del banquete dejando otras
cosas? ¿Serás capaz de ocuparte de lo corporal, olvidándote de lo Espiritual,
justo cuando estas preparando tu alma para consagrarla al esposo celestial?
Solo hay un bautismo
7. No es posible recibir el bautismo (14) una segunda o tercera vez, pues si así
fuese, se Podría decir: lo que salió mal una vez, lo arreglaré en otra ocasión.
Pues si una vez salió mal, la cosa no admite arreglo (15), pues "uno es el
Señor, una es la fe y único el bautismo" (16). Solo los herejes son bautizados
de nuevo cuando en realidad no se hubiese dado este bautismo.
Buena disposición de
ánimo
8. Pero Dios pide de nosotros otra cosa que una buena disposición de ánimo. No
digas: ¿Cómo se me perdonaran los pecados? Te respondo: con que quieras y creas.
¿Qué hay que sea más sencillo que esto? Pero si tus labios expresan el deseo,
pero no lo expresa tu corazón, sábete que el que puede juzgar es conocedor de
los corazones. Abandona desde este día toda maldad; que no profieras palabras
gruesas con tu lengua; que no peque más tu ojo ni vague tu pensamiento entre
realidades vanas.
Perseverancia en las catequesis
9. Estén prontos tus pies para las catequesis. Recibe con buen ánimo los
exorcismos: al ser insuflado o exorcizado, que ello te sirva para la salvación.
Piensa que el oro es algo infecto y adulterado, mezclado con diversas materias
como el cobre, el hierro y el plomo (17). Lo que deseamos es oro solo, pero sin
el fuego no puede ser expurgado de los elementos ajenos mezclados con él: así,
el alma no puede ser purificada sin los exorcismos que son de origen divino y
deducidos de las Escrituras. Tu rostro fue cubierto con un velo para que tu
mente pudiese estar más atenta y para que tu mirada dispersa no hiciese que
también se distrajese tu corazón. Pero aunque los ojos estén velados, nada
impide que los oídos reciban la ayuda de la salvación. Pues como los que
expurgan el oro soplando al fuego con finos instrumentos funden el oro que está
dentro del crisol, y al avivar la llama consiguen mejores resultados (18), así
los exorcizados expulsan su temor gracias al Espíritu divino y hacen revivir su
alma alojada en su cuerpo como en un crisol. De ese modo huye el diablo hostil,
pero se asienta la salvación y permanece la esperanza de una vida eterna. El
alma, liberada del pecado, obtiene la salvación. Permanezcamos, pues, en la
esperanza, hermanos; esforcémonos y esperemos para que el Dios de todas las
cosas, viendo el propósito de nuestra mente, nos limpie de los pecados, nos
permita esperar lo mejor de nuestras cosas y nos conceda una saludable
penitencia. Dios es el que ha llamado y tu el que has sido llamado.
10. Persevera en las catequesis:
Aunque nuestra oratoria posterior será más amplia, que tu animo no decaiga
nunca. Pues recibirás armas contra los poderes enemigos; recibirás armas contra
los herejes, los judíos, los samaritanos y los gentiles. Tienes múltiples
enemigos: recibe dardos múltiples, pues contra muchos habrás de luchar; has de
aprender como vencer al griego, como luchar contra el hereje, contra el judío y
contra el samaritano (19). Las armas están preparadas, y está plenamente
dispuesta la espada del Espíritu (20). Las manos deben luchar valerosamente para
combatir la batalla del Señor, para vencer a las potestades que se oponen, para
que permanezcas invicto de todas las asechanzas de los herejes.
La exposición será progresiva
11. Pero te doy un consejo. Aprende lo que se diga y guárdalo para siempre. No
creas que éstas son las homilías acostumbradas: son de calidad y dignas de fe.
Pero si en ellas hay en un día determinado algo que no se dice, lo aprenderemos
al día siguiente. Pero la doctrina, ordenadamente expuesta, acerca del bautismo
de la regeneración (21), ¿cuándo se transmitirá otra vez si hoy se descuida?
Piensa que es tiempo de plantar árboles; si no cavamos y penetramos hasta el
fondo, ¿cuándo será posible plantar otra vez de modo correcto lo que ya en una
ocasión se ha plantado mal? Piensa que la catequesis es un edificio; si no
cavamos y ponemos los cimientos, y si no se traba ordenada y adecuadamente la
estructura de la casa, de modo que nada quede suelto o cortado y el edificio se
convierta en ruinas, todo el trabajo realizado será inútil. Conviene poner
ordenadamente una piedra junto a otra y situar un ángulo frente a otro; al
suprimir los salientes, surgirá un edificio proporcionado. Del mismo modo, te
traemos hasta aquí como las piedras de la ciencia: habrá que oír lo que se
refiere al Dios vivo; lo que se refiere al juicio; es necesario oír acerca de
Cristo y acerca de la resurrección. Se dicen también ordenadamente otras muchas
cosas que ahora (22) se mencionan de modo disperso, pero que se expondrán en su
lugar adecuado. Estas cosas debes entenderlas unitariamente, relacionando en la
memoria afirmaciones anteriores y posteriores. En caso contrario, el arquitecto
construirá bien, pero el edificio será frágil y a punto de caer.
Guardar el secreto de lo que se escucha
12. Cuando se dé una catequesis, si un catecúmeno te pregunta qué han dicho los
doctores, no cuentas nada al exterior (23). Es el misterio y la esperanza de la
vida futura lo que te transmitimos. Guárdale el secreto a aquél que te da sus
dones. Que nadie te diga nunca: ¿qué mal te causa esto si también yo lo habré de
aprender? Porque también los enfermos suelen pedir vino; pero si se les da
cuando no se debe, se les ocasiona un delirio, con lo que se origina un doble
mal: muere el enfermo y se critica al médico. Lo mismo sucede al catecúmeno que
oye de quien tiene fe en los misterios: el delirio lo padece el catecúmeno (pues
al no conocer lo que ha oído, lo denigra haciéndolo objeto de burla), pero a la
vez el fiel es condenado como traidor. Tú ya estás en la divisoria (24); procura
no hablar de modo temerario. No es que lo que se dice sea indigno de ser
contado, sino que ciertas cosas no deben ser confiadas a algunos. También tú
fuiste catecúmeno, y no te contaba lo que yo aquí decía; cuando conozcas por tu
experiencia la sublimidad de lo que se enseña, entonces entenderás claramente
que los catecúmenos no deben oír todavía todo eso.
Estar atentos a todos los detalles
13. Todos los que os habéis inscrito habéis sido engendrados como hijos e hijas
de una misma madre (25). Cuando entréis poco antes del momento de los
exorcismos, hable cada uno de vosotros lo referente a la piedad. Y mirad si
falta alguno de vosotros. Cuando se te invita a un banquete, ¿es que no
esperaras a quien está invitado juntamente contigo? Y si tienes un hermano,
¿acaso no buscaras lo que es bueno para ese hermano? No indagues después lo que
no te atañe, ni te intereses por lo que sucede en la ciudad o en el pueblo, ni
por lo que hacen el emperador, el obispo o el presbítero. Mira hacia arriba: es
lo que pide tu "kairos" (26). ¡Basta ya; sabed que yo soy Dios! (27). Si ves a
algunos fieles ociosos y libres de preocupaciones, es porque se sienten seguros,
son conscientes de lo que han recibido y tiene la gracia consigo. Tu estas
todavía en la duda de si serás o no admitido; no imites a los despreocupados
(28), pues no debes abandonar el temor.
14. Cuando se haga el exorcismo, mientras se acercan los que han de recibirlo,
estén juntos los hombres con los hombres y las mujeres con las mujeres. Hago
referencia con esto al arca de Noé, en la cual estaban Noé y sus hijos, su mujer
y las mujeres de sus hijos (29). Y aunque una era el arca, con su puerta
cerrada, todo se dispuso con decencia. Igualmente, aunque la iglesia esté
cerrada y todos vosotros dentro, esté todo separado para que estén los hombres
con los hombres y las mujeres con las mujeres, de modo que lo que quiere ser
ayuda para la salvación no se convierta en ocasión de perdición. Pues aunque sea
hermoso sentarse unos junto a otros, debe quedar lejos el peligro de turbación.
Y entonces, sentados los hombres, tengan algún libro útil en las manos. Que uno
lea y el otro escuche. Si no tienen libro, uno ore y el otro hable algo útil.
Esté también agrupado el conjunto de las vírgenes, que deben salmodiar o leer,
pero en silencio: deben hablar los labios, pero no debe llegar la voz a oídos
ajenos. No tolero que la mujer hable en la asamblea (30). y la casada actúe
también de modo semejante: que ore y mueva sus labios, pero no se oiga su voz,
imitando lo dicho por Samuel de que del alma estéril brote la salvación de Dios
benévolos (31), pues a eso es a lo que se refiere Samuel.
Mantener el interés
15. Veré el interés de cada hombre y la piedad de cada mujer. Inflámese la mente
de piedad, puesto que cada alma será moldeada. Humíllese y macháquese la dureza
de la infidelidad, despréndanse las escorias superfluas del hierro quedando solo
lo que es puro: que se pierda la herrumbre para que aparezca el material noble.
Que Dios os muestre en alguna ocasión aquella noche y las tinieblas convertidas
en luz de las que se dice: "Ni la misma tiniebla es tenebrosa para ti, y la
noche es luminosa como el día" (32). A cada uno de vosotros se le abrirá
entonces la puerta del paraíso (33). Entonces gozaréis de las aguas llenas de
fragancia y que os traen a Cristo. Que percibáis entonces la llamada de Cristo y
la fuerza de las realidades divinas (34). Mirad ya ahora hacia arriba con los
ojos abiertos de la mente: contemplad en vuestro animo los coros de los ángeles,
al Padre señor de todas las cosas en su trono, al Hijo unigénito sentado con él
a su derecha y al Espíritu presente junto a ellos, y a los tronos y dominaciones
como siervos. E imaginad que cada uno de vosotros ya haya conseguido la
salvación. Vuestros oídos lo habrán escuchado: desead oír aquella voz hermosa
con que os aclamaran los ángeles al recibir vosotros la salvación: "¡Dichoso el
que es perdonada su culpa, y le queda cubierto su pecado! (35). Entraréis
entonces como astros de la Iglesia resplandecientes en vuestro cuerpo y en
vuestra alma.
Exhortación al proceso en el que se va a entrar
16. Y realmente es algo grande el bautismo de que hablamos: rescate de los
cautivos, perdón de los pecados, muerte del pecado, nuevo nacimiento del alma,
vestidura luminosa, santo sello imborrable (36), vehículo al cielo, delicias del
paraíso, medio para el reino, don de la adopción como hijos. Por lo demás, ten
en cuenta que el dragón observa junto al camino a quienes pasan: procura que no
te muerda por tu infidelidad; él ve a los muchos que se salvan y busca a quien
devorar (37). Te acercas al Padre de los Espíritus (38), pero es necesario pasar
por aquel dragón. ¿Cómo le evitaras? Calza tus pies con el celo por el evangelio
de la paz (39), para que, aunque te clave el diente, no te hiera: ten la fe en
tu interior y una esperanza firme. Cálzate bien para que entres hasta el Señor
aunque el acceso esté ocupado por el enemigo (40). Prepara tu corazón para
recibir la enseñanza y para la participación en los santos misterios. Ora
frecuentemente para que Dios te regale con los misterios celestes e inmortales,
y no le dejes ni de día ni de noche. Y cuando el sueño se aparte de tus ojos,
que tu mente se ocupe en la oración. Si ves que algún torpe pensamiento asalta
tu alma, que te ayude la idea del juicio, que te recordará la salvación; ten
ocupada tu mente en aprender para que olvide los pensamientos depravados. Si ves
a alguien diciéndote: ¿Entraras allí para bajar al agua? ¿Acaso no tiene baños
la nueva ciudad? (41), sábete que el dragón marino maquina estas cosas contra ti
(42); no atiendas a las voces de quienes te hablen, sino al Dios que actúa (43).
Guarda tu alma para que no puedas ser cogido por artimañas, de modo que,
manteniéndote en la esperanza, llegues a ser heredero de la salvación eterna.
17. En verdad anunciamos y enseñamos estas cosas en cuanto hombres: no
construyáis este edificio nuestro con heno, pajas y rastrojos, para evitar
sufrir daño si llega a arder. Haced la obra con oro, plata y piedras preciosas
(44). Yo te lo digo, pero es a ti a quien toca poner manos a la obra, que es
Dios quien debe rematarla. Afirmemos nuestra mente, pongamos en tensión nuestra
alma, preparemos el corazón: nos va en ello la vida, pues esperamos las
realidades eternas (45). Pero poderoso es Dios (que ha escrutado vuestros
corazones y ha percibido quién es veraz y quién es falso) como para proteger al
sincero y hacer fiel al hipócrita y al simulador. Pues Dios puede hacer fiel al
infiel con tal de mostrarle el corazón.
Que sea él quien borre el protocolo que existe contra vosotros (46) y que se
olvide de vuestros anteriores delitos, alistándoos en la Iglesia y haciéndoos
soldados suyos mientras os cine las armas de la justicia: que os llene de las
realidades celestiales de la nueva Alianza y os conceda eternamente el sello
imborrables (47) del Espíritu Santo: en Cristo Jesús nuestro Señor, a quien sea
la gloria por los siglos de los siglos (48). Amén.
Notas
(1) Se prefiere la traducción "iluminados", los que han de ser iluminados, por
responder al sentido de la expresión griega, ser traducción literal de la
versión latina y referirse de hecho a quienes con el bautismo en la próxima
Pascua habrían de recibir la máxima iluminación de su vida. La expresión es
frecuente entre los Padres para designar a quienes recibirían en pocas semanas
(por ejemplo, en la siguiente Pascua) el bautismo.
(2) Referencia a la inscripción del nombre, requisito previo al comienzo de las
catequesis cuaresmales sobre el credo.
(3) Cf. Rm
8,28.
(4) 1Co 10,6.
(5) Mt 8,28.
(6) Mt
22,13.
(7) Cf. Rm
6,11.
(8) El original griego es más expresivo, pero la traducción necesariamente ha de
traicionar el sentido exacto. El griego "catecúmeno" viene del también griego
"echos", eco. En realidad, semánticamente, catecúmeno es aquél en quien se hace
resonar un eco. Catequesis, sustantivo abstracto, es la acción de que algo
resuene en el interior del oyente. La resonancia es aquí la del anuncio del
mensaje de la salvación en Jesucristo.
(9) Cf. Rm
8,9.
(10) Cf. 1Co
1,10.
(11) Dt
32,4.
(12) Ps
82,6.
(13) Como "oportunidad" se traduce kairos; el tiempo oportuno de la salvación (2Co
6,2). Con ello, el periodo catequético a que se va a dar comienzo es
presentado como una extraordinaria posibilidad de salvación para el catecúmeno.
(14) Bautismo, griego aquí loutron, lavado.
(15) Con todo esto la afirmación fundamental es que el bautismo no puede
repetirse.
(16) Ep 4,5
(17) Cf. Ez
22,18.
(18) Cf. catequesis 16, n. 18; cf. infra, núm. 15.
(19) Las cuatro clases de enemigos representan maneras diferentes de oponerse
religiosamente o ideológicamente a la verdad del Evangelio.
(20) Cf. Mt
26,41 Ep
6,17.
(21) peri toû loutroû tês palingenesias, liter. "acerca del lavado de la
regeneración" o, quizá incluso mejor, acerca del "nuevo nacimiento" o del "nuevo
ser dado a luz". Por primera vez en las catequesis se afirma que el bautismo es
un lavatorio en el que el hombre nace de nuevo.
(22) En las homilías de costumbre mencionadas más arriba.
(23) Cf. cat. 5,12 y cat. 6,29. Cirilo considera que es muy distinta la
situación del catecúmeno y del iluminando. Se trata, de acuerdo con lo que se
dijo en la introducción, de una etapa diferente, pues en el plazo que va desde
el comienzo de la cuaresma hasta el tiempo pascual fueron pronunciadas estas
catequesis, que intentan proporcionar una vivencia (y un conocimiento) de los
misterios más íntimos de la fe. La imposición de no contar nada fuera no hace
más que poner en práctica la disciplina del arcano. En el fondo se admite que
incluso quien está comenzando a ser catequizado de cara a la iniciación
cristiana, no es capaz de asimilar vitalmente en este momento lo que será el
contenido de las catequesis de esta última cuaresma y del tiempo pascual.
(26) Cf. más arriba, nota 13, Cf. además sobre el kairos los vocabularios y
manuales de teología bíblica.
(27) Sal 26,11.
(28) Cirilo es plenamente consciente de que el que dejara de ser catecúmeno y
pasara al grupo de los que tienen fe es mucho lo que se está jugando. Una vez
que uno es "fiel" (tiene fe), puede descansar en esa fe. Pero el que no ha
recibido el bautismo no debe vivir en la despreocupación. La edición de Migne PG
33,354, nota 9, comenta: "No culpa Cirilo a los fieles porque estén sin
preocupaciones. Dice solamente que, una vez recibido el bautismo, están ya
libres de la preocupación que acerca de su futuro debe existir en el todavía no
bautizado".
(29) Cf. Gn
7,9.
(30) Cf. 1Tm
2,12 1Co
14,34.
(31) Referencia al episodio de la suplica de Ana,
1S 1,10ss.
(32) Ps
139,12.
(33) Vid., cat. 19, n. 9.
(34) Vid. cat. 3, núms. 3 y 13.
(35) Ps 32,1.
Cf. Ps
65,3-4: "Hasta ti toda carne viene con sus obras culpables; nos vence el
peso de nuestras rebeldías, que tu las borras".
(36) Por "sello" se traduce la expresión griega sfragis, de donde los teólogos
deducirán más tarde la doctrina del "carácter" sacramental, que expresa,
aplicado al bautismo y con los matices propios de este sacramento, que quien se
hace bautizar es propiedad de aquel que le ha sellado, Jesucristo. Con el
"carácter" se expresa también una garantía de la salvación recibida en el
bautismo. Cf. al respecto, además de los tratados sobre los sacramentos del
bautismo, confirmación y orden, también los diccionarios bíblicos: art. Sello,
en X. LEON-DUFOUR, Vocabulario de teología bíblica, Barcelona, ed. revisada,
1973, 841-842.
(37) Cf. 1P
5,8.
(38) He 12,9
contrapone, todo el versículo, la situación anterior al encuentro con
Jesucristo, que supuso el comienzo del catecumenado, y la nueva realidad en que
se está a punto de entrar al culminar la iniciación cristiana: "Además, teníamos
a nuestros padres según la carne, que nos corregían, y les respetábamos. ¿No nos
someteríamos mejor al Padre de los Espíritus para vivir?" Cf.
Nb 27,16 2M 3,24
habla de Dios como "el Soberano de los Espíritus y de toda Potestad".
(39) Cf. Ep
6,15 (y su contexto).
(40) Cf. cat. 1, núm. 5.
(41) Se refiere a baños públicos construidos entonces recientemente en la ciudad
de Jerusalén. En cualquier caso, la pregunta está pensada como una posible burla
hacia el candidato al bautismo de parte de quienes pensaran que, no siendo el
bautismo nada superior a los baños humanos, la ciudad tenía mejores
instalaciones que las piscinas bautismales de las iglesias. La expresión supone
el bautismo de inmersión.
(42) Sin entrar ahora en mayores detalles, cf. sobre "el dragón marino", las
alusiones de
Is 27,1 Jb 3,8 Ap 12,3
(donde el "gran Dragón rojo" es referencia a Satanás). Cf. también
Gn 3,15,
en el contexto del primer anuncio del Evangelio. Por eso la afirmación aquí de
Cirilo lleva adjunto el anuncio de un Dios en definitiva victorioso frente al
diablo como enemigo personal del hombre.
(43) Cf. cat. 3, n. 3; cat. 17, n. 35.
(44) Cf. 1Co
3,12-15.
(45) Cf. cat. 1, n. 5.
(46) Cf. Col
2,14; "Cancelo la nota de cargo que había contra nosotros, la de las
prescripciones con sus cláusulas desfavorables...".
(47) Cf. lo dicho en nota 36.
(48) La edición de las catequesis en PG 33 contiene un nota final "al lector",
cuyo texto señala: "Estas catequesis a los que han de ser iluminados muéstralas
a los que han de recibir el bautismo y a los que ya lo recibieron. Pero no se
las entregues en modo alguno a los catecúmenos y a los que no sean cristianos,
pues en caso contrario habrás de dar cuenta a Dios. Y si sacas copia de un
ejemplar de las mismas, hazlo como en la presencia de Dios" (PG 33,365-366).
Pronunciada en Jerusalén, contiene una introducción a los que se aproximan al
bautismo. El punto de partida es
Is 1,16:
"Lavaos, purificaos, quitad de delante de mis ojos las fechorías de vuestras
almas" (1).
Sois ya discípulos de la nueva Alianza y participes de los misterios de Cristo,
ahora por vocación, pero dentro de poco también como un don: haceos un corazón
nuevo y un Espíritu nuevo (2) para que se alegren los moradores del cielo. Pues
si, como dice el evangelio, "habrá alegría por un solo pecador que se convierte"
(3), ¿cuánto más no moverá a la alegría a los habitantes del cielo la salvación
de tantas almas? Habiendo entrado por un camino ancho y hermoso, recorred
cautelosamente la senda de la piedad. Pues el unigénito Hijo de Dios está
plenamente dispuesto para vuestra redención y señala: "Venid todos los que
estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré" (4). Los que lleváis el pernicioso
vestido de vuestras ofensas (5) y estáis oprimidos por las cadenas de vuestros
pecados, escuchad la voz del profeta que dice: "Lavaos, purificaos, quitad de
delante de mis ojos las maldades de vuestra alma" (6), de modo que os aclame el
coro de los ángeles: "Dichoso el que es perdonado de su culpa, y le queda
cubierto su pecado" (7). Los que habéis encendido hace poco por primera vez las
lámparas de la fe (8), sostenedlas en las manos sin que se apaguen, para que
aquel que en otro tiempo abrió por la fe el paraíso al ladrón en este santísimo
monte del Gólgota (9) os conceda también a vosotros cantar el cántico nupcial.
Nuevo nacimiento desde el pecado al hombre nuevo
2. Si alguno es ahora esclavo del pecado, prepárese mediante la fe para la
regeneración liberadora de la adopción filial. Y abandonada la funesta
servidumbre de los pecados, una vez dedicado al dulce servicio del Señor será
juzgado digno de disfrutar la herencia del reino celestial. Desvestíos por medio
de la confesión del hombre viejo, que se corrompe por las concupiscencias del
error, para revestiros del hombre nuevo, que se renueva por el conocimiento de
aquel que le creo (10). Recibid por la fe las arras del Espíritu (11) para que
podáis ser recibidos en las moradas eternas (12). Acercaos (a recibir) el sello
Espiritual para que podáis ser reconocidos favorablemente por vuestro dueño
(13). Seréis contados en la santa y fiel grey de Cristo a fin de que, como en
otro tiempo fuisteis separados a su derecha, ahora consigáis la vida eterna que
se os ha preparado. Quienes sufren todavía la aspereza de sus pecados (como la
de una piel con vello), se quedarán en pie a la izquierda, puesto que todavía no
han tenido acceso a la gracia de Dios, que se da por medio de Cristo en el
lavatorio de la regeneración. Pero no me refiero a la regeneración de los
cuerpos, sino al nuevo nacimiento del alma por el Espíritu. Pues los cuerpos son
engendrados por padres visibles, pero las almas vuelven a nacer de nuevo por la
fe; ya que "el Espíritu sopla donde quiere" (Jn
3,8) (14). Si se te considera digno, te será lícito oír: "Bien, siervo
bueno y fiel" (Mt
25,21), lo que sucederá cuando tu conciencia no te pueda acusar en
absoluto de simulación.
Aprestarse a escuchar a Dios
3. Si alguno de los que están aquí cree que podrá tentar a la gracia de Dios, se
engaña a sí mismo e ignora la fuerza de las cosas. Ten, hombre, un ánimo sincero
y libre de engaño por causa de aquel que escruta corazones y entrañas (cf.
Ps 7,10 Jr 11,20).
Quienes hacen alistamientos de soldados, examinan la edad (15) y los cuerpos;
así, cuando Dios hace un alistamiento de las almas, examina las voluntades y, si
alguien vive en la hipocresía, lo rechaza por inadecuado para una verdadera
milicia. Pero si lo encuentra digno, le otorga su gracia de manera muy rápida
(16). No da lo santo a los perros (Mt
7,6), sino que, cuando ve una conciencia honesta, le confiere el sello
saludable y admirable (17) temido por los demonios y que reconocen los ángeles;
de manera que aquellos huyen expulsados, pero éstos lo abrazan como por un
parentesco familiar. Por consiguiente, quienes reciben aquel sello Espiritual y
saludable, es necesario que se esfuercen también personalmente. Del mismo modo
que quienes se sirven de una pluma para escribir o de una flecha también tienen
que esforzarse, asimismo la gracia necesita del esfuerzo de los que creen.
Del
catecumenado a los frutos de la fé
4. No recibes armas corruptibles sino espirituales. Serás introducido en un
paraíso racional, recibiendo un nuevo nombre que antes no tenías (probable
alusión a Ap
2,7) (18). Antes eras catecúmeno, ahora serás llamado fiel (19). Eres
trasplantado a buenos olivares, desde un olivo silvestre a un buen olivo (Rm
11,24); de los pecados a la justicia, de la suciedad a la pureza. Eres
hecho participe de una vid santa: si permaneces en la miel, crecerás como un
sarmiento fructífero; pero si no permaneces, serás consumido por el fuego. Así
pues, produzcamos fruto dignamente. Que no nos suceda lo mismo que a aquella vid
infructuosa, no sea que, al venir Jesús, la maldiga por su esterilidad (Mt
21,10). Que todos puedan, en cambio, pronunciar estas palabras. "Pero
yo, como verde olivo en la casa de Dios, confío en el amor de Dios para siempre
jamás" (Ps
52,10). No se trata de un olivo sensible, sino inteligible, portador de
la luz. Lo propio de él es plantar y regar (cf. tal vez
1Co 3,6);
pero a ti te corresponde aportar el fruto. Por ello, no desprecies la gracia de
Dios: guárdala piadosamente cuando la recibas.
Reconocer los pecados para cambiar de vida
5. El tiempo presente es tiempo de confesión. Confiesa todo lo que hiciste, de
palabra o de obra, tanto de noche como de día. Reconócelo en el tiempo
aceptable, y recibe el tesoro celestial en el día de la salvación (2Co
6,12). Entra con interés en los exorcismos. Sé asiduo a las catequesis y
graba en tu memoria lo que allí se diga. Pues no se hablara solo para que lo
oigas, sino para que selles mediante la fe (20) lo escuchado. Suprime de tu
pensamiento toda preocupación humana, pues se trata de una carrera con tu propia
alma. Abandona completamente lo que es del mundo. Pues se trata de cosas
pequeñas; en cambio, son grandes los dones del Señor. Abandona lo que tienes
delante y ten fe en lo que ha de venir. Tantos años has vivido inútilmente en la
órbita del mundo. ¿No te dedicaras durante cuarenta días a la oración por tu
alma? "Rendíos y reconoced que yo soy Dios", dice la Escritura (Ps
46,11). Deja de hablar muchas cosas inútiles y deja de murmurar o de
escuchar con agrado a quien murmura (21). Manifiéstate más bien pronto y
dispuesto a la suplica. Muestra, por la práctica de una vida más austera, la
fortaleza y los nervios de tu alma. Limpia tu copa (Mt
23,26) para que quepa en ella una gracia más abundante; pues el perdón
de los pecados se da a todos por igual pero la comunión del Espíritu Santo se
concede según la medida de la fe de cada uno (Rm
12,6). Si poco trabajas, recibirás poco; pero si haces mucho, mucha será
tu paga. Corres para ti mismo, mira tu propia conveniencia.
Perdón de los demás y fidelidad en la asistencia a las asambleas
6. Si tienes algo contra alguien, perdónale. Vas a recibir el perdón de los
pecados: es necesario que también tú perdones a quien peco contra ti. De otro
modo, ¿cómo te atreverías a decirle al Señor: Perdóname mis muchos pecados
cuando tu ni siquiera unas pocas cosas perdonas a quien es consiervo tuyo (Mt
18,23-35)? Manifiesta interés en las sinaxis (22), y no solo ahora
cuando los miembros del clero te exigen ese interés, sino también una vez que
hayas recibido la gracia. Pues si ello es bueno y laudable antes de que la
recibas, ¿dejara de ser bueno después de que se haya otorgado? Si antes de que
estuvieses injertado había que regarte y cuidarte con esmero, ¿no era esto mucho
mejor una vez plantado? Sostén el combate por tu propia alma, sobretodo en estos
días. Alimenta tu alma con la lectura Espiritual, pues un banquete Espiritual te
ha preparado el Señor. Di tu también con el salmista: "El Señor es mi pastor,
nada me faltara: él me ha colocado en la tienda, en el aprisco. Hacia las aguas
de reposo me conduce, y conforta mi alma" (Ps
23,1-3). Con ello se alegrarán a la vez los ángeles y el mismo Cristo,
el gran sumo sacerdote, viendo confirmado el propósito de vuestra voluntad,
ofreciéndoos él también a todos vosotros, dirá al Padre: "Henos aquí a mí y a
los hijos que Dios me ha dado" (Is
8,18 He
2,13), y os custodiara a todos vosotros como agradables a él. A él la
gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.
Notas
(1) Por estas palabras introductorias y por el contenido mismo, se observa que
la presente catequesis es una invitación al bautismo.
(2) Ez 18,31b.
(3) Lc
15,31.
(4) Mt 11,28.
(5) Cf. Procatequesis, n. 3; cat. 15, n. 25.
(6) De nuevo
Is 1,16.
(7) Ps 32,1.
Se trata de un característico salmo penitencial.
(8) Procat. 1, ya señalaba: "Tened en las manos las lámparas para ir a buscar a
la esposa". A ese mismo hecho hace alusión otra vez la presente catequesis; los
catecúmenos que en breve habrían de recibir el bautismo llevaban lámparas
encendidas.
(9) Cf. Lc
23,43.
(10) Cf. Ep
4,22-25 Col
3,10.
(11) Cf. 2Co
5,5.
(12) C Lc
16,9.
(13) Cf. Procatequesis, nota 36. Cf. cat. 15, núm. 25.
(14) En las frecuentes alusiones concretas, ahora a
Jn 3,8,
pero constantemente con la mención del nuevo nacimiento, etc., se ve toda la
influencia de
Jn 3,1-21,
conversación de Jesús con Nicodemo, en las catequesis de Cirilo. En el fondo se
da a entender con ello la idea frecuentísima en la catequesis patrística de que
por la fe y el bautismo el hombre es engendrado de nuevo: la iniciación
cristiana como creación de una humanidad nueva.
(15) También puede traducirse por "las medidas".
(16) Vid. cat. 3, núm. 1.
(17) En esta misma catequesis, núm. 2, se ha hecho, ya mención de este "sello
Espiritual...". También se ha hecho mención de la anterior nota 36 y de cat. 15,
núm. 21. No se volverá a insistir más sombre esto, únicamente, recordar que la
ed. de Migne, PG 33,373 vuelve a mencionar la semejanza entre el "sello" y el
"carácter del bautismo" con las marcas impresas en los ganados para distinguir
quiénes eran sus dueños, o también con las señales grabadas con hierro candente
en los soldados. Una cierta tosquedad en la comparación permite hacer entender
de modo bastante plástico que el bautizado será ahora siervo solo de Cristo.
(18) Se reproduce aquí integra la nota que inserta la mencionada edición de PG
33, col. 374; "Serás introducido en un nuevo paraíso racional, recibiendo un
nuevo nombre". No me resisto apenas a pensar que aquí se alude a dos pasajes del
Apocalipsis, c, II, quería. 7: "Al vencedor le daré a comer del leño de la vida,
que está en el paraíso de mi Dios", y quería. 17: "Al vencedor le daré una
piedrecita blanca, y grabado en la piedrecita, un nombre nuevo". Pues aunque
Cirilo no utiliza el libro del Apocalipsis como canónico, menciono en sus
catequesis algunas de sus afirmaciones. Afirma que al bautizado se le ha de
abrir el paraíso, cat. 13,9, cuando, hechas las renuncias mirando desde el
poniente y vuelto hacia el oriente, hace un pacto con Cristo. Pero es injertado
en el verdadero olivo que es Cristo cuando es ungido antes del bautismo con el
aceite exorcizado, cat. 20, n. 3. En Cristo somos, por último, injertados como
en una viña cuando por el bautismo comulgamos (cat. 19, n. 7) con su muerte y su
sepultura (por la que se ha plantado en la tierra la vid verdadera, cat. 14, n.
11)".
(19) Cf. Procat., n. 4; cat. 5, n. 1.
(20) Cf. en esta catequesis, núm. 6, procat., núm. 17.
(21) Cf. Procat., núm. 16.
(22) Asambleas o reuniones sagradas.
CATEQUESIS II, INVITACIÓN A LA CONVERSIÓN
Pronunciada en Jerusalén, trata sobre la conversión y el perdón de los pecados,
y acerca del enemigo. La lectura de base es de
Ez 18,20-21:
"Al justo se le imputara su justicia y al malvado su maldad. En cuanto al malvado, si se aparta de todos los pecados que ha cometido, observa todos mis preceptos y practica el perpetua derecho y la justicia, vivirá sin duda, no morirá" (1).
Realidad del pecado
1. Realidad temible es el pecado y gravísima enfermedad del alma es la
iniquidad: le secciona los nervios y además la dispone al fuego eterno. La
maldad se da cuando hay delectación libre, un germen que lleva voluntariamente
al mal. Ya el profeta señala con claridad que el pecado se comete de modo
espontáneo y libre: "Yo te había plantado de la cepa selecta, toda entera de
simiente legítima. Pues ¿cómo te has mudado en sarmiento de vid bastarda?" (Jr
2,21). La plantación es buena, pero el fruto es malo, malo por la libre
voluntad: el que plantó está libre de culpa, pero la viña será aniquilada por el
fuego; plantada para el bien, produjo el mal por su propio deleite. Pues, según
el Eclesiastés, "Dios hizo sencillo al hombre, pero él se complicó con muchas
razones" (Si
7,29). Y el Apóstol dice: "Hechura suya somos, creados... en orden a las
buenas obras" (Ep
2,10). Pues siendo bueno el creador, creó "en orden a las buenas obras",
pero la creatura se volvió al mal por su propio arbitrio. Grave mal es, según
esto, el pecado. Pero no es irremediable: es grave para quien permanece en él.
Pero es fácil de sanar a aquel que lo rechaza en la conversión. Imagínate que
alguien tiene fuego en sus manos. Sin duda se abrasará mientras retenga el
carbón, pero si lo arroja fuera de sí, suprime la causa de su quemadura. Pero si
alguien piensa que no se quema al pecar, a ese tal le dice la Escritura: "¿Puede
uno meter fuego en su regazo sin que le ardan los vestidos?" (Pr
6,27). Así pues, el pecado abrasa los nervios del alma.
El origen del pecado en el interior del hombre
2. Pero dirá alguno ¿Qué es el pecado? ¿Es un animal, un ángel o un demonio?
¿Qué es lo que lo produce? (2). Atiende bien: no es un enemigo que te invada
desde fuera, sino algo que brota de ti mismo. "Miren de frente tus ojos" (Pr
4,25) y no experimentarás la pasión. Ten lo tuyo, no te apoderes de lo
ajeno y no existirá en ti la rapiña. Acuérdate del juicio y no existirán en ti
la fornicación ni el adulterio ni el homicidio ni nada que sea pecaminoso. Pero
si te olvidas de Dios, comenzarás a pensar en el mal y a realizar lo ilícito.
El diablo y el pecado
3. Pero no solo tú eres origen y autor de lo que haces: hay también un depravado
instigador, el diablo (3). El tienta a todos, pero no puede con los que no
consienten. Por ello dice el Eclesiastés: "Si el Espíritu del que tiene poder se
abate sobre ti, no abandones tu puesto" (4). Cierra tu puerta y hazlo huir lejos
de ti para que no te cause daño. Pero si das entrada con indiferencia al
pensamiento libidinoso, oponiéndose a tu ánimo, plantará en ti sus raíces, atará
tu mente y te arrastrará hasta la cueva de los malvados. Y si acaso dices: Soy
fiel, no podrán conmigo los malos deseos, aunque frecuentemente los tenga en mi
ánimo. ¿Ignoras tal vez que la raíz que permanece tiempo ligada a la piedra
acaba siempre rompiéndola? No aceptes siquiera el germen, porque hará añicos tu
fe. Arranca de raíz el mal antes de que florezca, no sea que, actuando
negligentemente desde un comienzo, tengas luego que pensar en el fuego (Jr
23,29) y en el hacha (Mt
3,10). Cúrate a tiempo la inflamación de ojos, para que no te quedes
ciego y busques entonces médico.
4. Causante primero del pecado es el diablo, origen de la maldad. Esto no lo he
dicho yo, sino el Señor: "Porque el diablo peca desde el principio" (5). Antes
que él nadie pecó. Pero no pecó por fuerza de la naturaleza (6), como si hubiese
estado obligado al pecado (en ese caso, habría incurrido en pecado quien le
hubiese hecho tal), sino que, creado bueno, se convirtió en diablo tomando
nombre de su actuación (7). Pues, habiendo sido arcángel (8), se le ha llamado
posteriormente diablo (o calumniador, Satanás), habiéndosele considerado después
así en virtud de la cosa misma. Satanás es, pues, lo mismo que adversario (9).
Las pruebas no las aporto yo, sino el profeta Ezequiel: "Eras el sello de una
obra maestra y corona de hermosura, engendrado en el paraíso divino" (Ez
28,12 var.). Y poco más abajo: "Fuiste perfecto en tu conducta desde el
día de tu creación, hasta el día en que se halló en ti iniquidad" (Ez
28,15) (10). Esto no te vino de fuera, sino que tú mismo engendraste el
mal. Poco más abajo señala la causa: "Tu corazón se ha pagado de tu belleza, has
sido herido por la muchedumbre de tus pecados, sí, por tus pecados. Yo te he
precipitado en tierra" (Ez
28,17 var.). Lo mismo dice el Señor en el Evangelio en el mismo sentido:
"Veía a Satanás caer del cielo como un rayo" (Lc
10,18). Ya ves la consonancia entre ambos Testamentos. Al caer aquél,
arrastró a muchos consigo. A quienes le siguen les sugiere malos deseos, de lo
que se siguen el adulterio, la fornicación y cualquier clase de mal. Por causa
suya fue expulsado nuestro primer padre Adán del paraíso y cambió éste, del que
brotaban frutos admirables, por una tierra que le ofrecía espinas.
Esperanza para el pecador
5. Entonces, dirá alguno, ¿hemos perecido engañados? ¿no habrá salvación alguna?
Caímos, ¿podremos levantarnos? (Jr
8,4). Hemos quedado ciegos ¿podremos recuperar la vista? Estamos
cojeando, ¿no hay esperanza de que caminemos correctamente alguna vez? Diré en
resumidas cuentas: ¿No podremos alzarnos después de haber caído? (cf.
Ps 41,9)
¿Es que acaso quien resucitó a Lázaro, con hedor ya de cuatro días (Jn
11,39), no te resucitará vivo también a ti? Quien derramó su preciosa
sangre por nosotros nos liberará del pecado para que no claudiquemos de nosotros
mismos (cf. Ep 4,19) (11), hermanos, cayendo en un estado de desesperación. Mala
cosa es no creer en la esperanza de la conversión. Quien no espera la salvación
acumula el mal sin medida; pero el que espera la curación, fácilmente es
misericordioso consigo mismo. Igualmente el ladrón que no espera que se le haga
gracia llega hasta la insolencia; pero, si espera el perdón, a menudo termina
por hacer penitencia. Si incluso una serpiente puede mudar la piel, ¿no
depondremos nosotros el pecado? También la tierra que produce espinas se vuelve
feraz si se la cultiva con cuidado: ¿Acaso podremos obtener nosotros de nuevo la
salvación? La naturaleza es, pues, capaz de recuperación, pero para ello es
necesaria la aceptación voluntaria.
Misericordia y amor de Dios hacia el pecador
6. Dios ama a los hombres, y no en escasa medida. No digas tu entonces: He sido
fornicario y adúltero, he cometido grandes crímenes, y ello no solo una vez sino
con muchísima frecuencia. ¿Me perdonará, o más bien se olvidará de mi? Escucha
lo que dice el salmista: "¡Qué grande es tu bondad, Señor!" (Ps
31,20). Tus pecados acumulados no vencen a la multitud de las
misericordias de Dios. Tus heridas no pueden más que la experiencia del médico
supremo. Entrégate sencillamente a él con fe; indícale al médico tu enfermedad;
dí tu también con David: "Si, mi culpa confieso, acongojado estoy por mi pecado"
(Ps 38,19).
Y se cumplirá en ti lo que también se dice: "Y tú has perdonado la malicia de mi
corazón" (Ps
32,5) (12).
7. ¿Quieres ver el amor de Dios al hombre tú, que hace poco que vienes a las
catequesis? ¿Quieres contemplar la benignidad de Dios y la enormidad de su
paciencia? Mira el caso de Adán. Es el primer hombre que Dios creó, y pecó: ¿no
pudo advertirle de que a continuación moriría? Pero mira lo que hace el Dios que
tanto ama a los hombres. Lo arroja del paraíso (pues por el pecado no era digno
de vivir allí). Y lo coloca en cualquier lugar fuera de allí (cf.
Gn 3,24),
para que, al ver de dónde ha caído y a dónde ha sido arrojado, consiga luego la
salvación mediante la conversión. Caín, primer hombre dado a la luz, se
convirtió en fratricida; maquinador del mal, autor y causante de asesinatos, y
primer envidioso, quitó después de en medio a su hermano. ¿A qué pena se le
condena?: "Vagabundo y errante serás en la tierra" (Gn
4,12) Grande fue el pecado, pero leve el castigo.
8. Y ésta fue verdaderamente la clemencia de Dios, pero pequeña todavía con
respecto a lo que siguió. Pues piensa en lo que sucedió en tiempo de Noé.
Pecaron los gigantes y la maldad se extendió grandemente sobre la tierra (Os
4,2) (13). Por ella se provocó el diluvio: en el año quinientos profirió
Dios su amenaza (cf.
Gn 6,13)
(14). ¿No crees que la benignidad de Dios se extendió durante cien años cuando
se podía haber infligido el castigo al momento? Todo lo alargó para dar lugar a
la conversión. ¿Acaso no ves la bondad de Dios? Ni siquiera aquellos hombres, si
hubiesen recobrado entonces el buen sentido, habrían notado que les faltaba la
clemencia divina.
La bondad de Dios es mayor que el pecado
9. Hablemos ahora de aquellos que se han salvado a través de la conversión.
Habrá entre las mujeres quien diga: soy una prostituta, he sido adúltera, manché
mi cuerpo con toda clase de lujuria. ¿Qué posibilidad existe de salvación?
Observa, mujer, el caso de Rahab, que también para ti hay salvación. Pues si la
que se dedicaba a la prostitución abierta y públicamente obtuvo su salvación
mediante la conversión, ¿acaso quien abusó de su cuerpo alguna vez antes de
haber recibido la gracia no obtendrá la salvación por la penitencia y el ayuno?
Date cuenta de cómo se salvo, pues simplemente dijo: "Yahveh, vuestro Dios, es
Dios arriba en los cielos y abajo en la tierra" (Jc
2,11) (15). No se atrevía por pudor a decir que era suyo. Pero si deseas
recibir el testimonio recogido en las Escrituras acerca de su salvación, tienes
escrito en los Salmos: "Cuento a Rahab y a Babilonia entre los que me conocen" (Ps
87,4). Grande es la benignidad de Dios, que en las Escrituras hace
memoria incluso de las meretrices. Y no dice simplemente "cuento a Rahab y a
Babilonia", sino que añadió lo de "entre los que me conocen". Así pues, los
hombres y mujeres pueden obtener la salvación mediante la conversión.
10. Y aunque todo el pueblo hubiese pecado, ello no supera a la benignidad
divina. El pueblo había fabricado un becerro, pero Dios no se arrepintió de su
clemencia. Negaron los hombres a Dios, pero Dios no se negó a sí mismo (2Tm
2,13). "Entonces ellos exclamaron: 'Estos son tus dioses, Israel'" (Ex
32,4); y sin embargo, según su modo de actuar, el Dios de Israel los
custodió. Tampoco fue el pueblo el único que pecó, pues también pecó Aarón, el
sumo sacerdote. Moisés, en efecto, dice: "También contra Aarón estaba Yahvé
violentamente irritado... Intercedí también entonces en su favor y Dios le
perdonó" (Dt
9,20). Ya Moisés, suplicando en favor del sumo sacerdote pecador,
suavizó la ira de Dios. ¿Y Jesús, el Hijo único que ora por nosotros, no
aplacará a Dios? No le impidió a Aarón, a pesar de su culpa, que llegase a ser
sumo sacerdote. ¿Te obstaculizara a ti que, por provenir de los gentiles, entres
en la salvación? Haz igualmente penitencia tú también, oh hombre: no se te
negará la gracia. Adopta después una vida irreprensible: Dios ama verdaderamente
a los hombres y nadie puede explicar su clemencia a causa de su dignidad
personal: incluso aunque se juntasen todas las lenguas de los hombres, ni
siquiera así podrían explicar una parte de su benignidad, es decir, ni siquiera
una parte de lo que se ha escrito acerca de la benignidad de Dios para con los
hombres. Pero tampoco sabemos además cuanto perdonó a los ángeles, pues también
a ellos les perdona, pues realmente solo existe uno que esté sin pecado, el que
nos libra de éste, Jesús (16). Pero ya se ha dicho suficiente acerca de los
ángeles.
El ejemplo de la conversión de David
11. Pero si lo deseas, te presentaré también otros ejemplos que se refieren a
nosotros: piensa en el bienaventurado David, claro ejemplo de conversión.
Gravemente pecó cuando, después de acostarse, paseó en las horas de la tarde por
la terraza mirando descuidadamente y cayendo en su debilidad humana (2S
11,2). Cometió el pecado, pero, al confesarlo, no desapareció totalmente
el brillo de su alma. Se presentó el profeta Natán, que le corrigió
diligentemente y fue el médico de sus heridas (2S
12,1 2S 5a).
"Se ha airado el Señor y has pecado" (17). Esto se lo decía un particular al
rey. Pero el rey, pese a la dignidad de la púrpura, no se indignó. Pues no tenía
en cuenta a quien hablaba, sino al que le había enviada a éste. No le cegó la
cohorte de soldados que le rodeaba, pues pensaba en el ejército de los ángeles
del Señor y temblaba "como si viese al invisible". Y respondió al enviado, o más
bien, al Dios que le enviaba: "He pecado contra el Señor" (2S
12,13). Ya ves la sumisión y la confesión del rey: ¿Acaso alguien le
había declarado convicto? ¿Había muchos que conociesen el delito? El hecho se
había producido rápidamente, pero el profeta se había presentado pronto como
acusador. Apenas producida la ofensa, se confiesa el pecado. Al ser reconocido
con claridad y sencillez, fue sanado rapidísimamente. Pues el profeta Natán, que
le había conminado, le dice al momento: "También Yahvé perdona tu pecado"
(ibid.). Observa cómo cambia muy rápidamente el Dios que ama a los hombres.
Dice, no obstante: "Provocando (a Dios), has provocado a los enemigos del Señor"
(2S 12,14,
según versiones). Tenías muchos enemigos a causa de la justicia, pero te
protegía la castidad. Pero cuando has descuidado esta protección, tienes a tus
enemigos en pie para alzarse contra tí. Esta fue la forma como le consoló el
profeta.
12. Pero el bienaventurado David, a pesar de haber oído lo de que "Dios ha
perdonado tu pecado", no descuidó hacer penitencia aunque fuese rey, sino que,
en lugar de la púrpura, se vistió de saco, y se sentaba no en asientos de oro,
sino sobre ceniza y en el suelo (18). Pero no solo se sentaba en la ceniza, sino
que también se alimentaba de ella, como dice él mismo: "El pan que como es la
ceniza" (Ps
102,10). Su ojo lujurioso lo colmó de lágrimas, según dice: "Baño mi
lecho cada noche, inundo de lágrimas mi cama" (Ps
6,7). Cuando los príncipes le exhortaban a que probase el pan, no
asintió y continuó su ayuno hasta el séptimo día (2S
12,17-20). Si el rey se manifestaba así, ¿no harás lo mismo tú que eres
un simple particular? Después de la rebelión de Absalón, al ofrecérsele (al rey)
diversos caminos para la huída, eligió hacerlo a través del monte de los Olivos
(2S 15,23),
como invocando en su mente al Libertador, que desde aquí había de ascender a los
cielos (19). Y como le hiriese Semei con duras maldiciones, respondió: "Dejadlo"
(20), pues sabía que a quien perdona se le dará el perdón (21).
Otros ejemplos de penitencia
13. Ves que es cosa buena el confesar. Y ves que es la salvación para los que se
convierten. También Salomón había caído (1R
11,4), pero, ¿cuál es la razón de decir: "Después hice penitencia" (22)?
También Ajab, rey de Samaria era un malvado adorador de ídolos, de notoria
maldad, asesino de profetas, impío, codicioso de campos y viñas ajenas (1R
20-21). Pero cuando hizo perecer a Nabot por instigación de Jezabel, y
una vez llegado el profeta Elías que quiso amenazarle, rasgó sus vestidos y se
vistió de saco. ¿Qué dice entonces el Dios misericordioso a Elías?: "¿Has visto
como Ajab se ha humillado en mi presencia?" (1R
21,29), como queriendo calmar el genio del profeta inclinándolo hacia el
penitente. Y dice: "No traeré el mal en vida suya" (ibid.; para todo el
episodio, cf.
1R 21,17-29).
Y aunque el rey, después del perdón, no habría de apartarse del pecado, Dios le
perdona incondicionalmente, no porque desconociese el futuro, sino concediendo
su misericordia en el momento en que está mostrando la conversión. Propio de un
juez justo es dictar sentencia ajustada a cada uno de los hechos.
14. En otra ocasión estaba en pie Jeroboam ofreciendo sobre un altar sacrificios
a los ídolos: su mano sufrió una parálisis por haber mandado apresar al profeta
que le recriminaba. Pero al experimentar por sí mismo la potestad de aquel
hombre, exclamó: "Aplaca, por favor, el rostro de Yahvé tu Dios" (1R
13,6; cf.
1R 13,1ss.).
Y en virtud de esta palabra le fue restablecida totalmente la mano. Pero si un
profeta curó a Jeroboam, ¿acaso no podrá Cristo liberarte sanándote de tus
pecados? También Manasés cometió numerosos crímenes: fue el que hizo matar a
Isaías, se contaminó con todo género de idolatrías y llenó a Jerusalén de
muertes de inocentes (2R
21,16). Pero, conducido cautivo a Babilonia, por la experiencia de su
propio mal utilizó la medicina de la conversión. Pues dice la Escritura que Manasés se humilló profundamente en presencia del Dios de sus padres y "oró a él
y Dios accedió, oyó su oración y le concedió el retorno a Jerusalén, a su reino"
(2Ch 33,12).
Si éste, que había hecho aserrar al profeta (23), se salvó mediante la
conversión, ¿no te salvarás también, tu, que no has cometido nada tan grave?
Confiar en la posibilidad de la conversión. Ezequías
15. No desconfíes sin motivo de la fuerza de la conversión. ¿Quieres saber
realmente la fuerza que tiene la penitencia? ¿Quieres conocer a fondo esta
fortísima espada de la salvación y aprender el valor que tiene la confesión?
(24). Por la conversión aniquiló Ezequías a ciento ochenta y cinco mil enemigos
(2R 19,35).
Y esto es realmente admirable, pero es poco en comparación con el hecho de haber
cambiado mediante la conversión la sentencia divina que ya había sido
pronunciada contra él. Pues Isaías le había dicho en su enfermedad "Da órdenes
acerca de tu casa, porque vas a morir y no vivirás" (1S
20,1). Y no había, pues, expectativas, una vez que el profeta había
dicho "vas a morir". Sin embargo, no revocó Ezequías su conversión, acordándose
de lo que está escrito: "Por la conversión y calma seréis liberados" (Is
30,15) (25). Se volvió a la pared y elevando desde el lecho su mente al
cielo (el grosor de las paredes no podía impedir sus devotas preces), exclamó:
"¡Señor, acuérdate de mí!" (Is
38,3), como si dijera: "Para mi salud me basta que te acuerdes de mi, tú
que no estás sometido al tiempo, sino que has creado las leyes de la vida. La
razón de nuestra vida no está en el origen ni el tamaño de cada uno de los
astros, como algunos sueñan, sino que eres tu quien rige la vida y su duración
según los planes de tu voluntad". A causa del anuncio del profeta (Is
38,1) había perdido (Ezequías) la esperanza de vivir, pero el tiempo de
su vida le fue prorrogado en quince años, de lo que se le ofreció como signo el
retroceso del sol (Is
38,8). El sol volvió atrás por Ezequías. E igualmente llegó a faltar el
sol a causa de Cristo, no retrocediendo sino apagándose (26), mostrando así la
diferencia entre Ezequías y Jesús. Pero si aquel pudo anular la sentencia de
Dios, ¿no podrá Jesús conceder el perdón de los pecados? Apártate de ellos y
llóralos en tu alma; cierra las puertas y ora para que te sean perdonados (Mt
6), de modo que Dios sofoque las llamas ardientes que brotan de ti, pues
la confesión (27) puede extinguir el fuego y amansar a los leones.
Los tres jóvenes y Nabucodonosor
16. Pero si no crees, piensa en lo que les sucedió a Ananías y a sus compañeros.
¿Cuántos sextarios de agua (28) se necesitaban para apagar una llama que se
elevaba hasta los cuarenta y nueve codos (Da
3,47)? Pero donde más alta era la llama, allí se derramo la fe como si
fuese un rio, y señalaban el remedio de los males: "Eres justo en todo lo que
nos has hecho... Si, pecamos, obramos inicuamente" (Da
3,27). Y la penitencia disolvió las llamas. Pero si desconfías de que la
conversión pueda apagar el fuego de la gehena, aprende de lo que les sucedió a
Ananías y a sus compañeros. Aunque algún oyente agudo podrá decir: "Dios los
liberó entonces justamente". Puesto que no quisieron dar culto al ídolo, les
concedió Dios la fuerza y el poder. Y como verdaderamente fue así, pasaré ahora
a otro ejemplo de conversión.
17. ¿Qué opinión tienes acerca de Nabucodonosor? ¿No has oído por las Escrituras
que fue sanguinario y fiero como un león? ¿No has oído que sacó los huesos de
los reyes de sus sepulcros para arrojarlos al aire? (Jr
8,1ss)? ¿No has oído que se llevó al pueblo al destierro y que cegó los
ojos del rey tras hacerle contemplar la degollación de sus hijos? (2R
25,7) ¿Y qué destrozó a los querubines? No me refiero a los querubines
que solo con la mente se contemplan. ¡Quita esta idea de tu cabeza! Me refiero a
los querubines que estaban esculpidos, pero también al propiciatorio desde el
cual Dios hablaba (Ex
25,17-18,22). También profanó el velo del santuario. Tomando el
incensario, lo llevó al templo de los ídolos (29). Transformó todos los objetos
de la ofrenda, arrasó el templo desde sus cimientos. Mereció innumerables
castigos por los reyes muertos y por los santos a los que injurió. Y puesto que
había reducido al pueblo a servidumbre y había colocado los vasos sagrados en
los templos de los ídolos, ¿acaso no era digno de padecer mil muertes?
18. Has visto la magnitud de los crímenes. Vuélvete ahora a la clemencia de
Dios. Era (Nabucodonosor) como una fiera: vivía de modo solitario y tenía que
ser golpeado para ser domesticado. Tenía las garras de un león, con las cuales
agarraba a los santos, y las crines de los leones. Era, en efecto, un león
rápido y rugiente. Comía heno como el buey y era como un jumento que no sabía
quién le había dado el reino (30). Su cuerpo se cubrió de rocío, pero no creyó
al ver el fuego apagado por ese mismo rocío. ¿Y qué es lo que sucedió?: "Al cabo
del tiempo fijado, yo, Nabucodonosor, levanté los ojos al cielo... y bendije al
Altísimo, alabando y exaltando al que vive eternamente" (Da
4,31). Cuando reconoció al Altísimo y dirigió a Dios estas palabras de
su ánimo agradecido, se arrepintió de sus acciones confesando su propia
debilidad. Dios le restituyó entonces el honor del reino.
Exhortación final
19. ¿Qué, pues? A Nabucodonosor, que tantos males había hecho, Dios le dió, al
haber confesado, el perdón y el reino: y a ti, si te conviertes, ¿no te dará el
perdón de los pecados y el reino de los cielos, si te conduces dignamente? Dios
es clemente, pronto en perdonar y tardo para la venganza. Así pues, que nadie
desespere de su propia salvación. Pedro, el príncipe de los Apóstoles, negó tres
veces al Señor ante una sierva cualquiera. Pero, tocado por el arrepentimiento,
lloró amargamente: al llorar, manifiesta la conversión íntima del corazón; y por
ello no solo recibió el perdón por su negación, sino que también conservó la
dignidad de Apóstol.
20. Hay, pues, hermanos, multitud de pecadores que se convirtieron y
consiguieron la salvación, confesad también vosotros ardientemente al Señor para
que recibáis el perdón de los pecados precedentes y, hechos dignos del don
celestial, podáis heredar el reino de los cielos con todos los santos, en Cristo
Jesús, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén (31)
Notas
(1) El tema de la catequesis es la conversión que se requiere antes del
bautismo. La catequesis exhorta a la penitencia que pide el artículo del Credo
"un único bautismo de conversión para el perdón de los pecados". Cf. sobre este
particular la cat. 18, núm. 22. Es necesario también señalar que en ciertos
códices se dice "trata sobre la conversión y el perdón de los pecados", pero en
la explicación frontal del tema no se añade "acerca del enemigo", es decir, el
diablo. Realmente el examen de la catequesis aclara que el tema es esencialmente
la conversión y el perdón de los pecados, no siendo el diablo aquí más que un
tema secundario.
(2) Cf. cat. 4, núm. 21.
(3) Cat. 4, núms. 21,24.
(4) Si 10,4,
que completa el consejo con las palabras: "que la flema libra de graves yerros".
Es la versión de la Biblia de Jerusalén, y el versículo parece ser de por si un
consejo de prudencia ante los errores de la autoridad. La interpretación que
hace el texto de la catequesis supone otro contexto diferente, el de la
tentación, pero la intención es válida: mantenerse firme en las dificultades de
la tentación.
(5) En realidad la frase no es del Evangelio, sino de
1Jn 3,8:
"Quien comete el pecado es del Diablo, pues el diablo peca desde el principio.
El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del diablo". Pero en una
línea semejante si existe en Jn 8,44, puesta en boca de Jesús, esta afirmación:
"Este (el diablo) era homicida desde el principio, y no se mantuvo en la verdad,
porque no hay verdad en él; cuando dice la mentira, dice lo que le sale de
dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira".
(6) Probablemente, al negar la posibilidad de pecar "por fuerza (mejor, "por
necesidad") de la naturaleza", como si el pecado fuese una exigencia ontológica
del ser del diablo, está pensando Cirilo en la afirmación al respecto extendida
entre gnósticos y maniqueos (cf. PG 33,386, nota 8).
(7) La palabra griega diábolos, significa "calumniador", "detractor",
"acusador", funciones que realiza sobre y contra el hombre.
(8) Esta idea del origen angélico del diablo se repite también en Cirilo, por
ejemplo, en cat. 8, n. 4.
(9) Variante también posible: "Satanás significa pues diablo" (o calumniador).
De hecho, en las versiones griegas de la Biblia la expresión hebrea "Satán" se
traduce a menudo por diábolos.
(10) El oráculo profético se refiere propiamente a la caída del rey de Tiro. En
realidad, el pasaje entero,
Ez 28,1-19,
es un poema-oráculo contra aquel. Una nota de la Biblia de Jerusalén a 28,11,
donde comienza la predicción de la mencionada caída, señala: "Por una
acomodación espontánea, la tradición cristiana ha aplicado a menudo este poema a
la caída de Lucifer".
(11) Esta versión de
Ep 4,19,
es más próximo a la traducción que hace la Vulgata del versículo, examinando el
cual y su contexto se percibe la idea paulina de que, privado el hombre del
contacto con Cristo, se termina por caer en una situación de desenfreno que
perjudica al mismo ser humano como tal:
Ep 4,17.
Es una idea afín a
Rm 1,18-32.
(12) Todo el Salmo 32 es importante como expresión del perdón tras el
reconocimiento del pecado. El versículo 5, completo, señala: "Mi pecado te
reconocí, y no oculté mi culpa; dije: "Me confesaré a Yahveh de mis rebeldías".
Y tu absolviste mi culpa, perdonaste mi pecado".
(13) A la iniquidad extendida sobre Israel, según Oseas, hace aquí referencia la
edición de PG 33,391, nota 62. Pero más bien habría que pensar en
Gn 6,1-4,
pasaje sobre el que tiene un indudable valor sintético la nota general de la
Biblia de Jerusalén.
(14) La mención del año "quinientos" y "seiscientos" se refiere a años de la
vida de Noé, si se toman al pie de la letra
Gn 5,32 Gn 7,6.
(15) Comentario de este versículo: "Rajab se ha salvado por su fe,
He 11,31,
y justificado por sus obras,
Jc 2,25.
Esta extranjera, que con su fe y su caridad consigue la salvación de toda su
casa, se ha convertido entre los Padres en imagen de la Iglesia".
(16) Sobre la difícil afirmación de Cirilo acerca del pecado de los ángeles, cf.
PG 33,394-395.
(17) Esas palabras no son propiamente de la Escritura. Según PG 33,396, pueden
ponerse en relación con Isaías 64,4: "He aquí que estuviste enojado, pero es que
fuimos pecadores", en el contexto de una meditación-suplica a la vista de la
historia de Israel.
(18) Interpretación de
2S 12,16.
(19) Cirilo hace aquí alusión a
Lc 24,50-51,
la Ascensión, en combinación con
Ac 1,12:
"... se volvieron a Jerusalén desde el monte llamado de los Olivos".
(20) Mas exactamente: "Dejadle que maldiga, pues se lo ha mandado Yahvé" (2S
16,11).
(21) Cf. de hecho
2S 16,12:
"Acaso Yahvé mire mi aflicción (tal vez "mi falta") y me devuelva Yahvé bien por
las maldiciones de este día".
(22) La frase es traducción tanto del original griego como de la versión latina.
Parece hacer referencia a
Pr 24,32,
pero aquí Cirilo, como observa PG 33,390, utiliza un débil y complicado
argumento para hablar de la conversión de Salomón, interpretando como tal el
contexto por
Pr 24,30-34.
(23) Es una traducción judía la que menciona esta forma de martirio de Isaías,
aunque los datos no son plenamente seguros.
(24) La "confesión" mencionada aquí es la confesión de fe. Debe tenerse en
cuenta que tras la "entrega", traditio del Símbolo de la fe tiene que venir la
"confesión" de fe en la "devolución" o redditio del Credo. Cirilo se refiere a
la fuerza que tiene la confesión de la fe en el camino que conduce a la
iniciación cristiana.
(25) Por otra parte, la enfermedad, la curación y el subsiguiente cantico de
acción de gracias de Ezequías aparece también en
Is 38.
(26) Sobre Ezequías cf. también
Si 48,26.
En el caso de Jesús, cf. el oscurecimiento del sol en
Mc 15,33
par.
(27) El tema al que se apunta sigue siendo la confesión de fe que se hará en la
devolución del credo.
(28) Sextario: medida de capacidad equivalente a poco más de medio litro en
nuestro sistema de medidas.
(29) Cf. una descripción general en
Da 1,2.
(30) Es la afirmación de que el poder viene de Dios. Cf. cat. 8, n. 5. Sobre el
tema, en el Nuevo Testamento, cf.
Jn 19,11
y Rm 13,1-8.
(31) Las ediciones de las catequesis de Cirilo de Jerusalén, presentan con
frecuencia un segundo ejemplar de esta segunda catequesis, deducido de los
códices existentes y en parte a base de conjeturas sobre los mismos (por
ejemplo, PG 33,407-424). No se ha creído aquí necesario ofrecer ninguna de esas
versiones, porque son variantes que probablemente se deben a que están
transcritas en ocasiones diferentes en que se pudo pronunciar la misma
catequesis sobre la conversión.
Pronunciada en Jerusalén, trata sobre el bautismo. Toma pie de la Carta a los
Romanos 6,3-4:
¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados con el bautismo en la muerte, etc. (Rm 6,3-4).
Os encamináis hacia el bautismo
1. "¡Aclamad cielos, y exulta, tierra!" (Is
49,13) por aquellos a los que habrá que asperger con el hisopo y que
serán purificados con el hisopo intelectual por la fuerza de aquel que en su
pasión acepto el hisopo y la cana (Jn
19,29). Y alégrense las potencias de los cielos; prepárense las almas
que habrán de ser desposadas por el divino esposo, pues está escrito "voz del
que grita en el desierto: Preparad el camino del Señor" (Is
40,3 Mt 3,3
par). No se trata de algo sin importancia, ni de la unión ordinaria y temerosa
de los cuerpos, sino del Espíritu que todo lo escruta según la fe (1) haciendo
las delicias de cada cual. Pues los desposorios y los acuerdos humanos no
siempre se hacen con el debido juicio, pues un esposo se inclina siempre con
mayor rapidez hacia donde parece haber riquezas o prestancia de la figura. Aquí,
por el contrario, no se mira a la hermosura de los cuerpos, sino a si existe una
conciencia experta en apercibir al alma; no se atiende a las riquezas de la
condenación sino a las que ha preparado la piedad.
Estar bien dispuestos
2. Por tanto, hijos de la justicia, dirigid vuestro modo de obrar a Juan, que
exhorta diciendo: "Rectificad el camino del Señor" (Jn
1,23). Quitad todos los impedimentos y tropiezos para encaminaros
derechos a la vida eterna. Por la fe sincera del alma preparaos unos vasos
limpios para recibir al Espíritu Santo. Comenzad a lavar vuestros vestidos
mediante la conversión para que, llamados al tálamo del esposo, seáis hallados
limpios. Pues el esposo llama a todos sin distinción, ya que se trata de una
gracia abundante (2). Todos son reunidos por la llamada en voz alta de quienes
hacen el anuncio (3), pero él discierne después quiénes entran en esta boda que
ya estaba prefigurada (4). Que no suceda ahora que alguno de los que dieron el
nombre oiga aquello de: "Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?" (Mt
22,12). Ojala se os conceda a todos vosotros oír: "¡Bien, siervo bueno y
fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el
gozo de tu señor!" (Mt
25,21). Pues hasta ahora os quedabais fuera de la puerta; que ahora
podáis decir todos: "El Rey me ha introducido en sus mansiones" (Ct
1,3). "Exulta mi alma en mi Dios, porque me ha revestido de ropas de
salvación y con la túnica de la alegría. Me ha puesto, como un esposo, una
diadema, como la novia se adorna con sus aderezos" (Is
61,10) (5). Para que el alma de todos vosotros sea encontrada "sin que
tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada" (Ep
5,27). No me refiero a antes de que consigáis la gracia (pues habéis
sido llamados precisamente a recibir el perdón de los pecados), sino a que,
cuando la gracia se os conceda, no haya nada condenable en vuestra conciencia
que se oponga al bautismo.
Estar preparados
3. Pues se trata de una gran cosa, hermanos, y a ella debéis acercaros con
singular cuidado. Póngase cada uno de vosotros ante Dios en presencia de las
miríadas de los muchos ejércitos de los ángeles. El Espíritu Santo sellara
vuestras almas, pues habréis de ser seleccionados para la milicia del gran rey
(6). Preparaos, pues, y estad dispuestos, no revestidos de blanquísimos vestidos
materiales, sino de un alma penetrada por la piedad (7). No te acerques a este
lavatorio como si fuera pura y simplemente agua, sino por atención a la gracia
del Espíritu Santo, que se otorga conjuntamente con el agua. Pues los dones que
se ofrecen en los altares de los gentiles, al no ser otra cosa que lo que son
por naturaleza, quedan contaminados por la invocación de los ídolos. Pero, en
nuestro caso, el agua, al invocarse sobre ella al Espíritu Santo, a Cristo y al
Padre, adquiere la fuerza de la santidad (8).
Renacer en el cuerpo y el alma por el agua y el Espíritu
4. Al estar el hombre compuesto de alma y cuerpo, la purificación es doble:
incorpórea para la parte no corporal, corporal para el cuerpo. Pues a la vez que
el agua limpia al cuerpo, así el Espíritu sella el alma, para que, asperjados,
con el corazón a través del Espíritu y, lavados por el agua, también con el
cuerpo tengamos acceso a Dios (9). El descenderá al agua. Por eso no debes
fijarte en la pobreza del elemento material, pues habrás de recibir con eficacia
la salvación: sin ambas cosas no puedes recibir la salvación. No soy yo quien lo
dice, sino el señor Jesucristo, que es quien tiene la potestad sobre este
asunto, pues él dice: "El que no nazca de nuevo" (10), añadiendo "de agua y de
Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios" (Jn
3,5). Tampoco posee perfectamente la gracia quien es bautizado con agua,
pero no recibe el Espíritu Santo. Incluso si alguien, estando instruido en las
obras de las virtudes, no recibe el sello a través del agua, tampoco entrara en
el reino de los cielos (11). Esta afirmación parece atrevida, pero no es mía,
pues es Jesús quien la ha pronunciado: la prueba para ella tómala tú de la
Sagrada Escritura. Cornelio era hombre justo, tenido por digno de contemplar a
los ángeles, que adecuadamente había hecho llegar hasta Dios sus suplicas y sus
limosnas. Pedro vino hasta él y fue derramado el Espíritu sobre los que creían,
hablaron en lenguas y profetizaron (Ac
10,34) y, sin embargo, después de esta gracia del Espíritu, dice la
Escritura: "Y mando (Pedro) que fueran bautizados en el nombre de Jesucristo" (Ac
10,48) (12), para que, una vez regenerada ya el alma por la fe, también
el cuerpo recibiese la gracia a través del agua.
La salvación a través del agua, en la historia de Israel
5. Pero si alguien desea saber por qué razón se da la gracia a través del agua,
y no por algún otro elemento, lo averiguara examinando las Escrituras.
Ciertamente es gran cosa el agua, el más hermoso de los cuatro elementos
fundamentales del mundo (13). Pues la morada de los ángeles es el cielo; pero
los cielos se componen de agua, la tierra es la sede del hombre y también la
tierra ha brotado de las aguas: formada antes de la constitución en seis días de
todas las cosas creadas, "el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas" (Gn
1,2). Principio del mundo es el agua y principio de los evangelios es el
Jordán. La liberación del Faraón tuvo lugar para Israel a través del mar: la
liberación de los pecados la obtiene el mundo por el lavatorio del agua en la
palabra de Dios (cf.
Ep 5,26).
Donde quiera que se establezca una alianza entre quienes sea, allí interviene el
agua. Fue después de un diluvio cuando se sanciono la alianza con Noé (Gn
9,9). La alianza con Israel se abordo desde el monte Sinaí, pero con
lana escarlata e hisopo (He
9,19 Ex
24,6-8) (14). Elías fue tomado, pero no sin agua, pues primeramente se
acerca al Jordán, pero después penetra en el cielo en un carro y transportado en
un torbellino (2R
2,7). Primero se lava el sumo sacerdote, y después ofrece el incienso,
pues Aarón fue lavado antes de ser hecho sumo sacerdote (Lv
8,6). Pues, ¿cómo oraría por los demás el que antes no hubiese sido
purificado por el agua? Símbolo del bautismo era también la pila colocada en el
tabernáculo (15).
La figura de Juan el Bautista
6. El bautismo es el fin de la Antigua y el comienzo de la Nueva Alianza. Pues
el primer personaje importante fue Juan, el mayor entre los nacidos de mujer (Mt
11,11), que fue el último de los profetas: "Pues todos los profetas, lo
mismo que la Ley, hasta Juan profetizaron" (Mt
11,13). Pero él mismo fue el comienzo de las realidades evangélicas.
Dice, en efecto, "comienzo del Evangelio de Jesucristo", (Mc
1,1), indicando que es entonces cuando "apareció Juan bautizando en el
desierto" (Jn
1,4). Aunque recuerdes a Elías, el Tesbita, el que, tomado al cielo,
tampoco él es mayor que Juan. También fue transportado Henoc, y tampoco es mayor
que Juan. Moisés es mayor legislador y todos los profetas son admirables, pero
no son mayores que Juan. No es mi intención hacer comparaciones entre profetas,
pero tanto de aquellos como de nosotros dijo el Señor Jesús: "No ha surgido
entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan" (Mt
11,11), y no se refiere a nacidos de vírgenes, sino de mujeres. Y si la
comparación se hace entre consiervos y el siervo mayor, mucho mayor es la
superioridad y la gracia del hijo frente a los siervos. ¿Ves a qué gran hombre
eligió Dios como dador de esta gracia? Fue alguien que nada poseía y era amante
de la soledad, pero no aborrecía el trato con los hombres; comía langostas, pero
dejaba volar su alma (Is
40,30-31), saciaba su hambre con miel, mientras hablaba palabras sabias
y más dulces que la miel. Iba vestido con pelo de camello, mientras daba en sí
mismo ejemplo de vida ascética. Cuando era gestado en el seno de su madre, fue
santificado por el Espíritu Santo (Lc
1,15). Del mismo modo fue santificado Jeremías (Jr
1,5), pero no fue profeta ya antes de salir del útero. Solo Juan salto
de gozo en el interior del útero (Lc
1,44) y, al no ver con los ojos del cuerpo, reconoció en el Espíritu a
su Señor. Puesto que era grande la gracia del bautismo, grande tenía que ser
también su autor.
La predicación de Juan
7. Juan bautizaba en el Jordán y toda Jerusalén se acercaba hasta él gozando de
las primicias de los bautismos (16). Es en Jerusalén donde tienen su comienzo
todos los bienes. Sabed vosotros, jerosolimitanos, como los que se acercaban se
dejaban bautizar por él. "Confesando sus pecados", dice (Mt
3,6). Primeramente mostraban sus heridas, y después él aplicaba la
medicina, confiriendo a los que creían el rescate del fuego eterno. Si quieres
que se te demuestre que el bautismo de Juan libraba de la amenaza del fuego,
óyele a él mismo: "Raza de víboras, ¿quién os ha ensenado a huir de la ira que
os amenaza? (Mt
3,7). No seas, pues, víbora. Pero si has sido alguna vez raza de víbora,
despójate -está queriendo decir- de tu primitiva condición pecadora. Pues si una
serpiente, al sentir la angustia del envejecimiento, cambia su piel y,
renovándose, se rejuvenece con un nuevo cuerpo, también tú debes entrar por la
puerta estrecha (Mt
7,13-14) mediante el ayuno que te libra de la perdición. Despójate del
hombre viejo con sus obras (Col
3,9b) y di aquello del Cantar de los Cantares: "Me he quitado mi túnica,
¿cómo ponérmela de nuevo?". Pero tal vez hay entre vosotros algún simulador al
acecho del favor de los hombres, que simule piedad pero no crea de corazón, sino
que más bien imita la hipocresía de Simón Mago. Ese no viene hasta aquí para
recibir la gracia, sino para husmear qué se le va a dar. Escuche también éste a
Juan: "Ya está puesta el hacha a la raíz de los árboles. Todo árbol que no dé
buen fruto será cortado y arrojado al fuego" (Mt
3,10). Suprime la simulación, pues el juez es inexorable.
Dar frutos de conversión
8. ¿Qué es, pues, lo que hay que hacer? ¿Cuáles son los frutos de la penitencia?
"El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene" (Lc
3,11) (17) y "el que tenga para comer, que haga lo mismo". ¿Deseas
disfrutar de la gracia del Espíritu Santo, y no te consideras digno de los que
son pobres en alimentos sensibles? ¿Quieres las cosas grandes y no te comunicas
en las pequeñas? Aunque hayas sido publicado y te hayas dado a la fornicación,
ten esperanza en la salvación. "Los publicanos y las rameras llegan antes que
vosotros al Reino de Dios" (Mt
21,31). De ello es testigo también Pablo cuando dice: "Ni los impuros,
ni los idolatras, etc..., heredarán el Reino de Dios. Y tales fuisteis algunos
de vosotros. Pero habéis sido lavados, habéis sido santificados" (1Co
6,9-11). No dice: "Algunos habéis sido", sino "esto habéis sido". Se
puede perdonar el pecado cometido por ignorancia, pero será condenando quien
persevere en el mal.
Bautismo "en Espíritu Santo y fuego"
9. Para una mayor alabanza del bautismo tengo que referirme ya al mismo Hijo de
Dios, pues de los hombres no puedo ya decir nada. Grande es realmente Juan, pero
no si se le compara al Señor. Fuerte es su palabra, pero no en comparación con
la palabra del Verbo. ¿Qué es un ilustre portavoz en comparación al rey? Bueno
es quien bautiza en agua, pero ¿qué es en comparación con quien bautiza en
Espíritu Santo y fuego? (Mt
3,11). En Espíritu Santo y fuego bautizo el Salvador a los Apóstoles
cuando "de repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento
impetuoso, que lleno toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron
unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de
ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo" (Ac
2,2-4).
El martirio puede ser bautismo
10. Si alguno no recibe el bautismo, no obtiene la salvación. Solo se exceptúan
los mártires que, incluso sin el agua, reciben el reino. Pero el que salvó al
mundo mediante la cruz dejó brotar sangre y agua de su costado traspasado (Jn
19,34), para que unos, en tiempos de paz, fuesen bautizados con el agua,
mientras otros, en épocas de persecución, fuesen bautizados con su propia
sangre. Pues también el Salvador dio al martirio el nombre de bautismo al decir:
"¿Podéis beber el cáliz que yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo con
que yo voy a ser bautizado?" (Mc
10,38) (18). Y realmente los mártires confiesan, convertidos en
"espectáculo para el mundo, los ángeles y los hombres" (1Co
4,9); también poco después confesaras tu. Pero no es tiempo todavía de
que oigas hablar de esto.
El bautismo de Jesús
11. Jesús santifico el bautismo cuando él fue bautizado. Si el Hijo de Dios se
hizo bautizar, ¿quién podrá despreciar el bautismo sin faltar a la piedad? Pues
no fue bautizado Jesús para recibir el perdón de los pecados (pues estaba libre
del pecado), sino que, a pesar de ello, fue bautizado para otorgar la gracia y
la dignidad Divina a quienes se bautizan. Pues "así como los hijos participan de
la sangre y de la carne, participo él también de las mismas" (He
2,14), para que, hechos participes de su presencia corporal, también
tuviésemos parte en su gracia: para eso se hizo bautizar Jesús, para que por
ello la consiguiésemos, por la comunión en la misma realidad, junto con el honor
de la salvación. Según el libro de Job, había una bestia en las aguas capaz de
engullir el Jordán con su boca (cf.
Jb 40,15-24).
Al tener que ser machacadas las cabezas del dragón (Ps
74,14) (19), descendiendo (Jesús) al agua, ato al fuerte (Mt
12,29) para que recibiésemos el poder de pisar sobre serpientes y
escorpiones (Lc
10,19). Muy pequeña era la bestia, pero horrenda. Ningún barco de pesca
Podría llevar siquiera una escama de su cola; la perdición le precedía,
infectando con su contagio a los que se encontraban con ella (20). Apareció la
vida para frenar a la muerte, y para que pudiésemos decir que hemos conseguido
la salvación: "¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Donde está, oh muerte, tu
aguijón?" (1Co
15,55). Pues por el bautismo es destruido el aguijón de la muerte.
También tú descenderás al agua del bautismo
12. Desciendes al agua llevando los pecados, pero el alma queda sellada por la
invocación de la gracia. Ello te libra de ser absorbido por la bestia salvaje.
Has descendido muerto en tus pecados, pero asciendes vivificado en la justicia (Rm
6,11). Si has sido injertado en una muerte semejante a la del Salvador,
también serás considerado digno de su resurrección (Rm
6,5). Pues Jesús murió tomando sobre si todos los pecados del mundo
para, tras aniquilar el pecado, resucitarte en la justicia. También tu,
descendiendo al agua, y sepultado en cierto modo en ella como él estuvo en el
sepulcro, eres resucitado caminando en novedad de vida.
El bautismo te dará la fuerza para la lucha
13. Después, cuando Dios te haya concedido aquella gracia, te hará posible
luchar contra las potestades contrarias. Así como él, después del bautismo, fue
tentado durante cuarenta días. Y no porque no pudiese salir antes vencedor, sino
porque quería hacer todas las cosas ordenada y sucesivamente. También tú, antes
del bautismo, temías encontrarte con tus adversarios. Pero después que has
recibido la gracia, confiado en las armas de la justicia, lucha ahora y, si
quieres, anuncia el Evangelio.
Jesús comienza tras el bautismo su tarea de evangelización
14. Jesucristo era Hijo de Dios. Sin embargo, no evangelizaba antes de recibir
el bautismo. Si el mismo Señor administraba los momentos con un cierto orden,
¿acaso debemos nosotros, que somos siervos, atrevernos a algo fuera de ese
orden? Jesús comenzó su predicación cuando "descendió sobre él el Espíritu Santo
en forma corporal, como una paloma" (Lc
3,22). No quiere decir que Jesús fuese el primero en verlo (pues lo
conocía antes de que apareciese en forma corporal). Lo importante era entonces
que lo viese Juan. Pues dice: "Yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar
con agua me dijo: Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre
él, ése es..." (Jn
1,33) (21). Y también sobre ti, si tienes una piedad sincera, descenderá
el Espíritu Santo y la voz del Padre descenderá desde lo alto sobre ti; no,
"Este es mi Hijo" (Mt
3,17), sino "Ese ha sido hecho ahora hijo mío" (22). Solo de él (Jesús)
se ha dicho: "En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a
Dios, y la Palabra era Dios" (Jn
1,1). Es adecuado el verbo es, puesto que el Hijo de Dios existe
siempre. Pero lo adecuado para ti es "ha sido hecho ahora", puesto que, el ser
hijo, no lo eres por naturaleza, sino que has conseguido por adopción el ser
llamado hijo. Él lo es desde toda la eternidad, pero tú adquieres esa gracia
como un don.
Convertirse para hacerse bautizar y recibir el don del Espíritu Santo
15. Prepara, pues, el receptáculo de tu alma para que seas hecho hijo de Dios, y
ciertamente heredero de Dios, coheredero de Cristo (Rm
8,17). Lo conseguirás si te preparas para lograrlo: acercándote por la
fe para conseguir una firme convicción, dejando a un lado el hombre viejo. Pues
se te perdonara todo el mal que hayas hecho, la fornicación, el adulterio o
cualquier otra clase de maledicencia y pecado. ¿Qué mayor pecado que haber
crucificado a Cristo? Pues también esto lo expía el bautismo. Pues al acercase
aquellos tres mil que habían crucificado al Señor, les hablaba Pedro (23) y,
cuando preguntaron: "¿Que hemos de hacer, hermanos?" (Ac
2,37), nos advertiste, oh Pedro, de nuestra ruina, diciendo: "Matasteis
al Jefe que lleva a la vida" (Ac
3,15). ¿Qué emplasto se colocara en la herida? ¿Cómo se limpiara tanta
suciedad? ¿Cuál será la salvación para tanta perdición? Respondió él:
"Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de
Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu
Santo" (Ac
2,38). ¡Oh inenarrable clemencia de Dios! No esperan salvación alguna,
pero se les agracia con el don del Espíritu Santo. Ya ves qué poder tiene el
bautismo. Si alguno de vosotros crucifico a Cristo con palabras blasfemas, o si
alguno por ignorancia lo negó ante los hombres o si, finalmente, alguno por sus
malas acciones hizo que se maltratase la verdad, ese tal conviértase y tenga
esperanza, pues la gracia permanece activa.
Confianza en la misericordia de Dios
16. "Confía, Jerusalén: el Señor suprimirá tus pecados" (So
3,14-15) (24). "El Señor limpiara la inmundicia de sus hijos e hijas,
con viento justiciero y viento abrasador" (Is
4,4). Derramara sobre vosotros agua pura y seréis purificados de todo
vuestro pecado (Ez
36,25). Llegaran hasta vosotros los coros angélicos y dirán: "¿Quién es
ésta que sube del desierto, apoyada en su amado?" (Ct
8,5). El alma que antes era esclava cuenta ahora al Señor como su amado.
Y éste, al recibirla, exclamara: ¡Qué bella eres, amada mía, qué bella eres!...
tus dientes, un rebaño de ovejas de esquileo" (Ct
4,1), ello como confesión que ha brotado del dictado de la conciencia. Y
también se dice: "Todos los partos serán dobles" (Ct
4,2), porque se trata de una doble gracia: me refiero a que se consigue
por el agua y el Espíritu, y se anuncia en la antigua y en la nueva Alianza.
Haga Dios que todos vosotros, realizando este ayuno (25) y teniendo bien en
cuenta lo que se dice, "fructificando en toda obra buena" (Col
1,10), manteniéndoos en pie ante el Esposo con corazón irreprensible,
consigáis el perdón de los pecados de parte de Dios, a quien sea la gloria con
el Hijo y en el Espíritu Santo por los siglos. Amén.
Notas
(1) Cirilo parece estar aludiendo al conocimiento que Cristo tiene de lo íntimo
del hombre y, por consiguiente, el conocimiento que de sí mismo y de los demás
tiene el que se acerca a Cristo de modo tan íntimo como puede serlo a través del
bautismo. En esta línea es útil recordar
1Co 2,
quizá especialmente 2,10-16: "Porque a nosotros nos lo ha revelado Dios por
medio del Espíritu; y el Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de
Dios. En efecto, ¿qué hombre conoce lo íntimo del hombre sino el Espíritu del
hombre que está en él? Del mismo modo, nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el
Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el Espíritu del mundo, sino el
Espíritu que viene de Dios, para conocer las gracias que Dios nos ha otorgado,
de las cuales también hablamos, no con palabras aprendidas de sabiduría humana,
sino aprendidas del Espíritu, expresando realidades espirituales en términos
espirituales. El hombre naturalmente no capta las cosas del Espíritu de Dios;
son necedad para él. Y no las puede conocer, pues solo espiritualmente pueden
ser juzgadas. En cambio, el hombre de Espíritu lo juzga todo; y a él nadie puede
juzgarle. Porque "¿quién conoció la mente del Señor para instruirle?" (Is
40,13). Pero nosotros tenemos la mente de Cristo".
(2) El bautismo es considerado aquí como gracia (charis) o don.
(3) La expresión griega habla de "anunciadores" o, mejor, "pregoneros" (la
versión latina habla de pracconum), refiriéndose expresamente a quienes anuncian
el kerygma (megalofonon kerykon toné).
(4) Vid. procat., núm. 3.
(5) Se tiene en cuenta el texto mismo de las catequesis.
(6) Téngase en cuenta lo dicho ya varias veces sobre el "Carácter", referido al
bautismo y a la confirmación (o ambos sacramentos a la vez). Para la comprensión
de toda la frase debe incluirse también el hecho de que el "carácter" con el que
se podía "sellar" en una tropa a los soldados era expresión del compromiso de un
soldado con su señor. En la patrística latina, en la que Tertuliano pone
definitivamente en circulación el término sacramentum, este término proviene
originariamente, con un importante matiz religioso, del compromiso
jurídico-militar contraído por el soldado con su jefe.
(7) Cf. cat. 4, núm. 18.
(8) Probablemente se está refiriendo Cirilo a la bendición del agua previa a la
administración propiamente dicha del bautismo. Puede referirse también
simplemente al hecho central de la colación del bautismo en el nombre del Padre,
del Hijo y del Espíritu, pero es tal vez más probable lo anterior.
(9) Cf. He
10,22; "... Acerquémonos con sincero corazón, en plenitud de fe,
purificados los corazones de conciencia mala y lavados los cuerpos con agua
pura".
(10) Jn 3,3.
Los editores del evangelio de Juan, de acuerdo con los códices, suelen preferir
la versión "de lo alto". Sin embargo, entre los Padres es frecuentísima la idea
del "nuevo nacimiento" (1P
1,3).
(11) Cf. el caso, sin embargo, del bautismo de los mártires en el núm. 10 de la
presente catequesis.
(12) El razonamiento de Pedro había sido previamente (Ac
10,47): "¿Acaso puede alguno negar el agua del bautismo a éstos que han
recibido el Espíritu Santo como nosotros?". En esta acción de Pedro es también
el sello del bautismo el que reafirma el buen camino en que se encuentra
Cornelio, lo cual ya había quedado atestiguado por el descenso del Espíritu
sobre él y su gente. Todo el episodio y sus consecuencias es el bautismo de los
primeros cristianos procedentes de la gentilidad, en
Ac 10,1-11,18.
Un cierto parecido guarda el episodio más tardío de
Ac 19,1-7.
(13) Mención de la concepción filosófica, muy extendida en la antigüedad y ya
vulgarizada más que auténticamente defendida en la época de las catequesis de
Cirilo, según la cual son cuatro los elementos del mundo (aire, agua, tierra y
fuego). La cuestión es para el dogma cristiano prácticamente irrelevante
mientras no lleve a la negación del elemento Espiritual del hombre. Alusión a
elementos fundamentales del mundo se encuentra en cat. 9, núm. 5. Evidentemente,
en ésta y en otras afirmaciones la concepción cosmológica del mundo es antigua.
Lo decisivo, no obstante, en las imágenes de Cirilo es el simbolismo del agua
bautismal que se expone inmediatamente a continuación.
(14) Alusión también, según el relato de Éxodo, al rito de lo que sería la
Eucaristía a partir de la última Cena.
(15) Ex 40,7: "Pondrás la pila entre la Tienda del Encuentro y el altar, y
echaras agua en ella". La pila no se encuentra propiamente dentro del
tabernáculo, sino en el atrio del tabernáculo.
(16) Se prefiere dejar el plural "de los bautismos" del original, pues ayuda a
comprender la sustancial diferencia entre el "bautismo de conversión" de Juan (Lc
3,2), que se queda más bien en los límites de lo simbólico, y la novedad
de la eficacia del bautismo de Jesús. Pero sería un error desconocer la
importancia real del bautismo de Juan.
(17) El mismo Cirilo hace aquí, como si se trátese de una nota, la siguiente
observación: "Creíble era aquel maestro, puesto que era el primero en practicar
lo que ensenaba y no hacia lo que le prohibía su conciencia".
(18) Como recuerda la nota de la Biblia de Jerusalén a
Mc 10,38,
"según la fuerza original del término griego "bautizar", Jesús será "sumergido"
en un bautismo de sufrimientos". En realidad el cristiano sabe que, al hacerse
bautizar, es sumergido en la muerte de Jesús. Cf. el conocido pasaje
Rm 6,3-11.
(19) Cf. Ez 29,3, donde se menciona a "Faraón, rey de Egipto, gran cocodrilo,
recostado en medio de sus Nilos" (la imagen se prolonga en los versículos
siguientes;
Ez 32,1ss.).
Los textos de Ezequiel evocan la victoria en el agua sobre Satanás. Desde ese
punto "las cabezas machacadas del dragón" pueden interpretarse como la victoria
sobre el diablo que se consigue a través del agua bautismal.
(20) Cf. la descripción del Leviatán en
Jb 40,25-41,26.
(21) Cirilo no transcribe completo Jn 1,33, que concluye: "... ése es el que
bautiza con Espíritu Santo".
(22) Vid. más abajo cat. III,9.
(23) Los "tres mil" es mención de
Ac 2,41.
Pero la aseveración de que éstos "habían crucificado al Señor" supone las
afirmaciones de
Ac 2,23;
"... Vosotros le matasteis clavándole en la cruz por mano de los impíos".
(24) La versión que se da de Sof responde a la forma como Cirilo cita al
profeta.
(25) Se trata del ayuno de los cuarenta días de la Cuaresma.
Pronunciada en Jerusalén, trata de los "diez dogmas". Se parte de Col 2,8:
"Mirad nadie os esclavice mediante la vana falacia de una filosofía, fundada en tradiciones humanas, según los elementos del mundo y no según Cristo" (1).
Finalidad: la catequesis sobre los dogmas es necesaria para evitar la
desorientación.
1. El vicio imita a la virtud y la cizaña pretende pasar por trigo, porque en el
aspecto es ciertamente semejante al trigo, pero los entendidos la distinguen por
el gusto. También el diablo se transforma en ángel de luz (2Co
11,14), no para volver a donde estuvo (pues su corazón es inflexible
como un yunque, sin posibilidad de un nuevo arrepentimiento), sino para envolver
en la niebla de la ceguera y en el pestilente estado de la incredulidad a
quienes llevan una vida semejante a la de los ángeles. Muchos van como lobos
vestidos de oveja, pero con uñas y dientes de otra clase: vestidos de piel
suave, disfrazándose con tal aspecto ante los sencillos, arrojan por sus dientes
el mortal veneno de la impiedad. Por eso nos es necesaria la gracia para
observar con mirada vigilante y aguda, no sea que, comiendo cizaña en lugar de
trigo, caigamos en el vicio por ignorancia o que, creyendo que es oveja quien es
lobo, nos convirtamos en su presa. Como también podría ser que, tomándolo por un
ángel bienhechor, cuando es en realidad el diablo artífice de la ruina, seamos
devorados por él. Pues "esta rondando como león rugiente, buscando a quien
devorar", como dice la Escritura (1P
5,8). Por esto hace la Iglesia sus advertencias; por esto se imparte
está enseñanza; por este motivo se establecen estas lecturas.
Además de las buenas obras, se requieren creencias correctas
2. Pues la piedad consta de dos cosas, los sagrados dogmas y las buenas obras:
ni es agradable a Dios la doctrina sin buenas acciones, ni Dios acepta las obras
separadas de las creencias religiosas. ¿Qué utilidad tiene el recto sentir
acerca de Dios si se fornica deshonestamente? Y, a la inversa, ¿de qué sirve
obrar con pudor -lo que en sí es correcto si luego se blasfema impíamente? Por
consiguiente, es de gran valor el conocimiento que se pueda tener de los dogmas.
Para ello es necesario tener una mente vigilante, como quiera que hay quienes
obtienen su botín por medio de la filosofía y vanas falacias (Col
2,8). Los gentiles seducen a diversas realidades mediante un hablar
suave, pues "miel destilan los labios de la meretriz" (Pr
5,3). Y quienes provienen de la circuncisión engañan a quienes se les
acercan con falsas interpretaciones de la sagrada Escritura (Tt
1,10-11), comentándola desde su infancia hasta su vejez y envejeciendo
en la ignorancia de la realidad (2Tm
3,7). Los herejes, por su parte, engañan a los humildes mediante la
blandura de su lenguaje y la suavidad en el decir (Rm
16,18), entrelazando con el dulce nombre de Cristo los dardos
envenenados de los decretos impíos. De todos ellos a la vez dice el Señor:
"Mirad que nadie os lleve a engaño" (Mt
24,4). Por ello se entrega la doctrina de la fe y se hacen exposiciones
de la misma (2).
Se procederá ordenadamente
3. Pero antes de transmitiros aquello que pertenece a la fe, creo que haré bien
enunciando en un breve compendio los temas fundamentales de las verdades
necesarias, no sea que por las muchas cosas que hay que decir o por la misma
duración de toda la santa Cuaresma pierdan la memoria del conjunto quienes entre
vosotros tengan una mente más sencilla. Enumerando ahora por capítulos, no
olvidaremos lo que después se ha de tratar más ampliamente. Llévenlo con
paciencia los que tienen hábitos mentales más perfectos y unos sentidos más
ejercitados en la distinción entre el bien y el mal, pues oirán un exordio muy
simple y una introducción suave, para que a la vez obtengan provecho aquellos
que necesitan de la catequesis y quienes ya tienen ciencia se alegren de
recuperar en su memoria lo que ya sabían.
ACERCA DE DIOS (dogma I)
4. A modo de fundamento, establézcase firmemente en vuestra alma la verdad
acerca de Dios (3). A saber, un Dios que es solamente uno, no engendrado (4) por
otro, y sin nadie que vaya a sucederle, que no tuvo principio ni tendrá nunca
fin, y que es él mismo bueno y justo. Si alguna vez oyes a un hereje que diga
que hay algún otro que sea bueno o justo (5), dándote cuenta al punto de la
herejía, reconoce el dardo envenenado. Algunos se atrevieron, mediante un
discurso malévolo, a dividir al Dios único: y unos dijeron que el autor y dueño
del alma es otro que el de los cuerpos, enseñándolo necia e impíamente. Pues,
¿cómo es posible que un único hombre sea siervo de dos señores si dice el Señor
en el Evangelio: "Nadie puede servir a dos señores" (Mt
6,24)? Por consiguiente, solo hay un Dios, autor a la vez de las almas y
los cuerpos. Uno es el creador del cielo y de la tierra, hacedor de los ángeles
y de los arcángeles, artífice de las múltiples realidades, Padre desde la
eternidad de su único Hijo, Jesucristo, Señor nuestro, por quien hizo todo (Jn
1,3) lo visible y lo invisible (Col
1,16).
5. El Padre de Nuestro Señor Jesucristo no está circunscrito a un lugar ni es
menor que el cielo, pero los cielos son obra de sus dedos (Ps
8,4) y toda la tierra se contiene en su puños. Está a la vez en el
interior y fuera de todas las cosas. Y no creas que el sol le supera a él en
luminosidad o es siquiera igual. Pues quien hizo el sol debe ser sin comparación
mucho mayor y luminoso (6). Tiene conocimiento previo de las cosas futuras y es
más potente que todas ellas, todo lo sabe y todo lo hace según su voluntad: no
está sujeto a la sucesión de las cosas ni a lo que marcan los astros, al azar o
a la necesidad del hado. Es perfecto en todas las cosas y posee por igual toda
clase de virtud. Ni disminuye ni se agranda, sino que se mantiene siempre igual
y del mismo modo. Ha preparado castigo a los pecadores y la corona a los justos.
6. Ahora bien, puesto que muchos se han apartado de modos diversos del único
Dios: algunos hicieron Dios al sol para permanecer sin Dios durante la noche;
otros a la luna para no tener Dios durante el día; otros hicieron Dios a otras
partes del mundo; algunos a las artes y otros a los alimentos o a sus pasiones.
Unos enfermaron por el amor de las mujeres, otros consagraron a Venus una imagen
solemnemente colocada y, bajo esta apariencia visible, prestaron adoración a los
vicios y afectos de su alma. Hubo quienes, atónitos ante el fulgor del oro,
juzgaron que éste y otros materiales eran dioses (7). Pero si alguno graba bien
en su interior la doctrina de que Dios es el principio único y cree en él de
corazón, impedirá el atropello y el ímpetu de los vicios de la idolatría y del
error de los herejes (8). Por tanto, pon por la fe este primer dogma (9) en tu
alma.
ACERCA DE CRISTO (dogma II)
7. Cree también en el solo y único Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo, Dios
engendrado de Dios, engendrado como vida de la vida, como luz de luz, semejante
en todo al Padre (10), que no comenzó a existir en el tiempo, sino que fue
engendrado desde la eternidad antes de todos los siglos y antes de todo lo que
se pueda pensar. El es la sabiduría, el poder de Dios y la justicia en persona
(11), y está sentado a la derecha del Padre antes de todos los siglos. Pues no
fue coronado por Dios, como algunos pensaron después de su pasión ni se sentó a
su derecha como premio a su paciencia. En realidad tiene la dignidad regia desde
el comienzo de su existencia (aunque ha sido engendrado desde toda la
eternidad): siendo Dios, su sabiduría y su potestad, se sienta junto al Padre,
como ya se ha dicho; reina juntamente con el Padre y lo gobierna todo con él.
Nada absolutamente le falta de la dignidad divina (12) y tiene un conocimiento
perfecto de aquel por quien ha sido engendrado como él es a su vez conocido por
quien le engendró (Jn
10,15). Para decirlo en resumen, recuérdese lo escrito en los
Evangelios: "Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el
Hijo" (Mt
11,27).
8. Pero no separes al Hijo del Padre ni creas, al relacionarlos, en una
"filio-paternidad" como mezcla de uno y otro. Cree, en cambio, en que es el Hijo
unigénito de Dios, Dios-Palabra antes de todos los siglos (13). Pero no es
palabra que, una vez pronunciada, se perdió en el aire ni semejante a las
palabras que carecen de consistencia sólida y propia: es la Palabra-Hijo,
creador de quienes se sirven de la palabra y de la razón; es la Palabra que
escucha al Padre y habla él mismo. Si Dios lo permite, hablaremos de estas cosas
en su momento, pues no nos olvidamos de nuestro plan, que es ahora enumerar solo
los temas de una necesaria introducción a la fe.
LA CONCEPCIÓN VIRGINAL (dogma III)
9. Cree también que el unigénito Hijo de Dios descendió del cielo a la tierra
por causa de nuestros pecados, asumiendo nuestra humanidad, sujeta a las mismas
debilidades a las que nosotros estamos sometidos; que nació de una santa Virgen,
y por obra del Espíritu Santo. Esta humanidad la asumió, no según una apariencia
o mediante algún tipo de ficción, sino de modo verdadero. Ni a través de una
virgen, como arrastrado a lo largo de un canal, sino habiéndose encarnado
verdaderamente desde ella (y verdaderamente alimentado de ella con leche),
comiendo y bebiendo además verdaderamente como nosotros. Porque si la asunción
de la naturaleza humana fue un fantasma (y un engaño visual), también la
salvación habría sido un engaño. (Doble era Cristo: hombre en lo que podía
verse, y Dios en lo que quedaba oculto) (15). En cuanto hombre, comía
verdaderamente como nosotros, pues experimentaba estados corporales semejantes a
los nuestros; pero, en cuanto Dios, alimentaba con cinco panes a cinco mil
hombres (Mt
14,17-21). En cuanto hombre, murió verdaderamente, pero en cuanto Dios
llamo a la vida a un muerto ya de cuatro días (Jn
11,39-44). Como Dios, camino también tranquilamente sobre las aguas.
ACERCA DE LA CRUZ (dogma IV)
10. Fue verdaderamente crucificado por nuestros pecados (16). Pero si quieres
negarlo, te convencerá este conocido lugar, este dichoso Gólgota en el que
estamos congregados por causa del que fue clavado en la cruz: todo el orbe está
lleno de los pedazos en que ha sido cortado el leño de la cruz. Pero no fue
crucificado por sus pecados, sino para que fuésemos liberados de los nuestros
propios. Fue entonces despreciado por los hombres, golpeado como hombre con
bofetadas (Mt
26,27). Pero la creación lo reconoció como Dios, pues, al ver el sol a
Dios sujeto a la ignominia, se ocultó temeroso no pudiendo soportar el
espectáculo (Lc
23,45).
La sepultura
11. Se le coloco, como hombre, en un monumento en la roca (Mt
27,60), pero las piedras, al temblar, se resquebrajaron (Mt
27,51). Descendió al sheol, para rescatar allí a los justos (17).
¿Querías acaso, te pregunto, que los vivos gozasen de la gracia de Dios sin ser
muchos de ellos santos? ¿Que no consiguiesen la libertad quienes estaban
prisioneros largo tiempo desde Adán? El profeta Isaías anuncio con voz excelsa
muchas cosas acerca de él. ¿No querías, pues, que el rey los liberase
descendiendo con su anuncio? Allí estaban David, Samuel y todos los profetas. E
incluso el mismo Juan, que decía por sus enviados: "¿Eres tu el que ha de venir,
o debemos esperar a otro?" (Mt
11,3). ¿No desearías que, descendiendo, liberase a esos hombres?
LA RESURRECCIÓN (dogma V)
12. Pero quien había descendido a los infiernos (18), subió de nuevo. Y Jesús,
que había sido sepultado, resucito verdaderamente al tercer día. Si alguna vez
te sientes vejado por los judíos, replícales recordándoles que Jonás salió de la
ballena al cabo de tres días (Jon
2,1). Y si también un muerto recobro la vida al contacto con los huesos
de Eliseo (2R
13,21), ¿no habrá de ser resucitado (19) con mucha más facilidad el
creador de los hombres? Por tanto, realmente resucito y, vuelto a la vida, se
dejo ver de nuevo por los discípulos, y los doce discípulos fueron testigos de
la resurrección (Ac
2,32 Ac
3,15 1Co
15,5), los cuales dieron testimonio de la resurrección no solo con sus
palabras, sino llegando hasta los suplicios y la muerte con la esperanza de una
verdadera resurrección. Ciertamente "por declaración de dos o tres testigos será
firme una causa", según la Escritura (Dt
19,15 Mt
18,16). Y siendo doce los que testifican acerca de la resurrección de
Cristo, ¿sigues todavía sin creer en ella?
La Ascensión (20)
13. Una vez que Jesús termino el curso de sus sufrimientos y libero a los
hombres de sus pecados, ascendió en una nube (Ac
1,9) recogido de nuevo en los cielos; los ángeles estaban junto al que
ascendía y los Apóstoles contemplaban. Pero si alguien desconfía de lo que
decimos, crea en virtud y por el poder de las cosas que ahora se ven. Pues
cuando los reyes mueren, pierden con la vida su poder, pero Cristo crucificado
es adorado por todo el orbe (21). Anunciamos a un crucificado y tiemblan los
demonios. Muchos han sido en las diversas épocas clavados a una cruz. Pero
¿acaso hizo huir al demonio la invocación de algún otro crucificado que no fuese
él?
14. Por consiguiente, no nos avergoncemos de la cruz de Cristo y, si ves a
alguien que la esconda, haz tu con ella la señal en tu frente para que los
demonios, viendo el signo regio, huyan lejos aterrados (22). Haz este signo al
comer y al beber, cuando te sientes, te acuestes y te levantes, al hablar y
cuando estés andando; en una palabra, en toda circunstancia. Pues aquel que aquí
fue crucificado, está ahora arriba en los cielos (23). Pues si, después de
crucificado y sepultado, se hubiese quedado en el sepulcro, tal vez habría que
ruborizarse; pero el que fue clavado en el Gólgota a la cruz, desde la tumba
mirando al Oriente en el monte de los Olivos (Za
14,4) ascendió en el monte al cielo (Lc
24,50-51 Ac
1,12, "Desde el monte llamado de los Olivos"(Lc
19,29). Descendiendo de la tierra a los infiernos (24) y vuelto de allí
hasta nosotros, retorno desde nosotros de nuevo al cielo, aclamándole el Padre y
diciendo: "Siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos por escabel de
tus pies" (Ps
110,1).
EL JUICIO VENIDERO (dogma VI)
15. Este Jesucristo que ascendió vendrá de nuevo del cielo, no de la tierra. He
dicho "no de la tierra", pues de la tierra si han de venir en este tiempo muchos
anticristos (1Jn
2,18). De hecho, como veis, muchos han comenzado a decir (25): "Yo soy
el Cristo" (Mt
24,5), después de lo cual ha de venir la "abominación de la desolación"
(Mt 24,15
par.; Da
9,27 Da
11,31 Da
12,11), usurpando para sí en falso el nombre de Cristo. Pero tu -hazme
el favor- no esperes que el verdadero Cristo, Hijo unigénito de Dios, tenga que
venir de la tierra, sino de los cielos, y habrá de ser visto por todos con el
máximo fulgor y el máximo resplandor, rodeado de una escolta de ángeles, para
juzgar a vivos y muertos. Así obtendrá el reino celeste, sempiterno y carente de
todo fin. Ten certeza de todo esto y sé cauto cuando muchos digan que se acerca
el final del reino de Cristo.
EL ESPÍRITU SANTO (dogma VII)
16. Cree también en el Espíritu Santo y piensa de él lo que has aceptado del
Padre y del Hijo, y no según los que enseñan cosas erróneas sobre él (26).
Aprende por tanto que este Espíritu Santo es uno y, además, indiviso y
omnipotente. Al realizar muchas cosas, no obstante, no se divide. Conoce los
misterios, todo lo escruta, hasta las profundidades de Dios; descendió sobre el
Señor Jesucristo en forma de paloma (Lc
3,22), había estado actuante en la ley y los profetas, pero también
ahora sella tu alma con ocasión del bautismo (27): de su santidad necesita ahora
toda la naturaleza racional y, si alguien se atreviere a blasfemar contra él, no
se le perdonara ni en este mundo ni en el venidero (Mc
3,29 par.). Juntamente con el Padre y el Hijo posee el honor y la gloria
de la divinidad; también de él necesitan los tronos y las dominaciones, los
principados y las potestades (28). Pues solo hay un Dios, Padre de Cristo; y hay
un solo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios; y un solo Espíritu Santo, que todo
lo santifica y lo deifica, y que hablo en la Ley y los Profetas, en la antigua y
en la nueva Alianza.
17. Ten siempre esta señal en tu mente, pues a ella se le está anunciando todo
esto de modo sumario; pero si Dios lo permite, todo lo explicaremos más
ampliamente, según nuestras fuerzas, demostrándolo según las Escrituras. Pues,
acerca de los divinos y santos misterios de la fe, no debe transmitirse nada sin
las Sagradas Escrituras, ni deben aducirse de modo temerario cosas simplemente
probables y apoyadas en argumentos construidos con palabras artificiosas. Y no
creas, pues, que voy a proceder de este modo, sino probando por las Escrituras
lo que te anuncio. Pues esta fe, a la cual debemos nuestra salvación, no recibe
su fuerza de los comentarios y las disputas, sino de la demostración por medio
de la Sagrada Escritura.
SOBRE EL ALMA (dogma VIII)
18. Tras el conocimiento de esta venerable, gloriosa y santísima fe, debes
conocerte también a ti mismo: ¿Quién eres tú? (29). Como hombre, tú has sido
hecho compuesto de alma y cuerpo y, según se ha dicho poco antes (30), el mismo
Dios es autor de tu alma y de tu cuerpo. Debes saber también que tienes un alma
libre que es obra maestra de Dios, hecha a imagen de su creador: inmortal por
causa de Dios que le confiere la inmortalidad; un ser vivo dotado de razón y
libre de la corrupción por causa de quien le otorgo todo ello; con capacidad de
hacer lo que desee.
Pues tu no pecas por la posición de los astros cuando naciste (31) ni te ves
enredado en la fornicación de modo fatal, ni tampoco, según deliran algunos, te
fuerza la conjunción de los astros a caer en la lascivia contra tu voluntad.
¿Por qué, al no querer reconocer tus propios males, atribuyes tu culpa a los
astros inocentes? Y no me hables, después de todo esto, de los astrólogos, pues
dice de ellos la Escritura: "Que vengan ahora y que te salven los que hacen la
carta del cielo", para añadir poco más abajo: "Helos ahí como briznas de paja,
que serán consumidos por el fuego; no podrán escapar de los brazos de las
llamas" (Is
47,13). Pero aprende también esto: antes de que el alma viniese a este
mundo, no cometió pecado. Pero habiendo venido inocentes, pecamos ahora
voluntariamente (32). No pienses que estoy interpretando mal aquello de: "Pero
si hago lo que no quiero..." (Rm
7,16), sino recuerda aquello otro: "Si vosotros queréis, si sois
dóciles, comeréis los bienes de la tierra; si no queréis y os rebeláis, seréis
devorados por la espada" (Is
1,19-20) y, por otra parte: "Como ofrecisteis vuestros miembros al
servicio de la impureza y de la iniquidad para la iniquidad, así ahora entregad
vuestros miembros al servicio de la justicia para la santidad" (Rm
6,19). Acuérdate también de lo que dice la Escritura: "Como no tuvieron
a bien guardar el verdadero conocimiento de Dios..." (Rm
1,28) y "lo que de Dios se puede conocer, está en ellos manifiesto" (Rm
1,19) y, por otra parte, "han cerrado sus ojos" (Mt
13,15, citando
Is 6,9-10).
Acuérdate de Dios cuando increpa y dice: "Yo te había plantado de la cepa
selecta, toda entera de simiente legítima. Pues, ¿cómo te has mudado en
sarmiento de vid bastarda?" (Jer 2,21).
20. El alma es inmortal. Y son semejantes todas las almas: tanto de los hombres
como de las mujeres. Solo son diferentes los miembros de los cuerpos. No existe
una clase de almas pecadoras por naturaleza y otras que actúen debidamente, pues
todas actúan según su voluntad y el albedrio de cada una, mientras no hay
diversidad en la sustancia de las almas y es semejante en todas ellas.
En fin, me doy cuenta de que he dicho muchas cosas y que se nos está pasando el
tiempo. Pero, ¿qué deberá anteponerse a la salvación? ¿No serás capaz de
esforzarte un poco para obtener fuerzas frente a los herejes? ¿Y no quieres
conocer los desvíos del camino para no caer, por imprudencia, en el precipicio?
Quienes estas cosas te ensenan, no piensan obtener la más mínima ganancia con
que tu las aprendas. Y tú, que eres el que las aprendes, ¿no deberás acoger de
buen grado la multitud de cosas que se dicen?
21. El alma es libre y dueña de sí misma. El diablo puede ciertamente sugerir,
pero no puede forzarla a actuar privándola de la voluntad. Cuando viene a ti el
pensamiento de la fornicación, si quieres, lo admites, pero no si lo rechazas.
Pues si tuvieras necesariamente que fornicar, ¿por qué motivo habría preparado
Dios la gehena? Si por naturaleza hace lo recto, y no libremente, ¿con qué fin
habría dispuesto Dios premios inefables? Mansa es la oveja, pero nunca ha sido
coronada por su mansedumbre, puesto que esa mansedumbre no le viene por
determinación de su voluntad, sino por su modo de ser.
SOBRE EL CUERPO (dogma IX)
22. Ya has oído, querido, bastantes cosas acerca del alma; si puedes, escucha
ahora también acerca del cuerpo. Y no pienses lo que algunos dicen de que el
cuerpo no lo ha hecho Dios, y creen que el alma habita en él como en un
recipiente que le es ajeno, inclinándose por tal motivo a la práctica de la
fornicación (33). ¿Qué es lo que ellos recriminan al cuerpo admirable? ¿Qué es
lo que le falta de decencia y armonía? ¿Qué es lo que carece de estética en su
estructura? ¿No deberán caer en la cuenta tanto de la espléndida configuración
de los ojos como de la posición oblicua de los oídos, para poder oír sin
dificultad, o del olfato capaz de distinguir olores o también los aromas suaves,
o en la doble capacidad de la lengua para gustar de las cosas y para poder
hablar, sin olvidar la capacidad pulmonar para respirar el aire sin cesar?
¿Quién dio al corazón su movimiento continuo? ¿Quién anudo los nervios a los
huesos de modo tan sabio? ¿Quién asigno una parte del alimento a la reparación
de las fuerzas de la naturaleza, destinando otra a la defecación, haciendo
cubrir pudorosamente las partes menos nobles? ¿Quién es el que hizo que la débil
naturaleza humana pudiese perpetuarse mediante una sencilla unión?
23. Y no me digas que el cuerpo es causa del pecado (34). Pues si el cuerpo es
la causa del pecado, ¿por qué no pecan los muertos? Coloca una espada a la
derecha de un hombre que haya muerto hace poco, no matara a nadie. Ya pueden
desfilar, ante un joven recientemente muerto toda clase de hermosuras; no
experimentara ninguna lascivia. ¿Por qué? Porque el cuerpo no peca por sí mismo;
es el alma quien peca por medio del cuerpo. El cuerpo es como el instrumento del
alma, como si fuese vestido y su abrigo: se hace inmundo si es ella la que lo
mueve a la fornicación; pero si se une a un alma santa, se convierte en templo
del Espíritu Santo. Y no lo digo esto yo, sino el apóstol Pablo: "¿No sabéis que
vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que está en vosotros?" (1Co
6,19). Respeta, por tanto, tu cuerpo como templo del Espíritu Santo. No
manches tu carne con la fornicación; no ensucies este vestido tuyo hermosísimo.
Pero si lo ensuciaste, lávalo ahora por la penitencia: hazlo mientras todavía
hay tiempo.
24. En lo referente a la castidad, ponga atención sobre todo el orden de los
monjes y de las vírgenes (35), que viven en el mundo una vida semejante a la de
los ángeles, pero escuche también todo el pueblo de la Iglesia. Grande es,
hermanos, la corona que os está preparada y, para que no cambiéis tan gran
dignidad por un placer mezquino, oíd al Apóstol cuando dice: "Que no haya ningún
fornicario o impío como Esaú, que por una comida vendió su primogenitura" (He
23,26). Y, escrito en los libros evangélicos tu nombre a causa del
propósito de pureza, cuida de que después no se tenga que borrar a causa de la
torpeza cometida.
25. Tampoco debes, si cumples perfectamente el deber de la castidad, engreírte
frente a los que, unidos en matrimonio, siguen un inferior estado de vida. Como
dice el Apóstol, "tened todos en gran honor el matrimonio, y el lecho conyugal
sea inmaculado" (He
13,4). Además, tú que vives íntegramente la castidad, ¿acaso no has
nacido de padres casados? No porque poseas oro, desprecies la plata, sino que
posean esperanza plena también los que viven legítimamente en matrimonio, puesto
que no viven licenciosamente su unión en la pasión y el desenfreno, sino de
acuerdo con lo que debe ser, concediéndose a veces tiempos para dedicarse a la
oración (1Co
7,5); estos tales ofrecen sus cuerpos puros, juntamente con su
vestimenta, en las asambleas de la Iglesia, pues contrajeron nupcias no por
disfrutar de las pasiones, sino por la procreación de los hijos.
26. No hay que reprobar, defendiendo un matrimonio único, a quienes se deciden
por segundas nupcias. Pues aunque la continencia es cosa hermosa y admirable
tampoco hay que ignorar la debilidad de la carne, lo que se puede remediar con
un segundo matrimonio. El Apóstol dice, en efecto: (A los débiles y a las
viudas) "bien les está quedarse como yo. Pero si no pueden contenerse, que se
casen; mejor es casarse que abrasarse" (1Co
7,8-9). Y deséchese todo lo demás, la fornicación, el adulterio y toda
clase de lascivia; pero consérvese el cuerpo puro para el Señor, para que
también el Señor respete el cuerpo. Nútrasele (al cuerpo) con alimentos para
vivir y dénsele los cuidados adecuados, pero no para que se entregue a los
placeres.
Sobre los alimentos
27. Estas deben ser vuestras normas sobre los alimentos; de hecho hay muchos que
tienen problemas con esa cuestión. Pues unos se manejan sin problemas con lo
sacrificado a los ídolos, otros se abstienen, por razones de práctica de la vida
ascética, de algunas de las cosas ofrecidas y condenan a quienes las comen (36),
y así se mancha de modos diversos el alma de algunos con respecto a los
alimentos (1Co
8,7), al ignorar las causas validas para comer o abstenerse. Ayunamos de
vino y nos abstenemos de carnes, no porque por motivos religiosos los
aborrezcamos, sino en la expectativa de la gratuidad, de modo que, despreciando
lo sensible, gocemos del banquete Espiritual y verdadero. De modo también que,
sembrando ahora en lágrimas, recojamos la cosecha de la alegría en el mundo
venidero (Ps
126,5-6). No despreciéis, por tanto, a los que comen, pues toman
alimento por la debilidad de sus cuerpos; tampoco reprendas a los que toman un
poco de vino por su estomago y sus frecuentes enfermedades (37), ni los condenes
como pecadores; tampoco odies las carnes, pues algunos tales había conocido el
Apóstol cuando decía que "prohíben el matrimonio y el uso de alimentos que Dios
creó para que fueran comidos con acción de gracias por los creyentes" (1Tm
4,3). Por consiguiente, si tú te abstienes de estas cosas, no lo hagas
como si fuese abominable, pues si así fuese no obtendrías la gracia; más bien
déjalas, aun siendo buenas, por lo más auténtico que se te propone, que es mucho
mejor.
28. Evita totalmente comer lo que fue ofrecido a los ídolos, pues no se trata de
que lo diga yo actualmente, sino que de tales alimentos se preocuparon los
mismos Apóstoles y, en aquella época, incluso Santiago, obispo de esta Iglesia;
pues los Apóstoles y presbíteros escribieron una epístola a todos los gentiles
con la finalidad de que se abstuviesen primera y principalmente de lo inmolado,
pero también de la sangre y de lo ahogado (Ac
15,20-29,38). Pues muchos hombres de fiera índole que viven como perros
lamen la sangre como bestias salvajes y se hinchan de animales ahogados. Pero
tú, que eres siervo de Cristo, observa esto cuando comas para hacerlo piadosa y
religiosamente. Con esto basta acerca de los alimentos.
Sobre el vestido
29. Lleva un vestido sencillo, y no como ornato sino para cubrirte lo necesario;
no para deleitarte con molicie, sino para calentarte en invierno y cubrir
pudorosamente tu cuerpo; pero no caigas en la complicación innecesaria del
vestido, con el pretexto de que te has de cubrir, o en cualquier otra necedad.
SOBRE LA RESURRECCIÓN (dogma X)
30. De este cuerpo usa, por favor, moderadamente; sábete que habrás de ser
resucitado de entre los muertos para ser juzgado precisamente con ese cuerpo
(38) (39). Pero si te viniere cualquier pensamiento de desconfianza, como si
ello no pudiese suceder, juzga por otras cosas tuyas que tampoco parecen reales.
Pues tu mismo, dime, piensa dónde estabas hace cien años o más. Y, si partiste
de ser una realidad tan pequeña y vil, ¿cómo es que has llegado a tal desarrollo
con tal armonía de tu figura externa? El que hizo que existiera lo que no
existía anteriormente, ¿acaso no podrá resucitar a lo que ya fue y murió? El que
cada año, en favor nuestro, levante el trigo que, sembrado, perece y se pudre,
¿tendrá dificultad en resucitarnos a nosotros mismos por quienes él mismo
resucito? Ves como los árboles se mantienen ahora durante tantos meses sin fruto
y sin hojas; pero todos ellos, pasado el invierno, recobran la vida tras haber
estado como muertos. ¿No seremos nosotros, mucho más y mucho más fácilmente,
llamados de nuevo a la vida? La vara de Moisés se transformo, por voluntad de
Dios, en algo muy diferente de ella misma, en una serpiente. ¿No podrá, pues, el
hombre caído en la muerte ser restituido a sí mismo?
31. No hagas caso de los que dicen que no resucita este cuerpo, pues resucitara.
Testigo de ello es Isaías cuando dice: "Resucitaran los muertos, y se levantaran
los que están en los sepulcros" (Is
26,19) (40) y, según Daniel: "Muchos de los que duermen en el polvo de
la tierra se despertaran, unos para la vida eterna, otros para el oprobio, para
el horror eterno" (Da
12,2).
Por lo demás, la resurrección es para todos los hombres, pero no será para todos
igual. Pues todos recibiremos cuerpos eternos, pero no todos iguales. Los justos
lo recibirán para unirse eternamente al coro de los ángeles, y los pecadores
para sufrir eternamente las penas por sus pecados.
El bautismo
32. Por todo lo cual, el Señor, por su bondad para con los hombres, les concedió
a éstos la conversión del bautismo, para que, arrojando la mayor parte del peso
de los pecados, e incluso todo el lastre (He
12,1), por la obtención del sello por medio del Espíritu Santo lleguemos
a ser herederos de la vida eterna. Pero, puesto que ya antes hablamos
suficientemente acerca del bautismo, pasemos ahora a los temas de instrucción
que quedan.
LAS SAGRADAS ESCRITURAS (dogma XI)
33. Todo esto nos lo enseñan las Escrituras de la antigua y de la nueva Alianza,
inspiradas por Dios. Uno mismo es el Dios de ambas alianzas, que en la antigua
preanuncio que Cristo se manifestaría en la nueva y que nos condujo por la Ley y
los Profetas como pedagogo hasta Cristo. "Antes de que llegara la fé, estábamos
encerrados bajo la vigilancia de la Ley" (Ga
3,23), y "la Ley ha sido nuestro pedagogo hasta Cristo. Pero si alguna
vez oyes a alguno de los herejes denigrando a la Ley o los profetas, replícale
con aquella palabra saludable que dice: "No vino Jesús a abolir la Ley, sino a
cumplirla" (41). Aprende también de la Iglesia con afán cuales son los libros
del Antiguo Testamento y cuáles del Nuevo, y hazme el favor de no leer ninguno
de los apócrifos (42), Pues si no estás al tanto de lo que todo el mundo conoce
y confiesa, ¿por qué pierdes lastimosamente el tiempo con cuestiones dudosas y
controvertidas? Lee las Sagradas Escrituras, o sea, estos veintidós libros del
Antiguo Testamento que tradujeron los setenta y dos intérpretes (43).
34. Después que murió Alejandro, rey de los Macedonios, dividido su reino en
cuatro principados, Babilonia, Macedonia, Asia y Egipto, uno de los que reinaron
en Egipto, Ptolomeos Filadelfo, príncipe estudiosísimo de las letras, hacía
acopio de libros de cualesquiera lugares. Oyó hablar a su bibliotecario Demetrio Falereo sobre las Escrituras de la Ley y los Profetas. Pensaba rectamente que
por la fuerza no se obtienen los libros, sino que uno se gana a sus poseedores
más bien por los regalos y la amistad. Sabiendo que, al forzar violentamente, lo
que se da contra la voluntad propia queda frecuentemente corrompido por el
engaño, mientras que lo que se enseña de modo espontáneo se regala con toda
sinceridad, envió al entonces sumo sacerdote Eleazar numerosos presentes para
adornar el templo de Jerusalén, haciendo venir a él a seis hombres por cada una
de las doce tribus de Israel. Después, con la finalidad de comprobar si los
libros estaban o no inspirados por Dios, buscando que los intérpretes enviados
no se pusiesen de acuerdo entre sí, los hizo colocar a cada uno de ellos en
estancias propias en donde está el Faro de Alejandría (44), ordenando a cada uno
traducir toda la Escritura. Terminaron el trabajo en el lapso de setenta y dos
días, y el rey reunió todas las versiones, elaboradas en lugares separados y sin
contacto entre los autores, comprobando que coincidían completamente no solo en
cuanto al sentido, sino en los términos mismos. La obra, pues, no era una
creación verbal ni artificio de humanos sofismas, sino una versión de las
Sagradas Escrituras, dictadas por el Espíritu Santo y con la inspiración de ese
mismo Espíritu.
35. Lee, pues, los veintidós libros, pero no quieras saber nada de los
apócrifos. Medita y estudia solo aquellos, que son los que en la Iglesia leemos
con confianza cierta; mucho más prudentes y piadosos que tu eran los Apóstoles,
así como los antiguos obispos de la Iglesia que nos los transmitieron; por
tanto, tu, que eres hijo de la Iglesia, no conculques sus leyes. Medita en serio
los veintidós libros del Antiguo Testamento, cuyos nombres esfuérzate en
grabártelos de memoria tal como te los diré ahora. Los cinco primeros son los
libros de la Ley, de Moisés: Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio.
Después, el libro de Josué y el de los Jueces, el séptimo y que se considera
conjuntamente con Rut. De los restantes libros históricos, el primero y segundo
de los Reinos se consideran uno entre los hebreos, y lo mismo sucede con el
tercero y el cuarto (45). De modo semejante sucede entre ellos con el primero y
el segundo de los Paralipomenos, a los que consideran un único libro; también
los dos libros de Esdras (46) son contados como uno. El de Ester es el libro
duodécimo. Estos son los históricos. Cinco están escritos en verso: Job, el
libro de los Salmos, Proverbios, Eclesiastés y el Cantar de los cantares, que es
el libro diecisiete. Siguen cinco proféticos: un libro de los Doce profetas (47)
y la Epístola (48), mas los libros de Ezequiel y Daniel, el vigésimo segundo del
Antiguo Testamento.
36. Los Evangelios del Nuevo Testamento son solo cuatro, pues los demás son
apócrifos y perjudiciales. También los maniqueos escribieron un "Evangelio según
Tomás" que, revestido del buen olor de la denominación de "Evangelio", corrompió
las almas de la gente más sencilla. Acepta también los Hechos de los doce
Apóstoles y, además, las siete epístolas católicas de Santiago, Pedro, Juan y
Judas. Por fin, lo que sirve a todos de señal y es obra última de los
discípulos: las catorce epístolas de Pablo. Todo lo demás déjese fuera, en un
segundo plano. Todo aquello que no se lee en las Iglesias, tampoco lo leas
privadamente, como ya oíste (49). Pero de todo esto ya es suficiente.
37. Huye de toda maquinación diabólica y no creas al dragón caído, que por
propia voluntad mudo en otra su naturaleza buena; es capaz de persuadir a
quienes consientan en ello, pero no puede quitar a nadie su libertad. Tampoco
hagas caso de las predicciones de los astrólogos ni a quienes observan las aves,
como asimismo tampoco escuches a cualquiera ni a las imaginativas adivinaciones
de los griegos. A los filtros mágicos, los encantamientos y las perniciosas
evocaciones de los muertos ni siquiera les prestes oído. Apártate de toda clase
de intemperancia, y no te des a la gula ni ames la voluptuosidad. Mantente por
encima de toda avaricia y usura. No asistas a los espectáculos de los gentiles.
No utilices nunca amuletos en caso de enfermedad. No frecuentes ninguna taberna
puerca o sórdida. Tampoco practiques la religiosidad samaritana o judía, pues
para algo superior te libero Jesucristo. Mantente alejado de toda observancia
del Sábado y no consideres puros o limpios a alimentos que de por si son
indiferentes. Pero sobre todo odiaras todas las reuniones de los herejes
infractores; pon todos los medios para favorecer tu alma con los ayunos, las
limosnas y las lecturas de los oráculos divinos para que, por la temperancia y
la guarda de los sagrados dogmas, goces, por el tiempo que te quede de vivir en
la carne, de la única salvación, la cual se otorga por el bautismo. Y así,
adscrito por Dios Padre al ejército celestial, merezcas también la corona del
cielo: en Jesucristo nuestro Señor, a quien sea la gloria por los siglos de los
siglos. Amén.
Notas
(1) El titulo de la catequesis expresa perfectamente su contenido, pues se trata
de exponer nuclearmente diez "contenidos" de la fe, que pueden enunciarse así:
Dios, Cristo, nacimiento virginal, la cruz, la resurrección, la segunda venida
de Cristo, el Espíritu Santo, el alma, el cuerpo, la resurrección del hombre,
las sagradas Escrituras. En esta enumeración, el tema de la Escritura seria el
undécimo de los expuestos. Si se cuenta de este modo, estamos ante once, y no
ante diez dogmas. Por eso algunos códices hablan de catequesis "de los once
dogmas". La exposición de cada uno de los dogmas puede con frecuencia a su vez,
de acuerdo con el contenido, subdividirse de modo diverso. Pero esto son
cuestiones secundarias. Más importante es señalar la importancia que se da al
"dogma" en estas catequesis de Jerusalén, elaboradas veinte años después del
concilio de Nicea. Representan un importante testimonio del edificio dogmatico
que se desprende de aquel primer concilio ecuménico. Por ello y porque el
conjunto de estas catequesis siempre respeta la estructura dogmática
cronológicamente previa a ellas, pero posterior al Nuevo Testamento, las
catequesis de Cirilo son no solo un testimonio catequético importante, sino un
reflejo de la fe dogmática
y objetiva (lo que los teólogos han llamado fides
quae) de la Iglesia de su época. Más observaciones concretas se harán en las
notas que se añaden. Como observaciones generales son importantes las que se
contienen en PG 33,449-454.
(2) El original griego habla de la "enseñanza (didaskalia) de la fe" en lo cual
se hace "exégesis". En último término, ésta y las siguientes catequesis se
apoyan, en cuanto a sus contenidos, en el "Símbolo", el Credo en el que se
agrupan las afirmaciones de la fe "objetiva".
(3) Como "verdad" acerca de Dios se ha traducido aquí la palabra griega "dogma".
(4) O "ingénito", sin origen en momento determinado alguno.
(5) Quizá es útil recordar aquí
Mt 23,8-10.
(6) Vid, las poéticas expresiones de
Is 40,12.
(7) Por la descripción detallada y drástica del pecado, este pasaje recuerda la
que Pablo hace en
Rm 1,18-32.
(8) Toda esta insistencia en que Dios es el único recuerda el credo bíblico
contenido en el "Escucha, Israel" de
Dt 6,4-9.
(9) Se continúa utilizando la terminología adoptada al principio del punto 2.
(10) "Semejante en todo", homoion kata panta. El término "homoion" se encontró
en el núcleo de la condena del arrianismo por el concilio de Nicea, no
demasiados años antes de ser pronunciadas las presentes catequesis La precisión
del credo niceno al respecto consiste en señalar que Jesucristo es de la misma
naturaleza, "consustancial" (homoousion quería no homoioousion con el Padre).
Cirilo no parece hacerse aquí eco exacto -sin ponerla tampoco en duda- de la
formula de Nicea. Sin embargo, que la doctrina de Cirilo es acorde con la
enseñanza del concilio lo prueba el resto del punto 7.
(11) En la persona de Jesús están porque son subsistentes en la unicidad de su
persona la sabiduría, el poder, e incluso la justicia de Dios. Como "justicia"
emplea Cirilo el conocido término paulino de dikaiosyne.
(12) Es formula claramente antiarriana.
(13) Cf. catequesis 11, n. 10.
(14) En la catequesis 11.
(15) Las palabras que se acaban de transcribir en el último paréntesis no se
encuentran en todos los códices.
(16) La insistencia en la realidad de la crucifixión está presente por todas
partes en las catequesis de Cirilo. Esta insistencia es aun más comprensible en
la ciudad en la que habían tenido lugar los acontecimientos de la Pasión.
(17) El oyente de las catequesis esta aquí ante la afirmación de lo que el credo
y la dogmática llamaran el "descenso a los infiernos". En la afirmación del
descenso a los infiernos debe distinguirse entre la expresión, como modo de
hablar, de la materialidad de un "descenso" a las regiones inferiores de la
tierra (con lo que se utiliza como imagen la del sheol judío) y lo que se quiere
realmente expresar: la liberación de Cristo es eficaz para los hombres de
cualquier época. Ello se expresa mediante la afirmación de que todos estuvieron
"esperando" físicamente. Pero el tema, pues, es la universalidad de la
redención. En el Nuevo Testamento se expresa bellamente todo esto en
1P 3,18ss.
(18) Téngase en cuenta que infierno viene de "inferior". En todo esto no se
trata de una afirmación sobre el estado de condenación, sino sobre la
universalidad del valor de la muerte de Cristo. Ver lo dicho en la nota 17.
(19) La afirmación, en sentido pasivo, de resucitar no indica que Jesús no fuese
agente activo de su propia resurrección, sino que ésta se produce en unión con
el Padre. Por eso es exacta la afirmación de Hch 3,15 de que "Dios le resucito
(a Jesús) de entre los muertos". Se trata de una confirmación más de la unión de
Jesús con el Abba, el Padre. Para una profundización de la unión de Jesús y el
Padre, cf. los estudios publicados por J. Jeremías, especialmente Abba. El
mensaje central del Nuevo Testamento, Salamanca 1981.
(20) El texto original y la versión latina del mismo emplean la palabra
"Asunción", pero el contenido se refiere a lo que en la Iglesia de Occidente se
llama "Ascensión", término que se utiliza por tanto en la presente traducción.
(21) Cf. cat. 13, núms. 3,36,39.
(22) Cat. 13, núm. 16.
(23) Cat. 13, núm. 4.
(24) Vid. más arriba, nota 17.
(25) Probablemente es una alusión al hecho de que, hasta la época de Cirilo de
Jerusalén, la historia de las herejías ha tenido ya tiempo de escribir en el
cristianismo algunas de sus páginas.
(26) Con lo cual Cirilo afirma la identidad de naturaleza del Espíritu Santo con
el Padre y el Hijo.
(27) El momento del bautismo es presentado por el texto original como un kairos,
es decir, como una oportunidad salvífica. Por otra parte, el empleo del verbo
"sellar" (de nuevo, sfragidsein) remite a lo que anteriormente se señaló varias
veces sobre la teología del "carácter", referido tanto al bautismo como al don
del Espíritu y a la confirmación. Cf. Procatoquesis, nota 36.
(28) Al aplicar al Espíritu Santo todo lo que se dice del Hijo, se le atribuye
lógicamente también a aquél lo que se dice sobre el triunfo y la supremacía de
Cristo en Col 1,16 y
Ep 1,2.
También en esto se observa que, si bien Cirilo de Jerusalén no es, propiamente
hablando, creativo en teología trinitaria, es al menos un buen testigo de la
misma.
(29) El tema ya se menciono en la catequesis 3, núm. 4.
(30) Ibid.
(31) En este, como en otros momentos, las catequesis se manifiestan contra la
astrología y la creencia en los horóscopos.
(32) Vid. cat. 6, núms. 27,28.
(33) El autor quiere defender, con razón, la dignidad del cuerpo, procurando
evitar que una justa valoración del alma, lo más especifico y característico del
hombre creado, redunde en detrimento de la realidad somática del hombre. La
enseñanza posterior de la unidad sustancial de alma y cuerpo explicara todo esto
con mayor claridad, además del mejor conocimiento que hoy día se tiene de la
antropología neotestamentaria con sus conceptos de soma, psyché, etc.,
especialmente en las cartas de Pablo. Sobre todo esto puede consultarse con
provecho el estudio de F.P. FIORENZA y J.-B. METZ, El hombre como unidad de
cuerpo y alma, Mysterium Salutis II/2, Madrid 1970,661-715. El interés del
presente párrafo de la catequesis está centrado especialmente en defender que,
puesto que el cuerpo es una realidad del hombre con dignidad plena, "no es para
la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo" (1Co
6,13).
(34) Probable alusión al maniqueísmo que, entendiendo mal la relación entre alma
y cuerpo, colocó en éste, entendiéndolo peyorativamente como materia innoble, la
causa o la ocasión exclusiva del pecado.
(35) La institución de los "continentes", de los monjes y de las vírgenes es ya
muy apreciada en la Iglesia de mucho tiempo antes de estas catequesis. Es
posible que entre los oyentes se encontrasen quienes ya practicaran una vida
monástica o viviesen en la virginidad. Debe tenerse en cuenta que la expresión
"monje" en la Iglesia antigua se aplica con frecuencia a quienes viven en la
continencia, pero no necesariamente haciendo vida común con otros de su mismo
estado, sino en sus domicilios en las ciudades (monachos, de monos: solo).
(36) Explicando el problema (Rm
14,1-15 1Co
8 1Co
10,14-33), Pablo, aun teniendo el criterio de que no importa comer carne
previamente sacrificada a los ídolos, quiere que se respeten por todos las
opiniones de cada uno. Cf. p. ej.,
Rm 14,3:
"El que come, no desprecie al que no come; y el que no come, tampoco juzgue al
que come".
(37) La frase está tomada del caso en realidad diferente de
1Tm 5,23.
(38) Cirilo parece considerar la importancia que para su época tienen todavía
las prescripciones de la asamblea de Jerusalén. Ésta (Ac
15,5-35) se reunió para resolver si la adopción de la circuncisión y de
la Ley judías eran un paso previo a la entrada de los gentiles en la Iglesia.
Pero, en el fondo, el tema que se ventilaba era si era justa la predicación
paulina (el "evangelio de Pablo"), según el cual la justificación del pecador no
se conseguía por las obras (y, en ellas, las obras de la Ley), sino por la fe.
El tema, capital en Pablo, se aborda con sumo detalle especialmente en sus
cartas a Gal y Rm. El papel moderador de Pedro fue decisivo en la asamblea (Ac
15,7-12) a favor de que el hombre se justifica gratuitamente en Cristo.
Sin negar esto, pero a causa de Santiago, cultural y religiosamente muy próximo
a las observancias judías, se adopto una solución de cierto compromiso, "no
imponeros más cargas que estas indispensables: abstenerse de los ídolos, de la
sangre, de los animales estrangulados y de la impureza" (Ac
15,28-29). Aparte de la cuestión de "la impureza", que con toda
probabilidad se refiere a la fornicación y cuyo rechazo moral es normal, es
lógico que las otras prescripciones cayeran muy pronto en desuso, especialmente
en las Iglesias de Occidente, en las que muy poco después de los años centrales
de la predicación de Pablo ya no se haría cuestión de que la ley judía había
caducado en todos sus aspectos litúrgicos y jurídicos. Pero no parece extraño
que en la Iglesia de Jerusalén, por una cierta memoria histórica que la
catequesis de Cirilo parece reflejar, todavía se mantuviese cierto respeto a
aquel circunstancial decreto jerosolimitano. Podría decirse, por otra parte, que
en las presentes catequesis no está, todo lo presente que Podría, el influjo de
la antropología teológica paulina. Para algunos detalles sobre este pasaje de
las catequesis, cf. PG 33,491-492, nota 1.
(39) Vid. cat. 18, núm. 9.
(40) Se respeta la versión de Cirilo, aunque otras versiones de la Biblia darían
una traducción incluso más expresiva.
(41) La frase, en labios de Jesús, es: "No penséis que he venido a abolir la Ley
y los Profetas" (Mt
5,17).
(42) Libros bíblicos no auténticos, aunque la expresión se aplica especialmente
a los llamados "evangelios apócrifos". Se trata de libros no aceptados en el
canon bíblico.
(43) Los "setenta y dos" intérpretes son comúnmente conocidos en números
redondos, como "Los Setenta". Los datos, sobre ellos y su trabajo, son en gran
parte legendarios en la forma como se explican en el párrafo 34 de la
catequesis. No se puede precisar el número de traductores y se debe admitir que
seguramente en la época en que se hizo la traducción en el reinado de Tolomeo
II, rey de Egipto entre el 285 y el 247 a. C., ya existían al menos versiones
griegas parciales del AT. Por lo demás, la versión de los LXX fue muy apreciada
por los mismos autores del NT, que se sirven de ella con frecuencia. Fue
utilísima en el judaísmo de la diáspora y, ya en el Cristianismo, ejerció un
enorme influjo en la Patrística. A esta versión se refiere aquí en gran parte la
catequesis de Cirilo. También hay que decir que el número de libros del AT
depende de cómo éstos se cuenten. En nuestro cómputo son alrededor de cuarenta y
cinco.
(44) El célebre faro se construyo en la época de Tolomeo II.
(45) En la clasificación griega y en la cristiana antigua, adaptada también por
la versión de San Jerónimo, los libros de Samuel y de los Reyes reciben el
nombre de "Libros de los Reinos".
(46) Aquí, Esdras y Nehemías.
(47) Los doce profetas menores.
(48) La "Carta de Jeremías" se encuentra en Bar 6.
(49) Libros bíblicos son los que "se leen" en las comunidades cristianas, es
decir, la norma o el "canon" que se utiliza para saber que un libro forma parte
de la Escritura es el hecho de que su utilización litúrgica y en la predicación
es fructuosa y alimenta la fe. Este consenso de la Iglesia universal se fue
formando propiamente durante siglos y no puede decirse que estuviese ya
completamente cerrado en la época de Cirilo de Jerusalén. De ahí que no se
mencionen libros del Antiguo o del Nuevo Testamento que solo más tarde entrarían
a formar parte definitivamente del canon bíblico. Los libros que se integraron
en un segundo momento en el número de los canónicos reciben el nombre de
"deuterocanónicos". Pero, en cualquier caso, sin descender a pormenores, toda
esta valoración de los libros bíblicos debe entenderse desde la asistencia del
Espíritu a la Iglesia.
Pronunciada en Jerusalén, sobre "la fe". El punto de partida es Hebr 11,1-2:
"La
fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven.
Por ella fueron alabados nuestros mayores" (1).
El paso del orden de los catecúmenos al de los fieles
1. La grandeza de la dignidad que Dios os ha otorgado al haceros pasar del orden
de los catecúmenos al de los fieles la expresa el apóstol Pablo al decir: "Fiel
es Dios, por quien habéis sido llamados a la comunión con su hijo Jesucristo" (1Co
1,9). Pero, si a Dios se le llama "fiel", también tú recibes este
calificativo al haber crecido en dignidad. Pues así como a Dios se le llama
bueno, justo, omnipotente (además de señor de todo) y creador de todas las
cosas, también se le llama "fiel". Piensa, por tanto, a qué dignidad eres
promovido, puesto que habrás de participar de este apelativo divino.
2. Aquí se busca si hay alguno entre vosotros que ya sea fiel en lo íntimo de su
conciencia (2). Pues, "un hombre fiel, ¿quién lo encontrara?" (Pr
20,6). No se trata de que me descubras tu conciencia, pues has de ser
juzgado en circunstancias humanas, sino de que muestres la sinceridad de tu fe
al Dios que escruta los riñones y los corazones (Ps
7,10) y "conoce los pensamientos del hombre" (Ps
94,13). Gran cosa es ciertamente un hombre fiel, y es más rico que todos
los ricos aunque se encuentre privado de todas las riquezas (3), y todo ello
precisamente por el hecho de despreciarlas. Pues los que son ricos en lo
exterior, aunque posean muchas cosas, son torturados por su pobreza interior:
cuantas más cosas reúnen, mas les mortifica el deseo de poseer lo que les falta.
Pero el hombre fiel -y esto es lo más admirable- es rico en su pobreza sabiendo
que lo único necesario es vestirse y alimentarse y, contento con ello (1Tm
6,8), desprecia las riquezas.
La fe genera comunión y confianza y es expresión de ellas
3. Tampoco hay que pensar que el prestigio de la fe solo se da entre quienes nos
amparamos bajo el nombre de Cristo, sino que todo lo que se hace en el mundo,
incluso por parte de quienes están lejos de la Iglesia, queda penetrado por la
fe (4). Por medio de una fe, dos personas extrañas se unen por las leyes
nupciales; personas ajenas una a otra entran en la comunión de cuerpos y bienes
mediante la fe que se hace presente en el contrato matrimonial. También en una
cierta fe se apoya el trabajo agrícola, pues no comienza a trabajar quien no
tenga esperanza de recibir frutos. Con fe recorren los hombres el mar cuando,
confiando en un pequeño leño, cambian la solidez de la tierra por la agitación
de las olas, entregándose a inciertas esperanzas y mostrando una confianza más
segura que cualquier ancora. En la confianza, finalmente, se apoyan los negocios
de los hombres, y esto no solo sucede entre nosotros, sino también, como se ha
dicho, entre quienes son ajenos a lo nuestro. Pues, aunque no aceptan las
Escrituras, tienen doctrinas propias que aceptan con confianza (5).
Fuerza de la fe en situaciones diversas
4. A la verdadera fe os llama también la lectura de hoy indicándoos el camino
por el que podéis agradar a Dios, pues señala que "sin fe es imposible
agradarle" (He
11,6). Pero, ¿cómo se resolverá el hombre a servir a Dios si no cree en
él como remunerador? ¿Cómo mantendrá una muchacha su propósito de virginidad o
será casto un joven si no creen en la corona inmarcesible de la castidad? La fe
es el ojo que ilumina toda la conciencia y favorece la intelección, pues dice el
profeta: "Si no creéis, no entenderéis" (6).La fe, según Daniel, cierra la boca
de los leones (He
11,33), pues de él dice la Escritura: "Sacaron a Daniel del foso y no se
le encontró herida alguna, porque había confiado en su Dios" (Da
6,24).
¿Hay acaso algo más terrible que el diablo? Pues contra él no tenemos otra clase
de armas que la fe (1P
5,9): un escudo incorpóreo frente a un enemigo invisible, que lanza
múltiples venablos y acribilla con saetas a quienes, en la noche oscura, no
están vigilantes. Pero, aunque reine la oscuridad y el enemigo no esté a la
vista, tenemos como armadura la fe, como dice el Apóstol: "embrazando siempre el
escudo de la fe, para que podáis apagar con él todos los encendidos dardos del
Maligno" (Ep
6,16). A menudo lanza el diablo el dardo encendido del deseo voluptuoso,
pero la fe lo extingue iluminando nuestro juicio y aligerando nuestra mente (7).
La fe en la historia de Abraham, Padre de las naciones
5. Muy ampliamente Podría hablarse de la fe y nunca habría tiempo suficiente
para terminar de hablar de ella. Pero, de las figuras de la antigua Ley, nos
bastara con Abraham, puesto que hemos sido adoptados como hijos también por su
fe (Rm 4,11b).
El no fue justificado solo por sus obras, sino también por su fe (Jc
2,24; cf.
Jc 2,14-26)
(8). Pues había hecho muchas cosas correctamente, pero nunca había sido llamado
"amigo de Dios" hasta después de que creyó (9), y toda su actuación alcanzo su
consumación mediante la fe. Por la fe abandono a sus parientes; por la fe dejo
patria, región y casa (He
11,8-10). Y, como él fue justificado, también tú serás justificado (10).
Su cuerpo estaba ya agotado, pero así habría de recibir posteriormente hijos:
siendo él mismo anciano, tenía una esposa anciana, Sara, pero ya sin esperanza
de hijos. Pues bien, es a este anciano a quien Dios promete una futura prole.
Pero él "no vacilo en su fe al considerar su cuerpo ya sin vigor" (Rm
4,19), sino que atendió al poder del que se lo prometía, "pues tuvo como
digno de fe al que se lo había asegurado" (He
11,11). Por ello, como de unos cuerpos muertos y en contra de lo
pensado, recibió un hijo (He
11,12 Rm
4,18-22). Después, al recibir la orden de ofrecer el hijo recibido (Gn
22), a pesar de que había oído aquello de "por Isaac llevara tu nombre
una descendencia" (Gn
21,12b), ofreció a su hijo único a Dios, pues "pensaba que poderoso era
Dios aun para resucitar de entre los muertos" (He
11,19). Y después de haber atado a su hijo y colocarlo sobre la leña, lo
sacrifico ciertamente en su voluntad, pero recobro vivo a su hijo por la bondad
de Dios que en el mismo lugar puso un cordero que sustituyera a su hijo. Y así,
teniendo verdaderamente fe, "recibió la señal de la circuncisión como sello de
la justicia de la fe que poseía siendo incircunciso" (Rm
4,11, que utiliza
Gn 17,11),
una vez aceptada la promesa de que se convertiría en padre de muchas naciones
(cf. Gn
12,2-3 Gn
15,5) (11).
6. Veamos ahora como Abraham fue padre de muchas naciones. Claramente lo es de
los judíos, según la descendencia de la carne. Pero si, al explicar la profecía,
atendiéramos a la descendencia carnal, nos veríamos obligados a entender
equivocadamente el oráculo; pues no es, según la carne, padre de todos nosotros.
Sin embargo, el ejemplo de su fe nos hizo a todos hijos de Abraham (Rm
4,12). ¿Por qué así? Entre los hombres es increíble que alguien resucite
de entre los muertos, del mismo modo que es igualmente increíble que brote
descendencia de un seno estéril. Pero cuando se anuncia que Cristo, que fue
crucificado en el madero, resucito de entre los muertos, lo creemos. Por la
semejanza de la fe llegamos a ser hijos adoptivos de Abraham. Y entonces,
después de la fe, recibimos el sello Espiritual. Somos circuncidados en el
lavatorio por medio del Espíritu Santo, pero no en el prepucio sino en el
corazón, según lo que afirma Jeremías: "Circuncidaos para Yahvé y extirpad los
prepucios de vuestros corazones" (Jr
4,4) o, según el Apóstol, de quien son estas expresiones: "Por la
circuncisión en Cristo... Sepultados con él en el bautismo" (Col
2,11-12), etc.
De nuevo, la fuerza de la fe
7. Si guardamos esta fe, nos veremos libres de la condenación y adornados de
todo género de virtudes. Pues la fe tiene poder para mantener a los hombres
andando sobre las aguas. Pedro era un hombre semejante a nosotros, formado de
carne y sangre y que se alimentaba con los mismos alimentos. Pero cuando Jesús
le dijo: "Ven", por la fe "se puso a caminar sobre las aguas" (Mt
14,29-31), teniendo sobre ellas en la fe un cimiento más firme que
cualquier otro; el peso del cuerpo era suprimido por la agilidad de la fe. Y
mientras creyó, anduvo con paso firme sobre las aguas; pero cuando dudo, comenzó
a hundirse (Mt
14,30). Al alejarse y disminuir poco a poco la fe, era arrastrado hacia
el fondo. Cuando Jesús se dio cuenta de la dificultad, él, que es capaz de curar
las aflicciones íntimas del alma, exclamo: "Hombre de poca fe, ¿por qué
dudaste?" (Mt
14,31). Y con la fuerza de él, que le cogió la mano derecha, con lo que
recobro la fe, llevado de esta mano por el Señor, continuo como antes andando
sobre las aguas. Indirectamente habla de esto último el Evangelio cuando señala:
"Subieron a la barca..." (Mt
14,32). No dice que Pedro subiera después de nadar, sino que nos insinúa
que el espacio que recorrió hasta Jesús lo hizo andando y, tras recorrerlo de
nuevo, subió a la barca.
8. La fe tiene tanta energía como para no solo salvar a quien cree, sino para
que se salven unos por la fe de otros. Pues no tenía fe aquel paralítico de la
ciudad de Cafarnaún, pero si tenían fe quienes lo transportaban o introdujeron a
través del tejado. El alma del enfermo sufría juntamente con el cuerpo la
enfermedad. No creas que temo que él me acuse, pues el mismo Evangelio dice:
"Viendo Jesús", no la fe de él, sino "la fe de ellos, dice al
paralítico:
Levántate" (12). Los que lo llevaban (al paralítico) eran quienes creían y la
curación sobrevino al que estaba paralítico (13).
Algunos se han salvado por la fe de otros
9. ¿Quieres conocer todavía con mayor seguridad que algunos se salvan por la fe
de otros?: Murió Lázaro y habían pasado un día, un segundo día y un tercero; al
muerto se le habían debilitado los nervios y la putrefacción ya hacia mella en
el cuerpo. ¿Cómo podía creer un muerto de cuatro días y suplicar para sí un
libertador? Pero lo que en vida le falto al difunto, lo suplieron sus hermanas.
Pues una de ellas, al llegar el Señor, se inclino a sus pies y, cuando él dijo:
"¿Donde lo habéis puesto?" y ella respondió: "Ya hiede de cuatro días", él
exclamo: "Si crees, veras la gloria de Dios" (Jn
11,17ss). Es como si dijera: haz tu las veces del muerto en lo que
respecta a la fe. Y tanto pudo la fe de las hermanas como para sacar al muerto
de las fauces del hades. Así, pues, teniendo fe unos por otros, pudieron
resucitar muertos. Y tú, teniendo fe para ti mismo, ¿no sacaras un provecho
mucho mayor? Pero si no tienes ninguna fe, o la tienes escasa, clemente es el
Señor para volverse propicio hacia ti cuando te conviertes. Con sencillez y de
corazón, di simplemente: "Creo, Señor, ayuda a mi incredulidad" (Mc
9,23). Pero si crees que tienes fe, aunque todavía de modo imperfecto,
es necesario que tu también digas con los Apóstoles: "Señor, auméntanos la fe" (Lc
17,5). Pues ya tienes algo en ti, pero recibirás algo de lo mucho que en
él se contiene.
La fe "objetiva" junto con la fe como actitud
10. Por su nombre la fe es única, pero es en realidad de dos clases. Hay una
clase de fe que se refiere a los dogmas, que incluye la elevación y la
aprobación del alma con respecto a algún asunto. Ello reporta utilidad para el
alma, como dice el Señor: "El que escucha mi Palabra y cree en el que me ha
enviado, tiene vida eterna y no incurre en juicio" (Jn
5,24) y, además: "El que cree en él (en el Hijo), no es juzgado" (Jn
3,18), "sino que ha pasado de la muerte a la vida" (Jn
5,24) (14). ¡Oh gran bondad de Dios para con los hombres! Los justos
agradaron a Dios con el trabajo de muchos años. Pero lo que ellos consiguieron
esforzándose en un servicio a Dios durante largo tiempo, esto te lo concede a ti
Jesús en el estrecho margen de una sola hora. Si crees que Jesucristo es Señor (Rm
10,9 Ph
2,11) y que Dios le resucito de entre los muertos, serás salvo (Rm
10,9 1Co
12,3) y serás llevado al paraíso por quien en él introdujo al buen
ladrón (Lc
23,43). Y no desconfías de que esto pueda hacerse, pues el que salvo en
este santo Gólgota al ladrón tras una fe de una sola hora, ese mismo te salvara
a ti también con tal de que creas.
Los carismas que brotan de la fe
11. Pero hay otra clase de fe, que es dada por Cristo al conceder ciertos dones.
"Porque a uno se le da por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de
ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe, en el mismo Espíritu; a otro,
carismas de curaciones..." (1Co
12,8). Esta fe, dada como una gracia por el Espíritu, no es solo
dogmática, sino que crea posibilidades que exceden las fuerzas humanas. Pero
quien tenga esta fe, dirá "a este monte: "Desplázate de aquí allá", y se
desplazara" (Mt
17,20). Y cuando alguno, al decir esto mismo, "crea que va a suceder lo
que dice" "y no vacile en su corazón" (Mc
11,23), recibirá aquella gracia. De esta fe se dice: "Si tuviereis fe
como un grano de mostaza" (Mt
17,20). Pues el grano de mostaza es de un volumen muy reducido, pero
dotado de una fuerza como fuego y, sembrado en un espacio estrecho, hace crecer
grandes ramas y se desarrolla, pudiendo albergar a las aves del cielo (Mt
13,32). Del mismo modo, también la fe obra grandes cosas en el alma en
rapidísimos instantes. Pues, una vez que se le ha infundido la luz de la fe, se
hace una imagen acerca de Dios y piensa en cómo es en la medida en que puede
entenderlo. Abarca los extremos de la tierra y, antes de la consumación de este
mundo, ya ve el juicio y la concesión de los bienes prometidos. Ten, pues, esta
fe que está en ti y a él se refiere, para que también de él recibas la que está
en él y que actúa por encima de las fuerzas humanas (15).
La confesión de la fe en el Símbolo
12. Al aprender y confesar la fe (16), debes abrazar y guardar como tal solo la
que ahora te es entregada por la Iglesia con la valla de protección de toda la
Escritura. Pero, puesto que no todos pueden leer las Escrituras -a unos se lo
impide la impericia y a otros sus ocupaciones-, para que el alma no perezca por
la ignorancia, compendiamos en pocos versículos todo el dogma de la fe. Quiero
que todos vosotros lo recordéis con esas mismas palabras y que os lo recitéis en
vuestro interior con todo interés, pero no escribiéndolo en tablillas, sino
grabándolo de memoria en tu corazón (17). Y cuando penséis en esto meditándolo,
tened cuidado de que en ninguna parte nadie de los catecúmenos escuche lo que se
os ha entregado.
Os encargo de que esta fe la recibáis como un viático para todo el tiempo de
vuestra vida y que, fuera de ella, no recibáis ninguna otra: aunque nosotros
mismos sufriésemos un cambio, y hablásemos cosas contrarias a lo que ahora
enseñamos o aunque un ángel contrario, transformado en ángel de luz (2Co
11,14), quisiera inducirte a error. Pues "aun cuando nosotros mismos o
un ángel del cielo os anunciara un evangelio distinto del que os hemos
anunciado, ¡sea anatema!" (Ga
1,8) (18).
La fe que ahora estáis oyendo con palabras sencillas, retenedla en vuestra
memoria; considera cuando sea oportuno, a la luz de las Sagradas Escrituras, el
contenido de cada una de sus afirmaciones. Esta suma de la fe no ha sido
compuesta por los hombres arbitrariamente, sino que, seleccionadas de toda la
Escritura las afirmaciones más importantes, componen y dan contenido a una única
doctrina de la fe (19). Y así como la semilla de mostaza desarrolla numerosos
ramos de un grano minúsculo, también esta fe envuelve en pocas palabras, como en
un seno, todo el conocimiento de la piedad contenido tanto en el Antiguo como en
el Nuevo Testamento. Así, pues, hermanos considerad y conservad las tradiciones
que ahora recibís y grabadlas en la profundidad de vuestro corazón (cf.
2Th 2,15).
En este momento parece entregar Cirilo el Símbolo, pero se transcribe al
terminar totalmente la catequesis y aparte. El Símbolo jerosolimitano no se
encuentra directamente en el texto de las catequesis.
Guardar celosamente la fe que se entrega en el Símbolo
13. Vigilad piadosamente que en ninguna parte el enemigo asalte a ninguno por
estar pasivo o perezoso; que ningún hereje corrompa nada de lo que os ha sido
entregado. Porque la fe (20) es como plata que os habíamos prestado y que se
devuelve al prestamista. Pero Dios os pedirá razón del depósito. Os "conjuro",
como dice el Apóstol, "en presencia de Dios, que da vida a todas las cosas, y de
Jesucristo, que ante Poncio Pilato rindió tan solemne testimonio, a que
conservéis sin mancha esta fe que os ha sido entregada hasta la Manifestación de
nuestro Señor Jesucristo" (21).
"Manifestación que a su debido tiempo hará ostensible el Bienaventurado y único
Soberano, el Rey de los reyes y el Señor de los señores, el único que posee
inmortalidad, que habita en una luz inaccesible, a quien no ha visto ningún ser
humano ni le puede ver. A él el honor y el poder por siempre. Amén". (1Tm
6,15-16)
Notas
(1) El tema de esta catequesis suele definirse como "sobre la fe y el símbolo",
pero con frecuencia se le llama "Sobre la fe". Un símbolo en uso en la Iglesia
de Jerusalén se transcribe tras la presente catequesis.
(2) Cf. 1Co
4,2-4.
(3) Pr 17,5,
según la versión de los Setenta
(4) Las líneas que siguen tienen como objetivo más directo explicar que también
existe una fe humana, en los contratos, etc., que es utilizada aquí para dar una
idea explicativa de lo que puede ser la fe en el ámbito cristiano. Todo el resto
del párrafo 3 deja entrever, por otra parte, con bastante claridad la conciencia
de distinción que existe entre el cristiano y los que viven fuera de la Iglesia.
(5) Doctrinas filosóficas, religiones, sectas, etc.
(6) Cf. Is
7,9, versión de los Setenta. Sobre la dificultad del versículo, es muy
útil, de modo resumido, la nota de la Biblia de Jerusalén. A un teólogo la
versión de los LXX, utilizada aquí por Cirilo, le recuerda inevitablemente el
planteamiento del teólogo medieval Anselmo de Canterbury sobre la fe como medio
que posibilita la penetración en el misterio de Dios (Fides quaerens
intellectum).
(7) Vid. procat., n. 10, y cat. 16, n. 19.
(8) Sobre el tema de la justificación por la fe es determinante, dentro del
canon neotestamentario, la amplísima exposición de Pablo en Rm (el núcleo de la
carta es tal vez
Rm 3,21-32)
y Gal. La exposición de
Jc 2,14-26
necesita una adecuada exégesis y es, en parte, una respuesta a las exageraciones
de ciertos seguidores de Pablo para quienes serian innecesarias las obras de
vida eterna, necesaria manifestación de la fe que en rigor, es la única realidad
que justifica al hombre. Sobre el tema son muy interesantes los trabajos de O.H.
Pesch y F. Mussner contenidos en la exposición de la dogmática Mysterium
Salutis, t. IV/2, Madrid 2 1984
(9) Gn 15,6:
"Y creyó él en Yahvé, el cual se lo reputo por justicia".
(10) Rm 4,23:
"Y la Escritura no dice solamente por él que le fue reputado, sino también por
nosotros, a quienes ha de ser imputada la fe...". Sobre los acontecimientos del
AT como figura o "tipo" de las realidades cristianas, cf.
1Co 10,1-13.
(11) Toda la concepción de Pablo sobre la fe de Abraham tiene relación con el
proceso de fe del cristiano. Si se atiende a
Rm 4,
se observa que como Abraham, el cristiano recibe, en el kerigma y en el proceso
de catequización conducente al bautismo, una promesa a la que, como Abraham,
responde con la fe. La circuncisión que Abraham recibe cuando en él ha quedado
suficientemente probada la fe, es imagen es decir, también "sello" (el sfragis
del N T y de las catequesis de Cirilo) del signo bautismal o del "carácter"
sacramental del bautismo, del que ya tantas veces se ha hablado. En el fondo, el
proceso de cristianización del hombre hasta que en él se hace activo el sello
del bautismo, no es más rápido que el hábito maduro de la fe en Abraham.
(12) Mt 9,2. En realidad, en el versículo mencionado las palabras de Jesús al
paralítico son: "¡Ánimo, hijo, tus pecados te son perdonados!" Las palabras
"Levántate, vete a tu camilla y vete a tu casa" aparecen en el v. 6, tras la
controversia de Jesús con los circunstantes.
(13) No todos los códices parecen atribuir el párrafo 8 al texto de las
catequesis de Cirilo de Jerusalén, sino, al menos en parte del párrafo, a un
comentario de Cirilo de Alejandría al cuarto evangelio. Pero aquí se transcribe
el párrafo siguiendo el estado del texto tal como aparece en PG 33,515 (cf.
ibid., nota 1), si se toman al pie de la letra
Gn 5,32
y Gn 7,6.
(14) Cuando Cirilo ha indicado que "hay una clase de fe que se refiere a los
dogmas", esa fe está concebida como el acto por el que quien cree se pone
confiadamente en manos de Dios y acepta todo lo que él manifiesta, además de que
le confía su existencia. Este segundo aspecto queda subrayado por las tres citas
del evangelio de Juan que aparecen poco más abajo. En el párrafo 11 se entenderá
por fe, aunque emparentado con la anterior, más bien el hecho de que Dios
reparte gratuitamente sus dones para bien de todos. Estos y otros aspectos
brotan del tronco único de la fe.
(15) El lenguaje de la catequesis parece como si diese a entender que los
carismas, tal vez por lo que a menudo tienen de extraordinario, son como "más
difíciles" y como si dependiesen de Dios en mayor medida que la "fe
dogmática".
Naturalmente, esto necesitaría mayor precisión de lenguaje.
(16) Aquí por "la fe" debe entenderse el Credo o símbolo de la fe que debe
memorizarse para la redditio o devolución.
(17) La prohibición de la escritura material del Credo, insistida con frecuencia
en los primeros siglos del cristianismo, se hacía para evitar que cayese en
manos paganas. El contenido del credo formaba parte también de la disciplina del
arcano y tampoco debía mostrarse siquiera a los catecúmenos, considerados aquí
como tales quienes no habían llegado a las catequesis sobre el Símbolo.
(18) "Anatema", puede significar "diana de maldiciom". Cirilo añade "para
vosotros" (:"... sea anatema para vosotros"). Pablo insiste machaconamente en la
idea en Ga
1,9.
(19) Puede entenderse también "enseñanza de la fe", con lo que parece entenderse
claramente que el credo y la dogmática son fuente de enseñanza, didaskalia, de
la fe.
(20) Puede entenderse tal vez "el Símbolo de fe" o el Credo, pero quizá más bien
la proclamación del Credo como profesión de la fe que se ha llegado a tener.
(21) Cita de sobre todo 1 Tm 6,13-14, pero el "conjuro" pertenece a 5,21 y el
"conservéis", en plural, es una adaptación a la pluralidad de oyentes de la
catequesis. La "Manifestación" (epifaneia) es un término para expresar la venida
en gloria de Jesucristo al final de la historia, que Pablo y amplios círculos de
la primera Iglesia creían tal vez cronológicamente próxima.
La fe santa y apostólica, entregada a los que han de ser iluminados para que la
confiesen (1).
I. Creemos (2) en un solo Dios (3), Padre (4) todopoderoso (5), autor del cielo
y de la tierra (6), de todo lo visible y lo invisible (7).
II. Y en un solo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios (8), nacido del Padre y
Dios verdadero antes de todos los siglos, por quien todo fue hecho (9)
III. Que vino en carne (10) y se hizo hombre de una Virgen y por obra del
Espíritu Santo (11).
IV. Fue crucificado y sepultado (12).
V. Resucitó al tercer día (13).
VI. Y ascendió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre (14).
VII Y ha de venir en gloria (15) a juzgar a vivos y muertos (16): su reino no
tendrá fin (17).
VIII. Y en el Espíritu Santo Paráclito (18), que habló por los profetas (19).
IX Y en un bautismo de conversión (20) para el perdón de los pecados.
X. Y en la Iglesia, una, santa, católica y apostólica (21).
XI. Y en la resurrección de la carne (22).
XII. Y en la vida eterna (23).
NOTAS
(1) Este Símbolo de la fe o Credo esta deducido de distintos lugares de las
catequesis de Cirilo. Es el resultado de la elaboración que se explica en Migne
PG 33,533-535. Sobre los avatares redaccionales de la presente versión, cf.
ibid., 523-531. La denominación de "apostólica" manifiesta que los contenidos de
la fe que aquí se expresan coinciden, aunque la formulación pueda parecer
distinta, con los que los Apóstoles predicaron. Se respetan también aquí las
citas bíblicas añadidas en Migne, salvo algún retoque secundario.
(2) Cf. Jn
14,1.
(3) Is
45,18 1Co
8,6.
(4) Rm
8,15-16.
(5) Por ej.,
Jr 32,19.
(6) Ps 136 Gn 1,1-2,25
contiene los dos relatos clásicos de la creación.
(7) Cf. Col
1,16.
(8) Jn 1,18 Jn 3,16.
(9) Especialmente ilustrativo es
Jn 1,1-2;
cf. 1Jn 1,1.
(10) 1Jn 4,2.
(11) Cf. Lc
1,35.
(12) Cf. 1Co
15,3-4. Los expertos están en general de acuerdes en que muy
probablemente
1Co 15,3-4
transcribe una confesión de fe anterior a la redacción de la carta. De ello se
deduciría con claridad que data de los más antiguos tiempos de la Iglesia la
costumbre de fijar o de reunir en los credos o símbolos de la fe ("símbolo" =
concepto = reunión o compendio) las afirmaciones cristianas esenciales.
(13) Aparte de los relatos evangélicos, cf.
1Co 15.
(14) Mc
16,19. Cf.
Ac 1,9.
(15) Mt
25,31.
(16) Cf. 1Th
4,16-17.
(17) Cf. Lc
1,32.
(18) Jn
16,5-15.
(19) 2P
1,19-21.
(20) El sentido de "un bautismo" es en estos credos antiguos el de "un único" o
"un solo bautismo". La idea que con esta unicidad se expresa es que el bautismo
no puede recibirse más que una vez, aunque se hubiere caído posteriormente en la
herejía. Fue un grave problema de la Iglesia antigua, ante el que ésta decidió
con claridad la unicidad del bautismo. "Bautismo de conversión" o de penitencia
expresa que el bautismo significa y sella eficazmente la conversión del hombre.
(21) Las llamadas "cuatro notas" o características de la Iglesia.
(22) De nuevo,
1Co 15.
(23) La expresión "vida eterna", aplicada a la vida del mundo futuro, aparece
con frecuencia en el NT: por ejemplo,
Mt 25,46;
cf. Jn 5,29 1Co 15.
Pronunciada en Jerusalén, "sobre la monarquía de Dios" (o el señorío del Dios
único), basándose en el "Creo en un solo Dios", pero tratando "acerca también de
las herejías". La lectura es de
Is 45,16
(LXX):
"Renovaos conmigo, ¡oh islas! Israel será salvado por Yahvé con salvación perpetua. No quedaréis abochornados ni afrentados nunca jamás".
Glorificación conjunta de Padre, Hijo y Espíritu Santo
1. Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo (2Co
1,3). Bendito también su Hijo Unigénito (Rm
9,5). Cada vez que se piensa en "Dios", se piensa en el "Padre", para
celebrar de modo indiviso la glorificación del Padre y del Hijo juntamente con
el Espíritu Santo. Pues no tiene una gloria el Padre y otra el Hijo, sino una
única e idéntica (y juntamente con el Espíritu Santo). Y es que realmente se
trata del Hijo unigénito del Padre de modo que, cuando es glorificado el Padre,
comunica también al Hijo, juntamente con él, la gloria. Pues si la gloria del
Hijo brota del honor del Padre (1), a su vez, al ser glorificado el Hijo, se
honra con el máximo honor al Padre de tanta bondad.
Alabanza al Dios único
2. Pero si la mente entiende las cosas muy rápidamente, la lengua procede
laboriosamente con las palabras y con el enunciado de proposiciones intermedias.
También el ojo abarca de un golpe un numeroso coro de astros, pero cuando
alguien quiere explicar cuál es el lucero de la mañana, cual el de la tarde o
cual cada uno de ellos, necesita de muchas palabras. Del mismo modo abarca el
pensamiento, en un velocísimo instante, la tierra, el mar y todos los confines
del mundo; pero lo que se expresa en un instante no se expresa más que con
palabras muy amplias. Y todo esto que acabamos de exponer es un gran ejemplo,
aunque todavía pobre y débil. Pues de Dios no decimos lo que se debe, sino lo
que cada uno conoce, aunque es lo que la naturaleza humana percibe y cuanto
puede soportar nuestra debilidad. Pues no decimos qué es Dios, sino que
inocentemente confesamos que nos falta un detallado conocimiento acerca de él;
pues en lo que respecta a Dios es gran ciencia confesar la ignorancia. Por
tanto, "Cantad conmigo al Señor, cantemos juntos a su nombre" (Ps
34,4), todos juntos, pues no basta que cante uno solo. Incluso, aunque
nos reunamos todos a la vez, tampoco basta para lo que hemos de hacer. Y no me
refiero solo a los que estáis aquí, pues incluso, aunque estuviesen juntos todos
los miembros de la Iglesia universal presente y futura, no serian, sin embargo,
suficientes para alabar al Pastor de acuerdo con su dignidad (2).
Alabanza a Dios desde la pequeñez del hombre
3. Grande y honorable era Abraham, pero grande para los hombres. Y cuando se
acerco a Dios, dijo ingenuamente confesando la verdad: "Soy tierra y ceniza" (Gn
18,27) (3). Y no dijo "tierra", callándose a continuación, para que no
pareciese que se estaba refiriendo a algo grande, sino que añadió "y ceniza"
para dar a entender algo con poca solidez y fácil de disolver. ¿Hay acaso algo
más débil y endeble que la ceniza? Compara, por ejemplo, la ceniza con una casa,
y la casa con una ciudad, la ciudad con una provincia, la provincia con el
territorio de los romanos y el territorio de los romanos con el mundo entero y,
por último, toda la tierra, con todos sus detalles, con el cielo que la envuelve
en su regazo: en proporción al cielo, la tierra es como el centro de una rueda
comparada con toda la extensión de ésta. Tal es la comparación entre la tierra y
el cielo. Pero, además, el cielo que observamos es el primero, que tiene menos
importancia que el segundo, y éste menos que el tercero. Estos son los que la
Escritura denomino como cielos (4), pero ello no quiere decir que ése sea su
número exacto. Pero aunque con tu inteligencia percibieses todos los cielos, ni
siquiera ellos bastarían para alabar a Dios como él es, y tampoco aunque
resonasen con mayor fuerza que el trueno. Pero si toda la grandeza de los cielos
no es capaz de celebrar a Dios cuanto éste se merece, ¿podrán acaso "la tierra y
la ceniza", lo más pequeño y exiguo de todas las cosas, entonar a Dios un himno
digno de él o hablar con dignidad del Dios que "está sentado sobre el orbe
terrestre, cuyos habitantes son como saltamontes" (Is
40,22)?
4. Quien intente hablar de lo referente a Dios, exponga en primer lugar los
límites de la tierra. Habitas la tierra, pero desconoces los límites de esta
tierra que es tu domicilio: ¿cómo podrás entender a su autor debidamente en tu
interior? Ves las estrellas, pero no a su autor. Enumera primeramente aquellas
que puedes ver y entonces conocerás al invisible, al que "cuenta el número de
las estrellas, y llama a cada una por su nombre" (Ps
147,4). El agua recientemente caída en unas fuertes lluvias nos puso
perdidos; cuenta ahora las gotas caídas en esta ciudad. Pero no digo ya en esta
ciudad: cuenta, si puedes, las que cayeron en tu tejado durante una hora. No, no
puedes: reconoce tu impotencia. De ahí aprenderás el poder de Dios: "El atrae
(5) las gotas de agua" (Jb
36,27), las que se derraman en todo el orbe y no solo en este sino en
todo tiempo. Obra de Dios es el sol, realmente algo grande, pero mínimo si se le
compara con todo el cielo. Pues mira en primer lugar hacia el sol y busca
después, con más curiosidad, al Señor. "No busques lo que es más profundo ni
investigues lo que es más fuerte que tu: limítate a conocer lo que se te ha
mandado" (Si
3,22 LXX).
El Hijo y el Espíritu Santo conocen al Padre y lo revelan
6. Alguno dirá: ¿Acaso no está escrito: "Los ángeles (de los niños) ven siempre
el rostro de mi Padre que está en los cielos" (Mt
18,10). Pero los ángeles ven a Dios, no como él es, sino en cuanto
pueden captarlo (6). Pues el mismo Jesús es quien dice: "No que nadie haya visto
al Padre, excepto el que ha venido de Dios; éste ve al Padre" (Jn
6,46). Lo ven los ángeles en cuanto son capaces y, en cuanto pueden, los
arcángeles (7) y, de un modo más excelente que los primeros, también los tronos
y las dominaciones, a quienes son aquellos inferiores en dignidad. En realidad,
solo el Espíritu Santo puede, juntamente con el Hijo, ver a Dios como es. Pues
"él lo escruta todo y lo conoce todo, hasta las profundidades de Dios" (1Co
2,10); de manera que es cierto que incluso el Hijo unigénito, en cuanto
conviene, también conoció al Padre a una con el Espíritu Santo, pues dice:
"tampoco al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se
lo quiera revelar" (Mt
11,27). Ve él a Dios, como es debido, y lo revela, con el Espíritu Santo
y por el Espíritu Santo, a cada uno según su capacidad. Por otra parte, de la
divina eternidad participa también, juntamente con el Espíritu Santo, el Hijo,
el cual "desde toda la eternidad" (2Tm
1,9) fue engendrado sin esfuerzo y conoció al Padre, conociendo el
engendrador al engendrado. Pero, en cuanto a los ángeles, siendo limitado su
conocimiento -pues como dijimos, es el Unigénito el que según su capacidad les
revela (a Dios) juntamente con y por medio del Espíritu Santo, que ningún hombre
se avergüence de confesar su ignorancia. Ahora estoy yo hablando y cualquier
otro lo hará en su momento, pero no podemos expresar con palabras como sucede
todo esto: ¿cómo Podría yo explicar a aquel que nos dio el poder hablar? Tengo
yo un alma, pero no puedo aclarar sus características. A quien me concedió el
alma, ¿cómo podré yo explicarlo?
Solo hay Dios único, eterno e infinito. Propiedades de Dios
7. Para nuestra piedad nos basta una sola cosa, saber que tenemos a Dios: el
Dios único, el Dios que existe desde la eternidad, sin variación alguna en sí
mismo, ingénito, más fuerte que ningún otro y a quien nadie expulsa de su reino.
Se le designa con múltiples nombres, todo lo puede y permanece invariable en su
sustancia. Y no porque se le llame bueno, justo, omnipotente, "Dios de los
ejércitos" (8), es por ello variable y diverso, sino que, siendo uno y el mismo,
realiza innumerables operaciones divinas. Y no tiene más de alguna parte y menos
de otra, sino que en todas las cosas es semejante a sí mismo. No es grande solo
en la bondad, pero inferior en la sabiduría, sino que es semejante en sabiduría
y bondad. Tampoco es que en parte vea y en parte esté privado de visión, sino
que todo lo ve, todo lo oye y todo lo entiende. No es que, como nosotros,
comprenda en parte las cosas y en parte las ignore: este modo de hablar es
blasfemo e indigno de la personalidad divina. Conoce previamente lo que existe,
es santo y ejerce su poder sobre todo; es mejor, mayor y más sabio que todas las
cosas. No se le puede señalar principio ni forma ni figura. Pues "no habéis oído
nunca su voz, ni habéis visto nunca su rostro", dice la Escritura (Jn
5,37). Por lo cual también Moisés dice a los israelitas: "Tened mucho
cuidado de vosotros mismos: puesto que no visteis figura alguna" (Dt
4,15) (9). Pues si la mente no puede imaginar algo que se le parezca
(10), ¿podrá acaso penetrar en lo propio de su persona?
Errores acerca de Dios
8. Muchos se imaginaron muchas cosas, pero todos erraron. Algunos pensaron que
el fuego es Dios (cf.
Sg 13,2),
otros que Dios es como un hombre alado por aquello que está escrito: "Escóndeme
a la sombra de tus alas" (Ps
17,8) (11). Se han olvidado de nuestro Señor Jesucristo unigénito que,
refiriéndose a sí mismo, clama de modo idéntico a Jerusalén: "¡Cuantas veces he
querido reunir a tus hijos, como una gallina reúne a sus pollos bajo sus alas, y
no has querido!" (Mt
23,37). Pues al indicar con el nombre de las alas el poder de alguien
que protege, éstos, en un malentendido y cayendo en los hábitos humanos,
valoraron al modo humano al que es inescrutable. Otros no dudaron en señalarle
siete ojos, por aquello que está escrito: "Los siete ojos del Señor, mirando
sobre toda la tierra" (Za
4,10, LXX); pero si los siete ojos le estuviesen puestos alrededor de
manera diferente, Dios vería las cosas en parte, pero no totalmente. Pero decir
esto de él seria blasfemo e insultante. Pues se ha de creer que Dios es perfecto
en todo, según aquella palabra del Salvador: "Vuestro padre celestial es
perfecto" (Mt
5,48): perfecto en el ver, perfecto en su poder, perfecto en su
grandeza, perfecto en su conocimiento previo, perfecto en la bondad, perfecto en
la justicia, perfecto en la benignidad: no limitado a un lugar, sino autor de
los lugares; existente en todos los lugares, pero no circunscrito a ninguno.
"Los cielos son mi trono" -y el que destaca es aquel que está sentado- "y la
tierra el estrado de mis pies" (Is
66,1 cf.
Ac 7,49).
Su poder llega, sin embargo, hasta las regiones inferiores de la tierra.
La grandeza de Dios, fuente y origen por medio de Cristo de toda la realidad
9. El es el único que está presente en todas partes, viendo todo, comprendiendo
todo, construyéndolo todo por medio de Cristo. Pues "todo se hizo por él, y sin
él nada se hizo de cuanto existe" (Jn
1,3 Col
1,15ss). El es la fuente máxima e indeficiente de todo bien, rio de
beneficios, luz eterna que brilla sin cesar, fuerza insuperable destinada a
nuestras debilidades, de quien ni siquiera podemos oír su nombre. Dice Job:
"¿Pretendes alcanzar las honduras de Dios, llegar hasta la perfección del
Omnipotente?" (Jb
11,7). Si ni sus obras grandes y pequeñas pueden abarcarse, ¿podrá acaso
abarcarse al que todo lo hizo? "Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al
corazón del hombre llego lo que Dios ha preparado para los que le aman" (Is
64,3, citado según
1Co 2,9).
Si lo que Dios ha preparado supera la capacidad de nuestros pensamientos,
¿podremos acaso abarcar en nuestro ánimo a quien lo preparo? "¡Oh abismo de la
riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus
designios e irrastreables sus caminos!", dice el Apóstol (Rm
11,33). Y si sus juicios y sus caminos no pueden comprenderse, ¿por
ventura se le comprenderá a él mismo?
Diversos tipos de idolatría
10. Siendo Dios, por consiguiente, tan grande, e incluso más todavía (12);
siendo, pues, tan inmenso el Dios bueno y grande, no se arredra el hombre al
decir a una piedra esculpida por él: "Tu eres mi dios" (Is
44,17) (13). ¡Gran ceguera, que desde tanta majestad cayó en tan gran
indignidad y vileza!" Árbol que Dios hizo, crecido con las lluvias y que luego,
quemado por el fuego, se convierte en ceniza; y a esto, digo, le llaman dios,
mientras se desprecia al Dios verdadero. Ha florecido la perversidad de la
idolatría. Incluso el gato, el perro y el lobo han sido adorados como si fuesen
Dios; y también el león, devorador de los hombres, ha sido adorado en lugar del
Dios que tanto los ama. También han sido adorados la serpiente y el dragón,
émulos de aquel que nos arrojo del paraíso, mientras el que creó el paraíso ha
sido despreciado. Incluso -vergüenza da decirlo, pero lo diré- algunos han
adorado a la cebolla. El vino ha sido dado para alegrar el corazón del hombre (Ps
104,15). Pues bien, en lugar de Dios se adora a Baco (14). El trigo lo
hizo Dios diciendo: "Produzca la tierra vegetación: hierbas que den semillas y
árboles frutales que den fruto, de su especie, con su semilla dentro, sobre la
tierra" (Gn
1,11) (15), con la intención de que el pan fortaleciese el corazón del
hombre. ¿Por qué, pues, se ha adorado a Ceres? También el fuego se enciende
hasta hoy mediante el choque de dos piedras. ¿Por qué, pues, se considera a
Vulcano creador del fuego?
Idolatría, politeísmo y errores sobre Dios
11. ¿Y de donde viene el error de los griegos de admitir una pluralidad de
dioses? Dios es incorpóreo. ¿De dónde, pues, se imputan estupros y adulterios a
los que ellos llaman dioses? (16). No menciono las transmutaciones de Júpiter en
un cisne; y me ruborizo al referirme a las transformaciones en oro, pues los
ungidos son indignos de Dios. Por convicto de adulterio se ha tenido al dios de
los griegos, pero, si lo es, no se le llame Dios. Cuentan también, de aquellos a
quienes llaman sus dioses, sus muertes, sus descalabros y sus fulminaciones.
¿Ves en qué ha ido a parar tanta majestad? ¿No fue real el motivo por el que
descendió del cielo el Hijo de Dios para sanar tanta herida? ¿Fue acaso en vano
la venida del Hijo para conocer al Padre? Sabes qué es lo que movió al Hijo
único para descender desde la diestra del Padre. Se despreciaba al Padre y hubo
que enmendar el error por medio del Hijo. Pues fue conveniente que él, por quien
todo fue hecho, ofreciese todas las cosas al Señor de todo. Había que curar la
herida. ¿Y qué podía ser más grave que está enfermedad por la que se daba culto
a una piedra como si fuese Dios? (17).
Dios nos libre del error
35. Pero Dios nos guarde de semejante error. Y os pague por vuestra enemistad
con el dragón, para que, como ellos están al acecho de vuestro talón, también
vosotros aplastéis su cabeza (cf.
Gn 3,15).
Acordaos de lo que se os dice. ¿Qué acuerdo puede haber de nuestras cosas con
las suyas? ¿Cómo pueden compararse luz y tinieblas, o la seriedad y la santidad
de la Iglesia con las execrables instituciones de los maniqueos? Aquí hay orden,
disciplina, seriedad, castidad. Aquí es malo incluso mirar a una mujer para
satisfacer la pasión. Aquí el matrimonio es algo muy santo; hay aceptación de la
continencia (quiero decir la viudedad) y la dignidad de la virginidad compite
con los ángeles; aquí se reciben los alimentos con acción de gracias; aquí
existe un ánimo agradecido hacia el autor de todas las cosas. Aquí se adora al
Padre de Cristo: se enseñan la reverencia y el temor a quien envía la lluvia. Al
Dios que truena y brilla le tributaremos gloria y honor.
La Iglesia os mantendrá en la verdad
36. Estas agregado a las ovejas: huye de los lobos; no te apartes de la Iglesia.
Odia también a quienes pusieron en duda todo esto y no te fíes incautamente de
ellos si no es tras un larguísimo tiempo de penitencia (18). Se te ha
transmitido la verdad del señorío del Dios único. Distingue las explicaciones
como se pueden distinguir las hierbas. "Sé un buen administrador (19),
quedándote con lo bueno y absteniéndote de todo género de mal" (cf.
1Th 5,21-22).
Y si alguna vez has caído en todo esto, odia el error una vez reconocido. Pues
te será un camino de salvación si expulsas el vomito: si lo aborreces en tu
interior, si te apartas de estas cosas no solo con los labios sino con el
corazón; si adoras al Padre de Cristo, Dios de la Ley y los Profetas; si
reconoces que es bueno y justo el Dios uno e idéntico. El cual os conserva a
todos estables en la fe, protegiéndoos de toda caída y de toda ofensa: en
nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos.
Amén.
NOTAS
(1) Probable préstamo de
Pr 17,6
(2) Los términos en que se expresa aquí Cirilo no son excesivamente precisos,
pero se mueve en el ámbito de lo que a veces se califica como "teología
negativa", a la vista de que de Dios sabemos más lo que no es que lo que es. En
cualquier caso, la afirmación fundamental quiere ser ahora esta: puesto que de
Dios es infinitamente más lo que no sabemos que lo que podemos expresar, es
bueno para el hombre confesar sus límites en el conocimiento de Dios, es decir,
las mismas limitaciones del oficio teológico.
(3) En el texto original griego, "tierra", más bien que polvo, que sería tal vez
mejor versión bíblica. Pero "tierra" es más adecuado para la continuación del
discurso de Cirilo.
(4) El apóstol Pablo, refiriéndose a sus experiencias personales, relata en 2
Cor 12,2: "Sé de un hombre en Cristo, el cual hace catorce años... fue
arrebatado hasta el tercer cielos. De modo general, Pablo y Cirilo en nuestro
texto, utilizan la cosmología antigua, en general geocéntrica, para la
descripción de lo que les interesa. En la presente catequesis se utilizan estas
divagaciones simplemente para explicar la pequeñez del ser humano (Ps
8,4-5), para lo que el punto de partida fue la expresión de Abraham en
Gn 18,27.
(5) En el texto de Cirilo, "numera" o "cuenta" en vez de "atrae" lo que se
adapta mejor a lo que se expone.
(6) Al lector le Podrían surgir aquí ciertas dudas de si Cirilo admite con
seguridad, o en qué medida, lo que la fe de la Iglesia fue afirmando después con
absoluta certeza acerca de la visión intuitiva de Dios (es decir, "como él es",
sin intermediarios ni imágenes). Pero esta duda interpretativa no impide la
comprensión general del presente párrafo 6.
(7) Por supuesto, visión intuitiva o directa de Dios no significa que ninguna
criatura, tampoco los ángeles, captan todo lo que Dios es.
(8) "Dios de los ejércitos": se traduce así aquí la expresión "Sabaoth",
transcrita del hebreo por Cirilo en el mismo texto griego, como en la liturgia
latina se conservo, hasta la reforma litúrgica del Vat. II, la expresión
"Dominus Deus Sabaoth" ("Señor Dios de los ejércitos"), pero que tiene su origen
en la visión de Isaías en su vocación (Is
6,3).
(9) Dt 4,15-16 señala: "Tened mucho cuidado de vosotros mismos: puesto que no
visteis figura alguna el día en que Yahvé os hablo en el Horeb de en medio del
fuego, no vayáis a pervertiros y os hagáis alguna escultura de cualquier
representación que sea: figura masculina o femenina". La prohibición pretende
evitar la divinización de las obras humanas a modo de ídolos. En la catequesis
de Cirilo aparece en el contexto de que Dios es infinitamente mayor que
cualquier representación que pueda hacerse de él.
(10) Cf. cat. 9, núm. 1.
(11) Mientras que la identificación de Dios con el fuego es una representación
pagana (piénsese, por ejemplo, en la imagen de Vulcano), la suplica de Sal 17,8
no es más que la expresión poética de una súplica de protección a Dios.
(12) Aquí, entre paréntesis, como en nota, apostilla Cirilo: "Pues no sería
capaz de hablar cuanto exige la dignidad del asunto ni aun cuando transformara
en lengua toda mi persona; e incluso ni aunque se reunieran todos los ángeles
hablarían de acuerdo con esa dignidad".
(13) Cf. toda la sátira contra la idolatría (Is
44,9-20) en el precioso marco de la elección y bendición de Israel por
el Dios único, creador y señor de la historia (todo
Is 44
en el "Libro de la consolación de Israel" o "Deutero-Isaías").
(14) Mitológico Dios del vino y de la embriaguez.
(15) Aunque se prefiere, como de ordinario, la versión de la Biblia de
Jerusalén, la que da Cirilo, por contener términos más próximos a los cereales y
a la hierba, se adapta mejor a lo que quiere decir en general y a la mención de
Ceres, diosa mitológica de las mieses.
(16) La concepción frecuentemente antropomórfica de los dioses paganos lleva a
menudo la consecuencia de que se les atribuyen acciones y pasiones que solo son
pensables en una concepción prácticamente materialista de la divinidad.
(17) Entre los párrafos 12 y 33 de la catequesis, Cirilo expone bajo la
denominación genérica de "herejías" toda una serie de concepciones aberrantes de
la naturaleza del único Dios. Se centra, tal vez con excesiva prolijidad, en la
descripción de las desviaciones religiosas del maniqueísmo, especialmente en la
concepción dualista que éste tiene de la divinidad. El detalle de la exposición
de Cirilo es perfectamente explicable en una sociedad en la que el maniqueísmo
había tenido y tenía una gran influencia, pero puede resultar más difícilmente
comprensible para el lector actual. A modo de ejemplo, se transcriben aquí, en
la nota, el párrafo 12, parte del 13 y el 34. Pero en el cuerpo del texto se
pasa directamente a los párrafos 35 y 36, con los que la catequesis concluye.
(18) Se expresa así una desconfianza grande en la conversión de quienes han sido
maniqueos, que con frecuencia envolvieron su conversión en una notable falta de
sinceridad, en declaraciones ambiguas e incluso la mentira y el perjurio.
(19) La primera parte de la cita acomodada de
1Th 5,21-22
no está en el Nuevo Testamento, y desde luego no en la cita que se haga de
Pablo. Sin embargo, la invitación a ser un buen administrador, muy utilizada por
los Padres citándola como expresión neotestamentaria, Podría ser muy bien un
texto apócrifo e incluso haber figurado en códices originales que no se hayan
conservado. En todo caso, el texto de 1 Tes es aquí utilizado para advertir del
grave peligro que pudo suponer el maniqueísmo en tensos periodos de la Iglesia
antigua.
Pronunciada en Jerusalén, sobre la palabra "Padre" del Símbolo. La lectura de
base es de la epístola a los Efesios:
"Por eso doblo mis rodillas ante el Padre,
de quien toma nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra" (Ep
3,14-15) (1)
Transición al nuevo tema: Dios Padre
1. El día de ayer os hablamos suficientemente del señorío del único Dios (2).
Digo "suficientemente" y no lo que pedía la dignidad del tema, pues llegar hasta
ahí es totalmente imposible a la naturaleza mortal; en cuanto nos fue concedido
a nuestra debilidad, perseguimos, apoyados en la fe, las erróneas desviaciones
de los herejes sin Dios. Una vez expulsada su basura, pernicioso veneno para las
almas, y reteniendo sus hechos en la memoria, no nos sentimos como heridos sino
que concebimos un mayor odio hacia ellos. Pero volvamos ahora a nosotros mismos
y acojamos los dogmas saludables de la verdadera fe, uniendo a la dignidad del
Dios único la prerrogativa paterna y creyendo en un único Dios Padre. No se debe
creer simplemente en un Dios único: acojamos también piadosamente al Padre de su
único Hijo nuestro Señor Jesucristo.
La afirmación de que Dios es Padre de Cristo, más allá de la imagen de Dios en
los judíos
2. Y es por razón de los judíos por lo que hemos de sentir estas cosas más
sublimes. Pues ellos admiten en sus enseñanzas que solo hay un único Dios (a
pesar de que a veces lo han negado mediante el culto a los ídolos). Pero no lo
aceptan como Padre de nuestro Señor Jesucristo. Con lo cual son de sentir
contrario a sus propios profetas, que afirman en la Sagrada Escritura: "Tu eres
mi hijo, yo te he engendrado hoy" (Ps
2,7) (3). Viven agitados hasta el día de hoy y "conspiran aliados contra
Dios y contra su Ungido" (Ps
2,2), creyendo poder conseguir el favor del Padre sin mostrar piedad
hacia el Hijo. Con ello ignoran que nadie va al Padre sino por el Hijo (Jn
14,6), que dice: "Yo soy la puerta" (Jn
10,9) y "Yo soy el camino" (Jn
14,6). Así, pues, quien rechaza el camino que conduce al Padre y niega
la puerta, ¿cómo podrá tener con honor acceso hasta Dios? Contradicen lo que
está escrito en el Salmo 89: "El me invocara: ¡Tu, mi Padre, mi Dios y roca de
mi salvación! Y yo haré de él el primogénito, el Altísimo entre los reyes de la
tierra" (4). Si estas cosas se hubiesen dicho en referencia a David o a Salomón
o a cualquier sucesor suyo, que muestren como "su trono" (Ps
89,30), que, en su opinión, es a lo que se refiere el profeta, es como
los días del cielo, y "su trono será como el sol ante mi" y "por siempre se
mantendrá como la luna" (vv. 37-38). ¿Cómo no sienten temor ante aquello que
está escrito: "Desde el seno, antes de la aurora, te he engendrado" (Ps
110,3) (5). Y aquello otro: "Durara tanto como el sol, como la luna de
edad en edad" (Ps
72,5). Pero esto, referido al hombre, es expresión de máxima ingratitud.
Centrarse en que Dios es Padre de Cristo
3. Pero los judíos son a menudo victimas, y ello voluntariamente, de la
enfermedad de la incredulidad según los pasajes aducidos u otros de la
Escritura. Acojamos nosotros, sin embargo, la piedad que la fe nos enseña,
adorando al Dios único, Padre de Cristo, que concede a todos la fuerza de
engendrar (cf.
Ep 3,15)
y a quien no se Podría con buena conciencia suplantarlo en tal dignidad. Y
creamos en un único Dios Padre ya antes de que pongamos en claro las cuestiones
acerca de Cristo. La fe en el Hijo único debe quedar grabada en el alma de los
que escuchan sin que se pueda separar lo más mínimo de lo que se diga acerca del
Padre.
Un solo Dios, pero Dios Padre y Dios Hijo
4. Pues el nombre de Padre, por su misma denominación, fija en el ánimo a la vez
el conocimiento del Hijo, del mismo modo que también quien pronuncio el nombre
del Hijo ha tenido inmediatamente también la idea del Padre: pues el Padre es
Padre del Hijo, y el Hijo es Hijo del Padre. Por tanto, que nadie por el hecho
de que decimos "en un solo Dios, Padre todopoderoso; creador del cielo y de la
tierra, de todo lo visible y lo invisible", y porque después añadimos: "y en un
solo Señor Jesucristo", sospeche alevosamente que es posterior en lugar y orden
al cielo y a la tierra. Por consiguiente, antes de llamar Dios a cada uno de
ellos, hemos hablado del Padre, pero de modo que, a la vez que pensamos en el
Padre, en el mismo acto pensemos en el Hijo. Y entre el Hijo y el Padre no
existe ninguna otra realidad intermedia (6).
Dios es por naturaleza Padre de Cristo desde toda la eternidad
5. De manera abusiva se considera padre de muchas cosas a Dios, pero por
naturaleza y en verdad es Padre de su Hijo único nuestro Señor Jesucristo. Y no
es que haya llegado a ser Padre en el transcurso del tiempo, sino que existe
eternamente como Padre de su Hijo unigénito. Pues no ha sucedido que, no
teniendo anteriormente descendencia, haya llegado después a ser Padre, sino que
Dios tiene toda la dignidad paterna anteriormente a toda sustancia y a todo
sentido, antes de los tiempos y de todos los siglos. Y la tiene en mayor medida
que todos los demás títulos. No ha recibido la paternidad de un modo pasivo (7)
o por una mutación de sí mismo; no por un añadido o por ignorancia; tampoco
porque haya fluido algo de si ni porque se haya hecho más pequeño o haya sufrido
alteración. Pues "toda dadiva buena y todo don perfecto viene de lo alto,
desciende del Padre de las luces, en quien no hay cambio ni sombra de rotación"
(Jc 1,17)
(8). El Padre, perfecto, engendro perfecto al Hijo entregándole todo a quien
engendro: "Todo me ha sido entregado por mi Padre" (Mt
11,27), y el Padre es honrado por el Hijo único; pues "yo, dice el Hijo,
honro a mi Padre" (Jn
8,49) y, además: "... como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y
permanezco en su amor" (Jn
15,10). Decimos así, pues, a una con el Apóstol: "¡Bendito sea el Dios y
Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de todo
consuelo!" (2Co
1,3), y aquello de "doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma
nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra" (Ep
3,14-15). Lo glorificamos juntamente con su único Hijo (9), reconociendo
a Cristo Jesús como Señor "para gloria de Dios Padre" (cf.
Ph 2,11).
El Dios vivo del Evangelio
6. Adoramos así, pues, al Padre de Cristo, hacedor del cielo y de la tierra,
Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, en cuyo honor fue construido primeramente
aquel templo y ahora este, situado en la parte opuesta (10). No nos apoyaremos
(11) en los herejes que separan totalmente el Antiguo Testamento del Nuevo, sino
que escucharemos a Cristo cuando dice en el templo: "¿No sabíais que yo debía
estar en las cosas que miran al servicio de mi Padre?" (Lc
2,49) o lo de "Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una
casa de mercado". Con estas palabras declaro de modo muy evidente que aquel
templo de Jerusalén era la casa de su Padre. Pero si alguien, ante los que no
creen, desea ávidamente recibir más pruebas de que el Padre de Cristo es el
mismo que el creador del mundo, óigale de nuevo a él diciendo: "¿No se venden
dos pajarillos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el
consentimiento de vuestro Padre, que está en el cielo" (Mt
10,29); y: "Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni
recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta" (Mt
6,26), o aquello otro: "Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo también
trabajo" (Jn
5,17).
Por su bondad nos ha hecho Dios hijos suyos como adoptivos
7. Pero para que nadie por simpleza o por astuta maldad atribuya a Cristo la
misma dignidad que a otros hombres justos, por lo que él mismo dice: "Subo a mi
Padre y vuestro Padre" (Jn
20,17), será bueno prevenirle de que un mismo nombre de "Padre" tiene
distintos significados. Dándose cuenta de lo cual, dijo con cautela: "Voy a mi
Padre y a vuestro Padre". Y no dijo "a nuestro Padre", sino que hizo la
distinción anterior, señalando primeramente lo que es propio suyo, "a mi Padre",
que lo era por naturaleza. Y entonces añadió "y vuestro Padre", que lo era por
adopción (12). Pues aunque nos concedió, especialmente en las suplicas, decir;
"Padre nuestro, que estas en los cielos" (Mt
6,9 par.), le llamamos así por benignidad suya, pues no le llamamos
Padre porque hayamos sido engendrados por él de modo natural en el cielo, sino
que, trasladados de la esclavitud a la adopción, nos ha sido concedido con
bondad inefable por gracia del Padre, por el Hijo y el Espíritu Santo.
8. Pero quien quiera llegar a saber por qué llamamos "Padre" a Dios oiga al gran
pedagogo que es Moisés, que dice: "¿No es él tu padre, el que te creo, el que te
hizo y te fundo?" (Dt
32) (13); y al profeta Isaías: "Pues bien, Yahvé, tu eres nuestro Padre;
nosotros la arcilla, y tu nuestro alfarero, la hechura de tus manos todos
nosotros" (Is
64,7). El don del profeta explico con toda claridad (o la gracia,
hablando por el profeta) que, si le llamamos Padre, es por gracia y adopción de
Dios.
9. Y para que sepas con más cuidado que no solo se llama "padre" en las
Escrituras al que lo es por naturaleza, escucha a Pablo: "Pues aunque hayáis
tenido diez mil pedagogos en Cristo, no habéis tenido muchos padres. He sido yo
quien, por el Evangelio, os engendré en Cristo Jesús" (1Co
4,15). No porque les hubiese engendrado según la carne, sino porque los
había instruido y los había regenerado por el Espíritu. Por eso era Pablo padre
de los corintios. Oye también a Job cuando dice: "Era el padre de los pobres" (Jb
29,16), llamándose a sí mismo padre, no porque hubiese engendrado a
todos, sino porque los había tomado a su cuidado. Que también el Hijo unigénito
de Dios, cuando fue clavado en la cruz según la carne, viendo a María, madre de
su propia carne, y a Juan, el predilecto de sus discípulos, le dijo a éste: "Ahí
tienes a tu madre"; y a María: "Ahí tienes a tu hijo" (Jn
19,26-27), hacia el que ella en lo sucesivo había de mostrar su caridad.
Con las cuales palabras se vio claro indirectamente lo dicho por Lucas: "Su
padre y su madre estaban admirados" (Lc
2,33). De tales palabras se apoderan los herejes cuando enseñan que él
nació de un hombre y una mujer. Igualmente María es llamada madre de Juan por la
caridad (14), no porque lo hubiese engendrado. Así también José es llamado padre
de Cristo, y no por razón de generación (pues "no la conocía hasta que ella dio
a luz un hijo" (Mt
1,25), sino por el cuidado puesto en alimentarlo y educarlo.
Más explicaciones de la paternidad de Dios hacia los hombres
10. Esto, por consiguiente, se os ha dicho a vosotros de paso como advertencia.
Pero añadamos también otro testimonio para mostrar que Dios es llamado en
sentido amplio padre de los hombres. Pues en Isaías se dice refiriéndose a Dios:
"Porque tú eres nuestro Padre, que Abraham no nos conoce, ni Israel nos
recuerda" (Is
63,15) (15) ¿Puede aducirse todavía algo más? Cuando dice el salmo:
"Padre de los huérfanos y tutor de las viudas es Dios en su santa morada" (Ps
68,60). ¿Acaso no es a todos manifiesto que, cuando a Dios se le llama
padre de los huérfanos, si éstos perdieron poco antes a sus padres, no es porque
Dios los haya engendrado, sino porque toma a su cargo el cuidado y la defensa de
los mismos? De los hombres, por consiguiente, como queda dicho, es padre solo en
un sentido amplio. Pues Dios es, por naturaleza, solo padre de los hombres,
aunque de Cristo lo es antes de los tiempos, como él mismo dice: "Ahora, Padre,
glorifícame tu, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado, antes que el
mundo existiese" (Jn
17,5).
11. Creemos, pues en un solo Dios Padre, irrastreable e indescriptible. A él no
lo ha visto hombre alguno; solo "el Hijo único lo ha contado" (Jn
1,18), pues "aquel que ha venido de Dios, ése ha visto al Padre" (Jn
6,46). Los ángeles en el cielo ven continuamente su rostro (Mt
18,10), cada uno según la medida de su propio orden y lugar. Pero la
pura visión del esplendor del Padre esta propiamente y de modo real reservada al
Hijo juntamente con el Espíritu Santo.
12. Pero al llegar a este punto de nuestro discurso, estimulado por el recuerdo
de lo que poco antes decía de que a Dios se le llama Padre de los hombres, me
sorprende en gran medida la ingratitud de los hombres, pues, en su inefable
bondad, Dios ha querido ser llamado padre de los hombres: quien está en los
cielos, padre de los que habitan en el mundo; el autor de los siglos, padre de
los que viven en el tiempo; el que "abarco con su palmo la dimensión de los
cielos" (Is
40,12) es padre de los que habitan la tierra como saltamontes (Is
40,22). Pero el hombre, abandonando a su padre del cielo, ha dicho al
leño: "Tu eres mi padre", y a la piedra: "Tu me has engendrado". Y por lo tanto,
según me parece, es a la naturaleza humana a la que habla el salmo: "Olvida a tu
pueblo y la casa de tu padre" (Ps
45,11), el padre a quien elegiste y a quien hiciste llamar para tu
perdición.
El diablo, padre de la mentira. La paternidad divina
13. Y no solo a los leños y a las piedras, sino al mismo Satanás, que pierde a
las almas, eligieron algunos como padre. A ellos decía el Señor increpándoles:
"Vosotros hacéis las obras de vuestro padre" (Jn
8,41), es decir, del diablo, que no es padre de los hombres por
naturaleza, sino a causa del engaño. Pues al modo como Pablo, a causa de la
enseñanza piadosa que les había transmitido a los Corintios, es llamado padre de
los mismos (1Co
4,15), así también el diablo es llamado padre de quienes se van con él (Ps
50,18) por propia voluntad. No toleraremos, pues, a quienes torcidamente
interpretan aquello de "en esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del
Diablo" (1Jn
3,10), como si existiesen algunos entre los hombres que por naturaleza
hubieran de salvarse o perderse (16)18. Pues a la santa adopción que hemos
mencionado no somos llevados por necesidad, sino por decisión libre de nuestra
alma. Tampoco Judas fue traidor (Lc
6,16b) por naturaleza, hijo del diablo y de la perdición (Jn
17,12); pues, si no fuese así, no habría arrojado desde el principio a
los demonios en el nombre de Cristo. Pues Satanás no expulsa a Satanás (Mc
3,23-25), ni a su vez Pablo fue cambiado de perseguidor en anunciador,
sino que se trato de una opción totalmente voluntaria, según dice Juan: "Pero a
todos los que lo recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que
creen en su nombre" (Jn
1,12). Pues no antes de creer, sino por la fe fueron considerados dignos
de llegar a ser hijos de Dios por su libre albedrío.
Confianza en Dios Padre
14. Conociendo pues, esto, caminemos según el Espíritu, para llegar a ser dignos
de la adopción divina. "Pues todos los que son guiados por el Espíritu de Dios
son hijos de Dios" (Rm
8,14). Pues de nada nos serviría haber conseguido el nombre de
cristianos, si a ello no siguen las obras, no sea que tal vez se nos diga
aquello: "Si sois hijos de Abraham, haced las obras de Abraham" (Jn
8,39). Pues si llamamos Padre a quien juzga sin acepción de personas
según las obras de cada uno, pasemos el tiempo temiendo por nuestra vida, sin
amar "al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del
Padre no está en él" (1Jn
2,15). Por consiguiente, queridos hijos, demos gloria por nuestras obras
al Padre que está en los cielos, para que vean nuestras buenas obras y
glorifiquen al Padre que está en los cielos (Mt
5,16). Confiémosle todas nuestras preocupaciones (1P
5,7), pues nuestro Padre sabe de qué tenemos necesidad (Mt
6,8).
Amor a Dios y amor a los padres
15. Y honrando a nuestro Padre celestial, sigamos los pasos de "nuestros padres
según la carne" (He
12,9), como manifestó abiertamente el Señor en la Ley y los Profetas
diciendo: "Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre
la tierra" (Ex
20,12). Y este mandamiento óiganlo sobre todo, de entre los presentes,
quienes tienen padre y madre. "Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor,
porque esto es justo. Pues no dijo el Señor: "El que ama a su padre o a su madre
no es digno de mi", de modo que interpretases torcidamente, por ignorancia, lo
que estaba bien escrito, sino que añadió: 'más que a mi'". Pues cuando nuestros
padres en la tierra pensasen lo contrario del Padre que está en los cielos,
habría que seguir entonces lo dicho; pero si no nos presentan ningún impedimento
para la piedad, nosotros, arrastrados por el furor de un ánimo ingrato,
olvidándonos de los beneficios que de ellos hemos recibido, los despreciamos.
Hay lugar entonces para aquella sentencia: "Quien maldiga a su padre o a su
madre, morirá" (Ex
21,17).
El deber de piedad para con los padres
16. La primera virtud de los cristianos es la piedad, honrar a los padres (17),
remunerar los trabajos de quienes nos dieron la vida y procurarles con el mayor
afán lo que les sea de ayuda. Pues, por mucho que les demos, nunca podremos
darles la vida como ellos nos la dieron a nosotros. De modo que, al disfrutar
ellos de la alegría que les proporcionamos (Si
3,3ss), nos fortalezcan a su vez con las bendiciones que el suplantador
Jacob obtuvo astutamente (cf.
Gn 27,36).
Y el Padre celestial, aceptando gratamente nuestra buena voluntad, nos haga
dignos de que resplandezcamos como el sol en el Reino del Padre (Mt
13,43), a quien sea la gloria con el Hijo único y protector nuestro
Jesucristo, y con el Espíritu Santo vivificador, ahora y siempre y por los
siglos de los siglos. Amén.
A NOTAS
(1) La expresión traducida por "paternidad" quizá es literalmente más bien "lo
engendrado por un Padre", y en este sentido Podría tal vez entenderse como
"familia" o "descendencia".
(2) De hecho el tema ha sido también algo así como lo que los dogmáticos llaman
De Deo uno, es decir, el tratado dogmático sobre Dios en cuanto Dios único. Pero
la anterior catequesis trato acerca de Dios con intención de rebatir todo lo
referente al dualismo maniqueo, razón por la que se produjeron las abundantes
digresiones mencionadas. Desde la presente catequesis hasta la XVII la
exposición sigue más bien la articulación trinitaria del Credo.
(3) Ps 2,7
debe verse en su contexto y en relación con otros pasajes de la Escritura. Puede
decirse que todo el Salmo 2 es una descripción del drama del Mesías-Siervo
contra el que arremeterán muchos de los que han sido interpelados por él. Sal
2,7-9 es prácticamente la respuesta de Dios a la agitación de las naciones, los
pueblos, los reyes y los caudillos "contra Dios y contra su Ungido" (vv. 1-2).
La interpretación mesiánica de Sal 2 es, pues, evidente, sobre todo
relacionándolo con
Ps 110
y con los poemas del Siervo de Yahvé en el Deutero-Isaías.
(4) Ps
89,27-28, versículos que también se interpretan en sentido cristológico.
(5) La versión que se ofrece del versículo es la correspondiente al texto
griego.
(6) Estas explicaciones de Cirilo son un claro esfuerzo, características de la
tradición patrística desde el concilio de Nicea (año 325) y Atanasio, por
expresar simultáneamente la unidad de Dios, tal como se vio en la catequesis
anterior, pero al mismo tiempo la pluralidad trinitaria, Padre, Hijo y Espíritu,
en la unidad divina sustancial, en la que en el párrafo que acaba de terminar
Padre e Hijo gozan de exactamente igual dignidad. Las catequesis de Cirilo se
convierten así en una transmisión exacta de la fe objetiva de la Iglesia
contenida en el Símbolo.
(7) No "ha sido hecho" Padre, es decir, no ha recibido de nadie la paternidad ni
tampoco ha llegado a ella a través de ninguna evolución.
(8) El Padre es calificado así como Dios de los astros, pero en él no se dan las
variaciones y las rotaciones que se dan en el firmamento.
(9) De nuevo añade Cirilo entre paréntesis como si fuese una nota: "Pues "todo
el que niega al Hijo tampoco posee al Padre") y, a su vez: 'Quien confiesa al
Hijo posee también al Padre' (1Jn
2,23b)". Las afirmaciones de I Jn, en el contexto de lo que es el
contenido de la carta, tienen un carácter más bien cristocéntrico que
trinitario. En general puede decirse que el Nuevo Testamento parte siempre, a la
hora de exponer el misterio de Dios, no de la perspectiva general de Dios ni de
un concepto abstracto de la divinidad, sino del acontecimiento y de la realidad
de Jesucristo, verdadero punto focal desde el que debe entenderse la relación
del hombre con Dios y toda la Historia de la salvación. Es el mantenimiento del
debido equilibrio de las relaciones internas en la unidad sustancial del Padre y
el Hijo lo que llevo a la formulación de la dogmática trinitaria. Esto tuvo, sin
embargo, la contrapartida tal vez inevitable de que los aspectos salvíficos de
la confesión de fe cristiana quedaron en los símbolos en un cierto segundo
plano.
(10) Alusión al lugar del templo en el que Cirilo esta pronunciando la
catequesis
(11) Al exponer la cuestión de que aquí se trata.
(12) Lo inaudito de la relación que en el cristianismo se establece entre el
hombre y Dios reside en que el hombre puede llamar a Dios "Padre", pues, aunque
no es hijo de Dios por naturaleza, si lo es en Cristo por adopción. La expresión
de Jesús, en
Jn 20,17:
"Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios" se interpreta
seguramente de un modo más adecuado entendiendo que, precisamente por la
resurrección de Jesús, los hombres han sido hechos hijos de Dios. Con la
resurrección de Jesús, se les da también a los hombres el Espíritu, "que se une
a nuestro Espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios" (Rm
8,16).
Rm 8,15
expone también que por el Espíritu podemos llamar "Padre" a Dios: "Pues no
recibisteis un Espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien,
recibisteis un Espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abba,
Padre!". Cf. anteriormente, cat. 4, nota 19.
(13) Conviene recordar que todo Dt 32 tiene un carácter épico. Como cántico hace
memoria de la historia de salvación que Dios ha hecho con Israel. Esta puesto en
boca de Moisés (Dt
32,44), pero probablemente tuvo existencia independiente antes de ser
introducido en el Deuteronomio. Es uno de los numerosos casos en que la
confesión de fe se hace en medio de la historia concreta de salvación de Israel.
Cf. también, por ejemplo, los salmos 78,105 y 136. El acertado procedimiento de
insertar la salvación en la historia se aplica también en el Nuevo Testamento,
por ejemplo, en numerosos anuncios kerigmáticos del libro de los Hechos.
(14) "Por la caridad" por la que se le ha encargado tener hacia Juan actitud de
madre.
(15) En la Biblia, el versículo añade además: "Tu, Yahvé, eres nuestro Padre, tu
nombre es "Él que nos rescata desde siempre".
(16) Cf. cat. 4, núm. 20.
(17) Cf., para toda la frase, Mt 10,37: "El que ama a su padre o a su madre más
que a mí, no es digno de mi", que se prolonga con el correlato siguiente: "el
que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mi". Se trata de la
expresión, en el terreno del amor entre padres e hijos, de la contundente
prescripción de Dt 6,5: "Amarás a Yahvé tu Dios con todo tu corazón, con toda tu
alma y con toda tu fuerza", que se hace presente en el Evangelio cuando a Jesús
se le pregunta cuál es el primer mandamiento (Mc
12,38-34 par.).
Pronunciada en Jerusalén, sobre lo de "todopoderoso" (que todo lo tiene bajo su
poder). La lectura es de Jeremías:
"El Dios grande, el Fuerte, cuyo nombre es Yahvé Sebaot, grande en designios y rico en recursos... (Jr 32,18-19) (1).
Tema fundamental: la omnipotencia de Dios, Padre providente
1. Por el hecho de que creemos en un solo Dios, rechazamos todo error acerca de
una pluralidad de dioses, sirviéndonos de estas armas frente a los gentiles y
frente a toda la resistencia de los herejes. Pero al añadir "un solo Dios
Padre", luchamos contra los que provienen de la circuncisión, que niegan al Hijo
Unigénito de Dios. Pues, como se dijo en el día de ayer, antes incluso de que
expliquemos lo que se refiere a nuestro Señor Jesucristo, simplemente por haber
dicho Padre, ya quisimos indicar que es Padre del Hijo. Así, del mismo modo que
entendimos que existe Dios, pensemos también que tiene un Hijo. Pero a esto
añadimos ahora que es todopoderoso (que todas las cosas las tiene bajo su
poder). Esto lo afirmamos por causa de los gentiles, de los judíos y de los
herejes.
Dios, presente y activo en todo
2. Pues algunos de los gentiles dijeron que Dios es el alma del mundo. Otros,
por su parte, dijeron que solo sobre los cielos tiene potestad, pero ésta no
alcanza hasta la tierra. Algunos también, arrastrados por un error semejante,
pervirtiendo el sentido de "Oh Yahvé, en los cielos tu amor, hasta las nubes tu
verdad" (Ps
35,5) (2), circunscribieron a las nubes y al cielo la providencia de
Dios, pero enajenando de Dios lo que hay en la tierra. Se olvidaron del salmo:
"Si hasta los cielos subo, allí estas tu, si en el sol me acuesto, allí te
encuentras" (Ps
139,8). Pues si nada hay más allá del cielo, y puesto que el infierno
está por debajo de la tierra, sin duda que el que gobierna lo de más abajo
alcanza también la tierra.
Diversos aspectos del poder de Dios
3. Pero los herejes, por otra parte, como se ha dicho anteriormente, no
conocieron a un Dios único omnipotente. Pues omnipotente es el que domina sobre
todas las cosas y todo lo tiene sujeto a su poder. Y quienes dicen que (Dios) es
señor del alma, pero no del cuerpo, afirman con ello que ninguna de las dos
realidades es perfecta, pues cada una de las dos carece de la otra. Y si alguien
tiene potestad sobre el alma, pero no sobre el cuerpo, ¿a titulo de qué seria
omnipotente? ¿Y dónde estaría la omnipotencia del que dominara sobre los
cuerpos, pero no sobre los Espíritus? Sin embargo, es cierto que Dios declara
convictos a aquellos de quienes dice: "Temed más bien a Aquel que puede llevar a
la perdición alma y cuerpo en la gehena" (Mt
10,28). Pues si no tiene potestad sobre ambos, ¿cómo pudo el Padre de
nuestro Señor Jesucristo someter a uno y otro al suplicio? ¿Y cómo podrá,
invadiendo un cuerpo ajeno a su potestad, entregarlo a la gehena si antes no ata
al fuerte para saquear su ajuar? (3).
Dios ejerce su dominio aun permitiendo la acción del diablo
4. Pero la divina Escritura y los dogmas de la verdad han conocido a un Dios
único, el cual tiene muchas cosas sometidas al imperio de su poder, pero muchas
cosas las permite porque quiere (4). Pues también ejerce su dominio sobre los
adoradores de ídolos, pero los soporta por su paciencia; a los herejes que le
rechazan también los tiene bajo su poder, pero los tolera con su longanimidad.
También tiene sometido al diablo, pero lo acepta con su tolerancia. Y no sufre
por impotencia como si se le venciese (a Dios). Pues, desde siempre, también (el
diablo) estuvo entre las criaturas de Dios, que no fue quien le engaño -ello
sería algo indigno- sino otros ángeles, que también son criaturas. Le permitió,
sin embargo, vivir por dos razones: para que, al vencerlo, se sintiese afectado
por una mayor vergüenza y para que los hombres recibiesen la corona (5). ¡Oh
providencia de Dios llena de sabiduría, que asumió aquélla perversa voluntad
para otorgar la salvación a quienes creyeran. Cuando se sirvió de la intención
hostil de los hermanos de osé para la realización de sus planes, permitiendo que
vendiesen a su hermano por odio, de ello tomo ocasión para constituir en
gobernador a quien él quería (6). De modo semejante concedió luchar con el
diablo para que fuesen coronados los vencedores; así, conseguida la victoria, el
diablo, vencido por quienes son inferiores a él, se cubriría de mayor vergüenza.
Los hombres, en cambio, quedarían ennoblecidos de modo insigne tras haber
vencido a quien en otro tiempo había sido arcángel.
Dios reina también sobre el hombre pecador
5. Nada, pues, se encuentra sustraído al poder de Dios. De él dice la Escritura:
"Toda cosa es sierva suya" (Ps
119,91). Toda la realidad es realmente su sierva, aunque en esta
realidad no se cuentan su Hijo único ni su Espíritu Santo (7). Y todas aquellas
criaturas que si son siervos sirven al Señor por el Hijo único en el Espíritu
Santo (8). Dios, pues, domina sobre todas ellas y soporta a los homicidas, a los
ladrones, a los libertinos por su paciencia, de modo que, una vez determinado el
tiempo en que dará a cada uno según sus méritos tras la tregua de un tiempo
duradero, sin haber vuelto su corazón a la conversión, sean condenados con mayor
gravedad. Reyes de los hombres son los que gobiernan en el mundo, aunque no sin
haber recibido el poder de lo alto (Jn
19,11). Esto lo experimento en cierta ocasión Nabucodonosor cuando dijo
"que su imperio es un imperio eterno y su poder dura de generación en
generación" (Da
4,31).
Recto uso del dinero
6. Las riquezas, el oro y la plata no son del diablo como algunos piensan (9).
"Del hombre fiel es todo el mundo de las riquezas, pero el que no lo es no tiene
siquiera un óbolo" (10). Pero nadie es más infiel que el diablo, como claramente
lo dijo Dios por medio del profeta: ¡"Mía es la plata y mío el oro!" (Ag
2,8), "y se lo doy a quien quiero" (Lc
4,6). Lo único que debes hacer es usar bien de ello. No debes criticar
más el dinero. Pero cuando tú utilizas mal algo que es bueno sin querer culpar a
tu propia administración, diriges tu queja impíamente contra el creador. "Tuve
hambre y me disteis de comer" (Mt
25,35): no hay duda de que fueron vuestras propias riquezas. "Estuve
desnudo y me cubristeis" (Mt
25,36): en ello intervino vuestro dinero. ¿Quieres saber que las
riquezas pueden ser la puerta del reino de los cielos?: "Vende lo que tienes,
dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo" (Mt
19,21).
Lo que se posee es de por si bueno (11)
7. Estas cosas las he dicho a causa de los herejes, que condenan al anatema las
propiedades, el dinero y los cuerpos. Pues ni deseo que seas esclavo de las
riquezas ni, por otra parte, que las mires como enemigas, pues te han sido dadas
por Dios como ayuda. Por consiguiente, no vayas diciendo de vez en cuando que el
dinero es del diablo, pues aunque (éste) diga: "Todo esto te daré porque a mí me
ha sido entregado" (Lc
4,6), alguno puede, sin embargo, refutar incluso esas palabras, puesto
que no puede creerse a un mentiroso. Quizá, sin embargo, amilanado ante el poder
de quien estaba presente, dijo la verdad, puesto que no afirma: "Todo esto te
daré porque es mío", sino "porque a mí me ha sido entregado". No usurpo la
propiedad, sino que declaro una encomienda y una simple administración a él
confiada. Oportunamente se preguntan los intérpretes si mintió o dijo la verdad.
Conclusión: el poder del Señor Dios
8. Por tanto, solo hay un único Dios Padre omnipotente, a quien muchos herejes
se han atrevido a atacar con improperios: no han sentido temor de injuriar al
Señor de los ejércitos que se sienta sobre los querubines (12). Han osado
infamar con blasfemias al Señor Adonaí (13), no se arredraron de afrentarle con
ellas a aquel a quien las voces de los profetas celebran como Dios todopoderoso.
Tú, en cambio, adora al único Dios todopoderoso, Padre de nuestro Señor
Jesucristo (14). Huye del error del politeísmo; escapa también de cualquier
herejía y di, según lo del libro de Job: "Yo por mi a Dios recurriría, expondría
a Dios mi causa. El es autor de obras grandiosas e insondables, de maravillas
sin número" (Jb
5,8-9), y aquello de "el honor proviene del Todopoderoso" (15), a quien
sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
NOTAS
(1) Para la comprensión de esta catequesis conviene tener en cuenta el ambiente
intelectual y religioso circundante: se hacen las distintas afirmaciones en
contra de los maniqueos, que subrayan la maldad intrínseca al menos de una parte
de la creación, y también en contra de los arrianos, que ponen en duda la
igualdad, en cuanto a naturaleza y dignidad, del Padre, el Hijo y el Espíritu
Santo. Téngase en cuenta, además, que la afirmación que se hace de que Dios es
"todopoderoso" tiene en el original griego el sentido semántico de aquel "que
domina sobre todas las cosas" (pantocrátor), lo cual facilita a su vez la
relación entre omnipotencia y providencia de Dios.
(2) Cf. también
Ps 57,11
y Ps 108,5.
(3) Vid. Mc
3,27 par.: "Pero nadie puede entrar en casa del fuerte y saquear su
ajuar, si no ata primero al fuerte; entonces podrá saquear su casa". El texto
evangélico, difícil de interpretar, debe entenderse desde su contexto: el
diablo, aun armado de su propia fortaleza, puede ser vencido en el hombre por el
poder de Dios, de modo que al fuerte -en esta caso, el diablo- se le arrebata la
presa (Is
49,24-25). Todo esto, sin embargo, parece quedar como forzado en el
texto de Cirilo, que en cualquier caso aplica el pasaje a la realidad de la
omnipotencia de Dios.
(4) Con ello se distingue claramente entre lo que es voluntad de Dios y lo que
éste simplemente permite. Lo que Dios permite sin ser objeto de su voluntad
puede existir tanto en el campo de lo físicamente existente (incluyéndose aquí,
por tanto, también el mal físico: enfermedad, etc.) como en el del mal moral
(por ejemplo, cuando Dios permite el pecado individual o de unos hombres contra
otros). En este caso, sin que Dios lo quiera, lo permite o tolera, conociendo él
en el misterio de sus designios como podrá servirse para bien de los hombres del
mal que él no ha querido. La bondad de Dios es por naturaleza incompatible con
una supuesta voluntad suya del mal. Esta es originariamente la pregunta que da
origen a la Teodicea.
(5) La corona de la victoria a sus méritos.
(6) Vid. toda la historia de José en
Gn 39-48.
(7) Esta afirmación de que Hijo y Espíritu Santo están colocados fuera del resto
de la realidad sierva es tal vez intencionadamente antiarriana, pues con ella se
trata de afirmar la igualdad en dignidad de Padre, Hijo y Espíritu Santo, sin
que ninguno de estos dos esté sometido o subordinado al Padre.
(8) Vid. más adelante cat. X, núm. 9.
(9) Se condena aquí un rigorismo que considera malas las riquezas en sí mismas.
(10) Moneda de un valor muy inferior a una peseta. La frase está tomada de
Pr 17,6
LXX.
(11) Al menos ésta es una de las cuestiones expuestas en este núm. 7. Aunque se
relativizan las riquezas de modo total, no se las condena por sí mismas, con lo
cual esta Cirilo muy lejos de lo que en la historia de la Iglesia serán siempre
los movimientos cataros, etc.
(12) Cf. Is
6,2-3 (mención de "serafines"); Sal 80,2.
(13) La formula Adonaí es sobre todo para dirigirse a Dios: "¡Señor mío!" (cf.
Gn 18,3).
(14) La formula es de Rom 15,6: "...glorifiquéis al Dios y Padre de nuestro
Señor Jesucristo".
(15) La edición de PG 33,635 remite aquí a Job 36,22, que en LXX reza: "Mira,
Dios es sublime por su fuerza, ¿quién es maestro (o: poderoso) como él". Pero se
prefiere en este caso dejar como está el texto de la catequesis.
Pronunciada en Jerusalén sobre lo de "creador del cielo y de la tierra, de todo
lo visible y lo invisible". La lectura es de Job:
"¿Quién es este que empaña mi proyecto, reteniendo las palabras en su corazón y creyendo esconderse de mí?" (Jb 38,2 LXX) (1).
No se puede ver a Dios directamente en esta vida
1. No es posible ver a Dios con los ojos de la carne: pues lo que es incorpóreo
no puede entrar con estos ojos. Esto lo testifico también el mismo Hijo
unigénito de Dios al decir: "A Dios nadie lo ha visto jamás". Pues aunque
alguien interpretase lo que está escrito en Ezequiel como si éste tuviese una
visión directa, escuche lo que dice la Escritura: "Vio la semejanza de la gloria
del Señor" (Ez
1,28), no al mismo Señor, sino a "la semejanza de la gloria", como
tampoco directamente a la gloria como ella realmente es. Pero, habiendo
contemplado solo una semejanza de la gloria, pero no la gloria misma, cayó a
tierra por el miedo. Pero la contemplación de la semejanza de la gloria
despertaba en los profetas el temor y la inquietud de que Dios les arrebataría
la vida si alguien intentaba contemplarlo directamente, según aquello de que "no
puede verme el hombre y seguir viviendo" (Ex
33,20) (2) Por este motivo Dios, por su grandísima bondad, ha extendido
los cielos como velo de su grandísima bondad para que no perezcamos. Esta
palabra no es mía sino del profeta, que dice: "Ah, sí rompieses los cielos y
descendieses ante tu faz los montes se derretirían" (Is
63,19). Y, ¿por qué te admiras si Daniel cayó al suelo tras haber
contemplado la semejanza de la gloria? En cierta ocasión vio Daniel a Gabriel,
siervo de Dios (3), e inmediatamente se turbo en su ánimo y cayó sobre su
rostro. No se abrevio el profeta a responder hasta que el ángel adopto figura de
hombre (Da
8,17 y
Da 10,15-16).
Y si la visión de Daniel suscitaba temor en los profetas, ¿acaso no hubiesen
perecido todos si el mismo Dios se hubiese dejado ver cómo es?
Conocimiento a Dios a través de las criaturas
2. No se nos ha dado conocer la naturaleza divina con ojos corporales; pero por
las obras de Dios podemos alcanzar una idea de su poder, según lo que dice
Salomón: "Pues de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por
analogía, a contemplar a su Autor" (Sg
13,5) (4). No dice simplemente que por las criaturas se deduzca al
creador, sino que añadió: por analogías. Pues Dios parece tanto mayor a cada uno
cuanto mayor sea la contemplación de las criaturas adquirida por el hombre. Y
cuanto más ha sometido a su propio ánimo a la contemplación, mayores son el
conocimiento y la imagen que tiene del mismo Dios.
No es posible comprender plenamente a Dios
3. ¿Quieres conocer que no es posible llegar a abarcar toda la naturaleza de
Dios? Aquellos tres jóvenes que iban camino del fuego exclamaban celebrando a
Dios con alabanzas: "Bendito tu, que sondeas los abismos, que te sientas sobre
querubines" (Da
3,55). Y ahora te pregunto: "Dime cual es la naturaleza de los
querubines y piensa entonces como es aquel que se sienta sobre ellos". Por su
parte, el profeta Ezequiel, en cuanto era posible, hizo una descripción de los
mismos diciendo: "Tenían cada uno cuatro caras" (Ez
1,6): el primero, de hombre; el segundo, de león; el tercero, de águila;
el último, de toro (Ez
1,10). También "cada uno tenía seis alas" (Is
6,2) y ojos por todas partes, y avanzaban como sobre una rueda en cuatro
direcciones (Ez
10,11-12). Sin embargo, incluso tras esta descripción del profeta, no
podemos llegar por la lectura a comprenderlo todo. Pues si no podemos comprender
siquiera el trono que ha descrito, ¿cómo podremos abarcar al Dios invisible e
inefable que en él se sienta? Es ciertamente imposible escrutar de modo íntimo
la naturaleza de Dios, pero si se puede tributar gloria y honor al que conocemos
por sus obras.
De nuevo, la verdadera relación entre Dios Padre y Dios Hijo
4. Estas cosas se os dicen a vosotros del modo consecutivo y ordenado de la fe
(5) (6). Y puesto que decimos: "Creemos en un solo Dios, Padre todopoderoso,
creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible", recordamos
así que él es el Padre de nuestro señor Jesucristo y que es el mismo que hizo el
cielo y la tierra. De este modo quedamos protegidos frente a las desviaciones de
los herejes ajenos a Dios, que se han atrevido a injuriar al sapientísimo
creador de todo este mundo: ven con los ojos de la carne, pero están privados de
la comprensión de la mente.
Sabiduría previsora de Dios al crear
5. ¿Qué es lo que tienen que criticar en esta obra máxima de Dios? Se deberían
haber sentido llenos de estupor al contemplar las curvaturas celestes, adorando
así a quien puso el cielo como bóveda y de la naturaleza fluida de las aguas
formo la sustancia del cielo. Pues dijo Dios: "Haya un firmamento en medio de
las aguas" (Gn
1,6). Una sola vez lo dijo Dios y se mantiene sin caerse. El cielo es
agua, pero son de fuego los seres clavados en él, el sol, la luna y las
estrellas. Pero, ¿cómo se mueven en el agua estos seres ígneos? (7) (8) Si a
alguno le vienen dudas a causa de las naturalezas contrarias del fuego y del
agua, acuérdese del fuego que, en tiempo de Moisés, ardió en medio del granizo (Ex
9,23) y considere la sapientísima disposición de Dios en la creación.
Pues ya que las aguas eran necesarias para la marcha posterior de la tierra,
preparo en lo más alto un cielo de agua para que, cuando las regiones celestes
necesitaran de la irrigación por lluvias, el cielo se encontrase preparado y
dispuesto para ello por su naturaleza.
El admirable orden del universo, de las estaciones y del mundo
6. Entonces, ¿qué? ¿No habrá que admirarse de la construcción del sol? Pues,
apareciendo con la modestia de una vasija, contiene una enorme energía:
apareciendo por el Oriente, emite luz hasta el Occidente. Decía el salmista
describiendo sus salidas matutinas: "Y él, como un esposo que sale de su tálamo"
(Ps 19).
Con dulzura se describía así el modo a la vez esplendoroso y suave como comienza
a derramar su luz sobre los hombres. Y cuando el sol se encuentra en pleno
centro del día, a menudo huimos de él por el excesivo calor, pero en su salida
ha alegrado a todos cuando hace su aparición como "el esposo". Considera la
posición del sol, que es plenamente la adecuada, si bien no la ha establecido él
mismo, sino el que con su mandato determino su curso. En verano se encuentra en
su máxima altura, los días se hacen más largos, dando oportunidad a los hombres
para sus trabajos. En invierno, sin embargo, limita su carrera, de modo que la
época del frío no se prolongue sino que las noches, haciéndose más largas,
sirvan de ayuda a los hombres para su descanso y para que la tierra produzca sus
frutos. Mira también como los días se suceden unos a otros en el orden adecuado:
se alargan en verano y en invierno se acortan, pero en la primavera y el otoño
se hacen agradables los días con una duración semejante; e igualmente hacen las
noches. De todos ellos dice el salmista: "El día al día comunica el mensaje, y
la noche a la noche transmite la noticia" (Ps
19,2). Es como si clamaran ante unos herejes que no quieren oír y, en
medio de su orden admirable, dijeran que no hay otro Dios que el que creo y
dispuso los confines del mundo poniéndolo todo en orden.
El sabio ritmo del día y de la noche
7. Que nadie haga mención de quienes dicen que uno es el creador de la luz y
otro el de las tinieblas (9). Recuerde las palabras de Isaías: "Yo (Yahvé)
modelo la luz y creo la tiniebla" (Is
45,7). ¿Por qué, pues, te encolerizas con éstas? ¿Por qué soportas tan
mal el tiempo que te ha sido dado como descanso? El siervo no conseguiría de sus
señores descanso alguno de sus trabajos si las tinieblas de la noche no le
trajesen la tregua. ¿Y cómo es que con tanta frecuencia, fatigados del trabajo
del día, es por la noche como nos rehacemos? Y el que el día anterior se dio a
sus trabajos, por la mañana aparece robusto y ágil por el descanso nocturno. ¿Y
qué mejor que la noche para conducir a la sabiduría? Pues en ella meditamos muy
a menudo en lo que se refiere a Dios; en ella nos dedicamos a la lectura y la
contemplación de los divinos oráculos. ¿Cuándo se esfuerza nuestra mente con
mayor tenacidad en entonar los salmos o en derramar nuestras suplicas? (10). ¿No
es acaso cuando es de noche? ¿Y cuándo, si no en la noche, recordamos con más
frecuencia nuestros pecados? No admitamos por tanto, perversamente, que existe
otro autor para las tinieblas, pues la experiencia demuestra que también ellas
son buenas y muy útiles.
La luz de las estrellas, el sol y la luna
8. Convendría que éstos (los mencionados) se asombraran y admirasen no solo de
la grandeza del sol y de la luna, sino también de las ordenadas danzas y el
libre movimiento de las estrellas, al que nada perturba mientras cada una de
ellas aparece en el momento oportuno. Y como unas son signo del verano y otras
del invierno: unas indican el comienzo de la siembra y otras el de la época de
la navegación. Y es precisamente el navegante, que se mueve en las inmensidades
de extensas olas, el que dirige su barco mediante la observación de las
estrellas. De todo esto dice señaladamente la Escritura: "Haya luceros en el
firmamento celeste, para apartar el día de la noche, y valgan de señales para
solemnidades, días y años" (Gn
1,14), pero no para fabulas sobre astrología y genealogía (11).
Advierte también de qué modo tan hermoso nos va dando Dios la luz del día poco a
poco. Pues no vemos que el sol salga de modo repentino, sino que primeramente
aparece una luz limitada para que, preparándose las pupilas, puedan captar la
fuerza cada vez mayor de los rayos solares. Considera también como mitiga las
tinieblas nocturnas con la suavidad del resplandor de la luna.
Dios, Señor de los elementos y fenómenos naturales
9. ¿Quién es el padre de la lluvia? ¿Quién hizo las gotas del rocío? ¿Quién
concentro el vapor en las nubes ordenando que sostuviesen el agua de las
tormentas? ¿Y acaso no hace acercarse desde el norte a nubes vestidas de un
aéreo resplandor, mientras según los momentos va haciendo cambiar su aspecto y
su forma en figuras distintas del mundo o de cualquier otro género? ¿Quién hay
que pueda numerar con conocimiento de causa a las nubes? Sobre ello se dice en
el libro de Job: "¿Quién tiene pericia para contar las nubes? ¿Quién inclina los
odres de los cielos?" (Jb
38,37). Y aquello otro: "El cuenta a las nubes con su sabiduría" (Jb
26,8 LXX) y las nubes no son "un velo opaco" para él (cf.
Jb 22,14).
Gran cantidad de agua se contiene en las nubes, pero no se rompen, pues aquella
cae a tierra en perfecto orden. ¿Quién es el que saca a los vientos de sus
depósitos? (Ps
135,7). ¿Quién es, como antes dijimos, el que produce las gotas de
rocío? (cf.
Jb 38,28).
¿De qué útero sale el hielo? (Jb
38,29). Porque, aunque es una sustancia acuosa, tienen las propiedades
de la piedra. A veces incluso el agua se convierte en "nieve como la lana", pero
otras se somete a la voluntad de aquel que "esparce la escarcha cual ceniza" (Ps
147,16). Pero en ocasiones se convierte en sustancia pétrea. Y desde
luego somete y gobierna al agua según su voluntad. La naturaleza del agua es
única, pero está dotada de un poder y una eficacia múltiples. El agua en las
vides es vino que alegra el corazón del hombre, es en los olivos aceite que da
brillo al rostro del hombre y pan que fortalece el corazón del hombre (Ps
104,15), como es también capaz de convertirse en toda clase de frutos.
Variedad de la creación
10. Ante esto, ¿qué habrá que hacer? ¿Habrá que proferir insultos contra el
Hacedor del mundo o habrá más bien que adorarlo? Y no hablo de las cosas ocultas
de su sabiduría. Quisiera más bien que contemplaras la primavera, reteniendo la
variedad de sus flores que todas son iguales y a la vez distintas: el púrpura de
la rosa y la excelsa blancura del lirio. Pues, aunque ambos proceden de la misma
lluvia y del mismo suelo, ¿quién es el que las hace distintas y las construye?
Quisiera también que consideraras qué habilidad del único artífice es la que
hace que árboles de la misma clase sirvan a veces para dar sombra y a veces para
desparramarse en frutos diversos. Una parte de la vid se destina a la quema,
otra a convertirse en renuevos, otra en follaje, otra en horquillas y, por fin,
una última en uvas. Asómbrate también, en una cana, de la amplitud del espacio
que su autor puso entre sus nudos. En un mismo terreno salen serpientes,
jumentos, árboles, alimentos, oro, plata, cobre, hierro, piedra. Una es la
sustancia de las aguas, y salen de ellas las especies de los peces y de las
aves, de manera que unos nadan en el agua mientras las aves vuelan en el aire.
La inmensidad del mar, dominada por el Creador
11. "Ahí está el mar, grande y de amplios brazos, y en él, el hervidero
innumerable de animales, grandes y pequeños" (Ps
104,25). ¿Quién podrá exponer la hermosura de los peces que ahí viven?
¿Quién la magnitud de los cetáceos o la naturaleza de los animales anfibios que
viven tanto en la tierra árida como en el agua? ¿Quién puede exponer la
profundidad y la hondura del mar o el inmenso ímpetu de las olas? Se mantiene,
sin embargo, dentro de los límites que le ha fijado quien le dijo: "Llegaras
hasta aquí, no más allá..., aquí se romperá el orgullo de tus olas" (Jb
38,11). Explica claramente el mandato que se le ha impuesto el hecho de
que las olas, al retirarse, dejan una línea visible en las orillas. A los que la
ven se les indica así que el mar no habrá de pasar de los límites establecidos.
El vuelo excelso de las aves
12. ¿Quién puede captar la naturaleza de las aves del cielo? ¿Cómo es que unas
poseen una lengua experta en el canto, mientras otras poseen una gran variedad
de colores en sus plumas y algunas, como las aves de presa, se mantienen, en
medio del vuelo, inmóviles en el aire? Pues es por mandato de Dios por lo que
"el halcón emprende el vuelo, despliega sus alas hacia el sur" (Jb
9,26). ¿Qué hombre percibe como "se remonta el águila" a "las alturas" (Jb
39,27). Pues si con toda tu capacidad de pensar no puedes darte cuenta
de cómo las aves se elevan a lo alto, ¿cómo podrás entonces abarcar con tu mente
al autor de todas las cosas?
Diversidad y enseñanzas del mundo animal
13. ¿Quién ha llegado a saber simplemente los nombres de todas las fieras? ¿Y
quién se ha dado cuenta de la naturaleza de cada una de ellas y de su fuerza?
Pero si ni siquiera conocemos sus nombres, ¿cómo podremos abarcar a su autor?
Uno fue el precepto de Dios, por el que dijo: "Produzca la tierra animales
vivientes de cada especie: bestias, sierpes y alimañas terrestres de cada
especie" (Gn
1,24). Por un único mandato brotaron, como de una única fuente, las
diversas clases de animales: la mansísima oveja, el león carnicero. Por su
parte, movimientos diversos de animales irracionales reflejan una variedad de
inclinaciones humanas: la zorra, por ejemplo, expresa la perfidia humana; la
serpiente, a los que hieren a sus amigos con dardos venenosos; el caballo que
relincha, a jóvenes voluptuosos (12). Sin embargo, la hormiga diligente sirve
para estimular al negligente y al perezoso. Pues cuando alguien, en su juventud,
vive en la desidia y el ocio, los mismos animales irracionales le estimulan
según el mismo reproche que recoge la Escritura: "Vete donde la hormiga,
perezoso, mira sus andanzas y te harás sabio" (Pr
6,6). Pues cuando veas que guarda alimentos para el tiempo oportuno,
imítala y recoge para ti mismo como tesoros, para la vida futura, los frutos de
las buenas obras. Por otra parte: "Ponte a la obra y aprende qué trabajadora es"
(Pr 6,8
LXX) (13). Observa cómo, recorriendo toda clase de flores, produce miel para tu
servicio, para que también tu, haciendo el recorrido por las Sagradas
Escrituras, consigas tu salvación eterna y, saciado por ellas, digas: "¡Cuan
dulce al paladar me es tu promesa, más que miel a mi boca!" (Ps
119,103).
Cualidades diversas de animales salvajes
14. ¿Acaso, pues, no es el Creador digno de toda alabanza? ¿O es que, porque tú
no conozcas la naturaleza de todas las cosas, han de ser por ello inútiles los
seres creados? ¿Puedes, quizá, llegar a conocer las cualidades de todas las
hierbas? ¿O eres capaz de aprender qué utilidad tiene lo que proviene de
cualquier animal? Pues es cierto que incluso de las víboras venenosas proceden
ciertos antídotos para la salud de los mortales. Pero me dirás: las serpientes
son cosa horrenda. Teme al Señor y no podrá hacerte daño. El escorpión cobra
fuerza al picar: teme al Señor y no te picara. El león esta sediento de sangre:
teme al Señor -como en cierta ocasión Daniel (Da
6,23)- y (el león) permanecerá tranquilo junto a ti. Realmente son de
admirar las fuerzas de los mismos animales: unos clavan con el aguijón, mientras
la fuerza de otros reside en sus dientes; los hay que luchan con sus garras; la
fuerza, por último, del basilisco reside en su mirada. Por las diversas
cualidades de su obra puedes, pues, comprender la capacidad del Creador.
La misma maravilla del cuerpo humano
15. Pero hay otra cosa que desconoces: hay algo muy distinto entre ti mismo y
los animales que están fuera de ti, porque tú puedes entrar dentro de ti mismo y
conocer por tu propia naturaleza al Creador. Pues, ¿qué es lo que hay en tu
cuerpo que sea digno de reprensión? Practica la continencia y nada en tus
miembros será malo. En un principio Adán está desnudo en el paraíso juntamente
con Eva. Por sus miembros, desde luego, no era digno del oprobio ni del rechazo.
Por tanto, causa del pecado no son los miembros, sino aquellos que se sirven mal
de ellos (14). Sabio es, sin embargo, el que creo los miembros. ¿Quién es el que
preparo el hueco del útero para la procreación de los hijos? ¿Quién dio vida en
él al feto inanimado? ¿Quién realizó la conexión de los nervios y los huesos y
los rodeó con la piel y la carne? ¿Quién ha hecho que, nada más nacer, el niño
tome la leche de los pechos de su madre como de su fuente? ¿Cómo se convierte el
infante en niño y el niño en joven, más tarde en hombre y, por último, ese mismo
se vuelve anciano, sin que además nadie sea capaz de advertir que sea en
momentos precisos cuando esos cambios se producen? ¿Cómo se convierte una parte
del alimento en sangre, otra parte se integra en la propia carne y otra parte se
desecha? ¿Quién es el que hace que el corazón se mueva con movimiento continuo?
¿Quién tan sabiamente protegió la suavidad de los ojos con el movimiento de los
parpados? Pues ciertamente los grandes libros de los médicos apenas trataron
suficientemente de la admirable estructura de los ojos. ¿Quién hizo la
distribución de la respiración por todo el cuerpo? Ves ahí, oh hombre, la
sabiduría del autor que todo lo hizo (15).
Conclusión: Dios desde sus obras
16. Nuestras palabras ya han explicado todo esto con bastante amplitud, aunque
pasando por alto muchas cosas y dejando también otras más, sobre todo de
carácter incorpóreo e invisible, para que odies a quienes injurian al sabio y
buen artífice. Y por lo que se ha dicho y leído, que tú mismo podrás recordar y
meditar, entenderás de modo análogo, por la magnitud y belleza de las criaturas,
al autor de las mismas (cf. de nuevo
Sg 13,5).
Doblando piadosamente tu rodilla ante el autor de todas las cosas, sensibles y
racionales, visibles e invisibles, con expresión de agradecimiento, de recuerdo
y de bendición, alabaras a Dios con los labios y el corazón diciendo: "¡Cuan
numerosas tus obras, Yahvé! Todas las has hecho con sabiduría" (Ps
104,24). A ti el honor, la gloria y la magnificencia ahora y por lo
siglos de los siglos. Amén.
NOTAS
(1) Las palabras de Dios son una queja, desde la sabiduría del Creador, contra
la petulancia del hombre.
(2) Tampoco en esta ocasión tiene desperdicio la nota de la Biblia de Jerusalén
a este versículo.
(3) El ángel Gabriel.
(4) Sg
13,1-9 es uno de los más conocidos pasajes bíblicos que exponen la
posibilidad de llegar a Dios a través de las criaturas, fruto de la potencia
divina. Conviene recordar que, aunque Pablo utiliza relativamente poco este modo
de argumentar, son muy conocidas sus indicaciones al respecto en
Rm 1,19-20,
versículos seguramente inspirados en
Sg 13,1.
Sg 13,6
puede haber inspirado también la redacción de
Ac 17,27.
(5) Mas literal: "análogamente" o "de modo análogo", con lo que, empleando
Cirilo un término abstracto de corte filosófico, no se establece simple igualdad
o identidad entre Dios y las criaturas, sino analogía, que la tradición
filosófica cristiana tan bien ha sabido distinguir de la univocidad y de la
equivocidad ontológica.
(6) Se refiere al orden en que se encuentran las afirmaciones del Credo.
(7) Al reafirmar la realidad de Dios como "Padre de nuestro Señor Jesucristo",
insistiendo una vez más, al mismo tiempo, en que es creador de todo, se hace
resaltar otra vez la enseñanza cristológica y trinitaria de Nicea.
(8) Conviene señalar, a la hora de entender lo que la catequesis de Cirilo
enseña sobre la creación, que una cosa es la afirmación fundamental contenida en
los dos relatos de la creación del libro del Génesis (en
Gn 1,1-2,4
y Gn 2,4-25)
de que el mundo no tiene su origen en sí mismo, sino en Dios, y otra cuestión
distinta es el modo como se hace la descripción del universo en esos mismos
capítulos y, en general, en los autores antiguos, bíblicos o extrabíblicos, o en
los mismos autores cristianos de la antigüedad. La exposición del universo, como
es el caso también de Cirilo, pone en el centro a la tierra y no al sol. El sol,
la luna y las estrellas, en este mismo cuadro, son poco más que meros adornos
muy interesantes del "cosmos". Sin embargo, esto no invalida en absoluto la
afirmación bíblica fundamental, que también lo es aquí de Cirilo como de toda la
tradición cristiana: el universo debe su origen a algo más grande y distinto de
él, a lo cual llamamos "Dios".
(9) De nuevo, los maniqueos, y de nuevo alusión a su concepción de la lucha
eterna entre los dos principios también eternos y antagónicos del bien y del
mal.
(10) Puede ser una simple alusión a la facilidad ambiental de dirigirse a Dios
en la oración y en el silencio de la noche, pero es también muy probable que
Cirilo tenga en su mente las vigilias de oración, frecuentes en las iglesias
palestinas de su época (cf. PG 33,646, nota 7).
(11) Tt 3,9
recomienda expresamente que se eviten las "discusiones necias, genealogías"; tal
vez a cuestiones parecidas se refiere la advertencia de
2Tm 3,7
frente a algunos "que siempre están aprendiendo y no son capaces de llegar al
pleno conocimiento de la verdad". Las frecuentes alusiones de Pablo al ambiente
pseudorreligioso especialmente en Col 2-reflejan el medio en el que tuvo que
desenvolverse la Iglesia del Nuevo Testamento, en el cual competían muy
diferentes concepciones de lo divino y en el que era muy fácil verse simplemente
en una atmosfera de extendido relativismo. Este ambiente todavía perdura en la
antigüedad ya tardía de mediados del siglo IV, cuando se pronuncian las
catequesis de Cirilo.
(12) De manera algo lejana, Podría haber aquí una alusión a
Jr 5,8
y su contexto.
(13) Refiriéndose a la comparación con la actividad de las abejas.
(14) Tras la descripción de la caída, señala
Gn 3,7
que "entonces se les abrieron a entrambos los ojos, y se dieron cuenta de que
estaban desnudos; y cosiendo hojas de higuera se hicieron unos ceñidores". La
intención evidente del texto sagrado es hacer presente que es precisamente por
el pecado que está en el hombre por lo que éste se siente tentado a hacer mal
uso de toda la realidad creada, incluyendo en ella su propio cuerpo. Pero ni su
cuerpo ni sus miembros son de por si malos.
(15) Desde casi el comienzo de este núm. 15 ("¿qué es lo que hay en tu cuerpo
que sea digno de reprensión?..."), existe una variante del texto transmitido,
contenida en el códice de una supuesta homilía de San Basilio. Por el interés de
la variante, se traduce también en la presente nota de acuerdo con el texto
ofrecido por PG 33,655-658: "¿Qué es lo que se ha plasmado en tu cuerpo que sea
reprensible? Sal a decirlo. Modera tu pensamiento nada malo saldrá de tus
miembros. Cada uno de ellos ha sido hecho para nuestro uso. Guía tu reflexión
hacia la piedad y sigue los mandatos divinos, pues ningún miembro peca cuando
actúa o se somete en el ámbito de las cosas para las que ha sido hecho. Si no lo
quieres, tu ojo no mira depravadamente ni el oído escucha lo que no le conviene;
tampoco la mano se apodera de nada indebidamente ni los pies se encaminan a la
injusticia; ni Tomás afecto a lo ajeno ni fornicas ni deseas la mujer de tu
prójimo. Suprime del corazón los pensamientos desviados. Date cuenta de cómo
fuiste hecho por Dios y darás más gracias a quien te formo. De entrada, Adán
estaba desnudo mientras se deleitaba en el paraíso, pero, al recibir el mandato
y no guardarlo, extendió indebidamente su mano (no porque la voluntad estuviese
en la mano, sino porque, con el deseo de su ánimo, alargo su mano hasta donde no
debía). Así cayó en la desobediencia privándose de los bienes de que disfrutaba.
Del mismo modo, los miembros no son causa de pecado para quienes se sirven de
ellos sino que lo es el que el ánimo se sienta indebidamente inducido, según lo
dicho por el Señor: "Porque del corazón salen las intenciones malas, asesinatos,
adulterios, fornicaciones" (Mt
15,19) y otras cosas semejantes, para todo lo cual querrías servirte de
tus miembros cuando habían sido admirablemente puestos al servicio del alma y
colocados como siervos de la razón. Debes regirlos y gobernarlos por la acción
de la piedad. Refrénalos con el temor de Dios. Somételos dóciles con el deseo de
la templanza y del ayuno, y nunca se alzaran contra ti ejerciendo su tiranía:
más bien te guardarán llevándote a una gran victoria contra el diablo, mientras
esperas la inmarcesible y eterna corona de la victoria...". Esta variante, sin
embargo, no parece anular el texto que continua tras la nota 14.
Sobre aquello de "Y en un solo Señor Jesucristo". Se parte del pasaje de 1 Co
8,5-6:
"Pues aun cuando se les dé el nombre de dioses, bien en el cielo bien en la tierra, de forma que hay multitud de dioses y de señores, para nosotros no hay más que un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual somos; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual somos nosotros" (1).
El Hijo, puerta para llegar al Padre
1. Aquellos a quienes se ha ensenado a creer en "un solo Dios, Padre
todopoderoso", deben creer también en el Hijo unigénito. Pues "todo el que niega
al Hijo tampoco posee al Padre" (1Jn
2,33). "Yo soy la puerta" (Jn
10,9), dice Jesús. "Nadie va al Padre sino por mi" (Jn
14,6). Si niegas la puerta, te permanecerá cerrado el conocimiento que
lleva al Padre. "Nadie conoce bien al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo
se lo quiera revelar" (Mt
11,27b). Pues si niegas a aquel que revela, permanecerás en la
ignorancia. Dice una sentencia en los Evangelios: "El que cree en el Hijo tiene
vida eterna; el que rehúsa creer en el Hijo, no vera la vida, sino que la cólera
de Dios permanece sobre él" (Jn
3,36). El Padre se indigna cuando el Hijo unigénito es privado de su
honor. Un rey considera grave que alguien insulte a un simple soldado. Por
tanto, si se trata indecorosamente a alguien de las personas más honorables,
compañeros o amigos, más se enciende la propia cólera. Y si alguien injuria al
Hijo único del Rey, ¿quién aplacara y suavizara al Padre del Hijo unigénito de
tal modo conmovido?
Es en el Hijo en quien se cumplen los designios de Dios
2. Si alguien, por consiguiente, quiere ser piadoso para con Dios, adore al
Hijo; de otro modo, el Padre no admitirá su culto. El Padre exclamo desde el
cielo diciendo: "Este es mi Hijo amado, en quien me complazco" (Mt
3,17). En el Hijo se complugo el Padre. Si tú no encuentras también en
él tu complacencia, no tendrás la vida. No te dejes arrastrar por los judíos,
que mala y astutamente dicen, si, que hay un solo Dios. Pero, junto a este
reconocimiento de que solo hay un Dios, reconoce a la vez que existe un Hijo
único de Dios. No he sido yo el primero en decir esto, sino que acerca de la
persona del Hijo dice el salmista: "Voy a anunciar el decreto de Yahvé: El me ha
dicho: 'Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy'" (Ps
2,7) (2). No atiendas, pues, a lo que dicen los judíos, sino a lo que
hablan los profetas. ¿Te asombras de que desprecien las voces de los profetas
cuando ellos mismos los lapidaron y entregaron a la muerte?
Diversas denominaciones de Cristo en la Escritura
3. Tu cree "en un solo Señor Jesucristo, Hijo unigénito de Dios". Decimos "un
solo Señor Jesucristo", porque es una filiación única; decimos "único", para que
su actividad múltiple, que se expresa mediante nombres diversos, no te lleve a
hablar impíamente de hijos diversos. Se le llama "puerta" (Jn
10,7), pero no pienses, por esta denominación, que se trata de una
puerta de madera, sino racional, viva y que se da cuenta de quiénes pasan. Se le
llama "camino" (Jn
14,6), pero no porque sea pisado por los pies, sino porque conduce hasta
el Padre. Se le llama "oveja", pero no desprovista de razón, sino que por su
preciosa sangre limpia al mundo de sus pecados: es llevada ante el esquilador y
sabe cuando conviene guardar silencio (cf.
Ac 8,32 Is 53,7-8).
Pero esta misma oveja cambia a la vez su nombre por el de pastor cuando dice:
"Yo soy el buen pastor" (Jn
10,11) (3). Es oveja por su humana naturaleza, pero es pastor por el
amor a los hombres que muestra su divinidad. Pero, ¿quieres saber cómo nos
referimos a ovejas racionales? Dice el Salvador a los Apóstoles: "Mirad que yo
os envió como ovejas en medio de lobos" (Mt
10,16). También se le llama "león" (cf.
Gn 49,9)
(4), pero no porque sea devorador de hombres, sino que con tal denominación se
muestra la dignidad regia de la propia naturaleza y su propio vigor en el que
puede confiar. Se le llama también león en oposición al "adversario, el Diablo",
que "ronda como león rugiente, buscando a quién devorar" (1P
5,8). Pues viene el Salvador, no mudando su mansedumbre natural, sino
como el poderoso león de la tribu de Judá (Ap
5,5), trayendo la salvación a los que creen y aplastando al adversario.
Se le llama "piedra", no inanimada ni tampoco extraída con manos humanas (Da
2,34), sino "piedra angular" (Ps
118,22 Mt
21,42 par) (5), en la que quien crea no será confundido (Is
28,16).
Más denominaciones de Cristo
4. Se le llama "Cristo" (6), aunque no ha sido consagrado por manos humanas,
sino ungido por el Padre para un sacerdocio eterno superior a las cosas de los
hombres (cf.
Ac 4,27).
Se le cuenta entre los que han muerto, pero sin permanecer entre los muertos
(7), como todos los demás en el Hades (cf.
Ac 2,31),
sino el único libre entre los que murieron. Se le llama "Hijo del hombre" (Mt
16,13); no como cada uno de nosotros, que hemos tenido nuestro
nacimiento en esta tierra, sino como quien ha de venir sobre las nubes a juzgar
a los vivos y a los muertos (Mt
24,30) (8). Se le llama "Señor", no de manera abusiva, como a los
"señores" que hay entre los hombres, sino como quien tiene un poder natural y
eterno (9). Se le llama "Jesús" con nombre apropiado (10), que hace referencia a
su labor como médico (11). Se le proclama "Hijo" (12), que no ha llegado a serlo
por adopción, sino que por naturaleza ha sido engendrado Son muchas realmente
las denominaciones de nuestro Salvador. Pero que esta multitud de nombres no te
haga pensar en una multitud de hijos. Y que no pienses, a causa de los errores
de los herejes, que dicen que uno es el Cristo, pero otro es Jesús, y otra es la
puerta, y así sucesivamente. Frente a todo ello te previene la recta fe: en un
solo Señor Jesucristo. Aunque las distintas denominaciones sean muchas, bajo
ellas es una única realidad lo que se entiende.
Jesucristo, Salvador y Señor
5. El actúa como Salvador diversamente según las circunstancias de cada uno.
Para quienes necesitan de la alegría, él es la viña (Jn
15,1). Para quienes tienen necesidad de entrar, él es la puerta (Jn
10,7). Para quienes tienen que presentar sus suplicas, ha sido
constituido "único mediador" (1Tm
2,5) y "Sumo Sacerdote" (He
7,26). Pero, a su vez, se convierte en oveja en favor de los pecadores
para ser sacrificado en su lugar (Is
53,6-7). Se hace todo para todos permaneciendo él lo que es según su
naturaleza. Pues permaneciendo así y detentando una dignidad de hijo que no está
sujeta a mutación alguna, desciende hasta nuestras debilidades como médico
excelente y maestro bondadoso. Y esto siendo en verdad el Señor, que no ha
adquirido el señorío para provecho propio, sino que posee por naturaleza la
dignidad de ese señorío (13). No es llamado abusivamente "Señor" nuestro, sino
que verdaderamente lo es: cuando por voluntad del Padre domina sobre las propias
criaturas. Nosotros ejercemos un derecho de dominio sobre hombres iguales a
nosotros en honor y que están sujetos a las mismas debilidades: a menudo
mandamos sobre quienes nos sobrepasan en edad y no es raro que un joven gobierne
sobre criados más viejos. Pero en nuestro Señor Jesucristo no existe tal tipo de
dominio. Pues en primer lugar es Hacedor y, después, Señor: en primer lugar ha
hecho la voluntad del Padre, y es después cuando domina sobre las cosas que ha
hecho.
Cristo, siempre en unión con el Padre
6. "Cristo Señor" (14) es aquel que "nació en la ciudad de David" (15). ¿Y
quieres saber que Cristo el Señor esta con el Padre ya antes de hacerse hombre
(16), de modo que lo que se dice no lo aceptes solo por la fe, sino que tengas
también una prueba desde el Antiguo Testamento? Busca el primero de los libros,
el Génesis, donde dice Dios: "Hagamos al ser humano", no dice a mi imagen, sino
"a nuestra imagen" (Gn
1,26). Y después de que Adán fue hecho, dice: "Creo, pues, Dios al ser
humano a imagen suya" (Gn
1,27). No restringió, pues, la dignidad divina a solo el Padre, sino que
también se refirió conjuntamente al Hijo, declarando así que el hombre no es
simplemente obra de Dios, sino también de nuestro Señor Jesucristo, que también
es verdadero Dios. Este mismo es el Señor, que coopera con el Padre, como lo
hizo también en el asunto de Sodoma, según lo dicho por la Escritura: "Entonces
Yahvé hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego de parte de Yahvé" (17).
Y en otra ocasión, se mostró a Moisés en cuanto éste fue capaz de verlo (Ex
3,2-6 Ex
33,18-20
Ex 34,5-6). Pues el Señor es benigno y siempre desciende indulgentemente
a nuestras debilidades.
Cristo, aparecido a Moisés
7. Y para que sepas que es él mismo el que se apareció a Moisés, acepta este
testimonio de Pablo: "Pues bebían de la roca Espiritual que les seguía; y la
roca era Cristo" (1Co
10,4) y, además (refiriéndose a Moisés): "Por la fe, salió de Egipto" (He
11,27), poco después de haber dicho: "estimando como riqueza mayor que
los tesoros de Egipto el oprobio de Cristo" (He
11,26) (18). Y Moisés le dice: "Déjame ver, por favor, tu gloria" (Ex
33,18). ¿Acaso no ves que también entonces los profetas veían a Cristo,
aunque en la medida en que eran capaces de ello? "Déjame que te vea", clamaba
Moisés. Pero Dios le dice: "No puede verme el hombre y seguir viviendo" (Ex
33,20). Por consiguiente, puesto que nadie Podría ver el rostro de la
divinidad, adopto el rostro del hombre para que, viéndolo, viviésemos (19). Pero
cuando quiso mostrarlo con brillo, es decir, cuando su rostro "resplandeció como
el sol", "los discípulos cayeron rostro a tierra llenos de miedo" (Mt
17,2-6). Por consiguiente, si al brillar el rostro de su cuerpo no lo
hacía cuanto podía sino cuanto eran capaces de soportarlo los discípulos, ¿cómo
Podría nadie mirar a la majestad de la divinidad? "Grande es, Moisés, lo que
deseas", dice el Señor. "Doy mi aprobación, sin embargo, a tu deseo no saciado.
"Haré también esto que me acabas de pedir" (Ex
33,17), en la medida en que tu puedes captarlo." "Mira, hay un lugar
junto a mi; tú te colocaras sobre la pena. Y al pasar mi gloria, te pondré en
una hendidura de la pena y te cubriré con mi mano hasta que yo haya pasado.
Luego apartaré mi mano, para que veas mis espaldas; pero mi rostro no se puede
ver" (Ex
33,21-23) (20).
La presencia de Cristo entre los israelitas, invocada por Moisés
8. Guarda con firmeza, a causa de los Judíos, todo lo que voy a decir. Pues era
nuestro propósito mostraros que, junto al Padre, se encontraba el Señor
Jesucristo. Porque dice el Señor a Moisés: "Yo haré pasar ante tu vista toda mi
bondad y pronunciaré delante de ti el nombre de Yahvé" (Ex
33,19). El que es el Señor en persona, ¿a quién llama Señor? (21). Ves
como, aunque de modo oscuro enseñó la piadosa doctrina acerca del Padre y el
Hijo. Y además, en las palabras que siguen se encuentra escrito (22) "Descendió
Yahvé en forma de nube y se puso allí junto a él. Moisés invoco el nombre de
Yahvé. Yahvé paso por delante de él y exclamo: 'Yahvé, Yahvé, Dios
misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad, que
mantiene su amor por millares, que perdona la iniquidad, la rebeldía y el
pecado, pero no los deja impunes; que castiga la iniquidad de los padres en los
hijos y en los hijos de los hijos hasta la tercera y cuarta generación'".
Después, según lo que sigue, Moisés, cayendo en tierra de rodillas y adorando al
Padre ante el Señor, a quien llamaba, dice: "Dígnese mi Señor venir de en medio
de nosotros" (Ex
34,5-9, para todo en conjunto).
Cristo es, como el Padre, Señor de todo
9. Tienes así una primera demostración. Admite otra que es evidente. "Dijo el
Señor a mi Señor: 'Siéntate a mi derecha'" (Ps
110,1). El Señor dice estas cosas al Señor, no al siervo (23). Pero se
trata del Señor de todas las cosas, de su propio Hijo al que todo se lo sometió
(1Co
15,27-28 He
2,8). "Más cuando dice que "todo está sometido", es evidente que se
excluye a Aquel que ha sometido a él todas las cosas" (1Co
15,27)..., "para que Dios sea todo en todo" (1Co
15,28). Señor de todo es el Hijo unigénito: es Hijo del Padre, sumiso a
él y que no ha usurpado su soberanía, sino que la ha recibido espontáneamente y
de modo natural. Pues ni el Hijo se la robo al Padre ni éste ha sentido envidia
del Hijo al entregarle el dominio. Es este mismo el que dice: "Todo me ha sido
entregado por mi Padre" (Mt
11,27). Pero no me ha sido entregado como si anteriormente careciese de
ello (24), aunque las conservo cuidadosamente sin que se empobrezca su largueza.
Más sobre el señorío de Cristo
10. Por consiguiente, el Hijo de Dios es "Señor". Señor nacido en Belén de Judá,
según las palabras del ángel a los pastores: "Os anuncio una gran alegría...: os
ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor" (Lc
2,10-11). Del cual, en otro lugar, dice uno de los Apóstoles: "El ha
enviado su Palabra a los hijos de Israel, anunciándoles la Buena Nueva de la paz
por medio de Jesucristo que es el Señor de todo" (Ac
10,36). Y cuando dice "de todo", no sustraigas absolutamente nada a su
soberanía, pues tanto los ángeles como los arcángeles, "los Principados, las
Potestades" (Col
1,16) o cualquier otra de las realidades creadas nombradas por los
Apóstoles, todo ha sido sometido al señorío del Hijo. Es Señor de los ángeles,
como tienes en los evangelios: "Entonces el diablo le deja. Y he aquí que se
acercaron unos ángeles y le servían" (Mt
4,11). No dice "le ayudaban", sino "le servían", es decir, realizaban un
oficio servil. Y cuando iba a nacer de la Virgen, le sirvió entonces Gabriel,
que convirtió así su propia dignidad en servicio (Lc
1,26ss.). Cuando tenía que ir a Egipto para deshacer los ídolos de éste
(25), de nuevo un ángel se aparece en sueños a José (Mt
2,13). Habiendo resucitado tras su crucifixión, un ángel lo anuncio y,
como un siervo diligente, dijo a las mujeres: "Ahora id enseguida a decir a los
discípulos: "Ha resucitado de entre los muertos e ira delante de vosotros a
Galilea; allí le veréis": Ya os lo he dicho" (Mt
28,7). Como si dijera: no he descuidado el encargo; testifico que os lo
he dicho para que, si lo descuidáis, no sea mía la culpa sino de quienes han
sido negligentes. Así, pues, aquel es el único Señor Jesucristo, acerca del cual
la lectura que se proclamo (26) contiene estas palabras: "Pues aun cuando se les
dé el nombre de dioses, bien en el cielo bien en la tierra, de forma que hay
multitud de dioses y de señores, para nosotros no hay más que un Dios, el Padre,
del cual proceden todas las cosas y para el cual somos; y un solo Señor,
Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual somos nosotros" (1Co
8,5-6).
Aarón y Josué, figuras de Cristo sacerdote y salvador
11. Jesucristo es llamado así con un doble vocablo: Jesús, porque otorga la
salvación; Cristo, porque posee el sacerdocio (27). Dándose cuenta perfectamente
de la situación, el divino profeta Moisés llamo con estos nombres a dos hombres
escogidísimos: a Ausés, sucesor suyo en la jefatura, al que llamo Jesús
cambiándole el nombren, y a su propio hermano Aarón, añadiéndole el nombre de
Ungido (28); de esta manera, por medio de estos dos hombres eximios,
representaba la potestad regia y la potestad pontifical que habían de estar
unidas en el Jesucristo único que habría de venir. Pues Cristo es sumo pontífice
a semejanza de Aarón (29), si es verdad aquello de que "tampoco Cristo se
apropio la gloria del Sumo Sacerdocio, sino que la tuvo de quien le dijo:... Tu
eres sacerdote para siempre, a semejanza de Melquisedec" (He
5,5-6). Y en muchas cosas fue imagen de él, Josué, hijo de Nun (30),
pues la jefatura sobre el pueblo tuvo su comienzo en el Jordán (31), donde
también Cristo comenzó a evangelizar una vez recibido el bautismo (Mt
3,13). El hijo de Nun hizo doce partes de toda la herencia (Jos
14,1-5) y Jesús envió a doce Apóstoles de la verdad como predicadores a
todo el mundo (Mt
10). Como imagen (de Jesús), protegió él (Josué) a la prostituta que
había creído (Jos
2,1 Jos
6,17 He
11,31). Pero el verdadero (32) exclama: "En verdad os digo que los
publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios" (Mt
21,31). Ante el clamor de la alegría, aunque aquello solo era imagen, se
derrumbaron las murallas de la ciudad de Jericó (Jos
6,20), y por la palabra de Jesús: "No quedará aquí piedra sobre piedra"
(Mt 24,2),
cayó lo que a nosotros se opone, el templo de los judíos. Y no porque la
sentencia de Jesús fuese causa del derrumbe, sino que esta caída la provoco el
pecado de los impíos.
Jesús, Salvador, llamado así por el ángel
12. Único es el Señor Jesucristo, nombre admirable indirectamente anunciado por
los profetas. Pues dice el profeta Isaías: "Mira que viene tu salvación; mira,
su salario le acompaña" (Is
62,11) (33). Pero Jesús, en hebreo, significa "salvador"; sin embargo,
la gracia otorgada a los profetas, previendo el torcido sentimiento de los
judíos hacia la destrucción del Señor, les oculto la verdadera denominación para
que no pudiesen, conociéndolo demasiado pronto, estar al acecho contra él de
manera más insidiosa. Pero Jesús fue llamado claramente de ese modo, no por
todos, sino por el ángel, que no vino por su iniciativa, sino por la autoridad
de Dios, y dijo a José: "No temas tomar contigo a María tu mujer porque lo
engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tu le pondrás
por nombra Jesús" (Mt
1,20-21). Y al dar razón de este nombre, añadió de modo inmediato:
"Porque él salvara a su pueblo de sus pecados" (Mt
1,21b). Pero has de entender cómo puede tener un pueblo quien todavía no
ha nacido, y es que en realidad ya existía antes de nacer. Esto es lo que de su
persona dice el profeta: "Yahvé desde el seno materno me llamo: desde las
entrañas de mi madre recordó mi nombre" (Is
49,1) (34). Por eso predijo el ángel que habría de ser llamado Jesús.
Como también deben entenderse de las insidias de Herodes estas palabras: "En la
sombra de su mano me escondió" (Is
49,2).
El Salvador que sana
13. Así pues, "Jesús" significa en hebreo "salvador", y en la lengua griega, "el
que sana". En realidad él es médico de las almas y los cuerpos, y sanador de los
Espíritus: cura a los que están ciegos en sus ojos sensibles, pero lleva también
la luz a las mentes: es médico (36) de los que están visiblemente cojos, y
dirige también los pies de los pecadores a la conversión cuando dice al
paralítico: "No peques más" (Jn
5,14) y: "Toma tu camilla y anda" (Jn
5,8) (36). Pues ya que a causa del pecado del alma había sido entregado
el cuerpo a la parálisis, sano primero el alma para llevar también después la
medicina al cuerpo. Por tanto, si la mente de alguien esta agarrotada por la
enfermedad de los pecados, tiene ahí médico. Pero si alguien es de poca fe,
dígale: "Ayuda a mi incredulidad" (Mc
9,23). Y si alguien está plagado de enfermedades corporales, no
desconfíe, sino acérquese, que también recibirá remedio, y reconozca que Jesús
es el Mesías.
Eternidad e inmutabilidad del sacerdocio de Cristo
14. Los judíos conceden que Jesús es algo más, pero niegan que sea el Mesías.
Por ello dice el Apóstol: "¿Quién es el mentiroso sino el que niega que Jesús es
el Cristo (1Jn
2,22)?". Pero Cristo es el sumo sacerdote con un sacerdocio
intransferible (37). No comenzó en el tiempo a ser sacerdote ni tiene sucesor
alguno en su pontificado, tal como nos oísteis hablando el domingo en la
asamblea (38) sobre aquello de "según el orden de Melquisedec" (Ps
110,4 He
5,6) (39). No ha obtenido el pontificado por sucesión corporal ni ha
sido ungido con óleo terreno (40), sino que procede del Padre antes de los
siglos; y es tanto más excelente que otros cuanto ha sido Sacerdote a través de
un juramento: "Pues los otros fueron hechos sacerdotes sin juramento, mientras
éste lo fue bajo juramento por Aquel que le dijo: 'Juró el Señor y no se
arrepentirá...'" (He
7,20-21a). Para la seguridad del asunto bastaba con la voluntad del
Padre. Pero esta seguridad se ha duplicado al añadirse a la voluntad además un
juramento: "Para que mediante dos cosas inmutables por las que es imposible que
Dios mienta, nos veamos más poderosamente animados" (He
6,18) (41) quienes acogemos a Jesucristo Hijo de Dios.
Pese a los anuncios, Cristo fue rechazado
15. A este Cristo le rechazaron los judíos cuando llego (42), pero lo confesaron
los demonios (Lc
4,41). Tampoco lo ignoraba el patriarca David cuando decía: "Aprestaré
una lámpara a mi ungido" (Ps
132,17). Algunos han entendido esta lámpara como el esplendor de la
profecía; otros han entendido por esta lámpara la carne tomada de la Virgen,
según aquello que dice el apóstol: "Llevamos este tesoro en vasos de barro" (2Co
4,7). No desconocía a Cristo el profeta al decir: "Anunciando a los
hombres a su Cristo" (Am
4,13 LXX). También lo había conocido Moisés, lo había conocido Isaías y
también Jeremías: ninguno de los profetas lo desconoció. Lo reconocieron incluso
los mismos demonios. "Les conminaba", y, se añade, "porque sabían que él era el
Cristo" (Lc
4,41). Los príncipes de los sacerdotes lo ignoraron, pero lo confesaron
los demonios. Mientras los príncipes de los sacerdotes le desconocían, lo
anunciaba la mujer samaritana diciendo: "Venid a ver a un hombre que me ha dicho
todo lo que he hecho. ¿No será el Cristo?" (Jn
4,29).
Universalidad del cristianismo
16. Este Jesucristo es el "Sumo Sacerdote de los bienes futuros" (He
9,1 He 1),
que por la largueza de su divinidad nos comunicó a todos su mismo nombre. Cuando
alguien es rey, no comunica a los demás la denominación de su dignidad regia.
Pero Jesús, el Cristo, Hijo de Dios, se digno denominarnos con el nombre de
cristianos. Verdaderamente, dirá alguno, se trata de algo nuevo. Este nombre de
"cristianos" no se había oído anteriormente, y a veces se despierta oposición a
las cosas nuevas simplemente por el hecho de ser nuevas. De esto trato el
profeta al decir: "A sus siervos les dará un nombre nuevo tal que quien desee
ser bendecido en la tierra deseara serlo en el Dios del Amén..." (Is
65,15-16) (43). Preguntemos a los judíos: ¿servís a Dios o no?
Mostradme, si acaso, vuestro nuevo nombre. Pues en tiempo de Moisés y de los
demás profetas erais llamados judíos e israelitas, e igualmente después del
retorno de Babilonia y hasta nuestros días. ¿Tenéis acaso un nuevo nombre? Pero
nosotros, sirviendo al Señor, tenemos un nombre nuevo: y es realmente nuevo,
nombre nuevo que "será bendecido sobre la tierra": este nombre ha arrebatado
toda la tierra, como quiera que los judíos están limitados a los confines de una
sola región, pero los cristianos están extendidos por todo el mundo. Lo que
ellos anuncian es el nombre del Hijo unigénito de Dios.
Pablo, anunciador del Evangelio tras haber perseguido a los cristianos
17. ¿Quieres saber que los Apóstoles conocieron y anunciaron el nombre de
Cristo, y que más bien tuvieron en sí mismos al mismo Cristo? Pablo dice a sus
oyentes: "... ya que queréis una prueba de que habla en mi Cristo" (2Co
13,3). Pablo anuncia a Cristo diciendo: "No nos predicamos a nosotros
mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por
Jesús" (2Co
4,5). Pero, ¿quién es el que así habla? El que anteriormente era
perseguidor. ¡Oh gran milagro! El que antes fue perseguidor anuncia ahora a
Cristo. ¿Y por qué razón? ¿Ganado por el dinero? Pero no había nadie que lo
persuadiese con tales artes. ¿O acaso lo había visto personalmente en la tierra
y actuaba impulsado por reverencia y pudor? En realidad ya había marchado al
cielo. El (Pablo) había partido como perseguidor y, luego de tres días en
Damasco, el que se dedicaba a perseguir se convierte en su pregonero (Ac
9,1-25). ¿En virtud de qué? Algunos citan testigos de su casa para cosas
familiares, pero yo te he traído como testigo a quien antes había sido enemigo.
¿Todavía tienes dudas? Grande es ciertamente el testimonio de Pedro y Juan, pero
Podría considerarse con cierta sospecha, pues eran familiares (de Cristo). Pero
cuando quien antes era enemigo ahora afronta la muerte en favor del mismo
asunto, no hay ya lugar para dudar acerca de la verdad.
Conversión de Pablo a Jesucristo. Fecundidad de su actividad escritora
18. Mientras se habla de estas cosas, sorprende gratamente el admirable designio
del Espíritu Santo de que fuesen muy escasas en número las cartas de los demás,
pero concedió a Pablo, que anteriormente había sido perseguidor, que escribiese
catorce. Y no es que restringiese esa gracia en Pedro y Juan, como si fuesen
menores. Nada de eso, sino que para afirmar la autoridad indudable de la
doctrina, a quien antes había sido enemigo y perseguidor le concedió escribir
ampliamente para que así tuviésemos todos una fe cierta. Ciertamente todos se
asombraban de Pablo y decían: "¿No es éste el que en Jerusalén perseguía
encarnizadamente a los que invocaban ese nombre, y no ha venido aquí con el
objeto de llevárselos a todos a los sumos sacerdotes?" (Ac
9,21). "No os asombréis", dice Pablo, sé que para mi "es duro dar coces
contra el aguijón" (Ac
26,14) (44). Sé que "no soy digno de ser llamado apóstol, por haber
perseguido a la Iglesia de Dios" (1Co
15,9), pero "por ignorancia" (1Tm
1,13). Pues creía que la predicación de Cristo era la ruina de la Ley:
no sabía que él había venido a cumplir la Ley, no a anularla (Mt
5,17). "Y la gracia de nuestro Señor sobreabundo en mi" (1Tm
1,14).
Innumerables testimonios y testigos de Cristo
19. Queridos, hay muchos testimonios acerca de Cristo (45). Desde el cielo
testifica el Padre acerca del Hijo (Mt
3,17 Mt
17,5); testifica el Espíritu Santo descendiendo corporalmente bajo el
aspecto de paloma (Lc
3,22); testifica el arcángel Gabriel anunciando el evangelio a María (Lc
1,26-38); testifica la Virgen madre de Dios; testifica el lugar dichoso
del pesebre (Lc
2,7). Es testigo Egipto, que acogió en cuerpo al Señor cuando era
todavía un niño muy pequeño. Es testigo Simeón, que lo tomo en brazos y dijo:
"Ahora, Señor, puedes según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz,
porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos
los pueblos" (Lc
2,28-31). Y Ana, la profetisa, continente (y viuda) (46)47 piadosísima y
que llevaba una vida ascética, testifica igualmente de él (Lc
2,36-38). Testifica Juan Bautista, el mayor de los profetas (Jn
1,15 Jn
1,19ss) y el primero del Nuevo Testamento, que en cierto modo conecta en
si ambas Alianzas, la antigua y la nueva (47). Entre los ríos es testigo el
Jordán, entre los mares, el de Tiberiades. Dan testimonio los ciegos, los cojos,
los muertos llamados de nuevo a la vida. Los demonios dan testimonio diciendo:
"¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret?... Sé quién eres tu: el Santo
de Dios" (Mc
1,24). Testifican los vientos refrenados por su poder (Mt
8,23-27); testifican los cinco panes repartidos entre cinco mil hombres
(Mt 14,13-21).
Lo testifica el santo leño de la cruz, que se contempla entre nosotros hasta el
día de hoy y que ha llenado casi todo el mundo con los trozos que algunos, por
su fe, han cogido de él. Testifica en el valle la palmera que proporciono las
palmas a los niños que en su momento acogieron con alabanzas a Cristo (Jn
12,13). Da testimonio Getsemaní como mostrando también todavía a Judas a
quienes entienden lo sucedido (Mt
26,47ss). Este santo monte, el Gólgota, destacando sobre los demás,
también testifica al dejarse ver; también dan testimonio el santo sepulcro y la
piedra junto a él colocada hasta el día de hoy (Mt
27,60). El sol que está ahora luciendo es testigo por haber
experimentado un eclipse en la pasión. Testigo fueron también las tinieblas que
en aquella ocasión se extendieron desde la hora sexta hasta la hora nona (Lc
23,44). Testigo es la luz que ilumino desde la hora nona hasta la tarde.
Testigo es el monte santo de los Olivos desde el cual ascendió al Padre (Ac
1,9-12). Testigos también las nubes de tormenta que acogieron al Señor
(48). Igualmente las puertas celestiales que acogieron al Señor, de las que dice
el salmista: "¡Alzaos, puertas, alzad los dinteles, puertas eternas, para que
entre el rey de la gloria!" (Ps
23,7). Testifican asimismo quienes con anterioridad habían sido
enemigos, de los que ahora hay que recordar al bienaventurado Pablo, que por un
cierto tiempo vivió en la enemistad, pero (después) ejerció su ministerio de
modo duradero. Testifican los doce Apóstoles, que no solo con palabras
predicaron sino también con sus propios tormentos y su muerte. Testifica la
sombra de Pedro, que en nombre de Cristo sanaba a los enfermos (Ac
5,15); testifican los pañuelos y los mandiles, que a través de Pablo
realizaban igualmente curaciones con el poder de Cristo. Son testigos los
persas, los godos y todos los convertidos de los gentiles que no dudan en
enfrentarse a la muerte por aquel (49) a quien no vieron con los ojos de la
carne. Testifican los demonios, exorcizados hasta el día de hoy por el servicio
de los fieles.
Con tantos testigos la fe se hace evidente
20. Muchos, diversos y diferentes son los testigos. ¿Se rehusara, pues, la fe a
un Mesías comprobado por tantos testimonios? Si alguien, por consiguiente, no ha
creído ya antes, crea ahora; pero si ya creyó, reciba un mayor incremento de fe:
creyendo en nuestro Señor Jesucristo, sepa de quién recibe la forma de llamarla.
Has sido llamado cristiano: que no sea blasfemado por tu causa nuestro Señor
Jesucristo, Hijo de Dios, sino que tus buenas obras resplandezcan ante los
hombres, para que los hombres que las vean glorifiquen en Cristo Jesús, Señor
nuestro, al Padre que está en los cielos (Mt
5,16), a quien sea la gloria ahora y por lo siglos de los siglos. Amén.
NOTAS
(1) Las catequesis dan ahora un importante giro hacia la persona de Jesucristo
haciendo ver que es en él en quien se cumplen las mismas Escrituras de la
Antigua Alianza, en una línea semejante, por ejemplo a lo que se expone en la
célebre predicación kerigmática de Pablo en Antioquía de Pisidia: "También
nosotros os anunciamos la Buena Nueva de que la Promesa hecha a los padres, Dios
la ha cumplido en nosotros, los hijos, al resucitar a Jesús, como está escrito
en los salmos: 'Hijo mío eres tu; y yo te he engendrado hoy'" (Ac
13,33; cf. su contexto). La cita que hace aquí Hech es de
Ps 2,7,
pasaje al que hace referencia estricta, de carácter plenamente cristocéntrico,
el núm. 2 de la presente catequesis.
(2) Cf. sobre la interpretación cristológica de este salmo el final de la nota
anterior. Pero es todo el salmo el que debe entenderse cristológicamente,
especialmente por lo que se refiere al drama de la pasión y al señorío
mesiánico. Eso es lo que explica su frecuentísima utilización en los escritos
del Nuevo Testamento.
(3) Para toda la alegoría del Buen Pastor cf. Jo 10,1-21.
(4) Con ello se admite la interpretación cristológica del "león de Judá": el
Mesías tenía que ser, y Jesús lo es de hecho, de la tribu de Judá. Cf. el
importante texto de
Ap 5,5:
"No llores; mira, ha triunfado el León de la tribu de Judá, el Retoño de David;
el podrá abrir el libro y sus siete sellos".
(5) Mt
21,42 par, en la parábola de los viñadores homicidas, afirma
expresamente que Cristo es la "piedra angular" rechazada al menos por una parte
de quienes debían haberle acogido en primer lugar. Con ello también las palabras
de Ps
118,22 se interpretan en clave cristológica. Casi más explicito todavía
es Ac 4,11.
(6) "Christos" es un adjetivo verbal griego, que significa "ungido" y traduce el
hebreo "Mesías", del mismo significado. Cuando Mt 1,16 habla de "Jesús, llamado
Cristo" está queriendo indicar que en Jesús se ha reconocido al Mesías aguardado
desde toda la historia de salvación que Dios ha establecido desde los siglos con
toda la humanidad, pero concretándose en la historia de Israel. En Cristo ha
puesto Dios su Espíritu (Is
42,1). Jesús de Nazaret es aquel a quien "Dios ungió con el Espíritu
Santo y con poder", según la versión que de
Is 61,1
ofrece Ac
10,38. Según
Lc 4,17-21,
Jesús interpreta
Is 61,1-2
viendo cumplidas en sí mismo las palabras de Isaías. Por todo ello es Jesús la
personificación y presencia más explicitas y claras de Dios en el mundo. Jesús
es, pues, de manera definitiva el "Cristo", "Mesías", "ungido" de Dios para la
salvación del hombre.
(7) Ap 1,18;
Jesús, al manifestarse, se presenta como "el que vive; estuve muerto, pero ahora
estoy vivo por los siglos de los siglos".
(8) Mt
24,30, sobre la venida definitiva del Hijo del hombre al fin de los
tiempos: "Entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo-del-hombre, y
entonces se golpearan el pecho todas las razas de la tierra y verán al Hijo del
hombre venir sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria". La imagen del
"Hijo del hombre" es de carácter apocalíptico, es decir, como descripción de
contornos es borrosa; pero el término, empleado en
Da 7,13-14
sirve, precisamente en su imprecisión, para manifestar algo que va bastante más
allá de su sentido literal. La excelente nota de la Biblia de Jerusalén a
Da 7,13
habla de un sentido de la expresión "Hijo del hombre" a la vez colectivo e
individual (basándose en
Da 7,18 Da 7,22)
puesto que "el Hijo de hombre se identifica de algún modo con los santos del
Altísimo: pero el sentido colectivo (igualmente mesiánico) prolonga el sentido
personal, ya que el Hijo de hombre es a la vez la cabeza, el representante y el
modelo del pueblo de los santos". Y añade la misma nota: "Por eso pensaba San
Efrén que la profecía se refiere en primer lugar a los judíos (los Macabeos),
luego, por encima de ellos, y de una manera perfecta, a Jesús". Por todos estos
motivos puede quizá decirse que el título de Hijo de hombre o del hombre,
aplicado a Jesús, es útil para indicar, en Jesucristo, la imagen definitiva del
hombre, de su realidad y de su historia. A estas especulaciones bíblicas sobre
antropología cristiana no son probablemente ajenas las afirmaciones de
1Co 15,47:
"El primer hombre, salido de la tierra, es terreno, el segundo, viene del
cielo".
(9) Cf. más abajo, núms. 5 y ss.
(10) Cf. Mt
1,21: "... tu le pondrás por nombre Jesús, porque él salvara a su pueblo
de sus pecados".
(11) Cf. más abajo, núms. 11 y 13.
(12) El tema se expone en una gran parte de la cat. 11.
(13) Vid. cat. 11, núm. 22.
(14) Según lo dicho en la nota 6, la traducción Podría ser "el Mesías Señor".
(15) Lc 2,11;
"Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador que es el Cristo Señor".
(16) Es el tema de la preexistencia del Hijo y su misma igualdad de naturaleza
divina con el Padre lo que ahora se aborda.
(17) Gn
19,24. El hecho de mencionarse dos veces a Yahvé, el Señor, lo
interpreta Cirilo como una referencia conjunta a Padre e Hijo.
(18) Es realmente curioso, pero al tiempo extremadamente importante, que, por
ejemplo, en el citado
He 11,26
pero también en otros textos anteriores o que seguirán, se ponen en relación con
el acontecimiento Cristo numerosos textos del Antiguo Testamento. Esto
contribuye a una auténtica unificación cristocéntrica de la Escritura.
(19) Cf. toda la catequesis 12 sobre la encarnación de Cristo.
(20) El texto de la catequesis ha parafraseado en algunos momentos las frases
citadas del Éxodo.
(21) El razonamiento es semejante al de
Mt 22,41-46
par. Cf. el parr. 9 de esta misma catequesis.
(22) Según nuestro conocimiento actual de la situación redaccional se trata, de
acuerdo con la cita que se aduce, de versículos anteriores del Éxodo.
(23) Cf. cat. 7, núm. 2.
(24) Se rechaza así la imagen subordinacionista del Hijo (un ser sometido al
Padre como si no fuese de su misma naturaleza) y, sobre todo se excluye la idea
adopcionista, la del Hijo como si Jesús hubiese llegado a ser adoptado como Hijo
en algún momento de su historia (por ejemplo, en el bautismo en el Jordán). Una
vez más se deja aquí sentir el influjo aclaratorio del concilio de Nicea acerca
de la igualdad de naturaleza entre el Padre y el Hijo.
(25) En ocasiones los Padres de la Iglesia han interpretado
Is 19,1,
donde en un oráculo contra Egipto se presenta a Yahvé en contra de los ídolos de
este país, como afirmación acerca de Cristo, que con su viaje a Egipto en su
infancia (Mt
2,13ss) habría destruido a los ídolos allí existentes. Cf. datos sobre
estas afirmaciones patrísticas en PG 33,674, nota 5.
(26) La nota de la que tomaba pie la catequesis.
(27) El nombre de Jesús, salvador, es hebreo. Cristo, del griego christos,
ungido. El griego es traducción del hebreo Messiah, castellanizado "Mesías"). La
función sacerdotal de Cristo es resaltada de modo especial en este párrafo 11.
(28) "Ausés" es una transcripción probablemente errónea de "Nave", forma con que
a veces se ha transcrito a su vez el nombre de Nun, el padre de Josué (Jos
1,1, "Josué, hijo de Nun y ayudante de Moisés"). Teniendo en cuenta que
en algunas versiones griegas de la Biblia se transcribe "Josué" como "Jesús",
puede entenderse la referencia del nombre "Ausés" y por qué afirma el texto de
la catequesis que los nombres de "Jesús", el "Cristo", ya se dan en el Antiguo T
estamento.
(29) Sobre la investidura sacerdotal de Aarón y sus hijos, cf.
Lv 8.
(30) En el texto griego original se lee "Jesús de Nave" (cf. lo expuesto en nota
28), aunque con las variantes "hijo de Nave" o "Jesús, hijo de Nave".
(31) El paso del Jordán por el pueblo es el primer episodio notable del
liderazgo de Josué (Jos
3-4).
(32) Aquel a quien la imagen se refiere, Jesús.
(33) La versión de Cirilo, más apropiada a sus propósitos didácticos y
apoyándose en los LXX, personifica la frase: "Mira que viene tu salvador. Pero,
en cualquiera de las versiones, el oráculo de Isaías puede contener una
referencia cristológica.
(34) Is
49,1 contiene el comienzo del segundo de los cantos del Siervo de Yahvé,
anteriormente mencionados. Cirilo aplica las frases transcritas a Jesús en el
instante mismo de la encarnación, por el anuncio del ángel, en el seno de María.
(35) Conforme la etimología hebrea es clara, la griega, es mucho más discutible,
puesto que no existe relación entre el griego lesous, transcripción del hebreo,
y el también griego iatros, médico, de origen diferente.
(36) Cf. CIRILO DE JERUSALÉN, Homilia in paralyticum iuxta piscinam iacentem,
núms. 13,17,18 (PG 33,1.145-1.148,1.149-1.152).
(37) Desde el sentido estricto de las palabras, el "sacerdocio" y la palabra
"sacerdote" solo se dicen de Cristo en el Nuevo Testamento. El sacerdocio de
Cristo es único, como única es también la acción salvífica por la que Dios ha
rescatado a los hombres de su situación "de una vez por todas", según la
repetida y central insistencia de la carta a los Hebreos (He
7,27). Esta afirmación coincide también con la de que Cristo es el único
mediador (1Tm
2,5). Para la designación de distintos grados del ministerio ordenado,
el Nuevo Testamento utiliza más bien las expresiones de "episcopos", presbítero
y diacono.
(38) Probable alusión a alguna homilía de la que no hay transcripción o al menos
no se conserva.
(39) Cf. He
5,5-6: "De igual modo, tampoco Cristo se apropio de la gloria del Sumo
Sacerdocio, sino que la tuvo de quien le dijo: Hijo mío eres tu; yo te he
engendrado hoy (cf.
Ps 2,7).
Como también dice en otro lugar: Tu eres sacerdote para siempre, a semejanza de
Melquisedec" (Ps
110,4). En un mismo párrafo se unen, pues, la generación y el sacerdocio
eternos del Hijo.
(40) Cf. cat. 11, núms. 1 y 15
(41) El párrafo, de razonamiento algo complejo, habla de la certeza de la
salvación apoyada en el doble motivo de que Dios hizo una promesa al padre de la
fe, Abraham (Gn
12,1ss). Pero también Abraham "recibió la señal de la circuncisión como
sello" (Rm
4,11 Gn
17,11ss). La promesa de Dios y el sello de la misma constituyen la doble
seguridad que es para el cristiano 1) el proyecto de Dios en Cristo y 2) el
sello bautismal.
(42) Como una de las expresiones más compendiosas de esta afirmación, cf. Jn
1,11, pero el rechazo de Jesús está presente en todas las páginas del evangelio
de Jn, en los sinópticos (cf. todo lo que es, en general
Mt 20-23)
o en la síntesis paulina sobre el puesto de Israel en la historia de la
salvación, Rm 9-11.
(43) Al transcribir la cita de Is, se ha preferido la versión de la Biblia de
Jerusalén.
(44) El "no os asombréis" no pertenece al texto de los Hechos, sino que es
redaccional.
(45) Cf. como testimonio acerca de la muerte y resurrección lo que se recoge en
cat. 13, n. 38 s. y en cat. 14, no. 22-23.
(46) "Continente" es el nombre dado en la antigüedad cristiana a los que
practicaban en castidad la continencia por el Reino de los Cielos.
(47) Juan Bautista pertenece todavía a la antigua Alianza, pero es precursor del
Mesías, que desea ser bautizado por él (Mt
3,13)
Lc 7,28
sitúa perfectamente a Juan en su puesto en la historia de la salvación: "Os digo
(en boca de Jesús): Entre los nacidos de mujer no hay ninguno mayor que Juan;
sin embargo, el más pequeño en el Reino de Dios es mayor que él".
(48) Probable alusión algo literaria a
Ac 1,9.
(49) Cristo.
Sobre las palabras (del Símbolo):
"Hijo unigénito de Dios, nacido del Padre, Dios verdadero antes de todos los siglos, por quien todo fue hecho".
Se parte de Hebr 1,1 ss:
"Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo..." (1).
1. Con lo que ayer os dijimos se explica suficientemente, por nuestra parte, que
esperamos en Jesucristo. Pero no hay que creer en Jesucristo en un modo simple y
vulgar, ni hay que aceptarlo como a uno cualquiera de los muchos que, de modo
abusivo, han sido llamados "Cristos". Ellos eran "cristos" como tipo e imagen,
pero es éste el verdadero Cristo, que no fue escogido de entre los hombres y
promovido al sacerdocio, sino que recibió del Padre eterno la dignidad
sacerdotal. Por eso la fe nos advierte que no pensemos que se trata de uno
cualquiera de los "cristos" (ungidos) corrientes: a la confesión de fe se añade
que creemos "en un solo Señor Jesucristo, hijo único de Dios".
Hijo de Dios Padre por naturaleza
2. Cuando oyes hablar del Hijo, no pienses en la adopción, sino en un Hijo por
naturaleza, Hijo Unigénito que no tiene ningún otro hermano. Por eso se le llama
Unigénito, porque no tiene ningún hermano en la dignidad de la deidad y en la
generación paterna. Pero no le llamamos Hijo de Dios por nuestro propio impulso,
sino porque el Padre mismo le dio el nombre de Hijo, y es verdadero el nombre
que los padres ponen a los hijos.
Pedro, en nombre de los Apóstoles, reconoce a Jesús como Hijo de Dios
3. Nuestro Señor Jesucristo se revistió en aquel entonces de la naturaleza
humana, pero esto era desconocido de muchos. Cuando él, sabiendo que se
ignoraba, lo quería enseñar, reuniendo a los discípulos les preguntaba: "¿Quién
dicen los hombres que es el Hijo del hombre?" (Mt
16,13). No buscaba una gloria efímera, sino que deseaba decirles la
verdad para que no sucediese que, estando ellos conviviendo con el Hijo
unigénito de Dios, y Dios mismo, le despreciasen como a un simple hombre. Cuando
ellos dicen: "... unos, que Elías; otros, que Jeremías" (Jr
16,14), es como si les respondiera: tienen excusa los que no lo saben
pero vosotros, que sois Apóstoles y curáis leprosos en mi nombre, expulsáis
demonios y devolvéis a muertos a la vida, debéis saber quién es aquel por quien
realizáis esas maravillas. Cuando todos se mostraban reticentes (pues esta
realidad excedía las fuerzas humanas), Pedro, príncipe de los Apóstoles y
supremo predicador de la Iglesia, no utilizo palabras propias ni razonamientos
humanos, sino que, inundado de luz en su mente iluminada por el Padre, le dice:
"Tu eres el Cristo" (Mt
16,16), añadiendo: "El Hijo de Dios vivo" (Mt
16,16). E inmediatamente se añade una declaración de bienaventuranza
(superior a lo que el hombre puede captar), conformada con la afirmación de que
era una revelación procedente del Padre. Pues dice el Salvador: "Bienaventurado
eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre,
sino mi Padre que está en los cielos (Mt
16,17). Así pues, quien reconoce a nuestro Señor Jesucristo como Hijo de
Dios, es hecho participe de la bienaventuranza; pero quien niega al Hijo de Dios
se hace infeliz y desgraciado (3).
Hijo en todo semejante al Padre
4. Cuando se le llama Hijo, no pienses que se trata de una exageración, sino que
es hijo verdaderamente, por naturaleza, sin un comienzo. No ha pasado de la
servidumbre a la adopción, sino que es Hijo engendrado desde toda la eternidad,
mediante un proceso de generación inescrutable e inabarcable. De un modo
semejante, cuando oyes hablar de "primogénito" (cf.
He 1,6),
no lo entiendas al modo humano, pues los hombres tienen además otros hermanos, y
en algún lugar está dicho: "Israel es mi hijo, mi primogénito" (Ex
4,22). Pero así como Rubén fue despojado de su honor de primogénito de
Jacob por haberse introducido en el lecho de su padres, también Israel crucifico
al Hijo arrojándolo de la viña de Dios Padre (Mt
21,39ss) (4). Y a otros la Escritura dice: "Hijos sois de Yahvé vuestro
Dios" (Dt
14,1) (5). Y, en otro lugar: "Yo había dicho: '¡Vosotros, dioses sois,
todos vosotros, hijos del Altísimo!'" (Ps
82,6) (6). Pone: "Dije", y no: "He engendrado". Pues ellos recibieron
por la voz y la palabra de Dios la adopción que no tenían. Pero él (el Mesías)
no paso de ser una cosa a convertirse en otra, sino que desde un principio nació
como Hijo del Padre existiendo antes de cualquier comienzo y antes de los
siglos. Es Hijo del Padre en todo semejante a su progenitor; eterno del Padre
eterno, engendrado como vida de la vida, luz de luz, verdad de la verdad,
sabiduría de la sabiduría, Rey de Rey, Dios de Dios, potestad de potestad.
Generación eterna del Hijo
5. Cuando oigas el Evangelio que dice: "Libro de la generación de Jesucristo,
hijo de David, hijo de Abraham" (Mt
1,1), entiende esto en lo referente a la carne. Pues es realmente hijo
de David para siempre, pero es Hijo de Dios antes de todos los siglos y sin un
principio (7). Y asumió realmente lo que no tenía (8), pero lo que tiene lo
tiene desde la eternidad como engendrado del Padre. Tiene dos padres: uno,
David, según la carne; el otro, según la divinidad, Dios Padre. Aquello que
tiene de David está sometido al tiempo, puede constatarse y es un linaje que se
puede detallar, pero lo que procede de la divinidad no está sometido al tiempo
ni al espacio, ni tiene una ascendencia de la que se pueda dar cuenta:"De su
ascendencia, ¿quién se preocupa?" (9). Dios es Espíritu, y lo que es Espíritu se
engendra espiritualmente, de modo incorpóreo sin que pueda rastrearse linaje
alguno. El mismo Hijo dice del Padre: "El me ha dicho: 'Tú eres mi Hijo; yo te
he engendrado hoy...'" (Ps
2,7). Ese "hoy" no expresa algo reciente, sino eterno. Es un "hoy" sin
tiempo, antes de todos los siglos: "... Desde el seno antes de la aurora te he
engendrado" (Ps
110,3, versión clásica griega).
Creer en el Hijo de Dios
6. Cree, por tanto, en Jesucristo Hijo de Dios vivo, Hijo unigénito, según el
Evangelio, que dice: "Porque tanto amo Dios al mundo que dio a su Hijo único,
para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn
3,16). Y, a su vez: "El que cree en él (el Hijo) no es juzgado" (Jn
3,18), sino que ha "pasado de la muerte a la vida" (1Jn
3,14). Pero "el que rehúsa creer en el Hijo, no vera la vida, sino que
la cólera de Dios permanece sobre él" (Jn
3,36), "porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios" (Jn
3,18). De él daba testimonio Juan diciendo: "Hemos contemplado su
gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de
verdad" (Jn
1,14). Con temor ante él decían los demonios: "¿Qué tengo yo contigo,
Jesús, Hijo de Dios Altísimo" (Mc
5,7 Lc 4,34).
El Padre engendra al Hijo en la suma perfección (10)
7. Por consiguiente, el Hijo de Dios lo es por naturaleza y no por adopción,
engendrado por el Padre. Pero el que ama al que le engendro ama también a quien
él ha engendrado. Pero quien desprecia al engendrado por él transmite su afrenta
a su progenitor. Y cuando oigas hablar de que Dios engendra, no andes pensando
en la generación corporal, ni pienses en una reproducción que entrena
corrupción, no sea que vayas a caer en la impiedad. "Dios es Espíritu" (Jn
4,24) y su generación es Espiritual; pues los cuerpos, por su parte,
engendran cuerpos y en la generación corporal debe haber un transcurso de
tiempo.
Sin embargo, en la generación del Hijo desde el Padre no hay ningún intervalo
temporal. Además, cuando se engendra algo, es engendrado como realidad
imperfecta; sin embargo, el Hijo de Dios ha sido engendrado como perfecto:
existiendo en la actualidad, existe desde el principio, nació sin un comienzo.
De ese modo nacemos nosotros, pasando después de la ignorancia infantil al uso
de razón: imperfecto es, oh hombre, tu nacimiento, aunque se produce un
crecimiento mediante sucesivos añadidos. Pero en el caso que nos ocupa no
pienses nada semejante ni te venga a la mente debilidad alguna del progenitor,
(como si dijeses): engendro a alguien imperfecto que, pasando el tiempo, logro
la perfección. Al progenitor lo acusas de debilidad al decir que lo que después
fue concedido por el transcurso del tiempo no se había dado, según tu parecer,
desde el principio.
8. No creas, por tanto, que se trata de una generación humana ni semejante a
como Abraham engendro a Isaac. Pues Abraham no engendro a Isaac porque quisiese,
sino porque alguien distinto a él se lo concedió. Cuando es Dios y Padre el que
engendra, no hay en ello ignorancia ni tampoco deliberación. Y decir que no
sabía lo que engendraba es una impiedad grandísima. Decir también que estaba
sopesando las circunstancias y que luego comenzó a ser padre es también impiedad
de la misma categoría: pues no es que Dios existiese primeramente sin hijos y
que después, en un momento determinado, llegase a ser padre, sino que siempre ha
tenido al Hijo. Lo engendro, no al modo como los hombres generan a los hombres,
sino como lo conoció únicamente él, el que lo engendro antes de todos los siglos
como Dios verdadero.
9. Al ser, pues, el verdadero Dios Padre, engendro un Hijo, Dios verdadero,
semejante a él. Y no como los maestros tienen discípulos, es decir, tampoco al
modo como Pablo dice a algunos: "He sido yo quien, por el Evangelio, os engendro
en Cristo Jesús" (1Co
4,15). Pues quien no era hijo por naturaleza ha llegado a serlo como
discípulo. Pero en el caso que nos ocupa se trata de un hijo por naturaleza, de
un verdadero hijo. Tampoco como vosotros, los que vais a ser iluminados, sois
hechos ahora hijos de Dios; pues también vosotros sois hechos hijos, pero en
adopción por gracia, según lo que está escrito: "A todos los que lo recibieron
les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Ellos no
nacieron de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre, sino que
nacieron de Dios" (Jn
1,12-13) (11). Y nosotros nacemos ciertamente del agua y del Espíritu (Jn
3,5), pero no es así como Cristo ha nacido del Padre. Recuérdese que en
el momento del bautismo la voz dijo: "Este es mi hijo" (Mt
3,17 cf.
Mt 17,5),
y no: "Este ha sido hecho ahora Hijo mío". Al decir "Este es mi Hijo", declaraba
que ya era Hijo antes de realizarse el bautismo.
10. El Padre no engendró al Hijo como la mente genera en los hombres la palabra.
Pues en nosotros la mente es algo subsistente, pero la palabra que se pronuncia
se pierde en el aire. Nosotros hemos sabido, sin embargo, que Cristo nació no
simplemente como una palabra que se pronuncia, sino como Palabra subsistente y
viva, no proferida y difundida con los labios, sino engendrada desde el Padre
eterno de modo inefable y con una sólida subsistencia (12). "En el principio
existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios y la Palabra era Dios" (Jn
1,1), sentado a la derecha (Ps
110,1). Palabra que entiende la voluntad del Padre, Palabra que todo lo
construye según su beneplácito, Palabra que baja y asciende (cf.
Ep 4,10)
(13). Pero una palabra, cuando se profiere, no baja y sube al pronunciarla, sino
que se expresa diciendo: "Yo hablo lo que he visto donde mi Padre" (Jn
8,38). Es una Palabra llena de autoridad y que ejerce su dominio sobre
todas las cosas, pues el Padre ha entregado todo al Hijo (Jn
13,3 y
Mt 11,27)
(14).
11. Lo engendró el Padre, pero no como alguno lo entendió, sino como él solo
sabe (15). Pues no nos abrevemos a explicar como lo ha engendrado. Solo podemos
hablar de cómo no ha sido dicha generación. Es cierto que el Hijo procede del
Padre, aunque también toda la naturaleza engendrada o creada. "Pregunta a la
tierra y te lo dirá" (Jb
12,8 hebr.). Aunque interrogues a todas las cosas que hay sobre la
tierra, no te lo podrán decir. Y es que el globo terráqueo no puede explicar
quién es su modelador ni su artífice. Y no solo la tierra lo ignora, sino que
también el sol lo desconoce. Pues el sol fue creado el cuarto día sin saber qué
había sido creado en los tres días anteriores. Pero quien desconoció lo que se
hizo en los tres días anteriores a él, no puede evidentemente decir quién fue el
autor. Tampoco lo dirá el cielo, pues éste fue puesto por Cristo, por voluntad
del Padre, como si fuese una humareda. Tampoco los cielos de los cielos ni las
aguas que están sobre los cielos serán quienes lo cuenten. ¿Por qué, pues, te
lamentas, oh hombre, de no saber lo que los mismos cielos ignoran? Y no son solo
los cielos los que ignoran esta generación, sino que incluso no lo saben las
criaturas angélicas. Si alguien -suponiendo que fuese posible- subiese al primer
cielo y, al observar el lugar de los ángeles que allí habitan (16), acercándose,
preguntase como Dios ha engendrado a su Hijo, tal vez le respondería: Mas arriba
los hay mayores y más altos que nosotros. Pregúntales a ellos. Sube hasta el
segundo y tercer cielo: alcanza, si es que puedes, hasta los tronos y
dominaciones, y también los principados y las potestades. Si alguien llegara
hasta allí -es imposible-, renunciarían a describirlos, puesto que ni siquiera
los habrían explorado.
12. Siempre me he asombrado de la curiosidad de algunos que, opinando
temerariamente de cuestiones religiosas, caen en la impiedad. Piensan que los
tronos y las dominaciones, creados por Cristo, y además los principados y las
potestades (17) están sin descubrir, y así intentan averiguar al Creador con
mayor curiosidad (18). Dime en primer lugar, tú que eres muy atrevido, qué
diferencia hay entre trono y dominación. Busca entonces las cosas que atañen a
Cristo. Dime qué es un "principado" y una "potestad" o qué es un "poder" y un
ángel. Indaga entonces con curiosidad al Creador, pues "todo se hizo por él" (Jn
1,3). Pero no quieres interrogar a los tronos y dominaciones o quizá más
bien es que no puedes. Y, ¿quién hay que conozca hasta la profundidades de Dios
sino el Espíritu Santo (1Co
2,10-11), que es el que hablo en las Escrituras? Pero ni siquiera el
mismo Espíritu Santo hablo en las Escrituras de (I modo de) la generación del
Hijo por el Padre. ¿Por qué indagas afanosamente lo que ni el mismo Espíritu
Santo describió en las Escrituras? Y si ignoras lo que ha quedado escrito,
¿podrás indagar las cosas que no se han escrito? Muchas son las cuestiones de
que trata la Escritura: si lo escrito no podemos abarcarlo, ¿por qué fatigarnos
nuestro ánimo con lo que no está escrito? Nos es suficiente con saber que Dios
engendro a un único Hijo.
13. No te dé vergüenza confesar tu ignorancia cuando en ella tienes algo de
común con los ángeles (19). Solo quien engendro conoce a quien engendro, y el
que por él ha sido engendrado conoce a su progenitor. Y el que ha engendrado
sabe lo que ha engendrado. Y el Santo Espíritu de Dios da testimonio en la
Escritura de que el engendrado es Dios sin que haya habido un comienzo. "En
efecto, ¿qué hombre conoce lo íntimo del hombre que está en él? Del mismo modo,
nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios" (1Co
2,11). "Porque, como el Padre tiene vida en sí mismo, así también le ha
dado al Hijo tener vida en sí mismo" (Jn
5,26). Y, además, "para que todos honren al Hijo como honran al Padre" (Jn
5,23). Y: "Como el Padre resucita a los muertos y les da vida, así
también el Hijo da la vida a los que quiere" (Jn
5,21). Y ni el que engendra queda disminuido en nada ni el engendrado
carece de cosa alguna (sé que ya he hablado de estas cosas) (20). Pero es por
seguridad nuestra por lo que estas cosas se han repetido con frecuencia. Ni
quien engendro tiene padre ni el engendrado tiene hermano. Ni el engendrador se
convirtió de este modo en hijo ni el engendrado llego a ser padre. De un solo
Padre ha sido engendrado un Hijo único. No se trata de dos ingénitos ni de dos
unigénitos. Sino que solo hay un Padre ingénito (ingénito es el que no tiene
Padre) y hay solo un Hijo, engendrado eternamente por el Padre: no nacido en el
tiempo, sino engendrado antes de los siglos: y que tampoco ha experimentado un
crecimiento, sino que ha sido engendrado como actualmente es.
14. Creemos, por consiguiente, en el Hijo unigénito de Dios, nacido del Padre
como Dios verdadero (21). Pues un Dios verdadero no engendra un dios falso, como
ya se ha dicho. Ni engendro tras haber deliberado consigo mismo, sino que lo
hizo desde la eternidad de un modo mucho más rápido, como es lógico, que
nuestras palabras y nuestro pensamiento. Pues nosotros, cuando hablamos en el
tiempo, empleamos tiempo, pero, cuando se habla del poder divino, el acto de
engendrar está fuera del tiempo. Y, como se ha dicho muy a menudo, no es que
llevara al Hijo de la no existencia al ser, ni al que no era lo recibió en
adopción; sino que el Padre, que existía desde la eternidad, engendro eterna e
inenarrablemente a su Hijo único, que no tenía ningún otro hermano. Tampoco se
trata de dos principios, sino que cabeza del Hijo es el Padre (22), que es el
principio único. Así pues, el Padre engendro al Hijo como Dios verdadero,
llamado "Emmanuel", que, entendiéndolo bien, se traduce como "Dios con nosotros"
(Mt 1,23)
(23).
15. ¿Quieres darte cuenta de que es Dios el que ha nacido del Padre y que
después se ha hecho hombre? Escucha al profeta: "Este es nuestro Dios, ningún
otro es comparable a él. El descubrió el camino entero de la ciencia, y se lo
enseñó a su siervo Jacob, y a Israel su amado. Después apareció ella en la
tierra, y entre los hombres convivió" (Ba
3,36-38). ¿Crees que Dios, después de la Ley de Moisés no se ha hecho
hombre? Acoge también otro testimonio de la divinidad de Cristo acabado de leer:
"Tu trono, oh Dios, para siempre jamás" (Ps
45,7). Y para que a propósito de estos pasajes no se pensase que con su
venida en carne llego después, como desarrollándose, a la cima de la divinidad,
dice abiertamente: "Por eso Dios, tu Dios, te ha ungido con óleo de alegría más
que a tus compañeros". ¿No ves acaso que el Mesías Dios ha sido ungido por Dios
Padre?
16. ¿Quieres que se te ofrezca también un tercer testimonio de la divinidad de
Cristo? Oye a Isaías que dice: "Los productos de Egipto, el comercio de Kush...
vendrán a ti y tuyos serán"; y poco después: "Ante ti se postraran y te
suplicaran: "Solo en ti hay Dios, no hay ningún otro, no hay más dioses". De
cierto que tu eres un Dios oculto, el Dios de Israel, salvador" (Is
45,14-15) (24). Ves a Dios Hijo que tiene en sí mismo a Dios Padre. Solo
le falta decir lo que dijo en los Evangelios: "Yo estoy en el Padre y el Padre
está en mi" (Jn
14,11). No dice "yo soy el Padre", sino "yo estoy en el Padre y el Padre
está en mi". Y, a su vez, no dijo: "Yo y el Padre soy uno", sino "Yo y el Padre
somos uno" (Jn
10,30), para que ni los separemos a uno del otro, ni hagamos mezcla de
Padre e Hijo. "Uno", porque es una la dignidad de la divinidad, puesto que es
Dios quien engendro a Dios. "Uno" por la prerrogativa del Reino, pues no es que
sobre unas cosas reine el Padre y sobre otras el Hijo, como si éste, a semejanza
de Absalón (25), se alzase contra el Padre. En realidad, el Hijo reina sobre las
mismas cosas sobre las que reina el Padre. Son "uno" también porque no hay
disonancia alguna o separación, pues no son unos los deseos del Padre y otros
los del Hijo. "Uno" porque no son unas las obras de Cristo y otras las del
Padre. El ordenamiento de todas las cosas es unitario, ya que el Padre ha
actuado a través del Hijo: "Pues él hablo y así fue; él ordeno y fueron creados"
(Ps 148,5
LXX), dice el salmista. Pero el que dice, dice a quien oye; y quien manda, manda
a quien está presente.
17. El Hijo es, por tanto, verdadero Dios, teniendo en sí mismo al Padre, pero
no transformado en el Padre: pues tampoco se hizo hombre el Padre, sino el Hijo-
digámoslo en verdad y libremente. No padeció por nosotros el Padre, sino que el
Padre envió al que padeció por nosotros. Ni tampoco digamos nunca: "Había un
tiempo en el cual no existía el Hijo" (26). Tampoco admitamos una
filio-paternidad, sino que avancemos por el camino regio sin desviarnos a la
izquierda o a la derecha. Ni, creyendo honrar al Hijo, le llamemos a éste Padre
ni, pensando en tributar honor al Padre, creamos que el Hijo es una de las cosas
creadas. Más bien el Padre único sea adorado a través del Hijo único, sin que se
"distribuya" la adoración. Predíquese un Hijo único, sentado a la derecha del
Padre antes de los siglos, que no ha recibido en el tiempo esto de sentarse con
el Padre tras el sufrimiento y como resultado de una evolución, sino que lo
posee desde la eternidad.
18. "El que ve al Hijo, ve al Padre" (27). Pues en todo es semejante el Hijo a
quien lo engendro: vida que procede de vida, luz de luz, poder de poder, Dios de
Dios. En nada son diferentes las características de la divinidad en el Hijo, y
quien ha sido considerado digno de ver la divinidad del Hijo ha sido llevado con
ello a gozar del Padre (28). Este modo de hablar no es mío, sino del Hijo
unigénito: "¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe?
El que me ha visto a mi ha visto al Padre" (Jn
14,9) (29). Y, para decirlo más compendiosamente, debemos evitar tanto
separar como confundir: no digas nunca que el Hijo es ajeno al Padre ni aceptes
a quienes dicen que el Padre es a veces Padre y a veces Hijo: son afirmaciones
extrañas e impías, no testimonios de la Iglesia, pues el Padre permaneció tal
aunque hubiese engendrado al Hijo sin sufrir él mismo transformación. Engendro a
la Sabiduría (1Co
1,24), pero él no fue despojado de ella; engendro la fuerzan sin perder
con ello su energía. Engendrando a Dios, no fue despojado de su divinidad ni
nada perdió quedando disminuido o transformado, ni a su vez el engendrado carece
de algo: perfecto es el que engendro y perfecto es el engendrado. Dios es quien
engendro y Dios es el que ha sido engendrado, el cual es Dios de todas las cosas
y llama Padre a su Dios, sin miedo de decir: "Subo a mi Padre y vuestro Padre, a
mi Dios y a vuestro Dios" (Jn
20,17).
19. Pero para que no creas que se trata de una paternidad igual tanto para el
Hijo como para las demás criaturas, en las frases que siguen hizo una
distinción. Pues no dijo: "Subo a nuestro Padre", de modo que se dedujese una
comunidad de las creaturas con el Unigénito; sino que dice: "mi Padre y vuestro
Padre". De un modo, mío, por naturaleza; y de otro modo, vuestro, por adopción.
Y, a su vez: "A mi Dios y a vuestro Dios". De una forma, Padre mío por vínculo
natural y como Hijo unigénito; de otra forma, vuestro como criaturas. Por
consiguiente, el Hijo de Dios es verdadero Dios, engendrado de modo inefable
antes de todos los siglos. Os repito a menudo todo esto para que se os grabe
bien en vuestra mente. Cree ciertamente que Dios tiene un Hijo, pero no tengas
mayor curiosidad en el cómo, pues si lo indagas no encontraras respuesta. No te
ensalces a ti mismo, no sea que caigas.
Entrégate simplemente a la meditación de lo que se te confía. Dime quién es en
realidad el que engendro y te darás cuenta entonces de qué engendro. Si con el
pensamiento no puedes abarcar la naturaleza del que engendra, no escrutes con
impaciencia quién es el engendrado.
20. Para la piedad te basta saber que dijimos que Dios tiene un Hijo único: un
Hijo engendrado por naturaleza, que no comenzó a existir cuando nació en Belén,
sino antes de todos los siglos. Escucha, en efecto, al profeta Miqueas, que
dice: "Mas tú, Belén Efratá, aunque eres la menor entre las familias de Judá, de
ti me ha de salir aquél que ha de dominar en Israel, y cuyos orígenes son de
antigüedad, desde los días de antaño" (Mi
5,1). No pongas tu atención, por tanto, en aquél que entonces nació en
Belén, sino adora al que desde la eternidad ha sido engendrado por el Padre. No
toleres a quien diga que el Hijo comenzó a existir en algún momento del tiempo,
sino que debes reconocer que el Padre es principio sin tiempo, un principio que
nada tiene que ver con un Hijo temporal, inabarcable, él por su parte sin
principio: en suma el Padre (30), fuente del rio de la justicia, del Unigénito,
a quien engendro como el solo sabe. ¿Quieres saber que nuestro Señor Jesucristo
es también rey eterno? Escúchalo otra vez cuando dice: "Vuestro padre Abraham se
regocijo pensando en ver mi Día; lo vio y se alegro" (Jn
8,56). Pero al endurecerse los judíos ante esto, les dijo algo todavía
más duro: "Antes de que Abraham existiera, Yo Soy" (Jn
8,58). Y, a su vez, dice al Padre: "Ahora, Padre, glorifícame tu, junto
a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo fuese" (Jn
17,5). Claramente lo dijo: Antes que el mundo fuese, yo tenía gloria
junto a ti. Y dice a su vez: "... me has amado antes de la creación del mundo" (Jn
17,24).
21. Creamos, por consiguiente, "en un solo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios,
que nació del Padre como Dios verdadero antes de todos los siglos, y por el cual
"todo se hizo" (Jn
1,3)": "los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades,
todo fue creado por él" (Col
1,16), y ninguna de las cosas creadas esta sustraída a su poder.
Enmudezca toda herejía que hable de diversos agentes y autores del mundo;
conténgase la lengua que azota con blasfemias a Cristo Hijo de Dios; callen
quienes dicen que el sol es el Cristo, pues él no es este sol brillante, sino el
artífice del sol; enmudezcan quienes dicen que el mundo es obra de los ángeles,
pues pretenden invadir lo que es prerrogativa del Hijo único. Tanto las cosas
visibles como invisibles, los tronos y dominaciones (Col
1,16), y "todo cuanto tiene nombre", todo ha sido hecho por Cristo. El
Hijo reina sobre las cosas que han sido hechas por él, y no cogiendo los
despojos de otros sino ejerciendo su señorío sobre sus propias obras, como dijo
el evangelista Juan: "Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto
existe" (Jn
1,3). Todo ha sido hecho por él, actuando el Padre a través del Hijo.
22. Quería aducir un ejemplo de lo que se dice, aunque sé que es un ejemplo
débil. Pues, ¿cuál de las cosas visibles puede ser un ejemplo idóneo de la
invisible potestad divina? Adúzcase, sin embargo, como un ejemplo débil, puesto
por un débil a los débiles. Es, pongamos por caso, como si un rey que tiene un
hijo que también es rey juntamente con él, y deseando fundar una ciudad, pone
ante él una maqueta de la ciudad que ha de construir. El hijo, con la maqueta,
llevara a su término el proyecto. Del mismo modo, cuando el Padre quiso hacer
todas las cosas, el Hijo fue quien lo realizo todo en obediencia al Padre, de
modo que esa obediencia preserva incólume para el Padre la libertad de su poder
supremo, pero el Hijo tiene el dominio sobre las cosas que ha hecho: de ese modo
ni queda rebajado el dominio del Padre sobre las cosas que ha hecho ni el Hijo
obtiene poder sobre cosas hechas por otro, sino sobre las que él mismo ha
fundado. Pues no fueron los ángeles quienes fundaron el mundo -de ello ya se ha
hablado (31)-, sino el Hijo unigénito engendrado, como dijimos, antes de todos
los siglos. Por él todo fue hecho, sin excluir nada de su actividad creadora. Y
todo sea dicho hasta aquí por nosotros por la gracia de Cristo.
23. Volviendo ahora a la confesión de fe, concluyamos ya estas palabras. Todo lo
hizo Cristo, los ángeles, los arcángeles, las dominaciones y los tronos. No es
que el Padre careciese del poder suficiente para crear por sí mismo, sino que
quiso que el Hijo reinase sobre las cosas que había hecho, mostrándole el
ordenamiento de las cosas que habían de ser creadas. Pues dice el Unigénito
tributando honor a su Padre: "El Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo
que ve hacer al Padre; lo que hace él, eso también lo hace igualmente el Hijo" (Jn
5,19). Y a su vez: "Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo también trabajo"
(Jn 5,17).
No existe contradicción entre las actuaciones de ambos. "Todo lo mío es tuyo y
todo lo tuyo es mío" (Jn
17,10), dice el Señor en el Evangelio. Esto puede conocerse con
claridad, tanto desde el Antiguo como desde el Nuevo Testamento. Pues el que
dice: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza" (Gn
1,26), es que se estaba dirigiendo a alguien que estaba a todas luces
presente. Pero quien más claramente habla (en este sentido) es el salmista, que
dice: "El lo dijo, y existió; él lo mando, y fueron creados" (32), como si el
Padre mandase y dijese, y el Hijo todo lo ejecutase según sus deseos. Esto lo
dijo, en sentido místico, también Job: "El solo desplegó los Cielos y holló la
espalda de la Mar (Jb
9,8), queriendo decir con ello a los inteligentes que quien, estando
aquí, caminaba sobre el mar era el que anteriormente había hecho los cielos
(33). Y, por su parte, el Señor dice: "¿Fuiste tú (34) quien tomo la tierra como
barro e hiciste un ser viviente a quien, dotado de la facultad de hablar, lo
pusiste sobre la tierra?" (Jb
38,14 LXX). Y, un poco más abajo: "¿Se te han mostrado las puertas de la
Muerte? ¿Has visto las puertas del país de la Sombra? (Jb
38,17). Con ello declara que el que, por su bondad, descendió a los
infiernos es quien desde el principio hizo al hombre del barro.
24. Cristo es, por consiguiente, Hijo unigénito de Dios y autor del mundo. Pues
"en el mundo estaba, y el mundo fue hecho por él" (Jn
1,10). Y "vino a su casa" (Jn
1,11), como nos enseña el Evangelio. Cristo no es autor, en unión con el
Padre, solo de las cosas que se ven, sino también de las que no se ven. Pues "en
él, según el Apóstol, fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la
tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los
Principados, las Potestades: todo fue creado por él y para él, él existe con
anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia" (Col
1,16-17). Incluso si te refieres a los siglos (35), el autor de éstos,
en obediencia al Padre, es también Jesucristo, pues "en estos últimos tiempos
nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyo heredero de todo, por quien
también hizo los mundos" (He
1,2). Al cual sea la gloria, el honor y el poder, con el Padre y el
Espíritu Santo, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.
NOTAS
(1) Hasta He
1,4 el texto reza: "... a quien constituyó heredero de todo, por quien
también hizo los mundos; el cual siendo resplandor de su gloria e impronta de su
sustancia, y el que sostiene todo con su palabra poderosa, después de llevar a
cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las
alturas, con una superioridad sobre los ángeles tanto mayor cuanto más les
supera en el nombre que ha heredado". De todo esto, que forma como el prologo de
la carta a los Hebreos, parece tomar pie la presente catequesis para hacer una
exposición sobre la generación eterna, desde el Padre, del Logos, Palabra de
Dios que se nos ha dirigido de un modo más definitivo que los Profetas. La
identidad de naturaleza entre el Hijo y el Padre confiere también a esta
catequesis una clarísima impronta antiarriana a base de una gran fidelidad al
sentido del Símbolo de la fe.
(2) Cf. cat. 16, núm. 13.
(3) El evangelio de Mateo, que distribuye de un modo casi didáctico sus diversas
secciones, coincide con Mc y Lc en que este episodio de la "profesión de fe" es
como una piedra miliar en medio de la narración evangélica. Han disminuido los
contactos de Jesús con las masas que le han estado siguiendo en el primer
periodo de su actividad pública, pero
Mt 16,13-17
(dejando aparte la cuestión del primado en 18-20) es la primera expresión
inequívoca, de parte de los Apóstoles, de la realidad de Jesús como Hijo. Quizá
es interesante señalar que Jesús se dedicara a partir de ahora más intensamente
a la formación del grupo de los Apóstoles. Ello se echa de ver con bastante
claridad en numerosos pasajes de
Mt 18-20.
Por otra parte, el reconocimiento de Jesús como Hijo de Dios va unido al "primer
anuncio" de la Pasión (Mt
16,21, "Desde entonces...") y a la explicación de que quien es discípulo
de Jesús sigue un camino semejante al suyo (16,24-26), aunque en la
transfiguración (Mt
17,1-8) se ofrece una prefiguración de la resurrección.
(4) Cf. Gn
49,4, que hace alusión al incesto mencionado en 35,22.
(5) El paralelismo parece literariamente algo forzado. La comparación, sin
embargo, parece establecerse entre Rubén, que ha actuado mal con su padre, e
Israel, que según la parábola de los viñadores homicidas, ha rechazado al Hijo
enviado por el Padre (Mt
21,33-46). Con respecto al texto original de la catequesis debe decirse,
sin embargo, que los códices son aquí algo confusos (cf. PG 33,695, nota 2).
(6) Según la aplicación que de este texto hace
Jn 10,34-35
("Si llama dioses a aquellos a quienes se dirigió la Palabra de Dios -y no puede
fallar la Escritura-, a aquél a quien el Padre ha santificado y enviado al
mundo, ¿cómo le decís que blasfema por haber dicho: "Yo soy Hijo de Dios"?"), se
utiliza más bien una parte de
Ps 82,6
para resaltar el rechazo que los judíos hacen de Cristo. Gran parte de este
párrafo y de la presente catequesis se mueven en el contexto del siempre posible
rechazo de Jesús Mesías Hijo de Dios.
(7) No es que comenzara a ser Hijo de Dios en un momento determinado, sino que
lo es desde siempre.
(8) La naturaleza humana y la debilidad humana de la carne en la "encarnación"
(cf. Jn 1,14,
completándolo, por ejemplo, con
2Co 8,9
y He 2,14-15).
(9) La frase, adaptada de
Is 53,8,
responde bien al curso de las ideas de Cirilo, pero se adapta mal al texto
hebreo profético, que más bien expresando el rechazo del Siervo, debe
traducirse: "de sus contemporáneos, ¿quién se preocupa?". Cf. la nota
correspondiente de la Biblia de Jerusalén.
(10) La catequesis desarrolla de aquí al final, con una extraordinaria
prolijidad, todo lo que puede decirse sobre la generación eterna del Hijo por el
Padre. También se menciona, por ejemplo, la intervención del Hijo en la creación
de los ángeles, los Tronos, Dominaciones, etc., y, en general de acuerdo con
Col 1,15-20,
su acción en la creación del universo, (cf. especialmente el núm. 12 y la nota
17. Estas ideas, ampliamente expuestas, abarcan hasta el final de la catequesis,
razón por la que se suprimen los epígrafes. El hecho de que la exposición sea
repetitiva es probablemente la razón por la que en la edición de Fr. Albino
Ortega solo se recogen los cinco primeros párrafos. No obstante, tiene interés
la reproducción completa, pues se trata de un excelente testimonio de la
ortodoxia eclesiástica siguiendo las huellas del Concilio de Nicea. Permite así
ver la identidad de naturaleza entre el Hijo y el Padre.
(11) De Jn
1,13 se prefiere la posible lectura en plural del texto original
("Ellos... nacieron... nacieron..."), simplemente porque está más en consonancia
con el decurso de las ideas.
(12) Se traduce como subsistencia el griego "hypostasis" (que equivaldría al
término latino filosófico "suppositum"). Es algo así como "lo que subyace en el
fondo" e indica una idea de consistencia propia, que es lo que ha permitido la
distinción de tres hipóstasis o subsistencias en Dios y que en la tradición
latina occidental han sido denominadas personas. Así se habla de tres personas
distintas en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo.
(13) Ep 4,10
debe verse en el contexto de al menos 4,7-10 (o 7-13), como la acción de Cristo
repartiendo sus dones al descender a la miseria humana y retornar a la gloria
del Padre. Un examen atento de todo el texto permite relacionar la encarnación y
la redención de los hombres con el enriquecimiento gratuito de éstos a través de
los dones y carismas.
(14) Jn 13,3: "... sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que
había salido de Dios y a Dios volvía". Se remachan con este texto las ideas de
procedencia del Padre así como "salir" "volver" (o el "bajar" "subir"
anteriores), todo ello como expresión muy intensa de la unión del Hijo con el
Padre, Mt
11,27, formando parte de lo que los exegetas han calificado a veces de
logion joanico'" insiste en una idea semejante: "Todo me ha sido entregado por
mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien
nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar".
(15) Vid. la nota anterior.
(16) Además de dar por válida la imagen del universo que considera real una
pluralidad de cielos, se entiende aquí como un supuesto que los ángeles
habitarían los distintos niveles de ese firmamento. Son formas de hablar en las
que la afirmación valida es que no se conoce ni nadie sabe cómo se da
exactamente la generación del Hijo por el Padre.
(17) Cf. para esto (también en el anterior núm. 11)
Col 1,16,
en el contexto de lo que es la composición de
Col 1,15-20.
Los vv. 15-17 son especialmente importantes para señalar a Cristo en el acto de
la creación:
"El es Imagen de Dios invisible,
Primogénito de toda la creación,
porque en él fueron creadas todas las cosas,
en los cielos y en la tierra,
las visibles y las invisibles,
los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades:
todo fue creado por él y para él,
él existe con anterioridad a todo
y todo tiene en él su consistencia".
Vid. Ep 1,10:
"volver a hacer que todo tenga a Cristo por cabeza" (anakefalaiosasthai,
re-capitulari);
1Co 8,6b.
(18) Cirilo parece acusarles de oscuras especulaciones que no aclaran la
sencillez del acto creador de Dios en Cristo.
(19) Cf. cat. 6, núm. 6.
(20) Vid. más arriba el parr. 7, cat. 10, núm. 9.
(21) Como Dios verdadero es una expresión claramente antiarriana para subrayar
la identidad de naturaleza entre el Hijo y el Padre. Mas detalles en PG 33,708,
nota 3.
(22) Cf. 1Co
11,3: "... y la cabeza de Cristo es Dios".
(23) Cf. Is
7,14.
(25) Para la historia de Absalón, cf.
2S 15-19.
(26) Esta expresión es típicamente arriana. Se encuentra transmitida por
Atanasio y expresaría el comienzo de la existencia del Hijo en el tiempo. Con
ello se defendería una inferioridad del Hijo al Padre y, en último término, una
subordinación a él. Una exposición de la complicada historia de la cristología,
en P. SMULDERS, Desarrollo de la cristología en la historia de los dogmas y en
el Magisterio eclesiástico, en Mysterium Salutis, t. III, Madrid 1980, esp. 344
ss.
(27) Es tal vez una adaptación de Jn 14,9: "El que me ha visto a mi ha visto al
Padre". , sobre todo, en todo su amplio contexto, es muy ilustrativo de la
realidad y las relaciones Padre-Hijo.
(28) Cf. la nota anterior. Vale la pena de nuevo tener en cuenta el contexto
fuertemente cristocéntrico representado por
Jn 14,6-12
dentro del "testamento" de Jesús.
(29) Cf. ibid.: "... para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo,
fuerza de Dios y sabiduría de Dios". En
1Co 1,30,
esbozando tal vez Pablo lo que será el programa de su posterior Carta a los
Romanos, dirá: "De él os viene que estéis en Cristo Jesús, al cual hizo Dios
para nosotros sabiduría de origen divino, justicia, santificación y redención" (Rm
10,4).
(30) En la tradición teológica y en el Magisterio eclesiástico, el Padre ha sido
llamado "principio sin principio", mientras que el Hijo ha sido calificado como
"principio de principio". Ver, por ejemplo, la Bula Cantate Domino, del concilio
de Florencia, año 1442, parr. 2 (Denzinger-Schönmetzer, núm. 1.331).
(31) Se ha hecho alusión a ello en el núm. 21.
(32) El "hagamos" de
Gn 1,26
se interpreta como del agente plural Padre e Hijo, y en la cita que aquí se hace
se entiende "él lo mando" como que el Padre "mando" al Hijo que crease. En
cualquier caso se entienden ambos textos como una intervención directa del Hijo
en la creación, que es lo que aquí interesa a Cirilo subrayar.
(33) Posiblemente quiere decir Cirilo: el mismo Jesús que, en los evangelios,
camina sobre el agua del mar (Mt
14,25 par) es el que había intervenido también en la creación de los
cielos.
(34) Dirigiéndose irónicamente al hombre.
(35) La expresión puede traducirse por "los siglos", literalmente "eones", de
acuerdo con el griego. Puede, por tanto, designar también las "edades" del
mundo, las eras y las épocas.
Pronunciada en Jerusalén, sobre lo de "se encarnó y se hizo hombre". Se parte
del pasaje de Isaías:
"Volvió Yahvé a hablar a Ajaz diciendo: 'Pide para ti una señal de Yahvé tu Dios...' (Is 7,10-11), y: 'He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel'" (Is 7,14), etc. (1)
El Hijo de Dios se ha hecho hombre
1. Como alumnos de la pureza y discípulos de la prudencia, celebremos con labios
castos al Dios nacido de la Virgen. Quienes nos consideramos dignos de
alimentarnos del cordero racional (2), comamos de él tanto la cabeza como las
patas (3), significando la divinidad mediante la cabeza y la humanidad mediante
las patas. Los que escuchamos los Evangelios oigamos al teólogo Juan, que tras
escribir: "En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la
Palabra era Dios" (Jn
1,1), añadió después: "Y la Palabra se hizo carne" (Jn
1,14). Tampoco se debe adorar a un simple hombre (4) ni tampoco a solo
Dios sin hacer referencia a la humanidad. Pues si Cristo es Dios, como sucede en
realidad, pero no asume la naturaleza humana, no tenemos la salvación.
Adóresele, por consiguiente, como Dios, pero créase también que se ha revestido
de la naturaleza humana. Tampoco es aceptable que se le llame hombre dejando
aparte la divinidad ni lleva a la salvación separar la humanidad de la confesión
de la divinidad. Reconozcamos la presencia del rey y del médico. Jesús es rey
que aportara salvación ciñéndose con el lienzo de la humanidad y tras haber
sanado lo que estaba enfermo. Como perfecto maestro de niños, se ha hecho niño
con ellos "para enseñar a los simples la prudencia" (Pr
1,4). El pan del cielo ha descendido a la tierra para alimentar a los
que tienen hambre.
No rechazar a aquél en quien se cumple la profecía de la encarnación
2. Pero los judíos, cuando rechazan a aquel que ha venido, esperan a aquel que
ha de venir con dureza: ellos repudiaron a Cristo, pero acogerán, inducidos a
error, al impostor que venga. Así se hará verdadera la palabra del Salvador: "Yo
he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viene en su propio
nombre, a ése le recibiréis" (Jn
5,43). Sería estupendo hacer esta pregunta a los judíos: ¿dice verdad o
mentira el profeta Isaías cuando señala que el Emmanuel nacerá de una virgen? (Is
7,14). No es de extrañar que lo acusen de mentiroso, pues es costumbre
para ellos no solo acusar a los profetas de mentir, sino incluso lapidarlos.
Ahora bien, si el profeta dijo la verdad, señalad quién es el Emmanuel. Más
todavía: el que ha de venir, y al que esperáis, ¿ha de nacer de una virgen o no?
Si no nace de una virgen argüís al profeta de falsedad. Y si esperabais que ello
sucediera en el futuro, ¿por qué lo rechazáis cuando ya se ha cumplido?
Verdadera humanidad plena y concepción virginal de Cristo
3. De su error serán sacados los judíos cuando lo permitan (5), y será
glorificada la Iglesia de Dios, pues nosotros acogemos verdaderamente al Dios
que es Palabra hecha hombre. Esto ha sucedido, no por la voluntad de hombre y de
mujer, como dicen los herejes, sino que se ha hecho hombre de una virgen y por
el Espíritu Santo, como dice el Evangelio. Y no en apariencia, sino en verdad. Y
me gustaría que te dieras cuenta de que ahora es el tiempo de transmitir la
doctrina de que él ha recibido la naturaleza humana de una virgen. Ahora
recibirás las pruebas de esta realidad. El error de los herejes es múltiple,
pues éstos negaron de modo total que él hubiera nacido de una virgen (6); otros
concedían la realidad de su nacimiento, pero no de una virgen, sino de la unión
de un hombre y una mujer. Otros dicen que no es el Mesías Dios quien se ha hecho
hombre, sino un hombre deificado (7). Estos se atrevieron a decir que no una
Palabra preexistente se hizo hombre, sino que fue coronado (como Dios) un hombre
con méritos propios (8).
Haremos frente a las objeciones
4. Pero tú acuérdate de las cosas que ayer se dijeron sobre la divinidad. Cree
que el Hijo unigénito de Dios es el que a su vez ha nacido de la Virgen. Cree al
evangelista Juan cuando dice: "La Palabra se hizo carne, y puso su morada entre
nosotros. Es realmente Palabra eterna, engendrado del Padre antes de todos los
siglos, aunque en el tiempo ha tomado carne por causa nuestra. Muchos están en
contra de esto y dicen: ¿Qué es lo que ha pasado tan grave para que Dios
descendiese hasta lo humano? A lo que puede decirse: "Después apareció ella (9)
en la tierra, y entre los hombres convivió" (Ba
3,38). O bien (se plantean): ¿es posible que una virgen dé a luz sin un
hombre? Al encontrarnos, pues, que se nos contradice ampliamente y que se nos
presenta batalla en diversos frentes, se hace preciso que aniquilemos todo ello
mediante la gracia de Cristo y mediante los discursos que aquí ofrecemos.
El Hijo asumió la carne de la más excelente de las criaturas
5. Preguntémonos, en primer lugar, por qué vino Jesús. Y no repares en mis
razonamientos, a los que quizá Podría contradecirse mediante sofismas. Ahora
bien, si no aceptas los testimonios de los profetas acerca de cada una de estas
cosas, no creerás en lo que digamos. Si no aprendes por las Escrituras lo
referente a la Virgen, al lugar, al tiempo y al modo, tampoco recibas testimonio
de hombre alguno (10). Pues sobre éste que ahora está aquí y os instruye puede
recaer alguna sospecha, pero sobre el que pronuncio las profecías, hace mil años
e incluso más tiempo, ¿quién puede tener reticencias si está en su sano juicio?
Por tanto, si buscas la causa de la venida de Cristo, acude simplemente al
primer libro de la Escritura. En seis días hizo Dios el mundo. Pero éste existe
para el hombre. Resplandezca el sol con sus fulgores espléndidos: fue hecho para
que luzca en favor del hombre. Todos los animales fueron hechos para nuestro
servicio; y las hierbas y los árboles fueron creados para que los utilizásemos.
Son todas criaturas buenas (11), pero ninguna de ellas es imagen de Dios excepto
únicamente el hombre. Una simple orden hizo el sol, mientras que el hombre fue
formado por las manos de Dios: "Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como
nuestra semejanza" (Gn
1,26) (12). Y si se tributa honor a la imagen de madera de un rey
terreno, ¿cuánto más deberá hacerse con la imagen de Dios? Pero ésta, la más
excelsa de las criaturas de Dios, que estaba feliz en el paraíso, fue expulsada
de allí por la envidia del diablo (Gn
3,23-24 Sg
2,24). Feliz se encontraba el enemigo al ver postrado a aquel a quien
había envidiado. ¿Quieras tu acaso ser como ese enemigo que se alegraba?
Este no se había atrevido a acercarse al hombre a causa de su tuerza, pero si,
por ser más débil, se dirigió a la mujer cuando ésta todavía era virgen. Fue
después de su salida del paraíso cuando "conoció el hombre a Eva, su mujer" (Gn
4,1).
El pecado se había extendido por la tierra
6. Sus sucesores en la progenie humana fueron Caín y Abel, y Caín fue el primer
homicida. Más tarde tuvo lugar el diluvio a causa de la multiplicación de la
maldad de los hombres (13). Un fuego del cielo cayó sobre los habitantes de
Sodoma a causa de su impiedad (cf.
Gn 19).
En épocas posteriores Dios eligió a Israel, pero también éste cayó en la
perversión y el pueblo elegido quedo herido de muerte: Moisés se encontraba en
el monte ante Dios, y el pueblo, en lugar de a Dios, adoro a un becerro (Ex
32,1-6). Mientras que en la ley de Moisés se decía: "No cometerás
adulterio" (Ex
20,14), un hombre se atrevió a pecar entrando en un lugar de
prostitución (cf.
Nb 25,1-9).
Posteriormente a Moisés, fueron enviados profetas que cuidasen de Israel. Pero
cuando éstos traían la medicina, se lamentaban vencidos por la fuerza de la
enfermedad, de tal manera que alguno de ellos clamaba: "¡Ay de mi, que ha
desaparecido de la tierra el fiel, no queda un justo entre los hombres!" (Mi
7,2); o también: "Todos están descarriados, en masa pervertidos. No hay
quien haga el bien, ni uno siquiera" (Ps
14,3). Y, a su vez: "Tiene pleito Yahvé con los habitantes de esta
tierra, pues no hay fidelidad ni amor, ni conocimiento de Dios en esta tierra;
sino perjurio y mentira, asesinato y robo, adulterio y violencia, sangre que
sucede a sangre" (Os
4,1-2). Y: "Sacrificaban sus hijos y sus hijas a los demonios" (Ps
106,37). Se ocupaban con hechicerías sagradas y con la vanidad de sus
vergüenzas. Así dice: "Sobre ropas empeñadas se acuestan junto a cualquier
altar" (Am
2,8 Dt
24,12-13).
Gravedad del pecado
7. Muy grande era la herida de la humanidad. Desde los pies hasta la cabeza nada
había integro en ella. No había lugar ni para una gasa ni para aceite ni para
unas vendas. Después, entre lamentos y fatigas, decían los profetas: "¿Quién
traerá de Sion la salvación de Israel?" (Ps
14,7). Y, por otra parte: "Esté tu mano sobre el hombre de tu diestra,
sobre el hijo de Adán que para ti fortaleciste, ya no volveremos a apartarnos de
ti". (Ps
80,18-19a). Y otro profeta suplicaba diciendo: "¡Yahvé, inclina tus
cielos y desciende!" (Ps
144,5). Las heridas de los hombres son más fuertes que nuestros
remedios. "Han derribado tus altares y han pasado a espada a tus profetas" (1R
19,10). No es posible evitar el mal; para evitarlo, haces falta tu (14).
Dios viene a los hombres, aunque no se le acoja
8. El Señor escuchó esta suplica de los profetas: el Padre no se desentendió de
nuestra estirpe en camino hacia la destrucción y envió desde el cielo a su Hijo
como Señor y como médico. Dice uno de los profetas: "Enseguida vendrá a su
Templo -el lugar donde lo lapidasteis- el Señor a quien vosotros buscáis" (Ml
3,1) (15). Después, oyendo esto otro de los profetas, le dice: "Si
anuncias que Dios viene para la salvación, ¿hablas de modo oculto?": "Súbete a
un alto monte, alegre mensajero para Sión; clama con voz poderosa, alegre
mensajero para Jerusalén, clama sin miedo. Di a las ciudades de Judá: 'Ahí esta
vuestro Dios. Ahí viene el Señor Yahvé con poder'" (Is
40,9-10). Pero, por otra parte, el Señor mismo dice: "He aquí que yo
vengo a morar dentro de ti, oráculo de Yahvé. Muchas naciones se unirán a Yahvé
aquel día" (Za
2,14-15). Pero los israelitas rechazaron la salvación que les ofrecí:
"Vengo a reunir a todas las naciones y lenguas" (Is
66,18), pero "vino a su casa, y los suyos no lo recibieron" (Jn
1,11). Y, cuando vienes, ¿qué es lo que les das a los gentiles: "Vengo a
reunir a todas las naciones... Pondré en ellos señal" (Is
66,18-19). Pues, por mi combate en la cruz, a cada uno de mis soldados
les daré una señal para tenerla en la frente (16), y otro profeta dijo: "El
inclinó los cielos y bajo, un espeso nublado debajo de sus pies" (Ps
18,10). Pero el que bajo de los cielos permaneció ignorado de los
hombres.
Estaba previsto el nacimiento del Mesías
9. En otro momento, Salomón, oyendo a su padre David hablar de estas cosas, tras
haber construido aquel templo admirable, y viendo de lejos al que tenía que
venir a él, dice: "¿Es que verdaderamente habitara Dios con los hombres sobre la
tierra?" (1R
8,27). La respuesta de David, en un salmo dedicado a Salomón, era
afirmativa: "Caerá como rocío sobre el vellón" (Ps
72,6) (17). Rocío, a causa de su origen celeste; sobre el vellón, por
tratarse de la humanidad. Y el rocío cae sobre el vellón silenciosamente, de
modo semejante a como los Magos, ignorantes del misterio de la Natividad,
dijeron: "¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?" (Mt
2,2), y un Herodes turbado por aquel que había nacido indagaba y se
informaba "del lugar donde había de nacer el Cristo" (Mt
2,4).
Signos de humildad del Mesías victorioso
10. ¿Y quién es el que vino? Dice en lo que sigue (18): "Durará tanto como el
sol, como la luna de edad en edad" (Ps
72,5). Dice a su vez otro de los profetas: "¡Exulta sin freno, hija de
Sión, grita de alegría, hija de Jerusalén! He aquí que viene a ti tu rey, justo
él y victorioso" (Za
9,9). Muchos son los reyes. ¿A quién te refieres, profeta? Danos una
señal que no tengan los otros reyes. Si te refieres a un rey vestido de púrpura,
ya hay otros que tienen este privilegio en el vestido. Si se trata de que está
rodeado de una escolta de soldados o que va sentado en carros dorados, también
estos distintivos los tienen otros. Danos un signo propio de este rey cuya
venida anuncias. Responde el profeta diciendo: "He aquí que viene a ti tu rey:
justo él y victorioso, humilde y montado en un asno, en un pollino, cría de
asna" (Mt
21,5), pero no en carros. Aquí está la señal única y singular del rey
que llega (19). Jesús es el único entre los reyes que, montando un asno que
todavía no ha llevado ninguna carga, entra en Jerusalén entre aclamaciones como
un rey. ¿Y qué hace este rey al llegar?: "Y tú en la sangre de la alianza
sacaste a los prisioneros del lago que no tenía agua" (Za
11,11).
En el mismo lugar donde se dan las catequesis fue crucificado el Mesías
11. Era, desde luego, verosímil que fuese sentado en un pollino. Pero darnos más
bien un signo acerca de sobre qué se apoya este rey que ahora viene. No ofrezcas
un signo que esté lejos de la ciudad, no sea que no nos demos cuenta. Muéstranos
un signo muy visible a los ojos para que, incluso estando en la ciudad, lo
veamos aquí mismo. A esto responde el profeta diciendo: "Se plantaran sus pies
aquel día en el monte de los Olivos que está enfrente de Jerusalén, al oriente"
(Za 14,4).
¿Acaso hay alguien que no vea este lugar, aún estando dentro de la ciudad? (20).
Los signos mesiánicos de los milagros y del juicio de los ancianos del pueblo
12. Tenemos dos signos, pero queremos ver un tercero. Di qué ha de hacer el
Señor cuando venga. Dice otro profeta: "Mirad que vuestro Dios viene vengador,
es la recompensa de Dios, él vendrá y os salvara. Entonces se despegaran los
ojos de los ciegos, y los oídos de los sordos se abrirán. Entonces saltara el
cojo como ciervo, y la lengua del mudo lanzara gritos de júbilo" (Is
35,4-6). Dígasenos también otro testimonio. Dices, profeta, que ha de
venir el Señor realizando signos como nunca se habían hecho (Jn
15,24a). ¿De qué otra forma dices que se ha manifestado?: "El Señor
entra en el juicio de los ancianos de su pueblo y de sus jefes" (Is
3,14). Este es el signo principal: el Señor es juzgado y tiene que
soportarlo, por sus siervos, los ancianos.
Alusión al miedo a ver a Dios directamente
13. Al leer esto los judíos, no se dan cuenta; los oídos de su corazón se han
cerrado para no oír. Pero creamos nosotros en Jesucristo "que vino en la carne y
se hizo hombre" y al que, de otro modo, no lo hubiéramos podido percibirá (21).
Al no poder nosotros ver a Dios como él es ni gozar de él, se hizo lo que
nosotros somos para que tuviésemos así la capacidad de disfrutarlo. Pues si no
tenemos capacidad para ver perfectamente el sol, que fue hecho el cuarto día,
¿podremos ver a Dios, su autor? El Señor descendió en el fuego sobre el monte
Sinaí, pero el pueblo no soportaba verlo, sino que "dijeron a Moisés: Habla tu
con nosotros, que podremos entenderte, pero que no hable Dios con nosotros, no
sea que muramos" (Ex
20,19). Y, por otra parte: "¿Qué hombre ha oído como nosotros la voz del
Dios vivo hablando de en medio del fuego, y ha sobrevivido? (Dt
5,2). Pues si oyes la voz de Dios, él está llamando a la muerte (22) y,
si te das cuenta de que es Dios mismo, ¿cómo no habrá de atraer él la muerte?
¿De qué te asombras "si el mismo Moisés dijo: 'Espantado estoy y temblando'" (He
12,31) (23)?
Dios se hace hombre para ser mejor entendido
14. ¿Qué querrías, pues? ¿Que aquel que vino para la salvación se convierta para
nosotros en causa de muerte porque no Podríamos soportar su presencia? ¿No será
mejor que él adapte su gracia a nuestra capacidad? Daniel no soportaba la
presencia del ángel, y tú, ¿soportarías la visión directa de los ángeles del
Señor? Cuando se apareció Gabriel, cayó al suelo Daniel (Da
10,9). ¿Cómo era y cuál era el aspecto del que se aparecía?: "Su rostro
era como el aspecto del relámpago, sus ojos como antorchas de fuego" (no dice
"como horno de fuego"), "y el son de sus palabras como el ruido de una multitud"
(Da 10,6),
pero no como el de "doce legiones de ángeles" (Mt
26,53). Sin embargo, el profeta se postro en tierra y, acercándose el
ángel, dijo: "No temas, Daniel", ponte en pie y levanta tu animo, que "fueron
oídas tus palabras" (Da
10,12). Y dice Daniel: "Me levanté temeroso" (24). Sin embargo, no le
respondió hasta que una mano le toco (cf.
Da 10,10).
Y después de que el que se aparecía se transformo en lo que se veía como un
hombre, entonces comenzó Daniel a hablar. ¿Y qué es lo que dijo?: Señor, al
verte a ti, se han revuelto mis entrañas. No habrá en mi fortaleza, pues tu
halito no se quedo en mí. Si la visión del ángel arrebato al profeta su voz y su
fuerza, ¿permitiría un respiro la aparición del mismo Dios? Y, dice la
Escritura, hasta que lo vio con aspecto de hombre, no tuvo lugar en Daniel una
nueva creación. Por tanto, una vez demostrada por experiencia nuestra debilidad,
el Señor asumió lo que era preciso en bien del hombre. En efecto, el hombre
estaba deseoso de oír hablar a alguien semejante a él. De esa naturaleza de
similares cualidades se revisto el Salvador para que así los hombres fuesen
ensenados con mayor facilidad.
El Hijo se hace carne para salvar al hombre
15. Pero hay también otra razón. Cristo vino para ser bautizado y santificar así
el bautismo. Vino para obrar milagros andando sobre las aguas del mar (Mt
14,25). Pero, antes de su venida en carne, "lo vio el mar y huyo,
retrocedió el Jordán", (Ps
114,3): el Señor asumió un cuerpo que se sostenía en el mar y al que el
Jordán acogió con temor. Y esto es una razón. Pero hay otra más: por medio de la
virgen Eva apareció la muerte. Era, pues, oportuno que por medio de una virgen,
o más bien proviniendo de una virgen, brotase la vida, para que, como a aquella
la engaño la serpiente, a ésta Gabriel le trajese la buena noticia. Los hombres,
al abandonar a Dios, fabricaron imágenes de forma humana. Pero, puesto que se
adoraba engañosamente como Dios a una ficción de apariencia humana, Dios se hizo
verdaderamente hombre para deshacer el engaño. El diablo usaba contra nosotros
del instrumento de la carne. Consciente de ello, Pablo dice: "Advierto otra ley
en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza..." (Rm
7,23). Pero con las mismas armas con que el diablo nos combatía, con
esas mismas hemos sido salvados. El Señor tomo de nosotros lo que es semejante a
nosotros, para llevar la salvación a la naturaleza humana. Asumió nuestra
semejanza para conceder una mayor gracia a lo que se encontraba en situación
deficiente y para que la naturaleza humana pecadora se hiciese participe de
Dios. "Donde abundo pecado, sobreabundo la gracia" (Rm
5,20). Convenía que el Señor padeciera por nosotros, y el diablo no se
habría atrevido a acercarse a él si lo hubiese conocido: "pues de haberla
conocido (25), hubieran crucificado al Señor de la gloria" (1Co
2,8). Por tanto, el cuerpo fue arrojado a la muerte para que, cuando el
dragón creía que él lo devoraría, en realidad vomitaría incluso a los que ya
había devorado (26). "Consumirá a la muerte definitivamente. Enjugara el Señor
Yahvé las lágrimas de todos los rostros..." (Is
25,8).
La encarnación es el cumplimiento de la Ley y los Profetas
16. Pero, ¿acaso Cristo se hizo hombre en vano? ¿Son nuestras enseñanzas fruto
de la charlatanería y falacias del ingenio humano? ¿Es que no son las Sagradas
Escrituras nuestra salvación? ¿Es que no lo son las predicciones de los
profetas? Se me ha encomendado que este depósito (27) lo guarde inmóvil y que
nadie te mueva de él. Cree que Dios se ha hecho hombre. Y realmente se demostró
que fue posible que él se hiciese hombre. Y si los judíos rechazan creer más
allá de su propia fe, pongámonos de acuerdo con ellos en esto: ¿Qué anunciamos
de nuevo cuando decimos que Dios se ha hecho hombre si vosotros mismos decís que
Abraham dio hospedaje al Señor (cf.
Gn 18,3).
¿Predicamos de modo insolente cuando Jacob dice: "He visto a Dios cara a cara, y
tengo la vida salva" (Gn
32,31). El mismo Señor que comió con Abraham (Gn
18,8) es el que comió con nosotros. ¿Qué decimos, pues, de inusual?
Tenemos también dos testigos que en el monte Sinaí estuvieron junto al Señor:
Moisés estuvo en la hendidura de la roca (Ex
33,21-23) y Elías también en la entrada de la cueva (1R
19,9). Ambos estuvieron presentes cuando él se transfiguro en el monte
Tabor y señalaban a los discípulos la partida que él habría de realizar en
Jerusalén (Lc
9,30-31) (28). La encarnación fue posible, como anteriormente se
demostró. Sobran ahora más demostraciones, que pueden dejarse a la curiosidad de
los estudiosos.
El Salvador vino durante la dominación romana en Palestina
17. Por lo demás, os habíamos prometido que en nuestras palabras daríamos cuenta
del lugar y el tiempo de la venida del Salvador. Y no debemos terminar como reos
de una falsa promesa, sino que deberemos despedirnos de vosotros dejándoos
suficientemente protegidos como candidatos de la Iglesia. Indaguemos, por tanto,
el tiempo en que vino el Salvador, puesto que su venida esta aun reciente,
aunque alguien lo niegue. Además, ayer como hoy, Jesucristo es el mismo, y lo
será siempre" (He
13,8). Moisés dice proféticamente: "Yo les suscitaré, de en medio de sus
hermanos, un profeta semejante a ti" (Dt
18,18) (29). Dejemos de momento el "como yo", que se explicara en su
lugar. Pero, ¿cuándo llego aquel profeta esperado? Acude, dice, a las cosas que
yo he escrito. Investiga en la profecía de Jacob a Judá: "A ti, Judá, te
alabaran tus hermanos" (Gn
49,8), y, un poco más abajo, por no recitarlo todo: "No se ira de Judá
el báculo, el bastón de mando de entre tus piernas, hasta tanto que se le traiga
el tributo y a quien rindan homenaje las naciones" (Gn
49,10) (30). Un signo de la venida de Cristo fue que los judíos
perdieron su independencia. Si no hubieran estado en esa época sometidos a los
romanos, Cristo no habría venido. Si hubieran tenido un príncipe del linaje de
Judá y de David, tampoco habría venido el esperado. Siento reparo incluso en
mencionar sus propias instituciones, lo que se refiere a los patriarcas y a su
linaje, temas que dejo gustosamente a quienes los conocen. Ahora bien, el que
viene como deseado de las naciones, ¿qué señal trae consigo? Dice inmediatamente
después: "ata a la vid su borriquillo". Te das cuenta de que es el pollino del
que ya Zacarías (Za
9,9) hablo elocuentemente.
Todo sucederá en los días de un gran imperio
18. Pero buscas también otro testimonio acerca de la época. El (el Señor) me ha
dicho: "Tu eres mi hijo; yo te he engendrado hoy" (Ps
2,7). Y, un poco más abajo: "Con cetro de hierro los quebrantarás" (31).
Dije ya en otra ocasión que se llama vara de hierro al imperio Romano (32). En
lo que queda de él podemos reflexionar a propósito de Daniel. Pues, describiendo
e interpretando a Nabucodonosor la imagen de la estatua, le explica también toda
la visión de la misma (Da
2,27-45 cf.
Da 46-49)
y anuncia que la piedra, que se ha desprendido del monte "sin intervención de
mano alguna" (Da
3,34), dominará sobre todo el orbe. Habla también con toda claridad de
este modo: "En tiempo de estos reyes, el Dios del cielo hará surgir un reino que
jamás será destruido, y este reino no pasará a otro pueblo" (Da
3,44) (33).
Más detalles sobre la época de la venida del Mesías
19. Pero buscamos una exposición todavía más clara de la época de su venida. De
hecho, al hombre se le induce difícilmente a creer -no cree en lo que se le
dice- si no logra abiertamente un cálculo exacto de años. ¿Cuáles son, pues, las
circunstancias de la época y la época misma? Cuando ya no hay reyes oriundos de
Judá, después reinará el extranjero Herodes. Dice, pues, el ángel que habla a
Daniel (y anótame ahora lo que diga): "Entiende y comprende: Desde el instante
en que salió la orden de volver a construir Jerusalén, hasta un Príncipe Mesías,
siete semanas y sesenta y dos semanas" (Da
9,25) (34). Sesenta y nueve semanas de años son cuatrocientos ochenta y
tres. Afirma, por consiguiente, que cuatrocientos ochenta y tres años después de
la reconstrucción de Jerusalén, y cuando ya no haya jefes propios, vendrá
entonces un rey extranjero en cuya época nacerá el Mesías. Darío el Medo edifico
Jerusalén (35) en el sexto año de su reinado (Esd
6,15) (36), en el primero de la olimpiada griega sexagésimo sexta. Entre
los griegos se llama olimpiada a los juegos que suelen hacerse cada cuatro años.
Ello era a causa del día que se consigue cada cuatro años sumando los restos de
horas que cada año deja sobrantes el movimiento solar. Herodes era rey en la
olimpiada ciento ochenta y seis, año cuarto. Por tanto, desde la olimpiada
sesenta y seis hasta la ciento ochenta y seis con ciento veinte olimpiadas y un
poco más. Y estas ciento veinte olimpiadas hacen un total de cuatrocientos
ochenta años. Los otros tres años que faltan, necesarios para completar el
número de semanas, caben en el intervalo que hay entre el primero y el cuarto
año. Por consiguiente, ya tienes una demostración a partir de la Escritura, que
dice, como ya se ha explicado, que el tiempo desde la orden de reconstrucción de
Jerusalén hasta Cristo es de sesenta y nueve semanas (cf., ya antes,
Da 9,25).
Aquí tienes esta demostración del momento, aunque no faltan otras
interpretaciones de las profecías sobre las semanas de años en Daniel (37).
Detalles sobre el lugar
20. Pero escucha ya el lugar de la promesa. Dice Miqueas: "Mas tu, Belén Efratá,
aunque eres la menor entre las familias de Judá, de ti me ha de salir aquel que
ha de dominar en Israel, y cuyos orígenes son de antigüedad, desde los días de
antaño" (Mi
5,1) (38). Por lo que respecta a los lugares, siendo de Jerusalén como
eres, ya sabes lo que está escrito en el salmo 132: "Mirad: hemos oído de ella
que está en Efratá (39), ¡la hemos encontrado en los Campos del Bosque!" (Ps
132,6). Pues hasta hace pocos años se trataba de un lugar poblado de
bosque. Has oído, por otro lado, a Habacuc, que dice al Señor: "¡En medio de los
años hazla revivir, en medio de los años dala a conocer!" (Ha
3,2). ¿Y cuál será, oh profeta, el signo de que el Señor viene?: "En
medio de dos vidas lo conocerás". Con esto alude claramente al Señor: cuando
vengas en la carne, vivirás y morirás; pero, al resucitar de entre los muertos,
vivirás de nuevo. Pero, ¿de qué parte de la región de Jerusalén ha de venir?,
¿del oriente o del ocaso, del aquilón o del sur? Dínoslo detalladamente.
Responde con toda claridad y dice: "Viene Dios de Teman" -pero por Teman se
entiende el Sur (40)-, "el Santo del monte Parán, con sombras y nubes" (41), lo
cual lo dijo el salmista en idéntico sentido: "¡La hemos encontrado en los
Campos del Bosque!" (Ps
132,6).
Nacimiento virginal
21. Después preguntamos de quién vendrá y como vendrá. Esto nos lo enseña
Isaías: "He aquí que una virgen (42) está encinta y va a dar a luz un hijo, y le
pondrá por nombre Emmanuel" (Is
7,14). Los judíos, que desde antiguo suelen rechazar la verdad,
argumentan contra esto y dicen que no está escrito virgen, sino muchacha. Pero,
aunque yo conceda esto, encuentro que la verdad se encuentra preguntándose: si
una virgen es violada y grita pidiendo auxilio, ¿lo hace después o antes de ser
violada? Por consiguiente, si en algún lugar dice la Escritura: "La joven
prometida acaso grito sin que hubiera nadie que la socorriera" (Dt
32,27), ¿acaso no se dice esto de una muchacha que es virgen? (43). Y
para que conozcas con más claridad que las vírgenes en la Sagrada Escritura
también son llamadas "muchachas", escucha el libro de los Reyes acerca de
Abisag, la sunamita, que dice: "La joven era extraordinariamente bella" (). Y se
sabe que ésta es la virgen que fue elegido y llevada hasta David (1R
1,3).
El signo ofrecido a Ajaz no se refiere a su hijo Ezequías, sino a una virgen, en
el futuro
22. Pero los judíos replican: lo que se dijo a Ajaz se refería a Ezequías.
Leamos la Escritura: "Pide para ti una señal de Yahvé tu Dios en lo profundo del
sheol o en lo más alto" (Is
7,11). Pero debe tratarse de un signo que cause admiración y sea
indiscutible. Un signo había sido el agua sacada de la roca (Ex
17,6), que el mar se abriese (Ex
14,21) o que retrocediese el sol (2R
20,11) (44) y otras cosas semejantes.
Pero lo que he de decir es una evidencia mayor en contra de los judíos (45).
Isaías hablaba de todo esto cuando era rey Ajaz, que lo fue durante dieciséis
años, periodo en el que tuvo lugar este oráculo profético. La contradicción de
los judíos la refuta su sucesor, el rey Ezequías, hijo de Ajaz, que tenía
veinticinco años al acceder al trono (2R
18,2). Pero puesto que la profecía fue hecha en el periodo de los
dieciséis años (46), es al menos nueve años antes de la profecía cuando nació
Ezequías de Ajaz. No hay necesidad, por tanto, de que la profecía se refiera a
aquel que ya había nacido incluso antes de que su padre Ajaz comenzase a reinar.
Además Isaías no dice que una virgen "estuvo" encinta, sino -como predicción-
que lo "estará".
El linaje de David es eterno
23. Ya hemos visto con claridad que Cristo nace de una virgen. Ahora habrá que
explicar cómo es esta virginidad. "Juro Yahvé a David, y no se arrepentirá: "El
fruto de tu seno asentaré en tu trono" (Ps
132,11), y también: "Estableceré su estirpe para siempre, y su trono
como los días de los cielos" (Ps
89,30). Y, además: "Una vez he jurado por mi santidad: ¡A David no he de
mentir! 'Su estirpe durara por siempre, y su trono como el sol ante mí, por
siempre se mantendrá como la luna, testigo fiel en el cielo'" (Ps
89,36-38). Ves que se habla de Cristo, no de Salomón, pues el trono de
éste no permaneció como el sol. Pero si alguien estuviese en desacuerdo porque
Cristo no se sentó en el trono de madera de David, recordémosle esta sentencia:
"En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos" (Mt
23,2). No se refiere a una cátedra de madera, sino a la autoridad
doctrinal. No busques tampoco el trono de David en uno de madera, sino en la
potestad regia. Como testigos de esto acepta a los niños que aclamaban:
"¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!" (Mt
21,9). También los ciegos dicen: "¡Ten piedad de nosotros, Hijo de
David!" (Mt
9,27). Y Gabriel anuncia con claridad a María: "El Señor Dios le dará el
trono de David, su padre" (Lc
1,32). Y Pablo: "Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los
muertos, descendiente de David, según mi evangelio" (2Tm
2,8). Y, al principio de la epístola a los Romanos, dice: "Nacido del
linaje de David según la carne" (Rm
1,3). Acoge, por tanto, al que ha nacido de David, de acuerdo con la
profecía: "Aquel día la raíz de Jesé (47) que estará enhiesta para estandarte de
pueblos, los gentiles la buscaran" (Is
11,10).
24. Pero los judíos se enfurecen fuertemente por estas cosas. Esto lo había
previsto también Isaías al decir: "Serán para la quema, pasto del fuego. Porque
una criatura nos ha nacido, un hijo se nos ha dado" (Is
9,4-5). Date cuenta de que primeramente era Hijo de Dios y que luego nos
ha sido dado. Poco más abajo dice: "Su paz no tendrá fin" (Is
9,6). Los romanos terminan con ellos mismos, pero el reino del Hijo de
Dios no tiene un final. Tuvieron un final los persas y los medos. Pero no tiene
un final el Hijo de Dios. Y luego sigue: "... sobre el trono de David y sobre su
reino, para restaurarlo y consolidarlo" (Is
9,6). De David surgió, pues, la Virgen santa.
Se insiste en el nacimiento virginal
25. Convenía, pues, que aquel que es purísimo y maestro de la pureza surgiese de
un tálamo puro. Pues si todo el que junto con Jesús tiene el sacerdocio se
abstiene de mujeres (48), ¿cómo iba a nacer Jesús de un hombre y una mujer? "Si,
tu del vientre me sacaste -se dice en los Salmos-, me diste confianza a los
pechos de mi madre" (Ps
22,10). Pon atención a "del vientre me sacaste": con ello se significa
que él salió y nació del útero y de la carne de una virgen, pero sin obra de
varón, de una manera distinta a la de aquellos que nacen según la ley nupcial.
Es la carne del hombre lo que Dios asume
26. No teme asumir la carne de unos miembros de los que él es el artífice. Pero,
¿quién es el que nos dice esto? El Señor dice a Jeremías: "Antes de haberte
formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses te tenía
consagrado" (Jr
1,5). Y quien, al hacer a los hombres, tocaba sus miembros sin
avergonzarse de ello, ¿se avergonzara de crear, a causa de sí mismo, esta santa
carne que es el manto de su divinidad? Es Dios quien en el útero, hasta el día
de hoy, da forma a los fetos humanos, de acuerdo con lo escrito en Job: "¿No me
vertiste como leche y me cuajaste como queso? De piel y de carne me vestiste y
me tejiste de huesos y de nervios" (Jb
10,10-11). Nada hay abominable en la hechura del hombre mientras no la
manche por el adulterio y la lascivia. El que hizo a Adán hizo también a Eva;
con las manos divinas fueron hechos tanto el hombre como la mujer. Ninguno de
los miembros del cuerpo fue hecho desde un principio abominable. Callen, pues,
todos los herejes que acusan a los cuerpos y a quien los hizo (49). Nosotros, en
cambio, recordaremos la sentencia de Pablo: "¿No sabéis que vuestro cuerpo es
santuario del Espíritu Santo, que está en vosotros"? (1Co
6,19). Además, el profeta predijo acerca de la persona de Jesús: "Mi
carne es de ellos" (Os
9,12 LXX) (50). Y, en otro lugar, está escrito: "Por eso él los
abandonara hasta el tiempo en que dé a luz la que ha de dar a luz" (Mi
5,2) (51). ¿Y cuál será el signo de ésta?: "Dará a luz y el resto de sus
hermanos volverá a los hijos de Israel". ¿Y cuáles son las arras nupciales de la
Virgen, la santa esposa?: "Te desposaré conmigo en fidelidad, y tu conocerás a
Yahvé" (Os
2,22). E Isabel, hablando de lo mismo, dice algo semejante: "¡Feliz la
que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del
Señor!" (Lc
1,45).
Contra las objeciones de los griegos
27. Pero nos perturban tanto los griegos como los judíos, diciendo que fue
imposible que el Mesías naciese de una virgen. Tapemos, en primer lugar, la boca
a los griegos por sus fabulas. Quienes sostenéis que unas piedras que se arrojan
pueden transformarse en hombres (52), ¿cómo decís que es imposible que una
virgen dé a luz? Quienes fabuláis que una hija nació de un cerebro (53),
¿afirmáis que un hijo no puede salir del útero de una virgen? Quienes afirmáis,
falsamente, que Baco salió del muslo de Júpiter, como si fuese un útero preñado,
¿cómo es que rechazáis nuestra verdad? Lo que digo es indigno del presente
auditorio. Pero esto lo decimos para que rechaces a los griegos, que con sus
fabulas se desmienten a sí mismos.
El parto de Sara y otros prodigios con Moisés y Aarón hacen comprender el
milagro de la concepción virginal
28. A los que provienen de la circuncisión arguméntales así: ¿qué es más
difícil, que una anciana estéril dé a luz o que lo haga una virgen que está en
la flor de la edad? Sara era estéril y, ya sin la regla (Gn
11,30 Gn
18,11), dio a luz fuera de su capacidad natural (cf.
Gn 21,2).
Por consiguiente, si es posible que una estéril engendre de un modo no natural,
también, más allá de la naturaleza puede una virgen ser madre. Así pues, o bien
rechazas ambas cosas o las admites las dos. Pues el mismo Dios es el que hizo
aquello y esto. No te atreverás a decir que aquello es posible para Dios, pero
esto es imposible. ¿Y qué hay, por ejemplo, de natural en que la mano de un
hombre cambie de aspecto en el espacio de una hora, pero luego vuelva a
recobrarlo? ¿Cómo es, pues, que la mano de Moisés se volvió blanca como la
nieve, pero volvió de modo instantáneo a su estado anterior? (vid.
Ex 4,6-7).
Y dices: es Dios quien ha operado el cambio. Y si Dios puede esto, ¿no puede
también lo otro? Y aquel signo iba destinado a los egipcios (Ex
4,8-9), pero éste ha sido dado al mundo entero.
¿Qué trabajo es más difícil, oh judíos, que una virgen dé a luz o que una vara
se convierta en un ser vivo? Confesad que, en tiempos de Moisés, una vara rígida
tomo aspecto de serpiente que causaba miedo al mismo Moisés. De modo que el que
antes sostenía la vara huía después de ella como de un dragón, pues realmente lo
era, pero en realidad huía, no por aquello que sostenía sino de pavor ante el
que había provocado el cambio (54). Si, pues, de la vara salían unos ojos que
podían ver, ¿no puede nacer, si Dios quiere, un niño de un útero virginal?
Y no menciono ahora que la vara de Aarón produjo en una sola noche (cf.
Nb 17,23)
lo que otros árboles producen en el espacio de muchos años. Pues, ¿quién ignora
que una vara desprovista de corteza, aunque se la plante en medio de un río, no
germinara jamás? Pero Dios no está al servicio de los árboles, sino que es autor
de la naturaleza. Y una vara sin frutos, seca y sin corteza floreció, germinó y
dio nueces como fruto (cf. ibid.). Y aquel que concedió a la vara -ante un
sacerdocio que solo era tipo, es decir, figura de otro (55)- fruto más allá de
su capacidad, ¿no habría de conceder el parto a una virgen en razón del
verdadero sumo sacerdote?
También es milagroso el nacimiento de Eva
29. Todos estos ejemplos son muy notables. Sin embargo, los judíos los discuten.
Y no asienten a estos ejemplos de la vara si no se les convence mediante partos
admirables del mismo género y no naturales. Pregúntales, pues, de ese modo: ¿de
quién nació Eva al principio? ¿Qué madre la hizo si carecía de ella? Pero la
Escritura dice que fue hecha de la costilla de Adán (Gn
2,22). Pero si Eva fue hecha de la costilla del hombre sin necesitar una
madre, ¿no Podría nacer un niño del vientre de una virgen sin concurso de varón?
Las mujeres están sometidas al hombre para procrear (56). Pues Eva había nacido
de Adán, sin ser concebida por una madre, sino salida de un hombre como si él la
hubiese dado a luz: la deuda de esta gracia la devolvió María cuando, por la
fuerza de Dios, no por un hombre sino por sí sola, concibió intacta y por el
poder del Espíritu Santo.
La misma creación del hombre es un milagro
30. Pero hay otro ejemplo mucho mejor. Aunque parezca asombroso que unos cuerpos
se generan de otros, es, sin embargo, posible. Y más asombroso es que el hombre
se haga del polvo de la tierra (57). Y todavía es más admirable que de una masa
de lodo aparezcan los parpados y la luz de los ojos, y que de un poco de barro
nazcan la solidez de los huesos, la suavidad de los pulmones y las diversas
clases de miembros. Todo eso es admirable. Y que un barro que ha cobrado vida
recorra el mundo por cualquier lugar y edifique, y que enseñe y hable, realice
trabajos fabriles o haga tareas de gobierno, todo ello es digno de admiración.
Por tanto, judíos ignorantes, ¿de dónde ha salido Adán? ¿Acaso no ha moldeado
Dios su figura admirable tomando polvo de la tierra? ¿Qué, pues? Si el lodo se
transforma en ojo, ¿no engendrara una virgen a un hijo? Lo que al juicio humano
parece más imposible se convierte, sin embargo, en realidad. ¿Y no habrá de
realizarse lo que por sí mismo es posible?
Desposada sin haber roto su virginidad
31. Hagamos memoria, hermanos, de estas glorias y usémoslas como armas
arrojadizas. No sigamos a los que enseñan heréticamente una venida de Cristo
solo en apariencia o discutible (58). Rechacemos también a quienes dicen que el
nacimiento del Salvador tuvo lugar de un hombre y una mujer, que se han atrevido
a decir que ha sido engendrado de José y María, basándose en aquello que está
escrito: "Tomo consigo a su mujer" (Mt
1,24). Recordemos a Jacob, que, antes de tomar a Raquel, dijo a Laban:
"Dame a mi mujer" (Gn
29,21). Como aquélla antes de sancionar las nupcias ya era llamada
esposa de Jacob simplemente por haber quedado prometida con él, así también
María fue llamada esposa de José a causa del desposorio. Observa el modo
cuidadoso de hablar del Evangelio al decir: "Al sexto mes fue enviado por Dios
el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen
desposada con un hombre llamado José" (Lc
1,26). Y, a su vez, cuando se habla del empadronamiento y de que José
subió para empadronarse, ¿qué dice la Escritura?: "Subió también José desde
Galilea... para empadronarse con María, su desposada mujer, que estaba encinta"
(Lc 2,4-5).
Y, aunque estaba embarazada, no dijo simplemente "su mujer", sino su "mujer
desposada". "Dios envió a su Hijo", dice Pablo, no hecho de hombre y mujer, sino
solo "nacido de una mujer" (Ga
4,4), en este caso, de una virgen. Que a una virgen se le llame sin más
"mujer" es algo que ya antes mostramos. De una virgen nació quien hizo las almas
vírgenes.
Los múltiples testigos frente a la herejía
32. Te asombras de lo que ha sucedido. Pero también estaba asombrada la misma
que lo engendro. Pues a Gabriel le dice: "¿Cómo será esto, puesto que no conozco
varón?". Y él responde: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del
Altísimo te cubrirá con su sombra por eso el que ha de nacer será santo y será
llamado Hijo de Dios" (Lc
1,34-35). Es una concepción pura e incontaminada. Pues donde sopla el
Espíritu Santo, desaparece toda mancha. El nacimiento virginal del Unigénito en
la carne está exento de impureza. Y si los herejes están en contra de esta
verdad, los convencerá de ella el Espíritu Santo tras el enojo del poder del
Altísimo que cubrió a la Virgen con su sombra (Lc
1,35): se enfrentara con ellos el día del juicio con el rostro vuelto
hacia Gabriel. Será confusión para ellos el lugar del pesebre que acogió al
Señor (Lc
2,7). Aportaran su testimonio los pastores que recibieron entonces la
fausta noticia (Lc
2,10ss), y también el ejército de los ángeles que alababan, celebraban y
decían: "Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en
quienes él se complace" (Lc
2,14). Asimismo el templo al que fue llevado a los cuarenta días (Lc
2,22) "también para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos
pichones" (Lc
2,24). Testificaran igualmente Simeón, que entonces "le tomo en brazos"
(Lc 2,28)
y la profetisa Ana, que allí estaba (Lc
2,36ss).
Es verdadero hombre el que ha nacido de la Virgen.
(Elogio de la castidad)
33. Ante el testimonio de Dios, juntamente con el del Espíritu Santo y con las
palabras de Cristo: "¿Por qué queréis matarme (Jn
7,19), a mí, que soy un hombre que os ha dicho la verdad (cf.
Jn 8,46b)?",
enmudezcan los herejes que están en contra de su humanidad. Pues le contradicen
al decir él: "Palpadme y ved que un Espíritu no tiene carne y huesos como veis
que yo tengo" (Lc
24,39). Sea adorado el Señor nacido de la Virgen y conozcan las vírgenes
el honor y la corona de su propia institución. También el orden de los monjes
reconozca la gloria de la pureza. Pues no nos vemos privados los varones de la
dignidad de la integridad. Cristo cumplió el tiempo de nueve meses en el vientre
de la Virgen, pero el Señor fue hombre durante treinta y tres años, de modo que
si una virgen se gloria por un tiempo de nueve meses, mucho más podemos
gloriarnos nosotros por una multitud de años.
Dignidad de la castidad y de la virginidad
34. Corramos todos por la gracia de Dios la carrera de la castidad, "los jóvenes
y las doncellas, los ancianos junto con los niños" (Ps
148,12), no siguiendo la lascivia, sino alabando el nombre de Cristo. No
ignoremos la gloria de la pureza, pues se trata de una superioridad angélica y
de una tarea que va más allá del hombre: respetemos los cuerpos, que en su
momento lucirán como el sol. No manchemos con tan bajas pasiones un cuerpo tan
digno. El pecado es algo pequeño y que solo dura un tiempo limitado, pero su
oprobio se prolonga por una eternidad de años. Los que siguen la pureza son
ángeles que caminan por la tierra. Las vírgenes tienen parte con María Virgen.
Elimínese todo adorno llamativo, toda mirada peligrosa y cualquier vestido y
perfume que arrastren a las bajas pasiones. En cuanto a todos, el perfume sea la
oración, el olor de las buenas obras y la santificación de los cuerpos, para que
el Señor nacido de la Virgen, diga también de nosotros, hombres que han guardado
su integridad y mujeres que han recibido la corona: "Estableceré mi morada en
medio de vosotros... Me pasearé en medio de vosotros, y seré para vosotros Dios,
y vosotros seréis para mí un pueblo" (Lv
26,11-12
2Co 6,16 Ap
21,3 Ez
36,28 Jr
31,31-34). A quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
A NOTAS
(1) Se profundiza en la presente catequesis en la confesión de la divinidad y la
humanidad de Cristo. Se ven asimismo cumplidas en Cristo las profecías de la
antigua Alianza. La concepción virginal de Cristo, sobre la que se habla con
mucha amplitud, da pie a Cirilo para alabar también la virginidad, el celibato y
la vida monástica.
(2) Esta extraña expresión se refiere a Cristo.
(3) Alusión a la ingestión integra del cordero pascual, figura de Cristo, según
Ex 13,9; "Nada de él comeréis crudo ni cocido, sino asado, con su cabeza, sus
patas y sus entrañas".
(4) En la persona de Jesús.
(5) La concepción virginal de Cristo se abordo ya en la cat. 4, núm. 9.
(6) La expresión "de modo total" parece referirse a que ni siquiera Podría
decirse que la humanidad de Cristo sea más que aparente. La opinión herética
según la cual la humanidad de Jesús seria solo una apariencia se ha calificado
en la historia de la teología cristiana con el término técnico "docetismo" (de
"dokein", parecer o aparecer). El docetismo, en sus diversas variantes, se
manifestó entre gnósticos y valentinianos. No es ajena a él la teología de
Apolinar de Laodicea, que niega el alma humana de Jesús y señala que las
funciones intelectuales de éste radicarían solo en su divinidad. Otras variantes
del docetismo perviven en el monofisismo, que se mantuvo largo tiempo pese a ser
condenado en Calcedonia (a. 451). De este modo, a la inversa de la negación, en
el arrianismo, de que Jesús sea Dios como el Padre, en las concepciones docetas
no se afirma una humanidad plena de Jesús. Fue el concilio de Constantinopla el
que, en el año 381, siguiendo los pasos de Nicea, afirmo solemnemente la
realidad humana plena de Jesucristo. En la presente catequesis, al ser el tema
la encarnación de Cristo, Cirilo se mueve en la línea trazada posteriormente por
el Concilio de Constantinopla. Por otra parte, la confesión de que la concepción
de Cristo fue virginal fue tema especialmente del concilio de Éfeso, en el año
431, aunque la Iglesia ya en épocas muy anteriores expresaba esa convicción.
Sobre estos temas es importante recordar la historia de los concilios ecuménicos
de la Edad Antigua. Pedagógicamente es bastante interesante el capítulo
correspondiente de la cristología de J. L. González Faus, La humanidad nueva,
cuya primera edición es de 1974, pero se ha reeditado numerosas veces.
(7) Es decir, que el hombre Jesús habría llegado, en un momento determinado, a
ser Hijo de Dios ---sin haberlo sido antes.
(8) Esta especie de supuesta "evolución" del hombre Jesús hasta llegar a ser
Hijo de Dios es contraria a los múltiples datos del Nuevo Testamento,
especialmente San Juan, acerca de que desde siempre el Hijo había estado junto
al Padre. Son en esta línea muy importante las cartas y el evangelio de Juan. De
este último, incluso por su mismo planteamiento literario, es decisivo el
llamado "prologo" (Jn
1,1-18). Además, toda la realidad del "Abba", ya mencionada, las
parábolas sobre el Padre que envía el Hijo (cf., por ej.
Mc 12,1-12
par.), o las explicaciones paulinas sobre el plan divino de salvación (Ga
4,4ss; vid.
Ep 1,3ss).
(9) Refiriéndose a la Sabiduría.
(10) Pues el testimonio de la Escritura es más fuerte que el testimonial de
hombre alguno. Quizá es útil tener en cuenta
Jn 5,34,
cf. Jn 8,13ss.
(11) La afirmación de la bondad de lo creado, de modo general, en
Gn 1,31a,
pero la afirmación se había hecho repetidamente en los vv. 10,12,18,25.
(12) Es corriente, en la tradición cristiana, considerar la imagen y semejanza
de Dios en el hombre en la espiritualidad de éste, es decir, en el carácter
Espiritual del alma humana. Cirilo lo ha descrito así expresamente en la cat. 4,
núm. 18.
(13) En general, en los capítulos 1-11 del libro del Génesis, antes del comienzo
de la historia de Abraham, no se está ante relatos que tengan un valor histórico
que deba tomarse al pie de la letra. Anteriormente ya se hablo, por ejemplo, de
la imagen del mundo que subyace a los relatos de la creación y que no hay
inconveniente en rechazar como tal imagen cf. cat. IX, nota 8). Pero, como
entonces se indico, ello no impide señalar lo que de fondo se quiere afirmar: el
mundo proviene de la acción creadora de Dios, que todo lo ha querido hacer bueno
(cf. la nota 11 de esta catequesis), aunque el hombre, y la creación entera, han
sido desde el comienzo víctimas del pecado. Sobre esto es interesante recordar
Rm 8,18-25.
(14) Referido a Dios. Se expresa un sentimiento de impotencia ante el mal y el
pecado. Cf., con respecto a este último,
Rm 7,14-23.
(15) Sobre intentos de lapidación de Jesús, cf.
Jn 8,29 Jn 10,31.
(16) La cruz, como señal del combate cristiano.
(17) El Ps
72, efectivamente dedicado a Salomón, traza los rasgos del rey ideal,
justo, etc. En este sentido, también Salomón es figura del Mesías, de modo que
la interpretación tradicional cristiana del salmo lo entiende como descripción
de Cristo.
(18) El mismo
Ps 72,
pero se trata en realidad del versículo anterior.
(19) Más abajo, en el núm. 17, se insistirá en que este rey mesiánico llega
sobre una humilde borrica. Para el cumplimiento de estas palabras, cf. Mt
21,1-11.
(20) Recuérdese una vez más que el lugar en que Cirilo esta catequizando, el
Calvario, está en su época incluido en el interior de la ciudad de Jerusalén.
Cirilo pide en su catequesis un signo que pueda entenderse desde el lugar del
Calvario en el que se encuentran él y sus oyentes.
(21) Es decir, la encarnación ayuda a percibir mejor a Dios.
(22) Reproduce aquí Cirilo lo que piensa que es la creencia espontanea de los
hombres, semejante a la del israelita.
(23) Posible referencia a
Dt 9,19,
que directamente se refiere al miedo que experimenta Moisés ante la ira de Dios
porque Israel se ha construido un becerro de oro. Pero Cirilo se refiere más
bien al miedo que la religiosidad primitiva y el antiguo Israel experimentan
ante la presencia de la divinidad.
(24) Estas palabras no parecen ser texto bíblico.
(25) Si hubieran conocido la sabiduría de Dios, "una sabiduría de Dios,
misteriosa, escondida, destinada por Dios desde antes de los siglos para gloria
nuestra, desconocida de todos los príncipes de este mundo..." (1Co
2,7-8a).
(26) "Los que ya había devorado, son, con toda probabilidad, los justos del
Antiguo Testamento. No solo Cristo no fue "devorado" por el diablo en la muerte,
sino que tampoco lo fueron los justos del Antiguo Testamento. Cf. más abajo,
cate. 14, núms. 17 y 19.
(27) El "deposito" de la fe, como algo que debe ser conservado es algo en lo que
se insiste en las cartas pastorales. Cf.
1Tm 6,20 2Tm 1,12.
Tematizada en la tradición teológica por Vicente de Lerins en el s. V, la
expresión "deposito de la fe" ha sido siempre utilizada por la Iglesia para
expresar lo necesario de su fidelidad al mensaje cristiano.
(28) La línea de argumentación de Cirilo es ésta; cuando el Señor se hizo
presente en el Sinaí, Moisés y Elías estuvieron junto a él en el monte. Es
normal que en el momento de la Transfiguración, una de las importantes
manifestaciones del Padre y el Hijo en los evangelios, aparezcan también en el
monte (en este caso, el Tabor). Pero al mismo tiempo, y éste es el núcleo de la
argumentación de Cirilo, al aparecer en la Transfiguración, junto a Jesús,
Moisés y Elías, se manifiesta así también que la Ley y los Profetas, los dos
pilares esenciales del judaísmo, apuntan hacia Cristo y encuentran en él el
cumplimiento de las promesas hechas a los padres.
(29) Las palabras están puestas en boca de Dios.
Ac 3,22
lee: "El Señor Dios os suscitara...", y
Ac 7,37
prefiere: "Dios os suscitara...".
(30) "Rindan homenaje las naciones" los gentiles. El texto va a ser utilizado
por Cirilo, en un razonamiento algo complejo, para explicar que los gentiles
recibieron lo que en buena parte los judíos no quisieron aceptar.
(31) Una vez más, con la Biblia de Jerusalén, se prefiere la versión dura del
texto hebreo.
(32) Todavía existente, en la época de las catequesis de Cirilo, incluso en la
rama de Occidente, aunque debilitado. El imperio romano occidental se
mantendría, en decadencia constante, hasta el año 476.
(33) Las palabras de Daniel se refieren propiamente a la caída del imperio de
Nabucodonosor, pero, en un sentido semejante, la catequesis de Cirilo las aplica
aquí a que el cristianismo se hace fuerte en la caída del imperio Romano.
(34) El "Príncipe Mesías" se entiende aquí inequívocamente de Cristo. Para la
interpretación del texto y del número de años de que se habla cf., además de los
comentarios exegéticos a Daniel, las citas de la Biblia de Jerusalén a
Da 9,23-24,25.
(35) Hizo terminar la reconstrucción.
(36) Según el dato completo de
Esd 6,15,
la fecha de terminación de este templo fue el I de abril del año 515 a.C. Es el
templo que, pese a sus transformaciones, estuvo en servicio hasta su destrucción
definitiva por los romanos el año 70 de nuestra era.
(37) El mismo Daniel habla de la oscuridad de su lenguaje, lo cual pone al
lector en guardia contra cálculos excesivamente exactos de fechas.
(38) En Mt
2,6, los expertos en la Ley citan este pasaje al rey Herodes para
explicarle el lugar del nacimiento de Jesús. Cf.
Jn 7,42.
(39) "Ella" se refiere al arca de la alianza. El salmo, compuesto quizá para el
aniversario del traslado del arca (2S
6), tiene, especialmente al final, un fuerte contenido mesiánico.
(40) Lo que parece que interesa al discurso de Cirilo es la ubicación al sur de
Jerusalén, donde de hecho se encuentra Belén, el lugar de nacimiento de Jesús.
(41) Ha 3,3.
Este versículo y los siguientes contienen una teofanía de Yahvé que seguramente
debe entenderse en sentido mesiánico. Es, desde luego, la interpretación de
Cirilo en este pasaje.
(42) Se prefiere dejar la traducción "virgen", que ha sido más usual en la
Iglesia y la que ha entrado, partiendo de los LXX, en
Mt 1,23.
La dificultad de esta traducción solo viene del hecho de que el hebreo 'almah
significa una joven recién casada o una muchacha. No debe ignorarse la
importancia del texto griego de los LXX, del texto de Mt 1,23 y de la traducción
de la Iglesia referida a la concepción virginal de Cristo. Cirilo, menciona a
continuación, rechazándolas, las objeciones a la traducción "virgen".
(43) Cirilo se esfuerza en mostrar que expresiones como "muchacha", "joven
prometida", etc., se aplican a los casos de mujeres vírgenes.
(44) 2R
20,11 habla propiamente de "retroceder la sombra" como signo que pide a
Dios Ezequías, a través de Isaías, como garantía de su curación. Cf.
2R 20,1-11
e Is 38,1-8.
Lo que Cirilo relata es que los judíos piensan que el signo de que se habla en
Is 7,11,
referido a Ajaz, será en realidad el signo pedido por su hijo Ezequías en
2R 20,8-9.
(45) Cirilo añade aquí una vez más, entre paréntesis, como si fuera una nota:
"Sé que me he extendido mucho y que se cansaran los oyentes. Pero quisiera que
aceptes lo prolijo de mis palabras, pues estas cosas se dicen por Cristo y no
deben ser despreciadas".
(46) Es decir, la profecía fue hecha durante el reinado de Ajaz.
(47) Padre de David.
(48) Se presupone el celibato ministerial.
(49) Entran aquí todos los movimientos heréticos influenciados por el
maniqueísmo. Más tarde, en la Edad Media, cataros, albigenses, etc. En el punto
que nos ocupa, se caracterizan por considerar al cuerpo como la sede de las
tendencias inferiores, esclavizantes o pecaminosas del hombre, mientras que el
alma seria sede de solo los deseos puros etc. Los conceptos bíblicos de "carne"
y "Espíritu" (especialmente, en el NT, en Pablo) se refieren más bien,
respectivamente, al hombre como ser débil e inclinado al pecado, "carne" (pero
es un concepto distinto de "cuerpo", con el que no se identifica la "carne"), o
como "Espíritu", todo lo que hay de noble en el hombre y que, a su vez, está
llamado a ser vivificado por el Espíritu de Dios (cf.
Rm 8,16).
(50) El texto bíblico es diferente. Leído así, sin embargo, frecuentemente por
los Padres, que lo refieren a Cristo. Para detalles, cf. PG 33,719, nota 1.
(51) Vid. la nota de la Biblia de Jerusalén a
Mi 5,2
(b): "Se trata de la madre del Mesías. Miqueas piensa tal vez en el célebre
oráculo de la almah,
Is 7,14ss,
pronunciado por Isaías unos treinta años antes". Cf. el núm. 22 de esta misma
catequesis y sus notas. Por otra parte, la traducción de las líneas que siguen
del presente núm. 26 se adaptara a la versión española del texto hebreo de
Mi 5,2,
que tiene un sentido más universalista "el resto de sus hermanos volverá a los
hijos de Israel" que la versión de la que se sirve Cirilo.
(52) Alusión a fabulas diversas de contenido mitológico.
(53) La diosa Atenea, surgida totalmente armada de la cabeza de Zeus.
(54) Cirilo ha dado rienda suelta a su imaginación acerca de la vara de Moisés,
pero eso le es útil como término de comparación para ensalzar la concepción
virginal de Cristo.
(55) El sacerdocio definitivo de Jesucristo, propio de la nueva Alianza.
(56) En realidad es claro que el hombre y la mujer se necesitan mutuamente para
la procreación. La manera de expresarse Cirilo, lógicamente no "científica", le
es útil a él para expresar una vez más la iniciativa absoluta de Dios en la
concepción virginal de Cristo.
(57) Gn 2,7,
en el contexto del segundo relato de la creación. Sobre el carácter "histórico"
de estos relatos sin que esa dificultad afecte al valor de sus afirmaciones
sobre la acción creadora de Dios ya se trato era cat. IX, nota 8.
Pronunciada en Jerusalén, sobre lo de "crucificado y sepultados".
La lectura es de Isaías: "¿Quién dio crédito a nuestra noticia? Y el brazo de Yahvé, ¿a quién se le revelo?" (Is 53,1).
Y, en lo que sigue: "Como un cordero al degüello era llevado" (Is 53,7), etc. (1).
La Iglesia se
gloría en la cruz
1. En cualquier acción de Cristo se gloría la Iglesia católica. Pero el colmo de
estas glorias es la cruz. Pablo, con conocimiento del asunto, dice: "En cuanto a
mí, ¡Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo!
(Ga 6,14).
Sin duda fue admirable que un ciego de nacimiento recuperase la visión en Siloé
(Jn 9).
Pero, ¿en qué afectaba esto a todos los ciegos del mundo? Grande es, y más allá
de toda naturaleza, que Lázaro, muerto de cuatro días, resucitara (Jn
11,39-44). Pero ésta es una gracia que a él solo le alcanzo. ¿Qué tenía
esto que ver con todos los que en todo el mundo estaban muertos por sus pecados?
(cf. Ep 2,1ss;
Rm 3,23).
Es admirable que cinco panes diesen alimento, como si manase de cinco fuentes, a
cinco mil hombres (Mt
14,21). Pero, ¿qué es esto en comparación con los que en todo el mundo
se encontraban sometidos al hambre de la ignorancia? (Am
8,11). Es admirable que una mujer fuese totalmente liberada tras haber
estado atada por Satanás durante dieciocho años (Lc
13,10-13). Pero míranos a todos, que estamos sujetos por las cadenas de
nuestros pecados. En cambio, la corona -o incluso la gloria- de la cruz iluminó
a los que estaban ciegos por la ignorancia, libero a los que estaban sujetos por
el pecado y rescato a todos los hombres.
Jesús ha rescatado a todos los hombres
2. No te asombre que haya sido redimido el orbe entero. Pues no era un simple
hombre, sino el unigénito Hijo de Dios, el que moría por esta causa.
Ciertamente, el pecado de un único hombre, Adán, pudo introducir la muerte en el
mundo. Pero si por la caída de uno reino la muerte en el mundo, ¿por qué no
habrá de reinar mucho más por la justicia de uno solo? (2). Y si en aquel
momento, a causa del leño del que (nuestros padres) comieron, fueron expulsados
del paraíso (cf.
Gn 3,22-24),
¿acaso los que crean no habrán de entrar ahora, por el leño de Jesús, mucho más
fácilmente en el paraíso? Si el primer hombre, hecho de la tierra, trajo a todos
la muerte, ¿acaso quien lo hizo de la tierra (Gn
2,7), siendo él mismo la vida (Jn
15,5ss), no le dará vida eterna? Si Pinjas, inflamado de celo, matando
al autor del delito, aplaco la ira de Dios (cf.
Nb 25,7-11),
Jesús, sin matar a nadie, sino entregándose a sí mismo como rescate (1Tm
2,6), ¿acaso no deshará la cólera contra los hombres (Rm
1,18)?
En el absurdo de la cruz, y más siendo Jesús inocente, esta la salvación
3. Que no nos dé vergüenza la cruz del Salvador, e incluso gloriémonos en ella.
Pues la palabra de la cruz es escándalo para los judíos y necedad para los
gentiles, pero para nosotros es salvación (1Co
1,18-25). "Es una necedad para los que se pierden; mas para los que se
salvan -para nosotros- es fuerza de Dios" (1Co
1,18). Pues, como se ha dicho (3), no se trataba de un simple hombre que
moría en favor nuestro, sino de Dios, el Hijo de Dios hecho hombre. Pero
entonces el cordero muerto, según la enseñanza de Moisés, arrojaba lejos al
Exterminador (4). Ahora bien, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn
1,29), ¿acaso no liberara mucho más de los pecados? También la sangre de
una oveja irracional mostraba la salud. ¿Y la sangre del Unigénito no traerá la
salvación en una mayor medida? Si alguno no cree en la fuerza del crucificado,
interrogue a los mismos demonios (5). Y si alguien no cree en las palabras, dé
crédito a las cosas claras. Son muchos los que han sido crucificados en todo el
orbe, pero ante ninguno de ellos sienten pavor los demonios. Pero ante Cristo,
crucificado por nosotros, se aterrorizan los demonios cuando simplemente ven el
signo de la cruz, porque aquellos otros crucificados fueron muertos por sus
propios pecados, pero él por los de los demás. El es "el que no cometió pecado,
y en cuya boca no se hallo engaño" (1P
2,22 Is
53,9). No era Pedro quien decía esto, lo que Podría despertar la
sospecha de que quisiera ser grato al maestro, sino que quien lo había dicho era
Isaías, que no había estado corporalmente presente (ante Jesús), pero en
Espíritu había previsto su venida en carne. Pero, ¿por qué aduzco solo el
testimonio del profeta? Cuenta entre los testigos al mismo Pilatos, que
sentencio sobre él diciendo: "No he hallado en este hombre ninguno de los
delitos de que le acusáis" (Lc
23,14). Y cuando se lo entrego, lavando sus manos, dijo: "Inocente soy
de la sangre de este justo" (Mt
27,24) (6). Y hay también otro testigo de la inocencia de Jesús, el
ladrón que fue primero al paraíso, que increpaba a su compañero y decía:
"Nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en
cambio, éste nada malo ha hecho (Lc
23,41), pues tu y yo estuvimos en su juicio" (7).
Realidad de la crucifixión
4. Así pues, Jesús padeció realmente por todos los hombres. La cruz no es
ninguna ficción, pues en ese caso también la redención sería algo fingido. La
muerte no fue algo aparente, sino una realidad indiscutible. Si no fuese así, la
salvación seria una fabula sin más. Si la muerte hubiese sido solo aparente,
tendrían razón quienes decían: "Señor, recordamos que ese impostor dijo cuando
aún vivía: 'A los tres días resucitaré'" (Mt
27,63). La pasión fue, pues, real: fue verdaderamente crucificado, y no
nos avergonzamos de ello; fue crucificado y no lo negamos. Más bien me glorío en
ello cuando lo digo. Pues si ahora lo niego, argüirá en mi contra el Gólgota que
tenemos aquí tan próximo (8). Argüirá en contra mía el madero de la cruz, que a
trozos pequeños ha sido distribuido desde ese lugar a todo el mundo. Confieso la
cruz una vez que he conocido la resurrección. Pues si no hubiese ido más allá de
la cruz, tal vez no lo habría confesado y la hubiese escondido juntamente con el
maestro. Pero, puesto que la resurrección ha seguido a la cruz, no me da
vergüenza proclamarla (9).
Condenado sin pecado alguno
5. Fue crucificado él, que, como todos, vivió en la carne, pero no con pecados
semejantes. Pues no fue llevado a la muerte por la avidez de riquezas, pues era
un maestro en la pobreza y en la renuncia a los bienes. No fue condenado por su
pasión libidinosa, él que dijo claramente: "Todo el que mira a una mujer
deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón" (Mt
5,28). A nadie golpeo o hirió con soberbia, sino que a quien le golpeaba
le mostró la otra mejilla (Mt
5,39). Y no despreciaba la Ley, sino que la llevaba a su plenitud (Mt
5,17). No acusaba de falsedad a los profetas, pues él era el que había
sido anunciado por ellos (10). No defraudaba en los pagos, pues curaba sin
cobrar y gratuitamente. No peco en modo alguno ni de palabra ni de obra ni de
pensamiento. "El que no cometió pecado, y en cuya boca no se hallo engaño; el
que, al ser insultado, no respondía con insultos; al padecer, no amenazaba..." (1P
2,22-23 Is
53,9), que no vino a la pasión forzado, sino por su propia voluntad. Y a
quien le dijo que tuviese compasión de sí mismo, le dijo aquello de: "Apártate
de mí, Satanás" (Mt
16,23).
Voluntariamente fue a la pasión sin rehuirla
6. ¿Quieres persuadirte más de que vino por voluntad propia a la pasión? Todos
los demás, que ignoran su destino, mueren de mala gana, pero él predijo de su
propia pasión: "El Hijo del hombre va a ser entregado para ser crucificado" (Mt
26,2). ¿Sabes por qué él, que amaba a los hombres, no rehusó la muerte?
Para que el mundo no se perdiese por sus pecados. "Mirad que subimos a
Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado y será crucificado" (vid.
Mt 20,18-19).
Y, por otra parte: "El se afirmo en su voluntad de ir a Jerusalén" (11). ¿Deseas
conocer claramente que la cruz de Jesús es gloriosa? No me oigas a mí, sino a
quien así lo dice. Era Judas quien lo entregaba, lleno de ingratitud hacia quien
los había invitado. Se marcho pronto de la mesa tras beber el cáliz de la
bendición, pero paso de esta bebida de la salvación a derramar la sangre del
justo. "El que mi pan comía, levanta contra mí su calcaño" (Ps
41,10) (12). Poco antes sus manos recibían las bendiciones (o los trozos
del pan bendecido), e inmediatamente después tramaba su muerte por el dinero por
el que había pactado la traición. Al ser cogido en ello y al oír lo de "Tu lo
has dicho" (Mt
26,25), salió de nuevo. Después dijo Jesús: "Ha llegado la hora de que
sea glorificado el Hijo del hombre" (Jn
12,23). ¿Ves como sabía que su propia cruz era gloria para él? (13). Si
Isaías, al ser aserrado (14), no cree que eso sea vergonzoso, Cristo, que muere
por el mundo, ¿lo considerara un oprobio? "Ha llegado la hora de que sea
glorificado el Hijo del hombre" (Jn
12,23): no porque antes careciese de gloria. Pues había sido glorificado
"con la gloria que tenía a tu lado (en frase de Jesús) antes que el mundo fuese"
(Jn 17,5;
cf. Jn
17,24). Pero desde la eternidad era glorificado como Dios; ahora, sin
embargo, era glorificado en la corona del sufrimiento. No perdió su vida sin que
lo quisiese ni fue muerto desprovisto de su fuerza, sino voluntariamente.
Escucha lo que dice: "Tengo poder para darla (la vida) y poder para recobrarla
de nuevo" (Jn
10,18). Cedo ante los enemigos voluntariamente, pues, si no quisiera, no
se realizaría. Llegó a la pasión por su voluntad libre, alegrándose de la obra
eximia y más todavía por la corona que habría de recibir y por la salvación de
los hombres. Al no avergonzarse ante la cruz, llevaba la salvación a todo el
orbe. Y no era un hombre vil el que sufría, sino Dios hecho hombre luchando por
el premio a su obediencia.
El Mesías sufriente, nueva enseña ante los gentiles
7. Pero los judíos están en contra, siempre preparados para la contradicción y
tardos para creer. Por eso decía el profeta que se ha leído (15): "Señor, ¿quién
ha dado crédito a nuestra predicación?" (Is
53,1). Creen los persas, pero no creen los hebreos. "Los que ningún
anuncio recibieron de él, le verán, y los que nada oyeron, comprenderán" (Rm
15,21, tomado de
Is 52,15).
Y los que reflexionan sobre ello, rechazaran aquello en lo que piensan. Nos
replican y dice: ¿Es que acaso sufre Dios? ¿Y no hubo fuerzas humanas mayores
que la misma fuerza del Señor? Leed las Lamentaciones: quejándose de vosotros
Jeremías, escribió en ellas cosas verdaderamente dignas de lamentar. Vio vuestra
perdición y contemplo vuestra caída. Se lamentaba de la Jerusalén antigua, pues
por la que ahora existe no habrá llantos (16). Aquella crucifico al Mesías, pero
la presente lo adora. En las Lamentaciones se dice: "Nuestro aliento vital,
Cristo el Señor, quedo preso en nuestra corrupción" (17). ¿Pero acaso estoy
usando expresiones imaginarias? El texto habla de Cristo el Señor, hecho
prisionero por los hombres. ¿Qué sucederá entonces? Dímelo, profeta. Y responde:
"¡A su sombra viviremos entre las naciones!" (Lm
4,20b). Pero señala que la gracia de la vida ya no estará en Israel,
sino entre los gentiles.
Escuchar y averiguar los testimonios de la Pasión en las Escrituras
8. Pero como ellos nos contradicen de múltiples maneras, vamos, aunque sea
brevemente, a exponer, con la gracia del Señor, algunos testimonios de la
pasión. Porque todo lo que atañe a Cristo ha quedado escrito: nada es ambiguo ni
ha quedado nada sin consignar; todo ha quedado escrito en los testimonios de los
profetas, y no en tablas de piedra, sino claramente descrito por el Espíritu
Santo. Así pues, cuando oyeres el relato evangélico sobre las acciones de Judas,
¿acaso no debes prestar atención a este testimonio? Oíste que el costado de
Cristo fue atravesado por una lanza. ¿No deberás examinar que también eso está
escrito? (Jn
19,24-37). Oíste que fue crucificado en el huerto. ¿No deberás comprobar
que eso ha quedado escrito? (Jn
19,41). Oíste que fue vendido en treinta monedas de plata. ¿No
escucharas al profeta que hablo de ello (Mt
26,15 y
Za 11,12b).
Oíste que le fue dado a beber vinagre. Aprende también donde esta esto escrito (Jn
19,29 y
Ps 69,22b).
Oíste que el cuerpo fue sepultado dentro de una roca tapada con una piedra (Mt
27,60). ¿No aceptaras el testimonio del profeta sobre este asunto (Is
53,9)? Oíste que fue crucificado entre ladrones (Mt
27,38). ¿No debes enterarte también de si eso estaba escrito? (18) Oíste
que fue sepultado (Mt
27,59-60). ¿No deberás averiguar si en algún lugar se escribió acerca de
su sepultura (Is
53,9)? Oíste que resucito. ¿No deberás investigar si te engañamos con
estas enseñanzas? Aunque "mi palabra y mi predicación no tuvieron nada de los
persuasivos discursos de la sabiduría" (1Co
2,4). No se construyen aquí artificios sofistas (19), sino que más bien
se deshacen. No se trata de una guerra de palabras, que a veces se revelan
inútiles, sino que "predicamos a un Cristo crucificado" (1Co
1,23), la cual cosa había sido predicada anteriormente por los profetas.
Y ahora tú, al acoger estos testimonios, séllalos en tu corazón. Pero, al ser
muy numerosos y carecer ahora de más tiempo, séanos permitido en este momento
que escuches algunas cosas que tienen mayor importancia. Entiende tu nuestra
argumentación y tomate el trabajo de averiguar lo demás. Y que tu mano no esté
tendida solo para recibir, sino también para actuar (vid. tal vez
Si 4,31).
Dios todo lo gratifica. "Si alguno de vosotros esta a falta de sabiduría, que la
pida a Dios, que da a todos generosamente" (Jc
1,5), y la recibirá de él. El cual, movido por vuestras suplicas, nos
conceda, a los que os hablamos, poderlo hacer y, a vosotros que escucháis, creer
(20).
Datos sobre la traición de Judas
9. Busquemos, por consiguiente, los testimonios acerca de la pasión de Cristo.
Hemos decidido no hacer una exposición puramente contemplativa de las
Escrituras, sino más bien convencernos, mediante datos ciertos, de aquellos que
creemos. Antes recibiste los testimonios acerca de la venida de Jesús (21).
También está escrito que camino sobre el mar (Ps
77,20: "¡Por el mar iba tu camino!";
Jb 9,8b:
"Holló la espalda de la Mar") y has recibido el testimonio de diversas
curaciones. Comenzaré, pues, por el principio de la Pasión: Judas fue traidor,
llego como adversario y allí estuvo hablando de modo pacífico mientras maquinaba
hostilidades. Dice de él el Salmista: "Mis amigos y compañeros se apartan de mi
llaga, mis allegados a distancia se quedan" (Ps
38,12). Y también: "Sus palabras, más suaves que el aceite, son espadas
desnudas" (Ps
55,22), o: "¡Salve, Rabbí!" (Mt
26,49). En ese momento entrego al Maestro a la muerte sin tener en
cuenta la advertencia de quien decía: "¡Judas, con un beso entregas al Hijo del
hombre!" (Lc
22,48). Es como si le reprendiera con esto: "Acuérdate de tu nombre",
pues Judas significa "confesión". Hiciste un pacto, recibiste la plata. "¡Oh
Dios de mi alabanza, no te quedes mudo! (22). Boca de impío, boca de engaño, se
abren contra mí. Me hablan con lengua de mentira, con palabras de odio me
envuelven" (Ps
109,1-3a). Pero ya oíste (23) que estaban allí incluso algunos de los
principales sacerdotes y que fue maniatado ante las puertas de la ciudad. Ten en
cuenta lo que dice el salmo acerca del tiempo y el lugar: "Regresan a la tarde,
aúllan como perros, rondan por la ciudad" (Ps
59,7).
10. Escucha, pues, también acerca de las treinta monedas de plata: "Yo les dije:
'Si os parece bien, dadme mi jornal; si no, dejadlo'" (Za
11,12), y lo que sigue (24). A mí me debéis (25) la gracia de la
curación de los ciegos y de los cojos. Y es otra la que recibo: en lugar de
agradecimiento, ultraje; en lugar de adoración, injuria. Ves como la Escritura
conoció con antelación el futuro: "Ellos pesaron mi jornal: treinta siclos de
plata" (Za
11,12). ¡Oh palabra profética de literal precisión! ¡Oh sabiduría
inmensa y certera del Espíritu Santo! Pues no dijo diez ni veinte, sino expresa
y exactamente "treinta", como en realidad fueron. Di también, profeta, a donde
fue a parar esta paga. El que la recibió, ¿la retendrá o la habrá de devolver?
Y, después de devolverla, ¿adónde caerá él? Dice, en efecto, el profeta: "Tomé,
pues, los treinta siclos de plata y los eché en la casa de Yahvé, en el horno" (Za
11,13). Compara el Evangelio con la profecía: "Entonces Judas,...
acosado por el remordimiento, dice,... tiro las monedas en el Santuario; después
se retiro", etc. (Mt
27,3-5).
11. Pero intento suprimir aquí una aparente ambigüedad (26). Pues quienes
rechazan a los profetas argumentan que el profeta dice: "Los eché en la casa de
Yahvé, en el horno" (Za
11,13). Y el Evangelio, en cambio: "Las vieron por el Campo del
Alfarero" (Mt
27,10). Pero atiende a como ambas cosas son verdad. Los judíos, es
decir, aquellos que entonces eran príncipes de los sacerdotes, al ver que Judas
se arrepentía y exclamaba: "Pequé entregando sangre inocente" (Mt
27,4), replican: "A nosotros, ¿qué? Tú verás". ¿Nada tiene que ver con
vosotros, que lo crucificasteis? Que vea el que recibió y devolvió el dinero del
crimen. ¿Y nada tendréis que ver quienes lo habéis hecho? Después dicen entre
sí: "No es lícito echarlas en el tesoro de las ofrendas, porque son precio de
sangre" (Mt
27,6). Vuestra boca os condena, puesto que el precio es abominable y
abominable es también el crimen: si cumples la justicia crucificando a Cristo,
¿por qué no aceptas el precio? Pero nos preguntábamos: ¿Cómo es que no hay
desacuerdo entre el evangelio que dice "Campo del Alfarero" y el profeta que
menciona "el horno"? En realidad, no solo disponen de horno quienes trabajan el
oro ni solo quienes trabajan con monedas, sino que también los alfareros tienen
un horno para el barro. Separan la tierra más fina y la más espesa, colando la
que se utilizara para separarla de los guijarros y escogiendo abundante material
moldeable, lo amasan a continuación preparando así lo que se habrá de cocer. ¿De
qué, pues, te asombras si el evangelio habla, con mayor claridad, del "Campo del
Alfarero", al tiempo que el profeta pronuncio su profecía de modo enigmático,
siendo así que las profecías se contienen a menudo en enigmas?
El juicio y los escarnios de Jesús
12. "Entonces le prendieron, se lo llevaron y le hicieron entrar en casa del
Sumo Sacerdote" (Lc
22,54). ¿Quieres saber y ver que también esto está escrito? Dice Isaías:
"¡Ay de aquellos que deliberaron depravadamente entre sí diciendo: maniatemos al
justo, porque nos resulta incomodo" (Is
3,9-10 LXX). Ciertamente: "¡Ay de aquellos!". Veamos esto. Isaías fue
partido en dos, pero el pueblo recibió después la salud. Jeremías fue arrojado
al lodo de la cisterna (Is
38,6), pero así se curó la herida de los judíos, porque, al ser un
pecado contra un hombre, era más leve. Pero los judíos no pecaron contra un
hombre, sino contra Dios hecho hombre. "¡Ay de ellos!". Pero, "maniatemos al
justo", decíamos. ¿No podrá desatarse a sí mismo, replicara alguno, el que libro
a Lázaro de las ataduras de una muerte ya de cuatro días? (Jn
11,39-44) y el que dejo libre a Pedro de las cadenas de hierro de la
prisión (Ac
12,7). Los ángeles se encontraban dispuestos diciendo: "Rompamos sus
coyundas" (Ps
2,3) (27), aunque se abstienen de la violencia porque Dios quiso sufrir
esto. Fue conducido también a juicio entre los ancianos (Mt
26,57). De ello tenía ya un testimonio: "Yahvé demanda en juicio a los
ancianos de su pueblo y a sus jefes" (Is
3,14).
13. Pero al interrogarle el Sumo Sacerdote, se indigna al oír la verdad (Mt
26,62-63) y uno de los peores de sus servidores le da una bofetada.
Aquel rostro, que en otro momento había resplandecido como el sol (Mt
17,2), soporto que unas manos inicuas lo quebrasen, y otros se acercaban
escupiendo al rostro de quien mediante la saliva había curado al ciego de
nacimiento (Jn
9,6). "¿Así pagáis a Yahvé, pueblo insensato y necio?" (Dt
32,6). Y el profeta, asombrado, dice: "¿Quién dio crédito a nuestra
noticia?" (Is
53,1) (28). Es cosa realmente increíble que Dios, el Hijo de Dios y el
brazo de Yahvé (29) estén expuestos a estas cosas. Pero, para que los que se
salvan no rehúsen creer en esto, el Espíritu Santo lo predice de la persona de
Cristo cuando éste exclama (pues él era el que entonces hablaba y más tarde se
hizo presente): "Ofrecí mis espaldas a los que me golpeaban" (Is
50,6) (30). Y Pilatos, una vez flagelado, lo entrego para ser
crucificado (Mc
15,15): "Ofrecí... mis mejillas a los que mesaban mi barba. Mi rostro no
hurté a los insultos y salivazos" (Is
50,6). Como si dijera: previendo que me habían de golpear, ni siquiera
torcí la mejilla levemente. ¿Cómo fortalecería a los discípulos ante la muerte
que debía arrostrar por la verdad si yo mismo me aterrorizaba por ella? Yo había
dicho: "El que ama su vida, la pierde" (Jn
12,25). Si yo amase la vida, ¿cómo daría lecciones sin hacer lo que
enseñó? Por consiguiente, él, siendo Dios, soporto sufrir estas cosas de parte
de los hombres para que nosotros los hombres no nos avergonzásemos luego de
sufrir de los hombres cosas tales por su causa. Ves que estas cosas han sido
ampliamente predichas por los profetas. Pero, como antes dije, muchos
testimonios de la Escritura los pasamos por alto a causa del poco tiempo
disponible. Pero si alguien lo investiga todo cuidadosamente, ninguna de las
cosas referentes a Cristo quedará sin su correspondiente testimonio.
Ante Pilato y Herodes
14. Maniatado llego de Caifás hasta Pilato. ¿Acaso no estaba también esto
previamente escrito? "Y, atándolo, lo llevaron como presente al rey Jarim" (Os
10,7 LXX) (31). Pero alguno de vosotros argüirá molesto: "Pilato no era
rey (omitiendo además bastantes otros detalles). ¿Cómo, pues, "atándolo, lo
llevaron como presente al rey Jarim"? Pero lee el Evangelio: "Al oír Pilato que
él era de Galilea,... le remitió a Herodes" (32). Herodes era entonces rey y se
encontraba en Jerusalén (Lc
23,7). Y observa la aplicada diligencia del profeta, pues dice que fue
enviado en lugar de regalos, porque "aquel día Herodes y Pilato se hicieron
amigos, pues antes estaban enemistados" (Lc
23,12). Era oportuno que el que había de llevar la paz a la tierra y
cielo pacificase, como primeros de todos, a quienes a él le condenaban. Pues era
el mismo Señor, "que reconcilia los corazones de los príncipes de la tierra" (Jb
12,24) (33). Acepta las precisiones y el testimonio auténtico de los
profetas.
Más sobre el juicio de Jesús
15. Admira al Señor a quien juzgan. Acepto ser llevado por los soldados y que
diesen vueltas a su alrededor mientras Pilatos estaba "sentado en el tribunal" (Mt
27,19). El, que está sentado a la derecha del Padre, estaba en pie
mientras era juzgado. El pueblo por él liberado de la tierra de Egipto, y tantas
otras veces de otros lugares, vociferaba contra él: "¡Crucifícalo, crucifícalo!"
(Jn 19,6).
¿Por qué así, oh judíos? Ante esto, el profeta exclama estupefacto: "¿Contra
quién abrís la boca y sacáis la lengua?" (Is
57,4). El Señor mismo relata en los profetas: "Se ha portado conmigo mi
heredad como un león en la selva: me acosaba con sus voces; por eso la aborrecí"
(Jr 12,8).
No la expulsé yo, sino que ellos me expulsaron a mí. Por eso digo
consecuentemente: "He abandonado mi casa" (34).
La actitud del Siervo durante el juicio
16. Juzgado, callaba, de modo que Pilato estaba padeciendo y decía: "¿No
respondes nada? ¿Qué es lo que estos atestiguan contra ti?" (Mt
26,62). No porque conociera al que estaba siendo juzgado, sino porque
temía qué significado tendría para él el sueño de su mujer (Mt
27,19). Y Jesús callaba. Dice el salmista: "Soy como hombre que no oye,
ni tiene réplica en sus labios" (Ps
38,15). Y, además: "Mas yo como un sordo soy, no oigo, como un mudo que
no abre la boca" (Ps
38,14 Is
53-7). También esto lo has oído, si recuerdas.
17. Pero los soldados a su alrededor se burlan de él. El Señor es para ellos
objeto de escarnio y de él se hace mofa. "Me ven y menean su cabeza" (Ps
109,25). Se vislumbra el reino en imagen: se burlan, pero doblan su
rodilla (Mt
27,29); unos soldados lo clavan a la cruz, pero antes le colocan un
manto de púrpura (Mt
27,28) y una corona sobre su cabeza. ¿De qué es, sino de espinas? (Mt
27,29). Es proclamado rey de todo por los soldados. También fue oportuno
que Jesús fuese coronado en figura por los soldados, de manera que por eso dice
la Escritura en el Cantar de los Cantares: "Salid a contemplar, hijas de Sión, a
Salomón el rey, con la diadema con que le corono su madre" (Ct
3,11). Aquella corona era un misterio, pues era la destrucción de los
pecados y la absolución de la sentencia de condenación.
La maldición de la higuera
18. Adán recibió la condena: "Maldito sea el suelo por tu causa... Espinas y
abrojos te producirá" (Gn
3,17-18). Por eso tomo sobre si Jesús las espinas, para deshacer la
maldición; y por eso fue sepultado en tierra, para que la tierra que había sido
maldecida recibiese bendición en lugar de maldición. En el momento del primer
pecado, se ciñeron unas hojas de higuera (Gn
3-7). Por eso Jesús puso fin a los signos con una higuera. Pues, cuando
tenía que marchar a la pasión, hirió a la higuera con una maldición (Mt
24,32ss). No se refirió a toda higuera, sino a aquella sola diciendo en
imagen: "¡Que nunca jamás coma nadie fruto de ti!" (Mc
11-14): quede deshecha la condena. Y en la época en que las higueras se
revisten de hojas es precisamente cuando no hay alimentos. ¿Quién ignora que en
tiempo de invierno la higuera no da frutos, sino que solo tiene hojas? ¿Es que
Jesús ignoraba lo que todos sabían? No, sabe de qué va y viene buscando, aunque
sin desconocer que no encontrara nada, extendiendo su maldición solo a las hojas
(35).
Jeremías, imagen de Jesús despreciado
19. Una vez que nos hemos acercado a las cosas del paraíso, admiro ciertamente
la verdad de las figuras (36). En el paraíso se produjo la caída, y en el huerto
la salvación; del árbol vino el pecado, pero hasta el árbol (37) llego el
pecado; a la tarde, cuando el Señor iba caminando, buscaron escondite (Gn
3,8), y es por la tarde cuando el ladrón es introducido por el Señor en
el paraíso (Lc
23,43). Pero alguno me dirá: piensa, a ver si me puedes mostrar por los
profetas el leño de la cruz, pues no asentiré si no me muestras un testimonio
profético. Pues bien, escucha a Jeremías y convéncete: "Y yo que estaba como
cordero manso llevado al matadero, sin saber..." (Jr
11,19). Lee, además, esta pregunta que, como dije, hace Jesús: "¿No
sabéis que dentro de dos días es la Pascua; y el Hijo del hombre va a ser
entregado para ser crucificado?" (Mt
26,2) (38). ¿Era acaso él quien lo ignoraba? "Y yo que estaba como
cordero manso llevado al matadero, sin saber..." (Jer ibid.). Pero, ¿cuál es la
señal? Entiéndase a Juan Bautista cuando dice: "He aquí el Cordero de Dios, que
quita el pecado del mundo" (Jn
1,29). ¿Acaso él, que conoce los pensamientos, ignoraba los
acontecimientos? ¿Y qué es lo que dijeron?: '... contra mi tramaban
maquinaciones: "Queremos poner madera en su pan'" (Jr
11,19b LXX) (39). Si Dios te considera digno de ello, más tarde
conocerás que su cuerpo mostraba, según el evangelio, la figura del pan. Así
pues, "venid, queremos poner madera en su pan, borrémoslo de la tierra de los
vivos, y su nombre no vuelva a mentarse" (40). La vida no se destruye. ¿Por qué
os fatigáis con un trabajo inútil? Vuestro proyecto es vano. ¡Sea su nombre
bendito para siempre, que dure tanto como el sol! (Ps
72,17). Y que la vida estaba colgada en el madero, lo dice Moisés
lamentándose: "tu vida estará ante ti como pendiente de un hilo, tendrás miedo
de noche y de día, y ni de tu vida te sentirás seguro" (Dt
28,66). Y lo que se leyó hace poco: "¿Quién dio crédito a nuestra
noticia?" (Is
53,1).
La salvación desde el leño de la cruz
20. Esta figura la ilustro Moisés crucificando a la serpiente, para que quien
hubiera sido mordido por una serpiente viva, al mirar la serpiente de bronce,
consiguiese, por creer, la salvación (Nb
21,4-9). Y si la serpiente de bronce crucificada concede la salvación,
¿no otorgara la salvación el Hijo de Dios clavado a la cruz? Por un leño viene
siempre la salvación. En tiempos de Noé, por un arca de madera se conservo la
vida (Gn
7,23). Y cuando Moisés extendió su vara sobre el mar, que se retiro por
reverencia hacia el que lo tocaba (Ex
14,16-21). Y si Moisés tanto pudo con su cayado, ¿será ineficaz la cruz
del Salvador? Dejo a un lado, en honor a la brevedad, otras muchas figuras. Sin
embargo, volvió dulce el agua en su momento (Ex
15,25), y del costado de Cristo brotó el agua en el madero (Jn
19,34) (41).
Mas sobre el agua y la sangre del costado
21. El primero de los signos de Moisés es el agua y la sangre. Y este primero de
todos fue el último de los signos de Jesús. En primer lugar, Moisés transformó
el río en sangre (Ex
7,20) y Jesús, por último, hizo brotar desde el costado agua con sangre.
Quizá a causa de las dos voces, de una parte la de quien le juzgaba, y de otra
la de quienes cruelmente gritaban. O, quizá, por causa de los que creyeran o de
los incrédulos. Pues mientras Pilato decía: "Soy inocente", otros vociferaban:
"su sangre sobre nosotros..." (Mt
27,24-25). Ambas cosas brotaron de su costado: el agua, quizá en
referencia al juez, y la sangre teniendo en cuenta a los que gritaban. Pero
también puede entenderse así: la sangre para los judíos, el agua para los
cristianos. Para aquellos, insidiosos, la condenación por la sangre derramada;
para ti, que ahora crees, la salvación por el agua. Nada ha sucedido en vano.
Nos han transmitido los intérpretes de la Escritura (42), nuestros Padres, otra
explicación del asunto: en los evangelios se habla de una doble fuerza del
bautismo de salvación. Una, a través del agua, que se concede a los que son
iluminados (43), y otra que en tiempo de persecución se da a los mártires
mediante su propia sangre. Brotaron del costado del Salvador sangre y agua que
confirman la gracia de la confesión hecha por Cristo (44) tanto en el bautismo
como en épocas de martirio. Pero también hay otra causa de aquello del costado.
Principio y cabeza del pecado fue la mujer, que fue formada de un costado. Pero
una vez que vino Jesús, para otorgar el perdón a la vez a hombres y mujeres, el
costado fue traspasado en las mujeres con el fin de deshacer el pecado.
Gloriarse en la cruz
22. Pero si alguien profundiza más, encontrara también otras causas, aunque
baste lo dicho tanto por la escasez de tiempo como por no cansar vuestros oídos,
aunque nunca se debe experimentar cansancio de oír los triunfos del Señor, sobre
todo, en este Gólgota tres veces santo, pues algunos solo oyen, pero nosotros
también vemos y tocamos (45). Que nadie se canse. Con la misma cruz toma las
armas contra los adversarios. Haz de la fe en la cruz el estandarte contra los
contradictores. Cuando tengas que discutir sobre la cruz contra los que no
creen, haz antes con la mano la señal de la cruz y callara el enemigo. No te
avergüences de confesar la cruz. Pues en ella se glorían los ángeles diciendo:
"Sé que buscáis a Jesús, el Crucificado" (Mt
28,5). ¿Es que acaso no podías, oh ángel, decir: "Sé a quién buscáis, a
mi Señor". Pero "yo, dice sin embargo con confianza, lo he conocido
crucificado". La cruz es, pues, triunfo y no ignominia.
En el Crucificado esta la salvación
23. Por lo demás volvamos a lo que queríamos mostrar por los profetas. El Señor
fue crucificado y has recibido los testimonios. Ves el lugar del Gólgota...
(46). Aclamas asintiendo a lo que se dice: mira de no negarlo en alguna ocasión
en época de persecución. Que la cruz no sea para ti alegría solo en tiempo de
paz: ten la misma fe en época de persecución, que no ocurra que seas amigo de
Jesús en tiempo de paz y enemigo en tiempo de dificultades. Ahora recibes el
perdón de tus pecados y las gracias generosas del regalo Espiritual del Rey.
Cuando estalle la guerra, combate esforzadamente por tu rey. Jesús, que nada
había pecado, ha sido crucificado por ti. ¿Y no te dejarás tu crucificar por
aquel que por ti fue clavado a la cruz? No eres tu quien da la gracia, pues
primero la recibiste tu. Lo que haces es devolverla pagando la deuda al que en
el Gólgota fue crucificado por ti. Pero Gólgota significa "Lugar de la Calavera"
(Jn 19,17).
¿Quiénes pusieron, proféticamente, a aquel lugar el nombre de Gólgota, en el que
Cristo cabeza padeció la cruz? Como dice el Apóstol: "El es imagen de Dios
invisible" (Col
1,15) y, un poco más abajo, "El es también la Cabeza del Cuerpo, de la
Iglesia" (Col
1,18) y, a su vez: "la cabeza de todo varón es Cristo" (1Co
11,3) y también, "es la Cabeza de todo Principado y de toda Potestad" (Col
2,10). La Cabeza padeció en el "Lugar de la Calavera". ¡Oh nombre grande
y lleno de sentido profético! Pues casi el nombre mismo te advierte como
diciendo: no te fijes en el crucificado como un simple hombre. Pues es "Cabeza
de todo Principado y toda Potestad". Es "Cabeza de toda Potestad" el que ha sido
clavado a la cruz y que tiene al Padre por cabeza: pues "la cabeza del hombre es
Cristo... y la cabeza de Cristo es Dios" (1Co
11,3).
Otros detalles de la Pasión predichos por los profetas
24. Cristo fue, pues, crucificado por nosotros. El juicio se celebro de noche y
en un ambiente frío, motivo por el que encendieron unas brasas (Jn
18,18). Fue crucificado a la hora tercia (Mc
15,25). Desde la hora sexta hubo tinieblas hasta nona (Mt
27,45). Y de nuevo hubo luz desde la hora nona. ¿Acaso también estas
cosas están escritas? Busquemos. Dice, pues, Zacarías: "Aquel día no habrá ya
luz, sino frío y hielo (por aquello de que Pedro se calentaba). Un día único
será, conocido solo de Yahvé" (Za
14,6-7). ¿Qué pasa? ¿No conoció acaso otros días? Pero "éste es el día
que hizo Yahvé" (Ps
118,24), el de la paciencia del Señor, "conocido solo de Yahvé; no habrá
día y luego noche" (Za
14,7). ¿Cuál es el enigma que narra el profeta? Aquel día no consta de
día y noche. ¿Cómo lo llamaremos? El Evangelio lo interpreta con su narración.
"No habrá día". Pues el sol no brillo, como acostumbra, de oriente a occidente,
sino que desde la hora sexta hasta la hora nona hubo tinieblas a mitad del día.
Hubo, pues, tinieblas de por medio. Pero Dios había llamado a las tinieblas
"noche". Por tanto, no había distinción entre día y noche: ni la luz era total,
de modo que se llamase "día", ni podía llamarse "noche" porque todo fuese
tinieblas, sino que el sol brillo después de nona. Esto lo anuncia el profeta,
pues después que dijo "no habrá día y luego noche" (Mt
14,7), añade: "a la hora de la tarde habrá luz". ¿Te das cuenta de lo
acertado de la palabra de los profetas y de la verdad de las cosas predichas?
25. Pero, ¿quieres saber exactamente la hora en que el sol se oscureció, hora
quinta, octava o décima? Díselo claramente, oh profeta, a los judíos incrédulos:
¿Cuándo se oculto el sol? Dice, en efecto, el profeta Amos: "Sucederá aquel día
-oráculo del Señor Yahvé- que yo haré ponerse el sol a medio-día" (se hicieron
tinieblas desde la hora sexta), "y en plena luz del día cubriré la tierra de
tinieblas" (Am
8,9). ¿Cuál es esta distribución del tiempo, oh profeta, y cuál es el
día?: "Trocaré en duelo vuestra fiesta" (Am
8,10). De hecho, esto estaba sucediendo en los ácimos y en la fiesta de
la Pascua (Mc
14,1). Y dice después: "Lo haré como duelo de hijo único y su final como
día de amargura" (Am
8,10c). En el día, pues, de los Ácimos y en la fiesta de las mujeres se
lamentaban y lloraban (Lc
23,27), mientras los Apóstoles, ocultos, estaban deshechos de dolor.
Admirable es, pues, la profecía.
El manto y la túnica
26. Pero, dirá alguno, dame otro signo. ¿Qué otra nota hay característica de
todo esto? Jesús fue crucificado. El se servía de una túnica y de un manto. Pero
los soldados se repartieron el manto tras dividirlo en cuatro partes. Sin
embargo, la túnica no la rasgaron porque, partida de ese modo, para nada hubiera
servido, sino que los soldados se la echaron a suertes entre ellos (Jn
19,23-24). Se reparten el manto y echan a suertes la túnica. ¿No estaba
también eso escrito? Pues bien, los afanosos salmistas de la Iglesia (47), que
imitan a los ejércitos angélicos, lo saben y celebran a Dios con alabanzas
continuas. Quienes son considerados dignos de esto, salmodien en este santo
Gólgota (48) y digan: "Repártanse entre sí mis vestiduras y se sortean mi
túnica" (Ps
22,19). Aquel sorteo fue el sorteo de los soldados.
La capa púrpura
27. Cuando estaba siendo juzgado por Pilato, estaba vestido de rojo, lo
cubrieron con un manto de púrpura (Mt
27,28). ¿También está escrito esto? Dice Isaías: "¿Quién es ése que
viene de Edom, de Bosra, con ropaje teñido de rojo?" (Is
63,1). Como queriendo decir: ¿quién es éste que es vestido de púrpura
para avergonzarlo? Pues a eso suena Bosra entre los hebreos (49).
"Y, ¿por qué esta de rojo tu vestido, y tu ropaje como el de un lagarero?" (Is
63,2). Y responde diciendo: "Alargué mis manos todo el día hacia un
pueblo rebelde que sigue un camino equivocado en pos de sus pensamientos" (Is
65,2).
La cruz de Cristo y su eficacia salvadora
28. Extendió sus manos en la cruz para abarcar los confines del mundo. Pues el
lugar central de la tierra está aquí, en el Gólgota. Y no es palabra mía, sino
del profeta que dice: "Autor de salvación en medio de la tierra" (Ps
74,12). Extendió sus manos humanas, con la sola ayuda de las cuales y
con su mente tras ellas dio consistencia al cielo (Ps
33). Fueron fijadas con clavos para que, clavados al leño y aniquilados
los pecados de los hombres que su humanidad llevaba cargados sobre si, a la vez
muriese el pecado y resucitásemos nosotros en la justicia (50). Pues como por un
hombre vino la muerte, también por un hombre vino la vida (Rm
5,12-21): por un hombre, el Salvador, que padeció la muerte
voluntariamente. Acuérdate de aquello: "Tengo poder para darla (la vida) y poder
para recobrarla de nuevo".
El carisma profético de Israel, viña estéril, en la Iglesia
29. El soporto estas cosas al haber venido a salvar a todos. Pero el pueblo se
lo pago de mala manera. Dice Jesús: "Tengo sed" (Jn
19,28), él, que de una áspera roca les dio agua (Ex
17,1-7) y exige los frutos de la viña que planto (Jr
2,21 Is 5,2).
Pero, ¿de qué viña? Por su naturaleza, seria la que existía desde los santos
Patriarcas, pero es en realidad la que, por la tentación, proviene de Sodoma la
que le alcanza al Señor sediento el vinagre mediante una esponja empapada y
puesta en una cana (Jn
19,29). Se cumple así aquello de: "Porque su viña es viña de Sodoma y de
las plantaciones de Gomorra" (Dt
32,32a) (51). Y también: "Veneno me han dado por comida (52), en mi sed
me han abrevado con vinagre" (Ps
69,22). Ves la perspicacia de la predicción profética. ¿Y cómo fue la
hiel que pusieron en mi boca? "Le daban, dice, vino con mirra" (Mc
15,23). Mirra, con sabor a hiel y un poco amarga (53). "¿Así pagáis al
Señor?" (Dt
32,6). ¿Es esto lo que ofreces, vina, al Señor? Ya se quejaba justamente
de vosotros Isaías, diciendo: "Una viña tenía mi amigo en un fértil otero" (Is
5,1) (54). Y, por abreviar: "Espero, dice, que diese uvas" (5,2Is 5,5).
Ya no tiene nubes, es decir, ya no tiene profetas, pues es en la Iglesia donde
luego han estado los profetas, como dice Pablo: "En cuanto a los profetas,
hablen dos o tres, y los demás juzguen" (1Co
14,29). Y además: "El mismo (Cristo) dio a uno el ser Apóstoles; a
otros, profetas" (Ep
4,11) (56). Profeta era Agabo, que se ató de manos y pies (Ac
21,10-11).
Jesús, ultrajado en la cruz, entre los dos ladrones
30. Sobre los ladrones que fueron crucificados con él (Lc
23,32) se ha dicho: "Con los rebeldes fue contado" (Is
53,12). Uno y otro (57) fueron al principio inicuos, pero uno dejo de
serlo. Pero el otro desprecio las leyes hasta el final, sin humillarse para su
salvación, pues estando clavado de manos, su lengua todavía blasfemaba. Los
judíos movían sus cabezas injuriando al crucificado y cumpliendo lo que estaba
escrito. "Me ven y menean su cabeza" (ss
Lc 23,39-43).
De él se hacía burla juntamente con los otros, pero uno de ellos increpaba al
otro: para él coincidieron el fin de su vida y el comienzo de su enmienda.
Entrego su alma y recibió, antes que otros, la salvación. Tras reprender a su
compañero, dijo: "Jesús, acuérdate de mí" (Lc
23,42), mis palabras se dirigen a ti. Déjalo a él, pues están ciegos los
ojos de su mente, pero "de mi, acuérdate". No digo que te acuerdes de mis obras,
pues de ellas tengo miedo. Todo hombre suele unirse amablemente a quien es su
compañero de camino. Soy compañero tuyo en el camino hacia la muerte: acuérdate
de mí, que soy tu compañero. No digo: ahora "acuérdate de mí", sino "cuando
vengas con tu Reino" (Lc
11,2).
La misericordia para con el "buen ladrón"
31. ¿Qué energía, oh ladrón, te ilumino? ¿Quién te enseñó a adorar al que había
sido ultrajado y crucificado contigo? ¡Oh luz eterna, que ilumina a los que
yacen en tinieblas (vid.
Lc 1,79)!
Oyó, desde luego, justamente: "Confía" (58). No porque tus obras deban ser la
base de tu confianza, sino porque ahí hay un rey dispuesto a agraciarte. Era una
petición de algo muy lejano, pero la gracia llego muy rápidamente: "Yo te
aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso" (Lc
23,43), puesto que hoy has oído mi voz y no has endurecido tu corazón (Ps
94,8). Con mucha prontitud pronuncié sentencia contra Adán. Y con mucha
prontitud te perdono. A él se le dijo: "El día que comieres de él, morirás sin
remedio" (Gn
2,17). Tú, en cambio, hoy has dado oídos a la fe, y hoy recibirás la
salvación. Por un árbol cayó él, y tú eres introducido, por medio de un árbol,
en el paraíso. No temas a la serpiente, pues no te expulsara: ella ya cayó del
cielo (Lc
10,18). Tampoco te digo: hoy partirás, sino "confía: hoy estarás conmigo
en el paraíso", no serás rechazado. No temas a la espada de fuego (cf.
Gn 3,24),
pues ella es la que teme al Señor. ¡Oh gracia inmensa e inefable! No ha entrado
todavía Abraham el creyente, y ya entra el ladrón. Todavía no han entrado Moisés
y los profetas, pero si entra el ladrón. Antes que tu, se admiro de esto Pablo
diciendo: "Donde abundo el pecado, sobreabundo la gracia" (Rm
5,20). Los que han soportado el calor (Mt
20,12) todavía no han entrado, pero si ha entrado el que llego a la hora
undécima (Mt
20,6). Nadie murmure contra el dueño, que dice: "Amigo, no te hago
ninguna injusticia... ¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero?" (Mt
20,13-15). Quiere el ladrón hacer obras justas, pero la muerte le tiene
preocupado. No me fijo tanto en las obras, sino que acepto tu fe. Estoy
recogiendo los lirios; ven, que te apaciente en los huertos (Ct
6,2). He encontrado a la oveja perdida y la llevo sobre mis hombros (Lc
15,5). Realmente cree, puesto que ha dicho: "Me he descarriado como
oveja perdida (Ps
119,176). Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino" (Lc
23,42).
El sacerdocio definitivo y eterno de Jesucristo
32. Acerca de este huerto conté ya a mi esposa en el Cantar de los Cantares
(59), diciéndole estas cosas: "Ya he entrado en mi huerto, hermana mía, novia" (Ct
5,1). De hecho, donde fue crucificado había un huerto (Jn
19,41). Y, ¿qué deduces de ahí? Que "he tomado mi mirra con mi bálsamo"
(Ct 5,1),
lo cual se cumple cuando bebe vino mirrado y vinagre (Jn
19,29 par.), y, después de tomarlos, dice: "Todo está cumplido" (Jn
19,30). El misterio ha llegado a su plenitud. Se ha cumplido lo que
estaba escrito. Los pecados han sido disueltos, pues, "al llegar Cristo como
Sumo Sacerdote de los bienes futuros, a través de una Tienda mayor y más
perfecta, no fabricada por mano de hombre, es decir, no de este mundo. Y penetro
en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de
novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna. Pues si
la sangre de machos cabríos y de toros y la ceniza de vaca santifica con su
aspersión a los contaminados, en orden a la purificación de la carne, ¡cuanto
más la sangre de Cristo...!" (He
9,11-14). Y, por otra parte: "Teniendo, pues, hermanos, plena seguridad
para entrar en el santuario (60) en virtud de la sangre de Jesús, por este
camino nuevo y vivo, inaugurado por él para nosotros, a través del velo, es
decir de su propia carne..." (He
10,19-20). Y ya que la carne, su propio velo, fue afectada por el
deshonor, por eso el velo del templo, que era figura del futuro, se rasgo, según
está escrito: "En esto, el velo del Santuario se rasgo en dos, de arriba abajo"
(Mt 27,51).
Y nada absolutamente quedo de él. Y puesto que el Señor dijo: "Se os va a dejar
desierta vuestra casa" (Mt
23,38), la misma casa quedó destruida (61).
Cristo se entrega al Padre
33. Estas cosas las soporto el Salvador, "pacificando, mediante la sangre de su
cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos" (Col
1,20). Pues éramos enemigos de Dios por el pecado, y Dios decidió que
era oportuno que el pecador muriese. Era, pues, necesaria una de estas dos
cosas: o bien que Dios, consecuentemente, hiciese perecer a todos, o bien que
con su clemencia anulase la sentencia dictada. Observa, sin embargo, la
sabiduría de Dios: guardo tanto la firmeza de la sentencia como la eficacia de
la bondad. Cristo, "sobre el madero, llevo nuestros pecados en su cuerpo, a fin
de que, muertos a nuestros pecados, viviéramos para la justicia" (1P
2,24 Is
53,12 2Co
5,21 Rm
6,11-18). No es que careciera de valor el que por nosotros moría: no era
una oveja de las que se ven, ni tampoco era solo un hombre, ni simplemente un
ángel. Era Dios hecho hombre. No era tan grande la iniquidad de los pecadores
como la justicia de aquel que por nosotros moría (62). No pecamos tanto como
sobresalió por su justicia aquel que por nosotros entrego su vida, que la
entrego cuando quiso y la recobro de nuevo cuando quiso (Jn
10,18). ¿Quieres saber cómo no entrego su vida coaccionado o
forzadamente, y que no entrego su Espíritu contra su voluntad? Se dirigió al
Padre diciendo: "Padre, en tus manos pongo mi Espíritu" (Lc
23,46 Ps
31,6), por decirlo yo ahora brevemente, "y, dicho esto, expiro", pero no
se mantuvo así largo tiempo, pues rápidamente resucito de entre los muertos.
Muerte y sepultura
34. Se eclipsó el sol (Lc
23,44) a causa del "sol de justicia" (Ml
3,20) (63), "las rocas se hendieron" (Mt
27,51) a causa de la roca inteligibles (64), "se abrieron los sepulcros"
(Mt 27,52)
y los muertos resucitaron (52b) por causa de aquel que estaba libre entre los
muertos, dejó libres a los "cautivos de la fosa en la que no hay agua" (Za
9,11). No te avergüences, pues, del crucificado, sino di tu también con
confianza: "¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros
dolores los que soportaba!... y con sus cardenales hemos sido curados" (Is
53,4-5). No seamos desagradecidos hacia el bienhechor. Y, además: "Por
las rebeldías de su pueblo ha sido herido; y se puso su sepultura entre los
malvados y con los ricos su tumba" (Is
53,8-9). Por eso dice Pablo claramente: "Que Cristo murió por nuestros
pecados según las Escrituras, y fue sepultado, y resucito al tercer día según
las Escrituras" (1Co
15,3-4).
El sepulcro excavado en roca
35. Pero queremos conocer claramente donde fue sepultado. ¿Se construyo acaso un
sepulcro? ¿Destaca del suelo como las sepulturas regias? ¿Se ha hecho un
monumento con piedras adosadas unas a otras? ¿Qué se le puso encima? Hacednos,
profetas, la descripción del sepulcro y decidnos donde fue colocado el cuerpo y
donde lo habremos de buscar. Y ellos responden: "Reparad en la pena de donde
fuisteis tallados, y en la cavidad de pozo de donde fuisteis excavados" (Is
51,1). Tienes en los Evangelios: "En un sepulcro excavado en la roca" (Lc
23,53), "en un sepulcro que estaba excavado en roca" (Mc
15,46). ¿Y, además, qué? ¿Cuál es la puerta del monumento? Hay, por otra
parte, otro profeta que dice: "Sofocaron mi vida en una fosa y echaron piedras
sobre mí" (Lm
3,53). Yo, la "piedra angular, elegida, preciosa" (1P
2,6), estoy escondido entre la piedra por poco tiempo; "piedra de
escándalo" para los judíos (1P
2,8) y de salvación para los que creen. Así pues, el árbol de la vida
esta plantado en la tierra, para que ésta, que había estado maldita, consiguiese
la bendición y fuesen liberados los muertos.
La fuerza de la señal de la cruz
36. Que no nos agarrote la vergüenza de confesar a un crucificado. En la frente,
como gesto de confianza, hágase con los dedos la señal de la cruz, y eso para
todo: cuando comemos pan o cuando bebemos, en las entradas y salidas, antes de
acostarnos, al dormir y al levantarnos, cuando caminamos y cuando estamos
quietos. Es una gran protección: gratuita, por los necesitados; no cuesta
esfuerzo, por los débiles, y, como quiera que ha sido dada por Dios como gracia:
señal de los fieles y temor de los demonios, a los que en ella "exhibió
públicamente, incorporándolos a su cortejo triunfal" (Col
2,15). Pues cuando ven la cruz, les viene a la mente la imagen del
crucificado. Temen al que machaco las cabezas del dragón (Ps
74,14) (65). Porque sea gratuito, no desprecies este signo: venera en él
más bien a nuestro bienhechor.
La realidad histórica de la cruz de Cristo
37. Y si alguna vez intervienes en una discusión y te quedas sin argumentos, que
tu fe permanezca en ti inconmovible. Porque con la enseñanza que has recibido
puedes reducir al silencio a los judíos por medio de los profetas y a los
griegos partiendo de sus propias fabulas. Pues estos últimos adoran a los que
han muerto por un rayo. Pero al aparecer el rayo, no suele caer al azar. Y si
ellos no sienten vergüenza de adorar a los que Dios ha rechazado, ¿te
avergonzaras tu, que has sido amado de Dios y eres hijo suyo, de adorar al que
ha sido crucificado por ti? Lo que no hago, por vergüenza, es divulgar los
vicios de los que ellos llaman sus dioses, y además ahora tampoco hay tiempo.
Expónganlos quienes los conocen, Tápese también la boca a todos los herejes.
Apártese a quien dijere que la cruz es solo una apariencia. Debes odiar a los
que dicen que Cristo fue crucificado solo de modo fingido. Pues si ha sido
crucificado solo en apariencia, y ya que de la cruz nos viene la salvación, esta
salvación no sería sino una especie de juego. Y si la cruz fuese una fantasía,
también lo sería la resurrección. Y si Cristo no resucito estamos todavía en
nuestros pecados (1Co
15,17). Si la cruz es solo imaginación, también lo es la ascensión, pero
si la ascensión tampoco es más que fantasía, también lo será la segunda venida.
Pero en tal caso nada tiene consistencia.
Que nadie te acuse de haber rechazado la cruz
38. Así pues, acepta la cruz como un cimiento firme y construye sobre él el
resto de la fe. No reniegues del crucificado. Pues si reniegas de él, son muchos
los que te acusaran. El primero que argüirá contra ti será el traidor Judas.
Pues el primero que lo entrego llego a saber que había sido condenado a muerte
por los príncipes de los sacerdotes y por los ancianos (Mt
27,3). Lo atestiguan (66) las treinta monedas de plata (Mt
26,15); lo atestigua Getsemaní, el lugar donde se realizo la traición (Mt
26,47ss). No le llamo todavía "Monte de los Olivos" (Lc
22,39), en el cual oraban de noche los que estuvieron allí. Lo atestigua
la luna que lucía de noche. Lo atestiguan el día y el sol que se eclipso, pues
no podía soportar el crimen de los traidores. Te acusara el fuego alrededor del
cual se estaba calentando Pedro (Jn
18,18). Si niegas la cruz, te esperara un fuego eterno. Te hablo de
duras realidades, para que no tengas más tarde que experimentar la dureza.
Acuérdate de las espadas que caen sobre él en Getsemaní, para que no sufras tú
la espada eterna. Te acusara la casa de Caifás, que, aun asolada, muestra hoy
todavía el poder de quien en ella fue juzgado. El mismo Caifás se alzara contra
ti el día del juicio; se levantara también el siervo que dio una bofetada a
Jesús (Jn
18,22), y también los que le maniataron y le condujeron. Contra ti se
alzaran a la vez Herodes y Pilatos hablando más o menos de este modo: ¿Por qué
niegas a quien fue traído calumniosamente hasta nosotros y de quien honradamente
no pudimos decir que hubiera pecado? (Lc
23,14-15). Yo, Pilato, entonces me lavé las manos (Mt 27,24). Estarán en pie contra ti los mismos falsos testigos (Mt
26,60) y los soldados que se pusieron su manto color púrpura y le
colocaron la corona de espinas (Jn
19,2) y lo crucificaron en el Gólgota (Mt
19,16-18) sorteándose su túnica (Mt
19,24). Te acusara Simón de Cirene, que llevo la cruz de Jesús (Lc
23,26).
Objetos, lugares y personas que también son testigos
39. Desde los astros te acusara el sol que se eclipso (Lc
23,44); de las cosas terrenas, el vino con mirra (Mc
15,23), la caña, el hisopo y la esponja (Mt
27,48) y, de entre los árboles, el leño de la cruz. Y también los
soldados que, como dije, le clavaron los clavos y echaron a suertes su ropa (Mt
27,35); el soldado que abrió su costado con la lanza (Jn
19,34) y las mujeres que allí estuvieron (Mt
27,55). Igualmente, el velo del templo que entonces se rasgo (Mt
27,51); El Pretorio de Pilato (Mt 27,27) (67), en virtud del cual en aquel entonces fue clavado a la cruz
y que es actualmente un lugar solitario. También este Gólgota santo y elevado,
que se ve desde aquí y que muestra hasta el día de hoy como a causa de Cristo se
quebraron las piedras en aquel momento (Mt
27,51) (68). Próximo está también el sepulcro en el que fue colocado,
además de la piedra puesta a la entrada (Mt
27,60), que hasta el día de hoy esta caída junto al sepulcro. Igualmente
los ángeles que entonces allí estuvieron (Jn
20,12), las mujeres que le adoraron tras la resurrección (Mt
28,9). Pedro y Juan, que corrieron hasta el monumento (Jn
20,3-4), y Tomás, que introdujo la mano en su costado y puso sus dedos
en las señales de los clavos (Jn
20,27). El (Tomás) hizo esto diligentemente por nosotros: lo que tú, que
no estabas allí, habías de buscar, lo encontró él, que se encontraba allí por un
más alto designio de Dios.
Poder salvador de la cruz frente a todos los poderes
40. Tienes como testigos de la cruz a los doce Apóstoles, a toda la tierra y al
mundo de los hombres que creen en el Crucificado. El hecho mismo de que tu estés
aquí debe persuadirte del poder del Crucificado. Pues, ¿quién es el que te trajo
a esta asamblea? ¿Qué soldados? ¿Con qué cadenas te trajeron? ¿Qué sentencia
judicial te insto a ello? Es el triunfo salvador de Jesús, la cruz, la que
atrajo a todos hasta aquí. Es esto lo que redujo a los persas a servidumbre y lo
que amanso a los escitas. Es esto lo que dio a los egipcios el conocimiento de
Dios en lugar de los ídolos en forma de perros y gatos y de otros múltiples
errores. Es esto lo que hasta el día de hoy cura las enfermedades, pone en fuga
a los demonios y deshace las imposturas de los filtros mágicos y los
encantamientos.
La cruz, fuente de esperanza
41. La cruz aparecerá en su momento con Jesús en el cielo (Mt
24,30). Delante ira el trofeo del Rey, para que los judíos, viendo al
que traspasaron (Jn
19,37; cf.
Za 12,10)
(69) y reconociendo por la cruz al que afrentaron con la ignominia, se deshagan
en lamentos. Se alzaran unas tribus contra otras y se lamentaran, pero ya no
tendrán tiempo para la penitencia. Nosotros, sin embargo, nos gloriaremos
vitoreando a la cruz y regocijándonos en ella, adorando al Señor, que fue
enviado y crucificado por nosotros, adorando también a Dios Padre, por quien fue
enviado, juntamente con el Espíritu Santo. A él sea la gloria por los siglos de
los siglos. Amén.
A NOTAS
(1) El tema de la catequesis es, sobre todo la muerte de Jesús y su sentido. En
cuanto a la estructura de la catequesis, puede tenderse en cuenta lo que se dice
en la nota 20.
(2) Cf. Rm
5,17: "En efecto, si por el delito de uno solo reino la muerte por un
solo hombre, ¡con cuanta más razón los que reciben en abundancia la gracia y el
don de la justicia, reinaran en la vida por uno solo, por Jesucristo!". El
versículo forma parte de un amplio paralelismo que se establece literariamente,
en Rm
5,12-21, entre Adam y Jesucristo. Para una interpretación de este
pasaje, y para una interpretación adecuada del sentido del "primer hombre" (1Co
15,45), conviene tener en cuenta: a) el recurso a la figura de Adán en
Rm 5,12-21,
así como en 1Co 15,21-22,45, es un recurso literario para resaltar sobre todo el
señorío del último Adán, Jesucristo, el auténtico prototipo de la humanidad en
la creación (Col
1,15-20) y en la resurrección (cf. todo lo que es
1Co 15
cf. también Rm 8,29). b) Puesto que la reiterada mención literaria de Adán, tiene
por objeto hacer resaltar la victoria de Jesucristo sobre el pecado y la muerte,
es Cristo y su obra de rescate el objetivo de
Rm 5,12-21,
que entonces debe entenderse en el contexto de todo lo que es la carta a los
Romanos, especialmente de
Rm 1,18
a Rm 8,39.
Sobre estas cuestiones me expresé con amplitud en la fuerza del Evangelio (Sobre
Rom, Madrid 1988).
(3) En el anterior núm. 2.
(4) Ex 12,23:
"Yahvé pasara y herirá a los egipcios, pero al ver la sangre en el dintel y en
las dos jambas, Yahvé pasara de largo, por aquella puerta y no permitirá que el
Exterminador entre en vuestra casas para herir". En este momento de la
catequesis, teniendo en cuenta la alusión que a continuación se hace a
Jn 1,29
(donde a Jesús se le identifica con "el cordero que quita -o "lleva", que ambas
traducciones sor posibles- el pecado del mundo") y también las expresiones
acerca del Cordero llevado al matadero, en
Is 53,7
pasaje en su contexto ya ampliamente citado, Cristo es identificado como el
verdadero cordero, que en su muerte, y al ser comido en el banquete pascual de
la Eucaristía, libera a todos cargando sobre si con los pecados de los hombres
para que estos no queden muertos por aquellos. La afirmación de que Cristo ha
muerto en favor de los hombres se convierte así también en una muerte vicaria,
en lugar de los hombres, para que éstos reciban la vida.
(5) Que conocen bien a Dios aunque no lo acepten.
(6) "Se lo entrego para que fuera crucificado" (Mt
27,26).
(7) Esta frase tiene cierta lógica dentro de las afirmaciones del buen ladrón,
pero no pertenece al texto de los evangelios.
(8) PG 33,775, nota 1, dice exactamente (pero no se reproduce aquí totalmente,
para más detalles, vid. el texto mismo de la nota en Migne): "Que tenemos aquí
tan próximo. En algún otro lugar señala que pronuncio la catequesis en el mismo
monte Gólgota (cat. 4, núms. 10 y 14; cat. 16, núm. 4, etc.). De hecho, la
iglesia de la Resurrección había sido edificada dentro del monte Gólgota, aunque
la roca misma en la cual había sido crucificado el Señor no estaba en el terreno
propio de la Iglesia. Pero no se encontraba lejos, sino "a un tiro de piedra",
como señala el autor del Itinerario jerosolimitano. Pues la iglesia había sido
construida en el lugar del sepulcro". Sin duda, esta proximidad a los escenarios
reales aumenta el grafismo de las descripciones de Cirilo y da una mayor fuerza
de persuasión a su estilo tan marcadamente oratorio, a veces incluso coloquial.
(9) Es una afirmación, en otras palabras, de que la cruz de Cristo -como la del
cristiano, en el seguimiento de Cristo- no tiene sentido sin la resurrección. En
este sentido, es fundamental
1Co 15,12ss.
(10) Según Jn 1,45, Felipe comenta a Nathanaël tras el primer encuentro con Jesús:
"Ese del que escribió Moisés en la Ley, y también los profetas, lo hemos
encontrado: Jesús el hijo de José, el de Nazaret". En general, el Nuevo
Testamento, en todos sus estratos, centra en Jesús el cumplimiento escatológico
de los anuncios proféticos.
(11) Lc 9,51. Precisamente desde 9,51 a 18,14 presenta Lucas el camino de Jesús
como un camino hacia Jerusalén, el lugar donde se han de cumplir, expresamente
en la muerte y resurrección del Mesías, las promesas y las palabras de los
profetas. La muerte de Jesús no es más que el cumplimiento de los designios
divinos de salvación por medio de su Hijo.
(12) Vid. Jn
13,18, donde Jesús aplica el versículo del salmo a Judas.
(13) La cruz es la gloria de Jesús porque a través de ella entra Jesús en la
gloria de la resurrección. Sobre el tema tiene interés H.U. von BALTHASAR, El
misterio pascual, en: Mysterium Salutis III, Madrid 2ª,1980,666-814. Sobre este
trabajo, de lectura quizá algo difícil, se volverá en varios momentos en estas
páginas.
(14) De nuevo se menciona esta forma de martirio de Isaías transmitida por la
tradición.
(15) Como se dice al principio de la catequesis, ésta parte de la lectura de
Is 53,1ss,
en el cuarto canto del Siervo de Yahvé.
(16) El contexto evidencia que la Jerusalén "de ahora", la nueva Jerusalén (vid.
Ap 21,2,
en el marco de los caps. 21-22), es la Iglesia, imagen a su vez de la futura y
definitiva Jerusalén del fin de los tiempos.
(17) Lm 4,20a.
En la traducción de este versículo se respeta el texto original de Cirilo. La
traducción directa del hebreo bíblico, en la versión de la Biblia de Jerusalén,
daría: "Nuestro aliento vital ("el Espíritu de nuestra personalidad", Podría ser
la traducción desde el original griego de Cirilo), el ungido de Yahvé". La
expresión Ungido de Yahvé parece referirse, literalmente, al rey Sedecias, con
quien termino la monarquía del reino de Judá. Pero en un sentido más pleno, como
hace Cirilo, puede aplicarse al ungido por excelencia, Cristo. El sentido
literal del "quedar preso", que en
Lm 4,20
se refiere a la detención de Sedecias (la traducción del hebreo seria "preso en
sus fosas") se traslada ahora a la afirmación de que es "nuestra corrupción" la
que ha apresado a Cristo.
(18) Posible alusión a
Is 53,12:
"Entre los rebeldes fue contado".
(19) En la época de Pablo, a la que Cirilo alude con la cita de
1Co 2,4,
muy lejos ya de la época de mayor esplendor de la filosofa griega, continua
resonando la habilidad dialéctica de los sofistas, a menudo más interesados en
convencer al interlocutor o al oyente de la verdad de sus afirmaciones, aunque
con razonamientos a menudo inexactos. A ello se prestaba intensamente la
tradición cultural helenista.
(20) Han sido más bien numerosos, en el núm. 8, los datos aducidos de los
Evangelios acerca de la muerte quería sepultura de Cristo. Se ha procurado
asimismo relacionarlos con las previsiones del Antiguo Testamento. Pero, a
partir del núm. 9, se hará una enumeración muchísimo más detallada de esos
mismos datos. Ello constituye prácticamente lo esencial de la presente
catequesis.
(21) Vid. cat. 12, núms. 15 y 16.
(22) Esta cita sálmica parece explicarse como expresión de la queja del justo
falsamente acusado o vilmente traicionado: en este sentido, imagen de la entrega
de Jesús por Judas.
(23) Probable alusión a alguna homilía (cf. PG 33, nota 22).
(24) Las palabras de
Za 11,12
se refieren al salario recibido por Judas en pago a su traición. Zac 11,12,
completo, reza: "Yo les dije: "Si os parece bien, dadme mi jornal; si no,
dejadlo". Ellos pesaron mi jornal: treinta siclos de plata". Cf. también el v.
13 y Mt
27,3-10.
(25) Estas frases, puestas ahora en boca de Jesús expresan su decepción ante la
traición.
(26) El problema que Cirilo se plantea se entiende desde el supuesto de que
Za 11,13
diga "los eché en la casa de Yahvé, en el horno". Pero hay que tener en cuenta
que otros códices hablan de "el Tesoro" y que el texto hebreo menciona "al
alfarero", con lo que se estaría en consonancia con el texto del evangelio.
(27) En realidad, el sentido de
Ps 2,3
parece ser el contrario: en el contexto del drama mesiánico, el peligro que
acecha al justo de que sus enemigos se lancen sobre él.
(28) El asombro que expresa
Is 53,1,
se comprende mejor, en el texto de la catequesis, ante la imagen del Siervo de
Is 53,
ya tantas veces aquí presentada.
(29) El "brazo de Yahvé", también en
Is 53,1
y expresión del poder de Dios, manifiesta su grandeza precisamente en la
debilidad del Siervo. Es decir, y de modo paradójico, el poder de Dios se
manifiesta en la debilidad del Crucificado.
(30) Dentro del tercer canto del Siervo (Is
50,4-1 Is 1).
(31) El nombre del rey, quizá mejor "Yareb". Cf., en nuestras biblias,
Os 10,6.
En cuanto al sentido literal del texto citado por Cirilo cf.
Os 5,13.
Para otros detalles cf. PG 33,791, nota 1.
(32) El texto evangélico citado responde así en parte a
Lc 23,6.
(33) Aunque el texto griego citado por Cirilo no responde bien al hebreo.
(34) Cf. la mencionada homilía sobre el paralítico, núm. 12. PG 33.
(35) Vid. la relación de los distintos elementos de este párrafo, las hojas de
Gn 3,7,
la difícil productividad de la tierra en
Gn 3,17s,
y el episodio de la maldición de la higuera en
Mc 1,12-14,
con paralelo en
Mt 21,18-19.
Aparte del interés de la nota de la Biblia de Jerusalén a Mc 11,12, es
importante señalar que el episodio de la maldición de la higuera, que pasa a ser
higuera estéril, está en el contexto del rechazo de Jesús (en Mc, entre la
entrada mesiánica en Jerusalén y la expulsión de los mercaderes del templo, a lo
que sigue la comprobación, en
Mc 11,20ss,
de que la higuera se ha secado). El episodio mismo, pero también su valor como
imagen, son expresión del drama mesiánico: el rechazo, en el momento en que ha
llegado, del Ungido de Yahvé esperado desde los comienzos de la historia de la
salvación. Es este rechazo el que condena a Israel de momento a la esterilidad
histórico-salvífica. Se puede remitir ahora nuevamente a
Rm 9-11.
Es el rechazo de Israel uno de los motivos explicativos de la muerte de Jesús.
(36) En el sentido en que ya tantas veces se ha hablado del "typos", etc.
(37) Respectivamente, el árbol del paraíso y el árbol de la cruz.
(38) El texto exacto de
Mt 26,2
no utiliza en realidad interrogación.
(39) La interpretación patrística del versículo refiriéndolo a la Pasión la
recuerda PG 795, nota 1. El texto hebreo no es menos explicito, pero es incluso
de mayor elegancia literaria. Completo, dirá así: "Y yo que estaba como cordero
manso llevado al matadero, sin saber que contra mi tramaban maquinaciones:
'Destruyamos el árbol en su vigor; borrémoslo de la tierra de los vivos, y su
nombre no vuelva a mentarse'".
(40) Combinación del texto griego y hebreo en
Jr 11,19b.
(41) En Jn
19,34b, "... al instante salió sangre y agua", la tradición cristiana ha
visto, simbólicamente, la Eucaristía y el Bautismo como fuerzas creadoras de la
Iglesia. Esta crece, a través de los sacramentos de la iniciación cristiana, del
costado de Cristo atravesado por la lanza en la cruz. Cf. el siguiente núm. 21,
donde Cirilo ofrece una explicación demasiado verbosa y compleja, que en último
término equipara agua y sangre a bautismo y martirio respectivamente.
(42) Cf. datos en PG 33,798, nota 4.
(43) "iluminados": bautizados..
(44) Se refiere a la confesión de la fe.
(45) Nueva alusión a que se está en el escenario mismo de los acontecimientos.
(46) En este momento, por el contexto y porque se sabe que era costumbre en
ciertos momentos, los oyentes irrumpen en aplausos.
(47) Los "afanosos (diligentes, etc.) salmistas de la Iglesia": la expresión es
un testimonio más de la labor litúrgica de los salmistas, cuya tarea consistía
en entonar salmos, bien como responsorio a las lecturas bíblicas proclamadas en
las asambleas o en determinados momentos del día, con lo que se recitaba así lo
que nosotros conocemos como Oficio divino. Muchas veces eran escogidos tanto
entre los fieles como de los catecúmenos. Todo ello hace ver que se celebraban
liturgias con todos sus elementos plenamente desarrollados. Mas detalles en PC
33,803, nota 1.
(48) En la iglesia donde se están impartiendo las catequesis.
(49) La interpretación mesiánica de
Is 63,1
es clara a la vista de
Ap 19,3.
(50) Estas afirmaciones se cuentan tal vez entre las expresiones más rotundas de
las catequesis sobre la eficacia salvadora de la muerte de Jesús en la cruz:
Jesús, como Siervo (cf. una vez más
Is 52,13-53,12),
carga sobre si los pecados de los hombres para que el pecado no pueda contra
ellos. Así sucede que lo que muere es el pecado, pero el hombre tiene así la
posibilidad de resucitar hecho justo. Cf.
Rm 4,25
y, como realidad experimentada en el bautismo,
Rm 6,3-11.
(51) Cf. también los vers. 32b-33.
(52) Mt
27,34 afirma: "Le dieron a beber vino mezclado con hiel" (cf.
Mt 27,48),
lo que en realidad es un acto de compasión por producir un efecto algo sedante,
pero siempre se ha entendido la proximidad de Mt 27,34 a
Ps 69,22.
(53) Cf. más abajo, núm. 32.
(54) Toda la canción o parábola de la viña, en
Is 5,1-7.
El conjunto de la canción (cf. especialmente el v. 7) es una directa alusión a
la actitud de Israel e incluso del reino de Judá. Ya se ha visto hasta ahora muy
frecuentemente que las catequesis mencionan a menudo y con expresiones fuertes
el endurecimiento histórico-salvífico de Israel. El tema de la viña improductiva
de Israel ha sido muy frecuente en el Antiguo Testamento, pero es retornado por
Jesús en la parábola de los viñadores homicidas (Mt
21,33-46 par). Para más detalle cf. los textos bíblicos aducidos al
margen de Is
5,1-2 por la Biblia de Jerusalén, así como la nota general a pie de
página, ibid., a
Is 5.
(55) El texto de Is dice "agraces", "agrazones" o "uvas amargas". Se traduce
aquí por espinas, respetando el texto de Cirilo, puesto que inmediatamente se
hace alusión a la corona de espinas.
(56) La afirmación de Cirilo se puede esquematizar diciendo simplemente: el
carisma profético ha pasado a la Iglesia.
Ep 2,20
señala que el conjunto de los cristianos están "edificados sobre el cimiento de
los Apóstoles y profetas".
(57) Ambos ladrones.
(58) Interpreta así Cirilo la primera parte de la frase de Jesús al buen ladrón
en Lc 23,43.
(59) Vid. más abajo, cat. 14, núms. 5 y 11.
(60) La expresión alude a que en el Santo de los Santos solo podía entrar, y una
vez al año, el Sumo Sacerdote judío. Cristo, en cambio, ha allanado el acceso
del creyente a Dios. El tema del sacerdocio único y definitivo de Cristo, que
"de una vez por todas" o "de una vez para siempre" (He
7,27) ha realizado su misión es fundamental en la carta a los Hebreos.
(61) Al ser rechazado Dios en su Mesías, Dios abandona el templo, lo que se
indica en primer lugar en el desgarro del velo. Pero años después, en el 70 p.
C., el templo seria destruido tras el largo asedio de la ciudad por los romanos.
(62) Recuérdese otra vez la clara afirmación de
Rm 5,20:
"Pero donde abundo el pecado, sobreabundo la gracia".
(63) El titulo "Sol de justicia" ha sido aplicado, litúrgicamente, a Cristo.
(64) La edición de Migne remite aquí a
1Co 10,4
("y la roca era Cristo").
(65) En su contexto, el pasaje aludido de
Ps 74,14
es seguramente una alusión al paso de los hebreos por el Mar Rojo al salir de
Egipto.
(66) Actuarían como testigos en contra de quien renegara del crucificado.
(67) El Pretorio era la residencia de los pretores o gobernadores, en este caso
Pilato. Este ocupaba, cuando estaba en Jerusalén, sobre todas en funciones de
vigilancia, frecuentemente la Torre Antonia, en una esquina del templo. Es el
lugar donde más frecuentemente ha situado la tradición la coronación de espinas
y las burlas de la soldadesca. Vid. la nota de la Biblia de Jerusalén a
Mt 27,2-7.
(68) Según explica PG 33,819, nota 1, diversos Padres y escritoras eclesiásticos
hablan de esta hendidura, que se siguió mostrando durante siglos a los
peregrinos.
(69) Utilizando también
Da 7,13,
además de Mt 24,30, pero moviéndose en una perspectiva que apunta al futuro, hay
que mencionar
Ap 1,7:
"Mirad, viene acompañado de nubes; todo ojo le vera, hasta los que le
traspasaron, y por él harán duelo todas las razas de la tierra". Es patente aquí
el sentido expreso de la escatología históricamente definitiva, asunto que se
desarrollara en la catequesis XV.
Pronunciada en Jerusalén, sobre lo de "resucitó al tercer día y ascendió a los
cielos, y está sentado a la derecha del Padre".
El texto de partida es 1Co 15,1-4: "Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os prediqué... y que resucitó al tercer día según las Escrituras..." (1).
1. "Alégrate, Jerusalén y regocijaos con ella todos los que la amáis" (Is
66,10a) pues Jesús ha resucitado. "Llenaos de alegría por ella todos los
que por ella hacíais duelo" (2), al conocer los crímenes y delitos de los
judíos. Pues el que fue deshonrado por ellos en estos parajes ha sido devuelto
de nuevo a la vida. Y así como la conmemoración de la cruz aportó algo de
tristeza, así la fausta noticia de la resurrección debe alegrar a los aquí
presentes. "Has trocado mi lamento en una danza, me has quitado el sayal y me
has ceñido de alegría" (Ps
30,12); "mi boca está repleta de tu alabanza y de tu gloria todo el día"
(Ps 71,8),
por causa del que, después de su resurrección, dijo; "Alegraos" (Mt
28,9). Sé que en los días pasados los que aman a Cristo estaban tristes
cuando, al terminar nuestro discurso sobre la muerte y la sepultura, y sin hacer
un anuncio de la resurrección, el ánimo estaba expectante para oír lo que
deseaba. Pero aquél, después de muerto, resucitó "libre entre los muertos" y
como libertador de los muertos. El que ignominiosamente fue coronado en su
paciencia con corona de espinas, al resucitar se ciñó con la diadema de la
victoria sobre la muerte.
El modo como se procederá
2. Y al modo como hemos expuesto los testimonios relativos a su cruz, ahora
mostraremos con claridad la resurrección. Partimos de lo que el apóstol dice:
"...que fue sepultado y que resucito al tercer día, según las Escrituras" (1Co
15,4). Así pues, puesto que el Apóstol nos remite a los testimonios de
las Escrituras, lo mejor será examinar en qué se apoya la esperanza de nuestra
salvación y comprobar, en primer lugar, si las Escrituras nos hablan con
precisión del tiempo de su resurrección: si ha tenido lugar en verano o en otoño
o después del invierno, o en qué lugar resucito el Salvador, y cuál es el nombre
que en los profetas, hombres admirables, se atribuye al lugar de la
resurrección. O si las mujeres, que lo buscaban sin encontrarlo, de nuevo se
alegraron al encontrarlo de nuevo. De este modo, al leer los evangelios, sus
narraciones no se consideraran como fabulas ni como poemas épicos (3).
La previsión bíblica de la sepultura y resurrección de Jesús
3. Que Jesús fue, pues, sepultado lo oísteis abiertamente en la catequesis
anterior (4). Dice Isaías; "Cuando ante la desgracia es arrebatado el justo, se
va en paz" (Is
57,1-2) (5). Pues su sepultura pacifico el cielo y la tierra (6),
acercando a los pecadores a Dios. Además: "Del rostro de la iniquidad es
arrebatado el justo" (Is
57,1 LXX) y "se puso su sepultura entre los malvados" (Is
53,9). También está la profecía de Jacob, que dice en la Escritura: "Se
recuesta, se echa cual león, o cual leona, ¿quién le hará alzarse? (Gn
49,9b). Y es semejante este testimonio del libro de los Números: "Se
agacha, se acuesta, como león, como leona, ¿quién le hará levantar?" (Nb
24,9) (7). Y a menudo oísteis el salmo, que dice: "Tu me sumes en el
polvo de la muerte" (Ps
22,16). Y también hemos mencionado "Reparad en la pena de donde fuisteis
tallados" (Is
51,1) refiriéndonos al lugar (8). Después relacionamos los testimonios
de la misma resurrección.
4. En primer lugar, pues, en el Salmo 12 dice: "por la opresión de los humildes,
por el gemido de los pobres, ahora me alzo yo, dice Yahvé" (Ps
12,6). Pero este testimonio es para algunos todavía dudoso, pues a
menudo se levanta airado para tomar venganza de los enemigos (cf.
Ps 7,7).
Acércate entonces al
Ps 16,
que claramente dice: "Guárdame, oh Dios, en ti esta mi refugio" (Ps
16,1). Y, más abajo: "yo jamás derramaré sus libámenes de sangre, jamás
tomaré sus nombres en mis labios" (Ps
16,4), puesto que, renegando de mi, hicieron del César su rey (v. 9). Y,
más abajo: "Pongo a Yahvé ante mi sin cesar; porque él está a mi diestra, no
vacilo" (Ps
16,8). Y, a continuación: "Por eso se me alegra el corazón, mis entrañas
retozan". Y después: "Pues no has de abandonar mi alma al sheol, ni dejarás a tu
amigo ver la fosa" (Ps
16,9a) (10). No ha dicho "ni dejarás a tu amigo ver la muerte", pues en
ese caso no habría muerto, sino "la corrupción" (11), puesto que no permaneceré
en la muerte. "Me enseñarás el camino de la vida" (Ps
16,11): claramente se anuncia la vida después de la muerte. Ven ahora al
Salmo 30: "Yo te ensalzo, Yahvé, porque me has levantado; no dejaste reírse de
mí a mis enemigos" (Ps
30,1). ¿Qué ha sucedido? ¿Has sido liberado de los enemigos o has sido
soltado para que te golpeasen? Lo dice con toda claridad: "Tú has sacado, Yahvé,
mi alma del sheol" (Ps
30,4). Decía proféticamente: "No dejarás..." (cf.
Ps 16,9-10).
Pero aquí, hablando del futuro como cosa ya realizada, dice: "...has sacado mi
alma... me has recobrado de entre los que bajan a la fosa" (Ps
30,4). ¿En qué tiempo sucederá esto?: "Por la tarde, visita de lágrimas
y, por la mañana, gritos de alborozo" (Ps
30,6). Por la tarde estaban de luto los discípulos, y por la mañana se
alegraron de la resurrección.
El lugar de la resurrección
5. ¿Quieres conocer también el lugar? Es en el Cantar de los Cantares donde
dice: "Al nogueral había yo bajado" (Ct
6,11). "En el lugar donde había sido crucificado había un huerto" (Jn
19,41). Y aunque ahora, gracias a la generosidad del emperador, se
encuentra magníficamente embellecido (12), antes era solo un huerto del que
quedan sus vestigios y restos. "Huerto, cerrado, fuente sellada" (Ct
4,12), precisamente por los judíos, que dijeron: "Recordamos que ese
impostor dijo cuando aún vivía: "A los tres días resucitaré". Manda, pues, que
quede asegurado el sepulcro..." (Mt
27,63-64). Y poco después: "Ellos fueron y aseguraron el sepulcro,
sellando la piedra y poniendo la guardia" (Mt
27,66). A ellos se les dice hermosamente: "Lo(s) juzgarás en el
descanso" Jb
7,18LXX). Pero ¿quién es la "fuente sellada" (Ct
4,12) o la "fuente de los huertos, pozo de aguas vivas" (Ct
4,15)? Es el Salvador, del cual está escrito: "En ti esta la fuente de
la vida" (Ps
36,9).
La resurrección de Cristo como "testimonio"
6. ¿Y qué es lo que Sofonías dice a los discípulos acerca de la persona de
Cristo? "Disponte, levántate de mañana, pues su racimo se ha podrido" (So
3,7LXX). Se trata del de los judíos, en los que no queda uva ni racimo
de salvación, pues se ha arrancado su vina. Mira como habla a los discípulos:
"Prepárate, levántate temprano. Espera de mañana la resurrección". Y después,
según lo que sigue y el tenor mismo de la Escritura, dice: "Por eso, esperadme
-dice el Señor- hasta el día de mi resurrección como testimonio" (So
3,8LXX). Ves también que el profeta previo el lugar del testimonio, que
había de llamarse "martyrion" (13). Pues ¿por qué razón este lugar del Gólgota y
de la resurrección no se llama "iglesia" como los demás, sino "Martyrion"? Es
tal vez a causa de lo que dijo el profeta: "el día de mi resurrección como
testimonio".
También los hijos de Dios dispersos aceptaran la resurrección y sus señales
7. ¿Quién es el que resucita y cuáles son sus signos? Lo dice con evidencia
continuando el mismo texto profético? "Convertiré entonces la lengua de los
pueblos" (So
3,9) como quiera que después de la resurrección tras el envió del
Espíritu Santo, se dio el don de lenguas (Ac
2,4), "para que invoquen todos el nombre de Yahvé y le sirvan bajo un
mismo yugo" (So
3,9). ¿Y qué otro símbolo se añade, en el mismo profeta, de que servirán
al Señor "bajo un mismo yugo?" "Desde allende los ríos de Etiopia, mis
suplicantes, mi dispersión, me traerán mi ofrenda" (So
3,10). Ves que eso está escrito en los Hechos cuando el eunuco etíope
llega desde los confines de los ríos de Etiopia (Ac
8,27). Las Escrituras señalan, por tanto, el momento y las
circunstancias de tiempo y lugar, además de los signos que siguieron a la
resurrección. Ten, pues, una fe firme en la resurrección y que nadie te aparte
de confesar a Cristo resucitado de entre los muertos.
Valor profético de Salmo 88
8. Recibe también otro testimonio del
Ps 88,
cuando es Cristo el que proféticamente dicen: "Yahvé Dios de mi salvación, ante
ti estoy clamando día y noche" (Ps
88,2) y, poco después: "Soy como un hombre acabado: relegado entre los
muertos" (Ps
88,5). No dice "soy un hombre acabado", sino "como un hombre acabado":
no ha sido crucificado porque le falten fuerzas, sino voluntariamente. Ni
tampoco le llego la muerte por una debilidad involuntaria. "Me has echado en lo
profundo de la fosa" (v. 7). Y, ¿cuál fue la señal de esto?: "Has alejado de mi
a mis conocidos" (14). De hecho, huyeron sus discípulos (Mt
26,56). "¿Acaso para los muertos haces maravillas?" (Ps
88,11). Y, poco después: "Mas yo grito hacia ti, Yahvé, de madrugada va
a tu encuentro mi oración" (v. 14). ¿Es que no ves como también se aclaran las
circunstancias de tiempo tanto de la pasión como de la resurrección?
El lugar
de la resurrección, en la parte exterior de la ciudad
9. ¿Pero desde qué lugar resucitó El Salvador? Dice en el Cantar de los
Cantares: "Levántate, amada mía, hermosa mía y vente" (Ct
2,10). Y en lo que sigue: "En la grieta de la roca" (Ct
2,14). Habla de la grieta de la roca, la entrada que entonces había
antes de la puerta del sepulcro del Salvador (15) y que estaba excavada en la
misma roca, como suele hacerse en las entradas de los sepulcros. Ya no se puede
ver actualmente porque, al colocar toda la ornamentación actual, se suprimió
aquel abrigo. Anteriormente a la actual estructura del monumento, de
magnificencia regia, había una cavidad antes de la roca. Pero ¿donde está la
roca en la que se encontraba esa cavidad? ¿Esta tal vez en medio de la ciudad o
próxima a las murallas y a los extremos? ¿O en las antiguas murallas o en los
antemurales? Pues dice en el Cantar de los Cantares: "En la cavidad de la roca
junto al muro exterior" (Ct
2,14 LXX).
Tuvo lugar en el tiempo de la Pascua
10. ¿En qué época resucitó el Salvador? ¿En la estación de verano o en otra?
También en el Cantar de los cantares, muy próximo a lo que se acaba de citar,
dice: "Porque, mira, ha pasado ya el invierno, han cesado las lluvias y se han
ido. Aparecen las flores en la tierra, el tiempo de la poda ha llegado" (Ct
2,11-12 LXX). ¿Es que la tierra está ahora llena de flores y se podan
las viñas? Te das cuenta de cómo dijo que el invierno había pasado. Pues cuando
llega el mes Xantico (16), inmediatamente viene la primavera. Pero en esta época
cae el primer mes del calendario hebreo y en él se celebra la fiesta de la
Pascua, que antes era en imagen y en figura, y ahora es la verdadera. Esta es la
época de la creación, pues es entonces cuando dijo Dios: "produzca la tierra
vegetación: hierbas que den semillas y árboles frutales que den fruto, de su
especie, con su semilla dentro, sobre la tierra" (Gn
1,11). Y ahora, como ves, germina ya toda clase de hierba. Y del mismo
modo que cuando entonces hizo Dios el sol y la luna, distribuyo entre ambos el
curso de los días y las noches, así pocos días antes era el tiempo del
equinoccio. Y entonces dijo Dios: "hagamos al ser humano a nuestra imagen, como
semejanza nuestra" (Gn
1,26). Y realmente lo que recibió fue a imagen y semejanza de Dios, pero
lo oscureció y entenebreció por la desobediencia. Pero en el mismo momento en
que sufrió esta pérdida, tuvo también lugar la reparación. Después de ser creado
el hombre, fue expulsado del paraíso por su desobediencia, pero en el mismo
momento el que creyó fue introducido en él por la obediencia (17). La salvación
fue a la vez que la caída. Cuando "aparecen las flores... y el tiempo de la poda
ha llegado" (Ct
2,12 LXX).
Sepultado después de muerto, se aparece Jesús a los discípulos
11. El lugar de la sepultura era un huerto, y había plantada una vid. El había
dicho: "Yo soy la vid" (Jn
15,1). Esta colocada en la tierra para que quedase erradicada la
maldición que se introdujo por causa de Adán. La tierra estaba condenada a
producir espinas y abrojos. Pero de la tierra se alzo la vid verdadera para que
se cumpliese lo dicho: "La verdad brotara de la tierra, y de los cielos se
asomara la justicia (Ps
85,12). ¿Y que habrá de decir el que está sepultado en el huerto?: "He
tomado mi mirra con mi bálsamo" (Ct
5,1). Y también: "Mirra y aloe, con los mejores bálsamos" (4,14Lc 24,1Jn
19,39Ct 5,1). Pero se resistían a creer, pues creían ver un Espíritu (Lc
24,37). Pero él les dijo: "Palpadme y ved" (Lc
24,39; cf.
Lc 37-41).
"Meted los dedos en el agujero de los clavos" como exigía Tomás (Jn
20,24-29). Y "como ellos no acabasen de creerlo a causa de la alegría y
estuviesen asombrados, les dijo: "¿Tenéis aquí algo de comer?" Ellos le
ofrecieron parte de un pez asado" (Lc
24,41-42). Ahí se ve como se ha cumplido lo que se ha dicho: "He comido
mi pan con mi miel".
Las mujeres, rápidas al sepulcro
12. Pero antes de entrar por las puertas cerradas, lo estaban buscando a él,
esposo y médico de las almas, aquellas mujeres buenísimas y dotadas de una
fortaleza viril. Llegaron aquellas bienaventuradas al sepulcro y buscaban al que
ya había resucitado (Mt
28,1-6). Las lágrimas les brotaban de los ojos cuando en realidad era ya
momento de alegrarse y de cantar a coro por el resucitado. Vino María
buscándolo, como está en el Evangelio (Jn
20,1ss) y no lo encontró; lo oyó después de boca de los ángeles y
finalmente vio a Cristo (Jn
20,11-18). ¿Acaso no constaban ya estas cosas por escrito? Pues se dice
en el Cantar de los Cantares: "En mi lecho he buscado al amor de mi alma". Pero
¿en qué momento?: "En mi lecho, por las noches, he buscado al amor de mi alma"
(18). María, dice, llego "cuando todavía estaba oscuro" (Jn
20,1). "En mi lecho, por las noches, he buscado al amor de mi alma. Lo
busqué y no lo hallé" (Ct
3,1). Y en los evangelios es también María la que dice: "Se han llevado
a mi Señor, y no sé donde lo han puesto" (Jn
20,13). Pero los ángeles presentes deshicieron esta ignorancia diciendo:
"¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?" (Lc
24,5). No resucito solo, sino llevando consigo a otros muertos. Pero
ella no lo sabía. En referencia a ella cuando se dirige a los ángeles, dice el
Cantar de los Cantares: "'Habéis visto al amor de mi alma?'. Apenas habíamos
pasado -es decir, a los dos ángeles-, cuando encontré al amor de mi alma. Lo
aprehendí y no lo soltaré" (Ct
3,3-4).
Aparición a las mujeres
13. Después de la visión de los ángeles fue Jesús el que se anuncio a sí mismo.
Dice el Evangelio: "En esto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: '¡Dios os
guarde!'. Y ellas, acercándose, se asieron a sus pies" (Mt
28,9). Lo asieron para que se cumpliese aquello: "Lo aprehendí y no lo
soltaré" (Ct
3,4). La mujer era de cuerpo débil, pero de ánimo viril. Las aguas no
apagaron el amor ni lo anegaron los ríos (Ct
8,7). Al que se buscaba estaba muerto, pero no se había apagado la
esperanza de la resurrección. Y el ángel les dijo de nuevo: "Vosotras no temáis"
(Mt 28,5).
No digo que no temáis a los soldados, sino que no estéis temerosas. Sientan
ellos temor, para que, instruidos por la experiencia, den testimonio y digan:
"Verdaderamente éste era Hijo de Dios" (Mt
27,54). Pero vosotros no debéis temer, pues "el amor perfecto expulsa el
temor" (1Jn
4,18). "Y ahora id enseguida a decir a sus discípulos", etc. (Mt
28,7). "Ellas partieron a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran
gozo" (28,8). ¿También esto está escrito? Dice, en efecto, el salmo segundo,
enunciando la pasión de Cristo: "Servid a Yahvé con temor y regocijaos en
estremecimiento ante él" (Ps
2,11 LXX). "Regocijaos", por el Señor que ha resucitado, pero "en
estremecimiento" por causa del terremoto y del ángel que apareció con el fulgor
de un relámpago.
Jesús resucita, aunque el sepulcro estaba sellado y vigilado
14. Los príncipes de los sacerdotes y los fariseos sellaron el sepulcro tras
advertírselo a Pilatos, pero las mujeres vieron al Resucitado. E Isaías, que
conocía, por una parte, la futilidad de los sumos sacerdotes y, de otro lado, la
fortaleza de fe de las mujeres, dice: "Mujeres, que venís de la visión, daos
prisa, pues no hay un pueblo que tenga inteligencia" (Is
27,11 LXX). Los sumos sacerdotes están desprovistos de inteligencia, y
las mujeres están mirando con sus mismos ojos (19). Y cuando fueron a aquellos
los soldados comunicándoles todo lo que había sucedido (Mt
28,11), les advirtieron: "Decid: 'Sus discípulos vinieron de noche y lo
robaron mientras nosotros dormíamos'" (Mt
28,13). Correctamente lo predijo esto también Isaías hablando como por
ellos: "Habladnos cosas halagüeñas, contemplad ilusiones" (Is
30,11). Pero él ha resucitado y se ha alzado, mas ellos con donativos en
dinero sobornan a los soldados (Mt
28,15). Pero los soldados no necesitan convencer ahora a los actuales
emperadores. Pues los soldados de entonces traicionaron a la verdad con dinero,
pero los actuales emperadores edificaron esta santa Iglesia de la Resurrección
de Dios Salvador, en la cual estamos y a la que embellecieron con plata y oro,
ornamentándola a base de altares también con oro, plata y piedras preciosas. "Y
si la cosa llega a oídos del procurador, nosotros le convenceremos y os
evitaremos complicación" (Mt
28,14). A él le persuadieron, pero no al mundo entero. ¿Y cómo es que,
al salir Pedro de la cárcel, fueron condenados sus guardianes (Ac
12,19), mientras que no sufrieron castigo los que custodiaban a Jesús?
En realidad, la pena a aquellos les fue impuesta por Herodes, pues no tenían
excusa por ignorancia, pero estos otros, que supieron la verdad y la ocultaron
por dinero, fueron respetados por los sumos sacerdotes (Mt
28,15). Unos pocos judíos creyeron entonces la fabula, pero en la verdad
creyó el orbe entero. Los que ocultaron la verdad quedaron sepultados en el
olvido, pero los que la acogieron aparecieron a la luz pública movidos por la
fuerza del Salvador. Este no solo se alzo de entre los muertos, sino que llevo
consigo también a otros muertos, de cuya persona dice claramente el profeta
Oseas: "Dentro de dos días nos dará la vida, al tercer día nos hará resurgir y
en su presencia viviremos" (Os
6,2) (20).
Los Apóstoles, testigos de la resurrección, son también hebreos
15. Al no convencer las Sagradas Escrituras a los judíos, que no obedecen, y al
contradecir ellos mismos la resurrección de Jesús, lo mejor sería hablarles así:
¿Por qué, mientras afirmáis que Eliseo y Elías han resucitado a muertos (cf.
2R 4,20ss;
1R 17,17-24)
os obcecáis en contra de la resurrección de nuestro Salvador? ¿O es que a los
que actualmente vivimos no nos valen los testigos de entonces? Buscad, pues,
vosotros testigos de aquella época (21). Si lo de aquella época está escrito,
también esto está escrito. ¿Por qué aceptáis una de las cosas y rechazáis la
otra? los hebreos pusieron por escrito aquellos hechos anteriores. Pero todos
los Apóstoles fueron también hebreos. ¿Por qué, si son judíos, no les creéis?
Mateo, al escribir su evangelio, lo hizo en lengua hebrea (22). Pablo, el
predicador era "hebreo e hijo de hebreos" (Ph
3,5). Y los doce Apóstoles eran todos hebreos. Posteriormente, los
quince obispos de Jerusalén han sido, en sucesión ininterrumpida, también todos
hebreos. ¿Por qué razón, pues, mientras admitís lo vuestro, creéis que se ha de
rechazar lo nuestro, que ha sido puesto por escrito por hebreos de vuestra raza?
La resurrección de Jesús es mayor milagro que las obradas por Elías y Eliseo
16. Pero es imposible, dirá alguno, resucitar muertos. Pero Eliseo obro una y
otra vez resurrecciones, tanto estando en vida (2R
4,20ss) como después de su muerte (2R
13,21). Si creemos que un cadáver arrojado al suelo resucito al contacto
con Eliseo, que yacía allí muerto ¿no resucito Cristo de entre los muertos?
Además, resucito aquel que estaba muerto y toco a Eliseo, pero el que lo hizo
alzarse permaneció, sin embargo, muerto, como ya estaba antes. Pero el muerto
del que nosotros hablamos resucito y resucitaron otros muchos muertos que a él
ni siquiera le habían tocado: "Muchos cuerpos de santos difuntos resucitaron. Y,
saliendo de los sepulcros después de la resurrección de él, entraron en la
Ciudad Santa -claramente se trata de la ciudad en la que estamos (23)- y se
aparecieron a muchos" (Mt
27,52-53). Eliseo hizo ciertamente resucitar a un muerto, pero no
consiguió dominar el orbe; Elías resucito a un muerto, pero los demonios no se
sometieron en nombre de Elías. Sin embargo, no hacemos de menos a los profetas,
sino que celebramos con mayor magnificencia a quien es Señor de ellos. En
realidad, no ensalzamos lo nuestro empequeñeciendo aquello, pues también aquello
es nuestro. Más bien conciliamos la fe en lo nuestro con las cosas de ellos
(24).
Jonás, imagen de la muerte y resurrección de Jesús
17. Pero dicen insistentemente: Es un muerto recientemente difunto que ha sido
resucitado por un vivo, pero mostradnos que es posible que resucite un muerto de
tres días y que sea llamado de nuevo a la vida un hombre que esté ya tres días
sepultado. Pero, si buscamos una tal prueba, nos la suministra el Señor Jesús en
los evangelios al decir: "Porque de la misma manera que Jonás estuvo en el
vientre del cetáceo tres días y tres noches, así también el Hijo del hombre
estará en el seno de la tierra tres días y tres noches" (Mt
12,40 Jon
2,1). Y cuando indagamos con cuidado la historia de Jonás, es grande la
semejanza con lo nuestro. Jesús fue enviado a predicar la conversión: también
Jonás (Jon
1,2ss) fue enviado (a lo mismo). Pero éste, al no saber el futuro, huye:
aquél, en cambio, accedió a anunciar la penitencia de salvación. Jonás dormía en
la nave, y lo hacía profundamente (Jon
1,5) mientras el mar estaba encrespado por la tempestad: también, cuando
Jesús se encontraba durmiendo, se encrespo el mar por determinados designios (Mt
8,2 Mt 4-25),
para que después se reconociese el poder del que estaba durmiendo (Mt
8,27). Aquellos decían: "¿Qué haces aquí dormido? ¡Levántate e invoca a
tu Dios! Quizás Dios se preocupe de nosotros y no perezcamos" (Jon
1,6). Y aquí dicen al Señor: "¡Señor, sálvanos!" (Mt
8,25). Allí decían: "¡Invoca a tu Dios!". Y aquí; "¡sálvanos!". Aquél
dice: "Agarradme y tiradme al mar, y el mar se os calmara" (Jn
1,12). Este, "increpo a los vientos y al mar, y sobrevino una gran
bonanza" (Mt
8,26). Aquél fue a parar al vientre de la ballena (Jon
2,1), pero éste descendió por su propia voluntad al lugar donde la
muerte tragaba a los hombres. Descendió voluntariamente para que la muerte
vomitase a aquellos que se había tragado, según aquello que está escrito: "De la
garra del sheol los libraré, de la muerte los rescataré" (Os
13,14).
18. Llegados a esta parte del discurso, consideremos si es más difícil que un
hombre sepultado salga del suelo. ¿O acaso no se deshace y se corrompe un hombre
en el vientre de un cetáceo, tragado en las vísceras cálidas de un ser vivo?
¿Quién ignora que es tanto el calor que hay en el vientre que deshace incluso
los huesos que se devoran? Y Jonás, tras habitar tres días y otras tantas noches
en el vientre de la ballena, ¿no estaría corrompido y deshecho? Siendo idéntica
la naturaleza de todos los hombres, y no pudiendo vivir sin respirar el aire,
¿cómo pudo vivir tres días sin él? Responden los judíos y dicen: Juntamente con
Jonás, cuando se agitaba en el sheol, descendió el poder de Dios. Dios daba así
vida a su siervo otorgándole su poder. ¿Y no podía Dios darse ese poder a sí
mismo? Si aquello era creíble, también esto lo es; y si esto no se puede creer,
tampoco aquello. A mí, ambas cosas me parecen igualmente creíbles. Creo que
Jonás fue protegido, pues "para Dios todo es posible" (Mt
19,26). También creo que Cristo resucito de entre los muertos. Tengo
múltiples testimonios de esta realidad, tanto de las Sagradas Escrituras como
del mismo Resucitado, todos validos hasta el día de hoy: el que descendió a los
infiernos solo volvió acompañado de muchos (25), pues descendió a la muerte y
muchos cuerpos de los santos que habían muerto fueron resucitados por él (Mt
27,52).
En el abismo, la victoria sobre la muerte
19. La muerte quedo aterrorizada al ver que descendía al infierno alguien
distinto que no estaba sujeto por las cadenas de este lugar (cf.
Ac 2,24).
¿Por qué razón, guardianes del infierno, os llenasteis de pavor al verlo? (cf.
Jb 38,17LXX).
¿Os invadió un temor descarado? Huyo la muerte y esa fuga delataba su temor.
Acudieron los santos profetas. Moisés el legislador, Abraham, Isaac y Jacob,
David y Samuel, Isaías y Juan Bautista, que dice y testifica: "¿Eres tu el que
ha de venir, o debemos esperar a otro?" (Mt
11,3). Han sido redimidos todos los santos que la muerte se había
tragado. Lo que debía ser es que el Rey que había sido predicado fuese en
realidad el libertador de los mejores augurios. Por eso ha dicho alguno entre
los justos: "¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu
aguijón?" (1Co
15,55). Es el autor de la victoria el que nos ha liberado (26).
Más datos sobre Jonás como imagen de Cristo muerto y resucitado
20. Jonás fue figura de este nuestro Salvador orando desde el vientre del
cetáceo diciendo: "Desde mi angustia clamé a Yahvé y él me respondió: desde el
seno del sheol grité, y tu oíste mi voz" (Jon
2,3). Estaba en el interior de la ballena, pero dice que estaba en el
infierno: era figura de Cristo, que en su momento habría de descender a los
infiernos (27). Y poco después, hablando proféticamente con toda claridad acerca
de la persona de Cristo, dice; "A las raíces de los montes descendí" (Jon
2,7). ¿De qué montes hablas si estas en el vientre de la ballena? Es que
sé -dice- que soy imagen de aquél que será colocado en el sepulcro excavado en
piedra. Cuando Jonás se encontraba en el mar, dice: "Descendí a la tierra" (Jon
2,7LXX), siendo así imagen de Cristo, que descendió hasta las entrañas
de la tierra (Mt
12,39-40) (28). Previo también el fraude de los judíos induciendo a los
soldados a mentir y diciéndoles: "Decid que lo robaron" (Mt
28,13). Lo previo diciendo: "Observando cosas vanas y falsas, abandonan
la misericordia para con ellos" (Jon
2,9, mejor LXX). De hecho, vino quien se compadecía de ellos, y fue
crucificado y resucito tras haber dado el don de su preciosa sangre en favor de
judíos y gentiles. Ellos, sin embargo, dicen: "Decid que lo robaron", haciendo
así observancia de cosas vanas y de falsedades. De su resurrección dice también
Isaías: "El que saco de entre los muertos al gran pastor de las ovejas, en la
sangre de una alianza eterna" (Is
63,11) (29). Añadió lo de "grande" para que no fuese contado entre los
pastores de la categoría de los anteriores.
Las apariciones del Resucitado
21. Con todos estos datos proféticos, despiértese en nosotros la fe. Caigan los
que caen por infidelidad según su capricho. Tú, en cambio, te has mantenido
firme sobre la roca de la fe en la resurrección: que ningún hereje te arrastre
nunca a infamar la resurrección. Pues, hasta el día de hoy, los maniqueos dicen
que la resurrección del Salvador fue simulada y no verdadera. Tenemos, además, a
Pablo, que escribe (30): "Nacido del linaje de David según la carne" (Rm
1,3); y continua: "...por su resurrección de entre los muertos" (Rm
1,4) (31). Y, por otra parte, dirige contra ellos sus palabras diciendo:
"No digas en tu corazón "¿quién subirá al cielo?" es decir: para hacer bajar a
Cristo; o bien: "¿quién bajara al abismo?", es decir: para hacer subir a Cristo
de entre los muertos" (Rm
10,6-7). Igualmente, en otro lugar, previniéndonos, escribe: "Acuérdate
de Jesucristo, resucitado de entre los muertos" (2Tm
2,8). Y también: "Y si no resucito Cristo, vacía es nuestra predicación,
vacía también vuestra fe. Y somos convictos de falsos testigos de Dios porque
hemos atestiguado contra Dios que resucito a Cristo, a quien no resucito" (1Co
15,14-15). Y, en lo que sigue dice: "¡Pero no! Cristo resucito de entre
los muertos como primicias de los que durmieron" (1Co
15,20). "Se apareció a Cefas y luego a los Doce" (1Co
15,5) (32). Si no aceptas la fe de uno solo, tienes ahí doce testigos.
"Después se aparecidas a más de quinientos hermanos a la vez" (1Co
15,6). Si a aquellos doce tampoco les creían, que hagan caso a estos
quinientos. "Luego se apareció a Santiago" (1Co
15,7), su hermano (33), primer obispo de esta parroquia (34). Si este
obispo tan importante vio a Jesucristo resucitado, no reniegues de la fe tú que
eres discípulo suyo. Pero si dices que Santiago dio testimonio por ser hermano
suyo, "en último término se me apareció también a mi" (1Co
15,8), Pablo, su enemigo. ¿Cómo poner en duda el testimonio de uno que
ha sido su enemigo y ahora lo anuncia? Antes fui perseguidor (1Tm
1,13) y ahora anuncio la resurrección.
Personas y objetos materiales, testigos de la resurrección
22. Muchos son los testigos de la resurrección del Salvador. Era la noche y
había luna llena, la decimosexta noche (35). La roca del sepulcro que acogió a
Cristo y la piedra que resistió en su cara a los judíos: esa piedra vio al
Señor, la piedra que fue removida de su sitio (Mt
28,2), ella da testimonio de la resurrección estando allí tirada hasta
el día de hoy. Los ángeles de Dios, allí presentes, dieron testimonio de la
resurrección del Unigénito (Lc
24,4ss). Pedro y Juan, Tomás y todos los demás Apóstoles, algunos de los
cuales corrieron hasta el sepulcro (Jn
20,4) y vieron los lienzos de la sepultura en los que había estado
envuelto y que habían quedado allí después de la resurrección (Jn
20,6-7). Otros tocaron sus manos y sus pies y contemplaron las señales
de los clavos (Jn
20,27). Y todos recibieron a la vez el soplo del Salvador y la potestad
de perdonar los pecados en virtud del Espíritu Santo (Jn
20,22-23). Las mujeres que se asieron a sus pies observaron la magnitud
del terremoto y el fulgor del ángel que allí estaba (Mt
28,2-5), así como los lienzos que le envolvían y que, al resucitar,
abandono allí. Son testigos también los soldados y el dinero que se les dió (Mt
28,15), el lugar, que todavía puede verse, y el santo edificio de esta
Iglesia, edificada, por amor a Cristo, por el emperador Constantino, de feliz
memoria, y que, como ves, esta tan embellecida.
Otros testimonios de la resurrección y la ascensión
23. También la que fue resucitada en su nombre, Tabita, es testigo de la
resurrección (cf.
Ac 9,40).
Pues, ¿quién dejara de creer en la resurrección de Cristo, cuando su mismo
nombre hizo resucitar a muertos? También el mar, como ya oíste (36), es testigo
de la resurrección de Jesús. Testigos son la captura de los peces, las brasas
encendidas y las viandas preparadas (Jn
21,6 Jn
21,9). También da testimonio Pedro, que antes le había negado tres
veces, pero después le confesó otras tres veces, recibiendo el encargo de
apacentar las ovejas espirituales (Jn
21,15-17). Hasta el día de hoy existe el Monte de los Olivos, que
muestra a los ojos de los fieles quién es el que ascendió sobre la nube y que es
la puerta de la ascensión a los cielos. En Belén había descendido de los cielos,
pero ascendió a los cielos desde el monte de los Olivos. Desde allí vino hasta
los hombres para entablar su combate y es aquí donde es coronado tras su lucha.
Tienes, pues, numerosos testigos, tienes este mismo lugar de la resurrección y
tienes el lugar de la ascensión, situado, desde nuestra posición, al Oriente.
Tienes como testigos a los ángeles que allí testificaron y a la nube que se
elevo. Y asimismo a los discípulos que desde allí bajaron (cf.
Ac 1,9).
La ascensión (37)
24. El ordenamiento de la doctrina de la fe ya nos advertía de que habláramos
también sobre la ascensión, pero la gracia de Dios dispuso las cosas de manera
que ayer, que era domingo, oyeses, en la medida de nuestras fuerzas, hablar de
esto. Fue porque, por gracia de Dios, las lecturas de la reunión litúrgica
contenían lo referente a la ascensión de nuestro Salvador a los cielos. Lo que
dijimos fue de cara a todas las personas y por causa de la multitud de fieles
reunidos. Pero, sobre todo, ayer hablamos de esto pensando en ti. Queremos ver
ahora si atendiste a lo que se dijo. Pues sabes que la fe enseña que creas en
aquel "que resucito al tercer día, y ascendió a los cielos y está sentado a la
derecha del Padre". Creo que recordarás lo que expusimos, aunque, sin demasiada
insistencia, te haré memoria de lo que dijimos. Acuérdate de que en los Salmos
está escrito claramente; "Sube Dios entre aclamaciones" (Ps
47,6). Las Potestades divinas clamaban unas a otras: "Puertas, levantad
vuestros dinteles" (Ps
24,7), etc. Téngase en la mente el otro salmo: "Tú has subido a la
altura, conduciendo cautivos" (Ps
68,19) (38). Y acuérdate del profeta, que dice: "El que edifica en los
cielos sus aletas moradas" (Am
9,6). Y todas las demás cosas que ayer se dijeron a causa de las
contradicciones de los judíos.
Argumentos a favor de la posibilidad de la Ascensión
25. Pues cuando se han opuesto, juzgándola imposible, a la ascensión del
Salvador, acuérdate de lo que se dice de la traslación de Habacuc (Da
14,33-39). Pues si Habacuc fue transportado por el ángel cogiéndolo por
los pelos de la cabeza, mucho más el Señor de los profetas y de los ángeles,
subiendo en una nube desde el Monte de los Olivos, pudo preparar su ida a los
cielos y por su propio poder. Retén también en tu mente otras cosas semejantes,
teniendo en cuenta que la grandeza es del Señor, que hace tales maravillas:
aquellos eran llevados y éste es el que "todo lo sostiene" (He
1,3). Recuerdas que Henoc fue trasladado (Gn
5,24), pera Jesús ascendió. Recuerda las cosas que ayer se dijeron de
Elías: que Elías fue tomado en un carro de fuego (2R
2,11), pero el carro de Cristo fueron "los carros de Dios, por millares
de miríadas"; y que Elías fue tomado al Este del Jordán (2R
1,14-15) mientras que Cristo ascendió al Este del torrente Cedrón; que
aquél ascendió "como hacia el cielo" (2R
2,11LXX) pero Jesús lo hizo "al cielo"; y que el primero había dicho a
su discípulo que le daría dos partes de su Espíritu (39), pero Cristo ha
concedido a sus discípulos una participación tan grande en la gracia del
Espíritu Santo que no lo posean solo para ellos, sino que también por la
imposición de las manos lo otorguen a los que creen en él (Ac
8,14-17).
La gloria supereminente de Cristo
26. Cuando hayas luchado contra los judíos y los hayas vencido con estas
comparaciones, acércate entonces a la supereminente gloria del Salvador:
mientras ellos son siervos, él es Hijo de Dios. Veras cuanto sobresale él al
pensar que el Siervo de Cristo (40) fue llevado hasta el tercer cielo. Pues si
Elías llego hasta el primer cielo y Pablo hasta el tercero (2Co
12,2) (41), es evidente que este ultimo consiguió una mayor dignidad. No
te avergüences de tus Apóstoles. No son menos dignos que Moisés ni inferiores a
los profetas, sino que son buenos con los buenos y mejores que los buenos. Pues
Elías fue verdaderamente tomado al cielo, pero Pedro tiene las llaves del reino
de los cielos después de oír aquello: "Todo lo que desatares sobre la tierra,
quedará desatado en los cielos" (Mt
16,19). Elías fue llevado al cielo, pero Pablo al cielo y al paraíso
(era bueno que los discípulos de Jesús recibiesen una gracia más abundante):
"Oyó palabras inefables que el hombre no puede pronunciar (2Co
12,4). Pero Pablo descendió de nuevo, y no porque fuese indigno de
habitar en el tercer cielo, sino -tras recibir unos dones que superan la
condición humana- abandonando aquel honor y tras anunciar a Cristo, para sufrir
la muerte por él y conseguir la corona del martirio. El resto de esta
argumentación, que ayer sostuve en la asamblea dominical, lo he pasado ahora por
alto, pues para unos oyentes con inteligencia basta esta sola mención.
El Hijo está sentado desde la eternidad junto al Padre
27. Acuérdate también de las cosas que muchas veces he dicho sobre el Hijo
sentado a la derecha del Padre. Es lo que se contiene en la secuencia de las
afirmaciones de la fe: "ascendió a los cielos y está sentado a la derecha del
Padre". No nos preguntemos tanto por la "razón" de este estar sentado, pues
supera nuestra inteligencia. Ni nos apoyemos en aquellos que perversamente
sostienen que, después de la cruz, la resurrección y la vuelta a los cielos,
entonces comenzó el Hijo a estar sentado a la derecha del Padre. Pues "sentarse"
no fue para él una adquisición, sino que está sentado junto al Padre por aquello
que es (42). El profeta Isaías, al contemplar este trono antes de la venida en
carne del Salvador, afirma: "Vi al Señor sentado en un trono excelso y elevado",
etc. (Is 6,1).
Pues al Padre "nadie lo ha visto jamás" (Jn
1,18 1Tm
6,16) (43). A quien el profeta vio entonces era el Hijo. Y el salmista
dice: "Desde el principio tu trono está fijado, desde siempre existes tu" (Ps
93,2) (44). Como hay muchos testimonios de todo esto (el trono es
evidentemente eterno) baste, por lo avanzado de la hora, con lo dicho.
Importancia de
Ps 110,1:
"Dijo el Señor a mi Señor...". Otros testimonios
28. Ps
109,110: Cirilo: Intentaremos resumiros algunas de las cosas dichas
sobre este tema de que el Hijo está sentado a la derecha del Padre. El Salmo 110
dice abiertamente: "Dice el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, hasta que
ponga a tus enemigos como escabel de tus pies" (Ps
110,1). Cuando el Salvador confirma esto en los evangelios, señala que
David no dijo estas cosas por sí mismo, sino que lo dijo por inspiración del
Espíritu de Dios. Lo dice (Jesús) con estas palabras: "Pues ¿cómo David, movido
por el Espíritu, le llama Señor, cuando dice: 'Dijo el Señor a mi Señor,
siéntate a mi diestra...'" (Mt
22,43-44). Y en los Hechos de los Apóstoles, el día de Pentecostés,
estando en pie Pedro con los once, y hablando a los israelitas, recuerda con las
mismas palabras este testimonio del
Ps 110
(Ac 2,34).
29. Hay que traer también a la memoria algunos otros testimonios semejantes
sobre el estar sentado el Hijo a la derecha del Padre. En el evangelio según San
Mateo está escrito: "Os declaro que a partir de ahora veréis al Hijo del hombre
sentado a la diestra del Poder..." (Mt
26,64). El apóstol Pedro escribe cosas acordes con esto, al mencionar:
"...por medio de la Resurrección de Jesucristo, que, habiendo ido al cielo, está
a la diestra de Dios..." (1P
3,21). Y el apóstol Pablo escribe a los Romanos diciendo: "Cristo Jesús,
el que murió; más aun el que resucito, el que está a la derecha de Dios..." (Rm
8,34). Y, escribiendo a los Efesios, se expresa de este modo:
"...conforme a la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo,
resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su diestra en los cielos" (Ep
1,19-20), además de lo que sigue. A los Colosenses les instruía de este
modo: "Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba,
donde esta Cristo sentado a la derecha de Dios". Y en la epístola a los Hebreos
dice: "Después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la
diestra de la Majestad en las alturas" (He
1,3). Y por otra parte: "¿A qué ángel dijo alguna vez: 'Siéntate a mi
diestra, hasta que ponga a tus enemigos por escabel de tus pies'" (He
1,13 Ps
110,1). Además: "El, por el contrario, habiendo ofrecido por los pecados
un solo sacrificio, se sentó a la diestra de Dios para siempre (45), esperando
desde entonces hasta que sus enemigos sean puestos por escabel de sus pies" (He
10,12-13) (46). Y de nuevo: "Fijos los ojos en Jesús, el que inicia y
consuma la fe, el cual, en lugar del gozo que se le proponía, soporto la cruz
sin miedo a la ignominia, y está sentado a la diestra del trono de Dios" (He
12,2)
Conclusión: esperamos a Cristo
30. Y aunque hay otros muchísimos testimonios acerca de que el Unigénito está
sentado a la derecha de Dios, estos no son suficientes en este momento. Pero
repetimos de nuevo la advertencias (47) de que no ha conseguido esta
prerrogativa de "estar sentado" tras su venida en la carne, sino que antes de
todos los siglos el Hijo unigénito de Dios, nuestro Señor Jesucristo, posee
desde la eternidad este trono a la derecha del Padre. Y el mismo Dios de todas
las cosas, Padre de Cristo, y nuestro Señor Jesucristo, que descendió y ascendió
(cf. Ep 4,10)
(48) y está sentado junto al Padre, guarden vuestras almas; conserven
inconmovible e inmutable vuestra esperanza en aquel que resucito; que os
levanten de vuestros pecados ya muertos hasta su don celestial; os hagan dignos
de que seáis "arrebatados en nubes... al encuentro del Señor en los aires" (cf.
1Th 4,17)
en el tiempo oportuno. Y mientras llega el tiempo de su segunda y gloriosa
venida, inscriba los nombres de todos vosotros en el libro de los vivos sin que
nunca borre después lo escrito una vez (son borrados los nombres de muchos que
caen) (Ap
3,5 con
Ps 69,29).
Os conceda a todos vosotros creer en el que resucito, y esperar al que bajo y de
nuevo volverá sentado en lo alto (pero no vendrá de la tierra: protégete a ti
mismo, oh hombre, de los impostores que habrán de sobrevenir). El está aquí
junto a nosotros, fortaleciendo las actitudes de cada uno y la firmeza de su fe.
Pues no debes pensar que lo que ahora no está presente en carne esta por ello
ausente en Espíritu (Col
2,5). Esta aquí en medio oyendo lo que se dice de él y viendo lo que
piensas en tu interior, escrutando corazones y entrañas (Ps
7,11). Los que ahora estén preparados acérquense al bautismo, y todos
vosotros presentaos al Padre en el Espíritu Santo y decid: "Aquí estamos yo y
los hijos que Dios me ha dado" (Is
8,18 He
2,13). A él sea la gloria por los siglos. Amén.
A NOTAS
(1) El tema de la catequesis es la resurrección de Jesucristo. Solo al final,
muy brevemente, se tocan la ascensión y el "está sentado a la derecha del
Padre". En general, la presente catequesis tiene un marcadísimo carácter
apologético frente a los judíos, pero también frente a maniqueos y otros. De ahí
se explica la insistencia en numerosos detalles relativos a personas, lugares,
momentos y otras circunstancias. Para un lector actual es muy importante atender
a la concepción cristiana del hombre que explícita o implícitamente se deriva de
las palabras de Cirilo. Diversas cuestiones se irán comentando en las notas al
texto. PG 33,823 VII, de cuenta de los códices utilizados.
(2) Is
66,10 y su contexto se refieren primariamente a Jerusalén, dentro de un
tono apocalíptico que sugiere claras actitudes de alegría y esperanza.
Naturalmente, todo esto tiene mucho más sentido desde la realidad de la
resurrección de Jesucristo.
(3) El fuerte carácter apologético de la catequesis, señalado en la nota I, es
también una defensa de carácter bastante positivo: se intenta defender, muy
especialmente frente a los judíos, la realidad de Jesucristo resucitado, pero la
impresión que el lector recibe no es simplemente la de que se está a la
defensiva como quien está asediado por multitud de razonamientos en contra. Más
bien se trata, en conjunto, de un imponente muestrario de textos bíblicos. El
objetivo no es un cosido artificioso de unos textos con otros, sino hacer ver
que múltiples estratos de la Escritura apuntan hacia la resurrección de Cristo,
incluso en detalles nimios. Es algo parecido a lo que, por ejemplo, pretende el
evangelio de Mateo cuando tantas veces señala aquello de "para que se cumpliese
lo dicho por la Escritura" (o se dice lo mismo con otras expresiones
semejantes). En último término, subyace aquí también la idea general -en este
caso moviéndose, sin embargo, en el ámbito de la resurrección- de que la
Escritura encuentra su cumplimiento y su plenitud en Cristo, en quien todas las
afirmaciones bíblicas se llenan de sentido.
(4) Cat. 13, núm. 34.
(5) La versión de los LXX favorece una interpretación más centrada en el hecho
de la sepultura de Jesús.
(6) Posible alusión a
Col 1,20:
"...pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los
cielos".
(7) Nb 24,9
pertenece al oráculo de Balaam, llamado por el Rey Balaq, de Moab, para maldecir
a los israelitas que pasan por su territorio. La interpretación del versículo
(sorprendentemente de redacción muy semejante a
Gn 49,9
aunque es difícil identificar con seguridad una fuente redaccional común) la
realiza Cirilo en referencia clara a la resurrección: "levantar", "alzarse".
(8) Es decir, refiriendo
Is 51,1
a la roca en que estaba excavado el sepulcro de Jesús (Mt
27,60).
(9) Alusión a
Jn 19,15,
cuando en la acusación contra Jesús la gente grita: "No tenemos más rey que el
César". Las palabras de Sal 16,4 las interpreta Cirilo como pronunciadas por
Cristo -es muy frecuente en la tradición patrística entender numerosos salmos
como dichos en primer lugar por Cristo, con lo que frecuentemente adquieren un
sentido profético más acentuado. Así, en este caso, al señalar los acusadores de
Jesús que su rey es el César romano -cuando, en realidad, odiaban la ocupación
imperial- están renegando de Jesús. Es esto lo que proféticamente habría quedado
dicho en Ps
16,4.
(10) Es conveniente señalar, con respecto a la interpretación profética y
cristológica, del
Ps 16,9-10,
citado en el texto, la mención que de él se hace en
Ac 2,25-28
dentro del primer anuncio de la resurrección que recogen los Hechos, el día de
Pentecostés. Con ello, la interpretación dada del salmo viene avalada por el
mismo Nuevo Testamento.
(11) O "la fosa" en el texto original del salmo.
(12) Cirilo tiene presente aquí la basílica de la Resurrección, que con el
aspecto con que podía contemplarse en la época de las catequesis provenía del
emperador Constantino, que había muerto unos diez años antes.
(13) "Martyrion" o "Martyrium" es, en las antiguas catacumbas romanas, el lugar
que contenía los restos de los mártires allí enterrados. El juego de palabras
que hace Cirilo se explica por el sentido de mártir y martirio, que
etimológicamente significan "testigo" y "testimonio". El nombre se aplica aquí
también al sepulcro de Jesús.
(14) Cirilo añade aquí entre paréntesis: "pues el que entonces hablaba es el que
más tarde estuvo presente". PG 33,831, nota 87, remite a
Is 52,6:
"Por eso mi pueblo conocerá mi nombre en aquel día y comprenderá que yo soy el
que decía: 'Aquí estoy'". Sobre esta interpretación cristocéntrica de los salmos
y otros textos veterotestamentarios, cf. la anterior nota 9.
(15) Puesto que antes de entrar al lugar propiamente de la sepultura, existía
una antecámara o vestíbulo.
(16) Marzo.
(17) Cf. la comparación entre la desobediencia y la obediencia del primero y del
último Adán en cat. 15, núm. 31.
(18) Se refiere de nuevo al Cantar de los Cantares.
(19) La frase parece estar tomada de la ya mencionada homilía de Cirilo Sobre el
paralítico.
(20) Probablemente el texto más claro del Nuevo Testamento sobre que Jesús, en
su resurrección, "arrastró", es decir, hizo vivir la resurrección a otros muchos
con ella, es
Ep 4,7-11,
especialmente por la utilización que se hace de
Ps 68,19:
7 "A cada uno de nosotros le ha sido concedido el favor divino a la medida de
los dones de Cristo
8 Por eso dice: "Subiendo a la altura, llevo cautivos y dio dones a los hombres"
(Ps 68,19).
9 ¿Qué quiere decir "subió" sino que también bajo a las regiones inferiores de
la tierra?
10 Este que bajo es el mismo que subió por encima de todos los cielos, para
llenarlo todo.
11 El mismo "dio" a unos el ser Apóstoles; a otros profetas; a otros,
evangelizadores; a otros, pastores y maestros...".
El descenso "a las regiones inferiores de la tierra" es el descenso a los
infiernos del que ya se ha hablado. Pero aquí interesa la idea de la "subida"
(vv. 9 y 10) argumentada mediante la cita de
Ps 68,19,
cuyo contexto histórico es otro, pero que aquí se aplica a la victoria de Cristo
en: "Subiendo a la altura, llevo cautivos". Es la idea que litúrgicamente se
expresa como que "en la muerte de Cristo nuestra muerte ha sido vencida y en su
resurrección hemos resucitado todos" (Prefacio Pascual, II). Al vencer la muerte
y alzarse de nuevo hasta el Padre, Cristo ha llevado libres consigo a todos los
cautivos del pecado y de la muerte haciendo de ellos hombres nuevos. Es el
efecto de la "justificación" del pecador (Rm
4,25, que describe a Cristo como "quien fue entregado por nuestros
pecados (Is
53,6), y fue resucitado para nuestra justificación". Las ideas paulinas
sobre "fe", "resurrección", "justificación" son plenamente pertinentes en todo
este contexto para completar concepciones a veces simplemente apologéticas de la
resurrección. Debe tenerse además en cuenta que la resurrección de Jesús no es
solo su recuperación como "redivivo". Se trata de un Jesús que posee un nuevo
principio vital y al cual todos los cristianos están llamados a ser asociados:
"...Sabiendo que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere
más, y que la muerte no tiene ya señorío sobre él" (Rm
6,9). El componente ético que de aquí resulta para el cristiano en la
vida ordinaria es, mucho más que una consecuencia lógica, una liberación del
pecado y unas actitudes éticas posibilitadas por la acción de Jesucristo
resucitado en el hombre (Rm
6,11; para las explicaciones detalladas de Pablo,
1Co 15).
(21) La argumentación es: A nosotros nos valen los testigos de la resurrección
de Jesús si a vosotros os valen los testimonios de las resurrecciones que se
operaron por medio de Elías y Eliseo.
(22) El original del evangelio de Mateo fue escrito en realidad en arameo. Pero
ésta era la lengua usualmente hablada y utilizada en tiempos de Jesús.
(23) Esta observación añadida por Cirilo da a entender que se trataba de la
entrada en la ciudad de Jerusalén, aunque no, como otros han interpretado a
veces, de la entrada en la Jerusalén celeste tras una resurrección definitiva.
(24) Cuando la catequesis afirma que Eliseo "no consiguió dominar el orbe" o que
"los demonios no se sometieron en nombre de Elías" pese a los hechos de
resurrección narrados, se está implícitamente diciendo algo esencial: la
resurrección de Cristo no es solo, como ya se ha indicado, "volver a vivir". Cf.
la anterior nota 20. En este sentido, la resurrección de Jesús es
cualitativamente diferente de lo que son las resurrecciones de la hija de Jairo
(Mt
9,18-19,23 par), del hijo de la viuda de Naïm (Lc
7,11-17) o de Lázaro (Jn
11,1-44), puesto que la resurrección de Cristo es definitiva y marca el
comienzo de una nueva humanidad.
(25) Vid. la anterior nota 20 en lo relativo a
Ep 4,7-11.
(26) 1P
3,18-22 es tal vez el texto que expresa de manera más bella que el
rescate de Cristo tiene como destinatarios a los hombres de todas las épocas:
"En el Espíritu fue también a predicar a los Espíritus encarcelados, en otro
tiempo incrédulos, cuando les esperaba la paciencia de Dios" (19-20a). Los vv.
20b-21 utilizan el arca de Noé como imagen del bautismo, en el que el hombre se
salva de ser engullido por las aguas de la muerte. El tema del "descenso a los
infiernos" sigue así, vivo en el pensamiento de Cirilo.
(27) Como añadidura a lo dicho sobre el descenso a los infiernos, cf. H. U. von
BALTHASAR El misterio pascual en: Mysterium Salutis (eds. J. FEINER y M.
LOHRER), t. III, Madrid 2ª,1980,738-760 ("Entre los muertos (Sábado Santo)").
(28) Cf. las notas de la Biblia de Jerusalén a estos versículos.
(29) La cita se transcribe según los Setenta, pero según también el estado de
algunos códices de la catequesis (cf. PG 33,849, nota 3). Por otra parte, la
concordancia es así perfecta con el texto aludido a continuación,
He 13,20:
"...el Dios de la paz que suscito de entre los muertos a nuestro Señor Jesús, el
gran Pastor de las ovejas en virtud de la sangre de una Alianza eterna".
(30) Acerca del Hijo de Dios.
(31) Rm
1,3-4 es importante para una comprensión en síntesis de la realidad de
Jesucristo. Habla Pablo, al comienzo de la epístola, del Evangelio "3 acerca de
su Hijo, nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con
poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos".
En el contexto de la catequesis interesa subrayar aquí que la vida y la
actividad ministerial de Jesús son un camino o proceso en el que él alcanza la
plena manifestación de su poder como Hijo de Dios cuando llega a la Resurrección
("constituido Hijo de Dios con poder") en la unión con "el Espíritu de
santidad", en la unidad con el cual y con el Padre tiene sentido toda su
existencia, que solo en cuanto a la debilidad creatural puede ser entendida en
su humanidad ("nacido del linaje de David, según la carne"). Naturalmente esto
no obsta a que el Hijo de Dios ha tenido siempre la misma dignidad por
generación eterna del Padre.
(32) En los momentos decisivos en que se habla de que, después de su
resurrección "se apareció" Jesús a los Apóstoles o a otros el verbo es "ophthe"
que, por ser aoristo pasivo, se debe traducir por "fue hecho ver" y, en este
caso, "se hizo ver" o "se dejo ver". Esta ligera apreciación lingüística hace
ver algo importante: la iniciativa de dejarse encontrar y, en definitiva de
"aparecerse" corresponde exclusivamente al Resucitado. H.U. von BALTHASAR,
utilizando palabras de H. SCHLIER (que aquí se transcribirán entre comillas) lo
expreso perfectamente: "Unánimemente se habla de encuentros con el Cristo vivo.
"El encuentro que viven los testigos procede de él. Ese encuentro -palabra y
signo, saludo y bendición, llamada, interpelación y enseñanza, consuelo e
instrucción y misión, fundación de una comunidad nueva- es puro don" (hasta aquí
Schlier). Como en los encuentros humanos, entran en éste también en juego los
sentidos de quienes lo viven: ven y oyen, tocan e incluso degustan... Pero el
acento no recae en las experiencias sensibles, sino únicamente en el objeto. Y
éste, el Cristo vivo, se muestra por si desde sí. Este es el significado del
"ophthe" que aparece en textos decisivos (1Co
15,3ss: cuatro veces;
Lc 24,34
en el encuentro con Simón;
Ac 13,31;
a propósito de las apariciones a Pablo,
Ac 9,17)"
(H.U. von BALTHASAR. op. cit., en nota 27,780).
(33) Primo, pariente, próximo...
(34) Naturalmente "parroquia" se refiere aquí a la sede episcopal de Jerusalén.
La palabra ha pasado por sentidos de mayor o menor amplitud a lo largo de la
historia de la Iglesia, especialmente en la época antigua.
(35) Del mes de Nisan.
(36) En esta misma catequesis, a propósito de Jonás, núms. 17-18.
(37) Al comienzo del presente párrafo se menciona que la catequesis fue
pronunciada el día siguiente a un domingo, en el que las lecturas reflejaron la
Ascensión. Se da esto como razón de que la Ascensión solo se mencione brevemente
cuando la catequesis entra en su sección final.
(38) Cf. Ep
4,8. Sobre algunas implicaciones de estos pasajes cf., anteriormente, la
nota 20.
(39) Según la petición de
2R 2,9.
(40) Se refiere a San Pablo. La comparación física de las "alturas" de los
cielos solo se entiende desde una imagen antigua del firmamento
(41) 2Co
12,2 "Sé de un hombre en Cristo, el cual hace catorce años -si en el
cuerpo o fuera del cuerpo no lo sé, Dios lo sabe- fue arrebatado hasta el tercer
cielo...". La expresión hasta el tercer cielo significa simplemente "hasta lo
más alto de los cielos" y da fe de experiencias espirituales de Pablo. Es
evidente que la ascensión de Jesús debe entenderse desde otras categorías: es la
vuelta al Padre, de quien Jesús nunca había dejado de estar viviendo. Recuérdese
la trascendencia de la expresión Abba. Pero Jesús ha vivido en la tierra "en
estado de humillación", mientras ahora-y son expresiones de la antigua
teología-entra "en estado de exaltación". La descripción de los momentos
descendente (la kenosis) y ascendente, (ascensión, exaltación, glorificación) en
la persona de Jesucristo alcanza en el Nuevo Testamento uno de los momentos más
brillantes en
Ph 2,5-11.
Cf. ibid. los vv. 9-11 en cuanto a la glorificación de Cristo.
(42) De nuevo se defiende Cirilo frente a una concepción "evolutiva" de la
persona de Jesucristo. Cf. la nota 31.
(43) La afirmación, completa, de Jn 1,18: "A Dios nadie lo ha visto jamás; el
Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado". Colocado este
versículo, además, al final del "prologo" del cuarto evangelio, hace ver
perfectamente que el cristianismo es una concepción de Dios esencialmente
cristocéntrica. El cristiano encuentra a Dios a través de Jesucristo, aunque eso
no excluya otras posibilidades, a distintos niveles, de encontrar a Dios.
(44) Todo el salmo puede entenderse también en sentido cristológico.
(45) La expresión es equivalente al ya comentado "ephapax" (por ej. en 10,10 y,
antes, en 7,27, en el contexto del valor definitivo del sacrificio de Cristo:
"esto lo realizo de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo"). El
sacrificio y la muerte de Cristo, la resurrección y la glorificación junto al
Padre tras la ascensión son realidades que han sucedido "de una vez por todas"
porque es definitiva la victoria de Cristo sobre la muerte.
(46) Se alude una vez más a
Ps 110,1,
insistiendo de nuevo en su interpretación cristológica.
(47) Cf. supra, núm. 27.
(48) Para detalles, cf. supra, nota 20.
Pronunciada en Jerusalén, sobre lo de "Y ha de venir en gloria a juzgar a vivos
y muertos: su reino no tendrá fin".
Y sobre el Anticristo. La lectura es de Dan 7,9 ss: "Mientras yo contemplaba: Se aderezaron unos tronos y un Anciano se sentó..."
Y más abajo: "Yo seguía contemplando en las visiones de la noche: Y he aquí que en las nubes del cielo venia como un Hijo de hombre..." (Da 7,13) además de lo que sigue (1).
Segunda
Venida del Espíritu Santo
1. Anunciamos la venida de Cristo, pero no una sola, sino también una segunda,
mucho más magnífica que la anterior. La primera llevaba consigo un significado
de sufrimiento, esta otra, en cambio, llevará la diadema del reino divino. Pues
casi todas las cosas son dobles en nuestro Señor Jesucristo. Doble es su
nacimiento: uno, de Dios, desde toda la eternidad; otro, de la Virgen, en la
plenitud de los tiempos. Es doble también su descenso: el primero, silencioso,
como la lluvia sobre el vellón (Ps
72,6); el otro, manifiesto, todavía futuro.
En la primera venida fue envuelto con fajas en el pesebre (Lc
2,7); en la segunda se revestirá de luz como vestidura (Ps
104,2a). En la primera "soportó la cruz, sin miedo a la ignominia" (He
12,2), en la otra vendrá glorificado y escoltado por un ejército de
ángeles (Mt
25,31).
No pensamos, pues, tan solo en la venida pasada; esperamos también la segunda.
Y, habiendo proclamado en la primera: "bendito el que viene en nombre del Señor"
(Mt 21,9),
diremos eso mismo en la segunda (Mt
23,39); y, saliendo al encuentro del Señor con los ángeles, aclamaremos
adorándolo: "Bendito el que viene en nombre del Señor". El Salvador vendrá, no
para ser de nuevo juzgado, sino para llamar a su tribunal a aquellos por quienes
fue llevado a juicio. Aquel que antes, mientras era juzgado, guardó silencio (Mt
27,12) refrescará la memoria de los malhechores que osaron insultarle
cuando estaba en la cruz y les dirá: "Esto hiciste y yo callé" (Ps
50,21) (2).
Entonces, por razones de su clemente providencia, vino a enseñar a los hombres
con suave persuasión; en esa otra ocasión, futura, lo quieran o no, los hombres
tendrán que someterse necesariamente a su reinado.
2. De ambas venidas habla el profeta Malaquías "De pronto entrará en el
santuario el Señor a quien vosotros buscáis" (Ml
3,1). He ahí la primera venida. Respecto a la otra, dice así: El
mensajero de la alianza que vosotros deseáis: miradlo entrar -dice el Señor de
los ejércitos-. ¿Quién podrá resistir el día de su venida? ¿Quién quedará en pie
cuando aparezca? Será un fuego de fundidor, una lejía de lavandero: se sentará
para fundir y purgar" (Ml
3,1-3).
Y en las líneas que siguen dice el Salvador mismo: "Yo me acercaré a vosotros
para el juicio, y seré un testigo expeditivo contra los hechiceros y contra los
adúlteros, contra los que juran con mentira", etc. (1Co
3,5). Por eso, queriendo hacernos más cautos, dice Pablo: "Si uno
construye sobre este cimiento con oro, plata, piedras preciosas, madera, heno,
paja, la obra de cada uno quedará al descubierto; la manifestará el Día, que ha
de revelarse por el fuego" (1Co
3,12-13) (3).
Escribiendo a Tito, también Pablo habla de esas dos venidas en estos términos:
"Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres;
enseñándonos a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y a llevar ya
desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que
esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo" (Tt
2,11-13). Ahí expresa su primera venida, dando gracias por ella; pero
también la segunda, la que esperamos.
Por esta razón, en nuestra profesión de fe, tal como la hemos recibido por
tradición, decimos que creemos en aquel "que subió al cielo, y está sentado a la
derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y
su reino no tendrá fin".
La actual
condición del mundo pasará
3. Vendrá, pues, desde los cielos, nuestro Señor Jesucristo. Vendrá ciertamente
hacia el fin de este mundo, en el último día, con gloria. Se realizara entonces
la consumación de este mundo, y este mundo, que fue creado al principio, será
otra vez renovado. Pues ya que la corrupción, el hurto, el adulterio y toda
clase de pecados se han derramado sobre la tierra y una y otra vez se derrama
sangre (vid.
Os 4,1-2),
desaparecerá este mundo presente (4) con el fin de que esta morada no se llene
de iniquidad y para suscitar otro más hermoso. ¿Quieres ver una demostración de
esto desde la Sagrada Escritura? Oye al profeta Isaías: "Se enrollan como un
libro los cielos, y todo su ejército palidece como palidece el sarmiento de la
cepa, como una hoja mustia de higuera" (Is
33,4). Y el Evangelio dice; "El sol se oscurecerá, la luna no dará su
resplandor, las estrellas caerán del cielo" (Mt
24,29). No estemos, por tanto, apesadumbrados como si solo nosotros
tuviésemos que morir, pues también mueren las estrellas, aunque quizá resurjan
de nuevo. El Señor hará que los cielos se plieguen y no para hacerlos perecer
sino para hacer otros más hermosos. Escucha al profeta David cuando dice: "Desde
antiguo, fundaste tú la tierra, y los cielos son obra de tus manos; ellos
perecen, mas tu quedas" (Ps
102,26-27). Pero dirá alguno: abiertamente declara que perecerán.
Escucha como dice "perecerán", pues desde lo que dice a continuación queda
claro: "Todos ellos como la ropa se desgastan, como un vestido los mudas tu, y
se mudan" (Ps
102,27). De modo semejante a como se dice que el hombre perece, según
aquello: "El justo perece, y no hay quien haga caso" (Is
57,1), aunque se esté esperando la resurrección. Así, esperamos también
como una resurrección de los cielos. "El sol se cambiara en tinieblas y la luna
en sangre" (Jg
13,4 Ac
2,20 Mt
24,29). Sépanlo los que se han convertido de los maniqueos y no hagan
dioses a los astros ni tampoco piensen impíamente que Cristo habrá de perder su
luz algún día. Escucha de nuevo al Señor, que dice: "El cielo y la tierra
pasaran, pero mis palabras no pasarán" (Mt
24,35), pues las criaturas no son del mismo valor ni tienen el mismo
destino que las palabras del Señor.
Hablaremos de lo que ha de venir y de sus signos
4. Pasarán, por tanto, las cosas visibles y llegarán las que se esperan mejores
que éstas, pero que nadie busque con curiosidad cual será el momento. Pues dice:
"No os toca a vosotros conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con
su autoridad" (Ac
1,7). Ni te atrevas a determinar cuándo sucederán estas cosas ni te
quedes perezosamente adormecido. Pues también dice: "Estad preparados, porque en
el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre" (Mt
24,44 cf.
Mt 42).
Pero ya que era conveniente que conociésemos las señales de la consumación y
puesto que es a Cristo a quien esperamos y para que no muriésemos decepcionados
y fuésemos llevados a engaño por el Anticristo de la mentira, los Apóstoles,
impulsados por una moción divina y de acuerdo con los sabios designios de Dios,
se acercan al verdadero Maestro y le dicen: "Dinos cuando sucederá eso, y cuál
será la señal de tu venida y del fin del mundo" (Mt
24,3). Esperamos que vengas una segunda vez, pero "Satanás se disfraza
de ángel de luz" (2Co
11,14). Ponnos, por tanto, a nosotros a buen recaudo, para que no
adoremos a otro en tu lugar. Y él, abriendo su boca divina y bienaventurada
dice: "Mirad que no os engañe nadie" (Mt
24,4). También vosotros, los que ahora oís, miradlo ahora a él como si
lo estuvieseis viendo con los ojos de la mente y escuchadlo como quien os está
diciendo las mismas cosas: "mirad que nadie os engañe". Estas palabras os
advierten a todos a que dirijáis vuestra mente a lo que se va a decir. Pues no
se trata de una historia de cosas pasadas, sino de las que han de suceder, y es
una profecía de lo que con certeza sucederá. Y no es que nosotros profeticemos,
pues somos indignos de ello, sino que proclamamos en esta asamblea lo que está
escrito y explicamos sus señales. Tu veras qué cosas de ésas ya han tenido lugar
y cuales quedan todavía por llegar. De ese modo puedes prevenirte.
Primera señal: los falsos mesías
5. "Mirad que no os engañe nadie. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y
diciendo: "yo soy el Cristo" y engañaran a muchos" (Mt
24,4-5). Estas cosas se han dado ya en parte. Pues esto ya lo dijo Simón
Mago, y Menandro y otros cabezas de herejes (5) enemigos de Dios. Pero también
otros lo dirán en nuestra época y después de nosotros.
Guerras y desastres naturales
6. Segunda señal: "Oiréis también hablar de guerras y de rumores de guerras" (Mt
24,56). ¿Se trata, o no, de la guerra en la época actual de los persas
contra los romanos por Mesopotamia? ¿Se levanta o no, "nación contra nación y
reino contra reino" (Mt
24,7) (6). "Habrá grandes terremotos, peste y hambre en diversos
lugares" (Lc
21,11). Esto ya ha sucedido. Y, a su vez: "Habrá cosas espantosas y
grandes señales del cielo" (iba). "Velad, pues" dice, "porque no sabéis que día
vendrá vuestro Señor" (Mt
24,42).
La traición y el odio como señales del fin
7. Pero de la venida del Señor buscamos un signo propio nuestro, de la Iglesia:
es decir, propio de la Iglesia, puesto que lo buscamos los que somos de la
Iglesia. Pero dice el Salvador: "Muchos se escandalizaran entonces y se
traicionaran y odiaran mutuamente" (Mt
24,10). Si llegas a oír que los obispos están contra los obispos, los
clérigos contra los clérigos (7), y que los pueblos llegan a enfrentarse unos
contra otros, no te perturbes: ya lo predijo anteriormente la Escritura. No
pongas tu atención en lo que ahora sucede, sino en lo que está escrito. Y aunque
yo, que te estoy instruyendo, perezca, eso no quiere decir que tu hayas de ir a
la muerte conmigo, sino que es preciso que el oyente llegue a ser mejor que el
maestro y que el que llega el último pase a ser el primero (Mt
20,16), siendo así que el Señor recibe también a aquellos que llegan a
la hora undécima (Mt
20,6-7). Y si entre los Apóstoles se dio la traición, ¿te asombras de
que también entre los obispos se dé un odio entre hermanos? Y esta señal no solo
es entre los jefes, sino entre las masas. Pues dice: "Y al crecer cada vez más
la iniquidad, la caridad de la mayoría se enfriara" (Mt
24,12). ¿Es que acaso alguno de los presentes se gloriara de que su
amistad con el prójimo es sincera y sin simulación? ¿No es muy frecuente que los
labios se besen, sonría el rostro y se vea la hilaridad en los ojos, mientras en
el interior se maquina el engaño y planea el mal el que habla en son de paz? (Ps
28,3).
Antes del fin, el Evangelio habrá sido predicado a todas las naciones
8. Tienes también esta señal: "Se proclamara esta Buena Nueva del Reino en el
mundo entero, para dar testimonio a todas las naciones. Y entonces vendrá el
fin" (Mt
24,14). Y casi todo el orbe esta ya lleno de la doctrina de Cristo (8).
La apostasía y el Anticristo
9. Y, ¿qué sucederá después? Dice en lo que sigue: "Cuando veáis, pues, la
abominación de la desolación anunciada por el profeta Daniel (9), erigida en el
Lugar Santo (el que lea que entienda)" (Mt
24,15). Y, a su vez: "Entonces, si alguno os dice: "Mirad, el Cristo
esta aquí o allí", no le creáis" (Mt
24,23). El odio fraterno abre paso después al Anticristo. El diablo
prepara las divisiones entre los pueblos para, cuando llegue, ser acogido más
favorablemente. Que no suceda que nadie de los presentes o cualesquiera siervos
(10) que estén en cualquier parte se sume al enemigo. Escribiendo el apóstol
Pablo acerca de esto, dio un signo claro al decir:
Primero tiene que venir la apostasía y manifestarse el Hombre impío, el Hijo de
perdición, el Adversario que se eleva sobre todo, lo que lleva el nombre de Dios
o es objeto de culto, hasta el extremo de sentarse él mismo en el Santuario de
Dios y proclamar que él mismo es Dios, ¿No os acordáis que ya os dije esto
cuando estuve con vosotros? Vosotros sabéis qué es lo que ahora le retiene, para
que se manifieste en su momento oportuno. Porque el misterio de la impiedad ya
está actuando. Tan solo con que sea quitado de en medio el que ahora le retiene,
entonces se manifestara el Impío, a quien el Señor destruirá con el soplo de su
boca, y aniquilara con la Manifestación de su Venida.
La venida del Impío estará señalada por el influjo de Satanás, con toda clase de
milagros, señales, prodigios engañosos, y todo tipo de maldades, que seducirán a
los que se han de condenar (2Th
2,3b) (11).
Hasta aquí Pablo. Ciertamente, ahora se da la defección, pues los hombres se han
apartado de la recta fe: unos afirman que el Hijo es Padre y otros que ha sido
llevado a la existencia desde la nada. Y en otras épocas los herejes eran
claramente perceptibles, pero ahora está la Iglesia llena de herejes ocultos.
Los hombres se han apartado de la verdad y sienten el afán de novedades (2Tm
4,3-4):
¿Se trata de palabras artificiosamente compuestas para persuadir? Todos escuchan
dulcemente: ¿son acaso palabras para la conversión del Espíritu? Todos de hecho
se apartan. Muchos se han apartado de las rectas doctrinas y son más propensos a
elegir el mal que a aplicarse al bien. Se trata, por consiguiente, de la
apostasía, y ya hay que esperar al enemigo. En parte ya comenzó a enviar sus
precursores para venir él luego dispuesto a recoger el botín. Cuida, pues, de ti
mismo, oh hombre, y pon a seguro tu alma. Te conjura a ti ahora la Iglesia (2Tm
4,1) en presencia del Dios vivo (1Tm
6,13) y te anuncia con antelación, antes de que suceda, lo que se
refiere al Anticristo. No sabemos si estas cosas han de suceder en tu tiempo o
han de ser posteriores a ti, pero lo mejor es que, sabiéndolas, te prevengas.
No dejarse engañar
10. Pero Cristo, el Hijo unigénito de Dios, no vendrá ya de la tierra. Si
viniere alguien diciendo que ha aparecido en el desierto, no salgas (Mt
24,26). Y si dicen: "Mirad, el Cristo esta aquí o allí", no lo creas (Mt
24,23). No mires después a la tierra y a las profundidades, pues el
Señor descenderá desde los cielos (cf.
Ac 1,1)
y no él solo, como antes, sino con una gran compañía, rodeado de una muchedumbre
de innumerables ángeles (Jud
14). Tampoco de modo imperceptible como el rocío sobre el retoño (Ps
72), sino resplandeciente como un relámpago. Pues él mismo dijo: "Como
el relámpago sale por oriente y brilla hasta occidente, así será la venida del
Hijo del Hombre" (Mt
24,27). Y además: "Verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del
cielo con gran poder y gloria (12). El enviara a sus ángeles con sonora
trompeta" (Mt
24,30-31), etc.
El Anticristo, producto del diablo
11. Pero ya anteriormente, cuando estaba previsto que se encarnase y cuando se
esperaba que Dios naciese de la Virgen, el diablo había retorcido previamente la
realidad falseándola y sembrando astutamente, entre los adoradores de ídolos
como falsos dioses, fabulas sobre paternidades y engendramientos. De este modo,
si la falsedad ganaba terreno, la razón, según él (el diablo) pensaba, no
encontraría la fe. Pues bien, cuando el verdadero Cristo venga por segunda vez,
el enemigo (13), aprovechándose de la expectación de los sencillos, sobre todo
de los circuncisos, hará surgir un gran hombre, muy experto en las artes
perversas de las hechicerías y los encantamientos (14) y que usurpara la
autoridad del Imperio romano dándose a sí mismo falsamente el nombre de Cristo.
De ese modo engañará, mediante este nombre de Cristo, a los judíos que esperan
al Ungido (es decir, Mesías y Cristo) (15). También arrastrará a los gentiles
con sus prodigios de magia y con sus engaños.
La llegada del Anticristo
12. El Anticristo mencionado llegara cuando se hayan completado los días del
imperio Romano (16) y esté ya muy próximo el fin del mundo. Diez reyes de los
Romanos se levantaran a la vez en lugares quizá diversos, pero reinando todos a
la vez. Después de estos, el undécimo será el Anticristo (17), que usurpara el
poderío romano apoyándose en las artes de la magia. Humillara a los tres que
reinaron antes de él (Da
7,24), pero a los siete restantes los tendrá sujetos a su dominio. En un
principio simulara, como si fuese instruido y prudente, clemencia, moderación y
humanidad, pero engañará a los judíos a través de señales y prodigios falsos
provenientes de engaños mediante la magia como si él hubiese sido esperado como
el Cristo. Después se caracterizara por la crueldad y el crimen, de manera que
superara en maldad a todos los injustos e impíos que le precedieron. Dirigirá su
ánimo sanguinario, de inflexible dureza, inmisericorde y cambiante, contra
todos, pero especialmente contra nosotros los cristianos. Pero después de tres
años y tres meses en que habrá realizado sus planes, será quitado de en medio
por la segunda venida gloriosa, desde los cielos, del Hijo unigénito de Dios,
nuestro Señor y Salvador Jesús, el Cristo verdadero, el cual, haciendo perecer
con el aliento de su boca al Anticristo, lo entregara al fuego eterno.
Más detalles sobre la llegada del Anticristo
13. Pero esto lo enseñamos, no imaginándonoslo, sino desde las Escrituras que la
Iglesia lee, y sobre todo basándonos en la profecía de Daniel que hemos leído
antes, tal como el arcángel Gabriel la interpreto con estas palabras: "La cuarta
bestia será un cuarto reino que habrá en la tierra, diferente de todos los
reinos". Los autores eclesiásticos nos han transmitido que se trata del Imperio
romano. Pues el primero de los reinos ilustres fue el imperio de los asirios; el
siguiente, el de los medos y los persas; el tercero, después de éstos, el
imperio de los macedonios; el cuarto es el actual de los romanos. En lo que
sigue, Gabriel hace esta interpretación: "Y los diez cuernos: de este reino
saldrán diez reyes, y saldrá después de ellos otro que superara a todos los
anteriores a él en males (Da
7,24 LXX). No solo se refiere a aquellos diez, sino a todos los que le
precedieron. "Y derribara a tres reyes" (): de aquellos diez de antes, como es
evidente. Pero si humilla, de aquellos diez, a tres, él reinara como el octavo.
Y dice: "proferirá palabras contra el Altísimo" (Da
7,25): será un hombre blasfemo, que no hará caso de las leyes, y que no
habrá recibido de sus padres el reino, sino que se habrá adueñado del poder con
las artes de la magia.
Utilizará a Satanás como instrumento de mentira
14. Pero, ¿quién es éste o quién es el que realiza sus obras? Haznos de
intérprete, Pablo. Su llegada, afirma, "estará señalada por el influjo de
Satanás, con toda clase de milagros, señales, prodigios engañosos" (2Th
2,9). Con esto se refiere a que utilizara a Satanás como instrumento que
actuara personalmente y por sí mismo. Pues, sabedor de que no habrá demora en su
juicio, ya no presentara batalla por medio de sus ministros, como de costumbre,
sino más abiertamente por sí mismo: "con todas las señales y prodigios
engañosos". Pues el que es "padre de la mentira" (Jn
8,44) hará ostentación de las obras de mentira mediante apariencias
fingidas, de manera que las muchedumbres crean que ven que un muerto ha
resucitado sin que sea verdad, o a los cojos andar y a los ciegos recibir la
vista, cuando en realidad no se da ninguna de estas curaciones.
Dominará sobre el Templo
15. Y dice a su vez: "El Adversario que se eleva sobre todo lo que lleva el
nombre de Dios o es objeto de culto (2Th
2,4 Da
11,36 y, de nuevo,
Ap 13,1-8)
(18), hasta el extremo de sentarse él mismo en el Santuario de Dios" (2Th
2,3-4). Pero ¿de qué templo se trata, puesto que aquél de los judíos ya
fue destruido? ¡Desde luego no se refiere a este templo en el que estamos! ¿Por
qué decimos todo esto? No se trata en realidad de que experimentemos
complacencia en nosotros mismos. Pero si él (19) ha de venir a los judíos como
si fuera el Mesías y quiere ser adorado por los judíos para engañarlos más, hará
gala de un grandísimo interés por el templo. Irá extendiendo la impresión de que
es del linaje de David, el cual preparo el templo que Salomón había de
construir. Pero entonces vendrá el Anticristo, y en el templo de los judíos no
quedará piedra sobre piedra según el anuncio del Salvador (Mt
24,2) (20), cuando hayan caído por hacerse viejos o al echarlos a tierra
con el pretexto de nuevas construcciones, o al ser removidas todas las piedras
por cualquier otra causa -y no me refiero a las piedras de fuera, sino a las de
la estancia interior, donde estaban los querubines-, entonces vendrá aquel "con
todas las señales y los portentos de la mentira". Se pondrá en contra de todos
los ídolos y, en los comienzos simulara humanidad, pero después dará muestras de
fiereza sobre todo contra los santos de Dios. Pues dice: "Yo contemplaba como
este cuerno hacia la guerra a los santos" (Da
7,21). Y también en otro lugar: "Será aquel un tiempo de angustia como
no habrá habido hasta entonces otro desde que existen las naciones" (Da
12,1). Es una fiera terrible, un gran dragón para los hombres
invencible, dispuesto a devorarlos (21). De él podemos decir muchas cosas
basándonos en las Escrituras, aunque, ajustándonos a lo dicho, tendremos
bastante de momento.
La persecución tendrá una duración y un límite
16. Por ello, conociendo el Señor la fuerza de este adversario, concedió la
venia a los piadosos diciendo: "Entonces, los que estén en Judea, huyan a los
montes" (Mt
24,16). Pero si alguien se cree de una enorme fortaleza, como para
luchar contra Satanás, manténgase firme (pues yo no desespero del vigor de la
Iglesia) y diga: "¿Quién nos separara del amor de Cristo?..." (Rm
8,35ss.). Pero los que somos miedosos, pongámonos a seguro y, llenos de
confianza, dispongámonos a la lucha. "Porque habrá entonces una gran
tribulación, cual no la hubo desde el principio del mundo hasta el presente ni
volverá a haberla" (Mt
24,21 Da
12,1). Pero gracias sean dadas a Dios, que ha limitado a pocos días la
magnitud de esa aflicción. Dice, en efecto: "En atención a los elegidos se
abreviaran aquellos días" (Mt
24,22). Entretanto reinara el Anticristo tres años y medio. Y esto no lo
decimos tomándolo de los apócrifos, sino de Daniel. Pues dice: "Y los santos
serán entregados en sus manos por un tiempo y tiempos y medio tiempo" (Da
7,25 Ap
12,14-22). Y un "tiempo" es un año, en el cual su venida se acercara
sensiblemente. Pero "tiempos" son los dos años restantes de la impiedad. Todos
ellos, reunidos, son tres años y el "medio tiempo" son seis meses (22). A su vez
dice Daniel esto mismo en otro lugar: "Oí... jurar... por aquel que vive
eternamente: "Un tiempo, tiempos y medio tiempo" (Da
12,7) (23). Quizá también algunos (24)25 han interpretado en este
sentido lo que sigue: "Mil doscientos noventa días". Y también esto: "Dichoso
aquel que sepa esperar y alcance mil trescientos treinta y cinco días" (Da
12,11-12). Por eso conviene ocultarse y huir, pues tal vez no
terminaremos las ciudades de Israel hasta que venga el Hijo del hombre (Mt
10,23).
Dios permitirá la persecución final
17. ¿Quién será el bienaventurado que entonces sufrirá piadosamente el martirio
por Cristo? Pues yo diría que los mártires de esa época estarán por encima de
todos los mártires. Porque los mártires de tiempos anteriores solo han luchado
con hombres. Pero quienes vivan en la época del Anticristo saldrán a la lucha
con el mismo Satanás en persona. Los reyes que entonces fueron perseguidores,
entregaban a la muerte, pero no simulaban que ellos resucitasen a los muertos ni
hacían ostentación de señales y prodigios aparentes. Pero éste (el Anticristo)
provocara a la vez el terror y el engaño "capaces de engañar, si fuera posible,
a los mismos elegidos" (Mt
24,24). Que a nadie de los que entonces vivan le venga a la mente este
pensamiento: ¿Es que Cristo hizo algo más que éste? ¿Con qué poder hace (el
Anticristo) estas cosas? Ciertamente, si Dios no hubiera querido, no lo habría
permitido. El Apóstol te previene y avisa: "Por eso Dios les envía un poder
seductor que les hace creer en la mentira" (2Th
2,11) (nótese que pone "envía" en lugar de "permite"), no para que
encuentren excusa, sino "para que sean condenados" (2Th
2,12). ¿Cómo es que es así? "Todos cuantos no creyeron en la verdad",
esto es, en el Cristo verdadero, sino que "prefirieron la iniquidad", es decir,
el Anticristo. Estas cosas, sin embargo, las permite Dios, tanto en las
persecuciones que aparecen en las diversas épocas como en aquel tiempo venidero.
Y no porque no las pueda impedir, sino queriendo coronar -según su costumbre, a
través del sufrimiento- a sus propios combatientes, del mismo modo que a sus
profetas y Apóstoles. De este modo, tras el esfuerzo de un breve tiempo,
poseerán como herencia eterna el reino de los cielos. Como dice Daniel: "En
aquel tiempo se salvara tu pueblo, todos los que se encuentren inscritos en el
Libro" (Da
12,1) (25). Está claro que se refiere al Libro de la vida. "Muchos de
los que duermen en el polvo de la tierra, se despertaran, unos para la vida
eterna, otros para el oprobio, para el horror eterno. Los doctos brillaran como
el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a la multitud la justicia, como
las estrellas, por toda la eternidad" (Da
12,2-3).
Ultimas advertencias sobre el Anticristo
18. Protégete, pues, hombre, a ti mismo. Sabes ya los signos del Anticristo. No
los recuerdes solo para ti, sino comunícalos también, sin envidia, a todos (cf.
Sg 7,13).
Si tienes un hijo según la carne, instrúyelo ya y adviértele. Y si engendraste a
alguien por la catequesis (26), haz que sea cauto y que no tome a un falso
Mesías por verdadero. "Porque el misterio de la impiedad ya está actuando" (2Th
2,7). Me aterrorizan las guerras entre las naciones, me aterrorizan las
escisiones de las Iglesias, me aterroriza el odio mutuo entre hermanos. Y estas
cosas se mencionan, pero que no se hagan realidad en nuestros tiempos, aunque,
entre tanto, seamos cautos. Y con todo esto es suficiente acerca del Anticristo.
La espera de la venida definitiva del Señor
19. Pero levantemos la vista y esperemos al Señor, que ha de venir en las nubes
desde los cielos. Entonces sonaran las trompetas de los ángeles. Los que hayan
muerto en Cristo resucitaran primero, los piadosos que estén con vida serán
tomados en las nubes y recibirán el premio a sus trabajos. Así serán también
honrados en lo humano, ya que lucharon por encima de las fuerzas humanas. Como
dice el apóstol Pablo, al escribir: "El Señor mismo, a la orden dada por la voz
de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajara del cielo, y los que murieron
en Cristo resucitaran en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los
que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del
Señor en los aires. Y así estaremos siempre con el Señor" (1Th
4,16-17).
Señales de la venidas (28)
20. El Eclesiastés contempla esta venida del Señor y la consumación del mundo
diciendo: "Alégrate, mozo, en tu juventud" (Qo
11,9). Y en lo que sigue: "Aparta el mal humor de tu pecho y aleja el
sufrimiento de tu carne" (Qo
11,10). "Acuérdate de tu Creador en tus días mozos, mientras no vengan
los días malos... mientras no se nublen el sol y la luz, la luna y las
estrellas, y retornen las nubes tras la lluvia" (Qo
12,1-2): mientras no se eche a perder el cordón de plata (se refiere al
conjunto de los astros, cuyo aspecto es semejante a la plata) y se deshaga la
flor de oro (con ello se hace referencia al sol por su aspecto áureo; las
plantas son conocidas por sus flores, de las que salen radialmente sus pétalos).
A la voz de las aves se levantaran y echaran la vista desde lo alto; se verá el
pánico por los caminos. ¿Qué es lo que verán? Y entonces "verán al Hijo del
hombre venir sobre las nubes del cielo" (Mt
24,30). "Y se lamentara el país, cada familia aparte" (Za
12,12 ¿Y qué es lo que sucederá con la venida del Señor?: "Florecerá el
almendro, estará grávida la langosta y perderá su sabor la alcaparra" (Qo
12,15). Pero, como dicen los intérpretes, un almendro que florece señala
que el invierno ya ha pasado. Lo que sucederá es que en aquel tiempo, tras el
invierno, florecerán nuestros cuerpos como flor celestial. "Estará grávida la
langosta" (revistiéndose de plumas) "y perderá su sabor la alcaparra" (es decir,
los inicuos, semejantes a las espinas, serán dispersados) (27).
Todo está predicho en la Escritura
21. Ves como todo anuncia la venida del Señor y te das cuenta de cómo han
conocido el sonido del pájaro. Veremos qué voz: "El Señor mismo, a la orden dada
por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajara del cielo" (1Th
4,16). El ángel lo proclamara y dirá a todos: "¡Salid al encuentro del
Señor!" (28). Y el descenso del Señor causara terror, David dice: "Viene nuestro
Dios y no se callara. Delante de él, un fuego que devora, en torno a él,
violenta tempestad", etc. (Ps
50,3). Viene hasta el Padre, según lo que se ha leído de la Escritura,
el Hijo del hombre entre las nubes del cielo (Mt
24,30 Da
7,13), mientras un rio de fuego, por el que los hombres son probados,
fluye ante él (Da
7,10). Si alguien tiene obras de oro, cobrara mayor brillo, pero si son
como la paja y desprovistas de fuerza, serán abrasadas por el fuego (1Co
3,12-15) (29). Y el Padre se sentara, "su vestidura, blanca como la
nieve; los cabellos de su cabeza, puros como la lana" (Da
7,9). Estas cosas están dichas al modo humano. ¿Por qué razón? Porque es
rey de aquellos que no se han manchado con el pecado. Pues dice: "Así fueren
vuestros pecados como la grana, cual la nieve blanquearan" (Is
1,18), lo cual es como un signo de los pecados perdonados como si no
hubiesen sido cometidos. Vendrá el Señor desde los cielos en las nubes, él, que
ascendió entre las nubes (cf.
Ac 1,9-10)
y el mismo que dijo: "Verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo
con gran poder y gloria" (Mt
24,30).
La última venida y la aparición de la cruz
22. Pero ¿cuál es la señal de su venida, no sea que alguna potestad contraria se
atreva a imitarlo? "Entonces -dice- aparecerá en el cielo la señal del Hijo del
hombre" (Mt
24,30). Pero el signo verdadero y propio de Cristo es la cruz. El signo
de una cruz luminosa precede al rey, mostrando al que anteriormente fue
crucificado, para que, viéndolo quienes lo atormentaron y los judíos que con sus
insidias lo acosaron, se lamenten unos contra otros (cf.
Za 12,10)
diciendo: éste es el que fue abofeteado, aquel en cuyo rostro escupieron y a
quien encadenaron, el que fue despreciado al ser crucificado. Dirán: "¿A dónde
huiremos del rostro de tu cólera?". Pero, rodeados por los ejércitos angélicos,
nunca podrán escapar. El signo de la cruz será el terror de los enemigos. Pero
será la alegría para los amigos que en él creyeron, o bien lo anunciaron o
padecieron por él. ¿Quién tendrá la dicha de ser contado entonces entre los
amigos de Cristo? No despreciara a sus propios siervos un rey tan glorioso, que
está acompañado por una corte de ángeles y estará sentado en el trono junto al
Padre. Y para que los elegidos no sean confundidos con los enemigos, "enviara a
sus ángeles con sonora trompeta y reunirán de los cuatro vientos a sus elegidos"
(Mt 24,31).
Si no abandono a Lot. (30), que era uno solo, ¿cómo abandonara a numerosos
justos? "Venid, benditos de mi Padre" (Mt
25,12), dirá a aquellos que entonces serán transportados en carros de
nubes y serán reunidos por los ángeles.
Será una liberación que no abandonará a nadie
23. Pero dirá alguno de los que están aquí: "No estoy preparado o quizá en aquel
tiempo me encuentre enfermo en el lecho" o, tal vez, "yo, mujer seré cogida en
la cama". "¿Seremos, pues, desechados? (31). Ten confianza, pues el juez no
tiene acepción de personas. No juzgara según la gloria humana y "no juzgara por
las apariencias" (Is
11,3). No prefiere los eruditos a los incultos ni los ricos a los
pobres. Aunque estés en el campo (Mt
24,40), te tomaran los ángeles. No pienses que acogerá a los
terratenientes y te dejara a ti, que eres labrador. Incluso aunque seas siervo o
pobre, no sientas preocupación. El que tomo "condición de siervo" (Ph
2,7) no despreciara a los siervos. Aunque estés enfermo en el lecho,
está escrito: "Estarán dos en un mismo lecho: uno será tomado y el otro dejado"
(Lc 17,34).
Aunque, forzado por la necesidad, te encuentres postrado en cama, seas hombre o
mujer, y aunque tengas hijos o estés sentado junto a la muela (cf.
Lc 17,35)
no pasara de largo junto a ti el que "abre a los cautivos la puerta de la dicha"
(Ps 68,7).
El que llevo a José desde la servidumbre y la cárcel al reino (32), te conducirá
también a ti, rescatado de tus aflicciones, al reino de los cielos. Solo tienes
que confiar, actuar y luchar con ardor (33). Nada habrá sido para ti en vano. Se
ha tenido en cuenta toda tu oración y tu recitación de los salmos, todas tus
limosnas y todo tu ayuno, la pureza y la castidad de tu amor conyugal o la
continencia que has asumido por Dios. En estos balances ocupan el primer lugar
la virginidad y la integridades (34) y resplandecerá, en ese caso, como ángel.
Pero del mismo modo que las cosas alegres las oíste con gozo, oye también
pacientemente lo contrario. Pues también se han tenido en cuenta tus robos y tu
vida libertina. Se te han contado el juramento en falso, la blasfemia, el uso de
los filtros mágicos, el hurto, el homicidio. Todas estas cosas te serán tenidas
en cuenta si las vuelves a cometer tras el bautismo. Pues se borran las que se
cometieron antes de él.
La muchedumbre de los testigos en el momento final
24. Dice: "Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus
ángeles" (Mt
25,31). Date cuenta, oh hombre, de cómo entras en un juicio con
muchísimos testigos. Se encontrara entonces presente todo el género humano.
Piensa, por ejemplo, cuan numerosa es la nación romana. Piensa también en la
muchedumbre de los pueblos bárbaros y en la que había hace cien años. Calcula
cuantos habrán muerto desde hace mil años. Estoy pensando en mi interior en los
que han existido desde Adán hasta el presente. Es una multitud ingente: sin
embargo, es todavía pequeña en comparación con los ángeles. Estos son aquellas
noventa y nueve ovejas (Lc
15,4), unidas al resto del género humano. Pues el número de habitantes
se ha de calcular según las dimensiones de los distintos lugares. Toda la tierra
no es más que como un punto en medio del cielo, y el cielo que la rodea contiene
una muchedumbre de habitantes de acuerdo con sus dimensiones. Y los cielos de
los cielos abarcan un número superior a todo cálculo. Esta escrito: "Miles de
millares le servían, miríadas de miríadas estaban en pie delante de él" (Da
7,10 Ap
5,11) (35). Y no porque la muchedumbre esté limitada a ese número, sino
porque el profeta no ha sido capaz de expresar una multitud más amplia. Estará
presente, pues, entonces Dios, padre de todos, con quien estará sentado
Jesucristo, y a la vez estará presente el Espíritu Santo. A todos, con lo que
hicimos, nos convocara la trompeta angélica. Por todo esto, ¿no conviene que
actuemos ya con solicitud y con temor? Y no creas, oh hombre, que -incluso sin
contar con el suplicio- es pequeño castigo el ser condenado ante tantos
testigos. ¿Acaso no preferimos morir mil veces antes que ser condenados por los
amigos?
El juicio final
25. Sintamos, pues, pavor, hermanos, de modo que no nos condene Dios, el cual,
para condenar, no tiene necesidad de pesquisas ni listas de agravios. No digas:
era de noche cuando me di al libertinaje o cuando practiqué la magia o cuando
hice cualquier otra cosa, y no había allí hombre alguno. Por tu conciencia serás
juzgado entre "juicios contrapuestos de condenación o alabanza... en el día en
que Dios juzgara las acciones secretas de los hombres" (Rm
2,15-16). El terrible rostro del juez te forzara a decir la verdad o,
más bien, te declarara convicto aunque no la confieses: pues serás resucitado
teniendo a tu alrededor tus pecados o tus obras justas. Y esto lo declarara el
juez mismos (36) (Cristo es el que juzga: "Porque el Padre no juzga a nadie;
sino que todo juicio lo ha entregado al Hijo" (Jn
5,22), no privándose de una potestad, sino juzgando a través del Hijo.
Pues el Hijo juzga por voluntad del Padre, ya que no es uno el deseo del Padre y
otro el del Hijo, sino que son uno e idéntico en ambos) ¿Qué dice, pues, el juez
de si también tendrán, o no, que comparecer tus obras? "Serán congregadas
delante de él todas las naciones" (Mt
25,32). Pues conviene que ante Cristo "toda rodilla se doble en los
cielos, en la tierra y en los abismos" (Ph
2,10 Rm
14,11) (37), "Separara a los unos de los otros, como el pastor separa
las ovejas de los cabritos" (Mt
25,32). ¿Cómo hace el pastor la separación? ¿Acaso buscando en el libro
quién es oveja y quién cabrito? ¿O no juzga, más bien, por lo que ve? ¿No señala
la lana quién es la oveja y, en cambio, una piel áspera delata al cabrito? Así
también tu, si has sido purificado de tus pecados, tus acciones serán después
como pura lana (Is
1,18); tu vestido permanecerá impoluto y siempre dirás: "Me he quitado
mi túnica ¿cómo ponérmela de nuevo?" (Ct
5,3). Por tu vestido serás reconocido como oveja. Pero si se te
encuentra velludo, a ejemplo de Esaú, que, con pelo áspero y de pensamiento
retorcido, perdió por un alimento los derechos de primogénito y vendió su
prerrogativa (Gn
25,29-34), serás colocado a la izquierda (Mt
25,33). Pero lejos de ninguno de los presentes apartarse de la gracia o
que por sus malas acciones sea puesto a la parte izquierda, con los pecadores.
26. Es un juicio tremendo y hay verdaderamente lugar para el temor por las cosas
que se anuncian como que han de seguir. Lo que se presenta es el reino de los
cielos, pero está preparado un fuego eterno (Mt
25,41). Alguno dirá: "¿Cómo escaparemos del fuego? ¿Cómo entraremos en
el Reino?". Responde: "Tuve hambre, y me disteis de comer" (Mt
25,35). Aprended el camino, pues no se trata ahora de una alegría, sino
de que llevemos a la práctica lo que se dice. "Porque tuve hambre, y me disteis
de comer; tuve sed y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba
desnudo y me vestisteis; enfermo y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a
verme" (35-36). Si esto haces, reinaras, pero, si lo pasas por alto, serás
condenado. Comienza, pues, ahora ya a realizar estas cosas y persevera en la fe,
no sea que, a ejemplo de las vírgenes necias, seas excluido por falta de aceite
(25,10-12). No te confíes simplemente porque tienes la lámpara, sino tenla
también encendida (Mt
5,16). Brille la luz tuya de las buenas obras ante los hombres, de modo
que no sea blasfemado Cristo a causa tuya (Rm
2,24). Vístete el vestido de la incorrupción (38), brillando por tus
buenas obras (1Tm
2,10) y administra debidamente cualquier cosa que hubieres recibido del
Señor para administrar (Mt
25,14-30). ¿Se te ha confiado dinero? Adminístralo bien. ¿Se te ha
otorgado una palabra de ciencia? Repártela cuidadosamente. ¿Eres capaz de llevar
las almas de los oyentes a la fe? (cf.
Ac 2,42).
Hazlo diligentemente. Muchas son las posibilidades de administrar bien. Tanto
como para que ninguno de nosotros sea arrojado a la condenación, sino que
corramos con confianza al encuentro de Cristo, rey eterno, que reina por los
siglos. Pues reina por los siglos el que juzga a los vivos y a los muertos
después de que murió por los vivos y por los muertos. Y, como dice Pablo:
"Porque Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y
vivos" (Rm
14,9).
Su reino no tendrá fin
27. Y si oyes a alguien que el reino de Cristo habrá de tener un final, lanza
una maldición contra esta herejía. Pues se trata de la segunda cabeza del dragón
(Ap 12,3),
que recientemente se desarrollo en Galacia. Hubo quien se atrevió a decirte que,
tras el fin del mundo, el que habría de reinar no sería Cristo, pero tampoco se
atrevía a declarar que el Verbo habría salido del Padre (40) y que a él habría
de volver de nuevo, vomitando así (el mencionado) tales blasfemias para su
propia perdición. Pues no oyó al Señor que dice: "El Hijo se queda para siempre"
(Jn 8,35)
(41). No oyó a Gabriel, que dice: "Reinara sobre la casa de Jacob por los siglos
y su reino no tendrá fin" (Lc
1,33). Observa lo que se dice: Ahora los herejes enseñan en contra de
Cristo, mientras que el arcángel Gabriel enseñó la permanencia perpetua del
Salvador. ¿A quién, pues, debes mostrar más fe? ¿No es a Gabriel? Escucha este
testimonio de Daniel.
"Yo seguía contemplando en las visiones de la noche: Y he aquí que en las nubes
del cielo venia como un Hijo de hombre. Se dirigió hacia el Anciano y fue
llevado a su presencia. A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los
pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que
nunca pasara, y su reino no será destruido jamás" (Da
7,13-14).
Esto es lo que debes aceptar y creer. Arroja lejos de ti lo herético. Pues has
oído cosas muy claras acerca de que nunca tendrá fin el reino de Cristo.
Todo, en el Antiguo Testamento, apuntaba al Reino del Hijo
28. Tienes también algo semejante en la interpretación de la piedra que se ha
separado del monte sin la intervención de mano alguna (Da
2,34), que es Cristo según la carne: "Y este reino no pasara a otro
pueblo" (Da
8,44). Y David, en una ocasión, dice: "Tu trono, oh Dios, permanece para
siempre" (Ps
45,7 LXX) (42). Y, en otro lugar: "Desde antiguo fundaste tú la
tierra... ellos perecen, mas tu quedas... Pero tú siempre el mismo, no tienen
fin tus años" (Ps
102,26-27,28). Todo lo cual lo interpreto Pablo aplicándolo al Hijo (He
1,8-10) (43).
Todos sus enemigos serán puestos a sus pies
29. ¿Quieres saber cómo llegaron a semejante demencia quienes enseñan lo
contrario a esto? Torcidamente leyeron lo que el Apóstol rectamente dejo
escrito: "Porque debe él reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus
pies" (1Co
15,25 Ps
110,1), a lo que dicen: cuando sus enemigos hayan sido puestos bajo sus
pies, ya no reinara más. Esto lo afirman de modo perverso y necio. Pues el que
ya es rey antes de haber derrotado a sus enemigos ¿no lo será mucho más después
de haberlos vencido? (44).
Para integrarse todo con Cristo en el plan del Padre
30. Esta escrito aquello de: "Cuando hayan sido sometidas a él todas las cosas,
entonces también el Hijo se someterá (45) a Aquel que todo se lo sometió" (1Co
15,28). Se han atrevido a decir también que esto significa que el Hijo
ha decidido marcharse al Padre, pero (decís que) vosotros, los más impíos de
todos, ¿permaneceréis como obras de Cristo eternamente, pero él, por quien
vosotros fuisteis hechos junto con todo lo demás, desaparecerá totalmente? Esto
es sin duda blasfemo. ¿Cómo le serán sometidas todas las cosas, destruidas o
todavía integras? ¿O se dará el caso de que se conserven las cosas sometidas al
Hijo, pero perecerá el Hijo, que se debe al Padre? Realmente aquel se someterá a
éste (46), no como si entonces empezase a ceder ante el Padre -pues desde la
eternidad hace "siempre lo que le agrada a él" (Jn
8,29)- sino porque también entonces obedecerá. No será esto prestando
una obediencia forzada, sino con la espontánea voluntad de someterse. Pues no es
un criado, que se somete por la fuerza, sino que es Hijo que realiza las cosas
porque así lo siente y por amor.
Vencidos los enemigos, no acabará el Reino de Cristo
31. Pero preguntémosles el alcance que tiene el "hasta cuando" y el "hasta que".
Utilizando estas expresiones (46), intentara como desde muy cerca, destruir el
error. Al decir aquello de "hasta que ponga a sus enemigos bajo sus pies" se
atrevieron a decir que ello significa su fin, que el reino eterno de Cristo
tiene en realidad limites y no temieron poner con sus palabras limitaciones a su
infinita potestad. Algo del mismo estilo se puede leer en el Apóstol: "Pero
reino la muerte desde Adán hasta Moisés" (Rm
5,14). ¿Acaso los hombres morían hasta entonces y nadie murió ya después
de Moisés? ¿No hubo ya muerte después de la Ley? Ves que la palabra "hasta" no
significa que el tiempo se acabe. Lo que Pablo quiere indicar es que, aunque
Moisés fue un hombre justo y admirable, no obstante, la sentencia de muerte
pronunciada contra Adán le alcanzo a él y a quienes le siguieron. Ello sucedió
aunque no pecasen de un modo semejante a Adán al incumplir la prohibición de
comer del árbol.
"Hasta" (1Co
15,25) no significa que el Reino de Cristo tenga un final
32. Oye, además, otra frase semejante: "Hasta el día de hoy, siempre que se lee
a Moisés, un velo esta puesto sobre sus corazones" (2Co
3,15). ¿Es que acaso el "hasta el día de hoy" se extenderá solo hasta
Pablo, y no más bien hasta el momento actual y hasta la consumación ultima? Pero
Pablo dice a los Corintios: "Hasta vosotros hemos llegado con el Evangelio de
Cristo"... y "esperamos, mediante el progreso de vuestra fe... extendiendo el
Evangelio más allá de vosotros" (2Co
10,14-15,16). Claramente ves que el "hasta" no designa un tope, sino que
se refiere a algo que después continúa. ¿Cómo debes entender, pues, aquello de
"hasta que ponga a los enemigos"? En el mismo sentido como se expresa el mismo
Pablo en otro lugar: "Exhortaos mutuamente cada día mientras dure este hoy" (He
3,13), es decir, siempre y continuamente. Pues, así como no se debe
hablar de un comienzo de los días de Cristo (He
7,3) (47) no soportes tampoco que se hable del fin de su reino. Pues
"reino eterno es su reino" (Da
3,100 LXX) (48), como está escrito.
Conclusión
33. Y otras muchas cosas Podrían decirse, basándose en la Sagrada Escritura,
sobre el reino de Cristo que nunca por los siglos tendrá fin. Sobre ello tengo
suficientes testimonios, pero, por lo avanzado del día, me doy por contento con
lo dicho. Pero tú, que estás escuchando, adora solo a aquel rey y evita todo
error herético. Si la gracia de Dios lo permite, todo lo demás que atañe a la fe
se os explicara en su momento. Y el Dios de todas las cosas os guarde,
acordándoos de las señales de la consumación del mundo y sin dejaros vencer por
el Anticristo. Oíste los signos del que ha de venir en su plenitud. Oíste las
pruebas del verdadero Mesías, que ha de venir manifiestamente de los cielos.
Huye del Mentiroso, espera al que es el Verdadero. Has sido instruido en el
camino en el que, al ser juzgado, serás encontrado a su derecha (Mt
25,34). "Guarda el depósito" (1Tm
6,20) (49) acerca de Cristo, realizando con decoro buenas obras, para
que obtengas el Reino de los cielos, manteniéndote en pie con confianza ante el
juez. Por quien y con quien sea gloria a Dios con el Espíritu Santo por los
siglos de los siglos. Amén.
Notas
(1) El argumento de la catequesis es, pues, evidente; los cristianos esperan una
segunda y definitiva venida de Cristo. Esta venida última es para el cristiano
un motivo de seguridad y esperanza. El tema queda, sin embargo, siempre
descentrado cuando, al interpretar de un modo inadecuadamente literal el
lenguaje apocalíptico acerca de las señales precursoras del fin del mundo, se
intenta -como ha sucedido a veces- explicar que en cualquier presente de la
Iglesia y de la humanidad se están dando esas señales precursoras. Igualmente se
hace más que problemática la identificación del "Anticristo" con el Imperio
romano, y en general toda excesiva concreción de las circunstancias del fin de
la historia. El deseo y la esperanza de que el Señor venga (Ap
22,20), sentimiento esencial del cristiano, no pueden convertirse en un
examen de la página de sucesos más atento a comprobar lo mal que los hombres
hacen las cosas que al anhelo de una renovación ultima en Cristo de todo lo
creado.
(2) Mas exacto parecería traducir con interrogante: "Esto has hecho tu ¿y he de
callarme?".
(3) El contexto de este pasaje se extiende hasta
1Co 3,15;
"13b Y la calidad de la obra de cada uno la probará el fuego". 14 Aquel, cuya
obra, construida sobre el cimiento, resista, recibirá la recompensa. 15 Mas
aquel cuya obra quede abrasada sufrirá el daño. El no obstante, quedará a salvo,
pero como quien pasa a través del fuego". Aunque no se refiere directamente al
purgatorio, todo el pasaje de 1 Cor y los párrafos de la catequesis de Cirilo en
los que estamos se mueven dentro del ámbito judicial, y en
1Co 3,15
se ha querido ver con frecuencia una alusión al tema del purgatorio.
(4) "Este mundo presente" (ho kosmos houtos) parece hacer referencia al mundo en
su actual situación, pero excluye una "desaparición" total del mundo y del
universo, Cf. PG 33,874, nota 8, que de manera imprecisa relaciona la cuestión
con el teólogo Orígenes.
(5) Todo el episodio de Simón Mago, la admiración que despertaba su posterior
conversión inicial y su actuación ambigua están descritos en
Ac 8,9-25.
Por otra parte, históricamente son más importantes otras pretensiones
nacionalistas o mesiánicas de otros personajes judíos.
Ac 5,36-37
menciona los casos de Teudas y Judas el Galileo, citados también por el
historiador Flavio Josefo. Ambos parecen haber actuado en los comienzos del
siglo I. Mas importante es la rebelión encabezada por BarKosheba, entre los años
132-135, que también adquirió tintes pretendidamente mesiánicos.
(6) De acuerdo con lo dicho en la nota 1, y a la vista de la experiencia
histórica, el cristiano actual sería muy cauto a la hora de identificar ninguna
guerra con la guerra del final de la historia humana.
(7) Dentro de lo compleja que ha sido siempre la historia doctrinal de la
Iglesia, ya en la época de Cirilo existía una experiencia abundante de dicha
complejidad. Las luchas habían llegado a su punto culminante en la controversia
arriana. Puesto que en el arrianismo es la interpretación de la realidad de la
persona de Cristo lo que estuvo en juego, es posible que, teológicamente, nunca
haya existido un momento de mayor gravedad en la Iglesia, quizá ni siquiera en
las escisiones posteriores de Oriente y de Occidente.
(8) En la práctica, la predicación del Evangelio a todas las naciones es, como
señal del fin de los tiempos, mucho más difícil de concretar de lo que puede
parecer a primera vista. Es evidente que el "universo mundo", la oikouméne que
Cirilo contempla y que en la época del Imperio romano se admite como tal, es
mucho más limitada que lo que han dado a conocer los descubrimientos geográficos
de la historia posterior. Por otra parte, los cambios de época en la
civilización siempre dejan el mundo como por "explorar" y cambiar de nuevo. Por
eso es necesario, una y otra vez, en distintas épocas de la historia, proceder
siempre a una nueva evangelización.
(9) Cf. Dan 11,31: "De su parte surgirán fuerzas armadas, profanaran el
santuario-ciudadela, abolirán el sacrificio perpetuo y pondrán allí la
abominación de la desolación". Cf. 12,11. Vid. supra, cat. 4, núm. 15. Debe
tenerse en cuenta que lo que es en Mateo el discurso escatológico de Jesús
combina literariamente el anuncio de la ruina de Jerusalén -que, por obra del
ejército romano, tuvo lugar el año 70- con el anuncio del fin de la historia
humana. La Biblia de Jerusalén lo explica perfectamente en una nota general al
comienzo de
Mt 24.
(10) Siervos del Señor.
(11) En la tradición cristiana, influida por Daniel, este adversario recibirá el
nombre de Anticristo, cf.
1Jn 2,18 1Jn 4,3 2Jn 7".
Todo este lenguaje, apocalíptico y misterioso, aparece con toda su fuerza en
pasajes posteriores del Nuevo Testamento, como
Ap 13
(también inspirado en
Da 7) y
Da 17,10-14.
Este pasaje, unos doscientos cincuenta años anterior, como todo el Apocalipsis,
a las catequesis de Cirilo, expresa, en toda su crudeza, la oposición entre la
Iglesia y el mundo del Imperio romano del siglo I. Los "diez reyes" mencionados
en 17,12 son interpretados posteriormente por Cirilo con una presunta y excesiva
precisión. Sin embargo, de todo esto hay algo cierto y esencial, la oposición
que para el cristiano siempre existirá entre la Iglesia y el Espíritu del mundo,
el cual también, como "la abominación de la desolación", siempre tendera a
introducirse en aquélla.
(12) El estilo apocalíptico parece estar inspirado en
Da 7,13-14:
(13) Yo seguía contemplando en las visiones de la noche:
y he aquí que en las nubes del cielo venia
como un Hijo de hombre.
Se dirigió hacia el Anciano
y fue llevado a su presencia.
14 A él se le dio imperio, honor y reino
y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron.
Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasara,
y su reino no será destruido jamás".
El velado lenguaje de Daniel da a entender en la expresión "Hijo de hombre" -más
allá de su sentido literalmente primario: simplemente "hombre- una concepción
supereminente de éste y que se ha de manifestar en los últimos tiempos. Es
decir, es la imagen del hombre que se ha de manifestar en la parusía de Cristo,
en el instante de su última venida. Sin embargo, desde Jesucristo, y de un modo
análogo a como ocurría por otra parte con los cantos del Siervo de Isaías, se
manifiesta la que habrá de ser la realidad de la última condición humana,
escatológica. Pero ello se cumple en primer lugar en Jesús, a quien se le ha de
dar "imperio, honor y reino, y todos los pueblos naciones y lenguas" le habrán
de servir.
(13) De nuevo, el diablo.
(14) Sobre esto irá dando la catequesis detalles en los núm. 12 y 14.
(15) Recuérdese una vez más que "Mesías" y "Cristo" significan "Ungido".
(16) La insistencia en afirmar que el fin del mundo vendrá tras la caída del
Imperio, históricamente errónea, puede interpretarse a través de lo dicho
anteriormente en nota 12. Tal vez el afán de precisión se debe a una cierta
admiración por muchos de los Padres de la solidez de la civilización romana.
Esto es más comprensible a partir del cese de las persecuciones en el segundo
decenio del siglo IV. Muy a gusto en la cultura y en la civilización clásicas
parecieron encontrarse a menudo hombres de la talla de Basilio el Grande,
Gregorio Nacianceno y Gregorio Niceno, en Oriente y, en Occidente, Ambrosio y
Agustín.
(17) El texto se mantiene todavía en una interpretación literal de
Ap 17,12
(y su contexto): "Los diez cuernos que has visto son diez reyes (Da
7,24ss.) que no han recibido aún el reino; pero recibirán con la Bestia
la potestad real, solo por una hora". En
Ap 17,9-10,
se decía mencionando las siete cabezas de la Bestia: "Son también siete reyes:
cinco han caído, uno es y el otro no ha llegado aun". "Siete emperadores
romanos, el sexto de los cuales reina actualmente. Siete es una cifra simbólica
de totalidad. Juan no se pronuncia sobre el número y la cronología de los
emperadores". Lo único que es cierto es que Cristo -en el ambiente creado por la
catequesis- es, por su venida definitiva, que espera el fiel, la única esperanza
segura en medio de la hostilidad del mundo pagano en la época de las
persecuciones. Toda esa temática es básica en la interpretación del Apocalipsis.
(18) "...sobre todo lo que lleva el nombre de Dios o es objeto de culto". Cirilo
añade aquí entre paréntesis, como en nota: "comoquiera que habrá de odiar
incluso a los ídolos".
(19) El Anticristo.
(20) Algunos Padres (cf. PG 33,889-890, nota 3) interpretaron la palabra de
Jesús en Mt 24,2 sobre la futura ruina total del templo como si solo fuese a
cumplirse plenamente en el fin del mundo. Así se entenderían las presentes
afirmaciones de la catequesis históricamente, tras la destrucción del año 70, se
produjo un nuevo expolio de las ruinas en la época de Juliano el Apostata.
(21) Es muy interesante el contexto, ya mencionado, de
Ap 12,14,
que abarca todo el cap. 12, sobre la Mujer, figura de la Iglesia (y de María) y
el Dragón. Todo el capítulo expresa la difícil situación de la primitiva Iglesia
en medio del Imperio. A
Ap 12,15
("Entonces el Dragón vomitó de sus fauces como un río de agua, detrás de la
Mujer, para arrastrarla con su corriente")
(22) Sobre los "tiempos" como años, cf.
Da 4,13 Ap 11,2-3.
Cf. los "tres años y seis meses" en que se cifra la duración de la sequia en
tiempos de Elías (Lc
4,25 en referencia a I Re). Es como una especie de duración estándar que
se atribuye a los tiempos de dificultad o de persecución.
(23) El ambiente de persecución queda reflejado en el resto del versículo: "...y
todas estas cosas se cumplirán cuando termine el quebrantamiento de la fuerza
del Pueblo santo".
Da 12,7
es en gran parte retomado y aplicado a la Iglesia por
Ap 10,5-7.
(24) Expresamente puede hablarse de Hipólito, Jerónimo y Teodoreto (cf. PG
33,894, nota 5).
(25) Se vuelve a sugerir la idea de una elección. Cf., aunque en medio de
abundantes expresiones figuradas,
Ex 32,32-33 Ps 69,29 Lc 10,20 Ap 20,12.
(26) Nueva alusión clara a que, entre los oyentes, no solo se encuentran
catecúmenos, sino también bautizados que pueden estar ejerciendo el oficio de
catequistas.
(27) Cirilo realiza aquí una combinación de algunos fragmentos de un poema del
Eclesiastés con su propia capacidad literaria y otros versículos de Mt y Zac
para exponer las señales cósmicas de la venida del Señor. En todo esto, el hecho
seguro que el cristiano aguarda es la consumación final de la historia. Las
circunstancias cósmicas externas pueden ser unas u otras y, lógicamente, no
pertenecen a la sustancia del mensaje. Todas las explicaciones entre paréntesis
se encuentran de ese modo en el texto de la catequesis.
(28) Posiblemente hay aquí, de la parábola de las diez vírgenes, una alusión a
Mt 25,6: "¡Ya está aquí el novio! ¡Salid a su encuentro!".
(29) Cf. anteriormente, núm. 2, nota 4.
(30) El sobrino de Abraham. Tras la destrucción de Sodoma y Gomorra, ciudades en
las que Lot ha pasado por momentos difíciles (cf. por ejemplo,
Gn 19,4ss.)
el v. 29 menciona que Dios "puso a Lot a salvo de la catástrofe, cuando arraso
las ciudades en que Lot habitaba"
(31) En estas frases, probable alusión a
Lc 17,34.
(32) La acción de Dios en José ha sido evocada en la cat. 8, núm. 4.
(33) Quedarse solo en la literalidad de las imágenes empleadas por los
evangelios para describir el día final seria empobrecer el mensaje cristiano
acerca de la consumación definitiva. No se trata, en efecto, de ofrecer ninguna
especie de reportaje anticipado acerca de cómo se habrán de desarrollar los
acontecimientos del final de la historia humana, sino de expresar un motivo de
esperanza cierta en la liberación definitiva. Por eso, en el Nuevo Testamento se
emplea a menudo la palabra redención (etimológica y semánticamente "rescate")
para expresar la actuación de Dios con los justos al final de la historia
humana. Cf., especialmente,
Rm 8,18-25.
Vid. Ep 4,30.
(34) "Integridad" es, en el lenguaje ascético clásico, sinónimo de virginidad.
(35) Ap 5,11,
inspirado en Daniel, se enmarca dentro de la gran liturgia en torno al Cordero
degollado y triunfante, al que han sido entregados los destinos del mundo y al
que se asociaran "los que vienen de la gran tribulación" y "han lavado sus
túnicas y las han blanqueado con la sangre del Cordero" (Ap
7,14). Sobre todo esto, en el lenguaje que le es característico, cf.
Ap 4-16.
La descripción de la Jerusalén celeste, en
Ap 21-22.
(36) Rompiendo un poco el hilo de la redacción, el texto de la catequesis añade
en este momento, entre paréntesis y como si fuese una nota el texto que sigue.
(37) Ph 2,10,
en el contexto de 2,6-11, quizá tiene inmediatamente un origen litúrgico, aunque
con raíz bíblica en
Is 45,23.
(38) Es una exhortación frecuente a los catecúmenos. Cf. PG 33,907, nota 1, que
remite a las Constituciones apostólicas, a Gregorio Nacianceno y a Juan
Crisóstomo.
(39) Es tal vez una referencia al obispo Marcelo de Ancira, que participo en
Nicea y murió a edad muy avanzada hacia el año 374. Diversos escritores
eclesiásticos, sínodos y obispos lo acusaron o exculparon de subordinacionismo,
sin que en Marcelo o en sus discípulos aparezcan con claridad las distinciones
de personas en Dios en el sentido que después ha llegado a ser clásico. Lo de
"su Reino no tendrá fin" fue añadido precisamente, en contra de los discípulos
de Marcelo, en el Símbolo nicenoconstantinopolitano del 381. Cf. los párrafos
29-32, con sus notas.
(40) El Hijo, engendrado por el Padre antes de todos los siglos. El recto
equilibrio conceptual a la hora de exponer lo que puede decirse sobre la vida
intratrinitaria de Dios fue una de las máximas preocupaciones teológicas de la
Iglesia del siglo IV, especialmente entre los Padres de habla griega.
(41) La cita de Juan es muy interesante en su contexto, que abarca al menos
Jn 8,31-36,
en que Jesús, en su discusión con los judíos -aunque aquí parece hablar
propiamente "a los judíos que hablan creído en él" (Jn
8,31)- vincula su propia persona (en relación con el Padre) con su
misión liberadora (31b-32).
(42) Esta versión de los LXX, que también es acorde con el texto hebreo,
refuerza la interpretación mesiánica del salmo ya aludida.
(43) No es ninguna dificultad el hecho de que otra vez, como ha sido frecuente
en la tradición eclesiástica, se atribuya a Pablo la autoría de Hebr. En cuanto
al contenido, es importante la concentración cristocéntrica que, en su
interpretación, realiza
He 1,5-14
refiriéndose a
Ps 2,7 2S 7,14 Dt 32,43 Ps 97,7 Ps 104,4 Ps 45,7-8 Ps 102,26-28
y Ps 110,1.
Con ello una vez más se afirma, adecuadamente, que la palabra de la Escritura en
el Antiguo Testamento apunta en último término hacia Jesucristo, el Primogénito
enviado al mundo (He
1,6 y
Col 1,15ss.)
(44) En realidad, la resurrección, ascensión y parusía de Cristo (con el envió
constante a la Iglesia, entre ascensión y parusía, del Espíritu) hacen entender
de un modo nuevo la historia humana, cuyo sentido es: Cristo, Hijo de Dios, pero
que ha estado en el origen de toda la creación (en el fondo,
Jn 1,1-3
y Col
1,15-20 son complementarios) se ha sentado tras su muerte, resurrección
y ascensión, en el trono junto al Padre. Lo que resta, "cuando hayan sido
sometidas a él todas las cosas" (1Co
15,28), es que también el Hijo se someta "a Aquel que todo se lo
sometió" (). El objetivo de la historia es, pues, Cristo y, por Cristo, al
Padre. Vid. todo lo que es
1Co 15,23-28.
Pero de todo esto se ha de hablar posteriormente. Cirilo aborda la cuestión ya
en el próximo párrafo 30.
(45) "Se someterá" es traducción exacta de "hypotaguésetai". Cuando, en la frase
anterior, se ha traducido "el Hijo, que se debe al Padre" una traducción más
literal seria "el Hijo, sometido al Padre" o, mejor, "colocado bajo el Padre"
("hypotassomenos to Patri"). No debe ser esto expresión de lo que en ocasiones
se ha llamado "subordinacionismo" como si el Hijo fuese un ser inferior al
Padre, sino que indica que el Hijo solo se integra "en su puesto" dentro de los
designios divinos.
(46) Tomadas, según se ha visto, de
1Co 15,25
y Ps 110,1.
(47) El "Nacido del Padre antes de todos los siglos"
(48) Según la distribución de otras versiones,
Da 3,33,
en cualquier caso, parece que tras el Cantico de los tres jóvenes.
(49) La idea de "depósito" es característica de las epístolas de Pablo a Timoteo
y Tito. La exhortación a "guardar el depósito" expresada con unas y otras
palabras (ch
1Tm 1,4-6 2Tm 1,12-14 2Tm 2,2 2Tm 3,14 Tt 2,1)
y que es en principio de origen jurídico (puesto que el "depositario" es
simplemente quien guarda y hace llegar integro a sus destinatarios lo que se le
ha confiado la hace Pablo precisamente cuando siente interés de que se mantenga
la obra que ha realizado a través de su predicación. Cuando Cirilo de Jerusalén
cita 1Tm
6,20 en un sentido semejante, manifiesta la preocupación que siempre han
expresado la Iglesia y la tradición cristiana de que el cristianismo se mantenga
integro y sin adulteraciones. Es el motivo por el que uno de los criterios más
importantes para una renovación cristiana y eclesial es siempre la vuelta a las
fuentes.
Pronunciada en Jerusalén sobre: "Y en el Espíritu Santo, Paráclito, que habló
por los profetas".
La lectura se toma de 1Co 12,1-4: "En cuanto a los dones espirituales no quiero, hermanos, que estéis en la ignorancia...". Y, más adelante: "Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo" (1Co 12,4), etc. (1).
Necesitamos
de la gracia Espiritual
1. Verdaderamente necesitamos de la gracia Espiritual para hablar del Espíritu
Santo, aunque nunca estaremos a la altura de la cuestión, pues es imposible.
Intentaremos, sin embargo, exponer con naturalidad lo que sacamos de ello en la
Sagrada Escritura. En los Evangelios se habla de un gran temor cuando Cristo
dice abiertamente: "Al que diga una palabra contra el Espíritu Santo, no se le
perdonará ni en este mundo ni en el otro" (Mt
12,32) (2). Y hay que temer seriamente que alguien, al hablar por
ignorancia o por una mala entendida piedad, se gane la condenación. Cristo, juez
de vivos y muertos, anuncio que un hombre tal no obtendrá el perdón. Y si
alguien le ofende, ¿qué esperanza le queda?
Hablaremos de lo que sobre el Espíritu Santo se dice en la Escritura
2. Es necesario el don de la gracia de Jesucristo, tanto para que nosotros
hablemos adecuadamente como para que vosotros oigáis con inteligencia. Pues la
inteligencia penetrante no es necesaria solo para los que hablan, sino también
para los que oyen, de modo que no suceda que éstos oigan una cosa y torcidamente
entiendan otra. Hablaremos, pues, nosotros del Espíritu Santo solo lo que está
escrito y, si algo no está escrito, que la curiosidad no nos ponga nerviosos. Es
el mismo Espíritu Santo el que hablo por las Escrituras: él dijo de sí mismo lo
que quiso o lo que pudiéramos nosotros entender. Así pues, digamos las cosas que
fueron dichas por él, pues con lo que él no dijo no nos atreveremos.
Presente ya desde antiguo, es igual en dignidad al Padre y al Hijo
3. Hay un solo Espíritu Santo Paráclito. Y del mismo modo que hay un solo Dios
Padre, y no hay un segundo Padre, y solo un Hijo unigénito, que no tiene ningún
otro hermano, así existe un solo Espíritu Santo, y no existe otro Espíritu Santo
que sea igual en honor a él (3). Es, por tanto, el Espíritu Santo, la máxima
potestad, realidad divina e inefable. Pues vive y es racional, santificador de
todas las cosas que Dios ha hecho por Cristo. El ilumina las almas de los
justos. El está también en los profetas y también esta, en la nueva Alianza, en
los Apóstoles. Ódieseles a quienes tienen el atrevimiento de aislar la acción
del Espíritu Santo. Pues hay un solo Dios Padre, Señor de la antigua y de la
nueva Alianza. Y un solo Señor, Jesucristo, que profetizo en la antigua y ha
venido en la nueva. Y un solo Espíritu Santo que anunció por los profetas a
Cristo y que, después que Cristo llego, lo mostró (4).
Ni se habla de tres dioses ni deben separarse Padre, Hijo y Espíritu Santo
4. Por tanto, nadie separe la antigua de la nueva Alianza: que nadie diga que
uno es allí el Espíritu, mientras que aquí lo es otro diferente (5), pues ofende
así al mismo Espíritu Santo, a quien se tributa honor juntamente con el Padre y
el Hijo y que queda, en el bautismo, incluido dentro de la Santa Trinidad. Pues
el mismo Hijo unigénito de Dios dijo claramente a los Apóstoles: "Id, pues, y
haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del
Hijo y del Espíritu Santo" (Mt
28,19) (6). Nuestra esperanza está puesta en el Padre, el Hijo y el
Espíritu Santo. No anunciamos tres dioses. Callen, pues, los marcionitas (7),
porque, juntamente con el Espíritu Santo, por medio de un único Hijo, predicamos
un único Dios. La fe es indivisa y la piedad es inseparable (8). Ni separamos la
Santísima Trinidad, como hacen algunos, ni hacemos, como Sabelio, una confusión
(9). Sino que reconocemos piadosamente a un Padre único, que nos envió un
Salvador, el Hijo, Reconocemos a un Hijo, único, que prometió que enviaría desde
el Padre al Paráclito (Jn
15,26). Reconocemos al Espíritu Santo, que hablo por los profetas y en
Pentecostés descendió sobre los Apóstoles en una especie de lenguas de fuego (Ac
2,3), en Jerusalén, en la iglesia de los Apóstoles, la de arriba (10).
Aquí tenemos toda clase de prerrogativas. Aquí Cristo y el Espíritu Santo
descendieron de los cielos. Y era muy conveniente que, del mismo modo que las
cosas que se refieren a Cristo y al lugar del Gólgota las decimos en el mismo
Gólgota, así también hablásemos del Espíritu Santo en la iglesia de arriba. Pero
puesto que el que allí descendió participa de la gloria del que aquí fue
crucificado, por eso es en este lugar donde hablaremos del que allí bajo. El
culto piadoso no admite separación.
Expondremos las herejías
5. El propósito es, pues, decir algunas cosas sobre el Espíritu Santo. No, desde
luego, exponer detalladamente su persona (11), pues es cosa imposible, sino
señalar, acerca de él, diversas aberraciones de algunos para que no seamos,
ignorándolas, arrastrados por ellas. También queremos delimitar los caminos del
error para que avancemos por un camino real. Y si examinamos con cautela algo de
lo que ha sido dicho por los herejes, caiga de nuevo sobre sus cabezas, pero
permanezcamos inmunes, tanto nosotros los que hablamos como vosotros que
escucháis.
6. Pues los más impíos herejes en todas las materias afilaron también su lengua
en contra del Espíritu Santo atreviéndose a decir cosas infames, como escribió
Ireneo en sus libros Contra las herejías (12). Algunos no temieron decir que
ellos mismos eran el Espíritu Santo. El primero de los cuales es Simón, al que
los Hechos de los Apóstoles llaman "Mago". Una vez expulsado, no dudo en enseñar
tales cosas (13). Los llamados "gnósticos" son también impíos y han dicho otras
cosas en contra del Espíritu, y asimismo han hablado perversamente los
valentinianos (14). Pero el criminal Manes se atrevió a decir de sí mismo que
era el Paráclito enviado por Cristo. Según los profetas o el Nuevo Testamento,
ha habido quienes se imaginaban que unos y otros eran el Espíritu Santo. Su
error -o más bien su blasfemia- son muy grandes. A tales hombres, por tanto,
ódialos y huye de los que blasfeman contra el Espíritu Santo, para los cuales no
hay remisión. ¿Cómo te vas a unir a los que carecen de toda esperanza, tú que
ahora has de ser bautizado también en el Espíritu Santo? Si al que se une a un
ladrón y realiza correrías con él se le somete a suplicio, ¿qué esperanza habrá
de tener quien se enfrenta al Espíritu Santo?
Contra los marcionitas y los gnósticos
7. Ódiese también a los marcionistas, que separaron del Nuevo Testamento las
palabras del Antiguo. El primero de ellos fue Marción (15), hombre alejadísimo
de Dios, que afirmo la existencia de tres dioses. Al ver insertados en el Nuevo
Testamento los testimonios de los profetas acerca de Cristo, los suprimió para
privar al Rey de estos testimonios (16). Ódiese a los que ya mencionados
gnósticos, como a ellos les gusta llamarse, pero que están llenos de ignorancia
(17). Hicieron sobre el Espíritu Santo afirmaciones que yo no tendría ahora el
atrevimiento de recordar.
Contra los montanistas
8. Ódiese a los de la Frigia inferior y a Montano y sus dos profetisas, Maximila
y Priscila (18). Pues Montano, fuera de sí y delirante -y no hubiera dicho lo
que dijo si no hubiese estado loco-, se abrevio a proclamarse a sí mismo como el
Espíritu Santo. Hombre muy abyecto, baste decir, por respeto a las mujeres que
aquí están, que estaba cubierto de toda impureza y lascivia. Habiendo ocupado
Pepusa, un lugar muy pequeño de Frigia al que dio el falso nombre de Jerusalén,
degollaba a los hijos pequeños de algunas mujeres despedazándolos en banquetes
criminales. Por este motivo hasta tiempos recientes, en que la persecución se ha
ido calmando, estábamos nosotros bajo sospecha de estos crímenes. La razón es
que los montanistas, aunque falsamente, eran llamados con nuestro mismo nombre
de cristianos. Como digo, se atrevió a llamarse a sí mismo Espíritu Santo, a
pesar de rebosar impiedad y crueldad y estar sujeto a una imperdonable condena.
Contra los maniqueos (19)
9. A éste hay que añadir, como anteriormente se dijo, al muy impío Manes, el
cual acumulo los vicios de todas las herejías. Siendo él mismo el más profundo
abismo de perdición y reuniendo en si los delirios de todos los herejes juntos,
elaboro y propago el más reciente de los errores. Se abrevio a decir también que
él era el Paráclito que Cristo había prometido que enviaría. Y puesto que el
Salvador, prometiéndolo, decía a los Apóstoles: "Por vuestra parte permaneced en
la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto" (Lc
24,49). ¿Qué, pues? ¿Acaso, cuando ya habían muerto hacia doscientos
años, estaban esperando a Manes los Apóstoles para ser revestidos de poder?
¿Quién tendrá la osadía de decir que no se llenaron ya del Espíritu Santo? Pues
está escrito: "Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo?" (Ac
8,17). ¿Es que no sucedió esto antes de Manes, y muchos años antes de
él, cuando el Espíritu Santo descendió el día de Pentecostés?
El poder del Espíritu no se compra por dinero:De nuevo, el caso de Simón
10. ¿Por qué se condeno a Simón Mago? ¿No fue porque, acercándose a los
Apóstoles, les dijo: "Dadme a mí también este poder para que reciba el Espíritu
Santo aquel a quien yo imponga las manos" (Ac
8,19). Pues no dijo: "Dadme a mí también una participación en el
Espíritu Santo", sino poder, de modo que pudiese vender a otros algo que no se
puede comprar y que él mismo no había conseguido (20). Ofreció dinero (Ac
8,18) a unos hombres que tenían el propósito de no poseer nada (21), a
pesar de haber visto a quienes ofrecían las ganancias de las cosas vendidas
poniéndolas a los pies de los Apóstoles (cf.
Ac 4,34-35).
Y no pensaba que quienes pisaban con sus pies las riquezas entregadas para
alimentar a los pobres nunca pondrían un precio al poder del Espíritu Santo. ¿Y
qué es lo que dijeron a Simón?: "Vaya tu dinero a la perdición y tú con él; pues
has pensado que el don de Dios se compra con dinero" (Ac
8,20). "Eres otro Judas, que esperaste vender la gracia del Espíritu".
Si, por tanto, Simón, que quería conseguir el poder (del Espíritu) es entregado
a la perdición, ¿de cuanta impiedad no será reo Manes, que se jacto de ser él
mismo el Espíritu Santo? Odiemos a los hombres dignos de odio. A los que Dios
deja a un lado, dejémoslos. Con toda confianza, digamos también nosotros acerca
de los herejes: "¿No odio, Yahvé, a quienes te odian? ¿No me asquean los que se
alzan contra ti?" (Ps
139,21). Pues existe una enemistad laudable, según está escrito:
"Enemistad pondré entre ti y la mujer, y ente tu linaje y su linaje" (Gn
2,15). En realidad, la amistad con la serpiente produce la enemistad con
Dios y la muerte.
La promesa del Espíritu de vida
11. Sea suficiente lo dicho acerca de estos expulsados. Pero ahora volvamos a la
Sagrada Escritura, y bebamos agua de nuestras vasijas y de la fuente de nuestros
pozos (Pr
5,15). Bebamos del agua viva "que brota para vida eterna" (Jn
4,14). "Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los
que creyeran en él" (Jn
7,39). Observa lo que dice: "El que crea en mi (no de un modo simplista
y lánguido, sino), como dice la Escritura (con lo que te está remitiendo al
Antiguo Testamento): "De su seno correrán ríos de agua viva" (Jn
7,38) (22). No se trata de ríos perceptibles por los sentidos y que
irrigan, en un sentido simple y vulgar, la tierra que contiene espinas y leños,
sino de los que infunden luz a las almas: "Sino que el agua que yo le dé se
convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna" (Jn
4,14). Es otra clase de agua, que vive y que brota: brota sobre los que
son dignos de ella.
El Espíritu reparte sus dones entre todos
12. ¿Y por qué ha dado el nombre de agua a la gracia del Espíritu? Porque todas
las cosas constan de agua, ya que el agua es la que hace las plantas y los
animales; porque desde los cielos desciende el agua de las tormentas. Siempre
cae del mismo modo y de la misma forma, aunque son multiformes los efectos que
produce: una única fuente riega todo el huerto. Y una única e idéntica tormenta
desciende sobre toda la tierra, pero se vuelve blanca en el lirio, roja en la
rosa, de color púrpura en las violetas y en los jacintos, y diversa y variada en
los distintos géneros de cosas. De una forma existe en la palma y de otra en la
vid, pero esta toda ella en todas las cosas, pues (el agua) es siempre la misma
y sin variación. Y, aunque se mude en tormenta, no cambia su forma de ser, sino
que se acomoda a la forma de sus recipientes convirtiéndose en lo que es
necesario para cada uno de ellos. Así el Espíritu Santo, siendo uno y de un modo
único, y también indivisible, distribuye la gracia "a cada uno en particular
según su voluntad" (1Co
12,11). Y del mismo modo que un árbol seco produce brotes al recibir
agua, así también el alma pecadora, cuando por la conversión ha sido agraciada
por el don del Espíritu Santo, produce los racimos del Espíritu Santo. Y aunque
él es uno y único, obra sin embargo, por voluntad de Dios y en nombre de Cristo,
efectos múltiples: se sirve de la lengua de uno para la sabiduría e ilustra la
mente de otro con el don de profecía; a éste le concede el poder de expulsar
demonios y a aquel el don de interpretar la Sagrada Escritura; de alguno
fortalece la temperancia (23) y a otro le enseña lo referente a la misericordia
(24); a otros les enseña a ayunar o a soportar los ejercicios de la vida
ascética; a otros, a despreciar las cosas del cuerpo, y hay a quien prepara para
el martirio. El es diverso en cada uno, pero nunca es distinto de sí mismo. Como
está escrito: "A cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu para
provecho común. Porque a uno se le da por el Espíritu palabra de sabiduría; a
otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe, en el mismo
Espíritu; a otro, carismas de curaciones, en el único Espíritu; a otro, poder de
milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de Espíritus; a otro,
diversidad de lenguas; a otro, don de interpretarlas. Pero todas estas cosas las
obra un mismo y único Espíritu, distribuyéndolas a cada uno en particular según
su voluntad" (1Co
12,7-11) (25).
Diversos sentidos de la palabra "Espíritu"
13. Pero puesto que acerca del Espíritu Santo, con un nombre único y común, se
han dicho muchas cosas diversas en la Sagrada Escritura y puede temerse que
alguien las confunda por ignorancia por no saber a qué Espíritu se refiere lo
que allí está escrito, es preciso señalar ciertas características seguras del
Espíritu al que la Escritura llama Santo. Pues así como Aarón es llamado
"cristo" (26) y también David, Saúl y otros son llamados "cristos", y sin
embargo es único el verdadero Cristo, así también, una vez que se atribuye la
denominación de "Espíritu" a diversas realidades, es estupendo ver a quién se
llama, por algún motivo peculiar, Espíritu Santo. Pues son muchas las cosas que
se llaman "Espíritu", pues un ángel es llamado "Espíritu", se llama "Espíritu" a
nuestra alma y al viento que sopla se le llama "Espíritu" (27). También una gran
virtud es llamada "Espíritu" y es denominada "Espíritu" una acción impura.
Incluso el Demonio, el Adversario, es llamado "Espíritu". Cuídate, pues, cuando
oigas estas cosas, de que, por la semejanza de la denominación, no confundas una
cosa con otra. Pues de nuestra alma dice la Escritura: "Su soplo exhala, a su
barro retorna", y del alma dice a su vez: "Que modela el Espíritu del hombre en
su interior" (Za
12,1) (28). Y de los ángeles dice en los Salmos: "Que hace a sus ángeles
Espíritus y llama de fuego a sus servidores" (29). Y del viento dice: "Tal el
viento del Este que destroza los navíos de Tarsis" (Ps
48,8). Y además: "Como el árbol es agitado por el viento en el bosque".
Y: "Fuego y granizo, nieve y bruma, viento tempestuoso, ejecutor de su palabra"
(Ps 148,8).
Y de la buena doctrina dice el Señor mismo: "Las palabras que os he dicho son
Espíritu y son vida" (Jn
6,63), es decir, son espirituales (30). Pero el Espíritu Santo no es
algo que se exhala hablando con la lengua, sino alguien vivo (31), que nos
concede hablar con sabiduría, siendo él mismo el que se expresa y habla.
El Espíritu Santo sugiere, habla y enseña
14. ¿Quieres darte cuenta de cómo crea palabras y habla? Felipe, por revelación
de un ángel, bajo por el camino que llevaba hasta Gaza, cuando llegaba el
eunuco. Y dijo el Espíritu a Felipe: "Acércate y ponte junto a ese carro" (Ac
8,29). ¿Ves como el Espíritu habla al que le oye? Y Ezequiel dice así:
"El Espíritu de Yahvé irrumpió en mí y me dijo: 'Di: Así dice Yahvé'" (Ez
11,5). Por otra parte, "dijo el Espíritu Santo" a los Apóstoles, que
estaban en Antioquía: "Separadme ya a Bernabé y a Saulo para la obra a la que
los he llamado" (Ac
13,2). Ves al Espíritu que está vivo, que segrega y que llama, y que
envía con poder. Y Pablo dice: "Solamente sé que en cada ciudad el Espíritu
Santo me testifica que me aguardan prisiones y tribulaciones" (Ac
20,23). El es el que santifica a la Iglesia, su auxiliador y su maestro,
el Espíritu Santo maestro, del que dijo el Salvador: "Os lo enseñará todo", y no
dijo solo "os lo enseñará", sino también "os recordará todo lo que yo os he
dicho" (Jn
14,26). Pues no son unas las enseñanzas de Cristo y otras las del
Espíritu Santo, sino claramente las mismas. De las cosas que habían de suceder
dio Pablo testimonio con anterioridad, para que, mediante un conocimiento
previo, el ánimo se sintiese más firme. Y estas cosas se os han dicho por
aquella sentencia: "Las palabras que os he dicho son Espíritu" (Jn
6,63), de modo que no pienses que éste (el Espíritu) es solo algo que
nosotros decimos, sino doctrina sólida.
El diablo, Espíritu del mal y de pecado
15. Con la palabra "Espíritu" se denomina también al pecado, como ya dijimos,
pero por otra razón contraria, o sea, según dicen: "con un Espíritu de
fornicación se extraviaron" (Os
4,12 LXX). También se le llama Espíritu, Espíritu inmundo, al demonio,
pero con ese adjetivo de "inmundo". Pues a cada Espíritu se le da un añadido,
que designa una característica propia. Si se dice "Espíritu" al alma humana, se
le añade "del hombre" (1Co
2,11). Si se dice acerca del viento (32), se habla de "viento de
borrasca" (Ps
107,25). Cuando designa al pecado, dice "Espíritu de fornicación". Si se
refiere al demonio, le llama "Espíritu inmundo", para que sepamos de qué se
habla particularmente en ese caso y no creas que se está hablando del Espíritu
Santo. ¡Ni hablar! Pues este nombre de "Espíritu" es nombre general y común, y
lo que no tiene un cuerpo espeso y denso es llamado, de un modo genérico,
Espíritu. Pero puesto que los demonios no poseen tales son llamados "Espíritus".
Pero hay Espíritus muy diversos. Pues el demonio impuro, cuando se introduce en
el alma del hombre (y Dios libre de este mal a todas las almas tanto de los que
están aquí como de los ausentes), llega como un lobo tragando sangre y dispuesto
a devorar lanzándose contra la oveja. Es una llegada muy cruel, y muy grave para
el que la sufre. La mente se oscurece con una densa niebla. Es un ataque injusto
de alguien que invade una propiedad ajena, pues se esfuerza en abusar, haciendo
violencia (Mc
9,17-18), de un cuerpo ajeno sirviéndose de él como si fuese propio.
Hace caer a quien se mantiene en pie, emparentado como esta con aquel que cayó
del cielo (Lc
10,18); enreda la lengua y retuerce los labios; en lugar de palabras,
arroja espuma. El hombre se sume en tinieblas y, cuando el ojo está abierto, el
alma no ve nada a través de él. Lleno de miseria, el hombre se convulsiona lleno
de temor ante la muerte. Realmente los demonios son enemigos de los hombres y
los maltratan suciamente y sin misericordia.
La fuerza y la iluminación otorgadas por el Espíritu Santo
16. No es tal el Espíritu Santo. ¡Lejos de vosotros este pensamiento! Pues, al
contrario, aquí estamos en el terreno del bien y de la salvación. En primer
lugar, su venida tiene lugar en la mansedumbre y con suavidad, y se le percibe
con esa suavidad y con fragancia, pues su yugo es muy ligero. Avisan de su
llegada los rayos brillantes de luz y de ciencia. Viene con los sentimientos de
un auténtico protector. Viene a salvar, sanar, enseñar, advertir, fortalecer,
consolar y a iluminar la mente: en primer lugar, la de aquel que le acoge y,
después, sus obras y las de los demás. Y del mismo modo que quien estaba en
tinieblas anteriormente, al mirar luego al sol, de repente recibe la luz en su
ojo corporal y distingue lo que antes no veía con claridad, así es aquel que ha
sido considerado digno del don del Espíritu Santo: se ilumina su ánimo y,
colocándose más allá de lo humano, ve ahora lo que ignoraba. Postrado su cuerpo
en tierra, su alma contempla los cielos como en un espejo. Como Isaías, ve "al
Señor sentado en un trono excelso y elevado" (Is
6,1). Contempla, como Ezequiel, al que "estaba sobre la cabeza de los
querubines" (Ez
10,1). Ve, como Daniel, a "miles de millares" y "miríadas de miríadas" (Da
7,10). Siendo como hombre poca cosa, ve el principio y el fin del mundo,
y discierne el transcurso de los tiempos y la sucesión de los reyes. Y no es que
esto lo haya aprendido, pero es un verdadero proveedor de luz. Un hombre puede
ser encerrado entre paredes, pero la fuerza de su conocimiento se extiende
ampliamente hasta contemplar incluso lo que otros hacen.
El poder que da el Espíritu de discernir lo oculto
17. Pedro no estaba presente cuando Ananías y Safira vendieron sus posesiones.
Pero estaba presente por el Espíritu, y dijo: "¿Cómo es que Satanás lleno tu
corazón para mentir al Espíritu Santo?" (Ac
5,3). No era acusador ni tampoco testigo. ¿De dónde había llegado a
conocer el hecho? "¿Es que mientras lo tenías no era tuyo, y una vez vendido no
podías disponer del precio? ¿Por qué determinaste en tu corazón hacer esto?" (Ac
5,4). Un hombre iletrado, Pedro, supo por la gracia del Espíritu lo que
ni siquiera los mismos sabios de los griegos habían llegado a conocer. Un
ejemplo semejante tienes también en Eliseo. Cuando había curado gratis la lepra
de Naaman, Guejazi (33) se cobro una paga, cobrándose el valor de un trabajo de
otro, y coloco el dinero recibido de Naaman en un lugar oscuro (cf.
2R 5,20ss).
Pero las tinieblas no son oscuras para los santos (Ps
139,12) (34). Pues, después de vuelto, le pregunta Eliseo (así como
Pedro: "Dime, ¿habéis vendido en tanto el campo?" (Ac
5,8): "¿De dónde vienes, Guejazi?" (2R
5,25). Y no lo decía porque no lo supiese, sino deplorándolo. Has venido
de las tinieblas y te irás en tinieblas. Has vendido la curación de un leproso y
la herencia de la lepra te acompañara (cf.
2R 5,27).
Yo he cumplido-dice el mandato de quien me dijo: "Gratis lo recibisteis; dadlo
gratis" (Mt
10,8). Pero tú has vendido la gracia; recibe el salario de tu venta. ¿Y
qué le dice Eliseo?: "¿No iba contigo mi corazón...?" (2R
5,26). Yo estaba limitado por mi propio cuerpo, pero el Espíritu que
Dios me dio veía incluso las cosas lejanas y me mostraba con claridad las cosas
que sucedían en otras partes. Ves de qué modo no solo suprime la ignorancia,
sino que incluso da conocimiento infuso, y ves como el Espíritu Santo ilumina
las almas.
También a los profetas iluminaba el Espíritu Santo
18. Hace casi mil años que vivió Isaías. Contemplo a Sion como una pobre tienda
de campaña. Sin embargo, la ciudad todavía estaba en pie embellecida por gran
cantidad de plazas públicas y revestida de su dignidad. Está dicho, no obstante:
"Sion será un campo que se arado" (Mi
3,12), preanunciando lo que se ha realizado en nuestros días. Observa la
exactitud de la profecía, pues dice: "Ha quedado la hija de Sion como cobertizo
en viña, como albergue en pepinar, como ciudad sitiada" (Is
1,8). Y realmente está este lugar ahora lleno de pepinares. ¿Acaso no
ves como el Espíritu Santo ilumina a los santos? (35). Que la semejanza de la
denominación no te arrastre a otras cosas. Mantén en cambio, lo que es
exactamente la verdad.
El Espíritu, que sugiere la castidad y la pobreza voluntarias, protege al hombre
y le da sus dones
19. Si en alguna ocasión, cuando estés descansando, te vienen pensamientos
acerca de la castidad o la virginidad, es él quien te está instruyendo. ¿No
sucede con frecuencia que una joven, ya dispuesta para la consumación del
matrimonio, no accede porque él (36) le sugiere la virginidad? ¿Es que no ocurre
con mucha frecuencia que un hombre conspicuo en la vida pública desprecia las
riquezas y la dignidad instruido por el Espíritu Santo? ¿O que muchas veces un
joven, viendo una figura grácil cierra los ojos para no ver y escapar de la
deshonra? ¿Por qué crees que eso sucede? El Espíritu Santo ha instruido la mente
del hombre, siendo tantos en el mundo los deseos de la avaricia, hay cristianos
que siguen la pobreza voluntaria. ¿Por qué razón? Por el mandato interior del
Espíritu Santo. Es una realidad preciosa el Espíritu santo y bueno. Debidamente
somos bautizados en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo. Con su cuerpo
lucha el hombre con muchos y fieros demonios (37). Y a menudo es contenido y
dominado por las palabras de suplica un demonio al que muchos no podían retener
con cadenas de hierro. Un simple soplo del exorcista se convierte en fuego
contra el enemigo invisible. Tenemos, por tanto, de parte de Dios un auxiliador
y protector, gran maestro de la Iglesia y gran luchador en favor nuestro. No
sintamos temor ante los demonios ni ante el diablo, pues es más grande el que
lucha por nosotros: simplemente abrámosle las puertas, pues "va por todas partes
buscando a los dignos" (cf.
Sg 6,16)
(38) y buscando a quién regalar con sus dones.
La fortaleza del Espíritu Santo en las dificultades
20. Pero se le llama Paráclito porque consuela, fortalece con sus exhortaciones
y nos ayuda en nuestra debilidad (39), "pues nosotros no sabemos cómo pedir para
orar como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos
inefables" (Rm
8,26), es decir, ante Dios, como se ve por el asunto mismo. A menudo
alguien, víctima de injurias por causa de Cristo, padece injustamente el
desprecio. Amenazan el martirio y los tormentos por doquier: el fuego y la
espada, las bestias y el precipicio. Pero el Espíritu Santo sugiere: "Espera en
Yahvé" (Ps
27,14), hombre. Es poca cosa lo que te sucede, pero es grande lo que se
te dará. Tras padecer un tiempo breve, estarás eternamente en compañía de los
ángeles. "Los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria
que se ha de manifestar en nosotros" (Rm
8,18). El Espíritu describe al hombre el reino de los cielos, le muestra
el paraíso de las delicias, y los mártires, presentes a la vista de sus jueces
pero ya en el paraíso en cuanto a su energía y su poder, pueden así despreciar
la dureza de lo que ven.
El Espíritu permite dar testimonio en favor de Jesús
21. ¿Quieres saber como con la fuerza del Espíritu Santo dieron los mártires su
testimonio? El Salvador dice a los discípulos: "Cuando os lleven a las
sinagogas, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de cómo o
con qué os defenderéis, o qué diréis, porque el Espíritu Santo os enseñará en
aquel mismo momento lo que conviene decir" (Lc
12,11-12). Pues es imposible padecer el martirio por dar testimonio de
Cristo si no se sufre con la fuerza del Espíritu Santo. Pues si "nadie puede
decir "Jesús es Señor!" sino con el Espíritu Santo" (1Co
12,3), ¿quién dará la vida par Jesús si no es en el Espíritu Santo?
Ilumina a todos los cristianos de cualquier condición y de cualquier pueblo
22. Grande, omnipotente en sus dones y admirable es el Espíritu Santo. Piensa
cuantos estáis sentados aquí, cuantas almas somos. El Espíritu actúa de modo
adecuado a cada uno. Esta en medio de todos y ve la situación de cada uno. Ve
también el pensamiento y la conciencia, y también lo que hablamos y a lo que
damos vueltas en nuestra mente. Grande es esto que acabo de decir y, sin
embargo, es todavía poco. Quisiera que consideraras, iluminando él tu mente,
cuántos son los cristianos de toda esta parroquia y cuantos los de toda la
provincia de Palestina. Amplia también tu mente desde esta provincia a todo el
Imperio de los romanos y vuelve desde él tu mirada al mundo entero: los pueblos
de los persas y las naciones de la India, los godos y los sauromatas, los galos
y los hispanos, los moros, los africanos, los etíopes y otros de los que ni los
nombres conocemos: son muchos, en efecto, los pueblos cuyos nombres no han
llegado siquiera a nuestro conocimiento. Mira a los obispos de cualesquiera
pueblos, a los presbíteros, los diáconos, los monjes, las vírgenes y los laicos,
y observa quién es el que los rige, preside y les concede sus dones. Como, en
todo el mundo, a uno le regala el pudor, a aquél la virginidad perpetua, a éste
el afán de dar limosna, a otro el interés por la pobreza y a otro, en fin, la
capacidad de poner en fuga a los Espíritus enemigos. Y así como la luz, con un
solo rayo, todo lo ilumina, así también el Espíritu ilumina a los que tienen
ojos. Por tanto, si alguno se queja de que no se le da la gracia, no acuse al
Espíritu, sino a su propia incredulidad.
Ángeles, potestades y todas las criaturas necesitan del Espíritu
23. Ves el poder que ejerce en el mundo entero. Que no se quede tu mente a ras
del suelo, sino asciende a lo alto: sube en tus pensamientos hasta el primer
cielo y contempla los muchísimos miles de ángeles que allí están. Si puedes,
sube con el pensamiento a mayor altura: contempla los arcángeles y contempla a
los Espíritus, mira las virtudes, los principados, las potestades, los tronos y
las dominaciones (40). Dios ha dado al Paráclito como prefecto, maestro y
santificador de todos ellos. Necesitan de él Elías, Eliseo e Isaías entre los
hombres. Y entre los ángeles, Miguel y Gabriel. Ninguna de las cosas creadas le
iguala en honor. Pues todas las clases de ángeles y todos los ejércitos juntos
carecen de paridad e igualdad con el Espíritu Santo. A todos ellos los cubre y
oscurece la potestad sumamente buena del Paráclito. Si alguno de ellos es
enviado a realizar un ministerio (41), escruta incluso las profundidades de
Dios, como dice el Apóstol: "El Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades
de Dios. En efecto, ¿qué hombre conoce lo íntimo del hombre sino el Espíritu del
hombre que está en él? Del mismo modo, nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el
Espíritu de Dios" (1Co
2,10-11)
En unión con el Padre y el Hijo, el Espíritu Santo reparte sus dones
24. El, en los profetas, anuncio a Cristo; él actuó en los Apóstoles; él, hasta
el día de hoy, sella las almas en el bautismo. El Padre se da al Hijo, y el Hijo
comunica de sí mismo al Espíritu Santo (42). Es el mismo Jesús, no yo, quien lo
dice: "Todo me ha sido entregado por mi Padre" (Mt
11,27). Y del Espíritu Santo dice: "Cuando venga él, el Espíritu de la
verdad,... El me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciara a
vosotros" (Jn
16,13-14). El Padre, a través del Hijo y juntamente con el Espíritu, lo
da todo. No son unos los dones del Padre, otros los del Hijo y otros los del
Espíritu Santo. Pues una es la salvación, una la potestad y una la fe, único es
Dios Padre, único es su Hijo y único es el Espíritu Santo Paráclito. Y bástenos
saber estas cosas. No indagues afanosamente la naturaleza o la sustancia. Pues,
si es algo que se hubiese escrito, lo diríamos. Pero no nos atrevamos con lo que
no ha sido escrito. Para nuestra salvación nos basta saber que existen el Padre,
el Hijo y el Espíritu Santo.
Sobre los setenta ancianos que ayudaron a Moisés
25. Este Espíritu descendió, en tiempo de Moisés, sobre los setenta ancianos.
(Pero que la amplitud del discurso, carísimos, no os cause tedio. El mismo del
que hablamos nos dé fuerza a cada uno de nosotros, a los que hablamos y a los
que oís.) Este Espíritu, como decía, descendió sobre aquellos setenta ancianos
que estaban bajo Moisés. Pero esto te lo digo para probar que todo lo conoce y
todo lo obra como quiere. Fueron seleccionados setenta ancianos. "Bajo Yahvé en
la nube y le hablo. Luego tomo algo del Espíritu que había en él y se lo dio a
los setenta ancianos" (Nb
11,25). Y no fue dividiendo al Espíritu, sino que cada uno recibió algo
de su gracia, distribuida según su capacidad y su potestad. Los presentes eran
de hecho sesenta y ocho, y profetizaron, pero no estaban Eldad y Medad. Pero
para que quedase claro que no era Moisés el que concedía nada, sino que era el
Espíritu el que obraba, también profetizaron Eldad y Medad, que habían sido
llamados, pero no habían acudido (cf.
Nb 11,26-30).
El mismo signo de la imposición de las manos para la antigua y la nueva Alianza
26. Se asombro de ello Josué, hijo de Nun, sucesor de Moisés, y acercándose a
Moisés le dice: "¿Has oído que Eldad y Medad están profetizando?". Fueron
llamados y no vinieron. "Mi señor Moisés, prohíbeselo" (Nb
11,28). Pero él le dijo: No se lo puedo prohibir, pues es una gracia
celestial. No se lo impediré, pues también yo tengo esa gracia. No creo que tú
hayas dicho esto movido por la envidia. No te consumas de celo por mí porque
ellos hayan profetizado mientras tú todavía no profetizas. Aguarda un tiempo:
"¡Quién me diera que todo el pueblo de Yahvé profetizara porque Yahvé les diera
su Espíritu!" (Nb
11,29). Proféticamente añadió lo de "porque les diera su Espíritu". Pues
ciertamente tampoco lo ha dado ahora, y tú no lo tienes todavía. Entonces, ¿no
lo tuvieron Abraham, Isaac, Jacob y José? ¿Es que acaso no lo tuvieron los que
vivieron antes de él? Sin embargo, es muy claro aquello de "cuando Dios les
diera su Espíritu", que es como si dijera: a todos. Y, no obstante, el don de la
gracia es ahora privado y restringido, mientras que entonces se había derramado
y abundaba. En realidad, se quería decir lo que nos habría de suceder en
Pentecostés, pues también él descendió entre nosotros. Pero también
anteriormente había descendido sobre muchos. Pues está escrito: "Josué, hijo de
Nun, estaba lleno del Espíritu de sabiduría, porque Moisés le había impuesto las
manos" (Dt
34,9). Ves el mismo signo en todas partes, en la antigua y en la nueva
Alianza. En tiempo de Moisés se concedía el Espíritu por la imposición de manos.
A ti, que serás bautizado, ha de venir la gracia. No te digo de qué modo ni te
anticipó el momento (43),
Presencia del Espíritu en personajes de la antigua Alianza
27. El vino también a todos los justos y profetas. Me refiero a Enos, Henoc, Noé
y los demás, Abraham, Isaac y Jacob. Que también José tuvo el Espíritu de Dios
(cf. Gn
41,38), es algo que ya había descubierto el mismo Faraón. Ya oíste
acerca de Moisés y de las cosas admirables que hizo por el Espíritu. También lo
tuvieron el fortísimo Job y todos los santos, aunque no mencionemos ahora los
nombres de todos. El fue el que, en la construcción del Tabernáculo lleno de
sabiduría a Besalel y a sus hábiles compañeros (Ex
31,1-6).
28. En la fuerza de este Espíritu, según lo que tenemos en el libro de los
Jueces, fue juez Otoniel (Jg
3,10), se vio fortalecido Gedeón (Jg
6,34) y Jefté consiguió la victoria (Jg
11,29). Débora, mujer, entablo batalla (4-5) y Sansón, cuando todavía
obraba con justicia y no contristaba al Espíritu, realizo cosas superiores a las
fuerzas humanas (44)53. En los libros de los Reyes encontramos claramente,
acerca de Samuel y David (45), como profetizaban en el Espíritu Santo y eran
jefes de profetas. Y a Samuel se le llamaba "vidente" (1S
9,9-11). Pero David dice elocuentemente: "El Espíritu de Yahvé habla por
mi" (2S 23,2).
Y, en los Salmos: "No retires de mi tu santo Espíritu" (Ps
51,13). Y a su vez: "Tu Espíritu que es bueno me guíe por una tierra
llana" (Ps
143,10). Y, como tenemos en las Crónicas, con el Espíritu Santo fueron
agraciados Azarías, bajo el rey Asa, y, bajo Josafat, Yajaziel (2Ch
15,1 2Ch
20,14). Y también Zacarías, que fue lapidado (2Ch
24,20-21
Mt 23,35ss). Y Esdras dice: "Tu Espíritu bueno les diste para
instruirles" (Ne
9,20) (46). Acerca de Elías, el que fue tomado, y de Eliseo, ambos
portadores del Espíritu y realizadores de cosas admirables, es cosa clara
-aunque ahora lo pasemos por alto- que estuvieron llenos del Espíritu Santo.
Y en otros profetas
29. Y si alguien recorre los libros tanto de los doce (47) como de los demás
profetas, encontrara muchísimos testimonios acerca del Espíritu Santo. Miqueas
dice: "Yo, en cambio, estoy lleno de fuerza por el Espíritu de Yahvé" (Mi
3,8). Y Joel: "Sucederá después de esto que yo derramaré mi Espíritu en
toda carne" (Mi
3,1). Y Ageo dice: "... según la palabra que pacté con vosotros a
vuestra salida de Egipto, y en medio de vosotros se mantiene mi Espíritu: no
temáis" (Ag
2,5). De modo semejante, Zacarías: "No obstante, acoged mis palabras y
mis mandatos, que yo prescribo en mi Espíritu a mis siervos los profetas" (Za
1,6LXX). Y así, otras cosas.
En Isaías y Ezequiel
30. También Isaías, el predicador elocuentísimo: "Reposara sobre él el Espíritu
de Yahvé: Espíritu de sabiduría e inteligencia, Espíritu de consejo y fortaleza,
Espíritu de ciencia y temor de Yahvé. Y le inspirara en el temor de Yahvé" (Is
11,2-3). Con ello quiere decir que él (el Espíritu) es uno e
indivisible, pero son diversos los efectos que produce. Y también: "He aquí mi
siervo a quien yo sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma. He puesto
mi Espíritu sobre él (Is
42,1). Y también aquello: "Derramaré mi Espíritu sobre tu linaje (Is
44,3). Y además: "Ahora el señor Yahvé me envía con su Espíritu" (Is
48,16). O bien: "En cuanto a mí, esta es la alianza con ellos, dice
Yahvé. Mi Espíritu que ha venido sobre ti..." (Is
59,21) (48). Y, a su vez: "El Espíritu del Señor Yahvé está sobre mí,
por cuanto que me ha ungido Yahvé..." (Is
61,1) (49). Y también, hablando en contra de los judíos: "Mas ellos se
rebelaron y contristaron a su Espíritu Santo" (Is
63,10) y: "¿Donde está el que puso en él su Espíritu Santo?" (Is
63,11).
También tienes en Ezequiel -si no estás ya cansado de escuchar- lo que ya se ha
recordado: "El Espíritu de Yahvé irrumpió en mí y me dijo: 'Di: Así dice Yahvé'"
(Ez 11,5).
Pero el "irrumpió sobre mí" se ha de entender correctamente, como queriendo
designar la caridad y la clemencia. De modo semejante a como Jacob, una vez que
encontró a José, "se echo a su cuello" (Gn
46,29) y como, en los evangelios, aquel padre amantísimo, al ver a su
hijo de vuelta, "conmovido, corrió, se echo a su cuello y le beso efusivamente"
(Lc 15,20).
Y, también en Ezequiel: "El Espíritu me elevo y me llevo a Caldea, donde los
desterrados, en visión, en el Espíritu de Dios" (Ez
11,24). Y otras cosas ya las oíste antes, cuando hablamos del bautismo
(50): "Os rociaré con agua pura... y os daré un corazón nuevo, infundiré en
vosotros un Espíritu nuevo" (Ez
36,25-26). Y, poco después: "La mano de Yahvé fue sobre mí y, por su
Espíritu, Yahvé me sacó" (Ez
37,1).
En Daniel
31. El infundio la sabiduría en el alma de Daniel, de modo que un joven fuese
juez de ancianos. La casta Susana había sido condenada como impúdica. Nadie la
defendía. ¿Quién la habría arrebatado de la mano de los jefes? Era llevada a la
muerte y ya estaba en manos de los verdugos (Da
13,41-45). Pero se presento su auxiliador, el Paráclito, el Espíritu que
santifica a toda criatura inteligente. "Mantente ahí", le dijo a Daniel. "Tu,
que eres joven, arguye a los viejos manchados por la corrupción de pecados de
jóvenes. Pues está escrito: "Suscito el santo Espíritu de un jovencito" (Da
13,45). Y, resumiendo brevemente, por la sentencia de Daniel se salvo
aquella muchacha pura. Este caso lo hemos resumido, pues no hay tiempo de
exponerlo todo. Incluso Nabucodonosor reconoció que en Daniel estaba el Espíritu
Santo, pues se refirió a él como "Daniel..., en quien reside el Espíritu de los
dioses santos" (Da
4,6) (51). Dijo una cosa verdadera y otra falsa. Que tenía el Espíritu
Santo era verdad, pero no que era "jefe de los magos". Pues no era mago, sino
conocedor de las cosas por el Espíritu. De hecho, antes (Da
2,31ss.) había explicado la visión de la imagen que había visto y que no
entendía. "Explícame, dice, la visión, que yo, que la vi, no la entiendo". Ves
ahí la potencia del Espíritu Santo, porque quienes vieron no entienden, y los
que no vieron conocieron e interpretaron.
En la siguiente catequesis se hablará del Espíritu Santo en el Nuevo Testamento
32. Estaríamos inclinados a recoger muchos testimonios del Antiguo Testamento y
a explicar con más claridad lo que atañe al Espíritu Santo. Pero queda poco
tiempo y es aconsejable que no tengáis tanto que escuchar. Por lo cual,
contentos con lo mencionado de la antigua Alianza, volveremos, si Dios lo
permite, en la catequesis siguiente a lo que falta del Nuevo. El Dios de la paz,
os regale a todos con los bienes espirituales y celestiales por medio de Nuestro
Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu (Rm
15,30). A él sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén
(52).
A NOTAS
(1) La presente catequesis y la siguiente, que se tuvieron durante la Semana
Santa o alrededor de ella, son un excelente testimonio del progreso de la
conciencia teológica de la Iglesia sobre el Espíritu Santo, al que en todo
momento, aun distinguiéndolo claramente, se le equipara en dignidad con el Padre
y el Hijo. La catequesis suministra amplia información sobre opiniones y
corrientes heréticas en torno al Espíritu Santo, pero expone también
positivamente la enseñanza de la Escritura sobre él. En este aspecto, la
catequesis está dedicada más que nada al Antiguo Testamento, mientras que la
XVII expone principalmente la doctrina neotestamentaria.
(2) Se reproduce la cita de
Mt 12,32
tal como la trae el texto de Cirilo. Pero el texto completo del versículo es: "Y
al que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonara; pero al que
la diga contra el Espíritu Santo, no se le perdonara ni en este mundo ni en el
otro". Al interpretar el versículo, no debe partirse de si es que acaso hay o no
hay pecados que no pueden perdonarse, sino desde el problema de una posible
cerrazón existencial del hombre. En este momento -y se expondrá a lo largo de
esta catequesis y de la siguiente- se está partiendo de que el acceso del hombre
a Jesucristo (y por él al Padre) no se hace con los ojos de la carne ni con la
inteligencia sino en virtud de la acción del Espíritu, que en el plan de la
salvación -independientemente de que el hombre sea o no sea consciente de ello-
es el que hace mediante la gracia que el hombre acceda a Dios y a la salvación
que él le ofrece. El que "blasfema contra el Espíritu" cerrándose así a la
acción de Dios en él -que uno sea reflexivamente consciente o no de la obra de
Dios en él es cuestión secundaria-, se cierra así el camino de la salvación
hacia su existencia. Se trata de algo que debe tenerse en cuenta al menos como
advertencia.
(3) En un lenguaje algo amplio, es una confesión clara de la fe trinitaria. En
cuanto al Padre y al Hijo, la frase recuerda
1Co 8,6:
"Para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas
las cosas y por el cual somos; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas
las cosas y por el cual somos nosotros". Las catequesis XVI y XVII pretenden
hablar del Espíritu Santo de modo que en los oyentes quede equiparado, en su
dignidad, al Padre y al Hijo. Se expresa así la madurez de la conciencia
dogmática
de la Iglesia.
(4) Mt 3,16 Mc 1,10 Lc 3,22)
muestran esta unión de Jesús con el Espíritu, del mismo modo que también aparece
unido al Padre. Es a partir de ahí como Jesús comenzara su actividad pública.
(5) Según parece, en algunos momentos históricos hablaron algunos, para el
Antiguo y el Nuevo Testamento, de varios "Padres", varios "Cristos" y varios
"Espíritus", aunque son cosas demasiado alejadas de nuestra mentalidad. Ver
distintos testimonios acerca de los marcionitas, maniqueos, gnósticos, etc. en
PG 33,921-922, nota 3.
(6) Estas palabras de Mt 28,19 reflejan probablemente, escritas decenios después
del Jesús terreno, una formula del bautismo expresamente trinitaria y que quizá
no puede entenderse como locución literal de Jesús. Pero ello no es un
inconveniente si se tiene en cuenta tanto 1) el valor de todos los textos de la
Escritura, la cual tiene valor de Palabra divina sin que necesariamente tenga
que levantar acta de exactitudes históricas, como 2) la rectitud del empleo de
una formula trinitaria en la acción de bautizar.
(7) Marción (ca. 85-ca. 160) había defendido una oposición total entre un Dios
del Antiguo Testamento, rígido, legalista y justiciero, y el Dios del Nuevo
Testamento, reflejado solo en la teología de Pablo y en lo que de ésta se
encuentra en Lucas. Marción era un talento organizador y su predicación ofrecía
un riguroso sentido de la moralidad, características ambas que, junto con su
fuerte personalidad, le proporcionaron numerosos seguidores. Fue excomulgado, al
llegarse a la convicción de la falta de relación de sus enseñanzas con la fe
apostólica, en Roma el año 144.
(8) La fe y la piedad que se dirigen al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo,
puesto que los tres no deben separarse, se dirigen a un Dios único.
(9) Sabelio es el último y más importante defensor de lo que desde el s. XIX se
ha llamado "modalismo", según el cual no habría en el único Dios más que una
hypostasis, en realidad el Padre, y de la que el Hijo y el Espíritu Santo no
serian más que otros modos de manifestarse.
(10) El edificio se encontraba sobre el monte Sion y sería la más antigua de las
iglesias cristianas de la ciudad de Jerusalén. Cirilo explica a continuación
como se podía haber pensado en esa iglesia para hacer allí las catequesis sobre
el Espíritu Santo, pero se ha mantenido la unidad de lugar.
(11) Traducimos por "persona", clásica en la tradición occidental, la expresión
"hipostasis", característicamente griega, aunque ésta refleja más exactamente lo
que se quiere decir y es la empleada por los documentos de los concilios
ecuménicos que abordaron las cuestiones cristológicas y trinitarias.
(12) Ireneo de Lyon, nacido posiblemente en Asia Menor alrededor del año 140 y
muerto como obispo de Lyon hacia el año 202, es Padre de la Iglesia y el teólogo
más importante del siglo II. Sus obras, la célebre Contra las herejías y la
Demostración de la predicación apostólica, tienen un fuerte carácter polémico y
apologético. Sin embargo, esto no obsta a que en Ireneo pueda observarse una
espléndida síntesis de las verdades de la fe en cuanto a la doctrina trinitaria,
cristología, antropología teológica, escatología y eclesiología.
(13) Es algo exagerada la descripción que la catequesis hace de Simón. Sobre la
historia y los problemas de este personaje, cf.
Ac 8,9-24.
(14) Las enseñanzas del gnóstico Valentín (s. II) han sido muy estudiadas por
Antonio Orbe. Dentro de la complejidad del tema puede orientar, entre otras
obras de este último, su Introducción a la teología de los siglos II y III,
Salamanca 1988.
(15) Vid. nota 7. La atribución a Marción de la afirmación de tres dioses puede
resultar exagerada por la polémica, pero se refiere al Padre, al diablo (como
principio del mal) y al Dios de los judíos. Naturalmente solo el primero le
interesa a Marción.
(16) En su afán por desvincular el Nuevo Testamento del Antiguo, Marción procuro
editar el primero sin las citas del segundo. Se pretende así conseguir que
Cristo sea una novedad absoluta frente a la antigua Alianza.
(17) Cf. la obra de A. Orbe citada en nota 14.
(18) De origen frigio, en el NO. de Asia Menor, Montano es el promotor, en el
siglos II, de lo que se llamo montanismo, secta que valoraba en la Iglesia a los
profetas por encima de los obispos. Además del mismo Montano, antiguo sacerdote
de Cibeles convertido al cristianismo, se sintieron poseídas del mismo don
profético que él sus dos seguidoras Maximila y Priscila. La secta también se
caracterizaba por su moral muy austera. La hicieron desaparecer las duras leyes
civiles que se dictaron contra ella a partir del s. quería. Un célebre
montanista fue Tertuliano, autor de importantes obras teológicas católicas antes
de su paso a la secta.
(19) Vid. anteriormente, núm. 6 y, más arriba, cat. IV, nota 34.
(20) Vid. Procatequesis, núms. 2 y 4.
(21) Del nombre de Simón Mago viene "simonía", que es el nombre que en la
historia de la Iglesia se ha dado a los intentos de obtener poder eclesiástico
mediante la oferta de dinero u otros beneficios.
(22) "Como dice la Escritura: de su seno correrán ríos de agua viva". La
afirmación de que de él brotaran ríos de agua viva se puede aplicar al que crea
en Jesús, pero quizá sobre todo al mismo Jesús: es de su seno del que brotaran
los ríos de agua viva, afirmación que se hace en referencia a la Escritura, es
decir, al Antiguo Testamento. La Biblia de Jerusalén lo explica así: "Promesa
que se ha de vincular a la liturgia de la fiesta de las Tiendas, que comprendía
oraciones para pedir la lluvia, ritos conmemorativos del milagro del agua,
Ex 17,1-7;
cf. 1Co 10,4,
y lecturas de profecías que anunciaban la fuente que debía regenerar a Sion,
Za 14,8 Ez 47,1s
cf. Jn 4,1ss.".
(23) El don de la castidad
(24) También puede entenderse aquí la limosna.
(25) Cf. lo anteriormente dicho en cat. 14, nota 20.
(26) En el original griego se entiende mucho mejor la explicación de Cirilo,
pues a Aarón y los otros los califica de christos -que es la palabra griega para
decir "ungido"-, de donde puede salir la posible confusión con el nombre de
Cristo, el Salvador, el ungido por antonomasia.
(27) Curiosamente, en hebreo (ruah) y en griego (pueuma) la misma palabra se
emplea para indicar "viento" y "Espíritu" (o "Espíritu"). En español, "Espíritu"
está en el mismo grupo que respirar, inspirar, expirar que tienen relación con
la acción del aire. A este respecto son dignas de tenerse en cuenta las
afirmaciones de
Gn 2,7,
donde la acción de Dios al crear al hombre se completa con el hecho de que
"insuflo en sus narices aliento de vida, y resulto el hombre un ser viviente".
Por otra parte, y de modo general -sobre ello habrá que volver-, en la Escritura
se entiende con frecuencia la acción del Espíritu como la de quien completa la
obra creadora. Sobre ello, se volverá más adelante.
(28) Za 12,1b
describe a Dios como "el que despliega los cielos, funda la tierra y forma el
Espíritu del hombre en su interior". Cf.
Is 42,5.
(29) El texto de los LXX favorece esta traducción, que también puede hacerse
(siguiendo a la Biblia de Jerusalén) de este modo: "Tomás por mensajeros a los
vientos, a las llamas del fuego por ministros". La primera traducción responde
más al ámbito cultural griego.
(30) La misma explicación de Cirilo, "es decir, son espirituales", de las
palabras de Jn 6,63 hace ver que "las palabras que os he dicho son Espíritu y son
vida" puede entenderse en referencia al Espíritu Santo o quizá simplemente
entendiendo que las palabras de Jesús son aliento vital para el que las acepta.
(31) Cf. cat. 17, núms. 27,28, etc.
(32) Sobre la identidad de las palabras "viento" y "Espíritu" en hebreo y
griego, cf. la nota 27. El original griego habla aquí de "pneuma" de borrasca:
Espíritu, viento, soplo... De ahí el posible juego de palabras.
(33) El criado de Eliseo.
(34) El Ps
139 ensalza el hecho de que a Dios nada se le oculta del interior del
hombre. Siempre han sido muy citados, por ejemplo, los vv. 7-8: "¿A dónde iré yo
lejos de tu Espíritu, a donde de tu rostro podré huir? Si hasta los cielos subo,
allí estas tu, si en el sheol me acuesto, allí me encuentras". El conocimiento
de los hombres -en este caso del ocultamiento que hacen-- que se atribuye a
Pedro y Eliseo en los casos del criado de este ultimo y del engaño practicado
por Ananías y Safira es como una gracia de estado que el Espíritu Santo concede
a la mente profética de Pedro y Eliseo. En éstos se da una situación semejante a
aquella en que puede encontrarse a veces un catequista en relación con su
catecúmeno. En parte, se trata de casos de discernimiento de Espíritus o de
valoración, desde el punto de vista de la fe, de situaciones reales.
(35) En este caso, a los profetas escritores.
(36) Se refiere a que el Espíritu Santo le sugiere la virginidad. Lo que el
párrafo menciona es el matrimonio rato que no llega a consumarse y por tanto,
puede no ser definitivo. Se ha preferido una traducción menos literal, aunque la
estimamos más comprensible. Al pie de la letra, sería: "¿Acaso muchas veces no
sucede que una muchacha huye cuando ya está dispuesta para los talamos
nupciales...?".
(37) Se piensa en la tarea que realiza el que practica un exorcismo.
(38) Sg 6,16
cuadra bien en el contexto de la acción interior del Espíritu Santo, si bien en
el texto bíblico se refiere a la sabiduría: "Ella misma va por todas partes
buscando a los que son dignos de ella; se les muestra benévola en los caminos y
les sale al encuentro en todos sus pensamientos".
(39) La semántica, el significado de "Paráclito" nos remite a "parakalein",
llamar junto a, "ad-vocare" Paráclito significa, pues, el "llamado junto a",
como abogado (ad-vocatus) para que ayude, etc. Es el sentido de la misión del
Espíritu Santo junto al que cree en Jesucristo.
(40) Vid. más arriba, cat. 15, notas 13,45,46.
(41) Cf. He
1,14: "¿Es que no son todos ellos Espíritus servidores con la misión de
asistir a los que han de heredar la salvación?".
(42) Esa afirmación representa de algún modo la vida interna de Dios: el Padre
engendra al Hijo (y el Hijo procede así del Padre). El Espíritu procede del amor
entre el Padre y el Hijo. La tradición teológica de la Iglesia de Occidente ha
señalado, especialmente a partir del influjo de la teología carolingia, que el
Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. De este modo se añadió al Credo de
la Iglesia latina la célebre expresión Filioque ("y del Hijo"). Este añadido,
más que en una justificación teológica directa, tiene su origen en el interés
por señalar, en contra de la concepción arriana, la igualdad del Padre y el Hijo
en cuanto a su dignidad, y así, en este caso, se afirma que el Espíritu Santo
proviene de ambos (los teólogos han llamado "procesiones" al hecho de que el
Hijo procede del Padre, y el Espíritu Santo del Padre y del Hijo). La tradición
oriental, por su parte, ha preferido expresarse diciendo que el Espíritu Santo
proviene del Padre a través del Hijo. Esto, dejando de lado la polémica
antiarriana -que ya no debería ser necesaria- es quizá incluso más exacto. Se
expresa así más adecuadamente que el Hijo es mediador también del Espíritu Santo
y, a la vez, que es el Espíritu Santo el que nos lleva a Jesucristo (1Co
12,3) y, a través de él, al Padre. En último término es una concepción
incluso más cristocéntrica y expresa asimismo con mayor claridad que el Padre
está en el comienzo de todo. Cirilo de Jerusalén entra, como es lógico, dentro
de la concepción teológica trinitaria oriental. Una aceptable exposición
práctica de la relación entre Padre, Hijo y Espíritu Santo se da, tomando como
base diversos datos bíblicos, en cat. XVII, núm. 19.
(43) Los sacramentos de la iniciación cristiana, con los que culminara la
presente catequización, serán el objeto de las catequesis 19-23.
(44) La historia de Sansón, en
Jg 13-16.
(45) En la denominación cristiana antigua, los libros I y 2 Sam son denominados
I y 2 Re, mientras que nuestros I y 2 Re son allí 3 y 4 Re.
(46) También en la denominación antigua Neh es llamado 2 Esd.
(47) Los llamados "profetas menores", desde Oseas a Malaquías.
(48) Is
59,21, tal como lo transcribe Cirilo. Pero el texto bíblico prolonga la
frase: "... Mi Espíritu que ha venido sobre ti y mis palabras que he puesto en
tus labios no caerán de tu boca ni de la boca de tu descendencia ni de la boca
de la descendencia de tu descendencia, dice Yahvé desde ahora y para siempre".
(49) En Lc
4,18-19 se aplicó Jesús a sí mismo el versículo completo
Is 61,1.
(50) Vid. cat. 3, núm. 15.
(51) En la manera de expresarse, Nabucodonosor habla como el pagano que todavía
es. Nabucodonosor, dando además a Daniel el nombre de Beltsassar (Da
4,5), se dirige a él como "jefe de los magos".
(52) Sobre un posible añadido a esta catequesis, según códices, puede verse PG
33,963-966. Pero no hemos creído necesario reproducir aquí este texto.
Pronunciada en Jerusalén, termina lo que quedaba acerca del Espíritu Santo. La
lectura se toma de la Primera epístola a los Corintios:
"Porque a uno se le da
por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro palabra de ciencia..." (1Co
12,8ss.) (1).
Nos detendremos en puntos fundamentales del Nuevo Testamento
1. En la catequesis precedente ofrecimos, en cuanto lo permitieron nuestras
fuerzas, una pequeña parte de los testimonios referentes al Espíritu Santo. En
la presente, en cuanto se nos permita, tocaremos, si Dios quiere, lo que nos
queda, es decir, lo referente al Nuevo Testamento. Ya entonces, para no
excedernos en el hablar, pusimos limites a nuestra tarea -pues nunca se acabaría
de hablar del Espíritu Santo- y ahora daremos cuenta de una pequeña parte de lo
que resta. No pretendemos ingenuamente cubrir lo poco que diremos con la
multitud de lo que puede extraerse de la Escritura. Tampoco utilizaremos hoy
razonamientos e invenciones humanas-no debe hacerse-, sino que nos bastara traer
a la memoria las sentencias de la Sagrada Escritura. Es el procedimiento más
seguro según el bienaventurado apóstol Pablo, que dice "... de las cuales
también hablamos (2), no con palabras aprendidas de sabiduría humana, sino
aprendidas del Espíritu, expresando realidades espirituales en términos
espirituales" (1Co
2,13). Hacemos cosas semejantes a los viandantes y navegantes, los
cuales, teniendo en mente la meta de un larguísimo camino, se apresuran adrede,
pero acostumbran, por la limitación humana, a detenerse en las distintas
ciudades y puertos.
Un solo Dios Padre, un solo Hijo, un solo Espíritu Santo
2. Pues aunque se han dado divisiones a la hora de disputar acerca del Espíritu
Santo, él permanece no obstante indiviso, puesto que es único y el mismo.
Igualmente cuando hablábamos del Padre, mencionábamos, por un lado, el sumo y
único poder de su persona, y por otro, como se llamaba "Padre" y "Todopoderoso"
y, además, creador de todas las cosas (3) pero esta distribución de las
catequesis no significaba una división de la fe. Era único también el propósito
de la piedad y de nuestra religiosidad cuando hablábamos del Hijo unigénito de
Dios, cuando enseñábamos tanto lo que se refiere a su divinidad como lo que
atañe a su humanidad. De este modo cuando distribuíamos en cuestiones diversas
lo que había que decir acerca de nuestro Señor Jesucristo, predicábamos una fe
indivisa en él. Así, pues, también ahora, aun habiendo dividido las catequesis
acerca del Espíritu Santo, es una fe indivisa en él la que anunciamos. Pues el
Espíritu Santo es uno y el mismo, pues "todas estas cosas las obra un mismo y
único Espíritu distribuyéndolas a cada uno en particular según su voluntad" (1Co
12,11), pero él permanece sin división. Pues no hay otro Paráclito que
no sea el Espíritu Santo, pero es único e idéntico aunque con diversas
denominaciones: vivo y subsistente (4), que habla y actúa. Es santificador de
todas las criaturas dotadas de razón que Dios ha hecho por medio de Cristo, los
ángeles y los hombres.
Diversas denominaciones, pero un solo Espíritu
3. Pero que no crean algunos, por su ignorancia y por la diversidad de
denominaciones del Espíritu Santo, que se trata de Espíritus diversos, y no de
uno único e idéntico, el único que existe. Por ello, la Iglesia Católica, que
vela por tu seguridad, transmitió en la confesión de fe que creyésemos "en un
único Espíritu Santo Paráclito, que hablo por los profetas": para que pudieses
darte cuenta de que ciertamente las denominaciones pueden ser muchas, pero
Espíritu Santo solo hay uno. De aquellas muchas denominaciones os hablaremos
ahora de algunas.
La relación del Espíritu Santo al Hijo y al Padre
4. Se llama Espíritu según lo que hemos leído: "Porque a uno se le da por el
Espíritu palabra de sabiduría" (1Co
12,8). Y se le llama Espíritu de Verdad, según lo que dice el Salvador:
"Cuando venga él, el Espíritu de la verdad..." (Jn
16,13). También se le llama Paráclito, como también dijo: "... porque si
no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito" (Jn
16,7). Y que se trata de una única y misma realidad, a la que se
denomina con nombres diversos, se explica claramente por lo que inmediatamente
diré. Pues ya se dijo que el Espíritu Santo y el Paráclito son el mismo. Pero
esta igualmente dicho que son lo mismo el Paráclito y el Espíritu de la verdad:
" (Y yo pediré al Padre) y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros
para siempre, el Espíritu de la verdad" (Jn
14,16-17). Y también, "cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de
junto al Padre, el Espíritu de la verdad" (Jn
15,26). Se le llama Espíritu de Dios, como está escrito: "He visto al
Espíritu que bajaba... sobre él" (Jn
1,32), y, a su vez: "Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios
son hijos de Dios" (Rm
8,14). También se le denomina Espíritu del Padre, como dijo el Salvador:
"No seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que
hablara por vosotros" (Mt
10,20). Y también Pablo: "Doblo mis rodillas ante el Padre" (Ep
3,14) y, más abajo: "... para que os conceda... que seáis fortalecidos
por la acción de su Espíritu" (Ep
3,16). Se le llama también Espíritu del Señor, como dice Pedro: "¿Cómo
os habéis puesto de acuerdo para poner a prueba el Espíritu del Señor?" (Ac
5,9). Igualmente se le llama Espíritu de Dios y de Cristo, como Pablo
escribe: "Mas vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu, ya que el
Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no le
pertenece" (Rm
8,9). Se le llama asimismo Espíritu del Hijo de Dios, como está dicho:
"La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el
Espíritu de su Hijo" (Ga
4). Y se le menciona también como Espíritu de Cristo, como ha quedado
escrito: "... procurando descubrir a qué tiempo y a qué circunstancias se
refería el Espíritu de Cristo" (1P
1,11). Y también: "... gracias a vuestras oraciones y a la ayuda
prestada por el Espíritu de Jesucristo" (Ph
1,19).
Más denominaciones del Espíritu Santo
5. Además encontraras otras muchas denominaciones del Espíritu Santo. Pues se le
llama Espíritu de santificación, como está escrito: "Según el Espíritu de
santidad" (Rm
1,4) (5). También se le llama Espíritu de adopción, como dice Pablo:
"Pues no recibisteis un Espíritu de esclavos para recaer en el temor, antes
bien, recibisteis un Espíritu de hijos adoptivos, que nos hace exclamar: "¡Abba,
Padre!" (Rm
8,15). Igualmente se le llama Espíritu de revelación, según está
escrito: "... os conceda (el Dios de nuestro Señor Jesucristo) Espíritu de
sabiduría y de revelación para conocerle perfectamente" (Ep
1,17). También se le menciona como Espíritu de la Promesa, como se dice
en el mismo lugar: "En él también vosotros, tras haber... creído también en él,
fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la Promesa" (Ep
1,13). Se le llama también Espíritu de gracia, cuando a su vez, dice:
"el que... ultrajo al Espíritu de la gracia" (He
10,29). Y también se le denomina con otras muchas denominaciones del
mismo modo. Oíste claramente también en la catequesis precedente que a él en los
Salmos se le llama a veces "bueno" y, a veces, "generoso" (Ps
51,14). Y en Isaías se le ha llamado "Espíritu de sabiduría e
inteligencia, Espíritu de consejo y fortaleza, Espíritu de ciencia y temor del
Señor" (Is
11,2). De todo lo cual se deduce, tanto de lo anterior como de lo que
hemos dicho ahora, que realmente son distintas las denominaciones, pero el
Espíritu Santo es uno y el mismo, vivo y subsistente, siempre presente
juntamente con el Padre y el Hijo. No es proferido mediante palabras por la boca
o los labios del Padre o del Hijo, ni mediante ninguna expiración ni tampoco es
echado al aire, sino que subsiste en sí mismo (6), hablando y actuando él mismo,
dispensador y santificador. No es dispensación con desgarro, sino en la
concordia, y es la única que da la salvación, la cual procede -como ya dijimos-,
del Padre, el Hijo y Espíritu Santo. Quiero que recordéis lo que hace poco
dijimos (7) y que claramente os deis cuenta de que no se trata, en la Ley y los
Profetas, de un Espíritu y de otro distinto en los Evangelios y en los
Apóstoles. Solo hay un único e idéntico Espíritu Santo, que inspiro las Sagradas
Escrituras tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.
El Espíritu Santo hizo posible la concepción virginal de María
6. Este es el Espíritu Santo que vino a Santa María Virgen. Pues como se trataba
de engendrar a Cristo, el Unigénito, la fuerza del Altísimo la cubrió con su
sombra y el Espíritu Santo, acercándose hasta ella (Lc
1,35), la santifico para esto, para que pudiese tener en su interior a
aquel por quien todo fue hecho. No tengo necesidad de muchas palabras para que
entiendas que esta gestación estuvo libre de toda mancha y contaminación, pues
ya lo aprendiste (cf. cat. 12, núm. 25). Gabriel es quien a ella le dijo: soy
mensajero y pregonero de lo que ha de suceder, pero yo no participo en la
operación. Pues aunque sea arcángel, soy conocedor de mi orden y de mi oficio.
Yo te anuncio la alegría, pero no es por gracia mía por lo que darás a luz: "El
Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra;
por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios" (Lc
1,35).
El Espíritu Santo en Isabel, Zacarías y Simeón
7. Este Espíritu Santo mostró su eficacia en Isabel. Pues no solo actuó con las
vírgenes, sino también entre cónyuges con tal que se trate de un matrimonio
legítimo. "E Isabel quedo llena de Espíritu Santo" (Lc
1,41) y profetizo. Y la preclara sierva dijo de su Señor: "¿De dónde a
mí que la madre de mi Señor venga a mi?" (Lc
1,43). Pues Isabel la llamo bienaventurada (Lc
1,45). Lleno del mismo Espíritu, también Zacarías, padre de Juan,
profetizo diciendo cuantos bienes causaría este Unigénito, añadiendo además que
Juan seria, por su bautismo, precursor suyo. También Simeón el justo fue
advertido por el Espíritu Santo de que no vería la muerte antes de contemplar al
Mesías del Señor y, recibiéndolo en sus brazos, dio testimonio públicamente en
el Templo en lo que a él le tocaba (Lc
2,25-35).
Juan Bautista y el Espíritu Santo
8. Juan, por su parte, que había sido lleno por el Espíritu Santo desde el seno
de su madre (Lc
1,5), fue santificado en orden a bautizar al Señor, no porque él
comunicase el Espíritu sino porque anunciaba al que si lo comunicaba. Pues dice:
"Yo os bautizo con agua para conversión; pero el que viene detrás de mi... él os
bautizara en Espíritu Santo y fuego" (Mt
3,11). "En fuego", ¿por qué? Porque en lenguas de fuego tuvo lugar el
descenso del Espíritu Santo. Acerca de lo cual dice el Señor con alegría: "He
venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera
encendido!".
El Espíritu Santo en el bautismo de Jesús
9. Este Espíritu Santo descendió al ser bautizado el Señor (Mt
3,16) para que no quedase oculta la dignidad del que se bautizaba, según
lo que dice Juan: "El que me envió a bautizar con agua, me dijo: Aquel sobre
quién veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con
Espíritu Santo (Jn
1,33). Pero mira lo que dice el evangelio: "Se abrieron los cielos".
Abiertos por la dignidad del que descendió. Dice: "Se abrieron los cielos y vio
al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y venia sobre él". (Mt
3,16). Se trataba de un descenso por su propia iniciativa (8). Pues era
conveniente, como algunos han interpretado, que las primicias y los dones del
Espíritu Santo, que se otorgan a los bautizados, se mostrasen en primer lugar en
la humanidad del Salvador, que es quién tal gracia confiere (9). Descendió en
forma de paloma -como dicen algunos, pura, inocente y sencilla-, cooperando con
sus oraciones en favor de los nuevos hijos y del perdón de sus pecados,
mostrando así la imagen y el ejemplo (10). De este modo se había predicho, en
forma misteriosa, que el Mesías habría de manifestarse de esa manera. Pues en el
Cantar de los Cantares se exclama acerca del Esposo: "Sus ojos como palomas
junto a arroyos de agua" (Ct
5,12) (11).
El Arca de Noé, la paloma, el bautismo, el Espíritu Santo (12)
10. Según algunos, una imagen de esa paloma venia ofrecida en parte por aquella
de la que se cuenta en la historia de Noé (Gn
8,8ss.). Pues en aquellos tiempos llego a los hombres, a través de la
madera y el agua, la salvación y el comienzo de la nueva humanidad. La paloma
volvió a Noé al atardecer, llevando un ramo de olivo (Gn
8,11). Así, dicen, fue el Espíritu Santo quien descendió en realidad
junto a Noé, el cabeza de esa nueva humanidad. El (el Espíritu Santo) es el que
hizo una unidad de las voluntades y el genio de los linajes diversos. De esta
diversidad de intereses eran imagen las distintas naturalezas de los animales
encerrados en el arca. Y después que él (Cristo) llego, los lobos espirituales
pastan juntamente con las ovejas, porque la Iglesia apacienta al ternero y al
toro junto al león (Is
11,6 Is
65,25). Hoy día vemos que los príncipes del mundo son guiados y
ensenados por los hombres de la Iglesia. Por tanto descendió, como algunos
interpretan, una paloma inteligible en el momento del bautismo. Así mostraba que
era el mismo el que por el leño de la cruz otorga la salvación a los que creen y
el que, al atardecer (13), habría de traer la salvación mediante su muerte.
El mismo Jesús habla del Espíritu Santo y lo promete a los Apóstoles (14)
11. Y de estas cosas hay que hablar también bajo otro aspecto. Es necesario oír
las palabras del Salvador sobre el Espíritu Santo. Pues dice: "El que no nazca
de agua y de Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios" (Jn
3,5). Y sobre que esta gracia viene del Padre dice: ¡Cuanto más el Padre
del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!" (Jn
11,13). Y también señala que Dios ha de ser adorado en Espíritu: "Pero
llega la hora, y ya estamos en ella, en que los adoradores verdaderos adoraran
al Padre en Espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le
adoren. Dios es Espíritu, y los que lo adoran, deben adorar en Espíritu y
verdad" (Jn
4,23-24). Y también: "Pero si por el Espíritu de Dios expulso yo los
demonios..." (Mt
12,28), y poco después, en lo que se sigue: "Por eso os digo: todo
pecado y blasfemia se perdonara a los hombres, pero la blasfemia contra el
Espíritu Santo no será perdonada. Y al que diga una palabra contra el Hijo del
hombre, se le perdonará; pero al que la diga contra el Espíritu Santo, no se le
perdonará ni en este siglo ni en el otro" (Mt
12,31-32). Y asimismo dice: "Y yo pediré al Padre y os dará otro
Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad, a
quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le
conocéis, porque mora con vosotros y en vosotros esta" (Jn
14,16-17). Y también dice: "Os he dicho estas cosas estando entre
vosotros. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviara en mi
nombre, os lo ensenara todo y os recordará todo lo que yo os he dicho" (Jn
14,25-26). Y dice: "Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de
junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará
testimonio de mi" (Jn
15,26). También: "Si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito... y
cuando él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente
a la justicia y en lo referente al juicio" (Jn
16,7-8). Y a su vez, en lo que sigue: "Mucho tengo todavía que deciros,
pero ahora no podéis con ello. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os
guiara hasta la verdad completa; pues no hablara por su cuenta, sino que hablara
lo que oiga, y os anunciara lo que ha de venir. El me dará gloria, porque
recibirá de lo mío y os lo anunciara a vosotros. Todo lo que tiene el Padre es
mío. Por eso he dicho: recibirá de lo mío y os lo anunciara a vosotros" (Jn
16,12-15). He leído expresiones del mismo Unigénito, de modo que ya no
prestes atención a palabras humanas.
El don parcial del Espíritu Santo, ya el mismo día de la resurrección
12. Otorgo el don del Espíritu Santo a los Apóstoles. Pues está escrito: "Dicho
esto, soplo sobre ellos y les dijo: 'Recibid el Espíritu Santo. A quienes
perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les
quedan retenidas'" (Jn
20,22-23). Esta es la segunda vez que se insuflo el Espíritu, puesto que
la primera (Gn
2,7) (15) había quedado oscurecido por los pecados voluntarios. Ahora se
cumplió lo que está escrito: "Ascendió soplándote a la cara, librándote de la
aflicción" (Na
2,2LXX). ¿De dónde "ascendió"? De los infiernos (16). El evangelio
narra, en efecto, que, después de su resurrección, soplo Jesús sobre ellos (Jn
20,22). Realmente les da su gracia en este momento, pero la otorgara
después con mayor abundancia. Es como si les dijera: estoy en condiciones de
dárosla ahora, pero el recipiente no puede recogerla. Recibid por ahora la
gracia que podáis, pero esperad una más amplia. "Por vuestra parte permaneced en
la ciudad hasta que seáis revestidos del poder de lo alto" (Lc
24,39). Ahora "recibidla" en parte; más tarde, íntegramente, y seréis
completamente portadores de ella. Pues el que "recibe", a menudo solo tiene en
parte lo que se le concede. Pero el que se reviste, se cubre completamente con
la estola. No temáis -dice- las armas del diablo y sus dardos, pues seréis
portadores de la fuerza del Espíritu Santo. Acordaos de lo que anteriormente
decíamos, que no es el Espíritu Santo el que se divide, sino la gracia que él
confiere.
La venida del Espíritu en Pentecostés
13. Ascendió, pues, Jesús a los cielos y cumplió su promesa. Pues les había
dicho: "Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito" (Jn
14,16). Estaban sentados a la espera de la venida del Espíritu Santo.
"Al llegar el día de Pentecostés" (Ac
2,2), aquí, en esta ciudad de Jerusalén -en realidad, es algo que nos
afecta, pues no hablamos de lo que a otros les sucedió, sino de los dones que se
nos han concedido a nosotros-, cuando era, digo, Pentecostés, estaban sentados y
llego del cielo el Paráclito: custodio y santificador de la Iglesia, rector de
las almas, guía de los arrojados a las olas y a la tempestad, luz de los
perdidos, arbitro de los que combaten y corona de los vencedores.
La venida del Espíritu penetra en el interior del alma
14. Y descendió para revestir de su poder y bautizar a los Apóstoles. Dice el
Señor: "Vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días" (Ac
1,5). No es que la gracia se haya dividido o se dé solo en parte, sino
que es una fuerza integra y que se ha derramado totalmente. Pues así como el que
es bautizado por inmersión queda rodeado de agua por todas partes, así los
bautizados en el Espíritu se encuentran totalmente envueltos de él. Por otra
parte, el agua se derrama de modo externo al cuerpo, pero el Espíritu penetra y
bautiza al alma escondida sin que nada se le oculte. ¿De qué te asombras? Toma
el ejemplo de la materia, débil y humilde, pero que puede ser útil a los más
sencillos. El fuego, al penetrar en el interior del hierro, todo lo convierte en
fuego y hace que hierva el metal frío, comenzando así a brillar lo que era negro
y oscuro. Pues bien, si el fuego, una realidad material, al introducirse en el
interior del hierro, actúa ahí sin encontrar obstáculos, ¿por qué te asombras de
que el Espíritu Santo penetre en el interior del alma?
El acontecimiento de Pentecostés en Hechos 2
15. Y para que no se ignorase la grandeza de la gracia que venía, sonó como una
trompeta celeste: "De repente vino del cielo un ruido como de una ráfaga de
viento impetuoso" (Ac
2,2), que daba así una señal de la venida de aquel que concede a los
hombres "obtener con violencia el Reino de Dios" (Mt
11,12). Y hacia que los ojos viesen unas lenguas de fuego y que los
oídos oyesen el sonido. Y "lleno toda la casa en la que se encontraban" (Ac
2,2). Aquella casa se convirtió en el receptáculo de una onda
inteligible. Los discípulos estaban sentados en el interior y se lleno toda la
casa. Fueron bautizados, "sumergidos" (17) del todo, de acuerdo con la promesa
(cf. Ac 1,5).
Se revistieron en el alma y en el cuerpo de una vestidura divina y saludable.
"Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron
sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo" (Ac
2,3). Recibieron un fuego que no abrasaba, sino que era saludable y que,
destruyendo las espinas de los pecados, devolvió al alma su brillo y su
esplendor. Este es el que pronto habrá de venir a vosotros. Y mientras corta y
retira vuestros pecados, que son como espinas, hará resplandecer en mayor medida
el fondo de vuestra alma y os dará la gracia, como entonces la dio a los
Apóstoles. Se poso sobre ellos bajo la apariencia de unas lenguas de fuego, como
queriendo redimir sus cabezas con diademas espirituales en forma de lenguas de
fuego. En anterior ocasión, una espada de fuego impedía la entrada al paraíso (Gn
3-24). Ahora, una lengua de fuego que procuraba la salvación devolvió
aquella gracia.
El don de lenguas
16. "Y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía
expresarse" (Ac
2,4). El galileo Pedro y Andrés hablan la lengua de los persas o los
medos. Juan y los demás Apóstoles hablaban en cualquier lengua a gentes que
provenían de pueblos diversos. Pues no es ahora cuando ha comenzado a reunirse
de todas partes una multitud de gente extranjera, sino que ello sucedió ya desde
aquella época. ¿Donde se encontrara un maestro tan grande que solo con el
ejemplo enseñe a sus oyentes sin haber éstos aprendidos previamente su lengua?
Muchos años se emplean, mediante la gramática y las demás artes, para solo
aprender a hablar correctamente en griego. Y no todos, sin embargo, lo hablan
del mismo modo. Tal vez un rhetor (18) consigue hablar hermosamente, pero quizá
no un gramático. Y un experto en gramática desconoce tal vez las materias
filosóficas. Pero el Espíritu Santo enseñó a la vez muchas lenguas que aquellos
hombres no habían aprendido nunca. Esto es realmente una gran sabiduría y una
fuerza de Dios. ¿Puede acaso compararse una incultura de tantos años por parte
de aquellos con la energía múltiple e inaudita de las lenguas?
El asombro de los creyentes
17. Se produjo estupor en la multitud de los que estaban escuchando (Ac
2,6), una confusión diferente a la confusión que provenía del mal y que
se había producido en Babel (cf.
Gn 11,7-9).
Pues en aquella se produjo, con la confusión de lenguas, una división de
Espíritus y voluntades cuando se concibió un proyecto opuesto a Dios (19). Pero
aquí los pensamientos de la mente fueron reparados y llamados a la unidad, pues
eran intereses piadosos los que estaban de por medio. Por los mismos medios por
los que se produjo la caída, se produjo también la conversión. De ahí que se
admirasen diciendo: "¿Cómo cada uno de nosotros les oímos?" (Ac
2,8). No tiene nada de extraño que lo ignoréis, pues también Nicodemo
desconocía la llegada del Espíritu, y a él le fue dicho: "El Espíritu sopla
donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de donde viene ni a donde va" (Jn
3,8). Y si alguna vez oigo su voz, desconozco de donde viene. ¿Cómo
podré explicar su persona?
El Espíritu Santo es como el vino nuevo de la nueva Alianza
18. "Otros en cambio decían riéndose: '¡Están llenos de mosto!' (Ac
2,13)". Decían la verdad pero en plan de burla. Pues se trataba de un
vino verdaderamente nuevo: la gracia de la nueva Alianza. Este era un vino
realmente nuevo (20), de una viña inteligible, que a menudo, según los profetas,
ya había dado fruto y que germino en el Nuevo Testamento. Pues del mismo modo
que, tomando un ejemplo grafico, la viña permanece siempre la misma, pero según
el cambio de las estaciones produce siempre frutos nuevos, así, aun
permaneciendo siempre el Espíritu como él es, del mismo modo que manifestó a
menudo su fuerza en los profetas, decidió ahora algo nuevo y admirable. Ya
anteriormente llego la gracia a los Padres, pero ahora lo hace en mayor medida.
Pues ellos recibían realmente una participación en el Espíritu Santo. Pero en
esta ocasión (21) fueron bautizados (en él) integra y plenamente.
Se cumplen la promesa del Espíritu por Jesús y la profecía de Joel
19. Mas Pedro, que tenía el Espíritu Santo, era plenamente consciente de lo que
tenía y dijo: "Judíos y habitantes todos de Jerusalén", que predicáis a Joel
pero desconocéis las Escrituras, "no están estos borrachos, como vosotros
suponéis" (Ac
2,14-15). Pues están ebrios, pero no como vosotros pensáis, sino según
lo que está escrito: "Se sacian de la grasa de tu Casa, en el torrente de tus
delicias los abrevas" (Ps
36,9). Están ebrios con sobria ebriedad, la que destruye el pecado y da
vida al corazón, completamente distinta a la borrachera del cuerpo. Pues ésta
provoca que olvidemos las cosas que sabemos, pero aquella otra otorga incluso el
conocimiento de las cosas desconocidas. Están ebrios de vino de la vid
inteligible, él que dice: "Yo soy la vid; vosotros los sarmientos" (Jn
15,5). Y si a mí no me creéis, entended por la misma circunstancia de
tiempo lo que digo. "Pues es la hora tercia del día" (Ac
2,15). El (Cristo) había sido crucificado a la hora tercia, como dice
Marcos (Mc
15,25). Ahora también (22) envió la gracia. Pues no son distintas
aquella gracia y ésta, sino que el que había sido crucificado y se había
comprometido, cumplió así su palabra. Si optáis por aceptar este testimonio, oíd
lo que dice: "Es lo que dijo el profeta: Sucederá en los últimos días, dice
Dios: Derramaré mi Espíritu..." (Ac
2,16-17; cf.
Jl 3,1-5).
Pero derramaré quiere decir una donación copiosa, pues Dios "da el Espíritu sin
medida. El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en su mano" (Jn
3,34-35). Y le dio la potestad de conceder la gracia del Espíritu
Santísimo a quienes desee. "Derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y
profetizaran vuestros hijos y vuestras hijas" (Ac
2,17)..." y yo sobre mis siervos y sobre mis siervas derramaré mi
Espíritu" (Ac
2,18; cf.
Jl 3,1-2).
El Espíritu Santo no hace acepción de personas, pues no busca dignidades sino la
piedad del alma. Ni los ricos se endurezcan ni pierdan el ánimo los pobres, sino
que simplemente se prepare cada uno para recibir la gracia celestial.
Ante la multitud de datos, reduciremos nuestras pretensiones
20. Son muchas las cosas que hemos tratado hoy y quizá estén fatigados los
oídos. Pero quedan todavía muchas cosas y para concluir la enseñanza sobre el
Espíritu Santo serian necesarias una tercera e incluso más catequesis Pero
concédasenos la venia de todo ello, pues se nos echa ya encima la fiesta de la
Pascua. Por consiguiente, hoy todavía hablaremos de ello, pero no podremos
mencionar todo lo que hay en el Nuevo Testamento. Y es que nos quedan muchos
datos de los Hechos de los Apóstoles, según los cuales la gracia del Espíritu
Santo actuó eficazmente en Pedro y también en todos los demás Apóstoles. Hay
otras muchas cosas en las epístolas católicas y en las catorce epístolas de
Pablo, de las que ahora intentaremos deshojar algunas pocas, como tomándolas de
un prado inmenso, con la finalidad de traerlas a la memoria.
La fuerza de las palabras de Pedro. Curación del paralítico. Ananías y Safira
21. Pues en la fuerza del Espíritu Santo, por voluntad del Padre y del Hijo,
"Pedro, presentándose con los Once, levanto su voz" (según aquello: "Clama con
voz poderosa, alegre mensajero para Jerusalén",
Is 40,9)
y en la red Espiritual de sus palabras capto "unas tres mil almas" (Ac
2,41). En todos los Apóstoles actuaba una gracia tan intensa que
muchísimos de los judíos-que habían crucificado al Mesías-creían y se hacían
bautizar en nombre de Cristo, y perseveraban en la enseñanza de los Apóstoles y
en las oraciones (cf.
Ac 2,42).
Y en una ocasión en que, por la misma fuerza del Espíritu Santo, Pedro y Juan, a
la hora nona, habían subido al templo a orar, sanaron a uno que estaba en la
Puerta Hermosa, cojo desde el seno de su madre, hacia cuarenta años (3,110). Así
se cumplía lo dicho: "Entonces saltara el cojo como un ciervo" (Is
35). Con la red Espiritual de su enseñanza creyeron aquel día cinco mil
(Ac 4,4)
y declararon convictos de error a los jefes del pueblo y a los sumos sacerdotes.
Y ello, no en virtud de su propia sabiduría, pues eran iletrados e ignorantes,
sino por la eficacia del Espíritu. Pues está escrito: "Entonces Pedro, lleno del
Espíritu Santo, les dijo..." (Ac
4,8 ss.). Y fue tanta la gracia del Espíritu Santo que se obro por los
doce Apóstoles en los que habían creído, que éstos eran un solo corazón y una
sola alma, pero era común el uso de sus bienes. Pues los que poseían entregaban
religiosamente el valor de sus posesiones y ninguno entre ellos pasaba
necesidad. Ananías y Safira, que intentaron engañar al Espíritu Santo, hubieron
de soportar un castigo adecuado (Ac
5,1-11).
El vigor del Espíritu Santo
22. "Por mano de los Apóstoles se realizaban muchas señales y prodigios en el
pueblo" (Ac
5,12). Y tanta gracia del Espíritu había sido derramada sobre los
Apóstoles que, aunque eran sencillos, producían temor (pues había quienes no se
atrevían a unirse a ellos, aunque el pueblo los alababa). Pero se les añadían
"muchedumbres de hombres y mujeres que creían"... "hasta tal punto que incluso
sacaban los enfermos a las plazas y los colocaban en lechos y camillas, para
que, al pasar Pedro, siquiera su sombra cubriese a alguno de ellos. También
acudía la multitud de las ciudades vecinas a Jerusalén trayendo enfermos y
atormentados por Espíritus inmundos; y todos eran curados" (Ac
5,15-16; cf.
Ac 5,13)
por la fuerza del Espíritu Santo.
Prendimiento y liberación de los Apóstoles
23. En otra ocasión los doce Apóstoles, arrojados -por anunciar a Cristo-a la
cárcel por los príncipes de los sacerdotes, fueron sacados de allí de noche por
el Ángel (23) en contra de lo que se hubiera podido esperar. Y llevados desde el
templo al tribunal hasta ellos (24), les reprendieron hablándoles valientemente
de Cristo. Y cuando añadieron que "Dios dio también el Espíritu Santo a los que
le obedecen" (Ac
5,32) y les azotaron con cuerdas, marcharon alegres y no cesaban de
enseñar y anunciar la buena noticia de Cristo Jesús (cf.
Ac 5,40-42).
La fuerza del Espíritu Santo en el diácono Esteban
24. Pero la gracia del Espíritu Santo no fue eficaz solo en los doce Apóstoles,
sino también en los hijos primogénitos de esta Iglesia a veces estéril. Me
refiero a los siete diáconos. Estos fueron elegidos, como dice la Escritura,
"llenos de Espíritu y de sabiduría" (Ac
6,3). Uno de ellos, Esteban, llamado así dignamente por la corona (25),
primicia de los mártires, "hombre lleno de fe y de Espíritu Santo" (Ac
6,5), "realizaba entre el pueblo grandes prodigios y señales" (Ac
6,8). Con él entablaban discusiones algunos, "pero no podían resistir a
la sabiduría y al Espíritu con que hablaba" (Ac
6,10). Atacado con calumnias y llevado a juicio, brillaba con fulgores
angélicos. Pues "fijando en él la mirada todos los que estaban sentados en el
Sanedrín, vieron su rostro como el rostro de un ángel". Y después de haber
refutado, con una sabía apología de sí mismo, a los judíos, de dura cerviz e
incircuncisos de corazón y de oídos, y que siempre se resisten al Espíritu Santo
(Ac 7,51),
"vio la gloria de Dios y al Hijo del hombre que estaba en pie a la diestra de
Dios". Pero no lo vio por su propio poder, sino que, como dice la Sagrada
Escritura, "lleno del Espíritu Santo, miro fijamente al cielo y vio la gloria de
Dios y a Jesús que estaba en pie a la diestra de Dios" (Ac
7,55).
En el diácono Felipe. Conversión del eunuco etíope
25. En la misma fuerza del Espíritu Santo, también Felipe, en el nombre de
Cristo, expulsaba en alguna ocasión, en una ciudad de Samaria, Espíritus
inmundos que daban fuertes gritos. Y curo a paralíticos y cojos, y convirtió a
Cristo a una gran multitud de aquellos que habían creído (Ac
8,4-8). Habiendo bajado a ellos Pedro y Juan, les hicieron, por la
imposición de las manos, participes del Espíritu Santo (Ac
8,14-17). De lo cual fue merecidamente privado solo Simón Mago (18-24).
En otro momento, llamado por el Ángel del Señor a ponerse en camino a causa de
aquel piadosísimo eunuco etíope (Ac
8,26ss.), oyó claramente al mismo Espíritu Santo: "Acércate y ponte
junto a ese carro" (Ac
8,29). Instruyo al etíope y lo bautizo, y envió así hasta Etiopia el
mensaje de Cristo, según lo que estaba escrito: "Tienda hacia Dios sus manos
Etiopia" (Ps
68,32). Y, arrebatado por un ángel (26)27, anunciaba el evangelio a
todas las demás ciudades.
En el apóstol Pablo
26. Del mismo Espíritu Santo estuvo lleno también Pablo, después que fue llamado
por Nuestro Señor Jesucristo. Como piadoso testigo de esto tenemos al piadoso
Ananías, que se encontraba en Damasco y le dijo a Pablo: "Saúl, hermano, me ha
enviado a ti el Señor Jesús, el que se te apareció en el camino por donde
venias, para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo" (Ac
9,17). Y él, que actuó rápidamente, devolvió a los ojos cegados de Pablo
el uso de la luz, imprimiendo un sello (27) en su alma. Lo convirtió así en vaso
de elección (cf.
Ac 9,15),
para que llevase ante los reyes y los hijos de Israel el nombre del Señor que se
le había aparecido. Al que antes había sido perseguidor lo convirtió en heraldo
y en siervo bueno, que llevo el evangelio desde Jerusalén hasta Iliria; lleno a
la Roma imperial con sus enseñanzas y extendió hasta España su voluntad
diligente de anunciar el Kerigma (28). Abordó, además, mil tareas y realizó
signos y prodigios. Pero de momento baste con lo dicho.
El Espíritu Santo ilumina a Pedro
27. En la fuerza, por consiguiente, del mismo Espíritu Santo, Pedro, príncipe de
los Apóstoles y encargado de las llaves del reino de los cielos, en Lidda
(actual Diospolis), devolvió la salud en nombre de Cristo al paralitico Eneas (Ac
9,32-35). Y en Joppe levanto de entre los muertos a Tabita (Ac
9,36-37), que se dedicaba a hacer buenas obras. Y estando en la parte
más alta de la casa, en un éxtasis, vio el cielo abierto y que bajaba como un
gran lienzo, en el que había numerosas figuras y animales, de modo que no se
pudiera decir que nadie, aunque fuese griego, fuera vulgar o inmundo (Ac
10,14-16). Llamado por Cornelio, oyó (Pedro) claramente del mismo
Espíritu Santo: "Ahí tienes unos hombres que te buscan. Baja, pues, al momento y
vete con ellos sin vacilar, pues yo les he enviado" (Ac
10,19-20). Y para explicar con más claridad que también los que creen de
entre los gentiles son hechos participes de la gracia del Espíritu Santo, al
llegar Pedro a Cesarea y enseñar lo que se refiere a Cristo, dice la Escritura
acerca de Cornelio y de los que estaban presentes: "Estaba Pedro diciendo estas
cosas cuando el Espíritu Santo cayó sobre todos los que escuchaban la Palabra" (Ac
10,44), de tal manera que los que habían venido con Pedro de entre los
circuncisos se asombraban y, estupefactos, decían: "Que el don del Espíritu
Santo había sido derramado también sobre los gentiles" (v. 45) (29).
La comunidad de Antioquía y la primera misión de Bernabé y Pablo
28. Y en Antioquía de Siria, ciudad nobilísima, se desarrollo admirablemente el
anuncio de Cristo y desde el lugar en que estamos fue enviado a Antioquía, como
colaborador de aquella buena obra, Bernabé, "un hombre bueno, lleno de Espíritu
Santo y de fe" (Ac
11,24). Al ver una gran mies de creyentes en Cristo, llevo como ayudante
a Pablo desde Tarso a Antioquía. Y como hubiesen reunido una gran multitud en la
asamblea, todos instruidos en sus mandatos y congregados allí, sucedió que "en
Antioquía fue donde, por primera vez, los discípulos recibieron el nombre de
cristianos (Ac
11,26). En Antioquía derramo Dios de modo muy abundante el Espíritu.
Había allí profetas y doctores (Ac
13,1), con los cuales también estaba Agabo (Ac
12,28). "Mientras estaban celebrando el culto del Señor y ayunando, dijo
el Espíritu Santo: "Separadme ya a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los
he llamado" (Ac
13,2). Entonces, tras haberles impuesto las manos, fueron enviados por
el Espíritu Santo (cf.
Ac 13,3).
Esta, pues, claro que el Espíritu que habla y envía, está vivo, tiene
subsistencia propia y, como dijimos, actúa con eficacia.
La controversia de Antioquía y el llamado "concilio" de Jerusalén
29. El mismo Espíritu Santo, que, en consenso con el Padre y el Hijo, inspiro en
la Iglesia el Nuevo Testamento, nos libero de las difíciles cargas de la Ley,
quiero decir las que se refieren a lo puro e impuro y a los alimentos. Nos
libero de los sábados, de los novilunios y de la circuncisión, las aspersiones y
los sacrificios (Rm
8,2 Ac
15,10 He
9,10), las cuales cosas, dadas por un tiempo, eran "una sombra de los
bienes futuros" (He
10,1). Pero cuando ha llegado la verdad, adecuadamente han sido
suprimidas. Al suscitarse la controversia en Antioquía por parte de quienes
decían que era necesario circuncidarse y observar las normas de Moisés, fueron
enviados Pablo y Bernabé. Los Apóstoles, que se encontraban entonces en
Jerusalén, con todo el bagaje de la ley y de las figuras, liberaron a todo el
orbe mediante una carta que escribieron. Pero no se atribuyeron a sí mismos la
autoridad de un asunto de tanta envergadura, sino que en la epístola declaran:
"Nos ha parecido (30) al Espíritu Santo y a nosotros no imponernos más cargas
que estas indispensables: abstenerse de lo sacrificado a los ídolos, de la
sangre, de los animales estrangulados y de la impureza (Ac
15,28-29). Mediante lo que escribieron dieron a entender abiertamente
que, aunque aquello lo habían escrito los Apóstoles, que eran hombres, aquello
era, sin embargo, un mandato del Espíritu Santo y afectaba al mundo entero. Por
todo el mundo, tomándolo consigo, lo llevaron Pablo y Bernabé.
La fuerza del Espíritu en los viajes misioneros de Pablo
30. Llegados a este punto de mis palabras, ruego de vuestro amor que me
concedáis la venia. Se lo suplico también al Espíritu Santo que habitaba en
Pablo, si no me es posible que lo logre todo, tanto por mi debilidad como por la
propia fatiga de vosotros que estáis oyendo. Pues, ¿cuándo he explicado
dignamente sus hazañas admirables en nombre de Cristo y por obra del Espíritu
Santo? Lo sucedido en Chipre con el mago Elimas (Ac
13,5-12) o la curación del tullido en Listra (Ac
14,8-10), y lo de Cilicia (Ac
15,41), Frigia y Galacia (Ac
16,6), Misia (Ac
16,8) y Macedonia (16,99 ss.). O también lo de la ciudad de Filipos (Ac
16,12ss.). Me refiero a su predicación y a la expulsión, en nombre de
Cristo, de un Espíritu de adivinación (Ac
16,16-18). También, tras el terremoto, la salvación que se dio por el
bautismo al guardián de la cárcel con toda su casa (Ac
16,25-34). Igualmente, lo sucedido en Tesalónica (Ac
17,1ss.) o su discurso entre los atenienses en el Areópago (Ac
17,22ss.). O sus trabajos de enseñanza en la ciudad de Corinto y en toda
Acaya (Ac
18,1ss.). ¿Cómo habré de continuar diciendo todo lo que, por medio de
Pablo, hizo el Espíritu Santo en Éfeso? A él (el Espíritu Santo) lo conocieron,
por la enseñanza de Pablo, quienes anteriormente no lo conocían. Pues después de
que Pablo les impuso las manos y vino sobre ellos el Espíritu Santo, "se
pusieron a hablar en lenguas y a profetizar" (Ac
19,6). Y tanta era la gracia del Espíritu sobre él que no solo el
contacto con él producía la salvación, sino que también los pañuelos y los
mandiles que se habían separado de él curaban las enfermedades y se retiraban
los malos Espíritus (Ac
19,12). Además, los que se habían dedicado a las artes esotéricas
"reunieron los libros y los quemaron delante de todos" (Ac
19,19).
31. Paso por encima de lo realizado también en Troade, en Eutico, que, vencido
por el sueño, "se cayó del piso tercero abajo" y "lo encontraron ya cadáver" (Ac
20,9), pero fue devuelto sano y salvo por Pablo (cf.
Ac 20,10).
Paso por alto la profecía que expuso ante los presbíteros de Éfeso convocados en
Mileto, a los que explico ampliamente: "Solamente sé que en cada ciudad el
Espíritu Santo me testifica que...", etc. (Ac
20,23ss.). Por las palabras "en cada ciudad" hacia Pablo referencia a
las cosas admirables que había hecho en cada lugar y que provenían de la acción
del Espíritu Santo: por voluntad de Dios y en nombre de Cristo que hablaba en
él. Por la fuerza de este Espíritu Santo, Pablo también venia decidido a esta
santa ciudad de Jerusalén, aunque Agabo profetizaba por el Espíritu las cosas
que le habían de suceder (cf.
Ac 21,10).
Pero él exponía entre los pueblos su doctrina con la confianza de Cristo.
Trasladado a Cesarea (23,23 ss.), sentado en medio de los jueces, ante Félix (Ac
24,10ss.) o bien ante el procurador Festo o ante el rey Agripa, Pablo,
por el Espíritu Santo y con la sabiduría de la gracia vencedora, consiguió que
el mismo rey de los judíos, Agripa, dijese: "Por poco, con tus argumentos, haces
de mi un cristiano" (Ac
26,28). El mismo Espíritu Santo concedió a Pablo que en la isla de
Mileto no resultase herido en absoluto al ser mordido por una víbora y que
realizase diversas curaciones con enfermos (Ac
28,1-9). El mismo Espíritu Santo condujo al antiguo perseguidor como
heraldo a la Roma regia. Persuadió a muchos de los judíos que allí vivían a que
creyesen en Cristo y a quienes contradecían les hablaba claramente: "Con razón
hablo el Espíritu Santo a vuestros padres por medio del profeta Isaías..., etc."
(Ac 28,25)
(31).
Pablo mismo estaba lleno del Espíritu Santo
Pero que Pablo estaba lleno del Espíritu Santo, y también los demás Apóstoles
semejantes a él y a los que después de ellos creen en el Padre, el Hijo y el
Espíritu Santo (32), escúchaselo claramente a él mismo que en sus cartas
escribe: "Mi palabra y mi predicación no tuvieron nada de los persuasivos
discursos de la sabiduría", sino que fueron una demostración del Espíritu y del
poder" (1Co
2,4). Y también: "... y el que nos marco con su sello y nos dio en arras
el Espíritu en nuestros corazones" (2Co
1,22). Y: "Aquel que resucito a Cristo de entre los muertos dará también
la vida a nuestros cuerpos mortales" (Rm
8,3). Y a su vez, escribiendo a Timoteo, le dice que ha conservado el
depósito de la fe (2Tm
4,6-8) "por el Espíritu Santo que nos ha sido dado" (Rm
5,5).
El Espíritu Santo tiene su propia actuación
33. Y que el Espíritu Santo tiene su propia subsistencia, vive, habla y anuncia
lo que ha de suceder es algo que muchas veces ya hemos dicho en las cosas
tratadas anteriormente. De modo penetrante escribe Pablo a Timoteo: "El Espíritu
dice claramente que en los últimos tiempos algunos apostataran de la fe" (1Tm
4,1). Esto lo vemos no solo en los tiempos antiguos, sino en las
escisiones de nuestra época, puesto que los herejes ensenan diversos errores que
adoptan formas diferentes. Y dice él también: "... que en generaciones pasadas
no fue dado a conocer a los hombres, como ha sido ahora revelado a sus santos
Apóstoles y profetas por el Espíritu" (Ep
3,5). Y a su vez: "Por eso, como dice el Espíritu Santo" (He
3,7), y: "también el Espíritu Santo nos da testimonio de ello" (He
10,15). También aclama a los soldados de la justicia diciendo: "Tomad,
también, el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la Palabra de
Dios; siempre en oración y suplica" (Ep
6,17-18). Y de nuevo: "No os embriaguéis de vino, que es causa de
libertinaje; llenaos más bien del Espíritu. Recitad entre vosotros salmos,
himnos y cánticos inspirados" (Ep
5,18-19). Y, por último: "La gracia del Señor Jesucristo, el amor de
Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros".
Se debe aceptar, pues, al Espíritu Santo
34. Por todo lo cual y por otras muchas cosas que no se han mencionado se
recomienda vivamente que los hombres acepten la fuerza personal, santificadora y
eficazmente activa del Espíritu Santo. Pues me faltaría tiempo para hablar, si
quisiera continuar, de lo que queda por decir acerca del Espíritu Santo en las
catorce epístolas de San Pablo, en las que él enseñó diversa, integra y
piadosamente. Pero que se nos conceda el don de la fuerza del Espíritu Santo
mismo para que se nos dispensen las cosas que hemos pasado por alto por escasez
de tiempo y a vosotros, que estáis escuchando, se os conceda un conocimiento más
completo de lo que falta. Quienes entre vosotros sean estudiosos, aprendan estas
cosas mediante una más frecuente lectura de la Sagrada Escritura, aunque de las
presentes catequesis y de lo que anteriormente tratamos han sacado una fe más
firme "en un solo Dios Padre todopoderoso y en nuestro Señor Jesucristo, su Hijo
unigénito; y en el Espíritu Santo Paráclito". Pero este término y la
denominación "Espíritu" se adoptan muy frecuentemente en la Escritura -pues del
Padre se dice: "Dios es Espíritu", como está escrito en el evangelio de Juan (Jn
4,24)- y también sobre el Hijo: "El Espíritu ante nuestro rostro, Cristo
el Señor", como dice el profeta Jeremías (Lm
4,20). Y acerca del Espíritu Santo: "Pero el Paráclito el Espíritu
Santo" (Jn
14,26), como se ha dicho. Por tanto, lo que se ha percibido piadosamente
en la fe arrincone también el error de Sabelio (33). Pero volvamos ahora a lo
que urge y a vosotros os es útil.
El sellará tu alma
Ten cuidado de que no te suceda que, a ejemplo de Simón, te acerques al bautismo
con simulación, pero tu corazón no esté buscando la verdad. Nosotros debemos
advertírtelo y tú debes precaverte. Dichoso tu, si te mantienes en la fe. Pero
si por infidelidad caes, rechaza ya desde este día la infidelidad y revístete de
firmes convicciones. Pues cuando se acerque el tiempo del bautismo y vayas a los
obispos o a los presbíteros o a los diáconos (en todos los lugares se concede la
gracia, tanto en los pueblos como en las ciudades, tanto por medio de incultos
como de eruditos, por siervos y por libres, como quiera que no es gracia que
viene de los hombres, sino que es un don concedido por Dios por medio de los
hombres), tu acércate al que bautiza, pero no detengas tu mente en el aspecto
del hombre al que ves, sino acuérdate del Espíritu Santo del que ahora hablamos.
Pues él está dispuesto a sellar tu alma y te regalara una señal celestial y
divina ante la que tiemblan los demonios, según esta también escrito: "En él
también vosotros, tras haber... creído también en él, fuisteis sellados con el
Espíritu Santo de la Promesa" (Ep
1,13).
Acercarse con sinceridad para recibir la fuerza del Espíritu
36. Pero él prueba al alma y no arroja las piedras preciosas a los cerdos (Mt
7,6). Si te acercas con fingimientos, los hombres ciertamente te
bautizaran, pero no te bautizara el Espíritu. Pero si te acercas desde la fe,
los hombres harán lo que corresponde a lo que se ve con los ojos y el Espíritu
Santo concederá lo que no es exteriormente visible. En el espacio de una hora te
acercas al examen o a la selección de un importante ejército. Pero si ese tiempo
no lo aprovechas, te sobrevendrá un mal incorregible. Sin embargo, si te haces
digno de la gracia, tú alma se iluminara y recibirás una luz que no tenías.
Cogerás armas terribles para los demonios, de modo que, si no las pierdes,
tendrás una señal en el alma y no se te acercara el demonio. Saldrá huyendo de
horror, puesto que los demonios se arrojan con el Espíritu de Dios (Mt
12,28).
37. Si crees, no solo recibirás el perdón de los pecados, sino que también
realizaras cosas superiores a las fuerzas humanas. Y ojala seas digno también
del don de profecía. En tanto recibirás la gracia en cuanto la puedas recibir y
no en la medida en que yo digo. Pues puede ser que yo diga cosas pequeñas, pero
tú las recibas mayores, pues grande es la fe para obtener cosas. Pero el
Paráclito será para ti principalmente guardián y defensor. El Paráclito se
preocupara de ti como de su propio soldado, de tus entradas y salidas (Ps
121,8) y de los que te acechan. Y te ha de dar los dones de toda clase
de gracias, si no le contristas por el pecado. Pues está escrito: "No
entristezcáis al Espíritu Santo de Dios, con el que fuisteis sellados para el
día de la redención" (Ep
4,30). ¿Y qué es, pues, queridos, cuidar la gracia? Estad preparados
para acogerla y, una vez recibida, no la echéis a perder.
38. Y el mismo Dios de todas las cosas, que hablo en el Espíritu Santo por los
profetas; que lo envió a los Apóstoles el día de Pentecostés en este lugar donde
estamos, que os lo envié también a vosotros y que asimismo por él nos proteja a
nosotros, otorgándonos su bien a todos. De este modo, en todo tiempo
produciremos los frutos del Espíritu Santo: amor, alegría, paz, paciencia,
afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí (Ga
5,22-23), en Cristo Jesús Señor nuestro. Por el cual y con el cual,
juntamente con el Espíritu Santo, sea gloria al Padre ahora y siempre, por los
siglos de los siglos. Amén.
Notas
(1) La presente catequesis presenta un acopio de datos acerca del Espíritu Santo
en el Nuevo Testamento, como ya se indico, pero el desarrollo se realiza
especialmente exponiendo la acción del Espíritu en los distintos personajes de
los evangelios y en los Hechos de los Apóstoles.
(2) Se refiere según las palabras de
1Co 2,12,
a "las gracias que Dios nos ha otorgado".
(3) Sobre estos asuntos, cf. las cat. 6,7,8 y 9.
(4) Subsistente: la expresión se refiere a que el Espíritu Santo posee las
características de la subsistencia e Hipostasis (ambas palabras significan lo
mismo, con la diferencia de que la primera proviene del latín (subsistere y
substare) y la segunda del griego (hypostanai). Expresado con palabras
sencillas, es como si dijéramos que el Espíritu Santo tiene consistencia propia,
como también la tienen el Padre y el Hijo, pero es la propia subsistencia de
cada uno lo que permite distinguirlos y reconocerles a cada uno personalidad
propia ("tres personas distintas" aunque relacionadas entre sí).
(5) La afirmación, en el contexto de
Rm 1,3-4,
se refiere en sentido propio a Jesucristo: "... su Hijo, nacido del linaje de
David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de
santidad, por su resurrección de entre los muertos". El texto, ya mencionado
anteriormente, expresa en un contexto todavía más amplio,
Rm 1,1-7,
la intima unión del Hijo con el Padre y el Espíritu (cf. además lo dicho en la
nota 4). Todo, en el marco de la salvación por la resurrección y del señorío de
Cristo (Rm
1,4).
(6) Literalmente: "es subsistente". Vid. nota 4.
(7) Cf. cat. 16, núms. 3 y 6.
(8) Cf. cat. 21, núm. 1.
(9) El planteamiento es claramente cristocéntrico: lo que se ha de realizar en
los cristianos se hace patente en primer lugar en Jesús, puesto que el camino
del cristiano es el que, como primero de todos, ha recorrido Jesús. Si el
Espíritu Santo ha de descender sobre cada uno, es porque en primer lugar ha
descendido sobre Jesús (en su bautismo y, antes, sobre María en su concepción).
(10) Jesús, manifestado en el bautismo, es la imagen y el ejemplo de lo que será
la trayectoria del cristiano.
(11) Es decir, las palabras citadas del Cantar de los Cantares serian profecía
de la manifestación del Espíritu Santo en el bautismo.
(12) El arca de Noé, el agua, la paloma han sido siempre imagen del bautismo. La
primera expresión literaria de esto, ya en I Pe 3,20-21: "...en los días en que
Noé construía el Arca,... fueron salvados a través del agua; a ésta corresponde
ahora el bautismo que os salva".
(13) "Al atardecer", como la paloma de Noé junto a la madera del arca. Era ya
por la tarde cuando muere Jesús.
(14) De hecho, en el Nuevo Testamento, el orden de los acontecimientos es el
siguiente: actividad y predicación de Jesús, promesa del Espíritu Santo (a ello
se refiere especialmente el presente párrafo 11), su muerte, resurrección en
Pentecostés, cuando tiene lugar el cumplimiento de la promesa del Espíritu.
Jn 20,22,
sin embargo, tal como señala el comienzo del par. 12, indica que el mismo día de
la Resurrección ya recibieron los Apóstoles una comunicación del Espíritu Santo.
(15) En la creación, un soplo o halito de vida.
(16) Recuérdese lo dicho anteriormente sobre el "descenso a los infiernos" tras
la muerte y sepultura de Jesús.
(17) Ya se explico que "bautismo", "bautizado", tienen que ver,
etimológicamente, con "inmersión" y "sumergidos". En las presentes expresiones
de Cirilo hay como una referencia a una "inmersión" en el Espíritu.
(18) Maestro de retórica u oratoria.
(19) Todo el episodio de la torre de Babel, en
Gn 11,1-9.
(20) El mismo Jesús emplea la imagen del "vino nuevo", por ej., en
Mt 9,17.
(21) En el acontecimiento de Pentecostés narrado en
Ac 2.
(22) El día de Pentecostés. Es decir, Jesús fue crucificado a la hora tercia y
la venida del Espíritu Santo en Pentecostés tuvo lugar también a la hora tercia.
(23) El texto de
Ac 5,19
dice: "el Ángel del Señor". La expresión equivale generalmente, en el Antiguo
Testamento, a Dios mismo. Todo el episodio, a partir de
Ac 5,17.
(24) Los príncipes de los sacerdotes.
(25) "Stéphanos" significa en griego corona. Cirilo piensa quizá en la corona
del martirio. Es el primer mártir cristiano conocido.
(26) Hech 8,39 dice: "El Espíritu del Señor arrebato a Felipe". Aunque en una de
las variantes textuales se encuentra: "El Espíritu Santo cayó sobre el eunuco, y
el Ángel del Señor arrebato a Felipe".
(27) De nuevo "sfragis", sello, con el mismo sentido del "carácter" sacramental
que ya anteriormente se expuso.
(28) La afirmación de Cirilo de que Pablo estuvo en España es clara pero poco
concreta. Sobre el interés manifestado por Pablo en llegar hasta España, cf.
Rm 15,24.
En general, no cabe la menor duda de la fuerza del Espíritu Santo en la
itinerante actividad misionera de Pablo, que es entre los Apóstoles aunque no
pertenece al grupo originario de "los Doce" quien quizá más hizo por la
universalización del cristianismo.
(29) El relato de
Ac 10
hace ver que dentro del lienzo "había toda suerte de cuadrúpedos, reptiles de la
tierra y aves del cielo" (v. 12). A Pedro se le invita a comer de estos animales
con el argumento de que "lo que Dios ha purificado no lo llames tu profano" (v.
15). Con ello, además de que se anula la distinción entre alimentos puros e
impuros, se afirma también simbólicamente que no existen hombres puros e
impuros. Así cualquier hombre, aunque fuese "gentil", podía recibir el anuncio
del Evangelio. Este es el sentido de las palabras de la catequesis de Cirilo en
el presente párrafo. Pablo fue especialmente el apóstol de los gentiles, pero
Pedro llego, mediante esta visión, al conocimiento de que la salvación en
Jesucristo estaba destinada a los hombres de cualquier pueblo. El final del
episodio es el bautismo de los primeros gentiles, cuya necesidad queda
evidenciada por el descenso del Espíritu sobre los presentes (vv. 44-48). Todo
el significativo episodio ocupa integro el capítulo 10 de los Hechos y se
presenta una prueba de que el Espíritu Santo amplio el horizonte de la misión
cristiana.
(30) "Nos ha parecido" se ajusta más tanto al NT griego como a la versión de la
Vulgata. El episodio al que se refiere el presente párrafo fue extremadamente
importante (completa, por otra parte, el sentido, el bautismo del centurión
romano Cornelio y de los primeros gentiles) pues se trataba de dilucidar si era
necesaria la incorporación previa a la ley judía de quienes querían hacerse
cristianos. La respuesta de los Apóstoles en la asamblea de Jerusalén fue
negativa. Aparte de lo que esto pudo suponer de aprobación del camino de Pablo y
de sus concepciones teológicas (Ga
2,1-10), supuso la desconexión jurídica definitiva del cristianismo de
todo el mundo del judaísmo. Eso libero a la nueva fe de todo aspecto de
reclusión en un gueto y permitió al cristianismo adoptar aires de auténtica
universalidad.
(31) Salvo dos versículos más de epilogo, el libro de los Hechos se cierra, de
modo bastante sentencioso, con la cita que Pablo hace de
Is 6,9-11,
precedida de
Ac 28,24-25
(los hechos referidos tienen lugar en Roma): "Unos creían por sus palabras y
otros en cambio permanecía incrédulos. Cuando en desacuerdo entre sí mismos ya
se marchaban, Pablo dijo esta sola cosa: "Ve a encontrar a este pueblo y dile:
'Escucharéis bien, pero no entenderéis miraréis bien, pero no veréis'." Todo el
conjunto está formado por
Ac 28,24-28.
Este ultimo versículo recoge también una frase bastante lapidaria de Pablo:
"Sabed pues, que esta salvación de Dios ha sido enviada a los gentiles, ellos sí
que la oirán". Con todo ello, el drama de Pablo es el mismo drama de Jesús, tan
perfectamente descrito en Mateo y, en otra perspectiva, en Juan: el rechazo por
el pueblo que tan ansiosamente había esperado durante siglos. Pero también este
desarrollo dramático de los acontecimientos contribuyo a la universalización del
cristianismo.
(32) Algunos códices añaden aquí "consustancial", quedando la frase "y el
Espíritu Santo consustancial", pero es muy dudoso que esté empleada aquí la
palabra en la alocución original de Cirilo, puesto que no aparece en la mayoría
de los códices. Es, con bastante probabilidad, una añadidura posterior, aunque
se trate de una precisión correcta.
(33) Es decir, puesto que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo tienen
personalidad propia y distinta, no hay lugar para afirmar que los tres son
simplemente modos distintos de presentarse el Dios único.
Pronunciada en Jerusalén, sobre aquello de: "Y en la Iglesia, una, santa y
católica".
Y sobre la "resurrección de la carne". Y "la vida eterna". La lectura
es de Ezequiel: "La mano de Yahvé fue sobre mí y, por su Espíritu, Yahvé me saco
y me puso en medio de la vega, la cual estaba llena de huesos..." (Ez
37,1ss.) (1).
1. La raíz de toda operación es la esperanza de la resurrección. Pues la
esperanza del premio da al alma fuerzas para emprender buenas obras. Pues el
obrero se encuentra dispuesto a soportar los trabajos si divisa el premio de sus
fatigas, pero se derrumban el ánimo y el cuerpo de los que no avizoran
recompensa alguna. Un soldado que espera la recompensa del combate esta pronto
para la lucha, pero nadie milita a favor de un rey que, falto de juicio, no
recompensa el mérito de los esfuerzos, ni está dispuesto a afrontar la muerte
por ese mismo rey. Así también, toda alma que cree en la resurrección se modera
y se atempera a sí misma. Pero la que no cree en la resurrección, se entrega a
su propia perdición 2. Quien cree que el cuerpo pervivirá con la resurrección,
cuida aquello que le sirve de estola y de vestido, y no lo contamina con el
libertinaje. Pero el que no cree en la resurrección, se entrega a la fornicación
usando del propio cuerpo como si fuese ajeno. Es, desde luego, una importante
doctrina y enseñanza de la Iglesia la fe acerca de la gran resurrección de los
muertos. Se trata de algo completamente esencial, cuya verdad, aunque choca
realmente con la contradicción de muchos, puede ser plenamente comprobada. Están
en contra de ella los griegos, no la creen los samaritanos y la deshacen los
herejes. Se la contradice de múltiples maneras, pero es una verdad simple y
sencilla.
Objeciones en contra de la resurrección de los muertos
2. Esto es lo que oponen tanto los griegos como los samaritanos: una vez que el
hombre ha perecido y ha muerto, se pudre y lo devoran los gusanos. También
mueren los mismos gusanos. Y después de suceder todo esto al cuerpo,
putrefacción y muerte, ¿cómo, pues, resucita? Los peces devoran a los que han
sufrido un naufragio y ellos, a su vez, son devorados por otros. De quienes
luchan con las fieras se comen, destrozándolos, incluso los huesos. Los buitres
y los cuervos están volando por todas partes comiéndose las carnes de los
cadáveres arrojados al suelo. ¿Cómo podrán reunirse esos cuerpos? Pues es
posible que, de las aves que los devoraron, una haya muerto en la India, otra en
Persia, otra en los países bárbaros. Los cadáveres de otros que ardieron en las
llamas, reducidos a cenizas fueron dispersados por las tormentas o el viento.
¿Cómo podrá reunirse su cuerpo?
A Dios todo le es posible
3. Para ti, desde luego, hombrecillo pequeño y débil, los países barbaros están
lejos de la India e Hispania lo está de Persia. Pero para Dios, que tiene el
mundo entero en un puno, todo está próximo. No pienses que Dios es tan débil
como tú y, por tanto, incapaz, sino piensa más bien en tu propia potencia.
Además, el sol, siendo una obra pequeña de Dios, llena toda la tierra con el
calor de sus rayos. También el aire, hecho por Dios, rodea todo lo que hay en el
mundo. Pero Dios, que es el creador del sol y del aire, ¿estará acaso lejos del
mundo? Supón que se encuentran mezclados granos diversos de semillas -te
propongo ejemplos débiles a ti, que eres débil en la fe- y supón que todos los
tienes en un puno. A ti, que eres hombre, ¿te es cosa difícil, o más bien fácil,
distinguir lo que tienes en el puno y poner cada una de las semillas con las de
su clase? Es decir, si tú puedes discernir lo que tienes en tu mano, ¿no podrá
Dios discernir y restituir a su lugar lo que tiene en la suya? Considera lo que
digo y si tal vez no será impío negarlo.
En la resurrección de los muertos, Dios hará justicia
4. Considera también lo que se refiere a la justicia y reflexiona sobre ti
mismo. Tienes diversos siervos, de los que unos son buenos y otros malvados. A
los buenos los aprecias y a los malos los castigas. Incluso si eres juez, alabas
a los buenos y a los malvados los castigas. Si tú, que eres hombre mortal,
tienes una noción de lo que es justo, Dios, rey eterno de todas las cosas, ¿no
pagara a cada uno según justicia? Y es una impiedad negar esto, pues mira lo que
digo: muchos homicidas murieron en la cama sin haber sido castigados. ¿Donde
está, pues, la justicia de Dios? Y a menudo un homicida es reo de cincuenta
homicidios, pero ha lavado sus crímenes con una única pena capital. ¿Cómo
pagara, pues, los restantes cuarenta y nueve asesinatos? Y arguyes a Dios de
injusticia si no existen, después de esta vida, el juicio y la retribución. Pero
no debes extrañarte del retraso del juicio. Quien lucha en un certamen, una vez
que éste ha concluido, recibe la corona o queda marcado por la vergüenza, pero
el árbitro del certamen nunca corona a los que intervienen mientras están
combatiendo, sino que aguarda a ver el final de todos los combatientes. Después,
examinando el resultado, distribuye los premios de la victoria y las coronas.
Así también Dios, mientras dura todavía el combate en este mundo, ayuda
parcialmente a los sujetos, pero después les otorga los premios de modo completo
y pleno.
Otros indicios de la resurrección
5. Pero si, a tu parecer, la resurrección de los muertos no existe, ¿qué haces
condenando a los que excavan en los sepulcros? Pues si el cuerpo perece
irremisiblemente y no existe esperanza ninguna de resurrección (2), ¿por qué se
castiga a los profanadores de tumbas? Te das cuenta, aunque lo niegues con los
labios, de que permanece en ti una conciencia indeleble de la resurrección.
Cambios que se observan en seres inferiores hacen creíble la resurrección
6. Pero, por lo demás, un árbol cortado vuelve a brotar ¿No lo hará también un
hombre que ha perdido su vida? Incluso lo que se ha cortado al segarlo se queda
en las eras para que lo recojan. ¿Y no se quedará en la era el hombre que ha
sido segado en este mundo? (3). También los sarmientos de la vid y las ramas de
otros árboles, cuando se cortan completamente y se trasplantan, cobran vida y
reportan fruto. Y el hombre, por el cual son aquellas cosas, ¿no resurgirá
aunque haya ido a parar a la tierra? Y si comparamos distintos trabajos o
dificultades ¿qué es más, dar forma desde sus inicios a una estatua que antes no
existía o restituírsela a una que la había perdido? El Dios que nos hizo de la
nada, una vez que ya tuvimos existencia pero luego la perdimos, ¿no podrá de
nuevo despertarnos a la vida? Pero tú no crees, por ser griego lo que está
escrito acerca de la resurrección. Considera en cambio estas cosas desde la
perspectiva de lo que ya existe y entiéndelo en tu interior desde lo que puede
verse hasta el día de hoy. Si se desea, se siembra trigo o cualquier clase de
semilla. Cuando la semilla cae, muere y se pudre: ya no sirve para alimento.
Pero lo que se ha podrido brota de ahí como hierba y lo que al caer era pequeño
se levanta ahora hermosísimo (4). Pero el trigo fue credo por causa nuestra,
pues el trigo y otras semillas se hicieron no por sí mismos sino para nuestro
uso. Y si las cosas que fueron hechas para nosotros reviven después de muertas,
nosotros, por quien esas cosas se hicieron, ¿no resucitaremos después de
muertos?
7. Es, como ves, tiempo de invierno. Los árboles están como muertos. ¿Donde
están las hojas de la higuera? ¿Donde están las uvas de la vid? Pero estas cosas
que están muertas en invierno, incluso entonces tienen su fuerza y, cuando
llegue el momento, se les devolverá, como despertadas de la muerte, la fuerza de
la vida. Dios, percibiendo tu infidelidad, te ha mostrado todos los años en
estos claros indicios la resurrección para que, viendo lo que sucede en los
seres inanimados, creyeses con respecto a los seres dotados de razón. Aparte de
esto, moscas y abejas, ahogadas muchas veces en el agua, reviven después de un
rato y ciertas especies de sapos permanecen inmóviles en invierno, pero más
tarde, en verano, se despiertan. A ti, que piensas cosas pequeñas y de poco
valor, se te presentan estos ejemplos. Ahora bien, el que, más allá de lo
natural, da vida a seres desprovistos de razón y despreciables, ¿no nos dará lo
mismo a nosotros, por quienes hizo todos estos seres?
El supuesto ejemplo del ave Fénix
8. Pero los griegos todavía buscan una resurrección de los muertos más clara y
argumentan que, aunque es cierto que reviven los seres mencionados, es porque en
realidad no habían sufrido plenamente la putrefacción y desean ver abiertamente
un animal que se haya podrido completamente y haya resucitado. Dios ya conocía
esta obstinación de los hombres para no creer y dispuso para esto el ave que
llaman Fénix. Esta, como escribe Clemente (5) y otros muchos saben, es única en
su género, llega al país de los egipcios cada cuatrocientos años y es un ejemplo
de resurrección. Y no lo hace en lugares desiertos, de modo que aquello quedará
como algo misterioso, sino en una ciudad famosa (6), haciéndose visible de
manera que pueda ser tocada con las manos, pues de otro modo nadie lo creerías.
Pues, después de haberse construido el nido con incienso, mirra y otros aromas,
introduciéndose en él una vez agotado su cupo de años, muere a la vista de todos
y se corrompe. Pero más tarde, de la carne podrida del ave muerta brota un
gusano y éste, al crecer, se transforma en ave (7). Después, a esta Fénix le
crecen las plumas. Una vez rehecha esta Fénix como era anteriormente, va volando
por los aires tal como era antes de morir, mostrando a los hombres con toda
evidencia la resurrección de los muertos. El ave Fénix es ciertamente admirable,
pero, como ave, está desprovista de razón y nunca ha cantado salmos a Dios.
Nunca ha sabido quién es el Hijo Unigénito de Dios. Pero si a un animal
irracional, que desconoce a su propio creador, le fue concedida la resurrección,
¿no se nos otorgara a nosotros, que glorificamos a Dios y guardamos sus
preceptos?
El que creó al hombre desde una realidad humilde puede también devolverlo a la
vida
9. Pero puesto que el signo del ave Fénix, aun buscándolo mucho, es raro y
siguen sin darle crédito, recibe otra prueba basada en las cosas que ves todos
los días. Hace cien o doscientos años, ¿dónde estábamos todos nosotros, tanto
los que hablamos como los que escucháis? ¿Acaso desconocemos como se formaron
nuestros cuerpos? ¿Es que no sabes cómo somos engendrados de una materia débil,
informe y simple? El hombre vivo se forma de una única especie y de un principio
débil. Y eso que no tiene fuerzas y es débil se transforma en carne compacta y
en la fortaleza de los nervios. Y también en la claridad de los ojos, en la
capacidad de la nariz para oler, en la capacidad auditiva de los oídos, la
lengua que habla, el corazón que se mueve, la habilidad de las manos para
trabajar, la agilidad de los pies y toda la variedad de los miembros de diverso
género. Y lo que es tan poca cosa y débil se convierte en constructor de naves,
albañil, arquitecto y operario de cualquier arte, soldado, príncipe, legislador
o rey. El Dios que nos hizo de unos comienzos humildes, ¿no podrá levantarnos
una vez que hayamos caído? El que dio cuerpo a una realidad tan vil, ¿no podrá
despertar de nuevo a un cuerpo muerto? El que hizo lo que no existía, ¿no
despertara a lo que existe, aunque haya perecido?
La semejanza con las fases de la luna (8)
10. Una razón manifiesta de la resurrección de los muertos, y que esta
atestiguada todos los meses, tómala también del cielo y de los astros. De hecho,
la luna, que llega a faltar completamente, de manera que nada se ve ya de ella,
aparece nueva otra vez y queda restaurada en sus antiguas dimensiones. Y para
una demostración perfecta de este mismo asunto, la luna se derrite con el paso
de los años en sangre, pero después recupera su aspecto luminoso. Dios es quien,
en su providencia, prepara estas cosas para que también tú, que eres hombre y
tienes sangre en tu interior, no niegues tu fe a la resurrección de los muertos.
Así lo que ves en la luna, crees que también sucederá en ti. Sírvete, pues, de
estas palabras en contra de los griegos. Pues contra los que no aceptan las
Escrituras debes luchar con armas no tomadas de la Escritura, es decir, solo con
razonamientos y demostraciones. Pues a éstos no se les ha descubierto quién es
Moisés ni quién es Isaías, y desconocen los Evangelios y a Pablo.
Frente a los samaritanos: el Dios de Abraham, Isaac y Jacob no es un Dios de
muertos, sino de vivos
11. Pasa ahora, te lo ruego, a los Samaritanos, que, puesto que solo admiten la
Ley, no aceptan a los profetas, la lectura de la que hemos partido, de Ezequiel,
puede resultar ineficaz, pues, como dije, en ellos no hay lugar para los
profetas. ¿De dónde buscaremos, pues, la fe para los samaritanos? Vayamos a los
libros de la Ley. Dice, pues, Dios a Moisés: "Yo soy... el Dios de Abraham, el
Dios de Isaac y el Dios de Jacob" (Ex
3,6), que sin duda viven y existen (9). Pues si Abraham murió, y también
Isaac y Jacob, se trata de un Dios de quienes no existen. ¿Y desde cuando se
dice que un rey es rey de unos soldados que no tiene? ¿Y quién es el que muestra
riquezas que no posee? Es necesario, pues, que existan Abraham, Isaac y Jacob
para que el Dios de las cosas que existen sea Dios. Pues no dijo: era Dios de
ellos, sino soy. Y que existe un juicio lo dice Abraham refiriéndose al Señor:
"El juez de toda la tierra ¿va a fallar una injusticia?" (Gn
18,25).
Los signos del poder de Dios en Aarón, Moisés y la mujer de Lot
12. Pero contra esto dicen también los insensatos de Samaria: nada impide que
continúen vivas las almas de Abraham, Isaac y Jacob, pero los muertos no pueden
resucitar. Es como si dijera: fue posible que la vara del justo Moisés se
convirtiera en una serpiente (Ex
4,3), pero los cuerpos de los justos no podrán vivir y resucitar. Y
aquello se hizo fuera de las leyes de la naturaleza. ¿No podrá hacerse esto, que
es tan acorde con la naturaleza? También la vara de Aarón, cortada y seca,
floreció sin el contacto con las aguas (Nb
17,23) y, aunque estaba a cubierto (Nb
17,22), produjo las yemas que suelen brotar en los campos y, en un lugar
árido como estaba, produjo en el espacio de una noche los frutos que árboles
regados con frecuencia producen después de muchos años. Con la vara de Aarón fue
como si resucitara de entre los muertos. ¿No resucitara, pues, el mismo Aarón?
Para conservarle el sumo sacerdocio, Dios realizo el milagro en su vara. ¿No
otorgara, pues, la resurrección al mismo Aarón? También, por procedimientos no
naturales, fue convertida la mujer en sal y en sal fue transformada su carne (Gn
19,26). ¿Acaso no podrá convertirse la carne simplemente en carne? Y si
la mujer de Lot fue convertida en estatua de sal, ¿no resucitara la esposa de
Abraham? ¿En virtud de qué se hizo como nieve, durante el tiempo de una hora, la
mano de Moisés, siendo establecida después en su estado anterior? (Ex
4,7)? Sin duda por el poder de Dios. ¿Y es que este poder, eficaz en
otro tiempo, ha perdido ya su fuerza y su eficacia?
La
resurrección es posible como fue posible la creación
13. ¿De qué material fue hecho el hombre en sus comienzos, oh Samaritanos, los
más necios de todos los hombres? Acercaos al primer libro de la Escritura, que
también vosotros lo habéis recibido: "Entonces Yahvé Dios formo al hombre con
polvo del suelo" (Gn
2,7). El polvo se transforma en carne, ¿y la carne no volverá otra vez a
ser carne? ¿Se os ha de explicar de dónde provienen los cielos, la tierra y los
mares? ¿De dónde el sol, la luna y los astros? ¿Cómo de las aguas provienen las
aves y los peces? ¿Y el modo como provienen de la tierra todos los animales?
Tantísimos miles de seres han sido llevados de la nada a la existencia. Y
nosotros, los hombres, que llevamos impresa la imagen, ¿no resucitaremos?
Verdaderamente todo este asunto rebosa incredulidad. Y hay muchos motivos para
condenar a los que rehúsan la fe, puesto que Abraham dice de Dios que él es
"juez de toda la tierra" (Gn
18,25). Y es grave que no crean precisamente los que aprenden la ley,
pues allí está escrito que el hombre ha sido formado de la tierra (Gn
2,7 Gn 3,19):
son los que allí leen quienes rehúsan creer.
No hay argumentos bíblicos en contra de la resurrección
14. Y estas cosas las decimos frente a los que se han de contar entre los
infieles. Pero para los que creemos es oportuno referirse a los profetas.
Algunos, sin embargo, que se sirven de los profetas, no creen en lo que éstos
han escrito y aducen aquello de "no se levantaran en el Juicio los impíos" (Ps
1,5) (10). O también aquello otro: "El que baja al sheol no sube mas" (Jb
7,9), o incluso: "No alaban los muertos a Yahvé" (Ps
115,17). Con ello utilizan mal lo que ha sido correctamente escrito. Sin
detenernos demasiado y en la medida en que podamos, será bueno hacerles frente
ahora. Pues si se dice que "los impíos no se levantaran en el Juicio", con esto
se quiere decir, no que habrán de resucitar "en el juicio", sino que lo harán en
condenación. Dios, en efecto, no necesita hacer muchas indagaciones, sino que, a
la vez que resuciten los impíos, seguirán a continuación sus castigos. Y si se
dice "no alaban los muertos a Yahvé", con esto se quiere decir que en esta vida
se crea un espacio de penitencia y perdón. Una vez sobrevenida la muerte, a los
que hayan muerto en pecado, ya no se les permitirá que alaben, sino simplemente
lamentarse. Pues la alabanza es propia de quienes dan gracias, pero los lamentos
de quienes sufren azotes. Por consiguiente, los justos alabaran, pero los que
hayan muerto en sus pecados ya no tendrán tiempo para glorificar a Dios.
Job y los profetas también la mencionan
15. En cuanto al contexto de las palabras "el que baja al sheol no sube más" (Jb
7,9), observa lo que va a continuación, pues se dice: "No regresa otra
vez a su casa, no vuelve a verle su lugar" (Jb
7,10). Pues como el mundo entero ha de perecer, también toda casa ha de
ser destruida. ¿Cómo habrá de volver a su casa si toda la tierra ha de ser hecha
nueva? Sería bueno que oigan a Job cuando dice: "Una esperanza guarda el árbol:
si es cortado, aun puede retoñar, y no dejara de echar renuevos. Incluso con
raíces en tierra envejecidas, con un tronco que se muere en el polvo, en cuanto
siente el agua, reflorece y echa ramaje como una planta joven. Pero el hombre
que muere queda inerte, cuando un humano expira, ¿dónde está?" (Jb
14,7-10). Es como si estuviera sonrojando a alguien e increpándole, pues
así se ha de interpretar el interrogante "¿dónde está?" Pues dice que, puesto
que el árbol perece y resucita, ¿acaso el hombre, por quien se hicieron los
árboles, no resucitara? Y para que no creas que violento el texto, lee lo que
sigue, donde con interrogantes se pregunta: "Muerto el hombre, ¿puede revivir?"
(Jb 14,14)
y dice: "Aunque haya muerto el hombre, vivirá" (Jb
14,14LXX), e inmediatamente añade: "Todos los días de mi milicia
esperaría, hasta que llegara mi relevo" y, a su vez, en otro lugar: "que ha de
alzar sobre la tierra mi piel, que estas fatigas soporta" (Jb
19,25-26) (11). Y el profeta Isaías dice: "Revivirán tus muertos, tus
cadáveres resurgirán" (Is
26,19). Y muy claramente el profeta que ahora hemos mencionado,
Ezequiel, dice: "He aquí que yo abro vuestras tumbas; os haré salir de vuestras
tumbas" (Ez
27,12). Y Daniel dice: Muchos de los que duermen en el polvo de la
tierra se despertaran, unos para la vida eterna, otros para el oprobio, para el
horror eterno" (Da
12,2).
Resurrecciones de muertos en el Nuevo Testamento, en Elías y Eliseo
16. Otros mucho pasajes de la Escritura dan también testimonio de la
resurrección de los muertos. Hay otras muchas sentencias y dichos acerca de este
asunto. Pero ahora, como para refrescar la memoria, mencionamos solo de pasada
la resurrección de Lázaro cuatro días después de muerto (Jn
11,39-44). También de pasada, por la escasez de tiempo, el hijo
resucitado de la viuda (Lc
7,11-16). Y, sin insistir, recuérdese igualmente a la hija del jefe de
la sinagoga (Mt
9,25). Recuérdese también que las losas se abrieron y muchos cuerpos de
santos que habían muerto resucitaron (Mt
27,51-53) al abrirse los sepulcros (12). Pero tráigase a la memoria, en
primer lugar, que Cristo resucitó de entre los muertos. He pasado por alto a
Elías y al hijo de la viuda que él resucito (1R
17,19ss), y a Eliseo, que en varias ocasiones hizo milagros semejantes (2R
4,8 ss.), tanto vivo como después de muerto. Estando en vida, obró la
resurrección por su propio Espíritu, de modo que no solo se honrase a las almas
de los justos, sino que se tuviese fe en que en los cuerpos de los justos existe
una fuerza profunda. Con ocasión de que colocaron un cadáver en la tumba de
Eliseo, el muerto, al contacto con el cuerpo muerto del profeta, cobró vida (2R
13,21). El cuerpo muerto del profeta hizo lo que parecía propio de su
alma y lo que yacía muerto dió vida a un muerto: lo que estaba otorgando la
vida, eso mismo permaneció, igualmente que antes, entre los muertos. ¿Por qué
razón?: para que, en caso de que Eliseo hubiese resucitado, el hecho no se le
atribuyese solo a su alma y para mostrar que, incluso estando el alma ausente,
existía cierta fuerza y poder en el cuerpo de los santos por el alma justa que
tantos años había habitado en él y de él se había servido (13). Y no neguemos
nuestra fe a este hecho como si no hubiese existido, pues si los pañuelos y los
mandiles, que son algo exterior a la persona, aplicados a los cuerpos de los
enfermos, daban fuerzas a los débiles (Ac
19,12), ¿cuánto más no resucitaría a un muerto el cuerpo del profeta?
Resurrecciones en el NT. Resurrección al final de los tiempos
17. Sobre esto habría que decir otras muchas cosas si estudiásemos lo asombroso
de estos hechos según cada uno de sus detalles, pero estáis soportando el
esfuerzo del ayuno de la preparación de la Pascua y de la Vigilia (13). Por
tanto, solo se dirán algunas cosas por encima, pues, arrojando unas pocas
semillas y recibiéndolas vosotros como buena tierra que sois, reportaréis fruto
ampliándolo por vuestra cuenta. Hágase memoria de que también los Apóstoles
resucitaron muertos: Pedro, en Joppe, a Tabita (Ac
9,36-42); Pablo, en Troade, a Eutico (Ac
20,7-12), y también los demás Apóstoles, aunque no está consignado por
escrito lo que cada uno de ellos hizo prodigiosamente. Acordaos de todo lo que
se ha dicho en la Primera epístola a los Corintios y que Pablo escribió contra
los que decían: "¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo vuelven a la
vida?" (Ac
15,35). Y de lo que dice: "Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo
resucito" (Ac
15,16). Y de que llama necios (Ac
15,36) a los que no lo creen y de todo lo que en ese lugar (14) se
expone acerca de la resurrección de los muertos y de lo que escribió de ese
tenor a los tesalonicenses: "Hermanos, no queremos que estéis en la ignorancia
respecto de los muertos, para que nos os entristezcáis como los demás, que no
tienen esperanza" (1Th
4,13), y todo lo que sigue pero, sobre todo, aquello de "los que
murieron en Cristo resucitarán en primer lugar" (1Th
4,16).
La grandeza final del estado de resucitados
18. Observad principalmente lo que Pablo dice como señalando con el dedo: "Es
necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad; y que este
ser mortal se revista de inmortalidad" (1Co
15,53) (15). Pues este mismo cuerpo resucitara, no como es, débil, sino
perdurable, aunque será el mismo cuerpo. Pero se transformara revestido de
incorruptibilidad: como el hierro introducido en el fuego se convierte en fuego
o, más bien, como es conocido por quien lo mueve, Dios. Por consiguiente,
resucitara este mismo cuerpo, pero no se quedará como ahora, sino que perdurara
eternamente. Ya no necesitara para vivir de los alimentos de que nosotros nos
servimos, ni de escaleras para subir, pues se hará "Espiritual" (1Co
15,44) (16), algo admirable y cuya dignidad no somos capaces de explicar
suficientemente. "Entonces los justos, dice, brillaran como el sol y la luna y
como el fulgor del firmamento" (Da
12,3 y
Mt 13,43).
Dios, que conoce previamente la dificultad de los hombres para creer, ya había
concedido a pequeñísimos gusanos que en verano despidiesen de su cuerpo rayos
luminosos, de manera que por lo que se ve se creyese en lo que se espera. Y
desde luego, el que concedió una parte, también podía otorgar el todo. Y el que
hizo que un gusano resplandeciese de luz, mucho más hará que resplandezca el
hombre justo.
También el cuerpo participará de la gloria o del castigo
Resucitaremos, pues, teniendo todos cuerpos eternos, pero no todos semejantes:
si alguien es justo, recibirá un cuerpo celeste para que pueda tratar libremente
con los ángeles; pero si alguien es pecador, recibirá un cuerpo eterno capaz de
sufrir el castigo de sus pecados de modo que, ardiendo en el fuego eterno, nunca
se consuma. Y ambas cosas están bien hechas por Dios. Pues nada hacemos nosotros
sin el cuerpo. Blasfemamos por la boca, y por la boca rezamos; fornicamos
mediante el cuerpo, y también mediante el cuerpo guardamos la pureza; robamos
con la mano, y con la mano damos limosna. E igualmente todo lo demás. Si el
cuerpo ha servido para todo, también ha de ser partícipe de la suerte que nos ha
de corresponder en el futuro.
Usar rectamente el cuerpo
20. Mortifiquemos, por tanto, hermanos, los cuerpos y no abusemos de ellos como
si fuesen de otros. Ni digamos, de acuerdo con los herejes, que este vestido del
cuerpo es ajeno, sino respetémoslo como propio, pues deberemos dar cuentas a
Dios de todas las cosas que hagamos con el cuerpo. No digas: "Nadie me ve" (Si
23,26) ni pienses que no hay testigo alguno de lo que haces. En efecto,
la mayor parte de las veces no hay ningún hombre que lo atestigüe. Pero hay un
testigo que nos formo y que no yerra, y permanece fiel en el cielo (Ps
89,38) viendo lo que se hace. También permanecen en el cuerpo las
manchas de los pecados. Y así como, cuando ha habido una llaga en el cuerpo,
queda una cicatriz aunque se haya aplicado alguna medicina, del mismo modo el
pecado deja señal en el alma y en el cuerpo y las huellas de las cicatrices
permanecen en ambos. Solo quedan suprimidas por los que reciben el lavatorio
(17). Por el bautismo sana Dios, además, las heridas del alma y del cuerpo, pero
protejámonos a nosotros mismos de un modo general contra lo que nos sobrevenga
en el futuro y guardemos limpio este vestido del cuerpo y no perdamos la
salvación del cielo por la más mínima fornicación y lascivia o por cualquier
otro pecado. Acerquémonos en cambio a la herencia del reino eterno de Dios, del
cual ese Dios os haga a todos dignos por su gracia.
Quede bien grabada la resurrección de los muertos
21. Sea suficiente lo dicho para demostrar la resurrección de los muertos. Y la
profesión de fe, que otra vez os hemos repetido, hacedla vosotros con toda
diligencia y con las mismas palabras, de modo que se os grabe en la memoria
(18).
Hablaremos de la Iglesia, una, santa y católica
22. La Profesión de fe también contiene esto: "Y en un bautismo de conversión
para el perdón de los pecados. Y en la Iglesia, una, santa y católica. Y en la
resurrección de la carne. Y en la vida eterna" Acerca del bautismo y la
penitencia ya hablamos en anteriores catequesis. Lo que ahora acabamos de decir
sobre la resurrección de los muertos es por aquello de "y en la resurrección de
la carne". Hablaremos, pues, de lo que nos queda, sobre lo de "Y en la Iglesia,
una, santa y católica", en lo cual, aunque se pueden decir muchas cosas, seremos
breves.
La Iglesia es católica, Universal, en todo
23. Se le llama "católica" porque esta difundida por todo el orbe desde unos
confines a otros de la tierra y puesto que enseña de modo completo, y sin que
falte nada, todos los dogmas que los hombres deben conocer sobre las cosas
visibles e invisibles, celestiales y terrenas. Y también porque ha sometido al
culto recto a toda clase de hombres, príncipes y hombres comunes, doctos e
inexpertos. Y finalmente porque sana y cura toda clase de pecados que se cometen
con el alma y el cuerpo. Ella (la Iglesia) posee todo género de virtud,
cualquiera que sea su nombre, en hechos y en palabras y en dones espirituales de
cualquier especie.
"Iglesia" es "asamblea"
24. "Iglesia" es una denominación muy adecuada porque convoca a todos y los
reúne conjuntamente (19), como dice el Señor en el Levítico: "Congrega a toda la
comunidad a la entrada de la Tienda del Encuentro" (Lv
8,3). Es digno de notarse que esta palabra "ekklesiason" (20) se emplea
en las Escrituras por primera vez en este lugar, cuando el Señor concede a Aarón
el sumo sacerdocio. Y en el Deuteronomio dice Dios a Moisés: "Reúne al pueblo
para que yo les haga oír mis palabras a fin de que aprendan a temerme" (Dt
9,10). Y cuando habla de las tablas (21): "... en las que estaban todas
las palabras que Yahvé os había dicho de en medio del fuego, en la montaña, el
día de la Asamblea" (Dt
9,10), como si así lo dijese con más claridad. En el día en que,
llamados por Dios, fuisteis congregados. También el Salmista dice: "Te daré
gracias en la gran asamblea, te alabaré entre un pueblo copioso" (Ps
35,18).
La verdadera Iglesia-asamblea ha pasado a ser la de los gentiles
25. Ya antes había cantado el salmista: "En las asambleas (22) bendecid a Dios,
al Señor desde las fuentes de Israel (Ps
68,27 LXX). Pero, si tenía que ser así, por causa de las insidias
tramadas contra el Salvador quedaron los judíos privados de la gracia y Dios
edifico una segunda Iglesia, formada partiendo de los gentiles, nuestra santa
Iglesia de los cristianos, acerca de la cual dijo a Pedro: "Y sobre esta piedra
edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella" (Mt
16,8). De ambas Iglesias decía David en abierta profecía: de la primera,
que fue rechazada ("Odio la asamblea de malhechores",
Ps 26,5).
De la segunda dice, en el mismo salmo, que fue construida: "Amo, Yahvé, la
belleza de tu casa" (Ps
26,8) y, un poco después, en el mismo salmo: "A ti, Yahvé, bendeciré en
las asambleas" (Ps
26,12). Fue rechazada, pues, la que estaba en la tierra de los judíos.
Pero por todo el mundo se multiplican las Iglesias de Cristo, de las cuales está
escrito en los Salmos: "¡Cantad a Yahvé un cantar nuevo: su alabanza en la
asamblea de sus amigos!" (Ps
149,1). De acuerdo con lo cual dijo el profeta a los judíos: "No tengo
ninguna complacencia en vosotros, dice Yahvé Sebaot" (Ml
1,10). E inmediatamente añade: "Pues desde el sol levante hasta el
poniente, grande es mi nombre entre las naciones" (Ml
1,11). Y de esta misma santa Iglesia católica escribe Pablo a Timoteo:
"... para que sepas como hay que portarse en la casa de Dios vivo, columna y
fundamento de la verdad" (1Tm
3,15).
Distinguir duramente la Iglesia católica
26. Pero el nombre de "Iglesia" se acomoda a realidades diversas, de modo que
también de la multitud que se encontraba en el teatro de los efesios está
escrito: "Dicho esto, disolvió la asamblea" (Ac
19,40). También alguien dijo intencionadamente que la "asamblea de
malhechores" (Ps
26,5) es el conjunto de los herejes: me refiero a los marcionitas,
maniqueos y a los restantes. Por tanto, la fe te muestra muy cautamente que esto
es lo que has de sostener: "Y en la Iglesia, una santa, católica", para que,
huyendo de esos grupos abominables, te adhieras siempre a la santa Iglesia
católica, en la cual volviste a nacer. Y si alguna vez viajas por ciudades
diversas, no preguntes simplemente dónde está el "Kyriakon" (23), pues también
las restantes sectas y herejías de los impíos se esfuerzan en hacer presentables
sus madrigueras con el nombre de "Kyriakon", ni simplemente dónde está la
iglesia, sino dónde hay una iglesia católica, pues éste es el nombre propio de
esta santa Iglesia, madre de todos nosotros. Ella es ciertamente la esposa de
nuestro Señor Jesucristo, Hijo Unigénito de Dios (pues está escrito: "como
Cristo amo a la Iglesia y se entrego a sí mismo por ella", etc.,
Ep 5,25ss)
y ofrece una imagen y una imitación de "la Jerusalén de arriba", que "es libre;
ésa es nuestra madre" (Ga
4,26). Habiendo sido ella anteriormente estéril, ahora es madre de una
numerosa prole (Ga
4,27 e
Is 54,1).
Extendida sin fronteras por la paciencia de los mártires
27. Repudiada la primera (24), en la segunda, es decir, en la Iglesia católica,
como dice Pablo, los puso Dios a algunos como Apóstoles; en segundo lugar como
profetas; en tercer lugar como maestros; luego los milagros; luego el don de las
curaciones, de asistencia, de gobierno, diversidad de lenguas" (1Co
12,28) y toda clase de cualquier virtud. Me refiero a la sabiduría y a
la inteligencia, la templanza y la justicia, la misericordia y la humanidad, y
la paciencia invencible en las persecuciones. Fue ésta, "mediante las armas de
la justicia, las de la derecha y las de la izquierda, en gloria e ignominia" (2Co
6,7-8), la que redimió, en primer lugar, a los santos mártires en sus
persecuciones y angustias con coronas diversas, unidas entre sí por las
numerosas flores del sufrimiento. Ahora, en tiempos de paz, ese sufrimiento
recibe, por gracia de Dios y de mano de reyes y hombres conspicuos por la
grandeza de su dignidad, los honores que le deben incluso los hombres de
cualquier linaje y apariencia. Y mientras tiene fronteras determinadas el poder
de los soberanos de pueblos distribuidos por lugares diversos, solo la santa
Iglesia católica posee una potestad sin fronteras en todo el mundo. Pues, como
está escrito, Dios puso en su término la paz (Ps
147,14). Pero si sobre este asunto quisiera decirlo todo, necesitaría un
discurso de muchas horas.
"Y en la vida eterna"
28. Instruidos en esta santa Iglesia católica por preceptos y costumbres
preclaras, poseeremos el Reino de los cielos y obtendremos en herencia vida
eterna. Por lo cual soportamos todas las cosas para que el Señor nos la conceda.
Pues la meta que nos hemos fijado no consiste en cosas limitadas, sino en la
consecución de la vida eterna, y ésta es nuestra lucha. Por eso se nos enseña en
la confesión de fe que, después de en la resurrección de la carne, es decir, de
los muertos, creamos también en la vida eterna, por la cual los cristianos
estamos luchando.
29. Así pues, el Padre es real y verdaderamente vida, y por el Hijo derrama a
todos, como de una fuente, y en el Espíritu Santo, los dones celestiales. Por su
benignidad nos han sido prometidos también a los hombres de modo veraz los dones
de la vida eterna. Y a esto no se le puede negar, como si fuese cosa imposible,
la fe: debemos creer, no mirando a nuestra debilidad, sino en atención a su
poder: "Para Dios todo es posible" (Mt
19,26). Que ello es posible y que esperamos la vida eterna lo dice
Daniel: "Los que enseñaron a la multitud la justicia (brillaran) como las
estrellas, por toda la eternidad" (Da
12,3). Y Pablo dice: "Y así estaremos siempre con el Señor" (1Th
4,17). Este "estar siempre con el Señor" designa a la vida eterna. Muy
claramente lo dice también el Salvador en los evangelios: "E irán éstos a un
castigo eterno, y los justos a una vida eterna" (Mt
25,46).
Conseguir la vida eterna obrando el bien
30. Son muchas las pruebas que pueden darse acerca de la vida eterna. Y a
quienes deseamos obtenerla, la Sagrada Escritura nos señala los modos de
adquirirla. De ellos aduciremos ahora unos testimonios, pocos a causa de lo ya
prolijo de mis palabras, dejando a los estudiosos el resto de lo que se pueda
investigar. Pues algunas veces dicen que se obtiene por la fe, pues está
escrito: "El que cree en el Hijo tiene vida eterna" (Jn
3,36). Y este mismo dice: "En verdad, en verdad os digo: el que escucha
mi Palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna" (Jn
5,24), además de lo que sigue. Pero otras veces dicen que se obtiene por
la predicación del Evangelio, pues dice: "El segador recibe el salario, y recoge
fruto para vida eterna, de modo que el sembrador se alegra igual que el segador"
(Jn 4,36).
También a veces se dice que por el martirio y la confesión de Cristo. Dice, en
efecto: "El que odia su vida en este mundo la guardará para la vida eterna" (Jn
12,25). E igualmente poniendo a Cristo antes que el dinero y el
parentesco de cualquier clase: "Todo el que haya dejado casas, hermanos,
hermanas... heredará vida eterna" (Mt
19,29). Y por la observancia de los mandamientos: "No mataras, no
cometerás adulterio,..." (Mt
19,18), como respondió a aquel hombre que se acerco y dijo: "Maestro,
¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?" (Mt
19,16). Pero, además, apartándose de las malas obras y dedicándose al
servicio de Dios, pues dice Pablo: "Al presente, libres del pecado y esclavos de
Dios, fructificáis para la santidad; y el fin, la vida eterna" (Rm
6,22).
31. Hay otras formas de conseguir la vida eterna, pero las he pasado por alto
para no ser tan abundoso. Puesto que Dios ama a los hombres tan intensamente, no
ha abierto una sino múltiples puertas a la entrada a la vida eterna para que
todos, en cuanto esté de su parte, disfruten de ella sin impedimento alguno.
Entretanto hemos dicho brevemente estas cosas acerca de la vida eterna. Son lo
que en último término hay que enseñar acerca de la fe y son su final. Ojala la
consigamos por gracia de Dios todos nosotros, los que os instruimos y los que
escucháis.
Habrá una preparación de las ceremonias de la Pascua
32. Por lo demás, amados hermanos, hablar de estos mandatos os exhorta a todos
vosotros a disponer el alma para la recepción de los dones celestiales. Acerca
de la fe santa y apostólica os hemos hablado, cuanto nos ha sido permitido y por
la gracia de Dios, en estos pasados días de Cuaresma. No es que solo se hayan
podido decir estas cosas, pues hemos pasado por alto otras muchas que tal vez
por mejores maestros serian pensadas de modo más sublime. Pero puesto que ya
está ahí el día de Pascua, en que vuestra caridad será iluminada en Cristo por
el lavado de la regeneración, seréis instruidos, si Dios quiere, en las cosas
que conviene (26): con cuanta piedad y en qué orden conviene entrar una vez que
os llamen, por qué razón se celebra cada uno de los santos misterios del
bautismo y con cuanta reverencia y orden se debe ir desde (el lugar del)
bautismo hasta el altar santo de Dios para gozar de los misterios espirituales y
celestiales que allí se distribuyen (27)28, de modo que, por la iluminación
previa de vuestra alma por esta palabra de doctrina, conozcáis por cada uno de
esos detalles la grandeza de los dones que Dios os ha concedido.
Habrá catequesis mistagógicas en la semana de Pascua
33. Pero después del día santo y saludable de Pascua, comenzando desde el
segundo día después del sábado (28), entraréis, inmediatamente después de la
asamblea litúrgica, en el lugar santo de la resurrección para oír, si Dios
quiere, otras catequesis (29), en las que seréis instruidos también en las
razones y en las causas de cada una de las cosas llevadas a cabo. Recibiréis
también las razones tanto desde el Antiguo como desde el Nuevo Testamento: en
primer lugar, acerca de lo que se ha dicho inmediatamente antes del bautismo,
pero, además, como habéis sido purificados de los pecados por el Señor mediante
el lavatorio de agua con la palabra (30) y de qué modo, corno los sacerdotes,
habéis sido hechos participes del nombre de "Cristo" (31). O también como se os
ha dado la señal de la comunicación del Espíritu Santo (32). Y también acerca de
los misterios de la nueva Alianza, que tomaron aquí (33) su inicio: qué es lo
que la Sagrada Escritura nos ha transmitido acerca de ellos y en qué consisten
su fuerza y su poder (34). Y de qué modo hay que acercarse a ellos y cuando y
como se han de celebrar. Y como última cosa de todas, por qué debéis en el
tiempo posterior vivir y manteneros, tanto en palabras como en obras, de un modo
digno de la gracia recibida, para que todos vosotros podáis gozar de la vida
eterna (35). Y estas cosas, si es voluntad de Dios, os las explicaremos
nosotros.
La alegría de la Iglesia porque va a crecer el número de sus hijos
34. "Por lo demás, hermanos míos, alegraos en el Señor; os lo repito, estad
alegres" (cf.
Ph 3,1 Ph 4,4),
pues "se acerca vuestra liberación" (Lc
21,28) y el celeste ejército de los ángeles espera vuestra salvación. Y
ya se oye "la voz del que clama en el desierto: "Preparad el camino del Señor" (Mt
3,3). Pero el profeta clama: "Sedientos, venid al agua" (Is
55,1), e inmediatamente, en lo que sigue: "Hacedme caso y comed cosa
buena, y disfrutaréis con algo sustancioso" (Is
55,2). Y no mucho después oiréis aquel extraordinario pasaje:
"Resplandece, resplandece, Jerusalén, que ha llegado tu luz" (Is
60,1 LXX). De esta Jerusalén dijo el profeta: "Tras de lo cual se te
llamara Ciudad de Justicia, metrópoli fiel de Sion" (Is
1,26LXX) a causa de la Ley que partió de Sion y de la palabra del Señor
que se origino de Jerusalén (cf.
Is 2,3).
Desde aquí rego como lluvia el orbe entero. A ella también le dice el profeta
acerca de vosotros: "Alza en torno los ojos y mira: todos ellos se han reunido y
han venido a ti" (Is
49,18). Y ella responde diciendo: "¿Quiénes son estos que como nube
vuelan, como palomas a sus palomares?" (Is
40,8): nubes por lo Espiritual y palomas por la sencillez. Y a su vez:
"¿Quién oyó tal? ¿Quién vio cosa semejante? ¿Es dado a luz un país en un solo
día? ¿O nace un pueblo todo de una vez? Pues bien: Tuvo dolores y dio a luz Sion
a sus hijos" (Is
66,8). Todas las cosas serán llenas de un gozo inefable por el Señor,
que dice: "Convertiré a Jerusalén en exultación y a mi pueblo en alegría".
De Dios os dé alegría, os bendiga y os ayude
35. Sea permitido decir también de vosotros ahora: "¡Aclamad, cielos, y exulta,
tierra!..., pues Yahvé ha consolado a su pueblo y de sus pobres se ha
compadecido" (Is
49,13). Es por la bondad de Dios, que os dice: "He disipado como una
nube tus rebeldías, como un nublado tus pecados" (Is
44,22). Y vosotros, honrados con el nombre de fieles y de quienes está
dicho: "a los que me sirven se les impondrá un nombre nuevo, que será bendecido
sobre la tierra" (Is
65,15-16), diréis con alegría: "Bendito sea el Dios y Padre de nuestro
Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones
espirituales, en los cielos, en Cristo... En él tenemos por medio de su sangre
la redención, el perdón de los delitos, según las riquezas de su gracia que ha
prodigado sobre nosotros" (Ep
1,3), etc. Y también: "Pero Dios, rico en misericordia, por el grande
amor con que nos amo, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivifico
juntamente con Cristo..." (Ep
2,4-5). Y del mismo modo alabad de nuevo al Señor, autor de los bienes,
diciendo: "Cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor a
los hombres, él nos salvo, no por obras de justicia que hubiésemos hecho
nosotros, sino según su misericordia, por medio del baño de regeneración y de
renovación del Espíritu Santo, que derramo sobre nosotros con largueza por medio
de Jesucristo nuestro Salvador, para que, justificados por su gracia, fuésemos
constituidos, en esperanza, herederos de vida eterna" (Tt
3,4-7). "El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os
conceda Espíritu de sabiduría y de revelación para conocerle perfectamente,
iluminando los ojos de nuestro corazón" (Ep
1,17-18) y os guarde en todo tiempo en buenas obras, palabras y
pensamientos. A él sean la gloria, el honor y el poder por medio de nuestro
Señor Jesucristo, con el Espíritu Santo, ahora y siempre y por los infinitos
siglos de los siglos. Amén.
Notas
(1) Se trata de la última de las catequesis antes del bautismo. Al final se
prometen las catequesis mistagógicas. El orden resurrección-Iglesia católica es
inverso a como ambas realidades se encuentran en el Símbolo. Pero no parece que
el asunto tenga mayor importancia (cf. PG 33,1-13 1,14). Vid. más abajo la nota
3.
(2) Se refiere a que carece de un estimulo para obrar el bien.
(3) Cf. Mt
3,122: "En su mano tiene el bieldo y va a limpiar su era: recogerá su
trigo en el granero, pero la paja la quemara con fuego que no se apaga". La
expresión de Cirilo tiene, en cuanto a los términos empleados, cierto parecido
con esta de Mt, pero el evangelista más bien se refiere a la acción de Jesús, en
su primera venida, con respecto a los hombres. En general, es bueno tener
presente, con respecto a los presentes párrafos, que, en un primer momento, más
que aportar el testimonio bíblico de la resurrección, la catequesis pretende
oponerse a la actitud en contra de griegos y samaritanos defendiendo su
posibilidad. Es sobre todo entre los párrafos 14 y 21 cuando se ofrecerá una
visión más específicamente bíblica de esta esperanza fundamental del cristiano.
(4) También aquí los términos son semejantes a la comparación que Jesús
establece con el grano de trigo en
Jn 12,24.
(5) CLEMENTE ROMANO, Epístola I a los Corintios, cap. 25 Madrid 1950 (BAC 65),
pp. 249-250.
(6) La ciudad se refiere a la antigua Heliópolis. Pero, por supuesto, aunque se
haga la cita de autoridad de Clemente, todo lo referente al ave Fénix, que ardía
y más tarde resurgía de sus propias cenizas, es algo puramente mitológico. En
ocasiones, el ave Fénix fue utilizada por los antiguos cristianos como símbolo
-pero solo símbolo- de la resurrección.
(7) También en esta ocasión, entre paréntesis y como en nota, añade Cirilo: "No
dejes de dar crédito a este asunto, pues sabes igualmente que también la prole
de las abejas se forma a partir de unos gusanos y has visto que de los huevos
muy blandos de las aves salen las plumas, los huesos y los nervios".
(8) Intenta la catequesis establecer un paralelismo entre las fases de la luna y
la resurrección. Más que de argumentaciones habría que hablar aquí de ejemplos
que facilitan la aceptación de la idea de resurrección. Al final del párrafo,
señala Cirilo que lo que intenta, frente a los griegos, es no tomar argumentos
sacados de la Escritura, sino que puedan ser comprendidos desde la razón. A
partir del párrafo 11 al dirigirse a los Samaritanos, utilizara pasajes del
Pentateuco, lo que ellos admiten de la Escritura. Los samaritanos posteriores
admitieron también el libro de Josué.
(9) El argumento de que los patriarcas están vivos es empleado por el mismo
Jesús en favor de la resurrección: "Y en cuanto a la resurrección de los
muertos, ¿no habéis leído aquellas palabras de Dios cuando os dice: `'Yo soy el
Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob?" No es un Dios de muertos,
sino de vivos" (Mt
22,31-32). La afirmación de que los padres en la fe están vivos es al
menos un marco de referencia desde el cual se puede entender la afirmación
cristiana de la resurrección de los muertos.
(10) "Se levantaran". El texto griego de los LXX, el empleado por Cirilo, admite
también la traducción "resucitaran" (anastésontai) aunque más bien debería
traducirse por "se alzarán" o "se mantendrán en pie".
(11) Mas explicito todavía -es uno de los textos del AT que clásicamente se
aducen sobre la resurrección o, al menos, sobre la vida más allá de la muerte-
es el texto hebreo de estos mismos versículos: "Yo sé que mi Defensor está vivo
y que él, el último, se levantara sobre el polvo. Tras mi despertar me alzara
junto a él, y con mi propia carne veré a Dios". Y continua el v. 27: "Yo, sí, yo
mismo le veré, mis ojos le miraran, no ningún otro".
(12) Todos los casos de resurrección mencionados son cualitativamente distintos
de la resurrección de Jesús, puesto que "Cristo, una vez resucitado de entre los
muertos, ya no muere más... la muerte no tiene ya señorío sobre él" (Rm
6,9) y, por tanto, son también distintos de la resurrección de todos los
hombres al fin de los tiempos. Pero son muy útiles para hacer ver la capacidad
de Dios para resucitar a los muertos.
(13) Conviene recordar, de todos modos que cuando un santo realiza un milagro o
éste se obtiene por su intercesión, no es en realidad el santo el que hace el
milagro, sino el poder de Dios que de él se sirve como simple instrumento.
(14) Se alude al ayuno, con frecuencia de varios días, de los días de Semana
Santa y de preparación de la Vigilia Pascual.
(15) 1Co 15
es el pasaje más amplio en toda la Biblia sobre la resurrección de los muertos.
(16)1Co
15,42-47: "Así también en la resurrección de los muertos: se siembra
corrupción, resucita incorrupción; 43 se siembra vileza, resucita gloria, se
siembra debilidad, resucita fortaleza; 44 se siembra un cuerpo natural, resucita
un cuerpo Espiritual. Pues si hay un cuerpo natural, hay también un cuerpo
Espiritual. 45. En efecto, así es como dice la Escritura: Fue hecho el primer
hombre, Adán, alma viviente (Gn
2,7); el último Adán, Espíritu que da vida. 46. Mas no es lo Espiritual
lo que primero aparece, sino lo natural; luego, lo Espiritual. 47. El primer
hombre, salido de la tierra, es terreno, el segundo viene del cielo...".
CUERPO-ESPA/QUE-ES: El pasaje hace ver, en primer lugar, lo que se señaló en la
nota 12 de que la resurrección final de los muertos es algo muy diferente de las
resurrecciones operadas por Jesús en los evangelios o de los milagros de
resurrección que se realizan en algunos pasajes del libro de los Hechos. En
todos estos casos se trata de un restablecimiento del tipo de vida que los
hombres llevaban. Según los versículos citados de
1Co 15,
se habrá restablecido la vida, en dichos milagros, pero en "corrupción"
(corruptibilidad), "vileza", "debilidad" y "cuerpo natural", mientras que la
resurrección prometida al final de la historia es una resurrección prometida en
incorrupción", "gloria", "fortaleza", "cuerpo Espiritual".
(17) El lavatorio o lavado de la purificación, el bautismo. Cf. catequesis 1,19
y 20.
(18) Parece exhortar a una constante profesión de fe mediante la recitación
repetida del Símbolo.
(19) "Ekklesia", de "ek-kalein", llamar de o convocar, significa asamblea
convocada o incluso convocatoria (desde el punto de vista semántico).
(20) Un adjetivo derivado de ekklesia, empleado aquí por Cirilo, que lo toma de
Lv 8,3
LXX para designar la comunidad o la asamblea.
(21) Las tablas de la Ley.
(22) Cirilo dice "en la Iglesia", adaptándolo al tema que en estos momentos
desarrolla.
(23) Expresión griega, derivada de Kyrios, Señor, para denominar un edificio
eclesiástico 0 algún conjunto de ellos.
(24) La imagen del "repudio" está tomada de la orden que Abraham recibe de Dios
para abandonar a su esclava Agar. En Agar y en la verdadera esposa de Abraham,
Sara, ve Pablo, en Gal 4,21-31, la imagen de las alianzas, históricamente
sucesivas, con Israel y la Iglesia. A todo esto se está refiriendo la catequesis
de Cirilo con la finalidad de que los oyentes distingan las características
("notas") de la Iglesia: una, santa, católica, apostólica.
(26) Se refiere a las normas practicas sobre cómo actuar en la celebración de la
Pascua, que va a incluir bautismo, confirmación y eucaristía, y acerca de las
actitudes que deben adoptarse en dicha celebración.
(27) La distribución de la Eucaristía en la Comunión.
(28) Es decir, en nuestra distribución de la semana, el lunes de Pascua.
(29) Son las catequesis mistagógicas, aquí recogidas entre la XIX y la XXIII.
(30) Es tal vez cita de
Ep 5,26,
que conviene comenzar en el versículo anterior: "... como Cristo amo a la
Iglesia y se entrego a sí mismo por ella, para santificarla mediante el baño del
agua, en virtud de la palabra...". Tanto
Ep 5,26
como el texto de Cirilo al que todo esto hace referencia parecen ser mención de
que en el bautismo, como en todos los sacramentos, hay un doble elemento: la
acción realizada (en el bautismo, el lavado con agua) y las palabras empleadas
como formula bautismal ("Yo te bautizo..."). Pero quizá las palabras de Cirilo
hacen alusión a la doble realidad de que los sacramentos, en este caso el
bautismo, no son sin más realidades que deben administrarse sin un trabajo
previo de impartir la Palabra de la evangelización. De hecho, la Biblia de
Jerusalén comenta a
Ep 5,26:
"El bautismo exige, para su plenitud, el acompañamiento de la proclamación de la
Palabra, concretada en la evangelización del ministro y la profesión de fe del
bautizado...". En el caso del bautismo de niños, los padres y padrinos, que le
"prestan" al párvulo la fe en nombre de la Iglesia, deben recibir antes de modo
adecuado el Evangelio.
(31) Puesto que "Cristo", como tantas veces se ha señalado, significa "ungido".
(32) En la cat. XXI. Se trata de la Confirmación.
(33) En Jerusalén, porque aquí comenzó en la ultima Cena la celebración de la
Eucaristía.
(34) A la Eucaristía se dedicaran la cuarta y quinta catequesis mistagógicas.
(35) Parece prometerse aquí una sexta catequesis mistagógica que desde luego no
se encuentra entre las que nos han quedado de hecho. PG 33,1.955, nota 2, expone
la siguiente suposición: o bien no pudo pronunciarla Cirilo o, más probable
según el editor de las catequesis publicadas en PG las cinco catequesis
mistagógicas fueron pronunciadas de lunes a viernes, mientras que el sábado se
habría celebrado la Misa del domingo in albis, en la que los recién bautizados
dejaban ya sus vestiduras blancas. Sería más que probable que, por tratarse de
una homilía dominical, habría tenido que variarse el tema previsto. Abundantes
consejos morales se hallan, en todo caso, en la última de las catequesis
mistagógicas.
EL SENTIDO DE LOS RITOS BAUTISMALES REALIZADOS (I)
A los recién iluminados. La lectura se toma de la primera epístola de Pedro:
"Sed sobrios y velad" (1P
5,8), etc., hasta el fin de la carta.
Introducción
1. Ya hace tiempo que deseaba, hermanos e hijos queridísimos de la Iglesia,
tratar de estos misterios espirituales y celestiales. Pero, consciente de que la
fe es mayor por lo que se ve que por lo que se oye, he esperado a este momento
para, encontrándoos más preparados desde lo que ya habéis experimentado, poder
conduciros con más facilidad a este prado del paraíso lleno de luz y fragancia.
Ya habéis sido hechos capaces de estos misterios divinos una vez que habéis sido
considerados dignos del lavatorio divino vivificante. Por tanto, cuando se os ha
de servir la mesa en que habéis de recibir dones más perfectos, podéis estar
ciertos de que os instruiremos en todo esto con mayor cuidado para que conozcáis
la fuerza y la eficacia que se han operado en vosotros en la vigilia del
bautismo.
El paso del Mar Rojo como figura de la liberación cristiana
2. En primer lugar, entrasteis en el atrio que esta antes del baptisterio y
escuchasteis vueltos de pie hacia Occidente. Se os ordeno extender la mano y
renunciasteis a Satanás como si estuviese presente. Debéis saber que la figura
de este asunto ya está contenida en la historia antigua: cuando Faraón, durísimo
y cruel tirano, oprimía al libre y generoso pueblo de los hebreos, Dios delego
en Moisés para que los sacase de la cruel servidumbre de los egipcios. Y se
untaban las jambas de la puerta con la sangre del cordero para que el
exterminador pasase por alto las casas marcadas por la señal. De modo totalmente
milagroso, el pueblo hebreo fue así proclamado libre. Y cuando el enemigo
persiguió a los liberados, uniéndose los dos brazos del mar sobre él, según lo
que se cuenta en aquel relato asombroso, rápidamente se hundió su poderío en las
aguas del Mar Rojo (1).
El diablo ha sido vencido como lo fue el Faraón
3. Pero debo pasar de lo viejo a lo nuevo, de la figura a la verdadera realidad.
En aquel entonces Moisés es enviado por Dios a Egipto, mientras que ahora es
Cristo enviado al mundo. Aquel, para sacar de Egipto al pueblo oprimido; Cristo,
para liberar a los que están oprimidos en el mundo bajo el peso del pecado.
Entonces fue la sangre del cordero la que alejo al exterminador, pero ahora lo
ha sido la sangre de Jesucristo, el cordero inmaculado. Ha sido esta sangre la
que ha expulsado a los demonios. Aquel tirano persiguió a aquel pueblo hasta el
mar. También a ti, con la misma audacia, te perseguía sin pudor el príncipe de
los demonios hasta las fuentes de la salvación. Aquel quedo sumergido en el mar,
y éste desaparece en el agua saludable.
La renuncia a Satanás en el rito bautismal
4. Pero oíste que se te mandaba que extendieses la mano como hacia alguien que
estuviese presente y dijeras: Renuncio a ti, Satanás. Y quiero explicar por qué
estuvisteis vueltos hacia Occidente, pues es necesario que lo haga. La razón es
que el Occidente es el lugar hacia donde se perciben las tinieblas: su poder
está en las tinieblas, siendo él mismo la oscuridad. Por eso, para mantener la
razón de lo que se dice en el Símbolo, mirando hacia el oeste, renunciáis al
príncipe de las tinieblas y de las sombras. ¿Qué es lo que dijo cada uno de
vosotros mientras estaba de pie?: "Renuncio a ti, Satanás, a ti que eres tirano
maligno y muy cruel. Ya no temo -dijiste- tu fuerza: Cristo la deshace
haciéndome participe de su sangre y de su carne para, por ellas, destruir la
muerte con su muerte para que no esté sometido eternamente a esclavitud" (2).
"Renuncio a ti, serpiente astuta y sutilísima. Renuncio a ti que eres el traidor
y que, simulando amistad, pergeñaste toda iniquidad proponiendo la caída a
nuestros primeros padres. Renuncio a ti, Satanás, autor e instrumento de toda
maldad".
Renuncia a las obras de Satanás
5. Después, en la segunda fórmula, se te enseña a proclamar:...y a todas tus
obras. Se refiere a las obras de Satanás, a todo lo que es pecado y a lo que es
necesario renunciar del mismo modo que, si alguien escapa del tirano, también
rechaza completamente sus armas. Pues toda clase de pecado se cuenta entre las
obras del diablo. Debes saber, sin embargo, que lo que dices, especialmente en
la hora del temor, está consignado por escrito en los libros de Dios. Y si
alguna vez admites alguna cosa contraria a ellos, serás juzgado como quien ha
roto la alianza. Renuncias, por tanto, a las obras de Satanás, es decir, a todas
las acciones y pensamientos que se apartan de la razón.
Y a todas sus pompas. Especialmente se mencionan los espectáculos
6. Después dices:...y a toda su pompa. Son pompa del diablo las locuras de los
teatros, las carreras de caballos en los hipódromos, la caza en el circo y otras
vanidades por el estilo, de las que el santo, pidiendo ser liberado, exclama a
Dios: "Aparta mis ojos de mirar vanidades" (Ps
118,119) (3). Que estas vanidades no te llenen de preocupaciones en tu
corazón cuando observes la petulancia de los comediantes, llena de chismorreos e
indecencia, o cuando ves bailes llenos del furor y demencia de hombres
afeminados, ni tampoco lo que se ve por parte de quienes, en las cacerías
circenses, se exponen a las fieras acariciando su desgraciado vientre, pues se
convierten ellos mismos en alimento de fieras inmisericordes. Para decirlo más
exactamente, por el vientre, al que reconocieron como único Dios (cf.
Ph 3,19),
arrojan su vida a un precipicio con tales certámenes fuera de lo común. Apártate
también de las carreras de caballos, absolutamente demenciales y que son
espectáculo para Espíritus indolentes. Todo esto son pompas del diablo.
Lo sacrificado a los ídolos
7. Como pompa del diablo debe contarse también lo que suele utilizarse en las
fiestas de los ídolos, las carnes, los panes y otras cosas tales que se han
contaminado por la invocación de los demonios impuros. Pues el pan y el vino de
la Eucaristía eran simple pan y vino antes de la invocación de la santa y
adorable Trinidad, pero, una vez hecha la invocación, se convierten el pan en el
cuerpo y el vino en la sangre de Cristo; de igual modo tales alimentos,
pertenecientes a la pompa de Satanás, siendo por naturaleza simples y comunes,
por la invocación de los demonios quedan profanados y contaminados (4).
No dar culto a Satanás
8. Después dices:... y a todo tu culto. Culto al diablo son las suplicas en los
templos de los ídolos, las cuales se hacen en honor de imágenes inanimadas:
encender lámparas y ofrecer perfumes a las fuentes o a los ríos; así como
algunos, equivocados por sus sueños o engañados por los demonios, se acercaron
hasta aquellas aguas, creyendo que encontrarían medicina para sus enfermedades
corporales. Y así otras cosas semejantes. No te mezcles con tales cosas. Los
augurios, la adivinación, los presagios, los amuletos, las inscripciones en
placas, las artes de la magia y otras parecidas y cualquier cosa semejante a
ellas, todo es culto del diablo. Huye, por tanto, de todo ello. Pues si sucumbes
a estas cosas tras la renuncia a Satanás y después de haberte agregado a Cristo,
experimentaras un tirano más cruel. Este trataba contigo familiarmente en otro
tiempo y te reducía a dura esclavitud. Ahora la habrás tu aumentado más y, si
quedas privado de Cristo, experimentaras la sujeción de aquél (5). ¿Acaso no has
oído lo que nos anuncia la vieja historia de Lot y sus hijas? (Gn
19,15ss). ¿No fue guardado incólume con sus hijas cuando subía al monte
mientras su mujer quedo convertida en estatua de sal como monumento perenne que
recordase unos afectos torcidos y una conversión tardía? Pon atención a ti mismo
y no mires hacia atrás con la mano del arado (Lc
9,62) y volviéndote al sabor amargo de las cosas de esta vida. Escápate,
en cambio, hasta el monte (cf.
Gn 19,17)
que es Jesucristo, piedra no tallada con las manos y que lleno el mundo entero (Da
2,35-45).
Se ha hecho profesión de fe volviéndose a la región de la luz
9. Así, pues, cuando renuncias a Satanás, anulando completamente cualquier pacto
con él y las antiguas alianzas con el infierno, se te abre el paraíso que Dios
planto al Oriente (Gn
2,8), del que fue expulsado nuestro primer padre al violar el mandato de
Dios (Gn
3,23). Símbolo de esta realidad es cuando te volviste del Occidente al
Oriente, que es la región de la luz. Entonces se te mando que dijeras: "Creo en
el Padre, y en el Hijo y en el Espíritu Santo, y en un único bautismo de
conversión". De todo lo cual, en cuanto nos lo concedió la gracia de Dios, ya te
hemos hablado extensamente.
Memoria de la vestidura blanca
10. Por consiguiente, mantén la vigilancia fortalecido con estas palabras. Como
se ha leído, "vuestro adversario, el Diablo, ronda como león rugiente, buscando
a quién devorar" (1P
5,8) (6). En épocas anteriores os podía encerrar la muerte en sus
dominios, pero en el santo lavatorio de la regeneración enjugo Dios "las
lágrimas de todos los rostros" (Is
25,8). Una vez despojado el hombre viejo, ya no harás más luto, sino que
celebraras la fiesta revestido con la túnica de la salvación de Jesucristo (Rm
13,14) (7).
11. Y esto es lo que se hizo en el atrio exterior; pero, si Dios quiere, cuando
en las siguientes catequesis mistagógicas entremos en el Santo de los santos,
conoceremos el significado de lo que allí se hace. A Dios Padre sea la gloria,
el poder y el esplendor con el Hijo y el Espíritu Santo por los siglos de los
siglos. Amén.
Notas
Durante los primeros siglos de la Iglesia existió un tipo de catequesis -la más
elevada- llamada "catequesis mistagógica", esto es de introducción a los
misterios. Por lo general, esta catequesis tenía lugar después del bautismo y la
llevaba a cabo el obispo personalmente.
(1) Todo el relato del paso del Mar Rojo, en
Ex 14,15ss.
Para el paso "a pie enjuto" de los israelitas y el hundimiento de los
perseguidores, cf.
Ex 14,22-31.
El paso a través del Mar Rojo por Israel es quizá el momento central de la
liberación narrada en el Éxodo y que, en la redacción final del segundo de los
libros de la Biblia, va seguido de un salmo triunfal de alabanza,
Ex 15,1ss.
Tanto la proclamación del paso del Mar Rojo como el himno de acción de gracias
("Cántico de Moisés") fueron pronto incorporados a la liturgia cristiana de la
Vigilia Pascual, al entender, como expone la catequesis, que el paso del Mar
Rojo tenía un valor de "figura" -tipos es la expresión de Cirilo- de la
liberación de los bautizados en Cristo. Con ello se afirma, como se continúa
explicando en los párrafos sucesivos, que todas las realidades de la liberación
de Israel son "figura" o typos de la liberación cristiana; especialmente en este
caso imagen del bautismo. Cf.
1Co 10,1-6.
Además, la sangre del cordero utilizada para señalar las puertas (Ex
12,21-23), es figura de la sangre de Cristo como verdadero cordero
pascual (1P
1,20). Cf. también
Ap 5,9-12 Ap 7,14.
(2) Cf. He
2,14-15, que expresa que el máximo temor del hombre es la muerte. Miedo
a morir es no solo temor a la muerte física, sino a todas aquellas cosas que
matan al hombre al no ser existencialmente capaz de aceptarlas: el fracaso, la
enfermedad, la pérdida de capacidad económica, riesgos de diversos tipos, etc.
La afirmación del texto citado de Hebr es que la fuerza del "señor de la
muerte", el Diablo, capaz de espolear lo que destruye al hombre, ha quedado
destruida en la muerte de Cristo.
(3) Se hace mención aquí y en los próximos párrafos del apartamiento que los
primitivos cristianos practicaban con respecto a los espectáculos públicos y
otras "vanidades" del mundo. El asunto aparece mencionado, por ejemplo, en
Hipólito (La tradición apostólica, núm. 16, con respecto a las profesiones
relacionadas con los espectáculos) o Clemente de Alejandría (El pedagogo, L.
III, c. IV: "qué consagrar el tiempo").
(4) Lo más oportuno, para valorar este párrafo, es recordar la enseñanza de
Pablo en 1Co
8-10 acerca de la conducta del cristiano con respecto a las carnes
sacrificadas a los ídolos. En sí misma, esta carne que, una vez sacrificada, se
podía encontrar en los mercados, no es más que un alimento normal que no hay
dificultad, desde el punto de vista moral, en que se consuma. Pero, a la vista
de que "la ciencia hincha, el amor, en cambio, edifica" (1Co
8,1), Pablo explica que el cristiano que se sienta "fuerte" como para
comer de lo sacrificado a los ídolos no debe escandalizar a los "débiles" (1Co
8,7-13) que piensen que espiritualmente se contaminan al tomar de tales
alimentos. En evitar el escándalo insiste Pablo en
1Co 10,23ss.
El tema reaparece también en
Rm 14,1-15,13.
En cualquier caso, lo que siempre queda prohibido al cristiano es la
participación en el culto a los ídolos, culto con el que se rompe al abrazar la
fe en Cristo.
(5) Todo esto recuerda las advertencias de
He 6,4ss.
(6) Por mayor fidelidad al texto bíblico, se transcribe "vuestro adversario", no
"nuestro", que es como figura en el texto original de las catequesis. Por lo
demás, esta catequesis ha señalado con fuerza el poder del Diablo, del que han
sido liberados los recién bautizados; por tal motivo, se encarece la necesidad
de la vigilancia.
(7) Para una descripción más completa de la novedad de vida, cf.
Rm 13,11-14.
La alusión a la "túnica" en las últimas palabras del párrafo es probablemente
una mención de la vestidura blanca que se imponía en el bautismo y que los
recién bautizados llevaban puesta en los días siguientes. Se trataba, en
cualquier caso, de resaltar la diferencia entre el hombre viejo y el hombre
nuevo.
EL SENTIDO DE LOS RITOS BAUTISMALES REALIZADOS (II)
Acerca del bautismo. La lectura es de la Carta a los Romanos desde:
"¿O ignoráis
que los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús hemos sido bautizados en su
muerte? hasta las palabras: "Pues no estáis ya bajo la Ley, sino bajo la gracia"
(Rm 6,3-14)
(1)
1. Las mistagógicas que se tienen todos los días, es decir, estas enseñanzas que
explican los misterios, nos son útiles, pues siempre explican nuevas doctrinas y
nuevas cosas. Pero os son útiles sobre todo a vosotros, que habéis sido
cambiados de lo viejo a lo nuevo. En esa línea os expondré ciertas cosas que se
derivan de la mistagogía de ayer, para que aprendáis qué simboliza lo que
realizasteis en el interior del edificio.
La túnica y el hombre viejo
2. Inmediatamente después de que entrasteis, os despojasteis de la túnica: ésta
era imagen del hombre viejo, del que os habéis despojado con sus obras (Col
2,12ss; 3,1 ss. 9ss.; cf.
Ep 2,1-10).
Al despojaros, os quedasteis desnudos, imitando también en esto a Cristo desnudo
en la cruz, el cual con esta desnudez, "una vez despojados los Principados y las
Potestades, los exhibió públicamente, incorporándolos a su cortejo triunfal" (Col
2,15). Y puesto que habitaban en vuestros miembros las potestades
adversas, ya no os es lícito seguir llevando aquella vieja túnica: y no me
refiero a la que se percibe con los sentidos, sino al "hombre viejo que se
corrompe siguiendo la seducción de las concupiscencias" (Ep
4,22). Y que nunca suceda que el alma se revista de nuevo de la
vestimenta de que una vez se despojo, sino que diga como aquella esposa de
Cristo de la que se habla en el Cantar de los Cantares: "Me he quitado mi
túnica, ¿cómo ponérmela de nuevo?" (Ct
5,3). ¡Oh realidad admirable! Desnudos estuvisteis ante los ojos de
todos, pero no sentíais vergüenza. Llevabais realmente la imagen del primer
padre Adán, que estaba desnudo en el paraíso y no se avergonzaba.
La unción probautismal
3. Y después, así despojados, fuisteis ungidos con el óleo exorcizado desde los
pelos de la cabeza hasta los pies y fuisteis hechos participes del buen olivo
que es Jesucristo. Sacados del olivo silvestre, habéis sido injertados en un
buen olivo y hechos participes de la riqueza del verdadero olivo (Rm
11,17-24) (2), Por consiguiente, el óleo exorcizado era símbolo de la
comunicación de la abundancia de Cristo y hace huir rápidamente a todo vestigio
de poder adverso. Pues así como la insuflación de los santos (3) y la invocación
del nombre de Dios abrasan a los demonios, al modo de fortísima llama, y los
ponen en fuga, así también ese aceite exorcizado por la invocación de Dios y por
la oración adquiere tanta fuerza que no solo purga, quemándolos, los vestigios
de los pecados, sino que incluso hace huir a todas las potencias invisibles del
Maligno.
Las entradas y salidas del agua, señal y realización de muerte y de vida
4. Después fuisteis conducidos hasta la santa piscina del divino bautismo, como
fue llevado Cristo de la cruz al sepulcro. Y se os pregunto uno por uno si
creíais en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Pronunciasteis
la confesión que os lleva a la salvación (4), y fuisteis sumergidos por tres
veces en el agua, levantándoos también tres veces. También en esto
significasteis en imagen y simbólicamente la sepultura de Cristo por tres días.
Pues, así como nuestro salvador paso tres días y tres noches en el seno de la
tierra (Mt
12,40 par), también vosotros imitasteis el primer día que Cristo paso en
el sepulcro al levantaros del agua por primera vez y, con la inmersión, la
primera noche. Pues del mismo modo que el que está en la noche ya no ve, y el
que se mueve en el día camina en la luz, vosotros, al sumergiros, como en la
noche, dejasteis de ver, pero, al salir, fuisteis puestos como en el día. En el
mismo momento habéis muerto y habéis nacido, y aquella agua llego a ser para
vosotros sepulcro y madre. Lo que Salomón dijo a propósito de otras cosas os
cuadra a vosotros perfectamente; decía él: "Hay tiempo para nacer, y tiempo para
morir" (Qo
3,2). Pero para vosotros es a la inversa: tiempo de morir y tiempo de
nacer. Y un tiempo único ha logrado ambas cosas, pues con vuestra muerte ha
coincidido vuestro nacimiento.
En qué sentido hemos pasado por la muerte, sepultura y resurrección de Cristo
5. ¡Oh nueva e inaudita realidad! No hemos muerto ni hemos sido sepultados de
modo verdadero, ni resucitamos después de que hubiésemos sido verdaderamente
crucificados, pero si se ha realizado en imagen una imitación de aquellas cosas,
y es de aquí de donde ha brotado la salvación (5). Cristo fue verdaderamente
crucificado, verdaderamente fue sepultado y verdaderamente resucito, y todo ello
nos ha sido regalado a nosotros por gracia para que, hechos participes de sus
sufrimientos, obtengamos en verdad la salvación. ¡Oh amor exuberante hacia los
hombres! Cristo recibió los clavos en sus pies y manos incontaminados,
soportando así el dolor; y ahora, por la comunicación en sus dolores, se me
agracia a mí sin haber pasado por dolores ni trabajos (6).
El bautismo nos concede el perdón de los pecados, la adopción y la participación
en los sufrimientos de Cristo
6. Nadie piense, pues, que el bautismo consiste solo en la gracia del perdón de
los pecados y de la adopción, como era el bautismo de Juan, que confería solo el
perdón de los pecados. Nosotros, por el contrario, sabemos bien que es para el
perdón de los pecados, pero también otorga el don del Espíritu Santo y es
realización (7) y expresión de los sufrimientos de Cristo. De aquí que Pablo
dijera: "¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús,
fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo
en la muerte" (Rm
6,3-4). Esto se lo decía a quienes estaban convencidos de que el
bautismo otorgaba ciertamente el perdón de los pecados y la adopción, pero sin
que ellos hubiesen participado, en cierta identificación con él, en los
verdaderos sufrimientos de Cristo.
Partícipes de la muerte y resurrección de Cristo
7. Para que aprendiéramos, por tanto, que todo lo que Cristo soporto fue por
nosotros y por nuestra salvación -y, desde luego, no lo sufrió solo en
apariencia- y que, además, somos hechos participes de sus sufrimientos, Pablo
exclamaba con viveza y con fuerza: "Porque si hemos sido injertados en él por la
semejanza a su muerte, seremos también participes de la resurrección" (Rm
6,5). Hermosamente dice "injertados". Pues realmente aquí se ha plantado
la vid verdadera (8) y nosotros, por la comunión del bautismo en la muerte,
hemos sido injertados en él. Pues en Cristo se dio verdaderamente la muerte; en
él realmente el alma se separo del cuerpo, verdadera fue también la sepultura y
en una sabana limpia fue envuelto su santo cuerpo (Mt
27,59). Todo esto aconteció en él de modo real. En vosotros se da una
semejanza de su muerte y de sus padecimientos, aunque en la salvación no hay
semejanza sino realidad.
8. Cuando ya os hemos instruido suficientemente acerca de todo esto, os ruego
que os esforcéis en retenerlo en la memoria con el fin de que yo, aunque
indigno, pueda decir de vosotros: "Os alabo porque en todas las cosas os
acordáis de mi y conserváis las tradiciones tal como os las he transmitido" (1Co
11,2). Poderoso es Dios que os presenta aquí "como muertos retornados a
la vida" (Rm
6,13) para concederos que andéis en novedad de vida (Rm
6,4). A él sea la gloria y el poder ahora y por los siglos. Amén.
Notas
Durante los primeros siglos de la Iglesia existió un tipo de catequesis -la más
elevada- llamada "catequesis mistagógica", esto es de introducción a los
misterios. Por lo general, esta catequesis tenía lugar después del bautismo y la
llevaba a cabo el obispo personalmente.
(1) En la catequesis anterior se han recordado la renuncia a Satanás y la
profesión de fe, ritos realizados en el atrio exterior del templo. En la segunda
catequesis mistagógica se recuerda el desvestirse la túnica y su significado, la
unción prebautismal, el interrogatorio acerca de la fe y la triple inmersión y
emersión en la piscina bautismal. Se explica con detalle el significado de todos
estos ritos.
(2) La alusión de Cirilo a la alegoría paulina del olivo y el acebuche no
expresa toda la riqueza del pensamiento de
Rm 11,16-24,
que está en el contexto de
Rm 9-11.
El tema de estos capítulos de la carta es la "elección", en primer lugar, de
Israel en el plan de conjunto de la Historia de la salvación y, en un segundo
momento, tras el rechazo de Israel, la elección de los cristianos en la Iglesia.
Aunque esta segunda elección, la de los gentiles, no anula la elección primera
del pueblo judío -Pablo señala que los israelitas son "la adopción filial, la
gloria, las alianzas, la legislación, el culto, las promesas y los patriarcas" y
de ellos "también procede Cristo según la carne" (Rm
9,4-5)-, también los gentiles son llamados a participar de la riqueza
abundante que es Cristo. En la mentalidad de la acción catequética de la Iglesia
antigua se incluye la idea de que el catecúmeno y el cristiano han sido llamados
y elegidos para ser un signo ante el mundo de la vida que Dios da. A los recién
bautizados se les recuerda ahora esta realidad.
(3) Soplo dentro del rito bautismal para ahuyentar al diablo. "Los santos" se
refiere probablemente, siguiendo el uso atestiguado ya desde las cartas de
Pablo, a los cristianos bautizados.
(4) "Confesión salvadora" responde tal vez a lo expresado en
Rm 10,9-10:
"Porque, si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que
Dios le resucito de entre los muertos, serás salvo. Pues con el corazón se cree
para conseguir la justicia, y con la boca se confiesa para conseguir la
salvación". "Justificación" y "confesión" parecen, pues, aspectos diferentes del
proceso de rescate ("redención") del hombre. La confesión de fe da una especial
firmeza a la salvación inicialmente obtenida por la justificación por la que ya
el hombre era liberado de modo fundamental del pecado y hecho hijo de Dios por
adopción.
(5) Cf. catequesis 21, núm. 2.
(6) Se expuso en cat. 4, núms. 10-12.
(7) Se traduce por "realización" la expresión original antitypos, que es
prácticamente, incluso en el lenguaje de Cirilo, un término técnico. En la cat.
XIX, núm. 2, se decía que los acontecimientos en torno a la liberación de Israel
de la esclavitud de Egipto eran figura o imagen, typos de lo que habría de ser
la liberación definitiva en Cristo. Antitypos del presente párrafo es más bien
"contrafigura", es decir, una imagen -en cuanto en este caso, el bautismo es
signo visible y "visibilizante"- que al mismo tiempo realiza efectivamente, para
quien recibe el bautismo, la muerte y resurrección de Cristo. Con ello se está
en el concepto de lo que es un sacramento.
(8) El "aquí" se refiere al lugar del sepulcro de Jesús, en Jerusalén, donde se
están impartiendo las catequesis. La imagen del injerto, por otra parte, se une
aquí a la alusión a la alegoría de la vid y los sarmientos, en la que Jesús,
según Jn 15,1, se entiende a sí mismo como "la vid verdadera".
LA UNCIÓN CON EL CRISMA
La unción con el crisma. La lectura es de la Primera carta de Juan, desde las
palabras
"En cuanto a vosotros, estáis ungidos por el Santo y lo sabéis todo" (1Jn
2,20) (1) hasta "tengamos plena confianza y no quedemos avergonzados
lejos de él en su Venida" (1Jn
2,28).
Bautismo y don del Espíritu
1. Bautizados en Cristo y revestidos de Cristo (Ga
3,27), habéis sido hechos semejantes a la imagen del Hijo de Dios (Rm
8,2 Rm 9).
El Dios que nos predestino de antemano para la adopción (cf.
Ep 1,5)
nos hizo conformes al cuerpo glorioso de Cristo (2). Habiendo venido a ser
participes de Cristo (He
3,14), sois llamados, no de modo inmerecido, "Cristos" (3) De vosotros
dijo Dios: "No toquéis a mis ungidos" (Ps
105,15). Fuisteis hechos "Cristos" al recibir la imagen (4) del Espíritu
Santo y todas las cosas de cara a vosotros se han realizado en imagen, puesto
que verdaderamente sois imágenes de Cristo. Y él verdaderamente, una vez
bautizado en el Jordán y después de comunicar la fragancia de los efluvios de su
divinidad a las aguas, salió de éstas y el Espíritu Santo descendió a él en
forma visible posándose sobre él como alguien que le era semejante. De modo
también semejante, después de que subisteis de las sagradas aguas de la piscina,
se os ha dado el crisma, imagen realizada de aquel con el que fue ungido Cristo:
En realidad es el Espíritu Santo. Sobre él dijo también el bienaventurado Isaías
en su profecía, y refiriéndose a la persona del Señor: "El Espíritu del Señor
Yahvé está sobre mí, por cuanto me ha ungido Yahvé. A anunciar la buena nueva a
los pobres me ha enviado..." (5).
A semejanza de Cristo
2. Cristo no fue ungido con oleo o ungüento corporal, sino que el Padre, al
constituirlo en Salvador del universo entero, lo ungió con el Espíritu Santo.
Como dice Pedro: "Dios a Jesús de Nazaret lo ungió con el Espíritu Santo" (Ac
10,38); y el profeta David clamaba diciendo: "Tu trono es de Dios para
siempre jamás; un cetro de equidad, el cetro de tu reino; tu amas la justicia y
odias la impiedad. Por eso Dios, tu Dios, te ha ungido con oleo de alegría más
que a tus compañeros" (Ps
45,7-8). Y del mismo modo que Cristo verdaderamente fue crucificado, fue
sepultado y resucito, a vosotros se os concede en el bautismo, y por don divino,
ser crucificados con él, ser sepultados y resucitar. E igualmente sucede acerca
de la crismación: él fue ungido con el oleo inteligible de la alegría, esto es,
con el Espíritu Santo (6). Se llama óleo de la alegría porque causa una alegría
Espiritual; y vosotros habéis sido ungidos con ungüento al ser hechos participes
de la misma suerte de Cristo.
La eficacia de la crismación
3. Pero date cuenta de que no se trata de un ungüento pobre y vil. Pues así como
el pan de la Eucaristía, tras la invocación del Espíritu Santo, no es pan común
sino el cuerpo de Cristo, así también este santo ungüento, después de la
invocación, ya no es un simple ungüento ni, por decirlo así, un ungüento común;
se da en él a Cristo y al Espíritu Santo, es presencia de su divinidad y
realidad efectiva (7). Y mientras se unge el cuerpo con ungüento visible, queda
santificada el alma por el Espíritu Santo que da la vida.
Las diversas unciones y su finalidad
4. Fuisteis ungidos en primer lugar en la frente, para ser liberados de la
vergüenza que el primer hombre que peco exhibía por todas partes (8) y para que,
a cara descubierta, contempléis la gloria del Señor como en un espejo (2Co
3,18) (9). Después, en los oídos, para que pudieseis oír los divinos
misterios, de los que Isaías decía: "Mañana tras mañana despierta mi oído, para
escuchar como los discípulos" (Is
50,4); y el Señor Jesús, en el Evangelio: "El que tenga oídos, que oiga"
(Mt 11,15).
Luego fuisteis ungidos en la nariz, para que, al recibir el divino ungüento,
dijeseis: "Somos para Dios el buen olor de Cristo entre los que se salvan" (2Co
2,15). También fuisteis ungidos en el pecho, para que, "revestidos de la
justicia como coraza", pudieseis "resistir a las asechanzas del Diablo" (Ep
6,14-11). Pues, al modo como Cristo, tras el bautismo y la venida a él
del Espíritu Santo, derroto al Adversario (Mt
4,1ss. par), también vosotros, después del sagrado bautismo y el místico
ungüento, revestidos de la armadura del Espíritu Santo, podáis resistir contra
toda potestad adversa (cf.
Ep 6,10-18),
a la cual podáis vencer diciendo: "Todo lo puedo en Aquel que me conforta",
Cristo (Ph
4,13).
Habéis recibido el nombre de cristianos
5. Considerados dignos de esta santa unción, sois llamados cristianos,
realizando la verdad de este nombre por medio del nuevo nacimiento. Pues, antes
de seros conferida esta gracia, propiamente no erais dignos de este nombre, sino
que luchabais para ser cristianos.
La descendencia de Cristo también es ungida
6. Pero debéis saber que la figura de este crisma (o unción) se encuentra ya en
la Escritura de la antigua Alianza. Pues, cuando Moisés comunicó a su hermano el
designio de Dios de hacerlo sumo sacerdote, lo ungió tras haberlo lavado con
agua (Lv 8,1ss.)
y fue llamado "Cristo" (10) por un crisma o unción que eran figura. También
cuando el sacerdote promovió rey a Salomón, lo ungió después de haberlo lavado
en el Guijón (1R
1,39-45). Y esto les sucedía en figura; pero a vosotros, no en figura,
sino en verdad, si es que realmente habéis sido ungidos por el Espíritu Santo.
Cristo es el principio de vuestra salvación: él es las primicias (1Co
15,23), pero vosotros la siega: no hay duda de que también a la cosecha
se le transmite la santidad.
7. Guardad incontaminado este crisma. Os instruirá acerca de todo si permanece
en vosotros, como ya anteriormente oísteis al bienaventurado Juan hablando de
estas cosas (1Jn
2,27) y haciendo diversos razonamientos sobre esta cuestión (11). Pues
éste es un crisma santo, salvaguardia Espiritual del cuerpo y saludable custodia
del alma. Ya desde los tiempos antiguos, el bienaventurado Isaías profetizaba
diciendo: "Sucederá en días futuros que el monte de la Casa de Yahvé será
asentado en la cima de los montes y se alzara por encima de las colinas.
Confluirán a él todas las naciones..." (Is
2,2). Llama "monte" a la Iglesia, al decir que "será asentado en la cima
de los montes" y que participaran en un "convite de buenos vinos" (Is
25,6), ungidos con aceite (12). Y, para confirmarte más en todo esto,
escucha lo que dice de este místico ungüento: "Transmite todo esto a los
pueblos: el proyecto que Dios tiene sobre todas las naciones" (Is
25,7 LXX) (13) Ungidos, pues, con este santo ungüento, guardadlo en
vosotros inmaculado e irreprensible, sacando provecho por medio de buenas obras
y agradando al autor de vuestra salvación, Cristo Jesús, a quien sea la gloria
por los siglos de los siglos. Amén.
Notas
Durante los primeros siglos de la Iglesia existió un tipo de catequesis -la más
elevada- llamada "catequesis mistagógica", esto es de introducción a los
misterios. Por lo general, esta catequesis tenía lugar después del bautismo y la
llevaba a cabo el obispo personalmente.
(1) Se ha preferido "lo sabéis todo" a "todos lo sabéis", en parte porque, según
códices, es una lectura posible y porque se respeta así la versión utilizada por
Cirilo.
(2) Quizá anticipa algo Cirilo las expresiones de Flp 3,20-21: "Pero nosotros
somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor
Jesucristo, el cual transfigurara este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo
glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene de someter a si todas las
cosas".
(3) Cf. una afirmación semejante en cat. 18, núm. 33; cf. una explicación en el
núm. 6 de esta catequesis. La unción del Espíritu, que en nosotros, como
sacramento separado, constituye la Confirmación, se denomina en griego chrisma,
"acción de ungir" o "crismación". El nombre "Cristo", del adjetivo verbal
christos, significa, pues, Ungido. De ahí que "cristiano" sea el que participa
de la misma unción de Cristo, al que
Ac 10,38,
utilizando Is 61,1, califica como aquel a quien Dios "ungió con el Espíritu Santo y
con poder".
(4) Original, "antitypo". Cf. la nota 7 de la anterior catequesis.
(5) Is 61,1ss
se refiere, de modo directo, con gran probabilidad, a la misión del profeta, sea
quien sea el autor, pues este párrafo pertenece ya al Tritoisaias. El presente
pasaje es un eco de los cantos del Siervo (ver especialmente
Is 42,1ss.)
y alcanza su plenitud de sentido aplicado a Jesús, en quien se cumple de modo
eminente la misión profético-mesiánica: vid. especialmente la aplicación que
Jesús hace del texto de Isaías a sí mismo según
Lc 4,16-21.
(6) Ac 10,38,
sobre todo en su contexto, tiene un fuerte sabor kerigmático. El discurso de
Pedro ante el centurión romano Cornelio, gentil sobre el que desciende el
Espíritu Santo y es hecho luego bautizar (Ac
10,44-48), es en la practica una descripción del ser y de la misión de
Jesús: "... como Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con
poder, y como él paso haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el
Diablo, porque Dios estaba con él". La unción con el Espíritu Santo que el Padre
concede al cristiano a semejanza de Cristo -el Espíritu Santo desciende sobre
Jesús también tras su bautismo en el Jordán, según los Sinópticos- le hace
también al seguidor de Cristo "activo". En la medida en que el cristiano posee
la unción del Espíritu Santo -de ello es sacramento especifico la Confirmación-
puede también él participar en "hacer el bien" y "curar a los oprimidos por el
Diablo".
(7) "Realidad efectiva" (energetikon ginomenon, efficiens factum en la excelente
versión latina) es expresión de la concepción de lo que es un sacramento según
lo comentado en cat. XX, nota 7.
(8) La edición de Migne, op. cit., 1. 091, hace aquí mención de
Gn 3,7-8
como expresión de la vergüenza por el pecado cometido.
(9) Cirilo hace alusión a la expresión mencionada de Pablo, que se encuentra en
el importante contexto de
2Co 3,4-18
sobre la diferencia entre el ministerio de la antigua Ley y de la nueva Alianza.
(10) Es decir, "ungido". Cf.
Lv 4,5:
"El sacerdote ungió...". Lo que se intenta exponer aquí (como, en general, al
explicar el nombre de "Cristo", versión griega del hebreo "Mesías", ungido) es
que si Cristo es el ungido de Dios, también el cristiano, ungido a su vez como
Jesús, el Cristo, participa así de la unción del Espíritu.
(11) Cf. supra, cat. 17, núm. 37, sobre la acción interior del Espíritu Santo.
(12) Cf. supra, núm. 2.
(13) En el contexto de 25,7 LXX, el proyecto de Dios es derramar su unción sobre
todas las naciones. Esto recuerda, por otra parte,
Ac 2,16ss.
EL CUERPO Y LA SANGRE DEL SEÑOR
Sobre el cuerpo y la sangre del Señor. La lectura es de la Primera carta de
Pablo a los Corintios:
" Yo recibí del Señor lo que os he transmitidos (1Co
11,23), etc. (1).
Institución de la Eucaristía
1. Incluso esta sola enseñanza de Pablo sería suficiente para daros una fe
cierta en los divinos misterios. De ellos habéis sido considerados dignos y
hechos participes del cuerpo y de la sangre del Señor. De él se dice que "la
noche en que fue entregado" (1Co
11,23), nuestro Señor Jesucristo "tomo pan, y después de dar gracias, lo
partió" (1Co
11,23-24) "y, dándoselo a sus discípulos, dijo: "tomad, comed, éste es
mi cuerpo". Tomo luego una copa y, dadas las gracias, se la dio diciendo: 'Bebed
de ella todos, porque ésta es mi sangre'" (Mt
26,26-28). Así pues, si es él el que ha exclamado y ha dicho acerca del
pan: "Este es mi cuerpo", ¿quién se atreverá después a dudar? Y si él es el que
ha afirmado y dicho: "Esta es mi sangre", ¿quién podrá dudar jamás diciendo que
no se trata de su sangre?
Fe en el cuerpo y la sangre del Señor
2. En una ocasión, en Cana de Galilea, cambio el agua en vino (Jn
2,1-10), que es afín a la sangre. ¿Y ahora creeremos que no es digno de
fe al cambiar el vino en sangre? Invitado a unas bodas humanas, realizo aquel
prodigio admirable. ¿No confesaremos mucho más que a los hijos del tálamo
nupcial les dio para su disfrute su propio cuerpo y sangre? (2).
Apariencias de pan y vino, pero realidad del cuerpo y sangre de Cristo
3. Por ello, tomémoslo, con convicción plena, como el cuerpo y la sangre de
Cristo. Pues en la figura de pan se te da el cuerpo, y en la figura de vino se
te da la sangre, para que, al tomar el cuerpo y la sangre de Cristo, te hagas
participe de su mismo cuerpo y de su misma sangre. Así nos convertimos en
portadores de Cristo, distribuyendo en nuestros miembros su cuerpo y su sangre.
Así, según el bienaventurado Pedro, nos hacemos "participes de la naturaleza
divina" (2P
1,4).
El "escándalo" del Pan de vida
4. En cierta ocasión, discutiendo Jesús con los judíos, decía: "Si no coméis la
carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros" (Jn
6,53). Pero como aquellos no entendiesen en sentido Espiritual lo que se
estaba diciendo, se retiraron ofendidos (cf.
Jn 6,60)
creyendo que les invitaba a comer carnes (3).
La Eucaristía, pan de la nueva Alianza para salud del hombre
5. Existían también, en la antigua Alianza, los panes de la proposición; pero,
puesto que se referían a una alianza caduca, tuvieron un final. Pero, en la
nueva Alianza, el pan es celestial y la bebida saludable, y santifican el alma y
el cuerpo. Pues, como el pan le va bien al cuerpo, así también el Verbo (4) le
va bien al alma.
La certeza del don del cuerpo y la sangre de Cristo
6. Por lo cual no debes considerar el pan y el vino (de la Eucaristía) como
elementos sin mayor significación. Pues, según la afirmación del Señor, son el
cuerpo y la sangre de Cristo. Aunque ya te lo sugieren los sentidos, la fe te
otorga certidumbre y firmeza. No calibres las cosas por el placer, sino estate
seguro por la fe, más allá de toda duda, de que has sido agraciado con el don
del cuerpo y de la sangre de Cristo.
La mesa que ha preparado el Señor
7. La fuerza de todo esto te la explica el profeta David cuando exclama: "Tú
preparas una mesa ante mí, frente a mis enemigos" (Ps
22,5). Lo cual quiere decir: antes de tu venida, los demonios habían
preparado a los hombres una mesa contaminada, sucísima, que rezuma el poder del
diablo. Pero, una vez que llegaste, Señor, "has preparado una mesa ante mi". Y
cuando el hombre dice a Dios: "has preparado ante mí una mesa", ¿qué otra cosa
significa que la mística e inteligible mesa que Dios nos ha preparado "frente a
los enemigos", los contrarios, es decir, frente a los demonios? Y así es, en
efecto, pues aquella mesa mantenía la comunión con los demonios, pero ésta la
mantiene con Dios. "Unges con óleo mi cabeza" (5). Con óleo ungió tu cabeza en
la frente mediante el sello (6) que tienes de Dios, para que Dios te santifique
y te hagas imagen de lo que el sello expresa (7). "Mi copa rebosa". Se trata del
cáliz que Jesús tomo en las manos y, dando gracias, dijo: "Esa es mi sangre...,
que es derramada por los muchos para perdón de los pecados" (Mt
26,28).
Las nuevas vestiduras de la justicia
8. Por ello Salomón, en el Eclesiastés, queriendo señalar esta gracia dijo:
"Ven, come con alegría tu pan" (Qo
9,7). Se refiere el pan Espiritual; dice "ven", porque llama a la
salvación y da la felicidad. "Y bebe de buen grado tu vino", que se refiere al
vino Espiritual. "Y no falte ungüento sobre tu cabeza" (Qo
9,8b): ¿Ves como también se designa así al crisma Espiritual? "En toda
sazón sean tus ropas blancas,... que Dios está ya contento con tus obras". Pues,
antes de que tuvieses acceso a la gracia, tus obras eran "vanidad de vanidades"
(Qo 1,2)
(8). Pero, una vez que te despojaste de tus viejas vestiduras y te pusiste las
que están espiritualmente limpias, debes estar siempre vestido con éstas. No te
decimos que es necesario que siempre vayas vestido de blanco, sino que te
revistas de lo que es blanco, puro y Espiritual y que digas, de acuerdo con el
bienaventurado Isaías: "Con gozo me gozaré en Yahvé, exulta mi alma en mi Dios,
porque me ha revestido de ropas de salvación, en manto de justicia me ha
envuelto..." (Is
61,10).
Compendio sobre el cuerpo y la sangre de Cristo
9. Puedes quedarte con la idea y tener la fe certísima en que lo que se ve como
pan no es pan, aunque tenga ese sabor, sino el cuerpo de Cristo, y que lo que se
ve como vino no es vino, aunque a eso sepa, sino la sangre de Cristo. Y no
olvides lo dicho antiguamente por David en los Salmos: "... para sacar de la
tierra el pan, y el vino que recrea el corazón del hombre, para que lustre su
rostro con aceite y el pan conforte el corazón del hombre" (Ps
104,14-15). Conforta tu corazón tomando aquel pan como Espiritual y pon
alegre el rostro de tu alma. Cubriéndolo con la pureza de tu conciencia y
reflejando "como en un espejo la gloria del Señor", camines "cada vez con mayor
gloria" (2Co
3,18) en Cristo Jesús, Señor nuestro, a quien sean el honor, el poder y
la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Notas
(1) El tema es, pues, la Eucaristía, el tercero de los sacramentos que se
reciben en la iniciación cristiana.
(2) La expresión "los hijos del tálamo nupcial"-la traducción Podría ser, en
rigor, también "los siervos"-seria una reminiscencia, por ejemplo, de
Mt 9,15:
"¿Pueden acaso los invitados a la boda ponerse tristes mientras el novio está
con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado el novio, entonces ayunaran".
Es precisamente en ausencia del novio o del "Esposo", como con tanta poesía ha
expresado el Cantar de los Cantares, cuando sus amigos y sus invitados, al
"ayunar" por la ausencia, se alimentan, sin embargo, del cuerpo y de la sangre
de Cristo, anunciando "la muerte del Señor, hasta que venga" (1Co
11,26). Es decir, el cuerpo y la sangre de Jesús son el alimento del
cristiano mientras esta a la espera de la venida definitiva del Señor.
(3) Cf. Jn
6,61-62,67. La confesión de Pedro ante el rechazo que de Jesús hacen
"los judíos" (Jn
6,67ss.) ocupa en el evangelio de Juan un lugar semejante al de la
confesión, también de Pedro y en nombre de los demás Apóstoles, en Mt 16,16 par.
Es decir, en la medida en que Jesús va desvelando el misterio de su persona y de
su misión (destinado a la cruz en los Sinópticos,
Mt 16,21ss.
par; entregado a los hombres como verdadero pan de vida según
Jn 6,26-66),
solamente lo aceptan aquellos que han venido siendo preparados por el mismo
contacto con él. En cuanto a la Eucaristía puede, por tanto, decirse que solo
pueden aceptarla como presencia viva de la Pascua de Jesucristo salvador quienes
han sido previamente instruidos y dispuestos por la Palabra de la predicación y
el contacto con el Dios de Jesús. Por eso, tras la iniciación cristiana, es buen
momento para una catequesis que "conduzca al misterio" (catequesis
"mistagógica") de la Eucaristía. El tema de la Eucaristía, por la posibilidad
del escándalo semejante al de los judíos en Jn 6, entraba dentro del llamado
"secreto" o "disciplina del arcano" en la Iglesia antigua.
(4) "El Verbo" o "la Palabra", refiriéndose a la Palabra que es Cristo.
(5) Sal 23,5 del que ya se ha citado la primera mitad, dice completo: "Tu
preparas una mesa ante mí, frente a mis enemigos; unges con óleo mi cabeza,
rebosante esta mi copa".
(6) Cf. de nuevo lo dicho ya en varios momentos sobre el "sello", "carácter",
etc. (vid. supra, Procatequesis, nota 36).
(7) Cf., hablando de la diadema del sacerdote, Ex 28,36: "Harás además, una
lamina de oro puro y en ella grabaras como se graban los sellos: 'Consagrado a
Yahvé'".
(8) De modo genérico, ante el comienzo del Eclesiastés (o Cohélet, "el de la
asamblea", de qahal, asamblea; por tanto, también "predicador"; "ecclesia" en
griego es asamblea y "eclesiastés" seria "el encargado de la asamblea" en cuanto
"predicador") la Biblia de Jerusalén señala acertadamente acerca de 1,2: "a) el
determinismo del cosmos, marco monótono de la vida humana, provoca hastío en el
Eclesiastés, al contrario de la admiración y adoración que expresan Jb 38-40 o
el Sal 104". Y más específicamente sobre la célebre expresión "vanidad de
vanidades", citada aquí por Cirilo: "b) El término... significaba en primer
lugar "vaho", "aliento", y forma parte del repertorio de imágenes (el agua, la
sombra, el humo, etc.) que en la poesía hebrea describen la fragilidad humana.
Pero la palabra ha perdido su sentido concreto y para Qo únicamente evoca lo
ilusorio de las cosas y, en consecuencia, la decepción que éstas le reservan al
hombre". Todo esto, de cara a la situación de los recién bautizados, hace
comprender la "vanidad de vanidades" que en definitiva son las obras del hombre
anterior al bautismo.
De la Primera carta de Pedro: Rechazad, por tanto, toda malicia y todo engaño,
hipocresías, envidias", etc. (1P
2,1ss.)
1. En las asambleas anteriores oísteis hablar abundantemente, por don de Dios,
tanto del bautismo como de la crismación y de la toma del cuerpo y de la sangre
de Cristo. Pero debemos pasar ahora a lo que sigue, con lo cual pondremos fin al
edificio de vuestra enseñanza Espiritual.
El lavatorio de las manos, signo de la inmunidad del pecado
2. Habéis visto como el diacono alcanzaba el agua, para lavarse las manos, al
sacerdote y a los presbíteros que estaban alrededor del altar. Pero en modo
alguno lo hacía para limpiar la suciedad corporal. Digo que no era ése el
motivo, pues al comienzo tampoco vinimos a la Iglesia porque llevásemos manchas
en el cuerpo. Sin embargo, esta ablución de las manos es símbolo de que debéis
estar limpios de todos los pecados y prevaricaciones. Y al ser las manos símbolo
de la acción, al lavarlas, significamos la pureza de las obras y el hecho de que
estén libres de toda reprensión. ¿No has oído al bienaventurado David
aclarándonos este misterio y diciendo: "Mis manos lavo en la inocencia y ando en
torno a tu altar, Señor" (Ps
26,6)? Por consiguiente, lavarse las manos es un signo de la inmunidad
del pecado.
El beso de la paz
3. Después, el diacono exclama: "Hablaos, y besémonos mutuamente". Y no pienses
que este ósculo es de la misma clase que los que se dan los amigos mutuos en la
plaza pública. Este beso no es de esa clase. Pues reconcilia y une unas almas
con otras, y les garantiza el total olvido de las injurias. Es signo, por
consiguiente, de que las almas se funden unas con otras y de que deponen
cualquier recuerdo de las ofensas. Por eso decía Cristo: "Si, pues, al presentar
tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo
contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a
reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda" (Mt
5,23-24). Por tanto, el ósculo es reconciliación y, por ello, es santo,
como dice en alguna parte el bienaventurado Pablo: "Saludaos los unos a los
otros con el beso santo" (1Co
16,20); y Pedro: "Saludaos unos a otros con el beso de amor" (1P
5,14).
Invocaciones iniciales al comienzo de la anáfora
4. Después exclama el sacerdote: "Arriba los corazones". Pues verdaderamente, en
este momento trascendental, conviene elevar los corazones hacia Dios y no
dirigirlos hacia la tierra y los negocios terrenos. Es, por tanto, lo mismo que
si el sacerdote mandará que todos dejasen en ese momento a un lado las
preocupaciones de esta vida y los cuidados de este mundo, y que elevasen el
corazón al cielo hacia el Dios misericordioso. Luego respondéis: "Lo tenemos
(levantado) hacia el Señor", con lo que asentís a la indicación por la confesión
que pronunciáis. Que ninguno que esté allí, cuando dice: "Lo tenemos hacia el
Señor", tenga en su interior su mente llena de las preocupaciones de esta vida.
Pues debemos hacer memoria de Dios en todo tiempo. Pero si, por la debilidad
humana, se hiciere imposible, al menos en aquel momento hay que esforzarse lo
más que se pueda.
Es justo, por nuestra parte, dar gracias al Señor
5. Después de esto dice el sacerdote: "Demos gracias al Señor". Pues debemos
estar verdaderamente agradecidos de que cuando éramos indignos, nos llamo a tan
inmensa gracia, y de que, cuando éramos enemigos, nos reconcilio (Rm
5,10) y nos concedió el Espíritu de adopción (Rm
8,15). Vuestra respuesta es: "Es digno y justo" (1). Pues, cuando damos
gracias, hacemos algo digno y justo, aunque él, sin seguir estrictamente lo
justo, sino yendo más allá de ello, nos hizo bien y nos hizo dignos de tan
grandes bienes.
El comienzo de la anáfora y el "Santo"
6. Hacemos mención, después, del cielo, de la tierra y del mar; del sol y de la
luna, de los astros y de toda creatura, dotada de razón o sin ella, visible o
invisible; de los ángeles, de los arcángeles, de las virtudes, dominaciones,
principados, potestades y tronos; de los querubines dotados de muchos rostros
(2); todos diciendo aquello de David: "Cantad conmigo al Señor" (Ps
34,4). Hacemos también mención de los serafines que, en el Espíritu
Santo, vio Isaías alrededor del trono de Dios y que cubrían con dos alas su
rostro, con dos alas los pies, y con dos volaban diciendo: "Santo, santo, santo
es el Señor de los ejércitos" (Is
6,2-3). Recitemos, por tanto, esta teología (3), para que, en la
entonación comunitaria de las alabanzas, nos unamos a los ejércitos que están
por encima del universo.
La epiclesis o invocación del descenso del Espíritu Santo sobre los dones del
altar
7. A continuación, después de santificarnos a nosotros mismos mediante estas
alabanzas espirituales (4), suplicamos al Dios misericordioso que envíe al
Espíritu Santo sobre los dones presentados (5), para que convierta el pan en
cuerpo de Cristo y el vino en la sangre de Cristo. Pues habrá quedado
santificado y cambiado lo que haya sido alcanzado por el Espíritu Santo.
Oramos por todos los que lo necesitan
8. Pero después que ha sido realizado el sacrificio Espiritual, culto incruento
sobre aquella hostia de propiciación, rogamos a Dios por la paz de todas las
Iglesias, por el buen gobierno del mundo, por las autoridades, por los soldados,
por los amigos, por aquellos que están sujetos a enfermedades, por los que son
presa de la aflicción y, en general, oramos y ofrecemos esta víctima por todos
los que tienen alguna necesidad.
También por los difuntos
9. Recordamos también a todos los que ya durmieron: en primer lugar, los
patriarcas, los profetas, los Apóstoles, los mártires, para que, por sus preces
y su intercesión, Dios acoja nuestra oración. Después, también por los santos
padres y obispos difuntos y, en general, por todos cuya vida transcurrió entre
nosotros, creyendo que ello será de la mayor ayuda para aquellos por quienes se
reza.
Utilidad de la oración por los difuntos
10. Quiero aclararos esto con un ejemplo, puesto que a muchos les he oído decir:
¿de qué le sirve a un alma salir de este mundo con o sin pecados si después se
hace mención de ella en la oración? Supongamos, por ejemplo, que un rey envía al
destierro a quienes le han ofendido, pero después sus parientes, afligidos por
la pena, le ofrecen una corona: ¿Acaso no se lo agradecerá con una rebaja de los
castigos? Del mismo modo, también nosotros presentamos suplicas a Dios por los
difuntos, aunque sean pecadores. Y no ofrecemos una corona, sino que ofrecemos a
Cristo muerto por nuestros pecados, pretendiendo que el Dios misericordioso se
compadezca y sea propicio tanto con ellos como con nosotros.
El Padre nuestro, entre la plegaria eucarística y la comunión
11. Y, después de todo esto, recitamos aquella oración que el Salvador entregó a
sus mismos discípulos, llamando con conciencia pura Padre a Dios y diciendo:
"Padre nuestro que estás en los cielos" (Mt
6,9) (6). ¡Oh gran misericordia de Dios para con los hombres!,
juntamente con su amor. Hasta tal punto se compadeció de quienes se apartaron de
él y se afirmaron en los mayores males que les concedió el olvido de las
injurias y la participación en la gracia de modo que le llamasen Padre: "Padre
nuestro que estás en los cielos". Pues del cielo habían de ser quienes llevaran
la imagen del cielo (7), en quienes Dios habita y con quienes él camina (8).
12. "Santificado sea tu nombre". Por su naturaleza el nombre de Dios es santo,
digámoslo nosotros o no lo digamos. Pero ya que, por medio de quienes pecan, se
le profana en ocasiones, según aquello de que "el nombre de Dios, por vuestra
causa, es blasfemado entre las naciones" (Is
52,5, tal como aparece citado en
Rm 2,24),
oramos para que en nosotros sea santificado el nombre de Dios. Y no es que
comience a ser santo porque anteriormente no lo fuese, sino que en nosotros se
hace santo cuando nos santificamos nosotros mismos y hacemos cosas dignas de la
santidad.
13. "Venga tu Reino" (Mt
6,10). Es propio del alma pura decir con confianza: "Venga tu Reino".
Pues quien haya oído a Pablo, que dice: "No reine, pues, el pecado en vuestro
cuerpo mortal" (Rm
6,12), y sea consciente de su pureza en obras, pensamientos y palabras,
clamara a Dios: "Venga tu Reino".
14. "Hágase tu Voluntad en la tierra como en el cielo". Los bienaventurados
ángeles de Dios hacen la voluntad de éste, como decía David en los Salmos:
"Bendecid a Yahvé, ángeles suyos, héroes potentes, ejecutores de sus ordenes, en
cuanto oís la voz de su palabra" (Ps
103,20) (9). Tu oración, por consiguiente, tiene esta fuerza y esta
significación, como si dijeras: "Como se hace tu voluntad en los ángeles, así se
haga, Señor, en la tierra sobre mí".
15. "Danos hoy nuestro pan necesario" (Mt
6,11)9 (10), El pan ordinario no es sustancial. Pero este pan, que es
santo, es sustancial, como si dijeras que está dirigido a la sustancia del alma.
Este pan no va a parar al vientre ni entra en la defecación, sino que se reparte
entre todo tu ser para utilidad del cuerpo y del alma. El "hoy" se dice por
"todos los días". Como también Pablo decía: "Cada día mientras dure este hoy" (He
3,13) (11).
16. "Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros
deudores" (Mt
6,12). Tenemos realmente muchos pecados, puesto que causamos ofensas con
la palabra y el pensamiento y realizamos muchas cosas, merecedoras de
condenación. Y "si decimos: "No tenemos pecado", nos engañamos y la verdad no
está en nosotros", como dice Juan (1Jn
1,8). Hacemos, pues, un pacto con Dios, orando para que nos perdone los
pecados, como también nosotros perdonamos sus deudas a nuestros prójimos.
Sopesando, por tanto, lo que recibimos a cambio, no titubeemos ni dudemos en
perdonar las mutuas ofensas. Las ofensas que se nos hacen son pequeñas, ligeras
y fáciles de olvidar. Pero las que cometemos contra Dios son grandes y solo
pueden borrarse con la ayuda de su sola benignidad. Guárdate, pues, de que, por
cosas pequeñas y por naderías dirigidas a ti, te excluyas a ti mismo del perdón
de los pecados ante Dios.
17. "Y no nos dejes caer en la tentación (Mt
6,13), Señor". ¿Acaso el Señor nos enseña a pedir que no seamos tentados
en absoluto? ¿Y cómo es que en otro lugar se dice: "Quien no ha pasado pruebas
poco sabe" (Si
34,10) (12), y también: "Considerad como un gran gozo, hermanos míos, el
estar rodeados por toda clase de pruebas". Pero entrar en tentación, ¿acaso no
significa hundirse en ella? Pues la tentación es algo semejante a un torrente
difícil de atravesar. Pero, aquellos a quienes no se los traga la tentación, la
atraviesan como hábiles nadadores sin ser arrastrados por nada. Pero los que no
son así, se hunden nada más entrar. Así fue, por poner un ejemplo, Judas. Al
entrar en la tentación de la avaricia, no nado sino que se hundió, y se ahogo en
cuerpo y en Espíritu. Pedro entro en la tentación de la negación, pero, a pesar
de haber entrado, no se hundió, sino que, llorando intensamente, fue liberado de
la tentación. Oye también, por su parte, al coro de los santos incólumes, que
prorrumpe en acción de gracias al ser liberado de la tentación:
"Tú nos probaste, oh Dios,
nos purgaste, cual se purga la plata;
nos prendiste en la red,
pusiste una correa a nuestros lomos,
dejaste que un cualquiera a nuestra cabeza cabalgara,
por el fuego y el agua atravesamos;
mas luego nos sacaste para cobrar aliento" (Ps
66,10-12).
¿No ves la alegría confiada de quienes han pasado sin haberse hundido? "Mas
luego, se añade, nos sacaste para cobrar aliento". Que ellos llegaran a cobrar
aliento significa que fueron liberados de la tentación (13).
18. "Mas líbranos del maligno". Si el "no nos dejes caer en la tentación"
quisiese decir no ser tentado en modo alguno, no habría añadido "mas líbranos
del maligno (14). El maligno es el diablo como adversario del que pedimos ser
liberados. Y después, acabada la oración, dices: "Amén". Por este "Amén", que
significa "así sea", refrendas y confirmas lo que se contiene en esta oración
que Dios nos ha entregado.
"Las cosas santas a los santos". Invitación a la comunión
19. Después de todo esto dice el sacerdote: "Las cosas santas a los santos"
(15). Santas son las cosas que están sobre el altar, puesto que sobre ellas ha
venido el Espíritu Santo. Santos sois también vosotros, enriquecidos por el don
del Espíritu Santo. Y las cosas santas son buenas para los santos. Vosotros,
además, añadís: "Solo hay un santo y un solo Señor Jesucristo". Pues realmente
solo uno es santo, santo por naturaleza; pero también nosotros somos santos,
pero no por naturaleza, sino por participación y por la práctica de las obras y
el deseo.
La comunión del cuerpo y la sangre del Señor
20. Oíste después la voz del salmista que os invitaba, por medio de cierta
divina melodía, a la comunión de los santos misterios y decía: "Gustad y ved qué
bueno es el Señor" (Ps
34,9) (16). Pero no juzguéis ni apreciéis esto como una comida humana:
quiero decir, no así, sino desde la fe y libres de toda duda. Pues a los que los
saborean no se les manda degustar pan y vino, sino lo que éstos representan en
imagen, pero de modo real: el cuerpo y la sangre del Señor.
La comunión del cuerpo de Cristo
21. No te acerques, pues, con las palmas de las manos extendidas ni con los
dedos separados, sino que, poniendo la mano izquierda bajo la derecha a modo de
trono que ha de recibir al Rey, recibe en la concavidad de la mano el cuerpo de
Cristo diciendo: "Amén". Súmelo a continuación con ojos de santidad cuidando de
que nada se te pierda de él. Pues todo lo que se te caiga considéralo como
quitado a tus propios miembros. Pues, dime, si alguien te hubiese dado limaduras
de oro, ¿no las cogerías con sumo cuidado y diligencia, con cuidado de que nada
se te perdiese y resultases perjudicado? ¿No procuraras con mucho más cuidado y
vigilancia que no se te caiga ni siquiera una miga, que es mucho más valiosa que
el oro y que las piedras preciosas?
La comunión de la sangre de Cristo
22. Y después de la comunión del cuerpo de Cristo, acércate también al cáliz de
la sangre: sin extender las manos, sino inclinándote hacia adelante, expresando
así adoración y veneración, mientras dices "Amén", serás santificado al tomar
también de la sangre de Cristo. Y cuando todavía tienes húmedos los labios,
tocándolos con las manos, santifica tus ojos y tu frente y los demás sentidos.
Por último, en oración expectante, da gracias a Dios, que te ha concedido
hacerte participe de tan grandes misterios.
23. Guardad integras estas tradiciones, y guardaos a vosotros mismos sin mancha.
No os apartéis de la comunión ni mancilléis con vuestros pecados estos sagrados
y espirituales misterios. "Que él, el Dios de la paz, os santifique plenamente,
y que todo vuestro ser, el Espíritu, el alma y el cuerpo, se conserve sin mancha
hasta la Venida de nuestro Señor Jesucristo" (1Th
5,23), a quien sea la gloria, el honor y el imperio con el Padre y el
Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
Notas
(1) Es el sentido directo de las expresiones del texto original.
(2) Cf. Ez
10,21.
(3) "Teología" esta aquí empleada, no en el sentido actualmente corriente de
"conocimiento de Dios", sino en el sentido cultual de alabanza o celebración de
Dios. La frase Podría traducirse: "Recitemos, por tanto, esta liturgia divina".
(4) Vid. la insistencia de esta idea infra., núm. 19.
(5) "Suplicamos al Dios misericordioso...", etc. (en el original, philanthropon)
es formula griega muy corriente para la epiclesis Cf. en la edición mencionada
de MIGUE PG 33,1.115, nota 1.
(6) El Padre nuestro, completo en
Mt 6,9-13.
Como en casi toda esta versión, también aquí se utilizara la de la Biblia de
Jerusalén, no la versión litúrgica oficial española actual. Con respecto a la
versión "cotidiano", O "de cada día", aplicado al pan según
Mt 6,11,
véase más abajo el núm. 15.
(7) Cf. 1Co
15,49: "Y del mismo modo que hemos llevado la imagen del hombre terreno,
llevaremos también la imagen del celeste", lo cual queda expuesto en 1 Cor. al
hablar del modo de la resurrección.
(8) Cf. 2Co
6,16, que cita a Ez
2Co 37,27:
"Porque nosotros somos santuario de Dios vivo, como dijo Dios: 'Habitaré en
medio de ellos y andaré entre ellos; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo'".
(9) El texto original de la catequesis señala, de modo más expreso "haciendo sus
voluntades" o "sus deseos", pero la traducción ofrecida responde mejor al
sentido bíblico original y a la versión de los LXX.
(10) Esta traducción es discutible, pero
Mt 6,11,
cuya traducción siempre causo problemas, admite diversas interpretaciones. El
texto griego de Mt llama a este pan epiousios, que puede traducirse por
"cotidiano", pero también por "sustancial" (en cuanto derivado de ousia y de
épeinai). Es sobre este sentido sobre el que Cirilo basa su explicación. La
traducción "necesario" puede mediar entre los sentidos de cotidianeidad y de
necesidad sustancial.
(11) El "hoy" de cada día en que Dios constantemente está llamando al hombre. En
otro orden de cosas, la catequesis participa de la opinión extendida comúnmente
entonces, de que Pablo es el autor de la carta a los Hebreos.
(12) Cf. también
Rm 5,3-4.
(13) La idea que subyace a todo el párrafo es la, a pesar de todo, fragilidad
del discípulo, que siempre puede decir no a su Señor. El ejemplo de Pedro es
aducido por Cirilo para expresar que la caída en el pecado siempre puede
encontrar solución en la misericordia de Dios.
(14) La expresión ponerou puede referirse al mal en general o al "maligno",
refiriéndose en este caso al diablo. Cirilo se inclina por esta segunda
interpretación.
(15) Según recuerda PG 33,1.123, nota 1, esta expresión, como invitación a la
comunión, se encuentra en todas las liturgias griegas, en la liturgia mozárabe y
en diversas liturgias latinas.
(16) El Ps
34 es empleado frecuentemente en diversas liturgias antiguas como canto
de comunión, a la que se aplica especialmente el mencionado versículo 9.
| Vida |
San Vicente de Lerins murió antes del 450 y fue monje del famoso monasterio de
Lerins, situado en una isla frente a Niza. Semipelagiano según la terminología
acuñada en el siglo XVI, se opuso a San Agustín, rechazando su doctrina como
novedad. Su obra más conocida es el Commonitorium, escrita hacia el año 434 con elegancia y con
fuerza, donde sienta explícitamente la doctrina sobre la tradición y su valor en
donde enuncia las principales reglas para discernir la Tradición católica de los
engaños de los herejes;
esta obra ha sido también el punto de partida sobre el que más adelante se
desarrollaría el concepto de evolución homogénea del dogma.
La palabra Conmonitorio, bastante frecuente como título de obras en aquella
época, significa notas o apuntes puestos por escrito para ayudar a la memoria,
sin pretensiones de componer un tratado exhaustivo. En esta obra, San Vicente de Lerins se propuso facilitar, con ejemplos de la Tradición y de la historia de la
Iglesia, los criterios para conservar intacta la verdad católica.
No recurre a un método complicado. Las reglas que ofrece para distinguir la
verdad del error pueden ser conocidas y aplicadas por todos los cristianos de
todos los tiempos, pues se resumen en una exquisita fidelidad a la Tradición
viva de la Iglesia. "No ceso de admirarme -escribe- ante tanta insensatez de
algunos hombres (...) que, no contentos con la regla de la fe, entregada y
recibida de una vez para siempre desde la antigüedad, buscan indefinidamente
cada día cosas nuevas, y siempre se empeñan en añadir, cambiar o sustraer algo a
la religión; como si no fuese una doctrina celestial a la que basta haber sido
revelada de una vez para siempre, sino una institución terrena que no pueda ser
que con una continua enmienda o, más aun, rectificación".
El Conmonitorio constituye una joya de la literatura patrística. Su enseñanza
fundamental es que los cristianos han de creer quod semper, quod ubique, quod ab
omnibus: solo y todo cuanto fue creído siempre, por todos y en todas partes.
Varios Papas y Concilios han confirmado con su autoridad la validez perenne de
esta regla de fe. Sigue siendo plenamente actual este pequeño libro escrito en
una isla del sur de Francia, hace más de quince siglos.
Poco sabemos sobre la vida de San de Lerins. Fue un Padre de la Iglesia del
siglo V. Se poseen escasos datos sobre su vida; solo los de una breve noticia
que le dedica el marsellés Genadio (De viris illustribus, 64; PL 58,1097-98) y
los que se desprenden de su obra más importante: el Commonitorio. Era de origen
francés, aunque se ignora el lugar de su nacimiento y donde paso su vida,
solamente que, se hizo religioso una vez "ahuyentados los vientos de la vanidad
y de la soberbia, aplacando a Dios con el sacrificio de la humildad cristiana".
¿Tuvo un pasado borrascoso, como parece deducirse de cierta alusión que hace en
uno de sus libros? No es seguro, posiblemente el énfasis que pone en sus
palabras hay que cargarlo a cuenta de la severidad con que los santos
acostumbran a juzgarse a sí mismos.
Lo que sí es indudable es que fue un hombre muy docto en las Escrituras y en los
dogmas y con profundos conocimientos de las letras clásicas. Sacerdote en el
monasterio de la isla de Lerins (llamada hoy de San Honorato), con el seudónimo
de Peregrino compuso un tratado contra los herejes. Genadio narra también que es
autor de otra obra de tema análogo, cuyo manuscrito fue robado, por lo que
elaboro un breve resumen, que si se conserva. Murió en el reinado de Teodosio y
Valentiniano, poco antes del 450. El Commonitorio está escrito tres años después
del Conc. de Éfeso, es decir, el año 434.
Solo dos obras se le atribuyen con certeza: El Commonitorium primum, cuyo título
más antiguo es De Peregrino en favor de la antigüedad y universalidad de la fe
católica contra las profanas novedades de todos los herejes, y el Commonitorium
secundum, recapitulación del libro que fue robado. Se le atribuye también una
otra titulada Objectiones lerinianae, cuyo contenido conserva Prospero de
Aquitania (Pro Augustino responsiones al capitula objectionum vincentianarum: PL
51,177-186), y un florilegio de frases de San Agustín concernientes a los
misterios de la Santísima Trinidad y de la Encarnación, que conserva el Cód. 151
de Ripoll bajo el siguiente título: Excerpta sanctae memoriae Vincentii
lirinensis insulae presbyteri ex universo beatae recordationis Augustini in unum
collecta.
El Conmonitorio es uno de los libros que más historia ha dejado en pos de sí.
Hoy pasan de 150, entre ediciones y traducciones a diversas lenguas.
La palabra Conmonitorio, bastante frecuente como titulo de obras en aquella
época, significa notas o apuntes puestos por escrito para ayudar a la memoria,
sin pretensiones de componer un tratado exhaustivo. En esta obra, San Vicente de
Lerins se propuso facilitar, con ejemplos de la Tradición y de la historia de la
Iglesia, los criterios para conservar intacta la verdad católica.
No recurre a un método complicado. Las reglas que ofrece para distinguir la
verdad del error pueden ser conocidas y aplicadas por todos los cristianos de
todos los tiempos, pues se resumen en una exquisita fidelidad a la Tradición
viva de la Iglesia.
El Conmonitorio constituye una joya de la literatura patrística. Su enseñanza
fundamental es que los cristianos han de creer quod semper, quod ubique, quod ab
omnibus: solo y todo cuanto fue creído siempre, por todos y en todas partes.
Varios Papas y Concilios han confirmado con su autoridad la validez perenne de
esta regla de fe. Sigue siendo plenamente actual este pequeño libro escrito en
una isla del sur de Francia, hace más de quince siglos.
2201 1. Dado que la Escritura nos aconseja: Pregunta a tus
padres y te explicarán, a tus ancianos y te enseñarán (1); Presta oídos a las
palabras de los sabios (2); y también: Hijo mío, no olvides estas enseñanzas,
conserva mis preceptos en tu corazón (3), a mí, Peregrino, ultimo entre todos
los siervos de Dios, me parece que es cosa de no poca utilidad poner por"
escrito las enseñanzas que he recibido fielmente de los Santos Padres.
Para mí esto es absolutamente imprescindible, a causa de mi debilidad, para
tener así al alcance de la mano una ayuda que, con una lectura asidua, supla las
deficiencias de mi memoria. Me inducen a emprender este trabajo, además, no solo
la utilidad de esta obra, sino también la consideración del tiempo y la
oportunidad del lugar. En cuanto al tiempo, ya que él nos arrebata todo lo que
hay de humano, también nosotros debemos, en compensación, robarle algo que nos
sea gozoso para la vida eterna, tanto más cuanto que ver acercarse el terrible
juicio divino nos invita a poner mayor empeño en el estudio de nuestra fe; por
otra parte, la astucia de los nuevos herejes reclama de nosotros una vigilancia
y una atención cada vez mayores. En cuanto al lugar, porque alejados de la
muchedumbre y del trafago de la ciudad, habitamos un lugar muy apartado en el
que, en la celda tranquila de un monasterio, se puede poner en práctica, sin
temor de ser distraídos, lo que canta el salmista: Descansad y ved que soy el
Señor (4).
Aquí, todo se armoniza para alcanzar mis aspiraciones. Durante mucho tiempo he
sido perturbado por las diferentes y tristes peripecias de la vida secular.
Gracias a la inspiración de Jesucristo, conseguí por fin refugiarme en el puerto
de la religión, siempre segurísimo para todos. Dejados atrás los vientos de la
vanidad y del orgullo, ahora me esfuerzo en aplacar a Dios mediante el
sacrificio de la humildad cristiana, para poder así evitar no solo los
naufragios de la vida presente, sino también las llamas de la futura.
Puesta mi confianza en el Señor, deseo, pues, dar comienzo a la obra que me
apremia, cuya finalidad es poner por escrito todo lo que nos ha sido transmitido
por nuestros padres y que hemos recibido en depósito.
Mi intento es exponer cada cosa más con la fidelidad de un relator, que no con
la presunción de querer hacer una obra original. No obstante, me atendré a esta
ley al escribir: no decirlo todo, sino resumir lo esencial con estilo fácil y
accesible, prescindiendo de la elegancia y del amaneramiento, de manera que la
mayor parte de las ideas parezcan más bien enunciadas que explicadas.
Que escriban brillantemente y con finura quienes se sienten llevados a ello por
profesión o por confianza en su propio talento. En lo que a mí respecta, ya
tengo bastante con preparar estas anotaciones para ayudar a mi memoria, o mejor
dicho, a mí falta de memoria.
No obstante, no dejaré de poner empeño, con la ayuda de Dios, en corregirlas y
completarlas cada día, meditando en lo que he aprendido. Así, pues, en el caso
de que estos apuntes se pierdan y vayan a acabar en manos de personas santas,
ruego a éstas que no se apresuren a echarme en cara que algo de lo que en estas
notas se contiene espera todavía ser rectificado y corregido, según mi promesa.
2. Habiendo interrogado con frecuencia y con el mayor cuidado y atención a
numerosísimas personas, sobresalientes en santidad y en doctrina, sobre como
poder distinguir por medio de una regla segura, general y normativa, la verdad
de la fe católica de la falsedad perversa de la herejía, casi todas me han dado
la misma respuesta: "Todo cristiano que quiera desenmascarar las intrigas de los
herejes que brotan a nuestro alrededor, evitar sus trampas y mantenerse integro
e incólume en una fe incontaminada, debe, con la ayuda de Dios, pertrechar su fe
de dos maneras: con la autoridad de la ley divina ante todo, y con la tradición
de la Iglesia Católica".
Sin embargo, alguno Podría objetar: Puesto que el Canon de las Escrituras es de
por sí más que suficientemente perfecto para todo, ¿qué necesidad hay de que se
le añada la autoridad de la interpretación de la Iglesia?
Precisamente porque la Escritura, a causa de su misma sublimidad, no es
entendida por todos de modo idéntico y universal. De hecho, las mismas palabras
son interpretadas de manera diferente por unos y por otros. Se Podría decir que
tantas son las interpretaciones como los lectores. Vemos, por ejemplo, que
Novaciano explica la Escritura de un modo, Sabelio de otro, Donato*, Eunomio*,
Macedonio*, de otro; y de manera diversa la interpretan Fotino*, Apolinar*,
Prisciliano*, Joviniano*, Pelagio*, Celestio y, en nuestros días, Nestorio.
Es pues, sumamente necesario, ante las múltiples y enrevesadas tortuosidades del
error, que la interpretación de los Profetas y de los Apóstoles se haga
siguiendo la pauta del sentir católico.
En la Iglesia Católica hay que poner el mayor cuidado para mantener lo que ha
sido creído en todas partes, siempre y por todos. Esto es lo verdadera y
propiamente católico, según la idea de universalidad que se encierra en la misma
etimología de la palabra. Pero esto se conseguirá si nosotros seguimos la
universalidad, la antigüedad, el consenso general. Seguiremos la universalidad,
si confesamos como verdadera y única fe la que la Iglesia entera profesa en todo
el mundo; la antigüedad, si no nos separamos de ninguna forma de los
sentimientos que notoriamente proclamaron nuestros santos predecesores y padres;
el consenso general, por último, si, en esta misma antigüedad, abrazamos las
definiciones y las doctrinas de todos, o de casi todos, los Obispos y Maestros.
3. ¿Cuál deberá ser la conducta de un cristiano católico, si alguna pequeña
parte de la Iglesia se separa de la comunión en la fe universal?
-No cabe duda de que deberán anteponer la salud del cuerpo entero a un miembro
podrido y contagioso.
- Pero, ¿y si se trata de una novedad herética que no está limitada a un pequeño
grupo, sino que amenaza con contagiar a la Iglesia entera?
-En tal caso, el cristiano deberá hacer todo lo posible para adherirse a la
antigüedad, la cual no puede evidentemente ser alterada por ninguna nueva
mentira.
¿Y si en la antigüedad se descubre que un error ha sido compartido por muchas
personas, o incluso por toda una ciudad, o por una región entera?
-En este caso pondrá el máximo cuidado en preferir los decretos -si los hay- de
un antiguo Concilio Universal, a la temeridad y a la ignorancia de todos
aquellos.
¿Y si surge una nueva opinión, acerca de la cual nada haya sido todavía
definido?
-Entonces indagara y confrontara las opiniones De nuestros mayores, pero
solamente de aquellos que, siempre permanecieron en la comunión y en la fe de la
única Iglesia Católica y vinieron a ser maestros probados de la misma. Todo lo
que halle que, no por uno o dos solamente, sino por todos juntos de pleno
acuerdo, haya sido mantenido, escrito y ensenado abiertamente, frecuente y
constantemente, sepa que él también lo puede creer sin vacilación alguna.
4. Para poner más de relieve cuanto he dicho, documentaré con ejemplos mis
aserciones, tratando de ello con un poco de mayor detenimiento, para que no
suceda que el deseo de ser breve a toda costa, me haga dejar atrás cosas
importantes.
En el tiempo de Donato (5), de quien han tomado el nombre los donatistas, una
parte considerable de África siguió las delirantes aberraciones de este hombre.
Olvidándose de su nombre, de su religión de su profesión de fe, antepusieron a
la Iglesia de Cristo la sacrílega temeridad de un solo individuo.
Quienes se opusieron entonces al impío cisma permanecieron unidos a las Iglesias
del mundo entero y solo ellos entre todos los africanos pudieron permanecer a
salvo en el santuario de la fe católica. Obrando así, dejaron a quienes habrían
de venir el ejemplo egregio de como se debe preferir siempre el equilibrio de
todos los demás a la locura de unos de pocos.
Un caso análogo sucedió cuando el veneno de herejía arriana contamino no ya una
pequeña región, sino el mundo entero, hasta el punto de que casi todos los
obispos latinos cedieron ante la herejía, algunos obligados con violencia, otros
sacerdotes reducidos y engañados.
Una especie de neblina ofusco entonces sus mentes, y ya no podían distinguir, en
medio de tanta confusión de ideas, cuál era el camino seguro que debían seguir.
Solamente el verdadero y fiel discípulo de Cristo que prefirió la antigua fe a
la nueva perfidia no fue contaminado por aquélla peste contagiosa.
Lo que por entonces sucedió muestra suficientemente los graves males a que puede
dar lugar un dogma inventado.
Todo se revoluciono: no solo relaciones, parentescos, amistades, familias, sino
también ciudades, pueblos, regiones. El mismo Imperio Romano fue sacudido hasta
sus fundamentos y trastornado de, arriba abajo cuando la sacrílega innovación
arriana, como nueva Bellona o Furia, sedujo incluso al Emperador, el primero de
todos los hombres.
Después de haber sometido a sus nuevas leyes incluso a los más insignes
dignatarios de la corte, la herejía empezó a perturbar, trastornar, ultrajar
toda cosa, privada y pública, profana y religiosa. Sin hacer ya distinción entre
lo bueno y lo malo, entre lo verdadero y lo falso, atacaba a mansalva a todo el
que se ponía por delante. Las esposas fueron deshonradas, las viudas ultrajadas,
las vírgenes profanadas. Se demolieron monasterios, se dispersaron los clérigos;
los diáconos fueron azotados con varas y los sacerdotes fueron enviados al
exilio. Cárceles y minas se colmaron de santos. Muchísimos, arrojados de las
ciudades, anduvieron errantes sin posada hasta que en los desiertos, en las
cuevas, entre las rocas abruptas perecieron miserablemente, víctimas de las
bestias salvajes y de la desnudez, del hambre y de la sed (6).
¿Y cuál fue la causa de todo esto? Una sola: la introducción de creencias
humanas en el lugar del dogma venido del cielo. Esto ocurre cuando, por la
introducción de una innovación vacía, la antigüedad fundamentada en los más
seguros basamentos es demolida, viejas doctrinas son pisoteadas, los decretos de
los Padres son desgarrados, las definiciones de nuestros mayores son anuladas; y
esto, sin que la desenfrenada concupiscencia de novedades profanas consiga
mantenerse en los nítidos limites de una tradición sagrada e incontaminada.
5. Es posible que alguno piense que yo invento o exagero por amor a la
antigüedad y odio a las novedades.
Quienquiera que así piense, preste por lo menos audiencia a San Ambrosio*, el
cual, en el segundo libro dedicado al Emperador Graciano, deplorando la
perversidad de los tiempos, exclamaba: "Dios Todopoderoso, nuestros sufrimientos
y nuestra sangre ya han rescatado suficientemente las matanzas de confesores*,
el exilio de obispos y tantas otras cosas impías y nefandas. Ha quedado más que
claro que quienes han violado la fe no pueden estar seguros" (7).
Y en el tercer libro de la misma obra dice: "Observamos fielmente los preceptos
de nuestros Padres, y no rompemos con insolente temeridad el sello de la
herencia. Porque ni los señores, ni las Potestades, ni los Ángeles, ni los
Arcángeles han osado abrir aquel profético libro sellado: solo a Cristo compete
el derecho de desplegarlo".
"¿Quién de nosotros se atrevería a romper el sello del libro sacerdotal, sellado
por los confesores y consagrado por tantos mártires? Incluso aquellos mismos
que, constreñidos por la violencia, lo habían violado, inmediatamente rechazaron
el engaño en que habían caído y tornaron a la fe antigua. Quienes no osaron
violarlo, vinieron a ser confesores y mártires. ¿Cómo Podríamos renegar de su
fe, si celebramos precisamente su victoria?" (8).
A todos ellos vaya, oh venerable Ambrosio, nuestra alabanza, nuestro encomio,
nuestra admiración.
¿Quién sería tan estulto que, no pudiendo igualarlos, no desee al menos imitar a
estos hombres, a quienes ninguna violencia consiguió desviar de la fe de los
Padres?
Amenazas, lisonjas, esperanza de vida, temor a la muerte, guardias, corte,
emperador, autoridades, no sirvieron de nada: hombres y demonios fueron
impotentes ante ellos.
Su tenaz apagamiento a la fe antigua los hizo dignos, a los ojos del Señor, de
una gran recompensa. Por medio de ellos, Él quiso levantar las Iglesias
postradas, volver a infundir nueva vida a las comunidades cristianas agotadas,
restituir a los sacerdotes las coronas caídas.
Con las lágrimas de los obispos que permanecieron fieles, Dios ha limpiado, como
con una fuente celestial, no ya las formulas materiales, sino la mancha moral de
la impiedad nueva. Por medio de ellos, en fin, ha reconducido al mundo entero
-todavía sacudido por la violenta y repentina tempestad de la herejía- de la
nueva perfidia a la fe antigua, de la reciente insania a la primitiva salud, de
la ceguera nueva a la luz de antes.
Mas lo que debemos destacar principalmente en este valor casi divino de los
confesores es que han defendido la fe antigua de la Iglesia universal y no la
creencia de ninguna fracción de ella.
Nunca habría sido posible que tan grandes hombres se prodigasen en un esfuerzo
sobrehumano para sostener las conjeturas erróneas y contradictorias de uno o dos
individuos, o que se empleasen a fondo en favor de la irreflexiva opinión de una
pequeña provincia.
En los decretos y en las definiciones de todos los obispos de la Santa Iglesia,
herederos de la verdad apostólica y católica, es en lo que han creído,
prefiriendo exponerse a sí mismos a la muerte antes que traicionar la antigua fe
universal.
Así merecieron alcanzar una gloria tan grande, que fueron considerados no solo
confesores, sino, con todo derecho, príncipes de los confesores.
Notas
(1) Dt 32,7.
(2) Pr 22,17.
(3) .
(4) Ps
45,11.
(5) Comienzos del siglo IV.
(6) SAN ATANASIO: Encyclica ad episcopos epistola y SAN HILARIO DE POITIERS: Ad
Constantium Augustum, Contra Constantium lmperatorem, son puntos de apoyo para
este cuadro, que parece exagerado, que nos describe San Vicente de Lerins. Quizá
en Occidente la persecución arriana no llego a revestir caracteres tan
dramáticos.
(7) De Fide ad Gratianum Augustum, lib. II, cap. 16,141: ML 16,613.
(8) Ibid., lib. III, cap. 15,128: ML 16,639-640.
6. El ejemplo verdaderamente grande y divino de estos Bienaventurados debería
ser objeto constante de meditación para todo verdadero católico.
Ellos, irradiando como un candelabro de siete brazos la luz septiforme del
Espíritu Santo (9), han mostrado, de manera clarísima, a los que vendrían
detrás, como en un futuro, ante cualquier verborrea jactanciosa del error, se
puede aniquilar la audacia de innovaciones impías con la autoridad de la
antigüedad consagrada.
Por lo demás, esta manera de actuar no es novedad en la Iglesia; efectivamente,
en ella siempre se observo que cuanto más ha crecido el fervor de la piedad, con
tanta mayor presteza se ha puesto barrera a las nuevas invenciones.
Hay una gran cantidad de ejemplos, pero para no alargarme demasiado, solo me
referiré a uno, adecuadísimo para nuestra finalidad, tomándolo de la historia de
la Sede Apostólica. Todos podrán ver, con más claridad que la propia luz, con
cuanta fortaleza, diligencia y celo los venerables sucesores de los santos
Apóstoles han defendido siempre la integridad de la doctrina recibida una vez
para siempre.
Sucedió que el Obispo de Cartago, Agripino, de piadosa memoria, tuvo la idea de
hacer que los herejes se volvieran a bautizar; y esto contra la Escritura,
contra la norma de la Iglesia universal, contra la opinión de sus colegas,
contra las costumbres y los usos de los Padres (10).
Esto dio origen a grandes males, porque no solo ofrecía a todos los herejes un
ejemplo de sacrilegio, sino que también fue ocasión de error para no pocos
católicos.
Dado que en todas partes se protestaba contra esta novedad, y en cada sitio los
obispos tomaban diferentes posturas con respecto a ella, según les dictaba su
propio celo, el Papa Esteban, de santa memoria, Obispo de la Sede Apostólica, se
sumo con mayor fuerza que nadie a la oposición de sus colegas, pues entendía
-acertadamente, a mi parecer- que debía sobrepasar a todos en la devoción a la
fe tanto cuanto los sobrepasaba por la autoridad de su Sede (11).
Escribió entonces una carta a África y decreto en estos términos: "Ninguna
novedad, sino solo lo que ha sido transmitido".
Sabia aquel hombre santo y prudente que la misma naturaleza de la religión exige
que todo sea transmitido a los hijos con la misma fidelidad con la cual ha sido
recibido de los padres, y que, además, no nos es lícito llevar y traer la
religión por donde nos parezca, sino que más bien somos nosotros los que tenemos
que seguirla por donde ella nos conduzca.
Y es propio de la humildad y de la responsabilidad cristiana no transmitir a
quienes nos sucedan nuestras propias opiniones, sino conservar lo que ha sido
recibido de nuestros mayores.
¿Cómo acabo, pues, la cosa? ¿Cómo había de acabar sino de la manera acostumbrada
y normal? Se atuvieron a la antigüedad y se rechazo la novedad.
¿Es que acaso no hubo defensores de la innovación? Al contrario, hubo un tal
despliegue de ingenios, una tal profusión de elocuencia, un número tan grande de
partidarios, tanta verosimilitud en las tesis, tal cumulo de citas de la Sagrada
Escritura, aun que interpretada en un sentido totalmente nuevo y errado, que de
ninguna manera, creo yo, se habría podido superar toda aquella concentración de
fuerzas, si la innovación tan acérrimamente abrazada, defendida, alabada, no se
hubiera venido abajo por sí misma, precisamente a causa de su novedad.
¿Qué ocurrió con los decretos de aquel concilio africano y cuáles fueron sus
consecuencias? (12).
Gracias a Dios no sirvieron para nada. Todo se esfumo como un sueño y una fabula
y fue abolido como cosa inútil, rechazado, no tenido en cuenta.
Pero he aquí que se produjo una situación paradójica.
Los autores de aquella opinión son considerados católicos, y en cambio sus
seguidores son herejes; los maestros fueron perdonados y los discípulos
condenados. Quienes escribieron los libros erróneos serán llamados hijos del
reino, mientras que el infierno acogerá a quienes se hacen sus defensores (13).
¿Quién puede ser tan loco hasta el punto de poner en duda que el beato
Cipriano*, luz esplendorosa entre todos los santos obispos y mártires, reina
junto con sus colegas eternamente con Cristo?
Y al contrario, ¿quién Podría ser tan sacrílego que negase que los donatistas y
las otras pestes, que presuntuosamente quieren rebautizar apoyándose en la
autoridad de aquel concilio, arderán eternamente con el diablo?
7. A mi modo de ver, un juicio tan severo fue pronunciado por el Cielo a causa
de la malicia de estos mixtificadores, que no dudaban en encubrir con otro
nombre las herejías que fabricaban.
Con frecuencia se apropiaban de pasajes complicados y poco claros de algún autor
antiguo, los cuales, por su misma falta de claridad parecía que concordaban con
sus teorías; así simulaban que no eran los primeros ni los únicos que pensaban
de esa manera.
Esta falta de honradez yo la califico de doblemente odiosa, porque no tienen
escrúpulo alguno en hacer que otros beban el veneno de la herejía, y porque
mancillan la memoria de personas santas, como si esparcieran al viento, con mano
sacrílega, sus cenizas dormidas.
Haciendo revivir determinadas opiniones, que mejor era dejar enterradas en el
silencio, llevan a cabo una difamación. En esto siguen a la perfección las
huellas de su primer modelo Cam, que no solo no se preocupo de cubrir la
desnudez de Noé, sino que la hizo notar a los demás para burlarse (14).
A causa de una ofensa tan grave a la piedad filial, hasta sus descendientes
estuvieron incursos en la maldición que mereció su pecado. Su comportamiento fue
totalmente contrario al de sus hermanos, los cuales se negaron a profanar con su
mirada la venerable desnudez de su padre y a exponerle a las miradas de otros,
sino que, como está escrito, lo cubrieron acercándose de espaldas. No aprobaron
ni censuraron el error de aquel hombre santo, y por eso merecieron una
espléndida bendición, que se extendió a sus hijos de generación en generación.
Pero volvamos a nuestro tema. Debemos tener horror, como si de un delito se
tratara, a alterar la fe y corromper el dogma; no solo la disciplina de la
constitución de la Iglesia nos impide hacer una cosa así, sino también la
censura de la autoridad apostólica.
Todos conocemos con cuanta firmeza, severidad y vehemencia San Pablo se lanza
contra algunos que, con increíble frivolidad, se habían alejado en poquísimo
tiempo de aquel que los había llamado a la gracia de Cristo, para pasarse a otro
Evangelio, aun que la verdad es que no existe otro Evangelio (15); además, se
habían rodeado de una turba de maestros que secundaban sus caprichos propios, y
apartaban los oídos de la verdad para darlos a las fabulas (16), incurriendo así
en la condenación de haber violado la fe primera (17).
Se habían dejado engañar por aquellos de quienes escribe el mismo Apóstol en su
carta a los hermanos de Roma: Os ruego, hermanos, que os guardéis de aquellos
que originan entre vosotros disensiones y escándalos, enseñando contra la
doctrina que vosotros habéis aprendido; evitad su compañía. Estos tales no
sirven a Cristo Señor nuestro, sino a su propia sensualidad; y con palabras
dulces y con adulaciones seducen los corazones de los sencillos (18).
Se introducen en las casas y hacen esclavas a las mujerzuelas cargadas de
pecados y movidas por toda clase de deseos, las cuales, aunque siempre
dispuestas a instruirse, no consiguen llegar nunca al conocimiento de la verdad
(19). Charlatanes y seductores, revolucionan familias enteras, enseñando lo que
no conviene, con el fin de adquirir una vil ganancia (20).
Hombres de mente corrompida y descalificados en materia de fe (21), presuntuosos
e ignorantes, que se enzarzan en discusioncillas y en diatribas estériles;
privados de la verdad, piensan que la piedad es algo lucrativo (22).
Como no tienen nada en que ocuparse, se dedican al correteo; y no solo están
ociosos, sino que son parlanchines e indiscretos, hablando de lo que no deben
(23). Han despreciado una buena conciencia y han naufragado en la fe (24).
Sus palabrerías fútiles y profanas hacen que cada vez vayan más adelante en la
impiedad, y esas palabras suyas corroen como la gangrena (25). Con razón se ha
escrito de ellos: no lograran sus intentos, porque su necedad se hará patente a
todos, como se hizo la de aquellos (Jannes y Mambres) (26).
Notas
(9) En los libros de Esdras (Esd
25,31-38 Esd
37,17-23) y de Zacarías (Za
4,2-3) se menciona el candelabro de los siete brazos, que aun hoy día es
un elemento en la liturgia judía. En la Iglesia, el candelabro de siete brazos
ha sido considerado con frecuencia como símbolo del Espíritu Santo con sus siete
dones; puede verse: SAN JERÓNIMO: In Zachariam, lib. I, cap. 4: ML 25,1442. BEDA
EL VENERABLE: In Pentateuchum, Ex 25: ML 91. 323. RABANO MAURO: In Exodum, lib.
III, cap. 12: ML 108,154.
(10) Agripino fue Obispo de Cartago en los comienzos del siglo III. Se pensaba
también que los herejes, en cuanto que están fuera de la Iglesia, no poseían el
Espíritu Santo y, por consiguiente, no podían administrar válidamente los
Sacramentos. San Agustín demostró teológicamente que la validez de los
Sacramentos no depende de la santidad de los ministros, porque es Cristo quien
actúa en ellos.
(11) El Papa San Esteban excomulgo a San Cipriano y a todos los Obispos
africanos que afirmaban que había que volver a bautizar a los que provenían de
la herejía. San Cipriano defendía su postura de buena fe, creyendo que la
tradición estaba de su parte. Se levanto una dura polémica, hasta que prevaleció
la palabra del Papa. San Esteban y San Cipriano murieron mar tires en los años
257 y 258 respectivamente, en la persecución llevada a cabo por el emperador
Valeriano. volver)
(12) Se refiere San Vicente de Lerins al concilio que Agripino convoco en
Cartago, en el que tomaron parte setenta obispos y en el que decidieron
rebautizar a los herejes.
(13) SAN AGUSTÍN, en De único baptismo contra Petilianum, capítulo 13; ML
43,607, se expresa de esta manera dura, contra los donatistas, que continuaron
bautizando incluso a los católicos que se les sumaban: "En lo que a mí respecta,
diré con pocas palabras lo que pienso de esta cuestión: que aquellos
rebautizaran a los herejes fue un error humano; pero que éstos continúen todavía
hoy re bautizando a los católicos es una presunción diabólica".
(14) Cfr. Gn
9,20-27. SAN GREGORIO MAGNO, en Moralium, libro 25, cap. 16,37: ML
76,345-345, utiliza el mismo pasaje de la Biblia para advertir a los súbditos
que no pongan en evidencia las debilidades de los superiores, pues esto Podría
llevar a que los más débiles acabasen faltando al respeto que la autor dad
siempre merece; hay formas de hacer ver los errores, incluso a los superiores,
teniendo en cuenta la delicadeza y la discreción. En el Evangelio, el Señor nos
habla de la delicada corrección fraterna:
Mt 18,15.
Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, las referencias a la corrección
fraterna son abundantes: Cf. p. e.,
Ps 40,5 Pr 19,25 Si 11,7 Si 19,13-17 2Th 3,15.
(15) Cf. Ga
1,6-7.
(16) Cfr. 2Tm 4,3-4.
(17) Cfr. 1Tm 5,12.
(18) Rm
16,17-18.
(19) Cfr. 2Tm 3,6-7.
(20) Cfr. Tt
1,10-11.
(21) Cfr. 2Tm 3,8.
(22) Cfr. 1Tm 6,4-5.
(23) Cfr. 1Tm 5,13.
(24) Cfr. 1Tm 1,19.
(25)) Cfr. 2Tm 2,16-17.
(26) 2Tm 3,9.
San Pablo compara a estos frívolos y defensa dados hombres con los magos
egipcios que se opusieron a Moisés (Ex
7,11), cuyos nombres nos ha legado la tradición judía, aunque no constan en
la Escritura.
8. Individuos de esa ralea, que recorrían las provincias y las ciudades
mercadeando con sus errores, llegaron hasta los Gálatas. Estos, al escucharlos,
experimentaron como una cierta repugnancia hacia la verdad; rechazaron el mana
celestial de la doctrina católica y apostólica y se deleitaron con la sórdida
novedad de la herejía.
La autoridad del Apóstol se manifestó entonces con su más grande severidad: aun
cuando nosotros mismos, o un ángel del cielo os predicase un Evangelio diferente
del que nosotros os hemos anunciado, sea anatema (27).
¿Y por qué dice San Pablo aun cuando nosotros mismos, y no dice ¿aunque yo
mismo?
Porque quiere decir que incluso si Pedro, o Andrés, o Juan, o el Colegio entero
de los Apóstoles anunciasen un Evangelio diferente del que os hemos anunciado,
sea anatema.
Tremendo rigor, con el que, para afirmar la fidelidad a la fe primitiva, no se
excluye ni así mismo ni a los otros Apóstoles.
Pero esto no es todo: aunque un ángel del cielo os predicase un Evangelio
diferente del que nosotros os hemos anunciado, sea anatema.
Para salvaguardar la fe entregada una vez para siempre, no le basto recordar la
naturaleza humana, sino que quiso incluir también la excelencia angélica: aunque
nosotros -dice- o un ángel del cielo.
No es que los santos o los ángeles del cielo puedan pecar, sino que es para
decir: incluso si sucediese eso que no puede suceder, cualquiera que fuese el
que intentase modificar la fe recibida, este tal sea anatema.
¡Pero quizá el Apóstol escribió estas palabras a la ligera, movido más por un
ímpetu pasional humano que por inspiración divina! Continua, sin embargo, y
repite con insistencia y con fuerza la misma idea, para hacer que penetre:
cualquiera que os anuncie un Evangelio diferente del que habéis recibido, sea
anatema (28).
No dice: si uno os predicara un Evangelio diferente del nuestro, sea bendito,
alabado, acogido; sino que dice: sea anatema, es decir, separado, alejado,
excluido, con el fin de que el contagio funesto de una oveja infectada no se
extienda, con su presencia mortífera, a todo el rebaño inocente de Cristo.
9. Podría pensarse que estas cosas fueron dichas solo para los Gálatas. En ese
caso, también las demás recomendaciones que se hacen en el resto de la carta
serian validas solamente para los Gálatas. Por ejemplo: si vivimos por el
Espíritu, procedamos también según el Espíritu. No seamos ambiciosos de
vanagloria, provocándonos los unos a los otros y envidiándonos recíprocamente
(29).
Pues si esto nos parece absurdo, ello quiere decir que esas recomendaciones se
dirigen a todos los hombres y no solo a los Gálatas; tanto los preceptos que se
refieren al dogma, como las obligaciones morales, valen para todos
indistintamente. Así, pues, igual que a nadie es lícito provocar o envidiar a
otro, tampoco a nadie es lícito aceptar un Evangelio diferente del que la
Iglesia Católica enseña en todas partes.
¿Quizá el anatema de Pablo contra quien anuncia se un Evangelio diferente del
que había sido predicado solo valía para aquellos tiempos y no para ahora?
En este caso, también lo que se prescribe en el resto de la carta: Os digo:
proceded según el Espíritu y no satisfaréis los apetitos de la carne (30), ya no
obligaría hoy.
Si pensar una cosa así es impío y pernicioso, necesariamente hay que concluir
que, puesto que los preceptos de orden moral han de ser observados en todos los
tiempos, también los que tienen por objeto la inmutabilidad de la fe obligan
igualmente en todo tiempo.
Por consiguiente, anunciar a los cristianos alguna cosa diferente de la doctrina
tradicional no era, no es, no será nunca lícito; y siempre fue obligatorio y
necesario, como lo es todavía ahora y lo será siempre en el futuro, reprobar a
quienes hacen bandera de una doctrina diferente de la recibida.
Así las cosas, ¿habrá alguien tan osado que anuncie una doctrina diferente de la
que es anunciada por la Iglesia, o será tan frívolo que abrace otra fe diferente
de la que ha recibido de la Iglesia?
Para todos, siempre, y en todas partes, por medio de sus cartas, se levanta con
fuerza y con insistencia el grito de aquel instrumento elegido, de aquel Doctor
de Gentes, de aquélla campaña apostólica, de aquel heraldo del universo, de
aquel experto de los cielos: "si alguien anuncia un nuevo dogma, sea
excomulgado".
Pero vemos como se eleva el croar de algunas ranas, el zumbido de esos mosquitos
y esas moscas moribundas que son los pelagianos*. Estos dicen a los católicos:
"Tomadnos por maestros vuestros, por vuestros jefes, por vuestros exégetas;
condenad lo que hasta ahora habéis creído y creed lo que hasta ahora habéis
condenado. Rechazad la fe antigua, los decretos de los Padres, el depósito de
vuestros mayores, y recibid..." ¿Recibid., qué? Me produce horror decirlo, pues
sus palabras están tan llenas de soberbia que me parece cometer un delito no ya
el decirlas, sino incluso refutarlas.
10. Pero alguien dirá: ¿Por qué Dios permite que con tanta frecuencia
personalidades insignes de la Iglesia se pongan a defender doctrinas nuevas
entre los católicos?
La pregunta es legítima y merece una respuesta amplia y detallada.
Pero responderé fundándome no en mi capacidad personal, sino en la autoridad de
la Ley divina y en la enseñanza del Magisterio eclesiástico.
Oigamos, pues, a Moisés: que él nos diga por qué de tanto en cuando Dios permite
que hombres doctos, incluso llamados profetas por el Apóstol a causa de su
ciencia (31), se pongan a enseñar nuevos dogmas que el Antiguo Testamento llama,
en su estilo alego rico divinidades extranjeras (32). (Realmente los herejes
veneran sus propias opiniones tanto como los paganos veneran sus dioses).
Moisés escribe: Si en medio de ti se levanta un profeta o un sonador -es decir,
un maestro confirmado en la Iglesia, cuya enseñanza sus discípulos y auditores
estiman que proviene de alguna revelación-, que te anuncia una señal o un
prodigio, aun que se cumpla la señal o el prodigio... (33).
Ciertamente, con estas palabras se quiere señalar un gran maestro, de tanta
ciencia que pueda hacer creer a sus seguidores, que no solamente conoce las
cosas humanas, sino que también tiene la presciencia de las cosas que sobrepasan
al hombre. Poco más o menos esto es lo que de Valentín*, Donato, Fotino,
Apolinar y otros de la misma calaña creían sus respectivos discípulos (34).
¿Y cómo sigue Moisés? y te dice: vamos detrás de otros dioses, que tú no
conoces, y sirvámoslos. ¿Qué son estos otros dioses sino las doctrinas erróneas
y extrañas? Que tú no conoces, es decir, nuevas e inauditas. Y sirvámoslas, o
sea, creámoslas y sigámoslas.
Pues bien, ¿qué es lo que dice Moisés en este caso?: No escuches las palabras de
ese profeta o ese sonador.
Pero yo planteo la cuestión: ¿Por qué Dios no impide que se ensene lo que El
prohíbe que se escuche?
Y Moisés responde: Porque te está probando Yavé, tu Dios, para ver si amas a
Yavé con todo tu corazón y con toda tu alma.
Así, pues, está más claro que la luz del sol el motivo por el que de tanto en
cuando la Providencia de Dios permite maestros en la Iglesia que prediquen
nuevos dogmas: porque te está probando Yavé.
Y ciertamente que es una gran prueba ver a un hombre tenido por profeta, por
discípulo de los profetas, por doctor y testigo de la verdad, un hombre
sumamente amado y respetado, que de repente se pone a introducir a escondidas
errores perniciosos. Tanto más cuanto que no hay posibilidad de descubrir
inmediatamente ese error, puesto que le coge a uno de sorpresa, ya que se tiene
de tal hombre un juicio favorable a causa de su enseñanza anterior, y se resiste
uno a condenar al antiguo maestro al que nos sentimos ligados por el afecto.
11. Llegados a este punto, alguno podrá pedirme que contraste las palabras de
Moisés con ejemplos tomados de la historia de la Iglesia. La petición es justa y
respondo a continuación.
Partiendo, en primer lugar, de hechos recientes y bien conocidos, ¿Podríamos
alguno de nosotros imaginar la prueba por la que atravesó la Iglesia, cuando el
infeliz Nestorio se convirtió repentinamente de oveja en lobo, comenzó a
desgarrar el rebaño de Cristo, al mismo tiempo que aquellos a quienes él mordía,
teniéndolo aun por oveja, estaban así más expuestos a sus mordiscos?
En verdad que difícilmente podía pasarle por la cabeza a nadie que pudiese estar
en el error quien había sido elegido por la alta judicatura de la corte imperial
y era tenido en la mayor estima por los Obispos.
Rodeado del afecto profundo de las personas piadosas y del fervor de una
grandísima popularidad, todos los días explicaba en público la Sagrada
Escritura, y refutaba los errores perniciosos de judíos y paganos. ¿Quién no
habría estado convencido de que un hombre de esta clase enseñaba la fe ortodoxa,
que predicaba y profesaba la más pura y sana doctrina?
Pero sin duda para abrir camino a una sola herejía, la suya, era por lo que
perseguía todas las demás mentiras y herejías. A esto precisamente es a lo que
se refería Moisés, cuando decía: Te esta probando Yavé, tu Dios, para ver si lo
amas.
Mas dejemos de lado a Nestorio, en el que siempre hubo más brillo de palabras
que verdadera sustancia, relumbrón más que efectiva valentía, y al cual el favor
de los hombres, y no la gracia de Dios, hacia aparecer grande ante la estimación
del vulgo.
Recordemos mejor a quienes, dotados de habilidad y del atractivo de los grandes
éxitos, se convirtieron para los católicos en ocasión de tentaciones no sin
importancia.
Así, por ejemplo, sucedió en Panonia en tiempos de nuestros Padres, cuando
Potino intento engañar a la iglesia de Sirmio. Había sido elegido obispo con la
mayor estima por parte de todos, y durante un cierto tiempo cumplió con su
oficio como un verdadero católico. Pero llego un momento en que, como el profeta
o visionario malvado del que habla Moisés, comenzó a persuadir al pueblo de Dios
que le había sido confiado de que debía seguir a otros dioses, es decir, a
novedades erróneas nunca antes conocidas.
Hasta aquí nada de extraordinario. Mas lo que lo hacía particularmente peligroso
era el hecho de que, para esta empresa tan malvada, se servía de medios no
comunes.
En efecto, poseía un agudo ingenio, riqueza de doctrina y óptima elocuencia;
disputaba y escribía abundantemente y con profundidad tanto en griego como en
latín, como lo muestran las obras que compuso en una y otra lengua.
Por fortuna, las ovejas de Cristo que le habían sido confiadas eran muy
prudentes y estaban vigilantes en lo que se refiere a la fe católica;
inmediatamente se acordaron de las advertencias de Moisés, y aunque admiraban la
elocuencia de su profeta y pastor, no se dejaron seducir por la tentación. Desde
ese momento empezaron a huir, como si fuera un lobo, de aquel a quien hasta poco
antes habían se guido como guía del rebaño.
Aparte de Fotino, tenemos el ejemplo de Apolinar, que nos pone en guardia contra
el peligro de una tentación que puede surgir en el seno mismo de la Iglesia, y
que nos advierte de que hemos de vigilar muy diligentemente sobre la integridad
de nuestra fe.
Apolinar introdujo en sus auditores la más dolorosa incertidumbre y angustia,
pues por una parte se sentían atraídos por la autoridad de la Iglesia, y por
otra eran retenidos por el maestro al que estaban habituados.
Vacilando así entre uno y otro, no sabían qué es lo que convenía hacer.
¿Era, quizá, aquél un hombre de poco o ningún relieve?
Al contrario, reunía tales cualidades, que se sentían llevados a creerlo,
incluso demasiado rápidamente en gran número de cosas. ¿Quién podía hacer
frente a su agudeza de ingenio, a su capacidad de reflexión y a su doctrina
teológica? Para hacerse una idea del gran número de herejías aplastadas, de los
errores nocivos a la fe desbaratados por él, basta recordar la obra insigne e
importantísima, de no menos de treinta libros, con la que refuto, con gran
número de pruebas, las locas calumnias de Porfirio*.
Nos alargaríamos demasiado si recordásemos aquí todas sus obras; merced a ellas
habría podido ser igual a los más grandes artífices de la Iglesia, si no hubiese
sido empujado por la insana pasión de la curiosidad a inventar no sé qué nueva
doctrina, la cual como una lepra, contagio y mancho todos sus trabajos, hasta el
punto de que su doctrina se convirtió en ocasión de tentación para la Iglesia,
más que de edificación.
Notas
(27) Ga 1,8.
(28) Ga 1,9.
(29) Ga
5,25-26.
(30) Ga 5,16.
(31) Cfr. 1Co 13,2.
(32) Cfr. Dt
13,2.
(33) Dt
13,1-3.
(34) El autor habla de Patino y de Apolinar en el apartado siguiente. Para
Valentino y Donato, ver el "Breve léxico de conceptos y nombres", al final de la
presente edición.
A primera vista parece que distingue sencillamente dos sustancias en Cristo,
pero de repente introduce dos personas. Cometiendo un crimen inaudito, afirma
que hay dos Hijos de Dios, dos Cristos, uno es Dios y el otro es hombre, uno es
engendrado por el Padre, el otro es nacido de la Madre. Por eso concluye que
María Santísima no puede ser llamada Theotokoshttp://ar.geocities.com/doctrinacatólica/conmonitorio/lexico02
- THEOTOKOS*, Madre de Dios, sino solamente
Christotokoshttp://ar.geocities.com/doctrinacatólica/conmonitorio/lexico02 -
CHRISTOKOS*, Madre de Cristo, en cuanto que de ella nació no el Cristo que es
Dios, sino el Cristo que es hombre.
Solamente alguien que no reflexione puede creer que Nestorio, en sus escritos,
admite un solo Cristo y predica una sola persona de Cristo. En realidad, se
expreso de una manera engañosa, para poder más fácilmente insinuar el mal a
través del bien, según nos dice el Apóstol: por medio de lo que es bueno me ha
dado la muerte (35).
Si en alguna parte de sus escritos proclama que cree en un solo Cristo y en una
sola persona de Cristo, lo dice solamente para engañar. En realidad afirma que
después de haber nacido de la Virgen, las dos personas se reunieron en un solo
Cristo, manteniendo así que en el tiempo de la concepción o del parto virginal
-e incluso durante un cierto tiempo después- hubo dos Cristos. Según esto,
Cristo habría nacido primero como un simple hombre ordinario, sin estar todavía
asociado en la unidad de persona al Verbo de Dios; solo después habría
descendido en Ella persona del Verbo que lo asumiría, y si ahora Cristo sigue
asumido en la gloria de Dios, hubo, no obstante, un tiempo durante el cual no
había ninguna diferencia entre El y los demás hombres.
12. Antes de seguir adelante, quizá se espera que me detenga a exponer las
doctrinas heréticas de quienes acabo de mencionar: Nestorio, Apolinar y Fotino.
En verdad esto se saldría de mi intento, porque no me he propuesto refutar los
errores uno a uno. Si he echado mano de algunos ejemplos: ha sido para demostrar
con claridad y evidencia que cuanto dice Moisés es verdad, o sea, para demostrar
que, si un doctor de la Iglesia -un profeta, Podríamos decir- que interpreta los
misterios proféticos, intenta introducir alguna novedad en la Iglesia de Dios,
es la Providencia de Dios quien lo permite para probarnos.
No obstante, no será inútil exponer, de pasada, las doctrinas de los herejes
antes citados.
En cuanto a Fotino, dice que existe un Dios único y solo, que hay que entender
según la mentalidad judaica. Niega, por tanto, la plenitud de la Trinidad y
mantiene que ni el Verbo de Dios ni el Espíritu Santo son personas reales.
Afirma, además, que Cristo fue solamente un hombre que tuvo su origen en María.
Reafirma, de todas las maneras posibles, que debemos honrar a la sola persona de
Dios Padre, y a Cristo como puramente hombre.
Apolinar declara que está de acuerdo con nosotros sobre la unidad de la
Trinidad, aunque luego, sobre este mismo punto, su fe no es del todo integra.
Acerca de la Encarnación del Señor blasfema abiertamente. Dice que en la carne
de Nuestro Salvador no había realmente un alma humana, o si la había, no tenía
inteligencia ni razón humanas.
La carne del Señor no fue tomada de la carne de la Santísima Virgen María
-afirma-, sino que descendió del cielo al seno de la Virgen. Siempre inconcreto
y vacilante, a veces afirmaba que esa carne es coeterna al Verbo de Dios, otras
veces que es creada por la divinidad del Verbo. No admitía que en Cristo hay dos
sustancias una divina y una humana, una proveniente del Padre y otra de la
Madre.
Pensaba realmente que la misma naturaleza del Verbo estaba dividida, como si una
parte de El permaneciese eternamente en Dios, mientras que otra parte se había
encarnado.
Así, mientras la verdad afirma que hay un solo Cristo, formado por dos
sustancias, él sostenía, al contrario, que dos sustancias se formaron de una
sola divinidad de Cristo.
Nestorio está infectado por un morbo totalmente opuesto al de Apolinar.
13. Estas son las cosas que Nestorio, Apolinar y Fotino, como perros rabiosos,
ladran contra la Iglesia Católica: Fotino no admite la Trinidad, Apolinar afirma
la convertibilidad de la naturaleza humana del Verbo y niega la existencia de
dos sustancias en Cristo, en cuanto que no admite en Cristo un alma entera, o
por lo menos no admite en ella la inteligencia y la razón, pretendiendo que el
lugar de la inteligencia lo ha ocupado el Verbo de Dios; por último, Nestorio
dice que ha habido siempre, o al menos durante un cierto tiempo, dos Cristos.
En cambio, la Iglesia Católica, que piensa rectamente acerca de Dios y acerca de
nuestro Salvador, no profiere blasfemias ni contra el misterio de la Trinidad ni
contra la Encarnación de Cristo.
La Iglesia adora una sola divinidad en la plenitud de la Trinidad y la igualdad
de la Trinidad en una única y misma majestad; profesa un solo Cristo Jesús, no
dos; el cual es igualmente Dios y hombre. Cree que en Él hay una sola persona,
pero dos sustancias; dos sustancias, pero una sola persona. Dos sustancias
porque el Verbo de Dios es inmutable, y por eso no puede transformarse en carne;
una sola persona, porque, admitiendo dos Hijos, Podría parecer que la Iglesia
adora una cuaternidad y no una Trinidad.
Pero quizá sea necesario tratar más detenidamente y con mayor precisión este
punto. En Dios hay una sola sustancia y tres personas; en Cristo, dos
sustancias, pero una sola persona. En la Trinidad hay diversas personas, pero la
sustancia es una; en el Salvador hay más sustancias, pero es única la persona
(36).
¿De qué manera hay en la Trinidad diferentes personas y no diferentes
sustancias? Porque una es la persona del Padre, otra la del Hijo, otra la del
Espíritu Santo; y, sin embargo, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no tienen
diferentes naturalezas, sino una única y la misma naturaleza.
¿Y cómo es que en el Salvador hay dos sustancias, pero no dos personas? Porque,
evidentemente, una cosa es la sustancia divina y otra la sustancia humana; sin
embargo, la divinidad y la humanidad no son dos Cristos, sino un único y el
mismo Hijo de Dios, una sola y misma persona, la de un único y mismo Cristo e
Hijo de Dios. Igual que en el hombre una cosa es la carne y otra es el alma, y
el alma y el cuerpo no forman sino un único y mismo hombre. En Pedro y en Pablo
una cosa es el alma y otra cosa es el cuerpo; pero el cuerpo y el alma de Pedro
no forman dos Pedros, ni existe un Pablo-alma y un Pablo-carne, subsistentes
cada uno por una doble y diferente naturaleza, la del alma y la del cuerpo (37)
Así, en un único y mismo Cristo hay dos sustancias, pero una es divina y la otra
humana, una procede de Dios Padre, la otra de la Virgen Madre; la primera es
coeterna e igual al Padre, la segunda es temporal e inferior al Padre; una es
consustancial al Padre, la otra consustancial a la Madre, sin embargo, es un
único e idéntico Cristo en ambas sustancias (38)
No tenemos, pues, un Cristo-Dios y un Cristo-hombre; el primero increado y el
segundo creado; uno impasible y el otro capaz de sufrir; uno igual al Padre y el
otro inferior a Él; uno engendrado por el Padre y el otro por la Madre. Existe
un único y mismo Cristo que es Dios y hombre, increado y creado, inmutable,
impasible, pero que al mismo tiempo ha estado sujeto a cambios y a sufrimientos;
un único y mismo Cristo, el cual es juntamente igual e inferior al Padre,
generado por el Padre antes de todos los siglos y nacido de la Madre en el
tiempo, perfecto Dios y perfecto hombre. En cuanto Dios, posee la plenitud de la
divinidad; en cuanto hombre, una humanidad perfecta. Perfecta, repito, que
comprende alma y carne: una carne verdadera como la nuestra, tomada de la Madre;
un alma inteligente, dotada de pensamiento y de razón.
En Cristo esta, pues, el Verbo, el alma y el cuerpo, pero todo eso es un solo
Cristo, un único Hijo de Dios, un Único Salvador y Redentor nuestro.
Un solo Cristo, no por una mezcolanza corruptible de la divinidad con la
humanidad -por lo demás, incomprensible-, sino por una total y singular unidad
de persona. Esta unión no modifico ni transformo ni una sustancia ni la otra
(que es el error propio de los arrianos*) (39), sino que más bien con junto en
una sola cosa las dos naturalezas, de modo que en Cristo permanecen eternamente
tanto la unicidad de una sola y misma persona como también las propiedades
especificas de cada naturaleza. De aquí se sigue que Dios no ha comenzado nunca
a ser cuerpo, ni el cuerpo cesara en ningún momento de ser tal. El ejemplo de la
naturaleza humana puede damos alguna luz al respecto. Cada hombre está compuesto
de alma y cuerpo, y así será siempre, y nunca sucederá que el cuerpo se cambie
en alma o el alma en cuerpo. Puesto que cada hombre vivirá para siempre en lo
sucesivo, en cada uno permanecerá necesariamente siempre la diferencia en las
dos sustancias. Así también en Cristo, la propiedad característica de cada
sustancia persistirá por toda la eternidad, quedando siempre a salvo la unidad
de persona.
14. Puesto que estamos pronunciando con mucha frecuencia el término "persona", y
decimos que Dios se ha hecho hombre in persona, es preciso prestar atención a
que no parezca que afirmamos que el Verbo de Dios ha asumido solo externamente
lo que es propio de la naturaleza humana, limitándose a imitar nuestras
acciones; y que no ha tomado parte en la actividad humana como un verdadero
hombre, sino solo aparentemente, como se hace en el teatro, donde un solo actor
puede hacer el papel de varios personajes, sin ser realmente ninguno de ellos.
Cada vez que los actores imitan la conducta de otros, aunque reproduzcan a la
perfección su modo de actuar y de comportarse, ellos no son los personajes
representados. En realidad, sirviéndome de términos profanos, cuando un actor
hace el papel de un sacerdote o de un rey, él no es ni sacerdote ni rey;
terminada la representación teatral, cesa de existir también el personaje
representado.
Lejos de nosotros este impío e ignominioso insulto hacia Cristo, propio de la
demencia maniquea*. Es tos predicadores de tonterías fantásticas afirman que el
Hijo de Dios, Dios mismo, no ha asumido realmente la naturaleza humana, sino
solo una apariencia de hombre en sus actos y en todo su comportamiento. La fe
católica, en cambio, afirma que el Verbo de Dios se hizo hombre hasta el punto
de asumir todo lo que pertenece a nuestra naturaleza, y no por vía de ficción o
de apariencia, sino de una manera real y sustancial. Los actos humanos que
llevaba a cabo eran actos suyos propios, y no imitación de actos de otro; su
actuar era expresión de su ser. Como cuando nosotros hablamos, conocemos,
vivimos, existimos, no imitamos a los hombres, sino que somos realmente tales.
Pedro y Juan, por ejemplo, eran hombres porque tal era su ser, no por imitación;
Pablo no fingía ser Apóstol o Pablo: él era Apóstol, él era Pablo. Así, el Verbo
de Dios, asumiendo y poseyendo la carne, predicando, actuando, sufriendo en la
carne -sin ningún menoscabo de la propia naturaleza divina- se digno mostrar que
El no imitaba o fingía ser un hombre perfecto, sino que realmente era lo que
parecía: hombre verdadero y no apariencia humana.
Igual que el alma uniéndose a la carne, sin transformarse en carne, no imita al
hombre, sino que lo constituye realmente, así también el Verbo de Dios,
uniéndose a la naturaleza humana, sin modificarse o confundirse con ella, se ha
hecho realmente hombre,
no una imitación o una apariencia de hombre.
Es preciso, pues, evitar absolutamente dar al término "persona" un significado
que suponga una imitación, una diferencia entre el que finge y el personaje
objeto de la ficción, en la que quien actúa no es nunca aquel a quien
representa.
Por eso, no suceda nunca que creamos que el Verbo Dios ha asumido de manera
ficticia semejante la naturaleza humana. Al contrario, nosotros debemos creer
que, permaneciendo inmutable su sustancia divina, ha asumido una naturaleza
humana completa en sí, que lo ha hecho ser carne, hombre, realidad humana no
simulada, sino verdadera; no imaginaria, sino entitiva; no destinada a cesar de
existir como al término de una acción escénica, sino a persistir para siempre de
manera sustancial
15. Esta unicidad de persona en Cristo se actuó y fue perfecta no después del
parto virginal, sino en el mismo seno de la Virgen. Por lo tanto, debemos
atender con todo cuidado a profesar no solamente que Cristo es uno, sino que
siempre ha sido uno. Sería una blasfemia intolerable sostener que ahora Cristo
es uno, pero que durante un determinado periodo de tiempo existieron dos: un
Cristo después del bautismo; dos, en cambio, en el momento de la natividad.
Podremos evitar tan grande sacrilegio solo si creemos que el hombre se unió a
Cristo en la unidad de persona ya desde el seno materno, en el mismo instante de
la concepción virginal, y no en el momento de la ascensión o de la resurrección,
o en el del bautismo.
En virtud de esta unidad de persona se atribuye indiferentemente y de manera
indistinta al hombre lo que es propio de Dios, y a Dios lo que es propio de la
carne (40). Por inspiración divina fue escrito que el Hijo del hombre bajo del
cielo (41) y que el Señor de la majestad fue crucificado en la tierra (42). Así
nosotros decimos que el Verbo de Dios fue hecho (43), que la Sabiduría misma de
Dios fue perfeccionada, que su ciencia fue creada, cuando es la carne del Señor
la que ha sido hecha, creada, como fue predicho que sus manos y sus pies serian
traspasados (44).
A causa de esta unidad de persona y en razón de este mismo misterio, es
perfectamente católico creer que cuando nació la carne del Verbo de una Madre
incontaminada, fue el mismo Dios Verbo quien nació de una Virgen. Negarlo sería
una impiedad grande. Nadie, pues, intente jamás privar a María Santísima del
privilegio de esta gracia divina y de una gloria tan especial.
Por el querer determinado del Señor, Dios nuestro e Hijo suyo, debemos
proclamarla con toda verdad y acierto Theotokos, Madre de Dios.
No, ciertamente, entendiéndolo en el sentido de una herejía impía, la cual
sostiene que María puede ser dicha Madre de Dios solo de nombre, en cuanto que
ha engendrado a un hombre que después se convirtió en Dios; al modo como usamos
comúnmente la expresión: madre de un sacerdote o madre de un obispo, no porque
estas mujeres hayan engendrado a un presbítero o a un obispo, sino porque han
puesto en el mundo hombres que después se han hecho sacerdotes u obispos. No en
este sentido, repito, María Santísima es Madre de Dios, sino, como se ha dicho
antes, porque en su sagrado seno se realizo el misterio sacrosanto por el cual,
en razón de una particular y única unidad de persona, el Verbo es carne en la
carne, y el hombre es Dios en Dios.
Notas
(35) Cfr. Rm
7,13.
(36) El texto latino dice: In Trinitate alius, non aliud atque aliud; in
Salvatore aliud atque aliud, non alius atque alius. Se comprende mejor esta
frase si se advierte que alius indica la persona, y aliud indica la naturaleza.
En la Trinidad hay diferentes alius, es decir,. personas", y un único aliud, o
sea, una naturaleza"; en Cristo hay un solo alius, persona", la del Verbo eterno
de Dios, y dos aliud, naturalezas, la divina y la humana. Por lo demás, se puede
advertir como San Vicente de Lerins sigue en su exposición la pauta del
Quicumque o Símbolo Atanasiano, hasta el punto de que se ha afirmado que no
sería San Atanasio el autor de este Símbolo, sino el mismo San Vicente.
(37) Cfr. Símbolo Atanasiano, 35; esta comparación, aunque sir va para dar una
idea de cómo en una sola persona se unen dos sustancias distintas, no es
totalmente correcta, porque alma y cuerpo no son naturalezas completas, mientras
que la naturaleza humana y la naturaleza divina de Cristo si lo son.
(38) TERTULIANO ya había hablado claramente de dos naturalezas en Cristo, unidas
sin confusión en una sola persona, Jesús, Dios y hombre: Adversus Praxeam, 27:
ML 2,213-216. SAN LEÓN MAGNO dice lo mismo en el Tomo a Flaviano, Epist. 28: ML
54,755-781; el CONCILIO DE CALEDONIA (a. 451) formula dogmáticamente esta
verdad.
(39) No es exacto que este error fuera el propio de los arrianos; éstos
afirmaban que el Hijo era inferior al Padre. San Vicente de Lerins debería
referirse aquí a los monofisitas, que decían que la naturaleza humana de Cristo
se había transformado o había sido absorbida en la naturaleza divina.
(40) Ver en el Breve léxico de conceptos y nombres.: Unión hipostática.
(41) Cfr. Jn
3,13.
(42) Cf. 1Co
2,8.
(43) Cfr. Jn
1,14.
(44) Cfr. Ps
21,17.
16. Pero ya es tiempo de hacer una breve síntesis, para recordarlo con mayor
facilidad, de todo lo que hemos dicho en torno a las herejías y a la fe
católica. Cuando se repiten las cosas, se comprenden mejor y se graban más
profundamente en la memoria.
Condena, pues, de Fotino, que rechaza la plenitud de la Trinidad y enseña que
Cristo fue pura y simplemente un hombre.
Condena de Apolinar, el cual sostiene que la divinidad de Cristo se transformo y
se corrompió, negando así la propiedad de una humanidad perfecta.
Condena de Nestorio, el cual afirma que Dios no ha nacido de una Virgen, admite
dos Cristos y, rechazando la fe en la Trinidad, nos propone una cuaternidad.
Bendita, en cambio, la Iglesia Católica, que adora a un solo Dios en la plenitud
de la Trinidad y la igualdad de las Tres Personas Divinas en una única
Divinidad, de manera que ni la unidad de sustancia diluye la propiedad de las
Personas, ni su distinción rompe la unidad de la Divinidad.
Bendita la Iglesia, la cual cree que en Cristo hay dos sustancias reales y
perfectas, pero que es única la persona de Cristo; la distinción entre las dos
naturalezas no escinde la unicidad de persona, ni la unicidad de persona
confunde las dos naturalezas diferentes.
Bendita la Iglesia, que para proclamar que Cristo es y ha sido siempre uno
profesa que el hombre se unió a Dios en el seno mismo de la Madre, y no después
del parto.
Bendita sea esta Iglesia, la cual comprende que Dios se ha hecho hombre, no por
una modificación de su naturaleza, sino en virtud de la persona, no de una
persona ficticia o provisional, sino real y permanente.
Bendita la Iglesia, la cual enseña que esta unicidad de persona es hasta tal
punto profunda, que atribuye al hombre, por un misterio admirable e inefable, lo
que es de Dios y a Dios lo que es del hombre. En virtud de esta unicidad, la
Iglesia no teme afirmar que el hombre, en cuanto Dios, descendió del cielo, y
creer que Dios, en cuanto hombre, nació en la tierra, padeció y fue crucificado.
Consecuencia de esta unicidad, la Iglesia confiesa que el hombre es Hijo de Dios
y que Dios es Hijo de una Virgen.
Bendita, pues, y veneranda, bendita y sacrosanta es esta profesión de fe,
totalmente comparable a la alabanza angélica que da gloria al único Señor Dios
con una trina exaltación de su divinidad (45). La Iglesia predica la unicidad de
Cristo principalmente por esto: para respetar el misterio de la Trinidad.
Todo lo que he dicho en esta digresión, si a Dios place, lo trataré de manera
más amplia y completa en otra ocasión. Ahora volvamos a nuestro tema.
17. Decíamos que en la Iglesia de Dios el error de un maestro es una tentación
para los fieles; tentación tanto mayor cuanto más docto es el que yerra.
He probado esto ya con la autoridad de la Escritura, después con ejemplos de la
historia eclesiástica, recordando aquellos hombres que fueron tenidos durante
cierto tiempo por plenamente ortodoxos y que acabaron en una secta acatólica o
incluso fundaron una herejía. Este es un aspecto muy importante, que por lo
mismo es necesario conocer y tener siempre presente, incluso ilustrado con gran
número de ejemplos para hacer que penetre bien en la mente, con el fin de que
los verdaderos católicos sepan que deben recibir a los Doctores con la Iglesia,
y no abandonar la Iglesia por los Doctores (46).
Yo Podría aducir numerosos ejemplos de tal clase de tentación, pero pienso que
ninguno es comparable al caso de Orígenes*.
Poseía cualidades tan excepcionales y maravillosas que cualquiera habría
prestado fe, desde el primer momento, a todas sus afirmaciones. Pues si la vida
edifica la autoridad de una persona, él fue un hombre de gran laboriosidad,
castidad, paciencia y constancia no comunes. Y si consideramos su cuna y su
ciencia, ¿quién más noble que él? Nació de una familia ilustrada por el
martirio, y después de haber sido privado de padre y de hacienda, por la causa
de Cristo, salió adelante en medio de las estrechuras de una santa pobreza,
sufriendo con frecuencia, según nos han contado siempre, por confesar el nombre
del Señor.
Poseía otras muchas dotes, que después se mudaron en motivos de tentación. Su
inteligencia era tan vasta, penetrante, aguda, noble, que no tenía rival.
Además, tenía tal conocimiento de la doctrina cristiana y una erudición tan
grande que pocas cosas de la filosofía divina se le escapaban, y casi ninguna de
la humana había que él no hubiera adquirido profundamente.
Su ciencia no se limitó a las obras griegas, sino que también se extendió a las
hebraicas.
¿Debo recordar su elocuencia? Era tan agradable, pura, suave, que se habría
podido decir que era miel, no palabras, lo que destilaban sus labios. No había
cuestión difícil de exponer que él no hiciese límpida con la fuerza de su
razonamiento, ni cosas que parecían arduas que él no hiciese facilísimas.
-¿Pero no habrá, quizá, construido sus obras y fundamentado sus asertos
solamente sobre argumentos racionales?
-Al contrario, no ha habido nunca maestro que haya utilizado más que él la
Sagrada Escritura.
-Puede que haya escrito poco.
¡En absoluto! Ningún mortal ha escrito más que él, tanto que no es posible,
pienso yo, no solo leer todas sus obras, pero ni siquiera encontrarlas todas. Y
para que no le faltase ningún medio para formarse y perfeccionarse en la
ciencia, tuvo el don de la plenitud de los años.
-Quizá haya tenido poca suerte con sus discípulos.
-¿Hubo alguien más afortunado que él? Innumerables son los doctores, los
obispos, los confesores, los mártires salidos de su escuela. Es verdaderamente
imposible medir la admiración, la gloria, el favor de que gozo por parte de
todos. ¿Quién, por poco religioso que fuese, no acudía a él desde los más
remotos rincones de la tierra? Sabemos por la historia que era reverenciado no
solo por las personas privadas, sino incluso por el mismo emperador. Se cuenta
que la madre del emperador Alejandro lo hizo llamar a su lado a causa de la
sabiduría divina que sobreabundaba en él, y que ella deseaba ardientemente
conocer. Otro testimonio lo encontramos en las cartas que escribió, con
autoridad de maestro, al emperador Felipe*, primer príncipe de Roma; que se hizo
cristiano.
Y si no se quiere dar crédito a nuestro testimonio cristiano en torno a su
increíble ciencia, escuchemos al menos lo que de ella dicen los filósofos
paganos.
El impío Porfirio narra que, siendo él todavía un chiquillo, fue hasta
Alejandría atraído por la fama de Orígenes, y allí lo vio, ya muy avanzado en
edad, pero con tal clase y con tanta grandeza, que parecía que él había
construido la ciudadela de toda la sabiduría.
Pero se nos echaría la noche encima antes de que yo pudiese exponer, ni siquiera
sucintamente, una mínima parte de las dotes insignes que se encontraban juntas
en ese hombre.
Sin embargo, todas estas cualidades no sirvieron solamente para la gloria de la
religión, sino también para hacer la tentación más peligrosa. Nadie se habría
encontrado dispuesto a abandonar a un hombre de tan gran ingenio, de doctrina y
dotes tan eximias; cualquiera habría repetido la sentencia: "Es preferible estar
equivocado con Orígenes que tener razón con los demás": ¿Se Podría añadir algo
más?
La tentación que esta gran personalidad, este doctor y profeta insigne provocó
no fue de poca monta, sino que fue de tal envergadura, como demuestra el
resultado final, que desvió a muchísimos de la integridad de la fe.
Por haber abusado con temeridad de la gracia de Dios, por haber hecho demasiadas
concesiones a su inteligencia y puesto una confianza desmesurada en sí mismo,
por haber considerado en poco la antigua sencillez de la religión cristiana,
presumiendo en cambio de saber más que los otros; por haber despreciado las
tradiciones de la Iglesia y el magisterio de los antiguos, interpretando de
manera totalmente novedosa algunos pasajes de la Sagrada Escritura; por todo
eso, Orígenes -aun siendo tan eminente y extraordinario como era- mereció que
también a propósito de él se le dijese a la Iglesia de Dios: "Si en medio de ti
se levanta un profeta..., no escuches las palabras de ese profeta..., porque te
está probando Yavé, tu Dios, para ver si le amas o no".
Y, por cierto, no fue ésta una prueba indiferente para la Iglesia que, confiando
en él y arrebatada por la admiración de su ingenio, de su ciencia, de su
elocuencia, de su modo de vivir, de su autoridad, sin sospechar nada ni temer
nada, se veía arrancada de )a antigua fe y deslizarse hacia novedades profanas.
Alguno dirá: las obras de Orígenes fueron interpoladas y amañadas. Lo concedo, e
incluso desearía que lo hubiesen sido todavía más. Hay muchos que hablan y
escriben acerca de estas interpolaciones, y no solo católicos, sino también
herejes. Lo que yo quiero subrayar es el hecho de que, aunque los libros no
hayan sido escritos por Orígenes, sino empleando su nombre, fueron igualmente
ocasión de gran tentación. Hormiguean de afirmaciones impías, pero son leídos y
apreciados como si fuesen de Orígenes y no de otros. Así, aunque no fuera su
intención emitir errores, sin embargo, éstos fueron difundidos bajo la autoridad
de su nombre.
18. Lo mismo ocurrió con Tertuliano*, el cual fue el más grande entre nuestros
latinos, como Orígenes lo fue entre los griegos.
¿Quién fue más docto que él, quién más experto tanto en las cosas divinas como
en las humanas?
Con la maravillosa capacidad de su mente se paseaba por el conocimiento de toda
la filosofía, de las escuelas filosóficas, de sus fundadores y seguidores, de
todas sus disciplinas, de la historia y de las más variadas ramas del saber.
Dotado de un ingenio fuerte y profundo, no había dificultad que se propusiera
resolver y que no superase y conquistase con su inteligencia aguda y poderosa.
¿Quién sería capaz de alabar como se debe la estructura y el estilo de sus
composiciones? Todo está en ellas concadenado con tal necesidad lógica, que
obliga a asentir con él a aquellos a quienes no consigue convencer. Se puede
decir que en él cada palabra es una sentencia, cada afirmación una victoria.
Saben muy bien esto los discípulos de Marción*, de Apeles, de Praxeas, de
Hermógenes, los judíos, los paganos, los gnósticos y todos los demás, cuyas
blasfemias fulmino, demolió y destruyo con sus muchos y poderosos libros.
Sin embargo, también él, ese Tertuliano que había llevado a cabo todas estas
cosas por haber sido poco tenaz en apegarse al dogma católico, o sea, a la fe
antigua y universal, y más elocuente que profundo, al final cambio sus ideas
-como dice de él el bienaventurado confesor Hilario*- "...con ese error final
privo de toda autoridad a sus alabados escritos".
Así, pues, también él fue para la Iglesia ocasión de gran tentación. No quiero
añadir más, sino solo recordar que por haber afirmado, sin tener en cuenta el
precepto de Moisés, que las nuevas furias de Montano surgidas en la Iglesia y
las locas fantasmagorías de mujeres (47) delirantes de nuevos dogmas eran
verdaderas profecías, mereció que de él y de sus escritos se dijera: "Si en
medio de ti se levanta un profeta..., no escuches las palabras de ese profeta".
¿Por qué? "Porque te está probando Yavé, tu Dios, para ver si le amas o no".
19. El número y la importancia de estos ejemplos eclesiásticos, y de muchos
otros del mismo género, no puede dejar de hacernos prudentes, y nos muestran a
una luz más clara que la del sol que, según lo que nos dice el Deuteronomio, si
un doctor se desvía de la fe, es la Providencia de Dios la que lo permite, para
ver si amamos a Dios con todo el corazón y con toda nuestra alma.
EL CATÓLICO VERDADERO y EL HEREJE
20. De todo lo que hemos dicho, aparece evidente que el verdadero y auténtico
católico es el que ama la verdad de Dios y a la Iglesia, cuerpo de Cristo; aquel
que no antepone nada a la religión divina y a la fe católica: ni la autoridad de
un hombre, ni el amor, ni el genio, ni la elocuencia, ni la filosofía; sino que
despreciando todas estas cosas y permaneciendo sólidamente firme en la fe, está
dispuesto a admitir y a creer solamente lo que la Iglesia siempre y
universalmente ha creído.
Sabe que toda doctrina nueva y nunca antes oída, insinuada por una sola persona,
fuera o contra la doctrina común de los fieles, no tiene nada que ver con la
religión, sino que más bien constituye una tentación, adoctrinado en esto
especialmente por las palabras del Apóstol Pablo: Es necesario que incluso haya
herejías, para que se descubran entre vosotros los que son de una virtud probada
(48). Como si dijera: Dios no extirpa inmediatamente a los autores de herejías,
para que se manifiesten los que son de una virtud probada, es decir, para que
aparezca en qué medida cada cual es tenaz, fiel, constante en el mora la fe
católica.
Y verdaderamente, apenas un viento de novedades empieza a soplar, inmediatamente
se ve como los granos cuajados del trigo se separan y se distinguen de la
cascarilla sin peso, y sin gran esfuerzo es arrojado fuera de la era lo que no
está sostenido por peso alguno (49). Algunos vuelan inmediatamente; otros, en
cambio, trastornados y desalentados, temen perecer, pero se avergüenzan de, apaleados como están y más muertos que vivos; parece exactamente como
si hubieran bebido una dosis de veneno que ya no pueden eliminar y que, aunque
no los mata de golpe, no les permite seguir realmente viviendo.
¡Situación desgraciada! ¡Cuántas aflicciones violentas, cuantas turbaciones les
asaltan! Ya se dejan arrastrar por el error como de un viento impetuoso; ya se
repliegan en sí mismos, como olas en la tempestad, y son arrojados en la playa;
otras veces, con audacia temeraria, dan su conformidad a lo que es incierto; en
otros momentos, bajo el impulso de un miedo irracional, se espantan incluso de
lo que es verdad.
No saben ya dónde ir, a donde volver, no saben lo que quieren, no saben de qué
deben huir, no saben lo que debe ser mantenido y lo que, por el contrario, debe
ser rechazado.
¡Y si al menos supiesen que estas dudas y esta angustia de un corazón malamente
vacilante son el remedio que la misericordia divina les ha preparado!
Por esto precisamente, lejos del puerto segurísimo de la fe católica, son
sacudidos, golpeados, como inmersos en la tempestad, con el fin de que,
recogidas y amainadas las velas de la mente, que estaban tendidas al largo y
desplegadas a los vientos infieles de las novedades, vuelvan a buscar morada en
el refugio confiado de su Madre buena y tranquila y, rechazadas las olas amargas
y alborotadas del error, puedan alcanzar la fuente de aguas vivas y saltarinas y
beber de ella.
Que "desaprendan" bien lo que no hicieron bien en aprender; y que comprendan, de
todos los dogmas de la Iglesia, lo que la inteligencia puede comprender; lo que
no puedan comprender, que lo crean.
Notas
(45) Cfr. Is
6,3: Santo, Santo, Santo, Señor de los ejércitos, esta la tierra llena de su
gloria.
(46) Ver a este propósito el capítulo 28
(47) Estas mujeres fueron Priscila y Maximilia; ver el "Breve léxico de
conceptos y nombres": Montano
(48) 1Co
11,19.
(49) TERTULIANO, en De praescr. haeret., 3:
Ml 2,17, utiliza la misma comparación: "Así es como el Señor conoce a
quienes son suyos y desarraiga las plantas que El no ha plantado, y así hace ver
que los últimos son los primeros, y lleva en la mano el aventador para limpiar
su era. Enhorabuena vuele lejos la paja de una fe superficial y ligera, en
cuanto sienta el soplo de la prueba; tanto más limpio será así el montón de
trigo que se habrá de guardar en los graneros del Señor".
21. Pensando y repensando dentro de mi estas cosas, no dejo de admirarme ante la
inmensa locura de algunos hombres, ante la impiedad de su mente cegada y ante la
pasión desenfrenada del error, que no les deja satisfechos con una norma de fe
tradicional y recibida de la antigüedad, sino que cada día andan buscando cosas
nuevas y arden continuamente en deseos de cambiar, de añadir, de quitar algo a
la religión. Como si ésta no fuese un dogma celestial, que ya es suficiente que
haya sido revelado una vez para siempre; como si fuera una institución humana,
que no puede llegar a ser perfecta sino mediante asiduas enmiendas y
correcciones.
Y, sin embargo, tenemos la Palabra Divina que proclama: No traspases los
linderos antiguos que pusieron tus padres (50); No tengas litigios con el juez
(51); y también: El que echa abajo un muro es mordido por la serpiente (52).
Además está el mandato del Apóstol, con el cual, como si fuera una espada
Espiritual, han sido decapitadas y lo serán siempre todas las malvadas novedades
heréticas: ¡Oh Timoteo!, guarda el depósito, evitando las novedades profanas en
las expresiones y las contradicciones de la falsa ciencia, que, al profesarla
algunos, vinieron a perder la fe (53).
Después de estas advertencias ¿habrá todavía hombres tan osados y testarudos, de
una cabezonería más dura que el acero, que no se dobleguen bajo el peso de tal
elocuencia celestial, que no se sientan aplastados por semejante autoridad,
hechos pedazos por martillazos como esos, reducidos a cenizas por rayos de esa
clase?
"Evita -dice el Apóstol- las novedades profanas en las expresiones". No dice la
antigüedad, la vetustez. Muestra claramente lo contrario, si tenemos en cuenta
las consecuencias de lo que ha dicho: si se debe evitar la novedad, hay que
atenerse a la antigüedad; si la novedad es impía, la antigüedad es sagrada.
"Y las contradicciones de una falsa ciencia". Verdaderamente que solo como falsa
ciencia puede ser calificada la doctrina de los herejes, los cuales enmascaran
su propia ignorancia llamándola ciencia, del tiempo revuelto dicen que esta
sereno, a la tiniebla la llaman luz.
"Al profesarlas algunos, vinieron a perder la fe". ¿Qué es lo que anunciaron
éstos, que les hizo prevaricar, si no fue una doctrina nueva e ignorada?
Puedes escuchar como dicen algunos: venid, pobres ignorantes, los que sois
comúnmente llamados católicos, y aprended la fe verdadera, que, aparte de
nosotros, nadie entiende. Permaneció oculta durante muchos siglos, pero ahora ha
sido revelada y manifestada. Más aprendedla en secreto. Os dará alegría. Una vez
la hayáis aprendido, ensenadla a otros, pero ocultamente, para que no os odie el
mundo ni lo sepa la Iglesia, porque solo a unos pocos les es dado conocer el
secreto de tan gran misterio.
Pero, ¿es que acaso no son estas palabras las mismas que leemos en los
Proverbios de Salomón, dirigidas por la prostituta a los que pasan y van su
camino?: El estúpido que venga acá. Ya los pobres de mente les exhorta diciendo:
Tomad este pan de tapadillo, bebed estas dulces aguas hurtadas. Pero, ¿qué es lo
que también encontramos escrito?: mas ignora que los hijos de la tierra mueren
junto a ella (54). ¿Quiénes son estos hijos de la tierra? Que lo diga el
Apóstol: "los que vienen a perder la fe".
22. Pero es provechoso que examinemos con mayor diligencia esa frase del
Apóstol: ¡Oh Timoteo!, guarda el depósito, evitando las novedades profanas en
las expresiones.
Este grito es el grito de alguien que sabe y ama. Preveía los errores que iban a
surgir, y se dolía de ello enormemente.
¿Quién es hoy Timoteo sino la Iglesia universal en general, y de modo particular
el cuerpo de los obispos, quienes, ellos principalmente, deben poseer un
conocimiento puro de la religión cristiana, y además transmitirlo a los demás?
Y ¿qué quiere decir "guarda el depósito"? Estate atento, le dice, a los ladrones
y a los enemigos; no suceda que mientras todos duermen, vengan a escondidas a
sembrar la cizaña en medio del buen grano que el Hijo del hombre ha sembrado en
su campo (55).
Pero, ¿qué es un depósito? El depósito es lo que te ha sido confiado, no
encontrado por ti; tú lo has recibido, no lo has excogitado con tus propias
fuerzas. No es el fruto de tu ingenio personal, sino de la doctrina; no está
reservado para un uso privado, sino que pertenece a una tradición pública. No
salió de ti, sino que a ti vino: a su respecto tú no puedes comportarte como si
fueras su autor, sino como su simple custodio. No eres tu quien lo ha iniciado,
sino que eres su discípulo; no te corresponderá dirigirlo, sino que tu deber es
seguirlo.
Guarda el depósito, dice; es decir, conserva inviolado y sin mancha el talento
(56) de la fe católica. Lo que te ha sido confiado es lo que debes custodiar
junto a ti y transmitir. Has recibido oro, devuelve, pues, oro. No puedo admitir
que sustituyas una cosa por otra. No, tú no puedes desvergonzadamente sustituir
el oro por plomo, o tratar de engañar dando bronce en lugar de metal precioso.
Quiero oro puro, y no algo que solo tenga su apariencia.
¡Oh Timoteo! ¡Oh sacerdote!, intérprete de las Escrituras, doctor, si la gracia
divina te ha dado el talento por ingenio, experiencia, doctrina, debes ser el
Beseleel del Tabernáculo Espiritual. Trabaja las piedras preciosas del dogma
divino, reúnelas fielmente, adórnalas con sabiduría, añádeles esplendor, gracia,
belleza: Que tus explicaciones hagan que se comprenda con mayor claridad lo que
ya se creía de manera muy oscura. Que las generaciones futuras se congratulen de
haber comprendido por tu mediación lo que sus padres veneraban sin comprender.
Pero has de estar atento a enseñar solamente lo que has aprendido: no suceda que
por buscar maneras nuevas de decir la doctrina de siempre, acabes por decir
también cosas nuevas.
23. Quizá alguien diga: ¿ningún progreso de la religión es entonces posible en
la Iglesia de Cristo?
Ciertamente que debe haber progreso, ¡Y grandísimo! ¿Quién Podría ser tan hostil
a los hombres y tan contrario a Dios que intentara impedirlo? Pero a condición
de que se trate verdaderamente de progreso por la fe, no de modificación.
Es característica del progreso el que una cosa crezca, permaneciendo siempre
idéntica a sí misma; es propio, en cambio, de la modificación que una cosa se
transforme en otra.
Así, pues, crezcan y progresen de todas las maneras posibles la inteligencia, el
conocimiento, la sabiduría, tanto de la colectividad como del individuo, de toda
la Iglesia, según las edades y los siglos; con tal de que eso suceda exactamente
según su naturaleza peculiar, en el mismo dogma, en el mismo sentido, según una
misma interpretación (57).
Que la religión de las almas imite el modo de desarrollarse los cuerpos, cuyos
elementos, aunque con el paso de los años se desenvuelven y crecen, sin embargo
permanecen siendo siempre ellos mismos. Hay gran diferencia entre la flor de la
infancia y la madurez de la ancianidad; no obstante, quienes ahora son viejos
son los mismos que fueron adolescentes. El aspecto y el porte de un individuo
cambiarán, pero se tratara siempre de la misma naturaleza y de la misma persona.
Los miembros de un lactante son pequeños y más grandes los de los jóvenes, y
siguen siendo los mismos. Tantos miembros tienen los adultos cuantos tienen los
niños; y si algo nuevo aparece en edad más madura, ya preexistía en el embrión;
así, nada nuevo se manifiesta en el adulto que ya no se encontrase de forma
latente en el niño (58).
No cabe ninguna duda de que éste es el proceso regular y normal del progreso,
según el orden preciso y bellísimo del crecimiento: el crecer en la edad revela
en los grandes las mismas partes y proporciones que la sabiduría del Creador
había delineado en los pequeños. Si la forma humana adoptase con el tiempo un
aspecto extraño a su especie, si se le añadiese o se le quitase algún miembro,
necesariamente todo el cuerpo moriría o se haría monstruoso, o al menos se
debilitaría.
Estas mismas leyes de crecimiento debe seguir el dogma cristiano, de modo que
con el paso de los años se vaya consolidando, se vaya desarrollando en el
tiempo, se vaya haciendo más majestuoso con la edad, pero de tal manera que siga
siempre incorrupto e incontaminado, integro y perfecto en todas sus partes y,
por así decir, en todos sus miembros y sentidos, sin admitir ninguna alteración,
ninguna pérdida de sus propiedades, ninguna variación en lo que está definido.
Pongamos un ejemplo. Nuestros padres, en el pasado, han sembrado en el campo de
la Iglesia el buen grano de la fe; seria por demás injusto e inconveniente si
nosotros, sus descendientes, en lugar del trigo de la auténtica verdad
tuviésemos que recolectar la cizaña fraudulenta del error (59). En cambio, es
justo que la siega corresponda a la siembra y que recojamos, cuando el grano de
la doctrina llega a la madurez, el trigo del dogma. Si con el paso del tiempo,
una parte de la semilla original se ha desarrollado alcanzando felizmente la
plena madurez, no se puede decir que haya cambiado el carácter especifico de la
semilla; puede darse un cambio en el aspecto, en la forma, una concreción más
precisa, pero la naturaleza propia de cada especie permanece intacta.
No suceda jamás, pues, que los rosales de la doctrina católica se transformen en
cardos espinosos. No suceda jamás, repito, que en este paraíso Espiritual donde
retoñan el cinamomo y el bálsamo, despunten a escondidas la cizaña y el acónito.
Todo lo que la fe de los padres ha sembrado en el campo de Dios que es la
Iglesia (60), es lo que debe ser cultivado y custodiado por el celo de los
hijos; solamente esto debe florecer, y no otra cosa; debe florecer y madurar,
crecer y alcanzar la perfección.
Es legítimo que los antiguos dogmas de la filosofía celestial, al correr de, los
siglos, se afinen, se limen, se pulan; pero sería impío cambiarlos,
desfigurarlos, mutilarlos. Adquieran, al contrario, mayor evidencia, claridad,
precisión; pero es necesario que conserven siempre su plenitud, integridad,
propiedad.
Si se concediese, aunque fuera para una sola vez, permiso para cualquier
mutación impía, no me atrevo a decir el gran peligro que correría la religión de
ser destruida y aniquilada para siempre. Si se cede en cualquier punto del dogma
católico, después será necesario ceder en otro, y después en otro más, y así
hasta que tales abdicaciones se conviertan en algo normal y lícito. Y una vez
que se ha metido la mano para rechazar el dogma pedazo a pedazo, ¿qué sucederá
al final, sino repudiarlo en su totalidad?
Si se empieza a mezclar lo nuevo con lo antiguo, lo extraño con lo que es
familiar, lo profano con lo sagrado, en breve este desorden se difundirá por
todas partes, y nada en la Iglesia permanecerá intacto, integro, sin mancha; y
donde antes se levantaba el santuario de la verdad pura e incorrupta,
precisamente en ese lugar, se levantara un lupanar de infamias y de torpes
errores.
Que la misericordia divina mantenga alejado de la mente de los suyos este
crimen; que esto no sea más que una locura de los impíos. La Iglesia de Cristo,
custodio vigilante y prudente de los dogmas que le han sido confiados, no cambia
nunca nada en ellos, ni les quita o añade nada; no rechaza lo que es necesario
ni añade lo que es superfluo; no deja que se le escape lo que es suyo ni se
apropia de lo que pertenece a otros. Al tomar cautelosamente con fidelidad y
prudencia las doctrinas antiguas, solo busca hacer con sumo celo lo siguiente:
perfeccionar y perfilar lo que ha recibido de la antigüedad de una manera
solamente esbozada; consolidar y reforzar lo que ha sido expresado con
precisión; custodiar lo que ha sido ya confirmado y definido.
En realidad, ¿qué fines se propuso obtener siempre la Iglesia con los decretos
conciliares, si no ha sido el que se crea con mayor conocimiento lo que antes ya
se creía con sencillez; que se predique con mayor insistencia lo que antes ya se
predicaba con menor empeño; que se venere con mayor solicitud lo que ya antes se
honraba con demasiada calma?
Esto y no otra cosa ha hecho siempre la Iglesia con los decretos de los
concilios, provocada por las innovaciones de los herejes: transmitir a la
posteridad en documentos escritos lo que había recibido de nuestros padres
mediante solo la tradición; resumir en formulas breves una gran cantidad de
nociones y, más frecuentemente, con el fin de ilustrar la inteligencia,
especificar con términos nuevos y apropiados una doctrina no nueva.
2225 25. Mas alguien se dirá: ¿es que quizá los herejes no
se sirven de los testimonios de la Sagrada Escritura?
Ciertamente que se sirven ¡Y con cuanta apasionada vehemencia! Se les ve pasar
de un libro a otro de la Ley Santa: desde Moisés a los libros de los Reyes,
desde los Salmos a los Apóstoles, desde los Evangelios a los Profetas. En sus
asambleas, con los extraños, en privado, en público, en los discursos y en los
escritos, durante las comidas y en las plazas públicas, es raro que mantengan
alguna cosa si antes no la han revestido con la autoridad de la Sagrada
Escritura.
Basta con leer las obras de Pablo de Samosata*, de Prisciliano, de Eunomio, de
Joviniano y de todas las otras pestes; inmediatamente se nota el cumulo infinito
de textos bíblicos: casi no hay página que no esté coloreada y acicalada con
citas del Antiguo y del Nuevo Testamento. Mas es tanto más necesario estar en
guardia y temerles cuando más buscan ocultarse y esconderse bajo la sombra de la
Ley Divina.
Efectivamente, saben que sus exhalaciones pestilentes, desnudas y directas, no
encontrarían el favor de nadie; por eso las perfuman con el aroma de la palabra
celestial, ya que quien fácilmente rechazaría un error humano no está dispuesto
a despreciar con tanta facilidad los oráculos divinos.
Hacen lo que aquellos que, para suavizar la amargura de las medicinas destinadas
a los niños, untan de miel el borde del vaso; los niños con la ingenua sencillez
de su edad, una vez que han probado el dulce, se tragan sin sospecha ni temor
también lo amargo. De la misma manera actúan quienes enmascaran con nombres
medicinales hierbas nocivas y jugos venenosos, para que nadie, al leer la
etiqueta, pueda sospechar que se trata de venenos y que no son remedios para dar
salud.
A este propósito el Salvador gritaba: Guardaos de los falsos profetas que vienen
a vosotros disfrazados con pieles de ovejas, pero por dentro son lobos feroces
(64). ¿Qué otra cosa son esas pieles de ovejas sino las palabras de los Profetas
y de los Apóstoles, con las cuales estos mismos, con mansa sencillez, han
revestido como un velo al Cordero inmaculado que quita el pecado del mundo?
¿Quiénes son, en cambio los lobos voraces, sino las doctrinas salvajes y
rabiosas de los herejes, que infectan el redil de la Iglesia, para desgarrar, de
la mejor manera posible, el rebaño de Cristo? Para sorprender más fácilmente a
las incautas ovejas, enmascaran su aspecto de lobos, aunque conservando su
ferocidad, arropándose con frases de la ley Divina como con un velo, con el fin
de que, al sentir la blandura de la lana, las ovejas no sospechen de sus dientes
agudos.
Pero, ¿qué nos dice el Salvador?: Por sus frutos los conoceréis (65). Es decir,
cuando ya no queden satisfechos con citar y predicar las palabras divinas, sino
que empiecen a explicarlas y a comentarlas, entonces se pondrá de manifiesto su
amargura, su aspereza y su rabia; entonces se esparcirá un nuevo hedor y
aparecerán las novedades impías; entonces se verá por primera vez el seto
arrancado (66) y trasladados los linderos puestos por los padres (67); ultrajada
la fe católica y el dogma de la Iglesia hecho pedazos.
Personas de esta ralea eran las fustigadas por el Apóstol en su segunda carta a
los corintios: Estos falsos Apóstoles son operarios engañosos, que se disfrazan
de Apóstoles de Cristo (68). ¿Qué significa: "se disfrazan de Apóstoles de
Cristo"? Los Apóstoles citaban textos de la Ley Divina, y aquellos hacían lo
mismo; los Apóstoles se apoyaban en la autoridad de los Salmos y de los
Profetas, y aquellos lo mismo. Pero cuando empezaron a interpretar de manera
diferente los mismos textos, entonces se distinguieron los sinceros de los
falsarios, los genuinos de los artificiales, los rectos de los perversos, en una
palabra, los verdaderos Apóstoles de los falsos. Y no es de extrañar -explica
San Pablo-: pues el mismo Satanás se transforma en ángel de luz. Así no es mucho
que sus ministros se transfiguren en ministros de justicia (69)<SIZE="2".
Según la enseñanza del Apóstol, cada vez que los falsos Apóstoles, los falsos
profetas, los falsos doctores citan pasajes de la Ley Divina con los cuales,
interpretándolos mal, intentan apuntalar sus errores, no cabe duda de que siguen
la táctica pérfida de su autor y maestro, el cual ciertamente no la habría
usado, si no hubiera comprendido que no hay mejor camino para inducir a engaño a
los fieles, que introducir fraudulentamente un error cubriéndolo con la
autoridad de las palabras divinas.
26. Alguien Podría quizá preguntar: ¿cómo se explica que el diablo utilice las
citas de la Sagrada Escritura?
No tiene más que abrir el Evangelio y leer. Encontrara escrito: Entonces el
diablo lo tomo -se trata del Señor, del Salvador- y lo puso sobre lo alto del
templo y le dijo: si eres el Hijo de Dios, échate de aquí abajo; pues está
escrito: te he encomendado a los ángeles, los cuales te tomaran en sus manos
para que tu pie no tropiece con ninguna piedra (70).
¿Qué no hará a los pobres mortales el que tuvo la osadía de asaltar, con
testimonios de la Escritura, al mismo Señor de la majestad? ¿"Si tu eres el Hijo
de Dios -le dijo- échate de aquí abajo". ¿Por qué? "Porque está escrito...".
Debemos prestar la más grande atención a la doctrina aquí expuesta y retenerla
bien en nuestras mentes, para que, puestos en guardia por la autoridad de un
ejemplo evangélico tan grande, no dudemos ni por un instante que es el diablo
quien habla por boca de quienes veremos que citan contra la fe católica pasajes
de los Apóstoles o de los Profetas Entonces era la cabeza quien hablaba a la
Cabeza, ahora son los miembros quienes hablan a los miembros; es decir, los
miembros del diablo a los miembros de Cristo, los renegados a los fieles, los
sacrílegos a los hombres piadosos, los herejes a los católicos.
¿Pero qué es lo que dicen? Si tú eres el Hijo de Dios échate de aquí abajo. O
sea, si quieres ser realmente Hijo de Dios y recibir la herencia del reino
celestial, tírate abajo desde lo alto de la doctrina y de la tradición de esta
Iglesia sublime, templo de Dios. Y si uno pregunta a cualquier hereje que quiere
persuadirlo de la verdad de esto: ¿En qué pruebas te fundas para afirmar que yo
debo abandonar la fe antigua y universal de la Iglesia Católica?, inmediatamente
responderá: "Esta escrito", y sin más amontonara mil testimonios, mil ejemplos,
mil argumentos con los cuales, interpretados de nueva y mala manera, intentara
precipitar el alma del desgraciado desde lo alto de la roca católica al abismo
de la herejía.
Pero es con las promesas que ahora vamos a decir con las que los herejes
acostumbran a engañar, con un arte que es una verdadera maravilla, a quienes no
están prevenidos. Efectivamente, osan prometer y enseñar que en su iglesia, es
decir, en el conventículo de su secta, está presente una gracia de Dios
extraordinaria, especial, absolutamente personal; y es de tal clase que sin
fatiga, sin esfuerzo, sin ansiedad alguna, incluso aunque no pidan, ni busquen,
ni anhelen, todos los que forman parte de su número obtienen de Dios esa ayuda,
hasta el punto de que son llevados por manos de ángeles y custodiados por su
protección, sin que su pie tropiece nunca con una piedra, o sea, sin sufrir
escándalo.
2227 27. Después de todo lo que llevamos dicho, es lógico
preguntar: si el diablo y sus discípulos -pseudo-Apóstoles, pseudo-profetas,
pseudo-maestros y herejes en general- acostumbran a utilizar las palabras, las
sentencias, las profecías de la Escritura, ¿cómo deberán comportarse los
católicos, los hijos de la Madre Iglesia? ¿Qué deberán hacer para distinguir en
las Sagradas Escrituras la verdad del error?
Tendrán verdadera preocupación por seguir las normas que, al comienzo de estos
apuntes, he escrito que han sido transmitidas por doctos y piadosos hombres; es
decir, interpretaran el Canon divino de las Escrituras según las tradiciones de
la Iglesia universal y las reglas del dogma católico; en la misma Iglesia
Católica y Apostólica deberán seguir la universalidad, la antigüedad y la
unanimidad de consenso.
Por consiguiente si sucediese que una fracción se rebelase contra la
universalidad, que la novedad se levantase contra la antigüedad, que la
disensión de uno o de pocos equivocados se elevase contra el consenso de todos o
al menos de un número muy grande de católicos, se deberá preferir la integridad
de la totalidad a la corrupción de una parte; dentro de la misma universalidad,
será preciso preferir la religión antigua a la novedad profana; y, en la
antigüedad, hay que anteponer a la temeridad de poquísimos los decretos
generales, si los hay, de un concilio universal; en el caso de que no los haya,
se deberá seguir lo que más cerca esté de ellos, o sea, las opiniones concordes
de muchos y grandes maestros.
Si, con la ayuda del Señor, observamos con fidelidad y solicitud estas reglas,
conseguiremos descubrir sin gran dificultad, y desde su misma fuente, los
errores nocivos de los herejes.
28. Pienso que quizá será oportuno que yo demuestre, por medio de ejemplos, como
pueden ser descubiertas y condenadas las novedades heréticas, investigando y
confrontando entre sí las opiniones concordes de los maestros antiguos.
De todos modos, es evidente que este consenso antiguo y unánime de los Santos
Padres, no debemos invocarlo solo por cuestiones minuciosas de la Ley Divina;
sino que será objeto de la más activa investigación y adhesión solo en lo que se
refiere a la regla de la fe.
Ni tampoco todas las herejías, de todos los tiempos, pueden ser combatidas de
esta manera; solamente las nuevas y más recientes, en su primera floración y en
sus primeras manifestaciones, antes de que, por la misma escasez de tiempo,
tengan la posibilidad de falsear la regla antigua de la fe y de inficionar con
su veneno los libros de los Padres. En cuanto a las que ya se han difundido y
han echado raíces profundas, no pueden ser combatidas por este camino, porque el
largo plazo de tiempo de que han dispuesto ha sido ocasión más que favorable
para erosionar la verdad, y por eso es por lo que las impiedades más antiguas,
tanto heréticas como cismáticas, no podemos refutarlas más que con la autoridad
de la Escritura, o evitarlas en cuanto que ya están refutadas y condenadas por
antiguos Concilios universales del Episcopado Católico.
Apenas, pues, comienza a extenderse la podredumbre de un nuevo error y éste,
para justificarse, se apodera de algunos versículos de la Escritura, que además
interpreta con falsedad y fraude, es preciso inmediatamente echar mano de las
sentencias de los Padres interpretando los pasajes en cuestión; con su auxilio,
cualquier novedad profana será en el acto desenmascarada sin ninguna ambigüedad
y conde- nada sin vacilación.
En cuanto a los Padres, hay que consultar solo el pensamiento de quienes
santamente, sabiamente y con constancia han vivido, ensenado y permanecido
firmes en la fe y en la comunión católica, y murieron fieles a Cristo o
merecieron la alegría de dar su vida por él.
Mas a éstos se debe prestar fe siguiendo esta regla: lo que todos, o al menos la
mayoría, han afirmado claramente, a modo de concilio de maestros perfectamente
unánimes, y que han confirmado al aceptarlo, conservarlo y transmitirlo, eso es
lo que debe ser mantenido como indudable, cierto y verdadero. Al contrario, todo
lo que, fuera de la doctrina común, e incluso contra ella, haya pensado uno
solo, aunque sea un santo y un docto, un obispo, un confesor, un mártir, debe
ser relegado entre las opiniones personales, no oficiales, privadas, que no
tienen la autoridad de la opinión común, publica y general; no nos suceda, con
sumo peligro para nuestra salvación eterna, que abandonemos la antigua verdad de
la doctrina católica para seguir el error nuevo de un solo individuo, según la
sacrílega costumbre de los herejes y cismáticos*.
Para que no haya quien se atreva a despreciar este acuerdo sagrado y universal
de los Padres, el Apóstol escribió en su primera carta a los corintios: Dios ha
puesto en la Iglesia, unos en primer lugar Apóstoles (él era uno de ellos), en
segundo lugar profetas (como leemos en los Hechos de los Apóstoles que era
Agabo), en el tercero maestros (71), a quienes nosotros llamamos doctores, pero
el mismo Apóstol a veces les llama profetas, porque explican al pueblo cristiano
los misterios del mensaje profético. Cualquiera que se atreva a despreciar a
estos hombres puestos por Dios en su Iglesia según los lugares y los tiempos, y
que están de acuerdo en la interpretación del dogma católico, no despreciaría a
un hombre, sino a Dios mismo. Y con el fin de que nadie esté en desacuerdo con
su unidad, la única verdadera, el mismo Apóstol dice: Os ruego encarecidamente,
hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que todos tengáis un mismo
lenguaje, y que no haya entre vosotros cismas, antes bien, viváis perfectamente
unidos en un mismo pensar en un mismo sentir (72).
Y si alguien deja de estar de acuerdo con su doctrina, escuche lo que dice el
Apóstol: Dios no es un Dios de discordias, sino de paz (73). O sea, no es Dios
de quien rompe la unidad y la concordia, sino de quienes permanecen en la paz de
un solo sentir. Y estas son -continua- las cosas que yo enseñó en todas las
Iglesias de los santos (74), es decir, de los católicos, y son cosas santas
precisamente porque permanecen en la comunión de la fe.
Y con el fin de que nadie se arrogue la pretensión de ser él solo escuchado y
creído, sin tener en cuenta a los demás, pregunta: ¿Por ventura tuvo de vosotros
su origen la palabra de Dios? ¿O ha llegado a vosotros solos? (75). Además, para
evitar que sus palabras fuesen tomadas a la ligera, añade: Si alguno de vosotros
se tiene por profeta o por persona Espiritual, reconozca que las cosas que os
escribo son preceptos del Seno (76). Mas ¿de qué preceptos se trata, sino de que
cualquiera que es profeta o persona Espiritual, o sea, maestro de cosas
espirituales, debe tener el mayor cuidado en cultivar la imparcialidad y la
unidad, a fin de que no llegue a preferir su opinión personal a la de los demás
o a separarse del sentir común? Porque -amonesta el Apóstol- quien desconoce
estos preceptos será él mismo desconocido (77); o sea, quien no aprende las
cosas que no sabe, o desprecia las que sabe, será tenido por indigno de ser
incluido por Dios en el número de quienes están unidos en la fe e iguales en la
humildad. ¿Se Podría pensar un mal más grande? Precisamente esto es lo que, como
sabemos, ocurrió, de acuerdo con la amenaza del Apóstol, al pelagiano Juliano*,
que se negó a compartir la doctrina de sus colegas y tuvo la presunción de
separarse de ellos.
Pero ha llegado el momento de traer a colación el ejemplo a que nos hemos
referido, y mostrar donde y de qué manera, por decreto y autoridad de un
concilio, las opiniones de los Padres fueron recogidas con el fin de fijar,
siguiéndolas, la regla de fe de la Iglesia.
Para mayor comodidad, pongo aquí fin a estas notas. El resto lo trataré en una
segunda parte.
El segundo Conmonitorio desapareció; no quedo de él más que la segunda parte,
que es una simple recapitulación y que a continuación añadimos (78).
Notas
(64) Mt 7,15.
(65) Mt 7,16.
(66) Cfr. Qo
10,8.
(67) Cfr. Pr
22,28.
(68) 2Co
11,13.
(69) 2Co
11,14-15.
(70) Mt
4,5-6.
(71) 1Co
12,28.
(72) 1Co
1,10.
(73) 1Co
14,33.
(74) Ibid.
(75) 1Co
14,36.
(76) 1Co
14,37.
(77) 1Co
14,38.
29. Creo llegado el momento de recapitular al fin de este segundo Conmonitorio,
todo lo que ha sido tratado en los dos Conmonitorios. En el primero dije que los
católicos han tenido siempre la costumbre, y tienen todavía, de determinar la
verdadera fe de dos maneras: con la autoridad de la Escritura divina y con la
tradición de la Iglesia Católica. No porque la Escritura, por si sola, no sea
suficiente en todos los casos, sino porque muchos, interpretando a su capricho
las palabras divinas, acaban por inventar una cantidad increíble de doctrinas
erróneas. Por este motivo es necesario que la exégesis de la Escritura divina
vaya guiada por la única regla del sentir católico, especialmente en las
cuestiones que tocan los fundamentos de todo el dogma católico.
También he afirmado que en la misma Iglesia es necesario tener en cuenta la
universalidad y la antigüedad, con el fin de que no nos suceda que nos separemos
de la unidad del conjunto y acabar, disgregados, en el fragmentarismo
particularista del cisma, o precipitarnos, desde la fe antigua, en novedades
heréticas.
He dicho además, en cuanto a la antigüedad, que es preciso a toda costa tener
presente dos cosas y adherirse a ellas profundamente, si no queremos
convertirnos en herejes; primero: ver si ha habido antiguamente algún decreto
por parte de todos los obispos de la Iglesia Católica, emanado bajo la autoridad
de un concilio universal; después, en el caso de que surja una cuestión nueva,
en torno a la cual no se encuentre nada definido, recurrir a las sentencias de
los Padres, pero solo a aquellos que, por haber permanecido, en su tiempo y
lugar, dentro de la unidad de la comunión y de la fe, se han convertido en
maestros probados. Todo lo que se encuentre que ha sido por ellos mantenido con
unanimidad de sentir y de consenso puede ser sometido sin temor alguno como
expresión de la verdadera fe católica.
Como habría podido parecer que yo afirmaba estas cosas por mi propia cuenta, más
que basándome en la autoridad de la Iglesia, me he referido al ejemplo del Santo
Concilio habido hace tres años en Éfeso*, en Asia, bajo el consulado de los
preclaros Basso y Antíoco. En el curso de las discusiones que allí se tuvieron
para establecer la regla de la fe, con el fin de evitar que una novedad impía se
insinuase del mismo modo que se llevo a cabo la perfidia de Rímini, pareció a
todos los obispos, reunidos en número de casi doscientos, que el mejor
procedimiento, el más católico y el más conforme a la fe, era el de remitirse a
las sentencias de los Santos Padres, alguno de los cuales eran mártires, otros
confesores, con tal que de todos ellos hubiera constancia de que habían sido
obispos católicos y que habían perseverado como tales. Fortalecidos por su
consenso, fue confirmada por decreto, en debida forma y solemne, la antigua fe,
y condenada la blasfemia de la nueva impiedad.
A la luz de este procedimiento, y con todo derecho y merecidamente, el impío
Nestorio fue juzgado de estar en desacuerdo con la antigüedad católica, y el
bienaventurado Cirilo en comunión con la santísima fe antigua.
Para que nada faltase a la fidelidad de los hechos que he narrado, proporcioné
también los nombres y el número de los Padres (aunque se me haya olvidado el
orden) (79), de conformidad con cuya sentencia unánime fueron interpretadas las
palabras de la Sagrada Escritura, y fue confirmada la regla de la fe divina.
Pienso que no será superfluo que la vuelva a recordar, para refrescar mi
memoria.
30. He aquí, pues, los nombres de aquellos cuyos escritos fueron citados en
aquel Concilio como jueces y testigos.
San Pedro*, obispo de Alejandría, doctor insigne y mártir; San Atanasio*, obispo
de la misma ciudad, maestro fidelísimo y confesor eximio; San Teófilo*, también
él obispo de Alejandría, célebre por su fe, vida y ciencia; su sucesor, el
venerable Cirilo, que actualmente ilustra la iglesia alejandrina. y para que no
se pensara que aquélla era la doctrina de una sola ciudad o de una sola
provincia, se recurrió también a las celebérrimas luminarias de Capadocia: San
Gregorio*, obispo de Nazancio y confesor; San Basilio*, obispo de Cesarea de
Capadocia y confesor; el otro Gregorio*, obispo de Nisa, por fe, costumbres y
sabiduría realmente digno de su hermano Basilio.
Además, para demostrar que no solo Grecia y Oriente, sino también Occidente, el
mundo latino, había mantenido siempre la misma fe, fueron leídas algunas cartas
de San Félix Mártir y de San Julio*, obispos de la ciudad de Roma.
Pero no solamente la cabeza del mundo, también las partes secundarias
proporcionaron su testimonio a aquélla sentencia. De los meridionales fue citado
el beatísimo Cipriano, obispo de Cartago y mártir; de las tierras del Norte, San
Ambrosio, obispo de Milán y confesor.
Estos fueron los que en Éfeso, según el número sagrado del Decálogo (80), fueron
invocados como maestros, consejeros, testigos y jueces. Manteniendo su doctrina,
siguiendo su consejo, creyendo su testimonio, obedeciendo su juicio, aquel santo
sínodo se pronuncio sobre las reglas de la fe, sin odio, presunción ni
condescendencia alguna.
Sin duda se habría podido citar un número mayor de Padres, pero no fue
necesario. No era, en efecto, conveniente ocupar el tiempo en una multitud de
textos, desde el momento en que nadie dudaba de que la opinión de aquellos diez
era la de todos los demás colegas
31. Además, he consignado las palabras del bienaventurado Cirilo, tal como están
contenidas en las mismas Actas eclesiásticas.
Ellas refieren que, apenas fue leída la carta de Capreolo*, el Santo obispo de
Cartago, quien no pedía ni deseaba más que se rechazase la novedad y se
defendiese la antigüedad, tomo la palabra el obispo Cirilo. No parece inútil que
cite aquí de nuevo sus palabras. Según está escrito al final de las Actas, él
dijo: "La carta del venerando y religiosísimo obispo de Cartago, Capreolo, que
nos ha sido leída, debe ser incluida en las Actas oficiales. Pues su pensamiento
es clarísimo: quiere que sean confirmados los dogmas de la antigua fe y
reprobadas y condenadas las novedades inútilmente excogitadas e impíamente
predicadas. Todos los obispos lo aprobaron con grandes voces: esas palabras son
las nuestras, expresan el pensamiento de todos nosotros, éste es el voto de
todos".
¿Cuáles eran, pues, las opiniones de todos? ¿Cuales los deseos comunes? Que se
mantuviese todo lo que había sido transmitido desde la antigüedad y se rechazase
lo que recientemente se había añadido.
He admirado y proclamado la humildad y la santidad de ese Concilio. Los Obispos
reunidos allí en gran número, la mayor parte de los cuales eran metropolitanos,
poseían una tal erudición y doctrina, que podían casi todos discutir acerca de
cuestiones dogmáticas, y el hecho de encontrarse todos reunidos habría podido
animarles y afirmarles en su capacidad para deducir por sí mismos. No obstante,
no tuvieron la osadía de introducir ninguna innovación, ni se arrogaron ningún
derecho. Al contrario, se preocuparon por todos los medios de transmitir a la
posteridad solamente lo que habían recibido de los padres. con el fin no solo de
resolver bien las cuestiones del presente, sino también de ofrecer a las
generaciones futuras el ejemplo de cómo se deben venerar los dogmas de la
antigüedad sagrada y condenar las novedades impías.
También he impugnado la criminal presunción de Nestorio, que se ufanaba de haber
sido el primero y el único en comprender la Sagrada Escritura, tachando de
ignorantes a todos aquellos que, antes de él, investidos del oficio del
Magisterio, habían explicado la Palabra Divina, o sea, a todos los obispos, a
todos los confesores, a todos los mártires. Algunos de éstos habían explicado la
Ley de Dios, otros habían aceptado las explicaciones que les habían dado y les
habían prestado fe. En cambio, según el parecer de Nestorio, la Iglesia se había
equivocado siempre, y continuaba equivocándose por haber seguido, según él, a
doctores ignorantes y heréticos.
32. Aunque todos estos ejemplos son más que suficientes para destrozar y
aniquilar las novedades impías, sin embargo, para que no pueda parecer que falta
alguna cosa a tan gran número de pruebas, añadí al final dos documentos de la
Sede Apostólica: uno del Santo Papa Sixto*, que en la actualidad ilustra la
Iglesia de Roma, y el otro de su predecesor de feliz memoria, el Papa
Celestino*. He creído necesario reproducir aquí también estos dos documentos.
En la carta que el santo Papa Sixto envió al obispo de Antioquía (81) a
propósito de Nestorio, le escribía: "Puesto que el Apóstol ha dicho que una es
la fe (cf. Efes 4, S), la fe que se ha impuesto abiertamente, creamos lo que
debemos hablar y prediquemos lo que debemos mantener". ¿Queremos saber qué es lo
que debemos creer y predicar? Oigamos lo que sigue diciendo: "Nada le es lícito
a la novedad, porque nada es lícito añadir a la antigüedad. La fe límpida de
nuestros padres y su religiosidad no deben ser enturbiadas por ninguna mezcla de
cieno".
Sentencia verdaderamente apostólica, que describe la fe de los padres como
limpidez cristalina y las novedades impías como mezcla de cieno.
En el Papa Celestino encontramos el mismo pensamiento. En la carta que envió a
los obispos de las Galias, les reprocha que, de hecho, estaban en connivencia
con los propagadores de novedades, en cuanto que su silencio culpable venia a
envilecer la fe antigua y permitía, por consiguiente, que se difundieran las
novedades impías. "Con toda razón -dice- debemos considerarnos responsables, si
con nuestro silencio favorecemos el error. Estos hombres deben ser reprendidos;
¡no tienen la facultad de predicar libremente!".
A algunos Podría planteársele la duda acerca de la identidad de las personas a
quienes les está prohibido predicar según les plazca: si serán los predicadores
de la antigua fe o los inventores de novedades. Que el propio Papa hable y
resuelva las dudas de los lectores. En efecto, añade: "Si eso es verdad...", es
decir si es verdad eso de lo que algunos os han acusado, es decir, que vuestras
ciudades y provincias se suman a las novedades, "si eso es verdad, que la
novedad cese de lanzar improperios y acusaciones contra la antigüedad". El
venerando parecer del bienaventurado Celes tino no fue, pues, que la fe antigua
dejase de oponerse con todas sus fuerzas a la novedad, sino más bien que ésta
acabase ya de molestar y de perseguir a la antigüedad.
33. Cualquiera que se oponga a estas decisiones apostólicas y católicas, ofende
ante todo la memoria de San Celestino, el cual decreto que la novedad debía
cesar de acusar a la antigua fe; se burla del juicio de San Sixto, el cual
declaro que no se podía tolerar las novedades, porque no se puede añadir nada a
la antigüedad; por último, desprecia la decisión del bienaventurado Cirilo, el
cual alabo a plena voz el celo del venerando Capreolo, deseoso de que los dogmas
de la antigua fe fuesen confirmadas condenadas las invenciones novedosas.
El mismo Sínodo de Éfeso seria conculcado, es decir, las definiciones de los
Santos Obispos de todo Oriente, los cuales, divinamente inspirados, decretaron
que la posteridad no debería creer o cosa más que lo que la antigüedad sagrada
de Santos Padres, unánimemente concordes en Cristo, había mantenido. Con grandes
voces y aclamaciones todos a una, dieron testimonio de que la sentencia, el
deseo, el juicio de todos era que, del mismo modo que habían sido condenados los
herejes anteriores Nestorio, por despreciar la fe antigua y mantener novedades,
fuese también condenado Nestorio, que igualmente era autor de novedades y
adversario de la antigüedad.
Si alguien es contrario a este consenso unánime, que fue santamente inspirado
por la gracia celeste, se sigue que juzga condenada injustamente la impiedad de
Nestorio. Como ultima y lógica consecuencia, desprecia como basura a toda la
Iglesia de Cristo y a sus Maestros, Apóstoles y Profetas, de manera especial al
Apóstol Pablo, que escribió: "¡Oh, Timoteo!, guarda el depósito evitando las
novedades profanas en las expresiones". Y también: "Cualquiera que os anuncie un
Evangelio diferente del que habéis recibido, sea anatema".
Así, pues, si las decisiones de los Apóstoles y los decretos de la Iglesia no
pueden ser transgredidos -en virtud de los cuales, según el consenso sagrado de
la universalidad y de la antigüedad, todos los herejes han sido siempre
justamente condenados-, en consecuencia, es deber absoluto de todos los
católicos, que desean demostrar que son hijos legítimos de la Madre Iglesia,
adherirse, pegarse a la fe de los Santos Padres, y morir por ella, al mismo
tiempo que detestan, tienen horror, combaten, persiguen las novedades impías.
Esto es todo lo que, más o menos, he expuesto en los dos Conmonitorios, y que he
resumido aquí brevemente. De esta forma, mi memoria, en cuyo auxilio he escrito
estas notas, podrá consultarlas con frecuencia y sacar provecho, sin sentirse
agobiada por una exposición prolija.
Notas
(78)
(79) En el segundo Conmonitorio, San Vicente relataba en detalle el Concilio de
Éfeso; en ese relato consignaba todos los pormenores a los que aquí se refiere.
(80) San Vicente da los nombres de solo diez Padres citados en el Concilio de
Éfeso, aunque también fueron citados Ático de Constantinopla y San Anfiloquio de
Iconio; al reducir los nombres a diez, San Vicente se deja llevar por el
simbolismo imperante todavía en su época: así el número de los Padres citados
coincide con el número diez de los Mandamientos.
(81) Se refiere a Juan de Antioquía, amigo de Nestorio, que en el Concilio de
Éfeso opuso a San Cirilo y al mismo Concilio un conciliábulo.
2300
ALEJANDRO SEVERO: El Emperador Alejandro Severo (a.
222-235) se mostró favorable al cristianismo, así como su madre, la Emperatriz
Julia Mammea. El Emperador estaba en muy buenas relaciones con el teólogo laico
Julio Africano. El presbítero romano Hipólito dedicó a la Emperatriz un escrito
sobre la Resurrección.
AMBROSIO, San: La serie de los grandes Padres occidentales se abre propiamente
con San Ambrosio, gobernador primero y luego obispo de Milán (333-397). San
Ambrosio fue, sin duda, uno de los hombres más influyentes de su época, que
vivió en el epicentro mismo de la historia de aquel tiempo y actuó como
protagonista en varios episodios trascendentales. Por eso su importancia deriva,
mucho más que de los escritos, de su personalidad y de sus obras memorables.
Ambrosió influyó poderosamente en la conversión de San Agustín, y en las
difíciles circunstancias por las que atravesaba el Imperio Romano le tocó
respaldar con su ayuda y su consejo a varios emperadores; a Graciano, que le
veneraba como a un padre; a Valentiniano II, asesinado a los veinte años, cuyas
exequias celebró en 392; a Teodosio, a quien tuvo que excomulgar por un pecado
de gobernante, la matanza de Tesalónica, pero que fue su amigo y a cuya muerte
pronunció la oración fúnebre. El prestigio de San Ambrosio fue tanto que
trascendió hasta lejanas iglesias y se comunicó a su propia sede de Milán -la
iglesia ambrosiana-, que alcanzo una posición de preponderancia en toda la
Italia del norte.
APELES: Fue uno de los principales discípulos de Marción, aunque se separó
de su maestro al confesar un Dios único. Tertuliano escribió contra él un
tratado que se ha perdido.
APOLINAR DE LAODICEA: En su celo por salvaguardar la divinidad de Jesús y la
unidad de las dos naturalezas, Apolinar estimó que ello no era posible sin una
reducción de la humanidad de Cristo. Con este fin recurrió a la teoría platónica
de los tres elementos constitutivos del compuesto humano: cuerpo, alma sensitiva
y alma Espiritual. En Jesucristo se darían los dos primeros elementos, es decir,
el cuerpo y un alma sensitiva; el lugar del alma Espiritual o racional lo
ocuparía el mismo Logos divino, con lo que vendría a resultar que el Señor
poseería integra la divinidad, pero su humanidad sería incompleta. La teoría de
Apolinar contradecía directamente la doctrina de la perfecta humanidad de
Jesucristo, tan esencial a los dogmas de la Encarnación y de la Redención.
Apolinar no se dió cuenta de que de esta manera Cristo, privado de la
racionalidad humana, no era libre y, por consiguiente, no podía merecer; además,
el hombre no habría sido redimido en el alma racional, porque, como los Santos
Padres han ensenado siempre, solamente ha sido redimido lo que el Verbo ha
asumido. El Concilio de Constantinopla I (año 381),condeno al apolinarismo.
ARRIANO: Ver Arrio.
ARRIO: Arrio (256-336), presbítero alejandrino natural de Libia y formado, según
parece, en la escuela teológica de Antioquía, profesaba un subordinacionismo
radical, ya que no tan solo subordinaba el Hijo al Padre en naturaleza, sino que
le negaba la naturaleza divina. Su postulado fundamental era la unidad absoluta
de Dios, fuera del cual todo cuanto existe es criatura suya. El Verbo habría
tenido comienzo, no sería eterno, sino tan solo la primera y más noble de las
criaturas, aunque, eso sí, la única creada directamente por el Padre, ya que
todos los demás seres habrían sido creados a través del Verbo. El Verbo, por
tanto, no sería Hijo natural, sino Hijo adoptivo de Dios, elevado a esta
dignidad en virtud de una gracia particular, por lo que en sentido moral e
impropio era lícito que la Iglesia le llamase también Dios.
Arrio expuso su doctrina en diversos sermones y obras, la más importante de las
cuales fue la titulada Thalía, el Banquete. El arrianismo consiguió una rápida
difusión, porque simpatizaron con él los intelectuales procedentes del
helenismo, racionalistas y familiarizados con la noción del Dios supremo, el
Summus Deus; contribuyo también a su éxito el concepto del Verbo que proponía y
que entroncaba con la idea platónica del Demiurgo, en cuanto era un ser
intermedio entre Dios y el mundo creado y artífice a su vez, de la creación. Las
consecuencias de esta doctrina eran gravísimas, porque afectaban a la esencia
misma de la obra de la Redención: si Jesucristo, el Verbo de Dios, no era Dios
verdadero, su muerte careció de eficacia salvadora y no pudo haber verdadera
redención del pecado del hombre. La Iglesia de Alejandría se dio pronto cuenta
de la trascendencia del problema, y su obispo, Alejandro, trato de disuadir a
Arrio de su error. Mas la actitud de Arrio era irreductible, y en el año 318
hubo de ser condenado por un concilio de cien obispos de Egipto. Poco tiempo
después el Arrianismo se había convertido en un problema de la Iglesia
universal, que exigió la convocatoria de la primera asamblea ecuménica de la
Iglesia, el concilio de Nicea.
ATANASIO, San: La historia del Dogma en el siglo IV tuvo como uno de sus grandes
forjadores a San Atanasio (295-373). Su existencia heroica discurrió en medio
del fragor del incesante combate doctrinal, que en repetidas ocasiones le
acarreo la persecución y el destierro. Atanasio es el símbolo de la ortodoxia
católica frente al Arrianismo, y nadie Podría serlo con mejor derecho, porque
toda su vida y su obra las consagro apasionadamente a ese gran empeño. Como
teólogo, su doctrina fundamental es la defensa del Hijo consustancial -homoousios-
al Padre, que contribuyo a hacer prevalecer en el Concilio de Nicea (325) y
expuso después ampliamente en su principal obra dogmática
, los tres "Discursos
contra los Arrianos". San Atanasio, al explicar la naturaleza y la generación
del Verbo, puso las bases del futuro desarrollo de la doctrina trinitaria. Pero
la atención prestada a la Teología de la Trinidad, entonces en primer plano, no
le impidió abordar cuestiones propiamente cristológicas, que pronto alcanzarían
vivísima actualidad. Atanasio jugo también un papel preponderante en la
propagación del ascetismo cristiano, gracias a su Vida de San Antonio, que se
difundió ampliamente y consiguió enorme éxito.
BASILIO, San: La batalla doctrinal del Arrianismo, combatida en sus momentos más
duros por San Atanasio, fue definitivamente vencida gracias, sobre todo, a tres
Padres del Asia Menor, estrechamente vinculados entre sí, que la fama ha
bautizado con el título común de "los grandes Capadocios": los hermanos Basilio
de Cesarea (330-79) y Gregorio de Nisa (335- 94?) Y su amigo Gregorio de
Nacianzo (328/29-89/90).
Los tres desarrollaron su principal actividad en la segunda mitad del siglo IV,
Y aunque eran muy distintos por su personalidad y temperamento, estuvieron
estrechamente unidos en la doctrina y servicio de la Iglesia. San Basilio, al
que se apellido el "Grande", fue un eminente hombre de gobierno, legislador
monástico y, desde el año 370, obispo de Cesarea. Sus escritos sobre la Teología
de la Trinidad fueron muy importantes, porque de una parte refutaron
categóricamente el Arrianismo puro, representado por Eunomio, y por otra, al
esclarecer algunos conceptos teológicos fundamentales, abrieron el camino para
que los semi-arrianos fueran nuevamente atraídos a la Iglesia y la doctrina
trinitaria de Nicea se aceptara universalmente en el Concilio I de
Constantinopla (381). Gregorio de Nacianzo y Gregorio de Nisa, obispos también,
carecían sin embargo de las dotes pastorales de Basilio, y el primero renuncio a
la sede constantinopolitana, después de un breve pontificado. Fueron, en cambio,
grandes teólogos, especialmente el Niseno, y en cuanto tales hicieron avanzar
sobre manera la doctrina de la Trinidad y sostuvieron de modo expreso la
divinidad del Espíritu Santo, proclamada por el Concilio I de Constantinopla
(381). Su doctrina cristológica preparo también el camino a las futuras
definiciones dogmáticas del siglo V.
BESELEEL: Cfr.
Ex 31,2ss. El Señor lo escogió y fue lleno del Espíritu de Dios para
construir el Tabernáculo y todos los ornamentos y utensilios necesarios para el
culto y poner en ese trabajo toda su inteligencia y toda su habilidad.
CANON DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS: La palabra canon,
en griego significa regla.
El cristianismo posee libros sagrados de origen divino que contienen el relato
de su historia, la exposición de su creencia y la ley de su conducta práctica.
Dios ha querido que su palabra permaneciese entre nosotros según los modos
ordinarios del pensamiento humano.
Los libros que la Iglesia reconoce como "canónicos", es decir, como reguladores
de su fe y de su práctica, se fue constituyendo lentamente en el curso de
catorce siglos, desde Moisés hasta el primer siglo de la era cristiana. Estos
libros sagrados constituyen dos grandes colecciones: el Antiguo Testamento y el
Nuevo Testamento; entre las dos comprenden aquellos textos que, según la
tradición de las iglesias apostólicas, se consideraron desde el principio como
libros revelados. Así se formo el "canon", de cuya precisa fijación antes de
finalizarse el siglo II da fe el fragmento de Muratori.
CAPREOLO, San: Era obispo de Cartago (430-437). Envió una carta a Éfeso
excusando su ausencia y la de otros obispos africanos. En la carta rogaba a los
Padres del Concilio que no cambiasen nada de lo que ya había sido definido y
ensenado antes. Su carta fue incluida en las Actas del Concilio, tanto en su
original latín como en una traducción griega.
CELESTINO I, San: Fue obispo de Roma durante diez, años, desde el 422 al 432.
Hizo frente al pelagianismo. Reunió un Concilio en Roma el año 430 para juzgar
las homilías de Nestorio, en las que exponía errores; comisionó a San Cirilo de
Alejandría para que obtuviese la retractación de Nestorio.
CELESTINO: Afirmaba que el pecado de Adán solamente
le afecto a él y no a todo el género humano.
CIRILO, San: El nombre de San Cirilo de Alejandría está inseparablemente unido a
las disputas cristológicas del siglo V y a la historia de la Mariología. Frente
a la doctrina nestoriana de la existencia en Cristo de dos personas separadas,
Cirilo afirmó la unión hipostática y la única persona de Cristo; frente a la
negativa de Nestorio y de ciertos antioquenos a confesar la Maternidad divina de
María, madre tan solo, según ellos, del hombre Cristo, Cirilo, haciendo uso de
la expresión empleada ya por los dos Gregorios de Nacianzo y de Nisa, designo a
María con el título de Theotokos -Madre de Dios- y promovió la sanción oficial
de esta doctrina en el Concilio de Éfeso (año 431).
CISMA: Los Santos Padres tienen que hacer frente a ensayos
más o menos felices de explicar el dogma. Son teologías desafortunadas, no solo
porque emplean un lenguaje todavía balbuciente, sino, sobre todo, porque parten
de presupuestos falsos. Así, vendrán a desembocar en cismas, es decir, en la
constitución de pequeñas iglesias, separadas de la gran Iglesia, a la que
proporcionaran la ocasión de formular con mayor precisión el verdadero dogma.
CONCILIO DE ÉFESO: El Concilio de Éfeso se abrió el 22 de junio del año 431.
Cirilo ostento la representación del Papa, y tres legados pontificios acudieron
también desde Roma. El desarrollo del Concilio fue muy accidentado. En la
primera sesión se aprobó un decreto redactado por Cirilo, donde se formulaba la
doctrina de la unión hipostática de las dos naturalezas en Cristo, y se acordó
también la deposición y excomunión de Nestorio. Al término de la sesión se
produjo una manifestación pública de júbilo y el pueblo de Éfeso, gozoso al ver
confirmado a María el titulo de Madre de Dios, acompañó con antorchas a los
padres del Concilio. Mas pocos días después llego el patriarca Juan de Antioquía
con los obispos antioquenos, y éstos rehusaron aceptar cuanto se había acordado
hasta entonces y se constituyeron en asamblea separada, en anticoncilio. La
actitud del emperador Teodosio II fue durante cierto tiempo ambigua, aunque al
final decidió respaldar la acción del Concilio, y Nestorio fue privado de su
sede y recluido en un monasterio. La escisión entre los episcopados de Siria y
Egipto se resolvió al aceptar Cirilo una profesión de fe redactada por Juan de
Antioquía, en la que se llamaba a María con el titulo de Madre de Dios, que es
la que se ha denominado Símbolo de Éfeso; los antioquenos, por su parte,
admitieron los decretos del Concilio y la deposición de Nestorio. Con ello, el
Nestorianismo se fue extinguiendo como problema vivo de la Iglesia. Grupos de
nestorianos subsistieron en la región de Edesa y luego arraigaron en Persia,
donde se constituyo una Iglesia nestoriana que en los siglos siguientes
desarrollo una activa labor misionera en la India y otras tierras de Asia.
CONFESOR: Ver Confesores de la fe.
CONFESORES DE LA FE: En los siglos III y IV, a raíz de las grandes
persecuciones, se generalizo en la Iglesia un tipo de cristiano -igual podía ser
clérigo que laico-, el cual, sin integrarse en cuanto tal en la Jerarquía,
gozaba de una destacada posición dentro de su comunidad: se trata del "confesor
de la fe". Los "confesores" habían permanecido firmes en medio de las pruebas,
proclamando sin flaqueza su fidelidad a Jesucristo. Habían "confesado" su fe
como los mártires, pero, a diferencia de éstos, no habían muerto, padecieron
prisiones y destierros, mas cuando paso el huracán de la persecución recobraron
la libertad y pudieron retornar a sus iglesias. Los "confesores" fueron entonces
mirados con singular admiración por los demás cristianos y gozaron a sus ojos de
gran prestigio. Los lapsi, tan numerosos en la persecución de Decio y que por su
pecado habían quedado excluidos de la comunión eclesiástica, al volver tiempos
más tranquilos consideraron la intercesión de los "confesores" como la mejor
credencial para ser de nuevo reintegrados a la Iglesia. Se llamo "carta de paz"
al documento extendido por un "confesor" en favor de algún cristiano "caído".
Los "confesores" desaparecieron en el siglo IV, al finalizar la era de
las persecuciones.
CHRISTOTOKOS: Ver Nestorio.
DONATO: En el año 315 fue obispo de Cartago. Fue el jefe e instigador principal
del cisma africano, que tomó el nombre de él y perduró hasta la conquista
musulmana de África. Este cisma tuvo su origen en una división del episcopado y
del clero, a propósito de una elección del obispo de Cartago. Pero la discordia
que enfrentó al episcopado de Numidia con la Jerarquía legítima se mezcló con la
agitación social de los "circunceliones" y el separatismo anti-romano de las
poblaciones númidas. Donato transformó el simple cisma en herejía al formular
una doctrina eclesiológica falsa, que concebía a la Iglesia como una comunidad
integrada tan solo por los justos. Una pretensión de rigorismo moral apareció en
el Donatismo -junto a una errónea teología sacramental- cuando exigió que los
pecadores, los lapsi que habían sido infieles en la última persecución de
Diocleciano, hubieran de rebautizarse para volver a la Iglesia, y cuando sostuvo
la invalidez del bautismo conferido por un sacerdote "caído".
EUNOMIO: En el año 360 fue nombrado obispo, pero hubo de dimitir muy poco
después, porque se dio a conocer como hereje al admitir, con los arrianos, que
no había ninguna semejanza entre Dios-Padre y Dios- Hijo.
FELIPE EL ÁRABE: El Emperador Felipe el Árabe (244-249) se mostró
tan favorable a los cristianos que quizá llegase a serlo ocultamente. Eusebio,
en su Historia Eclesiástica, menciona una carta escrita por Orígenes a Felipe el
Árabe y otra a la mujer de éste, Severa.
FÉLIX , San: Fue obispo de Roma del 269 al 274. Las Actas del Concilio de Éfeso
contienen un extracto de una carta del Papa Félix al obispo Máximo de Alejandría
y a su clero. Trata de la divinidad y perfecta humanidad de Cristo. Además se
conservan dos fragmentos sobre la naturaleza de Cristo, que se atribuyen al Papa
Félix, pero se ha demostrado que tanto la carta citada en Éfeso como el
fragmento más pequeño de los referidos son una falsificación hecha por los
apolinaristas.
FOTINO: Obispo de Sirmio, se opuso a Arrio y a los
arrianos, que subordinaban entre sí las personas divinas. Pero vino a caer en el
error opuesto: Dios es el Único, y Jesús, nacido milagrosamente de María y de
Espíritu Santo, no es más que un hombre que por su santidad mereció ser el hijo
adoptivo del Único. Así, pues, a sus ojos, Jesús, ese hombre que conocemos por
los Evangelios, no es la persona eternamente consustancial al Padre: Cristo no
es Dios, sino criatura de Dios.
GNOSTICISMO: El Gnosticismo era como una gran corriente de ideas y de
intuiciones religiosas de diversa procedencia, aunadas por la tendencia
sincretista que tanto auge alcanzo en los últimos siglos de la Antigüedad. El
punto de arranque de esa corriente lo constituía el anhelo de resolver el
problema del mal ¿Cómo encontrar el conocimiento perfecto, la verdadera ciencia
que diese la clave del enigma del mundo y de la presencia del mal en el mundo,
que aclarase el sentido de la existencia humana? Las doctrinas gnósticas daban
unas respuestas a estos interrogantes, cuyo sentido general era que existía un
Dios supremo y, por debajo de él, una multitud de "eones", seres semidivinos
que formaban con Aquél el Pleroma, el mundo superior y luminoso del Dios
verdadero. Nuestro mundo material e imperfecto, donde reside el mal, no sería
obra del Dios supremo, sino de un ser creador, el Demiurgo, que ejercía el
dominio sobre su obra. En este mundo creado se encontraba desterrado el hombre,
la obra maestra del Demiurgo, pero en el que late una centella de la suprema
Divinidad. De ahí el impulso que el hombre sien te en lo más íntimo de su ser a
unirse con el Dios sumo y verdadero. Tan solo la "gnosis", el conocimiento
perfecto de Dios y de sí mismo permitiría al hombre liberarse de los malignos
poderes mundana les y alcanzar el universo luminoso, el Pleroma del Dios Padre y
Primer Principio.
GNÓSTICO: Ver Gnosticismo.
GREGORIO DE NACIANZO, San: Ver Basilio, San.
GREGORIO DE NISA, San: Ver Basilio, San.
HERMÓGENES: Era pintor y gnóstico; llegó a Cartago desde Siria. Opinaba que la
materia era eterna, igual a Dios, así admitía dos dioses. Según Tertuliano, que
le combatió en el libro Contra Hermógenes, esta doctrina la dedujo de la
filosofía de los paganos, y dice de él: "Coloca la materia en el mismo nivel que
Dios, como si hubiera existido desde siempre, sin haber nacido ni haber sido
creada. Según él, no habría tenido ni principio ni fin. Dios se habría servido
luego de ella para crear todas las cosas". No fue Tertuliano el primero que
escribió contra él, pues ya Teófilo de Antioquía le precedió con su obra Contra
la herejía de Hermógenes, libro que se ha perdido.
HILARIO DE POITIERS, San: Nació en Poitiers hacia
el año 320. Fue obispo de su ciudad natal. Aparece como figura de primera fila
en la defensa de la ortodoxia católica, con un importante tratado sobre la
Trinidad. Murió en Poitiers hacia el año 367.
JOVINIANO: Se conocen pocos datos de su biografía. Pero después de haber vivido
un exagerado ascetismo, se dio a la vida alegre; para justificar este
comportamiento, escribió una serie de obras en las que, con diversos pasajes de
la Escritura, pretendía con firmar sus teorías. San Jerónimo escribió contra él
Adversus Jovinianum. Fue condenado por un sínodo romano en el año 390.
JULIANO: Obispo de Eclano, en Italia, se puso a la cabeza de la oposición contra
el Papa Zósimo, cuando éste confirmo la condenación del pelagianismo en su carta
Tractoria, el año 418. Fue depuesto de su sede episcopal y enviado al exilio.
Anduvo errante por las provincias orientales del Imperio y murió hacia el año
454, probablemente en Sicilia. San Agustín trato de convencerle de su error con
su obra Contra Julianum.
JULIO, San: Fue obispo de Roma durante los años 337
al 352.
MACEDONIO: Las controversias doctrinales suscitadas por el arrianismo se habían
centrado en torno al tema de la divinidad del Hijo. Mas, en buena lógica,
quienes negaban la consustancialidad del Verbo con el Padre y lo consideraban
solo como la primera de las criaturas, con mayor razón aun debían negar, si eran
consecuentes con su doctrina subordinacionista, la divinidad del Espíritu Santo,
que sería criatura del Hijo, el creador de todos los demás seres. La formulación
expresa de esta doctrina de la no divinidad del Paráclito fue hecha, avanzada ya
la controversia arriana, por el obispo Macedonio de Constantinopla, quien afirmo
que el Espíritu Santo era tan solo una criatura, superior en dignidad a todos
los Ángeles y especial dispensador de las gracias. Esta doctrina fue llamada
Macedonismo, en atención al nombre de su principal representante, y sus
seguidores se denominaron macedonianos o "pneumatomacos", adversarios del
Espíritu.
La doctrina macedoniana fue inmediatamente rechazada por San Atanasio, el gran
luchador de la batalla antiarriana, en un concilio alejandrino del año 362, que
profeso expresamente la divinidad de la tercera Persona de la Trinidad.
Orígenes, Homilías sobre Isaías (Homilía VI)
Acerca de lo que está escrito «¿A quién enviaré y quién irá?», hasta el lugar en donde dice: «y se conviertan y que yo los sane» (Is 6, 8.10)
1. Viendo, Isaías, al Señor Sabaot sentado sobre un trono excelso y elevado, viendo también a los serafines alrededor de Él, y habiendo recibido la remisión de los pecados, por medio de ese fuego tomado del altar, que, por el contacto, purificó sus labios, [Isaías] dice que él escuchó la voz del Señor que decía, no ordenando, sino estimulando: «¿A quién enviaré y quién irá a ese pueblo?» (Is 6, 8). Luego dice que él respondió al Señor: «Aquí estoy, envíame» (Is 6, 8). Habiendo llegado a este pasaje y examinando lo que ha sido escrito, encuentro que una cosa hizo Moisés y otra distinta, Isaías. Moisés, en efecto, elegido para conducir al pueblo fuera de la tierra de Egipto dice: «Procúrate otro para enviar» (Éx 4, 13).y parece contradecir a Dios. Pero Isaías, sin ser elegido, pero escuchando: «¿A quién enviaré y quién irá?», dice: «Aquí estoy, envíame»[1].
Luego, «comparando las cosas espirituales con las espirituales»[2], corresponde investigar quién de los dos haya actuado mejor: Moisés, quien después de ser elegido se negó, o Isaías, quien sin siquiera ser elegido, se ofreció para ser enviado al pueblo. De hecho, no sé si alguno, estando atento a esta contrariedad de asuntos que aparece entre ambos, pueda decir que Moisés haya hecho lo mismo que Isaías[3]. Por lo tanto, actúo audazmente al comparar dos varones santos y bienaventurados, y al deliberar y decir que Moisés actuó de modo más prudente que Isaías. Pues Moisés consideraba la magnitud de estar al frente del pueblo para sacarlo de la tierra de Egipto, y rechazar los encantamientos y maleficios de los egipcios, por esto dice: «Procúrate otro para enviar» (Éx 4, 13). El otro, en cambio, sin esperar oír lo que le sería ordenado decir una vez elegido, responde: «Aquí estoy, envíame» (Is 6, 8.). De donde se sigue que, puesto que dice: «Aquí estoy, envíame» ignorando lo que le sería mandado, se le ordena que diga estas [palabras] indeseables para quien las debía decir. No era acaso indeseable que inmediatamente mandado a profetizar, comenzara con maldiciones diciendo: «Con el oído escucharéis, pero no entenderéis, y viendo, trataréis de distinguir, pero no veréis; pues, está endurecido el corazón de este pueblo» (Is 6, 9-10), etc. Pues bien —si conviene hablar con atrevimiento—, quizá como pago de su temeridad y audacia fue enviado a proclamar lo que no quería profetizar. Ahora bien, puesto que hemos comparado a Isaías con Moisés, hagamos otra comparación cercana: Isaías y Jonás [4]. Uno es enviado a predicar la ruina que les sobrevendría a los ninivitas al cabo de tres días, y le aflige partir al no querer ser causa de males para la ciudad. El otro, en cambio, sin esperar lo que le iban a pedir que dijera, afirma: «Aquí estoy, envíame».
Es bueno no precipitarse hacia esas dignidades, presidencias y ministerios de la Iglesia, que provienen de Dios. Ojalá imitásemos a Moisés y dijésemos con él: «Procúrate otro para enviar»[5]. En efecto, el que quiere ser salvado, aún si preside, no aspira a la presidencia en la Iglesia, sino al servicio. Si es oportuno decirlo también a partir del Evangelio: «Los príncipes de los pueblos los dominan, y quienes tienen poder sobre ellos son llamados magistrados, pero no será así entre vosotros» (Lc 22, 25-26). En efecto, tampoco dominen los que presiden entre vosotros, sino que quien quiera ser el mayor entre vosotros, será el más pequeño de todos, quien quiera ser el primero habrá de ser el último de todos (Cf. Mc 9, 35; Lc 22, 26-27). El que es llamado al episcopado, no es llamado a la presidencia, sino al servicio de toda la Iglesia. Si quieres creer, a partir de las escrituras, que en la Iglesia el que preside es siervo de todos, que te convenza entonces el mismo Salvador y Señor, que siendo tan extraordinario se volvió, «en medio de los discípulos, no como el que se sienta a la mesa, sino como el que sirve» (Cf. Mc 9, 35). En efecto, tomando un paño después de haberse quitado el manto, se ciñó y, echando agua en una vasija, comenzó a lavar los pies a los discípulos y a secarlos con el paño con que se había ceñido (Cf. Jn 13, 4-5). Y, enseñando que convenía que los que presiden fueran tal como siervos, dice: «Vosotros me llamáis "Maestro" y "Señor", y decís bien, pues lo soy. Si yo, entonces, el Señor y Maestro, he lavado vuestros pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros» (Jn 13, 13-14). Por consiguiente, el que preside la Iglesia es llamado al servicio, para que pueda ir desde ese servicio al trono celeste, tal como está escrito: «Os sentaréis sobre doce tronos a juzgar a las doce tribus de Israel» (Mt 19, 28).
Pero escucha también a Pablo, un varón tan ilustre, diciendo que es siervo de todo creyente: «Yo, en efecto, soy el más pequeño de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios» (1Cor 15, 19). Si esto no te parece que sea prueba de su actitud de servidor, sino sólo de su humildad, escúchalo cuando dice: «Nos hemos hecho como niños en medio vuestro, tal como lo hace una madre que cuida con cariño a sus hijos, cuando pudimos haber sido importantes, como apóstoles de Cristo» (1Tes 2, 7).
Nos conviene, por lo tanto, ser imitadores de los humildes discursos y acciones del mismo Señor y de sus apóstoles, y hacer lo que fue hecho por Moisés de manera que si incluso alguno fuese llamado a la presidencia diga: «Procúrate otro para enviar». Dice [Moisés] a Dios: «No soy digno, ni ayer, ni antes de ayer, soy débil de voz y torpe de lengua» (Éx 4, 19). Y, porque con humildad, dijo: «Soy débil de voz y torpe de lengua», escuchó de parte de Dios: «¿Quién ha dado boca al hombre y quién lo ha hecho sordo y mudo, vidente o ciego? ¿No he sido acaso yo, el Señor Dios?» (Éx 4, 11). Cree en Dios y conságrate a Él. Es posible que seas de voz débil y torpe de lengua, entrégate a la palabra de Dios. Después dirás: «Abrí mi boca y atraje al Espíritu» (Sal 118, 131) . Esto [ha sido dicho] a propósito de lo que afirma Isaías: «Aquí estoy, envíame» (Is 6, 8).
2. Pero, pongámonos también de parte de [Isaías]. En efecto, cuando ya había recibido la gracia de parte de Dios, no quiso recibirla en vano, sino usarla para lo necesario. «Viendo a los serafines, viendo al Señor Sabaot sentado sobre un trono excelso y elevado, dijo: "¡Miserable de mí, pues estoy afligido! Puesto que como soy hombre y tengo labios impuros, habito en medio de un pueblo que tiene labios impuros, y con mis ojos vi al Rey, al Señor Sabaot"»(Is 6, 5). Diciendo esto y declarándose miserable, merece el auxilio de Dios que acoge su humildad. ¿Cuál es ese auxilio? «Fue enviado hacia mí —dice— uno de los serafines, que tenía un carbón en la tenaza, que había tomado del altar. Y tocó mis labios diciendo: "He aquí que quité tus iniquidades y purifiqué prolijamente tus pecados"»[6]. Consiguió el beneficio, habiendo sido purificado y recibiendo la remisión de sus pecados. Cuando hubo escuchado: «¿A quién enviaré a este pueblo?, ¿quién irá de parte nuestra?», no fue a causa de [su] primera conciencia que se atrevió a decir[7]: «Aquí estoy, envíame», sino porque había escuchado: «He aquí que quité tus iniquidades». Por tanto, puesto que los santos se arrepienten y estamos indagando [la diferencia] entre Moisés e Isaías, cumplamos con Moisés y también con Isaías, dándoles, a partir de las Escrituras, a cada uno lo que le corresponde.
Moisés no recibió la remisión de los pecados, como para poder decir «envíame», como si ya tuviese conciencia de estar limpio. Por esto dice: «Procúrate otro para enviar». Pues tenía en la conciencia el asesinato del egipcio y, quizá, como hombre, sabía que él tenía algunos otros pecados, y a causa de esto recusa. El otro, por el contrario, no pide el ministerio como quien se considera justo por naturaleza[8], sino como quien ha alcanzado la gracia. Si también Moisés hubiese gustado la misma gracia y hubiese escuchado: «He aquí que quité tus iniquidades y purifiqué prolijamente tus pecados», tal vez jamás habría dicho: «Procúrate otro para enviar». Luego, tiene algo de razón, tanto Moisés que se niega como Isaías que dice: «Aquí estoy, envíame»[9].
3. Pero, revisemos también lo que ordenó el Señor para que fuera dicho al pueblo: «Anda, y di al pueblo: "Oiréis con el oído, y no entenderéis, y viendo, distinguiréis, pero no veréis [10]. Pues, se ha endurecido el corazón de este pueblo y, con sus oídos, han escuchado con dureza y han cerrado sus ojos, para que no vean con los ojos, ni escuchen con los oídos, ni comprendan con el corazón, ni se conviertan y yo los sane"» (Is 6, 9-10). Sabiendo que la audición de las palabras tiene dos sentidos, y conociendo su doble constitución, es decir, uno de ellos es corporal y el otro espiritual [11], se dirige al pueblo profetizando acerca de lo que iba a pasar en la venida de Cristo, porque habría un tiempo cuando escucharían y no comprenderían estas cosas, puesto que cuando escucharan a mi Señor Jesucristo, escucharían solamente el sonido de los dichos, pero no su sentido. Y esto queda de manifiesto a partir del hecho que hacia afuera, al pueblo, [Jesús] hablaba en parábolas; a los discípulos, en cambio, se las explicaba en secreto (Mt 13, 34-35; Mc 4, 33-34; Lc 8, 22-25). [Isaías], entonces, profetiza lo que aconteció: «Con el oído oiréis y no entenderéis». Además, que esto sea profetizado al pueblo en relación a la venida del Señor, lo dice el mismo Salvador: «Bien profetizó Isaías acerca de vosotros diciendo: "Oiréis con el oído y no entenderéis"» (Mt 15, 7). Concedamos, por tanto, que el pueblo que escuchaba con atención no podía comprender las palabras dichas por el Señor.
Pero veamos qué significa lo que sigue: «Y viendo, veréis pero no comprenderéis» (Is 6, 9). Ni siquiera el que vio las cosas que hacía el Salvador, de inmediato, viendo, pudo entender por qué fueron hechas. Tomemos un ejemplo: «Lavó los pies de los discípulos» (Jn 13, 5): y ciertamente veían bien cómo el Maestro lavaba los pies a los discípulos, e incluso lo veían los otros que estaban presentes, sin embargo sólo veían lo que hacía, pero no por qué lo hacía. [Lo que hacía,] en efecto, era una comparación del lavado de los pies con que el Verbo de Dios lavó los pies de los discípulos [12]. Por esta razón, el Salvador le habla a Pedro, que se negaba y decía: «No me lavarás los pies» (Jn 13, 8). ¿Qué le dice? «Lo que hago tú no lo puedes entender ahora, lo entenderás más tarde» (Jn 13, 7). «¿Qué haces, por tanto, ahora? —dice Pedro—, te veo a ti, lavando nuestros pies y, preparada una vasija y, habiéndote ceñido con un paño, sirviéndonos y secando nuestros pies». Pero, dado que no era éste el asunto, sino que el Salvador, despojado de las vestiduras, deposita agua espiritual en una vasija, según las Escrituras, y lava los pies de los discípulos, para que una vez purificados, asciendan hasta aquel que dice: «Yo soy el camino» (Jn 14, 6), pero no llenos del polvo que ordenó sacudir ante aquellos que era indignos, los que no recibían la paz, ni eran dignos de lo que les había sido dicho (Cf. Mt 10, 14), y puesto que era esto lo que significaba, por eso dice: «Lo que hago, tú no lo puedes entender ahora, lo entenderás más tarde» (Jn 13, 7).
Pero queda lo dicho en el resto: «Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, pues lo soy. Si, en efecto, yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros» (Jn 13, 13-14). ¿Dice esto, entonces, para que el obispo, vaciando agua en una vasija, despojado de sus vestiduras y ceñido con un paño, lave mis pies, que yo extiendo, puesto que vosotros —dice— debéis lavaros los pies unos a otros? Si en esto consiste lo que se dijo, ninguno de los nuestros observará el mandato, pues nadie, sea diácono, presbítero u obispo, tomando un paño, le ha lavado los pies a cualquiera que llega. Pero, si comprendes lo que ha sido escrito, los que en verdad son santos obispos, que sirven a la Iglesia, depositan el agua de las Escrituras en la vasija del alma, según las Escrituras, y buscan lavar, enjuagar y arrojar lejos la suciedad de los pies de los discípulos. Y de este modo los obispos guardan el mandato, imitando a Jesús, y así también los presbíteros.
Ojalá también yo reciba ahora el agua que pueda lavar los pies de vuestra alma, de manera que cada uno de vosotros pueda decir, cuando haya sido lavado: «He lavado mis pies, ¿cómo los voy a volver a ensuciar?» (Ct 5, 3). Esto dice, en efecto, la esposa en el Cantar de los cantares, no mostrando limpios los pies corpóreos, sino los pies que no tropiezan, acerca de los cuales dice Salomón: «Que tu pie no tropiece» (Prov 3, 23), sobre los que también en los Salmos está escrito: «Pero casi vacilaron mis pies» (Sal 72, 2), y además, dice [la Escritura], han sido constituidas viudas en las Iglesias «las que han lavado los pies de los santos» [13]. Pero si quieres oír más claramente cómo la viuda lava los pies de los santos, escucha a Pablo en otro pasaje cuando instituye a las viudas y dice: «Que enseñen de buena manera, de modo que hagan virtuosas a las jóvenes, lavando la suciedad de los pies de las jóvenes» [14]. Y viudas dignas de reconocimiento eclesiástico son éstas: cualquiera de las que lava los pies de los santos con la palabra de la doctrina espiritual. Pero no de los varones santos, sino de las mujeres; pues, «no permito que las mujeres enseñen ni que dominen a los hombres» [15]. [Pablo] quiere que las mujeres sean buenas maestras para persuadir a la castidad no a los jóvenes, sino a las jóvenes —no es apropiado, por cierto, que una mujer se vuelva maestra de un hombre—, para que persuadan a las jóvenes a la castidad y «a amar a sus maridos y a sus hijos» (Tit 2, 4). Aprendamos, pues, a lavar los pies de los discípulos. Estas cosas han sido dichas a causa de esto: «Viendo, veréis y no comprenderéis», puesto que cuando algo era realizado por el Salvador, era visto con el cuerpo, pero no era visto con la mente por aquellos que no comprendían. En cambio, por los que comprendían, ciertamente era visto con los ojos, pero también era visto con el intelecto [16]. En modo que lo dicho: «Viendo, veréis y no comprenderéis», no se cumple en los que ven santamente, sino en los pecadores.
Pero, viendo todo lo de los evangelios, oramos para que lo veamos de dos maneras: del modo como sucedieron corporalmente, cuando nuestro Salvador descendió a la tierra, pero, ciertamente, las acciones que se realizaba en el cuerpo era también semejanza y figura de cada una de las realidades futuras [17]. Así, por ejemplo: un cierto ciego de nacimiento recuperó la vista. Pero, en verdad, este ciego de nacimiento era el pueblo de los gentiles, al que el Salvador devolvió la vista, ungiendo sus ojos con su saliva y enviándolo a Siloé, que significa «enviado». Pues, a aquellos que había ungido con el Espíritu, para que creyeran, los enviaba a Siloé, es decir, a los apóstoles y maestros, por eso está escrito acerca de Siloé que significa enviado [18]. Y cada vez que comenzamos a ser visitados por Jesús, para que recibamos los ojos del alma, somos enviados a Siloé, es decir, al enviado. Que cada uno de nosotros, entonces, cuando lee esas cosas que sucedieron en los evangelios, ore para que no se cumpla también en él aquello de: «Viendo, veréis y no comprenderéis».
4. Pero si, como piensan los simplones, aquellas cosas que acontecieron, no sucedieron «a causa nuestra» [19], sino que sólo sucedieron, y no eran ejemplos de otra cosa; que expongan, pues, de qué modo tiene sentido lo que está escrito: «Viendo, veréis y no comprenderéis». Puesto que si aquellas cosas que eran vistas no tenían otro sentido sagrado, para que fuesen examinadas con los ojos carnales también de modo espiritual, nunca se habría dicho: «Viendo, veréis y no comprenderéis».
Como prueba de esto, tomemos un testimonio de otro escrito del evangelio, que, según aquellos que sólo siguen la letra, es falso[20]. En el evangelio según san Juan, nuestro Señor y Salvador dice a los discípulos: «Si creyerais, no sólo realizaríais las cosas que yo hago, sino que incluso realizaríais mayores que estas» (Jn 14, 12). Veamos, por tanto, si alguna obra mayor han realizado los discípulos.
¿Qué hay más grande que resucitar a un muerto? ¿Y quién —y no digo de nosotros sino de los apóstoles— ha resucitado un muerto? La historia relata que Pablo había resucitado de entre los muertos a Eutico, y Pedro a Tabita, que significa gacela (Hech 20, 7-12; 9, 36-42). Puedes encontrar, en efecto, esas y otras por el estilo, pero, ¿dónde están las mayores? Con todo, el Salvador también hizo ver de nuevo a los ciegos, y lo que es más grande, a algunos que habían nacido así: muéstrennos qué ciegos de nacimiento, curados por mano de los apóstoles, han cobrado la vista. Y, el que busca, puede encontrar muchísimas otras cosas en los evangelios, que ni los apóstoles ni sus sucesores hicieron cosas mayores a ellas.
En verdad, la palabra de la escritura habló en este sentido: «Realizarán cosas mayores a las que yo realicé corporalmente. Yo hice resurgir corporalmente de entre los muertos, ustedes harán resurgir espiritualmente de entre los muertos. Yo infundí esta luz sensible en los ciegos, ustedes darán la luz espiritual a los que no ven». ¡Hasta el día de hoy, yo veo que, por medio de los muy fieles discípulos de Jesús, se realizan estos signos, mayores que los signos corporales que hizo Jesús! ¿No es cierto que ahora los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son sanados, y se realiza el resto, cuando aquél que ayer estaba enceguecido recurriendo a los ídolos como a Dios, hoy invoca al Dios vivo, abandonado lo anterior? ¿No es cierto que el que ayer era cojo por el pecado, ahora camina por el camino verdadero, con pie firme, instruido por la doctrina de los discípulos? ¿Y el que ayer tenía la mano seca y ociosa para practicar el bien, hoy ha recuperado la mano viva? Si vieras a alguien impuro, y que tiene lepra en el alma, arrepentirse de pronto, compungido por la palabra de la doctrina, no te incomode decir que es mayor que este leproso haya sido espiritualmente purificado, que cualquier otro lo haya sido corporalmente. Y, ciertamente, esta homilía se ha extendido con amplitud, deseando mostrar qué significa lo que está dicho: «Viendo, veréis y no comprenderéis».
5. Pero, ¿cuál es la causa de que el que oye no comprenda, y el que ve no vea? «Se ha endurecido —dice— el corazón de este pueblo» (Is 6, 10). Pero si es necesario comprender también de dónde proviene esto, [hay que saber que] no es lo mismo la dureza corporal que la espiritual, ni es la misma la blandura corporal que la espiritual. En efecto, lo que corporalmente es duro, se verifica en la carne, y en nada me daña si el corazón carnal se endurece; ni tampoco me beneficia si se ablanda a causa de alguna enfermedad o por cualquier otra causa. Eso le sucede, creo, al corazón carnal de los que son abrazados por el miedo. De la misma manera, los que se debilitan enteros por la enfermedad, según dicen, disminuye tanto la dureza como la grasa que está alrededor del corazón de ellos [21]. Pues, ¿en qué me daña si se endurece mi corazón corporal? ¡Que se ablande, entonces, mi corazón!, ¿pero qué provecho saco de ello?
Pero, como un modo de hablar, con el nombre del corazón corporal se denomina el principio rector de nuestra alma [22], como queda de manifiesto a partir de lo dicho en el Evangelio: «Felices los de corazón limpio» (Mt 5, 8), pues no son de «corazón limpio» los que en su interior no tienen sangre o cualquier otra cosa de materia corporal. Sino que se ha dicho: «Felices los de corazón limpio» por el hecho de que son felices los que tienen un corazón limpio, habiendo nombrado el principio rector del alma al puesto de «corazón».
Pues bien, puesto que el principio rector de nuestra alma, que se dice que reside en el corazón corpóreo, está puro o impuro; entonces nuestro corazón está impuro cuando de él salen malos pensamientos: homicidios, adulterios, robos, el falso testimonio, blasfemias (Cf. Mt 15, 19); en cambio, está puro cuando [de él salen] pensamientos santos, comprensiones divinas y una mente pura. A causa de esto, se debe pensar que se dice que el que es salvado ha sido ablandado por su espíritu que es sutil y santo; en cambio, el que peca se ha endurecido por la malicia y es ahogado por ella. En efecto, se habla acerca del santo espíritu, el que concuerda con la Sabiduría, porque es «unigénito, múltiple, sutil, móvil», y porque el justo recibe este «espíritu sutil».[23]. Este espíritu se distingue, por cierto, de «todos los espíritus intelectuales, puros y sutiles» [24].
Por lo tanto, el principio rector es blando, porque es espiritual; en cambio, es duro por el hecho de que se ha vuelto tosco por el vicio de la materia corporal, lleno de los pensamientos corpóreos que son reprensibles. En este sentido se dice: «Se ha endurecido el corazón de este pueblo» [25].
Comprende a partir de la frase: «Se ha endurecido el corazón», que nada hay en él excepto preocupaciones humanas y carnales. En efecto, tal como la materia del cuerpo es dura, así también lo son las comprensiones y pensamientos corpóreos.
Por ello, dado que hay dos propuestas: que el corazón se endurezca por los afanes seculares o que se ablande por las preocupaciones espirituales, cuando alguno medita las cosas del Señor, arrojando la dureza del corazón y sabiendo que si su corazón se endurece ni acogerá las palabras de Dios ni verá el misterio de la salvación, renunciemos a la dureza y asumamos aquella que ha sido llamada blandura, para que también nosotros, tal como los profetas, digamos: «Mi alma ha estado sedienta de ti, cuánto más mi carne, en tierra desierta, intransitable y reseca, así me he presentado ante ti en el Santuario» (Sal 62, 2-3), no como si fuera santo por naturaleza [26], sino que cuando la prudencia de la carne se haya debilitado y haya desaparecido, entonces me presentaré ante ti en el Santuario. [Hemos dicho] esto como explicación de la sentencia: «Se ha endurecido el corazón de este pueblo» (Is 6, 10).
6. Pero sigue: «Con sus oídos escucharon torpemente» [27]. Nada me perjudica si corporalmente soy torpe para escuchar, y esto no llega a ser causa que no escuche las palabras de Dios. Así como nada me perjudica la ceguera corporal, si no se enceguece mi alma. De este modo, ni la presteza ni la torpeza del oído corporal me estorban [28]. Pero hay un tipo de torpeza de oído que perjudica al alma humana. ¿Cuál es esta torpeza que se da en el oído del alma? El pecado, que según las Escrituras, es torpe. Por esto dice uno que percibe sus pecados: «Como una carga pesada pesan sobre mí» (Sal 37, 5). Y puesto que la iniquidad es pesada, por esto «está sentada sobre una medida de plomo», como está escrito en Zacarías (Zac 5, 7-8). De hecho, los egipcios «fueron sumergidos como plomo en el agua tumultuosa» (Éx 15, 10), no porque tuviesen cuerpos pesados, sino porque sus almas se habían vuelto pesadas por la medida de plomo sobre la cual estaba sentada la iniquidad: por esto «fueron sumergidos como plomo en el agua tumultuosa» [29].
Luego, la torpeza de los oídos proviene del pecado y la presteza, de la justicia. ¿Qué hace al oído no escuchar torpemente, sino con presteza? Las alas del Verbo, las alas de la virtud. En efecto, las alas del Verbo proporcionan mucha ligereza. «¿Quién me diera alas de paloma para que descanse?» (Sal 54, 7). Esto dice el profeta orando, no para recibir alas corporales de paloma, sino las alas de la paloma del Espíritu Santo [30]. Y, nuevamente, dice Salomón acerca del rico: «Compone para sí alas como de águila y se vuelve a la casa de aquel que lo supera» [31]. Si aceptamos, pues, las alas, oiremos con presteza; pero si pecáramos y fuéramos negligentes en lo que se refiere a las alas, y perdiéramos nuestras alas, nos volveremos torpes y oiremos con torpeza. Pues los pecadores, con sus oídos, escucharon torpemente.
Por cierto, todos los judíos que en aquel tiempo escucharon al Salvador, lo escucharon torpemente y, por lo mismo, no creyeron. Hasta hoy, cuántos hay que escuchando las Escrituras no han oído la palabra espiritual, que es ligera, sino que torpemente escuchan la letra, que es pesada y que mata (2Cor 3, 6). Y así la Escritura es escuchada de dos maneras: es escuchada torpemente por aquel que no entiende lo que es dicho; en cambio por aquel que la comprende, no sólo no la escucha torpemente, sino incluso con agudeza, por lo cual el que escucha llega también a ser uno que comprende [32].
7. Y además se profetiza otra cosa acerca del pueblo judío y de todos nosotros si pecáramos: «Y cerraron sus ojos para que nunca vean con sus ojos, ni escuchen con oídos, ni entiendan con el corazón» (Is 6, 10). De los que no ven, algunos son ciegos y no ven a causa de la ceguera; otros están en tinieblas y por eso no ven; otros, en cambio, ni están en tinieblas, ni son ciegos, sino que no ven porque cierran los ojos. La Escritura divina conoce estas diferencias, que residen en nuestro principio rector. En efecto, el Salvador dice: «A los que están entre cadenas: "Salid", y a los que están en tinieblas, que les sea quitado el velo» (Is 49, 9), y: «A los que yacían en la región y en las sombras de la muerte, una luz les ha nacido»(Is 9, 2). Por esto ellos no veían: porque estuvieron en tinieblas hasta que nació la luz para ellos. [Dice también:] «Sordos, escuchad, y ciegos, ved» (Is 42, 18). Algunos no vieron porque eran ciegos de modo natural. Pero los que no se encuentran en este caso y, en comparación con los ciegos y con los que yacen en tinieblas son mucho peores, son aquellos que no ven por lo siguiente: porque voluntariamente cerraron los ojos [33]. Y que esto es tal como lo hemos afirmado, el Salvador me será testimonio cuando dice: «Si fueseis ciegos, no tendrías pecado, pero ahora decís que veis, permanece vuestro pecado» (Jn 9, 41). Y lo dice con precisión: «decís que veis». Pues verdaderamente dicen que ven y tienen la posibilidad de ver, pero, cerrando los ojos, no ven. Si en algún momento vieras un alma con talento para comprender, veloz y ágil, que no medita las palabras de Dios, ten claro que no es por causa de la ceguera que no ve aquello que está contenido en las Escrituras, ni tampoco porque esté en tinieblas, sino porque cierra los ojos.
Por lo tanto, si escucharas la Escritura que les dice a los que cierran los ojos: «Abre tus ojos, y ve lo recto» (Bar 2, 17). Abre los ojos a aquello que lo habías cerrado, y entonces podrás ver lo recto y contemplar la luz de la verdad.
Si bien [la Escritura] les reprocha a aquellos acerca de los que se investiga, porque cierran los ojos para no ver, sin embargo, ello no implica que no convenga, a veces, cerrar los ojos del alma. Conviene, en efecto, como lo pone de manifiesto Isaías diciendo lo que sigue: «¿Quién anunciará a vosotros el lugar eterno? El que camina en la justicia y habla de la vía verdadera y recta, cerrando los oídos, para no escuchar el juicio sanguinario, cerrando los ojos para no ver la iniquidad» (Is 33, 14-15). Si sucediera que, abriendo los ojos del alma, escuchara y percibiera palabras infames, es mejor cerrar el oído que oír y comprender lo que daña. Entonces, ¿cuándo cierro? Cuando se dicen cosas malas, para no entenderlas. Cuando se deben ver las palabras de Dios, nos convertimos y Dios nos sana enviando la Palabra que sana a los que quieren ser curados en Cristo Jesús [33], de quien es la gloria y el poder por los siglos de los siglos.
[1] Is 6, 8. Orígenes estructura su discurso en base a las quaestiones et responsiones. De acuerdo con este método, para profundizar un texto bíblico se lo confronta con otro que le esté en aparente contradicción, formulando así el problema (quaestio); luego la búsqueda de la solución (responsio) permite que aflore el contenido espiritual del texto bíblico. Cf. L. Perrone, «Quaestiones et responsiones» in Origene. Prospettive di un'analisi formale dell'argomentazione esegetico-teologica, Cristianesimo nella Storia, 15 (1994) pp. 1-50.
[2] 1Cor 2, 13. Este versículo justifica el método hermenéutico de Orígenes: se investiga la Biblia comparando y confrontando el contenido de un texto bíblico con el contenido de otro.
[3] Orígenes, después de formular el problema, buscará mostrar que la contradicción es sólo aparente.
[4] Orígenes continúa con su práctica hermenéutica de buscar el sentido espiritual de los textos por medio de la comparación de versículos semejantes.
[5] En In Num. hom., XXII,4, Orígenes se lamenta de las malas prácticas al momento de las elecciones episcopales. Cf. E. Ferguson, Origen and the Election of Bishops, Church History 43 (1974), pp. 26-33.
[6] Is 6, 6-7. Ahora busca el aspecto positivo de la actitud de Isaías: se ofrece no confiado en sus méritos, sino en la gracia de la purificación obrada por Dios mediante su Hijo (el Serafín).
[7] Es decir, antes de ser purificado.
[28] ¿Alusión a la doctrina gnóstica de la salvación por naturaleza? Hay que recordar que Isaías era apreciado por algunos gnósticos. Cf. Ptolomeo, Carta a Flora, 4, 13; Heracleón, fr. 40. Cf. R. Polanco, El concepto de profecía en la teología de san Ireneo (BAC, Madrid 1999), pp. 44-68.
[9] Finalmente, después de la confrontación de Moisés e Isaías, logra mostrar que la contradicción es aparente, y ambos casos son ejemplares, cada cual según su modo.
[10] La traducción de Jerónimo se aparta del texto de los lxx.
[11] Orígenes habla de dos sentidos de la escritura: el literal y el espiritual. Pero hay que recordar que el espiritual es múltiple, es decir, el mismo texto tiene una multiplicidad de sentidos espirituales, por ello a veces habla de tres, cuatro y más sentidos.
[12] Es decir, el lavado histórico, que realiza Jesús, es una comparación con el lavado espiritual que realiza el Verbo.
[13] Cf. 1 Tim 5, 10. Estos testimonios buscan mostrar la necesidad de interpretar espiritualmente las alusiones bíblicas a los pies y, más ampliamente, a cada miembro del cuerpo. Se trata de la ley de la homonimia: cada miembro del cuerpo es metáfora de la facultad de alma que le es homónima. Cf. Heráclides, 16: «En cada uno de nosotros hay dos hombres [...]. Así como el hombre exterior tiene por homónimo al hombre interior, así también sus miembros, de modo que se puede decir que cada miembro del hombre exterior designa también [un miembro] de acuerdo al hombre interior». Cf. In Ct. Com., prol., 2, 9.
[14] Paráfrasis libre de Tit 2, 3-4. Lavar la suciedad de las jóvenes, equivale a hacerlas virtuosas, es decir, libres de vicios.
[15] 1 Tim 2, 12. En la comunidad de Orígenes había mujeres que enseñaban la doctrina a otras mujeres. Además afirma que hay profetizas, pero prohíbe que la mujer hable en la asamblea, cf. In I Cor, fr. 74.
[16] Buen ejemplo para ilustrar que la interpretación espiritual de Orígenes no necesariamente niega la historia. En este caso, la acción de Jesús se ve corporalmente, pero comporta un significado más profundo. La Escritura siempre tiene sentido espiritual, y sólo en algunos poquísimos casos carece de sentido literal e histórico. Cf. Princ., IV,3,4-5.
[17] Importante principio hermenéutico, sin negar la realidad histórica de los evangelios, Orígenes afirma: «Las cosas que sucedían en aquel tiempo eran símbolo de aquello que constantemente es realizado por la virtud de Jesús», In Mat. Com., XI,17. Asimismo: «Las realidades corpóreas son figura de las espirituales, y las históricas de las inteligibles», In Ioh. Com., X,110. Cf. In Mat. Com., XIII,4; S. Fernández, Cristo médico, según Orígenes, pp. 65-70.
[18] Cf. Jn 9. El término apóstol significa enviado.
[19] Cf. 1Co 9, 10. En In Ex. hom., V,1, Orígenes desarrolla esta idea, central para su interpretación bíblica, a saber, que las acciones que relata la Biblia sucedieron en función de nosotros.
[20] Orígenes, para justificar la legitimidad del recurso a la alegoría, contra los literalistas, destaca ciertos textos bíblicos, cuyo sentido literal es falso.
[21] En esto, Orígenes depende de los conocimientos médicos de su época.
[22] Se trata del elemento superior del alma. En la antropología de Orígenes, el hombre está compuesto por tres principios: el espíritu, el alma y el cuerpo (1Tes 5, 23). Pero, a su vez, el alma se compone de dos partes: la inferior en que reside la concupicencia y los pensamientos de la carne (Rom 8, 6-7); y la parte superior que es llamada con el término platónico nou=j (mens, animus o sensus), o bien con el término estoico h(gemoniko/n (principale cordis, animae o mentis). Cf. H. Crouzel, L'anthropologie d'Origène: de l'arché au telos, en U. Bianchi (ed.), Arché e Telos. L’antropologia di Origene e di Gregorio di Nissa. Analisi storico-religiosa (Studia Patristica Mediolanensia 12, Milano 1981), pp. 36-41.
[23] Así como en la homilía III, también aquí está presente la cristología pneumática, que llama espíritu al elemento divino de Cristo.
[24] Cf. Sab 7, 22-23: «Pues hay en ella [la Sabiduría] espíritu inteligente, santo, unigénito, multimembre, sutil [...]». El espíritu inteligente, santo, unigénito, multimembre, sutil, etc., es la Sabiduría.
[25] Is 6, 10. Tal como en otros pasajes, parece que Orígenes está terminando de comentar el texto, pero continúa. ¿Quedó insatisfecho con la explicación, o más bien surgió una pregunta de la asamblea que no quedó registrada en el texto? Cf. A. Grappone, Annotazioni sul contesto liturgico delle omelie di Origene, pp. 342-343.
[26] Nueva afirmación contra el determinismo gnóstico.
[27] Is 6, 10. La palabra baru/j, que está en el texto bíblico de los lxx, tiene un amplio significado que incluye los conceptos de torpe y pesado. En español, no se encuentra un equivalente con la misma amplitud, por ello, en lo sucesivo, torpe y pesado traducen la palabra gravis (baru/j).
[28] Orígenes comparte la doctrina estoica que afirma que los únicos bienes y males son los bienes y males morales, todo el resto es indiferente: «incluyen los bienes y los males únicamente en el dominio de las cosas que dependen de nuestra libre elección; y dicen que sólo las virtudes y las acciones virtuosas son bienes, mientras los vicios y las acciones viciosas son males», Philocalia, 27, 1 (SCh 226, p. 234). Cf. Estobeo, Églogas II (SVF I, 190).
[29] Éx 15, 10. Afirmación antignóstica: el peso de los egipcios no depende de su naturaleza, sino que es moral. Más explícito en In Ex. hom., VI,4.
[30] El texto del salmo no tiene sentido literal: el salmista no pide alas corporales (defectus litterae).
[31] Prov 23, 5. La cita quiere mostrar que no es posible comprender literalmente las alas.
[32] La diferencia entre escuchar (la letra) y comprender (el sentido espiritual) resuelve la paradójica frase de Isaías: «Escucharéis con el oído y no comprenderéis».
[32] Orígenes, contra el determinismo gnóstico, presta particular atención al problema del libre albedrío, por eso destaca que, en ámbito espiritual, ver o ser ciego dependen de la propia voluntad: sólo así tiene sentido una exhortación a ver. Cf. Heraclides, 17; In Num. hom., XXVII,1.
[33]
Nueva insistencia en la necesidad del
carácter voluntario de la sanación
| Vida |
Nace entre años 30 al 35 AD, muere C 107AD Fiesta: 17 de octubre. San Ignacio de Antioquía fue discípulo directo de San Pablo y San Juan; Segundo sucesor de Pedro en el gobierno de la Iglesia de Antioquía; El primero en llamar a la Iglesia "Católica". Sus escritos demuestran que la doctrina de la Iglesia Católica viene de Jesucristo por medio de los Apóstoles. Esta doctrina incluye: La Eucaristía; La jerarquía y la obediencia a los obispos; La presidencia de la iglesia de Roma; La virginidad de María y el don de la virginidad; El privilegio que es morir mártir de Cristo.
Condenado a morir devorado por las fieras, fue trasladado a Roma y allí recibió la corona de su glorioso martirio el año 107, en tiempos del emperador Trajano. En su viaje a Roma, escribió siete cartas, dirigidas a varias Iglesias, en las que trata sabia y eruditamente de Cristo, de la constitución de la Iglesia y de la vida cristiana. Ya en el siglo IV, se celebraba en Antioquía su memoria el mismo día de hoy. (del Oficio de Lectura, 17 Octubre)
Es justo que vosotros glorifiquéis de todas las maneras a Jesucristo, que os ha glorificado a vosotros, de modo que, unidos en una perfecta obediencia, sumisos a vuestro obispo y al colegio presbiteral, seáis en todo santificados.
No os hablo con autoridad, como si fuera alguien. Pues, aunque estoy encarcelado por el nombre de Cristo, todavía no he llegado a la perfección en Jesucristo. Ahora, precisamente, es cuando empiezo a ser discípulo suyo y os hablo como a mis condiscípulos. Porque lo que necesito más bien es ser fortalecido por vuestra fe, por vuestras exhortaciones, vuestra paciencia, vuestra ecuanimidad. Pero, como el amor que os tengo me obliga a hablaros también acerca de vosotros, por esto me adelanto a exhortaros a que viváis unidos en el sentir de Dios. En efecto, Jesucristo, nuestra vida inseparable, expresa el sentir del Padre, como también los obispos, esparcidos por el mundo, son la expresión del sentir de Jesucristo.
Por esto debéis estar acordes con el sentir de vuestro obispo, como ya lo hacéis. Y en cuanto a vuestro colegio presbiteral, digno de Dios y del nombre que lleva, está armonizado con vuestro obispo como las cuerdas de una lira. Este vuestro acuerdo y concordia en el amor es como un himno a Jesucristo. Procurad todos vosotros formar parte de este coro, de modo que, por vuestra unión y concordia en el amor, seáis como una melodía que se eleva a una sola voz por Jesucristo al Padre, para que os escuche y os reconozca, por vuestras buenas obras, como miembros de su Hijo. Os conviene, por tanto, manteneros en una unidad perfecta, para que seáis siempre partícipes de Dios.
Si yo, en tan breve espacio de tiempo, contraje con vuestro obispo tal familiaridad, no humana, sino espiritual ¿cuánto más dichosos debo consideraros a vosotros, que estáis unidos a él como la Iglesia a Jesucristo y como Jesucristo al Padre, resultando así en todo un consentimiento unánime? Nadie se engañe: quien no está unido al altar se priva del pan de Dios. Si tanta fuerza tiene la oración de cada uno en particular, ¿cuánto más la que se hace presidida por el obispo y en unión con toda la Iglesia?
Oración
Dios todopoderoso, que gobiernas a un tiempo cielo y tierra,
escucha paternalmente la oración de tu pueblo y haz que los días de nuestra vida
se fundamenten en tu paz. Por Nuestro Señor Jesucristo.
Ignacio, por sobrenombre Teóforo, es decir, Portador de Dios, a la Iglesia de Magnesia del Meandro, a la bendecida en la gracia de Dios Padre por Jesucristo, nuestro Salvador: mi saludo en él y mis votos por su más grande alegría en Dios Padre y en Jesucristo.
Después de enterarme del orden perfecto de vuestra caridad según Dios, me he determinado, con regocijo mío, a tener en la fe en Jesucristo esta conversación con vosotros. Habiéndose dignado el Señor honrarme con un nombre en extremo glorioso, voy entonando en estas cadenas que llevo por doquier un himno de alabanza a las Iglesias, a las que deseo la unión con la carne y el espíritu de Jesucristo, que es nuestra vida para siempre, una unión en la fe y en la caridad, a la que nada puede preferirse, y la unión con Jesús y con el Padre; en él resistimos y logramos escapar de toda malignidad del príncipe de este mundo, y así alcanzaremos a Dios.
Tuve la suerte de veros a todos vosotros en la persona de Damas, vuestro obispo, digno de Dios, y en la persona de vuestros dignos presbíteros Baso y Apolonio, así como del diácono Soción, consiervo mío, de cuya compañía ojalá me fuera dado gozar, pues se somete a su obispo como a la gracia de Dios, y al colegio de los presbíteros como a la ley de Jesucristo.
Es necesario que no tengáis en menos la poca edad de vuestro obispo, sino que, mirando en él el poder de Dios Padre, le tributéis toda reverencia. Así he sabido que vuestros santos presbíteros no menosprecian su juvenil condición, que salta a la vista, sino que, como prudentes en Dios, le son obedientes, o por mejor decir, no a él, sino al Padre de Jesucristo, que es el obispo o supervisor de todos. Así pues, para honor de aquel que nos ha amado, es conveniente obedecer sin ningún género de fingimiento, porque no es a este o a aquel obispo que vemos a quien se trataría de engañar, sino que el engaño iría dirigido contra el obispo invisible; es decir, en este caso, ya no es contra un hombre mortal, sino contra Dios, a quien aun lo escondido está patente.
Es pues necesario no sólo llamarse cristianos, sino serlo en realidad; pues hay algunos que reconocen ciertamente al obispo su título de vigilante o supervisor, pero luego lo hacen todo a sus espaldas. Los tales no me parece a mí que tengan buena conciencia, pues no están firmemente reunidos con la grey, conforme al mandamiento.
Ahora bien, las cosas están tocando a su
término, y se nos proponen juntamente estas dos cosas: la muerte y la vida, y
cada uno irá a su propio lugar. Es como si se tratara de dos monedas,
una de Dios y otra del mundo, que llevan cada una grabado su propio cuño: los
incrédulos, el de este mundo, y los que han permanecido fieles por la caridad,
el cuño de Dios Padre, grabado por Jesucristo. Y si no estamos dispuestos a
morir por él, para imitar su pasión, tampoco tendremos su vida en nosotros.
Como en las personas de vuestra comunidad, que tuve la suerte de ver, os contemplé en la fe a todos vosotros y a todos cobré amor, yo os exhorto a que pongáis empeño por hacerlo todo en la concordia de Dios, bajo la presidencia del obispo, que ocupa el lugar de Dios; y de los presbíteros, que representan al colegio de los apóstoles; desempeñando los diáconos, para mí muy queridos, el ejercicio que les ha sido confiado del ministerio de Jesucristo, el cual estaba junto al Padre antes de los siglos y se manifestó en estos últimos tiempos.
Así pues, todos, conformándoos al proceder de Dios, respetaos mutuamente, y nadie mire a su prójimo bajo un punto de vista meramente humano, sino amaos unos a otros en Jesucristo en todo momento. Que nada haya en vosotros que pueda dividiros, antes bien, formad un solo cuerpo con vuestro obispo y con los que os presiden, para que seáis modelo y ejemplo de inmortalidad.
Por consiguiente, a la manera que el Señor nada hizo sin contar con su Padre, ya que formaba una sola cosa con él –nada, digo, ni por sí mismo ni por sus apóstoles–, así también vosotros, nada hagáis sin contar con vuestro obispo y con los presbíteros, ni tratéis de colorear como laudable algo que hagáis separadamente, sino que, reunidos en común, haya una sola oración, una sola esperanza en la caridad y en la santa alegría, ya que uno solo es Jesucristo, mejor que el cual nada existe. Corred todos a una como a un solo templo de Dios, como a un solo altar, a un solo Jesucristo que procede de un solo Padre, que en un solo Padre estuvo y a él solo ha vuelto.
No os dejéis engañar por doctrinas extrañas ni por cuentos viejos que no sirven para nada. Porque, si hasta el presente seguimos viviendo según la ley judaica, confesamos no haber recibido la gracia. En efecto, los santos profetas vivieron según Jesucristo. Por eso, justamente fueron perseguidos, inspirados que fueron por su gracia para convencer plenamente a los incrédulos de que hay un solo Dios, el cual se habría de manifestar a sí mismo por medio de Jesucristo, su Hijo, que es su Palabra que procedió del silencio, y que en todo agradó a aquel que lo había enviado.
Ahora bien, si los que se habían criado en el
antiguo orden de cosas vinieron a una nueva esperanza, no guardando ya el
sábado, sino considerando el domingo como el principio de su vida, pues en ese
día amaneció también nuestra vida gracias al Señor y a su muerte, ¿cómo podremos
nosotros vivir sin aquel a quien los mismos profetas, discípulos suyos ya en
espíritu, esperaban como a su Maestro? Y, por eso, el mismo a quien justamente
esperaban, una vez llegado, los resucitó de entre los muertos.
Oficio de lectura, XVI Martes del tiempo ordinario
Tenéis a Cristo en vosotros. Carta de
San Ignacio de
Antioquía, obispo y mártir, a los Magnesios. (Caps. 10,1-15: Funk 1, 199-203)
No permita Dios que permanezcamos insensibles ante la bondad de
Cristo. Si él imitara nuestro modo ordinario de actuar, ya podríamos darnos por
perdidos. Así pues, ya que nos hemos hecho discípulos suyos, aprendamos a Vivir
conforme al cristianismo. Pues el que se acoge a otro nombre distinto del suyo
no es de Dios. Arrojad, pues, de vosotros la mala levadura, vieja ya y agriada,
y transformaos en la nueva, que es Jesucristo. Impregnaos de la sal de Cristo, a
fin de que nadie se corrompa entre vosotros, pues por vuestro olor seréis
calificados.
Todo eso, queridos hermanos, no os lo escribo porque haya sabido que hay entre
vosotros quienes se comporten mal, sino que, como el menor de entre vosotros,
quiero montar guardia en favor vuestro, no sea que piquéis en el anzuelo de la
vana especulación, sino que tengáis plena certidumbre del nacimiento, pasión y
resurrección del Señor, acontecida bajo el gobierno de Poncio Pilato, cosas
todas cumplidas verdadera e indudablemente por Jesucristo, esperanza nuestra, de
la que no permita Dios que ninguno de vosotros se aparte.
¡Ojalá se me concediera gozar de vosotros en todo, Si YO fuera digno de ello!
Porque, si es cierto que estoy encadenado, sin embargo, no puedo compararme con
uno solo de vosotros, que estáis sueltos. Sé que no os hincha con mi alabanza,
pues tenéis dentro de vosotros a Jesucristo. Y más bien sé que, cuando os alabo,
os avergonzáis, como está escrito: El justo se acusa a s{ mismo.
Poned, pues, todo vuestro empeño en afianzaros en doctrina del Señor y de los
apóstoles, a fin de que todo cuanto emprendáis tenga buen fin, así en la carne
como en el espíritu, en la fe y en la caridad, en el Hijo, en el Padre y en el
Espíritu Santo, en el principio y en el fin, unidos a vuestro dignísimo obispo,
a la espiritual corona tan dignamente formada por vuestro colegio de
presbíteros, y a vuestros diáconos, tan gratos a Dios. Someteos vuestro obispo,
y también mutuamente unos a otros, así como Jesucristo está sometido, según la
carne, a su Padre, y los apóstoles a Cristo y al Padre y al Espíritu, a fin de
que entre vosotros haya unidad tanto corporal como espiritual.
Como sé que estáis llenos de Dios, sólo brevemente os he exhortado. Acordaos de
mí en vuestras oraciones, para que logre alcanzar a Dios, y acordaos también de
la Iglesia de Siria, de la que no soy digno de llamarme miembro. Necesito de
vuestras plegarias a Dios y de vuestra caridad, para que la Iglesia de Siria sea
refrigerada con el rocío divino, por medio de vuestra Iglesia.
Os saludan los efesios desde Esmirna, de donde os escribo, los cuales están aquí
presentes para gloria de Dios y que, juntamente con Policarpo, obispo de
Esmirna, han procurado atenderme y darme gusto en todo. Igualmente os saludan
todas las demás Iglesias en honor de Jesucristo. Os envío mi despedida, a
vosotros que vivís unidos a Dios y que estáis en posesión de un espíritu
inseparable, que es Jesucristo.
Yo voy escribiendo a todas las Iglesias, y a todas les encarezco lo mismo: que moriré de buena gana por Dios, con tal que vosotros no me lo impidáis. Os lo pido por favor: no me demostréis una benevolencia inoportuna. Dejad que sea pasto de las fieras, ya que ello me hará posible alcanzar a Dios. Soy trigo de Dios, y he de ser molido por los dientes de las fieras, para llegar a ser pan limpio de Cristo. Rogad por mí a Cristo, para que, por medio de esos instrumentos, llegue a ser una víctima para Dios.
De nada me servirían los placeres terrenales ni los reinos de este mundo. Prefiero morir en Cristo Jesús que reinar en los confines de la tierra. Todo mi deseo y mi voluntad están puestos en aquel que por nosotros murió y resucitó. Se acerca ya el momento de mi nacimiento a la vida nueva. Por favor, hermanos, no me privéis de esta vida, no queráis que muera; si lo que yo anhelo es pertenecer a Dios, no me entreguéis al mundo ni me seduzcáis con las cosas materiales; dejad que pueda contemplar la luz pura; entonces seré hombre en pleno sentido. Permitid que imite la pasión de mi Dios. El que tenga a Dios en sí entenderá lo que quiero decir y se compadecerá de mí, sabiendo cuál es el deseo que me apremia.
El príncipe de este mundo me quiere arrebatar y pretende arruinar mi deseo que tiende hacia Dios. Que nadie de vosotros, los aquí presentes, lo ayude; poneos más bien de mi parte, esto es, de parte de Dios. No queráis a un mismo tiempo tener a Jesucristo en la boca y los deseos mundanos en el corazón. Que no habite la envidia entre vosotros. Ni me hagáis caso si, cuando esté aquí, os suplicare en sentido contrario; haced más bien caso de lo que ahora os escribo. Porque os escribo en vida, pero deseando morir. Mi amor está crucificado y ya no queda en mí el fuego de los deseos terrenos; únicamente siento en mi interior la voz de una agua viva que me habla y me dice: «Ven al Padre». No encuentro ya deleite en el alimento material ni en los placeres de este mundo. Lo que deseo es el pan de Dios, que es la carne de Jesucristo, de la descendencia de David, y la bebida de su sangre, que es la caridad incorruptible.
No quiero ya vivir más la vida terrena. Y este deseo será realidad si vosotros lo queréis. Os pido que lo queráis, y así vosotros hallaréis también benevolencia. En dos palabras resumo mi súplica: hacedme caso. Jesucristo os hará ver que digo la verdad, él, que es la boca que no engaña, por la que el Padre ha hablado verdaderamente. Rogad por mí, para que llegue a la meta. Os he escrito no con criterios humanos, sino conforme a la mente de Dios. Si sufro el martirio, es señal de que me queréis bien; de lo contrario, es que me habéis aborrecido.
Oración
Dios todopoderoso y eterno, tú has
querido que el testimonio de tus mártires glorificara a toda la Iglesia,
cuerpo de Cristo; concédenos que, así como el martirio que ahora
conmemoramos fue para san Ignacio de Antioquía causa de gloria eterna,
nos merezca también a nosotros tu protección constante. Por nuestro
Señor Jesucristo.
Oficio de lectura,
Domingo IV, Tiempo Ordinario
Cristo nos ha llamado a su reino
y gloria
De la Carta de
san Ignacio de
Antioquía, obispo y
mártir, a los
Esmirniotas
(Caps. 1 -4,1: Funk 1, 235-237)
Ignacio, por sobrenombre Teóforo,
es decir, Portador de Dios, a la Iglesia de Dios Padre y del amado Jesucristo
establecida en Esmirna de Asia, la que ha alcanzado toda clase de dones por la
misericordia de Dios, la que está colmada de fe y de caridad y a la cual no
falta gracia alguna, la que es amadísima de Dios y portadora de santidad: mi más
cordial saludo en espíritu irreprochable y en la palabra de Dios.
Doy gracias a Jesucristo Dios, por haberos otorgado tan gran sabiduría; he
podido ver, en efecto, cómo os mantenéis estables e inconmovibles en vuestra fe,
como si estuvierais clavados en cuerpo y alma a la cruz del Señor Jesucristo, y
cómo os mantenéis firmes en la caridad por la sangre de Cristo, creyendo con fe
plena y firme en nuestro Señor, el cual procede verdaderamente de la estirpe
de David, según la carne, es Hijo de Dios por la voluntad y el poder del
mismo Dios, nació verdaderamente de la Virgen, fue bautizado por Juan para
cumplir así todo lo que Dios quiere; finalmente, su cuerpo fue
verdaderamente crucificado bajo el poder de Poncio Pilato y del tetrarca Herodes
(y de su divina y bienaventurada pasión somos fruto nosotros), para, mediante su
resurrección, elevar su estandarte para siempre en favor de sus santos y fieles,
tanto judíos como gentiles, reunidos todos en el único cuerpo de su Iglesia.
Todo esto lo sufrió por nosotros, para que alcanzáramos la salvación; y sufrió
verdaderamente, como también se resucitó a sí mismo verdaderamente.
Yo sé que después de su resurrección tuvo un cuerpo verdadero, como sigue aún
teniéndolo. Por esto, cuando se apareció a Pedro y a sus compañeros, les dijo:
Tocadme y palpadme, y daos cuenta de que no soy un ser fantasmal e
incorpóreo. Y, al punto, lo tocaron y creyeron, adhiriéndose a la realidad
de su carne y de su espíritu. Esta fe les hizo capaces de despreciar y vencer la
misma muerte. Después de su resurrección, el Señor comió y bebió con ellos como
cualquier otro hombre de carne y hueso, aunque espiritualmente estaba unido al
Padre.
Quiero insistir acerca de estas cosas, queridos hermanos, aunque ya sé que las
creéis.
Oficio de lectura, XVII viernes del
tiempo ordinario
Hemos de soportarlo todo por Dios, a fin de que también él nos soporte a
nosotros
(Guía al pastoreo)
Carta de San
Ignacio de Antioquía a San
Policarpo de Esmirna
Caps. 1,1 -4, 3
Ignacio, por sobrenombre Teóforo, es decir, Portador de Dios, a
Policarpo, obispo de la Iglesia de Esmirna, o más bien, puesto él mismo
bajo la vigilancia o episcopado de Dios Padre y del Señor Jesucristo: mi
más cordial saludo.
Al comprobar que tu sentir está de acuerdo con Dios y asentado como
sobre roca inconmovible, yo glorifico en gran manera al Señor por
haberme hecho la gracia de ver tu rostro intachable, del que ojalá me
fuese dado gozar siempre en Dios. Yo te exhorto, por la gracia de que
estás revestido, a que aceleres el paso en tu carrera, y a que exhortes
a todos para que se salven. Desempeña el cargo que ocupas con toda
diligencia corporal y espiritual. Preocúpate de que se conserve la
concordia, que es lo mejor que puede existir. Llévalos a todos sobre ti,
como a ti te lleva el Señor. Sopórtalos a todos con espíritu de caridad,
como siempre lo haces. Dedícate continuamente a la oración. Pide mayor
sabiduría de la que tienes. Mantén alerta tu espíritu, pues el espíritu
desconoce el sueño. Háblales a todos al estilo de Dios. Carga sobre ti,
como perfecto atleta, las enfermedades de todos, Donde mayor es el
trabajo, allí hay rica ganancia.
Si sólo amas a los buenos discípulos, ningún mérito tienes en ello. El
mérito está en que sometas con mansedumbre a los más perniciosos. No
toda herida se cura con el mismo emplasto. Los accesos de fiebre
cálmalos con aplicaciones húmedas. Sé en todas las cosas sagaz como la
serpiente, pero sencillo en toda ocasión, como la paloma. Por eso,
justamente eres a la vez corporal y espiritual, para que aquellas cosas
que saltan a tu vista las desempeñes buenamente, y las que no alcanzas a
ver ruegues que te sean manifestadas. De este modo, nada te faltará,
sino que abundarás en todo don de la gracia. Los tiempos requieren de ti
que aspires a alcanzar a Dios, juntamente con los que tienes
encomendados, como el piloto anhela prósperos vientos, y el navegante,
sorprendido por la tormenta, suspira por el puerto. Sé sobrio, como un
atleta de Dios. El premio es la incorrupción y la vida eterna, de cuya
existencia también tú estás convencido. En todo y por todo soy una
víctima de expiación por ti, así como mis cadenas, que tú mismo has
besado.
Que no te amedrenten los que se dan aires de hombres dignos de todo
crédito y enseñan doctrinas extrañas a la fe. Por tu parte, mantente
firme como un yunque golpeado por el martillo. Es propio de un grande
atleta el ser desollado y, sin embargo, vencer. Pues ¡cuánto más hemos
de soportarlo todo nosotros por Dios, a fin de que también él nos
soporte a nosotros! Sé todavía más diligente de lo que eres. Date cabal
cuenta de los tiempos. Aguarda al que está por encima del tiempo, al
intemporal, al invisible, que por nosotros se hizo visible; al
impalpable, al impasible, que por nosotros se hizo pasible; al que en
todas las formas posibles sufrió por nosotros.
Las viudas no han de ser desatendidas. Después del Señor, tú has de ser
quien cuide de ellas. Nada se haga sin tu conocimiento, y tú, por tu
parte, hazlo todo contando con Dios, como efectivamente lo haces.
Mantente firme. Celébrense reuniones con más frecuencia. Búscalos a
todos por su nombre. No trates altivamente a esclavos y esclavas; mas
tampoco dejes que se engrían, sino que traten, para gloria de Dios, de
mostrarse mejores servidores, a fin de que alcancen de él una libertad
más excelente.